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martes, 11 de agosto de 2009

ELOGIO DE LA LOCURA


Erasmo de Rotterdam

Elogio de la locura


Habla la estulticia


Capítulo I

Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro
cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos, soy, empero,
aquélla, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los
dioses y a los hombres. Y de ello es prueba poderosa, y lo representa
bien, el que apenas he comparecido ante esta copiosa reunión para
dirigiros la palabra, todos los semblantes han reflejado de súbito nueva e
insólita alegría, los entrecejos se han desarrugado y habéis aplaudido con
carcajadas alegres y cordiales, por modo que, en verdad, todos los
presentes me parecéis ebrios de néctar no exento de nepente, como los
dioses homéricos, mientras antes estabais sentados con cara triste y
apurada, como recién salidos del antro de Trofonio.
Al modo que, cuando el bello sol naciente muestra a las tierras su
áureo rostro, o después de un áspero invierno el céfiro blando trae nueva
primavera, parece que todas las cosas adquieran diversa faz, color
distinto y les retorne la juventud, así apenas he aparecido yo,
habéis mudado el gesto. Mi sola presencia ha podido conseguir, pues, lo
que apenas logran los grandes oradores con un discurso lato y meditado
que, a pesar de ello, no logra disipar el malhumor de los ánimos.



Capítulo II

En cuanto al motivo de que me presente hoy con tan raro atavío, vais
a escucharlo si no os molesta prestarme oídos, pero no los oídos con que
atendéis a los predicadores, sino los que acostumbráis a dar en el mercado
a los charlatanes, juglares y bufones, o aquellas orejas que levantaba
antaño nuestro insigne Midas para escuchar a Pan.
Me ha dado hoy por hacer un poco de sofista ante vosotros, pero no de
esos de ahora que inculcan penosas tonterías en los niños y los enseñan a
discutir con más terquedad que las mujeres. Imitaré, en cambio, a los
antiguos, que para evitar el vergonzoso dictado de sabios prefirieron ser
llamados sofistas. Se dedicaban éstos a celebrar las glorias de los dioses
y los héroes. Por ello, vais a oír también un encomio, pero no el de
Hércules ni el de Solón, sino el de mí misma, el de la Estulticia.



Capítulo III

No tengo por sabios a esos que consideran que el alabarse a sí mismo
sea la mayor de las tonterías y de las inconveniencias. Podrá ser necio si
así lo quieren, pero habrán de confesar que es también oportuno. ¿Hay cosa
que más cuadre sino que la misma Estulticia sea trompetera de sus
alabanzas y cantora de sí? ¿Quién podrá describirme mejor que yo? A
no ser que por acaso me conozca alguien mejor que yo misma. Sin embargo,
me creo mucho más modesta que esta tropa de magnates y sabios que,
trastrocado el pudor, suelen sobornar a un retórico halagador o a un poeta
vanilocuo y le ponen sueldo para escucharle recitar sus alabanzas, que no
son sino mentiras. El elogiado, aun fingiendo rubor, hace la rueda y
yergue la cresta, como el pavo real, mientras el desvergonzado adulador
equipara con los dioses a aquel hombre de nada y le presenta como absoluto
ejemplar de toda virtud, aun sabiendo que dista mucho de cualquiera de
ellas, que está vistiendo a la corneja de ajenas plumas, blanqueando a un
etíope o haciendo de una mosca elefante. En resumen, me atengo a aquel
viejo proverbio del vulgo que dice que «hace bien en alabarse a sí mismo
quien no encuentra a otro que lo haga».
Sin embargo, declaro que me asombra la ingratitud o la indiferencia
de los mortales, pues aunque todos me festejen celosamente y reconozcan de
buen grado mi bondad, jamás ha habido ninguno en tantos siglos que haya
celebrado las glorias de la Estulticia en un agradable discurso, al paso
que no han faltado quienes, a costa del aceite y del sueño, hayan
importunado con relamidos elogios a los Busiris, a los Falaris, las
fiebres cuartanas, las moscas, la calvicie y otras pestes semejantes.
Vais, pues, a escuchar de mí un discurso que será tanto más sincero
cuanto es improvisado y repentino.



Capítulo IV

No querría que creyeseis que lo he compuesto para exhibición del
ingenio a la manera que lo hace la cáfila de los oradores. Pues éstos,
según ya sabéis, cuando pronuncian un discurso que les ha costado
treinta años elaborar, y que más de una vez es incluso ajeno, juran que lo
han escrito, y aun que lo han dictado, en tres días, como por juego.
A mí siempre me ha sido sobremanera grato decir lo que me venga a la
boca. Que nadie espere de mí, pues, que comience con una definición de mí
misma, según es costumbre de los retóricos vulgares, y mucho menos que
formule divisiones, pues constituiría tan mal presagio el poner límites a
mi poder, que tan vasto se manifiesta, como separar las partes de aquello
en que confluye el culto de todo linaje de gentes. Y, en fin, ¿a qué
conduciría el convertirme con una definición en imagen o fantasma, cuando
me tenéis presente ante vosotros mirándome con los ojos? Según veis yo soy
verdaderamente aquella dispensadora de bienes llamada por los latinos
«Stultitia», y por los griegos, «Moria».



Capítulo V

Sin embargo, ¿qué necesidad había de decíroslo? ¡Como si no
expresasen bastante quién soy el semblante y la frente; como si alguno que
me tomase por Minerva o por la Sabiduría no pudiese desengañarse con una
sola mirada aun sin mediar la palabra, pues la cara es sincero espejo del
alma! En mí no hay lugar para el engaño, ni simulo con el rostro una cosa
cuando abrigo otra en el pecho. Soy en todas partes absolutamente igual a
mí misma, de suerte que no pueden encubrirme esos que reclaman título y
apariencias de sabios y se pasean como monas revestidas de púrpura o asnos
con piel de león. Por esmerado que sea su disfraz, les asoman por
algún sitio las empinadas orejazas de Midas. ¡Ingratos son conmigo, por
Hércules, esos hombres que, aun perteneciendo en cuerpo y alma a mi tropa,
se avergüenzan tanto de nuestro nombre ante el vulgo, que llegan a
lanzarlo contra los demás como grave oprobio! Por ser estultísimos, aunque
pretendan ser tenidos por sabios y por unos Tales, ¿no merecerían con el
mejor derecho que les calificásemos de sabios-tontos?.



Capítulo VI

He querido de esta manera imitar a algunos de los retóricos de
nuestro tiempo que se tienen por unos dioses en cuanto lucen dos lenguas,
como la sanguijuela, y creen ejecutar una acción preclara al intercalar en
sus discursos latinos, a modo de mosaico, algunas palabritas griegas,
aunque no vengan a cuento. Si les faltan palabras de lenguas extranjeras,
arrancan de podridos pergaminos cuatro o cinco palabras anticuadas con las
cuales derramen las tinieblas sobre el lector, de suerte que los que las
entiendan se complazcan más con ellas, y los que no, se admiren tanto más
cuanto menos se enteren. Efectivamente, mi gente se complace más en una
cosa a medida que de más lejos viene. Y si en ella los hay que sean un
poco más ambiciosos, ríanse, aplaudan y, según el ejemplo de los asnos,
muevan las orejas a fin de que parezca a los demás que lo comprenden todo.
Y basta de este asunto. Vuelvo ahora a mi tema.



Capítulo VII

Ya conocéis mi nombre, varones... ¿Qué adjetivo añadiré? Ningún otro
que estultísimos, porque ¿puede llamar de modo más honroso a sus devotos
la diosa Estulticia? Como mi genealogía no es conocida de muchos, voy a
tratar de exponerla, con el favor de las musas. No fue mi padre ni el
Caos, ni el Oreo, ni Saturno, ni Júpiter, ni otro alguno de esta anticuada
y podrida familia de dioses, sino Pluto, aquel que a pesar de Hesíodo y
Homero y hasta del mismo Júpiter, es el verdadero padre de los dioses y de
los hombres. Según su antojo se agitaban y se agitan las cosas sacras y
las profanas, y a tenor de su arbitrio se rigen guerras, paces, mandatos,
consejos, juicios, comicios, matrimonios, pactos, alianzas, leyes, artes,
lo cómico, lo serio y -me falta el aliento- las cosas públicas y privadas
de los mortales. Sin su favor, toda esta turba de dioses de que hablan los
poetas, y diré más, ni los mismos dioses mayores, o no existirían en
absoluto o no podrían comer caliente en sus propios altares. Si alguien
tuviese a Pluto airado contra él, no le valdría ni el auxilio de Palas.
Por el contrario, quien le tenga propicio, puede permitirse mandar a paseo
al Sumo Júpiter y su rayo. Éste es el padre de quien me enorgullezco y
éste fue quien me engendró, no sacándome de la cabeza, como lo hizo
Júpiter con la aburrida y ceñuda Palas, sino en la ninfa Neotete, que es
la más bella y la más alegre de todas. Tampoco soy fruto de un triste
deber conyugal, como lo fue aquel herrero cojo, sino lo que es mucho más
deleitoso, «de un amor furtivo», como dice nuestro Homero. No caigáis en
el error de creer que me engendró aquel Pluto aristofánico, que
tenía un pie en el ataúd y la vista perdida, sino un Pluto vigoroso,
embriagado por la juventud, y no sólo por la juventud, sino aún mucho más
por el néctar que gustaba beber puro y largo en el banquete de los dioses.



Capítulo VIII

Si me preguntáis también el lugar donde nací -puesto que en el día se
juzga trascendental para la nobleza el sitio donde uno dio los primeros
vagidos-, diré que no provengo de la errática Delos ni del undoso mar,
ni de las profundas cavernas, sino de las mismas islas Afortunadas, donde
todo crece espontáneamente y sin labor. Allí no hay ni trabajo, ni
vejez, ni enfermedad, ni se ve en el campo el gamón, ni la malva, la
cebolla, el altramuz, el haba u otro estilo de bagatelas, sino que por
doquier los ojos y la nariz se deleitan con el ajo áureo, la pance, la
nepente, la mejorana, la artemisa, el loto, la rosa, la violeta y el
jacinto, cual otro jardín de Adonis.
Nací en medio de estas delicias y no amanecí llorando a la vida, sino
que sonreí amorosamente a mi madre. Así no envidio al altísimo Júpiter la
cabra que le amamantó, puesto que a mí me criaron a sus pechos dos
graciosísimas ninfas, la Ebriedad, hija de Baco, y la Ignorancia, hija de
Pan, a las cuales podéis ver entre mis acompañantes y seguidores. Si
queréis conocer sus nombres, os los diré, pero, ¡por Hércules!, no sera
sino en griego.



Capítulo IX

Ésta que veis con las cejas arrogantemente erguidas es el Amor
Propio. Allí esta la Adulación, con ojos risueños y manos aplaudidoras.
Ésta que veis en duermevela y que parece soñolienta, es el Olvido, Ésta,
apoyada en los codos y cruzada de manos, se llama Pereza. Ésta, coronada
de rosas y ungida de perfumes de pies a cabeza, es la Voluptuosidad. Ésta
de ojos torpes y extraviados de un lado para otro, es la Demencia. Ésta
otra de nítido cutis y cuerpo bellamente modelado, es la Molicie. Veis
también dos dioses, mezclados con esas doncellas, de los cuales a uno
llaman Como y al otro «Sublime modorra». Con los fieles auxilios de esta
familia, todas las cosas permanecen bajo mi potestad y ejerzo autoridad
incluso sobre las autoridades.



Capítulo X

Ya habéis oído mi origen, mi educación y séquito. Ahora, para que no
parezca que uso sin motivo del título de diosa, poned las orejas derechas
para escuchar cuántos beneficios proporciono así a los dioses como a los
hombres y cuán dilatadamente campea mi numen. Pues si alguien escribió
con acierto que un dios se caracteriza por ayudar a los mortales y si
merecidamente entraron en el Senado divino quienes descubrieron a los
mortales el vino, el trigo o cualquier otro beneficio, ¿por qué yo,
por derecho propio, no me llamaré y seré tenida por «alfa» de todos los
dioses, cuando soy más generosa que todos en cualquier especie de bienes?



Capítulo XI

Primeramente, ¿qué podrá ser más dulce y más precioso que la misma
vida? Y en el principio de ésta, ¿quién tiene más intervención que yo?
Pues ni la temida lanza de Palas ni el escudo del sublime Júpiter que mora
en las nubes, tienen parte en engendrar o propagar la especie humana.
El mismo padre de los dioses y rey de los hombres, que con un ademán
estremece a todo el Olimpo, tiene que dejar el triple rayo y deponer el
rostro de titán, con el que cuando quiere aterroriza a todos los dioses,
para encarnarse miserablemente en persona ajena, al modo de los cómicos,
si quiere hacer niños, cosa que no es rara en él.
Los estoicos se creen casi dioses; pues bien dadme uno de ellos que
sea tres, o cuatro y hasta seiscientas veces más estoico que los demás, e
incluso a éste le haré abandonar si no la barba, signo de sabiduría, común
por cierto con los machos cabríos, por lo menos el entrecejo fruncido; le
haré desarrugar la frente, dejar a un lado sus dogmas diamantinos y hasta
tontear y delirar un poquito. En suma, a mí, a mí sola, repito, tendrá que
acudir el sabio en cuanto quiera ser padre. Mas ¿por qué no os hablaré con
mayor franqueza, según es mi costumbre? Decid si son la cabeza, el pecho,
la mano, la oreja, partes del cuerpo consideradas honestas, las que
engendran a los dioses y a los hombres. Creo que no, antes bien es aquella
otra parte tan estulta y ridícula, que no puede nombrarse sin
suscitar la risa, la que propaga el género humano.
Tal es el manantial sagrado de donde todas las cosas reciben la vida,
mucho más ciertamente que del «número cuartenario» de Pitágoras. Pues
decidme: ¿qué hombre ofrecería la cabeza al yugo del matrimonio si, como
suelen esos sabios, meditase los inconvenientes que le traerá esta vida?
O, ¿qué mujer permitiría el acceso de un varón si conociese o considerase
los peligrosos trabajos del parto o la molestia de la educación de los
hijos? Pues si debéis la vida a los matrimonios y el matrimonio a la
Demencia, mi acompañante, comprended cuán obligados me estáis. Además,
¿qué mujer que haya sufrido estas incomodidades una vez querría
repetirlas, si no interviniese el poder del Olvido? Ni la misma Venus,
diga lo que diga Lucrecio, podría esparcir su veneno, y sin el auxilio
de nuestro poder sus facultades quedarían inválidas y nulas.
De esta suerte, de nuestro juego desatinado y ridículo proceden
también los arrogantes filósofos, a quienes han sucedido en nuestro tiempo
esos a los que el vulgo llama monjes, y los purpurados reyes, y los
sacerdotes piadosos, y los pontífices tres veces santísimos, y, en fin,
toda esa turba de dioses mencionados por los poetas, tan copiosa, que
apenas cabe en el Olimpo, con ser éste espaciosísimo.



Capítulo XII

Sin embargo, poco sería el que me debieseis el principio y fuente de
la vida, si no os demostrase también que todo cuanto hay en ella de
deleitoso procede asimismo de mi munificencia. ¿Qué sería, pues, esta
vida, si vida pudiese entonces llamarse, cuando quitaseis de ella el
placer? Veo que habéis aplaudido. Ya sabía yo que ninguno de vosotros era
bastante sensato, quiero decir bastante insensato, mas vuelvo a decir
bastante sensato, para no adherirse a mi parecer.
Aun cuando los mismos estoicos no desprecien el placer, lo disimulan
habilidosamente y lo censuran con mil injurias cuando están delante del
vulgo, sin otro objeto que poder gozar de él más generosamente cuando
hayan apartado a los demás. Díganme, si no, por Júpiter: ¿Qué día de la
vida no vendrá a ser triste, aburrido, feo, insípido, molesto, si no le
añadís el placer, es decir, el condimento de la Estulticia? De tal aserto
puede valer de testigo idóneo aquel nunca bastante loado Sófocles, de
quien se conserva un hermosísimo elogio nuestro: «La existencia más
placentera consiste en no reflexionar nada».
Pero prosigamos para probar por menor esta doctrina.



Capítulo XIII

En principio, ¿quién ignora que la edad más alegre del hombre es con
mucho la primera, y que es la más grata a todos? ¿Qué tienen los niños
para que les besemos, les abracemos, les acariciemos y hasta de los
enemigos merezcan cuidados, si no es el atractivo de la estulticia que la
prudente naturaleza ha procurado proporcionarles al nacer para que con el
halago de este deleite puedan satisfacer los trabajos de los maestros y
los beneficios de sus protectores? Luego, la juventud, que sucede a
esta edad, ¡cuán placentera es para todos, con cuánta solicitud la ayudan
todos, cuán afanosamente la miran y con cuánto desvelo se tiende una mano
en su auxilio! Y, pregunto yo, ¿de dónde procede este encanto de la
juventud sino de mí, a cuya virtud se debe que los que menos sensatez
tienen sean, por lo mismo, los que menos se disgusten.
Mentiré si no añado que a medida que crecen y empiezan a cobrar
prudencia por obra de la experiencia y del estudio, descaece la perfección
de la hermosura, languidece su alegría, se hiela su donaire y les
disminuye el vigor. Cuanto más se alejan de mí, menos y menos van
viviendo, hasta que llegan a la vejez molesta que no sólo lo es para los
demás, sino para sí mismos. Tanto es así que ningún mortal podría
tolerarla si yo, compadecida nuevamente de tan grandes trabajos, no les
echase una mano, y al modo como los dioses de que hablan los poetas suelen
socorrer con alguna metamorfosis a los que están apurados, así yo, cuando
les veo próximos al sepulcro, les devuelvo a la infancia dentro de la
medida de lo posible. De aquí viene que la gente suela considerar como
niños a los viejos.
Si alguien se interesa en saber el medio de que me valgo para la
transformación, no se lo ocultaré: Les llevo a las fuentes de nuestro río
Leteo, que nace en las islas Afortunadas (pues que por el infierno sólo
discurre un tenue riachuelo), para que allí, al tiempo que van trasegando
el agua del Olvido, se enniñezcan y se les disuelvan las
preocupaciones del alma. Se dirá que no todo queda en esto, sino que,
además, pasan a divagar y bobear. Concedo que sea así, pero el
infantilizarse no consiste en otra cosa. ¿No es propio de los niños
el divagar y el tontear? ¿Y acaso no es lo más deleitable de tal edad el
hecho de que carezcan de sensatez? ¿Quién no aborrecerá y execrará como
cosa monstruosa a un niño dotado de viril sapiencia? De ello es fiador el
proverbio conocido por el vulgo: «Odio al niño de precoz sabiduría.»
¿Quién podría soportar la relación y el trato con un viejo que a su
enorme experiencia de las cosas uniese semejante vigor mental y acritud de
juicio? Por esta razón he favorecido al viejo haciendole delirar, y esta
divagación le liberta, mientras tanto, de aquellas miserables
preocupaciones que atormentan al sabio, y le hace ser un agradable
compañero de bebida y librarse del tedio de la vida, el cual apenas puede
sobrellevar la edad más vigorosa. No es raro aún que, al modo del anciano
de Plauto, vuelva los ojos a aquellas tres letras de A. M. O. Sería
desgraciadísimo si conservase la noción de las cosas, pero mientras tanto,
gracias a mi favor, el viejo es feliz, grato a los amigos y no tiene nada
de bobalicón ni de inepto para las fiestas. Abunda en mi favor que en
Homero se vea cómo de la boca de Néstor fluía una «palabra más dulce que
la miel», mientras la de Aquiles era amarga y los ancianos que él mismo
nos describe sentados en las murallas dejaban escuchar apacibles
palabras.
Según este criterio, los viejos superan a la misma infancia, edad
ciertamente placentera, pero inmatura y desprovista del principal halago
de la vida, es decir, la locuacidad. Observar, además, que los ancianos
disfrutan locamente de la compañía de los niños y éstos a su vez se
deleitan con los viejos, «pues Dios se complace en reunir a cada cosa
con su semejante».
¿En qué difieren unos de otros, a no ser en que éstos están más
arrugados y cuentan más años? Por lo demás, en el cabello incoloro, la
boca desdendata, las pocas fuerzas corporales, la apetencia de la leche,
el balbuceo, la garrulería, la falta de seso, el olvido, la irreflexión,
y, en suma, en todas las demás cosas, se armonizan. Cuanto más se acerca
el hombre a la senectud, tanto más se va asemejando a la infancia, hasta
que, al modo de ésta, el viejo emigra sin tedio de ella ni sensación de
morir.



Capítulo XIV

Pase quien lo desee a comparar este beneficio que dispenso con las
metamorfosis operadas por los demás dioses. Y no es del caso recordar las
que efectúan cuando están airados, sino las ejecutadas en aquellos a
quienes son más propicios: Suelen transformarles en árbol, en ave, en
cigarra y hasta en serpiente, como si no fuese lo mismo transformarse
que perecer. Yo, en cambio, devuelvo a la misma persona la parte mejor y
más feliz de su vida, que si los mortales se contuviesen de toda relación
con la sabiduría y orientasen la vida de acuerdo conmigo, no envejecerían
y gozarían dichosos de perpetua juventud.
¿No veis acaso a estos hombres severos dedicados a estudios de
filosofía, o a graves y arduos asuntos, que han envejecido antes de llegar
a la plena juventud, por obra de las preocupaciones y la constante y
agria agitación de las ideas, que agota el espíritu y la savia vital? Por
el contrario, mis necios están regordetes, lucidos, con piel
brillante, a modo, según dicen, «de cerdos acarnanienses»; en verdad
que no sentirán nunca molestia alguna de la vejez, a menos que, según a
veces acontece, no se envenenen con la compañía de los sabios. Hasta tal
punto se conserva íntegra la existencia humana cuando se es feliz por
todos conceptos.
Viene en apoyo de ello el valioso testimonio del adagio vulgar que
dice: «La estulticia es la única cosa que frena el paso de la juventud
fugacísima y mantiene alejada la molesta vejez.» De esta suerte ha dicho
acertadamente la voz vulgar acerca de los de Brabante, que mientras a los
demás hombres la edad suele redundarles en prudencia, ellos, cuanto más se
acercan a la vejez, más y más se entontecen. Y no hay otra gente que, de
modo general, tome la vida más en broma y que menos sienta la tristeza de
la vejez. De éstos son vecinos, tanto por el lugar como por el modo de
vivir, mis holandeses. Y no sólo les llamo míos, sino aun tan entusiastas
devotos, que merecieron del vulgo un apodo que más que avergonzarles les
llena de orgullo.
Vayan, pues, los estultísimos mortales en busca de Medeas, de Circes,
Venus, Auroras y no sé qué fuente, que les restituyan la juventud, la cual
soy yo la única que puede y acostumbra proporcionar. En mi poder está
aquel elixir mirífico con que la hija de Memnón prolongó la juventud de su
abuelo Titón. Yo soy aquella Venus por cuya merced volvió Faón a la
mocedad y así fue amado por Safo con tanto extremo. Mías son las
hierbas, si las hay; míos los conjuros; mía aquella fuente que no sólo
hace volver la pasada juventud, sino lo que es mejor, la conserva
perpetuamente. Así, si estáis de acuerdo en que nada hay mejor que la
adolescencia y más detestable que la vejez, creo que os daréis cuenta de
cuánto me debéis por prolongar tan gran bien y evitar mal tan grave.



Capítulo XV

Pero ¿por qué hablo tanto de los mortales? Examinad el cielo todo e
insúlteme quienquiera si encuentra en alguno de los dioses, fuera de lo
que deben a mi poder, algo que no sea áspero y desdeñable. ¿Por qué Baco
ha sido siempre efebo y le ha adornado poblada cabellera? Porque,
insensato y borracho, se ha pasado la vida entera en banquetes, danzas,
cantos y diversiones, sin tener nunca el menor trato con Palas. Por ello
está tan lejos de querer ser tenido por sabio, que goza con que se le
honre por medio de burlas y farsas y no se ofende por aquel dicho que le
atribuye el dictado de necio cuando afirma que «tiene aún más de necio que
de pintarrajeado». Precisamente le dieron este último título por la
licencia que acostumbraban a tomarse los vendimiadores de embadurnar con
mosto e higos nuevos la estatua sedente del dios colocada en la puerta de
su templo. Y la antigua comedia, ¿acaso dice algo de él que no suene a
vituperio? «¡Oh estúpido dios -dicen- y digno de nacer del muslo de
Júpiter!»
Pero ¿quién no preferiría ser necio e insulso como éste y estar
siempre de fiestas, siempre joven, siempre pródigo en diversiones y
placeres para todo el mundo, a ser como ese taimado Júpiter, que infunde
temor a todos, o como Pan, que con sus tumultos pánicos todo lo
confunde, o como el tiznado Vulcano, siempre sucio del trabajo de su
taller, o como la misma Palas, a la que hacen terrible su lanza y el
escudo con la Gorgona, y cuya mirada siempre es hiriente?
¿Por qué es siempre niño Cupido? ¿Por qué, sino por ser un bromista y
no hacer ni pensar nada a derechas? ¿Por qué la áurea Venus conserva
constantemente la belleza? Sin duda porque tiene conmigo parentesco, de lo
que viene que su rostro tenga color parecido al de mi padre y por tal
razón Homero la llama «dorada Afrodita». Además está sonriendo de
continuo, si hemos de creer sólo en esto a los poetas y a sus émulos los
estatuarios. ¿A qué dios dieron culto con mayor piedad los romanos que a
Flora, madre de todas las voluptuosidades?
Sin embargo, si alguien consulta atentamente en Homero y en los demás
poetas la vida de los dioses severos, la encontrará llena de estulticia
por entero. ¿Vale la pena recordar las hazañas de los restantes, cuando
tan bien conocéis los amores y frivolidades del mismo Júpiter fulminador,
o como la severa Diana, olvidada del pudor del sexo, no iba a la caza de
otra cosa que de Endimión, por quién se moría? Prefiero, empero, que los
dioses oigan a Momo reprochar sus bellaquerías, ya que de él es de quien
antaño las oían con frecuencia.
De ahí viene que, indignados, le precipitasen a la Tierra, junto con
Até, porque con su sabiduría resultaba importuno para la felicidad de
aquéllos. Ningún mortal ha querido desde entonces dar hospitalidad al
desterrado, y nada sería más difícil que encontrársela en los palacios de
los príncipes. En éstos, precisamente, está en el candelero mi compañera
la Adulación, la cual no convive mejor con Momo que el cordero con el
lobo. Así los dioses, libres de él, se divirtieron con mayor licencia
y placer, y, carentes de censor, hicieron realmente, según dice Homero,
«lo que les pareció mejor».
¿Qué entretenimientos no ofrece aquel Príapo de higuera? ¿Qué
diversión no producen los hurtos y mixtificaciones de Mercurio? Y el
propio Vulcano acostumbra hacer de bufón en los convivios de los dioses,
no sólo con su cojera, sino también con sus ocurrencias y sus ridículos
dichos que desternillan de risa a la partida de bebedores. Y también
Sileno, aquel viejo enamorado que suele bailar el «córdax» con Polifemo al
son de la lira, mientras las ninfas danzan la «gymnopaidía»; los sátiros
semicaprinos representan las «atelanas»; Pan, con alguna estúpida
cancioncilla, hace reír a todo el mundo, puesto que la prefieren a
escuchar el canto de las musas, sobre todo cuando el vino ha empezado a
empaparles. ¿Hará falta que recuerde las cosas que hacen los dioses cuando
están bien bebidos? Son, por Hércules, tan estúpidas que, yo misma a veces
no puedo contener la risa. Pero mejor será acordarse de Harpócrates a
este propósito, no sea que nos escuche algún Dios fisgón explicar estas
mismas cosas que no le fueron permitidas a Momo.



Capítulo XVI

Pero ya es hora de que, a ejemplo de Homero, dejemos el cielo y
volvamos a la Tierra para ver en ella que nada hay alegre ni feliz que no
se deba a mi favor. Observar primeramente con cuánta solicitud ha
cuidado la naturaleza, madre y artífice del género humano, de que nunca
falte en él el condimento de la estulticia.
En efecto, según la definición de los estoicos, si la sabiduría no es
sino guiarse por la razón y, por el contrario, la estulticia dejarse
llevar por el arbitrio de las pasiones, Júpiter, para que la vida humana
no fuese irremediablemente triste y severa, nos dio más inclinación a las
pasiones que a la razón, en tanta medida como lo que difiere medía onza de
una libra. Además relegó a la razón a un angosto rincón de la cabeza,
mientras dejaba el resto del cuerpo al imperio de los desórdenes y de dos
tiranos violentísimos y contrarios: la ira, que domina en el castillo de
las entrañas y hasta en el corazón, fuente de la vida; y la
concupiscencia, que ejerce dilatado imperio hasta lo más bajo del pubis.
La vida que llevan corrientemente los hombres ya evidencia bastante
cuánto vale la razón contra estas dos fuerzas gemelas, pues cuando ella
clama hasta enronquecer indicando el único camino lícito y dictando normas
de honestidad, éstas mandan a paseo a su soberana y gritan más fuerte que
ella, hasta que, cansada, cede y se rinde.



Capítulo XVII

Por lo demás, dado que el varón está destinado a gobernar las cosas
de la vida, tenía que otorgársele algo más del adarme de razón concedido,
a fin de que tomase resoluciones dignas de él. Se me llamó a consejo junto
con los demás y lo di al punto, y digno de mí: Que se le juntase con una
mujer, animal ciertamente estulto y necio, pero gracioso y placentero, de
modo que su compañía en el hogar sazone y endulce con su estupidez la
tristeza del carácter varonil. Y así Platón, al parecer dudar en qué
género colocar a la mujer, si entre los animales racionales o entre los
brutos, no quiso otra cosa que significar la insigne estupidez de este
sexo.
Si, por casualidad, alguna mujer quisiese ser tenida por sabia, no
conseguiría sino ser doblemente necia, al modo de aquel que, pese a
Minerva, se empeñase en hacer entrar a un buey en la palestra, según dice
el proverbio. Efectivamente, duplica su defecto aquel que en contra de la
naturaleza desvía su inclinación y remeda el aspecto de la aptitud. Del
mismo modo que, conforme al proverbio griego, «aunque la mona se vista de
púrpura, mona se queda», así la mujer será siempre mujer; es decir,
estúpida, sea cual fuere el disfraz que adopte.
Sin embargo, no creo que el género femenino llegue a ser tan estúpido
que me censure por el hecho de que otra mujer, la Estulticia en persona,
les reproche la estupidez. Pues si consideran juiciosamente la cuestión,
verán que deben a la Estulticia el tener más suerte que los hombres en
muchos casos.
Tienen, primeramente, el encanto de la hermosura, que,
justificadamente, anteponen a todas las cosas, puesto que, por su virtud,
tiranizan hasta a los mismos tiranos. ¿De dónde proceden lo desgraciado
del aspecto, el cutis híspido y la espesura de la barba, que dan al varón
aspecto de viejo, sino del vicio de la prudencia, mientras que la mujer
conserva las mejillas tersas, la voz fina, el cutis delicado, remedo de
perpetua juventud?
En segundo lugar, ¿qué otra cosa desean en esta vida más que
complacer a los hombres en grado máximo? ¿A qué miran, si no, tantos
adornos, tintes, baños, afeites, ungüentos, perfumes, tanto arte en
componerse, pintarse y disfrazar el rostro, los ojos y el cutis? Así,
pues, ¿qué las recomienda a los hombres más que la necedad? ¿Hay algo que
éstos no les toleren? ¿Y a cambio de qué halago, sino de la voluptuosidad?
Se deleitan, por consiguiente, sólo en la estulticia y de ello son
argumento, piense cada cual lo que quiera, las tonterías que le dice el
hombre a la mujer y las ridiculeces que hace cada vez que se propone
disfrutar de ella.
Ya sabéis, por tanto, el primero y principal placer de la vida y la
fuente de que mana.



Capítulo XVIII

Pero algunos hay, y en primera fila los viejos, que son más bebedores
que mujeriegos y sitúan la suma voluptuosidad en la mesa. Juzguen otros de
si habrá banquete completo sin mujeres; lo que sí consta es que ninguno
resulta agradable sin el condimento de la estulticia. Tanto es así, que si
falta uno que mueva a la risa con necedad verdadera o simulada, se pagará
a algún bufón o se invitará a algún gorrón ridículo que con dicharachos
risibles, es decir, estultos, ahuyente de la reunión el silencio y la
tristeza. Porque, ¿a qué conduce cargar el vientre de toda clase de
confituras, manjares y golosinas, si los ojos y los oídos, si no todo el
ánimo, han de apacentarse también con risas, bromas y chistes?
De esta manera, yo soy artífice insustituible de las sobremesas,
porque aquellas ceremonias de los banquetes, como elegir rey a suertes,
jugar a los dados, los brindis recíprocos, el establecer rondas,
cantar coronados de mirto, bailar y hacer pantomimas, no fueron
inventadas por los siete sabios de Grecia, sino por mí, para bien del
género humano.
De este modo, se ve que la naturaleza de todas las cosas es tal, que
cuanto más tienen de estúpidas, tanto más favorecen la vida de los
mortales, la cual, cuando es triste, no parece digna de ser llamada vida.
Y triste discurrirá la vida, por fuerza, si no os libráis con estos
deleites del tedio, hermano de la tristeza.



Capítulo XIX

Quizá habrá quienes desprecien este género de placeres y se
complazcan en el afecto y trato de los amigos, repitiendo que la amistad
es cosa que hay que anteponer a todas las demás y aun que es necesaria
hasta el punto de que ni el aire, ni el fuego ni el agua lo sean en mayor
grado. Añaden, incluso, que es tan agradable, que quitarla sería como
quitar el Sol, y que es tan honesta, si es que ello viene al caso, que ni
los mismos filósofos vacilan en tenerla entre los bienes principales. Pero
¿qué, si demuestro que yo también soy la proa y la popa de tanto bien? Y
lo probaré no con crocosilites, ni sorites, ni ceratinas, o cualquier otra
especie de argucias dialécticas, sino de modo vulgar y mostrándolo como
con el dedo.
Decid, el condescender, el dejarse llevar, cegarse, alucinarse con
los defectos de los amigos y el sentir afición y admirarse por alguno
de sus vicios manifiestos como si fuesen virtudes, ¿no es cosa parecida a
la estulticia? Hay quien besa un lunar de su amante, quien se deleita con
una verruga de su cordera, el padre que no encuentra sino una ligera
desviación de la vista en su hijo bizco, ¿qué es todo esto -pregunto- sino
pura necedad? Proclámese una y mil veces que es necedad, pero también que
ésta es la sola que une y conserva unidos a los amigos.
Me refiero al común de los mortales, de los cuales nadie nace sin
defecto y aquél es el mejor que menos cohibido está por ellos, pues entre
esos sabios endiosados o no llega a cuajar la amistad o viene a ser triste
y desagradable, y aun la traban sólo con poquísimos, por no atreverme a
decir que con ninguno, ya que la mayoría de los hombres desbarra -es
decir, que no hay quien no delire por muchos modos- y la amistad sólo cabe
entre semejantes. Así, si por acaso en esos severos tipos se engendra
mutua benevolencia, no podrá nunca ser constante ni duradera, por ser
gente gruñona y que vigila los defectos de los amigos con vista más fina
que el águila, o la serpiente de Epidauro. En cambio, ¡qué legañosos
ojos tiene para los defectos propios y cuán poco ve el fardo que lleva a
la espalda! Además, puesto que es propio de la naturaleza humana, que no
haya ingenio alguno sin grandes defectos, y que además existe tanta
desemejanza de edades y de estudios, tantas flaquezas, tantos errores,
tantas caídas graves, ¿cómo podría subsistir entre estos Argos,
ni siquiera durante una hora, la alegría de la amistad sin el auxilio de
la candidez, es decir, de la estulticia, o, si queréis, de la blandura de
carácter?
¿Pues qué? Cupido, padre y autor de todo afecto, que, por obra de su
ceguera, toma lo feo por hermoso, hace que entre vosotros cada cual
encuentre hermoso lo que ama, de suerte que el viejo quiera a la vieja
como el mozo a la moza. Estas cosas suceden y son reídas en todo el mundo,
pero tales ridiculeces son las que aglutinan y unen la placentera sociedad
en la vida.



Capítulo XX

Cuanto queda dicho de la amistad debe aplicarse con mucho mayor
motivo al matrimonio, ya que no es éste otra cosa que la conjunción
indivisa de las vidas. Júpiter inmortal, ¡cuántos divorcios y aun
accidentes peores que los divorcios ocurrirían si el trato doméstico del
varón y la esposa no se viese afianzado y sostenido por la adulación,
la broma, la indulgencia, el engaño y el disimulo, que forman como mi
cortejo! ¡Ah, qué pocos matrimonios llegarían a cuajar si el novio
investigase prudentemente a qué juegos se había dedicado aquella
doncellita delicada, al parecer, y pudorosa, mucho antes de casarse! ¡Y
cuántos menos permanecerían unidos si muchos de los actos de las esposas
no quedasen ocultos gracias a la negligencia y estupidez de los maridos!
Todas estas cosas se atribuyen justificadamente a la estulticia y a
ella se debe aún que la esposa sea agradable al marido y éste a su mujer,
a fin de que la casa permanezca tranquila, a fin de que en ella perviva la
concordia. Inspira risa y se hace llamar cornudo, consentido y qué sé yo
qué, el infeliz que enjuga con sus besos las lágrimas de la adúltera. Pero
¡cuánto mejor es equivocarse así que no consumirse con el afán de los
celos y echarlo todo por lo trágico!



Capítulo XXI

Añadiré, en fin, que sin mí no habría ni sociedad, ni relaciones
agradables y sólidas, ni el pueblo soportaría largo tiempo al príncipe, ni
el amo al criado, ni la doncella a su señora, ni el maestro al discípulo,
ni el amigo al amigo, ni la esposa al marido, ni el arrendador al
arrendatario, ni el camarada al camarada, ni los comensales entre ellos,
de no estar entre sí engañándose unas veces, adulándose otras,
condescendiendo sabiamente entre ellos, o untándose recíprocamente con la
miel de la estulticia. Ya me doy cuenta de que esto os parecerá afirmación
de mucho bulto, pero aún las oiréis mayores.



Capítulo XXII

Decidme: ¿A quién amará aquel que se odie a sí mismo? ¿Con quién
concordará aquel que discuerde de sí mismo? ¿Podrá complacer a alguno
aquel que sea pesado y molesto para sí? Creo que nadie lo afirmará, a
menos que sea más estulto que la misma Estulticia.
Si prescindieseis de mí, además de no poder nadie soportar a nadie,
todo el mundo sentiría hedor de sí, asco de sus propias cosas y repulsión
de su misma persona. Tanto más cuanto que la naturaleza, en no pocas
ocasiones más madrastra que madre, ha dispuesto el espíritu de los
mortales, sobre todo de los pocos sensatos, de suerte que cada cual se
duela de lo suyo y admire lo ajeno, de lo cual viene que todas las
prendas, toda la elegancia y todo el atractivo de la vida se echan a
perder y se desvanecen. ¿Qué vale la hermosura, principal don de los
dioses inmortales, cuando se corrompe con el morbo de la melancolía?
¿Qué la juventud si la envenena el agror de una senil tristeza?
En fin, ¿qué podría realizar el hombre con belleza (y así conviene
que lo haga todo, pues ésta no sólo es fundamento del arte, sino de
cualquier obra) en cualquier función de la vida, sea en beneficio propio o
en el de los demás, si no le tendiese la mano el Amor Propio, con quien me
une fraternal lazo? Y añadiré que se esfuerza en sustituirme en todas
partes. ¿Y qué tan necio como satisfacerse y admirarse de uno mismo? Por
el contrario, si se está descontento de uno mismo, ¿podrá hacerse algo
gentil, gracioso y digno? Suprimid este condimento en la vida y en el acto
se helará el orador en la defensa de su causa, el músico no dará placer a
nadie con sus ritmos, el histrión, a pesar de sus gestos todos, será
silbado, el poeta y sus musas serán objeto de risas, el pintor y su arte
serán diseñados y el médico y sus fármacos caerán en la miseria. En fin,
tendremos a Tersites en vez de Niceo, a Néstor en vez de Faón; en vez de
Minerva a un cerdo, en lugar del locuaz al balbuciente y en el del cortés
al patán. Tan necesario es que cada cual se lisonjee a sí mismo y se
procure una pequeña estimación propia antes de que se la otorguen los
demás.
En suma, comoquiera que la principal parte de la felicidad radica en
que uno quiera ser lo que es, contribuye a ello grandemente mi querido
Amor Propio, haciendo que nadie se duela de su figura, del talento de la
estirpe, del estado en que se halla, de la educación ni de la patria, de
suerte que ni el irlandés ansía cambiarse por el italiano, ni el tracio
con el ateniense, ni el escita con los de las islas Afortunadas. ¡Oh
singular solicitud de la naturaleza que en tan grande variedad de cosas
todas las iguala! Dondequiera que se retrae en algo de otorgar sus dones,
allá acude el Amor Propio a añadir un tanto de los suyos. Aunque esto que
acabo de decir ha resultado una necedad, porque estos últimos son los más
copiosos.
No necesito declarar, mientras tanto, que no podréis encontrar
empresa ilustre alguna sin mi impulso, ni nobles artes que yo no haya
inventado.



Capítulo XXIII

¿Acaso no es la guerra germen y fuente de todos los actos plausibles?
Y, sin embargo, ¿hay cosa más estulta que entablar lucha por no sé qué
causas, de la cual ambas partes salen siempre más perjudicadas que
beneficiadas? Y de los que sucumben, no hay ni que hablar, como se dijo de
los megarenses.
Cuando se forman en batalla las acorazadas filas de ambos ejércitos y
suenan los cuernos con ronco clamor, ¿de qué servirían esos sabios,
exhaustos por el estudio, cuya sangre aguada y fría apenas puede
sostenerles el alma? Hacen falta entonces hombres gruesos y vigorosos, en
los que haya un máximo de audacia y un mínimo de reflexión, a menos
que se prefiera como tipo de soldado a Demóstenes, quien siguiendo el
consejo de Arquíloco, apenas divisó al enemigo arrojó el escudo y huyó,
mostrándose tan cobarde soldado cuanto experto orador.
Pero el talento, se dirá, es de grande importancia en las guerras.
Convengo en ello en lo referente al caudillo, y aun éste debe tenerlo
militar y no filosófico. Por lo demás, son los bribones, los alcahuetes,
los criminales, los villanos, los estúpidos y los insolventes y, en fin,
la hez del género humano quienes ejecutan hazañas tan ilustres, y no los
luminares de la filosofía.



Capítulo XXIV

De cuán inútiles sean éstos en cualquier empleo de la vida puede ser
testimonio el mismo Sócrates, calificado, y sin sabiduría alguna, por el
oráculo de Apolo como único sabio, el cual trató de defender en público no
sé qué asunto y tuvo que retirarse en medio de las mayores carcajadas de
todo el mundo. Sin embargo, este hombre no desbarraba completamente,
porque no quiso aceptar el título de sabio y lo reservó sólo para Dios, y
porque consideró que el sabio debía abstenerse de tratar de los negocios
públicos, aun cuando debiera haber aconsejado más bien que se abstenga
de la sabiduría quien desee contarse en el número de los hombres. ¿Qué fue
si no la sabiduría lo que le llevó a ser acusado y a tener que beber la
cicuta? Pues mientras filosofaba sobre las nubes y las ideas, y medía
las patas de una pulga e investigaba el zumbido de un mosquito, no
aprendía aquellas cosas que tocan a la vida normal. Acudió a defender al
maestro en el juicio cuando le peligraba la cabeza, su discípulo Platón,
abogado tan ilustre que, desconcertado por el estrépito de la plebe,
apenas si pudo concluir con el primer párrafo. ¿Qué diré ahora de
Teosfrato? Al empezar una arenga, enmudeció repentinamente como si hubiese
visto al lobo. Aquel que animaba al soldado en la batalla, Isócrates,
no se atrevió nunca, por lo tímido del genio, ni a despegar los labios.
Marco Tulio Cicerón, padre de la elocuencia romana, comenzaba sus
discursos con temblor poco gallardo, como niño balbuciente, lo cual
interpretaba Fabio Quintiliano ser propio de orador sensato y conocedor
del peligro. Al exponer esto, ¿puede dejar de reconocerse paladinamente
que la sabiduría obsta a la brillante gestión de los asuntos? ¿Qué habrían
hecho los sabios si éstos se despachasen con las armas cuando se desmayan
de miedo al combatir sólo con palabras desnudas?
Después de todo esto se celebra aún, ¡alabado sea Dios!, aquella
famosa frase de Platón: «Las repúblicas serían felices si gobernasen los
filósofos o filosofasen los gobernantes». Sin embargo, si consultáis a
los historiadores, veréis que no ha habido príncipes más pestíferos para
el Estado que cuando el poder cayó en manos de algún filosofastro o
aficionado a las letras. Creo que de ello ofrecen bastante prueba los
Catones, de quienes el uno alborotó la tranquilidad del Estado con sus
insensatas denuncias, y el otro reivindicó con sabiduría tan desmesurada
la libertad del pueblo romano, que la arruinó hasta los cimientos.
Añadidles los Brutos, los Casios, los Gracos y el mismo Cicerón, que
no fue menos dañoso al Estado romano que Demóstenes el ateniense. Marco
Antonino, aunque otorguemos que fue buen emperador, y cabría discutirlo,
se hizo pesado y antipático a los ciudadanos por esta misma razón; es
decir, por ser tan filósofo. Pero aunque fuese bueno, según concedemos,
tuvo más de funesto, por haber dejado tal hijo, de lo que pudo haber
de saludable en su administración. Precisamente esta especie de hombres
que se da al afán de la sabiduría, aun siendo desgraciadísimos en todo, lo
son por modo especial en la procreación de los hijos, lo cual me parece
obedecer a la providencia de la naturaleza para que el daño de la
sabiduría no se extienda más entre los hombres.
Así consta que el hijo de Cicerón fue un degenerado y que aquel gran
sabio Sócrates tuvo hijos más semejantes a la madre que al padre, según
escribió acertadamente uno; es decir, que fueron tontos.



Capítulo XXV

Podría tolerarse que en los asuntos públicos sean como asnos tocando
la lira, si no fuese que en todas las demás funciones de la vida no
acreditan ser más diestros. Llevad un sabio a un banquete y lo
perturbará o con lúgubre silencio o con preguntitas fastidiosas.
Introducidle en un baile y os parecerá, danzando, un camello. Conducidle a
un espectáculo y con su solo semblante disipará toda diversión y se le
obligará a salir del teatro, como al sabio Catón, si no logra desarrugar
el entrecejo. Si mete cucharada en una conversación, caerá de improviso
como el lobo en la fábula. Si algo hay que comprar o que convenir, en
suma, cuando se trate de estas cosas sin las cuales esta vida cotidiana no
puede pasar, dirás que este sabio es un leño y no un hombre.
Añadiré que no puede ser útil en nada ni a sí, ni a la patria, ni a
los suyos, porque es inexperto en las cosas corrientes y discrepa
largamente de la opinión pública y de los estilos normales de vida, de lo
cual, por cierto, preciso es que siga el odio contra él, por ser tanta la
disparidad de conducta y sentimientos. Pues ¿qué se trata entre los
hombres que no sea necio del todo y que no esté hecho por los necios y
para los necios? Por ello, si alguien a solas quisiese contrariar la
corriente general, yo le aconsejaría que, imitando a Timón, emigre a
algún desierto y allí, a solas, disfrute de su sabiduría.



Capítulo XXVI

Retornaré, empero, a lo que había dejado sentado antes: ¿qué fuerza
ha podido reunir en ciudad a hombres berroqueños, acorchados y
salvajes sino la adulación? No significa otra cosa la famosa cítara
de Anfión y de Orfeo? ¿Qué otra cosa llamó a la concordia ciudadana a
la plebe de Roma, cuando estaba en el extremo de la confusión? ¿Acaso
algún discurso filosófico? En absoluto: El risible y pueril apólogo del
vientre y las demás partes del cuerpo. Igualmente útil fue para
Temístocles el apólogo semejante de la zorra y el erizo. ¿Qué discurso de
sabio habría tenido tanto poder cuanto aquella superchería de la cierva de
Sertorio, o aquello de los dos perros de Licurgo, o la risible fábula
sobre la manera de arrancar los pelos de la cola del caballo? Y no diré
nada de Minos y de Numa, cada uno de los cuales gobernó a la estulta
muchedumbre con fabulosas invenciones. Con semejantes tonterías se mueve
esa bestia enorme y vigorosa, el pueblo.



Capítulo XXVII

Y, por el contrario, ¿qué Estado adoptó nunca las leyes de Platón o
Aristóteles o las tesis de Sócrates? Por otra parte, ¿qué fue lo que
persuadió a los Decios a sacrificarse espontáneamente a los dioses manes?
¿Qué fue lo que arrastró al abismo a Quinto Curcio sino la vanagloria, la
más seductora de las sirenas, pero también la más condenada por estos
sabios? Dicen ellos: «¿Habrá cosa más necia que el que un candidato servil
halague al pueblo y compre su favor con propinas, soborne la adhesión de
la masa, se deleite con sus aclamaciones, sea llevado en triunfo como
una bandera venerable Y se haga levantar una estatua de bronce en el foro?
Agregad los nombres y sobrenombres que adoptan, los honores divinos
otorgados a esos hombrecillos; agregad que tiranos criminales por demás
sean comparados a los dioses en el curso de ceremonias públicas. Todas
estas cosas no pueden ser más estultas y para reírse de ellas no bastaría
con un solo Demócrito»
¿Quién lo niega?. Pero de esta misma fuente nacieron las hazañas de
los vigorosos héroes, exaltadas hasta las nubes en los escritos de los
varones elocuentes. De tal estulticia nacieron los Estados, merced a ella
subsisten imperios, autoridades, religión, consejos y tribunales, pues la
vida humana no es sino una especie de juego de despropósitos.



Capítulo XXVIII

Ahora hablaré de las ciencias. ¿Qué impulsa, sino la sed de gloria,
al ingenio de los mortales a elaborar y cultivar para la posteridad
disciplinas tenidas por tan excelsas?
Ciertos hombres estultísimos, sin duda, se creyeron pagados de tantas
vigilias y tantos sudores con no sé qué fama, vana a más no poder. En
contraste, vosotros debéis a la Estulticia ilustres deleites en la vida y,
sobre todo, el supremo de disfrutar de la insensatez ajena.



Capítulo XXIX

Así, tras haber reivindicado el mérito del valor y el ingenio, ¿qué
os parecería que pretendiese también el de la prudencia? Aunque alguno
dirá que esto equivale a mezclar el agua y el fuego, yo espero
triunfar en mi propósito si, como antes, me seguís favoreciendo con
vuestra atención y vuestra aprobación.
En primer lugar, si la prudencia se acredita en el uso de las cosas,
¿a quién procede aplicar mejor tal dictado y tal honor, al sabio que, en
parte por pudor y en parte por cortedad de ánimo, no se atreve a emprender
cosa, o al estulto que no retrocede ante nada ni por vergüenza, de que
carece, ni por temor al peligro, que no se para a considerar?
El sabio se refugia en los libros de los antiguos, de donde no extrae
sino meros artificios de palabras, mientras que el estúpido, arrimándose a
las cosas que hay que experimentar, adquiere la verdadera prudencia, si no
me equivoco. Parece que esto lo vio con claridad Homero, a pesar de ser
ciego, cuando dijo: «El necio sólo conoce los hechos».
A la consecución del conocimiento de los hechos se oponen dos
obstáculos principales: la vergüenza que ensombrece con sus nieblas al
ánimo, y el miedo que, una vez evidenciado el peligro, disuade de
emprender las hazañas. De ambos libra estupendamente la Estulticia. Pocos
son los mortales que se dan cuenta de las ventajas múltiples que
proporciona el no sentir nunca vergüenza y el atreverse a todo. Y si
alguno prefiere adquirir la prudencia que consiste en el examen de las
cosas, os ruego que me oigáis cuán lejos están de ella los que se
adjudican este título.
Es, ante todo, manifiesto que todas las cosas humanas, como los
silenos de Alcibíades, tienen dos caras que difieren sobremanera entre sí,
de modo que lo que exteriormente es la muerte, viene a ser la vida, según
reza el dicho, si miras adentro; y, por el contrario, lo que parece vida
es muerte; lo que hermoso feo; lo opulento, paupérrimo; lo infame,
glorioso; lo docto, indocto; lo robusto, flaco; lo gallardo, innoble; lo
alegre, triste; lo próspero, adverso; lo amigable, enemigo; lo saludable,
nocivo; y, en suma, veréis invertidas de súbito todas las cosas si abrís
el sileno.
Si esto parece quizá dicho demasiado filosóficamente, me guiaré según
una Minerva más vulgar, como suele decirse, y lo pondré más claro. ¿Quién
no convendrá en que un rey sea hombre opulento y poderoso? Pero si no está
propicio a ninguna cualidad espiritual y nada sacia su codicia, resultará
paupérrimo, y si tiene el alma entregada a numerosos vicios, permanecerá
torpemente esclavizada. Del mismo modo podría discurrirse también acerca
de otras cosas, pero me basta con el anterior ejemplo. Alguno preguntará:
«¿A qué viene esto?» Escuchadme para que extraigamos la moraleja.
Si alguien se propusiese despojar de las máscaras a los actores
cuando están en escena representando alguna invención, y mostrase a los
espectadores sus rostros verdaderos y naturales, ¿no desbarataría la
acción y se haría merecedor de que todos le echasen del teatro a pedradas
como a un loco? Repentinamente se habría presentado una nueva faz de las
cosas, de suerte que quien era mujer antes resultase hombre; el que era
joven, viejo; quien poco antes era rey, se trocase en esclavo; y el dios
apareciese de pronto como hombrecillo. El suprimir aquel error equivale a
trastornar la acción, porque son precisamente el engaño y el afeite los
que atraen la mirada de los espectadores.
Ahora bien: ¿Qué es toda la vida mortal sino una especie de comedia
donde unos aparecen en escena con las máscaras de los otros y representan
su papel hasta que el director del coro les hace salir de las tablas?
Éste ordena frecuentemente a la misma persona que dé vida a diversos
papeles, de suerte que quien acababa de salir como rey con su púrpura,
interpreta luego a un triste esclavo andrajoso. Todo el mecanismo
permanece oculto en la sombra, pero esta comedia no se representa de otro
modo.
Si un sabio caído del cielo apareciese de súbito y clamase que aquel
a quien todos toman por rey y señor ni siquiera es hombre, porque se deja
llevar como un cordero por las pasiones y es un esclavo despreciable, ya
que sirve de grado a tantos y tan infames dueños; que ordenase a estotro
que llora la muerte de su padre, que ría, porque por fin ha empezado la
vida para aquél, ya que esta vida no es sino una especie de muerte; que
llamase plebeyo y bastardo a aquel otro que se pavonea de su escudo,
porque está apartado de la virtud, que es la única fuente de nobleza; y si
del mismo modo fuese hablando de todos los demás, decídme: ¿qué
conseguiría sino que cualquiera le tomase por loco furioso?
Porque nada más estulto que la sabiduría inoportuna ni nada más
imprudente que la prudencia descaminada, y descaminado anda quien no se
acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no
recuerda el precepto de aquel comensal de «O bebe, o vete», pretendiendo,
en suma, que la comedia no sea comedia.
Por el contrario, será en verdad prudente, quien, sabiéndose mortal,
no quiere conocer más que lo que le ofrece su condición, se presta gustoso
a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado
junto con ella. Pero en esto, dirán, radica precisamente la Estulticia. No
negaré que así sea, a condición de que se convenga en que tal es el modo
de representar la comedia de la vida.



Capítulo XXX

Lo que resta, ¡oh dioses inmortales!, ¿lo diré o lo callaré? Por lo
demás, ¿por qué he de callarlo si es de toda veracidad? Mas en cosa de tan
gran importancia quizá convendría invocar a las Musas del Helicón, a las
que suelen acudir los poetas con más frecuencia por verdaderas bagatelas.
Acorredme, pues, un momento, hijas de Júpiter, para que demuestre que sin
contar con la Estulticia como guía no habrá quien llegue a la excelsa
sabiduría ni a la llamada fortaleza de la felicidad. Es manifiesto,
primeramente, que todas las pasiones humanas corresponden a la Estulticia,
puesto que el sabio se distingue precisamente del estulto en que aquél se
gobierna por la razón y éste por las pasiones.
Por tal razón los estoicos apartan del sabio todos los desórdenes,
como si fuesen enfermedades; sin embargo, las pasiones hacen las veces de
orientadores de quienes se dirigen hacia el puerto de la sabiduría, sino
que también en cualquier ejercicio de la virtud suelen ayudar como espuela
y acicate en exhortación a obrar bien.
Aunque el estoicísimo Séneca protesta enérgicamente contra esto y
libera, por el contrario, al sabio de toda pasión, al hacerlo así no deja
en él nada humano, sino más bien a un nuevo dios o a una especie de
demiurgo, que ni ha existido hasta ahora, ni existe ni existirá; es más,
para decirlo más claro, labró una estatua marmórea de hombre, impasible y
ajeno a toda sensación humana. Por tanto, si les place, gocen de este
sabio suyo, ámenle por encima de cualquier rival y convivan con él en la
república de Platón o, si lo prefieren, en la región de las ideas, o en
los jardines de Tántalo. ¿Habrá quien no huya o se horrorice de tal tipo
de hombre, como de un monstruo o un espectro que se ha querido
ensordecer a todas las sensaciones de la naturaleza, que carece de
pasiones y no se conmueve por el amor ni por la misericordia más «que si
de duro pedernal fuese o de mármol marpesio»; de un hombre de quien
nada escapa, que nunca yerra, sino que, como Linceo, todo lo descubre,
que nada deja de juzgar escrupulosamente y nada ignora; que sólo está
contento de sí mismo y se tiene por el único opulento, el único sano, el
único rey, el único libre y, en suma, el único en todo, aunque ello no
acontezca sino en su opinión; que no se entretiene con amigo alguno,
porque no sabe lo que es un amigo

martes, 9 de junio de 2009

Shamanismo, Brujería y Poder : LA BRUJA PILAGÁ

Shamanismo, Brujería y Poder

...
LA BRUJA PILAGÁ
(KonaGánaGae)

..
Intentamos acercarnos a un llamativo personaje del mundo
Pilagá: la KonaGánaGae o bruja. Veremos por un lado cuáles son los
aspectos significativos que definen a la figura esencialmente, y por
otro, la valoración que la cultura efectúa de ese status. En otras palabras,
intentamos realizar una descripción de las actividades y del poder
que maneja esta figura femenina en un contexto dado, sin perdernos
en la maraña de definiciones y distinciones entre brujería, hechizo,
encantamiento, etc., las que no pocas veces se usan como conceptos
a priori independientes de las clasificaciones que cada cultura
realiza.
Hemos traducido, no obstante, la voz *konaGánaGae* como
*bruja* por ser la noción que más se le aproxima, la más inmediata a
nuestra cultura. Sin embargo, debemos realizar una aclaración; entendemos
por bruja a un ser que instrumenta el poder del que está
dotada de un modo negativo, siguiendo procedimientos que le son
específicos.
Los materiales en que nos basamos fueron recabados en tres
campañas realizadas durante las primaveras de 1975, 78 y 79 en las
comunidades de Fortín La Soledad, Pozo Molina y Campo del Cielo
respectivamente. En todas las oportunidades contamos con el auspicio
y financiamiento del CONICET.
Demás está decir que en aquella oportunidad no trabajamos
con ningún informante que detentara el status de konaGánaGae en
virtud de su carácter secreto. De ello se deduce que las representaciones
culturales sobre esta figura provienen fundamentalmente de dos
canales de conocimiento: el shamánico y el de los individuos yao´ó
payák, vale decir, aquellos sujetos que poseen algunos auxiliares y
por ende, han ampliado el carácter de sus nexos hasta entonces limi-
tados a la sociedad de los humanos, a un orden compuesto por el
individuo y el universo poderoso de las deidades5. Cuando tratemos
los mecanismos de identificación de las brujas veremos con mayor
profundidad las vías por las que se accede a una experiencia vivida
del mundo de la konaGánaGae, tales como el sueño, el éxtasis u
otras formas, según se trate de un shamán o de un individuo con
auxiliares o yao´ó payák.

Las Fuentes de Poder de las KonaGánaGae

La konaGánaGae obtiene su condición de tal de las deidades
payák. Para detentar ese status es necesaria una iniciación, mediante
la cual la teofanía introduce al individuo en el universo del daño,
dándole a conocer las técnicas de las que se valdrá en el futuro, oportunidad
en la que la deidad remarca el carácter decididamente negativo
de la intención de la bruja. Además, a partir de ese momento, el
poder de la konaGánaGae, percibido concretamente en la malevolente
eficacia, se fundamenta en el poder de la figura mítica que dota a la
iniciando de su propio poder. Veamos un texto al respecto:
*El payák le dice: *Bueno te voy a elegir porque sos buena persona,
buena mujer fuerte y joven*. Entonces le dice: *Para ser
konaGánaGae hay que matar a la gente, vos tenés que llamar al letawá
(compañero, ayudante) para que traiga buen poder, buena suerte, para
poder matar a la gente*. El payák elige a la mujer y le entra, entonces
le habla. Entonces ella empieza a soñar con el payák, puede verlo y
charlar con él; entonces cuando el payák va entrando la mujer se hace
konaGánaGae. El payák le dice: *Yo no quiero que te pase nada,
quiero que trabajemos juntos todo el año matando a la gente, pero
nadie tiene que saber que vos sos konaGánaGae, a nadie le tenés que
contar nada; si vos contás que sos konaGánaGae la gente sabe, entonces
si al otro día se muere uno ya se sabe que vos lo mataste´. Así
que la konaGánaGae no puede contar nada. Cuando le entra el payák
cambia la pinta, entra el payák y ya le cambia el corazón porque el
payák le entró ya no es como antes que era dadála (condición de
desconocimiento vivido de las potencias payák). Entonces el corazón
cambia su pinta, su color, el corazón tiene luz como un foco
porque entra el payák, la mujer entonces se hace payák también porque
el payák ya le da poder, le da oyk. Tiene poder la konaGánaGae
porque le da el payák. Le da un canto y la konaGánaGae tiene que
cantar para que el payák le entre otra vez para que pueda trabajar”.
(Juan de los Santos)
Se advierten en el relato los aspectos más significativos del trance.
Entre ellos, la remisión de la iniciación de la konaGánaGae a los
seres payák, hecho que da soporte a la inclusión de la primera en esa
categoría ontológica. De acuerdo al texto visto la elección la realizan
libremente los payák en función de las condiciones de la candidata,
siendo de peso particular entre ellas, las cualidades físicas.
La iniciación propiamente dicha se desencadena mediante la
posesión del individuo, ocasión en que la deidad comunica a la bruja
su determinación de convertirla en konaGánaGae, y la adoctrina,
además, en la malevolente intención que deberá detentar hacia el
mundo de los hombres. La misión de la bruja de ahí en más será el
daño, el daño gratuito fundado en la pura malignidad. Con posterioridad
a la primera posesión podrá observar continuamente a la deidad
payák en los sueños. Los sucesivos encuentros oníricos tienen como
finalidad que la deidad enseñe a la konaGánaGae las formas de invocarla,
el mecanismo de daño, la parafernalia de que se valdrá en el
futuro, y el canto por el cual se comunicará con ella.
Se aprecia, además, el carácter secreto del status, el que obviamente
se funda en la violenta reacción social que provoca el personaje,
quien, de ser descubierto, era en antaño indefectiblemente incinerado.
Es por ello que la konaGánaGae niega su condición, a excepción de
cuando se comporta como instructora de una iniciando a quien trasmite
sus conocimientos siempre envueltos de un halo esotérico.
Finalmente, se advierte que la iniciación conlleva a una alteraci
ón radical del sujeto, el que de humano pasa a convertirse en payák.
Dicha alteración ontológica se especifica en el texto mediante la oposici
ón dadála-payák. La primera de las nociones refiere, en el ámbito
humano, a una situación de candidez, de ingenuidad existenciaria
que tiene como correlato un desconocimiento de las potencias payák
como auxiliares. Puede entenderse como una etapa del ser que no ha
llegado a su máxima expresión, y que por ende ha de ser alterado por
nuevos contenidos. Contenidos que, por otra parte, se tornan significativos
cuando implican la interacción con las deidades payák. Por
su parte, payák designa una modalidad ontológica que engloba desde
las teofanías, el shamán, especies vegetales y animales salvajes hasta
manifestaciones cratofánicas (Eliade, 1972). Todas estas concreciones
a pesar de la disimilitud poseen un denominador común: el carácter
extraño, insólito, distinto, vale decir, de aquello que se presenta a
la conciencia como lo otro, no-humano, imprevisible y lejano.9
Teniendo en cuenta lo expuesto la modificación habida en la
konaGánaGae es entonces claramente radical; implica el paso de la
condición ontológica de humano a la de payák; lo que equivale a
decir, esos seres diferentes que siempre presentan una carga de significaci
ón, una reserva, fundada en la ambivalencia propia del payák,
de cuya modalidad la konaGánaGae es la expresión más negativa.
Ya no se trata de un ser de intención ambivalente que así como presta
auxilio, también envía la enfermedad, sino de un actuar pura y gratuitamente
negativo que se condensa en el daño. En otras palabras, el
daño que realiza la konaGánaGae no posee un segundo sentido que
lo base como ejercer la venganza, el contrapaso, etc. sino que por el
contrario su significación se agota en la acción maligna por sí misma.
La profunda alteración ontológica acaecida fundamenta el actuar
de la bruja, que alejada de la condición de humana patentiza una
invasión del mundo extraño y temido de los payák. La modificación
en cuestión puede observarse en dos niveles; en primer lugar, como
señalamos, en el cambio de sus comportamientos hacia los hombres,
a quienes sólo dañará. En segundo término, en lo referente al orden
físico, adquiere capacidades suprasensibles y el poder de
metamorfosearse. En el texto se señala este aspecto, expresándolo
como el *cambio del corazón*, uno de los reservorios de potencia del
sujeto, ya que ahora posee *luz”*, hecho que remarca su otredad.
Es justamente la comunión en la intencionalidad malevolente
el rasgo distintivo de la relación konaGánaGae-letawá payák. En el
mundo Pilagá no sólo el shamán posee auxiliares sino también prácticamente
la totalidad de los individuos adultos han adquirido un número
variable de letawá que los auxilian en situaciones específicas.
En ambos casos colaboran en cumplir con una función determinada
en la terapia, la guerra, la seducción o la actividad que se quiera,
mostrando una clara actitud positiva para con el individuo que lo
posee como letawá y benigna o neutral para con el resto de los hombres,
según el caso de que se trate. Por el contrario, la colaboración
que presta el letawá a la konaGánaGae es siempre y esencialmente
malevolente e involucra indefectiblemente a un tercer sujeto presa de
las nefastas intenciones de la konaGánaGae y su auxiliar. Claro está,
que esa convergencia de voluntades no podría ser de otra manera en
virtud de que responde a la esencia del fenómeno y por ende, constituye
el rasgo distintivo de la relación de la konaGánaGae y sus letawá.
La iniciación se da por concluida con un viaje a piyén, el plano
celeste, morada de una de las deidades iniciadoras, loGóté (dueña) de
todas las konaGánaGae.
“Ella va al cielo para conversar con el loGóté de ella, y de allá
se viene con su poder, allá le enseñan como matar a la gente. Ella va
arriba y recibe su poder, para poder ir canta entonces viene el payák y
le entra, entonces su paqál (alma sombra) y su kie´é (imagen refleja)
y kiriakté (corazón) viajan a piyén entonces la konaGánaGae le da
poder, esa que vive en el cielo. La konaGánaGae viaja de noche, el
cuerpo queda acostado durmiendo, pero cuando vuelve del cielo se
despierta y no estuvo durmiendo estuvo en piyén”. (Juan de los Santos).
El objetivo del viaje nocturno al ámbito celeste es claro, consiste
en aumentar la potencia del sujeto que obtendrá el poder, oyk, de
la propia konaGánaGae loGóté. El esquema loGót-lamasék, dueñodependiente,
reproduce el sistema de organización social y cósmica
Pilagá; en el que a cada ámbito lo regentea un loGót de quien dependen
sus lamasék. El loGót, es entendido como eje, sostén, centro de
potencia de sus lamasék, y a este respecto el complejo de las
konaGánaGae no representa una excepción, sino que por el contrario,
son ellas como lamasék dependientes de una deidad payák, la
konaGánaGae loGoté.
El viaje implica, por otra parte, una disociación del alma sombra
y la imagen refleja respecto del cuerpo, sólo las entidades anímicas
ascienden al cielo, y se desplazan por otros dominios cósmicos. Esta
experiencia le brinda un conocimiento directo de ámbitos y personajes
vedados para el común de las gentes, hecho que nuevamente indica
su carácter extraño y el alejamiento de su condición de humana
para ingresar a un mundo de nexos en el que prima la interacción con
los payák. En cualquier otro individuo la disociación señalada, descontando
el caso del shamán, implica la enfermedad y
consiguientemente la muerte, de no restituirse el equilibrio entre las
entidades que integran la persona, alma sombra, imagen refleja y el
cuerpo, ya que son los primeros los fundamentos de la vida en el
sujeto.
El personaje que habita la morada celeste, dueña de las
konaGánaGae, y a quien corresponde la iniciación de las mismas es
descripta como una mujer fea y vieja; ya su sola visión permite adivinar
su intención malevolente y extraña, la que se concreta en diferentes
atributos morfológicos. Lo expuesto puede advertirse en el siguiente
relato:
*Esa que entra cuando te hacés bruja tiene forma igual que la
de la mujer, la misma que las mujeres pero es payák. Tiene pinta de
vieja, muy sucia, es fea. Tiene la pinta igual que la Viuda (personaje
folklórico). No es la viuda que se le murió el marido, es La Viuda que
sale de noche. Yo encontré una en Ibarreta, tenía bastantes pelos y
vestido negro. Tiene forma de mujer, porque la konaGánaGae es mujer
entonces tiene forma de mujer; si vos sos hombre el payák tiene forma
de hombre, vamos a suponer si vos sos viejo el payák también es
viejo, si me entra a mí ya se forma como un payák joven*. (Juan de
los Santos)
Se advierte en el texto la correspondencia de atributos físicos,
sexo y edad que existe entre el individuo y su auxiliar o letawá; hecho
que determina que las konaGánaGae por ser únicamente mujeres,
sólo puedan poseer letawá de ese sexo, y en segundo lugar, que la
loGoté de las konaGánaGae muestre un aspecto similar. En ambas la
suciedad, vejez, apariencia desgreñada, fealdad no hacen sino remarcar
que se trata de seres extraños, distintos a los humanos, en definitiva,
de naturaleza payák.
Se aprecia, además, que la deidad iniciadora es asimilada a La
Viuda, personaje de la narrativa folklórica regional, al cual sin duda,
los Pilagá han conocido por contacto con los criollos. De este hecho
se podrían plantear dos hipótesis, la primera de carácter histórico,
consistiría en considerar a la brujería Pilagá como resultado de una
asimilación de la cultura criolla de la zona; la segunda, en entender al
fenómeno como una convergencia de estructuras entre una brujería
estrictamente Pilagá y un personaje de la temática folklórica, en cuyo
caso la incorporación se limitaría a una figura, pero sería preexistente
la noción en la cultura indígena.
De ambas posibilidades nos inclinamos por la segunda en virtud
de que las diferencias entre la konaGánaGae y La Viuda son
muchas, siendo su parecido formal en lo referente a la fisonomía, y
esencial con relación a la voluntad negativa. La Viuda es uno de los
múltiples *aparecidos* del folklore regional, que en horas de la noche
hace presa de sus nefastas intenciones a quien merodea por los
caminos, concretamente colocándose en el anca del caballo clava su
afilada dentadura en las espaldas del jinete hasta darle muerte.Por
otra parte, su hábitat es el plano terrestre y no se conoce ningún hecho
que permita suponer que quepan al personaje en cuestión la iniciaci
ón, o enseñanzas de sus conocimientos a otras figuras de su misma
naturaleza, como realiza la konaGánaGae. La forma de efectuar el
daño también es diferente: el personaje folklórico lo concreta directamente
sobre la víctima, mientras que la bruja Pilagá lo practica a
través de partes del cuerpo o pertenencias del individuo. Tampoco
interesan a La Viuda viajes a otros planos cosmológicos, ni existe
una organización jerárquica entre personajes de ese status que liguen
a la figura a un modelo de nexos más amplio como sucede con las
konaGánaGae. Finalmente, de acuerdo a las representaciones culturales
de los criollos La Viuda es sólo un personaje mítico, en cambio
entre los Pilagá la bruja es una persona. De lo expuesto se deduce que
la brujería Pilagá existió independiente de la narrativa folk, de la
cual asimila una figura en virtud de su intención negativa y de ciertas
características morfológicas. En lo que respecta a la disposición negativa,
si bien es esencial a ambas figuras, también lo es al fenómeno
de la brujería, y por ende no abalaría de por sí el origen foráneo de la
institución entre los Pilagá. Debe tenerse en cuenta además que con
posterioridad a la publicación de este trabajo se detectaron personajes
similares entre los Toba y Mocoví, cultural y lingüísticamente
muy parecidos a los Pilagá.
De acuerdo a otro de nuestros informantes también VyaGalasé14
puede iniciar al individuo en la brujería y el daño. Veamos un relato:
“La viejita contaba que una vez a ella misma se le apareció una
mujer cuando ella era joven. Era una mujer vestida con ropa negra y
cabello largo, tenía todo el cuerpo cubierto de vello y era muy fea. La
viejita dice que se encontró delante de esa VyaGalasé y entonces ella
le dijo: ‘Mirá hija, si vos querés trabajar conmigo yo tengo un hermoso
trabajo, si hay una persona que yo quiero matar la mato. VyaGalasé
le enseñó su canto, entonces la mujer canta y VyaGalasé la escucha, y
sucede que si vos cantás ese canto recibís el espíritu de VyaGalasé.
VyaGalasé le enseña a cantar, y al otro día la mujer ya sueña con
VyaGalasé, y soñaba y hablaba con VyaGalasé que le enseñaba a da-
ñar a la gente recogiendo puchos, orina, materia fecal, un pedazo de
ropa o cualquier cosa. Entonces cuando VyaGalasé le enseña enseguida
se pone mala la mujer con la gente, quiere matar a la vecina, así
hace*. (Ramona, Alberto Yanciz).
Se aprecia en el relato que en lo que hace a la intención, la
enseñanza de las técnicas del daño y la fealdad de la deidad, los atributos
de VyaGalasé son una reiteración de los de La Viuda. Hecho
que halla sentido no sólo porque sus acciones se manifiestan vinculadas
al mismo fenómeno, sino también en virtud de que desde un punto
de vista ontológico ambas participan de la condición de payák.
Por otra parte, vemos que la enseñanza de los cantos desencadena
la posesión de la iniciando que a través de sucesivos encuentros
oníricos se convertirá en konaGánaGae definitivamente, tal como
vimos anteriormente.
Además de la teofanía iniciadora, la konaGánaGae cuenta con
un número variable de letawá, siempre de naturaleza payák y de sexo
femenino, que va adquiriendo durante sus prácticas. Hecho que implica
un incremento de la potencia de la bruja en virtud de que a
mayor número de auxiliares corresponde una mayor carga de poder.
Finalmente, la condición de konaGánaGae se adquiere plenamente
mediante la colaboración de otra mujer de ese status, quien
instruye a la aprendiz en los mecanismos de daño. Es este proceso de
entrenamiento y de adquisición de conocimientos el que le permite el
ejercicio de su condición. Veamos como expresa el Pilagá lo concerniente
a la labor de la instructora:
*Para aprender todo lo que tiene que aprender tiene que estar
mucho tiempo. Por ejemplo una jovencita tiene una abuela, entonces
la vieja le dice: Vamos te voy a enseñar cómo tenés que hacer para ser
konaGánaGae. Entonces si te enseña una mujer ya tenés estudio,
mientras tanto va pasando el tiempo y la chica se va haciendo
konaGánaGae porque la vieja le enseña para ser konaGánaGae. Si te
enseña una konaGánaGae algún día te vas a hacer konaGánaGae, le
enseña entonces ya sabe, sabe cómo se puede rezar (hablar con las
teofanías Payák), cómo se puede cantar. Entonces algún día esa mujer
ya puede trabajar sola porque ya le enseñaron bien cómo se puede
mezclar, cómo se puede rezar, cantar, cómo se pone un trapo en la
cabeza para taparse bien. La konaGánaGae te hace konaGánaGae
porque te enseña cómo hay que hacer. Ella te enseña a fabricar lo que
tenés que usar, una vara para hincar en la tierra y rebuscar cosas de la
gente que querés matar, tenés que tener un trapo también para taparte
la cabeza, una ollita. Vos después de que la mujer te enseñó ya te
entra el payák y te hace konaGánaGae. Si vos querés ser
konaGánaGae tenés que pedirle a una vieja que te enseñe y después
que te enseña ya te entra el payák*. (Juan de los Santos).
Se advierte en el relato que a la revelación de la deidad sigue la
enseñanza realizada por una instructora preferentemente de la familia.
La colaboración se concreta en la fabricación y enseñanza sobre
el uso de los elementos de la parafernalia. Entre los que figuran: a) la
vara, ipák, de la que se vale para tomar los objetos de las personas
que desee dañar, a los que curiosamente nunca ase con sus manos, b)
un trapo negro que oculta su rostro de la vista de los payák o de algún
posible merodeador, c) la entonación de los cantos que le permitirán
comunicarse con las deidades, d) el conocimiento de las partes del
cuerpo y los objetos que deberá escoger para dañar al individuo, y
finalmente, f) los mecanismos preventivos que deberá observar con
ese fin.
También se aprecia que una mujer puede resolver por sí misma
acceder a la condición de konaGánaGae, para lo cual realiza un camino
inverso al descripto. En efecto, comenzará por el auxilio de la
instructora hasta que finalmente, mediante la entonación de cantos
logre que la deidad iniciadora la posea y la dote de poder, oyk, fundamento
de la eficacia dañina de la bruja.
Pasado el período de aprendizaje la iniciando cristaliza definitivamente
en su nueva condición ontológica, la de konaGánaGae,
vale decir, payák. La profunda alteración sufrida, como señalamos,
se concreta en diferentes aptitudes que permitirán el desenvolvimiento
de la bruja; entre ellas se destacan las capacidades suprasensibles en
lo que respecta a los sentidos, la de divorciar alma sombra, paqál,
imagen refleja, kie´é, y cuerpo, pudiendo los primeros desplazarse a
diferentes ámbitos inaccesibles para el hombre común, la posibilidad
de actuar sobre los demás independientemente de su voluntad, y finalmente,
el poder de metamorfosearse.
*La bruja se puede cambiar en otra forma; se puede cambiar en
forma de lata, de olla. Ella se cambia porque sabe lo que va a hacer,
se cambia cuando te va a matar, o si no para que no la vean cuando
anda por el monte. Entonces si vos soñás con una lata, con una olla ya
sabés que te quiere matar una konaGánaGae”. (Juan de los Santos)
El fin claramente utilitario de la metamorfosis se desdobla en
dos alternativas como puede apreciarse en el relato. Por un lado, para
practicar el daño, metamorfoseándose en el ente que entienda conveniente,
y por otro, para tornarse invisible a los ojos de quien pudiera
descubrir en el monte a una mujer en extraña actitud recolectora, y
por ende sospechara su condición de konaGánaGae. Evidentemente,
en esta circunstancia la temporaria transformación morfológica apunta
a no llamar la atención.
Las posibilidades de descubrir a la konaGánaGae las analizaremos
más adelante, pero sin duda, la vía onírica constituye el mecanismo
de mayor importancia, tema presente en el relato.
Por otra parte, la modificación morfológica en cuestión alcanza
a la totalidad del sujeto, vale decir, alma sombra o paqál, kie´é o
imagen refleja, y lok (cuerpo). A la par que muestra la potencia que
afecta al personaje por medio de una manifestación que sólo comparte
con las deidades y el shamán.
Procedimientos y Técnicas del Daño
Las motivaciones que fundamentan el daño que realiza la
konaGánaGae, como señalamos, no son otras que su propia malignidad,
entendida por el Pilagá como una de las múltiples expresiones
de la potencia payák. La acción no se origina como contrapaso, el
que entendido como justa compensación, se justifica aunque involucre
la muerte.
Para realizar el daño la konaGánaGae se vale de diferentes
objetos que bien son parte del sujeto o le pertenecen. Hecho que adquiere
sentido en virtud de la unión que se percibe entre las partes y
la totalidad, o la cosa poseída y su poseedor.16 Veamos un texto al
respecto:
“La konaGánaGae para matar gente tiene que juntar escupidas,
pone un papelito o un trapo y junta la escupida y la pone en una lata.
También puede agarrar un pedazo de camisa o un pedazo de vestido o
de pantalón, puede agarrar también un pedacito de pelo y usa todo
para matarte. Por ejemplo vos tenés un pucho de cigarrillo lo agarra y
lo lleva a cualquier parte y lo pone en una ollita, pero no se ve adonde
está, entonces lo usa para matarte. Ella te roba el cuerpo y el paqál de
la camisa, del pantalón, del cigarrillo, de todo. Ella pone todo lo que
roba en una lata o en una olla y echa todas las cosas de muchas personas,
entonces se pone a cantar. Canta y reza para llamar al payák, para
que te mate también. KonaGánaGae sale por el monte a rebuscar
pelo, cagada, escupida, orina, cualquier cosa, y después junta todo
para matar a toda esa gente. La konaGánaGae anda campeando las
cosas por ahí cuando encuentra las hinca con su palito y las echa al
jarrito que tiene, entonces está todo listo. De noche el paqál de ella
sale y va a cualquier parte, espía a ver a quién joder, sale a mirar qué
cosas hay para rebuscar, entonces ve de quién son y a la mañana siguiente
sale y las busca”. (Juan de los Santos)
La incansable y malevolente konaGánaGae en horas nocturnas
disocia su alma sombra e imagen refleja, paqál, y kie´é, del cuerpo
dirigiéndose los primeros a merodear por los alrededores de la tolder
ía a fin de identificar algún objeto que le permita realizar el daño, al
que recogerá al día siguiente.
Los objetos de que se vale la konaGánaGae son de dos tipos:
aquellos que forman parte de la persona, tales como materia fecal,
orina, saliva, cabellos, uñas, etcétera, y aquellos que pertenecen al
individuo –vestimentas enceres, etc.-. El daño que se efectúa sobre
ellos actúa sobre el sujeto enfermándolo. Esta relación estructural
entre las partes y el todo es el fundamento no sólo de este y en general
de los procedimientos de daño, sino también de otro tipo de acciones
tanto malignas como benéficas. Citemos a guisa de ejemplo el rapto
del alma, que en muchas sociedades determina la muerte del sujeto,
la restitución de un órgano mediante la terapia, la que más allá de
limitarse anatómicamente a una parte implica restaurar un equilibrio
en el individuo como totalidad, equilibrio que devela la adscripción
de vida y de salud.
En lo que hace al segundo tipo de objetos, interesan a la
konaGánaGae diferentes pertenencias del sujeto, se señalan en el texto
las vestimentas, las colillas de los cigarrillos que se han fumado, podr
ían ser también las coberturas del lecho, partes de un arma o de un
botijo, vale decir, aquellos objetos de los que el Pilagá es dueño, loGót,
los que a su vez son agrupados como dependientes, lamasék, del primero.
Estos no sólo poseen, como todos los entes, alma sombra e
imagen refleja, un paqál y un kie´é, condición sine qua non de existencia
sino también loyák, vida, atributo que se restringe a aquellos
entes que son inmediatos al hombre, aquellos de los que se es poseedor,
vale decir, loGót. La vida que el Pilagá les atribuye se origina y
es mantenida por la de su propietario, junto con quien fenecen para
convertirse en iléw (muerto). Dicha noción explica, a la par que da
sentido, el actuar de la konaGánaGae; de la que se podría decir que
realiza un camino inverso, que comienza con la muerte de las pertenencias
para culminar con la del individuo.
Volviendo a nuestro tema central, los procedimientos del daño,
una vez que la bruja se hubo procurado los elementos necesarios, los
coloca indiscriminadamente, diferentes objetos de distintas personas,
en un recipiente. El paso posterior será ponerlos al fuego mientras se
comunica con los payák, en virtud de que la cocción de los mismos
determina su muerte y por acción del vínculo dueño-dependiente la
del individuo.
“Ella lleva todo lo que tiene al cielo, piyén, para que los payák
vean a quién hay que joder, entonces les muestra las cosas que ella
tiene: saliva, ropa a los payák para que ellos la ayuden a matarte.
KonaGánaGae va arriba, a piyén, porque arriba hay más tachos, hay
una olla grande y un fuego grande. Ahí llevan las cositas todas las
konaGánaGae, llevan el paqál de la cosa, y lo quema allá arriba; el
capo de las konaGánaGae, ella se queda con el cuerpo y lleva arriba
el paqál y el kie´é. Entonces ella calienta las cositas, orina, saliva,
puchos y las cosas esas se mueren porque se queman, se hierven,
entonces ya se muere el tipo al poco tiempo, y cuando las cositas se
mueren arriba ya se mueren los cuerpos de las cositas que tiene la
bruja. Ella después pone todo lo que sacó en una lata y calienta la
lata, revuelve como si fuera comida, cocina pelo, escupida, lo que
sea, lo cocina hasta que se muere, ella revuelve con un palito, nunca
agarra con su mano. Mientras cocina la konaGánaGae empieza a cantar,
llama a los payák para que le entren. Ella lleva la olla al monte, se
va de la toldería para fabricar enfermedad a la gente. Ella hace enfermar
trabajando con la escupida, pelo, ella sopla las cosas que tiene
con su layát (aliento, hálito, resuello, vapor) y les manda payák, entonces
el payák se entra a tu cuerpo. El payák le entra a la cabeza, a la
espalda según lo que tenga ella camisa, saliva o lo que sea, hay días
que te duele la cabeza, hay días que duele la garganta. Cuando está
cocinando las cosas, ella canta y reza se tapa la cabeza con un trapo
negro, para que nadie la pueda ver para tener más poder. Cuando reza
llama al payák, entonces el payák llega donde está ella de noche y ya
puede conversar con su payák. Entonces el payák le dice: *Estoy conforme
*. La konaGánaGae dice:*Ahora están todos separados los que
vamos a matar este año*, y el payák dice: *Muy bien, tenemos que
matar a la gente*. El Payák está conforme, está contento. Entonces
konaGánaGae ya calienta, cocina las cosas y pasan dos, tres meses y
ya la gente siente dolor en la cabeza, en la garganta va bajando la
grasa hasta que te morís. No es de golpe la enfermedad que hace la
mujer, te va matando de a poco; primero sentís dolor, un día, otro día,
pasa el tiempo y después te morís*. (Juan de los Santos)
En el texto aparecen explicitados la mayoría de los comportamientos
que realiza la konaGánaGae con el objetivo de dañar. En
primer lugar se advierte que después de la ojeada nocturna y la recolecci
ón del día siguiente se dirige al cielo, piyén, morada de la
konaGánaGae loGoté con un doble objetivo; por un lado, que aqué-
lla y en general los auxiliares payák identifiquen a los individuos que
desea dañar a fin de que colaboren con ella cuando sea preciso, y, por
otro, entregarle las entidades anímicas, los paqál y los kie´é, de los
objetos sobre los cuales se realizará el daño, a la konaGánaGae loGoté.
Aquellos -como señaláramos- poseen un alma sombra o paqál, una
imagen refleja o kie´é y un cuerpo o lok siendo los primeros los que
posibilitan la existencia del ente. Esos paqál y kie´é son reunidos en
la bóveda celeste por la loGoté, quien concentra los provenientes de
la actividad de todas las konaGánaGae en una enorme olla; en definitiva
la muerte de ambas entidades es la que determina la muerte de
los elementos materiales que se hallan en poder de la konaGánaGae.
Por otra parte, la identificación de los individuos que realizan los
payák mediante los objetos entregados por la konaGánaGae sólo es
posible en virtud de la unidad percibida entre el todo y las partes, a la
que ya nos hemos referido.
Tras el paso descripto, corresponde la cocción de todos los objetos
reunidos, la que se realiza mientras la konaGánaGae canta e
invoca a los payák, quienes acuden de inmediato a la cita y tras poseerla
prosiguen cantando y fumando a la par de ella. Dicha posesión,
por otra parte, no debe entenderse como una anulación total del sujeto,
que éste quede trascendido a merced del ser payák, sino como la
colaboración de un auxiliar que acude en ayuda de su protegida, con
quien la une una comunidad de intenciones y de intereses. La funci
ón del canto consiste en invocar a los payák, los que se van incorporando
sucesivamente, hecho que se percibe por un cambio en la
melodía en virtud de que cada payák posee la propia, y es por ésta
que hay que solicitarlo. Por otra parte, el rol que juegan los payák es
el de incrementar la potencia, oyk, de la bruja y el de calificar al ambiente;
hechos que se traslucen en la eficacia de la acción dañina.
El meollo del procedimiento negativo, como puede apreciarse
en el relato, consiste básicamente en dos hechos: la exhalación del
aliento, layát, y la cocción de los objetos, procedimientos que determinan
la muerte del sujeto. La exhalación de layát tiene como finalidad
la de introducir olores payák en los elementos y así originar su
muerte; la cocción, por su parte, apunta a quitar la vida del ente y
consecuentemente la del individuo. Muchas de las deidades payák
son descriptas como personajes y estados, como estados son la enfermedad
que se instala en el cuerpo del individuo para matarlo de no
mediar la terapia shamánica. En el caso que nos ocupa, la
konaGánaGae no envía la enfermedad directamente al cuerpo, como
sucede con otras formas de daño, sino que por el contrario la introduce
en los objetos que ha recolectado los que la trasmiten al sujeto.
Existe, además, un segundo procedimiento destinado a provocar
la muerte. Veamos al respecto un relato que detalla tanto las técnicas
utilizadas como el sentido de las mismas:
“Para matar a la gente tiene que sacar un pedazo de ropa, o si
no un pucho de cigarrillo, o si no un pedazo de calzado, o si no cualquier
cosa de nuestro equipo (se refiere a las pertenencias del individuo).
Ella lo saca y lo echa en el medio del finado. Si hay un finado
está enterrado en aléwa lawél (el centro de la tierra), tiene que ser un
finado que haya fallecido hace poco tiempo entonces la konaGánaGae
mete las cosas que ella tiene adentro de la tumba. Ella cava un pozo
profundo y mete las cosas con un palo para que lleguen hasta el finado,
no las puede agarrar con la mano porque entonces le entraría la
enfermedad. Eso pasa porque hay contagio, si se enferma mi camisa
me pasa la enfermedad. Al hincar las cosas en la tumba del difunto
las mata y después de eso sueña, tiene que soñar con VyaGalasé. Sue-
ña con VyaGalasé y ella le dice: *Andá a tal parte en el monte para
que nos encontremos*, VyaGalasé se queda con los paqál, y los kie´é
de las cosas y los mata ella misma enterrándolos bien adentro de la
tierra donde viven los payák. (Alberto Yanciz).
Dada la naturaleza payák de los muertos, éstos trasmiten la enfermedad
por mero contacto, de ahí que el entierro permanente de los
objetos culmine con la muerte de los mismos, los que entendidos
como lamasék (dependientes), como parte del individuo, determinan
su enfermedad y, si el tiempo es prolongado, su deceso. La idea del
muerto como trasmisor de males da sentido al hecho de que la
konaGánaGae se valga de una vara y nunca toque los elementos da-
ñados directamente.
Nuevamente el sueño y el encuentro con la deidad permiten la
entrega de aquellas entidades que otorgan vida al individuo, las que,
esta vez en manos de VyaGalasé, serán sepultadas en el submundo, el
ámbito de mayor potencia negativa en virtud de que moran en él,
algunas teofanías payák y los muertos, seres de igual naturaleza. La
muerte de las entidades anímicas de los objetos en el submundo, alewá
lawél, causa la de la materialidad de los mismos en el plano terrestre
y además, hace que el daño y la terapia que le corresponde cobren su
verdadera significación, ya no se trata de recuperar los entes de una
tumba sino de capturar además sus principios vitales, ahora en manos
de VyaGalasé.
De lo expuesto se deduce que la técnica seguida sólo se diferencia
de la anterior desde una perspectiva formal en virtud de que en
ambos casos el único objetivo perseguido, la muerte del sujeto, se
logra enfermando a los elementos, los que trasmiten el mal al individuo.
Con posterioridad a la redacción de este trabajo detectamos otras
técnicas de daño que muestran la influencia de las creencias de los
criollos del lugar. Una de ellas consiste en introducir los elementos
que serán objeto del maleficio en el interior de un sapo, posteriormente
se cose la boca del batracio, y al morir este tras una notoria
inflamación se concreta la enfermedad en la víctima humana. La segunda
repite el procedimiento mencionado, pero esta vez el animal
utilizado para dañar es una víbora. En el imaginario campesino sapos
y víboras se ligan a la brujería y, por lo tanto se integran al dominio
de lo demoníaco. Entre los Pilagá estas ideas se han reelaborado en el
marco de las nociones nativas como las de dueño y dependiente, humano
y payák. Así, tanto los batracios como los boídeos se definen
como dependientes de la bruja y a esta como la dueña, la condición
de payák se atribuye a todos ellos y se contrapone a la de humano,
naturaleza del damnificado.
Hemos evitado intencionalmente definir estos procedimientos
como magia simpática al modo de Frazer (1965), puesto que no compartimos
la idea de que haya existido un período de pensamiento
mágico previo al advenimiento de las formulaciones religiosas, ni
creemos en una primitiva operación mental que iguala y confunde a
las partes con la totalidad. Como vimos en el caso que nos ocupa son
los nexos sociales entre el individuo y sus pertenencias, así como las
ideas de vida, energía vital, salud, enfermedad, daño, relación con los
seres míticos, las que deben tenerse en cuenta para explicar el fenó-
meno desde el punto de vista indígena.
Fuera cual fuere la técnica utilizada, los síntomas concretados
en el dolor físico se hallan en relación al elemento o parte del cuerpo
que fuera sustraído. Si el daño se practica en la saliva, cigarrillos o
cabellos, la dolencia se sentirá en la garganta o la cabeza; si se trata
de una camisa se localizará en la espalda y en el pecho; si es materia
fecal en la zona gastro-intestinal y así sucesivamente cada uno de los
objetos dañados provoca el mal en la región correspondiente a su
locus natural o al de su uso. La dolencia así originada y localizada va
acentuándose con el correr del tiempo y en un período relativamente
prolongado culmina con la muerte. Esta se explica como resultado de
la pérdida de grasa, chitá, a que conlleva la enfermedad. Chitá, la
grasa, es uno de los reservorios de la añaák, potencia referida al ámbito
de la fuerza física, al estado de salud, a la energía vital, y es por
ello que su pérdida conduce inevitablemente a la muerte. La posibilidad
de restaurar el daño corre por cuenta del shamán, pyoGonák, como
veremos posteriormente.
Finalmente, entre las acciones preventivas citemos el ocultamiento
del rostro que impide que sea visualizada por las deidades
payák, el shamán o pyoGonák o algún posible merodeador, y además
que penetre el olor dañino de los muertos.20 Dicha práctica colabora
en la eficacia de la labor, puesto que de ser descubierta no sólo se
impediría el daño sino que, además, se revertiría la malignidad en su
propia persona. La negativa intención de la konaGánaGae provoca
una violenta reacción contrapasística que la conduce a la muerte inevitablemente.
Un mismo sentido precautorio comporta el hecho de
que la konaGánaGae no asga ninguno de los objetos con sus manos y
se valga de una vara que le permita punzarlos o de un trapo que usa
para envolverlos. Lo que se evita es el contacto directo con los objetos
que han de ser dañados en la creencia de que aquellos trasmitirían
la enfermedad a la bruja.
Es entonces que las acciones llevadas a cabo con el objeto de
dañar son de dos tipos. Están por un lado, aquéllas que apuntan a
provocar la dolencia de las víctimas -recolección de las cosas, viaje
al cielo, entrega de las entidades anímicas de los elementos a la
konaGánaGae loGóte, etc.-, y por otro, aquéllas que poseen un fin
preventivo y apuntan a impedir que se desbaraten los malevolentes
planes de la bruja, tales como el uso de la vara, del pañuelo que oculta
el rostro, y la formación de un micro-espacio en el lugar donde se
realiza el daño, tornándolo invisible. Esta última técnica es descripta
en el siguiente relato:
“Las konaGánaGae fuman para que no las vean y no venga
otro payák, para que no venga a molestarlas el pyoGonák (shamán).
Porque si no, si la ve el pyoGonák (shamán) puede venir, y entonces
tiene que pelear con ella, pero si fuma ya se forma como una casa y
no puede entrar el pyoGonák. Ella está en laiñí (medio) y fuma para
todas partes para hacer laíl (periferia), entonces ya nadie puede entrar,
por eso fuma la konaGánaGae”. (Juan de los Santos).
Ya de por sí el lugar que elige la konaGánaGae es apartado, el
campo o el monte, lo que significa en cierto modo extraño. En rigor,
el único espacio familiar y cotidiano es el del nóik (grupo local), a
partir del cual y en proporción directa a su alejamiento, el resto del
ambiente se tiñe de extrañeza,21 la que se deriva de la naturaleza payák
que imprime al ámbito la deidad que lo gobierna. Esta potencia negativa
se acentúa, por otra parte, mediante la construcción del microespacio
que realiza la konaGánaGae. Allí se concentran sus ayudantes,
letawá, quienes suman su malevolente intención a la de la bruja,
cargando al espacio de un especial poder nefasto.
El micro-ambiente se construye a partir de un laiñí (eje, centro,
sostén), que coincide con la ubicación de la bruja, y es a partir de allí
que fumando en todas direcciones conforma el laíl (periferia, envoltura,
borde) y crea un micro-ámbito.22 Dicha erección tiene como
objeto tornar invisibles las acciones de la bruja e impedir el acercamiento
de las deidades o del shamán, pyoGonák, ya que el humo
actúa como una verdadera barrera que la separa y aísla del espacio en
que se halla inserta.
En síntesis, la conformación de un laiñí-laíl desde una perspectiva
espacial aísla y separa un sector, cuyo encierro es total. Desde el
punto de vista de las manifestaciones de la calificación del ambiente,
sumerge al lugar en un juego de poderes que no hace sino aumentar el
carácter negativo que de por sí tuvieran el campo o el monte, al volverlo
habitáculo de seres payák, ejecutantes de acciones malignas.
Finalmente, considerando las motivaciones, posee un claro matiz
precautorio ya que apunta a hacer al sector impenetrable, e invisibles
a las actividades que allí se desarrollan.
Cabe mencionar en relación con el tópico tratado, que la noche,
el momento en que se lleva a cabo la acción dañina, se presenta a la
conciencia indígena con una calificación particular derivada de su
significación no-humana. Este lapso constituye el tiempo de descanso
de los hombres, y como contrapartida, es el de mayor actividad de
las deidades payák, en particular de los muertos que se dirigen masivamente
del submundo al plano terrestre con el objeto de dañar a los
vivientes. En definitiva, la noche es una duración de la alteridad, de
naturaleza-otra, que adquiere un sentido dimensional al tornar peligroso
los dominios de la choza y la aldea, propicios para los hombres
(Idoyaga Molina,1996)
Volviendo sobre las posibilidades de reparar el daño que ha
hecho la konaGánaGae, debemos señalar que la terapia shamánica
se vuelve ardua y complicada en este caso más que en lo normal. Ya
no sólo se trata de extraer la enfermedad -bajo la forma de sustanciade
la parte afectada, sino también de recuperar los objetos que posee
la konaGánaGae, que por estar muertos originan nueva y constantemente
el mal en el individuo.
“Si el pyoGonák sabe que la konaGánaGae está haciendo daño
tiene que pelear con su paqál de noche. Pelea con una vara y pega
fuerte hasta que uno gana. Si gana el pyoGonák entonces tiene que
sacarle todas las cositas que la konaGánaGae tiene, orina, saliva,
puchos (cigarillos). Entonces tiene que soplar, tiene que hacerle layát,
le echa layát para sacarle payák de adentro. PyoGonák tiene que ir al
cielo, piyén, también y robarle el paqál de las cosas a la otra
konaGánaGae que está arriba, tiene que luchar con su vara, entonces
pone el paqál en las cosas y se quedan sanas otra vez. Entonces el
tipo ya puede vivir, queda sano y no se enferma más”. (Juan de los
Santos)
Aparecen en el relato la mayoría de las actividades que realiza
el shamán en esta forma de terapia. Dos son los hechos básicos que
permiten restituir el estado de salud: el viaje a la bóveda celeste y la
pelea con la bruja. El fin del ascenso al cielo es recapturar las entidades
anímicas de los objetos de manos de la konaGánaGae loGoté.
Para ello, tras trasladarse, se bate con aquella armado con una vara.
La restitución del alma sombra y de la imagen refleja no sólo apunta
a librar al enfermo de la muerte por cocción, sino también a integrar
los principios anímicos a los cuerpos correspondientes, condición
indispensable para la existencia de cualquier ente. El enfrentamiento
onírico con la bruja apunta a recuperar los objetos dañados, a los que
mediante el soplo, impregnado de su poderoso aliento, layát, devuelve
la salud.
Sobre el mal que realiza la konaGánaGae es ilustrativo el relato
que nos brindara uno de nuestros informantes, cuyo padre, prestigioso
pyoGonák murió a manos de una de éstas; veamos:
*Mi padre era pyoGonák, murió por causa de una mujer que le
agarró la escupida de él y la cocinó. Mi padre al principio no hablaba,
tenía la garganta jodida, cerrada, no podía hablar. Ella había agarrado
la escupida, la había puesto en una lata y cantaba para llamar a los
payák. Entonces los payák la ayudaban para darle enfermedad a mi
padre. Primero le jodía la garganta, después se puso peor y se murió.
Ella le tenía rabia porque sí, quería matarlo. Entonces le hacía brujer
ía, pero mi padre no sabía porqué le tenía rabia*. (Juan de los Santos)
El texto muestra varios de los aspectos mencionados. En primer
lugar, la malevolente intención de la konaGánaGae y de sus auxiliares,
los letawá payák, que comulgan y se aúnan con el objetivo de
dañar. En segundo término, el tipo de procedimiento utilizado para
causar el daño, típico de la bruja. Finalmente, la correspondencia entre
la localización de las dolencias y el objeto que fuera robado, así
como el carácter prolongado de la enfermedad.
Amén de los aspectos vistos, es interesante tener presente que
la condición del damnificado era la de pyoGonák -anciano ya- vale
decir la de un conocedor de los males y de las deidades que los originan.
Sin embargo, a pesar de tan ventajosa situación, el enfermo no
pudo detectar a la causante de sus males, quien hizo vanos todos sus
esfuerzos por impedir la muerte. Este hecho apoya la idea de que la
brujería realizada por la konaGánaGae no es, en muchos casos, descubierta,
debido a los recaudos que esta toma, tales como la barrera
de humo, el ocultamiento del rostro, etc.
Creemos conveniente referirnos al daño realizado por los
shamanes a fin de mostrar las peculiaridades de los procedimientos
seguidos por la bruja, y por ende su independencia respecto a otras
instituciones en el seno de la sociedad Pilagá. Elegimos el daño
shamánico porque presenta mayor riqueza de contenidos que el que
puede realizar una persona común.
La ambivalencia propia de la modalidad payák se concreta
ilustrativamente en la figura del shamán, pyoGonák, quien tanto realiza
la terapia como maleficios. Muchas de las dolencias que aquejan
al individuo son resultado de la intención maligna del pyoGonák que
envía la enfermedad, más precisamente a uno de sus auxiliares. Es
por ello, que las actitudes del sujeto ante el personaje muestran tanto
el temor y la precaución como el respeto y la admiración. El miedo a
despertar la ira del shamán hace que muchos individuos cumplan con
sus requisitos, generalmente de índole económica; más allá de que
los consideren lícitos o excesivos. Son, en cambio, fuente de sincero
reconocimiento las terapias exitosas, la acción eficaz frente a las
calamidades -sequía, granizo, peste, etc.- y el auxilio en las actividades
de producción de bienes, en circunstancias críticas del ciclo vital
*procreación, aborto, infanticidio, muerte- y en el conocimiento anticipado
de hechos de importancia.
Con el objetivo de dañar envía el mal, uno de sus auxiliares
payák, generalmente bajo el aspecto de un pequeño insecto, denominado
kiáik, que es un ayudante ubicado en el corazón del shamán. Al
instalarse la enfermedad-sustancia en la anatomía humana la corroe
hasta lograr la muerte del individuo. En este caso, como ocurre con el
mal procurado por la konaGánaGae, la enfermedad se manifiesta por
la dolencia de la zona afectada, vale decir, donde haya penetrado el
insecto-payák, y acaba con el sujeto, de no mediar la terapia de otro
especialista.
Otro mecanismo shamánico que ocasiona la enfermedad consiste
en raptar la díada alma sombra e imagen refleja, paqál-kie´é,
sostén de las expresiones vitales en el sujeto y que por lo tanto equivale
a causar una grave dolencia. Este proceder se caracteriza por
provocar un decaimiento físico generalizado. La terapia consiste obviamente
en unir rápidamente al cuerpo las entidades que posibilitan
la existencia de la persona, cuya salud depende de la integridad
físico-anímica.
En ambos casos el shamán actúa directamente sobre el individuo,
ya cuando rapta las entidades anímicas, ya cuando introduce la
enfermedad en el cuerpo, a diferencia de la bruja que se vale de pertenencias
o partes de la persona. Tampoco el shamán realiza procedimientos
comparables a la cocción de los objetos, los que en realidad
no le interesan. La técnica del pyoGonák consiste en valerse de la
experiencia onírica o entrar en éxtasis, mediante el canto y el ritmo
de los sonajeros de calabaza, a fin de enviar a uno de sus auxiliares
como enfermedad-sustancia al individuo que ha elegido para matar.
Mientras que la konaGánaGae, aunque cuenta con la colaboración
de sus ayudantes -a los que llama sólo por el canto-, debe realizar ella
misma una serie de acciones más largas y complicadas. Entre ellas
figuran, a) el ascenso al cielo realizado con la finalidad de llevar las
entidades anímicas de los objetos, y mostrar las pertenencias de los
elegidos para dañar, b) la recolección y cocción de los objetos para
dar muerte a sus propietarios.
En términos de las representaciones culturales nativas, las figuras
míticas y el shamán son seres ambivalentes, como lo muestran
sus acciones positivas y negativas en relación con los hombres, aunque
no es fácil que alcancen el aspecto tremendo y demoníaco propio
de la bruja. Es sin duda, la konaGánaGae quien concentra y sintetiza
la negatividad del ser payák, perceptible en un sinfín de acciones
malevolentes que en este personaje no tienen excepción. Es por ello
que no puede ser definida como el shamán como nexo entre el mundo
de los hombres y el universo de los seres míticos. A la bruja sólo
le cabe la integración al mundo de los seres otro, se acerca a la sociedad
humana únicamente bajo el halo de lo extraño, potente, distinto y
demoníaco. En suma, no es sino una de las múltiples expresiones en
que se concreta la invasión temible de los payák en el mundo familiar
y cotidiano de los hombres.
.
Identificación y Muerte de la Bruja
.
La valoración social negativa de la konaGánaGae es clara, y se
basa fundamentalmente sobre la malignidad del personaje, ante quien
prácticamente no se tiene defensa. Desde la perspectiva del sujeto los
nexos con ella se agotan en el temor y la precaución, se remiten reiterada
e inevitablemente a la esfera del daño. La konaGánaGae es bá-
sicamente un personaje poderoso y temido. Lo expuesto puede
advertirse en el relato que sigue:
*La konaGánaGae tiene poder, es payák, ella usa el poder que
tiene para matar a la gente, eso no más hace. Ella nunca te va a defender,
sólo sirve para matarte. La gente tiene mucho miedo a la
konaGánaGae porque sabe muchas cosas y puede matar a la gente,
únicamente el pyoGonák te puede defender*. (Juan de los Santos)
Se aprecia que la jerarquía de su status se fundamenta en la
naturaleza payák de la konaGánaGae, lo que equivale a decir, a poseer
poder, oyk, de un modo superlativo. Si el otro término de la comparaci
ón es el humano, vemos que la bruja a diferencia de este puede
actuar a antojo sobre el mundo de los hombres con independencia de
su voluntad, metamorfosearse o tornarse invisible según necesidad.
Es entonces, que en primer término, la konaGánaGae es poderosa
y en segundo lugar, se la valora negativamente en virtud de la
calidad de la intención de su actuar que apunta sólo a la muerte de
los hombres.
Es justamente su intención nefasta el hecho que desencadenaba
en antaño su muerte en la hoguera como resultado de una acción
contrapasística del grupo.
Las posibilidades de descubrir a la konaGánaGae y así vengarse
son de dos tipos. El primero que podríamos llamar a priori consiste
en detectarla antes de que haya consumado el daño, y el segundo
que denominamos a posteriori, refiere los mecanismos que permiten
desenmascarar a la bruja una vez que hubo muerto el individuo, objeto
del daño.
La identificación a priori puede realizarla tanto el pyoGonák
como los individuos yao´ó payák -que cuentan con auxiliares. El primero
valiéndose de la vía onírica o de la experiencia extática suele
detectar durante las horas nocturnas a la konaGánaGae. Veamos:
“Cuando el pyoGonák trabaja, canta y toca el porongo, entonces
su paqál puede salir por ahí a rebuscar. Entonces él ve como una
barrera de humo entonces sabe que está una konaGánaGae trabajando,
pero él no la puede ver, pero si él sueña entonces ya la puede ver,
ve clarito a la mujer trabajando”. (Juan de los Santos).
La actividad del shamán muestra una complementación entre
la experiencia extática y la onírica. La primera, a través del viaje nocturno,
le permite conocer la existencia de una konaGánaGae abocada
al maleficio, mientras que a través del sueño puede identificar
individualmente a la persona en particular. No hablamos de
complementariedad queriendo reflejar que sean dos momentos que
se sucedan cronológicamente, sino en el sentido de posibilidades de
conocimiento de grado diferente, que únicamente se dan en la órbita
del shamán. En efecto, el conocimiento extático y por ende la percepci
ón de la barrera de humo está vedado a las personas comunes.
Cualquier adulto puede también a través del sueño identificar
a la bruja:
“La konaGánaGae tiene que hacer brujería en secreto porque
si la ven ya puede contar todo, ya se sabe cuál es. Entonces la gente
hace reunión y quiere matar a la konaGánaGae. El enfermo puede
soñar, sueña con la konaGánaGae entonces dice: ‘Me ha hecho brujer
ía tal mujer. Entonces los parientes ya saben. Entonces le preguntan
al enfermo cómo se llama y el enfermo les avisa el nombre”.
(Juan de los Santos).
El sueño se presenta como la vía fundamental de identificación
de la konaGánaGae, en tanto posibilita que el propio damnificado
puede observar a la atacante y consecuentemente denunciarla.
La acusación de victimaria por parte del doliente produce la
rápida reacción tanto de los parientes del enfermo como del resto de
los miembros de la comunidad, y conduce a la muerte de la bruja
inevitablemente. Al ser suspendida la acción dañina el doliente puede
recuperarse, aunque este resultado no es frecuente debido a que
esta capacidad de visión es una experiencia propia de las personas
cercanas a la muerte, por lo cual a pesar de que se elimine el daño, no
pocas veces el fin trágico es ineludible. Los miembros del grupo local
ven la incineración de la bruja como un hecho justo que apenas
compensa el maleficio que esta ha realizado. Tan es así, que a pesar
de las características actuales de la situación de contacto con la sociedad
nacional, que impiden obviamente la muerte en la hoguera, las
brujas siguen siendo eliminadas aunque en forma discreta.
Un caso de identificación a posteriori es el del padre de uno de
nuestros informantes, cuya muerte a manos de una konaGánaGae
comentáramos anteriormente. Prosigamos:
*Mi padre se enteró después de muerto de quién era la mujer
ésa que le había agarrado la escupida para matarlo. Entonces yo una
vuelta soñé con él y él me contaba. Soñé varias veces y cada vez me
contaba cuál era la mujer que le había hecho brujería*. (Juan de los
Santos)
En este caso la identificación del personaje se torna más complicada,
el individuo no observa personalmente a la konaGánaGae
sino que por vía del sueño dialoga con su padre muerto, quien desde
su nueva condición, la de payák, descubre a la konaGánaGae que le
diera muerte y lo comunica a su hijo, a uno de los parientes más
próximos.
Es de notar, por otra parte, la ardiente necesidad de venganza
que experimenta el Pilagá ante el personaje en cuestión, que aún se
patentiza en los muertos; seres de intención ambivalente y vividos
con reserva de significación, producto del temor que ante ellos experimenta
el sujeto.
Existe además un mecanismo que permite si bien no identificar
personalmente a la konaGánaGae, saber que uno es presa del daño
hecho por una bruja. Nuevamente por la vía onírica se accede al mundo
del daño, de soñarse con cualesquiera de los elementos específicos
de la parafernalia de la konaGánaGae el individuo tendrá la certeza
de que está siendo, o será a la brevedad, objeto del maleficio.
Veamos:
“Si vos soñás con una olla quiere decir que una konaGánaGae
te quiere matar, una konaGánaGae quiere joderte. Por ejemplo, si yo
pasado mañana sueño con una lata, con una olla, sé que me va a
matar una konaGánaGae, puede ser que ella ya me haga brujería, o si
no que pronto me va a hacer brujería”. (Juan de los Santos)
Finalmente, señalemos que no hemos mencionado la identificaci
ón de la bruja mediante la observación directa en virtud de que la
barrera de humo y el trapo en la cabeza la tornan imposible. Dicha
forma de percepción sólo es factible cuando la konaGánaGae realiza
la recolección de los objetos de los individuos a dañar, y a través de
este hecho sólo se pueden tener sospechas, pero no la certeza de que
se está en presencia de la misma ya que la actitud de la konaGánaGae
puede ser confundida con la diaria recolección que realizan las mujeres
Pilagá en pro de vegetales o de leña.
También se hace sospechosa de detentar el status cualquier visitante
femenina que dirija constantemente su atención hacia las pertenencias
de los individuos que habitan en la casa:
*Uno puede saber que una mujer es bruja si te visita. Ella se
sienta y mira para todos lados a ver qué cosa encuentra, y si encuentra
alguna cosa ya tiene el pedazo que quiere. Entonces mira el pedazo
todo el tiempo, te conversa un rato, pero enseguida mira el pedazo de
vuelta. Por eso de encontrarla por ahí no se nota pero estando en la
casa ya se nota la konaGánaGae*. (Alberto Yanciz)
Aunque la explicación brindada en el texto nos parezca ingenua,
es lícito pensar que al mirar constantemente aquí y allí una mujer
se haga sospechosa. La falta de resguardo en la actitud de la bruja
la explica el indígena apelando a la compelición al daño que el personaje
experimenta. De todos modos también en esta circunstancia como
en la anterior, sólo hablamos de sospechas y no de poseer la certeza
de haber descubierto una konaGánaGae, experiencia que se canaliza
por la vía onírica o el éxtasis.
La identificación de la konaGánaGae -como señaláramos- fuera
por el procedimiento que fuere, culmina indefectiblemente con la
muerte de la misma a manos de su propia comunidad, que participa
activamente.
*Cuando la gente sabe que tal mujer es bruja entonces se reúne,
hacen reunión para matar a la konaGánaGae, dicen: *Para qué dejarla
vivir si ella nos quiere matar a nosotros*. Ellos no la quieren a la
konaGánaGae porque a ella no le gusta que la gente viva; si la dejan
viva va a matar a toda la gente. Entonces se junta toda la gente y la
agarran a la konaGánaGae y hacen un fuego y ahí la ponen para que
se queme. Entonces hay dos o tres pyoGonák que van removiendo la
ceniza para que se queme bien, tiene que ser un pyoGonák porque el
pyoGonák tiene poder, tiene oyk, y la konaGánaGae también tiene
poder. Después de que se quema, del corazón de la konaGánaGae se
hace un payák, entonces a la noche van a cantar tres pyoGonák para
que el payák no venga a joder a la gente, cantan una semana o dos
semanas y después ya se pasa. (Juan de los Santos)
La acción vengativa llevada a cabo con la konaGánaGae es de
carácter social, vale decir, que incumbe a todos los miembros de la
comunidad. Es preponderantemente un hecho contrapasístico ya que
su objetivo es compensar, por medio de la dolencia y la muerte, los
daños que propinara la konaGánaGae a los hombres. En segundo
término, se aprecia además un matiz precautorio en virtud de que
implica librarse de un peligroso enemigo para siempre.
La muerte por incineración no es un hecho casual, el fuego es
un elemento purificatorio, tiene la capacidad de aniquilar las entidades
corrompidas, e impuras. En el caso que nos ocupa extermina las
enfermedades y daños, presentes en los paquetes, en los olores que
los males producen y en las intenciones negativas de las brujas. Como
símbolo de regeneración y purificación el fuego es un equivalente
semántico del agua, la que también se utiliza para eliminar olores,
arrastrar males y lavar enfermedades, recuperar dolientes y sus pertenencias,
proteger a las puérperas y los recién nacidos. En fin, el agua
y el fuego aparecen en variados contextos como transformadores que
restauran la vida, la energía positiva, la salud, y la condición humana.
Por último, la muerte en la hoguera posee un sentido
intimidatorio puesto que el Pilagá considera que durante el tiempo
que sigue a la incineración de una konaGánaGae disminuye considerablemente
la acción de las otras, temerosas de correr la misma suerte.
*Cuando queman una bruja las otras ya no matan porque tienen
miedo, tiene miedo de que la maten, ya no brujean. Pero después pasa
un tiempo entonces ya se olvidan y empiezan a trabajar de nuevo*.
(Ramona, Gabriel)
En otro orden de cosas, la misma muerte precedida por la acci
ón de los pyoGonák muestra a las claras el status peculiar de la
konaGánaGae, la que en virtud de poseer oyk, el poder de los seres
míticos, detenta una condición de poder diferencial, y por ende exige
la atención de personajes dotados de un poder similar. Los indígenas
sostienen que de acercarse cualquier individuo de condición *común*
a la hoguera, correría el riesgo de morir en el instante.
La presencia de la entidad originada a partir de la muerte de la
bruja *llamada también paqál- torna peligroso al lugar del hecho,
dado que el paqál merodea por las cercanías, por lo que deben concurrir
allí y no sin riesgos, más de un shamán los que en horas nocturnas,
cuando llegan masivamente al plano terrestre los paqál de los
muertos, se concentran en el canto al ritmo de los sonajeros con la
finalidad de alejar al mentado paqál payák y restaurar el equilibrio en
el ambiente, que vuelve a ser familiar y accesible.
Señalemos que el temor que suscita el personaje, y en cierta
medida el poder que se le atribuye están en relación directa con la
condición del sujeto que lo juzgue. Es mucho mayor el temor que
provoca en aquellos individuos que no son shamanes, quienes recalcan
con particular énfasis que la konaGánaGae es un personaje con
poder. Para el shamán, en cambio, la konaGánaGae es más un enemigo
con quien ha de debatirse que una figura percibida bajo el halo
del miedo. Podríamos decir que es hasta vista como un personaje de
menor jerarquía, y que requiere el cuidado y el recelo que exige el
trato con los payák.
Para concluir, intentaremos tal como nos propusiéramos, dar
una definición de la bruja. Es decir, apuntar aquellos rasgos esenciales
y específicos que perfilan al personaje en tanto tal. La
konaGánaGae es entonces una figura femenina de malevolente intenci
ón, fundamentalmente temida, dotada de una forma particular
de poder, oyk, que le permite metamorfosearse, tornarse invisible,
trasladarse a otros planos cósmicos, etc., condensa toda su actividad
en el daño a los humanos, y su naturaleza es la de payák. Lo que
equivale decir que es un individuo que ha padecido una transformaci
ón ontológica, resultado de la iniciación por parte de deidades, que
son seres-otro, a las que conserva como auxiliares de por vida. Es, el
cambio habido en la iniciación lo que hace a la bruja partícipe de ese
mundo extraño, que sintetiza a lo otro, partícipe de esa otra esfera del
ser tremenda y demoníaca, de la cual desde la perspectiva de la
negatividad, la konaGánaGae es su máxima expresión.

viernes, 10 de abril de 2009

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