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sábado, 9 de agosto de 2008

ARTHUR C. CLARKE -- MASA CRITICA

Masa Crítica
Arthur C. Clarke




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-¿Os he hablado - dijo Harry Purvis en tono humilde- de aquella vez que evité la
evacuación del sur de Inglaterra?
- No - respondió Charles Willis- o, si lo hiciste, me quedé dormido.
- Bueno, os lo contaré - continuó Harry cuando vio que se habían reunido
suficiente número de personas como para formar un auditorio respetable -. Ocurrió
hace dos años en la Fundación de Investigaciones Atómicas, cerca de Clobham.
Todos la conoceréis, supongo. Pero no creo haber mencionado que trabajé allí
durante algún tiempo, en una misión especial de la que no puedo hablar.
-¡Hombre, qué novedad! -dijo John Wyndham, sin obtener el menor resultado.
- Era un sábado por la tarde -prosiguió Harry-. Un día maraviIloso al final de la
primavera. Nos hallábamos unos seis científicos en el bar "El Cisne Negro", y las
ventanas estaban abiertas, por lo que podíamos ver las laderas de la colina de
Clobham y, más allá, a unas treinta millas de distancia, Upchester. Había tanta luz
que podíamos divisar las agujas de la catedral de Upchester en el horizonte. No
podía pedirse un día más espléndido.
El personal de la Fundación se llevaba muy bien con los clientes habituales del
bar, aunque en un principio no parecían muy contentos de tenernos tan cerca.
Aparte de la naturaleza de nuestro trabajo, creían que los científicos formamos
una raza diferente, sin necesidades humanas. Tras ganarles a los dardos un par
de veces, e invitarles unas copas, cambiaron de opinión. Pero siempre nos
estaban tomando el pelo, preguntándonos qué nueva explosión preparábamos.
Aquella tarde deberíamos haber estado presentes más científicos, pero en la
División de Radioisótopos tenían un trabajo urgente, por lo que nos
encontrábamos en inferioridad de condiciones. Stanley Charnbers, el dueño, notó
la ausencia de algunas caras conocidas.
"¿Qué les ha pasado a sus compañeros?", preguntó a mi jefe, el doctor French.
"Están trabajando en casa", contestó French. Llamábamos "casa" a la Fundación
para que pareciera más familiar y menos aterradora. "'Teníamos que terminar
unas cosillas a toda prisa. Vendrán más tarde."
"Unos de estos días", dijo Stan con seriedad, "usted y sus amigos van a dejar
escapar algo que no podrán volver a encerrar. Y entonces, ¿a dónde iremos a
parar nosotros?''
"Por lo menos, a la Luna", contestó el doctor French. :Mucho me temo que fuera
una respuesta un tanto irresponsable, pero siempre pierde la paciencia con
preguntas tan tontas como aquélla.
Stan Chambers miró por encima de su hombro, como midiendo la distancia que le
separaba de Globham.
Creo que estaba calculando si tendría tiempo de llegar al sótano, o si merecería la
pena intentarlo.
"Acerca de esos... isótopos que envían a los hospitales", dijo alguien con
precaución. "Estuve en el hospital de Santo Tomás la semana pasada, y vi cómo
los transportaban en una caja de seguridad, que debía pesar una tonelada. :Me
dio escalofrío pensar lo que ocurriría si se les escapaba de las manos."
"Calculamos el otro día", dijo el doctor French, visiblemente molesto por la
interrupción de su juego de dardos, "que había suficiente uranio en Clobham como
para hacer explotar el Mar del Norte."
Fue una tontería que dijera eso, porque además no es verdad. Pero no podía
regañar a mi propio jefe, ¿no?
El hombre que había hecho estas preguntas estaba sentado en el hueco bajo la
ventana; observé que miraba en dirección a la carretera con expresión
preocupada.
"Lo transportan en camiones desde la Fundación ¿verdad?" preguntó impaciente.
"Sí; algunos isótopos duran muy poco, por lo que tienen que llegar a su destino
rápidamente."
"Mire, al pie de la colina hay un camión que parece tener dificultades. ¿Es uno de
los suyos?"
El lugar en el que estaba el tablero de dardos quedó desierto porque todos se
precipitaron a la ventana. Cuando pude asomarme, vi un camión grande, lleno de
embalajes, bajando la colina a toda velocidad a una distancia aproximada de un
cuarto de milla. De vez en cuando rebotaba contra el seto; era evidente que los
frenos habían fallado y el conductor había perdido el control. Por suerte no se
acercaba ningún coche en dirección contraria; de otro modo, no se habría podido
evitar un accidente. Sin embargo, parecía más que probable que aún ocurriera.
Entonces el camión llegó a una curva, se salió de la carretera y atravesó el seto.
Fue dando bandazos durante cincuenta yardas disminuyendo la velocidad y
traqueteando violentamente sobre el áspero terreno. Casi se había parado cuando
se topó con una zanja y, lentamente volcó sobre un flanco. Segundos más tarde
pudimos escuchar un sonido de madera resquebrajándose, producido por los
embalajes al caer al suelo.
"Se acabó", dijo alguien con un suspiro de alivio. "Hizo bien en desviarse hacia el
seto. Supongo que el conductor se encontrará aturdido, pero no herido."
A continuación vimos algo asombroso. Se abrió la puerta de la cabina, y el
conductor saltó al suelo. Incluso desde tal distancia, podíamos darnos cuenta de
que estaba muy agitado, aunque dadas las circunstancias, nos pareció lo más
natural del mundo. Pero, contrariamente a lo que esperábamos, no se sentó para
tranquilizarse. Por el contrario, echó a correr a través del descampado, como alma
que lleva el diablo.
Lo contemplamos con la boca abierta y con cierta aprensión mientras se alejaba
colina abajo. Se produjo un silencio lúgubre en el bar, sólo interrumpido por el tictac
del reloj que Stan mantenía adelan- tado exactamente diez minutos. Entonces,
alguien dijo: "¿Creéis que hacemos bien quedándonos aquí? Quiero decir...
estamos a sólo media milla..."
La gente empezó a alejarse con indecisión de la ventana. El doctor French emitió
una risita nerviosa.
"No sabemos si es uno de nuestros camiones", dijo. "Además, les estaba tomando
el pelo hace un momento. Es totalmente imposible que los isótopos exploten.
Tendrá miedo de que se incendie el depósito de gasolina."
"¡Ah!. ¿si?" intervino Stan. "Y entonces ¿por qué sigue corriendo? Ya casi ha
bajado la colina.
"¡ Ya sé! " exclamó Charlie Evans, de la Sección de Instrumental. "Transporta
explosivos y pensará que van a estallar.
Yo tenía que desmentir aquello. "No hay ningún signo de incendio, así que, ¿por
qué se preocupa? Y si transportara explosivos, llevaría una bandera roja o algo
así."
"Espere un momento", dijo Stan. "Voy a buscar unos prismáticos."
Nadie se movió hasta que volvió con ellos; nadie, excepto aquella figurita en la
falda de la colina, que para entonces ya había desaparecido entre los árboles sin
disminuir la velocidad.
Stan estuvo mirando con los prismáticos durante una eternidad. A1 final, los bajó
con un gruñido de desilusión...
"No se ve mucho" dijo "El camión está en mala posición. Las cajas se han
desperdigado por todas partes... algunas se han roto. A ver , qué le parece a
usted."
French miró duramente un largo rato, y después me pasó los prismáticos. Eran de
un modelo muy anticuado y no servían para mucho. Por un momento me pareció
que las cajas estaban rodeadas de una extraña bruma, pero pensé que aquello no
tenía sentido. Lo atribuí a la mala calidad de las lentes.
Y ahí se habría acabado el asunto si no hubieran aparecido dos ciclistas. Subían
la colina con visible esfuerzo en un tándem y, cuando Ilegaron a la brecha del
seto, desmontaron rápidamente para ver lo que ocurría. El camión era visible
desde la carretera, y se dirigieron hacia él cogidos de la mano. La chica parecía
indecisa, y el hombre le decía que no se preocupara. Podíamos imaginar su
conversación; era un espectáculo enternecedor.
No duró mucho. Llegaron a unas cuantas yardas del camión... y salieron corriendo
a gran velocidad en direcciones opuestas. Ninguno de los dos se volvió para mirar
al otro, y observé que corrían de una forma muy peculiar.
Stan, que había recuperado los prismáticos, los bajó con manos temblorosas.
" ¡A los coches! ", gritó.
"Pero..." empezó a decir el doctor French.
Stan le hizo callar con una mirada. " Malditos científicos!'', dijo, i al tiempo que
cerraba la caja (incluso en un momento como aquél no olvidaba su deber). "Ya
sabía yo que esto pasaría tarde o temprano."
Y segundos más tarde, había desaparecido, así como la mayoría de sus clientes.
No se detuvieron ni para preguntarnos si queríamos ir con ellos.
"¡ Esto es ridículo! ", exclamó French. "Antes de que sepamos de que se trata,
esos imbéciles habrán provocado tal pánico que será difícil poner remedio. "
Sabía lo que quería decir. Alguien se lo diría a la policía; desviarían los coches
que viajaran en dirección a Clobham; las líneas telefónicas quedarían bloqueadas
con cientos de llamadas... sería como el horror de "La guerra de los mundos" de
Orson Welles en 1938.
Quizá penséis que estoy exagerando, pero nunca debe subestimarse el poder del
pánico. Y, recordad que la gente tenía miedo de la Fundación y casi esperaba que
ocurriera algo así.
Incluso no me importa deciros que, por entonces, nosotros mismos empezábamos
a sentirnos incómodos.
Eramos incapaces de comprender lo que ocurría en el camión volcado, y no hay
nada que un científico deteste más que no saber a que atenerse.
Mientras tanto, me había apoderado de los prismáticos de Stan y estudiaba la
situación detenidamente. Una teoría empezó a formarse en mi mente. Había un...
halo sobre las cajas. Seguí mirando hasta que los ojos empezaron a escocerme, y
le dije al doctor French: "Creo que ya sé de qué se trata. ¿Por qué no telefonea a
la oficina de Correos de Clobham para tratar de anticiparse a Stan e impedir que
extienda cualquier rumor, si es que ya ha llegado allí? Diga que todo está bajo
control, que no hay nada de qué preocuparse. Mientras usted hace eso, yo voy a
acercarme al camión para comprobar mi teoría."
Debo decir que nadie se ofreció a acompañarme. Aunque empecé a andar con
mucha confianza, al cabo de un rato me sentía un poco menos seguro de mí
mismo. Recordé un incidente que siempre me ha parecido una de las bromas más
irónicas de la historia, y empecé a preguntarme si no estaría ocurriendo algo
parecido. Había una vez una isla volcánica en el Lejano Este, con una población
de cincuenta mil habitantes. Nadie se preocupaba por el volcán, que había permanecido
inactivo durante cien años. Pero un día empezaron las erupciones. Al
principio eran pequeñas, pero su intensidad aumentó en cuestión de horas.
Cundió el pánico, y la gente intentó apiñarse en los pocos botes disponibles para
alcanzar el continente.
Pero se encontraba al frente de la isla un comandante que estaba decidido a
mantener el orden a toda costa.
Publicó proclamas asegurando que no existía peligro alguno, y envió tropas a que
ocupasen los barcos para que no hubiera pérdida de vidas en los intentos de
abandonar la isla en embarcaciones sobrecargadas. Su personalidad era tan
fuerte, y su valor tan ejemplar, que consiguió calmar a la multitud, y aquellos que
intentaban escapar volvieron avergonzados a sus casas y se sentaron a esperar
que se restableciera la normalidad. Cuando el volcán voló por los aires un par de
horas más tarde, llevándose consigo la isla entera, no quedó ni un solo
superviviente...
Al llegar al camión, me vi a mí mismo desempeñando un papel similar a aquel
comandante. Después de todo, a veces es muy aconsejable quedarse y encarar el
peligro, pero otras, lo más sensato es poner pies en polvorosa. Pero ya era
demasiado tarde para volver, y, hasta cierto punto, estaba seguro de la certeza de
mi teoría.
- No sigas - interrumpió George Whitley, que siempre que podía intentaba
estropear los relatos de Harry -. Era gas.
A Harry no pareció molestarle en absoluto que se le adelantaran.
-Es una sugerencia muy ingeniosa. Yo también lo pensé, lo que demuestra que,
de vez en cuando, todos pecamos de tontos.
Había llegado a unos cincuenta pies del camión cuando me paré en seco y, a
pesar de ser un día cálido, un escalofrío muy desagradable me recorrió la espina
dorsal. Porque tenía ante mis ojos algo que hacía añicos mi teoría del gas, sin
dejar nada en su lugar.
Una masa negra y movediza se retorcía sobre la superficie de una de las cajas.
Por un momento quise creer que se trataba de un líquido oscuro que rezumaba de
un recipiente roto. Pero es una propiedad muy característica de los líquidos el no
poder desafiar a la gravedad. Aquello sí podía y, además, estaba vivo. Desde
donde me encontraba parecía el pseudópodo de una amiba gigante cambiando de
forma y grosor, y se movía hacia adelante y hacia atrás sobre el borde de una caja
rota.
En pocos segundos acudieron a mi mente todo tipo de fantasías propias de Edgar
Allan Poe. Pero recordé mi deber como ciudadano y mi dignidad de científico. Me
dirigí hacia aquello, aunque sin demasiada prisa. '
Olfateé con cautela, como si la teoría del gas aún estuviera en mi mente. Pero
fueron mis oídos y no mi olfato, quienes me dieron la respuesta, cuando me rodeó
aquella masa siniestra y escurridiza. Había escuchado aquel sonido millones de
veces, pero nunca con tanta intensidad como entonces. Me senté -a cierta
distancia- y empecé a reír hasta no poder más. Después me levanté y me dirigí al
bar.
"Y bien", dijo el doctor French con ansiedad, "¿de qué se trata? Stan está
esperando al teléfono; le pillamos en la encrucijada. Pero no volverá hasta que le
digamos lo que ocurre."
"Dígale a Stan", contesté, "que envíe al apicultor del pueblo, y que él también
venga. Va a tener mucho trabajo."
"¿A quién?" preguntó French. Abrió la boca con asombro. " ¡Dios mío! No me diga
que... '
"Exactamente", contesté mientras inspeccionaba tras la barra, por si acaso Stan
tenía escondida alguna botella interesante. "Empiezan a tranquilizarse, pero me
imagino que aún están muy fastidiadas. No las conté, pero debe haber medio
millón de abejas ahí abajo intentando volver a sus colmenas rotas."

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