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martes, 10 de febrero de 2009

Una Estatua Para Papá -- Isaac Asimov

Una Estatua Para Papá
Isaac Asimov



¿La primera vez? ¿De veras? Pero por supuesto que ha oído usted hablar de ello.
Sí, estoy seguro.
Si le interesa el descubrimiento, créame que será para mí un placer contárselo. Es
una historia que siempre me ha gustado narrar, pero pocas personas me brindan
la oportunidad de hacerlo. Incluso me han aconsejado que la mantuviera en
secreto, porque atenta contra las leyendas que proliferan en torno a mi padre.
Pero yo creo que la verdad es valiosa. Tiene su moraleja. Un hombre se pasa la
vida consagrando sus energías a satisfacer su curiosidad y de pronto, por
accidente, sin habérselo propuesto, termina por ser un benefactor de la
humanidad.
Papá era sólo un físico teórico que se dedicaba a investigar el viaje por el tiempo.
Creo que nunca pensó en lo que el viaje por el tiempo podría significar para el
Homo sapiens. Sentía curiosidad únicamente por las relaciones matemáticas que
regían el universo.
¿Tiene hambre? Mejor así. Supongo que tardará cerca de media hora. Lo
prepararán adecuadamente para un dignatario como usted. Es una cuestión de
orgullo.
Ante todo, papá era pobre como sólo puede serlo un profesor universitario. Pero
con el tiempo se fue haciendo rico. En sus últimos años era fabulosamente rico, y
en cuanto a mí, mis hijos y mis nietos..., bueno, ya lo ve con sus propios ojos.
También le han dedicado estatuas. La más antigua está en la ladera donde se
realizó el descubrimiento. Puede verla por la ventana. Sí. ¿No distingue la
inscripción? Claro, el ángulo es desfavorable. No importa.
Cuando papá se puso a investigar el viaje por el tiempo, la mayoría de los físicos
estaban desilusionados, a pesar del entusiasmo que provocaron inicialmente los
cronoembudos.
La verdad es que no hay mucho que ver. Los cronoembudos son totalmente
irracionales e incontrolables. Sólo presentan una distorsión ondulante, de algo
más de medio metro de anchura como máximo, y que desaparece rápidamente.
Tratar de enfocar el pasado es como tratar de enfocar una pluma en medio de un
turbulento huracán.
Intentaron sujetar el pasado con garfios, pero eso resultó igual de imprevisible. A
veces funcionaba unos segundos, con un hombre aferrado con fuerza al garfio,
aunque lo habitual era que el martinete no resistiera. No se obtuvo nada del
pasado hasta que... Bien, ya llegaré a eso.
Al cabo de cincuenta años de no progresar en absoluto, los científicos perdieron
todo interés. La técnica operativa parecía un callejón sin salida. Al recordar la
situación, no puedo echarles la culpa. Algunos incluso intentaron demostrar que
los embudos no revelaban el pasado; pero se divisaron muchos animales vivos a
través de los embudos, y se trataba de animales ya extinguidos en la actualidad.
De cualquier modo, cuando los viajes por el tiempo estaban casi olvidados ya,
apareció papá. Convenció al Gobierno de que le suministrara fondos para instalar
un cronoembudo propio, y abordó el asunto desde otro ángulo.
Yo lo ayudaba en aquella época. Acababa de salir de la universidad y era doctor
en Física.
Sin embargo, nuestros intentos tropezaron con problemas al cabo de un año.
Papá tuvo dificultades para lograr que le renovaran la subvención. Los industriales
no estaban interesados, y la universidad pensaba que papá comprometía la
reputación de la institución al empecinarse en investigar un campo muerto. El
decano, que sólo comprendía el aspecto financiero de las investigaciones, empezó
insinuándole que se pasara a áreas más lucrativas y terminó por expulsarlo.
Ese decano -que todavía vivía y seguía contando los dólares de las subvenciones
cuando papá falleció- se sentiría de lo más ridículo cuando papá legó a la
universidad un millón de dólares en su testamento, con un codicilo que cancelaba
la herencia con el argumento de que el decano carecía de perspectiva de futuro.
Pero eso fue tan sólo una venganza póstuma. Pues años antes...
No deseo entrometerme, pero le aconsejo que no coma más panecillos. Bastara
con que tome la sopa despacio, para evitar un apetito demasiado voraz.
De cualquier modo, nos las apañamos. Papá conservó el equipo que había
comprado con el dinero de la subvención, lo sacó de la universidad y lo instaló
aquí.
Esos primeros años sin recursos fueron agobiantes, y yo insistía en que
abandonara. Él no cejaba. Era tozudo y siempre se las ingeniaba para encontrar
mil dólares cuando los necesitaba.
La vida continuaba, pero él no permitía que nada obstruyera su investigación.
Mamá falleció; papá guardó luto y volvió a su tarea. Yo me casé, tuve un hijo y
luego una hija. No siempre podía acompañarlo, pero él continuaba sin mí. Se
rompió una pierna y siguió trabajando con la escayola puesta durante meses.
Así que le atribuyo todo el mérito. Yo ayudaba, por supuesto. Hacía funciones de
asesoría y me encargaba de negociar con Washington. Pero él era el alma del
proyecto.
A pesar de eso, no llegábamos a ninguna parte. Hubiera dado lo mismo tirar por
uno de esos cronoembudos todo el dinero que lográbamos juntar, lo cual no quiere
decir que hubiese podido atravesarlo.
A fin de cuentas, nunca conseguimos meter un garfio en un embudo. Sólo nos
acercamos en una ocasión. El garfio había entrado unos cinco centímetros cuando
el foco se alteró. Lo arrancó limpiamente y, en alguna parte del Mesozoico, hay
ahora una varilla de acero, construida por el hombre, oxidándose en la orilla de un
río.
Hasta que un día, el día crucial, el foco se mantuvo durante diez largos minutos;
algo para lo cual había menos de una probabilidad entre un billón. ¡Cielos, con qué
frenesí instalamos las cámaras! Veíamos criaturas que se desplazaban ágilmente
al otro lado del embudo.
Luego, para colmo de bienes, el cronoembudo se volvió permeable, y hubiéramos
jurado que sólo el aire se interponía entre el pasado y nosotros. La baja
permeabilidad debía de estar relacionada con la duración del foco, pero nunca
pudimos demostrar que así fuera.
Por supuesto, no teníamos ningún garfio a mano. Pero la baja permeabilidad
permitió que algo se desplazara del «entonces» al «ahora». Obnubilado, actuando
por mero instinto, extendí el brazo y agarré aquello.
En ese momento perdimos el foco, pero ya no sentíamos amargura ni
desesperación. Ambos observábamos sorprendidos lo que yo tenía en la mano
Era un puñado de barro duro y seco, completamente liso por donde había tocado
los bordes del cronoembudo, y entre el barro había catorce huevos del tamaño de
huevos de pato.
-¿Huevos de dinosaurio? -pregunté-. ¿Crees que es eso?
-Quizá. No podemos saberlo con certeza.
-¡A menos que los incubemos! -exclamé de pronto, con un entusiasmo
incontenible. Los dejé en el suelo como si fueran de platino. Estaban calientes,
con el calor del sol primitivo-. Papá, si los incubamos tendremos criaturas que
llevan extinguidas más de cien millones de años. Será la primera vez que alguien
trae algo del pasado. Si lo hacemos público...
Yo pensaba en las subvenciones, en la publicidad, en todo lo que aquello
significaría para papá. Ya veía el rostro consternado del decano.
Pero papá veía el asunto de otra manera.
-Ni una palabra, hijo. Si esto se difunde, tendremos veinte equipos de
investigación estudiando los cronoembudos, con lo que me impedirán progresar.
No, una vez que haya resuelto el problema de los embudos, podrás hacer público
todo lo que quieras. Hasta entonces, guardaremos silencio. Hijo, no pongas esa
cara. Tendré la respuesta dentro de un año, estoy seguro.
Yo no estaba tan seguro, pero tenía la convicción de que esos huevos nos
brindarían todas las pruebas que necesitábamos. Puse un gran horno a la
temperatura de la sangre e hice circular aire y humedad. Conecté una alarma para
que sonara en cuanto hubiese movimiento dentro de los huevos.
Se abrieron a las tres de la madrugada diecinueve días después, y allí estaban:
catorce diminutos canguros con escamas verdosas, patas traseras con zarpas,
muslos rechonchos y colas delgadas como látigos.
Al principio pensé que se trataba de tiranosaurios, pero eran demasiado
pequeños. Pasaron meses, y comprendí que no alcanzarían mayor tamaño que el
de un perro mediano.
Papá parecía defraudado, pero yo perseveré, con la esperanza de que me
permitiera utilizarlos con fines publicitarios. Uno murió antes de la madurez y otro
pereció en una riña. Pero los otros doce sobrevivieron, cinco machos y siete
hembras. Los alimentaba con zanahorias picadas, huevos hervidos y leche, y les
tomé bastante afecto. Eran tontorrones, pero tiernos; y realmente hermosos. Sus
escamas...
Bueno, es una bobada describirlos. Las fotos publicitarias han circulado más que
suficiente. Aunque, pensándolo bien, no sé si en Marte... Ah, también allí. Pues
me alegro.
Pero pasó mucho tiempo antes de que esas fotos pudieran impresionar al público,
por no mencionar la visión directa de aquellas criaturas. Papá se mantuvo
intransigente. Pasaron tres años. No tuvimos suerte con los cronoembudos.
Nuestro único hallazgo no se repitió, pero papá no se daba por vencido.
Cinco hembras pusieron huevos, y pronto tuve más de cincuenta criaturas en mis
manos.
-¿Qué hacemos con ellas? -pregunté.
-Matarlas -contestó papá.
Yo no podía hacer tal cosa, por supuesto.
Henri, ¿está todo a punto? De acuerdo.
Cuando sucedió, ya habíamos agotado nuestros recursos. Estábamos sin blanca.
Yo lo había intentado por todas partes sin conseguir nada más que rechazos.
Casi me alegraba, porque pensaba que así papá tendría que ceder. Pero él, firme
ante la adversidad, preparó fríamente otro experimento.
Le juro que si no hubiera ocurrido el accidente jamás habríamos encontrado la
verdad. La humanidad habría quedado privada de una de sus mayores
bendiciones.
A veces ocurren cosas así. Perkin detecta un tinte rojo en la suciedad y descubre
las tinturas de anilina. Remsen se lleva un dedo contaminado a los labios y
descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mixtura en la estufa y descubre el
secreto de la vulcanización.
En nuestro caso fue un dinosaurio joven que entró en el laboratorio. Eran tantos
que yo no podía vigilarlos a todos.
El dinosaurio atravesó dos puntos de contacto que estaban abiertos, justo allí,
donde ahora está la placa que conmemora el acontecimiento. Estoy convencido
de que ésa coincidencia no podría repetirse en mil años. Estalló un fogonazo y el
cronoembudo que acabábamos de configurar desapareció en un arco iris de
chispas.
Ni siquiera entonces lo comprendimos. Sólo sabíamos que la criatura había
provocado un cortocircuito, estropeando un equipo de cien mil dólares, y que
estábamos en plena bancarrota. Lo único que podíamos mostrar era un dinosaurio
achicharrado. Nosotros estábamos ligeramente chamuscados, pero el dinosaurio
recibió toda la concentración de energías de campo. Podíamos olerlo. El aire
estaba saturado con su aroma. Papá y yo nos miramos atónitos. Lo recogí con un
par de tenacillas. Estaba negro y calcinado por fuera; pero las escamas quemadas
se desprendieron al tocarlas, arrancando la piel, y debajo de la quemadura había
una carne blanca y firme que parecía pollo.
No pude resistir la tentación de probarla, y se parecía a la del pollo tanto como
Júpiter se parece a un asteroide.
Me crea o no, con nuestra labor científica reducida a escombros, nos sentamos allí
a disfrutar del exquisito manjar que era la carne de dinosaurio. Había partes
quemadas y partes crudas, y estaba sin condimentar; pero no paramos hasta dejar
limpios los huesos.
-Papá -dije finalmente-, tenemos que criarlos sistemáticamente con propósitos
alimentarios.
Papá tuvo que aceptar. Estábamos totalmente arruinados.
Obtuve un préstamo del banco cuando invité a su presidente a cenar y le serví
dinosaurio.
Nunca ha fallado. Nadie que haya saboreado lo que hoy llamamos «dinopollo» se
conforma con los platos normales. Una comida sin dinopollo no es más que un
alimento que ingerimos para sobrevivir. Sólo el dinopollo es comida.
Nuestra familia aún posee la única bandada de dinopollos existente y seguimos
siendo los únicos proveedores de la cadena mundial de restaurantes -la primera y
más antigua- que ha crecido en torno de ellos.
Pobre papá. Nunca fue feliz, salvo en esos momentos en que comía dinopollo.
Continuó trabajando con los cronoembudos, al igual que muchos oportunistas que
pronto se sumaron a las investigaciones, tal como él había previsto. Pero no se ha
logrado nada hasta ahora; nada, excepto el dinopollo.
Ah, Pierre, gracias. ¡Un trabajo superlativo! Ahora, caballero, permítame que lo
trinche. Sin sal, y con apenas una pizca de salsa. Eso es... Ah, ésa es la expresión
que siempre veo en la cara de un hombre que saborea este manjar por primera
vez.
La humanidad, agradecida, aportó cincuenta mil dólares para construir la estatua
de la colina, pero ni siquiera ese tributo hizo feliz a papá.
Él no veía más que la inscripción: «El hombre que proporcionó el dinopollo al
mundo.»
Y hasta el día de su muerte sólo deseó una cosa: hallar el secreto del viaje por el
tiempo. Aunque fue un benefactor de la humanidad, murió sin satisfacer su
curiosidad.

lunes, 2 de febrero de 2009

EL ÁNGELUS -- MAUPASSANT


EL ÁNGELUS
I
En el reloj de péndulo sonaron las seis y la condesa de Brémontal, apartando los
ojos del libro que leía, los levantó hacia la bonita esfera estilo Luís XVI colgada en la
pared; luego, con lenta mirada, recorrió su gran salón, sombrío a pesar de las lámparas,
dos sobre la mesa, donde se amontonaban muchos libros, y dos sobre la chimenea. Un
fuego de leños, crepitando en el hogar, un fuego de campo, un fuego de castillo,
arrojaba también su luz a resplandores intermitentes sobre las paredes, iluminando unas
tapicerías decoradas con personajes, cuadros dorados, retratos de familia y las altas
cortinas, de un rojo intenso, que velaban y cubrían las ventanas. A pesar de todas estas
luces, la amplia pieza era triste, un poco fría, invadida por el invierno. Se podía sentir
afuera el severo rigor del aire y el silbido del viento, helado por la alfombra de nieve
extendida sobre la tierra, que hacía crujir los árboles del parque. La condesa se levantó;
tras unos breves pasos, lentamente, un poco arrastrados de joven mujer embarazada,
yendo a sentarse delante del hogar y dirigiendo sus pies hacia la llama. Los leños al rojo
le arrojaron a la cara la emanación de su intenso calor, una especie de caricia ardiente e
incluso un poco brutal, mientras ella sentía al mismo tiempo su espalda, sus hombros y
su nuca estremecerse todavía bajo el escalofrío de la atmósfera de muerte, de la que ese
terrible invierno envolvía Francia. Esa sensación de frío se deslizaba en ella por todas
partes, introduciéndose tanto en su alma como en su cuerpo, y a esa angustia física, se
añadía la de la inmensa catástrofe abatida sobre la patria. Torturada por sus nervios, sus
preocupaciones, sus atroces presentimientos, la Sra. de Brémontal se levantó de nuevo.
¿Dónde estaría a esta hora él, su marido, del qué no había recibido ninguna noticia
desde hacía cinco meses? ¿Prisionero de los prusianos o muerto? ¿Torturado en una
fortaleza enemiga o enterrado en un agujero en un campo de batalla, con tantos otros
cadáveres cuya carne descompuesta se mezclaba con la de los vecinos y todas las
osamentas confundidas. ¡Oh! ¡qué horror! ¡qué horror!
Caminaba ahora a largas zancadas por el gran salón silenciosos, sobre esas
mullidas alfombras que mitigaban el leve ruido de sus pasos. Nunca había sentido pesar
sobre ella un desamparo tan espantoso. ¿Qué iba a suceder ahora? ¡Oh! el horroroso
invierno, invierno del fin del mundo que destruía un país entero, matando a los hijos
mayores de las pobres madres, esperanza de sus corazones y su último sostén, y a los
padres de los niños sin recursos, y a los maridos de las jóvenes mujeres. Ella los veía
agonizantes y mutilados por el fusil, el sable, el cañón, la pata herrada de los caballos
que les había pasado por encima, y sepultados en noches semejantes, bajo ese sudario de
nieve manchada de sangre.
Sintió que iba a llorar, que iba a gritar, abrumada por el miedo a la incertidumbre
del día siguiente, y volvió a mirar la hora de nuevo. No, no esperaría sola el momento
en el qué su padre, el cura del pueblo y el médico llegasen, pues ellos debían cenar con
ella. ¿Pero podrían salir de sus casas y llegar al castillo? Sobre todo le preocupaba su
padre. Él debía seguir en su cupé la orilla del Sena, durante varios kilómetros. El
cochero era viejo y seguro, conociendo el camino como la conocía su caballo, pero esta
noche parecía predestinada a las desgracias. Los otros dos invitados, habituales casi
todas las noches, tenían que pasar el río en barco, lo cual era peor aun. La helada nunca
detenía la corriente en ese sitio donde la ola del mar, que a nada se resiste, subía a cada
marea, pero enormes témpanos a la deriva en los remolinos descendían desde la alta
Francia y podían hacer zozobrar la barca.
La condesa volvió hacia la chimenea, tomó el cordón de la campanilla y dio un
tirón.
Un viejo criado apareció. Ella le dijo:
– ¿No duerme todavía el pequeño?
– No lo creo, señora condesa.
– Di a Annette que me lo traiga, tengo ganas de besarlo.
– Sí, señora condesa.
Cuando el criado salía, ella lo llamó:
– ¡Pierre!
– ¿Señora condesa?
– ¿No será peligroso que el Sr. Boutemart venga bordeando el río en coche, con
un tiempo como este?
El viejo normando respondió:
– Ninguno, señora condesa. El cochero Philippe y su caballo Barbe son muy
tranquilos ambos y conocen sobradamente el camino.
Tranquilizada por la suerte de su padre, preguntó todavía:
– Y las personas de La Bouille, el cura y el doctor Paturel, ¿pueden atravesar el río
sin peligro en medio de los témpanos que flotan?
–Sí, sí, señora condesa: el padre Pichard es un bribón que no teme los bancos de
hielo. Y además tiene un sólido barco de invierno en el que hace pasar una vaca o un
caballo a la primera ocasión.
–Bueno, dijo ella. Haga bajar a mi pequeño Henri.
Se volvió a sentar ante su mesa, y abrió un libro.
Se trataba de Las Contemplaciones y cayó, por casualidad, sobre estos versos, al
final de La Fiesta en casa de Thérèse:
Llega la noche; todo se disipa; las llamas se apagan;
En los sombríos bosques las fuentes se lamentan;
El ruiseñor, oculto en su tenebroso nido,
Canta como un poeta y como un enamorado.
Cada uno se dispersa bajo los profundos follajes,
Las locas riendo arrastran a los prudentes;
La amante se va en la sombra con el amante;
Y, turbados como se está en sueños, vagamente,
Sienten por momentos mezclarse en su alma,
En sus discursos secretos, en sus miradas encendidas,
En su corazón, en sus sentidos, en su debilitada razón,
El claro de luna azul que bañaba el horizonte.
El corazón de la condesa se encogió con el pensamiento de que existían esas
noches, y otras como esta. ¿Por qué estos contrastes, esta dulzura encantadora y esta
ferocidad de la naturaleza?
La puerta se abrió. Se levantó y una joven criada, una hermosa normanda de
carnes sonrosadas, hizo entrar, llevándolo de la mano, a un muchachito de cuatro años
cuyos cabellos en bucle y rubios, lo coronaban como una aureola bajo el reflejo de las
lámparas.
– Se quedará conmigo hasta la llegada de esos caballeros, dijo la condesa.
Y cuando la joven hubo salido, ella sentó sobre sus rodillas al niño y le miró a los
ojos. Se sonrieron con esa sonrisa única, inexpresable, que transmite el amor entre la
madre y el hijo, con ese amor que es el único indestructible, que no tiene ni igual ni
rival.
Luego, abriendo sus brazos, ella le tomó la cabeza y lo besó. Lo besó en los
cabellos, en los párpados, en la boca, estremeciéndose, desde la nuca a la yema de los
dedos, con esa alegría deliciosa donde vibran las fibras de las auténticas madres.
Luego lo balanceó mientras él la agarraba por el cuello. Con su voz fina él
preguntó:
– Dime mamá, ¿vendrá pronto papá?
Ella lo estrechó contra sí, como para defenderlo, protegerlo de ese peligro
monstruoso y lejano de una guerra que podría reclamarlo a su vez. Y murmuró
besándolo todavía:
– Sí, querido mío, dentro de poco tiempo. ¡Oh! mi amor, que suerte que seas tan
pequeño! Ellos todavía no pueden tomarte, los miserables.
¿De qué miserables hablaba? No habría sabido decirlo.
Pero he aquí que el niño, cuyo oído era muy fino, distinguió a lo lejos en la noche
un ligero rúido de campanillas.
– ¡El abuelo! dijo
– ¿Dónde ves al abuelo? dijo la madre.
– Es el cascabel de su caballito.
Ella oyó también y, con una inquietud menos en su corazón, extendió las piernas,
como aliviada, descansada de pronto.
Ahora ambos escuchaban los tintineos más nítidos y los golpes de fusta
estrepitosos del cochero sobre la nieve, que anunciaban su llegada.
Un minuto más tarde, la puerta se abrió ante un viejo caballero que había
conservado un aspecto fresco en su bella persona cuidada, sus mejillas claras y sus
patillas blancas que brillaban como la plata.
Era alto, un poco grueso, con aspecto de adinerado. Se le llamaba todavía el guapo
Boutermat. Era el tipo de comerciante, de industrial normando que había amasado una
gran fortuna. Nada apagaba su buen humor, su inalterable sangre fría, su absoluta
confianza en si mismo. Desde la guerra, una sola cosa lo atraía profundamente, era no
ver más que humear en el cielo las cuatro chimeneas de sus dos grandes fábricas con las
que se había enriquecido gracias a los productos químicos. Al principio había creído en
la victoria con esa sólida y jactanciosa confianza de chovinista del que todo burgués
francés estaba hinchado antes de este fatal año de 1870. Ahora, tras esas derrotas
sangrientas, esas debacles, esas retiradas, él murmuraba con la convicción
inquebrantable de un hombre que ha tenido éxito sin cesar en sus proyectos:”¡Bah!, es
una dura prueba, pero Francia siempre se levanta.”
Su hija corrió hacia él con los brazos abiertos, mientras que el pequeño Henri le
tomaba de la mano. Muchos besos fueron intercambiados.
Ella preguntó:
– ¿Nada nuevo?
– Sí. Se dice que los prusianos han entrando en Ruán hoy. El ejército del general
Briant se ha replegado hacia El Havre por la orilla izquierda. Debe estar ahora en Pont
Audemer. Una flota de chalanas y de barcos a vapor lo espera en Honfleur para
transportarlo al Havre.
La condesa se estremeció. ¡Cómo! ¡los prusianos estaban tan cerca, en la región,
en Ruán, a algunas leguas!
Murmuró:
– ¿Pero, no corremos un gran peligro, papá?
Él respondió:
– Es cierto que no estamos completamente seguros. Pero tienen la orden de
respetar siempre al habitante inofensivo y las casas que no han sido abandonadas. Sin
esta regla, siempre observada por ellos, vendría a instalarme aquí. Pero un anciano
como yo no te serviría gran cosa y puedo salvar mis fábricas. Que me encuentren o no
cerca de ti, como no hay que resistir ni hacerse el héroe, hay más riesgos en dejar
Dieppedalle que venir aquí.
Ella murmuró, asustada:
– Pero yo, completamente sola en este castillo, perdería la cabeza en medio de
esos salvajes.
Comprendiendo realmente que era imposible dejar a su hija sola bajo esta terrible
e inminente amenaza, pues todavía no lo había pensado, y esta idea le golpeaba con
fuerza por primera vez, respondió:
– Tienes razón. Esta noche no hay peligro, pues no van a aventurarse en la noche
de su llegada en una región desconocida. Regresaré a Dieppedalle a tomar todas mis
disposiciones, mañana, vendré a dormir aquí y me quedaré hasta el final de la
ocupación. Ella lo abrazó, sabiendo por su fina intuición de mujer, que lo conocía tan
bien, qué inmenso sacrificio hacía abandonando sus fábricas, y dijo:
– Gracias, papá.
La criadita Annette entró a buscar el niño, y la mirada del Sr. Boutemart sobre
ella, más discreta, casi imperceptible, como la sagacidd normanda demandaba, hicieron
enrojecer un poco las pálidas mejillas de la condesa, pues comenzaba a sospechar la
atención de su padre por la sirvienta, y el consentimiento de ésta.
Desde la muerte de su esposa, acaecida hacía justo nueve años, el Sr. Boutemart,
que no abandonaba jamás Dieppedalle y sus empresas químicas, había tenido en la
comarca algunas relaciones, descubiertas por casualidad, revelando en él gustos fáciles,
casi vulgares, y con los que la Sra. de Brémontal sufría mucho, en su orgullo de hija y
en esa pequeña vanidad nobiliaria, muy leve, introducida en ella cuando se convirtió en
condesa y aristócrata de la región.
El pequeño Henri besó a su madre y a su abuelo, luego se fue enviando todavía
unos besos con su manita.
Como salía, la campana de la entrada de la puerta sonó, anunciando la llegada de
los dos últimos invitados. Aparecieron. El abad Marvaux entró en primer lugar, alto,
delgado, muy recto, con un rostro surcado por profundas arrugas sobre la frente y las
mejillas. Se veía, se adivinaba que ese hombre había sufrido mucho, que debía estar
también corroído por un alma de pensador triste, una de esas almas que provocan
temprano en los rostros máscaras de fatiga.
De origen noble, pues se llamaba Sr. de Marvaux, era un poco primo, muy lejano,
de los Brémontal. Había comenzado su vida en la carrera militar, tanto para ocupar su
ociosidad como para responder a una necesidad violenta de acción, de lucha y de vago
heroísmo, que sentía en él. Instruido, alimentado de filosofía, pronto experimentó una
gran decepción en la existencia ociosa de los acuartelamientos, y con placer partió, en
1859, para la campaña de Italia. Participó con valor en varias batallas, pero por un
insólito giro de espíritu, por una de esas extrañas anomalías que provocan en los seres
los instintos más opuestos y los más contradictorios, a la vista de esas masacres, de esos
tropeles de hombres destrozados por las metrallas, le produjeron de inmediato un asco y
un horror hacia la guerra. Sin embargo fue destacado, condecorado, y obtuvo el rango
de capitán, pero una vez finalizada la campaña, presentó su dimisión.
Tras algunos años de vida libre, ocupado por estudios y lecturas, y algunos textos
publicados, pues amaba las cuestiones del pensamiento, conoció a una joven viuda que
le gustó y la hizo su esposa. Tuvo una hija, luego la madre y la niña murieron en la
misma semana de fiebre tifoidea.
¿Qué pasó por él? ¿Qué extraño misticismo se despertó en su espíritu despues de
ese lúgubre acontecimiento? Ingresó en las órdenes y se hizo sacerdote; pero a partir del
día que se vistió con sotana negra, jamás volvió a llevar su cinta roja ganada en el
campo de batalla, y la llamaba su mancha de sangre.
Habría podido tener, en esta nueva carrera, un buen futuro sacerdotal; prefirió
permanecer como cura rural en su región de origen. Quizás también la independencia de
su carácter, la audacia de su palabra, dieron que sospechar al obispo. En varias
ocasiones se había enfrentado al obispo en discusiones teológicas y dogmáticas, y,
como era muy erudito y elocuente, triunfó en esas luchas.
Sin ambición, de vuelta de todo, se decidió o se resignó a vivir en esa hermosa
comarca a la qué adoraba, y, como poseía una cierta fortuna, hizo mucho bien. Se le
quería y respetaba. Se convirtió en un sacerdote generoso, socorriendo a todos, único en
la comarca, a quién la veneración popular protegió y defendió contra la malevolencia
creciente y las suspicacias de sus superiores. El doctor Paturel, que le seguía, era un
hombrecillo barrigón, que habría estado completamente calvo si no hubiese conservado
sobre las sienes, al borde del cráneo, dos bandas de cabellos blancos rizados semejantes
a dos borlas de polvos de arroz.
En el momento que entraron, se anunció que la cena estaba servida, y la condesa
de Brémontal, tomando el brazo del médico, se dirigió al comedor.
Una vez sentado ante su plato de potaje, el sacerdote preguntó:
–¿Saben ustedes que están en Ruán?
Unos “sí” murmurados le respondieron. Luego el Sr. Boutemart interrogó:
– ¿Tiene usted detalles recientes?
– Algunos. Los tres cuerpos del ejército invasor se han presentado, justo en el
mismo momento, en las tres puertas de la ciudad, y las vanguardias se han encontrado
en el Hotel de Ville, casi en el mismo minuto. El médico añadió:
– Ayer yo estaba en Bourg-Achard cuando vi pasar al ejército francés en retirada.
Y discutieron sobre un montón de detalles, a media voz, como si hubiesen sentido
de algún modo a su alrededor la temible presencia de los vencedores.
– Hoy, dijo el sacerdote, he aquí la primera vez, desde que dejé el ejército, que
lamento no ser ya soldado.
La joven mujer preguntó, sacudida de angustia:
–¿Cree usted que vendrán por aquí?
El abad Marvaux afirmó, luego dijo:
–¿Sigue usted aún sin noticias de su marido, señora condesa?
Ella murmuró, desesperada:
Si, señor cura.
Pero Boutemart, siempre convencido de que los acontecimientos que le afectaban
acabarían por dar un giro favorable, añadió:
– ¡Bah!, está prisionero. Volverá después de la guerra.
La condesa balbucía:
–Prisionero... o muerto.
Su padre, a quién irritaban las ideas tristes, tuvo un estremecimiento de
impaciencia.
–¿Por qué te imaginas semejantes cosas? Vives a la espera de la desgracia como si
no hubiese más que eso sobre la tierra.
El abad Marvaux murmuró:
– No hay mucho más, sin embargo, señor, cuando se mira bien de cerca. Piense en
Francia en este momento.
Boutemart no consentía.
– No, no: míreme, yo nunca he sido desgraciado.
Su hija le dijo tristemente:
–Es que tú no has deseado y buscado más que la fortuna. La has tenido.
Él se echó a reír.
–¡Por Dios! Uno tiene todo con la fortuna. Lo demás son bagatelas. Pero, en el
caso que nos ocupa, es indudable que las listas de muertos han sido casi todas
establecidas y han sido ya comunicadas las familias. En cuanto a los prisioneros, no se
puede saber.
Ella gimió:
– También hay desaparecidos.
Y Bouternart, al respecto, replicó:
Esos son los resucitados de mañana.
El médico tomó parte en la conversación.
– Yo tengo bastante suerte, dijo, se donde se encuentra mi hijo. Está en el ejército
de Faidherbe, e intercambiamos cartas. Luego he tenido aún la fortuna de que fuese
titulado doctor antes de la guerra, y los médicos no tienen gran cosa que temer en el
ejército. Pero todo lo que digo no impide a mi esposa estar en un estado de pavor, de
tanto que ama a su querido Jules.
Elogió a su hijo, cuyos estudios de medicina en París habían sido tan brillantes
que sus profesores, después de haber pasado el doctorado, lo habían alentado
unánimemente a continuar hasta la agregación. ¡Ah! he aquí a uno que no se pudriría en
provincias. Sería un gran médico, un gran médico de la capital.
Y la conversación derivó sobre temas diversos, paralizada por esta idea de la
invasión que planeaba.
Después de que los hombres hubieran tomado su café y fumado sus cigarrros,
volvieron al salón, cerca de la condesa, que calentaba sus pies al fuego. Sin embargo
tenía frío, frío por todas partes, en el corazón y en el cuerpo.
El Sr. Boutemart habló el primero de irse. Sus fábricas le preocupaban y solicitó
su coche a las nueve y media con el pretexto que con ese tiempo no convenía regresar
demasiado tarde. Los otros dos lo imitaron, calzándose una especie de botas para
alcanzar, a través de la nieve, el trasbordador del Sena, y la condesa quedó sola.
Ojeó algunos libros sin tomar interés en ellos, comprendiendo apenas lo que leía.
Eligió entre sus poetas favoritos los versos a los cuales volvía con más frecuencia. Le
parecieron banales, inútiles, descoloridos; y se volvió a sentar ante el fuego. ¿Se iría a
acotar? No, no todavía, pues no dormiría; y ella conocía esos interminables insomnios
que miden, haciéndolos dolorosos como una agonía nocturna del alma y del cuerpo, los
regulares tintineos del timbre del péndulo.
Entonces pensó. Unos recuerdos volvían, de ella y de antaño, esos recuerdos
íntimos, evocados en las horas lúgubres, confidencias sobre sí misma, que uno no se
hace más que a sí.
Recordaba su infancia en esa misma región, en la casa de los padres en
Dieppedalle, construida ante las fábricas, a su madre, su buena madre, su madre querida,
a la que había visto morir. Y lloraba con los ojos bajo sus manos.
Su padre, pequeño comerciante al principio, heredero de un gran terreno a orillos
del Sena, y de una fábrica de ácidos y de vinagres artificiales, había acabado por ganar
una gran fortuna con los productos químicos. Se había casado con la hija de un oficial
del Primer Imperio, joven bonita, independiente y poética, como se era en esa época. Un
poco melancólica, también, después de esta unión que no contentaba en absoluto su
sueño de juventud, se consoló en un amor de lo que se llamaba entonces “la
Naturaleza”, dando a esta palabra un sentido hoy casi olvidado. Amó ese país soberbio,
plantado de árboles y anegado de agua, esa costa, al pie de la que humeaban las
chimeneas de su marido, pero que llevaba también sobre su cima el admirable bosque
de Roumare yendo desde Ruán hasta Jumièges. Se hizo además con una biblioteca de
novelas, de filósofos, de poetas, y pasó su vida leyendo y pensando. Por la noche, al
crepúsculo, paseándose a lo largo del Sena lleno de islas verdes repletas de grandes
álamos, recitaba a media voz, para ella misma, para ella sola, versos de Chénier y de
Lamartine. Luego se entusiasmó con Victor Hugo y adoraba a Musset. Habiéndose
convertido en madre de una niña, la educó con una ternura ardiente, una ternura
aumentada sentimentalmente por toda la literatura de la que estaba imbuida.
La niña creció, muy parecida a su madre, encantadora e inteligente. Se las
envidiaba en Ruán y se decía de la Sra. Boutemart: “Es una persona de gran valor.”
La chiquilla, a la que educaba con un cuidado apasionado, ayudada por una
institutriz, era ya a los dieciséis años una jovencita que tenía aspecto de mujer, una
morenita con los ojos violetas, del color exacto de las malvas, con ese matiz tan raro.
Y la niña casi adulta, a quién su madre había permitido muchas lecturas ya
desarrollaba del mismo modo su joven alma y su naciente sensibilidad. Abría a veces, a
escondidas, los otros libros, aquellos que no se le permitían, y ella sabía ya por corazón
algunos versos que le parecían dulces como perfumes, sonidos musicales o soplidos de
viento.
Esas personas eran felices completamente o casi completamente, cuando, en un
invierno muy frío, la Sra. Boutemart, tras un paseo demasiado largo por el bosque lleno
de nieve, debió tomar cama, afectada de una fluxión de pecho que se la llevó en una
semana.
Solo con su hija, el padre se pregunto si no haría falta conservarla cercad de él,
pues estaría muy solo, muy abandonado, en ese campo, en medio de sus obreros y de
sus máquinas.
Pero su hermana, viuda sin hijos de un ingeniero de Puentes y Caminos, y rica con
suficiente holgura, consintió en dejar París durante algunos meses para pasarlos cercad
de él y atenuar así las primeras consecuencias del temor y del aislamiento.
Era una mujer de espíritu ponderado tanto como su hermano y de sentido sereno,
que siempre había tomado de los acontecimientos y de las cosas el mayor partido
posible. Tranquila sobre su suerte, habiendo pasado la cuarentena y dotada de una
naturaleza calma, no pedía nada más al destino.
Enseguida se prendó de su sobrina, y cuando Boutemar le habó de dejar a la joven
cerca de él, ella le disuadió con todas sus fuerzas haciéndole ver que Germaine se
volvería a la edad casadera, en una persona muy solicitada. Era necesario ante todo
acabar su instrucción y su educación tan perfectamente como fuese posible. Eso no
podía hacerse más que en París. Sería un muy buen partido y hacía falta que no ignorase
nada de lo que debía saber, como serios conocimientos para comenzar, y luego artes del
encanto, danza, música, y tantas cosas aún que completan la dote de una chica rica. La
matricularía en una gran casa de educación, y la tía se encargaría de ir a verla a menudo,
muy a menudo, de hacerla salir todas las semanas, e incluso de tenerla algunos días con
ella, de vez en cuando.
Esta mujer cuyo marido había cumplido altas funciones en el Ministerio de obras
públicas, conservaba en su viudedad muy buenas relaciones, y estaba muy bien vista. Su
hermano, comprendiendo todas las ventajas de esta combinación, aceptó, y la tía, a
comienzos de primavera, llevó a su sobrina con ella.
La hizo entrar en una de esas elegantes pensiones mundanas donde se educan a los
huérfanos bien nacidos, y donde se cuida a los extranjeros opulentos mientras sus
padres viajan. Ella tuvo un bonito alojamiento, una ama de llaves, y profesores de
primera. Siguió también cursos en la ciudad, cursos para señoritas, donde la mitad de las
jovencitas de París se encuentran y entablan amistad para más adelante, las de la
burguesía y las de la nobleza, las medio ricas, las ricas y las muy ricas.
Su tía la vino a buscar para dar paseos, distraerla, mostrarle la ciudad, los
monumentos, los museos. La cruel melancolía de la que Germaine estaba afectada desde
la muerte de su madre pareció finalmente mitigarse un poco. Sus hermosos ojos malva,
bajo los párpados vueltos a menudo rojos de lágrimas por el recuerdo de su amada
mamá, recuperaron su frescor violeta.
Sin embargo pensaba mucho en su casa de Dieppedalle, y en su padre que había
quedado solo, y echaba de menos el espacio, el campo y la libertad.
Conoció ya esa pequeña nostalgia invencible de los desplazados, lo que sufren
cuando están prisioneros en las ciudades, por su deber o su profesión, casi todos
aquellos cuyos pulmones, ojos y piel han tenido como primer alimento el gran cielo y el
aire puro de los campos y cuyos pequeños pies han corrido al principio por los caminos
de los bosques, los senderos, los prados y la hierba. Del mismo modo que los niños de
Paris exiliados en profesiones o funciones provincianas sufren, toda su vida, como de
una privación física, de la irresistible necesidad de las aceras y de las grandes calles
pobladas de gente.
Cuando llegó el momento de las vacaciones, Germaine partió con alegría para
Normandía; y fue una pena para su corazón, cuando, en el otoño, regresó a París. Pasó
allí tres inviernos, desde los dieciséis a los diecinueve años. El Sr. Boutemart la
recuperó a fin de dulcificar su aislamiento de viudo.
Luego un proyecto de matrimonio se había planteado para su hija. Él sabía su
pronunciado gusto por el campo en el que ella había sido educado, y él mismo
encontraba una gran ventaja, una ventaja de bienestar, de afecto, de sentimiento, de
golosina, de egoísmo satisfecho hasta el fin de su vida, si descubría el medio de fijarla y
conservarla en su proximidad.
Ahora bien, él era de ordinario hábil en descubrir por todas partes a su alrededor,
los medios de los que tenía necesidad.
Conocía desde hacía tiempo por una relaciones del Consejo general, del que eran
miembros ambos, por vecindad y afición a la caza, a uno de sus vecinos, el conde de
Brémontal, propietario del castillo de Bec, en Sahurs, frente a La Bouille, a algunos
kilómetros solamente de Dieppedalle. Era un hombre de veintiocho años, huérfano de
padre y madre, dueño de una muy hermosa fortuna en terrenos, muy buena persona,
excelente jinete y gran cazador. Toda su ambición y placer en la vida consistían en
administrar sus amplias propiedades, en los criaderos y en la cultura. Se le daba muy
bien, animado por este amor al terruño tan fuerte en los corazones normandos. Tenía
espíritu, el espíritu del país, un poco torpe, pero alegre, y un aspecto muy como debe
ser, incluso distinguido, de gentil hombre campesino, capaz de mantener el tipo en
cualquier parte.
Boutemart lo mimó, lo cameló, lo sedujo, se hizo su amigo, su compañero de caza
y de placer. Cenaron a menudo el uno con el otro, y cuando la joven muchacha regresó
definitivamente a casa de su padre, se encontró allí con aquel agradable vecino instalada
casi como en su casa.
A él le pareció muy bien. Le parecía encantadora. Montando los dos a caballo
juntos hicieron largas excursiones por el bosque de Roumare, siempre seguidos de un
criado para respetar todos los prejuicios.
Se organizaron paseos, jornadas de campo, fiestas campestres con todas las
familias de bien de la comarca. Finalmente él se prendó de ella, la cortejó y pronto se
despertó en ella ese deseo de gustar, de seducir, de conquistar, que duerme en el corazón
de las jovencitas. Ella fue amable, luego coqueta, y él la amó muy ardientemente como
hombre simple que era. Hizo su petición de matrimonio tras seis meses de atenciones.
Germaine admitió la petición, y el padre dijo “sí” de todo corazón.
Fue una buena pareja a quién llegó un hijo solamente después de cinco años de
unión.
La condesa se prendó por su hijo con un amor maternal extremo. Fue en ella la
revelación de un poderoso instinto, insospechado hasta ese momento en su carne, y ella
deseó más.
Tenía ganas sobre todo de una niña, para educarla al dictado de su alma, sus
gustos, su ideal de mujer.
Al no realizarse su deseo pronto, se entristeció, se preocupó, y, trastornada por
este inalcanzable sueño, dirigió al Cielo su plegaria de esposa. Una especie de devoción
particular y mística la empujó hacia María, patrona de las madres. No le imploraba
como lo hacen las fanáticas, con palabras y fórmulas, sino que le enviaba desde el fondo
de su corazón una constante y tierna oración.
No era una devota; incluso ni era una ardiente creyente, habiendo sido educada
entre un padre indiferente a esas cosas y una madre casi incrédula. La Sra. Boutemart,
en efecto, nacida en la época en la que las grandes disputas morales, filosóficas y
religiosas de la Revolución habían hecho desaparecer las creencias piadosas en muchas
familias, conservó toda su vida las opiniones independientes que le había inculcado su
padre.
Su hija Germaine fue sin embargo bautizada e hizo su primera comunión, pero no
recibió a continuación de su madre ninguna doctrina y ningún fervor religioso.
Ahora bien, cuando ella se vio huérfana y fue a pasar tres años en la elegante
pensión de París donde completó su educación en todos los géneros, se le impartió fe
cristinas como historia o música. El sacerdote director, encargado de conducir hacia
Dios las almas de esas señoritas, era un hombre hábil, insinuante, persuasivo y
dominante. Cuando descubrió las creencias indecisas e indolentes de Germaine, se
dispuso a convertirla con una tenacidad de misionero. Consiguió únicamente en hacerla
medio ferviente, quién pronto creyó con todo su corazón y su imaginación en la tan
conmovedora leyenda cristiana.
Ella tuvo accesos de ternura sentimental y de dulces impulsos de piedad hacia el
Salvador y su madre, la Virgen, pero jamás fue dominada por las prácticas del culto,
que estimaba hechas para el pueblo. Sin embargo siguió la misa del domingo, y cumplió
con sus deberes obligatorios tanto por conciencia como por compostura.
Entonces, a la Virgen María, madre de Cristo, ella le pedía un hijo, una niña; no
fue exactamente atendida, y la guerra de 1879, declarada bruscamente, tuvo más
influencia para satisfacer ese deseo que sus imploraciones al Cielo.
Aunque liberado de las obligaciones del servicio militar, el Sr. de Brémontal,
patriota ardiente, quiso enrolarse y partir a la primera noticia de Francia en peligro.
Germaine que lo amaba, sin gran pasión, pero como fiel y abnegada compañera, más
madre que esposa, fue presa de un miedo horroroso a perderlos, pues no deseaba otra
cosa que acabar su vida cerca de él, en ese castillos que le gustaba, en ese país que
adoraba, con unos hijos a su alrededor.
El pensamiento de los peligros que iba a correr, la posibilidad de su muerte, la
inquietud con la que sufriría durante esta peligrosa ausencia, le hicieron decidirse a
intentar por todos los medios, por todos los ardides, por todos los argumentos,
disuadirlo de su resolución.
¿Qué hizo? Lo que toda mujer bonita y joven hubiese hecho; se volvió cariñosa,
con sutilidades y coqueterías tan ligeras que él fue arrojado a un nuevo amor. Ella
encontró, para el marido, lo que su corazón consideraba un gran deber, seducciones
inesperadas de esposa, que se aferra y se entrega como una amante apasionada.
Ella nunca había sido eso para él, nunca había sentido salir de ella esa seducción
turbadora, ese encanto tan cautivador de los besos que hacen olvidar todo y consentir
todo. Y él descubrió de pronto ese abandono apasionado en su esposa con un radiante
asombro. Conquistado, cedió al principio a todas las ternuras, a todas las caricias, a
todas las señales de amor con las que ella lo enlazaba y lo encadenaba.
Pero, cuando la derrota de los franceses, se convirtió en irreparable, cuando los
grandes desastres se supieron, cuando la ruina del país fue inminente, su corazón de
gentil hombre patriota latió más fuerte que su corazón de amante. Hijo de viejos señores
normandos, heredero de su bravura y de su audacia aventurera, sintió, comprendió que
debía dar el ejemplo del valor a su alrededor, y se fue bruscamente una mañana, con
lágrimas en los ojos y desesperación en el alma. Durante varias semanas ella recibió
cartas de su marido, y supo que había podido reunirse con el ejército del general Chanzy
que todavía luchaba. Luego cesó toda noticia. Ella cayó enferma, y he aquí que un día,
lo que en otro momento le hubiese parecido una gran alegría, le fue revelado por el
doctor Paturel, llamado en consulta. Estaba embarazada.
¡Oh! qué meses terribles pasó, cinco meses de angustias espantosas durante las
que no recibió nada de él. ¿Estaba muerto o prisionero?
Esta frase, siempre la misma, acosaba su pensamiento, la obsesionaba noche y día.
Y ahora todavía la repetía, caminando de un extremo al otro del salón.
Las horas y las medias sonaban una tras otra en el timbre de la esfera, y la condesa
no se decidía a subir. Un desamparo más desgarrador que otras noches, una especie de
presentimiento siniestro oprimía su alma. Se sentó, se volvió a levantar, se dedicó a
pensar, luego, cansada de espíritu como de cuerpo, llevó los cojines del diván e hizo con
su gran sillón una especie de cama ante el fuego para tratar de dormitar allí algún
tiempo aún, ya que su habitación le daba miedo. Por fin sus ojos se hicieron pesados y
su pensamiento se hundió en esa confusión de la vida que se adormece, del ser mitigado
por el descanso, cuando un extraño ruido, desconocido, la hizo sobresaltar y la
incorporó.
Escuchaba, jadeante. Eran voces que se aproximaban, voces de hombres.
Entonces, corriendo hacia la ventana, la entreabrió para oír mejor detrás del tejadillo.
Distinguió huellas de caballos en la nieve, un ruido de hierros, de sables chocando; y las
voces, cada vez más próximas, pronunciando palabras extranjeras.
¡Ellos! ¡Eran los prusianos!
Se arrojó hacia el cordón de la campanilla y tiró, tiró con todas sus fuerzas,
haciéndola sonar como toca a rebato en los peligros inmediatos. Luego la imagen de su
hijo, de su pequeño Henri, golpeándola como una bala en el corazón, la lanzó escaleras
arriba hacia su habitación.
Los criados, despertados, corrían, con una bujía en la mano, apenas vestidos: el
mayordomo, el cochero, una sirviente, una cocinera y la criada del niño.
La condesa gritaba:
¡Los prusianos! ¡Los prusianos!
En el mismo instante, un golpe tan fuerte estremeció la gran puerta, que se hubiese
dicho un golpe de ariete, y una voz poderosa grito desde fuera una orden en alemán, que
nadie comprendió dentro.
Entonces la Sra. de Brémontal ordenó a sus dos viejos criados:
– No debemos resistir, para evitar violencias. Id rápido a abrirles, y darles lo que
quieran. En cuanto a mí, me encierro con mi hijo. Si os hablan de mi, decidles que estoy
enferma, incapaz de bajar.
Otro golpe estremeció la puerta, e hizo vibrar todo el castillo. Otro aún lo siguió,
luego otro, luego otro. Sonaban en el corredor como un cañón. Voces aullaban bajo las
paredes, se hubiese dicho que un asedio comenzaba.
La condesa desapareció con Annette en la habitación del pequeño, mientras que
los dos hombres descendían presurosos para abrir a los invasores, y la cocinera y la
criada, desesperadas de miedo, quedaban de pie sobre los descansillos de la escalera a
fin de esperar los acontecimientos, y huir por cualquier salida abierta.
Cuando la Sra. de Brémontal levantó las sábanas de la cama de Henri, éste dormía,
no habiendo oído nada en sus sueños sin preocupaciones. Su madre, despertándolo, no
sabía que decirle sin asustarlo o aterrorizarlo anunciándole la presencia de hombres
malvados que estaban abajo con armas.
Cuando él abrió los ojos bajo sus besos, ella le contó que unos soldados pasando
por la región habían entrado en el castillo, y como él había oído a menudo hablar de la
guerra, preguntó:
– ¿Son soldados enemigos, mamá?
– Sí, hijo mío, soldados enemigos.
– ¿Sabes si han visto a papá?
Ella recibió en el corazón una terrible conmoción y respondió:
– No lo sé, querido.
Lo vistió con Annette, aprisa, y lo cubrió con sus ropas de abrigo, pues no podiá
saber ni prever nada.
Los golpes de ariete habían cesado. NO se oía ahora más que un gran rumor de
voces y de chasquidos de sables en el interior del castillo. Era la toma de posesión, la
invasión del edificio, la violación de la intimidad sagrada de la vivienda.
La condesa se sobresaltaba oyéndolos, y sintiendo despertar en ella una ola furiosa
de cólera e indignación. Su casa. Estaban en su casa, esos odiosos prusianos, dueños
absolutos, libres de hacer lo que quisieran, pudiendo incluso matar.
De pronto unos golpes de dedos golpearon a su puerta.
Preguntó:
¿Quién es?
La voz de su mayordomo respondió:
–Soy yo, señora condesa.
Abrió. El criado apareció, y ella balbució:
–¿Y bien?
– ¡Y bien! Quieren que la Señora baje.
– No quiero.
– Han dicho que si la Señora no quiere, subirán a buscarla.
Ella no tuvo miedo. Le había vuelto toda su sangre fría, y un valor de mujer
exasperada. Era la guerra, pues bien, ella se comportaría como un hombre.
– Diles que no tengo por que recibir órdenes suyas y que me quedo aquí.
Pierre vacilaba, habiendo comprendido que el oficial comandante era un bruto.
Pero ella repitió con tono firme: “Vete”, a lo que él obedeció. No giró la llave,
para no dar la sensación de ocultarse, y esperó, palpitante.
Unos pesados pasos subieron enseguida por la escalera, eran de varios hombres, y,
de nuevo, su puerta fue golpeada.
Ella preguntó:
–¿Quién es?
Una voz extranjera pronunció:
– Un oficial prusiano.
– Entre, dijo ella.
Un hombre joven muy alto se presentó, saludó, y, en buen francés, casi sin acento:
– Le ruego me perdone, señora, si ejecuto la orden de mi superior, que me ha
encargado que la lleve junto a él. ¿Quiere usted bajar voluntariamente? Es lo mejor que
puede hacer, por usted y por nosotros.
Ella dudó un segundo, luego:
– Sí, señor, lo sigo.
Y, llamando a su criado de pie detrás del oficial:
– Coge al niño en brazos y sígueme. No quiero separarnos.
El hombre obedeció y la siguió, llevando a su hijo. Entonces ella pasó ante el
prusiano y bajó a paso lento, molesta por su altura, sosteniéndose a la rampa, y Annette
quedó sola en la habitación, demasiado paralizada de terror para hacer el menor
movimiento.
Llegando a la entrada del salón percibió siete u ocho oficiales, instalados ya como
en su casa, estando la tropa en el pueblo. Fumaban, estirados en los sillones, con los
sables depositados sobre la mesa, sobre los libros, sobre los poetas, mientras que dos
ordenanzas custodiaban la puerta.
En un primer vistazo distinguió al jefe, de espaldas al fuego, con las suela de una
bota dirigida a la llama. Había quitado su capucha del uniforme, y en su rostro barbudo
parecían relucir la alegría de la victoria y el placer de tener calor.
Viéndola entrar hizo un ligero saludo militar con la mano sin descubrirse,
impertinente y breve, luego dijo con esa pronunciación alemana que parece dicha con la
boca llena de choucrout y de salchichas:
– Ef ufte la dama de este caftillo?
Ella estaba de pie ante él, sin haber devuelto su insolente saludo, y respondió un
“sí” tan seco que todos los ojos fueron de la mujer al soldado.
Sin inmutarse él dijo:
– ¿Cuanfftas perffonas hay aquí?
– Tengo dos viejos criados, tres criadas y tres jornaleros.
– ¿Qué hace fu marido? ¿Donde efftá?
Ella respondió apresuradamente:
–Es soldado, como usted, y lucha.
El oficial replicó con insolencia:
– ¡Ffien! entonces está venffido.
Y se río con una gran risa de barbudo. Luego, cuando hubo reído, dos o tres
rieron, también torpemente, con diferentes timbres, que daban la medida de las
francachelas teutonas. Los demás se callaban examinando con atención esa valiente
francesa .
Entonces ella dijo, desafiando al jefe con una intrépida mirada:
– Señor, usted no es un caballero, viniendo a insultar a una mujer en su casa, como
usted hace.
Se hizo un gran silencio, bastante largo, terrible. El soldado germano permanecía
impasible, riendo siempre, como el amo de la situación que puedo querer todo a su
gusto.
– No, dijo, uffte no efftá en fu casa; uffte efftá en nuefftra casa. No hay naadie en
ffu casa en Francia.
Y continuó riendo todavía, con la radiante certeza de haber afirmado una verdad
incuestionable y asombrosa.
Ella respondió exasperada:
– La violencia no es un derecho. Es un crimen atroz. Usted no es más que un
ladrón en una casa desvalijada.
Una cólera iluminó los ojos del prusiano.
– Yo foy a demofftrarle que uffted no efftá en su casa. Pues yo le ordeno que
abandone effta casa, o la hago encerrar.
Al ruido de esta desafiante voz, dura y fuerte, el pequeño Herni, más sorprendido
que asustado por esos hombres, se puso a emitir unos gritos penetrantes.
Oyendo llorar al niño, la condesa perdió la cabeza y la idea de las brutalidades a
las que esa soldadesca se podía librar, de los peligros que su querido hijo podía correr,
impulsó a su corazón súbitamente con unas ganas locas, irresistibles, de irse, de huir no
importaba a donde, a una choza del pueblo. Se la echaba fuera. ¡Tanto mejor!
II
[Descripción del doctor Paturel hijo]
Su rostro recordaba un poco la delgada máscara de Voltaire y de Bonaparte. Tenía
la nariz curvada y puntiaguda, la mandíbula fuerte, los huesos marcados bajos las
orejas, y el mentón afilado, ojos gris pálido, con la mancha negra de la pupila en medio,
y tal aire de autoridad en sus palabras y en sus demostraciones profesionales que
inspiraba a todo el mundo una gran confianza. Curó a personas reputadas luego de largo
tiempo incurables, reumatismos, anquilosados de los campos, inválidos por la humedad,
mediante métodos higiénicos, de alimentación y ejercicio, y unos polvos que le
proporcionaron gran fama; curaba las plagas antiguas con antisépticos nuevos, y
perseguía el microbio según los procedimientos más recientes. Luego, cuando había
curado a un enfermo, parecía dejar tras el la limpieza en la casa. Prosperó, se le llamaba
de muy lejos, y el dinero llegó, pues cobraba las visitas según las distancias y las
fortunas.
[Conversación del doctor Paturel hijo, el abad Marvaux y André, segundo hijo
inválido de la Sra. de Brémontal]
– Ha sido usted el primer médico del departamento... la fortuna, todo.
– Pero vivo aquí, dijo él, aquí me carcomo, pierdo mi vida, todo lo que amo y todo
lo que deseo, no lo tengo. ¡Ah! ¡Paris, París!... ¿Acaso puedo trabajar para mí, aquí,
trabajar por la ciencia? ¿Tengo los laboratorios, los hospitales, los sujetos raros, todas
las enfermedades desconocidas y conocidas del mundo entero bajo los ojos? ¿Luego
hacer experimentos, relaciones, convertirme en miembro de la Academia de medicina?
Aquí, no tengo nada de eso, ni futuro, ni distracciones, ni placer, ni mujer con quién
casarme o amar, ni gloria a alcanzar, nada, nada más que una gloria provinciana. Yo
curo, sí, curo a la gente, a los burgueses avaros que pagan en plata, a veces en oro, y
nunca en billetes. Curo la pequeña miseria del más común de los hombres, pero nunca a
príncipes, a embajadores, a ministros, a grandes artistas, cuya cura repercute y es
conocida hasta en el extranjero. Cuido y curo, en una palabra, en el interior de una
provincia, el deshecho de la humanidad.
El sacerdote lo escuchaba con un aire un poco crispado, un poco ofendido.
Murmuró:
– Eso es tal vez más noble, más grande y más hermoso.
Pero el médico, rabioso, replicó:
– Yo no vivo para los demás, vivo para mí, señor cura.
El abad sintió agitarse su alma de apóstol. Añadió:
– Cristo murió por los hombres.
Y el médico gruño:
– Pero yo no soy Cristo, ¡nombre de un perro! soy el doctor Paturel, agregado de
la Facultad de Medicina de París.
El abad respondió con calma, habiendo pasado en algunos segundos por un ciclo
de ideas, llegando casi a los límites del pensamiento humano, pues percibía todas las
grandezas y las pequeñeces del ideal. Y concluyó:
– Quizás tanga usted razón. Desde su punto de vista, está usted en lo cierto. Y para
usted eso es lo único bueno.
–¡Caramba!, dijo el médico con voz clara, que sonó en el aire seco.
Luego el sacerdote añadió:
– Sin embargo tiene usted un gran corazón, pues permanece aquí por su madre.
El doctor se sobresaltó, se había tocado su herida, su pena, su íntima ternura.
– Sí, nunca la abandonaré.
Sus ojos cayeron juntos sobre el inválido que los escuchaba con todos sus oídos y
los comprendía muy bien.
Y las miradas de los dos hombres habiéndose encontrado de repente se dijeron
cosas misteriosas sobre el destino y el porvenir de ese niño, comparado con los suyos.
Él era el miserable.
Pero el pensamiento del Cristo acosaba al abad. Retomó la conversación:
– Yo adoro a Cristo.
El médico respondió:
– Señor cura, desde que el mundo existe, todos los dioses concebidos por el
pensamiento humano son unos monstruos. ¿No fue Voltaire quién dijo: Las Escrituras
pretenden que Dios hizo el hombre a su imagen, y el hombre lo ha reflejado bien?
Acumulaba las pruebas, las injusticias, las ferocidades, los perjuicios de la
Providencia. Añadió:
–Yo, que soy médico de las pobres personas, veo esos perjuicios, los constato
todos los días. Usted también, además, que cuida sus almas. Si tuviese que escribir un
libro, una antología de documentos al respecto, la titularía: El Dossier de Dios: y sería
terrible, señor cura.
El abad Marvaux suspiró:
– No podemos penetrar en esas cuestiones y en esos misterios fuera de nuestras
facultades cerebrales. Yo, no creo que comprenda a Dios. Él es demasiado extenso y
demasiado universal para nuestros espíritus. La palabra Dios representa una concepción
y una explicación cualquiera, un refugio contra las dudas, un asilo contra el miedo, un
consuelo contra la muerte, un remedio contra el egoísmo. Es una fórmula de la
fraseología religiosa. Dios: eso no es un Dios... Nosotros hombres, no podemos amar
más que a un Dios tangible y visible. El otro, el desconocido, el inalcanzable, el
inmenso, no habiéndonos sido concedido un sentido para comprenderlo, por piedad, por
nuestros corazones, nos envío a Cristo.
El sacerdote, alucinado, se calló, luego, siguiendo su único pensamiento,
murmuró:
– ¿Quién sabe? Quizás Cristo también haya sido confundido por Dios en su
misión, como lo estamos nosotros. Pero se ha convertido en el mismo Dios para la
tierra, para nuestra tierra miserable, para nuestra pequeña tierra cubierta de sufrimientos
y de villanos. Es Dios, nuestro Dios, mi Dios, y yo lo amo con todo mi corazón de
hombre y con toda mi alma de sacerdote. ¡Oh, maestro crucificado en el Calvario, soy
tuyo, tu hijo y tu servidor!
El médico sorprendido, murmuró:
– ¡Que extraño que diga usted eso!
– Sí, dijo el sacerdote, Cristo debe ser también una víctima de Dios. Él ha recibido
una falsa misión, la de ilusionarnos mediante una nueva religión. Pero el divino Enviado
ha cumplido tan bien esta misión, tan magnífica, tan devota, tan dolorosa, tan
inimaginablemente grandiosa y enternecedora, que ha tomado para nosotros la plaza de
su Inspirador. ¿Qué es Dios, palabra vaga, ante Cristo? ¿Nosotros que no sabemos nada
y no estamos relacionados con nada excepto por nuestros pobres órganos, podemos
adorar esas letras, de las que no comprendemos el sentido, ese Dios tenebroso del que
no nos figuramos nada, ni la existencia, ni la intención, ni el poder, del que no
conocemos más que un pequeño intento de creación torpe, despreciable, la tierra,
especie de bañera para las almas atormentadas de saber, y para los cuerpos de mala
salud? No, no podemos amar eso. Pero Cristo, en el que todo es piedad, todo es
grandeza, todo es filosofía, todo el conocimiento de la humanidad ha descendido no se
sabe de donde, él, que fue más desgraciado que los más miserables, que nació en un
establo y murió clavado a un tronco de árbol, dejándonos a todos la única palabra de
verdad que haya sido sabia y consoladora para vivir en este triste lugar, ese es mi Dios,
ese es mi Dios.
Un suspiro a su lado le hizo callar. André lloraba en su coche de inválido.
El sacerdote le beso en la frente. El jovencito balbucía:
– ¡Como me gusta oírlo hablar! Yo le comprendo perfectamente.
Y el sacerdote le respondió:
Pobre pequeño, tú también, tú has recibido del implacable destino una triste
suerte. Pero tendrás al menos, creo, en compensación de todas las alegrías físicas, las
únicas hermosas cosas que están permitidas a los hombres, el sueño, la inteligencia y el
pensamiento.
[Meditación imprecatoria sobre Dios]
Eterno asesino que parece no disfrutar más que con el placer de producir, tan solo
para saborear incansablemente su pasión encarnizada de matar de nuevo, de recomenzar
sus exterminios a medida que crea seres. Asesino hambriento de muerte emboscado en
el Espacio, para crear seres y destruirlos, mutilarlos, imponerles todos los sufrimientos,
golpearlos con todas las enfermedades, como un destructor infatigable que continúa sin
cesar su horrible tarea. Ha inventado el cólera, la peste, el tifus, todos los microbios que
corroen el cuerpo. Solamente, sin embargo, los animales son ignorantes de esta
ferocidad, pues ellos desconocen esta ley de la muerte que los amenaza tanto como a
nosotros. El caballo que brinca al sol en una pradera, la cabra que escala sobre las rocas
con su forma ligera y flexible, seguida del macho, los pichones que ronronean sobre los
tejados, las palomas pico con pico bajo el verdor de los árboles, semejantes a dos
amantes que se dicen sus ternuras, y el ruiseñor que canta al claro de luna junto a su
hembra que incuba, desconocen la eterna masacre de ese Dios que los ha creado. El
cordero que...
El texto finaliza aquí.

lunes, 26 de enero de 2009

LOS CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA

LOS CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA
Anatoli Dneprov




- ¡Eh! ¡Vayan con cuidado! - les gritó Cookling a los marineros. Estos estaban con el agua hasta la cintura, y después de haber metido por la borda de la barca un pequeño cajón de madera, intentaban arrastrarlo a lo largo de la borda.

Era el último cajón de los diez que había traído el ingeniero a la isla.

- ¡Vaya calor! Es un infierno - se lamentó Cookling secándose el rollizo y rojo cuello con un pañuelo de colores. Después se quitó la camisa empapada de sudor y la echó sobre la arena -. Desnúdese, Bad, aquí no hay ninguna civilización.

Yo miré melancólicamente la ligera goleta, que se mecía lentamente en las olas a unos dos kilómetros de la costa. Debería volver por nosotros al cabo de veinte días. - ¿Para qué demonios nos hemos metido con sus máquinas en este infierno solar? - le dije a Cookling cuando me quitaba la ropa -. Con este sol, mañana se podrá liar tabaco con su piel.

- No importa. El sol nos hace mucha falta. A propósito, mire, ahora es exactamente mediodía y lo tenemos verticalmente sobre la cabeza.

- En el ecuador siempre es así - mascullé sin apartar los ojos de la «Paloma» -, según lo describen todos los libros de geografía.

Se acercaron los marineros y se pararon en silencio ante el ingeniero. Este, pausadamente, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de billetes.

- ¿Basta? - preguntó alargándoles unos cuantos.

Uno de ellos asintió con la cabeza.

- En este caso, están libres. Pueden regresar a la nave. Recuérdenle al capitán Gale que lo esperamos dentro de veinte días.

- Manos a la obra, Bad - me dijo Cookling -. Estoy muy impaciente por empezar.

Yo lo miré fijamente.

- Hablando claramente, no sé para qué hemos venido aquí. Comprendo que allá en el Almirantazgo usted quizá tuviese ciertos reparos en decírmelo todo. Ahora creo que lo puede hacer.

El rostro de Cookling se contrajo en una mueca y miró al suelo.

- Claro que se puede... Y allá se lo habría dicho, de tener tiempo.

Presentí que mentía, pero no dije nada. Mientras tanto Cookling, de pie, se frotaba el cuello rojo púrpura con la rolliza palma de la mano.

Sabía que cuando él iba a mentir, siempre hacía esto.

Ahora me lo confirmaba.

- Vea usted, Bad, se trata de un divertido experimento para verificar la teoría de ese, cómo se llama... - se interrumpió y clavó sus ojos en los míos con mirada penetrante.

- ¿De quién?

- De sabio inglés... Caramba, se me ha ido de la cabeza su apellido... ¡Ah, lo recuerdo! de Charles Darwin.

Me acerqué a él hasta tocarlo y le puse la mano en el hombro desnudo.

- Oiga, Cookling. Usted seguramente cree que soy un idiota de remate y que no sé quién es Charles Darwin. Déjese de mentiras y dígame claramente para qué hemos desembarcado en esta parcela de arena ardiente en medio del océano. Y le ruego que no me mencione más a Darwin.

Cookling soltó una carcajada, abriendo la boca y mostrando sus dientes postizos. Se separó unos cinco pasos y dijo:

- Y a pesar de todo usted es un estúpido, Bad. Precisamente vamos a comprobar aquí la teoría de Darwin. - ¿Y para ello ha traído aquí diez cajones llenos de hierro? - le pregunté acercándome de nuevo a él. Me quemaba la sangre el odio hacia este gordiflón reluciente de sudor.

- Sí - dijo cesando de sonreír -. Y en lo que se refiere a sus obligaciones, antes que nada tiene que abrir el cajón número uno y sacar la tienda de campaña, el agua, las conservas y los instrumentos necesarios para abrir los demás cajones.

Cookling me habló como lo hizo en el polígono cuando me presentaron a él. Entonces iba de uniforme militar y yo también.

- Está bien - musité entre dientes y me acerqué al cajón número uno.

En dos horas levantamos allí mismo, a la orilla, la tienda de campaña. Introdujimos en ella la pala, la barra, el martillo, varios destornilladores, un punzón y otros instrumentos de herrería. Allí mismo colocamos cerca de un centenar de latas de diferentes conservas y los recipientes con agua dulce.

A pesar de ser jefe, Cookling trabajaba como un buey. En verdad estaba impaciente por empezar. Trabajando no advertimos cómo la «Paloma» levó anclas y desapareció tras el horizonte.

Después de cenar la emprendimos con el cajón número dos. En él había una carretilla común de dos ruedas parecida a las que se usan en los andenes de las estaciones ferroviarias para transportar el equipaje.

Me acerqué al tercer cajón, pero Cookling me detuvo: - Examinemos primeramente el mapa. Tendremos que distribuir y llevar a diferentes sitios el resto de la carga.

Yo lo miré con asombro.

- Es necesario para el experimento - me explicó.

La isla era circular, como un plato vuelto hacia abajo, con una pequeña bahía en el norte, precisamente donde desembarcamos. La bordeaba una playa de arena de unos cincuenta metros de ancho. A continuación de la franja de arena empezaba una meseta de poca altura con un matorral bajo y reseco por el calor.

El diámetro de la isla no pasaba de tres kilómetros.

En el mapa había unas señales con lápiz rojo: unas a lo largo de la playa, otras en el interior.

- Lo que vamos a sacar ahora tenemos que distribuirlo por estos lugares - dijo Cookling.

- ¿Qué es esto? ¿Instrumentos de medición?

- No - dijo el ingeniero y se echó a reír. Tenía la exasperante costumbre de reírse cuando alguien ignoraba lo que él sabía.

El tercer cajón pesaba terriblemente. Supuse que contenía una maciza máquina. Cuando saltaron las primeras tablas, poco me faltó para gritar de asombro. Del mismo se deslizaron y cayeron planchas y barras metálicas de diversas dimensiones y formas. El cajón estaba repleto de piezas metálicas.

- ¡Como si tuviéramos que jugar al rompecabezas de cubos! - exclamé sacando los pesados lingotes: paralelepipédicos, cúbicos, circulares y esféricos.

- ¡Quiá! - contestó Cookling y la emprendió con el siguiente cajón.

El cajón número cuatro y todos los siguientes, hasta el noveno inclusive, estaban llenos de lo mismo: piezas metálicas.

Estas piezas eran de tres clases: grises, rojas y plateadas. Sin dificultad determiné que eran de hierro, cobre y zinc.

Cuando iba a emprenderla con el décimo y último cajón Cookling dijo:

- Este lo abriremos cuando hayamos distribuido las piezas por la isla.

Los tres días siguientes los invertimos en distribuir el metal por la isla. Las piezas las poníamos en pequeños montones. Unos, sobre la arena, otros, por indicación del ingeniero, los enterrábamos. En unos montones había barras metálicas de todas clases, en otros, sólo de una clase.

Cuando terminamos con todo esto, volvimos a la tienda de campaña y nos acercamos al cajón número diez.

- Ábralo, pero con cuidado - ordenó Cookling.

Este cajón era mucho más ligero que los otros y de menor dimensión.

En él había serrín bien apisonado y, en medio, un paquete envuelto en fieltro y en papel encerado. Desenvolvimos el paquete.

Lo que apareció ante nosotros era un aparato de forma rara.

A primera vista parecía un gran juguete metálico para niños, semejante a un cangrejo de mar. Sin embargo esto no era un cangrejo común y corriente. Además de las seis patas articuladas, llevaba delante dos pares más de finos brazos-tentáculos, cuyos extremos estaban escondidos en el entreabierto «hocico» del horroroso animal. En una concavidad del dorso del cangrejo brillaba un pequeño espejo parabólico de metal pulido con un cristal rojo oscuro en el centro. A diferencia de los cangrejos, éste tenía dos pares de ojos, uno delante y otro detrás.

Durante largo rato estuve mirando perplejo este bicho.

- ¿Le gusta? - me preguntó Cookling después de un largo silencio.

Yo me encogí de hombros.

- Parece que en realidad no hemos venido aquí más que a jugar con rompecabezas de cubos y juguetes de niños.

- Esto es un juguete peligroso - pronunció con presunción Cookling -. Ahora lo va a ver. Levántelo y póngalo en la arena.

El cangrejo resultó ligero, de no más de tres kilogramos.

En la arena se mantuvo con bastante estabilidad.

- Bueno, ¿y qué más? - le pregunté irónicamente al ingeniero.

- Esperemos un poco, que se caliente.

Nos sentamos en la arena y nos pusimos a observar el monstruo metálico. Al cabo de unos dos minutos observé que el espejito de la espalda giraba lentamente hacia el sol.

- ¡Oh, parece que se anima! - exclamé y me levanté. Cuando me puse de pie, mi sombra cayó casualmente en el mecanismo y el cangrejo, de súbito, empezó a caminar con sus patas y salió otra vez al sol. De lo inesperado que fue, di un enorme brinco echándome a un lado.

- ¡Vaya con el juguete! - rió a carcajadas Cookling -. ¿Qué, se ha asustado?

Yo me sequé el sudor de la frente.

- Dígame, por favor, Cookling, ¿qué vamos a hacer aquí? ¿Para qué hemos venido?

Cookling también se levantó y acercándoseme dijo ya seriamente:

- A comprobar la teoría de Darwin.

- Pero, si eso es una teoría biológica, teoría de la selección natural, de la evolución, etc... - musité.

- Precisamente. A propósito, mire, nuestro héroe va a beber agua.

Yo estaba anonadado. El juguete se acercó a la orilla y dejando caer una pequeña trampa absorbía agua. Una vez saciado, volvió otra vez al sol y se quedó inmóvil.

Miré esta pequeña máquina y sentí una mezcla de repugnancia y miedo hacia ella. Por un instante me pareció que el torpe cangrejo recordaba en algo al mismo Cookling.

Después de cierta pausa le pregunté al ingeniero: - ¿Esto lo ha inventado usted?

- Ajá - casi mugió asintiendo, y se echó en la arena.

Yo también me eché y, callado, clavé la mirada en el extraño aparato, que parecía inanimado.

Me arrastré de bruces hacia el aparato y empecé a observarlo.

El dorso del cangrejo era la superficie de un semicilindro de bases planas, por delante y por detrás. En cada una de estas había dos agujeros de lejano parecido con los ojos. Esta impresión la acentuaba el brillo de unos cristales que había en el interior del cuerpo. Debajo del cuerpo se veía una plataforma plana: la panza. Un poco más arriba del nivel de la plataforma, y del interior del cuerpo, salían tres pares grandes y dos pares pequeños de tentáculos con pinzas.

El interior del cangrejo no se podía ver.

Mirando este juguete, yo intentaba comprender por qué el Almirantazgo le concedía tanta importancia, hasta el extremo de equipar una nave especial para su traslado a la isla.

Cookling y yo seguimos echados en la arena hasta que el sol hubo bajado tanto en el horizonte que la sombra de los arbustos que crecían a lo lejos llegó a cubrir un poco el cangrejo metálico. En cuanto esto sucedió, éste empezó a moverse ligeramente y de nuevo se puso al sol. Pero la sombra lo alcanzó allí también. Entonces el cangrejo se arrastró a lo largo de la costa, acercándose cada vez más agua, que aún seguía iluminada por el sol. Parecía que el calor de los rayos solares le era Imprescindible.

Nosotros nos levantamos y lentamente fuimos tras la máquina.

Así, poco a poco, fuimos dando la vuelta a la isla hasta que aparecimos en la parte occidental de la misma.

Aquí, junto a la orilla, había uno de los montones de barras metálicas. Cuando el cangrejo se halló a unos diez metros del montón, de súbito, y olvidándose del sol, se lanzó precipitadamente hacia aquél y se quedó inmóvil junto a una de las barras de cobre.

Cookling me dio en el brazo y dijo:

- Ahora vamos a la tienda de campaña. Lo interesante será mañana por la mañana.

En la tienda de campaña cenamos callados y nos envolvimos cada uno en una ligera manta de franela. Me pareció que Cookling estaba satisfecho de que yo no le hiciera preguntas. Antes de dormirme oí que se volvía de un costado a otro, y a veces se reía. El sabía algo que nadie conocía.

Al día siguiente, por la mañana temprano, fui a bañarme. El agua estaba templada y nadé largo rato en el mar, contemplando cómo en el oriente, sobre la llanura de agua apenas alterada por las olas, se encendía la purpúrea aurora. Cuando volví a nuestro refugio y entré en la tienda, el ingeniero militar ya no estaba allí.

«Se habrá marchado a contemplar a su monstruo mecánico», pensé y abrí una lata de piña.

No bien me hube comido tres trocitos, cuando se oyó a lo lejos, débilmente al principio, y después cada vez más potente, la voz del ingeniero:

- ¡Teniente, venga corriendo! ¡De prisa! ¡Ha empezado! ¡Corra aquí!

Salí de la tienda y vi a Cookling que, de pie, entre las matas, agitaba la mano.

- ¡Vamos! - me dijo resollando como una locomotora -. Vamos de prisa.

- ¿Adónde, ingeniero?

- Adonde dejamos ayer a nuestro buen mozo.

El sol ya estaba bastante alto cuando llegamos al montón de las barras metálicas. Estas resplandecían vivamente y al principio no pude percibir nada.

Sólo cuando no faltaban más de dos pasos para llegar junto al montón, percibí hilitos finos de humo azulado que se elevaban, Y después... Me detuve corno paralizado. Me restregué los ojos, pero la visión no desapareció.

Junto al montón de metal había dos cangrejos exactamente iguales al que sacamos el día anterior del cajón.

- ¿Será posible que uno de ellos estuviese enterrado en la chatarra metálica? - exclamé.

Cookling se puso varias veces en cuclillas y se rió frotándose las manos.

- ¡Deje ya de una vez de hacerse el idiota! - le grité -. ¿De dónde ha surgido el segundo cangrejo?

- ¡Ha nacido! ¡Ha nacido esta noche!

Yo me mordí el labio y sin decir palabra me acerqué a los cangrejos de cuyos dorsos se elevaban finos hilos de humo. Al Principio me pareció que tenía alucinaciones: ¡los dos cangrejos trabajaban con celo!

Sí, trabajaban, así como se dice, eligiendo el material con movimientos rápidos de sus finos tentáculos anteriores. Los tentáculos anteriores tocaban las barras metálicas Y, creando en sus superficies un arco voltaico, como en la soldadura eléctrica, fundían trozos de metal. Los cangrejos se metían el metal en sus anchas bocas. En el interior de estos bichos metálicos ronroneaba algo. A veces salía crepitando de las fauces un haz de chispas, después, el segundo par de tentáculos sacaba del interior las piezas elaboradas.

Estas piezas, en determinado orden, se montaban en la pequeña plataforma que iba saliendo poco a poco por debajo del cangrejo.

En la plataforma de uno de los cangrejos ya estaba casi montada la copia acabada del tercer cangrejo, mientras que en la del segundo cangrejo apenas empezaban a perfilarse los contornos del mecanismo. Estaba terriblemente asombrado ante lo que veía.

- ¡Pero si estos bichos construyen otros semejantes a sí mismos! - exclamé.

- Exactamente. El único objetivo de esta máquina es construir otras semejantes - dijo Cookling.

- Pero, ¿es posible eso? - pregunté sin poder comprender ya nada.

- ¿Por qué no? Cualquier máquina, por ejemplo el torno, puede elaborar piezas para otro torno igual que él. Y se me ha ocurrido hacer una máquina-autómata que pueda reconstruirse desde el principio hasta el fin. El modelo de esta máquina es mi cangrejo.

Yo me quedé pensativo, procurando comprender lo que me había dicho el ingeniero. En este momento, las fauces del primer cangrejo se abrieron y de allí se deslizó una cinta metálica ancha. Esta cinta envolvió todo el mecanismo montado en la plataforma, formando de tal manera el dorso del tercer autómata. Cuando el dorso estuvo montado, las rápidas patas anteriores soldaron las paredes anterior y posterior con los orificios y el nuevo cangrejo ya estaba listo. Como en sus hermanos, en una oquedad de la espalda brillaba el espejo metálico con el cristal rojo en el centro.

El cangrejo productor retiró la plataforma bajo la panza y su «hijo» se plantó con sus patas en la arena. Yo noté que el espejo del dorso empezó a girar lentamente en busca del sol. Un poco después, el cangrejo se fue a la orilla y sació su sed. Luego se puso al sol, inmóvil, a calentarse.

Pensé que todo era un sueño.

Estaba yo observando al recién nacido cuando Cookling dijo:

- Ya está listo el cuarto.

Torné la cabeza y vi que «había nacido» el cuarto cangrejo.

Mientras tanto, los dos primeros seguían como si tal cosa en el montón de metal, cortándolo y tragándoselo, repitiendo lo que ya habían hecho antes.

El cuarto cangrejo también fue a beber agua.

- ¿Para qué demonios beben agua? - pregunté.

- Para cargar de electrólitos el acumulador. Mientras alumbra el sol, su energía se transforma en electricidad mediante el espejo del dorso y la batería de silicio. Con esta energía basta para el trabajo del día y para recargar el acumulador. De noche el autómata se alimenta de la energía almacenada en el acumulador durante el día.

- Entonces, ¿estos bichos trabajan día y noche?

- Sí, día y noche, sin descansar.

El tercer cangrejo empezó a agitarse y también se arrastró al montón de metal. Trabajaban ya tres autómatas, mientras el cuarto se cargaba de energía solar.

- Pero si no hay material para las baterías de silicio en estos montones de metal... - le objeté procurando llegar a comprender la tecnología de esta monstruosa autoproducción de mecanismos.

- Ni falta que hace. Aquí hay cuanto se quiera - Cookling lanzó torpemente con el pie un poco de arena -. La arena es un óxido de silicio. En el interior del cangrejo, debido a la acción del arco eléctrico, se consigue obtener silicio puro.

Regresamos por la tarde a la tienda de campaña, cuando en el montón del metal ya estaban trabajando seis autómatas y dos se calentaban al sol.

- ¿Para qué todo esto? - le pregunté a Cookling durante la cena.

- Para la guerra. Estos cangrejos son una horrible arma de sabotaje - me dijo sinceramente.

- No comprendo, ingeniero.

Cookling terminó de masticar el estofado y, sin prisa explicó:

- Figúrese usted qué ocurriría si estos aparatos se dejasen subrepticiamente en territorio enemigo.

- Bueno, ¿y qué? - pregunté dejando de comer.

- ¿Sabe usted lo que es progresión?

- Supongamos que lo sé.

- Nosotros empezamos ayer con un cangrejo, ahora ya hay ocho. Mañana habrá sesenta y cuatro, pasado mañana, quinientos doce, y así sucesivamente. Dentro de diez días habrá más de diez millones. Para ello hacen falta treinta mil toneladas de metal.

Al oír estas cifras quedé mudo de asombro

- Sí, pero...

- Estos cangrejos en un corto espacio de tiempo pueden comerse todo el metal del enemigo, todos sus carros blindados, cañones, aviones, etc. Todas las máquinas, mecanismos, instalaciones. Todo el metal de su territorio. Al cabo de un mes no queda ni un gramo de metal en toda la esfera terrestre. Todo el metal se invierte en la producción de estos cangrejos. Tenga en cuenta que, durante la guerra, el metal es el material estratégico más importante.

- ¡Ahora comprendo por qué el Almirantazgo está tan interesado en su juguete!... - murmuré.

- Exactamente. Pero éste es solamente el primer modelo. Quiero simplificarlo considerablemente y con ello acelerar el proceso de reproducción de autómatas. Acelerarlo, digamos, en dos o tres veces. Hacer una construcción más estable y rígida. Hacerlos más móviles. Elevar la sensibilidad de los localizadores del metal. Entonces, durante la guerra, mis autómatas serán peor que la peste. Quiero que el enemigo pierda todo el potencial metálico en dos o tres días.

- Bien, pero cuando estos autómatas se traguen todo el metal del territorio enemigo, ¡se arrastrarán hacia nuestro propio territorio! - exclamé.

- Esto ya es otra cuestión. El trabajo de los autómatas se puede codificar y, sabiendo la clave, interrumpirlo en cuanto aparezcan en nuestro territorio. A propósito, de esta manera se pueden traer a nuestro territorio todas las reservas de metal del enemigo.

...Esa noche yo tuve unos sueños horribles. Avanzaban arrastrándose hacia mí legiones de cangrejos metálicos, haciendo ruido con sus tentáculos y con finas columnas de humo azul elevándose de sus cuerpos.

Los autómatas del ingeniero Cookling, al cabo de cuatro días, poblaron toda la isla.

De creer en sus cálculos, había más de cuatro mil.

Sus cuerpos relucientes al sol se veían por doquier. Cuando se terminaba el metal de un montón, empezaban a buscar por la isla y encontraban nuevos montones.

Al quinto día, ante la puesta del sol, fui testigo de una horrorosa escena: dos cangrejos riñeron por un trozo de cinc.

Esto fue en la parte sur de la isla, donde habíamos enterrado unas cuantas barras de cinc. Los cangrejos, que trabajaban en distintos lugares, iban periódicamente allí para elaborar la pieza de cinc correspondiente. Y ocurrió que acudieron al hoyo de cinc al mismo tiempo unas dos docenas de cangrejos y empezó un verdadero tumulto. Los mecanismos se arremetían mutuamente. Sobre todos se destacó un cangrejo más ágil que los otros y, según me pareció, más agresivo y fuerte.

Empujando a sus hermanos y arrastrándose por encima de ellos, intentaba coger del fondo del hoyo un trozo de metal. Cuando ya había alcanzado la meta, otro cangrejo se agarró del mismo trozo con sus pinzas. Ambos mecanismos tiraban para su lado. El que, según me pareció, era más ágil, le arrancó por fin el trozo a su adversario; sin embargo éste no se avino a ceder su trofeo y, corriendo detrás del otro, se sentó encima y le metió sus finos tentáculos en la boca.

Los tentáculos del primero y del segundo autómatas se enredaron y con descomunal fuerza empezaron a destrozarse.

Ningún mecanismo de alrededor prestó atención a aquello. Sin embargo, entre estos dos se libró una lucha a muerte. Vi que el cangrejo que estaba encima de repente cayó de espaldas y la plataforma de hierro se deslizó hacia abajo dejando al descubierto las entrañas. En este momento su enemigo empezó a cortarle el cuerpo con el arco eléctrico. Cuando el cuerpo de la víctima se deshizo en partes, el vencedor empezó a arrancarle las palancas, piñones, conductores y a metérselos rápidamente en la boca.

A medida que las piezas conseguidas de esta manera iban a parar al interior del rapiñador, su plataforma empezó a desplazarse rápidamente hacia adelante, realizándose en ella un febril montaje de un nuevo mecanismo.

Unos minutos después se deslizó de la plataforma a la arena el nuevo cangrejo.

Cuando le relaté a Cookling todo lo que había visto. éste se limitó a soltar su risita.

- Esto es precisamente lo que hace falta - dijo.

- ¿Para qué?

- Ya le he dicho que quiero perfeccionar mis autómatas.

- Bueno, ¿y qué? Coja los planos y piense cómo rehacerlos. ¿Para qué esta guerra civil? Así, van a comerse unos a otros.

- ¡Eso es! Y sobrevivirán los más perfectos.

Después de pensarlo objeté:

- ¿Qué quiere decir con los más perfectos? Si todos son iguales. Según tengo entendido, se reproducen a sí mismos.

- ¿Qué piensa usted? ¿Que se puede elaborar una copia absolutamente igual al original? Usted, seguramente debe saber que incluso en la producción de bolas para los cojinetes no se pueden hacer dos bolas exactamente iguales. Sin embargo, allí es más fácil de conseguirlo. Aquí el autómata productor tiene un sistema comparador, el cual compara la copia a hacer con su propia construcción. ¿Usted se figura qué va a resultar si cada copia siguiente se elabora según la copia anterior y no según el original? Al fin y al cabo puede resultar un mecanismo distinto del original.

- Pero si no se parece al original, no cumplirá su función fundamental de reproducirse - le repuse.

- Bueno, ¿y qué? de su cadáver otro autómata hará copias más acertadas. Las copias acertadas serán precisamente aquellas en que, de manera estrictamente casual, se acumulen las particularidades constructivas que las hagan más vitales. Así deben surgir las copias más fuertes, más rápidas y más simples. He aquí por qué no pienso romperme la cabeza con los planos. Sólo me queda esperar a que los autómatas se traguen todo el metal y empiecen la guerra entre ellos, tragándose mutuamente y reproduciéndose. Así surgirán los autómatas que me hacen falta.

Esa noche estuve largo rato sentado en la arena ante la tienda, mirando al mar y fumando. ¿Será posible que Cookling realmente haya acometido una empresa de graves consecuencias para la humanidad? ¿Será posible que en esta pequeña isla perdida en el océano hayamos cultivado una terrible peste capaz de tragarse todo el metal de la esfera terrestre?

Mientras yo estaba sentado pensando en todo este pasaron junto a mí varios bichos metálicos. Caminaban sin cesar de trabajar incansablemente con el chirriar de los mecanismos. Uno de los cangrejos tropezó conmigo, y yo, con repugnancia le di un puntapié. El cangrejo volcó y quedó impotente panza arriba. Casi instantáneamente se lanzaron sobre él otros dos cangrejos, y en la oscuridad relucieron cegadoras chispas eléctricas.

¡Al infeliz lo cortaban en trozos eléctricamente! Para mí aquello era el colmo. Me dirigí rápidamente a la tienda de campaña y saqué una barra del cajón. Cookling ya estaba roncando. Me acerqué cautelosamente al grupo de cangrejos y con todas mis fuerzas le di con la barra a uno de ellos. No sé por qué me había figurado que esto espantaría a los demás pero no ocurrió nada parecido. Sobre el cangrejo que yo había destrozado se lanzaron otros, y de nuevo refulgieron las chispas.

Yo repartí unos cuantos golpes más, pero eso sólo aumentó la cantidad de chispas eléctricas. Del interior de la isla acudieron unos cuantos bichos más.

En la oscuridad sólo veía los contornos de los mecanismos y en este tumulto me pareció que uno de ellos era de dimensiones particularmente grandes.

Lo hice mi blanco. Sin embargo, cuando mi barra tocó su espalda, di un grito y salté a un lado: ¡había recibido una descarga eléctrica a través de la barra! El cuerpo de este bicho no sé de qué manera tenía un potencial eléctrico. «Protección originada por la evolución», cruzó por mi mente.

Con el cuerpo temblando me acerqué al ruidoso grupo de mecanismos para recobrar mi barra. ¡Eso era lo que yo pensaba! En la oscuridad, a la luz irregular de muchos arcos eléctricos, vi como cortaban en partes mi barra. El que con más porfía lo hacía era el autómata más grande, el que yo quería destruir.

Regresé a la tienda de campana y me eché en la cama.

Durante cierto tiempo logré caer en un pesado sueño. Esto, al parecer, no duró mucho. El despertar fue repentino: sentía que por mi cuerpo se arrastraba algo frío y pesado. Me levanté de un salto. El cangrejo (en el primer momento no había caído en ello) desapareció en el interior de la tienda. Al cabo de unos segundos vi una deslumbrante chispa eléctrica. El maldito cangrejo había venido adonde estábamos nosotros en busca de metal. Su electrodo estaba cortando la lata de agua dulce.

Sacudiendo rápidamente a Cookling lo desperté, y le expliqué desconcertadamente el caso.

- ¡Todas las latas al mar! ¡Las provisiones y el agua al mar!- ordenó.

Empezamos a transportar las latas al mar y a colocarlas en el fondo arenoso donde el agua nos llegaba a la cintura. Allá llevamos también todos nuestros instrumentos.

Empapados y sin fuerzas, permanecimos sentados a la orilla, sin dormir hasta el amanecer. Cookling resollaba con dificultad, y yo, para mis adentros, me alegré de que a él le hubiese tocado sufrir las consecuencias de su empresa. En aquel momento yo lo odiaba y le deseaba con ansia un castigo mayor.

No recuerdo cuánto tiempo había pasado desde que llegamos a la isla, sólo sé que un magnífico día Cookling declaró solemnemente:

- Lo más interesante empieza ahora. Todo el metal se ha consumido.

Efectivamente, recorrimos todos los sitios donde antes estaba el material metálico y allí no quedaba nada. A lo largo de la costa y entre los matorrales se veían los hoyos vacíos.

Los cubos, lingotes y barras metálicas se habían convertido en mecanismos que en gran cantidad corrían de un lado a otro de la isla. Sus movimientos ya eran rápidos e impetuosos; los acumuladores estaban cargados a más no poder, y ya no gastaban energía en el trabajo. Estúpidamente corrían buscando por la costa, se arrastraban entre los matorrales de la meseta, chocaban unos con otros y, frecuentemente, con nosotros.

Observándolos me convencí de que Cookling tenía razón. Los cangrejos efectivamente eran diferentes. Se diferenciaban por sus dimensiones, por la magnitud de las pinzas, por el volumen de su boca-taller. Unos eran más ágiles, otros menos. Por lo visto había grandes diferencias en el mecanismo interno.

- Bueno, pues - dijo Cookling - ya es hora de que empiecen a luchar.

- ¿Lo dice en serio? - le pregunté.

- Claro. Para ello es suficiente darles a probar un trozo de cobalto. El mecanismo está construido de tal manera que si se introduce en él aunque sea una cantidad insignificante de este metal, aplasta, si se puede decir así, el respeto mutuo.

A la mañana siguiente Cookling y yo nos dirigimos a nuestro «almacén marino». Del fondo sacamos la correspondiente porción de conservas, agua y cuatro barras grises y pesadas de cobalto, reservadas especialmente por el ingeniero para la etapa decisiva del experimento.

Cuando Cookling salió a la playa, llevando en alto las barras de cobalto, lo rodearon inmediatamente varios cangrejos. Estos no pasaban el límite de la sombra del ingeniero, pero se notaba que la aparición del nuevo metal los había intranquilizado. Yo estaba a unos pasos del ingeniero y observaba con asombro cómo algunos mecanismos intentaban torpemente saltar.

- ¡Vea usted qué variedad de movimientos! Cómo no se parecen unos a otros. Y en esta guerra civil a que los vamos a obligar, van a sobrevivir los más fuertes y aptos. Estos darán una generación más perfecta.

Con estas palabras, Cookling lanzó uno tras otro los trozos de cobalto hacia los arbustos.

Lo que siguió a ello es difícil de describir.

Sobre el metal cayeron al mismo tiempo varios mecanismos y, empujándose mutuamente, empezaron a cortarlos eléctricamente. Otros se agolpaban inútilmente detrás, intentando atrapar un trozo de metal. Varios se encaramaron sobre las espaldas de sus compañeros y se arrastraron intentando llegar al centro.

- ¡Mire, ahí tiene la primera batalla! - exclamó alegremente el ingeniero militar, aplaudiendo.

Al cabo de unos minutos, el lugar adonde había echado Cookling las barras metálicas se convirtió en arena de una horrible batalla, hacia la cual acudían corriendo nuevos y nuevos autómatas.

A medida que las partes cortadas de los mecanismos y el cobalto iban a parar a las tragaderas de nuevas y nuevas máquinas, éstas se iban transformando en salvajes e intrépidas fieras e inmediatamente se arrojaban sobre sus «parientes».

En la primera fase de esta batalla, los atacantes fueron los que habían probado el cobalto. Estos cortaban en partes a los autómatas que acudieron de todas partes con la esperanza de adquirir el metal necesario. Sin embargo, a medida que el cobalto lo probaban más y más cangrejos, la batalla se hacía más feroz. En este momento empezaron a tomar parte en el juego los recién «nacidos», creados en esta reyerta.

¡Era una generación de autómatas asombrosa! Eran de menor tamaño y poseían una velocidad colosal. Me asombró que no necesitasen cargar el acumulador.

Les era suficiente la energía solar captada por los espejos del dorso, mucho mayores que los corrientes. Su acometividad era sorprendente. Atacaban al mismo tiempo a varios cangrejos y cortaban a dos o tres a la vez.

Cookling estaba de pie en el agua y su fisonomía expresaba una satisfacción sin límites. Se frotaba las manos y profería:

- ¡Bien, muy bien! ¡Me figuro lo que viene detrás!

En lo que se refiere a mí, miraba esta lucha de mecanismos con gran repugnancia y horror. ¿Qué va surgir como resultado de esta lucha?

Hacia el mediodía, la zona de la playa junto a nuestra tienda de campaña se había convertido en un enorme campo de batalla. Aquí habían acudido los autómatas de toda la isla. La guerra transcurría en silencio, sin gritos ni gemidos, sin estruendos ni estampidos de cañones. El chisporroteo de los numerosos electrodos, zumbido y chirrido de los cuerpos metálicos de las máquinas acompañaban a esta matanza descomunal.

La mayor parte de la generación que había surgido entonces era de poca estatura y muy ágil, pero ya empezaban a surgir nuevas especies de autómatas. Estos superaban considerablemente a los demás, por sus dimensiones. Sus movimientos eran lentos, pero se percibía una gran fuerza en ellos, y se defendían con éxito de los autómatas enanos.

Cuando el sol empezó a declinar, en los movimientos de los mecanismos pequeños se inició de repente un brusco cambio: todos se agruparon en la parte occidental y empezaron a moverse con más lentitud.

- ¡Caramba, toda esta compañía está sentenciada! - dijo Cookling con voz ronca -. ¡Pero si no tienen acumuladores! En cuanto se ponga el sol, sucumbirán.

Efectivamente, en cuanto la sombra de los arbustos se alargó lo suficiente para cubrir la gran multitud de los pequeños autómatas, se quedaron inmóviles en el acto. Ya no era un ejército de pequeños rapiñadores agresivos, sino un enorme almacén de trastos metálicos.

Sin apresurarse se acercaron a ellos los enormes cangrejos, de más de medio metro de altura, y empezaron a tragárselos uno tras otro. En las plataformas de los gigantes se vislumbraban los contemos de una generación de dimensiones todavía mayores.

Cookling frunció el ceño. Estaba claro que esa evolución no le sentaba bien. Lentos cangrejos autómatas de gran tamaño eran un instrumento muy deficiente para el sabotaje en la retaguardia enemiga.

Mientras los cangrejos gigantes deshacían a la pequeña generación, en la playa se restableció temporalmente la tranquilidad.

Salí del agua y me siguió, callado, el ingeniero. Fuimos a la parte oriental de la isla para descansar un poco.

Yo estaba muy cansado y me dormí casi inmediatamente de echarme cuan largo era en la calentita y blanda arena.

A media noche me despertó un grito escalofriante. Cuando me puse en pie de un salto, no vi nada más que la franja gris de la playa arenosa y el mar que se unía al cielo negro sembrado de estrellas.

El grito se repitió por el lado de los matorrales, pero más débil. Sólo entonces me di cuenta de que Cookling no estaba a mi lado. Eché a correr hacia donde me parecía haber oído su voz.

El mar, como siempre, estaba muy tranquilo, y las pequeñas olas solamente de tarde en tarde, con un chapoteo apenas perceptible, se deslizaban por la arena. Sin embargo me pareció que la superficie del mar en donde habíamos dejado en el fondo las reservas de víveres y los recipientes de agua dulce, se agitaba. Algo se chapuzaba y chapoteaba allí.

Decidí que allí estaba Cookling ocupado en algo.

- Señor ingeniero, ¿qué hace ahí? - grité, acercándome a nuestro almacén submarino.

- ¡Yo estoy aquí! - oí inesperadamente que la voz venía de la derecha.

- ¡Dios mío!, ¿dónde está usted?

- Aquí - oí de nuevo la voz del ingeniero -. Estoy en el agua hasta el cuello, venga aquí.

Me metí en el agua y tropecé con algo duro. Era un enorme cangrejo que se había adentrado bastante en el agua y estaba de pie en sus largas patas.

- ¿Por qué se ha metido tan adentro? ¿Qué hace ahí? - le pregunté.

- Me perseguían y me han obligado a meterme aquí - chilló lastimosamente el gordiflón.

- ¿Lo perseguían? ¿Quiénes?

- Los cangrejos.

- ¡No puede ser! Pero si a mí no me persiguen.

De nuevo tropecé en el agua con un autómata, di un pequeño rodeo evitándolo y por fin me puse junto al ingeniero. Efectivamente estaba con el agua al cuello.

- Dígame qué ha pasado.

- Ni yo mismo lo entiendo - pronunció con voz temblorosa -. Cuando estaba durmiendo, uno de los autómatas, inesperadamente, me atacó. Yo creía que había sido una casualidad, y me aparté, pero de nuevo empezó a acercarse y me tocó la cara con su pinza... Entonces me levanté y aparté a un lado. El detrás... Eché a correr... El cangrejo, detrás. Se le unió otro... después otro... Un pelotón... Y me han acorralado aquí...

- Es raro. Hasta ahora no ha habido nada parecido - dije -. En todo caso, si como resultado de la evolución se les ha elaborado el instinto antihumano, no me perdonarían a mí.

- No sé - gimió Cookling -. Pero temo salir a la orilla...

- Tonterías - le dije cogiéndolo de la mano -. Vamos hacia oriente paralelamente a la costa. Yo lo defenderé.

- ¿Cómo?

- Ahora nos acercamos al almacén y yo cojo cualquier objeto pesado, por ejemplo, un martillo...

- ¡Guárdese de que sea metálico! - gimió el ingeniero -. Es mejor que coja una tabla de un cajón o algo de madera.

Nos deslizamos lentamente a lo largo de la costa. Cuando llegamos al almacén, dejé al ingeniero solo y me acerqué a la orilla.

Se oía un gran chapoteo en el agua y el conocido chirriar de los mecanismos.

Los bichos metálicos habían despachurrado las latas de conserva. Habían alcanzado nuestro almacén submarino.

- ¡Cookling, estamos perdidos! - grité -. Se han tragado todas nuestras latas de conserva.

- ¿Sí? - pronunció lastimosamente -. ¿Qué vamos a hacer ahora?

- Eso corre de su cuenta. Toda la culpa la tiene su necia empresa. Usted ha sacado el tipo de arma de sabotaje que le gusta. Ahora deshaga el entuerto.

Yo di la vuelta rodeando a los autómatas y salí a la playa.

Allí, en la oscuridad, arrastrándome entre los cangrejos, recogí, palpando por la arena, trozos de carne, piñas en conserva, manzanas y algunos otros manjares, y los trasladé a la meseta arenosa. A juzgar por la cantidad que había desparramada por la playa, estos bichos habían trabajado de lo lindo mientras dormíamos. No encontré ni una lata entera.

Mientras estaba ocupado en recoger los restos de nuestras provisiones, Cookling estaba a unos veinte pasos de la orilla, metido en el agua hasta el cuello.

Estaba tan ocupado en recoger los restos, y tan disgustado, que me olvidé de su existencia. Sin embargo, pronto me lo recordó con un agudo grito.

- ¡Dios mío, Bad, ayúdeme, se me acercan!

Me eché al agua y, tropezando con los monstruos metálicos, me dirigí hacia donde estaba Cookling. Y allí, a unos cinco pasos de él, tropecé con un cangrejo.

El cangrejo no me hizo el más mínimo caso.

- ¡Vaya diablos!, ¿por qué lo odian tanto a usted? ¡Si usted, como quien dice, es su progenitor!

- No sé - con estertores y medio ahogándose, gimió el ingeniero -. Haga algo, Bad, para ahuyentarlos. Si sale un cangrejo más alto que éste, estoy perdido...

- Vaya, hombre, con la evolución. A propósito, ¿qué lugar de estos cangrejos es el más vulnerable? ¿Cómo se les puede estropear el mecanismo?

- Antes había que romperles el espejo parabólico o sacarles el acumulador del interior. Ahora no sé... Aquí hace falta una investigación especial...

- ¡Maldito sea usted con sus investigaciones! - dije entre dientes y agarré el delgado brazo anterior del cangrejo extendido hacia la cara del ingeniero.

El autómata reculó. Le cogí el segundo brazo y también se lo doblé. Estos tentáculos se doblaron fácilmente, como un hilo de cobre.

Claramente se notó que al bicho metálico no le gustó esta operación y empezó lentamente a salir del agua. El ingeniero y yo nos fuimos a lo largo de la costa.

Cuando salió el sol, todos los autómatas salieron del agua y durante cierto tiempo se calentaron. Durante este tiempo pude romper a pedradas los espejos parabólicos del dorso de lo menos cincuenta monstruos. Todos dejaron de moverse.

Pero, por desgracia, esto no mejoró la situación: fueron víctimas de los otros con asombrosa velocidad, y empezaron a salir nuevos autómatas. Romper las baterías de silicio del dorso de todas las máquinas era superior a mis fuerzas. Varias veces tropecé con autómatas bajo potencial eléctrico, lo cual debilitó mi decisión de luchar contra ellos.

Todo este tiempo Cookling seguía en el mar.

Muy pronto se enardeció de nuevo la lucha entre los monstruos y parecía que se habían olvidado por completo del ingeniero.

Dejamos el campo de batalla y nos trasladamos al lado opuesto de la isla. El ingeniero estaba tan aterido de frío de las largas horas de baño de mar que, dando diente con diente, se echó de bruces y me pidió que le cubriese de arena caliente.

Después regresé a nuestro primitivo refugio para coger la ropa y lo que quedaba de nuestros víveres. Sólo entonces observé que la tienda de campaña estaba destrozada: habían desaparecido las estacas de hierro clavadas en la arena y los anillos metálicos con que se fijaba la tienda a las cuerdas.

Debajo de la lona encontré la ropa de Cookling y la mía. Allí también se podían observar huellas del trabajo de los cangrejos buscando metal. Habían desaparecido los ganchos, botones y hebillas de metal. En su lugar se veían huellas de tela quemada.

Mientras tanto, la batalla de los autómatas se había trasladado de la orilla al interior de la isla. Cuando subí a la meseta, vi que casi en el centro de la isla, entre los arbustos, se elevaban unos cuantos monstruos, casi de la altura de un hombre: patas con pinzas. Por parejas se separaban a diferentes lados y después se embestían a gran velocidad.

Al chocar, se oían sonoros golpes metálicos. En los lentos movimientos de estos gigantes se sentía una enorme fuerza y gran peso.

Ante mis ojos se derribaron varios mecanismos, algunos de ellos fueron destrozados inmediatamente.

Pero ya estaba hasta la coronilla de estos cuadros de batalla entre las locas máquinas; por ello, cargando con todo lo que había conseguido recoger de nuestro antiguo refugio, me marché lentamente adonde estaba Cookling.

El sol quemaba sin compasión y antes de llegar al lugar donde había enterrado en la arena al ingeniero, me metí varias veces en el agua.

Ya me acercaba al montículo de arena bajo el cual estaba Cookling durmiendo sin fuerzas, después de los baños nocturnos, cuando del lado de la meseta apareció de entre los arbustos un enorme cangrejo.

Era de mayor estatura que yo, y sus patas eran altas y macizas. Se desplazaba a saltos irregulares, encorvando de manera extraña su cuerpo. Los tentáculos anteriores, de trabajo, eran enormemente largos y se arrastraban por la arena. La boca-taller estaba hipertrofiada de manera excepcional, la cual representaba casi la mitad del cuerpo.

El «ictosauro», así lo bauticé, descendía torpemente hacia la orilla y volvía el cuerpo hacia todos lados, como si reconociese el terreno. Maquinalmente agité en su dirección la lona de la tienda, como se hace cuando se quiere espantar a un animal que se haya interpuesto en el camino. No me hizo ni el menor caso, y de manera extraña, desplazándose de lado y describiendo un gran arco, empezó a acercarse al montículo de arena donde dormía Cookling.

Si yo hubiese supuesto que el monstruo se dirigía contra el ingeniero, habría acudido enseguida en su ayuda. Pero la trayectoria que seguía el mecanismo era tan indeterminada que al principio creía que se dirigía hacia el mar: y solamente cuando tocó el agua con los tentáculos y de repente se volvió y se fue rápidamente hacia el ingeniero, tiré la carga a un lado y corrí hacia allí.

El «ictiosauro» se paró junto a Cookling y se agachó un poco.

Observé que los extremos de los largos tentáculos se movieron en la arena frente a la cara del ingeniero.

A renglón seguido, donde había habido un montículo se elevó una nube de arena. Era Cookling que, como picado por una avispa, se había puesto en pie de un salto y lleno de pánico intentaba huir del monstruo.

Pero era ya tarde...

Los finos tentáculos rodearon fuertemente el gordo cuello del ingeniero y tirando hacia arriba se lo llevaron a la boca del mecanismo. Cookling quedó impotente en el aire, agitando los brazos y las piernas.

Aunque yo odiaba al ingeniero con toda mi alma, no podía permitir que muriese en lucha con un bicho metálico cualquiera.

Sin pensarlo un segundo me cogí a las altas patas del cangrejo y tiré de ellas con todas mis fuerzas: pero esto era lo mismo que derribar un tubo de acero profundamente clavado en el suelo. El «ictiosauro» ni se movió.

Me subí a pulso a su espalda. Por un momento mi cara estuvo a la altura de la desfigurada faz de Cookling. «los dientes», me cruzó por la mente ¡Cookling tenía dientes de acero!...

Con todas las fuerzas de mi puño le di al espejo parabólico que brillaba al sol.

El cangrejo giró sobre el mismo lugar. La cara azulada de Cookling con los ojos saltándosela de las órbitas estaba a la altura de la boca-taller. En ese momento ocurrió algo horroroso. Una chispa eléctrica saltó a la frente del ingeniero, a su sien. Después los tentáculos del cangrejo aflojaron y el pesado cuerpo del creador de la peste de hierro cayó a la arena sin sentido.

Cuando enterraba a Cookling, por la isla corrían, persiguiéndose, varios cangrejos enormes, sin prestamos la menor atención.

Envolví a Cookling en la lona de la tienda y lo enterré en el centro de la isla en un profundo hoyo. Lo enterré sin sentir la menor compasión. En mi boca reseca crujía la arena y mentalmente maldecía al muerto por su ruin empresa. Según la moral cristiana, yo cometía un gran pecado.

Después, me pasé varios días seguidos acostado en la playa, mirando al horizonte hacia el lado de donde debía aparecer la «Paloma». El tiempo transcurría terriblemente despacio y el implacable sol parecía que se había parado encima de mi cabeza. A veces me arrastraba hasta el agua y sumergía en ella mi tostada cara.

Para olvidar el hambre y la ardiente sed, procuraba pensar en algo abstracto. Pensaba en que en nuestros tiempos, multitud de personas inteligentes malgastaban sus energías intelectuales en causar perjuicios a otras personas. Por ejemplo, el invento de Cookling, yo estaba seguro de que se podía utilizar para fines nobles, por ejemplo, para extraer metal. Se podía haber dirigido la evolución de estos bichos de tal manera que cumplieran esta tarea con el mayor rendimiento. Llegué a la conclusión de que con el correspondiente perfeccionamiento del mecanismo, éste no se transformaría en una torpe y gigantesca mole.

Una vez cayó sobre mí una enorme sombra circular. Con dificultad levanté la cabeza y miré lo que me tapaba el sol. Resultó que estaba acostado entre las patas de un cangrejo de dimensiones monstruosas. Se acercó a la orilla y parecía que miraba el horizonte y esperaba algo.

Después empecé a ver alucinaciones. En mi excitado cerebro, el cangrejo gigante se transformó en un depósito de agua dulce, elevado a gran altura, al cual yo no podía llegar...

Me desperté a bordo de la goleta, y cuando el capitán Gale, me preguntó si había que cargar en el buque el enorme y extraño mecanismo que había en la playa, yo le dije que por el momento ninguna falta hacía.





FIN

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