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martes, 7 de abril de 2009

LOS AMANTES FUGITIVOS -- RAY RUSSELL

Los amantes fugitivos
Ray Russell



***

The runaway lovers


**
Los amantes fugitivos fueron capturados poco antes de que alcanzaran las fronteras del ducado.
De inmediato fueron conducidos ante su excelencia el duque, cuyo noble porte y halo de rizos nevados le daban el aspecto de un ángel extraído de un cuadro. Su rostro mostraba
tristeza al mirar con expresión de reproche a su joven esposa y a su amante el trovador. Después, con un gran suspiro y con lágrimas brillantes en sus ancianos y bondadosos ojos, pagó en oro a los captores y entregó los prisioneros a su guardián.
Las precisas órdenes que dio al guardián resultaron sorprendentes, pues el duque gozaba de una amplia fama como señor clemente y piadoso.
Los amantes serían conducidos a las mazmorras y castigados severamente durante un total de siete días, uno por cada pecado capital, y por último serían irrevocablemente eliminados en el séptimo. Durante esos siete días, tendrían prohibido, de la manera más absoluta, verse o hablar entre sí, y procurarse consuelo por medio de palabras de ánimo o de miradas de amor.
—De la manera más absoluta —murmuraba el afable guardián mientras conducía a la infeliz pareja a las mazmorras subterráneas, y las llaves tintineaban en su mano—. Señor, eso significa que habrá que arrancaros los ojos y la lengua.
Los prisioneros gritaron protestas airadas, pero el guardián se echó a reír con aire divertido y les aseguró que se trataba de una operación muy sencilla, que se efectuaba con tenazas y hierros al rojo vivo en sólo unos segundos.
Sin embargo, todo el mundo quiere a los amantes, y el guardián era un hombre piadoso. Decidió posponer el arrancarles los ojos y la lengua hasta el amanecer siguiente, dejándoles una noche para verse y hablarse. Ver y hablar, no tocarse o acariciarse pues, tras quitarles la ropa, los recluyó en jaulas separadas, en unas jaulas pequeñas ideadas para que no tuvieran ninguna comodidad. Tras dejar una antorcha humeante encendida en un candelabro de la pared, el guardián se despidió de ellos. Los amantes, sentados en cuclillas y desnudos, con
los dedos de los pies asidos al duro hierro del suelo de las jaulas, pudieron consolarse libremente cuanto quisieron con palabras y miradas.
La mujer fue la primera en hablar.
—Mira a qué situación tan penosa hemos llegado —le dijo entre lágrimas—. Y todo por culpa tuya.
—¿Mía? —contestó el joven—. Fui yo quien insistió en que continuaras con tu esposo, el duque, pues fácilmente hubiéramos podido obtener nuestro placer bajo sus santurronas narices sin que sospechara lo más mínimo. Pero no, tú tenías que escapar.
—Cualquier otra solución hubiera sido innoble. Huir juntos era lo único decente que podíamos hacer.
—¿Tú hablas de decencia? ¿Tú? —gritó él—. Toda tú, que de la cabeza a los pies eres una boca ávida y caliente, febril de sed, reseca por culpa de un marido viejo que no se ocupa de ti, descarada, insaciable, depravada...
—¡Cierra esos labios viles! Tuya es la culpa de esta mala fortuna nuestra. No estaría aquí desnuda, como un pavo cebado en la jaula de un periquito, con siete días de tortura por delante, si tú no hubieras empezado por insinuarte.
—¡Tu memoria es tan falsa como tu virtud! ¡Fuiste tú quien me hizo la primera indicación de interés!
—¡Eres un mentiroso!
—¡Y tú una mujerzuela!
Ella rompió a llorar. Algo arrepentido de sus palabras, él gruñó:
—Está bien, digamos que no es culpa de ninguno de nosotros, sino de ese anciano marido recitador de letanías que tienes...
—¿Una ramera? No, el verdadero problema es que él no...
—No me has entendido. Quiero decir que es culpa suya casarse con una mujer cuya edad no llega a la tercera parte que la suya. Es culpa suya dejarla languidecer y apagarse. Culpa suya arrojar a uno en brazos del otro diciéndome a mí lo mucho que te gustaban mis canciones, y a ti lo mucho que me gustaba cómo las cantabas. Culpa suya por vivir en esa ciega santurronería, esa ignorancia de las necesidades camales, esa idiota inocencia que no le dejaba entrever cuál sería el resultado natural de todo ello. Sí, la culpa es suya. ¡Toda suya! ¡Ah, maldito sea ese mojigato parlanchín!
Ella contestó con un murmullo sin inflexiones de voz:
—Fue en los últimos tiempos cuando el duque evitó mi cama. Al principio de casados, mi carne juvenil le gustaba tanto que se olvidó por completo de sus canas y de sus beaterías, y se comportó mucho más como un mono que como un monje, o mejor diría como un macho cabrío, como un toro o un semental, lo que más te guste. Después, por razones que nunca entendí, pero que tomé por triste agotamiento de sus ancianas energías, fue haciéndose más manso y terminó por no ser más que un hermano para mí...
—¿un hermano? —se burló el trovador—. ¡Gran señor!
Una ráfaga de aire malsano hizo sonar los huesos de un viejo esqueleto que por las peladas muñecas colgaba de unas herrumbrosas cadenas que bajaban del techo. El sonido atrajo sus miradas y las preguntas que no se atrevían a hacerse. ¿Quién había sido? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Era un hombre o una mujer? ¿Por qué causa y cómo había muerto? ¿Le habían colgado sencilla y terriblemente hasta morir de hambre, o sometido a otras medidas menos sencillas? El trovador se estremeció y la mujer rompió a llorar otra vez. Ambos permanecieron en silencio un rato más.
Por fin, él dijo:
—Vamos a pensar un poco. En toda su larga vida, ¿ha temido alguna vez la gente al duque por su severidad? ¿Ha condenado a torturas a alguien, siquiera al malhechor más perverso? ¿Ha azotado alguna vez al más rastrero de los patanes? ¿No se han burlado de él los lacayos por su tibieza? ¿No se han reído tomándole por débil y afeminado? ¿No es su mansedumbre burla y maravilla de la tierra? ¿No es apreciado por los frailes y prelados por su piedad, su caridad, sus oraciones interminables y su santidad? ¿No es así? ¿No digo la verdad?
Un ahogado «sí» se escapó de la mujer, encogida en la jaula cercana. El trovador resumió:
—¿Cómo puede ser, entonces, que un hombre así decrete tan terribles tormentos para dos seres humanos, y más siendo uno de ellos su nueva esposa?
Ella se echó a sollozar con la cabeza metida entre las rodillas, y las lágrimas le corrieron como arroyos por las piernas desnudas hasta detenerse brillantes entre las uñas de sus pies.
—Es inútil que quieras razonarlo —murmuró—. Ya le has oído: siete días de torturas...
—¡De castigo! —replicó él con un graznido—. ¿Qué entenderá por castigo, ese mojigato? ¿Ayunar y arrodillarse y rezar y mortificar la carne? ¿Permanecer siete días a pelo? ¿Sermones apocalípticos o retórica virtuosa? —se echó a reír—. Un poco de incomodidad, una humilde muestra de arrepentimiento y un mucho de aburrimiento y bostezos, ¡Esas son las torturas que tanto tememos!
Se echó a reír otra vez, meciéndose de rodillas hasta donde permitía la jaula.
La mujer emitió un suspiro de abatimiento.
—Eres un estúpido —dijo sin rencor, como una mera afirmación de un hecho—. Al séptimo día moriremos; ésa ha sido su orden.
—«Eliminados» —contestó él—. Al séptimo día seremos «eliminados».
—Es lo mismo...
—¡No, «eliminados» es una palabra con muchos significados! Y entre ellos, el principal es «ser liberados»! —se echó a reír más fuerte—. ¡Liberados! ¿Pueden liberarse los cadáveres? ¿Puede concederse la libertad a los muertos? ¡No! Tendremos que arrodillarnos y pedir clemencia durante siete cortos días. Uno para cada pecado cardinal, ya oíste a ese piadoso adorador. ¡Y después quedaremos libres! ¡Libres! «Eliminados irrevocablemente», ¡Liberados sin posibilidad de revocación! ¡Todas nuestras preocupaciones son en vano!
Los párpados de la muchacha, hinchados y enrojecidos de tanto llorar, se abrieron lentamente y sus ojos le observaron, llenos de ironía y algo de lástima.
—¿Tan fácilmente olvidas? ¿Es que dentro de esa cabeza no tienes más sustancia que aire? ¿Tanto te ha afectado el miedo que ya no recuerdas qué más dijo? ¿No recuerdas algo sobre nuestros ojos y nuestras lenguas?
El trovador abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla. Un terror enfermizo le ensombreció el rostro una vez más.
Ella le observó con burla y desprecio:
—Dime que también nos equivocamos en esto...
El trovador no tardó en responder:
—Ante tu crueldad y tus desagradables palabras, debería dejar que continuaras pensando que vamos a perder esos órganos tan necesarios y deliciosos. ¿Por qué tengo que consolarte, cuando por mis penas no recojo sino sarcasmo y desprecio? Me callaré, pues.
Transcurrió un largo rato de silencio. Al final, la muchacha gritó:
—¡Habla, canalla!
El trovador se rió con aire triunfal.
—Hablaré porque te quiero, dulzura. Y tú me escucharás. Repasa de nuevo esas amenazadoras palabras respecto a nuestros ojos y lenguas. Recuerda quién las pronunció. ¿Fue tu santo esposo? ¿O fue un hombre de menor grado, un doméstico esclavizado, ni más ni menos que nuestro inepto guardián?
Ella caviló sobre la pregunta.
—Mi esposo dijo...
—Tu esposo dijo que no debíamos hablamos o vernos. Y que eso debía hacerse, según sus palabras, de la manera más directa. Bien, pues: ¡mordazas y vendas en los ojos! ¿No es eso más directo que las pinzas y las barras de hierro al rojo vivo? Nuestro estúpido carcelero no estaba sino sacando conclusiones por su cuenta, cavilando sin permiso sobre las órdenes de tu esposo. Y estas órdenes, cuando se lleven a término, no serán peores que una reprimenda a un niño. Créeme, mi pobre desesperada, el miedo es un fantasma que el aire transporta; no tiene freno ni señor. No te inquietes más y sécate esas lágrimas. Una semana de hábitos de penitencia y seremos perdonados, absueltos y magnánimamente «eliminados».
Sus palabras teman una cierta lógica. La muchacha comenzó a sentirse un poco más segura.
—Pido a Dios que tengas razón —musitó.
—Confía en mí —contestó él—. Tu esposo no permitirá que ninguno de los dos seamos torturados o muertos.
Al cabo de un rato regresó el guardián, aquel hombre afable, y les saludó con una alegre sonrisa. Después tomó asiento cerca de ellos mientras comía un plato de gachas, su pobre cena del día. Entre sorbos y chasquidos, les dijo:
—Su excelencia el duque dice que sería injusto teneros en la ignorancia de lo que pronto os ha de ocurrir. Lo justo, justo es, dice, pues no es un hombre cruel, un tirano como algunos para los que he servido, un canalla que dejaría a pobres nobles como vos en el temor del peor de los destinos; es decir, en la incertidumbre de las cosas. Mucho mejor, dice, será hacerles saber lo que hay guardado para ellos, y desde luego que hay verdad y sabiduría en esas palabras, por los clavos sangrantes de Cristo, si mi señora me permite la expresión. Así, pues, ve, buen hombre, me dice, regresa junto a ellos y diles cosa por cosa las que se les harán, las siete cosas para los siete días, y no seas avaro en detalles, dice, pues es conveniente que sepan lo más posible, pues deben temer lo menos posible y encomendar serenamente sus almas al cielo. Qué buen hombre, qué hombre de Dios es su excelencia.
Tras limpiarse los labios y dejar a un lado el plato vacío, el comunicativo carcelero les dijo:
—Bien, pues. Mañana es el primero de los siete días y así, al romper el alba, tras una buena noche de sueño que deseo que tengáis, esto es lo que se os hará a cada uno... Cuando les explicó el primer día, palidecieron. Cuando les explicó el segundo, gruñeron. Cuando les explicó el tercero, maldijeron. Cuando les explicó el cuarto, sollozaron. Cuando les explicó el quinto, gritaron. Cuando les explicó el sexto, vomitaron. Cuando les explicó el séptimo y último día, un día que casi llevó veinte minutos explicar, se desmayaron a media narración y para terminar de contarlo tuvo que devolverlos a la conciencia con un cubo de agua fría.
—Y eso será todo —añadió con una sonrisa—. Después de eso no habrá viles faltas de respeto paganas para sus restos, sino entierros decentes y exequias cristianas para ambos. Así lo ha estipulado su excelencia. Buenas noches, mi señora. Joven señor. .. Que duerman bien.
Tarareando una tonada, el carcelero abandonó las mazmorras cerrando la puerta metálica con un amortiguado sonido.
El joven, enloquecido de desesperación, hizo sonar los barrotes de su jaula, los golpeó con los nudillos y clavó las uñas en la cerradura hasta que le sangraron. Al final, se derrumbó en una masa informe de carne temblorosa y gimoteante.
Ella, con los ojos en blanco de la sorpresa, murmuró unas palabras desencajadas, con un tono apenas superior a un susurro.
—Obsceno... Desagradable... Más horroroso de lo que nunca pude imaginar... Más terrible que todas las agonías del infierno. ¡Siete días! ¡Y cada uno de ellos interminable! ¡0h, Dios! ¿Padecer así, sufrir tan terribles abominaciones por unos escasos momentos de placer? ¡No, no!
Su amante la miró con el rostro inexpresivo. Después barboteó:
—Debes suplicarle, rogarle, pedirle. Dile que fuiste tú quien me tentó y que yo, pobre humano hecho de barro, fui absorbido inexorablemente por el lodazal de tu lujuria. ¡Díselo! ¿Por qué ambos debemos morir de un modo tan horrible? ¿Por qué tengo que padecer por tu infidelidad?
Ella le contestó con un grito:
—¡Cobarde! ¡Víbora! ¿Soportarías verme rota y descuartizada con tal de salvar la piel? Eres tú quien tiene que buscar su gracia, decirle cómo corrompiste mi alma con trucos diabólicos y artes de nigromante, convirtiéndome en esclava indefensa de tu lujuria...
—¿Yo? ¿Hacerme jirones la garganta a gritos durante siete días y siete noches inimaginables... todo por una furcia? Un par de labios, unos ojos y..., y...
Su lengua tartamudeó, frenada por algo que había visto fuera de la jaula. Parpadeó y se lamió los resecos labios.
—Mira —dijo al fin, señalando un punto con mano temblorosa.
Ella obedeció. Allí, sobre las losas del suelo, cerca del plato vacío y no lejos de las jaulas en las que los presos estaban doblados sobre sí, había un círculo de esperanza que devolvió la vida a sus corazones: las llaves del guardián.
—La lla... —empezó a gritar ella, pero su amante le susurró silencio con el dedo en los labios.
—Ni una palabra, ni un ruido. Ésta es la mano de la providencia.
También en un susurro, ella respondió:
—Deja de invocar beaterías como mi esposo y alcánzala.
El trovador estiró el brazo entre los barrotes de la jaula, pero se quedó muy corto. Apretó el hombro desnudo entre los
barrotes, dolorosamente, extendiéndose más y más, pero incluso así las yemas de sus dedos sólo alcanzaron el aire vacío, a varios centímetros del aro que contenía las llaves. Por último, exhausto, se rindió.
Ahora fue ella quien, desde su jaula, extendió el brazo entre los barrotes negros y fríos, con sus delicados dedos retorciéndose como pequeñas serpientes en su intento de asir el llavero. Entre bastos gruñidos y vulgares maldiciones, estiró el brazo todavía más, con una de las frutas maduras que tenía por pechos cruelmente apretada contra los barrotes. Una pátina de sudor le cubrió todo el cuerpo pese al frío de las mazmorras. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, los dedos seguían sin tocar las burlonas llaves.
Él, al ver los esfuerzos de la muchacha, gimió:
—No hay manera... No hay manera...
Ella estaba poco dispuesta a rendirse tan fácilmente. Susurrando un juramento nada apropiado para una dama, desdobló ahora sus largas y bien contorneadas piernas y, gesticulando ante los aguijonazos de dolor que sentía en ellas tras las muchas horas de obligada posición acuclillada, se esforzó en sacarlas entre los barrotes y extenderlas hacia el círculo metálico de llaves que yacía en el suelo, entre ellos y la fuga. Flexionó y estiró los dedos de los pies para alcanzarlas. Estiró las piernas aún más y sus muslos se cubrieron de arañazos y morados a causa de los hierros. Mordiéndose los labios, la muchacha asió los barrotes con las manos y apretó el vientre y la entrepierna implacablemente contra el sólido hierro, casi partiéndose en dos sobre el barrote que separaba sus muslos, boqueando de dolor, con los dedos de los pies abriéndose y cerrándose y el sudor cubriéndole la carne hasta que, por fin, con un murmullo de agradecimiento a Dios, sus esfuerzos se vieron recompensados, sus pies se cerraron sobre el llavero, sintió el bienvenido contacto frío de las llaves entre los dedos de los pies y lenta, cuidadosamente, llevó el pie hacia atrás, hacia la jaula, hasta alcanzar el llavero entre las manos. Lo levantó triunfal antes de recostarse hacia atrás, viscosa por el sudor y la sangre de los rasguños, dolorida, sollozante y victoriosa.
Su amante, en la otra jaula, dedicó una mirada casi de lascivia a las llaves y croó:
—¡La cerradura! ¡Abre la cerradura!
La muchacha introdujo una de las doce llaves en la cerradura de su jaula. No servía. Intentó la siguiente. Y la otra. Ambos amantes maldecían, invadidos nuevamente de una desesperación que volvía a llenar el gran espacio que la esperanza había excavado en sus corazones, mientras ella seguía probando llaves.
A la décima fue la vencida. La muchacha abrió entre chirridos la puerta de su jaula y se arrastró por el suelo de piedra de la mazmorra. Lentamente, con un dolor lacerante, se fue incorporando hasta alcanzar toda su altura, magnífica, hermosa en su desnudez.
Luego, pasando de largo ante la jaula del trovador, enfiló directamente hacia la puerta de la mazmorra.
—¡Aguarda! —gritó él—. ¿Vas a dejarme aquí?
—Quien viaja ligero viaja mejor —le contestó ella, al tiempo que abría la puerta de la mazmorra.
—¡Abre esta jaula! ¡Puta!
Ella rió levemente y le envió un beso burlón.
—¡Tú me necesitas! —gritó él—. Me necesitas para burlar a la guardia, para robar los caballos y ropa... Si te vas sin mí, voy a romperme los pulmones para despertar a todo el castillo, y el guardián y los centinelas te capturarán antes de que puedas llegar a la primera muralla.
Ella le observó, pensativa. Luego, sonriente, volvió hacia la jaula.
—No era más que una broma —dijo, al tiempo que le liberaba.
—Prefiero creerte —gruñó él—. ¡Perra!
Abrieron la pesada puerta de metal de las mazmorras entre los dos. Silenciosa y rápidamente, sin apenas atreverse a respirar, se encaminaron con los pies desnudos hacia una estrecha escalera de caracol, de piedra, que llevaba a la armería.
¡Allí les aguardaban perfectas filas de soldados en formación!
No. A primera vista parecían soldados, pero resultaron ser armaduras vacías, con las viseras tan vacías de vida como las cuencas de los ojos de la sonriente calavera de la mazmorra.
Siguieron subiendo escaleras y recorrieron como arañas un pasillo negro y sin ventilación construido de tal modo que parecía hacerse más estrecho cuanto más penetraban en él, con el techo gradualmente más bajo a medida que avanzaban, hasta que se vieron obligados a agacharse. Las paredes iban cerrándose una sobre otra hasta el punto que tuvieron que ponerse en fila india, y luego arrastrarse sobre sus estómagos a través del aire viciado y la oscuridad impenetrable.
Pareció transcurrir más de una hora antes de que por fin notaran el aire fresco y, poco después, salieran a un lugar mayor donde pudieron ponerse en pie, igual de oscuro, pero que parecía una especie de túnel. A ciegas echaron a correr por lo que resultó ser una red laberíntica e irritante de túneles similares, chocando de vez en cuando dolorosamente con las paredes de piedra, hasta que por fin escucharon el rumor de un líquido y se dieron cuenta de que el laberinto era un sistema de alcantarillado, o de conducciones o algo parecido, ya que pronto se hallaron chapoteando en unas aguas estancadas y sucias que les llegaban hasta los tobillos, después hasta las rodillas. Luego, cuando las aguas heladas subieron hasta la altura de sus caderas desnudas, el pánico les invadió.
Padecieron una eternidad mientras avanzaban chapoteando, escuchando la chachara de las ratas y observando sus ojillos rojos en la oscuridad, hasta que un punto de luz en la lejana distancia les llevó a lanzar rudas expresiones de triunfo desde sus gargantas y entre sollozos corrieron atropelladamente hacia el punto de luz, chapoteando, resbalando, cayendo, incorporándose sobre los pies y lanzándose de nuevo hacia delante, hacia el bendito punto de luz que les llamaba, fuera del agua maloliente cuyo nivel ya había bajado por debajo de las rodillas, a continuación por debajo de los tobillos, para finalmente correr de nuevo en terreno seco. La luz se hizo cada vez mayor hasta que, con los brazos y piernas doloridos, y los pulmones ardiendo por el esfuerzo, salieron del túnel y fueron a dar a...
La mazmorra. La mismísima mazmorra de donde habían escapado. En efecto, allí estaban las jaulas, con las puertas abiertas, y el esqueleto colgante, y su amable carcelero, con un palo en la mano, saludándoles con una sonrisa que descubría su dentadura llena de agujeros.
—Una treta —gruñó el trovador, cayendo de rodillas.
—Así es, señor —asintió el guardián—. Una treta para pasar el rato y despejaros la cabeza de preocupaciones.
La muchacha emitió un chillido.
—¡Un truco de canallas! ¡Un truco para animar nuestras esperanzas y después borrarlas de un plumazo! ¡Un truco para satisfacción del demonio!
—Vamos, vamos —la reprendió el guardián—. Meteros en las jaulas, señora y joven señor, y aprisa, o me veré obligado a romperos un par de huesos con esto...
Alzó el palo amenazadoramente y, tras arrebatar el llavero de la mano de la muchacha, les volvió a encerrar en las jaulas.
—¿A qué se debe que estéis tan mojados, desnudos y amoratados de frío? —dijo el carcelero, solícito—. Animaos, al amanecer hará mucho más calor.
Con toda intención, haciéndoles expresivos guiños, abrió una alacena y extrajo un par de barras de hielo que colocó junto a un banco próximo.
—Sí, señor, fuego y calor suficientes— añadió, sonriente, y extrajo de la alacena dos cuchillos largos y afilados como gigantescas navajas de duelo—. Fuego, calor y otras cosas —añadió.
Colocó los terribles cuchillos junto a las barras de hierro. Después cerró la alacena, echó un vistazo al amenazador equipo situado en el banco y dijo:
—Esto bastará. Para el primer día, por lo menos, será suficiente.
Después, deliberadamente, hizo sonar las llaves en el aro y el aire se llenó con su amargo tintineo. Por fin, se encaminó hacia la puerta de las mazmorras mientras decía:
—Esta vez no voy a olvidarme las llaves, como un bellaco juguetón. Buenas noches, mi señora, mi joven señor. O, más bien, buenos días, pues el alba romperá antes de una hora.
La puerta se cerró.

El rostro del duque mostraba una expresión de sorpresa.
—¿Muertos, dices? ¿Ambos?
—Así es, excelencia —repuso el guardián—, y por su propia mano. A mis espaldas, alargaron la mano fuera de las jaulas y alcanzaron los cuchillos que su excelencia me ordenó poner en el banco para que ellos los vieran. El señor tenga piedad de sus almas.
El duque se santiguó, despidió al guardián y se volvió hacia el clérigo tonsurado que tenía al lado.
—¿Ha oído, monseñor? Corroídos por el remordimiento, consumidos por la sensación de culpabilidad, se han quitado la vida.
—Y, como todos los suicidas —añadió solemnemente el clérigo—, han caído a plomo en el fuego de la perdición, para sufrir allí un castigo infinitamente más severo que si hubieran muerto por orden vuestra.
—Es cierto, es cierto, pobres almas ardiendo —dijo el duque—. Yo, como vos sabéis, en ningún momento pretendía que sufrieran el menor daño físico.
—Naturalmente. Una crueldad así hubiera echado por el suelo el buen nombre de que goza su excelencia.
—Esos cuentos horripilantes que le ordené al guardián que les contara, esos esqueletos y demás, no pretendían sino humillar y doblegar sus ánimos durante una noche. ¡Oh, cuánto me arrepiento!
—¿De esos huesos y cuentos inofensivos?
—No, monseñor, no me arrepiento tanto de eso como de mi naturaleza confiada que llevó a esos dos jóvenes por el camino de la tentación. ¿Es mía la culpa? ¿Es mía la mano que les ha conducido a la depravación, el descubrimiento y la muerte?
—¡No! —contestó el clérigo, con voz firme—. La inocente bondad de su excelencia no debería culparse a sí misma de los pecados de otros.
—Gracias por decírmelo.
—Su excelencia jamás pudo imaginar ni desear la muerte de su joven esposa...
—Oh, no.
—Ni volver de nuevo a la viudez...
—El cielo no lo permitiera...
—Ni volver a su doliente soledad.
—¡Oh, qué día tan doloroso!
—Nadie en todo el reino podría culparos.
—Rezo por ello.
—El corazón de todos vuestros amigos, vuestros fieles cortesanos, vuestros más lerdos patanes, vuestros señores de más alcurnia, su majestad, la propia Iglesia... Todos se entristecen con vos en esta hora terrible.
—Gracias, reverendo padre.
—Sin embargo, y sin ánimo de faltarle, debo hablar de vuestro repentino y solitario estado. Le recordaré a su excelencia que ahora resulta posible cierta alianza muy ventajosa con una familia cuyo nombre es tan ilustre que no necesito ni mencionarlo...
—En un momento como éste, uno no debe pensar en nuevos matrimonios —contestó el duque—. Pero, cuando me haya recuperado, quizá podamos tener una conversación acerca de ese príncipe al que habéis aludido y cuya hermana tiene, calculo, unos quince años ya, y por lo tanto está a punto para el matrimonio. Os dejaré a vos, monseñor, los pequeños detalles de la ceremonia nupcial, que deberá tener lugar, no es necesario decirlo, después de lo que podríamos decir un tiempo prudencial.
—Un tiempo prudencial, por supuesto —repitió el clérigo.


FIN

miércoles, 25 de marzo de 2009

La voz del lobo -- Francis Carsac -- SCIFI

La voz del lobo

Francis Carsac


***

I



El intermitente rojo parpadeó, se apagó, volvió a encenderse definitivamente. Arrancado de la duermevela en que le había sumido la monótona vigilancia de la pantalla del hiperradar, Jean Michaud sacudió la cabeza, ahuyentando las últimas brumas de su entumecimiento. Sobre el fondo fluorescente, entre unas pequeñas manchas, reflejos de polvos cósmicos, acababa de aparecer un punto más claro. Con un gesto rápido, Michaud bajó la manecilla del comunicador.

—¡Contacto, comandante!

—¡De acuerdo!

Un minuto después, el comandante Olivarez estaba allí. Pequeño, moreno, el rostro enjuto y alargado partido en dos por la sombra de un poblado bigote que la navaja no conseguía borrar, contrastaba notablemente con el joven alférez de navío, que con su corpulencia y su elevada estatura —un metro noventa— aplastaba el asiento de metal.

—¿Desde cuándo tiene usted ese contacto?

—Le he llamado inmediatamente, comandante. Estamos al máximo alcance.

—¡Cien millones de kilómetros! Eso nos concede algún tiempo, si se trata de algo que no sea un asteroide o un cometa. A esa distancia, el telescopio no nos servirá de nada. Ninguna idea acerca de su trayectoria, ¿verdad?

—El Fijascope no indica nada, por ahora.

—Bien. No lo pierda de vista.

Michaud vaciló un segundo.

—¿Vamos a su encuentro, comandante?

Olivarez no acostumbraba a discutir sus decisiones con sus subordinados. Esta vez hizo una excepción.

—Todavía no lo sé. En el sector en que nos encontramos no hay colonias ni razas no humanas conocidas. ¿Un explorador? Nos aseguraríamos fácilmente de ello emitiendo un mensaje, pero prefiero abstenerme, si se trata de una nueva raza. Si sus radares no son tan buenos como los nuestros, podríamos acercarnos lo suficiente como para utilizar el telescopio antes de que nos localicen a nosotros...

—En ese caso, ¿por qué no ensayar la longitud de onda del código del Servicio? Si no son de los nuestros, hay pocas posibilidades de que estén en esa frecuencia.

—¡Vamos, Michaud! Nosotros tenemos un monitor, que escucha en todas las longitudes prácticas. Ellos pueden hacer lo mismo.

—Bien, comandante. ¿Cuántas de nuestras expediciones han encontrado razas no humanas, hasta ahora?

Olivarez era un xenólogo de renombre al mismo tiempo que comandante del explorador La Fulgurante.

—Diecisiete. Pero ninguna en ese cuadrante.



Al quedarse sólo, el joven alférez fijó su atención en los aparatos. El punto luminoso parecía inmóvil. Michaud activó la pantalla de visión. No esperaba ver la astronave extranjera, suponiendo que se tratara de una astronave: estaba demasiado lejos. Abajo, a la izquierda, velada por el fotocompensador automático, centelleaba la estrella cuyo sistema acababan de explorar, y, en el centro, el cuarto planeta, su objetivo, nadaba majestuosamente en el espacio, pequeña mancha redonda y verdácea.

—¿Qué diablos hacen en el continuum, tan cerca de un mundo? Si son de los nuestros, podemos despedirnos de la mitad de la prima de descubrimiento... Y si son extranjeros... ¿Vienen también en calidad de exploradores, o están ya en su casa?

La aguja del Fijascope osciló, avanzó ligeramente hacia la derecha.

—¡Caramba! ¡En línea recta hacia nosotros, me parece! ¡Comandante, es una astronave!

El sonido metálico del timbre «todos a sus puestos» desgarró el ruido de fondo producido por el zumbido de las máquinas. Unos instantes después, un joven pelirrojo y delgado se dejó caer sobre el asiento de la izquierda: Jerry Dahl, el telemetrista-radar al que Michaud había revelado. Diez segundos más tarde, el oficial de tiro, Boris Ivanov, se sentaba a la derecha, tras haber cerrado la puerta con compartimiento estanco. El equipo del puesto I estaba completo.

—¿Qué has localizado, Jean? ¿Un extranjero, o un compañero que nos quiere birlar la prima?

Las largas manos delgadas y cubiertas de manchas rojizas se movían sobre las manecillas con una destreza que Michaud no hubiese podido igualar.

—¡Eso es lo que me gustaría saber!

Metalizada por el comunicador, la voz de Olivarez interrumpió la conversación:

—Acabamos de emitir la señal de reconocimiento. Es casi seguro que hemos sido localizados. Sin embargo, no podemos esperar una respuesta antes de diez minutos. La probabilidad de que se trate de una astronave extranjera es elevada. Acabo de releer las instrucciones que nos dieron en el momento de salir de la base: nuestro camarada más próximo, el Antares, se encuentra a unos cien años luz de nosotros.

»Pocos de ustedes han participado ya en un primer contacto. Debo recordarles que la sangre fría y la disciplina son las cualidades más indispensables. Todo el futuro de las relaciones entre los hombres y los otros puede depender de los minutos que van a seguir. Nadie debe disparar sin orden formal, aunque estemos bajo el fuego, aunque seamos tocados. A partir del momento en que suene la alerta roja y el zafarrancho de combate, quiero a todo el mundo en espaciandra interior. Que nadie lo olvide. ¡Nada de tonterías a ese respecto! No son molestas, han sido concebidas especialmente, y les darán tiempo para endosarse las verdaderas espadañaras, si por desgracia las necesitan. Nada más. ¡Telemetrista, su informe!

—Dirección 000, distancia 98 millones. Velocidad 5.000 kilómetros por segundo, composición radial. Velocidad tangencial desconocida —cantó Jerry Dahl.

—¡Oficiales de tiro, su informe!

—Tubos 1 y 2 cargados, cabezas termonucleares, tubos 3 y 1 cargados, cabezas atómicas, tubos 5 y 6 cargados, cabezas químicas —respondió Ivanov.

—Tubos 7 y 8 cargados, cabezas termonucleares, tubos 9 y 10 cargados...

Sucesivamente, los seis puestos de tiro desgranaron su letanía de muerte.

—Dirección 000, distancia 97 millones 900 millas, velocidad radial 6.000 km/seg...

—No cabe duda, nos han visto —murmuró Michaud.

—¿Tú primer combate? —interrogó el ruso.

—Sí. ¿Y tú?

—Tres contra los Kzlils...

Con un gesto de enojo, Dahl les impuso silencio. Una brusca presión les pegó a los respaldos de sus asientos: La Fulgurante aceleraba, a 2 g. Transcurrieron los minutos, silenciosos; luego, unos timbrazos entrecortados les hicieron sobresaltar. La alerta roja, que precedía al timbre de zafarrancho de combate.

Michaud saltó, pero Ivanov le había precedido ya. Sacó del armario metálico las tres combinaciones ligeras que les permitirían soportar la descompresión, si no era demasiado brutal, durante el tiempo que necesitarían para colocarse las espaciandras. Fijaron sobre sus rostros la máscara de oxígeno y volvieron a ocupar sus puestos, mientras Dahl se vestía a su vez.

El altavoz clamó:

—Respuesta recibida. El idioma es completamente desconocido. ¡Hijos míos, vamos a tener el honor de un primer contacto! Alférez Michaud, el teniente Caccini va a reemplazarle. Preséntese inmediatamente en el puesto de mando...

—¡Granuja, vas a poder verlo todo!

—...y tráigase su espaciandra.

Un coro de risas saludó, en toda la astronave, aquella última recomendación. Michaud no habría podido endosarse otra espaciandra que no fuera la suya.

—Dirección 3 grados. Este. Distancia 95 millones. Velocidad 7.000 km/seg.

A media voz, Dahl añadió:

—Está maniobrando. ¿Para abordarnos, o para evitarnos? Buena suerte, y hasta pronto. ¡Eso espero!



Cuando Michaud entró en el puesto de mando, Olivarez le esperaba allí rodeado de su estado mayor: el primer teniente Ali Kemal, el segundo teniente Terai, cuya indolencia polinésica no ocultaba del todo su energía, Horqarnaq, el mecánico jefe, esquimal tripudo y risueño, y de dos paisanos, Herr Doktor Müller, el lingüista, y Oumbopa, el astrónomo cafre, el único que por su estatura, ya que no por su corpulencia, podía rivalizar con el alférez de navío a bordo de La Fulgurante.

—Le he enviado a buscar, Michaud, porque según su ficha ha escogido usted la lingüística como especialidad. A partir de este momento, y por el tiempo que sea necesario, queda usted a las órdenes del doctor Müller.

—Ach, mi joven amigo, ¿dónde ha estudiado, y con quién?

—En la academia astronáutica de Reganne, con el profesor Vandenberg.

—¡Perfecto, perfecto! Vandenberg es uno de mis antiguos condiscípulos, y le aprecio mucho, aunque a veces no estemos de acuerdo en la traducción de los rollos de las ciudades muertas de Alpha-Polaris III. Venga conmigo, oirá usted el registro del mensaje que hemos recibido como respuesta al nuestro.

Pasaron a la salita que era el dominio del Herr Doktor.

—¡Siéntese, siéntese! ¡Los alumnos de mis amigos son mis amigos! He aquí el mensaje.

Del magnetófono surgió una voz cantarina:

—Anéo'iditélékrantchaboetélé ansitélékranchatéoutélalou hinéto betéoersiteriskaridoro.

—Tres palabras, o quizás tres frases que no llegamos a descomponer. No entiendo nada.

—¡Yo tampoco, querido, yo tampoco! Teufel, su comandante nos toma por brujos. Si tuviéramos más palabras, y unas imágenes, tal vez conseguiríamos algo. Mein Gott! ¡Cuando pienso en todas las burradas que pueden oírse y leerse sobre el descifrado de idiomas desconocidos! Mire, tengo aquí una novela de un autor cuyo nombre no le daré, porque es demasiado conocido. Pues bien, en esa historia, una de nuestras astronaves llega a un planeta, la tripulación encuentra unas inscripciones, y ¡hop!, en tres páginas, el lingüista de a bordo lee correctamente los textos. ¡Hay que ver! Tome esos famosos rollos de Alpha-Polaris: estamos seguros de que el lenguaje es del tipo del de los Klens montañeses. Pues bien, donde su maestro, mi amigo Vandenberg, lee: Yo, Akka, Rey, hice un sacrificio a los dioses, yo leo: Yo, Akka, Rey tomé una nueva concubina. ¡Ja, ja, ja! Tiene gracia, ¿verdad? Y yo estoy seguro de que tengo razón. Según sus bajorrelieves, los protoklens eran una pandilla de sátiros. Y Vandenberg es demasiado puritano. Volvamos al puesto de mando, volen sie? Tal vez haya alguna novedad.

Oumbopa reguló minuciosamente el gran telescopio. Situado en la parte delantera de la astronave, y destinado a estudiar de lejos los sistemas visitados antes de acercarse a ellos, el aparato, provisto de un amplificador electrónico, permitía unas ampliaciones fantásticas. Pero sobre su pantalla sólo se veía una pequeña mancha luminosa, sin forma definida.

—Hay que esperar, comandante —dijo el astrónomo negro, con su voz de bajo africana, vibrando más sordamente que una voz europea.

Esperaron, el silencio interrumpido únicamente por los informes de los telemetristas y el «sin novedad, comandante» de los radios que trataban inútilmente de restablecer el contacto con «los otros»

Todo estaba silencioso a bordo de La Fulgurante. Encerrados en los compartimentos estancos, los hombres esperaban la orden que desencadenaría los proyectiles a fusión, o, por el contrario, terminaría con el zafarrancho de combate. Fuera, detrás del delgado casco, ¡oh!, tan delgado ahora, las estrellas taladraban la oscuridad del espacio con su luz sin destellos, y, lejos debajo de la astronave, giraba el planeta desconocido que habían venido a reconocer en nombre de la humanidad y que «los otros» iban tal vez a disputarles. Hasta ahora, la expansión humana en el Cosmos había sido pacífica, con la breve interrupción, diez años antes, de la guerra kzililiana.

Un comunicador zumbó. Olivarez empuñó el receptor.

—Comandante, ahora estamos seguros de que el planeta no emite ninguna forma de energía, aparte de las energías naturales. Ni radio, ni ondas de Kolback, ni radioactividad, salvo lo que es normal.

—Ese mundo, por tanto, carece de vida inteligente, o al menos de civilización industrial.

—A no ser, comandante, que nos hayan localizado y que se hagan el muerto...

—Una civilización no se hace el muerto, como una foca, Horqanaq. Además, en el momento de acercarnos, tampoco nosotros hemos emitido nada. Lo malo es que si esa Tierra del cielo es virgen para nosotros, lo es también para ellos.

Con un gesto, señaló la pequeña mancha luminosa en la pantalla. Se había agrandado, evidentemente. Oumbopa reguló el telescopio.

—¡Ahora se ve una forma!

—Si a eso se le puede llamar forma...

—No es de los nuestros, ni de los Krens, ni de los Hopolpops, ni de los Sinerios, ni de los...

—No hace falta que recite toda la serie, Kemal —interrumpió Terai—. Es algo nuevo, en efecto.

—Probablemente son menos tradicionalistas que nosotros, o que cualquiera otra raza que conozcamos...

—¡Efectivamente! En tanto que nosotros hemos conservado para nuestras astronaves el aspecto exterior de los modelos primitivos, ahusado o esférico...

—Algo de ese tipo había sido propuesto en otros tiempos, cuando nuestros antepasados pensaban poder conquistar el espacio con unos cohetes atómicos...

—¡Era menos complicado!

El aparato desconocido se dibujaba ahora claramente sobre la pantalla. De una parte central en forma de globo partían unas estructuras radiales, como las espinas de un erizo, cada una de ellas terminada en una especie de pala. No era ningún medio de propulsión.

—Deben utilizar el cosmomagnetismo, como nosotros...

—¡Comandante, comandante! ¡Contacto televisivo!

El grito del oficial de comunicación interrumpió los comentarios. La pantalla de televisión se había encendido, recorrida de vivas irisaciones. Tensos, los hombres se limitaron a mirar. Las irisaciones se ordenaban y, durante una fracción de segundo, hubo una imagen.

—¿Ha visto?

—Sí, serían...

—¡Los primeros humanoides localizados!

—¡Imposible! Sobre una imagen tan fugitiva, nuestros ojos...

—En todo caso, buscan el contacto...

—Una emisión equivocada...

—¿Con su nivel técnico? ¿Y hacia quién...?

—¡Ya vuelve!

La imagen se fijó sobre la pantalla. ¡Surgido de las profundidades del espacio, un rostro les miraba, un rostro humano! Desde luego, no podía pertenecer a ninguna raza terrestre. Bajo unos largos cabellos de oro verde, la frente alta, lisa, estrecha, dominaba a unos ojos extraños, de color violeta, almendrados, unos ojos oblicuos, hiperasiáticos. La nariz recta y fina, la boca mediana, sin prognatismo, la piel de un moreno claro, cálido, cobrizo. El cuello era largo y gracioso, las orejas pequeñas pero carnosas, el rostro triangular, y las comisuras de la boca, ligeramente vuelta hacia arriba, le daban un aire de amable ironía.

—¡Dios mío, qué hermosa es! —El grito se le escapó a Michaud.

—Pero, ¿es una mujer?

—¡Mire! ¡Además, ahí está un hombre!

Un segundo personaje acababa de aparecer, algo más alto, de facciones más duras, pero con las mismas características raciales.

—Transmitan a su vez —ordenó Olivarez—. Que vean que también nosotros somos humanos.

—¿No vamos a luchar contra ellos, comandante?

—¡No, si puedo evitarlo! ¡Fotografíen todo lo que se ve de su puesto de mando!

Detrás de los desconocidos, todo un tablero hormigueaba de aparatos, familiares en su rareza. El hombre manipuló en unos mandos y se encendió una pantalla, en la cual apareció la imagen de los oficiales de La Fulgurante.

Olivarez se situó delante del transmisor y, con las manos extendidas hacia adelante, declaró lentamente:

—¡Saludamos a nuestros hermanos del espacio! ¡Venimos en son de paz!



II



—Ilia olenga aritsuno teb irig'no ...no, me equivoco, irieg'no...

El idioma extranjero, el idioma de los «otros» acudía casi naturalmente a sus labios. Desde hacía tres meses, La Fulgurante orbitaba alrededor del planeta y la astronave extranjera hacia otro tanto. Con un acuerdo al principio tácito, luego claramente definido, los dos comandantes habían decidido esperar a que la barrera lingüística quedara eliminada antes de aterrizar y de establecer contacto. En La Fulgurante, Müller y Michaud debían actuar como intérpretes. Entre los «otros», la joven y su hermano desempeñarían el mismo papel.

Las cosas habían progresado lentamente. A pesar de la ayuda de las imágenes transmitidas por televisión, no resultaba fácil para dos razas, dos civilizaciones completamente extrañas, entenderse. Las palabras concretas, relacionadas con los actos simples, habían sido rápidamente asimiladas por las dos partes. Pero, si bien resulta fácil decir: «Me siento en la silla», es más delicado expresar unas abstracciones, unos sentimientos. Por fortuna, la «humanidad» de los extranjeros parecía extenderse a su psicología, y no cabía duda de que se escribirían muchas tesis sobre los dos mundos, a propósito de la inverosímil coincidencia que había producido unas evoluciones tan paralelas en la Tierra y en Elalouhin. La evolución se extendía al número de los cromosomas y probablemente a los genes y a la bioquímica, lo cual indujo a Brian O'Hara, uno de los biólogos de La Fulgurante, a expresar la opinión de que un matrimonio mixto sería sin duda fecundo.

El estudio del idioma elalouhini había sido difícil e ingrato, y sin la poderosa ayuda del anciano filólogo alemán, Michaud no hubiese conseguido hablarlo en tan poco tiempo. Ilia, la joven extranjera, había tenido menos trabajo para dominar el espacial, voluntariamente simplificado en su sintaxis, si no en su vocabulario.

—Ilia, me siento feliz al pensar que pronto podré saludarla personalmente —dijo Michaud—. Estoy seguro de que ese encuentro beneficiará inmensamente a nuestras dos razas, tan lejanas y tan próximas a la vez.

—Yo también me siento feliz. ¿Recuerda sus temores, Jean?

Michaud rió de buena gana. En cuanto pudieron intercambiar algunas frases, se había interesado por la estatura de Ilia, temiendo que fuera una gigante de diez metros de altura, o una enana de treinta centímetros. Nada permitía establecer a priori la escala de los objetos o de los seres que aparecían en la pantalla del televisor. Pero, de una medida de la astronave extranjera, y de una indicación de las relaciones de magnitud, había deducido, con una sensación de alivio, que los Elalouhinis se adaptaban a las normas terrestres: Ilia medía alrededor de 1,73 m. y su hermano 1,80 m.

Toda amenaza de conflicto parecía descartada. Los Elalouhinis efectuaban un viaje de exploración, mucho más allá del límite normal de su expansión, y no tenían la intención de colonizar aquel planeta demasiado lejano. Formaban, a más de 600 años luz de la zona terráquea, una vasta confederación pacífica de pueblos, de los cuales ningún otro era humanoide.

—Aterrizaremos mañana, Ilia. ¿Lo sabía?

—Sí. Nosotros haremos lo mismo, a quince eltons... es decir, a unos diez kilómetros, según las medidas de ustedes. Y pasado mañana...

—¡Pasado mañana, el gran encuentro! ¡Las dos razas humanas de la galaxia finalmente reunidas, entre tantos no-humanos!

—Entre nosotros hay una antigua profecía que dice que un día encontraremos a nuestros hermanos «en el camino de las estrellas». ¿Anticipación de un vidente, o pura coincidencia? Tendremos muchas enseñanzas que intercambiar. Nosotros hemos aprendido mucho. El paralelismo de nuestro desarrollo cultural, al mismo tiempo que físico, proyectará, sin duda, una gran claridad sobre las causas profundas de la evolución...

—Sólo me entristece una cosa, Ilia. Después de esa reunión, tendremos que volver a separarnos. ¿Quién sabe cuándo nos veremos de nuevo? Soy oficial, y tengo que obedecer órdenes...

—No olvide que ahora habla usted nuestro idioma, y que le reclamaremos como oficial de enlace.

El rostro de Michaud se iluminó.

—¿Le agradará volver a verme?

—Tal vez. Pero, ¿no estamos demasiado lejos de ustedes, con nuestras costumbres distintas, nuestro hábito de comer la carne cruda...?

—Nuestra raza incluye a numerosas civilizaciones, como ustedes las tuvieron en el pasado. A bordo de La Fulgurante están representados once pueblos, y hemos aprendido a respetarnos mutuamente, aunque no siempre nos comprendamos del todo. Y, después de tres meses de vernos y de hablarnos diariamente, de vencer juntos las dificultades idiomáticas, me siento tan cerca de usted como de la mayoría de mis carneradas de a bordo, quizás más cerca que de la inmensa mayoría de ellos.

Ilia enrojeció ligeramente.

—A biltuerenga, e ten, erenga knou bilto etil. La amistad nace de las palabras amables, y la amistad hace pronunciar la palabra. Hasta mañana, Jean, y esta vez cara a cara...

Una vez cortada la comunicación, Michaud se quedó pensativo. ¿Qué había querido expresar Ilia con aquel refrán? Consultó sus numerosas notas. Bilto etil: pronunciar la palabra. La Palabra, con P mayúscula. La que, pronunciada públicamente, comprometía. El equivalente elalouhini del «sí» sacramental. ¿Estaba enamorada de él, se proponía pasar por encima de la barrera de centenares de años luz? O'Hara afirmaba... ¡Al diablo! Él no estaba enamorado de Ilia. ¿O sí? Hablaba de ella lo suficiente como para haberse convertido en objetivo de las bromas de los tripulantes de La Fulgurante. Bueno, a fin de cuentas, ¿qué tenía de malo la cosa? Si las dos razas eran tan similares como parecía, los matrimonios mixtos serían inevitables. Él sería el primero, sencillamente...

Apenas tuvo tiempo de pensar en su problema, el día siguiente. Olivarez le encargó de dirigir la expedición que aterrizaría en «Encuentro», nombre que se había dado al planeta. Los informes de los equipos de ecólogos y de biólogos enviados en vanguardia cuando se supo que el contacto de las dos razas sería pacífico, eran todos favorables: medio muy semejante al medio terrestre, ninguna bacteria o virus que la multivacuna no pudiera combatir.

Establecieron su campamento al pie de una colina, cerca de un lago alargado y estrecho, cuyas orillas eran frecuentadas por millares de seudoaves acuáticas. Por todos los otros lados se extendía hasta el infinito una llanura ondulada, cubierta de altas gramíneas y cortadas por cortinas de árboles. A media tarde, la esfera de los Elalouhinis descendió al otro extremo del lago. Un breve contacto telefótico confirmó la presencia de Ilia y de su hermano.

Los barracones provisionales fueron montados rápidamente. Se había acordado que el encuentro tendría lugar al día siguiente, en el campamento terrestre, a las nueve de la mañana, hora local, en presencia de los dirigentes de las dos partes. Todo parecía marchar sobre ruedas.

El drama estalló a las cinco de la tarde. Media hora antes, tres jóvenes astronautas se habían presentado a Michaud pidiéndole autorización para tomar un vehículo ligero y dirigirse al lago para comprobar si contenía aquellos peces que los biólogos habían localizado y que, después de una serie de pruebas, habían hecho las delicias de la tripulación y de los oficiales. El campamento estaba casi instalado, y no existía ningún motivo para denegar el permiso. Michaud se limitó a recordarles que no debían tratar de encontrar a los Elalouhinis.

Los tres jóvenes partieron.

A las cinco, exactamente, el chasquido lejano de una pistola lanzacohetes hizo sobresaltar al alférez de navío. Luego se encogió de hombros: un cohete explosivo en el agua era el mejor sistema de pesca, cuando no había reglamentos en contra, ni guardas encargados de aplicarlos. Sin embargo, como había oído casi simultáneamente un silbido particular, penetrante, tomó sus gemelos y escudriñó las orillas del lago. Lejos, detrás de un bosquecillo, en la dirección de la esfera, el vehículo regresaba.

«¡Imbéciles! Han ido a espiar a los Elalouhinis, a pesar de mi prohibición —pensó Michaud—. ¡Un mes de calabozo aclarará sus ideas acerca de la obediencia! Lo menos que puedo aplicarles son tres días, y con el viejo "Diez veces más" Olivarez, nadie les quitará un mes...»

El vehículo se acercaba, zigzagueando. Inquieto, lo enfocó con sus gemelos. ¡Un hombre al volante, uno solo! Los otros asientos estaban vacíos.

—¡Maldición! —exclamó Michaud—. ¿Qué ha pasado? Temía ya lo peor.

—¡Bengson! ¡Craig! ¡Carrere! ¡Un vehículo, y conmigo, armados!

Allá abajo, el auto había girado brutalmente a la derecha, clavándose en un matorral. Los cuatro hombres subieron rápidamente al vehículo y rodaron a la velocidad máxima.

Un hombre estaba caído de bruces sobre el volante, mejor dicho, una piltrafa con forma humana. La carne de la cara aparecía desgarrada, particularmente alrededor de los ojos, como si se hubieran encarnizado con él o arañazos. Otros profundos rasguños desaparecían debajo de las ropas destrozadas, y la sangre fluía abundantemente de una herida en la garganta.

—¡Dios mío! ¿Se ha peleado con unos gatos?

Michaud levantó la cabeza del herido.

—¿Y los otros? ¿Dónde están los otros, Abdul?

Un ojo se abrió penosamente.

—Muertos... atacados... los monos... Alá...

Una contracción espasmódica, y Abdul murió.

—Craig, lléveselo. El vehículo no tiene nada. Los otros me acompañarán.

Siguieron, en sentido contrario, la pista que el vehículo había dejado en las hierbas.

«Ya estamos en el baile —pensó Michaud, desesperado—. ¡La guerra! ¿Por qué aberración han llegado a las manos? Atacados, ha dicho Abdul, ¿Habrían representado los "otros" la comedia del pacifismo para mejor aplastarlos? En tal caso, ¿por qué esta ridícula y trágica escaramuza, que sólo había servido para provocar la alarma?»

Michaud frenó brutalmente y descolgó el comunicador.

—BX3 a FC4. BX3 a FC4. Urgente. Urgente. Urgente. Habla Michaud. Llamando a La Fulgurante. Llamando a La Fulgurante. ¡Alerta roja! ¡Alerta roja! Abdul, Hermann, Kemp, asesinados por los Otros (de un modo completamente natural acudía a sus labios la antigua denominación, abandonada en favor de Elalouhinis). Voy a investigar sobre el terreno.

—Aquí, Olivarez. ¿Qué sucede, Michaud? No pierda la sangre fría. No tenemos aún ninguna prueba de hostilidad. La astronave elalouhini no se ha movido. Debe tratarse de un error. No establezca contacto directo. Envío la chalupa número dos como refuerzo. Vuelva a llamarme en cuanto sepa algo.

Desfilaban entre las altas hierbas que se acostaban bajo el vehículo con un suave crujido. Llegaron al lugar de la lucha.

Nada, o casi nada, quedaba de Hermann: un cadáver literalmente destrozado, sin cabeza, y cuya mano empuñaba todavía la pistola lanzacohetes. Mucho menos quedaba de dos elalouhinis, que habían recibido el proyectil a quemarropa. Un tercero yacía boca arriba con la garganta abierta, en medio de un charco de sangre roja, de sangre humana. Un cuarto cadáver reposaba medio hundido la hierba, con una extraña arma en la mano, una parte del rostro arrancada y un largo cuchillo de reglamento plantado en el vientre. Kemp, hecho una bola, no se movía ya.

—¡Tres hombres, cuatro Elalouhinis! ¡Siete cadáveres! Tan muertos los unos como los otros. Vamos, regresemos.

—¿No nos llevamos a los nuestros, comandante? —preguntó Carrere.

—No. Si se trata de un trágico error, es preferible dejarlo todo tal como está para la encuesta común. Si es la guerra...

Dejó la frase sin terminar.



—El comandante ha encargado que le llame usted urgentemente —dijo el tripulante que Michaud había dejado a la escucha.

—¿Es usted, Michaud? Acabamos de recibir un mensaje de los Elalouhinis. Solicitan que se ponga usted inmediatamente en contacto con su base avanzada. Hágalo, pero a canal abierto, de modo que yo pueda seguir la conversación. ¡Hable en espacial!

—Comprendido.

En la pantalla se dibujó el rostro pálido y triste de Ilia. Detrás de ella, su hermano Ehiho permanecía en pie, los brazos cruzados sobre el pecho, el rostro duro y cerrado.

—Jean, ¿cómo es posible que sus hombres hayan atacado a los nuestros? Veníamos en son de paz, y usted lo sabe. ¡Qué salvajismo! ¡Nuestros hombres, destrozados!

—¡No ha visto usted los míos! ¿Han tenido supervivientes? Me gustaría oír su historia. Entre nosotros no ha habido ninguno.

—Entonces, nadie sabrá lo que ha pasado. Pero yo le aseguro que nuestras órdenes eran concretas. En caso de encuentro fortuito, mantener una actitud distante, pero amistosa.

—También entre nosotros eran concretas las órdenes. ¿Entonces?

—Entonces, hay algo que no comprendemos.

—Tampoco yo lo comprendo. ¿Qué propone usted?

Ehiho se adelantó.

—En tanto no sepamos lo que ha sucedido, considero imprudente seguir nuestros antiguos planes. No habrá entrevista mañana en el campamento de ustedes. Pero, ¿está usted dispuesto a encontrarse conmigo, a solas, a medio camino? Queden todavía dos de sus horas de plena luz.

Michaud lanzó una ojeada a la pantalla que recibía las emisiones de La Fulgurante. Olivarez inclinó la cabeza afirmativamente.

—De acuerdo. Pero comprenderá que desee tomar precauciones. No llevaré ninguna arma, ni visible, ni oculta. Sugiero que haga usted lo mismo, y que reduzcamos nuestros vestidos al mínimo. Dejaremos nuestros vehículos a una distancia de cien metros del lugar de reunión. La zona despejada que se encuentra casi a medio camino, cerca del lago, podría convenir, en mi opinión.

—Acepto. Voy a prepararme.

Ehiho desapareció de la pantalla.

—Jean, le aseguro que tiene que existir un terrible malentendido. ¡Nosotros no deseamos la guerra!

—Nosotros tampoco, Ilia —dijo Michaud, en tono más grave—. Le prometo que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que el malentendido se disipe. Hasta la vista...

Se interrumpió antes de decir: querida.



III



Michaud detuvo su vehículo y saltó a tierra. La zona estéril se extendía delante de él, y, a unos 400 metros, aproximadamente, se detuvo el panzudo vehículo que transportaba a Ehiho.

Michaud ando lentamente a su encuentro. El viento del atardecer bañaba de frescor la piel desnuda de su torso y de sus piernas. Allá abajo, el Elalouhini no era más que una silueta, cuya agilidad admiró. Ehiho iba también casi desnudo, y Michaud pudo ver que si bien era menos alto y menos macizo que él mismo, poseía una musculatura que muchos atletas hubiesen envidiado Llegaron a treinta metros de distancia uno de otro y, simultáneamente, se detuvieron. Sorprendido, Michaud notó que sus pelos se erizaban.

«¡Absurdo! —pensó—. Se trata de Ehiho, con el cual he hablado un centenar de veces por televisión y que, por muchos conceptos, está más cerca de mí que muchos de mis camaradas. Es el hermano de Ilia...»

Pero volvió a emprender la marcha con una extraña repugnancia, y se dio cuenta con espanto de que su paso se había transformado en un paso de fiera al acecho, de cazador paleolítico. A pesar suyo, sus músculos se tensaron, sus ojos adquirieron la movilidad de los de una fiera. Se encontraron cara a cara.

Michaud tuvo tiempo de entrever una sonrisa crispada en los labios de Ehiho, y luego el odio se apoderó de él, en el instante en que el rostro del otro quedaba desfigurado por un espantoso rictus de combate. Michaud saltó, con las manos abiertas para estrangular.

El Elalouhini le esperó a pie firme, lanzando su puño que se estrelló contra el pecho del alférez de navío, arrancándole una exclamación de sorpresa y de dolor. Al mismo tiempo, su propio puño salía disparado. Con una alegría feroz, percibió el ruido sordo sobre la carne. Todo en el otro le resultaba odioso ahora, su color, su voz, su aliento que le llegaba, rudo, entre dos golpes, su olor a carne cruda y viviente. Una sola idea, un solo deseo le poseía: matar, desgarrar, aplastar, matar, matar, matar...

Y mientras luchaba así, con todos sus instintos tendiendo a la destrucción, una parte de su conciencia permanecía despierta en él, como un espectador impotente, diciéndole que trataba de destruir a Ehiho, su amigo Ehiho, el hermano de Ilia, Ehiho, que había venido a su encuentro para aclarar el trágico malentendido.

Sangraba ahora por la nariz y por la boca, los labios aplastados. El Elalouhini, menos fuerte, estaba probablemente mejor adiestrado en la lucha. Sin embargo, un formidable golpe en pleno rostro le hizo tambalear y Michaud aprovechó la ocasión, lanzándose al cuerpo a cuerpo. Su mano derecha agarró la garganta del otro, en tanto que la izquierda protegía su propio cuello. Ehiho había conseguido aferrar su muñeca, disminuyendo así la fuerza de su ataque. Rápidamente, Michaud soltó la garganta de Ehiho y, aprovechándose de la sorpresa, aplastó el brazo de su adversario de un rodillazo. Luego volvió a engarfiar el cuello del Elalouhini. Una serie de violentos golpes en la cabeza, que alguien le propinaba por detrás, no le hicieron desistir de su siniestro designio.

Ehiho oponía cada vez menos resistencia. Una voz gritaba al oído de Michaud unas palabras que el alférez no oía.

—¡Muerte a los monos! —aulló, triunfante.

¿Muerte a los monos? Súbitamente, recobró la conciencia. ¿Qué había dicho Abdul antes de morir? Unos monos... La voz era ahora clara.

—¡Jean! ¡Jean! ¡No me obligue a disparar!

Levantó la cabeza, apartando los ojos del enemigo, medio ahogado. Ilia estaba delante de él, con el rostro surcado de lágrimas, apuntándole con una extraña pistola. Michaud se incorporó, tambaleándose. ¿Ilia? ¿Qué estaba haciendo allí? ¿No podía dejar que un hombre suprimiera a un mono?

Ehiho se irguió lentamente, atacó. De un puñetazo bien dirigiendo envió a Michaud rodando por el suelo, donde no se movió.

—¡Márchese, Jean, márchese en seguida! ¡Lo comprendo todo! ¡Márchese, antes de que experimente demasiados deseos de matarle! ¡Márchese, por lo que sea más sagrado para usted! ¡Oh! ¡Habíamos esperado tanto de este encuentro!

Michaud la contempló, estupefacto. Era Ilia, tal como la había visto tantas veces en la pantalla, tal como había esperado estrecharla un día entre sus brazos. Y, sin embargo, toda una parte de su inteligencia sopesaba la posibilidad de hacerla víctima de una treta que la desarmara, convirtiéndola en una presa fácil de eliminar...

—¡Jean, Jean, por favor!

Con un terrible esfuerzo de voluntad dio media vuelta, echó a andar hacia su vehículo.

—¡Adiós, Ilia! —murmuró.

Antes de emprender la marcha, dirigió una última mirada hacia atrás: Ilia arrastraba a su tambaleante hermano hacia su propio vehículo, el cual se puso en movimiento y desapareció en el crepúsculo.

Cuando llegó al campamento, sus hombres profirieron un grito al verle.

—¡Rápido! Regresemos a La Fulgurante. ¡No habrá entrevista, no, nunca, nunca! No desmonten los barracones, no queda tiempo, limítense a recoger el material más valioso. No, ya me atenderán después, tengo que presentar mi informe lo antes posible.



—...Y eso es todo, comandante —concluyó—. Acudí a la cita con la idea de aclarar el misterio, lleno de sentimientos amistosos hacia Ehiho, y en cuanto le vi me sentí poseído por la idea de matarle. Si Ilia no llega a intervenir, uno de nosotros se hubiera quedado allí, tal vez los dos.

—Regresen inmediatamente. La esfera de los Elalouhinis ha llegado a su astronave, y si ha de haber lucha necesitaré a todos mis hombres. Si es preciso, abandonen el material.

—De acuerdo, comandante.

—Pero, haga que le curen. Su aspecto no resulta nada agradable.



Cuando Michaud entró en el puesto de mando, el estado mayor y los científicos estaban reunidos en él.

—Todos hemos oído su informe, alférez. No tengo ningún motivo para dudar de su palabra. Si alguien de a bordo estaba bien predispuesto hacia los Elalouhinis, era usted. Eso hace más incomprensible su conducta, y la de Ehiho...

—Yo la comprendo, comandante —afirmó una voz grave.

Todos se volvieron hacia Fedorov, el biólogo.

—¿Qué es lo que comprende usted? ¿Ese odio súbito e inextinguible, esa rabia asesina hacia unos seres tan parecidos a nosotros, y que nadie ha experimentado nunca hacia los Kzlils?

—¡Precisamente, comandante! ¡Son parecidos a nosotros, pero no son nosotros! Yo he vivido en la taiga siberiana, donde mi padre y mi madre eran etnólogos. Tuve un lobo domesticado... Timour... Vivíamos en una cabaña aislada, en los bosques...

Se interrumpió unos instantes. Nadie trató de apremiarle. Fedorov hablaba como quería y cuando quería.

—Abdul comprendió antes de morir, Michaud. ¿Recuerda sus últimas palabras? Monos, y Alá. ¿No le dice nada eso? ¿Y su propio grito: muerte a los monos? ¿Nada? De acuerdo. Yo tuve un lobo domesticado, allá abajo, hace mucho tiempo, al norte de lakutsk. Se llamaba Timour. Lo había recogido muy joven, y herido, y se había encariñado conmigo, acompañándome a todas partes, como un perro. No se metía nunca con los perros normales. Luego, un día, vino un Inspector de Vladivostok con un magnífico perro-lobo. ¡Timour lo degolló! Al ver aquel otro animal parecido a él, pero que no era de su raza, la voz del lobo se despertó, el grito del salvajismo, la llamada al asesinato, a la destrucción de lo que es extraño a nosotros y sin embargo, suprema injuria, se nos parece. La destrucción del mono, alférez, el mono que es la criatura del diablo, formada a imitación de la criatura de Dios, el hombre. De Dios, o de Alá, si es usted musulmán.

»¡La voz del lobo se despertó en usted! Mientras había visto a los Elalouhinis, a los Otros, únicamente por televisión, sin ningún contacto real, no pasó nada. Pero al encontrarse con ellos, el olor, quizás, extraño...

Michaud no le escuchaba. Con los ojos clavados en la pantalla del telescopio, contemplaba la astronave de los Elalouhinis que se alejaba, llevándose un sueño imposible.





FIN

domingo, 22 de marzo de 2009

EL TRAGAESPADAS -- Ron Goulart

EL TRAGAESPADAS

Ron Goulart





El anciano danzó sobre la pared. Se hizo más ancho, osciló, desapareció. La oficina se iluminó, el proyector giró hasta quedar silencioso y el jefe parpadeó.

—Le diré quién era ése —declaró.

Cogió un disco amarillo de una afiligranada caja de píldoras y lo depositó sobre su lengua.

Ben Jolson, inclinándose ligeramente sobre el negro escritorio, dijo:

—Es el hombre al cual desea usted ver personificado.

—Exactamente —dijo el Jefe Mickens, tragándose el disco. Apoyó la punta de un dedo en el hueco que tenía debajo de su ojo izquierdo—. Las presiones inherentes a este trabajo han aumentado mucho últimamente, Ben. Debido a las dificultades en el Departamento de Guerra.

—Las desapariciones.

—En efecto. Primero el general Moosman, luego el almirante Rockisle. Una semana después Bascom Lamar Taffler, el padre del Gas Nervioso 26. Y esta mañana, al amanecer, el propio Dean Swift.

Jolson se irguió en su asiento.

—¿Ha desaparecido el Secretario del Departamento de Guerra?

—La noticia no ha sido difundida aún. Se la comunico confidencialmente, Ben. Swift fue visto por última vez en la esquina norte de su jardín de rosas. Es un gran aficionado al cultivo de las rosas.

—Vi un documental acerca de ello —dijo Jolson—. De modo que la Oficina de Espionaje Político ha pensado en recurrir al Cuerpo Camaleónico a causa de las desapariciones...

—Sí —asintió el Jefe Mickens sacó una pastilla azul de un sobrecito y dejó caer este último en el incinerador situado al lado de su escritorio—. Es una situación explosiva, Ben. No es necesario que le diga que el Sistema Barnum de planetas no puede permitir otro barullo en favor de la paz.

—¿Sospecha usted de los pacifistas?

El Jefe apoyó su dedo pulgar en su oído e hizo girar la palma de la mano.

—Tenemos pocos elementos de juicio, muy pocos. Admito que por parte de la OEP hay una tendencia a ver pacifistas a los métodos utilizados por el Departamento de Guerra para colonizar los planetas terráqueos.

—Que se manifestó de un modo especial cuando destruyeron Carolina del Norte.

—Un pequeño Estado. —El jefe introdujo la pastilla en su boca—. De todos modos, tiene usted que admitir que cuando los personajes clave del Departamento de Guerra, y sus afiliados, empiezan a desvanecerse... bueno, podrían ser los pacifistas.

—¿Quién era el anciano de la película?

—Leonard F. Gabney —dijo el Jefe. Repiqueteó sobre el escritorio con las puntas de los dedos—. Se supone que he de tomar algo para los efectos colaterales.

Jolson se inclinó y recogió un paquete de píldoras de la alfombra.

—¿Éstas? —inquirió, entregándoselas.

—Esperemos que sí. A lo que íbamos. Gabney no es importante en sí mismo, se trata simplemente de un anciano caballero el cual personificará usted. Para ello recibirá la correspondiente información. —El Jefe Mickens sacó una píldora del paquete—. El hombre importante es Wilson A. S. Kimbrough.

Jolson sacudió la cabeza.

—Un momento. Kimbrough es nuestro embajador en el planeta Esperanza, ¿verdad?

—Sí, estará al frente de la Embajada de Barnum en la capital del planeta.

—No quiero ir a Esperanza.

—¿No quiere ir? —inquirió el Jefe—. Tiene que ir. Lo estipula su contrato. Un agente del CC siempre es un agente del CC. Primero es la obligación que la devoción. Y no olvide que podemos sancionarle. Podríamos cancelar su licencia como ceramista en el planeta, por ejemplo...

Cuando no estaba de servicio para el Cuerpo Camaleónico, Jolson regentaba una fábrica de cerámicas en los suburbios de Keystone City. Había sido captado por el CC cuando tenía doce años. Después de una docena de años de adiestramiento y acondicionamiento, se había convertido en un agente Camaleón. De esto hacía diez años. Y no había modo de abandonar el Cuerpo.

—Esperanza es un lugar macabro —dijo Jolson.

—Tienen que enterrar a la gente en alguna parte, Ben.

—Pero todo un planeta en el cual no hay más que cementerios... —objetó Jolson.

—Hay medio millón de habitantes en Esperanza —dijo el Jefe Mickens—. Personas vivas. Sin mencionar a los diez millones de turistas y los casi seis millones de parientes de los difuntos que visitan Esperanza cada año.

—Todo el planeta huele a crisantemos —insistió Jolson.

—Permítame bosquejar el problema —dijo el Jefe—. Existe una leve posibilidad —y me baso en material reunido por agentes de la OEP— de que el embajador Kimbrough esté relacionado con esta ola de secuestros. De hecho, el almirante Rockisle se encontraba en Esperanza cuando desapareció.

—Lo sé —dijo Jolson—. Había ido a depositar una corona de flores en la tumba del Comando Desconocido.

—Si Kimbrough está complicado en el caso, tenemos que demostrarlo. Ésta es una de las muchas pistas que estamos siguiendo —dijo el Jefe Mickens—. A partir de la semana próxima se tomará unas vacaciones en Nepenthe, Inc.. en las afueras de Esperanza City.

—¿Nepenthe. Inc.? ¿El balneario rejuvenecedor para viejos magnates industriales?

—Un refugio para dirigentes políticos e industriales agotados por sus responsabilidades, sí. Usted se convertirá en ese anciano, Gabney, y nosotros le introduciremos en Nepenthe —dijo el Jefe Mickens—. No tendrá dificultades para transformarse en el viejo Gabney, ¿verdad?

El Cuerpo Camaleónico había especializado a Jolson en el arte de la transformación personal. Podía convertirse en cualquier persona, casi sin excepción.

—No —respondió—. ¿Quiere usted que me dedique a escuchar?

—No. Queremos que coja a Kimbrough a solas y le haga tomar una droga de la verdad. Que descubra lo que sabe, con quién está en contacto.

—De acuerdo —suspiró Jolson—. Supongo que tendré que hacerlo. ¿Quién será mi contacto en Esperanza?

—No puedo decírselo ahora, por motivos de seguridad. Lo sabrá allí.

—¿Cómo?

El Jefe Mickens rebuscó entre los papeles que cubrían su escritorio.

—Tenía una frase de identificación especial por aquí, en alguna parte. —Encontró una tarjeta azul—. ¡Aquí está! 15-6-1-24-26-9-6. Alguien le dirá, o más probablemente le susurrará, esto.

—¿Números? ¿Qué pasa con las citas poéticas?

Mickens dijo:

—La Seguridad opina que son demasiado contenciosas. Y no resulta muy varonil que un agente vaya diciendo por ahí: «Con cuan tristes pasos, ¡oh, luna!, recorres los cielos...»

—¿Cuánto va a durar mi estancia en Nepenthe, Inc.?

—Le hemos reservado plaza para una semana —dijo el Jefe Mickens—. Aunque esperamos resultados antes de que transcurra ese plazo. Mucho antes. —Consultó una tarjeta verde—: Cobran diez mil dólares por una semana de estancia, Ben. Tendremos que distraer dinero del fondo recreativo de la Oficina de Espionaje Político para pagar la cuenta.

—Tendrán que renunciar al nuevo frontón.

—Y a nuestro almuerzo anual en honor de los programadores de las computadoras —dijo Mickens—. Pero esto es una crisis. Ahora puede usted informar al Centro de Instrucciones, Ben. Pero antes ayúdeme a buscar un frasco que contiene un líquido de color frambuesa. Tenía que haber tomado una cucharada hace media hora.

Los dos hombres empezaron a moverse de un lado para otro, trasladándose sobre sus manos y rodillas.



Jolson, que ahora parecía tener ochenta y cuatro años, encorvado y pecoso, estaba semitumbado en un sillón articulable en el balcón del saloncito de su suite en el Hotel Plaza de Esperanza. Había exigido, como al parecer hacían muchos ancianos, disfrutar de una vista que no se limitara a los cementerios que proliferaban más allá de la capital. Gabney, el verdadero Gabney, controlaba la telequinesis en todos los planetas Barnum, y su nombre tenía la suficiente influencia para conseguirle una habitación con vistas al barrio comercial. Al atardecer, un crucero procedente de Nepenthe, Inc. vendría en busca de Jolson.

—¿Tarjetas postales con vistas de Esperanza, papi? —preguntó la rejilla de un altavoz debajo de su sillón—. Fotografías artísticas de once famosas criptas. Ilusión de profundidad.

—Tonterías —dijo Jolson con la cascada voz de Gabney—. ¿Dónde está esa bebida que pedí?

—Su tarjeta médica señala que no puede usted tomar bebidas fuertes, abuelo —replicó la rejilla—. Hay que cuidar el hígado.

Jolson repiqueteó con los dedos de una mano pecosa sobre el brazo de su sillón.

—Recuerdo una suite del Ritz de Keystone en la cual podía sobornar a los sirvientes.

—Puede usted dejar caer diez dólares en el orificio de salida de la máquina de limpiar zapatos, abuelo —dijo la rejilla—. Eso puede significar un whisky con hielo.

Jolson utilizó su bastón para ayudarse a levantarse del sillón. Estaba inclinado sobre el orificio de la máquina de limpiar zapatos cuando llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo.

—Bienvenido a Esperanza en nombre de la Embajada de Barnum —dijo una voz femenina—. Le traigo un cesto de fruta reconstruida, Mr. Gabney.

Gabney volvió la cabeza hacia la puerta.

Vio a una joven esbelta y trigueña, de pómulos salientes y cabellos lisos y muy cortos. Llevaba un vestido de color amarillo, un brazal de la Embajada de Barnum, y a través de su frente, escritos con lápiz de labios, había una serie de números: 15-6-1-24-26-9-6. Después de hacerle un guiño a Jolson, la joven se limpió cuidadosamente la frente con un pañuelo.

—Es para nosotros un placer saludar a todos los ciudadanos importantes de Barnum que visitan Esperanza —dijo a continuación—. Soy Jennifer Hark, Mr. Gabney. Este obsequio le servirá mucho.

—Mucho gusto —dijo Jolson. La puerta se cerró y Jolson inquirió—: ¿Y bien?

La joven sacudió negativamente la cabeza y se dirigió hacia el balcón. La brisa de la tarde acarició sus cabellos. Dejando la cesta de fruta sobre el sillón extensible, se acercó a Jolson.

—La cesta es un neutralizador: eliminará cualquier micrófono que pueda haber por aquí.

—¿Quién se molestaría en escuchar mis conversaciones? —dijo Jolson.

—Tenemos que tomar precauciones.

—En el hotel pueden sospechar algo.

—Sólo estaré aquí un momento —dijo la joven, entregándole un albaricoque—. Guarde esto. Si se encuentra en dificultades en Nepenthe, apriételo y yo le ayudaré a salir del apuro.

—Un momento —dijo Jolson—. No necesito que me ayude ninguna dama, por muy osada que sea.

—Son órdenes. No se separe de él.

—Si me ven en el balneario con este albaricoque, dirán que estoy chiflado.

—Dígales que es un fetiche. Los viejos suelen tener esta clase de manías —Jennifer ladeó la cabeza y le estudió atentamente—. Es realmente maravilloso. Parece que tenga usted noventa años.

—Ochenta y cuatro. Y no me llame usted abuelo.

Una mano de dedos muy largos acarició la cara de Jolson.

—Parece usted realmente un anciano. ¿Cómo lo ha conseguido?

—Con doce años de adiestramiento. Es una especialidad.

—El Cuerpo Camaleónico nunca deja de sorprenderme —dijo Jennifer—. Bien, he descubierto algo. Estamos empezando a reunir datos acerca de algo llamado Grupo A.

—¿Cree que está detrás de los secuestros?

—Es posible. Veremos lo que dice Kinbrough.

—¿Trabaja usted realmente para su Embajada?

—Es mi tapadera —dijo la joven—. Bueno, le deseo mucha suerte en su misión. Si todo sale bien, comuníquemelo antes de regresar a Barnum. Vaya a la floristería New Rudolph, en la Avenida de la Soledad, y diga el número. ¿Lo recuerda?

—Desde luego —dijo Jolson.

—Si tropieza con alguna dificultad en el balneario no vacile en pedirme ayuda.

Jolson devolvió a la muchacha su cesta de fruta.

—Gracias por su visita, querida. Ahora, lo siento mucho, pero es la hora de mi siesta.

—Muy convincente —murmuró Jennifer, marchándose.



Jolson se apeó del crucero y cayó en una charca de barro caliente. Se hundió hasta la barbilla, sobrenadó y vio a un hombre de rostro cuadrado y cabellos rubios agachado y sonriente en el borde de la charca.

El hombre extendió una mano.

—En Nepenthe vamos directos al grano. Chóquela. Esta inmersión le ha quitado ya de encima varias semanas, Mr. Gabney. Soy Franklin T. Tripp, Coordinador y Cofundador.

Jolson alargó a Tripp una mano cubierta de barro. El piloto de su crucero le había hecho desvestir a bordo, de modo que el chapuzón no le cogió del todo desprevenido.

—Admiro su eficiencia, Mr. Tripp.

—¿Sabe una cosa, Mr. Gabney? —dijo Tripp en tono confidencial—. Estoy a punto de cumplir los sesenta. ¿Los aparento?

—Ni hablar. Cuarenta, como máximo.

—En cuanto tengo ocasión vengo a revolearme en este barro.

Tripp sacó a Jolson de la charca y le guió a lo largo de un sendero enlosado. La noche era oscura y silenciosa y Nepenthe, un conjunto de edificios bajos de color azul claro, se encontraba en lo alto de una meseta a unas millas de distancia de Esperanza City. El viento era cálido y seco.

—Permítame que le sirva de cicerone —dijo Tripp.

Detrás de ellos, un ayudante que llevaba una especie de chandal azul estaba descargando el equipaje de Jolson. Éste miró de reojo la maleta en la cual había ocultado la droga de la verdad. Luego se dirigió a Tripp:

—Así, desnudo y lleno de barro, me encuentro un poco cohibido.

—Aquí no tenemos convencionalismos —dijo Tripp—. De todos modos, ahora podrá tomar una ducha y ponerse una de nuestras batas universales. Más tarde puede presentarse en la oficina de la salud, en el primer piso. —Frotó un poco de barro que se había pegado a la esfera de su reloj—. Le aconsejo que se acueste temprano. En Nepenthe nos levantamos al amanecer. En realidad, conservo la mente y el cuerpo de un muchacho porque me levanto con el sol, Mr. Gabney.

—Y gracias también a los baños de barro.

—Exactamente.

Tripp le empujó a través de una puerta que ostentaba una placa de bronce: «Ducha de Bienvenida».

La sala de duchas era amplia y verde, con un suelo de un material cálido y blando. Estaba vacía, flanqueada por dos docenas de brazos de ducha.

Junto a la puerta del fondo había un hombre robusto, de cabellos muy cortos, vestido con un mono azul. Estaba sentado en un sillón de mimbre y tenía un libro abierto sobre las rodillas.

—¿Dónde están sus sandalias sanitarias, viejo?

—Acabo de llegar, joven —dijo Jolson.

El hombre se puso en pie, depositó cuidadosamente el libro abierto sobre el asiento del sillón y realizó varias flexiones.

—Me llamo Nat Hockering, viejo. Y le he preguntado dónde tiene sus sandalias sanitarias.

Jolson se encogió de hombros.

—Y yo le he dicho que acabo de llegar. Mr. Tripp me ha acompañado hasta aquí.

—Nadie toma una ducha sin calzar las sandalias especiales. Sería un riesgo para la salud.

—Me gustaría quitarme este barro.

—Seguro que le gustaría, viejo. Pero no va a poder ser. Puede marcharse por donde ha venido.

—Tal vez —dijo Jolson, respirando profundamente—, podría comprar esas sandalias.

No deseaba dar a conocer su verdadera personalidad tan pronto. Y aplastarle las narices a Hockering hubiera conducido a aquel resultado.

—¿Dónde ha ocultado el dinero, abuelo?

—No creo necesario poner de relieve que un hombre que careciera de medios económicos no estaría aquí.

—Me dará veinte pavos mañana por la mañana, a las siete en punto, cuando empiece la carrera de obstáculos. ¿Trato hecho, viejo?

—Palabra de Leonard. F. Gabney.

—Confío en ella —Hockering sacó un par de sandalias de goma de un armario y las envió patinando por el suelo en dirección a Jolson—. A las siete en punto.

Jolson se inclinó y se calzó las sandalias.

—Esperaba encontrar más cordialidad aquí —dijo.

—La encontrará usted. Pero no por parte mía. Yo estoy matando el tiempo aquí, hasta que pueda ingresar en una buena universidad y estudiar arquitectura. Señaló el libro—. ¿Sabe usted algo de balaustradas?

—Absolutamente nada.

Jolson se encaminó hacia una de las duchas. El barro empezaba a secarse. Rascó su vientre e hizo girar la manecilla. No pasó nada.

—¡Oiga! ¿Qué hay que hacer para que salga agua?

—¿Fría o caliente? —preguntó Hockering, que había vuelto a sentarse.

—Caliente.

—Después de la hora oficial de cierre, el agua caliente vale cinco dólares.

—¿A qué hora cierran las duchas?

—Cinco minutos antes de que llegara usted.

—Bien, anótelos en mi cuenta.

—Supongo que puedo confiar en usted —dijo Hockering.

En la oficina de la salud del primer piso, una habitación gris con sillas tubulares y un distribuidor automático de zumos, había tres ancianos.

—Me llamo Leonard F. Gabney —dijo Jolson, dejándose caer sobre una silla y ajustándose su bata gris que le llegaba a las rodillas—. Acabo de llegar. Mi planeta natal es Barnum.

El más joven de los ancianos, sonrosado y rollizo, sonrió y levantó su vaso de zumo en una especie de brindis.

—Soy Phelps H. K. Sulu, de Barafunda. Me dedico al aprovechamiento industrial de los líquenes. ¿Y usted?

—A la telequinesis.

—¿Cuáles son sus opiniones? —preguntó un anciano alto y bronceado.

—¿Sobre qué?

—Empiece por donde quiera. De todos modos tendremos que completar el perfil en días sucesivos.

—Es el Jefe de Escuadrilla Eberhardt —explicó Sulu—. Está obsesionado por la degradación de la política. Lleva aquí cinco años y medio, a costa de su familia.

—Tomemos, por ejemplo, nuestra responsabilidad en la situación de la Tierra —dijo el Jefe de Escuadrilla—. ¿Qué opina usted acerca de eso?

—Lo mismo que usted, probablemente —dijo Jolson.

—¿Y qué opina en relación con el hecho de que hay un pequeño bicho verde paseándose por su nariz?

Jolson se pasó la mano por la nariz.

El Jefe de Escuadrilla Eberhardt, poniéndose en pie, dijo:

—Ya es hora de que me acueste. Si no tienen ustedes inconveniente.

Saludó con un gesto y salió de la habitación.

—Permítame darle la bienvenida —dijo el tercero de los ancianos. Era un hombre delgado y moreno, de cabellos grises—. No he tenido ocasión de hablar hasta ahora. En mi calidad de ciudadano de Barnum, me siento doblemente satisfecho de poder saludarle. Soy Wilson A. S. Kimbrough, y sirvo a mi planeta como embajador en Esperanza. Tendré mucho gusto en ayudarle en lo que esté a mi alcance, Mr. Gabney.

Jolson sonrió.



Mientras corrían, Franklin T. Tripp dijo:

—Correr y saltar es lo más sano que hay, Mr. Gabney. En realidad, creo que a menudo me toman por un joven de veintiocho años debido a lo mucho que corro y salto.

Jolson procuró jadear como lo habría hecho un anciano.

—Imagino que el sudar tiene algo que ver con ello.

Media docena de ancianos estaban haciendo ejercicio sobre un trayecto de media milla salpicado de vallas y de obstáculos acuáticos. Todos ellos llevaban trajes de deporte de color azul celeste.

—Sudar es muy sano —dijo Tripp, que no parecía haber perdido el resuello—. Le he quitado cuatro años de encima sólo sudando y transpirando, Mr. Gabney.

Un anciano que a la hora del desayuno se había presentado a sí mismo como Olden Grise gritó en algún lugar detrás de ellos. Tripp refrenó el paso.

—Otra de las torceduras de tobillo de Grise, seguramente —explicó—. Puede continuar usted solo, voy a atender al viejo.

Una vez solo, Jolson apresuró el paso, tratando de alcanzar a Kinbrough, que se encontraba unos centenares de metros delante de él. Saltó una valla de tres pies de altura, esprintó, saltó otra valla y se encontró a la altura del Jefe de Escuadrilla Eberhardt.

—¿Qué opina usted de los termómetros? —preguntó el Jefe de Escuadrilla.

—Soy neutral.

El Jefe de Escuadrilla levantaba los codos a la altura del mentón mientras trotaba.

—Me han clavado uno al amanecer. Dicen que no pueden confiar en mí si me lo ponen en la boca. Que tiendo a mordisquearlo.

—¿Tiene usted fiebre?

—No. No sabría qué hacer con ella.

Jolson apretó el paso.

No pudo hablar con Kimbrough hasta la tarde, cuando les colocaron en aparatos de vapor contiguos.

—¿Tienen programado todo el día para nosotros? —le preguntó al embajador.

—Después de la siesta obligatoria —respondió el humeante Kimbrough—, disponemos de una hora de absoluta libertad. ¿Es usted por casualidad aficionado al tiro con arco, Gabney?

Jolson dijo:

—No hay nada que me guste más en el mundo, Kimbrough.

—No he podido encontrar a nadie que tirara conmigo. Ayer tuve todo el campo para mí solo.

—¿De veras? —dijo Jolson—. ¿Qué le parece si tiramos un poco esta tarde?

—Estupendo —dijo el embajador Kimbrough.



La densa niebla apenas permitía ver el blanco. Jolson palpó el pequeño frasco plano que llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón y dijo:

—No sentaría mal un trago ahora, para calentar los huesos.

El arco de Kimbrough zumbó y una flecha desapareció entre la niebla.

—Cuando haya oído el impacto.

Esperaron unos instantes, pero no oyeron ningún sonido. Jolson sacó el frasco de su bolsillo.

—¿Coñac?

—Bueno —dijo el embajador Kimbrough—. Creo que un trago de coñac no caerá mal. —Tomó el frasco, desenroscó el tapón y bebió—. ¿Y usted?

—Sólo lo llevo para los amigos —dijo Jolson, guardándose el frasco.

Kimbrough carraspeó y colocó otra flecha en su arco.

—¿Sabe una cosa, Gabney? —dijo, inclinando arco y flecha—. Cuando era un muchacho asistí a la Academia John Foster Dulles, en la Tierra. Tenía que decírselo a usted. Aquí está el secreto, Gabney.

—¿Qué me dice del Grupo A? —preguntó Jolson.

Cogió al embajador por debajo del codo y le llevó hacia los árboles.

—Cuando tenía catorce años...

—Grupo A —le interrumpió Jolson—. Dean Swift. General Moosman. Almirante Rockisle.

—Esta es la verdad —dijo Kimbrough, guiñándole un ojo a Jolson—. Necesitaba dinero Y, naturalmente, conocía las idas y venidas de los personajes del Departamento de Guerra.

Jolson se acercó más a él. La OEP estaba en lo cierto.

—¿Qué hizo usted? —inquirió.

—Me limité a pasar la información al suburbio.

—¿Qué suburbio?

—El de Esperanza City. A un joven.

—¿Su nombre?

—Son Brewster, hijo. Es un joven maravilloso. Apenas ha cumplido los veinte años, y es mucho más sincero y honrado que nuestra generación, Gabney. Le pasé la información a Son Brewster, hijo.

—¿Por qué?

Kimbrough respiraba con la boca abierta, tambaleándose.

—La Tierra, Gabney.

—¿Eh?

—La suprema Tierra. Quieren imponer el predominio de la suprema Tierra.

—¿Quién es el jefe? ¿Brewster?

—No, el jefe es A. Grupo A. No hay nombres.

—¿Dónde está el Grupo A?

Kimbrough sacudió la cabeza y parpadeó varias veces.

—Creo que ese coñac se me ha ido a la cabeza —dijo—. No estaba acostumbrado a beber.

Jolson dijo:

—La hora de recreo está a punto de terminar, Kimbrough. Vamos hacia la casa.

—Un momento —dijo el embajador.

—¿Sí?

—Quiero ir a comprobar si la flecha dio en el blanco.

Kimbrough dejó escapar una risita y se alejó entre la niebla.



Nat Hockering empujó el secador de pelo a través de la pequeña celda gris.

—El ejercicio da buenos resultados. Mr. Gabney. Lo mismo que una dieta inteligente. Mas para que el rejuvenecimiento sea total, tenemos que recurrir a la ayuda de los cosméticos.

Jolson estaba reclinado en un sillón extensible, con la cabeza debajo de un grifo y encima de una palangana.

—¿Cuánto va a costarme esto, Hockering?

—No se deje influenciar por mi actitud de anoche, Mr. Gabney. A la luz del día y a primeras horas de la tarde soy amable.

Frotó con champú los blancos cabellos de Jolson, obligándole a echar la cabeza más hacia atrás.

—Desde luego, esto hace hormiguear el cuero cabelludo —dijo Jolson.

Apoyando una mano sobre la garganta de Jolson, Hockering dijo:

—Permítame decirle una cosa.

—¿Sí?

—Huellas dactilares.

Jolson se puso en guardia.

—¿Eh?

—Ha cometido usted un error. No tiene las huellas dactilares del verdadero Leonard P. Gabney. —Sus dedos aumentaron su presión alrededor de la nuez de Adán de Jolson—. Tenemos a un hombre en la oficina central de la OEP. Encontró la copia de una carta pidiendo un agente del Cuerpo Camaleónico para trabajar en el caso del Departamento de Guerra. Y estábamos preparados, por si la OEP sospechaba de nosotros.

—¿Está metido Tripp en esto? —preguntó Jolson.

—Desde luego. Y el viejo Kimbrough —Hockering acercó la otra mano al cuello de Jolson—. Ahora voy a estrangularle, falso Mr. Gabney. Luego le hundiré en la charca de barro. Muy bueno para cubrir las apariencias.

Jolson se concentró. Tensó los músculos del cuello para contrarrestar la presión de los dedos de Hockering. Luego, bruscamente, disparó su mano derecha y clavó dos dedos en los ojos de su adversario.

El haber sido adiestrado por el Cuerpo Camaleónico tenía sus ventajas. Jolson aprovechó el desconcierto de Hockering para ponerse en pie de un salto. Agarrando el secador de pelo por la barra de metal, aplastó el casco sobre el cráneo de su rival. Hockering se desplomó, inconsciente.

Jolson echó a correr por el pasillo, buscando una salida. Se escabulló del edificio principal y salió al aire libre. A poca distancia del suelo vio un crucero suspendido en el aire.

Alguien le gritó unos números. Al mismo tiempo, una escalerilla empezó a descender por uno de los lados del crucero.

—¿Quién es? —aulló Jolson.

—Jennifer Hark. Dése prisa.

—Maldita sea —dijo Jolson, saltando y aferrándose a la escalerilla. Una vez a bordo, dijo—: ¿No le advertí que no se mezclara en esto?

—Usted lo apretó.

—¿Qué?

—El albaricoque. Me envió una señal hace tres horas. Y he venido para sacarle del apuro, tal como le dije.

—Yo no toqué el albaricoque. Seguramente que esta tarde estuvieron registrando mi equipaje y lo apretaron sin saber de qué se trataba.

Jennifer sonrió.

—Pero usted lo conservaba en su poder. Bien, ¿ha podido interrogar al embajador Kimbrough?

Volaban hacia Esperanza City, por encima de las coloreadas luces de los cementerios.

—Desde luego —dijo Jolson.

Le contó a la muchacha todo lo que había sucedido, y las revelaciones que le había hecho Kimbrough.

—He recibido un cable cifrado del Jefe Mickens —explicó Jennifer—. Dice que debe usted seguir cualquier pista que haya encontrado hasta su final lógico. Adoptando las identidades que sean necesarias.

—Lo sé. Siempre lo hago —dijo Jolson—. Informe a la OEP y dígales que vigilen Nepenthe, que sigan a Tripp y a Hockering en el caso de que huyan, que es lo más probable. Pero no quiero que intervengan hasta que descubra algo más acerca del Grupo A.

—Tenemos a dos agentes en una cripta, cerca del balneario, alimentándose a base de bocadillos y vigilando —dijo Jennifer, manipulando en una pequeña emisora de radio—. Voy a informarles de lo que pasa.

Jolson se reclinó en su asiento, con los ojos cerrados, mientras la joven efectuaba la llamada. Luego dijo:

—Quiero que me deje caer en el suburbio.

—Tendría usted que ser joven para encajar allí —dijo Jennifer—. Además, no ha sido usted aleccionado acerca de los usos y costumbres de aquella zona.

—Las asimilaré sobre la marcha —Jolson se cubrió el rostro con las manos unos instantes, respiró a fondo y quedó convertido en un joven veinteañero—. ¿Está bien así?

Jennifer le miró parpadeando.

—No estoy acostumbrada a esto. ¿A ver? El pelo más largo. Normalmente echado hacia el lado izquierdo. ¿Qué pasa con la ropa?

—Puede prestarme usted algo de dinero, y la compraré en el mismo suburbio.

La joven dijo:

—¿Podré verle alguna vez tal como es en realidad? ¿Cómo a Ben Jolson?

Jolson contempló las luces coloreadas.

—Más tarde —dijo.



En el sótano de la Ultimate Chockhouse, cinco pianistas, en otros tantos pianos, interpretaban a la vez una melodía distinta. Jolson encargó otra antihistamina y contempló a la muchacha que estaba colgada del techo hinchando las ruedas de su bicicleta plateada.

—Bendito seas, solitario parroquiano —dijo un hombre que llevaba alzacuello. Se sostenía en pie gracias a que se apoyaba en la silla vacía correspondiente a la mesa verde que ocupaba Jolson—. No te había visto nunca por aquí. ¿Eres nuevo?

—Tú lo has dicho, voceras —respondió Jolson, utilizando una de las palabras que había aprendido en los dos días que llevaba en el suburbio.

—Soy hombre de paz —dijo el desconocido. Era bajito y ancho de espaldas, con una barbilla redondeada—. Me gustaría sentarme y darle a la sinhueso contigo.

—No abuses de la hospitalidad.

—Me llaman el Reverendo Cockspur —dijo el recién llegado. Se instaló en la silla vacía y sacudió unas migajas de huevo duro de su gastado codo—. Con tu permiso.

—¿Qué vas a tomar, Reverendo?

—Para empezar, pediré un bingo.

—No a cuenta mía.

El Reverendo sacudió ambas manos.

—No te preocupes. En esta casa me sirven lo que quiero. Gratis.

Hizo una seña a la camarera.

Cuando llegó su bebida, el Reverendo dijo:

—Supongo que no tendrás ganas de que te conviertan...

—¿Te dedicas a eso? —dijo Jolson, sacudiendo su poblada cabellera.

—En principio —dijo el Reverendo Cockspur, cogiendo su vaso con las dos manos—. Llegué a Esperanza hace tres años. Me envió mi comunidad religiosa para convertir a los jóvenes del suburbio. —Hizo una seña a la camarera para que le sirvieran otro bingo. Luego se pellizcó la nariz dos veces y sacudió la cabeza—. Me gustaría tener un poco de bálsamo. Estaría mucho más despejado.

—¿Eres drogadicto?

Los ojos del Reverendo contemplaron el fondo de su vaso.

—Verás, al principio decidí que no tendría la menor posibilidad de llegar hasta los jóvenes si no me adaptaba a sus maneras. De otro modo me tomarían por un intruso. Así que empecé por adaptarme a su lenguaje. Luego me adapté a sus hábitos en materia de bebidas, para acercarme más a ellos. Y para poder acercarme todavía más, empecé a tomar las mismas drogas que ellos tomaban. Ahora me encuentro en condiciones de hablar con ellos, y soy un alcohólico, un drogadicto, y vivo con dos ninfomaníacas albinas en un ghetto al final de esta calle. Ya conoces algo acerca de mi persona.

Jolson hizo girar la pastilla antihistamínica alrededor de su boca.

—Es una buena coartada, Reverendo.

—Al menos, ha sido una buena experiencia —dijo el Reverendo Cockspur. Volvió la cabeza y rió—. Ahí llega el viejo Son en persona.

En el umbral de la puerta acababa de aparecer un muchacho delgado, con los largos cabellos atados con una cinta de color escarlata. Vestía de un modo muy llamativo y llevaba unas botas de piel de ante. De su espalda colgaba una mandolina, y agitaba un amplificador en su mano izquierda.

—¿Son Brewster? —preguntó Jolson.

—El mismo que viste y calza —dijo el Reverendo Cockspur.

—¡Basura! —dijo Son Brewster, hijo, tirando furiosamente de la mandolina y dejando caer su amplificador en la escalera.

—Va a formular una protesta —dijo el Reverendo, bajando la voz.

Los pianos enmudecieron y Son empezó a rascar la mandolina.

—Estaba sentado en la acera, peinando mis cabellos —cantó—. Y el barbero dejó caer una toalla caliente sobre mi maldita nuca. ¿Qué clase de universo habéis construido, bastardos acumuladores de dinero, para que pueda suceder una cosa así?

—Delicioso —dijo el Reverendo Cockspur.

Son avanzaba hacia su mesa.

—Hola, Reverendo. ¿Necesitas pasta?

—No me vendría mal. Estoy a dos velas.

Son sacó un fajo de billetes del bolsillo de su pantalón y le entregó el dinero al Reverendo Cockspur.

—¿Quién es su menda?

—Un amigo mío.

El Reverendo se guardó los billetes.

Jolson dijo:

—Soy Will Roxbury. ¿Y tú?

—Son Brewster, hijo —dijo el muchacho—. ¿Eres nuevo en el suburbio?

—Sí.

—¿Quieres jugar a zenits conmigo?

Jolson se encogió de hombros.

—¿A cuánto la puesta?

—Diez pavos como mínimo —dijo Son. Descolgó la mandolina de su cuello—. Vigila esto, Reverendo. —Luego se dirigió a la docena de jóvenes que estaban en el sótano—: El amigo del Reverendo y yo vamos a jugar una partida de zenits.

Un muchacho pelirrojo dijo:

—Límpiale, Son.

Los zenits resultaron ser unas cartas cuadradas con fotografías de los cementerios más importantes. El juego consistía en dejar el dinero de la puesta en el suelo, apoyar un zenit en la pared y dejarlo caer: el zenit que caía más cerca del dinero era el ganador. En media hora, Jolson ganó ochenta dólares.

—¿Basta? —le preguntó a Son.

Son se encogió de hombros y regresó al lado de su mandolina. Sentándose en frente del Reverendo Cockspur empezó a cantar.

—Esta mañana, cuando fui a la Biblioteca Popular, me dijeron que me había retrasado tres días en devolver mi libro. ¿Qué clase de asqueroso universo es éste, para que a un hombre puedan ocurrirle cosas semejantes?

Entregó la mandolina al Reverendo y se acercó a Jolson, el cual estaba reclinado contra un silencioso piano.

—¿Haces algo esta noche?

Jolson dijo:

—No, ¿Por qué?

—¿Sabes dónde está el Sprawling Eclectic?

—Desde luego.

—Nos veremos allí a la hora de cenar. Tomaremos unos bingos y unos escoceses. ¿De acuerdo?

Jolson se encogió de hombros.

—Tal vez vaya —dijo, y se encaminó hacia la puerta.

En la calle tropezó con una vieja que vendía guirnaldas usadas.

—Si conoces a algún difunto llamado Axminster, haremos un trato —dijo la mujer.

Jolson cogió a la vieja por el brazo y echó a andar.

—El maquillaje nunca da resultado, Jennifer. Deje de seguirme.

—No debe pronunciar usted mi nombre sin dar primero el número clave.

—Tonterías. La he reconocido inmediatamente. Ahora, lárguese inmediatamente a su embajada, antes de que Brewster y todo el Grupo A caigan sobre usted.

—Tripp, Hockering y el embajador están también en el suburbio.

—Razón de más para que se marche usted.

—¿Ha hecho algún progreso?

—Creo que sí —dijo Jolson. Un autocar de turistas acababa de detenerse en la calle—. Mézclese con la multitud. Rápido.

—Desde luego, ustedes, los del CC, son muy independientes —Jennifer le tendió un clavel—. ¿Cómo supo que era yo?

—Tiene usted unos pómulos encantadores. Y no puede ocultarlos con polvo blanco.

Rechazó la flor y se alejó de la joven.

Dos turistas le llamaron para que posara para una fotografía, pero Jolson continuó andando.



Son Brewster, hijo, se volvió hacia Jolson.

—No está mal la barraca, ¿eh? —dijo.

Jolson echó una ojeada circular a la sala de paredes de madera. Los clientes no llegaban a las dos docenas y eran todos jóvenes.

—Puede pasar —admitió.

—¡Mira quién viene! —dijo Son, guiñándole el ojo a una muchacha alta y morena que avanzaba hacia la mesa.

—¿Quién es éste? —inquirió la muchacha, señalando a Jolson.

—Es nuevo en el suburbio —respondió Son.

—¿Bailamos? —le preguntó la muchacha a Jolson. Apoyó una mano cálida contra su mejilla—. ¿De dónde has venido, pichón?

—De Tarragon.

—Estupendo. Conozco todos los bailes de allí.

Jolson no los conocía. Y pasó un mal rato en la pista de baile en forma de corazón.

Ron Brewster no estaba en la mesa cuando terminó el baile.

—Voy a dar una vuelta por ahí —dijo la muchacha—. Hasta la vista, Will.

—Adiós —dijo Jolson, contemplando cómo se alejaba su pareja.

No tardó en presentarse Son.

—Amigos míos —dijo, señalando la plataforma.

Cuatro jóvenes de cabellos blancos estaban reemplazando al conjunto femenino que había actuado hasta entonces. Los muchachos eran todos altos y anchos de espaldas. Llevaban una especie de uniforme dorado y calzaban bofas blancas.

—Se llaman a sí mismos la Fundación Ford. La mayor parte del material que utilizan es mío: canciones de protesta.

«Hace dos semanas entré en una cafetería y pedí picadillo —cantó el cuarteto—. Y me dijeron que se les había terminado el picadillo. ¿Qué clase de espantoso universo es éste, para que puedan hablarle a un hombre de ese modo?»

Los oyentes aplaudieron. Pero una docena de ellos se pusieron en pie y se marcharon.

Después del segundo número de protesta, quedaron solamente dos venusinos en el Sprawling Eclectic. Y cuando se marcharon, Son inclinó su cabeza en dirección a la plataforma.

Los cuatro jóvenes dejaron caer sus instrumentos y saltaron al piso. Empuñaban unas relucientes navajas.

—Eres un farsante, Will —dijo Son—. Tripp me advirtió que andaba suelto un agente del CC. De modo que he estado pasando revista a todos los forasteros. Tú no tenías ni idea de cómo se jugaba a los zenits: cometí muchas pifias y no me llamaste la atención ni una sola vez. Mimí te dijo que lo que bailabais eran bailes de Tarragon, tu supuesto planeta natal. Pero no lo eran.

Jolson se encaramó de un salto al banco sobre el cual había estado sentado.

—¡Liquidadle! —gritó Son.

Jolson dio otro salto y subió a la plataforma. Agarró un contrabajo y lo lanzó contra el primero de los jóvenes que trató de atacarle.

—¡Liquidadle! —repitió Son, que no intervenía en la pelea.

Otro de los jóvenes avanzó con el brazo derecho extendido. Jolson soltó bruscamente su pierna derecha y golpeó la muñeca de su atacante con la punta del zapato. La navaja salió volando por los aires.

Sin darle tiempo para reponerse de la sorpresa, Jolson se lanzó contra su adversario y le propinó un terrorífico puñetazo en el estómago. El joven se dobló sobre sí mismo, aullando.

Los otros dos miembros del cuarteto avanzaron juntos, precedidos por sus navajas. Jolson dio un rápido salto de costado y golpeó a uno de ellos en el cuello con el filo de la mano. Trastabillando, el joven fue a chocar contra su compañero y los dos cayeron al suelo. Antes de que pudieran levantarse, Jolson les agarró por la pechera de sus blusas e hizo entrechocar sus cabezas.

Echándose los cabellos hacia atrás, Jolson se acercó a Son Brewster.

—Protesto —dijo Son—. Yo no lucho.

Jolson le echó un brazo alrededor del cuello.

—Cuéntame todo lo que sepas del Grupo A, Son.

—No sé nada.

Jolson aumentó la presión de su brazo.

—Vamos, habla.

—No te pongas tonto. Tienen a tu chica.

—¿Qué?

—Sí, a Jenniffer Hark. La sorprendimos husmeando por aquí.

—¿Dónde está.

—No lo sé.

—Dímelo.

—¡Ay! Va camino de la isla.

—¿Qué isla?

—Más allá de los cementerios. A trescientas millas de aquí. Donde guardan a los congelados. La isla.

—¿Quién la atrapó?

—No te pongas tonto, amigo. La congelaron hace más de una hora, y si embrollas las cosas se quedará así para siempre.

Jolson casi ahogó al muchacho Consiguió dominarse y aflojó la presión.

—¿Quién la llevó allí?

—Alguien del Grupo A. La transportan en una furgoneta. No permiten que los cruceros vuelen sobre los principales cementerios: cosas del turismo. Llegará allí a medianoche o a primeras horas de la mañana.

—¿Qué pintas tú en el asunto?

—Cuando los secuestradores se han hecho con la víctima, yo proporciono el transporte. Utilizamos algunos de los coches funerarios que funcionan fuera del suburbio. Y llevamos a los congelados a la isla.

—¿Quién está en la isla?

—No puedo decírtelo.

—Claro que puedes.

—¡Ay! —aulló Son—. Se llama Purviance. Maxwell Purviance. Y cree en la suprema Tierra.

—¿Qué pretende? ¿La paz?

—No lo sé. De veras que no lo sé.

Jolson dejó caer su mano libre sobre la nuca de Son y el muchacho perdió el sentido A continuación sacó un pequeño estuche de uno de sus bolsillos. Contenía una droga adormecedora. Jolson inyectó una dosis a cada uno de los jóvenes y les arrastró hasta una pequeña habitación situada detrás de la plataforma. Así dispondría de unas horas, antes de que pudieran dar la voz de alarma.

Media hora después se alejaba del suburbio en un autobús de los que efectuaban el recorrido de los cementerios.



Las lápidas parpadeaban, rojas, amarillas y verdes, más allá de las ventanillas del autobús. Éste era uno de los cementerios más opulentos, construido medio siglo antes, cuando estaban de moda los monumentos ecuestres. A cada uno de los lados de la oscura avenida se extendían hileras de figuras a caballo, esculpidas en mármol artificial de diversos colores.

La obesa mujer sentada junto a Jolson no cesaba de sollozar.

—¿Va a visitar la tumba de algún pariente cercano? —preguntó Jolson, en un intento de acallar aquellos sollozos.

—No. No conozco a nadie en todo el planeta.

—Como la he visto llorar...

—Me gustan mucho los caballos Y el ver tantos aquí me parte el corazón.

Delante de ellos, un hombre calvo volvió la cabeza.

—¿Van ustedes al Econ? —inquirió.

—No —dijo Jolson.

—Yo formo parte de la expedición Tres Semanas en Tres Planetas —dijo la mujer, secándose los enrojecidos ojos.

—Me llamo Lowenkopf —dijo el hombre. Las luces del exterior ponían reflejos verdes en su cabeza—. Tengo una tienda en Barafunda, y una vez al año vengo a Esperanza a visitar los cementerios. Este año hago químicos.

—¿Químicos? —preguntó Jolson, preguntándose si habría algún asiento libre más atrás.

—Estoy visitando tumbas de químicos famosos. El año pasado hice actores. Arranqué un trozo de la cripta de Hassebad. ¿Recuerda a Hassebad, llamado El Hombre De Las Orejas Resables? En mi juventud era el astro número uno de la TV.

—Yo vengo siempre por las flores —dijo la mujer—. Los caballos y las flores son lo que más me interesa en esta vida.

Un poco más allá de la Tumba del Comando Desconocido, el autobús se salió de la carretera. En un cul-de-sac entre dos cementerios había una rústica posada. Un parpadeante letrero luminoso indicaba que era el Motel del Sueño Eterno.

—Seis horas de descanso —anunció el conductor del autobús, que iba completamente vestido de negro.

Cuando Jolson pasó junto a él, le preguntó:

—¿No hay modo de continuar el viaje?

—El próximo autobús pasará poco antes del amanecer. Pero nosotros saldremos una hora después.

—No me sirve —dijo Jolson.

—Aquí se divertirá —dijo el conductor—. La taberna está abierta toda la noche.



Apoyado contra una pared de la taberna, lo más alejado posible de la vociferante multitud, Jolson bebió su cerveza negra. Desde hacía unos instantes estaba observando a un hombre que permanecía inclinado sobre el mostrador. El hombre en cuestión había llegado unos minutos antes, mencionando su camión lleno de flores estacionado en el exterior. Si no encontraba otro medio de transporte, Jolson se apoderaría del camión y se marcharía.

Alguien le dio unos golpecitos en el costado, Jolson se volvió hacia el grupo instalado en una mesa, a su derecha. Todos iban provistos de cámaras fotográficas y grabadoras.

—¿Sí?

Conservaba aún su forma de veinteañero, y aquí, lejos del suburbio, podían haber personas a las que no les gustara la juventud.

La mujer rubia que le había dado los golpecitos le dijo:

—¿Le importaría recoger ese rollo de película que ha rodado bajo sus pies, joven?

Jolson se inclinó y recuperó la película.

—¿Se dedican ustedes a las comunicaciones? —inquirió.

—Un poco más de respeto para sus mayores —dijo el más obeso de los tres hombres.

—A Bert no le gustan mucho los cementerios —dijo la mujer, sonriéndole a Jolson. Era una rubia de unos cuarenta años, pasablemente atractiva.

Un hombre delgado, embutido en un traje demasiado estrecho, dijo:

—No me importa decirle a usted quién soy. Me llamo Floyd Janeway —Levantó su vaso de cerveza y lo vació—. Y estoy aquí en misión especial. Una más de las que me han hecho universalmente conocido. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo la mujer—. Ahora cállate.

—Vete, muchacho —dijo el hombre obeso.

El tercer hombre era pecoso y zascandil. Pidió más cerveza, incluido un vaso para Jolson.

—Cierre el pico, Floyd. Toma una cerveza con nosotros, muchacho, y luego vete.

—¿A qué viene tanta diplomacia? —preguntó el obeso.

—Has oído hablar de mí, ¿verdad? —dijo Janeway, mientras se ocupaba de la cerveza que acababan de servirle.

—Desde luego —dijo Jolson—. Trabaja para los noticiarios de nueve planetas. ¿Anda usted detrás de algo importante?

—Más importante que Janeway Con Los Insugentes De Barafunda. Más importante que Janeway Explica El Fracaso Del Puerto De Tarragon. Más importante que Janeway Vive Un Mes Con Los Rebeldes Turméricos. Más importante que...

—Cállate, Floyd —dijo la rubia.

—Janeway Entrevista A Purviance. No has oído hablar todavía de él. ¿verdad? No tardará en ser un gran personaje.

El hombre obeso dijo:

—Vete, muchacho.

Janeway apuró su cerveza.

—Cambiemos de tema, Jerry. ¿Qué tal se te da el juego, muchacho?

—Bastante bien.

—Estupendo. ¿Jugáis todavía a los zenits los jóvenes de por aquí?

Jolson sonrió y dijo:

—Desde luego. ¿Me desafía, acaso?

Janeway se puso en pie.

—Vamos. Utilizaremos tarjetas postales de tumbas como zenits.

Mientras cruzaban la sala, Jolson preguntó:

—¿Cuándo va a celebrar su entrevista con Purviance?

—Mañana por la tarde. Iré solo, únicamente Janeway y su mente de oro. Saldremos de este agujero después de almorzar. He de confesar que mis horas matinales no son las más brillantes.

Jolson tropezó, se agarró a Janeway para no caer, alargó sus dedos y extrajo la carta de identidad del hombre del interior de su chaqueta.

—Lo siento —se disculpó—. He resbalado.

—Tendrás que mostrarte un poco más ágil si quieres ganarme a los zenits.

Cuando llevaban media hora jugando, el estuche de las drogas se le cayó de un bolsillo a Jolson y fue a parar a los pies de Janeway.

—Los jóvenes y sus experiencias alucinógenas... —sonrió Janeway.

Recogió el estuche de metal y se lo entregó a Jolson.

Jolson le ganó sesenta y tres dólares a Janeway. Se despidió de él, salió cautelosamente al patio y montó en el camión del turista. Tenía la carta de identificación de Janeway y las huellas dactilares de su mano derecha. Cuando enfiló la carretera que había de conducirle a la isla, era Floyd Janeway hasta la punta de los dedos.



El lago era una extensión lisa y azul. En su centro se erguía una pequeña isla, completamente verde. Había allí helechos, palmeras, retorcidas cepas, hermosas flores, todo límpido y claro a aquella hora tan temprana. En el centro de la isla había un edificio amarillo, con columnas y mármoles.

Unos cisnes blancos navegaban a través del lago. En un embarcadero veíase a un hombre sentado, envuelto en un recio chaquetón. Jolson se acercó a él.

—Supongo que es demasiado temprano —le dijo—, pero de todos modos dígale a Purviance que estoy aquí. Soy Floyd Janeway, el periodista.

El hombre se puso en pie lentamente.

—No se mueva de donde está —dijo—. Saque despacio su carta de identificación y échemela, mister. Le están apuntando tres lasers, de modo que no cometa ninguna imprudencia.

Jolson le tiró la carta de identificación. El hombre la revisó minuciosamente. Luego se acercó más a Jolson.

—Tiéndame el pulgar de su mano derecha, mister —dijo.

Comprobó la huella dactilar con la que figuraba en la carta de identificación y sacó un pequeño transmisor de su bolsillo de su chaquetón.

—Envíen un crucero. Todo en regla.

Del edificio amarillo se elevó un crucero escarlata. Unos instantes después se detenía encima de Jolson.

La mecedora estaba llena de águilas. Talladas en la madera, se enlazaban y entrecruzaban, negras, con las alas extendidas. El hombre que la ocupaba llevaba una especie de pullover, pantalones de tela caqui y un sombrero de ala ancha, de paja. Era un individuo robusto, de ojos penetrantes y voluntarioso mentón.

—¿Me equivoco al suponer que no ha nacido usted en la Tierra? —dijo.

Jolson se removió en el sillón que ocupaba delante de Maxwell Purviance. Janeway había nacido en Barnum.

—No —respondió.

—Mi olfato nunca me engaña —dijo Purviance, distendiendo una vez más sus fosas nasales.

—Tal vez huele usted el gato muerto que hay debajo de su mecedora —sugirió Jolson, señalando el animal con el pie.

—No, es un gato recién muerto —dijo Purviance—. Los utilizo para probar mis comidas. Al parecer, mi desayuno estaba envenenado. El envenenamiento personal organizado. En el depósito del agua, por ejemplo, hay diecinueve venenos independientes. Diez son venenos mortales, cinco inducen a adoptar un sistema de vida decente, y cuatro persuaden para votar a candidatos con un historial socialista. Los venenos mortales liquidan a los que salen de la línea. Yo nunca bebo agua.

—¿Qué bebe, entonces?

Purviance señaló un jarro que reposaba sobre la mesa más próxima.

—Applejack. Una antigua bebida de la Tierra. No como ni bebo alimentos universales. Mr. Janeway. Únicamente alimentos de la Tierra. Habrá observado que le he llamado mister con respeto, a pesar de que se desprende de usted un aura de los planetas exteriores. En mis archivos tengo clasificados todos los planetas, así como los olores de sus habitantes. Naturalmente, los planetas del sistema terráqueo tienen una fragancia más agradable.

—¿Cuáles son sus planes para el resto del universo, Mr. Purviance? —inquirió Jolson.

—¿Antes o después de apoderarme de ellos?

—Para antes, en primer lugar.

Purviance sacó un tallo de hierba del bolsillo de pecho de su camisa y empezó a masticarlo lentamente.

—Verá, los universos tienen que ser gobernados desde la Tierra. Debido a un desdichado retraso intelectual de 20.000 años, la Tierra se vio superada por otros sistemas planetarios. Mi tarea consiste simplemente en apoderarme de todos los planetas y gobernarlos desde la Tierra. Creo en un fuerte poder central terráqueo, Mr. Janeway, así como en los derechos de la Tierra.

—Yo tenía la idea de que era usted una especie de pacifista —dijo Jolson—, un hombre que pretendía terminar con las guerras.

—Estoy interesado en terminar con las guerras que yo no he iniciado, desde luego —dijo Purviance—. Le diré una cosa en plan particular, Mr. Janeway. Estoy reclutando un grupo muy numeroso de consejeros militares.

—¿Cuántas personas viven aquí con usted?

Purviance se encogió de hombros.

—Me bebería un vaso de limonada —dijo—, pero no tengo a nadie para probarla. No creo que usted...

Jolson dijo:

—No. Hábleme de esos consejeros militares.

—Sí —dijo Purviance—. Los tengo aquí. Conservados en hielo.

—¿Congelados?

—Desde luego. Heredé este refrigerador de mi padre. Éste es un lugar seguro y tranquilo.

—¿Podríamos echarle una ojeada? —inquirió Jolson.

—No hay inconveniente en que vea las partes sin clasificar —respondió Purviance, poniéndose en pie—. Pero recuerde que se encuentra usted bajo vigilancia continua. En peligro de quedar desintegrado si hace un falso movimiento.

—¿Cuántos miembros del Grupo A hay aquí?

Purviance avanzó hacia la puerta.

—Ése es un dato reservado, Mr. Janeway. Sólo puedo decirle esto: muchos.

Salió al frío pasillo y Jolson le siguió.



La sala de almacenaje era fría y pastoril. Purviance explicó:

—El decorado de las paredes fue idea de mi padre. Exceptuando los dibujos, todas las salas son muy parecidas. Ésta es la Sala Pastoril: pastores, campos y ovejas. Tenemos una sala desértica, y dos salas selváticas. Escenas famosas de la historia de la Tierra, celebridades, y una de animales peludos.

—¿Por qué?

—Le gustaban a mi padre, supongo. Nunca me lo dijo.

Jolson estudió atentamente la sala.

—¿Dónde están los individuos que nos apuntan con sus armas?

—¡Oh! No puede usted verles. Están bien ocultos.

Súbitamente, Jolson alargó el brazo derecho y agarró a Purviance por el cuello. El ataque fue tan imprevisto, que cuando Purviance quiso reaccionar se encontró sólidamente sujeto por el musculoso brazo de Jolson. Éste, sin soltar su presa, retrocedió hasta apoyar su espalda contra la pared, de modo que Purviance le sirviera de escudo.

—Quiero a la muchacha, Jennifer Hark, y a los hombres del Departamento de Guerra. Ordene que los deshielen y que los traigan aquí, o apretaré el brazo hasta ahogarle.

—Para ser un periodista, utiliza usted unos métodos muy raros, Mr. Janeway —dijo Purviance—. Suélteme inmediatamente, o le desintegrarán a usted.

—Y usted me acompañará.

—Eso está por ver.

Jolson contrajo su brazo.

—Vamos. La muchacha y los otros. Dígales a sus hombres que entren aquí y suelten sus armas.

—¿Todos mis hombres?

—Podemos empezar con los que están detrás de esta pared.

—¿Quién es usted? ¿EOP, CC?

Jolson aumentó la presión.

—¡Vamos!

—Puedo dejar que nos pulvericen a los dos.

—Tiene usted demasiado miedo a la muerte.

Purviance tosió.

—Tal vez deba explicarle algo.

—Dé las órdenes. Aprisa.

—Entre, Rackstraw.

Un trozo de la pared se deslizó a un lado y apareció el hombre del chaquetón, empuñando un rifle desintegrador.

—Tyler se está bañando —dijo.

—¿Quién es Tyler? —preguntó Jolson.

—El piloto del crucero —dijo Purviance, tratando de inclinar su barbilla—. Es mi otro hombre.

—¿Su otro hombre?

—Exacto. Aquí sólo estamos Rackstraw, Tyler, yo y Mrs. Nash, que se encarga de preparar las comidas y de los trabajos caseros.

—No trate de engañarme, Purviance. El Grupo A no está formado por cuatro personas.

—No. Tenemos un número considerable de adeptos. Pero no viven aquí. No dispongo aún del dinero suficiente para mantener a un ejército en pie, eso ya llegará. Cuando tenga mi máquina de guerra a punto, dispondré de millares de soldados.

—¿Cuánto tardará en conseguirlo?

—El tiempo no importa.

—Usted no es un pacifista —dijo Jolson—. No es más que un pobre iluso.

—No voy a molestarme en discutir con usted. Además, no se puede razonar sobre un tema de importancia capital cuando le están estrangulando a uno.

—Rackstraw —ordenó Jolson— entrégueme ese rifle y vaya a reanimar a los prisioneros.

Rackstraw obedeció.

—Tardará una hora —dijo Purviance—. ¿No podríamos ir a sentarnos en las mecedoras?

Jolson empujó a Purviance con el cañón del rifle.

—Siéntese en el suelo. Esperaremos aquí.

Purviance se sentó.



La arena era fina y blanca, el océano una balsa verde. Jennifer Hark apoyó sus manos en sus estrechas caderas.

—¿Se da cuenta? Aquí no se ven cementerios, ciudades y ni siquiera personas.

Jolson echó a andar, descalzo, hasta la orilla del agua.

—Ese maldito Purviance... —dijo.

—Ya no podrá hacer daño a nadie —dijo la muchacha, muy cerca de él—. El Grupo A está desintegrado.

Jolson frunció los párpados, bañados por el sol.

—Yo esperaba que dispusiera realmente de un medio para terminar con las guerras. Creía que lo que pretendía era eso.

—No ocurrirá una cosa así —dijo Jennifer—. Probablemente nunca.

—No era más que otro iluso —dijo Jolson.

—Le agradezco mucho que me salvara —dijo Jennifer—. Y le agradezco que haya decidido quedarse unos días en Esperanza, permitiendo que le enseñe algunas cosas de por aquí.

—Mientras el Jefe Mickens no encuentre inconvenientes...

—Y —dijo la muchacha, cogiendo su mano— me alegro de que sea usted Ben Jolson.

—¿Qué?

—Me refiero a su aspecto. Porque ahora es usted mismo, ¿no?

Jolson alzó una mano hacia el rostro de Jennifer.

—Supongo que sí —dijo.

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