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viernes, 19 de diciembre de 2008
jueves, 18 de diciembre de 2008
Perdido en el banco de memoria -- John Varley
Perdido en el banco de memoria
John Varley
John Varley
Era día de escuela en el disneylandia de Kenia. Cinco niños de nueve años estaban visitando con su maestro la sección de medicánica, donde Fingal se hallaba tendido en la mesa de grabación, la parte superior de su cráneo quitada, mirándoles por medio de un espejo. Fingal estaba de mal humor (de ahí su viaje al disneylandia), y hubiera pasado muy bien sin los niños. El maestro estaba haciendo todo lo que podía, pero ¿quién puede controlar a cinco niños de nueve años?
-¿Para qué es el gran cable verde, maestro? - Preguntó una niñita, alzando una mano dudosamente limpia y tocando el cerebro de Fingal allí donde el cable principal de grabación se hundía en la terminal empotrada.
-Lupus, ya te he dicho que no toques nada. Y mírate, ni siquiera te has lavado las manos.
El maestro tomó la mano de la niña y la apartó.
-Pero ¿qué importa eso? Usted nos dijo ayer que la razón por la que no hay que preocuparse hoy en día por la suciedad como se preocupaban antes es porque ya no es suciedad.
Estoy seguro de que no te dije exactamente eso. Lo que dije fue que cuando los humanos se vieron obligados a salir fuera de la Tierra, aprovecharon la ocasión para eliminar a todos los gérmenes nocivos. Cuando quedaron sólamente tres mil personas vivas en la Luna, después de la Ocupación, nos resultó fácil esterilizarlo todo. Por eso la médica no necesita llevar guantes como acostumbraban a hacer antes los cirujanos, o ni siquiera lavarse las manos. No hay peligro de infección. Pero no es educado. No deseamos que ese señor crea que no estamos siendo educados con él, simplemente porque su sistema nervioso está desconectado y no puede hacer nada al respecto, ¿no?
-No, maestro.
-¿Qué es un cirujano?
-¿Qué es una infección?
Fingal hubiera deseado que los pequeños monstruitos hubieran elegido otro día para su lección, pero como muy bien había dicho el maestro, él podía hacer muy poco al respecto. La médica había desviado su control motor al ordenador mientras éste efectuaba el registro. Estaba paralizado. Observó al niño pequeño que llevaba un bastón tallado, y esperó que no se le ocurriera clavárselo en el cerebelo. Fingal estaba asegurado, pero ¿quién quiere problemas?
Todos vosotros, retroceded un poco, para que la médica pueda hacer su trabajo. Así está mejor. Ahora, ¿quién puede decirme qué es ese gran cable verde? ¿Destry?
Destry confesó que no sabía nada al respecto, ni le importaba, y que lo único que quería era salir de allí y jugar a la pelota. El maestro lo olvidó y siguió con los demás.
-El hilo verde es el electrodo principal de sondeo -dijo-, está unido a una serie de cables muy finos en la cabeza del hombre, como los que tenéis vosotros, y que son implantados tras el nacimiento. ¿Puede alguien decirme cómo se efectúa un registro?
La niñita de las manos sucias fue quien respondió:
-Haciendo nudos en una cuerda.
El maestro se echó a reír, pero no la médica. Había oído ya aquello antes. El maestro también, por supuesto, pero para eso era maestro. Tenía la paciencia necesaria para tratar con los niños, una rara cualidad que cada vez poseían menos personas.
-No, eso es simplemente una analogía. ¿Todos sabéis decir "analogía"?
-Analogía- repitieron a coro.
-Estupendo. Lo que yo os he dicho es que las cadenas de AFFN son muy parecidas a cuerdas llenas de nudos. Si cada milímetro está codificado y cada nudo tiene un significado, uno puede escribir palabras sobre una cuerda haciendo nudos en ella. Eso es lo que hace la máquina con el AFFN. Ahora... ¿puede explicarme alguien lo que significa AFFN?
-Ácido Ferro-Foto-Nucleico- dijo la niñita, que parecía ser el genio de la clase.
-Correcto, Lupus. Es una variante del ADN, y puede ser anudado mediante campos magnéticos y luz, y activado mediante cambios químicos. Lo que está haciendo ahora la médica es hilvanar largas tiras de AFFN en los pequeños tubos que se hallan en el cerebro del hombre. Cuando eso esté hecho, conectará la máquina y la corriente empezará a hacer nudos. ¿Y qué ocurrirá entonces?
-Todos sus recuerdos pasarán al cubo memoria- dijo Lupus.
-Exacto, pero es un poco más complicado que eso. ¿Recordáis lo que os dije acerca de un código desdoblado? ¿El tipo que tiene dos partes, ninguna de las cuales sirve para nada sin la otra? Imaginad dos de las hebras, cada una con un montón de nudos en ella. Bien, intentáis leer una de ellas con vuestro decodificador, y descubrís que no tiene el menor sentido. Eso es debido a que quien la escribió utilizó dos hebras, con nudos hechos en distintos lugares. Sólamente adquieren sentido cuando las colocas una al lado de la otra y las lees así, juntas. Así es como funciona este decodificador, pero la médica utiliza veinticinco hebras. Cuando todas ellas están anudadas de la forma correcta y colocadas en aberturas adecuadas en ese cubo de ahí -dijo señalando al cubo rosa sobre el banco de trabajo de la médica-, contendrán todos los recuerdos y la personalidad de este hombre. En cierto sentido, todo él estará en el cubo, pero él no lo sabrá, porque hoy estará siendo un león africano.
Aquello excitó a los niños, que hubieran preferido mucho más pasearse por la sabana de Kenya que oír cómo se tomaba un multiholo. Cuando se tranquilizaron el maestro prosiguió, utilizando analogías que eran cada vez más forzadas:
-Cuando las hebras se hallan en... niños, prestad atención. Cuando se hallan en el cubo, una corriente las mantiene en su lugar. Lo que tenemos entonces es un multiholo. ¿Puede decirme alguien por qué no podemos simplemente tomar una grabación de lo que está ocurriendo en el cerebro de este hombre, y utilizarla?
Por una vez, fue uno de los chicos quien respondió:
-Porque la memoria no es..., ¿cuál es la palabra?
-Secuencial.
-Ajá, eso es. Sus recuerdos están almacenados un poco por todas partes en su cerebro, y no hay forma de hacer una selección. Por eso este registro toma una imagen de la totalidad, como un holograma. ¿Significa eso que uno puede cortar el cubo por la mitad, y conseguir así dos personas?
-No, pero ésa es una buena pregunta. No se trata de ese tipo de holograma. Es algo como..., como cuando tú aprietas tu mano contra un bloque de arcilla, pero en cuatro dimensiones. Si rompes una parte de la arcilla una vez se ha secado, pierdes parte de la información, ¿de acuerdo? Bien, esto es algo parecido. No se puede ver la huella de la impresión porque es demasiado pequeña, pero todo lo que ese hombre haya hecho, visto, oido y pensado en toda su vida está en el cubo.
-¿Quieren apartarse un poco hacia atrás?-solicitó la médica. Los niños en el espejo sobre la cabeza de Fingal retrocedieron, convirtiéndose en algo más que simples cabezas cortadas al nivel de los hombros. La médica ajustó la última hebra de AFFN suspendida en el córtex de Fingal según las estrictas normas de tolerancia especificadas por el ordenador.
-Me gustará ser médico cuando sea mayor-dijo uno de los chicos.
-Creía que deseabas ir a la universidad y estudiar para ser un científico.
-Bueno, quizá. Pero tengo un amigo que me está enseñando medicánica. Parece mucho más fácil.
-Será mejor que te quedes en la escuela, Destry. Estoy seguro que tus padres desearán que hagas algo por tí mismo.
La médica estaba echando humo silenciosamente. Sabía que no debía hablar; la educación era un asunto serio, y la interferencia con la labor de un maestro traía consigo una buena reprimenda. Pero se mostró obviamente complacida cuando la clase le dio las gracias y cruzó la puerta, dejando sucias huellas de pisadas tras ellos.
Accionó un interruptor con más brusquedad de la necesaria, y Fingal descubrió que podía respirar y mover los músculos de la cabeza.
-Sucios y engreídos graduados universitarios...- dijo la mujer- ¿Qué demonios hay de malo en tener las manos sucias, me pregunto?
Se secó la sangre de las manos con su blusón azul.
-Los maestros son los peores- dijo Fingal.
-Tiene usted toda la razón. Bueno, ser médica no es nada de lo que una deba avergonzarse. De acuerdo, no he ido a la universidad, ¿y qué? Puedo hacer mi trabajo, y puedo ver lo que he hecho cuando he terminado. Siempre me gustó el trabajo manual. ¿Sabe usted que la de médico era una de las profesiones más respetadas?
-¿De verás?
-Se lo aseguro. Tenían que ir a la universidad durante años y años, y se hinchaban de ganar dinero, puede creerme.
Fingal no dijo nada, pensando que debía de estar exagerando. ¿Qué había que fuera tan difícil en la medicina? Sólo un poco de sentido mecánico y una mano firme, eso era todo lo que se necesitaba. Gran parte del mantenimiento de su propio cuerpo lo efectuaba él mismo, dejando a la consulta únicamente el trabajo importante. Y eso era una buena cosa, vistos los precios que cargaban. De todos modos, no era el tipo de cuestión que uno podía discutir mientras se hallaba tendido indefenso en una mesa.
-De acuerdo, ya está listo.
La médica extrajo los módulos que contenían el invisible AFFN y los introdujo en la solución de desarrollo. Volvió a colocar el cráneo de Fingal en su sitio y apretó los tornillos encajados en el hueso. Le devolvió el control motor mientras volvía a soldar en su lugar el cuero cabelludo. Fingal se desperezó y bostezó. Siempre sentía sueño en la consulta del médico; no sabía por qué.
-¿Eso es todo por hoy, señor? Tenemos una promoción en cambio de sangre, y puesto que está usted aquí en vez de hallarse paseando por el parque, tal vez podría...
-No, gracias. Ya la cambié hace un año. ¿No ha leído usted mi historial?
Ella tomó la tarjeta y le echó una ojeada.
-Ah, sí, lo hizo. Estupendo. Puede usted levantarse, señor Fingal.
Hizo una anotación en la tarjeta y volvió a dejarla sobre la mesa. En aquel momento se abrió la puerta y un pequeño rostro asomó.
-Olvidé el bastón- dijo el chico.
Entró y empezó a mirar debajo de los muebles, ante la irritación de la médica. Intentó ignorarlo mientras tomaba nota del resto de la información que necesitaba.
-¿Y va a usted a experimentar sus vacaciones ahora, o esperará hasta que su doble haya terminado y se las transmita?
-¿Eh? Oh, quiere decir... Sí, entiendo. No, entraré directamente en el animal. Mi psiquiatra me aconsejó que viniera aquí a causa de los nervios, así que no me va a hacer ningún bien esperar ahora, ¿no?
-No, supongo que no. Así que usted dormirá aquí mientras su doble se pasea por el parque... ¡Eh, tú! -Se volvió para enfrentarse con el muchacho, que estaba metiendo la nariz en cosas de las que debía permanecer alejado. Lo agarró y lo apartó-. O encuentras en un minuto lo que has venido a buscar, o te echo de aquí, ¿entiendes?
El chico prosiguió su búsqueda, riéndose a escondidas y mirando hacia cosas más interesantes que la búsqueda de su bastón.
La médica hizo una comprobaciones en la tarjeta, echó un vistazo a los números luminosos de la uña de su pulgar, y descubrió que ya casi era la hora del cambio de turno. Conectó el tubo memoria por medio de una máquina a una terminal en la parte de atrás de la cabeza de Fingal.
-Usted nunca había hecho antes, ¿verdad? Su finalidad es evitar las lagunas, que a veces pueden resultar desconcertantes. El cubo está casi listo, pero ahora añadiré los últimos diez minutos a registro al mismo tiempo que lo pongo a dormir. De esa forma no experimentará usted ninguna desorientación, pasará del estado de sueño a la plena consciencia de hallarse en el cuerpo de un león. Su cuerpo será trasladado a una de nuestras salas de durmientes mientras usted esté fuera. No hay nada de qué preocuparse.
Fingal no estaba preocupado, sólamente cansado y tenso. Deseaba que todo aquello hubiera terminado ya y no tener que seguir hablando y hablando del asunto. Y deseaba que el chico dejara de dar golpes con su bastón a la pata de la mesa. Se preguntó si su dolor de cabeza también sería transferido al león.
Ella lo desconectó.
Trasladaron su cuerpo, y llevaron su cubo memoria a la sala de instalaciones. La médica echó al chico al corredor y desconectó todos los instrumentos de la sala de grabación. Tenía una cita, e iba ya retrasada.
Los empleados del disneylandia de Kenya instalaron el cubo en una caja de metal injertada en el cráneo de una leona africana adulta. Debido a la estructura social de los leones, los propietarios cargaban un suplemento por el uso de un cuerpo macho, pero a Fingal no le importaba el sexo.
Un corto viaje por un ferrocarril subterráneo con el cuerpo lleno de sedantes de la leona-Fingal, y ésta fue depositada bajo el cegador sol de la sabana de Kenya. Fingal despertó, olisqueó el aire, y se sintió inmediatamente mejor.
El disneylandia de Kenya era un ambiente total enterrado a unos veinte kilómetros por debajo del Mare Moscoviense, en la cara lejana de la Luna. Era aproximadamente circular, con un radio de doscientos kilómetros. Desde el suelo hasta el "cielo" había dos kilómetros, excepto por encima de la réplica a tamaño natural del Kilimanjaro, donde formaba una especie de cúpula para permitir que las nubes se formaran de una forma realista sobre su cima cubierta de nieve.
La ilusión era irreprochable. La curva del suelo era consistente con la curvatura de la Tierra, de modo que el horizonte era mucho más distante que cualquier cosa a la que Fingal estuviera acostumbrado. Los árboles eran auténticos, y también todos los animales. Por la noche un astrónomo hubiera necesitado un espectroscopio para distinguir las estrellas de las auténticas.
Fingal, por supuesto, no era capaz de descubrir ningún fallo. Ni tampoco deseaba hacerlo. Los colores eran extraños, pero eso procedía de las limitaciones de la óptica felina. Los sonidos eran mucho más vívidos, del mismo modo que los olores. Si hubiera pensado el ello, se habría dado cuenta de que la gravedad era demasiado débil para Kenya. Pero no estaba pensando en ello; había acudido allí para evitar todo eso.
El tiempo era gloriosamente cálido. La reseca hierba no hacía ningún sonido mientras caminaba sobre ella con patas acolchadas. Olió a antílope, a ñu y a ... ¿babuino? Sintió retortijones de hambre, pero realmente no deseaba cazar. Sin embargo, se dio cuenta de que el cuerpo de la leona tomaba la delantera.
Fingal se hallaba en extraña posición. Controlaba a la leona, pero sólo relativamente. Podía guiarla hacia donde deseaba ir, pero no tenía nada que decir respecto a sus comportamientos instintivos. Era un peón, del mismo modo que lo era la leona. En cierto sentido, él era la leona; cuando deseaba alzar una pata o dar media vuelta, simplemente lo hacía. El control motor era completo. Era grandioso caminar sobre cuatro patas, y hacerlo tan fácilmente como respirar. Pero el olor del antílope seguía un camino directo desde la nariz al cerebro inferior, conectaba con los retortijones de hambre e iniciaba automáticamente la caza.
La guía decía que había que rendirse a ello. Luchar no le haría ningún bien, y podía frustrarle. Si uno pagaba por ser un león, debía leer el capítulo de "Cosas que hay que hacer", a fin de ser realmente un león, y no limitarse a llevar el cuerpo de un león y ver un poco el paisaje.
Fingal no estaba seguro de que aquello fuera a gustarle cuando avanzó a favor del viento en dirección al antílope y se agazapó detrás de unos matorrales secos. Se lo preguntó mientras examinaba la docena o así de animales que pastaban apenas a unos pocos metros de él, seleccionando a los más pequeños, a los débiles y a los jóvenes con ojo predador. Quizás debiera darles la espalda y seguir su camino. Aquellas hermosas criaturas no estaban causándole ningún daño. La parte Fingal de él deseaba admirarlas, no devorarlas.
Pero antes de que se diera cuenta siquiera de lo que había ocurrido, estaba erguido triunfante sobre el sangrante cuerpo de un pequeño antílope. Los otros eran apenas rastros polvorientos en la distancia.
¡Había sido increíble!
La leona era rápida, pero sus movimientos apenas alcanzaban la cámara lenta con relación a los del antílope. Su única ventaja residía en la sorpresa, la confusión , y el ataque brusco y repentino. Una cabeza se había alzado; algunas orejas habían aleteado hacia los matorrales donde se estaba ocultando, y él había estallado. Diez segundos de furioso esfuerzo y sus dientes se habían clavado en una suave garganta, había sentido el sabor de la sangre brotando a chorro y las agónicas patadas de las patas traseras bajo sus garras. Respiraba pesadamente y la sangre martilleaba en sus venas. Sólo había una forma de liberar la tensión.
Echó la cabeza hacia atrás y rugió su sed de sangre.
***
Al terminar la semana ya estaba harto de leones. Aquella vida no valía la pena por unos pocos minutos de borrachera asesina. Era una vida de interminables persecuciones, incontables fracasos, luego un lamentable debatirse para conseguir unos cuantos bocados de su propia presa. Descubrió muy a su pesar que aquella leona estaba muy abajo en la jerarquía de los de su clase. Cuando trajo su presa a su manada - él no sabía por qué lo había hecho, pero la leona sí parecía saberlo -, le fue robada de inmediato. Él/ella se sentó a un lado, impotente, y observó al dominante macho tomar su parte, seguido por el resto de la manada. Cuatro horas más tarde le dejaron tan sólo unos tristes despojos, y aún éstos tuvo que disputárselos a los buitres y a las hienas. Entonces comprendió el porqué del suplemento. Los machos lo tenían todo más fácil.
Pero tuvo que admitir que valía la pena. Se sintió mejor; su psiquiatra había tenido razón. Era bueno abandonar los insaciables ordenadores de su oficina durante una semana para dedicarse a vivir. No había que tomar complicadas decisiones allí fuera. Si tenía alguna duda, escuchaba sus instintos. Sólo que la próxima vez escogería un elefante. Los había estado observando. Todos los demás animales los dejaban tranquilos, y podía ver por qué. Ser un macho solitario, libre de vagar por donde quisiera, con la comida al alcance de su trompa en la rama más cercana...
Estaba pensando todavía en aquello cuando el equipo de recogida acudió a por él.
***
Se despertó con la vaga sensación de que algo estaba mal. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. Nada parecía estar fuera de lugar. No había nadie en la habitación con él. Sacudió la cabeza para aclarársela.
Aquello no le hizo ningún bien. Seguía habiendo algo que iba mal. Intentó recordar cómo había ido a parar allí, y se rió de sí mismo ¡Su propio dormitorio! ¿Qué había de extraordinario en ello?
Pero ¿acaso no había ido de vacaciones, un viaje de fin de semana? Recordó haber sido un león, comer carne cruda de antílope, ser arrastrado con la manada, luchar con las demás hembras y perder, y retirarse para gruñir aparte para sí mismo/a.
Naturalmente, debería haber recuperado su consciencia humana en la sección médica del disneylandia. No podía recordarlo. Alargó la mano hacia su teléfono, sin saber a quién deseaba llamar. A su psiquiatra, quizá, o a la oficina de Kenya.
-Lo siento, señor Fingal - le dijo el teléfono - Esta línea no está disponible para llamadas al exterior. Si usted...
-¿Por qué no? - preguntó irritado y confuso - He pagado mi factura.
- Eso no corresponde a nuestro departamento, señor Fingal. Y por favor, no interrumpa. Ya es bastante difícil mantener la comunicación con usted. Estoy debilitándome, pero el mensaje proseguirá si mira usted a su derecha.
La voz y el fuerte zumbido que la acompañaban se desvanecieron. El teléfono estaba muerto.
Fingal miró a su derecha y se sobresaltó. Allí había una mano, una mano de mujer, escribiendo en la pared. La mano desaparecía a la altura de la muñeca.
"Mene,mene", escribió, en finas letras de fuego. Luego la mano se agitó irritadamente y borró aquello con el pulgar. La pared quedó como tiznada de hollín allí dónde habían estado las letras.
"Está usted proyectando, señor Fingal - escribió la mano, grabando rápidamente las palabras con una manicurada uña -. Esto es lo que usted esperaba ver. -La mano subrayó la palabra "esperaba" tres veces-. Por favor, coopere, aclare su mente, y vea lo que está escrito aquí, o no vamos a llegar a ninguna. Maldita sea, ya casi he agotado este soporte."
Y realmente lo había agotado. La escritura llenaba toda la pared, y la mano estaba ahora rozando el suelo. La aparición fue escribiendo cada vez más y más pequeño, en un esfuerzo por hacer caber todo el mensaje.
Fingal tenía un excelente control de la realidad, según su psiquiatra. Se aferraba fuertemente a esa evaluación como si fuera un talismán mientras se inclinaba hacia la pared para leer la última frase.
"Mire en su librería - escribió la mano- El título es Orientación en su mundo de fantasía.
Fingal sabía que no tenía aquel libro, pero no podía pensar en nada mejor que hacer.
Su teléfono no funcionaba, y si estaba sufriendo una crisis psicótica, no creía que fuera prudente salir al corredor público hasta tener alguna idea de lo que estaba ocurriendo.
Encontró el libro con bastante facilidad. En realidad era un folleto, con una portada chillona. Se trataba del tipo de cosa que había visto en las oficinas exteriores del disneylandia de Kenya, un folleto publicitario. En la parte interior de la contracubierta decía:
"Publicado bajo los auspicios del ordenador de Kenya; A. Joachim, operadora". Lo abrió, y empezó a leer.
CAPÍTULO PRIMERO
¿Dónde estoy?
Probablemente en estos momentos se estará usted preguntando dónde está.
Ésa es una reacción enteramente sana y normal, señor Fingal. Cualquiera se preguntaría, enfrentado a lo que parecen ser manifestaciones paranormales, si su control de la realidad se ha visto debilitado. O, en lenguaje sencillo: "¿Estoy loco, o qué?"
No, señor Fingal, no está loco. Pero tampoco se halla usted, como probablemente pensará, sentado en su cama, leyendo un libro. Todo está en su mente. Se halla usted todavía en el disneylandia de Kenya. Más especificamente, está contenido en el cubo memoria que tomamos de usted antes de que iniciara su fin de semana en la sabana. Entienda, se ha producido un tremendo error.
CAPÍTULO SEGUNDO
¿Qué ha ocurrido?
Eso es lo que nos gustaría saber, señor Fingal. Pero esto es lo que sabemos ya: su cuerpo fue colocado en un lugar erróneo. No hay por qué preocuparse, estamos haciendo todo lo posible por localizarlo y descubrir cómo pudo ocurrir algo así, pero eso toma un poco de tiempo. Quizá sea un pobre consuelo, pero esto nunca había ocurrido antes en los últimos setenta y cinco años que llevamos operando, y tan pronto descubramos qué es lo que ha ocurrido esta vez, puede estar usted seguro de que tomaremos todas las medidas para que no vuelva a producirse de nuevo. Estamos siguiendo varias pistas a la vez, y puede estar tranquilo de que su cuerpo le será devuelto intacto tan pronto como lo localicemos.
En estos momentos se encuentra usted despierto y consciente porque hemos incorporado su cubo memoria a los bancos de nuestro ordenador H-210, uno de los más sofisticados sistemas de holomemoria disponibles en estos momentos. Entienda, existen algunos problemas.
CAPÍTULO TERCERO
¿Qué problemas?
Es difícil plantearlos en términos que pueda usted entender, pero déjenos intentarlo, ¿de acuerdo?
El soporte que utilizamos para grabar sus recuerdos no es el mismo que usted probablemente utilizó como seguro contra una muerte accidental. Como debe de saber, ese sistema almacenará sus recuerdos durante mas de veinte años sin la menor degradación ni perdida de información, y es muy caro. El sistema que utilizamos nosotros es uno temporal, bueno para un periodo de dos, cinco, catorce o veintiocho días, según lo que se prolongue su estancia. Sus recuerdos son colocados en el cubo, donde puede que usted crea que permanecerán estáticos y sin cambios, del mismo modo que lo hacen en su registro del seguro. Si ha pensado así, está equivocado, señor Fingal. Piense en ello. Si usted muere, su banco fabricará inmediatamente un clon del plasma que usted almacenó junto con su cubo memoria. En seis meses, sus recuerdos serán introducidos en el clon y usted despertará, faltándole los recuerdos que su cuerpo fue acumulando a partir del momento de su último registro. Quizás eso ya le ha ocurrido a usted. Si es así, sabrá sin duda del shock de despertar del proceso de registro para oírse decir que han pasado tres o cuatro años, y que en ese tiempo usted ha resultado muerto.
En cualquier caso, el proceso que utilizamos nosotros es acumulativo, o de otro modo no tendría ninguna utilidad para usted. El cubo que instalamos en el animal africano elegido por usted es capaz de añadir los recuerdos de su estancia en Kenya al cubo memoria. Cuando su visita ha terminado, esos recuerdos son grabados en su cerebro, y usted abandona el disneylandia con las excitantes, educativas y refrescantes experiencias que ha vivido como animal, aunque su cuerpo nunca haya abandonado nuestra sala de durmientes. Llamamos a este proceso "doppling" del alemán doppelgänger (fantasma, doble).
Ahora, vayamos a los problemas de que hemos hablado. Pensó que nunca íbamos a llegar a ellos, ¿verdad?.
En primer lugar, puesto que usted se registró para una estancia de fin de semana, la médica naturalmente utilizó uno de los cubos de dos días, como establecen nuestras tarifas de excursión. Esos cubos poseen un factor de seguridad, pero no son demasiado estables después del tercer día, en la mejor de las condiciones. Una vez transcurrido ese tiempo, el cubo puede empezar a deteriorarse. Por supuesto, nosotros esperábamos tenerlo a usted instalado en su cuerpo antes de eso. Además, está el problema del almacenaje. Puesto que esos cubos de memoria acumulativa se supone que están en uso durante todo el tiempo en que sus recuerdos están almacenados en ellos, presentan algunos problemas cuando nos encontramos en la situación en que nos hallamos ahora. ¿Me sigue, señor Fingal? Aunque el cubo ha agotado ya su capacidad de funcionar en coexistencia con un anfitrión vivo, como la leona que usted acaba de abandonar, es preciso mantenerlo en constante actividad o se producirá pérdida de información. Estoy seguro de que usted no deseará que esto ocurra, ¿verdad? Por supuesto que no. Así que lo que hemos hecho ha sido "meterlo" en nuestro ordenador, que lo mantendrá despierto y en buena salud, y protegido contra la dispersión de sus nexos memorísticos. No voy a entrar en detalles al respecto; digamos simplemente que la dispersión no es algo que a usted le gustaría que ocurriera.
CAPÍTULO CUARTO
¿Y qué resulta de todo esto, eh?
Me alegro que haya usted hecho esa pregunta. (Porque usted ha hecho esa pregunta, señor Fingal. Este folleto forma parte del proceso analógico que le explicaré un poco más adelante.)
Vivir en un ordenador no significa que usted pueda simplemente saltar dentro y esperar retener la compatibilidad con la imagen del mundo que resulta tan necesaria para un comportamiento equilibrado en esta compleja sociedad. Ha sido probado, así que puede creer en nuestra palabra. O mejor dicho, en mi palabra. ¿Permite que me presente? Soy Apollonia Joachim, Operadora de Primera Clase del ordenador Protegedatos de nuestra sociedad de auxilios informáticos. Es probable que no haya oído hablar nunca de nosotros, aunque trabaje usted en el campo de los ordenadores.
Puesto que no puede usted limitarse a permanecer consciente en el desconcertante y fluctuante mundo que pasa por la realidad en un sistema de datos, su mente, en cooperación con un programa analógico que yo he alimentado al ordenador, interpreta las cosas de forma que parezcan seguras y confortables. El mundo que ve usted a su alrededor es una ficción de su imaginación. Por supuesto, le parece real, puesto que procede de la misma parte de la mente que normalmente utiliza usted para interpretar la realidad. Si deseáramos ponernos filosóficos al respecto, probablemente podríamos estar discutiendo todo el día acerca de lo que constituye la realidad, y preguntarnos por qué lo que está percibiendo usted ahora es menos real que lo que está acostumbrado a percibir. Pero no vamos a entrar en ello, ¿de acuerdo?.
El mundo seguirá funcionando verosímilmente en la misma forma en que está usted acostumbrado a que funcione. Aunque no será exactamente lo mismo. Las pesadillas, por ejemplo. Señor Fingal, espero que no sea usted del tipo nervioso, porque sus pesadillas pueden cobrar vida allí donde está usted. Le parecerá completamente reales. Deberá usted evitarlas si le es posible, porque pueden dañarle realmente. Le hablaré mas detenidamente de ello luego, si lo cree necesario. Por ahora, será mejor que no se preocupe.
CAPÍTULO QUINTO
¿Qué debo hacer ahora?
Le aconsejo que continúe con sus actividades normales. No se alarme ante nada fuera de lo habitual.
Por un lado, yo sólamente puedo comunicarme con usted por medio de fenómenos paranormales. Entienda, cada vez que un mensaje mío es alimentado al ordenador, llega hasta usted de una forma que su cerebro no es capaz de asimilar. Naturalmente, su cerebro lo clasifica como un acontecimiento no habitual, y encarna la comunicación de la forma más sorprendente. La mayor parte de las cosas extrañas que ve usted, si permanece tranquilo y no permite que sus propios miedos salgan del armario para perseguirle, comprobará que soy yo. Aparte de eso, le anticipo que su mundo parecerá, sonará, olerá y sabrá completamente normal. He hablado con su psiquiatra. Él me asegura que su captación del mundo real es fuerte. Así que manténgase firme. Estamos trabajando intensamente para sacarle de ahí.
CAPÍTULO SEXTO
¡Socorro!
Sí, vamos a ayudarle. Es realmente desafortunado que haya ocurrido esto, y por supuesto vamos a devolverle de inmediato todo su dinero. Además, el abogado de Kenya desea que le pregunte si el depósito de una cantidad importante para responder de futuros perjuicios sería algo digno de discutir con usted. Puede pensar acerca de ello; no hay prisa.
En el interín, encontraré formas de responder a sus preguntas. Cuanto más luche su mente por normalizar mis comunicaciones, transformándolas en cosas a las que esté familiarizado, más complicada resultará mi tarea. Ésa es a la vez su mayor fuerza - la habilidad de su mente de transformar el mundo del ordenador, que inconscientemente rechaza, a conceptos que le son familiares - y mi mayor handicap. Búsqueme en las hojas de té, en los carteles, en la holovisión; ¡en todas partes! Puede resultar algo excitante si se dedica con pasión a ello.
Mientras tanto, si ha recibido este mensaje, puede responderme llenando el cupón que va unido a él y echándolo en el tubo del correo. Su respuesta estará probablemente esperándole en la oficina. ¡Buena suerte!
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¡Sí! He recibido su mensaje y estoy interesado en las excitantes oportunidades en el campo de ¡vivir en un ordenador! Por favor, envíeme, sin ningún compromiso ni cargo por mi parte, su excitante catálogo diciéndome cómo puedo avanzar ¡hacia el enorme y maravilloso mundo exterior!
Nombre..............................................................................
Dirección............................................................................
Identificación......................................................................
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Fingal resistió a la tentación de pellizcarse. Si lo que decía el folleto era cierto -y podía creer en ello-, le dolería y no se despertaría. De todos modos, se pellizcó. Le dolió.
Si comprendía bien aquello, todo a su alrededor era producto de su imaginación. En algún lugar, había una mujer sentada ante una entrada de computador, hablándole en lenguaje normal, el cual llegaba hasta su cerebro en forma de impulsos electrónicos que él no podía aceptar como tales y que por lo tanto transformaba en símbolos más familiares. Estaba analogizando como un loco. Se preguntó si habría adquirido aquel vicio de su profesor, si las analogías eran contagiosas.
-¿Qué demonios hay de malo en una simple voz en el aire?- se preguntó en voz alta.
No obtuvo respuesta, y en cierto modo se alegró de ello. Ya había suficientes misterios por ahora. Y pensándolo bien, una voz en el aire probablemente haría que se le cayeran los pantalones de miedo.
Decidió que su cerebro tenía que saber lo que estaba ocurriendo. Después de todo, aquella mano le había sorprendido pero no le había asustado. Podía verla, y creía más en su sentido de la vista que en voces en el aire, un signo clásico de locura, si es que alguna vez había habido alguno.
Se levantó y se dirigió a la pared. Las letras de fuego habían desaparecido, pero el tizne de lo borrado seguía todavía allí. Lo olisqueó: carbón. Palpó el ordinario papel del folleto, rompió un trozo de una esquina, se lo llevó a la boca y lo masticó. Sabía a papel.
Se sentó y llenó el cupón, y lo echó en el tubo de correo.
Fingal no se irritó acerca de todo aquello hasta que se encontró en su oficina. Era una persona tranquila, a la que le costaba montar en cólera. Pero finalmente alcanzó el punto en el que tenía que decir algo.
Todo había sido tan normal que sintió deseos de echarse a reír. Todos sus amigos y conocidos estaban allí, haciendo exactamente lo que había esperado que estuvieran haciendo. Lo que le sorprendió y le dejó perplejo fue el número y variedad de segundones, de personajes secundarios que intervenían en su comedia interior. Los extras que su mente había elaborado llenaban los pasillos, como aquel hombre al que no conocía y que lo había empujado en el tubo yendo al trabajo, se había disculpado y había desaparecido, presumiblemente a la profundidades de su imaginación.
No había nada que pudiera hacer para expresar públicamente su irritación excepto comprobar toda aquella absurda situación. Una duda barrenaba su mente: quizá todo lo ocurrido aquella mañana no fuera más que una fuga, un deslizamiento temporal al país de los sueños. Quizá nunca había ido a Kenya, después de todo, y su mente le estaba gastando bromas. ¿Para llevarle hasta allí, o para mantenerle aparte? No lo sabía, pero tendría tiempo de ocuparse de ello si la prueba le fallaba.
Se puso en pie ante su terminal, que estaba en la tercera columna de la decimoquinta hilera de otros terminales idénticos, cada uno de los cuales provisto de su diligente operador. Alzó las manos y silbó. Todo el mundo alzó la vista.
- No creo en vosotros - chilló.
Tomó un montón de cintas de su terminal y las arrojó a Felicia Nahum, que se hallaba en la terminal más inmediata a la suya. Felicia era una buena amiga suya, y mostró la actitud adecuada cuando las cintas la golpearon. Luego se fundió. Fingal miró a su alrededor en la habitación, y vio que todo se había inmovilizado, como cuando uno para una película.
Se sentó y recorrió con los dedos el teclado de su terminal. El corazón le latía fuertemente, y tenía el rostro enrojecido. Por un horrible momento tuvo la impresión de que estaba equivocado. Empezó a tranquilizarse, alzando la vista cada pocos segundos para asegurarse de que el mundo se había detenido realmente.
Al cabo de tres minutos estaba cubierto de un sudor frío. ¿Qué demonios había probado? ¿Que esa mañana había sido real, o que estaba realmente loco? Comprendió que nunca sería capaz de verificar los postulados bajo los cuales vivía.
Una línea impresa parpadeó en la pantalla de su terminal.
- Pero ¿cómo ha podido hacer eso, señor Fingal?
- ¿Señorita Joachim? - gritó, mirando a su alrededor-. ¿Dónde está usted? Tengo miedo.
- No debe tenerlo -imprimió la terminal-. Tranquilícese. Posee usted un fuerte sentido de la realidad, ¿recuerda? Piense en esto: incluso antes de hoy, ¿cómo podía estar seguro de que el mundo que veía no era el resultado de ilusiones catatónicas? ¿Entiende lo que quiero decir? La pregunta "¿Qué es la realidad?" e, en último término, una pregunta sin respuesta. Todos debemos sceptar hasta cierto punto lo que vemos y lo que se nos dice, y vivir con un conjunto de suposiciones incomprobadas e incomprobables. Le pido que acepte usted el escenario que le ofrecí esta mañana porque, sentada aquí en la sala del ordenador donde usted no puede verme, mi imagen del mundo me dice que es el auténtico escenario. Por otra parte, usted puede creer que estoy creándome ilusiones a mí misma, que no hay nada en el cubo rosado que estoy viendo y que usted es un elemento más en mi sueño. ¿Le hace esto sentirse más cómodo?
-No- murmuró, avergonzado de sí mismo-. Entiendo lo que quiere decir. Aunque yo esté loco, me sentiré más cómodo si sigo la corriente que si intento resistirme.
-Perfecto, señor Fingal. Si necesita usted más ilustraciones, puede imaginarse a sí mismo aprisionado por una camisa de fuerza. Quizás haya en este preciso momento algunos técnicos trabajando para rectificar su condición, y estén haciéndole pasar por este psicodrama como primer paso para ello. ¿Le resulta eso más atractivo?
-No, creo que no.
-El asunto es que se trata de una suposición tan razonable como el conjunto de hechos que le he brindado esta mañana. Pero lo más importante es que debe usted comportarse del mismo modo, sea cual sea la verdad. ¿Comprende? Luchar contra ello en un caso sólo le traerá problemas, y en el otro impedirá su tratamiento. Me doy cuenta de que le estoy pidiendo que acepte sin más mi palabra. Y eso es todo lo que puedo darle.
-La creo -dijo Fingal-. Ahora, ¿puede usted empezar de nuevo desde el principio?
-Ya le he dicho que no tengo control sobre su mundo. De hecho, resulta un obstáculo considerable para mí el tener que hablar con usted por estos medios tan sorprendentes. Pero las cosas se arreglarán por sí solass tan pronto como usted les deje hacerlo. Mire a su alrededor.
Lo hizo, y vio y oyó la actividad normal de la oficina. Felicia estaba allí en el escritorio, como si nada hubiera ocurrido. No había ocurrido nada. Sí, algo había ocurrido, después de todo. Las cintas estaban esparcidas por el suelo cerca de su escritorio, allí donde habían caído. Se habían desenrollado y estaban enredadas.
Fue a recogerlas, y entonces se dio cuenta de que no estaban tan enredadas como había pensado. Deletreó un mensaje en la forma en que estaban mezcladas.
-Va usted por buen camino -decía el mensaje.
Durante tres semanas, Fingal se comportó como un buen chico. Sus compañeros de trabajo, si hubieran sido gente real, tal vez hubieran observado una cierta reserva en él, y su vida social en su hogar se había visto drásticamente recortada. Por lo demás, se comportaba exactamente como si todo el mundo a su alrededor fuera real.
Pero su paciencia tenía límites. Había sido tensada durante mucho más tiempo del que había esperado. Empezó a inquietarse ante su terminal, a dejar vagar su mente. Alimentar información a un ordenador podía ser frustrante, ingrato y, en pocas palabras, embrutecedor. Era lo que había estado sintiendo ya antes de su viaje a Kenya; había sido la causa de su viaje a Kenya. Tenía sesenta y ocho años, con siglos por delante, y estaba enjaezado a una rutina ferromagnética. Una larga vida puede ser una bendición relativa cuando uno siente el aburrimiento reptar en su interior.
Lo que más le abrumaba era el creciente desagrado que sentía ante su trabajo. Ya era bastante malo cuando se limitaba a sentarse en una auténtica oficina con dos centenares de auténticas personas, arrojando irreales datos a las fauces de un ordenador aún más irreal para sus sentidos. Pero ahora era mucho peor, puesto que sabía que los datos que introducía en él no tenían el menor significado para nadie excepto para él mismo, no eran sino una terapia ocupacional creada por su mente y por un programa de ordenador para mantenerlo ocupado mientras Apollonia Joachim buscaba su cuerpo.
Por primera vez en su vida empezó a pulsar algunos botones por sí mismo. Bajo un estrés algo más ligero hubiera acudido a toda prisa a ver a su psiquiatra, la solución aprobada y perfectamente normal que cualquiera hubiera elegido. Aquí, sabía que el resultado no sería sino una charla consigo mismo. No conseguía ver las ventajas de un procedimiento psicoanalítico tan idealizado; por otra parte, nunca había creído realmente que un psiquiatra hiciera algo más que escuchar.
Su propia vida empezó a cambiar cuando comenzó a irritarse con su jefa. Ésta le señaló que su coeficiente de errores estaba aumentando, y le sugirió que se enmendara o que empezara a buscar algún otro empleo.
Aquello lo encolerizó. Había sido un buen trabajador durante veinticinco años. ¿Por qué tenía ella que adoptar esa actitud cuando él estaba atravesando una mala racha de una o dos semanas?
Luego se encolerizó aún más cuando pensó que su jefa era tan sólo una proyección de su propia mente. ¿Por qué debía permitir que le tratara de aquel modo?
-No deseo oir nada de eso -dijo-. Déjeme solo. Mejor aún, auménteme el sueldo.
-Fingal - dijo ella rápidamente-, estas últims semanas ha sido usted un orgullo para nuestra sección. Voy a concederle un aumento.
-Gracias. Ahora márchese.
Ella lo hizo, disolviéndose en el tenue aire. Aquello le hizo sentir que aquel era realmente su gran día. Se reclinó en su asiento y pensó en su situación por primera vez desde que era joven.
No le gustó lo que pensó.
En mitad de sus meditaciones, la pantalla de su ordenador se iluminó de nuevo.
-Cuidado, Fingal -leyó-. Ese camino conduce a la catatonia.
Tomó en serio la advertencia, aunque no pretendía abusar de su recién descubierto poder. No veía por qué un uso juicioso de él de tanto en cuanto podía hacer daño a nadie.Se estiró y bostezó enormente. Miró a su alrededor, odiando de pronto la oficina, con sus hileras de trabajadores, indistinguibles de sus terminales. ¿Por qué no tomarse el día libre?
Cediendo a un repentino impulso, se levantó y caminó los pocos pasos que le separaban de la terminal de Felicia.
-¿Por qué no vamos a mi casa y hacemos el amor? -le preguntó.
Ella le miró sorprendida, y él sonrió. La joven estaba casi tan desconcertada como cuando él le había arrojado las cintas.
-¿Es una broma? ¿En mitad del día? Tienes un trabajo que hacer, ya sabes. ¿Deseas que nos echen a los dos?
Él meneó lentamente la cabeza.
-Ésa no es una respuesta aceptable.
Ella se detuvo, y rebobinó desde aquel punto. Él la oyó repetir sus últimas frases al revés, luego sonrió.
-Seguro, ¿por qué no? -dijo.
Luego, Felicia se fue del mismo modo ligeramente desconcertante en que su jefa se había ido antes, fundiéndose en el aire. Fingal se quedó sentado inmóvil en su cama, preguntándose qué hacer consigo mismo. Tenía la impresión de que iniciaba un mal camino si pretendía construir él mismo su propio mundo.
Su teléfono sonó.
-Tiene usted todo la razón - dijo una voz de mujer, obviamente irritada con él.
Se sentó envarado.
-¿Apollonia?
-La señorita Joachim para usted, Fingal. No puedo hablar mucho rato; esto representa un tremendo esfuerzo para mí. Pero escúcheme, y escúcheme bien. Su ombligo es muy profundo, Fingal. Desde el lugar en que está usted ahora, es un pozo cuyo fondo ni siquiera puedo ver. Si cae dentro de él, no puedo garantizarle que pueda sacarle luego.
- Pero ¿tengo que tomarlo todo tal como es? ¿No se me permite hacer mejoras?
- No bromee. Eso no eran mejoras, sino pura pereza. No era otra cosa que masturbación, y aunque no hay ningún mal en ello, si lo hace con exclusión de todo lo demás, su mente se encerrará en sí misma. Está usted en grave peligro de excluir al universo externo de su realidad.
-Pero yo creía que no había universo externo para mí aquí donde estoy.
- Casi cierto. Sin embargo, estoy alimentándole con estímulos externos a fin de mantenerlo en actividad. Además, es la actitud lo que cuenta. Usted nunca ha tenido problemas en encontrar compañía sexual; ¿por qué se siente impulsado ahora a alterar las condiciones?
-No lo sé -admitió-. Como usted ha dicho, pereza, supongo.
-Exacto. Mire, si desea abandonar su trabajo, es usted libre de hacerlo. Si piensa en serio acerca de mejoras, hay oportunidades disponibles para usted aquí. Búsquelas. Mire a su alrededor, explore. Pero no intente mezclarse en cosas que no comprende. Ahora tengo que irme. Le escribiré una carta si puedo, y me explicaré un poco más.
-¡Espere! ¿Qué hay de mi cuerpo? ¿Han hecho algún progreso?
- Sí, han descubierto cómo ocurrió. Parece que....
Su voz se desvaneció, y él colgó el teléfono.
Al día siguiente recibió una carta explicando lo que se sabía hasta entonces. Al parecer, todo el lío había sido resultado de la visita del maestro a la sección de medicánica el día de su registro. Más específicamente, se debía al regreso del muchachito después de que los otros se hubieran ido. Ahora estaban seguros de que había trasteado con la tarjeta de ruta que decía a los ayudantes lo que había que hacer con el cuerpo de Fingal. En vez de trasladarlo a la sala de durmientes, que correspondía a la tarjeta verde, lo habían enviado a algún lugar -nadie sabía todavía adónde- para un cambio de sexo, lo cual correspondía a la tarjeta azul. La médica, en su prisa por irse a casa para su cita, no se había dado cuenta del cambio. Ahora el cuerpo podía estar en cualquiera de los varios cientos de consultas médicas en la Luna. Estaban buscándolo, y también al muchachito.
Fingal dejó a un lado la carta y pensó intensamente.
La señorita Joachim había dicho que había oportunidades para él en los bancos de memoria. Había dicho también que no todo lo que veía eran sus propias proyecciones. Estaba recibiendo, era capaz de recibir, estímulos externos. ¿Por qué era eso? ¿Porque sin ellos tendría tendencia a moverse al azar, o por alguna otra razón? Deseó que la carta hubiera sido más explícita en ese punto.
Mientras tanto, ¿qué hacer?
Repentinamente lo supo. Deseaba aprender acerca de ordenadores. Deseaba saber qué los hacía funcionar, experimentar una sensación de poder sobre ellos. Y esa sensación se acentuaba cuando pensaba que virtualmente era un prisionero dentro de uno de ellos. Era como un trabajador en una línea de montaje. Todo el día realizando el mismo trabajo, tomando pequeñas piezas de una cinta rodante e instalándolas en un montaje más grande. Un día, al trabajador se le ocurre preguntarse quién coloca las piezas en la cinta rodante. ¿De dónde proceden? ¿Cómo son hechas? ¿Qué ocurre después de que él las ha instalado?
Se preguntó por qué no había pensado en ello antes.
La oficina de admisiones el el Instituto Técnico de la Luna estaba atestada. Le tendieron un formulario y le dijeron que lo llenara. Parecía deprimente. Los espacios para "experiencia anterior" y "grados de aptitud" estaban casi en blanco cuando hubo terminado con ellos. En su conjunto, el resultado no parecía muy prometedor. Regresó al escritorio y tendió el formulario al hombre sentado tras la terminal.
El hombre metió los datos del formulario en el ordenador, el cual rápidamente decidió que Fingal no poseía talento para ser un reparador de ordenadores. Empezaba a darse la vuelta cuando sus ojos repararon en un gran cartel situado detrás del hombre. Estaba allí en la pared cuando había llegado, pero no lo había leído.
LA LUNA NECESITA TÉCNICOS ORDENADORES.
ESO SIGNIFICA
¡QUE LE NECESITA A USTED, SEÑOR FINGAL
¿Está usted insatisfecho con su actual empleo? ¿Tiene la impresión de que se merece algo mejor? Entonces hoy puede ser su día de suerte. Ha venido usted al lugar correcto, y si atrapa esta oportunidad de oro verá que se le abren puertas que hasta ahora habían estado cerradas para usted.
Actúe, señor Fingal. Ésta es la ocasión. ¿Quién es capaz de juzgar sobre usted? Simplemente, tome este bolígrafo y llene la solicitud, rellenando tan sólo las casillas que usted desee.
¡Sea grande, sea osado! La suerte está echada, y se halla usted camino de GRANDES BENEFICIOS!
El secretario no dijo nada fuera de lo normal cuando Fingal regresó al escritorio una segunda vez, y ni siquiera parpadeó cuando el ordenador decidió que era elegible para el curso acelerado.
Al principio no fue fácil. En realidad tenía pocas aptitudes para la electrónica, pero la aptitud es algo caprichoso. Su personalidad matriz era tan flexible ahora como lo sería en cualquier otro momento de su vida. Un pequeño esfuerzo en el instante adecuado representaría un gran paso hacia su perfeccionamiento. No dejaba de decirse a sí mismo que todo aquello que era y que hacía de él lo que era estaba grabado en aquel pequeño tubo conectado al ordenador, y que si era cuidadoso podía mejorarlo.
No radicalmente, le dijo la señorita Joachim en una larga y útil carta a finales de la semana. Aquello conduciría a una completa disrupción de la matriz AFFN y a la catatonia, que en ese caso sería distinguible de la muerte tan sólo por el filo de un cabello.
Pensó mucho en la muerte mientras ahondaba en los libros. Se hallaba en una extraña posición. El ser conocido como Fingal no moriría en ninguna de las posibles salidas de aquella aventura. Por una parte, su cuerpo se hallaba camino de un cambio sexual, y era difícil imaginar que lo que pudiera ocurrirle fuera susceptible de matarlo. Quienquiera que lo tuviera en custodia ahora cuidaría de él tan bien como podrian hacerlo los médicos de la sala de durmientes. Si Apollonia no tenía éxito en su intento de mantenerlo consciente y cuerdo en el banco de memoria, simplemente despertaría sin recordar nada del tiempo que había permanecido dormido sobre la mesa.
Si, por alguna improbable concatenación de circunstancias, su cuerpo era dejado morir, tenía un registro de su póliza de seguros a salvo en la caja fuerte de su banco. El registro tenía tres años de antigüedad. Despertaría en el cuerpo clónico recién desarrollado sin saber nada de lo ocurrido en los últimos tres años, y tendría una fantástica historia que oir cuando le pusieran al día.
Pero nada de aquello le importaba. Los humanos son una especie ligada al tiempo, y que existen en un eterno ahora. El futuro fluye a través de ellos y se convierte en el pasado, pero es siempre el presente el que cuenta. El Fingal de hace tres años no era el Fingal en el banco de memoria. De hecho, la inmortalidad por medio del registro de recuerdos era una pobre solución. La encrucijada tridimensional que era el Fingal de ahora se comportaría siempre como sisu vida dependiera de sus actos, porque sentiría el dolor de la muerte si le ocurría a él. Era un pequeño consuelo para un hombre moribundo saber que volvería a ponerse en pie, algunos años más joven y menos sabio. Si Fingal se perdía ahí afuera, moriría, puesto que con el registro de la memoria era tres personas: la que vivía ahora, la perdida en algún lugar de la Luna, y la persona potencial en la caja fuerte del banco. En realidad no eran sino parientes próximos.
Todo el mundo sabía eso, pero era tan infinitamente mejor que la otra alternativa que poca gente lo rechazaba. Intentaban no pensar en ello, y generalmente lo conseguían. Se hacían grabar nuevos registros tan a menudo como podían permitírselo. Lanzaban un suspiro de alivio cuando se tendían sobre la mesa para hacerse grabar otro registro, sabiendo que otro trozo de sus vidas estaba seguro para siempre. Pero aguardaban nerviosos el despertar, temiendo que les dijeran que habían transcurrido veinte años porque habían muerto en algún momento después de la grabación y había habido que empezar todo de nuevo. Podían ocurrir muchas cosas en veinte años. La persona en el nuevo cuerpo clónico podía tener que enfrentarse a un hijo que no había visto nunca, a un nuevo cónyuge o a la terrible noticia de que su empleo estaba ahora a cargo de una máquina.
De modo que Fingal se tomó en serio las advertencias de la señorita Joachim. La muerte era la muerte, y aunque uno podía burlarla, la muerte aún seguía siendo la que reía la última. En vez de arrancarte de golpe toda tu vida, la muerte exigía ahora tan sólo un pequeño porcentaje, pero bajo muchos aspectos era el porcentaje más importante.
Se inscribió en varios cursos. Siempre que le fue posible, tomó aquellos que estaban disponibles telefónicamente, de modo que no necesitara salir de su habitación. Encargaba la comida y los artículos de primera necesidad por teléfono, y pagaba las facturas simplemente mirándolas y deseando que dejaran de existir. Aquello hubiera podido ser intensamente aburrido o locamente interesante. Después de todo era un mundo de sueños, ¿y quién no piensa en retirarse a la fantasía de tanto en tanto? Fingal lo pensaba realmente, pero reprimió con firmeza la idea cuando le llegó. Pretendía salirse de aquel sueño.
Por un lado, echaba de menos la compañía de otra gente. Aguardaba las cartas semanales de Apollonia (ella le había permitido que le llamara por su nombre de pila) con una extenuante pasión, y devoraba cada una de sus palabras. Su archivo de estas cartas crecía. En los momentos en que se sentía más solo tomaba una de estas cartas al azar y la leía una y otra vez.
Siguiendo el consejo de ella, abandonaba regularmente el apartamento y vagaba por los alrededores más o menos al azar. Durante esas salidas le sucedían alocadas aventuras. Literalmente. Apollonia lo bombardeaba con estímulos exteriores durante esas ocasiones, y podían ser cualquier cosa, desde La maldición de la momia hasta Murieron con las botas puestas con su reparto original. Él no se cansaba de las películas. Simplemente echaba a andar por los corredores públicos y abría una puerta al azar. Detrás podían estar las minas del rey Salomón o el harén del sultán. Lo aceptaba todo estoicamente. Era incapaz de obtener ningún placer con el sexo. Sabía que era un ejercicio de una sola mano, y aquello hacía desaparecer toda excitación.
Su único placer brotaba de los estudios. Leía todo lo que caía en sus manos sobre la ciencia de los ordenadores, y conseguía situarse el primero de su clase. Y a medida que iba aprendiendo, se le ocurrió aplicar sus conocimientos a su propia situación.
Empezó a ver cosas a su alrededor que hasta entonces le habían aparecido veladas. Empezaba a distinguir atisbos de la realidad a través de sus ilusiones. Cada vez más a menudo, alzaba la vista y veía la débil sombra del mundo real de flujos electrónicos y de oscilantes circuitos donde vivía. Aquello lo asustó al principio. Le preguntó a Apollonia al respecto en uno de sus ilusorios recorridos, esta vez a Coney Island a mediados del siglo XX. Le gustaba aquel lugar. Podía tenderse en la arena y hablarle a las olas. Sobre su cabeza, un avión escribía con humo las respuestas a sus preguntas. Ignoró concienzudamente al brontosaurio que alborotaba con estrépito a su derecha.
- ¿Qué significa, oh Diosa de la Transistoria, cuando empiezo a ver diagramas de circuitos en las paredes de mi apartamento? ¿Exceso de trabajo?
- Significa que la ilusión está debilitándose progresivamente -deletreó el avión durante la siguiente media hora-. Se está adaptando usted a la realidad que hasta ahora ha estado negando. Eso puede representar problemas, pero estamos a punto de encontrar el rastro de su cuerpo. Pronto lo encontraremos y podremos sacarle de ahí.
Todo aquello fue demasiado para el avión. El sol se había puesto ya, el brontosaurio era el vencedor, y al avión se le había agotado el combustible. Picó en espirales hacia el océano, y las multitudes se agolparon cerca del agua para presenciar el rescate. Fingal se levantó y se dirigió al paseo de tablas de madera que seguía la línea de la playa.
Allí había un enorme cartel publicitario. Entrelazó los dedos a la espalda y leyó.
-Lamento el retraso. Como estaba diciendo, casi lo hemos conseguido. Concédanos algunos meses más. Uno de nuestros agentes cree que localizará la consulta médica en cuestión en el término de una semana. A partir de ahí todo irá rápidamente. Por el momento, evite esos lugares en donde puede ver los circuitos. Eso no es bueno para usted, crea en mi palabra.
Fingal evitó los circuitos durante tanto tiempo como le fue posible. Terminó sus primeros cursos en la ciencia de los ordenadores y se inscribió en la sección intermedia. Transcurrieron seis meses.
Sus estudios se hacían cada vez más fáciles. Su velocidad de lectura iba incrementándose de forma fantástica. Descubrió que era más ventajoso para él acudir a una biblioteca compuesta por volúmenes que por cintas. Podía tomar un volúmen de la estantería, hojearlo rápidamente, y aprender todo lo que había en él. Ahora sabía lo suficiente como para comprender que estaba adquiriendo la habilidad de conectar directamente con el conocimiento almacenado en el ordenador, pasando por encima de sus sentidos. Los libros que tenía en sus manos eran simplemente los análogos sensitivos del teclado de la terminal. Apollonia se mostraba nerviosa acerca de ello, pero lo permitía continuar. Pasó rápidamente por el grado intermedio y se inscribió en las clases superiores.
Pero estaba rodeado de cables. Estaban por todas lados hacia donde mirara, en las venillas que salpicaban el rostro de un hombre, en el plato de patatas fritas que encargaba para almorzar, en las huellas de sus propias palmas, sobreimpresos sobre el aparente desorden de unos cabellos rubios revueltos a su lado sobre la almohada.
Los cables eran analogías de analogías. Había poco cableado en los modernos ordenadores. En su mayor parte estaban constituidos por circuitos moleculares que o bien estaban encajados en una red cristalina, o bien estaban reproducidos fotográficamente en una pequeña lámina de silicona. Visualmente, eran difíciles de imaginar, de modo que era su mente la que creaba esos complejos diagramas de circuitos que servían para la misma finalidad, pero que él podía experimentar de forma directa.
Un día ya no pudo resistir más. Estaba en el cuarto de baño, en el lugar tradicional para ponderar lo imponderable. Su mente vagaba, especulando acerca de la necesidad de evacuar el contenido de sus entrañas, preguntándose si valía la pena eliminar la necesidad de eliminar. El dedo gordo de su pie estaba siguiendo ociosamente el esquema de un circuito impreso incorporado al embaldosado suelo.
Los sanitarios empezaron a desbordarse, no de agua sino de monedas. En algún lugar resonaban alegremente timbres. Saltó en pie y contempló alucinado cómo su cuarto de baño se llenaba de dinero.
Fue consciente de una sutil alteración en el tono de los timbres. Cambiaron del alegre campanilleo de una máquina tragaperras a un tañido funerario. Miró apresuradamente a su alrededor en busca de una manifestación. Sabía que Apollonia debía de estar furiosa.
Lo estaba. Su mano apareció y empezó a escribir en la pared. Esta vez estaba escribiendo con la sangre de él. Goteaba amenazadoramente de todas las palabras.
-¿Qué está haciendo? -escribió la mano, y una vez escrito eso siguió adelante- Le dije que dejara tranquilos esos cables. Es probable que haya borrado todos los asientos contables de Kenya. Puede que pasen meses antes de que podamos volver a ponerlos en orden.
-Bueno, ¿y a mí qué me importa?-estalló-. ¿Qué han hecho ellos por mí ultimamente? Es Increíble que a estas alturas no hayan localizado mi cuerpo. Ha pasado ya todo un año.
La mano se crispó en un puño. Luego lo aferró por la garganta y apretó fuertemente hasta que sus ojos se desorbitaron. Después se relajó lentamente. Cuando Fingal pudo ver de nuevo con claridad, retrocedió con circunspección.
La mano se agitó nerviosamente, tabaleó sus dededos en el suelo. Luego volvió a la pared.
-Lo siento -escribió-. Supongo que estoy muy cansada. Espere un momento.
Aguardó, más agitado de lo que nunca recordara desde que empezara su odisea. "No hay nada como una dosis de dolor -reflexionó-, para que te des cuenta de lo que puede ocurrirte."
La pared con las letras de sangre se disolvió lentamente en un panorama celestial. Mientras observaba, las nubes pasaron por delante de su punto de observación para fundirse maravillosamente con los dorados rayos del sol. Oyó una música de órgano procedente de tubos del tamaño de secoyas.
Sintió deseos de aplaudir. Era tan excesivo, y sin embargo tan convincente... En el centro de la torbellineante masa de blanca bruma apareció un ángel. Iba provisto de alas y de un halo, pero le faltaba la tradicional ropa blanca. Iba desnudo, mejor dicho, desnuda, puesto que su sexo era femenino, y el cabello flotaba a su alrededor como si se hallara debajo del agua.
El ángel levitó hasta él,caminando sobre las torbellineantes nubes, y le tendió dos tablillas de piedra. Fingal apartó sus ojos de la aparición y miró las tablillas.
No trastearás con cosas que no comprendas.
-De acuerdo, prometo no hacerlo -le dijo al ángel-. Apollonia. ¿es usted? Quiero decir, ¿es realmente usted?
-Lea los mandamientos, Fingal. Esto me resulta tremendaamente difícil.
Volvió a mirar las tablillas.
No interferirás en los sistemas hardware de la Corporación de Kenya, puesto que Kenya no indemnizará a quien se tome libertades con las cosas que son propiedad suya.
No explorarás los límites de tu prisión. Confía en la Corporación de Kenya para salir de ella.
No alterarás ningún programa.
No te preocuparás acerca de la localización de tu cuerpo, porque ya ha sido encontrado, la ayuda está en camino, la caballería ha llegado, todo está bajo mano.
Encontrarás a una persona conocida, alta y bien parecida, que te guiará para hacerte salir de esta terrible situación.
Permanecerás abierto a nuevas instrucciones.
Alzó la vista y le alegró comprobar que el ángel seguía allí.
-Obedeceré, lo prometo. Pero ¿dónde está mi cuerpo, y por qué ha costado tanto encontrarlo? ¿Puede...?
- Sepa que aparecer ante usted en estas encarnaciones es terriblemente agotador, señor Fingal. Estoy sufriendo tensiones cuya naturaleza no tengo tiempo de revelarle. Ensille su caballo, aguarde, y muy pronto verá la luz al otro lado del túnel.
-Espere, no se vaya.
Ella empezaba ya a disolverse.
-No puedo demorarme.
-Pero... Apollonia, todo esto es encantador, pero ¿por qué tiene que aparecérseme usted siempre de esa forma tan absurda? ¿Por qué toda esta parafernalia? ¿Qué hay de malo en las cartas?
Ella miró a su alrededor a las nubes, los rayos del sol, las tablillas en las manos de Fingal, y el cuerpo del hombre, como si lo viera todo por primera vez. Echó la cabeza hacia atrás y rió como una orquesta sinfónica. Era algo casi demasiado hermoso como para que Fingal pudiera soportarlo.
-¿Yo? -dijo ella, despojándose de sus atributos angélicos-. ¿Yo? Yo no elijo las visiones, Fingal. Se lo dije, es su cabeza, yo simplemente paso a través de ella. -Enarcó las cejas-. Y realmente, señor, no tenía la menor idea de que albergara usted esos sentimientos hacia mí. ¿Se trata de un amor de adolescencia?
Y desapareció, excepto su sonrisa.
La sonrisa le atormentó durante días enteros. Se sintió disgustado consigo mismo al respecto. Odiaba ver que una metáfora como aquella le abrumaba. Llegó a la conclusión de que su mente era una analogizadora más bien inepta.
Pero todo tenía su finalidad. La sonrisa le obligó a contemplar sus propios sentimientos. Estaba enamorado, desesperadamente, ridículamente, como un quinceañero. Sacó todas las viejas cartas de ella y las leyó de nuevo, buscando las palabras mágicas que podían haberle infligido aquello. Porque todo aquello era estúpido. Él nunca la había conocido excepto bajo circunstancias figurativas. La única vez que la había visto, la mayor parte de lo que vio era producto de su propia mente.
No había ningún indicio en las cartas. La mayor parte de ellas eran tan impersonales como un libro de texto, aunque tendían a ser más bien prolijas. Amistosas, sí; pero ¿íntimas, poéticas, intuitivas, reveladoras? No. Era absolutamente imposible descubrir en ellas algo que pudiera calificarse como amor, ni siquiera como pasión quinceañera.
Se dedicó a sus estudios con renovado vigor, aguardando la siguiente comunicación. Transcurrieron las semanas sin una palabra siquiera. Llamó a la oficina de correos varias veces, puso anuncios personales en todos los periódicos en que pudo pensar, escribió mensajes en las paredes de los edificios públicos, metió notas en las botellas y las arrojó a la baura, alquiló vallas publicitarias, compró tiempo de publicidad en televisión. Le gritó a las vacías paredes de su apartamento, paró a la gente que se cruzaba conél por la calle, golpeó utilizando el código Morse todas las cañerías, hizo circular rumores por las tabernas, hizo imprimir y difundir folletos por todo el sistema solar. Intentó todos los medios en que pudo pensar, y no consiguió contactar con ella. Estaba solo.
Consideró la posibilidad de que estuviera muerto. En su actual situación, era difícil decirlo con seguridad. Lo abandonó como algo imposible de verificar. Todo aquello ya era lo bastante incierto como para intentar adivinar de qué lado de la dicotomía vida/muerte estaba viviendo. Además, cuanto más pensaba en el hecho de existir sólo como impulsos electrónicos en un conjunto de macromoléculas en el interior de un sistema de datos, más asustado se sentía. Había sobrevivido durante tanto tiempo gracias a que había evitado tales pensamientos.
Las pesadillas se apoderaron de él, se alojaron permanentemente en su apartamento. Constituyeron una fuerte decepción, y confirmaron su conclusión de que su imaginación no era tan vívida como debiera. Estaban constituidas por el infantil hombre del saco, el tipo de apariciones que podían asustarle cuando se le aparecían vagamente entre las brumas pesadillescas, pero que resultaban casi risibles cuando se exponían a la plena luz de la consciencia. Había una enorme y charlatana serpiente burdamente bosquejada, creada sobre la base del dibujo que un niño haría de una serpiente. Una compañía constructora de juguetes habría hecho un trabajo mejor. Había un hombre lobo que el único temor que causaba a Fingal era la posibilidad de llenarle toda la alfombra de pelos. Había una mujer que consistía básicamente en pechos y genitales, residuo de su adolescencia, sospechaba. Gruñía embarazado cada vez que la veía. Puede que en otros tiempos se hubiera visto dominado por tales infantilismos, pero habría preferido que sus huellas hubieran quedado enterradas para siempre.
Los pateaba constantemente al corredor, pero se deslizaban dentro de su apartamento por las noches como unos parientes pobres. Hablaban incesantemente, y siempre acerca de él. ¡Las cosas que sabían! Parecían tener una opinión muy baja de él. La serpiente expresaba a menudo la opinión de que Fingal nunca llegaría a ningún sitio debido a que había aceptado con demasiada docilidad los resultados de los test de aptitud que le habían hecho cuando niño. Eso dolía, pero el mejor remedio contra ello era estudiar con mayor concentración.
Finalmente llegó una carta. Hizo una mueca tan pronto como la abrió. El inicio bastaba para saber que no iba a gustarle.
Querido señor Fingal:
Esta vez no voy a disculparme por mi retraso. Parece que la mayor parte de mis manifestaciones han incluido una disculpa, y creo que esta vez me merezco un descanso. No puedo estar siempre a la escucha. Tengo también mi propia vida.
Tengo entendido que se ha comportado usted de forma ejemplar desde la última vez que hablé con usted. Ignoró usted el funcionamiento interno del ordenador, exactamente como yo le dije. No he sido totalmente franca con usted, y le explicaré mis razones.
La relación entre usted y el ordenador es, y siempre lo ha sido, de doble sentido. Nuestro mayor temor en este lado ha sido que empezara a interferir con los trabajos del ordenador, lo cual habría causado grandes problemas a todo el mundo. O que se volviera loco furioso, y que en uno de sus ataques destruyera todo el sistema de datos. Lo instalamos a usted en el ordenador como una necesidad humana, porque habría muerto si no lo hubiéramos hecho, aunque eso hubiera representado para usted únicamente la pérdida de dos días de recuerdos. Sin embargo, uno de los negocios de Kenya es vender recuerdos, y los recuerdos de sus clientes son sagrados para ellos. Fue un error de la Corporación de Kenya lo que lo trajo aquí, así que decidimos que teníamos que hacer todo lo posible por usted.
Pero nuestras operaciones de este lado corrían un gran riesgo debido a su presencia.
En una ocasión, hace seis meses, se enredó usted en el sector de control de clima del ordenador, y desencadenó una tormenta sobre el Kilimanjaro que todavía no ha podido ser controlada totalmente. Perdimos varios animales.
He tenido que enfrentarme con el Consejo Directivo para mantenerlo a usted ahí, y varias veces el programa estuvo a punto de ser interrumpido. Ya sabe usted lo que eso significa.
Ahora me he sincerado con usted. Deseaba hacerlo desde el principio, pero a la gente que dirige las cosas por aquí les preocupaba el que usted pudiera empezar a hacer tonterías movido por un espíritu vindicativo si conocía todos los hechos, así que decidieron no decírselo. Puede usted hacer todavía mucho daño antes de que podamos sacarlo de ahí. Ahora tengo a los directores mordiéndose las uñas por encima de mi hombro mientras le transmito esto. Por favor, no cause problemas.
Pasemos a otro punto.
Desde un principio tuve miedo de que lo que ha ocurrido llegara a ocurrir. Durante más de un año he sido su único contacto con el mundo exterior. He sido la única otra persona en su universo. Hubiera tenido que ser una persona extremadamente fría, odiosa, horrible -lo cual no soy- para que no se sintiera atraído hacia mí bajo tales circunstancias. Está sufriendo una intensa privación sensorial, y es bien conocido que cualquiera en tal estado se vuelve sugestionable, maleable, y solitario. Ha volcado sus sentimientos hacia mí como la única persona a la que podía aferrarse.
He intentado evitar cualquier tipo de intimidad con usted por esa razón, para mantener las cosas en un estricto plano de impersonalidad. Pero cedí durante uno de sus periodos de desesperación. Y usted leyó en mis cartas algunas cosas que no estaban en ellas. Recuerde, incluso a través de un medio impreso es su mente la que controla lo que ve. Su censor ha dejado pasar lo que desea ver, y quizá incluso ha añadido algunas cosas por sí mismo. Estoy a su merced. Es probable que usted haya estado leyendo esas cartas como una apasionada afirmación de amor. He utilizado todos los refuerzos posibles que conozco para asegurarme de que este mensaje le llegaba a través de un canal prioritario y no resultaba deformado. Yo no, repito, no le correspondo. Usted comprenderá por qué, al menos en parte, cuando consigamos sacarle de ahí.
Nunca resultaría, señor Fingal. Renuncie a ello.
APOLLONIA JOACHIM
Fingal se graduó el primero de su clase. Terminó los estudios requeridos para obtener el título durante la larga semana que siguió a la carta de Apollonia. Fue una amarga victoria para él, pero se aferró furiosamente a ella mientras subía al estrado para recibir el título. Al menos había sacado el mayor provecho de su situación, al menos no se había limitado a dejar que las ruedas de la máquina lo trituraran como a cualquier buen empleado.
Adelantó el brazo para estrechar la mano del rector de la universidad y vio que esa mano se transformaba. Alzó la vista, y observó que la barbuda silueta envuelta en su ropaje universitario oscilaba y se convertía en una mujer alta, uniformada. Con un acceso de alegría, supo quién era. Luego la alegría se convirtió en cenizas en su boca, y las escupió rápidamente.
-Siempre supe que se ahogaría usted con una forma de expresión- dijo ella, riendo tensamente.
-Así que está usted aquí- dijo él.
No podía creerlo. La miró torpemente, sujetando su mano y el diploma con idéntica tenacidad. Era alta, como había dicho la profecía, y hermosa. Su cabello corto coronaba un rostro competente, y el cuerpo bajo el uniforme era musculoso. El uniforme estaba abierto en el escote, y arrugado. Tenía ojeras, y sus ojos estaban enrojecidos. Vaciló ligeramente sobre sus pies.
-Estoy aquí, sí. ¿Está usted dispuesto a volver? -Se volvió hacia los estudiantes reunidos- ¿Qué pensáis, muchachos? ¿Creéis que merece volver?
Parecieron volverse locos, aplaudiendo y gritando vivas y lanzando capirotes al aire. Fingal se volvió aturdidamente para mirarles, empezando a darse cuenta de algo. Bajó la vista hacia el diploma.
-No sé -dijo-. No sé. ¿De vuelta a trabajar a la sala de datos?
Ella le dio una palmada en la espalda.
-No, se lo prometo.
-Pero ¿cómo puede ser diferente? He llegado a pensar en este trozo de papel como en algo.. . real. ¡Real! ¿Cómo puedo haberme engañado de esa manera? ¿Por qué lo he aceptado?
-Yo le estuve ayudando todo el tiempo -dijo ella-. Pero no todo era un juego. Realmente aprendió usted todas las cosas que aprendió. No desaparecerán cuando regrese. Eso que tiene usted en la mano es imaginario, por supuesto, pero ¿quién cree que imprime los auténticos diplomas? Se haya usted registrado allí donde importa, en el ordenador, como habiendo superado los cursos. Obtendrá un auténtico diploma cuando regrese.
Fingal vaciló. Había una tentadora visión en su cabeza. Llevaba allí más de un año, y en realidad no había explotado la naturaleza del lugar. Quizá ese asunto de morir en el banco de memoria fuera todo él una estupidez, otra mentira inventada para mantenerle a él en su sitio. En ese caso, podía quedarse allí y satisfacer sus más locos deseos, convertirse en el rey del universo sin ninguna oposición, nadar en placeres que ningún emperador hubiera imaginado nunca. Cualquier cosa que deseara podría conseguirla allí, absolutamente cualquier cosa.
Y de hecho tenía la impresión de que podía ganar la partida. Había observado muchas cosas acerca de aquel lugar, y ahora poseía el conocimiento de la tecnología del ordenador para ayudarle. Podía deslizarse por allí dentro y evitar los intentos de ellos de borrarle, incluso sobrevivir si retiraban su cubo programándose a sí mismo en otras partes del ordenador. Podía hacerlo.
Con una súbita inspiración, se dio cuenta entonces de que no sentía el deseo suficiente para quedarse allí dentro, en su ombligo. En realidad, tan solo sentía un deseo importante, y ella estaba desvaneciéndose lentamente. Se disolvía, y estaba siendo reemplazada de nuevo por el viejo rector.
-¿Viene? -preguntó ella.
-Sí.
Era tan sencillo como eso. La tribuna, el rector, los estudiantes y la sala desaparecieron, y surgió la sala del ordenador en Kenya. Sólo Apollonia seguía constante. él mantuvo sujeta su mano hasta que todo se estabilizó.
-Uf -dijo ella, y se llevó una mano a la nuca.
Extrajo un cable de la conexión en la parte de atrás de su cabeza y se derrumbó en una silla. Alghuien extrajo un cable similar de la nuca de Fingal, y finalmente se halló libre del ordenador.
Apollonia tendió una mano hacia una humeante taza de café sobre la mesa repleta de tazas vacías.
-Ha sido usted difícil -dijo-. Por un momento pensé que iba a quedarse. Ya sucedió una vez. No es usted el primero al que le pasa esto, pero no será más allá del vigésimo. Este es un campo inexplorado, peligroso.
-¿De veras? -dijo él-. ¿No se estará usted burlando?
Ella se echó a reir.
-No. Ahora puedo decirle la verdad. Es peligroso. Nadie ha sobrevivido nunca más de tres horas en ese tipo de cubo, conectado a un ordenador. Usted ha resistido seis. Tiene usted una fuerte imagen del mundo.
Ella le había estado observando para ver cómo reaccionaba a aquello. No se sorprendió al ver que lo aceptaba fácilmente.
-Hubiera tenido que saberlo -dijo él-. Hubiera debido pensar en ello. Fueron sólo seis horas aquí fuera, y más de un año para mí. Los ordenadores piensan rápido. ¿Por qué no me di cuenta de ello?
-Yo ayudé a que no lo viera -admitió ella-. Como la forma en que lo incité a para que no se preguntara acerca del porqué estaba estudiando tan intensamente. Esas dos órdenes trabajaron mucho mejor que algunas de las otras órdenes que le di.
Bostezó de nuevo, un bostezo que pareció eterno.
-Mire, fue bastante duro para mí mantener el contacto con usted durante seis horas ininterrumpidas. Nadie lo había hecho antes; puede ser terriblemente agotador. Así que ambos hemos conseguido algo de lo que podemos estar orgullosos.
Le sonrió, pero su sonrisa se borró cuando él no se la devolvió.
-No adopte esa expresión tan dolida, Fingal. ¿Cuál es su nombre de pila? Lo sabia, pero lo borré en los primeros momentos.
-¿Importa?
-No lo sé. Seguro que tiene usted que comprender por qué no me he enamorado de usted, aunque sea usted una persona a la que una puede perfectamente querer. No he tenido tiempo. Han sido seis horas muy largas, pero pese a todo han sido sólo seis horas. ¿Qué puedo hacer por usted?
El rostro de Fingal estaba atravesando una serie de cambios a medida que asimilaba todo aquello. Las cosas no estaban tan mal, después de todo.
-Podría venir a cenar conmigo -dijo.
- Ya estoy ligada sentimentalmente a otra persona, tengo que advertírselo.
-Pero puede venir a cenar igualmente conmigo. No se ha dado cuenta de mi nueva determinación. En reaalidad, soy otra persona.
Ella se echó a reir cálidamente y se levantó. Tomó la mano de Fingal.
-¿Sabe?, es posible que incluso tenga usted éxito. Eso sí, no vuelva a ponerme alas, ¿de acuerdo? Nunca va a conseguir nada de ese modo.
-Se lo prometo. Ya he tenido bastante de visiones... para el resto de mi vida.
-¿Para qué es el gran cable verde, maestro? - Preguntó una niñita, alzando una mano dudosamente limpia y tocando el cerebro de Fingal allí donde el cable principal de grabación se hundía en la terminal empotrada.
-Lupus, ya te he dicho que no toques nada. Y mírate, ni siquiera te has lavado las manos.
El maestro tomó la mano de la niña y la apartó.
-Pero ¿qué importa eso? Usted nos dijo ayer que la razón por la que no hay que preocuparse hoy en día por la suciedad como se preocupaban antes es porque ya no es suciedad.
Estoy seguro de que no te dije exactamente eso. Lo que dije fue que cuando los humanos se vieron obligados a salir fuera de la Tierra, aprovecharon la ocasión para eliminar a todos los gérmenes nocivos. Cuando quedaron sólamente tres mil personas vivas en la Luna, después de la Ocupación, nos resultó fácil esterilizarlo todo. Por eso la médica no necesita llevar guantes como acostumbraban a hacer antes los cirujanos, o ni siquiera lavarse las manos. No hay peligro de infección. Pero no es educado. No deseamos que ese señor crea que no estamos siendo educados con él, simplemente porque su sistema nervioso está desconectado y no puede hacer nada al respecto, ¿no?
-No, maestro.
-¿Qué es un cirujano?
-¿Qué es una infección?
Fingal hubiera deseado que los pequeños monstruitos hubieran elegido otro día para su lección, pero como muy bien había dicho el maestro, él podía hacer muy poco al respecto. La médica había desviado su control motor al ordenador mientras éste efectuaba el registro. Estaba paralizado. Observó al niño pequeño que llevaba un bastón tallado, y esperó que no se le ocurriera clavárselo en el cerebelo. Fingal estaba asegurado, pero ¿quién quiere problemas?
Todos vosotros, retroceded un poco, para que la médica pueda hacer su trabajo. Así está mejor. Ahora, ¿quién puede decirme qué es ese gran cable verde? ¿Destry?
Destry confesó que no sabía nada al respecto, ni le importaba, y que lo único que quería era salir de allí y jugar a la pelota. El maestro lo olvidó y siguió con los demás.
-El hilo verde es el electrodo principal de sondeo -dijo-, está unido a una serie de cables muy finos en la cabeza del hombre, como los que tenéis vosotros, y que son implantados tras el nacimiento. ¿Puede alguien decirme cómo se efectúa un registro?
La niñita de las manos sucias fue quien respondió:
-Haciendo nudos en una cuerda.
El maestro se echó a reír, pero no la médica. Había oído ya aquello antes. El maestro también, por supuesto, pero para eso era maestro. Tenía la paciencia necesaria para tratar con los niños, una rara cualidad que cada vez poseían menos personas.
-No, eso es simplemente una analogía. ¿Todos sabéis decir "analogía"?
-Analogía- repitieron a coro.
-Estupendo. Lo que yo os he dicho es que las cadenas de AFFN son muy parecidas a cuerdas llenas de nudos. Si cada milímetro está codificado y cada nudo tiene un significado, uno puede escribir palabras sobre una cuerda haciendo nudos en ella. Eso es lo que hace la máquina con el AFFN. Ahora... ¿puede explicarme alguien lo que significa AFFN?
-Ácido Ferro-Foto-Nucleico- dijo la niñita, que parecía ser el genio de la clase.
-Correcto, Lupus. Es una variante del ADN, y puede ser anudado mediante campos magnéticos y luz, y activado mediante cambios químicos. Lo que está haciendo ahora la médica es hilvanar largas tiras de AFFN en los pequeños tubos que se hallan en el cerebro del hombre. Cuando eso esté hecho, conectará la máquina y la corriente empezará a hacer nudos. ¿Y qué ocurrirá entonces?
-Todos sus recuerdos pasarán al cubo memoria- dijo Lupus.
-Exacto, pero es un poco más complicado que eso. ¿Recordáis lo que os dije acerca de un código desdoblado? ¿El tipo que tiene dos partes, ninguna de las cuales sirve para nada sin la otra? Imaginad dos de las hebras, cada una con un montón de nudos en ella. Bien, intentáis leer una de ellas con vuestro decodificador, y descubrís que no tiene el menor sentido. Eso es debido a que quien la escribió utilizó dos hebras, con nudos hechos en distintos lugares. Sólamente adquieren sentido cuando las colocas una al lado de la otra y las lees así, juntas. Así es como funciona este decodificador, pero la médica utiliza veinticinco hebras. Cuando todas ellas están anudadas de la forma correcta y colocadas en aberturas adecuadas en ese cubo de ahí -dijo señalando al cubo rosa sobre el banco de trabajo de la médica-, contendrán todos los recuerdos y la personalidad de este hombre. En cierto sentido, todo él estará en el cubo, pero él no lo sabrá, porque hoy estará siendo un león africano.
Aquello excitó a los niños, que hubieran preferido mucho más pasearse por la sabana de Kenya que oír cómo se tomaba un multiholo. Cuando se tranquilizaron el maestro prosiguió, utilizando analogías que eran cada vez más forzadas:
-Cuando las hebras se hallan en... niños, prestad atención. Cuando se hallan en el cubo, una corriente las mantiene en su lugar. Lo que tenemos entonces es un multiholo. ¿Puede decirme alguien por qué no podemos simplemente tomar una grabación de lo que está ocurriendo en el cerebro de este hombre, y utilizarla?
Por una vez, fue uno de los chicos quien respondió:
-Porque la memoria no es..., ¿cuál es la palabra?
-Secuencial.
-Ajá, eso es. Sus recuerdos están almacenados un poco por todas partes en su cerebro, y no hay forma de hacer una selección. Por eso este registro toma una imagen de la totalidad, como un holograma. ¿Significa eso que uno puede cortar el cubo por la mitad, y conseguir así dos personas?
-No, pero ésa es una buena pregunta. No se trata de ese tipo de holograma. Es algo como..., como cuando tú aprietas tu mano contra un bloque de arcilla, pero en cuatro dimensiones. Si rompes una parte de la arcilla una vez se ha secado, pierdes parte de la información, ¿de acuerdo? Bien, esto es algo parecido. No se puede ver la huella de la impresión porque es demasiado pequeña, pero todo lo que ese hombre haya hecho, visto, oido y pensado en toda su vida está en el cubo.
-¿Quieren apartarse un poco hacia atrás?-solicitó la médica. Los niños en el espejo sobre la cabeza de Fingal retrocedieron, convirtiéndose en algo más que simples cabezas cortadas al nivel de los hombros. La médica ajustó la última hebra de AFFN suspendida en el córtex de Fingal según las estrictas normas de tolerancia especificadas por el ordenador.
-Me gustará ser médico cuando sea mayor-dijo uno de los chicos.
-Creía que deseabas ir a la universidad y estudiar para ser un científico.
-Bueno, quizá. Pero tengo un amigo que me está enseñando medicánica. Parece mucho más fácil.
-Será mejor que te quedes en la escuela, Destry. Estoy seguro que tus padres desearán que hagas algo por tí mismo.
La médica estaba echando humo silenciosamente. Sabía que no debía hablar; la educación era un asunto serio, y la interferencia con la labor de un maestro traía consigo una buena reprimenda. Pero se mostró obviamente complacida cuando la clase le dio las gracias y cruzó la puerta, dejando sucias huellas de pisadas tras ellos.
Accionó un interruptor con más brusquedad de la necesaria, y Fingal descubrió que podía respirar y mover los músculos de la cabeza.
-Sucios y engreídos graduados universitarios...- dijo la mujer- ¿Qué demonios hay de malo en tener las manos sucias, me pregunto?
Se secó la sangre de las manos con su blusón azul.
-Los maestros son los peores- dijo Fingal.
-Tiene usted toda la razón. Bueno, ser médica no es nada de lo que una deba avergonzarse. De acuerdo, no he ido a la universidad, ¿y qué? Puedo hacer mi trabajo, y puedo ver lo que he hecho cuando he terminado. Siempre me gustó el trabajo manual. ¿Sabe usted que la de médico era una de las profesiones más respetadas?
-¿De verás?
-Se lo aseguro. Tenían que ir a la universidad durante años y años, y se hinchaban de ganar dinero, puede creerme.
Fingal no dijo nada, pensando que debía de estar exagerando. ¿Qué había que fuera tan difícil en la medicina? Sólo un poco de sentido mecánico y una mano firme, eso era todo lo que se necesitaba. Gran parte del mantenimiento de su propio cuerpo lo efectuaba él mismo, dejando a la consulta únicamente el trabajo importante. Y eso era una buena cosa, vistos los precios que cargaban. De todos modos, no era el tipo de cuestión que uno podía discutir mientras se hallaba tendido indefenso en una mesa.
-De acuerdo, ya está listo.
La médica extrajo los módulos que contenían el invisible AFFN y los introdujo en la solución de desarrollo. Volvió a colocar el cráneo de Fingal en su sitio y apretó los tornillos encajados en el hueso. Le devolvió el control motor mientras volvía a soldar en su lugar el cuero cabelludo. Fingal se desperezó y bostezó. Siempre sentía sueño en la consulta del médico; no sabía por qué.
-¿Eso es todo por hoy, señor? Tenemos una promoción en cambio de sangre, y puesto que está usted aquí en vez de hallarse paseando por el parque, tal vez podría...
-No, gracias. Ya la cambié hace un año. ¿No ha leído usted mi historial?
Ella tomó la tarjeta y le echó una ojeada.
-Ah, sí, lo hizo. Estupendo. Puede usted levantarse, señor Fingal.
Hizo una anotación en la tarjeta y volvió a dejarla sobre la mesa. En aquel momento se abrió la puerta y un pequeño rostro asomó.
-Olvidé el bastón- dijo el chico.
Entró y empezó a mirar debajo de los muebles, ante la irritación de la médica. Intentó ignorarlo mientras tomaba nota del resto de la información que necesitaba.
-¿Y va a usted a experimentar sus vacaciones ahora, o esperará hasta que su doble haya terminado y se las transmita?
-¿Eh? Oh, quiere decir... Sí, entiendo. No, entraré directamente en el animal. Mi psiquiatra me aconsejó que viniera aquí a causa de los nervios, así que no me va a hacer ningún bien esperar ahora, ¿no?
-No, supongo que no. Así que usted dormirá aquí mientras su doble se pasea por el parque... ¡Eh, tú! -Se volvió para enfrentarse con el muchacho, que estaba metiendo la nariz en cosas de las que debía permanecer alejado. Lo agarró y lo apartó-. O encuentras en un minuto lo que has venido a buscar, o te echo de aquí, ¿entiendes?
El chico prosiguió su búsqueda, riéndose a escondidas y mirando hacia cosas más interesantes que la búsqueda de su bastón.
La médica hizo una comprobaciones en la tarjeta, echó un vistazo a los números luminosos de la uña de su pulgar, y descubrió que ya casi era la hora del cambio de turno. Conectó el tubo memoria por medio de una máquina a una terminal en la parte de atrás de la cabeza de Fingal.
-Usted nunca había hecho antes, ¿verdad? Su finalidad es evitar las lagunas, que a veces pueden resultar desconcertantes. El cubo está casi listo, pero ahora añadiré los últimos diez minutos a registro al mismo tiempo que lo pongo a dormir. De esa forma no experimentará usted ninguna desorientación, pasará del estado de sueño a la plena consciencia de hallarse en el cuerpo de un león. Su cuerpo será trasladado a una de nuestras salas de durmientes mientras usted esté fuera. No hay nada de qué preocuparse.
Fingal no estaba preocupado, sólamente cansado y tenso. Deseaba que todo aquello hubiera terminado ya y no tener que seguir hablando y hablando del asunto. Y deseaba que el chico dejara de dar golpes con su bastón a la pata de la mesa. Se preguntó si su dolor de cabeza también sería transferido al león.
Ella lo desconectó.
Trasladaron su cuerpo, y llevaron su cubo memoria a la sala de instalaciones. La médica echó al chico al corredor y desconectó todos los instrumentos de la sala de grabación. Tenía una cita, e iba ya retrasada.
Los empleados del disneylandia de Kenya instalaron el cubo en una caja de metal injertada en el cráneo de una leona africana adulta. Debido a la estructura social de los leones, los propietarios cargaban un suplemento por el uso de un cuerpo macho, pero a Fingal no le importaba el sexo.
Un corto viaje por un ferrocarril subterráneo con el cuerpo lleno de sedantes de la leona-Fingal, y ésta fue depositada bajo el cegador sol de la sabana de Kenya. Fingal despertó, olisqueó el aire, y se sintió inmediatamente mejor.
El disneylandia de Kenya era un ambiente total enterrado a unos veinte kilómetros por debajo del Mare Moscoviense, en la cara lejana de la Luna. Era aproximadamente circular, con un radio de doscientos kilómetros. Desde el suelo hasta el "cielo" había dos kilómetros, excepto por encima de la réplica a tamaño natural del Kilimanjaro, donde formaba una especie de cúpula para permitir que las nubes se formaran de una forma realista sobre su cima cubierta de nieve.
La ilusión era irreprochable. La curva del suelo era consistente con la curvatura de la Tierra, de modo que el horizonte era mucho más distante que cualquier cosa a la que Fingal estuviera acostumbrado. Los árboles eran auténticos, y también todos los animales. Por la noche un astrónomo hubiera necesitado un espectroscopio para distinguir las estrellas de las auténticas.
Fingal, por supuesto, no era capaz de descubrir ningún fallo. Ni tampoco deseaba hacerlo. Los colores eran extraños, pero eso procedía de las limitaciones de la óptica felina. Los sonidos eran mucho más vívidos, del mismo modo que los olores. Si hubiera pensado el ello, se habría dado cuenta de que la gravedad era demasiado débil para Kenya. Pero no estaba pensando en ello; había acudido allí para evitar todo eso.
El tiempo era gloriosamente cálido. La reseca hierba no hacía ningún sonido mientras caminaba sobre ella con patas acolchadas. Olió a antílope, a ñu y a ... ¿babuino? Sintió retortijones de hambre, pero realmente no deseaba cazar. Sin embargo, se dio cuenta de que el cuerpo de la leona tomaba la delantera.
Fingal se hallaba en extraña posición. Controlaba a la leona, pero sólo relativamente. Podía guiarla hacia donde deseaba ir, pero no tenía nada que decir respecto a sus comportamientos instintivos. Era un peón, del mismo modo que lo era la leona. En cierto sentido, él era la leona; cuando deseaba alzar una pata o dar media vuelta, simplemente lo hacía. El control motor era completo. Era grandioso caminar sobre cuatro patas, y hacerlo tan fácilmente como respirar. Pero el olor del antílope seguía un camino directo desde la nariz al cerebro inferior, conectaba con los retortijones de hambre e iniciaba automáticamente la caza.
La guía decía que había que rendirse a ello. Luchar no le haría ningún bien, y podía frustrarle. Si uno pagaba por ser un león, debía leer el capítulo de "Cosas que hay que hacer", a fin de ser realmente un león, y no limitarse a llevar el cuerpo de un león y ver un poco el paisaje.
Fingal no estaba seguro de que aquello fuera a gustarle cuando avanzó a favor del viento en dirección al antílope y se agazapó detrás de unos matorrales secos. Se lo preguntó mientras examinaba la docena o así de animales que pastaban apenas a unos pocos metros de él, seleccionando a los más pequeños, a los débiles y a los jóvenes con ojo predador. Quizás debiera darles la espalda y seguir su camino. Aquellas hermosas criaturas no estaban causándole ningún daño. La parte Fingal de él deseaba admirarlas, no devorarlas.
Pero antes de que se diera cuenta siquiera de lo que había ocurrido, estaba erguido triunfante sobre el sangrante cuerpo de un pequeño antílope. Los otros eran apenas rastros polvorientos en la distancia.
¡Había sido increíble!
La leona era rápida, pero sus movimientos apenas alcanzaban la cámara lenta con relación a los del antílope. Su única ventaja residía en la sorpresa, la confusión , y el ataque brusco y repentino. Una cabeza se había alzado; algunas orejas habían aleteado hacia los matorrales donde se estaba ocultando, y él había estallado. Diez segundos de furioso esfuerzo y sus dientes se habían clavado en una suave garganta, había sentido el sabor de la sangre brotando a chorro y las agónicas patadas de las patas traseras bajo sus garras. Respiraba pesadamente y la sangre martilleaba en sus venas. Sólo había una forma de liberar la tensión.
Echó la cabeza hacia atrás y rugió su sed de sangre.
***
Al terminar la semana ya estaba harto de leones. Aquella vida no valía la pena por unos pocos minutos de borrachera asesina. Era una vida de interminables persecuciones, incontables fracasos, luego un lamentable debatirse para conseguir unos cuantos bocados de su propia presa. Descubrió muy a su pesar que aquella leona estaba muy abajo en la jerarquía de los de su clase. Cuando trajo su presa a su manada - él no sabía por qué lo había hecho, pero la leona sí parecía saberlo -, le fue robada de inmediato. Él/ella se sentó a un lado, impotente, y observó al dominante macho tomar su parte, seguido por el resto de la manada. Cuatro horas más tarde le dejaron tan sólo unos tristes despojos, y aún éstos tuvo que disputárselos a los buitres y a las hienas. Entonces comprendió el porqué del suplemento. Los machos lo tenían todo más fácil.
Pero tuvo que admitir que valía la pena. Se sintió mejor; su psiquiatra había tenido razón. Era bueno abandonar los insaciables ordenadores de su oficina durante una semana para dedicarse a vivir. No había que tomar complicadas decisiones allí fuera. Si tenía alguna duda, escuchaba sus instintos. Sólo que la próxima vez escogería un elefante. Los había estado observando. Todos los demás animales los dejaban tranquilos, y podía ver por qué. Ser un macho solitario, libre de vagar por donde quisiera, con la comida al alcance de su trompa en la rama más cercana...
Estaba pensando todavía en aquello cuando el equipo de recogida acudió a por él.
***
Se despertó con la vaga sensación de que algo estaba mal. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. Nada parecía estar fuera de lugar. No había nadie en la habitación con él. Sacudió la cabeza para aclarársela.
Aquello no le hizo ningún bien. Seguía habiendo algo que iba mal. Intentó recordar cómo había ido a parar allí, y se rió de sí mismo ¡Su propio dormitorio! ¿Qué había de extraordinario en ello?
Pero ¿acaso no había ido de vacaciones, un viaje de fin de semana? Recordó haber sido un león, comer carne cruda de antílope, ser arrastrado con la manada, luchar con las demás hembras y perder, y retirarse para gruñir aparte para sí mismo/a.
Naturalmente, debería haber recuperado su consciencia humana en la sección médica del disneylandia. No podía recordarlo. Alargó la mano hacia su teléfono, sin saber a quién deseaba llamar. A su psiquiatra, quizá, o a la oficina de Kenya.
-Lo siento, señor Fingal - le dijo el teléfono - Esta línea no está disponible para llamadas al exterior. Si usted...
-¿Por qué no? - preguntó irritado y confuso - He pagado mi factura.
- Eso no corresponde a nuestro departamento, señor Fingal. Y por favor, no interrumpa. Ya es bastante difícil mantener la comunicación con usted. Estoy debilitándome, pero el mensaje proseguirá si mira usted a su derecha.
La voz y el fuerte zumbido que la acompañaban se desvanecieron. El teléfono estaba muerto.
Fingal miró a su derecha y se sobresaltó. Allí había una mano, una mano de mujer, escribiendo en la pared. La mano desaparecía a la altura de la muñeca.
"Mene,mene", escribió, en finas letras de fuego. Luego la mano se agitó irritadamente y borró aquello con el pulgar. La pared quedó como tiznada de hollín allí dónde habían estado las letras.
"Está usted proyectando, señor Fingal - escribió la mano, grabando rápidamente las palabras con una manicurada uña -. Esto es lo que usted esperaba ver. -La mano subrayó la palabra "esperaba" tres veces-. Por favor, coopere, aclare su mente, y vea lo que está escrito aquí, o no vamos a llegar a ninguna. Maldita sea, ya casi he agotado este soporte."
Y realmente lo había agotado. La escritura llenaba toda la pared, y la mano estaba ahora rozando el suelo. La aparición fue escribiendo cada vez más y más pequeño, en un esfuerzo por hacer caber todo el mensaje.
Fingal tenía un excelente control de la realidad, según su psiquiatra. Se aferraba fuertemente a esa evaluación como si fuera un talismán mientras se inclinaba hacia la pared para leer la última frase.
"Mire en su librería - escribió la mano- El título es Orientación en su mundo de fantasía.
Fingal sabía que no tenía aquel libro, pero no podía pensar en nada mejor que hacer.
Su teléfono no funcionaba, y si estaba sufriendo una crisis psicótica, no creía que fuera prudente salir al corredor público hasta tener alguna idea de lo que estaba ocurriendo.
Encontró el libro con bastante facilidad. En realidad era un folleto, con una portada chillona. Se trataba del tipo de cosa que había visto en las oficinas exteriores del disneylandia de Kenya, un folleto publicitario. En la parte interior de la contracubierta decía:
"Publicado bajo los auspicios del ordenador de Kenya; A. Joachim, operadora". Lo abrió, y empezó a leer.
CAPÍTULO PRIMERO
¿Dónde estoy?
Probablemente en estos momentos se estará usted preguntando dónde está.
Ésa es una reacción enteramente sana y normal, señor Fingal. Cualquiera se preguntaría, enfrentado a lo que parecen ser manifestaciones paranormales, si su control de la realidad se ha visto debilitado. O, en lenguaje sencillo: "¿Estoy loco, o qué?"
No, señor Fingal, no está loco. Pero tampoco se halla usted, como probablemente pensará, sentado en su cama, leyendo un libro. Todo está en su mente. Se halla usted todavía en el disneylandia de Kenya. Más especificamente, está contenido en el cubo memoria que tomamos de usted antes de que iniciara su fin de semana en la sabana. Entienda, se ha producido un tremendo error.
CAPÍTULO SEGUNDO
¿Qué ha ocurrido?
Eso es lo que nos gustaría saber, señor Fingal. Pero esto es lo que sabemos ya: su cuerpo fue colocado en un lugar erróneo. No hay por qué preocuparse, estamos haciendo todo lo posible por localizarlo y descubrir cómo pudo ocurrir algo así, pero eso toma un poco de tiempo. Quizá sea un pobre consuelo, pero esto nunca había ocurrido antes en los últimos setenta y cinco años que llevamos operando, y tan pronto descubramos qué es lo que ha ocurrido esta vez, puede estar usted seguro de que tomaremos todas las medidas para que no vuelva a producirse de nuevo. Estamos siguiendo varias pistas a la vez, y puede estar tranquilo de que su cuerpo le será devuelto intacto tan pronto como lo localicemos.
En estos momentos se encuentra usted despierto y consciente porque hemos incorporado su cubo memoria a los bancos de nuestro ordenador H-210, uno de los más sofisticados sistemas de holomemoria disponibles en estos momentos. Entienda, existen algunos problemas.
CAPÍTULO TERCERO
¿Qué problemas?
Es difícil plantearlos en términos que pueda usted entender, pero déjenos intentarlo, ¿de acuerdo?
El soporte que utilizamos para grabar sus recuerdos no es el mismo que usted probablemente utilizó como seguro contra una muerte accidental. Como debe de saber, ese sistema almacenará sus recuerdos durante mas de veinte años sin la menor degradación ni perdida de información, y es muy caro. El sistema que utilizamos nosotros es uno temporal, bueno para un periodo de dos, cinco, catorce o veintiocho días, según lo que se prolongue su estancia. Sus recuerdos son colocados en el cubo, donde puede que usted crea que permanecerán estáticos y sin cambios, del mismo modo que lo hacen en su registro del seguro. Si ha pensado así, está equivocado, señor Fingal. Piense en ello. Si usted muere, su banco fabricará inmediatamente un clon del plasma que usted almacenó junto con su cubo memoria. En seis meses, sus recuerdos serán introducidos en el clon y usted despertará, faltándole los recuerdos que su cuerpo fue acumulando a partir del momento de su último registro. Quizás eso ya le ha ocurrido a usted. Si es así, sabrá sin duda del shock de despertar del proceso de registro para oírse decir que han pasado tres o cuatro años, y que en ese tiempo usted ha resultado muerto.
En cualquier caso, el proceso que utilizamos nosotros es acumulativo, o de otro modo no tendría ninguna utilidad para usted. El cubo que instalamos en el animal africano elegido por usted es capaz de añadir los recuerdos de su estancia en Kenya al cubo memoria. Cuando su visita ha terminado, esos recuerdos son grabados en su cerebro, y usted abandona el disneylandia con las excitantes, educativas y refrescantes experiencias que ha vivido como animal, aunque su cuerpo nunca haya abandonado nuestra sala de durmientes. Llamamos a este proceso "doppling" del alemán doppelgänger (fantasma, doble).
Ahora, vayamos a los problemas de que hemos hablado. Pensó que nunca íbamos a llegar a ellos, ¿verdad?.
En primer lugar, puesto que usted se registró para una estancia de fin de semana, la médica naturalmente utilizó uno de los cubos de dos días, como establecen nuestras tarifas de excursión. Esos cubos poseen un factor de seguridad, pero no son demasiado estables después del tercer día, en la mejor de las condiciones. Una vez transcurrido ese tiempo, el cubo puede empezar a deteriorarse. Por supuesto, nosotros esperábamos tenerlo a usted instalado en su cuerpo antes de eso. Además, está el problema del almacenaje. Puesto que esos cubos de memoria acumulativa se supone que están en uso durante todo el tiempo en que sus recuerdos están almacenados en ellos, presentan algunos problemas cuando nos encontramos en la situación en que nos hallamos ahora. ¿Me sigue, señor Fingal? Aunque el cubo ha agotado ya su capacidad de funcionar en coexistencia con un anfitrión vivo, como la leona que usted acaba de abandonar, es preciso mantenerlo en constante actividad o se producirá pérdida de información. Estoy seguro de que usted no deseará que esto ocurra, ¿verdad? Por supuesto que no. Así que lo que hemos hecho ha sido "meterlo" en nuestro ordenador, que lo mantendrá despierto y en buena salud, y protegido contra la dispersión de sus nexos memorísticos. No voy a entrar en detalles al respecto; digamos simplemente que la dispersión no es algo que a usted le gustaría que ocurriera.
CAPÍTULO CUARTO
¿Y qué resulta de todo esto, eh?
Me alegro que haya usted hecho esa pregunta. (Porque usted ha hecho esa pregunta, señor Fingal. Este folleto forma parte del proceso analógico que le explicaré un poco más adelante.)
Vivir en un ordenador no significa que usted pueda simplemente saltar dentro y esperar retener la compatibilidad con la imagen del mundo que resulta tan necesaria para un comportamiento equilibrado en esta compleja sociedad. Ha sido probado, así que puede creer en nuestra palabra. O mejor dicho, en mi palabra. ¿Permite que me presente? Soy Apollonia Joachim, Operadora de Primera Clase del ordenador Protegedatos de nuestra sociedad de auxilios informáticos. Es probable que no haya oído hablar nunca de nosotros, aunque trabaje usted en el campo de los ordenadores.
Puesto que no puede usted limitarse a permanecer consciente en el desconcertante y fluctuante mundo que pasa por la realidad en un sistema de datos, su mente, en cooperación con un programa analógico que yo he alimentado al ordenador, interpreta las cosas de forma que parezcan seguras y confortables. El mundo que ve usted a su alrededor es una ficción de su imaginación. Por supuesto, le parece real, puesto que procede de la misma parte de la mente que normalmente utiliza usted para interpretar la realidad. Si deseáramos ponernos filosóficos al respecto, probablemente podríamos estar discutiendo todo el día acerca de lo que constituye la realidad, y preguntarnos por qué lo que está percibiendo usted ahora es menos real que lo que está acostumbrado a percibir. Pero no vamos a entrar en ello, ¿de acuerdo?.
El mundo seguirá funcionando verosímilmente en la misma forma en que está usted acostumbrado a que funcione. Aunque no será exactamente lo mismo. Las pesadillas, por ejemplo. Señor Fingal, espero que no sea usted del tipo nervioso, porque sus pesadillas pueden cobrar vida allí donde está usted. Le parecerá completamente reales. Deberá usted evitarlas si le es posible, porque pueden dañarle realmente. Le hablaré mas detenidamente de ello luego, si lo cree necesario. Por ahora, será mejor que no se preocupe.
CAPÍTULO QUINTO
¿Qué debo hacer ahora?
Le aconsejo que continúe con sus actividades normales. No se alarme ante nada fuera de lo habitual.
Por un lado, yo sólamente puedo comunicarme con usted por medio de fenómenos paranormales. Entienda, cada vez que un mensaje mío es alimentado al ordenador, llega hasta usted de una forma que su cerebro no es capaz de asimilar. Naturalmente, su cerebro lo clasifica como un acontecimiento no habitual, y encarna la comunicación de la forma más sorprendente. La mayor parte de las cosas extrañas que ve usted, si permanece tranquilo y no permite que sus propios miedos salgan del armario para perseguirle, comprobará que soy yo. Aparte de eso, le anticipo que su mundo parecerá, sonará, olerá y sabrá completamente normal. He hablado con su psiquiatra. Él me asegura que su captación del mundo real es fuerte. Así que manténgase firme. Estamos trabajando intensamente para sacarle de ahí.
CAPÍTULO SEXTO
¡Socorro!
Sí, vamos a ayudarle. Es realmente desafortunado que haya ocurrido esto, y por supuesto vamos a devolverle de inmediato todo su dinero. Además, el abogado de Kenya desea que le pregunte si el depósito de una cantidad importante para responder de futuros perjuicios sería algo digno de discutir con usted. Puede pensar acerca de ello; no hay prisa.
En el interín, encontraré formas de responder a sus preguntas. Cuanto más luche su mente por normalizar mis comunicaciones, transformándolas en cosas a las que esté familiarizado, más complicada resultará mi tarea. Ésa es a la vez su mayor fuerza - la habilidad de su mente de transformar el mundo del ordenador, que inconscientemente rechaza, a conceptos que le son familiares - y mi mayor handicap. Búsqueme en las hojas de té, en los carteles, en la holovisión; ¡en todas partes! Puede resultar algo excitante si se dedica con pasión a ello.
Mientras tanto, si ha recibido este mensaje, puede responderme llenando el cupón que va unido a él y echándolo en el tubo del correo. Su respuesta estará probablemente esperándole en la oficina. ¡Buena suerte!
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¡Sí! He recibido su mensaje y estoy interesado en las excitantes oportunidades en el campo de ¡vivir en un ordenador! Por favor, envíeme, sin ningún compromiso ni cargo por mi parte, su excitante catálogo diciéndome cómo puedo avanzar ¡hacia el enorme y maravilloso mundo exterior!
Nombre..............................................................................
Dirección............................................................................
Identificación......................................................................
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Fingal resistió a la tentación de pellizcarse. Si lo que decía el folleto era cierto -y podía creer en ello-, le dolería y no se despertaría. De todos modos, se pellizcó. Le dolió.
Si comprendía bien aquello, todo a su alrededor era producto de su imaginación. En algún lugar, había una mujer sentada ante una entrada de computador, hablándole en lenguaje normal, el cual llegaba hasta su cerebro en forma de impulsos electrónicos que él no podía aceptar como tales y que por lo tanto transformaba en símbolos más familiares. Estaba analogizando como un loco. Se preguntó si habría adquirido aquel vicio de su profesor, si las analogías eran contagiosas.
-¿Qué demonios hay de malo en una simple voz en el aire?- se preguntó en voz alta.
No obtuvo respuesta, y en cierto modo se alegró de ello. Ya había suficientes misterios por ahora. Y pensándolo bien, una voz en el aire probablemente haría que se le cayeran los pantalones de miedo.
Decidió que su cerebro tenía que saber lo que estaba ocurriendo. Después de todo, aquella mano le había sorprendido pero no le había asustado. Podía verla, y creía más en su sentido de la vista que en voces en el aire, un signo clásico de locura, si es que alguna vez había habido alguno.
Se levantó y se dirigió a la pared. Las letras de fuego habían desaparecido, pero el tizne de lo borrado seguía todavía allí. Lo olisqueó: carbón. Palpó el ordinario papel del folleto, rompió un trozo de una esquina, se lo llevó a la boca y lo masticó. Sabía a papel.
Se sentó y llenó el cupón, y lo echó en el tubo de correo.
Fingal no se irritó acerca de todo aquello hasta que se encontró en su oficina. Era una persona tranquila, a la que le costaba montar en cólera. Pero finalmente alcanzó el punto en el que tenía que decir algo.
Todo había sido tan normal que sintió deseos de echarse a reír. Todos sus amigos y conocidos estaban allí, haciendo exactamente lo que había esperado que estuvieran haciendo. Lo que le sorprendió y le dejó perplejo fue el número y variedad de segundones, de personajes secundarios que intervenían en su comedia interior. Los extras que su mente había elaborado llenaban los pasillos, como aquel hombre al que no conocía y que lo había empujado en el tubo yendo al trabajo, se había disculpado y había desaparecido, presumiblemente a la profundidades de su imaginación.
No había nada que pudiera hacer para expresar públicamente su irritación excepto comprobar toda aquella absurda situación. Una duda barrenaba su mente: quizá todo lo ocurrido aquella mañana no fuera más que una fuga, un deslizamiento temporal al país de los sueños. Quizá nunca había ido a Kenya, después de todo, y su mente le estaba gastando bromas. ¿Para llevarle hasta allí, o para mantenerle aparte? No lo sabía, pero tendría tiempo de ocuparse de ello si la prueba le fallaba.
Se puso en pie ante su terminal, que estaba en la tercera columna de la decimoquinta hilera de otros terminales idénticos, cada uno de los cuales provisto de su diligente operador. Alzó las manos y silbó. Todo el mundo alzó la vista.
- No creo en vosotros - chilló.
Tomó un montón de cintas de su terminal y las arrojó a Felicia Nahum, que se hallaba en la terminal más inmediata a la suya. Felicia era una buena amiga suya, y mostró la actitud adecuada cuando las cintas la golpearon. Luego se fundió. Fingal miró a su alrededor en la habitación, y vio que todo se había inmovilizado, como cuando uno para una película.
Se sentó y recorrió con los dedos el teclado de su terminal. El corazón le latía fuertemente, y tenía el rostro enrojecido. Por un horrible momento tuvo la impresión de que estaba equivocado. Empezó a tranquilizarse, alzando la vista cada pocos segundos para asegurarse de que el mundo se había detenido realmente.
Al cabo de tres minutos estaba cubierto de un sudor frío. ¿Qué demonios había probado? ¿Que esa mañana había sido real, o que estaba realmente loco? Comprendió que nunca sería capaz de verificar los postulados bajo los cuales vivía.
Una línea impresa parpadeó en la pantalla de su terminal.
- Pero ¿cómo ha podido hacer eso, señor Fingal?
- ¿Señorita Joachim? - gritó, mirando a su alrededor-. ¿Dónde está usted? Tengo miedo.
- No debe tenerlo -imprimió la terminal-. Tranquilícese. Posee usted un fuerte sentido de la realidad, ¿recuerda? Piense en esto: incluso antes de hoy, ¿cómo podía estar seguro de que el mundo que veía no era el resultado de ilusiones catatónicas? ¿Entiende lo que quiero decir? La pregunta "¿Qué es la realidad?" e, en último término, una pregunta sin respuesta. Todos debemos sceptar hasta cierto punto lo que vemos y lo que se nos dice, y vivir con un conjunto de suposiciones incomprobadas e incomprobables. Le pido que acepte usted el escenario que le ofrecí esta mañana porque, sentada aquí en la sala del ordenador donde usted no puede verme, mi imagen del mundo me dice que es el auténtico escenario. Por otra parte, usted puede creer que estoy creándome ilusiones a mí misma, que no hay nada en el cubo rosado que estoy viendo y que usted es un elemento más en mi sueño. ¿Le hace esto sentirse más cómodo?
-No- murmuró, avergonzado de sí mismo-. Entiendo lo que quiere decir. Aunque yo esté loco, me sentiré más cómodo si sigo la corriente que si intento resistirme.
-Perfecto, señor Fingal. Si necesita usted más ilustraciones, puede imaginarse a sí mismo aprisionado por una camisa de fuerza. Quizás haya en este preciso momento algunos técnicos trabajando para rectificar su condición, y estén haciéndole pasar por este psicodrama como primer paso para ello. ¿Le resulta eso más atractivo?
-No, creo que no.
-El asunto es que se trata de una suposición tan razonable como el conjunto de hechos que le he brindado esta mañana. Pero lo más importante es que debe usted comportarse del mismo modo, sea cual sea la verdad. ¿Comprende? Luchar contra ello en un caso sólo le traerá problemas, y en el otro impedirá su tratamiento. Me doy cuenta de que le estoy pidiendo que acepte sin más mi palabra. Y eso es todo lo que puedo darle.
-La creo -dijo Fingal-. Ahora, ¿puede usted empezar de nuevo desde el principio?
-Ya le he dicho que no tengo control sobre su mundo. De hecho, resulta un obstáculo considerable para mí el tener que hablar con usted por estos medios tan sorprendentes. Pero las cosas se arreglarán por sí solass tan pronto como usted les deje hacerlo. Mire a su alrededor.
Lo hizo, y vio y oyó la actividad normal de la oficina. Felicia estaba allí en el escritorio, como si nada hubiera ocurrido. No había ocurrido nada. Sí, algo había ocurrido, después de todo. Las cintas estaban esparcidas por el suelo cerca de su escritorio, allí donde habían caído. Se habían desenrollado y estaban enredadas.
Fue a recogerlas, y entonces se dio cuenta de que no estaban tan enredadas como había pensado. Deletreó un mensaje en la forma en que estaban mezcladas.
-Va usted por buen camino -decía el mensaje.
Durante tres semanas, Fingal se comportó como un buen chico. Sus compañeros de trabajo, si hubieran sido gente real, tal vez hubieran observado una cierta reserva en él, y su vida social en su hogar se había visto drásticamente recortada. Por lo demás, se comportaba exactamente como si todo el mundo a su alrededor fuera real.
Pero su paciencia tenía límites. Había sido tensada durante mucho más tiempo del que había esperado. Empezó a inquietarse ante su terminal, a dejar vagar su mente. Alimentar información a un ordenador podía ser frustrante, ingrato y, en pocas palabras, embrutecedor. Era lo que había estado sintiendo ya antes de su viaje a Kenya; había sido la causa de su viaje a Kenya. Tenía sesenta y ocho años, con siglos por delante, y estaba enjaezado a una rutina ferromagnética. Una larga vida puede ser una bendición relativa cuando uno siente el aburrimiento reptar en su interior.
Lo que más le abrumaba era el creciente desagrado que sentía ante su trabajo. Ya era bastante malo cuando se limitaba a sentarse en una auténtica oficina con dos centenares de auténticas personas, arrojando irreales datos a las fauces de un ordenador aún más irreal para sus sentidos. Pero ahora era mucho peor, puesto que sabía que los datos que introducía en él no tenían el menor significado para nadie excepto para él mismo, no eran sino una terapia ocupacional creada por su mente y por un programa de ordenador para mantenerlo ocupado mientras Apollonia Joachim buscaba su cuerpo.
Por primera vez en su vida empezó a pulsar algunos botones por sí mismo. Bajo un estrés algo más ligero hubiera acudido a toda prisa a ver a su psiquiatra, la solución aprobada y perfectamente normal que cualquiera hubiera elegido. Aquí, sabía que el resultado no sería sino una charla consigo mismo. No conseguía ver las ventajas de un procedimiento psicoanalítico tan idealizado; por otra parte, nunca había creído realmente que un psiquiatra hiciera algo más que escuchar.
Su propia vida empezó a cambiar cuando comenzó a irritarse con su jefa. Ésta le señaló que su coeficiente de errores estaba aumentando, y le sugirió que se enmendara o que empezara a buscar algún otro empleo.
Aquello lo encolerizó. Había sido un buen trabajador durante veinticinco años. ¿Por qué tenía ella que adoptar esa actitud cuando él estaba atravesando una mala racha de una o dos semanas?
Luego se encolerizó aún más cuando pensó que su jefa era tan sólo una proyección de su propia mente. ¿Por qué debía permitir que le tratara de aquel modo?
-No deseo oir nada de eso -dijo-. Déjeme solo. Mejor aún, auménteme el sueldo.
-Fingal - dijo ella rápidamente-, estas últims semanas ha sido usted un orgullo para nuestra sección. Voy a concederle un aumento.
-Gracias. Ahora márchese.
Ella lo hizo, disolviéndose en el tenue aire. Aquello le hizo sentir que aquel era realmente su gran día. Se reclinó en su asiento y pensó en su situación por primera vez desde que era joven.
No le gustó lo que pensó.
En mitad de sus meditaciones, la pantalla de su ordenador se iluminó de nuevo.
-Cuidado, Fingal -leyó-. Ese camino conduce a la catatonia.
Tomó en serio la advertencia, aunque no pretendía abusar de su recién descubierto poder. No veía por qué un uso juicioso de él de tanto en cuanto podía hacer daño a nadie.Se estiró y bostezó enormente. Miró a su alrededor, odiando de pronto la oficina, con sus hileras de trabajadores, indistinguibles de sus terminales. ¿Por qué no tomarse el día libre?
Cediendo a un repentino impulso, se levantó y caminó los pocos pasos que le separaban de la terminal de Felicia.
-¿Por qué no vamos a mi casa y hacemos el amor? -le preguntó.
Ella le miró sorprendida, y él sonrió. La joven estaba casi tan desconcertada como cuando él le había arrojado las cintas.
-¿Es una broma? ¿En mitad del día? Tienes un trabajo que hacer, ya sabes. ¿Deseas que nos echen a los dos?
Él meneó lentamente la cabeza.
-Ésa no es una respuesta aceptable.
Ella se detuvo, y rebobinó desde aquel punto. Él la oyó repetir sus últimas frases al revés, luego sonrió.
-Seguro, ¿por qué no? -dijo.
Luego, Felicia se fue del mismo modo ligeramente desconcertante en que su jefa se había ido antes, fundiéndose en el aire. Fingal se quedó sentado inmóvil en su cama, preguntándose qué hacer consigo mismo. Tenía la impresión de que iniciaba un mal camino si pretendía construir él mismo su propio mundo.
Su teléfono sonó.
-Tiene usted todo la razón - dijo una voz de mujer, obviamente irritada con él.
Se sentó envarado.
-¿Apollonia?
-La señorita Joachim para usted, Fingal. No puedo hablar mucho rato; esto representa un tremendo esfuerzo para mí. Pero escúcheme, y escúcheme bien. Su ombligo es muy profundo, Fingal. Desde el lugar en que está usted ahora, es un pozo cuyo fondo ni siquiera puedo ver. Si cae dentro de él, no puedo garantizarle que pueda sacarle luego.
- Pero ¿tengo que tomarlo todo tal como es? ¿No se me permite hacer mejoras?
- No bromee. Eso no eran mejoras, sino pura pereza. No era otra cosa que masturbación, y aunque no hay ningún mal en ello, si lo hace con exclusión de todo lo demás, su mente se encerrará en sí misma. Está usted en grave peligro de excluir al universo externo de su realidad.
-Pero yo creía que no había universo externo para mí aquí donde estoy.
- Casi cierto. Sin embargo, estoy alimentándole con estímulos externos a fin de mantenerlo en actividad. Además, es la actitud lo que cuenta. Usted nunca ha tenido problemas en encontrar compañía sexual; ¿por qué se siente impulsado ahora a alterar las condiciones?
-No lo sé -admitió-. Como usted ha dicho, pereza, supongo.
-Exacto. Mire, si desea abandonar su trabajo, es usted libre de hacerlo. Si piensa en serio acerca de mejoras, hay oportunidades disponibles para usted aquí. Búsquelas. Mire a su alrededor, explore. Pero no intente mezclarse en cosas que no comprende. Ahora tengo que irme. Le escribiré una carta si puedo, y me explicaré un poco más.
-¡Espere! ¿Qué hay de mi cuerpo? ¿Han hecho algún progreso?
- Sí, han descubierto cómo ocurrió. Parece que....
Su voz se desvaneció, y él colgó el teléfono.
Al día siguiente recibió una carta explicando lo que se sabía hasta entonces. Al parecer, todo el lío había sido resultado de la visita del maestro a la sección de medicánica el día de su registro. Más específicamente, se debía al regreso del muchachito después de que los otros se hubieran ido. Ahora estaban seguros de que había trasteado con la tarjeta de ruta que decía a los ayudantes lo que había que hacer con el cuerpo de Fingal. En vez de trasladarlo a la sala de durmientes, que correspondía a la tarjeta verde, lo habían enviado a algún lugar -nadie sabía todavía adónde- para un cambio de sexo, lo cual correspondía a la tarjeta azul. La médica, en su prisa por irse a casa para su cita, no se había dado cuenta del cambio. Ahora el cuerpo podía estar en cualquiera de los varios cientos de consultas médicas en la Luna. Estaban buscándolo, y también al muchachito.
Fingal dejó a un lado la carta y pensó intensamente.
La señorita Joachim había dicho que había oportunidades para él en los bancos de memoria. Había dicho también que no todo lo que veía eran sus propias proyecciones. Estaba recibiendo, era capaz de recibir, estímulos externos. ¿Por qué era eso? ¿Porque sin ellos tendría tendencia a moverse al azar, o por alguna otra razón? Deseó que la carta hubiera sido más explícita en ese punto.
Mientras tanto, ¿qué hacer?
Repentinamente lo supo. Deseaba aprender acerca de ordenadores. Deseaba saber qué los hacía funcionar, experimentar una sensación de poder sobre ellos. Y esa sensación se acentuaba cuando pensaba que virtualmente era un prisionero dentro de uno de ellos. Era como un trabajador en una línea de montaje. Todo el día realizando el mismo trabajo, tomando pequeñas piezas de una cinta rodante e instalándolas en un montaje más grande. Un día, al trabajador se le ocurre preguntarse quién coloca las piezas en la cinta rodante. ¿De dónde proceden? ¿Cómo son hechas? ¿Qué ocurre después de que él las ha instalado?
Se preguntó por qué no había pensado en ello antes.
La oficina de admisiones el el Instituto Técnico de la Luna estaba atestada. Le tendieron un formulario y le dijeron que lo llenara. Parecía deprimente. Los espacios para "experiencia anterior" y "grados de aptitud" estaban casi en blanco cuando hubo terminado con ellos. En su conjunto, el resultado no parecía muy prometedor. Regresó al escritorio y tendió el formulario al hombre sentado tras la terminal.
El hombre metió los datos del formulario en el ordenador, el cual rápidamente decidió que Fingal no poseía talento para ser un reparador de ordenadores. Empezaba a darse la vuelta cuando sus ojos repararon en un gran cartel situado detrás del hombre. Estaba allí en la pared cuando había llegado, pero no lo había leído.
LA LUNA NECESITA TÉCNICOS ORDENADORES.
ESO SIGNIFICA
¡QUE LE NECESITA A USTED, SEÑOR FINGAL
¿Está usted insatisfecho con su actual empleo? ¿Tiene la impresión de que se merece algo mejor? Entonces hoy puede ser su día de suerte. Ha venido usted al lugar correcto, y si atrapa esta oportunidad de oro verá que se le abren puertas que hasta ahora habían estado cerradas para usted.
Actúe, señor Fingal. Ésta es la ocasión. ¿Quién es capaz de juzgar sobre usted? Simplemente, tome este bolígrafo y llene la solicitud, rellenando tan sólo las casillas que usted desee.
¡Sea grande, sea osado! La suerte está echada, y se halla usted camino de GRANDES BENEFICIOS!
El secretario no dijo nada fuera de lo normal cuando Fingal regresó al escritorio una segunda vez, y ni siquiera parpadeó cuando el ordenador decidió que era elegible para el curso acelerado.
Al principio no fue fácil. En realidad tenía pocas aptitudes para la electrónica, pero la aptitud es algo caprichoso. Su personalidad matriz era tan flexible ahora como lo sería en cualquier otro momento de su vida. Un pequeño esfuerzo en el instante adecuado representaría un gran paso hacia su perfeccionamiento. No dejaba de decirse a sí mismo que todo aquello que era y que hacía de él lo que era estaba grabado en aquel pequeño tubo conectado al ordenador, y que si era cuidadoso podía mejorarlo.
No radicalmente, le dijo la señorita Joachim en una larga y útil carta a finales de la semana. Aquello conduciría a una completa disrupción de la matriz AFFN y a la catatonia, que en ese caso sería distinguible de la muerte tan sólo por el filo de un cabello.
Pensó mucho en la muerte mientras ahondaba en los libros. Se hallaba en una extraña posición. El ser conocido como Fingal no moriría en ninguna de las posibles salidas de aquella aventura. Por una parte, su cuerpo se hallaba camino de un cambio sexual, y era difícil imaginar que lo que pudiera ocurrirle fuera susceptible de matarlo. Quienquiera que lo tuviera en custodia ahora cuidaría de él tan bien como podrian hacerlo los médicos de la sala de durmientes. Si Apollonia no tenía éxito en su intento de mantenerlo consciente y cuerdo en el banco de memoria, simplemente despertaría sin recordar nada del tiempo que había permanecido dormido sobre la mesa.
Si, por alguna improbable concatenación de circunstancias, su cuerpo era dejado morir, tenía un registro de su póliza de seguros a salvo en la caja fuerte de su banco. El registro tenía tres años de antigüedad. Despertaría en el cuerpo clónico recién desarrollado sin saber nada de lo ocurrido en los últimos tres años, y tendría una fantástica historia que oir cuando le pusieran al día.
Pero nada de aquello le importaba. Los humanos son una especie ligada al tiempo, y que existen en un eterno ahora. El futuro fluye a través de ellos y se convierte en el pasado, pero es siempre el presente el que cuenta. El Fingal de hace tres años no era el Fingal en el banco de memoria. De hecho, la inmortalidad por medio del registro de recuerdos era una pobre solución. La encrucijada tridimensional que era el Fingal de ahora se comportaría siempre como sisu vida dependiera de sus actos, porque sentiría el dolor de la muerte si le ocurría a él. Era un pequeño consuelo para un hombre moribundo saber que volvería a ponerse en pie, algunos años más joven y menos sabio. Si Fingal se perdía ahí afuera, moriría, puesto que con el registro de la memoria era tres personas: la que vivía ahora, la perdida en algún lugar de la Luna, y la persona potencial en la caja fuerte del banco. En realidad no eran sino parientes próximos.
Todo el mundo sabía eso, pero era tan infinitamente mejor que la otra alternativa que poca gente lo rechazaba. Intentaban no pensar en ello, y generalmente lo conseguían. Se hacían grabar nuevos registros tan a menudo como podían permitírselo. Lanzaban un suspiro de alivio cuando se tendían sobre la mesa para hacerse grabar otro registro, sabiendo que otro trozo de sus vidas estaba seguro para siempre. Pero aguardaban nerviosos el despertar, temiendo que les dijeran que habían transcurrido veinte años porque habían muerto en algún momento después de la grabación y había habido que empezar todo de nuevo. Podían ocurrir muchas cosas en veinte años. La persona en el nuevo cuerpo clónico podía tener que enfrentarse a un hijo que no había visto nunca, a un nuevo cónyuge o a la terrible noticia de que su empleo estaba ahora a cargo de una máquina.
De modo que Fingal se tomó en serio las advertencias de la señorita Joachim. La muerte era la muerte, y aunque uno podía burlarla, la muerte aún seguía siendo la que reía la última. En vez de arrancarte de golpe toda tu vida, la muerte exigía ahora tan sólo un pequeño porcentaje, pero bajo muchos aspectos era el porcentaje más importante.
Se inscribió en varios cursos. Siempre que le fue posible, tomó aquellos que estaban disponibles telefónicamente, de modo que no necesitara salir de su habitación. Encargaba la comida y los artículos de primera necesidad por teléfono, y pagaba las facturas simplemente mirándolas y deseando que dejaran de existir. Aquello hubiera podido ser intensamente aburrido o locamente interesante. Después de todo era un mundo de sueños, ¿y quién no piensa en retirarse a la fantasía de tanto en tanto? Fingal lo pensaba realmente, pero reprimió con firmeza la idea cuando le llegó. Pretendía salirse de aquel sueño.
Por un lado, echaba de menos la compañía de otra gente. Aguardaba las cartas semanales de Apollonia (ella le había permitido que le llamara por su nombre de pila) con una extenuante pasión, y devoraba cada una de sus palabras. Su archivo de estas cartas crecía. En los momentos en que se sentía más solo tomaba una de estas cartas al azar y la leía una y otra vez.
Siguiendo el consejo de ella, abandonaba regularmente el apartamento y vagaba por los alrededores más o menos al azar. Durante esas salidas le sucedían alocadas aventuras. Literalmente. Apollonia lo bombardeaba con estímulos exteriores durante esas ocasiones, y podían ser cualquier cosa, desde La maldición de la momia hasta Murieron con las botas puestas con su reparto original. Él no se cansaba de las películas. Simplemente echaba a andar por los corredores públicos y abría una puerta al azar. Detrás podían estar las minas del rey Salomón o el harén del sultán. Lo aceptaba todo estoicamente. Era incapaz de obtener ningún placer con el sexo. Sabía que era un ejercicio de una sola mano, y aquello hacía desaparecer toda excitación.
Su único placer brotaba de los estudios. Leía todo lo que caía en sus manos sobre la ciencia de los ordenadores, y conseguía situarse el primero de su clase. Y a medida que iba aprendiendo, se le ocurrió aplicar sus conocimientos a su propia situación.
Empezó a ver cosas a su alrededor que hasta entonces le habían aparecido veladas. Empezaba a distinguir atisbos de la realidad a través de sus ilusiones. Cada vez más a menudo, alzaba la vista y veía la débil sombra del mundo real de flujos electrónicos y de oscilantes circuitos donde vivía. Aquello lo asustó al principio. Le preguntó a Apollonia al respecto en uno de sus ilusorios recorridos, esta vez a Coney Island a mediados del siglo XX. Le gustaba aquel lugar. Podía tenderse en la arena y hablarle a las olas. Sobre su cabeza, un avión escribía con humo las respuestas a sus preguntas. Ignoró concienzudamente al brontosaurio que alborotaba con estrépito a su derecha.
- ¿Qué significa, oh Diosa de la Transistoria, cuando empiezo a ver diagramas de circuitos en las paredes de mi apartamento? ¿Exceso de trabajo?
- Significa que la ilusión está debilitándose progresivamente -deletreó el avión durante la siguiente media hora-. Se está adaptando usted a la realidad que hasta ahora ha estado negando. Eso puede representar problemas, pero estamos a punto de encontrar el rastro de su cuerpo. Pronto lo encontraremos y podremos sacarle de ahí.
Todo aquello fue demasiado para el avión. El sol se había puesto ya, el brontosaurio era el vencedor, y al avión se le había agotado el combustible. Picó en espirales hacia el océano, y las multitudes se agolparon cerca del agua para presenciar el rescate. Fingal se levantó y se dirigió al paseo de tablas de madera que seguía la línea de la playa.
Allí había un enorme cartel publicitario. Entrelazó los dedos a la espalda y leyó.
-Lamento el retraso. Como estaba diciendo, casi lo hemos conseguido. Concédanos algunos meses más. Uno de nuestros agentes cree que localizará la consulta médica en cuestión en el término de una semana. A partir de ahí todo irá rápidamente. Por el momento, evite esos lugares en donde puede ver los circuitos. Eso no es bueno para usted, crea en mi palabra.
Fingal evitó los circuitos durante tanto tiempo como le fue posible. Terminó sus primeros cursos en la ciencia de los ordenadores y se inscribió en la sección intermedia. Transcurrieron seis meses.
Sus estudios se hacían cada vez más fáciles. Su velocidad de lectura iba incrementándose de forma fantástica. Descubrió que era más ventajoso para él acudir a una biblioteca compuesta por volúmenes que por cintas. Podía tomar un volúmen de la estantería, hojearlo rápidamente, y aprender todo lo que había en él. Ahora sabía lo suficiente como para comprender que estaba adquiriendo la habilidad de conectar directamente con el conocimiento almacenado en el ordenador, pasando por encima de sus sentidos. Los libros que tenía en sus manos eran simplemente los análogos sensitivos del teclado de la terminal. Apollonia se mostraba nerviosa acerca de ello, pero lo permitía continuar. Pasó rápidamente por el grado intermedio y se inscribió en las clases superiores.
Pero estaba rodeado de cables. Estaban por todas lados hacia donde mirara, en las venillas que salpicaban el rostro de un hombre, en el plato de patatas fritas que encargaba para almorzar, en las huellas de sus propias palmas, sobreimpresos sobre el aparente desorden de unos cabellos rubios revueltos a su lado sobre la almohada.
Los cables eran analogías de analogías. Había poco cableado en los modernos ordenadores. En su mayor parte estaban constituidos por circuitos moleculares que o bien estaban encajados en una red cristalina, o bien estaban reproducidos fotográficamente en una pequeña lámina de silicona. Visualmente, eran difíciles de imaginar, de modo que era su mente la que creaba esos complejos diagramas de circuitos que servían para la misma finalidad, pero que él podía experimentar de forma directa.
Un día ya no pudo resistir más. Estaba en el cuarto de baño, en el lugar tradicional para ponderar lo imponderable. Su mente vagaba, especulando acerca de la necesidad de evacuar el contenido de sus entrañas, preguntándose si valía la pena eliminar la necesidad de eliminar. El dedo gordo de su pie estaba siguiendo ociosamente el esquema de un circuito impreso incorporado al embaldosado suelo.
Los sanitarios empezaron a desbordarse, no de agua sino de monedas. En algún lugar resonaban alegremente timbres. Saltó en pie y contempló alucinado cómo su cuarto de baño se llenaba de dinero.
Fue consciente de una sutil alteración en el tono de los timbres. Cambiaron del alegre campanilleo de una máquina tragaperras a un tañido funerario. Miró apresuradamente a su alrededor en busca de una manifestación. Sabía que Apollonia debía de estar furiosa.
Lo estaba. Su mano apareció y empezó a escribir en la pared. Esta vez estaba escribiendo con la sangre de él. Goteaba amenazadoramente de todas las palabras.
-¿Qué está haciendo? -escribió la mano, y una vez escrito eso siguió adelante- Le dije que dejara tranquilos esos cables. Es probable que haya borrado todos los asientos contables de Kenya. Puede que pasen meses antes de que podamos volver a ponerlos en orden.
-Bueno, ¿y a mí qué me importa?-estalló-. ¿Qué han hecho ellos por mí ultimamente? Es Increíble que a estas alturas no hayan localizado mi cuerpo. Ha pasado ya todo un año.
La mano se crispó en un puño. Luego lo aferró por la garganta y apretó fuertemente hasta que sus ojos se desorbitaron. Después se relajó lentamente. Cuando Fingal pudo ver de nuevo con claridad, retrocedió con circunspección.
La mano se agitó nerviosamente, tabaleó sus dededos en el suelo. Luego volvió a la pared.
-Lo siento -escribió-. Supongo que estoy muy cansada. Espere un momento.
Aguardó, más agitado de lo que nunca recordara desde que empezara su odisea. "No hay nada como una dosis de dolor -reflexionó-, para que te des cuenta de lo que puede ocurrirte."
La pared con las letras de sangre se disolvió lentamente en un panorama celestial. Mientras observaba, las nubes pasaron por delante de su punto de observación para fundirse maravillosamente con los dorados rayos del sol. Oyó una música de órgano procedente de tubos del tamaño de secoyas.
Sintió deseos de aplaudir. Era tan excesivo, y sin embargo tan convincente... En el centro de la torbellineante masa de blanca bruma apareció un ángel. Iba provisto de alas y de un halo, pero le faltaba la tradicional ropa blanca. Iba desnudo, mejor dicho, desnuda, puesto que su sexo era femenino, y el cabello flotaba a su alrededor como si se hallara debajo del agua.
El ángel levitó hasta él,caminando sobre las torbellineantes nubes, y le tendió dos tablillas de piedra. Fingal apartó sus ojos de la aparición y miró las tablillas.
No trastearás con cosas que no comprendas.
-De acuerdo, prometo no hacerlo -le dijo al ángel-. Apollonia. ¿es usted? Quiero decir, ¿es realmente usted?
-Lea los mandamientos, Fingal. Esto me resulta tremendaamente difícil.
Volvió a mirar las tablillas.
No interferirás en los sistemas hardware de la Corporación de Kenya, puesto que Kenya no indemnizará a quien se tome libertades con las cosas que son propiedad suya.
No explorarás los límites de tu prisión. Confía en la Corporación de Kenya para salir de ella.
No alterarás ningún programa.
No te preocuparás acerca de la localización de tu cuerpo, porque ya ha sido encontrado, la ayuda está en camino, la caballería ha llegado, todo está bajo mano.
Encontrarás a una persona conocida, alta y bien parecida, que te guiará para hacerte salir de esta terrible situación.
Permanecerás abierto a nuevas instrucciones.
Alzó la vista y le alegró comprobar que el ángel seguía allí.
-Obedeceré, lo prometo. Pero ¿dónde está mi cuerpo, y por qué ha costado tanto encontrarlo? ¿Puede...?
- Sepa que aparecer ante usted en estas encarnaciones es terriblemente agotador, señor Fingal. Estoy sufriendo tensiones cuya naturaleza no tengo tiempo de revelarle. Ensille su caballo, aguarde, y muy pronto verá la luz al otro lado del túnel.
-Espere, no se vaya.
Ella empezaba ya a disolverse.
-No puedo demorarme.
-Pero... Apollonia, todo esto es encantador, pero ¿por qué tiene que aparecérseme usted siempre de esa forma tan absurda? ¿Por qué toda esta parafernalia? ¿Qué hay de malo en las cartas?
Ella miró a su alrededor a las nubes, los rayos del sol, las tablillas en las manos de Fingal, y el cuerpo del hombre, como si lo viera todo por primera vez. Echó la cabeza hacia atrás y rió como una orquesta sinfónica. Era algo casi demasiado hermoso como para que Fingal pudiera soportarlo.
-¿Yo? -dijo ella, despojándose de sus atributos angélicos-. ¿Yo? Yo no elijo las visiones, Fingal. Se lo dije, es su cabeza, yo simplemente paso a través de ella. -Enarcó las cejas-. Y realmente, señor, no tenía la menor idea de que albergara usted esos sentimientos hacia mí. ¿Se trata de un amor de adolescencia?
Y desapareció, excepto su sonrisa.
La sonrisa le atormentó durante días enteros. Se sintió disgustado consigo mismo al respecto. Odiaba ver que una metáfora como aquella le abrumaba. Llegó a la conclusión de que su mente era una analogizadora más bien inepta.
Pero todo tenía su finalidad. La sonrisa le obligó a contemplar sus propios sentimientos. Estaba enamorado, desesperadamente, ridículamente, como un quinceañero. Sacó todas las viejas cartas de ella y las leyó de nuevo, buscando las palabras mágicas que podían haberle infligido aquello. Porque todo aquello era estúpido. Él nunca la había conocido excepto bajo circunstancias figurativas. La única vez que la había visto, la mayor parte de lo que vio era producto de su propia mente.
No había ningún indicio en las cartas. La mayor parte de ellas eran tan impersonales como un libro de texto, aunque tendían a ser más bien prolijas. Amistosas, sí; pero ¿íntimas, poéticas, intuitivas, reveladoras? No. Era absolutamente imposible descubrir en ellas algo que pudiera calificarse como amor, ni siquiera como pasión quinceañera.
Se dedicó a sus estudios con renovado vigor, aguardando la siguiente comunicación. Transcurrieron las semanas sin una palabra siquiera. Llamó a la oficina de correos varias veces, puso anuncios personales en todos los periódicos en que pudo pensar, escribió mensajes en las paredes de los edificios públicos, metió notas en las botellas y las arrojó a la baura, alquiló vallas publicitarias, compró tiempo de publicidad en televisión. Le gritó a las vacías paredes de su apartamento, paró a la gente que se cruzaba conél por la calle, golpeó utilizando el código Morse todas las cañerías, hizo circular rumores por las tabernas, hizo imprimir y difundir folletos por todo el sistema solar. Intentó todos los medios en que pudo pensar, y no consiguió contactar con ella. Estaba solo.
Consideró la posibilidad de que estuviera muerto. En su actual situación, era difícil decirlo con seguridad. Lo abandonó como algo imposible de verificar. Todo aquello ya era lo bastante incierto como para intentar adivinar de qué lado de la dicotomía vida/muerte estaba viviendo. Además, cuanto más pensaba en el hecho de existir sólo como impulsos electrónicos en un conjunto de macromoléculas en el interior de un sistema de datos, más asustado se sentía. Había sobrevivido durante tanto tiempo gracias a que había evitado tales pensamientos.
Las pesadillas se apoderaron de él, se alojaron permanentemente en su apartamento. Constituyeron una fuerte decepción, y confirmaron su conclusión de que su imaginación no era tan vívida como debiera. Estaban constituidas por el infantil hombre del saco, el tipo de apariciones que podían asustarle cuando se le aparecían vagamente entre las brumas pesadillescas, pero que resultaban casi risibles cuando se exponían a la plena luz de la consciencia. Había una enorme y charlatana serpiente burdamente bosquejada, creada sobre la base del dibujo que un niño haría de una serpiente. Una compañía constructora de juguetes habría hecho un trabajo mejor. Había un hombre lobo que el único temor que causaba a Fingal era la posibilidad de llenarle toda la alfombra de pelos. Había una mujer que consistía básicamente en pechos y genitales, residuo de su adolescencia, sospechaba. Gruñía embarazado cada vez que la veía. Puede que en otros tiempos se hubiera visto dominado por tales infantilismos, pero habría preferido que sus huellas hubieran quedado enterradas para siempre.
Los pateaba constantemente al corredor, pero se deslizaban dentro de su apartamento por las noches como unos parientes pobres. Hablaban incesantemente, y siempre acerca de él. ¡Las cosas que sabían! Parecían tener una opinión muy baja de él. La serpiente expresaba a menudo la opinión de que Fingal nunca llegaría a ningún sitio debido a que había aceptado con demasiada docilidad los resultados de los test de aptitud que le habían hecho cuando niño. Eso dolía, pero el mejor remedio contra ello era estudiar con mayor concentración.
Finalmente llegó una carta. Hizo una mueca tan pronto como la abrió. El inicio bastaba para saber que no iba a gustarle.
Querido señor Fingal:
Esta vez no voy a disculparme por mi retraso. Parece que la mayor parte de mis manifestaciones han incluido una disculpa, y creo que esta vez me merezco un descanso. No puedo estar siempre a la escucha. Tengo también mi propia vida.
Tengo entendido que se ha comportado usted de forma ejemplar desde la última vez que hablé con usted. Ignoró usted el funcionamiento interno del ordenador, exactamente como yo le dije. No he sido totalmente franca con usted, y le explicaré mis razones.
La relación entre usted y el ordenador es, y siempre lo ha sido, de doble sentido. Nuestro mayor temor en este lado ha sido que empezara a interferir con los trabajos del ordenador, lo cual habría causado grandes problemas a todo el mundo. O que se volviera loco furioso, y que en uno de sus ataques destruyera todo el sistema de datos. Lo instalamos a usted en el ordenador como una necesidad humana, porque habría muerto si no lo hubiéramos hecho, aunque eso hubiera representado para usted únicamente la pérdida de dos días de recuerdos. Sin embargo, uno de los negocios de Kenya es vender recuerdos, y los recuerdos de sus clientes son sagrados para ellos. Fue un error de la Corporación de Kenya lo que lo trajo aquí, así que decidimos que teníamos que hacer todo lo posible por usted.
Pero nuestras operaciones de este lado corrían un gran riesgo debido a su presencia.
En una ocasión, hace seis meses, se enredó usted en el sector de control de clima del ordenador, y desencadenó una tormenta sobre el Kilimanjaro que todavía no ha podido ser controlada totalmente. Perdimos varios animales.
He tenido que enfrentarme con el Consejo Directivo para mantenerlo a usted ahí, y varias veces el programa estuvo a punto de ser interrumpido. Ya sabe usted lo que eso significa.
Ahora me he sincerado con usted. Deseaba hacerlo desde el principio, pero a la gente que dirige las cosas por aquí les preocupaba el que usted pudiera empezar a hacer tonterías movido por un espíritu vindicativo si conocía todos los hechos, así que decidieron no decírselo. Puede usted hacer todavía mucho daño antes de que podamos sacarlo de ahí. Ahora tengo a los directores mordiéndose las uñas por encima de mi hombro mientras le transmito esto. Por favor, no cause problemas.
Pasemos a otro punto.
Desde un principio tuve miedo de que lo que ha ocurrido llegara a ocurrir. Durante más de un año he sido su único contacto con el mundo exterior. He sido la única otra persona en su universo. Hubiera tenido que ser una persona extremadamente fría, odiosa, horrible -lo cual no soy- para que no se sintiera atraído hacia mí bajo tales circunstancias. Está sufriendo una intensa privación sensorial, y es bien conocido que cualquiera en tal estado se vuelve sugestionable, maleable, y solitario. Ha volcado sus sentimientos hacia mí como la única persona a la que podía aferrarse.
He intentado evitar cualquier tipo de intimidad con usted por esa razón, para mantener las cosas en un estricto plano de impersonalidad. Pero cedí durante uno de sus periodos de desesperación. Y usted leyó en mis cartas algunas cosas que no estaban en ellas. Recuerde, incluso a través de un medio impreso es su mente la que controla lo que ve. Su censor ha dejado pasar lo que desea ver, y quizá incluso ha añadido algunas cosas por sí mismo. Estoy a su merced. Es probable que usted haya estado leyendo esas cartas como una apasionada afirmación de amor. He utilizado todos los refuerzos posibles que conozco para asegurarme de que este mensaje le llegaba a través de un canal prioritario y no resultaba deformado. Yo no, repito, no le correspondo. Usted comprenderá por qué, al menos en parte, cuando consigamos sacarle de ahí.
Nunca resultaría, señor Fingal. Renuncie a ello.
APOLLONIA JOACHIM
Fingal se graduó el primero de su clase. Terminó los estudios requeridos para obtener el título durante la larga semana que siguió a la carta de Apollonia. Fue una amarga victoria para él, pero se aferró furiosamente a ella mientras subía al estrado para recibir el título. Al menos había sacado el mayor provecho de su situación, al menos no se había limitado a dejar que las ruedas de la máquina lo trituraran como a cualquier buen empleado.
Adelantó el brazo para estrechar la mano del rector de la universidad y vio que esa mano se transformaba. Alzó la vista, y observó que la barbuda silueta envuelta en su ropaje universitario oscilaba y se convertía en una mujer alta, uniformada. Con un acceso de alegría, supo quién era. Luego la alegría se convirtió en cenizas en su boca, y las escupió rápidamente.
-Siempre supe que se ahogaría usted con una forma de expresión- dijo ella, riendo tensamente.
-Así que está usted aquí- dijo él.
No podía creerlo. La miró torpemente, sujetando su mano y el diploma con idéntica tenacidad. Era alta, como había dicho la profecía, y hermosa. Su cabello corto coronaba un rostro competente, y el cuerpo bajo el uniforme era musculoso. El uniforme estaba abierto en el escote, y arrugado. Tenía ojeras, y sus ojos estaban enrojecidos. Vaciló ligeramente sobre sus pies.
-Estoy aquí, sí. ¿Está usted dispuesto a volver? -Se volvió hacia los estudiantes reunidos- ¿Qué pensáis, muchachos? ¿Creéis que merece volver?
Parecieron volverse locos, aplaudiendo y gritando vivas y lanzando capirotes al aire. Fingal se volvió aturdidamente para mirarles, empezando a darse cuenta de algo. Bajó la vista hacia el diploma.
-No sé -dijo-. No sé. ¿De vuelta a trabajar a la sala de datos?
Ella le dio una palmada en la espalda.
-No, se lo prometo.
-Pero ¿cómo puede ser diferente? He llegado a pensar en este trozo de papel como en algo.. . real. ¡Real! ¿Cómo puedo haberme engañado de esa manera? ¿Por qué lo he aceptado?
-Yo le estuve ayudando todo el tiempo -dijo ella-. Pero no todo era un juego. Realmente aprendió usted todas las cosas que aprendió. No desaparecerán cuando regrese. Eso que tiene usted en la mano es imaginario, por supuesto, pero ¿quién cree que imprime los auténticos diplomas? Se haya usted registrado allí donde importa, en el ordenador, como habiendo superado los cursos. Obtendrá un auténtico diploma cuando regrese.
Fingal vaciló. Había una tentadora visión en su cabeza. Llevaba allí más de un año, y en realidad no había explotado la naturaleza del lugar. Quizá ese asunto de morir en el banco de memoria fuera todo él una estupidez, otra mentira inventada para mantenerle a él en su sitio. En ese caso, podía quedarse allí y satisfacer sus más locos deseos, convertirse en el rey del universo sin ninguna oposición, nadar en placeres que ningún emperador hubiera imaginado nunca. Cualquier cosa que deseara podría conseguirla allí, absolutamente cualquier cosa.
Y de hecho tenía la impresión de que podía ganar la partida. Había observado muchas cosas acerca de aquel lugar, y ahora poseía el conocimiento de la tecnología del ordenador para ayudarle. Podía deslizarse por allí dentro y evitar los intentos de ellos de borrarle, incluso sobrevivir si retiraban su cubo programándose a sí mismo en otras partes del ordenador. Podía hacerlo.
Con una súbita inspiración, se dio cuenta entonces de que no sentía el deseo suficiente para quedarse allí dentro, en su ombligo. En realidad, tan solo sentía un deseo importante, y ella estaba desvaneciéndose lentamente. Se disolvía, y estaba siendo reemplazada de nuevo por el viejo rector.
-¿Viene? -preguntó ella.
-Sí.
Era tan sencillo como eso. La tribuna, el rector, los estudiantes y la sala desaparecieron, y surgió la sala del ordenador en Kenya. Sólo Apollonia seguía constante. él mantuvo sujeta su mano hasta que todo se estabilizó.
-Uf -dijo ella, y se llevó una mano a la nuca.
Extrajo un cable de la conexión en la parte de atrás de su cabeza y se derrumbó en una silla. Alghuien extrajo un cable similar de la nuca de Fingal, y finalmente se halló libre del ordenador.
Apollonia tendió una mano hacia una humeante taza de café sobre la mesa repleta de tazas vacías.
-Ha sido usted difícil -dijo-. Por un momento pensé que iba a quedarse. Ya sucedió una vez. No es usted el primero al que le pasa esto, pero no será más allá del vigésimo. Este es un campo inexplorado, peligroso.
-¿De veras? -dijo él-. ¿No se estará usted burlando?
Ella se echó a reir.
-No. Ahora puedo decirle la verdad. Es peligroso. Nadie ha sobrevivido nunca más de tres horas en ese tipo de cubo, conectado a un ordenador. Usted ha resistido seis. Tiene usted una fuerte imagen del mundo.
Ella le había estado observando para ver cómo reaccionaba a aquello. No se sorprendió al ver que lo aceptaba fácilmente.
-Hubiera tenido que saberlo -dijo él-. Hubiera debido pensar en ello. Fueron sólo seis horas aquí fuera, y más de un año para mí. Los ordenadores piensan rápido. ¿Por qué no me di cuenta de ello?
-Yo ayudé a que no lo viera -admitió ella-. Como la forma en que lo incité a para que no se preguntara acerca del porqué estaba estudiando tan intensamente. Esas dos órdenes trabajaron mucho mejor que algunas de las otras órdenes que le di.
Bostezó de nuevo, un bostezo que pareció eterno.
-Mire, fue bastante duro para mí mantener el contacto con usted durante seis horas ininterrumpidas. Nadie lo había hecho antes; puede ser terriblemente agotador. Así que ambos hemos conseguido algo de lo que podemos estar orgullosos.
Le sonrió, pero su sonrisa se borró cuando él no se la devolvió.
-No adopte esa expresión tan dolida, Fingal. ¿Cuál es su nombre de pila? Lo sabia, pero lo borré en los primeros momentos.
-¿Importa?
-No lo sé. Seguro que tiene usted que comprender por qué no me he enamorado de usted, aunque sea usted una persona a la que una puede perfectamente querer. No he tenido tiempo. Han sido seis horas muy largas, pero pese a todo han sido sólo seis horas. ¿Qué puedo hacer por usted?
El rostro de Fingal estaba atravesando una serie de cambios a medida que asimilaba todo aquello. Las cosas no estaban tan mal, después de todo.
-Podría venir a cenar conmigo -dijo.
- Ya estoy ligada sentimentalmente a otra persona, tengo que advertírselo.
-Pero puede venir a cenar igualmente conmigo. No se ha dado cuenta de mi nueva determinación. En reaalidad, soy otra persona.
Ella se echó a reir cálidamente y se levantó. Tomó la mano de Fingal.
-¿Sabe?, es posible que incluso tenga usted éxito. Eso sí, no vuelva a ponerme alas, ¿de acuerdo? Nunca va a conseguir nada de ese modo.
-Se lo prometo. Ya he tenido bastante de visiones... para el resto de mi vida.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
DOLOR --EL SER -- SCI FI
EL SER
Se cernía en las tinieblas; la corteza metálica fulguraba tenuemente en silencio, impulsada hacia arriba por fuerzas antigravitatorias. La mortaja de la noche cubría el planeta alejado de la luna. Abajo, en la región cubierta por las sombras, un animal contemplaba con ojos desorbitados la fosforescencia mortecina de la esfera suspendida en lo alto. Contracción de músculos. Sordo tamborilear de garras que huyen sobre la superficie dura de la tierra. Otra vez el silencio solitario, rasgado apenas por el susurro del viento Horas. Horas negras en su lenta metamorfosis, al gris primero y después a un rosado difuso. Moteada por los primeros rayos solares, la esfera metálica resplandecía con un suave fulgor ultraterreno.
Fue como introducir la mano en un horno ardiente.
—¡Oh, Dios mío, cómo quema! —dijo él con una mueca, y volvió a posar la mano sobre el volante húmedo de sudor.
—Es tu imaginación —dijo Marian.
Estaba aplastada contra las fundas de plástico recalentado que cubrían el asiento. Un kilómetro atrás había asomado los pies por la ventanilla, sin quitarse las sandalias. Tenía los ojos cerrados, y el aliento entrecortado se escapaba entre sus labios resecos. El viento cálido le abanicaba la cara, desordenándole los cortos cabellos rubios.
Se retorció incómoda, mientras tironeaba del angosto cinturón de los shorts.
—No hace calor —afirmó—; está tan fresco como un oasis.
—¡Ojalá! —masculló Les.
Se inclinó levemente hacia adelante y la camisa húmeda, pegada a la espalda, le hizo rechinar los dientes.
—El peor mes para conducir —refunfuñó.
Habían partido de Los Angeles, tres días antes, rumbo a Nueva York, para visitar a la familia de Manan. Desde el principio, las temperaturas habían sido verdaderamente tropicales; después de tres días de calor bochornoso, estaban sin energías.
Por otra parte, el ritmo que se habían impuesto no contribuía a mejorar las cosas. Seiscientos kilómetros por día, teóricamente no parecían excesivos; pero en la práctica conducir a esa velocidad era un verdadero martirio. Había que viajar por desvíos polvorientos, levantando nubes de tierra por los tramos de caminos en reparación, cubiertos de baches, y tratando de no sobrepasar los treinta kilómetros por hora para no quebrar un eje ni desnucarse; y cada media hora, más o menos, debían ascender largas cuestas empinadas que ponían el agua del radiador casi en el punto de ebullición. Después se veían forzados a esperar largos minutos ―en medio del calor sofocante― para que el motor se enfriara, ayudándolo, a veces, con un poco del agua que llevaban para ellos. No había más remedio que sentarse a esperar en medio de aquel horno.
—De este lado ya estoy listo, dame vuelta —dijo Les, sin aliento.
—Ja, ja —repuso Marian en voz baja.
—¿Queda un poco de agua?
Marian extendió la mano izquierda para levantar la pesada tapa de la nevera portátil. Tanteó en el fresco interior hasta encontrar el termo y lo sacudió.
—Vacío —anunció, con un gesto de desaliento.
—Como mi cabeza —agregó él, en tono disgustado—. ¿Cómo acepté esto de conducir hasta Nueva York, en pleno mes de agosto?
—Bueno, bueno, basta ya —contestó ella, perdiendo el deseo de bromear—. No te acalores.
—Maldición —replicó Les ásperamente—. ¿Cuándo volverá este infernal desvío al maldito camino?
—Maldito, maldito, maldito —repitió ligeramente el eco femenino.
Él no replicó, pero sus manos se crisparon con fuerza sobre el volante.
Llevaban horas viajando por ese maldito camino, apartados de la ruta, que estaba en reparación, debido a un solo letrero: “Ruta 66 - Desvío”. Después de haber cruzado más de cinco intersecciones en menos de dos horas, ya ni siquiera estaban seguros de encontrarse en el camino correcto. Apresurados por dejar atrás el desierto, no habían prestado demasiada atención a las señales de los cruces.
—Querido, allí hay una estación —dijo Marian—; quizá nos den un poco de agua.
—Y nafta, de paso —agregó él, mientras miraba la aguja del indicador—. Y alguna indicación para volver al camino.
—Al maldito camino —agregó ella.
El asomo de una sonrisa cambió apenas la expresión de Les, mientras se desviaba del sendero. Detuvo el coche frente a dos bombas de gasolina con la pintura descascarada, plantadas frente a una casucha precaria.
—Este lugar se las trae —dijo él, sin ningún entusiasmo.
—Para gente de categoría —agregó Marian, volviendo a cerrar los ojos y respirando agudamente con la boca abierta.
Nadie salió de la casita.
—Por favor, no me digas que está abandonada —dijo Les, disgustado, después de echar una mirada alrededor.
Marian abrió los ojos y bajó sus largas piernas.
—¿No hay nadie por aquí? —preguntó.
—No parece —dijo Les.
Abrió la portezuela, arriesgándose a salir. Cuando se puso de pie, un gruñido involuntario le sacudió el cuerpo y sintió que se le aflojaban las rodillas. Era como si lo hubieran sumergido en un baño caliente.
—¡Dios mío! —exclamó, apartando la vista de las reverberaciones oscuras que le lamían los tobillos.
—¿Qué sucede?
—¡Este calor! —respondió.
Cruzó el pedazo de tierra caliente y resquebrajada y pasó entre las dos bombas, que lucían sus manijas herrumbradas, para llegar a la puerta de la casita. Y no hemos hecho siquiera un tercio del camino, murmuró tristemente para sí.
A su espalda, Marian cerró la portezuela con un golpe seco; Les oyó el rumor de sus sandalias sobre el suelo.
La sensación de frescura que se desprendía de la oscuridad duró sólo un segundo. En seguida el aire húmedo y viciado envolvió a Les, haciéndole bufar de disgusto.
La casita estaba desierta. El reducido espacio incluía una mesa ―cuyas patas desparejas sostenían una superficie llena de cicatrices―, una silla sin respaldo, y un surtidor de Coca Cola cubierto de telarañas; sobre la pared, almanaques y listas de precios. Un raído visillo cubría la ventana hasta el marco inferior, dejando pasar una luz mortecina a través de sus numerosas rasgaduras.
Retrocedió hacia la puerta, haciendo crujir las maderas del suelo.
—¿No hay nadie? —preguntó Marian.
Él negó con la cabeza. Por un momento se miraron sin expresión. Ella se enjugó la frente con el pañuelo húmedo.
—Bueno, ¡adelante! —dijo, en tono agrio.
En ese momento se escuchó el matraqueo de un coche por el desparejo sendero que iba desde el camino al desierto. Alejándose unos pasos de la casita, divisaron un viejo camión remolcador de fabricación casera, que se acercaba ruidosamente a la estación, en una línea no muy recta. A lo lejos, más allá del camino, sobresalía la baja silueta de la casa de donde había salido.
—Llegan socorros —dijo Marian—. ¡Ojalá que traigan agua!
Mientras el camión frenaba con un chirrido junto a la casita, pudieron ver la cara quemada por el sol del hombre que conducía. Era un individuo de treinta y tantos años, de aspecto hosco, vestido con una camisa y un mono azul desteñido cubierto de remiendos. Por debajo del sombrero manchado de grasa asomaban unos mechones de cabello largo y lacio.
El gesto que les hizo al salir del camión no fue una sonrisa. Fue algo parecido a una contracción nerviosa de la inexpresiva boca, de labios delgados. Se acercó a ellos en varios trancos espasmódicos, paseando la mirada del uno a la otra.
—¿Quieren gasolina? —preguntó a Les, con voz dura y ronca.
—Sí, por favor.
Por un momento, el hombre miró a Les como si no comprendiera. Luego, se dirigió al Ford con un gruñido, sacando la llave de la bomba del bolsillo posterior del mono. Al llegar frente al guardabarros delantero echo un vistazo a la matrícula.
Trató de desenroscar la tapa del tanque de gasolina con sus dedos callosos, y se quedó mirándola estúpidamente.
—Tiene llave —le explicó Les, apresurándose a alcanzárselas.
El hombre las tomó en silencio y abrió la cerradura. Sacó la tapa y la colocó sobre el cierre del portaequipajes.
—¿Quiere común? —preguntó, levantando la mirada, oculta por las anchas alas del sombrero.
—Sí —contesto Les.
—¿Cuánto?
—Puede llenarlo.
El hombre posó apenas la mano sobre el capot ardiente y la retiró con brusquedad, dejando escapar una exclamación. Sacó un pañuelo y se envolvió la mano para levantar el capot. Al desenroscar la tapa del radiador, el agua hirviente salió en espumarajos, derramándose sobre el suelo reseco entre nubes de vapor.
—Lo único que faltaba… —murmuró Les para sí.
El agua de la manguera estaba casi a la misma temperatura. Mientras Les la aplicaba al radiador, Marian se acercó y puso el dedo en el líquido que salía en lentos borbotones.
—¡Oh, Dios! —exclamó, desilusionada. Mirando al hombre del mono, preguntó—: ¿No tiene un poco de agua fresca?
El hombre permanecía con la cabeza inclinada, apretada la boca en una línea estrecha y las comisuras hacia abajo. Marian volvió a repetir la pregunta, sin obtener respuesta.
—El clásico arizoniano de sangre de horchata —susurró a Les, y se acercó al hombre para preguntarle—: Disculpe…
Él levantó la cabeza, sobresaltado, revelando de pronto el brillo oscuro de sus ojos.
—¿Sí, señora? —dijo rápidamente.
—¿Nos podría conseguir un poco de agua fresca, para beber?
El grueso pellejo de la garganta se estremeció.
—Aquí no hay, señora —dijo—, pero… ―la voz se le quebró, y continuó mirándola sin expresión—. Ustedes son de California, ¿no es cierto? —preguntó.
—Así es.
—Van… ¿muy lejos?
—A Nueva York —contestó ella, con impaciencia—. Pero, ¿no es posible que tenga…?
—Nueva York —repitió el hombre—. Bastante lejos ―sus desteñidas cejas se unieron en medio de la frente.
—¿Qué pasa con el agua? —insistió Marian.
—Bueno… —respondió él, haciendo un esfuerzo por sonreír—. Aquí no hay, pero si quieren ir hasta mi casa, mi mujer les dará agua.
—Ah, menos mal —dijo Marian encogiéndose levemente de hombros.
—Mientras mi mujer les trae el agua, pueden ver el zoológico que tengo —dijo el hombre, agachándose junto al guardabarros para comprobar si el tanque se estaba llenando.
—Tenemos que ir a su casa para conseguir agua —anunció Marian a Les, que revisaba una de las baterías.
—¿Qué? Oh, está bien.
El hombre desconectó la manguera y volvió a tapar el tanque de nafta.
—Así que Nueva York, ¿eh? —repitió, mirándolos.
Marian asintió con una sonrisa amable. Les bajó el capot y la pareja entró en el coche para seguir tras el camión hasta la casa.
—Tiene un zoológico —dijo Marian, inexpresiva.
—Qué bien —repuso Les, poniendo en marcha el coche para bajar la suave pendiente.
—Me enfurecen —dijo Marian.
Habían visto docenas de esos zoológicos desde que salieron de Los Angeles. Por lo general, se encontraban cerca de las estaciones de servicio, para atraer clientes. Casi sin excepción, eran colecciones lastimosas: pequeñas jaulas áridas en las que tiritaba algún zorro enflaquecido, cuyos apagados ojos completaban el aspecto enfermizo. Unas cuantas serpientes se enroscaban aletargadas y, tal vez, algún águila con las plumas apolilladas miraba hacia abajo desde una jaula. Por lo general, en medio de esa exhibición denominada pomposamente zoológico había alguno que otro lobo, o un coyote encadenado, lastimosa bestia que recorría constantemente el mismo círculo determinado por la cadena. Nunca miraban a la gente; los ojillos enrojecidos vagaban siempre hacia adelante, indiferentes, mientras el animal caminaba incesante, las patas delgadas como palos.
—Los detesto —dijo Marian, con amargura.
—Ya lo sé, querida —contestó Les.
—Si no fuera porque necesitamos agua, no me acercaría a esa casa vieja.
—Está bien —dijo Les, con una sonrisa.
Mientras trataba de esquivar los baches del callejón, agregó, haciendo castañetear los dedos:
—¡Ah! Olvidé preguntarle cómo debo hacer para volver al camino.
—Podrás preguntarle cuando lleguemos a la casa —dijo ella.
Era una estructura de dos pisos, de un descolorido tono parduzco. Detrás había una hilera de cobertizos bajos, casi cuadrados.
—El zoo —anunció Les—. Tigres, leones, toda clase de animales.
—¡Tonterías! —replicó ella.
Frenó el coche frente a la silenciosa casa. Al mismo tiempo, el hombre del sombrero saltó del polvoriento asiento del camión.
—Ya les traigo el agua —dijo rápidamente, dirigiéndose a la casa. Se detuvo por un momento, echando un vistazo hacia atrás, hizo un gesto con la cabeza y dijo—: El zoológico está atrás.
Le vieron subir los escalones de la vieja casa. Les se desperezó con ganas, parpadeando bajo el fuerte resplandor del sol.
—¿Quieres ir a ver el zoológico? —preguntó, tratando de no sonreír.
—No.
—Oh, vamos…
—No quiero ver eso.
—Yo voy a echar un vistazo.
—Bueno, está bien —dijo ella—. Pero sé que me voy a enojar.
Caminaron en torno a la casa hasta llegar a un costado protegido por las sombras.
—¡Oh, qué bien se está aquí! —exclamó Marian.
—Escucha, se olvidó de cobrarnos…
—Ya lo hará —dijo ella.
Se acercaron a la primera jaula y miraron por la pequeña ventanilla, asegurada con pesados tornillos.
—Vacía —dijo Les.
—¡Qué bien!
—Si así es el resto…
Se acercaron lentamente a la jaula siguiente.
—Mira qué pequeñas son —dijo Marian, con pena—. ¿Acaso a él le gustaría estar encerrado en un lugar reducido? ―se detuvo en seco—. No. No quiero ver —dijo—. No quiero ver sufrir a esas pobres bestias.
—Voy a dar un vistazo, nada más —dijo él.
—Eres un malvado.
Se acercó a la segunda jaula. Lo que allí vio le arrancó una exclamación de asombro.
—¡Marian!
El grito le puso la piel de gallina.
—¿Qué pasa? —preguntó, mientras corría, ansiosa, hacia donde estaba él.
—¡Mira!
—¡Oh, Dios mío! —susurró, temblorosa.
Dentro había un hombre.
Ella permaneció mirándolo con una expresión de incredulidad, sin sentir siquiera las gruesas gotas de sudor que le corrían por la frente hacia las sienes.
El hombre, echado en el suelo sobre una mugrienta frazada del ejército, parecía una muñeca con las articulaciones rotas. Sus ojos abiertos nada veían. Las pupilas dilatadas indicaban que estaba drogado. Las manos sucias descansaban exangües sobre el suelo cubierto de paja, como torcidos sarmientos de piel y hueso. Su boca entreabierta y floja era una herida que dejaba entrever los dientes amarillentos. Los labios resecos estaban partidos.
Les se volvió, y su mirada se cruzó con la de Marian; la vio palidecer sin que el rostro, tenso, modificara su expresión.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, temblándole la voz.
—No lo sé… ―volvió los ojos hacia la jaula, como si le costara creer lo que había visto. Miró nuevamente a su mujer y repitió—: No lo sé.
El corazón le latía con fuerza en el pecho. Continuaron mirándose por unos segundos, los ojos muy abiertos llenos de sorpresa e incredulidad.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Marian, en un susurro.
Les tragó saliva, como si algo duro se le hubiera atravesado en la garganta, y volvió la vista hacia la jaula. Casi involuntariamente, dijo:
—¡Hola! Dígame, ¿no puede…?
El hombre estaba en estado comatoso; su garganta se agitó, pero sin ruido alguno.
—Les, ¿y qué pasaría si…?
Los cabellos de Les se erizaron súbitamente: Marian observaba con mudo recelo la tercera jaula.
Echó a correr, y sus pasos repercutieron sobre la tierra reseca, levantando polvo. Al llegar a la jaula siguiente, exclamó:
—¡No!
Dejó que Marian se acercara, sacudido por violentos escalofríos.
—¡Pero por Dios, esto es monstruoso! —gritó ella, mirando horrorizada al segundo hombre enjaulado.
El hombre les dirigió una mirada vidriosa y sin vida. Por un momento, su cuerpo laxo trató de incorporarse un poco, y sus labios se agitaron en un esfuerzo por hablar. Por las comisuras le corría un hilo de saliva que llegaba hasta el mentón, ennegrecido por la barba. Su cara sudorosa, surcada por líneas de mugre, parecía una máscara de súplica impotente. Después, la cabeza le cayó sobre el hombro y los ojos rodaron hacia atrás.
Marian se alejó de la jaula, tomándose la cara entre las manos temblorosas.
—Ese hombre está loco —susurró, dirigiendo una dura mirada hacia la casa silenciosa.
Les se volvió súbitamente: los dos se acordaron del dueño de la casa que los enviara a ver el zoológico.
—Les, ¿qué podemos hacer? —preguntó Marian con un tono de creciente histeria.
Les se hallaba desprovisto de toda sensación, aniquilado por el impacto de lo que acababan de ver. Por largo rato permaneció inmóvil, tembloroso, mirando a su mujer como si todo formara parte de un sueño fantástico.
Al fin logró pronunciar algunas palabras, sintiendo que el calor lo envolvía en una oleada sofocante.
—Huyamos de aquí —dijo de pronto, tomándole la mano.
Sólo se oía el ronco jadeo de los dos y las rápidas pisadas de Marian sobre el suelo endurecido. El intenso calor parecía vibrar, quitándoles el aliento y cubriéndolos de sudor.
—Más rápido —balbuceó Les, tironeándola de la mano.
Pero al llegar a la esquina de la casa, retrocedieron con una violenta contracción de músculos.
—¡No! —gritó Marian.
Simultáneamente, su rostro se transformó en una torcida máscara de terror.
Allí, parado entre ellos y el coche, el hombre les apuntaba con una escopeta de doble caño.
Sin saber porqué, un pensamiento cruzó rápidamente la imaginación de Les: nadie sabía dónde estaban él y Marian; nadie sabría siquiera por dónde empezar a buscarlos. Ya dominado por el pánico, recordó que el otro había mirado la matrícula de California.
Se oyó entonces la voz dura e inexpresiva del hombre ordenándoles:
—Y ahora, vuelvan al zoológico.
Después de encerrarlos en una de las jaulas, Merv Ketter volvió lentamente hacia la casa, con la pesada arma colgando del brazo derecho.
Durante todo el proceso no había experimentado ningún placer en lo que hacía; sólo una sensación temporal de alivio, que alcanzó a distender levemente la tensión de su cuerpo. Pero la tensión volvía gradualmente a apoderarse de él. Sólo desaparecía en los escasos minutos que requería atrapar y enjaular a otra persona. Y en esa ocasión parecía aún más fuerte. Era la primera vez que ponía a una mujer en una de las jaulas. Consciente de esa circunstancia, sintió en el pecho un frío nudo de desesperación. Una mujer…, había enjaulado a una mujer. Con la respiración agitada, ascendió los escalones desvencijados de la galería posterior.
Segundos después, mientras la puerta de tejido se cerraba tras él, apretó los labios en un rictus desafiante. “Y bien, ¿qué pretendían de mí?”, pensó. Arrojó bruscamente la escopeta sobre la mesa de la cocina, cubierta con un hule amarillo. Otro resuello profundo pareció partirle el pecho. “¿Qué otra cosa podía hacer?”, se preguntó, como si entablara una discusión consigo mismo.
Al ir hacia la tranquila sala, salpicada por medallones de sol, el eco de sus botas resonó sobre el gastado linóleo. Desanimado, se dejó caer pesadamente sobre un viejo sillón, levantando un poco de polvo. ¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía alternativa.
Volvió a mirarse por milésima vez, en el brazo izquierdo, el pequeño bulto rojizo inserto bajo la curva del codo. Incrustado en su carne, el pequeño cono metálico continuaba zumbando suavemente. No tenía necesidad de escucharlo, jamás dejaba de zumbar.
Estaba exhausto. Se dejó caer hacia atrás con un gruñido, apoyando la cabeza en el alto respaldo del sillón. Dejó vagar la mirada opaca hasta el otro extremo de la habitación, a través de los rayos temblorosos de luz, llenos de partículas de polvo suspendidas Allí estaba la repisa de la chimenea; sobre ella, el rifle Mauser, la pistola Luger, el proyectil de mortero y la granada de mano: todas sus armas bien conservadas. Por su atormentado cerebro pasó la vaga idea de apoyar la pistola contra la sien, acercar el Mauser a su costado y colocar la granada junto al estómago, tirando de la clavija.
Héroe de guerra. La frase le arañaba cruelmente la conciencia. Hacía mucho que había perdido todo significado para él, que había dejado de ser un consuelo. Ser un soldado condecorado con medallas y cintas, objeto de admiración y alabanzas, en un tiempo había tenido algún sentido…
Después, Elsie había muerto. Entonces, las batallas y el orgullo se convirtieron en cosa del pasado. Quedó solo en ese desierto, con sus trofeos, sus medallas y nada más. Hasta que un buen día se internó en el desierto, dispuesto a cazar.
Permaneció inmóvil, con los ojos cerrados; sólo la agitación de su garganta revelaba una íntima perturbación. ¿De qué valía pensar y lamentarse? Sólo le quedaba el deseo de vivir. Quizá fuese un deseo estúpido e inútil, pero así y todo era muy real, y no podía ignorarlo ni desembarazarse de él. Ni siquiera cuando hubieron desaparecido dos hombres, o cinco; no, ni aún cuando fueron siete.
Sin piedad se clavó las sucias uñas en la palma de la mano, hasta hacer brotar la sangre. Una idea lo rondaba, sin darle tregua: una mujer, una mujer era diferente. Nunca había pensado enjaular a una mujer.
Se descargó con fuerza un puñetazo sobre la pierna, tratando de desahogar su ira. No había podido evitarlo. Por cierto, había visto la patente de California, pero en ese momento no pensó hacerlo. Fue después, cuando la mujer le pidió agua; entonces sintió que no tenía alternativa: debía hacerlo.
Le quedaban dos hombres solamente.
Al enterarse de que la pareja iba a Nueva York, la tensión comenzó a ir y venir, a aflojar y apretar, con un ritmo implacable, revelándole, en su propia carne, lo que sucedería: iba a decirles que fueran a ver el zoológico.
De pronto pensó que habría sido mejor aplicarles una inyección. Podían gritar. No le importaba tanto por el hombre; estaba acostumbrado a oír gritos de hombres. Pero de una mujer…
Merv Ketter abrió los ojos y miró, despojado de toda esperanza, la repisa de la chimenea: el retrato de su mujer muerta, las armas que fueran su gloria… y que ahora carecían de sentido; meros trozos de acero y madera sin valor alguno, sin esencia.
Héroe.
La palabra le dio náuseas.
El viscoso latido comenzó a apagarse y se detuvo por completo por un instante para recomenzar después, llenando el interior de la concha con un siseo espumoso. Una agitación ondulante se propagó a través de varias formaciones musculares. La criatura se agitó. Había llegado la hora.
Una idea. La informe burbuja de aire, transparente como un velo, se aglutinó solidificándose. La criatura comenzó a moverse: primero una ondulación, después un gelatinoso serpentear dentro de la burbuja resplandeciente. Un golpe seco, un movimiento escurridizo; un cúmulo de tejidos viscosos que emergen con un temblor.
La idea otra vez. Una onda directriz. La entrada en la atmósfera, con un siseo. El sordo balanceo de metales. Se abre. Se cierra con un chasquido.
Es la hora en que la sangre del crepúsculo bordea el horizonte. Henchida de algo informe y vivo, la esfera descolorida comienza una lenta y silenciosa inmersión en el aire.
La tierra se va enfriando. La criatura se posa, al fin, sobre la superficie. Ha llegado. Todo ser vivo huye espantado ante su avance implacable. Allí por donde pasa, el suelo conserva una estela iridiscente con tonos cambiantes de verde y amarillo.
—Cuidado —susurró Marian.
Sorprendido, Les estuvo a punto de dejar caer la lima de uñas. Escondió la mano con un movimiento brusco, y un tic nervioso comenzó a tironearle la mejilla cubierta de sudor. Retrocedió un poco hacia la sombra.
El sol casi se había puesto.
—¿Viene hacia aquí? —preguntó Marian, afónica por la sed.
—No lo sé.
Aguardó, tenso, mientras el hombre del mono se acercaba, haciendo taconear sus botas en el suelo reseco. Hizo un esfuerzo para tragar, pero el calor de la tarde le había absorbido toda la humedad; su garganta emitió un chasquido inútil. ¿Qué sucedería si el hombre descubría la profunda ranura limada en la barra de la ventana?
Con el rostro impasible, el hombre del sombrero caminaba rápidamente, describiendo con sus brazos pequeños y tensos arcos a los lados del cuerpo.
—¿Qué pensará hacer? —preguntó Marian. El repentino retorno del miedo le había hecho olvidar, por un momento, la incomodidad física.
Les se limitó a mover la cabeza. Toda la tarde se había estado haciendo la misma pregunta. Desde los primeros minutos de horror, cuando el hombre los encerrara para volver después a la casa, hasta el momento en que Marian encontró la lima de uñas en el bolsillo de sus pantalones. Entonces, el pánico que los dominara había cedido un tanto ante la esperanza de evadirse. Pero la misma pregunta lo había estado torturando sin cesar: ¿qué iría a hacer aquel hombre con ellos?
Pero esa vez el hombre no se dirigía a la jaula donde estaban. Un alivio momentáneo hizo aflojar la tensión que los atenaceaba. El hombre ni siquiera miró en esa dirección. Hasta parecía que sus ojos evitaban dirigirse hacia ellos.
Después lo perdieron de vista. Oyeron, en cambio, que abría una de las jaulas. El chirrido de las bisagras enmohecidas ató un nudo en el estómago de Les.
El hombre volvió a aparecer en el campo visual de los dos. Marian contuvo el aliento. Le vieron arrastrar por el suelo al hombre inconsciente, cuyos tacones iban dejando estrechos surcos en el polvo.
Después de recorrer unos pocos metros, el hombre del mono soltó los brazos flaccidos, y el cuerpo cayó con un golpe seco. Sólo entonces miró hacia atrás, dando un respingo con la cabeza. Notaron que se le estremecía la garganta; tragó con dificultad y movió los ojos rápidamente, mirando en todas direcciones.
—¿Qué estará buscando? —preguntó Marian con un susurro tembloroso.
—No lo sé, querida.
—Lo va a dejar allí —gimoteó ella.
Ante sus ojos, empañados por el miedo, el hombre del mono volvió a la casa con paso rápido y decidido, moviendo la cabeza convulsivamente al mirar a uno y otro lado.
¿Qué mirará, Dios mío?, se preguntó Les, cada vez más temeroso.
De pronto, el hombre se detuvo en mitad de un paso; con una contracción nerviosa, se apretó con fuerza el brazo izquierdo. Después se lanzó en una carrera precipitada, subiendo de dos en dos los escalones de la galería. Entró con un portazo, cuyo eco se prolongó por varios segundos. Después volvió a reinar un silencio absoluto.
—Tengo miedo —dijo Marian, con un hilo inseguro de voz, dominando apenas el sollozo que le apretaba la garganta.
Él también tenía miedo. No sabía exactamente de qué, pero estaba aterrorizado. Lo dominaba un horror paralizante, endureciéndole los músculos de la espalda y del cuello. No podía apartar la vista del hombre tirado en el suelo, boca arriba, mirando sin ver un cielo que se iba inundando de sombras.
Tuvo un nuevo sobresalto al oír que la puerta posterior de la casa se cerraba de un golpe; después giró una llave.
El silencio. Como triste mortaja, parecía envolverlos con su peso fatal. El hombre continuaba inmóvil sobre el suelo. Ellos, jadeantes, no podían apartar los ojos del hombre caído.
Marian apretó el puño y se clavó los dientes en los nudillos blanquecinos. Ya los rayos solares bordeaban el horizonte con una cinta escarlata.
Ningún ruido. Nada.
Silencio total.
Un sonido.
Contuvieron la respiración. Paralizados en la misma posición, los dos, con la boca entreabierta, se esforzaron por identificar aquel sonido nunca oído. Una rigidez letal les dominaba el cuerpo. Escucharon…
Una sacudida, un deslizamiento, el oscilante fluir de…
—¡Oh, Dios!
La voz de la mujer se perdió en un jadeo entrecortado; volvió el cuerpo hacia otro lado y se protegió los ojos con las manos temblorosas.
La oscuridad creciente hacía más indefinido lo que Les trataba de ver. Envuelto en la fetidez de la jaula, continuaba paralizado e insensible, con el rostro pálido como un cadáver.
Algo se estaba acercando al hombre, arrastrándose por el suelo. Una cosa informe que, no obstante, tenía cierta forma; algo semejante a un enorme reptil: una masa viscosa, una gelatina brillante.
Un estertor quebrado le inmovilizó las cuerdas vocales. Quiso retroceder y no pudo. Se negó a mirar. No quería oír aquel espantoso regurgitar, semejante al agua absorbida por una gran alcantarilla, al sordo borbotear del sebo hirviente.
¡No! ¡No!, repetía su cerebro entumecido, negándose a aceptar la realidad. ¡No, no, no!
El grito los hizo saltar y Marian cayó, temblorosa, contra una de las paredes de la jaula, estremecida por el nauseabundo choque.
El hombre ya no estaba en el suelo. Les se quedó contemplando el lugar donde había estado y vio, en su lugar, la masa gelatinosa que palpitaba como un gran bulto de plancton ondulante en su medio fluído.
Siguió mirando hasta que el hombre fue devorado por completo.
Luego se volvió, sostenido apenas por sus piernas insensibles, y avanzó trastrabillando hasta Marian. Las manos convulsivas de ella se clavaron como garras en su espalda, y la cara surcada de lágrimas buscó el apoyo de su hombro. La rodeó automáticamente con sus brazos; su rostro helado no revelaba emoción alguna. Ese abrazo instintivo fue sólo un reflejo de su necesidad de consolarla, y de aplacar su terror.
Pero no pudo hacerlo. Era como si una bestia invisible le hubiera desgarrado el pecho, arrancándole las entrañas. Nada quedaba de él; sólo un hueco enorme, un vacío helado. En ese hueco sentía una puñalada cada vez que recordaba el porqué de su cautiverio.
Cuando estalló el grito, Merv se tapó los oídos entre ambas manos, con tanta fuerza que comenzó a dolerle la cabeza.
No podía escapar. No había puerta ni ventana lo bastante hermética, ni pared tan sólida como para impedir que los gritos se filtraran hasta allí.
Tal vez estaban realmente en su conciencia, donde no había puertas ni ventanas para impedir el paso del horror convertido en grito. Sí, tal vez estuvieran en su mente. Eso explicaría por qué continuaba oyéndolos en sueños.
Una vez que todo hubo pasado, cuando Merv tuvo la seguridad de que aquella cosa se había ido, fue lentamente a la cocina y abrió la puerta. Entonces, como un robot accionado por mecanismos implacables, buscó el almanaque, para dibujar un círculo alrededor de la fecha: 22 de Agosto.
Era la víctima número ocho.
Su mano laxa dejó caer el lápiz, que rodó por el linóleo del suelo. Dieciséis días…; un hombre, día por medio, durante dieciséis jornadas. Era un cálculo aritmético simple. La verdad, en cambio, era mucho más complicada.
Comenzó a recorrer la sala a grandes trancos. Al pasar por la zona de luz de la lámpara, un resplandor lechoso ponía de relieve sus facciones, marcadas por la fatiga, que se esfumaban cuando volvía a la penumbra. Dieciséis días. Parecía mentira que sólo dieciséis días atrás hubiera salido al desierto a cazar conejos. Parecían dieciséis largos años.
Una vez más recordó aquella escena, repetida hasta el cansancio por su mente. Se vio a la hora del crepúsculo, arrastrando los pies por las arenas del desierto, el rifle apoyado en la cadera; volvía la cabeza en todas direcciones, los ojos vigilantes protegidos por el sombrero.
De pronto, al pasar la cresta de un médano cubierto de matorrales, se había detenido, con el aliento entrecortado y los ojos fijos en la esfera, que resplandecía como una luz sumergida en el agua. Al verla, su corazón dio un vuelco y todos los músculos del cuerpo se pusieron en tensión.
Se acercó poco a poco, hasta quedar casi debajo del globo luminoso que reflejaba los rayos rojizos del sol decadente.
Soltó una exclamación al ver la cavidad circular que aparecía en la superficie de la esfera. En esa cavidad, flotando, aparecía…
Giró bruscamente y comenzó a subir la pendiente, jadeando por el esfuerzo y la desesperación, dejando en la arena la huella impresa de sus botas. Al llegar a la cima, el pánico lo hizo correr a grandes zancadas, mientras el arma que sujetaba con la mano derecha le golpeaba la pierna.
En ese momento había escuchado un sonido por sobre su cabeza; era como un escape de gas. Trataba de mirar por sobre el hombro, los ojos desorbitados. Después, un grito helado le transformó la cara en una máscara de horror.
Diez metros hacia arriba apareció un bulto luminoso.
Merv se inclinó hacia adelante, tratando de seguir en su desesperada carrera. Sentía, desde atrás, un vaho fétido. Se volvió a mirar y vio, horrorizado, que aquella cosa descendía sobre él. Ya estaba a tres metros de distancia, a dos, a uno…
Merv Ketter se echó de rodillas al suelo, se volvió de un brinco y apuntó con el rifle. El estampido quebró el silencio del desierto.
Un grito ahogado murió en su garganta, al ver que el proyectil rebotaba contra la reluciente esfera como una piedra contra una pelota de goma. Se arrojó al suelo, sobre un costado; algo le penetró en el brazo, haciéndole caer el rifle de la mano exangüe. Un metro… noventa centímetros… El calor hacía reverberar el aire ante sus ojos; aquel olor nauseabundo lo iba envolviendo.
Levantó los brazos.
—¡No! —exclamó.
Una vez había saltado a un pozo de agua, sin mirar, y se había quedado empantanado allí, en el fango no muy profundo. Ahora tuvo la misma sensación…, sólo que el limo venía hacia él.
La envoltura de gases ahogó sus gritos; sus miembros debilitados quedaron prisioneros de un tejido gelatinoso. En torno a sus ojos, inmovilizados por el miedo, pudo ver una albúmina palpitante en la que flotaban corpúsculos brillantes en continuo movimiento. El horror le oprimía el cerebro; fue como si la muerte le sorbiera la vida.
Pero no estaba muerto.
Respiró profundamente, inhalando un aire granuloso y maloliente. Sus pulmones trabajaban con esfuerzo, y al respirar lo sacudieron fuertes arcadas.
Después sintió que algo se movía en su cerebro.
Trató de gritar, retorciéndose como un poseído para liberarse de aquella extraña sensación, pero no lo consiguió. Era como si pequeñas serpientes se deslizaran entre los tejidos de su cerebro; sintió sus mordeduras en la fuente misma de sus pensamientos.
Las serpientes se enroscaban, apretándose más y más contra las paredes del cráneo. “Podríamos matarte en este mismo momento” parecían decirle, por medio de palabras impresas en ácido hirviente. Todos los músculos de su cara estaban en tensión, imposibilitados de efectuar movimiento alguno en ese engrudo putrefacto.
Continuaron formándose palabras que le quemaban el cerebro, estampándose en forma indeleble en su conciencia. “Debes conseguirme alimento”.
Aun en ese momento, de pie ante el calendario, seguía tiritando.
¿Podía, acaso, haber actuado de otra manera? La pregunta era semejante al ruego de un envilecido suplicante. El ser le había sorbido los sesos. Sabía todo lo referente a su pasado, a su casa, a su mujer, a la estación de servicio.
Le ordenaba lo que debía hacer, sin dejarle ninguna elección. Tenía que hacerlo. ¿Habría alguien capaz de resistir? ¿Alguien, en su lugar, no habría prometido lo que fuera para librarse de ese horror?
Con una expresión de derrota, sin dejar de temblar, comenzó a subir las escaleras, inseguro, sabiendo que el sueño no vendría, pero sin dejar de cumplir con la rutina.
Se dejó caer sobre la cama, un pie asomado por el borde. Sus ojos sin vida contemplaban la alfombra que Elsie tejiera tanto tiempo atrás.
Sí, era cierto: había prometido obedecer las órdenes del extraño ser. Como medida de seguridad, llevaba inserto en el brazo el pequeño cono zumbante que él le inyectara. Para escapar tendría que desgarrar su propia carne, a costa de su vida.
Una vez logrado su objetivo, lo había vomitado sobre las arenas del desierto; allí permaneció, inmóvil y mudo, mientras el ser se alejaba lentamente de la tierra.
En su cerebro vibraba aún el eco de las últimas palabras de amenaza: “Dentro de dos días”.
Aquél fue el comienzo de la ronda interminable y fatigosa: atrapar gente inocente para proteger su vida del fin que la amenazaba.
Lo más terrible, lo que verdaderamente lo horrorizaba, era saber que volvería a hacerlo. Sabía que era capaz de cualquier cosa con tal de mantener alejada a la criatura. Aunque eso significara que la mujer debiera…
Apretó los labios, cerró los ojos con fuerza y se sentó en la cama, sin poder controlar el temblor que lo sacudía.
¿Qué haría después que la pareja se fuera? ¿Y si nadie más pasaba por la estación de servicio? ¿Qué podía hacer si la policía venía a averiguar la desaparición de once personas?
Agobiado por tantos interrogantes, los hombros inclinados hacia adelante, dejó escapar un sollozo de angustia.
Antes de recostarse, sorbió un buen trago de whisky de una botella casi vacía. Permaneció tendido en la oscuridad, convertido en un resorte de nervios, esperando… El pequeño foco de calor que irradiaba del estómago no lograba combatir el helado vacío que se había apoderado de todo su ser.
El cono continuaba zumbándole en el brazo.
Después de quitar la última barra de la jaula, Les permaneció quieto unos instantes, inclinada la cabeza sobre el pecho; un jadeo irregular le brotaba entre los dientes apretados. Estaba exhausto: punzantes dolores le aguijoneaban cada músculo de la espalda, hombros y brazos.
Al fin dejó escapar un sonido sibilante.
—Vamos —barbotó.
Hizo un enorme esfuerzo para ayudar a Marian a salir por la ventana, a pesar del temblor de sus brazos.
—No hagas ruido —le previno.
La tremenda fatiga y la penuria combinada de la sed, el hambre y el calor lo abrumaban de manera tal que apenas podía hablar. Además, los calambres musculares no cesaban.
No pudo levantar la pierna. Tuvo que salir de cabeza por la abertura de bordes dentados, retorciéndose para darse impulso mientras las astillas se le clavaban en la piel resbaladiza de sudor. Cayó con un golpe seco, sintiendo los pinchazos del dolor en los brazos extendidos. Durante un segundo la oscuridad se pobló de puntos luminosos.
Marian lo ayudó a ponerse de pie.
—Vamos —repitió, casi sin aliento.
Salieron a la carrera hacia el frente de la casa. Súbitamente él la tomó de la muñeca, haciéndola detenerse en seco.
—Quítate esas sandalias —le ordenó con voz ronca.
Ella se inclinó prestamente y soltó las hebillas.
La casa estaba a oscuras. Corrieron en torno a la esquina posterior y pasaron rápidamente por el costado, cuyas ventanas reflejaban la luz lunar. Marian dio un respingo de dolor al apoyar el pie desnudo sobre una piedra filosa.
Llegaron, por fin, al frente de la casa.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Les.
El coche estaba allí todavía. Mientras se acercaban corriendo, él sacó la billetera del bolsillo posterior. Con los dedos temblorosos tentó el interior del pequeño monedero y encontró el frío metal de la llave de repuesto. Tenía la certeza de que la otra llave ya no estaría en el coche.
Llegaron.
—Rápido —susurró Les, abriendo la puerta del coche.
Se sentó con precaución. El aire fresco de la noche lo hizo tiritar. Con la llave buscó a tientas la ranura del contacto. Habían dejado las puertas abiertas, pensando cerrarlas cuando el motor arrancara.
Encontró al fin la ranura e introdujo la llave; hizo una pausa, conteniendo el aliento. Si el hombre le había hecho daño al motor, estaban perdidos.
—¡Listos! —murmuró, dando arranque.
El motor tosió y volvió a apagarse con un gruñido. Les tragó saliva varias veces, mientras dirigía hacia la casa una mirada cargada de temor.
—¡Dios mío!, ¿no arranca? —susurró Marian.
Les sintió que se le erizaba la piel de los brazos y de las piernas.
—No sé —contestó con rapidez—. Tal vez esté frío solamente. Eso espero.
Contuvo el aliento una vez más, y volvió a dar arranque, tratando de apresurarse.
Sólo se produjo un ronquido aletargado. ¡Oh, Dios mío¡Le ha hecho algo al motor, pensó Les, desanimado y completamente tenso de terror. Una idea repentina le trazó profundas arrugas en la frente: ¿Y si lo empujáramos hasta el camino?
—¡Les!
Su esposa le apretaba el brazo; instintivamente, dirigió la mirada hacia la casa.
En una ventana del segundo piso había aparecido una luz.
—¡Oh, Jesús!, arranca de una vez —gritó ella, con voz entrecortada.
Apretó el botón con tanta fuerza que el dedo le quedó entumecido.
El motor comenzó a sacudirse; una ola de alivio lo invadió como una bendición. Ambos cerraron las puertas al mismo tiempo y en seguida trató de calentar el motor. Apenas había logrado ponerlo en primera cuando el hombre asomó el torso y la cabeza por la ventana. Pareció gritarles algo, pero el rugido del motor les impidió oírlo.
El coche dio un salto hacia adelante y se detuvo. Les volvió a insistir con el botón, dejando escapar un bufido de impotencia. El motor volvió a arrancar y él soltó el embrague. Las ruedas subían y bajaban por el terreno irregular.
Mientras tanto, el hombre había desaparecido de la ventana; Marian, que no perdía de vista la casa, vio encenderse una luz en la planta baja.
—Date prisa —rogó.
Lentamente, el coche empezó a tomar velocidad; Les lo puso en segunda, tratando de maniobrar en un cerrado semicírculo. Las ruedas patinaron sobre la tierra apelmazada, y lo puso en tercera para salir al callejón. Los faros delanteros proyectaron en la oscuridad un brillante cono de luz.
La repentina explosión que se produjo a sus espaldas les hizo saltar hacia adelante convulsivamente. En seguida un objeto extraño perforó el techo del coche, con un chirrido desagradable. Les hundió el acelerador hasta el suelo y el coche avanzó de un salto, balanceándose sobre el terreno.
Otro disparo rasgó la noche, haciendo saltar la mitad de la ventanilla posterior en una lluvia de fragmentos. Volvieron a encogerse bruscamente; Les dejó escapar un gruñido al sentir en el costado del cuello el borde filoso de una astilla.
Las manos le saltaron sobre el volante; el vehículo se hundió en un pozo pequeño, virando casi hasta la cuneta de la izquierda. Les se aferró con fuerza al volante y, empleando toda la energía que le quedaba en los brazos, volvió el coche hacia el centro del camino mientras gritaba a su mujer:
—¿Dónde está?
Ella se volvió con rapidez.
—No alcanzo a verlo…
El tragó saliva varias veces, mientras todo su cuerpo registraba los barquinazos del coche sobre los baches y las luces delanteras brincaban sin descanso, marcando el mismo ritmo enloquecedor.
Pensamientos angustiantes le aguijoneaban la imaginación: ir hasta el próximo pueblo, buscar al comisario, tratar de salvar al otro pobre diablo…
Llegó finalmente a un trecho liso del camino y volvió a pisar el acelerador. Ir hasta el próximo pueblo y…
Fue ella quien gritó:
—¡Cuidadoooo!
No tuvo tiempo de frenar. La parte delantera del Ford embistió el pesado portón que cruzaba el callejón, y el coche se detuvo con un golpe seco que les sacudió el cuello. Marian fue lanzada hacia adelante, y se golpeó el costado de la cabeza contra el parabrisas. El motor se apagó, al tiempo que los faros se hacían añicos.
El impacto dejó a Les sin respiración, haciéndolo rebotar contra el volante.
—¡Pronto, querida! —susurró.
—Mi cabeza, mi cabeza —musitó Marian, con un sollozo.
Por unos segundos Les, mudo e inmóvil, se limitó a mirarla, mientras ella sacudía la cabeza hacia ambos lados y se cogía la frente con la mano, en una expresión de fuerte dolor. Reaccionó al fin: abriendo la puerta, tomó la mano libre de su esposa.
—Marian, tenemos que irnos…
Bruscamente la sacó del coche, y la rodeó con su brazo para prestarle apoyo: ella continuaba llorando incontrolablemente.
Escuchó los pasos de las botas que se acercaban por detrás y pudo distinguir sobre el hombro el ojo de una linterna que los enfocaba.
Al llegar al portón, Marian se desplomó Les permaneció junto a ella, sosteniéndola, trémulo de impotencia, mientras el hombre se acercaba con la linterna en una mano y una pistola del cuarenta y cinco en la otra.
El hombre sólo dijo una palabra:
—¡Regresen! —ordenó, con la respiración entrecortada, agitando el caño de la pistola en dirección a la casa.
—Mi mujer está herida —dijo Les—. Se golpeó la cabeza contra el parabrisas… ¡No puede ponerla otra vez en esa jaula!
—¡Regresen, he dicho!
La determinación y el tono del hombre impresionaron a Les.
—Por favor, no puede caminar. Está inconsciente.
El cuerpo del hombre, desnudo hasta la cintura, se sacudía en temblores espasmódicos.
—Llévela alzada, entonces —le dijo.
—Pero…
—¿Quiere que lo acribille ahora mismo? —gritó el hombre, frenético.
—No, no —balbuceó Les, sin dejar de temblar, mientras levantaba el lánguido cuerpo de Marian.
El hombre se hizo a un lado, y Les emprendió el regreso tratando de vigilar al mismo tiempo sus pasos y la cara de Marian.
—Querida —susurró—. ¿Marian?
La cabeza de ella colgaba flácida sobre el brazo que la sostenía; con el vaivén de cada paso, el pelo rubio le rozaba las sienes y la frente.
Él había llegado al colmo de la tensión. Se sintió a punto de gritar, pero optó por formular una súbita pregunta por sobre el hombro:
—¿Por qué hace esto?
No hubo respuesta. Sólo se oía el rítmico taconear de las botas sobre los cráteres del suelo.
—¿Cómo es capaz de hacer esto? —insistió Les, con la voz quebrada—. Atrapar a un semejante y entregárselo a ese… ¡Dios sabe qué cosa es!
—¡Cállese!
Pero el tono del hombre empezaba a revelar más abatimiento que enojo.
—Mire, deje que se vaya mi mujer —repuso Les, impulsivamente—. Yo me quedo, si quiere, pero… ¡Por favor! Deje que ella se vaya.
El otro no respondió. Les volvió hacia Marian una mirada cargada de temores, mordiéndose los labios para no traicionar su frustración.
—Marian —dijo, temblando inconteniblemente en el frío nocturno—. Marian…
La casa solitaria se proyectaba sombría contra la lisa superficie del desierto.
―¡Por amor de Dios, no vuelva a ponerla en esa jaula! —gritó Les, en el límite de la desesperación.
―Regrese —repitió el hombre. Su tono inexpresivo, desprovisto de toda emoción, no dejaba entrever ninguna promesa.
Les estaba rígido. De haber estado solo, con toda seguridad hubiese girado sobre sus talones para saltar sobre el hombre. Nada habría logrado hacerlo trasponer nuevamente el cerco de la casa, ni acercarse a esas jaulas y al ser aquél.
Pero estaba Marian.
Pasó por sobre el rifle tirado en el suelo y oyó detrás de sí el gruñido del hombre al agacharse para levantarlo.
En ese momento lo dominaba una idea fija: cómo salir de ese lugar.
De pronto ocurrió algo inesperado. El hombre se le acercó apresuradamente por detrás; un pinchazo le hirió el hombro izquierdo. El súbito alfilerazo le quitó el aliento. Trató de reaccionar lo más rápidamente posible, volviéndose hacia el otro, pero tenía en los brazos el peso muerto de Marian.
—¿Qué pretende?
Pero ya era tarde. Antes de terminar la frase sintió que un líquido ardiente y aletargante le corría por las venas. Una pesada lasitud se apoderó de todos sus miembros; ni siquiera pudo oponer resistencia cuando el hombre le quitó a Marian de los brazos.
Dio un paso inseguro hacia adelante; la noche se pobló de incandescentes puntos luminosos. Sus piernas parecían de goma; debajo de él, el suelo era algo fluído como el agua.
—No —murmuró, entredormido.
Luego se desplomó, sin sentir siquiera el impacto de su cuerpo contra el suelo.
Tibio era el vientre de la esfera. Un vapor espeso y ondulante poblaba sus entrañas. El ser descansaba en la húmeda penumbra; su cuerpo informe se sacudía en latidos regulares y monótonos. Estaba satisfecho y cómodo, grotescamente enroscado, como un gato cósmico ante un enorme hogar.
Por dos días.
Una serie de gritos penetrantes despertaron a Les. Aunque lentamente, comenzó a reanimarse e hizo un esfuerzo por hablar, pero sus labios parecían hechos de cemento. Le colgaban insensibles, perdida por el momento la capacidad de pronunciar palabras. Haciendo un gran esfuerzo logró abrir los párpados, pesados como el plomo.
El aire de la jaula, poblado de extraños reflejos, parecía hervir. Los ojos vidriosos parpadeaban sin llegar a comprender. A sus costados, las manos inermes semejaban las inmóviles aletas de un pez moribundo.
El grito provenía de la jaula vecina. Terminado el efecto de la droga, aquel pobre diablo no podía reprimir la histeria. Él sabía los motivos.
La frente sudorosa de Les se plegó en arrugas paralelas. Por lo menos podía pensar. Su cuerpo insensible semejaba una piedra enorme e inútil, pero dentro de ese bulto paralizado, el cerebro continuaba trabajando.
Cerró los ojos. Lo más horrible de la situación era conocer el final. Permanecer tirado en aquel lugar, completamente indefenso, sabiendo de antemano lo que le estaba reservado.
Un temblor pareció sacudirle el cuerpo, pero no estaba seguro. ¿Qué sería aquella cosa? No tenía ningún punto de referencia para clasificarla, ninguna base racional de donde partir. Lo que había visto aquella noche estaba más allá de toda…
¿Qué día era? ¿Dónde estaba?
¡Marian!
Trató de volver la cabeza. Hizo un esfuerzo enorme, como si quisiera hacer rodar una enorme roca. La saliva le corría por las comisuras de los labios. Tras unos segundos de intensa concentración, logró abrir los ojos. El terror clavaba puñales en su cerebro, si bien su rostro no revelaba cambio alguno de expresión.
Marian no estaba junto a él.
Tendida blandamente sobre la cama, continuaba todavía bajo el efecto de la droga. El hombre había renovado la compresa fría que le cubría la frente hasta el cardenal de la sien derecha.
El hombre permanecía en silencio, mirándola. Acababa de regresar de las jaulas. Había ido a aplicarte una inyección al hombre que gritara. Se preguntó de qué estaría compuesta la droga que el ser le había proporcionado, y qué efecto tendría sobre las personas. Deseó, por alguna razón, que las dejara completamente insensibles.
Era el último día de vida que le quedaba a aquel sujeto.
No, se dijo a sí mismo. Era sólo imaginación de su parte; la mujer no se parecía en nada a Elsie. Era producto de su imaginación. Simplemente, deseaba que se pareciera. Ahí estaba la cosa. Tragó con dificultad. ¡Estúpido! Mentalmente se abofeteó con la palabra. No era parecida a Elsie.
Por un momento, recorrió con la mirada el cuerpo de la mujer: la suave elevación del busto, las caderas delicadas, las piernas bien formadas. Marian. Así la había llamado el marido. Era un lindo nombre.
Se alejó de la cama con un movimiento brusco y salió de la habitación.
¿Qué le estaba sucediendo? ¿Qué creía que iba a hacer? ¿Acaso dejarla escapar? Había sido una locura llevarla a la casa dos noches atrás y ponerla en el otro dormitorio. No tenía sentido. ¿Podía, acaso, permitirse algún sentimiento de conmiseración hacia ella o hacia nadie? Si cedía a ese tipo de impulso, estaba perdido. Eso era cosa segura.
Mientras descendía los escalones, trató de recordarse a si mismo el horror de ser absorbido dentro de esa masa gelatinosa. Trató de revivir aquella pesadilla, que superaba toda imaginación. Pero, por alguna razón, su mente no se concentraba en esa idea: el recuerdo desaparecía como una nube llevada por el viento, y quedaba vacante para pensar en esa mujer, Marian. Sí, se parecía un poco a Elsie; el mismo color de cabello, la misma boca… ¡No!
La dejaría en el dormitorio sólo mientras durase el efecto de la droga. Después volvería a ponerla en la jaula. Son ellos o yo, pensó. Trató de convencerse a sí mismo, repitiéndose la misma idea: Por nadie en el mundo voy a morir de esa manera.
Continuó discutiendo consigo mismo durante todo el camino hasta la estación de servicio.
Debo estar loco. He llegado al extremo de llevarla a mi casa y sentir compasión por ella, se djjo. No me lo puedo permitir; de ninguna manera. Todo lo que ella significa para mí son dos días. Eso es todo, dos días de tregua y nada más.
La estación estaba abandonada y silenciosa. Merv detuvo el camión y descendió.
Comenzó a pasearse nerviosamente entre las bombas, sintiendo el crujir de las botas sobre la tierra caliente. Su rostro estaba tenso de furia. No puedo permitir que se vaya. Las palabras eran como un látigo con el que se castigaba a sí mismo. Un súbito temblor le recorrió el cuerpo al darse cuenta que había estado en lucha contra sí mismo durante dos días enteros.
Apretó lo puños hasta la lividez. Si al menos se tratase de un hombre… Levantó el brazo izquierdo y se miró el bulto rojizo. ¿Por qué no podía arrancárselo de la carne? Por qué?
Entonces se acercó un coche. Era el coche polvoriento y recalentado de un viajante. Merv comenzó a llenar el tanque de nafta y a controlar el agua. Al mismo tiempo, protegido por el ala del sombrero, no cesaba de mirar al pequeño hombre de cara rojiza vestido con traje de lino y sombrero panamá. Podría cambiar a la mujer por él. Antes de formularse el pensamiento, ya había tomado cuerpo en su mente. Echó un vistazo a la matrícula: Arizona.
Contrajo los músculos de la cara. No. Siempre lo había hecho con coches de otros estados. Resultaba más seguro. Tendré que dejarlo ir, pensó con pena. No hay más remedio. No me puedo permitir el lujo.
Pero cuando el hombre comenzó a buscar en su billetera, Merv sintió que la mano se le iba a la tibia culata del cuarenta y cinco.
El hombrecito miró boquiabierto el arma.
—¿Qué es esto? —preguntó, débilmente.
Pero Merv no le contestó.
La negra mano de la noche rozó la burbuja palpitante. La Tierra emergía ante su líquida existencia. ¿Por qué el aire no le prestaba alimento suficiente? ¿Por qué era tan débil el empuje de la atmósfera? En esa tierra desgastada y agonizante se habían agotado los gases vivificantes.
En medio de su lento deslizar, durante su penoso avance, el ser pensó en escapar.
¿Cuánto hacia que se encontraba en tan desolado lugar? Imposible decirlo. En ese planeta el Sol salía y se escondía con una rapidez apabullante; la luz y la oscuridad se sucedían con la misma velocidad del relámpago.
En la nave, los instrumentos cronométricos estaban destrozados. Era imposible repararlos. Ya no había ningún patrón, ninguna guía métrica que sirviera de norma. Perdido en ese tenebroso desierto rocoso, el ser sólo podía deambular en busca de alimento.
En la tenebrosa distancia aparecía la morada del habitante de ese planeta: ángulos absurdos e insensatas alturas. Eran bestias estúpidas, incapaces de razonar, capaces sólo de emitir agudos chillidos y agitar los tentáculos como las plantas nocturnas de su propio planeta. Sus cuerpos, endurecidos por el calcio, deparaban escaso alimento, obligando al ser a comer con mucha más frecuencia.
Ya estaba cerca. El zumbido era más audible.
Como de costumbre, el animal estaba allí, tirado sobre el suelo con los tentáculos flojos y encogidos. Surgieron del ser oleadas de pensamiento, que absorbieron los jugos lánguidos de la mente del animal.
Si ésa era toda la inteligencia de que disponían, se hallaba en un territorio dominado por la barbarie. El ser continuó acercándose, sorbiendo e hinchándose sobre la tierra barrida por el viento.
El animal se agitó, provocando en el ser un sentimiento de repulsión. De no encontrarse hambriento y sin ayuda, jamás se forzaría a absorber esa bestia huesuda y temblorosa.
La burbuja rozó un tentáculo. El ser se derramó sobre la forma animal y se detuvo temblando. Sus células visuales le revelaron el ojo distendido del animal, que miraba hacia arriba. Sus células auditivas recogieron los ruidos salvajes y estrangulados que emitía el animal al morir. Las células táctiles distinguieron la débil agitación del cuerpo.
Y en lo más profundo de sí, el ser percibía el zumbido incesante que salía de la cueva oscura donde estaba el primer animal, agazapado y tembloroso, el que llevaba en el tentáculo el cono de localización.
El ser continuaba comiendo. Se preguntó si habría alimento suficiente para prolongar su vida… por mil años de tiempo terrestre.
Seguía tendido en el suelo de la jaula. De pronto, sintió la mirada del hombre clavada en él; el corazón comenzó a latirle con más fuerza. Pocos minutos antes había estado probando las paredes de la jaula; oyó entonces que la puerta de la cocina se cerraba de un golpe y los pasos de unas botas descendían la escalera. Reaccionó de inmediato, poniéndose de espaldas, mientras trataba, desesperadamente, de recordar la posición exacta en que había estado mientras durara el efecto de la droga; dejó caer las manos flojas a los costados, levantó levemente la pierna izquierda y cerró los ojos. El otro no debía darse cuenta de que había recuperado la conciencia. Tenía que abrir la puerta completamente desprevenido.
Hizo un esfuerzo para controlar su respiración, dándole un ritmo plácido y parejo, aunque le provocaba dolores de estómago. El hombre continuaba mirándolo en silencio. En cuanto abra la puerta saltaré sobre él, pensó Les.
Un escalofrío nervioso le hizo mover la garganta. ¿Se daría cuenta el hombre de que estaba fingiendo? Con todos los músculos en tensión, aguardaba el chirrido de la puerta al abrirse. Era su oportunidad para escapar.
No tendría ninguna otra ocasión para salvarse. Eso vendría esa noche.
De pronto, sintió que los pasos del hombre comenzaban a alejarse. Les abrió los ojos repentinamente, desfigurado su rostro por una expresión de horror e incredulidad. ¡El hombre no tenía intención de abrir su jaula!
Continuó tirado en la misma posición por un largo rato, tembloroso, mirando en silencio la ventana enrejada donde había estado el hombre unos minutos antes. Sentía deseos de llorar, de golpear los puños contra la puerta hasta hacerlos sangrar.
—¡No! ¡No! —murmuró, desfallecido.
Por fin hizo un esfuerzo y se puso de rodillas para mirar, con cautela, por sobre el borde de la ventana. El hombre no estaba a la vista.
Volvió a agacharse y comenzó a revisar sus bolsillos.
La billetera… no había nada que pudiera servirle: un pañuelo, un trozo de lápiz, algunas monedas, un peine.
Nada más.
Colocó todos esos adminículos en la palma de la mano y se quedó contemplándolos largo rato como si, de alguna manera, encerraran la respuesta a su desesperada situación. Tenía que haber una salida; no podía soportar la idea de acabar como el otro hombre, que el maldito lo dejara allí para que esa cosa lo…
—¡No!
Con un movimiento espasmódico, arrojó todas las cosas al suelo de la jaula, mientras los labios hacían un gran esfuerzo por contener un grito de indignación. No podía ser verdad; debía tratarse de un sueño espantoso.
Volvió a arrodillarse con desesperación y, una vez más, comenzó a palpar con sus dedos temblorosos las paredes de la jaula en busca de una hendija, un madero suelto, cualquier cosa.
Mientras continuaba su inútil búsqueda, hacía esfuerzos desesperados para no pensar en lo que la noche le depararía. Pero eso era lo único en lo que no podía dejar de pensar.
Ella se enderezó, jadeante; las manos callosas del hombre le acariciaban el pelo. Lo miró con los ojos desorbitados por el horror, y en ese momento él retiró la mano.
—Elsie —susurró.
El aliento cargado de whisky le daba en la cara; ella trató de echarse hacia atrás con un gesto de asco.
—Elsie —repitió él con voz espesa, mirándola con ojos vidriosos de borracho.
Ella se hizo atrás cuanto pudo, hasta apoyar la espalda contra el respaldo de la cama. El hombre aspiraba bocanadas de caliente aliento por la boca abierta; los mechones de pelo oscuro se le pegaban, húmedos, a las sienes.
—Elsie, fue sin querer —dijo—. Elsie…, por favor, no tengas miedo.
—¿Don…dónde está mi marido?
La tomó con fuerza de una mano, atrayéndola hacia sí como si fuera una muñeca de trapo. Lo tenía tan cerca que se sentía envuelta en su aliento.
—No —jadeó apenas, tratando de empujarlo hacia atrás por los hombros.
—Te quiero, Elsie. Te quiero.
—¡Les!
El grito estalló en la pequeña habitación. El hombre le tomó la mejilla en la mano, y ella apartó bruscamente la cabeza.
—¡Está muerto! —le gritó con voz ronca—. Lo devoró. Lo devoró, ¿me escucha?
Ella cayó contra el respaldo, enmudecida de horror.
—No —dijo, sin darse cuenta siquiera que había hablado.
—¿Cree que lo hice por mi voluntad? —preguntó él, con tono entrecortado, mientras una lágrima le surcaba la mejilla ennegrecida por la barba—. ¿Cree que sentí placer al hacerlo? —un sollozo le sacudió el pecho—. No quise hacerlo, pero usted no sabe…, no tiene siquiera una idea. Estuve dentro de eso. Sí, ¡oh Dios mío! No se imagina lo que es eso. No, no se lo imagina…
Se dejó caer pesadamente en la cama, sacudido por fuertes sollozos.
—No quería hacerlo. Por Dios, le digo que yo no quería…
Ella se apretó la boca con el puño cerrado. Le faltaba la respiración. Su mente hacía un enorme esfuerzo para no creer. No, no era verdad. No podía ser.
Bajó de la cama de un salto y en un segundo estuvo de pie. Fuera se estaba poniendo el sol. Trató de tranquilizarse a sí misma pensando que hasta la noche no vendría el monstruo; se decía que aún no estaba oscuro. Pero en realidad no sabía por cuánto tiempo había estado inconsciente.
El hombre la miró, con los ojos ribeteados de rojo.
—¿Qué hace?
Pero ella trató de correr hacia la puerta.
Cuando ya iba a abrirla, el hombre chocó contra ella y los dos dieron contra la pared. Sintió que se quedaba sin aliento; al mismo tiempo, la herida de la cabeza comenzó a palpitarle nuevamente. El hombre la sujetó, y sus manos comenzaron a recorrerle desesperadas los hombros y el pecho.
—Elsie, Elsie —murmuraba, mientras trataba de besarla.
En ese momento, la chica vio la pesada jarra sobre la mesa cercana. Sintió los dedos del hombre apretándola más y sus labios presionados contra los de ella. Asió entonces la jarra, la levantó y…
Grandes trozos de cerámica blanca se esparcieron sobre el suelo; el grito del hombre resonó en la habitación.
Marian se apoyó en la pared, tratando de recuperar el aliento; volvió la mirada hacia el cuerpo del hombre crispado en el suelo, y hacia los gruesos dedos que trataban de asir la alfombra.
Volvió la vista rápidamente a la ventana. Ya era casi de noche.
Con un movimiento rápido se inclinó sobre el cuerpo del hombre y revolvió los bolsillos del mono hasta encontrar el llavero. Salió corriendo de la habitación y pudo ver, por sobre el hombro, que el hombre se volvía para quedar de espaldas en el suelo mientras gemía.
Corrió por el pasillo y abrió de un tirón la puerta de entrada. Ya la sangre del crepúsculo teñía el contorno del cielo.
Saltó los peldaños de la galería y corrió en zigzag en torno a la casa, sin sentir siquiera las piedras que iba pisando. No apartaba la vista de la hilera de jaulas. No es cierto, no es cierto, se repetía mentalmente. Me mintió. A pesar de esos pensamientos que trataban de tranquilizarla no pudo contener un profundo sollozo.
Me mintió, se dijo.
La cortina de la noche descendía abruptamente mientras ella se acercaba a la primera jaula, sostenida apenas por sus temblorosas piernas.
Vacía.
Otro sollozo se ahogó en su garganta. Corrió hasta la otra jaula. ¡Le había mentido!
Vacía. ¡No!
―¡Les!
―¡Marian!
Con un impulso, él se enderezó en la jaula, con el rostro iluminado por una súbita esperanza.
—¡Oh, querido! —su voz se había convertido en un murmullo débil y vacilante—. Me dijo que…
—Marian, apresúrate, abre la puerta. Ya viene.
Un frío terror se apoderó nuevamente de ella. Instintivamente volvió la cabeza a un costado, y su mirada asombrada trató de penetrar el oscuro desierto.
—¡Marian!
Mientras probaba una de las llaves, las manos le temblaban incontrolablemente. Se mordió el labio hasta sentir dolor. Probó otra llave. Tampoco abría.
―¡Date prisa!
―¡Oh, Dios mío! —gimoteó ella, mientras sus manos inseguras probaban otra llave.
Tampoco correspondía.
—No puedo encontrarla…
—Está bien, tesoro —dijo él de pronto, como si otro hablara en su lugar… Está bien, no desesperes, hay tiempo de sobra ―respiró profundamente―. Prueba la otra llave. Está bien. Así. ¡Ah! No, esa no es. Prueba la otra…
Aunque trataba de darle ánimo, el estómago se le retorcía en un nudo cada vez más apretado.
Los dientes de Marian perforaban la piel del labio inferior. Dio un respingo y dejó caer el llavero. Exhaló un quejido ahogado, en tanto se agachaba para levantarlo. Podía escuchar, a través del desierto, el resuello sibilante, cada vez más poderoso.
—¡Oh, Les, no puedo, no puedo!
—Está bien, querida —dijo él, súbitamente resignado—. No importa, corre hacia el camino.
Ella lo miró, vacío el rostro de toda expresión.
—¿Qué?
—Querida, ¡por amor de Dios! No te quedes allí parada… ¡Corre!
Ella trató de juntar el resto de aliento que aún le quedaba, controló el temblor de sus manos y volviendo a clavarse los dientes en el labio lastimado, probó otra llave, después otra y la siguiente, mientras Les la miraba horrorizado, tratando de vigilar el desierto oscuro por sobre su hombro.
—Oh, querida, no…
La cerradura quedó abierta de golpe. Con un gruñido irreprimible, Les empujó la puerta y tomó la mano de Marian; el chasquido sibilante temblaba en el aire nocturno.
—¡Corre! —jadeó Les—. No mires hacia atrás.
Corrieron a toda velocidad, alejándose desesperadamente de las jaulas, y de la masa gelatinosa de dos metros de altura que temblaba como un gran borbotón de vida arrojado por una escudilla pantagruélica. Trataron de no oír, de no ver, con los ojos siempre hacia adelante; corriendo sin interrupción a grandes trancos, impulsados por el miedo.
El coche estaba otra vez frente a la casa; tenía hundida la parte delantera. Abrieron las puertas de un golpe y subieron rápidamente. La temblorosa mano de Les encontró la llave de contacto. La hizo girar y dio arranque.
—¡Les, viene hacia aquí!
Los engranajes chirriaron y el coche dio un brinco hacia adelante. Él no miró hacia atrás; cambió la marcha, pisando el acelerador para salir al callejón.
Giró a la derecha, dirigiéndose al pueblo que recordaba haber pasado, hacía tanto tiempo que parecían años. Hundió hasta el piso el pedal del acelerador y el coche empezó a tomar velocidad. Sin faros delanteros no podía ver el camino, pero tampoco podía levantar el pie; parecía pegado al pedal.
El coche rugía por el camino oscuro; Les respiró normalmente por primera vez.
El ser se balanceaba sobre el suelo, soltando espumarajos por la furia contenida en sus tejidos; el animal no había cumplido con lo pactado, no veía alimento para él. El ser continuó arrastrándose, formando círculos de furia, siempre en busca de algo; las células visuales registrando el suelo. Su informidad acorazada y luminosa recorría la tierra resquebrajada. Se dirigió a la casa como una ola viscosa, acercándose al zumbido que emitía el cono.
El brazo de Merv hizo un movimiento espasmódico; se irguió de un brinco, con los ojos muy abiertos, tratando de ver. Los alfilerazos de dolor que sentía en la cabeza y en el brazo le revelaron que volvía en sí. El cono parecía una araña que hurgaba, que le hincaba las patas filosas como navajas, tratando de penetrar más profundamente en su carne. Se puso de rodillas haciendo un gran esfuerzo; el dolor le nublaba la mirada.
Apenas se había puesto de pie cuando un ruido estrepitoso conmovió toda la casa. Tuvo una violenta convulsión, y la mandíbula se le aflojó de dolor. La punzada en el brazo era cada vez más intensa; de pronto, supo la verdad. Jadeante, dio un salto hasta el vestíbulo para mirar hacia el oscuro pozo de la escalera.
El ser ascendía la escalera ondulando espasmódicamente; sus setenta ojos brillantes y deformes se adelantaban hacia el animal. Su amorfo bulto se sacudía con gruñidos y siseos furiosos; se levantaba y dejaba caer por los escalones.
Los escalones de atrás eran su única salvación. Ya no podía respirar, siquiera; el aire parecía licuado en sus pulmones. Los tacos de sus botas repiquetearon por el vestíbulo y a través del dormitorio oscuro. Detrás se oía el ruido de la barandilla que cedía y estallaba en pedazos al llegar el ser al segundo piso, doblado como una vejiga bifurcada, para desplegarse nuevamente y seguir avanzando.
Merv se lanzó por la empinada escalera, agarrándose con manos temblorosas de la barandilla; el corazón le martillaba en el pecho sin control. El dolor que le atenaceaba el brazo le arrancó un grito ronco.
Estuvo a punto de perder el sentido.
Al llegar al último escalón, oyó destrozarse la puerta de su dormitorio y la furia incontrolada del ser mientras…
Se hundía y levantaba nuevamente para pasar la puerta de la escalera posterior, haciéndola astillas para acomodar su volumen. Podía escuchar abajo los latidos del animal en fuga. Perdió de pronto su adhesividad, y salió rodando por las escaleras, mientras sus setecientos tentáculos se aferraban a las astillas de madera.
Cayó sobre el ultimo peldaño, su bulto informe chocó contra la puerta y se esparció en el suelo de la cocina.
Merv se acercó a la repisa de la sala. Levantó el brazo, apuntando hacia abajo con el máuser, al tiempo que giraba sobre sus talones; en ese momento, el ser desbordado cayó como una cascada luminosa a través de la puerta.
En la habitación resonaron vanas explosiones: Merv descargaba el arma sobre el bulto que se aproximaba. Las balas saltaron impotentes de sus cápsulas. El hombre dio un salto hacia atrás, con un grito de horror, dejando caer el arma. Un movimiento del brazo descolgó el retrato de su esposa, que se destrozó contra el suelo. Su mente enferma alcanzó a ver la cara sonriente de Elsie, detrás del vidrio destrozado.
Luego apretó algo duro con la mano, y supode inmediato, lo que debía hacer.
Dio un salto hacia el costado; al mismo tiempo, la masa brillante retrocedió para arrojarse sobre él. La repisa se hizo astillas, la puerta explotó hacia fuera.
Entonces, mientras el ser volvía a levantarse para arrojarse sobre él, Merv quitó el resorte de la granada y la apretó contra su pecho.
―Bestia estúpida… Te mataré por…
¿DOLOR?
Los tejidos explotaron desgarrando la cobertura, y el ser corrió por el suelo como un torrente de lava disuelta.
El silencio invadió la habitación. Una a una se iban apagando las fuentes de pensamiento del ser, a medida que la atmósfera ahogaba la vida en cada uno de sus tejidos. Sus restos se estremecieron débilmente, las células del ser y sus gelatinosas membranas fueron traspasadas por la agonía. Los pensamientos se desvanecían.
Quedaban sólo gotas de los fluídos vitales, de los rayos de lámpara que daban calor y vida a la materia palpitante. Las células se dividían, los distintos organismos perdían su independencia, el ondulante contenido de la vejiga de comida se distendía, se hinchaba. ¿Dónde están los amos, que me dieron vida para que pudiera alimentarlos sin perder jamás mis fuerzas y mi forma?
Entonces el ser, originado en tumores hidropónicos, murió, habiendo olvidado que había devorado al amo dormido, ingiriendo, junto con su cuerpo, todo el conocimiento que encerraba su cerebro.
Ese año, la mañana del sábado 22 de agosto se produjo una violenta explosión en el desierto; quienes estaban a treinta kilómetros de distancia recogieron en sus patios extraños trozos de metal.
Debió de ser un meteoro, dijeron. Pero era sólo por decir algo.
Se cernía en las tinieblas; la corteza metálica fulguraba tenuemente en silencio, impulsada hacia arriba por fuerzas antigravitatorias. La mortaja de la noche cubría el planeta alejado de la luna. Abajo, en la región cubierta por las sombras, un animal contemplaba con ojos desorbitados la fosforescencia mortecina de la esfera suspendida en lo alto. Contracción de músculos. Sordo tamborilear de garras que huyen sobre la superficie dura de la tierra. Otra vez el silencio solitario, rasgado apenas por el susurro del viento Horas. Horas negras en su lenta metamorfosis, al gris primero y después a un rosado difuso. Moteada por los primeros rayos solares, la esfera metálica resplandecía con un suave fulgor ultraterreno.
Fue como introducir la mano en un horno ardiente.
—¡Oh, Dios mío, cómo quema! —dijo él con una mueca, y volvió a posar la mano sobre el volante húmedo de sudor.
—Es tu imaginación —dijo Marian.
Estaba aplastada contra las fundas de plástico recalentado que cubrían el asiento. Un kilómetro atrás había asomado los pies por la ventanilla, sin quitarse las sandalias. Tenía los ojos cerrados, y el aliento entrecortado se escapaba entre sus labios resecos. El viento cálido le abanicaba la cara, desordenándole los cortos cabellos rubios.
Se retorció incómoda, mientras tironeaba del angosto cinturón de los shorts.
—No hace calor —afirmó—; está tan fresco como un oasis.
—¡Ojalá! —masculló Les.
Se inclinó levemente hacia adelante y la camisa húmeda, pegada a la espalda, le hizo rechinar los dientes.
—El peor mes para conducir —refunfuñó.
Habían partido de Los Angeles, tres días antes, rumbo a Nueva York, para visitar a la familia de Manan. Desde el principio, las temperaturas habían sido verdaderamente tropicales; después de tres días de calor bochornoso, estaban sin energías.
Por otra parte, el ritmo que se habían impuesto no contribuía a mejorar las cosas. Seiscientos kilómetros por día, teóricamente no parecían excesivos; pero en la práctica conducir a esa velocidad era un verdadero martirio. Había que viajar por desvíos polvorientos, levantando nubes de tierra por los tramos de caminos en reparación, cubiertos de baches, y tratando de no sobrepasar los treinta kilómetros por hora para no quebrar un eje ni desnucarse; y cada media hora, más o menos, debían ascender largas cuestas empinadas que ponían el agua del radiador casi en el punto de ebullición. Después se veían forzados a esperar largos minutos ―en medio del calor sofocante― para que el motor se enfriara, ayudándolo, a veces, con un poco del agua que llevaban para ellos. No había más remedio que sentarse a esperar en medio de aquel horno.
—De este lado ya estoy listo, dame vuelta —dijo Les, sin aliento.
—Ja, ja —repuso Marian en voz baja.
—¿Queda un poco de agua?
Marian extendió la mano izquierda para levantar la pesada tapa de la nevera portátil. Tanteó en el fresco interior hasta encontrar el termo y lo sacudió.
—Vacío —anunció, con un gesto de desaliento.
—Como mi cabeza —agregó él, en tono disgustado—. ¿Cómo acepté esto de conducir hasta Nueva York, en pleno mes de agosto?
—Bueno, bueno, basta ya —contestó ella, perdiendo el deseo de bromear—. No te acalores.
—Maldición —replicó Les ásperamente—. ¿Cuándo volverá este infernal desvío al maldito camino?
—Maldito, maldito, maldito —repitió ligeramente el eco femenino.
Él no replicó, pero sus manos se crisparon con fuerza sobre el volante.
Llevaban horas viajando por ese maldito camino, apartados de la ruta, que estaba en reparación, debido a un solo letrero: “Ruta 66 - Desvío”. Después de haber cruzado más de cinco intersecciones en menos de dos horas, ya ni siquiera estaban seguros de encontrarse en el camino correcto. Apresurados por dejar atrás el desierto, no habían prestado demasiada atención a las señales de los cruces.
—Querido, allí hay una estación —dijo Marian—; quizá nos den un poco de agua.
—Y nafta, de paso —agregó él, mientras miraba la aguja del indicador—. Y alguna indicación para volver al camino.
—Al maldito camino —agregó ella.
El asomo de una sonrisa cambió apenas la expresión de Les, mientras se desviaba del sendero. Detuvo el coche frente a dos bombas de gasolina con la pintura descascarada, plantadas frente a una casucha precaria.
—Este lugar se las trae —dijo él, sin ningún entusiasmo.
—Para gente de categoría —agregó Marian, volviendo a cerrar los ojos y respirando agudamente con la boca abierta.
Nadie salió de la casita.
—Por favor, no me digas que está abandonada —dijo Les, disgustado, después de echar una mirada alrededor.
Marian abrió los ojos y bajó sus largas piernas.
—¿No hay nadie por aquí? —preguntó.
—No parece —dijo Les.
Abrió la portezuela, arriesgándose a salir. Cuando se puso de pie, un gruñido involuntario le sacudió el cuerpo y sintió que se le aflojaban las rodillas. Era como si lo hubieran sumergido en un baño caliente.
—¡Dios mío! —exclamó, apartando la vista de las reverberaciones oscuras que le lamían los tobillos.
—¿Qué sucede?
—¡Este calor! —respondió.
Cruzó el pedazo de tierra caliente y resquebrajada y pasó entre las dos bombas, que lucían sus manijas herrumbradas, para llegar a la puerta de la casita. Y no hemos hecho siquiera un tercio del camino, murmuró tristemente para sí.
A su espalda, Marian cerró la portezuela con un golpe seco; Les oyó el rumor de sus sandalias sobre el suelo.
La sensación de frescura que se desprendía de la oscuridad duró sólo un segundo. En seguida el aire húmedo y viciado envolvió a Les, haciéndole bufar de disgusto.
La casita estaba desierta. El reducido espacio incluía una mesa ―cuyas patas desparejas sostenían una superficie llena de cicatrices―, una silla sin respaldo, y un surtidor de Coca Cola cubierto de telarañas; sobre la pared, almanaques y listas de precios. Un raído visillo cubría la ventana hasta el marco inferior, dejando pasar una luz mortecina a través de sus numerosas rasgaduras.
Retrocedió hacia la puerta, haciendo crujir las maderas del suelo.
—¿No hay nadie? —preguntó Marian.
Él negó con la cabeza. Por un momento se miraron sin expresión. Ella se enjugó la frente con el pañuelo húmedo.
—Bueno, ¡adelante! —dijo, en tono agrio.
En ese momento se escuchó el matraqueo de un coche por el desparejo sendero que iba desde el camino al desierto. Alejándose unos pasos de la casita, divisaron un viejo camión remolcador de fabricación casera, que se acercaba ruidosamente a la estación, en una línea no muy recta. A lo lejos, más allá del camino, sobresalía la baja silueta de la casa de donde había salido.
—Llegan socorros —dijo Marian—. ¡Ojalá que traigan agua!
Mientras el camión frenaba con un chirrido junto a la casita, pudieron ver la cara quemada por el sol del hombre que conducía. Era un individuo de treinta y tantos años, de aspecto hosco, vestido con una camisa y un mono azul desteñido cubierto de remiendos. Por debajo del sombrero manchado de grasa asomaban unos mechones de cabello largo y lacio.
El gesto que les hizo al salir del camión no fue una sonrisa. Fue algo parecido a una contracción nerviosa de la inexpresiva boca, de labios delgados. Se acercó a ellos en varios trancos espasmódicos, paseando la mirada del uno a la otra.
—¿Quieren gasolina? —preguntó a Les, con voz dura y ronca.
—Sí, por favor.
Por un momento, el hombre miró a Les como si no comprendiera. Luego, se dirigió al Ford con un gruñido, sacando la llave de la bomba del bolsillo posterior del mono. Al llegar frente al guardabarros delantero echo un vistazo a la matrícula.
Trató de desenroscar la tapa del tanque de gasolina con sus dedos callosos, y se quedó mirándola estúpidamente.
—Tiene llave —le explicó Les, apresurándose a alcanzárselas.
El hombre las tomó en silencio y abrió la cerradura. Sacó la tapa y la colocó sobre el cierre del portaequipajes.
—¿Quiere común? —preguntó, levantando la mirada, oculta por las anchas alas del sombrero.
—Sí —contesto Les.
—¿Cuánto?
—Puede llenarlo.
El hombre posó apenas la mano sobre el capot ardiente y la retiró con brusquedad, dejando escapar una exclamación. Sacó un pañuelo y se envolvió la mano para levantar el capot. Al desenroscar la tapa del radiador, el agua hirviente salió en espumarajos, derramándose sobre el suelo reseco entre nubes de vapor.
—Lo único que faltaba… —murmuró Les para sí.
El agua de la manguera estaba casi a la misma temperatura. Mientras Les la aplicaba al radiador, Marian se acercó y puso el dedo en el líquido que salía en lentos borbotones.
—¡Oh, Dios! —exclamó, desilusionada. Mirando al hombre del mono, preguntó—: ¿No tiene un poco de agua fresca?
El hombre permanecía con la cabeza inclinada, apretada la boca en una línea estrecha y las comisuras hacia abajo. Marian volvió a repetir la pregunta, sin obtener respuesta.
—El clásico arizoniano de sangre de horchata —susurró a Les, y se acercó al hombre para preguntarle—: Disculpe…
Él levantó la cabeza, sobresaltado, revelando de pronto el brillo oscuro de sus ojos.
—¿Sí, señora? —dijo rápidamente.
—¿Nos podría conseguir un poco de agua fresca, para beber?
El grueso pellejo de la garganta se estremeció.
—Aquí no hay, señora —dijo—, pero… ―la voz se le quebró, y continuó mirándola sin expresión—. Ustedes son de California, ¿no es cierto? —preguntó.
—Así es.
—Van… ¿muy lejos?
—A Nueva York —contestó ella, con impaciencia—. Pero, ¿no es posible que tenga…?
—Nueva York —repitió el hombre—. Bastante lejos ―sus desteñidas cejas se unieron en medio de la frente.
—¿Qué pasa con el agua? —insistió Marian.
—Bueno… —respondió él, haciendo un esfuerzo por sonreír—. Aquí no hay, pero si quieren ir hasta mi casa, mi mujer les dará agua.
—Ah, menos mal —dijo Marian encogiéndose levemente de hombros.
—Mientras mi mujer les trae el agua, pueden ver el zoológico que tengo —dijo el hombre, agachándose junto al guardabarros para comprobar si el tanque se estaba llenando.
—Tenemos que ir a su casa para conseguir agua —anunció Marian a Les, que revisaba una de las baterías.
—¿Qué? Oh, está bien.
El hombre desconectó la manguera y volvió a tapar el tanque de nafta.
—Así que Nueva York, ¿eh? —repitió, mirándolos.
Marian asintió con una sonrisa amable. Les bajó el capot y la pareja entró en el coche para seguir tras el camión hasta la casa.
—Tiene un zoológico —dijo Marian, inexpresiva.
—Qué bien —repuso Les, poniendo en marcha el coche para bajar la suave pendiente.
—Me enfurecen —dijo Marian.
Habían visto docenas de esos zoológicos desde que salieron de Los Angeles. Por lo general, se encontraban cerca de las estaciones de servicio, para atraer clientes. Casi sin excepción, eran colecciones lastimosas: pequeñas jaulas áridas en las que tiritaba algún zorro enflaquecido, cuyos apagados ojos completaban el aspecto enfermizo. Unas cuantas serpientes se enroscaban aletargadas y, tal vez, algún águila con las plumas apolilladas miraba hacia abajo desde una jaula. Por lo general, en medio de esa exhibición denominada pomposamente zoológico había alguno que otro lobo, o un coyote encadenado, lastimosa bestia que recorría constantemente el mismo círculo determinado por la cadena. Nunca miraban a la gente; los ojillos enrojecidos vagaban siempre hacia adelante, indiferentes, mientras el animal caminaba incesante, las patas delgadas como palos.
—Los detesto —dijo Marian, con amargura.
—Ya lo sé, querida —contestó Les.
—Si no fuera porque necesitamos agua, no me acercaría a esa casa vieja.
—Está bien —dijo Les, con una sonrisa.
Mientras trataba de esquivar los baches del callejón, agregó, haciendo castañetear los dedos:
—¡Ah! Olvidé preguntarle cómo debo hacer para volver al camino.
—Podrás preguntarle cuando lleguemos a la casa —dijo ella.
Era una estructura de dos pisos, de un descolorido tono parduzco. Detrás había una hilera de cobertizos bajos, casi cuadrados.
—El zoo —anunció Les—. Tigres, leones, toda clase de animales.
—¡Tonterías! —replicó ella.
Frenó el coche frente a la silenciosa casa. Al mismo tiempo, el hombre del sombrero saltó del polvoriento asiento del camión.
—Ya les traigo el agua —dijo rápidamente, dirigiéndose a la casa. Se detuvo por un momento, echando un vistazo hacia atrás, hizo un gesto con la cabeza y dijo—: El zoológico está atrás.
Le vieron subir los escalones de la vieja casa. Les se desperezó con ganas, parpadeando bajo el fuerte resplandor del sol.
—¿Quieres ir a ver el zoológico? —preguntó, tratando de no sonreír.
—No.
—Oh, vamos…
—No quiero ver eso.
—Yo voy a echar un vistazo.
—Bueno, está bien —dijo ella—. Pero sé que me voy a enojar.
Caminaron en torno a la casa hasta llegar a un costado protegido por las sombras.
—¡Oh, qué bien se está aquí! —exclamó Marian.
—Escucha, se olvidó de cobrarnos…
—Ya lo hará —dijo ella.
Se acercaron a la primera jaula y miraron por la pequeña ventanilla, asegurada con pesados tornillos.
—Vacía —dijo Les.
—¡Qué bien!
—Si así es el resto…
Se acercaron lentamente a la jaula siguiente.
—Mira qué pequeñas son —dijo Marian, con pena—. ¿Acaso a él le gustaría estar encerrado en un lugar reducido? ―se detuvo en seco—. No. No quiero ver —dijo—. No quiero ver sufrir a esas pobres bestias.
—Voy a dar un vistazo, nada más —dijo él.
—Eres un malvado.
Se acercó a la segunda jaula. Lo que allí vio le arrancó una exclamación de asombro.
—¡Marian!
El grito le puso la piel de gallina.
—¿Qué pasa? —preguntó, mientras corría, ansiosa, hacia donde estaba él.
—¡Mira!
—¡Oh, Dios mío! —susurró, temblorosa.
Dentro había un hombre.
Ella permaneció mirándolo con una expresión de incredulidad, sin sentir siquiera las gruesas gotas de sudor que le corrían por la frente hacia las sienes.
El hombre, echado en el suelo sobre una mugrienta frazada del ejército, parecía una muñeca con las articulaciones rotas. Sus ojos abiertos nada veían. Las pupilas dilatadas indicaban que estaba drogado. Las manos sucias descansaban exangües sobre el suelo cubierto de paja, como torcidos sarmientos de piel y hueso. Su boca entreabierta y floja era una herida que dejaba entrever los dientes amarillentos. Los labios resecos estaban partidos.
Les se volvió, y su mirada se cruzó con la de Marian; la vio palidecer sin que el rostro, tenso, modificara su expresión.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, temblándole la voz.
—No lo sé… ―volvió los ojos hacia la jaula, como si le costara creer lo que había visto. Miró nuevamente a su mujer y repitió—: No lo sé.
El corazón le latía con fuerza en el pecho. Continuaron mirándose por unos segundos, los ojos muy abiertos llenos de sorpresa e incredulidad.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Marian, en un susurro.
Les tragó saliva, como si algo duro se le hubiera atravesado en la garganta, y volvió la vista hacia la jaula. Casi involuntariamente, dijo:
—¡Hola! Dígame, ¿no puede…?
El hombre estaba en estado comatoso; su garganta se agitó, pero sin ruido alguno.
—Les, ¿y qué pasaría si…?
Los cabellos de Les se erizaron súbitamente: Marian observaba con mudo recelo la tercera jaula.
Echó a correr, y sus pasos repercutieron sobre la tierra reseca, levantando polvo. Al llegar a la jaula siguiente, exclamó:
—¡No!
Dejó que Marian se acercara, sacudido por violentos escalofríos.
—¡Pero por Dios, esto es monstruoso! —gritó ella, mirando horrorizada al segundo hombre enjaulado.
El hombre les dirigió una mirada vidriosa y sin vida. Por un momento, su cuerpo laxo trató de incorporarse un poco, y sus labios se agitaron en un esfuerzo por hablar. Por las comisuras le corría un hilo de saliva que llegaba hasta el mentón, ennegrecido por la barba. Su cara sudorosa, surcada por líneas de mugre, parecía una máscara de súplica impotente. Después, la cabeza le cayó sobre el hombro y los ojos rodaron hacia atrás.
Marian se alejó de la jaula, tomándose la cara entre las manos temblorosas.
—Ese hombre está loco —susurró, dirigiendo una dura mirada hacia la casa silenciosa.
Les se volvió súbitamente: los dos se acordaron del dueño de la casa que los enviara a ver el zoológico.
—Les, ¿qué podemos hacer? —preguntó Marian con un tono de creciente histeria.
Les se hallaba desprovisto de toda sensación, aniquilado por el impacto de lo que acababan de ver. Por largo rato permaneció inmóvil, tembloroso, mirando a su mujer como si todo formara parte de un sueño fantástico.
Al fin logró pronunciar algunas palabras, sintiendo que el calor lo envolvía en una oleada sofocante.
—Huyamos de aquí —dijo de pronto, tomándole la mano.
Sólo se oía el ronco jadeo de los dos y las rápidas pisadas de Marian sobre el suelo endurecido. El intenso calor parecía vibrar, quitándoles el aliento y cubriéndolos de sudor.
—Más rápido —balbuceó Les, tironeándola de la mano.
Pero al llegar a la esquina de la casa, retrocedieron con una violenta contracción de músculos.
—¡No! —gritó Marian.
Simultáneamente, su rostro se transformó en una torcida máscara de terror.
Allí, parado entre ellos y el coche, el hombre les apuntaba con una escopeta de doble caño.
Sin saber porqué, un pensamiento cruzó rápidamente la imaginación de Les: nadie sabía dónde estaban él y Marian; nadie sabría siquiera por dónde empezar a buscarlos. Ya dominado por el pánico, recordó que el otro había mirado la matrícula de California.
Se oyó entonces la voz dura e inexpresiva del hombre ordenándoles:
—Y ahora, vuelvan al zoológico.
Después de encerrarlos en una de las jaulas, Merv Ketter volvió lentamente hacia la casa, con la pesada arma colgando del brazo derecho.
Durante todo el proceso no había experimentado ningún placer en lo que hacía; sólo una sensación temporal de alivio, que alcanzó a distender levemente la tensión de su cuerpo. Pero la tensión volvía gradualmente a apoderarse de él. Sólo desaparecía en los escasos minutos que requería atrapar y enjaular a otra persona. Y en esa ocasión parecía aún más fuerte. Era la primera vez que ponía a una mujer en una de las jaulas. Consciente de esa circunstancia, sintió en el pecho un frío nudo de desesperación. Una mujer…, había enjaulado a una mujer. Con la respiración agitada, ascendió los escalones desvencijados de la galería posterior.
Segundos después, mientras la puerta de tejido se cerraba tras él, apretó los labios en un rictus desafiante. “Y bien, ¿qué pretendían de mí?”, pensó. Arrojó bruscamente la escopeta sobre la mesa de la cocina, cubierta con un hule amarillo. Otro resuello profundo pareció partirle el pecho. “¿Qué otra cosa podía hacer?”, se preguntó, como si entablara una discusión consigo mismo.
Al ir hacia la tranquila sala, salpicada por medallones de sol, el eco de sus botas resonó sobre el gastado linóleo. Desanimado, se dejó caer pesadamente sobre un viejo sillón, levantando un poco de polvo. ¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía alternativa.
Volvió a mirarse por milésima vez, en el brazo izquierdo, el pequeño bulto rojizo inserto bajo la curva del codo. Incrustado en su carne, el pequeño cono metálico continuaba zumbando suavemente. No tenía necesidad de escucharlo, jamás dejaba de zumbar.
Estaba exhausto. Se dejó caer hacia atrás con un gruñido, apoyando la cabeza en el alto respaldo del sillón. Dejó vagar la mirada opaca hasta el otro extremo de la habitación, a través de los rayos temblorosos de luz, llenos de partículas de polvo suspendidas Allí estaba la repisa de la chimenea; sobre ella, el rifle Mauser, la pistola Luger, el proyectil de mortero y la granada de mano: todas sus armas bien conservadas. Por su atormentado cerebro pasó la vaga idea de apoyar la pistola contra la sien, acercar el Mauser a su costado y colocar la granada junto al estómago, tirando de la clavija.
Héroe de guerra. La frase le arañaba cruelmente la conciencia. Hacía mucho que había perdido todo significado para él, que había dejado de ser un consuelo. Ser un soldado condecorado con medallas y cintas, objeto de admiración y alabanzas, en un tiempo había tenido algún sentido…
Después, Elsie había muerto. Entonces, las batallas y el orgullo se convirtieron en cosa del pasado. Quedó solo en ese desierto, con sus trofeos, sus medallas y nada más. Hasta que un buen día se internó en el desierto, dispuesto a cazar.
Permaneció inmóvil, con los ojos cerrados; sólo la agitación de su garganta revelaba una íntima perturbación. ¿De qué valía pensar y lamentarse? Sólo le quedaba el deseo de vivir. Quizá fuese un deseo estúpido e inútil, pero así y todo era muy real, y no podía ignorarlo ni desembarazarse de él. Ni siquiera cuando hubieron desaparecido dos hombres, o cinco; no, ni aún cuando fueron siete.
Sin piedad se clavó las sucias uñas en la palma de la mano, hasta hacer brotar la sangre. Una idea lo rondaba, sin darle tregua: una mujer, una mujer era diferente. Nunca había pensado enjaular a una mujer.
Se descargó con fuerza un puñetazo sobre la pierna, tratando de desahogar su ira. No había podido evitarlo. Por cierto, había visto la patente de California, pero en ese momento no pensó hacerlo. Fue después, cuando la mujer le pidió agua; entonces sintió que no tenía alternativa: debía hacerlo.
Le quedaban dos hombres solamente.
Al enterarse de que la pareja iba a Nueva York, la tensión comenzó a ir y venir, a aflojar y apretar, con un ritmo implacable, revelándole, en su propia carne, lo que sucedería: iba a decirles que fueran a ver el zoológico.
De pronto pensó que habría sido mejor aplicarles una inyección. Podían gritar. No le importaba tanto por el hombre; estaba acostumbrado a oír gritos de hombres. Pero de una mujer…
Merv Ketter abrió los ojos y miró, despojado de toda esperanza, la repisa de la chimenea: el retrato de su mujer muerta, las armas que fueran su gloria… y que ahora carecían de sentido; meros trozos de acero y madera sin valor alguno, sin esencia.
Héroe.
La palabra le dio náuseas.
El viscoso latido comenzó a apagarse y se detuvo por completo por un instante para recomenzar después, llenando el interior de la concha con un siseo espumoso. Una agitación ondulante se propagó a través de varias formaciones musculares. La criatura se agitó. Había llegado la hora.
Una idea. La informe burbuja de aire, transparente como un velo, se aglutinó solidificándose. La criatura comenzó a moverse: primero una ondulación, después un gelatinoso serpentear dentro de la burbuja resplandeciente. Un golpe seco, un movimiento escurridizo; un cúmulo de tejidos viscosos que emergen con un temblor.
La idea otra vez. Una onda directriz. La entrada en la atmósfera, con un siseo. El sordo balanceo de metales. Se abre. Se cierra con un chasquido.
Es la hora en que la sangre del crepúsculo bordea el horizonte. Henchida de algo informe y vivo, la esfera descolorida comienza una lenta y silenciosa inmersión en el aire.
La tierra se va enfriando. La criatura se posa, al fin, sobre la superficie. Ha llegado. Todo ser vivo huye espantado ante su avance implacable. Allí por donde pasa, el suelo conserva una estela iridiscente con tonos cambiantes de verde y amarillo.
—Cuidado —susurró Marian.
Sorprendido, Les estuvo a punto de dejar caer la lima de uñas. Escondió la mano con un movimiento brusco, y un tic nervioso comenzó a tironearle la mejilla cubierta de sudor. Retrocedió un poco hacia la sombra.
El sol casi se había puesto.
—¿Viene hacia aquí? —preguntó Marian, afónica por la sed.
—No lo sé.
Aguardó, tenso, mientras el hombre del mono se acercaba, haciendo taconear sus botas en el suelo reseco. Hizo un esfuerzo para tragar, pero el calor de la tarde le había absorbido toda la humedad; su garganta emitió un chasquido inútil. ¿Qué sucedería si el hombre descubría la profunda ranura limada en la barra de la ventana?
Con el rostro impasible, el hombre del sombrero caminaba rápidamente, describiendo con sus brazos pequeños y tensos arcos a los lados del cuerpo.
—¿Qué pensará hacer? —preguntó Marian. El repentino retorno del miedo le había hecho olvidar, por un momento, la incomodidad física.
Les se limitó a mover la cabeza. Toda la tarde se había estado haciendo la misma pregunta. Desde los primeros minutos de horror, cuando el hombre los encerrara para volver después a la casa, hasta el momento en que Marian encontró la lima de uñas en el bolsillo de sus pantalones. Entonces, el pánico que los dominara había cedido un tanto ante la esperanza de evadirse. Pero la misma pregunta lo había estado torturando sin cesar: ¿qué iría a hacer aquel hombre con ellos?
Pero esa vez el hombre no se dirigía a la jaula donde estaban. Un alivio momentáneo hizo aflojar la tensión que los atenaceaba. El hombre ni siquiera miró en esa dirección. Hasta parecía que sus ojos evitaban dirigirse hacia ellos.
Después lo perdieron de vista. Oyeron, en cambio, que abría una de las jaulas. El chirrido de las bisagras enmohecidas ató un nudo en el estómago de Les.
El hombre volvió a aparecer en el campo visual de los dos. Marian contuvo el aliento. Le vieron arrastrar por el suelo al hombre inconsciente, cuyos tacones iban dejando estrechos surcos en el polvo.
Después de recorrer unos pocos metros, el hombre del mono soltó los brazos flaccidos, y el cuerpo cayó con un golpe seco. Sólo entonces miró hacia atrás, dando un respingo con la cabeza. Notaron que se le estremecía la garganta; tragó con dificultad y movió los ojos rápidamente, mirando en todas direcciones.
—¿Qué estará buscando? —preguntó Marian con un susurro tembloroso.
—No lo sé, querida.
—Lo va a dejar allí —gimoteó ella.
Ante sus ojos, empañados por el miedo, el hombre del mono volvió a la casa con paso rápido y decidido, moviendo la cabeza convulsivamente al mirar a uno y otro lado.
¿Qué mirará, Dios mío?, se preguntó Les, cada vez más temeroso.
De pronto, el hombre se detuvo en mitad de un paso; con una contracción nerviosa, se apretó con fuerza el brazo izquierdo. Después se lanzó en una carrera precipitada, subiendo de dos en dos los escalones de la galería. Entró con un portazo, cuyo eco se prolongó por varios segundos. Después volvió a reinar un silencio absoluto.
—Tengo miedo —dijo Marian, con un hilo inseguro de voz, dominando apenas el sollozo que le apretaba la garganta.
Él también tenía miedo. No sabía exactamente de qué, pero estaba aterrorizado. Lo dominaba un horror paralizante, endureciéndole los músculos de la espalda y del cuello. No podía apartar la vista del hombre tirado en el suelo, boca arriba, mirando sin ver un cielo que se iba inundando de sombras.
Tuvo un nuevo sobresalto al oír que la puerta posterior de la casa se cerraba de un golpe; después giró una llave.
El silencio. Como triste mortaja, parecía envolverlos con su peso fatal. El hombre continuaba inmóvil sobre el suelo. Ellos, jadeantes, no podían apartar los ojos del hombre caído.
Marian apretó el puño y se clavó los dientes en los nudillos blanquecinos. Ya los rayos solares bordeaban el horizonte con una cinta escarlata.
Ningún ruido. Nada.
Silencio total.
Un sonido.
Contuvieron la respiración. Paralizados en la misma posición, los dos, con la boca entreabierta, se esforzaron por identificar aquel sonido nunca oído. Una rigidez letal les dominaba el cuerpo. Escucharon…
Una sacudida, un deslizamiento, el oscilante fluir de…
—¡Oh, Dios!
La voz de la mujer se perdió en un jadeo entrecortado; volvió el cuerpo hacia otro lado y se protegió los ojos con las manos temblorosas.
La oscuridad creciente hacía más indefinido lo que Les trataba de ver. Envuelto en la fetidez de la jaula, continuaba paralizado e insensible, con el rostro pálido como un cadáver.
Algo se estaba acercando al hombre, arrastrándose por el suelo. Una cosa informe que, no obstante, tenía cierta forma; algo semejante a un enorme reptil: una masa viscosa, una gelatina brillante.
Un estertor quebrado le inmovilizó las cuerdas vocales. Quiso retroceder y no pudo. Se negó a mirar. No quería oír aquel espantoso regurgitar, semejante al agua absorbida por una gran alcantarilla, al sordo borbotear del sebo hirviente.
¡No! ¡No!, repetía su cerebro entumecido, negándose a aceptar la realidad. ¡No, no, no!
El grito los hizo saltar y Marian cayó, temblorosa, contra una de las paredes de la jaula, estremecida por el nauseabundo choque.
El hombre ya no estaba en el suelo. Les se quedó contemplando el lugar donde había estado y vio, en su lugar, la masa gelatinosa que palpitaba como un gran bulto de plancton ondulante en su medio fluído.
Siguió mirando hasta que el hombre fue devorado por completo.
Luego se volvió, sostenido apenas por sus piernas insensibles, y avanzó trastrabillando hasta Marian. Las manos convulsivas de ella se clavaron como garras en su espalda, y la cara surcada de lágrimas buscó el apoyo de su hombro. La rodeó automáticamente con sus brazos; su rostro helado no revelaba emoción alguna. Ese abrazo instintivo fue sólo un reflejo de su necesidad de consolarla, y de aplacar su terror.
Pero no pudo hacerlo. Era como si una bestia invisible le hubiera desgarrado el pecho, arrancándole las entrañas. Nada quedaba de él; sólo un hueco enorme, un vacío helado. En ese hueco sentía una puñalada cada vez que recordaba el porqué de su cautiverio.
Cuando estalló el grito, Merv se tapó los oídos entre ambas manos, con tanta fuerza que comenzó a dolerle la cabeza.
No podía escapar. No había puerta ni ventana lo bastante hermética, ni pared tan sólida como para impedir que los gritos se filtraran hasta allí.
Tal vez estaban realmente en su conciencia, donde no había puertas ni ventanas para impedir el paso del horror convertido en grito. Sí, tal vez estuvieran en su mente. Eso explicaría por qué continuaba oyéndolos en sueños.
Una vez que todo hubo pasado, cuando Merv tuvo la seguridad de que aquella cosa se había ido, fue lentamente a la cocina y abrió la puerta. Entonces, como un robot accionado por mecanismos implacables, buscó el almanaque, para dibujar un círculo alrededor de la fecha: 22 de Agosto.
Era la víctima número ocho.
Su mano laxa dejó caer el lápiz, que rodó por el linóleo del suelo. Dieciséis días…; un hombre, día por medio, durante dieciséis jornadas. Era un cálculo aritmético simple. La verdad, en cambio, era mucho más complicada.
Comenzó a recorrer la sala a grandes trancos. Al pasar por la zona de luz de la lámpara, un resplandor lechoso ponía de relieve sus facciones, marcadas por la fatiga, que se esfumaban cuando volvía a la penumbra. Dieciséis días. Parecía mentira que sólo dieciséis días atrás hubiera salido al desierto a cazar conejos. Parecían dieciséis largos años.
Una vez más recordó aquella escena, repetida hasta el cansancio por su mente. Se vio a la hora del crepúsculo, arrastrando los pies por las arenas del desierto, el rifle apoyado en la cadera; volvía la cabeza en todas direcciones, los ojos vigilantes protegidos por el sombrero.
De pronto, al pasar la cresta de un médano cubierto de matorrales, se había detenido, con el aliento entrecortado y los ojos fijos en la esfera, que resplandecía como una luz sumergida en el agua. Al verla, su corazón dio un vuelco y todos los músculos del cuerpo se pusieron en tensión.
Se acercó poco a poco, hasta quedar casi debajo del globo luminoso que reflejaba los rayos rojizos del sol decadente.
Soltó una exclamación al ver la cavidad circular que aparecía en la superficie de la esfera. En esa cavidad, flotando, aparecía…
Giró bruscamente y comenzó a subir la pendiente, jadeando por el esfuerzo y la desesperación, dejando en la arena la huella impresa de sus botas. Al llegar a la cima, el pánico lo hizo correr a grandes zancadas, mientras el arma que sujetaba con la mano derecha le golpeaba la pierna.
En ese momento había escuchado un sonido por sobre su cabeza; era como un escape de gas. Trataba de mirar por sobre el hombro, los ojos desorbitados. Después, un grito helado le transformó la cara en una máscara de horror.
Diez metros hacia arriba apareció un bulto luminoso.
Merv se inclinó hacia adelante, tratando de seguir en su desesperada carrera. Sentía, desde atrás, un vaho fétido. Se volvió a mirar y vio, horrorizado, que aquella cosa descendía sobre él. Ya estaba a tres metros de distancia, a dos, a uno…
Merv Ketter se echó de rodillas al suelo, se volvió de un brinco y apuntó con el rifle. El estampido quebró el silencio del desierto.
Un grito ahogado murió en su garganta, al ver que el proyectil rebotaba contra la reluciente esfera como una piedra contra una pelota de goma. Se arrojó al suelo, sobre un costado; algo le penetró en el brazo, haciéndole caer el rifle de la mano exangüe. Un metro… noventa centímetros… El calor hacía reverberar el aire ante sus ojos; aquel olor nauseabundo lo iba envolviendo.
Levantó los brazos.
—¡No! —exclamó.
Una vez había saltado a un pozo de agua, sin mirar, y se había quedado empantanado allí, en el fango no muy profundo. Ahora tuvo la misma sensación…, sólo que el limo venía hacia él.
La envoltura de gases ahogó sus gritos; sus miembros debilitados quedaron prisioneros de un tejido gelatinoso. En torno a sus ojos, inmovilizados por el miedo, pudo ver una albúmina palpitante en la que flotaban corpúsculos brillantes en continuo movimiento. El horror le oprimía el cerebro; fue como si la muerte le sorbiera la vida.
Pero no estaba muerto.
Respiró profundamente, inhalando un aire granuloso y maloliente. Sus pulmones trabajaban con esfuerzo, y al respirar lo sacudieron fuertes arcadas.
Después sintió que algo se movía en su cerebro.
Trató de gritar, retorciéndose como un poseído para liberarse de aquella extraña sensación, pero no lo consiguió. Era como si pequeñas serpientes se deslizaran entre los tejidos de su cerebro; sintió sus mordeduras en la fuente misma de sus pensamientos.
Las serpientes se enroscaban, apretándose más y más contra las paredes del cráneo. “Podríamos matarte en este mismo momento” parecían decirle, por medio de palabras impresas en ácido hirviente. Todos los músculos de su cara estaban en tensión, imposibilitados de efectuar movimiento alguno en ese engrudo putrefacto.
Continuaron formándose palabras que le quemaban el cerebro, estampándose en forma indeleble en su conciencia. “Debes conseguirme alimento”.
Aun en ese momento, de pie ante el calendario, seguía tiritando.
¿Podía, acaso, haber actuado de otra manera? La pregunta era semejante al ruego de un envilecido suplicante. El ser le había sorbido los sesos. Sabía todo lo referente a su pasado, a su casa, a su mujer, a la estación de servicio.
Le ordenaba lo que debía hacer, sin dejarle ninguna elección. Tenía que hacerlo. ¿Habría alguien capaz de resistir? ¿Alguien, en su lugar, no habría prometido lo que fuera para librarse de ese horror?
Con una expresión de derrota, sin dejar de temblar, comenzó a subir las escaleras, inseguro, sabiendo que el sueño no vendría, pero sin dejar de cumplir con la rutina.
Se dejó caer sobre la cama, un pie asomado por el borde. Sus ojos sin vida contemplaban la alfombra que Elsie tejiera tanto tiempo atrás.
Sí, era cierto: había prometido obedecer las órdenes del extraño ser. Como medida de seguridad, llevaba inserto en el brazo el pequeño cono zumbante que él le inyectara. Para escapar tendría que desgarrar su propia carne, a costa de su vida.
Una vez logrado su objetivo, lo había vomitado sobre las arenas del desierto; allí permaneció, inmóvil y mudo, mientras el ser se alejaba lentamente de la tierra.
En su cerebro vibraba aún el eco de las últimas palabras de amenaza: “Dentro de dos días”.
Aquél fue el comienzo de la ronda interminable y fatigosa: atrapar gente inocente para proteger su vida del fin que la amenazaba.
Lo más terrible, lo que verdaderamente lo horrorizaba, era saber que volvería a hacerlo. Sabía que era capaz de cualquier cosa con tal de mantener alejada a la criatura. Aunque eso significara que la mujer debiera…
Apretó los labios, cerró los ojos con fuerza y se sentó en la cama, sin poder controlar el temblor que lo sacudía.
¿Qué haría después que la pareja se fuera? ¿Y si nadie más pasaba por la estación de servicio? ¿Qué podía hacer si la policía venía a averiguar la desaparición de once personas?
Agobiado por tantos interrogantes, los hombros inclinados hacia adelante, dejó escapar un sollozo de angustia.
Antes de recostarse, sorbió un buen trago de whisky de una botella casi vacía. Permaneció tendido en la oscuridad, convertido en un resorte de nervios, esperando… El pequeño foco de calor que irradiaba del estómago no lograba combatir el helado vacío que se había apoderado de todo su ser.
El cono continuaba zumbándole en el brazo.
Después de quitar la última barra de la jaula, Les permaneció quieto unos instantes, inclinada la cabeza sobre el pecho; un jadeo irregular le brotaba entre los dientes apretados. Estaba exhausto: punzantes dolores le aguijoneaban cada músculo de la espalda, hombros y brazos.
Al fin dejó escapar un sonido sibilante.
—Vamos —barbotó.
Hizo un enorme esfuerzo para ayudar a Marian a salir por la ventana, a pesar del temblor de sus brazos.
—No hagas ruido —le previno.
La tremenda fatiga y la penuria combinada de la sed, el hambre y el calor lo abrumaban de manera tal que apenas podía hablar. Además, los calambres musculares no cesaban.
No pudo levantar la pierna. Tuvo que salir de cabeza por la abertura de bordes dentados, retorciéndose para darse impulso mientras las astillas se le clavaban en la piel resbaladiza de sudor. Cayó con un golpe seco, sintiendo los pinchazos del dolor en los brazos extendidos. Durante un segundo la oscuridad se pobló de puntos luminosos.
Marian lo ayudó a ponerse de pie.
—Vamos —repitió, casi sin aliento.
Salieron a la carrera hacia el frente de la casa. Súbitamente él la tomó de la muñeca, haciéndola detenerse en seco.
—Quítate esas sandalias —le ordenó con voz ronca.
Ella se inclinó prestamente y soltó las hebillas.
La casa estaba a oscuras. Corrieron en torno a la esquina posterior y pasaron rápidamente por el costado, cuyas ventanas reflejaban la luz lunar. Marian dio un respingo de dolor al apoyar el pie desnudo sobre una piedra filosa.
Llegaron, por fin, al frente de la casa.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Les.
El coche estaba allí todavía. Mientras se acercaban corriendo, él sacó la billetera del bolsillo posterior. Con los dedos temblorosos tentó el interior del pequeño monedero y encontró el frío metal de la llave de repuesto. Tenía la certeza de que la otra llave ya no estaría en el coche.
Llegaron.
—Rápido —susurró Les, abriendo la puerta del coche.
Se sentó con precaución. El aire fresco de la noche lo hizo tiritar. Con la llave buscó a tientas la ranura del contacto. Habían dejado las puertas abiertas, pensando cerrarlas cuando el motor arrancara.
Encontró al fin la ranura e introdujo la llave; hizo una pausa, conteniendo el aliento. Si el hombre le había hecho daño al motor, estaban perdidos.
—¡Listos! —murmuró, dando arranque.
El motor tosió y volvió a apagarse con un gruñido. Les tragó saliva varias veces, mientras dirigía hacia la casa una mirada cargada de temor.
—¡Dios mío!, ¿no arranca? —susurró Marian.
Les sintió que se le erizaba la piel de los brazos y de las piernas.
—No sé —contestó con rapidez—. Tal vez esté frío solamente. Eso espero.
Contuvo el aliento una vez más, y volvió a dar arranque, tratando de apresurarse.
Sólo se produjo un ronquido aletargado. ¡Oh, Dios mío¡Le ha hecho algo al motor, pensó Les, desanimado y completamente tenso de terror. Una idea repentina le trazó profundas arrugas en la frente: ¿Y si lo empujáramos hasta el camino?
—¡Les!
Su esposa le apretaba el brazo; instintivamente, dirigió la mirada hacia la casa.
En una ventana del segundo piso había aparecido una luz.
—¡Oh, Jesús!, arranca de una vez —gritó ella, con voz entrecortada.
Apretó el botón con tanta fuerza que el dedo le quedó entumecido.
El motor comenzó a sacudirse; una ola de alivio lo invadió como una bendición. Ambos cerraron las puertas al mismo tiempo y en seguida trató de calentar el motor. Apenas había logrado ponerlo en primera cuando el hombre asomó el torso y la cabeza por la ventana. Pareció gritarles algo, pero el rugido del motor les impidió oírlo.
El coche dio un salto hacia adelante y se detuvo. Les volvió a insistir con el botón, dejando escapar un bufido de impotencia. El motor volvió a arrancar y él soltó el embrague. Las ruedas subían y bajaban por el terreno irregular.
Mientras tanto, el hombre había desaparecido de la ventana; Marian, que no perdía de vista la casa, vio encenderse una luz en la planta baja.
—Date prisa —rogó.
Lentamente, el coche empezó a tomar velocidad; Les lo puso en segunda, tratando de maniobrar en un cerrado semicírculo. Las ruedas patinaron sobre la tierra apelmazada, y lo puso en tercera para salir al callejón. Los faros delanteros proyectaron en la oscuridad un brillante cono de luz.
La repentina explosión que se produjo a sus espaldas les hizo saltar hacia adelante convulsivamente. En seguida un objeto extraño perforó el techo del coche, con un chirrido desagradable. Les hundió el acelerador hasta el suelo y el coche avanzó de un salto, balanceándose sobre el terreno.
Otro disparo rasgó la noche, haciendo saltar la mitad de la ventanilla posterior en una lluvia de fragmentos. Volvieron a encogerse bruscamente; Les dejó escapar un gruñido al sentir en el costado del cuello el borde filoso de una astilla.
Las manos le saltaron sobre el volante; el vehículo se hundió en un pozo pequeño, virando casi hasta la cuneta de la izquierda. Les se aferró con fuerza al volante y, empleando toda la energía que le quedaba en los brazos, volvió el coche hacia el centro del camino mientras gritaba a su mujer:
—¿Dónde está?
Ella se volvió con rapidez.
—No alcanzo a verlo…
El tragó saliva varias veces, mientras todo su cuerpo registraba los barquinazos del coche sobre los baches y las luces delanteras brincaban sin descanso, marcando el mismo ritmo enloquecedor.
Pensamientos angustiantes le aguijoneaban la imaginación: ir hasta el próximo pueblo, buscar al comisario, tratar de salvar al otro pobre diablo…
Llegó finalmente a un trecho liso del camino y volvió a pisar el acelerador. Ir hasta el próximo pueblo y…
Fue ella quien gritó:
—¡Cuidadoooo!
No tuvo tiempo de frenar. La parte delantera del Ford embistió el pesado portón que cruzaba el callejón, y el coche se detuvo con un golpe seco que les sacudió el cuello. Marian fue lanzada hacia adelante, y se golpeó el costado de la cabeza contra el parabrisas. El motor se apagó, al tiempo que los faros se hacían añicos.
El impacto dejó a Les sin respiración, haciéndolo rebotar contra el volante.
—¡Pronto, querida! —susurró.
—Mi cabeza, mi cabeza —musitó Marian, con un sollozo.
Por unos segundos Les, mudo e inmóvil, se limitó a mirarla, mientras ella sacudía la cabeza hacia ambos lados y se cogía la frente con la mano, en una expresión de fuerte dolor. Reaccionó al fin: abriendo la puerta, tomó la mano libre de su esposa.
—Marian, tenemos que irnos…
Bruscamente la sacó del coche, y la rodeó con su brazo para prestarle apoyo: ella continuaba llorando incontrolablemente.
Escuchó los pasos de las botas que se acercaban por detrás y pudo distinguir sobre el hombro el ojo de una linterna que los enfocaba.
Al llegar al portón, Marian se desplomó Les permaneció junto a ella, sosteniéndola, trémulo de impotencia, mientras el hombre se acercaba con la linterna en una mano y una pistola del cuarenta y cinco en la otra.
El hombre sólo dijo una palabra:
—¡Regresen! —ordenó, con la respiración entrecortada, agitando el caño de la pistola en dirección a la casa.
—Mi mujer está herida —dijo Les—. Se golpeó la cabeza contra el parabrisas… ¡No puede ponerla otra vez en esa jaula!
—¡Regresen, he dicho!
La determinación y el tono del hombre impresionaron a Les.
—Por favor, no puede caminar. Está inconsciente.
El cuerpo del hombre, desnudo hasta la cintura, se sacudía en temblores espasmódicos.
—Llévela alzada, entonces —le dijo.
—Pero…
—¿Quiere que lo acribille ahora mismo? —gritó el hombre, frenético.
—No, no —balbuceó Les, sin dejar de temblar, mientras levantaba el lánguido cuerpo de Marian.
El hombre se hizo a un lado, y Les emprendió el regreso tratando de vigilar al mismo tiempo sus pasos y la cara de Marian.
—Querida —susurró—. ¿Marian?
La cabeza de ella colgaba flácida sobre el brazo que la sostenía; con el vaivén de cada paso, el pelo rubio le rozaba las sienes y la frente.
Él había llegado al colmo de la tensión. Se sintió a punto de gritar, pero optó por formular una súbita pregunta por sobre el hombro:
—¿Por qué hace esto?
No hubo respuesta. Sólo se oía el rítmico taconear de las botas sobre los cráteres del suelo.
—¿Cómo es capaz de hacer esto? —insistió Les, con la voz quebrada—. Atrapar a un semejante y entregárselo a ese… ¡Dios sabe qué cosa es!
—¡Cállese!
Pero el tono del hombre empezaba a revelar más abatimiento que enojo.
—Mire, deje que se vaya mi mujer —repuso Les, impulsivamente—. Yo me quedo, si quiere, pero… ¡Por favor! Deje que ella se vaya.
El otro no respondió. Les volvió hacia Marian una mirada cargada de temores, mordiéndose los labios para no traicionar su frustración.
—Marian —dijo, temblando inconteniblemente en el frío nocturno—. Marian…
La casa solitaria se proyectaba sombría contra la lisa superficie del desierto.
―¡Por amor de Dios, no vuelva a ponerla en esa jaula! —gritó Les, en el límite de la desesperación.
―Regrese —repitió el hombre. Su tono inexpresivo, desprovisto de toda emoción, no dejaba entrever ninguna promesa.
Les estaba rígido. De haber estado solo, con toda seguridad hubiese girado sobre sus talones para saltar sobre el hombre. Nada habría logrado hacerlo trasponer nuevamente el cerco de la casa, ni acercarse a esas jaulas y al ser aquél.
Pero estaba Marian.
Pasó por sobre el rifle tirado en el suelo y oyó detrás de sí el gruñido del hombre al agacharse para levantarlo.
En ese momento lo dominaba una idea fija: cómo salir de ese lugar.
De pronto ocurrió algo inesperado. El hombre se le acercó apresuradamente por detrás; un pinchazo le hirió el hombro izquierdo. El súbito alfilerazo le quitó el aliento. Trató de reaccionar lo más rápidamente posible, volviéndose hacia el otro, pero tenía en los brazos el peso muerto de Marian.
—¿Qué pretende?
Pero ya era tarde. Antes de terminar la frase sintió que un líquido ardiente y aletargante le corría por las venas. Una pesada lasitud se apoderó de todos sus miembros; ni siquiera pudo oponer resistencia cuando el hombre le quitó a Marian de los brazos.
Dio un paso inseguro hacia adelante; la noche se pobló de incandescentes puntos luminosos. Sus piernas parecían de goma; debajo de él, el suelo era algo fluído como el agua.
—No —murmuró, entredormido.
Luego se desplomó, sin sentir siquiera el impacto de su cuerpo contra el suelo.
Tibio era el vientre de la esfera. Un vapor espeso y ondulante poblaba sus entrañas. El ser descansaba en la húmeda penumbra; su cuerpo informe se sacudía en latidos regulares y monótonos. Estaba satisfecho y cómodo, grotescamente enroscado, como un gato cósmico ante un enorme hogar.
Por dos días.
Una serie de gritos penetrantes despertaron a Les. Aunque lentamente, comenzó a reanimarse e hizo un esfuerzo por hablar, pero sus labios parecían hechos de cemento. Le colgaban insensibles, perdida por el momento la capacidad de pronunciar palabras. Haciendo un gran esfuerzo logró abrir los párpados, pesados como el plomo.
El aire de la jaula, poblado de extraños reflejos, parecía hervir. Los ojos vidriosos parpadeaban sin llegar a comprender. A sus costados, las manos inermes semejaban las inmóviles aletas de un pez moribundo.
El grito provenía de la jaula vecina. Terminado el efecto de la droga, aquel pobre diablo no podía reprimir la histeria. Él sabía los motivos.
La frente sudorosa de Les se plegó en arrugas paralelas. Por lo menos podía pensar. Su cuerpo insensible semejaba una piedra enorme e inútil, pero dentro de ese bulto paralizado, el cerebro continuaba trabajando.
Cerró los ojos. Lo más horrible de la situación era conocer el final. Permanecer tirado en aquel lugar, completamente indefenso, sabiendo de antemano lo que le estaba reservado.
Un temblor pareció sacudirle el cuerpo, pero no estaba seguro. ¿Qué sería aquella cosa? No tenía ningún punto de referencia para clasificarla, ninguna base racional de donde partir. Lo que había visto aquella noche estaba más allá de toda…
¿Qué día era? ¿Dónde estaba?
¡Marian!
Trató de volver la cabeza. Hizo un esfuerzo enorme, como si quisiera hacer rodar una enorme roca. La saliva le corría por las comisuras de los labios. Tras unos segundos de intensa concentración, logró abrir los ojos. El terror clavaba puñales en su cerebro, si bien su rostro no revelaba cambio alguno de expresión.
Marian no estaba junto a él.
Tendida blandamente sobre la cama, continuaba todavía bajo el efecto de la droga. El hombre había renovado la compresa fría que le cubría la frente hasta el cardenal de la sien derecha.
El hombre permanecía en silencio, mirándola. Acababa de regresar de las jaulas. Había ido a aplicarte una inyección al hombre que gritara. Se preguntó de qué estaría compuesta la droga que el ser le había proporcionado, y qué efecto tendría sobre las personas. Deseó, por alguna razón, que las dejara completamente insensibles.
Era el último día de vida que le quedaba a aquel sujeto.
No, se dijo a sí mismo. Era sólo imaginación de su parte; la mujer no se parecía en nada a Elsie. Era producto de su imaginación. Simplemente, deseaba que se pareciera. Ahí estaba la cosa. Tragó con dificultad. ¡Estúpido! Mentalmente se abofeteó con la palabra. No era parecida a Elsie.
Por un momento, recorrió con la mirada el cuerpo de la mujer: la suave elevación del busto, las caderas delicadas, las piernas bien formadas. Marian. Así la había llamado el marido. Era un lindo nombre.
Se alejó de la cama con un movimiento brusco y salió de la habitación.
¿Qué le estaba sucediendo? ¿Qué creía que iba a hacer? ¿Acaso dejarla escapar? Había sido una locura llevarla a la casa dos noches atrás y ponerla en el otro dormitorio. No tenía sentido. ¿Podía, acaso, permitirse algún sentimiento de conmiseración hacia ella o hacia nadie? Si cedía a ese tipo de impulso, estaba perdido. Eso era cosa segura.
Mientras descendía los escalones, trató de recordarse a si mismo el horror de ser absorbido dentro de esa masa gelatinosa. Trató de revivir aquella pesadilla, que superaba toda imaginación. Pero, por alguna razón, su mente no se concentraba en esa idea: el recuerdo desaparecía como una nube llevada por el viento, y quedaba vacante para pensar en esa mujer, Marian. Sí, se parecía un poco a Elsie; el mismo color de cabello, la misma boca… ¡No!
La dejaría en el dormitorio sólo mientras durase el efecto de la droga. Después volvería a ponerla en la jaula. Son ellos o yo, pensó. Trató de convencerse a sí mismo, repitiéndose la misma idea: Por nadie en el mundo voy a morir de esa manera.
Continuó discutiendo consigo mismo durante todo el camino hasta la estación de servicio.
Debo estar loco. He llegado al extremo de llevarla a mi casa y sentir compasión por ella, se djjo. No me lo puedo permitir; de ninguna manera. Todo lo que ella significa para mí son dos días. Eso es todo, dos días de tregua y nada más.
La estación estaba abandonada y silenciosa. Merv detuvo el camión y descendió.
Comenzó a pasearse nerviosamente entre las bombas, sintiendo el crujir de las botas sobre la tierra caliente. Su rostro estaba tenso de furia. No puedo permitir que se vaya. Las palabras eran como un látigo con el que se castigaba a sí mismo. Un súbito temblor le recorrió el cuerpo al darse cuenta que había estado en lucha contra sí mismo durante dos días enteros.
Apretó lo puños hasta la lividez. Si al menos se tratase de un hombre… Levantó el brazo izquierdo y se miró el bulto rojizo. ¿Por qué no podía arrancárselo de la carne? Por qué?
Entonces se acercó un coche. Era el coche polvoriento y recalentado de un viajante. Merv comenzó a llenar el tanque de nafta y a controlar el agua. Al mismo tiempo, protegido por el ala del sombrero, no cesaba de mirar al pequeño hombre de cara rojiza vestido con traje de lino y sombrero panamá. Podría cambiar a la mujer por él. Antes de formularse el pensamiento, ya había tomado cuerpo en su mente. Echó un vistazo a la matrícula: Arizona.
Contrajo los músculos de la cara. No. Siempre lo había hecho con coches de otros estados. Resultaba más seguro. Tendré que dejarlo ir, pensó con pena. No hay más remedio. No me puedo permitir el lujo.
Pero cuando el hombre comenzó a buscar en su billetera, Merv sintió que la mano se le iba a la tibia culata del cuarenta y cinco.
El hombrecito miró boquiabierto el arma.
—¿Qué es esto? —preguntó, débilmente.
Pero Merv no le contestó.
La negra mano de la noche rozó la burbuja palpitante. La Tierra emergía ante su líquida existencia. ¿Por qué el aire no le prestaba alimento suficiente? ¿Por qué era tan débil el empuje de la atmósfera? En esa tierra desgastada y agonizante se habían agotado los gases vivificantes.
En medio de su lento deslizar, durante su penoso avance, el ser pensó en escapar.
¿Cuánto hacia que se encontraba en tan desolado lugar? Imposible decirlo. En ese planeta el Sol salía y se escondía con una rapidez apabullante; la luz y la oscuridad se sucedían con la misma velocidad del relámpago.
En la nave, los instrumentos cronométricos estaban destrozados. Era imposible repararlos. Ya no había ningún patrón, ninguna guía métrica que sirviera de norma. Perdido en ese tenebroso desierto rocoso, el ser sólo podía deambular en busca de alimento.
En la tenebrosa distancia aparecía la morada del habitante de ese planeta: ángulos absurdos e insensatas alturas. Eran bestias estúpidas, incapaces de razonar, capaces sólo de emitir agudos chillidos y agitar los tentáculos como las plantas nocturnas de su propio planeta. Sus cuerpos, endurecidos por el calcio, deparaban escaso alimento, obligando al ser a comer con mucha más frecuencia.
Ya estaba cerca. El zumbido era más audible.
Como de costumbre, el animal estaba allí, tirado sobre el suelo con los tentáculos flojos y encogidos. Surgieron del ser oleadas de pensamiento, que absorbieron los jugos lánguidos de la mente del animal.
Si ésa era toda la inteligencia de que disponían, se hallaba en un territorio dominado por la barbarie. El ser continuó acercándose, sorbiendo e hinchándose sobre la tierra barrida por el viento.
El animal se agitó, provocando en el ser un sentimiento de repulsión. De no encontrarse hambriento y sin ayuda, jamás se forzaría a absorber esa bestia huesuda y temblorosa.
La burbuja rozó un tentáculo. El ser se derramó sobre la forma animal y se detuvo temblando. Sus células visuales le revelaron el ojo distendido del animal, que miraba hacia arriba. Sus células auditivas recogieron los ruidos salvajes y estrangulados que emitía el animal al morir. Las células táctiles distinguieron la débil agitación del cuerpo.
Y en lo más profundo de sí, el ser percibía el zumbido incesante que salía de la cueva oscura donde estaba el primer animal, agazapado y tembloroso, el que llevaba en el tentáculo el cono de localización.
El ser continuaba comiendo. Se preguntó si habría alimento suficiente para prolongar su vida… por mil años de tiempo terrestre.
Seguía tendido en el suelo de la jaula. De pronto, sintió la mirada del hombre clavada en él; el corazón comenzó a latirle con más fuerza. Pocos minutos antes había estado probando las paredes de la jaula; oyó entonces que la puerta de la cocina se cerraba de un golpe y los pasos de unas botas descendían la escalera. Reaccionó de inmediato, poniéndose de espaldas, mientras trataba, desesperadamente, de recordar la posición exacta en que había estado mientras durara el efecto de la droga; dejó caer las manos flojas a los costados, levantó levemente la pierna izquierda y cerró los ojos. El otro no debía darse cuenta de que había recuperado la conciencia. Tenía que abrir la puerta completamente desprevenido.
Hizo un esfuerzo para controlar su respiración, dándole un ritmo plácido y parejo, aunque le provocaba dolores de estómago. El hombre continuaba mirándolo en silencio. En cuanto abra la puerta saltaré sobre él, pensó Les.
Un escalofrío nervioso le hizo mover la garganta. ¿Se daría cuenta el hombre de que estaba fingiendo? Con todos los músculos en tensión, aguardaba el chirrido de la puerta al abrirse. Era su oportunidad para escapar.
No tendría ninguna otra ocasión para salvarse. Eso vendría esa noche.
De pronto, sintió que los pasos del hombre comenzaban a alejarse. Les abrió los ojos repentinamente, desfigurado su rostro por una expresión de horror e incredulidad. ¡El hombre no tenía intención de abrir su jaula!
Continuó tirado en la misma posición por un largo rato, tembloroso, mirando en silencio la ventana enrejada donde había estado el hombre unos minutos antes. Sentía deseos de llorar, de golpear los puños contra la puerta hasta hacerlos sangrar.
—¡No! ¡No! —murmuró, desfallecido.
Por fin hizo un esfuerzo y se puso de rodillas para mirar, con cautela, por sobre el borde de la ventana. El hombre no estaba a la vista.
Volvió a agacharse y comenzó a revisar sus bolsillos.
La billetera… no había nada que pudiera servirle: un pañuelo, un trozo de lápiz, algunas monedas, un peine.
Nada más.
Colocó todos esos adminículos en la palma de la mano y se quedó contemplándolos largo rato como si, de alguna manera, encerraran la respuesta a su desesperada situación. Tenía que haber una salida; no podía soportar la idea de acabar como el otro hombre, que el maldito lo dejara allí para que esa cosa lo…
—¡No!
Con un movimiento espasmódico, arrojó todas las cosas al suelo de la jaula, mientras los labios hacían un gran esfuerzo por contener un grito de indignación. No podía ser verdad; debía tratarse de un sueño espantoso.
Volvió a arrodillarse con desesperación y, una vez más, comenzó a palpar con sus dedos temblorosos las paredes de la jaula en busca de una hendija, un madero suelto, cualquier cosa.
Mientras continuaba su inútil búsqueda, hacía esfuerzos desesperados para no pensar en lo que la noche le depararía. Pero eso era lo único en lo que no podía dejar de pensar.
Ella se enderezó, jadeante; las manos callosas del hombre le acariciaban el pelo. Lo miró con los ojos desorbitados por el horror, y en ese momento él retiró la mano.
—Elsie —susurró.
El aliento cargado de whisky le daba en la cara; ella trató de echarse hacia atrás con un gesto de asco.
—Elsie —repitió él con voz espesa, mirándola con ojos vidriosos de borracho.
Ella se hizo atrás cuanto pudo, hasta apoyar la espalda contra el respaldo de la cama. El hombre aspiraba bocanadas de caliente aliento por la boca abierta; los mechones de pelo oscuro se le pegaban, húmedos, a las sienes.
—Elsie, fue sin querer —dijo—. Elsie…, por favor, no tengas miedo.
—¿Don…dónde está mi marido?
La tomó con fuerza de una mano, atrayéndola hacia sí como si fuera una muñeca de trapo. Lo tenía tan cerca que se sentía envuelta en su aliento.
—No —jadeó apenas, tratando de empujarlo hacia atrás por los hombros.
—Te quiero, Elsie. Te quiero.
—¡Les!
El grito estalló en la pequeña habitación. El hombre le tomó la mejilla en la mano, y ella apartó bruscamente la cabeza.
—¡Está muerto! —le gritó con voz ronca—. Lo devoró. Lo devoró, ¿me escucha?
Ella cayó contra el respaldo, enmudecida de horror.
—No —dijo, sin darse cuenta siquiera que había hablado.
—¿Cree que lo hice por mi voluntad? —preguntó él, con tono entrecortado, mientras una lágrima le surcaba la mejilla ennegrecida por la barba—. ¿Cree que sentí placer al hacerlo? —un sollozo le sacudió el pecho—. No quise hacerlo, pero usted no sabe…, no tiene siquiera una idea. Estuve dentro de eso. Sí, ¡oh Dios mío! No se imagina lo que es eso. No, no se lo imagina…
Se dejó caer pesadamente en la cama, sacudido por fuertes sollozos.
—No quería hacerlo. Por Dios, le digo que yo no quería…
Ella se apretó la boca con el puño cerrado. Le faltaba la respiración. Su mente hacía un enorme esfuerzo para no creer. No, no era verdad. No podía ser.
Bajó de la cama de un salto y en un segundo estuvo de pie. Fuera se estaba poniendo el sol. Trató de tranquilizarse a sí misma pensando que hasta la noche no vendría el monstruo; se decía que aún no estaba oscuro. Pero en realidad no sabía por cuánto tiempo había estado inconsciente.
El hombre la miró, con los ojos ribeteados de rojo.
—¿Qué hace?
Pero ella trató de correr hacia la puerta.
Cuando ya iba a abrirla, el hombre chocó contra ella y los dos dieron contra la pared. Sintió que se quedaba sin aliento; al mismo tiempo, la herida de la cabeza comenzó a palpitarle nuevamente. El hombre la sujetó, y sus manos comenzaron a recorrerle desesperadas los hombros y el pecho.
—Elsie, Elsie —murmuraba, mientras trataba de besarla.
En ese momento, la chica vio la pesada jarra sobre la mesa cercana. Sintió los dedos del hombre apretándola más y sus labios presionados contra los de ella. Asió entonces la jarra, la levantó y…
Grandes trozos de cerámica blanca se esparcieron sobre el suelo; el grito del hombre resonó en la habitación.
Marian se apoyó en la pared, tratando de recuperar el aliento; volvió la mirada hacia el cuerpo del hombre crispado en el suelo, y hacia los gruesos dedos que trataban de asir la alfombra.
Volvió la vista rápidamente a la ventana. Ya era casi de noche.
Con un movimiento rápido se inclinó sobre el cuerpo del hombre y revolvió los bolsillos del mono hasta encontrar el llavero. Salió corriendo de la habitación y pudo ver, por sobre el hombro, que el hombre se volvía para quedar de espaldas en el suelo mientras gemía.
Corrió por el pasillo y abrió de un tirón la puerta de entrada. Ya la sangre del crepúsculo teñía el contorno del cielo.
Saltó los peldaños de la galería y corrió en zigzag en torno a la casa, sin sentir siquiera las piedras que iba pisando. No apartaba la vista de la hilera de jaulas. No es cierto, no es cierto, se repetía mentalmente. Me mintió. A pesar de esos pensamientos que trataban de tranquilizarla no pudo contener un profundo sollozo.
Me mintió, se dijo.
La cortina de la noche descendía abruptamente mientras ella se acercaba a la primera jaula, sostenida apenas por sus temblorosas piernas.
Vacía.
Otro sollozo se ahogó en su garganta. Corrió hasta la otra jaula. ¡Le había mentido!
Vacía. ¡No!
―¡Les!
―¡Marian!
Con un impulso, él se enderezó en la jaula, con el rostro iluminado por una súbita esperanza.
—¡Oh, querido! —su voz se había convertido en un murmullo débil y vacilante—. Me dijo que…
—Marian, apresúrate, abre la puerta. Ya viene.
Un frío terror se apoderó nuevamente de ella. Instintivamente volvió la cabeza a un costado, y su mirada asombrada trató de penetrar el oscuro desierto.
—¡Marian!
Mientras probaba una de las llaves, las manos le temblaban incontrolablemente. Se mordió el labio hasta sentir dolor. Probó otra llave. Tampoco abría.
―¡Date prisa!
―¡Oh, Dios mío! —gimoteó ella, mientras sus manos inseguras probaban otra llave.
Tampoco correspondía.
—No puedo encontrarla…
—Está bien, tesoro —dijo él de pronto, como si otro hablara en su lugar… Está bien, no desesperes, hay tiempo de sobra ―respiró profundamente―. Prueba la otra llave. Está bien. Así. ¡Ah! No, esa no es. Prueba la otra…
Aunque trataba de darle ánimo, el estómago se le retorcía en un nudo cada vez más apretado.
Los dientes de Marian perforaban la piel del labio inferior. Dio un respingo y dejó caer el llavero. Exhaló un quejido ahogado, en tanto se agachaba para levantarlo. Podía escuchar, a través del desierto, el resuello sibilante, cada vez más poderoso.
—¡Oh, Les, no puedo, no puedo!
—Está bien, querida —dijo él, súbitamente resignado—. No importa, corre hacia el camino.
Ella lo miró, vacío el rostro de toda expresión.
—¿Qué?
—Querida, ¡por amor de Dios! No te quedes allí parada… ¡Corre!
Ella trató de juntar el resto de aliento que aún le quedaba, controló el temblor de sus manos y volviendo a clavarse los dientes en el labio lastimado, probó otra llave, después otra y la siguiente, mientras Les la miraba horrorizado, tratando de vigilar el desierto oscuro por sobre su hombro.
—Oh, querida, no…
La cerradura quedó abierta de golpe. Con un gruñido irreprimible, Les empujó la puerta y tomó la mano de Marian; el chasquido sibilante temblaba en el aire nocturno.
—¡Corre! —jadeó Les—. No mires hacia atrás.
Corrieron a toda velocidad, alejándose desesperadamente de las jaulas, y de la masa gelatinosa de dos metros de altura que temblaba como un gran borbotón de vida arrojado por una escudilla pantagruélica. Trataron de no oír, de no ver, con los ojos siempre hacia adelante; corriendo sin interrupción a grandes trancos, impulsados por el miedo.
El coche estaba otra vez frente a la casa; tenía hundida la parte delantera. Abrieron las puertas de un golpe y subieron rápidamente. La temblorosa mano de Les encontró la llave de contacto. La hizo girar y dio arranque.
—¡Les, viene hacia aquí!
Los engranajes chirriaron y el coche dio un brinco hacia adelante. Él no miró hacia atrás; cambió la marcha, pisando el acelerador para salir al callejón.
Giró a la derecha, dirigiéndose al pueblo que recordaba haber pasado, hacía tanto tiempo que parecían años. Hundió hasta el piso el pedal del acelerador y el coche empezó a tomar velocidad. Sin faros delanteros no podía ver el camino, pero tampoco podía levantar el pie; parecía pegado al pedal.
El coche rugía por el camino oscuro; Les respiró normalmente por primera vez.
El ser se balanceaba sobre el suelo, soltando espumarajos por la furia contenida en sus tejidos; el animal no había cumplido con lo pactado, no veía alimento para él. El ser continuó arrastrándose, formando círculos de furia, siempre en busca de algo; las células visuales registrando el suelo. Su informidad acorazada y luminosa recorría la tierra resquebrajada. Se dirigió a la casa como una ola viscosa, acercándose al zumbido que emitía el cono.
El brazo de Merv hizo un movimiento espasmódico; se irguió de un brinco, con los ojos muy abiertos, tratando de ver. Los alfilerazos de dolor que sentía en la cabeza y en el brazo le revelaron que volvía en sí. El cono parecía una araña que hurgaba, que le hincaba las patas filosas como navajas, tratando de penetrar más profundamente en su carne. Se puso de rodillas haciendo un gran esfuerzo; el dolor le nublaba la mirada.
Apenas se había puesto de pie cuando un ruido estrepitoso conmovió toda la casa. Tuvo una violenta convulsión, y la mandíbula se le aflojó de dolor. La punzada en el brazo era cada vez más intensa; de pronto, supo la verdad. Jadeante, dio un salto hasta el vestíbulo para mirar hacia el oscuro pozo de la escalera.
El ser ascendía la escalera ondulando espasmódicamente; sus setenta ojos brillantes y deformes se adelantaban hacia el animal. Su amorfo bulto se sacudía con gruñidos y siseos furiosos; se levantaba y dejaba caer por los escalones.
Los escalones de atrás eran su única salvación. Ya no podía respirar, siquiera; el aire parecía licuado en sus pulmones. Los tacos de sus botas repiquetearon por el vestíbulo y a través del dormitorio oscuro. Detrás se oía el ruido de la barandilla que cedía y estallaba en pedazos al llegar el ser al segundo piso, doblado como una vejiga bifurcada, para desplegarse nuevamente y seguir avanzando.
Merv se lanzó por la empinada escalera, agarrándose con manos temblorosas de la barandilla; el corazón le martillaba en el pecho sin control. El dolor que le atenaceaba el brazo le arrancó un grito ronco.
Estuvo a punto de perder el sentido.
Al llegar al último escalón, oyó destrozarse la puerta de su dormitorio y la furia incontrolada del ser mientras…
Se hundía y levantaba nuevamente para pasar la puerta de la escalera posterior, haciéndola astillas para acomodar su volumen. Podía escuchar abajo los latidos del animal en fuga. Perdió de pronto su adhesividad, y salió rodando por las escaleras, mientras sus setecientos tentáculos se aferraban a las astillas de madera.
Cayó sobre el ultimo peldaño, su bulto informe chocó contra la puerta y se esparció en el suelo de la cocina.
Merv se acercó a la repisa de la sala. Levantó el brazo, apuntando hacia abajo con el máuser, al tiempo que giraba sobre sus talones; en ese momento, el ser desbordado cayó como una cascada luminosa a través de la puerta.
En la habitación resonaron vanas explosiones: Merv descargaba el arma sobre el bulto que se aproximaba. Las balas saltaron impotentes de sus cápsulas. El hombre dio un salto hacia atrás, con un grito de horror, dejando caer el arma. Un movimiento del brazo descolgó el retrato de su esposa, que se destrozó contra el suelo. Su mente enferma alcanzó a ver la cara sonriente de Elsie, detrás del vidrio destrozado.
Luego apretó algo duro con la mano, y supode inmediato, lo que debía hacer.
Dio un salto hacia el costado; al mismo tiempo, la masa brillante retrocedió para arrojarse sobre él. La repisa se hizo astillas, la puerta explotó hacia fuera.
Entonces, mientras el ser volvía a levantarse para arrojarse sobre él, Merv quitó el resorte de la granada y la apretó contra su pecho.
―Bestia estúpida… Te mataré por…
¿DOLOR?
Los tejidos explotaron desgarrando la cobertura, y el ser corrió por el suelo como un torrente de lava disuelta.
El silencio invadió la habitación. Una a una se iban apagando las fuentes de pensamiento del ser, a medida que la atmósfera ahogaba la vida en cada uno de sus tejidos. Sus restos se estremecieron débilmente, las células del ser y sus gelatinosas membranas fueron traspasadas por la agonía. Los pensamientos se desvanecían.
Quedaban sólo gotas de los fluídos vitales, de los rayos de lámpara que daban calor y vida a la materia palpitante. Las células se dividían, los distintos organismos perdían su independencia, el ondulante contenido de la vejiga de comida se distendía, se hinchaba. ¿Dónde están los amos, que me dieron vida para que pudiera alimentarlos sin perder jamás mis fuerzas y mi forma?
Entonces el ser, originado en tumores hidropónicos, murió, habiendo olvidado que había devorado al amo dormido, ingiriendo, junto con su cuerpo, todo el conocimiento que encerraba su cerebro.
Ese año, la mañana del sábado 22 de agosto se produjo una violenta explosión en el desierto; quienes estaban a treinta kilómetros de distancia recogieron en sus patios extraños trozos de metal.
Debió de ser un meteoro, dijeron. Pero era sólo por decir algo.
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