'

SEARCH GOOGLE

..

-

miércoles, 30 de junio de 2010

ACEITE DE PERRO -- Ambrose Bierce



ACEITE DE PERRO

Ambrose Bierce

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos pero de la más humilde condición: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre tenía un pequeño taller a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se deshacía de los niños no deseados. En mi niñez me adiestraron en los hábitos del trabajo: no sólo ayudaba a padre proveyéndolo de perros para su caldera sino que ayudaba a mi madre a esconder los desechos de su trabajo en el taller. A veces, precisé de toda mi inteligencia natural para desempeñar esta obligación ya que todos los representantes de la ley se oponían al negocio de mi madre. No los habían elegido por oponerse al mismo y nunca se trató el tema como un asunto político; simplemente sucedió así. Naturalmente, el negocio paterno de manufacturación de aceite de perro era menos impopular, pese a que los propietarios de perros extraviados lo miraban con recelo que, en cierto modo, me desacreditaba. Mi padre tenía, como cómplices silentes, a todos los médicos del pueblo, quienes rara vez extendían una receta que no contuviese lo que se complacían en designar como ol. can. Se trata, sin duda, de la medicina más valiosa que han descubierto. Pero la mayoría de la gente no está dispuesta a realizar sacrificios personales en favor de los afligidos y era patente que a los perros más lustrosos del pueblo se les había prohibido jugar conmigo, un hecho que hirió mi joven sensibilidad y, en un tiempo, estuvo a punto de empujarme a convertirme en un pirata.

Al volver la vista atrás hacia aquellos días, no puedo sino arrepentirme, a veces, de que al ocasionar indirectamente la muerte de mis queridos padres fuese el autor del infortunio que marcaría hondamente mi futuro.

Una tarde, mientras pasaba junto a la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de uno de los expósitos del taller de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar de cerca mis movimientos. Aunque era joven, había aprendido que los actos de un agente de la ley, por muy aparente que sea su carácter, obedecen a los motivos más censurables y yo lo evité colándome en la aceitería por una puerta lateral que permanecía entreabierta. Al punto, la cerré y me quedé a solas con mi cadáver. Mi padre se retiraba por las noches. La única luz del lugar procedía del horno, que brillaba con un profundo y espeso color carmesí emitiendo reflejos rojizos sobre las paredes. En el interior del caldero el aceite todavía burbujeaba con una ebullición indolente; ocasionalmente, empujaba a la superficie un pedazo de perro. Sentándome a esperar que el policía se marchase, sostuve el cuerpo desnudo del expósito en mi regazo y acaricié con ternura su cabello corto y sedoso. ¡Ah, qué hermoso era! Incluso a una edad tan temprana era extremadamente aficionado a los niños y, mientras contemplaba a ese querubín, casi pude hallar en mi corazón el deseo de que la herida diminuta y roja de su pecho, causada por mi querida madre, no hubiese sido mortal.

Había adquirido por costumbre arrojar los bebés al río con el que la naturaleza, sabiamente, me había provisto para tal propósito, pero aquella noche no me atrevía a salir de la aceitería por temor al agente. «Después de todo», me dije a mi mismo, «no existe mucha diferencia si lo meto dentro de este caldero. Mi padre nunca distinguirá sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que puedan producir por administrar otra clase de aceite en lugar del incomparable ol. can. no son importantes en una población que crece tan rápidamente». Para abreviar, di mi primer paso en el crimen y acudieron a mí inenarrables pesares al arrojar al bebé al caldero.

Al día siguiente, en parte para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos de satisfacción, nos informó a mi madre y a mí que había obtenido la más refinada calidad de aceite que se había visto y que los médicos a quienes había enseñado muestras así se habían pronunciado. Añadió que ignoraba cómo se había obtenido tal resultado, los perros habían sido tratados en todos los aspectos como de costumbre y eran de una raza ordinaria. Consideré mi deber explicarlo, cosa que hice, aunque mi lengua se hubiera paralizado si hubiese adivinado las consecuencias. Lamentando su ignorancia previa acerca de las ventajas de combinar sus respectivos negocios, mis padres tomaron medidas de inmediato para rectificar su error. Mi madre trasladó su taller a un ala del edificio de la aceitería y cesaron mis obligaciones relativas a su negocio; no se me requirió más para que me deshiciese de los cuerpos de los bebés sobrantes y no hubo necesidad de atraer perros a su perdición puesto que mi padre los descartó por completo, aunque mantuvieron un honroso lugar en la denominación del aceite. De modo que, súbitamente sumido en la ociosidad, por lógica podría haberme convertido en un tipo vicioso y disoluto, pero no lo hice. La bendita influencia de mi querida madre estuvo siempre a mi lado para protegerme de las tentaciones que asedian a lo jóvenes y mi padre era diácono en la iglesia. ¡Ay, que horror que por mi culpa estas personas tan dignas de estima tuvieran un final tan horrendo!

Entonces, al doblarse los beneficios de su negocio, mi madre se consagró al mismo con renovada diligencia. No sólo se hizo cargo de los niños indeseados o que sobraban sino que salía a las carreteras y caminos para recoger a niños más crecidos e incluso a adultos cuando podía atraerlos hasta la aceitería. Mi padre, encantado también con la calidad superior del aceite que refinaba, proveía sus calderas con diligencia y celo. En poco tiempo, la conversión de sus vecinos en aceite de perro se convirtió en la única pasión de sus vidas; una codicia absorbente e incontenible se apoderó de sus espíritus y los colmaba en vez de la esperanza de alcanzar el Cielo, que también los inspiraba.

Últimamente, se habían vuelto tan emprendedores que se convocó una reunión pública y se aprobaron resoluciones en las que se los censuraba severamente. El presidente dio a entender que cualquier nueva incursión contra la población sería recibido en un clima de hostilidad. Mis pobres padres abandonaron la reunión con el corazón destrozado, desesperados y, en mi opinión, no del todo cuerdos. De todos modos, consideré prudente no entrar con ellos en la aceitería aquella noche y dormí fuera, en un establo.

En torno a la media noche, un impulso misterioso me hizo levantarme y echar una ojeada a través de una ventana en la sala del horno, donde sabía que mi padre dormía ahora. Los fuegos ardían tan intensamente como si se esperase que la cosecha del día siguiente fuese abundante. Uno de los calderos más grandes se agitaba pausadamente con una extraña apariencia de autocontrol, como si aguardase el momento de liberar toda su energía. Mi padre no estaba acostado; se había levantado vistiendo sus ropas de noche y preparaba un lazo con un cuerda resistente. Por las miradas que lanzaba hacia la puerta del dormitorio de mi madre adiviné el propósito que tenía en mente. Enmudecido y paralizado por el pánico, no podía hacer nada para prevenirla o avisarla. Repentinamente, y sin hacer ruido alguno, se abrió la puerta del cuarto de mi madre y se encontraron uno frente al otro, ambos aparentemente sorprendidos. Ella también vestía ropas de noche y sostenía en su diestra el instrumento de su oficio: un cuchillo alargado de hoja estrecha.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último beneficio que la actitud poco amistosa de sus conciudadanos y mi ausencia le permitían. Se miraron de hito en hito, con los ojos centelleantes, durante un instante y entonces saltaron el uno sobre el otro con furia indescriptible. Rodaron dando tumbos por la habitación, el hombre maldiciendo, la mujer chillando, ambos peleando como demonios: ella quería atravesarlo con su daga, él intentaba estrangularla con sus grandes manos. Ignoro cuánto tiempo tuve la desgracia de presenciar esta desagradable muestra de infortunio doméstico pero al final, tras un forcejeo más violento de lo habitual, los contendientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban signos de contacto mutuo. Se miraron durante un instante de forma poco amistosa; entonces mi pobre padre herido, sintiendo la mano de la muerte sobre él, se lanzó hacia delante sin atender a cualquier tipo de resistencia, agarró a mi querida madre entre sus brazos, la arrastró junto al caldero hirviente, hizo acopio de sus escasas fuerzas y ¡se tiró al caldero con ella! En un momento, ambos habían desaparecido y su aceite se añadió al de la comisión de ciudadanos que habían acudido el día anterior con una invitación para la asamblea.

Persuadido de que estos desafortunados acontecimientos me habían cerrado todas las puertas para reanudar una carrera honorable en aquel pueblo, me marché a la famosa ciudad de Otumwee, donde he escrito estas memorias con el corazón lleno de remordimiento ante el insensato arrebato que había producido un desastre comercial tan desalentador.

FIN

EL ABISMO, Robert A. Lowndes



EL ABISMO

Robert A. Lowndes

Sacamos el cuerpo de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre, bajo las estrellas que resplandecían con un brillo tan terrible que resultaba insoportable, y condujimos el auto enloquecidos, frenéticamente, por la carretera que subía hacia lo alto de la montaña. El cadáver debía ser destruido a causa de los ojos que no querían cerrarse, sino que parecían mirar fijamente algún objeto situado detrás del observador; el cadáver que había perdido toda la sangre sin que presentara la más ligera traza de una herida; el cadáver cuya carne estaba cubierta de marcas luminosas, de arabescos que se desplazaban y cambiaban de forma ante nuestros ojos. Encajamos el rígido cuerpo que había sido Graf Norden tras el volante, pusimos una mecha en el tanque de gasolina, la encendimos y luego empujamos el vehículo hasta el borde del camino, desde donde se precipitó envuelto en llamas hacia la ruta principal: un meteorito flamígero

No fue hasta el día siguiente que nos dimos cuenta de que todos habíamos estado bajo el poder hipnótico de Dureen... hasta yo lo había olvidado. De no ser así, ¿cómo hubiéramos podido actuar tan alocadamente? A partir del instante en que se encendieron las luces de nuevo, y vimos lo que, un momento antes, había sido Graf Norden, fuimos como vagas, irreales figuras deambulando por un sueño. Lo olvidamos todo salvo las mudas órdenes que nos fueron impartidas mientras contemplábamos cómo el auto llameante se estrellaba contra el asfalto inferior, mientras observábamos su destrucción, y luego nos dirigíamos con paso incierto cada cual a su casa. Cuando, al día siguiente, recobramos parcialmente la memoria y buscamos a Dureen, éste había desaparecido. Y, como sea que apreciábamos nuestra libertad, no contamos a nadie lo que había sucedido, ni tratamos de averiguar hacia qué ignotos dominios se había esfumado Dureen. Sólo deseábamos olvidar.

Pienso que yo probablemente hubiera olvidado si no hubiese vuelto a echar una ojeada a la Canción de Ysté. Los demás, con interés creciente, han tendido a considerarlo como una ilusión, pero yo no puedo. Una cosa es leer libros como el Necronomicón, el Libro de Eibón o la Canción de Ysté, y otra muy distinta cuando la propia experiencia nos confirma algunas de las cosas que en ellos se relatan. Encontré uno de tales párrafos en la Canción de Ysté y no seguí leyendo. El volumen, junto con los demás libros de Norden, aún está en mi biblioteca; no lo he quemado. Pero no creo que lo vuelva a leer jamás...

Conocí a Graf Norden en 193..., en la universidad Darwich, en la clase de historia medieval y del Renacimiento temprano del doctor Held, que era más bien un estudio del pensamiento metafísico y el ocultismo.

Norden demostraba un gran interés; había realizado más de una incursión en las ciencias ocultas; en especial, le fascinaban los escritos y documentos de una familia de adeptos llamada Dirka, cuyo linaje se remonta a los días de la era preglacial. Ellos, los Dirka, vertieron la Canción de Ysté de su forma legendaria a las tres grandes lenguas de las culturas primigenias, y luego al griego, latín, árabe e inglés medio.

Le dije a Norden que deploraba el ciego desdén con que el mundo consideraba a las ciencias ocultas, pero que nunca había investigado el tema en profundidad. Me contentaba con ser un espectador, dejando que mi imaginación vagara a voluntad por las principales corrientes de ese oscuro río; deslizarme por la superficie era suficiente para mí... raras veces realizaba una inmersión ocasional hacia las profundidades. Como poeta y soñador, ponía buen cuidado en no perderme entre las tinieblas de las pozas donde retozaba... uno siempre podía emerger para encontrar un cielo azul y calmo y un mundo que no creía en esas realidades.

En el caso de Norden, era diferente. El ya comenzaba a tener dudas, según me comentó. Se trataba de un camino difícil de recorrer; había peligros espantosos, ocultos a lo largo de todo el recorrido; a menudo eso era tan cierto que el caminante no los descubría hasta que ya era demasiado tarde. Los terráqueos no habían avanzado mucho por la vía de la evolución; muy inexpertos aún, su falta de conocimiento, como raza, constituía una poderosa valla contra los pocos de sus congéneres que buscaban adentrarse por desconocidos caminos. Norden hablaba de mensajeros del más allá y citaba oscuros pasajes del Necronomicón y la Canción de Ysté. Se refería a seres extraños, entidades terriblemente inhumanas, imposibles de comprender de acuerdo con los cánones humanos o de ser combatidos de manera efectiva por la humanidad.

Dureen hizo su aparición en esa época. Un día entró en el aula durante el curso de una conferencia; más tarde, el doctor Held nos lo presentó como un nuevo miembro de la clase, procedente del extranjero. Había algo en Dureen que despertó inmediatamente mi interés. No logré determinar a qué raza o nacionalidad podía pertenecer... era lo que podría decirse bello, cada uno de sus movimientos poseía gracia y ritmo. Sin embargo, bajo ningún aspecto podía considerarse afeminado.

El hecho de que la mayoría de nosotros le eludiera, no le perturbaba en absoluto. Por mi parte, ello se debía a que no me parecía real, pero, en el caso de los demás, probablemente se debiera a su carencia total de sentimiento. Hubo una vez, por ejemplo, en que, estando en el laboratorio, le estalló una probeta ante la cara, y varios fragmentos se le clavaron en la piel. Él no dio la más leve muestra de dolor, rehusó todas las expresiones de atención de parte de algunas jóvenes y procedió a continuar con su experimento en cuanto el médico terminó de atenderle.

El acto final comenzó una tarde, cuando conversábamos acerca de la sugestión y el hipnotismo, y discutíamos las posibilidades prácticas de la materia. Colby presentó un argumento extraordinariamente ingenioso en contra, consideró ridículo asociar los experimentos en transmisión de pensamiento o telepatía con la sugestión y llegó a la conclusión final de que el hipnotismo (al margen de los medios mecánicos de inducción) era imposible.

Fue al llegar a este punto cuando Dureen intervino. Lo que él dijo, no puedo recordarlo, pero todo concluyó con un desafío directo a Dureen para que demostrara sus asertos. Norden permaneció callado durante el curso de este debate; estaba más bien pálido y trataba, según pude notar, de hacerle una señal de advertencia a Colby.

Esa noche fuimos cinco los que nos reunimos en casa de Norden: Granville, Chalmers, Colby, Norden y yo. Norden fumaba un cigarrillo tras otro, se mordía las uñas y hablaba solo en voz baja. Sospeché que algo anormal estaba sucediendo, pero de qué se trataba, no tenía la menor idea. Luego llegó Dureen, y la conversación, si así puede llamarse, cesó.

Colby repitió su desafío, diciendo que había convocado a los demás para asegurarse de que no se utilizarían trucos de escenario. No se podían utilizar espejos, luces ni cualquier otro tedio mecánico para provocar la hipnosis. Debía basarse por completo en la fuerza de voluntad. Dureen asintió, corrió la cortina, y luego, volviéndose, dirigió su mirada a Colby.

Nosotros le observábamos, esperando que hiciera algunos movimientos o pases con sus manos y pronunciase alguna orden: él no hizo ni lo uno ni lo otro. Fijó su mirada en Colby, y éste se puso rígido como si hubiese sido fulminado por un rayo; acto seguido, con la mirada perdida en el vacío ante él, se puso lentamente en pie, permaneciendo en la angosta franja negra que corría en diagonal a través del centro de la alfombra.

Mi memoria regresó al día en que había sorprendido a Norden en el acto de destruir unos papeles y aparatos, éstos construidos, con toda la ayuda que pude brindarle, en un lapso de varios meses. Sus ojos poseían una terrible expresión, y no pude vislumbrar la sombra de una duda en ellos. Poco tiempo después de este evento, Dureen había hecho su aparición: me pregunté si ambos hechos podían tener alguna relación.

Salí bruscamente de mi ensimismamiento al oír el sonido de la voz de Dureen, al ordenarle a Colby que hablara, que nos dijese dónde se hallaba y qué veía a su alrededor. Cuando Colby obedeció, fue como si su voz nos llegase de una gran distancia.

Se encontraba, dijo, en un estrecho puente tendido sobre un pavoroso abismo, tan vasto y profundo que él no podía distinguir el fondo ni sus límites. Detrás de él este puente se extendía hasta perderse en una neblina azulada; al frente, continuaba hasta lo que parecía una meseta. Colby no se atrevía a moverse debido a la angostura de la senda, pero comprendía que debía tratar de llegar a la planicie antes que el vértigo que le causaban las profundidades que se abrían debajo de él le hiciera perder el equilibrio. Experimentaba una extraña pesadez, y hablar le demandaba un gran esfuerzo.

Al enmudecer la voz de Colby, todos mirábamos fascinados la estrecha franja negra en la alfombra azul. Aquello, pues, era el puente sobre el abismo... pero ¿qué podía causar la ilusión de profundidad? ¿Por qué su voz parecía venir de tan lejos? ¿Por qué sentía aquella pesadez? La planicie debía de ser la mesa de trabajo situada en el otro extremo de la habitación: la alfombra llegaba hasta una especie de tarima sobre la cual estaba colocada la mesa de Norden, cuya superficie se levantaba a unos dos metros del suelo. Colby ahora comenzó a caminar con lentitud por la franja negra, moviéndose con extremo cuidado, al igual que una figura proyectada con cámara lenta. Sus miembros parecían pesados; respiraba agitadamente.

Entonces Dureen le ordenó que se detuviera y mirase al fondo del abismo con precaución, y que nos contara lo que allí viese. En aquel momento, nosotros examinábamos de nuevo la alfombra, como si jamás la hubiésemos visto y no supiéramos que no presentaba motivo decorativo alguno, salvo aquella única franja negra en la que ahora Colby se encontraba de pie.

Escuchamos de nuevo su voz. Dijo, al principio, que nada veía en el abismo bajo sus pies. Luego se le cortó la respiración, se tambaleó y casi perdió el equilibrio. Vimos que el sudor le cubría la frente y el cuello, empapando su camisa azul. Había cosas en el abismo, nos contó con roncos acentos en la voz, grandes formas que eran como burbujas de absoluta negrura, pero que estaba seguro de que tenían vida. De la masa central de su ser, Colby veía surgir tentáculos fibrosos, increíblemente largos. Se movían hacia delante y hacia atrás... en sentido horizontal, pero, aparentemente, no podían desplazarse en dirección vertical.

Pero las cosas no estaban todas en el mismo plano. Cierto era que sus movimientos se producían sólo horizontalmente en relación con su posición, pero algunas se encontraban en sentido paralelo a él y algunas en diagonal. A lo lejos podía distinguir cosas en posición perpendicular. Ahora parecía haber muchas más que las que él suponía. Las primeras que había visto estaban muy lejos, en el fondo, ajenas a su presencia. Pero éstas le percibían y estaban tratando de alcanzarle. Ahora se movía más rápidamente, nos dijo, pero para nosotros aún caminaba con lentitud.

Miré de soslayo a Norden; él también sudaba profusamente. Entonces se levantó y, acercándose a Dureen, le habló en voz baja para que ninguno de nosotros pudiera oírle. Comprendí que se refería a Colby y que Dureen no quería acceder a lo que Norden le pedía. Luego me olvidé momentáneamente de Dureen al escuchar de nuevo la voz de Colby, que temblaba de espanto. Las cosas extendían sus tentáculos hacia él. Se elevaban y caían por todas partes; algunas muy alejadas; otras horriblemente cercanas. Ninguna había encontrado el plano exacto en que él pudiera ser capturado; los ávidos tentáculos no le habían tocado, pero aquellos seres ahora sentían su presencia, estaba seguro de ello.

Y temía que tal vez pudiesen alterar sus planos a voluntad, aunque parecía que actuaban a ciegas, pues aparentemente eran seres bidimensionales. Los tentáculos que se proyectaban hacia él eran fibras totalmente negras.

Una terrible sospecha se despertó en mí, al recordar algunas de las primeras conversaciones con Norden, y rememoré ciertos pasajes de la Canción de Ysté. Intenté levantarme, pero mis miembros carecían de fuerza: sólo podía permanecer irremediablemente sentado y mirar. Norden todavía seguía hablando con Dureen, y vi que estaba muy pálido. Pareció retirarse... luego se volvió y se dirigió a un armario, extrajo un objeto y se acercó a la franja de la alfombra sobre la que Colby estaba de pie. Norden hizo un movimiento de asentimiento a Dureen, y entonces vi lo que tenía en la mano: era un poliedro de aspecto cristalino. Poseía, sin embargo, un resplandor que me causó un sobresalto.

Desesperadamente traté de recordar la significación del objeto... pues yo sabía... pero mis pensamientos eran interrumpidos, según parecía, por alguna fuerza y, cuando Dureen posó su mirada en mí; hasta la misma habitación pareció oscilar.

Una vez más se hizo audible la voz de Colby, esta vez preñada de desesperación. Temía no poder llegar nunca a la planicie. (En rigor, se encontraba a un metro y medio escaso del final de la franja negra y de la tarima sobre la cual descansaba la mesa de trabajo de Norden.) Las cosas, decía Colby, estaban más cerca ahora: una masa de tentáculos entretejidos acababa de rozarle el cuerpo.

Entonces nos llegó la voz de Norden; también parecía provenir de muy lejos. Llamó mi nombre. Aquello era algo más, dijo, que mero hipnotismo. Se trataba... pero entonces su voz se debilitó y percibí el poder de Dureen ahogando el sonido de sus palabras. De cuando en cuando, lograba distinguir una frase o unas pocas palabras inconexas. Pero, de todo ello, pude colegir lo que estaba sucediendo. Se trataba en realidad de un viaje transdimensional. Nosotros sólo nos imaginábamos que veíamos a Norden y a Colby de pie en la alfombra..., o quizás era mediante la influencia de Dureen.

La dimensión sin nombre era el hábitat de aquellos seres de sombra. El abismo, y el puente sobre el cual se encontraban los dos, eran ilusiones creadas por Dureen. Cuando lo que Dureen había planeado hubiera concluido, nuestras mentes serían exploradas, y nuestros recuerdos condicionados de tal manera que sólo rememoraríamos lo que Dureen quisiera que recordáramos. Norden había conseguido llegar a un acuerdo con Dureen, acuerdo que él debería respetar; como consecuencia, si ambos llegaban a la planicie antes que les tocaran aquellos seres, todo estaría en orden. Si no... Norden no especificó qué sucedería, pero dio a entender que les perseguirían al igual que el cazador persigue a su presa. El poliedro contenía un elemento que repelía los extraños seres de sombra.

Norden estaba a corta distancia detrás de Colby; nosotros podíamos verle apuntando con el poliedro. Colby habló de nuevo, diciéndonos que Norden se había materializado a sus espaldas, y que había traído consigo una especie de arma con la cual podía mantener a distancia a los extraños seres.

Entonces Norden me llamó por mi nombre, pidiéndome que me hiciese cargo de sus pertenencias si no regresaba y que buscara lo que decía sobre los adumbrali la Canción de Ysté. Con lentitud, él y Colby avanzaron hacia la tarima y la mesa. Colby iba a pocos pasos delante de Norden; luego se trepó a la tarima y, con la ayuda de su compañero, logró ganar la mesa. Después trató de dar una mano a Norden, pero, cuando éste subía a la tarima, súbitamente se puso rígido, y el poliedro se desprendió de sus manos. Frenéticamente intentó arrastrarse hacia la mesa, pero una fuerza extraña le atrajo hacia atrás, y yo supe que estaba perdido...

Oímos un solo grito de angustia, y luego las luces de la habitación palidecieron y se apagaron. Sea cual fuere el poder que nos tenía dominados, en aquel instante perdió su fuerza; dimos vueltas por la estancia como enloquecidos, tratando de encontrar a Norden, a Colby y el interruptor de la luz. Luego, de pronto, las luces se encendieron de nuevo, y vimos a Colby sentado en la mesa, como mareado, mientras que Norden yacía en el suelo. Chalmers se inclinó sobre su cuerpo, en un intento de resucitarle, pero al constatar el estado de los restos de Norden, se puso tan histérico que tuvimos que dejarle desvanecido de un golpe para que se callara.

Colby nos siguió como un autómata, aparentemente sin saber lo que había sucedido. Sacamos el cuerpo de Graf Norden envueltos por la noche de noviembre y lo destruimos con el fuego; más tarde le explicamos a Colby que había sufrido un ataque cardíaco mientras conducía por la ruta de la montaña; el auto se precipitó al vacío, y el cadáver de Norden se incineró en el holocausto.

Posteriormente, Chalmers, Granville y yo nos reunimos con el fin de buscar una explicación racional a cuanto habíamos visto y oído. Después de recobrar el conocimiento, Chalmers permaneció sereno y nos ayudó a llevar a cabo la espeluznante misión en lo alto de la montaña. Ninguno de los dos, según pude averiguar, había oído la voz de Norden después que se unió a Colby en el supuesto estado hipnótico. Tampoco recordaban haber visto objeto alguno en la mano de Norden.

Pero, en menos de una semana, aun esos recuerdos se habían desvanecido de sus mentes. Creían a pies juntillas que Norden había muerto en un accidente luego de un intento frustrado de parte de Dureen de hipnotizar a Colby. Con anterioridad, su explicación había sido que Dureen mató a Norden, por razones que no conocían, y que nosotros fuimos, inconscientemente, sus cómplices. El experimento hipnótico había servido de pretexto para reunirnos a todos y contar con un medio para deshacerse del cadáver. Que Dureen había logrado hipnotizarnos, ellos no lo dudaban entonces.

Hubiera sido inútil contarles lo que descubrí unos pocos días más tarde, lo que llegué a extraer de las notas de Norden, en las que explicaba la llegada de Dureen. Tampoco hubiera servido de mucho leerles fragmentos de la Canción de Ysté, traducidos a un inglés comprensible para ellos.

«...Y éstos no eran sino los adumbrali, las sombras vivientes, seres de increíble poder y malignidad, que moran fuera de los velos del espacio y el tiempo tal como nosotros los conocemos. Su diversión consiste en atraer a sus dominios a los habitantes de otras dimensiones, con quienes practican horribles juegos y múltiples engaños...»

«...Pero más horrendos que ellos son los inquisidores que envían a otros mundos y dimensiones, seres que ellos mismos han creado, otorgándoles la apariencia de aquellos que residen en cualquier dimensión o en cualquiera de los mundos a donde se les manda...»

«...Estos inquiridores pueden ser identificados tan sólo por los adeptos, para cuyos avezados ojos la extraordinaria perfección de su forma y movimientos, su rareza y el aura de extranjería y de poder que les envuelve constituyen un sello infalible...»

«...El sabio Jhalkanaan nos habla de uno de esos inquiridores que engañó a siete sacerdotes de Nyaghoggua, al desafiarles a un duelo en las artes del hipnotismo. Más adelante nos cuenta cómo dos de ellos cayeron en la trampa y fueron entregados a los adumbrali; sus cuerpos fueron devueltos una vez que los seres de sombra hubieron terminado con ellos...»

«...Lo más curioso de todo fue el estado en que se encontraban los cadáveres: a pesar de haberles sido extraído todo fluido, no presentaban trazas de herida alguna, ni siquiera la más leve. Pero lo más horroroso eran los ojos, que no podían cerrarse, y parecían mirar fijamente, con desasosegada expresión, más allá del observador, y las extrañamente luminosas marcas en la carne muerta, los curiosos arabescos que parecían moverse y cambiar de forma ante los ojos del testigo...»

FIN

domingo, 6 de junio de 2010

Entradas en DROGAS - GENERAL

fuente:tnrelaciones


CONTADOR GLOBAL DE ENTRADAS


Estadisticas de visitas

ClickComments