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sábado, 3 de octubre de 2009

EL PANTANO DE LA LUNA

EL PANTANO DE LA LUNA
H. P. Lovecraft



Denys Barry se ha esfumado en alguna parte, en alguna región espantosa y remota de la que nada sé. Estaba con él la última noche que pasó entre los hombres, y escuché sus gritos cuando el ser le atacó; pero ni todos los campesinos y policías del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni a él ni a los otros, aunque los buscaron por todas partes. Y ahora me estre­mezco cuando oigo croar a las ranas en los pantanos o veo la luna en lugares solitarios.
Había intimado con Denys Barry en América, donde éste se había hecho rico, y le felicité cuando recompró el viejo castillo junto al pantano, en el somnoliento Kilderry. De Kilderry pro­cedía su padre, y allí era donde quería disfrutar de su riqueza, entre parajes ancestrales. Los de su estirpe antaño se enseñorea­ban sobre Kilderry, y habían construido y habitado el castillo; pero aquellos días ya resultaban remotos, así que durante gene­raciones el castillo había permanecido vacío y arruinado. Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contándome cómo, mediante sus cuidados, el castillo gris veía alzarse una torre tras otra sobre sus restaurados muros, tal como se alzaran ya tantos siglos antes, y cómo los campesinos lo bendecían por devolver los antiguos días con su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de bendecirlo y lo rehuyeron como a una maldición. Y entonces me envió una carta pidiéndome que le visitase, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar fuera de los nuevos criados y peones contratados en el norte.
La fuente de todos los problemas era la ciénaga, según me contó Barry la noche de mi llegada al castillo. Alcancé Kilderry en el ocaso veraniego, mientras el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas y arboledas y el azul de la ciénaga, donde, sobre un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplande­cían de forma espectral. El crepúsculo resultaba verdaderamente grato, pero los campesinos de Ballylough me habían puesto en guardia y decía que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecí al ver los altos torreones dorados por el resplandor. El coche de Barry me había recogido en la estación de Ballylough, ya que el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habían esqui­vado al coche y su conductor, que procedía del norte, pero a mí me habían susurrado cosas, empalideciendo al saber que iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contó por qué.
Los campesinos habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a desecar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, América no lo había dejado intacto y odiaba ver aban­donada la amplia y hermosa extensión de la que podía extraer turba y desecar las tierras. Las leyendas y supersticiones de Kil­derry no lograron conmoverlo y se burló cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y más tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron marchándose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su lugar contrató trabajadores del norte y cuando los criados le abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me pidió que lo vi­sitara.
Cuando supe qué temores habían expulsado a la gente de Kilderry, me reí tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de la clase más indeterminada, estrafalaria y absurda. Tenían que ver con alguna absurda leyenda tocante a la ciénaga, y con un espantoso espíritu guardián que habitaba las extrañas ruinas antiguas del lejano islote que divisara al ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cálida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie pantanosa. Pero descollando sobre todas esas locas fantasías, única en ser unánimemente repetida, estaba el que la maldición caería sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo. Había secretos, decían los campesinos, que no debían desvelarse; secretos que permanecían ocultos desde que la plaga exterminase a los hijos de Partholan, en los fabulosos años previos a la historia. En el Libro de los invasores se cuenta que esos retoños de los griegos fueron todos enterrados en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad protegida por su diosa de la luna tutelar, así como de los montes boscosos que la ampararon cuando los hombres de Nemed lle­garon de Escitia con sus treinta barcos.
Tales eran los absurdos cuentos que habían conducido a los aldeanos al abandono de Kilderry, y al oírlos no me resultó extraño que Denys Barry no hubiera querido prestarles aten­ción. Sentía, no obstante, gran interés por las antigüedades, y estaba dispuesto a explorar a fondo el pantano en cuanto lo desecasen. Había ido con frecuencia a las ruinas blancas del islote pero, aunque evidentemente muy antiguas y su estilo guardaba muy poca relación con la mayoría de las ruinas irlandesas, se encontraba demasiado deteriorado para ofrecer una idea de su época de gloria. Ahora se estaba a punto de comenzar los trabajos de drenaje, y los trabajadores del norte pronto des­pojarían a la ciénaga prohibida del musgo verde y del brezo rojo, y aniquilarían los pequeños regatos sembrados de conchas y los tranquilos estanques azules bordeados de juncos.
Me sentí muy somnoliento cuando Barry me hubo contado todo aquello, ya que el viaje durante el día había resultado fati­goso y mi anfitrión había estado hablando hasta bien entrada la noche. Un criado me condujo a mi alcoba, que se hallaba en una torre lejana, dominando la aldea y la llanura que había al pie del pantano, así como la propia ciénaga, por lo que, a la luz lunar, pude ver desde la ventana las silenciosas moradas abando­nadas por los campesinos, y que ahora alojaban a los trabajado­res del norte, y también columbré la iglesia parroquial con su antiguo chapitel, y a lo lejos, en la ciénaga que parecía al acecho, las remotas' ruinas antiguas, resplandeciendo de forma blanca y espectral sobre el islote. Al tumbarme, creí escuchar débiles sonidos en la distancia, sones extraños y medio musicales que me provocaron una rara excitación que tiñeron mis sueños. Pero la mañana siguiente, al despertar, sentí que todo había sido un sueño, ya que las visiones que tuve resultaban mas maravillosas que cualquier sonido de flautas salvajes en la noche. Influida por la leyenda que me había contado Barry, mi mente había mero­deado en sueños en torno a una imponente ciudad, ubicada en un valle verde, cuyas calles y estatuas de mármol, villas y tem­plos, frisos e inscripciones evocaban de diversas maneras la glo­ria de Grecia. Cuando compartí ese sueño con Barry, nos echa­mos a reír juntos; pero yo me reía más, porque él se sentía per­plejo ante la actitud de sus trabajadores norteños. Por sexta vez se habían quedado dormidos, despertando de una forma muy lenta y aturdidos, actuando como si no hubieran descansado, aun cuando se habían acostado temprano la noche antes.
Esa mañana y tarde deambulé a solas por la aldea bañada por el sol, hablando aquí y allá con los fatigados trabajadores, ya que Barry estaba ocupado con los planes finales para comenzar su trabajo de desecación. Los peones no estaban tan contentos como debieran, ya que la mayoría parecía desasosegada por culpa de algún sueño, aunque intentaban en vano recordarlo. Les conté el mío, pero no se interesaron por él hasta que no mencioné los extraños sonidos que creí oír. Entonces me mira­ron de forma rara y dijeron que ellos también creían recordar sonidos extraños.
Al anochecer, Barry cenó conmigo y me comunicó que comenzaría el drenaje en dos días. Me alegré, ya que aunque me disgustaba ver el musgo y el brezo y los pequeños regatos y lagos desaparecer, sentía un creciente deseo de posar los ojos sobre los arcaicos secretos que la prieta turba pudiera ocultar. Y esa noche el sonido de resonantes flautas y peristilos de mármol tuvo un final brusco e inquietante, ya que vi caer sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego la espantosa avalancha de las lade­ras boscosas que cubrieron los cuerpos muertos en las calles y dejaron expuesto tan sólo el templo de Artemisa en lo alto, donde Cleis, la anciana sacerdotisa de la luna, yacía fría y silen­ciosa con una corona de marfil sobre sus sienes de plata.
He dicho que desperté de repente y alarmado. Por un ins­tante no fui capaz de determinar si me encontraba despierto o dormido; pero cuando vi sobre el suelo el helado resplandor lunar y los perfiles de una ventana gótica enrejada, decidí que debía estar despierto y en el castillo de Kilderry. Entonces escu­ché un reloj en algún lejano descansillo de abajo tocando las dos y supe que estaba despierto. Pero aún me llegaba el monótono toque de flauta a lo lejos; aires extraños, salvajes, que me hacían pensar en alguna danza de faunos en el remoto Menalo. No me dejaba dormir y me levanté impaciente, recorriendo la estancia. Sólo por casualidad llegué a la ventana norte y oteé la silenciosa aldea, así como la llanura al pie de la ciénaga. No quería mirar, ya que lo que deseaba era dormir; pero las flautas me atormenta­ban y tenía que hacer o mirar algo. ¿Cómo sospechar lo que estaba a punto de contemplar?
Allí, a la luz de la luna que fluía sobre el espacioso llano, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal, habiéndolo pre­senciado, podría nunca olvidar. Al son de flautas de caña que despertaban ecos sobre la ciénaga se deslizaba silenciosa y espe­luznantemente una multitud entremezclada de oscilantes figu­ras, acometiendo una danza circular como las que los sicilianos debían ejecutar en honor a Deméter en los viejos días, bajo la luna de cosecha, junto a Ciane. La amplia llanura, la dorada luz lunar, las siluetas bailando entre las sombras y, ante todo, el estridente y monótono son de flautas producían un efecto que casi me paralizó, aunque a pesar de mi miedo noté que la mitad de aquellos danzarines incansables y maquinales eran los peones que yo había creído dormidos, mientras que la otra mitad eran extraños seres blancos y aéreos, de naturaleza medio indetermi­nada, que sin embargo sugerían meditabundas y pálidas náyades de las amenazadas fuentes de la ciénaga. No sé cuánto estuve contemplando esa visión desde la ventana del solitario torreón antes de derrumbarme bruscamente en un desmayo sin sueños del que me sacó el sol de la mañana, ya alto.
Mi primera intención al despertar fue comunicar a Denys Barry todos mis temores y observaciones, pero en cuanto vi el resplandor del sol a través de la enrejada ventana oriental me convencí de que lo que creía haber visto no era algo real. Soy propenso a extrañas fantasías, aunque no lo bastante débil como para creérmelas, por lo que en esta ocasión me limité a pregun­tar a los peones, que habían dormido hasta muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior salvo brumosos sueños de sones estridentes. Este asunto del espectral toque de flauta me atormentaba de veras y me pregunté si los grillos de otoño habrían llegado antes de tiempo para fastidiar las noches y aco­sar las visiones de los hombres. Más tarde encontré a Barry en la librería, absorto en los planos para la gran faena que iba a aco­meter al día siguiente, y por primera vez sentí el roce del mismo miedo que había ahuyentado a los campesinos. Por alguna des­conocida razón sentía miedo ante la idea de turbar la antigua ciénaga y sus tenebrosos secretos, e imaginé terribles visiones yaciendo en la negrura bajo las insondables profundidades de la vieja turba. Me parecía locura que se sacase tales secretos a la luz y comencé a desear tener una excusa para abandonar el castillo y la aldea. Fui tan lejos como para mencionar de pasada el tema a Barry, pero no me atreví a proseguir cuando soltó una de sus resonantes risotadas. Así que guardé silencio cuando el sol se hundió llameante sobre las lejanas colinas y Kilderry se cubrió de rojo y oro en medio de un resplandor semejante a un pro­digio.
Nunca sabré a ciencia cierta si los sucesos de esa noche fue­ron realidad o ilusión. En verdad trascienden a cualquier cosa que podamos suponer obra de la naturaleza o el universo, aun­ que no es posible dar una explicación natural a esas desaparicio­nes que fueron conocidas tras su consumación. Me retiré tem­prano y lleno de temores, y durante largo tiempo me fue impo­sible conciliar el sueño en el extraordinario silencio de la noche. Estaba verdaderamente oscuro, ya que a pesar de que el cielo estaba despejado, la luna estaba casi en fase de nueva y no sal­dría hasta la madrugada. Mientras estaba tumbado pensé en Denys Barry, y en lo que podía ocurrir en esa ciénaga al llegar el alba, y me descubrí casi frenético por el impulso de correr en la oscuridad, coger el coche de Barry y conducir enloquecido hacia Ballylough, fuera de las tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores pudieran concretarse en acciones, me había dor­mido y atisbaba sueños sobre la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras espantosas.
Probablemente fue el agudo son de flautas el que me des­pertó, aunque no fue eso lo primero que noté al abrir los ojos. Me encontraba tumbado de espaldas a la ventana este, desde la que se divisaba la ciénaga y por donde la luna menguante se alzaría, y por tanto yo esperaba ver incidir la luz sobre el muro opuesto, frente a mí; pero no había esperado ver lo que apare­ció. La luz, efectivamente, iluminaba los cristales del frente, pero no se trataba del resplandor que da la luna. Terrible y penetrante resultaba el raudal de roja refulgencia que fluía a tra­vés de la ventana gótica, y la estancia entera brillaba envuelta en un fulgor intenso y ultraterreno. Mis acciones inmediatas resul­tan peculiares para tal situación, pero tan sólo en las fábulas los hombres hacen las cosas de forma dramática y previsible. En vez de mirar hacia la ciénaga, en busca de la fuente de esa nueva luz, aparté los ojos de la ventana, lleno de terror, y me vestí desma­ñadamente con la aturdida idea de huir. Me recuerdo tomando sombrero y revólver, pero antes de acabar había perdido ambos sin disparar el uno ni calarme el otro. Pasado un tiempo, la fas­cinación de la roja radiación venció en mí el miedo y me arras­tré hasta la ventana oeste, mirando mientras el incesante y enlo­quecedor toque de flauta gemía y reverberaba a través del casti­llo y sobre la aldea.
Sobre la ciénaga caía un diluvio de luz ardiente, escarlata y siniestra, que surgía de la extraña y arcaica ruina del lejano islote. No puedo describir el aspecto de esas ruinas... debí estar loco, ya que parecía alzarse majestuosa y pletórica, espléndida y circundada de columnas, y el reflejo de llamas sobre el mármol de la construcción hendía el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Las flautas chirriaban y los tambo­res comenzaron a doblar, y mientras yo observaba lleno de espanto y terror creí ver oscuras formas saltarinas que se siluetea­ban grotescamente contra esa visión de mármol y resplandores. El efecto resultaba titánico –completamente inimaginable– y podría haber estado mirando eternamente de no ser que el sonido de flautas parecía crecer hacia la izquierda. Trémulo por un terror que se entremezclaba de forma extraña con el éxtasis, crucé la sala circular hacia la ventana norte, desde la que podía verse la aldea y el llano que se abría al pie de la ciénaga. Enton­ces mis ojos se desorbitaron ante un extraordinario prodigio aún más grande, como si no acabase de dar la espalda a una escena que desbordaba la naturaleza, ya que por la llanura espectral­mente iluminada de rojo se desplazaba una procesión de seres con formas tales que no podían proceder sino de pesadillas.
Medio deslizándose, medio flotando por los aires, los fantas­mas de la ciénaga, ataviados de blanco, iban retirándose lenta­mente hacia las aguas tranquilas y las ruinas de la isla en fantás­ticas formaciones que sugerían alguna danza ceremonial y anti­gua. Sus brazos ondeantes y traslúcidos, al son de los detestables toques de aquellas flautas invisibles, reclamaban con extraordi­nario ritmo a una multitud de tambaleantes trabajadores que les seguían perrunamente con pasos ciegos e involuntarios, trastabi­llando como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe pero irresistible. Cuando las náyades llegaban a la ciénaga sin desviarse, una nueva fila de rezagados zigzagueaba tropezando como borrachos, abandonando el castillo por alguna puerta apartada de mi ventana; fueron dando tumbos de ciego por el patio y a través de la parte interpuesta de aldea, y se unieron a la titubeante columna de peones en la llanura. A pesar de la altura, pude reconocerlos como los criados traídos del norte, ya que reconocí la silueta fea y gruesa del cocinero, cuyo absurdo aspecto ahora resultaba sumamente trágico. Las flautas sonaban de forma horrible y volví a escuchar el batir de tambores proce­dente de las ruinas de la isla. Entonces, silenciosa y graciosa­mente, las náyades llegaron al agua y se fundieron una tras otra con la antigua ciénaga, mientras la línea de seguidores, sin medir sus pasos, chapoteaba desmañadamente tras ellas para acabar desapareciendo en un leve remolino de insalubres burbu­jas que apenas pude distinguir en la luz escarlata. Y mientras el último y patético rezagado, el obeso cocinero, desaparecía pesa­damente de la vista en el sombrío estanque, las flautas y tambo­res enmudecieron, y los cegadores rayos de las ruinas se esfuma­ron al instante, dejando la aldea de la maldición desolada y soli­taria bajo los tenues rayos de una luna recién acabada de salir.
Mi estado era ahora el de un indescriptible caos. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvé sólo mer­ced a un piadoso embotamiento. Creo haber hecho cosas tan ridículas como rezar a Artemisa, Latona, Deméter, Perséfona y Plutón. Todo cuando podía recordar de mis días de estudios clá­sicos de juventud me acudió a los labios mientras los horrores de la situación despertaban mis supersticiones más arraigadas. Sentía que había presenciado la muerte de toda una aldea y sabía que estaba a solas en el castillo con Denys Barry, cuya audacia había desatado la maldición. Al pensar en él me acome­tieron nuevos terrores y me desplomé en el suelo, no incons­ciente, pero sí físicamente incapacitado. Entonces sentí el helado soplo desde la ventana este, por donde se había alzado la luna, y comencé a escuchar los gritos en el castillo, abajo. Pronto tales gritos habían alcanzado una magnitud y cualidad que no quiero transcribir, y que me hacen enfermar al recordar­los. Todo cuanto puedo decir es que provenían de algo que yo conocí como amigo mío.
En cierto instante, durante ese periodo estremecedor, el viento frío y los gritos debieron hacerme levantar, ya que mi siguiente impresión es la de una enloquecida carrera por la estancia y a través de corredores negros como la tinta y, fuera, cruzando el patio para sumergirme en la espantosa noche. Al alba me descubrieron errando trastornado cerca de Ballylough, pero lo que me enloqueció por completo no fue ninguno de los terrores vistos u oídos antes. Lo que yo musitaba cuando volví lentamente de las sombras eran un par de incidentes acaecidos durante mi huida, incidente de poca monta, pero que me reco­men sin cesar cuando estoy solo en ciertos lugares pantanosos o a la luz de la luna.
Mientras huía de ese castillo maldito por el borde de la cié­naga, escuché un nuevo sonido; algo común, aunque no lo había oído antes en Kilderry. Las aguas estancadas, últimamente bastante despobladas de vida animal, ahora hervían de enormes ranas viscosas que croaban aguda e incesantemente en tonos que desentonaban de forma extraña con su tamaño. Relucían verdes e hinchadas bajo los rayos de luna, y parecían contemplar fija­mente la fuente de luz. Yo seguí la mirada de una rana muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder el tino.
Tendido entre las extrañas ruinas antiguas y la luna men­guante, mis ojos creyeron descubrir un rayo de débil y trémulo resplandor que no se reflejaba en las aguas de la ciénaga. Y ascendiendo por ese pálido camino mi mente febril imaginó una sombra leve que se debatía lentamente; una sombra vaga­mente perfilada que se retorcía como arrastrada por monstruos invisibles. Enloquecido como estaba, encontré en esa espantosa sombra un monstruoso parecido, una caricatura nauseabunda e increíble, una imagen blasfema del que fuera Denys Barry.

viernes, 2 de octubre de 2009

VELA POR LOS VIVOS

VELA POR LOS VIVOS
Ray Bradbury



Durante bastante días, en los que estuvo recibiendo partes metálicas y otros trastos, que Charles Braling llevaba con ansiedad febril a su pequeño taller, se estuvo oyendo continuamente martillear y golpetear. Era un hombre moribundo, casi agonizante, y parecía tener mucha prisa, entre accesos de tos y escupitajos, en montar un último invento.
- ¿Qué es lo que estás haciendo? - inquirió su hermano menor Richard Braling. Había escuchado con creciente dificultad y mucha curiosidad todo aquel trastear y martillear, y ahora metió la cabeza por la puerta del taller.
- Vete muy lejos, y déjame tranquilo - dijo Charles Braling, que tenía setenta años y se pasaba temblando y babeando la mayor parte del tiempo. Temblequeando, colocaba clavos en su lugar, y temblequeando los martilleaba con débiles golpes sobre un gran madero, colocando luego una pequeña tira de metal dentro de una intrincada máquina. Estaba trabajando como un loco.
Richard continuó mirando, con ojos amargos, durante largo tiempo. Se odiaban. Llevaban haciéndolo durante bastantes años, y ahora, el que Charlie se estuviera muriendo no alteraba la situación. Richard estaba muy contento al conocer que se le acercaba la muerte, cuando pensaba en ello. Pero todo este dedicado fervor de su hermano le preocupaba.
- Dímelo, por favor - dijo, sin moverse de la puerta.
- Si es que quieres saberlo - gruñó el viejo Charles, metiendo algo en la caja colocada frente a él -, estaré muerto dentro de una semana, así que estoy... ¡estoy fabricando mi propio féretro!
- ¿Un féretro, mi querido Charlie?; eso no «parece un» féretro. Un féretro no es tan complejo. Venga ya, ¿qué es lo que estás haciendo?
- ¡Te digo que es un féretro! Un féretro raro, pero sin embargo... - el viejo movió los dedos por dentro de la gran caja -, sin embargo, un féretro.
- Pero sería más fácil comprar uno.
- ¡No uno como éste! No se podría comprar uno como éste en ninguna parte, nunca. Oh, desde luego, será un féretro verdaderamente bueno.
- Obviamente estás mintiendo - Richard se movió hacia delante -. ¡Pero si ese féretro tiene más de tres metros y medio de largo! ¡Tiene un metro y medio más largo del tamaño normal!
- ¿Y? - el viejo rió silenciosamente.
- Y una tapa transparente. ¿Quién ha oído hablar de un ataúd a través del cual se puede mirar? ¿Para qué le sirve a un cadáver una tapa transparente?
- Bah, simplemente, no te preocupes - cantó alegremente el viejo -. ¡Laaa! - y continuó canturreando y martilleando por el taller.
- ¡Este ataúd es terriblemente grueso! - gritó el hermano menor por encima del ruido -. ¡Pero si debe tener un metro y medio de espesor! ¡Es totalmente innecesario!
- Tan sólo desearía poder vivir para patentar este asombroso féretro - dijo el viejo Charlie -. Sería un regalo del cielo para todas las gentes pobres del mundo. Piensa en cómo eliminaría los gastos en la mayor parte de los funerales. Ah, pero naturalmente, tú no sabes cómo haría esto, ¿no es así? ¡Qué tonto soy! Bueno, no te lo diré. Si este ataúd fuera producido en serie, naturalmente al principio saldría caro, pero cuando uno lograse producirlo en grandes cantidades, ah, la cantidad de dinero que se ahorraría la gente.
- ¡Al infierno con ello! - y el hermano menor salió echando chispas del taller.
Había sido una vida desagradable. El joven Richard siempre había sido tan inepto que nunca había logrado juntar dos monedas al mismo tiempo. Todo su dinero le había venido de su hermano mayor Charlie, que había tenido la indecencia de recordárselo a cada momento. Richard pasaba muchas horas con sus diversiones: le gustaba mucho el amontonar las botellas de vino francés en el jardín.
- Me gusta la forma en que «brillan» - decía a menudo, sentado y dando un trago, dando un trago y estando sentado. Era el hombre del país que podía mantener la mayor cantidad de ceniza de un cigarro de cincuenta centavos durante más tiempo. Y sabía cómo poner la mano de forma en que sus diamantes brillasen a la luz. Pero ni había comprado el vino ni los diamantes ni los cigarros. ¡No! Todo era regalos. Nunca le permitía comprar nada. Siempre se lo compraba todo y se lo daba. Tenía que pedírselo todo, incluso el papel de escribir. Se consideraba casi un mártir por haber aceptado el recibir cosas de aquel pesado hermano suyo durante tanto tiempo. Todo en lo que Charlie ponía la mano se convertía en dinero. Todo lo que Richard había intentado para lograr una vida de placeres había fracasado.
Y ahora ahí estaba el vejestorio ese, trabajando en un nuevo invento que probablemente le daría un buen capital adicional aun después de que sus huesos se estuviesen pudriendo en la tierra.
Bueno, pasaron dos semanas.
Una mañana, el hermano mayor subió arriba y robó las tripas del fonógrafo eléctrico. Otra mañana, invadió el invernadero del jardinero. Y en otra ocasión, recibió una entrega de una compañía médica. Todo lo que podía hacer el joven Richard era sentarse y sostener su larga ceniza gris de cigarro quieta mientras las murmurantes excursiones tenían lugar.
- ¡He terminado! - gritó el viejo Charlie a la catorceava mañana. Y cayó muerto.
Richard terminó su cigarrillo y, sin demostrar la más mínima excitación, lo dejó en el cenicero, con su hermosa y larga ceniza de al menos cinco centímetros de largo - un verdadero récord - para levantarse luego.
Caminó hasta la ventana y contempló como la luz del sol jugueteaba alegremente entre las gruesas botellas de champaña en el jardín.
Miró hacia arriba, al final de las escaleras, en donde el querido viejo hermano Charlie yacía apaciblemente derrumbado sobre la baranda. Luego, se dirigió al teléfono y descuidadamente marcó un número.
- ¿Oiga? ¿La funeraria Verde Pradera? Aquí es la residencia Braling. ¿Tendrán la bondad de enviar a alguien? Sí. Para mi hermano Charlie. Sí. Gracias. Gracias.
Mientras la gente de las pompas fúnebres estaban metiendo al hermano Charlie en un baúl de mimbre, recibieron sus instrucciones:
- Un ataúd ordinario - dijo el joven Richard -. No quiero servicio funerario. Póngalo en un féretro de pino. Él lo habría preferido así: simple. Adiós.
- ¡Ahora! - dijo Richard, frotándose las manos -. ¡Ahora veremos ese «ataúd» fabricado por el querido Charlie! No creo que se dé cuenta de que no lo están enterrando en su caja especial. Ja.
Entró en el taller del piso alto.
El ataúd se hallaba frente a unas ventanas de estilo francés abiertas; con su tapa cerrada, completo y bien acabado, montado con la precisión de un reloj suizo. Era amplio, y descansaba sobre una muy larga mesa con rodillos por debajo para su fácil manejo.
El interior del ataúd, como vio mientras curioseaba por la tapa acristalada, tenía un metro ochenta de largo. Debían de haber noventa centímetros de doble fondo tanto a los pies como en la cabeza del féretro. Noventa centímetros a cada lado que tal vez revelasen, cubierto por paneles secretos que en alguna forma debería abrir... ¿exactamente el qué?
Dinero, naturalmente. Sería muy propio de Charlie el llevarse consigo a la tumba su dinero, dejando a Richard sin un solo centavo con el que comprar una simple botella. ¡El viejo tacaño!
Alzó la tapa transparente y palpó el interior, no encontrando ningún botón escondido. Había un pequeño cartelito escrito cuidadosamente en papel blanco, y colocado con chinchetas a un lado de la caja forrada de satén. Decía:
«EL ATAÚD ECONÓMICO BRALING. De fácil manejo. Puede ser usado una y otra vez por las funerarias y las familias previsoras.»
Richard dio un débil bufido. ¿A quién creía estar engañando Charlie?
Había algo más escrito:
«INSTRUCCIONES: SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD.»
Qué cosa más tonta. ¡Colocar el cuerpo en el ataúd! ¡Naturalmente! ¿Para qué iba a servir si no? Siguió leyendo cuidadosamente, terminando con las instrucciones:
«SIMPLEMENTE COLOQUEN EL CUERPO EN EL ATAÚD, Y COMENZARÁ A SONAR LA MUSICA.»
- «¡No puede ser¡» - Richard se quedó con la boca abierta, mirando el cartel -. Que no me digan que todo este trabajo ha sido para... - se dirigió a la abierta puerta del taller, atravesó la terraza y llamó al jardinero, que se hallaba en su invernadero -: ¡Rogers! - el jardinero sacó la cabeza -. ¿Qué hora es? - preguntó Richard.
- Las doce en punto, señor - replicó Rogers.
- Bueno, a las doce y cuarto sube aquí arriba y mira si todo va bien.
- Sí, señor - contestó el jardinero. Richard se dio la vuelta y volvió de nuevo al taller.
- Ahora veremos... - dijo tranquilamente.
No pasaría nada por meterse en la caja para probarla.
Había visto pequeños agujeros de ventilación en los costados. Aunque estuviese la tapa cerrada, no le faltaría aire. Rogers subiría en un momento o dos. Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a sonar la música. Realmente, qué simple había sido su hermano. Richard se subió a la caja.
Era como un hombre metiéndose dentro de una bañera. Se sintió desnudo y observado. Introdujo un brillante zapato dentro del ataúd, e inclinó su rodilla, apoyándose confortablemente, e hizo una pequeña observación no dirigida a nadie en particular; luego, subió su otra rodilla y pie, y se quedó allí acurrucado, como si estuviese inseguro acerca de la temperatura del agua del baño. Removiéndose, riéndose suavemente, se tendió, bromeando consigo mismo; pues era divertido el hacer ver que estaba muerto, que la gente estaba llorando por él, que humeaban velas que lo iluminaban, y que el mundo se había quedado detenido a causa de su muerte. Puso una cara de circunstancias, cerró los ojos, y contuvo su risa tras unos labios cerrados. Cruzó los brazos y decidió que se sentía inerte y frío.
«Brrr... ¡clang!» Algo susurró dentro de la pared de la caja. «¡Clang!»
¡La tapa se había cerrado sobre él!
Desde fuera, si alguien hubiera llegado a la habitación, se hubiera imaginado que un loco estaba dando patadas, golpeando, chillando y agitándose dentro de un armario. Se oía un atronar de carne y puños. Se oyó el sonido de un cuerpo bailando y retorciéndose. Se oyó un chillido y un soplido producido por los pulmones de un hombre atemorizado. Se oyó un crujido como el del papel, y el quejido de numerosas gaitas tocadas a la vez. Entonces se oyó un alarido verdaderamente hermoso. Luego... silencio.
Richard Braling yacía en el ataúd, y se relajaba. Distendió todos sus músculos. Comenzó a reír. El perfume de la caja no era molesto. A través de las pequeñas perforaciones obtenía aire más que suficiente para vivir confortablemente. Tan sólo tenía que empujar suavemente hacia arriba con las manos, sin molestarse en patalear y gritar, y la tapa se abriría. Uno tenía que mantener la calma. Flexionó los brazos.
La tapa estaba firme.
Bueno, todavía no había peligro. Rogers subiría dentro de un momento o dos. No había nada que temer.
La música comenzó a sonar.
Parecía venir de alguna parte del interior de la cabeza del ataúd. Era música buena. Música de órgano, muy lenta y melancólica, que recordaba a los arcos góticos y largas velas negras. Olía a tierra y a susurros. Producía ecos hacia lo alto entre paredes de piedra. Era tan triste que uno casi se echaba a llorar escuchándola. Era música de plantas en macetas y ventanas con cristales azules y carmesíes. Era el sol del atardecer y un frío viento soplando. Era una mañana con niebla y la lejana sirena de un faro sonando.
- Charlie, Charlie, Charlie, ¡viejo tonto! ¡Así que este es tu raro ataúd! - lágrimas de risa inundaron los ojos de Richard -. Nada más que un féretro que suena su propia música fúnebre. ¡Oh, por mi santa abuela!
Yació, y escuchó críticamente, pues era una hermosa música, y no podía hacer nada hasta que subiese Rogers y lo dejase salir. Sus ojos erraban sin rumbo. Sus dedos tamborileaban suaves cancioncillas en los cojines de satén. Cruzó las piernas indolente. A través de la tapa acristalada vio la luz penetrando por las ventanas de estilo francés, y observó las partículas de polvo bailando. Era un bello día azul con jirones de nubes en lo alto.
Comenzó el sermón.
Se acalló la música de órgano, y una suave voz dijo:
- Estamos aquí reunidos, aquellos que conocíamos y amábamos al finado, para rendirle nuestro homenaje.
- ¡Charlie, bendito seas! ¡Esa es «tu» voz! - Richard estaba encantado. Un funeral transcrito mecánicamente, ¡por Dios! ¡Música de órgano, y un sermón en discos! ¡y el propio Charlie rezando su responso por sí mismo!
La suave voz continuó diciendo:
- Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos apenados por el fallecimiento de...
- ¿Qué fue «eso»? - Richard se semiincorporó, asombrado. No podía creer lo que había oído. Lo repitió para sí mismo, tal y como lo había oído -: Aquellos que lo conocimos y que lo amamos estamos apenados por el fallecimiento de Richard Braling.
Esto era lo que había dicho la voz.
- Richard Braling - dijo el hombre del ataúd -. ¡Pero si yo «soy» Richard Braling!
Un desliz, naturalmente. Simplemente, un desliz. Charlie había querido decir «Charles» Braling. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí. Seguro. Sí. Naturalmente. Sí.
- Richard era una buena persona - dijo la voz, continuando -. No conoceremos a nadie mejor en nuestros días.
- ¡«De nuevo» mi nombre!
Richard comenzó a agitarse inquieto en el interior del féretro.
¿Por qué no subía Rogers?
Era muy difícil que fuera una equivocación el usar dos veces un nombre. Richard Braling. Richard Braling. Estamos aquí reunidos. Te echaremos de menos... Nos apena... No habrá un hombre mejor... No encontraremos uno mejor en nuestros días... Estamos aquí reunidos... El fallecido... Richard Braling... «Richard» Braling.
«¡Trrrrr! ¡Caplum!»
¡Flores! ¡Seis docenas de brillantes flores azules, rojas y amarillas saltaron de dentro del ataúd impelidas por ocultos muelles!
El dulce olor de flores recién cortadas llenó el féretro. Las flores se balanceaban suavemente ante su asombrada vista, golpeando silenciosamente la tapa transparente. Otras saltaron, y otras, hasta que el ataúd estuvo recubierto por pétalos y color y dulces aromas. Gardenias y dalias y petunias y narcisos, temblando y brillando.
- ¡Rogers!
El sermón continuaba:
-...Richard Braling, en su vida, fue un conocedor de las cosas grandes y buenas...
La música suspiró, se hizo más fuerte y disminuyó de nuevo en la distancia.
-...Richard Braling saboreó la vida como lo hace uno con un vino de vieja cosecha, paladeando...
Se abrió un pequeño panel en el costado de la caja. Una rápida palanca metálica saltó. Una aguja se clavó en el tórax de Richard, no muy profundamente. Gritó. La aguja le inyectó una buena dosis de líquido coloreado antes de que pudiera agarrarla. Luego se volvió a introducir en su receptáculo y el panel se cerró de golpe.
- ¡Rogers!
Un creciente abotargamiento. Repentinamente, no podía mover sus dedos o sus brazos, o girar la cabeza. Sus piernas estaban inertes y frías.
- Richard Braling amaba las cosas bellas. La música. Las flores - dijo la voz.
- ¡Rogers!
Esta vez no logró gritarlo. Tan sólo pudo pensarlo. Su lengua estaba inerte en su boca anestesiada.
Se abrió otro panel. De él surgieron fórceps metálicos, en el extremo de brazos de acero. Su muñeca izquierda fue traspasada por una gran aguja absorbente.
Su sangre estaba siendo extraída de su cuerpo.
Oyó una pequeña bomba funcionando en alguna parte.
-...echaremos a faltar a Richard Braling de entre nosotros...
El órgano sollozaba y murmuraba.
Las flores lo contemplaban, agitando sus cabezas cubiertas de brillantes pétalos. Seis cirios, negros y esbeltos, se alzaron de receptáculos ocultos y quedaron entre las flores, parpadeando y luciendo.
Otra bomba comenzó a funcionar. Mientras su sangre era vertida por un extremo de su cuerpo, su muñeca derecha fue también traspasada, aferrada y clavada por una aguja, mientras la segunda bomba comenzaba a introducirle formaldehído en sus venas.
«Chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa, «chup», pausa.
El ataúd se movía.
Un pequeño motor traqueteaba y vibraba. La habitación se deslizó por ambos lados. Pequeñas ruedas giraban. No eran necesarios portadores. Las flores se agitaban a medida que el ataúd salía a la terraza bajo un claro cielo azul.
«Chup», pausa, «chup», pausa.
- Richard Braling será echado a faltar por todos sus...
Dulce y suave música.
«Chup», pausa.
- Ah, dulce misterio de la vida, al fin... - cantos.
- Braling, el gourmet...
- Ah, conozco al fin el secreto de todas...
Contemplando, contemplando, con sus ojos ciegos, el pequeño letrero con el rabillo de sus ojos. «EL ATAUD ECONOMICO BRALING.»
«Instrucciones: Simplemente coloquen el cuerpo en el ataúd, y comenzará a sonar la música.»
Un árbol pasó por encima. El ataúd rodaba suavemente a través del jardín, por detrás de unos matorrales, llevando consigo la voz y la música.
- Y es ya la hora en que debemos confiar esta parte de este hombre a la tierra...
De los costados del féretro surgieron pequeñas palas brillantes.
Comenzaron a cavar.
Vio como las palas lanzaban la tierra hacia arriba. El ataúd se hundía. Golpeaba, se hundía. Paletada, golpe, hundimiento; paletada, golpe y hundimiento de nuevo.
«Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa. «Chup», pausa.
- Las cenizas con las cenizas, el polvo con el polvo...
Las flores brillaban y se mecían. La caja estaba ya profunda. La música sonaba.
La última cosa que Richard Braling vio fue los brazos de las palas del Ataúd Económico Braling extendiéndose y cubriendo el agujero con tierra.
- Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling, Richard Braling...
El disco se había rayado.
Pero a nadie le importaba. Nadie lo escuchaba.

FIN

domingo, 27 de septiembre de 2009

EL OBSERVADOR


EL OBSERVADOR
Julio de Miguel



Rheim se sentía triste y, curiosamente, solo. Hacía mucho tiempo que no tenía ninguna compañía, pero ahora su tarea había terminado. Rheim era, había sido hasta entonces, el "Observador de la Nueva Humanidad". Los suyos le habían designado antes de irse hacia los límites de la estrellas.
Los antepasados de Rheim fueron humanos, los últimos humanos de su estirpe, una estirpe que se extinguió hace algunos años, hace algunos miles de millones de años... Lo aprendió en su infancia.

Siguiendo el curso evolutivo de la vida sobre la Tierra, la raza humana se convirtió en la especie predominante del planeta. Poco a poco fue desarrollando su inteligencia y tecnología. Su dominio sobre el planeta se fue haciendo cada vez más patente. Muchas veces las cosas se escaparon de las manos de los hombres, pero nunca había sido irremediable, pues hasta entonces nunca habían tenido demasiado poder. Al ir adquiriendo más capacidad, sus equivocaciones se fueron haciendo importantes. Se tomaban medidas para evitarlas, aunque se seguían teniendo fallos, algunos cruciales..., el último irreparable.
Con fundadas esperanzas se iniciaba la exploración espacial, cuando en la Tierra la máquina de la guerra fue puesta en marcha. Se tenía tanto miedo a que esto ocurriese... Se habían tomado tantas precauciones para evitarlo... Un error desencadenó todo. Una secuencia de errores que era imposible que sucediesen. Pero sucedieron. Se vaciaron los arsenales sin que nadie, casi nadie supiese por qué.

Cuando esto pasaba, los antepasados de Rheim vivían bajo el mar. Eran una comunidad de científicos que pretendían demostrar que su colonia submarina era totalmente autosuficiente. Una experiencia piloto. Un experimento de insospechados resultados.
Las consecuencias de la catástrofe se notaron más tarde bajo el mar y la colonia tuvo algún tiempo para prepararse. Fue difícil, pero sobrevivieron. Fueron los únicos.
Poco a poco la erosión fue borrando toda huella de vida. Los restos orgánicos desaparecieron primero. Las construcciones humanas tardaron muchos años más, pero ya el tiempo no tenía importancia.
Los científicos de la colonia se preocuparon primordialmente de su propia supervivencia, que fue muy incierta durante los primeros años. Cuando ésta estuvo asegurada estudiaron el futuro del planeta, pues tenían consciencia de ser los únicos seres vivos sobre él. Tomaron la difícil decisión de progresar sin intervenir en los procesos que acontecerían en la Tierra. No la repoblarían, dejarían que la vida volviese a surgir por sí sola. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos lo verían, pero sus descendientes serían testigos de un fenómeno que siempre había suscitado la curiosidad humana. Su nueva tarea consistía ahora en prepararse para la aparición de la vida y seguir su posterior evolución.
La radioactividad fue desapareciendo. La superficie de la Tierra cambió notablemente de aspecto. Las lluvias fueron arrastrando todo tipo de materia al mar, convirtiendo la superficie terrestre en un yermo desierto y el mar en un oscuro y espeso líquido. Las reacciones químicas que proliferaban en su interior fueron produciendo moléculas de complejidad creciente y, mucho tiempo después, (si Oparin y Haldane hubiesen podido verlo...) las primeras protocélulas comenzaron a reproducirse. La vida apareció y evolucionó siguiendo los pasos que marcaba la historia con curiosa exactitud.
Los descendientes de los científicos no se sorprendieron demasiado, pues las condiciones habían vuelto a ser casi las mismas y la evolución siguió cursos parecidos. Tanto es así que la especie predominante volvió a ser humanoide.
Para entonces Rheim ocupaba ya su puesto de observador. Su propia raza había evolucionado mucho, dominaron la ciencia, vencieron la enfermedad y aprendieron a prescindir de la materia. Ahora los humanos de la estirpe de Rheim eran energía pura y se expandían por un universo sin límites para ellos.
En la vieja Tierra sólo quedó Rheim. El vio evolucionar la vida, asistió al nacimiento de estos nuevos seres humanos (¡tan parecidos a los anteriores!), orgullosos de sí mismos, convencidos de su perfección... Vio cómo progresaban, cómo sucumbían a la tentación de la guerra y vio cómo una vez más caían en los mismos errores que les llevaron a la destrucción total.
Rheim tuvo tentaciones de actuar para evitarlo, pero no lo hizo. Su deber era observar sin intervenir. Además no hubiera servido de nada.

El Sol, la fuente de la vida en el planeta, llegaba al fin de su ciclo. El hidrógeno se agotaba en favor del helio. La temperatura del núcleo alcanzaba valores que fundían la misma estrella, calcinando toda su cohorte de planetas y con ellos las esperanzas de los supervivientes de la Tierra. El Sol se convertía en una "gigante roja" que haría las delicias de quién pudiese observarlo desde lejanos cielos.
Rheim se sentía solo. Había sido testigo del fin de una civilización. Los resultados habían sido comunicados. Su trabajo había terminado.
Hacía mucho tiempo que sabía lo que haría en estos momentos. Si él había estado observando cómo se desarrollaba la vida en la Tierra, bien podría haber existido una raza anterior que les hubiese investigado a ellos. Una raza que como ellos hubiese tenido su origen evolutivo en la Tierra, pero que se hubiese desarrollado en su plenitud fuera de los límites materiales. Una raza que les llevaba miles de millones de años de adelanto y de la que tendría mucho que aprender.
En su mente resonaban unos versos que no recordaba haber aprendido:

"Todo lo que es, ya ha sido.
Todo lo que ha sido, será.
Todo lo que será, ya fue."
(1)

Rheim emprendió su búsqueda sabiendo que tenía toda la eternidad por delante.
(1) Del Eclesiastés.

FIN

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