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viernes, 1 de agosto de 2008

ODISEA EN MARTE -- STANLEY G. WEINBAUM

ODISEA EN MARTE
Stanley G. Weinbaum


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Jarvis se estiró tan cómodamente como pudo en el angosto espacio del cuartel general del Ares.
- ¡Aire respirable! - dijo con alegría -. ¡Parece tan espeso como puré después del tenue airecillo de ahí fuera!
Señaló con la cabeza el paisaje marciano que se extendía, llano y desolado a la luz de la luna más próxima, más allá del cristal de la claraboya.
Sus tres compañeros le miraron con simpatía: Putz, el ingeniero, Leroy, el biólogo, y Harrison, el astrónomo y capitán de la expedición. Dick Jarvis era el químico del famoso equipo, la expedición Ares, los primeros seres humanos que pusieron el pie en el misterioso vecino de la Tierra, el planeta Marte, Esto ocurría, desde luego, en los viejos tiempos, menos de veinte años después de que el loco americano Doheny perfeccionara el combustible atómico a costa de su vida, y sólo un decenio después de que el igualmente loco Cardoza llegase en un cohete atómico a la Luna. Eran auténticos pioneros, estos cuatro del Ares. Excepto media docena de expediciones selenitas y el desventurado vuelo de Lancey hasta la seductora órbita de Venus, eran los primeros hombres que experimentaban una gravedad distinta de la terrestre y por supuesto la primera tripulación que se apartó con éxito del sistema Tierra-Luna. Y merecían aquel éxito cuando uno considera las dificultades y molestias que hubieron de arrostrar: los meses pasados en cámaras de aclimatación en la Tierra, aprendiendo a respirar un aire tan tenue como el de Marte, la hazaña de hacer frente al vacío en el diminuto cohete impulsado por los caprichosos motores a reacción del siglo XXI y, sobre todo, el tener que enfrentarse con un mundo absolutamente desconocido.
Jarvis se estiró de nuevo y se llevó una mano a la punta despellejada de su nariz, mordida por la escarcha. Suspiró satisfecho.
- Bien - estalló Harrison bruscamente -, ¿vamos a enterarnos por fin de lo que ocurrió? Te llevas todo lo de a bordo en un cohete auxiliar, no tenemos noticias tuyas durante diez días y por fin Putz te recoge cerca de un hormiguero fantástico con un extravagante avestruz como compañero. ¡Desembucha, hombre!
- ¿Desembucha? - inquirió Leroy perplejo -. ¿Desembuchar qué?
- Quiere decir hablar - explicó Putz gravemente -, echar fuera.
Jarvis, muy serio, tropezó con la mirada divertida de Harrison.
- Exactamente, Karl - dijo, asintiendo a la explicación de Putz -. Voy a echar fuera, a soltarlo todo.
Carraspeó satisfecho y empezó.
- De acuerdo con las órdenes, vi cómo Karl se dirigía hacia el norte y entonces entré en mi cubículo volador y me dirigí al sur. Recordarás, capitán, que teníamos órdenes de no posarnos en el suelo, sino simplemente de observar buscando lugares interesantes. Puse las dos cámaras en funcionamiento cuando volaba bastante alto, a unos seiscientos metros, por un par de razones: primero porque así las cámaras tenían más campo y segundo porque los propulsores funcionan con tanta rapidez en este semivacío que aquí llaman aire que sólo servirían para levantar polvo.
- Ya sabemos todo eso por Putz - gruñó Harrison -. Pero me gustaría que hubieses salvado las películas, habrían pagado el coste del barquichuelo. ¿Recuerdas cómo el público se agolpaba para ver las primeras películas sobre la Luna?

- Las películas están a salvo - replicó Jarvis -. Bien - continuó -, como dije, avancé un buen trecho; tal como nos figurábamos, a menos de doscientos kilómetros por hora, las alas no ofrecen mucha sustentación en este aire, y aun así tuve que hacer uso de los cohetes.
De este modo, con la velocidad, la altitud y la confusión creada por los cohetes, la visión no era demasiado buena. Sin embargo podía distinguir lo bastante para apreciar que estaba volando sobre una extensión más de esta llanura gris que examinamos durante toda la primera semana de nuestro planetizaje: las mismas protuberancias bulbosas y la misma alfombra ilimitada de los pequeños animales-plantas restantes, o biópodos como los llama Leroy. Así pues, seguí navegando, comunicando mi posición cada hora aun sin saber si me oíais.
- ¡Yo te oía! - espetó Harrison.
- Unos trescientos kilómetros al sur - continuó Jarvis, imperturbable -, la superficie cambiaba hasta convertirse en una especie de baja meseta, un desierto de arena color naranja. Imaginé que teníamos razón en nuestra suposición y que esta llanura gris sobre la cual nos posamos era realmente el Mare Cimmerium, y el desierto anaranjado la región llamada Xanthus. Si estaba en lo cierto, llegaría a otra llanura gris, el Mare Chronium, al cabo de unos trescientos kilómetros, y luego a otro desierto anaranjado, Thyle Uno o Dos. Y eso fue lo que hice.
- Putz comprobó nuestra posición hace semana y media - gruñó el capitán -. Vamos al grano.
- Ya voy - contestó Jarvis -. A unos treinta kilómetros al interior de Thyle, lo creáis o no, crucé un canal.
- Putz fotografió un centenar. A ver si oímos algo nuevo.
- ¿Y vio también una ciudad?
- Más de una veintena, si llamas ciudades a esos montones de barro.
- Bien - prometió Jarvis -, de ahora en adelante voy a contar unas cuantas cosas que Putz no vio, - Se frotó la nariz y continuó -: Sabía que contaba con dieciséis horas de luz en esta estación, por lo que, a las ocho horas de haber salido decidí regresar, Estaba todavía volando sobre Thyle, no estoy seguro de si sobre Uno o Dos, cuando, de pronto, el motor preferido de Putz falló.
- ¿Falló? ¿Cómo? - preguntó Putz solícito.
- El dispositivo atómico se debilitó. Empecé a perder altura y me di un trastazo en el centro mismo de Thyle. Además di con la nariz contra la ventanilla.
Se frotó compungidamente el apéndice dañado.
- ¿No trataste de lavar la cámara de combustible con ácido sulfúrico? - preguntó Putz -. Algunas veces, el plomo suministra una radiación secundaria.
- Lo intenté nada menos que diez veces - dijo Jarvis malhumorado -. Además, el trastazo aplastó el tren de aterrizaje y desbarató los propulsores. Suponiendo que hubiera podido poner el cacharro en funcionamiento, ¿qué habría conseguido? Quince kilómetros así y el suelo se habría ido fundiendo a mi paso. - Se frotó de nuevo la nariz -. Suerte que aquí un kilo pesa menos de medio. De lo contrario, me habría hecho añicos.
- ¡Yo podría haberlo arreglado! - exclamó el ingeniero -. Apuesto a que no era nada serio.
- Probablemente no - convino Jarvis en tono sarcástico -. Simplemente se negaba a volar. Nada grave, pero no me quedaba más elección que esperar a ser recogido o tratar de volver a pie: mil trescientos kilómetros cuando quizá quedaban veinte días para salir del planeta. ¡Sesenta y cinco kilómetros por día! Bueno - concluyó -, preferí andar. Tenía las mismas posibilidades de ser recogido y eso me mantenía ocupado.
- Te habríamos encontrado - dijo Harrison.
- No lo dudo. Pero el caso es que me preparé un arnés con algunas correas del asiento, me eché el tanque de agua a la espalda, me equipé con un cinto de municiones, una pistola y algunas raciones de hierro, y me puse en marcha.
- ¡El tanque de agua! - exclamó el bajito biólogo Leroy -. ¡Pero si pesa un cuarto de tonelada!
- No estaba lleno. Pesaba unos ciento diez kilos según el peso de la Tierra, lo que aquí representa unos cuarenta kilos. Además, mi propio peso personal de ochenta kilos es aquí en Marte de sólo treinta y dos kilos, por lo que, con tanque y todo, yo venía a pesar lo que en la Tierra. Pensé en todo eso cuando emprendí la marcha. ¡Ah, desde luego me equipé con saco de dormir para poder aguantar las ventosas noches de Marte!
Y me puse en marcha, avanzando con bastante rapidez. Ocho horas de luz significan treinta kilómetros o más. Resultaba aburrido, desde luego, eso de ir pataleando sobre la blanda arena del desierto sin nada que ver, ni siquiera los biópodos reptantes de Leroy. Al cabo de una hora llegué a un canal: una enorme zanja tan recta como la vía de un ferrocarril. Estaba seco pero allí había habido agua alguna vez. La zanja estaba cubierta con lo que parecía ser un bonito césped verde. Con la diferencia de que cuando me acerqué, el césped se apartó para dejarme paso.
- ¿Cómo dices? - exclamó Leroy.
- Sí, era un pariente de tus biópodos, Atrapé uno, una hojita que parecía de hierba, casi tan larga como uno de mis dedos, con dos delgadas patitas.
- ¿La has traído? - preguntó Leroy ávidamente.
- La solté. Tenía que avanzar y seguí caminando entre aquella hierba que se abría ante mí y se cerraba detrás. Finalmente desemboqué de nuevo en el desierto anaranjado de Thyle.
Avanzaba echando pestes de la arena que me hacía caminar con tanto cansancio y, de vez en cuando, maldiciendo el caprichoso motor tuyo, Karl. Exactamente antes del crepúsculo llegué al borde de Thyle y lancé una mirada sobre el gris Mare Chronium. Y comprendí que tendría que caminar por allí cientos de kilómetros, más luego el largo camino de aquel desierto de Xanthus y del Mate Cimmerium. ¿Os creéis que aquello me hacía gracia? Empecé a maldeciros por no venir a recogerme.
- ¡Lo estábamos intentando, idiota! - dijo Harrison.
- Pues no servía de nada. Bueno, me imaginé que podría aprovechar lo que quedaba de luz diurna para bajar por el acantilado que marca el límite de Thyle. Encontré un sitio fácil para el descenso y me dejé ir. El Mare Chronium era el mismo tipo de lugar que éste: unas absurdas plantas sin hojas y un montón de reptantes. Les eché un vistazo y saqué mi saco de dormir. Hasta entonces no había tropezado con nada digno de mención en este mundo semimuerto, nada peligroso quiero decir.
- Pero, ¿lo encontraste? - inquirió Harrison.
- ¡Qué si lo encontré...! Ya te enterarás cuando lo cuente. Bueno, estaba a punto de dormirme cuando de pronto oí la más espantosa algarabía.
- ¿Qué es algarabía? - inquirió Putz.
- Quiere decir griterío confuso - explicó Leroy -. O sea, algo que no se entiende.
- Eso es - aprobó Jarvis -. No entendía qué estaba ocurriendo y me asomé para averiguarlo. Había allí un jaleo como el de una bandada de cuervos que quisiera devorar a un montón de canarios: silbidos, graznidos, trinos, gritos y no sé cuántas cosas más. Rodeé un grupo de troncos, y allí estaba Tweel.
- ¿Tweel? - preguntó Harrison.
- ¿Tuil? - dijeron Leroy y Putz.
- Aquel avestruz estrambótico - explicó el narrador -. Por lo menos Tweel es lo más parecid o que puedo pronunciar sin farfullar. Algunas veces él decía algo que sonaba como «Trriweerrlll».
- ¿Qué estaba haciendo? - preguntó el capitán.
- Se lo estaban comiendo, Y por supuesto chillaba como cualquiera habría hecho en su caso.
- ¿Comiendo? ¿Quién?
- Lo averigüé más tarde, todo lo que pude ver entonces fue un lío de negros brazos como cuerdas enrolladas en torno de lo que parecía ser, como Putz os lo ha descrito, un avestruz. Naturalmente yo no iba a intervenir; si ambas criaturas eran peligrosas, habría una menos de la que preocuparme.
Pero aquella cosa parecida a un ave estaba librando una buena batalla. Sin dejar de gritar, asestaba certeros golpes con un pico de unos treinta centímetros. Vislumbré un par de veces qué había al final de aquellos brazos - dijo Jarvis, estremeciéndose -. Pero lo que me decidió a intervenir fue el observar una bolsita o caja negra que pendía del cuello de aquel ser semejante a un pájaro. ¡Era inteligente!, supuse, o estaba domesticado. En cualquier caso, la decisión estaba tomada, saqué mi automática y disparé contra lo que podía distinguir de su antagonista.
Los tentáculos se aflojaron, una fétida oleada de negra corrupción chorreó, y aquella cosa, con un repugnante ruido de succión, se contrajo y desapareció por un agujero que había en el suelo. La otra criatura lanzó una serie de graznidos, se tambaleó sobre unas patas tan gruesas como palos de golf y se volvió de pronto para hacerme frente. Mantuve mi arma lista y los dos nos observamos.
El marciano no era un ave, realmente. No era ni siquiera parecido a un ave, excepto a primera vista. Cierto que tenía un pico y unos cuantos apéndices con plumas, pero el pico no era realmente un pico. Era algo flexible; pude ver cómo la punta se doblaba lentamente de un lado a otro; era casi como un cruce entre pico y trompa. Tenía pies de cuatro dedos y cosas -manos, podría decirse- de cuatro dedos. Su cuerpecillo redondeado se prolongaba en un largo cuello que terminaba en una diminuta cabeza, culminada por aquel pico. Era un par de centímetros más alto que yo y..., bueno, Putz lo vio.
El ingeniero asintió.
- Sí, lo vi.
Jarvis continuó:
- Así pues, nos quedamos mirándonos. Finalmente la criatura prorrumpió en una serie de tableteos y gorjeos y alargó sus manos vacías hacia mí. Supuse que aquello era un gesto de amistad.
- Quizás estaba mirando la nariz tan hermosa que tienes y pensó que eras hermano suyo - sugirió Harrison.
- No hace falta que te muestres tan chistoso. El caso es que me guardé la pistola y dije: «No se preocupe», o algo por el estilo. Aquella cosa se acercó y nos convertimos en camaradas.
»Por aquel entonces, el sol estaba ya bastante bajo y comprendí que lo mejor sería encender un fuego o meterme en mi saco. Me decidí por el fuego. Elegí un lugar al pie del acantilado de Thyle, donde la roca podría reflejar un poco de calor sobre mi espalda, y empecé a romper ramitas de la desecada vegetación de Marte. Mi compañero captó la idea y trajo un brazado. Fui a sacar una cerilla, pero el marciano rebuscó en su bolsa y extrajo algo que tenía el aspecto de un carbón al rojo; lo acercó al montón de leña y el fuego prendió, al instante. Ya sabéis el trabajo que nos cuesta a nosotros encender fuego en esta atmósfera.
Pero lo principal es esa bolsa suya - continuó el narrador -. Era un artículo manufacturado, amigos míos; se presionaba en un extremo y se abría de par en par; se apretaba por el centro y se cerraba tan perfectamente que no podía verse la línea de unión. Mucho mejor que las cremalleras.
Bueno, permanecimos un rato mirando el fuego hasta que decidí intentar alguna especie de comunicación con el marciano. Me señalé a mí mismo y dije «Dick»; él captó la alusión inmediatamente, extendió hacia mí una huesuda garra y repitió «Dick». Luego lo apunté a él, y la criatura exhaló ese silbido que he llamado Tweel; no puedo imitar su acento. Las cosas se sucedían bien; para remachar los nombres, repetí «Dick» y luego, apuntando a él, «Tweel».
Ya habíamos establecido el contacto. Él produjo algunos castañeteos que sonaban a negación y dijo algo así como «P-p-p-proot», y otras, diez o doce sonidos distintos.
Pero no podíamos conectar. Ensayé con «roca» y con «estrella», con «árbol» y con «fuego», y no sé con cuántas cosas más; por más que probé, no pude conseguir una sola palabra. Pasados un par de minutos todos los nombres cambiaban y si eso es un lenguaje, yo soy el Preste Juan. Finalmente renuncié y lo llamé Tweel. Aquello pareció bastar.
Pero Tweel había captado algunas de mis palabras. Recordaba dos o tres, lo que supongo es una gran proeza si uno está acostumbrado a un lenguaje que hay que ir haciendo a medida que se aprende. Pero yo no podía comprender el objetivo de su charla; o me fallaba algún punto sutil o simplemente, y más bien me inclino por esto último, no pensábamos del mismo modo.
Tengo otras razones para creerlo. Al cabo de un rato renuncié a la cuestión del lenguaje y probé con las matemáticas. Arañé en el suelo dos más dos igual a cuatro y lo demostré con guijarros. De nuevo Tweel captó la idea y me informó de que tres más tres sumaban seis. Una vez más parecíamos ir yendo a alguna parte.
Así pues, sabiendo que Tweel tenía por lo menos una educación de escuela primaria, dibujé un círculo para el Sol, señalándolo previamente. Después bosquejé Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Hecho esto, señalando a Marte, extendí mis manos en una especie de abrazo para indicar que Marte era lo que nos rodeaba. Me esforcé en poner en claro la idea de que mi hogar estaba en la Tierra.
Tweel comprendió mi diagrama perfectamente. Acercó el pico a mi dibujo y, con gran profusión de trinos y chillidos, añadió Deimos y Fobos a Marte y luego incluyó la Luna en la órbita de la Tierra. ¿Os dais cuenta lo que significa esto? ¡Significa que la raza de Tweel utiliza el telescopio, que son seres civilizados!
- ¡No prueba nada de eso! - atajó Harrison -. La Luna es visible desde aquí como una estrella de quinta magnitud. Pueden percibir sus fases a simple vista.
- Por lo que se refiere a la Luna, sí - dijo Jarvis -. Pero no has captado del todo mi argumento. ¡Mercurio no es visible! Y Tweel estaba enterado de la existencia de Mercurio, puesto que colocó la Luna en el tercer planeta, no en el segundo. Si no supiese nada de Mercurio, habría puesto la Tierra como segundo y Marte como tercero, en lugar de cuarto. ¿Comprendéis?
- ¡Hum! - dijo Harrison.
- El caso es que proseguí con mi lección - continuó Jarvis -. Las cosas iban bastante bien y parecía como si pudiera meterle la idea en la cabeza. Señalé el círculo que en mi diagrama representaba la Tierra, luego me señalé a mí mismo y por último me señalé a mí mismo y luego a la Tierra, que resplandecía con un vende brillante casi en el cenit.
Tweel soltó un tableteo tan excitado que estuve seguro de que había comprendido, se puso a dar saltos y de pronto se señaló a sí mismo y luego al cielo, y después a sí mismo y al cielo de nuevo. Apuntó al centro de su cuerpo y luego a Arcturus, apuntó a su cabeza y luego a Spica, apuntó a sus pies y luego a media docena de estrellas, mientras yo me limitaba a mirarlo boquiabierto. Luego, repentinamente, dio un salto tremendo. ¡Muchachos, qué brinco! Salió disparado lo menos a treinta metros. Vi como daba la vuelta y bajaba directamente hacia mi cabeza hasta clavarse en el suelo sobre el pico igual que una jabalina, Y allí estaba él, clavado en el centro de mi círculo que representaba al Sol.
- Cosa de locos - comentó el capitán -. Simplemente cosa de locos.
- Eso es lo que pensé yo también. Me quedé mirándolo boquiabierto mientras él sacaba la cabeza de la arena y se ponía en pie. Imaginando que no había comprendido mi explicación se la repetí. Terminó de la misma manera, con la nariz de Tweel metida en el centro de mi croquis.
- Quizá se trate de un rito religioso - sugirió Harrison.
- Puede ser - dijo Jarvis dubitativamente -. Bueno, así estábamos. Podíamos cambiar ideas hasta cierto punto y para de contar. Entre nosotros había algo diferente, inconexo; no dudo de que Tweel me juzgaba tan chiflado como yo a él. Lo que ocurría es que nuestras mentes consideraban el mundo desde distintos puntos de vista y quizás el punto de vista de él era tan justo como el nuestro. Pero no podíamos ir de acuerdo, eso es todo. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, Tweel me era simpático y tengo una extraña seguridad de que yo le era simpático a él.
- ¡Locuras! - repitió el capitán -. No son más que fantasías.
- ¿Sí? Pues espera a que te cuente, Algunas veces he pensado que quizá nosotros... - Hizo una pausa y luego continuó su narración -: Lo cierto es que por fin me di por vencido y me metí en mi saco para dormir. El fuego no me había dado mucho calor, pero en aquel maldito saco me asfixiaba. Al cabo de cinco minutos no podía resistir. Lo abrí un poco y me fastidié. Los cuarenta grados bajo cero me golpearon uno tras otro en la nariz para completar el porrazo que había sufrido en la caída del cohete.
Volví a cubrirme y seguí durmiendo. Cuando desperté por la mañana y salí del saco comprobé que Tweel había desaparecido. Sin embargo, casi inmediatamente, oí una especie de gorjeo y le vi llegar lanzado, deslizándose por aquel acantilado de tres pisos de Thyle hasta clavarse con el pico junto a mí. Me señalé a mí mismo y luego hacia el norte y él se señaló a sí mismo y hacia el sur, pero cuando recogí mi impedimenta y me puse en marcha, se vino conmigo.
¡Muchachos, qué manera de viajar la de aquella criatura! Cada treinta metros, un salto; surcaba el aire como una lanza y se quedaba clavado en el suelo con el pico. Parecía sorprenderse de mi pesada andadura, pero al cabo de algunos momentos se adaptó lo mejor que pudo, salvo que cada pocos minutos daba uno de sus saltos y clavaba su nariz en la arena a pocos metros de mí y se reunía de nuevo conmigo. Al principio me sentía nervioso al ver aquel pico apuntándome como una lanza, pero lo cierto es que siempre terminaba clavándose a mi lado en la arena.
De este modo recorrimos el Mare Chronium. Es un sitio muy parecido a éste: las mismas plantas estrambóticas y los mismos pequeños biópodos verdes creciendo en la arena o apartándose para dejarle paso a uno. Charlábamos; no porque nos comprendiéramos, pero ya sabéis lo que quiero decir, sólo por lograr la sensación de tener compañía. Canté canciones y sospecho que Tweel las cantó también; por lo menos, algunos de sus trinos y gorjeos sugerían algún ritmo.
De vez en cuando, para variar, Tweel desplegaba su muestrario de palabras inglesas. Apuntaba a cualquier protuberancia y decía «roca», y apuntaba luego a un guijarro y decía lo mismo; o bien me tocaba un brazo y decía «Dick» y luego lo repetía. Parecía divertirse enormemente con el hecho de que la misma palabra significase la misma cosa aunque se dijera dos veces seguidas, o que la misma palabra pudiera aplicarse a dos objetos diferentes. Me pregunté si su lenguaje no sería como el idioma primitivo de algunos pueblos de la Tierra, como el de los negritos, ya sabéis, que no tienen palabras genéricas: ninguna palabra para comida o agua u hombre; sólo palabras para comida buena y comida mala, o agua de lluvia y agua de mar, u hombre fuerte y hombre débil. Son demasiado primitivos para comprender que el agua de lluvia y el agua de mar son simplemente aspectos distintos de la misma cosa. Pero no era ése el caso con Tweel. Más bien era como si fuésemos misteriosamente distintos de un modo u otro: nuestras mentes eran extrañas entre sí. Y sin embargo nos teníamos simpatía.
- Eso es por la soledad - comentó Harrison -. Por eso os teníais tanta simpatía.
- Bueno, yo te tengo simpatía - replicó Jarvis malignamente -. El caso es - continuó - que no quiero que os forméis la idea de que Tweel era algún chiflado. En realidad, no estoy tan seguro de que no pudiera enseñar uno o dos trucos a nuestra tan alabada inteligencia humana. ¡Oh, sé muy bien que no era un superhombre intelectual, pero no olvidéis que consiguió entender algo de mi funcionamiento mental y en cambio yo no tuve el menor vislumbre del suyo
- Porque él no tenía tal funcionamiento - sugirió el capitán - mientras Putz y Leroy parpadeaban atentamente.
- Podréis juzgarlo cuando termine mi relato - dijo Jarvis -. Bueno, seguimos andando todo el día por el Mare Chronium y también el día siguiente. ¡Mare Chronium, Mar del Tiempo! Al acabar aquella marcha, estaba a punto de darle la razón a Schiaparelli cuando lo bautizó con este nombre, era tan monótono, sólo aquella llanura gris e interminable de plantas extravagantes y sin otro signo de una vida distinta, que casi me alegré al ver el desierto de Xanthus hacia el anochecer del segundo día.
Estaba bastante agotado, pero Tweel, al que, por cierto, jamás vi comer ni beber, parecía estar tan campante como siempre. Creo que él podría haber cruzado el Mare Chronium en un par de horas con aquellos terribles saltos suyos, pero permanecía pegado a mí. Una o dos veces le ofrecí agua; aceptó mi taza y sorbió el líquido con su pico para luego, cuidadosamente, volver a lanzarlo a la taza y devolvérmela con toda gravedad.
Juntamente cuando avistamos Xanthus empezó a soplar una de esas desagradables tormentas de arena. No era quizá tan fuerte como la que tuvimos aquí, pero ahora debía caminar contra ella. Me protegí la cara con la visera transparente de mi saco y me defendí bastante bien. Tweel utilizaba algunos apéndices plumosos que le crecen como un bigote en la base del pico para taparse los orificios nasales, y otro escudo similar para protegerse los ojos.
- ¡Es una criatura del desierto! - exclamó el biólogo Leroy.
- ¿Eh? ¿Cómo?
- No bebe agua, se adapta a las tormentas de arena...
- Eso no prueba nada. No se puede desperdiciar ni una sola gota de agua en esta píldora desecada llamada Marte, en la Tierra lo habríamos calificado todo de desierto. - Hizo una pausa -. Cuando cesó la tormenta de arena, un viento suave nos dio en la cara. De improviso, como llevadas por esa tenue brisa, unas pequeñas esferas, transparentes y muy livianas, empezaron a deslizarse desde los acantilados de Xanthus. Intrigado, partí unas cuantas y comprobé que estaban vacías, sólo que al romperlas desprendían un olor nauseabundo. Pregunté a Tweel y por su respuesta, un «no, no, no» rotundo, supuse que compartía mi misma ignorancia sobre las esferas. Siguieron flotando como vilanos o como pompas de jabón, y nosotros proseguimos nuestro camino hacia Xanthus. En una ocasión Tweel apuntó a una de las bolas de cristal y dijo «roca», pero yo estaba demasiado cansado para discutir con él. Posteriormente descubrí lo que había querido decir.
Al anochecer llegamos al pie de los acantilados de Xanthus. Decidí dormir en la meseta pues pensé que tan peligrosa podría ser la arena de Xanthus como la vegetación del Mare Chronium. De hecho no había descubierto una sola señal de amenaza, excepto aquella cosa negra y tentacular que atrapara a Tweel y que por lo visto no se movía en absoluto, sino que atraía a las víctimas que estaban a su alcance. No podía atraerme a mí mientras estuviera durmiendo, más teniendo en cuenta que Tweel permanecía en vela, limitándose a estar sentado pacientemente toda la noche. Me hubiera gustado saber cómo aquella extraña criatura de brazos negros pudo atrapar a Tweel, pero no había modo de preguntárselo a este último. Lo averigüé más tardé; es algo diabólico.
Recorrimos el acantilado buscando un sitio fácil por donde trepar. Por lo menos lo buscaba yo. Tweel podría haber saltado el obstáculo fácilmente, porque los acantilados eran más bajos que los de Thyle, quizás unos veinte metros. Al fin dimos con un lugar adecuado y empecé a trepar, maldiciendo el voluminoso tanque de agua amarrado a mi espalda y lo mucho que dificultaba mi escalada. De pronto oí un sonido que creí reconocer.
Ya sabéis cuán engañosos resultan los sonidos en este aire tan tenue. Un disparo suena como el descorche de una botella. Pero esta vez no había dudas: era el zumbar de un cohete. En efecto, a unos quince kilómetros hacia el oeste, entre yo y la puerta de sol, estaba nuestra segunda nave auxiliar.
- Era yo - dijo Putz -. Te estaba buscando.
- Sí, lo comprendí. Pero, ¿de qué me servía? Me aferré al acantilado y grité mientras hacía señas con una mano. Tweel vio también la navecilla y se puso a trinar y a graznar saltando hasta lo alto de la barrera y elevándose luego en el aire. Y mientras yo miraba, el aparato desapareció zumbando entre las sombras del sur.
Trepé hasta lo alto del acantilado. Tweel aún seguía apuntando y graznando excitadamente, elevándose hasta el cielo y cayendo luego en barrena para hundir su pico en el suelo. Apunté hacia el sur y hacia mí mismo y dije «sí, sí, sí», pero en cierto modo conjeturé que él pensaba que aquella cosa volante era un allegado mío, probablemente un pariente. Quizá cometí una injusticia contra su intelecto; ahora sé que fue así.
Me sentía amargamente decepcionado por mi fracaso en llamar la atención. Dispuse mi saco de dormir y me metí dentro, porque arreciaba el frío de la noche. Tweel hundió el pico en la arena, alzó las patas y los brazos y se quedó como uno de los arbustos sin hojas que hay por aquí. Creo que permaneció de este modo toda la noche.
- ¡Mimetismo protector! - exclamó Leroy -. ¿Lo ves? ¡Es una criatura del desierto!
- Por la mañana - continuó Jarvis -, nos pusimos de nuevo en marcha. No habíamos avanzado más de cien metros por Xanthus cuando vi una cosa rara, una cosa que estoy seguro de que Putz no ha fotografiado.
Una línea de diminutas pirámides de no más de quince centímetros de altura se extendía por toda la superficie de Xanthus que yo podía abarcar con la vista. Pequeños edificios hechos de pequeñísimos ladrillos, edificios huecos y truncados, o por lo menos rotos en la cúspide y vacíos. Se los señalé a Tweel y pregunté «¿Qué?», pero él lanzó algunos graznidos negativos para indicar, supongo, que no lo sabía. Así pues, continuamos, siguiendo la fila de pirámides.
¡Muchachos, seguimos aquella línea durante horas! Al cabo de un rato, noté una cosa rara: las pirámides se iban haciendo mayores.
El mismo número de ladrillos en cada una, pero los ladrillos eran mayores.
Al mediodía me llegaban ya al hombro. Miré algunas: todas iguales, rotas en la cúspide y vacías. Examiné también un ladrillo o dos; eran sílice, y tan viejos como la creación misma.
- ¿Cómo lo sabes? - preguntó Leroy.
- Estaban gastados, con las aristas redondeadas. La sílice no se estropea fácilmente ni siquiera en la Tierra, y con este clima...
- ¿Qué edad les calculas?
- Cincuenta mil... cien mil años. ¿Cómo podría decirlo? Las pirámides pequeñas que vimos por la mañana eran más antiguas, quizá diez veces más. Se desmoronaban, ¿Qué edad podrían tener? ¿Medio millón de años? ¿Quién sabe? - Jarvis hizo una pausa -. Bueno - continuó -, seguimos la línea. Tweel apuntaba a las pirámides y dijo «roca» una o dos veces, pero esa era una palabra que había repetido con mucha frecuencia. Además, en cierto modo, tenía más o menos razón.
Traté de sonsacarlo. Señalé a una pirámide y le pregunté «¿Gente?» indicándonos a nosotros dos, repuso con una especie de cloqueo negativo y dijo: «No, no, no. No uno uno dos. No dos dos cuatro», mientras se frotaba el estómago. Lo miré fijamente y él continuó con la musiquilla: «No uno uno dos. No dos dos cuatro».
- ¡Esa es la prueba irrefutable! - exclamó Harrison -. ¡Locuras!
- Eso crees, ¿eh? - inquirió Jarvis sarcásticamente -. Pues bien, yo me figuré algo muy distinto. «No uno uno dos». Por supuesto no lo captas todavía, ¿verdad?
- En absoluto. Ni creo que lo captes tú.
- Yo creo que sí. Tweel estaba utilizando las pocas palabras inglesas que conocía para enunciar una idea muy compleja. Permíteme que te pregunte, ¿en qué te hacen pensar las matemáticas?
- Pues... en astronomía. O... en lógica.
- Eso es «No uno uno dos». Tweel estaba diciéndome que los constructores de las pirámides no eran gente, o que no eran inteligentes, que no eran criaturas dotadas de razón. ¿Me comprendes?
- ¡Uf, que me aspen!
- Probablemente te asparán.
- ¿Por qué - intervino Leroy - se frotaba el estómago?
- Está claro, mi querido biólogo. Porque allí es donde tiene el cerebro. No en su diminuta cabeza, sino en el centro de su cuerpo.
- ¡Es imposible!
- No, en Marte no lo es. Esta flora y esta fauna no son terráqueas tus biópodos lo demuestran. - Jarvis sonrió burlonamente y prosiguió su narración -: Como quiera que sea, seguimos caminando por Xanthus y ya mediada la tarde sucedió otra cosa rara. Las pirámides se acabaron.
- ¿Se acabaron?
- Sí, y el misterio radicaba en la última, ya casi de tres metros. ¿No comprendéis? Quienquiera que fuese, el que la construyó estaba todavía dentro. Lo habíamos seguido desde sus orígenes de medio millón de años antes hasta la actualidad.
Tweel y yo nos dimos cuenta casi al mismo tiempo. Monté mi pistola, en la que tenía un cargador de balas explosivas y Tweel, rápido como un prestidigitador, sacó de su bolsa un curioso y pequeño revólver de cristal. Se parecía mucho a nuestras armas, con la diferencia de que la culata era mayor para acomodarse a su mano. Empuñamos nuestras armas mientras nos acercábamos a la última pirámide.
Tweel fue el primero en ver el movimiento. Las hileras superiores de ladrillos estaban siendo desplazadas y, de pronto, se deslizaron a un lado con un ligero crujido. Y entonces... algo... algo empezó a salir.
Apareció un largo brazo de un gris plateado y detrás un cuerpo blindado. Blindado, quiero decir, recubierto de escamas de un gris plateado y mate. El brazo sacó al cuerpo de aquel hueco; la criatura quedó tendida en la arena.
Era una criatura indescriptible: cuerpo como con un solo orificio que recordaba vagamente a una boca y dotado en ambos extremos de dos brazos: flexible uno, rígido y aguzado el otro. Nada de más miembros, nada de ojos, oídos, nariz, en fin, lo que se dice nada. Aquella cosa se arrastró unos cuantos metros, metió su puntiaguda cola en la arena, se enderezó y se quedó sentada.
Tweel y yo permanecimos a la expectativa. Al cabo de unos diez minutos, nos llegó un leve crujido, un crepitar como el de un papel que se arruga, y su brazo se movió hasta el agujero de la boca de donde extrajo... ¡un ladrillo! El brazo colocó cuidadosamente el ladrillo en el suelo y la cosa quedó de nuevo inmóvil.
Otros diez minutos... otro ladrillo. Se trataba simplemente de uno de los ladrilleros de la naturaleza, Yo estaba a punto de apartarme y seguir caminando cuando Tweel apuntó a la cosa y dijo: «Roca». Contesté con un «hum» y él lo repitió de nuevo. Luego, con acompañamiento de algunos de sus trinos, dijo «No... no», y lanzó dos o tres aspiraciones sibilantes.
Lo curioso es que comprendí lo que quería decir. Pregunté: «¿No respira?», y expliqué con gestos la palabra. Tweel quedó entusiasmado; dijo: «¡Sí, sí, sí! ¡No, no, no respira!» Luego dio un salto y terminó clavando la nariz a un paso del monstruo.
Ya podéis imaginaros lo turbado que me quedé. El brazo se alzaba en busca de un ladrillo y temí ver a Tweel atrapado y prensado, pero no ocurrió nada de eso, Tweel se colocó junto a la criatura y el brazo agarró el ladrillo y lo colocó pulcramente junto al primero. Tweel le rozó el cuerpo y dijo: «Roca» y yo tuve bastantes agallas para acercarme y mirar.
De nuevo Tweel tenía razón. La criatura era roca y no respiraba.
- ¿Cómo lo sabes? - inquirió Leroy, encendidos de interés sus negros ojos.
- Porque soy químico. ¡La bestia estaba hecha de sílice! Debía de haber silicio puro en la arena y ella vivía a sus expensas. ¿Lo comprendéis? Nosotros, Tweel y esas plantas de ahí fuera, incluso los biópodos, son vida de carbono; en cambio, aquella cosa vivía por un conjunto diferente de reacciones químicas. ¡Era vida de silicio!
- ¡Vida silícea! - gritó Leroy -. Lo había sospechado y ahora tenemos la prueba. Tengo que ir a verlo. Tengo que...
- ¡Está bien, está bien! - dijo Jarvis -. Puedes ir a verlo. El caso es que la cosa estaba allí, viva y sin embargo no viviente, moviéndose cada diez minutos sólo para sacar un ladrillo. Esos ladrillos eran sólo su material de desecho. ¿Comprendes, franchute? Nosotros somos carbono y nuestro material de desecho es dióxido de carbono; esta cosa es silicio y su desecho es dióxido de silicio, es decir, sílice. Pero la sílice es un sólido, de aquí los ladrillos. La bestia los construye y cuando los ha colocado, se traslada a un nuevo emplazamiento para comenzar otra vez. No es de extrañar que produjese aquellos crujidos. ¡Una criatura viva de medio millón de años!
- ¿Cómo sabes la edad? - preguntó Leroy frenéticamente.
- Seguimos el rastro de las pirámides desde el principio, ¿no es así? Si no fuese éste el constructor original de las pirámides, la serie habría terminado en algún sitio antes de que lo encontrásemos a él, ¿no os parece? Habría terminado y empezado de nuevo con las pirámides pequeñas. Me parece que es bastante simple.
Pero él se reproduce, o trata de hacerlo, Antes de extraer el tercer ladrillo proyectó con un nuevo crujido un enjambre de aquellas bolitas de cristal. Son sus esporas, o huevos, o semillas, o como queramos llamarlas. Fueron flotando sobre Xarithus como habían flotado sobre nosotros en el Mare Chronium. También tengo el presentimiento de cómo funcionan; esto lo digo para que tomes nota, Leroy. Creo que la cáscara de cristal de sílice no es más que una cubierta protectora, como la cáscara de un huevo, y que el principio activo es el olor que hay dentro. Es una especie de gas que ataca al silicio y, si la cáscara se rompe cerca de un depósito de este elemento, se inicia una reacción que desemboca en una bestia como la que os he descrito.
- ¡Habrá que probarlo! - exclamó el bajito francés -. Debemos romper una para ver.
- ¿Sí? Bueno, pues yo lo hice. Rompí unas cuantas contra la arena. ¿Queréis volver dentro de unos diez mil años para ver si planté algunos monstruos constructores de pirámides? Será muy probable que para esa fecha podáis ya comprobarlo. - Jarvis se detuvo e hizo una inspiración profunda -. ¡Cielos! ¡Qué criatura tan absurda! ¿Os la imagináis? Ciega, sorda, sin nervios, sin cerebro; simplemente un mecanismo y, sin embargo.... inmortal. Limitada a hacer ladrillos, a construir pirámides mientras existan el silicio y el oxígeno. E incluso después se limitará a pararse, no morirá. Y a los accidentes que se produzcan dentro de un millón de años le aportan de nuevo su comida, allí estará dispuesta a caminar de nuevo, en tanto que los cerebros y civilizaciones formarán parte del pasado. Una extraña bestia, pero encontré otra más rara aún.
- Si la encontraste, debió de ser en sueños - gruñó Harrison.
- Tienes razón - dijo Jarvis lacónicamente -. En cierto modo tienes razón. ¡La bestia de los sueños! Es el mejor nombre para ella, y es la más hostil, y terrorífica creación que uno pueda imaginar. Más peligrosa que un león, más insidiosa que una serpiente.
- ¡Cuéntame! - rogó Leroy -. ¡Tengo que ir a verla!
- No, a ese diablo no. - Hizo de nuevo una pausa -. Bien - continuó -, Tweel y yo abandonamos a la criatura de las pirámides y seguimos caminando por Xanthus. Yo estaba cansado y bastante triste por el hecho de que Putz no me hubiese recogido y los cloqueos de Tweel me atacaban los nervios, así como sus picados en barrena. Así pues, me limitaba a caminar sin decir palabra, hora tras hora, por aquel monótono desierto.

Hacia media tarde avistamos una línea oscura en el horizonte. Yo sabía lo que era. Era un canal; lo había sobrevolado en el cohete y eso significaba que sólo habíamos recorrido un tercio de la extensión de Xanthus. Bonita idea, ¿no? Y sin embargo, aún disponía de tiempo para llegar en la fecha marcada.
Nos acercamos al canal lentamente; yo recordaba que este canal estaba bordeado por una amplia franja de vegetación y que la Ciudad de Cieno estaba en la orilla.
Ya he dicho que estaba cansado. No hacía más que pensar en una buena comida caliente, y de allí mis reflexiones se fueron encadenando: pensé en lo bonito y hogareño que me parecería incluso Borneo después de este loco planeta, en el pequeño y viejo Nueva York y, finalmente, en una muchacha a la que conozco allí: Fancy Long. ¿La conocéis?
- Una animadora - dijo Harrison -. He cantado el estribillo de muchas de sus canciones. Bonita rubia; baila y canta en la hora de la Hierba Mate.
- Esa es - aprobó Jarvis -. La conozco bastante bien, sólo como amigos, entendéis, ¿eh?, aunque acudió a vernos despegar en el Ares. Iba pensando en ella mientras nos acercábamos a aquella línea de plantas elásticas.
Y entonces exclamé: «¡Qué diablos...!», y me quedé mirando fijamente. Allí estaba Fancy Long, de pie bajo uno de aquellos árboles retorcidos, tan clara como el día, sonriendo y saludándome con el brazo tal como yo recordaba que había hecho cuando despegamos.
- Definitivamente se ve que estás loco - comentó el capitán.
- Muchacho, en aquellos momentos casi te habría dado la razón. Parpadeé, me pellizqué, cerré los ojos, luego volví a mirar, y allí seguía estando Fancy Long sonriendo y saludando con el brazo. Tweel también veía algo; graznaba y cloqueaba, pero yo apenas lo oía. Permanecía inmóvil mirando a la muchacha, demasiado estupefacto para hacerme preguntas.
No estaba a seis metros de ella cuando Tweel me alcanzó con uno de sus saltos. Me agarró por un brazo, gritando: «¡No, no, no!», con su voz más aguda. Traté de sacudírmelo, era tan liviano como si estuviese hecho de bambú, pero él clavó sus garras y chilló. Finalmente recobré algo de cordura y me detuve a menos de tres metros de la muchacha. Allí estaba ella, con un aspecto tan sólido como la cabeza de Putz.
- ¿Cómo dices? - preguntó el ingeniero.
- Sonreía y movía el brazo, movía el brazo y sonreía, y yo estaba allí tan callado como Leroy, mientras Tweel cloqueaba y parloteaba.
Comprendía que aquello no podía ser real, y sin embargo allí estaba ella.
Finalmente dije: «¡Fancy! ¡Fancy Long!» Ella seguía sonriendo y ondeando el brazo, pero con un aspecto tan real como si yo no la hubiese dejado a una distancia de ochenta millones de kilómetros.» Tweel había sacado su pistola de cristal y estaba apuntando contra la muchacha. Lo agarré por el brazo, pero intentó apartarme. La señaló y dijo: «¡No respira! ¡No respira!» y comprendí que quería decir que aquella Fancy Long no estaba viva. ¡Muchachos, la cabeza me daba vueltas!
Sin embargo, se me ponía la carne de gallina al ver cómo Tweel apuntaba su arma contra la muchacha. No sé cómo permanecí allí quieto viéndolo afinar la puntería, pero lo hice. Apretó el gatillo, se produjo un pequeño escape de vapor y Fancy Long desapareció. En su lugar pude ver uno de esos retorcidos horrores negros en forma de brazos. Era la misma bestia que antes había atrapado a Tweel.

¡La bestia de los sueños! Permanecí allí mareado, viéndola morir mientras Tweel trinaba y silbaba. Por fin, él me tocó el brazo, señaló a aquella cosa que se retorcía y dijo: «Tú uno uno dos, él uno uno dos». Después que lo hubo repetido ocho o diez veces, capté el significado. ¿Lo capta alguno de vosotros?
- ¡Sí! - chilló Leroy -. ¡Yo lo entiendo! Quiere decir que tú piensas en algo, la bestia lo adivina y tú ves aquello en que estás pensando. Un perro hambriento vería un gran hueso con carne. O lo olería, ¿no es así?
- Exactamente - dijo Jarvis -. La bestia de los sueños utiliza los anhelos y deseos de su víctima para atrapar a la presa. El pájaro, en la estación de celo, querría ver a su pareja; el zorro, que busca su presa, querría ver un indefenso conejo.
- ¿Cómo consigue eso la bestia? - inquirió Leroy.
- ¿Y cómo voy a saberlo? ¿Cómo se las arregla en la Tierra una serpiente para hipnotizar a un pájaro y atraerlo hasta sus mandíbulas? ¿Y no son capaces los peces de las profundidades de atraer a sus víctimas hasta la propia boca? ¡Cielos! - exclamó Jarvis con un estremecimiento -. ¿No veis lo insidioso que es el monstruo? Ahora estamos advertidos, pero en adelante no podemos confiar ni siquiera en nuestros propios ojos. Podríais estar viéndome, o yo podría ver a uno de vosotros, y otra vez pudiera darse el caso de que aquello no fuese sino otro de esos negros horrores.
- ¿Cómo se dio cuenta tu amigo? - preguntó el capitán bruscamente.
- ¿Tweel? Es lo que me pregunto yo también. Quizás él estaba pensando en algo que no era posible que me interesara y cuando empecé a acercarme comprendió que yo veía algo distinto y cayó en la cuenta. O tal vez la bestia de los sueños sólo puede proyectar una visión única, y Tweel vio lo que yo vi... o nada. No pude preguntárselo. Pero eso es otra prueba de que la inteligencia de Tweel es igual que la nuestra, si no superior.
- ¡Te digo que estás chiflado! - exclamó Harrison -. ¿Qué te hace pensar que su intelecto pueda compararse con el humano?
- Muchas cosas. Primero la cuestión de la bestia de las pirámides. Él nunca había visto ninguna; por lo menos eso es lo que dijo sin embargo, la reconoció como un autómata de silicio.
- Puede haber oído hablar de él - objetó Harrison -. Ya sabes que él vive por aquí cerca.
- ¿Y qué me dices respecto al lenguaje? Yo no pude formarme ni la menor idea del suyo y él, en cambio, aprendió seis o siete palabras del mío. ¿Y os dais cuenta de las ideas tan complejas que supo enunciar sirviéndose simplemente de seis o siete de esas palabras? El monstruo de las pirámides, la bestia de los sueños... En una sola frase me dijo que uno era un autómata inofensivo y el otro un poderosísimo hipnotizador. ¿Qué opináis de eso?
- ¡Hum! - dijo el capitán.
- Todo lo «hum» que quieras, pero, ¿podrías haber hecho eso sabiendo sólo seis palabras de inglés? ¿Podrías haber conseguido incluso más, como lo consiguió Tweel, y decirme que otra criatura era de una especie de inteligencia tan diferente de la nuestra, que la comprensión resultaba imposible, mucho más imposible que entre Tweel y yo?
- ¿A qué clase de criaturas te refieres?
- Eso vendrá más tarde. Lo que quiero recalcar es que Tweel y su raza son merecedores de nuestra amistad. En algún sitio de Marte, ya veréis como tengo razón, hay una civilización y una cultura semejantes a la nuestra, y la comunicación es posible entre ellos y nosotros; Tweel lo demuestra. Puede que eso exija años de pacientes ensayos, porque sus mentes nos resultan extrañas, pero menos extrañas que las mentes con que topé más tarde.... si son mentes.
- ¿A qué te refieres?
- A la gente que hay en las ciudades de barro a lo largo de los canales. - Jarvis frunció el ceño y continuó luego su narración -: Yo creía que la bestia de los sueños y el monstruo de silicio eran los seres más extraordinarios concebibles, pero estaba equivocado. Las criaturas a las que voy a referirme son todavía menos comprensibles que cualquiera de las otras dos, y desde luego mucho menos comprensibles que Tweel, con quien cabe la posibilidad de trabar amistad e incluso, a fuerza de paciencia y concentración, llegar a un intercambio de ideas.
El caso es - prosiguió - que abandonamos a la moribunda bestia de los sueños, dejándola retirarse a su cubil, y avanzamos hacia el canal. El suelo estaba recubierto por una alfombra de aquellas raras hierbas andadoras que se apartaban a nuestro paso. Cuando llegamos a la orilla, vimos que por el canal fluía un débil hilo de agua amarilla. La ciudad de barro que había divisado desde el cohete estaba aproximadamente a unos dos kilómetros a la derecha y sentía curiosidad por echarle un vistazo.
Ofrecía el aspecto de estar deshabitado, pero, por si había criaturas emboscadas con propósitos hostiles, Tweel y yo empuñábamos nuestras armas. Dicho sea de paso, la de Tweel era un artilugio interesante. La examiné después del episodio de la bestia de los sueños: disparaba una pequeña esquirla de cristal, envenenada supongo, y calculo que en un cargador había por lo menos cien proyectiles. La propulsión era a vapor, vapor puro y simple.
- ¿Vapor? - exclamó Putz -. ¿Qué clase de vapor?
- De agua, por supuesto. El cristal de la empuñadura transparentaba dos cámaras, una llena de agua y la otra de un líquido espeso y amarillento. Cuando Tweel apretaba la empuñadura, porque en realidad no había ningún gatillo o disparador, una gota de agua y una gota de aquella materia amarillenta penetraban en la cámara de combustión, y el agua se convertía en vapor. No es tan difícil; creo que podríamos utilizar el mismo principio. El ácido sulfúrico concentrado calentaría el agua casi hasta el punto de ebullición, y lo mismo lo harían la cal viva, el potasio o el sodio...
Naturalmente, su arma no tenía el alcance de la mía, pero no resultaba tan mala en este aire enrarecido. Además, contenía tantos proyectiles como una pistola de vaquero en una película del oeste y era eficaz, por lo menos contra la vida marciana. Yo la probé, disparando contra una de aquellas plantas extravagantes, y que me aspen si la planta no se marchitó y se desplomó. Por eso creo que las esquirlas de cristal estaban envenenadas.
El caso es que seguimos andando hacia la ciudad de barro. Empezaba a preguntarme si los constructores de la ciudad serían los que habían excavado los canales. Señalé a la ciudad y luego al canal, pero Tweel dijo «No, no, no» y con un ademán señaló hacia el sur. Interpreté que con aquel gesto quería decir que era otra raza la que había creado el sistema de canales, quizá la gente de Tweel. No lo sé; tal vez haya otra raza inteligente en el planeta, o una docena. Marte es un raro pequeño mundo.
A unos cien metros de la ciudad cruzamos una especie de carretera, una simple senda de barro apisonado y, sorpresa, vimos avanzar por ella a uno de los constructores de montecillos.
¡Muchachos, cuesta trabajo hablar de seres tan fantásticos, parecía un barril trotando sobre cuatro patas. No tenía cabeza: el extremo superior del cuerpo era un diafragma tan tenso como la piel de un tambor. Amén de las patas el cuerpo, rodeado por completo de una hilera de ojos, proyectaba otros cuatro tentáculos.
Y eso era todo. El extraño ser pasó como un rayo junto a nosotros empujando una carretilla. Ni siquiera advirtió nuestra presencia, aunque me pareció observar que sus ojos se modificaban un poco al pasar a nuestra altura.
Un momento más tarde se acercó otro, empujando una carretilla vacía. Y luego un tercero, que también nos ignoró. Bueno, yo no iba a consentir que un montón de barriles jugando al tren me tratase con tal menosprecio, así que, cuando se acercó el cuarto, me planté en medio del camino, dispuesto a apartarme de un salto si aquella cosa no se paraba.
Pero se detuvo y lanzó una especie de redoble. Yo extendí las manos y dije: «Somos amigos». ¿Y qué suponéis que hizo la cosa aquella?
- Imagino que responder: «Encantado de conocerlo» - sugirió Harrison.
- No me habría sorprendido más de haber hecho esto. Redobló sobre su diafragma y atronó de pronto: «Somos amigos». Y, sin más, empujó malignamente su carretilla contra mí. Me aparté de un salto y me quedé mirando como un estúpido a aquella cosa que se alejaba. Un minuto más tarde otro de aquellos barriles pasó a la carrera. No se detuvo, sino que simplemente redobló: «Somos amigos» y siguió corriendo. ¿Cómo había aprendido la frase? ¿Estaban todas aquellas criaturas comunicadas entre sí? ¿Eran todas ellas partes de algún organismo central? Lo ignoro, aunque creo que Tweel sí lo sabe.
Como quiera que sea, las criaturas continuaban pasando junto a nosotros, cada una de ellas saludándonos con la misma frase. Llegó a ser cómico; nunca pensé encontrar tantísimos amigos en esta bola dejada de la mano de Dios. Finalmente miré a Tweel con un gesto de perplejidad; imagino que me comprendió, porque dijo: «Uno uno dos sí, dos dos cuatro, no». ¿Lo entendéis?
- Claro - dijo Harrison -. Debe tratarse de una rima infantil marciana.
- Nada de eso. Estaba ya acostumbrándome al simbolismo de Tweel e interpreté su declaración de esta manera: «Uno uno dos, sí»: las criaturas eran inteligentes; «Dos dos cuatro, no»: su inteligencia no era de nuestro tipo, sino algo distinto, más allá de la lógica del dos y dos son cuatro. Tal vez me equivoqué, tal vez había querido dar a entender que sus mentes eran de grado inferior, capaces de concebir las cosas simples, «uno uno dos, sí», pero no cosas más difíciles, «dos dos cuatro, no». Pero creo, por lo que vimos más tarde, que mi interpretación había sido correcta.
Al cabo de pocos momentos, las criaturas volvieron corriendo. Traían ahora las carretillas llenas de piedras, arena, trozos de plantas gelatinosas y desperdicios por el estilo. Zumbaban sus amistosos saludos, que realmente no lo parecían tanto y seguían corriendo. Supuse que el cuarto era mi primer conocido y decidí tener otra charla con él, Me planté en su camino y aguardé.
Se acercó lanzando su «somos amigos» y se detuvo. Me quedé mirándolo; cuatro o cinco de sus ojos se fijaron en mí. Probó otra vez su contraseña y dio un empujón a su carretilla, pero permanecí firme. Y entonces la repugnante criatura alargó uno de sus brazos y dos dedos que parecían pinzas me apretaron la nariz.
Harrison estalló en una salvaje risotada.
- Quizás esas cosas poseen un afinado sentido de la belleza - proclamó entusiasmado.
- Ríe todo cuanto quieras - gruñó Jarvis -. Yo había recibido ya un golpe en la nariz y la tenía escocida por la escarcha. No pude por menos que gritar un «¡ay!» de dolor y hacerme a un lado. La criatura siguió su camino, pero a partir de entonces el saludo de todas ellas fue «Somos amigos. Ay». ¡Extravagantes bestias!
Tweel y yo seguimos la carretera. Esta se hundía simplemente en una abertura y bajaba como una vieja contramina. De un lado a otro pasaba a toda prisa la gente-barril, saludándonos con su eterna frase.
Miré hacia el interior. En algún sitio, allá abajo, se divisaba un poco de luz y sentí curiosidad por verla. No parecía una antorcha, ya me comprendéis, sino que tenía el aspecto de una luz más civilizada y pensé que aquello podría proporcionarme una pista en cuanto al índice de desarrollo de aquellos seres. Así pues, entré y Tweel me siguió pisándome los talones, no sin antes proferir unos cuantos cloqueos y graznidos.
La luz era curiosa. Chisporroteaba y resplandecía como un viejo arco voltaico, pero procedía de una sola varilla negra empotrara en la pared del corredor. Era eléctrica, sin duda alguna. Por lo visto, las criaturas estaban bastante civilizadas.
Luego vi otra luz que lucía sobre algo resplandeciente y me acerqué a mirar, pero se trataba sólo de un montón de arena brillante. Me volví hacia la entrada para marcharme y creí que me la había tapado el diablo.
Supuse que el corredor era curvo o que me había metido por un pasillo lateral. Desandé el camino en la dirección que intuí correcta y todo lo que encontré fueron más corredores sumidos en la penumbra. ¡Aquello era un laberinto! No había más que retorcidos pasillos que corrían en todas direcciones, alumbrados por alguna que otra luz. De vez en cuando pasaba una criatura corriendo, a veces con una carretilla, a veces sin ella.
Al principio no me preocupé mucho, Tweel y yo sólo habíamos avanzado unos cuantos metros desde la entrada. Pero cada paso que dábamos parecía internarnos más y más en las profundidades. Finalmente decidí seguir a una de las criaturas que llevaba una carretilla vacía, pensando que ella tendría que salir en busca de sus materiales, pero la verdad era que corría sin rumbo de un pasillo a otro. Cuando empezó a dar vueltas alrededor de una de las pilastras como un danzarín japonés, me di por vencido, deposité mi tanque de agua en el suelo y me senté.
Tweel estaba tan desconcertado como yo. Apunté hacia arriba y él dijo «No, no, no» en una especie de desvalido trino. Y no podíamos conseguir ninguna ayuda de los nativos; no nos prestaban atención en absoluto, excepto para asegurarnos que éramos amigos, ay.
¡Cielos! No sé cuántas horas o cuántos días vagamos por allí. Me quedé dormido dos veces de puro agotamiento. En cuanto a Tweel, nunca parecía sentir esta necesidad. Tratamos de avanzar únicamente por los corredores que ascendían, pero la verdad es que tan pronto subían como se hundían en las profundidades. La temperatura en aquel maldito hormiguero era constante; no se podía distinguir el día de la noche y después de mi primer sueño no supe si había dormido una hora o trece, por lo cual no podía decir por mi reloj si era medianoche o mediodía.
Vimos muchísimas cosas extrañas. Había máquinas que funcionaban en algunos de los corredores, pero no parecía que estuviesen haciendo nada, simplemente ruedas que giraban. Y en varias ocasiones vi a dos bestias-barriles con un pequeño creciendo entre ambas.
- ¡Partenogénesis! - se entusiasmó Leroy -. Partenogénesis por injertos como los tulipanes.
- Así será, si tú lo dices, franchute - convino Jarvis -. Aquellas cosas no nos prestaban la más mínima atención, excepto, como ya he dicho, para saludarnos. Parecían no tener ninguna clase de vida hogareña, sino que se limitaban a correr con sus carretillas y a traer desechos. Por fin descubrí lo que hacían con éstos.
Acertamos a dar con un corredor que avanzaba hacia arriba largo trecho. Tenía el presentimiento de que debíamos de estar cerca de la superficie cuando, de pronto, el pasillo desemboca en una cámara abovedada, la única que habíamos visto. La verdad es que tuve ganas de ponerme a bailar cuando vi algo que se asemejaba a la luz del día a través de una rendija del techo.
En aquella habitación había una especie de máquina, simplemente una enorme rueda que giraba con lentitud, Una de las criaturas estaba en aquel momento arrojando sus desechos bajo la rueda. Ésta los aplastó con un crujido -arena, piedras, plantas- convirtiéndolo todo en un polvo que voló hacia alguna parte. Mientras mirábamos, otros descargaban sus carretillas, repitiendo el proceso. Eso parecía ser todo. Aparentemente no había razón alguna para todo aquello, pero eso es característico de este chiflado planeta. Y aún presenciamos otro hecho si cabe más increíble.
Una de las criaturas, después de haber arrojado su carga, apartó su carretilla a un lado y tranquilamente se arrojó ella misma bajo la rueda. Vi cómo era aplastada y me quedé tan estupefacto, que no pude exhalar el menor sonido. Pero un momento después otra la seguía. Hacían aquello de un modo perfectamente metódico; una de las criaturas sin carretilla se hizo cargo de la carretilla abandonada.
Tweel no parecía sentirse sorprendido; le señalé al suicida siguiente, y se limitó a hacer el encogimiento de hombros más humano que pueda imaginarse, como si estuviera diciendo: «¿Qué puedo hacer respecto a eso?»
Luego vi otra cosa más. En algún sitio más allá de la rueda había algo brillante sobre una especie de pedestal bajo. Me acerqué; era un cristal del tamaño aproximado de un huevo que resplandecía como el más fabuloso brillante. La luz que irradiaba me dio en las manos y en la cara casi como una descarga estática y entonces noté algo curiosísimo. ¿Recordáis aquella verruga que tenía en el pulgar izquierdo? ¡Mirad! - Jarvis extendió la mano -. Se secó y se desprendió, así, con esa sencillez. Y en cuanto a mi zarandeada nariz, el dolor desapareció como por ensalmo. Aquella cosa tenía la propiedad de fuertes rayos X o radiaciones gamma, sólo que en mayor proporción; destruía los tejidos enfermos y dejaba indemnes los sanos.
Estaba pensando el regalo que sería llevar aquello a la madre Tierra cuando me interrumpió un gran alboroto. Retrocedimos al otro lado de la rueda con tiempo para ver cómo volcaba una de las carretillas. Por lo visto, algún suicida se había descuidado.
De pronto las criaturas empezaron a zumbar y a redoblar alrededor de nosotros y su ruido era claramente amenazador. Un grupo avanzó hacia donde estábamos; retrocedimos por lo que creí que era el pasillo por donde habíamos entrado, y entonces se lanzaron detrás de nosotros, unos con sus carretillas, otros sin ellas. ¡Extravagantes brutos! Había todo un coro de «somos amigos, ay». No me gustaba el «ay»; era demasiado sugestivo.
Tweel había sacado su pistola de cristal; yo me desprendí de mi tanque de agua para tener más libertad de movimientos Y saqué la mía. Retrocedimos corredor arriba con unas veinte bestias-barriles persiguiéndonos. Cosa rara: las que entraban con carretillas cargadas se movían a pocos centímetros de nosotros sin concedernos una mirada.
Tweel debió de haberse fijado en eso. De pronto sacó aquel encendedor suyo de carbón al rojo y tocó una carretilla cargada de pedazos de plantas. ¡Bum! Toda la carga empezó a arder y la estúpida bestia siguió empujándola sin aflojar el paso. Pero de cualquier modo causó alguna perturbación entre nuestros «somos amigos», y luego noté que el humo subía y bajaba en remolinos junto a nosotros. Así descubrimos la entrada.
Agarré a Tweel y nos precipitamos afuera, perseguidos por unas veinte bestias. La luz del día me pareció el paraíso, aunque noté en seguida que el Sol estaba a punto de ponerse. Mal síntoma, por que no podría sobrevivir sin mi saco térmico en una noche marciana. Las cosas iban empeorando rápidamente. Nos acorralaron en un ángulo entre dos montículos, y allí nos detuvimos. Ni yo ni Tweel habíamos disparado; no tenía objeto irritar a los brutos. Se detuvieron a corta distancia y empezaron sus zumbidos acerca de la amistad y de los ayes.
Luego las cosas empeoraron aún más. Un barril acudió con una carretilla y todos la rodearon y se fueron apartando con puñados de dardos de cobre de unos tres centímetros de longitud y de aspecto bastante aguzado. Y de pronto uno de los dardos me pasó rozando la oreja. Había que disparar o morir.
Durante algún tiempo lo hicimos bastante bien. Liquidamos a los que estaban más cerca de la carretilla y conseguimos reducir los dardos a un mínimo, pero de pronto hubo un tormentoso estruendo de «amigos» y «ayes» y todo un ejército salió de su cueva.
Muchachos, estábamos atrapados y yo lo sabía. Luego caí en la cuenta de que Tweel no lo estaba. Podría haber dado un salto sobre el montículo que teníamos detrás como quien no quiere la cosa. ¡Se quedaba por mí!
Me habría echado a llorar si hubiese tenido tiempo. Tweel me había sido simpático desde el principio, pero aún suponiendo que tuviese que estarme agradecido por haberlo salvado de la bestia de los sueños, ya había hecho bastante por mí, ¿no? Lo agarré por el brazo y dije «Tweel» y señalé arriba, y él comprendió. Dijo «No, no, Dick» y avanzó con su pistola de cristal.
¿Qué podía hacer yo? De cualquier modo me quedaría convertido en un témpano cuando se pusiera el sol, pero aquello no podría explicárselo. Dije: «Gracias, Tweel. Eres todo un hombre». Y sentí que no le estaba haciendo ninguna clase de cumplido. ¡Un hombre!
Hay pocos hombres con suficientes agallas para hacer lo que él estaba haciendo.
Así pues, empezamos a disparar con nuestras respectivas pistolas y los barriles no dejaban de lanzar dardos y acercarse a nosotros proclamando que éramos amigos. Yo había renunciado a toda esperanza. Pero de pronto un ángel descendió del cielo en forma de Putz y con sus cohetes inferiores hizo añicos a los barriles.
Lancé un grito y me precipité hacia el cohete; Putz abrió la puerta y entré, riendo, llorando y gritando. Sólo al cabo de un momento me acordé de Tweel; miré en torno con el tiempo suficiente para verlo alzarse en uno de sus vuelos en picado por encima del montículo y alejarse.
Tuve una larga discusión con Putz para que lo siguiera. Pero cuando el cohete se elevó, la oscuridad ya había descendido; ya sabéis como llega aquí: como cuando se apaga una luz. Volamos sobre el desierto y descendimos a ras de suelo un par de veces. No logramos encontrarlo; él podía viajar como el viento y todo lo que conseguí o que me imaginé conseguir a las llamadas que lancé fue un débil trino, un gorjeo que llegaba del sur. Tweel se había ido y ¡qué me aspen, me gustaría que no lo hubiese hecho!
Los cuatro hombres del Ares se quedaron silenciosos, incluso el sarcástico Harrison. Por último, el bajito Leroy rompió el silencio:
- Me gustaría ver todo eso - murmuró.

- Sí - dijo Harrison -. Y el curaverrugas. Una lástima que lo perdieras; podría tratarse de la cura del cáncer que la humanidad lleva esperando desde hace siglo y medio.
- ¡Oh, en cuanto a eso...! - Masculló Jarvis sombríamente -. Fue por lo que empezó la pelea. - Se sacó de un bolsillo un objeto resplandeciente -: Aquí está.

HIJO DE SANGRE -- OCTAVIA E. BUTLER

HIJO DE SANGRE
_
Octavia E. Butler

_
La última noche de mi infancia empezó con una visita a casa.
Las hermanas de T'Gatoi nos habían regalado dos huevos estériles. T'Gatoi le ofreció
uno a mi madre, mi hermano y mis hermanas. Insistió en que yo me comiera el otro
sólo. No importaba. Seguía habiendo bastante para que todo el mundo se sintiera bien.
Casi todo el mundo. Mi madre no quiso tomar nada. Se sentó, observando como todos
flotaban y soñaban sin ella. La mayor parte del tiempo me observaba a mí.
Yo estaba apoyado en el largo y aterciopelado envés de T'Gatoi, sorbiendo de mi huevo
de cuando en cuando, preguntándome por qué se negaría mi madre un placer tan
inofensivo. Tendría menos gris en el pelo si alguna vez se lo permitiera. Los huevos
prolongaban la vida, prolongaban el vigor. Mi padre, que en su vida rechazó uno, vivió
más del doble de lo que tendría que haber vivido. Y se casó con mi madre y engendró
cuatro hijos hacia el final de su vida, cuando debería haber aflojado la marcha.
Pero mi madre parecía conforme con envejecer antes de tiempo. Miré como se alejaba
cuando varias patas de T'Gatoi me atrajeron más cerca de ella. A T'Gatoi le gustaba el
calor de nuestros cuerpos, y disfrutaba de él siempre que podía. Cuando era pequeño y
pasaba más tiempo en casa, mi madre solía intentar enseñarme la manera de
comportarme correctamente con T'Gatoi; de qué manera debía mostrar siempre respeto
y ser siempre obediente, porque T'Gatoi era el oficial del gobierno Tlic que estaba al
cargo de la Preserva y, por tanto, el más importante de todos los de su especie que
tenían contacto directo con los terrestres. Mi madre decía que era un honor que un
personaje semejante hubiera decidido integrarse en nuestra familia. Mi madre era de lo
más formal y tajante cuando mentía.
No tenía ni idea de por qué mentía, ni siquiera de en qué mentía. Era un honor tener a
T'Gatoi en la familia, pero eso no era ninguna novedad. T'Gatoi no estaba interesada en
que la honraran en una casa que consideraba su segundo hogar. Se limitaba a llegar,
subirse en uno de sus divanes especiales y llamarme para que la mantuviera caliente.
Resultaba imposible comportarse con formalidad mientras me apoyaba en ella y la oía
quejarse como acostumbraba, diciendo que estaba demasiado delgado.
- Estás mejor - dijo esta vez, tanteándome con seis o siete de sus patas -. Por fin estás
ganando peso. La delgadez es peligrosa.
El tanteo varió delicadamente, convirtiéndose en una serie de caricias.
- Todavía está demasiado delgado - dijo mi madre con sequedad.
T'Gatoi levantó la cabeza, y puede que un metro de su cuerpo, del diván como si fuera
a levantarse. Miró a mi madre, y mi madre, con el rostro arrugado y aire avejentado,
apartó la mirada.
- Lien, me gustaría que tomaras lo que queda del huevo de Gan.
- Los huevos son para los niños - dijo mi madre. - Son para la familia.
- Tómatelo, por favor.
Mi madre me lo quitó, obedeciendo de mala gana, y se lo llevó a la boca. Sólo
quedaban unas gotas en el elástico cascarón, ahora hundido, pero las exprimió, las
tragó y, al poco, empezaron a suavizarse algunas líneas de tensión en su cara.
- Es bueno - susurró - A veces olvido lo bueno que es.
- Deberías tomar más - dijo T'Gatoi -. ¿Por qué tienes tanta prisa en envejecer?
Mi madre no dijo nada.
- Me gusta poder venir aquí - dijo T'Gatoi - Es gracias a ti que este lugar es un refugio,
y, sin embargo, te niegas a cuidarte.
T'Gatoi era acosada en el exterior. Su gente quería tener disponibles a más de
nosotros. Entre nosotros y las hordas que no comprendían la existencia de la Preserva
sólo se interponía ella y su facción política; no comprendían por qué no podía pedirse,
pagarse, reclutarse, o disponerse de cualquier humano. O puede que sí lo
comprendiesen, pero no les importaba en su desesperación. T'Gatoi nos repartía entre
los desesperados y nos vendía a los ricos y poderosos a cambio de su apoyo político.
Éramos artículos de primera necesidad, símbolos de estatus y un pueblo independiente.
Supervisó la unión de las familias, acabando con los últimos vestigios del sistema
anterior, en que disgregaban a las familias terrestres para complacer a los Tlics
impacientes. Había vivido con ella en el exterior. Había visto el ansia desesperada con
que me miraba alguna gente. Me asustaba un poco saber que sólo ella se interponía
entre nosotros y esa desesperación que podría tragarnos tan fácilmente. Había veces
en que mi madre la miraba y luego me decía «Cuídala». Y yo recordaba que también
ella había estado en el exterior, también había visto.
T'Gatoi usó cuatro de sus patas para apartarme y echarme al suelo.
- Vamos, Gan - dijo -. Siéntate allí, con tus hermanas, y disfruta de tu embriaguez. Te
has tomado la mayor parte del huevo. Ven a darme calor, Lien.
Mi madre dudó sin razón aparente. Uno de mis recuerdos más tempranos es el de mi
madre tumbada junto a T'Gatoi, hablando de cosas que yo no podía entender, y
levantándome del suelo, y riéndose mientras me sentaba sobre uno de los segmentos
de T'Gatoi. Por aquel entonces tomaba su ración de huevo. Me pregunté cuándo lo
habría dejado, y por qué.
Se apoyó sobre T'Gatoi, y toda la hilera izquierda de las patas de T'Gatoi se cerró
rodeándola con holgura, pero con firmeza. Yo siempre había encontrado incómodo el
estar así, y a nadie de la familia le gustaba, exceptuando a mi hermana mayor. Decían
sentirse enjaulados.
T'Gatoi quería enjaular a mi madre. Cuando lo hizo, movió ligeramente la cola y habló.
- No es bastante huevo, Lien. Debiste tomarlo cuando se te ofreció. Ahora lo necesitas
demasiado.
La cola de T'Gatoi se movió una vez más, con un latigazo tan rápido que no habría visto
de no haberlo esperado. El aguijón hizo brotar solamente una única gota de sangre de
la pierna desnuda de mi madre.
Mi madre chilló, probablemente por la sorpresa. La picadura no duele. Después suspiró
y pude ver que su cuerpo se relajaba. Se movió lánguidamente a una posición más
cómoda dentro de la jaula de patas.
- ¿Por qué hiciste eso? - preguntó medio dormida.
- No podía seguir viendo como sufrías.
Mi madre se las arregló para encoger ligeramente los hombros.
- Mañana - dijo.
- Sí. Mañana reanudarás tu sufrimiento, si es que debes hacerlo. Pero ahora, sólo por
ahora, quédate aquí echada, dame calor y deja que te haga más fáciles las cosas.
- El es todavía mío, ¿sabes? - dijo bruscamente mi madre -. Nadie puede comprármelo.
De estar sobria no se habría permitido referirse a semejantes cosas.
- Nadie - asintió T'Gatoi, siguiéndole la corriente.
- ¿Creíste que lo vendería a cambio de huevos? ¿A cambio de una larga vida? ¿A mi
hijo?
- Por nada - dijo T’Gatoi, acariciando los hombros de mi madre, jugando con su pelo
largo y gris.
Me hubiera gustado tocar a mi madre, compartir con ella ese momento. Me habría
cogido la mano de haberla tocado en ese instante, sonreído liberada por el huevo y la
picadura, y quizá hubiera dicho cosas que llevaba largamente guardadas en su interior.
Pero mañana recordaría todo esto como una humillación. No quería ser parte del
recuerdo de una humillación. Lo mejor era permanecer quieto, y saber que me quería
debajo de todo ese deber, y ese orgullo y ese dolor.
- Quítale los zapatos, Xuac Hoa. Dentro de poco volveré a picarla y podrá dormir.
Mi hermana mayor obedeció, tambaleándose como una borracha al levantarse. Se
sentó junto a mí cuando acabó y me cogió la mano. Ella y yo siempre habíamos estado
muy unidos.
Mi madre apoyó la nuca en el envés de T'Gatoi e intentó, desde aquel ángulo imposible,
mirar su rostro amplio y redondo.
- ¿Vas a picarme otra vez?
- Sí, Lien.
- Dormiré hasta mañana al mediodía.
- Bien. Lo necesitas. ¿Cuánto hace que no duermes?
Mi madre emitió un sonido enojado.
- Debí haberte pisado cuando eras lo bastante pequeña - farfulló.
Era un viejo chiste entre ellas. Habían crecido más o menos juntas, aunque T'Gatoi
nunca fue, en toda la vida de mi madre, lo bastante pequeña como para ser pisada por
cualquier terrestre. Tenía casi tres veces la edad de mi madre, pero aún sería joven
cuando ésta muriera de vieja. T'Gatoi y mi madre se conocieron cuando la primera
entraba en un período de desarrollo rápido, una especie de adolescencia. Mi madre
sólo era una niña, pero, durante un tiempo, se desarrollaron al mismo ritmo y no
tuvieron mejor amiga que la una para la otra.
T'Gatoi hasta le había presentado a mi madre el hombre que se convertiría en mi padre.
Mis padres, complacidos el uno con el otro, se casaron pese a la diferencia de edad,
mientras que T'Gatoi y ella empezaron a verse menos. Pero mi madre le prometió a
T'Gatoi uno de sus hijos antes de que naciera mi hermana mayor. Tendría que
entregarle uno de nosotros a alguien, y prefería que fuera a T'Gatoi antes que a algún
extraño.
Los años pasaron. T'Gatoi viajó y aumentó su influencia. La Preserva era suya cuando
volvió a recoger lo que debía considerar como justa recompensa a su duro trabajo. A mi
hermana mayor sólo le llevó un momento cogerle cariño y quiso ser elegida, pero mi
madre estaba a punto de salir de cuentas conmigo, y a T'Gatoi le gustó la idea de elegir
un bebé, y ser testigo y partícipe de todas las fases de su desarrollo.
Me han contado que me enjaularon por primera vez entre sus muchas patas a los tres
minutos de nacer. Pocos días después probé mi primer huevo. Suelo contarles esto a
los terrestres que me preguntan si alguna vez le tuve miedo. Y se lo cuento a los Tlic
cuando T'Gatoi les sugiere llevarse un joven terrestre, y ellos, ansiosos e ignorantes,
piden un adolescente.
Hasta mi hermano, que, por alguna razón, había crecido en el miedo y la desconfianza
a los Tlic, podría haberse integrado cómodamente en una de las familias de haber sido
adoptado lo bastante pronto. A veces pienso que, por su propio bien, debió haberlo
sido. Le miré, tirado ahí, en el suelo, en medio de la habitación, con ojos abiertos y
vidriosos mientras soñaba su sueño de huevo.
- ¿Podrías levantarte, Lien? - preguntó súbitamente T'Gatoi.
- ¿Levantarme? - dijo mi madre -. Creí que iba a dormirme.
- Luego. Algo va mal fuera.
La jaula desapareció bruscamente.
- ¿Qué?
- ¡Levántate, Lien!
Mi madre reconoció el tono y se levantó justo a tiempo de evitar que la arrojara al suelo.
T'Gatoi restalló sus tres metros fuera del diván, en dirección a la puerta y salió a toda
velocidad. Tenía huesos; costillas, una larga columna vertebral, un cráneo y cuatro
pares de patas por segmento. Pero cuando se movía de aquel modo, retorciéndose,
lanzándose en caídas controladas, corriendo al caer, no sólo no parecía tener huesos,
sino ser acuática, algo que nadaba a través del aire como si fuera agua. Me encanta
verla moverse.
Dejé a mi hermana y seguí a T'Gatoi a través de la puerta, aunque no me sostenía muy
firme sobre mis pies. Habría sido mejor sentarse y soñar, y mucho mejor encontrar una
chica y compartir con ella la ensoñación. Antes, cuando los Tlic nos veían como poco
más que grandes y útiles animales de sangre caliente, solían encerrar juntos a varios de
los nuestros, machos y hembras, alimentándolos sólo con huevos. De ese modo podían
asegurarse de obtener otra generación sin que importase cuánto quisiéramos
contenernos. Tuvimos suerte de que aquello no durara mucho. Unas cuantas
generaciones así y habríamos sido poco más que grandes y útiles animales.
- Mantén la puerta abierta, Gan - dijo T'Gatoi -, y dile a la familia que no salga.
- ¿Qué pasa? - pregunté.
- N’Tlic.
Retrocedí hasta la puerta.
- ¿Aquí? ¿Solo?
- Supongo que estaría intentando llegar a una cabina de comunicación.
Pasó ante mí cargando al hombre, inconsciente, doblado como una manta sobre
algunas de sus patas. Parecía joven, puede que de la edad de mi hermano, y más
delgado de lo que debiera. Lo que T'Gatoi habría calificado como peligrosamente
delgado.
- Gan, ve a la cabina de comunicación.
Depositó al hombre en el suelo y empezó a quitarle la ropa.
No me moví.
Me miró un momento después, su repentina calma era señal de profunda impaciencia.
- Manda a Qui - dije -. Yo me quedaré aquí. A lo mejor puedo ayudar.
Volvió a mover las patas, levantando al hombre y sacándole la camisa por la cabeza.
- No querrás ver esto - dijo -. Será duro. No puedo ayudar a este hombre como podría
hacerlo su Tlic.
- Lo sé, pero manda a Qui. No querrá servir de ayuda en esto. Yo, al menos, estoy
dispuesto a intentarlo.
Miró a mi hermano mayor, más grande, más fuerte, sin duda más capacitado para
ayudarla. Se había incorporado, estaba encogido contra la pared, y miraba al hombre
del suelo con un miedo y una repulsión que no disimulaba. Hasta ella pudo darse
cuenta de que sería inútil.
- ¡Ve tú, Qui!
No discutió. Se levantó, se tambaleó un poco, y recuperó el equilibrio, espabilado por el
miedo.
- Este hombre se llama Bran Lomas - le dijo, leyendo el brazalete del hombre. Me toqué
distraídamente, por simpatía, mi propio brazalete -. Necesita a T'Khotgif Teh. ¿Me oyes?
- Bran Lomas. T'Khotgif Teh - repitió mi hermano -. Ya voy.
Pasó rodeando a Lomas y salió corriendo por la puerta.
Lomas comenzó a recobrar el sentido. Al principio sólo se quejaba y se aferraba
espasmódicamente a un par de patas de T'Gatoi. Mi hermana pequeña, al despertar de
su sueño de huevo, se acercó a mirarlo hasta que mi madre la apartó.
T'Gatoi le quitó los zapatos al hombre, luego los pantalones, dejando todo el rato libres
a dos de sus patas para que se agarrara a ellas. Todas sus patas eran igualmente
diestras, a excepción de las dos últimas.
- No quiero protestas esta vez, Gan - dijo.
Me enderecé.
- ¿Qué tengo que hacer?
- Sal y mata un animal que al menos tenga la mitad de tu tamaño.
- ¿Que lo mate? Pero si yo nunca...
Me empujó a través de la habitación. Su cola era un arma eficaz, tanto con el aguijón
expuesto como sin él.
Me levanté, sintiéndome estúpido por haber ignorado su advertencia, y fui a la cocina.
Quizá pudiera matar algo con un cuchillo o un hacha. Mi madre criaba unos cuantos
animales terrestres para la mesa y varios miles de los locales por su piel.
Probablemente, T'Gatoi preferiría algo local. Tal vez un achti. Algunos eran del tamaño
adecuado, aunque tenían unas tres veces más dientes que yo y un auténtico interés por
usarlos. Mi madre, Hoa y Qui podían matarlos con cuchillos. Yo nunca maté ninguno de
ninguna forma, nunca había matado a un animal. Mientras mi hermano y hermanas
aprendían el negocio de la familia, yo pasaba la mayor parte de mi vida con T'Gatoi.
Ella tenía razón. Debí ser yo quien fuera a la cabina de comunicación. Al menos eso sí
podía hacerlo.
Fui al armario del rincón, donde mi madre guardaba las herramientas grandes para el
jardín y la casa. En el fondo del armario había una tubería que llevaba el agua de
desecho a la cocina; pero ya no la llevaba. Mi padre había desviado el agua de desecho
antes de que naciera yo. Ahora la tubería podía desenroscarse hasta que una mitad
giraba sobre la otra y se podía guardar un rifle dentro. No era nuestra única arma de
fuego, pero sí la de más fácil acceso. Tendría que usarla para disparar sobre uno de los
achti más grandes. Probablemente, T'Gatoi la confiscaría después. Las armas de fuego
eran ilegales en la Preserva. Hubo algunos incidentes nada más establecerse la
Preserva; terrestres disparando a Tlics, disparando a N'Tlics. Eso fue antes de que
empezase la unión de familias, antes de que todos tuvieran un interés personal en
mantener la paz. Nadie le había disparado a un Tlic en toda mi vida o la de mi madre,
pero la ley seguía vigente. Para nuestra protección, decían. Se contaban historias sobre
familias terrestres enteras exterminadas como represalia por los asesinatos de
entonces.
Fui a los corrales y disparé al achti más grande que pude encontrar. Era un semental
robusto, y a mi madre no le haría ninguna gracia verme entrar con él. Pero era del
tamaño adecuado y tenía prisa.
Me eché al hombro el largo y cálido cuerpo del achti, contento porque algo del peso
ganado fuera músculo, y entré en la cocina. Una vez allí, devolví la escopeta a su
escondite. Si T'Gatoi se fijaba en las heridas del achti y me pedía el rifle, se lo
entregaría. Si no, lo dejaría donde mi padre quiso que estuviera.
Me volví para llevarle el achti, y dudé. Me quedé durante varios segundos frente a la
cerrada puerta, preguntándome por qué tenía miedo de repente. Sabía lo que iba a
ocurrir. No lo había visto antes, pero T'Gatoi me había enseñado diagramas y dibujos.
Se había asegurado de que supiera la verdad en cuanto tuve la edad suficiente para
entenderla.
Aun así no quería entrar en la habitación. Perdí algo de tiempo eligiendo un cuchillo de
la caja de madera tallada donde los guardaba mi madre. Puede que T'Gatoi necesite
uno, me dije, para la piel dura y peluda del achti.
- ¡Gan! - gritó T'Gatoi, con voz áspera por la urgencia.
Tragué. No había imaginado que un sencillo movimiento de los pies pudiera resultar tan
difícil. Me di cuenta de que temblaba y eso me avergonzó. La vergüenza me empujó a
través de la puerta.
Deposité el achti junto a T'Gatoi y vi que Lomas volvía a estar inconsciente. Lomas, ella
y yo estábamos solos en la habitación. Mi madre y hermanas debieron ser enviadas
fuera para que no tuvieran que verlo. Las envidiaba.
Pero mi madre volvió a la habitación cuando T'Gatoi cogió el achti. Sacó las garras de
varas de sus patas, ignorando el cuchillo que le ofrecí, y abrió al achti desde la garganta
al ano. Me miró con resueltos ojos amarillos.
- Sujeta los hombros de este hombre, Gan.
Miré a Lomas con pánico, dándome cuenta de que no quería tocarlo, y mucho menos
sujetarlo. Esto no sería como dispararle a un animal. No tan rápido, no tan
misericordioso, y esperaba que no tan definitivo, pero no había nada que deseara
menos que ser partícipe de ello.
Mi madre se adelantó.
- Tú sujétale por la derecha, Gan. Yo lo haré por la izquierda.
Si el hombre despertaba, la arrojaría al suelo sin darse cuenta de lo que hacía. Era una
mujer diminuta. A menudo se preguntaba en voz alta cómo había podido engendrar
unos niños tan - como decía ella - «descomunales».
- No te preocupes - le dije, agarrando los hombros de Lomas -. Lo haré yo.
Se quedó remoloneando por allí.
- No te preocupes - repetí -. No te avergonzaré. No tienes por qué quedarte a verlo.
Me miró indecisa, y luego me tocó la cara con una extraña caricia. Al fin, volvió a su
dormitorio.
T'Gatoi bajó la cabeza con alivio.
- Gracias, Gan - dijo, con cortesía más terrestre que Tlic -. Ésa... siempre encuentra
nuevas formas de que la haga sufrir.
Lomas empezó a gemir y a emitir sonidos apagados. Había esperado que permaneciera
inconsciente. T'Gatoi puso su cara junto a la de él para que le prestara atención.
- Ya te he picado todo lo que me atrevo - le dijo -. Cuando esto termine, volveré a
hacerlo hasta que te duermas y dejará de dolerte.
- Por favor - suplicó el hombre -. Espera...
- No hay tiempo, Bram. Te picaré cuando termine. Cuando llegue T'Khotgif te dará
huevos para ayudar a recuperarte. Terminaré en seguida.
- ¡T'Khotgif! - gritó el hombre, censándose contra mis manos.
- Pronto, Bram, pronto.
T'Gatoi me lanzó una mirada, y después colocó una garra en su abdomen, ligeramente
a la derecha del medio, justo debajo de la última costilla. En el lado derecho hubo un
ligero movimiento; pulsaciones pequeñas y aparentemente casuales, agitando su piel
oscura, creando una concavidad aquí, una concavidad allá, una y otra vez, hasta que
pude advertir su ritmo y averiguar dónde se produciría la siguiente pulsación.
Todo el cuerpo de Lomas se endureció bajo la garra, aunque sólo la apoyaba en él.
T'Gatoi enroscó la parte trasera de su cuerpo alrededor de las piernas del hombre.
Podría romper mi presa, pero no rompería la de ella. Lloró desesperadamente cuando
ella usó sus pantalones para atarle las manos y después las pasó por encima de su
cabeza, para que yo pudiera arrodillarme encima de la ropa y sujetarle las manos.
Enrolló la camiseta y se la dio para que mordiera.
Y lo abrió.
Su cuerpo se convulsionó con el primer corte. Casi se me soltó. Los sonidos que
emitía... Jamás oí sonidos semejantes viniendo de algo humano. T'Gatoi parecía no
prestar atención mientras prolongaba y profundizaba el corte, haciendo ocasionales
pausas para lamer la sangre. Los vasos sanguíneos se contraían, reaccionando a la
química de la saliva, y la hemorragia disminuyó.
Me sentía como si estuviera ayudándola a torturarle, ayudándola a consumirlo. Pronto
vomitaría, lo sabía; no sabía por qué no lo había hecho ya. No creí poder aguantar
hasta que ella terminara.
Encontró la primera larva. Era gorda y de un rojo intenso por la sangre, tanto por fuera
como por dentro. Ya había devorado su cascarón, pero no parecía haber empezado a
devorar al huésped. En ese estadio, devoraría cualquier clase de carne, a excepción de
la de su madre. Si la hubiéramos dejado habría continuado segregando los venenos
que habían enfermado a Lomas al tiempo que le alertaron. Eventualmente, habría
empezado a comer. Lomas estaría muerto o agonizante para cuando se hubiera abierto
paso en su carne, e incapaz de vengarse de lo que estaba matándole. Siempre había
un plazo de tiempo entre el momento en que enfermaba el huésped y cuando las larvas
empezaban a devorarlo.
T'Gatoi recogió cuidadosamente la larva que se retorcía, y la miró, ignorando de algún
modo los terribles gemidos del hombre.
El hombre perdió el sentido bruscamente.
- Bien. - Ella le miró -. Me gustaría que los terrestres pudierais hacer esto a voluntad.
T'Gatoi no sentía nada. Y la cosa que sostenía...
En ese estadio carecía de patas y huesos, tendría unos quince centímetros de largo y
dos de ancho, estaba ciega y embadurnada de sangre. Era como un gusano grande.
T'Gatoi la depositó en la panza del achti, y empezó a horadar inmediatamente, a abrirse
paso en la panza del animal. Se quedaría ahí y comería mientras hubiera algo que
comer.
Encontró dos más tanteando en la carne de Lomas, una de ellas más pequeña y
vigorosa.
- ¡Un macho! - dijo con felicidad.
Moriría antes que yo. Pasaría por su metamorfosis y jodería todo lo que se le pusiera
por delante antes de que sus hermanas llegaran a desarrollar patas. Fue el único que
hizo un esfuerzo serio por morder a T'Gatoi mientras lo colocaba en el achti.
Gusanos más pálidos salían a la luz en la carne de Lomas. Era peor que encontrar algo
muerto, putrefacto y lleno de diminutas larvas. Y era mucho peor que cualquier dibujo o
diagrama.
- Ah, ahí hay más - dijo, extrayendo dos larvas gruesas y largas -. Puede que tengas
que matar otro animal, Gan. Todo vive dentro de vosotros los terrestres.
Me habían dicho toda la vida que esto era algo bueno y necesario, algo que hacían
juntos Tlics y terrestres, una especie de parto. Sabía que el nacimiento era doloroso y
sangriento, no importaba cuál. Pero esto era algo diferente, algo peor. No estaba
preparado para verlo. Quizá no lo estuviese nunca. Y, sin embargo, no podía dejar de
verlo. Cerrar los ojos no servía de nada.
T'Gatoi encontró una larva que todavía estaba devorando el cascarón. Los restos de la
cáscara seguían conectados a un vaso sanguíneo por su tubito, o gancho, o lo que
fuera. Así era como las larvas se anclaban y alimentaban. Sólo tomaban sangre hasta
que estaban listas para salir. En ese momento devoraban los distendidos y elásticos
caparazones. Luego lo hacían con sus huéspedes.
T'Gatoi mordió el cascarón para retirarlo y lamió la sangre. ¿Le gustaría el sabor?
¿Cuesta perder las costumbres infantiles, o acaso no se pierden nunca?
Todo el proceso estaba mal, era ajeno. Jamás supuse que algo de T'Gatoi pudiera
llegar a resultarme ajeno.
- Uno más, creo - dijo -. Tal vez dos. Una buena familia. Estos días nos contentaríamos
con encontrar uno o dos vivos en un huésped animal. - Me echó un vistazo -. Sal fuera,
Gan, y vacía tu estómago. Ve ahora, mientras el hombre continúa inconsciente.
Salí tambaleándome y apenas lo conseguí. Vomité tras el árbol que había justo pasada
la puerta principal, hasta que no quedó nada por echar. Cuando terminé, me quedé en
pie, temblando, con las lágrimas corriéndome por las mejillas. No sabía por qué lloraba,
pero no podía dejar de hacerlo. Me alejé algo más de la casa para no ser visto. Cada
vez que cerraba los ojos veía gusanos arrastrándose por una carne humana más roja
aún.
Un coche venía hacia la casa. Ya que los terrestres tenían prohibidos los vehículos
motorizados, excepto para cierto equipo agrícola, supe que debía ser el Tlic de Lomas,
acompañado por Qui y puede que un médico terrestre. Me sequé la cara con la
camiseta, y me esforcé por controlarme.
- Gan - gritó Qui, cuando se detuvo el coche -. ¿Qué ha ocurrido?
Descendió del coche bajo y redondo, adaptado a los Tlic. Por el otro lado bajó otro
terrestre y entró en la casa sin dirigirme la palabra. El médico. Lomas podría
conseguirlo con su ayuda y unos cuantos huevos.
- ¿T'Khotgif Teh? - dije.
El conductor Tlic salió del coche, irguiendo la mitad de su altura ante mí. Era más pálida
y pequeña que T'Gatoi, probablemente nacida del cuerpo de un animal. Los Tlic
nacidos de cuerpos terrestres siempre eran más grandes y más numerosos.
- Seis jóvenes - le dije -, puede que siete. Todos vivos. Un macho por lo menos.
- ¿Lomas? - preguntó con severidad.
Me agradó que preguntara, y la preocupación que había en su voz cuando lo hizo. La
última cosa coherente que había dicho él fue su nombre.
- Está vivo - dije.
Se lanzó hacia la casa sin decir más.
- Ha estado enfermo - dijo mi hermano, mirando como se alejaba -. Cuando llamé oí a
gente diciéndole que no estaba lo bastante bien para salir, ni siquiera para esto.
No dije nada. Había sido cortés con el Tlic. Ahora no quería hablar con nadie. Esperaba
que él entrase, aunque sólo fuera por curiosidad.
- Acabaste descubriendo más de lo que querías saber, ¿eh?
Le miré.
- No me mires como ella - dijo -. No eres ella. Sólo eres su propiedad.
Como ella. ¿Habría desarrollado hasta la capacidad de imitar sus expresiones?
- ¿Qué has hecho? ¿Vomitar? - Olisqueó el aire -. Así que ya sabes lo que te espera.
Me alejé de él. De niños estuvimos muy unidos. Me dejaba andar junto a él cuando
estaba en casa, y T'Gatoi a veces permitía que nos acompañara cuando íbamos a la
ciudad. Pero, al llegar a la adolescencia, le pasó algo. Nunca supe el qué. Empezó a
distanciarse de T'Gatoi. Después empezó a huir... hasta que se dio cuenta de que no
había «huida». No en la Preserva. Y, desde luego, no en el exterior. Después de eso se
concentró en conseguir su ración de cada huevo que llegaba a casa, y en mirarme de
una forma que sólo conseguía hacer que le odiara, de una forma que decía claramente
que estaba a salvo de los Tlic mientras yo siguiera bien.
- ¿Cómo fue de verdad? - preguntó, yendo detrás de mí.
- Maté un achti. Los jóvenes se lo comieron.
- No saliste corriendo de casa para vomitar porque se comieran un achti.
- Nunca antes había... visto abierta a una persona.
Era cierto, y bastante para él. No podía hablar de lo otro.
Con él, no.
- Oh - dijo.
Me miró como si quisiera decir algo más, pero siguió callado.
Caminamos sin dirigirnos a ningún sitio en especial. Hacia la parte de atrás, hacia los
corrales, hacia los campos.
- ¿Dijo algo? - preguntó Qui -. Me refiero a Lomas. ¿A quién más se podría referir?
- Dijo «T'Khotgif».
Qui se estremeció.
- Si me hubiera hecho eso a mí, sería la última persona a la que llamaría.
- La llamarías. Su picadura te calmaría el dolor sin matar a las larvas que tienes dentro.
- ¿Crees que me importaría si muriesen?
No. Claro que no te importaría. ¿Me importaría a mí?
- ¡Mierda! - Aspiró profundamente -. He visto lo que hacen. ¿Te crees que esto de
Lomas ha sido malo? Esto no ha sido nada.
No discutí. No sabía de qué hablaba.
- Vi como devoraban a un hombre - dijo.
Me volví para mirarle.
- ¡Estás mintiendo!
- Vi como devoraban a un hombre. - Hizo una pausa -. Fue cuando era pequeño. Había
estado en el hogar de los Hartmund y volvía a casa. A mitad de camino, vi un hombre y
un Tlic, y el hombre era un N'Tlic. El terreno era accidentado. Pude esconderme y verlo
todo. El Tlic no quería abrir al hombre porque no tenía nada con que alimentar a las
larvas. El hombre no podía continuar y no había casa cerca. Sufría tanto que le pidió
que le matara. Le suplicó que le matara. Al final lo hizo. Le cortó el cuello. Un golpe de
garra. Vi como las larvas se abrían paso comiendo, para después volver a meterse,
todavía comiendo.
Sus palabras me hicieron ver de nuevo la carne de Lomas, llena de parásitos
arrastrándose.
- ¿Porqué no me lo contaste? - susurré.
Pareció sorprendido, como si hubiera olvidado que le escuchaba.
- No lo sé.
- Poco después de eso fue cuando empezaste a huir, ¿verdad?
- Sí. Fue estúpido. Huir dentro de la Preserva. Huir dentro de una jaula.
Negué con la cabeza y le dije lo que debí decirle hacía mucho tiempo.
- No te cogerá a ti. No tienes por qué preocuparse.
- Lo haría... si te pasase algo.
- No. Cogería a Xuan Hoa. Hoa... lo desea.
No lo desearía de haberse quedado a observar a Lomas.
- No cogen a las mujeres - dijo con desprecio.
- A veces las cogen. - Le miré -. En realidad, prefieren a las mujeres. Deberías estar
cuando hablan entre ellas. Dicen que las mujeres tienen más carne para proteger a las
larvas. Pero acostumbran a elegir a los hombres para que las mujeres puedan
engendrar sus propios jóvenes.
- Para proporcionar la siguiente generación de animales huéspedes - dijo, pasando del
desprecio a la amargura.
- ¡Es más que eso! - contrarresté. ¿Lo era?
- Yo también querría creerlo si me fuera a pasar a mí.
- ¡Es más! - Me sentí como un niño.
Era un argumento estúpido.
- ¿Pensabas eso mientras T'Gatoi sacaba gusanos de las tripas de ese tipo?
- ¿Se supone que no debería pasar así?
- Naturalmente que sí. No se suponía que tú lo vieras, eso es todo. Y se supone que su
Tlic debería hacerlo. Ella podría picarle y dormirlo, y la operación no habría sido tan
dolorosa. Pero también le habría abierto, habría sacado las larvas, y si se hubiese
escapado una sola, ésta le envenenaría y le devoraría de dentro afuera.
Hubo un tiempo en que mi madre me decía que respetara a Qui porque era mi hermano
mayor. Me alejé odiándole. Estaba disfrutando a su manera. Él estaba seguro y yo no.
Podía haberle pegado, pero no creí poder soportar que se negara a devolverme el
golpe y me mirara con desprecio y lástima.
No pensaba dejar que me marchara. Se deslizó delante de mí con sus piernas más
largas, y me hizo sentir como si estuviera siguiéndole.
- Lo siento - dijo.
Continué con paso firme, furioso y harto.
- Mira, probablemente no sea tan malo para ti. T'Gatoi te aprecia. Tendrá cuidado.
Me volví hacia la casa, casi huyendo de él.
- ¿Te lo ha hecho ya? - preguntó, siguiéndome con facilidad -. Quiero decir que tienes la
edad adecuada para la implantación. Te ha...
Le pegué. No sabía que iba a hacerlo, pero creo que quería matarle. Creo que lo habría
hecho de no ser más grande y más fuerte.
Intentó sujetarme, pero al final tuvo que defenderse. Sólo me pegó un par de veces.
Con eso bastó. No recuerdo haberme caído, pero se había ido cuando me recuperé. El
dolor valió la pena, a cambio de deshacerme de él.
Me levanté y caminé lentamente hacia la casa. La parte de atrás estaba a oscuras. En
la cocina no había nadie. Mi madre y mis hermanas debían estar durmiendo en sus
cuartos, o fingiéndolo.
Oí voces cuando entré en la cocina, terrestres y Tlics, provenientes de la habitación de
al lado. No conseguí entender lo que decían, no quería entenderlo.
Me senté ante la mesa de mi madre, esperando a que se hiciera el silencio. La mesa
era vieja y lisa, pesada y construida a conciencia. Mi padre la había hecho para mi
madre justo antes de morir. Recordaba haber andado debajo de ella mientras la
construía. No le importó. Ahora me senté recostándome en ella, echándole de menos.
Podría haber hablado con él. Lo había hecho tres veces en su larga vida. Tres camadas
de huevos, tres veces abierto y cosido. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo podría hacerlo
nadie?
Me levanté, cogí el rifle de su escondite y me senté con él. Necesitaba una limpieza, un
engrasado.
Todo lo que hice fue cargarlo.
- ¿Gan?
Hizo un montón de ruiditos al caminar sobre el suelo descubierto, cada pata
chasqueaba en sucesión al tocarlo. Oleadas de pequeños Tlics. Vino a la mesa, alzó la
mitad superior de su cuerpo sobre ella y se subió.
A veces se movía tan grácilmente que parecía fluir como si fuera agua. Se enrolló
formando un pequeño mantoncito en medio de la mesa y me miró.
- No ha estado bien - dijo suavemente -. No deberías haberlo visto. No había necesidad
de que fuera así.
- Lo sé.
- T'Khotgif, ahora Ch'Khotgif, morirá a causa de su enfermedad. No vivirá para criar a
sus hijos. Pero su hermana los mantendrá a ellos y a Bran Lomas.
Una hermana estéril. Una hermana fértil en cada camada. Una para preservar a la
familia. Esa hermana le debía a Lomas más de lo que jamás podría pagarle.
- Entonces, ¿él vivirá?
- Sí.
- Me pregunto si lo volvería a hacer.
- Nadie le pedirá que lo vuelva a hacer.
Miré los ojos amarillos, preguntándome cuánto había visto y comprendido, y cuánto
había sólo imaginado.
- Nadie nos pregunta nunca. Tú nunca me preguntaste.
Movió ligeramente la cabeza.
- ¿Qué te pasa en la cara?
- Nada. Nada importante.
Unos ojos humanos probablemente no habrían notado la hinchazón en la oscuridad. La
única luz provenía de una de las lunas, brillando por la ventana situada al otro lado de la
habitación.
- ¿Usaste el rifle para abatir al achti?
- Sí.
- ¿Y tienes intención de usarlo contra mí?
La miré. La luz de la luna iluminaba su cuerpo enrollado y grácil.
- ¿A qué te sabe la sangre terrestre?
No dijo nada.
- ¿Qué eres? - susurré -. ¿Qué somos nosotros para ti?
Se quedó inmóvil, la cabeza recostada en el anillo superior.
- Me conoces como ningún otro me conoce - dijo suavemente -. Tú debes decidir.
- Eso es lo que le pasó a mi cara.
- ¿Qué?
- Qui me estimuló para que decidiera algo. No salió muy bien. - Moví ligeramente el
arma, colocando diagonalmente el cañón bajo mi barbilla -. Al menos fue una decisión
tomada por mí.
- Como lo será ésta.
- Pregunta, T’Gatoi.
- ¿Por la vida de mis hijos?
Tenía que decir algo así. Sabía cómo manipular a la gente, terrestres y Tlics. Pero esta
vez no.
- No quiero ser un animal huésped - dije -. Ni siquiera el tuyo.
Le llevó un tiempo contestar.
- Casi no usamos animales huéspedes en estos días. Lo sabes.
- Nos usáis a nosotros.
- Lo hacemos. Esperamos largos años y os instruimos y unimos vuestras familias a las
nuestras. - Se movía inquieta -. Sabes que para nosotros no sois animales
Me quedé mirándola sin decir nada.
- Mucho después de que llegaran tus antepasados, los animales que usábamos antaño
empezaron a matar a la mayoría de los huevos una vez que eran implantados - dijo
suavemente -. Sabes estas cosas, Gan. Estamos aprendiendo de nuevo lo que significa
ser sanos y prósperos gracias a la llegada de tu pueblo. Y tus antepasados, que huían
de su mundo natal, de su propia especie que los habría matado o esclavizado,
sobrevivieron gracias a nosotros. Nosotros les aceptamos como pueblo y les dimos la
Preserva cuando aún intentaban matarnos como gusanos.
Al oír la palabra «gusanos» di un brinco. No pude evitarlo, y ella no pudo evitar darse
cuenta.
- Ya veo - dijo tranquilamente -. ¿Preferirías morir antes que llevar a mis jóvenes, Gan?
No respondí.
- ¿Debo acercarme a Xuan Hoa?
- ¡Sí!
Hoa lo deseaba. Que lo tuviera. Ella no había tenido que ver a Lomas. Estaría
orgullosa... no aterrorizada.
T'Gatoi fluyó de la mesa al suelo, sorprendiéndose casi demasiado.
- Esta noche dormiré en la habitación de Hoa - dijo -. Se lo diré en algún momento de
esta noche, o mañana.
Todo iba demasiado rápido. Mi hermana Hoa había tenido casi tanto que ver en mi
educación como mi madre. Aún seguía unido a ella, no como a Qui. Ella podía desear a
T'Gatoi y seguir queriéndome.
- ¡Espera, T'Gatoi!
Miró hacia atrás, levantó del suelo casi la mitad de su longitud y se volvió hacia mí.
- Éstas son cuestiones adultas, Gan. ¡Es mi vida, mi familia!
- Pero es... mi hermana.
- He hecho lo que me pediste. ¡Te lo he preguntado!
- Pero...
- Será más fácil para Hoa. Siempre ha deseado llevar otras vidas dentro de ella.
Vidas humanas. Jóvenes humanos que algún día beberían de sus pechos, no de sus
venas.
Negué con la cabeza.
- No se lo hagas a ella, T'Gatoi. - Yo no era Qui.
Pero, sin embargo, creí poder convertirme en él sin ningún esfuerzo. Podía escudarme
en Xuan Hoa. ¿Sería más fácil saber que los gusanos rojos crecían en su carne en vez
de en la mía?
- No se lo hagas a Hoa - repetí.
Me miró, totalmente inmóvil.
Miré a otro lado, luego a ella.
- Házmelo a mí.
Bajé el rifle de mi garganta y ella se inclinó hacia adelante para cogerlo.
- No - dije.
- Es la ley.
- Déjaselo a la familia. Puede que alguno de ellos tenga que usarla para salvar algún
día mi vida.
Agarró el cañón del rifle, pero yo no pensaba soltarlo.
Me arrastró hasta ponerme en pie, junto a ella.
- ¡Déjalo aquí! - repetí -. Acepta el riesgo si no somos tus animales, si éstas son
cuestiones adultas. Hay un riesgo, Gatoi, en tratar con un compañero.
Evidentemente le era difícil soltar el rifle. Un escalofrío le recorrió y emitió un siseo de
disgusto. Pensé que estaba asustada. Era lo bastante mayor como para haber visto lo
que podían hacerle los rifles a la gente. Ahora sus jóvenes y este arma estarían en la
misma casa. No conocía la existencia de nuestras otras armas. No importaban en esta
discusión.
- Implantaré el primer huevo esta noche - dijo, mientras yo apartaba el rifle -. ¿Me oyes,
Gan?
¿Por qué si no me había dado a comer un huevo completo. mientras el resto de la
familia tenía que compartir uno? ¿Por qué si no mi madre me miró como si estuviera
alejándome de ella, yendo hacia donde no podía seguirme? ¿Imaginaría T'Gatoi que no
me había dado cuenta?
- Te oigo.
- ¡Ahora!
Dejé que me empujara fuera de la cocina, y después caminé delante de ella hacia mi
dormitorio. La repentina urgencia de su voz parecía real.
- ¡Se lo habrías hecho a Hoa esta noche! - recriminé.
- Debo hacérselo a alguien esta noche.
Me detuve a pesar de su urgencia y me planté en su camino.
- ¿No te importa a quién?
Se deslizó rodeándome y entró en mi dormitorio. La encontré esperando en el diván que
compartíamos. En la habitación de Hoa no había nada que hubiera podido usar. Se lo
habría hecho en el suelo. La imagen de T'Gatoi haciéndoselo a Hoa fuera como fuese
me molestó ahora de un modo diferente, y me enfadé.
Me desvestí, a pesar de ello, y me tendí a su lado. Sabía qué hacer, qué esperar. Me lo habían contado toda mi vida. Sentí la picadura familiar, narcótica, dulcemente
agradable. Después, el ciego tanteo de su ovipositor. El pinchazo fue indoloro, fácil.
Entraba tan fácilmente... Se onduló lentamente contra mí, sus músculos empujaban el
huevo de su cuerpo al mío. Me agarré a un par de sus patas hasta que recordé a
Lomas agarrándose así. Me solté entonces, moviéndome sin darme cuenta, y le hice
daño. Profirió un suave grito de dolor y pensé que iba a ser enjaulado de inmediato por
sus patas. Me volví a agarrar al no serlo, sintiéndome extrañamente avergonzado.
- Lo siento - susurré.
Acarició mis hombros con cuatro de sus patas.
- ¿Entonces te importa? - pregunté -. ¿Te importa que sea yo?
No respondió durante unos segundos. Finalmente...
- Tú eras el que tomaba decisiones esta noche, Gan. Yo tomé la mía hace mucho.
- ¿Te habrías acercado a Hoa?
- Sí. ¿Cómo podría dejar a mis hijos al cuidado de alguien que los odiara?
- No era... odio.
- Sé lo que era.
- Estaba asustado.
Silencio.
- Todavía lo estoy.
Podía admitirlo delante de ella, aquí, ahora.
- Pero tú viniste a mí... para salvar a Hoa.
- Sí. - Apoyé la frente en ella. Era fría, aterciopelada, engañosamente blanda -. Y para
conservarte para mí - dije.
Así era. No lo entendía, pero así era.
Emitió un suave canturreo de contento.
- No podía creer que hubiera cometido semejante error contigo. Yo te elegí. Pensé que
tú habías llegado a elegirme.
- Lo había hecho, pero...
- Lomas.
- Sí.
- Nunca he conocido a un terrestre que lo viera y lo asumiera bien. Qui ha visto uno,
¿no es así?
- Sí.
- Debería evitarse que los terrestres lo vieran.
- No me gustó cómo sonaba aquello, y dudaba que fuera posible.
- Evitarlo, no. Mostrádnoslo. Mostrádnoslo cuando somos niños pequeños, y
mostrádnoslo más de una vez. Ningún terrestre contempla un parto que vaya bien,
Gatoi. Todo lo que vemos es N'Tlic, dolor y terror, y puede que muerte.
Me miró.
- Es un asunto privado. Siempre ha sido un asunto privado.
Su tono me impidió insistir; eso y el conocimiento de que, si ella cambiaba de parecer,
yo podría ser el primer ejemplo público. Había sembrado la idea en su mente. Había
posibilidades de que germinara, y que, eventualmente, la probara.
- No lo volverás a ver - dijo -. No quiero que vuelvas a pensar en dispararme.
La pequeña cantidad de fluido que entró en mí con el huevo me relajó tan
completamente como lo habría hecho un huevo estéril, y recordé el rifle en mis manos,
y mis sensaciones de miedo y repulsión, de rabia y desesperación. Podía recordar las
sensaciones sin revivirlas, hasta podía hablar de ellas.
- No te habría disparado - dije -. A ti no.
Había sido extraída de la carne de mi padre cuando éste tenía mi edad.
- Podrías haberío hecho - insistió.
- A ti no.
Se interponía entre nosotros y su propio pueblo, protectora, entrelazándonos.
- ¿Te habrías destruido a ti mismo?
Me moví con cuidado, incómodo.
- Puede que lo hubiera hecho. Casi lo hice. Ésa es la «huida» de Qui. Me pregunto si lo
sabe.
- ¿Qué?
No respondí.
- Ahora vivirás.
- Sí.
Cuídala, solía decir mi madre. Sí.
- Soy joven y sana - dijo -. No te dejaré como dejaron a Lomas. No te dejaré solo, N'Tlic.
Cuidaré de ti.

FIN

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