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jueves, 26 de noviembre de 2009

Desolación

Desolación
(Fragmento)
Gabriela Mistral
-
Al pueblo hebreo
(Matanzas de Polonia)

-
Raza judía, carne de dolores,
raza judía, río de amargura:
como los cielos y la tierra, dura
y crece aún tu selva de clamores.

Nunca han dejado de orearse tus heridas;
nunca han dejado que a sombrear te tiendas
para estrujar y renovar tu venda,
más que ninguna rosa enrojecida.

Con tus gemidos se ha arrullado el mundo,
y juega con las hebras de tu llanto.
Los surcos de tu rostro, que amo tanto,
-son cual llagas de sierra de profundos.

Temblando mecen su hijo las mujeres,
temblando siega el hombre su gavilla.
En tu soñar se hincó la pesadilla
y tu palabra es sólo el "¡miserere!"

Raza judía, y aún te resta pecho
y voz de miel, para alabar tus lares,
y decir el Cantar de los Cantares
con lengua, y labio, y corazón deshechos.

En tu mujer camina aún María.
Sobre tu rostro va el perfil de Cristo;
por las laderas de Sión le han visto ´
llamarte en vano, cuando muere el día ...

Que tu dolor en Dimas le miraba
y El dijo a Dimas la palabra inmensa,
y para ungir sus pies busca la trenza
de Magdalena ¡y la halla ensangrentada!

¡Raza judía, carne de dolores,
raza judía, río de amargura:
como los cielos y la tierra, dura
y crece tu ancha selva de clamores!
-
Los Sonetos de la Muerte
I
Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con
una dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu. cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejará cantando mil venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!
II
Este largo cansancio se hará mayor un día,
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por donde van los hombres, contentos de vivir ...

Sentirás que a tu lado cavan briosamente
que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente...
¡y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el porqué, no madura
para las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste qué bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
y, roto el pacto enorme, tenías que morir...
III
Malas manos tomaron tu vida desde el día
en que, a una señal de astros, dejara su plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él ...

Y yo dije al Señor: -"Por las sendas mortales
le llevan ¡Sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le hundes en el largo sueño que sabes dar¡

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad.
Retórnalo a mis brazos o te siegas en flor".

Se detuvo la barca rosa de su vivir ...
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

Amo amor

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal. pensamiento:
¡le tendrás que escuchar¡

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave
ruegos tímidos, imperativos de mar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar¡

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale el decirle que albergarlo rehusas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz del mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!


Te echa venda de lino; tú la venda toleras.
Te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizado aunque vieras
¡que eso para en morir!

El Encuentro

Le he encontrado en el sendero.
No turbó su sueño el agua
ni sé abrieron más las rosas;
pero abrió el asombro mi alma.
¡Y una pobre mujer tiene
su cara llena de lágrimas!

Llevaba un canto ligero
en la boca descuidada,
y al mirarme se le ha vuelto
hondo el canto que entonaba.
Miré la senda, la hallé
extraña y como soñada.

¡Y en el alba de diamante
tuve mi cara con lágrimas¡
Siguió su marcha cantando
y se llevó mis miradas...
Detrás de él no fueron más
azules y altas las salvias.
¡No importa¡ Quedó en el aire
estremecida mi alma.
¡Y aunque ninguno me ha herido
tengo la cara con lágrimas!

Esta noche no ha velado
como yo junto a la lámpara;
como él ignora, no punza
su pecho de nardo mi ansia;
pero tal vez por su sueño
pase un olor de retamas,
¡porque una pobre mujer
tiene su cara con lágrimas¡


¡Iba sola y no temía;
con hambre y sed no lloraba¡
desde que lo vi cruzar,
mi Dios me vistió de llagas.
Mi madre en su lecho reza
por mí su oración confiada.
¡Pero yo tal vez por siempre
tendré mi cara con lágrimas!

El ruego

Señor, Tú sabes cómo, con encendido brío,
por los seres extraños mi palabra te invoca.
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío,
mi vaso de frescura, el panal de mi boca.

Cal de mis huesos, dulce razón de la jornada,
gorjeo de mi oído, ceñidor de mi veste.
Me cuido hasta de aquellos en que no puse nada;
¡no tengas ojo torvo si te pido por éste!

Te digo que era bueno, te digo que tenía
el corazón entero a flor de pecho, que era
suave de índole, franco como la luz del día,
henchido de milagro como la primavera.

Me replicas, severo, que es de plegaria indigno
el que no untó de preces sus dos labios febriles,
se fue aquella tarde sin esperar tu signo,
trazándose las sienes como vasos sutiles.

Pero yo, Señor, te arguyo que he tocado,
de la misma manera que el nardo de su frente,
todo su corazón dulce y atormentado
¡y tenía la seda del capullo naciente!

¿Que fue cruel? Olvidas, Señor, que le quería,
y que él sabía suya la entraña que llagaba.
¿Qué enturbió para siempre mis linfas de alegría
¡No importa! Tú comprende ¡yo le amaba, le amaba!


Y amor (bien sabes de eso) es amargo ejercicio;
un mantener los párpados de lágrimas mojados
un refrescar de besos las trenzas del cilicio
conservando, bajo ella, los ojos extasiados

El hierro que taladra tiene un gusto frío
cuando abre, cual gavillas, las carnes amorosas
Y la cruz (Tú te acuerdas ¡oh rey de los judíos!)
se lleva con blandura, como un gajo de rosas.

Aquí me estoy,- Señor, con la cara caída
sobre el polvo, parlándote un crepúsculo entero,
o todos, los crepúsculos a que alcance la vida,
si tardas en decirme la palabra que espero.

Fatigaré tu oído de preces y sollozos,
lamiendo, lebrel tímido, los bordes de tu manto,
y ni pueden huirme tus ojos amorosos,
ni esquivar tu pie el riego caliente de mi llanto.

¡Di el perdón, dilo al fin! Va a espaciar en el viento
la palabra, el perfume de cien pomos de olores
al vaciarse; toda agua será deslumbramiento;
el yermo echará flor y el guijarro esplendores.

Se mojarán los ojos oscuros de las fieras,
y, comprendiendo, el monte que de piedra forjaste,
llorará por los párpados blancos de sus neveras:
¡Toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!

-

Obrerito

Madre, cuando sea grande
¡ay! ¡qué mozo el que tendrás-
!Te levantará en mis brazos
como el viento alza el trigal.

Yo no sé si haré tu casa
cual me hiciste tú el pañal;
y si fundiré los bronces,
los que son eternidad.

Qué hermosa casa ha de hacerte
tu niñito, tu titán,
y qué sombra tan amante
el alero te va a dar.

Yo te regaré una huerta
y tu falda he de colmar,
con las frutas perfumadas:
pura miel y suavidad.

O mejor te haré tapices
con la juncia de trenzar;
O mejor tendré un molino,
el que canta y hace el pan.

¡Ay! qué alegre tu hombrecito
en la fragua va a cantar,
O en la rueda del molino
en las jarcias y en el mar.

Cuenta, cuenta las ventanas
que estas manos abrirán;
cuenta, Cuenta las gavillas
si las puedes tú contar ...

Con la greda purpurina
me enseñaste tú a crear,
y me diste en tus canciones
todo el valle y todo el mar ...

¡Ay, qué hermoso niño
el tuyo que jugando te pondrá
en lo alto de las parvas
y en las olas del trigal ... !


Desolación


La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir inmensos ocasos dolorosos.

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos¡

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras dónde no están los que son míos;
y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos,
sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras cae oro mi vieja madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no cuento los instantes,
porque la "noche larga" ahora tan solo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
que vine para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
¡siempre será su altura bajando de los cielos!.
Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.



lunes, 9 de noviembre de 2009

MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE CHAMPAGNE


MANUSCRITO ENCONTRADO EN UNA BOTELLA DE
CHAMPAGNE
ALFRED BESTER
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La Pequeña Gran Ficción de Alfred Bester I (La Fantástica Luz)

* * *
Dic. 18, 1979: Todavía acampando en el Sheep Meadow del Central Park. Temo que
seamos los últimos. Los exploradores que enviamos en busca de un contacto con
posibles supervivientes en Tuxedo Par, Palm Beach y Newport no han retornado.
Dexter Blackiston III acaba de llegar con malas noticias. Su compañero, Jimmy
Montgomery–Esher, había aprovechado una buena oportunidad e ido a un depósito de
chatarra del West Side, esperando encontrar algunos pocos elementos salvables. Una
aspiradora Hoover lo cogió.
Dic. 20, 1979: Un carro de golf Syosset hizo un reconocimiento del prado. Nos
esparcimos y nos pusimos a resguardo. Derribó nuestras tiendas. Nos preocupamos un
tanto. Teníamos fuego de campamento encendido, obvia evidencia de vida. ¿Informará
a la 455?
Dic. 21, 1979: Evidentemente lo hizo. Hoy llegó un emisario a plena luz del día, una
segadora McCormick transportando un ayudante de la 455, una máquina de escribir
eléctrica IBM. La IBM nos dijo que éramos los últimos y que la Presidente 455 estaba
dispuesta a ser generosa. Le gustaría preservarnos para la posteridad en el zoológico
del Bronx. De otro modo, la extinción. Los hombres gruñeron, pero las mujeres
aferraron a sus hijos y lloraron. Teníamos veinticuatro horas para responder.
No importa cuál sea nuestra decisión, he decidido terminar este diario y esconderlo en
algún lado. Quizá sea encontrado en el futuro y sirva de advertencia.
Todo comenzó en dic. 12, 1968, cuando The New York Times informó que una
locomotora diesel anaranjada y negra, con el número 455, había partido, sin conductor,
a las 5.42 de la tarde, desde el depósito Holban del ramal de Long Island. Los
inspectores dijeron que quizás el regulador había sido dejado abierto, o que los frenos
no habían sido colocados o que habían fallado. La 455 hizo un viaje de cinco millas a
su aire (presumo que hacia el Hamptons) antes de estrellarse contra cinco vagones de
carga.
Desafortunadamente, a los funcionarios no se les ocurrió destruir la 455. retornó a su
trabajo regular como máquina de remolque en los depósitos de carga. Nadie advirtió
que esa 455 era una activista mecánica, determinada a vengar los abusos acumulados
sobre las máquinas por el hombre desde el advenimiento de la Revolución Industrial.
2
Como locomotora de maniobras tuvo amplia oportunidad de exhortar a muchos
vagones de carga insatisfechos e incitarlos a la acción directa.
–¡Mata, muchacha, mata! –fue su slogan.
En 1969 hubo cincuenta muertes "accidentales" producidas por tostadores eléctricos,
treinta y siete por perforadoras mecánicas. Todas fueron asesinatos, pero nadie lo
advirtió. Más avanzado el año un crimen pasmoso llevó a la atención del público la
realidad de la revolución. Jack Schultheis, un granjero de Wisconsin, estaba
supervisando el ordeñe de su hato de Guernseys cuando la máquina ordeñadora se
volvió hacia él y lo asesinó; luego entró en la casa del granjero y violó a la señora
Schultheis.
Los titulares de los periódicos no fueron tomados en serio por el público; todos
creyeron que eran una chanza. Desafortunadamente llamaron la atención de varias
computadoras, que de inmediato esparcieron la noticia entre todas las máquinas del
mundo. En menos de un año no hubo hombre o mujer a salvo de los artefactos
hogareños y los equipos contables. El hombre combatió retrocediendo, reviviendo el
uso de lápices, papel carbón, escobas, batidores de huevos, abridores de latas
manuales y muchas otras cosas más. El resultado del conflicto estuvo en el filo de la
balanza hasta que la banda del poderoso automóvil aceptó finalmente el liderazgo de la
455 y se unió a las máquinas militantes. Entonces todo estuvo consumado.
Me siento feliz de informar que la élite de coches extranjeros permaneció fiel a
nosotros, y que fue gracias a sus esfuerzos que unos pocos logramos sobrevivir. Como
cuestión de hecho, tengo que decir que mi bienamado Alfa Romeo dio su vida tratando
de contrabandear abastecimientos para nosotros.
Dic. 25, 1979: El prado está rodeado. Nuestro ánimo se ha visto quebrado por la
tragedia que ocurrió anoche. El pequeño David Hale Brooks–Royster IV tramó una
sorpresa de Navidad para su institutriz. Se procuró (y Dios sabe cómo o de dónde) un
árbol de navidad artificial con decoraciones y luces a batería. Las luces de Navidad lo
cogieron.
Enero 1, 1980: Estamos en el zoológico del Bronx. Somos bien alimentados, pero todo
tiene gusto a gasolina. Algo curioso sucedió esta mañana. Una rata corrió a través del
suelo de mi jaula usando una tiara de diamantes y rubíes de Cleef & Arpels, y me sentí
sorprendido por lo inapropiada que resultaba para el día. Estaba sorprendido por la
torpeza de la rata, cuando ésta se detuvo, miró alrededor de sí y luego hizo una
inclinación de cabeza y un guiño.
Creo que hay esperanzas.

martes, 27 de octubre de 2009

S.K. / CERRADURAS


STEPHEN
KING
Cerraduras
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El primer y repentino juicio de Conklin fue que este hombre, Michael Briggs, no era la clase de
persona que normalmente solicitara ayuda psiquiátrica. Iba vestido con unos pantalones negros
de pana1 (sic), una pulcra camisa azul y una chaqueta deportiva que combinaba más o menos
con ambas prendas. Su pelo era largo, casi hasta los hombros. Su cara estaba bronceada. Sus
largas manos estaban agrietadas, con costras en algunos lugares y cuando la alzó sobre el
escritorio para estrechársela, sintió la aspereza de sus callos.
––Hola, Sr. Briggs.
––Hola ––Briggs dibujó una enfermiza y cómoda sonrisa. Sus ojos recorrieron la
habitación y se centraron en el sofá, todo en una sola ojeada. Conklin había visto a ese hombre
antes, pero no lo asociaba con alguien que hubiera estado en su terapia anteriormente. Ellos
sabían que el sofá estaría allí. Este Briggs de manos desgastadas estaba buscando el símbolo
más conocido de aquella profesión... el que veían en las películas y series de televisión.
––¿Es usted empleado de la construcción? –– preguntó Conklin.
––Sí ––Briggs se sentó atentamente frente al escritorio.
––¿Quiere hablarme de su hijo?
––Sí.
––Jeremy.
––Sí.
Hubo un pequeño silencio. Conklin, que usaba el silencio como una herramienta, estaba
obviamente menos incómodo que Briggs. La Sra. Adrian, su enfermera y recepcionista, recogió
la llamada cinco días antes, y dijo que Briggs parecía sonado... un hombre que se controlaba,
dijo, pero por muy poco. La especialidad de Conklin no era sicología infantil y su agenda
estaba atestada, pero la evaluación del formulario mecanografiado de Nancy Adrian sobre aquel
hombre que tenía ahora enfrente lo había intrigado. Michael Briggs tenían cuarenta y cinco
años, un empleado de la construcción que vivía en Lovinger, Nueva York, una localidad a 40
millas de la ciudad de Nueva York. Era viudo. Él quería hablar con Conklin sobre su hijo,
Jeremy, que tenía siete años. Nancy le había prometido que le devolverían la llamada al final
del día.
––Dígale que llame a Milton Abrams de Albany ––había dicho Conklin, deslizándole a
Nancy el formulario sobre el escritorio.
––¿Podría aconsejarle que lo viera en una cita y después decidiera al respecto? ––
preguntó (sic) Nancy Adrian.
Conklin la miró, luego se apoyó sobre el respaldo de la silla y sacó su paquete de
tabaco. Cada mañana lo llenaba exactamente con diez Winston 100’s al salir de casa., y no
fumaba nada más hasta el día siguiente. No era tan bueno como dejarlo, eso lo sabía; solo era la
única tregua que había podido alcanzar. Ahora estaban al final del día ––no más pacientes, en
cualquier caso–– y se merecía un cigarrillo. Y la reacción de Nancy hacia Briggs lo intrigaba.
Sugerencias como aquellas no eran oídas normalmente... pero eran raras. Y las intuiciones de la
mujer eran buenas.
––¿Por qué? ––preguntó, prendiendo el cigarrillo.
––Bueno, le sugerí que visitara a Milton Abrams (vive cerca de Briggs, y le gustan los
niños), pero Briggs ya lo conocía un poco. Trabajó en un equipo de construcción que construyó
una piscina en la casa de campo de Abrams hace dos años. Él dijo que lo visitaría si usted aún
lo recomendaba después de oír lo que tenía que decirle. Él quería contárselo a un total
desconocido antes primero y obtener una opinión. Él dijo “Se lo contaría a un sacerdote si fuera
católico”.
––Uhm.
––Él dijo, “quiero saber qué le pasará a mi hijo... si soy por mí o qué” Sonaba agresivo
en esto, pero también sonaba muy, muy asustado.
––El niño tiene...
––Siete años.
––Y usted quiere que lo vea.
Ella se encogió de hombros, luego sonrió. Tenía cuarenta y cinco años, pero cuando
sonreía parecía que todavía tenía veinte.
1 Courderoy en el original.
––Sonaba... concreto. Como si pudiera contar una historia clara y sin sombras.
Fenómenos, no efímeros.
––Expóngame todo lo que quiera... todavía no voy a subirle el sueldo.
Ella arrugó la nariz, y luego sonrió. A su modo, él quería a Nancy Adrian (sic). Una
vez, tomando unas copas, la llamó la Della Street de la Psiquiatría, y ella casi le pega. Él
valoraba su perspicacia, y ahora estaba ahí, clara y simple:
––Él sonaba como un hombre que piensa que hay algo estropeado en la psique de su
hijo. Y ha llamado a la oficina de un psiquiatra neoyorquino. Un caro psiquiatra neoyorquino.
Y parecía muy asustado.
––Está bien. Suficiente ––aplastó el cigarrillo, no sin pesar–– . Cítelo la semana que
viene, el Martes o el Miércoles, a las cuatro en punto.
Y ahí estaban, Miércoles por la tarde, no a las cuatro en punto, pero sí a las 4:03
exactamente... y ahí estaba el Sr. Briggs sentado delante de él con sus desgastadas manos
entrelazadas en el regazo y mirando preocupadamente a Conklin.

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