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sábado, 8 de junio de 2013

MAS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS - Brian Daley

MAS ALLÁ DE
LAS ESTRELLAS
Brian Daley

I
- Tienes razón, es una nave armada. ¡Maldita sea!
Los paneles de instrumentos de la cabina de mando del Millenium Falcon bullían llenos
de luces indicadoras de peligro, destellos de alarma y pitidos y bocinazos del conjunto de
sensores. Por las pantallas de lectura iban desfilando a gran velocidad los cuadros de
información de combate.
Han Solo, agazapado en el asiento del piloto, paseaba fría y velozmente la mirada de
los instrumentos a la pantalla y viceversa, en un presuroso examen de su situación. Sus
delgadas facciones juveniles se fruncieron en preocupada concentración. La superficie del
planeta Duroon se aproximaba más y más al otro lado del casco de la cabina. Algo más
abajo y hacia popa, una nave fuertemente armada había detectado la presencia del
Falcon y se dirigía hacia ellos en actitud desafiante. El hecho de que la nave de guerra les
hubiera descubierto antes que ellos a ella era motivo de no poca preocupación para Han;
la capacidad de ir y venir sin llamar la atención, sobre todo no a nivel oficial, era vital para
un contrabandista.
Han Solo empezó a transmitir datos de control de artillería a los sistemas de ataque de
la nave.
- Carga las baterías principales, Chewie - dijo, sin apartar los ojos de su porción del
pupitre de control -, y conecta todos los escudos protectores. Estamos en espacio
prohibido; no podemos dejarnos atrapar ni permitir que identifiquen la nave.
Sobre todo, añadió para sus adentros, con la carga que llevamos.
A su derecha, Chewbacca, el wookiee, emitió un sonido a medio camino entre un
gruñido y un ladrido, mientras sus dedos peludos accionaban veloces los controles, con
segura destreza. Su enorme figura velluda encogida ocupaba todo el desmesurado
asiento del copiloto. Mostró sus feroces dientes de presa, a la manera wookiee, y empezó
a rodear rápidamente la nave con sucesivas capas de energía defensiva. Al mismo
tiempo, aumentó al máximo la potencia de su artillería ofensiva.
Han cogió con fuerza el timón de su nave preparándose para la batalla y empezó a
reprocharse amargamente el haber aceptado ese trabajo. Sabía perfectamente que
podría crearle conflictos con la Autoridad del Sector Corporativo, en plena zona de acceso
prohibido.
El avance de la nave de la Autoridad les dejaba un margen de escasos segundos para
tomar una decisión vital: o bien renunciaban a su misión y ponían rumbo a zonas
desconocidas, o bien intentaban arreglárselas para hacer su entrega a pesar de todo. Han
examinó su pupitre de control, con la esperanza de encontrar alguna clave para su
dilema, si no recibía una descarga de la plataforma cósmica.
La otra nave no habla ganado terreno. A decir verdad, el Falcon la estaba dejando
atrás. Los sensores calibraron la masa, armamento y potencia de su perseguidor y Han
aventuró una conjetura.
- No creo que ésa sea una nave regular, Chewie; más bien parece un carguero
equipado con armamento suplementario. Debía acabar de despegar cuando nos
descubrió. Diablos, ¿no tendrán nada mejor que hacer esos chicos?
Pero no parecía ir demasiado desencaminado. Las únicas instalaciones importantes de
la Autoridad en Duroon, las únicas dotadas de unos servicios portuarios completos,
estaban situadas en el extremo más alejado del globo planetario, donde la línea del
horizonte en aquel momento debía empezar a iluminar un cielo gris. Han tenía previsto
aterrizar en un punto lo más alejado posible del puerto, en plena zona nocturna del
planeta.
- Descenderemos - decidió Han.
Si el Falcon conseguía zafarse de sus perseguidores, Han y Chewbacca podrían
efectuar su descenso y, si seguía acompañándoles la suerte, también conseguirían salir
de esa aventura.
El wookiee emitió un malhumorado gruñido, husmeando con su negra nariz y
mostrando la lengua.
Han le lanzó una mirada iracunda.
- ¿Se te ocurre acaso alguna salida mejor? Es un poco tarde para echarse atrás, ¿no
crees?
Hizo bajar en picado el carguero modificado, perdiendo altura para así aumentar su
velocidad adentrándose más en el cono de sombra de Duroon.
La nave de la Autoridad, en cambio, disminuyó todavía más su velocidad, mientras
seguía ascendiendo por la atmósfera del planeta, cambiando velocidad por altitud en un
intento de mantener el Millenium Falcon bajo el control de sus sensores. Han ignoró la
orden de alto que le transmitía la Autoridad; hacía tiempo que había desconectado los
telecontestadores que debían haber comunicado automáticamente la identidad de su
nave espacial en respuesta a cualquier pregunta oficial.
- Mantén los desviadores a plena capacidad - ordenó Han -. Voy a bajar y no tenemos
ningunas ganas de asarnos vivos.
El wookiee hizo lo que le ordenaban, desprendiéndose así de la energía térmica
generada por el rápido paso del Falcon a través de la atmósfera. Los mandos de la nave
se estremecieron cuando comenzó a sortear el aire más denso. Han maniobró a fin de
interponer la masa del planeta entre ellos y la nave de la Autoridad.
Pronto lo consiguió, mientras los indicadores registraban un incremento de la
temperatura debido a la fricción del rápido descenso del carguero. Han contrastó los datos
de los sensores con lo que él mismo divisaba a través del casco de la cabina y no tardó
en localizar su primer punto de referencia, una hendidura volcánicamente activa orientada
de este a oeste, como una espléndida cicatriz encendida sobre la piel de Duroon.
Interrumpió el rápido descenso del Falcon, no sin algunas protestas de los sistemas de
control ante la inmensa tensión. Cuando por fin consiguió recuperar el control, faltaban
escasos metros para tocar la superficie del planeta.
- A ver cómo se las arreglan para localizarnos ahora - exclamó Han satisfecho.
Chewbacca soltó un bufido. Su significado estaba claro: el refugio que habían
encontrado sólo podía ser provisional. El riesgo de ser detectados, ópticamente o por
medio de instrumentos, sobre esa hendidura de la superficie de Duroon era escaso, pues
el Falcon se desvanecería entre un marco de escoria ferrosa, calor infernal y disonancias
radiactivas. Pero tampoco podrían permanecer demasiado tiempo en semejante lugar.
Han así lo reconoció, bajo la intensa luz anaranjada de la fisura que iluminaba la cabina
de mando.
En el mejor de los casos, habría conseguido burlar a la nave de la Autoridad que ahora
no podría localizar al Falcon, aun suponiendo que llegara a ganar la altitud suficiente para
tenerlo de nuevo en el campo de acción de sus sensores. Aceleró todo lo que se atrevió,
en un esfuerzo por mantener la masa de Duroon entre ellos y la nave perseguidora,
mientras buscaba un lugar donde aterrizar. Maldijo la ausencia de unos indicadores de
navegación adecuados; aquello era navegar a ojo, y además sin la posibilidad de asomar
la cabeza fuera de la cabina y pedir ayuda a algún viandante.
En pocos minutos, la nave llegó casi hasta el extremo occidental de la fisura. Han se
vio obligado a aminorar un poco la velocidad; habla llegado el momento de buscar alguna
señal indicadora. Pasó revista a las instrucciones que le habían dado y que había
confiado únicamente a su memoria. A lo lejos, en dirección sur, se alzaba amenazadora
una gigantesca cordillera. Inclinó bruscamente el Falcon hacia babor, bajó un par de
interruptores y enfiló en línea recta hacia las montañas.
Los sensores especiales de inspección de terreno de la nave entraron en acción. Han
mantuvo la proa de la nave muy pegada a una superficie de lava solidificada y algunas
fisuras activas ocasionales, estribaciones de la hendidura principal. Para conseguir el
margen adicional de protección que ello podía representar contra el riesgo de ser
detectado, ajustó el vuelo del Falcon casi a la altura de aterrizaje y se lanzó a la carrera
sobre las ondulantes llanuras volcánicas.
- Si hay alguien por allí abajo, más le valdrá agachar la cabeza - advirtió, con un ojo
pegado a los sensores de inspección del terreno.
El bip-bip de los sensores le anunció que habían localizado el puerto de montaña que
estaba buscando.
Han ajustó la trayectoria de la nave.
Era curioso. Según le habían informado, la abertura en las montañas tenía una
amplitud más que suficiente para permitir el paso del Falcon, pero según las indicaciones
de los sensores parecía estrechísima.
Por un instante, Han consideró la posibilidad de ganar altura a toda velocidad y saltar
los altos picos de la cordillera, pero era muy posible que, si así lo hacía, se encontrara
otra vez al alcance de los sensores de la Autoridad., Estaba demasiado cerca del punto
de descarga, y de cobrar su paga, para correr el riesgo de verse obligado a interrumpir su
misión y emprender la huida. El momento pasó y ya no tuvo posibilidad de opción. Han
aminoró todavía más la velocidad, sin otra solución que atravesar el puerto de montaña a
baja altura.
Gotitas de sudor le inundaron la frente y le humedecieron la camisa y la chaqueta.
Chewbacca emitió su profundo gruñido de máxima concentración y los dos compañeros
de viaje sincronizaron sus movimientos, adaptándolos a las necesidades del Millenium
Falcon. La imagen del puerto de montaña sobre las pantallas de los sensores de
inspección de terreno seguía siendo poco prometedora.
Han apretó con fuerza los mandos, palpando la presión de sus guantes de piloto sobre
su superficie.
- ¡Que paso ni qué cuernos... eso es una ranura! Respira hondo, Chewie; tendremos
que deslizarnos como podamos.
Han se enzarzó en una desesperada batalla con su nave. Chewbacca maulló, dando
rienda suelta a su disgusto por todas las maniobras no convencionales, mientras iba
accionando los propulsores de freno, aunque ni siquiera su acción bastaría para evitar el
desastre. La ranura empezó a perfilarse, una zona ligeramente más clara de cielo
iluminado por brillantes estrellas y una de las tres lunas de Duroon, enmarcada por la
silueta de las montañas. Por un pelo, resultaría demasiado estrecha.
La nave espacial tomó un poco de altura y perdió algo de velocidad. Esos pocos
segundos adicionales le dieron a Han el margen suficiente para pilotar en un desesperado
intento de salvar la vida, invocando reflejos de último momento y habilidades instintivas
que le habían ayudado a salir de muchos malos trances en todos los confines de la
galaxia. Desconectó todos los escudos protectores, pues habrían golpeado la roca,
sobrecargando la nave y creando una innecesaria tensión sobre sus mandos, y ladeó el
Millenium Falcon sobre su costado de babor. Escarpados despeñaderos lo encerraron por
ambos lados y el rugido de los motores del carguero empezó a rebotar contra los
peñascos. Han fue ajustando minuciosamente su rumbo, con la mirada fija en las paredes
de roca que parecían abalanzarse sobre él a través del casco de la carlinga y profirió una
sarta de sonoras expresiones sin la más mínima relación con el pilotaje de una nave.
Notaron una ligera sacudida y oyeron el crujido del metal al desgarrarse, con tanta
facilidad como si de papel se tratara. Los sensores de largo alcance se apagaron; un
saliente de la roca había desgajado el disco de la parte superior del fuselaje. Por fin
terminaron de enhebrar de costado el ojo de la aguja y el Falcon se encontró al otro lado
de las montañas.
Con la cara perlada de sudor y el pelo castaño humedecido, Han le dio una palmada en
el hombro a Chewbacca:
- ¿No te lo había dicho? ¡Mi especialidad es la inspiración!
La nave espacial planeó sobre la densa selva que se extendía más allá de las
montañas. Han restableció el curso normal, secándose la frente con la mano enguantada.
Chewbacca emitió un prolongado gruñido.
- Estoy de acuerdo contigo - respondió fríamente Han desaparecida ya su exaltación
inicial -. Fue una estupidez poner una montaña en ese sitio.
Empezó a otear en busca del próximo punto de referencia y lo detectó casi al instante:
un río serpenteante. El Falcon sobrevoló a escasa altura los meandros mientras el
wookiee bajaba el tren de aterrizaje de la nave.
Pocos segundos después llegaban a la zona de aterrizaje junto a una espectacular
cascada, que se precipitaba desde una altura de doscientos metros sobre el río que
discurría por el fondo de un barranco, como un fantasmagórico velo azul blanquecino bajo
la luz de las estrellas y la luna.
Han y Chewbacca permanecieron inmóviles un instante, sentados junto a sus
controles, demasiado exhaustos para hacer nada. Al otro lado del casco de la carlinga, la
selva formaba una masa irregular de sombras, una maraña de vegetación infatigable
cubierta por un techo de plantas parecidas a los helechos que alcanzaban alturas
superiores a los veinte metros. Un velo de niebla baja se extendía entre los matorrales y
sobre el claro.
El wookiee dio un largo suspiro siseante en tono de barítono.
- Eso mismo digo yo - asintió Han -. Manos a la obra.
Ambos se quitaron los auriculares y abandonaron sus asientos. Chewbacca cogió su
arma en forma de ballesta y una bandolera llena de recipientes metálicos con las
municiones, que también llevaba en una deforme bolsa atada a la cintura. Han ya llevaba
su arma colgada sobre la cadera, un modelo hecho a medida con macroscopio
incorporado y la parte delantera limada a fin de facilitar la acción de desenfundaría a toda
velocidad. Llevaba la pistolera baja, atada sobre el muslo y cortada de manera que dejaba
al descubierto el gatillo y el seguro del revólver.
Según las guías, la atmósfera de Duroon era capaz de mantener la vida humanoide sin
necesidad de respiradores. Los dos contrabandistas se fueron directamente a la rampa de
desembarque de la nave. La escotilla se enrolló y la rampa descendió sin ruido, dejando
llegar hasta ellos una mezcla de olores de plantas y hierbas en estado de putrefacción, la
noche húmeda y cálida y la amenaza de los animales. La selva estaba inundada de
sonidos, llamadas, crujidos y chillidos de las presas y sus predadores y, por encima de
todo ello, el monumental borboteo de la cascada.
- Ahora les toca a ellos encontrarnos - dijo Han.
Escudriñó la selva sin descubrir ninguna señal de vida. No era de extrañar. El aterrizaje
del carguero probablemente había hecho huir despavoridos a la mayor parte de los
animales salvajes de la zona. Han se volvió hacia su velludo segundo oficial, copiloto y
socio, todo en uno.
- Yo me quedaré aquí a esperarles. Desconecta todos los sensores, apaga los motores,
todos los aparatos; pon a cero todos los sistemas de modo que la Autoridad no pueda
localizarnos. Después comprueba el daño estructural causado en la parte superior del
casco por ese arañazo en el lomo.
Chewbacca ladró en señal de asentimiento y se marchó renqueando. Han se quitó los
guantes de piloto, se los metió en el cinturón y empezó a descender la rampa, que se
proyectaba hacia abajo sobre el lado de estribor de la nave, detrás de la carlinga. Hizo
girar con el pulgar las miras de su pistola, adaptándola para disparar en la oscuridad y
luego dio un vistazo a su alrededor. El joven de delgada figura iba vestido con botas altas
de astronauta, pantalones rojos de uniforme con ribetes rojos y una camisa y una
chaqueta de civil. Han había dejado de usar varios años atrás su túnica de uniforme,
despojada de sus galones e insignias de mando.
Inspeccionó brevemente la cara inferior del Falcon, asegurándose de que no había
sufrido ningún daño en esa parte y de que el tren de aterrizaje estuviera bien apoyado.
También comprobó que las barras interruptoras se hubieran deslizado automáticamente
en su sitio a lo largo de las servo guías de la torreta inferior, a fin de que la artillería
montada en el vientre de la nave no hiciera volar accidentalmente el tren de aterrizaje o la
rampa si tenía que utilizarla mientras la nave permanecía en tierra.
Una vez hubo comprobado que todo estaba en orden, regresó al pie de la rampa. Alzó
los ojos hacia el cielo vacío y las estrellas que se extendían más allá y pensó: Autoridad
se cansará de buscarme; toda esta parte de Duroon está salpicada de fuentes y
chimeneas termales, escapes de magma de metales pesados y anomalías radiactivas.
Tardarían más de un mes en localizarme y dentro de una o tres horas ya habré
desaparecido como una brisa fresca.
Se sentó al final de la rampa, lamentando por un instante no tener nada para beber;
bajo el pupitre de control tenía una botella de viejo licor destilado al vacío. Pero no tenía
ganas de ir a buscarla. Además, todavía no había resuelto todos sus asuntos.
Las formas de vida nocturna de Duroon comenzaron a reaparecer en el claro musgoso.
Vaporosas criaturas blancas surcaban el aire con ligeros estremecimientos de sus
delgados cuerpos, que recordaban pequeños tapetes voladores, mientras en los cercanos
árboles-helecho otros seres, que parecían manojos de paja, avanzaban lentamente sobre
las anchas frondas.
Han los observó vigilante aunque dudaba que se acercaran a la masa extraña de su
nave espacial.
Mientras los miraba, una esfera verde no demasiado grande salió de la maleza
describiendo un elevado arco y aterrizó con un boing. Al principio parecía perfectamente
lisa, pero luego proyectó una protuberancia en forma de ojo que examinó el Falcon con
movimientos espasmódicos. El ojo desapareció de un brinco entre la maleza con un
segundo boing.
Han volvió a sus cavilaciones mientras escuchaba las manipulaciones de Chewbacca
sobre la parte superior del casco de la nave. ¿A cuántos años luz del planeta donde habla
nacido Han se hallarían las constelaciones desconocidas que brillaban en ese
firmamento? Era incapaz de hacer tan sólo un cálculo aproximado.
Ser contrabandista y piloto mercenario entrañaba sus riesgos, que Han aceptaba con
un filosófico encogimiento de hombros. Pero adentrarse en un sector prohibido con un
cargamento que le valdría una ejecución sumaria si le sorprendían, era algo
completamente distinto.
El Sector Corporativo era un manojito de hierba sobre una rama situada en el extremo
de uno de los brazos de la galaxia, pero ese manojito de hierba contenía decenas de
miles de sistemas estelares y en toda su extensión no podía encontrarse ni una sola
especie inteligente autóctona. Nadie sabía con certeza la razón. Han había oído decir que
investigaciones realizadas sobre los neutrinos revelaban la presencia de anomalías en las
capas solares convectivas de todos los soles de aquella zona, un fenómeno que podría
haberse extendido como un virus entre las estrellas de ese aislado sector.
En cualquier caso, la Autoridad del Sector Corporativo se había constituido con la
finalidad de explotar - algunos decían saquear - las incontables riquezas allí existentes. La
Autoridad era propietario, patrón, señor feudal, gobierno y poder militar. Su riqueza y
poderío eclipsaban, con escasas excepciones, a todas las restantes regiones del Imperio,
y la Autoridad dedicaba buena parte de su tiempo y energías a aislarse de cualquier
interferencia exterior. No tenía competidores, pero ello no aminoraba los recelos ni el
carácter vindicativo de la Autoridad del Sector Corporativo. Cualquier nave procedente del
exterior hallada fuera de los pasillos comerciales establecidos era presa fácil para los
navíos de guerra de la Autoridad, pilotados por su temida policía de Seguridad.
¿Pero qué puede hacer uno cuando se encuentra acorralado?, se preguntó Han. Cómo
podía negarse a realizar una buena y lucrativa misión cuando el usurero Ploovo Dos-por-
Uno le describió las riquezas que podría conseguir.
Siempre puedo retirarme, se dijo. Buscarme un planeta agradable e irme a vivir con los
nativos. La galaxia es grande.
Pero en seguida movió tristemente la cabeza. De nada le serviría intentar engañarse.
No poder emprender el vuelo sería igual que estar muerto. ¿Qué podía ofrecer un planeta,
cualquier planeta, a una persona que había paseado de un lado a otro entre las estrellas?
La necesidad de moverse entre las ilimitadas provincias del espacio había pasado a ser
parte integrante de su identidad.
Por eso cuando, en un momento en que él y Chewbacca estaban sin blanca y cargados
de deudas, les hablan propuesto un viaje a las profundidades del territorio prohibido por la
Autoridad, se habían apresurado a aceptar el trabajo. Pese a todos los peligros e
incertidumbres, la misión les ofrecía la posibilidad de volver a zarpar con su nave y de
experimentar una vez más la libertad del viaje interestelar. El riesgo de morir o ser
capturados había aparecido, a sus ojos, como el menor de dos males.
Pero ello le hizo centrar sus pensamientos en otro detalle. La nave de la Autoridad
había detectado de algún modo la presencia del MilIenium Falcon antes de que sus
propios sensores la descubrieran. Sin duda, la Policía de Seguridad disponía de alguna
novedad en materia de equipo de detección, lo cual multiplicaría por diez las
complicaciones que plagaban la vida de Han y de Chewbacca. Tendría que ponerse a
estudiar de inmediato la manera de hacer frente a esa nueva situación. Han vigilaba
atentamente la selva que se extendía a su alrededor, deseando haber podido dejar
encendidos los faros de la nave. Entonces, repentinamente, una voz anunció:
- Estamos aquí.
Han se volvió bruscamente con un chillido y su pistola apareció en su puno como por
arte de encantamiento.
Una criatura, situada prácticamente al alcance de su mano, permanecía serenamente
de pie junto a la rampa. Tenía casi la misma estatura que Han, era bípeda, con un torso
globular cubierto de un ligero vello y cortos brazos y piernas con mayor número de
articulaciones que los de un humano. Su cabeza era pequeña, pero estaba equipada de
grandes ojos sin párpados. Su boca y su garganta formaban una bolsa colgante y su olor
se confundía con el de la selva.
- Ésa es una buena manera de quedar asado a la parrilla - gruñó Han, recuperando la
compostura y enfundando su arma.
La criatura pasó por alto el sarcasmo.
- ¿Has traído lo que necesitamos?
- Tengo un cargamento para vosotros. Aparte de eso, no sé nada, ni quiero saberlo. Si
has venido solo, te espera una dura tarea.
La criatura se volvió y emitió un escalofriante pitido. Docenas de figuras parecieron
brotar del suelo, inmóviles y silenciosas, con la mirada fija en el piloto y su nave.
Sostenían unos extraños objetos cortos, que seguramente debían ser armas.
Entonces Han escuchó un gruñido en las alturas.
Dio un paso adelante y cuando levantó la vista descubrió a Chewbacca, de pie sobre
uno de los salientes de la proa de la nave, cubriendo a los recién llegados con su ballesta.
Han le hizo una señal. Su peludo segundo oficial bajó la ballesta y volvió a meterse
dentro.
- Estamos perdiendo el tiempo - le dijo Han a la criatura.
Ésta empezó a avanzar hacia el Falcon, seguida de sus compañeros. Han los detuvo
con las manos levantadas.
- No toda la pandilla, amigo. De momento, sólo tú, para empezar.
El primero farfulló algo a los que le seguían y se adelantó solo.
En el interior de la nave, Chewbacca había encendido las luces de noche a su potencia
mínima en puntos estratégicos del interior. El imponente wookiee ya había empezado a
retirar las planchas que cubrían los compartimientos secretos, disimulados y protegidos
de manera que fuera imposible detectarlos bajo la cubierta, cerca de la rampa de
desembarque. Chewbacca se introdujo en ese espacio, donde él y Han solían ocultar
cualquier tipo de material de contrabando, y permaneció de pie con la cintura a la altura
de la cubierta. Luego fue soltando abrazaderas y correas y empezó a levantar unas
pesadas cajas alargadas, con los músculos hinchados por el esfuerzo bajo su pelambrera.
Han hizo girar una caja y rompió los sellos. Dentro de la caja había varias armas bien
dispuestas. Habían sido tratadas de tal manera que ninguna parte de ellas reflejaba ni un
destello de la débil luz que iluminaba el interior de la nave. Han cogió una de ellas,
comprobó el cargador, se aseguró de que tuviera puesto el dispositivo de seguridad y se
la dio a la criatura.
El arma de fuego era una carabina, un arma corta, ligera, sin complicaciones. Como
todas las demás del cargamento, llevaba acoplada una simple mira óptica, una correa
para colgársela al hombro, un bípode y una bayoneta plegable. Aunque sin duda la
criatura no estaba habituada a manejar un arma de energía, la facilidad con que la cogió,
su manera de empuñarla y su postura demostraban que las habla visto frecuentemente.
Balanceó la carabina entre sus manos, miró el interior del cañón y examinó atentamente
el gatillo.
- Diez cajas, mil rifles - le anunció Han, cogiendo otra carabina.
Levantó la tapa de la culata y señaló los conectores a través de los cuales podía
recargarse la pila de energía del fusil. Se trataba de armas anticuadas en comparación
con las que se utilizaban normalmente en aquellos momentos, pero no poseían piezas
interiores móviles y eran sumamente duraderas, tanto que era posible transportarlas o
almacenarlas sin problemas, sin necesidad de recubrirías de Gel protector o algún otro
producto de conservación. Cualquiera de esas carabinas estaría en buen estado de
funcionamiento después de pasar diez años olvidada junto al tallo de uno de los helechos
de la selva. Esas ventajas podían tener su importancia en aquel mundo, donde los nuevos
propietarios de las carabinas podrían ocuparse poco de su mantenimiento.
La criatura asintió, indicándole que comprendía el funcionamiento del mecanismo de
recarga.
- Ya hemos robado algunos pequeños generadores de los barracones de la Autoridad.
Vinimos a vivir aquí porque nos prometieron trabajo y una vida agradable, y nos
felicitábamos de nuestra buena suerte, pues nuestro mundo es pobre. Pero nos
explotaban como esclavos y no nos dejaban marchar. Muchos escapamos a vivir en la
selva; este mundo se parece bastante al nuestro. Ahora, con estas armas, podremos
defendernos...
- ¡Calla! - le espetó Han con un ademán terminante y una violencia que hizo retroceder
a la criatura.
Después intentó controlarse y prosiguió:
- No quiero saber nada, ¿comprendes? No te conozco y tú tampoco me conóces a mí.
Todo eso no es asunto mío y no quiero oírlo.
Los grandes ojos estaban fijos en su cara. Han desvió la mirada.
- Recibí la mitad de mi paga a cuenta antes de zarpar. Cobraré la otra mitad cuando
haya salido de aquí, de modo que lo mejor será que cojas tus cosas y te largues. Y no lo
olvides: no disparéis ninguno de estos artefactos hasta que yo esté lejos. Alguna nave de
la Autoridad podría captar el ruido.
Recordó el adelanto recibido, pagado en perlas luminosas, nódulos de fuego,
diamantes, cristales de nova y otras piedras preciosas sacadas de contrabando de aquel
planeta minero, con terribles riesgos, por los simpatizantes, quienquiera que fuesen, que
habían conseguido encontrar los esclavos contratados. En vez de comprar su libertad
mediante una rápida huida a bordo del Falcon, aquellos fugitivos se disponían a iniciar
una rebelión condenada de antemano al fracaso contra el poder de la Autoridad del
Sector Corporativo. Necios.
Han cedió el paso a la criatura. Ésta se lo quedó mirando un instante y después se
acercó a la escotilla abierta desde donde profirió un silbido. Otros de su especie se
acercaron presurosos y se agruparon en torno a la escotilla. Han pudo distinguir entonces
sus armas, primitivos lanza - dardos y rifles de percusión.
Algunos llevaban dagas de cristal volcánico. Tenían unas manos ingeniosas, con tres
dedos mutuamente opuestos. Empezaron a subir a la nave en fila india y rodearon las
cajas llenas de rifles, intentando levantarlas con gran esfuerzo en grupos de seis y siete.
Chewbacca los observaba divertido. El traslado de las cajas rampa abajo y hacia las
profundidades de la selva hizo pensar a Han en una extraña procesión funeraria.
De pronto recordó algo y se llevó aparte al solemne líder del grupo.
- ¿Sabes si la Autoridad tiene alguna nave de guerra estacionada aquí? ¿Una nave
muy muy grande, con muchísimos fusiles?
La criatura permaneció pensativa un instante.
Hay una nave grande, que transporta carga y pasajeros. Lleva grandes rifles y a veces
sale al encuentro de otras naves en el cielo para operaciones de carga y descarga.
Era exactamente lo que Han habla supuesto. No se habla topado con una auténtica
nave de combate, sino más bien con una gabarra fuertemente armada.
La situación era difícil, pero no tan grave como había temido. Sin embargo, la criatura
no había terminado.
- Necesitaremos más - dijo -; más armas, más ayuda.
- Consúltalo con tu confesor - sugirió secamente Han, mientras ayudaba a Chewie a
colocar las planchas de la cubierta otra vez en su sitio -. O concierta un trato a través de
tus propios conductos, como has hecho con este cargamento. Yo me largo. Y no volverás
a verme. Sólo lo he hecho por el dinero.
La criatura levantó la cabeza hacia él, como si no lograra comprender sus palabras.
Han rechazó la imagen de lo dura que debía ser la vida en un campo de trabajos
forzados, la existencia más triste y arrastrada que cabía imaginar. Se trataba de una
situación corriente en el Sector Corporativo; ingenuos nativos de los mundos exteriores
eran seducidos con falsas promesas y firmaban contratos que sólo les servían para
convertirse en prisioneros en cuanto llegaban a los barracones de la Autoridad. ¿Y qué
esperanzas de conseguir algo podía tener aquel puñado de fugitivos?
Todo era cuestión de suerte, recordó. En la Partida Cósmica no todo eran triunfos, pero
con los triunfos existentes en Tatooine no se conseguiría llenar ni un diminuto reloj de
arena. Uno iba jugando sobre la marcha aprovechando las cartas que le tocaban en
suerte y a Han Solo le gustaba situarse de donde soplaba el viento y donde las
posibilidades de obtener beneficios eran mayores.
Pero Chewie lo estaba mirando. Han suspiró; el gran patán era un buen segundo
oficial, pero tenía el corazón blando. En fin, la información sobre la nave de la Autoridad
tenía su valor... tal vez podría ofrecerles alguna sugerencia, una lección útil. Han arrebató
irritado la carabina de las manos del líder.
- Ten muy presente esto: vosotros sois los débiles. ¿Me entiendes? Tenéis que
considerar las cosas desde vuestra posición de debilidad y aprender a ser ingeniosos.
La criatura captó sus palabras y se aproximó, poniéndose en puntillas para ver qué
hacia Han con la carabina.
- Tiene tres posiciones, ¿te fijas? Seguridad, un solo disparo y fuego constante. Ahora
bien, la Policía de Seguridad de este planeta usa esos fusiles antidisturbios, ¿verdad?
Con el cañón recortado, y manejables con ambas manos. ¿No? Son muy aficionados a
disparar con fuego constante, porque no les preocupa malgastar energía, puesto que la
consiguen sin problemas Vuestro caso es distinto. Lo que debéis hacer es fijar vuestras
carabinas en la posición de disparo airado. Y si os veis metidos en una refriega en medio
de la noche o en las profundidades de la selva donde la visibilidad es escasa, disparad
contra los puntos de origen del fuego constante. Tendréis la seguridad de que no se trata
de ninguno de los vuestros, de modo que sólo puede ser la Policía de Seguridad. Tenéis
que aprender a ser ingeniosos.
La criatura paseó la mirada del hombre a la carabina y otra vez al hombre.
- Sí - le aseguró, recuperando el arma -, lo recordaremos. Gracias.
Han hizo una mueca, pensando en lo mucho que todavía les quedaba por aprender. Y
tendrían que aprenderlo por su cuenta, o de lo contrario la Autoridad los haría polvo bajo
el enorme tacón de su bota.
¿Y en cuántos mundos, se preguntó para sus adentros, estaría haciendo exactamente
lo mismo la Autoridad?
Distantes sonidos de disparos en las profundidades de la selva interrumpieron sus
pensamientos. La criatura había avanzado hacia la escotilla apuntándoles con su
carabina.
- Lo siento - les dijo -, pero teníamos que probar algunas de las armas aquí para
asegurarnos de que funcionaran.
Bajó la carabina y huyó corriendo por la rampa, en dirección a la selva. Ésa era la
recompensa por in tentar salvar el mundo.
- Retiro todo lo dicho - le confió Han a Chewie cuando se asomaron por la escotilla
abierta -. Creo que sabrán arreglárselas muy bien.
La destrucción del disco de la antena del Falcon durante el aterrizaje les habla dejado
sin sensores de largo alcance. La nave tendría que despegar a ciegas y correr el riesgo
de meterse en dificultades.
Han y Chewbacca permanecieron casi una hora sobre el caso del Falcon, intentando
reparar el soporte de la antena. A Han no le dolió el tiempo perdido; merecía la pena
hacer el esfuerzo y, cuando menos, así dejaban un margen de tiempo a los fugitivos para
abandonar la zona de la cita. En efecto, el despegue del Falcon sería detectado con tanta
facilidad como un traje espacial maloliente, y su punto de partida sería registrado
minuciosamente.
Ya no podían esperar más. Cuando las primeras luces del alba iluminaran el cielo,
todos los aparatos de hélice y de turbina y todos los vehículos armados a disposición de
los oficiales locales de la Autoridad emprenderían el vuelo en una rigurosa operación de
rastreo. Chewbacca, que había captado el estado de animo de Han, hizo un comentario
gruñendo en su propia lengua.
Han bajó los macroprismáticos.
- Tienes razón. Emprendamos el vuelo.
Se instalaron en la carlinga, se ataron los cinturones e iniciaron los preparativos para el
despegue: calentamiento de los motores, las ametralladoras, los escudos protectores.
- Apuesto que esa gabarra se situará a baja altura - declaró Han -, en un punto desde
donde pueda sacar el máximo partido de sus sensores. Si logramos elevarnos e
interponer una cierta distancia entre ellos y nosotros, podremos dejarlos atrás fácilmente y
efectuar el salto al hiperespacio.
Chewbacca ladró suavemente. Han le dio un codazo en las costillas.
- ¿Qué te pasa? Tenemos que jugar la partida hasta el final.
En seguida comprendió que estaba hablando para convencerse a si mismo y se calló.
El Millenium Falcon empezó a tomar altura y permaneció suspendido un breve instante
para recoger el tren de aterrizaje.
Después Han guió suavemente la nave a través de la abertura en el frondoso techo de
hojas de la selva.
- Lo siento - le dijo en tono apologético a su nave, comprendiendo la dura prueba por la
que la haría pasar. La hizo elevarse a toda marcha, la puso sobre la cola y abrió a fondo
los propulsores principales. La nave espacial empezó a trepar velozmente por el
firmamento, dejando atrás un río humeante y una selva encendida. Duroon fue
perdiéndose rápidamente en la distancia y Han empezó a pensar que saldrían fácilmente
de aquel trance.
Entonces les alcanzó el rayo tractor.
El carguero dio una sacudida al quedar atrapado entre las garras del poderoso rayo. El
capitán de la Autoridad, apostado en las alturas, había obrado con cautela, a sabiendas
de que se enfrentaría con un enemigo más rápido y maniobrable. Ahora que había
conseguido burlar al contrabandista, lanzó su nave en picado por el pozo de gravedad del
planeta, ganando la suficiente velocidad para compensar cualquier maniobra que pudiera
intentar el Falcon en su brusco ascenso. El rayo tractor obligó inexorablemente a las dos
naves a alinearse.
- Todos los escudos protectores hacia proa. Alinéalos en ángulo y prepárate a hacer
fuego.
Han y Chewbacca estaban accionando interruptores a toda velocidad, forzando sus
mandos, en una lucha desesperada por zafar la nave del rayo que la tema prisionera. En
cuestión de segundos comprendieron que sus tentativas resultarían inútiles.
- Prepárate para desplazar todos los desviadores a proa - ordenó Han, mientras se
cubría con el casco - Tendremos que plantarle cara, Chewie.
Los desafiantes rugidos del wookiee sacudieron la carlinga mientras su compañero
cambiaba bruscamente el curso del carguero, embistiendo directamente contra la nave
enemiga. Toda la energía defensiva del Falcon había quedado canalizada hacia proa para
redoblar la potencia de los escudos protectores delanteros La nave de la Autoridad se
acercaba a una velocidad aterradora; la distancia que les separaba iba evaporándose por
segundos. La gabarra de la Autoridad intentó dispararles desde esa distancia límite,
haciendo que se tambalearan en su carlinga, pero sin causarles ningún daño.
- No dispares, todavía no - canturreó Han por lo bajo -. Acumularemos toda la artillería
en la popa y le daremos una buena coz al pasar.
Los controles vibraban y se debatían bajo sus manos mientras los motores del Falcon
cedían hasta su último ergio de energía. Los escudos desviadores luchaban
denodadamente contra una lluvia de cañonazos a larga distancia y lanzas de rayos
aniquiladores amarillo-verdosos. El Falcon ascendió sobre una Columna de azul energía
como si le entusiasmara la idea de una salvaje doble muerte en una colisión con su
antagonista. En vez de luchar contra el rayo tractor, había lanzado una acometida contra
su centro de origen. La nave de la Autoridad entró en su campo visual y, un segundo más
tarde, su silueta cubría todo el techo transparente de la carlinga.
En el último segundo, el capitán de la nave de guerra perdió el control de sus nervios.
El rayo tractor se desvaneció mientras la gabarra iniciaba una desesperada maniobra de
evasión. Con unos reflejos que más bien parecían premonición, Han aplicó todos sus
recursos a una tentativa igualmente frenética. No podían quedar más de un par de metros
entre los dos parachoques cuando las dos naves se cruzaron, rozando, escapando por
pelos a la mortal colisión.
Chewbacca ya había empezado a desplazar todos los escudos protectores a popa. Las
baterías principales del Falcon; apuntadas hacia atrás, bombardearon la nave de la
Autoridad a escasa distancia. Han consiguió darle dos veces a la gabarra, causándole tal
vez sólo algún daño superficial, pese a lo cual la victoria moral tras aquella larga y difícil
noche le correspondía ciertamente a él. La nave de la Autoridad se tambaleó. Chewbacca
aulló de alegría y Han exclamó satisfecho:
- ¡Los últimos coletazos!
La gabarra se precipitó en picado, incapaz de detener con la rapidez suficiente su veloz
calda. El carguero salió zumbando de la envoltura atmosférica y saltó al vacío, su medio
natural. Muy abajo, a sus pies, la nave de la Autoridad empezaba a ganar la fuerza
suficiente para frenar su calda, perdida ya cualquier posibilidad de reanudar la
persecución.
Han introdujo los datos sobre el salto al hiperespacio en la computadora de
navegación, mientras Chewbacca pasaba revista a los daños sufridos.
Nada irreparable, decidió el wookiee, pero sería preciso darle un buen repaso general a
la nave. En cualquier caso, Han Solo y Chewbacca, el wookiee, tenían su dinero, su
libertad y, milagrosamente, también sus vidas. Y eso, se dijo Han, debería bastarle a
cualquiera, ¿o no?
Los rugientes motores de la nave espacial trazaron una línea de fuego azul a través del
infinito. Han conectó el hiperpropulsor. Las estrellas parecieron caer en todas direcciones,
mientras la nave se situaba en cabeza en la carrera contra la perezosa luz. El motor
principal del Millenium Falcon bramó atronador y la nave desapareció como si jamás
hubiera estado en aquel lugar.
II
Sabían que, evidentemente, serían observados desde el momento en que atracaran
con su maltrecho carguero.
Etti IV era un planeta abierto al comercio general, un mundo donde los vientos secos
soplaban sobre superficies de ámbar, llanuras cubiertas de musgo y poco profundos
mares salinos bajo cielos rojizos.
No poseía recursos propios dignos de mención, pero era hospitalario con los humanos
y humanoides y ocupaba un lugar estratégico junto a las rutas estelares.
Los magnates del Sector Corporativo habían acumulado grandes riquezas en Etti IV y
con ellas había aparecido su corolario universal, un próspero ambiente de criminales.
En aquel momento, Han Solo y Chewbacca avanzaban por una calle de tierra de
fusión, entre bajos edificios de minerales prensados y otros más altos construidos con
permacita y formex moldeado.
Se abrieron paso a través del espaciopuerto en dirección a la Oficina de Cambios de la
Autoridad en un transportador manual de alquiler elevado sobre repulsores. En el
transportador llevaban varias cajas que parecían cajas fuertes y ésa era la razón por la
cual ambos suponían que les vigilarían atentamente.
Esas cajas eran justamente el tipo de objeto adecuado para despertar la curiosidad de
toda clase de criminales.
Pero la pareja también sabía que quien quiera que les observase calibraría los riesgos,
comparándolos con las posibles ganancias.
Y en la columna de riesgos figuraría el atuendo de pistolero de Han y su andar
desenvuelto y confiado, además de la amenazadora presencia de Chewbacca y su
ballesta a punto de disparar, sin citar su fuerza y ferocidad, capaces de retorcer el cuerpo
de cualquier atacante hasta alterar completamente su forma.
De modo que prosiguieron su camino confiados, seguros de que no resultarían un
blanco atractivo para ningún atracador en potencia que estuviera dotado de buen sentido
comercial y de un cierto instinto de supervivencia.
En la Oficina de Cambios de la Autoridad no sospecharon en absoluto que estaban
cerrando una transacción vinculada al tráfico de armas y la insurrección. Han y
Chewbacca ya habían conseguido deshacerse de las piedras preciosas cobradas por su
trabajo, intercambiándolas por metales preciosos y raros vértices cristalinos. En un Sector
Corporativo con decenas de miles de sistemas estelares, ni siquiera el más sofisticado de
los sistemas de procesamiento de datos podía seguir el rastro de cada deuda contraída y
cada pago efectuado. De modo que Han Solo, capitán de un carguero autónomo,
contrabandista y delincuente aficionado, convirtió sin mayores dificultades buena parte de
su recompensa en un bonito Cheque de la Autoridad, libre de toda sospecha. Si hubiera
llevado sombrero, se lo habría quitado para saludar al dependiente automático del
Departamento de pagos que le lanzó el cheque a través de una ranura. Han Solo se
guardó la pequeña lámina de plástico en un bolsillo de la chaqueta.
Una vez fuera de la Oficina de Cambios, el wookiee emitió uno de sus largos y sonoros
ladridos.
- Sí, si - le respondió Han -, le pagaremos a Ploovo Dos-por-Uno, pero primero
tenemos que hacer una visita.
Su compinche gruñó ruidosamente, sobresaltando a los viandantes con su
manifestación de disgusto y despertando una peligrosa forma de interés.
Un destacamento de la Policía de Seguridad se abrió paso entre el torbellino de
humanos, androides y no - humanos que avanzaban por la calle.
- ¡Eh, alegra esa cara, amigo! - murmuró Han entre dientes.
los policías de Seguridad con sus uniformes marrones, lanzando suspicaces miradas
debajo de sus cascos de combate, avanzaban en formación de cuatro en fondo, con las
armas preparadas para disparar, mientras los peatones se apresuraban a cederles el
paso.
Han vio girarse dos de los negros cascos de combate y comprendió que habían
escuchado el estallido de rabia del wookiee. Pero el alboroto aparentemente no les llamó
la atención y el destacamento prosiguió su camino.
Han se los quedó mirando, meneando la cabeza. En la galaxia había polizontes de todo
tipo, algunos buenos y otros no. Pero la Policía de Seguridad particular de la Autoridad -
los espos, en el lenguaje del hampa - eran de los peores.
Sus actuaciones nada tenían que ver con la ley o la justicia, sino que sólo dependían
de los edictos de la Autoridad del Sector Corporativo.
Han jamás había logrado comprender que un hombre pudiera llegar a convertirse en un
matón de la Espo dispuesto a hacer cualquier cosa, sin discutir jamás una orden;
simplemente procuraba no cruzarse en el camino de ninguno de ellos.
Después recordó el comentario de Chewbacca y reanudó su conversación:
- Como te estaba diciendo, en seguida le pagaremos a Ploovo. La visita de que te
hablo no nos entretendrá más de un minuto. Inmediatamente después iremos a verle, tal
como habíamos previsto, arreglaremos las cosas, y continuaremos nuestro camino libres
de deudas.
El wookiee, ya más aplacado, formuló una evasiva queja, pero siguió caminando junto
a su compañero.
Las clases adineradas de Etti IV necesitaban disponer de abundantes medios para
proclamar su riqueza y, en consecuencia, el espaciopuerto albergaba varias tiendas de
animales exóticos, donde se vendían especies raras o únicas procedentes de las
inconmensurables extensiones del Imperio.
Sabodor estaba generalmente aceptada como la mejor de ellas. Y hacia allí se dirigió
Han.
El sistema encubridor de la tienda, con ser muy costoso, era incapaz de disimular todos
los olores y sonidos de las curiosas formas de vida más o menos desordenadamente
reunidas allí, bajo la dudosa clasificación de Animales De Compañía. Entre las especies
en venta figuraban especímenes tan destacados como las arañas voladoras de Mtarrn,
las serpientes cantoras de plumaje iridiscente de los desiertos del único planeta de
Próxima Dibal y los diminutos y graciosos marsupiales rechonchos de Kimanan,
denominados vulgarmente «bolitas peludas».
Jaulas y cajas, estanques y burbujas ambientales, acompañadas de ojos centelleantes,
inquietos tentáculos, escamas tintineantes y vacilantes seudópodos.
En el acto apareció el propietario. Sabodor en persona, un ciudadano adoptivo de
Rakrir. Su corto cuerpo tubular segmentado se arrastraba sobre cinco pares de miembros
versátiles y los dos largos pedúnculos de sus ojos se agitaban y giraban constantemente.
Cuando divisó a nuestra pareja, Sabodor se incorporó sobre los dos últimos pares de
miembros, levantó los pedúnculos de los ojos casi hasta la altura del pecho de Han y le
inspeccionó desde todos los ángulos.
- Lo siento muchísimo - gorjeó Sabodor moviendo su órgano vocal colgante que llevaba
suspendido de la parte central de su segmento medio -. No comerciamos con wookiees.
Son una especie sensible; no pueden utilizarse como animales de compañía. Es ilegal. No
me interesa comprar un wookiee.
Chewbacca lanzó un furioso rugido, mientras exhibía sus temibles dientes, golpeando
el suelo con su pata velluda del tamaño de una bandeja. Las vitrinas se tambalearon y los
mostradores vibraron. Sabodor, aterrorizado, se escurrió por detrás de Han, con un
chillido, tapándose los orificios auditivos con los miembros anteriores.
El piloto intentó apaciguar a su acompañante y amigo, mientras docenas de animales
se comunicaban un coro de gritos, chiflidos, chillidos y pitidos, saltando temerosos y
agitados en sus respectivos lugares de reclusión.
- ¡Tranquilo, Chewie! No lo ha dicho con mala intención - dijo suavemente Han,
interponiéndose en el camino del wookiee para impedir que se abalanzara violentamente
sobre el tembloroso vendedor.
los pedúnculos oculares de Sabodor se asomaron tímidamente, uno por cada lado de
las rodillas de Han.
- Dígale al wookiee que no pretendía ofenderle.
Ha sido un error sin mala intención, ¿no es así? No era mi intención insultarle.
Chewbacca se tranquilizó un poco, con gran alivio de Han, que no había olvidado todas
las fuerzas de la Policía de Seguridad que vigilaban el puerto.
- Hemos venido a comprar algo - le explicó a Sabodor, mientras el propietario se
alejaba de él retrocediendo -. ¿Comprendes? A comprar.
- ¿Comprar? ¡Comprar! Oh, adelante, señor, ¡mire-mire-mire! En Sabodor encontrará
todos los animales de compañía dignos de tal nombre. Está usted en la mejor tienda del
Sector. Tenemos...
Han le hizo callar con un ademán. Apoyó una mano amistosa en el punto donde
debería haber estado el hombro del melifluo tendero, suponiendo que tuviera hombros.
- Sabodor, vamos a simplificar esta transacción. Lo que busco es un dinko. ¿Tienes
alguno?
- ¿Dinko? - la diminuta boca de Sabodor y su manojo olfatorio se unieron a su manera
a la contracción de sus pedúnculos oculares en un intento de comunicar su disgusto -.
¿Para qué? ¿Un dinko? ¡Uf, qué asco!
En la boca de Han se dibujó una astuta sonrisa. Se sacó un puñado de billetes del
bolsillo y los agitó invitadoramente.
- ¿No tienes ninguno para ml?
- ¡Puedo conseguirlo!
- ¡No se mueva!
Sabodor desapareció en la trastienda, ondulando excitadamente su cuerpo.
Han y Chewbacca apenas tuvieron tiempo de echar un vistazo a su alrededor antes de
que reapareciera el propietario. Traía una cajita transparente suspendida de sus dos
pares superiores de apéndices. Dentro de la caja había un dinko.
Pocas criaturas gozaban de la dudosa notoriedad de los dinkos, cuyo temperamento
rozaba la psicopatía pura. Uno de los misterios del mundo zoológico era cómo se las
arreglaban los pequeños monstruos para tolerarse mutuamente el tiempo suficiente para
reproducirse. El dinko, tan pequeño que habría cabido en el puño de un hombre - de
existir algún hombre lo suficientemente imprudente como para intentar cogerlo -, les lanzó
una mirada relampagueante. Sus poderosas patas traseras se agitaban continuamente y
el doble par de extremidades prensiles unidas a su pecho pellizcaron el aire, buscando
ansiosamente algo a lo cual agarrarse. Su larga lengua entraba y salía velozmente de la
boca rodeada de brillantes y perversos dientes.
- ¿Está desodorizado? - preguntó Han.
- ¡Oh, no! Y ha estado en celo desde que lo trajeron. Pero lo han despojado de su
veneno.
Chewbacca hizo una mueca, arrugando la negra nariz.
- ¿Cuánto quieres por él? - preguntó Han.
Sabodor citó una cantidad exorbitante. Han contó su fajo de billetes.
- Te daré exactamente la mitad de eso, ¿de acuerdo?
Los pedúnculos oculares se agitaron desolados, como si estuvieran al borde de las
lágrimas. El wookiee soltó un bufido y se inclinó sobre Sabodor, que volvió a refugiarse
tras la dudosa protección de las rodillas de Han.
- Es un buen trato, Sabodor - sugirió jovialmente Han -, no puedes negarlo.
- Tú ganas - gimoteó el propietario de la tienda.
Le ofreció la caja. El dinko se agitó en su encierro, golpeándose contra las paredes y
echando espuma por la boca. Todavía quiero pedirte otra cosa - añadió
despreocupadamente Han -. Deseo que le inyectes una ligera dosis de sedante para
poder tocarlo un momento. Y luego puedes ponérmelo en otro tipo de caja, que sea
opaca.
De hecho, le estaba pidiendo dos cosas, pero Sabodor accedió de mala gana, deseoso
de ver desaparecer el wookee, el humano y el dinko cuanto antes de su tienda.
Ploovo Dos-por-Uno, usurero y ex atracador, un hombre codicioso y sin escrúpulos,
esperaba con deleite el momento de cobrar la deuda que tenía pendiente con Han Solo.
No cabía en si de satisfacción, no sólo porque el montante inicial del empréstito le
permitiría obtener unas espléndidas ganancias para sí mismo y para sus socios, sino
también porque detestaba profundamente a Solo y una interesante forma de venganza
acababa de materializarse.
El mensaje de Solo, en el que le prometía saldarle la deuda, estipulaba que se
encontrarían allí, en Etti IV, en el bar más elegante del espaciopuerto. La sugerencia le
había parecido muy bien a Ploovo Dos-por-Uno; su lema era combinar el trabajo con el
placer siempre que le era posible. El salón de baile de la Cúpula de Vuelo en el Vacío era
un lugar más que satisfactorio; el ambiente era opulento. Ploovo distaba mucho de ser un
seductor, con su figura menuda, su mal humor y su cara aquejada por un tic nervioso;
pero su fortuna le confería una cierta viabilidad social en una serie de ambientes.
Se instaló en un sofá adaptable junto a una mesa retirada, en compañía de los tres
compinches que llevaba consigo. Dos de ellos eran humanos, hombres endurecidos que
llevaban varias armas ocultas sobre su persona. El tercero era un bípedo narigudo, de piel
escamosa, oriundo de Davnar II, con una auténtica pasión por las ejecuciones.
Ploovo exhibió una cantidad de dinero más que suficiente para inspirar un cierto
sentido de hospitalidad a la camarera y se pellizcó el negro y brillante moño.
Mientras esperaba, se relamía de antemano pensando en cómo se vengaría de Han
Solo. Y no se trataba de que supusiera que el piloto no iba a pagarle. El usurero tenía la
certeza de que recuperaría su dinero.
Pero Solo le había estado irritando durante largo tiempo, siempre con alguna excusa
sorprendente para diferir el pago, desconcertando y escarneciendo a Ploovo a la vez. En
varias ocasiones, Ploovo había quedado en una mala posición frente a su garantes
debido a alguna dificultad con Solo, y sus garantes no eran gente propensa a tomarse
esas cosas a la ligera.
El código moral necesario para desarrollar negocios ilegales había impedido que
Ploovo se decidiera a denunciar al propietario y capitán del Millenium Falcon a las
autoridades; pero una afortunada circunstancia local podía servir ahora igualmente bien a
los fines del usurero.
Han Solo entró en la Cúpula de Vuelo en el Vacío, acompañado de Chewbacca,
llevando una cajita metálica en la mano, y examinó el local con expresión aprobadora.
Como sucedía en casi todos los planetas civilizados una multitud de especies se
habían reunido allí en un pupurri taxonómico de figuras familiares o extrañísimas, según el
punto de vista de cada cual.
Han había conocido más rincones de la galaxia de los que podía aspirar a visitar
razonablemente un hombre, y, aun así, era incapaz de identificar a la mitad de los
personajes no-humanos que llenaban la sala de baile.
Lo cual no era de extrañar. Las estrellas eran tan numerosas que nadie habría podido
llegar a catalogar todas las razas sensibles que las poblaban. Han ya había perdido la
cuenta de las innumerables ocasiones en que había entrado en una sala como aquella,
llena de un caleidoscopio de extrañas figuras, sonidos y olores. Sin mayor esfuerzo,
consiguió localizar una docena de tipos distintos de respiradores y aparatos de
supervivencia, utilizados por seres cuya biología resultaba incompatible con la atmósfera
humana normal.
Han prestó particular atención a las criaturas de tipo femenino, humanas y casi -
humanas, que se movían por la sala vestidas con sedas transparentes, envolturas
cromáticas y luminiscencias. Una de ellas se acercó hasta él, abandonando el mostrador
de máquinas de juego que ofrecía entretenimientos tales como el Rompecerebros,
SensSwitch, Carreras de Reflejos y Batallas Interestelares. Era una muchacha alta y
delgada con la piel de un tono rojo oscuro y una cabellera que parecía de plata trenzada;
vestía una túnica que parecía hecha de blanca bruma.
- Bienvenido a tierra firme, astronauta - le saludó sonriente, rodeándole con un brazo -.
¿Damos una vueltecita por la cúpula de baile?
Han cambió el paquete de brazo bajo la mirada desaprobadora de Chewbacca; varias
de sus aventuras menos prometedoras habían comenzado precisamente de aquella
forma.
- ¡Con mucho gusto! - respondió animadamente Han.
- ¡Bailaremos y nos arrullaremos y nos acoplaremos!
Han apartó suavemente a la muchacha.
- Más tarde.
Ella le ofreció una sonrisa verdaderamente deslumbrante - para darle a entender que
no estaba resentida - y se fue a dar la bienvenida a otro cliente, sin darle tiempo a alejarse
lo suficiente para no escuchar las palabras con que acogió su relevo.
La Cúpula de Vuelo en el Vacío era un local de primera categoría, equipado con un
campo gravitatorio de calidad superior, cuya tablero de mandos podía entreverse detrás
de las botellas, espitas y grifos de presión de la barra. Accionando el campo gravitatorio,
la dirección del local podía modificar la gravedad en cualquier punto del local, gracias a lo
cual la pista de baile y la cúpula que la recubría habían quedado transformadas en un
campo de acrobacias de baja gravedad, lleno de individuos aislados, parejas y grupos
más amplios que saltaban, flotaban y revoloteaban grácilmente sin mayor esfuerzo. Han
también descubrió algunos compartimientos y mesas aisladas ocupadas por especies
originarías de mundos de baja gravedad, cómodamente instaladas después de hacerse
reducir la gravedad específica de la zona en cuestión.
Han y Chewbacca continuaron adentrándose en las penumbras del local, entre el
tintineo de recipientes de muy diversos tipos y la mezcla de un gran número de lenguas
que luchaban por hacerse oír por encima del estruendo de la música ambiental. Aspiraron
los aromas de diversos inhalantes y aerosoles; una profusión de humos y vapores con
muy distintos grados de intensidad se deslizaban formando estratos multicolores,
arrastrados por las corrientes térmicas, a pesar de los esfuerzos del sistema de
ventilación que intentaba mantener limpio el ambiente.
Han localizó en seguida a Ploovo Dos-por-Uno; el gran truhán había ocupado una
mesa grande en una esquina, la más adecuada para vigilar la entrada de su deudor. Han
y Chewbacca se dirigieron a su encuentro Ploovo contorsionó su rostro de facciones bien
reconstituidas en una forzada y poco convincente sonrisa
- Solo, viejo amigo. Siéntate aquí.
- Puedes ahorrarte las ceremonias, Dos-por-Uno.
Han se sentó al lado de Ploovo, mientras Chewbacca se colgaba la ballesta al hombro
y se instalaba al otro lado de la mesa, de manera que él y Han pudieran guardarse
mutuamente las espaldas. Han depositó sobre la mesa la cajita que llevaba en la mano.
Ploovo la acarició con una codiciosa mirada.
- Puedes babear sin cumplidos - le invitó Han.
- Vamos, Solo - dijo afablemente Ploovo, dispuesto a ignorar cualquier insulto ante la
seductora presencia del dinero -, ésta no es forma de hablarle a tu viejo benefactor.
A través de sus contactos en el planeta, Ploovo ya sabia que los dos vagabundos
espaciales acababan de cambiar una cantidad importante de valores negociables por
dinero en efectivo. Alargó la mano hacia la caja. Pero Han se le adelantó.
El piloto desafió al usurero arqueando una ceja.
- Aquí tienes tu dinero. Con intereses. Ahora estaremos en paz, Ploovo.
Ploovo asintió, extrañamente impertérrito, agitando su moñito al compás de la risita que
sacudía sus mandíbulas. Han se disponía a aclarar el motivo de la burla cuando un rugido
de advertencia de Chewbacca le hizo interrumpirse. Un destacamento de la Policía de
Seguridad acababa de entrar en la Cúpula de Vuelo en el Vacío. Algunos se habían
apostado junto a las puertas, mientras los demás registraban la sala.
Han soltó la tira que sujetaba su pistola a la funda. El sonido atrajo la atención de
Ploovo.
- Solo, verás, hum, te juro que yo no he tenido nada que ver con esto. Como tú mismo
acabas de señalar, estamos en paz. Ni siquiera yo sería capaz de convertirme en un
chivato, poniendo en peligro mis propios medios de subsistencia.
Apoyó una gruesa mano codiciosa sobre la caja.
- Tengo la impresión de que estos caballeros vestidos de pardo institucional buscan a
un hombre que responde a tu descripción. Y aunque ya no tengo ningún interés personal
por tu suerte, te sugiero que tú y tu peludo compañero os larguéis de aquí sin pérdida de
tiempo.
Han no perdió el tiempo preguntándose cómo se las habría arreglado la Autoridad para
dar con su pista después de haber cambiado la matrícula del Falcon y su carnet de
identidad y el de Chewbacca por otros falsos. Se inclinó hacia Ploovo, con la mano
derecha todavía sobre su pistola.
- ¿Por qué no seguimos charlando un ratito más, colega? Y mientras estamos en ello -
continuó, dirigiéndose a los compinches del usurero -, todos tenéis mi permiso para poner
las manos encima de la mesa, de manera que Chewie y yo podamos verlas. ¡Rápido!
El labio superior de Ploovo estaba perlado de sudor. Si alguien intentaba alguna
jugarreta en aquel momento, él sería sin duda el primero en caer. Tartajeó una orden y
sus hombres obedecieron la sugerencia de Han.
- Serénate, Solo - imploró Ploovo, aunque Han estaba perfectamente tranquilo y era él
mismo quien se había quedado con la cara blanca como el papel - No te dejes arrastrar
por ese... famoso mal genio. Tú y el wookiee sois capaces de portaros de una forma tan
irracional en ciertos momentos. Fíjate por ejemplo en lo que ocurrió cuando el Gran Bunji
cometió la imprudencia de olvidarse de pagarte y los dos bombardeasteis su cúpula de
presión. Él y sus empleados, consiguieron enfundarse por pelos los trajes de
supervivencia. ¡Esas cosas dan mala fama, Solo! - Ploovo se había puesto a temblar y ya
casi no se acordaba de su dinero.
Entretanto, la Policía de Seguridad había ido avanzando a través de la sala. Dos
agentes y un sargento se detuvieron junto a la mesa. Su aparición no podía haberse
producido en un momento más inoportuno para Ploovo.
Todo el mundo en esta mesa, exhiban sus carnets de identidad.
Chewbacca había adoptado su expresión más inocente, con sus grandes y dulces ojos
azules levantados hacia los soldados.
Él y Han exhibieron sus carnets falsificados. La mano del piloto permanecía junto a la
empuñadura de su pistola, a pesar de que un tiroteo en aquel momento, desde el lugar
donde se encontraban, con semejante relación de fuerzas y con la puerta firmemente
guardada por tropas de refuerzo, ofrecía escasas posibilidades de salir con vida.
El sargento de la Espo ignoró las credenciales de Ploovo y su pandilla. Después de
examinar brevemente el carnet de Han, preguntó:
- ¿Estos datos son correctos? ¿Usted es el propietario y capitán de ese carguero que
hoy ha hecho su entrada en el planeta?
Han no vio posibilidad de negarlo. Y si la Autoridad ya había relacionado su nueva
personalidad con los acontecimientos referentes al aterrizaje ilegal en Duroon, tanto le
valdría estar muerto. Sin embargo, se las arregló para manifestar una cierta curiosidad y
sorpresa ante semejante interrogatorio.
- ¿El Sunfighter Franchise? Sí, naturalmente, oficial ¿Hay algún problema?
Y miró a los policías con la inocencia de un recién nacido.
- El supervisor de las bahías de amarre nos ha transmitido su descripción - explicó el
sargento de la Policía de Seguridad -. Su nave está requisada.
Arrojó los carnets de identidad encima de la mesa.
- Por incumplimiento de las normas de seguridad de la Autoridad.
Han modificó el rumbo de su procesos mentales.
- Tiene todas las licencias - protestó, diciéndose que no podía ser de otro modo, puesto
que él mismo las había falsificado.
El espo rechazó su objeción con un ademán despectivo.
- Están caducadas. Su nave no se adapta a las nuevas normas que acaban de
promulgarse. La Autoridad ha redefinido las categorías de clasificación de las naves
según su potencia y, según tengo entendido, amigo, la suya infringe las normas aplicables
a ella en al menos diez aspectos distintos y no figura en la lista de permisos especiales.
Una simple inspección externa ha permitido comprobar que su relación masa/elevación y
su armamento son muy superiores a los aceptados para aparatos no - militares. Al
parecer, se eliminó un gran número de planchas antirradiaciones al cortar y recanalizar el
tubo de escape de los propulsores. Y también lleva todo ese equipo de aterrizaje irregular,
escudos defensivos reforzados, grandes compensadores de aceleración y todo un arsenal
de material de detección de largo alcance. Un verdadero castillo de fuegos artificiales.
Han extendió las manos en un gesto de modestia; no tenía ningún interés en alardear
de las capacidades de su querida nave en un momento como aquél.
- El caso es que cuando alguien se pasea en un artefacto como el suyo, con una masa
reducida y una musculatura desmesurada - siguió explicando el sargento -, la Autoridad
del Sector Corporativo empieza a sospechar que tal vez el propietario tenga intención de
utilizarla para alguna actividad ilegal. Tendrá que readaptaría a las características que le
corresponden y deberá comparecer en seguida para iniciar los trámites necesarios.
Han rió despreocupadamente.
- Seguro que debe haber algún error.
Sabía que podía considerarse afortunado de que no hubieran forzado las cerraduras
para registrar el interior de la nave. Si hubieran descubierto el equipo antisensor, los
aparatos de bloqueo y contrainformación, el equipo de navegación de amplio espectro, en
aquel momento habría una orden de detención contra él. ¿Y qué habría sucedido si
hubieran encontrado los compartimientos secretos donde escondía el contrabando?
- Iré a ver al capitán del puerto en cuanto haya resuelto unos asuntos - prometió Han.
Ahora comprendía el motivo de la alegría que había manifestado Ploovo Dos-por-Uno.
El usurero ni siquiera había tenido necesidad de infringir la ética criminal, ni de poner en
peligro su maloliente pellejo en un enfrentamiento directo con Han y Chewbacca.
Ploovo sabía que el Millenium Falcon, bajo cualquier denominación, tendría dificultades
con las nuevas regulaciones de la Autoridad.
- Imposible - replicó el sargento de la Espo -. Tengo orden de acompañarle hasta allí en
cuanto le localice. El capitán del puerto desea aclarar este asunto ahora mismo.
De pronto los espos se pusieron más en guardia.
La sonrisa de Han adoptó un aire patético y comprensivo. Su rostro era todo simpatía.
Entretanto, se dedicó a examinar desapasionadamente su dilema. La Autoridad le pediría
un informe completo sobre los papeles de la nave, el cuaderno de bitácora y su título de
patrón.
Cuando detectaran discrepancias en los mismos, efectuarían un análisis de identidad
completrazado de los poros, índices retinales y corticales, la rutina. Más pronto o más
tarde, acabarían descubriendo la auténtica personalidad de Han y su segundo oficial y
entonces empezarían las verdaderas dificultades.
Uno de los axiomas de la filosofía de Han Solo era no aproximarse jamás un paso más
de lo necesario a la cárcel. Pero allí, sentado junto a la mesa, no tenía ninguna posibilidad
decente de ofrecer resistencia. Miró de reojo a Chewbacca, que se entretenía
mostrándoles los dientes a los preocupados policías en una aterradora sonrisa. El
wookiee captó la mirada de Han y bajó ligeramente la cabeza.
Entonces el piloto se levantó.
- En ese caso, lo mejor será resolver cuanto antes este enojoso asunto, para continuar
después con nuestras respectivas actividades, ¿no le parece, sargento?
Chewie apartó su silla y se incorporó, con los ojos fijos en Han y una garra sobre la
cuerda de su ballesta. Han se agachó para decirle unas últimas palabras a Ploovo.
- Gracias por la compañía, viejo amigo. Volveremos a visitarte tan pronto como nos sea
posible, te lo prometo. Y... antes de que se me olvide, aquí está tu dinero.
Han abrió la parte anterior de la caja y dio un paso atrás.
Ploovo metió la mano en la caja, esperando hundir su impaciente palma en un
maravilloso y sensual montón de dinero. En vez de eso, una hilera de pequeños y
aguzados dientes se clavaron en la parte carnosa de su pulgar. Ploovo aulló de dolor
mientras el enfurecido dinko salía hecho una tromba de la caja y hundía sus garras,
afiladas como agujas, en el fofo vientre del usurero. El animalito llevaba clavado un
cheque de la Autoridad sobre la aleta dorsal, el delicado sistema ideado por Han para
saldar sus deudas, tanto financieras como personales, con intereses.
La atención de los espos se desvió hacia la mesa cuando escucharon el aullido del jefe
de la banda. Uno de los secuaces de Ploovo intentó arrancar al dinko del vientre de su
patrón, mientras los demás miraban boquiabiertos. El dinko no estaba dispuesto a dejarse
tocar; golpeó las manos que intentaban agarrarlo con los espolones aserrados de sus
patas traseras y después roció a todos los que rodeaban la mesa con repugnantes
chorros del liquido de su bolsa odorífera.
Pocas cosas hay más repugnantes en la naturaleza que la secreción defensiva de un
dinko. Hombres y humanoides retrocedieron, tosiendo entre arcadas, sin acordarse para
nada de su jefe.
Los policías no acertaban a comprender qué estaba sucediendo cuando vieron que los
seres se levantaban tambaleantes de sus asientos y se alejaban veloces deslizándose
junto a ellos, abandonando a Ploovo a merced de la rabiosa bestezuela. El dinko se había
lanzado ahora enérgicamente - aunque tal vez con excesivo optimismo - a la tarea de
devorar al usurero, empezando por su nariz, que le recordaba bastante a uno de sus
múltiples enemigos naturales.
- ¡Yahhh! - gritó Ploovo, retrocediendo para deshacerse del decidido dinko -. ¡Quitadme
esta fiera de encima!
- ¡Chewie! - gritó Han y se lanzó a la acción.
Derribó de un puñetazo al espo que tenía más cerca sin atreverse a disparar a tan
corta distancia. El espo, cogido de improviso, cayó tambaleándose hacia atrás. Chewie
tuvo más éxito en su primera intervención. Cogió a los otros dos policías por las correas
de sus uniformes y los golpeó casco contra casco, provocando un sonoro tañido de las
superficies ultraduras. A continuación, el wookiee se zambulló con notable agilidad entre
la muchedumbre y siguió los pasos de su amigo.
Los espos que vigilaban las puertas estaban descolgando sus armas portátiles de
ancho calibre, pero la desconcertada multitud se agitaba de un lado a otro y nadie
acababa de comprender exactamente qué había ocurrido. Los bailarines de la pista
antigravitatoria empezaron a posarse en el suelo mientras los distintos seres apartaban su
atención de los múltiples y variados intoxicantes, estimulantes, sedantes, sicotrópicos y
sucedáneos. Toda la sala se llenó con el zumbido de una especie de confuso «¿Huh?»
translingual.
Ploovo Dos-por-Uno, que por fin habla conseguido apartar al dinko de su maltrecha
nariz, arrancándolo por la fuerza, lo arrojó al otro extremo de la habitación. El dinko fue a
aterrizar sobre la mesa de un rico viudo, destruyendo el apetito de todos los comensales.
Ploovo, acariciándose todavía el dolorido hocico, volvió la cabeza justo a tiempo para
ver desaparecer a Han Solo detrás de la barra.
- ¡Ahí está! - exclamó el señor del hampa.
Los dos barmans se lanzaron presurosos a detener a Han, blandiendo las barras
aturdidoras que tenían escondidas debajo de la barra en previsión de cualquier alteración
del orden. Han recibió el ataque del primero con los puños cruzados, frenando la caída del
aturdidor, para levantar después la rodilla al mismo tiempo que derribaba de un codazo al
primer barman, el cual fue a caer sobre el segundo. Chewbacca saltó por encima de la
barra en pos de su compañero y se precipitó sobre los encargados con un aullido de
triunfo que hizo tintinear las lámparas.
Una ráfaga de disparos del arma de uno de los espos apostados junto a las puertas
hizo añicos una botella de cristal de añejo licor novaniano de cuatrocientos años. La
multitud lanzó un gemido y la mayoría se arrojaron al suelo. Otros dos disparos
arrancaron astillas de la barra y dejaron maltrecha la caja registradora.
Han se había abierto paso entre la vigorosa maraña que formaban Chewie y los
encargados. Blandió su pistola y disparó sobre los espos, salpicando su localización
aproximada con breves ráfagas de fuego. Uno de los policías cayó al suelo, con el
hombro humeante, y los demás se dispersaron buscando refugio. Han alcanzó a oír a
Ploovo y sus hombres intentando abrirse paso a puñetazos entre la masa de clientes que
chillaban despavoridos. El usurero se dirigía hacia la barra.
Han se volvió hacia su objetivo, los controles de gravedad. No podía perder tiempo
estudiándolos, de modo que empezó a hacer girar frenéticamente todos los indicadores al
máximo. Afortunadamente para todo el mundo que estaba fuera de la zona aislada del
bar, la casualidad quiso que accionara los mandos de sobrecarga de gravedad y que, en
aquel momento, ya no quedara ningún bailarín suspendido en el vacío en la cúpula de
calda libre. En consecuencia, nadie se estrelló contra el suelo ni salió proyectado por los
aires.
Han había aumentado la gravedad del local hasta 3,5 unidades patrón. Seres de todas
descripciones se desplomaron sobre las alfombras, aplastados por el peso vacilante de
sus propios cuerpos, señal de que aquel día no había ningún oriundo de las zonas de alta
gravedad entre los clientes. Los espos cayeron como todos los demás. Ploovo Dos-por-
Uno, según pudo observar Han de pasada, presentaba un gran parecido con un pez - bola
varado.
El silencio llenó la sala, interrumpido sólo por los jadeantes gruñidos y apagados
gemidos de los seres que habían sufrido leves contusiones en su caída, aunque nadie
parecía estar malherido. Han se enfundó la humeante pistola y se puso a examinar los
mandos del campo gravitatorio, diciéndose para sus adentros: ahora lo que necesitamos
es un estrecho pasillo para escapar de aquí. Pero continuó mordiéndose el labio, indeciso,
sin atreverse a accionar los reguladores.
Con un impaciente bufido, Chewbacca, que ya había terminado con los dos
encargados de la barra, cogió a Han por los hombros y lo quitó de en medio. El wookiee
se inclinó sobre el panel de mandos, moviendo los dedos con ágil precisión, levantando
frecuentemente la vista de su tarea para vigilar la puerta.
Instantes después, los cuerpos de los dos o tres clientes tumbados en su pasillo de
gravedad más baja se agitaron débilmente. Todos los demás, incluidos los espos y el
contingente mafioso de Ploovo, permanecieron pegados al suelo.
Chewbacca saltó grácilmente al otro lado de la barra y empezó a avanzar por el pasillo
de gravedad normal. Luego llamó pavoneándose a Han.
- De todos modos, la idea ha sido mía, ¿o no? - refunfuñó el piloto, siguiendo los pasos
de su amigo.
Cuando hubieron salido de la sala de baile, Han cerró discretamente las puertas a sus
espaldas y se alisó las ropas, mientras Chewie se sacudía con expresión de fastidio.
- Eh, Chewie, has estado un poco lento con la izquierda hace un momento, ¿no crees?
- le recriminó Han -. ¿No estarás perdiendo facultades, veterano?
Chewbacca blasfemó airadamente; el paso de los años era constante motivo de pullas
entre los dos.
Han cortó el paso a un grupo festivo y sonriente que se disponía a entrar en la Cúpula.
- Este establecimiento está oficialmente clausurado - les anunció con aires de
importancia -. Se halla bajo cuarentena. Fiebre de Fronk.
Los juerguistas, intimidados por las connotaciones siniestras de la imaginaria
enfermedad, se marcharon en el acto sin entretenerse a averiguar más detalles.
Los dos preocupados compinches cogieron el primer taxi - robot que encontraron y
partieron a toda velocidad rumbo a su nave.
- Las cosas empiezan a ponerse difíciles para los empresarios autónomos - se lamentó
Han Solo.
III
Varios minutos más tarde, el taxi-robot depositaba a Han y Chewbacca en las
proximidades de su bahía de amarre, la Número 45.
Habían decidido que lo más prudente sería explorar los alrededores y comprobar que
no se les hubieran adelantado las fuerzas que protegían la ley, el orden y los dividendos
de la Corporación.
Los amigos asomaron cautelosamente la cabeza por la esquina y vieron a un solitario
agente de la comandancia del puerto que sellaba concienzudamente con cepo de
embargo las puertas de su bahía de amarre.
Han hizo esconder otra vez la cabeza a su segundo oficial y ambos discutieron la
situación.
- No podemos esperar a que el campo quede despejado, Chewie; en cualquier
momento puede descubrirse lo ocurrido en la Cúpula. Además, ese payaso se dispone a
cerrar la bahía y llamaríamos la atención de las patrullas de la Espo si intentáramos
atravesar las puertas blindadas por la fuerza.
Han asomó otra vez la cabeza. El funcionario prácticamente había terminado de
conectar las alarmas a los solenoides de las compuertas. Sin duda, la otra entrada de la
bahía también estaría sellada. Han dio un vistazo a su alrededor y observó una
expendeduría de olores y narcóticos de la Autoridad a sus espaldas.
Cogió el codo de su compañero.
- Éste será el plan...
Un instante más tarde, el empleado de la comandancia del puerto había vuelto a
acoplar las dos enormes mitades de la cerradura y había fijado el cepo de embargo.
Las puertas blindadas empezaron a deslizarse hasta cerrarse como un diafragma
octogonal, cuya abertura cada vez más reducida acabó esfumándose con un chasquido.
El agente retiró una llave molecularmente codificada de la ranura de la cerradura y el
artilugio quedó activado. A partir de aquel momento, el mecanismo comunicaría
instantáneamente a los monitores de la Espo cualquier intento de manipularlo o destruirlo.
El agente se guardó la llave en el bolsillo del cinturón y se dispuso a marcharse a
comunicar el cumplimiento de su misión. En aquel preciso instante apareció un wookiee
borracho, un gigantesco bruto de perversa mirada que avanzaba tambaleante con una
garrafa de diez litros de algún licor maloliente chorreando bajo el grueso y peludo brazo.
Justo cuando el wookiee llegaba a la altura del agente, un hombre procedente de la
dirección contraria no pudo evitar los traspiés dipsomaníacos de la vacilante criatura.
En la rápida y complicada triple colisión que siguió, el wookiee se precipitó sobre el
infortunado agente, derramándole todo el licor de la garrafa por encima.
El instantáneo altercado que ello desencadenó incluyó acusaciones y
contraacusaciones, todas formuladas en tono vociferante. El wookiee se deshacía en
horribles y guturales improperios contra los dos hombres, amenazándolos con los puños
cerrados mientras señalaba la garrafa derramada.
El agente del puerto se sacudía inútilmente la túnica empapada, mientras el tercer
participante en el accidente hacía todo lo posible por ayudar.
- Oh, ciertamente ha sido una desgracia - se lamentó Han con voz pesarosa y solícita -.
Está realmente bañado en este líquido, vaya.
Y mientras así se expresaba, intentó escurrir la empapada tela de la túnica. Entretanto,
el agente y el wookiee seguían intercambiando imprecaciones y acusaciones
contradictorias sobre quién había sido el causante del accidente.
Los escasos transeúntes continuaron su camino sin detenerse, procurando no verse
implicados en el asunto.
- Más le valdría ir a lavarse en seguida la túnica - le aconsejó Han al agente -, o no
conseguirá deshacerse jamás de esta peste.
El agente, tras amenazar por última vez con emprender una acción legal contra el
wookiee, continuó presuroso su camino. No tardó en acelerar el paso, al caer
aprensivamente en la cuenta de que en cualquier momento podía cruzarse casualmente
con algún supervisor, que podría avistar - o, peor aún, oler - su presencia.
Pronto hubo desaparecido, dejando a los otros dos enfrascados en una discusión sobre
las posibles responsabilidades y culpabilidades.
La discusión cesó en cuanto el agente se hubo perdido de vista y Han exhibió la llave
que había sustraído del bolsillo del agente aprovechando la confusión.
- Empieza a calentar la nave - le ordenó a Chewbacca, dándole la llave -, pero no pidas
autorización para despegar. Lo más probable es que el capitán del puerto ya tenga una
orden de retención contra nosotros. Y si hay alguna nave patrulla por aquí, la tendremos
encima en un abrir y cerrar de ojos.
Calculaba que debían de haber transcurrido unos ocho minutos desde que habían
salido huyendo de la Cúpula; su buena fortuna ya no podía durar más.
Chewbacca efectuó una apresurada comprobación de los instrumentos, mientras Han
echaba a andar velozmente a lo largo de la hilera de bahías de amarre.
Había pasado tres cuando por fin encontró la que buscaba. Dentro había un carguero
de serie, de diseño similar al del Millenium Falcon en su tiempo, sólo que éste estaba
limpio, recién pintado y en perfectas condiciones de navegación. Exhibía su nombre y
símbolo de identificación orgullosamente inscritos en la proa y un grupo de androides
obreros estaban muy atareados trasladando carga general a sus bodegas, bajo la
supervisión de la tripulación, que tenía un aspecto nauseabundamente honrado.
Han asomó la cabeza por la abertura de las puertas blindadas y les saludó
amistosamente con la mano.
- Hola, qué tal. ¿Todavía tenéis intención de levar anclas mañana?
Uno de los tripulantes le devolvió el saludo, pero le miró extrañado.
- Mañana no, amigo; esta misma noche, a las veintiuna horas, hora planetaria.
Han fingió sorpresa.
- ¿Oh? Bien, que encontréis cielos despejados.
El tripulante le devolvió el tradicional saludo de despedida de los viajantes espaciales
mientras Han proseguía despreocupadamente su camino. En cuanto estuvo fuera del
alcance de sus miradas inició una veloz carrera.
Cuando llegó al Muelle 45, Chewbacca terminaba de cerrar el cepo de embargo
acoplado a la cara interior de las puertas blindadas y volvía a conectarlas.
Han asintió con gesto aprobador.
- Bueno, muchacho. ¿Ya está todo preparado?
El wookiee ladró una aguda respuesta afirmativa y cerró las puertas blindadas. Volvió a
echarles llave, esta vez por la parte interior y luego arrojó lejos de sí la llave
molecularmente codificada.
Han ya se había instalado en su asiento en la carlinga. Se encasquetó los auriculares y
llamó a la central de control del puerto. Citó el nombre y código de identidad del carguero
amarrado en el Muelle 41 y solicitó que le autorizaran a adelantar la hora de despegue de
las veintiuna horas, hora planetaria, a ese preciso instante, petición que no resultaba
desusada en un carguero de servicio irregular, cuyos planes de viaje podían variar
inesperadamente. En aquellos momentos no había demasiado tráfico y la nave en
cuestión ya tenía permiso para abandonar el puerto, de modo que el despegue inmediato
fue autorizado sin problemas.
Chewbacca todavía se estaba asegurando el cinturón cuando Han se puso en marcha.
Los propulsores rugieron y el Falcon efectuó lo que para él era un despegue moderado y
cauteloso del planeta Etti IV. Cuando los Espos se presenten en el Muelle 45 y fuercen la
entrada, reflexionó Han, podrán entretenerse un rato intentando averiguar cómo es
posible que alguien haya conseguido sustraer una nave espacial bajo las mismas narices
del capitán del puerto.
La nave espacial abandonó el campo gravitatorio de Etti IV. Chewbacca, entusiasmado
por lo que podía considerarse una huida muy ajustada, estaba de buen humor. Su hocico
pergaminoso se había contraído en una amable y horrenda sonrisa y el wookiee cantaba -
o emitía los sonidos que ocupaban el lugar del canto entre su especie - con todas las
fuerzas de sus amplios pulmones. Su voz alcanzó un volumen increíble dentro del espacio
limitado de la carlinga.
- Vamos, Chewie - le imploró Han, golpeando un manómetro con los nudillos -, vas a
hacer saltar todos los instrumentos.
El wookiee terminó su canto con un cavernícola tarareo.
- Además - siguió diciendo Han -, todavía no hemos terminado de capear la tormenta.
Chewbacca perdió su expresión plácida y mugió algo en tono interrogante. Han movió
negativamente la cabeza.
- No, Ploovo ya ha cobrado su dinero; por mosqueado que esté, sus avaladores ya no
desembolsarán ni un centavo para perseguirnos. No, me refería al platillo de sensores de
larga distancia; la reparación de emergencia que le hicimos no resistirá eternamente.
Tendremos que cambiarlo, por un modelo de último diseño. Además, los Espos, y
supongo que también la mayoría de los personajes aficionados a perseguir a la gente,
disponen de un nuevo tipo de sensor que resulta imposible detectar con un equipo
antiguo. Tendremos que agenciarnos también uno de ésos, si queremos regresar sanos y
salvos con nuestra recompensa. Y un último detalle: necesitaremos uno de esos Pases si
querernos operar en esta zona; tendremos que arreglárnoslas para entrar a formar parte
de esa lista de algún modo. Maldita sea. la Autoridad del Sector Corporativo ha expoliado
millares de sistemas solares; casi puedo oler todo ese dinero.
Y no vamos a renunciar a la posibilidad de conseguir buenos botines simplemente
porque a alguien no le ha caído en gracia nuestra relación masa/tracción.
Han concluyó los cálculos para el salto al hiperespacio y luego se volvió hacia su
copiloto con una astuta sonrisa.
- Y, teniendo en cuenta que la Autoridad no nos debe ningún favor personal ni a ti ni a
mí, ¿cuál es la única solución?
El peludo segundo oficial emitió un gruñido aislado. Han se llevó una mano al pecho y
fingió escandalizarse.
- ¿Fuera de la ley, dices? ¿Nosotros? - soltó una risita -. Has dado en el clavo, amigo.
Le robaremos tanto dinero a la Autoridad que necesitaremos una grúa para llevárnoslo
todo.
El hipermotor entró en funcionamiento.
- Pero primero tendremos que ir a saludar a unos viejos amigos. Después... ¡ya pueden
agrrarse todos a su dinero con ambas manos! - concluyó Han.
Pero, naturalmente, tendrían que proceder por etapas. El salto a través del
hiperespacio les trasladó a un mundo minero prácticamente desierto y ya agotado, en el
que la Autoridad ni siquiera se molestaba en mantener una delegación. Allí, gracias a la
información de un viejo que había conocido mejores tiempos, se pusieron en contacto con
el capitán de una barcaza de minerales de larga órbita. Tras algunos regateos, en el curso
de los cuales fueron comprobados sus antecedentes, con peligro de sus vidas si el
resultado de la comprobación no hubiera sido el deseado, por fin quedó concertada una
entrevista.
Una pequeña nave, un esquife, salió a su encuentro en las profundidades del espacio.
Un grupo de hombres armados y recelosos registraron el interior del Falcon y, tras
comprobar que no llevaba otros pasajeros aparte del piloto y el copiloto, los dos fueron
conducidos hasta el segundo planeta de un sistema estelar cercano. El esquife los dejó y
el Falcon realizó el aterrizaje seguido de cerca por las bocas levantadas de varios
cañones de turbo-láser. El campo de aterrizaje era un amasijo de cúpulas-hangar
montadas apresuradamente y burbujas-habitáculo. Una amplia variedad de naves y
demás maquinaria aparecían aparcadas sobre el terreno, muchas de ellas desventradas y
saqueadas en busca de piezas de recambio.
Mientras bajaba por la rampa de aterrizaje de su nave espacial, Han iluminó su rostro
con aquella intensa sonrisa, famosa por su capacidad para inducir a los hombres a
marcharse a dar una vuelta y comprobar qué habían estado haciendo sus esposas.
- Hola, Jessa. Ha sido terrible estar tanto tiempo sin verte, muñeca.
La mujer que le aguardaba al pie de la rampa le respondió con una mirada despectiva.
Era alta, llevaba el cabello peinado en una masa de gruesos bucles dorados y su figura se
dibujaba agradablemente bajo el mono de técnico que vestía. Su nariz respingona
ostentaba una colección de pecas adquiridas bajo muy diversos soles; Jessa había
visitado casi tantos planetas como Han. Aunque en aquel preciso instante sus grandes
ojos castaños sólo expresaban burla hacia él.
- ¿Mucho tiempo, dices Solo? ¿Sin duda habrás estado ocupado trabajando para algún
retiro espiritual? ¿O tal vez al servicio de conferencias mercantiles? ¿Realizando
transportes de inofensivos productos destinados al Fondo Interestelar de Ayuda a la
Infancia? En fin, no me extraña no haber tenido noticias tuyas. A fin de cuentas, ¿qué
significa un Año Patrón más o menos, eh?
- Es casi toda una vida, chiquilla - replicó sagazmente Han -. Te he echado mucho de
menos.
Bajó hasta la muchacha y le tendió la mano.
Jessa esquivó su saludo y un grupo de hombres, con los fusiles preparados para
disparar, entró en escena. Los hombres vestían monos de trabajo, máscaras de soldador
de fusión, cinturones de herramientas y llevaban grasientos turbantes en la cabeza, pero
parecían perfectamente familiarizados con las armas que esgrimían.
Han meneó tristemente la cabeza.
- Jess, de verdad que me has interpretado mal, ya tendrás ocasión de comprobarlo.
Sin embargo, había comprendido que acababa de recibir una explícita advertencia y
decidió que más le valdría ir directamente al asunto que le ocupaba en aquel momento.
- ¿Dónde está Doc? - preguntó.
Jess abandonó su expresión desdeñosa, pero fingió ignorar su pregunta.
- Sígueme, Solo - le ordenó.
Han dejó a Chewbacca al cuidado del Falcon y la acompañó al otro extremo de la base
provisional. El campo de aterrizaje era una llana extensión de suelo formado por el
procedimiento de fusión (prácticamente cualquier tipo de material sólido proporcionaba
una materia prima adecuada para ese procedimiento, según sabía Han; minerales,
materia de origen vegetal o antiguos enemigos que ya no ofrecieran ningún interés).
Técnicos masculinos y femeninos, humanos y no humanos, se afanaban en torno a los
vehículos y artefactos de todas las categorías posibles, auxiliados por una desconcertante
variedad de androides y otros autómatas en sus tareas de reparación, recuperación y
modificación.
Han admiró la magnitud del taller mientras continuaba avanzando. Encontrar un técnico
dispuesto a realizar un trabajo ilegal no era cosa difícil, pero Doc, el padre de Jessa,
poseía un taller famoso entre los infractores de la ley de todos los confines. Quienquiera
que deseara reparar su nave sin tener que responder a embarazosas preguntas sobre los
motivos que le habían llevado a un enfrentamiento a tiros, que quisiera modificar las
señas de identidad y la apariencia de su vehículo por razones que prefería no mencionar
o que estuviera interesado en comprar o vender una pieza de maquinaria pesada de
inconfesable procedencia... sabía que Doc era la persona más adecuada para resolver su
problema, suponiendo que consiguiera superar su riguroso control de antecedentes.
Cualquier cosa que pudiera hacerse con una pieza de maquinaria, sabían hacerla Doc y
sus técnicos.
Varias de las modificaciones efectuadas en el Millenium Falcon habían sido realizadas
gracias a los buenos oficios del técnico clandestino; él y Han habían tenido tratos en
múltiples ocasiones. Han admiraba al astuto viejecito que había logrado escapar durante
años a la persecución de la Autoridad y otras fuerzas oficiales. Doc había sabido
guardarse bien las espaldas y mantenía contactos con más burócratas corruptos y fuentes
secretas de información que cualquier otra persona conocida por Han. Más de una unidad
de asalto había realizado una batida contra los técnicos clandestinos para acabar
capturando únicamente un campo de tiro vacío en el que sólo quedaban algunos edificios
abandonados y un montón de chatarra inservible. Doc solía comentar bromeando que él
era el único delincuente de la galaxia que tendría que crear un seguro de vejez para lo
empleados.
Jessa condujo a Han a través del hangar más amplio de la base, avanzando entre
cascos desmontados y ruidosos diques de reparación. En un extremo, varias planchas de
Permex acopladas formaban un sencillo cubículo que hacía las veces de oficina. Pero
cuando la puerta deslizante se abrió obedeciendo a una orden de la muchacha, Han pudo
observar que el gusto de Doc no había perdido nada de su refinamiento. La oficina estaba
decorada con alfombras wrodianas tejidas a mano, relucientes de vivos colores, cada uno
de los cuales representaba el trabajo de varias generaciones. Había estanterías llenas de
libros raros, suntuosos tapices y numerosas pinturas y esculturas, algunas de ellas con la
firma de los grandes artistas de la historia y otras obra de desconocidos que simplemente
habían llamado la atención a Doc. Había un monolítico escritorio de madera olorosa
tallada a mano, con un único objeto encima, un holocubo de Jessa. La muchacha
aparecía en él luciendo una elegante túnica de noche, con una sonrisa en los labios y, en
conjunto, mucho más dentro de la imagen de una bonita jovencita el día de su puesta de
largo, que no de un genio de primera línea en el campo de la ingeniería clandestina.
- ¿Dónde está el viejo? - preguntó Han, al constatar que la habitación estaba
desocupada.
Jessa se instaló en el sillón adaptable, detrás del escritorio, y cerró las manos sobre los
gruesos y mullidos brazos hasta que sus dedos dejaron una profunda huella en la
superficie tapizada.
- No está aquí, Solo. Doc se ha ido.
- Muy explícita; jamás lo habría adivinado al ver que su despacho está vacío. Mira,
Jess, no puedo perder el tiempo con estos jueguecitos, por mucho que a ti te diviertan.
Quiero...
- ¡Ya sé lo que quieres!
La mirada de rencor de Jessa le cogió desprevenido.
- Nadie llega hasta nosotros sin que sepamos qué desea pedirnos. Pero mi padre no
está aquí. Ha desaparecido y hasta ahora, pese a todas mis tentativas, he sido incapaz de
conseguir una pista de su paradero. Créeme, Solo, lo he intentado todo.
Han se acomodó en un sillón al otro lado del escritorio.
- Doc se marchó para realizar uno de sus viajes de adquisición de material... ya sabes,
para comprar piezas con alguna salida en el mercado o para satisfacer la petición
especial de algún cliente. Hizo tres escalas y nunca llegó a la cuarta. Así, sin más. El, tres
tripulantes y un yate de primera clase simplemente desaparecieron del mapa.
Han recordó por un momento al viejo con sus manos encallecidas por el trabajo, su
fácil y brusca sonrisa y su aureola de blancos cabellos desordenados.
Han le apreciaba, pero si Doc había desaparecido, no le quedaba más remedio que
aceptar ese hecho. Pocas personas desaparecidas en circunstancias similares volvían a
comparecer jamás. Todo era cuestión de suerte. Han siempre había viajado con poco
equipaje y las rémoras emocionales eran una de las primeras cosas de las que había
decidido desprenderse. El dolor era una carga demasiado pesada para arrastrarla en un
viaje a través de las estrellas.
De modo que sólo se detuvo a pensar, Adiós, Doc, y se dispuso a negociar con Jessa,
el único familiar con vida que dejaba el viejo. Pero cuando salió de su breve distracción,
Han advirtió que la muchacha había seguido todos sus pensamientos en el espejo de su
rostro.
- Ha sido una elegía bastante rápida, ¿no crees, Solo? - comentó dulcemente Jessa -.
Nadie consigue penetrar demasiado hondo bajo tu preciosa piel, ¿verdad?
Aquel comentario zahirió a Han.
- ¿Crees que Doc se habría echado a llorar si el desaparecido hubiera sido yo, Jess? Y
tú, ¿me habrías llorado acaso? Lo siento, pero la vida continúa su curso y si no lo tienes
muy presente, cariño, te estas jugando tu propia desaparición.
Ella abrió la boca para responderle; pero luego lo pensó mejor y cambió de táctica.
Cuando habló lo hizo con voz tan cortante como la hoja de una vibroespada.
- Muy bien. Hablemos de negocios. Sé lo que quieres, el juego de sensores, el platillo,
el Pase. Puedo conseguírtelo todo. Tenemos un equipo de sensores poderoso y
compacto, un artefacto militar diseñado para expediciones de rastreo a larga distancia.
Llegó a nuestras manos procedente de un arsenal militar; una afortunada coincidencia
organizada por mí hizo que el envío se extraviara. Y también puedo arreglar lo del Pase.
Con lo cual sólo queda pendiente... - Jessa le miró fríamente - la cuestión del precio.
Su manera de decirlo no entusiasmó a Han.
- Tienes que hacerme un buen precio. Sólo tengo...
Ella volvió a interrumpirle.
- ¿Quién habla de dinero? Sé exactamente cuánto tienes, y cómo lo conseguiste, y
cuánto le diste a Ploovo. ¿No habías caldo en la cuenta de que siempre nos enteramos
dé todo más pronto o más tarde? ¿Crees que imagino que un imbécil que ha estado
haciendo contrabando de armas andaría sobrado?
Jessa se recostó en el sillón, entrelazando los dedos.
Han estaba confundido. Había pensado conseguir que Doc le hiciera unas buenas
condiciones de pago, pero dudaba que Jessa estuviera dispuesta a concederle el mismo
trato. Y si la muchacha sabía que no podía pagar un precio decente, ¿por qué perdía el
tiempo hablando con él?
- ¿Vas a explicarme de qué se trata, Jess, o tendré que efectuar mi famoso acto de
lectura del pensamiento?
- Dales un reposo a tus mandíbulas, Solo, y presta atención. Voy a ofrecerte un trato,
una bicoca.
Han reaccionó con suspicacia, sabedor de que no podía esperar ninguna generosidad
de ella. Pero, ¿qué alternativa le quedaba? Tenía que hacer reparar su nave y también
necesitaba todo lo demás, o de lo contrario más le valdría encontrarse en algún apartado
punto de la frontera galáctica con un contrato para recoger basuras.
- Estoy pendiente de cada una de tus preciosas palabras - dijo con rebuscado
almibaramiento -. Aunque prefiero no decirte qué me tiene así.
- Se trata de un transporte, Solo, una recogida.
Hay algunos detalles, pero fundamentalmente se trata de esto; tendrás que ponerte en
contacto con ciertas personas y trasladarlas donde te digan, dentro de unos límites
razonables. No pretenderán que las deposites en ningún lugar arriesgado. Incluso tus
embotadas capacidades de atención deberían bastar para este cometido.
- ¿Dónde debo recoger a los pasajeros?
- En Orron III. Es un mundo primordialmente agrícola, aunque la Autoridad tiene
instalado allí un centro de procesamiento de datos. Y tus pasajeros se encuentran en ese
centro.
- ¿Un centro de procesamiento de datos de la Autoridad? - explotó Han -. ¿Y cómo me
meto yo en un lugar como ése? Será como un Picnic Anual y Gran Convención de los
Espos. Escúchame bien, pequeña, quiero que me proporciones ese material, pero
también quiero vivir hasta una avanzada edad; tengo intención de pasar mis últimos días
en una mecedora en el Hogar para Espacionautas Retirados y lo que me estás
proponiendo excluye de manera definitiva esta posibilidad.
- No es tan terrible como crees - replicó ella sin inmutarse -. La seguridad interna no es
particularmente rígida, pues sólo está autorizado el aterrizaje de dos tipos de naves en
Orron III: barcazas teledirigidas para transportar las cosechas y naves de la flota de la
Autoridad.
- Ya veo; pero, por si no lo habías notado, el Falcon no es ni lo uno ni lo otro.
- De momento no, Solo, pero ya nos encargaremos de solucionar este detalle.
Tenemos el casco de una barcaza secuestrada en trayecto. No fue un trabajo difícil; son
cascos robotizados y son bastante estúpidos.
Le incorporaremos al Millenium Falcon unos acoplamientos de control externo y lo
pondremos donde suele estar situado el módulo de control y mando, y luego os
enviaremos al amplio espacio. Mis gentes pueden camuflar la estructura del casco de
manera capaz de despistar a los espos, los funcionarios del puerto y cualquier otra
persona. Aterrizarás, te pondrás en contacto con los pasajeros en cuestión y otra vez
rumbo al espacio. El tiempo medio de permanencia de una barcaza en tierra es de unas
treinta horas, de modo que dispondrás de margen suficiente para cumplir tu cometido.
Una vez te hayas puesto en camino, te deshaces de la envoltura de la barcaza y serás
libre de viajar a tu aire otra vez.
Han meditó detenidamente esa propuesta. No le gustaba que nadie manoseara su
nave.
- ¿Y a qué se debe que me hayas escogido a mí para tan seductor honor? ¿Y por qué
has pensado en el Falcon para el viaje?
- Ante todo. porque tú necesitas algo de mí y por tanto lo harás. Y en segundo lugar,
porque a pesar de ser un mercenario amoral, eres el mejor piloto que conozco; has
conducido cualquier cosa desde una nave compacta con un solo propulsor hasta un navío
de gran eslora. En cuanto al Falcon, tiene exactamente las dimensiones adecuadas y sus
computadoras poseen capacidad de sobras para manejar la barcaza. Es un trato justo.
Una cosa preocupaba todavía a Han.
- ¿Quiénes serán mis pasajeros? Pareces estarte tomando muchísimas molestias por
ellos.
- Nadie que tú conozcas. Son estrictamente aficionados y pagarán bien. Lo que se
traen entre manos no es asunto de tu incumbencia, pero sólo ellos pueden decidir en
última instancia si quieren revelártelo o no.
Han fijó la mirada en el techo, decorado con un dibujo de perlas refulgentes. Jessa le
ofrecía todo lo que necesitaba para empezar a saquear a la Autoridad. Podría abandonar
el tráfico de armas, los viajes a apartados mundos a cambio de mezquinas recompensas,
toda aquella actividad de poca monta.
- Bien - insistió Jessa -, ¿les digo a mis técnicos que empiecen a trabajar? ¿O tú y el
wookiee preferís demostrar ante la galaxia la locura de entregarse al crimen para terminar
reventando en la miseria?
Han incorporó el respaldo de su asiento.
- Será mejor que se lo comunique personalmente a Chewie primero, o tus mecánicos
arréglalo todo acabarán convertidos en un montón de piezas sueltas, buenas sólo para
abastecer los bancos de órganos.
La organización de Doc - ahora de Jessa - era cuando menos meticulosa en su trabajo.
Ya tenían todos los planos de fabricación del Millenium Falcon, además de holografías
con el diseño completo de todas las piezas de material adicional acoplado a la nave.
Con la ayuda de Chewbacca y una pequeña hueste de técnicos clandestinos, Han
consiguió retirar las planchas protectoras del motor del Falcon y dejar al descubierto sus
sistemas de control en cuestión de horas.
Androides auxiliares iban y venían afanosamente mientras los cortadores de energía
refulgían y técnicos de varias razas se arrastraban por encima, por debajo y por el interior
del carguero. Han se ponía nervioso al ver tantas herramientas, manos, tentáculos,
servoagarraderas y pinzas elevadoras en torno a su amada nave, pero apretó los dientes
y se limitó a hacer lo posible por estar en todas partes al mismo tiempo... y casi lo
consiguió. Chewbacca controlaba los detalles que escapaban a los ojos de su capitán,
sobresaltando a cualquier técnico o androide que hubiera cometido un error con un rugido
de alto nivel de decibelios.
Ninguno se permitía dudar, ni por un instante, que el wookiee actuaría sin
contemplaciones con el ser viviente o mecánico que causara cualquier daño a la nave
espacial.
La aparición de Jessa, que había acudido a inspeccionar el progreso del trabajo, obligó
a Han a interrumpir su tarea. La muchacha venía acompañada de un androide de extraña
apariencia, construido a semejanza de los humanos. El artefacto era bastante grueso,
más bajo que la mujer y estaba cubierto de indentaciones, rayaduras, manchas y puntos
de soldadura.
La región torácica era desusadamente ancha y los brazos, que colgaban casi hasta sus
rodillas, le conferían un aspecto algo simiesco. Estaba recubierto de una lisa capa de
esmalte marrón, que empezaba a descascararse en algunos puntos, y se movía con
gestos rígidos y espasmódicos. Los imperturbables fotoreceptores rojos del androide
escudriñaron la figura de Han.
- Te presento a tu pasajero - anunció Jessa.
La cara de Han se ensombreció.
- No me habías dicho que tendría que transportar a un androide - protestó.
Examinó el estado del ser mecánico.
- ¿Con qué funciona, con carbón?
- No. Y va te advertí que habría algunos detalles. Bollux es uno de ellos.
Jessa se volvió hacia el androide.
- Muy bien, Bollux, abre tu tenderete.
- Si, señora - respondió Bollux arrastrando lánguidamente las palabras.
Se escuchó el zumbido de un servomotor y la coraza que recubría el tórax del androide
se abrió por el centro. Las dos mitades pivotaron sobre sí mismas, separándose.
Entre los mecanismos que constituían las entrañas del androide habla un
emplazamiento especial y dentro del emplazamiento habían instalado otro ser mecánico
autónomo de extraño diseño, aproximadamente cúbico y con varias protuberancias y
apéndices plegables. Encima llevaba montado un fotoreceptor, provisto de una lente
monocular. La unidad mecánica estaba pintada con varias capas protectoras de color azul
oscuro. La lente monocular se encendió con una luz roja.
- Saluda al capitán Solo, Max - le ordenó Jessa.
La máquina - dentro - de - la - máquina examinó a Han de arriba abajo, haciendo girar
su fotoreceptor para enfocarlo desde todos los ángulos.
- ¿Por qué? - preguntó.
Su mecanismo vocal tenía un agudo timbre infantil.
- Porque si no lo haces, Max - le respondió Jessa con sinceridad -, este simpático
caballero podría azotar tu precioso trasero metálico cuando estéis volando por el
espacio... ésta es la razón.
- ¡Hola! - dijo Max, con un entusiasmo que Han sospechó debía de ser forzado -.
¡Encantado de conocerle, capitán!
- Los pasajeros que debes recoger tienen que reunir unos datos del sistema de
computadoras de Orron III para llevárselos consigo - explicó Jessa. Y, naturalmente, no
pueden solicitar a la delegación de la Autoridad en el planeta el equipo necesario, sin
levantar inmediatamente sus sospechas. Y tampoco sería demasiado seguro que tú te
presentaras allí con Max bajo el brazo. En cambio, nadie prestará mayor atención a un
viejo androide obrero. Le pusimos Bollux por los muchos quebraderos de cabeza que
tuvimos para reestructurar su vientre. Nos fue imposible restituirle la velocidad normal de
vocalización. En fin - prosiguió Jessa -, este simpático tripulante que Bollux lleva
escondido en el pecho es Max Azul. Max porque lo atiborramos con la máxima capacidad
computadora que nos fue posible acoplarle y azul por razones que incluso tú, Solo,
deberías ser capaz de adivinar. El montaje de Max Azul fue toda una tarea, incluso para
nosotros. Es pequeño, pero ha costado lo suyo, a pesar de ser inmóvil y de carecer de
muchos accesorios habituales, de los que nos vimos obligados a prescindir. Pero posee
todo lo necesario para extraer la información que ellos buscan.
Han se había quedado examinando las dos máquinas, con la esperanza de que Jessa
acabaría reconociendo que se trataba de una broma.
Había visto artefactos más raros en su tiempo, pero nunca formando parte de una lista
de pasajeros. No le gustaban demasiado los androides, sin embargo decidió que podría
tolerar la compañía de aquellos dos.
Se agachó para observar más detenidamente a Max Azul.
- ¿Permaneces ahí dentro todo el rato?
- Puedo funcionar autónomamente o acoplado - pió Max.
- Fabuloso - dijo secamente Han.
Luego golpeó suavemente la cabeza de Bollux.
- Abróchate la camisa - le ordenó.
Mientras los segmentos castaños de la coraza giraban sobre sus goznes dejando
encerrado a Max, Han se volvió a llamar a Chewbacca:
- ¡Eh, amigo, busca un rincón para almacenar a este molusco, por favor. Vendrá con
nosotros.
Luego añadió, dirigiéndose a Jessa:
- ¿Algún detalle más? ¿Una banda de música, por ejemplo?
Ella ya no pudo responderle. En ese preciso instante se inició un concierto de bocinas,
las sirenas se
pusieron a trinar a un nivel ensordecedor y los altavoces empezaron a solicitar la
presencia de Jessa en el
puesto de mando de la base. En todos los rincones del hangar, los técnicos
clandestinos arrojaron sus herramientas en tintineante avalancha y emprendieron una
frenética retirada hacia los centro de reunión de emergencia. Jessa salió corriendo al
instante. Han echó a correr tras a ella, gritándole a Chewbacca por encima del hombro
que permaneciera junto a la nave.
La pareja atravesó las instalaciones. Humanos, no - humanos y máquinas huían en
todas direcciones, obligando a todo el mundo a una zigzagueante carrera de obstáculos.
El puesto de mando era un sencillo bunker, pero cuando llegaron al pie de la escalera de
acceso, Jessa y Han entraron en una sala de operaciones bien equipada y con un
contingente completo de técnicos a su servicio. Una gigantesca holoesfera dominaba la
habitación con su luz fantasmagórica, una réplica del sistema solar que les rodeaba. El
sol, los planetas y demás cuerpos astronómicos de importancia estaban representados en
colores codificados.
- Los sensores han señalado una nave no identificada, Jessa - explicó uno de los
oficiales de guardia, señalando una manchita amarilla en el borde exterior del sistema -.
Estamos esperando que se compruebe su identificación.
Jessa se mordió los labios mientras permanecía con los ojos fijos en la esfera, como
todos los presentes en el búnker. Han se acercó y se situó a su lado.
La manchita iba avanzando hacia el centro de la holoesfera, donde estaba situado,
como bien sabía Han, el planeta en el cual se hallaban en aquel momento, representado
por un abalorio de luz blanca. El objeto desconocido disminuyó su velocidad y los
sensores marcaron con sus destellos otros objetos, más pequeños, que se desprendieron
del primero. Luego el primer objeto aceleró más y más, y segundos más tarde
desaparecía de la esfera.
- Era una nave de la flota de la Autoridad, una corbeta - anunció el oficial -. Ha
descargado una flotilla de naves de combate, cuatro en total, y luego ha vuelto a
zambullirse en el hiperespacio. Debe de haber detectado nuestra presencia y habrá ido a
buscar ayuda, dejando que sus pilotos de combate nos hostiguen y nos mantengan
ocupados hasta que los otros puedan regresar con refuerzos. No comprendo cómo puede
habérseles ocurrido registrar este sistema.
Han advirtió que el oficial le estaba mirando directamente. De hecho, todos los
presentes en el puesto de mando habían hecho otro tanto y todas las manos se habían
posado sobre las armas que llevaban colgadas al cinto.
- Vamos, Jessa - protestó Han clavando la mirada en los ojos de la muchacha -, ¿me
has visto darle alguna vez el soplo a la Espo?
Una expresión de duda cruzó brevemente el rostro de Jessa, pero sólo duró un
instante.
- Supongo que si les hubieras pasado la información, no habrías esperado hasta que
aparecieran - reconoció -. Además, si hubieran sabido con seguridad que estábamos aquí
se habrían presentado en masa, listos para un ataque en regla. Sin embargo, debes
reconocer, Solo, que es mucha coincidencia.
Han cambió de tema.
- No comprendo por qué la corbeta no se ha limitado a mandar un mensaje por
transmisión hiperespacial. Seguro que tienen una base lo suficientemente próxima a la
cual podrían pedir refuerzos.
- Esta zona está plagada de anomalías estelares - respondió ella en tono ausente,
concentrándose otra vez en los amenazadores destellos -. Distorsionan las
comunicaciones hiperespaciales; por eso escogimos este lugar, entre otras razones.
- ¿Cuál es la hora estimada de llegada de las naves de combate? - preguntó luego al
oficial.
- Hora estimada de llegada en menos de veinte minutos - fue la respuesta.
Jessa exhaló profundamente el aliento.
- Y no disponemos de ninguna nave de combate excepto unos cuantos cazas. No
tenemos escapatoria; debemos prepararnos para hacerles frente. Dé orden de que se
inicien las operaciones de evacuación entretanto.
Se volvió a mirar a Han.
- Probablemente deben ser destructores de alcance intermedio IRD; acabarán con
todas las naves que podría mandar a su encuentro en estos momentos. exceptuando un
par de viejos bombarderos que debo tener por ahí. Tenemos que ganar tiempo y casi no
dispongo de ningún piloto con experiencia de combate. ¿Querrás ayudarnos?
Han observó todas las graves miradas enfocadas sobre él. Se llevó a Jessa hacia un
rincón y le acarició la mejilla, hablándole en voz baja.
- Mi preciosa Jess, esto ciertamente no formaba parte de nuestro trato. Pretendo
acabar mis días en el Hogar para Espacionautas Retirados, ¿recuerdas? Y no tengo la
más mínima intención de volver a apoyar jamás las posaderas en uno de esos trineos
suicidas.
Ella le respondió en tono elocuente:
- Están en juego muchas vidas! No podremos evacuar a tiempo, aunque lo
abandonemos todo. Mandaré pilotos inexpertos al encuentro de esos cazas, si no me
queda más remedio, pero los pilotos de la Espo se los merendarán en un instante. ¡Tú
posees más experiencia que todos los otros juntos!
- Todo lo cual me dice claramente que no existe ninguna probabilidad de librar una
buena batalla - objetó él, pero la mirada que le lanzó Jessa casi le hizo fundirse.
Estuvo a punto de añadir algo más, pero se mordió la lengua, incapaz de desentrañar
su propio conflicto interno.
- Entonces, corre a esconderte - respondió ella, en voz tan baja que Han a duras penas
consiguió oírla -, pero ya puedes despedirte de tu precioso Millenium Falcon, Solo, pues
no existe energía en el universo capaz de ponerlo en el espacio antes de que esos cazas
caigan sobre nosotros y nos inmovilicen. Y en cuanto lleguen los refuerzos, ¡destruirán
esta base y todo lo que hay en ella hasta dejarlo reducido a un informe montón de
átomos!
- La nave, naturalmente; esto es lo que rondaba en el fondo de mis pensamientos, se
dijo Han. Tenía que ser eso.
El cañón de turboláser jamás conseguiría cortar el paso a esos rápidos y esquivos
bombarderos y los atacantes conseguirían destruir la base sin problemas.
Posiblemente él y Chewbacca conseguirían salvar el pellejo, pero una vez
desaparecida su nave se convertirían en dos vagabundos interestelares, dos anónimos
despojos sin hogar conocido.
En medio de la confusión que llenaba el puesto de mando, con el incesante intercambio
de frenéticos mensajes, Jessa todavía alcanzó a distinguir su voz entre todas las demás.
- ¿Jess?
La muchacha observó, confusa, su torcida sonrisa.
- ¿Tienes un casco de piloto para mí?
Han fingió no haber notado la repentina dulcificación de las facciones de la muchacha.
- Un diseño deportivo, de mi talla, Jess, con un agujero que se adapte a la forma de mi
cabeza.
IV
Han siguió a Jessa en otra rápida carrera a través de la base. Entraron en la cúpula de
uno de los hangares más pequeños, el aire del cual se estremecía con el gemido de los
motores de alto rendimiento. Seis cazas estaban aparcados en el hangar, atendidos por
sus respectivos equipos de mantenimiento en tierra, que comprobaban los niveles de
energía, armamento, desviadores y sistemas de control.
Los cazas estaban destinados sobre todo a misiones de intercepción, o más bien,
rectificó mentalmente Han, ésa había sido su función una generación atrás. Eran
bombarderos de antigua producción; Headhunters Z-95; bimotores compactos con alas
móviles. Sus fuselajes, alas y colas bifurcadas estaban salpicados de manchas, chorretes
y rastros de spray de las distintas capas de camuflaje general que les habían aplicado a lo
largo del tiempo. Los salientes externos, donde antaño solían llevar montados los
proyectiles y soportes de las bombas, aparecían desnudos.
- ¿Asaltaste un museo para conseguirlos? - le preguntó Han a Jessa, señalándole los
bombarderos.
- Los encontramos en un puesto de la policía planetaria; los utilizaban en operaciones
de prevención del contrabando, a decir verdad. Los transformamos para revenderlos, pero
finalmente decidimos quedárnoslos, pues son las únicas naves de combate con que
contamos en estos momentos. Y no te hagas el relamido, Solo; has pasado una parte
importante de tu vida pilotando naves como éstas.
Eso desde luego era cierto. Han se acercó rápidamente a uno de los Headhunters, que
un empleado de tierra acababa de cargar de combustible. Dio un gran salto y se apoyó en
el reborde de la carlinga para dar un vistazo al interior. La mayor parte de los paneles de
control habían desaparecido en el curso de las reparaciones sufridas a lo largo de los
años, dejando los cables y conexiones al descubierto. La carlinga era tan estrecha como
él la recordaba.
Pero aun así, el Headhunter Z-95 seguía siendo una buena nave de combate,
legendaria por su increíble capacidad de resistencia. El asiento del piloto - la «tumbona»,
en la jerga del ramo - tenía el respaldo reclinado en un ángulo de treinta grados que
contribuía a compensar las fuerzas gravitatorias y llevaba la barra de control incorporada
a los brazos. Han se dejó caer otra vez hasta el suelo.
Varios pilotos se habían reunido ya en el hangar y otro, un humanoide, hacía su
entrada en aquel momento. La escasa preocupación que reflejaban sus rostros llevó a
Han a la conclusión de que no poseían ninguna experiencia de combate. Jessa se situó a
su lado y le puso un viejo y ajado casco de combate abombado entre las manos.
- ¿Alguno de vosotros ha volado antes en estas fieras? - preguntó Han mientras se
probaba el casco.
No era de su tamaño, le quedaba demasiado apretado. Han empezó a tirar de las
lengüetas de ajuste de la trama insertas en el forro manchado de sudor.
- Todos hemos realizado vuelos de práctica - respondió un piloto -, para ejercitamos en
las tácticas fundamentales.
- Oh, estupendo - musitó Han, probándose otra vez el casco -. Los haremos trizas sin
problemas.
El casco seguía apretándole. Jessa se lo cogió de las manos con un impaciente
chasquido de la lengua y se dispuso a ajustarlo ella misma.
Han se dispuso a dar instrucciones a sus temporarios subordinados.
- Las naves de la Autoridad son más modernas; ellos pueden comprar todo lo que se
les antoje. Esa cuadrilla de cazas que se acerca probablemente está integrada por
destructores de alcance intermedio IRD, recién salidos de los suministros del gobierno, tal
vez prototipos, tal vez modelos de producción. Y los muchachos que pilotan esos
destructores se han entrenado en una academia. ¿Supongo que sería demasiado esperar
que alguno de vosotros también haya pasado por un entrenamiento parecido?
Así era. Han prosiguió su perorata, levantando la voz para hacerse oír por encima del
creciente rugido de los motores.
- Los destructores de alcance intermedio nos aventajan en velocidad, pero estos viejos
Headhunters pueden efectuar virajes más ajustados y son capaces de resistir una
auténtica paliza. Ésta es la razón de que todavía no hayan desaparecido de la circulación.
Los destructores de alcance medio son poco aerodinámicos, es una cuestión de diseño.
Sus pilotos detestan bajar a enfrentarse en combate directo cara a cara en una atmósfera
planetaria; a esta operación la llaman goo. De todos modos, esos chicos tendrán que
bajar si quieren bombardear la base, pero no podemos esperar a tenerlos aquí abajo para
lanzarnos sobre ellos, pues correríamos el riesgo de que se nos cuele alguno.
- Tenemos seis naves, esto es, tres elementos de dos naves. Si tenéis algo merecedor
de protección bajo esos cascos, procurad recordar una cosa: no os separéis de vuestro
piloto de flanco. Sin él, podéis daros por muertos. Dos naves unidas son cinco veces más
eficaces que una nave aislada, y diez veces más seguras.
Los Z-95 estaban listos para despegar y ya faltaba poco para que llegaran los
destructores de la Autoridad. Han habría querido dar miles de instrucciones a aquellos
pilotos bisoños, ¿pero cómo resumir todo un curso de entrenamiento en unos pocos
minutos? Sabía que era imposible.
- Procuraré ser breve. Mantened los ojos bien abiertos y aseguraos de tener siempre
los cañones, y no la cola, de cara al enemigo. Puesto que nuestro objetivo es proteger
una instalación de tierra, tendremos que perseguir a nuestras presas. En otras palabras,
si no sabéis con certeza si habéis derribado al contrario o si éste está fingiendo, no os
despeguéis de su cola hasta tener la certeza de que ha caído al suelo y no se moverá de
allí. No imaginéis que porque ha empezado a caer en picado y va dejando una estela de
humo tras sí, eso significa que está fuera de combate.
Es un viejo truco. Si conseguís provocar una explosión en su nave, estupendo. Si
empieza a soltar llamaradas, podéis dejarlo; está acabado. Pero de lo contrario, debéis
perseguir a vuestra presa hasta el último escondrijo. Hay demasiado en juego aquí abajo.
Han hizo este último comentario pensando en el Falcon, procurando olvidar los factores
humanos, mientras se repetía que su nave era el único motivo por el cual estaba a punto
de salir a jugarse el pellejo en el aire. Todo era una cuestión estrictamente comercial.
Jessa acababa de devolverle el casco. Se lo probó de nuevo y esta vez le ajustó
perfectamente. Cuando se volvió a darle las gracias, observó por primera vez que la
muchacha también llevaba un casco de piloto.
- Jess, no. Absolutamente no.
Ella soltó un bufido.
- Éstas son mis naves, para empezar. Doc me lo enseñó todo; empecé a pilotar a los
cinco años y no he dejado de practicar. ¿Quién crees que les ha enseñado los principios
básicos a estos otros? Además, soy con mucho el piloto más cualificado que hay en la
base.
- ¡Los ejercicios de entrenamiento son algo completamente distinto!
Han prefería cualquier cosa antes que tener que estarse preocupando por ella allí
arriba.
- Tengo a Chewie; él tiene alguna experiencia...
- ¡Oh, brillante ocurrencia, Solo! Construiremos un altillo sobre la burbuja de la carlinga
y ese felpudo hipertiroideo podrá pilotar la nave con las rodillas!
Han tuvo que ceder a la evidencia de que ella era la opción lógica para pilotar una de
las naves. Jessa se dirigió a los restantes pilotos.
- Solo tiene razón; la batalla será dura. No nos interesa enfrentarnos con ellos fuera, en
el espacio abierto, pues tienen todas las ventajas a su favor. Pero tampoco podemos
permitir que se acerquen demasiado a la superficie. Nuestras defensas antiaéreas no
podrían hacer frente a un despliegue de caza - bombarderos. De modo que deberemos
trazar una barrera en algún punto intermedio que decidiremos sobre la marcha, según
cómo se desarrolle su ataque. Si conseguimos ganar un poco de tiempo, el personal de
tierra tendrá oportunidad de completar la evacuación.
Luego se volvió hacia Han.
- Incluido el Falcon. He dado orden de que terminen las reparaciones y lo pongan en
lugar seguro cuanto antes. He tenido que prescindir de algunos hombres en otras tareas
para hacerlo, pero un trato es un trato. Y le he mandado un mensaje a Chewie
explicándole todo lo ocurrido.
Jessa se puso el casco.
- Han es el jefe de formación. Yo asignaré a los pilotos de flanco. En marcha.
Los seis Headhunters Z-95 se elevaron con intensos chirridos, como otras tantas
variopintas puntas de flecha. Han se bajó la visera coloreada y la ajustó. Volvió a pasar
revista a sus armas, tres cañones de bombardeo en cada ala. Satisfecho, maniobró la
nave de manera que su piloto de flanco quedara a sus espaldas y ligeramente más arriba
que él, con respecto al plano de ascensión. Sentado en su tumbona reclinada, bastante
elevada dentro de la burbuja de la carlinga, su campo visual alcanzaba casi los 360
grados, una de las características que más apreciaba de aquellos viejos Z-95.
Su piloto de flanco era un joven delgaducho de hablar suave. Han pensó que ojalá al
tipo no se le olvidara mantenerse pegado a él una vez iniciado El Espectáculo.
El Espectáculo, pensó, como lo llaman en la lengua de los pilotos de combate. Jamás
había imaginado que algún día volvería a utilizar esa jerga, sintiendo bullir su sangre en
las venas mientras procuraba no perder de vista un millón de detalles, incluidos sus
aliados, sus enemigos y su propia nave. Y siempre con el riesgo de que cualquier fallo lo
eliminara para siempre de El Espectáculo.
Además, El Espectáculo era un campo reservado a la juventud. Un caza - bombardero
podía llevar sólo una cantidad limitada de equipo de compensación gravitatoria, lo
suficiente para aminorar la simple tracción lineal y alcanzar un blanco o salir huyendo a
toda prisa, pero no lo bastante para compensar el castigo que suponían las ajustadas
maniobras y las aceleraciones repentinas. El combate cara a cara seguía siendo el
terreno de prueba idóneo para los reflejos, la capacidad de resistencia y la coordinación
de la juventud.
En otro tiempo, Han había vivido, comido y dormido en un ambiente de vuelo a gran
velocidad. Se había entrenado bajo el mando de hombres que prácticamente no
pensaban en otra cosa. Incluso sus momentos de permiso giraban en torno a la
coordinación de las manos y la vista, el control, el equilibrio. Era capaz de ponerse cabeza
abajo borracho y jugar al tiro al aro, y los otros solían arrojarle al aire sobre una manta con
un puñado de dardos en una mano y él daba una voltereta en el aire y acertaba en el
centro de la diana una y otra vez. Había pilotado naves como aquélla y otras bastante
más veloces, y había efectuado todas las maniobras concebibles con ellas.
En otro tiempo. Han no era viejo ni mucho menos, pero llevaba una larga temporada
sin participar en aquel tipo concreto de enfrentamientos. La flotilla de Headhunters
empezaba a alinearse en una formación de elementos de dos naves y Han comprobó que
su pulso había recuperado su firmeza.
Plegaron las alas de sus naves hacia atrás a fin de minimizar la resistencia - la
curvatura del ala se ajustaba automáticamente - y se elevaron con fuerte empuje. Se
enfrentarían con sus contrincantes al borde del espacio.
- Jefe de Headhunters a escuadrilla - anunció Han a través de la red de
comunicaciones -. Comprobación de comunicaciones.
- Headhunter Dos a Jefe, en contacto - respondió la voz del piloto de flanco de Han.
- Headhunter Tres, comprobado - canturreó la clara voz de contralto de Jessa.
- Headhunter Cuatro, todo en orden.
El que acababa de hablar era el piloto de flanco de Jessa, el humanoide de piel
cenicienta oriundo de Lafra que, según había podido observar Han, presentaba vestigios
de membranas voladoras, indicio de que poseía instintos de vuelo superiores y un
aguzado sentido de las relaciones espaciales. El lafrario, según había sabido luego, tenía
más de cuatro minutos de experiencia de combate en su haber, lo cual constituía una
buena señal. Muchos pilotos de combate quedaban eliminados en el primer minuto o poco
más.
Los Headhunters Cinco y Seis se sumaron al coro, los pilotaban dos engrasadores de
Jessa, unos hermanos muy unidos. Había sido inevitable dejarles formar pareja; tenían
tendencia a no separarse nunca y silos hubieran aparejado con otro piloto, se habrían
distraído de todos modos.
Finalmente llegó la voz del control de tierra.
- Flotilla de Headhunters, su contrincante entrará en su campo visual en el espacio de
dos minutos.
Han ordenó a la escuadrilla que ajustaran su desastrada formación.
- Volad siempre en parejas. Si los bandidos ofrecen un ataque frontal, aceptad el
desafío; podéis arremeter con tanta fuerza como ellos.
Prefirió callarse que, sin embargo, el otro bando poesía mayor alcance de tiro.
Hizo permanecer en la retaguardia a los cazas Cinco y Seis, los dos hermanos, para
marcar a cualquier enemigo que lograra romper su línea defensiva. Los dos elementos
restantes se abrieron hasta donde les era posible sin correr el riesgo de quedar
separados.
Sus sensores y los de las naves que se aproximaban se identificaron mutuamente y
complicadas contramedidas y sistemas de distorsión se pusieron inmediatamente en
marcha. Han sabía que el encuentro se desarrollaría sobre coordenadas visuales; todo el
complicado aparato de guerra de sensores tendía a anularse mutuamente y no se podía
confiar en él.
Las pantallas de corta distancia mostraron cuatro destellos.
- Conectad las pantallas de vuelo vertical - ordenó Han y todos conectaron sus
holografías.
Proyecciones transparentes de todo su instrumental colgaban frente a sus ojos en la
burbuja de la carlinga, permitiéndoles comprobar todos los datos de vuelo sin necesidad
de desviar las miradas ni la atención de la tarea de pilotar la nave.
- ¡Ahí vienen! - exclamó alguien -. ¡Coordenada uno-cero-guión-dos-cinco!
Las naves enemigas eran destructores de alcance intermedio como ellos temían, con
fuselajes bulbosos y el característico motor compacto propio de los diseños militares más
modernos. Eran prototipos. Con perfecta precisión, y bajo la atenta mirada de Han, los
atacantes rompieron filas, en dos elementos de dos naves cada uno.
- ¡Separación en elementos! - ordenó Han ¡A por ellos!
Condujo a su piloto de flanco hacia estribor para salir al encuentro de la pareja de
destructores que avanzaban por aquel lado, mientras Jessa y su humanoide cubrían el
lado de babor.
La red de comunicaciones se llenó de gritos de advertencia. Los pilotos de la Espo
habían renunciado a emplear tácticas de diversión y se habían lanzado al ataque frontal,
indicando que estaban dispuestos a salpicar de sangre las paredes. Debían de tener
orden de castigar a los técnicos clandestinos con toda la dureza posible, pensó Han.
Los destructores IRD empezaron a disparar al limite de su distancia de tiro con
destellos amarillo verdosos del cañón de energía que llevaban en la vaina suspendida
bajo el morro. Los escudos desviadores estaban levantados. Han apretó los dientes, con
la mano firmemente cerrada sobre la barra de control, conteniéndose para no disparar
hasta que pudiera obtener algún resultado positivo. Resistió el impulso de volverse a
comprobar cómo le iban las cosas a su otro elemento; de momento, cada par de naves
debían valerse por sí mismas. Su única esperanza era que todos se mantuvieran unidos,
pues el piloto que se extraviaba en una pelea como aquella, raras veces sobrevivía para
contarlo.
Han y el jefe del elemento contrario se colocaron en posición de combate y embistieron
uno contra otro, Sus pilotos de flanco se mantuvieron al margen, demasiado ocupados
manteniendo su posición y adaptándose a las maniobras de sus jefes para intentar
disparar por su cuenta.
Los rayos del destructor empezaron a dar en el blanco, sacudiendo al Headhunter, de
tamaño más reducido. Han se situó a distancia de tiro y siguió reteniendo su fuego; intuía
las intenciones de aquel tipo.
Era posible que el piloto del destructor ni siquiera conociera con certeza la distancia de
tiro del viejo Z-95, pero Han sospechaba cuál sería la reacción del hombre en cuanto él
empezara a devolverle el fuego.
Procurando mantener el curso del tambaleante Headhunter entre la granizada de
disparos, intentó ganar todo el tiempo posible, rogando que sus escudos desviadores
resistieran.
Aguantó tanto como se atrevió, sólo unos segundos adicionales, que sin embargo
representaban un tiempo precioso y una distancia vital. Han soltó una rápida ráfaga.
Como sospechaba, el enemigo no abrigaba la más mínima intención de prolongar el
enfrentamiento hasta el final. El destructor dio media vuelta, sin dejar de disparar, y Han
tuvo la oportunidad que había estado esperando: la de hacer fuego a corta distancia. Pero
el destructor pasó por su punto de mira como una exhalación y, aun cuando había dado
en el blanco, Han comprendió que no le había causado ningún daño. Las naves de la
Autoridad eran todavía más veloces de lo que él suponía.
Después todo se volvió en su contra pues, contradiciendo todas las lecciones teóricas,
los destructores de la Espo se separaron y el piloto de flanco se retiró por el costado
inclinándose bruscamente. El piloto de flanco de Han salió en su persecución,
exclamando excitado:
- ¡Es mío!
Han le gritó que volviera y no destruyera la seguridad que representaba el elemento de
dos naves.
El jefe de los destructores se deslizó bajo la nave de Han. Éste comprendió
perfectamente el significado de tal maniobra; era casi seguro que describiría un medio rizo
y viraría intentando situarse a su cola, la posición adecuada para tirar a matar. Lo que
Han debería haber hecho, con su lento Headhunter, era apretar el gas a fondo y huir al
espacio abierto hasta Poder hacerse una idea clara de la situación. Pero las palabras que
acababan de intercambiar Jessa y su piloto de flanco le indicaron que la otra pareja de
destructores de la Espo también se había separado, induciéndoles a abandonar su vuelo
coordinado.
Han hizo virar su Headhunter apuntando la proa hacia arriba y forzando al máximo sus
posibilidades en un intento de visualizar toda la situación al mismo tiempo, mientras
seguía gritándole a su piloto de flanco: - ¡No te separes de mí! ¡Es una trampa!
Pero el otro ignoró su advertencia.
El jefe de los destructores, sobre el que había disparado antes, no viró en redondo.
Toda la estrategia de los atacantes para romper la formación de los defensores quedó al
fin perfectamente clara, cuando ya era demasiado tarde. El jefe de los destructores
describió otro medio rizo y volvió sobre sus pasos para situarse a la cola del piloto de
flanco de Han. El otro destructor, el reclamo, ya había emprendido la carrera en dirección
al elemento de refuerzo, los Headhunters Cinco y Seis. Uno de los destructores a los que
se había enfrentado Jessa vino a unirse al anterior formando un nuevo elemento de dos
naves.
Los Espos habían jugado con la probabilidad de que los inexpertos técnicos
clandestinos rompieran la formación, se dijo Han. Si no nos hubiéramos separado los
habríamos hecho papilla.
- Jess, maldición, nos han limpiado - exclamó dando medía vuelta.
Pero Jessa tenía sus propias dificultades. Al separarse de su piloto de flanco, un
destructor había tenido la oportunidad de pegarse a su cola.
Han observó que su propio piloto de flanco estaba en apuros, pero comprendió que
simplemente no podía moverse con la velocidad suficiente para intervenir. El jefe de los
destructores se pegó al Headhunter en posición de matar y el delgaducho joven técnico
clandestino empezó a suplicar:
- ¡Que alguien me ayude, por favor! ¡Quítenmelo de encima!
Aunque no estaba a distancia de tiro ni mucho menos, Han disparó de todos modos,
con la esperanza de distraer la atención del jefe de los destructores.
Pero el enemigo se mantuvo firme y no perdió de vista su objetivo. Aguardó a tener el
Headhunter perfectamente alineado y luego apretó el botón del disparador que llevaba
acoplado a sus palancas de mando en una breve ráfaga concentrada. Un rayo amarillo -
verdoso dio de lleno en el Z-95 y el viejo caza se desvaneció en una nube de gases y
chatarra al rojo blanco.
En aquellas circunstancias lo que Han debería haber hecho era reunir el resto de sus
naves en una cuerda o círculo oscilante que les permitiera protegerse mutuamente. Sin
embargo, se lanzó en persecución del destructor victorioso, todavía susurrando
obscenidades para sus adentros, mientras se decía: «Nadie me roba un piloto de flanco
de este modo, amigo. Nadie.» De pronto cayó en la cuenta de que ni siquiera sabia el
nombre del muchacho larguirucho.
El piloto de flanco de Jessa, el lafrariano, exclamó:
- ¡Movimiento de tijera a la derecha, Headhunter Tres! ¡Movimiento de tijera!
Jessa se escabulló por la derecha en medio de un tumulto de maniobras evasivas
mientras chorros de destrucción intentaban detenerla. Aumentó al máximo la velocidad,
mientras su piloto de flanco salía perpendicularmente a su encuentro, frenando su propia
marcha al mismo tiempo a fin de conseguir que Jessa y su perseguidor cruzaran su
vector. El lafrariano se situó tranquilamente en posición de matar, aceleró y abrió fuego.
Líneas de rojo fuego del cañón destructor brotaron de las alas replegadas del
Headhunter. La nave atacante se estremeció mientras iba perdiendo distintas piezas de
su fuselaje, desgajadas por los disparos.
Se escuchó una explosión y el maltrecho destructor empezó a tambalearse impotente,
como si arrastrara un ala rota. No tardó en iniciar su larga caída hasta la superficie del
planeta, sentenciado a muerte por el simple efecto de la gravedad.
Mucho más abajo, los Headhunters Cinco y Seis, los dos hermanos, habían iniciado el
combate frente a frente con los destructores que habían logrado colarse. A lo lejos, Han
Solo y el jefe de la escuadrilla de destructores danzaban en círculos, uniéndose y
separándose al compás de las permutaciones del combate a corta distancia,
imprecándose mutuamente con rayos de destrucción rojos y verdes.
Pero Jessa no había olvidado cuál era su interés prioritario, y el Cinco y el Seis eran
sus pilotos más inexpertos. Tal como estaban las cosas, ya habían empezado a pedir
socorro. Ella y su piloto de flanco humanoide cerraron filas y acudieron veloces a
incorporarse a la refriega.
Un atacante se había pegado a la cola del Headhunter Cinco, castigándole sin piedad,
mientras se las arreglaba para mantener su posición en medio de todos los enloquecidos
virajes y maniobras de evasión, negándose a abandonar su presa. El técnico clandestino
levantó su palanca de mando hasta el extremo superior intentando escabullirse, pero su
maniobra resultó demasiado lenta. Los rayos del destructor cercenaron su nave,
destruyendo la cámara de presión y cortando el cuerpo del piloto a la altura de la cintura.
El destructor se volvió entonces contra el segundo hermano, el Headhunter Seis,
mientras su compañero se lanzaba en picado hacia el planeta y su base clandestina.
En aquel preciso instante aparecieron Jessa y el lafrariano e instaron al Headhunter
Seis a ponerse bajo la protección de sus naves.
- ¡No puedo; estoy prisionero! - respondió el hombre.
El destructor que había permanecido al acecho acababa de abandonar un suave
movimiento de descenso en espiral y se había pegado a él. El piloto de flanco de Jessa se
lanzó directamente en su ayuda y la muchacha le siguió a corta distancia. La cuerda
deslizante y corcoveante formada por las cuatro naves empezó a descender hacia la
superficie del planeta.
El destructor se decidió a tirar a matar segundos más tarde. El Headhunter Seis saltó
hecho trizas en un surtidor de fuego y chatarra en el momento mismo en que su verdugo
empezaba a recibir los disparos del lafrariano.
El piloto de la Espo aumentó todavía más la sorprendente velocidad de su nave, a fin
de ganar ventaja y elevarse como si se dispusiera a ejecutar un rizo y desconcertar así al
lafrariano. Pero, en vez de completar la maniobra, el destructor cambió de rumbo en un
viraje vertiginoso, ladeó su nave y todavía consiguió efectuar un disparo de diversión.
El cañón del destructor dió en el blanco y el Headhunter del piloto de flanco de Jessa
se tambaleó, mientras ella daba un grito de alarma, abriéndose en tijera tan rápidamente
como pudo. La muchacha ladeó el Headhunter e intuyó la proximidad de una sombra.
El destructor la pasó rozando, lanzado en picado.
Jessa viró bruscamente y disparó de manera instintiva contra el enemigo. La ráfaga dio
en el blanco y consiguió penetrar los escudos protectores del destructor. La nave de la
Espo empezó a descender utilizando sus motores de emergencia, mientras el piloto
intentaba ajustar el desequilibrio en el impulso de su máquina y evitar el desastre.
Desoyendo las instrucciones de Han que les había ordenado perseguir a su presa hasta
el final, Jessa volvió atrás a ver si todavía podía hacer algo para ayudar a su piloto de
flanco.
Su intervención no podía ser de ninguna utilidad.
La nave del lafrariano estaba dañada, pero no corría peligro de estrellarse. El
humanoide había iniciado un lento movimiento de planeo, extendiendo las alas al máximo.
- ¿Podrás arreglártelas?
- Sí, Jessa. Pero al menos un destructor ha conseguido abrirse paso y el otro todavía
puede ingeniárselas para reunírsele.
- Sigue descendiendo con cuidado. Yo tengo trabajo ahí abajo.
- ¡Buena cacería!
La muchacha puso sus motores al máximo en una bajada en picado a plena marcha.
Han descubrió en el acto que el jefe de la escuadrilla de destructores era un buen
piloto.
Para hacer este hallazgo estuvo en un tris de que le volaran la tumbona debajo de las
posaderas y lo dejaran sentado en el aire.
El piloto de la Espo era experimentado, apuntaba bien sus armas y maniobraba con
destreza. Él y Han no tardaron en enzarzarse en una estrecha batalla, describiendo
círculos y embistiéndose en un trazado de hoja de trébol, con la ventaja alternativamente
de uno y otro lado. Giraban sobre sí mismo, trazaban rizos, haciendo todo lo posible por
interponerse en los virajes del otro, entrando y saliendo veloces de las miras de las
ametralladoras del otro, una y otra vez, sin dar ni un segundo de reposo a sus palancas
de mando.
Por tercera vez, Han se sacudió de encima al destructor, aprovechando la mayor
capacidad de maniobra de su Headhunter frente a la superior velocidad del destructor.
Observó al piloto de la Espo que intentaba darle alcance nuevamente.
- Debes de ser el campeón local, ¿eh?
El destructor se lanzó nuevamente contra él.
- Adelante, tío. Veamos hasta dónde eres capaz de llegar.
Han empezó a bajar haciendo eses, adentrándose en la atmósfera del planeta,
mientras el destructor se pegaba a su cola, ganando terreno durante el descenso, pero sin
conseguir mantener al Headhunter en su punto de mira. Han se elevó bruscamente, hizo
virar su nave trazando medio rizo, volteó y se lanzó en un descenso en tonel, trazando
otro rizo para salir de su movimiento combinado en dirección contraria.
Fuertes cañonazos pasaron rozando la burbuja de la carlinga, muy próximos a dar en el
blanco. Este espo es un auténtico experto en encerronas, pensó Han. Pero todavía tenía
que aprender un par de cosas.
La lección aún no había terminado.
Llevó la vara de control hasta el extremo e inició un picado a plena marcha. El
destructor le siguió pero no pudo llegar a hacer puntería sobre él. Han forzó el Headhunter
al máximo, cabeceando y desviándose, seguido de cerca por el piloto de la Espo. Los
motores del viejo caza empezaron a lamentarse y cada partícula de la nave vibraba como
si deseara salir volando por su cuenta. Han forcejeaba con los mandos, atento al
momento en que aparecería en la pantalla suspendida la indicación que esperaba. Los
disparos del destructor iban haciéndose cada vez más precisos.
Entonces Han consiguió lo que buscaba. Empezó a abandonar su descenso en picado,
levantando lentamente la proa y desafiando con recelo el disparo por la cola que podía
poner fin a todos sus problemas y esperanzas.
Pero el piloto del destructor prefirió esperar para no desperdiciar la oportunidad,
aguardando que el Headhunter se dibujara de cuerpo entero con las alas desplegadas
sobre la mira de su ametralladora. No hay duda, quiere hace - un disparo perfecto, se dijo
Han.
Inició un brusco viraje mientras el destructor se alineaba, siguiéndole en su maniobra.
Intentando conseguir un margen de ventaja, Han cerró más el viraje, y luego todavía otro
poco más. Pero el piloto del destructor seguía empecinadamente pegado a él, decidido a
poner fin a la frustrante cacería y reivindicar el puesto de mejor piloto.
Y entonces, por fin, Han cerró el viraje a menos de noventa grados, lo que había
estado buscando desde el principio. El espo no había prestado suficiente atención a las
indicaciones de su altímetro y la mayor densidad del aire empezaba a actuar en
desventaja del destructor, mermando sus posibilidades de maniobra.
Era incapaz de mantener un viraje tan cerrado.
Y en el momento mismo en que el destructor interrumpió su persecución, Han,
haciendo gala del instinto que le había dado fama de telépata, invirtió el sentido de la
marcha y puso a su Headhunter en un curso vertical. El destructor estaba suficientemente
próximo. Han disparó una ráfaga sostenida y la nave atacante se convirtió en una nube
luminosa que empezó a escupir motitas incandescentes y fragmentos de chatarra en
todas direcciones.
Y, mientras su Headhunter sobrevolaba silbando la lluvia de despojos de su
contrincante, Han saludó burlón.
- ¡Feliz graduación, cretino!
El cuarto destructor había efectuado tres pasadas sobre la base clandestina,
bombardeándola con dureza. Los cañones defensivos de la base eran incapaces de
seguirlo; estaban pensados para acciones contra grandes naves y ataques masivos, no
para enfrentarse a los ágiles ataques en ángulo cerrado de un caza - bombardero.
El atacante había concentrado sus primeras bombas en la supresión de la artillería
antiaérea. La mayoría de los emplazamientos de los cañones hablan quedado callados.
Los cuerpos muertos o moribundos de los técnicos clandestinos jalonaban la base, que ya
tenía varios edificios dañados o en llamas.
Entonces apareció Jessa. Manteniendo la velocidad ganada en el descenso e
ignorando la posibilidad de perder en cualquier momento, arrancadas de cuajo, las alas
de su obstinado pequeño Headhunter, la muchacha se lanzó en pos del destructor en el
preciso momento en que éste acababa de sobrevolar la base por tercera vez. Aquellas
gentes de ahí abajo estaban bajo sus órdenes, estaban sufriendo y muriendo porque
habían trabajado para ella. Jessa estaba absolutamente decidida a no permitir que
sufrieran ningún bombardeo más.
Pero cuando se empezaba a colocar en posición para atacar al destructor, una
andanada de cañonazos le llovió desde arriba y la alcanzó ligeramente en el borde
exterior del ala de estribor. Otro destructor pasó zumbando por su lado con toda la
velocidad ganada en su propio descenso; era la nave que Jessa había creído inutilizada.
Sus disparos habían logrado atravesar sus escudos desviadores y habían estado a punto
de partirle el ala.
Sin embargo, Jessa mantuvo su posición, decidida a derribar al menos a uno de los
atacantes antes de que la derribaran a ella.
Entonces, el segundo destructor también se encontró convertido en un blanco. Han lo
tuvo por un instante en su punto de mira en un disparo lateral desviado. Han empezó a
hacer vibrar bruscamente la proa de su nave, sin parar de disparar contra el espo,
adelantándose a sus movimientos. Su osadía se vio recompensada; el destructor se
desvaneció en medio de una descarga de energía y metralla.
- ¡Sólo te queda el último, Jess! - le comunicó a la muchacha en medio de las
crepitaciones de la fuerza estática -. ¡Aplástalo!
Jessa tenía nuevamente a tiro el destructor. Disparó, pero sólo respondió el cañón de
babor; el daño sufrido por el ala de estribor la había dejado sin cañones. Su blanco se
encontraba ligeramente desplazado a estribor, de modo que erró el tiro.
El destructor inició una rápida huida, aprovechando la ventaja bruta de sus iones para
escurrirse por el lado de estribor. Una fracción de segundo más y conseguiría escapar.
Jessa efectuó un tonel rápido, se deslizó boca arriba en dirección a estribor y volvió a
disparar. Los cañones que aún le restaban lanzaron airados dedos rojos de destrucción y
tocaron su objetivo. El destructor se inflamó y cayó despedazado, envuelto en llamas.
- Buen disparo, muñeca - la felicitó Han a través de la red de comunicaciones.
El Headhunter de Jessa prosiguió su camino, con la carlinga colgando boca abajo,
próxima al nivel del suelo. Han apretó el gas a fondo y salió tras ella.
- Jess - le explicó entretanto -, en los círculos aeroespaciales, cuando una nave está en
tu posición, es que se halla cabeza abajo.
- ¡No puedo enderezarla! - exclamó Jessa con una nota de desesperación en la voz -.
Los disparos que he recibido deben de haber iniciado un incendio lento. ¡Mis mandos no
responden!
Han estaba a punto de decirle que apretara el botón de lanzamiento de emergencia,
pero se contuvo a tiempo. La muchacha estaba demasiado próxima a la superficie; su
asiento proyectable jamás tendría tiempo de enderezarse. Su nave estaba perdiendo
altura con gran rapidez. Sólo le quedaban algunos segundos.
Han se precipitó a su encuentro y acopló su velocidad a la de Jessa.
- Jess, prepárate para apretar el botón y salir cuando yo te dé la señal.
Jessa estaba desconcertada. ¿Qué querría decir con eso? Podía darse por muerta,
tanto si se estrellaba, como si salía proyectada. Sin embargo, se dispuso a hacer lo que él
le decía. Han introdujo suavemente el ala de su Headhunter bajo el ala invertida de la
nave de la muchacha. Ella comprendió su plan y sus pulmones se llenaron nuevamente
de aire.
- A las tres - le ordenó Han -. ¡A la una!
Al decir esto tocó con la punta de su ala la parte inferior de la de ella.
- ¡A las dos!
Ambos sintieron la sacudida del peligroso contacto, conscientes de que bastaría un
minúsculo error para hacerlos estallar en mil pedazos sobre la llana campiña.
Han rodó hacia la izquierda y el suelo que iba deslizándose a escasa distancia bajo la
cabeza colgante de Jessa pareció voltearse y desaparecer con el movimiento de rotación
que el Headhunter de Han imprimió a su nave. Han concluyó su rotación con redoblada
fuerza.
- ¡A las tres! ¡Aprieta ese botón, Jess!
Él mismo tenía dificultades para mantener bajo control su zarandeada nave.
Sin embargo, antes de que pudiera terminar la frase, la muchacha ya estaba fuera.
Descargas separadoras habían levantado y abierto hacia atrás la burbuja de su carlinga, y
su asiento proyectable - la tumbona - salió volando por los aires, lejos de la nave que
seguía cayendo. El Headhunter se estrelló contra la superficie del planeta, abriendo una
zanja rodeada de encendidos despojos sobre el suelo. El bombardero sería la última baja
de aquel día.
Jessa lo observó todo desde su asiento proyectable mientras sus unidades respulsoras
la sostenían en un suave descenso hasta el suelo sobre chorros de energía. A lo lejos,
alcanzó a distinguir a su piloto de flanco, el lafrariano, que preparaba su castigada nave
para el aterrizaje.
Han maniobró su Headhunter y describió un largo viraje, aflojando lentamente sus
retropropulsores hasta que entró en pérdida. Hizo descender su nave no muy lejos del
punto de aterrizaje de la muchacha, en el momento mismo en que Jessa tocaba el suelo.
La burbuja se abrió de golpe. Han se quitó el casco y saltó fuera del viejo bombardero.
Entretanto, ella ya se había liberado del arnés y se desprendía de su propio casco,
palpándose todo el cuerpo hasta que hubo comprobado que no había sufrido mayores
daños.
Han se le acercó en un par de saltos, mientras se despojaba de los guantes de vuelo.
- En mi nave hay espacio para dos, si nos apretamos un poco - ofreció burlón.
- Como que vivo y respiro - exclamó ella con mofa -, ¿por fin habremos visto a Han
Solo ejecutar una acción desinteresada? ¿Te estás volviendo blando? Quién sabe, puede
que algún día incluso llegues a adquirir unos ciertos principios morales, si te decides a
despertarte por fin y a recuperar el buen sentido.
Han se detuvo, desvanecido todo su entusiasmo. Se la quedó mirando fijamente un
momento y luego dijo: - Ya lo sé todo sobre los principios morales, Jess. Un amigo mío
tomó una decisión una vez, creyó estar haciendo lo moralmente justo. Y así era,
demonios. Pero lo habían engañado. Perdió su carrera, su chica, todo. Ese amigo mío
acabó allí, en posición de firmes, contemplando como le arrancaban los galones e
insignias de mando de la túnica. Los que no pedían que lo llevaran al paredón y lo
fusilaran, se reían a mandíbula batiente de él. Todo un planeta. Salió rápidamente de allí
en su nave y jamás regresó.
Ella observó que una fea expresión invadía su cara.
- ¿Y no hubo nadie dispuesto a declarar en favor... de tu amigo? - preguntó
suavemente.
Él rió con sorna.
- Su superior inmediato cometió perjurio contra él. Sólo un testigo declaró en su
defensa, ¿y quién va a creer en la palabra de un wookiee?
Han esquivó el siguiente comentario de Jessa dirigiendo la mirada hacia la base.
- Parece que el hangar principal ha quedado intacto. No te llevará mucho rato terminar
de poner a punto el Falcon y todavía te quedará tiempo para evacuar antes de que se
presenten los espos. Yo me pondré en marcha en cuanto terminemos. Los dos tenemos
cosas que hacer.
Jessa cerró un ojo y le miró de soslayo.
- Es una suerte que yo siempre haya sabido que eres un mercenario, Solo. Es una
suerte que supiera desde el principio que sólo accediste a pilotar ese Headhunter con
objeto de proteger él Falcon, no para salvar vidas. Y que me salvaste sólo para que
pudiera cumplir con mi parte de nuestro trato. Es una suerte que probablemente nunca
llegues a realizar ni una sola acción decente y desinteresada en tu vida y que todo lo
sucedido hoy se ajuste, de alguna tortuosa manera, a la codiciosa, retardada pauta de
conducta que te has trazado.
Han se la quedó mirando inquisitivamente.
- ¿Una suerte?
Jessa echó a andar hacia su caza - bombardero con aire fatigado.
- Una suerte para mí - le dijo por encima del hombro.
V
- ¿Qué dices, Bollux? ¡Deja ya de murmurar!
Han, que estaba sentado frente a Chewbacca junto al tablero de juego, lanzó una
mirada en dirección a una caja de embalaje situada en el extremo opuesto del salón de
proa del Millenium Falcon, sobre la cual se había sentado el viejo androide.
Contenedores, barriles de presión, latas recubiertas de material aislante y piezas de
recambio atestaban todo el espacio libre.
El wookiee, sentado en el diván de aceleración, con la mejilla apoyada en una enorme
garra, examinaba las piezas del juego holográfico. Tenía los ojos entrecerrados en
profunda concentración y su negro hocico se arrugaba de vez en cuando. Han le llevaba
dos piezas de ventaja y ahora estaba a punto de conseguir el empate. El piloto había
estado jugando bastante mal, incapaz de concentrarse, molesto y preocupado con las
complicaciones del viaje. El nuevo equipo de sensores y el platillo funcionaban
perfectamente y los técnicos clandestinos habían afinado muy bien todos los sistemas de
la nave espacial. Sin embargo, la mente de Han no podría reposar tranquila mientras su
querido Falcon continuara acoplado a la enorme barcaza, como un parásito en el buche
de un ave. Además, el trayecto les estaba tomando mucho más tiempo del que habría
precisado el Falcon solo, pues la barcaza no estaba diseñada para desplazarse a gran
velocidad.
Han podía escuchar el rugido amortiguado de los motores de la barcaza que vibraron al
otro lado de la cubierta del carguero haciendo temblar sus botas y las plantas de sus pies.
Detestaba esa barcaza, hubiera deseado poder deshacerse de ella y salir zumbando;
pero un trato, a fin de cuentas, era un trato.
Y como le había explicado Jessa, las gentes que debía recoger en Orron III se estaban
ocupando de conseguirle el Pase para el Falcon, de modo que le convenía cumplir con su
parte de lo pactado.
- No he dicho nada, señor - respondió educadamente Bollux -. El que hablaba era Max.
- ¿Qué ha dicho él entonces? - bufó Han.
Las dos máquinas en una a veces se comunicaban entre ellas por medio de
pulsaciones informativas de alta velocidad, pero en general parecían preferir la
conversación vocal.
Han siempre se ponía nervioso cuando el torso de Bollux estaba cerrado y la voz de la
diminuta computadora brotaba espectralmente de un punto invisible.
- Me ha comunicado que desearía que abriera mi armadura, capitán - respondió Bollux
con su hablar reposado -. ¿Puedo hacerlo?
Han, que había vuelto a concentrarse en el tablero de juego, advirtió que Chewbacca le
había tendido una astuta trampa. Con el dedo indecisamente suspendido sobre las teclas
de programación que controlaban las piezas, Han murmuró:
- Claro, claro, como quieras, por mí puedes dedicarte a agitar el aire si lo deseas,
Bollux.
Miró malhumorado al wookiee, comprendiendo que la trampa no tenía escapatoria.
Chewbacca echó la cabeza hacia atrás agitando su melena castaño rojiza y bufó con una
carcajada atronadora, exhibiendo un par de prominentes colmillos.
El torso de Bollux se abrió y el aire, al escapar, produjo un suave silbido - su coraza
estaba herméticamente cerrada, aislada y construida a prueba de golpes -, mientras el
androide obrero separaba hacia atrás los largos brazos. El monóculo de Max Azul cobró
vida y se posó en el tablero de juego en el momento preciso en que Han apretaba la tecla
para ejecutar su próxima jugada. Su pieza. un monstruo tridimensional en miniatura se
enzarzó en una batalla con una de las de Chewie. Pero Han habla calculado mal los
sutiles parámetros de ventajas y desventajas de las dos piezas. La bestia simulada del
wookiee ganó el breve combate. La pieza de Han se esfumó en el vacío de las entrañas
de la computadora de donde había salido.
- Debería haber usado la segunda defensa de Ilthmar - sugirió alegremente Max Azul.
Han se volvió bruscamente con una mirada asesina, suyo significado quedó claro
incluso para el precoz Max, el cual se apresuró a añadir: Sólo intentaba ayudarle, señor.
- Max Azul es muy nuevo y muy joven, capitán - suplicó Bollux, intentando aplacar a
Han -. Le he enseñado algunas cosas sobre el juego del tablero, pero todavía no conoce
demasiado bien la susceptibilidad humana.
- ¿En serio? - preguntó Han, fingiendo estar fascinado -. ¿Conque tú le has estado
enseñando, señor Pico y Pala?
- Así es - balbuceó Max -. Bollux ha estado en todas partes. Nos pasamos las horas
sentados charlando y él me habla de los lugares que ha conocido.
Han apretó con un manotazo la tecla maestra del tablero de juego, eliminando de un
plumazo todos sus holobestias derrotadas y también las piezas victoriosas de
Chewbacca.
- ¿En serio? Vaya, vaya, debe de ser toda una educación: Profundas zanjas he cavado
- Diario de un viajero transgaláctico.
- Me activaron en los grandes astilleros espaciales de Fondor - respondió Bollux,
arrastrando las palabras como era habitual en él -. Luego estuve trabajando una
temporada con un equipo Alfa de prospecciones planetarias, y después con un equipo de
construcción especializado en sistemas de control climatológico. Estuve empleado como
peón para todo en el Zoológico ambulante de Gan Jan Rue y después fui auxiliar de
mantenimiento en las Fundiciones de Trigdale. Y todavía he hecho muchas otras cosas.
Pero paulatinamente, uno tras otro, todos los empleos han sido ocupados por modelos
más modernos. Me sometí voluntariamente a todas las modificaciones y
reprogramaciones a mi alcance, pero al fin llegó un momento en que simplemente me fue
imposible competir con los nuevos androides más capacitados.
Han, que empezaba a interesarse a pesar suyo, preguntó:
- ¿Cómo llegó a seleccionarte Jessa para este viaje?
- No fue ella quien me escogió, señor; yo solicité el puesto. Oí decir que pensaban
seleccionar a un androide del fondo general de obreros para efectuarle una modificación
no especificada. Yo me encontraba allí, después de ser adquirido en una subasta libre.
Conque me presenté ante ella y le ofrecí mis servicios.
Han ahogó una risa.
- Y te extirparon parte de tus entrañas, redistribuyeron el resto y te metieron esa
alcancía dentro.
- ¡Vaya negocio!
- La situación tiene sus desventajas, señor. Pero me ha permitido continuar
funcionando a un nivel relativamente elevado de actividad. Posiblemente habrían podido
encontrar alguna ocupación secundaria para ml en otro sitio, capitán, aunque sólo fuera
apaleando subproductos biológicos en un mundo no tecnificado, pero al menos he
conseguido evitar la obsolescencia durante una temporada.
Han se quedó mirando al androide con los ojos muy abiertos, preguntándose si sus
circuitos habrían enloquecido.
- ¿Y qué, Bollux? ¿Acaso has ganado algo con eso? No eres dueño de tus propios
actos. Ni siquiera puedes escoger tu nombre; tienes que reprogramarte para responder al
nombre que quiera darte tu nuevo propietario, y «Bollux» es una broma. Al fin, acabará
llegando un momento en que ya no servirás para nada y entonces irás a parar a la Ciudad
de la Chatarra.
Chewbacca estaba escuchando muy interesado la conversación. Era mucho más viejo
que cualquier humano y vela las cosas bajo un prisma distinto que un hombre... o un
androide. El hablar pausado de Bollux, dio una apariencia de serenidad a su respuesta.
- Para un androide, señores - declaró -, la obsolescencia viene a representar
aproximadamente lo mismo que la muerte para un humano, o un wookiee. Es el fin de
todo funcionamiento, lo cual equivale a la pérdida de toda significación. En consecuencia,
es algo que se debe intentar evitar a toda costa; eso opino yo por lo menos, capitán. A fin
de cuentas, ¿qué valor tiene la existencia sin una finalidad?
Han se levantó bruscamente, furioso sin saber exactamente por qué, excepto que se
sentía como un imbécil por mantener esa discusión con un androide destinado al montón
de chatarra. Decidió decirle claramente a Bollux que tenía esa cabezota de viejo androide
obrero llena de extravagantes fantasías.
- Bollux, ¿sabes lo que eres?
- Si, señor, soy un contrabandista, señor - respondió prontamente Bollux.
Han, confundido, se quedó mirando un instante al androide con la boca muy abierta,
desconcertado por la respuesta. Incluso un androide obrero debería ser capaz de
reconocer una pregunta retórica, se dijo.
- ¿Cómo has dicho?
- He dicho «Sí, señor, soy un contrabandista, señor» - repitió Bollux -, igual como usted.
Alguien que se dedica a la importación o exportación ilegal de... - su índice de metal
señaló a Max Azul, cómodamente instalado en su tórax -... bienes ocultos.
Chewbacca se agarró el estómago con ambas garras y rodó sobre el diván de
aceleración riendo con histéricos gruñidos mientras agitaba las piernas en el aire.
Han perdió los estribos.
- ¡Cierra...! - le gritó al androide.
Sin dejarle terminar la frase, el androide, con la curiosa literalidad que lo caracterizaba,
cerró obedientemente las planchas de su tórax. Chewbacca estaba a punto de ahogarse
de risa; sus ojos, fuertemente cerrados, empezaron a llenarse de lágrimas. Han miró a su
alrededor buscando una llave inglesa o un martillo, o algún otro instrumento tecnológico
de destrucción, decidido a no permitir que ningún androide se burlara de él y sobreviviera
para contarlo. Pero justo en aquel momento, el navicomputador inició un bip-bip de alerta.
Han y Chewbacca corrieron en el acto hacia la carlinga, el wookiee sujetándose todavía la
cintura con ambas manos, y se dispusieron a entrar otra vez en el espacio normal.
El tedioso viaje hasta Orron III había alterado sus nervios; tanto el piloto como el
copiloto vieron reaparecer con agradecimiento las estrellas que indicaban que habían
salido del hiperespacio, aunque en el acto se inició un fuerte balanceo del gigantesco
casco de la barcaza. El casco ovoide formaba una gran protuberancia bajo sus pies, una
vieja lata flotante con la fuerza motriz mínima. Los técnicos de Jessa habían efectuado su
camuflaje de manera que la carlinga del Falcon conservara la mayor parte de su campo
visual.
Han y Chewbacca se abstuvieron de tocar los controles de la nave, dejando la tarea de
pilotaría en manos de la computadora, fieles a su apariencia de barcaza automatizada.
Los mecanismos automáticos aceptaron sus instrucciones de aterrizaje y la nave
compuesta inició su poco airoso descenso a través de la atmósfera.
Orron III era un planeta generoso para el hombre, la inclinación de su eje era
despreciable; sus estaciones eran estables y permitían obtener abundantes cosechas en
casi todas sus latitudes y, por añadidura, su suelo era rico y fértil. La Autoridad había
reconocido las potencialidades del planeta como productor de alimentos y sin pérdida de
tiempo hablan empezado a aprovechar su perpetua estación de cosecha.
Y toda vez que en el planeta había recursos más que adecuados y espacio suficiente, y
que poseía una buena localización estratégica, optaron por construir también un Centro
de almacenamiento de datos, lo cual les permitía simplificar las operaciones de
mantenimiento y defensa de ambas actividades.
Orron III era un lugar de indiscutible belleza, surcado por franjas y collares de blancos
sistemas nubosos, que resaltaban los suaves verdes y azules de una abundante vida
vegetal y de los amplios océanos. Durante el descenso, Han y Chewbacca tomaron varias
lecturas con los sensores, en busca de las coordenadas de las distintas instalaciones de
la Autoridad.
- ¿Qué ha sido eso? - preguntó Han, inclinándose hacia delante para examinar más
detenidamente sus instrumentos.
El wookiee gruñó dubitativo.
- Por un instante me ha parecido percibir algo, un destello en una lenta órbita
transpolar, pero, o bien ha desaparecido tras el horizonte del planeta, o ya estamos
demasiados bajos para poder captarlo. O ambas cosas.
Le estuvo dando vueltas unos instantes, luego se obligó firmemente a no adelantarse a
las dificultades; que hubiera o no una nave de vigilancia no variaría para nada la situación.
El relieve del terreno empezó a concretarse en un paisaje de suaves colinas,
rigurosamente dividido en las enormes parcelas de los distintos campos de cultivo. Las
diversas tonalidades de estos campos reflejaban una amplia gama de cosechas en
diversos estados de maduración. En un gran mundo agrícola, la siembra, el crecimiento y
la cosecha debían realizarse siguiendo un sistema rotatorio, a fin de lograr una utilización
óptima del material de equipo y la fuerza de trabajo.
Finalmente consiguieron vislumbrar el espaciopuerto, una amplia franja de aterrizaje de
varios kilómetros de ancho adaptada a las inmensas proporciones de las grandes
barcazas-robot. La zona principal del puerto, donde se hallaban las naves de la flota de la
Autoridad, ocupaba sólo un pequeño rincón de las instalaciones, aun incluyendo sus
edificios de comunicaciones y las unidades de vivienda. La mayor parte del terreno era un
simple fondeadero para las barcazas, muelles de proporciones abismáticas donde las
grúas de mantenimiento podían llegar fácilmente hasta ellas para efectuar las tareas de
reparación y los pesados silos móviles podían efectuar las operaciones de carga,
ayudados por la acción de la gravedad. Un constante flujo de transportadores de
mercancías, cargueros de superficie adaptados a los desplazamientos sobre tierra,
llegaban hasta el puerto a través de rutas de acceso especialmente diseñadas,
descargaban los productos alimentarios que transportaban en los silos y se marchaban
por donde habían venido, en busca de la cosecha que estuviera recogiéndose en aquel
momento.
La falsa barcaza con el Falcon en sus entrañas se situó sobre el muelle que le habían
asignado, entre centenares de otras barcazas iguales que ocupaban el campo de
aterrizaje. No tardaron en tocar tierra y las computadoras interrumpieron su cháchara.
Han Solo y Chewbacca dieron una última mirada al pupitre de mandos y salieron de la
carlinga. Cuando entraron en el salón de proa, Bollux levantó los ojos hacia ellos.
- ¿Desembarcamos ya, señores?
- No - respondió Han -. Jessa dijo que las gentes que debemos recoger ya se
encargarían de localizarnos.
El wookiee se dirigió a la compuerta principal y la activó. La escotilla se levantó
enrollándose y la rampa empezó a descender, pero no dejó entrar la luz ni el aire de la
atmósfera de Orron III; el casco de la barcaza que les servía de camuflaje estaba
diseñado de manera que la mayor parte de la superestructura del Falcon quedaba
cubierta y habían instalado una segunda escotilla provisional exterior justo al final de la
rampa.
Acababan de bajar la rampa cuando se escuchó un golpe metálico sobre el casco
exterior. El wookiee gruñó preocupado y la mano de Han se hundió en su cinto para
reaparecer empuñando su revólver. Cuando comprobó que su compañero estaba
preparado, Chewbacca apretó el botón que abrirla la compuerta exterior.
De pie al otro lado apareció un hombre de incongruente apariencia. Vestía el vulgar
mono verde de los trabajadores portuarios y llevaba un cinturón de herramientas en torno
a las caderas. Sin embargo, toda su persona irradiaba un aura distinta, sin ninguna
relación con la apariencia de un técnico contratado. Era evidente que era oriundo de un
mundo donde el sol brillaba abundantemente, pues tenía la piel tan oscura que su color
negro resultaba casi azulado.
Era media cabeza más alto que Han, sus anchas espaldas amenazaban con reventar
las costuras de su mono de serie y su cuerpo traslucía una abundante energía que sólo
aguardaba el momento propicio. Sin embargo, pese a la enorme y abrumadora dignidad
que se desprendía de él, sus ojos negros centelleaban con una viva chispa de humor.
- Me llamo Rekkon - anunció de inmediato.
Sus ojos miraban con franqueza y, aunque habló en tono moderado, su voz resonó en
el aire, densa y bien modulada. Se enfundó otra vez en el cinto la pesada llave inglesa
con que había golpeado la escotilla.
- ¿Alguno de ustedes es el capitán Solo?
Chewbacca señaló a su compañero, que acababa de descender un par de pasos por la
rampa. El wookiee ululó algo en su propia lengua. Rekkon rió y - con gran sorpresa de
todos - rugió una amable respuesta en wookiee. Poquísimos humanos eran ni siquiera
capaces de comprender la lengua de los gigantes humanoides; menos aún poseían el
timbre y la potencia de voz necesarios para hablarla. Chewbacca dio rienda suelta a su
satisfacción con un ensordecedor aullido y palmeó el hombro de Rekkon, ofreciéndole una
gran sonrisa.
- Bien, si habéis concluido el canto comunitario - les interrumpió Han, quitándose los
guantes -, voy a presentarme. Soy Han Solo. ¿Cuándo partimos?
Rekkon le observó abiertamente, sin abandonar el aura de jovialidad que rodeaba su
cara.
- Yo también quisiera zarpar lo más pronto posible, capitán Solo. Pero antes debemos
efectuar una breve visita al Centro, para seleccionar los datos que necesito y recoger a
los restantes miembros de mi grupo.
Han se volvió hacia el extremo superior de la rampa, donde BolIux había permanecido
a la espera y le indicó que se acercara.
- En marcha, viejo. Ahora empieza tu trabajo.
Bollux, con las planchas del tórax nuevamente cerradas, descendió por la rampa con
un claqueteo metálico, tan rígido como de costumbre. Durante el viaje, les había explicado
que su extraño modo de andar se debía a un sistema de suspensión ultrarresistente que
le habían incorporado en algún momento de su larga carrera.
Rekkon les alargó dos tarjetas de identidad, una para Han y otra para Chewbacca,
unos brillantes rectángulos rojos con los códigos de identificación estampados en blanco
sobre ellos.
- Tarjetas de identidad temporales - les explicó -. Si alguien os hace preguntas,
responded que tenéis un contrato de corta duración como ayudantes técnicos de quinta
clase.
- ¿Nosotros? - farfulló Han -. Nosotros no iremos a ninguna parte, amigo. Llévate al
androide, reúne a tu grupo y lo que sea que quieras llevarte y vuelve aquí. Nosotros
mantendremos calientes los motores.
La sonrisa de Rekkon seguía siendo deslumbrante.
- ¿Y qué haréis cuando se presente el equipo de descontaminación? Irradiarán toda la
barcaza, incluida vuestra nave, para asegurarse de que ningún parásito pueda
alimentarse a costa del cargamento. Evidentemente, podríais conectar los escudos
desviadores, pero sin duda los sensores del puerto no dejarían de notarlo.
Los dos compañeros intercambiaron una mirada dubitativa. Era cierto que el
tratamiento de descontaminación podía considerarse un procedimiento normal y que la
presencia de un hombre y un wookiee en la zona de aterrizaje mientras el equipo
realizaba su trabajo seguramente despertaría curiosidad.
- Y hay otra cuestión - siguió diciendo Rekkon -. El Pase para vuestra nave y los falsos
códigos de identificación; también me encargaré de conseguirlos en el Centro. Y puesto
que los dos estáis interesados en ello, he pensado que os gustaría acompañarme.
A Han empezó a hacérsele agua la boca al pensar en el Pase, pero las antesalas del
poder siempre le causaban escalofríos y ese Centro de Datos de la Autoridad era
exactamente eso. Su innata cautela se puso en acción.
- ¿Por qué deseas que te acompañemos en esta parte del viaje? ¿Qué es lo que te
estás callando?
- Tienes razón, existen otros motivos - respondió Rekkon -, pero en cualquier caso,
considero preferible, tanto para vosotros como para mí, que me acompañéis. Os estaré
profundamente agradecido si así lo hacéis.
Han miró fijamente al alto hombre negro, pensando en el Pase y la inevitable presencia
del equipo de descontaminación.
- Tráeme una bolsa de herramientas, Chewie - dijo.
Se desabrochó la pistolera, comprendiendo que no podía pasearse armado por una
zona de alta seguridad. Chewbacca regresó con la bolsa y su ballesta. Ambos dejaron
caer sus armas en la bolsa de herramientas y el wookiee se la colgó al hombro.
Cruzaron la compuerta exterior, seguidos de Bollux, le echaron la llave en cuanto se
cerró y siguieron a Rekkon a través de las vías de las grúas de mantenimiento. El casco
de la barcaza se extendía hasta una gran distancia en sentido longitudinal y también a lo
ancho. Un utilitario de hélice provisto de una plataforma de operaciones y con una cabina
incorporada aguardaba al otro lado de las vías. Los seres vivientes se metieron en la
cabina; Rekkon se sentó detrás de los controles y Han se apretó a su lado, mientras
Chewbacca llenaba el asiento trasero. Bollux se instaló en la plataforma de operaciones,
sujetándose con su servo-pinza. El vehículo de hélice se alejó de la barcaza.
- ¿Cómo te las has arreglado para localizarnos tan rápido? - quiso saber Han.
- Me hablan comunicado las señales características de vuestra nave y su hora
estimada de llegada.
Acudí en cuanto los sistemas de control de datos registraron vuestra presencia. Llevo
algún tiempo esperando aquí, con una falsa autorización de acceso al campo de
aterrizaje. Supongo que este androide debe de ser mi computadora - analizadora, ¿no?
- Más o menos - respondió Han mientras Rekkon forzaba la marcha del vehículo hasta
el limite legal, abriéndose paso entre las hileras de barcazas ancladas -. Lleva otra unidad
incorporada en el tórax; ésa es tu criatura.
Vastos cultivos de cereales maduros rodeaban el puerto por todos lados, ondulantes
bajo las suaves brisas de Orron III. Mirando a su alrededor, Han preguntó:
- ¿Qué esperas encontrar en las computadoras de la Autoridad, Rekkon?
El hombre le miró escrutadoramente un instante, luego volvió a concentrarse en los
mandos mientras entraba en una carretera de servicio. Han sabia que, fuera de las
inmediaciones de las barcazas, el vehículo en que viajaban debería mantenerse dentro de
las rutas autorizadas y seria interceptado si volaba demasiado alto, demasiado de prisa o
a campo través. A lo lejos, gargantuescas máquinas agrícolas robotizadas avanzaban a
través de las cosechas, capaces de plantar, cultivar o cosechar enormes extensiones de
terreno en una sola jornada.
Rekkon ajustó la polarización del parabrisas y las ventanillas del vehículo. No los hizo
reflectantes, ni opacos a las miradas exteriores, lo cual habría llamado la atención, sino
que los oscureció contra la luz del sol. El interior de la cabina se ensombreció y Han tuvo
la sensación de hallarse dentro de una de las esferas climatizadas que Sabodor tenía
para sus animalitos domésticos. Mientras seguían avanzando veloces por la carretera de
servicio, surcando mares de encorvadas espigas, Rekkon le preguntó:
- ¿Sabes cuál ha sido mi misión en este planeta?
- Jessa dijo que tú mismo debías decidir si deseabas revelárnoslo o no. Estuve a punto
de renunciar al trato por esta razón, pero imaginé que habría bastante dinero de por
medio teniendo en cuenta la magnitud del riesgo.
Rekkon negó con la cabeza.
Te equivocas, capitán Solo. Estamos buscando personas desaparecidas. El grupo que
organicé está integrado por individuos que han perdido algún amigo o pariente en
circunstancias no aclaradas. Los mismos hechos comenzaron a producirse con
sospechosa regularidad en todo el Sector Corporativo. Averigüé que una serie de
personas habían partido, al igual que yo, en busca de sus seres queridos desaparecidos.
Detecte una pauta y empecé a reunir un pequeño grupo de compañeros. Conseguimos
infiltrarnos, con ayuda de Jessa, en el Centro de procesamiento de datos a fin de llevar a
buen término nuestra búsqueda.
Han tamborileaba sobre la ventanilla, mientras iba pensando. Eso explicaba el interés
de Jessa por Rekkon y su grupo, su empeño en proporcionarle toda la ayuda que pudiera
precisar. Sin duda la hija de Doc confiaba que Rekkon y su banda, en su búsqueda de sus
propios desaparecidos, acabarían localizando también a su padre.
- Llevamos casi todo un mes - patrón aquí - siguió explicando Rekkon - y he necesitado
casi todo este tiempo para descubrir alguna vía de acceso a sus sistemas, a pesar de que
tengo categoría de supervisor técnico de computadores de primera clase. Su sistema de
seguridad es diligente, pero no demasiado imaginativo.
Han cambió de posición en el asiento para fijar los ojos en el otro.
- Entonces, ¿cuál es el secreto?
- Prefiero no revelarlo de momento; antes quisiera estar seguro y poseer pruebas
absolutas. Existe una última correlación de datos que necesito comprobar; las terminales
del Centro a las que tengo acceso llevan reguladores y limitadores de seguridad
incorporados.
- No poseo los recursos ni las piezas necesarios ni tampoco tengo tiempo para
construirme mi propio aparato. Pero estaba seguro de que los excelentes técnicos de
Jessa podrían proporcionarme lo que necesitaba, disminuyendo así el riesgo de ser
descubiertos.
- Lo cual me recuerda una cosa, Rekkon. Todavía no nos has revelado la segunda
buena razón por la cual debíamos acompañarte al Centro.
Rekkon le lanzó una mirada dolorida.
- Eres pertinaz, capitán. Seleccioné a mis compañeros con gran cuidado; cada uno de
ellos tenía una estrecha relación al menos con un desaparecido, pero...
Han se irguió en el asiento.
-...Pero de algún modo consiguió colarse un traidor.
Rekkon miró fijamente al piloto.
- No lo he dicho al azar. Las instalaciones de Jessa fueron atacadas durante mi
estancia allí; una corbeta de la Autoridad dejó caer una escuadrilla de cazabombarderos
sobre nosotros. Las probabilidades de que nos encontraran por casualidad, entre todos
los sistemas estelares del Sector Corporativo, son tan pequeñas que no merece la pena
considerarlas siquiera. Sólo restaba la posibilidad de que hubiera un espía.
Pero éste no podía ser ninguno de los que nos hallábamos allí en aquel momento, o de
lo contrario los espos no habrían acudido en una operación de inspección, sino que
habrían atacado de pleno. Deben de haber estado comprobando una serie de sistemas
solares.
Han se apoyó en el respaldo, muy satisfecho de sí mismo. Estaba orgulloso del
encadenamiento lógico de su razonamiento.
El rostro de Rekkon parecía una máscara esculpida en azabache.
- Jessa nos dio una lista de posibles lugares donde contactaría si nuestras líneas de
comunicación quedaran interrumpidas. Es evidente que ese sistema solar era una de
ellas.
Eso sorprendió a Han. En circunstancias corrientes, Jessa no habría confiado jamás a
nadie una información de ese tipo. Debía de haber depositado todas sus esperanzas de
localizar a su padre en la misión de Rekkon.
- Entendido. De modo que alguien está trabajando para dos jefes. ¿Tienes alguna idea
de quién podría ser?
- En absoluto, excepto que no puede tratarse de ninguno de los dos miembros de mi
grupo que ya han perecido. Creo que habían descubierto la identidad del traidor. Había
indicio de ello en la última conversación que tuve con uno de ellos a través del
intercomunicador, antes de que muriera. De modo que, como es lógico, no le hablé a
nadie de vuestra llegada y decidí acudir a recibiros personalmente. Deseaba vuestra
ayuda, para asegurarme de que ninguno de ellos pueda dar la señal de alarma antes de
nuestra partida. Los he convocado individualmente a todos a mi despacho, sin
comunicarles que los demás también estarán allí.
La idea de meterse en el Centro todavía le desagradaba más a Han después de lo que
acababa de escuchar, pero comprendió que era vital que Rekkon recibiera ayuda, vital
para la supervivencia de Han Solo.
Si el traidor conseguía hacer sonar una alarma, era muy probable que el Falcon ya no
volviera a despegar jamás. Mentalmente tomó nota de que debía pasarle factura a Jessa
y a todos los que pudiera por los servicios adicionales prestados. Se giró nuevamente en
su asiento.
- ¿Quiénes son las otras personas que reclutaste para la Noche de los Aficionados?
Dedicando sólo parte de su atención a la conducción del vehículo, Rekkon le
respondió:
- Mi segundo en el mando es Torm, que actúa bajo la cobertura de obrero contratado.
Su familia controlaba grandes haciendas en Kali, eran terratenientes independientes bajo
la protección de la Autoridad. Se produjo alguna disputa sobre los derechos de usufructo
de las tierras y los precios del ganado. Varios miembros de la familia desaparecieron
después de negarse a ceder a las presiones.
- ¿Quién más?
- Atuarre. Es una hembra de los Trianii, una raza felina. Los Trianii hablan colonizado
un planeta en las fronteras de la Autoridad varias generaciones espaciales antes de que
se explotara el Sector Corporativo. Cuando la Autoridad por fin se anexionó al mundo
colonizado por los Trianii, no hace mucho tiempo, éstos ofrecieron resistencia. El
compañero de Atuarre desapareció y le arrebataron a su cachorro para ponerlo bajo la
custodia de la Autoridad. Deben de haber aplicado algún procedimiento de duro
interrogatorio al cachorro, Pakka, pues cuando Atuarre finalmente consiguió rescatarlo,
había perdido la capacidad de hablar. La Autoridad no se para en consideraciones de
edad ni otros convencionalismos, como puedes ver. Atuarre y Pakka finalmente entraron
en contacto conmigo; su cobertura aquí, en Orron III, es de aprendiz agrónoma.
La carretera de servicio, que serpenteaba a través de los campos había confluido con
una arteria principal que conducía al Centro. Las instalaciones eran como una pequeña
ciudad, dedicada al almacenamiento, computación y transmisión y recogida de datos
procedentes de buena parte del Sector Corporativo.
Se extendía sobre un plano radial centrado en un edificio de operaciones que se
elevaba como un reluciente pastel sobre las colinas de tierra de labranza.
Rekkon, que había fruncido los labios absorto en sus pensamientos, aún no había
terminado.
- El último miembro de nuestro grupo es Engret, que apenas es más que un niño, pero
posee un buen corazón y un temperamento afable. Su hermana era una especialista en
cuestiones jurídicas que no se mordía la lengua y también desapareció sin dejar huellas.
El hombre permaneció callado un instante.
- Hay otros que también han salido en busca de sus desaparecidos y muchos más,
estoy seguro, que callan por temor. Pero tal vez todavía podamos ayudarles, a todos.
Han insinuó una sonrisa burlona.
- Por ahí no conseguirás nada, Rekkon. Estoy aquí simplemente para cumplir con mi
parte de un trato.
Ahórrate los viejos cantos de combate escolares hasta que yo haya desaparecido,
¿está claro?
Una expresión de divertida sorpresa fraguó sobre las facciones de Rekkon.
- ¿Haces esta clase de cosas sólo para poder llegar a convertirte en un hombre rico?
Examinó a Han de arriba abajo y volvió a concentrarse en la conducción del vehículo,
no sin añadir:
- No es raro que una apariencia dura e insensible sirva de protección a algún ideal,
capitán; protege a los idealistas de las burlas de los necios y los cobardes. Pero también
les inmoviliza, de tal forma que, en su intento de proteger sus ideales, pueden acabar
perdiéndolos.
Las palabras que acababa de pronunciar el simpático y farsante hombretón contenían
tanta verdad y equivocación a la vez, encerraban una mezcla tal de insulto y cumplido,
que Han prefirió no molestarse en desentrañarlas.
- Soy un tipo con una nave marcada y muchos lugares adonde ir, Rekkon, conque no te
metas en filosofías.
Habían entrado en el Centro, maniobrando a lo largo de amplias calles flanqueadas de
altos edificios que albergaban las distintas oficinas y bancos de datos, dormitorios para el
personal y zonas de esparcimiento, tiendas y comisarías. La circulación era intensa: taxisrobot,
transportadores de carga de superficie, vehículos de hélice, coches-patrulla de la
Espo e innumerables aparatos mecánicos.
Rekkon describió la última curva, entró en un garaje subterráneo y descendió más de
diez niveles. Introdujo el vehículo en un espacio vacante, apagó el motor y bajó. Han y
Chewbacca le siguieron mientras Bollux también saltaba a tierra. El wookiee y su
compañero fijaron sus insignias sobre el pecho y la chaqueta, respectivamente. Rekkon
se quitó el mono y el cinturón de herramientas y escondió ambas cosas en un
portaequipajes situado en un costado del vehículo. Quedó ataviado con una larga túnica
flotante decorada con formas geométricas de vivos colores. Su insignia de supervisor
resultaba claramente visible sobre su ancho pecho. Unas sandalias aparentemente muy
cómodas calzaban sus pies. Han le preguntó cómo había conseguido el vehículo y el
resto del equipo.
- No fue difícil, una vez hube infiltrado parcialmente los sistemas de las computadoras.
Una falsa solicitud de empleo, una papeleta de adjudicación de vehículo modificada... son
cosas elementales.
Chewbacca se cargó nuevamente al hombro la bolsa de herramientas y Bollux, que
hasta entonces ni había tenido oportunidad de hacerlo, se cuadró frente a Rekkon.
- Tengo instrucciones de Jessa de ponerme completamente a sus órdenes junto con mi
módulo computador autónomo.
- Gracias... Bollux, ése es tu nombre, ¿verdad? Tu ayuda será de una importancia
crítica para nosotros.
El viejo androide pareció erguirse, henchido de orgullo, al escuchar estas palabras. Han
comprendió que Rekkon había sabido hallar la manera de llegar al corazón de Bollux o,
más bien, a la matriz de sus circuitos de conducta.
La Autoridad no había parado en gastos al construir ese Centro, de modo que en vez
de montar en un ascensor o un transportador, Rekkon les condujo hasta un tubo de
succión. Entraron en el punto de confluencia y, aparentemente de pie sobre el vacío,
fueron succionados hacia arriba por el campo magnético del tubo. Dos técnicos entraron
en el piso siguiente y el grupo de Han interrumpió su conversación. El wookiee, los dos
hombres y el androide continuaron ascendiendo durante un par de minutos más, mientras
otros seres iban entrando en el campo gravitatorio o salían de él. Fueron quedando atrás
las plantas destinadas a garaje y a servicios, las oficinas burocráticas de categoría inferior
y, por último, las plantas donde se efectuaba el procesamiento de datos y operaciones de
recuperación de uno u otro tipo. La mayoría de los pasajeros del tubo de ascenso lucían
túnicas de técnicos en computadoras. De vez en cuando, alguno de ellos intercambiaba
un saludo con Rekkon.
La falta de curiosidad con que era acogida su presencia y la de sus compañeros llevó a
Han a la conclusión de que no era inusitado que un supervisor llevara un séquito de
asistentes técnicos y androides.
Finalmente, Rekkon se inclinó para dejarse arrastrar por el flujo de desembarque. Han,
Chewbacca y Bollux siguieron su ejemplo. El grupo se encontró en el centro de una
amplia galería. Dos plantas habían sido combinadas en un solo espacio, la segunda de
las cuales se abría sobre una balaustrada que recorría toda la sección central de la
galería y desde la cual se divisaban las plataformas de los tubos de ascenso y de
descenso.
Rekkon abrió la marcha a lo largo de un vestíbulo qué tenía las paredes, el techo y el
piso de un color oscuro y reflectantes. Han vislumbró su imagen en el espejo coloreado de
las paredes y se preguntó cómo podía haber llegado a convertirse en ese predador de
ojos temerarios que ahora contaminaba los asépticos dominios interiores de la implacable
Autoridad. Aunque de una cosa estaba seguro: habría preferido estar pilotando el Falcon
entre las estrellas, sin trabas ni impedimentos.
Rekkon se detuvo junto a una puerta y cubrió el disco de la cerradura con la palma de
la mano, luego cruzó el umbral de la puerta que se había abierto prestamente. Los demás
le siguieron al interior de una espaciosa cámara de alto techo, con tres de sus paredes
cubiertas con un complejo arsenal de terminales de computadora, monitores de sistemas,
material de acceso y otro equipo afín. La cuarta pared, situada frente a la puerta, estaba
formada por una única lámina de acero transparente a través de la cual se dominaba una
amplia panorámica de los fértiles campos de Orron III, vistos desde cien metros de altura.
Han se acercó al ventanal y calculó la posición del espaciopuerto, al fondo de las suaves
ondulaciones del terreno. Chewbacca se instaló cerca de la puerta, en un banco que
discurría a lo largo de toda aquella pared, y depositó el saco de herramientas entre sus
largos pies peludos. Se dedicó a observar el parloteo y parpadeo del sofisticado material
tecnológico con sólo un leve destello de curiosidad en el rostro.
Rekkon se volvió hacia Bollux.
- Bien, ¿ahora querrás mostrarme lo que has traído para mi?
Han rió suavemente para sus adentros, sorprendido de que nadie pudiera mostrarse
tan ceremonioso con un simple androide.
La armadura del pecho de Bollux se abrió mientras el grueso androide inclinaba sus
largos brazos hacia atrás para dejar el campo libre. En seguida se encendió el
fotoreceptor de la computadora-analizadora.
- ¡Hola! - saludó alegremente el robot -. Soy Max Azul.
- De eso no me cabe duda - respondió Rekkon con su gruesa e irónica voz de bajo -. Si
tu amigo
no tiene inconveniente en dejarte en libertad, quisiera echarte un vistazo, Max.
- Naturalmente, señor - dijo pausadamente Bollux.
Se escucharon unos minúsculos chasquidos en su pecho, a medida que iban
desprendiéndose los conectores y sujetadores. Rekkon retiró la pequeña computadora sin
problemas. Max ni siquiera alcanzaba el tamaño de un registrador de voz; su figura
resultaba insignificante entre las grandes manos de Rekkon. Se oyó la sonora risa de
Rekkon.
- Si llegas a ser un poquitín más pequeño, Max Azul, habría tenido que devolverte!
- ¿Qué quiere decir con eso? - preguntó inseguro Max.
Rekkon se dirigió a una de las diversas mesas de trabajo.
- Nada. Sólo ha sido una broma, Max.
La mesa, una gruesa plancha apoyada sobre un único soporte vertical, estaba cubierta
de terminales, conectores y complejos instrumentos. Un teclado extremadamente versátil
ocupaba el borde anterior.
- ¿Te gustaría hacer un trabajito para mí, Max? - preguntó Rekkon -. Voy a
suministrarte datos de programación y antecedentes generales, información sobre la
intrusión de sistemas. Luego te acoplaré a la red principal.
- ¿Podrías dármelos en Básico Forb? - pió Max con su aguda vocecita infantil, cual un
chiquillo ansioso de hacer frente a un nuevo desafío.
- No será ningún problema; veo que posees un enchufe de cinco clavijas.
Rekkon tomó de su mesa un cable y conectó su clavijero pentapolar en el costado de
Max. A continuación extrajo una placa codificada de sus ropas y la introdujo en una ranura
de la mesa, pulsando luego la secuencia adecuada sobre el teclado. El fotoreceptor de
Max se apagó y la pequeña computadora concentró toda su atención en los datos que
estaba recibiendo. Varias pantallas se encendieron en diversos puntos de la sala,
ofreciendo esquemas a alta velocidad de la información que iba ingiriendo Max.
Rekkon fue a reunirse con Han Solo junto a la pared - ventanal y le entregó otra placa
que acababa de coger de su mesa de trabajo.
- Aquí tienes la nueva identificación para el Pase de tu nave. Bastará que modifiques el
resto de tu documentación de acuerdo con estos datos y no volverás a tener problemas
con las normas obligadas de potencia vigentes dentro del Sector Corporativo.
Han hizo saltar un par de veces la placa sobre la palma de su mano, mientras
visualizaba la imagen de cantidades suficientes de dinero para tener que vadearías con
las perneras de los pantalones enrolladas, luego se la guardó.
- El resto de la operación no debería llevarnos demasiado rato - explicó Rekkon -. Los
demás integrantes de mi grupo comparecerán de un momento a Otro y no creo que un
robot con la capacidad cerebral de Max tenga excesivas dificultades para resolver esta
tarea. Sin embargo, mucho me temo no poder ofrecerte ningún refrigerio... ha sido un
descuido imperdonable.
Han se encogió de hombros.
- Rekkon, no estoy aquí para comer, ni beber, ni participar en ningún tipo de pintoresca
ceremonia local. Si de verdad quieres llenarme de satisfacción, acaba pronto y
vayámonos de aquí lo antes posible.
Paseó la mirada por la sala, con sus desconcertantes luces y veloz sucesión de
ecuaciones.
- ¿De verdad eres un experto en computadoras? ¿O conseguiste el empleo como un
favor personal?
Rekkon, con las manos en las solapas, no apartó los ojos del ventanal.
- Soy un estudioso de profesión y por vocación, capitán. He estudiado un buen número
de escuelas del pensamiento y disciplinas del cuerpo, así como toda una serie de
tecnologías. He perdido la cuenta de los títulos y credenciales que poseo, pero en
cualquier caso estoy más que suficientemente cualificado para dirigir todo este Centro,
suponiendo que este detalle pueda tener alguna importancia. En cierto momento de mi
carrera me especialicé en interacción orgánica-inorgánica de pensamientos. No obstante,
me introduje aquí con unas credenciales falsificadas, fingiendo ser un supervisor, pues no
deseaba llamar la atención.
Únicamente deseo localizar a mi sobrino, y a todos los demás.
- ¿Por qué supones que pueden estar aquí?
- No están aquí. Pero pienso que aquí puede conseguirse información sobre su
paradero. Y cuando Max me haya ayudado a obtenerla, después de seleccionar la
información general aquí almacenada, sabré dónde debo dirigirme.
- Es la primera vez que mencionas a tu propio desaparecido - le hizo notar Han,
mientras se decía que ya estaba empezando a hablar como Rekkon; ese hombre era
contagioso.
Rekkon atravesó la sala y se detuvo cerca de Chewbacca. Han le siguió, observando al
hombre perdido en sus pensamientos. Rekkon se sentó y Han hizo otro tanto.
- Crié al muchacho como si fuera mi propio hijo; era bastante pequeño cuando murieron
sus padres. No hace mucho, me contrataron para el puesto de instructor en una
universidad de la Autoridad, en Kalla.
Es un centro de educación superior, destinado principalmente a los hijos de altos
cargos de la Autoridad, una escuela centrada en la educación técnica, el comercio y la
administración con un interés mínimo por las humanidades. Pero todavía quedaban
algunas plazas vacantes para un puñado de viejos locos como yo y la remuneración era
más que adecuada. En su condición de sobrino de un profesor de la universidad, el
muchacho tenía derecho a seguir estudios superiores y ahí empezaron los problemas. El
chico advirtió el carácter terriblemente opresor de la Autoridad, su empeño por ahogar
cualquier cosa que pueda, aunque sea remotamente, poner en peligro los beneficios. Mi
sobrino empezó a exponer públicamente sus ideas y a estimular a otros a seguir su
ejemplo.
Rekkon acarició su densa barba, rememorando los hechos.
- Le advertí que no era prudente obrar así, aun cuando sabía que sus ideas eran justas,
pero el muchacho poseía el convencimiento de la juventud y yo había adquirido la timidez
propia de la edad. Muchos de los alumnos que escuchaban a mi sobrino eran,
lógicamente, leales a las directrices de la Autoridad; sus palabras no podían pasar
desapercibidas. Fueron tiempos dolorosos, pues aunque no podía pedirle al muchacho
que ignorara su conciencia, no obstante temía por él. En un compromiso innoble, decidí
renunciar a mi cargo. Pero antes de que pudiera hacerlo, mi sobrino desapareció, lisa y
llanamente. Acudí a la Policía de Seguridad, como es lógico. Fingieron preocuparse, pero
saltaba a la vista que no tenían intención de esforzarse demasiado por localizarlo.
Empecé a investigar por mi cuenta y tuve noticia de otras desapariciones de personas que
habían importunado a la Autoridad. Tengo la costumbre de buscar pautas de conducta y
no tardé en descubrir una. Seleccionando a las personas con cuidado ¡con mucho
cuidado, puedo asegurártelo, capitán! reuní un pequeño grupo de gentes que habían
perdido algún ser querido e iniciamos una cautelosa infiltración en este centro. Yo había
tenido noticia de la desaparición del padre de Jessa, Doc, como le llaman. Me puse en
contacto con ella, y accedió a ayudarnos.
- Todo lo cual tiene como resultado que nos encontremos aquí sentados - le
interrumpió Han, pero ¿por qué precisamente aquí?
Rekkon había advertido la interrupción de la carrera de caracteres y cifras sobre las
pantallas iluminadas. Levantándose para volver junto a Max, respondió:
- Las desapariciones están relacionadas. La Autoridad está intentando eliminar a los
individuos que se oponen más abiertamente a ella; ha decidido interpretar cualquier
manifestación de natural individualismo sensible como una amenaza organizada. Creo
que la Autoridad ha reunido a sus oponentes en algún lugar centralizado que...
- A ver si he comprendido bien - intervino Han -; ¿piensas que la Autoridad ha iniciado
una operación de secuestro en gran escala? Rekkon, te has pasado demasiadas horas
mirando estas luces e indicadores.
El hombre no pareció ofenderse.
- Dudo que se trate de un hecho del dominio general, ni siquiera entre los altos mandos
de la Autoridad. ¿Quién sabe cómo empezó todo? Un oscuro funcionario formula una
propuesta fortuita; un superior perezoso se la toma en serio. Un estudio de motivaciones
pasa tal vez por la mesa de despacho adecuada, o un análisis de costes - beneficios se
convierte en el proyecto predilecto de un ejecutivo con un alto cargo. En cualquier caso, el
germen del asunto ya existía dentro de la Autoridad desde un buen principio; me refiero al
poder y la paranoia. A falta de una oposición real, la suspicacia forjó una.
Mientras decía estas palabras, regresó junto a la mesa de trabajo y desconectó a Max.
- Ha sido una experiencia realmente interesante - barboteó la pequeña computadora.
- Modera tu entusiasmo, por favor - le suplicó Rekkon, levantando al robot de la mesa -.
Haces que me sienta como si estuviera contribuyendo a la perversión de un menor.
El fotoreceptor de la computadora se fijó en su cara mientras él seguía diciendo:
- ¿Has comprendido todo lo que te he mostrado?
- ¡Ya lo creo! Dame una oportunidad y te lo demostraré.
- Así lo haré. Se acerca el gran momento.
Rekkon trasladó a Max hasta una de las terminales y lo instaló junto a ella.
- ¿Tienes un adaptador de acceso normalizado?
Una pequeña placa se abrió rápidamente en un costado de la computadora en
respuesta a esta pregunta, y Max extendió un corto apéndice metálico.
- Bien, muy bien.
Rekkon acercó el robot un poco más a la terminal.
Max introdujo su adaptador en el receptor circular de ésta. El receptor y el dial calibrado
que lo rodeaba giraron en uno y otro sentido, mientras Max se habituaba a las sutilezas
de la conexión.
- Puedes empezar cuando quieras, por favor - le invitó Rekkon y volvió a tomar asiento
entre Han y Chewbacca.
- Tendrá que examinar una enorme cantidad de datos - les explicó a los dos amigos -,
aunque puede utilizar la ayuda del mismo sistema para su tarea. Existen numerosas
barreras de seguridad e incluso Max Azul necesitará un rato para localizar las ventanillas
correctas.
El wookiee gruñó. Ambos humanos comprendieron la expresión de duda de
Chewbacca, que no estaba demasiado convencido de que la información que buscaba
Rekkon pudiera encontrarse realmente en la red.
- La localización en sí no figurará, Chewbacca - le respondió Rekkon -. Max tendrá que
hallarla de manera indirecta, igual como a veces es preciso desviar la mirada para
localizar una estrella poco luminosa, vislumbrándola con el rabillo del ojo. Max analizará
los registros logísticos, las rutas de las naves de Suministros y las patrulleras, las pautas
de los flujos de comunicaciones y los libros de bitácora, y muchísimas cosas más.
Sabremos qué puertos han tocado las naves de la Autoridad y conoceremos los puntos
donde el tráfico cifrado ha sido más intenso, y cuántos empleados a sueldo poseen las
diversas instalaciones y cuál es su categoría de empleo. A su debido tiempo, acabaremos
averiguando dónde tiene retenidos la Autoridad a los miembros de lo que ha llegado a
creer que constituye un extenso complot contra ella.
Rekkon volvió a levantarse para recorrer la habitación a grandes zancadas, golpeando
las manos con chasquidos que parecían disparos de un rifle de proyectiles sólidos.
- Esos imbéciles, esos ejecutivos y sus subordinados, con sus listas de enemigos y sus
soplones de la Espo, están creando precisamente el clima adecuado para que lleguen a
hacerse realidad sus peores temores. La profecía se está cumpliendo; si no se tratara de
una cuestión de vida y muerte, seria para morirse de risa.
Han se había recostado contra la pared y observaba a Rekkon con una sonrisa cínica.
¿Realmente había podido pensar el sabio que las demás personas se diferenciaban en
algo de los ejecutivos de la Autoridad? En fin, cualquiera que descuidaba su guardia o
perdía el tiempo con idealismos se estaba buscando el mismo tipo de desagradable
sorpresa que había sufrido Rekkon, pensó Han. Y, por eso, Han Solo viajaba, y siempre
viajaría, libre entre las estrellas.
Han bostezó con estudiada lentitud.
- Desde luego, Rekkon, la Autoridad tendrá que andarse con cuidado. A fin de cuentas,
¿qué cartas puede jugar, aparte de todo un Sector lleno de naves, dinero, hombres,
armas y equipo? ¿Qué posibilidades tiene de triunfar frente a unas ideas justas y unas
manos limpias?
Rekkon se volvió a mirar a Han con su cálida sonrisa.
- Sin embargo, ahí tienes tu propio caso, capitán.
El comunicado de Jessa decía algo sobre ti. Sólo por intentar vivir tu vida como a ti te
gusta ya has cometido algunas ofensas mortales contra la Autoridad del Sector
Corporativo. Oh, no espero que enarboles una bandera de libertad ni que repitas
banalidades. Pero si crees que la Autoridad lleva las de ganar, ¿por qué no juegas en su
bando? La Autoridad no sufrirá un desastre por maltratar a ingenuos colegiales y viejos
profesores idealistas. Pero a medida que vaya interponiéndose cada vez más en el
camino de individualistas encallecidos e intratables como tú mismo, descubrirá su
auténtica oposición.
Han suspiró.
- Procura serenarte un poco, Rekkon; nos estás tomando a Chewie y a mí por lo que no
somos. Nosotros nos limitamos a conducir el autobús. No somos los Caballeros Jedi, ni
los Hijos de la Libertad.
La posible réplica de Rekkon se convirtió en un problema académico, pues en aquel
preciso instante zumbó la cerradura de la puerta y una voz masculina exigió a través del
fonocaptor:
- ¡Rekkon! ¡Abre la puerta!
Con una sensación de frío en el estómago, Han cogió la pistola que le arrojaba
Chewbacca, mientras el wookiee apuntaba su ballesta hacia la puerta.
VI
Rekkon se interpuso entre Han y Chewbacca y la puerta.
- Envainad esas armas, capitán, por favor. Ése es Torm, uno de mi grupo. Y aunque no
lo fuera, ¿no habría sido más prudente averiguar qué ocurría antes de disponeros a
disparar?
Han puso mala cara.
- Da la casualidad de que me gusta disparar primero, Rekkon, en vez de ser el segundo
en hacerlo.
Pero bajó el arma y Chewbacca hizo otro tanto con su ballesta. Rekkon accionó los
controles de la puerta.
El batiente de la puerta se abrió bruscamente, revelando la figura de un hombre
aproximadamente de la misma altura que Han, pero de torso más ancho, con los brazos
musculosos y anchas y rudas manos.
En su rostro, de facciones delicadas y altos pómulos, lucían un par de ojos despiertos e
inquietos de un color azul líquido. Su pelo formaba una larga y desconcertante mata
intensamente roja. Su penetrante mirada se fijó primero en Han y Chewbacca, mientras
su mano derecha se contraía en un espasmo reflejo en busca del bolsillo lateral de los
pantalones de su mono. Pero en cuanto divisó a Rekkon, frenó este movimiento y lo
convirtió en un frotar de la palma sobre la pernera del pantalón. Han comprendió que el
hombre estuviera algo nervioso a esas alturas, tras la muerte de varios de sus
compañeros de expedición.
El otro reaccionó con presteza.
- ¿Nos vamos? - preguntó incluso antes de terminar de cruzar el umbral.
- En seguida - respondió Rekkon, apuntando hacia el rincón donde Max Azul estaba
conectado al sistema de procesamiento de datos -. Pronto tendremos los datos que
necesitamos. El capitán Solo, aquí presente, y su segundo de a bordo, Chewbacca, nos
trasladarán fuera de las fronteras de este mundo en cuanto hayamos terminado.
Caballeros, tengo el gusto de presentaros a Torm, uno de mis compañeros.
Torm, recuperada ya su compostura, saludó a los dos con una inclinación de cabeza y
luego se fue a examinar a Max Azul. Han le siguió; algún miembro del grupo podía ser un
confidente y deseaba familiarizarse con las peculiaridades de cada uno de ellos, a fin de
hacer todo lo que estuviera a su alcance para protegerse a sí mismo y a su nave.
- No parece gran cosa, ¿verdad? - inquirió Torm, mirando fijamente a Max Azul.
- No demasiado - respondió Han, en fingido son de broma.
Torm asintió con la cabeza.
- ¿Cree que Rekkon conseguirá encontrar lo que está buscando? - preguntó Han -.
Quiero decir, que en esta última baza reside su única posibilidad de localizar a sus
familiares, ¿verdad? ¿O tal vez no debería hacer preguntas?
Torm le miró con franqueza, directamente a los ojos.
- Sin duda, se trata de un asunto personal, capitán. Pero supongo que tiene derecho a
preguntarlo, habida cuenta de que su propia seguridad también está en juego. Y la
respuesta es sí; no tengo idea de qué camino podría seguir, si no consigo localizar a mi
padre y a mi hermano de esta manera. Hemos depositado todas nuestras esperanzas en
la teoría de Rekkon.
Dirigió una breve mirada a Rekkon, que estaba explicándole a Chewbacca las
características del equipo de la sala.
- No me fue fácil decidirme a unirme a él. Pero cuando advertí que la Autoridad no se
preocupaba demasiado de llevar adelante las investigaciones, y las averiguaciones que
intenté hacer por mi cuenta me condujeron hasta él, comprendí que debía
comprometerme con la idea de Rekkon.
La voz de Torm se había hecho más vaga a medida que se iba perdiendo en sus
propios pensamientos. Pero en seguida recuperó su compostura.
- Aceptar esta misión ha sido un gesto sumamente altruista y admirable por su parte,
capitán Solo. No habría muchos jóvenes dispuestos a arriesgar...
- Pare el carro; no ha entendido nada - le interrumpió Han -. Estoy aquí como parte de
un trato, Torm. Soy sólo un hombre de negocios. Piloto mi nave a cambio de dinero y
procuro velar siempre por mis intereses, ¿está claro?
Torm volvió a mirarlo.
- Perfectamente. Gracias, por aclararme la situación, capitán. Tendré en cuenta su
rectificación.
Habían llamado otra vez a la puerta. En esta ocasión, Rekkon hizo entrar a dos de sus
co-conspiradores. Eran trianus, pertenecientes a una especie humanoide de felinos. Uno
era una hembra adulta, flexible y esbelta, que llegaba aproximadamente hasta la altura de
la barbilla de Han. Tenía unos enormes ojos amarillos con una fina rayita vertical de verde
iris. Su pelaje, de franjas variopintas sobre el lomo y los flancos, adquiría una suave
tonalidad cremosa en la cara, el cuello y el pecho, y se hinchaba en una gruesa melena
que le rodeaba la cabeza, el cuello y los hombros.
Un metro de inquieta cola se enroscaba y agitaba a sus espaldas, en una mezcla de
todos los colores de su pelaje. La criatura iba vestida con la única prenda que requería su
especie, un cinturón en torno a las caderas del que colgaban argollas y bolsas para llevar
sus herramientas, instrumentos y demás objetos. Rekkon la presentó como Atuarre.
Atuarre iba acompañada de su cachorro, Pakka. Éste era una copia en miniatura de su
madre, con la mitad de su estatura, aunque de color más oscuro y sin la finura y gracia de
la otra. Todavía conservaba restos del fino vello y grasa infantil de los primeros años, pero
sus ojos muy abiertos parecían encerrar toda la sabiduría y tristeza de un adulto. Su
madre habló, pero Pakka no dijo nada. Entonces recordó que Rekkon les había contado
que el cachorro habla quedado mudo después de pasar un tiempo sometido a la custodia
de la Autoridad. Pakka también llevaba un cinturón con bolsillos, al igual que su madre.
Atuarre señaló a Han y Chewbacca con un fino dedo terminado en una garra.
- ¿Qué hacen éstos aquí?
- Han venido para ayudarnos en nuestra huida - explicó Rekkon -. Me han traído el
elemento computador que necesitaba para obtener la última información. El único que
falta ahora es Engret; no pude comunicarme con él, pero dejé un mensaje en su
grabadora con la clave indicándole que se pusiera en contacto conmigo.
Atuarre parecía agitada.
- Engret no efectuó su llamada de rutina y no respondía a su comunicador, de modo
que decidí pasar por su barracón antes de venir aquí. Estoy segura de que su habitación
está vigilada; los trianus tenemos un olfato infalible para estas cosas. Creo que han
matado a Engret, o se lo han llevado, Rekkon.
El jefe del pequeño grupo se sentó. Por un instante Han advirtió que el coraje y la
determinación parecían abandonar las facciones de Rekkon. Luego todo pasó y éstas
volvieron a brillar con su peculiar vitalidad.
Me temía que así fuera - reconoció -. Engret no habría dejado pasar tantos días sin
establecer contacto, por difícil que fuera su situación. Confío plenamente en tu instinto,
Atuarre. Debemos dar por supuesto que le han eliminado.
Lo dijo en un tono absolutamente definitivo. No era la primera vez que se enfrentaba a
una desaparición inexplicada. Han meneó la cabeza; en un bando se alineaba el poder
casi absoluto de la Autoridad y en el otro, algo tan poco sustancial como la amistad, los
vínculos familiares. Han Solo, individualista y realista, pensó que el enfrentamiento era
absolutamente desigual.
- ¿Cómo sabemos que es lo que dice ser? - estaba inquiriendo Atuarre, indicando a
Han.
Rekkon levantó la vista.
- El capitán Solo y su segundo oficial Chewbacca, han entrado en contacto con
nosotros a través de Jessa. Supongo que todos confiamos en su ayuda y sus consejos,
¿no? Muy bien. Partiremos tan pronto como sea posible; me temo que no tendremos
tiempo de recoger nuestro equipaje ni resolver otros asuntos de última hora. Ni tampoco
habrá llamadas, de ninguno de nosotros.
Atuarre cogió la mangarra de su cachorro, mientras Pakka examinaba en silencio a
Han y Chewbacca.
- ¿Cuándo partimos?
Rekkon volvió al lado de Max, para averiguar la respuesta exacta. En ese preciso
momento volvió a encenderse el fotorreceptor del módulo computador.
- ¡Ya lo tengo! - pió el pequeño robot.
Una placa de datos traslúcida emergió de la ranura de la pared de la terminal de datos.
Rekkon la cogió ávidamente.
- Espléndido. Ahora tenemos que compararla con los mapas de instalaciones de la
Autoridad...
- Pero esto no es todo - farfulló Max.
Las espesas cejas de Rekkon se fruncieron.
- ¿Qué más has averiguado, Max Azul?
- Mientras estaba incorporado al sistema, le he dado una repasada, para hacerme una
idea, ¿comprende? ¡Es divertido invadir sistemas de esta manera! Pero, vamos al grano,
este edificio tiene una alarma de Seguridad conectada. Y creo que está concentrada en
esta planta. Los espos avanzan en esta dirección.
Atuarre emitió un silbido y estrechó más fuertemente a su cachorro. La cara de Torm
pareció permanecer impasible al principio, pero Han advirtió una palpitación nerviosa a lo
largo de su mandíbula. Rekkon escondió la placa de datos en los pliegues de su túnica y
extrajo de sus ropas una gran pistola disruptora. Han ya se estaba ciñendo la pistola al
cinto, mientras Chewbacca se colgaba el portamuniciones en bandolera, arrojando al
suelo la bolsa de herramientas vacía.
- La próxima vez que me deje seducir por una de estas tentadoras ofertas - le
recomendó Han a su compañero -, mantenme inmovilizado hasta que se me pasen las
ganas.
Chewbacca gruñó que no vacilaría en hacer lo que le decían.
Torm había extraído un revólver del bolsillo lateral de su pantalón y Atuarre había
sacado otro de una de las bolsas que colgaban de su cinturón. Hasta Pakka, el cachorro,
iba armado; empuñó una pistola que parecía de juguete y que llevaba oculta en el
cinturón.
- Max - preguntó Rekkon -, ¿sigues conectado a la red?
Max le indicó que así era.
- Bien. Entonces, examina los planes de ataque para casos de alarma en este Centro.
¿En qué pasillos, cruces y plantas estarán apostados los espos?
- No puedo darte esta información - respondió Max -, pero podría abrir vía libre entre
sus filas, si te interesa.
Estas últimas palabras despertaron el interés de Han.
- ¿Qué te ha dicho esa cajita de fusibles?
El sondeador de computadores se explicó.
- Según dice aquí, todos los policías de seguridad deben acudir cuando se da una
alarma y modificar su alineación a fin descubrir cualquier nuevo punto conflictivo. Podría
provocar un número suficiente de alarmas en otros puntos y obligarlos a dispersarse en
distintas direcciones.
- Con eso tal vez no los quitaremos todos de en medio - señaló Han -, pero sin duda
reduciremos bastante la oposición. Adelante, Maxie.
Entonces tuvo otra idea.
- Un momento. ¿Puedes dar falsas alarmas en cualquier parte?
Max habló con voz henchida de orgullo.
- En cualquier punto de Orron III, capitán. Esta red tiene tanta capacidad que le han
conectado prácticamente todo. Favorable para reducir los costes, pero poco prudente
desde el punto de vista de la seguridad, ¿no le parece, capitán?
- Ya lo creo. Sí, échale todo lo que se te ocurra: incendios en las plantas de energía,
motines en los barracones, exhibicionismo en la cafetería, lo que más te guste, en todos
los rincones del planeta.
Acababa de ocurrírsele que, en caso de que realmente hubiera una nave - vigía en
órbita, una crisis de falsas alarmas también distraería su atención.
Bollux, que había permanecido callado mientras se desarrollaba toda aquella
conmoción, se acercó entonces a la terminal del computador, preparado para hacerse
cargo de Max en cuanto éste hubiera concluido su trabajo. Rekkon permaneció a su lado.
- Existen dos caminos para salir de aquí que podrían quedar despejados - anunció Max
e iluminó los puntos sobre la pantalla.
Los dos caminos, trazados sobre el plano de aquella planta, conducían nuevamente
hasta el vestíbulo donde estaban situados los tubos de ascenso y descenso. Uno
discurría por su mismo piso y el otro por el piso superior.
Las alarmas de seguridad empezaron a tintinear y silbar en los pasillos. El equipo que
llenaba la habitación se encendió con una sucesión de ráfagas de luz, a medida que los
correspondientes circuitos iban respondiendo a las órdenes de Max. Luego, súbitamente,
la habitación quedó a oscuras, a excepción de la luz que entraba por la ventana que
cubría toda una pared.
Los controles automáticos del centro habían desconectado los principales centros de
suministro de energía ante la supuesta situación de emergencia. Entre tanto, las alarmas
seguían sonando, accionadas por fuentes de reserva.
- Los pasillos tendrán las luces muy bajas, funcionando con corriente de reserva - les
explicó Rekkon a los demás, mientras todos se agrupaban junto a la puerta -. Tal vez
consigamos deslizarnos fuera sin ser vistos.
Depositó cuidadosamente a Max Azul en su antiguo emplazamiento. Bollux cerró las
placas de su tórax y se unió a los demás junto a la puerta, seguido por Rekkon.
Si me permiten una sugerencia - dijo el androide -, pienso que, posiblemente, yo
resultaré menos sospechoso que cualquier otro de los aquí presentes.
Podría adelantarme bastante al grupo, por si hay algún policía de seguridad por los
alrededores.
- Una buena sugerencia - dijo Atuarre -. Los espos no perderán tiempo y energías
disparando contra un androide. Pero, no obstante, le detendrán y ello nos servirá de
advertencia para evitar cualquier posible celada.
La puerta corredera se abrió y Bollux echó a andar por el pasillo, precedido por el ruido
de su rígida suspensión. Los demás siguieron a continuación: Rekkon y Han en primera
fila, con Torm a la zaga. Luego se guían Atuarre y Pakka, y Chewbacca cerraba la
retaguardia, con la ballesta lista para disparar. El wookiee observaba a los conspiradores,
además de vigilar la retaguardia. Dada la posibilidad de que hubiera un traidor en el
grupo, él y Han no confiaban en nadie, ni siquiera en Rekkon. El primer movimiento en
falso de cualquiera de ellos sería interpretado por el wookiee como una señal indicándole
que debía abrir fuego.
Llegaron a una esquina. Bollux la dobló primero, pero cuando los demás ya estaban
próximos, escucharon una orden:
- ¡Alto! ¡Tú, androide, ven aquí!
Han se asomó cautelosamente y descubrió a un contingente de espos fuertemente
armados agrupados en torno a Bollux. Alcanzó a captar fragmentos de conversación, casi
todo preguntas tendentes a averiguar si el androide había visto a alguien más. Bollux
adoptó una pose de supina ignorancia y circuitos letárgicos. Pasado el grupo de espos, el
pasillo desembocaba en la galería de los pozos, pero dada la situación ésta podría
haberse encontrado perfectamente en el extremo opuesto del Sector Corporativo.
- No podemos seguir por aquí - anunció Han.
- Entonces no nos queda más remedio que tomar la ruta más desesperada - replicó
Rekkon -. Seguidme.
Deshicieron el camino andando a paso ligero. Cuando doblaban la esquina para
adentrarse por el siguiente pasillo, llegó hasta ellos el rumor de las pisadas del
destacamento de espos. No habían avanzado demasiado cuando oyeron aproximarse
otra patrulla en sentido contrario.
- La escalera más próxima - le indicó Han a Rekkon, quien les hizo avanzar otro par de
metros y luego se metió por una puerta.
- Procurad avanzar lo más calladamente posible - susurró Han en la semioscuridad de
la escalera iluminada sólo por las luces de emergencia -. Subiremos un piso y desde ahí
nos dirigiremos a la balaustrada que da sobre la entrada de los tubos de ascenso y
descenso.
Como era de esperar, Chewbacca, pese a su mole, avanzaba silenciosamente, al igual
que la sinuosa Atuarre y su cachorro. Rekkon también parecía habituado a correr con
furtiva celeridad. De modo que sólo Han y Torm debían vigilar sus pasos, y ambos se
esforzaban por reducir al mínimo el rumor de sus movimientos.
Cuando alcanzaron el segundo piso de su planta, lo encontraron vacío. La andanada
de locas alarmas desencadenadas por Max Azul había alejado a las fuerzas de seguridad
de sus posibles emplazamientos. Los fugitivos cruzaron presurosos los pasillos,
manteniéndose pegados a las paredes, como si estuvieran atravesando una sala llena de
espejos.
Llegaron a la balaustrada que daba sobre la galería. Muy agachados, se arrastraron
hasta la barandilla. Han se aventuró brevemente sobre el reborde, luego volvió a
esconder la cabeza.
- Están instalando un cañón de artillería junto a las entradas de los pozos - anunció -.
Hay tres espos encargados de su manejo. Chewie y yo nos encargaremos de ellos; los
demás preparaos para saltar.
- ¿Chewie?
El wookiee gruñó quedamente, con el dedo sobre el gatillo de la ballesta. Luego
empezó a alejarse a lo largo de la barandilla, siempre agachado. Han acercó la boca al
oído de Rekkon y murmuró:
- Haznos el favor de vigilar la situación por este lado; no podemos tener los ojos en dos
sitios a la vez.
Luego reptó en dirección contraria a su compañero. Con Rekkon armado de vigía, Han
dudaba que ningún traidor se atreviera a mostrar sus cartas por el momento.
Avanzó pegado a la barandilla, doblando su ángulo hasta tocar la pared del fondo.
Cuando se asomó sobre el borde, descubrió los grandes ojos azules del wookiee
levantados sobre el extremo opuesto. A mitad del camino entre uno y otro y varios metros
más abajo, los artilleros estaban dando los últimos toques al cañón y al trípode que lo
sostenía. Dentro de un instante estarían preparados para activar el escudo desviador del
arma; entonces seria prácticamente imposible lanzarse sobre ellos y el acceso a los tubos
de descenso quedaría fuera de su alcance. Su captura sería entonces sólo una cuestión
de tiempo. Uno de los espos ya empezaba a agacharse para conectar el escudo
desviador.
Han se incorporó, apuntó y disparó. El hombre que se disponía a activar el escudo se
tambaleó, agarrándose una pierna quemada con ambas manos. Sin embargo, uno de sus
compañeros, sin pararse en detalles como la disciplina de fuego, se volvió velozmente y
roció el lugar con una ráfaga ininterrumpida de energía destructiva que brotaba de la boca
de un rifle corto antidisturbios. Los disparos del rifle antidisturbios levantaron cascajos de
las paredes y la barandilla; el espo hizo girar despreocupadamente su arma, en busca de
su blanco.
Han se vio obligado a agacharse otra vez para esquivar la lluvia de energía que
cercenaba el aire, chocando contra las paredes, el techo y la mayoría de los objetos
contenidos entre uno y otras. La posibilidad de que algún observador inocente resultara
herido no parecía entrar dentro de las previsiones del espo.
Pero entonces el espo dio un grito y cayó, aflojando el dedo que apretaba el gatillo, al
mismo tiempo que se escuchaba el tañido metálico de la ballesta de Chewbacca. Han
volvió a asomarse sobre la barandilla y divisó al segundo hombre caído sobre el primero,
derribado por una breve ráfaga del arma del wookiee. Luego Chewbacca se incorporó,
preparando su ballesta para disparar una nueva ristra de municiones. El tercer artillero
apartó de un puntapié los cuerpos de sus compañeros mientras disparaba frenéticamente
su pistola dando voces de auxilio. Han lo derribó en el preciso instante en que sus manos
se disponían a coger las empuñaduras del cañón. Chewbacca ya había saltado por
encima de la barandilla. Han, montado en su extremo de la barandilla, gritó:
- ¡Adelante, Rekkon, en marcha! - y saltó.
Perdió el equilibrio y cayó de cuatro patas, pero no tardó en incorporarse para correr en
ayuda de su compañero que estaba muy ocupado desembarazando el cañón de los
espos amontonados a su alrededor.
Torm se dejó caer y aterrizó con suavidad pese a su peso. Luego siguió Atuarre, llena
de gracia y estilo. Su cachorro se descolgó de la barandilla, con las extremidades y la cola
encogidas para dar una voltereta, y aterrizó junto a la madre. Atuarre le dio una palmada,
como para indicarle que aquél no era un momento adecuado para hacer exhibiciones,
aunque uno fuera un acrobático trianii.
El último en saltar fue Rekkon, quien lo hizo con gran agilidad, como si se tratara de un
movimiento habitual para él. Han se preguntó fugazmente cuál debía ser el secreto de
aquel versátil profesor universitario que jamás parecía perder el control de los problemas
que tenía entre manos. Al hacer pasar delante a todos los demás, Rekkon se había
asegurado de que ningún espía en potencia quedaba rezagado y abierto a la tentación de
unas espaldas desprotegidas.
Torm se detuvo en seco junto a la entrada de los tubos de descenso, afortunadamente
para él.
- ¡Los campos gravitatorios están desconectados! - exclamó.
Rekkon y Atuarre acudieron en el acto a su lado y empezaron a manipular el panel de
emergencia situado junto a la entrada de los pozos. Los fuertes dedos de Rekkon se
cerraron sobre la rejilla del panel y la arrancó, aparentemente sin esfuerzo.
En los pasillos del piso superior se oían gritos y un alboroto general. Han se agazapó
junto al cañón, apoyó los pies en las clavijas del trípode y activó el escudo desviador.
- ¡Levantad la cabeza! - advirtió a sus compañeros -, Ahora empieza el baile!
Una patrulla de espos, con armadura de combate y empuñando rifles y fusiles
antidisturbios, invadió la balaustrada superior, distribuyéndose a lo largo de la barandilla,
desde donde empezaron a disparar. Sus descargas se estrellaban en oleadas
multicolores sobre el escudo del cañón. Torm, Rekkon y los demás, situados directamente
detrás de Han intentando manipular los mandos de los tubos de descenso, también
estaban protegidos, por el momento. Chewbacca permanecía detrás de su compañero,
disparando su ballesta siempre que se le presentaba una oportunidad. Pronto hubo
vaciado el cargador de su arma y extrajo otra tira de munición de su bandolera. Cargó la
ballesta con dardos explosivos y empezó a disparar otra vez. La galería se llenó de humo
y estruendo de sus detonaciones.
Han, que había levantado la boca del cañón hasta el ángulo de máxima elevación,
empezó a hacerlo girar siguiendo la barandilla. Una sucesión de descargas centelleó y
crepitó velozmente; parte de la barandilla y del borde de la balaustrada explosionaron, se
fundieron o ardieron en grandes llamaradas. Varios espos cayeron heridos,
desplomándose sobre el piso inferior, y el resto retrocedió presurosamente alejándose de
la línea de fuego, para asomarse de vez en cuando y disparar una ráfaga cuando se les
presentaba la oportunidad, en un constante, inflexible intercambio de fuego. La batalla de
detonaciones con sus ecos, calor y humo llenaba toda la galería.
Han obligaba a los espos a mantener la cabeza agachada descargando largas ráfagas
del cañón sobre ellos, ametrallando el suelo de la balaustrada y perforando las paredes.
La galería se calentó como un horno por efecto de las energías desencadenadas. Rojos
rayos aniquiladores flameaban en todas direcciones y Han comprendió que el escudo
desviador del cañón no resistiría eternamente bajo el fuego continuado de los rifles y
fusiles anti disturbios.
Una patrulla de figuras cubiertas de armaduras apareció en el pasillo inferior, el que
desembocaba directamente en la galería. Han bajó la boca del cañón e inundó el
vestíbulo inferior de oleadas de furiosa destrucción. Ese grupo de espos también
retrocedió, pero, al igual que los anteriores, se limitaron a permanecer fuera de su campo
de tiro para aventurarse a disparar desde allí siempre que tenían una oportunidad.
Atuarre, Pakka y Torm empuñaron sus pistolas y sus disparos se unieron a los de Han y
Chewbacca mientras Rekkon seguía intentando hacer funcionar el tubo de descenso.
- Si no consigues hacer funcionar ese campo gravitatorio, Rekkon, estamos listos -
bramó Han por encima del hombro.
Un hombre de las fuerzas de seguridad se asomó sobre la balaustrada superior y
consiguió lanzar un disparo. La descarga rebotó contra el escudo desviador, pero el calor
residual que consiguió filtrarse le indicó a Han que el desviador empezaba a fallar.
- Es imposible - decidió Rekkon mientras sus fuertes dedos sensibles seguían palpando
los mecanismos -. Tendremos que buscar otra salida.
- Ésta es una calle de sentido único! - gritó Han sin volverse.
Los airados rugidos de frustración de Chewbacca resonaron por encima del estrépito
general.
- ¡Entonces salta tú primero, de cabeza! - respondió Torm también gritando.
La réplica de Han se perdió en medio de un zumbido electrónico que inundó los oídos
de todos los presentes e hizo palpitar sus corazones. Era una señal de alarma de uso
corriente en la mayor parte de la Galaxia.
- ¡Importante escape de radiaciones! - exclamó Rekkon -. Ésta no es una de las falsas
alarmas de Max.
Y no sólo eso, se dijo Han, sino que además acababa de empezar a sonar y estaba
sonando justo en el pasillo que partía de la galería. Si se veían expuestos a una dosis de
fuertes radiaciones, sus posibilidades de sobrevivir serían escasas, y ya estarían
absorbiendo una dosis mortal mientras escuchaban la alarma. Han se maldijo por haber
tenido la mala idea de abandonar una actividad tan agradable y segura como el
contrabando de armas volando de costado por estrechos desfiladeros. Se incorporó de un
salto.
- Todos preparados. Tendremos que abrirnos paso entre ellos a fuerza de disparos si
no queremos quedar desahuciados.
Por encima del rugido de las sirenas, se escuchó chillar a Atuarre:
- ¡Un momento... mirad!
Han volvió a empuñar su pistola, listo para hacer blanco sobre lo que suponía sería otro
espo. Pero la figura que avanzaba por el pasillo inferior en dirección a ellos se movía con
gestos rígidos y llevaba los brazos extendidos horizontalmente, sosteniendo algún bulto.
- ¡Bollux! - exclamó Torm, y no se equivocó.
El androide emergió sobre sus rígidas piernas centrándose en el espacio mejor
iluminado de la galería con un altavoz globular del sistema de altoparlantes en cada
mano. Los cables de los altavoces desaparecían en su tórax abierto, junto al
emplazamiento de Max Azul. La estrepitosa alarma de peligro de radiaciones atronaba por
los altavoces.
Todos se agolparon en torno a Bollux, gritando en lengua estándar, wookiee, trianii y
una o dos lenguas más, pero ninguno conseguía escuchar las palabras de los demás a
causa del ruido de las alarmas. A Han empezaba a dolerle la cabeza, aunque decidió
olvidarlo en vistas del enorme regocijo que le causaba pensar que todavía seguía con
vida.
Después las alarmas callaron. Bollux depositó cuidadosamente los altavoces en el
suelo y desconectó pacientemente los cables de su cuerpo mientras los demás clamaban
pidiendo una explicación.
- Me satisface sobremanera comprobar que mi plan ha surtido efecto, señores y
señora; sin embargo, debo confesar que no ha sido más que una extensión de las falsas
alarmas de Max - les dijo Bollux -. Él descubrió la existencia de las alarmas de peligro de
radiación mientras estaba acoplado a la red. Siguiendo sus instrucciones, he arrebatado
estos dos altavoces de las paredes del pasillo y los he adaptado. Los pasillos han
quedado vacíos; la armadura de los espos está diseñada para el combate, no para servir
de protección contra las radiaciones. Al parecer, todos se han apresurado a retirarse.
- Pon a trabajar a Max en los tubos de descenso - dijo Han, interrumpiéndole -. Si no
consigue hacerlos funcionar, nuestra situación seguirá siendo desesperada.
Y mientras así hablaba cogió a Bollux del brazo arrastrándolo hacia la entrada de los
tubos de descenso.
- Todos los tubos de descenso están desactivados, ¿no es así? - pió Max Azul. - ¡Esto
es pan comido, capitán!
- Pues actívalos de nuevo, ¿quieres? - suplicó Han.
Las planchas del tórax de Bollux se abrieron de par en par y el androide se acercó al
panel de mandos.
Pero el adaptador de entrada quedaba demasiado alto, de modo que Chewbacca, que
era el más próximo, se colgó al hombro su ballesta, extrajo a Max de su emplazamiento y
acercó la pequeña computadora al panel de control del tubo de descenso. El adaptador
de Max se extendió y se conectó al receptor. Los botones metálicos giraron rápidamente
en uno y otro sentido.
Luego el panel se iluminó.
- ¡Funciona! - exclamó exultante Rekkon -. Rápido, seguidme antes de que alguien lo
advierta y lo desconecte otra vez.
Le hizo un leve gesto con la mano a Han, tan rápido que ninguno de los demás lo
captó, pero el piloto ya había comprendido que él debía ser el último en bajar. Rekkon
continuaba dudando de la lealtad de su gente. Saltó al tubo de descenso y en seguida le
siguió Atuarre. Tras ella bajó Pakka, revoloteando, dando tumbos e intentando agarrarse
juguetonamente la cola mientras descendía sostenido por el campo gravitatorio del pozo.
Torm saltó a continuación, empuñando su pistola.
En el pasillo se escuchaban pisadas de botas claveteadas. Con Max Azul todavía bajo
su brazo, Chewbacca también se dejó caer por el tubo de descenso.
Han se entretuvo los instantes necesarios para disparar sobre el cañón desde su lado
desprotegido. Se produjo una brillante erupción provocada por la sobrecarga de su
cartucho de energía. Han dio media vuelta y se zambulló de cabeza en el tubo de
descenso. No tardó en escuchar la explosión del cañón portátil a sus espaldas.
Fueron cayendo en diversas posturas y actitudes, siguiendo a Rekkon en desordenada
formación. Todos mantenían la cabeza levantada, aguardando nerviosamente el primer
cañonazo que se precipitaría por el tubo de descenso, pero no hubo ninguno. Han decidió
que la explosión del cañón debía de haber entretenido a los espos. Confiaba en que
tardarían un rato en descubrir que el tubo de descenso estaba activado, pero temía ver
iniciarse de un momento a otro la sobrecogedora caída con la consiguiente tensión en la
boca del estómago que se iniciaría en cuanto volvieran a reconectar el campo gravitatorio,
precipitándoles a Él y a Chewie - y a todo el grupo - hacia una muerte segura.
Siguieron descendiendo hasta las plantas destinadas a garaje. Rekkon por fin salió del
tubo de descenso, indicándoles que le siguieran. Todos estaban reunidos en una gran
zona de aparcamiento cuando empezaron a sonar las alarmas a lo lejos.
- Esperaba encontrar algún aparato volador de uno u otro tipo aquí - dijo amargamente
Rekkon -; no hemos tenido suerte.
- No vamos a meternos otra vez en ese tubo, eso al menos es seguro - declaró Han.
- Ahí hay un buen aparato de hélice. Cojámoslo - sugirió Atuarre.
Todos se amontonaron dentro y Han se hizo cargo de los controles, con Rekkon
instalado a su lado.
Chewbacca se sentó detrás, en la plataforma de carga, en compañía de los demás e
introdujo un nuevo cargador en su ballesta. El wookiee todavía no había tenido tiempo de
volver a depositar a Max en el tórax de Bollux, cuando Han ya había puesto el vehículo en
movimiento y emprendía la marcha a toda velocidad, efectuando un ajustado viraje para
enfilar por la rampa de salida, casi rozando la pared.
Han mantuvo las barras de mando del aparato apretadas a fondo, dándole al vehículo
toda la aceleración que era capaz de soportar sin peligro y una buena dosis más. La
rampa se deslizó bajo sus pies en una enloquecida espiral de Formex, mientras las
paredes pasaban frente a la capota delantera del helicóptero a una velocidad vertiginosa.
Rekkon comprendió en seguida que había obrado sabiamente al ceder los mandos al
hombre más joven.
Han tenía la esperanza de que a nadie se le habría ocurrido sellar aún el edificio que
contenía los sistemas de computadoras y, efectivamente, no lo habían clausurado. La red
de seguridad estaba inundada de todo tipo de alarmas, desde comunicados de
insurrecciones hasta llamadas denunciando altercados entre borrachos en el club de los
ejecutivos, en todo el Centro y todos los rincones de Orron III. El helicóptero emergió del
garaje como un cohete de un tubo de despegue. Con las prisas, Han había salido por una
puerta con un rótulo que indicaba claramente que se trataba de una ENTRADA. Una
unidad de control de tráfico tomó debida nota del número de matrícula del vehículo para
multarlo y remitirle una orden conminándole a comparecer ante los tribunales.
El helicóptero cruzó la ciudad a toda velocidad, guiándose en parte por las
instrucciones de Rekkon y en parte por el instinto de Han. Solo dejó a sus espaldas los
límites de la ciudad, la cual no tardó en convertirse en una mancha borrosa, y empezó a
perforar el aire sobre la carretera construida por fusión, mientras los demás vehículos
intentaban esquivarle zigzagueando histéricamente. Se felicitó de haberse entretenido un
rato buscando la localización del espaciopuerto desde el despacho de Rekkon. Puesto
que el vehículo estaba descapotado, el viento azotaba con fuerza a todos sus ocupantes,
agitando los cabellos, pelambre y vestimentas por un igual e impidiendo toda
conversación entre los pasajeros que se agarraban cómo y dónde podían.
Sin embargo, al doblar una curva en el último tramo, cerca ya del espaciopuerto, Han
descubrió que algún miembro de algún sector de la burocracia curiosamente se había
parado a pensar un poco. El vehículo de hélice estuvo a punto de precipitarse de morro
contra una barrera, un camión hovercraft de transporte de tropas de la Espo atravesado
en la carretera, con un par de ametralladoras husmeando cualquier posible blanco.
Han accionó violentamente los controles, hundiendo el pie en los pedales auxiliares, e
hizo volar su pequeño vehículo fuera de la vertical de la carretera. El motor vibró con el
esfuerzo; la baja carrocería del aparato empezó a azotar la superficie ondulante de un
campo de cereales y emprendió una errática carrera entre las espigas. Los tallos de las
plantas, un híbrido multimodular de Arcon, eran tan altos que el vehículo de hélice no
tardó en desaparecer entre ellos, al abrigo de las sorprendidas miradas de los espos. Sin
embargo, Han avanzó en zigzag de todos modos, por si acaso, y obró cuerdamente, pues
los espos dispararon a pesar de no poder localizar exactamente su blanco, sobre todo,
seguramente, para dar rienda suelta a su frustración. El camión hovercraft de transporte
de tropas era un vehículo de tierra, que no podía sobrevolar el campo cultivado, como
bien sabía Han. Lo cual significaba que si sus perseguidores deseaban darle caza,
tendrían que tragarse unas cuantas espigas primero.
Han tuvo que ponerse de pie, con la cabeza asomada por encima del parabrisas
mientras seguía pilotando, en un intento, por lo general infructuoso, por vislumbrar el
rumbo que llevaban. El aparato se fue abriendo paso entre densas hileras de grano
híbrido, proyectando un chorro de plantas aplastadas y paja por encima del chasis y a su
alrededor. Han frunció los ojos e intentó distinguir algo entre el huracán de restos
vegetales, en la medida de sus posibilidades, que no eran muchas. Había momentos en
que toda la carrocería del helicóptero estaba cubierta de tallos que se habían incrustado
en ella y el aparato parecía una extraña balsa agrícola.
Chewbacca, de pie y dando voces, se inclinó por encima del hombro de su compañero
y le indicó una dirección con el dedo. Han cambió de rumbo sin hacer preguntas. Tuvo
que accionar con fuerza los mandos para esquivar el obstáculo, una montaña de metal
amarillo, una de las enormes máquinas de cultivo automatizadas que labraban lenta y
pacientemente aquella parte de los ilimitados campos de Orron III.
Han se encontró de pronto en terreno descubierto, segado por la cosechadora. Hizo
virar el aparato describiendo un amplio círculo, calculó la posición del espaciopuerto y de
las hileras de monumentales barcazas varadas y emprendió la carrera en aquella
dirección.
En aquel momento, el camión hovercraft de los espos también emergió del sembrado,
pero en un punto más lejano, en dirección contraria al espaciopuerto. Han no podía perder
tiempo observando sus movimientos; prefirió avanzar describiendo suficientes eses y
curvas para evitar los puntos de mira de las armas de los espos. Fuertes salvas de
ametralladora estallaron junto al aparato, desencadenando pequeños fuegos
incandescentes en los rastrojos.
Han hizo girar bruscamente su aparato, en un intento de escapar de la línea de fuego,
pero las ametralladoras gemelas del camión hovercraft cada vez disparaban más cerca
por el lado de estribor, creando una cadena de erupciones sobre el campo. Han apretó a
fondo la barra de control para virar nuevamente a babor. Pero el artillero de la Espo, en un
intento de horquillar su blanco, se había adelantado a sus movimientos. Una explosión
perforó el suelo junto al vientre del vehículo de hélice.
El aparato dio una violenta sacudida, hundiendo el morro en el fértil terreno,
zarandeando y comprimiendo la cubierta del motor. Una columna de humo brotó del
compartimiento del motor y el pequeño vehículo se precipitó al suelo, abriendo largos
surcos entre los rastrojos.
Han intentó recuperar el control con todo su empeño, pero la barra de control se le
escapó de la mano en el último momento, su cabeza fue a estrellarse contra el parabrisas
y salió disparado del vehículo, que en aquel momento se detenía, y finalmente quedó
tendido de espaldas en el suelo. Han contempló el cielo de Orron III, que parecía dar
vueltas sobre su cabeza, mientras se preguntaba si todo su esqueleto había quedado
hecho picadillo. Ésa era al menos la sensación que él tenía.
Todo el mundo a tierra - anunció algo aturdido; distribución de equipajes a la izquierda.
Los demás bajaron tambaleándose del helicóptero destrozado. Han notó que alguien le
levantaba como si fuera un niño; las oscuras manos de Rekkon le izaban por la chaqueta.
Le alegró comprobar que seguía mas o menos de una pieza.
- ¡Corred hacia la verja del espaciopuerto! - ordenó Rekkon a los otros.
El zumbido del camión hovercraft de los espos iba creciendo a lo lejos.
Han se recuperó rápidamente de la caída. El camión se iba acercando rápidamente.
Rekkon le obligó a agacharse y lo empujó al abrigo de la punta del helicóptero, mientras
accionaba los adaptadores de su pistola desintegradora. Han empuñó su revólver.
- Llévatelos de aquí, Chewie - ordenó.
El vociferante wookiee, todavía con Max Azul bajo un brazo, empezó a empujar y a dar
voces a los otros invitándoles a ponerse en marcha. Atuarre y Pakka salieron a la
carretera; la hembra trianii medio arrastraba, medio llevaba en brazos a su cachorro,
seguida a escasa distancia por Torm. Incluso Bollux avanzaba a máxima velocidad, con
largos y ruidosos saltos, posibles gracias a su sistema de suspensión especialmente
diseñado para trabajos pesados, sin prestar atención al daño que ello podía causar a sus
amortiguadores. Chewbacca iba en último lugar, mirando con frecuencia por encima del
hombro. Frente a ellos se extendía otra franja de cereales, que otra máquina gigante
estaba segando en aquellos momentos, y más allá se alzaba la reja de seguridad del
espaciopuerto.
Han notó una cálida sensación líquida sobre la frente y cuando se la frotó, sus dedos
quedaron manchados de sangre, cortesía del parabrisas del vehículo de hélice. Rekkon,
que había terminado de ajustar su desintegrador, aguardaba que el camión hovercraft se
le pusiera a tiro, lo cual éste se disponía a hacer a aterradora velocidad.
El chofer del camión, entretenido observando las figuras que corrían hacia la reja, no se
fijó en los dos hombres que permanecían ocultos detrás del vehículo averiado. Cuando
los espos estuvieron a una distancia lo suficientemente corta, Rekkon apoyó los
antebrazos en la carrocería del vehículo de hélice y disparó.
Había puesto el desintegrador al máximo y la potente pistola se vació en una breve
ráfaga de devastadora energía. Han tuvo que protegerse la cara con la mano, mientras
pensaba que Rekkon estaba corriendo un gran riesgo; el desintegrador podía haberle
estallado fácilmente entre las manos, matándolos a los dos.
Pero, el chorro de fuego desintegrador atravesó la cubierta del motor y el parabrisas del
camión hovercraft. El vehículo de la espo se deslizó de costado, dio una vuelta sobre si
mismo y planeó rozando el suelo, levantando un montículo de tierra frente a él.
Han se descubrió la cara y observó que el cañón de la pistola de Rekkon estaba al rojo
blanco; el profesor tenía el rostro sudoroso y chamuscado. Rekkon descartó la pistola ya
inservible.
- Debe de haber dado clases en escuelas muy tumultuosas - se limitó a comentar Han
mientras se incorporaba de un salto, dispuesto a emprender otra vez la carrera.
Rekkon, con los ojos fijos en el camión volcado, no oyó sus palabras. Varios espos,
cubiertos de armaduras, ya empezaban a descender tambaleantes del vehículo a fin de
continuar la persecución a pie. El par de ametralladoras yacían retorcidas bajo el camión,
inutilizadas. Rekkon retrocedió un par de pasos y anunció:
- ¡Ha llegado el momento de partir, capitán Solo!
Han lanzó un par de tiros afortunados sobre los espos. La distancia era larga, pero aun
así les hizo morder el polvo. Después agachó la cabeza y echó a correr detrás de Rekkon,
preguntándose si los espos conseguirían acercarse lo suficiente para dispararles antes de
que pudieran llegar a la reja y saltarla, atravesarla o deslizarse por debajo de un modo u
otro. Pensándolo bien, debía reconocer que la manera fácil de ganar dinero parecía ser
ponerse del lado de los espos.
Durante un largo instante, Han se limitó a correr en pos de las raudas sandalias de
Rekkon aguardando que de un momento a otro una ráfaga destructora le quemara los
omóplatos. Luego levantó la cabeza, boqueando en busca de aliento. La monstruosa
cosechadora avanzaba entre las hileras de cereales a sus espaldas, cercenando con su
enorme bocaza una franja de varios metros de ancho, mientras vertía simultáneamente el
grano en un cargador gemelo. Han y Rekkon dieron un rodeo en torno a la máquina y Han
oteó el terreno frente a él. Divisó varias figuras que avanzaban dificultosamente entre los
tallos, pero no consiguió identificar ninguna de ellas. Un disparo levantó una nube de
polvo y llamas a su izquierda, indicándoles que los espos iban ganando terreno. Han y
Rekkon doblaron hacia la derecha, para interponer el enorme agrirobot entre ellos y sus
perseguidores. Luego empezaron a vadear a la carrera un océano de tallos de un dorado
color rojizo, entre los cuales lograban descubrir de vez en cuando a lo lejos la figura de
alguno de sus compañeros. De pronto, Han clavó los talones y se detuvo. Rekkon, que se
le había adelantado, advirtió el movimiento y también se paró. Ambos jadeaban
fuertemente, cuando Han preguntó:
- ¿Dónde está Chewie?
- Delante de nosotros, hacia ese lado; es difícil localizarlo con exactitud en medio de
este sembrado.
- No, no está allí. Es el único que resultaría fácilmente identificable, incluso ahí.
Han irguió el cuerpo y sintió una punzada de dolor en un costado.
- ¡Esto significa que ha quedado ahí atrás!
Echó a correr por donde había venido, sin prestar atención a las llamadas de Rekkon.
Cuando salió otra vez a terreno descubierto, en el acto comprendió lo sucedido.
Chewbacca había advertido que los espos tenían muchas probabilidades de dar alcance a
sus compañeros antes de que éstos consiguieran llegar al espaciopuerto y cruzar la reja.
Era preciso distraerlos para salvar las vidas de todos y, en consecuencia, el wookiee se
había detenido para prepararles una distracción.
Mientras Han gritaba rogándole que regresara, Chewbacca, con la ballesta colgada al
hombro y Max Azul bajo el largo brazo, trepó por el costado de la cosechadora gigante
que siguió su camino preprogramado. La cosechadora ya había transportado al wookiee
casi hasta donde se hallaban los espos, cuando éste trepó los últimos metros y se
encontró en la parte superior del agrirobot, donde estaba situado su Centro de control.
Chewbacca empezó a tirar de la cubierta protectora que tapaba los controles
intentando levantarla.
Pero se trataba de un diseño industrial de alta duración y resistió sus esfuerzos. Han y
Rekkon vieron que
Chewbacca se sentaba para poder hacer palanca con mayor facilidad. Luego aplicó
todas sus fuerzas en un enorme esfuerzo, la cubierta se zafó y el wookiee la arrojó lejos
de sí. En seguida empezó a trabajar frenéticamente, deshaciendo conexiones y
desplazando componentes a fin de hacerle un hueco a Max Azul.
Era imposible que pudiera escuchar los roncos gritos de Han en medio del ruido de la
cosechadora, y a tanta distancia, y desde el lugar donde se hallaba, el wookiee tampoco
podía divisar a los tres espos que habían conseguido aferrarse a una de las escaleras de
mantenimiento y habían empezado a trepar tras él.
Han estaba demasiado lejos para alertarlo. Los espos iban ascendiendo rápidamente.
La enorme cosechadora dio una sacudida y después sufrió una serie de extraños
temblores mientras Max Azul se hacía con el control y experimentaba las reacciones del
mecanismo.
En el momento mismo en que los espos, que ya habían conseguido llegar hasta el
extremo superior de la escalera, se disponían a apuntar sus armas sobre la columna
vertebral de Chewbacca, la cosechadora dio la sacudida más violenta de todas.
Un espo estuvo a punto de caerse y seguramente gritó, pues la cabeza del wookiee se
volvió en el momento mismo en que los tres se agachaban para no salir despedidos. El
disparo de la ballesta de Chewbacca explotó contra el pecho de uno de los hombres, el
cual se desplomó de espaldas y cayó rodando por un costado de la máquina. Pero al
volverse y disparar, el propio Chewbacca también perdió el equilibrio. La cosechadora
efectuó un brusco viraje y el wookiee tuvo que hacer un esfuerzo desesperado para
agarrarse a un cable. Consiguió cogerse, pero la ballesta se le escapó de las manos.
- ¡Chewie! - aulló Han, e hizo un gesto de correr hacia él, pero la manaza de Rekkon se
agarró a su hombro y le retuvo con firmeza.
- No puedes acudir a su lado ahora - gritó el profesor -, lo cual parecía perfectamente
cierto.
Más espos empezaban a formar un círculo en torno a la cosechadora que avanzaba
lentamente.
Chewbacca, desarmado, recuperó el equilibrio, y se abalanzó sobre los dos espos que
quedaban sin darles tiempo a recuperarse. Agarró a uno de ellos en un letal abrazo,
mientras derribaba al segundo de un puntapié, antes de que ni uno ni otro pudieran
levantar sus armas. Pero el segundo hombre logró agarrarse de alguna manera a la
pierna del wookiee y se aferró a ella como si en ello le fuera la vida.
Entretanto, Max Azul había conseguido controlar la cosechadora, eso al menos estaba
claro. Hizo girar la máquina en redondo, en un intento de engullir a toda la patrulla de
espos. Pero, guiándose por el primitivo sistema de orientación de la máquina, Max no
había advertido el trance en que se hallaba el wookiee. El brusco viraje hizo caer a
Chewbacca y los dos espos. Todos se precipitaron al suelo en un torbellino de piernas y
brazos y el wookiee de algún modo consiguió aterrizar encima de los otros dos. Pero, aun
así, fue una larga caída y, antes de que el aturdido humanoide pudiera incorporarse,
quedó sepultado bajo un enjambre de espos que blandían sus rifles.
Han se debatió intentando zafarse de la mano de Rekkon, mientras sentía temblar todo
su cuerpo hasta que le castañetearon los dientes.
- ¡Son muchísimos - imploraba Rekkon - no tienes ninguna posibilidad de salvarlo. Es
preferible que sigas vivo y en libertad y así podrás ayudar al wookiee más adelante!
Han dio media vuelta, con la pistola en la mano.
- Suéltame. Hablo en serio.
Rekkon comprendió por su mirada que así era en verdad; Han estaba dispuesto a
matar a cualquiera que se interpusiera entre él y Chewbacca. Las anchas manos negras
lo soltaron. Con la pistola en la mano, Han hecho a correr hacia la masa de espos.
No habría sabido decir cómo le derribó entonces Rekkon.
Toda su espina dorsal pareció encenderse y una cegadora parálisis se apoderó de su
cuerpo.
Tal vez había sido una descarga nerviosa o un golpe en un punto especialmente
seleccionado por su sensibilidad hidrostática.
En cualquier caso, Han se desplomó como una marioneta a la que acabaran de cortarle
las cuerdas.
La cosechadora, que había empezado a moverse con mayor rapidez, dio media vuelta
y volvió a avanzar hacia los espos. Los policías dispararon sobre ella, pero era difícil
detener con los disparos de arma corta la máquina gigante, siendo como era un aparato
muy sofisticado. Los disparos arrancaron algunos trozos del chasis y de las hojas
cortadoras, pero la cosechadora continuó su camino. Varios espos no consiguieron
escapar con suficiente rapidez entre las densas espigas y desaparecieron en su boca
cavernosa.
Max había descubierto finalmente la difícil situación de Chewbacca y se acercó para
darle la oportunidad de saltar otra vez sobre la máquina.
Pero una patrulla de espos ya se llevaba arrastrando a Chewbacca, cuyas piernas y
brazos colgaban fláccidamente.
Max no podía perseguirlos sin riesgo de dañar a Chewbacca con la torpe cosechadora.
Además, los espos habían empezado a concentrar su fuego. Max Azul deseó con todas
sus fuerzas poder tener a su lado a Bollux, para que le indicara cómo debía actuar; la
pequeña computadora no creía contar con el tiempo suficiente de funcionamiento para
tomar decisiones de tal magnitud. Sin embargo, no viendo otra solución, Max reconoció
que debía ir a reunirse con los demás. Hizo virar la voluminosa cosechadora, desconectó
el regulador de velocidad y la puso a correr a toda marcha. Han Solo advirtió vagamente
que Rekkon se lo había cargado al hombro; le costaba enfocar la mirada. Pero cuando
Max pasó por su lado, Rekkon dio un par de largas zancadas, tomó impulso para saltar y
aterrizó sobre el costado de la cosechadora. Trepó por una corta escalera y depositó a
Han en una estrecha plataforma. Han por fin logró levantar la cabeza. A lo lejos entre las
bruscas sacudidas de la máquina, alcanzó a distinguir al grupo de espos que se llevaban
prisionero a su amigo. Han apretó con fuerza el metal bajo sus manos, dispuesto a saltar
de la máquina y volverse atrás. En el acto, tuvo a Rekkon encima, retorciéndole los
brazos con una fuerza y una intensidad atemorizantes.
- ¡Es mi amigo! - gimoteó Han, intentando escapar.
Rekkon volvió a sacudirle, con más énfasis que violencia.
- Entonces ayuda a tu amigo - le instó la melodiosa voz de bajo -. Enfréntate con la
dura realidad: ¡tienes que salvar tu propia vida para salvarle a él, en vez de precipitar tu
muerte y la suya!
La gigantesca fuerza que le retenía prisionero se aflojó y Han se quedó alterado, pues
comprendía que Rekkon tenía razón. Se agarró a la barandilla de la plataforma y dejó de
contemplar las manchitas indistinguibles de Chewbacca y los espos.
- Ahh - gimió, bajando desconsoladamente los ojos -. Chewie...
VII
Cada vez que daba alcance a uno de los fugitivos, Max aminoraba la marcha de la
cosechadora justo lo suficiente para permitirle saltar a bordo. El primero que encontró fue
a Bollux, que había quedado rezagado del resto del grupo pese a todos sus esfuerzos; el
androide efectuó un último salto con un profundo boing de su suspensión, encontró un
asidero para su servo - garfio y se izó sobre la máquina. Después le tocó el turno a Torm,
quien después de acompasar su carrera a la marcha de la cosechadora, montó a bordo
con atlética pericia.
Los últimos en subir fueron Atuarre y Pakka, el cachorro agarrado a la cola de la
madre.
Max Azul aceleró intentando alcanzar el perímetro del espaciopuerto. Rekkon todavía
tenía sujeto a Han sobre la pasarela pero ahora era para asegurarse de que no cayera.
- Capitán, debes aceptar que ya no puedes hacer nada más aquí. Tus probabilidades
de llegar hasta donde se encuentra Chewbacca, aquí en Orron III, son infinitamente
pequeñas. Y, lo que es más importante, dudo que le retengan mucho tiempo aquí.
Seguramente se lo llevarán para interrogarlo, como a los demás. Nuestra misión ahora
también es la tuya; es prácticamente seguro que el wookiee será encarcelado con los
restantes enemigos especiales de la Autoridad.
Han se secó la sangre de la frente, se incorporó del suelo de la pasarela y empezó a
trepar por una escalera de mantenimiento.
- ¿A dónde vas? - preguntó Rekkon.
- Alguien tiene que indicarle a Max hacia dónde debe conducirnos - respondió Han.
El espaciopuerto estaba protegido por una reja de seguridad de malla fina, que
alcanzaba diez metros de altura y equipada con una carga eléctrica letal, cuya tensión se
mantenía por medio de postes transmisores emplazados en toda su extensión. Un
hombre desprotegido, o aun suponiendo que llevara armadura, no tenía la más mínima
posibilidad de atravesarla y salir con vida del empeño, pero la cosechadora les ofrecía
una forma especial de protección.
- Que cada uno se busque una plataforma - ordenó Rekkon -. ¡Y colocaos sobre las
franjas aislantes!
Sus distintos acompañantes, incluido Han, corrieron a buscar un lugar protegido,
apoyando firmemente los pies sobre las gruesas bandas de material aislante que recubría
las plataformas y pasarelas destinadas a los mecánicos.
La cosechadora llegó a la barrera del espaciopuerto cuando Max acababa de poner en
marcha otra vez las láminas segadoras. Un torbellino de energía defensiva estalló en
torno al agrirobot, surcando su proa con serpenteantes líneas de luz. Después las láminas
cortantes de la cosechadora abrieron una brecha en la reja, arrancando de cuajo y
engullendo unos veinte metros de malla. El campo energético defensivo desapareció de
aquella porción de la valía, al quedar interrumpida su continuidad. Conseguido lo cual, la
máquina gigante continuó su aplastante marcha hacia la llana extensión de acceso
controlado del área de aterrizaje.
Han se izó a fuerza de brazos hasta lo alto de la máquina y se quedó mirando a Max,
agazapado en la hornacina de control.
- ¿Puedes programar este artefacto para que funcione siguiendo tus órdenes?
El fotorreceptor del sondeador de computadoras giró hasta quedar enfocado hacia él.
- Está diseñado para hacer exactamente esto, pero sólo es capaz de recordar órdenes
sencillas, capitán. Es una máquina bastante lerda.
Han contrastó sus sospechas, sus presunciones y los conocimientos que poseía sobre
la manera de proceder de las fuerzas de seguridad.
- Concentrarán sus hombres en la zona del puerto reservada a las naves de pasajeros;
no se les ocurrirá que podamos huir en una barcaza. Pero seguro que buscarán este
cacharro, Max. Prográmalo de manera que nos deje algunos segundos de plazo para
despejar el campo y luego se dirija hacia la zona central del puerto.
Luego anunció, dirigiéndose a los demás:
- ¡Fin de viaje! ¡Todo el mundo al suelo!
Max Azul emitió una serie de roncos zumbidos, pitidos y gruñidos producto de su
esfuerzo. Luego anunció:
- Listo, capitán, pero será mejor que bajemos sin demora.
Han bajó la mano para coger a Max que se estaba desconectando de los controles de
la cosechadora, soltó los conectores que había acoplado Chewbacca y sacó a la
computadora de la hornacina. Max llevaba una correa oculta en una ranura en la parte
superior de su cuerpo. Han tiró de ella y se colgó el pequeño robot al hombro, como si
fuera un bolso.
Cuando saltó a tierra, Rekkon y los demás ya le esperaban. Todos retrocedieron
cuando la cosechadora se puso en movimiento otra vez, dieron rápidamente la vuelta y
echaron a correr entre las hileras de barcazas. Desde lo alto de la cosechadora, Han ya
había avistado, no muy lejos de allí, el fuselaje de la barcaza que ocultaba al Millenium
Falcon. Dejó a Max Azul al cuidado de Bollux y emprendió una loca carrera hacia su nave,
seguido con mayor o menor celeridad por el resto del grupo. La escotilla exterior, la falsa,
no estaba cerrada, como era de suponer. Han la empujó con la mano, abrió sin dificultad
la rampa y la escotilla interior.
Luego corrió veloz hacia la carlinga y empezó a manipular los controles, resucitando a
su nave, mientras gritaba:
- ¡Rekkon, avísame en cuanto todos hayan embarcado! ¡Y agarraos bien!
Se puso el casco de piloto y renunció a todas las precauciones, mientras pensaba «al
diablo el precalentamiento».
Insufló de inmediato el máximo de energía a los motores de la barcaza, confiando
simplemente en que no estallarían o se detendrían en seco a medio despegar.
Había puesto sus mayores esperanzas en las especiales características de la
burocracia. En algún lugar de la zona de cultivos, el comandante del destacamento de
espos debía de estar intentando explicar lo ocurrido a su superior. Este hombre, a su vez.
tendría que ponerse en contacto con la seguridad del puerto y pasarles el parte. Si la
cadena de mando era lo suficientemente complicada, el Falcon aún tendría posibilidades
de escapar.
Han se enfundó los guantes de piloto y pasó revista a los distintos preparativos con una
aguda sensación de que le faltaba algo; estaba habituado a repartirse aquellas tareas con
Chewbacca, y cada detalle de la operación de despegue le traía nuevamente a la
memoria la ausencia de su amigo.
Examinó los indicadores de la barcaza... y profirió una sarta de sus más selectos
improperios. Bollux, que acababa de entrar en la carlinga para transmitirle el mensaje de
Rekkon comunicándole que todo estaba en orden, añadió:
- ¿Ocurre algo, capitán?
- ¡Esta barcaza hija de su madre, eso es lo que ocurre! Un fletador de la Autoridad
excesivamente cumplidor ya se ha encargado de llenarla!
Así lo demostraban los instrumentos; en los enormes depósitos de la barcaza había
almacenados varios centenares de toneladas métricas de cereales.
Ya podían despedirse de la ascensión rápida que había planeado Han.
- Pero, señor - preguntó Bollux en su pausada forma de hablar -, ¿no podría
deshacerse de la envoltura de la barcaza?
- Suponiendo que consiga hacer funcionar los disparadores explosivos y que el Falcon
no sufra ningún daño, todavía tendría que atravesar las defensas de proximidad del
espaciopuerto y sortear tal vez alguna nave patrulla.
Volvió la cabeza y gritó por el pasillo:
- ¡Rekkon! ¡Destaca a alguien en las torres blindadas! ¡Puede que tengamos que
abrirnos paso por las bravas!
Han podía operar la artillería de las torres blindadas superiores e inferiores de la nave
desde la carlinga mediante un servo-sistema, pero el control remoto no podía equipararse
en efectividad con el uso de artilleros pensantes.
- ¡Y sujetaos bien; despegaremos dentro de veinte segundos!
La torre de control del espaciopuerto, que había advertido que la barcaza se disponía a
despegar, empezó a transmitir instrucciones a lo que todavía suponían era una nave
robotizada ordenándole interrumpir la maniobra. Han apretó los anuladores e hizo
responder al computador de la barcaza con una confirmación del permiso de despegue
como si ésa hubiera sido la orden de la torre.
La torre de control repitió su orden de interrumpir la maniobra, convencida de que un
fallo en el computador había venido a sumarse a todos los problemas que ya la
abrumaban.
Encendió los motores de despegue. La barcaza se elevó sobre el foso de amarre,
retorciendo la pasarela de abordaje e ignorando todas las instrucciones para que anulara
la maniobra. Cuando su campo visual aumentó un poco con la altura. Han consiguió
localizar la cosechadora abandonada. Se encontraba a mitad de camino del otro extremo
del gigantesco puerto, rodeada de camiones hovercraft, revoloteadores y artillería
autopropulsada de la Espo.
La máquina había quedado parcialmente inutilizada, pero aún seguía obedeciendo
impertérrita su programa preestablecido. Intentaba continuar segando.
Mientras Han seguía mirando, una andanada de cañonazos procedentes de todas
direcciones dejó definitivamente inmovilizada la máquina, arrancando grandes trozos y
transformando la mayor parte de su carrocería inferior en un montón de chatarra.
Alguien debía de haber perdido todo interés en coger vivos a los fugitivos. La planta
suministradora de energía de la cosechadora se inflamó formando una bola de fuego y la
máquina se partió por la mitad con una fuerza que hizo tambalearse los vehículos de
combate de la Espo.
Mientras la barcaza seguía ascendiendo morosamente debido a su pesada carga, sin
prestar ninguna atención a la cháchara de la torre de control, Han descubrió el punto
donde había sido capturado Chewbacca. Otro grupo de vehículos de la Espo se había
reunido en torno al camión destrozado.
Han no pudo determinar si su compañero seguía allí o si ya se lo habían llevado, pero
los campos hormigueaban de policías de seguridad, husmeando en busca de posibles
rezagados, como una plaga entre las espigas rojo-doradas.
Rekkon tenía razón; volver atrás habría significado un desastre seguro.
La barcaza dio una repentina sacudida convulsiva y los pasajeros del Falcon tuvieron la
sensación de que alguien acababa de cogerlos por el cuello de la camisa dándoles un
buen tirón.
Intuyendo algún desastre, Han iluminó las pantallas traseras. Bollux, que había estado
a punto de caer al suelo, se inclinó sobre el sillón del piloto para preguntarle qué había
sucedido. Han le ignoró.
La nave que él y Chewbacca habían avistado justo antes de aterrizar era una
patrullera, en órbita transpolar. Ni siquiera Rekkon había comprendido la magnitud de la
preocupación de la Autoridad por salvaguardar la seguridad de Orron III.
Por la popa de la barcaza se aproximaba velozmente un acorazado, uno de los
grandes navíos de la famosa Clase Invencible, según se les denominaba en la jerga del
estamento militar.
Medía más de dos kilómetros de largo y estaba erizada de torres blindadas, tubos
lanzacohetes, proyectores de rayo tractor y escudos desviadores, blindado como una
montaña de protoacero.
El acorazado les saludó con una orden de alto, al mismo tiempo que se identificaba: el
Shannador's Revenge, «La venganza de Shannador». La nave blindada ya había fijado su
rayos tractores sobre la barcaza y, en comparación con su enorme potencia, el rayo de la
gabarra de Durron no tenía más fuerza que un dedo.
- Se acabó la tregua - comentó Han mientras alineaba su artillería y se preparaba para
distribuir los escudos desviadores, aunque sabia que no le servirían de gran cosa.
El acorazado poseía un arsenal suficiente para detener y volatilizar varias naves de las
dimensiones del Falcon.
Han había conectado el interfono. Esa sacudida ha sido efecto de un rayo tractor.
- Procurad mantener la serenidad; las cosas pueden ponerse feas. «Ya podríamos
empezar a rezar», concluyó para sus adentros.
Pero no estaba dispuesto a dejarse coger vivo. Prefería abreviar las carreras de unos
cuantos espos y tener un final digno.
Se escuchó un ruido de golpes y crujidos de metal desgarrado del casco de la barcaza,
estrépito de soportes y puntales derribados.
El rayo tractor había desgajado algunas partes de la superestructura, debilitadas o
sueltas a resultas de las modificaciones introducidas en el casco, las cuales habían salido
proyectadas sobre el «Shannador's Revenge».
Eso le inspiró una idea a Han. Junto a él tenía una serie de pulsadores que le permitían
anular todas y cada una de las funciones computarizadas de la barcaza, obligándola a
obedecer sus propias órdenes. Sus dedos se clavaron en el teclado, mientras gritaba:
- Respirad hondo! Vamos a... - y quedó aplastado contra el respaldo de su asiento.
Acababa de accionar el mecanismo de descarga, abriendo las puertas posteriores de
los depósitos de la barcaza. Cientos de miles de toneladas de cereal cayeron dentro de
los campos tractores del acorazado, precipitándose sobre el «Shannador's Revenge» por
efecto de su propia fuerza bruta, mientras la barcaza se elevaba aligerada de su carga,
protegida por la cegadora estela de granos.
El acorazado quedó sepultado con los sensores embotados por la marejada de grano
que se le venía encima. Han, con un ojo fijo en sus propios sensores, observó que la nave
de guerra se había lanzado a cruzar la granizada de grano y estaba acortando
rápidamente la distancia que la separaba de la barcaza, pese a que no podía ver nada.
Sus rayos tractores seguían aferrados a la popa de la barcaza y Han se preguntó si el
capitán tardaría mucho en dar la orden de hacer fuego.
Sólo le quedaba una última posibilidad. Han accionó los mandos, detuvo los
retropropulsores de la barcaza y, prácticamente en un mismo gesto, pulsó los
disparadores de emergencia, con la otra mano preparada para coger la palanca de mando
del motor principal del Milleniun Falcon.
El casco de la barcaza tembló perdiendo buena parte de su velocidad, mientras en todo
el carguero y la nave más amplia que lo rodeaba retumbaba el estallido de los pernos al
explotar. Los elementos superestructurales, añadidos para afianzar al Falcon y disimular
su perfil, salieron despedidos.
Fracciones de segundo más tarde, los motores del Falcon volvían rugiendo a la vida,
desgajando con su fuego azul el pequeño carguero de los soportes que lo retenían y
cortando las conexiones exteriores de sus mandos.
Han hizo ascender al Falcon siguiendo el mismo curso que llevaba antes, de manera
que el casco de la barcaza sirviera de barrera entre ellos y el acorazado de la Autoridad.
El «Shanador's Revenge», con sus sensores dañados, no había advertido la drástica
pérdida de velocidad de la barcaza. El capitán estaba ordenando un cambio de vectores
cuando el navío de combate fue a estrellarse contra el casco desacelerado de la barcaza.
Las pantallas delanteras del «Shannador´s Revenge» estallaron en llamas por efecto del
impacto y sus campos antichoques entraron en acción en el momento mismo de la
colisión, mientras la nave partía en dos el cascarón flotante de la barcaza con un terrible
impacto que también causó daños estructurales a Su propio casco. El equipo de sensores
delanteros del navío de combate quedó inutilizado; la nave se inundó de señales de
alarma y partes comunicando los daños sufridos. Las compuertas herméticas comenzaron
a cerrarse automáticamente con gran estruendo en respuesta a una serie de fisuras
descompresoras en el casco.
Entretanto el Millenium Falcon trepaba esforzadamente hacia las capas superiores de
la atmósfera. La idea de que acababa de aplastarle la nariz a todo un acorazado,
consiguiendo escapar contra todas las previsiones, no logró alegrarle los ánimos a Han, y
tampoco le reconfortaba pensar que dentro de pocos instantes habrían alcanzado el
hiperespacio y, con él, la seguridad. Todos sus pensamientos estaban ocupados por una
simple, intolerable realidad: su amigo y copiloto se encontraba en esos momentos
indefenso entre las garras de la Autoridad del Sector Corporativo.
Cuando por fin vio separarse las estrellas frente a él y la nave estuvo a salvo en el
hiperespacio, Han permaneció varios minutos en su asiento pensando que ya no podía
recordar la última vez que había surcado el espacio sin llevar al wookiee sentado a su
lado.
Rekkon había tenido razón al intentar persuadirle para que escapara, pero eso no
impedía que Han tuviera la sensación de haberle fallado a Chewbacca.
Pero de nada servía ya lamentarse. Han se quitó el casco y se incorporó de su asiento.
Rekkon representaba ahora su única esperanza. Echó a andar hacia el compartimiento
delantero, la combinación de salón comedor y zona de esparcimiento de la nave, y antes
de llegar al final del pasillo ya advirtió que algo no marchaba. El ambiente estaba
impregnado del penetrante olor del ozono, el olor de los disparos de explosión.
- ¡Rekkon!
Han corrió hacia el lugar donde el profesor se había desplomado sobre el tablero de
juego. Le habían disparado por la espalda, con un revólver regulado para descargar un
rayo finísimo a baja potencia. El sonido del disparo probablemente no había llegado a
traspasar los limites del compartimiento. Sobre el tablero de juego, bajo el cuerpo de
Rekkon, había una pantalla de lectura portátil. Junto a ella se veía una clara mancha
burbujeante de líquido de fusión, los restos de la placa con los datos. Rekkon estaba
muerto, evidentemente; le habían disparado a corta distancia.
Han se apoyó contra un mamparo acolchado, frotándose los ojos mientras se
preguntaba cómo debía actuar a partir de allí. Rekkon representaba su única esperanza
de rescatar a Chewbacca y escapar de ese absurdo embrollo. Con Rekkon asesinado, la
información que tanto les había costado obtener perdida y al menos un traidor asesino a
bordo, Han se sintió solo como raras veces se había sentido en su vida. Tenía el revólver
en la mano, pero no había nadie más en el compartimiento ni tampoco en el pasillo.
Se escuchó un sonido metálico de pasos sobre los peldaños de la escalera principal.
Han corrió hacia allí y se topó con Torm que subía de la torreta inferior del Falcon.
Cuando estuvo a su altura, Torm se encontró con el cañón de la pistola de Han ante los
ojos.
- Dame tu pistola, Torm, y no hagas preguntas. Mantén la mano derecha apoyada en el
pasamanos y sácala con la izquierda, despacio. Procura no cometer ninguna
equivocación; sería la primera y la última.
Cuando el otro le hubo entregado la pistola, Han le dejó subir y a continuación le hizo
vaciar su bolsa de herramientas. Le registró las ropas de la cabeza a los pies y una vez
comprobado que no llevaba otras armas, le hizo pasar al salón. A continuación se acercó
a la escalera para llamar a Atuarre que se hallaba en la torreta superior de la nave.
Mientras tanto no dejó de vigilar ni un momento a Torm, que se había quedado mirando
anonadado el cuerpo sin vida de Rekkon.
- ¿Dónde está su cachorro? - preguntó Han al hombre, sin inmutarse.
El pelirrojo se encogió de hombros.
- Rekkon mandó a Pakka en busca de un botiquín de urgencia. No fuiste el único que
sufrió heridas durante la huida. El cachorro se entretuvo por el camino e imagino que
cuando diste orden de que todos se sujetaran bien, así lo hizo.
Torm volvió a contemplar el cuerpo de Rekkon, como si no pudiera hacerse a la idea de
que el hombre estuviera muerto.
- ¿Quién ha sido, Solo? ¿Tú?
- No. Y la lista de posibilidades es terriblemente corta.
Han escuchó los ligeras pisadas de Atuarre sobre los peldaños y la apuntó cuando
salía del pozo de la escalera. Una máscara de odio felino cubrió las facciones de la trianii.
- ¿Cómo te atreves a apuntarme con un arma?
- Silencio. Deposita tu pistola aquí, con cuidado, después da un paso atrás y deja tu
cinturón de herramientas. Alguien ha matado a Rekkon y muy bien puedes haber sido tú.
Conque no me pongas nervioso. No pienso decírtelo dos veces.
Atuarre se le quedó mirando con los ojos muy abiertos. La noticia de la muerte de
Rekkon parecía haberle hecho olvidar toda su furia. ¿Pero cómo puedo saber si su
reacción es auténtica o si está fingiendo?, se preguntó Han.
Una vez los tuvo a los dos en el compartimiento delantero, seguía sin detectar nada
aparte de sorpresa y desaliento. Al menos, el desánimo de los otros le sirvió de estímulo
para olvidar el suyo.
Un claqueteo metálico de las planchas de la cubierta acompañó la aparición de Bollux
procedente de la carlinga. Han no se volvió a mirarlo hasta que captó el tono angustiado
de la voz del androide.
- ¡Capitán!
Han giró en redondo, apoyando una rodilla en el suelo, con el revólver levantado. Junto
al umbral que comunicaba el pasillo con la carlinga estaba agazapado el cachorro, Pakka,
blandiendo su pequeña pistola en una mano-garra, mientras sostenía un botiquín en la
otra. Parecía vacilar indeciso sobre cómo debía actuar.
- ¡Cree que me estás amenazando! - dijo Atuarre con voz ronca, mientras se disponía a
acudir junto a su cachorro.
Han volvió la pistola sobre ella y siguió vigilando al cachorro.
- Dile al chico que deje la pistola y corra hacia ti, Atuarre. ¡Ahora mismo!
Ella así lo hizo y el cachorro, paseando una sorprendida mirada de Han a su madre,
obedeció.
Torm cogió el botiquín de manos del cachorro y se lo dio a Han. Sin dejar de apuntar a
sus pasajeros, Han se instaló en un sillón de aceleración y abrió el botiquín con la mano
libre. Aplicó la boquilla de una ampolla de irrigación a la herida que tenía en la frente y
después la secó con una compresa desinfectante.
Luego, dejó el botiquín en el suelo, recogió las tres armas confiscadas, las dejó a un
lado, y se dispuso a enfrentarse con Torm, Atuarre y Pakka. Su cerebro daba vueltas en
círculos sin encontrar una solución.
¿Cómo averiguar quién habla sido? Todos disponían de un arma y habían tenido
tiempo suficiente. O bien Pakka había vuelto atrás antes de cumplir su cometido, o bien
uno de los otros dos había abandonado su torreta el tiempo suficiente para cometer un
asesinato. Han casi lamentó no haber intercambiado algunos disparos con el
«Shannador's Revenge»; entonces al menos habría sabido si una de las cúpulas estaba
desatendida.
Atuarre y Torm habían empezado a intercambiar recelosas miradas.
- Rekkon ya me contó - estaba diciendo Torm que tuvo muchas dudas antes de
aceptaros a ti y al cachorro.
- ¿Yo? - exclamó ella -. ¿Y por qué no tú? - Se volvió hacia Han -. ¿O tal vez tú?
Esa acusación le hizo reaccionar.
Mira, hermana, yo os he sacado de allí, ¿recuerdas? Y además, ¿cómo iba a despegar
y asesinar a Rekkon al mismo tiempo? Y, por otra parte, Bollux ha estado constantemente
a mi lado.
Han volvió a hurgar en el botiquín, extrajo un parche de piel sintética y se lo aplicó
sobre la herida, con la cabeza hecha un torbellino.
- Todo eso podrías haberlo hecho a través del computador, Solo, o puedes haberle
matado justo antes de que yo subiera - dijo Torm -. ¿Y qué valor puede tener el testimonio
de un androide? De momento, tú eres el que está apuntando a los demás con una pistola,
matón.
Han descartó el botiquín y respondió:
- Ya sé lo que voy a hacer. Todos vosotros, los tres, vais a vigilaros unos a otros. El
único que estará armado seré yo. Y si no me gusta cómo me mira alguno de vosotros, lo
liquidaré. Todos sois presa fácil, ¿entendido?
Atuarre se acercó al tablero de juego.
- Te ayudaré a trasladar a Rekkon - dijo.
- No lo toques - gritó Torm -. Tú lo has matado, o bien ese cachorro tuyo, o tal vez los
dos.
El enorme pelirrojo había cerrado amenazadoramente los puños.
Atuarre y también Pakka sacaron sus garras. Han los obligó a calmarse con un
movimiento de su pistola.
- Tranquilo todo el mundo. Yo me ocuparé de Rekkon; Bollux puede ayudarme. Los tres
os meteréis en ese compartimiento de carga, junto al pasillo central.
Han acalló sus objeciones indicándoles el cañón de la pistola. Primero Torm y luego los
dos trianii se pusieron en marcha. Han los vigiló hasta que estuvieron dentro del
compartimiento de carga.
- Si cualquiera de vosotros asoma la cabeza sin que yo se lo haya ordenado, supondré
que intenta atacarme y lo achicharraré. Y si alguien sufre algún daño ahí dentro, arrojaré
al espacio al que quede sano, sin más contemplaciones.
Dicho esto, cerró la escotilla y los dejó.
Bollux le esperaba en silencio en el compartimiento delantero en compañía de Max
Azul, al que había depositado sobre un pupitre a su lado. Han contempló el cadáver.
- En fin, Rekkon, hiciste todo lo que estuvo en tu mano, pero no fue suficiente, ¿no
crees? Y ahora me has cargado el muerto a mí. Mi compañero está prisionero y tengo a tu
asesino aquí a bordo conmigo, Eras un viejo simpático, pero quizá preferiría no haberte
conocido jamás.
Han levantó uno de los pesados brazos e intentó levantar el cadáver.
- Cógelo por el otro lado, Bollux; no era un peso liviano.
Entonces descubrió el mensaje. Han apartó torpemente el cuerpo de Rekkon y se
agachó a leer un mensaje garabateado sobre el tablero de juego que había quedado
oculto bajo el brazo del hombre. La letra era poco clara, trazada presurosa e
irregularmente por una mano débil y dolorida.
Han movió la cabeza en uno y otro sentido mientras iba descifrando el mensaje en voz
alta:
- Confín de las estrellas, Mytus VII
Se arrodilló y en seguida descubrió la estilográfica de Rekkon manchada de sangre
tirada en el suelo junto al pie del tablero de juego. Con las pocas fuerzas que le restaban,
cuando ya lo habían dejado por muerto, Rekkon había conseguido dejar una nota
comunicando lo que había averiguado a partir de la placa de la computadora. Aun
moribundo, no había abandonado su campaña.
- Insensato - comentó Han -. ¿A quién intentaba comunicárselo?
- A vos, capitán Solo - respondió automáticamente Bollux.
Han se volvió sorprendido hacia él.
- Rekkon dejó ese mensaje para vos, señor. La herida indica que le dispararon por la
espalda y, en consecuencia, lo más probable es que no llegara a ver a su atacante. El
único ente vivo en quien podía confiar érais vos, capitán, y era lógico por su parte suponer
que estarías presente cuando se levantara su cadáver. De este modo se aseguró de que
llegaríais a recibir la información.
Han se quedó mirando el cuerpo sin vida durante un largo instante.
- Muy bien, tú ganas, viejo testarudo.
Alargó el brazo y difuminó y borroneó las palabras con la mano.
- Bollux, nunca has visto esto, ¿entendido? Tú, como si fueras mudo.
- ¿Debo borrar esta porción de mi memoria, señor?
Han le respondió lentamente, como si empezara a contagiársele la manera de hablar
del androide:
- No. Tal vez tengas que comunicárselo a otros si yo no consigo llegar. Y asegúrate de
que Max Azul también mantenga el pico cerrado.
- Sí, capitán.
Bollux se acercó a coger el otro brazo de Rekkon mientras Han se disponía a levantarlo
otra vez. Las articulaciones del androide crujían y sus servo - pinzas chirriaban.
- Era un gran hombre, ¿no creéis, capitán?
Han debía de hacer un gran esfuerzo para sostener el peso del cadáver.
- ¿A qué te refieres?
- Simplemente que tenía una función, una finalidad que le importaba por encima y más
allá de su vida, señor. ¿No creéis que eso es señal de grandeza de miras?
- Tú tendrás que encargarte de la elegía, Bollux; lo único que yo puedo decirte es que
ha muerto. Y tendremos que arrojarlo por la escotilla de emergencia; todavía corremos el
riesgo de que nos aborden y no podemos tenerlo por aquí.
Sin más comentarios, los dos arrastraron el cuerpo de Rekkon, que había conseguido
comunicarse con ellos más allá de la muerte para ofrecerle a Han las respuestas que
precisaba.
Han abrió la escotilla. Atuarre, Pakka y Torm levantaron las cabezas al unísono. Se
habían instalado sobre el suelo desnudo de la cubierta, el hombre en un extremo del
compartimiento vacío y los trianii en la otra punta.
- Hemos tenido que deshacernos de Rekkon - les dijo Han -. Atuarre, quiero que tú y
Pakka os dirijáis ahora mismo al compartimiento delantero. Y de paso puedes poner algo
de comer en el módulo calentador. Tú, Torm, vendrás conmigo; necesito que me ayudes a
reparar los daños sufridos durante el despegue.
Atuarre protestó.
- Pertenezco a la Guardia Montada Trianii y soy piloto diplomado, no una sirvienta.
Además, capitán Solo, ese hombre es un traidor.
- Ahórrate la saliva - la interrumpió Han -. He guardado bajo llave todas las demás
armas que había en la nave, incluida la otra ballesta de Chewie. El único que va armado
soy yo y pienso mantener esta situación hasta que decida qué debo hacer con todos
vosotros.
Ella le lanzó una hosca mirada y le dijo:
- Eres un necio, capitán Solo.
Luego salió, con Pakka a la cola.
Torm se levantó, pero Han le cortó el paso cruzando un brazo sobre la escotilla. El
pelirrojo retrocedió hacia el interior del compartimiento y permaneció a la espera.
- Sólo puedo confiar en ti - le dijo Han -. Bollux realmente no sirve para gran cosa y
acabo de descubrir quién mató a Rekkon.
- ¿Cuál de los dos lo hizo?
- Pakka, el cachorro. Ha estado bajo la custodia de la Autoridad y algo debieron
hacerle. Por eso no habla. Creo que le programaron el cerebro y luego dejaron que
Atuarre lo recuperara. Rekkon no habría permitido que ningún otro miembro del grupo se
acercara a él.
Torm asintió tristemente. Han extrajo la pistola del hombre de la parte posterior de su
pistolera y se la tendió. El indicador de carga marcaba lleno.
- Guárdate esto. No sé con certeza si Atuarre ya lo ha adivinado, pero estoy dispuesto
a seguirles un poco el juego e intentar descubrir si alguno de los dos sabe algo que pueda
sernos de utilidad.
Torm se guardó la pistola en el bolsillo del mono.
- ¿Y ahora qué hacemos?
Rekkon dejó un mensaje antes de morir, lo inscribió sobre el tablero de juego. La
Autoridad tiene detenidos a sus prisioneros especiales en un lugar llamado Confín de las
Estrellas, en Mytus VI. Cuando hayamos reparado la nave, nos reuniremos todos en el
compartimiento delantero y examinaremos toda la información contenida en los archivos y
computadoras sobre este lugar. Tal vez Pakka o Atuarre se traicionarán cuando lo
hagamos.
Una vez tuvieron reparados, en la medida de sus posibilidades, los ligeros desperfectos
que había sufrido el Millenium Falcon durante su huida de Orron III, la tripulación de la
nave se reunió en el compartimiento delantero. Han traía consigo cuatro pantallas de
lectura portátiles.
Distribuyó una a cada uno de los demás y se quedó con la cuarta. Bollux lo observaba
todo, sentado en un rincón, con Max otra vez en su emplazamiento habitual, asomado al
tórax del androide.
He acoplado estas pantallas a las computadoras de la nave - explicó Han -. Cada una
está sintonizada para recibir un tipo determinado de información. Yo me encargaré de los
datos de navegación, Atuarre tiene la información planetológica; Pakka puede obtener el
material no clasificado de la Autoridad y a Torm le corresponden los archivos de los
técnicos clandestinos. Adelante, pulsad Confín de las Estrellas y a ver qué averiguamos.
Los otros tres siguieron en seguida su sugerencia.
La pantalla de Torm permaneció en blanco, sólo con la pregunta. Otro tanto le ocurrió a
Atuarre. La trianii levantó la vista, al igual que los demás, para ver qué obtenía Han en su
pantalla.
- Las pantallas portátiles que os he dado no están conectadas - les dijo éste -, sólo la
mía funciona.
- Atuarre, muéstrale tu pantalla a Torm.
Atuarre vaciló un instante, pero finalmente hizo lo que le pedían e hizo girar la pantalla
para que el pelirrojo pudiera verla. En ella se leía simplemente la pregunta formulada,
MYTUS VIII.
- Tú también, Pakka - le indicó Han al cachorro.
En su pantalla se leía MYTUS V.
- Observad su cara - les indicó Han a los demás, refiriéndose a Torm, que se había
puesto pálido -. ¿Comprendes lo que has hecho, lo comprendes, Torm? Deja que todos
vean tu pantalla. Ahí pone MYTUS VII, pero yo te había dicho que el Confín de las
Estrellas estaba en MYTUS VI, igual como les indiqué un planeta falso a los demás. Pero
tú ya sabías cuál era el correcto, porque lo leíste por encima del hombro de Rekkon, antes
de asesinarlo, ¿verdad?
Su voz perdió su falso tono jovial.
- He dicho, ¿verdad, traidor?
Torm se puso de pie con impresionante velocidad, empuñando la pistola. Atuarre
también desenfundó la suya y le apuntó. Pero ni el disparo de Torm contra Han ni el de
Atuarre contra aquél surtieron ningún efecto.
- ¿Dos fallos? - inquirió inocentemente Han, mientras sacaba su propia arma de la
pistolera -. Te apuesto que la mía funciona, Torm.
Torm, furioso, arrojó la pistola contra él. Han reaccionó con los reflejos propios de un
piloto espacial, derribando la pistola a medio camino con un certero golpe de la mano
izquierda. Pero Torm ya se había vuelto y tenía agarrada a la sorprendida Atuarre con una
salvaje llave de combate, preparado para romperle el cuello con un ligero movimiento.
Cuando ella intentó resistirse, le dobló el cuello hasta casi el punto de fractura y la obligó
a rendirse.
- Deja ese revólver, Solo - bramó -, y pon las manos sobre el tablero de juego, o...
Torm no pudo terminar la frase, pues Pakka, en un salto espectacular, aterrizó sobre
sus hombros y empezó a clavarle los colmillos en el cuello y a arañarle los ojos con las
garras, mientras intentaba estrangularlo con la flexible cola. Torm se vio obligado a soltar
a Atuarre para impedir que el cachorro le dejara ciego. La trianii intentó volverse y ofrecer
batalla, e incluso Bollux se había incorporado ante la emergencia, sin saber demasiado
bien qué debía hacer.
Torm lanzó un puntapié traicionero contra Atuarre. Su peso y fuerza superiores la
hicieron caer rodando, cortándole el paso a Han, que avanzaba buscando un punto desde
donde hacer blanco sin intromisiones. Mientras Han esquivaba a Atuarre, Torm se arrancó
a Pakka de los hombros y arrojó el cachorro lejos de sí, en el momento mismo en que
Bollux se interponía torpemente en el camino del piloto. Pakka rebotó contra una de las
planchas acolchadas que recubrían la compuerta del compartimiento y Torm salió
corriendo por el pasillo.
Huyendo a toda velocidad, Torm dejó atrás la carlinga, la escalera principal y la
escotilla de la rampa, en ninguna de las cuales podía esperar encontrar ni siquiera un
refugio transitorio. Entonces oyó aproximarse rápidamente las pisadas de las botas de
Han a sus espaldas y se metió en el primer compartimiento que encontró en su camino,
maldiciéndose por no haberse entretenido a estudiar los planos de la nave. Al cruzar el
umbral pulsó el botón que cerraba la escotilla. El compartimiento estaba vacío y en él no
había ninguna herramienta, nada que pudiera utilizar como arma. Había abrigado la
esperanza de que fuera la cámara de la cápsula de emergencia, pero la suerte no le
había acompañado. Al menos, pensó, tendría unos momentos de respiro. Tal vez podría
ganar tiempo, a lo mejor incluso conseguiría arrebatarle el revólver a Solo. Estaba tan
enfrascado en sus pensamientos que, por un instante, no advirtió dónde se encontraba.
Pero cuando se dio cuenta, se abalanzó sobre la compuerta que acababa de atravesar y
empezó a aporrear los mandos, gritando una sarta de obscenidades.
- No pierdas el tiempo - dijo la voz de Han a través del intercomunicador -. Te
agradezco que hayas escogido la compuerta de emergencia, Torm. Éste habría sido tu
destino de todos modos.
Han le miraba a través del ojo de buey de la escotilla interior de la compuerta. Había
anulado los mandos de la compuerta para asegurarse de que Torm no pudiera volver a
meterse dentro. Todos los sistemas de acceso al Falcon tenían anuladores interiores
acoplados, a fin de complicar la existencia a cualquier persona interesada en forzar la
entrada, una medida prudente en una nave de contrabandistas.
Torm intentó humedecerse los labios con una lengua muy seca.
- Solo, espera, reflexiona un momento.
- No malgastes tu aliento, Torm. Vas a necesitarlo, pues tendrás que continuar a nado.
Naturalmente, en la compuerta no había ningún traje espacial. Los ojos de Torm se
dilataron llenos de pavor.
- ¡No, Solo, no! Jamás tuve nada contra ti; nunca habría embarcado, pero ese
malnacido de Rekkon y los trianii no me quitaron los ojos de encima ni un momento. Si
hubiera intentado escabullirme, me habrían matado. ¿Comprendes mi situación, verdad?
Tenía que jugarme el todo por el todo, Solo!
- Y por eso mataste a Rekkon - le dijo suavemente Han, sin ningún tono de duda en la
voz.
- ¡Tuve que hacerlo! Si él llegaba a hacer pública la existencia del Confín de las
Estrellas, ¡yo habría perdido la cabeza! Tú no conoces a esos tipos de la Autoridad, Solo;
no aceptan ni un fracaso. Tenía que escoger entre Rekkon o yo.
Atuarre se asomó detrás de Han y en seguida la siguieron Pakka y Bollux. El cachorro
se subió a los hombros del androide para ver mejor.
- Pero, Torm - intervino Atuarre -, Rekkon te localizó, te incorporó al grupo. Tu padre y
tu hermano realmente han desaparecido.
Sin apartar la mirada del ojo de buey, Han añadió:
- Claro que desaparecieron. Tu padre y tu hermano mayor, ¿verdad, Torm? Aunque,
pensándolo bien, en su ausencia tú debías ser el heredero de los Pastos de los Kail, ¿no
es así?
La cara del traidor estaba pálida como la cera.
- Sí, si seguía las instrucciones de la Autoridad.
- ¡Solo, no te hagas el justiciero conmigo! Dijiste que eras un hombre de negocios,
¿no? ¡Puedo conseguirte todo el dinero que quieras! ¿Quieres recuperar a tu amigo? El
wookiee ya debe de estar camino del Confín de las Estrellas; tu única oportunidad de
volver a verle es negociar conmigo. La Autoridad no tiene nada contra ti; ¡pide el precio
que quieras!
Torm había recuperado el control de sí mismo y siguió hablando más serenamente.
- Esa gente cumple su palabra, Solo. Ni siquiera saben vuestros nombres todavía,
ningún nombre; mi misión era supersecreta y me reservé toda la información a fin de
poder aumentar después el precio. Hagamos un trato. La Autoridad es simplemente un
grupo de buenos negociantes, como tú y yo. Puedes recuperar al wookiee y quedar libre
para marcharte con suficiente dinero en los bolsillos para comprarte una nave nueva.
Su oferta quedó sin respuesta. Han se había vuelto a contemplar su propio reflejo
sobre la placa metálica del panel de mandos de la compuerta de emergencia. Torm
aporreó con los puños la escotilla interior, en un sordo tamborileo.
- Solo, pide lo que quieras; yo te lo conseguiré, ¡te lo juro! Tú eres un tipo que sólo mira
por sus propios intereses, ¿no es así? ¿No es eso lo que eres, Solo?
Han siguió mirando fijamente el enjuto reflejo de su cara. Si las facciones hubieran
pertenecido a otro hombre, habría dicho que esos ojos estaban demasiado
acostumbrados a ocultarlo todo excepto el cinismo Sus pensamientos eran como un eco
de las palabras de Torm: ¿Es esto lo que soy? Volvió a contemplar la cara de Torm,
aplastada contra el ojo de buey.
- Pregúntaselo a Rekkon - respondió Han y pulsó el botón que abría la compuerta.
La escotilla exterior se abrió de golpe. Se oyó una explosión del aire al expandirse en el
vacío y Torm se perdió en la caótica seudorealidad del hiperespacio. Una vez fuera del
manto de energía del Millenium Falcon, las unidades de materia y momentos de fuerza
que constituían el ser Torm dejaron de tener ningún sentido coherente.
VIII
- Capitán Solo...
Atuarre se asomó a la carlinga, interrumpiendo sus pensamientos.
- ...¿no va siendo hora de que hablemos? Llevamos casi diez unidades-patrón de
tiempo aquí metidos y el curso de acción a seguir está tan poco claro como cuando
llegamos. Tenemos que tomar alguna decisión, ¿no crees?
Han apartó la mirada de la distante manchita, apenas visible, de Mytus VII, que se
vislumbraba al otro lado de la cubierta de la carlinga. En torno al Millenium Falcon se
alzaban por todos lados los picos y colinas del minúsculo asteroide donde se habían
ocultado.
- Atuarre, no sé cómo les sienta la espera a los trianii, pero por mi parte, es lo que más
detesto. Sin embargo, no podemos hacer nada más; tenemos que ser pacientes y esperar
una oportunidad.
Ella no estaba dispuesta a aceptar esa respuesta.
- Existen otros cursos de acción, capitán. Podríamos intentar comunicarnos con Jessa
otra vez.
Sus ojos rasgados permanecieron clavados sobre él.
Han se volvió sobre el asiento del piloto para mirarla directamente a la cara y lo hizo
con tanta rapidez que ella retrocedió en un gesto reflejo. Al ver su reacción, Han intentó
controlar su malhumor.
- Podemos perder cualquier cantidad de tiempo buscando a Jessa. Lo más probable es
que cuando su grupo salió huyendo, después de que nos atacaran los cazas de la Espo,
Jessa seguramente cavó un hoyo para esconderse, y se metió dentro llevándose el hoyo
con ella.
El Falcon puede superar la velocidad lumínica en un factor del orden 0.5, pero aun así
podemos perder un mes buscando a los técnicos clandestinos sin conseguir encontrarlos.
Es posible que Jessa se entere de algún modo, o que sintonice una de las
transmisiones de sondeo preestablecidas, pero no podemos contar con ella. La verdad es
que yo no confío en nadie excepto en mí mismo; y si tengo que sacar a Chewie de allí yo
solo, lo haré.
Atuarre parecía menos nerviosa.
- No estás solo, capitán Solo. Mi compañero también está en el Confín de las Estrellas.
Tu lucha es la lucha de Atuarre.
Le alargó una fina mano terminada en afiladas garras.
- Pero ahora, come un poco. Mirando a Mytus VII no arreglarás nada y puede que
entretanto se nos escape alguna posible solución.
Han se incorporó lentamente de su asiento, después de lanzar una última mirada hacia
el distante planeta.
Mytus VII era un peñasco inútil, comparado con otros mundos, que giraba en torno a un
pequeño sol sin nada de particular, en el último rincón del manojo de estrellas que
constituía el Sector Corporativo. El Confín de las Estrellas, ciertamente. El riesgo de que
alguien pudiera descubrir por casualidad el centro de detención de la Autoridad en ese
lugar, a menos que lo estuvieran buscando específicamente, era muy remoto.
Puesto que Mytus VII estaba señalizado en los mapas como un planeta situado en el
límite exterior mismo de su sistema solar, Han había entrado en el espacio normal unas
diez unidades-patrón de tiempo antes de llegar, emergiendo en las profundidades del
espacio interestelar, lejos del alcance de los sensores.
Había entrado por el extremo opuesto del sistema para adentrarse en un denso
cinturón de asteroides situado a medio camino entre Mytus VII, su sol y una vez allí
husmeó hasta encontrar lo que buscaba, ese escarpado peñasco.
Mediante la fuerza de los motores y rayos tractores de su nave espacial consiguió
situar al asteroide en una nueva órbita, desde la cual podía observar a larga distancia el
Confín de las Estrellas con la seguridad de que ninguno de sus habitantes advertiría el
movimiento ligeramente desusado de una minúscula motita del cinturón de asteroides no
cartografiado.
Luego había dedicado la mayor parte de su tiempo a escuchar las comunicaciones del
planeta, a estudiarlo a través de los sensores y observar la llegada y salida de alguna que
otra nave ocasional. El intercambio de comunicaciones que escuchó no le reveló nada de
interés; la mayor parte del mismo se desarrollaba en códigos cifrados que los análisis de
sus computadoras no consiguieron desentrañar. Los mensajes en lenguaje llano eran de
carácter mundano o bien carecían de sentido y Han sospechaba que al menos algunos de
ellos estaban destinados sólo a cubrir las apariencias, para hacer aparecer el Confín de
las Estrellas como un centro corriente, aunque remoto, de la Autoridad.
Por fin, Han se decidió a seguir a Atuarre al compartimiento delantero. Bollux estaba
sentado junto al tablero de juegos con las planchas de su tórax abiertas, mientras Pakka
intentaba cazar un juguete de control remoto. El aparato, una pequeña esfera accionada
por campos magnéticos y energía repulsora, giraba, bajaba en picado, volvía a ascender
y zigzagueaba en imprevisibles cabriolas. El cachorro lo perseguía agitando alegremente
la cola, disfrutando claramente con el juego. La pelota de control remoto se le escapaba
una y otra vez, demostrando una versatilidad superior a la normal.
Mientras Han lo observaba, Pakka estuvo a punto de atrapar la esfera, pero ésta
esquivó su zarpazo en el ultimo instante.
Han miró al androide.
- ¿Eres tú quien maneja la pelota de control remoto, Bollux?
Los fotoreceptores rojos se posaron en su cara.
- No, capitán. Max le está transmitiendo pulsaciones informativas. Es mucho más
experto que yo en la anticipación y determinación de factores de probabilidad, señor. Los
factores de probabilidad son conceptos sumamente complejos.
Han contempló al cachorro que en un último y largo brinco por fin consiguió atrapar la
pelota en el aire, derribándola sobre la cubierta donde se echó a rodar con ella
absolutamente encantado. Después el piloto se sentó junto al tablero de juegos, que
muchas veces les servía también de mesa, y aceptó el tazón de caldo concentrado que le
ofrecía Atuarre. Los alimentos frescos se les habían agotado varias unidades de tiempo
antes y tenían que sobrevivir a base de las abundantes, aunque poco apetitosas, raciones
de emergencia del Falcon.
- ¿Nada nuevo, capitán? - preguntó Bollux.
Han dio por sentado que el androide ya conocía la respuesta y sólo se lo había
preguntado impulsado por una especie de cortesía coloquial programada. Bollux se había
revelado como un agradable compañero de viaje, capaz de entretenerles durante horas
con sus relatos y descripciones de sus largos años de trabajo y de los numerosos mundos
que había conocido. Un antiguo propietario le había programado también todo un
repertorio de chistes, que contaba con una seriedad inigualable.
- Cero, Bollux. Absolutamente nada.
- ¿Puedo sugeriros que reunáis toda la información disponible y la condenséis para
hacer una recapitulación, señor? Según he podido observar, los seres vivos pensantes a
veces consiguen hacer nacer nuevas ideas de esta forma.
- Ya, ya. Según parece, casi todos los androides obreros decrépitos acaban
convertidos en filósofos de sillón.
Han depositó el tazón sobre el tablero y se acarició pensativamente la barbilla.
- De todos modos, no hay demasiadas posibilidades a tener en cuenta. Estamos
abandonados a nuestros solos recursos...
- ¿Seguro que no existe otra salida? - pió Max.
- No empieces otra vez con tu cantinela, pequeñajo - le amonestó Han -. ¿Qué estaba
diciendo? Sí, hemos encontrado el lugar que buscábamos, Mytus VII, y...
- ¿De qué magnitud es el orden de probabilidad? quiso saber Max.
- Al cuerno el orden de probabilidad - masculló Han -. Si Rekkon dijo que es aquí, es
aquí. El centro posee una planta de energía bastante grande, casi del tipo utilizado para
las fortalezas. Y deja de interrumpirme o te daré unos toquecitos con el taladro. - A ver, a
ver. Bien, tampoco podemos quedarnos aquí eternamente; empezamos a andar escasos
de alimentos. ¿Qué más?,Se rascó la frente en el punto donde el parche de piel sintética
ya se había desprendido, dejando una nueva capa de piel intacta.
- Éste es un sistema solar de acceso rigurosamente prohibido - añadió Atuarre.
- Ah, sí, y si nos cogen aquí sin una coartada francamente buena, nosotros también
iremos a parar a la cárcel, o a donde sea.
Miró a Bollux y Max Azul con una sonrisa.
- Excepto vosotros dos, muchachos. A vosotros seguramente os reciclarán y os
transformarán en borra para filtros y escupideras.
Había empezado a arañar el suelo con la punta de la bota.
- Y no puedo añadir gran cosa más; aparte de que no pienso marcharme de esta zona
del espacio sin llevarme a Chewie conmigo.
De todo lo que había dicho, eso era lo que creía más firmemente. Había pasado
muchas largas jornadas de guardia en la carlinga del Falcon, atormentado por el
pensamiento de lo que debía estar pasando su copiloto wookiee. Un centenar de veces
desde que habían iniciado ese compás de espera, había estado a punto de poner en
marcha los motores de la nave para lanzarse en picado hacia el Confín de las Estrellas y
liberar a su amigo o dejarse achicharrar en el intento.
En cada ocasión, se habla contenido al recordar las palabras de Rekkon, pero Han
debía luchar continuamente para refrenar sus impulsos.
Atuarre había estado entregada a reflexiones parecidas.
- Cuando los espos se presentaron para expulsarnos de nuestro mundo - colonia - dijo
lentamente -, algunos trianii intentaron resistirse con las armas. Los espos interrogaron
brutalmente a los prisioneros, intentando descubrir a los cabecillas. Fue la primera vez
que vi utilizar «La Parrilla». ¿Sabes a qué me refiero, capitán Solo?
Han lo sabía. La Parrilla era una tortura en la que se utilizaba un desintegrador
calibrado a baja potencia para chamuscar y quemar la carne de un prisionero
arrancándosela a tiras hasta dejar sólo los huesos ensangrentados. Generalmente,
empezaban por una pierna, inmovilizando a la víctima; luego iban dejando al descubierto
el resto del esqueleto, centímetro a centímetro. Muchas veces obligaban a los restantes
prisioneros a mirarlo todo, para doblegar su voluntad. La Parrilla raras veces dejaba de
dar resultados y obtener confesiones, si había algo que confesar; pero en opinión de Han,
ningún ser que empleara tales métodos merecía seguir viviendo.
- No estoy dispuesta a dejar a mi compañero en manos de individuos capaces de hacer
eso - declaró Atuarre -. Nosotros somos trianii y la muerte, llegado el momento, no nos
asusta.
- Un análisis muy poco profundo - intervino la vocecita de Max Azul.
- ¿Y de dónde has sacado que tú podrías comprenderlo, jaula de cotorras? - bufó Han.
- Oh, lo comprendo, capitán - dijo Max y Han habría jurado que había una nota de
orgullo en su voz -. Sólo he dicho que era poco...
El bip-bip del sistema de escucha de comunicaciones no le dejó terminar la frase.
Cuando éste sonó por segunda vez, Han ya se había levantado velozmente de la silla y
se dirigía a la carlinga. Acababa de instalarse en el asiento del piloto cuando un último y
largo bip señaló el final de la transmisión.
- El grabador lo ha recogido - dijo Han, pulsando el botón de repetición -. No creo que
esté cifrado.
Era un mensaje en lenguaje directo, transmitido de la manera más económica, en una
andanada. Han tuvo que disminuir la velocidad de la repetición en un factor cinco a uno
para poder entenderlo.
«Destinatario: Vicepresidente Corporativo Hirken Centro de la Autoridad, Confín de las
Estrellas» empezó diciendo la audio - reconstrucción -. «Remitente: Gremio Imperial del
Espectáculo. Pedimos perdón e indulgencia al Vicepresidente, pero la compañía que
debía pasar por su lugar de destino se ha visto obligada a cancelar su viaje debido a un
accidente de circulación. Este departamento programará el envío de unos sustitutos en
cuanto quede libre alguna compañía que disponga de un androide del tipo solicitado.
Quedo de usted, distinguido Vicepresidente, su abyecto servidor, Hokkor Long, Secretario
encargado de programación, Gremio Imperial del Espectáculo.»
Han golpeó el pupitre de control con el puño nada más terminar la última sílaba.
- ¡Eso es! Atuarre le miró con una mezcla de desconcierto y preocupación por el estado
de cordura de Han.
- ¿Qué es eso, capitán Solo?
- No, no, quiero decir que eso somos nosotros.¡El juego empieza a arreglarse! ¡Acaba
de tocarnos un comodín!
Dio un grito de júbilo, se golpeó la palma de la otra mano con el puño cerrado y estuvo
a punto de revolverle la gruesa melena a Atuarre en medio de su entusiasmo. Ella dio un
paso atrás.
- Capitán Solo, ¿acaso notas falta de oxígeno? Ese comunicado hablaba de una
compañía de variedades.
Han le replicó con un bufido.
- ¿Dónde has estado metida toda tu vida? Decía que les mandaría unos sustitutos. ¿No
sabes lo que eso significa? ¿No has asistido nunca a una de esas desastrosas funciones
que organiza el Gremio para cumplir con un compromiso, todo con tal de no perder su
comisión? ¿No has estado nunca en una fiesta para la cual se había anunciado una
actuación de primera clase y luego, en el último momento, cambian la programación y te
endilgan...
Han advirtió de pronto que todas las miradas estaban pendientes de él, fotoreceptores
y ojos de trianii por un igual, y se calmó un poco.
- ¿Qué otra cosa podemos hacer? La única alternativa que se me ocurre es acercarnos
a Mytus VII volando hacia atrás, para hacerles creer que nos marchamos. Pero esto es
todavía más astuto. Y está a nuestro alcance. Oh, puede que piensen que apestamos a
bosta de banta, pero se tragarán el anzuelo.
Observó que Atuarre no estaba demasiado convencida, en vistas de lo cual se volvió
hacia Pakka.
- Quieren un espectáculo. ¿Qué me dices, te gustaría hacer un número de acróbata?
El cachorro dio un saltito, como si intentara decir algo, luego, al ver frustrados sus
esfuerzos, dio un brinco y quedó colgado cabeza abajo de una tubería del techo,
suspendido por las rodillas y la cola.
Han acogió su acrobacia con un gesto de aprobación.
- ¿Y tú, Atuarre, no puedes montar algún número para ayudar a tu compañero? ¿Sabes
cantar? ¿O hacer juegos de manos?
Ella estaba perpleja, molesta de que él hubiera recurrido a Pakka y a invocar el
recuerdo de su compañero para convencerla. Pero al mismo tiempo también comprendía
que Han tenía razón. ¿Cuántas oportunidades como ésa se les presentarían?
El cachorro empezó a palmear con las garras intentando atraer la atención de Han.
Cuando lo consiguió, meneó enérgicamente la cabeza como si quisiera responder que no
a sus últimas preguntas; luego, todavía suspendido boca abajo, apoyó las patas
delanteras en las caderas y empezó a ondular el cuerpo.
Han frunció el entrecejo.
- ¿Una... bailarina? ¡Eres una bailarina, Atuarre!
Ella le dio una fuerte palmada en el trasero al cachorro.
- Pues... domino un poco los rituales de mi pueblo.
Han advirtió que se sentía algo avergonzada; ella le clavó una mirada desafiante.
- ¿Y tú, capitán Solo? ¿Con qué actuación sorprenderás a tu público?
Era tal su entusiasmo ante la perspectiva de entrar en acción que no se dejó acobardar
por tan poca cosa.
- ¿Yo? Ya se me ocurrirá algo. ¡La inspiración es mi especialidad!
- Una especialidad peligrosa, la más arriesgada de todas, tal vez. ¿Y de dónde
sacaremos el androide? ¿Qué androide? Ni siquiera sabemos qué clase de androide
habían pedido.
- Ah, pero éste será un sustituto, ¿recuerdas? - se apresuró a replicar Han, deseoso de
liquidar rápidamente esa objeción, y señaló a Bollux.
El androide emitió una serie de sonidos prevocales extrañamente humanos, dando
rienda suelta a su asombro, y Max Azul vitoreó entusiasmado mientras Han seguía
exponiendo su plan.
- Podemos decir que el Gremio se ha equivocado.
El Confín de las Estrellas había pedido un malabarista o lo que sea y les han mandado
un rapsoda. Tampoco es tan grave. ¡Les diremos que demanden al Gremio del
Espectáculo si quieren!
- Capitán Solo, señor, por favor - consiguió objetar finalmente Bollux -. Con vuestro
permiso, señor, debo señalar...
Pero Han ya había puesto las manos en los castigados hombros del androide mientras
le contemplaba artísticamente.
- Mmm, una capa de pintura, claro, y tenemos cantidad a bordo; con frecuencia vale la
pena darle una repintada a algún objeto antes de revenderlo, sobre todo si es ajeno. Liquibrillo
escarlata, creo; sólo tendremos tiempo de darle cinco capas. Y tal vez algún adorno.
Nada demasiado llamativo, ni volutas ni filigranas, unas simples rayitas plateadas. Bollux,
muchacho, ya no tendrás problemas de obsolescencia después de eso, ¡pues los dejarás
a todos boquiabiertos!
La aproximación y entrada en el planeta transcurrieron sin incidentes. Han alteró la
inercia del asteroide cautivo hasta situarlo otra vez fuera del alcance de los sensores de la
Autoridad y luego lo abandonó.
Una vez se encontraron nuevamente en las profundidades del espacio, efectuó un
minisalto, rozando apenas el hiperespacio, y emergió en las proximidades de Mytus VII y
sus dos diminutas lunitas. El Falcon se identificó, citando el número del Pase que les
había conseguido Rekkon, y a continuación añadió que transportaba a la Gran Compañía
de Madame Atuarre y sus Cómicos Ambulantes.
Mytus VII era una desolada extensión rocosa, sin atmósfera, oscuro y triste dada la
distancia que lo separaba de su sol. Si alguien llegaba a escapar del Confín de las
Estrellas, no tendría dónde refugiarse; el resto del sistema solar estaba deshabitado, pues
ninguno de sus planetas resultaba acogedor para la vida humanoide.
Las instalaciones de la Autoridad se componían de varios bloques de barracones
provisionales, hangares y acuartelamientos para los guardias, zonas de quimiocultura,
galpones en forma de cúpula y depósitos de armamento. El terreno aparecía lleno de
fosos y zanjas en los puntos donde se habían iniciado las obras de construcción de las
instalaciones de superficie permanentes, pero ya se veía al menos una estructura
terminada. Una torre se alzaba en el centro de la base, como un reluciente puñal
desenvainado.
Saltaba a la vista que aún no tenían ningún sistema de túneles completo. Todas las
construcciones aparecían interconectadas por un laberinto de anchas tuberías destinadas
a los túneles, cual gigantescas mangueras plateadas irradiando de las cajas de las
estaciones de enlace, un sistema de uso corriente en los tajos de los mundos
desprovistos de atmósfera.
Sólo se veía una nave de dimensiones respetables en el suelo, un vehículo blindado de
asalto de la Espo.
También había otras naves más pequeñas y gabarras de carga desarmadas, pero esta
vez Han se preocupó de comprobar cuidadosamente la posible presencia de naves
patrulleras hasta convencerse de que no había ninguna.
Han intentó localizar con la mirada la planta de energía de gran potencia que habían
descubierto sus sensores y al no conseguir encontrarla se preguntó si estaría en el interior
de la torre. Luego decidió dar un segundo vistazo a la torre, que tenía un aire algo
sospechoso. La torre estaba equipada con dos gruesas compuertas de amarre, una a
nivel del suelo y la otra cerca de la cúspide, la primera de ellas conectada a una tubería
del sistema de túneles. Le hubiera gustado mucho poder sobrevolar todo el lugar a baja
altura para intentar descubrir alguna importante concentración de formas vivientes que
pudiera indicar la presencia de prisioneros, pero no se atrevió por temor a activar los
sistemas de contra detección. Si les descubrían espiando en la base, se habría terminado
la comedia.
Aterrizó modestamente, sin ninguna floritura, no dejando entrever ninguna de las
habilidades secretas del Falcon. Los atentos hocicos de los turbolasers inspeccionaron
exhaustivamente la nave.
El centro de control de tierra les dirigió hasta el suelo y una de las tuberías del sistema
de túneles se acercó serpenteando, abriendo como un acordeón los pliegues de su
estructura accionada por una servoarmazón. El extremo en forma de compuerta se fijó
sobre el fuselaje del Millenium Falcon, engullendo la rampa de aterrizaje de la nave.
Han detuvo los motores.
- Te lo digo por última vez, capitán Solo - dijo Atuarre, que ocupaba el desmesurado
asiento del copiloto -, no quiero ser yo la que hable.
El hizo girar su asiento.
- Yo no sé actuar, Atuarre. Sería distinto si sólo se tratara de entrar corriendo, coger a
los prisioneros y decir adiós a toda esta gente, pero jamás podría soportar esas largas y
estúpidas conversaciones y representar toda la comedia.
Salieron de la carlinga. Han lucía un ajustado mono negro, transformado en un disfraz
con la adición de unas charreteras, cordoncillos, un brillante galón y una ancha faja
amarilla, sobre la cual había prendido su revólver. Sus botas relucían recién lustradas.
Atuarre llevaba las muñecas, los antebrazos, la garganta, la frente y las rodillas
adornados con manojos de cintas multicolores, el atavío tradicional de los trianii para los
festivales y demás celebraciones. Se había aplicado los perfumes exóticos y olores
formales de su especie, para lo cual había tenido que agotar las escasas reservas que
llevaba en la bolsa de su cinturón.
- Yo tampoco soy actriz - le recordó a Han mientras iban a reunirse con los demás junto
a la escotilla de la rampa de aterrizaje.
- ¿Has visto alguna vez a un personaje famoso?
- Sólo los ejecutivos de la Autoridad y sus esposas, cuando hacían visitas de turismo a
nuestro mundo.
Han chasqueó los dedos.
- Eso es. Engreídos, tontos y felices.
Pakka iba vestido como su madre, con los olores apropiados para un macho
preadolescente. Ofreció a su madre y a Han dos largas y ondulantes capas metálicas,
color cobre para ella y azul eléctrico para él.
Habían saqueado el reducido guardarropa de Han en busca de material para los trajes
y las capas estaban confeccionadas con las finas coberturas de material aislante de una
tienda de campaña del equipo de supervivencia de la nave.
La tarea de cortar, coser y adaptar las prendas había representado un verdadero
problema. Han era de una infinita torpeza en materia de costura y los trianii, naturalmente,
eran una especie que jamás había desarrollado ese arte pues las únicas ropas que
usaban eran trajes protectores. Bollux les había ofrecido finalmente la solución. El
androide llevaba incorporadas las técnicas necesarias en sus programas, adquiridas,
entre otras muchas, mientras estaba al servicio del comandante de un regimiento durante
la Guerra de los Clones.
La rampa ya estaba bajada; sólo tenían que abrir la compuerta.
- Suerte a todos - les deseó quedamente Atuarre.
Juntaron todas sus manos, incluidas las frías manos metálicas de Bollux y luego Han
pulsó el botón.
Mientras la compuerta se levantaba, Atuarre todavía seguía protestando:
- Capitán Solo, sigo opinando que tú deberías encargarte de...
La entrada del túnel, al pie de la rampa, estaba llena de espos con armaduras
completas que empuñaban grandes detonadores, fusiles antidisturbios, proyectores de
gas, cortadores de fusión y cargas explosivas.
- ¡Oh, qué veo! - exclamó entusiasmada Atuarre, con gran revoloteo de manos. ¡Qué
delicadeza!
- ¡Habéis visto, queridos, nos han mandado una guardia de honor!
Se arregló la reluciente melena recién cepillada con una mano, mientras sonreía
seductoramente a los policías de seguridad. Han se dijo que no comprendía por qué se
había preocupado tanto. Los espos, preparados para un tiroteo, se la quedaron mirando
atónitos mientras descendía ondulante por la rampa, con una estela de cintas
revoloteando y reverberando tras ella, envuelta en la reluciente capa. Sus pies tintineaban
con el sonido de las tobilleras de cascabeles que Han le había fabricado a base de
distintos materiales de la nave, gracias a su reducida pero completa caja de herramientas.
Al frente del batallón de espos estaba un oficial, un mayor, muy envarado, con su
bastón de mando cogido por detrás de la espalda y la cara ceremoniosamente rígida.
Atuarre bajó la rampa como si estuvieran a punto de entregarle las llaves del planeta,
saludando con la mano como para responder a una tumultuosa ovación.
- Mi querido, querido general - dijo canturreando, ascendiendo ex profeso al oficial -,
¡casi no sé cómo expresarle mi alegría! El Vicepresidente Hirken se ha excedido, de eso
no cabe duda. Por favor, permítame expresarle mi más profundo agradecimiento, a usted
y sus galantes hombres. ¡En nombre de Madame Atuarre y sus Cómicos Ambulantes,
muchas gracias!
Se acercó hasta casi rozar al oficial, haciendo caso omiso de los fusiles y las bombas y
otros artefactos de destrucción, y se puso a examinar con una mano las cintas y medallas
del mayor, mientras seguía saludando efusivamente con la otra a la masa de confusos
espos. Una oscura mancha carmesí empezó a extenderse por encima del cuello del
uniforme del mayor y no tardó en alcanzar el nacimiento de sus cabellos en un irreprimible
sonrojo.
- ¿Qué significa esto? - farfulló -. ¿Intenta decirme que ustedes son la Compañía de
variedades que está esperando el Vicepresidente Ejecutivo Hirken?
El rostro de Atuarre expresó una seductora confusión.
- Naturalmente. ¿No me diga que no les habían comunicado nuestra fecha de llegada
al Confín de las Estrellas? En el Gremio Imperial del Espectáculo me aseguraron que se
pondrían en contacto con ustedes; siempre exijo que se anuncie mi actuación con la
debida anticipación.
Luego señaló con un gesto grandilocuente el extremo superior de la rampa.
- ¡Caballeros! ¡Madame Atuarre les presenta a sus Cómicos Ambulantes! ¡Con ustedes,
Master Marksman, el genio de las armas, que ha sorprendido a los auditorios de todos los
confines con sus malabarismos con las pistolas y su infalible puntería!
Han descendió por la rampa, procurando representar su papel, sudoroso bajo los
reflectores del túnel. Atuarre y los demás podían utilizar impunemente sus auténticos
nombres, puesto que éstos no figuraban en los archivos de la Autoridad. Pero era posible
que Han estuviera fichado, por lo cual se había visto obligado a adoptar aquella nueva
personalidad.
Una vez llegado el momento, no se sentía demasiado satisfecho con ella. Cuando los
espos vieron su pistola, se apresuraron a apuntar sus armas sobre él, y Han tuvo buen
cuidado de mantener las manos lejos de ella.
Pero Atuarre ya había reanudado su cháchara.
- Y, para sorprenderles y divertirles con un increíble despliegue de ejercicios
gimnásticos y audaces acrobacias, Atuarre se complace en presentarles a su prodigio
favorito...
Han extendió un aro que llevaba consigo. Era un estabilizador anular procedente del
armazón de un viejo repulsor, pero lo habían forrado y le habían adaptado una agarradera
de material aislante y una unidad de distorsión. Han accionó una palanca con el pulgar y
el aro quedó convertido en un círculo de luz danzarina y ondulantes colores mientras la
unidad de distorsión recorría todo el espectro de la luz visible, en medio de un torbellino
de chispas y llamaradas.
- ...¡Pakka! - anunció Atuarre.
El cachorro saltó a través de los inocentes efectos de luz, rebotó sobre la rampa y
ejecutó un triple salto mortal hacia delante, girando dos veces sobre sí mismo, para
acabar con una profunda reverencia frente al sorprendido mayor. Han arrojó el aro al
interior de la nave y se mantuvo apartado.
- Y por último - siguió diciendo Atuarre -, el sorprendente autómata, gran rapsoda
robótica y magnifica máquina de humor y diversión, ¡Bollux!
Y el androide empezó a bajar muy tieso por la rampa, balanceando sus largos brazos y
mimando de algún modo el efecto de una marcha militar. Han había alisado la mayor
parte de los golpes y abolladuras y le había aplicado un radiante acabado de pintura,
cinco capas de liqui-brillo escarlata, según lo prometido, con centelleantes rayitas
plateadas, trabajosamente dibujadas. El androide obsolescente había quedado
transformado en una figura clásica. El emblema del Gremio Imperial del Espectáculo con
la máscara y el sol en llamas adornaba un lado de su tórax, un detalle que en opinión de
Han podía hacer más verosímil su cobertura.
El mayor de la Espo estaba perplejo. Sabía que el Vicepresidente Ejecutivo Hirken
esperaba la llegada de cierto grupo de variedades, pero no tenía noticia de que se hubiera
concedido autorización de aterrizaje a ninguna troupe. Sin embargo, el Vicepresidente
Ejecutivo concedía gran importancia a sus diversiones y sin duda no aceptaría con agrado
ninguna interferencia o retraso. No, con ningún agrado.
El mayor adoptó la expresión más cordial que pudo conseguir con su hosca cara.
- El Vicepresidente Ejecutivo será puesto al corriente de su llegada de inmediato,
Madame, mmm, ¿Atuarre?
- Sí, ¡espléndido!
Atuarre recogió su capa para hacer una reverencia y en seguida se volvió hacia Pakka.
- Coge tu material, cariño - le ordenó.
El cachorro subió brincando la rampa y regresó instantes más tarde con varios aros,
una pelota de malabarista y varios elementos más pequeños que se habían fabricado a
bordo de la nave.
- Les acompañaré hasta el Confín de las Estrellas - anunció el mayor -. Por cierto que
mis hombres tendrán que retener el arma de su Master Marksman. Son las normas, usted
comprende, Madame.
Han se armó de valor y depositó su pistola, con la empuñadura por delante, en manos
de un sargento de la Espo, mientras Atuarre movía comprensivamente la cabeza.
- Naturalmente, naturalmente. Es preciso observar siempre estos detalles de
urbanidad, ¿no le parece? Y ahora, mi querido, querido caballero, si es usted tan gentil...
El mayor descubrió sobresaltado que ella esperaba que le ofreciera el brazo y lo
extendió, muy tieso, con la cara lívida. Los espos, que conocían muy bien el mal genio de
su jefe, disimularon cuidadosamente sus sonrisas. A toda prisa, formaron una improvisada
guardia de honor mientras Han pulsaba el control de la rampa. Ésta se enrolló y
desapareció rápidamente y la compuerta volvió a cerrarse. La entrada de la nave no
volvería a abrirse para nadie excepto él mismo, Chewbacca o uno de los trianii.
El mayor, después de mandar a un mensajero con la noticia, se llevó al grupo
conduciéndolos entre el laberinto de túneles. Estaban a una larga distancia a pie de la
torre y cruzaron varias de las estaciones de enlace montadas sobre ruedas de oruga, bajo
las sorprendidas miradas de los técnicos de control enfundados en sus monos negros.
Sus pisadas y el sonido metálico de las articulaciones de Bollux resonaban en las tuberías
de los túneles y los recién llegados observaron que la gravedad era marcadamente más
baja que la gravedad normalizada inducida a bordo del Millenium Falcon. El aire de las
tuberías olía a cultivos químicos reciclados, un cambio agradable en comparación con el
menú de a bordo.
Por fin llegaron a una gran compuerta permanente. La puerta exterior se abrió en
respuesta a una orden verbal del mayor. Han alcanzó a divisar brevemente lo que
identificó como la pared de la torre, rodeada por la juntura hermética de la tubería del
túnel, lo cual confirmaba algo que había creído observar durante el aterrizaje.
El Confín de las Estrellas, o al menos la cobertura exterior de la torre, era una
armadura enlazada molecularmente, toda de una sola pieza. Detalle que la convertía en
uno de los edificios de construcción más cara - no, se corrigió, en el edificio de
construcción más cara - que Han había visto en su vida. Reforzar los enlaces moleculares
de los metales densos era un proceso costoso y la aplicación del procedimiento a
semejante escala era algo sencillamente inaudito para él.
Una vez dentro de la torre, recorrieron un largo y ancho pasillo hasta el eje central, un
núcleo de servicios que albergaba también los ascensores. Tuvieron que continuar a toda
prisa, sin apenas tiempo para mirar un poco a su alrededor, pero aun así pudieron ver
varios técnicos, ejecutivos de la Autoridad y espos caminando apresurados de un lugar a
otro. El Confín de las Estrellas en sí no parecía particularmente bien vigilado, lo cual no
encajaba con la teoría de que allí debía de haber un centro de detención.
Subieron a un ascensor en compañía del mayor y algunos de su hombres y fueron
transportados hacia arriba a máxima velocidad. Cuando el ascensor se detuvo y cruzaron
la puerta detrás del mayor, se encontraron bajo un techo de estrellas, tan brillantes y tan
apretadas sobre sus cabezas que más bien parecían una bruma luminosa.
Entonces Han comprendió que estaban en la cima del Confín de las Estrellas, que
estaba recubierta con una cúpula de acero transparente. Una franja de reluciente parket
se extendía frente a los ascensores.
Y a continuación se iniciaba un pequeño valle circular, completo con un arroyo en
miniatura y flores y vegetación de numerosos mundos, todo reproducido a escala hasta el
último capullo y la hoja más minúscula. Se escuchaban cantos de pájaros y el rumor de
pequeños animales, así como el zumbido de los insectos polinizadores, todos los cuales
permanecían confinados en el jardín de la cúpula, seguramente por medio de campos
separadores. El valle estaba ingeniosamente iluminado con globos solares en miniatura
de diversos colores.
Un ruido de pisadas les hizo girarse hacia la derecha. Un hombre dobló la esquina del
núcleo de servicios de la torre, un hombre alto con una hermosa figura de patriarca. Lucía
un atuendo de máximo ejecutivo, espléndidamente cortado - una chaquetilla corta,
chaqueta de ceremonias, camisa almidonada y pantalones con la raya meticulosamente
planchada, todo coronado por una vistosa corbata roja -. Tenía una sonrisa cálida y
convincente, su cabellera era blanca y abundante, sus manos limpias y suaves, con las
uñas bien cortadas y pintadas. Han sintió instantáneamente el impulso de golpearle en la
cabeza y arrojarle por el pozo del ascensor.
- Bienvenidos al Confín de las Estrellas, Madame Atuarre - dijo el hombre con voz
segura y melodiosa -. Soy Hirken, el Vicepresidente Ejecutivo Hirken, de la Autoridad del
Sector Corporativo. Es una lástima que no me hayan anunciado con tiempo su visita, pues
la habríamos recibido con mayor pompa.
Atuarre fingió estar desolada.
Oh, honorable señor, no sé cómo excusarme. El Gremio nos llamó y nos pidió que
acudiéramos aquí en sustitución de otra compañía, todo muy precipitado, la verdad sea
dicha. Pero me aseguraron que el secretario encargado de programación, Hokkor Long,
se ocuparía de todo.
El Vicepresidente Ejecutivo Hirken sonrió, apartando seductoramente los labios rojos
para descubrir unos dientes blancos como la leche. Han pensó que esa sonrisa y esa voz
suave debían serle muy útiles en las reuniones de comité de la Autoridad.
- No tiene ninguna importancia, señora - anunció el Vicepresidente Ejecutivo -. Su
llegada se ha convertido así en un placer inesperado.
- ¡Pero, qué gentil! y no tema, mi apreciado Vicepresidente; ¡nosotros sabremos
distraerle de los problemas y tensiones de su alto cargo!
Mientras tanto, para sus adentros, Atuarre pronunciaba el juramento de venganza
trianii: ¡Juro que veré tu corazón palpitante entre mis manos, si has causado algún daño a
mi compañero!
Han observó que Hirken llevaba acoplado al cinturón un pequeño instrumento plano, un
módulo central de control. Dedujo que el hombre debía ser aficionado a mantener una
rigurosa vigilancia sobre todo lo que sucedía en el Confín de las Estrellas; el módulo le
permitía ejercer un control total sobre sus dominios.
Os he traído algunos de los artistas más destacados de este sector de nuestra galaxia -
siguió diciendo Atuarre -. Pakka, aquí presente, es un acróbata de primera fila y yo
misma, además de actuar como maestra de ceremonias, ejecuto la música tradicional y
danzas rituales de mi pueblo. Y aquí tenéis a nuestro apuesto Master Marksman, experto
inigualable en el manejo de las armas de fuego, dispuesto a sorprenderos, venerable
Vicepresidente, con sus malabarismos de puntería.
Una ruidosa carcajada acogió esta declaración y alguien dijo despectivamente:
- ¿Malabarismos de puntería sobre qué? ¿Sobre su boca, seguramente?
El ser que acababa de pronunciar estas palabras apareció detrás del Vicepresidente
Ejecutivo Hirken. Era una criatura reptiliana, sinuosa y de rápidos movimientos. El
Vicepresidente Ejecutivo Hirken reprendió gentilmente al humanoide.
- Tranquilo, tranquilo, Uul; estas buenas gentes han venido a mitigar nuestro
aburrimiento.
Luego se volvió hacia Atuarre.
- Uul-Rha-Shan es mi guardaespaldas personal y también muy versado en el manejo
de las armas. Tal vez más tarde podríamos organizar alguna competición entre ellos. Uul
tiene un fino sentido del humor, ¿no os parece?
Han estaba examinando al reptil, cuyas relucientes escamas verdes lucían un dibujo de
rombos en rojo y blanco, y el cual estudiaba a su vez a Han con sus grandes e impasibles
ojos negros. La mandíbula de Uul-Rha-Shan permanecía ligeramente entreabierta,
descubriendo los colmillos y una inquieta lengua sonrosada. Llevaba una pistola, un
desintegrador, conjeturó Han, sujeta al antebrazo derecho por medio de una correa y
enfundada en una pistolera de resorte o propulsión energética de una u otra clase.
Uul-Rha-Shan habla ocupado su puesto a la derecha de Hirken. Han recordó haber
oído mencionar en alguna otra ocasión el nombre del guardaespaldas. La galaxia estaba
llena de una gran diversidad de especies, todas las cuales podían hacer gala de unos
cuantos matadores excepcionales. Sin embargo, algunos individuos alcanzaban una
cierta fama. Uno de ellos era Uul-Rha-Shan, un asesino y pistolero dispuesto, según se
decía, a desplazarse a cualquier lugar y matar a cualquiera si el precio le parecía
suficiente.
Hirken había cambiado de actitud adoptando un aire de eficiencia comercial.
- Y éste debe de ser el androide que solicité, supongo, ¿no?
Inspeccionó muy serio a Bollux con una expresión capaz de paralizar a todos los
presentes.
- El Gremio tenía instrucciones muy concretas; le expliqué a Hokkor Long exactamente
qué tipo de androide deseaba y le insistí en que no debía mandarme ningún otro. ¿Long
les puso al corriente de mis deseos?
Atuarre tragó saliva y procuró no abandonar su actitud efusiva.
- Naturalmente, Vicepresidente Ejecutivo, estamos al corriente.
Hirken lanzó una última escéptica mirada hacia Bollux.
- Muy bien. Seguidme.
Y echó a andar por donde había venido, con Uul-Rha-Shan pisándole los talones. Los
viajeros y su escolta les siguieron. Abandonaron el recinto del jardín y entraron en un
anfiteatro, un espacio abierto rodeado por varias hileras de confortables butacas,
separadas por mamparas de acero transparente.
- La lucha entre autómatas es la forma más pura de combate, ¿no creen? - comentó
locuazmente Hirken -. Ninguna criatura viviente, por salvaje que sea, está absolutamente
libre de la mácula del instinto de supervivencia. Pero los autómatas, ¡ah!, éstos no se
preocupan en absoluto de sí mismos, la única finalidad de su existencia es obedecedor
órdenes y destruir.
Mi autómata de combate es un Ajusticiador Marca-X; no hay muchos en circulación.
¿Su androide gladiador se ha enfrentado alguna vez con uno de ellos?
Los nervios de Han estaban a punto de estallar; intentó decidir a quién debía asaltar
para apoderarse de un arma si, como temía, Atuarre no conseguía responder
adecuadamente. Cualquier señal de vacilación o de ignorancia en aquel momento sin
duda descubriría su ardid ante Hirken y sus hombres.
Pero ella improvisó con desenvoltura.
- No, Vicepresidente Ejecutivo, no con un Marca-X.
Han estaba intentando asimilar la inquietante revelación. ¿Un androide gladiador?
Conque eso era lo que Hirken imaginaba que debía ser Bollux. Han tenía noticia,
evidentemente, de que entre las gentes ricas y hastiadas de todo se había puesto de
moda organizar combates entre androides y otros autómatas, pero no se le había ocurrido
pensar que Hirken compartiera esa afición. Hizo trabajar su cerebro a hipervelocidad,
buscando una salida.
Mientras seguían avanzando, una mujer se unió al grupo, procedente de lo que a todas
luces debía ser un ascensor privado. Era baja y de una increíble gordura, que intentaba
ocultar bajo costosos vestidos bien cortados. Han pensó que parecía una cápsula de
emergencia envuelta en un paracaídas de frenado.
La mujer cogió la mano de Hirken. El Vicepresidente Ejecutivo acogió
malhumoradamente aquel gesto. Luego ella agitó una mano regordeta, bellamente
cuidada y gorjeó:
- Oh, cariño, ¿tenemos compañía?
Hirken le lanzó una mirada que, según cálculos de Han, habría bastado para disolver
un enlace covalente. La rolliza cabeza de chorlito la ignoró. El Vicepresidente Ejecutivo
hizo rechinar los dientes.
- No, querida. Estas gentes han traído un nuevo competidor para mi Marca-X. Madame
Atuarre, y Compañía, les presento a mi adorable esposa, Neera.
Por cierto, Madame Atuarre, ¿cómo ha dicho que se apodaba su androide?
Han decidió intervenir.
- Es un androide un poco especial, Vicepresidente Ejecutivo. Lo diseñamos nosotros
mismos y lo llamamos Aniquilador.
Se volvió hacia Bollux, que miró alternativamente a Han y a Hirken y luego saludó con
una reverencia.
- Aniquilador a su servicio. Destruir es servir, eminente Señor.
- Pero nuestra compañía ofrece también otros números - se apresuró a explicarle
Atuarre a la esposa de Hirken -. Malabarismo, danzas, tiro acrobático y otros más.
- ¡Oh, cariño! - exclamó la obesa mujer, palmeando las manos y apretándose más
contra su marido -. ¡Veamos esto primero! Estoy cansada de contemplar siempre a ese
viejo Marca-X destruyendo otras máquinas. Es aburrido, ¡y tan cruel y poco refinado a
decir verdad! Y una actuación en vivo sería un descanso después de todas esas terribles
holocintas y la espantosa música grabada. ¡Recibimos tan pocas visitas...!
La mujer emitió una serie de ruiditos entre los labios fruncidos que Han supuso
pretendían simular besos dirigidos a su marido. Han se dijo que recordaban más bien el
ataque de algún invertebrado.
Pero las palabras de la mujer le ofrecían una oportunidad de intentar resolver dos
problemas al mismo tiempo: librar a Bollux de la pelea y echar un vistazo por su cuenta al
Confín de las Estrellas.
- Perdón, honorable Vicepresidente Ejecutivo, yo también ejerzo las funciones de
capataz de la compañía y debo comunicaros que nuestro androide gladiador, Aniquilador,
aquí presente, sufrió algunos desperfectos en su último combate. Su circuito auxiliar de
dirección necesita un repaso. Si me permitís utilizar vuestros talleres, lo resolveré en
pocos minutos.
Entretanto, vos y vuestra esposa podríais contemplar el resto del espectáculo.
Hirken levantó los ojos hacia las estrellas que brillaban sobre la cápsula y suspiró,
mientras su esposa reía muy satisfecha, apoyando la propuesta.
- Está bien. Pero procura que la reparación sea breve, Marksman. No soy un entusiasta
de las acrobacias ni las danzas.
- Sí, entendido.
El Vicepresidente Ejecutivo llamó a un supervisor técnico que estaba revisando los
mecanismos del anfiteatro y le explicó lo que debía hacerse. Después le ofreció a
regañadientes el brazo a su mujer y ambos se dirigieron a ocupar sus asientos en el
anfiteatro, rodeados por el mayor de la Espo y sus hombres en una guardia bastante
relajada. Uul-Rha-Shan, tras lanzar una última mirada amenazadora en dirección a Han,
les siguió y volvió a situarse a la derecha de Hirken.
Teniendo en cuenta que las acrobacias de Pakka y las danzas de Atuarre no
representaban ningún peligro para los espectadores, Hirken accionó el pulsador del
módulo de control que llevaba a la cintura y las láminas de acero transparente que
cerraban la arena desaparecieron deslizándose por unas ranuras abiertas en el suelo. El
Vicepresidente Ejecutivo y su esposa se recostaron en sus lujosos sillones adaptables.
Pakka preparó sus aparatos.
Han se volvió hacia el supervisor técnico que el Vicepresidente Ejecutivo había puesto
a su disposición.
- Espéreme junto al ascensor; voy a sacar la caja de circuitos y estaré con usted dentro
de un instante.
Cuando el hombre se hubo marchado, Han se soltó la capa y la dejó caer de sus
hombros. Luego se volvió hacia Bollux.
- Muy bien, abre tu tórax lo suficiente para que pueda sacar a Max.
Las planchas se entreabrieron. Han se agachó al amparo de los dos batientes y extrajo
el sondeador de computadoras.
- Tú mantente callado como un muerto, Max. Se supone que eres un módulo de control
de combate, conque nada de bromas. A partir de ahora, eres sordo y mudo.
El fotorreceptor de Max Azul se apagó, indicándole que había comprendido.
- Así me gusta; buen chico, Maxie.
Han se incorporó y se colgó la computadora al hombro por la correa que llevaba
incorporada. Cuando Bollux hubo cerrado su tórax, Han le dio su capa y su pistolera y
acarició la cabeza recién pintada del androide.
- Guárdame esto y no pierdas la calma, Bollux. En seguida vuelvo.
Cuando salió a reunirse con el supervisor técnico junto al ascensor, Pakka acababa de
iniciar una maravillosa exhibición de volteretas y ejercicios gimnásticos. El cachorro era un
acróbata de competición y surcó toda la superficie del anfiteatro en una sucesión de
piruetas y saltos, brincando a través de un aro que él mismo sostenía y avanzando
alternativamente con los pies y las manos sin soltar ni un momento la pelota que
mantenía en inestable equilibrio sobre la cabeza. Luego Atuarre intervino para arrojarle
una serie de objetos que Pakka atrapaba en el aire haciendo complicados juegos
malabares.
La esposa de Hirken estaba encantada con la actuación y acogía cada nueva proeza
del cachorro con un largo ooh. Poco a poco fueron llegando otros ejecutivos subordinados
de la Autoridad y ocuparon sus asientos; un puñado de privilegiados que habían tenido el
honor de ser invitados a presenciar el espectáculo. Éstos acogieron la agilidad de Pakka
con murmullos de aprobación, pero en seguida los ahogaron al observar la expresión de
total insatisfacción de su jefe.
Hirken pulsó su módulo de control con el pulgar. Una voz le respondió al instante.
- Preparen ahora mismo el Marca-X.
El Vicepresidente Ejecutivo hizo caso omiso de la firme respuesta del técnico de
guardia, miró de reojo a Bollux que esperaba en un rincón y volvió a concentrarse en la
contemplación de las acrobacias.
El Vicepresidente Hirken sabía ser muy, pero que muy paciente cuando quería, pero en
aquel momento no estaba de humor para esperar.
IX
Mientras bajaban en el ascensor, Han se concentró furiosamente en el examen de su
situación.
Había arrastrado a los demás a aquella aventura convencido de que, en el peor de los
casos, al menos conseguiría hacerse una idea del enemigo con que debía enfrentarse.
Como máximo, pensaba, les dirían que su presencia allí no era grata. Pero las cosas
acababan de dar un giro imprevisto.
Han intentó recordar que el hecho de que Bollux debiera enfrentarse con un robot
asesino no debía preocuparle. A fin de cuentas, Bollux sólo era un androide. No era lo
mismo que si se tratara de un ser vivo condenado a morir. Han tenía que repetirse
continuamente estas reflexiones porque ni él mismo acababa de creérselas. De todos
modos, no tenía ninguna intención de permitir que el Vicepresidente Ejecutivo Hirken se
diera el gusto de ver desmembrar al anticuado androide.
En momentos como ése, habría preferido ser un tipo calmado y cauteloso. Pero su
forma de actuar era un producto de su propia personalidad, siempre dispuesta a desafiar
las consecuencias, a meterse de lleno en una situación, saltando con ambos pies, sin
preocuparse de dónde podía aterrizar. Su plan, después de pasarle revista en el
ascensor, era intentar explorar todo lo que pudiera. Si no había posibilidades de hacer
nada más, él y los otros tendrían que escabullirse como pudieran, cancelar el espectáculo
y retirarse del Confín de las Estrellas, con la excusa de que era imposible reparar a
Bollux.
Observó los números de las plantas que iban encendiéndose a su paso y se abstuvo
de hacerle ninguna pregunta al supervisor técnico que le acompañaba. Cualquier extraño,
y en particular un cómico, no habría tenido ninguna curiosidad por conocer los detalles de
un centro de la Autoridad. Un excesivo interés por parte de Han despertaría instantáneas
sospechas.
Un puñado de pasajeros entraron y salieron del ascensor. Sólo uno de ellos era un
ejecutivo; los demás eran espos o técnicos. Han los observó intentando descubrir alguna
llave, esposas o cualquier otro objeto indicador de la función de guardián en un centro de
detención, pero no vio nada por el estilo. Nuevamente constató que la torre parecía estar
escasamente vigilada, en contra de lo que habría sido de esperar si realmente hubiera
albergado una cárcel.
Salió del ascensor siguiendo al supervisor técnico y ambos se encontraron en la
sección general de mantenimiento, muy cerca de la planta baja. En el taller había sólo
unos cuantos técnicos que deambulaban entre los relucientes aparatos y las grúas
suspendidas.
Por todas partes podían verse androides desarmados, robotransportadores y otras
piezas de equipo ligero, así como aparatos de comunicación y computadoras.
Han ajustó la correa por la que llevaba colgado a Max sobre su hombro.
- ¿Pueden prestarme un explorador de circuitos?
El técnico le condujo a un cuartito adyacente con varias hileras de cubículos, todos
ellos vacíos. Han depositó a Max sobre el pedestal de uno de ellos y retiró la tapa de un
explorador, confiando que el técnico le dejaría solo y se marcharía a cumplir sus tareas
habituales. Pero el hombre no se movió de su lado y Han tuvo que enfrentarse con las
laberínticas entrañas del sondeador de computadoras.
El técnico, que atisbaba por encima de su hombro, comentó:
- Eh, esto parece algo mucho más gordo que un componente auxiliar.
- Yo mismo lo diseñé, es un aparato bastante complicado - dijo Han -. Por cierto que el
Vicepresidente Ejecutivo me ha dicho que cuando termine con mi trabajo aquí puedo
llevarlo a la sección central de computadoras para recalibrarlo. La sección está en el piso
de abajo, ¿verdad?
El supervisor empezaba a mirarle con desconfianza, mientras intentaba examinar más
detenidamente las entrañas de Max Azul.
- No, las computadoras están dos pisos más arriba. Pero no le dejarán entrar a menos
que Hirken ratifique la orden. No tiene permiso de acceso y nadie puede entrar en las
zonas controladas a menos que vaya provisto de la correspondiente insignia.
Se agachó sobre el explorador.
- Oiga, yo diría que esto es en realidad un módulo computador.
Han fingió una sonrisa de indiferencia.
- Adelante, compruébelo con sus propios ojos.
Dio un paso a un lado y el supervisor se agachó sobre el explorador, intentando
accionar los mandos del foco. Después su propia visión quedó totalmente desenfocada y
a oscuras.
Han se frotó el canto de la mano, de pie junto al cuerpo inconsciente del técnico, y miró
a su alrededor en busca de algún lugar donde esconderlo. Había visto un armario
empotrado que servía de despensa en el fondo de la sala de exploración. Ató las manos
del hombre a su espalda con su propio cinturón, lo amordazó con la funda de un
explorador y metió el cuerpo inanimado en el armario. Se detuvo un momento para coger
la insignia de libre acceso que lucía el técnico y luego cerró la puerta.
- Muy bien, Max, mírame - dijo cuando estuvo junto al pequeño sondeador de
computadoras.
Max Azul encendió su fotorreceptor. Han se quitó la faja y se arrancó las chillonas
medallas y galones improvisados que adornaban su traje. Se quitó también las
charreteras y el cordoncillo y quedó vestido con una simple malla negra, una
aproximación aceptable del uniforme de los técnicos. Se prendió la insignia de libre
acceso del supervisor en un lugar bien visible del pecho, se colgó a Max otra vez al
hombro y se puso en camino. Desde luego, si alguien se paraba a hablarle o intentaba
comparar la holoinstantánea en miniatura inserta en la insignia con su propia cara, estaría
en un aprieto. Pero confiaba en su habitual buena suerte, un paso convincentemente
seguro y un aire decidido.
Subió los dos pisos sin ningún tropiezo. Tres espos que estaban matando el rato en la
garita de vigilancia junto a los ascensores le hicieron señal de que podía pasar, al ver que
lucía una insignia en el pecho.
Han tuvo que contener una sonrisa instintiva. Las guardias en el Confín de las Estrellas
seguramente debían ser monótonas y sin incidentes; no era de extrañar, pues, que los
guardias se hubieran vuelto negligentes, ¿qué podía suceder en un lugar como aquél?
Entretanto, en el anfiteatro, la sorprendente destreza de Pakka había conseguido
incluso una mirada aprobadora del Vicepresidente Ejecutivo Hirken. El cachorro había
ejecutado una sucesión de saltos mortales a través de un aro mientras hacía rodar una
pelota con los pies.
- Ya es suficiente - declaró Hirken, levantando bruscamente su bien cuidada mano.
Pakka se detuvo, con los ojos fijos en el Vicepresidente Ejecutivo.
- ¿Todavía no ha vuelto ese incompetente Marksman?
Los demás ejecutivos, tras un breve conciliábulo, por fin consiguieron llegar a la
unánime decisión de que Han todavía no había regresado. Hirken carraspeó molesto y
apuntó a Atuarre con el dedo.
- Muy bien, señora, podéis bailar. Pero no os entretengáis demasiado y si vuestro
capataz pistolero tarda mucho en regresar, tal vez prescindiremos totalmente de su
actuación. Pakka retiró sus aparejos de la pista. Atuarre le dio la pequeña flauta - silbato
que Han le había fabricado.
Mientras el cachorro probaba el instrumento, Atuarre se deslizó en los dedos las
pequeñas castañuelas ingeniosamente adaptadas por Han y las hizo tintinear a guisa de
ensayo. Los improvisados instrumentos, incluidos los cascabeles que llevaba en los
tobillos, no poseían la calidad musical de las auténticas piezas trianii, decidió. Pero
producirían el efecto suficiente y tal vez incluso lograrían causar una impresión de
veracidad en los espectadores. Pakka empezó a tocar una melodía tradicional. Atuarre se
deslizó sobre la pista, balanceándose al compás de la música con una sinuosa soltura
que ningún bailarín humano habría podido imitar. Las cinturas ondulaban a sus espaldas
cual multicolores abanicos centelleando sobre sus piernas y brazos, la frente y la
garganta, mientras las castañuelas de sus dedos marcaban el ritmo y los cascabeles
tintineaban, exactamente al compás preciso.
Las facciones de Hirken se relajaron un poco abandonando su expresión preocupada y
otro tanto les ocurrió a los demás espectadores. Las danzas rituales trianni habían sido
calificadas desdeñosamente muchas veces como un arte primitivo y sin inhibiciones, pero
la verdad es que eran una elevada forma de expresión artística. Sus antiguas y
complicadas formas exigían una total concentración de los bailarines.
Para ejecutarlas se requería un gran perfeccionismo y un profundo amor por la propia
danza. Las majestuosas, revoloteantes, sincopadas evoluciones de Atuarre cautivaron
imperceptiblemente la atención de Hirken, sus subordinados y su esposa. Mientras seguía
danzando, la trianii se preguntaba cuánto tiempo más conseguiría mantener la atención
de su público y qué sucedería si no lograba entretenerles el rato suficiente.
Han, que había descubierto una terminal de computadora en una habitación
desocupada, instaló a Max junto a la conexión. Mientras Max extendía su adaptador e
invadía el sistema, Han salió a echar una cautelosa mirada al pasillo y luego cerró la
puerta.
Cogió una banqueta y la instaló junto a una pantalla de lectura.
- ¿Ya estás dentro, muchacho?
- ¡Casi, casi, capitán. Las técnicas que me enseñó Rekkon también funcionan aquí. ¡Ya
está!
La pantalla se encendió, invadida por una oleada de símbolos, diagramas, modelos de
computadoras y columnas de datos.
- Así me gusta, Max. Ahora localízame las jaulas, o celdas, o plantas de detención, o lo
que sea.
Max Azul fue proyectando sobre la pantalla, uno tras otro, los planos de las plantas
mientras su exploración avanzaba a una velocidad muy superior a través de ingentes
cantidades de datos; ése era el tipo de trabajo para el que estaba diseñado. Sin embargo,
por fin tuvo que darse por vencido.
- No puedo, capitán.
- ¿Cómo que no puedes? Están aquí, tienen que estar. ¡Busca otra vez, holgazán!
- No hay ningún tipo de celdas - replicó indignado Max -. Si las hubiera, ya las habría
descubierto. Las únicas instalaciones para seres vivos de toda la base son las viviendas
de los empleados, los barracones de los espos y los apartamentos reservados a los
ejecutivos, todos ellos situados en el otro extremo del centro... además de las
dependencias privadas de Hirken, aquí en la torre.
- Muy bien - ordenó Han -, entonces proyéctame los planos de este edificio, piso por
piso, en la pantalla, empezando por el parque de diversiones de Hirken.
Un plano de la distribución de la cúpula, completo con el jardín y el anfiteatro, se dibujó
sobre la pantalla de lectura. Las dos plantas inmediatamente inferiores estaban ocupadas
claramente en su totalidad por las ostentosas habitaciones personales del Vicepresidente
Ejecutivo. La planta que venía a continuación dejó un poco perplejo a Han.
- ¿Qué son esas subdivisiones, Max ¿Oficinas?
- No está indicado - respondió la computadora -. En los registros de propiedad figura
equipo medico, material de holograbación, servo-instrumental quirúrgico, mesas de
operaciones y otras cosas por el estilo.
Han tuvo de pronto una idea.
- Max, ¿cuál es el título de Hirken? Me refiero a su función oficial a nivel corporativo.
- Vicepresidente encargado de la Seguridad Corporativa, dice aquí.
Han asintió con expresión sombría.
- Sigue buscando; vamos por el buen camino. Eso no es una clínica, sino un centro de
interrogación, probablemente una sala de diversiones para la mentalidad retorcida de
Hirken. ¿Qué hay en la planta inmediatamente inferior?
- Nada para humanos. La planta siguiente ocupa tres pisos, capitán, y sólo contiene
maquinaria pesada. En ella hay un distribuidor de energía de capacidad industrial y una
compuerta hermética. Observe, éste es el plano de la planta y aquí tiene un esquema de
los circuitos de energía.
Max se los proyectó y Han se acercó a la pantalla para examinar detenidamente los
miles de líneas. Un detalle, marcado en un color distinto y situado cerca de los
ascensores, atrajo su atención. Preguntó a qué correspondía a la computadora.
- Es un visor de seguridad, capitán. En algunas partes de la torre hay instalaciones de
vigilancia. Se las proyectaré.
La pantalla parpadeó un momento y luego se iluminó otra vez con una brillante imagen
visual. Han se quedó mirando atónito. Por fin había localizado a los desaparecidos.
La habitación estaba llena de cápsulas de estasis, apiladas unas sobre otras. Cada una
de ellas contenía un prisionero inmovilizado en el tiempo, detenido entre un instante y el
siguiente por el campo de entropía de la cápsula. Eso explicaba la ausencia de
instalaciones de detención, la falta de medidas destinadas a controlar una multitud de
entes cautivos y el contingente mínimo de vigilantes de guardia. Hirken mantenía a todas
sus victimas suspendidas en el tiempo; sus necesidades desde el punto de vista del
alojamiento eran así muy escasas. El Vicepresidente de Seguridad se limitaba a sacar a
sus prisioneros cuando deseaba interrogarlos y luego volvía a ponerlos en estasis cuando
había terminado. De este modo, privaba a los prisioneros hasta de su propia vida,
anulando todos los momentos de su existencia excepto los ocupados por los
interrogatorios.
- Deben de ser millares - suspiró Han -. Hirken puede meterlos y sacarlos a través de
esa compuerta como si fueran cajas de embalaje. El consumo de energía debe de ser
terrible allí arriba. ¿Dónde tienen la planta generadora, Max?
- Estamos sentados encima mismo de ella - respondió Max, aunque el antropomorfismo
realmente carecía de sentido en su caso.
El robot proyectó un diagrama básico de la torre que ocupó toda la pantalla. Han silbó
por lo bajo. Debajo del Confín de las Estrellas había una planta generadora de energía
con la capacidad suficiente para alimentar una fortaleza de combate o una nave de guerra
de primera clase.
- Y éste es el sistema primario de defensa - añadió Max.
La torre estaba rodeada de campos de fuerza que la cubrían por todos lados, incluido
el extremo superior, todos a punto de entrar instantáneamente en acción. El Confín de las
Estrellas en sí, como ya había observado Han, estaba construido con planchas blindadas
de enlaces reforzados. Según los diagramas, la torre también estaba dotada de un campo
anticoncusiones, de modo que ninguna cantidad de explosivos de alta potencia podrían
llegar a causar el menor daño a sus ocupantes.
La Autoridad no había reparado en gastos a fin de conseguir unas perfectas medidas
de seguridad.
Pero todo ello sólo servía para defenderse de un enemigo situado fuera de la torre y
Han se había infiltrado tan adentro como había podido.
- ¿Tienen un registro de prisioneros?
- ¡Aquí está! Lo tienen archivado bajo el título de Personas en tránsito.
Han maldijo entre dientes los eufemismos burocráticos.
- Muy bien, ¿ves el nombre de Chewie en la lista?
Siguió una brevísima pausa.
- No, capitán; ¡Pero he encontrado al compañero de Atuarre! ¡Y al padre de Jessa!
Proyectó dos nuevas imágenes sobre la pantalla, instantáneas tomadas en el momento
de la detención.
Constataron que el pelaje del compañero de Atuarre tenía una tonalidad más rojiza que
el de ella y que la cara entrecana de Doc no había cambiado.
- Y aquí el sobrino de Rekkon - añadió Max.
La fotografía mostraba un juvenil rostro negro con firmes y bien dibujadas facciones
que anunciaban que el muchacho se parecería a su tío.
- ¡Y aquí está el gordo! - chilló Max segundos más tarde, con un entusiasmo muy
impropio de una computadora.
El enorme rostro peludo de Chewbacca apareció en la pantalla de lectura. No parecía
estar de muy buen humor en el momento de la fotografía; tenía el pelo desordenado, pero
su gruñido era una promesa de muerte para el fotógrafo. Los ojos del wookiee parecían
vidriosos y Han conjeturó que los espos debían de haberle administrado un tranquilizante
nada más detenerlo.
- ¿Está bien? - preguntó Han.
Max proyectó su historial de prisión. No, Chewbacca no había sufrido heridas graves,
pero tres oficiales habían perdido la vida en el curso de su captura, decían los informes.
No había dado su nombre, lo cual explicaba que a Max le hubiera costado localizarle. La
lista de acusaciones casi desbordaba fuera de la pantalla, con una última y fatídica
anotación escrita a mano al pie de la página, consignando la hora fijada para su
interrogatorio. Han consultó un reloj de pared; faltaban escasas horas para la entrada
prevista de Chewbacca en el taller de torturas del Vicepresidente Ejecutivo Hirken.
- Max, la cosa se está poniendo fea. Tenemos que hacer algo ahora mismo; no les
dejaré destrozar el cerebro de Chewie. ¿Podemos desactivar los sistemas defensivos?
- Lo Siento, capitán - respondió la computadora -. Todos los sistemas primarios están
controlados a través del módulo que Hirken lleva en el cinturón.
- ¿Y los secundarios?
Max parecía escéptico.
- Puedo manipular el sistema auxiliar, ¿pero cómo se las arreglará para desactivar el
módulo del Vicepresidente Ejecutivo?
- No lo sé; ¿cómo efectúa las conexiones? Tiene que haber un equipo subalterno; esa
condenada caja es demasiado reducida para ser una unidad cerrada y conseguir controlar
sin embargo toda esta torre.
Max le ofreció la respuesta. Un circuito receptor recorría todo el Confín de las Estrellas,
empotrado en las paredes de cada planta.
- Muéstrame el diagrama de los circuitos de la planta superior.
Han los estudió cuidadosamente, memorizando todos los puntos de referencia: puertas,
ascensores y vigas maestras.
- De acuerdo, Max, ahora quiero que te infiltres en los sistemas de control secundario y
redistribuyas las prioridades de flujo de energía. Quiero que cuando entren en acción los
sistemas secundarios, ese paraguas protector, el deflector situado directamente encima
de la torre empiece a descargar su energía devolviéndola directamente a la planta, pero
quiero que introduzcas un sesgo en los dispositivos de seguridad
de los sistemas, de manera que adviertan la descarga del deflector pero no el rebote de
energía.
- Eso desencadenará una espiral de sobrecarga, capitán Solo. Podría hacer volar toda
la torre.
- Sólo si consigo echar mano a los sistemas primarios de Hirken - dijo Han, en parte
para sí mismo y en parte dirigiéndose a Max -. Adelante.
Varias plantas más arriba, el Vicepresidente Hirken había comprendido que intentaban
tomarle el pelo.
Aunque las danzas de Atuarre le habían dejado fascinado, una porción fundamental,
siempre recelosa
de su mente había advertido que su atención se desviaba. Lo que él quería era
presenciar un combate
mecanizado. Aquella artística danza, aunque tenía su atractivo, no podía sustituirlo.
El Vicepresidente Ejecutivo se levantó, accionando con el dedo un pulsador de su
módulo de control.
Las luces se encendieron y Pakka cesó de tocar. Atuarre miró a su alrededor como si
acabara de despertarse de un sueño.
- ¿Qué...?
- Ya es suficiente - sentenció Hirken.
Uul-Rha-Shan, su reptiliano pistolero, permanecía alerta a su lado, con la esperanza de
recibir una orden de matar. Pero Hirken se limitó a decir:
- El espectáculo ya ha durado demasiado, trianii.
Es evidente que estáis intentando ganar tiempo. ¿Me habéis tomado por un imbécil? -
Y señaló a Bollux -. Ridículos comediantes de recambio, me habéis traído este androide
obsoleto con la clara finalidad de estafarme, sin la menor intención de ofrecerme el
espectáculo por el que he pagado. Confiabais alegar un fallo mecánico y obligarme a
reembolsaros los gastos del viaje, o tal vez incluso a recompensar vuestros esfuerzos.
¿No es así?
El sereno «No, Vicepresidente» con que le respondió Atuarre fue ignorado. Hirken no
se dejó convencer.
- Preparad ese androide para el combate y traed mi Marca-X - ordenó a los técnicos y
espos que lo rodeaban.
Atuarre se puso en guardia, furiosa, y preocupada por Bollux. Pero comprendió que
Hirken estaba firmemente decidido y tenía que velar por su cachorro.
Además, no podía hacer gran cosa por Han y su compañero si continuaba donde
estaba.
- Con vuestro permiso, Excelencia, regresaré a mi nave.
A bordo del Falcon, al menos, tendría más posibilidades a su alcance.
Hirken le indicó que se retirara, riendo con su siniestra risa, preocupado por su
Ajusticiador.
- Vete, vete. Y si ves a ese mentiroso Marksman que has traído, llévatelo también. Y no
te creas que no protestaré. Haré anular tu inscripción en el Gremio.
Atuarre lanzó una mirada a Bollux que era conducido al ruedo, sin que ella pudiera
hacer nada para ayudarle.
- Excelencia, seguro que esto no es legal. Este androide es nuestro...
- Y lo habéis traído aquí con el propósito de estafarme - concluyó el Vicepresidente -;
pero voy a recuperar mi inversión. Ahora, lárgate, si quieres marcharte, o quédate si lo
prefieres.
Hizo una señal con el dedo y un sargento de la Espo voceó una orden. Un par de altos
y severos guardias se apostaron uno a cada lado de los dos trianii.
Atuarre no pudo contener un silbido. Cogió bruscamente la garra de Pakka y echó a
andar a toda prisa hacia el ascensor, con el cachorro dando brincos a su zaga. La
estridente carcajada de Uul-Rha-Shan sonó como un puñal cargado de odio.
Entretanto, abajo, en el centro de computadoras, la pantalla de lectura, sobre la que se
iba proyectando una pequeña parte de las modificaciones que estaba introduciendo Max
Azul, se apagó un breve instante.
- ¿Max? ¿Te ocurre algo? - preguntó preocupado Han.
- Capitán Solo, están activando la máquina de combate, el Marca-X. ¡Van a enfrentarlo
con Bollux!
El sondeador de computadoras todavía no había terminado de hablar, cuando los
rápidos destellos de las imágenes de los planos de la estructura del Ajusticiador Marca-X
ya empezaron a sucederse velozmente sobre la pantalla. Max estaba muy alarmado.
- Los controles y la energía del Marca-X son independientes de este sistema; ¡no
puedo hacerle nada! Capitán, tenemos que volver arriba ahora mismo. ¡Bollux me
necesita!
- ¿Y qué ha pasado con Atuarre?
- Han llamado a un ascensor y han dado aviso al Servicio de seguridad
comunicándoles su partida. ¡Tenemos que subir enseguida!
Han estaba meneando la cabeza, sin advertir que el fotorreceptor de Max se había
apagado.
- Lo siento Max, todavía tengo que hacer muchas cosas aquí. Además, ahora ya no
podríamos hacer nada por Bollux.
La pantalla de lectura se apagó y el fotorreceptor se encendió.
- Capitán Solo - dijo Max Azul con voz temblorosa -, no pienso hacer nada mas para
usted hasta que me lleve junto a Bollux. Yo «puedo» ayudarle.
Han le dió una palmada, no demasiado amable, al sondeador de computadoras.
- Continúa con tu trabajo, Max. Te lo digo en serio.
Por toda respuesta, Max desconectó su adaptador a la red. Han agarró furioso la
pequeña computadora y la levantó sobre su cabeza.
- ¡Haz lo que te digo o te haré mil pedazos!
- Adelante, Capitán - replicó sombríamente Max -. Bollux haría cualquier cosa por
ayudarme si yo estuviera en un aprieto.
Han ya se disponía a arrojar la computadora al suelo, pero por fin se detuvo en el
último momento. Acababa de ocurrírsele que la preocupación de Max por su amigo no se
diferenciaba en nada de la que sentía el propio Han por Chewbacca. Bajó el sondeador
de computadoras, mirándolo como si lo viera por primera vez.
- ¡Maldita Sea! ¿Seguro que eres capaz de ayudar a Bollux?
- Usted lléveme hasta allí, capitán, ¡y ya verá!
- Espero que tengas razón. ¿Cuál era el ascensor de la cúpula?
Max se lo dijo y Han echó a andar inmediatamente hacia los ascensores, con el
sondeador colgado al hombro. Una vez en el vestíbulo, se quitó la insignia de libre acceso
y pulsó el botón de bajada.
El ascensor que se detuvo no era el que le convenía; lo dejó esperar y seguir su
camino, y luego volvió a pulsar el botón de bajada.
La suerte le favoreció. El ascensor que transportaba a Atuarre, Pakka, y sus dos
guardianes había hecho varias paradas durante el descenso. Atuarre vio a Han y salió del
ascensor arrastrando a su cachorro. Los espos tuvieron que apresurarse para no
quedarse adentro.
Han se alejó un par de pasos en compañía de los trianii, pero los espos le dieron a
entender bien a las claras que los tres estaban bajo su vigilancia.
- Nos dirigíamos a la nave - le dijo Atuarre en voz baja -. ¡No sabía que otra cosa podía
hacer. Capitán Solo, Hirken va a enfrentar a Bollux con esa máquina ajusticiadora!
- Ya lo sé. Max tiene alguna idea al respecto.
Han observó que uno de los espos decía algo por un micrófono de intercomunicación.
- Escúchame bien, los desaparecidos están aquí y son millares. Max ha manipulado la
torre; Hirken tendrá que soltar a todo el mundo si quiere seguir respirando. Prepara la
nave. Si consigo apoderarme de una pistola habrá jaleo, hermana!
- Capitán, ya quería advertírselo antes - le interrumpió Max - he estado comprobando
mis cálculos y creo que debería saber...
- ¡Ahora no, Max!
Han se llevó a Atuarre y Pakka otra vez hacia el ascensor y pulsó simultáneamente los
botones de subida y bajada. Uno de los espos volvía a montar con los trianii, pero el otro
se apostó junto a Han.
- El Vicepresidente Ejecutivo dice que puede subir - le explicó el policía -. Así luego
podrá recoger lo que quede del androide al finalizar la pelea.
Los técnicos y los espos hicieron bajar a Bollux rápidamente al ruedo, mientras los
paneles de acero transparente emergían de las ranuras que los mantenían ocultos bajo el
suelo. A estas alturas, Hirken ya sabía que ése no era un androide gladiador y, en
consecuencia, dió orden de que equiparan a Bollux con un escudo anti-explosiones, para
darle más interés al combate.
El escudo, una plancha ovalada de dura - armadura con asideras incorporadas, hizo
doblarse bajo su peso el largo brazo del viejo androide mientras Bollux intentaba
adaptarse a la nueva situación.
El androide sabía que jamás podría huir de tantos hombres armados. Había conocido
muchos hombres durante su largo período de funcionamiento y en aquellos momentos ya
era capaz de identificar el odio.
Y odio era lo que revelaban las facciones del Vicepresidente Ejecutivo. Pero Bollux ya
había logrado superar una serie de situaciones aparentemente terminales y no tenía
intención de dejarse destruir en aquel momento, si podía evitarlo.
Un panel se elevó en la pared del fondo abriendo una puerta en el círculo del ruedo. Se
escuchó un chirrido de ruedas y un crujido de llantas. El Ajusticiador Marca-X emergió
rodando a la luz.
Tenía una vez y media la estatura de Bollux y era mucho más grueso, si bien se
desplazaba sobre dos gruesas bandas de oruga en vez de sobre piernas. Sobre las
llantas y la estructura de sostén se alzaba un grueso tronco, cubierto con una armadura
formada por grises planchas de aleación. El Ajusticiador mantenía en aquel momento sus
múltiples brazos plegados junto al tronco, inactivos, cada uno de ellos provisto de un arma
diferente.
Bollux empleó un truco que habla aprendido de uno de sus primeros propietarios
humanos y omitió simplemente de sus computaciones la conclusión lógica de que su
destrucción presentaba ahora un elevado orden de probabilidad. Sabía que, entre los
humanos, aquella táctica se llamaba ignorar la muerte segura. Bollux la interpretaba como
la exclusión de los datos contraproducentes. Ya llevaba largo tiempo aplicándola y aquélla
era la razón de que todavía siguiera en funcionamiento.
La torreta craneal del Ajusticiador giró sobre su eje y sus sensores se clavaron sobre el
androide. El Marca-X constituía la última palabra en materia de autómatas de combate y
era una máquina de matar altamente especializada, sumamente lograda. Podría haber
centrado la puntería sobre el desarmado androide - obrero de uso general, pulverizándolo
allí mismo en el acto, pero, naturalmente, estaba programado para ofrecerle a su
propietario un espectáculo más divertido que eso. El Ajusticiador también era una
máquina con una finalidad concreta.
El Marca-X empezó a avanzar sobre sus ruedas, desplazándose con veloz precisión,
maniobrando para acorralar a Bollux. El androide retrocedió torpemente, mientras
intentaba luchar con la poco familiar tarea de sostener y manipular su escudo anti -
explosiones. El Ajusticiador describió un círculo, examinando a Bollux desde todos los
ángulos para intentar calibrar sus reacciones, mientras el androide le observaba oculto
detrás de su escudo.
- ¡Comienza! - ordenó el Vicepresidente Ejecutivo Hirken a través de los altavoces del
ruedo.
El Marca-X, que estaba sintonizado para reaccionar al escuchar su voz, modificó su
procedimiento de ataque. Se lanzó directamente hacia Bollux, abalanzándose contra él a
máxima velocidad. El androide intentó esquivarlo, primero hacia un lado, luego hacia el
otro, pero el Ajusticiador se anticipó a todos sus esfuerzos. Compensaba en el acto cada
uno de sus movimientos, avanzando estrepitosamente dispuesto a aplastarlo bajo sus
llantas.
- ¡Anula! - tronó Hirken por los altavoces.
El Marca-X se detuvo casi rozando a Bollux y dejó que el viejo androide se apartara
tambaleante.
- ¡Sigue! - ordenó el Vicepresidente Ejecutivo.
El Ajusticiador se puso otra vez en movimiento con un chirrido y seleccionó otra
alternativa de destrucción de su arsenal. Varios servos zumbaron y apareció un brazo
armado, sosteniendo un proyector de llamas en su extremo. Bollux lo vio y levantó su
escudo justo a tiempo.
Un chorro de fuego brotó del cañón del lanzallamas y fue a estrellarse contra las
paredes del ruedo, transmitiendo una ardiente corriente a través del escudo de Bollux. El
Marca-X hizo girar otra vez el cañón de su arma para hacer otra pasada apuntando hacia
abajo, con el propósito de cercenarle las piernas bajo el cuerpo al androide.
Bollux a duras penas consiguió arrojarse torpemente de rodillas y apoyar su escudo en
el suelo antes de que la llama lo barriera, formando charcos de fuego sobre toda la
superficie a su alrededor. El Marca-X se había puesto en marcha otra vez, preparándose
para hacer puntería desde un ángulo más favorable, cuando Hirken también anuló aquel
procedimiento de combate.
Bollux se incorporó trabajosamente, apoyándose en el escudo. Advirtió que sus
mecanismos internos empezaban a recalentarse, en particular sus cojinetes.
Su circuito giro-compensado no había sido diseñado pensando en un esfuerzo
continuado de aquel calibre.
Entonces el Marca-X reanudó su ataque. Bollux ignoró lo inevitable y obligó a sus
fatigadas piezas a reaccionar, moviéndose con lo que podría considerarse un equivalente
mecánico del dolor, pero todavía con capacidad de respuesta.
Han salió del ascensor a la carrera. Los espos de guardia, enterados de que el
Vicepresidente Ejecutivo deseaba que presenciara el espectáculo, lo dejaron pasar.
Cuando llegó a la última fila de butacas del anfiteatro se paró en seco. Hirken estaba
sentado más abajo en compañía de su esposa y sus subordinados, jaleando a su
campeón y burlándose de la ridícula figura de Bollux mientras el Ajusticiador levantaba
otro brazo armado. Esta vez el brazo llevaba acoplado una media luna erizada de
pequeñas cápsulas-cohete que se lanzaban como dardos.
Bollux también lo vio y empleó un ardid o, como lo habría interpretado él, una última
variable. Agazapado, con el escudo todavía levantado, el androide aflojó la suspensión
diseñada para trabajos pesados de sus piernas y escapó de un salto de los saetazos
cruzados del Marca-X, cual un gigantesco insecto colorado. Misiles en miniatura
explotaron contra las paredes transparentes del ruedo en medio de una nube de humo,
inundando el anfiteatro con el estallido de las erupciones pese al sistema de supresión de
ruidos incorporado al patio de butacas.
Hirken y sus gentes profirieron un rugido de frustración. Han bajó corriendo las
escaleras que le separaban del ruedo, saltando los escalones de tres en tres. Bollux había
aterrizado en una mala postura; el esfuerzo a que se veían sometidos sus mecanismos
empezaba a resultarle intolerable.
El Vicepresidente Ejecutivo modificó una vez más la programación de su autómata de
combate.
El Ajusticiador retrajo su brazo lanza - misiles. Varios cables articulados de captura se
proyectaron, cual tentáculos metálicos, de sendas aberturas situadas en sus costados y
dos brazos blandieron un par de sierras circulares, preparados para el ataque.
Las sierras empezaron a girar creando un peculiar zumbido; las moléculas de sus
bordes cortantes vibraban de una manera capaz de atravesar un metal con la misma
facilidad con que cruzaban el aire.
El Marca-X avanzó hacia Bollux, agitando los cables en busca del abrazo mortal.
Hirken descubrió a Han que acababa de llegar al borde del ruedo.
- ¡Tramposo! ¡Mira esto, observa cómo trabaja un auténtico autómata de combate!
Una espeluznante carcajada sacudió el cuerpo del Vicepresidente Ejecutivo, despojado
ya de todas las afectadas cortesías de las salas de juntas corporativas. Su esposa y sus
subordinados imitaron obedientemente su ejemplo.
Han les ignoró y levantó la computadora.
- ¡Dile lo que debe hacer, Max!
Max Azul empezó a emitir señales sincopadas a máximo volumen, impulsos
concentrados de información. Bollux hizo girar sus fotoreceptores rojos enfocándolos
sobre el sondeador de computadoras. Escuchó un instante y luego concentró nuevamente
su atención en el Marca-X que se acercaba a toda marcha. Han, aunque sabía que era
absurdo, no pudo evitar contener la respiración.
Bollux no hizo el menor gesto de intentar esquivar el ataque o levantar su escudo,
mientras el Ajusticiador seguía aproximándose. El Marca-X lo interpretó como una
reacción muy lógica. El androide estaba condenado sin esperanza. Los cables de captura
se abrieron ansiosos en un amplio círculo para atrapar a Bollux; las sierras circulares se
cerraron sobre su víctima.
Bollux levantó su escudo y lo lanzó contra el Marca-X. Los cables y sierras cambiaron
la orientación de sus movimientos e interceptaron sin dificultad el escudo, cogiéndolo y
cortándolo en pedazos. Pero Bollux aprovechó el momento de respiro para arrojarse muy
tieso - con un enorme bong metálico - entre las destructoras llantas del Ajusticiador.
El autómata de combate se paró en seco, pero había reaccionado demasiado tarde.
Bollux, tendido bajo su cuerpo, puso una mano en el vientre de su carrocería y apretó su
servo - pinza. La otra mano se introdujo entre los componentes del Marca-X y le desgajó
el circuito de refrigeración.
El Ajusticiador profirió un aullido electrónico. Aunque se hubiera pasado toda una era
sentado pensando, la máquina asesina jamás habría considerado la posibilidad de que un
androide obrero de uso general pudiera haber aprendido a actuar de manera irracional.
El Marca-X se puso en movimiento, rodando hacia un lado y luego hacia el otro, al
azar. No tenía manera de alcanzar a Bollux, que permanecía colgado de su vientre. Nadie
había programado jamás al Ajusticiador para disparar contra sí mismo, o cortarse, o
aplastar un objeto situado fuera de su alcance. Bollux se había refugiado en el único lugar
seguro de todo el ruedo.
La temperatura interior del Marca-X empezó a subir de inmediato; la máquina de matar
producía enormes cantidades de calor.
Entretanto Hirken se habla levantado de su asiento y gritaba:
- ¡Anula! ¡Anula, Ajusticiador, anula, es una orden!
Los técnicos empezaron a correr agitadamente de un lado a otro, chocando unos
contra otros, pero el Marca-X había dejado de recibir las órdenes que le dirigían. Su
complejo circuito de control sintonizado al timbre de la voz del Vicepresidente Ejecutivo
había sido una de las primeras cosas desbaratadas.
El autómata evolucionaba desorientado sobre el ruedo, descargando sus pistolas
desintegradoras, lanzallamas y cápsulas-misiles al azar, amenazando sobrecargar el
sistema de supresión de ruidos.
Las paredes de acero transparente que cerraban el ruedo se convirtieron en una
ventana abierta sobre el infierno mientras el Ajusticiador seguía embistiendo furioso,
haciendo girar el tronco, con todas sus armas retumbando, buscando un enemigo con el
cual enfrentarse que su sistema de dirección averiado no sabía encontrar.
La metralla de sus propios misiles rebotaba sobre él. Columnas de humo y llamas
brotaban de sus ventiladores. Bollux se había colgado ahora con ambas manos del
vientre del Marca-X, que le arrastraba de un lado a otro, y el androide empezó a
preguntarse serenamente si conseguiría mantenerse sujeto hasta el final.
El Ajusticiador rebotó contra una de las paredes del ruedo. Los circuitos de selección
de objetivo que todavía le quedaban creyeron que la máquina había dado finalmente con
su enemigo. El autómata retrocedió, preparándose para embestir de nuevo, con los
motores rugiendo.
Bollux decidió correctamente que había llegado el momento de la despedida y
simplemente se soltó. El Ajusticiador arremetió velozmente otra vez, con toda la atención
que le restaba concentrada en la inocente pared. El androide empezó a arrastrarse hacia
la salida, chirriando fatigosamente.
El Ajusticiador se estrelló de cabeza contra la pared del ruedo y rebotó por efecto del
terrible choque. Frustrado, empezó a disparar todas sus armas a corta distancia y quedó
envuelto en el reflujo de rayos desintegradores, fragmentos de dardos y chorros de ácido.
Entonces, mientras Hirken gritaba un último «¡Nooo!», la temperatura interna del
Marca-X alcanzó el punto crítico, agravado además por el daño exterior.
El Ajusticiador Marca-X, la última palabra en materia de autómatas de combate, quedó
destrozado por una espectacular explosión, en el momento mismo en que Bollux, el
androide obrero de uso general semiobsoleto, conseguía sacar su fatigado chasis de la
arena.
Han se arrodilló a su lado, palmeando la espalda del viejo androide y Max Azul se las
compuso de algún modo para extraer un grito de aplauso del codificador de voz. El piloto
levantó la cabeza y se echó a reír, olvidándolo todo ante el terrible absurdo de ese
momento.
- Dejadme descansar un minuto, por favor - suplicó Bollux, hablando todavía con mayor
lentitud que antes -. Tengo que intentar poner un poco de orden en mis mecanismos.
- ¡Yo puedo ayudarte! - chilló Max -. Conéctame a tus circuitos cerebrales, Bollux, y yo
me encargaré de establecer las derivaciones necesarias. Así tú podrás ocuparte
tranquilamente de los problemas de ciberoestasis.
Bollux abrió las planchas de su tórax.
- Si tiene la bondad, capitán.
Han depositó la pequeña computadora otra vez en su sitio.
- Conmovedor, quienesquiera que seáis - dijo una seca voz astuta a espaldas de Han -,
pero no os servirá de nada. Los desmontaremos a los dos hasta conseguir la información
que deseamos. ¿Y qué se ha hecho de todos tus bonitos galones y medallas, ahora que
caigo en la cuenta?
Han se giró y en seguida volvió a la realidad para encontrarse cara a cara con Uul-Rha-
Shan, que le aguardaba con el revólver en la mano. La pistola de Han colgaba sobre el
hombro del reptil todavía en su pistolera.
Hirken apareció detrás de Uul-Rha-Shan, seguido del mayor y los demás espos, sus
ejecutivos y su esposa, todos los símbolos de su importancia corporativa.
Un olor a circuitos chamuscados y metal fundido, únicos restos del precioso Marca-X,
impregnaba el aire.
Las facciones de Hirken traslucían una rabia inexpresable. Señaló a Han con un dedo
tembloroso.
- ¡Debí comprender que formábais parte de la conspiración! Trianii, androides, el
Gremio del Espectáculo... «todos» están comprometidos. Nadie podrá negármelo ahora
en el Consejo de Administración; ¡esta conspiración contra la Autoridad y contra mi
persona en particular abarca a todo el mundo!
Han meneó la cabeza, sorprendido. Hirken, bañado en sudor, chillaba a todo pulmón
con una expresión enloquecida en la cara.
- No sé cuál es tu verdadero nombre, Marksman, pero se te han acabado las intrigas.
Lo que quiero saber, ya se lo sonsacaré a tu androide y los trianii.
Pero, ya que has estropeado mi diversión, ahora vas a compensarme el mal rato
pasado.
Siguió su camino con el resto de su comitiva y se detuvo una vez dentro del ruedo, al
resguardo de las planchas de acero transparente. Uul-Rha-Shan cogió la pistolera de Han
que llevaba colgada al hombro y se la ofreció.
- Adelante, pistolero malabarista. Veamos de qué pirueta eres capaz.
Han se acercó lentamente y cogió la pistolera. Una rápida ojeada a su desintegrador le
reveló que lo habían vaciado dejándole sólo una última microcarga, insuficiente para
dañar el circuito de control primario. Se volvió a mirar a Hirken, que permanecía de pie
muy satisfecho tras la invulnerable pared de acero transparente. El módulo de control de
su cinturón quedaba descartado. Han empezó a subir lentamente las escaleras del
anfiteatro, abrochándose el cinturón y asegurándose la pistolera al muslo. Uul-Rha-Shan
le siguió en seguida, enfundando otra vez el desintegrador en la pistolera que llevaba en
el antebrazo. Los dos se situaron en el espacio vacío situado directamente frente a la
pista; los funcionarios de la Autoridad allí reunidos levantaron los ojos hacia ellos.
Había sido una buena tentativa, se dijo Han, aunque no hubieran llegado a coronarla
con éxito. Pero ahora Hirken estaba decidido a verle muerto y a arrastrar a Chewbacca y
Atuarre y Pakka a sus cámaras de interrogatorio.
Han había decidido en el acto que, puesto que iba a morir de todos modos, se llevaría
todas esas mentes retorcidas de la Seguridad Corporativa consigo al otro mundo.
Siguió avanzando, cautelosamente, y se situó de espaldas a la pared, mientras soltaba
la correa de seguridad de su pistolera. Su contrincante, apostado a pocos pasos de
distancia, todavía no había terminado sus provocaciones.
- A Uul-Rha-Shan le gusta saber a quién mata. ¿Cómo te llamas, impostor?
Han se puso muy tieso, con los brazos colgando junto al cuerpo, tamborileando
nerviosamente con los dedos.
- Solo. Han Solo.
El reptil hizo un gesto de sorpresa.
- He oído hablar de ti, Solo. Al menos, eres merecedor del esfuerzo necesario para
matarte.
Han hizo una mueca burlona.
- ¿Crees que podrás conseguirlo, lagarto?
Uul-Rha-Shan silbó enfurecido. Han eliminó de su mente todo pensamiento excepto la
situación inmediata.
- Buen viaje, Solo - le deseó Uul-Rha-Shan, tensando todo el cuerpo.
Han se puso en movimiento con una leve inclinación del hombro derecho, para
volverse luego en redondo, todo con la cegadora prontitud de un experto pistolero. Pero
su mano no llegó a coger la empuñadura de su pistola.
En vez de eso, fingió el gesto de disparar y se arrojó al suelo. En su caída, sintió pasar
silbando sobre su cuerpo el rayo del desintegrador de Uul-ha-Shan, que fue a estrellarse
contra la pared. El disparo desencadenó una potente explosión que cogió de lleno al
reptil, derribándolo de espaldas. Su descarga acababa de destrozar el circuito auxiliar del
módulo de control de Hirken, liberando torbellinos de energía.
Una serie de explosiones secundarias indicaron que los conductores de la energía
también habían quedado inutilizados.
Han había rodado por el suelo y la explosión había llegado a chamuscarle algún
cabello. Se incorporó empuñando la pistola, mientras el pulsador de advertencia de la
empuñadura palpitaba silenciosamente en su mano, en invisible señal de que el cargador
estaba prácticamente vacío. ¡Como si necesitara que se lo recordaran!
- ¡Solooo! - aulló Uul-Rha-Shan, con furiosos gritos de desafío, desde algún punto que
Han no consiguió localizar en medio del humo y la penumbra.
Entonces percibió una lejana vibración, la espiral de sobrecarga que Max Azul había
introducido en el programa de defensa secundaria siguiendo sus instrucciones. Una vez
inutilizado el sistema primario y eliminado el efecto del módulo de control de Hirken, había
entrado en acción la desviación del curso de la energía. La cosa ya no podía durar
mucho, pensó Han.
Súbitamente, todos los presentes en el Confín de las Estrellas tuvieron la sensación de
haber quedado bruscamente sumergidos en un espeso lodo, mientras el peso del planeta
parecía gravitar sobre ellos. El campo antichoques... Han lo había olvidado, pero no tenía
importancia.
Entonces, con una explosión imposible de describir con palabras, estalló la planta
generadora de energía.
X
Atuarre tuvo que hacer un esfuerzo para no echar a correr intentando volver atrás por
el laberinto de tuberías del sistema de túneles, consciente de que llevaba un policía de la
Espo pisándole los talones.
El desesperado plan de Han no dejaba margen para demasiadas dudas. ¿Qué ocurriría
si su bravata fallaba?
Pero nada más pensarlo, Atuarre se corrigió en seguida; el capitán Solo no estaba
bravuconeando y era perfectamente capaz de llevarse a todos sus enemigos consigo al
otro mundo en un acto de pasmosa venganza.
Pero Atuarre aprobaba la jugada. Era muy posible que aquel fuera el único momento
vulnerable del Confín de las Estrellas. Aun así, empezó a avanzar a grandes zancadas,
arrastrando al tambaleante Pakka a una velocidad vertiginosa.
Entraron en la última estación de enlace, la más próxima al Falcon. Un técnico de
guardia permanecía distraídamente apostado detrás de su pupitre. El enlace de
comunicaciones del espo dio una señal y Atuarre pudo escuchar, tan claramente como su
propia escolta, la tajante orden de Hirken transmitida a través del mayor de la Espo. Los
dos trianii debían ser trasladados otra vez a la torre. Se preguntó si eso era señal de que
Han había logrado intervenir con éxito en el combate de Bollux.
Pero Atuarre no tenía intención de volver atrás ya; el capitán Solo le había indicado
específicamente que debía volver a bordo del Millenium Falcon. Intentó utilizar su tono
más razonable.
- Oficial, tengo que recoger un objeto muy importante de mi nave, luego podemos
regresar. ¿Me permite? Es una cuestión urgente; ése es el motivo de que me dejaran salir
de allí.
El espo no estaba dispuesto a dejarse embaucar y sacó la pistola.
- La orden dice en seguida. ¡En marcha!
El técnico de guardia se había puesto alerta, pero el peligro inmediato lo constituía el
guardia. Atuarre levantó la garra de Pakka hasta que las puntas de sus pies apenas
rozaron el suelo y lo puso ante el policía.
- Pero también tengo orden de dejar a mi cachorro a bordo de la nave. Su presencia
disgustaba al Vicepresidente Ejecutivo.
Atuarre advirtió que los cortos y elásticos músculos de Pakka se ponían en tensión.
Cuando el espo abrió la boca para responder, Atuarre levantó en el aire a su cachorro.
Pakka aprovechó el impulso y ambos trianii brincaron por los aires emitiendo fuertes
alaridos de animal de presa que dejaron desconcertados a los hombres de la Autoridad.
Pakka pateó en su caída la cara y la garganta del sorprendido espo y Atuarre,
siguiendo de cerca a su cachorro, se lanzó sobre el brazo del policía y le agarró la mano
intentando arrebatarle la pistola. Los trianii derribaron a su contrincante de espaldas
contra el suelo y mientras el cachorro le sujetaba la cabeza y los hombros con las cuatro
extremidades y la cola firmemente enlazadas a su alrededor, Atuarre consiguió quitarle el
arma.
Entonces escuchó un rumor de pasos a sus espaldas. Se volvió rápidamente y
descubrió al técnico de guardia que empezaba a incorporarse de su silla detrás del
pupitre. Su índice izquierdo estaba pulsando enérgicamente un botón de su tablero.
Atuarre imaginó que debía de ser una alarma, pero la mano derecha del técnico
empezaba a emerger apuntándola con una pistola y ésa era la primera prioridad. Atuarre
disparó con la celeridad de un Guardia Montado trianii. El breve destello rojo del
desintegrador derribó de espaldas al técnico, volcando su silla.
El espo, sangrando a causa de las heridas recibidas, escapó de las manos de Pakka y
se abalanzó sobre Atuarre, intentando retenerla con ambas manos.
Ella volvió a disparar y el rojo rayo iluminó toda la estación de enlace. El espo se
encorvó y quedó inmóvil. Todo el sistema de túneles resonaba con los timbres de las
alarmas.
Atuarre se disponía a acercarse al pupitre de control de la estación de enlace para
desconectar las tuberías de los túneles y cerrar el paso a sus perseguidores, cuando la
estación se balanceó sobre sus soportes como si la superficie de Mytus VII se hubiera
levantado empujándola. Atuarre y Pakka salieron proyectados como juguetes, empujados
por los temblores de una explosión de increíble fuerza.
Atuarre se levantó algo mareada y se acercó con paso vacilante a una de las gruesas
ventanillas exteriores de observación. No pudo localizar la torre. En el lugar donde se
alzaba el Confín de las Estrellas había brotado ahora una columna de fuego
incandescente, imposiblemente estrecha y muy alta, que se perdía en la lejanía del vacío
del cielo de Mytus VII.
Finalmente, Atuarre comprendió que los generadores de los escudos deflectores que
rodeaban la torre habían concentrado la fuerza de la explosión. La columna de
destrucción empezó a disiparse, pero el Confín de las Estrellas seguía sin aparecer, no se
divisaba ni un fragmento de la torre. Atuarre pensó que era increíble que ni siquiera la
explosión de una planta generadora de energía pudiera volatilizar la casi inexpugnable
torre.
Luego, obedeciendo a un inexplicable impulso, levantó la mirada más allá del extremo
de la llamarada provocada por la explosión. Muy lejos de la superficie de Mytus VII
alcanzó a distinguir el destello del pequeño y distante sol al reflejarse sobre la armadura
de planchas de enlaces reforzados.
- Oh, capitán Solo - suspiró Atuarre, comprendiendo al fin lo ocurrido, ¡estás loco!
Se apartó vacilante de la ventana y procedió a examinar su situación. Debía actuar sin
demora. Corrió hacia el pupitre de control, localizó los interruptores de los separadores y,
contrastándolos con los indicadores colgados sobre las tuberías de los túneles que
convergían en la estación de enlace, manipuló los tres que no estaban conectados al
Falcon. Los tubos se desprendieron por el otro extremo y sus paredes se plegaron en
dirección a la estación de enlace.
Después Atuarre puso en marcha el módulo de autopropulsión de la estación y sus
ruedas se pusieron en movimiento. Atuarre la guió hasta el Millenium Falcon, recogiendo
la tubería extendida entre uno y otra a medida que avanzaba.
Contuvo la confusión que reinaba en su mente recurriendo a la disciplina propia de un
Guardia Montado trianii y empezó a trazarse un plan. Un minuto después, el Millenium
Falcon despegaba de Mytus VII.
Atuarre, pilotando la nave con Pakka instalado en el asiento del copiloto, escudriñó la
base. Sabía que el personal debía estar muy ocupado intentando controlar
desesperadamente las pérdidas de presión y fugas de aire en toda la extensión de sus
sistemas perforados. Pero la nave de asalto bien pertrechada de la Espo ya había
abandonado la base; Atuarre alcanzó a distinguir el destello de su motor mientras el navío
ascendía velozmente a lo lejos. Alguien había comprendido lo ocurrido y había sabido
reaccionar con gran rapidez, lo cual venía a crearle un nuevo problema. Debía impedir
que ninguna otra nave de la Autoridad pudiera despegar.
Hizo volar la nave espacial a baja altura sobre la hilera de naves de menores
dimensiones que tenía estacionadas la Autoridad. La artillería del Falcon tronó una y otra
vez en un fuerte bombardeo de castigo a bajo vuelo. Las naves aparcadas y sin piloto
explosionaron y se inflamaron una tras otra, provocando una sucesión de explosiones
secundarias. Todos los vehículos, una media docena, quedaron inutilizados.
Atuarre sobrevoló en una arremetida el profundo cráter que marcaba el lugar donde
antes se alzaba el Confín de las Estrellas. Puso el propulsor principal al máximo y salió
zumbando en pos del vehículo de asalto de la Espo. Enfocó todos los escudos
desviadores hacia la popa, pero sólo se produjeron algunos disparos esporádicos poco
afinados de cañones de turbo - láser. El personal de la base estaba demasiado atareado
intentando evitar que el aliento vital se disipara en el vacío. Eso suponía una cierta
ventaja, una pequeña ayuda en el cumplimiento de lo que parecía una tarea imposible.
El campo antichoque del Confín de las Estrellas debía de haber estado a punto de
alcanzar el límite de sobrecarga, pensó Han. En efecto, durante los primeros segundos
que siguieron a la explosión de la planta generadora de energía, formidables fuerzas
habían actuado sobre la torre y todo lo que ésta contenía.
Pero el efecto inmovilizador empezó a ceder a medida que los sistemas se iban
adaptando.
El humo y el calor desprendidos por el destrozado Ajusticiador y los circuitos auxiliares
del sistema de control primario ahora destruidos impregnaban el aire de la cúpula,
asfixiando y cegando a los presentes.
Se produjo una carrera general de una masa indiferenciada de cuerpos en dirección al
ascensor. Han oyó al voz de Hirken que pedía orden a gritos mientras el mayor de la Espo
bramaba órdenes de mando y la esposa del Vicepresidente Ejecutivo y otras personas
chillaban aterrorizadas.
Han esquivó la muchedumbre que se abalanzaba hacia los ascensores, vadeando
entre el campo antichoque y el humo que flotaba en el aire. Como todos los sistemas de
emergencia, el campo antichoque se alimentaba de fuentes de energía de reserva
situadas dentro del Confín de las Estrellas. Las reservas de la torre debían de ser
limitadas. Han sonrió en medio de las sombras y la confusión; a los espos les aguardaba
una sorpresa.
Han bajó las escaleras del anfiteatro a ciegas, tosiendo y confiando en no envenenarse
con las emanaciones de los aislantes quemados y los circuitos fundidos. Entonces tocó
algo con la punta del pie.
Reconoció el módulo de control abandonado del Vicepresidente Ejecutivo Hirken, lo
apartó de un puntapié y continuó su camino. Por fin localizó a Bollux al tropezar sobre el
pie del androide.
- ¡Señor, capitán! - exclamó alegremente Bollux -. Creíamos que nos había
abandonado definitivamente.
- Ahora mismo nos marchamos; ¿puedes moverte?
- Ya estoy estabilizado. Max ha improvisado una conexión directa entre él y yo.
La vocecita de Max Azul brotó débilmente del pecho de Bollux.
- Capitán, intenté advertirle que esto podía ocurrir cuando revisé los datos.
Han habla cogido el brazo del androide con una mano, ayudándole a incorporarse
sobre sus vacilantes piernas.
- ¿Qué ha ocurrido, Max? ¿No había suficiente energía en la planta?
- No, la planta tenía energía en abundancia; pero las planchas de enlaces reforzados
de la armadura son muchísimo más resistentes de lo que yo había supuesto al principio.
Los escudos desviadores exteriores contuvieron la fuerza de la explosión, es decir, todos
menos el del extremo superior, ése se disolvió por efecto de la sobrecarga. Toda la fuerza
se fue en esa dirección. Y nosotros también.
Han se detuvo de golpe. Le habría gustado poder verle la cara a la pequeña
computadora, aunque tampoco le habría servido de gran cosa.
- ¿Intentas decirme que hemos puesto el Confín de las Estrellas en órbita, Max?
- No, capitán - respondió Max con voz sombría -. Una amplia trayectoria curva, tal vez,
pero en ningún caso una órbita.
Han tuvo que apoyarse en Bollux tanto como el androide se apoyaba en él.
- ¡Oh, no! ¿Por qué no me lo advertiste?
- Lo intenté - le recordó Max enfurruñado.
Han hizo funcionar su cerebro a marchas forzadas.
La cosa tenía sentido: la gravedad específica relativamente baja de Mytus VII y la
ausencia de fricción atmosférica debían determinar una velocidad de escape bastante
mediocre. Aun así, si los campos antichoque de la torre no hubieran estado conectados
en el momento de la gran explosión, en aquellos momentos todos los que se encontraban
en el Confín de las Estrellas estarían convertidos en moco coloidal.
- Además - añadió Max irritado -, ¿no es siempre preferible esto a estar muerto? ¿De
momento al menos?
Han se serenó; era inútil intentar discutir aquella lógica. Volvió a sostener parte del
peso de Bollux.
- Muy bien, muchachos; he trazado un nuevo plan. ¡En marcha!
Echaron a andar otra vez, alejándose de los ascensores.
- Todos los ascensores estarán desconectados; los sistemas de mantenimiento y quién
sabe cuántas cosas más deben de tener acaparada toda la energía de reserva. Vi una
escalera de servicio en los planos de la torre, pero Hirken y compañía no tardarán en
recordarla, también. No hay tiempo que perder.
Doblaron la esquina del núcleo de servicios, mientras Han intentaba orientarse.
Estaban a punto de llegar a una salida de emergencia pintada de amarillo, cuando la
puerta se abrió bruscamente y apareció un espo empuñando un fusil antidisturbios. El
hombre se llevó una mano a la boca formando una bocina y gritó:
- ¡Vicepresidente Ejecutivo Hirken! ¡Por aquí, señor!
Entonces descubrió a Han y Bollux y volvió el rifle sobre ellos. Con sólo una microcarga
en su pistola, Han tuvo que dispararle rápidamente a la cabeza. El espo se desplomó.
- Por pelota - gruñó Han, todavía cogido del brazo del androide, y se agachó a coger el
rifle antidisturbios.
Se arrastró bruscamente con su carga a través de la puerta de emergencia. Un furor de
gritos llegó hasta sus oídos; los demás habían comprobado que los ascensores no
funcionaban y alguien había recordado la escalera. Han cerró la puerta detrás de él y
descargó una ráfaga de disparos sobre el mecanismo de la cerradura. El metal empezó a
ponerse incandescente y a fundirse. Era una aleación duradera que dentro de pocos
instantes habría rechazado su calor, soldando la cerradura. Los que habían quedado al
otro lado podrían abrirse paso haciéndola estallar con sus armas de mano, pero ello les
llevaría un tiempo precioso.
Mientras bajaban las escaleras medio corriendo, medio rodando, Bollux preguntó:
- ¿Dónde vamos ahora, señor?
- Al almacén de las cápsulas de estasis.
Tomaron a la carrera la curva de un descansillo y por poco caen al suelo.
- ¿Has notado eso? La gravedad artificial empieza a fluctuar. Un rato más y los
canalizadores de la energía lo desconectarán todo excepto los sistemas de supervivencia.
- Oh, comprendo, señor - dijo Bollux -. Las cápsulas de estasis de que me hablaban
usted y Max.
- El androide se merece un premio. Cuando esas cápsulas empiecen a desconectarse,
algunos prisioneros bastante curiosos quedarán en libertad. Y el tipo capaz de sacarnos
de este aprieto es uno de ellos... Doc, el padre de Jessa.
Siguieron bajando, dejando atrás las dependencias particulares de Hirken y las plantas
de interrogación, sin cruzarse con ninguna otra persona en la escalera.
Las fluctuaciones de gravedad disminuyeron, pero seguía siendo difícil posar
firmemente el pie. Llegaron a otra puerta de emergencia y Han la abrió manualmente.
M otro lado de un pasillo había una segunda puerta, que alguien había dejado abierta.
A través de ella Han pudo ver un largo y ancho pasadizo que discurría entre altas pilas de
cápsulas de estasis almacenadas verticalmente como si fueran ataúdes. Las hileras
inferiores ya estaban a oscuras, vacías, mientras las superiores todavía seguían activas.
Las cápsulas de las dos hileras intermedias empezaban a parpadear.
Pero al fondo del pasillo había seis guardias alineados apuntando sobre una masa de
humanos y no humanos. Los prisioneros liberados, pertenecientes a docenas de
especies, gruñían y rugían dando rienda suelta a su hostilidad. Puños, tentáculos, zarpas
y garras se agitaban airadamente en el aire. Los espos avanzaban con sus fusiles
antidisturbios levantados, intentando contener la fuga sin disparar, temerosos de ser
arrollados si abrían fuego.
Un alto ser de aspecto demoníaco se desgajó de la multitud y se arrojó sobre los
espos, la cara desencajada en una enloquecida carcajada, las manos dispuestas a
aferrarse a lo primero que encontraran. Un fusil antidisturbios estalló derribándole hecho
un gruñente montón informe. Ello disipó las vacilaciones de los prisioneros; todos
empezaron a avanzar hacia los espos al unísono. ¿Qué temor podía inspirarles la muerte,
comparada con la vida en una cámara de interrogatorios?
Han hizo a un lado a Bollux, se arrodilló junto al marco de la salida de emergencia y
abrió fuego sobre los guardias. Dos de ellos cayeron derribados antes de que pudieran
comprender que alguien les estaba disparando por la espalda. Uno de ellos se volvió y
después otro, dispuestos a repeler el ataque, mientras sus compañeros intentaban
contener el hervidero de prisioneros.
Rojos dardos de luz se entrecruzaron en el aire. El humo del metal chamuscado del
marco de la puerta se mezcló con los efluvios de ozono de los disparos.
Un olor a carne quemada impregnaba el aire. Los rayos de los nerviosos guardias
caían fuera de la salida de emergencia o se estrellaban contra la pared, sin conseguir dar
con su objetivo. Han, arrodillado para ofrecer el menor blanco posible, parpadeaba y se
encogía entre el intenso fuego de sus contrincantes mientras maldecía la inadecuada
puntería de su propio fusil antidisturbios.
Por fin consiguió darle a uno de los espos que disparaban contra él. El otro se arrojó al
suelo para evitar caer también herido. Cuando lo vio, Han decidió recurrir a un viejo truco.
Alargando el brazo a través del umbral de la puerta, apoyó su arma plana, de costado, en
el suelo y apretó frenéticamente el gatillo.
Los disparos, alineados directamente con el plano del suelo, localizaron sin dificultad al
espo tendido y lo inmovilizaron en cuestión de segundos.
El resto de los policías perdieron la calma. Uno dejó caer su arma y levantó las manos,
pero no le sirvió de nada; la muchedumbre se desbordó por encima de él y a su alrededor
como una avalancha, enterrándole bajo el asesino avance de formas humanas y de otras
especies. El otro espo, cogido entre los disparos furtivos de Han y los prisioneros, quiso
subirse a una de las escaleras que conectaban las pasarelas que recorrían cada una de
las hileras de cápsulas de estasis.
Cuando iba por la mitad de la escalera, el guardia se detuvo y abrió fuego sobre los
que intentaban seguirle. Los disparos de Han, desde un ángulo poco favorable, no
consiguieron darle. Han cogió a Bollux del brazo y se encaminó hacia la caseta de
vigilancia.
Los disparos del último espo habían frenado el avance de los prisioneros mientras él
continuaba trepando hacia la tercera pasarela. Tres desgreñadas criaturas simiescas se
desgajaron de la masa de prisioneros para salir en su persecución, desdeñando las
escaleras para encaramarse valiéndose de sus largos brazos por la estructura exterior de
las plataformas donde se alineaban las cápsulas. Alcanzaron el espo en cuestión de
segundos.
Éste permaneció suspendido de los peldaños el tiempo suficiente para eliminar a uno
de los simios.
La criatura cayó con un espantoso graznido. Los otros dos se apostaron junto al espo,
uno a cada lado. Cuando quiso tirar otra vez, le arrebataron el arma de la mano y la
arrojaron a los que se arremolinaban abajo. Luego agarraron por ambos brazos al
despavorido guardia, lo balancearon en el aire y lo arrojaron con increíble fuerza hacia
arriba. Su cuerpo fue a estrellarse contra el techo, encima de la última hilera de cápsulas,
y cayó al suelo en medio de un remolino de brazos y piernas, emitiendo un desagradable
ruido en el momento del impacto.
Han dejó a Bollux en un rincón y corrió al encuentro de los alborotados prisioneros.
Sobre sus cabezas nuevas cápsulas de estasis iban desconectándose continuamente a
medida que la energía era desviada para accionar los sobrecargados sistemas de
supervivencia y habitantes de múltiples planetas comenzaron a emerger de ellas. Una vez
suprimida la resistencia inmediata de los guardias, los recién escapados no sabían qué
hacer. Los disparos de los guardias habían matado o herido a muchos de ellos y muchos
otros habían fallecido o estaban a punto de fallecer, sin haber recibido ninguna herida,
porque sus fisiologías eran incompatibles con la atmósfera del Confín de las Estrellas y
habían entrado en estasis desprovistos de su equipo de supervivencia. Un tumulto de
voces se ahogaban unas a otras:
- Eh, ¿dónde están...?
- ¡Qué gravedad más rara! ¿Qué pa...?
- ¿Dónde estamos?
Han, dando voces y agitando los brazos, al fin consiguió atraer su atención.
- ¡Coged esos rifles y distribuiros por la escalera!
- ¡Los espos no tardarán en aparecer por aquí!
Descubrió a un hombre vestido con el uniforme de policía planetario, probablemente un
oficial fastidioso al que la Autoridad había decidido eliminar.
- ¡Organiza a estas gentes y prepara las líneas de defensa - dijo Han, señalándolo -, o
no tardarás en encontrarte otra vez en estasis!
Han dio media vuelta para regresar al pasillo. Al pasar junto al androide le dijo:
Espérame aquí, Bollux; tengo que encontrar a Doc y Chewie.
Mientras los prisioneros se peleaban por las armas de los espos caídos, Han salió
corriendo al pasillo de enlace, dobló a la derecha y se dirigió al siguiente bloque de
almacenamiento de cápsulas. Pero cuando estaba a punto de llegar a la puerta siguiente,
ésta se abrió de golpe, accionada desde el interior. Tres espos salieron en tropel,
intentando abrirse paso con los codos y las caderas, cada uno empeñado en salir el
primero del bloque de almacenamiento. Un pandemónium de peleas y disparos hervía en
la habitación contigua.
Los guardias no pudieron terminar de cruzar el umbral. Se escuchó un rugido
ensordecedor y un familiar par de largos brazos velludos se extendió para cogerlos a los
tres y arrastrarlos nuevamente a la refriega.
- Ajá, vaya, vaya - exclamó alegremente Han.
- ¡Chewie!
El wookiee había terminado de colgar las figuras fláccidas de los guardias sobre un
pasamanos cercano. Entonces descubrió a su amigo y aulló extasiado.
Ignorando las protestas de Han, lo encerró en un fraternal abrazo que le hizo crujir las
costillas. Después, la gravedad artificial vaciló un instante. Chewbacca, a punto de caer,
depositó a Han en el suelo.
- Si por fin logramos salir de ésta, socio - dijo Han jadeante -, nos conformaremos con
una tranquila y poco transitada ruta de transportes interestelares, ¿qué te parece?
Ese bloque de almacenamiento había sido ocupado con menos problemas que el
anterior; al parecer había menos guardias presentes cuando empezaron a desconectarse
los campos de estasis. Sin embargo, en el interior reinaba la misma confusión, en una
multitud de lenguas y niveles de sonido. La muchedumbre empujó a Chewbacca contra
Han, pero el wookiee se volvió con un rugido estentóreo, blandiendo amenazadoramente
los puños, y en el acto se hizo un claro a su alrededor.
Han aprovechó el intervalo de silencio para ordenar a los prisioneros que cogieran
todas las armas que hubieran podido apropiarse y se unieran al otro grupo de
combatientes.
Luego agarró a Chewbacca por el hombro.
- Vamos, Doc tiene que estar por aquí, Chewie, y no disponemos de mucho tiempo
para intentar encontrarle. Es nuestra única posibilidad de salir con vida de este trance.
Los dos se dirigieron al siguiente bloque de almacenamiento, de los cinco que había en
total, como recordaba haber observado Han en los planos de la torre. Encontraron la
puerta ya abierta. Han levantó el fusil antidisturbios y se asomó cautelosamente a la
habitación. Las cápsulas de estasis estaban desocupadas y un inquietante silencio
reinaba en el lugar. Han se preguntó si la Autoridad tal vez no habría empezado a utilizar
todavía esa parte de su prisión. Entró en el bloque de almacenamiento y Chewbacca le
siguió.
- ¡Quietos donde estáis! - ordenó una voz a sus espaldas.
Varios hombres y otras criaturas emergieron de sus escondrijos sobre las pasarelas y
el armazón exterior y a lo largo de los muros. Otros más aparecieron por la esquina del
pasillo.
Pero Han y su segundo de a bordo ya habían identificado la voz que les daba el alto.
- ¡Doc! - exclamó Han, si bien él y el wookiee permanecieron prudentemente inmóviles.
No deseaban morir abrasados.
El viejo, con una aureola de blancos cabellos rizados enmarcando su cabeza, les miró
parpadeando totalmente sorprendido.
- ¡Han Solo! En nombre de la Luz Original, ¿qué te trae por aquí, hijo? Aunque supongo
que la respuesta es obvia; ¿dos reclusos más, eh?
Se volvió hacia los demás.
- Conozco a este par - explicó y se dirigió rápidamente a su encuentro.
Han meneó negativamente la cabeza.
- No, Doc. Chewie estaba encerrado aquí. He venido con algunos amigos para
intentar...
Doc le hizo callar.
- Tenemos problemas más importantes que resolver, jovencito. Todas las cápsulas de
los tres primeros bloques se desconectaron simultáneamente; por eso pudimos
apoderarnos de ellos con tanta facilidad. Los sistemas deben de haberse visto sometidos
a una tensión extraordinaria; y ahora noto que la gravedad empieza a fallar.
No era raro que tres bloques de cápsulas se hubieran desconectado al unísono, pensó
Han, con la gigantesca tensión que habían tenido que soportar los campos antichoque
después del estallido de la planta generadora de energía.
- Uh, claro, Doc. De eso quería hablarle. Sabe que estamos en una torre, ¿verdad?
Pues bien, yo, yo... digamos que la he hecho salir volando hacia el espacio; creé una
sobrecarga en la planta generadora de energía y desconecté el escudo desviador superior
de manera que...
Doc se golpeó la frente.
- ¡Han, eres un imbécil!
Han se puso a la defensiva.
- ¡Si no le gusta puede volver a su caja de embalaje! - Observó que el comentario había
surtido su efecto -. No podemos perder tiempo en discusiones; el Confín de las Estrellas
no podrá escapar de ningún modo a la gravedad de Mytus VII. Vamos a estrellarnos y no
sé con certeza cuándo se producirá la caída.
Lo único que puede salvarnos es ese campo antichoque y se ha desconectado. Usted
debe encargarse de volverlo a conectar antes del encontronazo.
Doc se había quedado mirando a Han con la boca abierta.
- Energizar un campo antichoque no es lo mismo que cargar los cables de un saltador
celestial, hijito.
Han levantó las manos en un gesto de impotencia.
- Muy bien; entonces nos instalaremos a esperar tranquilamente el momento de morir
aplastados. Jessa siempre podrá adoptar otro padre.
El comentario dio en el clavo.
- Tienes razón - suspiró Doc -; si es nuestra única oportunidad, tenemos que
aprovecharla. Pero debo decirte que no comparto tus gustos en materia de evasiones.
Luego se volvió hacia los demás, que sólo se habían abstenido de intervenir en la
conversación a causa de la amenazadora presencia de Chewbacca.
- ¡Mucha atención! ¡No es momento de discutir! Seguidme y haced lo que os diga y tal
vez todavía consigamos salvarnos; al menos puedo prometeros que no habrá más
interrogatorios.
Le dio un codazo a Han.
- El resplandor de la gloria y todo eso, ¿eh?
Luego echó andar seguido por el rumor de pisadas, retumbar de cascos y claqueteo de
pasos de la horda, mientras cada individuo avanzaba sobre sus extremidades y a la
manera que le eran características.
Por el camino, Han le explicó rápidamente a Doc los detalles esenciales de su
aventura. El viejo le interrumpió:
- ¿Dices que esa trianii está a bordo del Millenium Falcon?
- Debería estar allí, pero no nos servirá de gran cosa; los rayos tractores del Falcon
jamás podrían impedir el retorno de esta torre.
Doc se paró en seco.
- ¿Tú también has oído eso, muchacho?
Todos lo habían oído; era el estallido maullante de los disparos de un desintegrador.
Echaron a correr. Pese a la avanzada edad que aparentaba, Doc mantuvo el paso junto al
piloto y el wookiee. Llegaron a la salida de emergencia justo en el momento en que
alguien bajaba el cuerpo inanimado de un prisionero por la escalera para depositarlo en el
pasillo.
Era una desgarbada criatura sauriana con una quemadura en la sección torácica. Por
la escalera les llegaban los sonidos irregulares de un intercambio de disparos.
- ¿Qué sucede? - gritó Han mientras intentaba abrirse paso a codazos.
Chewbacca se situó frente a él y empezó a dar voces y empujones hasta conseguir
abrir una brecha. El prisionero a quien Han había asignado arbitrariamente el mando,
apareció en lo alto de la escalera.
- Estamos intentando defender el rellano superior. Arriba hay varios hombres de la
Autoridad que intentan abrirse paso como sea hacia las plantas inferiores. He apostado
algunos vigías en las escaleras de abajo, pero de momento no ha ocurrido nada allí.
- Hirken y su pandilla intentan descender porque las compuertas se hallan situadas
aquí y en la planta baja.
- Confía que alguien acudirá a rescatarlo - les explicó Han.
Doc y los demás le miraron sorprendidos. Han recordó entonces que el Confín de las
Estrellas debía de ser un territorio casi desconocido para ellos.
- ¿Qué es exactamente lo que ha pasado? - preguntó el oficial de policía planetaria.
- Que no tenemos tiempo que perder, eso pasa - respondió Han -. Tenemos que resistir
aquí arriba y ayudar a Doc a llegar a las plantas de maquinaria. Los que estén armados
formarán la punta de la avanzada; encontrarán alguna resistencia ahí abajo, pero quizá no
sea demasiado importante. Los demás pueden seguirlos a una distancia prudente.
La expedición empezó a descender por la escalera, azuzada por Doc, pues ninguno
sabía exactamente cuándo alcanzaría la torre su cenit para iniciar de inmediato la
irrefrenable caída.
Entretanto, Han y Chewbacca corrieron a la planta superior. Han advirtió que jadeaba y
comprendió que los sistemas de supervivencia empezaban a fallar.
Si la presión del oxígeno disminuía demasiado en el interior de la torre, todos sus
esfuerzos se verían frustrados.
Se unieron al grupo que ocupaba el segundo rellano inmediatamente encima de los
bloques de almacenamiento. Los rayos de los desintegradores disparados desde arriba
siseaban e iban a estrellarse con la pared opuesta mientras los prisioneros armados que
habían quedado allí se apresuraban a responder disparando sin apuntar en torno a la
esquina de la escalera cada vez que se les presentaba una oportunidad, con escasa
posibilidad de tocar a ninguno de los que ocupaban el siguiente rellano. Varios defensores
yacían muertos o heridos en el suelo. Cuando Han llegaba a lo alto de la escalera, un
hombre asomó su arma por la esquina, consiguió colar rápidamente un par de disparos y
luego se escondió presuroso. El hombre miró a Han de reojo.
- ¿Qué pasa ahí abajo?
Han se agachó a su lado y se disponía a asomarse para echar un breve vistazo al
tramo superior de la escalera cuando estalló un surtidor de rayos rojos que quemaron y
astillaron el suelo y las paredes en torno al punto del impacto. Han se echó atrás
rápidamente.
- Baja la maldita cabeza, amigo - le advirtió el hombre -. Nos topamos de cara con su
avanzada en esta misma esquina. Los hemos obligado a retroceder, pero ahora los
demás también han bajado. De momento la situación está equilibrada, pero ellos tienen
más armas.
Luego repitió:
- ¿Que pasa ahí abajo?
- Los demás se dirigen a las plantas inferiores, para intentar buscar la manera de
salirnos de ésta. A nosotros nos toca detener a esa gentuza de ahí arriba.
Han empezó a sudar al pensar que la torre seguramente ya debía de haber empezado
a sucumbir a la atracción de Mytus VII en aquellos momentos.
Los continuos estallidos procedentes del rellano superior iluminaban la escalera.
Chewbacca, que estaba evaluando la situación con los ojos entrecerrados, le graznó algo
a Han.
- Mi compañero tiene razón - declaró Han a los demás defensores -. Fijaos en todos
esos rayos. Todos van a dar contra la pared del fondo y el extremo opuesto del suelo y
ninguno cae a este lado.
Han se deslizó de espaldas sobre las posaderas de sus pantalones, con el fusil
antidisturbios levantado muy apretado contra su pecho. Chewbacca sujetó las rodillas de
Han firmemente contra el suelo. Han siguió arrastrándose, centímetro a centímetro, sobre
el trasero hasta que su espalda casi tocó la línea de fuego.
Él y Chewbacca intercambiaron una mirada, triste la del hombre, preocupada la del
wookiee.
- Adelante sin miedo.
Han se dejó caer de espaldas. El fusil antidisturbios, bien sujeto contra su pecho,
apuntó directamente hacia lo alto de la escalera. Mientras su cabeza seguía bajando, Han
divisó lo que esperaba. Un hombre con el uniforme castaño de la Espo estaba bajando
sigilosamente las escaleras, muy pegado a la pared más próxima para evitar su propio
fuego. La escena se grabó en la mente de Han con una brusca, casi dolorosa nitidez
mientras lanzaba una andanada de disparos. Sin entretenerse a comprobar el efecto
causado, se incorporó otra vez, mucho antes de que su espalda llegara a tocar el suelo.
Chewbacca captó su movimiento y tiró con fuerza. El cuerpo de Han se deslizó hacia un
lugar seguro; su aparición había sido tan rápida que ninguno de los atacantes había
conseguido reorientar su puntería en el tramo superior de la escalera.
Se escuchó un rápido martilleo sobre las escaleras y una pistola de reglamento de la
Espo cayó rodando y quedó tirada sobre el rellano. Segundos más tarde, el propietario de
la pistola aparecía rebotando pesadamente e iba a aterrizar junto a su arma,
perfectamente muerto. Era el mayor de la Espo. Han inclinó levemente la cabeza en
homenaje a la devoción del mayor en el cumplimiento de su deber.
Las andanadas procedentes del rellano superior se hicieron más intensas. Los
defensores replicaban con las pocas armas a su disposición. Chewbacca cogió una
pistola abandonada por uno de los defensores caídos, una criatura plumífera que yacía en
un charco de sangre translúcida.
La cara del cadáver, provista de un pico, había quedado parcialmente aniquilada por un
disparo de un desintegrador. El wookiee comprobó que el cañón de la pistola había
quedado afectado por el impacto y estaba retorcido e inutilizado.
Chewbacca, señalando la pistola vacía que Han llevaba al cinto, arrojó el arma
inservible. Han le tiró el rifle antidisturbios a cambio y desenfundó su propia arma para
cargarla con la munición de la pistola destruida. Chewbacca, cuyos gruesos dedos no se
adaptaban bien al arma de dimensiones humanas, arrancó el seguro del gatillo y luego
empezó a disparar sin mirar en torno a la esquina, tiros altos, bajos, intermedios, desde
todos los ángulos.
Han acopló los adaptadores de la empuñadura de la pistola al cargador de energía de
su desintegrador, inmediatamente delante del seguro del disparador.
Consiguió cargar su pistola sólo hasta la mitad de su capacidad, pero tendría que
conformarse con eso.
Cuando hubo terminado, arrojó el revólver inservible del espo lejos de sí y se reunió
con el wookiee. Ambos disparaban sin orden ni concierto a fin de despistar el
contraataque y desde luego sabían cómo engañar a sus contrincantes. Ningún miembro
del grupo de la Autoridad parecía deseoso de emular el heroísmo del mayor.
De pronto, el fuego cesó en el rellano superior. Los defensores también interrumpieron
sus disparos, temiendo alguna treta. Han pensó por un momento que si Hirken tenía
aunque sólo fuera una granada de percusión... pero no; en ese caso ya la habría usado.
Una apagada voz siseante le llamó.
- ¡Solo! ¡El Vicepresidente Ejecutivo Hirken desea hablar contigo!
Han se apoyó despreocupadamente contra la pared.
- Dile que baje, Uul-Rha-Shan - respondió sin asomarse -. Qué demonios, baja tú
mismo, serpiente senil, y hablaré gustoso contigo.
Entonces se escuchó la voz de Hirken, una voz de experimentado vendedor.
- Te hablaremos desde donde estamos, gracias. Acabo de descubrir exactamente lo
que has hecho.
Han pensó para sus adentros que ojalá él mismo lo hubiera sabido, antes de empezar.
- ¡Quiero hacer un trato! - siguió diciendo Hirken -. Cualquiera que sea tu plan para
escapar de aquí, quiero que me lleves contigo. Y a mis acompañantes también,
naturalmente.
Naturalmente. Han no vaciló ni un instante.
- Trato hecho. Arrojad las armas aquí abajo y bajad de uno en uno con las manos en...
- ¡Hablo en serio, Solo! - le interrumpió Hirken, arrebatándole la oportunidad de decirle
dónde debía poner las manos -. ¡Podemos mantenerte tan ocupado aquí arriba que no
tendrás oportunidad de escapar tú mismo! Y el Confín de las Estrellas ha llegado al punto
máximo de su arco; hemos podido comprobarlo a través de la cúpula. Pronto será
demasiado tarde para todos. ¿Qué me dices?
- ¡Ni hablar, Hirken!
Han no sabía con certeza si Hirken intentaba engañarle al decirle que la torre había
llegado al punto máximo del arco, pero no tenía manera de comprobarlo a menos que se
asomara por una de las ventanillas, cosa poco aconsejable vista la escasez de trajes
espaciales.
- Hirken ha dado en el clavo en un detalle - susurró Han -. Tal vez consigan retenernos
aquí si dejamos que sean ellos quienes dicten las normas del juego.
Los demás bajaron sigilosamente tras él hasta el rellano siguiente, el último antes de
llegar a la planta de almacenamiento. Doblaron rápidamente la esquina y tomaron
posiciones, manteniéndose a la espera.
Ahora le tocaba sudar al Vicepresidente Ejecutivo. Los ruidos que llegaban hasta los
oídos de Han parecían indicar que la mayoría de los prisioneros seguían en los bloques
de almacenamiento, sin saber muy bien qué debían hacer. Han confiaba que no se les
ocurriría subir en un momento de pánico.
Tenía la pistola levantada a punto de disparar, pues sabía que una cabeza inquisidora
se asomaría más pronto o más tarde por la esquina que acababan de abandonar, pero
era imposible vaticinar exactamente cuándo ocurriría eso.
Una cabeza apareció finalmente en la esquina, la de Uul-Rha-Shan, levantada a gran
altura; el reptil debía de haberse subido a la espalda o los hombros de otra persona. En
una fugaz aparición, se asomó, estudió la distribución de los resistentes y volvió a
esconderse con sorprendente rapidez. El tardío disparo de Han sólo consiguió
descascarar otro trocito de pared; la velocidad de movimientos del pistolero reptiliano dejó
asombrado al piloto.
- Conque esto es lo que buscas, Solo - dijo la voz hipnótica de Uul-Rha-Shan -. ¿Voy a
tener que perseguirte planta tras planta? Haz un trato con nosotros; lo único que
queremos es vivir.
Han soltó una carcajada: «claro, los únicos que no queréis que vivan son todos tos
demás».
Más abajo se escuchó un rumor de pisadas de botas sobre la escalera. Doc reapareció
resollante. Se dejó caer junto a Han con la alarma dibujada en la cara. Han le indicó con
la mano que hablara bajito para que no pudieran escucharle desde arriba.
- ¡Solo, han llegado los espos! Han atracado su nave de asalto junto a la compuerta
inferior y están desembarcando una fuerza de choque. Se han unido a los hombres de la
Autoridad que se habían escondido de nosotros ahí abajo. Nos han obligado a abandonar
las plantas de máquinas; muchos han caído y hemos tenido que replegarnos. Más
hombres han muerto en las escaleras antes de que consiguiéramos organizar una
retaguardia, pero ahora los espos están subiendo un cañón pesado, arrastrándolo por las
escaleras. Ahora sí que estamos perdidos!
Una riada de prisioneros ya había empezado a subir frenéticamente la escalera,
huyendo hacia el único refugio que les quedaba, los bloques de almacenamiento.
- Los espos llevan trajes espaciales ahí abajo - dijo Doc -. ¿Qué ocurrirá si dejan
escapar el aire?
Han advirtió repentinamente que todos a su alrededor estaban pendientes de él,
esperando que les diera una solución, y pensó, ¿Quién, yo? Yo sólo soy el chofer de esta
evasión, ¿recuerdan?
- No sé qué decirte, Doc - dijo moviendo la cabeza -. Consíguete algún arma; les
tocaremos una última serenata.
La voz de Hirken tronó triunfante en lo alto de la escalera.
- ¡Solo! ¡Mis hombres acaban de comunicarse conmigo a través del intercomunicador!
¡Ríndete ahora o te abandonaré aquí!
Como para ratificar esta amenaza, se percibió la oscilación de un cañón pesado en
algún punto del Confín de las Estrellas.
- En fin, todavía tienen que atravesar nuestras filas - masculló Han por lo bajo.
Cogió a Doc por la camisa, luego recordó que Hirken estaba lejos y le habló en voz
baja y tajante.
- No te preocupes por el aire; los espos no pueden dejarlo escapar a menos que
quieran matar también a su Vicepresidente Ejecutivo. Por eso atracaron en la compuerta
inferior y no en la de la planta de detención; sabían que de ese modo tenían muchas más
posibilidades de entrar sin necesidad de quemar y perforar la torre. Mándame todos los
hombres que puedas aquí arriba, todos los que estén dispuestos a subir. Nos
apoderaremos de Hirken, aunque nos cueste caro, y le utilizaremos como rehén.
Han recordó la resistencia que los hombres de la Autoridad podían organizar en la
estrecha escalera y comprendió que las bajas serían terribles. Doc también lo entendió
así y cuando se retiró tenía, por primera vez, el aspecto de un fatigado anciano, y así era
como finalmente se sentía.
- No os detengáis por ningún motivo - estaba instruyendo Han a los demás -. Si alguno
cae, que otro coja su arma, pero nadie debe detenerse.
Su mirada se posó sobre Chewbacca. El wookiee apartó los labios descubriendo sus
colmillos curvos, arrugó la negra nariz y profirió un salvaje y pasmoso alarido mientras
echaba atrás su velluda cabeza, el gesto wookiee para desafiar la muerte. Después
esbozó una ancha sonrisa y le lanzó un gruñido sordo a Han. El piloto le sonrió torciendo
el gesto. Su amistad era lo suficientemente estrecha para no requerir mayores efusiones.
XI
Nuevos prisioneros habían ido llegando al rellano, pero iban desarmados. Han repitió
las instrucciones sobre las armas de los caídos y la orden de no detenerse. El corazón le
latía desenfrenadamente cada vez que pensaba en la concentración que alcanzarían los
rayos de energía en el hueco de la escalera. Adiós, Hogar para Espacionautas Retirados.
Se incorporó hasta quedar casi en cuclillas y los demás le imitaron.
- Chewie y yo iremos delante y organizaremos una cobertura para los demás. A las
tres; una, dos... - ya estaba a punto de doblar la esquina.
Una pequeña figura peluda saltó sobre los que avanzaban detrás del piloto y fue a
aterrizar sobre sus hombros, agarrándose a su cuello. Su elástica cola onduló para
enroscarse en torno a la muñeca del sorprendido Chewbacca.
Han se tambaleó, perdiendo todo su valor.
- ¿Qué diablos voladores...? - Entonces identificó a su atacante - ¡Pakka!
El cachorro saltó ágilmente de los hombros de Han y empezó a dar inquietos brincos
mientras le tiraba de la pierna. Por un instante, Han dudó de todo.
- Pero, Pakka, ¿no os habíais ido? Quiero decir... ¿dónde está Atuarre? Maldita sea,
criatura, ¿cómo has llegado hasta aquí?
Entonces recordó que el cachorro no podía responderle.
- ¡Solo, ven aquí! - estaba gritando Doc desde abajo.
- Esperadme tranquilos un momento; no ataquéis y tampoco cedáis terreno a menos
que sea absolutamente necesario - le dijo Han a Chewbacca.
Luego se abrió paso a empujones entre sus tropas y bajó corriendo la escalera,
arrastrando al ligero Pakka. Cuando hubo cruzado la puerta de emergencia que
comunicaba con los bloques de almacenamiento, se detuvo de golpe.
- ¡Atuarre!
La trianii estaba allí rodeada por Doc y los demás prisioneros.
- ¡Capitán Solo!
Atuarre le estrechó fuertemente las manos y las palabras se le enredaron en la boca,
tropezándose unas con otras en su precipitación por explicárselo todo. Había conducido el
Millenium Falcon hasta la torre y había atracado junto a la compuerta de descarga de
mercancías, justamente allí, junto a la planta de almacenamiento. La nave de asalto de la
Espo estaba amarrada en el lado contrario de la torre.
- No creo que me hayan detectado; los flujos de energía del Confín de las Estrellas han
distorsionado totalmente los sensores. He tenido que atracar guiándome por simples
métodos visuales de localización.
Han se llevó a Doc y Atuarre a un rincón.
- Jamás podremos meter a toda esta gente en el Falcon, aunque aprovechemos hasta
el último centímetro cúbico de espacio. ¿Cómo podemos decírselo?
Entonces intervino la trianii.
- ¡No sigas, capitán Solo! Escúchame, por favor.
Llevo una estación de enlace del sistema de túneles tubería acoplada al Falcon. La
conduje hasta la nave y la aseguré con un rayo tractor.
- Los prisioneros sin duda cabrán en las tuberías de los túneles si los extendemos al
máximo - empezó a decir Doc.
La voz excitada de Han no le dejó continuar.
- Haremos algo mejor que eso. ¡Atuarre, eres un genio! ¿Pero crees que las tuberías
de los túneles serán lo suficientemente largas?
- Yo diría que si.
Doc paseaba una mirada desconcertada del uno al otro.
- ¿Qué estáis tramando ahora...? ¡Oh, Comprendo! - Se frotó las manos, con los ojos
chispeantes -. Será una experiencia absolutamente innovadora, os lo aseguro.
Uno de los defensores del rellano superior asomó la cabeza por la puerta de
emergencia.
- Solo, el Vicepresidente Ejecutivo quiere hablar contigo otra vez.
- Si no le digo algo, advertirá que tenemos algún plan. Haré bajar a Chewie para que os
ayude. ¡No os entretengáis!
- ¡Capitán Solo, nos quedan escasos minutos!
Han subió las escaleras en cuatro saltos, aunque el esfuerzo le hizo resoplar y jadear y
estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento. Nos estamos quedando sin aire, pensó.
En voz susurrante explicó rápidamente todo lo ocurrido y despachó al wookiee y casi todo
el resto del grupo a reunirse con Atuarre y Doc en la planta inferior. Después respondió a
la llamada de Hirken.
- Se nos está acabando el tiempo, Solo - gritó el Vicepresidente Ejecutivo -. ¿Te
rindes?
- ¿Rendirme? - resopló Han, incrédulo -. ¿Qué te propones hacerme, desflorarme?
Lanzó un disparo en torno a la esquina iniciando un intenso e incesante hostigamiento,
mientras rogaba por que los que se hallaban abajo consiguieran detener al grupo de
asalto de la Espo durante el tiempo necesario.
Noventa segundos más tarde una lucecita oscilante se acercaba a una de las
compuertas fuera de servicio de la popa de la nave de asalto de la Autoridad.
Nadie advirtió su presencia, pues, a excepción de un mínimo cuerpo de guardia, toda la
dotación de la nave había salido a rescatar al Vicepresidente Ejecutivo, de acuerdo con
sus órdenes.
La compuerta se abrió y por ella apareció un wookiee muy entusiasmado, blandiendo
en una mano un desintegrador de ancho campo de penetración que había conseguido
capturar. Sin embargo, le alegró no haberse visto obligado a malgastar tiempo y energía
perforando puertas cerradas. Trabó la compuerta exterior dejándola abierta. Detrás de él,
flotando ingrávidamente en el hueco de la tubería extendida, aparecieron más prisioneros,
en guardia con sus armas y sus garras, pinzas, aguijones y ansiosas manos desnudas,
prestos para el ataque. Más lejos, en la estación de enlace, otros prisioneros se
arremolinaban para subir al Falcon, mientras otros seguían aguardando su turno para salir
de la torre. El carguero jamás habría podido transportarlos a todos, de modo que era
preciso capturar esa nave.
Chewbacca hizo una seña con la mano y se puso en marcha. Los demás le siguieron,
posándose otra vez en el suelo a medida que iban entrando en el campo de gravedad
artificial de la nave de asalto.
En el puente de mando habían advertido que acababa de abrirse una compuerta. Un
tripulante de la Espo acudió a comprobar lo que él creía un fallo mecánico del mecanismo
de la compuerta y al doblar una esquina casi quedó sepultado contra el enorme torso
velludo del wookiee.
Un culatazo de su desintegrador hizo volar al espo por los aires, para aterrizar
convertido en un informe montón de ropas castañas, mientras su casco salía rodando por
la cubierta.
Otro espo, que se encontraba al fondo de un pasillo lateral, oyó el ruido y acudió
corriendo, intentando desenfundar su pistola. Chewbacca salió de su escondrijo y blandió
el enorme cañón de su desintegrador, derribándolo en el acto. Mientras otros prisioneros
se apresuraban a recoger las armas de los hombres caídos, Chewbacca siguió
avanzando al frente de los demás. Cruzaron las salas de máquinas y los camarotes de la
tripulación y pequeños destacamentos se desgajaron del grupo principal para ocupar
aquellas zonas. Entretanto, nuevos contingentes de prisioneros iban cruzando
continuamente la compuerta de popa, para dejar vía libre de inmediato al numeroso grupo
que aún debía llegar.
El wookiee llegó a la escotilla del puente de mando de la nave. Accionó el interruptor
que abría la puerta y ésta se deslizó abriéndole paso. El suboficial de guardia tuvo un
estúpido momento de vacilación y buscó desmañadamente su pistola mientras decía:
- ¿Cómo de...?
Chewbacca derribó al oficial con un golpe de su gigantesco antebrazo, luego echó la
cabeza hacia atrás y rugió. Los que le seguían empezaron a inundar el puente. Durante
los doce segundos de combate que siguieron se emplearon muy pocas armas artificiales.
Ninguno de los tripulantes que montaban guardia en el puente pudieron acercarse
siquiera a uno de los botones de alarma. Chewbacca se deshizo del desintegrador de
amplio campo de perforación y se dispuso a soltar amarras del Confín de las Estrellas.
Atuarre vigilaba ansiosamente la operación mientras ella y un puñado de ayudantes
escogidos controlaban la salida junto a la enorme compuerta de carga y descarga de
mercancías de la planta de almacenamiento, arrojando casi al tropel de prisioneros por la
tubería del sistema de túneles, donde se debatían agitando los brazos como nadadores,
intentando avanzar y ayudándose unos a otros a alcanzar la estación de enlace. Doc ya
se había adelantado a calentar los motores del Falcon. En cuanto Chewbacca consiguiera
hacerse con el mando de la nave de asalto, debía separarla suavemente de la torre para
impedir que pudiera ser recapturada, cortándoles así la retirada a los espos.
- ¡Son muchísimos!, pensó Atuarre, rogando que hubiera espacio suficiente para tantos
seres.
De pronto, descubrió una cara conocida en medio de la multitud y abandonó su puesto,
radiante de alegría. Pakka también se acercó y se colgó de los hombros de su padre,
apoyando los brazos sobre sus dos progenitores por primera vez después de muchos
meses; los grandes ojos del cachorro se inundaron de lágrimas.
En ese preciso instante, los conductos generales energía del Confín de las Estrellas,
debilitados por las caprichosas oscilaciones del flujo, empezaron a hacer explosión.
Han escuchó el estallido desde su puesto, en el rellano de la planta inmediatamente
superior; los primeros estertores de la agonía del Confín de las Estrellas. El piloto estaba
defendiendo la retaguardia en compañía de otros tres prisioneros, todos ellos armados.
Los hombres de Hirken llevaban algunos minutos sin moverse; probablemente el
Vicepresidente Ejecutivo tenía la esperanza de que las fuerzas de socorro no tardarían en
llegar. Y tal vez no se equivocaba, pues las tropas de asalto de la Espo empezaban a
abrirse paso rápidamente hacia las plantas superiores de la torre, arrasando los intentos
de resistencia de los prisioneros.
Pero la explosión de las conducciones venía a introducir un nuevo factor. Han ordenó la
retirada general.
- Nos haremos fuertes en la planta de almacenamiento; comunica a los de abajo que
nos disponemos a bajar corriendo.
Así podrían replegarse hasta la compuerta, situada al fondo del quinto bloque de
almacenamiento, si no les quedaba más remedio.
Han disparó todavía unos cuantos tiros por la escalera mientras su mensajero corría
hacia abajo. Intentó calcular cuánto tiempo debía haber transcurrido desde que la torre
había salido despedida. ¿Veinte minutos? ¿Tal vez más? Estaba forzando muchísimo su
suerte.
Mientras Han y sus hombres retrocedían, escucharon el ruido de pisadas de los
defensores de la planta inferior que también se replegaban. Ambos grupos se encontraron
en la puerta de emergencia que comunicaba con los bloques de almacenamiento y la
atravesaron en desordenado tropel.
Han, uno de los últimos en pasar, se volvió para ayudar al hombre que le seguía, pero
sólo alcanzó a verle morir con una extraña expresión de decepción en la cara.
Han apartó el cuerpo que se desplomaba y el último prisionero cruzó de un salto el
umbral. Otros varios le ayudaron a cerrar la pesada puerta empujándola con todo el peso
de sus cuerpos mientras el fuego de los desintegradores y revólveres explosivos llovía
sobre la otra cara. Aseguraron la puerta trabando la cerradura con fragmentos de metal,
pero no podría resistir demasiado, sobre todo si la atacaban con el cañón pesado.
Han observó a los prisioneros que le rodeaban.
- ¿Cuántos faltan por embarcar?
- Casi hemos terminado, amigo - gritó alguien -. Ya quedan muy pocos, alrededor de un
centenar como máximo.
- Entonces, todos los que no están armados, ¡en marcha, rápido! Los demás
dispersaros y prepararos para disparar. Nos falta poco para llegar a casa.
Todavía estaban retrocediendo por el pasillo cuando la puerta de emergencia se hundió
hacia dentro en medio de una lluvia de escorias incandescentes desgajadas del marco
por el fuego de los disparos. La boca del cañón pesado apareció en el boquete,
apuntando directamente sobre el primer bloque de almacenamiento abandonado. Han no
perdió el tiempo disparando contra su cañón protegido por escudos desviadores.
La pesada explosión inflamó el bloque vacío y un espo cubierto con una armadura se
deslizó pegado a la pared intentando introducirse en el pasillo. Uno de los prisioneros se
detuvo justo el tiempo suficiente para dispararle. Los defensores se detuvieron para
reanudar el fuego desde la curva del pasillo. Los artilleros tenían dificultades para
arrastrar su cañón a través de la puerta de emergencia sin exponerse a recibir los
disparos de sus contrincantes.
Ya sólo quedaban Han y otros tres prisioneros; otros habían seguido adelante para
establecer una nueva línea defensiva. El humo procedente de los conductos de energía
desgarrados se hacía cada vez más denso, mientras el aire se enrarecía. Han perdió
brevemente el control de sus sentidos. Se hallaba frente a la puerta del segundo bloque
de almacenamiento y cruzó el pasillo para situarse junto a la entrada, bien agazapado, a
fin de disponer de un campo más amplio de tiro.
Pero entonces descubrió una figura apoyada contra una de las cápsulas de estasis, a
media altura del pasillo interior del bloque.
- ¿Bollux, qué demonios haces aquí?
Era evidente que el androide había sido arrastrado o se las había arreglado para
arrastrarse hasta allí camino de la compuerta, luego alguien le había apartado de su
camino y se había detenido a reposar un momento al amparo del bloque de
almacenamiento, de donde ya no había conseguido volver a levantarse.
Han comprendió que ningún prisionero temeroso por su propia suerte estaría dispuesto
a perder el tiempo preocupándose de un anticuado androide obrero. Corrió a su lado e
hincó una rodilla en el suelo.
- Levántate y espabila, Aniquilador. Nos vamos de aquí.
Tuvo que emplear todas sus fuerzas para levantar al androide.
- Gracias, capitán Solo - dijo lentamente Bollux -. Ni siquiera con Max conectado
directamente a mí, habría podido levantarme... ¡Capitán! Simultáneamente con el grito de
advertencia de Bollux, Han sintió caer todo el peso mecánico del androide sobre él y los
dos rodaron por el suelo. En la misma fracción de tiempo, o eso le pareció, un rayo
desintegrador destinado a Han cercenó la cabeza del androide.
Han apuntó automáticamente su pistola mientras seguían rodando. En ese breve
instante, divisó la figura de Uul-Rha-Shan de pie en el umbral de la puerta a la entrada del
pasadizo; los cuerpos de los restantes defensores yacían detrás de él, en el pasillo
principal.
El pistolero reptiliano sostenía su pistola con el brazo estirado el máximo, consciente de
que había fallado su primer tiro. El desintegrador se estaba centrando otra vez sobre su
blanco. Han, sin tiempo para detenerse a apuntar, disparó sobre la cadera. La pareció que
todo el proceso había durado una eternidad y al mismo tiempo lo vio concentrado en un
solo instante.
El rayo de su revólver destructor se estrelló en una lluvia de chispazos sobre el verde
tórax escamoso de Uul-Rha-Shan, izándole por los aires y derribándole de espaldas,
mientras el disparo desintegrador del reptil salía proyectado hacia arriba y rebotaba contra
el techo.
Han y Bollux habían quedado tirados en el suelo, confundidos en una sola masa. La luz
de los fotoreceptores del androide se había apagado y también había desaparecido
cualquier otra señal de funcionamiento. Han se incorporó tambaleante, apretó los dedos
de su mano izquierda sobre la hombrera de Bollux y, sujetando la pistola con la derecha,
empezó a tirar del cuerpo del androide, jadeando a causa del esfuerzo.
No advirtió la presencia de los espos que habían entrado en pos de Uul-Rha-Shan,
decididos a cortarle el paso. Y tampoco les vio caer, derribados por el fuego del
contraataque de los prisioneros. El campo visual de Han, mareado por la falta de oxígeno,
se había reducido a un oscuro túnel; y a través de ese túnel estaba decidido a arrastrar el
cuerpo de Bollux hasta subirlo otra vez a bordo del Falcon, ni más ni menos.
De pronto, otra figura apareció a su lado, un peludo y sinuoso policía montado trianii,
con un destructor humeante en la mano.
- ¿Capitán Solo?
Era una voz de hombre.
- Ven conmigo, yo te ayudaré. Nos quedan escasos segundos.
Han se dejó guiar por el otro y entre los dos consiguieron arrastrar el caparazón del
androide mucho más rápidamente. Por mera curiosidad, Han preguntó:
- ¿Por qué?
- Porque mi compañera, Atuarre, me ha dicho que no me moleste en regresar si no
vuelvo contigo, y porque mi cachorro, Pakka, habría acudido a rescatarte si no lo hubiera
hecho yo en su lugar.
El trianii empezó a dar voces:
- ¡Aquí, ya lo he encontrado!
Otros se acercaron, para cubrirles con sus armas, confundiendo brevemente a los
espos. Las tropas de asalto, que aún no habían conseguido introducir toda la mole del
cañón en el pasillo, retrocedieron. Más voluntarios alargaron una mano para tirar de
Bollux.
Entonces, sin saber cómo, todos se encontraron en la compuerta, mientras los espos
parecían haber interrumpido su ataque. El cuerpo del androide surcó flotando la tubería
del túnel, junto con los restantes defensores y el compañero de Atuarre. Sólo cuando
todos estuvieron dentro, Han se decidió a entrar también en la compuerta, dejando una
cámara extrañamente silenciosa a sus espaldas. Una bocanada de aire fresco y más
denso procedente de la tubería le reanimó como si acabara de recibir una droga. Indicó a
los demás que siguieran adelante. Seguía siendo el dueño del Millenium Falcon y estaba
decidido a encargarse de levar anclas personalmente.
- ¡Solo, espera!
Un hombre emergió tambaleante de la humareda.
El Vicepresidente Ejecutivo Hirken, con cara de haber envejecido un siglo, empezó a
hablarle a una velocidad histérica.
- Solo, sé que han retirado la nave de asalto de la compuerta inferior. No se lo he dicho
a nadie, ni siquiera a mi esposa. He ordenado la retirada de los espos para venir yo solo
aquí.
Se acercó un poco más, arrastrando los pies, implorando con las manos. Han se quedó
mirando al Vicepresidente encargado de la Seguridad Corporativa como si fuera un
espécimen bajo una pantalla de observación.
- ¡Por favor, llévame contigo, Solo! Haz lo que quieras, todo lo que quieras conmigo,
pero no me dejes abandonado aquí a...
El bello rostro de Hirken se contorsionó, como si hubiera olvidado lo que iba a decir,
luego el Vicepresidente Ejecutivo se desplomó contorsionándose e intentando palpar
inútilmente la herida que acababa de recibir en la espalda. Su obesa esposa se acercó
contoneándose hasta él seguida de varios espos y con una pistola humeante entre las
manos.
Han ya había accionado la cerradura de la puerta interior. Atravesó rápidamente la
puerta exterior para entrar en la tubería del túnel y también accionó la cerradura. Cuando
hubo cerrado la cara exterior de la compuerta, clausuró el iris del tubo, despegó la
ventosa que lo sujetaba dejando escapar un chorro de aire y lo separó de la compuerta.
Allí suspendido, pudo ver a través de un ojo de buey a la esposa de Hirken y los espos
que aporreaban inútilmente la ventana de la compuerta exterior. La velocidad de caída del
Confín de las Estrellas ya les había alejado del túnel, arrastrándoles cada vez más abajo
hacia las profundidades del pozo de gravedad del planeta. Han sentía y veía bambolearse
el túnel a su alrededor a medida que la apretada masa de prisioneros era absorbida
gradualmente por la nave de asalto y el Millenium Falcon.
Todos los ocupantes de las dos naves y los túneles estaban tan ocupados intentando
abrirse paso codo contra seudópodo, o auxiliando a los heridos y los moribundos, que
sólo un superviviente tuvo la ocurrencia de asomarse a contemplar la caída de la torre.
Mientras su madre y Doc se afanaban accionando los mandos del Falcon, intentando
maniobrar el carguero con su enorme sobrecarga al tiempo que mantenían sujeta la
estación de enlace por medio del rayo tractor, Pakka se colgó de una tubería del techo de
la carlinga. Desde allí, el cachorro, el único con la mente desocupada y con un punto de
observación favorable, observó el descenso del Confín de las Estrellas, la impecable
trayectoria de un mundo sofocante y sin atmósfera.
Ni siquiera el repentino, brillante destello de su impacto distrajo la atención de los
demás, pendientes de las vidas a su cargo. Sólo Pakka presenció sin parpadear y sin
decir palabra la desaparición del símbolo de la Autoridad, que se inflamó y luego volvió a
apagarse con la brevedad de un meteoro.
El viento soplaba con fuerza sobre el campo de aterrizaje de Urdur, un viento
despiadado, frío, lacerante, pero también refrescante y libre. Los ex reclusos del Confín
de las Estrellas, aquellos miembros del grupo que habían sobrevivido lo suficiente para
llegar a la nueva base de los técnicos clandestinos, inhalaron sin quejarse el aire frío
camino de sus alojamientos provisionales.
Han, no obstante, se arrebujó un poco más en su gabán prestado.
- No quiero discutir - protestó -. Simplemente no lo entiendo, eso es todo.
Sus palabras iban dirigidas a Doc, pero Jessa también le escuchaba, al igual que
Pakka, Atuarre y su compañero, Keeheen.
El Falcon estaba aparcado cerca del grupo, con el acoplamiento de la tubería del túnel
todavía adherido a su costado, conectándolo con la nave de asalto de la Espo. Doc, tras
establecer un rápido contacto con Jessa, había guiado las dos naves cargadas hasta los
topes, sin apenas espacio para respirar o moverse, hasta aquel nuevo escondrijo.
Chewbacca todavía no había descendido del Falcon, donde estaba muy ocupado
examinando los daños sufridos por la nave desde la última vez que la había visto.
Renovados aullidos de inconsolable tristeza resonaban en su interior cada vez que el
wookiee descubría una nueva pieza dañada.
En vez de repetir su explicación, Doc se limitó a sugerir:
- Tú mismo puedes comprobar el estado del androide, jovencito. Adelante.
Un grupo de técnicos clandestinos estaba descargando la mutilada figura de Bollux,
con múltiples quemaduras de los rayos destructores. El disparo de Uul-Rha-Shan le había
volado todo un segmento del cráneo. Obedeciendo una orden de Doc, sus hombres les
acercaron el transportador manual elevador-repulsor con el cuerpo del androide. Tuvieron
que emplear varias barras y gatos para hacer palanca hasta conseguir hacer saltar las
planchas del tórax del androide.
Y allí dentro encontraron a Max Azul que no había sufrido ni un rasguño y continuaba
funcionando con sus propias pilas de energía.
- Hola, Maxie, ¿qué tal? - saludó Han inclinándose sobre él.
- ¡Capitán Solo! - exclamó la computadora, con la misma vocecita infantil de siempre -.
Cuánto tiempo sin verle. A decir verdad, cuánto tiempo sin ver absolutamente nada.
- Comprendo, comprendo. Lo siento, chico; ha sido un viaje un poco agitado. Por cierto,
¿está Bollux ahí contigo por casualidad?
La voz pausada del androide obrero le respondió a través del parlante Max,
extrañamente aguda tras pasar por su codificador de voz.
- Naturalmente, capitán. Max Azul estaba directamente conectado a mí cuando me hirió
ese desintegrador. En cuestión de microsegundos, pudo recoger toda mi información
esencial y matrices básicas para conservarlas sanas y salvas en sus circuitos. Toda una
proeza, ¿no le parece? Naturalmente, he perdido gran cantidad de habilidades
especificas, pero supongo que siempre podré volver a aprender las normas sanitarias si
no me queda otro remedio. - Una leve decepción invadió la voz -. Aunque supongo que mi
cuerpo debe ser irrecuperable, ¿verdad?
- Te fabricaremos uno nuevo, Bollux - le prometió Doc -. Una cobertura hecha a medida
para vosotros dos; os doy mi palabra. Pero ahora debéis marcharos; mis muchachos se
ocuparán de mantener la estabilidad de todos estos circuitos.
- Bollux - empezó a decir Han y de pronto se quedó sin palabras. Era un problema que
se le presentaba de vez en cuando -. Tómatelo con calma.
- Siempre lo hago - respondió el codificador de voz arrastrando las palabras.
- ¡Adiós, capitán Solo! - añadió Max Azul.
Jessa, poniéndose una mano a modo de pantalla sobre los ojos, señaló la nave de
asalto.
- Ahí tenemos un problema que no podremos resolver en el taller.
Una figura de piel oscura permanecía sentada sobre la rampa de desembarque de la
nave, con la cabeza doblada sobre el pecho.
- La muerte de su tío le ha afectado mucho - siguió diciendo Jessa - Rekkon era un
hombre extraordinario; perderle sería un duro trance para cualquier persona.
Se volvió a mirar a Han, que deliberadamente había desviado los ojos hacia otro lado.
Han observó que el muchacho había levantado la cabeza abandonando su duelo privado;
el parecido con Rekkon era extraordinario.
- ¿Qué vamos a hacer con él? - continuó Jessa. La mayoría de los prisioneros lograrán
hacerse una nueva vida de algún modo, incluso el padre y el hermano de Torm sabrán
componérselas. La mayoría piensan abandonar el Sector Corporativo; algunos exaltados
tienen intención de llevar el caso ante los tribunales, como si tuvieran alguna posibilidad
de ganar. Pero el muchacho es el más joven de los rescatados y ahora no tiene a nadie
en el mundo.
Jessa había fijado una mirada expectante sobre su padre. Doc arqueó bruscamente las
cejas.
- No me mires a mí, chiquilla. Soy un hombre de negocios y criminal certificado. No me
dedico a recoger vagabundos.
Ella rió por lo bajo.
- Pero nunca los echas tampoco de tu casa. Y siempre dices que hay sitio para otro
plato en la mesa, simplemente...
- ...añadiremos un poco de agua al puchero - se apresuró a terminar él -. Ya lo sé. En
fin, supongo que lo mínimo que puedo hacer es intentar hablar con el muchacho. Tal vez
posea alguna aptitud que pueda sernos útil, hmmm, sí. Atuarre, tú colaboraste
estrechamente con su tío; ¿te importaría acompañarme?
Doc se puso en marcha en compañía de los tres trianii. Pakka volvió la cabeza y saludó
a Han agitando un brazo, con la otra zarpa aferrada a la de su padre.
Jessa se quedó mirando a Han.
- Bien, Solo, gracias. Supongo que ya nos veremos - dijo y dio media vuelta para
marcharse.
Han no pudo contener un involuntario ¡Hey!.
La muchacha se volvió inclinando la cabeza de una forma que le hizo comprender que
tendría que hablar sin demora. Y así lo hizo.
- He arriesgado mi vida... mi única y preciosa vida, fíjate bien... para salvar a tu padre...
- ...Y a todas esas otras espléndidas gentes - le interrumpió ella -, incluido tu buen
amigo Chewie...
- ...Y he pasado por un par de situaciones realmente espeluznantes, ¿y todo lo que se
te ocurre decir es gracias?
Ella puso cara de sorpresa.
- Bueno, no has hecho más que cumplir con tu parte del trato. Y yo he cumplido la mía.
¿Qué más esperabas, un desfile de bienvenida?
Él le lanzó una mirada furibunda, deseando que se desvaneciera de su vista. Pero
Jessa no se movió.
Han giró rápidamente sobre sus talones y echó a andar a grandes zancadas en
dirección a la rampa de desembarque del Falcon.
- ¡Tú ganas! ¡Mujeres, bah! Tengo toda la galaxia, preciosa, toda la galaxia. ¿Para qué
quiero esto?
Ella corrió tras él y le cogió obligándole a volverse. Jessa resultaba atractiva incluso
vestida con prendas de invierno.
- ¡Cabeza dura! ¿Por qué no podemos hacer otro trato?
Han arrugó el entrecejo. Creo que me estoy metiendo en un terreno peligroso, pensó,
pero no acabo de comprender de qué se trata.
- ¿Qué clase de trato?
Jessa le miró de arriba abajo, meditabunda.
- ¿Tienes algún plan? ¿Piensas unirte a esta campana contra la Autoridad? ¿O
prefieres desaparecer de esta parte del espacio?
Han levantó los ojos con un suspiro.
- Deberías conocerme mejor. Robarles todo lo que pueda, ésa es mi venganza.
Jessa se volvió hacia el interior de la nave.
- Hey, Chewie - gritó -, ¿te gustaría tener un nuevo sistema de dirección? ¿Y qué me
dices de un reacondicionamiento completo de la nave?
Los gruñidos de placer del wookiee precedieron su aparición en la rampa como otros
tantos bocinazos de una alegre sirena de niebla.
- Y para demostraros que soy una buena amiga, muchachos - terminó animadamente
Jessa -, también os remozaré el fuselaje y repararemos todos los pequeños desperfectos
del casco. Y modificaremos el trazado de las conducciones en la carlinga, para eliminar
del techo todos esos conductos y otras amenazas para tu cabeza.
Chewbacca casi derramaba lágrimas de alegría.
Rodeó el tren de aterrizaje del Falcon con su velludo brazo y le dio un húmedo beso de
wookiee.
- ¿Lo ves, Solo? - dijo Jessa -. Todo resulta fácil cuando una es la hija del patrón.
Han estaba confundido.
- ¿Qué se supone que debo ofrecerte yo a cambio, Jess? - preguntó.
Ella deslizó un brazo bajo el suyo y sonrió astutamente.
- ¿Qué tienes para ofrecer, Han? - replicó, y se lo llevó sin hacer caso de sus protestas.
Su vehemencia fue disminuyendo a medida que se alejaban a través del campo de
aterrizaje en dirección a los distantes edificios. Cuando habían recorrido la mitad del
camino, Chewbacca observó que Han se abría el ancho gabán para que ella pudiera
refugiarse dentro, a salvo de los penetrantes vientos de Urdur, pese a que su propio traje
estaba bastante bien aislado.
El wookiee se apoyó despreocupadamente contra el casco del Falcon y les miró
alejarse, mientras pensaba en todo lo que él y Han podrían conseguir con una nave bien
afinada y puesta apunto con los completos recursos de los técnicos clandestinos.
Su hocico se arrugó dejando al descubierto los colmillos.
Le alegraba pensar que tendrían un breve reposo allí en Urdur.
Pero después, ya podían agarrarse todos a su dinero con ambas manos.
FIN

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