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miércoles, 14 de mayo de 2008

AL ABISMO DE CHICAGO -- RAY BRADBURY

AL ABISMO DE CHICAGO

Ray Bradbury




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Bajo un pálido cielo de abril, con un leve viento que disipaba el recuerdo invernal, el anciano entró en el parque casi vacío a mediodía. Sus lentos pies estaban envueltos en vendas manchadas de nicotina, y tenía los cabellos enmarañados, largos y grises, lo mismo que su barba, rodeando una boca que parecía temblar continuamente llena de revelaciones.

El anciano miró hacia atrás como si hubiera perdido más cosas de las que podía empezar a recordar allí, en el montón de ruinas, ante la desdentada silueta de la ciudad. Al no encontrar nada, siguió arrastrando los pies hasta que localizó un banco ocupado por una mujer solitaria. La contempló, asintió con la cabeza, se sentó al otro extremo del banco y no volvió a mirarla.

Permaneció con los ojos cerrados y la boca ocupada durante tres minutos, moviendo la cabeza como si su nariz estuviera escribiendo una palabra en el aire. Hecho esto, abrió la boca para pronunciar la palabra con voz clara y aguda:

- Café.

La mujer dio un respingo e irguió el cuerpo.

Los nudosos dedos del anciano voltearon en pantomima sobre su regazo, sin mirar.

- ¡Gira el abrelatas! ¡Envase rojo brillante de letras amarillas! Aire comprimido. ¡Pufff! Envasado al vacío. ¡Ssst! ¡Como una serpiente!

La mujer volvió la cabeza como si la hubiesen golpeado, para contemplar con horrorizada fascinación la lengua en movimiento del anciano.

- Qué perfume, qué aroma, qué olor. ¡Exquisitos, oscuros, maravillosos granos brasileños, recién molidos!

La mujer se puso en pie de un salto, tambaleándose como si acabase de recibir un tiro, y se agarró al respaldo del banco.

El anciano abrió los ojos de par en par.

- ¡No! Yo...

Pero ella echó a correr, y desapareció.

El anciano suspiró y reanudó su deambular por el parque hasta encontrar un banco donde estaba sentado un joven completamente absorto en la tarea de envolver hierba seca en un pequeño rectángulo de papel fino. Sus delgados dedos moldearon la hierba tiernamente, en un rito casi sagrado, temblando mientras enrollaba el tubo; luego lo colocó entre sus labios e, hipnóticamente, lo encendió. Se reclinó hacia atrás, bizqueando de placer, comulgando con el fétido aire que invadía su boca y sus pulmones. El anciano contempló el humo exhalado disolviéndose en el viento de mediodía, y dijo:

- Chesterfield.

El joven se cogió las rodillas con fuerza.

- Raleighs - dijo el anciano -. Lucky Strike.

El joven le miró fijamente.

- Kent. Kools. Marlboro - dijo el anciano, sin mirar al joven -. Así se llamaban. Paquetes blancos, rojo, ámbar, verde hierba, azul celeste, dorado, con la tirilla roja en la parte superior para quitar el crujiente celofán, y la etiqueta azul del impuesto del Gobierno...

- ¡Cállese! - dijo el joven.

- Se compraban en las droguerías, en los quioscos de refrescos, en las estaciones del Metro...

- ¡Cállese!

- Calma - dijo el anciano -. Ese humo me ha hecho pensar...

- ¡No piense! - El joven hizo un gesto tan violento que su cigarrillo liado a mano cayó deshecho sobre sus piernas -. ¡Mire lo que ha conseguido!

- Lo siento. Era un día tan agradable y amistoso...

- ¡Yo no soy amigo de nadie!

- Todos somos amigos ahora; si no ¿para qué vivimos?

- ¿Amigos? - refunfuñó el joven, sacudiéndose del regazo la hierba y el papel -. Tal vez hubieran «amigos» en los años setenta, pero ahora...

- Mil novecientos setenta. Tú debías ser un niño entonces. Todavía se encontraban caramelos Butterfingers envueltos en papel de color amarillo canario. Baby Ruths, Clark Bars en papel naranja; Milky Ways... tómese un universo de estrellas, cometas, meteoros. Qué bonito...

- Nunca fue bonito. - El joven se puso en pie súbitamente -. ¿Qué le pasa a usted?

- Recuerdo las limas y los limones, eso es lo que me pasa. ¿Te acuerdas de las naranjas?

¡Maldita sea! Naranjas, un cuerno. ¿Me está llamando embustero? ¿Quiere ponerme enfermo? ¿Está usted chiflado? ¿No conoce la ley? ¿No sabe que puedo denunciarle?

- Lo sé, lo sé - dijo el anciano, encogiéndose de hombros -. El tiempo que hace me ha engañado. Me ha hecho comparar...

- Comparar rumores. Es como dicen ellos, la Policía, los Agentes Especiales. Ellos lo dicen. Son rumores, maldito agitador. Usted...

Cogió al anciano por las solapas, que se desgarraron, por lo que hubo de agarrarle otra vez, gritándole a la cara:

- Le voy a romper la crisma... Hace mucho tiempo que no le parto la cara a nadie...

Empujó al anciano. Del empujón pasó a las bofetadas, y de las bofetadas a los puñetazos: una verdadera lluvia de golpes cayó sobre el anciano, que la soportaba como alguien sorprendido por una terrible tormenta. Con sólo los dedos intentaba protegerse de los puños que magullaban sus mejillas, sus hombros, su frente, su barbilla, mientras el joven gritaba cigarrillos, gemía caramelos, aullaba tabacos, chillaba golosinas, y cuando el anciano cayó le atacó a puntapiés. De pronto, el joven dejó de golpearle y empezó a llorar. Al oír aquel ruido, el anciano, caído en el suelo, retorciéndose de dolor, apartó sus dedos de su boca lastimada y abrió los ojos para mirar con asombro a su agresor. El joven sollozaba.

- Por favor... - suplicó el anciano.

Los sollozos del joven se hicieron más ruidosos, y le brotaron lágrimas de los ojos.

- No llores - dijo el anciano -. No estaremos siempre hambrientos. Reconstruiremos las ciudades. Oye, no quise hacerte llorar, sólo quería que pensaras a dónde vamos, lo que estamos haciendo, lo que hemos hecho... No me pegabas a mí. Querías golpear otra cosa, pero yo estaba más a mano. Mira, no me has hecho nada. Estoy bien.

El joven dejó de llorar y bajó los ojos para mirar al anciano, quien forzó una sonrisa bañada en sangre.

- Usted... no puede andar por el mundo - dijo el joven - molestando a la gente. ¡Voy a buscar a alguien para que le ajuste las cuentas!

- ¡Espera! - El anciano hizo un esfuerzo por incorporarse -. ¡No!

Pero el joven, dando voces, echó a correr hacia la salida del parque.

Semiincorporado, el anciano se tentó los huesos, encontró uno de sus dientes caído entre la gravilla, lleno de sangre, y lo cogió tristemente.

- Estúpido - dijo una voz.

El anciano miró a su alrededor y hacia arriba.

Un hombre delgado, de unos cuarenta años, se apoyaba en un árbol cercano, con una expresión de cansancio y de curiosidad en su alargado rostro.

- Estúpido - repitió.

El anciano le miró con aire asombrado.

- ¿Ha estado usted ahí todo el tiempo, y no ha hecho nada?

- ¿Qué debía hacer? ¿Luchar con un tonto para salvar a otro? No. - El desconocido le ayudó a levantarse y sacudió el polvo de sus ropas -. Sólo peleo cuando vale la pena hacerlo. Vamos, le llevaré a mi casa.

El anciano volvió a mirarle con asombro.

- ¿Por qué?

- Ese muchacho regresará con la policía de un momento a otro. No quiero que le encierren; es usted un producto muy valioso. Había oído hablar de usted y le buscaba desde hace varios días. Y he tenido que encontrarle representando uno de sus famosos números... ¿Qué le dijo al muchacho para que se enfadase tanto?

- Le hablé de naranjas y de limones, de caramelos y cigarrillos. Estaba a punto de recordarle con todo detalle los juguetes de cuerda, las pipas de brezo y los cepillos de cerda cuando hizo caer el cielo sobre mí.

- Casi no se lo reprocho. A mí mismo me están entrando ganas. ¡Vámonos ya, oigo una sirena!

Y salieron rápidamente del parque.



Bebió primero el vino hecho en casa, porque resultaba más fácil. La comida tendría que esperar hasta que su hambre venciera al dolor en su boca lastimada. Sorbió, asintiendo con la cabeza.

- Excelente, muchas gracias. Excelente.

El desconocido que le había sacado rápidamente del parque estaba sentado frente a él en la endeble mesa del comedor, mientras la esposa del desconocido colocaba unos platos rajados y desconchados sobre el raído mantel.

- La paliza - dijo el marido, finalmente -. ¿Cómo ocurrió?

Al oír esto, la esposa casi dejó caer un plato.

- Tranquilízate - dijo el marido -. Nadie nos ha seguido. Adelante, viejo. Cuéntenos por qué se comportaba usted como un santo aspirante al martirio. Es usted famoso, ¿no lo sabía? Todo el mundo ha oído hablar de usted. A muchos les gustaría conocerle. Pero yo deseo conocer en primer lugar las razones de su conducta. ¿Bien?

Pero el anciano estaba absorto en la contemplación del plato desconchado que tenía ante sí. ¡Veintiséis! ¡No: veintiocho guisantes! Contó la suma increíble, se inclinó sobre tan insólitas legumbres como un hombre que reza se inclina sobre las cuentas de su rosario. Veintiocho gloriosos guisantes verdes, y unas cuantas hilachas de fideos medio rancios anunciando que hoy las cosas iban mejor. Pero debajo del montoncito de pasta, el plato rajado demostraba que las cosas habían ido peor desde hacía muchos años. El anciano se quedó como suspendido sobre el plato, semejante a un enorme e inexplicable pajarraco caído por azar en aquel frío apartamento. Sus samaritanos anfitriones le contemplaron hasta que finalmente dijo:

- Estos veintiocho guisantes me recuerdan una película que vi cuando era niño. Un cómico... ¿Entienden ustedes esa palabra? Un hombre que hacía reír se encontraba con un loco en un asilo nocturno, y...

El marido y la esposa rieron en voz baja.

- No, no es ese todavía el chiste, lo siento - se disculpó el anciano -. El loco invitaba al cómico a sentarse ante una mesa vacía, sin cuchillos, ni tenedores, ni comida. «La cena está servida», anunciaba. Temiendo ser asesinado, el cómico le seguía la corriente. «¡Excelente!», exclamaba, fingiendo masticar la verdura, el filete y el postre, aunque no mordía nada. «¡Estupendo! ¡Maravilloso!», y tragaba aire. Ahora pueden reír.

Pero el marido y la esposa, completamente inmóviles, se quedaron mirando los platos y su mísero contenido

El anciano meneó la cabeza y continuó:

- El cómico, creyendo convencer al loco, exclamaba: «¡Y estos melocotones regados con coñac! ¡Soberbios!» «¿Melocotones?», gritó el loco, sacando un revólver. «¡Yo no he servido melocotones! ¡Está loco!» Y mataba al cómico por la espalda.

Durante el silencio que siguió, el anciano, cogió el primer guisante y lo sopesó amorosamente en la punta de su tenedor de estaño. Estaba a punto de llevárselo a la boca cuando...

Resonó una imperiosa llamada en la puerta.

- ¡Policía especial! - gritó una voz.

En silencio, pero temblando, la esposa ocultó el plato extraordinario.

El marido se levantó con serenidad para conducir al anciano hacia una pared, en la cual se abrió un entrepaño. El anciano pasó al otro lado, el entrepaño volvió a cerrarse y el anciano permaneció oculto allí, a oscuras, mientras al otro lado, invisible, se abría la puerta del apartamento. Se oyeron murmullos de voces excitadas. El anciano podía imaginar al Agente Especial con su uniforme azul oscuro, con el revólver en el puño, entrando para no ver sino los escasos muebles, las paredes desnudas, el resonante suelo de linóleo, las ventanas con hojas de cartón sustituyendo a los cristales: toda una delgada y grasienta película de civilización dejada sobre la playa vacía cuando se retiró la marea de la guerra.

- Estoy buscando a un viejo - dijo la cansada voz de la autoridad al otro lado de la pared. Qué extraño, pensó el anciano, incluso la ley suena cansada ahora -. Usa ropas remendadas... - Pero ahora todo el mundo llevaba ropas remendadas -. Sucio. De unos ochenta años de edad...

Pero, ¿acaso no va todo el mundo sucio? ¿No somos todos viejos?, se gritó el anciano en su fuero interno.

- Si le entregan, la recompensa son raciones para una semana - dijo la voz del policía -, más diez latas de verduras y cinco latas de sopa como gratificación especial.

Envases de hojalata con sus etiquetas de brillantes colores, pensó el anciano. Las latas aparecieron como meteoros deslizándose sobre sus párpados en la oscuridad. ¡Una atractiva recompensa! No DIEZ MIL DOLARES, ni VEINTE MIL DOLARES, no, no, sino... cinco maravillosas latas de sopa auténtica, no de sucedáneo, y diez, cuéntalas, diez hermosas y brillantes latas de verduras exóticas tales como habichuelas verdes y maíz tierno... ¡Piensa en ello! ¡Piensa!

Siguió un largo silencio, durante el cual el anciano creyó oí, leves murmullos de estómagos revolviéndose intranquilos, amodorrados pero capaces de evocar cenas más opíparas que los residuos de la antigua ilusión convertida en pesadilla durante el largo crepúsculo que había seguido al D. A.: Día del Aniquilamiento.

- Sopa, verduras - repitió la voz del policía -. ¡Quince hermosas latas!

La puerta se cerró de golpe.

Las pesadas botas resonaron a través del destartalado inmueble, y se oyeron nuevas llamadas a las tapaderas de ataúd de las puertas, para volver a otros Lázaros a la vida hablándoles en voz alta de latas brillantes y sopas auténticas. Finalmente, los golpes cesaron y resonó un último portazo.

El entrepaño volvió a abrirse. Marido y mujer evitaban mirar al anciano cuando salió. Él sabía por qué, e hizo gesto de tocarles el brazo.

- Hasta yo mismo - dijo, suspirando -. Hasta yo estuve a punto de entregarme para reclamar la recompensa, para comer la sopa...

Pero ellos continuaban sin mirarle.

- ¿Por qué? - inquirió -. ¿Por qué no me han entregado? ¿Por qué?

El marido, como si hubiera recordado algo de pronto, hizo una seña a su esposa. Ella se dirigió hacia la puerta, vaciló; su marido asintió con la cabeza, impaciente, y ella salió, silenciosa como un soplo sobre una telaraña. La oyeron deslizarse a lo largo del vestíbulo, llamando suavemente a las puertas, las cuales se abrían a susurros y murmullos.

- ¿Qué está haciendo? ¿Qué se propone hacer usted? - preguntó el anciano.

- Ya lo verá. Siéntese y termine de cenar - dijo el marido -. Dígame por qué es usted tan loco que ha llegado a enloquecernos a nosotros hasta el punto de ir a buscarle y traerle aquí.

- ¿Por qué soy tan loco? - El anciano se sentó y se puso a masticar lentamente, tomando uno a uno los guisantes del plato que le había sido devuelto -. Sí, soy un loco. ¿Cómo empezó mi locura? Hace años contemplé el mundo en ruinas, las dictaduras, los estados y naciones esquilmadas, y me dije: «¿Qué puedo hacer yo, un débil anciano? ¿Qué? ¿Reparar el desastre? ¡Bah!» Pero una noche, medio dormido, un antiguo disco de fonógrafo resonó en mi cabeza. Dos hermanas, llamadas Duncan, famosas cuando yo era un niño, cantaban una canción llamada RECORDANDO. «Recordar es lo único que hago, querido, conque inténtalo y recuerda tú conmigo.» Repetí la canción y no era una canción, sino un sistema de vida. ¿Qué podía ofrecer a un mundo que empezaba a olvidar? ¡Mi memoria! ¿Para qué iba a servir eso? Para ofrecer un nivel de comparación; decirles a los jóvenes lo que fue en otro tiempo, poner en evidencia nuestras pérdidas. Descubrí que, cuanto más recordaba, más lograba recordar. Según con quién me sentaba, recordaba las flores de imitación, los teléfonos, las neveras, las chicharras (¿ha hecho usted sonar alguna vez una chicharra?), los dedales, y los clips de bicicleta; no las bicicletas, no, sino los clips de bicicleta... ¿Verdad que resulta curioso? En cierta ocasión un hombre me pidió que recordara los instrumentos de a bordo de un Cadillac. Los recordé y se los descubrí detalladamente. Mientras me escuchaba unas gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. ¿Lágrimas de felicidad... o de tristeza? No puedo saberlo. Sólo puedo recordar. No hago literatura, no; nunca he tenido memoria para las comedias o los poemas. Son algo que se pierde, que muere. En realidad, no soy más que un evocador de lo vulgar, que al fin y al cabo es algo que también forma parte de la civilización. Lo único que ofrezco realmente son los restos y cacharros cromados de tercera mano de una civilización que acabó por correr hacia el precipicio. Pero, de un modo u otro, la civilización debe ponerse de nuevo en marcha. Los que sepan ofrecer delicada poesía, que la recuerden, que la ofrezcan. Los que sepan tejer y fabricar hermosas redes, que las tejan, que las fabriquen. Mi talento es menos importante que el de ellos, y tal vez desdeñable en el largo trecho a recorrer hacia la antigua cumbre. Pero yo debo soñar que vale la pena. Porque, insignificantes o no, las cosas que la gente recuerde son las que tratará de recuperar. En consecuencia, me dedico a ulcerar sus deseos medio muertos con el ácido de mis recuerdos. Tal vez así se decidan a reconstruir la ciudad, el Estado y luego el mundo. Hagamos que un hombre desee el vino, otro un cómodo sillón; un tercero querrá un planeador con alas para remontarse sobre los vientos de marzo y construirá pterodáctilos electrónicos de mayor tamaño para dominar vientos todavía más fuertes, con un mayor número de pasajeros. Algún tonto deseará tener un árbol de Navidad, y un listo sabrá buscarlo. Juntemos todos esos deseos, y yo estaré allí para inducir a esos hombres a realizarlos. Sí, en otro tiempo hubiera gritado: «¡Sólo lo mejor de lo mejor, sólo la calidad verdadera!» Pero las rosas pueden florecer sobre el estiércol. Lo vulgar debe existir para que pueda florecer lo más excelente. Yo seré el más vulgar que exista y combatiré a todos los que dicen déjalo correr, húndete, revuélcate en el polvo, deja que las razas cubran el sepulcro donde estás enterrado vivo. Protestaré contra las tribus de hombres - mono vagabundos, contra los hombres - oveja que mastican la hierba de los campos despreciados por los lobos feudales que se hacen fuertes en las cumbres de los escasos rascacielos restantes y acaparan los alimentos olvidados. Mataré a esos villanos con un abrelatas y un sacacorchos. Los pondré en fuga con fantasmas de Buick, Kissel-Kar y Moon, les azotaré con látigos de regaliz hasta que griten pidiendo misericordia. ¿Si será posible conseguirlo? Ha de intentarse.

Con las últimas palabras, el anciano revolvió el último guisante en su boca, mientras su samaritano anfitrión se limitaba a mirarle con expresión de amable asombro. En toda la casa la gente se removía, se abrían y cerraban puertas, y los rumores crecían en intensidad por los corredores. El desconocido dijo:

- ¿Y usted me pregunta por qué no le hemos entregado? ¿Oye esos rumores al otro lado de la puerta?

- Parece como si todos los habitantes del inmueble...

- Todos. Viejo loco, ¿recuerda los cinematógrafos? Mejor aún, ¿los cinematógrafos al aire libre donde se podía entrar en automóvil?

El anciano sonrió.

- ¿Los recuerda usted?

- Casi.

- Mire, si va a seguir siendo un loco, si quiere correr riesgos, hágalo ahora y de una sola vez, ante un auditorio numeroso. ¿Por qué desperdiciar su aliento con una persona, o con dos o incluso tres, si...

El marido abrió la puerta e hizo un gesto con la cabeza hacia fuera. En silencio, uno a uno o por parejas, entraban los habitantes del inmueble. Entraban en aquella habitación como si fuese una sinagoga, o una iglesia, o ese otro tipo de templo llamado cinematógrafo, o el tipo de cinematógrafo llamado cine al aire libre. Y la tarde iba cayendo; el sol se hundía en el horizonte y muy pronto, en las primeras horas de la noche, al caer la oscuridad, la habitación quedaría envuelta en sombras y una sola luz iluminaría al anciano y éste hablaría y ellos escucharían y se cogerían de la mano y sería como en los viejos tiempos en las salas a oscuras, o en el interior de los coches, y sería sólo un recuerdo: palabras por palomitas, y palabras por goma de mascar, y refrescos, y bombones; pero las palabras, de todos modos, las palabras...

Y mientras la gente entraba y se sentaba en el suelo, y el anciano les contemplaba, negándose a creer que hubieran acudido sin conocerle siquiera, el marido dijo:

- ¿No es mucho mejor esto que correr un riesgo al aire libre?

- Sí. Es extraño... Odio el dolor, odio ser golpeado y perseguido. Pero mi lengua se mueve. Debo escuchar lo que dice. Pero esto es mejor.

- Bien. - El marido metió un billete rojo en la palma de la mano del anciano -. Cuando esto haya terminado, dentro de una hora, aquí hay un billete de un amigo mío que trabaja en Transportes. Un tren cruza el país cada semana. Cada semana consigo un billete para algún idiota al que deseo ayudar. Esta semana le toca a usted.

El anciano leyó el punto de destino en el doblado papel rojo:

- ABISMO DE CHICAGO. - Y añadió -: ¿Todavía está allí el Abismo?

- El año que viene, por estas fechas, el lago Michigan puede irrumpir a través de la última corteza y formar un nuevo lago en el pozo donde en otro tiempo estuvo la ciudad. Hay vida de todas clases en los bordes del cráter, y una vez al mes sale hacia el oeste un tren secundario. Cuando llegue allí, siga viaje y olvide que nos ha conocido. Le daré una pequeña lista de personas como nosotros. Cuando haya pasado algún tiempo, procure localizarlas: viven en lugares desérticos. Pero, por el amor de Dios, quédese al aire libre, durante un año y tómese unas vacaciones. Mantenga cerrada su maravillosa boca. - El marido le entregó una tarjeta amarilla -. Este es un dentista amigo mío. Dígale que le haga una dentadura nueva que sólo se abra a las horas de comer.

Al oír esto, algunos de los presentes se echaron a reír, y el anciano también rió silenciosamente. Los vecinos, docenas de ellos, habían acabado de entrar y era tarde. Marido y esposa cerraron la puerta y se quedaron de pie junto a ella, y se volvieron para presenciar la última ocasión especial en que el anciano podría abrir su boca.

El anciano se puso en pie.

Su auditorio permaneció inmóvil y silencioso.

El tren entró a medianoche, oxidado y ruidoso, en una estación súbitamente llena de nieve. Bajo la cruel ventisca, gentes mal lavadas subieron a los anticuados vagones empujando al anciano por el pasillo hasta un compartimiento vacío que en otro tiempo había sido un lavabo. El suelo no tardó en quedar convertido en un lecho rodante sobre el cual dieciséis personas se retorcían y daban vueltas en la oscuridad, tratando de conciliar el sueño.

El tren se precipitó a través de la blancura desierta.

El anciano se repetía: «Silencio, cállate, no hables, no digas nada, quédate quieto, ¡piensa!, ¡cuidado!, ¡no te muevas!», mientras se veía mecido, traqueteado, sacudido de acá para allá. Permanecía medio recostado contra una pared. Sólo había otro pasajero de pie en aquel horrible compartimiento: a unos pies de distancia, también recostado contra la pared, estaba un muchacho de ocho años cuya palidez enfermiza cubría sus mejillas. Completamente despierto, con los ojos brillantes, parecía contemplar, contemplaba, la boca del anciano. El muchacho miraba porque no tenía más remedio. El tren pitaba, rugía, traqueteaba, aullaba y corría.

Transcurrió media hora de estruendosa carrera nocturna bajo la luna velada por la nieve, y la boca del anciano permaneció herméticamente cerrada. Otra hora, y continuó cerrada. Una hora más y empezaron a aflojarse los músculos alrededor de sus mejillas. Otra, y sus labios se entreabrieron para desentumecerse. El muchacho permanecía despierto. El muchacho miraba, esperaba. Inmensos velos de silencio cernían el aire nocturno exterior, hendido por el avance del tren. Los viajeros, sumidos en un inconfesado terror, entumecidos por la velocidad, dormían cada uno su sueño, pero el muchacho no apartaba los ojos, y al fin el anciano se inclinó hacia delante, muy despacio.

- Eh..., muchacho. ¿Cómo te llamas?

- Joseph.

El tren traqueteaba y gruñía como un monstruo avanzando a través de una oscuridad intemporal hacia una mañana inimaginable.

Joseph... - El anciano saboreó la palabra y se adelantó un poco más, con los ojos risueños y brillantes. Su rostro se llenó de pálida belleza. Sus ojos se dilataron hasta que parecieron no ver. Miraban algo distante y oculto. Se aclaró la garganta, procurando no hacer ruido.

- Ejem...

El tren rugió al tomar una curva. La gente osciló de un lado a otro en sueños.

- Bueno, Joseph - susurró el anciano, alzando suavemente los dedos al aire -. Érase una vez...



FIN

domingo, 30 de marzo de 2008

EL GUARDAVIAS -- CHARLES DICKENS


Charles Dickens
El guardavías


__________
-¡Hola, el de ahí abajo!
Cuando escuchó una voz que le llamaba de esa manera estaba de pie en la puerta de la caseta, con una
bandera en la mano enrollada alrededor de un palo corto. Teniendo en cuenta la naturaleza del terreno,
cualquiera hubiera pensado que no podía dudar con respecto al lugar del que procedía la voz; pero en lugar
de mirar hacia arriba, donde estaba yo, de pie sobre un empinado desmonte situado justo encima de su
cabeza, se dio la vuelta y miró hacia la vía. Había algo especial en la forma en que lo hizo, aunque yo no
pudiera captar de que se trataba exactamente. Lo que sí se es que fue lo bastante notable como para llamar
mi atención, a pesar de que su figura, situada abajo, en la profunda zanja, se encontraba un tanto lejana y
ensombrecida, y yo me hallaba muy por encima de él, tan de cara al resplandor de un furioso ocaso que
tuve que protegerme los ojos con la mano antes de poder verlo.
-¡Hola, ahí abajo!
Él seguía mirando la vía, pero volvió a darse la vuelta y, al levantar la vista, me vio allí arriba.
-¿Hay algún camino por el que pueda bajar para hablar con usted?
Miró hacia arriba sin responder y yo le contemplé sin querer presionarle repitiendo mi tonta pre gunta. En
ese preciso momento se produjo una vaga vibración en la tierra y el aire, que se convirtió rápidamente en
una pulsación violenta y en una embestida que me obligó a retroceder para no caer abajo. Cuando se
deshizo el vapor que se había elevado hasta mi altura desde el tren que pasó velozmente, y empezó a
desvanecerse en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y pude verle enrollar en el Palo la bandera que había
extendido durante el paso del tren.
Repetí la pregunta. Tras una pausa durante la cual pareció contemplarme con gran atención, señaló con la
bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unos doscientos o trescientos metros de distancia.
-¡Entendido! -le grité dirigiéndome hacia ese lugar.
Allí, a fuerza de examinar cuidadosamente la zona, encontré un tosco camino que descendía en zigzag,
en el que habían excavado una especie de escalones, y bajé por él.
La zanja era extremadamente profunda e inu sualmente inclinada. Había sido excavada en una piedra
viscosa que se iba volviendo más rezumante y húmeda conforme bajaba. Por ese motivo el camino se me
hizo lo bastante largo para recordar la sensación singular de desgana y obligación con la que me había
indicado donde estaba.
Cuando bajé por el camino en zigzag lo suficien te, vi que estaba de pie entre los raíles por los que
acababa de pasar el tren, en actitud de estar aguardando mi aparición. Con la mano izquierda se tocaba la
barbilla y descansaba el codo de ese brazo sobre su mano derecha, cruzada junto al pecho. Su actitud me
pareció tan expectante y vigilante que me detuve un momento, extrañado.
Reanudé mi avance, llegué a la altura de la vía y al acercarme más a él vi que era un hombre de tez pálida
y pelo oscuro, de barba negra y cejas bastante pobladas. Su puesto se encontraba en el lugar más solitario y
triste que yo hubiera contemplado nunca. A ambos lados, un muro hecho de piedra mellada que goteaba
humedad, impedía toda vista salvo la de una franja de cielo; por un lado, la perspectiva sólo era una
prolongación curva de aquel calabozo enorme; la perspectiva por la otra dirección, mas corta, terminaba en
una sombría luz rojiza y en la entrada, todavía más sombría, de un túnel negro, cuya arquitectura maciza
creaba una atmósfera bárbara, deprimente y repulsiva. Era tan escasa la luz del sol que llegaba hasta allí
que producía un olor terroso y letal, y tanto el frío viento que corría por la zanja que llegué a estremecerme,
como si hubiera abandonado el mundo natural.
Me acerqué hasta él lo suficiente para tocarle antes de que se moviera. Ni siquiera entonces apartó su
vista de la mía, pero dio un paso atrás y levantó una mano.
Le dije que ocupaba un puesto bastante solitario, y que había llamado mi atención cuando le vi desde allá
arriba. Añadí que suponía que le resultaría raro tener visitantes, pero esperaba no obstante ser bienvenido.
Que en mí debía ver simplemente a un hombre que habiendo estado toda su vida encerrado en unos límites
estrechos, y sintiéndose libre por fin, se le había despertado recientemente el interés por las grandes obras.
Le hablé en ese sentido, aunque estoy lejos de encontrarme seguro de que fueran ésos los términos
utilizados; pues aparte de que no se me da muy bien iniciar una conversación, había en aquel hombre algo
que me intimidaba.
Dirigió una curiosísima mirada hacia la luz roja situada cerca de la boca del túnel, permaneció con la
vista fija en ella durante un rato, como si le faltara algo, y después volvió a mirarme.
Le pregunté que si la luz formaba parte de sus obligaciones.
-¿Acaso no lo sabe? -me respondió en voz baja.
Contemplando su mirada fija y aquel rostro me lancólico pasó por mi mente el pensamiento monstruoso
de que se trataba de un espíritu, y no de un hombre. Desde entonces he pensado muchas veces si no habría
algún problema en su mente.
En ese momento fui yo el que retrocedió, pero al hacerlo detecté en su mirada un miedo latente hacia mí
y con él desapareció mi pensamiento monstruoso.
-Me está mirando como si me tuviera miedo -le dije, obligándome a sonreír.
-Estaba pensando si lo había visto antes -replicó él.
-¿Dónde?
Señaló hacia la luz roja que había estado mirando.
-¿Allí? -volví a preguntar yo.
Respondió afirmativamente (aunque sin emitir sonido alguno) mientras me miraba con intensidad.
-Mi buen amigo, ¿qué podía hacer yo allí? No obstante, puedo jurarle en cualquier caso que nunca he
estado en ese lugar.
-Así lo creo -replicó él. - Sí, estoy seguro.
Su actitud se volvió entonces más tranquila, lo mismo que la mía. Contestó a mis observaciones con
prontitud y con palabras bien elegidas. ¿Tenía mucho trabajo allí? Sí; bueno, era una forma de decirlo, tenía
desde luego una gran responsabilidad; pero lo que se requería de él era exactitud y vigilancia, mientras que
trabajo de verdad, es decir, trabajo manual, apenas existía. Lo único que tenía que hacer era cambiar la
señal, arreglar las luces y girar la manivela de hierro de vez en cuando. Con respecto a las largas y solitarias
horas que tan pesadas me parecían a mí sólo podía decirme que se había adaptado a la rutina de esa vida y
se había acostumbrado a ella. Allí abajo había aprendido una lengua, aunque sólo a leerla, haciéndose
alguna idea aproximada de su pronunciación, si es que a eso podía llamarse aprender lenguas. Había
trabajado también en fracciones y decimales y probado un poco con el álgebra, pero era, igual que había
sido de niño, bastante torpe para las cifras. Cuando estaba de servicio era necesario que permaneciera
siempre en aquel canal de aire húmedo y no podía subir nunca hasta donde lucía el sol, por encima de
aquellos elevados muros de piedra? Bueno, eso dependía de los momentos y las circunstancias. En ciertas
ocasiones había menos movimiento en la vía que en otras, y lo mismo podía decirse de ciertas horas del día
y de la noche. Cuando el tiempo era bueno, elegía esos momentos para elevarse un poco por encima de las
sombras inferiores, pero como en cualquier momento podían llamarle con la campana eléctrica, y en esas
ocasiones prestaba atención para escucharla con renovada ansiedad, el alivio que obtenía era menor del que
yo podía suponer.
Me condujo hasta su caseta, donde había una chimenea, una mesa para un libro oficial en el que tenía que
anotar determinadas entradas, un instrumento telegráfico con su dial, cristal y ag ujas, y la pequeña campana
de la que había hablado. Al confiarle yo, rogándole que me excusara el comentario, que me había parecido
muy bien educado, y quizás (y esperaba decirlo sin ofenderle), educado por encima de su posición, observó
que no era raro encontrar ejemplos de ligeras incongruencias en ese aspecto dentro de los grandes grupos
humanos; que había oído que así sucedía en los talleres, en las fuerzas de policía, a incluso en el último
recurso de los desesperados, el ejército; y que sabía que también sucedía así, en mayor o menor medida, en
cualquier importante estación de ferrocarril. De joven había sido estudiante de filosofía natural y había
asistido a conferencias (si podía yo creerle al verlo sentado en aquella cabaña, pues él apenas podía); pero
se había desencadenado, había utilizado mal sus oportunidades, y había caído para no volverse a levantar
de nuevo. No tenía queja alguna al respecto. Él mismo había hecho la cama sobre la que se había acostado,
y era ya demasiado tarde para hacer otra.
Todo lo que acabo de condensar lo explicó de una manera tranquila, repartiendo por igual entre el fuego
y mi persona unas miradas oscuras y graves. De vez en cuando dejaba caer la palabra «señor», y
especialmente cuando se refería a su juventud, como si me pidiera que entendiera que él no reivindicaba ser
otra cosa que el hombre al que encontré en aquella cabaña. En varias ocasiones le interrumpió la
campanilla y tuvo que leer mensajes y enviar respuestas. En una ocasión tuvo que salir para mostrar una
bandera a un tren que pasaba y comunicar algo verbalmente al maquinista. Observé que en el cumplimiento
de sus deberes era especialmente exacto y vigilante, interrumpiendo su discurso en una sílaba si era preciso
y manteniendo silencio hasta que hubiera cumplido su deber.
En resumen, habría considerado que era el hombre que con mayor seguridad podía ejercitar ese cargo de
no ser por la circunstancia de que en dos ocasiones, mientras me estaba hablando, perdió el color, volvió el
rostro hacia la camp anilla cuando ésta NO había sonado, abrió la puerta de la cabaña (que estaba cerrada
para que no penetrara la insalubre humedad) y miró hacia la luz roja cercana a la boca del túnel. En ambas
ocasiones regresó con la actitud inexplicable que ya había observado yo, sin ser capaz de definirla, cuando
nos vimos por prime ra vez desde lejos.
-Casi me hace pensar que he encontrado a un hombre feliz -le dije cuando me levantaba para despedirme.
(Me temo que he de reconocer que se lo dije para impulsarle a que siguiera hablando).
-Creo que solía serlo -replicó con la voz baja con la que me habló por primera vez.. -Pero me siento
atribulado, señor, me siento atribulado.
Habría borrado esas Palabras de haber podido hacerlo. Pero ya estaban dichas y me referí a ellas inmediatamente.
-¿Por qué? ¿Cuál es su problema?
-Es muy difícil de explicar, señor. Es verdaderamente difícil hablar de ello. Pero si vuelve a visitarme,
intentaré contárselo.
-Me comprometo expresamente a visitarle de nuevo. ¿Cuándo podré hacerlo?
-Salgo de servicio por la mañana y volveré a en trar mañana por la noche a las diez, señor.
-Vendré entonces a las once.
Me dio las gracias y salió de la cabaña conmigo.
-Le iluminaré con mi linterna, señor, hasta que haya encontrado el camino de ascenso -me dijo con su
peculiar voz baja. -Pero cuando lo haya encontrado, ¡no grite para decírmelo! Y cuando esté ya arriba, ¡no
me llame!
Aquella actitud me pareció bastante fría, pero me limité a responderle un «de acuerdo».
-Y cuando venga mañana por la noche, ¡no me llame! Permítame una pregunta antes de partir: ¿por que
esta noche gritó «¡hola, ahí abajo!»?
-Quién sabe -respondí yo. -Debí gritar algo parecido...
-No algo parecido, señor. Exactamente esas mis mas palabras. Las conozco muy bien.
-Admito que fueran esas mismas palabras. Sin duda las dije porque le vi a usted aquí abajo.
-¿Por ningún otro motivo?
-¿Qué otra razón podría haber tenido?
-¿No tuvo la sensación de que le eran transmitidas de una manera sobrenatural?
-En absoluto.
Me deseó buenas noches y mantuvo en alto su linterna. Caminé junto a la vía del ferrocarril (con la
sensación muy desagradable de que venía un tren a mis espaldas) hasta que encontré el camino. La subida
fue más fácil que la bajada, y llegué a mi posada sin mayores aventuras.
Puntual a mi cita, cuando unos relojes distantes daban las once a la noche siguiente puse el pie en el
primer escalón de la bajada en zigzag. Él me aguardaba abajo con la linterna blanca encendida.
-No he llamado -le dije en cuanto estuvimos juntos. -¿Puedo hablar ahora?
-Por supuesto que sí, señor. Buenas noches, y aquí está mi mano.
-Buenas noches, señor, y aquí está la mía.
Tras esa introducción caminamos uno junto a otro hasta su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos
sentamos junto al fuego.
-Señor, he decidido que no tenga que preguntarme dos veces que es lo que me preocupa –dijo nada más
sentarse, inclinándose hacia delante y hablándome en un tono que apenas era más elevado que un susurro.
-Ayer por la noche le confundí con otro. Eso es lo que me conturba.
-¿Ese error?
-No. Ese Otro.
-¿De quién se trata?
-No lo sé.
-¿Se parece a mí?
-Tampoco sé eso. Nunca le vi el rostro. Se cubre la cara con el brazo izquierdo y mueve el derecho... lo
agita violentamente, así.
Seguí sus movimientos con atención y me pare ció la gesticulación de un brazo con el máximo de pasión
y vehemencia, queriendo expresar este significado: ¡en nombre de Dios, despeje el camino!
-Una noche estaba sentado aquí, bajo la luz de la luna, cuando oí una voz que gritaba: « ¡Hola, ahí
abajo!» Me levanté, miré desde la puerta y vi a ese Otro de pie junto a la luz roja que hay cerca del túnel,
moviendo el brazo de la manera que le acabo de explicar. La voz parecía áspera pero sin estridencias, y
gritaba: «¡Cuidado! ¡Cuidado!» Cogí la lámpara, la puse en luz roja y corrí hacia la figura preguntándole
que qué pasaba, qué había sucedido, dónde. Estaba ligeramente fuera del túnel. Avancé hasta acercarme
tanto que pensé que iba a chocar con la manga de su brazo. Corrí hasta allí y ya había extendido mi mano
Para apartarle el brazo cuando desapareció.
-¿Se metió en el túnel? -pregunté.
-No. Fui yo el que entró corriendo en el túnel, hasta casi quinientos metros. Me detuve, levanté la
lámpara por encima de la cabeza pero sólo vi las cifras que indican la distancia y las manchas de humedad
que se deslizaban por las paredes y goteaban desde el arco. Salí corriendo a mayor velocidad de la que
había entrado (pues me sentía sobrecogido por un horror mortal) y miré por todas partes junto a la luz roja
con mi propia lámpara, subí por la escalera de hierro hasta la galería que hay encima, volví a bajar y
regrese aquí corriendo. Telegrafié en ambas direcciones: «He recibido una alarma. ¿Hay algún problema?»
Desde ambas llegó la misma respuesta: «Todo está bien».
Venciendo la sensación de que un dedo helado estaba recorriendo lentamente mi columna vertebral, le
dije que aquella figura debió de ser un engaño de su vista; y que es bien sabido que esas figuras, cuyo
origen está en la enfermedad de los delicados nervios que rigen el funcionamiento de los ojos, a menudo
han inquietado a los pacientes, algunos de los cuales han tomado conciencia de la naturaleza de su aflicción
a incluso se lo han demostrado a sí mismos por medio de experimentos.
-En cuanto a lo del grito imaginario -seguí diciéndole, -escuche por un momento el viento en este valle
artificial mientras hablamos en voz tan baja, y el sonido que provocan los cables del telé grafo.
Me contestó que todo aquello estaba muy bien, después de que hubiéramos estado sentados un tiempo en
silencio y escuchando, pero que él debía saber algo sobre el viento y los cables, pues con fre cuencia había
pasado allí largas noches de invierno a solas y vigilante. Añadió que me rogaba que tuviera en cuenta que
no había terminado su historia.
Le pedí excusas y lentamente, tocándome el bra zo, añadió estas palabras:
-Seis horas después de la Aparición sucedió el conocido accidente de esta vía, y diez horas más tarde
sacaban los muertos y los heridos a través del túnel por el lugar en donde había estado la figura.
Me recorrió un desagradable estremecimiento, pero hice los mayores esfuerzos para sobreponerme.
Repliqué que no podía negar que se trataba de una coincidencia notable, bien calculada para impresionarme.
Pero era incuestionable que continuamente se producen notables coincidencias y que deben tenerse
en cuenta al tratar temas semejantes. Aunque debía admitir a buen seguro, añadí (pues creí ver que iba a
oponerme esa objeción), que los hombres con sentido común no tienen en cuenta esas coincidencias al
analizar de manera ordinaria la vida.
De nuevo me hizo cortésmente la observación de que no había terminado.
Por segunda vez le supliqué que me perdonara por la interrupción.
-Esto sucedió hace exactamente un año -dijo poniendo de nuevo la mano en mi brazo, y mirando por
encima de su hombro con ojos huecos. -Pasaron seis o siete meses, y ya me había recuperado de la sorpresa
y el shock cuando una mañana, al despuntar el día, me encontraba de pie en la puerta mirando hacia la luz
roja y vi de nuevo al espectro.
Se detuvo ahí y permaneció mirándome fijamente.
-¿Gritó algo?
-No. Guardaba silencio.
-¿Movía el brazo?
-No. Estaba apoyado sobre el haz de luz, con las dos manos ante el rostro, puestas así.
Seguí sus movimientos con la mirada y vi una acción de dolor. Ya había visto esa actitud en las esculturas
que hay sobre las tumbas.
-¿Subió hasta allí?
-Entré y me senté, en parte para pensar en ello, pero también en parte porque me sentía débil. Cuando
volví a salir, la luz del día lo iluminaba todo y el fantasma había desaparecido.
-¿Y no pasó nada? ¿La aparición no tuvo consecuencias?
Me tocó el brazo con el dedo índice dos o tres veces asintiendo fúnebremente cada vez:
-Aquel mismo día, cuando un tren salía del túnel me di cuenta al mirar hacia una ventanilla que en el
interior había una confusión de manos y cabezas, y que algo se movía. Lo vi durante el tiempo necesario
para pedir al maquinista que se detuviera. Puso el freno, pero el tren se deslizó hasta unos ciento cincuenta
metros de aquí, o más. Corrí hasta allí y al llegar escuché terribles gritos y lamentos. Una mujer joven y
hermosa había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos y la trajeron hasta aquí, colocándola
en este suelo que hay ahora entre nosotros.
Involuntariamente, eché hacia atrás mi silla y miré las tablas que él me señalaba.
-Así fue, señor. Ciertamente. Sucedió exactamente tal como se lo cuento.
No se me ocurría nada que decir, en ningún sentido, y tenía la boca muy seca. El viento y los cables
siguieron la historia con un gemido prolongado.
-Y ahora, señor, -siguió diciéndome -medite en ello y juzgue hasta qué punto está conturbada mi mente.
El espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha aparecido allí, una y otra vez, sin seguir pauta
alguna.
-¿Junto a la luz?
-Junto a la luz de peligro.
-¿Y qué es lo que parece hacer?
Repitió, si ello es posible con mayor pasión y vehemencia, la misma gesticulación cuyo significado había
interpretado como: «¡por Dios, des pejen el camino!» Y luego siguió hablando.
-Por eso no tengo ni paz ni descanso. Durante muchos minutos seguidos, y de una manera dolorosa, me
grita: «¡cuidado ahí abajo!» Y sigue haciéndome señas. Hace que suene la campanilla...
Esa última frase me hizo pensar algo.
-¿Sonó la campanilla ayer por la noche cuando yo estaba aquí y usted salió hasta la puerta?
-Por dos veces.
-Bien, ya veo que su imaginación le está desorientando. Yo tenía la vista fija en la campanilla, y los oídos
bien abiertos a su sonido, y tan seguro como de que estoy vivo que NO sonó en esas ocasiones. No, ni en
ningún otro momento, salvo dentro del curso natural de las cosas físicas, cuando la estación comunicaba
con usted.
-Todavía no he cometido nunca un error, señor, -añadió agitando la cabeza -jamás he confundido la
llamada del espectro con la del hombre. La llamada del fantasma es una extraña vibración en la campana
que no viene de parte alguna, y no he afirmado que la campana se mueva delante de los ojos. No me extraña que usted no la oyera. Pero yo sí la escuché.
-¿Y estaba el espectro allí cuando miró?
-Allí estaba.
-¿Las dos veces?
-Las dos -repitió con firmeza.
-¿Querría venir conmigo hasta la puerta y mirar ahora?
Se mordió el labio inferior, como si lo que yo le había propuesto le desagradara, pero se levantó. Abrí la
puerta y salí hasta el primer escalón, mientras él permanecía en el umbral. Estaba allí la luz de peligro.
También la boca tenebrosa del túnel. Los altos muros de piedra húmeda de la zanja. Y por encima, las estrellas.
-¿Lo ve? -le pregunte fijándome especialmente en su rostro. Sus ojos estaban tensos, pero no mu cho más,
quizá, de lo que habrían estado los míos de haberlos dirigido tan ansiosamente hacia ese lugar.
-No –respondió -No está allí.
-Estamos de acuerdo -repliqué yo.
Volvimos a entrar, cerré la puerta y ocupamos nuestros asientos. Me concentré en encontrar el mejor
modo de aprovechar aquella ventaja, si así podía llamársele, cuando él reanudó la conversación de una
manera casual, como suponiendo que no podía existir entre nosotros ninguna cuestión seria, hasta el punto de que me sentí en la posición más débil.
-Ahora ya habrá entendido plenamente, señor, que lo que me turba de un modo tan terrible es la cuestión de cuál es el significado del espectro.
Le contesté que no estaba seguro de entenderle plenamente.
-¿Contra qué advierte? -dijo él pensativamente, con la mirada puesta en el fuego, y mirándome sólo de
vez en cuando. -¿Cuál es el peligro? ¿Dónde está? Sé que hay peligro en algún lugar de la vía. Que va a
suceder alguna calamidad terrible. No puedo dudar de ello en esta tercera ocasión, después de lo que ha
sucedido con anterioridad. Pero seguramente se tra ta de algún cruel aviso dirigido a mí. ¿Qué puedo hacer?
Sacó su pañuelo de bolsillo y se limpió las gotas de sudor que cubrían su frente.
-Si telegrafío diciendo que hay peligro en alguna de las direcciones, o en ambas, no puedo explicar el
motivo -siguió diciendo al tiempo que se secaba las palmas de las manos. -Tendría problemas y no serviría
de nada. Las cosas sucederían así: Mensaje: «¡Peligro! ¡Tengan cuidado!» Respuesta: «¿Qué peligro?
¿Dónde?» Mensaje: « No lo sé, pero por el amor de Dios, ¡tengan cuidado!» Me despedirían. ¿Qué otra
cosa podrían hacer?
Sentí una enorme piedad ante su dolor. Era la tortura mental de un hombre consciente oprimido más allá
de lo que era capaz de soportar por una responsabilidad ininteligible que significaba riesgo para alguna vida.
-Cuando apareció por primera vez bajo la luz de peligro -siguió diciendo al tiempo que se echaba hacia atrás los cabellos oscuros y se frotaba las sienes con las manos, con la agitación del dolor enfebrecido
-:¿por qué no me dijo dónde iba a producirse ese accidente... si iba a producirse? ¿Por qué no me dijo cómo
podía evitarse... si es que podía evitarse? Cuando en la segunda ocasión ocultó el rostro, ¿por qué en lugar
de hacer eso no me dijo que ella iba a morir y que les dejáramos llevarla a casa? Si en aquellas dos
ocasiones sólo vino para mostrarme que sus advertencias eran ciertas, y prepararme así para la tercera, ¿por
qué no me advierte ahora claramente? ¡Que el Señor me ayude! ¡Sólo soy un pobre guardavías en este
puesto solitario! ¿Por qué no advierte a alguien que pueda ser creído y tenga capacidad de actuar?
Cuando le vi en aquel estado entendí que por su propio bien, y por la seguridad pública, estaba obligado
por el momento a tranquilizarle. Por ello, dejando a un lado toda cuestión de realidad o irrealidad que hubiera entre nosotros, le manifesté que cualquiera que cumpliera plenamente con su deber tenía que
hacerlo bien por fuerza, y que al menos tenía el consuelo de que entendía cuál era su deber, aunque no
pudiera entender aquellas confusas apariciones. En este sentido tuve más éxito que en el in tento de razonar
con él para que abandonara sus convicciones. Se tranquilizó; las ocupaciones de su cargo empezaron a
exigir más su atención conforme avanzaba la noche, y lo abandoné a las dos de la mañana. Me había ofrecido a permanecer con él la noche entera, pero no quiso ni oír hablar de ello.
No veo razón alguna para ocultar que en más de una ocasión me volví para mirar la luz roja mientras
subía las escaleras, que no me gustaba esa luz roja, y que habría dormido muy mal de haber tenido mi cama
debajo de ella. Tampoco me gustaban las dos secuencias del accidente y de la joven muerta. No veo razón tampoco para ocultar ese hecho.
Pero lo que más ocupaba mi pensamiento era la consideración de cómo debería actuar una vez que había recibido tales revelaciones. Tenía pruebas de que aquel hombre era inteligente, vigilante, laborioso y
exacto, pero ¿cuánto tiempo seguiría siéndolo en aquel estado mental? Aunque su posición fuera
subordinada, seguía confiándosele una importantísima responsabilidad, ¿y me gustaría a mí, por ejemplo,
que mi vida estuviera sometida a la posibilidad de que siguiera cumpliendo su deber con precisión? Incapaz de superar la sensación de que habría algo de traición si comunicaba a sus superiores de la
compañía ferroviaria lo que el guardavías me había dicho, sin habérselo aclarado a él primero, proponiéndole otra salida, finalmente decidí ofrecerme a acompañarle (guardando el secreto por el momento) al
médico que supiéramos de mejor reputación que ejercía en aquella zona para conocer su opinión. A la noche siguiente iba a terminar su guardia, tal como me había dicho, y estaría libre una o dos horas después del amanecer, teniendo que reanudarla poco después del ocaso. Decidí por ello regresar en ese momento.
A la noche siguiente el tiempo era muy bueno y salí a pasear temprano para disfrutarlo. El sol no estaba
todavía demasiado bajo cuando crucé el campo cercano a la parte superior de la profunda zanja. Decidí
ampliar el paseo durante una hora, media hora en una dirección y otra media de regreso, para llegar a tiempo a la caseta del guardavías.
Antes de proseguir el paseo, me apoyé en el borde y miré mecánicamente hacia abajo situado en el mismo lugar desde el que lo había visto por primera vez. No puedo describir la conmoción que sentí
cuando vi que cerca de la boca del túnel aparecía un hombre que se tapaba los ojos con la manga izquierda y agitaba vehementemente el brazo derecho.
El horror inexpresable que me oprimió pasó en un momento, pues enseguida vi que se trataba realmente
de un hombre y que a su alrededor había un pequeño grupo de personas, a escasa distancia, a las que el primero estaba haciendo aquel gesto. Todavía no se había encendido la luz de peligro. Junto al palo que la
sujetaba había como una cabaña pequeña y baja, que no había visto antes, hecha con soportes de madera y lienzo encerado. No era más grande que una cama.
Con una sensación irresistible de que algo iba mal, acusándome y reprochándome por un mo mento que había cometido una acción fatal al dejar solo allí a aquel hombre, sin enviar a nadie que vigilara o corrigiera lo que él hacía, bajé por la escalera a toda la velocidad de la que fui capaz.
-¿Qué sucede? -pregunté a los hombres.
-El guardavías murió esta mañana, señor.
-¿No será el hombre que vivía en esa caseta?
-Así es, señor.
-¿Pero no el hombre al que yo conozco?
-Podrá reconocerlo si lo ha visto antes, señor, -dijo el hombre que hablaba en nombre de los demás,
quitándose con solemnidad el sombrero y levantando un extremo del lienzo - pues su rostro está entero.
-¡Ay! ¿Y como sucedió esto? -pregunté cambiando mi mirada de uno a otro mientras volvían a cubrirlo.
-Fue atropellado por una máquina, señor. Ningún hombre en Inglaterra conocía mejor su trabajo. Pero, aunque no sabemos por qué, no se apartó del raíl exterior. Era a plena luz del día. Había apagado la lámpara
y la llevaba en la mano. Cuando la máquina salió del túnel, le estaba dando la espalda, y la máquina le atropelló. Aquel hombre la conducía y podrá decirle cómo sucedió. Cuéntaselo al caballero, Tom.
El hombre, vestido con un arrugado traje oscuro, se acercó al lugar que ocupaba anteriormente junto a la boca del túnel.
-A1 coger la curva del túnel, señor, le vi al final, como a través de unas gafas para ver de lejos. No tenía
tiempo para cambiar la velocidad, pero sabía que él era muy cuidadoso. Como no parecía prestar atención al silbato, dejé de pitar cuando nos abalanzábamos sobre él y grité tan fuerte como pude.
-¿Y qué le dijo?
-Le dije: «¡El de ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Por Dios, despeje el camino!»
Me sobresalté.
-¡Ay! Fue un momento terrible, señor. No dejé de gritarle. Me llevé el brazo ante los ojos para no verlo y agite el otro hasta el final, pero no sirvió de nada.
Sin prolongar la narración en ninguna de sus curiosas circunstancias más que en otra, antes de terminar debo sin embargo señalar la coincidencia de que la advertencia del conductor de la máquina no sólo incluía
las palabras que el desafortunado guardavías me había repetido que le acosaban, sino también las palabras que yo mismo, no sólo él, había asociado, y eso en mi propia mente, a los gestos que el guardavías había imitado.



[De All the Year Round]

sábado, 29 de marzo de 2008

EL GRABADO EN LA CASA -- HOWARD P. LOVECRAFT

EL GRABADO EN LA CASA
HOWARD P. LOVECRAFT




Los aficionados al horror suelen buscar los sitios llenos de misterio pero lejanos, como las
catacumbas de Ptolomeo o los magníficos mausoleos de tantas partes. Preferentemente a la luz de la luna, se entregan a trepar a las ruinosas torres de los castillos del Rhin o a transitar tambaleantes
entre las lóbregas escaleras repletas de telarañas que aún subsisten entre los restos de algunas
ciudades asiáticas. Sus templos son los bosques encantados o las montañas inaccesibles y sus
reliquias están dadas por los horribles monolitos que se levantan en islas despobladas. Sin embargo,
para el verdadero sensual del horror, aquél que ante un estremecimiento nuevo puede llegar a sentir
justificada toda una existencia, las viejas y solitarias granjas de Nueva Inglaterra son particularmente
atractivas, puesto que es allí donde se produce la combinación precisa de elementos tales como la
fantasía, la soledad, lo ignorado y la presencia de fuerzas sombrías que en conjunto pueden producir
altas cumbres de lo tenebroso.
Los paisajes más interesantes, en este sentido, son necesariamente aquellos que se encuentran a
gran distancia de los caminos más transitados, donde se levantan pequeñas casas sin pintar, casi
siempre recubiertas de hiedra y ocultas bajo alguna ladera agreste o algún peñasco gigantesco. Han
estado allí a veces por más de doscientos años viendo sucesivas generaciones de árboles inmensos o
de viboreantes enredaderas. Actualmente ha triunfado la vegetación, que casi las ha devorado
amortajándolas con su verdosa sombra; sin embargo, sobreviven pequeñas ventanas, por lo general
de guillotina, como si fueran ojos que parpadean agobiados por la imposibilidad de expresar todo lo
que saben. En esas casas han vivido decenas de gentes de las más diversas layas y de las más
variadas procedencias. Fanatizados en oscuras creencias que los obligaron a apartarse de sus
congéneres, ellos y sus descendientes buscaron en esos páramos cierta libertad para entregarse a sus
raras actividades. Los hijos encontraron ciertamente las facilidades que buscaban y se desarrollaron
al margen de cualquiera de las compunciones que les habría impuesto la sociedad, pero en cambio
debieron soportar un lamentable servilismo impuesto por el siniestro culto que se había posesionado
de su imaginación. Marginados completamente de los avances de la civilización, toda la tecnología
de estos curiosos puritanos provenía de desarrollos autóctonos. El aislamiento, su patológica
autorrepresión y la implacable lucha contra un medio inhóspito, dibujaron rasgos sombríos sobre los
ya de por sí oscuros trazos de su ancestral ascendencia septentrional. Esencialmente prácticos y
necesariamente austeros, éstos no eran hombres que se solazaran en el pecado. Expuestos al error,
como cualquier mortal, su peculiar código moral los obligaba a encubrirlo y así llegó el momento en
que fueron completamente incapaces de identificar lo que encubrían. Sólo las deshabitadas casas,
insomnes y majestuosas, en apartadas y frondosas regiones, albergan lo que desde tiempos
inmemoriales permanece oculto. Pero habitualmente se muestran poco dispuestas a sacudir su
letargo y tornarse comunicativas. Ciertas veces, al contemplarlas, uno siente que lo que mejor podría
hacerse con ellas es demolerlas de una buena vez.
Una tarde de noviembre de 1896, mientras paseaba por la zona, se desató un aguacero tan furioso
que me vi obligado a buscar refugio en una de estas casas semiderruidas por el tiempo. En verdad,
hacía ya algún tiempo que recorría la región aledaña al valle de Miskatonic en procura de cierta
información genealógica y en virtud de la geografía del lugar y de la propia índole de mis
movimientos, pese a la época del año, había decidido servirme de una bicicleta. De este modo, la
tarde en cuestión me había encontrado en un camino de aspecto abandonado, por el que me había
aventurado creyéndolo el atajo más conveniente para ir hasta Arkham. En este tránsito, cuando me
encontraba en el punto más alejado de cualquier pueblo, el cielo pareció derrumbarse en un violento
diluvio y no tuve otra alternativa que correr hacia un ruinoso edificio de madera que surgió en mi
reducido campo visual. Flanqueada por dos enormes olmos ya casi sin hojas y recostada contra un
cerro rocoso, desde un primer momento la casa no me inspiró ninguna confianza. Las empañadas
ventanas, como taimados ojos entrecerrados, los cimientos aún con la mayor solidez y las paredes
exteriores bastante enteras, significaban elementos básicos que se correspondían con otros tantos que
aparecían en leyendas que había recogido en mis investigaciones y que me predisponían contra
lugares como al que entonces debía recurrir. En efecto, la fuerza de la tempestad era tal que no tuve
más que desechar mis aprensiones, lanzar la bicicleta por la pendiente enmarañada de malezas que
llevaba hasta la casa y así pronto me encontré ante la puerta que, de cerca, mostraba una gran
sugerencia.
Llegué con la convicción que no podía tratarse sino de una casa abandonada, pero al estar frente a
ella, algunos indicios, por ejemplo los senderos cubiertos de maleza pero no desdibujados, me
hicieron pensar que el lugar no se encontraba totalmente abandonado. Por eso, en vez de abrir la
puerta sin más, opté por golpear cautelosamente; mientras tanto se iba apoderando de mí una
ansiedad cuyas fuentes no sabría explicar. De pie sobre la roca que hacía las veces de escalón de
entrada, me dediqué a examinar las ventanas que tan mal me habían impresionado desde lejos y pude
comprobar que, pese al deterioro del tiempo y a la mugre que las cubría, ni los marcos ni los vidrios
estaban rotos. Evidencia adicional para mi sospecha que pese al abandono y al aislamiento, la casa
debía estar habitada. Sin embargo, los golpes en la puerta no tenían la menor respuesta. Volví a
golpear en la puerta y tras una prudente espera, que también resultó infructuosa, me decidí a hacer
girar el oxidado picaporte; sin demasiada sorpresa advertí que la puerta estaba destrabada. Ingresé a
un vestíbulo pequeño, de cuyas paredes se desprendía el yeso. A través de la puerta se deslizaba un
olor especialmente desagradable. Aún con la bicicleta en la mano, ya en el interior, cerré la puerta
tras de mí. Descubrí una escalera angosta que terminaba en una también estrecha puerta y que, sin
duda, debía llevar al sótano. A la izquierda y a la derecha se veían otras tantas puertas que debían
comunicar con las otras habitaciones de la planta baja.
Apoyé la bicicleta contra la pared, abrí la puerta de la izquierda e ingresé a una habitación
pequeña, de techo muy bajo, iluminada por dos ventanas con vidrios casi opacos por el polvo y las
telarañas, y prácticamente sin muebles. Parecía haber sido una sala de estar, si se tenía en cuenta el
mobiliario constituido por una mesa, algunas sillas y una gran chimenea sobre cuya repisa se veía un
antiguo reloj del que aún se oía el tic-tac. Había algunos libros, aunque la difusa luz que llegaba
hasta aquel lugar me impedía leer sus títulos. Me resultaba interesante lo arcaico que se respiraba en
cualquiera de los detalles de aquel lugar. Estaba acostumbrado a encontrar abundantes reliquias del
pasado en las casas de la región, pero aquí era impresionante la presencia de lo antiguo; por ejemplo,
en la habitación donde me encontraba no había un solo objeto que correspondiera a una fecha
posterior a la Revolución. Pese a la modestia del mobiliario, aquella casa hubiese sido el paraíso de
un coleccionista.
La animadversión que había concebido hacia la casa al verla desde lejos no hizo más que crecer a
medida que iba recorriendo con la mirada el panorama que se me presentaba. Fue imposible
determinar cuál era la fuente que me inspiraba temor o desagrado; baste con decir que había algo
vago en la atmósfera que me hacía pensar en reminiscencias de tiempos licenciosos, en la más crasa
brutalidad, en situaciones que más valía sepultar en el olvido. Nada me invitaba a sentarme
tranquilamente a esperar que cesara la lluvia, así que continué dando vueltas y examinando los
objetos que había descubierto al entrar. Me llamó la atención un libro de formato mediano que
estaba sobre la mesa; su aspecto era tan gutemberiano que sorprendía verlo fuera de un museo. Tenía
encuadernación en cuero guarnecido en metal y su estado de conservación era excelente. Por cierto
que no era cosa de todos los días encontrar semejante volumen en una casa tan modesta. Lo abrí y
con sorpresa descubrí que se trataba de la descripción del Congo que hace Pigafetta a partir de las
observaciones del marinero Lope; estaba escrito en latín y había sido impreso en Frankfurt en 1598.
Muchas veces había oído hablar de aquella obra, curiosamente ilustrada por los hermanos de Bry, así
que absorto en su examen terminé por olvidar el malestar que me producía el lugar. Las ilustraciones
eran verdaderamente singulares, decididamente inclinadas hacia la imaginación, con relativa
fidelidad a las descripciones del texto: una presencia recurrente en ellos era la de los negros de piel
blanca y rasgos caucásicos. Estuve un largo rato hojeando el precioso volumen y habría seguido así
mucho más si una trivialidad no hubiese venido a fastidiarme y a revivir mi desasosiego. Me irritaba
el hecho que, lo quisiera o no, el libro se abría siempre en la Lámina XII, una estremecedora
representación en las caníbales Anziques. No dejé de avergonzarme por semejante exceso de
susceptibilidad, pero en verdad subsistía la circunstancia que aquel grabado no me gustaba en lo más
mínimo, especialmente en los detalles que referían la gastronomía anziqueña.
Lo dejé sobre la mesa y me volví hacia el estante que había advertido al comienzo. Había pocos
libros, una Biblia del siglo XVIII, un Pilgrim’s Progress del mismo siglo ilustrado con burdos
grabados de madera e impreso por el autor de almanaques Isaiah Thomas, un lamentable Magnalia
Christi Americana de Cotton Mather y unos pocos volúmenes más de la misma época. De pronto
todo mi cuerpo se tensó al escuchar el inconfundible sonido de pasos en la habitación de arriba. La
sorpresa se debía a la falta de respuesta a mis reiterados llamados a la puerta, pero no tardé en
calmarme pensando que fuera quien fuese seguramente acababa de despertarse de una profunda
siesta y, ya con mucha mayor tranquilidad, recibí el sonido chirriante de la escalera acusando a
alguien que descendía por ella. Eran pasos firmes, aunque parecían trasmitir algo de cautela. Por mi
parte había tenido la precaución de cerrar tras de mí la puerta de la habitación en la que ahora me
encontraba. Se produjo un silencio al otro lado de la puerta, tiempo en el que seguramente quien
fuese se dedicaba a examinar la bicicleta que había dejado apoyada contra la pared. Luego escuché
un familiar movimiento en el picaporte y vi como la puerta se abría.
Por ella apareció alguien con una apariencia tan peculiar que si no la recibí con un grito de
asombro fue debido a mi muy esmerada y controlada educación. Se trataba de un anciano de barba
canosa, vestido sólo con andrajos, pero con un rostro y un porte que inspiraban admiración y respeto.
Medía no menos de un metro noventa y pese a su aspecto general y a la clara miseria en que se
encontraba, era de complexión fuerte y casi deportiva. Oculta por una barba que le cubría totalmente
las mejillas, la piel de su cara mostraba un tinte extraordinariamente rosado y casi no tenía arrugas.
Los ojos azules, ligeramente empañados en sangre, eran de una notable vivacidad y proyectaban
miradas de honda intensidad. De no ser por su apariencia bizarra, el hombre hubiese impuesto su
porte distinguido y su excepcional contextura física. Precisamente, el aspecto estrafalario era el que
lo contaminaba irremediablemente con un aire repulsivo. No es posible describir lo que en otro
tiempo había constituido su vestimenta, ahora reducida a un montón de jirones que caían sobre un
par de botas de caña. Tampoco es posible dar cuenta del grado de suciedad de toda su persona.
Todo ello, más el miedo instintivo que me poseía desde antes de su llegada, produjo en mí un
sentimiento de hostilidad hacia el anciano. Sin embargo, fue una gran sorpresa verlo, en abierta
contradicción con su aspecto y con los sentimientos que experimentaba, como me invitaba con un
elegante gesto a que tomara asiento y dirigirse en voz débil, pero muy agradable, para expresarme su
respetuosa hospitalidad. Manejaba un idioma particular, una especie de variante del dialecto yanqui
a la que suponía extinguida hacía mucho tiempo y que ahora encontraba ocasión de estudiar,
mientras conversábamos tranquilamente frente a frente.
¿Lo sorprendió la lluvia? ¾inició la conversación¾. Afortunadamente se hallaba cerca de la
casa. Supongo que debí haber estado dormido... De lo contrario, lo habría escuchado... No soy joven
y necesito dormir muchas horas todos los días. ¿Va muy lejos? No es mucha la gente que pasa por ese camino desde que suprimieron la diligencia de Arkham.
Le dije que efectivamente me dirigía a Arkham y me disculpé por haber irrumpido de aquel modo en su casa. El anciano volvió a hablar.
Me alegra verlo, caballero. Son muy pocas las caras nuevas que suelen verse por aquí y no hay
mucho con qué entretenerse. Supongo que usted es de Boston. Nunca estuve allí, pero soy capaz de distinguir a alguien de esa ciudad con sólo verle. En el 84 tuvimos un maestro para todo el distrito, pero un día se fue y nadie volvió a saber de él.
El anciano soltó una especie de risa contenida y no me respondió sobre la causa de la misma al
preguntarle yo. Parecía de muy buen humor, pero evidenciaba las excentricidades propias de alguien
con su apariencia. Durante un rato siguió hablando solo, como si encontrara un señalado placer en ello, hasta que se me ocurrió preguntarle cómo había llegado hasta sus manos un libro tan raro como el Regnum Congo de Pigafetta. Aún no me había recobrado del asombro que me produjo encontrar
aquel volumen allí y por algunos momentos había contenido mis deseos de hablar acerca de ello,
pero finalmente mi curiosidad triunfó por encima de todas las demás aprensiones. Afortunadamente,
la pregunta no supuso el ingreso a algún tema embarazoso para mi anfitrión, quien se entregó a una locuaz explicación.
¿El libro africano? Se lo cambié al capitán Ebenezer Holt, creo que en el año 68, antes que él
muriera en la guerra, por algún objeto que ahora no recuerdo.
El nombre Ebenezer Holt hizo que prestara atención de inmediato. Durante mis pesquisas
genealógicas me había topado con aquel nombre, pero no había podido encontrar datos preciso
acerca de él desde los tiempos de la Revolución. Se me ocurrió que aquel hombre podría ayudarme
en la ubicación de esos datos, pero decidí aplazar la pregunta para después. Mientras tanto, él
continuaba con su relato:
Ebenezer navegó durante muchos años en una nave mercante de Salem y no había puerto
donde anclara en el que no se encaprichara con alguna bendita rareza. Me parece que este libro lo había adquirido en Londres. Le gustaba mucho visitar las tiendas para comprar estas cosas. Cierta vez visité su casa en las montañas, donde había ido a vender caballos, y vi este libro. Me gustaron
mucho los grabados y le propuse cambiárselo. Es un libro muy raro. Veámoslo... Necesito mis
lentes...
El anciano introdujo una mano entre sus harapos y de allí sacó un par de lentes mugrientos e
increíblemente antiguos, de aquellos con pequeñas lentes octogonales y patillas de acero. Se las caló, tomó con sumo cuidado el libro y se puso a pasar las páginas.
¾Ebenezer podía leer este libro. Está en latín. ¿Lo sabía? Dos o tres maestros me leyeron algunas
partes, el reverendo Clark, de quien se rumorea que murió ahogado en la laguna, también me leyó
algo... ¿Usted entiende lo que dice?
Le dije que sí y para corroborarlo le traduje un fragmento del principio. Tal vez cometí algunos
errores, pero el anciano no era ningún latinista que pudiera corregirme. Además, parecía encantado
con mi versión. Su cercanía se iba intensificando y, al mismo tiempo, haciéndoseme cada vez más
insoportable, pero no se me ocurría modo alguno de recuperar la distancia sin que se sintiera
ofendido. Me regocijaba el infantil entusiasmo de aquel anciano ignorante ante los grabados de un
libro que no podía leer; me preguntaba si acaso sabría leer los libros en inglés que estaban sobre el estante. Reparé en esa sencillez y de pronto sentí como ridículos todos los temores que había estado alentando.
Es curioso como los grabados pueden hacerlo pensar a uno. Veamos, por ejemplo, éste que está
al comienzo. ¿Ha visto usted alguna vez árboles más grandes que éstos, con hojas tan enormes
colgando de las ramas? Y estos hombres..., no pueden ser negros..., da la impresión que fueran
indios, a pesar que están en África. Algunos de estos seres que están aquí miran como si fuesen
monos, o medio monos y medio hombres. Nunca oí de nada parecido a esto ¾dijo señalando una
extraña criatura que semejaba un dragón con cabeza de lagarto.
Sin embargo, todavía no hemos visto el mejor de todos. Veamos, está por aquí, en la mitad del
libro... ¾su hablar se volvió más pastoso y sus ojos se encendieron con un extraño brillo. El libro se
abrió inevitablemente en la página que contenía la Lámina XII. Me volvió a asaltar la sensación de
intranquilidad, aunque traté que ella no se reflejara en mi rostro. Volví a mirarla y comprobé que lo
realmente curioso era que el artista había dibujado a los africanos como si se tratase de hombres
blancos. De las paredes del establecimiento colgaban piernas y brazos, en un espectáculo
ciertamente repugnante, mientras que el carnicero, hacha en mano contribuía al clímax. No obstante,
mientras a mí aquel cuadro me horrorizaba, al anciano, en cambio, le encantaba.
¿Qué le parece? ¿A que nunca ha visto nada parecido? Apenas lo vi, le dije a Eb Holt que era
algo como para calentarle la sangre a uno. Cuando leo en las Escrituras acerca de matanzas ¾la de
los medianitas, por ejemplo¾ me imagino escenas así. Aquí está todo lo que se precisa para
imaginárselo. Tal vez sea pecado, pero, ¿acaso no vivimos todos en pecado? Cada vez que veo a este
hombre cortado en pedazos siento como un hormigueo que me recorre todo el cuerpo. No puedo
apartar la vista del grabado. ¿Ve cómo el carnicero cortó los pies de un solo hachazo? Sobre el
banco está la cabeza y un brazo; el otro está más lejos...
En su peculiar lengua, el anciano era poseído por un siniestro éxtasis, su velluda cara cobró una
intensa expresividad, pero curiosamente el tono de su voz iba desvaneciéndose. Por mi parte, era un
mar de sensaciones encontradas. Había vuelto a sentir todo el terror que difusa e intermitentemente
me había rondado desde que vi la casa, produciéndome un fuerte rechazo hacia aquella abominable
criatura que tenía a mi lado. No podía comprender la locura y la perversión de la que hacía
ostentación, pero lo que más me estremecía era su voz, que ahora no pasaba de ser un ronco susurro mucho más horrible que cualquier aullido.
¾Realmente, es muy curiosa la capacidad de los grabados para hacerlo pensar a uno. Me refiero
a éste, joven. Cuando Eb me dio el libro solía entregarme a mirarlo muy a menudo, especialmente
después que el empelucado reverendo Clark despotricaba todos los domingos. Si no se asusta, joven,
me permitiré contarle una travesura que se me ocurrió cierta vez. Antes de sacrificar las ovejas para
venderlas en el mercado, acostumbraba mirar el grabado. Era mucho más agradable matar las ovejas luego de mirarlo...
La voz del anciano continuaba adelgazándose; por momentos no podía oír algunas de sus palabras que eran tapadas por el ruido de la lluvia o por el golpeteo de algunas maderas sueltas. Súbitamente
se descargó el ruido de un rayo, fenómeno ciertamente extraño para la época del año en que nos
encontrábamos. El resplandor primero y el ruido a continuación produjo el estremecimiento hasta de
los cimientos de la casa. Sin embargo, el anciano, totalmente abstraído en su relato, parecía no
haberlo advertido.
¾Matar ovejas era muy agradable..., ¿sabe usted?..., pero no era tan agradable. Es
verdaderamente extraño como uno llega a entusiasmarse con un grabado. Confío en que usted no
revelará lo que voy a decirle. Le juro por Dios que veía el grabado y se me desataba un hambre de
alimentos que no podía comprar ni cultivar..., no se ponga nervioso..., ¿le sucede algo? Después de
todo no hice nada... Sólo me preguntaba qué habría sucedido de haberlo hecho... Se dice que la carne
es buena para el cuerpo humano, que renueva la vida, así que me preguntaba si el hombre no podría
prolongar mucho más su vida si se diese a consumir una carne más parecida a la suya...
En este punto el susurro del anciano se extinguió completamente. La interrupción no se debió al
terror que evidentemente yo no podía disimular, ni a la tempestad cada vez más furiosa. La razón
estuvo dada por un hecho mucho más sencillo, aunque extraordinario.
Frente a nosotros se hallaba el libro abierto, naturalmente con el abominable grabado mirando
hacia arriba. Al pronunciar el anciano la frase más parecida a la suya, se oyó un sutil goteo sobre el
papel amarillento del grabado. En un principio pensé que se trataría de una gotera que se había
filtrado por alguna de las tantas grietas del techo, pero la lluvia no es roja. Sobre la carnicería de los
caníbales de Anzique refulgía una pequeña gota de color rojo que agregaba una intensidad adicional
al ya de por sí espantoso detalle. Fue al ver esa gota que el anciano dejó de hablar; de inmediato alzó
la cabeza dirigiendo la mirada al piso de la habitación de la que había bajado un rato antes.
Acompañé la trayectoria de su mirada y exactamente encima de nosotros vi una gran mancha
irregular de una sustancia húmeda y carmesí que parecía ir expandiéndose a medida que la mirada
continuaba posada sobre ella. Permanecí inmóvil y en silencio donde me encontraba, pero sin poder
aguantar el espectáculo cerré los ojos. Instantes después oí cómo se descargaba otro descomunal
rayo, que esta vez acertó de lleno en la casa haciéndola saltar por los aires y disipando para siempre
sus inextricables secretos. También derramó el olvido, que permitió la salvación de mi mente.

F I N

Título Original: The Picture in the House ( 1919 )

lunes, 25 de febrero de 2008

Acerca de nada - ISSAC ASIMOV

Acerca de nada
Isaac Asimov


Toda la Tierra aguardaba a que el pequeño agujero negro la arrastrara hasta su
fin. Había sido descubierto por el profesor Jerome Hieronymus a través del
telescopio lunar en 2125, y a todas luces iba a acercarse lo suficiente como para
crear una marea de destrucción total.

Toda la Tierra hizo testamento, y la gente lloró, los unos en los hombros de los
otros, diciéndose «Adiós, adiós, adiós». Los maridos dijeron adiós a sus mujeres,
los hermanos dijeron adiós a sus hermanas, los padres dijeron adiós a sus hijos,
los amos dijeron adiós a sus animalitos de compañía, y los amantes se susurraron
adiós al oído.

Sin embargo, a medida que el agujero negro se acercaba, Hieronymus notó que
no había efecto gravitatorio. Lo estudió más atentamente y anunció, con una risita,
que después de todo no se trataba en absoluto de un agujero negro.

-No es nada -dijo-. Simplemente un asteroide vulgar al que alguien pintó de negro.

Fue muerto por una multitud enfurecida, pero no por eso. Fue muerto tan sólo
después de que anunciara públicamente que iba a escribir una gran y
emocionante obra acerca del episodio.

Dijo:

-La titularé Mucho adiós acerca de nada.

Toda la humanidad aplaudió su muerte.

Cómo Ocurrió - ISSAC ASIMOV

Cómo Ocurrió
Isaac Asimov



Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las
tribus se queden aleladas ante sus palabras.

-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años,
hubo una gran explosión, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.

-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.

-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.

-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres
años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración.

Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero ¿vas
a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil
millones de años?

-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo,
palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.

-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.

-¿Qué?
(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no
incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.)

-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo
de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que
hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo
tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían
cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y
yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un
centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones ¿cómo
vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.

-¿Qué te parecen cien años?

-¿Qué te parecen seis días?

-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.

-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?

-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras
han de ser sólo seis días, Aarón?

-Seis días, Moisés -dije firmemente.

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