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miércoles, 10 de septiembre de 2008

SCIFI -- EL NUEVO ACELERADOR -- H. G. WELLS

SCIFI -- EL NUEVO ACELERADOR -- H. G. WELLS
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El Nuevo Acelerador
Herbert George Wells.
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En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscando un alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un descubrimiento que revolucionará la vida humana.
Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en nuestros agitados días.
Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados experimentos sorprendentes.
El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkestone. Si la memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo, porque he prestado el libro a alguien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extremo occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos hemos reunido tantas tardes a fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta hablarme acerca de sus trabajos. Es uno de esos hombres que encuentran una ayuda y un estrmulante en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino en Gower Street, en el magnífico y flamante laboratorio continuo al hospital, laboratorio que él ha sido el primero en usar.
Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteligentes, la especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el sistema nervioso. Según me han dicho, no tiene rival en sus conocimientos sobre medicamentos soporíferos, sedantes y anestésicos. También es un químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras nerviosas ha abierto pequeños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta que él juzgue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes distintos y absolutamente eficaces, de incomparable utilidad práctica. En los casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de la costa.
- Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho - me dijo hace cerca de un año -. O bien aumentan la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la conductividad nerviosa, y todas ellas causan un efecto local y desigual. Una vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un estimulante que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.
- Pero esa actividad fatigaría al hombre.
- No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como éste - y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases -, y que en este precioso frasquito se encuentra el poder de pensar con el doble de rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.
-¿Pero es posible conseguir una cosa así?
- Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, parecen demostrar algo como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vitalidad con un ciento por ciento esto lo conseguiría.
- Puede que sí- dije yo.
- Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados. ¿qué le parece...?
- Se podría suministrar una dosis al secretario particular- dije yo.
- Ganaría usted... la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que quiere acabar un libro.
- Por regla general - dije yo- suelo desear no haberlos empezado nunca.
- O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un abogado... o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.
- Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más- dije yo.
- También en un duelo- dijo Gibberne -, en donde todo depende de la rapidez en oprimir el gatillo.
- O en manejar la espada- añadí yo.
- Mire usted -dijo Gibberne -: si lo consigo gracias a una droga de efecto general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el doble que los demás.
- Oiga - dije yo, reflexionando -: ¿sería eso leal en un duelo? - Esa es una cuestión que deberán resolver los padrinos - repuso Gibberne.
-¿Y realmente cree usted que eso es posible? - repetí, volviendo a preguntas específicas.
- Tan posible - repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba vibrando por delante de la ventana- como un autobús. A decir verdad...
Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa con el frasquito verde.
- Creo que conozco la droga... He obtenido ya algo prometedor, terminó.
La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su revelación. Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimentales a no ser que se hallara muy cerca del triunfo.
- Y puede ser..., puede ser..., no me sorprendería..., que la vitalidad resultara más que duplicada.
- Eso será una cosa enorme - aventuré yo. - Será, en efecto, una cosa enorme- repitió él.
Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a ser aquello.
Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la preparación un giro comercial.
- Es una cosa buena - decía Gibberne -, una cosa estupenda. Yo sé que voy a dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de todos modos, me parece que debo reservarme el monopolio de la droga durante unos diez años, por ejemplo. No veo la razón de que todos los goces de la vida les estén reservados a los tratantes de jamones.
El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad, con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre ha sido aficionado a las paradojas sobre el espacio y el tiempo, y me parecía que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de la vida. Supóngase un hombre que se dosificara repetidamente con semejante preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los treinta emprendería el camino de la decrepitud senil.
Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en obrar. Siempre me ha maravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se puede enloquecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.
Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y que el Nuevo Acelerador era una realidad palpable. Este día lo encontré cuando subía la cuesta de Sandgate, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme el pelo); Gibberne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se dirigía a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida celeridad de sus pasos.
- Es cosa hecha - gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa -. Más que hecha. Venga a mi casa a verlo.
- ¿De verdad? - ¡De verdad! - gritó -. ¡Es increíble. Venga a verlo. - ¿Pero produce... el doble:?
- Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela! ¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y marchando a un paso tal que me obligaba a
ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la manera que lo hacen los ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto abundan en Folkestone; todos los colores brillaban de manera increíble, y todos los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas condiciones. Jadeando, pedí misericordia.
- No andaré muy de prisa, ¿verdad? - exclamó Gibberne, reduciendo su paso a una marcha todavía rápida.
-¿Ha probado usted ya esa droga? - dije yo, soplando.
- No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que enjuagué para quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso ya es cosa pasada.
-¿Y duplica la actividad? - pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa, sudando de una manera lamentable.
-¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! - exclamó Gibberne con un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha cancela de viejo roble tallado.
-¿Eh?- dije yo, siguiéndole hacia la puerta.
- Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica - dijo Gibberne con el llavín en la mano.
- ¿Y usted...?
- Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de la visión una forma enteramente nueva... ¿Sabe Dios cuántos miles de veces? Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.
- ¿Ensayar la droga?- exclamé yo mientras seguíamos el corredor.
- ¡Claro! - dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho -. ¡Ahí está, en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!
Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teoría. Tenía miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.
- Hombre - dije, cavilando -, ¿dice usted que la ha probado? - Sí; la he probado - repuso -, y no parece que me haya hecho dañe, ¿verdad? Ni siquiera tengo mal color, y, por el contrario, siento...
- Venga la poción - dije yo, sentándome -. Si la cosa sale mal, me ahorraré el cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:'
- Con agua - repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella encima de la mesa.
Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que estaba sentado en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.
- Es una droga singular, ¿sabe usted?- dijo. Yo hice un gesto con la mano, y él continuó:
- Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vista depende de la duración de las vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos, la retina recibe una especie de sacudida, una desagradable confusión vertiginosa. Así que téngalos cerrados.
- Bueno; los cerraré.
- La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora. Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.
-¡Dios mío! - dije yo -. ¿Y pretende usted...? - Ya verá usted - dijo él, alzando un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:
- Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer ensayo.
El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.
- No se olvide de lo que le he dicho - dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un vaso de una manera misteriosa -. Permanezca sentado con los ojos herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos. Luego me oirá usted hablar.
Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.
- A propósito - dijo -: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano, descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora... Gibberne alzó su vaso.
- ¡Por el Nuevo Acelerador! - dije yo. - ¡Por el Nuevo Acelerador! - repitió él.
Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un intervalo indefinido permanecí en una especie de nirvana. Luego oí decir a Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era que éste estaba vacío. - ¿Qué?- dije yo.
-¿No nota nada de particular?
- Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. -¿Y ruidos?
- Todo está tranquilo - dijo yo -. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tranquilo, salvo este tenue Pat-pat, pat-,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos diferentes. ¿Qué es eso?
- Sonidos analizados- creo que me respondió; pero no estoy seguro.
Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:
-¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil como esa?
Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el momento de ser agitada vivamente por el viento.
- No - dije yo -; es extraño.
-¿Y esto?- dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo. Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el aire
- En nuestras latitudes- dijo Gibberne-, un objeto que cae recorre, hablando en general, cinco metros en el primer segundo de su caída. Este vaso está cayendo ahora a razón de cinco metros por segundo. Lo que sucede, ¿sabe usted?, es que todavía no ha transcurrido una centésima de segundo. Esto puede darle una idea de la actividad vital que nos ha dado mi Acelerador.
Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó con mucho cuidado sobre la mesa.
-¿Eh?- dijo riéndose.
- Esto me parece magnífico- dije yo, y empecé a levantarme del sillón con gran cautela.
Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.
Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube inerte de polvo tras la rueda posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía. Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.
- Gibberne - exclamé -, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ - ¡Dios sabe! - repuso él -. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto disminuye de una manera bastante súbita.
Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a que éramos dos los expuestos.
-¿Por qué no salir a la calle? - pregunté yo. -¿Por qué no:'
- La gente se fijará en nosotros. .
- De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos! ¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?
Salimos por la ventana.
Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el más extraño y el más loco de todos.
Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un minuciosos examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior del cochero, que en ese preciso instante se puso a bostezar, se movían perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y absolutamente silencioso, excepto un tenue ruido que salía de la garganta de un hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y once viajeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos, empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagradable.
Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, petrificadas en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un hombre se sonreían mutuamente, con una sonrisa oblicua que amenazaba hacerse eterna; una mujer con una pamela de amplias alas apoyaba el brazo en la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida mirada de la eternidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reíamos de ellos y les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desagrado, y dando media vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.
- ¡Cielo santo! - exclamó de pronto Gibberne-. ¡Mire!
Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente lento.
A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo. La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el ruido que hacía era para nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se hallaban en pie, y maniquíes extraños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían en actitudes inestables, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar, y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.
-¡Oh, mire usted! - exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas con vestidos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior del globo del ojo como una tenue línea blanca.
- ¡Como el Cielo me conceda memoria - dije yo - nunca volveré a guiñar el ojo!
- Ni a sonreír - añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las damas.
- Hace un calor infernal - dije yo -. Vayamos más despacio. - ¡Bah! ¡Sigamos! - dijo Gibberne.
Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la mitad de una lucha violenta por doblar un periódico, a pesar del viento. Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban expuestas a una brisa considerable, que, sin embargo, no existía por lo que a nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y nos volvimos a contemplarla.
El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla inconcebible. Era absurdo, desde luego; pero me llenaba de un sentimiento exaltado, irracional, de superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y hecho desde que la droga había empezado a actuar en mi organismo había sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un abrir y cerrar de ojos.
- El Nuevo Acelerador... - empecé yo; pero Gibberne me interrumpió.
- Ahí está esa vieja infernal. -¿Qué vieja?
- Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!
Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria. El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento, mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo con un perro de madera.
- ¡Gibberne! - grité yo -. ¡Suéltelo!
Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: -Gibberne, si sigue usted corriendo así, se le va a prender fuego la ropa- ya se le empezaba a chamuscar el pantalón.
Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del barranco.
- Gibberne - grité yo, corriendo tras él -. Suéltelo. ¡Este calor es excesivo! ¡Es debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kilómetros por segundo! ... ¡Y el frotamiento del aire! ...
- ¿Qué? - dijo Gibberne, mirando al perro.
- El frotamiento del aire! - grité yo -. El frotamiento del aire. Vamos demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne! ¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.
- ¿Eh? - dijo él.
- La droga se disipa - repetí yo -. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa. Yo estoy empapado de sudor.
Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban animadamente. Gibberne me cogió del codo.
- ¡Por Júpiter! - exclamó -. Me parece que sí se disipa. Una especie de picor abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamente.
Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte! Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéramos corrido, creo que nos hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?... Pero antes que hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de una ínfima fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí la voz de Gibberne muy alarmada: - Siéntese - exclamó.
- Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo. Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo tiempo, la paralización general pareció cesar; las vibraciones desarticuladas de la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas empezaron a agitarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y todas las personas sentadas se movieron y hablaron.
El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto del mundo.
Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación. Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su velocidad, cayó con súbita celeridad a través de la sombrilla de una dama.
Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que estaba sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, luego nos miró varias veces con gran desconfianza y me parece que acabé por decir algo a su enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debimos de llegar allí bruscamente. Casi en el acto dejamos de chamuscarnos, aunque la hierba que había debajo de mí desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinadamente) había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido todavía más pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo supersticiosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión; estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones. En cuanto estuvimos lo suficientemente fríos y nos recobramos de nuestro vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y bordeando la muchedumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de la metrópoli hacia la casa de Gibberne. Pero entre el tumulto oí muy distintamente al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota, que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las sillas.
- Si usted no ha tirado el perro - le decía -, ¿quién ha sido?
El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalones blancos de Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me impidieron hacer sobre todas estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no hice ninguna observación de algún valor científico sobre este retorno. La abeja, desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros, con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cerca de la iglesia próxima.
A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.
Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Prácticamente habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y haciendo toda clase de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora mientras la banda había tocado dos compases. Pero el efecto causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que nosotros lo examináramos a gusto. Teniendo en cuenta todas las cosas, y particularmente nuestra temeridad al aventurarnos fuera de la casa, el experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue. Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostrada ciertamente de una manera indiscutible.
Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constantemente a control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de un tirón y sin otra interrupción que la necesaria para tomar un poco de chocolate. La empecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca la media y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininterrumpida cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compromisos, nunca podría elogiarse demasiado.
Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación, teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en tipos de diferente constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia actual, más bien excesiva, de su droga. El Retardador, como es natural, causará el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una inacción apática, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesariamente una completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las horas de penalidad o de tedio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador, que en realidad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda, controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero de ningún modo excesivo si se consideran sus extraordinarias cualidades. Se llamará Acelerador Nervioso de Gibberne, y éste espera hallarse en condiciones de facilitará en tres distintas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, respectivamente.
No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndose de este modo, por decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones potentes, ésta sería susceptible de abuso.
No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y hemos decidido que eso es puramente un problema de jurisprudencia médica completamente al margen de nuestra jurisdicción. Nosotros fabricaremos y venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias..., ya veremos.


martes, 9 de septiembre de 2008

SCIFI -- REFUGIADO -- ARTHUR C. CLARKE

SCIFI -- REFUGIADO -- ARTHUR C. CLARKE
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Refugiado
Arthur C. Clarke
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La presente historia fue escrita en 1954, y no pretendo que no haya ningún
parecido con algún personaje vivo. Desde que conocí al prototipo del «Príncipe
Henry», en tres ocasiones y más concretamente en la última, aquí en Colombo,
hace sólo unos pocos meses, cuando tuvimos una conversación curiosamente
vinculada a esta historia.
Nuestro primer encuentro fue en una exposición allá por 1958, llamada, con gran
optimismo, «Gran Bretaña en los albores de la Era Espacial». Su alteza real se rió
y comentó con ironía: «Nunca lo logramos, ¿verdad?»
En realidad, no era del todo cierto, dado que, en la actualidad, hay muchos
satélites del Reino Unido en órbita y pronto habrá (por cortesía del U.S. Space
Shuttle) algunos británicos en el espacio. Pero no era eso exactamente en lo que
yo estaba pensando.
Bueno, Isaac Newton «inventó» la gravedad. Tal vez algún día nosotros los
británicos tengamos la fortuna de lograr «desinventarla».
- Cuando venga a bordo - dijo el capitán Saunders mientras esperaba que la
rampa de desembarque quedara en posición -, ¿cómo deberé llamarle?
Hubo un prolongado silencio mientras el oficial de navegación y el ayudante del
piloto se ponían de acuerdo respecto al problema del protocolo
Luego, Mitchell cerró el control principal y todos los mecanismos y circuitos de la
nave quedaron de inmediato en suspenso al cortarles el fluido eléctrico.
- La manera en que uno debe dirigirse a él - y lo pronunció con el mayor cuidado -,
es «Su Alteza Real».
- ¡Bah! - rugió el capitán -. ¡Que me parta un rayo si alguna vez llego a usar una
expresión tan ridícula!
- En estos tiempos de rápidos cambios y exaltación democrática - arguyó
Chambers -, creo que «señor» es más que suficiente. Y no hay necesidad de
preocuparse si uno se olvida. Hace ya mucho tiempo que nadie ha sido enviado a
la Torre por algo de tan poca monta. Además, este Enrique no es un personaje tan
severo como lo fue aquel otro de las muchas esposas.
- Según dicen - agregó Mitchell - parece ser que es un joven muy agradable, y
también instruido. En ciertas ocasiones, ha efectuado preguntas técnicas que han
puesto en aprietos a más de uno.
El capitán Saunders ignoró ese comentario y concluyó que, si el príncipe Enrique
quería saber cómo funcionaba un Generador Compensador de Campo, Mitchell se
lo explicaría sin ninguna dificultad. Se levantó cuidando muy bien sus
movimientos, pues había estado trabajando en condiciones de escasa gravedad
durante el vuelo, y ahora, en la Tierra, le suponía un gran esfuerzo mantener el
equilibrio, y se dirigió al corredor que conducía a la compuerta inferior. Con un
sofocado chasquido metálico, la puerta se abrió suavemente hacia un lado.
Iniciando una sonrisa, se dirigió a las cámaras de televisión y al heredero de la
corona británica.
El hombre que algún día sería Enrique IX de Inglaterra no pasaba aún de los
veinte años. Era de una estatura ligeramente inferior a la de tipo medio; tenía las
facciones delicadas y bien proporcionadas, en total consonancia con lo impuesto
por los cánones genealógicos. El capitán Saunders, que provenía de Dallas, y por
tanto se hallaba poco dispuesto a dejarse impresionar por ningún príncipe, se
encontró de repente impresionado por la tristeza de sus ojos. Eran ojos que ya
habían visto demasiadas recepciones y desfiles, que estuvieron forzados a ser
testigos de innumerables cosas carentes de sentido, que nunca tuvieron la
oportunidad de pasear por lugares que no hubieran sido planificados previamente.
Mirando aquel orgulloso y fatigado rostro, el capitán Saunders vislumbró por
primera vez la extrema soledad de la realeza. Todo su desagrado respecto a esta
institución le pareció de escasa importancia a la vista de su mayor defecto: lo que
realmente consideraba mal en la monarquía era la deslealtad de infligir tal carga
sobre ciertas personas.
Los pasillos del Centaurus eran demasiado estrechos como para permitir una
visión general; pero pronto quedó claro que la novedad del nuevo ambiente no le
incomodaba demasiado.
Y una vez que todos se hubieron acostumbrado a aquellos angostos recintos,
Saunders olvidó sus reservas referentes al trato con el príncipe. Pronto tuvo con él
la misma relación que con cualquier otro visitante. Una de las primeras lecciones
que la realeza debe aprender es cómo lograr que la gente no se encuentre
incómoda en su presencia.
- ¿Sabe una cosa, capitán? - dijo el príncipe con aire pensativo -. Este es un gran
día para nosotros. Siempre esperé que fuera posible que una nave espacial
partiera desde la misma Inglaterra. Sin embargo todavía se nos hace extraño tener
una base propia después de tantos años. Dígame, ¿hace mucho que está usted
vinculado con la propulsión a reacción?
- La verdad es que he hecho algunos cursos sobre ella. No obstante, lo que en
realidad me ha dado el cabal dominio del tema ha sido sin duda la experiencia
práctica de estos últimos años. He tenido la fortuna de que el desarrollo de mis
estudios se haya realizado en el período en que la tecnología espacial estaba en
pleno desarrollo y la propulsión química dejaba ya paso a los nuevos sistemas. En
ese sentido, he tenido suerte. Algunas personas mayores que yo necesitaron
volver a hacer cursos para ponerse al día en el tema, se vieron obligados a
desvincularse de él, al no poder adaptarse a los nuevos sistemas de propulsión.
- ¿Tan grande es la diferencia?
- Por supuesto que sí. El tema de los reactores espaciales es de una enorme
complejidad y entre un sistema y otro hay la misma diferencia que separa la
navegación a vela de la de vapor. Es una analogía que oirá mencionar con
frecuencia. Ha habido toda una épica respecto a los primeros tiempos de la
navegación espacial por medio de combustibles químicos, del mismo modo que la
hubo en los momentos culminantes de los grandes veleros oceánicos. Cuando el
Centaurus despega, por ejemplo, lo hace tan silenciosamente como un globo,
incluso con una aceleración reducidísima que no causa ninguna molestia. En
cambio, el despegue de una gran nave a reacción se oye a muchos kilómetros de
distancia, con gran estruendo, y se produce en medio de una enorme masa de
gases incandescentes. Seguro que lo habrá visto más de una vez en películas de
esa época.
- Oh, sí - respondió el príncipe con una sonrisa -, las he visto muchas veces. Creo
que no me he perdido ninguna de las correspondientes a los inicios de la carrera
espacial. La verdad es que lamenté la desaparición de la navegación a reacción.
De todos modos, nunca habríamos podido tener una base de lanzamiento aquí en
Salisbury Plain con el ruido que se hubiera producido. Hasta es probable que las
mismas construcciones de Stonehenge se hubieran deteriorado.
- ¿Stonehenge? - preguntó Saunders mientras abría una escotilla para permitir el
paso del príncipe a la bodega número tres.
- Sí, sí; el monumento paleolítico cercano a la base. Es con seguridad la
construcción prehistórica mejor conservada. Tiene más de tres mil años. No está a
más de diez kilómetros de aquí. Le recomiendo que lo vea. Lo hallará interesante.
El capitán Saunders ensayó una sonrisa. Curioso país éste. ¿En qué otro lugar
podrían encontrarse contrastes de este tipo? Eso le hacía sentirse inmaduro y un
poco tosco y se veía forzado a reconocer que, por ejemplo, Billy The Kid equivalía
en Estados Unidos a un hecho como la historia antigua en Europa y que sería muy
difícil encontrar en toda Texas algún rastro que excediera los quinientos años. Por
primera vez le pareció creer que estaba entendiendo lo de la tradición. Eso le
otorgaba al príncipe Enrique algo que él nunca había poseído: serenidad y
equilibrio, confianza en sí mismo. Sí, sin duda todo eso. Y una clase de orgullo
desprovisto de arrogancia.
Sorprendía el gran número de preguntas que el príncipe fue capaz de hacer en los
treinta minutos que se habían destinado para ello durante su recorrido por el
carguero. No eran las preguntas rutinarias que la gente suele hacer por simple
cortesía y con escaso interés en las respuestas. Su Alteza Real, el príncipe
Enrique, poseía muy buenos conocimientos de navegación espacial, y el capitán
Saunders estaba agotado cuando volvió al comité de recepción que lo aguardaba
pacientemente fuera del Centaurus.
- Le quedo muy agradecido, capitán - manifestó, estrechándole la mano a la salida
de la nave -. Hacía tiempo que no pasaba un rato tan interesante. Espero que
tenga una agradable estancia en Inglaterra, y un feliz viaje.
Luego, en compañía de su séquito y de los representantes de la base, continuaron
con la visita de otras instalaciones, lo que dio oportunidad al personal de aduanas
para verificar la documentación de la nave.
- Bien - dijo Mitchell -, ¿qué opina del príncipe?
- La verdad es que me ha sorprendido - respondió Saunders con franqueza -.
Jamás me habría dado cuenta de que era un príncipe. Siempre pensé que
formaban parte de un grupo de gente constituido por personas inútiles e
impertinentes. Lo cierto es que conocía los fundamentos del Generador de
Campo. ¿Sabes por casualidad si ha salido alguna vez al espacio?
- Me parece que en una ocasión. Fue como un salto por encima de la atmósfera
en una nave de la Fuerza espacial. Pero no alcanzó la órbita. Regresó antes de
ello... El primer ministro casi tuvo un ataque al corazón. Se produjeron debates en
la Cámara y el Times le dedicó varios editoriales. Todos se hallaban de acuerdo
en que el heredero del trono era demasiado valioso para arriesgarse con estos
nuevos inventos. Por lo tanto, aunque tiene el rango de comodoro en la Real
Fuerza Espacial, nunca ha estado en la Luna.
- ¡Pobre chico...! - exclamó el capitán Saunders.
Tuvo tres días de inactividad, puesto que no era asunto suyo supervisar la carga
de la nave ni las tareas de mantenimiento que se llevaban a cabo antes del vuelo.
Saunders conocía a muchos capitanes que daban vueltas por ahí, respirando
pesadamente encima de los pescuezos de los maquinistas de servicio. Pero él no
era de ese tipo. Además, deseaba ver Londres. Había estado en Marte, en Venus
y en la Luna; pero ésta era su primera visita a Inglaterra. Mitchell y Chambers le
habían proporcionado informaciones útiles y le habían dejado en el monorraíl de
Londres antes de desaparecer para visitar a sus propias familias. Estarían de
regreso en el aeropuerto espacial un día antes que él, a fin de comprobar que todo
se encontraba en orden. Constituía un gran alivio tener unos oficiales en los que
se pudiera confiar por completo. Carecían de imaginación y eran cautelosos, pero
minuciosos hasta el fanatismo. Si decían que todo estaba en orden, Saunders
sabía que podía despegar sin el menor recelo.
El esbelto y alargado cilindro silbó a través del muy cuidado paisaje. Estaba tan
cerca del suelo, y viajaba tan de prisa, que sólo se podía captar una rápida
impresión de las ciudades y campos que destellaban bajo él. Saunders pensó que
todo era tan increíblemente compacto, que parecía hecho a una escala liliputiense.
No había espacios abiertos, ni campos que tuviesen una extensión superior a un
par de kilómetros en cada dirección. Aquello era suficiente para causar
claustrofobia a un tejano, en particular a un tejano que era al mismo tiempo un
piloto espacial.
El bien definido contorno de Londres apareció en el horizonte como el baluarte de
una ciudad amurallada. Con escasas excepciones, los edificios eran muy bajos, tal
vez de quince o veinte pisos. El monorraíl corría a través de un estrecho cañón,
por encima de un parque muy atractivo; y de un río que cabía suponer que era el
Támesis. Luego, se detenía tras una firme y poderosa explosión de
desaceleración. Por un altavoz se oyó una voz tan moderada que parecía tener
miedo a elevarse más de la cuenta: «Hemos llegado a Paddington -dijo-. Los
pasajeros que vayan al Norte sírvanse continuar en sus asientos» Saunders sacó
su equipaje de la redecilla y se encaminó hacia la estación.
Cuando entró en el Metro, pasó ante un quiosco y echó un vistazo a las revistas
que exhibía. La mitad de ellas traían fotos del príncipe Enrique o de otros
miembros de la familia real. Saunders pensó que aquello era demasiado para ser
bueno. También se percató de que todos los periódicos de la tarde mostraban al
príncipe entrando o saliendo del Centaurus. Compró unos ejemplares para leerlos
en el Metro; o, como aquí le llamaban, el Tube.
Los comentarios editoriales tenían un monótono parecido. Al final, se alegraban.
Inglaterra ya no necesitaba ocupar un asiento trasero entre las naciones punteras
en la carrera del espacio. Ahora era posible operar una flota espacial sin tener
millones de kilómetros cuadrados de desierto. Los navíos actuales, silenciosos y
que desafiaban la gravedad, aterrizaban, si era necesario, en el Hyde Park, sin
turbar ni siquiera a los patos que se hallaban en el Serpentín. Saunders encontró
raro que esta clase de patriotismo hubiese logrado sobrevivir en la era espacial;
pero supuso que los británicos se habían sentido bastante mal cuando tuvieron
que alquilar lugares de lanzamiento a los australianos, los estadounidenses y los
rusos.
El Metro de Londres era aún, después de un siglo y medio, el mejor sistema de
transporte del mundo, y dejó a Saunders en su destino, sano y salvo, antes de
diez minutos de haber dejado Paddington. En ese tiempo, el Centaurus podría
haber cubierto setenta y cinco mil kilómetros; pero había que reconocer que el
espacio no estaba tan atestado. Ni las órbitas de los ingenios espaciales eran tan
tortuosas como las calles que Saunders tenía que salvar para llegar a su hotel.
Todos los intentos por hacer un Londres más recto fracasaron de forma
desalentadora; y transcurrió un cuarto de hora antes de que pudiera completar los
últimos cien metros de su viaje.
Se quitó la chaqueta y se dejó caer en la cama. Quedó pensativo. Tres días
tranquilos, y sin obligaciones, para él solo. Parecía demasiado bueno para ser
verdad.
Así fue. Apenas había tenido tiempo para inspirar con fuerza cuando sonó el
teléfono.
- ¿Capitán Saunders? Me alegro mucho de dar con usted. Aquí la «BBC».
Tenemos un programa que se llama, «La ciudad por la noche», y nos hemos
preguntado si..
El estrépito de la puerta de descompresión fue el sonido más dulce que Saunders
había oído durante días. Ahora estaba a salvo; nadie podría llegar hasta él en su
fortaleza blindada, y muy pronto se encontraría en la libertad del espacio. Y no es
que lo hubiesen tratado mal. Por el contrario, se habían portado demasiado bien
con él. Efectuó cuatro (¿o eran cinco?) apariciones en varios programas de
televisión; asistió a más fiestas de las que podía recordar; hizo centenares de
nuevos amigos y, por el estado en que ahora se hallaba, había olvidado a otros
antiguos.
- ¿Quién extendió el rumor - preguntó a Mitchell cuando se encontraron en el
puerto - de que los británicos eran reservados y distantes? Que el cielo me ayude
si tengo que encontrarme con un inglés efusivo.
- Creí que lo habías pasado muy bien - le respondió Mitchell.
- Pregúntamelo mañana - replicó Saunders -. Para entonces ya me habré
reintegrado por completo a mi psique.
- Te vi en el programa de entrevistas de anoche - comentó Chambers -. Parecías
bastante fantasmal.
- Gracias. Ese tipo de simpático aliento es lo que me hace falta. Me gustaría que
pensases en algún sinónimo de «aburrido» después de haber estado en pie hasta
las tres de la madrugada.
- Tedioso - contestó en seguida Chambers.
- Soporífero - agregó Mitchell para no verse superado. - Ganas. Vamos a ver esos
programas de revisiones y comprobemos lo que los maquinistas han hecho.
Una vez sentados ante el pupitre de control, el capitán Saunders volvió con
rapidez a su manera de ser habitual y eficiente. Se encontraba de nuevo en casa y
su entrenamiento había acabado. Sabía muy bien lo que debía hacer y lo hacía
con matemática precisión. Uno a su derecha y otro a su izquierda, Mitchell y
Chambers estaban comprobando sus instrumentos y llamando a la torre de
control.
Tardaron una hora en realizar la elaborada rutina previa al vuelo. Cuando la última
firma se estampó en la última hoja y la última lucecilla roja del panel de
comprobaciones cambió a verde, Saunders se retrepó en su asiento y encendió un
cigarrillo. Tenía diez minutos que consumir antes del despegue.
- Un día - dijo -, voy a llegar a Inglaterra de incógnito para averiguar cuál es la
causa de que ese sitio se conserve. No comprendo cómo se puede amontonar
tanta gente en una isla tan pequeña sin que se hunda.
- Tendrías que ver Holanda - le replicó Chambers -. Hace que Inglaterra parezca
tan extensa como Texas.
- Y también está ese asunto de la familia real. Como ya sabrás, a cualquier sitio
que fuera, todo el mundo me preguntaba qué he hecho con el príncipe Enrique: de
qué hemos hablado, si me parece un tipo interesante... y cosas de ésas. He
llegado a hartarme. No sé cómo habéis podido soportarlo durante un millar de
años.
- No creas que la familia real es tan popular siempre - contestó Mitchell -.
¿Recuerdas lo que le sucedió a Carlos I? Y algunas de las cosas que hemos dicho
acerca de los primeros Jorges son tan rudas como las observaciones que tu gente
hizo después...
- Simplemente, nos gusta la tradición - prosiguió Chambers -. No tememos el
cambio cuando llega el momento; pero, en lo que se refiere a la familia real, verás,
se trata de algo único, y estamos muy orgullosos de ella. Es parecido a lo que tú
sientes respecto a la Estatua de la Libertad.
- No es un ejemplo muy justo. Y no creo que sea correcto poner a unos seres
humanos encima de un pedestal y tratarlos como si fueran... una especie de
pequeños dioses. Por ejemplo, mira al príncipe Enrique. ¿Crees que tiene la
menor posibilidad de hacer las cosas que realmente desea? Lo he visto tres veces
por la tele cuando estuve en Londres. La primera inauguraba una escuela en
alguna parte; la segunda dirigía un discurso a la Venerable Compañía de
Pescaderos, en el Ayuntamiento. Juro que no me invento nada. Y la tercera
soportaba una alocución de bienvenida por parte del alcalde de Podunk, o
cualquier sitio equivalente...
- Wigan - le interrumpió Mitchell.
- Creo que preferiría vivir en una cárcel a llevar esa clase de vida... ¿Por qué no
dejáis en paz al pobre chico?
Por una vez, ni Mitchell ni Chambers acudieron al desafío. Mantuvieron un silencio
glacial.
«Me parece que lo he estropeado» - pensó Saunders -. Debería haber mantenido
la boca cerrada; ahora he herido sus sentimientos. Debería haber recordado aquel
consejo que leí no sé dónde: Los británicos tienen dos religiones, el cricket y la
familia real. Nunca intentes criticar ni una cosa ni la otra.
La pesada pausa se vio interrumpida por la radio y la voz del controlador del
puerto espacial.
- Control a Centaurus. Despejada su pista. Todo listo para el despegue.
- El programa de despegue empieza... ahora... - respondió Saunders, impulsando
el conmutador principal.
Luego, se inclinó hacia atrás, con los ojos fijos en el panel de control y las manos
cerca del tablero, preparadas para una acción instantánea.
Estaba tenso pero muy seguro. Cerebros mejores que el suyo (cerebros de metal
y cristal y destellantes corrientes de electrones) se habían hecho cargo ahora del
Centaurus. Si era necesario, podía tomar el mando; pero, hasta entonces, no se
había ocupado nunca manualmente de una nave ni esperaba tener que hacerlo
jamás. Si el sistema automático fallaba, podría cancelar el despegue y seguir en
Tierra hasta que el fallo se hubiese arreglado.
El campo principal se puso en funcionamiento y el peso disminuyó en Centaurus.
Se produjeron unos gruñidos de protesta por parte del casco de la nave y de su
estructura, mientras los esfuerzos se redistribuían por sí mismos. Los brazos
curvados de la horquilla de aterrizaje no soportaban ya ninguna carga, y la menor
ráfaga de viento podría llevar al carguero por el espacio.
Llamaron de nuevo desde la torre de control.
- Su peso es ahora igual a cero. Compruebe los ajustes.
Saunders contempló los medidores. El empuje del campo era exactamente igual
que el peso de la nave, y las lecturas de los medidores estaban de acuerdo con
los totales de los planes de carga. En ese preciso instante, esta comprobación
hubiese revelado la presencia de un simple polizón a bordo de la nave espacial;
hasta tal punto eran sensibles los calibradores.
- Un millón quinientos sesenta mil cuatrocientos veinte kilogramos - leyó Saunders
en los indicadores de impulso -. Bastante bien, comprobado dentro de una posible
diferencia de quince kilos. La primera vez, sin embargo, estaba un poco por
debajo del peso. Has debido comerte demasiados caramelos de tus rollizas
amigas en Port Lowell, Mitch.
El piloto ayudante le devolvió una retorcida sonrisa. No había tenido nunca en
Marte ninguna cita a ciegas que le hubiese proporcionado la no deseada
reputación de preferir a las rubias monumentales.
No se produjo la menor sensación de movimiento; pero el Centaurus se
encontraba ya deslizándose por el cielo veraniego. Su peso no sólo se había
neutralizado sino que había Ilegado a invertirse. A los observadores que
estuviesen debajo, les daría la impresión de una estrella que se remontase con
suavidad, un globo plateado que trepase a través de las nubes y siguiera luego
más allá. En torno de la nave, el azul de la atmósfera se ahondaba hacia la eterna
oscuridad del espacio. Como un abalorio que se moviese a lo largo de un hilo
invisible, el carguero seguía la pauta de las ondas de radio que lo llevarían de
mundo en mundo.
Este, pensó el capitán Saunders, era su vigésimo sexto despegue de la Tierra.
Pero la capacidad de maravillarse nunca se pierde, ni tampoco la creciente
sensación de poder que proporciona hallarse sentado al panel de control, dueño
de unas fuerzas más allá incluso de los antiguos dioses de la Humanidad. Nunca
había dos partidas iguales. Unas tenían lugar al amanecer; otras hacia el
crepúsculo vespertino. Había veces en que la Tierra tenía los cielos cubiertos. En
otras ocasiones, se salía a través de unos cielos claros y deslumbrantes. El
espacio en sí podía parecer inmutable; pero, en la Tierra, nunca se producía dos
veces la misma situación, y ningún hombre veía dos veces el mismo paisaje o el
mismo firmamento. Abajo, las olas del Atlántico marchaban eternamente hacia
Europa. Por encima de ellas (¡pero muy por debajo del Centaurus!) las brillantes
masas de nubes avanzaban delante de los mismos vientos. Inglaterra comenzó a
emerger en el continente, y la línea de la costa europea se hizo más imprecisa y
neblinosa mientras se hundía más allá de la curva del mundo. En la frontera
oriental, una mancha fugitiva en el horizonte era el primer esbozo de América. Con
una sola mirada, el capitán Saunders podía abarcar todas las leguas por las que
Colón se había esforzado hacía ya mil quinientos años.
Con el silencio de la potencia sin límites, la nave se liberó de las últimas ligaduras
que la unían a la Tierra. Para un observador exterior, el único signo de las
energías que se estaban gastando hubiera radicado en el resplandor rojo de las
aletas, situadas en torno al ecuador de la nave, mientras la pérdida de calor de los
conversores de masa se disipaba en el espacio.
«14:03:45 -escribió nítidamente el capitán Saunders en el cuaderno de
navegación-. Alcanzada la velocidad de escape. Desdeñable la desviación del
rumbo.»
No tenía demasiado interés registrar aquella entrada. Los modestos cuarenta mil
kilómetros por hora que habían sido el objetivo casi inalcanzable de los primeros
astronautas, ya no tenían ningún valor, dado que el Centaurus seguía acelerando
y continuaría durante horas ganando velocidad. Pero aquello poseía una profunda
significación psicológica. Hasta este momento, de haber fracasado la potencia,
hubieran caído de nuevo sobre la Tierra. En cambio, ahora, la gravedad ya no
podía volver a capturarlos, pues habían logrado la libertad del espacio y podrían ir
alcanzando los planetas. Naturalmente, en la práctica habría cosas espantosas
que se deberían pagar en el caso de no llegar a Marte y entregar el cargamento
según lo planeado. Pero el capitán Saunders, al igual que todos los hombres del
espacio, era un romántico. Incluso en un plácido recorrido como éste, soñaba a
veces en la gloria anillada de Saturno o en las sombrías vastedades de Neptuno,
iluminado por los fuegos distantes de un Sol hundido.
Una hora después del despegue, según el solemne ritual, Chambers permitió que
el ordenador del rumbo se hiciese cargo por sus propios mecanismos. Sacó las
tres copas que se encontraban debajo de la mesa de los mapas. Mientras
realizaba el brindis tradicional por Newton, Oberth y Einstein, Saunders se
preguntó cómo se había originado esta pequeña ceremonia.
Las tripulaciones espaciales la habían realizado por lo menos durante sesenta
años; tal vez incluso pudiera rastrearse hasta el legendario ingeniero de cohetes
que realizó la observación:
«He gastado más alcohol en sesenta segundos del que jamás se llegará a vender
en este piojoso bar..»
Dos horas después, había llegado ya al ordenador la última corrección del rumbo,
que las estaciones de seguimiento de la Tierra le suministraban. Desde este
momento hasta que Marte surgiese ante ellos, tendrían que obrar por su cuenta.
Aquél era un pensamiento solitario, pero también curiosamente divertido.
Saunders lo saboreó. Aquí se encontraban sólo ellos tres, y no habría nadie más
en un espacio de millones de kilómetros.
En tales circunstancias, la detonación de una bomba atómica no hubiera sido más
estremecedora que el modesto golpe que se produjo en la puerta de la cabina...
El capitán Saunders no se había visto más desconcertado en toda su vida. Con un
gañido que había surgido de él antes de tener la menor posibilidad de inhibirlo, se
escapó de su asiento y se alzó más de un metro antes de que la gravedad residual
de la nave le arrastrase de nuevo hacia abajo. Chambers y Mitchell se
comportaron con la tradicional flema británica. Se dieron la vuelta en sus asientos
provistos de cinturones, miraron hacia la puerta y aguardaron a que el capitán
tomase las medidas oportunas.
A Saunders le costó varios segundos recuperarse. De haberse visto enfrentado
con lo que se pudiera llamar una emergencia normal, ya se hubiera encontrado a
mitad de camino en un traje espacial. Pero un confiado golpe en la puerta de la
cabina de control, cuando todos los demás tripulantes se encontraban a su lado,
no constituía una prueba lo que se dice muy justa.
Un polizón era algo que resultaba imposible. El peligro había resultado tan obvio
desde el principio de los vuelos espaciales comerciales, que se habían tomado al
respecto las precauciones más severas. Saunders sabía que uno de sus oficiales
había estado siempre de servicio durante las operaciones de carga; nadie hubiera
podido entrar en la nave sin haber sido visto. Luego, tuvo lugar una detallada
inspección antes del vuelo, llevada a cabo tanto por Mitchell como por Chambers.
Finalmente, se llevó a cabo la comprobación de peso en el momento anterior al
despegue, y eso resultaba de lo más concluyente. No, un polizón era algo
totalmente...
El golpe en la puerta se oyó de nuevo. El capitán Saunders cerró los puños y
adelantó el mentón. Pensó que, dentro de unos minutos, algún idiota romántico iba
a sentirlo demasiado...
- Abra la puerta, Mr. Mitchell - gruñó Saunders.
Con un solo paso largo, el piloto ayudante cruzó la cabina y descorrió el pasador.
Durante lo que pareció un tiempo infinito, nadie hablo. Luego, el polizón, ondeando
levemente en aquella baja gravedad, entró en la cabina. Se le veía muy dueño de
sí mismo y también muy complacido.
- Buenas tardes, capitán Saunders - dijo -. Debo presentar mis disculpas por esta
repentina intrusión...
Saunders tragó con fuerza. Luego, mientras las piezas de aquel rompecabezas
iban poniéndose en su lugar, miró primero a Mitchell, luego a Chambers. Ambos
oficiales le respondieron con una mirada cándida y unas expresiones de inefable
inocencia.
- Así que era eso...
No hubo necesidad de más explicaciones. Todo quedaba clarísimo. Era fácil
imaginar las complicadas negociaciones, las reuniones hasta medianoche, las
falsificaciones de antecedentes, la descarga de mercancías no del todo necesarias
que aquellos colegas, en los que confiaba tanto, habían estado llevando a cabo a
sus espaldas. Estaba seguro de que todo aquello constituiría un relato interesante;
pero no deseaba oír nada. Se hallaba demasiado atareado preguntándose qué
tendría que decir el El Manual de la ley espacial respecto a una situación como
aquélla, aunque ya se hallaba lúgubremente seguro de que carecería de la menor
utilidad para él.
Era demasiado tarde para regresar, naturalmente... Los conspiradores no podían
haberse equivocado en unos cálculos de esta especie. Tendría que poner lo mejor
de su parte en lo que parecía iba a ser el viaje más movido de toda su carrera.
Se encontraba todavía tratando de hallar algo que decir cuando la señal de
PRIORIDAD destelló en la consola de la radio. El polizón miró su reloj.
- Estaba esperando eso - manifestó -. Sin duda se trata del primer ministro. Creo
que lo mejor será que hable con ese pobre hombre.
Saunders pensó también lo mismo.
- Muy bien, Su Alteza Real - respondió enfurruñado, con tanto énfasis que sus
palabras parecían casi un insulto.
Luego, sintiéndose muy incómodo, se retiró a un rincón.
En efecto, se trataba del primer ministro, y parecía muy alterado. Varias veces
empleó la frase «el deber que tenéis con nuestro pueblo», y se produjo un extraño
ruido en su garganta mientras añadía algo acerca de la «devoción que vuestros
súbditos tienen a la corona».
Saunders se percató, con algo más de sorpresa, de que sentía lo que estaba
diciendo.
Mientras continuaba aquella arenga, Mitchell se inclinó hacia Saunders y le musitó
algo al oído:
- El viejo tipo sabe que se encuentra en una mala situación. El pueblo apoyará al
príncipe en cuanto se entere de lo que ha sucedido. Todo el mundo sabe que,
durante años, anhelaba llegar al espacio.
- Me hubiera gustado que no eligiera mi nave - replicó Saunders -. Y no estoy
seguro de que esto no represente un auténtico motín.
- Claro que lo es... Pero toma nota de mis palabras... Cuando todo esto haya
acabado, vas a ser el único tejano en posesión de la Orden de la Jarretera. ¿No te
parece una cosa agradable?
- Chist... - replicó Chambers.
El príncipe estaba hablando, y sus palabras cruzaban los abismos que ahora le
separaban de la isla en la que un día iba a reinar.
- Lo siento, señor primer ministro - dijo -, si le he causado algún tipo de alarma.
Regresaré tan pronto como resulte conveniente. Alguien tenía que hacerlo por
primera vez, y me pareció que había llegado el momento de que un miembro de
mi familia saliese de la Tierra. Constituirá una parte muy valiosa de mi educación y
me hará mucho más adecuado para cumplir con mi deber. Adiós...
Dejó caer el micrófono y se acercó a la ventanilla de observación, el único lugar
donde había una portilla de este tipo en toda la nave. Saunders le observó
mientras permanecía allí, orgulloso y solitario; pero ya contento. Y vio cómo el
príncipe observaba las estrellas a las que al fin había alcanzado, con lo que todo
su enojo e indignación se fueron disipando.
Durante mucho tiempo nadie habló. Luego, el príncipe Enrique apartó la mirada
del cegador resplandor que aparecía más allá de la portilla; contempló al capitán
Saunders y sonrió.
- ¿Dónde está la cocina, capitán? - le preguntó -. Tal vez ya no esté muy ducho,
pero cuando hacía escultismo solía ser el mejor cocinero de mi patrulla.
Saunders se relajó poco a poco y acabó devolviéndole la sonrisa. La tensión
pareció huir de la sala de control. Marte estaba aún bastante lejos; pero en ese
instante supo que, a fin de cuentas, aquel viaje no iba a ser malo...

lunes, 8 de septiembre de 2008

SCIFI -- EL MURO DE OSCURIDAD -- ARTHUR C. CLARKE

EL MURO DE OSCURIDAD
Arthur C. Clarke

the wall
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Muchos y extraños son los universos que se amontonan como burbujas en la
espuma sobre el Río del Tiempo. Algunos (muy pocos) se mueven a
contracorriente; menos aún son los que yacen siempre fuera de su alcance, al
margen del futuro y el pasado. El pequeño cosmos de Shervane no pertenecía
a estos grupos: su singularidad era de un tipo distinto. Sólo contenía un mundo
(el planeta de la raza de Shervane) y una estrella, el gran sol Trilorne, que le
daba vida y luz.
Shervane nada sabía de la noche, pues Trilorne estaba siempre sobre el
horizonte, acercándose a él sólo en los largos meses de invierno. Pasadas las
fronteras de la Tierra Sombría, había una zona en la que Trilorne desaparecía
bajo el borde del mundo, y descendía una oscuridad en la que nada podía vivir.
Pero incluso entonces la oscuridad no era absoluta, aunque no hubiese
estrellas que la aliviasen.
Solo en su pequeño cosmos, volviendo siempre la misma cara hacia su
solitario sol, el mundo de Shervane era el último y más extraño capricho del
Señor de los Mundos.
Sin embargo, mientras contemplaba las tierras de su Padre, los pensamientos
que llenaban la mente de Shervane eran los mismos que los de cualquier niño
humano. Sentía asombro, curiosidad, un poco de miedo, y sobre todo el anhelo
de salir al gran mundo que había ante él. Ira aún demasiado joven para hacer
estas cosas, pero la vieja casa estaba sobre la máxima elevación que había en
varios kilómetros a la redonda, y podía contemplar toda la tierra que un día
sería suya. Cuando se volvió hacia el Norte, con Trilorne brillando frente a su
cara, pudo ver a varios kilómetros de distancia la larga hilera de montañas que
se curvaban hacia la derecha, elevándose cada vez más, hasta desaparecer
detrás de él en dirección a la Tierra Sombría. Un día, cuando fuese mayor,
cruzaría aquellas montañas por el paso que llevaba a las grandes tierras del
Este.
A su izquierda estaba el océano, a sólo unos kilómetros de distancia, y
Shervane podía oír a veces el atronar de las olas que rodaban sobre las
suaves arenas de la playa. Nadie sabía lo lejos que llegaba el océano. Habían
salido barcos navegando hacia el Norte mientras Trilorne se elevaba cada vez
más en el cielo y el calor de sus rayos se hacía más intenso. Se habían visto
obligados a regresar mucho antes de que el gran sol hubiese llegado al cenit.
Si existían realmente las míticas Tierras del Fuego, ningún hombre podía
esperar alcanzar nunca sus ardientes costas..., a menos que las leyendas
fuesen realmente ciertas. Se decía que en otros tiempos había habido rápidas
naves metálicas que podían cruzar el océano pese al calor de Trilorne, y llegar
así a las tierras del otro lado del mundo. Ahora sólo podía llegarse a esos
países mediante un laborioso viaje por tierra y mar, que sólo podía acortarse un
poco viajando hacia el Norte tanto como uno se atreviese.
Todos los países habitados del mundo de Shervane se encontraban en el
estrecho cinturón que existía entre el calor ardiente y el frío insoportable. El
lejano Norte era siempre una región inasequible batida por la furia de Trilorne, y
el Sur la zona lúgubre e inmensa de la Tierra Sombría, donde Trilorne era sólo
un pálido disco en el horizonte, y a menudo ni siquiera eso.
Shervane aprendió todas estas cosas en los años de su infancia, y en aquellos
años no tenía ningún deseo de dejar las amplias tierras que se extendían entre
las montañas y el mar. Desde el alba de los tiempos, sus antepasa dos y las
razas anteriores a ellos habían trabajado para hacer de aquellas tierras las
mejores del mundo; si habían fracasado, había sido por muy poco. Había
jardines tapizados de extrañas flores, había ríos que se deslizaban suavemente
entre rocas cubiertas de musgo para perderse en las aguas puras de un mar
sin mareas. Había campos de trigo que se ondulaban constantemente
acariciados por las brisas, como si las generaciones de semillas aún no
nacidas se hablasen unas a otras. En los amplios prados y bajo los árboles, el
dócil ganado vagaba libre y tranquilo. Y allí estaba la gran casa, con sus
enormes estancias y sus pasillos interminables, muy grande en la realidad,
pero más inmensa aún en la mente de un niño. Éste era el mundo que él
conocía y amaba. Lo que existía más allá de sus fronteras no le preocupaba.
Pero el universo de Shervane no era de los que están libres del dominio del
tiempo. La cosecha maduraba y se recogía en los graneros. Trilorne recorría
lentamente su pequeño arco de cielo y, con el paso de las estaciones, la mente
y el cuerpo de Shervane crecían. Su tierra parecía más pequeña ahora: las
montañas quedaban más próximas y el mar estaba tan sólo a un breve paseo
de la gran casa. Comenzó a aprender cosas sobre el mundo en que vivía y a
prepararse para el papel que debía desempeñar en su organización.
Aprendió algunas de estas cosas de su padre, Sherval, pero la mayoría se las
enseñó Grayle, que había venido del otro lado de la s montañas en tiempos del
padre de su padre y había sido tutor de tres generaciones de la familia
Shervane. Quería mucho a Grayle, aunque el viejo le enseñaba muchas cosas
que él no deseaba aprender, y los años de su adolescencia los pasó bastante
agradablemente, hasta que le llegó la hora de cruzar las montañas e ir a las
tierras del otro lado. Siglos atrás, su familia había llegado de los grandes
países del Este y, desde entonces, generación tras generación, el hijo mayor
había hecho de nuevo el peregrinaje para pasar un año de su juventud entre
sus primos. Era una sabia tradición, pues al otro lado de las montañas aún se
conservaba gran parte de la sabiduría del pasado y uno podía conocer
hombres de otras tierras y estudiar sus costumbres.
En la primavera anterior a la marcha de su hijo, Sherval, con tres de sus
criados y ciertos animales que por conveniencia llamaremos caballos, llevó a
Shervane a ver las partes de la tierra que nunca había visitado antes.
Cabalgaron en dirección oeste, hacia el mar, y siguieron en esa dirección
durante varios días, hasta que Trilorne apareció situado claramente más cerca
del horizonte. Luego continuaron hacia el sur, sus sombras alargándose ante
ellos, y giraron de nuevo hacia el este sólo cuando los rayos del sol parecieron
perder todo su poder. Estaban ya dentro de los límites de la Tierra Sombría, y
no parecía prudente continuar más al sur hasta que el verano estuviese en su
apogeo.
Shervane cabalgaba junto a su padre, observando el cambiante paisaje con la
ansiosa curiosidad de un muchacho que ve por primera vez un país nuevo. Su
padre le hablaba del suelo, de los cultivos que podían crecer allí y los que no,
pero la atención de Shervane estaba en otra parte. Miraba el horizonte
desolado de la Tierra Sombría y se preguntaba hasta dónde se extendía aquel
país y qué misterios encerraba.
-Padre -dijo-, si uno fuese hacia el sur en línea recta, cruzando la Tierra
Sombría, ¿llegaría al otro lado del mundo?
Su padre sonrió.
-Los hombres se han hecho esa pregunta durante siglos -dijo-, pero hay dos
razones por las que jamás sabrán la respuesta.
-¿Cuáles son?
-La primera, por supuesto, la oscuridad y el frío. Incluso aquí, nada puede vivir
durante el invierno. Pero hay una razón aún más poderosa, aunque ya veo que
Grayle no te ha hablado de ella.
-No creo que lo haya hecho; al menos, no lo recuerdo.
Sherval no contestó por el momento. Se afianzó en los estribos y oteó la tierra
hacia el sur.
-En tiempos, yo conocía bien este lugar -le dijo a Shervane-. Vamos.... he de
enseñarte algo,
Se desviaron del sendero que habían estado siguiendo y durante varias horas
caminaron una vez más dando la espalda al sol. La tierra se elevaba
lentamente ahora, y Shervane vio que estaban ascendiendo por una gran sierra
rocosa que penetraba como una daga en el corazón de la Tierra Sombría. Por
último, llegaron a una colina demasiado escarpada para los caballos, y allí
desmontaron, dejando los animales al cuidado de los siervos.
-Hay un camino que la rodea -dijo Sherval-, pero es más rápido subir por aquí
que llevar a los caballos por el otro lado.
La colina, aunque escarpada, era pequeña, y llegaron a su cima en unos
minutos.
Al principio Shervane no vio nada que le resultase sorprendente; sólo las
mismas extensiones ondulantes y desoladas, que parecían hacerse más
oscuras y lúgubres a medida que aumentaba su distancia de Trilorne.
Se volvió hacia su padre, un poco desconcertado, pero Sherval señaló hacia el
lejano sur y trazó una línea a lo largo del horizonte.
-No es fácil verlo -dijo pausadamente-. Mi padre me lo enseñó desde este
mismo lugar, muchos años antes de que tú nacieras.
Shervane miró fijamente hacia la oscuridad. El cielo del sur era tan oscuro que
parecía casi negro y descendía para unirse al borde del mundo. Pero no del
todo, pues a lo largo del horizonte, en una gran curva que dividía tierra y cielo y
que no parecía, sin embargo, pertenecer a ninguno, había una banda de
oscuridad más profunda, negra como esa noche que Shervane no había
conocido jamás.
La miró fijamente largo rato, y quizá alguna intuición del futuro relampagueó en
su alma, pues la tierra oscura le pareció de pronto viva y expectante. Cuando al
final apartó los ojos, supo que nada volvería a ser igual, aunque aún era
demasiado joven para reconocer aquel reto corno lo que realmente era.
Y así, por primera vez en su vida, Shervane vio el Muro.
A principios de la primavera dijo adiós a su gente y se fue con un siervo a
cruzar las montañas para pasar a las grandes tierras del mundo oriental. Allí
conoció a los hombres que compartían su linaje, y allí estudió la historia de su
raza, las artes que se habían desarrollado desde los tiempos antiguos y las
ciencias que regían las vidas de los hombres. En los centros de aprendizaje se
hizo amigo de muchachos que habían llegado de tierras situadas aún más al
este: era poco probable que volviese a verlos, pero uno de ellos iba a tener un
importante papel en su vida, mayor del que ninguno de los dos pudiera llegar a
imaginar entonces. El padre de Brayldon era un famoso arquitecto, pero su hijo
pretendía eclipsarle. Viajaba de país en país, siempre aprendiendo,
observando, haciendo preguntas. Aunque sólo era unos años mayor que
Shervane, su conocimiento del mundo era infinitamente mayor... o así le
parecía a Shervane.
Entre ellos desmembraban el mundo y lo reconstruían según sus deseos.
Brayldon soñaba con ciudades cuyas grandes avenidas e inmensos edificios
avergonzasen incluso a las maravillas del pasado, pero Shervane sentía más
interés por la gente que había de habitar tales ciudades y por la forma en que
habían de organizar sus vidas.
Hablaban a menudo del Muro, que Brayldon conocía por los relatos de su
propia gente, aunque jamás lo había visto. Al sur de todos los países, lejos, tal
como Shervane había aprendido, el Muro se extendía como una gran barrera
que cruzaba la Tierra Sombría. En el apogeo del verano se podía llegar allí,
aunque con dificultades, pero no había modo de atravesarlo, y nadie sabía qué
podía haber al otro lado. Rodeaba todo un mundo, sin una falla, pese a
alcanzar un centenar de veces la altura de un hombre; rodeaba incluso el mar
invernal que lamía las, costas de la Tierra Sombría. Algunos viajeros habían
llegado hasta aquellas playas solitarias, apenas calentadas por los últimos
débiles rayos de Trilorne, y habían visto cómo la sombra oscura del Muro
penetraba en el mar menospreciando las olas que batían a sus pies. Y en las
costas lejanas, otros viajeros lo habían visto sobre el océano, en su círculo
ininterrumpido alrededor del mundo.
-Uno de mis tíos -dijo Brayldon- llegó hasta el Muro una vez, cuando era joven.
Lo hizo por una apuesta. Y tuvo que cabalgar diez días para llegar. Creo que le
aterró: era tan inmenso y frío.... no pudo determinar si estaba hecho de metal o
de piedra, y cuando gritó no se produjo ningún eco, sino que su voz se apagó
rápidamente, como si el Muro se tragase el sonido. Mi gente cree que es el fin
del mundo y que no hay nada más allá.
-Si eso fuese cierto -replicó Shervane, con lógica irrefutable-, el océano se
hubiese derramado por el borde antes de que construyesen el Muro.
-No si lo construyó Kyrone cuando hizo el mundo.
Shervane no estaba de acuerdo.
-Mi gente cree que es obra del hombre.... quizá de los ingenieros de la Primera
Dinastía, que tantas maravillas hicieron. Si realmente tenían naves que podían
llegar a las Tierras del Fuego, e incluso naves que podían volar, puede que
poseyeran la sabiduría suficiente para construir el Muro.
Brayldon se encogió de hombros.
-Debieron de tener una buena razón -dijo-. Jamás sabremos la respuesta, así
que, ¿para qué molestarse?
Este consejo eminentemente práctico era, según había descubierto Shervane,
todo lo que acababan diciéndole los hombres comunes. Sólo los filósofos se
interesaban por las preguntas sin respuesta: para la mayoría de la gente, el
enigma del Muro, como el problema de la existencia misma, era algo que
apenas ocupaba sus mentes. Y todos los filósofos que había conocido le
habían dado respuestas distintas.
En primer lugar Grayle, al que había preguntado al regresar de la Tierra
Sombría. El anciano le había mirado Plácidamente y le había dicho:
-Sólo hay una cosa detrás del Muro, según me han dicho. Y esa cosa es la
locura.
Luego le había preguntado a Artex, que era tan viejo que apenas si pudo
entender la nerviosa pregunta de Shervane. Miró al muchacho a través de unos
párpado que parecían demasiado cansados para abrirse del todo contestó al
cabo de un rato:
-Kyrone construyó el Muro al tercer día de la creación el mundo. Lo que hay
más allá lo descubriremos al morir, allí es donde van las almas de todos los
muertos.
Sin embargo, Irgan, que vivía en la misma ciudad, había dado una respuesta
que contradecía por completo ésta.
-Sólo el recuerdo puede responder a tu pregunta, hijo mío. Pues detrás del
Muro está la tierra en la que vivimos antes de nuestros nacimientos.
¿A quién debía creer? El hecho era que nadie sabía la verdad. Si alguna vez
se había llegado a poseer aquel conocimiento, hacía siglos que se había
perdido.
Aunque su búsqueda fue infructuosa, Shervane había aprendido muchas cosas
en su año de estudio. Al llegar la primavera dijo adiós a Brayldon y a los otros
amigos que había conocido en aquel breve período y enfiló el antiguo camino
que le llevaría de nuevo a su propio país. Hizo una vez más la peligrosa
travesía por el gran paso entre las montañas, donde colgaban muros de hielo
siempre amenazadores, recortados contra el cielo. Llegó al lugar donde el
camino descendía en curva una vez más hacia el mundo de los hombres,
donde había calor y agua corriente y el aliento no se helaba ya en el aire. Allí,
en la última elevación del camino antes de descender al valle, podía verse una
gran extensión de tierra que llegaba hasta el distante resplandor del océano. Y
allí, casi perdida entre las nieblas del borde del mundo, Shervane pudo ver la
línea de sombra que era su propio país.
Descendió por la gran cordillera de piedra hasta llegar al puente que los
hombres habían construido cruzan do la catarata en los viejos tiempos, cuando
el otro camino había sido destruido por un terremoto. Pero el puente había
desaparecido. Las tormentas y avalanchas de principios de la primavera habían
derribado uno de sus inmensos pilares, y el bello arco iris de metal era una
retorcida ruina entre la espuma de las aguas, unos quinientos metros más
abajo. Tendría que transcurrir el verano antes de que se pudiera reconstruir el
camino: Shervane regresó entristecido, sabiendo que iba a tener que transcurrir
todo un año antes de que pudiese volver a ver su casa. Se detuvo varios
minutos en la última curva del camino, mirando hacia la tierra inasequible
donde estaban todas las cosas que amaba. Pero las nieblas se habían cerrado
sobre ella y ya no la veía. Resueltamente, siguió el camino hasta perder de
vista las tierras abiertas y hasta que las montañas le rodearon de nuevo.
Brayldon aún estaba en la ciudad cuando Shervane regresó. Se mostró
sorprendido y complacido al ver a su amigo, y juntos discutieron sobre lo que
deberían hacer en el año que tenían por delante. Los primos de Shervane, que
habían tomado cariño a su huésped, no lamentaron en absoluto volver a verle,
pero su amable sugerencia de que dedicase otro año al estudio no fue bien
recibida.
El plan de Shervane maduró lentamente, frente a una considerable oposición.
Incluso Brayldon manifestó poco entusiasmo al principio, y fue necesario
discutir mucho para convencerle de que cooperase. A partir de entonces, la
aceptación de todos los demás que le importaban fue sólo cuestión de tiempo.
Cuando se aproximaba ya el verano, los dos muchachos partieron hacia el país
de Brayldon. Caminaron dePrisa, pues el viaje era largo y debían completarlo
antes de que Trilorne iniciase su caída final. Cuando llegaron a las tierras que
Brayldon conocía, realizaron ciertas indagaciones que provocaron muchos
movimientos de cabeza. Pero las respuestas que obtuvieron eran exactas, y
pronto les rodeó la Tierra Sombría, y pronto, por segunda vez en su vida,
Shervane vio el Muro.
No parecía estar muy lejos cuando lo vieron por primera vez alzándose sobre
una lúgubre y solitaria llanura sin embargo, tuvieron que caminar
interminablemente Por la llanura antes de sentirlo más próximo...,, y habían
llegado casi a su base antes de darse cuenta de lo cerca que estaban, pues no
había medio de calcular la distancia hasta que uno lo alcanzaba y lo tocaba.
Cuando Shervane alzó la vista hacia la monstruosa mole de ébano que tanto
había turbado su pensamiento, ésta pareció colgar del cielo y estar a punto de
caer y aplastarle bajo su peso muerto. Apartó con dificultad sus ojos de aquella
visión hipnótica y se acercó más para examinar el material con que estaba
construido el Muro.
Era cierto, como le había dicho Brayldon, que resultaba frío al tacto, más frío de
lo que lógicamente debería resultar incluso en aquella tierra tan escasa de sol.
No parecía ni duro ni blando, pues su textura eludía la mano, de forma que
resultaba difícil de analizar. Shervane tenía la impresión de que algo le impedía
un contacto real con la superficie, aunque no podía ver ningún espacio entre el
Muro y sus dedos cuando los apretaba contra él.
Lo más extraño de todo era aquel pavoroso silencio, del que hablaba el tío de
Brayldon: las palabras se apagaban y los sonidos se desvanecían con innatural
rapidez.
Brayldon había sacado algunos instrumentos y herramientas, y empezó a
examinar la superficie del muro. Descubrió enseguida que ni taladros ni buriles
hacían la menor mella en él, y llegó a la conclusión a la que Shervane había
llegado ya. El Muro no sólo era de una dureza diamantina: era inasequible.
Por último, contrariado, cogió una regla de metal y apretó su borde contra el
Muro. Mientras Shervane sostenía un espejo para reflejar la débil luz de
Trilorne sobre la línea de contacto, Brayldon miró la regla desde el otro lado.
Era tal corno- había pensado: entre las dos superficies aparecía un finísimo
rayo de luz.
Brayldon miró pensativamente a su amigo.
-Shervane -dijo-, no creo que el Muro esté hecho, de materia, de la materia que
nosotros conocemos.
-Entonces quizá sea cierta la leyenda de que no fue construido, sino que fue
creado.
-No sé -dijo Brayldon, pensativo-. Los ingenieros de la Primera Dinastía tenían
grandes poderes. Hay algunos edificios muy antiguos en mi tierra que parecen
hechos en una sola operación, con una sustancia que no muestra signo alguno
de desgaste por el paso del tiempo. Si en vez de ser de color fuese negra,
sería muy parecida al material del Muro.
Recogió sus inútiles herramientas y comenzó a montar un teodolito portátil.
-Ya que no puedo hacer otra cosa -dijo con una mueca-, al menos podré saber
qué altura tiene.
Cuando se volvieron para mirar el Muro por última vez, Shervane se preguntó
si volvería a verlo. Nada más podía aprender de él: en el futuro debería olvidar
aquel estúpido sueño de que algún día pudiera desvelar su secreto. Quizá no
hubiese ningún secreto. Quizá al otro lado del Muro se extendiese la Tierra
Sombría a lo largo de toda la curva del mundo hasta el punto donde se alzaba
otra vez la misma barrera al otro lado. Eso parecía sin duda lo más probable.
Pero, si así era, ¿por qué se había construido el Muro, y qué raza lo había
hecho?
Con un esfuerzo casi colérico de la voluntad, marginó estos pensamientos y
cabalgó hacia delante bajo la luz de Trilorne, pensando en un futuro en el que
el Muro no jugaría en su vida mayor papel que el que jugaba en las vidas de los
demás hombres.
Así pues, tuvieron que pasar dos años para que Shervane pudiera regresar a
casa. En dos años, sobre todo cuando uno es joven, pueden olvidarse muchas
cosas, e incluso las más próximas al corazón pierden su nitidez, de forma que
ya no se las puede recordar claramente. Cuando Shervane cruzó las últimas
estribaciones de las montañas y se vio de nuevo en el país de su niñez, la
alegría del regreso se vio empañada por una extraña tristeza. ¡Había olvidado
tantas cosas que había creído que su mente recordaría siempre!
La noticia de su regreso le había precedido, y pronto vio a lo lejos, ante sí, una
hilera de caballos galopando por el camino. Espoleó al suyo, preguntándose si
vendría Sherval a recibirle, y se sintió un tanto desilusionado cuando vio que
era Grayle quien encabezaba el cortejo.
Shervane se detuvo frente al anciano. Grayle le puso una mano sobre el
hombro, pero durante unos instantes volvió la cabeza y no pudo pronunciar
palabra.
Shervane supo que las tormentas del año anterior habían destruido algo más
que el antiguo puente. Los rayos habían destruido su propia casa. Años antes
del momento previsto, todas las tierras que Sherval había poseído habían
pasado a posesión de su hijo. Y otras tierras además, pues toda la familia
estaba reunida según era costumbre una vez al año en la gran casa cuando el
rayo cayó sobre ella. En un solo instante, todas las tierras que se extendían
entre las montañas y el mar habían pasado a su propiedad. Era el hombre más
rico que el país había conocido desde hacía muchas generaciones; y Shervane
hubiese dado con gusto todo esto por poder mirar una vez más los tranquilos
ojos grises del padre al que nunca volvería a ver.
Tlilorne se había alzado y bajado en el cielo varias veces desde que Shervane
abandonó su infancia en el camino ante las montañas. La tierra había florecido
durante aquellos años, y las posesiones que tan súbitamente heredara habían
aumentado de valor. Las había administrado bien, y ahora tenía tiempo una vez
más para soñar. Más aún: tenía riquezas suficientes para convertir sus sueños
en realidad.
Habían cruzado las montañas muchas historias sobre lo que Brayldon estaba
haciendo en el Este, y aunque los dos amigos no habían vuelto a verse desde
su juventud, intercambiaban mensajes con regularidad. Brayldon había logrado
satisfacer sus ambiciones: no sólo había proyectado los dos mayores edificios
construidos desde los antiguos tiempos, sino que también había proyectado
toda una nueva ciudad, aunque no se terminaría su construcción hasta
después de su muerte. Al oír estas cosas, Shervane recordaba las aspiraciones
de su propia juventud, y su mente regresaba a través de los años hasta el día
en que juntos habían estado bajo la majestad del Muro. Se debatió durante
mucho tiempo con sus pensamientos, temiendo reavivar viejos anhelos que
luego no pudiese sofocar. Pero al fin tomó una decisión y escribió a Brayldon.
¿Para qué servían riqueza y poder si no podía emplearlos en la realización de
sus sueños?
Luego Shervane esperó, preguntándose si Brayldon habría olvidado el pasado
en los años en los que había llegado a la fama. No tuvo que esperar mucho:
Brayldon no iría inmediatamente, pues tenía pendientes de terminar
importantes obras, pero en cuanto las concluyese iría a ver a su viejo amigo.
Shervane le había planteado una empresa digna de su capacidad..., una
empresa que, si lograba llevarla a término, le producirla mayor satisfacción que
todo lo que había hecho en su vida.
Brayldon llegó a principios del verano siguiente, y Shervane salió a recibirle al
camino, junto al puente. Eran muchachos cuando se separaron por última vez,
y ahora estaban casi en la edad madura, aunque, al saludarse, los años
parecieran desvanecerse y ambos sintieran una secreta alegría al ver lo poco
que el tiempo había afectado al amigo que recordaban.
Pasaron varios días conferenciando, considerando los planes trazados por
Brayldon. Era una obra inmensa, y llevarla varios años completarla, pero un
hombre de la riqueza de Shervane podía hacerlo. Antes de dar su aceptación
definitiva, llevó a su amigo a ver a Grayle.
El anciano llevaba algunos años viviendo en la casita que Shervane le había
construido. Llevaba mucho tiempo sin intervenir de un modo activo en la vida
de las grandes haciendas, pero su consejo siempre estaba a punto cuando era
necesario y resultaba invariablemente sabio.
Grayle sabía por qué Brayldon estaba en el país y no manifestó sorpresa
alguna cuando el arquitecto desenrolló sus planos. El dibujo más grande
mostraba toda la altura del Muro, con una gran escalera que se alzaba a su
lado desde la llanura. En seis tramos, con la misma separación, la rampa
ascendente se nivelaba en amplias plataformas, la última de las cuales
quedaba sólo a una corta distancia de la cima del muro. Brotando de la
escalera en una serie de lugares a lo largo de su longitud se dibujaban
contrafuertes que a criterio de Grayle parecían demasiado ágiles y finos para el
trabajo que tenían que hacer. Luego comprendió que la gran rampa se
sustentaría en gran medida a si misma, y por otra parte todo el empuje lateral
se aplicaría sobre el propio Muro.
Miró el dibujo en silencio un rato y luego comentó plácidamente:
-Siempre lograste salirte con la tuya, Shervane. Debía haber imaginado que al
final sucedería esto.
-¿Entonces crees que es una buena idea? -preguntó Shervane. Jamás había
desatendido los consejos del anciano, y estaba ansioso por saber qué consejo
le daría ahora.
Como siempre, Grayle fue directo a la cuestión.
-¿Cuánto costará? -preguntó.
Brayldon se lo dijo, y por un momento se hizo un tenso silencio.
-Eso incluye -dijo rápidamente el arquitecto- la construcción de una buena
carretera que cruce la Tierra Sombría y de una pequeña ciudad para los
trabajadores, La escalera propiamente dicha se hará con aproximadamente un
millón de bloques idénticos que encajarán unos en otros formando una
estructura rígida. Podremos hacerlos, espero, con los minerales que
encontremos en la Tierra Sombría.
Suspiró levemente.
-Me hubiese gustado construirla con barras de metal, pero habría costado aún
más, puesto que hubiera sido necesario traer todo el material desde el otro lado
de las montañas.
Grayle examinó más detenidamente el dibujo.
-¿Por qué te paras antes de la cima?
Brayldon miró a Shervane, que contestó a la pregunta con cierto embarazo.
-Quiero ser el único que haga la ascensión final -contestó-. El último tramo se
superará con una máquina elevadora situada en la plataforma más alta. Quizá
haya peligro: por eso quiero ir solo.
Aunque no era ésta la única razón, era una buena razón. Según le había dicho
Grayle una vez, tras el Muro estaba la locura. Si eso era cierto, no tenía por
qué enfrentarla otro.
Grayle habló una vez más con su voz tranquila y soñolienta.
-En ese caso -dijo-, lo que haces no es ni bueno ni malo, pues sólo te
concierne a ti. Si el Muro se construyó para impedir que algo penetrase en
nuestro mundo, seguirá siendo infranqueable desde el otro lado.
Brayldon asintió.
-Hemos pensado en eso -dijo, con un deje de orgullo-. Si fuese necesario, la
rampa podría destruirse en un instante mediante explosivos colocados en
puntos estratégicos.
-Eso está bien -contestó el anciano-. Aunque no creo esas historias, es bueno
estar preparado. Espero seguir aún aquí cuando la obra se termine. Y ahora
intentaré recordar lo que oí sobre el Muro cuando era tan joven como eras tú,
Shervane, cuando me preguntaste por primera vez sobre él.
Antes de que llegase el invierno, estaba construida la carretera hasta el Muro y
se habían sentado los cimientos de la ciudad provisional. La mayor parte de los
materiales que necesitaba Brayldon resultaron fáciles de hallar, Pues la Tierra
Sombría era rica en minerales. Brayldon había estudiado personalmente el
Muro y había elegido el punto donde iría la escalera. Cuando Trilorne comenzó
a hundirse en el horizonte, Brayldon se sentía muy satisfecho del trabajo
realizado.
En el verano siguiente se hicieron los primeros bloques de hormigón y se
probaron a satisfacción de Brayldon. Y antes de que llegase otra vez el invierno
se habían fabricado ya varios miles y estaban puestos los cimientos. Dejando
al cargo de la producción a un ayudante de.! confianza, Brayldon pudo regresar
a su interrumpido trabajo. Una vez hechos suficientes bloques, volvería para
supervisar la construcción de la escalera, pero hasta entonces no sería
necesaria su guía.
Shervane cabalgaba dos o tres veces al año hasta el Muro para observar el
desarrollo de las obras. Transcurridos cuatro, Brayldon volvió con él. Capa tras
capa, las hileras de piedra comenzaron a ascender por los flancos, del Muro y
los leves contrafuertes comenzaron a arquearse en el espacio. Al principio la
escalera crecía lentamente, pero a medida que su cima se estrechaba, el
incremento iba adquiriendo un ritmo más rápido. Durante, un tercio del año era
necesario abandonar el trabajo, y durante el largo invierno había unos cuantos
meses de ansiedad en los que Shervane se acercaba a las fronteras de la
Tierra Sombría, a escuchar las tormentas que atronaban frente a él en la
reverberante oscuridad. Pero Brayldon había construido bien, y todas las
primaveras la obra aparecía en pie, ilesa, como si fuese capaz de sobrevivir al
propio Muro.
Las últimas piedras se colocaron siete años después, de iniciada la obra.
Situado a más de un kilómetro de distancia, de modo que pudiese ver la
estructura en su totalidad, Shervane pensó con asombro que todo aquello
había surgido de unos cuantos planos que Brayldon le había mostrado años
atrás y conoció parte de la emoción que el artista debe de sentir cuando sus
sueños se hacen realidad.
Y recordó también el día en que, siendo muchacho, con su padre, había visto el
Muro por primera vez, muy, lejos, frente al oscuro cielo de la Tierra Sombría.
Había barandillas en la plataforma superior, pero Shervane no se acercó
siquiera a ellas.. El suelo quedaba a una distancia estremecedora, e intentó
olvidar la altura ayudando a Brayldon y a los obreros a colocar la máquina
elevadora que le alzada a él los restantes seis metros que faltaban hasta la
cumbre. Cuando todo estuvo listo, entró en la máquina y se volvió a su amigo
con toda la seguridad que pudo reunir.
-Sólo tardaré unos minutos -dijo con fingida indiferencia-. Encuentre lo que
encuentre, regresaré enseguida.
Difícilmente podría haber sospechado las pocas alternativas que tenía.
Grayle estaba ya casi ciego y no vería otra primavera. Pero reconoció las
pisadas que se acercaban y saludó a Brayldon por su nombre antes de que el
visitante tuviese tiempo de hablar.
-Me alegro de que viniera --dijo-. He estado pensando en todo lo que me dijo y
creo que al fin sé la verdad. Quizá usted lo sospeche ya.
-No -dijo Brayldon-. Me ha dado miedo pensar en ello.
El anciano sonrió.
-¿Por qué ha de temer uno algo sólo porque sea extraño? El Muro es
asombroso, sí.... pero no tiene nada de terrible, para los que se enfrentan a su
secreto sin vacilar.
» Siendo yo un muchacho, Brayldon, mi viejo maestro me dijo una vez que el
tiempo jamás podría destruir la verdad.... sólo podría ocultarla entre leyendas.
Tenía razón. De todas las fábulas que corren acerca del Muro, yo puedo
seleccionar ahora las que forman parte de la historia.
»Hace mucho tiempo, Brayldon, cuando la Primera Dinastía estaba en su
apogeo, Trilorne era más cálido de lo que es ahora, y la Tierra Sombría era
más fértil y estaba habitada.... como quizá lo estén un día las Tierras del Fuego
cuando Trilorne sea viejo y débil. Los hombres podían ir tan al sur como
quisieran, pues no había ningún Muro que les cortara el paso. Muchos debieron
de hacerlo, buscando nuevas tierras en las que establecerse. Lo que le sucedió
a Shervane les sucedió también a ellos, y eso debió destruir muchas mentes....
tantas que los científicos de la Primera Dinastía construyeron el Muro para
impedir que la locura se extendiese por la tierra. Aunque yo no puedo creer que
sea cierto, la leyenda dice que el Muro se construyó en un solo día, sin ningún
trabajo, con una nube que rodeaba el mundo.
El anciano se sumió en un ensueño, y por un momento Brayldon no le molestó.
Su mente estaba muy lejos, en el pasado, imaginando su mundo como un
globo perfecto que flotaba en el espacio mientras los Antiguos tendían aquella
banda de oscuridad alrededor del ecuador. Aunque la imagen fuese falsa en su
detalle mas importante, jamás podría borrarla por completo de su mente.
Cuando los últimos metros del Muro pasaron ante sus ojos, Shervane necesitó
todo su valor para no gritar que le bajasen de nuevo. Recordaba algunos
relatos terribles que había desechado entre risas, pues procedía de una raza
especialmente libre de supersticiones. ¿Pero y si, después de todo, aquellas
historias eran ciertas, y el Muro había sido construido para mantener fuera del
mundo algún horror?
Intentó olvidar estos pensamientos y no le resultó difícil en cuanto superó el
nivel más alto del Muro. Al principio no pudo interpretar la imagen que sus ojos
le traían: luego vio que estaba mirando a través de una plancha negra sin
suturas, cuya anchura no podía calcular.
La pequeña plataforma se detuvo, y advirtió con una semiconsciente
admiración lo exactos que habían sido los cálculos de Brayldon. Luego, tras
dirigir una última palabra de seguridad al grupo que quedaba abajo, se situó
sobre el Muro y comenzó a caminar con firmeza hacia delante. Al principio
parecía como si la llanura que se extendía ante él fuese infinita, pues ni
siquiera podía decir donde se encontraba con el cielo.
Caminó sin vacilación, dando la espalda a Trilome. Le hubiese gustado poder
utilizar su propia sombra corno guía, pero ésta se difuminaba en la oscuridad
mucho más profunda que había a sus pies.
Algo iba mal. A cada paso que daba la oscuridad crecía. Sorprendido, se volvió
y vio que el disco de Trilorne era ahora pálido y oscuro, como si estuviese
viéndolo a través de un vidrio ahumado. Con creciente miedo, comprendió que
no sólo sucedía esto: Trilorne era más pequeño que el sol que él había
conocido toda su vida.
Agitó la cabeza en un gesto colérico de desafío. Aquello eran imaginaciones,
fantasías. Era algo tan contrario a toda experiencia que dejó de sentir miedo y
caminó resueltamente hacia delante tras echar una última mirada al sol que
quedaba a sus espaldas.
Cuando Trilorne quedó reducido a un punto, y la oscuridad le rodeaba por
completo, llegó el momento de abandonar la empresa. Un hombre más
prudente habría dado la vuelta en aquel instante, y Shervane tuvo una súbita
visión de pesadilla de sí mismo perdido en aquella eterna media luz entre la
tierra y el cielo, incapaz de localizar el camino que pudiese llevarle de nuevo a
la seguridad. Entonces recordó que mientras pudiese ver Trilorne no estaba en
peligro.
Un tanto inseguro, continuó su camino mirando de vez en cuando hacia atrás, a
la desmayada luz que quedaba a sus espaldas. Trilorne se había desvanecido,
pero aún se marcaba un débil resplandor en el cielo que señalaba su
emplazamiento. Y, además, no necesitaba ya su ayuda, pues frente a él iba
apareciendo en el cielo una segunda luz.
Al principio parecía sólo un debilísimo resplandor y, cuando estuvo seguro de
su existencia, advirtió que Trilorne había desaparecido ya. Pero ahora sentía
mayor confianza, y a medida que avanzaba aquella luz aliviaba sus temores.
Cuando vio que estaba realmente aproximándose a otro sol, cuando pudo decir
con seguridad que aquella luz estaba expandiéndose lo mismo que Trilorne se
contraía un momento antes, logró hundir todo su desconcierto y su temor en las
profundidades de su mente. Se limitaría a observar y a registrar. Más tarde ya
tendría tiempo de comprender. No era tan absurdo, después de todo, el que su
mundo pudiese poseer dos soles, uno a cada lado.
Y ahora, al fin, pudo ver difusamente, a través de la oscuridad, la línea de
ébano que marcaba el otro lado del Muro. Muy pronto sería el primer hombre
en miles de años, quizá en toda la eternidad, que contemplase las tierras que el
Muro separaba de su mundo. ¿Serían tan hermosas como las suyas? ¿Y
habría allí gente que se alegrarla de recibirle?
Pero el que le estuviesen esperando, y de aquel modo, era más de lo que
había soñado.
Grayle extendió la mano hacia la vitrina que tenía al lado y hurgó buscando una
gran hoja de papel que había allí. Brayldon le observaba en silencio. El anciano
continuó:
-¡Cuántas veces hemos oído discutir sobre el tamaño del universo y sobre si
tenía límites o no! No podemos imaginar que el espacio termine, pero nuestras
mentes se rebelan ante la idea del infinito. Algunos filósofos han imaginado que
el espacio está limitado por la curvatura en una dimensión superior.. Supongo
que conoce usted la teoría. Quizá esto se cumpla en otros universos, si existen,
pero en cuanto al nuestro, la respuesta es más sutil.
»Nuestro universo, Brayldon, termina en la línea del, Muro.... y sin embargo no
termina, Antes de que se construyera el Muro no había ninguna barrera, nada
que impidiese seguir adelante. El propio Muro no es más una barrera hecha por
el hombre, que comparte las propiedades del espacio en que se encuentra.
Esas propiedades estuvieron siempre allí, y el Muro jamás les añadió nada.
Mostró la hoja de papel a Brayldon y la hizo girar lentamente.
-Aquí hay una simple hoja. Tiene, claro está, dos caras. ¿Puede usted imaginar
una que no las tuviese?
Brayldon le miró desconcertado.
-¡Eso es imposible, es ridículo!
-Pero es -dijo Grayle suavemente. Extendió de nuevo la mano hacia la vitrina y
sus dedos rebuscaron en ella. Finalmente sacó una tira larga y flexible de papel
y giró sus ojos vacíos hacia Brayldon, que aguardaba en silencio.
-Nosotros no podemos equiparamos a los cerebros de la Primera Dinastía,
pero lo que sus mentes pudieron captar directamente nosotros podemos
entenderlo por analogía. Este simple truco, que tan trivial parece, puede
ayudarle a entender la verdad.
Paso sus dedos a lo largo de la tira de papel. Luego unió los dos extremos para
hacer un círculo.
-Aquí tengo una forma que usted conoce perfectamente. La sección de un
cilindro. Paso mi dedo por la parte interior, así... y ahora por la exterior. Las dos
superficies son claramente distintas. Sólo se puede pasar de la una a la otra
atravesando el grosor del papel, ¿está de acuerdo?
-Desde luego --dijo Brayldon, aún desconcertado-. ¿Pero qué prueba eso?
-Nada --dijo Grayle-. Pero, ahora, observe...
Aquel sol, pensaba Shervane, era hermano gemelo de Trilorne. La oscuridad
se había desvanecido por completo, y no tenía ya la sensación, que no
intentaría comprender, de caminar por una llanura infinita. Ahora se movía
lentamente, pues no tenía ningún deseo de llegar demasiado -deprisa a aquel
vertiginoso precipicio. Al cabo de un rato pudo ver un horizonte distante de
colinas bajas, tan desnudo y sin vida como los que había dejado tras él. Esto
no le desilusionó, pues la primera visión de su propia tierra no sería más
atractiva que aquélla. Así que siguió caminando, y cuando una mano helada
estrujó su corazón no se detuvo, como habría hecho un hombre con menos
valor. Sin vacilar, contempló el familiar paisaje que se extendía ante él, hasta
que pudo ver la llanura en la que se había iniciado su viaje y la gran escalera y,
por último, la expectante y ansiosa cara de Brayldon.
Grayle unió de nuevo los dos extremos de la tira de papel, pero ahora
haciéndoles dar un medio giro para que quedase retorcida. Se la mostró a
Brayldon.
-Pase el dedo por ella ahora -dijo pausadamente.
Brayldon no lo hizo: entendía ya lo que el viejo quería decir.
-Comprendo -dijo-. Ya no hay dos superficies separadas. Ahora forma una hoja
continua y única, una superficie de una sola cara. Algo que a primera vista
parece totalmente imposible.
-Sí -contestó Grayle muy suavemente-. Imaginé que lo entendería. Una
superficie de una sola cara. Quizá comprenda ahora por qué este símbolo era
tan común en las antiguas religiones, aunque su significado se haya perdido
por completo. No es, claro está, más que una tosca y simple analogía..., un
ejemplo en dos dimensiones de lo que en realidad debe suceder en tres. Pero,
es lo máximo que nuestras mentes pueden aproximarse a la verdad.
Hubo un largo y meditabundo silencio. Luego Grayle suspiró profundamente y
se volvió a Brayldon como si aún pudiese ver su rostro.
-¿Por qué regresó usted antes que Shervane? -preguntó, aunque conocía de
sobra la respuesta.:
-Tuvimos que hacerlo --dijo Brayldon con tristeza- pero yo no quise ver mi obra
destruida.
Grayle asintió, comprensivo.
-Entiendo -dijo.
Shervane recorrió con la mirada el largo tramo de escaleras que ningún pie
volvería a pisar. No creía tener motivos para lamentarse: se había esforzado y
había hecho todo lo posible. Había triunfado en la medida en que se podía
triunfar.
Lentamente, alzó la mano y dio la señal. El Muro se tragó la explosión lo mismo
que hubiese podido absorber cualquier otro sonido, pero la tranquila gracia con
que contrafuertes y rampas se inclinaron y cayeron fue algo qué recordaría
toda su vida. Por un instante, tuvo una visión súbita e inexplicablemente aguda
de otra escalera, contemplada por otro Shervane, cayendo en ruinas idénticas
al otro lado del Muro.
Pero comprendió que se trataba de un pensamiento estúpido: nadie mejor que
él sabía que el Muro tenía una sola cara.

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