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martes, 19 de octubre de 2010

EL REBELDE DE VALKIRIA -- Alfred Coppel




EL REBELDE DE VALKIRIA
Alfred Coppel

**
...El Segundo Imperio surgió de las oscuras edades del espacio... ¡regido por un niño,
un usurpador y un tonto! El Gran Trono de la Tierra Imperial mandaba sobre mil mundos
vasallos..., mundos poco prometedores y asolados, que se morían de hambre, y en los
que se murmuraba hoscamente sobre la revuelta galáctica... Finalmente, como águilas de
un nido distante, los reyes de las estrellas se reunieron, no para seguir murmurando, ¡sino
para atacar...!
El Segundo Imperio surgió de las oscuras edades del Interregno. Una vez más, en el
espacio de un milenio, los estandartes de la Tierra Imperial ondearon sobre las tierras
arrasadas de los mundos habitados. Cuatro generaciones de conquistadores, al servicio
de la grandeza de los Mil Emperadores, habían vuelto a crear el Imperio Galáctico, por la
fuerza de las armas. Pero la tecnología, la Gran Destructora, era temida y fue prohibida.
Únicamente los brujos, los pacifistas y los hechiceros recordaban lo sucedido
anteriormente, y las multitudes, torturadas por los recuerdos raciales de la terrible
destrucción causada por las Guerras Civiles, lapidaron a estos buscadores y los
quemaron en las plazas de las ciudades, construidas sobre los escombros de las antiguas
guerras. Las antiguas y poderosas naves espaciales —indestructibles, eternas—
transportaban a los hombres y los caballos, el fuego y la espada, a través de la galaxia
ante las órdenes de los jefes militares. El Segundo Imperio —cuatro generaciones de
salvajismo aislado— era feudal e inexorable; poseía una cultura sostenida por los falsos
lazos de la sangre y del hierro, y la lealtad de los reyes guerreros de las estrellas...
QUINTUS BLAND: Ensayos sobre historias galácticas
I
Kieron, jefe militar de Valkiria, paseaba enojado sobre el suelo pulimentado. Las luces
parpadeantes de la cámara, ampliamente adornada con espejos, se reflejaban en las
joyas de su vestimenta ceremonial y relucían a lo largo de su capa de plata. Por un
momento, el rey de las estrellas se detuvo ante las altas dobles puertas de bronce,
mientras sus fuertes manos jugueteaban con la empuñadura de su espada. Los enormes
jenízaros de la guardia de palacio permanecieron inmóviles uno a cada lado de la entrada,
en forma de arco, con sus grandes hachas descansando sobre las losas. Era como si los
negros pensamientos que atravesaban la mente de Kieron fueran impensables para ellos.
Los enormes guerreros de los pesados planetas de las Pléyades eran estólidos, leales,
poco imaginativos. Y ni siquiera un rey de las estrellas podía soñar con asaltar las
grandes puertas cerradas que daban acceso a las cámaras del emperador.
Los dedos de Kieron se abrieron y cerraron espasmódicamente sobre el pomo de su
arma, incrustado de gemas; sus ojos oscuros brillaban con una furia que no sabía dónde
dirigir. Murmurando un juramento, se apartó de la silenciosa puerta y reanudó su paseo.
Su compañero, un hombre curtido, vestido con los sencillos arreos de combate de
Valkiria, le observó tranquilamente por debajo de sus pobladas cejas amarillentas.
Permanecía de pie, con sus grandes brazos cruzados sobre las trenzas de pelo amarillo
que colgaban más abajo de su cinto, con su rostro de profundas líneas enmarcado por los
lazos sueltos de su casco dotado de dos alas laterales. Una espada enorme colgaba a lo
largo de su muslo desnudo; era una hoja maciza con una empuñadura de gemas.
El jefe militar de Valkiria detuvo su enojado paseo para mirar a su ayudante.
—¡Por la Gran Destructora, Nevitta...! ¿Cuánto tiempo vamos a soportar esto?
—Paciencia, Kieron, paciencia —le dijo el viejo guerrero con la seguridad de una
familiaridad de toda la vida—. Tratan de que suframos lo indecible, pero ya hemos
esperado tres semanas. Un poco más no hará daño a nadie.
—¡Tres semanas! —exclamó Kieron, volviendo a lanzar una maldición ante Nevitta—.
¿Es que quieren impulsarnos a la rebelión? ¿Es ésa su intención? ¡Juro que no habría
soportado esto ni del propio Gilmer!
—El gran emperador nunca se habría comportado con nosotros de esta manera. Los
combatientes de Valkiria siempre estuvieron muy cerca de su corazón, Kieron. Esta es
una forma de actuar que indica la mano de una mujer —y escupió sobre el suelo
pulimentado—. ¡Que la llamen los Siete Infiernos juntos!
Kieron gruñó y se volvió de nuevo hacia la silenciosa puerta. ¡Ivane! Ivane la
Hermosa... Ivane la intrigante. ¿Qué pócima infernal estaría mezclando ahora? Su arma
siempre había sido la intriga... y ahora que Gilmer había muerto y ella estaba junto al
Gran Trono...
Kieron la maldijo por lo bajo. Nevitta tenía razón. En esto se adivinaba la mano de
Ivane, ¡tan seguro como que las estrellas formaban galaxias!
Tres semanas perdidas. Largas semanas. Veintiún días completos desde que sus
naves llegaron a la Ciudad Imperial. Días en los que tuvieron que luchar para abrirse paso
por entre el enjambre de diletantes y buscadores de favores que pululaban por el palacio
imperial. Hubo momentos en que Kieron habría estado dispuesto a abrirse paso con su
espada, a través de aquellos petulantes dandis.
Hacía ya un año que había muerto Gilmer de Kaidor, y la nueva corte se había
convertido en un manicomio de sonrientes aduladores. Se garantizaban peticiones a
todos, a medida que las favoritas recogían la largamente esperada generosidad del joven
emperador Toran. Y Kieron sabía muy bien que cualquier clase de favor tendría que pasar
previamente por las manos ambiciosas de la consorte Ivane. A ella no se le permitía llevar
la corona de una emperatriz, al no tener en sus venas la sangre de los Mil Emperadores,
pero a estas alturas ya no había nadie en la corte que negara que era ella la fuente de
donde procedían todos los favores imperiales. Sin embargo, Kieron sabía que aquello no
parecía ser suficiente para ella. Ivane soñaba con cosas mejores. Y como consecuencia
de todo este juego semioculto, a los viejos favoritos del guerrero Gilmer se les rechazaba
con desdén y se les negaba audiencia. Se estaba creando un nuevo círculo interno y, era
bastante evidente, Kieron de Valkiria no sería incluido en él. Se le llegó a advertir incluso
que no presentara sus quejas al emperador Toran.
Se le dijo una y otra vez que otras cuestiones ocupaban la atención de Su Majestad
Imperial. ¡Otras cuestiones! Kieron podía sentir el enojo pulsando en sus venas. ¿Qué
otras cuestiones podían ser más importantes para un soberano que la lealtad de su mejor
combatiente? Y, si Toran era un tonto, como aseguraban los cortesanos en privado, Ivane
era seguramente más inteligente, como para no mantener a un jefe militar de las Marcas
Externas cansándose un día tras otro, durante tres semanas, en las antecámaras. Ivane,
tan orgullosa, debía saber lo muy cerca que estaban de la rebelión las gentes guerreras
de la periferia.
Bajo tales provocaciones deliberadas, resultaba difícil ignorar la invitación de Freka de
Kalgan para encontrarse con los otros reyes de las estrellas en consejo de agravios. La
rebelión no resultaba nada atractiva para un hombre como Kieron, que había pasado su
juventud luchando al lado de Gilmer, pero toda resistencia humana tiene un límite, y él
estaba a punto de alcanzarlo.
—Nevitta —dijo Kieron de pronto—, ¿fuiste capaz de enterarte de algo sobre la señora
Alys?
—Nada, excepto lo que se dice por ahí —contestó el canoso guerrero, sacudiendo la
cabeza—. Se dice que se ha recluido, llorando aún la muerte de Gilmer. Ya sabes, Kieron,
lo mucho que la pequeña princesa amaba a su padre.
El señor de Valkiria frunció el ceño, reflexivamente. Sí, era muy cierto que Alys había
amado mucho a su padre. La podía recordar, al lado del gran emperador, tras la batalla
de Kaidor. Hasta los propios señores del interregno, conquistados en aquella batalla,
afirmaron que Gilmer no habría conseguido rendir el planeta si ellos hubieran podido
capturar a su hija. Los lazos existentes entre padre e hija habían sido muy estrechos.
Probablemente, Alys se había recluido para seguir llorando la muerte de su padre..., pero
Kieron lo dudaba. No habría sido ésa la actitud de Gilmer, ni la de su hija.
—Las cosas serían muy diferentes aquí si gobernara la pequeña princesa, en lugar de
Toran —dijo Nevitta, compungido.
Sí, muy diferentes, pensó Kieron. El tonto de Toran parecía a punto de desatar lo que
cuatro generaciones de leales combatientes habían construido sobre las ruinas de las
edades oscuras. Alys, la princesa del guerrero, habría aumentado la gloria del imperio, en
lugar de disminuirla como parecía estar sucediendo ahora. Pero quizá tenía prejuicios en
su favor, reflexionó Kieron. Resultaba difícil no tenerlos.
Recordó sus ojos sonrientes y su coraje. Una niña delgada, directa en sus actitudes y
comportamiento. Embarazándole ante sus rugientes valkirianos con sus francas protestas
de amor. Los ejércitos la habían adorado. Una niña encantadora, con el orgullo de la raza
escrito en su rostro patricio. Pero también era compasiva. Reconfortando seriamente a los
moribundos y a los heridos con una caricia o una palabra.
Habían transcurrido ya ocho años desde la sangrienta batalla de Kaidor. La niña de
doce sería ahora una mujer. Y, pensó Kieron con ansiedad, una amenaza para el
creciente poder de la consorte Ivane.
Las elevadas puertas de bronce se abrieron de repente, y Kieron se volvió. Pero no era
el emperador quien apareció en ellas, ni siquiera la consorte. Era la figura de Landor,
recubierta de gemas, el Primer Señor del Espacio.
Kieron se echó a reír despreciativamente. ¡Primer Señor! Las sombras de los
poderosos guerreros que habían llevado aquel título a través de las mil batallas imperiales
terrestres habrían sentido verdaderas náuseas ante la elección del joven Toran... o de la
propia Ivane, al fijarse en aquel remilgado cortesano que estaba ahora ante él.
Los cortesanos más cínicos decían que Landor había obtenido sus honores en el lecho
de Ivane, y Kieron se lo podía imaginar muy bien. Allá fuera, en los vastos vacíos de la
periferia, los hombres vivían según niveles diferentes. Allá fuera, una mujer era una mujer
—algo para ser amado o golpeado, querido o disfrutado y abandonado—, pero nunca una
piedra mágica que llevara a la riqueza y al poder. Kieron había despotricado de Landor
ante otros, demostrando su desprecio, y había suficientes razones para pensar que el
Primer Señor le correspondía por completo. No era aconsejable para nadie, ni siquiera
para un jefe militar, demostrar abiertamente el desprecio por los favoritos de la consorte...,
pero el control no era una de las virtudes del señor de Valkiria, aunque hasta el propio
Nevitta le advirtió que llevara cuidado, pues el asesinato era un arte muy practicado en la
Ciudad Imperial y estaba ampliamente fomentado por el Primer Señor del Espacio.
—¿Y bien, Landor? —preguntó Kieron, evitando utilizar el título de Landor.
Los elegantes y suaves rasgos de Landor no mostraron expresión alguna. Sus ojos
pálidos aparecían velados como los de una serpiente.
—Siento mucho que Su Majestad Imperial se haya retirado a descansar por esta
noche, valkiriano —dijo el Primer Señor del Espacio con facilidad—o En estas
circunstancias... —y extendió sus delicadas manos en un gesto de impotencia.
La mentira era evidente. A través de la puerta abierta de las cámaras reales llegaba el
murmullo de las risas y la aguda melodía de las flautas de los juglares, cantando la
antigua balada de La Señora Greensleeves. Kieron pudo escuchar la vacilante voz de
Toran, cantando:
Greensleeves fue toda mi alegría,
Greensleeves fue toda mi alegría.
¿Y quién otra sino Greensleeves?
Kieron pudo imaginarse al chico... tontamente repantigado ante la brillante Ivane,
tratando de ganar con versos lo que cualquier otro hombre podría tener como promesa de
lealtad a la consorte.
El valkiriano miró fijamente a Landor.
—No voy a ser recibido, ¿verdad? ¡Por los Siete Infiernos! ¿Por qué no dices de una
vez lo que se oculta detrás de todo esto?
—¡Vosotros, los de los mundos exteriores! —dijo Landor, sonriendo con desdén—.
Realmente, tenéis que aprender a comportaros debidamente. Quizá más tarde...
—¡Después será demasiado tarde! —espetó Kieron—. ¡Mi gente se está muriendo de
hambre, ahora! Vuestros mugrientos recaudadores de impuestos nos están dejando
secos. ¿Durante cuánto tiempo crees que seguirán haciéndolo...? ¿Durante cuánto
tiempo crees que yo Seguiré soportándolo?
—¿Amenazas, valkiriano? —preguntó el Primer Señor, con una mirada repentinamente
venenosa en sus ojos—. ¿Amenazas contra tu emperador? Hay hombres que han sido
azotados hasta morir por mucho menos.
—No habrán sido hombres de Valkiria —replicó Kieron.
—Los hombres de Valkiria ya no disfrutan de la posición favorita que disfrutaron antes,
Kieron. Te aconsejo que lo recuerdes.
—Cierto —replicó Kieron irónicamente—. Bajo el gobierno de Gilmer, los guerreros
eran el verdadero poder del imperio. Ahora, Toran gobierna con las manos de las
mujeres... y con los profesores de danza.
El rostro del Primer Señor se oscureció ante el insulto. Se llevó una mano a la
empuñadura de su ornamentada espada, pero los ojos del valkiriano siguieron
mostrándose insolentes. El enorme Nevitta se agitó, midiendo con su mirada a los
jenízaros de la Pléyade, que permanecían junto a la puerta, preparados para cualquier
problema.
Pero Landor no tenía agallas para emprender una lucha... sobre todo con un guerrero
tan joven y flexible como el jefe militar de Valkiria. Su propia lengua era un arma mucho
más afilada que el acero. Sonrió, haciendo un esfuerzo. Fue una sonrisa fría, preñada de
un sutil peligro.
—Eso son palabras muy duras, valkiriano... e imprudentes. No las olvidaré. Dudo
mucho que puedas ver a Su Majestad, puesto que no creo que las tribulaciones de un
planeta de salvajes le interesen mucho. Pierdes el tiempo aquí. Si tienes otras cosas que
hacer, será mejor que te dediques a ellas.
En esta ocasión, le tocó a Rieron sentir el aguijón de la ira.
—¿Son ésas las palabras de Toran, o las del maestro de danza de Ivane?
—La consorte Ivane, desde luego, está de acuerdo con ellas. Si tu gente no puede
pagar los impuestos, déjales que vendan a unos cuantos de sus mocosos —dijo Landor
con suavidad.
Entonces, los dados estaban echados, pensó furiosamente Kieron. Había desaparecido
toda esperanza de conseguir un arreglo por parte de Toran, y ahora sólo quedaba ante él
un camino abierto.
—¡Nevitta! Ocúpate de que nuestros hombres y caballos sean cargados esta noche y
que las naves estén preparadas para hacerse al espacio.
Nevitta saludó y se volvió para marcharse. Pero, antes de hacerlo, se detuvo, miró con
insolencia al Primer Señor y escupió sobre el suelo deliberadamente. Después, se
marchó, haciendo tintinear metálicamente sus espuelas mientras desaparecía por un
elevado arco.
—Salvaje —murmuró Landor.
—Lo suficiente como para ser leal y digno de toda confianza —replicó Kieron—, pero tú
no tienes ni la menor idea de lo que es eso.
—¿Adonde vas ahora, valkiriano...? —preguntó Landor, ignorando el comentario.
—Salgo de este mundo.
—Desde luego —y Landor sonrió débilmente, arqueando sus cejas sobre unos ojos
estrechos y pálidos—. Sales de este mundo.
Kieron sintió un aguijonazo de sospecha. ¿Qué era lo que sabía Landor? ¿Acaso sus
espías habían conseguido romper el cordón de contraespionaje de Freka, llevándole la
noticia de la reunión de los reyes de las estrellas en Kalgan?
—No te interesa en absoluto adonde voy ahora, Landor —dijo Kieron
inexorablemente—. Tú has ganado aquí. Pero... —Kieron se acercó un paso más al
resplandeciente favorito— advierte a tus recaudadores de impuestos que vayan armados
cuando lleguen a Valkiria. Bien armados, Landor.
Kieron dio media vuelta y salió de la antecámara, taconeando con sus botas sobre las
losas de piedra y luciendo su capa de plata como una orgullosa bandera.
II
Más allá del elevado arco de la antecámara del emperador se encontraba la sala de los
Mil Emperadores. Kieron la atravesó, mientras las parpadeantes llamas de los hachones
de la pared lanzaban largas sombras detrás de él... sombras que bailaban y giraban sobre
las paredes cubiertas de tapices, alcanzando los rostros sosegados de los grandes
hombres de la Tierra.
Estos fueron hombres prolíficos; hombres que le miraban fijamente desde sus mil
pasados. Hombres que habían tenido un planeta como trono mientras observaban su
imperio pasar en ordenada gloria de un horizonte a otro a través del cielo oscuro de la
Tierra..., hombres venerados como dioses en los planetas de la periferia, que vigilaban y
guiaban el progreso del imperio, hasta que se estrelló rugiente sobre las playas de diez
mil mundos situados más allá de Vega y de Altair. Hombres que se cubrían con pieles de
cibelina con diamantes incrustados y veían cómo su civilización, construida desde el Gran
Trono, iba avanzando poco a poco hasta que finalmente llegó hasta el borde y se extendió
por el terrible golfo de los soles de la propia y poderosa Andrómeda...
Los últimos de aquellos hombres como dioses habían visto el desmoronamiento del
Primer Imperio. Habían visto surgir la ola de aniquilación de las Marcas Externas de la
periferia; y vieron su brillante civilización conmocionada por fuerzas destructivas tan
terribles que el espectro de la Gran Destructora pendió como un manto de muerte sobre la
galaxia, como algo a ser evitado y temido para siempre. Y así había llegado el interregno.
Kieron no tenía ojos para estos prolíficos gigantes; su mundo no era el mismo que ellos
conocieran. El guerrero del mundo exterior se detuvo en cambio en la siguiente cámara.
Era un lugar enorme y vacío. Allí sólo había cinco figuras, y espacio para muchas más.
Este era el imperio que Kieron conocía. El había luchado por este imperio, manteniéndolo
seguro; algo salvaje y misterioso se engendró en las oscuras edades del interregno, unos
crecientes feudos galácticos de reyes de las estrellas y siervos, de jefes militares y naves
espaciales, de luz y de sombras. Este imperio había nacido de la agonía de una galaxia,
templándose en las amargas guerras internas de la reconquista.
Kieron se detuvo ante la imagen de Gilmer de Kaidor. Permaneció allí, en silencio,
observando el rostro de su señor feudal muerto. Ya era tarde y la sala estaba desierta.
Kieron se arrodilló, sintiéndose abrumado repentinamente por la tristeza. Iba a seguir su
camino hacia la rebelión contra el imperio que él mismo había ayudado a extender y
conservar, bajo la dirección de este hombre de rostro pétreo... una rebelión contra el
poder de la Tierra Imperial, personificado por el muchacho de rostro débil que se
encontraba envuelto en el manto de cibelina de la soberanía, en el nicho contiguo. Kieron
miró al padre y al hijo. Por su actitud y su parecido con los rasgos magnéticos del gran
Gilmer, el rostro del joven Toran parecía tener carácter y fortaleza. Pero Kieron sabía que
aquello no era más que una ilusión.
El joven valkiriano se sentía duramente estimulado. Su gente pasaba hambre. El
servicio militar ya no era suficiente para el gobierno imperial, como lo había sido durante
décadas. Ahora se exigía dinero, y no había dinero en Valkiria. Así es que la gente
pasaba hambre... y Kieron era su señor. No podía permanecer quieto y observar sin
inmutarse la agonía en los rostros de las mujeres de sus guerreros mientras sus hijos se
debilitaban, ni podía ver cómo sus orgullosos guerreros se vendían como esclavos por un
puñado de monedas. El emperador no le escucharía. Así pues, a Kieron no le quedaba
otro recurso que el único que conocía tan bien..., la espada.
Inclinó la cabeza y sus pensamientos pidieron a la sombra de Gilmer que supiera
perdonarle.
Un ligero movimiento captó su atención, agudizada por el sentido de la batalla, cuando
algo se agitó suavemente tras una columna acanalada. La espada de Kieron produjo un
ligero silbido al salir de su vaina, lanzando su empuñadura cubierta de gemas destellos de
luz hacia la semioscuridad de las columnas.
Caminando con gran sigilo, Kieron ocultó su gran cuerpo entre las sombras, con el
arma preparada. El pensamiento del asesinato cruzó su mente y sonrió sombríamente.
¿Acaso Landor ya había enviado tras él a sus secuaces?
Kieron vio cómo la figura borrosa salía de entre las columnas, dirigiéndose hacia la
gran terraza en forma de curva que bordeaba todo el ala occidental del palacio. Aguzando
los ojos bajo sus cejas morenas, el señor de Valkiria siguió a la figura.
Las estrellas brillaban en la noche sin luna y, allá abajo, Kieron pudo ver las
parpadeantes luces de las antorchas de la Ciudad Imperial, desvaneciéndose hacia el
horizonte, como los radios de una rueda fantástica y brillante. La borrosa figura que iba
delante de él se había desvanecido.
Kieron enfundó la espada y sacó su puñal. Estaba todo demasiado oscuro para
sostener un duelo con las espadas, y no deseaba arriesgarse a dejar escapar al asesino.
Volviendo a fundirse entre las sombras de las columnas, siguió caminando paralelamente
a la terraza, manteniéndose muy alerta para percibir cualquier signo de movimiento. Al fin,
la figura volvió a aparecer junto a la balaustrada, y el valkiriano se movió rápidamente y
en silencio, siguiéndola. Con un movimiento felino deslizó su brazo libre alrededor de la
ligera figura, apretándola fuertemente contra sí mismo. El puñal brilló en su mano elevada,
reflejando su hoja la luz de las estrellas.
Pero el arma no descendió...
Kieron sintió sobre su brazo una extraña suavidad y el pelo que rozaba su mejilla era
cálido y estaba perfumado.
Permaneció como transfigurado. La muchacha se deshizo de su agarrón y se liberó,
lanzando un grito. Instantáneamente brilló una hoja en su mano, lanzándose furiosamente
contra el valkiriano. Su voz estaba llena de cólera.
—¡Asesino carnicero! ¿Cómo te atreves...?
Kieron cogió el brazo elevado, agarrándolo por la muñeca y lo dobló, haciéndole soltar
el puñal. Ella le arañó, le mordió, le pateó, pero en ningún momento gritó, pidiendo auxilio.
Finalmente, Kieron consiguió acorralarla contra una columna, utilizando su propio peso, y
la mantuvo allí, con los brazos bien sujetos a sus lados.
—¡Gata del infierno! —murmuró contra su pelo—. ¿Quién eres?
—¡Me conoces muy bien, lacayo asesino...! ¿Por qué no me matas y vas a recoger tu
paga? ¡Maldito seas! —dijo furiosamente la muchacha, rechinando los dientes—. ¿O es
que también te han dado órdenes de que me maltrates?
—¡Te voy a matar! —gruñó Kieron.
Cogió a la mujer por el pelo y echó su cabeza hacia atrás, de modo que sus rasgos
pudieran aparecer a la débil luz procedente de la ciudad.
—¿Quién eres, gata del infierno?
La luz puso al descubierto sus propios rasgos y las armas de Valkiria en el broche de
su capa, a la altura del cuello. Los ojos de la mujer se abrieron, llenos de sorpresa.
Lentamente, fue desapareciendo la tensión de su cuerpo y ella se relajó contra él.
—¡Kieron! ¡Kieron de Valkiria!
Kieron seguía permaneciendo alerta, en espera de algún truco. Landor podría haber
contratado a un asesino femenino tanto como a un hombre.
—¿Me conoces? —preguntó con precaución.
—¡Conocerte! —y ella se echó a reír de repente, y su risa fue como un sonido plateado
en la noche—. ¡Te amo..., bestia!
—¡Por los Siete Infiernos, estás hablando enigmáticamente! ¿Quién eres? —preguntó
el valkiriano, lleno de irritación.
—¡Y yo que pensé que habías venido a matarme! —musitó la mujer, acercándose más
a él—. ¡Mi Kieron!
—Yo no soy ni tu Kieron ni el de nadie —espetó él, con bastante rigidez—, y será mejor
que me expliques por qué me estabas vigilando en la Sala de los Emperadores antes de
que te deje marchar.
—Mi padre ya me advirtió que me olvidarías. No creía que pudieras ser tan cruel —dijo
ella con sarcasmo.
—¿Conocía yo a tu padre?
—Sí, creo que bastante.
—Me he acostado por lo menos con cien muchachas... y también he conocido a
algunos de sus padres. No puedes esperar de mí que...
—¡No con esta muchacha, valkiriano! —explotó la mujer con furia.
El tono de su voz tenía tanto de orden que Kieron retrocedió involuntariamente, aunque
siguió manteniendo los brazos de la mujer a lo largo de su cuerpo.
—¡Si hubieras hablado así en Kaidor, te habría hecho arrancar la piel de la espalda,
salvaje del mundo exterior! —gritó ella.
¡Kaidor! Kieron sintió de pronto cómo la sangre desaparecía de su cara. Entonces, ésta
era... Alys.
—¡Vaya! Ahora sí que recuerdas, ¿verdad? Te puedes acordar de Kaidor, pero te has
olvidado de mí. Kieron, ¡siempre fuiste una bestia!
Kieron sintió cómo una sonrisa se extendía ahora por todo su rostro. Era bueno volver
a sonreír. Y también era bueno saber que Alys estaba... segura.
—Alteza...
—¡No me llames «alteza»!
—Alys entonces. Perdóname. No podía haberte reconocido. Después de todo, han
pasado ocho años.
—Y ha habido en medio más de cien muchachas —dijo ella, enojada, imitándole.
—En realidad, no hubo tantas —dijo Kieron con una sonrisa burlona—. Sólo estaba
fanfarroneando.
—¡Hasta una ya es demasiado!
—No has cambiado nada Alys, excepto que...
—¿Que he crecido? ¡Ahórrate decir eso!
Ella se le quedó mirando fijamente, con los ojos bollándole entre las sombras.
Después, de repente, volvió a echarse a reír, con aquella sonrisa plateada que colgaba
sobre el suave tapiz de los sonidos de la noche como un hilo luminoso.
—¡Oh, Kieron, qué feliz me siento de volverte a ver!
—Esperaba tener noticias tuyas, Alys, cuando llegamos a la Tierra..., pero no hubo
nada. Ni una sola palabra. Se me dijo que te habías recluido, llorando todavía a Gilmer.
—Nunca dejaré de llorarle —dijo Alys, inclinando la cabeza y, cuando la volvió a
levantar, sus ojos brillaban con incontenibles lágrimas—. Y tampoco tú. Te vi arrodillarte
ante él. Pensé entonces que podías ser tú. Ahora, nadie se arrodilla ante Gilmer, excepto
sus antiguos camaradas.
Se dirigió hacia la balaustrada y permaneció allí, mirando hacia las luces de la Ciudad
Imperial. Kieron observó cómo el juego de sus emociones se reflejaba en el rostro que le
cautivó repentinamente por su belleza.
—Traté de llegar a ti, Kieron..., traté de hacerlo. Pero me han privado de todos mis
sirvientes desde que fui descubierta cuando espiaba a Ivane. Y ahora estoy bajo
vigilancia, y sólo se me permite salir cuando es de noche... y aun en tal caso sólo dentro
del palacio. Ivane ha convencido a Toran de que soy peligrosa. A la gente le gusto porque
fui la favorita de mi padre. ¡Mi estúpido y pobre pequeño hermano! ¡Cómo le maneja esa
mujer...!
—¿Espiaste a Ivane? —preguntó Kieron, asombrado—. En el nombre del cielo, ¿por
qué?
—Esa mujer es una intrigante, Kieron. No está satisfecha con la corona de consorte.
Está tramando algo. Estoy segura de que ha recibido emisarios de algunos de los reyes
de las estrellas y de otros.., —¿De otros?
—¡Uno de los hechiceros de la guerra, Kieron! —dijo Alys, bajando el tono de su voz—,
Se le ha visto con Ivane durante más de un año, en privado. ¡Un hombre horrible!
La superstición se agitó como un diablo inquieto en el interior del valkiriano. Y, como
una onda de negrura, surgió en su mente el horror estremecedor de las oscuras y
sangrientas historias que había oído contar durante toda su vida sobre los hechiceros de
la guerra, que eran quienes poseían los conocimientos de la Gran Destructora.
Alys sintió cómo aparecía en ella la misma oleada negra. Se acercó más a Kieron,
temblándole ligeramente su delgado cuerpo contra el de éL —La gente destrozaría a
Ivane si lo supiera —susurró.
—¿Viste tú a ese hechicero de la guerra? —preguntó Kieron, sintiéndose enfermo de
terror, Alys asintió con un gesto de la cabeza, sin decir nada.
Kieron logró dominar sus temores y se preguntó con inquietud cuál podría ser la
relación de Ivane con un ser como aquél. Los hechiceros y los brujos de la guerra eran
despreciados y temidos por encima de cualquier otra criatura en la galaxia.
—¿Cómo se llama? —preguntó Kieron.
—Geller. Geller de los Pantanos. Se dice que es un conjurador de diablos... ¡y que
puede crear homúnculos! ¡De la misma porquería de los pantanos! ¡Oh, Kieron! —
exclamó Alys, estremeciéndose.
Un plan terrible se estaba formando rápidamente en la mente de Kieron. Estaba
pensando que Ivane debía de estar sonsacando los conjuros y poderes de este hombredemonio.
Pudiendo disponer de tales poderes, no habría nada imposible para ella. Hasta
la propia corona del imperio...
—¿Dónde se puede encontrar a ese hechicero de la guerra? —preguntó Kieron con
lentitud.
—En la calle de la Llama Negra, en la ciudad de Neg... en Kalgan.
—¡Kalgan!
El corazón de Kieron se contrajo. ¿Había allí alguna relación? ¡Kalgan! ¿Qué tenía que
ver Ivane con aquel solitario planeta situado más allá del velo oscuro del Saco de
Carbón? ¿Era una simple coincidencia? Pero, de los miles de mundos que había en el
espacio... que fuera precisamente Kalgan.
—¿Ocurre algo, Kieron? ¿Conoces a ese hombre?
Kieron sacudió la cabeza. De repente, se había hecho absolutamente necesario que
acudiera a Kalgan. Tenía que poner al descubierto el misterio de la relación de la consorte
imperial con un hechicero de la guerra en Kalgan. Y los reyes de las estrellas se estaban
reuniendo...
El valkiriano sintió de pronto un temor nuevo y diferente. Si Alys había espiado a Ivane,
aquello significaba que se encontraba en peligro aquí. Ivane no toleraría nunca que la hija
de Gilmer se interpusiera en sus planes.
—Alys, ¿eres una prisionera aquí?
—Me temo que algo más —dijo la mujer, con tristeza—. Soy un recuerdo para Toran de
los días de nuestro padre. Y creo que es un recuerdo que a él le gustaría eliminar.
Kieron estudió su rostro a la luz de las estrellas. Sus ojos buscaron la espesa mata de
pelo rubio que caía sobre los hombros, el brillante cinturón metálico que colgaba sobre
sus caderas, delineando los delgados muslos. Observó la graciosa línea de su cuello sin
adornos, los hombros y pechos desnudos, el pequeño talle, el estómago plano y firme...
todo revelado por la estudiada desnudez de la moda de las Marcas Internas. No era
ninguna niña. El pensar que ella estaba en peligro sacudió todo su cuerpo.
—Toran no se atreverá a hacerte ningún daño, Alys —dijo Kieron, con incertidumbre.
Hubo un tiempo en que podía haber dicho una cosa así con toda seguridad, pero desde
la muerte de Gilmer, la Ciudad Imperial se había convertido en una especie de jungla
supercivilizada... llena de bestias depredadoras.
—No, Toran no lo haría... solo —dijo Alys—, pero están Ivane y Landor —se echó a reír
entonces, repentinamente alegre; sus ojos, que buscaban los de Kieron, brillaban—. ¡Pero
ahora no! ¡Ahora estás tú aquí, Kieron!
El valkiriano sintió contraérsele el corazón.
—Alys —dijo con suavidad—, parto esta misma noche de la Tierra. En dirección a
Kalgan.
—¿Hacia Kalgan, Kieron? —los ojos de Alys se abrieron mucho—. ¿Para buscar a ese
hechicero de la guerra?
—Por otra razón, Alys.
Kieron se detuvo, sintiéndose incómodo e inquieto. Le resultaba muy difícil hablarle de
rebelión a la hija de Gilmer de Kaidor. Sin embargo, no podía mentirle. Trató de buscar
una salida.
—Tengo cosas que hacer con el señor de Kalgan —dijo.
El rostro de Alys se ensombreció y, cuando habló, su voz sonó triste.
—¿Se están reuniendo los reyes de las estrellas, Rieron? ¿Han llegado ya al límite de
su paciencia con el tonto gobierno de Toran?
Kieron asintió con un gesto de cabeza, en silencio.
La joven se enardeció entonces, con una repentina e imperiosa expresión de cólera.
—¡Ese tonto! ¡Está dejando que los favoritos lleven el imperio hacia la ruina! —levantó
la mirada hacia Kieron, con una expresión de ruego—. Prométeme una cosa, Kieron.
—Si puedo...
—Que no te comprometerás con ninguna rebelión hasta que no hayamos vuelto a
hablar.
—Alys, yo...
—¡Oh, Kieron! ¡Prométemelo! Si no existe ninguna otra posibilidad, entonces lucha
contra la casa imperial. Pero dame la oportunidad de salvar aquello por lo que murieron
mi padre y mi abuelo...
—Y el mío —añadió Kieron sombríamente.
—Sabes muy bien que si no hay otra forma, no trataré de disuadirte. Pero mientras tú
estés en Kalgan, yo hablaré con Toran. Por favor, Kieron, prométeme que Valkiria no se
rebelará hasta que lo hayamos intentado todo —sus ojos brillaban, llenos de pasión—.
Después, si la guerra es inevitable, ¡yo misma estaré a tu lado!
—Hazlo, Alys —dijo Kieron lentamente—, pero ten mucho cuidado cuando hables con
Toran. Recuerda que aquí corres peligro.
Se preguntó rápidamente lo que pensaría Freka el Desconocido de esta repentina
negativa a añadir las cien naves espaciales y los cinco mil guerreros de Valkiria a la
próxima rebelión. Se le ocurrió entonces un pensamiento, pero lo descartó rápidamente.
Por un instante, se preguntó si Geller de los Pantanos y el misterioso Freka el
Desconocido no podrían ser la misma persona... Habían ocurrido cosas más extrañas.
Pero Alys había descrito a Geller como una persona vieja, y se sabía que Freka era un
guerrero de dos metros de altura, el «tipo» perfecto de la casta de rey de las estrellas.
—Una cosa más, Alys —dijo Kieron—. Dejaré aquí una de mis naves para que la
utilices si la necesitas. Nevitta y una compañía también se quedarán aquí. Mantenlos
junto a ti. Ellos te protegerán con sus vidas —deslizó entonces su brazo alrededor de ella,
atrayéndola hacia sí.
—¿Nevitta? —preguntó Alys con una leve sonrisa—. ¿Nevitta el de las barbas
amarillas y la gran espada? Le recuerdo.
—Las barbas están encanecidas, pero la espada sigue siendo tan grande como
siempre. El te puede proteger para mí, y mantenerte a salvo.
La sonrisa de la joven se hizo más profunda al escuchar las palabras «para mí», pero
Kieron no se dio cuenta. Estaba profundamente enfrascado en su plan.
—Ten mucho cuidado, Alys. Y vigila a Landor.
—Sí, Kieron.
La joven se acurrucó mansamente a su lado y levantó la cabeza hacia el alto guerrero
del mundo exterior, con los labios separados.
Pero Kieron estaba mirando hacia las estrellas del imperio, y había una profunda
inquietud en su corazón. Rodeó a Alys con su brazo, apretándola más contra su cuerpo,
como si quisiera protegerla contra la caliente mirada de aquellas feroces estrellas.
III
La nave espacial era antigua, pero la misteriosa fuerza de la Gran Destructora,
encadenada en el interior de las espirales cerradas situadas entre los cascos, la impulsó a
una velocidad inimaginable a través de la oscuridad salpicada de estrellas. El interior era
sofocante y humeante, pues la única luz procedía de las lámparas de aceite bajadas al
mínimo para hacer más lento el enrarecimiento del aire. Antiguamente, hubo luz sin fuego
en las estancias, pero los globos diminutos colocados en los techos habían fallado porque
no dependían de la clase de fuerza que estaba encerrada en las espirales eternas.
En las bodegas inferiores, los caballos del pequeño grupo de guerreros valkirianos que
había a bordo pateaban sobre las planchas de acero, impacientes ante aquel
confinamiento; mientras tanto, en la diminuta burbuja de cristal situada en la proa de la
antigua nave, dos chamanes de la casta hereditaria de los navegadores conducían la
pulsante nave espacial hacia el lugar situado más allá del velo del Saco de Carbón, donde
sus astrolabios y esferas armilares les decían que se encontraba el brumoso globo de
Kalgan.
Muchos hombres —arriesgándose a ser condenados como hechiceros y brujos de la
guerra— habían tratado de desvelar los secretos de la Gran Destructora y computar la
velocidad de estas poderosas naves espaciales de la antigüedad. Algunos habían llegado
a asegurar que poseían una velocidad de 160.000 kilómetros por hora. Pero como las
naves espaciales hacían el viaje entre la Tierra y los mundos agrícolas de Próxima
Centauri en poco menos de veintiocho horas, tales cálculos situarían al sistema estelar
más cercano a la asombrosa distancia de cuatro millones y medio de kilómetros de la
Tierra... una cifra que resultaba tan absurda para todos los navegadores como
inconcebible para los legos en la materia.
La gran nave espacial que llevaba el blasón del jefe militar de Valkiria se solidificó en la
realidad cerca de Kalgan cuando disminuyó su gran velocidad. Trazó círculos sobre el
planeta para ir disminuyendo aún más su velocidad y se dirigió después hacia el aire
vaporoso del mundo gris. Atravesó la elevada y cubierta atmósfera y siguió descendiendo
hacia un aire más ligero y claro. Kalgan era un planeta no sometido a rotación: en su lenta
órbita alrededor de la gigantesca estrella madre roja, el planeta daba primero una cara, y
después la otra al ligero calor de su sol. Los polos estaban cubiertos por grandes océanos
y la masa de tierra central era como un nudoso cinturón de roca y suelo situado alrededor
del abultado ecuador. La vida sólo era posible en la zona crepuscular, y la ciudad de Neg,
plaza fuerte de Freka el Desconocido, era la única agrupación urbana de todo el planeta.
Neg se encontraba sombríamente hundida en el crepúsculo eterno cuando, por fin, la
nave espacial de Kieron aterrizó fuera de las puertas y comenzó el desembarque de su
séquito. El puerto espacial, sin embargo, resplandecía de fuegos y antorchas, y el señor
de Kalgan había enviado a un cuerpo de tambores —tributo de honores— a saludar al rey
de las estrellas visitante. El aire cálido y brumoso de la noche palpitaba con el sonido de
los enormes tambores y las armas y los arreos enjoyados brillaban a la luz amarillenta de
las antorchas.
Finalmente, todos desembarcaron, y Kieron y sus guerreros fueron conducidos por una
procesión de soldados portando antorchas hacia el interior de la ciudad fortificada de Neg.
Pasaron a lo largo de antiguas calles empedradas, a través de pequeñas plazas llenas de
gente, hasta penetrar finalmente en la propia ciudadela de Neg. Aquélla era la residencia
de Freka el Desconocido, señor de Kalgan.
La gente que vieron formaba una muchedumbre silenciosa y hosca. Rostros
embrutecidos e impávidos. Los rostros de los esclavos y siervos mantenidos en su estado
por medio del temor y la fuerza. Estas gentes, pensó Kieron, se volverían locas en un
carnaval de destrucción si no se cerniera sobre ellas la pesada mano de su señor.
Desvió la atención de la gente de Neg, dirigiéndola hacia la ciudadela, de aspecto
macizo. Se trataba de una poderosa construcción, con elevados muros y aberturas en
forma de torretas. En cada una de sus líneas cuadradas y funcionales, reflejaba la
sangrienta historia de Kalgan. Una historia de interminables rebeliones y levantamientos,
de golpes de Estado y sacudidas. Un guerrero tras otro se había situado como
gobernante de este mundo sombrío, sólo para caer ante los asaltos de sus propios
vasallos. La política del gobierno imperial había consistido siempre en no interferir en
estas cuestiones puramente locales. Se sostenía la idea de que del crisol de los forcejeos
domésticos surgirían los mejores luchadores, y ellos, a su vez, podrían entonces servir al
imperio. Mientras el señor de Kalgan aportara su leva de guerreros y de naves espaciales,
no habría nadie en la Tierra que se preocupara por saber cómo era su gobierno local. Y
así, Freka se revolcaba en la sangre.
De la última pesadilla de luchas, había surgido Freka. Se había elevado rápidamente,
hasta alcanzar el poder en Kalgan... y se mantenía en él. Odiado por su gente, gobernaba
con dureza, pues ésa era su forma de actuar. A Kieron le habían dicho que este guerrero
que había surgido de nadie sabía donde era diferente a los otros hombres. Los
cortesanos imperiales afirmaban que no le preocupaban ni el vino ni las mujeres, y que
sólo le gustaba la batalla. Estudiando la ciudadela, Kieron pensó que se necesitaría un
hombre así para apoderarse de un mundo como Kalgan y conservar el poder. ¡Y también
se necesitaría un hombre así para desearlo!
Si Freka de Kalgan se sentía a gusto con los baños de sangre, podría sentirse feliz
cuando terminara este próximo consejo de reyes de las estrellas, reflexionó de mal humor
el valkiriano. Sabía muy bien lo cerca que él mismo se encontraba de la rebelión, así
como los otros señores de las Marcas Externas, los señores de Auriga, de Doorn, de
Quitain, de Helia... todos ellos estaban dispuestos a arrancar la corona imperial de la tonta
cabeza de Toran.
Kieron fue escoltado, con sus guerreros, hacia una lujosa estancia situada en el interior
de la ciudadela. Según se le informó, Freka sentía mucho no poder saludarle
personalmente, pero tenía la intención de reunirse dentro de doce horas con todos los
reyes de las estrellas en el gran salón. Mientras tanto, habría diversiones para los
guerreros visitantes y la hospitalidad de Kalgan. Hospitalidad que, según aseguró
orgullosamente el camarero de rostro de halcón, no tenía parangón en todo el universo
conocido.
Un impulso de suspicacia cruzó por la mente de Kieron. Se dio cuenta de que no se
fiaba por completo de Freka de Kalgan. Percibía una premeditada sangre fría en todo
aquel asunto del consejo de agravios de los reyes de las estrellas. Algo que le ponía en
guardia contra un posible peligro. Tendría que haber habido menos suavidad y eficacia en
la forma en que fueron tratados los visitantes, pensó Kieron ilógicamente, recordando los
problemas que él mismo había tenido cuando algún gobernante del mundo exterior había
visitado Valkiria. Se alegró de repente de haberle advertido a Nevitta que empleara la más
extrema precaución, en el caso de que necesitara traer a Alys a Kalgan. Era posible que
estuviera abrigando excesivas sospechas, pero no podía olvidar que la propia Alys había
visto a un hechicero de la guerra de Kalgan hablando familiarmente con la mujer que
resultaba ser la verdadera culpable de todo el peligro que ahora se cernía sobre los
mundos del imperio.
Los tambores advirtieron al valkiriano que el resto de los reyes de las estrellas estaban
acudiendo a la cita. Las antorchas llameaban en los patios de la ciudadela, y el rugido de
las naves espaciales que aterrizaban parecía indicar la reunión de las águilas.
Los sonidos continuaron produciéndose a través del largo e inexpresivo crepúsculo.
Freka no apareció en ningún momento, pero la promesa de la diversión fue cumplida con
abundancia. Gran profusión de comida y vino fue traída a las estancias ocupadas por los
valkirianos. También acudieron músicos y juglares para cantar y tocar las canciones de
amor y las marchas de guerra de la antigua Valkiria, mientras los guerreros rugían, llenos
de contento.
Kieron permanecía sentado en la elevada silla que le había sido reservada, observando
el bailoteo de las amarillentas luces sobre las salas de piedra y los rudos rostros de sus
hombres, mientras éstos bebían y jugaban y se peleaban.
Aparecieron entonces bailarinas y los valkirianos aullaron, llenos de placer salvaje,
mientras los cuerpos desnudos, brillantes de olorosos aceites, giraban al compás de los
bárbaros ritmos de los bailes de espada, con los aceros trazando amplios arcos sobre las
leonadas cabezas. El largo y sombrío crepúsculo se transformó, sin que a nadie le
importara, en la pesada y cálida intimidad de la ciudadela. Kieron observaba
pensativamente mientras acudían más mujeres y se traía más vino a la feliz fiesta. Los
vinos más finos y las mejores mujeres fueron pasando de mano en mano sobre las
cabezas de los guerreros, hasta llegar al lugar donde se encontraba Kieron, que bebió
profundamente de ambas. Los vinos eran pesados y los pletóricos labios de las huríes
sibaríticas eran dulcemente amargos, pero Kieron sonreía por dentro... si Freka el
Desconocido intentaba que acudiera borracho, saciado y dócil a las sugerencias a la
reunión de los reyes de las estrellas, el señor de Kalgan conocía muy poco la capacidad
de los hombres de la periferia.
Transcurrieron las horas y la tumultuosa diversión llenó la ciudadela de Neg. La vida en
los mundos externos era dura y los guerreros allí reunidos hicieron un completo uso de los
placeres que el señor de Kalgan puso a su disposición. El brumoso y eterno crepúsculo
estaba lleno de canciones y gritos de guerra, de las peleas y los actos amorosos de los
guerreros de una docena de planetas exteriores. Kieron sabía que a cada rey de las
estrellas se le festejaba por separado, llenándole de vino y de carne de mujer hasta que
llegara la hora de la reunión.
Las arenas habían seguido su curso cinco veces en el cristal, antes de que las
trompetas sonaran por toda la ciudadela, llamando a los señores a la reunión. Kieron dejó
que sus hombres siguieran divirtiéndose y, acompañado por un asistente con los arreos
del señor de Kalgan, fue conducido hasta la gran sala.
Atravesaron los oscuros pasillos que olían a violencia antigua, junto a muros de los que
colgaban tapices y antiguas armas, y sobre piedras que ya habían sido suavizadas por el
paso de generaciones.
Este torreón ya era viejo cuando los ejércitos reconquistadores de los Mil Emperadores
penetraron con sus caballos en la gran sala y dictaron sus términos de paz a los señores
del interregno de Kalgan.
La sala era una vasta estancia abovedada de piedra, llena ya del calor humeante de las
antorchas y de muchos cuerpos. Había allí numerosos guerreros enjoyados, reyes de las
estrellas, jefes militares, ayudantes y asistentes. Por un instante, el señor de Valkiria sintió
haber acudido solo a aquella impresionante reunión. Sin embargo, eso no tenía
importancia. La mayor parte de aquellos hombres eran sus iguales y sus amigos; los
reyes guerreros de la periferia.
Allí estaba Odo de Helia, llenando la sala con sus enormes risotadas; y Theron, el
señor de Auriga; y Kleph de Quintain, y otros, muchos otros. Kieron vio la melena blanca
del amigo de su padre, Eric, el jefe militar de Doorn, el gran sol rojo situado más allá de la
nebulosa Cabeza de Caballo. Había allí una congregación de poder suficiente como para
haber dejado pasmado al mismo emperador galáctico. Los mundos guerreros de la
periferia, reunidos en Kalgan para decidir el tema de la guerra contra la insegura corona
de la Tierra Imperial.
Las preguntas atravesaban la mente de Kieron, mientras permanecía entre los reyes de
las estrellas. Alys, rogándole a Toran, ¿qué éxito podría tener contra el poder insidioso de
la consorte? ¿Estaría Alys en peligro? Y, además, había que contar con Geller, el
misterioso hechicero de la guerra de los Pantanos. Kieron percibía que tenía la obligación
de buscar a aquel hombre. Había preguntas que sólo podría contestar Geller. Sin
embargo, ante el solo pensamiento de un hechicero de la guerra, una persona
familiarizada con la Gran Destructora, la sangre de Kieron se enfrió en sus venas.
El valkiriano miró a su alrededor. No cabía la menor duda de que allí había suficiente
poder reunido como para triturar a las fuerzas de la Tierra. ¿Pero qué harían después?
Una vez arrancado el poder a Toran, ¿quién llevaría la corona? El imperio era una
necesidad... sin él, volverían a caer en los oscuros tiempos del interregno. Durante cuatro
generaciones, el manto de las sombras había estado suspendido sobre el naciente
segundo imperio. Ni siquiera los más salvajes deseaban un retorno a los años perdidos de
aislamiento. El imperio tenía que vivir. Pero el imperio necesitaría una cabeza titular. Si no
era Toran, aquel muchacho débil y atontado, ¿quién sería? En el interior de Kieron
comenzaron a agitarse las sospechas...
Un retumbar de tímpanos anunció la entrada del anfitrión. Los murmullos de las voces
aumentaron. Freka el Desconocido acababa de penetrar en la gran sala.
Kieron permaneció mirándole fijamente, asombrado. Aquel hombre era... ¡magnífico! La
alta figura poseía unos músculos como los de una estatua de la Edad Primera; con los
tendones rizándose bajo la dorada piel, como maquinaria bien engrasada; con gracia y
poder en cada uno de sus movimientos. Un hombre con un pelo del color del fuego que
enmarcaba un rostro de pureza clásica... ascético, casi inhumano en su perfección. Los
ojos pálidos que recorrieron a los reunidos eran como gotas de plata fundida. Caliente,
pero con un corazón tan frío que abrasaba con su contacto helado. Kieron se estremeció.
Este hombre ya era un semidiós.
No obstante, había algo en Freka que despertó recelo en el valkiriano. Una falta
indefinible que veía de una forma tan emocional. Quizá, pensó el valkiriano, me estoy
imaginando la frialdad. Pero no había ningún calor en el hombre.
Kieron trató de eliminar aquella irrazonable impresión. No tenía por costumbre juzgar a
los hombres de una forma tan emocional. Quizá, pensó el valkiriano, me estoy
imaginando la frialdad. Pero no, ¡estaba allí!
Sin embargo, cuando Freka habló, la sensación se desvaneció y Kieron se sintió
transportado por el timbre y el poder resonante de la voz.
—¡Reyes de las estrellas del imperio! —gritó Freka, y el sonido de sus palabras se
desplegó sobre los reunidos como una onda que adquirió potencia a medida que siguió
hablando—: Durante más de cien años vosotros y vuestros padres habéis luchado por la
gloria y el beneficio del gran trono. Bajo el mando de Gilmer de Kaidor llevasteis el
estandarte de la Tierra Imperial hasta el borde de la periferia y lo plantasteis bajo la luz de
la propia Andrómeda. ¡Vuestra sangre fue derramada y vuestro tesoro gastado para los
nuevos emperadores! ¿Y cuál es vuestra recompensa? ¡La pesada mano de un tonto!
Vuestra gente se retuerce bajo la pesada carga de unos impuestos excesivos... vuestras
mujeres mueren de hambre, y vuestros hijos son vendidos en esclavitud. Estáis
encadenados a un muchacho estúpido que permanece en cuclillas como un sapo sobre el
gran trono...
Kieron escuchó, conteniendo la respiración, mientras Freka de Kalgan iba urdiendo un
tejido de medias verdades, envolviendo a los guerreros allí reunidos. El poder de
convicción de aquel hombre era asombroso.
—¡Los mundos se retuercen en el puño de un idiota! Helia, Doorn, Auriga, Valkiria,
Quintain... —y fue denominando los mundos de guerreros—. ¡Sí, y también Kalgan! No
existe riqueza suficiente en el universo para saciar a Toran y al gran trono. ¡Y la corte se
ríe ante nuestras quejas! ¡Se ríe de nosotros! ¡De los reyes de las estrellas, que son como
los puños del imperio! ¿Durante cuánto tiempo más vamos a soportarlo? ¿Durante cuánto
tiempo sostendremos a Toran en un trono que él es demasiado débil para mantener?
Toran, pensó Kieron hoscamente, siempre Toran. Nunca una sola palabra sobre Ivane
o Landor o los favoritos que exprimían a Toran entre sus dedos.
La voz de Freka descendió y se inclinó sobre la primera fila de rostros vueltos hacia
arriba.
—Me dirijo a vosotros, que amáis a vuestros pueblos y a vuestra libertad, para que os
unáis con Kalgan y desembaracéis al imperio de este emperador débil, siempre ávido de
dinero y negligente.
Alguien se agitó en la multitud. Todos los demás, excepto éste, parecían hipnotizados.
Fue el viejo Eric de Doorn quien avanzó.
—¡Estás hablando de traición! Nos convocaste aquí para tratar de agravios, ¡y ahora
digo que hablas de traición y de rebelión! —gritó, encolerizado.
Freka volvió sus ojos fríos hacia el viejo guerrero.
—Si esto es traición —dijo, amenazadoramente—, es la traición del emperador... pero
no la nuestra.
Eric de Doorn pareció debilitarse bajo la mirada helada de aquellos ojos inhumanos.
Kieron le observó retroceder hacia el círculo de sus seguidores, con el temor reflejado en
su avejentada cara. El valkiriano pensó con inquietud que había en Freka un poder capaz
de dominar allí mismo casi cualquier insurrección. El mismo estaba atado por la promesa
hecha a Alys, pero era solamente eso lo que le impedía ponerse de lado del convincente
señor de Kalgan. Sabía que aquella sensación era irrazonable, y luchó contra ella,
echando mano de sus reservas de información para fortalecer su resolución de obstruir a
Freka si podía. Ahora resultaba fácil comprender cómo había surgido este hombre extraño
de la oscuridad, convirtiéndose en dueño de Kalgan. Freka era un ser hecho para el
liderazgo.
Kieron se apartó de la multitud y se decidió a hablar, haciendo un esfuerzo. Todas sus
primeras sospechas estaban creciendo ahora como una nube sofocante dentro de él. Allí,
alguien estaba siendo utilizado y engañado, ¡y no era el señor de Kalgan! —¡Eh, Freka! —
gritó, y el señor se volvió para escucharle—. Dices de desembarazarnos de Toran...,
¿pero qué ofreces en su lugar?
Ahora, los ojos de Freka eran como el acero, brillando pálidamente a la luz de las
antorchas de la pared.
—No me ofrezco a mí mismo. ¿Es eso lo que temías? —la fina voz se retorció con una
mueca irónica—. No pido a nadie que arriesgue su vida para que yo mismo pueda
sentarme en el gran trono y ceñir el manto de cibelina del emperador. Yo renuncio aquí y
ahora a cualquier aspiración a la corona imperial. Cuando llegue el momento, ya daré a
conocer cuáles son mis deseos.
La multitud de reyes de las estrellas murmuró, aprobadoramente. Freka se los había
ganado.
—¡Una votación! —gritó alguien—. ¡Aquellos que estén con Freka y contra Toran! ¡Que
voten!
Las espadas surgieron de las vainas y lanzaron destellos a la luz de las antorchas,
mientras en la cámara se producía un vitoreo salvaje. ¡Había guerra y botín para
satisfacer los corazones salvajes!. ¡El saqueo de la propia Tierra Imperial! Hasta la
espada del viejo Eric de Doorn estaba levantada de mala gana. Únicamente Kieron
permaneció en silencio, con la espada enfundada.
Freka se le quedó mirando fríamente.
—¿Y bien, valkiriano? ¿Cabalgarás con nosotros?
—Necesito más tiempo para pensarlo —dijo Kieron, con precaución.
La risa de Freka fue como un latigazo.
—¡Tiempo! ¡Tiempo para preocuparse por arriesgar su piel! ¡El valkiriano necesita
tiempo para eso!
Kieron sintió cómo iba aumentando rápidamente su cólera. La sangre golpeaba en sus
sienes, palpitando, pulsando, empujándole hacia la lucha. Su mano se cerró sobre la
empuñadura de su espada, que llegó a medio sacar de la vaina. Pero Kieron se contuvo.
Había algo siniestro en aquel deliberado intento de arruinarle... de mostrarle como un cor
barde ante sus iguales. Aparentemente, un hombre se enfrentaba aquí con dos
posibilidades: o seguir a Freka a la rebelión, o ser tachado de cobarde. Kieron miró
fijamente los ojos fríos del señor de Kalgan. La tentación de desafiarle era fuerte... tan
fuerte como lo era todo el pasado y el entrenamiento de Kieron en el duro código del
guerrero de la periferia. Pero no podía hacerlo, al menos por ahora. Había demasiados
hierros en el fuego que tendría que observar. Estaban Alys y su ruego a Toran. Estaba la
situación de su propia gente. No podía correr el peligro de atravesar con su hoja el cuello
de Freka, por mucho que su sangre hirviera de cólera.
Así pues, dio media vuelta y salió de la gran sala, mientras en sus oídos sonaban
burlonamente las risotadas de Freka y de los reyes de las estrellas.
IV
Kieron se despertó en la oscuridad. Del fuego de la chimenea, sólo quedaban débiles
rescoldos y las habitaciones de piedra permanecían en silencio, a excepción del sonido
producido por los hombres que dormían. El único centinela valkiriano estaba junto a él,
susurrándole para que se despertara. Kieron apartó de su cuerpo los cuatro cobertores y
elevó los pies sobre el borde del bajo camastro.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Nevitta, señor.
—¡Nevitta! ¡Aquí! —Kieron se puso de pie, completamente despierto ahora—. ¿Ha
venido una mujer con él?
—Una esclava, señor. Esperan en la cámara exterior.
Kieron se puso sus arreos y armas, abriéndose paso por entre los hombres que
dormían. En la antecámara débilmente iluminada se encontraba Nevitta junto a la figura
embozada de Alys. Kieron se dirigió inmediatamente hacia la joven y ella apartó la
capucha, dejando desnuda su cabeza dorada a la luz de la antorcha. Sus ojos brillaban
llenos de placer al ver de nuevo a Kieron, pero también había cólera en ellos. El señor de
Valkiria se dio cuenta inmediatamente de que no había tenido ningún éxito con Toran.
—¿Qué ha ocurrido, Nevitta?
—Se hizo un intento de quitarle la vida a la princesa, señor.
—¿Qué? —Kieron sintió cómo la sangre desaparecía de su rostro.
—Tal como te lo he dicho, Kieron —el rostro del viejo valkiriano era hosco—. Tuvimos
que luchar para abrirnos paso y poder salir del palacio.
—Ni siquiera tuve una oportunidad de hablar con Toran —dijo sombríamente la joven—
. Todo lo que pudimos hacer fue llegar a la nave espacial. Hasta los jenízaros trataron de
detenernos. Dos de tus hombres murieron por mí, Kieron.
—¿Quién lo hizo? —pregunto Kieron amenazadoramente.
—Los hombres que atacaron los alojamientos de la princesa llevaban los arreos de
Kalgan —dijo Nevitta.
Aquello alcanzó a Kieron como un verdadero golpe físico... duro.
—¡Kalgan! ¿Y la has traído aquí? ¡Eres un tonto, Nevitta!
—Sí, Kieron, tonto es la palabra adecuada... —admitió el viejo valkiriano.
—¡No! —exclamó Alys imperiosamente—. Yo misma le ordené que nos trajera aquí.
Insistía en ello.
—¡Por los Siete Infiernos! ¿Por qué? —preguntó Kieron—. ¿Por qué aquí? ¡Podrías
haber estado segura en Valkiria! Ya sé que yo di la orden de traerte aquí, pero después
de lo ocurrido...
—La princesa no quería saber nada de buscar seguridad, Kieron —dijo Nevitta—.
Cuando Kalgan demostró su traición al tratar de asesinarla, sólo pensó en el peligro que
tú mismo corrías aquí... sin saberlo. Habría arriesgado su vida para traerte esta noticia,
Kieron.
Kieron se volvió para mirar a la joven. Ella elevó la cabeza hacia él, con los ojos
luminosos y los labios abiertos.
—¿Qué podría hacer que una princesa arriesgara su vida...? —comenzó a preguntar
Kieron.
—Kieron... —la joven pronunció blandamente su nombre—, tenía tanto miedo por ti.
El valkiriano extendió lentamente la mano hacia el broche de su capa y lo desabrochó.
La pesada capa cayó sobre las losas del suelo. Alys permaneció quieta, sacudiéndose
ligeramente, con los invitadores labios abiertos. Kieron observó el palpitar de su blanco
cuello y sintió su propio golpeteo. Dio un paso hacia ella, cerrando sus brazos alrededor
de su cuerpo atractivo y flexible. Su boca buscó sus labios. Sin que nadie se diera cuenta,
Nevitta se deslizó sigilosamente fuera de la antecámara, cerrando sin hacer ruido la
puerta tras él...
Kieron se encontraba ante la ventana arqueada, mirando fijamente hacia el crepúsculo
eterno y brumoso de Kalgan, sintiendo muy pesado su corazón. Detrás de él, Alys
permanecía echada en el camastro. Su brillante pelo caía revuelto sobre su rostro,
mientras miraba a su amante, junto a la ventana. Kieron se volvió para mirarla, sintiendo
el impacto de su cálida belleza. Comenzó a pasear de un lado a otro, estrujándose la
cabeza para hallar una pista que le indicara cuál debía ser su próximo movimiento en la
guerra sutil de traición e intriga que se había ido formando a su alrededor.
Había ordenado a sus hombres que estuvieran preparados para un ataque, pero, por el
momento, era poca la necesidad de mantener aquella clase de vigilancia. Lo que
necesitaba era más información. Cuidadosamente, fue recordando los pocos hechos que
conocía.
La relación entre Freka y los intrigantes dé la Ciudad Imperial, que él ya sospechara,
quedaba demostrada por fin con el atentado contra la vida de Alys por parte de los
hombres de Kalgan. Los reyes de las estrellas estaban siendo utilizados para librar una
lucha que no era la suya. ¿Pero de quién era entonces? ¿De Freka... o de Ivane? No
importaba. Lo cierto era que estaban siendo engañados para que ayudaran a arrancar la
corona imperial de la cabeza de Toran, y su único provecho y el de su gente sería... más
opresión.
Ahora cobraba sentido el tratamiento que había recibido en la Ciudad Imperial. Landor
buscaba arrojarle en brazos de la revuelta organizada por Freka. Únicamente Alys lo
había evitado.
Ahora tenía que advertir a los reyes de las estrellas. Pero, según el código de la
periferia, Kieron tenía que demostrarles que él no era el cobarde que las risotadas de
Freka habían dado a entender. Y ahora, necesitaba una prueba. Una prueba de la
monstruosa estructura de traición e intriga surgida de la codicia de una mujer y de la fría
inhumanidad de un desconocido rey de las estrellas.
Kieron se quedó mirando fija y hoscamente hacia el brumoso patio situado bajo la
abierta ventana. Estaba desierto a aquella hora. Después, de repente, observó actividad
en la plaza amurallada. Un oficial de la ciudadela escoltó a una figura pesadamente
embozada hacia el patio, retirándose después con toda clase de señales de gran respeto.
La figura solitaria anduvo nerviosamente sobre las piedras húmedas.
¿Quién podría ser tratado con una cortesía tan evidente, siendo dejado, sin embargo,
en un patio trasero, en espera de la llamada de Freka de Kalgan?, se preguntó Kieron. Se
le ocurrió entonces un pensamiento repentino. Sólo podía tratarse de alguien que no
debía ser visto por los reyes de las estrellas y sus ayudantes, que llenaban al completo la
ciudadela de Neg.
Kieron estudió al noble encapuchado con un renovado interés. Le parecía haber visto
ya otra vez aquel andar afectado...
¡Landor!
Kieron abrió de golpe la puerta que daba a la cámara exterior. Sus asombrados
hombres se reunieron en torno a él. Alys también se había levantado y se encontraba tras
él. Hizo señales a Nevitta y a cuatro hombres para que entraran en su cámara.
—¡Nevitta! Rasga ese tapiz de la pared y córtalo en tiras... Alys, ata las tiras y haz una
cuerda con ellas. Asegúrate de que los nudos son lo bastante fuertes como para soportar
el peso de un hombre... ¡Ahí abajo está Landor!
Quitándose las botas con espuelas, Kieron se encaramó sobre el alféizar de la ventana.
El patio estaba a unos diez metros por debajo, pero los antiguos muros de la ciudadela
eran bastos y estaban llenos de relieves ornamentales, típicos de la arquitectura del
interregno. Kieron se fue dejando caer, sintiendo en su cara la humedad de la neblina. En
dos ocasiones, casi perdió pie, con el peligro de caer sobre las piedras del patio. Alys,
pálida, le miraba fijamente desde la ventana.
Apenas estaba a tres metros del suelo cuando Landor levantó la cabeza. Le reconoció
inmediatamente. Hubo un momento de asombrado silencio, y Kieron saltó la distancia que
le quedaba, para alcanzar el suelo sobre sus pies, como un gato, con la espada en la
mano.
—¡Kieron!
El rostro de Landor estaba gris.
El valkiriano avanzó decididamente.
—¡Sí, Landor! ¡Soy Kieron! No se suponía que te vería aquí, ¿verdad? Y tampoco te
atreves a gritar porque los otros te descubrirían. Y eso despertaría sospechas sobre las
verdaderas intenciones de la consorte, ¿no es cierto?
Landor retrocedió, apartándose de la hoja que brillaba en la mano de Kieron.
—Saca tu espada, Landor —dijo Kieron con suavidad—. Saca tu espada ahora mismo,
o te mataré donde estás.
Lleno de pánico, el Primer Señor del Espacio sacó su espada. Sabía muy bien que no
era rival para el rey valkiriano y al primer contacto de las hojas se volvió y echó a correr
hacia la puerta. Golpeó con fuerza contra los pesados paneles. La puerta estaba cerrada.
Kieron le siguió.
—Grita pidiendo auxilio, Landor —le sugirió Kieron con una breve y dura sonrisa—.
Este lugar está lleno de guerreros.
Landor tenía los ojos muy abiertos.
—¿Por qué quieres matarme, Kieron? —preguntó casi en un rugido—. ¿Qué mal te he
hecho...?
—Has agobiado de impuestos a mi gente y me has insultado, y si eso no fuera
suficiente, aún quedaría tu traición con Freka... engañándome a mí y a los otros, para
impulsarnos a la rebelión, de modo que Ivane pueda ceñir la corona. Son razones más
que suficientes para matarte. Además... —Kieron sonrió ceñudamente—, no me gustas,
Landor. Me encantaría derramar un poco de tu lechosa sangre.
—¡Kieron! Te juro, Kieron...
—¡Ahórratelo, maestro de baile! —y Kieron tocó con su arma la espada que Landor
sostenía débilmente en su mano—. ¡Ponte en guardia!
Landor lanzó un grito animal de desesperación y se lanzó torpemente contra el
valkiriano. La espada de Kieron describió un relumbrante círculo y el arma del Primer
Señor fue a chocar contra las piedras del pavimento, a unos metros de distancia.
La mirada de Kieron era fría en el momento de avanzar sobre el ahora aterrorizado
cortesano.
—Arrodíllate, Landor. Un lacayo siempre debe morir arrodillado.
El Primer Señor se arrojó sobre el suelo, rodeando con sus brazos las rodillas del
guerrero del mundo exterior. El color de su rostro era ceniciento de tanto terror como
sentía y murmuraba palabras solicitando piedad, con los ojos apretadamente cerrados.
Kieron le dio la vuelta a la espada y dejó caer la pesada empuñadura sobre la cabeza de
Landor. El cortesano lanzó un suspiro y se desplomó hacia adelante. Kieron envainó su
espada y recogió al hombre inconsciente como si fuera un saco de harina. No disponía de
mucho tiempo. No tardarían en llegar los guardias para escoltar a Landor a presencia de
Freka. Kieron recogió también la espada del cortesano. No debía quedar el menor rastro
de pelea en el patio.
El valkiriano transportó el cuerpo de Landor hacia donde Alys y Nevitta habían hecho
descender la cuerda improvisada. Ató bien a Landor, como si se tratara de un cerdo
descuartizado y les dijo:
—¡Subidle!
Landor desapareció por la ventana y la cuerda volvió a bajar a continuación. Kieron
subió a pulso el mismo camino seguido antes por el cortesano desvanecido. Pocos
segundos después, volvía a encontrarse entre sus guerreros, y el patio de abajo estaba
vacío.
—¡Landor! —Kieron roció de vino el rostro inconsciente del hombre—. ¡Landor,
despierta!
El cortesano se agitó y terminó por abrir los ojos. Inmediatamente surgió en ellos una
mirada de temor. Un círculo hostil de rostros le miraban desde arriba. Kieron, con sus
oscuras y llameantes ojos. Alys... La gran cara roja de Nevitta, enmarcada por el casco
con alas laterales. Y otros salvajes que parecían valkirianos. Para Landor aquello fue una
escena del legendario Séptimo Infierno de la Gran Destructora.
—Si quieres seguir viviendo, habla —le dijo Kieron—. ¿Qué estás haciendo aquí, en
Kalgan? Tiene que ser un mensaje de importancia el que traes. De no ser así, Ivane
habría enviado a cualquier otro. —Yo... yo no traigo ningún mensaje, Kieron. Kieron hizo
un gesto de asentimiento hacia Nevitta, quien sacó su puñal y lo situó contra el cuello de
Landor.
—No tenemos tiempo para mentiras, Landor —dijo Kieron.
Y para indicar que aquello era cierto, Nevitta apretó un poco más el puñal contra la
nuez del cuello del Primer Señor. Landor lanzó un grito. —¡No...!
—¡Habla... o te sacaré la molleja! —gruñó Nevitta.
—¡Está bien! ¡Está bien! Pero aparta ese puñal... —Ivane te envió aquí, ¿verdad?
Landor hizo un gesto de asentimiento, sin decir nada.
—¿Por qué?
—Yo... yo... tenía que decirle a Freka que... que sus hombres fallaron al... al...
—¡Intentar matarme! —terminó Alys, encolerizada—. ¿Qué más?
—También... también tenía que decirle que el resto del plan fue... fue realizado... con
éxito.
—¡Maldita sea! ¡Habla con claridad! —espetó Kieron—. ¿Qué «plan» es ése?
—El... el emperador está muerto —reveló Landor, con los ojos llenos de terror—. ¡Pero
yo no lo hice! ¡Lo juro! ¡No fui yo!
Alys lanzó un grito de dolor.
—¡Toran! Pobre... Toran...
Kieron agarró al aterrorizado cortesano por el cuello y lo sacudió.
—¡Sucio puerco! ¿Quién lo hizo? ¿Quién mató al emperador?
—¡Ivane! —balbució Landor—. La gente no sabe aún que está muerto y ella espera la
invasión de los reyes de las estrellas para proclamarse emperatriz... En el nombre de
Dios, Kieron, ¡no me mates! ¡Estoy diciendo la verdad!
—¿Y Freka ayudó a planear esto? —preguntó Kieron.
—El es el hombre de Ivane —balbució Landor—, pero no sé nada de él. ¡Nada, Kieron!
El hechicero de la guerra Geller se lo trajo a Ivane hace cinco años..., ¡eso es todo lo que
sé!
Geller de los Pantanos... otra vez. Kieron sintió cómo un terrible temor se filtraba por
entre su cólera. Tenía que descubrir de algún modo la relación entre Geller y Freka. De
algún modo...
Kieron se apartó del aterrorizado Landor. Ahora, la imagen estaba cobrando forma.
Freka e Ivane. La rebelión de los reyes de las estrellas. Toran... asesinado.
—¡Mantened a este perro bajo vigilancia! —ordenó Kieron.
Landor fue alejado de allí, tembloroso y débil.
—¡Nevitta!
—¿Señor?
—Tú y la princesa os marcharéis en la nave tal y como vinisteis. Tiene que ser llevada
a un lugar seguro inmediatamente. En cuanto echen de menos a ese cerdo, tendremos
visitantes...
—¡No, Kieron! ¡No me marcharé! —gritó Alys.
—Tienes que hacerlo. Si eres capturada ahora en Kalgan, eso significará carta blanca
para Ivane.
—¡Pues entonces tienes que venir conmigo!
—No puedo. Si tratara de marcharme ahora, Freka me detendría por la fuerza.
Conozco sus planes —y, volviéndose hacia Nevitta, añadió—: Se marcha contigo, Nevitta.
Por la fuerza, si es necesario.
»Regresa a Valkiria y reúne a las tribus. No podemos hacer nada sin hombres que nos
respalden. Una de las naves se quedará aquí, conmigo y los hombres. Trataremos de
salir de aquí cuando estemos seguros de que... —miró hacia la delgada joven, con una
expresión sombría en sus ojos— Su Majestad está a salvo.
Los guerreros valkirianos que había en la sala se pusieron firmes y en la expresión de
sus rostros se produjo un cambio sutil mientras observaban a Alys. Un abismo se había
abierto repentinamente entre esta mujer y su capitán. Ellos también lo sentían. Uno tras
otro, se fueron arrodillando ante ella. Alys hizo un gesto de protesta, con sus luminosos
ojos llenos de lágrimas. Vio cómo se abría el abismo entre ellos y trató de evitarlo
inútilmente. Pero cuando Kieron se arrodilló, se dio cuenta de que era así. En un instante,
se habían transformado de amante y amado en soberana y vasallo.
Se reprimió las lágrimas que pugnaban por salir y elevó la cabeza con orgullo; como
emperatriz galáctica, heredera de los Mil Emperadores, aceptó el homenaje de los
guerreros.
—Mi señor de Valkiria —dijo después, con un tono de voz bajo e inseguro—, mi amor y
afecto por ti... y por estos guerreros, no lo podré olvidar nunca. Si vivimos...
Kieron se levantó, con la espada desnuda extendida en sus manos.
—Su Majestad Imperial —y dijo las palabras con seriedad y lentitud, sintiendo en el
fondo lo que estaba sucediendo—. Los hombres de Valkiria son vuestros. Hasta la
muerte.
Kieron observó a Nevitta y Alys desvanecerse a lo largo del oscuro pasillo, fuera de las
cámaras de los valkirianos... según todas las apariencias, un guerrero y su esclava se
marchaban por orden de su señor. Pero, incluso así, pensó Kieron inquieto, había peligro.
Les vio pasar junto a un centinela, dos... tres... Doblaron la esquina y desaparecieron,
llevándose consigo las esperanzas y los temores de Kieron.
Ya se escuchaban sonidos de confusión en la ciudadela de Neg. Los hombres estaban
buscando al desaparecido Landor. De momento, buscaban con tranquilidad, reflexionó
Kieron con satisfacción, pues los reyes de las estrellas que estaban de visita no debían
saber que Freka el Desconocido mantenía una reunión familiar con el Primer Señor
Imperial del Espacio.
Kieron sopesó sus posibilidades de escapar y vio que eran escasas. No se moverían
de sus habitaciones de la ciudadela hasta escuchar el rugido de la nave espacial de
Nevitta, indicándoles que la emperatriz ya se marchaba. Mientras tanto, los buscadores
de Landor se iban acercando.
Pasó una hora, y la arena del cristal se deslizaba con desesperante lentitud. En cierto
momento, Kieron creyó escuchar ruido de cascos de caballo en el puente de salida de la
ciudadela, pero no pudo estar seguro.
Dos horas. Kieron andaba continuamente de un lado a otro, en las habitaciones de los
valkirianos, junto con sus doce hombres restantes, armados, alertas, observándole. El
agarraba con nerviosismo la empuñadura de su espada.
Pasó otra hora en el gris y eterno crepúsculo. Seguía sin escuchar el sonido de la nave
espacial, elevándose. La ansiedad de Kieron alcanzó enormes proporciones. Los
buscadores de Landor se acercaban. Kieron podía escuchar a los soldados registrando
los pasillos de piedra y los caminos de la ciudadela.
De repente, se escuchó un golpe en la puerta atrancada de las habitaciones de los
valkirianos.
—¡Abrid! ¡En nombre del señor de Kalgan!
Uno de los valkirianos que se encontraba cerca de la puerta replicó lánguidamente:
—Nuestro señor está durmiendo. Marchaos.
Los golpes continuaron.
—Sentimos mucho tener que molestarle, pero se ha escapado un esclavo de la
servidumbre. Tenemos que buscarle.
—¿Y vais a perturbar el reposo del señor de Valkiria por un esclavo, bárbaros? —
preguntó el guerrero de la puerta con un molesto tono de voz—. Marchaos.
El oficial del pasillo empezaba a perder la paciencia.
—¡Digo que abráis! ¡O penetraremos a la fuerza!
—Hacedlo —dijo el valkiriano tranquilamente—. Aquí tengo una espada que ha
permanecido seca durante demasiado tiempo.
Cómo debía estar sudando Landor en la habitación de atrás, pensó Kieron
irónicamente, al imaginar que los valkiríanos preferirían matarle antes que permitir que su
mensaje llegara a Freka. Pero la muerte de Landor no serviría ahora de nada. ¡Tiempo!
Tiempo era lo que se necesitaba. Tiempo suficiente para que Nevitta sacara a Alys fuera
de los peligros que allí la acechaban.
Kieron se dirigió hacia la puerta, con la esperanza de que algunos guerreros de las
Marcas Exteriores pudieran escuchar sus palabras y captaran todas las implicaciones.
—¡Habla Kieron de Valkiria! —gritó—. ¡Tenemos aquí a Landor de la Tierra! El Primer
Señor..., ¿es ése el esclavo que buscáis?
Ante esta sola respuesta se produjo el estrépito repentino de un ariete lanzado contra
los paneles de la puerta de madera. Kieron se preparó para la lucha. Todavía no se oía el
sonido de ninguna nave espacial elevándose...
La puerta se vino abajo y un grupo de guerreros de Kalgan irrumpió en la estancia, con
las armas brillando en sus manos.
Salvajemente, los valkirianos se enfrentaron a ellos y el aire se llenó con el fragor
metálico del acero. No se pedía ninguna compasión, y ninguna se daba. Kieron trazó un
círculo de muerte con su larga espada del mundo exterior, cantando en sus oídos la
sangre de combate de cien generaciones de guerreros. El canto salvaje de la periferia se
elevó por encima de los confusos sonidos de la batalla.
Un hombre lanzó un grito de agonía cuando su brazo fue cortado de cuajo por la hoja
de un valkiriano, y movió el muñón desesperadamente, salpicando de sangre ennegrecida
a los hombres que se batían a su lado. Un guerrero valkiriano cayó, encerrado en un
abrazo mortal con otro guerrero de Kalgan, introduciendo su puñal en el cuerpo de su
enemigo, una y otra vez, mientras moría. Kieron cruzó su acero con el de un guarda,
obligándole a retroceder, hasta que el de Kalgan resbaló sobre las piedras, húmedas de
sangre, con un tajo enorme que le llegó desde el cuello hasta la ingle.
Los valkirianos estaban cortando el paso a sus oponentes, pero la superioridad
numérica comenzaba a producir sus efectos. Dos valkirianos se desmoronaron ante una
nueva embestida. Y después otro y otro y otro. Kieron sintió el tacto ardiente de una
herida de puñal. Miró hacia abajo y vio que la cuchillada de alguien de la melée le había
alcanzado hasta el hueso. Su costado estaba lleno de sangre y las blancas costillas
aparecían a lo largo de la cuchillada de unos veinticinco centímetros.
Ahora, Kieron permanecía espalda contra espalda, junto a los dos únicos compañeros
que le quedaban. Los otros valkirianos habían caído y yacían sobre el suelo
ensangrentado. Kieron vio fugazmente la elevada figura de Freka, detrás de sus guardias,
y se lanzó hacia él, repentinamente ciego de furia. Dos guerreros de Kalgan le detuvieron
y perdió a Freka de vista. Otro valkiriano cayó a su lado, con un enorme tajo en el cuerpo.
Kieron recibió otra herida en un brazo. No podía saber lo gravemente herido que estaba,
pero la debilidad causada por la pérdida de sangre empezaba a surtir sus efectos sobre
él. Cada vez le era más difícil ver con claridad. La oscuridad parecía estar parpadeando a
su alrededor como una llama negra, justo más allá de su ámbito de visión. Volvió a ver
entonces a Freka y trató de llegar hasta él. Pero volvió a fallar, viendo su paso cortado por
un soldado de Kalgan. Una espada pasó silbando junto a él y se introdujo en el cuerpo del
último guerrero valkiriano. El hombre cayó al suelo, en silencio, y Kieron se quedó solo
luchando.
Vio la hoja de un oficial descendiendo sobre él, pero no pudo desviarla. Y, en el
instante en que bajaba la hoja, escuchó un enorme rugido más allá de la ventana abierta.
Kieron casi sonrió. Alys estaba a salvo...
Elevó su espada para intentar detener el fuerte golpe que descendía sobre él.
Debilitado como estaba, lo único que pudo hacer fue desviarla ligeramente. La hoja cayó
plana sobre la parte lateral de la cabeza y Kieron dio un traspié, cayendo de rodillas. Trató
de levantar de nuevo su arma... trató de seguir luchando... pero no pudo. Lentamente, sin
querer dejarse vencer, fue desmoronándose sobre el suelo, mientras la oscuridad surgía
desde las ensangrentadas piedras para rodearle por completo...
V
Kieron se agitó, con el pulsante dolor de su costado destrozando el velo enrojecido de
su inconsciencia. Pudo sentir debajo de él las piedras húmedas que olían a muerte y
suciedad. Se movió dolorosamente y su lacerante agonía.se agudizó, haciéndole oscilar
precariamente entre la conciencia y la nueva oscuridad.
Se notaba rígido y frío. Y también debía estar gravemente herido, pensó entre las
brumas. Sus heridas no habían sido curadas. Abrió los ojos con precaución. Y vio
entonces lo que ya sabía. Se encontraba en una oscura mazmorra, sucia y húmeda. Un
escalofrío de náuseas le estremeció. Castañeteándole los dientes, encogido sobre el
suelo de piedra, Kieron volvió a hundirse en la inconsciencia.
Cuando volvió a despertarse, estaba ardiendo de fiebre y junto a él había un cuenco
lleno de grasientas gachas solidificadas. Notaba la lengua espesa e hinchada, pero la
aguda agonía de la herida de su costado se había convertido en un dolor embotado.
Haciendo un gran esfuerzo, se arrastró hasta una esquina de la mazmorra y se apoyó
contra el muro, de cara a la puerta claveteada con hierros.
Se palpó con las manos, dándose cuenta de que se le habían quitado sus arreos y
armas. Estaba desnudo, y olía a suciedad y a sangre seca. A medida que se movió sintió
una renovada fluidez de calor descendiendo por su desgarrado flanco. La herida se había
abierto de nuevo. El sudor corría por la sangre endurecida de su mejilla. Su mente vaciló
de un lado a otro, en un delirio febril... un sueño de pesadilla en el que la figura alta,
fríamente arrogante de Freka parecía llenar todo el espacio y el tiempo. Los ojos,
extraordinariamente abiertos, de Kieron brillaban, llenos de un odio animal...
De algún modo, sintió que el odiado Freka estaba cerca. Trató de mantener los ojos
abiertos, pero los párpados parecían pesar excesivamente. Su cabeza se hundió y la
fiebre volvió a introducirle en la negrura de ébano de alguna fantástica noche
intergaláctica en la que extrañas figuras danzaban y giraban, llenas de una horrible
alegría...
El traqueteo de la cerradura de la puerta le despertó. Podrían haber pasado minutos o
días. Kieron no tenía forma de saberlo. Sentía la cabeza ligera y mareada. Observó con
unos ojos brillantes por la fiebre cómo se abría la puerta. Un carcelero que llevaba una
antorcha penetró en la mazmorra y la luz cegó a Kieron. Se protegió el rostro con una
mano. Percibió el sonido de una voz, dirigiéndose a él. Una voz que él conocía... y odiaba.
Haciendo un denodado esfuerzo consiguió equilibrar su mente vacilante, sintiéndose
sostenido ahora por su odio. Apartó la mano de su rostro y levantó la vista... mirando
directamente hacia los helados ojos de Freka el Desconocido.
—Así que, por fin, te has despertado —dijo el señor de Kalgan.
Kieron no contestó. Podía sentir la furia quemándole las entrañas.
Freka sostenía una daga enjoyada en sus manos, y jugaba ociosamente con ella.
Kieron observó los fragmentos de luz que surgían de las gemas a la líquida luz de la
antorcha. La delicada hoja se estremecía, azul y plateada, en las manos de Kalgan.
—Me han dicho que la señora Alys estaba contigo... aquí, en Kalgan. ¿Es cierto?
Alys... Kieron pensó en ella vagamente, por un momento, pero de algún modo, la
imagen le produjo tristeza. La apartó de su mente y siguió mirando la daga de Freka,
incapaz de apartar sus ojos de aquel arma brillante.
—¿Puedes hablar? —preguntó Freka—. ¿Estaba contigo la hermana de Toran?
Kieron seguía observando el arma, mientras en sus ojos oscuros aumentaba un brillo
feroz, como una llama.
Freka se encogió de hombros.
—Muy bien, Kieron. Eso ya no importa. ¿Te interesa saber que los ejércitos se están
reuniendo? La Tierra será nuestra dentro de cuatro semanas —su voz sonaba fría, sin
emoción alguna—. Supongo que te darás cuenta de que no podrás permanecer con vida.
Kieron no dijo nada. Estaba acumulando la poca fortaleza que le quedaba, con mucho
cuidado. La daga... ¡aquella daga!
—No me arriesgaré a emprender una guerra con Valkiria matándote ahora. Pero serás
juzgado por un consejo de reyes de las estrellas, en la Tierra, cuando hayamos hecho lo
que tenemos que hacer... Kieron miraba pertinazmente la delicada arma, y notaba cómo
el odio palpitaba en su enfebrecida mente. Respiró profunda y estremecedoramente.
Freka seguía jugueteando con la hoja, haciendo brillar sus joyas.
—Tendríamos que haberte detenido desde el mismo instante en que desapareció
Landor —musitó el señor de Kalgan—. Pero... ahora ya no importa...
Kieron desplegó los músculos como una serpiente, poniéndose rápidamente en
movimiento. Pegó a Freka debajo de las rodillas, con toda su enfebrecida fuerza y el
kalgano cayó sin pronunciar un sonido, mientras la daga chocaba con un sonido metálico
sobre el suelo empedrado de la mazmorra. El guarda se inclinó hacia adelante. La mano
tanteante de Kieron se cerró alrededor de la empuñadura de la daga. Lanzando un grito
de pura rabia animal, la introdujo en el pecho descubierto de Freka. Su mano se elevó y
cayó otras dos veces, hasta que el guarda le lanzó una patada a la boca y la luz de la
antorcha volvió a desvanecerse en la oscuridad...
En la oscuridad, el tiempo pierde su significado. Kieron se despertó una docena de
veces, notando el apagado dolor pulsante de sus heridas y volviendo a desvanecerse en
la inconsciencia. Comió... o fue alimentado lo suficiente como para permanecer con vida,
pero no lo recordaba. Flotó en un mar negro tintado de rojo, irreal y espantoso. Gritó o
lloró, según le dictaron los fantasmas de sus enfermizos sueños, pero a través de todo
ello corría un solo hilo de alegría. Freka, el odiado, estaba muerto. Ningún horror
producido por la pesadilla o el delirio podía arrancarle aquella única sensación de vida.
Freka estaba muerto. Recordaba vagamente la sensación de la daga penetrando una y
otra vez en el pecho del torturador. A veces, hasta se olvidaba de por qué había odiado a
Freka, pero se aferraba al conocimiento de que le había matado de la misma forma que
un condenado se aferraba a su última y sofocante respiración.
Algunos sonidos se filtraron en la mazmorra de Kieron. Sonidos que le resultaban
familiares. El rugido silbante de las naves espaciales. Más tarde, percibió el terrible
susurro de las multitudes. Kieron permanecía tumbado sobre las piedras de su mazmorra,
sin escuchar, perdido en el estupor fantasmagórico del delirio. Sus heridas, que seguían
sin ser atendidas, sólo le permitían agarrarse a un hilo de vida, gracias a su magnífico
cuerpo de guerrero.
Llegaron hasta él otros sonidos. El crujido de los arietes y el estruendo de las piedras
que se desmoronaban. Los gritos de los hombres y las mujeres que morían. La estridente
cacofonía de las armas y de las maldiciones lanzadas por los guerreros. Transcurrieron
las horas y el tumulto se hizo mayor, y sonó más cerca, en el propio corazón de la
ciudadela de Neg. Las antorchas de las mazmorras exteriores se apagaron y
permanecieron así. Los sonidos de la lucha adquirieron un tono agudo, entrelazados con
los sonidos inhumanos y animales de una muchedumbre que parecía haberse vuelto loca.
Finalmente, Kieron se agitó cuando alguno de los sonidos familiares de la batalla
tañeron las cuerdas enterradas de su enfebrecida mente. Escuchó el fragor de las armas,
que parecía ir avanzando hacia él, hasta que lo pudo escuchar justo al otro lado de la
puerta de su mazmorra.
Volvió a acurrucarse en su rincón, quedándose allí, encogido, con la luz febril de sus
ojos brillante ahora. Sus manos le picaban, con deseos de matar. Flexionó los dedos
dolorosamente, y esperó.
El silencio fue repentino y completo, como el de una tumba.
Kieron esperó.
La puerta se abrió por completo y unos hombres portando antorchas penetraron en la
mazmorra. Kieron se lanzó entonces salvajemente contra el primero de ellos, buscándole
el cuello con las manos.
—¡Kieron! —el propio Nevitta se lanzó violentamente hacia atrás, con Kieron agarrado
a él y el rostro convertido en una máscara febril de odio—. ¡Kieron! ¡Soy yo... Nevitta!
Las manos de Kieron se apartaron del cuello del viejo guerrero y permaneció vacilante,
de pie, parpadeando ante la luz de las antorchas.
—¿Nevitta... Nevitta?
Una salvaje risotada surgió de los labios cortados del prisionero. Miró a su alrededor,
hacia los rostros tensos de sus propios hombres.
Dio un paso hacia adelante y cayó en brazos de Nevitta, que le recogió, llevándole
como a un niño hacia la luz, con las lágrimas recorriendo sus encanecidas mejillas...
Alys y Nevitta cuidaron a Kieron durante tres semanas, sorbiendo el veneno de sus
heridas desatendidas con sus propias bocas y bañándole para romper la ardiente presa
de la fiebre. Finalmente, ganaron aquella batalla. Kieron abrió los ojos... y su mirada
apareció entonces sana y clara.
—¿Cuánto tiempo...? —preguntó Kieron débilmente.
—Estuvimos ausentes de Kalgan durante veinte días... tú has permanecido aquí desde
hace veintiuno —dijo Alys, con una expresión de agradecimiento. —¿Por qué habéis
vuelto aquí? —preguntó Kieron, con amargura—. ¡Habéis perdido un imperio! —Vinimos
por ti, Kieron —contestó Nevitta—. Por nuestro rey.
—Pero... Alys... —protestó Kieron. —No quisiera para nada el gran trono, Kieron, si eso
significaba dejarte pudriéndote en una mazmorra —dijo Alys.
Kieron volvió el rostro hacia la pared. Por su culpa, los reyes de las estrellas estarían
librando ahora la batalla de Ivane. Y, a estas alturas, ya habrían ganado. Lo único que
había conseguido era la muerte del traicionero Freka. Ahora, se habían apoderado de
Kalgan, pues los valkirianos regresaron en busca de su jefe después de que el plan de
Freka dejara el planeta desguarnecido de guerreros... y las muchedumbres habían hecho
por ellos el trabajo de los valkirianos. Pero dos mundos no eran un imperio de estrellas.
Alys había caído en la trampa. Por culpa de él.
«¡No! —pensó Kieron—. ¡No, por los Siete Infiernos!» No podían ser derrotados con
tanta facilidad. Ahora podía disponer de cinco mil guerreros. Si era necesario, lucharía
contra las fuerzas armadas de todo el imperio para ganar el lugar al que Alys tenía
derecho sobre el trono de Gilmer de Kaidor.
—Dejadme que me levante —pidió Kieron—. Si les atacamos en la Tierra antes de que
tengan una oportunidad de consolidarse, aún nos quedaría una posibilidad.
—No hay ninguna prisa, Kieron —dijo Nevitta, manteniéndole en la cama con su gran
mano—. Freka y los reyes de las estrellas ya han...
—¡Freka! —Kieron se incorporó de un salto.
—Sí... ¿por qué, Freka? —murmuró Nevitta, lleno de perplejidad.
—¡Eso es imposible!
—Hemos recibido información de la Ciudad Imperial, Kieron. Freka está allí —aseguró
Alys.
Kieron volvió a dejarse caer sobre las almohadas. ¿Acaso había soñado que mataba a
Freka? ¡No! ¡Aquello no era posible! Había introducido la hoja en su pecho tres veces... la
introdujo profundamente.
Haciendo un esfuerzo, se levantó de la cama.
—¡Ordena que preparen mi caballo, Nevitta!
—¡Pero señor!
—¡Rápido, Nevitta! ¡No hay tiempo que perder!
Nevitta saludó a regañadientes y salió de la estancia.
—Ayúdame a ponerme mis arreos, Alys —ordenó Kieron, olvidándose de que le estaba
hablando a su majestad.
—¡Kieron, no puedes cabalgar!
—Tengo que hacerlo, Alys. Escúchame. Introduje una daga en el cuerpo de Freka por
tres veces... ¡Y no ha muerto! Sólo un hombre puede decirnos por qué. Y tenemos que
saberlo. ¡Ese hombre es Geller de los Pantanos!
Neg era un lugar arruinado. La llegada de los valkirianos había sido una señal para que
la brutal población se volviera loca. Las muchedumbres se lanzaron a la calle,
destrozando, matando y saqueando. Los pocos guerreros kalganos que quedaron allí
para guardar la ciudad habían tenido que ayudar a los valkirianos a restaurar el orden.
Mientras cabalgaba a lo largo de las ahora silenciosas calles, a Kieron le pareció que
Kalgan y Neg habían sido deliberadamente abandonadas como si ya hubieran servido su
propósito y no se las necesitara más. Si Freka seguía viviendo, como ellos decían, sería
alguien único entre los hombres y no tan inferior como para regir un mundo tan poco
importante como Kalgan.
Las tiendas y las casas aparecían destruidas por el fuego. Las mercancías de todas
clases estaban extendidas todavía por las calles y aquí o allá aparecía algún cuerpo,
encogido y desmembrado, en espera de los atareados pelotones de enterramiento que
pululaban por la destruida megalópolis.
Kieron y Alys cabalgaron lentamente hacia los pantanosos barrios bajos de la ciudad,
seguidos por Nevitta a corta distancia. Los tres caballos de guerra, criaturas creadas para
la guerra y la destrucción, avanzaron tranquilamente, con las narices levantadas, notando
los olores familiares de una ciudad en ruinas.
A lo largo de la calle de la Llama Oscura no quedaba nada entero. Todas las casuchas,
todas las viviendas habían sido destrozadas y saqueadas por la multitud. Kieron detuvo
su cabalgadura ante una chabola destrozada, situada entre dos estructuras de piedra
ennegrecida por el fuego.
Nevitta se acercó a él con una protesta. —¿Por qué buscas a ese demonio, Kieron? —
preguntó temerosamente—. ¡De esto no puede salir nada bueno!
Kieron se quedó mirando fijamente la chabola. Después, volvió la mirada hacia él con
una expresión veladamente sádica en sus ojos. El retorcido manto neblinoso del eterno
crepúsculo de Kalgan envolvía la calle grisácea. Kieron notó cómo sus manos temblaban,
sosteniendo las riendas. Este era el lugar donde vivía el hechicero de la guerra.
El hedor de los pantanos era fuerte y ahora la neblina se convirtió en una suave lluvia.
Kieron desmontó.
—Esperadme aquí —ordenó a Nevitta y a Alys. Mientras el corazón le golpeaba con
fuerza en el pecho, desenvainó la espada y se dirigió hacia la puerta que se abría como la
boca negra de una peste. Alys le tocó el codo, sin tener en cuenta sus instrucciones. Sus
ojos estaban iluminados por el miedo, pero le siguió a corta distancia. Sintiéndose
secretamente contento por su compañía, Kieron rezó en silencio una oración a sus dioses
de Valkiria y penetró en el interior de la vivienda.
El lugar aparecía destruido. Había viejos libros por todas partes, desgarrados y
destrozados. En una esquina, alguien había tratado de encender una hoguera con un
montón de manuscritos y de muebles rotos, y casi lo había conseguido.
—La multitud ha estado aquí —comentó Alys sucintamente.
Kieron se abrió paso a través de los escombros, hacia la puerta de una habitación
trasera. La abrió cuidadosamente, empujándola con la punta de su espada. La puerta
rechinó amenazadoramente, poniendo al descubierto otra estancia que aparecía llena de
extrañas máquinas y tubos de cristal ensortijados. A lo largo de una de las paredes se
veían grandes cajas negras, serpentinas de hilo brillante que se introducían en la confusa
masa de máquinas destrozadas que dominaba el centro de la habitación. El aire de la fría
y silenciosa estancia tenía un olor extraño y desagradable. ¡El olor de la Gran
Destructora!, pensó el valkiriano.
La punta de su espada tocó uno de los brillantes serpentines de cobre que surgía de la
hilera de cajas negras situadas a lo largo de la pared, y una diminuta mancha azulada se
extendió por la hoja. Kieron apartó la espada con rapidez, notando cómo le latía el
corazón. Una pequeña columna de humo se elevó en el aire y el acero de la hoja quedó
marcado con un hueco. Kieron venció su impulso de echar a correr, lleno de terror.
—¡Tengo miedo, Kieron! —susurró Alys, pegándose a él.
Kieron la cogió de la mano y se movió con precaución alrededor del montón de
maquinaria estropeada. Fue entonces cuando encontró a Geller, y trató de evitar que Alys
le viera también.
—La Gran Destructora ha terminado con él —dijo Kieron, con lentitud.
El hechicero de la guerra estaba muerto. La muchedumbre, aterrorizada, y odiando
aquello que no podía comprender, le había asesinado cruelmente. Los ojos fijos miraban
burlonamente a Kieron, la lengua ennegrecida colgaba estúpidamente de los labios
resecos. El misterio de Geller seguía estando seguro con él, pensó Kieron.
Cuando se disponía a salir, Kieron se detuvo y recogió los restos de un libro extraño.
Era increíblemente antiguo, pues los caracteres del lomo correspondían a los del
legendario primer imperio.
«Deformaciones perpetuamente regeneradoras y su aplicación en las máquinas
interestelares».
Las palabras no significaban nada para él. Dejó el libro de magia y recogió otros dos.
En esta ocasión, sus ojos se abrieron mucho.
—¿Qué ocurre, Kieron? —preguntó Alys temerosamente.
—Hace mucho tiempo —contestó Kieron—, se dijo en Valkiria que los antiguos del
primer imperio estaban familiarizados con los secretos de la Gran Destructora...
—Éso es cierto. Esa es la razón por la que llegó el interregno, y las edades oscuras —
observó Alys. —Me pregunto ahora —dijo Kieron, mirando los libros—, ¿por qué actividad
se conocía mejor a Geller?
—Por sus homúnculos —contestó Alys, temblando de pies a cabeza.
—Se dice que los antiguos conocían muchas cosas. Hasta sabían cómo hacer...
servidores artificiales. Les llamaban robots —y le tendió entonces el libro—. ¿Puedes leer
esta escritura antigua? Alys leyó en voz alta, con una voz insegura. —Primeros principios
de la robótica. —¿Y este otro?
—Incubación y gestación de androides... Kieron de Valkiria permaneció en silencio, en
el destrozado laboratorio del muerto hechicero de la guerra Geller, tratando, con su mente
medieval de librarse de las ataduras de un milenio de superstición e ignorancia. Ahora
podía comprender... muchas cosas.
VI
Como si fueran grandes peces plateados nadando en la pecera de la noche, las naves
de la flota de Valkiria se elevaron de Kalgan. En el interior de las bodegas había cinco mil
guerreros, preparados para la batalla. El ejército de Valkiria no podría hacer nada contra
las poderosas fuerzas de los reyes de las estrellas reunidos; pero los salvajes
combatientes de la periferia llevaban consigo su más precioso talismán... la emperatriz
Alys, soberana no coronada aún de la galaxia, heredera de los Mil Emperadores... hija de
su querido príncipe guerrero, Gilmer, conquistador de Kaidor.
En la nave capitana, Nevitta vigilaba a los acosados navegantes, urgiéndoles a que
alcanzaran mayor velocidad. En las cubiertas inferiores, los caballos de guerra bufaban y
pateaban sobre el suelo de acero, percibiendo ya la tensión de la próxima batalla en el
aire cerrado y humeante de las naves espaciales.
Kieron permanecía junto a la portilla delantera, con Alys, mirando hacia la noche del
espacio, extrañamente distorsionada. A medida que fue aumentando la velocidad, las
estrellas se desvanecieron y la noche que se apretaba contra los flancos de la rápida
nave, se hizo gris e incierta. La velocidad siguió aumentando hasta que finalmente ya no
hubo nada más allá del gran cristal curvado de la pantalla. Ni negrura, ni vacío. Una nada
capaz de helar el alma y de retorcer la mente, y que se negaba a ser aceptada por los
ojos humanos. Era el hiperespacio.
Kieron cerró las colgaduras y la sala de observación de la enorme y antigua nave se
hizo más cálida y penumbrosa.
—¿Qué tenemos ante nosotros, Kieron? —preguntó la joven con un suspiro—. ¿Más
luchas y más muertes?
Una corona de estrellas que mil generaciones han reunido para vos. Eso es lo que nos
espera. —Su imperio, Majestad —dijo el valkiriano sacudiendo la cabeza y empleando el
título formal.
—¡Oh, Kieron! ¿Es que no puedes olvidarte del imperio aunque sólo sea durante una
hora? —preguntó Alys, enfadada.
El jefe militar de Valkiria miró a su emperatriz, lleno de perplejidad. Había momentos en
que las mujeres eran seres difíciles de entender.
—¡Olvídalo, te digo! —gritó la joven, brillándole repentinamente los ojos.
—Si Su Majestad lo desea así, no volveré a hablar de ella —dijo Kieron, con una
actitud rígida.
Alys dio un paso hacia él.
—Hubo un tiempo en que me miraste como a una mujer. Un tiempo en el que pensaste
en mí como una mujer. ¿Acaso soy diferente ahora?
Kieron estudió su delgado cuerpo y su rostro patricio y sensual.
—También hubo un tiempo en el que pensé de vos que erais una niña. Pero esos
tiempos han pasado. Ahora sois la emperatriz. Yo soy vuestro vasallo. Sólo tenéis que
ordenarme. Lucharé por vos. Moriré por vos, si es necesario. Cualquier cosa. Pero ¡por
los Siete Infiernos, Alys!, no me torturéis con favores a los que no puedo aspirar.
—¿Tengo que ordenártelo, entonces? —preguntó, dando un golpe enojado con el pie
en el suelo—„ Muy bien, ¡te lo voy a ordenar, valkiriano!
—¡Nunca seré un consorte!
El rostro de la joven enrojeció.
—¿Acaso te lo he pedido? Sé que no puedo hacer de ti un perro faldero, Kieron.
—Dejémoslo, Alys —pidió Kieron, con pesadez.
—Kieron —dijo ella suavemente—, te amo desde que era una niña. Te amo ahora. ¿Es
que eso no significa nada para ti?
—Lo significa todo, Alys.
El deseo de placer surgió en él al sentir la tensión de ella. Entonces, Kieron, por el
espacio de este viaje, olvida el imperio. Olvídalo todo, excepto que te amo. Toma lo que te
ofrezco. Aquí no hay ninguna emperatriz...
La flota plateada fue reduciendo la velocidad, descendiendo hacia la atmósfera del
planeta madre. La Tierra flotaba bajo ellos como un globo azul celeste. Las naves
espaciales se desparramaron en forma de cuña, mientras cortaban el aire frío, muy por
encima de la extensa megalópolis de la Ciudad Imperial.
La capital yacía rodeada por las somnolientas figuras de la gran armada de los reyes
de las estrellas. Kieron sabía que allá abajo, en alguna parte, le esperaba Freka. Freka el
Desconocido. ¿Sería también el Inmortal? Sus únicas armas eran su espada y un poco de
conocimientos. Rezó para que aquello fuera suficiente. Tenía que serlo. Cinco mil
guerreros no podían derrotar a todo el poderío unido de los reyes de las estrellas.
Rehuyendo el puerto espacial, Kieron condujo su flota hacia un lugar de aterrizaje
situado en la gran meseta cubierta de hierba que rodeaba la ciudad. Mientras comenzaba
el apresurado desembarco de los hombres y los caballos, Kieron vio a una importante
fuerza de caballería situada ante las puertas de la ciudad, dispuesta a enfrentarse a ellos.
Lanzó una maldición y urgió a sus hombres a que se dieran más prisa. Los caballos
reculaban y relinchaban; las armas brillaban a la luz del sol del atardecer.
Al cabo de una hora, quedó completado el desembarco y Kieron se encontró armado y
montado al frente de las apretadas filas de sus guerreros. La tarde estaba llena de los
destellos del acero y de la ondeante gloria de los estandartes cuando ordenó a sus filas
para la batalla... una batalla que confiaba con todo corazón en poder evitar.
A través de la llanura, el valkiriano pudo distinguir el pendón de Doorn en la primera fila
de los defensores que avanzaban. Kieron ordenó a Nevitta permanecer junto a la
emperatriz en la retaguardia, debiendo escoltarla con todo el ceremonial hacia la
vanguardia, si él así lo pedía.
Alys montaba un caballo blanco y se había vestido con las panoplias de una doncella
guerrera valkiriana. Sus caderas aparecían rodeadas por un arnés de placas de acero
entrelazadas, manteniendo sus largas piernas libres para poder montar a horcajadas.
Sobre su pecho y sus senos se había colocado una cota de malla que brillaba a la luz
sesgada del sol. Sobre la cabeza llevaba un casco valkiriano alado, y por debajo de él su
pelo rubio en cascadas de luz sobre sus hombros. Mientras cabalgaba hacia la
retaguardia de las filas valkirianas, una capa plateada ondeaba tras ella. Los guerreros la
vitorearon al pasar ante ellos. Kieron, observándola, pensó que se parecía a la antigua
diosa de la guerra de su propio mundo... imperiosa, regia.
Lanzando un grito, Kieron ordenó a sus hombres avanzar y las brillantes filas así lo
hicieron, a través de la llanura, como una ola turbulenta, con las puntas de las lanzas
brillando ante ellos y los estandartes ondeando al viento. El cabalgó muy por delante de
ellos, tratando de encontrarse con el viejo Eric de Doorn, el amigo de su padre.
Hizo una señal y las dos agitadas masas de guerreros aminoraron su marcha mientras
los dos reyes de las estrellas se adelantaban para encontrarse en terreno neutral, entre
los dos ejércitos. Kieron elevó su mano derecha abierta, en señal de tregua, y el viejo Eric
hizo lo mismo. Sus caballos engualdrapados agitaron enérgicamente las cabezas al ser
refrenados en su marcha, y se miraron el uno al otro a través de los aros blancos que
rodeaban sus ojos. Kieron detuvo el caballo, sujetándolo por las riendas, frente al viejo rey
de las estrellas.
—Te saludo —dijo, formalmente. —¿Vienes en son de amistad o de guerra? —
preguntó Eric.
—Eso dependerá de la emperatriz —contestó Kieron.
El señor de Doorn sonrió y hubo una expresión de desprecio en su rostro. Estaba
recordando el enfrentamiento entre el señor de Kalgan y Rieron.
—Te agradará saber que la imperial Ivane te ofrece entrar en su ciudad en paz... para
que puedas rendirle homenaje y someterte a su gracia por los crímenes que has cometido
contra el señor de Kalgan.
Kieron lanzó una risotada breve y acerada. Así pues, Ivane ya se había enterado del
saqueo valkiriano de Kalgan.
—No conozco a ninguna «Ivane imperial», Eric —dijo fríamente—. Cuando hablaba de
la emperatriz, me refería a la verdadera emperatriz, Alys, la hija de tu señor y el mío, de
Gilmer de Kaidor —e hizo una señal para que Alys y Nevitta se adelantaran.
Los estandartes de las filas valkirianas se inclinaron en saludo cuando Alys atravesó
las huestes. Llegó junto a ellos, y detuvo su caballo, frente al extrañado Eric.
—¡Noble señora! —murmuró éste—. ¡Nos dijeron que habíais muerto!
—¡Y podría haberlo estado si Ivane se hubiera salido con la suya!
El viejo rey de las estrellas balbució, lleno de confusión. Había allí cosas que no podía
comprender. Apenas una semana antes, él y los demás reyes de las estrellas habían
rendido homenaje a Ivane, vitoreándola como su salvadora de las opresiones del
emperador Toran y como el pariente con vida más próximo al último Gilmer. Y ahora...
—Si se han burlado de nosotros, Freka tendrá que responder de esto —dijo Eric,
frunciendo el ceño.
—Y ahora —preguntó Kieron con hosquedad—, ¿entramos pacíficamente en la ciudad
o nos abrimos paso a la fuerza?
Eric hizo señales a sus hombres para que se situaran al lado de los valkirianos y toda
la masa de hombres armados inició su avance hacia las puertas de la Ciudad Imperial, en
la tarde que ya iba muriendo.
Ya empezaba a oscurecer cuando las tropas llegaron junto a los muros del palacio
imperial. Kieron mandó hacer alto y ordenó a sus hombres que descansaran, velando
armas. Llevándose únicamente a Nevitta y Alys con él, se unió a Eric de Doorn para
desafiar a los jenízaros de la guardia de palacio.
Los estólidos jenízaros les dejaron pasar sin ningún comentario, pues el señor de
Doorn era conocido como un vasallo de la Ivane imperial. El pequeño grupo subió por la
amplia escalera que trazaba una curva y conducía hacia la sala del gran trono. Los
cortesanos habían sido advertidos por los gritos de la gente en las calles de que algo
estaba ocurriendo y ya comenzaban a reunirse en la sala del trono.
Habían sucedido muchas cosas, pensó Kieron, desde el día en que estuvo ante el
trono, solicitando una audiencia con Toran. Ahora, todo dependía de él en demostrar sus
razones, y las de Alys, ante la asamblea de nobles.
Kieron se dio cuenta con cierta preocupación que los guardias de palacio también se
estaban reuniendo. Comenzaron a cubrir cada una de las salidas de la cámara,
impidiendo toda retirada.
Ahora, la sala del gran trono ya estaba llena de cortesanos y reyes de las estrellas.
Todos permanecían en un tenso silencio, esperando. No tuvieron que esperar mucho.
Precedida del fragor de las trompetas y del retumbar de los tímpanos, Ivane entró en la
sala del trono. Algunos de los cortesanos se arrodillaron, pero otros permanecieron
confundidos, pasando sus miradas de Ivane a Alys y viceversa.
Kieron estudió a Ivane con frialdad. Tenía que admitir que era una figura regia. Una
mujer de elevada altura con un pelo de color azabache. Un rostro que parecía esculpido
en mármol. Unos ojos oscuros y rapaces, y una figura de diosa de la edad primera.
Permaneció ante el gran trono, envuelta en el manto de cibelina del imperio... una
vestimenta tan negra como espaciosa, sembrada de diamantes, para que se asemejaran
a las estrellas de la galaxia imperial. Sobre su cabeza descansaba la tiara de iridio de la
emperatriz.
Ivane recorrió la sala con una mirada altanera que pareció restallar como un látigo.
Cuando sus ojos descubrieron a Alys, situada junto a Kieron, se abrieron más, como los
de una fiera.
—¡Guardias! —ordenó—. ¡Detened a esa mujer! ¡Ella es la asesina del emperador
Toran!
Un murmullo se extendió por toda la sala. Los jenízaros se dispusieron a cumplir la
orden. Kieron desenvainó su espada y dio un salto hacia el estrado sobre el que se
encontraba Ivane. Esta no se apartó de él.
—¡Tocadla e Ivane morirá! —gritó Kieron, colocando la punta de su espada sobre el
pecho de Ivane.
Los murmullos de las voces se apagaron y los jenízaros se contuvieron.
—¡Y ahora, me vais a escuchar todos! —gritó Kieron desde el estrado—. Esta mujer
que tengo bajo mi espada es una asesina y una intrigante, y lo puedo demostrar.
El rostro de Ivane aparecía tenso y pálido. Kieron sabía que no era por temor a su
espada.
—En las mazmorras del palacio encontraréis seguramente a Landor... —siguió diciendo
Kieron—. Estará allí porque sabía mucho sobre las intrigas de Ivane y porque habló
demasiado cuando se vio con un puñal ante su cuello. ¡El confirmará lo que yo diga!
»Esta mujer intrigó para usurpar el imperio, ¡desde hace cinco años! Puede que haya
sido incluso desde hace mucho más tiempo... —se volvió hacia Ivane y preguntó—:
¿Cuánto tiempo se tarda en incubar un androide, Ivane? ¿Un año? ¿Dos? Y después
entrenarlo, enseñarle, de modo que cada uno de los movimientos que haga sea el
adecuado para alcanzar los propósitos que se persiguen. ¿Cuánto tiempo se tarda en
hacer todo eso?
Ivane lanzó entonces un grito de terror. —¡Freka! ¡Llamad a Freka!
Kieron apartó de ella la punta de su espada y retrocedió como si Ivane fuera un ser
contaminado. Ahora, podía esperar muy poco peligro por parte de ella... pero aún
quedaba otro.
Freka apareció en el borde del estrado, con su elevada figura sobresaliendo por entre
el resto de cortesanos.
—¿Me habéis llamado, Ivane imperial?
Ivane se quedó mirando fijamente a Kieron, con unos ojos llenos de odio.
—¡Me habéis fallado! ¡Matadle ahora!
Kieron se revolvió y contuvo la hoja de Freka con la suya. Los cortesanos se apartaron,
dejándoles espacio para la lucha. Nadie hizo un solo movimiento para interponerse. Se
sabía que los valkirianos habían saqueado la ciudad de Neg y, de acuerdo con el código
guerrero, se tenía que permitir que los dos jefes militares lucharan hasta la muerte si así
lo deseaban.
Kieron no se lanzó al ataque. En lugar de ello, retrocedió ante el inmutable Freka.
—¿Sabías, Freka —preguntó Kieron con suavidad—, que Geller de los Pantanos está
muerto? El fue tu padre en cierto sentido, ¿verdad?
Freka no contestó nada y, por un momento, el único sonido que se escuchó en la
cámara llena de gente fue el entrechocar de las hojas.
De repente, Kieron embistió. Su espada atravesó a Freka desde el pecho a la espalda.
El valkiriano retrocedió rápidamente, volviendo a sacar la espada. La multitud quedó
boquiabierta, porque Freka el Desconocido no cayó...
—¿Eres realmente inmortal..? —preguntó Kieron—. ¡No lo creo!
Una vez más, se introdujo por debajo de la guardia mecánica del kalgano. Una vez
más, su espada se hundió profundamente en él. Freka retrocedió por un instante,
manteniéndose alerta y sin ninguna herida.
Con un tono burlón, Rieron se dirigió a los reyes de las estrellas, diciendo:
—¡Grandes guerreros! ¿Lo veis? ¡Habéis seguido el liderazgo de un androide! ¡Es un
homúnculo producido por el hechicero de la guerra Geller!
Un rugido se extendió por la sala. Fue un sonido de horror supersticioso, pero también
de creciente cólera.
Kieron detuvo una estocada, y lanzó su hoja contra el brazo de Freka que sostenía el
arma, haciéndola caer con fuerza desde arriba. Una espada chocó metálicamente contra
las piedras del suelo... sostenida aún por una mano ligeramente relajada. No apareció
sangre alguna. El androide siguió moviéndose, con sus ojos inexpresivos, extendiendo su
única mano hacia su enemigo. Kieron volvió a golpear. Un tajo limpio que dio desde el
hombro hasta el pecho, cortando los tendones artificiales y dejando al androide
desamparado, pero aún de pie. Kieron elevó entonces su hoja, dejándola caer después,
trazando arcos destellantes. Freka..., o la cosa que había sido Freka, terminó por
desmoronarse en un amasijo grotesco. Seguía moviéndose. Kieron le atravesó una y otra
vez con su espada, hasta que la masa palpitante quedó por fin inmóvil. En alguna parte,
una mujer se desmayó.
Un espeso silencio se hizo entonces sobre todos los reunidos. Todos los ojos se
volvieron hacia Ivane. Ella permanecía mirando fijamente los restos de lo que había sido...
casi... un hombre. Se llevó la mano hacia el cuello.
Entonces, la voz de Alys cortó el pesado silencio:
—¡Arrestad a esa mujer por el asesinato de mi hermano Toran!
Pero la multitud de cortesanos estaba pensando en otras cosas. Sin ningún entusiasmo
y con mucho cinismo habían visto con sus propios ojos que Ivane estaba familiarizada con
la temida Gran Destructora. Alguien gritó:
—¡Bruja! ¡Quemadla viva!
La masa de cortesanos y guerreros avanzó hacia ella, gritando, dispuesta al asesinato.
Kieron subió al estrado de un salto, con la espada aún desenvainada.
—¡Mataré al primero que ponga el pie sobre el gran trono! —gritó.
Pero Ivane había oído los sonidos de la muchedumbre. El manto negro se deslizó de
sus hombros y permaneció desnuda hasta la cintura, como una diosa de mármol...
recuperando sus ojos algo de su helada altanería. Después, antes de que nadie pudiera
detenerla, cogió una daga con empuñadura cubierta de joyas y se la introdujo
profundamente en el pecho.
Kieron la recogió en el instante en que caía al suelo, sintiendo cómo la sangre caliente
manchaba sus manos. La posó lentamente al pie del gran trono y colocó su oído junto a
su pecho.
Ya no había pulso. Ivane estaba muerta.
Ante la corte reunida, el jefe militar de Valkiria se arrodilló ante su emperatriz. Los reyes
de las estrellas se habían marchado ya, y los valkirianos eran los últimos guerreros del
mundo exterior que permanecían aún en el palacio imperial. Ellos tampoco tardarían
mucho en marcharse.
La emperatriz permanecía sentada en el gran trono, envuelta en la capa de cibelina. De
algún modo, el enorme trono y la amplia sala abovedada la hacían aparecer pequeña y
frágil.
—Su Majestad Imperial —preguntó Kieron— ¿tenemos vuestro permiso para marchar?
Los ojos de Alys aparecían brillantes por las lágrimas. Se inclinó hacia adelante, de
modo que nadie pudiera escucharla, excepto el propio Kieron.
—Quédate un poco, Kieron. Deja al menos que nos podamos despedir solos y no... —y
observó toda la multitud que abarrotaba la sala del trono—, y no aquí.
Kieron sacudió la cabeza, en silencio. Después, en voz alta, volvió a preguntar:
—¿Tengo el permiso de Su Majestad para regresar a Valkiria?
—Kieron... —murmuró Alys—. Por favor...
El levantó inmediatamente la mirada hacia ella, con una expresión de dolor en sus ojos,
pero no dijo nada.
Alys se dio cuenta de que el abismo se había vuelto a abrir entre ellos, y que, en esta
ocasión, sería para el resto de sus vidas. Surgieron las lágrimas, que rodaron por sus
mejillas cuando ella elevó la cabeza, hablando en voz alta para que la escucharan todos
los reunidos en la sala.
—Se concede el permiso, mi señor de Valkiria. Vos... vos podéis regresar a Valkiria —y
a continuación, susurró—: ¡y mi amor va contigo, Kieron!
Kieron elevó las manos enjoyadas de la emperatriz, llevándoselas a los labios y
besándolas.. Después, se levantó y dio media vuelta, alejándose rápidamente de la gran
sala.

El Jardín del Miedo -- Robert E. Howard






El Jardín del Miedo
Robert E. Howard

Antaño yo fui Hunwulf, el Errante. Soy incapaz de comprender si mi conocimiento de ese hecho se debe a algún medio oculto o esotérico, y no intentaré explicarlo. Un hombre recuerda su vida pasada; yo recuerdo mis vidas pasadas. Lo mismo que un individuo normal recuerda aquellas formas que fueron las suyas durante su infancia, su juventud y adolescencia, yo recuerdo las formas que fueron James Allison en las edades olvidadas. El por qué de esta memoria no sabría decirlo, lo mismo que tampoco puedo justificar la miríada de otros fenómenos de la naturaleza a los que diariamente nos vemos confrontados, yo y cualquier otro mortal. Pero ahora, tendido aquí, esperando la muerte que me liberará de la larga enfermedad que padezco, contemplo con la mirada clara y limpia el inmenso panorama de las vidas que se han sucedido para llegar hasta mí. Veo los hombres que fueron yo, y veo las bestias que vivieron en mí.
Mi memoria, remontándose al filo de los siglos, no se detiene con la aparición del Hombre. ¿Cómo podría ser así si el animal se confunde tanto con el hombre que no existe una línea de división claramente trazada, algo que marque los límites de la bestialidad? En este preciso instante diviso un paisaje crepuscular, oscuro, entre los árboles gigantescos de un bosque primitivo en el que el hombre nunca ha pisado con sus pies recubiertos de cuero. Veo una masa enorme, erizada de pelo, de andar pesado y renqueante... avanza cansina y torpemente, aunque con rapidez, a veces erguida, a veces a cuatro patas. El ser busca gusanos e insectos, rascando bajo los troncos podridos; sus pequeñas orejas se agitan continuamente. Levanta la cabeza y revela unos colmillos amarillentos. Es primitivo, bestial, antropoide. Y, sin embargo, reconozco su parentesco con la entidad que ahora se llama James Allison. ¿Parentesco? Digamos más bien unidad. Yo soy él, él es yo. Mi carne es sensible, blanca, desprovista de pelo; la suya oscura, dura, hirsuta. Y, pese a todo, hemos sido uno, y su cerebro embrionario, poblado por las sombras, comienza a agitarse y a verse dominado por pensamientos de hombre, groseros, caóticos, fugitivos. Y, no obstante, ellos son el fundamento de todas las grandes y orgullosas visiones que los hombres han tenido en todas las épocas que se han sucedido desde entonces.
Mi conocimiento no se detiene ahí. Se remonta todavía más lejos, muy lejos, ofreciéndome perspectivas olvidadas hacia las que no me atrevo a volverme, abismos demasiado sombríos y demasiado terribles como para que el espíritu humano pueda sondearlos. Sin embargo, incluso allí, tengo conciencia de mi identidad, de mi individualidad. Les aseguro que el individuo nunca se pierde, ni en el pozo negro del que un día salimos arrastrándonos, berreando, ciegos y repudiados, ni en el eventual Nirvana al que algún día accederemos... y que he podido ver, a lo lejos, centelleando como un lago azulado en el crepúsculo, entre las montañas estelares.
Pero ya basta. Les hablaré de Hunwulf. ¡Oh, pasó hace tanto tiempo, tantísimo tiempo! Hace cuánto exactamente, no me atrevo a decirlo. ¿Debería buscar pobres comparaciones humanas para describir las descripciones indescriptibles e incomprensiblemente lejanas? Desde aquella era, la Tierra ha cambiado de aspecto no una vez, sino una docena de veces. Ciclos completos de la especie humana han cumplido sus destinos.
He sido Hunwulf, uno de los hijos de los Aesir de rubios cabellos quienes, desde las heladas llanuras de la helada Asgard, enviaron a sus tribus de ojos azules por el mundo, en migraciones seculares, para dejar la marca de su paso en muchos extraños lugares. Nací durante una de las migraciones hacia el sur. Nunca contemplé la tierra de mis ancestros, allí donde la mayoría de los pueblos nórdicos vive todavía en tiendas de piel de caballo, entre las nieves.
Crecí hasta la edad adulta durante aquella larga carrera vagabunda, en una edad cruel, vigorosa e indómita en que los Aesir no reconocían a dios alguno salvo a Ymir, el gigante de la barba helada por la escarcha, y cuyas hachas estaban tachonadas por la sangre de numerosas naciones. Mis músculos parecían cuerdas de acero trenzado. Mis cabellos rubios caían sobre mis poderosos hombros como la melena de un león. Me ceñía los riñones con una piel de leopardo. Podía manejar la pesada hacha de punta de sílex con cualquiera de mis manos.
Año tras año mi tribu se encaminaba hacia el sur, describiendo a veces inmensos arcos hacia el este o el oeste, afincándose a veces durante meses o años en valles o fértiles llanuras, en lugares donde pululaban animales comedores de hierba. Pero siempre descendía hacia el sur, lenta e inexorablemente. A veces, nuestra ruta nos conducía a través de vastas soledades inanimadas en las que nunca había retumbado un grito humano. A veces, extraños pueblos primitivos se oponían a nuestro avance. Nuestro rastro pasaba entonces por encima de las cenizas anegadas en sangre de las aldeas destruidas. Durante aquel viaje errático, durante aquellas cacerías y matanzas, llegué a la edad adulta y amé a Gudrún.
¿Qué puedo decir de Gudrún? ¿Cómo describir los colores a un ciego? Sólo puedo decir que su piel era más blanca que la leche, que sus cabellos eran de oro fundido cuando el brillo del sol jugueteaba entre sus bucles, que la ligera belleza de su cuerpo habría hecho avergonzarse el sueño que modeló a las diosas griegas. Pero soy incapaz de hacerles comprender el fuego y la maravilla que albergaba Gudrún. No se pueden establecer comparaciones; sus cánones de la mujer reflejan solamente a las mujeres de una época. Pero, junto a ella, serían como simples lámparas intentando rivalizar con el resplandor de la luna llena. No, en milenios, ninguna mujer se ha asemejado a Gudrún. Cleopatra, Tais, Helena de Troya, todas fueron pálidos reflejos de su belleza, pobres imitaciones de la rosa que floreció en todo su esplendor solamente en el origen del tiempo.
Por Gudrún abandoné mi pueblo y mi tribu. Partí hacia las tierras desoladas, exilado y fuera de la ley, con sangre manchándome las manos. Ella era de mi raza, pero no de mi tribu: una niña perdida a la que habíamos encontrado, errando solitaria por un bosque sombrío, extraviada por algún pueblo errante de nuestra propia sangre. Creció en el seno de la tribu. Cuando alcanzó la madurez de su gloriosa y joven femineidad fue entregada a Heimdull, el Poderoso, el más grande de todos los cazadores de la tribu.
Pero el sueño de Gudrún era una locura que me devoraba el alma, un fuego que ardía en mi interior eternamente. Por ella maté a Heimdull, aplastando su cráneo con mi hacha de sílex antes que pudiera llevarla a su choza de piel de caballo. Y luego comenzó nuestra larga huida para escapar de la venganza de mi tribu. Gudrún me siguió con alegría, pues me amaba con ese amor de las mujeres Aesir que es como una llama devoradora que destruye la debilidad. Oh, era un tiempo salvaje, la vida era cruel y sanguinaria, y los débiles morían rápidamente. No había en nosotros nada suave o dulce. Nuestras pasiones eran las de la tempestad, el asalto y el choque de la batalla, la del desafío del león. Nuestros amores eran tan terribles como nuestros odios.
Y de aquel modo me llevé a Gudrún lejos de la tribu y los asesinos nos siguieron la pista muy de cerca. Durante una noche y un día nos siguieron los pasos hasta que, a nado, atravesamos un río desbordado, un torrente bramador y espumante que incluso los hombres de Asgard no se atrevieron a franquear. Pero en la locura de nuestro amor y nuestro descuido, nos lanzamos al agua y nadamos, golpeados y zarandeados por el furor de las olas. Y llegamos a la otra orilla sanos y salvos.
Después de aquello, durante numerosos días, atravesamos los bosques de las regiones del altiplano, guaridas de tigres y leopardos, y llegamos, por fin, a una gran cadena montañosa. Los azules contrafuertes se recortaban contra el cielo de un modo terrible y las pendientes se sucedían a las pendientes.
En aquellas montañas fuimos atormentados por los vientos helados y por el hambre, atacados por cóndores que se abatían sobre nosotros entre el fragor de sus alas gigantescas. En el transcurso de siniestras batallas en los desfiladeros, agoté todas las flechas y quebré la lanza de punta de sílex. Pero franqueamos finalmente el lúgubre espinazo de la cordillera y, descendiendo por las laderas septentrionales, llegamos a la vista de una aldea hecha de cabañas de tierra entre los acantilados. Aquella aldea estaba habitada por gentes pacíficas de piel morena que hablaban una lengua desconocida y practicaban extrañas costumbres. Pero nos recibieron con el signo de la paz y nos llevaron a su poblado. Colocaron ante nosotros carne, pan de cebada y leche fermentada, se acuclillaron formando un círculo a nuestro alrededor al tiempo que comíamos, mientras una mujer golpeaba levemente sobre un tambor con forma de cuenco para honrarnos.
Habíamos llegado a la aldea en el crepúsculo. La noche cayó durante los festejos. Por todas partes se alzaban acantilados y picos, como masas imponentes recortándose contra las estrellas. El pequeño grupo de chozas terrosas y las minúsculas hogueras se perdían en la inmensidad de la noche. Gudrún sintió la soledad y la desolación agobiante de las tinieblas. Se apretó contra mí, apoyándome el hombro en el pecho. Pero mi hacha estaba al alcance de la mano, y yo mismo no había sentido ningún atisbo de miedo.
El pequeño pueblo de piel ocre se acurrucaba ante nosotros. Hombres y mujeres intentaban hablarnos, haciendo gestos con sus manos menudas. Por haber habitado siempre en el mismo lugar, dentro de una seguridad relativa, estaban desprovistos de la intransigente ferocidad de los nómades Aesir. Sus manos revoloteaban con gestos amistosos a la luz del fuego.
Les hice comprender que habíamos llegado del norte, que habíamos atravesado el espinazo de la gran cadena montañosa y que, al día siguiente por la mañana, teníamos la intención de descender hacia las verdes llanuras que habíamos visto más al sur desde las cimas. Cuando comprendieron mi intención empezaron a gritar mientras sacudían la cabeza violentamente y golpeaban como locos en el tambor. Estaban tan ansiosos por comunicarme algo que me confundían en vez de iluminarme. Finalmente, consiguieron hacerme comprender que no querían que abandonase las montañas. Al sur de la aldea había un peligro que acechaba. Pero no pude saber si se trataba de un hombre o de un animal.
Cuando todos ellos gesticulaban y mi atención estaba puesta en su mímica, el golpe cayó. Advertí en primer lugar un súbito trueno de alas batiendo en mis oídos. Luego, una forma sombría surgió de la noche y algo me golpeó en la cabeza al tiempo que me daba la vuelta. Caí, medio inconsciente. ¡En aquel instante escuché a Gudrún lanzando un aullido mientras era arrebatada de mi lado! Levantándome de un salto, temblando por el furioso deseo de desgarrar y masacrar, vi una forma oscura que desaparecía nuevamente en las tinieblas, con una forma blanca que gritaba y se debatía prisionera entre sus garras.
Aullando de dolor y rabia empuñé el hacha y cargué contra las tinieblas... Me detuve bruscamente, huraño y desesperado, sin saber en qué dirección ir.
El pueblo moreno se había esparcido por doquier, gritando y proyectando chispas en todas direcciones al atropellar las hogueras en su ansia por volver a sus cabañas. Pero de nuevo volvían a salir, arrastrándose temerosos y gimoteantes como perros heridos. Se reunieron a mi alrededor y me agarraron con manos tímidas, parloteando en su idioma. Maldije mi impotencia, enfermo de rabia, sabiendo que querían decirme algo que yo no conseguía comprender.
Por fin, les dejé que me condujeran hasta la hoguera. El más anciano de la tribu trajo una cinta de cuero ahumado, un pote de arcilla con materiales colorantes y un bastón. Sobre el cuero, pintó la silueta de una criatura alada llevándose a una mujer blanca. Oh, era muy grosero, pero comprendí el significado. Acto seguido, todos me señalaron hacia el sur y comenzaron a gritar ruidosamente en su propia lengua. Comprendí que la amenaza contra la que me habían prevenido era la del ser que se había llevado a Gudrún. Hasta aquel momento yo había creído que había sido arrebatada por los aires por uno de los cóndores de las montañas. Pero el dibujo ejecutado por el anciano con la negra pintura era, más que nada, el de un hombre alado.
Lenta y laboriosamente comenzó a trazar algo que por fin reconocí. Era un mapa... sí, incluso en aquella época oscura teníamos mapas, primitivos, cierto, pero que un hombre moderno hubiera sido incapaz de interpretarlos, a causa de la diferencia de nuestro simbolismo.
Aquello nos llevó mucho tiempo, y se hizo la medianoche antes que el viejo hubiera terminado y yo comprendido sus dibujos. Pero finalmente, todo quedó completamente claro. Si seguía el camino trazado en el mapa, descendiendo el largo y estrecho valle en que se alzaba la aldea, atravesando una llanura y siguiendo después una sucesión de desgarradas pendientes, llegaría al lugar en donde moraba el ser que había robado a mi compañera. En aquel lugar, el viejo dibujó lo que parecía ser una cabina deforme, con numerosos signos extraños a su alrededor, trazados con la ayuda de pigmentos rojos. Los dibujaba con el dedo, y luego me señalaba a mí, sacudía la cabeza y lanzaba gritos sonoros que parecían indicar un gran peligro para aquellos seres.
Más tarde intentaron persuadirme para que no fuera, pero, en mi ardor, tomé la cinta de cuero y el saco de comida que me habían puesto a la fuerza entre las manos (¡realmente era un pueblo muy extraño para aquella época!), recogí el hacha y me dirigí hacia las tinieblas sin luna. Mis ojos eran más penetrantes de lo que puede concebir una mentalidad moderna, y mi sentido de la orientación era el de un lobo. Una vez grabado el mapa en mi cerebro, habría podido tirarlo y dirigirme infaliblemente hacia el lugar que buscaba. Sin embargo, lo plegué y me lo guardé en el cinturón.
Caminé tan rápido como pude bajo la claridad de las estrellas, sin preocuparme de las bestias feroces que, quizá, buscaban una presa... osos de las cavernas o tigres de dientes de sable. A veces, escuchaba cómo la arenilla se deslizaba bajo patas furtivas. Por un instante, entreveía unos ojos feroces y amarillos ardiendo en las tinieblas y percibía formas que, en medio de la oscuridad, huían cuando me acercaba. Pero proseguí intrépidamente mi carrera, con un humor tan desesperado que no era capaz de cederle el paso a ningún animal, ¡por terrible que fuera!
Atravesé el valle, escalé una cresta montañosa y llegué a una amplia meseta, cuajada de zanjas y alfombrada de rocas. La franqueé y, en las tinieblas que preceden el alba, comencé a descender por las laderas llenas de asechanzas. Parecían no terminar nunca, y desaparecían a mis pies como una larga línea escarpada e inclinada que se perdía en la oscuridad. Pero continué con mi temerario descenso, sin detenerme ni para desatar la cuerda de cuero que llevaba enrollada alrededor de los hombros. Confiaba en mi suerte y mi destreza para llegar a la base de la montaña sin romperme el cuello.
Y, justo cuando la aurora lamía con su blanca luz las cimas, llegué a un amplio valle rodeado de acantilados prodigiosos. En aquel lugar en que me hallaba, el valle se extendía al este y al oeste. Los acantilados convergían en su extremo inferior, dándole el aspecto de un gran abanico que se estrechaba rápidamente hacia el sur.
El suelo era uniforme, atravesado por un curso de agua sinuoso. Algunos árboles se elevaban en él, aislados. No había rastrojos, pero sí un tapiz de altas hierbas que, en aquella época del año, estaban particularmente secas. A lo largo del curso de agua crecía una vegetación exuberante y, por aquí o por allá, deambulaban unos mamuts, verdaderas montañas de carne y músculos llenas de pelo.
Me quedé a buena distancia, pues aquellos gigantes eran demasiado poderosos para que me enfrentase a ellos. Confiaban en su poder, y sólo temían una cosa en el mundo. Orientaban hacia mí sus grandes orejas y levantaban las trompas con aire amenazador si me acercaba a ellos más de lo imprescindible, pero no me atacaron. Corrí rápidamente entre los árboles. Cuando llegué al lugar donde convergían los acantilados, el sol aún no se había levantado por encima de las murallas del este, cuyas crestas destacaban con una llamarada dorada. El descenso por las montañosas laderas, pese a que me había llevado toda la noche, no había afectado mis músculos de acero. No sentía ninguna fatiga; el furor me devoraba aún con el mismo ardor. No podía saber lo que se hallaba más allá de los acantilados; no hice hipótesis. Mi cerebro sólo dejaba penetrar la negra cólera y el ansia por masacrar.
Los desfiladeros no formaban un muro compacto. Aquello quería decir que los extremos de las paredes rocosas no se unían completamente, dejando una ranura o una brecha de unos cien pies de ancho. La corriente de agua la atravesaba y los árboles crecían robustos junto a ella. Crucé la brecha, tan ancha como larga, y desemboqué en un segundo valle o, más bien, en la continuación del primero que se ampliaba nuevamente más allá del pasaje.
Las paredes rocosas se alejaban en una curva pronunciada hacia el este y el oeste, para formar una muralla gigantesca que rodeaba completamente el valle, describiendo un vasto óvalo. Formaban un reborde azulado alrededor del valle, sin brecha alguna, con la excepción de un pedazo de cielo claro que parecía indicar otra abertura en el extremo septentrional. El valle interior tenía la forma de una botella con dos bocas.
El gollete por el que había penetrado estaba lleno de árboles que crecían numerosos en varios cientos de metros. Luego daban paso bruscamente a un campo de flores carmesíes. A varios cientos de metros más allá del lindero de los árboles, pude ver un extraño edificio.
Debo hablar de lo que veía no sólo como Hunwulf, sino también como James Allison. Hunwulf no comprendía nada más que muy vagamente las cosas que veía y, como Hunwulf, no sería capaz de describirlas. Yo, en mi vida como Hunwulf, lo ignoraba todo sobre la arquitectura. Las únicas moradas construidas por la mano del hombre que yo hubiera visto eran las tiendas de cuero de caballo de mi Pueblo y las chozas de tierra con techumbre de paja del pueblo devorador de cebada... y otros pueblos igual de primitivos.
Así que, como Hunwulf, sólo podría decir que contemplaba una gran choza, cuya construcción sobrepasaba mi entendimiento. Pero yo, James Allison, sé que era una torre, de unos sesenta pies de altura, construida con una curiosa piedra verde, extremadamente pulida, y revestida de una sustancia que daba la impresión de diáfana transparencia. Era cilíndrica y, por lo que podía ver, desprovista de puertas y ventanas. El cuerpo principal de la construcción puede que tuviese setenta pies de altura. En su centro se elevaba una torre más pequeña que remataba el conjunto. Aquella torre, con una circunferencia apenas más pequeña que el cuerpo principal del edificio, estaba rodeada por una especie de galería con un parapeto almenado. Tenía dos puertas curiosamente abovedadas y ventanas enrejadas con sólidos barrotes, como pude darme cuenta incluso desde el lugar donde me encontraba.
Aquello era todo. No había ningún signo de presencia humana. Ningún signo de vida en el valle. Pero resultaba evidente que aquel castillo era lo que el viejo de la montaña se había esforzado en dibujar. Y estaba seguro de poder encontrar a Gudrún en su interior... si es que aún vivía.
Más allá de la torre pude contemplar la débil claridad de un lago azulado en el que se precipitaba la corriente de agua, siguiendo la curvatura de los muros occidentales. Disimulado entre los árboles, examiné la torre y las flores que la rodeaban por todas partes. Crecían con exuberancia a lo largo de los muros y se extendían a lo largo de cientos de metros en todas direcciones. Volvían a verse árboles al otro extremo del valle, cerca del lago, pero ninguno crecía entre las flores.
Aquellas flores no se parecían a ninguna planta que hubiera visto hasta entonces. Crecían muy cerca unas de otras. Tenían unos cuatro pies de altura, con una sola flor en cada tallo... una flor más grande que la cabeza de un hombre, con largos pétalos pulposos, muy cerca unas de otras. Aquellos pétalos, de un color rojo carmesí, parecían heridas abiertas. Los tallos eran tan gruesos como el puño de un hombre, incoloros, casi transparentes. Las hojas de un verde venenoso tenían la forma de puntas de lanza, marchitándose en largas colas serpentinas. Su aspecto era repugnante, y me pregunté lo que camuflaría su densidad.
Todos mis instintos, desarrollados por una vida salvaje, estaban fuertemente excitados. Sentía un peligro oculto, exactamente igual al que habría sentido ante un león emboscado, incluso antes que mis sentidos lo percibieran. Estudié de cerca las compactas hojas, preguntándome si ocultarían alguna serpiente inmensa. Mis narices se dilataron al buscar un olor, pero el viento no soplaba en mi dirección. Sin embargo, había algo anormal en aquel inmenso jardín. Aunque el viento del norte lo atravesaba, ninguna flor se movía, ninguna hoja se agitaba. Permanecían inmóviles y sombrías, como aves de presa de lánguidas cabezas. Tuve la extraña sensación que ellas me observaban como criaturas vivientes.
Hubiera podido decirse que era el paisaje visto en un sueño. A ambos lados, los acantilados azules se elevaban hacia un cielo desprovisto de nubes. A lo lejos, el lago se sumía en una tranquilidad dormida y la torre, de un verde fantástico, se alzaba en medio de aquel campo de un color rojo lívido.
Y había otra cosa... Aunque el viento soplase en dirección contraria, sentía manar de las flores un olor, una exhalación de cubil... de muerte, podredumbre y corrupción.
Me agazapé bruscamente, permaneciendo a cubierto. Había vida en el castillo. Una silueta emergió de la torre. Se acercó al parapeto, se inclinó por encima y miró hacia el valle. Era un hombre, pero un hombre como nunca había soñado, ¡ni siquiera en una pesadilla!
Era alto y robusto. Su piel era negra, con la tintura del ébano pulido. Pero los rasgos que hacían de él una pesadilla humana eran las alas de murciélago que sobresalían por encima de sus hombros aun estando plegadas. Sabía que sus alas eran auténticas: aquel hecho resultaba evidente e indiscutible.
Yo, James Allison, he meditado largamente sobre aquel fenómeno del que fui testigo con los ojos de Hunwulf. Aquel hombre alado, ¿era solamente un monstruo, un ejemplo de una aberración de la naturaleza viviendo en una soledad y desolación inmemoriales? ¿O bien era el superviviente de una raza olvidada que había aparecido, reinado y extinguido antes de la llegada del hombre tal y como nosotros lo conocemos? Quizá el pueblo moreno de las colinas habría podido responder a aquellas preguntas, pero carecíamos de un lenguaje común. Sin embargo, me inclino por esta última hipótesis. Los hombres alados se encuentran muy frecuentemente en la mitología; se les encuentra en las leyendas populares de numerosas naciones y numerosas razas. Tan lejos como el hombre puede remontarse en el pasado gracias a los mitos, crónicas y leyendas, encuentra siempre historias de arpías y dioses alados, de ángeles y demonios. Las leyendas son los reflejos deformados de realidades preexistentes. Estoy convencido que, en otros tiempos, hubo una raza de hombres alados de piel oscura que reinó en el mundo preadánico y que yo, Hunwulf, encontré al último superviviente de aquella raza en el valle de las flores rojas.
Estos pensamientos los formulo como James Allison, con mi saber moderno que es tan imponderable como mi ignorancia moderna.
Yo, Hunwulf, no me daba a tales especulaciones. El escepticismo moderno no formaba parte de mi naturaleza, y no pretendía racionalizar lo que parecía no coincidir con un universo natural. No reconocía ningún dios, excepto Ymir y sus hijas, pero no ponía en duda la existencia ¾como demonios¾ de otras deidades, veneradas por otras razas. Seres sobrenaturales de toda especie estaban en pleno acuerdo con mi concepto de la vida y del universo. Creía tanto en la existencia de dragones, espíritus y diablos como en la de leones, búfalos y elefantes. Aceptaba aquella aberración de la naturaleza como un demonio sobrenatural, y no me preocupaba en lo más mínimo ni por sus orígenes ni por su procedencia. Tampoco me sentía dominado por un pánico provocado por un terror supersticioso. Yo era un hijo de Asgard que no temía ni a hombres ni a demonios, y confiaba más en la fuerza demoledora de mi hacha de sílex que en las plegarias de los sacerdotes y los encantamientos de los brujos.
Pero no me lancé inmediatamente a la descubierta para ir al asalto de la torre. La prudencia instintiva de la vida salvaje era mía, y no veía ningún medio de escalar los muros del castillo. El hombre alado no necesitaba puertas, pues entraba, por todas las evidencias, por arriba, y la superficie lisa de los muros parecía desafiar al escalador más avezado. Pero pronto se me presentó un medio para acceder a lo alto de la torre. Dudaba, esperando a ver si otros seres alados se presentaban ante mí, aunque tuviese el sentimiento inexplicable que aquel era el único de su especie en todo el valle... quizá en todo el mundo. Mientras me mantenía al acecho, oculto entre los árboles, observando, le vi apartar los codos del parapeto y estirarse con la ligereza de un enorme felino. Luego atravesó la galería circular y penetró en la torre. Un grito sordo retumbó en el aire y me tensé, aunque descubrí que no era el grito de una mujer, No tardó en aparecer el sombrío dueño del castillo, arrastrando tras él una silueta más pequeña... una forma que se retorcía, se debatía y lanzaba lastimeros gritos. Vi que se trataba de un hombrecillo moreno, muy parecido a los habitantes de la aldea de la montaña, capturado, no tenía dudas, del mismo modo que lo había sido Gudrún.
Mantenido entre los brazos de su gigantesco adversario, parecía un niño. El hombre negro desplegó las inmensas alas y echó a volar desde el parapeto, llevado a su cautivo como un cóndor que llevase un corderillo. Planeó por encima del campo de flores y yo me agazapé en un refugio de hojarasca, mirando estupefacto el extraño espectáculo.
El hombre alado, planeando en lo alto del cielo, lanzó un grito raro y fantástico. Fue respondido de un modo terrible. El estremecimiento de una vida horrible recorrió el campo encarnado que se extendía bajo él. Las grandes flores rojas temblaron, se abrieron, desplegaron los pétalos carnosos, parecidos a bocas de serpientes. Los tallos parecieron distenderse y alzarse hacia el cielo con impaciencia. Las largas hojas se levantaron y estremecieron, produciendo un sonido curiosamente funesto, como un serpentín de campanas. Un ligero silbido capaz de poner la carne de gallina retumbó por todo el valle. Las flores suspiraban, tendiéndose hacia lo alto. Con una risa diabólica, el hombre alado dejó caer a su cautivo, que seguía debatiéndose vanamente.
Con el aullido de un alma condenada, el hombre moreno cayó rápidamente, aplastándose entre las flores. Las plantas se lanzaron sobre él con un estremecido silbido. Sus tallos espesos y flexibles se curvaron, como cuellos de serpientes, y sus pétalos se cerraron sobre la carne. Un centenar de flores se asieron a él como los tentáculos de algún gigantesco pulpo, sofocándole y machacándole. Sus gritos agónicos llegaron hasta mí, ensordecidos; estaba completamente cubierto por las flores que se abatían silbando sobre él. Las que se encontraban lejos de su alcance se agitaban y retorcían furiosamente como si quisieran arrancar sus propias raíces en su deseo por reunirse con sus congéneres. En toda la pradera las grandes flores rojas se inclinaban y retorcían hacia el lugar donde la siniestra batalla se desarrollaba. Los gritos disminuyeron y fueron siendo cada vez más débiles hasta desaparecer. Un terrible silencio reinó en todo el valle. El hombre negro volvió a la torre con un vuelo apacible y desapareció en su interior.
Poco después, las flores se fueron apartando una tras otra de su víctima que quedó tendida, blanca e inmóvil. Sí, su palidez era peor que la de la muerte. Se habría dicho que era una estatua de cera, una efigie de mirada quieta, a la que toda gota de sangre le hubiera sido absorbida. Y una sorprendente transformación era visible en las flores que había en las proximidades del cuerpo. Los tallos ya no eran incoloros; estaban hinchados y teñidos de un rojo sombrío, como bambúes transparentes, estallando de sangre fresca.
Impulsado por una curiosidad insaciable, abandoné furtivamente mi refugio entre los árboles y me deslicé hasta las mismas lindes del campo encarnado. Las flores silbaron y se inclinaron hacia mí, dilatando los pétalos como el capuchón de una cobra excitada. Elegí una flor alejada de las demás, corté el tallo de un hachazo y la criatura se derrumbó por el suelo, retorciéndose como una decapitada serpiente.
Cuando sus movimientos cesaron, me incliné sorprendido sobre ella. El tallo no era hueco como había supuesto... es decir, hueco como un bambú seco. Estaba atravesado por una red de venas, parecidas a filamentos; algunos estaban vacíos, otros exudaban una savia incolora. Las colas que unían las hojas al tallo eran notablemente tenaces y ligeras. Las propias hojas estaban bordeadas de espinas curvadas, como si fueran acerados colmillos.
Cuando aquellas espinas se hundían en la carne, la víctima se veía forzada a arrancar la planta entera, a partir de las raíces, si quería escapar.
El pétalo era tan ancho como mi mano y tan grueso como una porra armada con clavos. En el borde interno, cada uno de ellos estaba recubierto de innumerables y minúsculas bocas, no más grandes que la cabeza de un alfiler. En el centro, en el lugar que debía haber ocupado el pistilo, había una punta arpada, cuya textura recordaba la de una espina, con estrechos canales que unían los cuatro bordes dentados.
Una vez terminadas mis investigaciones de aquella horrible parodia de vegetación, levanté súbitamente los ojos, justo a tiempo de ver reaparecer sobre el parapeto al hombre alado. No pareció sorprendido al verme. Gritó algo en una lengua desconocida e hizo un gesto burlón mientras yo me quedaba inmóvil como una estatua, asiendo fuertemente el hacha. No tardó en dar media vuelta y penetrar en el interior de la torre, como lo había hecho antes. Y, al igual que antes, volvió llevando a una cautiva. Mi furor y mi odio casi se sumergieron en el torrente de alegría que se desbordó en mí al ver que Gudrún estaba viva.
Pese a su fuerza ligera, que era la de las panteras, el hombre negro mantenía a Gudrún con la misma facilidad con que había sujetado al hombrecillo moreno. Levantando su cuerpo blanco, que no dejaba de debatirse en el aire por encima de la cabeza del ser alado, me la mostró mientras lanzaba gritos sarcásticos. Los rubios cabellos de Gudrún caían sobre los blancos hombros, se agitaba vanamente y me gritaba, dominada por un terror y un horror extremos. Raramente una mujer Aesir conoce un terror tan abyecto como el que se había apoderado de Gudrún. Medí el abismo de la diabólica conducta de su raptor por sus gritos desenfrenados.
Pero me quedé inmóvil. Si hubiera valido que, para ayudarla, hubiese tenido que hundirme en el interior de aquel pantano rojo como el infierno, aceptando ser apresado, traspasado y chupada toda mi sangre por aquellas flores diabólicas, lo hubiese hecho. Pero aquello no habría ayudado en nada. Mi muerte, solamente, la habría privado de su único defensor. Así que me quedé inmóvil mientras Gudrún se retorcía y sollozaba, mientras las risotadas del hombre negro hacían desbocarse en mi cerebro las rojas oleadas de la demencia. En un momento, hizo un gesto como de arrojarla entre las flores. Mi control de acero estuvo a punto de ceder y de impulsarme en aquel mar rojizo e infernal. Pero sólo era un simulacro. No tardó en arrastrarla de nuevo a la torre y lanzarla a su interior. Luego volvió al parapeto, apoyando en él los codos y quedándose en aquella postura para observarme. Aparentemente, jugaba conmigo como un gato hace con un ratón antes de matarlo.
Sin embargo, con el hombre negro todavía acechándome, volví la espalda y me hundí en el interior del bosque. Yo, Hunwulf, no era un pensador, al menos no en el sentido que lo entienden los hombres modernos. Vivía en una época en la que las emociones se traducían por el golpe del hacha de sílex más que por los elaborados productos del intelecto. Y, pese a todo, yo no era el animal desprovisto de inteligencia que el hombre supone que debía ser. Poseía un cerebro humano, estimulado por la eterna lucha de la existencia y la supremacía.
Sabía que no podía franquear vivo la banda rojiza que rodeaba el castillo. Antes que pudiera dar una docena de pasos, una multitud de puntas dentadas se habrían hundido en mi carne y sus bocas ávidas chuparían la sangre de mis venas para alimentar su apetito demoníaco. Incluso mi energía de tigre me sería inútil para intentar abrirme camino entre ellas.
El hombre alado no me siguió. Mirando por encima del hombro, le vi acodado solemnemente en la misma posición. Cuando sueño, como James Allison, los sueños de Hunwulf, esta imagen se encuentra como grabada en mi mente. Veo la silueta de gárgola, con los codos plantados en el parapeto, como un meditabundo diablo medieval, agazapado sobre las almenadas murallas del Infierno.
Franqueé las gargantas del valle y penetré en el que había más allá, en el que los árboles se diseminaban y los mamuts seguían las corrientes de agua con su pesado deambular. Me detuve tras sobrepasar a la manada y, sacando dos piedras de sílex de la mochila, me agaché e hice saltar una chispa hacia la seca hierba. Yendo rápidamente de un sitio para otro, eligiéndolos cuidadosamente, encendí una docena de hogueras, dispuestas en un amplio semicírculo. El viento del norte las atizó, las hizo propagarse y las empujó ante él. En pocos instantes, una muralla de llamas avanzó con rapidez hacia el fondo del valle.
Los mamuts dejaron de comer, levantaron las grandes orejas y lanzaron barrites de alarma. No temían más que una cosa en el mundo: ¡el fuego! Empezaron a batirse en retirada hacia el sur, las hembras empujando a las crías ante ellas; los machos barritando tan fuerte como harán las trompetas en el Juicio Final. Con un gruñido de tormenta, el fuego extendiéndose acelerado, los mamuts huían ante la conflagración precipitadamente, en desorden. Era un terrible huracán de carne, un terrible temblor de tierra, huesos y músculos devastando y aplastándolo todo a su paso. Los árboles estallaban y caían ante ellos, el suelo temblaba bajo sus patas violentas. Tras ellos llegaba el rápido fuego. Y, justo detrás, iba yo, siguiendo las llamas tan de cerca que la tierra humeante me quemaba las sandalias de piel ciervo.
Atravesaron el estrecho gollete con un gruñido retumbante, nivelando los espesos bosquecillos como una guadaña gigantesca. Los árboles eran arrancados y desarraigados; era como si un tornado se hubiera abismado por el pasadizo.
Con el trueno ensordecedor de sus patas machacando la tierra entre barrites, se desbocaron hacia el mar de flores rojas, como una devastadora tempestad. Las plantas demoníacas habrían hecho caer a un solo mamut aislado, pero, bajo el impacto de la manada entera, parecían flores ordinarias. Los mastodontes, enloquecidos por la furia, las aplastaron por completo, las patearon, las machacaron, las abatieron, las hicieron jirones, hundiéndolas en la tierra, que absorbió sus humores.
Temblé por un instante, temiendo que aquellos brutos continuaran su loca carrera hacia el castillo y que éste fuera incapaz de soportar su asalto fatal. Evidentemente, el hombre alado compartía mis temores, pues se lanzó enérgicamente desde lo alto de la torre y voló rápido hacia el cielo, dirigiéndose hacia el lago. Pero uno de los machos se dio de cabeza contra la muralla, rebotó sobre la superficie uniforme, lisa y sin curvas, y embistió contra el que le seguía inmediatamente y el rebaño se dividió en dos. Sobrepasaron mugiendo la torre, rodeándola por los lados. Los mastodontes pasaron tan cerca de ella que sus flancos velludos se rasparon contra las murallas. Bajaron a lo largo del campo encarnado y se dirigieron en medio del estruendo de los truenos hacia el lejano lago.
El fuego alcanzó el lindero de los árboles y se apagó por sí solo. Los restos aplastados y atestados de savia de las plantas rojas no ardían. Los árboles, sin raíces o aún en pie, humeaban y crepitaban, devorados por las llamas. Ramas ardientes llovían a mi alrededor mientras me abalanzaba a través de los árboles. Luego corrí hacia el gigantesco guadañazo que la carga de la manada había producido en el lívido campo.
Mientras corría le grité a Gudrún, quien me respondió.
Su voz sonaba ensordecida y acompañada por un martilleo. El hombre alado la había encerrado en la torre.
Cuando llegué a la base de las murallas del castillo, pisoteando lo que quedaba de las flores rojas y los tallos serpentinos, desenrollé la cuerda de cuero en bruto, la hice girar y envié la lazada hacia arriba, apuntando a uno de los morlones del parapeto almenado. No tardé en trepar a pulso por ella, agarrándola entre los dedos de los pies, hiriéndome codos y dedos contra el liso muro mientras permanecía suspendido en el aire.
Estaba a menos de cinco pies del parapeto cuando fui galvanizado por un batir de alas cerca de mi cabeza. El hombre negro se abatió desde lo alto del cielo y se posó en la galería. Tuve una buena vista suya cuando se inclinó por encima del parapeto. Sus rasgos eran rectos y regulares; no había en él ninguna sugerencia de rasgos negroides. Sus ojos eran aberturas oblicuas y los dientes le brillaban con un salvaje rictus de odio triunfal. Durante mucho, muchísimo tiempo, había reinado en el valle de las flores rojas, cobrando un tributo de vidas humanas a los desgraciados pobladores de las colinas, llevándose por los aires a víctimas inocentes para que sirvieran de alimento a sus flores carnívoras, aquellos medio animales que eran sus súbditos y sus protegidos. En aquellos momentos, yo estaba en su poder; mi encarnizamiento y audacia no habían servido de nada. Un único golpe de la curva daga que empuñaba me enviaría al pie de la muralla, cayendo hacia la muerte. En alguna parte, Gudrún, viendo en qué peligro me encontraba, lanzaba gritos de bestia salvaje. Luego, una puerta se rompió con un estrépito de paneles en explosión.
El hombre negro, dedicado a su demoníaco plan, apoyó el borde acerado de la hoja contra la cuerda de cuero... luego, por su espalda, un brazo blanco y vigoroso se cerró sobre su cuello y fue violentamente echado hacia atrás. Por encima de sus hombros pude ver la cara magnífica de Gudrún, sus hirsutos cabellos, sus ojos dilatados por el horror y la rabia. El hombre negro se volvió con un rugido, luchando contra su presa. La arrancó de su cuello y la tiró contra la torre con tal violencia que Gudrún quedó inmóvil, medio aturdida. Luego, se volvió hacia mí. Pero, en el mismo instante, yo terminaba de trepar ya hasta el parapeto y saltaba hacia la galería empuñando el hacha.
Dudó por unos instantes; medio desplegó las alas. Aún asía la daga, preguntándose si debía batirse o huir por el aire. Por la talla, era un gigante, y sus músculos destacaban como surcos ribeteados por todo su cuerpo. Pero dudaba, tan inseguro como un hombre enfrentado a una bestia.
Yo no dudé. Con un rugido que me nació en el fondo de la garganta, salté hacia adelante y eché hacia atrás el hacha con toda mi fuerza de coloso. Con un grito estrangulado levantó los brazos. Pero el filo del hacha se hundió entre ellos silbando y le aplastó el cráneo, reduciéndolo a sangrientos fragmentos.
Me volví hacia Gudrún. Se arrodilló titubeante y, luego, me echó los brazos al cuello en un frenético abrazo de amor y miedo, abriendo los ojos de forma desorbitada y mirando el lugar en que yacía el alado señor del valle. La pulpa enrojecida que había sido su cabeza se bañaba en un océano de sangre y cerebro.
A menudo he deseado que fuera posible reunir las diversas vidas que han sido la mía en el interior de un único cuerpo, aliando las experiencias de Hunwulf con el saber de James Allison. Si hubiera podido ser así, Hunwulf habría franqueado la puerta de ébano que Gudrún había hecho saltar en pedazos con un sobresalto de desesperada energía. Habría penetrado en aquel salón fantástico que se atisbaba entre los dislocados paneles. Aquella habitación estaba atestada de muebles extraños y de anaqueles cubiertos de rollos de pergamino. Habría desplegado aquellos rollos y se habría inclinado sobre los caracteres hasta haberlos descifrado y, quizá, leído las crónicas de aquella raza extraña de la que acababa de matar a su último superviviente. Seguramente su historia era más rara que los sueños engendrados por el opio y tan maravillosa como la narración de aquella Atlántida que se tragaron los mares en tiempos remotos.
Pero Hunwulf no poseía tal curiosidad. Para él, la torre, la habitación de los muebles de ébano y los rollos de pergamino eran emanaciones de la brujería, cosas carentes de sentido e inexplicables, cuyo significado residía en su propio carácter diabólico. Aunque la solución del misterio se hallase al alcance de su mano, estaba tan inmensamente alejado de ella como de James Allison, que no debía nacer más que al filo de los milenios.
Para mí, como Hunwulf que era, el castillo no resultaba ser más que una trampa monstruosa. Sólo sentía por él una sola emoción y un solo deseo: abandonarlo lo antes posible.
Con Gudrún agarrándose a mí, me deslicé hasta el suelo, luego solté la cuerda con un hábil movimiento de torsión y la volví a enrollar. Nos alejamos, tomados de la mano, y seguimos el camino abierto por los mamuts que se perdían en la distancia. Nos dirigimos hacia el lago azulado en el extremo sur del valle y hacia la embocadura de los acantilados que se alzaban más allá.

F I N

EL DEMONIO DE HIELO -- CLARK ASHTON SMITH





EL DEMONIO DE HIELO
CLARK ASHTON SMITH


Quanga el cazador, junto con Hoom Feethos y Eibur Tsanth, dos de los más emprendedores joyeros de Iqqua, cruzaron la frontera de una región a la cual casi nunca iban los hombres, y de la cual regresaban menos aún. Dirigiéndose hacia el norte de Iqqua, llegaron a las desoladas tierras de Mhu Thulan, donde el gran glaciar de Polarión había inundado como un mar helado ciudades ricas y de gran fama, cubriendo el gran istmo de orilla a orilla, bajo capas de hielos perpetuos.
De acuerdo con la leyenda, las cúpulas en forma de concha de la ciudad de Cerngoth podían verse aún a través del hielo, así como las altas y delgadas agujas de Oggon—Zhai, junto con las palmeras y mamuts y los templos cuadrados y negros del dios Tsathoggua, allí incrustados. Todo esto había ocurrido hacía muchos siglos, y el hielo, como un muro poderoso y deslizante, continuaba moviéndose hacia el sur por tierras desiertas.
Ahora Quanga conducía a sus compañeros por el camino del endurecido glaciar hacia una meta atrevida. Su objeto no era ni más ni menos que la recuperación de los rubíes del rey Haalor, quien, con el mago Ommum—Vog y un nutrido grupo de aguerridos soldados había partido hacía cinco décadas para guerrear en el hielo polar. Ni Haalor ni Ommum—Vog hablan regresado de su fantástica expedición, y los restos de su tropa, derrotados y harapientos, volvieron al cabo de dos lunas para narrar una increíble historia.
Contaron cómo el ejército había acampado sobre una especie de montículo, cuidadosamente escogido por Ommum—Vog, desde donde se obtenía una visión completa del territorio helado. Entonces el poderoso mago, de pie junto a Haalor y en medio de un círculo de braseros de los que humeaba un constante humo dorado, y recitando conjuros que eran más antiguos que el propio mundo, había conjurado a un astro candente, mayor y más rojo que el sol meridional que brillaba en el cielo. Y el astro, con rayos ardientes que chispeaban desde el cenit, tórrido y refulgente, hizo que el sol brillase con la misma intensidad que una luna en pleno día, mientras los soldados casi se derriten a causa del gran calor, dentro de sus pesadas armaduras. Pero bajo sus rayos se deshelaron los glaciares convirtiéndose en arroyos y riachuelos de corriente rápida, hasta el punto que por un momento Haalor alimentó la esperanza de poder reconquistar el reino de Mhu Thulan, donde sus antepasados habían reinado durante tiempos pretéritos.
Los cauces de las aguas se hicieron más profundos, discurriendo más allá del montículo donde aguardaba el ejército. Entonces, como por arte de una magia hostil, los ríos comenzaron a producir una niebla pálida y abrumadora, que cegó y conjuró al sol de Ommum—Vog, hasta que sus rayos deslumbrantes palidecieron y se enfriaron, cesando su poder sobre el hielo.
En vano intentó el mago nuevos conjuros que disipasen la niebla densa y gélida. Pero el vapor descendió, maligno y pegajoso, enrollándose y retorciéndose como nudos de serpientes fantasmas, y penetrando en la médula de los hombres como el frío de la muerte. Cubrió todo el campamento como algo tangible, cada vez más frío y grueso, entumeciendo los miembros de los que manoteaban a ciegas y no podían ver los rostros de sus compañeros a un metro de distancia. Sin embargo, algunos de los soldados de tropa consiguieron salirse y escapar sigilosamente hacia el desvanecido sol, y observaron que ya no podía distinguirse en los cielos el globo mágico que conjurara Ommum—Vog. Cuando huían poseídos de un extraño terror, miraron hacia atrás y vieron que en vez de la niebla baja y densa ahora había una nueva capa de hielo reciente que cubría el montículo donde el rey y el mago habían establecido el campamento. El hielo se elevaba sobre el terreno a una mayor altura que por encima de la cabeza de un hombre alto: y débilmente, a una profundidad brillante, los soldados que huían pudieron ver las formas aprisionadas de sus jefes y compañeros.
Sospechando que dicho fenómeno no era un acontecimiento natural, sino un embrujamiento provocado por el gran glaciar, y que el propio glaciar era un ser vivo, de carácter maligno y con poderes de límite desconocido, se apresuraron en su huida. El hielo les dejó marchar en paz, como si advirtiese de la suerte que correrían a quienes se atreviesen a conquistarlo.
Unos creyeron el relato y otros dudaron de su veracidad; pero el rey que gobernaba en Iqqua después de Haalor no prosiguió la guerra con el hielo, y ningún mago se dedicó a batallar con soles conjurados. Muchos hombres huyeron ante las constantes avanzadillas de los glaciares, relatándose numerosas leyendas acerca de gentes atrapadas o aisladas en valles solitarios por cambios repentinos y diabólicos del hielo, como si este último alargase una mano viva. También había leyendas de terribles socavones que se abrían y cerraban abruptamente como fauces monstruosas que atacaban a quienes se atrevían a invadir el desierto helado; se hablaba de vientos que parecían ser el aliento de demonios boreales, y de cuerpos humanos reventados, que en un minuto se convertían en estatuas duras como el granito. Durante mucho tiempo, y a lo largo de mucha millas antes de llegar al glaciar, toda la región estaba deshabitada, y sólo los cazadores más audaces se atrevían a perseguir a su presa por esas tierras de inviernos perpetuos.
Pero ocurrió que el temerario cazador Iluac, hermano mayor de Quanga, se internó en Mhu Thulan tras un enorme zorro negro que le había conducido a través de las enormes planicies cubiertas de hielo. Iluac siguió su rastro a lo largo de muchas leguas, sin lograr ponerse a tiro de flecha de la bestia; por último, llegó a un enorme montículo que sobresalía de la llanura, señalando al parecer una colina enterrada. Iluac tensó la flecha en el arco y penetró a su vez tras la bestia, pensando sin duda que el zorro se había introducido en una cueva del montículo.
Pronto se encontró en un lugar que parecía ser la cámara de reyes o dioses boreales. Todo cuanto le rodeaba, inmerso en una tenue luz verde, era enorme: altísimos pilares brillantes, gigantes estalactitas colgando de la bóveda. El suelo era una pendiente hacia abajo, e Iluac llegó al final de la cueva sin encontrar rastro alguno del zorro Pero en las transparentes profundidades de la pared del fondo distinguió las formas erectas de numerosos hombres, totalmente congelados y encerrados como en una tumba, cuyos cuerpos estaban incorruptos, mientras que sus rasgos faciales aún presentaban tersura y belleza. Los hombres estaban armados con largas lanzas, y la mayoría portaba la coraza de soldado. Pero en medio había una figura altiva ataviada con los mantos azul marino propios de un rey; a su lado se encontraba un anciano encorvado vestido con el clásico ropón negro de los hechiceros. Los mantos de la real figura estaban completamente bordados con piedras preciosas que ardían como estrellas de colores a través del hielo. Enormes rubíes, rojos como gotas de sangre recién coagulada, formaban un triángulo sobre el pecho, reproduciendo el emblema real de los reyes de Iqqua. Por ello, Iluac pudo determinar que había encontrado la tumba de Haalor y Ommum—Vog. así como de los soldados que partieran con ellos en días pretéritos.
Asustado ante todas las extrañas circunstancias, y recordando las viejas leyendas, Iluac perdió su bravura por vez primera en su vida y abandonó la cámara a toda prisa. No pudo dar con el zorro negro, y cesando su búsqueda regresó hacia el sur, alcanzando las tierras más allá del glaciar sin tropiezo alguno. Pero más tarde juró que el hielo había cambiado extrañamente mientras perseguía al zorro, de manera que cuando salió de la cueva tardó un rato en orientarse. Donde antes no existieran se encontró con profundos riscos y barrancos, dificultando así su viaje de regreso; además, al parecer, el proceso de glaciación se había extendido por numerosas millas superando el límite anterior. Precisamente a causa de estos hechos, que no podía ni explicar ni comprender, nació en el corazón de Iluac un miedo curioso y siniestro.
Nunca más regresó al glaciar, si bien relató a su hermano Quanga lo que había encontrado, describiéndole la localización de la cueva—cámara donde estaban enterrados el rey Haalor y Ommum—Vog junto con sus guerreros. Poco después del suceso, Iluac murió en las garras de un oso blanco, no sin antes haberle asaeteado en vano con todas sus flechas.
Quanga era tan valiente como Iluac, y no tenía miedo al glaciar, por haber ido allí en numerosas ocasiones, pero nunca apreció nada llamativo. Poseía un corazón avaro, y a menudo pensaba en los rubíes de Haalor, encerrados con el rey en el hielo eterno; y no tardó en pensar que un hombre arriesgado podía recuperar los rubíes.
Por ello, un verano, después de comerciar en Iqqua con sus pieles, se dirigió a los joyeros Eibur Tsanth y Hoom Feethos, llevando consigo algunos granates que había encontrado en un valle del norte. Mientras los joyeros tasaban los granates, comentó casualmente acerca de los rubíes de Haalor, inquiriendo astutamente sobre su valor. Entonces, al enterarse del enorme valor de las gemas, y advirtiendo el interés avaricioso demostrado por Hoom Feethos y Eibur Tsanth, les habló del relato que oyera de labios de su hermano Iluac, ofreciendo guiarles hasta la cueva oculta, a cambio de que le prometieran la mitad del valor de los rubíes.
Los joyeros aceptaron la proposición, a pesar de las dificultades del viaje, así como de la posterior venta de las gemas pertenecientes a la familia real de Iqqua, y que sin duda serían reclamadas por el presente rey, Ralour, si se enteraba de su descubrimiento. Pero el valor fabuloso de las piedras incrementó su avaricia. Por su parte, Quanga deseaba la complicidad y conspiración de los comerciantes, consciente de que no le sería posible vender las joyas sin su ayuda. No se fiaba de Hoom Feethos y Eibur Tsanth, y por esta razón les exigió que fuesen con él a la cueva donde le entregarían la suma de dinero acordada tan pronto se encontrasen en posesión del tesoro.
El extraño trío inició su viaje a mediados del verano. Ahora, después de dos semanas de caminar a través de una región salvaje y subártica, se estaban acercando a los confines del hielo perpetuo. Viajaban a pie, transportando sus provisiones a lomos de tres caballitos no mayores que bueyes enanos. Experto cazador, Quanga se encargaba diariamente de su sustento a base de liebres y faisanes propios del país.
Tras ellos, en un cielo límpido de color turquesa, ardía el sol poniente que según las leyendas describiera antaño un eclipse. En las sombras de las colinas se amontonaba la nieve perpetua, mientras que en los valles se extendían los glaciares de capas heladas. Comenzaron a escasear los árboles y matorrales, en una tierra donde en tiempos pretéritos florecieran frondosos bosques, bajo un clima más benigno. Pero las amapolas llameaban aún en los campos y a lo largo de las laderas, extendiendo su frágil belleza como una alfombra de color escarlata a los pies de un invierno eterno, y las tranquilas lagunas y corrientes estancadas estaban cercadas de blancos lirios acuáticos.
Volviéndose un poco hacia el este, contemplaron el humear de los picos volcánicos que se seguían resistiendo a la invasión de los glaciares. Hacia el oeste se erguían las altas montañas sombrías cuyas cumbres y picos estaban coronados de nieve, mientras sus laderas se sumergían bajo el mar de hielo. Ante ellos se extendía la muralla poderosa del reino glaciar, abarcando llanuras y riscos. El verano había retrasado el avance de los hielos, y al avanzar, Quanga y los joyeros llegaron hasta unos profundos surcos excavados por el deshielo temporal, que surgían de debajo de los deslizantes paredones verdiazules.
Dejaron sus caballerías en un valle de abundante hierba, amarrados a deformes y diminutos sauces con largas cuerdas de piel de ciervo. Entonces, transportando las suficientes provisiones y material para dos días de viaje, comenzaron a ascender la ladera helada desde un punto escogido por Quanga, por considerarlo como más accesible, dirigiéndose hacia la cueva descubierta por Iluac. Quanga se orientó tomando como puntos de mira las montañas volcánicas y dos picachos aislados que se elevaban sobre la llanura helada hacia el norte, como si fueran los pechos de una giganta bajo su brillante armadura.
Los tres estaban bien equipados para poder hacer frente a las exigencias de su búsqueda. Quanga iba provisto de una curiosa hacha—pico de bronce bien templado, para desenterrar el cuerpo del rey Haalor; como armas llevaba una espada corta en forma de hoja, además de su arco y carcaj de flechas. La piel de un oso gigante, de color marrón—negruzco, le servía de vestimenta.
Le seguían Hoom Feethos y Eibur Tsanth con pesados ropajes para combatir el frío, quejándose por las incomodidades del viaje pero ebrios de avaricia. No habían disfrutado de las largas caminatas a través de una tierra estéril y desértica, ni de las inclemencias de los elementos septentrionales. Es más, les desagradaba Quanga sobremanera, por considerarle grosero y aprovechado. Sus males se vieron agravados por el hecho de que ahora se veían obligados a transportar la mayor parte de las provisiones, además de las dos pesadas bolsas de oro, que más tarde habrían de entregar a cambio de las piedras. Por nada que no fuese tan valioso como los rubíes de Haalor se hubiesen atrevido a llegar tan lejos, y por supuesto a poner siquiera los pies en los formidables desiertos helados.
Ante ellos se extendía un paisaje que bien parecía un mundo externo helado, perteneciente a otras dimensiones, y totalmente íntegro, liso, excepto algunos montículos dispersos y apriscos diseminados, extendiéndose la llanura hasta el blanco horizonte de picos encrespados. El sol se hacía cada vez más pálido y frío, disminuyendo tras los viajeros, sobre quienes soplaba un viento helado procedente de las frías cumbres como si fuera la respiración de los abismos existentes más allá del polo. No obstante, aparte de la desolación y melancolía boreales no había nada que hiciese desfallecer a Quanga o a sus compañeros. Ninguno de ellos era supersticioso, y consideraban que las viejas historias no eran más que mitos insulsos, imaginaciones producto del miedo. Quanga se sonrió con displicencia al pensar en su hermano Iluac, quien se había aterrado tan extrañamente, imaginándose cosas tan extraordinarias después de encontrar a Haalor. Sin duda se trataba de una debilidad muy singular por parte de Iluac, por tratarse de un cazador audaz e incluso temerario que nunca había temido a ningún animal ni a ninguna bestia. En cuanto al infortunio de Haalor y Ommum—Vog con su ejército, al quedar atrapados en el glaciar, estaba claro que habían dejado atraparse por las tormentas de invierno; y los escasos supervivientes, debilitados mentalmente tras los numerosos esfuerzos, se dedicaron a relatar historias extraordinarias. Aunque hubiese conquistado medio continente, el hielo no era más que hielo, y en consecuencia cualquier alteración quedaba sometida a ciertas leyes naturales. Iluac había dicho del hielo que éste era un demonio poderoso, cruel, avaricioso y reticente a la hora de ceder lo que había conquistado. Pero dichas creencias no eran más que supersticiones absurdas y primitivas, que en ningún momento merecían consideración alguna por parte de las ilustradas mentes del Pleistoceno.
A primera hora de la mañana escalaron el baluarte de hielo, y Quanga prometió a los joyeros que llegarían a la cueva a la altura del mediodía, como muy tarde, contando incluso con posibles dificultades en localizarla, y el consecuente retraso.
La llanura que se extendía ante ellos presentaba una asombrosa lisura, con lo cual no había nada que les impidiese avanzar. Orientándose con las montañas en forma de pechos como puntos de mira, llegaron después de tres horas de caminata a una pequeña elevación parecida a una colina, que correspondía con la descrita en el relato de Iluac. No sin dificultad, dieron por fin con la entrada de la profunda cámara.
Al parecer, el extraño lugar no había cambiado apenas, o en absoluto, desde la visita de Iluac, ya que el interior, con sus columnas y estalagmitas, se ajustaba a su descripción. La entrada tenía la forma de unas fauces. Dentro, el suelo descendía formando un ángulo resbaladizo durante una distancia de más de cien pies. La cámara rezumaba una luminosidad húmeda y glauca que se filtraba a través del techo abovedado. Al fondo, sobre la pared estriada, Quanga y los joyeros advirtieron las formas empotradas de un grupo de hombres, entre los que se podía distinguir fácilmente el cuerpo alto y vestido de azul del rey Haalor, junto a la oscura y encorvada momia de Ommum—Vog. Detrás, descendiendo por el pasadizo en prietas filas, podían apreciarse las formas de los soldados con las lanzas levantadas para la eternidad.
Haalor permanecía con apostura regia y erecta, manteniendo los ojos bien abiertos, cuya penetrante mirada proyectaba sensación de vida. Sobre su pecho resplandecía incandescente en la sombra glacial el triángulo de rubíes, rojos y calientes como la misma sangre, y los fríos ojos de los topacios, aguamarinas, diamantes y crisolitas irradiaban destellos desde el azul de los ropajes. A primera vista, las fabulosas piedras sólo se encontraban a una distancia de uno o dos pies de hielo desde los avariciosos dedos del cazador y sus compañeros.
Sin pronunciar una sola palabra, contemplaron absortos el preciado tesoro. Aparte de los grandes rubíes, los joyeros calcularon igualmente el valor de las demás piedras de Haalor. Con gran alegría por su parte, comprendieron que sólo el valor de estas últimas compensaba sobradamente las fatigas del viaje y la insolencia de Quanga.
Por su parte, el cazador se arrepentía del bajo precio exigido a los joyeros. Sin embargo, las dos bolsas de oro le convertirían en un hombre rico. Podría beber hasta saciarse los costosos vinos, más rojos que los propios rubíes, procedentes de la lejana Uzuldaroum en el sur. Las delgadas jóvenes de ojos alargados de Iqqua correrían a cumplir sus deseos, y, por último, podría apostar grandes sumas en sus juegos.
Los tres estaban completamente inconscientes de su extraña situación, completamente solos en la soledad boreal y acompañados de los muertos congelados, olvidando igualmente la macabra naturaleza del robo que estaban a punto de cometer. Sin aguardar a que sus compañeros le instasen, Quanga levantó el bien templado y afilado pico de bronce y comenzó a golpear la pared transparente con poderosos golpes.
El hielo caía ruidosamente bajo la piqueta, deshaciéndose en astillas acristaladas y gotas como diamantes. En escasos minutos consiguió perforar una gran cavidad, y sólo una capa delgada, resquebrajada y ruinosa le separaba del cuerpo de Haalor. Entonces, Quanga se dedicó a retirar la capa con exquisito cuidado, hasta que muy pronto el triángulo de enormes rubíes, más o menos cubiertos aún con partículas de hielo, cayó en sus manos. Mientras que los orgullosos ojos sin vida de Haalor contemplaban inmutables su tarea detrás de su máscara acristalada, el cazador dejó caer el pico, y sacando su espada en forma de hoja de la vaina, comenzó a cortar los delgados hilos de plata que cosían los rubíes al manto del rey. En su prisa desgarró trozos de la tela azulada, dejando al descubierto la carne helada y la blancura mortal. Retiró las piedras una a una, entregándoselas a Hoom Feethos, quien se hallaba inmediatamente detrás de él; y el comerciante, cuyos ojos brillaban con avaricia, y atontado ante el éxtasis, las iba guardando cuidadosamente en una enorme bolsa de lagarto moteado que había llevado para dicho fin.
Cuando hubo rescatado el último rubí, Quanga desvió su atención a las joyas menores que adornaban los ropajes reales formando curiosos patrones de signo astrológico o significado hierático. Entonces, cuando se encontraban embebidos por su preocupación, Quanga y Hoom Feethos se sobresaltaron al oír un gran estruendo que culminó con el suave tintineo de cristales rotos. Al volverse, vieron que una enorme estalagmita se había desprendido de la bóveda, y que con su punta, con una puntería asombrosa, había atravesado el cráneo de Eibur Tsanth, quien ahora yacía en medio de los hielos desprendidos, y de cuyo encéfalo reventado sobresalía un fragmento afilado y puntiagudo. Había muerto instantáneamente, ignorante de su propia suerte.
Aparentemente, el accidente se debía a causas naturales, como los que suelen ocurrir en el verano durante el deshielo de un gran muro de hielo; pero, en su consternación, Quanga y Hoom Feethos se vieron obligados a tomar nota de ciertas circunstancias que distaban mucho de ser normales y por supuesto explicables.
Mientras retiraban los rubíes, operación sobre la que centraron toda su atención, la cámara se había reducido a la mitad, tanto en altura como en dimensión, hasta el punto de que las estalagmitas quedaban justo por encima de sus cabezas, como si fueran los colmillos atenazantes de una enorme boca. Había aumentado la oscuridad, y la luz era como la que ilumina los mares árticos bajo grandes masas de hielo. La inclinación de la cueva era más marcada, descendiendo hacia profundidades insondables. Arriba, muy arriba, los hombres pudieron contemplar la diminuta entrada que ahora no era mayor que la boca de una zorrera.
Por un instante quedaron estupefactos. Los cambios ocurridos en la cueva no admitían explicaciones naturales; de pronto, los hyperbóreos sintieron la aprensión angustiosa de todos los horrores supersticiosos que poco antes despreciaran. Ya no podían negar la existencia consciente de una maldad animada, los enormes poderes diabólicos que las viejas leyendas atribuían al hielo.
Dándose cuenta del peligro que corrían, y espoleados por un pánico frenético, comenzaron a ascender el declive. Hoom Feethos conservó la abultada bolsa de rubíes así como el pesado saco de oro que colgaba de su cinturón, mientras que Quanga tuvo la suficiente presencia de ánimo como para llevar consigo la espada y el pico. Sin embargo, en su huida, acelerada por el miedo, ambos olvidaron la segunda bolsa de oro, que yacía al lado de Eibur Tsanth, bajo los restos de la estalagmita desprendida.
El estrechamiento sobrenatural de la cueva y el descenso terrible y siniestro del techo parecían haber cesado por el momento. De todas formas, los hyperbóreos no pudieron detectar una continuación visible del proceso a medida que ascendían frenética y peligrosamente hacia la entrada. En numerosas ocasiones se vieron obligados a encorvarse con el fin de evitar las poderosas fauces que amenazaban descender sobre ellos; e incluso calzados con sus fuertes borceguíes de piel de tigre tenían que hacer un verdadero esfuerzo para mantenerse en pie sobre la terrible pendiente. A veces conseguían levantarse agarrándose a los salientes resbaladizos en forma de columna, y con harta frecuencia hubo Quanga, que iba el primero, de excavar improvisados escalones en la cuesta, ayudado de su pico.
Hoom Feethos tenía tanto miedo que no podía ni hacer la más mínima reflexión. Pero mientras escalaba, Quanga sí consideraba detenidamente las alteraciones monstruosas de la cueva, alteraciones incomparables a todas las conocidas a lo largo de su amplia y variada experiencia de los fenómenos de la naturaleza. Intentó autoconvencerse de que había cometido un error de cálculo en cuanto a las dimensiones de la cámara y la inclinación de su suelo. Esfuerzo en vano, ya que todavía se veía enfrentado a un hecho que desafiaba su raciocinio, un hecho que deformaba el conocido rostro del mundo con una locura supraterrenal, odiosa, mezclando un caos maligno con sus ordenadas realizaciones.
Después de un ascenso terriblemente prolongado, parecido al esfuerzo por escapar de un destino de pesadilla, tedioso y delirante, consiguieron aproximarse a la boca de la cueva. Casi no quedaba sitio para que un hombre se arrastrase sobre el estómago bajo los afilados y poderosos dientes de hielo. Presintiendo que las fauces podían cerrarse sobre él como las de un gran monstruo, Quanga se lanzó hacia delante y comenzó a retorcerse a través del hueco, con una rapidez que distaba mucho de ser heroica. Pero algo le retenía, y por un momento pensó preso de terror que su peor aprensión se había hecho realidad. Pronto se dio cuenta que su arco y carcaj de flechas, que aún colgaban de su espalda, se habían enganchado en el hielo. Mientras Hoom Feethos temblaba de miedo e impaciencia, Quanga retrocedió y se libró de las armas engorrosas, que lanzó delante con el pico en su segundo y más positivo intento de atravesar la estrecha entrada.
Al ponerse en pie sobre el glaciar, oyó un grito salvaje emitido por Hoom Feethos, quien, al intentar seguir a Quanga, se había enganchado en la entrada con una de sus fajas. Su mano derecha, aferrada al saco de rubíes, sobresalía del umbral de la cueva. El joyero no cesaba de dar alaridos, protestando incoherentemente que los crueles colmillos de hielo le estaban desgarrando hasta la muerte.
A pesar de los sórdidos terrores por que había pasado, aún le sobraba al cazador la suficiente valentía como para retroceder y ayudar a Hoom Feethos. Estaba a punto de derribar los enormes pinchos de hielo con su pico, cuando oyó el grito agonizante del joyero, seguido de un rechinar áspero e indescriptible No se había producido ningún movimiento visible de las fauces, y sin embargo, Quanga vio que llegaban al suelo. El cuerpo de Hoom Feethos, atravesado de parte a parte por uno de los hielos picudos, y clavado al suelo por el resto de los colmillos, chorreaba sangre sobre el glaciar, como el mosto rojo que rezuma de la prensa de vino.
Quanga comenzó a dudar del testimonio de sus sentidos. El hecho ante el que se enfrentaba era imposible de todo punto, dado que no había ninguna señal de hendiduras en el montículo, sobre la boca de la cueva, que explicase el cierre de las horribles fauces. Pero tan impensable enormidad había ocurrido ante sus propios ojos si bien demasiado de prisa para poder reconocer el proceso.
Hoom Feethos quedaba lejos de cualquier ayuda humana, y Quanga, ahora esclavo único de un pánico odioso, tampoco hubiera permanecido más tiempo para asistirle. Mas al ver el saco que había caído de los dedos del joyero muerto, el cazador lo arrebató movido por un impulso mitad miedo mitad avaricia; y entonces, sin volver la vista atrás, huyó por el glaciar hacia el sol poniente.
Mientras corría, y durante algunos momentos, Quanga no se dio cuenta de las alteraciones tan siniestras como fatídicas, comparables a las de la cueva, que en cierto modo habían tenido igualmente lugar en la propia llanura. Petrificado por el miedo, presa de un verdadero vértigo, observó que estaba escalando una ladera larguísima y escalonada sobre la cual se retraía un sol lejano, pequeño y frío, como si perteneciese a otro planeta. Incluso el cielo tenía otro aspecto: aunque permanecía límpido de nubes, había adquirido una palidez mortal. Una sensación densa de deseo maligno, poderoso y helador, parecía invadir el aire y asentarse sobre Quanga como un hongo. Pero lo más terrible de todo, precisamente por constituir una prueba del desarreglo consciente y maligno de la ley natural, era la inclinación vertiginosa hacia el polo adoptada por la meseta.
Quanga tuvo la sensación de que la propia creación se había vuelto loca, dejándole a merced de fuerzas demoniacas procedentes de cosmos exteriores desdivinizados. Manteniéndose milagrosamente en pie, tropezando y sorteando en su camino hacia arriba, temió por un momento resbalar, caer, y deslizarse hacia abajo para siempre, cayendo en las insondables profundidades árticas. Sin embargo, cuando se atrevió a pararse por fin y volverse temblando para mirar hacia abajo, vio detrás de él una ladera escarpada idéntica a la que estaba escalando: se trataba de un muro de hielo desquiciado y oblicuo, que se elevaba interminablemente hacia un segundo sol igualmente remoto.
En la confusión de ese extraño bouleversement, creyó perder lo que le quedaba de equilibrio, y el glaciar subía y bajaba a su alrededor como un mundo invertido mientras él intentaba recuperar el sentido de la orientación, que por primera vez en su vida había perdido. Al parecer, surgían pequeños y fugaces parapetos que se reían de él desde los interminables escarpados glaciales. Reanudó su ascenso desesperado a través de un perturbado mundo de ilusión, sin que pudiera determinar si se dirigía hacia el norte, el sur, el este o el oeste.
Un repentino viento sopló hacia abajo por el glaciar; aullaba en los oídos de Quanga como las voces lejanas de diablillos socarrones; gemía, y reía, y ululaba con notas estridentes que recordaban el chirriar del hielo resquebrajado. Azotaba a Quanga con dedos maliciosos, succionando el aire por el que luchaba agonizante. A pesar de sus pesados ropajes y de la rapidez de su difícil escalada, sentía el mordisco de sus colmillos, buscando la carne e hincándose incluso en la médula.
Mientras continuaba escalando observó confusamente que el hielo ya no era liso, que de su superficie sobresalían pilares y pirámides a su alrededor, adquiriendo formas cada cual más salvaje. Perfiles inmensos y malvados le contemplaban desde cristales verdiazules; las cabezas deformes de los diablos bestiales fruncían el ceño, mientras dragones desconfiados se retorcían a lo largo del escarpado muro, o se hundían en las profundidades heladas de los precipicios.
Además de estas formas imaginarias adoptadas por el propio hielo, Quanga vio, o creyó ver, cuerpos y rostros humanos incrustados en el glaciar. Manos pálidas parecían alzarse hacia él desde las profundidades con gesto implorante; sintió sobre su persona la mirada de los ojos helados de hombres que en eras anteriores quedasen atrapados, y pudo contemplar sus miembros hundidos, rígidos y con extrañas actitudes de verdadera tortura.
Quanga ya no era capaz de pensar. Terrores primitivos, sordos y ciegos, más viejos que la razón, llenaban su mente con su oscuridad abismal. Le empujaban implacablemente, como quien conduce una bestia, sin dejarle parar en la burlona ladera digna de pesadilla. Una mínima reflexión le habría hecho ver que un último escape sería igualmente imposible; que el hielo, un ser vivo, consciente y malévolo, se estaba divirtiendo con un juego cruel y fantástico, inventado de algún modo en su increíble animismo. Por ello, casi era mejor que hubiera perdido el poder de la reflexión.
Desesperado y sin previo aviso, llegó al final de la glaciación. Fue como un repentino cambio de sueño que pilla al soñador desprevenido: Quanga contemplaba, sin comprender al principio, los familiares valles hyperbóreos que se extendían a los pies del parapeto hacia el sur, y los volcanes que humeaban oscuros más allá de las colinas sudorientales.
Su huida de la cueva había consumido prácticamente todo el largo atardecer subpolar, y ahora el sol se balanceaba cerca de la línea del horizonte. Habían desaparecido los obstáculos, y como por una magia prodigiosa, la capa de hielo recobraba su horizontalidad normal. Si hubiera podido comparar sus impresiones, Quanga se habría dado cuenta de que en ningún momento pudo comprender al glaciar durante la realización de sus asombrosos cambios sobrenaturales.
Dudando aún, como si se tratase de una ilusión que pudiera desvanecerse en cualquier momento, contempló el paisaje que se extendía bajo las murallas. Aparentemente, había regresado al mismo lugar del cual comenzara junto con los joyeros su desastroso viaje por el hielo. Ante él descendía un declive suave hacia las fértiles praderas. Temeroso de que se tratase de algo irreal y engañoso —una trampa atractiva y hermosa, una nueva traición por parte del elemento a quien ahora consideraba como un demonio cruel y todopoderoso—, Quanga descendió por la ladera con paso veloz y ligero. Cuando sus pies se hundían ya en los matorrales, y estaba rodeado de frondosos sauces y jugosas hierbas, no daba aún crédito a la veracidad de su huida.
Todavía se sentía impulsado por una rapidez inconsciente, fruto de un miedo que rayaba en el pánico; y un instinto primario, igualmente inconsciente, le arrastraba hacia las cumbres volcánicas. El instinto le decía que encontraría un refugio entre sus cavidades, contra el intenso frío boreal, y que una vez allí se encontraría a salvo de las maquinaciones diabólicas del glaciar. Fuentes hirvientes corrían, según las leyendas, perpetuamente desde las altas laderas de estas montañas; inmensos géiseres, rugiendo y silbando cual calderas infernales, llenaban las oquedades superiores con cataratas ardientes. Las prolongadas nieves que azotaban Hyperbórea se convertían en lluvias inofensivas al aproximarse a los volcanes, donde florecía durante las cuatro estaciones una flora rica y multicolor, que en épocas anteriores consistiera en la propia de toda la región.
Quanga no pudo encontrar los caballitos enanos que dejaran atados a los sauces en la pradera del valle. Pero quizá, después de todo, no se trataba del mismo valle. Sin embargo. no detuvo su huida para buscarlos. Después de una aterrada mirada atrás, a la amenazadora masa de la glaciación, reanudó sin detenerse su camino en línea recta hacia las montañas coronadas de humo.
El sol se hundió más, rozando indefinidamente el horizonte sudoccidental, e iluminando la muralla de hielo y el suave paisaje con una luz de pálidas tonalidades amatistas. Quanga apresuró su paso, no repuesto aún del miedo, hasta que por fin alcanzó un crepúsculo prolongado y etéreo, propio de los veranos septentrionales.
Sin saber cómo, conservó a lo largo de todas las etapas de su huida su hacha—pico, su arco y sus flechas. Horas atrás, como un autómata, había introducido el pesado saco de rubíes en el interior de sus ropajes, para no perderlo. Se había olvidado por completo de los mismos, y ni siquiera se dio cuenta del cosquilleo del agua al deshelarse el hielo incrustado en las joyas, y que ahora le empapaba la carne a través de la bolsa de lagarto.
Después de cruzar uno de los innumerables valles, chocó contra una raíz de sauce que sobresalía, cayéndose el pico de la mano al tiempo que tropezaba. Poniéndose en pie, corrió despavorido sin recogerlo.
Ya se distinguía un rojizo resplandor procedente de los volcanes, iluminando el oscuro cielo, a medida que Quanga avanzaba al deseado e inviolable santuario. Desmoralizado y sacudido aún por los recientes esfuerzos sobrehumanos, comenzó a pensar que después de todo podría escapar del demonio del hielo.
De pronto se dio cuenta de que le consumía la sed, hecho al que no había prestado atención hasta ahora. Haciendo un alto en uno de los sombríos valles, bebió de un arroyo bordeado de flores. Entonces, cediendo al inmenso cansancio acumulado, se dejó caer para descansar un momento entre la amapolas rojas como la sangre, teñidas de violeta a la luz del crepúsculo.
El sueño descendió sobre sus párpados como una nieve suave y abrumadora, pero pronto se interrumpió con sueños malvados donde todavía huía del glaciar burlador e inexorable. Se despertó en medio de un terror frío, sudando y temblando, para encontrarse contemplando el cielo septentrional, donde lentamente moría un delicado fulgor. Creyó que una gran sombra, maligna, masiva y en cierto modo sólida, se deslizaba sobre el horizonte y las colinas bajas hacia el valle donde se encontraba. Llegó con una rapidez inexplicable, y parecía que la última luz caía de los cielos, fría como si fuera un reflejo atrapado en el hielo.
Se puso en pie con la rigidez de un cuerpo exhausto por el cansancio, mientras se despertaba de nuevo el miedo y la estupefacción a causa de la pesadilla. Como señal de un reto momentáneo, descolgó su arco y disparó una flecha tras otra, hasta vaciar el carcaj, con el fin de herir a la sombra enorme, pálida y deforme que parecía interponerse entre el cielo y él. Cuando concluyó, reanudó su interrumpida huida.
Mientras corría seguía temblando, sin poder evitarlo, a causa del frío intenso y repentino que había descendido sobre el valle. Torpemente, presa de un acceso de miedo, presintió que había algo irreal y antinatural en el frío, algo que no pertenecía ni al lugar ni a la estación del año. Los volcanes relucientes estaban cada vez más cerca, y pronto llegaría a las primeras colinas. Por ello, el aire debería ser templado, por no decir caliente.
De pronto el cielo se oscureció dejando entrever un destello verdiazul que surgía desde lo profundo. Por un momento pudo ver la sombra sin rostro que se erguía como un gigante en su camino, oscureciendo las estrellas y el resplandor de los volcanes. Entonces, como si fuera el vapor de un remolino tormentoso, se cerró sobre él, frío e inquieto. Parecía un fantasma de hielo, algo que cegaba sus ojos y entorpecía su respiración, como si se encontrase enterrado en una tumba glacial. Era algo frío, con el rigor transártico, algo desconocido para él hasta entonces y que producía un dolor insoportable para su carne, dejándole idiotizado.
Oyó débilmente un sonido parecido al del hielo al chocar, el rechinar de icebergs frotándose, todo ello envuelto en un pálido resplandor verdiazul que se estrechaba y espesaba a su alrededor. Era como si el alma del glaciar, perversa e implacable, le hubiera atrapado en su huida. A veces luchaba torpemente, idiotizado por el miedo. Respondiendo a un impulso desconocido, como si desease propiciar a una deidad vengativa, sacó la bolsa de rubíes de su pecho y con un esfuerzo prolongado y doloroso trató de lanzarla lejos. Las cuerdas que ataban la bolsa se soltaron al caer, y Quanga oyó débilmente, en la lejanía, el tintineo de los rubíes al rodar y desparramarse por una superficie dura. Le asaltó el olvido, y cayó hacia delante rígido, ignorante de su propia caída.
Al amanecer yacía al lado de un pequeño arroyo, totalmente helado, boca abajo en medio de un círculo de amapolas que se habían ennegrecido como si las hubiera pisado un demonio gigante de hielo. Un charco próximo, formado por un arroyuelo estancado, estaba cubierto por una capa delgada de hielo, y sobre el hielo, como gotas de sangre congelada, se hallaban esparcidos los rubíes de Haalor. A su debido tiempo, al desplazarse lenta pero irresistiblemente hacia el sur, el gran glaciar las reclamaría.

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