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martes, 15 de julio de 2008

ALGO VERDE -- FREDRIC BROWN

ALGO VERDE

FREDRIC BROWN




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El enorme sol carmesí brillaba en el cielo violeta. En el limite de la planicie marrón, salpicada de arbustos marrones, se extendía la selva roja.

McGarry avanzó hacia ella dando zancadas. Explorar esas selvas rojas constituía una tarea ardua y peligrosa, pero era preciso hacerla. Había explorado un millar de selvas; ésta era, simplemente, una más.

Dijo:

- En marcha, Dorothy. ¿Todo listo?

La pequeña criatura de cinco patas que descansaba sobre su hombro no respondió, en realidad nunca lo hacía. No sabía hablar, pero era algo con lo cual hablar. Era una compañía. Por su tamaño y su peso, se parecía asombrosamente a una mano que reposara sobre su hombro.

Tenía a Dorothy hacía... ¿cuánto tiempo? Cuatro años, suponía. Estaba aquí hacía aproximadamente cinco, según calculaba, y la había encontrado alrededor de un año después. De cualquier manera, daba por sentado que Dorothy pertenecía al bello sexo, por la sencilla razón de que reposaba sobre su hombro como lo haría la mano de una mujer.

- Dorothy - anunció -, creo que debemos preparamos para enfrentar problemas. Allí debe haber leones o tigres.

Deshebilló la funda de su pistola solar y apoyó la mano en la culata del arma, listo para sacarla rápidamente. Era por lo menos la milésima vez que agradecía a su buena estrella que el arma que había logrado rescatar de los restos de su nave espacial fuera una pistola solar, la única arma que funcionaba prácticamente siempre, sin recarga ni munición. Una pistola solar absorbía energía y, al apretar el gatillo, la descargaba. Con ningún arma, salvo con una pistola solar, hubiese subsistido siquiera un año en Kruger III.

Incluso antes de llegar al límite de la selva roja, vio un león. No se parecía en nada a los leones que se ven en la Tierra, por supuesto. Éste era magenta brillante, un color tan diferente de los purpurinos arbustos tras los que se agazapaba que él podía distinguirlo nítidamente. Tenía ocho patas totalmente desarticuladas y tan flexibles y fuertes como el tronco de un elefante, y una cabeza escamosa con un pico semejante al de un tucán.

McGarry le llamaba león. Tenía tanto derecho a llamarlo así como de cualquier otro modo porque jamás se le había dado nombre. De lo contrario, el nombrador nunca había regresado a la Tierra para informar sobre la flora y la fauna de Kruger III. Por lo que mostraban los archivos, una sola nave había llegado allí antes que la de McGarry, y jamás había vuelto a levantar el vuelo. Ahora él se dedicaba a buscarla; la había estado buscando sistemáticamente durante los cinco años que llevaba allí.

Si la encontraba, era posible - sólo posible - que contuviera intactos algunos de los transistores electrónicos que se habían destruido cuando su propia nave se estrelló. Y si tenía un número suficiente, podría regresar a la Tierra.

Se detuvo a diez pasos escasos del borde de la selva roja y apuntó con la pistola solar a los arbustos tras los cuales se agazapaba el león. Apretó el gatillo y se produjo un brillante destello verde, fugaz pero hermoso - ¡y qué hermoso! - y los arbustos desaparecieron, igual que el león.

McGarry rió suavemente entre dientes.

- ¿Has visto eso, Dorothy? Era verde, el único color que no tenéis en vuestro rojo y sangriento planeta. El color más hermoso del universo, Dorothy. ¡Verde! Y yo sé dónde existe un mundo que es casi totalmente verde, y llegaremos a él, tú y yo. Seguro que lo haremos. Es el mundo del que he venido, y el lugar más bello que existe, Dorothy. Te encantará.

Se volvió y echó un vistazo a la planicie marrón con arbustos marrones, el cielo violeta en lo alto y el sol carmesí. El sol de Kruger eternamente carmesí, que nunca se ponía en el lado diurno del planeta y una de cuyas caras siempre lo miraba, igual que una cara de la luna de la Tierra siempre mira a la Tierra.

No existían el día ni la noche..., a menos que uno pasara la línea de sombra a la cara nocturna, que era demasiado gélida para albergar vida. Tampoco se sucedían las estaciones. La temperatura era uniforme e invariable, no había vientos ni tormentas.

Pensó, por milésima o millonésima vez, que no estaría mal vivir en ese planeta, si tan sólo fuese verde como la tierra, si existiera algo verde en él, además del ocasional destello de su pistola solar. Su atmósfera era respirable, la temperatura moderada oscilaba entre los cuatro grados cerca de la línea de sombra y alrededor de treinta y dos directamente debajo del rojo sol, donde sus rayos caían en línea recta y no oblicuamente. Rebosaba alimentos y, tiempo atrás, había aprendido qué vegetales y animales eran comestibles y cuáles le hacían daño. Nada de lo que había probado era declaradamente venenoso.

Sí, un mundo hermoso. Incluso se había acostumbrado a ser la única criatura inteligente que lo habitaba. Dorothy era útil: algo a lo cual hablar, incluso aunque no respondiera.

Salvo que - ¡oh, Dios! - quería volver a ver un mundo verde.

La Tierra, el único planeta del universo conocido donde el verde era el color predominante, donde la vida vegetal se basaba en la clorofila.

Otros planetas del sistema solar, vecinos de la Tierra, no tenían nada que ofrecer salvo las vetas verdosas de sus raras rocas, una ocasional y minúscula sombra animada que podría considerarse verde pardusco, si así lo preferías. Podías vivir durante años en cualquier planeta, en cualquier lugar del universo, y no ver nunca el verde..., salvo en la Tierra.

McGarry suspiró. Había estado pensando para sus adentros, pero ahora habló en voz alta para Dorothy sin interrumpir la línea de sus pensamientos. A Dorothy no le importó.

- Sí, Dorothy - comentó -, es el único planeta en el que merece la pena vivir... ¡la Tierra! Verdes campos, prados llenos de hierbas, árboles verdes. Dorothy, cuando regrese a ella jamás la abandonaré. Me haré una choza en el bosque, entre los árboles, pero no árboles tan frondosos que la hierba no pueda crecer a sus pies. Hierba verde. Y pintaré la choza de color verde, Dorothy. En la Tierra también tenemos pigmentos verdes.

Suspiró y contempló la selva roja que se extendía ante sus ojos.

- ¿Qué me has preguntado, Dorothy?

Ella no le había preguntado nada, pero simular que lo hacía era un juego, un juego que le permitía a toda costa conservar la cordura.

- ¿Si me casaré cuando vuelva? ¿Eso has preguntado?. - Reflexionó un momento -. Bien, Dorothy, depende. Quizá sí, quizá no. Tú has recibido el nombre de una mujer que está en la Tierra, lo sabes. Una mujer con la que iba a casarme. Pero cinco años es mucho tiempo, Dorothy. Fue informada de que yo estaba extraviado y probablemente muerto. Ignoro si ella ha esperado todo este tiempo. Si lo ha hecho, bien, me casaré con ella, Dorothy. ¿Preguntas qué ocurrirá si no ha esperado? Bueno, no lo sé. No nos preocupemos por eso hasta que regresemos, ¿eh? Claro que si encontrara una mujer que fuera verde o incluso una que tuviera el pelo verde, la amaría con locura. Pero en la Tierra casi todo es verde, excepto las mujeres.

Rió ante semejante idea y, con la pistola solar preparada se internó en la selva, la roja selva en la que no había nada verde, excepto el ocasional destello de su pistola solar.

Resultaba gracioso. En la Tierra, el destello de una pistola solar era violeta. Aquí, bajo el rojo sol, cuando la disparaba, emitía un destello verde. Pero la explicación era sencilla. Una pistola solar extraía energía de una estrella cercana y el destello que emitía al dispararse era del color complementario de su fuente de energía. Cuando absorbía energía del sol, un sol amarillo, el destello era de color violeta. Si se trataba de Kruger, un sol rojo, el destello era verde.

Tal vez eso había sido lo único - además de la compañía de Dorothy - que le había mantenido cuerdo, pensó. Un verde varias veces al día. Algo verde que le recordaba cómo era el color. Y que mantenía sus ojos habituados a éste, si es que alguna vez volvía a verlo.

Resultó ser un pequeño fragmento de selva, como todos los fragmentos de selva de Kruger III, uno entre lo que parecía incontables millones de fragmentos. Y tal vez eran realmente millones: Kruger III era más grande que Júpiter. Pero menos denso, de modo que la gravedad resultaba fácil de soportar. De hecho, le hubiera llevado más de una vida recorrerlo. Lo sabía pero no se permitió pensar en la cuestión. Por lo menos no más de lo que se permitía pensar en que la nave podría haberse estrellado en la cara oscura, la cara fría. O no más de lo que se permitía dudar de que, una vez que diera con la nave, encontraría los transistores que necesitaba para hacer funcionar nuevamente la suya.

El fragmento de selva apenas medía una milla cuadrada, pero tendría que dormir una vez y comer varias veces antes de terminar de recorrerla. Mató dos leones más y un tigre. Cuando concluyó, rodeó la circunferencia, quemando cada uno de los árboles más grandes que crecían a lo largo del borde exterior: así no volvería a explorar esta misma selva. Los árboles eran blandos; su cortaplumas separó la roja corteza del centro rosado con tanta facilidad como si hubiera pelado una patata.

Volvió a atravesar la monótona planicie marrón, esta vez con el arma expuesta al sol con el propósito de recargarla.

- Ésa no, Dorothy. Tal vez la próxima. Aquélla, cerca del horizonte. Quizá está allí.

Cielo violeta, sol rojo, planicie marrón.

- Las verdes colinas de la Tierra, Dorothy. ¡Oh, cómo te gustarán!

La interminable planicie marrón.

El invariable cielo violeta.

¿Había sonado algo allá arriba? Era imposible. Jamás había ocurrido. Pero levantó la mirada. Lo vio.

Una minúscula mancha negra se movía en el cielo violeta. Una nave espacial. Tenía que ser una nave. En Kruger III no había pájaros. Y las pájaros no dejaban estelas de fuego tras ellos...

Sabía lo que debía hacer. Había pensado un millón de veces cómo haría señales a una nave, si alguna vez aparecía ante su vista. Levantó su pistola solar, la apuntó directamente al aire violeta y apretó el gatillo. No se produjo un gran destello, dada la distancia de la nave, pero fue un destello verde. Si el piloto estaba mirando, o si tan sólo mirara antes de salir del alcance de la vista, no podría pasar por alto un destello verde en un mundo donde no había otra cosa verde.

Volvió a apretar el gatillo.

Y el piloto de la nave lo vio. Apagó y encendió sus reactores tres veces - la respuesta clásica a una señal de socorro - y empezó a dar vueltas en círculo.

McGarry comenzó a temblar. Una espera tan prolongada y un final tan repentino. Se palpó el hombro izquierdo y tocó al ser de cinco patas, cuyo contacto fue para sus dedos - así como para su hombro desnudo - como el de la mano de una mujer.

- Dorothy - le dijo -, es... - Se quedó sin palabras.

La nave se acercaba girando para aterrizar. McGarry se vio a sí mismo - súbitamente consciente y avergonzado de su cuerpo - tal como aparecería a los ojos de su salvador. Iba desnudo: sólo llevaba el cinturón que sujetaba su pistolera y del que colgaba su cuchillo y unos pocos utensilios más. Estaba sucio y probablemente olía mal, aunque no percibía su propio olor. Bajo la mugre, su cuerpo era flaco y consumido, casi viejo, pero eso se debía, naturalmente, a las deficiencias de su dieta; unos pocos meses de alimentación adecuada, de alimentos de la Tierra, lo solucionarían.

¡La Tierra! ¡Las verdes colinas de la Tierra!

Empezó a correr, tropezando a veces a causa de su impaciencia, hacia el lugar donde la nave estaba aterrizando. Pudo ver que se trataba de un aparato de una sola plaza, igual que el suyo. Pero eso estaba bien: en caso de emergencia podría llevar a dos personas, al menos hasta el planeta más cercano, donde él conseguiría otro medio de transporte para volver a la Tierra. A las verdes colinas, los verdes campos y los valles verdes.

Rezó y maldijo alternativamente mientras corría. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Estaba allí, esperando, cuando la portezuela se abrió y salió un joven alto y delgado vestido con el uniforme de la Patrulla Espacial.

- ¿Me llevará de vuelta? - gritó.

- Por supuesto - dijo el joven serenamente -. ¿Hace mucho que está aquí?

- ¡Cinco años! - McGarry sabía que estaba gritando pero no podía evitarlo.

- ¡Santo Dios! - exclamó el joven -. Soy el teniente Archer. Claro que le llevaré de vuelta, hombre. Tan pronto como mis reactores se enfríen lo suficiente para el despegue. De cualquier manera, le llevaré hasta Cartago, en Aldebarán II; allí puede abordar una nave hacia cualquier parte. ¿Necesita algo ahora mismo? ¿Comida? ¿Agua?

McGarry meneó la cabeza en silencio. Comida, agua... ¿qué importaba todo eso ahora?

¡Las verdes colinas de la Tierra! Regresaría a ellas. Eso era lo que importaba, lo único que importaba. Una espera tan larga y un final tan repentino. Vio que el cielo violeta ondulaba y súbitamente se ennegrecía, mientras se le doblaban las rodillas.

Estaba tendido; el joven sostenía un frasco junto a sus labios y él bebió un sorbo de la fuerte bebida que contenía. Se incorporó, animado ahora. Comprobó con la mirada que la nave seguía allí y se sintió maravillosamente bien.

El joven dijo:

- Anímese, veterano; saldremos dentro de media hora. Dentro de seis estará en Cartago. ¿Quiere charlar mientras se repone? ¿Quiere contarme todo lo que ocurrió?

Se sentaron a la sombra de un arbusto marrón y McGarry contó todo lo ocurrido. Los cinco años que pasó buscando la otra nave que, según había leído, se estrelló en ese planeta y que tal vez conservaba intactas las piezas que él necesitaba para reparar la suya. La prolongada búsqueda. Le habló de Dorothy, que seguía sobre su hombro, y de que había sido algo con lo cual conversar.

Pero por alguna razón, el rostro del teniente Archer cambiaba de expresión a medida que McGarry hablaba. Se volvía aún más solemne, aún más conmovido.

- Veterano - pregunté Archer con tono amable -, ¿en qué año llegó aquí?

McGarry lo vio venir. ¿Cómo podía uno tener idea del tiempo en un planeta en el que el sol y las estaciones eran invariables? Un planeta donde siempre era de día, siempre verano... Dijo resueltamente:

- Llegué aquí en el dos mil doscientos cuarenta y dos. ¿Por cuánto me he equivocado, teniente? ¿Cuántos años tengo... en lugar de treinta, como yo pensaba?

- Estamos en el dos mil doscientos setenta y dos, McGarry. Usted llegó aquí hace treinta años. Ahora tiene cincuenta y cinco. Pero no se preocupe por eso. La medicina ha avanzado. Todavía tiene una larga vida por delante.

- Cincuenta y cinco. Treinta años - dijo McGarry quedamente.

El teniente le miró con pena. Luego preguntó:

- Veterano, ¿le cuento de una sola vez el resto de las malas noticias? Hay varias cuestiones. No soy psicólogo, pero pienso que quizá para usted sea mejor saberlo ahora, de una vez, mientras todavía está a tiempo de reconsiderar la idea de volver. ¿Está en condiciones de oírlo, McGarry?

No podía haber nada peor que lo que ya sabía: treinta años de su vida desperdiciados aquí. Claro que podría oír el resto de lo que fuera, con tal de regresar a la Tierra, la verde Tierra.

Miró fijamente el cielo violeta, el sol rojo y la planicie marrón. Luego respondió en voz baja:

- Puedo oírlo. Adelante.

- Se las ha arreglado estupendamente, McGarry, teniendo en cuenta que han pasado treinta años. Puede dar gracias a Dios por haber creído que la nave de Marley se estrelló en Kruger III; en realidad cayó en Kruger IV. Jamás la habría encontrado aquí pero la búsqueda, como usted dice, le mantuvo... razonablemente cuerdo. - Hizo una pausa. Cuando continuó, su voz era cordial -. No hay nada sobre su hombro, McGarry. Esa Dorothy es un invento de su imaginación. Pero no se aflija, esa ilusión probablemente le ha salvado del colapso total.

McGarry levantó la mano y se tocó el hombro. No había nada.

Archer continuó:

- Dios mío, hombre, es prodigioso que, sin embargo, esté usted bien en todos los demás sentidos. Treinta años solo; es casi un milagro. Y si su ilusión persiste, ahora que sabe que es una ilusión, un psiquiatra de Cartago o de Marte puede curarle en un santiamén.

McGarry dijo con voz apagada:

- No persiste. Ya no está. Teniente... ni siquiera estoy seguro de haber creído realmente en Dorothy. Creo que la inventé a propósito, para hablarle, así que salvo por eso, me he mantenido cuerdo. Ella era... era como la mano de una mujer, teniente. ¿O ya se lo he dicho?

- Me lo ha dicho. ¿Quiere que le cuente lo demás ahora, McGarry?

McGarry le miró fijamente.

- ¿Lo demás? ¿Qué más puede haber? Tengo cincuenta y cinco años en lugar de treinta. He malgastado treinta años, desde que tenía veinticinco, buscando una nave que jamás encontraría, puesto que cayó en otro planeta. He estado loco, aunque sólo en cierto sentido, la mayor parte del tiempo. Pero ahora que voy a regresar a la Tierra, nada de eso importa.

El teniente Archer meneaba la cabeza lentamente.

- No regresará a la Tierra, veterano. A Marte, si lo desea, a las hermosas colinas marrones y amarillas de Marte. O, si no le molesta el calor, al purpúreo Venus. Pero a la Tierra no, McGarry. Ya nadie vive allí.

- ¿La Tierra ha... desaparecido? Yo no...

- No ha desaparecido, McGarry. Sigue allí. Pero es una bola carbonizada, oscura y árida, desde la guerra contra los arcturianos, hace veinte años. Ellos nos atacaron y tomaron la Tierra. Nosotros los tomamos a ellos, vencimos, los exterminamos, pero la Tierra sucumbió antes de que empezáramos. Lo siento, pero tendrá que establecerse en algún otro sitio.

McGarry dijo:

- La Tierra ya no existe. - No había expresión en su voz, ni la más mínima expresión.

Archer prosiguió:

- Ése es el resultado, veterano. Pero Marte no está tan mal. Se acostumbrará a él. Ahora es el centro del sistema solar y en él viven tres mil millones de terráqueos. Echará de menos el verde de la Tierra, claro, pero no es un mal lugar.

McGarry repitió:

- La Tierra ya no existe. - No había expresión en su voz, ni la más mínima expresión.

Archer asintió:

- Me alegro de que lo tome así, veterano. Debe ser un golpe para usted. Bien, supongo que podemos marchamos. Los tubos ya deben haberse enfriado lo suficiente. Lo comprobaré para asegurarme. - Archer se puso de pie y se encaminó hacia la pequeña nave.

McGarry desenfundó la pistola solar y le disparó. El teniente Archer desapareció. McGarry se levantó y caminó hacia la pequeña nave. Apuntó contra ella la pistola solar y apretó el gatillo. Parte de la nave se evaporó; media docena de disparos y desapareció por completo. Los pequeños átomos que habían constituido la nave y los pequeños átomos que habían sido el teniente Archer de la Patrulla Espacial podían estar danzando en el aire, pero eran invisibles.

McGarry volvió a poner el arma en la pistolera y echó a andar hacia la roja mancha de la selva cercana al horizonte.

Levantó la mano hasta su hombro para tocar a Dorothy y ella estaba allí, como había estado allí durante cuatro de los cinco años que él llevaba en Kruger III. Ella parecía, en contacto con sus dedos y su hombro desnudo, la mano de una mujer. McGarry le dijo:

- No te preocupes, Dorothy. La encontraremos. Quizá la próxima selva sea la que corresponde. Y cuando la encontremos...

Ahora estaba cerca del borde de la selva, la roja selva, y un tigre salió corriendo a su encuentro para devorarle. Un tigre color malva con seis patas y una cabeza semejante a un barril. McGarry apuntó su pistola solar y apretó el gatillo; se produjo un brillante destello verde, fugaz pero hermoso - ¡y que hermoso! - y el tigre desapareció.

McGarry rió entre dientes:

- ¿Viste eso, Dorothy? Era verde, el color que no existe en ningún planeta salvo en aquel al que iremos. El único planeta verde del sistema, y de él provengo. Te encantará.

- Sé que así será, Mac. - La gangosa y suave voz de Dorothy le resultó absolutamente familiar, tan familiar como la suya propia; ella siempre le había respondido.

Levantó la mano y la tocó mientras ella descansaba sobre su hombro desnudo. Parecía la mano de una mujer.

Se volvió y contempló la planicie marrón tachonada de arbustos marrones, el cielo violeta en lo alto, el sol carmesí. Rió; su risa no era una risa enajenada sino apacible. No tenía importancia, porque pronto encontraría la nave y así podría regresar a la Tierra.

A las verdes colinas, los verdes campos, los valles verdes. Una vez más, acarició la mano que descansaba sobre su hombro, le habló y oyó su respuesta.

Luego, con el arma preparada, penetró en la selva roja.


FIN

lunes, 14 de julio de 2008

ABOMINABLE -- FREDRIC BROWN

ABOMINABLE

Fredric Brown




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Sir Chauncey Atherton se despidió de los guías sherpas, que iban a acampar allí y dejarle continuar solo. Estaban en tierras del Abominable Hombre de las Nieves, varios centenares de kilómetros al norte del monte Everest, en el Himalaya. Los Abominables Hombres de las Nieves se habían dejado ver ocasionalmente en el Everest y en otras montañas tibetanas o nepalesas; pero el monte Oblimov, al pie del cual dejaba ahora a sus guías nativos, estaba tan lleno de ellos que ni siquiera los sherpas se atrevían a escalarlo; aunque le aseguraron que esperarían allí su regreso, en el caso de que regresara. Había que ser muy valiente para aventurarse más allá de aquel punto, Sir Chauncey era muy valiente.

Además, era un verdadero perito en cuestión de mujeres, razón por la que se encontraba allí y a punto de intentar, en solitario, no sólo una peligrosa ascensión sino también un rescate aún más peligroso. Si Lola Grabaldi aún vivía, se hallaba en poder de un Abominable Hombre de las Nieves.

Sir Chauncey nunca había visto a Lola Grabaldi en persona. En realidad, hacía menos de un mes que se había enterado de su existencia, al ver la única película cinematográfica que ella había protagonizado, y gracias a la cual se convirtió súbitamente en un personaje legendario, en la mujer más hermosa de la Tierra, en la estrella cinematográfica más encantadora que Italia había engendrado jamás; y sir Chauncey no lograba comprender que siquiera Italia lo hubiera hecho. En una sola película remplazó a la Bardot, la Lollobrigida y la Ekberg como la imagen de la perfección femenina en la mente de todos los peritos del mundo, y sir Chauncey era el mejor perito del mundo. En cuanto la vio en la pantalla, comprendió que debía verla en persona, o morir en el intento.

Pero, entonces, Lola Gabraldi ya había desaparecido. A fin de tomarse unas vacaciones después de su primera película, hizo un viaje a la India y se unió a un grupo de escaladores que pensaban conquistar el monte Oblimov. El resto del grupo había regresado, pero Lola no. Uno de ellos testificó haberla visto, a demasiada distancia para alcanzarla a tiempo, secuestrada, arrastrada a la fuerza por una peluda criatura, más o menos humana, de casi tres metros de estatura. Un Abominable Hombre de las Nieves. El grupo la había buscado varios días antes de darse por vencidos y regresar a la civilización. Todo el mundo coincidía en afirmar que, ahora, ya no había ninguna posibilidad de encontrarla con vida.

Todo el mundo menos sir Chauncey, que inmediatamente había volado de Inglaterra a la India.

Nada pudo detenerle, y ahora ascendía hacia la región de las nieves eternas. Y, además del equipo de alpinismo, llevaba el pesado rifle con el que, sólo un año antes, había cazado tigres en Bengala. Si el arma podía matar tigres, razonaba, también podía matar Hombres de las Nieves.

La nieve se arremolinaba en torno suyo mientras avanzaba hacia la línea de nubes. De repente, a unos doce metros de él, que era hasta donde su vista alcanzaba, divisó una monstruosa figura que no era totalmente humana. Alzó el rifle y disparó. La figura cayó, y siguió cayendo; se hallaba al borde de un precipicio de varios miles de metros de altura.

Y, en el mismo momento del disparo, unos brazos se cerraron en torno a sir Chauncey. Unos brazos gruesos y peludos. Y después, mientras una mano le inmovilizaba fácilmente, la otra le arrebató el rifle y lo dobló en forma de L con la misma facilidad que si se tratara de un palillo, tirándolo después.

Se oyó una voz procedente de un punto situado a unos sesenta centímetros por encima de su cabeza.

- Estate quieto y no te pasará nada.

Sir Chauncey era un hombre valiente, pero una especie de gemido fue todo lo que pudo articular, pese a la aparente garantía de las palabras. La criatura situada a su espalada le mantenía tan fuertemente apretado contra sí, que no pudo alzar ni volver la mirada para ver que cara tenía.

- Te lo explicaré - dijo la voz a sus espaldas -. Nosotros, a los que llamáis Abominables Hombres de las Nieves, somos humanos, pero transmutados. Hace muchos siglos formábamos una tribu, igual que los sherpas. Por casualidad descubrimos una droga que nos permitió cambiar físicamente y adaptarnos, gracias a un aumento de estatura, pilosidad y otros cambios fisiológicos, a un frío y una altitud extremos, así como trasladarnos a las montañas, a regiones donde otros no pueden sobrevivir, excepto los pocos días que dura una expedición de alpinismo. ¿Lo entiendes?.

- S-s-sí - consiguió articular sir Chauncey. Comenzaba a entrever un rayo de esperanza. ¿Acaso la criatura iba a explicarle estas cosas, si pensara matarle?

- En este caso, continuaré. Nuestro número es reducido, y cada día lo es más. Por esta razón ocasionalmente capturamos, tal como te hemos capturado a ti, a un alpinista. Le damos la droga transmutadora, sufre los cambios fisiológicos y se convierte en uno de nosotros. De este modo mantenemos nuestro número relativamente constante.

- P-pero - balbució sir Chauncey - ¿acaso es eso lo que le ha sucedido a la mujer que estoy buscando, Lola Grabaldi? ¿Acaso es ahora... peluda, de casi tres metros de estatura, y...?

- Lo era. Acabas de matarla. Un miembro de nuestra tribu la había tomado como compañera. No nos vengaremos de ti por haberla matado; pero ahora debes ocupar su lugar.

- ¿Ocupar su lugar? Pero... yo soy un hombre.

- Me alegro de que lo seas - dijo la voz a sus espaldas. Se vio obligado a girar bruscamente, y se encontró frente a un enorme cuerpo peludo, con la cara al mismo nivel de dos montañosos senos peludos -. Me alegro de que lo seas... porque yo soy una Abominable Mujer de la Nieves.

Sir Chauncey se desmayó, siendo inmediatamente recogido y alzado en brazos, con la misma facilidad que si de un osito de juguete se tratara, por su nueva compañera.





FIN

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