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martes, 19 de octubre de 2010

El Jardín del Miedo -- Robert E. Howard






El Jardín del Miedo
Robert E. Howard

Antaño yo fui Hunwulf, el Errante. Soy incapaz de comprender si mi conocimiento de ese hecho se debe a algún medio oculto o esotérico, y no intentaré explicarlo. Un hombre recuerda su vida pasada; yo recuerdo mis vidas pasadas. Lo mismo que un individuo normal recuerda aquellas formas que fueron las suyas durante su infancia, su juventud y adolescencia, yo recuerdo las formas que fueron James Allison en las edades olvidadas. El por qué de esta memoria no sabría decirlo, lo mismo que tampoco puedo justificar la miríada de otros fenómenos de la naturaleza a los que diariamente nos vemos confrontados, yo y cualquier otro mortal. Pero ahora, tendido aquí, esperando la muerte que me liberará de la larga enfermedad que padezco, contemplo con la mirada clara y limpia el inmenso panorama de las vidas que se han sucedido para llegar hasta mí. Veo los hombres que fueron yo, y veo las bestias que vivieron en mí.
Mi memoria, remontándose al filo de los siglos, no se detiene con la aparición del Hombre. ¿Cómo podría ser así si el animal se confunde tanto con el hombre que no existe una línea de división claramente trazada, algo que marque los límites de la bestialidad? En este preciso instante diviso un paisaje crepuscular, oscuro, entre los árboles gigantescos de un bosque primitivo en el que el hombre nunca ha pisado con sus pies recubiertos de cuero. Veo una masa enorme, erizada de pelo, de andar pesado y renqueante... avanza cansina y torpemente, aunque con rapidez, a veces erguida, a veces a cuatro patas. El ser busca gusanos e insectos, rascando bajo los troncos podridos; sus pequeñas orejas se agitan continuamente. Levanta la cabeza y revela unos colmillos amarillentos. Es primitivo, bestial, antropoide. Y, sin embargo, reconozco su parentesco con la entidad que ahora se llama James Allison. ¿Parentesco? Digamos más bien unidad. Yo soy él, él es yo. Mi carne es sensible, blanca, desprovista de pelo; la suya oscura, dura, hirsuta. Y, pese a todo, hemos sido uno, y su cerebro embrionario, poblado por las sombras, comienza a agitarse y a verse dominado por pensamientos de hombre, groseros, caóticos, fugitivos. Y, no obstante, ellos son el fundamento de todas las grandes y orgullosas visiones que los hombres han tenido en todas las épocas que se han sucedido desde entonces.
Mi conocimiento no se detiene ahí. Se remonta todavía más lejos, muy lejos, ofreciéndome perspectivas olvidadas hacia las que no me atrevo a volverme, abismos demasiado sombríos y demasiado terribles como para que el espíritu humano pueda sondearlos. Sin embargo, incluso allí, tengo conciencia de mi identidad, de mi individualidad. Les aseguro que el individuo nunca se pierde, ni en el pozo negro del que un día salimos arrastrándonos, berreando, ciegos y repudiados, ni en el eventual Nirvana al que algún día accederemos... y que he podido ver, a lo lejos, centelleando como un lago azulado en el crepúsculo, entre las montañas estelares.
Pero ya basta. Les hablaré de Hunwulf. ¡Oh, pasó hace tanto tiempo, tantísimo tiempo! Hace cuánto exactamente, no me atrevo a decirlo. ¿Debería buscar pobres comparaciones humanas para describir las descripciones indescriptibles e incomprensiblemente lejanas? Desde aquella era, la Tierra ha cambiado de aspecto no una vez, sino una docena de veces. Ciclos completos de la especie humana han cumplido sus destinos.
He sido Hunwulf, uno de los hijos de los Aesir de rubios cabellos quienes, desde las heladas llanuras de la helada Asgard, enviaron a sus tribus de ojos azules por el mundo, en migraciones seculares, para dejar la marca de su paso en muchos extraños lugares. Nací durante una de las migraciones hacia el sur. Nunca contemplé la tierra de mis ancestros, allí donde la mayoría de los pueblos nórdicos vive todavía en tiendas de piel de caballo, entre las nieves.
Crecí hasta la edad adulta durante aquella larga carrera vagabunda, en una edad cruel, vigorosa e indómita en que los Aesir no reconocían a dios alguno salvo a Ymir, el gigante de la barba helada por la escarcha, y cuyas hachas estaban tachonadas por la sangre de numerosas naciones. Mis músculos parecían cuerdas de acero trenzado. Mis cabellos rubios caían sobre mis poderosos hombros como la melena de un león. Me ceñía los riñones con una piel de leopardo. Podía manejar la pesada hacha de punta de sílex con cualquiera de mis manos.
Año tras año mi tribu se encaminaba hacia el sur, describiendo a veces inmensos arcos hacia el este o el oeste, afincándose a veces durante meses o años en valles o fértiles llanuras, en lugares donde pululaban animales comedores de hierba. Pero siempre descendía hacia el sur, lenta e inexorablemente. A veces, nuestra ruta nos conducía a través de vastas soledades inanimadas en las que nunca había retumbado un grito humano. A veces, extraños pueblos primitivos se oponían a nuestro avance. Nuestro rastro pasaba entonces por encima de las cenizas anegadas en sangre de las aldeas destruidas. Durante aquel viaje errático, durante aquellas cacerías y matanzas, llegué a la edad adulta y amé a Gudrún.
¿Qué puedo decir de Gudrún? ¿Cómo describir los colores a un ciego? Sólo puedo decir que su piel era más blanca que la leche, que sus cabellos eran de oro fundido cuando el brillo del sol jugueteaba entre sus bucles, que la ligera belleza de su cuerpo habría hecho avergonzarse el sueño que modeló a las diosas griegas. Pero soy incapaz de hacerles comprender el fuego y la maravilla que albergaba Gudrún. No se pueden establecer comparaciones; sus cánones de la mujer reflejan solamente a las mujeres de una época. Pero, junto a ella, serían como simples lámparas intentando rivalizar con el resplandor de la luna llena. No, en milenios, ninguna mujer se ha asemejado a Gudrún. Cleopatra, Tais, Helena de Troya, todas fueron pálidos reflejos de su belleza, pobres imitaciones de la rosa que floreció en todo su esplendor solamente en el origen del tiempo.
Por Gudrún abandoné mi pueblo y mi tribu. Partí hacia las tierras desoladas, exilado y fuera de la ley, con sangre manchándome las manos. Ella era de mi raza, pero no de mi tribu: una niña perdida a la que habíamos encontrado, errando solitaria por un bosque sombrío, extraviada por algún pueblo errante de nuestra propia sangre. Creció en el seno de la tribu. Cuando alcanzó la madurez de su gloriosa y joven femineidad fue entregada a Heimdull, el Poderoso, el más grande de todos los cazadores de la tribu.
Pero el sueño de Gudrún era una locura que me devoraba el alma, un fuego que ardía en mi interior eternamente. Por ella maté a Heimdull, aplastando su cráneo con mi hacha de sílex antes que pudiera llevarla a su choza de piel de caballo. Y luego comenzó nuestra larga huida para escapar de la venganza de mi tribu. Gudrún me siguió con alegría, pues me amaba con ese amor de las mujeres Aesir que es como una llama devoradora que destruye la debilidad. Oh, era un tiempo salvaje, la vida era cruel y sanguinaria, y los débiles morían rápidamente. No había en nosotros nada suave o dulce. Nuestras pasiones eran las de la tempestad, el asalto y el choque de la batalla, la del desafío del león. Nuestros amores eran tan terribles como nuestros odios.
Y de aquel modo me llevé a Gudrún lejos de la tribu y los asesinos nos siguieron la pista muy de cerca. Durante una noche y un día nos siguieron los pasos hasta que, a nado, atravesamos un río desbordado, un torrente bramador y espumante que incluso los hombres de Asgard no se atrevieron a franquear. Pero en la locura de nuestro amor y nuestro descuido, nos lanzamos al agua y nadamos, golpeados y zarandeados por el furor de las olas. Y llegamos a la otra orilla sanos y salvos.
Después de aquello, durante numerosos días, atravesamos los bosques de las regiones del altiplano, guaridas de tigres y leopardos, y llegamos, por fin, a una gran cadena montañosa. Los azules contrafuertes se recortaban contra el cielo de un modo terrible y las pendientes se sucedían a las pendientes.
En aquellas montañas fuimos atormentados por los vientos helados y por el hambre, atacados por cóndores que se abatían sobre nosotros entre el fragor de sus alas gigantescas. En el transcurso de siniestras batallas en los desfiladeros, agoté todas las flechas y quebré la lanza de punta de sílex. Pero franqueamos finalmente el lúgubre espinazo de la cordillera y, descendiendo por las laderas septentrionales, llegamos a la vista de una aldea hecha de cabañas de tierra entre los acantilados. Aquella aldea estaba habitada por gentes pacíficas de piel morena que hablaban una lengua desconocida y practicaban extrañas costumbres. Pero nos recibieron con el signo de la paz y nos llevaron a su poblado. Colocaron ante nosotros carne, pan de cebada y leche fermentada, se acuclillaron formando un círculo a nuestro alrededor al tiempo que comíamos, mientras una mujer golpeaba levemente sobre un tambor con forma de cuenco para honrarnos.
Habíamos llegado a la aldea en el crepúsculo. La noche cayó durante los festejos. Por todas partes se alzaban acantilados y picos, como masas imponentes recortándose contra las estrellas. El pequeño grupo de chozas terrosas y las minúsculas hogueras se perdían en la inmensidad de la noche. Gudrún sintió la soledad y la desolación agobiante de las tinieblas. Se apretó contra mí, apoyándome el hombro en el pecho. Pero mi hacha estaba al alcance de la mano, y yo mismo no había sentido ningún atisbo de miedo.
El pequeño pueblo de piel ocre se acurrucaba ante nosotros. Hombres y mujeres intentaban hablarnos, haciendo gestos con sus manos menudas. Por haber habitado siempre en el mismo lugar, dentro de una seguridad relativa, estaban desprovistos de la intransigente ferocidad de los nómades Aesir. Sus manos revoloteaban con gestos amistosos a la luz del fuego.
Les hice comprender que habíamos llegado del norte, que habíamos atravesado el espinazo de la gran cadena montañosa y que, al día siguiente por la mañana, teníamos la intención de descender hacia las verdes llanuras que habíamos visto más al sur desde las cimas. Cuando comprendieron mi intención empezaron a gritar mientras sacudían la cabeza violentamente y golpeaban como locos en el tambor. Estaban tan ansiosos por comunicarme algo que me confundían en vez de iluminarme. Finalmente, consiguieron hacerme comprender que no querían que abandonase las montañas. Al sur de la aldea había un peligro que acechaba. Pero no pude saber si se trataba de un hombre o de un animal.
Cuando todos ellos gesticulaban y mi atención estaba puesta en su mímica, el golpe cayó. Advertí en primer lugar un súbito trueno de alas batiendo en mis oídos. Luego, una forma sombría surgió de la noche y algo me golpeó en la cabeza al tiempo que me daba la vuelta. Caí, medio inconsciente. ¡En aquel instante escuché a Gudrún lanzando un aullido mientras era arrebatada de mi lado! Levantándome de un salto, temblando por el furioso deseo de desgarrar y masacrar, vi una forma oscura que desaparecía nuevamente en las tinieblas, con una forma blanca que gritaba y se debatía prisionera entre sus garras.
Aullando de dolor y rabia empuñé el hacha y cargué contra las tinieblas... Me detuve bruscamente, huraño y desesperado, sin saber en qué dirección ir.
El pueblo moreno se había esparcido por doquier, gritando y proyectando chispas en todas direcciones al atropellar las hogueras en su ansia por volver a sus cabañas. Pero de nuevo volvían a salir, arrastrándose temerosos y gimoteantes como perros heridos. Se reunieron a mi alrededor y me agarraron con manos tímidas, parloteando en su idioma. Maldije mi impotencia, enfermo de rabia, sabiendo que querían decirme algo que yo no conseguía comprender.
Por fin, les dejé que me condujeran hasta la hoguera. El más anciano de la tribu trajo una cinta de cuero ahumado, un pote de arcilla con materiales colorantes y un bastón. Sobre el cuero, pintó la silueta de una criatura alada llevándose a una mujer blanca. Oh, era muy grosero, pero comprendí el significado. Acto seguido, todos me señalaron hacia el sur y comenzaron a gritar ruidosamente en su propia lengua. Comprendí que la amenaza contra la que me habían prevenido era la del ser que se había llevado a Gudrún. Hasta aquel momento yo había creído que había sido arrebatada por los aires por uno de los cóndores de las montañas. Pero el dibujo ejecutado por el anciano con la negra pintura era, más que nada, el de un hombre alado.
Lenta y laboriosamente comenzó a trazar algo que por fin reconocí. Era un mapa... sí, incluso en aquella época oscura teníamos mapas, primitivos, cierto, pero que un hombre moderno hubiera sido incapaz de interpretarlos, a causa de la diferencia de nuestro simbolismo.
Aquello nos llevó mucho tiempo, y se hizo la medianoche antes que el viejo hubiera terminado y yo comprendido sus dibujos. Pero finalmente, todo quedó completamente claro. Si seguía el camino trazado en el mapa, descendiendo el largo y estrecho valle en que se alzaba la aldea, atravesando una llanura y siguiendo después una sucesión de desgarradas pendientes, llegaría al lugar en donde moraba el ser que había robado a mi compañera. En aquel lugar, el viejo dibujó lo que parecía ser una cabina deforme, con numerosos signos extraños a su alrededor, trazados con la ayuda de pigmentos rojos. Los dibujaba con el dedo, y luego me señalaba a mí, sacudía la cabeza y lanzaba gritos sonoros que parecían indicar un gran peligro para aquellos seres.
Más tarde intentaron persuadirme para que no fuera, pero, en mi ardor, tomé la cinta de cuero y el saco de comida que me habían puesto a la fuerza entre las manos (¡realmente era un pueblo muy extraño para aquella época!), recogí el hacha y me dirigí hacia las tinieblas sin luna. Mis ojos eran más penetrantes de lo que puede concebir una mentalidad moderna, y mi sentido de la orientación era el de un lobo. Una vez grabado el mapa en mi cerebro, habría podido tirarlo y dirigirme infaliblemente hacia el lugar que buscaba. Sin embargo, lo plegué y me lo guardé en el cinturón.
Caminé tan rápido como pude bajo la claridad de las estrellas, sin preocuparme de las bestias feroces que, quizá, buscaban una presa... osos de las cavernas o tigres de dientes de sable. A veces, escuchaba cómo la arenilla se deslizaba bajo patas furtivas. Por un instante, entreveía unos ojos feroces y amarillos ardiendo en las tinieblas y percibía formas que, en medio de la oscuridad, huían cuando me acercaba. Pero proseguí intrépidamente mi carrera, con un humor tan desesperado que no era capaz de cederle el paso a ningún animal, ¡por terrible que fuera!
Atravesé el valle, escalé una cresta montañosa y llegué a una amplia meseta, cuajada de zanjas y alfombrada de rocas. La franqueé y, en las tinieblas que preceden el alba, comencé a descender por las laderas llenas de asechanzas. Parecían no terminar nunca, y desaparecían a mis pies como una larga línea escarpada e inclinada que se perdía en la oscuridad. Pero continué con mi temerario descenso, sin detenerme ni para desatar la cuerda de cuero que llevaba enrollada alrededor de los hombros. Confiaba en mi suerte y mi destreza para llegar a la base de la montaña sin romperme el cuello.
Y, justo cuando la aurora lamía con su blanca luz las cimas, llegué a un amplio valle rodeado de acantilados prodigiosos. En aquel lugar en que me hallaba, el valle se extendía al este y al oeste. Los acantilados convergían en su extremo inferior, dándole el aspecto de un gran abanico que se estrechaba rápidamente hacia el sur.
El suelo era uniforme, atravesado por un curso de agua sinuoso. Algunos árboles se elevaban en él, aislados. No había rastrojos, pero sí un tapiz de altas hierbas que, en aquella época del año, estaban particularmente secas. A lo largo del curso de agua crecía una vegetación exuberante y, por aquí o por allá, deambulaban unos mamuts, verdaderas montañas de carne y músculos llenas de pelo.
Me quedé a buena distancia, pues aquellos gigantes eran demasiado poderosos para que me enfrentase a ellos. Confiaban en su poder, y sólo temían una cosa en el mundo. Orientaban hacia mí sus grandes orejas y levantaban las trompas con aire amenazador si me acercaba a ellos más de lo imprescindible, pero no me atacaron. Corrí rápidamente entre los árboles. Cuando llegué al lugar donde convergían los acantilados, el sol aún no se había levantado por encima de las murallas del este, cuyas crestas destacaban con una llamarada dorada. El descenso por las montañosas laderas, pese a que me había llevado toda la noche, no había afectado mis músculos de acero. No sentía ninguna fatiga; el furor me devoraba aún con el mismo ardor. No podía saber lo que se hallaba más allá de los acantilados; no hice hipótesis. Mi cerebro sólo dejaba penetrar la negra cólera y el ansia por masacrar.
Los desfiladeros no formaban un muro compacto. Aquello quería decir que los extremos de las paredes rocosas no se unían completamente, dejando una ranura o una brecha de unos cien pies de ancho. La corriente de agua la atravesaba y los árboles crecían robustos junto a ella. Crucé la brecha, tan ancha como larga, y desemboqué en un segundo valle o, más bien, en la continuación del primero que se ampliaba nuevamente más allá del pasaje.
Las paredes rocosas se alejaban en una curva pronunciada hacia el este y el oeste, para formar una muralla gigantesca que rodeaba completamente el valle, describiendo un vasto óvalo. Formaban un reborde azulado alrededor del valle, sin brecha alguna, con la excepción de un pedazo de cielo claro que parecía indicar otra abertura en el extremo septentrional. El valle interior tenía la forma de una botella con dos bocas.
El gollete por el que había penetrado estaba lleno de árboles que crecían numerosos en varios cientos de metros. Luego daban paso bruscamente a un campo de flores carmesíes. A varios cientos de metros más allá del lindero de los árboles, pude ver un extraño edificio.
Debo hablar de lo que veía no sólo como Hunwulf, sino también como James Allison. Hunwulf no comprendía nada más que muy vagamente las cosas que veía y, como Hunwulf, no sería capaz de describirlas. Yo, en mi vida como Hunwulf, lo ignoraba todo sobre la arquitectura. Las únicas moradas construidas por la mano del hombre que yo hubiera visto eran las tiendas de cuero de caballo de mi Pueblo y las chozas de tierra con techumbre de paja del pueblo devorador de cebada... y otros pueblos igual de primitivos.
Así que, como Hunwulf, sólo podría decir que contemplaba una gran choza, cuya construcción sobrepasaba mi entendimiento. Pero yo, James Allison, sé que era una torre, de unos sesenta pies de altura, construida con una curiosa piedra verde, extremadamente pulida, y revestida de una sustancia que daba la impresión de diáfana transparencia. Era cilíndrica y, por lo que podía ver, desprovista de puertas y ventanas. El cuerpo principal de la construcción puede que tuviese setenta pies de altura. En su centro se elevaba una torre más pequeña que remataba el conjunto. Aquella torre, con una circunferencia apenas más pequeña que el cuerpo principal del edificio, estaba rodeada por una especie de galería con un parapeto almenado. Tenía dos puertas curiosamente abovedadas y ventanas enrejadas con sólidos barrotes, como pude darme cuenta incluso desde el lugar donde me encontraba.
Aquello era todo. No había ningún signo de presencia humana. Ningún signo de vida en el valle. Pero resultaba evidente que aquel castillo era lo que el viejo de la montaña se había esforzado en dibujar. Y estaba seguro de poder encontrar a Gudrún en su interior... si es que aún vivía.
Más allá de la torre pude contemplar la débil claridad de un lago azulado en el que se precipitaba la corriente de agua, siguiendo la curvatura de los muros occidentales. Disimulado entre los árboles, examiné la torre y las flores que la rodeaban por todas partes. Crecían con exuberancia a lo largo de los muros y se extendían a lo largo de cientos de metros en todas direcciones. Volvían a verse árboles al otro extremo del valle, cerca del lago, pero ninguno crecía entre las flores.
Aquellas flores no se parecían a ninguna planta que hubiera visto hasta entonces. Crecían muy cerca unas de otras. Tenían unos cuatro pies de altura, con una sola flor en cada tallo... una flor más grande que la cabeza de un hombre, con largos pétalos pulposos, muy cerca unas de otras. Aquellos pétalos, de un color rojo carmesí, parecían heridas abiertas. Los tallos eran tan gruesos como el puño de un hombre, incoloros, casi transparentes. Las hojas de un verde venenoso tenían la forma de puntas de lanza, marchitándose en largas colas serpentinas. Su aspecto era repugnante, y me pregunté lo que camuflaría su densidad.
Todos mis instintos, desarrollados por una vida salvaje, estaban fuertemente excitados. Sentía un peligro oculto, exactamente igual al que habría sentido ante un león emboscado, incluso antes que mis sentidos lo percibieran. Estudié de cerca las compactas hojas, preguntándome si ocultarían alguna serpiente inmensa. Mis narices se dilataron al buscar un olor, pero el viento no soplaba en mi dirección. Sin embargo, había algo anormal en aquel inmenso jardín. Aunque el viento del norte lo atravesaba, ninguna flor se movía, ninguna hoja se agitaba. Permanecían inmóviles y sombrías, como aves de presa de lánguidas cabezas. Tuve la extraña sensación que ellas me observaban como criaturas vivientes.
Hubiera podido decirse que era el paisaje visto en un sueño. A ambos lados, los acantilados azules se elevaban hacia un cielo desprovisto de nubes. A lo lejos, el lago se sumía en una tranquilidad dormida y la torre, de un verde fantástico, se alzaba en medio de aquel campo de un color rojo lívido.
Y había otra cosa... Aunque el viento soplase en dirección contraria, sentía manar de las flores un olor, una exhalación de cubil... de muerte, podredumbre y corrupción.
Me agazapé bruscamente, permaneciendo a cubierto. Había vida en el castillo. Una silueta emergió de la torre. Se acercó al parapeto, se inclinó por encima y miró hacia el valle. Era un hombre, pero un hombre como nunca había soñado, ¡ni siquiera en una pesadilla!
Era alto y robusto. Su piel era negra, con la tintura del ébano pulido. Pero los rasgos que hacían de él una pesadilla humana eran las alas de murciélago que sobresalían por encima de sus hombros aun estando plegadas. Sabía que sus alas eran auténticas: aquel hecho resultaba evidente e indiscutible.
Yo, James Allison, he meditado largamente sobre aquel fenómeno del que fui testigo con los ojos de Hunwulf. Aquel hombre alado, ¿era solamente un monstruo, un ejemplo de una aberración de la naturaleza viviendo en una soledad y desolación inmemoriales? ¿O bien era el superviviente de una raza olvidada que había aparecido, reinado y extinguido antes de la llegada del hombre tal y como nosotros lo conocemos? Quizá el pueblo moreno de las colinas habría podido responder a aquellas preguntas, pero carecíamos de un lenguaje común. Sin embargo, me inclino por esta última hipótesis. Los hombres alados se encuentran muy frecuentemente en la mitología; se les encuentra en las leyendas populares de numerosas naciones y numerosas razas. Tan lejos como el hombre puede remontarse en el pasado gracias a los mitos, crónicas y leyendas, encuentra siempre historias de arpías y dioses alados, de ángeles y demonios. Las leyendas son los reflejos deformados de realidades preexistentes. Estoy convencido que, en otros tiempos, hubo una raza de hombres alados de piel oscura que reinó en el mundo preadánico y que yo, Hunwulf, encontré al último superviviente de aquella raza en el valle de las flores rojas.
Estos pensamientos los formulo como James Allison, con mi saber moderno que es tan imponderable como mi ignorancia moderna.
Yo, Hunwulf, no me daba a tales especulaciones. El escepticismo moderno no formaba parte de mi naturaleza, y no pretendía racionalizar lo que parecía no coincidir con un universo natural. No reconocía ningún dios, excepto Ymir y sus hijas, pero no ponía en duda la existencia ¾como demonios¾ de otras deidades, veneradas por otras razas. Seres sobrenaturales de toda especie estaban en pleno acuerdo con mi concepto de la vida y del universo. Creía tanto en la existencia de dragones, espíritus y diablos como en la de leones, búfalos y elefantes. Aceptaba aquella aberración de la naturaleza como un demonio sobrenatural, y no me preocupaba en lo más mínimo ni por sus orígenes ni por su procedencia. Tampoco me sentía dominado por un pánico provocado por un terror supersticioso. Yo era un hijo de Asgard que no temía ni a hombres ni a demonios, y confiaba más en la fuerza demoledora de mi hacha de sílex que en las plegarias de los sacerdotes y los encantamientos de los brujos.
Pero no me lancé inmediatamente a la descubierta para ir al asalto de la torre. La prudencia instintiva de la vida salvaje era mía, y no veía ningún medio de escalar los muros del castillo. El hombre alado no necesitaba puertas, pues entraba, por todas las evidencias, por arriba, y la superficie lisa de los muros parecía desafiar al escalador más avezado. Pero pronto se me presentó un medio para acceder a lo alto de la torre. Dudaba, esperando a ver si otros seres alados se presentaban ante mí, aunque tuviese el sentimiento inexplicable que aquel era el único de su especie en todo el valle... quizá en todo el mundo. Mientras me mantenía al acecho, oculto entre los árboles, observando, le vi apartar los codos del parapeto y estirarse con la ligereza de un enorme felino. Luego atravesó la galería circular y penetró en la torre. Un grito sordo retumbó en el aire y me tensé, aunque descubrí que no era el grito de una mujer, No tardó en aparecer el sombrío dueño del castillo, arrastrando tras él una silueta más pequeña... una forma que se retorcía, se debatía y lanzaba lastimeros gritos. Vi que se trataba de un hombrecillo moreno, muy parecido a los habitantes de la aldea de la montaña, capturado, no tenía dudas, del mismo modo que lo había sido Gudrún.
Mantenido entre los brazos de su gigantesco adversario, parecía un niño. El hombre negro desplegó las inmensas alas y echó a volar desde el parapeto, llevado a su cautivo como un cóndor que llevase un corderillo. Planeó por encima del campo de flores y yo me agazapé en un refugio de hojarasca, mirando estupefacto el extraño espectáculo.
El hombre alado, planeando en lo alto del cielo, lanzó un grito raro y fantástico. Fue respondido de un modo terrible. El estremecimiento de una vida horrible recorrió el campo encarnado que se extendía bajo él. Las grandes flores rojas temblaron, se abrieron, desplegaron los pétalos carnosos, parecidos a bocas de serpientes. Los tallos parecieron distenderse y alzarse hacia el cielo con impaciencia. Las largas hojas se levantaron y estremecieron, produciendo un sonido curiosamente funesto, como un serpentín de campanas. Un ligero silbido capaz de poner la carne de gallina retumbó por todo el valle. Las flores suspiraban, tendiéndose hacia lo alto. Con una risa diabólica, el hombre alado dejó caer a su cautivo, que seguía debatiéndose vanamente.
Con el aullido de un alma condenada, el hombre moreno cayó rápidamente, aplastándose entre las flores. Las plantas se lanzaron sobre él con un estremecido silbido. Sus tallos espesos y flexibles se curvaron, como cuellos de serpientes, y sus pétalos se cerraron sobre la carne. Un centenar de flores se asieron a él como los tentáculos de algún gigantesco pulpo, sofocándole y machacándole. Sus gritos agónicos llegaron hasta mí, ensordecidos; estaba completamente cubierto por las flores que se abatían silbando sobre él. Las que se encontraban lejos de su alcance se agitaban y retorcían furiosamente como si quisieran arrancar sus propias raíces en su deseo por reunirse con sus congéneres. En toda la pradera las grandes flores rojas se inclinaban y retorcían hacia el lugar donde la siniestra batalla se desarrollaba. Los gritos disminuyeron y fueron siendo cada vez más débiles hasta desaparecer. Un terrible silencio reinó en todo el valle. El hombre negro volvió a la torre con un vuelo apacible y desapareció en su interior.
Poco después, las flores se fueron apartando una tras otra de su víctima que quedó tendida, blanca e inmóvil. Sí, su palidez era peor que la de la muerte. Se habría dicho que era una estatua de cera, una efigie de mirada quieta, a la que toda gota de sangre le hubiera sido absorbida. Y una sorprendente transformación era visible en las flores que había en las proximidades del cuerpo. Los tallos ya no eran incoloros; estaban hinchados y teñidos de un rojo sombrío, como bambúes transparentes, estallando de sangre fresca.
Impulsado por una curiosidad insaciable, abandoné furtivamente mi refugio entre los árboles y me deslicé hasta las mismas lindes del campo encarnado. Las flores silbaron y se inclinaron hacia mí, dilatando los pétalos como el capuchón de una cobra excitada. Elegí una flor alejada de las demás, corté el tallo de un hachazo y la criatura se derrumbó por el suelo, retorciéndose como una decapitada serpiente.
Cuando sus movimientos cesaron, me incliné sorprendido sobre ella. El tallo no era hueco como había supuesto... es decir, hueco como un bambú seco. Estaba atravesado por una red de venas, parecidas a filamentos; algunos estaban vacíos, otros exudaban una savia incolora. Las colas que unían las hojas al tallo eran notablemente tenaces y ligeras. Las propias hojas estaban bordeadas de espinas curvadas, como si fueran acerados colmillos.
Cuando aquellas espinas se hundían en la carne, la víctima se veía forzada a arrancar la planta entera, a partir de las raíces, si quería escapar.
El pétalo era tan ancho como mi mano y tan grueso como una porra armada con clavos. En el borde interno, cada uno de ellos estaba recubierto de innumerables y minúsculas bocas, no más grandes que la cabeza de un alfiler. En el centro, en el lugar que debía haber ocupado el pistilo, había una punta arpada, cuya textura recordaba la de una espina, con estrechos canales que unían los cuatro bordes dentados.
Una vez terminadas mis investigaciones de aquella horrible parodia de vegetación, levanté súbitamente los ojos, justo a tiempo de ver reaparecer sobre el parapeto al hombre alado. No pareció sorprendido al verme. Gritó algo en una lengua desconocida e hizo un gesto burlón mientras yo me quedaba inmóvil como una estatua, asiendo fuertemente el hacha. No tardó en dar media vuelta y penetrar en el interior de la torre, como lo había hecho antes. Y, al igual que antes, volvió llevando a una cautiva. Mi furor y mi odio casi se sumergieron en el torrente de alegría que se desbordó en mí al ver que Gudrún estaba viva.
Pese a su fuerza ligera, que era la de las panteras, el hombre negro mantenía a Gudrún con la misma facilidad con que había sujetado al hombrecillo moreno. Levantando su cuerpo blanco, que no dejaba de debatirse en el aire por encima de la cabeza del ser alado, me la mostró mientras lanzaba gritos sarcásticos. Los rubios cabellos de Gudrún caían sobre los blancos hombros, se agitaba vanamente y me gritaba, dominada por un terror y un horror extremos. Raramente una mujer Aesir conoce un terror tan abyecto como el que se había apoderado de Gudrún. Medí el abismo de la diabólica conducta de su raptor por sus gritos desenfrenados.
Pero me quedé inmóvil. Si hubiera valido que, para ayudarla, hubiese tenido que hundirme en el interior de aquel pantano rojo como el infierno, aceptando ser apresado, traspasado y chupada toda mi sangre por aquellas flores diabólicas, lo hubiese hecho. Pero aquello no habría ayudado en nada. Mi muerte, solamente, la habría privado de su único defensor. Así que me quedé inmóvil mientras Gudrún se retorcía y sollozaba, mientras las risotadas del hombre negro hacían desbocarse en mi cerebro las rojas oleadas de la demencia. En un momento, hizo un gesto como de arrojarla entre las flores. Mi control de acero estuvo a punto de ceder y de impulsarme en aquel mar rojizo e infernal. Pero sólo era un simulacro. No tardó en arrastrarla de nuevo a la torre y lanzarla a su interior. Luego volvió al parapeto, apoyando en él los codos y quedándose en aquella postura para observarme. Aparentemente, jugaba conmigo como un gato hace con un ratón antes de matarlo.
Sin embargo, con el hombre negro todavía acechándome, volví la espalda y me hundí en el interior del bosque. Yo, Hunwulf, no era un pensador, al menos no en el sentido que lo entienden los hombres modernos. Vivía en una época en la que las emociones se traducían por el golpe del hacha de sílex más que por los elaborados productos del intelecto. Y, pese a todo, yo no era el animal desprovisto de inteligencia que el hombre supone que debía ser. Poseía un cerebro humano, estimulado por la eterna lucha de la existencia y la supremacía.
Sabía que no podía franquear vivo la banda rojiza que rodeaba el castillo. Antes que pudiera dar una docena de pasos, una multitud de puntas dentadas se habrían hundido en mi carne y sus bocas ávidas chuparían la sangre de mis venas para alimentar su apetito demoníaco. Incluso mi energía de tigre me sería inútil para intentar abrirme camino entre ellas.
El hombre alado no me siguió. Mirando por encima del hombro, le vi acodado solemnemente en la misma posición. Cuando sueño, como James Allison, los sueños de Hunwulf, esta imagen se encuentra como grabada en mi mente. Veo la silueta de gárgola, con los codos plantados en el parapeto, como un meditabundo diablo medieval, agazapado sobre las almenadas murallas del Infierno.
Franqueé las gargantas del valle y penetré en el que había más allá, en el que los árboles se diseminaban y los mamuts seguían las corrientes de agua con su pesado deambular. Me detuve tras sobrepasar a la manada y, sacando dos piedras de sílex de la mochila, me agaché e hice saltar una chispa hacia la seca hierba. Yendo rápidamente de un sitio para otro, eligiéndolos cuidadosamente, encendí una docena de hogueras, dispuestas en un amplio semicírculo. El viento del norte las atizó, las hizo propagarse y las empujó ante él. En pocos instantes, una muralla de llamas avanzó con rapidez hacia el fondo del valle.
Los mamuts dejaron de comer, levantaron las grandes orejas y lanzaron barrites de alarma. No temían más que una cosa en el mundo: ¡el fuego! Empezaron a batirse en retirada hacia el sur, las hembras empujando a las crías ante ellas; los machos barritando tan fuerte como harán las trompetas en el Juicio Final. Con un gruñido de tormenta, el fuego extendiéndose acelerado, los mamuts huían ante la conflagración precipitadamente, en desorden. Era un terrible huracán de carne, un terrible temblor de tierra, huesos y músculos devastando y aplastándolo todo a su paso. Los árboles estallaban y caían ante ellos, el suelo temblaba bajo sus patas violentas. Tras ellos llegaba el rápido fuego. Y, justo detrás, iba yo, siguiendo las llamas tan de cerca que la tierra humeante me quemaba las sandalias de piel ciervo.
Atravesaron el estrecho gollete con un gruñido retumbante, nivelando los espesos bosquecillos como una guadaña gigantesca. Los árboles eran arrancados y desarraigados; era como si un tornado se hubiera abismado por el pasadizo.
Con el trueno ensordecedor de sus patas machacando la tierra entre barrites, se desbocaron hacia el mar de flores rojas, como una devastadora tempestad. Las plantas demoníacas habrían hecho caer a un solo mamut aislado, pero, bajo el impacto de la manada entera, parecían flores ordinarias. Los mastodontes, enloquecidos por la furia, las aplastaron por completo, las patearon, las machacaron, las abatieron, las hicieron jirones, hundiéndolas en la tierra, que absorbió sus humores.
Temblé por un instante, temiendo que aquellos brutos continuaran su loca carrera hacia el castillo y que éste fuera incapaz de soportar su asalto fatal. Evidentemente, el hombre alado compartía mis temores, pues se lanzó enérgicamente desde lo alto de la torre y voló rápido hacia el cielo, dirigiéndose hacia el lago. Pero uno de los machos se dio de cabeza contra la muralla, rebotó sobre la superficie uniforme, lisa y sin curvas, y embistió contra el que le seguía inmediatamente y el rebaño se dividió en dos. Sobrepasaron mugiendo la torre, rodeándola por los lados. Los mastodontes pasaron tan cerca de ella que sus flancos velludos se rasparon contra las murallas. Bajaron a lo largo del campo encarnado y se dirigieron en medio del estruendo de los truenos hacia el lejano lago.
El fuego alcanzó el lindero de los árboles y se apagó por sí solo. Los restos aplastados y atestados de savia de las plantas rojas no ardían. Los árboles, sin raíces o aún en pie, humeaban y crepitaban, devorados por las llamas. Ramas ardientes llovían a mi alrededor mientras me abalanzaba a través de los árboles. Luego corrí hacia el gigantesco guadañazo que la carga de la manada había producido en el lívido campo.
Mientras corría le grité a Gudrún, quien me respondió.
Su voz sonaba ensordecida y acompañada por un martilleo. El hombre alado la había encerrado en la torre.
Cuando llegué a la base de las murallas del castillo, pisoteando lo que quedaba de las flores rojas y los tallos serpentinos, desenrollé la cuerda de cuero en bruto, la hice girar y envié la lazada hacia arriba, apuntando a uno de los morlones del parapeto almenado. No tardé en trepar a pulso por ella, agarrándola entre los dedos de los pies, hiriéndome codos y dedos contra el liso muro mientras permanecía suspendido en el aire.
Estaba a menos de cinco pies del parapeto cuando fui galvanizado por un batir de alas cerca de mi cabeza. El hombre negro se abatió desde lo alto del cielo y se posó en la galería. Tuve una buena vista suya cuando se inclinó por encima del parapeto. Sus rasgos eran rectos y regulares; no había en él ninguna sugerencia de rasgos negroides. Sus ojos eran aberturas oblicuas y los dientes le brillaban con un salvaje rictus de odio triunfal. Durante mucho, muchísimo tiempo, había reinado en el valle de las flores rojas, cobrando un tributo de vidas humanas a los desgraciados pobladores de las colinas, llevándose por los aires a víctimas inocentes para que sirvieran de alimento a sus flores carnívoras, aquellos medio animales que eran sus súbditos y sus protegidos. En aquellos momentos, yo estaba en su poder; mi encarnizamiento y audacia no habían servido de nada. Un único golpe de la curva daga que empuñaba me enviaría al pie de la muralla, cayendo hacia la muerte. En alguna parte, Gudrún, viendo en qué peligro me encontraba, lanzaba gritos de bestia salvaje. Luego, una puerta se rompió con un estrépito de paneles en explosión.
El hombre negro, dedicado a su demoníaco plan, apoyó el borde acerado de la hoja contra la cuerda de cuero... luego, por su espalda, un brazo blanco y vigoroso se cerró sobre su cuello y fue violentamente echado hacia atrás. Por encima de sus hombros pude ver la cara magnífica de Gudrún, sus hirsutos cabellos, sus ojos dilatados por el horror y la rabia. El hombre negro se volvió con un rugido, luchando contra su presa. La arrancó de su cuello y la tiró contra la torre con tal violencia que Gudrún quedó inmóvil, medio aturdida. Luego, se volvió hacia mí. Pero, en el mismo instante, yo terminaba de trepar ya hasta el parapeto y saltaba hacia la galería empuñando el hacha.
Dudó por unos instantes; medio desplegó las alas. Aún asía la daga, preguntándose si debía batirse o huir por el aire. Por la talla, era un gigante, y sus músculos destacaban como surcos ribeteados por todo su cuerpo. Pero dudaba, tan inseguro como un hombre enfrentado a una bestia.
Yo no dudé. Con un rugido que me nació en el fondo de la garganta, salté hacia adelante y eché hacia atrás el hacha con toda mi fuerza de coloso. Con un grito estrangulado levantó los brazos. Pero el filo del hacha se hundió entre ellos silbando y le aplastó el cráneo, reduciéndolo a sangrientos fragmentos.
Me volví hacia Gudrún. Se arrodilló titubeante y, luego, me echó los brazos al cuello en un frenético abrazo de amor y miedo, abriendo los ojos de forma desorbitada y mirando el lugar en que yacía el alado señor del valle. La pulpa enrojecida que había sido su cabeza se bañaba en un océano de sangre y cerebro.
A menudo he deseado que fuera posible reunir las diversas vidas que han sido la mía en el interior de un único cuerpo, aliando las experiencias de Hunwulf con el saber de James Allison. Si hubiera podido ser así, Hunwulf habría franqueado la puerta de ébano que Gudrún había hecho saltar en pedazos con un sobresalto de desesperada energía. Habría penetrado en aquel salón fantástico que se atisbaba entre los dislocados paneles. Aquella habitación estaba atestada de muebles extraños y de anaqueles cubiertos de rollos de pergamino. Habría desplegado aquellos rollos y se habría inclinado sobre los caracteres hasta haberlos descifrado y, quizá, leído las crónicas de aquella raza extraña de la que acababa de matar a su último superviviente. Seguramente su historia era más rara que los sueños engendrados por el opio y tan maravillosa como la narración de aquella Atlántida que se tragaron los mares en tiempos remotos.
Pero Hunwulf no poseía tal curiosidad. Para él, la torre, la habitación de los muebles de ébano y los rollos de pergamino eran emanaciones de la brujería, cosas carentes de sentido e inexplicables, cuyo significado residía en su propio carácter diabólico. Aunque la solución del misterio se hallase al alcance de su mano, estaba tan inmensamente alejado de ella como de James Allison, que no debía nacer más que al filo de los milenios.
Para mí, como Hunwulf que era, el castillo no resultaba ser más que una trampa monstruosa. Sólo sentía por él una sola emoción y un solo deseo: abandonarlo lo antes posible.
Con Gudrún agarrándose a mí, me deslicé hasta el suelo, luego solté la cuerda con un hábil movimiento de torsión y la volví a enrollar. Nos alejamos, tomados de la mano, y seguimos el camino abierto por los mamuts que se perdían en la distancia. Nos dirigimos hacia el lago azulado en el extremo sur del valle y hacia la embocadura de los acantilados que se alzaban más allá.

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