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martes, 10 de marzo de 2009

VALIENTE PARA SER REY -- POUL ANDERSON




VALIENTE PARA SER REY


2ª parte de Guardianes del tiempo


POUL ANDERSON





1




Una noche de mediados del siglo XX, en Nueva York, Manse Everard se había puesto un raído traje de casa y estaba preparando unas bebidas. El timbre de la puerta le interrumpió. Lanzó un juramento. Lo que él quería ahora - después de varios días de fatigoso trabajo - no era compañía, sino seguir leyendo las antiguas narraciones del doctor Watson.

Bueno; quizá pudiera dominar aquel mal humor. Cruzó la estancia y abrió la puerta con expresión hosca.

- ¡Hola! - saludó fríamente.

Pero en el acto se sintió como si estuviera a bordo de una primitiva nave espacial que acabara de entrar en caída libre; ingrávido y desesperanzado bajo el brillo de las estrellas.

- ¡Oh! - exclamó -. No sabía... Entre.

Cynthia Denison se detuvo un momento, mirando al bar, por encima del hombro varonil. Había colgadas dos lanzas cruzadas y un yelmo con crines de caballo, pertenecientes a la Edad Aquea del Bronce. Eran oscuros y brillantes; increíblemente bellos. Trató de hablar con firmeza, pero no pudo.

- ¿Me puede dar un trago? ¿En seguida?

- ¡Claro que sí! - repuso él.

Apretó fuertemente los labios y le ayudó a quitarse el abrigo. Ella cerró la puerta y se sentó sobre una cama sueca, tan limpia y funcional como las armas homéricas. Sus manos revolvieron en el bolso, buscando cigarrillos. Durante unos minutos no cruzaron sus miradas.

- ¿Bebe aún whisky irlandés con hielo? - interrogó él.

Sus palabras parecieron venir de lejos y su cuerpo se movió, desmañado, entre vasos y botellas, olvidando cómo lo había adiestrado la Patrulla del Tiempo.

Sí - respondió ella -. Veo que recuerda.

Y su encendedor sonó; inesperadamente ruidoso en la estancia.

- Solo falto de aquí unos pocos meses - comentó él, a falta de otro tema -. Un tiempo entrópico, intangible; justamente veinticuatro horas por día.

Ella espiró una nube de humo de su cigarrillo y le miró.

- Para mí no ha sido mucho más. Yo he estado ausente casi de continuo desde mi boda. Ocho meses y medio de mi vida personal y biológica desde que Keith y yo... Pero ¿y tú, Everard? ¿Cuánto has estado viajando, en cuántas épocas y lugares diferentes, desde que fuiste nuestro padrino?

La voz de ella siempre fue alta y aguda. Era el solo defecto que Everard encontraba en ella, a menos de considerar como tal su exigua estatura - poco más de metro y medio -. Nunca solía poner mucha expresión en sus palabras. Pero se podía comprender que ahora estaba conteniendo el llanto. Le acercó la bebida.

- ¡Fuera preocupaciones!... ¡Todas! - le intimó. Ella obedeció con voz un tanto estrangulada.

Everard le volvió a llenar el vaso y completó el suyo propio. Luego, acercando una silla, sacó una pipa y tabaco de las profundidades de su apolillada chaqueta. Las manos le temblaron, pero tan levemente, que ella no pudo notarlo.

Había sido prudente, por parte de Cynthia, no decir en seguida las noticias que llevase; Ambos necesitaban tiempo para recobrar su propio control.

Se atrevió a mirarla a la cara. No había cambiado. Su cuerpo era casi perfecto, de una delicadeza que el vestido negro hacía resaltar. Los cabellos, dorados como el sol, caían sobre sus hombros; 105 ojos eran azules e inmensos, bajo las arqueadas cejas; los labios, como siempre, estaban un poco entreabiertos. No llevaba bastante pintura para que él estuviera seguro de sí había llorado o no: pero en aquel momento parecía próxima a ello.

Everard se abstrajo en la tarea de llenar la pipa. Por fin habló:

- Bueno, Cyn. ¿Me lo cuentas todo?...

Ella se estremeció y, luego, dijo:

- Keith... ha desaparecido.

- ¿Eh?.. .- y Everard se sentó de golpe -. ¿En una misión?

- Si. ¿Cómo, si no? Ha sido en el antiguo Irán. Fue allá y nunca volvió. Ocurrió hace una semana.

Dejó el vaso en la cama y se retorció los dedos. Luego añadió:

- La Patrulla lo buscó, desde luego. Hoy supe los resultados. No pueden encontrarlo. Ni siquiera aciertan a descubrir lo que le ha ocurrido.

- Judas... - murmuró Everard.

- Keith siempre, siempre le creyó a usted su mejor amigo. No puede figurarse cuán a menudo hablaba de usted. Sinceramente, sé que le hemos tenido abandonado, pero usted nunca parecía estar en casa, y...

- ¡Claro! - le animó él -. ¿Cree que soy tan pueril? Estuve ocupado. Y, además, ustedes acababan de casarse...


* * *


«Después de haberlos yo presentado mutuamente, aquella noche, junto al Mauna Loa, bajo la luna. La Patrulla del Tiempo no se puede meter en esas cosas. Una jovencita como Cynthia Cunningbam, un simple peón recién salido de la academia y destinado en su propio siglo, es libre de tratar a un veterano, como yo, por ejemplo, tan a menudo como ambos deseen, fuera del tiempo de servicio. No hay razón que le impida usar sus aptitudes para disfrazarse y llevar a una chica a bailar en la Viena de Strauss, o al teatro en el Londres de Shakespeare, o a visitar pequeños bares como el de Tom Lebrer, en Nueva York, o a jugar al tejo, o a esquiar sobre las aguas, en Hawai, mil años antes que llegaran allá las primeras canoas. Y un miembro de la Patrulla es, así mismo, libre de reunirse con ambos. Y de casarse después con la muchacha. »

Everard hizo humear su pipa. Luego, con la cara oculta por el humo, sugirió:

- Empecemos por el principio. He perdido el contacto con ustedes durante dos o tres años. Por eso no estoy muy enterado del trabajo actual de Keith.

- ¡Si nunca pasó usted sus vacaciones en esta época! Nosotros queríamos que viniera a visitamos.

- ¡Perdón! Yo podía haberlo hecho si hubiera querido.

La ingenua cara de Cynthia palideció como si hubiera recibido una bofetada. El rectificó, arrepentido:

- Lo siento; yo quería ir, desde luego; pero nosotros, agentes libres, estamos siempre extremadamente ocupados, saltando de acá para allá como mosquitos en una parrilla. ¡Diablos! Usted me conoce, Cyntbia; carezco de tacto, pero eso no significa nada. Soy responsable de la leyenda griega sobre una quimera, en la Grecia clásica. Me llamaban el «dilaiépodo», curioso monstruo con dos pies izquierdos, ambos en la boca.

Ella hizo un mohín con los labios y recogió el cigarrillo del cenicero.

- Aunque aún soy una estudiante de Ingeniería, estoy en estrecho contacto con todas las otras profesiones, incluso con el Cuartel general. Por ello sé exactamente lo que han hecho por Keitb..., y no es bastante. Se disponen a abandonarlo. ¡Manse, si usted no quiere ayudarle, Keith puede darse por muerto!

Se detuvo, anhelante. Everard no respondió inmediatamente; ambos tenían necesidad de recobrar la calma, en un instante cruzó por su mente la carrera de Keith Dennison.

Nació en Cambridge (Massachusetts) en 1927, de una familia acomodada. Se doctoró en Filosofía y Arqueología, con una notable tesis; había conseguido 4 campeonato escolar de boxeo y cruzado el Atlántico en una embarcación de treinta pies. Combatiente en Corea, en 1950, se batió con tal bravura que habría conquistado la fama si se hubiera tratado de otra guerra más popular. Y había que conocerle íntimamente de larga para conseguir que contara todo aquello. Hablaba con humorismo de temas generales mientras no tenía trabajo que hacer, y cuando se lo daban, lo hacía sin alardes innecesarios.

«De seguro - pensó Everard - que el mejor de los dos conquisté a la chica. Keith también podría haberse hecho agente libre, de haberlo querido. Pero tenía aquí raíces, y yo no. Era más estable, supongo. »

Licenciado al fin, en 1952, lo contrató y adiestró la Patrulla. Había aceptado la realidad de los viajes intertemporales antes que otros muchos, pues su mente era ágil y, al fin y al cabo, era arqueólogo. Una vez adiestrado, descubrió que, por fortuna, sus propios fines coincidían con los de la Patrulla, y se especializó en Oriente y Protohistoria Indoeuropea, llegando a ser, en todo, un hombre más importante que Everard.

El agente libre podía corretear tiempo arriba o tiempo abajo, por los recovecos del destino, socorriendo a los desventurados, arrestando a los delincuentes y guardando el orden en la combinación de los destinos del Universo; pero ¿cómo podía saber lo que estaba haciendo en realidad sin una referencia? En Edades anteriores a los primeros jeroglíficos había habido guerras y expediciones, descubrimientos y hazañas, cuyas consecuencias afectaban a la totalidad del continuo espacio-tiempo. La Patrulla tenía que conocer todo aquello. Y esta era la tarea del especialista.

«Por encima de todo, Keith era amigo mío», pensó Everard. Y apartando la pipa de los labios, dijo:

- Bien, Cynthia; cuénteme lo sucedido.


2


La vocecilla sonaba ahora casi secamente; tanto era lo que la muchacha se dominaba.

- Había estado siguiendo la pista de las migraciones de los diversos clanes arios. Ya sabe que son muy oscuras. Hay que partir de un punto conocido de la Historia y trabajar hacia atrás. Para seguir esta última tarea, Keith tenía que ir al Irán en el año 558 antes de Jesucristo. Era cerca del fin del período medo, según me confié. Tenía que investigar entre la gente, conocer sus peculiares tradiciones, comprobarlas luego con las de otro más primitivo, etcétera. Pero usted debe de saber ya esto, Manse. Usted le ayudó una vez antes que nos conociéramos. El me lo contó.

- ¡Ah, sí! Solo le acompañaba en caso de dificultad - aclaró, en tono indiferente, Everard -. Estaba estudiando la emigración prehistórica de cierto grupo, desde el Don a las montañas del HinduKusch. Dijimos a sus jefes que éramos cazadores nómadas, les pedimos hospitalidad y acompañamos a la expedición varias semanas. Fue divertido. Recordaba estepas, inmensos firmamentos, un vertiginoso galopar tras los antílopes, una fiesta ante las hogueras del campamento y a una muchacha cuyo cabello tenía el olor dulciamargo del humo de leña. Durante un tiempo deseé haber vivido y muerto como uno de los hombres de aquella tribu.

Keith volvió solo aquella vez. Hay siempre muy poca gente de su especialidad en la Patrulla. ¡Son tantos miles de años a vigilar y tan pocas las vidas humanas dedicadas a ello! Ya había ido solo antes.

Yo siempre tuve miedo a dejarlo ir, pero él decía que... vestido como un pastor errante, sin nada que mereciera la pena de exponerse a un robo, estaría aún más seguro en las colinas iranianas que cruzando por Broadway. Pero ¡esta vez no lo estuvo!

- Ya comprendo - dijo rápidamente Everard -. El partió - ¿hace una semana, dice usted? - creyendo que lograría su informe, lo remitiría a su oficina de control y estaría aquí de vuelta el mismo día. Porque solo un tonto rematado dejaría consumirse su vida sin volver al lado de usted.

- Yo me apuré en seguida - comentó ella encendiendo otro pitillo en la colilla del anterior -. Me dirigí al jefe para preguntar por él. Le estoy agradecida porque se ocupé personalmente del asunto durante una semana, hasta hoy. La respuesta fue que Keith no había vuelto. La casa que centraliza los informes dice que nunca les llegó e1 de Keith. Comprobamos los registros de los cuarteles generales intermedios. Respondieron que... Keith no volvió jamás y que nunca se hallaron sus huellas.

Everard asintió, preocupado.

- Entonces - opinó - se ordenaría una búsqueda y el Cuartel General Principal tendría el informe.

Tiempo mudable aquel, hecho de un montón de paradojas, reflexionó por milésima vez. En el caso de un hombre perdido, no se obligaba a otro a buscarle si, en algún registro cualquiera, había un informe en que se afirmaba haberlo hecho ya. Pero ¿cómo, sino insistiendo en la búsqueda, se tenían probabilidades de hallarlo? Era posible retroceder, y así cambiar los hechos de tal modo que acabasen por encontrarle; pero, en ese caso, el informe que se archivaba recogía «siempre» solo el éxito, y únicamente los interesados conocían la primitiva verdad.

Todo podía resultar tan confuso, que no era sorprendente el que la Patrulla fuese minuciosa hasta en los pequeños detalles que no influían en la estructura general del hecho.

- Nuestra oficina notificó a sus agentes en el mundo del Antiguo Irán, y ellos enviaron una expedición investigadora - supuso Everard -. Como no conocían el sitio preciso en que desapareció Keith ni en el que ocultó su vehículo, no pudieron dar las coordenadas precisas.

Cynthia asintió.

- Pero lo que no puedo entender - prosiguió Everard - es por qué no encontraron la máquina después. Sea lo que quiera que aconteciese a Keith, al aparato debió de quedar por aquellos contornos, en alguna cueva o cosa así. La Patrulla tiene aparatos detectores que debían haber podido localizar el saltador, por lo menos, y entonces trabajar partiendo de allí hacia atrás y hallar a Keith.

Ella chupó el cigarrillo con tal violencia que se le contrajeron las mejillas, y replicó:

- Ya lo intentaron. Pero dicen que es una comarca salvaje, montañosa, difícil de explorar. Nada dio resultado. No encontraron sus huellas. Pudieron haberlo conseguido buscando de muy cerca, haciendo la labor kilómetro a kilómetro y hora por hora. Pero no se atrevieron. Aquel ambiente es peligroso. Gordon me enseñó el análisis. No pude comprender todos aquellos símbolos, pero me dijo que era un siglo muy peligroso para husmear en él.

Everard cerró su ancha mano sobre la cazoleta de la pipa. Su calor era reconfortante. A él, las eras peligrosas le inspiraban pavor.

- Ya entiendo - explicó -. No pueden buscar tan completamente como debieran porque ello debilitaría a los jefes locales y determinaría que obrasen desacordes cuando llegara la gran crisis. Pero, y si se hacen investigaciones locales, disfrazados entre la gente?

Varios expertos patrulleros lo han hecho; lo hicieron durante semanas. Pero los indígenas no les facilitaron nunca el menor indicio. Aquellas tribus son muy salvajes y desconfiadas; quizá temieron que nuestros agentes fuesen espías del rey de Media; y comprendo que no quisieran aquel régimen. No; la Patrulla no pudo hallar ni una huella. Y, de todos modos, no hay razón para pensar que aquello afectase en nada al registro. Creen que Keith fue asesinado y que su lanzadora se perdió. ¿Y qué diferencia - y, al decirlo, Cynthia se puso en pie de un salto -, qué diferencia marca un cadáver más en un sumidero como ese?

Everard se levantó también; ella se echó en sus brazos y él permitió que se desahogara. Por su parte, nunca creyó que hubiera mal en ello. Apenas había conseguido olvidarla algo, pero ahora vino a sus brazos y tendría que empezar a olvidarla de nuevo.

- ¿No pueden volver a registrar localmente? ¿No podrán retroceder una semana y advertirle que no vaya por allí? ¿Es eso mucho pedir? ¿Qué clase de monstruos produce su ley?

- Los hombres normales la hicieron. Si uno de nosotros - respondió Everard - volviera la espalda a su pasado, pronto estaríamos todos tan confundidos que ninguno de nosotros tendría una existencia real.

- Pero en un millón de años debe existir alguna excepción.

Everard no respondió. Sabia que existían, pero también que el caso de Keith Dennison no sería una de ellas. La Patrulla no estaba compuesta por santos, pero su gente no se atrevería a violar sus propias leyes para fines particulares. Soportaban sus pérdidas como cualquier agrupación, alzaban los vasos en honor a sus muertos y nadie retrocedía en el tiempo para estudiar cómo habían vivido.

Cynthia se separó de él, volvió a su bebida y la alejó de sí. Los rubios rizos revoloteaban en su cabeza cuando dijo, sacando un pañuelo que se llevó a los ojos:

- Lo siento, no quería criticar.

- Bien - repuso él.

Ella, mirando al suelo, sugirió:

- Podría usted intentar ayudarle, Everard. Los agentes regulares lo han dejado, pero usted podría probar.

Aquella era una apelación sin escape.

- Sí, podría - repuso -. Pero tal vez no triunfe. Los informes que se tienen demuestran que, de intentarlo, fracasaría. Y cualquier alteración del espacio-tiempo es censurada; aun siendo tan trivial como esta.

- Para Keith no ha sido trivial.

- Cynthia, es usted una de las pocas mujeres que se expresan así. La mayoría hubieran dicho: «No ha sido trivial para mí.»

Los ojos de ella captaron la mirada de él, y por un instante Cynthia quedó inmóvil. Luego susurré:

- Lo siento, Manse; no me daba cuenta. Creía que todo habría pasado, para ti, con el tiempo; que me habrías...

- ¿De qué estás hablando?.. - se defendió él.

- ¿No podrían hacer algo por ti los psicólogos de la Patrulla? - preguntó -. Quiero decir que así como nos acondicionan para no revelar a persona no autorizada lo de los viajes a través del tiempo, podrían, así mismo..., transformar a un individuo para...

- ¡Deja eso! - cortó rudamente Everard.

Por un rato mordisqueó la pipa. Al fin, exclamó:

- Bien. Tengo una o dos ideas propias, que no se han ensayado. Si de algún modo se puede rescatar a Keith, le tendrás aquí antes de mañana a mediodía.

- ¿Podrías transportarme ahora en tu saltador a ese momento, Manse?

Ella empezaba a temblar.

- Si - repuso él -, pero no quiero. Suceda lo que suceda, necesitarás estar descansada mañana. Te llevaré ahora a tu casa y te haré tomar un soporífero. Luego, volveré aquí a reflexionar sobre la situación. Vaya, no tiembles. Ya te dije que tenía que pensar.

- ¡Manse! - exclamó ella estrechándole la mano. Y él concibió una súbita esperanza, por la que se maldijo.




3






A fines del año 542 antes de Jesucristo, un hombre solitario bajaba de las montañas y entraba en el valle del Kur. Cabalgaba sobre un hermoso caballo castaño, aún más grande que la mayor parte de los de las tropas de caballería y que en cualquier lugar hubiera incitado al robo; pero el Gran Rey había impuesto el orden de tal manera en sus dominios, que podía afirmarse que una doncella cargada con un saco de oro podía viajar a salvo por toda la Persia. Tal era la razón de que Manse Everard hubiera escogido tal época para su salto en el tiempo; dieciséis años después que Dennison fuera destinado allí.

Otro motivo era el llegar mucho después de haberse calmado cualquier perturbación que el viajero en el tiempo hubiera, hipotéticamente, producido y por cuya causa hubiera muerto. Fuese cualquiera la verdad sobre el destino de Keith, era mejor aproximarse a ella indirectamente, ya que los métodos directos habían fallado.

Por último, según los informes de la Oficina del Medio Ambiente Aqueménide, parecía que el otoño del año 542 era la: primera época relativamente tranquila después de la desaparición. Los años de 558 a 553 habían sido aquellos turbulentos en que el rey persa de Anshan, Kuru-sh (aquel a quien el futuro llamaría Kaikhosru y Ciro), estuvo reñido con su señor Astiajes, rey de Media. Luego vinieron tres años en que la rebelión de Ciro y la guerra civil asolaron el Imperio, y los persas, por último, sometieron a sus vecinos del Norte. Pero Ciro, apenas victorioso, hubo de hacer frente a las contrarrevueltas y a las incursiones de los turanios tardó cuatro años en eliminar aquellos trastornos y extender sus dominios hacia el Este. Ello alarmó a los monarcas, sus colegas; y Egipto, Babilonia, Lidia y Esparta se coligaron para destruirle con el rey Creso, de Lidia, realizando una invasión en el 546. Lidia fue derrotada y anexionada, pero volvió a rebelarse y hubo de ser derrotada de nuevo; las turbulentas colonias griegas de Jonia, Caria y Licia tuvieron que ser pacificadas, y mientras sus generales hacían todo esto en el Oeste, el propio Ciro hubo de combatir en el Este para rechazar a los salvajes jinetes, que de otro modo habrían incendiado sus ciudades.

Ahora había un período de calma. Cilicia se rendiría sin lucha, viendo que las otras conquistas persas eran gobernadas con tal humanidad y tolerancia para las costumbres locales como el mundo no había visto jamás. Ciro dejó a sus nobles el cuidado de las fronteras y se dedicó a consolidar lo conquistado.

Hasta el año 539 no se reanudó la guerra con Babilonia ni se adquirió Mesopotamia, y, luego, Ciro tuvo otra época de paz, hasta que los salvajes de más allá del Aral se fortalecieron y el rey hubo de luchar contra ellos para destruirlos.

Manse Everard entró en Pasargadae con un florecimiento de esperanza. Y no porque la época en que entonces voluntariamente vivía indujese a tan floridas metáforas. Cabalgaba despacio, atravesando kilómetros y kilómetros, viendo a los campesinos armados de guadañas inclinarse cargando viejas carretas tiradas por bueyes, mientras el estiércol humeaba en los barbechos. Harapientos chiquillos se chupaban los dedos a la puerta de chozas de barro sin ventanas, y lo miraban pasar.

Un pollo escarbaba acá y allá, en la carretera, hasta que el veloz mensajero real, que le había alarmado, pasaba y lo mataba. Un escuadrón de lanceros pintorescamente ataviados con pantalones bombachos, armaduras escamosas, yelmos apuntados o empenachados y capas rayadas de alegres colores, galopaban junto a él, también polvorientos, sudorosos y cambiando entre sí sucios chistes. Los aristócratas poseían grandes casas con muros de adobe y hermosísimos jardines, pero eran pocas las que una economía como aquella podía sostener. Pasargadae era, casi en su totalidad, una ciudad oriental, con calles retorcidas y fangosas, formadas por cabañas a cuya puerta se veían grasientas tocas y manchados trajes; chillones mercaderes en los bazares, mendigos exhibiendo sus llagas, comerciantes que conducían filas de astrosos camellos y sobrecargados burros, perros husmeando en montones de basura, música tabernaria que recordaba los maullidos de un gato en una lavadora, hombres que remolineaban los brazos y vomitaban maldiciones... ¿Qué había empujado a toda aquella chusma hacia el inescrutable Oriente?

- ¡Limosna, señor! ¡Limosna por el amor de la Luz! ¡Limosna, y Mithra le sonreirá!

- ¡Fíjese, señor! ¡Juro por la barba de mi padre que nunca hubo labor más hermosa, producto de una mano más hábil, que esta brida que le ofrezco a usted, el más afortunado de los hombres, por la ridícula suma de...

- ¡Por aquí, mi amo; por aquí, solo cuatro casas más abajo, el más hermoso mesón de toda Persia, digo poco, de todo el mundo. Nuestros jergones están rellenos de pluma de cisne; mi padre sirve un vino que gustaría a un Devi, mi madre guisa un pilau cuya fama se extiende hasta los confines de la Tierra y mis hermanas son tres lunas de delicia, que usted puede obtener solamente por una simple...

Everard ignoró los infantiles corredores que clamoreaban a su lado. Uno de ellos le agarró de un tobillo; él, jurando, le asestó un golpe, y el chiquillo gimió sin reparo. Everard esperaba eludir la permanencia en una posada; los persas eran más limpios que la mayoría de la gente en esa época, pero aún habría allí bastantes insectos.

Trató de sobreponerse.

De ordinario, un patrullero siempre tenía un as en la manga, en forma de una pistola tronadora del siglo XXX, bajo la chaqueta, y una diminuta radioemisora para llamar a su lado al saltador antigravitatorio que tripulaba. Everard vestía un traje griego: túnica, sandalias y larga capa de lana; espada al cinto, casco y escudo, este colgado de la grupa del caballo..., y eso era todo; únicamente el acero resultaba anacrónico.

No podía recurrir a ninguna oficina local de los suyos, en caso de dificultad, pues aquella época de transición, relativamente pobre y turbulenta, no atraía la atención de los temporales; la unidad patrullera más próxima, el Cuartel General de aquel medio ambiente, estaba en Persépolis, a un siglo de distancia en el futuro.

Las calles se iban ensanchando según avanzaba; los bazares iban escaseando y las casas aumentando de tamaño. Se podían ver ciruelos, cuyas ramas asomaban sobre las tapias. Por fin, entró en una plaza cuadrada formada por cuatro casas. Había allí unos guardias, ligeramente armados y en cuclillas, pues aún no se había discurrido la posición «en su lugar, descanso». Pero se levantaron y empuñaron cautamente sus armas cuando Everard se aproximé. Este podía simplemente haber cruzado la plaza, pero cambió su rumbo y llamó a uno que parecía el capitán.

- ¡Saludos - señor! ¡Que te ilumine un sol brillante!

La lengua persa, que había aprendido en una hora, bajo la hipnosis, fluía sin dificultad de sus labios.

- Busco hospitalidad en casa de algún grande hombre que guste de escuchar mis pobres relatos de viajero por tierras extrañas.

- ¡Ojalá vivas mil años! - repuso el guardia.

Everard recordó que no debía darle propina; aquellos persas, del mismo clan de Ciro, eran gente orgullosa y brava: cazadores, pastores y guerreros. Todos hablaban con la digna cortesía que fue común a su tipo a través de la Historia.

- Yo sirvo a Creso, el lidio, servidor del Gran Rey. El no rehusará su techo a un...

- Peregrino de Atenas - aclaró Everard.

Aquella procedencia podía explicar su ancha contextura, ágil complexión y corto cabello.

Se había visto forzado a dar a su barbilla una apariencia vandickiana. Herodoto no era el primer griego trotamundos, y, por ello, un ateniense no tenía por qué ser excesivamente exagerado. Al mismo tiempo, medio siglo antes de Maratón, los europeos eran aún lo bastante raros aquí para excitar el interés.

Se llamó a un esclavo para que avisara al mayordomo, quien, a su vez, envió a otro esclavo. Este invitó al extranjero a trasponer la verja. El jardín al que daba acceso era todo lo fresco y verde que cabía desear; no había miedo de que robasen ninguna de sus pertenencias bajo aquel techo. La comida y bebida serían buenas y, en fin, el propio Creso recibiría al huésped. «Estamos de suerte», se dijo Everard, y aceptó un baño caliente, aceites fragantes, vestidos frescos, dátiles y vino que trajeron a su habitación, amueblada austeramente: un jergón y un grato panorama. Solo echó de menos un cigarrillo...

Seguro que si Keith había, irremediablemente, muerto...

- ¡ Diablos y ranas purpúreas! - musitó Everard -. Es peor pensar en ello.


4


Después del crepúsculo, hizo frío. Se encendieron las lámparas con mucha ceremonia (el fuego era sagrado) y se avivaron los braseros. Un esclavo se postró para anunciar que el señor estaba servido. Everard le acompañéóa través de un largo corredor donde vigorosas pinturas murales reproducían el Sol y el Toro de Mithra, y pasando al lado de dos lanceros entraron en un pequeño cuarto, brillantemente iluminado, con olor a incienso y profusión de alfombras. Había preparados dos lechos a la manera helénica junto a una mesa, cubierta de manjares nada griegos, en platos de metales preciosos; esclavos camareros aguardaban al fondo y armoniosa música china salía a través de una puerta interior.

Creso, de Lidia, hizo un gracioso movimiento de cabeza. Antaño había sido hermoso; sus rasgos eran regulares, pero parecía haber envejecido mucho desde pocos años antes, cuando su poder y riqueza eran proverbiales. Tenía grises la barba y el largo cabello; llevaba una clámide griega, pero sus vestiduras eran rojas, al modo persa.

- ¡Alégrate, peregrino de Atenas! - dijo en griego, y levantó la cara.

Everard le besó en la mejilla, como estaba indicado. Era un gesto simpático del anfitrión mostrar así que su huésped apenas le era inferior en categoría, aunque Creso hubiera estado comiendo ajo. Everard respondió:

- Alégrate, señor. Mil gracias por tu bondad.

- Esta solitaria comida no es por despreciarte - aclaró el ex rey -. Solo pensé.. - y al decirlo, dudaba -. Siempre me he considerado próximo pariente de los griegos y podíamos hablar de cosas serias.

- Mi señor me honra más de lo que merezco - respondió Everard.

Se cumplieron varios rituales y, finalmente, llegó la comida. Everard se explayó en la narración que traía preparada sobre sus viajes; de cuando en cuando, Creso hacia una pregunta, sorprendentemente aguda; pero el patrullero pronto aprendió a evadirías.

- En efecto, los tiempos cambian; eres afortunado al vivir en el alba de una nueva Edad - decía Creso.

- Nunca he conocido el mundo con un rey más glorioso..., etcétera, etcétera - respondía Everard para los oídos de los espías reales que, sin duda, figuraban entre los servidores. Lo que resultó ser verdad.

- Los mismos dioses han favorecido a nuestro rey - proseguía Creso -. Si yo hubiera sabido cómo le protegían (porque, en verdad, lo creí una simple fábula), no habría osado oponerme a él. Porque, sin duda alguna, es el Elegido.

Everard sostenía su papel de griego, aguando el vino y deseando haber escogido una nacionalidad menos temperante.

- ¿Qué me cuentas, señor? - preguntó - Sabía solamente que el Gran Rey era hijo de Cambises, el cual gobernó esta provincia como vasallo del medo Astíages. ¿Hay algo más?

Creso se inclinó hacia delante. A la incierta luz, sus ojos tenían una curiosa y brillante mirada, una mezcla dionisíaca de terror y entusiasmo, que el siglo de Everard había olvidado hacía tiempo.

- Óyeme, y da de ello cuenta a tus compatriotas - dijo -: Astiages casó a su hija Mandana con Cambises porque sabia que los persas estaban inquietos bajo su pesado yugo y quería que los jefes estuvieran ligados a su casa. Pero Cambises se debilitó y enfermó. Si llegaba a fallecer y su hijo Ciro, aún niño, le sucedía, pudiera originarse una turbulenta regencia de nobles persas no afectos a Astiages. Además, los sueños le advertían que Ciro había de poner fin a su dominación. Por todo ello, Astiages ordenó a su pariente Ojo Aurvagaush (Creso traducía el nombre de Harpago lo mismo que helenizaba todos los nombres locales) hacer desaparecer al príncipe. Harpago se llevó al niño pese a las protestas de la reina Mandana, pues Cambises estaba demasiado enfermo para evitarlo, y la misma Persia no podía rebelarse sin preparación. Pero Harpago no se decidía a terminar con el niño. Lo cambió por el aborto de la mujer de un pastor de las montañas a quien le hizo jurar el secreto. El niño muerto fue envuelto en regios pañales y abandonado en la falda de una colina; de allí a poco, unos oficiales de la corte de Medio fueron requeridos para dar testimonio de que había sido expuesto, y lo enterraron. Ciro, nuestro señor, se crió como un zagal de una majada. Cambises vivió aún veinte años sin engendrar otros hijos ni ser bastante fuerte para vengar a su primogénito. Por último, murió sin sucesión a la que los persas pudieran sentirse obligados a obedecer, y Astiages temió trastornos. Por esta época apareció Ciro, y, acreditada su identidad por varias señales, Astiages, arrepentido de lo hecho, le dio la bienvenida y le reconoció para heredero de Cambises. Ciro permaneció en vasallaje cinco años, aunque hallando cada vez más odiosa la tiranía de los medos. Harpago, en Ecbatana, también tenía una cosa horrible que vengar: Astiages (en castigo de su desobediencia en el asunto de Ciro) le había hecho comerse a su propio hijo. Por ello, Harpago conspiraba en unión de algunos nobles medos, y eligieron por jefe a Ciro. Persia se rebeló, y, después de tres años de guerra, Ciro se adueñó de ambas naciones. Desde entonces, claro es, se ha adueñado de otras. ¿Cuándo han mostrado los dioses su voluntad más claramente?

Everard siguió por un momento tranquilamente en su lecho, oyendo el ruido de las hojas en el jardín, bajo el frío viento. Y preguntó:

- ¿Es eso verdad o murmuración infundada?

- La he confirmado a menudo desde que frecuento la corte persa. El mismo rey me lo aseguró, así como Harpago y otros directamente relacionados con ello.


El lidio no podía mentir cuando citaba en su apoyo el testimonio de su gobernante; los persas d e alta cuna eran fanáticos adoradores de la verdad. Y, sin embargo, Everard no había oído nada más increíble en toda su carrera de patrullero, pues aquella era la narración recogida por Heródoto que, con pocas variantes, podía leerse en el Shah Nameh y que cualquiera calificaría de mito heroico. Era el mismo cuento inverosímil que se había relatado con referencia a Rómulo, Sigfrido y otros cien grandes hombres. No había razones para creer lo sostenido por los hechos ni para dudar de que Ciro se había criado normalmente en su casa paterna, sucedido a su padre por pleno derecho de nacimiento y que su rebelión obedecía a las razones usuales. Pero la tal fábula se contaba, con juramento, por testigos de vista! Allí había misterio. Ello devolvía a Everard su primer propósito. Después de proferir apropiadas expresiones de estupor, derivó la conversación hasta que pudo insinuar:

- He oído rumores de que hace dieciséis años llegó a Pargadae un extranjero el cual, aunque disfrazado de pobre pastor, era realmente un poderoso mago, que hacía milagros, puede haber muerto aquí. ¿Sabe algo de esto mi generoso anfitrión?

Y esperó, tenso, porque tenía la firme sospecha de que Keith Dennison no había sido asesinado por ningún bandido montañés, ni se había roto la cabeza al caer de una roca, ni recibido daño análogo a estos, ya que, en tal caso, su saltatiempo habría estado aún sobre las colinas cuando lo buscó la patrulla. Y esta podía haber registrado la comarca demasiado a la ligera para encontrar al propio Dennison, pero ¿cómo podían los aparatos detectores perder la pista del saltador?

Por ello, Everard pensaba que lo sucedido fue más complicado. Pues si, al fin, Keith hubiera sobrevivido, habría vuelto a la civilización.

- ¿Hace dieciséis años? - Creso se mesó la barba -. No estaba yo aquí entonces. Y, además, en esa época la tierra estaba llena de portentos - pues fue cuando Ciro abandonó las montañas y ciñó su hereditaria corona del Anshan. No, peregrino; nada sé de ello.

- He estado ansioso de hallar a esta persona - porque un oráculo...

- Puedes preguntar a mis servidores y a la gente del pueblo - sugirió Creso -. Yo preguntaré en la corte para ayudarte. Te quedarás aquí unos días, ¿no? Quizá el rey mismo desee verte; le interesan los extranjeros

La conversación no duró mucho más. Creso explicó con sonrisa un tanto apagada que los persas creían en la bondad de irse a dormir temprano y levantarse con el alba, y que por ello tenían que estar en palacio a la hora del alba.

Un esclavo condujo a Everard a su habitación, donde hallé, esperándole sonriente, a una agraciada muchacha. Dudó un instante, recordando otra ocasión hacía veinticuatro años; pero... al diablo con ello! Un hombre tenía que tomar cuanto los dioses le ofrecieran, y estos solían ser algo tacaños.


5


No mucho después de salir el sol, una tropa de jinetes se detuvo ante el palacio y reclamó a gritos al peregrino de Atenas. Everard salió, interrumpiendo su desayuno, y contempló un garañón gris junto a la dura y pilosa cara de halcón de un capitán de aquella guardia a la que llamaban los «Inmortales». Los hombres formaban un fondo con inquietos caballos, capas, plumas que revoloteaban, metales tintineantes y crujientes cueros, y el sol jugueteaba destellando sobre las pulidas mallas.

- Le requiere el ciliarca - profirió el oficial, usando el título persa equivalente a comandante de la Guardia y gran visir del Imperio.

Everard permaneció silencioso un instante, considerando la situación.

Sus músculos se envararon. La invitación no era muy cordial, pero aquí no cabía excusarse alegando un compromiso previo.

- Escucho y obedezco - repuso -. Pero déjenme recoger un pequeño regalo, en correspondencia al honor que se me hace.

- El ciliarca dijo que acudiese en el acto. Aquí tiene un caballo.

Un arquero centinela le ofreció las manos enlazadas, pero Everard se alzó por si solo sobre la silla, habilidad útil antes de haberse inventado los estribos. El capitán gruñó una áspera aprobación, giró su montura y emprendió el galope por una amplia avenida flanqueada por esfinges y por las casas de los grandes.

Su tráfico no era tan movido como el de las calles comerciales, pero había bastantes jinetes, carretas, literas y peatones, que dificultaban el camino. Pero los «Inmortales» no se detenían ante nadie, trasponiendo veloces las verjas del palacio, abiertas para darles paso. Esparcieron la arena con los cascos de sus monturas, atravesaron un prado donde el agua centelleaba en las fuentes e hicieron un alto en el ala oeste. El palacio, de ladrillo chillonamente pintado, destacaba sobre una ancha plataforma entre varios edificios más bajos. El propio capitán descabalgó ante él, hizo un cortés gesto y subió por una escalera de mármol. Everard lo siguió, rodeado de guerreros que empuñaban ligeras hachas de guerra que habían cogido de los arzones para su defensa. El grupo caminó entre esclavos domésticos, de caras chatas, enturbantados, atravesando una columnata roja y amarilla, que precedía a un vestíbulo cuya belleza no estaba Everard en condiciones de apreciar, y así pasó, ante una fila de guardias, a una habitación en que esbeltas columnas sostenían una cúpula de pavo real y en la que la fragancia de las rosas tardías entraba por artísticos ajimeces.

Allí, los «Inmortales» hicieron homenaje, lo que imitó Everard, pensando: «Lo que es bueno para ellos ha de serlo para ti», mientras besaba la alfombra persa. Un hombre que ocupaba un lecho ordenó:

- Levantaos y esperad. Traed un cojín para el griego.

Los soldados montaron la guardia en torno a él. Un nubio trajo un almohadón, que dejó en el suelo, ante el asiento de su amo.

Everard se sentó allí, con las piernas cruzadas y la boca seca.

El ciliarca, en quien Everard reconoció a Harpago, recordando lo dicho por Creso, se incorporó.

Destacando su delgada armazón de la piel de tigre de su lecho y la chillona túnica roja, el medo presentaba un aspecto envejecido; los largos cabellos color de hierro le llegaban hasta los hombros, y una fea nariz destacaba en su rostro, cubierto de arrugas. Sus ojos penetrantes escudriñaban al recién llegado.

- Bien - exclamó en persa, con un acento que revelaba al iraniano del Norte -. Así que tú eres el hombre de Atenas; el noble Creso habló de tu llegada esta mañana y mencionó las averiguaciones que estás haciendo. Como ello puede afectar a la seguridad del Estado, quisiera conocer exactamente qué es lo que buscas.

Se acarició la barba con enjoyada mano y sonrió heladamente, añadiendo.

- Y puede suceder que si tu búsqueda es inofensiva, te preste mi ayuda en ella.

Tuvo cuidado de no emplear las fórmulas de costumbre para el saludo, de no ofrecer refrescos ni dar, de cualquier otro modo, al peregrino el casi sagrado status de huésped. Aquello era un interrogatorio.

- ¿Qué deseáis saber, mi señor? - preguntó Everard, imaginando ya la respuesta.

- Buscas a un mago extranjero, capaz de hacer milagros, que llegó aquí hace dieciséis veranos. ¿Por qué y qué más sabes del asunto? No te pongas a inventar mentiras; habla.

- Mi señor - repuso Everard -, el oráculo de Delfos me dijo que mejoraría de fortuna si descubría el paradero de un pastor que entró en Persia el..., ¡hum!, el tercer año de la primera tiranía de Pisístrato. Nunca he sabido más, mi señor; vos sabéis cuán oscuras son las palabras del oráculo.

- ¡Hum, hum!

El miedo se manifestaba en la mezquina estatura, y Harpago hizo la señal de la cruz, que era un símbolo mitraico. Dijo ásperamente.

- ¿Qué has descubierto, además?

- Nada, gran señor. Nadie pudo decirme...

- ¡Mientes! - aulló Harpago -. ¡Todos los griegos son embusteros! Ten cuidado; hablas con ligereza de las cosas santas. ¿A quién más le has mencionado esto?

Everard observó un ligero tic nervioso en la boca de Harpago. El, por su parte, sintió como una bola fría en el estómago. Había dado con alguna cosa que el ciliarca creía completamente sepultada; algo ante lo cual el riesgo de chocar con Creso, que tenía el deber de proteger a su huésped, era desdeñable. Y la más sencilla defensa contra tal riesgo eran la risa y la mofa... después que las tenazas y el potro le hubieran sacado al extranjero todo lo que sabía.

«Pero ¿qué demonios coronados sabia?»

El peregrino seguía protestando:

- A nadie, mi señor. Nadie, sino el oráculo y el dios Sol, cuya voz es, y que me ha enviado aquí, ha sabido esto antes de esta noche.

Harpago respiró hondamente, contenido por la invocación. Pero luego añadió, irguiendo visiblemente los hombros:

- Solo tenemos tu palabra; la palabra de un griego, sobre que el oráculo te habló; sobre que no vienes a espiar secretos de Estado. Pero, aun admitiéndolo, el dios puede muy bien haberte hecho llegar aquí para destruirte por tus pecados. Consultaremos sobre esto.

E hizo un signo al capitán.

- ¡Llévalo abajo! ¡En nombre del rey!

¡El rey!

La palabra deslumbró a Everard. Saltó sobre sus pies y gritó:

- ¡Sí, el rey! El oráculo me dijo... que habría una señal y que luego debería llevar su palabra al rey de los persas.

- ¡Agarradle! - vociferó Harpago.

Los guardias se precipitaron a obedecerle. Everard se echó atrás, clamando por el rey Ciro tan alto como pudo. Que le arrestaran... Sus palabras llegarían hasta el trono, y... Dos hombres le arrinconaron contra la pared, levantando sus hachas. Más hombres se apretujaban tras ellos. Por encima de sus yelmos se veía a Harpago, incorporado en su lecho.

- ¡Lleváoslo y degolladle! - ordenó.

- Mi señor - protestó el capitán -, ha invocado al rey.

- ¡Para hechizarlo! Ahora lo reconozco: es el hijo de Zohak y agente de Ahriman. ¡Matadle!

- No; esperad. ¿No comprendéis que este traidor quiere impedirme decir al rey...? ¡Fuera, puercos!

Una mano se cerró sobre su brazo derecho. Había estado dispuesto a permanecer en prisión varias horas, hasta que el gran jefe supiera del asunto y le libertara; pero después de aquello las cosas se precipitaban excesivamente. Lanzó un gancho de izquierda, que terminó aplastando una nariz. El guardia retrocedió. Everard le quitó el hacha de las manos, miró en torno suyo y paró el golpe de otro guerrero, a su izquierda.

Los «Inmortales» atacaron. El hacha que Everard empuñaba sonó contra metal, lo hendió y aplastó un nudillo. En la lucha sobrepasaba a la mayoría. Pero no tenía en aquel combate más probabilidades que una pelota de celofán. Un golpe silbó sobre su cabeza; lo esquivó tras una columna, de la que saltaron astillas. Se abrió un claro y él se abalanzó sobre un guerrero vestido de malla, al que hizo caer, y luego escaló un espacio abierto bajo la cúpula. Harpago echó a correr, escondiendo su sable bajo sus ropas; el viejo miserable era aún bastante valiente. Everard giró sobre sí mismo para enfrentarlo, de modo que el ciliarca quedaba entre él y las tropas. Sable y hacha chocaron. Everard trató de estrechar distancias; un forcejeo entre ambos evitaría que los persas le arrojaran sus lanzas, pero quedaban a retaguardia para cerrarle el paso. ¡Por Judas, aquel podía ser el fin de otro patrullero!

- ¡Alto! ¡Esconded vuestros rostros! ¡El rey llega!

Por tres veces sonó una trompeta. Los guardianes se cuadraron en sus puestos, contemplando al gigante que, vestido de escarlata, aparecía indignado a la puerta, golpeando el tapiz. Harpago bajó su arma. Everard casi lo descabezó; más luego, recordando y oyendo los apresurados pasos de los guerreros en la antesala, dejó caer también el hacha. Por un momento el ciliarca y él se echaron mutuamente el aliento a la cara.

- Así que... oyó mis palabras... y vino... en seguida - resolló Everard.

- Ten cuidado - le susurró el medo, acurrucado como un gato -. Te estoy observando. Si envenenas su mente, también tú probarás el veneno... o el puñal.

- ¡El rey! ¡El rey! - vociferaba el heraldo.

Everard se echó al suelo cerca de Harpago

Un piquete de «Inmortales» entró en la estancia y formó a los lados del lecho.

Luego, el propio Ciro entró ondeando los pliegues de su túnica al movimiento de su ágil andar. Le seguían algunos cortesanos, de piel atezada, que tenían el privilegio de llevar armas ante el rey. Más atrás, un esclavo retorcía sus manos, temeroso por no haber tenido tiempo de extender una alfombra o llamar a los músicos.

La voz del rey resonó en el silencio, preguntando:

- ¿Qué es esto? ¿Dónde está el extranjero que preguntaba por mí?

Everard aventuró una ojeada. Ciro era alto, ancho de hombros y esbelto de cuerpo, y parecía ser mayor de lo que Creso decía, pues aparentaba unos cuarenta y siete años. Tenía la cara estrecha y morena, ojos castaños, una cicatriz de arma blanca en la mejilla izquierda, nariz recta y labios gruesos. Llevaba cepillado hacia atrás su cabello, ya algo gris, y la barba más recortada de lo que era costumbre en Persia. Vestía lo más sencillamente posible, dada su posición.

- ¿Dónde está el extranjero del que el esclavo corrió a hablarme?

- Soy yo, Gran Rey.

Levántate y dime tu nombre.

Everard se puso en pie y dijo en inglés:

- ¡Hola, Keith!




6


Las parras desbordaban en torno a una pérgola de mármol, tanto que casi ocultaban a los arqueros que los rodeaban, guardándolos. Keith Dennison, tendido en un banco, contemplaba la sombra de las hojas en el suelo y decía amargamente:

- Por fin podemos hablar a solas. El idioma inglés no se ha inventado todavía.

Calló un momento y luego prosiguió con voz ronca:

- A veces he pensado que lo más difícil de soportar en mi situación era el no tener nunca un minuto para mí solo. Lo más que puedo hacer es echar a todo el mundo de la habitación en que estoy; pero se clavan en los alrededores, al paso de la puerta, bajo las ventanas, vigilando, escuchando... Espero que se achicharren sus queridas y leales almas.

- El aislamiento tampoco se ha inventado aún - le recordó Everard -. Y, de todos modos, los hombres como tú nunca gozaron mucho de él en el curso de la Historia.

Dennison alzó su rostro fatigado.

- Tengo ganas de preguntarte qué ha sido de Cynthia - manifestó -; pero de seguro que para ella esto ha sido... Quizá no se le haya hecho muy largo..., una semana o dos, tal vez... ¿Has traído, por casualidad, cigarrillos?

- Los dejé en el saltatiempo - repuso Everard -. Me figuré que ya tendría bastantes dificultades sin tener que explicar su uso. Nunca imaginé encontrarte metido en esta aventura.

- Ni yo tampoco - se encogió de hombros Keith -. Ha sido la cosa más rematadamente fantástica. Las paradojas del tiempo...

- Pero ¿qué sucedió?

Dennison se frotó los ojos y lanzó un suspiro.

- Me encontré cogido en el engranaje de los intereses locales. ¿Sabes que, a veces, todo lo sucedido antes de ahora se me antoja irreal, como un sueño? ¿Existieron alguna vez cosas como la cristiandad, la música de contrapunto o la Declaración de los Derechos del Hombre? Y no quiero mencionar a toda la gente que he conocido. Tú mismo, Manse, me pareces no estar aquí, y temo que he de despertar... Bien; déjame que recuerde.

- ¿Sabes cuál era la situación? Los medos y los persas son parientes, bastante próximos por su raza y cultura, pero aquellos iban entonces a la cabeza, y adquirieron una porción de costumbres asirias que no cuadraban al punto de vista persa. Nosotros somos rancheros y granjeros libres y, claro, no es justo que se nos avasalle - Dennison pestañeó -. ¡Vaya! ¡Otra vez! ¿Por qué diré «nosotros»? El caso es que Persia se agitaba. El rey Astiages, de Media, había hecho asesinar, veinte años antes, al joven Ciro, pero ahora lo lamentaba porque el padre de este se moría y su sucesión pudiera desencadenar la guerra civil. Entonces aparecí yo en las montañas. Había explorado un poco el tiempo y el espacio, saltando a través de varios días y algunos kilómetros, en busca de un buen refugio para mi vehículo, y esto explica, en parte, que la Patrulla no me localizara después. Finalmente, lo encerré en una cueva, seguí mi camino a pie, y de ahí vienen mis desventuras. Había un ejército medo acantonado en la región para desalentar las tentativas persas de provocar disturbios. Uno de sus exploradores me vio salir de la cueva, me siguió las huellas, y la primera noticia que tuve de ello fue verme ante un oficial que me asaba a preguntas sobre el trasto que tenía en la cueva. Sus hombres me tomaron por una especie de mago y les infundí miedo, pero estaban más temerosos de mostrarlo que de mí. Naturalmente, la noticia corrió como un reguero de pólvora, primero entre los soldados y luego por el país. Pronto, todo este supo que había aparecido un extranjero en circunstancias notables. Su general era el mismo Harpago, el diablo más caviloso y cruel que haya visto nunca el mundo. Pensé que podía utilizarme. Me ordenó hacer funcionar mi caballo de bronce, como él lo llamaba, aunque sin permitirme subir a él. Tuve entonces ocasión de ponerlo en el camino del tiempo. Eso también influyó para que no lo encontrara la Patrulla. Lo puse en este mismo siglo, a pocas horas de distancia, pero luego, sin duda, retrocedió hasta el principio.

- ¡Buen trabajo! - comentó Everard.

- Yo conocía las órdenes que prohiben tal grado de anacronismo - y Dennison torció la boca -. Pero también esperaba que la Patrulla me rescatase. Si hubiera sabido que no iban a hacerlo, no estoy muy seguro de mi capacidad para seguir siendo un abnegado patrullero. Hubiera suspendido mi saltador y habría secundado los planes de Harpago hasta que se me presentara una ocasión de escapar.

Everard le miró un momento con aire sombrío.

«Keith ha cambiado - pensó - no solo en edad; los años pasados entre aquella gente le han influido más de lo que él mismo cree.» Exclamó:

- Si hubieses alterado el futuro, habrías arriesgado la vida de Cynthia.

- Sí, sí; es verdad. Recuerdo que así lo pensé en aquella ocasión. Cuán lejana parece!

Dennison se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, y contempló la verde pantalla que cubría la pérgola. Luego siguió hablando monótonamente:

- Harpago echó venablos. Por un momento, pensé que me iba a matar. Me hizo salir de su presencia y atar como un pedazo de carne mechada. Pero, como te dije, corrían ya rumores respecto a mí, rumores que no perdían nada con la repetición. Harpago vio en ellos una oportunidad, y me dio a elegir: o me aliaba con él o me cortaba la cabeza. ¿Qué podía yo hacer? Ni tan siquiera alterar nada, pronto vi que estaba desempeñando un papel que la Historia había ya escrito. Ya ves:

Harpago sobornó a un pastor para afirmar su cuento y me presentó como Ciro, hijo de Cambises.

Everard asintió sin sorpresa y preguntó:

- ¿Qué le iba a él en ello?

- Por lo pronto, necesitaba apoyar al gobierno de Media. Un rey del Anshan a quien él tuviera en sus manos tendría que ser leal a Astiages, y por ello, mantener a los persas en la obediencia. Yo me vi arrastrado por él, demasiado atónito para hacer más que seguir sus órdenes, esperando aún, de un minuto a otro, la aparición de una patrulla que me sacara del lío. El culto que a la verdad que tributan estos aristócratas iranianos nos ayudó mucho. Pocos sospecharon que perjuraba al decir que yo era Ciro, aunque imagino que al mismo Astiages le traerían sin cuidado estas sospechas. Además, puso en su sitio a Harpago, castigándole de un modo especialmente horrible por no haber cumplido sus órdenes respecto a Ciro - aunque este resultase útil ahora -. Y la doble ironía era que Harpago las había cumplido, era realidad, aunque dos décadas antes. En cuanto a mí, durante cinco años, cada vez me sentía más y más disgustado de Astiages. Ahora, mirando hacia atrás, comprendo que no era él realmente un perro del infierno, sino solo un soberano oriental típico; pero esto es una cosa difícil de apreciar cuando se juzga al que nos oprime. Por eso Harpago, deseando vengarse, preparó una rebelión cuya jefatura me ofreció y yo la acepté - y Dennison sonrió equívocamente -. Después de todo, yo era Ciro el Grande y tenía un destino que desempeñar. Al principio tuvimos momentos difíciles. Los medos nos derrotaban una y otra vez, pero, ¿sabes, Manse?, yo disfrutaba con todo eso. Esta no era como esas malditas guerras del siglo XX: estar en una madriguera preguntándote si el cerco enemigo se levantará alguna vez. Sí, la guerra es harto miserable aquí, especialmente si solo eres un Juan Lanas, sobre todo cuando estalla la epidemia, como siempre ocurre. Pero cuando luchas, ¡vive Dios!, luchas con tus propias manos. Y yo siempre tuve aptitud para esa clase de cosas. Hemos luchado gallardamente.

Everard veía animarse más y más a Keith, que se sentó, erguido, y riendo, prosiguió:

- Como aquella vez que la caballería lidia nos sobrepasaba en número. Enviamos a nuestros camellos, con la impedimenta, en vanguardia; la infantería, detrás, y la caballería, a lo último. En cuanto los jacos de Creso olieron a camello, salieron de estampía. Creo que aún están corriendo. ¡Los atontamos!

Calló, miró un momento a los ojos de Everard, y se mordió los labios al decir:

- Lo siento. Me dejé llevar. De cuando en cuando, recuerdo que en nuestro mundo no fui un luchador. Después de una batalla, cuando veo los muertos esparcidos en torno mío y, lo que es aún peor, los heridos... Pero no pude evitarlo, Manse, he tenido que luchar. Primero fue la rebelión. Si Harpago no hubiese estado conmigo, ¿cuánto crees que habría durado yo? Y después, el mismo reino. Yo no pedí a los lidios ni a los bárbaros de Oriente que nos invadieran. ¿Has visto alguna vez una ciudad saqueada por los turanios, Manse? Entonces se trata de ellos o nosotros; y cuando nosotros conquistamos, no les encadenamos y conservan sus tierras, sus costumbres... ¡Por amor de Mithra! Manse, ¿podía yo obrar de otra forma?

Everard callaba, escuchando el rumor del jardín bajo la brisa. Por último, declaró:

- No. Comprendo, y espero que no te hayas sentido demasiado solitario.

- Me acostumbré a ello - repuso cuidadosamente Dennison -. Harpago es ya un gusto adquirido, pero interesante; Creso me resultó un camarada excelente; Kobad, el mago, tiene algunas ideas originales y es la única persona que se atreve a ganarme al ajedrez. Y, además, las fiestas, la caza, las mujeres.. - y mirando desafiador al otro -: Sí; ¿qué otra cosa querías que hiciera?

- Nada - contestó Everard -. Dieciséis años es mucho tiempo.

- Cassandane, mi mujer favorita, merece de veras cualquier cosa. Pero ¡Cynthia!... ¡Dios del cielo, Manse!.. - y Dennison se levantó y puso las manos en los hombros de Everard. Los dedos se cerraron con aplastante fuerza; que no en vano había manejado durante década y media el arco, el hacha y las bridas. El rey de Persia gritó con voz sonora:

- ¿Cómo piensas sacarme de aquí?


7


Everard se levantó también; anduvo hasta el límite del pavimento y miró a través de la piedra calada del muro, con los pulgares agarrados al cinturón y la cabeza baja. Al fin, repuso:

- No veo cómo.

Dennison se golpeó la palma de una mano con el puño de la otra, y dijo:

- Lo temía. Cada año temía más que si la Patrulla me encontraba alguna vez... Pero ¡tú tienes que ayudarme!

- ¡Te digo que no puedo! - y la voz de Everard se quebraba. Sin volverse, siguió -: Piénsalo. Ya debías haberlo hecho. No eres un mísero jefecillo bárbaro, cuyo destino importara un bledo dentro de cien años: eres Ciro, el fundador del Imperio persa, una figura clave en un ambiente clave. Si Ciro se va, con él desaparecerá todo el futuro y no habrá habido siglo XX, ni Cynthia en él.

- ¿Estás seguro? - arguyó Keith a su espalda.

- Me enteré bien de los hechos antes de saltar aquí - respondió Everard con las mandíbulas apretadas -. ¡Deja de engañarte a ti mismo! Tenemos prejuicios contra los persas porque fueron alguna vez enemigos de los griegos, y ocurrió que obtuvimos de estos los rasgos más notables de nuestra cultura. Pero los persas son, por lo menos, tan importantes como ellos.

- Has visto que es así. Claro que son bastante brutales, según tus ideas; toda esta época lo fue, incluso los griegos. Y no son demócratas, pero no se les puede reprochar por no haber hecho una invención europea que cae enteramente fuera de sus horizontes mentales. Lo importante es esto:

Persia fue el primer país conquistador que hizo un esfuerzo para respetar y atraerse a los pueblos que dominaba; el primero que obedeció sus propias leyes; que pacificó el suficiente territorio para abrir contactos con el lejano Oriente; que creó una religión mundialmente viable (el mazdeísmo), no limitada a una cierta raza o localidad. Quizá no sepas que gran parte de la creencia y rito cristianos es de origen mitraico, pero así es. Eso sin hablar del judaísmo, que tú, Ciro, estás llamado a salvar, ¿recuerdas? Conquistarás Babilonia y permitirás a aquellos judíos que hayan conservado su identidad el regreso a la patria; sin ti, habrían sido absorbidos y hubieran desaparecido, como ya ocurrió con las otras diez tribus. Aun cuando ahora sea decadente, el Imperio persa será una matriz de la civilización. ¿De dónde procedieron la mayor parte de las conquistas alejandrinas, sino del territorio persa? Y habrá otros Estados que sucederán a Persia, el Ponto, la Parthia, la misma Persia de Firdusi, Omar y Hofiz, el Irán que hoy conocemos y el Irán del futuro, más allá del siglo XX.

Y Everard se volvió a Keith:

- Si los abandonas, me imagino que seguirán construyendo ziggurats, leyendo en las entrañas de los cadáveres y recorriendo los bosques de Europa, mientras América queda sin descubrir.. a tres mil años de este momento.

Dennison cedió.

- Sí - repuso -; ya lo pensé.

Paseó un momento con las manos a la espalda. Su oscura faz pareció envejecer por minutos.

- Trece años más - murmuró, casi para sí mismo -. Dentro de trece años moriré en una batalla contra los nómadas, no sé exactamente cómo. Por un camino o por otro, las circunstancias me obligarán a ello. ¿Y por qué no? Ya me han forzado a realizar, quieras o no, cuanto hice... Pese a todo lo que yo pueda enseñarle, sé que mi hijo Cambises resultará un incompetente y le tocará a Darío salvar el Imperio. ¡Dios! - y se cubrió el rostro con una de las mangas flotantes de su túnica.

- Perdóname - siguió -. Desprecio la autocompasión, pero no pude remediarlo.

Everard se sentó, evitando mirarle. Oyó el ronquido del aire en los pulmones de Dennison.

Por último, el rey sirvió vino en dos copas, se acercó a Everard en el banco y dijo en tono seco:

- Siento lo de antes. Ya me he recuperado. Y aún no me di por vencido.

- Puedo exponer tu problema al Cuartel general - dijo Everard con un dejo sarcástico. Dennison contestó en el mismo tono:

- Gracias, camarada. Recuerdo bastante bien su actitud. Prohibirán a todos el acceso a la época de Ciro, para que no me tienten, y me enviarán un lindo mensaje, en que se haga resaltar que soy el monarca absoluto de un pueblo civilizado; que tengo palacios, esclavos, viñedos, cocineros, servidumbre, concubinas y terrenos de caza a mi entera disposición en cantidades ilimitadas..., y siendo así, ¿de qué me quejo? No, Manse; esto tenemos que resolverlo entre tú y yo.

Everard apretó las manos hasta clavarse las uñas.

- Me estás atormentando, Keith - declaró.

- Solo te estoy pidiendo que pienses en el problema. Y lo harás, ¡qué diablo!

De nuevo los puños se cerraron hasta sentir las uñas en la carne al oír el imperioso mandato del conquistador de Oriente. «El antiguo Keith jamás habría usado ese tono», pensó Everard, casi colérico. Luego, siguiendo en sus meditaciones, se dijo:

«Si tú no vuelves a casa; a Cynthia le digo que nunca lo harás, capaz será de venir aquí. Una chica extranjera más en el harén del rey no afectará a la Historia. Pero si antes de verla informo en el Cuartel general que el problema es insoluble (como lo es), entonces prohibirán el acceso al reino de Ciro y ella no podrá reunírsete.»

- Yo también he pensado en ello - murmuró Dennison, más calmado -. Conozco las consecuencias igual que tú. Pero mira; puedo enseñarte la cueva donde quedó mi máquina durante aquellas horas. Tú volverías a esos momentos, y cuando yo apareciese me prevendrías.

- No - replicó Everard -. No puede ser eso, por dos razones. Primera, y poderosa: que está prohibido por nuestras reglas. Cabría hacer una excepción, en diferentes circunstancias, pero hay una segunda razón: eres Ciro. No van a suprimir completamente el futuro por complacer a un hombre.

«¿Y a una mujer? - siguió pensando -. ¿Lo haría yo? No estoy seguro. Creo que no. Sería más fácil que Cynthia ignorase los verdaderos hechos. Yo podría, usando mi autoridad de agente libre, mantener la verdad en secreto para los agentes inferiores, y solo decir a Cynthia que Keith había muerto irrevocablemente en circunstancias tales que nos obligaban a prohibir el acceso a esta época. Ella se afligiría cierto tiempo, pero es demasiado joven y sana para guardarle luto perpetuo. Desde luego, es una mala partida, pero... ¿sería más caballeroso a la larga dejar que viniese para permanecer en condición humillante y compartir a su Keith con lo menos media docena de princesas que se ve él obligado a desposar por razones políticas? ¿No resultaría preferible para ella una franca renuncia y una posibilidad de empezar nuevamente?»

- ¡Bien! - dijo Dennison, interrumpiendo las meditaciones -. Solo indiqué la idea para saber si era factible. Pero debe de haber otro camino. Mira, Manse: hace dieciséis años existió una situación de la que ha derivado todo lo que ha seguido, no por capricho, sino por la pura lógica de los hechos. Supongamos que yo no me hubiese dejado ver aquel día. ¿No podía Harpago haber encontrado otro supuesto Ciro? La identidad del rey no importa nada. Otro Ciro habría obrado de modo diferente al mío en mil detalles. Pero si no era tonto rematado o loco, y, por el contrario, fuera razonablemente capaz y honesto - concédeme al menos que yo lo sea -, entonces su carrera hubiera sido igual a la mía en todos los detalles importantes, los que llegan a reflejarse en los libros de Historia. Eso lo sabes tan bien como yo. Excepto en los puntos fundamentales, el tiempo siempre vuelve a su propia forma. Las pequeñas diferencias se borran con los días o los años. Solo puede restablecerse la huella de los momentos claves y su efecto se perpetúa en lugar de desvanecerse. ¡Tú lo sabes!

Permite que me asesore un tanto. Si descubrimos algo, volveré... esta misma noche.

- ¿Dónde está tu saltatiempos?

Everard hizo un vago ademán.

- Colinas arriba.

Dennison se mesó la barba.

- No vas a decirme más, ¿eh? Bueno; es prudente. No estoy seguro de poder contenerme si supiese donde hallar una máquina saltatiempos.

- ¡Yo no he dicho...! - Exclamó Everard.

- No importa. No discutamos por eso - y Dennison suspiró -. Ve; vuelve a la época y mira lo que se puede hacer. ¿Quieres una escolta?

- No. No la creo necesaria. ¿Y tú?

- Tampoco. Hemos dado a este espacio más seguridad que tiene el Central Park.

- Eso no es decir mucho - y Everard le tendió la mano -. Ahora devuélveme mi caballo. Me disgustaría perderlo, es un animal excelentemente adiestrado - Su mirada se encontró con la de Keith y añadió:

- Volveré. En persona. Sea cual fuere la decisión.

- Estoy seguro, Manse.

Salieron juntos, y juntos cumplieron las formalidades de informar a guardias y porteros. Dennison indicó la alcoba de palacio a cuya ventana - dijo - esperaría, noche tras noche, la realización de la cita. Y, por fin, Everard besó los pies al rey; cuando se separó, montó a caballo, y al trote corto salió lentamente del palacio.

Sentía vacío por dentro. En realidad, nada quedaba por hacer; pero había prometido regresar y comunicar la sentencia al soberano.


8


Mas tarde, aquel mismo día, estaba entre las colinas donde se alzaban los oscuros cedros; la carretera que hasta entonces había seguido, orillada por encrespados arroyos, se convirtió en una empinada vereda. Aunque árido, el Irán tenía en aquella época algunas selvas así. El caballo, fatigado, se abatió de cansancio, y Everard pensó en buscar alguna choza de pastor donde pedir alojamiento, para no dejarlo morir. Pero como había luna llena podía caminar hasta encontrar su saltador, antes del alba. Ni pensó en dormir. Sin embargo, una pradera de altas hierbas secas y maduras bayas le invitó a hacerlo. Tenía provisiones en las alforjas, vino en un odre y su estómago vacío desde el amanecer. Rió entre dientes, animó al caballo y se apeó.

Allá abajo, a lo lejos, en la carretera, algo relucía al sol naciente, entre una nube de polvo. Conforme lo observaba, aquello crecía. Eran varios jinetes acercándose con endiablada prisa. ¿Mensajeros del rey? Pero ¿por qué por allí? La inquietud sacudió sus nervios. Se puso la cofia fruncida, se ajustó el casco sobre ella, embrazó el escudo y probó si su corta espada salía bien de la vaina. Sin duda la partida le vitorearía a su paso... Pero...

Ahora pudo ver que eran ocho hombres, montados en buenos caballos y cuya retaguardia conducía una remonta. Sin embargo, las bestias iban casi jadeantes, el sudor trazaba surcos en sus polvorientos flancos y las crines se pegaban a sus cuellos. Debían de haber corrido a rienda suelta. Los jinetes iban decentemente vestidos, con los usuales pantalones blancos, camisa, botas, capa y sombrero de alta copa y sin alas; no eran cortesanos ni soldados profesionales, sino tal vez bandidos. Sus armas eran sables, arcos y hondas.

Súbitamente, Everard reconoció al hombre de la barba gris que iba a la cabeza. ¡Harpago! Y, entre una cegadora niebla, pudo ver también que, aun para ser antiguos iranianos, sus perseguidores eran gente de muy rudo aspecto.

- ¡Vaya! - dijo a media voz -. ¡Bribones!

Puso atención en ello. No era ocasión aquella para temer, sino para pensar. Harpago no tenía para subir a aquellas alturas más motivos que capturar al peregrino griego. Seguramente en el plazo de una hora, valiéndose de espías y de chismosos, Harpago había sabido que el rey habló al desconocido en una lengua extraña, que le trató como a su igual y le permitió marchar hacia el Norte. Seguramente tardó el ciliarca más de una hora en forjar un pretexto para dejar el palacio, reunir a los rufianes adictos y salir a perseguirle. ¿Por qué? Porque Ciro había aparecido en aquellas tierras altas montando un aparato que Harpago codiciaba. No era tonto y nunca quedó satisfecho con la evasiva que oyera de labios de Keith. Parecía razonable que en alguna ocasión apareciera otro mago de la tierra de que procedía el rey, y esta vez Harpago no dejaría que la máquina aquella se le escapara tan fácilmente como la primera. Everard no esperó más. Solo distaban ya de él unos cien metros. Ya podía ver centellear los ojos del ciliarca bajo sus peludas cejas. Espoleó su caballo, haciéndole dejar el camino y lanzándolo a través del prado.

- ¡Alto! - aulló a su espalda una voz que él recordaba -. ¡Alto, griego!

Everard logró de su montura un cansado trote. Los cedros lanzaban amplias sombras en torno suyo.

- ¡Alto o disparamos! ¡Alto! Tirad, pero no lo matéis! ¡Derribad el caballo!

En la linde del bosque, Everard se deslizó de la silla al suelo. Oyó un colérico zumbido y unos veinte impactos. El caballo relinchó. Everard echó una ojeada en torno suyo, el pobre animal estaba tocado. ¡Vive Dios, que alguien pagaría por aquello! Pero, ahora, él era uno y ellos eran ocho. Se apresuró a meterse entre los árboles. Una flecha se clavó en un tronco, sobre su hombro izquierdo, y se enterró en la madera.

Corrió, agachado y en zigzag, y entró en una fría y olorosa penumbra. De cuando en cuando, una rama colgante le azotaba la cara. Podía haber utilizado más la maleza, empleando algunos trucos de los algonquinos pero, por lo menos, la suave tierra era silenciosa bajo sus pies. Los persas le habían perdido de vista. Casi por instinto habían tratado de cabalgar en la misma dirección. Chasquidos, crujidos y groseras interjecciones demostraban su acierto.

A pie le alcanzarían en un minuto. Se estrujó los sesos; percibió el débil rumor de una corriente de agua, y se dirigió a ella, trepando por una empinada cuesta sembrada de cantos, si bien pensé que sus perseguidores no eran inexpertas gentes de ciudad. Algunos de ellos eran, de seguro, montañeses, cuyos ojos podían leer las más oscuras señales de su paso. Había que cortar la pista; entonces podría ocultarse hasta que Harpago se fuera, reclamado por sus obligaciones en la corte.

Sintió enronquecérsele la respiración en la garganta. Tras de él sonaban voces en cuyos tonos pudo advertir la decisión, aunque no comprendía lo que decían. Y su sangre parecía latir en sus oídos...

Si Harpago había disparado contra el huésped del rey era porque en sus cálculos entraba que este no lo supiera nunca. Su propósito era capturarle, martírízarle hasta que revelase dónde dejó la máquina y cómo manejarla, y, por último, otorgarle una merced de acero.

« ¡Judas! - se dijo a sí mismo Everard -. He estropeado esta operación hasta convertirla en compendio de lo que no debe hacer un patrullero. Y lo primero que ha de hacer es no pensar tanto en cierta chica (que no le pertenece) como para descuidar las precauciones más elementales»

Había llegado al borde de la alta y húmeda orilla de un arroyo, que corría a sus pies valle abajo. Sus perseguidores le habían visto de lejos, pero sería un puro azar descubrir en el agua su ruta, que..., ¿cuál sería? Notaba el barro resbaladizo y frío cuando se arrastró por él. Mejor sería ir corriente arriba, pues así, además de acercarse a su aparato, haría creer a Harpago que trataba de volver hacia el rey.

Las piedras le lastimaban los pies y el agua los entumecía. Los altos árboles formaban un muro en la otra orilla y el cielo parecía una franja de techo azul que se oscurecía en ciertos momentos. Allá en lo alto se cernía un águila. El aire era cada vez más frío. Pero él tenía alguna suerte; el arroyo se retorcía como una culebra delirante, por lo que pronto habría borrado su pista.

«Marchará cosa de un kilómetro - pensó -, y quizá encuentre una rama colgante a que agarrarme para no dejar señal de mi paso en la orilla. Luego recogerá el saltador, subirá y pedirá ayuda a mis jefes. Sé perfectamente que no me la darán. ¿Por qué no sacrificar a un hombre para asegurar su propia existencia y todo cuanto les importa? Por tanto, Keith quedará preso aquí, con trece años por delante hasta que lo maten los bárbaros. Pero Cynthia aún será joven dentro de trece años, y tras tan larga pesadilla de destierro y sabiendo de antemano la hora en que su marido ha de morir, se sentirá aislada, extraña en una era prohibida, sola en la atemorizada corte del loco Cambises II. No; he de ocultarle la verdad; retenerla en casa creyendo muerto a Keith. El mismo aprobaría esto. Y dentro de un año o dos volverá a ser feliz. Yo podría enseñarle a serlo.»

Se había detenido, observando cómo se desmoronaban las rocas a su paso, cómo su cuerpo se encorvaba y erguía alternativamente, cuán ruidosa era el agua. Luego llegó a un recodo y vio a los persas.

Dos de ellos vadeaban río abajo. Evidentemente, la captura significaba para ellos algo lo bastante importante para sobreponerse a sus creencias religiosas, que les vedaban profanar un río. Otros dos andaban por la orilla opuesta, ocultándose entre los árboles; uno era Harpago. Sus largas espadas silbaban en sus manos.

- ¡Alto! - clamaba el ciliarca -. ¡Alto, griego! ¡Ríndete!

Everard permaneció quieto y callado, como un muerto. El agua bañaba sus tobillos. La pareja que se echó al río para enfrentársele parecía irreal, como metida en un pozo de sombras, con las oscuras caras como borrones; de forma que él solo veía las blancas vestiduras y el brillo de los sables.

Le dio un golpe el corazón; los perseguidores habían visto su huella en el arroyo. Se separaron, uno en cada dirección, corriendo, más rápidos sobre tierra firme que él podía hacerlo en el río.

Habiendo llegado más allá de su posible alcance, empezaron a retroceder más despacio, sin apartarse de la orilla, pero seguros de alcanzarle.

- ¡Cogedle vivo! - repitió Harpago -. ¡Si es preciso, rompedle las piernas, pero cogedle vivo!

- ¡Muy bien, avutarda, tú te lo has buscado! - exclamó Everard en inglés.

Los dos hombres que estaban en el agua echaron a correr, aullando. Uno de ellos tropezó y cayó de boca. El otro se dejó deslizar por la rampa que tenía a su espalda.

El barro era resbaladizo. Everard clavó allí el borde inferior de su escudo y se sujetó a este. Harpago se aproximaba con frialdad. Cuando lo tuvo a su alcance, la espada del viejo noble zumbó, golpeando de arriba abajo. Everard hurtó la cabeza y recibió el golpe en el casco, que retumbó. El filo del arma resbaló unos centímetros por el borde del escudo y le hirió levemente el hombro derecho. Sintió solo un arañazo, que desdeñó, porque le absorbía entonces la idea de vender cara su vida.

Se movió entre la hierba, alzando el borde del escudo para protegerse los ojos. Harpago se lanzó contra sus rodillas. Everard lo rechazó con su corta espada. El arma del medo silbó. A poca distancia, un asiático ligeramente armado no tenía probabilidad contra el hoplita, como la Historia iba a probarlo dentro de dos generaciones.

«¡Vive Dios! - pensó Everard -. Solo con que tuviese coraza y grebas podría apoderarme de los cuatro.»

Usó con habilidad su gran escudo, parando con él todo golpe y amago y procurando quedar cada vez más cerca del indefenso vientre de Harpago, como a cubierto de su larga espada. El ciliarca reía sardonicamente entre sus grises patillas y brincaba fuera del alcance de Everard. Cuestión de ganar tiempo, desde luego. Y le salió bien.

Los otros tres hombres treparon a la orilla y gritando corrieron hacia ellos. Fue aquel un ataque desordenado. Soberbios luchadores, individualmente, los persas desconocían la táctica del ataque en masas disciplinadas - que les destrozaría en Maratón y Gaugamela. Pero la lucha de cuatro contra uno, y este sin armadura, era insostenible. Everard se resguardó la espalda contra el tronco de un árbol. El primero de sus atacantes se le acercó imprudentemente y su espada chocó en el escudo del griego. La de este alcanzó al otro por encima del oblongo bronce, hallando solo una suave y pesada resistencia que le causó a Everard una sensación ya bien conocida. Retiró su arma y se hizo a un lado rápidamente. El persa cayó al suelo, desangrándose; Everard lo miró, y al verlo exánime levantó los ojos al cielo.

Los persas rodearon al griego por ambos lados; las ramas colgantes les imposibilitaban el uso de los lazos; tenían que combatir. El patrullero empujó con su escudo al adversario que se hallaba a la izquierda, lo que significaba exponer el costado derecho; pero como sus enemigos tenían orden de cogerle vivo, podía arriesgarse. El de la derecha le tiró un tajo a los tobillos. Saltó él en el aire y el arma silbó bajo sus pies. El atacante de la izquierda le amagó bajo. Everard sintió un sordo choque y el acero mordió en su pantorrilla, pero se libró de él. Un rayo de sol cayó sobre la sangre, haciendo resaltar su rojo brillante. Everard sintió que la pierna se le doblaba.

- ¡Así, así! - aplaudió Harpago -. ¡Hacedle pedazos!

Everard gruñó tras de su escudo.

- ¡Una tarea que el chacal de vuestro jefe no tiene el valor de hacer por sí mismo, después que le he hecho morder el polvo!

Aquello era una argucia. El ataque contra él cesó un momento.

Tambaleándose, avanzó:

- Sí; vosotros, persas, sois los canes de un medo. ¿No pudisteis escoger otro que fuera más hombre que esa criatura, que traicionó a su rey y ahora os lanza contra un solo griego?

Aun en aquella lejana comarca y remota época, un oriental no podía quedar humillado de semejante modo. Harpago no había sido nunca cobarde. Everard sabía cuán injustos eran sus ataques. El ciliarca escupió una maldición y se lanzó contra él. Everard tuvo la momentánea visión de unos salvajes ojos hundidos en una faz aquilina. El medo avanzó con sordo e inseguro paso. Los dos persas vacilaron un segundo, lo que bastó para que chocaran Everard y Harpago. El sable de este se alzó y volvió a chocar con el casco de su enemigo; hendió el escudo y trató de herir la otra pierna. Una túnica suelta y blanca ondeó a los ojos de Everard, que inclinó los hombros y clavó la espada en su adversario. Luego la retiró con aquel giro, profesional y cruel, que hace mortales las heridas, y se volvió a tiempo de parar un golpe con su escudo. Por un instante, él y el persa compitieron en furia. De reojo vio que el otro adversario daba vueltas a su alrededor para cogerle por la espalda.

«Bueno - pensó de un modo vago - he matado al hombre peligroso para Cynthia.»

- ¡Teneos! ¡Alto!

La voz era una débil vibración en el aire, menos sonora que las corrientes de la montaña. Pero los guerreros retrocedieron y bajaron las espadas.

Harpago luchaba por incorporarse en el charco de su propia sangre. Su piel aparecía gris.

- ¡No, teneos! ¡Esperad! Hay un designio aquí. Mithra no me habría fulminado a menos que...

Hizo a sus enemigos una señal con la cabeza. Everard bajó la espada, avanzó cojeando y se arrodilló junto a Harpago, el cual se dejó caer en sus brazos.

- Tú eres compatriota del rey - dijo con voz ronca que salía de sus sangrientos labios -. No me lo niegues. Pero sábelo... Harpago, hijo de Khshavavarsha, no es un traidor.

El delgado cuerpo se irguió, imperioso, como ordenando a la muerte que esperara.

- Yo sabia la existencia de fuerzas celestes... o infernales... (no lo sé bien aún), que favorecían la llegada del rey. Las empleé, y también a este, no en mi provecho, sino en beneficio de la lealtad jurada a mi propio soberano, Astiages, el cual necesitaba un Ciro, a menos de consentir que el reino se despedazara. Después, por su crueldad, Astiages perdió el derecho a mi juramento. Pero yo aún era un medo. Vi en Ciro la única esperanza, la mejor esperanza del país de Media, porque ha sido un buen rey para nosotros también, honrándonos en sus dominios casi igual que a los persas. ¿Lo comprendes, paisano del rey?

Unos sombríos ojos buscaron a Everard con vaga mirada.

- Yo quería capturarte, coger tu aparato, aprender su uso y luego matarte, sí; pero no por mi bien, sino por el del reino. Temía que te llevaras al rey a vuestra patria, adonde sé que él anhela ir. Y entonces, ¿qué sería de nosotros? Sé piadoso, puesto que tú también has de esperar merced.

- Lo seré - prometió Everard -; el rey se quedará.

- Está bien - suspiró Harpago -. Creo que dices verdad. No me atrevo a pensar de otro modo. Así, pues, ¿me he redimido - preguntó ansioso - del asesinato que cometí por orden de mi rey, dejando en la montaña a un niño indefenso y viéndole morir? ¿Me he redimido, paisano del rey? Porque fue la muerte de aquel príncipe lo que casi nos llevó a la ruina... pero encontré otro Ciro, y nos salvamos. ¿Me he redimido?

- Te has redimido - contestó Everard, preguntándose hasta qué punto podía él absolver. Harpago cerró los ojos.

- Entonces, déjame - dijo como el débil eco de una orden.

Everard le dejó en tierra y se hizo atrás cojeando. Los dos persas se arrodillaron junto a su jefe, realizando ciertos ritos. El tercer hombre volvió a su contemplación. Everard se sentó bajo un árbol, desgarró una tira de la capa y vendó sus heridas. La de la pierna necesitaría cuidados. Tenía que encontrar su saltatiempos. No sería divertido, pero ya se lo arreglaría, y pronto un médico de la Patrulla podría curarle en pocas horas con una ciencia médica ignorada en su época de origen.

Se dirigiría a cualquier oficina sucursal, de ambiente oscuro, porque en la del siglo XX le harían demasiadas preguntas a las que no podría contestar, pues si los superiores averiguaban sus propósitos, se los prohibirían, casi de seguro.

La solución se le había ocurrido, no como un cegador relámpago, sino como la fatigada conciencia de un conocimiento que, de fijo, estaba ya en su subconsciente hacía tiempo. Se echó hacia atrás conteniendo la respiración. Los otros cuatro persas llegaron y se les contó lo acaecido. Ninguno hizo caso a Everard, salvo en ocasionales miradas, en que luchaban el terror y la dignidad, e hicieron furtivos signos contra el mal. Levantaron a su difunto jefe, así como a los que le habían acompañado en la muerte, y los transportaron a la selva. Cerró la noche. Se oía el graznido de un búho.




9


El Gran Rey se sentó en la cama. Había escuchado un ruido tras las cortinas. Cassandane, la reina, se estremeció entre sueños. Una delgada mano le había rozado la cara. Pregunto:

- ¿Qué pasa, sol de mi cielo?

- No sé - contestó él.

Su mano buscó el arma que siempre ponía bajo la almohada.

La mano de ella se le posó a él en el pecho y murmuré, súbitamente alarmada:

- No, es mucho. Tu corazón bate como un tambor de guerra.

- Quédate ahí - le ordenó él, saltando del lecho. La luz de la luna resplandecía sobre un cielo de púrpura intenso, visible a través de la ventana, rasgada hasta el suelo. Lanzó una confusa mirada a un espejo de bronce pulido, sintiendo el frío aire sobre la piel desnuda.

Un objeto metálico y oscuro, cuyo ocupante agarraba dos manivelas y, ocasionalmente, oprimía los diminutos controles de un cuadro de mandos, se deslizó por la ventana como una sombra. Aterrizó en la alfombra sin un sonido, y su ocupante salió de él. Era un hombre corpulento, que vestía una túnica griega y un casco.

- ¡Manse! ¿Has vuelto?

- ¡Habla más alto! - le reprendió Everard, sarcástico -. ¿Crees que nadie puede oírnos? Espero que no se fijasen en mí. Me posé directamente en el tejado y me dejé deslizar suavemente por antigravitación.

- Hay guardias junto a la puerta - explicó Dennison -, pero no entrarán mientras yo no grite o toque este batintín.

- Bueno. Vístete.

Dennison soltó su espada y quedó inmóvil un instante. Luego preguntó:

- ¿Has encontrado salida?

- Quizá, quizá.

Everard apartó su mirada de Keith y sus dedos tabalearon sobre el cuadro de mandos de la máquina. Por fin dijo:

- Mira, Keith. Tengo una idea que puede resultar o no. Necesitaré tu ayuda para ponerla en práctica. Si resulta, puedes volver a casa. La oficina central de la Patrulla aceptará el hecho consumado y pasará por alto el quebrantamiento de algunas normas. Pero si falla, tendrás que volver a esta misma noche y seguir siendo Ciro toda tu vida. ¿Podrás hacerlo?

Dennison tembló de algo más que de frío. Respondió muy bajo:

- Creo que sí.

- Soy más fuerte que tú - explicó Everard rudamente -, y solo yo llevaré armas. Te volveré aquí por la fuerza. ¿Me obligarás a hacerlo? No; por favor.

- No lo haré - afirmó Dennison con un gran suspiro.

- Entonces, esperemos que las normas nos ayuden. Vamos, vístete. Te explicaré mi plan mientras viajamos. Di adiós a este año y confía en que no haya de ser «Hasta luego», porque si mi plan resulta, ni tú, ni yo, ni nadie volverá a verlo jamás.

Dennison, que se dirigía hacia un montón de ropas arrinconadas, para que un esclavo las retirase por la mañana, se detuvo y preguntó:

- ¿Qué?

- Vamos a volver a escribir la Historia - explicó Everard -. O quizá a restaurarla tal como habría sido antes. No lo sé. Ven; salta a bordo.

- Pero...

- ¡Rápido, hombre, rápido! Comprende que retrocedo al mismo día en que nos separamos, que en este momento me estoy arrastrando por las montañas con una pierna herida, con objeto de ayudarte. ¡Vamos, muévete!

La decisión se pintó en los ojos de Dennison. Sus facciones no eran visibles en la oscuridad, pero se le ovó decir, muy bajo y claro:

- Tengo que dar un adiós personalísimo.

- ¿A quién?

- A Cassandane. Ha sido mi mujer aquí durante, ¡Dios mío!, catorce años, me ha dado tres hijos, me ha cuidado durante dos enfermedades y en un montón de accesos de desesperación, y una vez, con los medos a nuestras puertas, sacó a las mujeres de Pasargadae en nuestro apoyo, ¡y los vencimos! Dame cinco minutos, Manse.

- ¡Conforme, conforme! Aunque temo que se tarde más en enviar a un eunuco a un cuarto y...

- Está aquí.

Everard quedó un momento como fulminado, pensando:

«Me esperabas esta noche y creías que podría llevarte junto a Cynthia. ¡Y ahora piensas en Cassandane!»

Y luego, cuando las yemas de sus dedos empezaron a lastimarse por lo fuertemente que asía el puño de su espada, rectificó.

«¡Oh, cállate, Everard! No seas tan moralista.» Ya volvía Dennison. Sin decir palabra, se vistió y trepó al asiento trasero del vehículo. Everard arrancó; instantáneamente, la habitación se desvaneció a sus ojos, y la luz de la luna les inundó ya sobre las lejanas colinas. Una ráfaga de aire frío los envolvía.

- ¡Y ahora, a Ecbatana!

- Everard encendió el proyector y ajustó los mandos según los rumbos marcados en su mapa.

Dennison preguntó:

- Ec... ¡Ah!, ¿quieres decir Hagmatan, la antigua capital de la Media?

En su voz se advertía el asombro.

- Pero ¡si aquel palacio es sólo una residencia de verano ahora!

- Me refiero a la Ecbatana de hace treinta y seis años.

- ¡Eh!

- Mira; todos los historiadores científicos estarán, en lo futuro, convencidos de que la historia de Ciro, tal como la relatan Herodoto y los persas, es pura fábula. Bien; quizá estén completamente en lo cierto. Quizá tus experiencias en el espacio-tiempo solo hayan sido ligeras desviaciones de aquellas que la Patrulla trata de corregir.

- Comprendo.. - contestó Dennison lentamente.

- Tú has estado bastantes veces en la corte de Astiages, mientras fuiste su vasallo, supongo. Muy bien; guiame. Buscamos al viejo mamarracho, con preferencia solo y de noche.

- Dieciséis años es mucho tiempo - dijo Keith.

- ¿Cómo?

- Si vas, de todos modos, a cambiar el curso de la Historia, ¿por qué utilizarme ahora? Ven a buscarme siendo Ciro el Grande un año, lo bastante para que me sea familiar Ecbatana, pero...

- Lo siento; no. No me atrevo. Así y todo, nos ceñimos demasiado al viento, tal como vamos. Dios sabe a qué secundario recoveco de la historia universal puede afectarle esto. Aunque nos saliera bien lo que tú dices, la Patrulla nos enviaría desterrados a otro planeta por correr tal riesgo.

- Bien; comprendo.

- Y tú - prosiguió Everard - no eres tampoco un tipo suicida. ¿Desearías que tu yo actual no hubiera existido nunca? Piensa un minuto en lo que eso significa.

Accionó sus mandos. Keith se estremeció al exclamar:

- ¡Mithra! ¡Tienes razón! ¡No hablemos más de ello!

- Ya llegamos - afirmó Everard, girando el conmutador principal.

Se hallaban sobre una ciudad amurallada, de extraña disposición. Aunque alumbrada por la luna, la ciudad era a sus ojos un negro montón de edificaciones. Everard buscó en las bolsas. Dijo:

- Aquí están. Ponte éstas ropas. Me las dieron los muchachos de la oficina del Medio Mohenjodaro al conocer mi intento. Su situación es tal que necesitan a menudo este tipo de disfraces.

El aire silbaba apagadamente cuando pusieron proa a tierra.

Dennison pasó una mano sobre los hombros de Everard y señaló:

- Aquello es el palacio. El dormitorio regio está en el ala este.

El edificio era más pesado y menos esbelto que el suyo en Pasargadae. Everard contempló un par de blancos toros alados, en un jardín otoñal, del tiempo de los asirios. Al ver que las ventanas que tenía delante eran harto estrechas para entrar por ellas, lanzó un juramento y se dirigió a la puerta más próxima. Un par de centinelas a caballo vieron lo que se les venía encima y dieron un grito. Las bestias se encabritaron y los jinetes cayeron. La máquina de Everard enfiló la puerta. Un nuevo milagro no iba a modificar la Historia, especialmente porque entonces se creía en ellos tan firmemente como hoy se cree en las píldoras de vitaminas, y, posiblemente, con más razón. Unas lámparas guiaron su paso por un corredor, donde esclavos y guardias chillaron aterrados. A la puerta del regio dormitorio sacó la espada y llamó con el pomo.

- Empieza a hablar, Keith - ordenó -. Tú conoces la versión meda del ario.

- Abre, Astiages - rugió Dennison -. Abre al mensajero de Ahuramazda.

Con cierta sorpresa por parte de Everard, el hombre que estaba dentro obedeció. Astiages era tan valeroso como la mayoría de su pueblo. Pero cuando el rey (de cara gruesa y tosca, como de persona de mediana edad) vio a dos seres vistosamente vestidos, con halos en torno a sus cabezas y alas luminosas, sentados en un trono de hierro que flotaba en el aire, cayó de rodillas.

Everard oyó a Keith tronar en el mejor estilo castrense, usando un dialecto que no pudo seguir, diciendo:

- ¡Oh vasallo inicuo; la cólera del cielo está sobre ti! ¿Crees que tu menor pensamiento, aunque se oculte en la oscuridad que lo engendró, está siempre oculto al Ojo del Día? ¿Piensas que el omnipotente Ahuramazda permitirá un hecho tan vil como el que meditas?...

Everard no escuchaba, absorto en sus propios pensamientos. Harpago estaba, probablemente, en esta misma ciudad, aún no manchado por la culpa y lleno de juventud. Ahora no sufriría jamás el peso de tal crimen; jamás abandonaría a un niño en la montaña ni se apoyaría en su lanza mientras el niño lloraba y temblaba, para acabar inmóvil. Ahora se rebelaría por su propia cuenta, sería el ciliarca de Ciro, pero no moriría en brazos de su enemigo en una selva encantada; y cierto persa, cuyo nombre ignoraba Everard, no caería bajo la espada de un griego ni entraría lentamente en el no ser.

«Aún está impresa en mis células cerebrales la memoria de los dos hombres que maté; hay una cicatriz en mi pierna; Keith Dennison tiene todavía cuarenta y siete años y ha aprendido a pensar como rey.»

- Sabe, Astiages - proseguía Keith - que ese niño, Ciro, es el favorito del cielo. Y el cielo es misericordioso; estás advertido de que si manchas tu alma con su inocente sangre, tu pecado jamás se borrará. ¡Deja que Ciro crezca en el Anshan, o andarás eternamente con Ahriman. ¡Mithra ha hablado!

Astiages se arrastraba con la cara pegada al suelo.

- ¡Vámonos! - concluyó Dennison en inglés.

Everard saltó a las colinas persas en dirección a un futuro treinta y seis años posterior. La luz de la luna caía sobre los cedros, cerca de una carretera y de una corriente de agua. Hacía frío y aullaba un lobo.

Hizo aterrizar al vehículo, saltó de él y empezó a despojarse de sus vestidos. La barbuda faz de Dennison salió de la máscara con gesto de extrañeza.

- Me pregunto.. .- dijo, y su voz casi se perdía en el silencio de la montaña - si no habremos puesto demasiado terror en el alma de Astíages. La Historia dice que, cuando la rebelión persa, él hizo la guerra a Ciro durante tres años.

- Siempre podemos llegar al principio de las hostilidades y darle una visión que le infunda confianza - arguyó Everard tratando de ser realista -. Pero no creo que sea necesario. Apartará sus manos del príncipe; pero cuando un vasallo se rebela, ¡bueno!, será... bastante loco para despreciar lo que entonces parecerá solo un sueño. Además, los intereses de los propios nobles medos, arraigados allí, apenas le permitirían ceder. Pero dejemos eso... ¿No tiene el rey que presidir una procesión en las fiestas del equinoccio de otoño?

- Sí. Vamos de prisa.

- La luz del sol brillaba ardiente sobre Pasargadae. Dejaron su vehículo oculto y anduvieron a pie, como dos viajeros entre muchos que formaban una corriente, celebrando el cumpleaños de Mithra. Por el camino preguntaron qué había ocurrido, pretextando una ausencia de varios años. Las respuestas les satisficieron, concordando con detalles que la memoria de Dennison recordaba, pero que la Historia no ha recogido.

Al fin se detuvieron, bajo un helado cielo azul, rodeados de miles de personas, e hicieron acatamiento a Ciro el Grande cuando pasó a su altura cabalgando entre sus cortesanos Kobad, Creso y Harpago, y seguido del orgullo y la pompa de Persia.

- Es más joven que yo murmuró Dennison -. Ya sospeché que lo sería. Y un poco más bajo... Una cara enteramente distinta, ¿no? Pero servirá.

- ¿Quieres quedarte a la fiesta? - propuso Everard.

- No - respondió Dennison, arrebujándose en la capa, pues el aire era frío y crudo -. Regresemos. Ha pasado mucho tiempo. Como si nunca hubiera sucedido.

- ¡Eso! - pero Everard parecía más sombrío de lo que correspondía a un rescatador.

«Como si nunca hubiera sucedido...»


10


Keith Dennison salió del ascensor de un edificio neoyorquino. Estaba vagamente sorprendido de no haber recordado el aspecto. Ni siquiera hacía memoria del número correspondiente al cuarto, y tuvo que consultar su agenda. Detalles, detalles... Trataba de dominar su temblor.

Cynthia en persona abrió la puerta al acercarse él.

- ¡Keith! - exclamó, casi interrogando.

El no pudo decir sino esto:

- Ya te advirtió Manse que volvería, ¿no? Me dijo que iba a hacerlo.

- Sí. No importa. No creía que tu aspecto pudiese haber cambiado tanto. Pero no importa. ¡Oh, amor mío!

Le hizo pasar, cerró la puerta y cayó en sus brazos.

El miró en torno suyo. Había olvidado el estilo recargado del cuarto. Aunque nunca coincidió con el gusto de su esposa, se había rendido a él.

El hábito de ceder a una mujer, e incluso el de pedirle opinión, era cosa que tenía que reaprender. Y no sería fácil.

Ella levantó su húmeda faz al encuentro del beso. ¿Era aquella como él la imaginaba? No podía recordar, no podía. En todo el tiempo de su separación solo había recordado que era pequeña y rubia. Había vivido con ella pocos meses. Cassandane le había llamado aquella misma mañana su estrella matutina, le había dado tres hijos y había hecho siempre cuanto él quiso durante catorce años.

- ¡Oh, Keith! ¡Bien venido a casa! - dijo la voz aguda y breve de ella.

«¡A casa! - pensó él -. ¡Dios!»


martes, 10 de febrero de 2009

Una Estatua Para Papá -- Isaac Asimov

Una Estatua Para Papá
Isaac Asimov



¿La primera vez? ¿De veras? Pero por supuesto que ha oído usted hablar de ello.
Sí, estoy seguro.
Si le interesa el descubrimiento, créame que será para mí un placer contárselo. Es
una historia que siempre me ha gustado narrar, pero pocas personas me brindan
la oportunidad de hacerlo. Incluso me han aconsejado que la mantuviera en
secreto, porque atenta contra las leyendas que proliferan en torno a mi padre.
Pero yo creo que la verdad es valiosa. Tiene su moraleja. Un hombre se pasa la
vida consagrando sus energías a satisfacer su curiosidad y de pronto, por
accidente, sin habérselo propuesto, termina por ser un benefactor de la
humanidad.
Papá era sólo un físico teórico que se dedicaba a investigar el viaje por el tiempo.
Creo que nunca pensó en lo que el viaje por el tiempo podría significar para el
Homo sapiens. Sentía curiosidad únicamente por las relaciones matemáticas que
regían el universo.
¿Tiene hambre? Mejor así. Supongo que tardará cerca de media hora. Lo
prepararán adecuadamente para un dignatario como usted. Es una cuestión de
orgullo.
Ante todo, papá era pobre como sólo puede serlo un profesor universitario. Pero
con el tiempo se fue haciendo rico. En sus últimos años era fabulosamente rico, y
en cuanto a mí, mis hijos y mis nietos..., bueno, ya lo ve con sus propios ojos.
También le han dedicado estatuas. La más antigua está en la ladera donde se
realizó el descubrimiento. Puede verla por la ventana. Sí. ¿No distingue la
inscripción? Claro, el ángulo es desfavorable. No importa.
Cuando papá se puso a investigar el viaje por el tiempo, la mayoría de los físicos
estaban desilusionados, a pesar del entusiasmo que provocaron inicialmente los
cronoembudos.
La verdad es que no hay mucho que ver. Los cronoembudos son totalmente
irracionales e incontrolables. Sólo presentan una distorsión ondulante, de algo
más de medio metro de anchura como máximo, y que desaparece rápidamente.
Tratar de enfocar el pasado es como tratar de enfocar una pluma en medio de un
turbulento huracán.
Intentaron sujetar el pasado con garfios, pero eso resultó igual de imprevisible. A
veces funcionaba unos segundos, con un hombre aferrado con fuerza al garfio,
aunque lo habitual era que el martinete no resistiera. No se obtuvo nada del
pasado hasta que... Bien, ya llegaré a eso.
Al cabo de cincuenta años de no progresar en absoluto, los científicos perdieron
todo interés. La técnica operativa parecía un callejón sin salida. Al recordar la
situación, no puedo echarles la culpa. Algunos incluso intentaron demostrar que
los embudos no revelaban el pasado; pero se divisaron muchos animales vivos a
través de los embudos, y se trataba de animales ya extinguidos en la actualidad.
De cualquier modo, cuando los viajes por el tiempo estaban casi olvidados ya,
apareció papá. Convenció al Gobierno de que le suministrara fondos para instalar
un cronoembudo propio, y abordó el asunto desde otro ángulo.
Yo lo ayudaba en aquella época. Acababa de salir de la universidad y era doctor
en Física.
Sin embargo, nuestros intentos tropezaron con problemas al cabo de un año.
Papá tuvo dificultades para lograr que le renovaran la subvención. Los industriales
no estaban interesados, y la universidad pensaba que papá comprometía la
reputación de la institución al empecinarse en investigar un campo muerto. El
decano, que sólo comprendía el aspecto financiero de las investigaciones, empezó
insinuándole que se pasara a áreas más lucrativas y terminó por expulsarlo.
Ese decano -que todavía vivía y seguía contando los dólares de las subvenciones
cuando papá falleció- se sentiría de lo más ridículo cuando papá legó a la
universidad un millón de dólares en su testamento, con un codicilo que cancelaba
la herencia con el argumento de que el decano carecía de perspectiva de futuro.
Pero eso fue tan sólo una venganza póstuma. Pues años antes...
No deseo entrometerme, pero le aconsejo que no coma más panecillos. Bastara
con que tome la sopa despacio, para evitar un apetito demasiado voraz.
De cualquier modo, nos las apañamos. Papá conservó el equipo que había
comprado con el dinero de la subvención, lo sacó de la universidad y lo instaló
aquí.
Esos primeros años sin recursos fueron agobiantes, y yo insistía en que
abandonara. Él no cejaba. Era tozudo y siempre se las ingeniaba para encontrar
mil dólares cuando los necesitaba.
La vida continuaba, pero él no permitía que nada obstruyera su investigación.
Mamá falleció; papá guardó luto y volvió a su tarea. Yo me casé, tuve un hijo y
luego una hija. No siempre podía acompañarlo, pero él continuaba sin mí. Se
rompió una pierna y siguió trabajando con la escayola puesta durante meses.
Así que le atribuyo todo el mérito. Yo ayudaba, por supuesto. Hacía funciones de
asesoría y me encargaba de negociar con Washington. Pero él era el alma del
proyecto.
A pesar de eso, no llegábamos a ninguna parte. Hubiera dado lo mismo tirar por
uno de esos cronoembudos todo el dinero que lográbamos juntar, lo cual no quiere
decir que hubiese podido atravesarlo.
A fin de cuentas, nunca conseguimos meter un garfio en un embudo. Sólo nos
acercamos en una ocasión. El garfio había entrado unos cinco centímetros cuando
el foco se alteró. Lo arrancó limpiamente y, en alguna parte del Mesozoico, hay
ahora una varilla de acero, construida por el hombre, oxidándose en la orilla de un
río.
Hasta que un día, el día crucial, el foco se mantuvo durante diez largos minutos;
algo para lo cual había menos de una probabilidad entre un billón. ¡Cielos, con qué
frenesí instalamos las cámaras! Veíamos criaturas que se desplazaban ágilmente
al otro lado del embudo.
Luego, para colmo de bienes, el cronoembudo se volvió permeable, y hubiéramos
jurado que sólo el aire se interponía entre el pasado y nosotros. La baja
permeabilidad debía de estar relacionada con la duración del foco, pero nunca
pudimos demostrar que así fuera.
Por supuesto, no teníamos ningún garfio a mano. Pero la baja permeabilidad
permitió que algo se desplazara del «entonces» al «ahora». Obnubilado, actuando
por mero instinto, extendí el brazo y agarré aquello.
En ese momento perdimos el foco, pero ya no sentíamos amargura ni
desesperación. Ambos observábamos sorprendidos lo que yo tenía en la mano
Era un puñado de barro duro y seco, completamente liso por donde había tocado
los bordes del cronoembudo, y entre el barro había catorce huevos del tamaño de
huevos de pato.
-¿Huevos de dinosaurio? -pregunté-. ¿Crees que es eso?
-Quizá. No podemos saberlo con certeza.
-¡A menos que los incubemos! -exclamé de pronto, con un entusiasmo
incontenible. Los dejé en el suelo como si fueran de platino. Estaban calientes,
con el calor del sol primitivo-. Papá, si los incubamos tendremos criaturas que
llevan extinguidas más de cien millones de años. Será la primera vez que alguien
trae algo del pasado. Si lo hacemos público...
Yo pensaba en las subvenciones, en la publicidad, en todo lo que aquello
significaría para papá. Ya veía el rostro consternado del decano.
Pero papá veía el asunto de otra manera.
-Ni una palabra, hijo. Si esto se difunde, tendremos veinte equipos de
investigación estudiando los cronoembudos, con lo que me impedirán progresar.
No, una vez que haya resuelto el problema de los embudos, podrás hacer público
todo lo que quieras. Hasta entonces, guardaremos silencio. Hijo, no pongas esa
cara. Tendré la respuesta dentro de un año, estoy seguro.
Yo no estaba tan seguro, pero tenía la convicción de que esos huevos nos
brindarían todas las pruebas que necesitábamos. Puse un gran horno a la
temperatura de la sangre e hice circular aire y humedad. Conecté una alarma para
que sonara en cuanto hubiese movimiento dentro de los huevos.
Se abrieron a las tres de la madrugada diecinueve días después, y allí estaban:
catorce diminutos canguros con escamas verdosas, patas traseras con zarpas,
muslos rechonchos y colas delgadas como látigos.
Al principio pensé que se trataba de tiranosaurios, pero eran demasiado
pequeños. Pasaron meses, y comprendí que no alcanzarían mayor tamaño que el
de un perro mediano.
Papá parecía defraudado, pero yo perseveré, con la esperanza de que me
permitiera utilizarlos con fines publicitarios. Uno murió antes de la madurez y otro
pereció en una riña. Pero los otros doce sobrevivieron, cinco machos y siete
hembras. Los alimentaba con zanahorias picadas, huevos hervidos y leche, y les
tomé bastante afecto. Eran tontorrones, pero tiernos; y realmente hermosos. Sus
escamas...
Bueno, es una bobada describirlos. Las fotos publicitarias han circulado más que
suficiente. Aunque, pensándolo bien, no sé si en Marte... Ah, también allí. Pues
me alegro.
Pero pasó mucho tiempo antes de que esas fotos pudieran impresionar al público,
por no mencionar la visión directa de aquellas criaturas. Papá se mantuvo
intransigente. Pasaron tres años. No tuvimos suerte con los cronoembudos.
Nuestro único hallazgo no se repitió, pero papá no se daba por vencido.
Cinco hembras pusieron huevos, y pronto tuve más de cincuenta criaturas en mis
manos.
-¿Qué hacemos con ellas? -pregunté.
-Matarlas -contestó papá.
Yo no podía hacer tal cosa, por supuesto.
Henri, ¿está todo a punto? De acuerdo.
Cuando sucedió, ya habíamos agotado nuestros recursos. Estábamos sin blanca.
Yo lo había intentado por todas partes sin conseguir nada más que rechazos.
Casi me alegraba, porque pensaba que así papá tendría que ceder. Pero él, firme
ante la adversidad, preparó fríamente otro experimento.
Le juro que si no hubiera ocurrido el accidente jamás habríamos encontrado la
verdad. La humanidad habría quedado privada de una de sus mayores
bendiciones.
A veces ocurren cosas así. Perkin detecta un tinte rojo en la suciedad y descubre
las tinturas de anilina. Remsen se lleva un dedo contaminado a los labios y
descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mixtura en la estufa y descubre el
secreto de la vulcanización.
En nuestro caso fue un dinosaurio joven que entró en el laboratorio. Eran tantos
que yo no podía vigilarlos a todos.
El dinosaurio atravesó dos puntos de contacto que estaban abiertos, justo allí,
donde ahora está la placa que conmemora el acontecimiento. Estoy convencido
de que ésa coincidencia no podría repetirse en mil años. Estalló un fogonazo y el
cronoembudo que acabábamos de configurar desapareció en un arco iris de
chispas.
Ni siquiera entonces lo comprendimos. Sólo sabíamos que la criatura había
provocado un cortocircuito, estropeando un equipo de cien mil dólares, y que
estábamos en plena bancarrota. Lo único que podíamos mostrar era un dinosaurio
achicharrado. Nosotros estábamos ligeramente chamuscados, pero el dinosaurio
recibió toda la concentración de energías de campo. Podíamos olerlo. El aire
estaba saturado con su aroma. Papá y yo nos miramos atónitos. Lo recogí con un
par de tenacillas. Estaba negro y calcinado por fuera; pero las escamas quemadas
se desprendieron al tocarlas, arrancando la piel, y debajo de la quemadura había
una carne blanca y firme que parecía pollo.
No pude resistir la tentación de probarla, y se parecía a la del pollo tanto como
Júpiter se parece a un asteroide.
Me crea o no, con nuestra labor científica reducida a escombros, nos sentamos allí
a disfrutar del exquisito manjar que era la carne de dinosaurio. Había partes
quemadas y partes crudas, y estaba sin condimentar; pero no paramos hasta dejar
limpios los huesos.
-Papá -dije finalmente-, tenemos que criarlos sistemáticamente con propósitos
alimentarios.
Papá tuvo que aceptar. Estábamos totalmente arruinados.
Obtuve un préstamo del banco cuando invité a su presidente a cenar y le serví
dinosaurio.
Nunca ha fallado. Nadie que haya saboreado lo que hoy llamamos «dinopollo» se
conforma con los platos normales. Una comida sin dinopollo no es más que un
alimento que ingerimos para sobrevivir. Sólo el dinopollo es comida.
Nuestra familia aún posee la única bandada de dinopollos existente y seguimos
siendo los únicos proveedores de la cadena mundial de restaurantes -la primera y
más antigua- que ha crecido en torno de ellos.
Pobre papá. Nunca fue feliz, salvo en esos momentos en que comía dinopollo.
Continuó trabajando con los cronoembudos, al igual que muchos oportunistas que
pronto se sumaron a las investigaciones, tal como él había previsto. Pero no se ha
logrado nada hasta ahora; nada, excepto el dinopollo.
Ah, Pierre, gracias. ¡Un trabajo superlativo! Ahora, caballero, permítame que lo
trinche. Sin sal, y con apenas una pizca de salsa. Eso es... Ah, ésa es la expresión
que siempre veo en la cara de un hombre que saborea este manjar por primera
vez.
La humanidad, agradecida, aportó cincuenta mil dólares para construir la estatua
de la colina, pero ni siquiera ese tributo hizo feliz a papá.
Él no veía más que la inscripción: «El hombre que proporcionó el dinopollo al
mundo.»
Y hasta el día de su muerte sólo deseó una cosa: hallar el secreto del viaje por el
tiempo. Aunque fue un benefactor de la humanidad, murió sin satisfacer su
curiosidad.

lunes, 2 de febrero de 2009

EL ÁNGELUS -- MAUPASSANT


EL ÁNGELUS
I
En el reloj de péndulo sonaron las seis y la condesa de Brémontal, apartando los
ojos del libro que leía, los levantó hacia la bonita esfera estilo Luís XVI colgada en la
pared; luego, con lenta mirada, recorrió su gran salón, sombrío a pesar de las lámparas,
dos sobre la mesa, donde se amontonaban muchos libros, y dos sobre la chimenea. Un
fuego de leños, crepitando en el hogar, un fuego de campo, un fuego de castillo,
arrojaba también su luz a resplandores intermitentes sobre las paredes, iluminando unas
tapicerías decoradas con personajes, cuadros dorados, retratos de familia y las altas
cortinas, de un rojo intenso, que velaban y cubrían las ventanas. A pesar de todas estas
luces, la amplia pieza era triste, un poco fría, invadida por el invierno. Se podía sentir
afuera el severo rigor del aire y el silbido del viento, helado por la alfombra de nieve
extendida sobre la tierra, que hacía crujir los árboles del parque. La condesa se levantó;
tras unos breves pasos, lentamente, un poco arrastrados de joven mujer embarazada,
yendo a sentarse delante del hogar y dirigiendo sus pies hacia la llama. Los leños al rojo
le arrojaron a la cara la emanación de su intenso calor, una especie de caricia ardiente e
incluso un poco brutal, mientras ella sentía al mismo tiempo su espalda, sus hombros y
su nuca estremecerse todavía bajo el escalofrío de la atmósfera de muerte, de la que ese
terrible invierno envolvía Francia. Esa sensación de frío se deslizaba en ella por todas
partes, introduciéndose tanto en su alma como en su cuerpo, y a esa angustia física, se
añadía la de la inmensa catástrofe abatida sobre la patria. Torturada por sus nervios, sus
preocupaciones, sus atroces presentimientos, la Sra. de Brémontal se levantó de nuevo.
¿Dónde estaría a esta hora él, su marido, del qué no había recibido ninguna noticia
desde hacía cinco meses? ¿Prisionero de los prusianos o muerto? ¿Torturado en una
fortaleza enemiga o enterrado en un agujero en un campo de batalla, con tantos otros
cadáveres cuya carne descompuesta se mezclaba con la de los vecinos y todas las
osamentas confundidas. ¡Oh! ¡qué horror! ¡qué horror!
Caminaba ahora a largas zancadas por el gran salón silenciosos, sobre esas
mullidas alfombras que mitigaban el leve ruido de sus pasos. Nunca había sentido pesar
sobre ella un desamparo tan espantoso. ¿Qué iba a suceder ahora? ¡Oh! el horroroso
invierno, invierno del fin del mundo que destruía un país entero, matando a los hijos
mayores de las pobres madres, esperanza de sus corazones y su último sostén, y a los
padres de los niños sin recursos, y a los maridos de las jóvenes mujeres. Ella los veía
agonizantes y mutilados por el fusil, el sable, el cañón, la pata herrada de los caballos
que les había pasado por encima, y sepultados en noches semejantes, bajo ese sudario de
nieve manchada de sangre.
Sintió que iba a llorar, que iba a gritar, abrumada por el miedo a la incertidumbre
del día siguiente, y volvió a mirar la hora de nuevo. No, no esperaría sola el momento
en el qué su padre, el cura del pueblo y el médico llegasen, pues ellos debían cenar con
ella. ¿Pero podrían salir de sus casas y llegar al castillo? Sobre todo le preocupaba su
padre. Él debía seguir en su cupé la orilla del Sena, durante varios kilómetros. El
cochero era viejo y seguro, conociendo el camino como la conocía su caballo, pero esta
noche parecía predestinada a las desgracias. Los otros dos invitados, habituales casi
todas las noches, tenían que pasar el río en barco, lo cual era peor aun. La helada nunca
detenía la corriente en ese sitio donde la ola del mar, que a nada se resiste, subía a cada
marea, pero enormes témpanos a la deriva en los remolinos descendían desde la alta
Francia y podían hacer zozobrar la barca.
La condesa volvió hacia la chimenea, tomó el cordón de la campanilla y dio un
tirón.
Un viejo criado apareció. Ella le dijo:
– ¿No duerme todavía el pequeño?
– No lo creo, señora condesa.
– Di a Annette que me lo traiga, tengo ganas de besarlo.
– Sí, señora condesa.
Cuando el criado salía, ella lo llamó:
– ¡Pierre!
– ¿Señora condesa?
– ¿No será peligroso que el Sr. Boutemart venga bordeando el río en coche, con
un tiempo como este?
El viejo normando respondió:
– Ninguno, señora condesa. El cochero Philippe y su caballo Barbe son muy
tranquilos ambos y conocen sobradamente el camino.
Tranquilizada por la suerte de su padre, preguntó todavía:
– Y las personas de La Bouille, el cura y el doctor Paturel, ¿pueden atravesar el río
sin peligro en medio de los témpanos que flotan?
–Sí, sí, señora condesa: el padre Pichard es un bribón que no teme los bancos de
hielo. Y además tiene un sólido barco de invierno en el que hace pasar una vaca o un
caballo a la primera ocasión.
–Bueno, dijo ella. Haga bajar a mi pequeño Henri.
Se volvió a sentar ante su mesa, y abrió un libro.
Se trataba de Las Contemplaciones y cayó, por casualidad, sobre estos versos, al
final de La Fiesta en casa de Thérèse:
Llega la noche; todo se disipa; las llamas se apagan;
En los sombríos bosques las fuentes se lamentan;
El ruiseñor, oculto en su tenebroso nido,
Canta como un poeta y como un enamorado.
Cada uno se dispersa bajo los profundos follajes,
Las locas riendo arrastran a los prudentes;
La amante se va en la sombra con el amante;
Y, turbados como se está en sueños, vagamente,
Sienten por momentos mezclarse en su alma,
En sus discursos secretos, en sus miradas encendidas,
En su corazón, en sus sentidos, en su debilitada razón,
El claro de luna azul que bañaba el horizonte.
El corazón de la condesa se encogió con el pensamiento de que existían esas
noches, y otras como esta. ¿Por qué estos contrastes, esta dulzura encantadora y esta
ferocidad de la naturaleza?
La puerta se abrió. Se levantó y una joven criada, una hermosa normanda de
carnes sonrosadas, hizo entrar, llevándolo de la mano, a un muchachito de cuatro años
cuyos cabellos en bucle y rubios, lo coronaban como una aureola bajo el reflejo de las
lámparas.
– Se quedará conmigo hasta la llegada de esos caballeros, dijo la condesa.
Y cuando la joven hubo salido, ella sentó sobre sus rodillas al niño y le miró a los
ojos. Se sonrieron con esa sonrisa única, inexpresable, que transmite el amor entre la
madre y el hijo, con ese amor que es el único indestructible, que no tiene ni igual ni
rival.
Luego, abriendo sus brazos, ella le tomó la cabeza y lo besó. Lo besó en los
cabellos, en los párpados, en la boca, estremeciéndose, desde la nuca a la yema de los
dedos, con esa alegría deliciosa donde vibran las fibras de las auténticas madres.
Luego lo balanceó mientras él la agarraba por el cuello. Con su voz fina él
preguntó:
– Dime mamá, ¿vendrá pronto papá?
Ella lo estrechó contra sí, como para defenderlo, protegerlo de ese peligro
monstruoso y lejano de una guerra que podría reclamarlo a su vez. Y murmuró
besándolo todavía:
– Sí, querido mío, dentro de poco tiempo. ¡Oh! mi amor, que suerte que seas tan
pequeño! Ellos todavía no pueden tomarte, los miserables.
¿De qué miserables hablaba? No habría sabido decirlo.
Pero he aquí que el niño, cuyo oído era muy fino, distinguió a lo lejos en la noche
un ligero rúido de campanillas.
– ¡El abuelo! dijo
– ¿Dónde ves al abuelo? dijo la madre.
– Es el cascabel de su caballito.
Ella oyó también y, con una inquietud menos en su corazón, extendió las piernas,
como aliviada, descansada de pronto.
Ahora ambos escuchaban los tintineos más nítidos y los golpes de fusta
estrepitosos del cochero sobre la nieve, que anunciaban su llegada.
Un minuto más tarde, la puerta se abrió ante un viejo caballero que había
conservado un aspecto fresco en su bella persona cuidada, sus mejillas claras y sus
patillas blancas que brillaban como la plata.
Era alto, un poco grueso, con aspecto de adinerado. Se le llamaba todavía el guapo
Boutermat. Era el tipo de comerciante, de industrial normando que había amasado una
gran fortuna. Nada apagaba su buen humor, su inalterable sangre fría, su absoluta
confianza en si mismo. Desde la guerra, una sola cosa lo atraía profundamente, era no
ver más que humear en el cielo las cuatro chimeneas de sus dos grandes fábricas con las
que se había enriquecido gracias a los productos químicos. Al principio había creído en
la victoria con esa sólida y jactanciosa confianza de chovinista del que todo burgués
francés estaba hinchado antes de este fatal año de 1870. Ahora, tras esas derrotas
sangrientas, esas debacles, esas retiradas, él murmuraba con la convicción
inquebrantable de un hombre que ha tenido éxito sin cesar en sus proyectos:”¡Bah!, es
una dura prueba, pero Francia siempre se levanta.”
Su hija corrió hacia él con los brazos abiertos, mientras que el pequeño Henri le
tomaba de la mano. Muchos besos fueron intercambiados.
Ella preguntó:
– ¿Nada nuevo?
– Sí. Se dice que los prusianos han entrando en Ruán hoy. El ejército del general
Briant se ha replegado hacia El Havre por la orilla izquierda. Debe estar ahora en Pont
Audemer. Una flota de chalanas y de barcos a vapor lo espera en Honfleur para
transportarlo al Havre.
La condesa se estremeció. ¡Cómo! ¡los prusianos estaban tan cerca, en la región,
en Ruán, a algunas leguas!
Murmuró:
– ¿Pero, no corremos un gran peligro, papá?
Él respondió:
– Es cierto que no estamos completamente seguros. Pero tienen la orden de
respetar siempre al habitante inofensivo y las casas que no han sido abandonadas. Sin
esta regla, siempre observada por ellos, vendría a instalarme aquí. Pero un anciano
como yo no te serviría gran cosa y puedo salvar mis fábricas. Que me encuentren o no
cerca de ti, como no hay que resistir ni hacerse el héroe, hay más riesgos en dejar
Dieppedalle que venir aquí.
Ella murmuró, asustada:
– Pero yo, completamente sola en este castillo, perdería la cabeza en medio de
esos salvajes.
Comprendiendo realmente que era imposible dejar a su hija sola bajo esta terrible
e inminente amenaza, pues todavía no lo había pensado, y esta idea le golpeaba con
fuerza por primera vez, respondió:
– Tienes razón. Esta noche no hay peligro, pues no van a aventurarse en la noche
de su llegada en una región desconocida. Regresaré a Dieppedalle a tomar todas mis
disposiciones, mañana, vendré a dormir aquí y me quedaré hasta el final de la
ocupación. Ella lo abrazó, sabiendo por su fina intuición de mujer, que lo conocía tan
bien, qué inmenso sacrificio hacía abandonando sus fábricas, y dijo:
– Gracias, papá.
La criadita Annette entró a buscar el niño, y la mirada del Sr. Boutemart sobre
ella, más discreta, casi imperceptible, como la sagacidd normanda demandaba, hicieron
enrojecer un poco las pálidas mejillas de la condesa, pues comenzaba a sospechar la
atención de su padre por la sirvienta, y el consentimiento de ésta.
Desde la muerte de su esposa, acaecida hacía justo nueve años, el Sr. Boutemart,
que no abandonaba jamás Dieppedalle y sus empresas químicas, había tenido en la
comarca algunas relaciones, descubiertas por casualidad, revelando en él gustos fáciles,
casi vulgares, y con los que la Sra. de Brémontal sufría mucho, en su orgullo de hija y
en esa pequeña vanidad nobiliaria, muy leve, introducida en ella cuando se convirtió en
condesa y aristócrata de la región.
El pequeño Henri besó a su madre y a su abuelo, luego se fue enviando todavía
unos besos con su manita.
Como salía, la campana de la entrada de la puerta sonó, anunciando la llegada de
los dos últimos invitados. Aparecieron. El abad Marvaux entró en primer lugar, alto,
delgado, muy recto, con un rostro surcado por profundas arrugas sobre la frente y las
mejillas. Se veía, se adivinaba que ese hombre había sufrido mucho, que debía estar
también corroído por un alma de pensador triste, una de esas almas que provocan
temprano en los rostros máscaras de fatiga.
De origen noble, pues se llamaba Sr. de Marvaux, era un poco primo, muy lejano,
de los Brémontal. Había comenzado su vida en la carrera militar, tanto para ocupar su
ociosidad como para responder a una necesidad violenta de acción, de lucha y de vago
heroísmo, que sentía en él. Instruido, alimentado de filosofía, pronto experimentó una
gran decepción en la existencia ociosa de los acuartelamientos, y con placer partió, en
1859, para la campaña de Italia. Participó con valor en varias batallas, pero por un
insólito giro de espíritu, por una de esas extrañas anomalías que provocan en los seres
los instintos más opuestos y los más contradictorios, a la vista de esas masacres, de esos
tropeles de hombres destrozados por las metrallas, le produjeron de inmediato un asco y
un horror hacia la guerra. Sin embargo fue destacado, condecorado, y obtuvo el rango
de capitán, pero una vez finalizada la campaña, presentó su dimisión.
Tras algunos años de vida libre, ocupado por estudios y lecturas, y algunos textos
publicados, pues amaba las cuestiones del pensamiento, conoció a una joven viuda que
le gustó y la hizo su esposa. Tuvo una hija, luego la madre y la niña murieron en la
misma semana de fiebre tifoidea.
¿Qué pasó por él? ¿Qué extraño misticismo se despertó en su espíritu despues de
ese lúgubre acontecimiento? Ingresó en las órdenes y se hizo sacerdote; pero a partir del
día que se vistió con sotana negra, jamás volvió a llevar su cinta roja ganada en el
campo de batalla, y la llamaba su mancha de sangre.
Habría podido tener, en esta nueva carrera, un buen futuro sacerdotal; prefirió
permanecer como cura rural en su región de origen. Quizás también la independencia de
su carácter, la audacia de su palabra, dieron que sospechar al obispo. En varias
ocasiones se había enfrentado al obispo en discusiones teológicas y dogmáticas, y,
como era muy erudito y elocuente, triunfó en esas luchas.
Sin ambición, de vuelta de todo, se decidió o se resignó a vivir en esa hermosa
comarca a la qué adoraba, y, como poseía una cierta fortuna, hizo mucho bien. Se le
quería y respetaba. Se convirtió en un sacerdote generoso, socorriendo a todos, único en
la comarca, a quién la veneración popular protegió y defendió contra la malevolencia
creciente y las suspicacias de sus superiores. El doctor Paturel, que le seguía, era un
hombrecillo barrigón, que habría estado completamente calvo si no hubiese conservado
sobre las sienes, al borde del cráneo, dos bandas de cabellos blancos rizados semejantes
a dos borlas de polvos de arroz.
En el momento que entraron, se anunció que la cena estaba servida, y la condesa
de Brémontal, tomando el brazo del médico, se dirigió al comedor.
Una vez sentado ante su plato de potaje, el sacerdote preguntó:
–¿Saben ustedes que están en Ruán?
Unos “sí” murmurados le respondieron. Luego el Sr. Boutemart interrogó:
– ¿Tiene usted detalles recientes?
– Algunos. Los tres cuerpos del ejército invasor se han presentado, justo en el
mismo momento, en las tres puertas de la ciudad, y las vanguardias se han encontrado
en el Hotel de Ville, casi en el mismo minuto. El médico añadió:
– Ayer yo estaba en Bourg-Achard cuando vi pasar al ejército francés en retirada.
Y discutieron sobre un montón de detalles, a media voz, como si hubiesen sentido
de algún modo a su alrededor la temible presencia de los vencedores.
– Hoy, dijo el sacerdote, he aquí la primera vez, desde que dejé el ejército, que
lamento no ser ya soldado.
La joven mujer preguntó, sacudida de angustia:
–¿Cree usted que vendrán por aquí?
El abad Marvaux afirmó, luego dijo:
–¿Sigue usted aún sin noticias de su marido, señora condesa?
Ella murmuró, desesperada:
Si, señor cura.
Pero Boutemart, siempre convencido de que los acontecimientos que le afectaban
acabarían por dar un giro favorable, añadió:
– ¡Bah!, está prisionero. Volverá después de la guerra.
La condesa balbucía:
–Prisionero... o muerto.
Su padre, a quién irritaban las ideas tristes, tuvo un estremecimiento de
impaciencia.
–¿Por qué te imaginas semejantes cosas? Vives a la espera de la desgracia como si
no hubiese más que eso sobre la tierra.
El abad Marvaux murmuró:
– No hay mucho más, sin embargo, señor, cuando se mira bien de cerca. Piense en
Francia en este momento.
Boutemart no consentía.
– No, no: míreme, yo nunca he sido desgraciado.
Su hija le dijo tristemente:
–Es que tú no has deseado y buscado más que la fortuna. La has tenido.
Él se echó a reír.
–¡Por Dios! Uno tiene todo con la fortuna. Lo demás son bagatelas. Pero, en el
caso que nos ocupa, es indudable que las listas de muertos han sido casi todas
establecidas y han sido ya comunicadas las familias. En cuanto a los prisioneros, no se
puede saber.
Ella gimió:
– También hay desaparecidos.
Y Bouternart, al respecto, replicó:
Esos son los resucitados de mañana.
El médico tomó parte en la conversación.
– Yo tengo bastante suerte, dijo, se donde se encuentra mi hijo. Está en el ejército
de Faidherbe, e intercambiamos cartas. Luego he tenido aún la fortuna de que fuese
titulado doctor antes de la guerra, y los médicos no tienen gran cosa que temer en el
ejército. Pero todo lo que digo no impide a mi esposa estar en un estado de pavor, de
tanto que ama a su querido Jules.
Elogió a su hijo, cuyos estudios de medicina en París habían sido tan brillantes
que sus profesores, después de haber pasado el doctorado, lo habían alentado
unánimemente a continuar hasta la agregación. ¡Ah! he aquí a uno que no se pudriría en
provincias. Sería un gran médico, un gran médico de la capital.
Y la conversación derivó sobre temas diversos, paralizada por esta idea de la
invasión que planeaba.
Después de que los hombres hubieran tomado su café y fumado sus cigarrros,
volvieron al salón, cerca de la condesa, que calentaba sus pies al fuego. Sin embargo
tenía frío, frío por todas partes, en el corazón y en el cuerpo.
El Sr. Boutemart habló el primero de irse. Sus fábricas le preocupaban y solicitó
su coche a las nueve y media con el pretexto que con ese tiempo no convenía regresar
demasiado tarde. Los otros dos lo imitaron, calzándose una especie de botas para
alcanzar, a través de la nieve, el trasbordador del Sena, y la condesa quedó sola.
Ojeó algunos libros sin tomar interés en ellos, comprendiendo apenas lo que leía.
Eligió entre sus poetas favoritos los versos a los cuales volvía con más frecuencia. Le
parecieron banales, inútiles, descoloridos; y se volvió a sentar ante el fuego. ¿Se iría a
acotar? No, no todavía, pues no dormiría; y ella conocía esos interminables insomnios
que miden, haciéndolos dolorosos como una agonía nocturna del alma y del cuerpo, los
regulares tintineos del timbre del péndulo.
Entonces pensó. Unos recuerdos volvían, de ella y de antaño, esos recuerdos
íntimos, evocados en las horas lúgubres, confidencias sobre sí misma, que uno no se
hace más que a sí.
Recordaba su infancia en esa misma región, en la casa de los padres en
Dieppedalle, construida ante las fábricas, a su madre, su buena madre, su madre querida,
a la que había visto morir. Y lloraba con los ojos bajo sus manos.
Su padre, pequeño comerciante al principio, heredero de un gran terreno a orillos
del Sena, y de una fábrica de ácidos y de vinagres artificiales, había acabado por ganar
una gran fortuna con los productos químicos. Se había casado con la hija de un oficial
del Primer Imperio, joven bonita, independiente y poética, como se era en esa época. Un
poco melancólica, también, después de esta unión que no contentaba en absoluto su
sueño de juventud, se consoló en un amor de lo que se llamaba entonces “la
Naturaleza”, dando a esta palabra un sentido hoy casi olvidado. Amó ese país soberbio,
plantado de árboles y anegado de agua, esa costa, al pie de la que humeaban las
chimeneas de su marido, pero que llevaba también sobre su cima el admirable bosque
de Roumare yendo desde Ruán hasta Jumièges. Se hizo además con una biblioteca de
novelas, de filósofos, de poetas, y pasó su vida leyendo y pensando. Por la noche, al
crepúsculo, paseándose a lo largo del Sena lleno de islas verdes repletas de grandes
álamos, recitaba a media voz, para ella misma, para ella sola, versos de Chénier y de
Lamartine. Luego se entusiasmó con Victor Hugo y adoraba a Musset. Habiéndose
convertido en madre de una niña, la educó con una ternura ardiente, una ternura
aumentada sentimentalmente por toda la literatura de la que estaba imbuida.
La niña creció, muy parecida a su madre, encantadora e inteligente. Se las
envidiaba en Ruán y se decía de la Sra. Boutemart: “Es una persona de gran valor.”
La chiquilla, a la que educaba con un cuidado apasionado, ayudada por una
institutriz, era ya a los dieciséis años una jovencita que tenía aspecto de mujer, una
morenita con los ojos violetas, del color exacto de las malvas, con ese matiz tan raro.
Y la niña casi adulta, a quién su madre había permitido muchas lecturas ya
desarrollaba del mismo modo su joven alma y su naciente sensibilidad. Abría a veces, a
escondidas, los otros libros, aquellos que no se le permitían, y ella sabía ya por corazón
algunos versos que le parecían dulces como perfumes, sonidos musicales o soplidos de
viento.
Esas personas eran felices completamente o casi completamente, cuando, en un
invierno muy frío, la Sra. Boutemart, tras un paseo demasiado largo por el bosque lleno
de nieve, debió tomar cama, afectada de una fluxión de pecho que se la llevó en una
semana.
Solo con su hija, el padre se pregunto si no haría falta conservarla cercad de él,
pues estaría muy solo, muy abandonado, en ese campo, en medio de sus obreros y de
sus máquinas.
Pero su hermana, viuda sin hijos de un ingeniero de Puentes y Caminos, y rica con
suficiente holgura, consintió en dejar París durante algunos meses para pasarlos cercad
de él y atenuar así las primeras consecuencias del temor y del aislamiento.
Era una mujer de espíritu ponderado tanto como su hermano y de sentido sereno,
que siempre había tomado de los acontecimientos y de las cosas el mayor partido
posible. Tranquila sobre su suerte, habiendo pasado la cuarentena y dotada de una
naturaleza calma, no pedía nada más al destino.
Enseguida se prendó de su sobrina, y cuando Boutemar le habó de dejar a la joven
cerca de él, ella le disuadió con todas sus fuerzas haciéndole ver que Germaine se
volvería a la edad casadera, en una persona muy solicitada. Era necesario ante todo
acabar su instrucción y su educación tan perfectamente como fuese posible. Eso no
podía hacerse más que en París. Sería un muy buen partido y hacía falta que no ignorase
nada de lo que debía saber, como serios conocimientos para comenzar, y luego artes del
encanto, danza, música, y tantas cosas aún que completan la dote de una chica rica. La
matricularía en una gran casa de educación, y la tía se encargaría de ir a verla a menudo,
muy a menudo, de hacerla salir todas las semanas, e incluso de tenerla algunos días con
ella, de vez en cuando.
Esta mujer cuyo marido había cumplido altas funciones en el Ministerio de obras
públicas, conservaba en su viudedad muy buenas relaciones, y estaba muy bien vista. Su
hermano, comprendiendo todas las ventajas de esta combinación, aceptó, y la tía, a
comienzos de primavera, llevó a su sobrina con ella.
La hizo entrar en una de esas elegantes pensiones mundanas donde se educan a los
huérfanos bien nacidos, y donde se cuida a los extranjeros opulentos mientras sus
padres viajan. Ella tuvo un bonito alojamiento, una ama de llaves, y profesores de
primera. Siguió también cursos en la ciudad, cursos para señoritas, donde la mitad de las
jovencitas de París se encuentran y entablan amistad para más adelante, las de la
burguesía y las de la nobleza, las medio ricas, las ricas y las muy ricas.
Su tía la vino a buscar para dar paseos, distraerla, mostrarle la ciudad, los
monumentos, los museos. La cruel melancolía de la que Germaine estaba afectada desde
la muerte de su madre pareció finalmente mitigarse un poco. Sus hermosos ojos malva,
bajo los párpados vueltos a menudo rojos de lágrimas por el recuerdo de su amada
mamá, recuperaron su frescor violeta.
Sin embargo pensaba mucho en su casa de Dieppedalle, y en su padre que había
quedado solo, y echaba de menos el espacio, el campo y la libertad.
Conoció ya esa pequeña nostalgia invencible de los desplazados, lo que sufren
cuando están prisioneros en las ciudades, por su deber o su profesión, casi todos
aquellos cuyos pulmones, ojos y piel han tenido como primer alimento el gran cielo y el
aire puro de los campos y cuyos pequeños pies han corrido al principio por los caminos
de los bosques, los senderos, los prados y la hierba. Del mismo modo que los niños de
Paris exiliados en profesiones o funciones provincianas sufren, toda su vida, como de
una privación física, de la irresistible necesidad de las aceras y de las grandes calles
pobladas de gente.
Cuando llegó el momento de las vacaciones, Germaine partió con alegría para
Normandía; y fue una pena para su corazón, cuando, en el otoño, regresó a París. Pasó
allí tres inviernos, desde los dieciséis a los diecinueve años. El Sr. Boutemart la
recuperó a fin de dulcificar su aislamiento de viudo.
Luego un proyecto de matrimonio se había planteado para su hija. Él sabía su
pronunciado gusto por el campo en el que ella había sido educado, y él mismo
encontraba una gran ventaja, una ventaja de bienestar, de afecto, de sentimiento, de
golosina, de egoísmo satisfecho hasta el fin de su vida, si descubría el medio de fijarla y
conservarla en su proximidad.
Ahora bien, él era de ordinario hábil en descubrir por todas partes a su alrededor,
los medios de los que tenía necesidad.
Conocía desde hacía tiempo por una relaciones del Consejo general, del que eran
miembros ambos, por vecindad y afición a la caza, a uno de sus vecinos, el conde de
Brémontal, propietario del castillo de Bec, en Sahurs, frente a La Bouille, a algunos
kilómetros solamente de Dieppedalle. Era un hombre de veintiocho años, huérfano de
padre y madre, dueño de una muy hermosa fortuna en terrenos, muy buena persona,
excelente jinete y gran cazador. Toda su ambición y placer en la vida consistían en
administrar sus amplias propiedades, en los criaderos y en la cultura. Se le daba muy
bien, animado por este amor al terruño tan fuerte en los corazones normandos. Tenía
espíritu, el espíritu del país, un poco torpe, pero alegre, y un aspecto muy como debe
ser, incluso distinguido, de gentil hombre campesino, capaz de mantener el tipo en
cualquier parte.
Boutemart lo mimó, lo cameló, lo sedujo, se hizo su amigo, su compañero de caza
y de placer. Cenaron a menudo el uno con el otro, y cuando la joven muchacha regresó
definitivamente a casa de su padre, se encontró allí con aquel agradable vecino instalada
casi como en su casa.
A él le pareció muy bien. Le parecía encantadora. Montando los dos a caballo
juntos hicieron largas excursiones por el bosque de Roumare, siempre seguidos de un
criado para respetar todos los prejuicios.
Se organizaron paseos, jornadas de campo, fiestas campestres con todas las
familias de bien de la comarca. Finalmente él se prendó de ella, la cortejó y pronto se
despertó en ella ese deseo de gustar, de seducir, de conquistar, que duerme en el corazón
de las jovencitas. Ella fue amable, luego coqueta, y él la amó muy ardientemente como
hombre simple que era. Hizo su petición de matrimonio tras seis meses de atenciones.
Germaine admitió la petición, y el padre dijo “sí” de todo corazón.
Fue una buena pareja a quién llegó un hijo solamente después de cinco años de
unión.
La condesa se prendó por su hijo con un amor maternal extremo. Fue en ella la
revelación de un poderoso instinto, insospechado hasta ese momento en su carne, y ella
deseó más.
Tenía ganas sobre todo de una niña, para educarla al dictado de su alma, sus
gustos, su ideal de mujer.
Al no realizarse su deseo pronto, se entristeció, se preocupó, y, trastornada por
este inalcanzable sueño, dirigió al Cielo su plegaria de esposa. Una especie de devoción
particular y mística la empujó hacia María, patrona de las madres. No le imploraba
como lo hacen las fanáticas, con palabras y fórmulas, sino que le enviaba desde el fondo
de su corazón una constante y tierna oración.
No era una devota; incluso ni era una ardiente creyente, habiendo sido educada
entre un padre indiferente a esas cosas y una madre casi incrédula. La Sra. Boutemart,
en efecto, nacida en la época en la que las grandes disputas morales, filosóficas y
religiosas de la Revolución habían hecho desaparecer las creencias piadosas en muchas
familias, conservó toda su vida las opiniones independientes que le había inculcado su
padre.
Su hija Germaine fue sin embargo bautizada e hizo su primera comunión, pero no
recibió a continuación de su madre ninguna doctrina y ningún fervor religioso.
Ahora bien, cuando ella se vio huérfana y fue a pasar tres años en la elegante
pensión de París donde completó su educación en todos los géneros, se le impartió fe
cristinas como historia o música. El sacerdote director, encargado de conducir hacia
Dios las almas de esas señoritas, era un hombre hábil, insinuante, persuasivo y
dominante. Cuando descubrió las creencias indecisas e indolentes de Germaine, se
dispuso a convertirla con una tenacidad de misionero. Consiguió únicamente en hacerla
medio ferviente, quién pronto creyó con todo su corazón y su imaginación en la tan
conmovedora leyenda cristiana.
Ella tuvo accesos de ternura sentimental y de dulces impulsos de piedad hacia el
Salvador y su madre, la Virgen, pero jamás fue dominada por las prácticas del culto,
que estimaba hechas para el pueblo. Sin embargo siguió la misa del domingo, y cumplió
con sus deberes obligatorios tanto por conciencia como por compostura.
Entonces, a la Virgen María, madre de Cristo, ella le pedía un hijo, una niña; no
fue exactamente atendida, y la guerra de 1879, declarada bruscamente, tuvo más
influencia para satisfacer ese deseo que sus imploraciones al Cielo.
Aunque liberado de las obligaciones del servicio militar, el Sr. de Brémontal,
patriota ardiente, quiso enrolarse y partir a la primera noticia de Francia en peligro.
Germaine que lo amaba, sin gran pasión, pero como fiel y abnegada compañera, más
madre que esposa, fue presa de un miedo horroroso a perderlos, pues no deseaba otra
cosa que acabar su vida cerca de él, en ese castillos que le gustaba, en ese país que
adoraba, con unos hijos a su alrededor.
El pensamiento de los peligros que iba a correr, la posibilidad de su muerte, la
inquietud con la que sufriría durante esta peligrosa ausencia, le hicieron decidirse a
intentar por todos los medios, por todos los ardides, por todos los argumentos,
disuadirlo de su resolución.
¿Qué hizo? Lo que toda mujer bonita y joven hubiese hecho; se volvió cariñosa,
con sutilidades y coqueterías tan ligeras que él fue arrojado a un nuevo amor. Ella
encontró, para el marido, lo que su corazón consideraba un gran deber, seducciones
inesperadas de esposa, que se aferra y se entrega como una amante apasionada.
Ella nunca había sido eso para él, nunca había sentido salir de ella esa seducción
turbadora, ese encanto tan cautivador de los besos que hacen olvidar todo y consentir
todo. Y él descubrió de pronto ese abandono apasionado en su esposa con un radiante
asombro. Conquistado, cedió al principio a todas las ternuras, a todas las caricias, a
todas las señales de amor con las que ella lo enlazaba y lo encadenaba.
Pero, cuando la derrota de los franceses, se convirtió en irreparable, cuando los
grandes desastres se supieron, cuando la ruina del país fue inminente, su corazón de
gentil hombre patriota latió más fuerte que su corazón de amante. Hijo de viejos señores
normandos, heredero de su bravura y de su audacia aventurera, sintió, comprendió que
debía dar el ejemplo del valor a su alrededor, y se fue bruscamente una mañana, con
lágrimas en los ojos y desesperación en el alma. Durante varias semanas ella recibió
cartas de su marido, y supo que había podido reunirse con el ejército del general Chanzy
que todavía luchaba. Luego cesó toda noticia. Ella cayó enferma, y he aquí que un día,
lo que en otro momento le hubiese parecido una gran alegría, le fue revelado por el
doctor Paturel, llamado en consulta. Estaba embarazada.
¡Oh! qué meses terribles pasó, cinco meses de angustias espantosas durante las
que no recibió nada de él. ¿Estaba muerto o prisionero?
Esta frase, siempre la misma, acosaba su pensamiento, la obsesionaba noche y día.
Y ahora todavía la repetía, caminando de un extremo al otro del salón.
Las horas y las medias sonaban una tras otra en el timbre de la esfera, y la condesa
no se decidía a subir. Un desamparo más desgarrador que otras noches, una especie de
presentimiento siniestro oprimía su alma. Se sentó, se volvió a levantar, se dedicó a
pensar, luego, cansada de espíritu como de cuerpo, llevó los cojines del diván e hizo con
su gran sillón una especie de cama ante el fuego para tratar de dormitar allí algún
tiempo aún, ya que su habitación le daba miedo. Por fin sus ojos se hicieron pesados y
su pensamiento se hundió en esa confusión de la vida que se adormece, del ser mitigado
por el descanso, cuando un extraño ruido, desconocido, la hizo sobresaltar y la
incorporó.
Escuchaba, jadeante. Eran voces que se aproximaban, voces de hombres.
Entonces, corriendo hacia la ventana, la entreabrió para oír mejor detrás del tejadillo.
Distinguió huellas de caballos en la nieve, un ruido de hierros, de sables chocando; y las
voces, cada vez más próximas, pronunciando palabras extranjeras.
¡Ellos! ¡Eran los prusianos!
Se arrojó hacia el cordón de la campanilla y tiró, tiró con todas sus fuerzas,
haciéndola sonar como toca a rebato en los peligros inmediatos. Luego la imagen de su
hijo, de su pequeño Henri, golpeándola como una bala en el corazón, la lanzó escaleras
arriba hacia su habitación.
Los criados, despertados, corrían, con una bujía en la mano, apenas vestidos: el
mayordomo, el cochero, una sirviente, una cocinera y la criada del niño.
La condesa gritaba:
¡Los prusianos! ¡Los prusianos!
En el mismo instante, un golpe tan fuerte estremeció la gran puerta, que se hubiese
dicho un golpe de ariete, y una voz poderosa grito desde fuera una orden en alemán, que
nadie comprendió dentro.
Entonces la Sra. de Brémontal ordenó a sus dos viejos criados:
– No debemos resistir, para evitar violencias. Id rápido a abrirles, y darles lo que
quieran. En cuanto a mí, me encierro con mi hijo. Si os hablan de mi, decidles que estoy
enferma, incapaz de bajar.
Otro golpe estremeció la puerta, e hizo vibrar todo el castillo. Otro aún lo siguió,
luego otro, luego otro. Sonaban en el corredor como un cañón. Voces aullaban bajo las
paredes, se hubiese dicho que un asedio comenzaba.
La condesa desapareció con Annette en la habitación del pequeño, mientras que
los dos hombres descendían presurosos para abrir a los invasores, y la cocinera y la
criada, desesperadas de miedo, quedaban de pie sobre los descansillos de la escalera a
fin de esperar los acontecimientos, y huir por cualquier salida abierta.
Cuando la Sra. de Brémontal levantó las sábanas de la cama de Henri, éste dormía,
no habiendo oído nada en sus sueños sin preocupaciones. Su madre, despertándolo, no
sabía que decirle sin asustarlo o aterrorizarlo anunciándole la presencia de hombres
malvados que estaban abajo con armas.
Cuando él abrió los ojos bajo sus besos, ella le contó que unos soldados pasando
por la región habían entrado en el castillo, y como él había oído a menudo hablar de la
guerra, preguntó:
– ¿Son soldados enemigos, mamá?
– Sí, hijo mío, soldados enemigos.
– ¿Sabes si han visto a papá?
Ella recibió en el corazón una terrible conmoción y respondió:
– No lo sé, querido.
Lo vistió con Annette, aprisa, y lo cubrió con sus ropas de abrigo, pues no podiá
saber ni prever nada.
Los golpes de ariete habían cesado. NO se oía ahora más que un gran rumor de
voces y de chasquidos de sables en el interior del castillo. Era la toma de posesión, la
invasión del edificio, la violación de la intimidad sagrada de la vivienda.
La condesa se sobresaltaba oyéndolos, y sintiendo despertar en ella una ola furiosa
de cólera e indignación. Su casa. Estaban en su casa, esos odiosos prusianos, dueños
absolutos, libres de hacer lo que quisieran, pudiendo incluso matar.
De pronto unos golpes de dedos golpearon a su puerta.
Preguntó:
¿Quién es?
La voz de su mayordomo respondió:
–Soy yo, señora condesa.
Abrió. El criado apareció, y ella balbució:
–¿Y bien?
– ¡Y bien! Quieren que la Señora baje.
– No quiero.
– Han dicho que si la Señora no quiere, subirán a buscarla.
Ella no tuvo miedo. Le había vuelto toda su sangre fría, y un valor de mujer
exasperada. Era la guerra, pues bien, ella se comportaría como un hombre.
– Diles que no tengo por que recibir órdenes suyas y que me quedo aquí.
Pierre vacilaba, habiendo comprendido que el oficial comandante era un bruto.
Pero ella repitió con tono firme: “Vete”, a lo que él obedeció. No giró la llave,
para no dar la sensación de ocultarse, y esperó, palpitante.
Unos pesados pasos subieron enseguida por la escalera, eran de varios hombres, y,
de nuevo, su puerta fue golpeada.
Ella preguntó:
–¿Quién es?
Una voz extranjera pronunció:
– Un oficial prusiano.
– Entre, dijo ella.
Un hombre joven muy alto se presentó, saludó, y, en buen francés, casi sin acento:
– Le ruego me perdone, señora, si ejecuto la orden de mi superior, que me ha
encargado que la lleve junto a él. ¿Quiere usted bajar voluntariamente? Es lo mejor que
puede hacer, por usted y por nosotros.
Ella dudó un segundo, luego:
– Sí, señor, lo sigo.
Y, llamando a su criado de pie detrás del oficial:
– Coge al niño en brazos y sígueme. No quiero separarnos.
El hombre obedeció y la siguió, llevando a su hijo. Entonces ella pasó ante el
prusiano y bajó a paso lento, molesta por su altura, sosteniéndose a la rampa, y Annette
quedó sola en la habitación, demasiado paralizada de terror para hacer el menor
movimiento.
Llegando a la entrada del salón percibió siete u ocho oficiales, instalados ya como
en su casa, estando la tropa en el pueblo. Fumaban, estirados en los sillones, con los
sables depositados sobre la mesa, sobre los libros, sobre los poetas, mientras que dos
ordenanzas custodiaban la puerta.
En un primer vistazo distinguió al jefe, de espaldas al fuego, con las suela de una
bota dirigida a la llama. Había quitado su capucha del uniforme, y en su rostro barbudo
parecían relucir la alegría de la victoria y el placer de tener calor.
Viéndola entrar hizo un ligero saludo militar con la mano sin descubrirse,
impertinente y breve, luego dijo con esa pronunciación alemana que parece dicha con la
boca llena de choucrout y de salchichas:
– Ef ufte la dama de este caftillo?
Ella estaba de pie ante él, sin haber devuelto su insolente saludo, y respondió un
“sí” tan seco que todos los ojos fueron de la mujer al soldado.
Sin inmutarse él dijo:
– ¿Cuanfftas perffonas hay aquí?
– Tengo dos viejos criados, tres criadas y tres jornaleros.
– ¿Qué hace fu marido? ¿Donde efftá?
Ella respondió apresuradamente:
–Es soldado, como usted, y lucha.
El oficial replicó con insolencia:
– ¡Ffien! entonces está venffido.
Y se río con una gran risa de barbudo. Luego, cuando hubo reído, dos o tres
rieron, también torpemente, con diferentes timbres, que daban la medida de las
francachelas teutonas. Los demás se callaban examinando con atención esa valiente
francesa .
Entonces ella dijo, desafiando al jefe con una intrépida mirada:
– Señor, usted no es un caballero, viniendo a insultar a una mujer en su casa, como
usted hace.
Se hizo un gran silencio, bastante largo, terrible. El soldado germano permanecía
impasible, riendo siempre, como el amo de la situación que puedo querer todo a su
gusto.
– No, dijo, uffte no efftá en fu casa; uffte efftá en nuefftra casa. No hay naadie en
ffu casa en Francia.
Y continuó riendo todavía, con la radiante certeza de haber afirmado una verdad
incuestionable y asombrosa.
Ella respondió exasperada:
– La violencia no es un derecho. Es un crimen atroz. Usted no es más que un
ladrón en una casa desvalijada.
Una cólera iluminó los ojos del prusiano.
– Yo foy a demofftrarle que uffted no efftá en su casa. Pues yo le ordeno que
abandone effta casa, o la hago encerrar.
Al ruido de esta desafiante voz, dura y fuerte, el pequeño Herni, más sorprendido
que asustado por esos hombres, se puso a emitir unos gritos penetrantes.
Oyendo llorar al niño, la condesa perdió la cabeza y la idea de las brutalidades a
las que esa soldadesca se podía librar, de los peligros que su querido hijo podía correr,
impulsó a su corazón súbitamente con unas ganas locas, irresistibles, de irse, de huir no
importaba a donde, a una choza del pueblo. Se la echaba fuera. ¡Tanto mejor!
II
[Descripción del doctor Paturel hijo]
Su rostro recordaba un poco la delgada máscara de Voltaire y de Bonaparte. Tenía
la nariz curvada y puntiaguda, la mandíbula fuerte, los huesos marcados bajos las
orejas, y el mentón afilado, ojos gris pálido, con la mancha negra de la pupila en medio,
y tal aire de autoridad en sus palabras y en sus demostraciones profesionales que
inspiraba a todo el mundo una gran confianza. Curó a personas reputadas luego de largo
tiempo incurables, reumatismos, anquilosados de los campos, inválidos por la humedad,
mediante métodos higiénicos, de alimentación y ejercicio, y unos polvos que le
proporcionaron gran fama; curaba las plagas antiguas con antisépticos nuevos, y
perseguía el microbio según los procedimientos más recientes. Luego, cuando había
curado a un enfermo, parecía dejar tras el la limpieza en la casa. Prosperó, se le llamaba
de muy lejos, y el dinero llegó, pues cobraba las visitas según las distancias y las
fortunas.
[Conversación del doctor Paturel hijo, el abad Marvaux y André, segundo hijo
inválido de la Sra. de Brémontal]
– Ha sido usted el primer médico del departamento... la fortuna, todo.
– Pero vivo aquí, dijo él, aquí me carcomo, pierdo mi vida, todo lo que amo y todo
lo que deseo, no lo tengo. ¡Ah! ¡Paris, París!... ¿Acaso puedo trabajar para mí, aquí,
trabajar por la ciencia? ¿Tengo los laboratorios, los hospitales, los sujetos raros, todas
las enfermedades desconocidas y conocidas del mundo entero bajo los ojos? ¿Luego
hacer experimentos, relaciones, convertirme en miembro de la Academia de medicina?
Aquí, no tengo nada de eso, ni futuro, ni distracciones, ni placer, ni mujer con quién
casarme o amar, ni gloria a alcanzar, nada, nada más que una gloria provinciana. Yo
curo, sí, curo a la gente, a los burgueses avaros que pagan en plata, a veces en oro, y
nunca en billetes. Curo la pequeña miseria del más común de los hombres, pero nunca a
príncipes, a embajadores, a ministros, a grandes artistas, cuya cura repercute y es
conocida hasta en el extranjero. Cuido y curo, en una palabra, en el interior de una
provincia, el deshecho de la humanidad.
El sacerdote lo escuchaba con un aire un poco crispado, un poco ofendido.
Murmuró:
– Eso es tal vez más noble, más grande y más hermoso.
Pero el médico, rabioso, replicó:
– Yo no vivo para los demás, vivo para mí, señor cura.
El abad sintió agitarse su alma de apóstol. Añadió:
– Cristo murió por los hombres.
Y el médico gruño:
– Pero yo no soy Cristo, ¡nombre de un perro! soy el doctor Paturel, agregado de
la Facultad de Medicina de París.
El abad respondió con calma, habiendo pasado en algunos segundos por un ciclo
de ideas, llegando casi a los límites del pensamiento humano, pues percibía todas las
grandezas y las pequeñeces del ideal. Y concluyó:
– Quizás tanga usted razón. Desde su punto de vista, está usted en lo cierto. Y para
usted eso es lo único bueno.
–¡Caramba!, dijo el médico con voz clara, que sonó en el aire seco.
Luego el sacerdote añadió:
– Sin embargo tiene usted un gran corazón, pues permanece aquí por su madre.
El doctor se sobresaltó, se había tocado su herida, su pena, su íntima ternura.
– Sí, nunca la abandonaré.
Sus ojos cayeron juntos sobre el inválido que los escuchaba con todos sus oídos y
los comprendía muy bien.
Y las miradas de los dos hombres habiéndose encontrado de repente se dijeron
cosas misteriosas sobre el destino y el porvenir de ese niño, comparado con los suyos.
Él era el miserable.
Pero el pensamiento del Cristo acosaba al abad. Retomó la conversación:
– Yo adoro a Cristo.
El médico respondió:
– Señor cura, desde que el mundo existe, todos los dioses concebidos por el
pensamiento humano son unos monstruos. ¿No fue Voltaire quién dijo: Las Escrituras
pretenden que Dios hizo el hombre a su imagen, y el hombre lo ha reflejado bien?
Acumulaba las pruebas, las injusticias, las ferocidades, los perjuicios de la
Providencia. Añadió:
–Yo, que soy médico de las pobres personas, veo esos perjuicios, los constato
todos los días. Usted también, además, que cuida sus almas. Si tuviese que escribir un
libro, una antología de documentos al respecto, la titularía: El Dossier de Dios: y sería
terrible, señor cura.
El abad Marvaux suspiró:
– No podemos penetrar en esas cuestiones y en esos misterios fuera de nuestras
facultades cerebrales. Yo, no creo que comprenda a Dios. Él es demasiado extenso y
demasiado universal para nuestros espíritus. La palabra Dios representa una concepción
y una explicación cualquiera, un refugio contra las dudas, un asilo contra el miedo, un
consuelo contra la muerte, un remedio contra el egoísmo. Es una fórmula de la
fraseología religiosa. Dios: eso no es un Dios... Nosotros hombres, no podemos amar
más que a un Dios tangible y visible. El otro, el desconocido, el inalcanzable, el
inmenso, no habiéndonos sido concedido un sentido para comprenderlo, por piedad, por
nuestros corazones, nos envío a Cristo.
El sacerdote, alucinado, se calló, luego, siguiendo su único pensamiento,
murmuró:
– ¿Quién sabe? Quizás Cristo también haya sido confundido por Dios en su
misión, como lo estamos nosotros. Pero se ha convertido en el mismo Dios para la
tierra, para nuestra tierra miserable, para nuestra pequeña tierra cubierta de sufrimientos
y de villanos. Es Dios, nuestro Dios, mi Dios, y yo lo amo con todo mi corazón de
hombre y con toda mi alma de sacerdote. ¡Oh, maestro crucificado en el Calvario, soy
tuyo, tu hijo y tu servidor!
El médico sorprendido, murmuró:
– ¡Que extraño que diga usted eso!
– Sí, dijo el sacerdote, Cristo debe ser también una víctima de Dios. Él ha recibido
una falsa misión, la de ilusionarnos mediante una nueva religión. Pero el divino Enviado
ha cumplido tan bien esta misión, tan magnífica, tan devota, tan dolorosa, tan
inimaginablemente grandiosa y enternecedora, que ha tomado para nosotros la plaza de
su Inspirador. ¿Qué es Dios, palabra vaga, ante Cristo? ¿Nosotros que no sabemos nada
y no estamos relacionados con nada excepto por nuestros pobres órganos, podemos
adorar esas letras, de las que no comprendemos el sentido, ese Dios tenebroso del que
no nos figuramos nada, ni la existencia, ni la intención, ni el poder, del que no
conocemos más que un pequeño intento de creación torpe, despreciable, la tierra,
especie de bañera para las almas atormentadas de saber, y para los cuerpos de mala
salud? No, no podemos amar eso. Pero Cristo, en el que todo es piedad, todo es
grandeza, todo es filosofía, todo el conocimiento de la humanidad ha descendido no se
sabe de donde, él, que fue más desgraciado que los más miserables, que nació en un
establo y murió clavado a un tronco de árbol, dejándonos a todos la única palabra de
verdad que haya sido sabia y consoladora para vivir en este triste lugar, ese es mi Dios,
ese es mi Dios.
Un suspiro a su lado le hizo callar. André lloraba en su coche de inválido.
El sacerdote le beso en la frente. El jovencito balbucía:
– ¡Como me gusta oírlo hablar! Yo le comprendo perfectamente.
Y el sacerdote le respondió:
Pobre pequeño, tú también, tú has recibido del implacable destino una triste
suerte. Pero tendrás al menos, creo, en compensación de todas las alegrías físicas, las
únicas hermosas cosas que están permitidas a los hombres, el sueño, la inteligencia y el
pensamiento.
[Meditación imprecatoria sobre Dios]
Eterno asesino que parece no disfrutar más que con el placer de producir, tan solo
para saborear incansablemente su pasión encarnizada de matar de nuevo, de recomenzar
sus exterminios a medida que crea seres. Asesino hambriento de muerte emboscado en
el Espacio, para crear seres y destruirlos, mutilarlos, imponerles todos los sufrimientos,
golpearlos con todas las enfermedades, como un destructor infatigable que continúa sin
cesar su horrible tarea. Ha inventado el cólera, la peste, el tifus, todos los microbios que
corroen el cuerpo. Solamente, sin embargo, los animales son ignorantes de esta
ferocidad, pues ellos desconocen esta ley de la muerte que los amenaza tanto como a
nosotros. El caballo que brinca al sol en una pradera, la cabra que escala sobre las rocas
con su forma ligera y flexible, seguida del macho, los pichones que ronronean sobre los
tejados, las palomas pico con pico bajo el verdor de los árboles, semejantes a dos
amantes que se dicen sus ternuras, y el ruiseñor que canta al claro de luna junto a su
hembra que incuba, desconocen la eterna masacre de ese Dios que los ha creado. El
cordero que...
El texto finaliza aquí.

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