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jueves, 23 de mayo de 2013

ESTACIÓN DE TRANSITO - CLIFFORD D. SIMAK


ESTACIÓN DE TRANSITO


CLIFFORD D. SIMAK


I

El fragor ya había terminado. El humo se arrastraba en finas hebras grises de niebla sobre la tierra tortura­da, las cercas destrozadas y los melocotoneros hechos as­tillas aguzadas por el fuego de cañón. Por un momento - reinó silencio, aunque no paz, sobre aquellos escasos kilómetros cuadrados de terreno, donde sólo un momento antes los hombres gritaban y se debatían con el frenesí de un Odio ancestral que los enfrentaba en una lucha s~ aliar, antes de que se separasen para caer exhaustos.
Durante un tiempo interminable, según pareció, los truenos rodaron del uno al otro confín del horizonte, la tierra destripada saltó por los aires, los caballos relin­charon y los hombres profirieron roncas imprecaciones; se escuchó el silbido del metal y el golpe sordo con que terminó; brilló el ruego abrasador y resplandeció el acero; los gallardos colores de las banderas restallaron en el viento de la batalla.
Luego todo terminó y reinó el silencio,
Pero el silencio era una nota extraña que no tenía nin­gún derecho sobre aquel campo ni sobre aquel día, y no tardaron en romperlo los gemidos y los gritos de dolor, las voces pidiendo agua y las súplicas de muerte... el llanto, las llamadas y los gemidos que proseguirían durante horas bajo el sol del estío. Luego aquellas siluetas acurrucadas se quedarían quietas y tran­quilas, se esparciría un hedor que causaría náuseas a todos cuantos por allí pasaran, y las tumbas no serían profundas.
Habría trigo que no sería nunca segado, árboles que no florecerían cuando volviese la primavera, y en la la­dera que subía hasta el farallón, las palabras sin pronunciar, las gestas sin realizar y los bultos empapados que pregonaban el vacío y el despilfarro de la muerte.
Había hombres orgullosos que aún se habían cubierto de más gloria, pero que entonces no eran más que nom­bres cuyo eco resonaría a través de las edades... la Bri­gada de Hierro, el V de New Hampshire, el I de Minnesota, el II de Massachusets, el XVI de Maine.
Y había también Enoch Wallace.
Aún empuñaba el mosquetón hecho pedazos y tenía ampollas en las manos. Su cara estaba tiznada de pólvora. Tenía los zapatos cubiertos de polvo y sangre reseca.
Pero aún vivía.

II

El Dr. Erwin Rardwicke hizo rodar el lápiz entre las palmas de las manos. Era una cuestión irritante. Miró al hombre sentado al otro lado de la mesa de su escritorio, con cierta expresión calculadora.
- Lo que no acabo de entender - dijo Hardwicke - es por qué ha acudido usted a nosotros.
- Verá; ustedes son de la Academia Nacional de Cien­cias y pensé que...
- Y ustedes son de la CIA.
- Mire, doctor, si le parece mejor, considere esta visi­ta extraoficial. Finjamos que soy un ciudadano intrigado que se dejó caer por aquí para ver si usted podía ayu­darme.
- No es que no quiera ayudarle pero no sé cómo podría hacerlo. Todo esto me parece tan nebuloso y tan hipotético...
- ¡Pero por Dios hombre! - dijo Claude Lewis -, no puede usted negar las pruebas que tengo... por pequeñas que sean.
- Bien, de acuerdo - repuso Hardwicke -, empecemos de nuevo y examinémoslo detalle por detalle. Dice usted que tienen a este hombre...
- Se llama Enoch Wallace - continuó Lewis -. Bajo el punto de vista cronológico, tiene ciento veinticuatro años. Nació en una alquería de Wisconsin, a pocos kilómetros de la ciudad de Millville, el 22 de abril de 1840, y es hijo único de Jedediah y Amanda. Fue de los primeros en alistarse en respuesta a la llamada de Abraham Lincoln que pedía voluntarios. Se incorporó a la Brigada de Hierro, la cual fue prácticamente liquidada en Gettysburg, en 1863. Pero Wallace consiguió ser destinado a otra unidad de combate y luchó en toda Virginia bajo el mando de Grant. Asistió al fin de la lucha en Appomatex...
- Veo que han investigado sus antecedentes.
- He mirado su hoja de servicios. Su solicitud de alis­tamiento en el Capitolio del Estado, en Madison. El resto de la documentación, entre la que se cuenta su licencia­miento, aquí en Washington.
Y dice usted que aparenta unos treinta años.
- Ni un día más. Y quizá menos que eso.
- Pero usted no ha hablado con él.
Lewis meneó negativamente la cabeza.
- Acaso no sea nuestro hombre. Si tuviésemos sus hue­llas dactilares...
- En tiempo de la Guerra de Secesión - dijo Lewis -, aún no se tomaban huellas dactilares.
- El último veterano de nuestra guerra civil - comentó Hardwicke -, murió hace unos años. Creo que era un tambor de la Confederación. Aquí debe de haber algún error.
Lewis hizo un movimiento negativo con la cabeza.
- Lo mismo pensaba yo, cuando me destinaron a este caso.
-¿Y cómo fue que lo destinaron a él? ¿Por qué se in­teresan los servicios de Información en un asunto como éste?
- Reconozco que es algo que se sale un poco de lo corriente - admitió Lewis -. Pero es algo que podría tener consecuencias tan extraordinarias...
-¿Se refiere usted a la inmortalidad?
- Es posible que tal idea cruzara por nuestra mente. Una simple posibilidad de ella. Pero sólo de refilón. Antes tuvimos en consideración otras cosas. , Hay algo tan extraño, que merecía una investigación.
- Pero la CIA...
Lewis sonrió.
- Ya sé lo que piensa: ¿por qué no se encargaba de la - investigación a un centro científico cualquiera? Supongo que lógicamente así debiera haber sido. Pero uno de nues­tros hombres tropezó casualmente con el asunto. Se halla­ba de vacaciones. Tenía familia en Wisconsin... y no ea aquella región particular, sino a unos cincuenta kilómetros de ella. Oyó un rumor... un rumor muy vago, que apenas pasaba de ser una mención casual. Entonces husmeó un poco por allí. No descubrió mucho, pero sí lo suficiente para hacerle creer que el rumor no se hallaba desprovisto de fundamento.
- Esto es lo que más me intriga - observó Hardwike -. ¿Cómo es posible que un hombre viva ciento veinti­cuatro años en una localidad sin convertirse en una ce­lebridad de renombre mundial? ¿Se imagina usted el par­tido que sacarían los periódicos a un notición como éste?
- Me estremezco sólo de pensarlo - repuso Lewis.
- Aún no me ha dicho cómo sería posible.
- Resulta un poco difícil de explicar - contestó Le­wis -. Se tiene que conocer la región y sus moradores. El extremo de Wisconsin está limitado por dos ríos, el Mississipi por el oeste, y el Wisconsin por el norte. En­tre los ríos se extienden anchurosas y dilatadas praderas, con ricas tierras, prósperas alquerías y ciudades. Pero las tierras que descienden hasta el río son fragosas y que­bradas; abruptos riscos, altivos peñascos, profundas gar­gantas y acantilados, entre los que quedan algunas regiones aisladas, a modo de bolsas. Para llegar a ellas, sólo hay malas carreteras y las pequeñas y toscas casas de labor están habitadas por unas gentes que tal vez se hallan más cerca de los pioneros de hace cien años que de la civilización del siglo XX. Tienen automóviles, desde luego, y radios y pronto tendrán hasta televisión. Pero son de espíritu muy conservador y retrógrado... no todos los habitantes, desde luego, y de éstos muy pocos, pero esos pocos se encuentran en esos pequeños grupos aislados.
»Hubo un tiempo en que había muchas alquerías en esas bolsas aisladas, pero hoy en día apenas nadie puede vivir en esas míseras explotaciones agrícolas. Las dificul­tades económicas obligan poco a poco a los habitantes de estas zonas a abandonarlas. Venden sus tierras por lo que les quieren dar por ellas y emigran, principalmente a las ciudades, para poder ganarse la vida.
Hardwicke hizo un gesto de asentimiento.
- Y únicamente se quedan, por supuesto, los más retrógrados y conservadores.
Exacto. La mayoría de las tierras pertenecen actualmente a propietarios que viven fuera de ellas y que las tienen abandonadas. Lo más que hacen es criar en ellas unas cuantas cabezas de ganado. No es un mal sistema de eludir los impuestos para quienes necesitan recurrir a estos medios. Y en los días en que se estilaba el banco de tierra, muchas de estas tierras fueron administradas por este banco.
-¿Quiere usted decir que esas gentes tan atrasadas se han confabulado para no hablar?
- Acaso no sea una conspiración tan declarada como eso - repuso Lewis -. Sólo es su manera de hacer las cosas, una supervivencia de la antigua y recia filosofía de los pioneros. Sólo se ocupaban de sus propios asuntos. No les gustaba que los demás se inmiscuyesen en ellos y en cuanto a ellos, no se metían en los asuntos ajenos. Si un hombre quería vivir hasta tener mil años, esto podía ser asombroso, pero al fin y al cabo era cuenta suya. Podrían comentarlo entre ellos, pero con nadie más. Les molestaría que un extraño quisiera tirarles de la lengua.
»AI cabo de un tiempo, supongo, terminaron por acep­tar el hecho de que Wallace continuaba siendo joven mien­tras ellos envejecían. La costumbre terminó por hacer desaparecer el asombro y probablemente no hablaron mucho de ello, ni siquiera entre ellos mismos. Las nuevas gene­raciones lo aceptaron porque sus padres no veían en aquello nada de extraordinario... y además, veían muy poco a Wallace, porque éste llevaba una vida muy retraída.
- Y en las regiones vecinas, cuando las gentes pensaban en aquello, se acostumbraron a considerarlo como una es­pecie de leyenda... otra absurda historia que no valía la pena comprobar. Tal vez fuese una simple broma de aquellos rústicos. Una historia como la de Rip Van Winkle que probablemente no encerraba una sola palabra de verdad. Nadie tenía ganas de hacer el ridículo tratando de averiguar lo que tuviese de cierto.
- Pero su agente lo hizo.
- Sí, y no me pregunte por qué.
- Sin embargo, no le habían ordenado que investigase el caso.
- Lo necesitaban en otra parte. Y además, allí ya era demasiado conocido.
-¿Y usted?
- Me requirió dos años de trabajo.
- Pero ahora ya sabe la verdad.
- No toda. Hay más incógnitas ahora que al principio.
- Usted ha visto a ese hombre.
- Muchas veces - repuso Lewis -. Pero nunca he hablado con él. No creo que ni siquiera me haya visto. Da un paseo todos los días antes de ir a buscar el correo.
Tenga usted en cuenta que nunca abandona sus tierras. El cartero le trae las pocas cosas que necesita. Un saco de harina, una libra de tocino, una docena de huevos, cigarros y a veces vino.
- Pero esto debe de ser contrario al reglamento postal. Claro que lo es. Pero los carteros lo hacen desde hace años. No hace daño a nadie y así continúa hasta que alguien se queja. Pero en este caso, nadie se quejará. Es probable que los carteros sean los únicos amigos que ha tenido ese hombre.
- Según tengo entendido, el tal Wallace apenas trabaja
- Así es. Tiene un pequeño huerto y en él - cultiva algunas verduras. Sus tierras vuelven a ser bravías y. salvajes.
- Pero tiene que vivir. Tiene que sacar dinero de alguna parte.
- Y lo saca - dijo Lewis -. Cada cinco o diez años envía un puñado de piedras preciosas a una empresa de Nueva York.
-¿Las obtiene legalmente?
- Solo que usted quiere saber es si se trata de algo delictivo, le diré que no lo creo. De todos modos, si alguien quisiera denunciarlo por ello, creo que habría una base legal para hacerlo. No al principio, cuando empezó a en­viar piedras preciosas, hace muchos años. Pero las leyes cambian y sospecho que tanto él, como el comprador, bur­lan a varias de ellas.
-¿Y eso a usted no le importa?
- Visité a esa empresa - contestó Lewis -, y se pusie­ron bastante nerviosos. En primer lugar, robaban escandalosamente a Wallace. Yo les dije que siguiesen comprán­dole, y que si se presentaba alguien a investigar, que me lo enviasen inmediatamente. Por último, les pedí que guardasen silencio sobre e1 asunto y no cambiasen nada.
- No quiere que nadie pueda asustarlo - comentó Hanwicke.
- Exactamente. Quiero que el cartero siga haciendo de recadero y que la empresa de Nueva York continúe com­prándole piedras preciosas. Quiero que todo siga tal como está. Y antes de que usted me pregunte de dónde proce­den esas piedras, le diré que lo ignoro.
- Quizá tenga una mina.
-¡Menuda mina sería! Una mina que daría diamantes, rubíes y esmeraldas.
- Yo diría que, incluso a los precios que le pagan, recibe mucho dinero.
Lewis asintió.
- Por lo visto, sólo efectúa envíos de piedras cuando necesita fondos. Vive de una manera muy frugal, a juzgar la comida que compra, y, por lo tanto, no necesita mucho dinero. Pero está suscrito a numerosos diarios y revistas de información, sin hablar de docenas de publi­caciones científicas. También compra muchos libros.
-¿Obras técnicas?
- Algunas de ellas sí, en efecto, pero en su mayoría tratan de los últimos adelantos. Física, química y biología... esas cosas.
- Pero yo no...
- Claro que usted no. Ni yo tampoco. No es hombre de o, al menos, no tiene una formación científica.
En los días en que fue a la escuela eso no se estilaba... quiero decir que no se daba la educación científica actual. Y además, lo que entonces pudiera haber aprendido, hoy de poco le serviría. Asistió a la escuela de primeras letras - una de esas escuelas rurales de una sola habitación - y sólo un invierno en una academia que existió durante un año o dos en la aldea de Millville. Por si usted no lo sabe, le diré que esa academia era de las mejores que existían a mediados del siglo pasado. En cuanto a él, parece ser que era un joven muy inteligente.
Hardwícke movió dubitativamente la cabeza.
- Parece algo increíble. ¿Y usted ha comprobado todo esto?
- Lo mejor que he podido. He tenido que hacerlo con mucho cuidado. No quería levantar la liebre. Ah; me olvi­daba de una cosa... escribe mucho. Compra esas grandes agendas o diarios, encuadernados en tela, en lotes de una docena. En cuanto a la tinta, la compra a litros.
Hardwicke se levantó de la mesa y empezó a pasear por la habitación.  
Lewis – dijo -, si usted no me hubiese mostrado sus credenciales y yo no hubiese comprobado su autenticidad, me figuraría que todo esto no pasaba de ser una broma de muy mal gusto.
Regresó a la mesa y volvió a sentarse. Tomando el lá­piz, se puso a hacerlo rodar de nuevo entre las palmas de las manos.
- Lleva ya dos años estudiando este caso – dijo -. ¿Y no tiene ninguna idea?
- Ninguna en absoluto - repuso Lewis -. Estoy com­pletamente desconcertado. Por esto me encuentro aquí.
- Sígame contando la historia de ese hombre. ¿Qué hizo después de la guerra?
- Su madre murió - dijo Lewis -, mientras él estaba en el ejército. Su padre y los vecinos la enterraron allí, en sus tierras. Esto era frecuente entonces. El joven Walla­ce consiguió un permiso, pero no llegó a tiempo para asis­tir al entierro. En aquellos días no se solían embalsamar a los muertos y se viajaba con mucha lentitud. Después volvió a la guerra. Por lo que he podido averiguar, no le dieron otros permisos. Su padre vivió solo, cultivando sus tierras, haciendo su propio pan, sin necesitar a nadie. Pa­rece ser que fue un buen agricultor, excepcional para su época. Estaba suscrito a varias revistas agrícolas y tenía ideas progresivas. Tenía en cuenta, por ejemplo, la rota­ción de las cosechas y la prevención de la erosión, entre otras cosas. Sus tierras dejaban mucho que desear según las normas modernas, pero sacaba de ellas su sustento e incluso le permitían reunir algunos ahorros.
»Entonces Enoch regresó de la guerra y ambos culti­varon las tierras juntos durante un año o cosa así. El vie­jo Wallace adquirió una segadora tirada por un caballo, con una hoz mecánica que segaba el heno o el trigo. Aquello era un sistema revolucionario, junto al cual la guadaña no tenía comparación.
 »Hasta que una tarde, el viejo salió a segar un campo de heno. Los caballos, asustados por algo, se desbocaron.
El padre de Enoch fue derribado del asiento y cayó de­lante de la segadora mecánica. No fue una manera muy agradable de morir.
Hardwicke hizo una mueca de disgusto.
- Horrible - dijo.
- Enoch fue a buscar a su padre y llevó el cadáver a la casa. Luego tomó una escopeta y salió en persecución de los caballos. Los encontró en un extremo de los pastos, los mató a tiros y allí los dejó. Sí, allí. Durante años, sus esqueletos yacieron entre la hierba, allí donde él los mató, aun uncidos a la segadora, hasta que los arneses se pu­drieron.
»Después volvió a la casa y tendió a su padre frente a ella. Lo lavó, lo vistió con su traje negro de las fiestas, lo tendió sobre una tabla y luego fue al establo para hacer un ataúd. Hecho esto, cavó una fosa junto a la tumba de su madre. La terminó a la luz de una linterna; luego vol­vió a la casa y pasó la noche velando a su padre. Al ama­necer fue a participar lo sucedido al vecino más próximo, éste lo notificó a los demás y alguien fue en busca de un sacerdote. Al atardecer se celebró la ceremonia mortuo­ria, terminada la cual Enoch volvió a la casa. Y allí ha vi­vido desde entonces, pero nunca ha vuelto a cultivar las tierras. Es decir, excepto el huerto.
- Decía usted que esa gente no quiere hablar con ex­traños. ¿Cómo se las ha arreglado para saber tanto?
- He necesitado dos años. Conseguí infiltrarme. Com­pré un automóvil desvencijado, me presenté en Millville y dije que era un recolector de ginseng.
-¿Un qué?
- Un recolector de ginseng. El ginseng es una planta.
- Sí, ya lo sé. Pero ahora apenas nadie la emplea.
- Aún la compran algunos herbolarios. Se puede vender una poca para la exportación. Pero yo también buscaba plantas medicinales y pretendía poseer un amplio conocimiento de ellas y de sus virtudes. "Pretendía" no es la palabra adecuada; me hallaba bastante empollado sobre la materia.
- El tipo de alma sencilla - comentó Hardwick - que aquellas gentes podían entender. Una especie de anacronis­mo cultural. Y además inofensivo. Tal vez un poco mal de la cabeza.
Lewis asintió.
- Salió mejor de lo que yo mismo esperaba Me limi­taba a ir de una parte a otra y escuchar lo que la gente me decía. Incluso descubrí un poco de ginseng. Habla una familia en particular... los Fisher. Viven a la orilla del río, al pie de la casa de Wallace, cuyas tierras se asoman al farallón. Esta familia habita en aquellas tierras desde ha­ce casi tanto tiempo como los Wallace, pero son de un genero muy distinto. Los Fisher son una tribu de cazadores de zarigüeyas y de pescadores, amigos de cocinar a la luz de la luna. En mí encontraron un alma gemela. Y era tan enemigo de cambios y tan atrasado como ellos. Guisé con ellos a la luz de la luna, comimos y bebimos juntos y has­ta nos fuimos en varias ocasiones a vender nuestras chu­cherías al pueblo. Salí de caza y de pesca con ellos, nos sentamos juntos, hablamos y me enseñaron un par de sitios donde podría encontrar un poco de ginseng..., “sang” es como ellos lo llaman. Supongo que un etnólogo hallaría una mina de oro con los Fisher. En la familia hay una muchacha..., es sordomuda, pero muy linda, que sabe curar las verrugas por medio de ensalmos...
- Conozco ese tipo humano - dijo Hardwick -. Yo nací y me crié en las montañas del Sur.
- Fueron ellos quienes me contaron lo de los caballos y la segadora. Así es que un día subí al lugar indicado y me puse a excavar en los pastos de los Wallace. Encontré una calavera de caballo y algunos huesos.
- Pero era imposible saber si pertenecían a uno de los caballos de los Wallace.
- Desde luego que no - dijo Lewis -. Pero también en­contré parte de la segadora. No quedaba gran cosa de ella, pero sí lo bastante para identificarla.
- Volvamos a la historia de su vida - apuntó Hardwick -. Después de la muerte de su padre, Enoch se quedó a vivir en la casa solariega. ¿No la abandonó nunca?
Lewis denegó con la cabeza.
- Sigue viviendo en la misma casa. Nada ha cambiado.
Y la casa al parecer, no ha envejecido más que su habi­tante.
-¿Ha estado usted en la casa?
- En ella, no. Junto a ella. Le diré cómo es.

III

Tenía una hora. Sabía que tenía una hora, porque ha­bía cronometrado los movimientos de Enoch Wallace du­rante los últimos diez días. Y desde el momento en que se iba de la casa hasta que regresaba con el correo, nunca había transcurrido menos de una hora. A veces un poco más, cuando el cartero se retrasaba o ambos se ponían a hablar. Pero una hora, se dijo Lewis, era todo el tiempo de que podía disponer.
Wallace había desaparecido por la ladera, en dirección al peñasco que se erguía al borde del acantilado, y al pie del cual discurría el río Wisconsin. Trepaba por el peñas­co y permanecía allí de pie, con el rifle bajo el brazo, contemplando la bravía soledad del valle fluvial. Luego volvía a bajar por las rocas y caminaba por el sendero que cruzaba el bosque hasta el lugar donde en primavera crecían las nicaraguas rosadas, y desde allí emprendía de nuevo el ascenso de la colina, hasta el manantial que brotaba de la ladera, al pie mismo del viejo campo que esta­ba en barbecho desde hacia más de un siglo, para seguir luego por la ladera hasta salir a la carretera casi cubierta por la maleza y llegar por último al buzón.
Durante los diez días que Lewis se dedicó a observarle, su ruta no varió jamás. Y era probable, pensaba Lewis, que tampoco hubiese variado en el transcurso de los años. Wallace nunca tenía prisa. Andaba como si dispusiese de todo el tiempo necesario. Y se detenía frecuentemente pa­ra saludar a sus viejos conocidos... un árbol, una ardilla, una flor. Era un hombre recio y curtido, que aun conser­vaba mucho del soldado... viejas artimañas y costumbres que le hablan quedado de los amargos años de la guerra, en que había combatido bajo tantos jefes. Caminaba con la cabeza muy erguida, sacando el pecho, y se movía con el paso suelto y fácil del hombre acostumbrado a las du­ras marchas.
Lewis salió de la enmarañada espesura que antaño fue­ra un huerto y en la que algunos árboles frutales, retor­cidos, contrahechos y cenicientos por la edad, aún daban su mísera y amarga cosecha de manzanas.
Se detuvo en el lindero del bosquecillo y contempló por unos instantes la casa que se alzaba en lo alto de la colina. Por un momento le pareció verla bajo una luz especial, como si una esencia rara y más destilada del sol hubiese cruzado el abismo de los espacios para hacer brillar aquella casa y distinguirla de todas las demás casas del mundo. Bañada en aquella luz, la casa parecía algo sobrenatural, como si en realidad fuese algo especialísimo, distinto a todo. Pero después aquella luz, si es que de verdad había existido, desapareció y la casa compartió la luz vulgar del sol con los campos y los bosques.
Lewis meneó la cabeza, diciendo para sus adentros que acaso fue alucinación, o quizás una ilusión óptica. Porque el sol no tenía una luz especial y la casa no era más que una casa, aunque maravillosamente conservada.
Era una clase de casa que hoy se ve con muy poca frecuencia. Su forma era rectangular; larga, estrecha y alta, con anticuados adornos de marquetería a lo largo de cornisas y aleros. Poseía cierto aspecto escuálido que nada tenía que ver con la edad; ya era escuálida cuando la construyeron... escuálida, sencilla pero fuerte, como las gentes que la levantaron. Mas por escuálida que fuese, se alzaba pulcra y atildada, sin desconchados, sin señales de inclemencias atmosféricas ni el menor atisbo de deca­dencia.
Adosada a un extremo, la casa tenía una construcción más pequeña, que no pasaba de ser un cobertizo y parecía una obra extraña que hubiesen traído de otro lugar para empotraría allí, tapando la puerta lateral de la casa. Tal vez fuese la puerta, pensó Lewis, que conducía a la cocina. Era indudable que aquel cobertizo se habla utilizado como lugar para colgar ropas de faena y guardar zuecos y botas, con un banco para jarras de leche y cubos, y tal vez un cesto para recoger huevos. Por su techumbre surgía un metro de tubo de estufa.
Lewis subió hasta la casa, rodeó el cobertizo y vio una puerta entreabierta a su lado. Subió un par de peldaños, empujó la puerta y contempló sorprendido la habitación.
Porque al parecer no era un simple cobertizo, sino el lugar donde Wallace vivía.
La estufa de la que salía el tubo estaba en un rincón. Era una vieja estufa para cocinar, más pequeña que la an­ticuada cocina. Encima tenía una cafetera, una sartén y unas parrillas. En una tabla colocada detrás de la estufa se hallaban colgados diversos cacharros de cocina. Frente a la estufa y arrimada a la pared, había una cama cubierta con un grueso edredón a cuadros, que mostraban el com­plicado dibujo de muchas telas multicolores que hicieran las delicias de las señoras del siglo pasado. En otro ángu­lo había una mesa y una silla y sobre la mesa, colgada de la pared, una pequeña alacena en la que estaban alineados algunos platos. En la mesa había un quinqué de petróleo, muy baqueteado pero con el tubo limpio, como si lo hu­biesen lavado y pulido aquella misma mañana.
No había puerta de comunicación con la casa, ni la menor señal de que nunca hubiese existido alguna. La ta­bla de chilla que formaba la pared de la casa continuaba ininterrumpidamente, formando la cuarta pared del cobertizo.
Aquello era increíble, se dijo Lewis para sus adentros... que no hubiese puerta y que Wallace viviese allí, en aquel anexo, teniendo una casa para habitar. Como si tuviese alguna razón para no ocupar la casa, pero debiera perma­necer a su lado. O acaso cumpliese alguna especie de pe­nitencia, viviendo en aquel cobertizo, como un anacoreta medieval pudiera haber vivido en una choza en medio del bosque o en una cueva del desierto.
Se detuvo en el centro del cobertizo y miró a su alrededor, con la esperanza de hallar la clave de aquel hecho tan extraño. Pero no encontró nada, salvo las desnudas y escuetas verdades de la vida, las necesidades más pri­marias de la existencia: la estufa para cocinar los alimen­tos y calentar la habitación, la cama para dormir, la mesa para comer y el quinqué para iluminarse. Ni siquiera un sombrero de más (aunque pensándolo bien, Wallace no gastaba sombrero) ni un abrigo de sobra.
No había tampoco la menor señal de revistas o perió­dicos, a pesar de que Wallace nunca regresaba del buzón con las manos vacías. Estaba suscrito al Times de Nueva York, al Wall Street Journal, el Chiristian, Science Monitor y al Star, de Whasington, así como las numerosas publica­ciones científicas y técnicas. Pero allí no habla la menor traza de ellas, como tampoco de los numerosos libros que compraba. Tampoco había señal de los diarios encuader­nados. Nada que sirviera para escribir.
Tal vez aquel anexo, pensó Lewis, por la razón que fuese, no era más que un engaño, o un lugar preparado cuidadosamente para hacer creer que era allí donde Walla­ce vivía. Quizá viviese en la casa, en resumidas cuentas. Aunque de ser éste el caso, ¿a qué venía todo aquel esfuer­zo, no muy conseguido, por demostrar lo contrario
Lewis regresó a la puerta y salió del anexo. Rodeó la casa hasta llegar al porche que conducía a la puerta de en­trada delantera. Al pie de los escalones se detuvo y miró a su alrededor. El lugar estaba tranquilo. El sol de la ma­ñana aún no había llegado a la mitad de su carrera, empe­zaba a hacer calor y aquel rincón protegido de la tierra permanecía apacible y silencioso, esperando el calor del mediodía.
Consultó su reloj y vio que le quedaban cuarenta mi­nutos, así es que subió la escalera y cruzó el porche hasta llegar ante la puerta. Tendiendo la mano, asió el picaporte y trató de hacerlo girar... sin conseguirlo... el tirador per­maneció exactamente donde estaba y sus dedos agarrota­dos le dieron media vuelta, en un inútil intento por ha­cerlo girar.
Intrigado lo intentó de nuevo, pero tampoco consiguió hacer girar el picaporte. Parecía como si éste estuviese recubierto de un revestimiento duro y resbaladizo, como una capa de hielo, en el que resbalaban los dedos sin ejer­cer la menor presión en el picaporte.
Se inclinó para examinar de cerca el tirador y ver si se hallaba recubierto de alguna sustancia, pero no consi­guió ver nada. El picaporte parecía normal... acaso dema­siado normal. Pues estaba limpio, como si lo hubiesen la­vado y restregado. No tenía polvo ni manchas de humedad.
Trató de arañarlo con la uña, pero la una resbaló sin dejar la menor señal. Pasó la palma de la mano por la su­perficie de la puerta y notó que la madera era lisa y res­baladiza. La acción de frotarla con la palma de la mano no provocó fricción. La palma se deslizaba sobre la ma­dera como si la mano estuviese engrasada, pero no habla la menor señal de grasa. No habla nada que pudiese expli­car la superficie lustrosa y resbaladiza de la puerta.
Lewis se apartó de la puerta para examinar las tablas que formaban las paredes y las encontró igualmente res­baladizas. Probó con la palma y la uña del pulgar, con idéntico resultado. Había algo que recubría aquella casa, haciéndola resbaladiza y suave y tan lisas que el polvo no quedaba retenido en su superficie ni los agentes atmosfé­ricos dejaban en ella su huella.
Caminó por el porche hasta llegar frente a la ventana y entonces, al detenerse ante ella, se percató de algo que hasta entonces le había pasado inadvertido, algo que contribuía a hacer la casa más extraña de lo que era en realidad. Las ventanas eran negras. No tenían cortinas, vi­sillos ni persianas; eran sencillamente rectángulos negros como unas cuencas vacías que mirasen fijamente desde la pelada calavera de la casa.
Se acercó más a la ventana y aproximó el rostro a ella, protegiéndose los ojos con las manos levantadas, para ha­cer visera contra la claridad solar. Pero ni siquiera así pudo ver el interior. Su vista se perdió en una completa ne­grura que, de la manera más curiosa, no reflejaba nada.
No vio su imagen reflejada en el vidrio. No vio nada salvo la negrura, como si la luz que incidía en la ventana fuese absorbida, chupada y retenida por ella. La luz que incidía en aquella ventana no se reflejaba.
Abandonó el porche y dio lentamente la vuelta a la casa, examinándola de paso. Todas las ventanas eran rectángulos vacíos y negros que absorbían la luz capturada, y todo el exterior de la mansión era duro y resbaladizo. Golpeó las tablas con el puño y tuvo la Sensación de golpear una roca. Examinó las paredes de piedra del só­tano, allí donde éstas asomaban, y las encontró igualmen­te lisas y resbaladizas. A pesar de que los intersticios de las piedras estaban rellenados con argamasa y las mismas piedras mostraban superficies desiguales, la mano no ha­llaba la menor aspereza al pasar por la pared. Algo invisible se había extendido sobre las piedras ru­gosas, rellenando las oquedades y las superficies desigua­les. Pero sin presencia. Casi se hubiera dicho que no tenía sustancia.
 Incorporándose después de examinar la pared, Lewis consultó su reloj. Solo le quedaban diez minutos. Tenía que irse.
Bajó por la colina en dirección a la espesura que seña­laba el antiguo huerto. Se detuvo al llegar junto al lindero y miró hacia atrás. Entonces la casa le pareció diferente.
Ya no era una simple construcción. Tenía una personali­dad, un aspecto burlón y sarcástico y contenía una risa malévola, a punto de estallar en una carcajada.
Lewis se agachó para penetrar en el huerto y se abrió paso entre los árboles. No habla camino ni vereda y las hierbas y los matorrales crecían a gran altura entre los árboles. Apartó las ramas bajas y contorneó un árbol que fue arrancado por algún vendaval, muchos años antes.
Mientras caminaba tendía la mano, para recoger alguna que otra manzana de sabor ácido y bravío, dándoles úni­camente un mordisco y luego tirándolas, porque ninguna de ellas era buena para comer; dijérase que habían adqui­rido un gusto desabrido y amargo de aquel suelo abando­nado.
En el extremo opuesto del huerto encontró una cerca que rodeaba unas tumbas. Allí las hierbas y los matorra­les no eran tan altos y la cerca mostraba señales de haber sido reparada recientemente; al pie de cada sepultura, frente a las tres toscas lápidas de piedra caliza local, ha­bía unas peonias, convertidas en una masa de flores desor­denadas que habían crecido durante años sin ninguna dis­ciplina.
Se detuvo ante la vieja cerca y comprendió que se en­contraba en presencia del pequeño cementerio familiar de los Wallace.
Pero sólo debiera haber dos tumbas. ¿Qué significaba la tercera?
Caminó junto a la cerca hasta llegar a la puerta desven­cijada y entró en la huesa. Acercándose a las tumbas, leyó las inscripciones de las lápidas. Las letras eran angulosas y toscas; daban la impresión de haber sido ejecutadas por una manos poco ejercitadas en aquel menester. No había frases piadosas, versos, ángeles esculpidos, corderitos o ninguna de las otras figuras simbólicas acostumbradas a mediados del siglo XIX. Sólo figuraban en las lápidas los nombres y las fechas de nacimiento y de defunción.
En la primera podía leerse: Amanda Wallace, 1821-1863.
En la segunda: Jedediah Wallace, 18161866.
Y en la tercera lápida...
- Páseme ese lápiz, por favor - dijo Lewis.
Rardwicke dejó de hacerlo rodar entre las palmas de las manos y se lo tendió.
-¿Quiere también papel? - le preguntó.
- Sí, gracias - repuso Lewis.
Se inclinó sobre la mesa y escribió rápidamente.
- Tome usted - dijo, devolviéndole el papel.
Hardwicke arrugó el entrecejo.
- Pero esto no tiene pies ni cabeza – observó -. Sal­vo esa figura de abajo.
- La cifra ocho, tendida de costado. Sí, en efecto. El símbolo del infinito.
- Pero, ¿y lo demás
- No lo sé - contestó Lewis -. Es la inscripción que figura en la lápida. La copié y....
- Y ahora se la sabe de memoria.
- Desde luego, después de tanto estudiarla.
- Nunca había visto nada parecido en mi vida - comen­tó Hardwícke -. No es que sea una autoridad en la materia. Apenas sé nada de epigrafía.
- No hace falta que se preocupe. Nadie sabe más que usted sobre el particular. Esto no tiene ni el más remoto parecido con cualquier lenguaje escrito o cualquier ins­cripción conocida. He consultado a los mejores expertos. No a uno, sino a una docena. Les dije que habla encon­trado la inscripción en la cara de una roca. Estoy seguro que la mayoría de ellos me consideran un chiflado... uno de esos individuos que tratan de demostrar que los romanos, los fenicios, los irlandeses o quienquiera que sea or­ganizaron América antes que Colón.
Hardwicke dejó la hoja de papel.
- Comprendo lo que quiere decir cuando afirma que ahora tiene más incógnitas que al principio – dijo -. No sólo esa cuestión de un joven que tiene más de un siglo, sino asimismo ese problema tan curioso de las paredes resbaladizas y la tercera lápida con esa inscripción indesci­frable. ¿Dice usted que nunca ha hablado con Wallace?
- Nadie habla con él, excepto el cartero. Todos los días sale a paseo armado con su rifle.
-¿La gente tiene miedo de hablar con él?
-¿Quiere usted decir a causa del rifle?
- Pues... sí, supongo que eso es lo que pensaba cuando le hice esa pregunta. Me extraña que tenga que llevarlo.
Lewis meneó la cabeza.
- No sé por qué lo hará. He tratado de comprenderlo, de hallar algún motivo que explique el hecho de que vaya siempre con el rifle. Por lo que he podido averiguar, nun­ca lo ha disparado. Pero no creo que sea el rifle el motivo de que la gente no hable con él. Es un anacronismo, un ser que sobrevive de otra edad. Estoy seguro de que nadie le teme; lleva demasiado tiempo en la región para inspirar temor a nadie. Su presencia es familiar a todos. Es parte del paisaje, como un árbol o una roca. Mas, por otro lado, nadie se siente muy a gusto con él. Aseguraría que la mayoría de sus vecinos, si tuviesen que estar en su presencia, se sentirían muy violentos. Porque ese hombre es algo que ellos no son... algo mayor que el mismo tiempo, y al mismo tiempo mucho menor. Es como si fuese un hombre que se hubiese apartado de su propia humanidad. Creo que, en el fondo, muchos de sus vecinos deben de estar un poco avergonzados de él, avergonzados porque de una manera que ignoran, acaso de una manera innoble, ha conseguido burlar la vejez, uno de los castigos pero quizás uno de los derechos de toda la humanidad. Y acaso esa vergüenza secreta contribuya en cierto modo a la repugnancia que manifiestan al hablar de él.
-¿Pasó usted mucho tiempo observándole?
- Al principio, sí. Pero ahora dispongo de un equipo. Unos observadores que se turnan regularmente. Tenemos una docena de puntos de observación y nos turnamos en ellos. No pasa una hora al día sin que la casa de Wallace esté en observación.
- Desde luego, este asunto les trae a ustedes de cabeza.
- Y creo que con razón - repuso Lewis -. Porque aun hay algo más.
Se inclinó para recoger la cartera de mano que habla dejado junto a su silla. Abriéndola, sacó de ella una serie de fotografías y las tendió a Hardwicke.
-¿Qué le parece esto? - preguntó.
Hardwice las tomó y de pronto contuvo la respiración. El color huyó de su rostro. Le empezaron a temblar las manos y dejó cuidadosamente las fotografías sobre la me­sa. Sólo había visto la primera fotografía, no las demás.
Lewis vio su expresión interrogadora.
- Estaba en la tumba - La que tenía la lápida con la extraña inscripción.
La máquina transmisora de mensajes lanzó un agudo silbido. Enoch Wallace dejó el libro en el que estaba es­cribiendo y se levantó de la mesa para cruzar la habi­tación hasta la ruidosa máquina. Pulsó un botón, empujó una palanca y el silbido ceso.
La máquina empezó a zumbar y el mensaje se fue formando en la placa, débil al principio y después cada vez más oscuro, hasta que por último se destacó clara­mente. Rezaba:

N.o 40.6301 A ESTACIÓN 18327. VIAJERO A LAS 16097'38.
NATIVO DE THUBAN VI. SIN EQUIPAJE. TANQUE LIQUIDO N.o 3. SOLUCIÓN N.0 27 PARTIRÁ PARA ESTACIÓN 12892 A LAS 16439'16. CONFIRME RECEPCIÓN.

Enoch dirigió una ojeada al gran cronómetro galác­tico colgado de la pared. Aún faltaban casi tres horas.
Tocó un botón y una fina hoja de metal con el mensaje surgió por un lado de la máquina. Más abajo, el duplicado se introdujo en los archivos. La máquina hizo un leve zumbido y la placa para mensajes quedó limpia de nuevo y dispuesta a recibir otro.
Enoch sacó la placa metálica, enhebró sus orificios con la doble aguja archivadora y luego acercó los dedos al teclado para mecanografiar: NY 406301 RECIBIDO. CON-FIRMO DE MOMENTO. El mensaje se formó en la placa y allí lo dejó.
¿Thuban VI? ¿Habían venido otros antes?, se preguntó. Tan pronto como terminase sus quehaceres, iría al archivo para verlo.
Era uno que necesitaba un depósito de líquido y éstos, por lo general, eran los menos interesantes. Solía ser muy difícil entablar conversación con ellos, porque con dema­siada frecuencia su concepto del lenguaje era algo muy enrevesado. Y muy a menudo, también sus mismos procesos mentales eran tan exóticos, que apenas había una base común de comunicación.
Aunque también recordaba que no siempre habla sido así. Hubo aquel viajero que también necesitaba ambiente líquido, unos años antes. Procedía de algún lugar de Hi­dra (¿o de las Híades?); él no se acostó en toda la noche, pues la pasó entera con el viajero y casi se olvidó de reex­pedirlo a tiempo, pues le pasaron las horas volando mien­tras cimentaban en el poco tiempo disponible una buena amistad y casi, casi, una hermandad.
El, o ella, o ello - nunca llegó a averiguar este deta­lle - no había vuelto. Así solía suceder, pensó Enoch: eran muy pocos los que volvían. En su mayoría, sólo iban de paso.
Pero ya lo tenía, a él, o ella, o ello (lo que fuese) regis­trado en su diario, como los tenía a todos, del primero al último, registrados de su puño y letra. Recordaba que ne­cesitó casi todo el día siguiente para transcribir su conver­sación, inclinado sobre su mesa: todas las historias que el viajero le contó, los innúmeros atisbos de un país re­moto, bello y atractivo (atractivo porque tenía tantas cosas que no quería entender), todo el afecto y la camaradería que surgieron entre él y aquel ser deforme, feo y extraño de otro mundo. Y siempre que lo deseara, el día que se le antojase, podía sacar su diario de la hilera donde estaban los demás diarios y vivir de nuevo aquella noche. Aunque todavía no lo habla hecho. Era extraño, pensó, que nunca tuviese tiempo, o que nunca pareciese tenerlo, para hojear y releer en parte todo cuanto había anotado en el transcurso de los años.
Se apartó de la máquina para mensajes y empujó un tanque de líquido n.0 3 hasta colocarlo bajo el materializador, poniéndolo en la posición exacta y asegurándolo en ella mediante los cierres. Luego sacó la manga retrác­til y puso el selector en el n.0 27. Llenó el depósito y dejó que la tubería desapareciese de nuevo en la pared.
Volvió junto a la máquina, borró el mensaje escrito en la placa y envió su confirmación de que todo estaba dis­puesto para recibir al viajero de Thuban. Recibió doble confirmación del otro extremo de la línea, y luego puso la máquina en punto muerto, dispuesta para recibir nuevos mensajes.
Se apartó de la máquina para dirigirse al archivador que se alzaba junto a su mesa y tiró de un cajón lleno de fichas. Rebuscó entre ellas hasta que encontró Thu­ban VI, con la fecha de 22 de agosto de 1931. Cruzó la habitación hasta la pared oculta por libros e hileras de revistas y periódicos desde el suelo al techo, y encontró el libro registro que buscaba. Cargado con él, regresó a su mesa.
Comprobó que el 22 de agosto de 1931, cuando consiguió localizar la entrada, había sido un día de muy poco tra­bajo. Sólo tuvo un viajero, el procedente de Thuban VI. Y aunque la anotación de aquel día ocupaba casi una página en su letra menuda y apretada, no dedicó más que un pá­rrafo al visitante.
Hoy ha llegado (rezaba) una burbuja de Thuban VI. No hay otra manera de describirlo. Es sencillamente una masa de materia gelatinosa, posiblemente de carne, que parece experimentar una especie de cambio rítmico de forma, pues primero es globular, hasta que empieza a aplanarse hasta que se extiende por el fondo del depósito, como una especie de torta. Luego empieza a contraerse y a levantarse, hasta que se convierte de nuevo en una bola. Este cambio es un proceso bastante lento y desde luego rítmico, pero sólo en el sentido de que se repite periódicamente, aun­que no parezca tener relación alguna con el tiempo. Traté de cronometrarlo y no pude descubrir ningún ritmo temporal. El periodo más breve necesario para completar todo el ciclo fue de siete minutos y el más largo de dieciocho. Acaso de un periodo más largo se podría deducir un ritmo temporal, pero yo no dispongo de tanto tiempo. El traductor semántico no funcionó con él, pero envió una serie de agudos chasquidos en mi honor, como los que producirían las pinzas de un crustáceo, aunque yo no vi que tuviese ninguna clase de pinzas. Cuando consulté el manual de pasimología para saber que significaba esto, supe que con ello trataba de decirme que estaba bien, que no re­quería cuidados y que hiciese el favor de dejarlo en paz. Esto es lo que hice a partir de entonces.
Al final del párrafo, metido en el pequeño espacio dis­ponible, había la anotación: Véase 16 oct. 1931.
Pasó las páginas hasta llegar al 16 de octubre y vio que aquél era uno de los días en que llegó Ulises para ins­peccionar la estación.
Su nombre, naturalmente, no era Ulises. En realidad, no tenía nombre. Entre su pueblo no había necesidad de nom­bres; disponían de otra terminología para identificarse que era mucho más expresiva que un simple patronímico. Pero aquella terminología, incluso su mismo concepto, es­capaba a la comprensión de los seres humanos, que, al no poder aprehenderla, mucho menos podían emplearla.
- Te llamaré Ulises - Enoch recordaba haberle dicho el día en que se conocieron -. Necesito llamarte de algún modo.
- De acuerdo - repuso el que entonces era un extraño ser (pero que luego dejó de serlo). ¿Puedo preguntar por qué este nombre de Ulises?
- Porque es el nombre de un gran hombre de mi raza.
- Me alegro de que lo hayas escogido - dijo el ser re­cién bautizado -. Tiene un sonido noble y digno a mi oído, y debo confesarte que me alegro de llevarlo. En cuanto a mí, te llamaré Enoch, porque ambos tendremos que trabajar juntos durante muchos de tus años.
En efecto, fueron muchos anos, pensó Enoch, con el libro registro abierto en aquel día de octubre desde el que habían pasado más de treinta años. Unos años que fueron satisfactorios y lo enriquecieron de una manera que nun­ca hubiera podido imaginar, hasta verlos extenderse ante él.
Y aquello continuaría, se dijo, por un espacio de tiem­po mucho mayor que el que ya había transcurrido... durante muchos siglos más, mil años acaso. Y después de aquellos mil años, ¿qué no sabría él?
Aunque tal vez, pensó, el conocimiento no fuese la parte más importante de aquello.
Aunque tal vez nada llegaría a suceder como esperaba, porque ahora había intrusos. Lo vigilaban... cuántos, no sabía, pero uno sí, al menos, y tal vez no pasaría mucho tiempo sin que empezase a cerrarse el cerco. No tenía la menor idea de lo que haría ni de cómo trataría de repeler la amenaza; sólo lo sabría cuando llegase el momento. Era algo que tarde o temprano tendría que ocurrir. Lo esperaba desde hacía años. Lo extraño, pensó, era que no hubie­se ocurrido antes.
Habló a Ulises de este peligro el mismo día en que se conocieron. Él estaba sentado en la escalera del porche y entonces, al recordarlo, lo vio tan claramente como si sólo hubiese ocurrido ayer.

VI

Estaba sentado en la escalera a la caída de la noche, contemplando las grandes y algodonosas nubes de tormenta que se amontonaban al otro lado del río, más allá de los montes Iowa. El día había sido caluroso y sofocante; no soplaba una brizna de aire. Frente al granero una docena de gallinas escarbaban el suelo desmañadamente, más para moverse que con la esperanza de encontrar comida, a lo que parecía. Unos gorriones, al volar entre el alero del granero y el seto de madreselva que bordeaba el campo contiguo al camino, producían un susurro áspero y seco, como si el calor hubiese envarado las plumas de sus alas.
Y él permanecía allí sentado, recordaba, contemplando las nubes a pesar de que tenía trabajo que hacer: trigo que sembrar, heno que segar y maíz que cosechar y colgar.
Porque, a pesar de todo cuanto pudiese haber ocurri­do, él aún tenía una vida que vivir, unos días que pasar de la mejor manera posible. Dijo para sus adentros que debía de haber aprendido aquella lección en toda su mag­nitud durante aquellos últimos años. Pero la guerra era algo distinto, en cierto modo, de lo que allí había pasado. En la guerra uno ya lo sabía, lo esperaba y estaba prepa­rado cuando ocurría, pero aquello no era la guerra. Aquello era la paz, a la que él había vuelto, Y uno tenía de­recho a esperar que en el mundo de la paz, ésta manten­dría alejados de verdad el horror y la violencia.
Entonces estaba solo, como nunca lo había estado. Más que nunca podía hablar de un nuevo comienzo. Pero tanto allí como en las tierras de labor o en sitio que fuese, sería un comienzo amargo y angustioso.
Permanecía sentado en la escalera, con las muñecas apoyadas en las rodillas, contemplando las nubes que se amon­tonaban por occidente. Aquello podría significar lluvia y la lluvia sería buena para la tierra... o tal vez no fuese nada, porque por encima de los valles fluviales que se confun­dían, las corrientes aéreas eran caprichosas y era impo­sible saber el camino que seguirían aquellas nubes.
No vio al viajero hasta que lo tuvo en la cancela. Era un hombre alto y desgarbado, de ropas polvorientas; tenía aspecto de haber andado mucho. Subió por el sendero y Enoch permaneció sentado esperándolo y mirándolo, sin moverse de la escalera.
- Buenos días, señor - dijo finalmente Enoch -. Hoy hace calor para andar. ¿Quiere sentarse un poco?
- Con mucho gusto - respondió el forastero -. Pero antes, ¿no podría beber un poco de agua?
Enoch se levantó.
- Venga conmigo a la bomba y le sacaré una poca. Está muy fresca.
Cruzó frente al granero hasta la bomba. Descolgó el cazo colgado de una tuerca y se lo tendió al desconocido. Luego accionó arriba y abajo la palanca de la bomba.
- Dejémosla correr un poco – dijo -. Tarda cierto tiempo en salir verdaderamente fresca.
El agua brotaba por el caño, corriendo por las tablas que formaban la cubierta del pozo. Brotaba a chorros in­termitentes, mientras Enoch le daba a la bomba.
-¿Cree usted que lloverá? - le preguntó el forastero.
- Eso nunca se sabe - repuso Enoch -. Esperemos a ver qué pasa.
Había algo en aquel viajero que le inquietaba. No era nada determinado, sino algo extraño que le producía una vaga desazón. Lo observó atentamente mientras manejaba la bomba y le pareció que las orejas del desconocido eran demasiado puntiagudas por arriba, pero lo atribuyó a su imaginación, porque cuando volvió a mirarlas le pare­cieron normales.
- Creo que ahora el agua ya debe de estar fresca - ob­servó Enoch.
El viajero acercó el cazo al chorro y esperó que se lle­nase. Luego lo ofreció a Enoch. Éste meneó negativamen­te la cabeza.
- Usted primero. La necesita más que yo.
El desconocido bebió con avidez y derramando mucha agua.
-¿Quiere más? - le preguntó Enoch.

- No, gracias - repuso el forastero -. Pero lo llenaré otra vez para usted, si quiere.
Enoch accionó la bomba y cuando el cazo estuvo lleno, el desconocido se lo tendió. El agua estaba fresca y Enoch, dándose cuenta por primera vez de que tenía sed, casi lo apuró por completo.
Volvió a colgar el cazo en la tuerca y dijo al viajero:
- Ahora vamos a sentarnos.
El extranjero sonrió.
- No me vendrá mal - dijo.
Enoch se sacó un pañuelo de hierbas del bolsillo y se secó la cara.
- Cuando tiene que llover, hace mucho bochorno.
Y mientras se enjugaba el rostro, de pronto cayó en la cuenta de lo que le había extrañado del viajero. A pesar de sus ropas desaliñadas y sus zapatos polvorientos, que atestiguaban una larga caminata, a pesar del bochorno precursor de la lluvia, el desconocido no sudaba. Se le veía tan fresco y descansado como si hubiese estado ten­dido a la sombra de un árbol en primavera.
Enoch volvió a meterse el pañuelo en el bolsillo y am­bos se dirigieron a la escalera para sentarse en ella, uno al lado del otro.
- Viene usted de muy lejos, ¿verdad? - dijo Enoch, son­deándolo con delicadeza.
- Sí, de muy lejos - contestó el desconocido -. Estoy muy lejos de casa.
-¿Y aún tiene que hacer mucho camino?
- No - repuso el desconocido -, creo que ya he llegado al sitio adonde iba.
-¿Quiere usted decir que...? - dijo Enoch, sin completar la pregunta.
- Quiero decir aquí mismo - repuso el forastero -, aquí donde estoy, sentado en esta escalera. Buscaba a un hom­bre y creo que ese hombre es usted. No conocía su nombre ni sabía dónde buscarlo, pero, sin embargo, sabía que algún día lo encontraría.
-¿Yo? - dijo Enoch, asombrado -. ¿Y para qué tenía usted que buscarme?
- Buscaba a un hombre de muchos aspectos. Entre otras cosas, tenía que ser un hombre que hubiese mirado a las estrellas y se hubiese preguntado qué eran.
- Sí - asintió Enoch -, lo he hecho muchas veces. Por las noches, cuando vivaqueaba en el campo, solía tenderme en las mantas para mirar al cielo, contemplando las estre­llas y preguntándome qué podían ser, y, lo que aún era más importante, por qué estaban allí. He oído decir que las estrellas son soles iguales que el sol que nos ilumina, perú no se que pensar. No creo que haya nadie que sepa mucho sobre las estrellas.
- Hay algunos - repuso el forastero -, que saben muchas ­cosas sobre ellas.
¿Acaso usted? - dijo Enoch con un tono ligeramente burlón, porque el forastero no tenía aspecto de ser hombre que supiese demasiado.
- Pues sí, yo - dijo el forastero -. Aunque no sé tanto como saben otros.
A veces me he dicho - prosiguió Enoch -, que, si las estrellas son otros soles, pueden tener otros planetas habi­tados a su alrededor.
Recordaba una noche en que estaba sentado junto al fuego del campamento, charlando con otros soldados para matar el tiempo. Y cuando mencionó su idea de que acaso hubiese habitantes en otros planetas que giraban en torno a otros soles, sus compañeros se burlaron de él y luego, durante muchos días, su idea fue objeto de mofa para ellos, por lo cual no volvió a mencionarla jamás. Aunque por otra parte, no le importaba mucho, porque en el fondo tampoco estaba muy seguro de que fuese cierta; nunca pasó de ser una de esas divagaciones que se hacen al amor de la lumbre.
Y de pronto volvía a mencionarla, y a un completo desconocido. Se preguntó por qué lo había hecho.
-¿Y usted lo cree? - le preguntó el forastero. Enoch contestó:
- Son simples divagaciones.
- No tan simples - repuso el forastero -. Hay otros planetas y estos planetas tienen habitantes. Yo soy uno de ellos.
- Pero, ¿usted?... - exclamó Enoch, y luego guardó si­lencio, sobrecogido.
Pues la cara del forastero se había resquebrajado y se le estaba cayendo, y bajo ella distinguió otra cara que no era humana.
Y mientras la falsa cara humana se deshacía y mostra­ba aquel otro rostro, un terrible relámpago cruzó en zigzag el cielo y el pesado fragor del trueno hizo retemblar la tierra, mientras desde muy lejos le llegaba el susurro de la lluvia que caía en ráfagas sobre las montañas.
        
VII

Así fue corno todo empezó, pensaba Enoch, hacía casi cien años. Las divagaciones hechas al amor de la lumbre se convirtieron en realidad y la Tierra ya figuraba en todas las cartas galácticas, como estación de tránsito para muchos viajeros que iban de una a otra estrella. Que de momento fueron extraños para él, pero que ahora ya no lo eran. Ya no existían extraños. Bajo cualquier forma, bajo cualquier finalidad, para él todos eran personas.
Volvió a mirar la anotación del 16 de octubre de 1931 y la leyó rápidamente. Cerca del final, encontró esta frase:
Ulises dice que los thubanos del planeta VI son acaso los mayores matemáticos de toda la Galaxia. Han creado, según parece, un sistema de numeración superior a todos cuantos existen, especialmente valioso para el manejo de las estadísticas.
Cerró el libro y permaneció tranquilamente sentado en la sala, preguntándose si los estadísticos de Mizar X conocían la obra de los thubanos. Tal vez sí, se dijo, porque desde luego, algunas de las matemáticas que utilizaban se salían de lo corriente.
Apartó el libro registro a un lado y rebuscó en un cajón de la mesa, hasta encontrar la carta galáctica. La extendió sobre la mesa y la examinó con el ceño fruncido. Si pu­diese estar seguro... Si conociese mejor las estadísticas de Mizar... Durante los últimos diez años o acaso más había trabajado en aquella gráfica, comprobando una y otra vez todos los factores con el sistema de Mizar, haciendo toda clase de pruebas para determinar si los factores que empleaba eran los que debía utilizar.
Levantó el puño cerrado y aporreó la mesa. ¡Si pudiese estar seguro! Bastaría con que pudiese hablar con alguien. Pero esto trataba de evitarlo, en lo posible, porque equi­valdría a exhibir el desamparo y la desnudez de la especie humana.
El aún era humano. Era curioso, pensó, que aún siguiese siendo humano y que después de un siglo de relacionarse con aquellos seres de las estrellas, aún continuase siendo un hombre de la Tierra.
Porque, bajo muchos aspectos, había cortado ya sus vínculos con la Tierra. El único ser humano con el que ahora hablaba era el viejo Winslowe Grant. Sus vecinos lo rehuían y no había por allí otras personas, a menos que contase también a los que lo vigilaban, y a éstos los veía muy poco... sólo algún que otro atisbo de ellos, o sus puestos de observación.
Unicamente el viejo Winslowe Grant, con Mary y las demás gentes de las sombras, que a veces venían a pasar algunas horas con él, acompañándole en su soledad.
Éstas eran todas sus relaciones terrestres... el viejo Winslowe y la gente del reino de las sombras. Luego tenía las tierras de labor que se extendían en torno a la casa... pero no la casa, porque ésta ya era extraterrestre.
Cerró los ojos para recordar cómo era la casa en los tiempos de antaño. La cocina estaba en aquel mismo lugar donde entonces él se hallaba sentado, con el enorme fogón de hierro, negro y monstruoso, en aquel lado, mostrando su hilera de dientes de fuego por las rendijas de la parrilla. Arrimada a la pared estaba la mesa donde ellos tres comían. Se acordaba muy bien de aquella mesa, con la vinagrera, el vaso para las cucharas y el grupo de la mostaza, el rábano picante y el chile, como una especie de centro de mesa en medio del mantel a cuadros rojos que la cubría.
Recordaba una noche de invierno cuando él no tenía más de tres o cuatro anos. Su madre se afanaba preparando la cena. Él estaba sentado en el suelo, en el centro de la cocina, jugando con unos maderos y escuchando el apagado aullido del viento en los aleros del tejado. Su padre había vuelto de ordenar las vacas y cuando entró en la casa, una ráfaga de viento y un pequeño torbellino de nieve se colaron de rondón con él. Luego cerró la puerta y el viento y la nieve se quedaron fuera de la casa, con­denados a las tinieblas exteriores y a la noche inclemente. Su padre dejó el cubo de leche que traía en el fregadero y Enoch vio que tenía la barba y las cejas cubiertas de nieve y que tenía escarcha en el bigote y las patillas.
Aún recordaba aquella imagen... los tres parecían mani­quíes históricos puestos en el gabinete de un museo: su padre con la barba cubierta de nieve y las grandes botas de fieltro que le llegaban hasta la rodilla; su madre con e} rostro arrebolado por trabajar frente al fogón y la cofia de encaje en la cabeza, y él echado en el suelo, jugando con los trozos de madera.
Había algo que recordaba tal vez con mayor claridad que todo lo demás. Había una gran lámpara puesta sobre la mesa y en la pared, detrás de ella, estaba colgado un calendario. El resplandor de la lámpara iluminaba como un foco la figura del calendario. Ésta representaba al viejo Santa Claus, montado en su trineo y siguiendo un camino a través de los bosques, mientras todos los pe­queños moradores de la espesura salían a contemplar su paso. Una enorme luna se hallaba suspendida sobre los árboles y una gruesa alfombra de nieve cubría la tierra. Un par de conejos, sentados a la vera del camino, miraban con expresión inteligente al Papá Noel; al lado de los conejos había un ciervo, con un mapache un poco más allá, sentado sobre su cola anillada, mientras una ardilla y un paro contemplaban la escena desde la rama de un árbol. Santa Claus enarbolaba su látigo en gesto de salutación, tenía las mejillas coloradas y mostraba una alegre sonrisa.
Los renos que tiraban de su trineo se veían frescos, briosos y erguían orgullosos la cabeza.
Durante todos aquellos anos aquel Papá Noel decimonónico corrió por las nevadas veredas del tiempo, con su látigo levantado para saludar alegremente a las bestezuelas del bosque. Y la lámpara de resplandor dorado lo acom­pañé en su cabalgata, esparciendo su viva claridad sobre la pared y el mantel a cuadros.
Eso quiere decir, pensó Enoch, que hay cosas que sobreviven... el recuerdo, el pensamiento y el agradable calorcillo de aquella cocina de su infancia, durante una incle­mente noche invernal.
Pero lo que sobrevivía era el espíritu y la mente, pues todo lo demás era perecedero. Había desaparecido ya la cocina, habíase esfumado la estancia con su anticuado sofá y la mecedora; ya no quedaba nada del saloncito con su recargada elegancia de seda y brocado, ni el cuarto de respeto del primer piso y los dormitorios familiares del segundo.
Todo había desaparecido para convertirse en una sola habitación. El segundo piso y todos los tabiques se habían quitado, convirtiendo a la casa en una sola habitación enorme. A un lado de ella estaba la estación galáctica y al otro la vivienda para el guardián de la estación. En un rincón había una cama, una estufa cuyo funcionamiento no se basaba en ningún principio conocido en la Tierra y un refrigerador de construcción extraterrestre. Junto a las pa­re des se alineaban armarios y estantes, abarrotados de libros, revistas y periódicos.
Unicamente quedaba una cosa de los días de antaño, la única que Enoch no permitió que la brigada extraterres­tre que montó la estación desmantelase: la antigua y ma­ciza chimenea de mampostería y piedra que se alzaba junto a una pared del comedor. Aún seguía allí y era lo único que recordaba los días de antaño, el único objeto de origen terrestre, con su enorme y chamuscada repisa de roble tallada por su propio padre en un grueso tronco con una azuela, para unirla después a mano con un cepillo y papel de lija.
En la repisa de la chimenea y esparcidos en el estante y la mesa había objetos y artefactos que no eran de origen terrenal. Algunos de ellos ni siquiera tenían nombres terrestres. Eran multitud de regalos que le habían hecho sus amigos los viajeros, en el transcurso de muchos años. Algunos eran funcionales y otros sólo eran para mirar; algunos eran completamente inútiles porque apenas ser­vían de nada para un miembro de la especie humana o no podían funcionar en la Tierra. Luego había muchos otros cuya finalidad ignoraba por completo, aunque los había aceptado, embarazado y musitando palabras de agradeci­miento, de los viajeros bienintencionados que se los rega­laron.
Y en el otro lado de la habitación se alzaba la intrinca­da masa de maquinaria, que llegaba hasta más allá del segundo piso, a la sazón inexistente, y que servía para enviar a los pasajeros a través del espacio que se extendía entre las estrellas.
Una posada, pensó, una posta, una encrucijada galác­tica.
Arrolló la gráfica y volvió a guardarla en el cajón. Lue­go puso el libro registro en el lugar que ocupaba en el estante, entre los demás libros.
Dirigió una mirada al reloj galáctico de la pared y vio que era la hora de irse.
Arrimó la silla a la mesa y se puso la chaqueta colgada en el respaldo de la silla. Luego descolgó el rifle de los soportes que lo sostenían en la pared, y, volviéndose hacia ella, pronunció la palabra que tenía que decir. La pared se deslizó silenciosamente a un lado y él pasó por la abertura al pequeño anexo de mísero mobiliario. La pared volvió a cerrarse a su espalda y no quedó el menor resquicio en ella, aparentemente sólida y lisa.
Enoch salió del anexo al hermoso atardecer estival. Dentro de pocas semanas, pensó, habría los primeros signos del otoño y un extraño y frío temblor en el aire. Florecían los primeros junquillos y el día anterior había observado que algunos de los ásteres primerizos que crecían junto a la antigua cerca, empezaban a mostrar su color.
Dio la vuelta a la esquina de la casa y se dirigió hacia el río, bajando a grandes zancadas por el campo abandonado desde hacía muchos años e invadido por avellanos silvestres y algunos grupos de árboles.
Esto era la Tierra, pensó... un planeta hecho para el Hombre. Pero no solamente para el Hombre, porque tam­bién era un planeta para los zorros, los búhos y las comadrejas, para las serpientes, los saltamontes y los peces, para todas las demás formas de vida que pululaban en el aire, la tierra y el agua. Y no solamente estos seres indí­genas, sino para otros seres que llamaban su hogar a otras Tierras, a otros planetas que, a pesar de hallarse a muchos años-luz de distancia, en el fondo eran iguales que la Tierra. Pues Ulises, los hazer; podían vivir sobre este planeta, si necesario fuese, sin la menor incomodidad y sin tener que apelar a ayudas artificiales.
A pesar de que nuestros horizontes son tan dilatados, pensó, apenas los vemos. Incluso hoy en día, en que parten cohetes llameantes de Cabo Cañaveral para saltar las an­tiguas fronteras, apenas soñamos en su existencia.
Le asaltó de nuevo aquel acuciante deseo, casi doloroso, de decir a la humanidad todas aquellas cosas que había aprendido. No tanto las cosas concretas, aunque había mu­chas de ellas que la humanidad hubiera podido utilizar, sino las cosas de tipo general, el hecho no concreto y pri­mordial de que existía inteligencia en todo el Universo, de que el Hombre no estaba solo, y que cuando descubriese la manera, ya no necesitaría volver a estar solo jamás.
Cruzó el campo y la faja de bosque y salió al gran espolón de roca que dominaba el acantilado de junto al río. Se apostó en lo alto del espolón, como había hecho miles de otras mañanas, para contemplar el río, que dis­curría majestuosamente, azul y plateado, por las boscosas tierras bajas.
Viejas y antiguas aguas, musitó, hablando en silencio al río, vosotras lo habéis visto ocurrir todo: los frentes de los glaciares, de más de un kilómetro de altura, que avanzaron para cubrir la tierra y luego volverse hacia el polo centímetro a centímetros lanzando las aguas en fusión de los glaciares en una oleada que llenó aquel valle con una inundación como luego nunca volvió a conocer; el mastodonte, el tigre de dientes de sable y el castor grande como un oso que merodeó por estas viejas montañas e hicieron resonar la noche con sus clamoreos y sus trompe­teos; los pequeños y silenciosos grupos de hombres que recorrían los bosques, trepaban por los riscos o remaban en toscas canoas en vuestra superficie, de un lado a otro y a lo largo del río, débiles por su cuerpo, fuertes por su decisión, y persistentes tal como ningún otro ser lo fue jamás; y hacía sólo muy poco tiempo, acudía otra raza de hombres con la cabeza llena de sueños, las manos de crueldad y la terrible certidumbre de un propósito aún mayor en sus corazones. Y antes de esto, porque aquél era un país más antiguo de lo que suele encontrarse, los otros tipos de vida, los numerosos cambios de clima y las alte­raciones sobrevenidas en la misma Tierra. ¿Y qué piensas tú de eso?, preguntó al río. Porque tú guardas el recuerdo, tienes la perspectiva y el tiempo y ya debieras conocer la respuesta a esta pregunta, totalmente o en parte.
El Hombre también tendría respuesta a muchas de las preguntas si su existencia se remontase a varios millones de anos... como las tendría dentro de varios millones de anos a partir de aquella misma mañana estival, sin aún existiese sobre la faz del planeta.
Yo podría ayudar algo, pensó Enoch. No podría darle las respuestas, pero podría ayudar al Hombre a buscarlas. Podría darle fe y esperanza, junto con una finalidad que antes nunca había tenido.
Pero sabía que no se atrevería a hacerlo.
Mucho más abajo, un gavilán describía perezosos círcu­los sobre el anchuroso curso del río. El aire era tan claro que Enoch se imaginó que podría contar las plumas de las alas desplegadas, si aguzaba la vista.
Aquel lugar casi parecía un lugar encantado, pensó. La amplia perspectiva, el aire límpido y la sensación de ais­lamiento, casi lindaban con la grandeza del espíritu. Parecía como sí aquél fuese uno de esos lugares especiales que todos los hombres deben buscar por sí mismos, considerán­dose afortunados si alguna vez lo encuentran, porque hay también los que buscan y nunca lo hallan. Y lo que aún era peor, hay los que nunca lo han buscado.
Se irguió sobre la roca y su mirada abarcó el amplio panorama, observando el perezoso gavilán, los meandros del río y la verde alfombra de los árboles; su mente as­cendió hasta llegar a aquellos otros lugares, hasta que le rodó la cabeza al pensarlo. Y entonces llamó su hogar a aquel sitio.
Se volvió lentamente, descendió de la roca y avanzó entre los árboles, siguiendo el sendero que él mismo había abierto en el transcurso de los años.
Pensó en bajar un poco por el monte para ir a ver la mata de nicaraguas rosadas, para conjurar en lo posible la belleza que volvería a ser suya en junio, pero pensó que no valía la pena hacerlo, porque aquellas flores estaban escondidas en un lugar recóndito y nada podía hacerles daño. Hubo un tiempo, hacía cien anos, en que florecían en todas las colinas y él volvía a casa trayéndolas a bra­zadas, para que su madre las pusiese en la gran jarra ma­rrón; entonces, durante un par de días, por la casa se esparcía su fragante perfume. Pero ahora se habían hecho muy escasas. Las idas y venidas del ganado que llevaban a pacer al monte y los recolectores de flores las hablan expulsado de las colinas.
Algún otro día, se dijo, otro día antes de que viniesen las primeras heladas, volvería a visitarías para asegurarse de que florecían de nuevo al llegar la primavera.
Se detuvo un momento para contemplar a una ardilla que retozaba en un árbol. Se puso en cuclillas para seguir con la mirada a un caracol que cruzaba el sendero. Hizo un alto al lado de un añoso árbol y examinó los dibujos que hacía el musgo sobre su tronco. Y siguió con el oído los errabundeos de un pajarillo que saltaba trinando de un árbol al otro.
Siguió el sendero hasta salir del bosque y continuó por el borde del campo, hasta llegar a la fuente que brotaba de la ladera.
Vio a una mujer sentada junto a la fuente y la reconoció en seguida: era Lucy Fisher, la hija sordomuda de Hank Fisher, que vivía allá abajo, junto al río.
Se detuvo para mirarla y pensó: ¡Cuán llena está de gracia y de belleza, la gracia y la belleza naturales de una criatura primitiva y solitaria!
Estaba sentada junto a la fuente con una mano levanta­da y sosteniendo en ella, con sus dedos largos y sensibles, un objeto coloreado y brillante. Tenía la cabeza muy er­guida, con una viva expresión de alerta, y el cuerpo recto y esbelto, con aquella expresión vivaz y tranquila, casi de sorpresa.
Enoch avanzó despacio y se detuvo a tres pasos detrás de ella. Vio entonces que lo que tenía entre las yemas de los dedos era una mariposa de colores, una de esas gran­des mariposas rojas y doradas que aparecen a fines de verano. Un ala del insecto estaba erguida y derecha, pero la otra estaba torcida y arrugada, y había perdido parte del polvillo que infundía brillo a su color.
Vio que la muchacha no sujetaba a la mariposa, sino que ésta se hallaba posada al extremo de uno de sus de­dos, moviendo suavemente de vez en cuando su ala buena para mantener el equilibrio.
Pero él vio que se habla equivocado al pensar que tenía la otra ala rota, porque entonces se apercibió de que en             realidad, estaba doblada y deformada de un modo extraño.
En aquellos momentos se estaba enderezando lentamente              y el polvillo (si es que lo habla perdido) volvía a recubrir­ía. Por último se juntó con la otra ala.
Dio la vuelta a la muchacha para que ésta pudiese verlo y cuando ella lo vio, no dio un respingo de sorpresa. Esto era muy natural, pensó, porque ella ya debía de estar acos­tumbrada a que alguien viniese por detrás para presentarse de pronto ante ella.
Tenía la mirada radiante y él pensó que su rostro mos­traba una expresión de santidad, como si hubiese experimentado un éxtasis del alma. Y de nuevo se preguntó, como hacía cada vez que la veía, qué debía ser la vida para ella, encerrada en un mundo de un silencio doble, incapaz de comunicarse con sus semejantes. Acaso no fuese totalmente incapaz de comunicarse, pero al menos tenía vedado aquel libre curso de comunicación a que todo ser humano por su nacimiento tenía derecho.
Sabia que se hicieron varios intentos para llevarla a una escuela de sordomudos, pero todos fracasaron. Una vez  se escapó y estuvo perdida varios días, hasta que por úl­timo la encontraron y la devolvieron a su casa. En otras ocasiones se encerró en una terca desobediencia, negán­dose a secundar los esfuerzos de sus maestros.
Al verla sentada allí con la mariposa, Enoch pensó que comprendía la razón de ello. Ella tenía un mundo, pensó, un mundo suyo, uno al que ella estaba acostumbrada y en el que sabía cómo moverse. En aquel mundo no era una persona lisiada, como a buen seguro lo hubiera sido si la hubiesen obligado a vivir a medias en el mundo humano normal.
¿Qué bien podían hacerle el alfabeto manual de los sor­domudos o el arte de leer los labios, si esto le arrebataba su extraña serenidad espiritual interior?
Ella era una criatura de los bosques y las montañas, de las flores de primavera y de las bandadas de aves otoñales. Conocía aquellas cosas, vivía con ellas y, en cierta manera extraña, formaba parte específica de ellas. Ella vivía apar­te en una vieja y perdida habitación del mundo natural. Ocupaba un lugar que el Hombre había abandonado desde hacía mucho tiempo, si es que en realidad alguna vez lo vio. Allí estaba sentada, entonces, con la mariposa silves­tre rojidorada posada en la punta del dedo, resplandecién­dole en el rostro aquella expresión viva y expectante, y tal vez también de triunfo. Vivía, pensó Enoch, con una intensidad que no podía compararse a la de ningún otro ser viviente.
La mariposa extendió las alas, se alejó flotando de su dedo y se fue revoloteando, tranquila, sin miedo, por encima de la yerba silvestre y los narcisos del campo.
Ella se volvió para seguirla con la mirada hasta que desapareció cerca de la cumbre de la colina, hasta donde trepaba el viejo campo, y luego se volvió hacia Enoch. Sonrió e hizo un movimiento aleteante con las manos, como el de las alas rojas y doradas, pero en él había algo mas... una sensación de felicidad y una expresión de bien­estar, como si quisiera decir que el mundo era muy her­moso.
Si yo pudiese enseñarle la pasimología de mis amigos galácticos, pensó Enoch... entonces podríamos hablar los dos casi tan bien como con las palabras del idioma huma­no. Si dispusiese de tiempo, pensó, esto no sería demasiado difícil, porque el lenguaje galáctico de signos se basaba en un proceso natural y lógico que hacia que resultase casi instintivo, cuando se había captado su principio fundamental.
En la Tierra hubo también en la antigüedad lenguaje de signos, y ninguno de ellos estuvo tan desarrollado como el que tuvieron los aborígenes de Norteamérica, con el resultado de que un amerindio, fuese cual fuese su idioma, podía hacerse entender entre otras muchas tribus.
Pero aun así, el lenguaje por signos de los indios no pasaba de ser unas muletas que permitían caminar renqueando cuando no se podía correr, mientras el de la Ga­laxia era un idioma en sí mismo, que podía adaptarse a numerosos medios y diferentes métodos de expresión. Fue creado en el transcurso de miles de anos, con las aporta­ciones de muchos pueblos distintos, para ser refinado y depurado y pulido en el transcurso de los siglos, hasta que en la actualidad era una herramienta para la comunicación que se sostenía por sus méritos propios.
Había necesidad de semejante herramienta, porque la Galaxia era una babel. Incluso la ciencia galáctica de la pasimología, pese a hallarse muy perfeccionada, no podía superar todos los obstáculos ni garantizar la comunicación fundamental mínima, en ciertos casos. Pues no sólo había millones de idiomas, sino también aquellas otras lenguas que no eran fonéticas, porque las especies que las hablaban eran incapaces de emitir sonidos. Y ni siquiera el sonido servia cuando la especie hablaba en ultrasonidos, que otros oídos no podían percibir. Existía la telepatía, desde luego, pero por cada especie telépata había otras mil que no lo eran. Había muchas que solamente utilizaban lenguajes de signos o mímicos y otras que únicamente podían comuni­carse mediante un sistema escrito o pictográfico, e incluso algunas que tenían pizarras químicas incorporadas a su organismo. Y había aquella especie ciega, sorda y sin habla de las misteriosas estrellas del extremo opuesto de la Galaxia, que empleaba el que acaso fuese el más compli­cado de todos los lenguajes galácticos: un código de se­ñales que discurrían por su sistema nervioso.
Enoch ocupaba aquel puesto desde hacia casi un siglo, y, aun así pensó, y pese a contar con la ayuda del lenguaje universal de signos y el traductor semántico, que apenas pasaba de ser un triste (aunque complicado) artilugio me­cánico, aún a veces tenía grandes dificultades en compren­der lo que muchos de ellos decían.
Lucy Fisher tomó una copa que tenía al lado una copa hecha con una tira doblada de corteza de abedul y la introdujo en la fuente. Luego la tendió a Enoch y éste se acercó a tomarla, arrodillándose para beber. La copa rústica no era completamente hermética y el agua se es­currió de ella por su brazo, mojándole el puño de la ca­misa y la chaqueta.
Cuando acabó de beber, le devolvió la copa. Ella la tomó con una mano y se llevó la otra a la frente, para acariciársela con la yema de sus dedos suaves, como si impartiese una bendición.
Enoch no intentó hablar con ella. Había dejado de ha­blarle desde hacia tiempo, pues se dio cuenta de que el movimiento de sus labios, al formar palabras que ella no podía oír, podía resultarle embarazoso.
En vez de hablarle, le puso la ancha palma de su mano en la mejilla, dejándola allí un momento con ademán afectuoso y tranquilizador. Luego se puso en pie y se puso a mirarla; sus miradas se cruzaron por un momento y luego se apartaron.
Enoch cruzó el arroyuelo que nacía en la fuente y tomo el sendero que conducía desde la linde del bosque a través del campo, en dirección a la cresta del monte. A medio camino de la cuesta, se volvió y vio que ella lo estaba mirando. Levantó la mano en gesto de despedida y ella le hizo una idéntica salutación.
Se acordó de que hacía tal vez más de doce años que la conocía. Cuando la conoció era una personilla de unos diez años, que parecía un hada o un animalillo silvestre que corría por los bosques. Recordaba que tardaron mu­cho tiempo en hacerse amigos, a pesar de que él la veía a menudo, porque corría por montes y valles como si éstos fuesen su campo de juegos... y en realidad lo eran.
En el transcurso de los años la vio crecer y se encontró a menudo con ella en sus paseos diarios, estableciéndose entre ambos el entendimiento que nace entre los solita­rios y los proscritos, pero que estaba basado en algo más que eso... en el hecho de que cada uno de ellos tenía su mundo propio y este mundo les había dado una clarividen­cia de la que sus semejantes se hallaban generalmente desprovistos. Eso no quería decir, pensó Enoch, que se lo hubiesen dicho o hubiesen tratado de comunicarse la exis­tencia de esos mundos íntimos, pero cl mero hecho de que esos mundos existiesen en la consciencia de cada uno de ellos, proporcionaba unos firmes cimientos para la cons­trucción de una amistad.
Recordó el día en que él la encontró en el lugar recón­dito donde crecían las nicaraguas rosadas, arrodillada con las flores y mirándolas sin recogerlas, y él se detuvo a su lado y le gustó que no hubiese sentido impulso de arran­carlas. Entonces comprendió que ambos, él y ella, halla­ban un gozo y una belleza en su simple contemplación, que estaban mucho más allá de la posesión.
Cuando llegó a la cresta de la montaña, descendió hacia la carretera cubierta de hierba que conducía al buzón.
Pero no se había equivocado en la fuente, se dijo, aunque luego le hubiese parecido distinto. La mariposa tenía el ala rota y arrugada y descolorida por falta de polvillo. Era un ala inútil, pero de pronto volvió a estar entera y sana y le permitió alejarse volando.

VIII

Winslowe Grant llegaba puntualmente.
Al llegar junto al buzón, Enoch vio la polvareda levan­tada por su viejo jamelgo al galopar por la cresta. Aquel año había sido un año de polvo, pensó al detenerse junto al buzón. Hubo poca lluvia y esto había sido muy malo para el campo. Aunque, para decir la verdad, apenas se cultivaba nada a la sazón en aquellas montañas. Hubo un tiempo en que se alzaron allí pequeñas y pulcras alquerías, casi una al lado de la otra a lo largo de la carretera, cuya blancura contrastaba con el rojo de los graneros. Pero en la actualidad, casi todas las casas de labor estaban aban­donadas y aquellas construcciones ya no eran rojas ni blancas, sino de madera grisácea y maltrecha por la intemperie, despintadas, con las cercas cayéndose de puro viejas y sus moradores desaparecidos.
Winslowe no tardaría mucho en llegar. Enoch se sentó a esperarlo. El cartero sin duda se detendría ante el bu­zón de los Fisher, que estaba al otro lado del recodo, aunque los Fisher no solían tener mucho correo, recibien­do casi únicamente la propaganda y los folletos que se distribuían por las regiones rurales. Esta correspondencia importaba muy poco a los Fisher, pues a veces pasaban días enteros sin ir a recoger el correo. De no ser por Lucy, acaso no irían nunca a buscarlo, porque era Lucy quien casi siempre pensaba en recogerlo.
Enoch se dijo que, en realidad, los Fisher eran una gente muy rutinaria. Su casa y sus construcciones anexas eran tan decrépitas, que un día les caerían sobre sus cabezas; cultivaban un mísero maizal que casi siempre es­taba inundado por las crecidas del río. Cosechaban un poco de heno y tenían un par de caballos que eran todo huesos, con media docena de vacas flacas y algunas ga­llinas. Tenían un automóvil viejo y desvencijado, una ins­talación para destilar alcohol oculta por las márgenes del río y se dedicaban a la caza, a la pesca y la colocación de trampas. Eran, en realidad, gentes míseras que arrastraban una existencia precaria. Aunque, mirándolo bien, no eran unos malos vecinos. Se ocupaban de sus asuntos sin molestar a nadie, aunque de vez en cuando toda la tribu se dedicaba a distribuir folletos y manifiestos de una oscura secta fundamentalista a la que mamá Fisher se afilió du­rante unos ejercicios espirituales que se celebraron en Millville algunos años antes.
Winslowe no se detuvo ante el buzón de los Fisher, sino que apareció por la curva, traqueteando y envuelto en una nube de polvo. Frenó el tembloroso armatoste y paró el motor, del que salía una nube de vapor.
- Dejemos que se enfríe un poco - dijo.
El bloque crujió al empezar a, enfriarse.
- Hoy llega puntual - le dijo Enoch.
- Hoy fueron muy pocos los que tuvieron correo - re­puso Winslowe -. He pasado ante sus buzones sin dete­nerme.
Metió la mano en la cartera que tenía en el asiento, a su lado, y sacó un mazo de correspondencia atado con un cordel para Enoch... eran varios periódicos y dos revistas.
- Recibe usted muchos impresos - observó Winslowe - pero apenas ninguna carta.
- Ya no queda nadie para escribirme - contestó Enoch.
- Sí, pero esta vez tiene una carta - dijo Winslowe.
Enoch miró el mazo de periódicos, incapaz de ocultar su sorpresa, y vio asomar entre ellos la punta de un sobre.
- Una carta personal - dijo Winslowe, haciendo casi chasquear sus labios -. No es una circular ni un anuncio. Ni tampoco una carta comercial.
Enoch se puso el paquete bajo el brazo, junto a la cu­lata del rifle.
- Probablemente no será nada importante - observó.
- Tal vez no - dijo Winslowe, con un brillo taimado en sus ojos.
Sacando una pipa y una bolsa del bolsillo, empezó a llenar aquélla lentamente. El bloque del motor continuaba crujiendo y produciendo chasquidos. Caía un sol implaca­ble de un cielo sin nubes. La vegetación que bordeaba la carretera estaba cubierta de polvo y de ella se elevaba un olor acre.
- He oído decir que ese buscador de ginseng ha vuelto - dijo Winslowe, como quien no le da importancia a la cosa, pero incapaz de contener cierto tono de conspira­dor -. Ha estado ausente tres o cuatro días.
- Quizá se fue a vender el sang que encontró.
- En mi opinión - dijo el cartero -, ese tipo no busca sang, sino alguna otra cosa.
- Pues lleva dedicado a eso mucho tiempo - comentó Enoch.
- En primer lugar - prosiguió Winslowe -, apenas hay mercado para esa planta, y aunque lo hubiese, ya no se encuentra. Antes sí había un buen mercado. Los chinos la empleaban en medicina, según creo. Pero ahora ya no hay comercio con China. Recuerdo que cuando yo era un mozalbete, íbamos a buscarla. No era fácil de encontrar, ni siquiera entonces. Pero casi siempre se conseguía re­coger una poca.
Se recostó en el asiento, dando serenamente chupadas a su pipa.
- Es curioso que aún haya quien se dedique a eso.
- Nunca he visto a ese hombre - dijo Enoch.
- Camina furtivamente por los bosques - dijo Winslowe -, recogiendo diferentes clases de plantas. He llegado a pensar que pudiese ser una especie de curandero, que recoge cosas para hacer amuletos y ensalmos. Se pasa mu­cho tiempo hablando con los Fisher y bebiendo el alcohol que ellos destilan. Aunque hoy en día no se habla mucho de ello, yo aún sigo creyendo en la magia. Hay muchas cosas que la ciencia no puede explicar. Ahí tiene usted por ejemplo a la chica de los Fisher, la sordomuda... ¿puede curar las verrugas con ensalmos?.
- Eso he oído decir - repuso Enoch.
Y aún más que eso, pensó: Puede recomponer el ala de una mariposa.
Winslowe se adelantó en el asiento.
- Casi lo olvidaba – dijo -. Tengo otra cosa para usted. Levantó del suelo un paquete envuelto en papel marrón de embalar y lo tendió a Enoch, diciendo:
- Esto no es correo. Es una cosa que he hecho para usted.
- Muchas gracias - dijo Enoch, tomando el paquete.
- Vamos, hombre, ábralo. Enoch titubeó.
- Caramba, no tenga vergüenza - dijo Winslowe.
Enoch rasgó el papel y vio una talla de madera que le representaba a él mismo. Era de madera dorada, de color de miel, y media unos treinta centímetros. Brillaba bajo el sol como si fuese de cristal dorado. Él aparecía en ac­titud de caminar, con el rifle bajo el brazo y avanzando contra el viento, pues estaba ligeramente inclinado y el viento formaba pliegues en su chaqueta y sus pantalones.
Enoch se quedó boquiabierto y luego se puso a contemplar la talla.
- Wins – dijo -, es la obra más bella que he visto en mi vida.
- Le hice - repuso el cartero - con aquel trozo de ma­dera que usted me dio el invierno pasado. Nunca había tenido una madera más apta para la talla. Dura y apenas sin grano. No había el peligro de resquebrajaría o de que se partiese por un nudo. Cuando se le hacía un corte, se quedaba tal corno lo hacía y no tenía que andar escogiendo el punto mejor para hacerlo. Y no cuesta nada de pulir. Sólo hay que frotarla un poco.
- No puede usted figurarse lo que esto representa para mí.
- En el transcurso de los años - prosiguió el cartero -, usted me ha dado una gran cantidad de madera. Maderas de todas clases, que nunca se han visto por aquí. Todas de primera calidad y muy hermosas. Creo que ya era hora de que hiciese algo para usted.
- Y usted también ha hecho mucho por mí - observó Enoch -. Me ha traído una infinidad de cosas del pueblo.
- Enoch - le dijo Winslowe -, le tengo mucha simpatía. No sé qué es usted ni voy a preguntárselo, pero de todos modos, le tengo una gran simpatía.
- Ojalá pudiese decirle lo que soy - repuso Enoch.
- Bien - dijo Winslowe, situándose de nuevo ante el volante -, poco importa lo que seamos todos nosotros, mientras nos llevemos bien. Si algunas naciones siguieran el ejemplo que les damos las gentes de pueblos atrasados como nosotros y aprovechasen esta lección de convivencia, el mundo irla mucho mejor.
Enoch asintió gravemente.
- Ahora no parece ir muy bien, ¿no es verdad?
- Desde luego que no - contestó el cartero, poniendo el coche en marcha.
Enoch contempló cómo el automóvil se alejaba cuesta abajo, levantando una gran polvareda.
Luego volvió a mirar la estatuilla de madera.
Parecía como si la figura caminase en lo alto de una montaña, recibiendo plenamente el impacto del viento e inclinada para resistirlo.
¿Por qué?, se preguntó. ¿Qué había visto el cartero en él, para representarlo como un hombre que avanzaba contra el viento?

IX

Dejó el rifle y el correo sobre una extensión de hierba polvorienta y volvió a envolver cuidadosamente la esta­tuilla en el trozo de papel. Resolvió que la pondría sobre la chimenea o, acaso mejor, en la mesita de café puesta junto a su sillón favorito, y en el ángulo donde tenía su escritorio. Tuvo que reconocer, con cierto embarazo, que deseaba tenerla a manos donde pudiese mirarla o recoger­la siempre que quisiera. Y le extrañó la profunda e íntima satisfacción anímica que le produjo el regalo del cartero.
Sabia que no la experimentaba por el hecho de que recibiese muy pocos regalos. Apenas pasaba una semana sin que los viajeros extraterrestres no le dejasen varios. Tenía la casa abarrotada de regalos y en el sótano toda una pared estaba cubierta de estantes en los que se haci­naban las cosas que le habían regalado. Acaso su emoción se debiese, entonces, a que se trataba de un regalo de la Tierra, de un ser de su propia especie.
Se puso la estatuilla envuelta bajo el brazo, y, recogiendo el rifle y el correo, emprendió el camino de regreso a su casa, siguiendo el camino cubierto de maleza que en otros tiempos había sido el camino carretero que conducía a la casa de labor.
Las viejas roderas estaban ocultas por la hierba enma­rañada, pero habían sido trazadas tan profundamente en la arcilla por las llantas de hierro de las antiguas carretas, que aún eran dura tierra apisonada en la que ninguna planta habla conseguido arraigar. Pero por ambos lados los matorrales invasores crecían hasta la altura de un hombre, de modo que entonces avanzaba entre dos muros de verdor.
Pero en algunos lugares determinados, de manera inex­plicable - tal vez a causa del carácter del suelo o a un simple capricho de la naturaleza -, la enmarañada espe­sura formaba claros, por los que se podía contemplar has­ta el fondo del valle.
Desde uno de aquellos observatorios Enoch vio un des­tello entre un grupo de árboles que se alzaban al borde del antiguo campo, no muy lejos de la fuente donde en­contró a Lucy.
Frunció el ceño al ver aquel destello y permaneció parado en el sendero, esperando que se repitiese. Pero no se repitió.
Sabía que era uno de los vigilantes, que observaba la estación con unos prismáticos. El destello que vio era el reflejo del sol en los cristales.
¿Quiénes eran aquellos vigilantes, se preguntó. ¿Y por qué lo vigilaban? La vigilancia duraba ya desde hacía algún tiempo, pero resultaba extraño que no hubiese pa­sado de ser una simple vigilancia. Hasta entonces no lo habían molestado. Nadie había intentado abordarlo, a pe­sar de que no hubiera habido cosa más sencilla y natural. Si ellos - quienesquiera que fuesen- hubiesen querido ha­blar con él, podían haber organizado un encuentro que pareciese completamente casual, durante uno cualquiera de sus paseos matinales.
Mas al parecer, de momento todavía no querían hablar con él.
¿Qué se proponían, entonces? Tal vez mantenerlo en ob­servación. Y para eso, pensó con cierta ironía melancólica, bastaba con observarlo diez días, podía conocer al dedillo sus hábitos y costumbres.
O acaso estuviesen esperando que ocurriese algo que les proporcionase una clave acerca de sus acciones. Por ese lado quedarían chasqueados. Podían pasarse mil años observándolo, sin tener el menor atisbo sobre el particular.
Dejó de contemplar el panorama y continuó su ascenso por el camino, preocupado e intrigado por la presencia de los vigilantes.
Tal vez, pensó, no habían tratado de establecer contacto con él a causa de cierta historia que circulaba sobre Enoch Wallace. Habladurías que nadie, ni siquiera Wins­lowe, se atrevería a repetirle. ¿Qué clase de historias, se preguntó, podrían haber urdido sus vecinos acerca de él... qué fabulosos cuentos populares se escucharían contenien­do el aliento al amor de la lumbre?
Acaso más valiese no conocer aquellas historias, se dijo, aunque estaba casi seguro de que debían de exis­tir. Y también pudiera ser mejor que los que lo vigilaban no hubiesen tratado de abordarlo, pues mientras no hu­biese contacto, aún podía considerarse bastante seguro. Mientras no le hiciesen preguntas, no necesitaba darles respuestas.
¿Es usted, le preguntarían, el mismo Enoch Wallace que se alistó en 1861 para luchar por el viejo Abraham Lincoln? Y sólo existía una respuesta para esta pregunta, no podía haber más que una. Sí, tendría que decirles, soy el mismo.
Y de todas las preguntas que pudieran hacerle, aquélla sería la única que podría responder sin mentir. Para todas las demás, se vería obligado a guardar silencio o contestar con evasivas.
Le preguntarían por qué no había envejecido... por qué permanecía joven mientras todos los demás hombres se volvían viejos. Y él no podría decirles que cuando estaba dentro de la estación no envejecía, que solamente enveje­cía cuando salía de ella, una hora todos los días durante sus paseos cotidianos, una hora más trabajando en su huerto, o quince minutos sentado en el porche para con­templar una bella puesta de sol. Pero cuando regresaba al interior de la casa, el proceso de envejecimiento cesaba por completo.
No podía decirles eso. Y había muchas más cosas que tampoco podía decirles. Sabía que acaso llegaría un tiem­po, si establecían contacto con él, en que tendría que rehuir todo interrogatorio, cortando los últimos lazos que lo unían al mundo y permaneciendo aislado dentro de las cuatro paredes de la estación.
Semejante decisión no constituiría una incomodidad física, pues podía vivir perfectamente dentro de la esta­ción, sin el menor inconveniente. No le faltaría nada, por­que los extraterrestres le proporcionarían todo cuanto ne­cesitase para vivir y encontrarse bien. A veces compraba comida humana y hacía que Winslowe se la comprase en el pueblo y se la subiese, pero sólo porque sentía deseos de probar los alimentos de su propio planeta, en particu­lar aquellos sencillos productos alimenticios de su infancia y de sus días de soldado.
E incluso estos alimentos, se dijo, podrían consegirse mediante el proceso de duplicación. Podría enviar una lonja de tocino o una docena de huevos a otra estación, donde los guardarían como modelo para duplicar su es­tructura molecular, que le enviarían cuando lo pidiese.
Pero había otra cosa que los extraterrestres no podían proporcionarle... las relaciones humanas que conservaba gracias a Winslowe y el correo. Una vez encerrado dentro de la estación, quedaría aislado completamente del mundo que conocía, pues las revistas y periódicos eran su único contacto con él. Era imposible hacer funcionar una radio en la estación, a causa de las interferencias creadas por las instalaciones.
No sabría lo que pasaba en el mundo, dejaría de saber lo que ocurría en el exterior. Su gráfica se resentiría de esto y se convertiría en un documento bastante inútil; aunque, por otra parte, pensó, ahora ya era casi inútil del todo, pues no podía estar seguro de la dosificación correcta de los factores.
Pero dejando aparte todo esto, echaría de menos aquel pequeño mundo exterior que había llegado a conocer tan bien, ese rinconcito del planeta que medía en sus paseos.
Eran estos paseos, pensó, tal vez mas que otra cosa, lo que le había permitido seguir siendo un ser humano y un ciudadano de la Tierra.
Se preguntó la importancia que podía tener que con­tinuase siendo, intelectual y sentimentalmente, un ciuda­dano de la Tierra y un miembro de la especie humana. Acaso no hubiese razón alguna para que continuase siéndolo. Con el cosmopolitismo de la Galaxia a su disposición, incluso podía parecer provinciano su afán continuado por mantenerse fiel a su viejo planeta natal. Acaso sin saberlo perdiese algo muy importante con su provincianismo.
Pero sabía que no era propio de él volverse de espaldas a la Tierra. Era un lugar que amaba demasiado para ello... probablemente lo amaba más que el común de los mortales, que no había podido tener el atisbo que él tuvo de mundos remotos e inimaginables. Un hombre, se dijo, tenía que pertenecer a alguna parte, debía tener una lealtad y una identidad. La Galaxia era un lugar demasiado grande para que un ser viviente pudiera permanecer en ella solo y desamparado.
Una alondra se elevó de entre unas matas y se Cernió a gran altura en el cielo. Al verla, esperó la cascada de notas cristalinas que surgiría de su garganta para despa­rramarse por el azul. Pero no hubo canto, pues la prima­vera ya había pasado.
Continuó bajando por el camino y de pronto, frente a él, vio la desnuda silueta de la estación, de pie sobre el otero.
Tiene gracia, pensó, que piense más en ella como una estación que como un hogar, pero habla sido estación más tiempo que hogar.
De ella se desprendía una especie de fea solidez, como si se hubiese lanzado en aquella loma y se propusiese permanecer allí para siempre.
Y allí permanecería, desde luego, si ésta era la volun­tad de quienes la habían construido. Nada podía causarle el menor efecto.
Aunque un día se viese obligado a permanecer dentro de sus paredes, la estación seguiría alzándose imperturba­ble contra todos los intentos y vigilancias humanas. Los hombres no podrían derribarla ni hacerle mella. Nada podrían hacer. Todas sus observaciones y especulaciones, todos los análisis a que él se entregaba, no proporcionarían nada al Hombre, salvo el conocimiento de que en aquella loma existía una construcción inusitada. Pues la estación podría sobrevivir a todo, excepto una explosión termonuclear... y tal vez esto también.
Entró en el corral y se volvió para mirar hacia atrás, hacia el grupo de árboles de donde había salido el destello; pero no vio nada que indicase allí la presencia de alguien.

X

En el interior de la estación, la máquina transmisora de mensajes emitía un sonido quejumbroso.
Enoch colgó el rifle, dejó el correo y la estatuilla sobre su mesa y cruzó la habitación hacia la máquina, que no paraba de silbar. Oprimió el botón y bajó la palanca. El silbido cesó inmediatamente.
En la placa para mensajes leyó:

N.o 406302 A ESTACIÓN 18327. LLEGARE AL ANUCHE­CER HORA LOCAL. PREPARA CAFÉ. ULISES.

Enoch sonrió. ¡Ulises y su café! Era el único extraterres­tre que había conocido que se aficionó a un producto de la Tierra. Otros muchos los probaron, ya fuesen alimentos o bebidas, pero casi nunca repitieron.
Lo que pasaba con Ulises y él era muy curioso, pensó. Simpatizaron desde el primer momento, desde aquella tarde de tormenta en que estaban sentados en la escalera y la máscara humana se desprendió de la cara de su vi­sitante.
Entonces apareció un rostro espantoso, feo y repulsivo. El rostro de un payaso cruel, pensó Enoch. En el mismo momento de pensarlo, se preguntó por qué había podido escoger una frase tan particular, pues los payasos lo eran todo menos crueles. Pero aquél podía serlo... con su cara abigarrada, su mandíbula dura y enérgica, la boca reducida a un fino trazo.
Entonces le vio los ojos y se olvidó de todo lo demás. Eran muy grandes y tenían una suavidad y la luz del entendimiento brillaba en ellos; lo miraban con simpatía, como otro ser hubiera podido tenderle amistosamente las manos.
La lluvia llegó susurrando sobre la tierra, tamborileó en el techo del cobertizo donde se guardaba la maquinaria agrícola y luego cayó sobre ellos en ráfagas inclinadas que martilleaban coléricamente el polvo del corral, mientras las gallinas sorprendidas y azoradas, corrían alocadamente en busca de cobijo.
Enoch se puso en pie de un salto, agarró al visitante por un brazo y lo llevó bajo la protección del porche.
Allí se detuvieron, uno frente al otro; Ulises terminó de quitarse la máscara, que se había aflojado al romperse, y terminó de mostrar un cráneo lampiño en forma de huevo... y la cara, que parecía pintarrajeada. Dijérase la cara de un indio bravo y belicoso, pintado con los colores de la guerra, con la única diferencia de que aquí y allá mostraba toques de payaso, como si al pintarse la cara de aquel modo hubiese querido poner de relieve lo grotesco y absurdo de la guerra. Pero al mirarla Enoch comprendió que no era pintura, sino la coloración natural de aquel ser procedente de algún lugar perdido entre las estrellas.
Fuesen cuales fuesen las dudas que subsistieran en su ánimo, o el pasmo que aún sintiese, Enoch no tenía nin­guna duda de que aquel extraño ser no era de la Tierra. Pues no era humano. Podía tener forma humana, con dos brazos y dos piernas, una cabeza y un rostro, pero había en él algo esencialmente inhumano, casi la negación de la humanidad.
En otras épocas acaso lo hubiesen tomado por un demonio, pero aquellos tiempos ya habían pasado (aunque en algunos lugares aún subsistían) hasta cierto punto, en que la gente creía en demonios, en trasgos o en cualquier otro miembro de aquella legión sobrenatural que, en la imaginación de los hombres antiguos, tenía sus reales en la Tierra.
Dijo que venía de las estrellas. Y era posible que así fuese, aunque aquello no tenía pies ni cabeza. Nadie había podido imaginarlo, ni en las fantasías más descabelladas. Sin ningún asidero, no ofrecía nada a que sujetarse. No tenía puntos de referencia ni podía medirse con nada. Y dejaba una especie de vacío en la mente que acaso podría llenarse, andando el tiempo, pero que entonces no era más que un túnel de pasmo y maravilla que sé exten­día indefinidamente.
- No tenga prisa - le dijo el extraterrestre -. Ya sé que no es fácil. Y no conozco nada para facilitar el proceso. Al fin y al cabo, no tengo ningún medio de demostrar que vengo de las estrellas.
- Pero, ¿cómo habla usted tan bien...
-¿Quiere decir en su idioma? Esto no ha sido muy di­fícil. Si conociese todos los idiomas de la Galaxia, com­prendería que esto ofrece muy poca dificultad. Su idioma no es difícil. Es un idioma fundamental y omite un sinfín de conceptos.
Enoch tuvo que admitir que aquello podía ser cierto.
- Si usted lo desea  - prosiguió el extraño visitante -, puedo irme durante un día o dos, para que usted tenga tiempo de pensar. Entonces volveré y usted ya habrá lle­gado a una decisión.
Una sonrisa forzada y que le pareció poco natural al mismo Enoch, sé dibujó en su cara.
- Esto me daría tiempo – replicó - para dar la alarma en toda la comarca. Podríamos tenderle una celada.
El extraterrestre movió negativamente la cabeza.
- Estoy seguro de que usted no haría eso. Estoy dis­puesto a correr ese riesgo. Si desea que...
- No - le atajó Enoch, con tanta calma que él mismo se sorprendió -. No, las cosas tiene que afrontarías uno solo. Eso es lo que aprendí en la guerra.
- Usted servirá - dijo el extraterrestre -. Servirá per­fectamente. No me equivoqué al juzgarlo y esto hace que me sienta orgulloso.
-¿Al juzgarme?
-¿Cree acaso que me presenté aquí por casualidad? Yo ya le conocía, Enoch. Quizá tanto como se conoce usted mismo. Probablemente aún más.
-¿Sabe usted mi nombre?
- Naturalmente.
- Vaya, pues no está mal - comentó Enoch -. Y usted, ¿cómo se llama?
- Me hace una pregunta muy embarazosa - contestó el extraterrestre -. Pues ha de saber que yo no tengo nombre, tal como en la Tierra se entiende. No tengo más que identificación, lo cual basta para mi especie; pero no un nombre que se pueda articular con la lengua.
De pronto, sin ningún motivo determinado, Enoch re­cordó aquella figura inclinada, montada en el último larguero de una cerca, con un bastón en una mano y un cortaplumas en la otra, aguzando tranquilamente el palo mientras sobre su cabeza silbaban las balas de cañón y a menos de un kilómetro de distancia se escuchaba el fuego de los mosquetones, cuyos fogonazos brillaban entre el humo de la pólvora que se alzaba sobre las líneas.
- Entonces, es necesario que le ponga un nombre - di­jo -. Voy a llamarle Ulises. Comprenda que tengo que llamarle de algún modo.
- De acuerdo - repuso el extraterrestre -. Pero, ¿me permite preguntarle por qué ha de ser Ulises?
- Porque es el nombre - contestó Enoch - de un gran hombre de mi raza.
Era algo completamente absurdo, desde luego, porque no existía el menor parecido entre ambos... entre aquel general de la Unión, sentado sobre la cerca aguzando un palo, y el ser que estaba junto a él bajo el porche.
- Me alegro de que lo hayas escogido - dijo el nuevo Ulises, de pie bajo el porche -. A mis oídos tiene un son noble y digno y te diré en confianza que me alegraré de llevarlo. Y yo te tutearé y te llamaré Enoch, que es tu nombre de pila, porque ambos seremos amigos y colabora­remos durante muchos de tus años.

Nota. El autor no se refiere al Ulises homérico, sino a Ulises Grant, general norteamericano, presidente de la Unión en 1868, reelegido en 1872.

Empezaba a comprender el alcance de aquella conver­sación y la idea era abrumadora. Tal vez hubiese sido me­jor, se dijo Enoch, tardar un poco en comprenderlo, ha­llado tan aturdido que no lo comprendiese en seguida.
-¿No quieres comer nada? - dijo Enoch, esforzándose por desechar de su mente aquella certidumbre, que surgía con demasiada rapidez -. Podría preparar un poco de café...
- Café - dijo Ulises, haciendo chasquear sus delgados labios -. ¿Tienes café?
- Puedo preparar una buena cafetera. Le echaré un huevo para darle mejor sabor...
- Es delicioso - observó Ulises -. De todas las bebidas que he probado en cientos de planetas, el café es la mejor.
Entraron en la cocina, Enoch revolvió las brasas del fogón y puso más leña al fuego. Se fue con la cafetera al fregadero, le echó un poco de agua del cubo y la puso a hervir. Luego se fue a la despensa en busca de unos huevos y bajó al sótano a por el jamón.
Mientras él iba de una parte a otra, Ulises permanecía sentado, muy rígido, en una silla de la cocina y sin quitarle ojo de encima.
-¿Puedes comer huevos con jamón? - le preguntó Enoch.
- Puedo comer lo que sea contestó Ulises -. Mi espe­cie es muy adaptable. Por esta razón me enviaron a este planeta en calidad de... ¿cómo lo decís vosotros?... un ob­servador, tal vez.
-¿No sería mejor decir explorador? - apuntó Enoch.
- Si, eso es, explorador.
Enoch pensaba que resultaba muy fácil hablar con él... casi tan fácil como con otra persona, a pesar de que, ¡Santo Dios!, parecía muy poco una persona. Más bien parecía la ridícula caricatura de un ser humano.
- Vives aquí, en esta casa, desde hace muchísimo tiempo - afirmó Ulises -. Y le tienes afecto.
- Ha sido mi hogar desde el día en que nací - repuso Enoch -. Estuve ausente de ella durante casi cuatro años, pero siempre fue mi hogar.
- Yo también me alegraré de volver a mi hogar - le confió Ulises -. Ya llevo demasiado tiempo ausente. Las misiones como ésta siempre se hacen demasiado largas.
Enoch dejó el cuchillo que empuñaba para cortar una lonja de jamón y se dejó caer pesadamente en una silla, para quedarse mirando de hito en hito a Ulises, sentado al otro lado de la mesa.
-¿Qué dices? - le preguntó -. ¿Dices que te vas a casa?
- Naturalmente - contestó Ulises -. Ahora ya he reali­zado mi misión. Yo también tengo una casa. ¿No se te había ocurrido pensarlo?
- Pues no, la verdad - musitó Enoch -. No se me había ocurrido.
Y así era, en efecto. No se le había ocurrido relacionar al extravagante ser con una casa y un hogar. Porque sola­mente los seres humanos tenían algo llamado hogar.
- Algún día - le dijo Ulises -, te hablaré de mi hogar. Es posible que algún día incluso visites mi casa.
-¿Allá entre las estrellas? - preguntó Enoch.
- Sí, ya sé que ahora eso te parece extraño - observó Ulises -. Tardarás un tiempo en acostumbrarte a esa idea. Pero cuando nos conozcas -a todos nosotros- lo enten­derás. Espero que seamos de tu agrado. En el fondo no somos malos. Somos muy distintos, pero no somos malos.
Las estrellas, pensó Enoch, se hallaban perdidas en las soledades del espacio y no tenía ni la más remota idea de la distancia a que se encontraban, ni lo que eran, ni por qué existían. Otro mundo, pensó... no, no era exactamente así... muchos otros mundos. Y habitados, tal vez por otros muchos pueblos; pueblos diferentes, sin duda, para cada estrella. Y uno de ellos, un miembro de aquellos pueblos, estaba sentado allí en su cocina, esperando que el café hirviese y que los huevos con jamón se friesen.
- Pero, ¿por qué? – Preguntó -. ¿Por qué?
- Porque - contestó Ulises- somos pueblos errabun­dos. Nos gusta viajar y necesitamos una estación de trán­sito aquí. Queremos convertir esta casa en estación y con­fiarte su custodia.
-¿Esta casa?
- No podemos construir una estación, porque la gente se preguntaría quién la construía y para qué. Por lo tanto, nos vemos obligados a aprovechar construcciones ya existentes y adaptarlas a nuestros fines. Pero únicamen­te el interior. Dejamos el exterior tal como está; es decir, en apariencia. Pues no queremos que la gente curiosee y haga preguntas. Tiene que haber...
- Pero, ¿estos viajes?...
- Son de estrella a estrella - repuso Ulises -. Más rá­pidos que el pensamiento. Como vosotros decís, en un abrir y cerrar de ojos. Tenemos lo que vosotros llamaríais maquinaria, aunque no es tal... no se puede comparar con la maquinaria entendida en el sentido terrestre.
- Te ruego que me disculpes - dijo Enoch, confuso -. Pero es que todo esto me parece tan imposible...
-¿Te acuerdas de cuando el ferrocarril llegó a Mill­ville?
- Claro que me acuerdo, aunque entonces no era más que un niño.
- Pues esto viene a ser algo parecido. Se trata de otro ferrocarril, la Tierra es un pueblo y esta casa será la estación de este nuevo ferrocarril distinto al que conoces. La única diferencia será que únicamente tú, en toda la Tierra, conocerás la existencia del ferrocarril. Pues has de saber que la Tierra no será más que un punto de descanso, el fin de una etapa. En la Tierra, nadie podrá sacar bille­tes para viajar en este ferrocarril.
Dicho de aquel modo, naturalmente, parecía muy sencillo, pero Enoch tenía la impresión de que distaba mucho de serlo.
-¿Cómo pueden ir vagones de ferrocarril por el espa­cio? - preguntó.
- No son vagones de ferrocarril - le contestó Ulises - sino otra cosa. No sé cómo explicártelo...
-¿Por qué no tratas de buscar a otro... a otro capaz de entenderlo?
- No hay nadie en este planeta que pudiera entenderlo ni remotamente. No, Enoch, tú nos servirás tan bien como otro cualquiera. En cierto modo, mucho mejor que otros.
- Pero...
-¿Qué, Enoch?
- Nada - repuso Enoch.
Se había acordado entonces de que había estado sen­tado en la escalera, pensando en lo solo que estaba y en un nuevo comienzo, sabiendo que era inevitable empezar de nuevo, empezar otra vez desde cero para volver a edi­ficar su vida.
Y aquí, de pronto, estaba aquel nuevo comienzo... más terrible y maravilloso que todo cuanto hubiera podido soñar, incluso en un momento de demencia.

XI

         Enoch archivó el mensaje y envió el acuse de recibo:

N.o 406302 RECIBIDO. PONGO CAFÉ A HERVIR.
ENOCH

Después de borrar el mensaje de la máquina, se dirigió al depósito para líquidos N.0 3 que había preparado antes de irse. Comprobó la temperatura y el nivel de la solución, cerciorándose de nuevo de que el depósito estuviese bien colocado respecto al materializador.
 De allí pasó al otro materializador, el oficial y de ur­gencia, colocado en un rincón, y lo examinó escrupulosamente. Estaba bien. Siempre estaba bien, pero él nunca dejaba de revisarlo antes de una visita de Ulises. Si algo hubiese ido mal, no hubiera podido hacer otra cosa sino enviar un mensaje urgente a la Central Galáctica. En este caso, alguien hubiera venido en el materializador normal, para reparar la avería. Pues la verdad era que el materializador oficial y de urgencia era exactamente lo que su nombre indicaba. Tan sólo se utilizaba para las visitas oficiales efectuadas por el personal del Centro Galáctico o para posibles casos urgen­tes, y su manejo se efectuaba totalmente desde fuera de la estación local.
Ulises, en su calidad de inspector de aquella y de otras varias estaciones, podría haber utilizado el materializador oficial siempre que lo hubiese tenido en gana y sin previo aviso. Pero en todos los años que llevaba visitando la es­tación nunca había dejado de avisarle su llegada, recordó Enoch con cierto orgullo. Se trataba de un gesto de corte­sía que tal vez muchos inspectores no tuviesen con las demás estaciones de la gran red galáctica, aunque era posible que con algunas de ellas tuviesen la misma defe­rencia.
Aquella misma noche, se dijo, tendría que decir a Ulises la vigilancia a que se hallaba sometida la estación. Acaso hubiese tenido que decírselo antes, pero se mostraba reacio a admitir que la especie humana pudiese constituir un problema para la instalación galáctica.
No tenía remedio, se dijo para sus adentros, aquella obsesión que le dominaba de presentar a los habitantes de la Tierra como seres buenos y razonables. La verdad era que por muchos conceptos no eran buenos ni razonables; tal vez porque aún no habían alcanzado la madurez. Eran listos y rápidos de entendimiento, a veces compasivos e incluso llenos de comprensión, pero fallaban lamentablemente en muchos otros aspectos.
Pero si se les diese ocasión para ello, pensaba Enoch, si se les ofreciese una oportunidad, únicamente si pudiese decirles lo que existía en el espacio, entonces tratarían de dominarse y de ponerse a la altura, y así, a su debido tiempo, serían admitidos en el gran concierto de pueblos estelares.
Una vez admitidos, demostrarían su valía y harían oír su voz, porque aún eran una estirpe joven y rebosante de energía... a veces incluso excesiva.
Enoch meneó dubitativamente la cabeza y cruzó la ha­bitación, para ir a sentarse en su escritorio. Colocando el correo ante él, desató el cordel con que Winslowe había atado el mazo de correspondencia.
Había unos cuantos diarios, un semanario, dos revistas - Nature y Science - y la carta.
Apartó los diarios y revistas a un lado y tomó la carta. Vio que era un sobre de correo aéreo con la estampilla de Londres y como remitente figuraba un nombre que le era desconocido. Se preguntó quién podía escribirle desde Londres sin conocerlo. Aunque luego pensó que quien-quiera que le escribiese, desde Londres o desde donde fuese, tenía que ser forzosamente un desconocido. Sí no conocía a nadie en Londres ni en ningún lugar del mundo.
Rasgó el aerograma, lo abrió y extendió sobre la mesa, acercando la lámpara de pie para que la luz cayese de pleno sobre la escritura.
Entonces leyó lo siguiente:

Muy señor mío:
Sin duda mi nombre le será desconocido. Soy uno de los varios directores de Nature, la publicación inglesa a la que usted está suscrito desde hace muchos años. No le escribo con papel de la revista porque esta carta es per­sonal y no tiene carácter oficial, y acaso incluso la con­sidere usted de muy mal gusto.
Tal vez le interese saber que es usted nuestro suscriptor más antiguo. Figura usted en nuestras listas de suscriptores desde hace más de ochenta años.
Si bien comprendo que esto no es de mi incumbencia, a veces me he preguntado si ha sido usted mismo quien ha estado suscrito a nuestra publicación durante un período tan prolongado, o si es posible que fuese su padre, o cual­quier otro familiar suyo quien inició la suscripción, limi­tándose usted a dejar que ésta siguiese a su nombre.
Es indudable que mi interés representa una curiosidad, y una intromisión inexcusable y si usted prefiere dar esta carta por no recibida, se halla muy en su derecho de ha­cerlo y me parecerá justo que así lo haga. Pero si no le importa contestar, agradeceré sumamente una respuesta.
Puedo únicamente decir en mi descargo que llevo tanto tiempo en la revista, que siento cierto orgullo en comprobar que hay alguien que ha sentido interés en recibirla durante más de ochenta años. Dudo que existan muchas publicaciones que hayan podido merecer un interés tan pronunciado por parte de uno de sus suscriptores.
Le saluda respetuosamente, con mi mayor consideración, suyo affmo. S.S.

Y después venía la firma.
Enoch apartó la carta a un lado.
De nuevo el mismo problema, se dijo. Allí estaba otro que lo vigilaba, aunque discretamente y con suma cortesía, y sin que representase un peligro como los demás.
Pero era otro que se había dado cuenta, otro que se extrañó ante el hecho de que el mismo individuo estuviese suscrito a una revista durante más de ochenta años.
Y a medida que fuese pasando el tiempo, habría más y más. No eran sólo los que lo vigilaban apostados fuera de la estación los que debían de preocuparle, sino los que estaban en potencia. Por más callado y discreto que fuese un hombre, llegaría un momento en que no podría seguirse ocultando. Tarde o temprano, el mundo vendría a pedirle cuentas y las gentes se agolparían, frente a su puerta, ansiosas por saber por qué se ocultaba.
Sabía que el plazo tocaba a su fin. El mundo estrechaba su cerco.
¿Por qué no pueden dejarme en paz?, murmuró entre dientes. Si él pudiese explicarles lo que verdaderamente sucedía, tal vez lo dejasen en paz. Pero no podía explicár­selo. Y aunque pudiese, siempre habría algunos que ven­drían a curiosear.
Al otro lado de la estancia, el materializador lanzó una llamada de aviso y Enoch giró en redondo.
El thubano había llegado. Estaba en el depósito, como una masa oscura y globular, y, por encima de él, flotando perezosamente en la solución, había un objeto cúbico.
El equipaje, se dijo Enoch. Pero el mensaje decía que no traía equipaje.
Mientras cruzaba apresuradamente la habitación, oyó unos chasquidos... eran el thubano que le estaba hablando.
- Un regalo para usted - dijo el chasquido -. Vegetación muerta.
Enoch atisbó el cubo que flotaba en el líquido.
- Tómelo - dijo el thubano con sus chasquidos -. Lo he traído para usted.
Desmañadamente, Enoch le contestó, golpeando con las uñas en la pared de cristal del depósito: "Muchas gracias, gracioso señor”. Mientras transmitía el mensaje, se pre­guntó si utilizaba el tratamiento adecuado para dirigirse a aquella masa gelatinosa. Un hombre, pensó, podía armarse un lío tremendo con aquellas cuestiones de etiqueta. Había algunos de aquellos seres a los que era necesario dirigirse en un lenguaje florido y ampuloso (y aún, en esos casos, las fórmulas variaban), mientras otros hablaban en los términos más escuetos y directos.
Metió la mano en el depósito para sacar el cubo y vio que era un bloque de madera muy pesada, negra como el ébano y de un grano tan fino, que parecía piedra. Rió in­teriormente, al pensar que, si había que hacer caso a Winslowe, se había convertido en un experto en maderas artísticas.
Dejó la madera en el suelo y volvió su atención al depósito.
-¿Le importaría explicarme lo que piensa hacer con ella? - le preguntó el thubano -. Para nosotros, eso no sirve para nada.
Enoch titubeó, rebuscando desesperadamente en su me­moria. ¿Con qué señales del código se traducía el verbo "tallar?”
-¿Bien? - dijo el thubano.
- Debe usted perdonarme, gracioso señor. No estoy muy versado en su lenguaje. Lo empleo muy pocas veces.
- Apee el tratamiento y no me llame "gracioso señor". Soy un ser vulgar.
- Modelarla - dijo Enoch -. Darle otra forma. ¿Es usted un ser visual? Si puede verla, le mostraré una.
- No soy visual - repuso el thubano -. Muchas otras cosas, sí, pero no visual.
Cuando llegó tenía forma de globo y entonces empe­zaba a aplastarse.
- Usted es un bípedo - le dijo el thubano con sus cu­riosos chasquidos.
- Sí, eso es lo que soy.
- Hablemos de su planeta. ¿Es un planeta sólido?
- ¿Sólido?, - se preguntó Enoch. Oh - sí, sólido; lo contrarío de líquido.
- Sólido en una cuarta parte – respondió -. El resto es líquido.
- El mío es casi totalmente líquido. Sólo una pequeña parte es sólida. Un mundo muy tranquilo.
- Quiero preguntarle una cosa - dijo Enoch, golpeando en las paredes del tanque.
- Pregunte - repuso el extraño ser.
- Usted es matemático. ¿Todos ustedes lo son?
- Sí contestó el thubano -. Es un excelente pasatiem­po. Mantiene la mente ocupada.
-¿Quiere usted decir que no aplican sus conocimientos a nada?
- Oh, sí, una vez los aplicamos. Pero ahora ya no nece­sitamos aplicarlos. Hace mucho, muchísimo tiempo que tenemos todo cuanto necesitamos. Ahora sólo nos diver­timos.
- He oído hablar de su sistema de notación numérica.
- Es muy diferente - observó el thubano -. Un concep­to muy superior.
-¿No puede usted explicármelo?
-¿Conoce el sistema de notación que emplean los ha­bitantes de Polar VII?
- No, no lo conozco contestó Enoch.
- Entonces, será inútil que le hable del nuestro. Primero debe de conocer el de Polar.
Así era, pensó Enoch. Debiera haberlo supuesto. ¡Había una suma tan fabulosa de conocimientos en la Galaxia y era tan poco lo que él había podido aprender, y entendía tan poco de lo poco que sabia!
Había en la Tierra hombres que podrían comprenderlo. Hombres que lo darían todo, salvo la vida, por saber lo poco que él sabia, y poder sacar partido de aquellos conocimientos.
Allá entre las estrellas había una masa de conocimien­tos colosal, que en parte era una extensión de lo que ya sabía la humanidad, y en parte relacionada con cuestiones que el hombre ni siquiera sospechaba, y que se utilizaban de unas maneras y para unas finalidades que en la Tierra eran inimaginables. Y que el hombre nunca podría ima­ginar, abandonado a sus propios medios.
Dentro de cien años, pensó Enoch. ¿Cuánto habría aprendido dentro de cien años? ¿Y cuando hubiesen pa­sado mil?
- Ahora me voy a descansar - dijo el thubano -. Hemos tenido una agradable conversación.

XII

Enoch se apartó del tanque y recogió el bloque de ma­dera. A su alrededor se había formado un pequeño charco, que brillaba sobre el suelo.
Se fue con el bloque hacia una de las ventanas para examinarlo. Era pesado, negro, de grano fino y a un lado aún tenía un poco de corteza. Lo habían aserrado. Alguien lo había aserrado hasta darle unas dimensiones que permi­tieran meterlo en el tanque donde descansaba el thubano.
Recordó un artículo periodístico que había leído un par de días antes, en el que un hombre de ciencia argüía que en un mundo líquido la inteligencia nunca podría desarrollarse.
Pero aquel científico se equivocaba, porque los thubanos eran una de las especies inteligentes que habitaban en un mundo líquido, y había otras que pertenecían a la comu­nidad galáctica. Había muchas cosas, se dijo, que el hom­bre no sólo tendría que aprender, sino que desaprender, si alguna vez quería convertirse en un miembro de la cultura galáctica.
La limitación de la velocidad de la luz, por ejemplo.
Si nada pudiese moverse a una velocidad superior que la de la luz, entonces el sistema galáctico de transporte sería imposible.
Pero no había que censurar al hombre, se dijo, por haber supuesto que la velocidad de la luz era la velocidad limite del Universo. El hombre - o cualquier ser que pensase como él- únicamente podía valerse de sus observaciones y de los datos que éstas facilitaban, para establecer sus postulados. Y como la ciencia humana no conocía hasta la fecha nada que fuese más rápido que la luz, entonces había que dar como válida la su­posición de que nada podía ser más veloz. Pero este postulado era únicamente válido como suposición, y nada más.
Pues los impulsos que transportaba a los seres de una estrella a otra eran casi instantáneos, fuese cual fuese la distancia.
Por más que pensara en ello, tuvo que reconocer que le costaba admitirlo.
Sólo hacía unos instantes, el ser que descansaba en el depósito estaba en otro depósito de otra estación, y el materializador captó su estructura molecular... y no sólo de su organismo, sino la estructura de su misma fuerza vital, el soplo que le infundía vida. Luego esta estructura recorrió casi instantáneamente los insondables abismos del espacio, hasta llegar al receptor instalado en esta estación, dónde los impulsos recibidos sirvieron para duplicar el organismo, la mente, la memoria y la vida de aquel ser, que entonces yacía muerta a muchos años luz de distancia. Y en el depósito, el nuevo cuerpo, la nueva mente, la nueva memoria y la vida cobraron realidad y forma casi instantáneamente... el ser era nuevo por completo, pero réplica exacta del anterior, por lo que la identidad conti­nuaba, lo mismo que la consciencia (el pensamiento únicamente se había interrumpido durante una fracción de se­gundo), de manera que para todos los fines y propósitos, aquél ser era el mismo.
Existían limitaciones para el envío de estos impulsos, pero estas limitaciones nada tenían que ver con la veloci­dad, pues los impulsos podían cruzar toda la Galaxia en un tiempo brevísimo. Pero bajo ciertas condiciones, podían alterarse los impulsos y por esto tenían que existir mu­chas estaciones... millares de ellas. Las nubes de polvo o de gas cósmico y las zonas altamente ionizadas podían al­terar los impulsos, y en los sectores de la Galaxia donde reinaban estas condiciones, los saltos de estación a estación eran mucho más cortos, para evitar dichas alteraciones. Habla que evitar algunas zonas dando un rodeo, a causa de las elevadas concentraciones de gases o de polvi­llo que presentaban, y que producían efectos comparables al de la refracción.
Enoch se preguntó cuántos cadáveres de aquel ser descansaban a la sazón en los tanques de las estaciones que había ido recorriendo en el curso de su viaje... del mismo modo como dejaría allí otro cadáver, dentro de pocas horas, cuando él enviase los impulsos correspondien­tes a la estructura molecular de aquel ser, para que éste continuase su viaje.
Un largo reguero de cadáveres, pensó, quedaba entre las estrellas, para ser destruido por una solución de ácidos y arrojados a tanques enterrados profundamente, mientras el ser continuaba su viaje, hasta llegar a su punto de destino y cumplir el objeto de su travesía cósmica.
¿Y cuál era el objeto, se preguntó Enoch... el objeto que impulsaba a las innúmeras criaturas que pasaban por las estaciones esparcidas por la inmensidad del espacio? algunos casos, charlando con los viajeros, éstos le existieron el objeto de su viaje, pero en su mayoría nunca supo qué les impulsaba a viajar... ni tenía derecho alguno a saberlo. Pues él sólo era el guardián.
A veces el anfitrión, pensó, aunque no siempre, porque con algunos seres era imposible serlo. Pero siempre era el hombre que vigilaba el funcionamiento de la estación y la mantenía en marcha, disponiéndola para recibir a los via­jeros, y reexpidiendo a éstos cuando llegaba el momento de hacerlo. Y que realizaba también las pequeñas tareas que éstos pudiesen necesitar, tratándolos siempre con de­ferencia y cortesía.
Examinó el bloque de madera y pensó lo contento que estaría Winslowe con él. Muy raramente se encontraban maderas tan negras y pulidas como aquélla.
¿Qué pensaría Winslowe si supiese que las estatuillas que tallaba estaban hechas de una madera que había crecido en planetas desconocidos, situados a muchos años-luz de distancia? Sabía que Winslowe debía de haberse preguntado muchas veces de dónde procedía aquella madera y cómo se la habla procurado su amigo. Pero nunca se lo preguntó. Y sabía también, naturalmente, que había algo muy raro en aquel hombre que iba todos los días a espe­rarlo en el buzón. Pero tampoco le habla hecho preguntas al respecto.
Esto era la verdadera amistad, se dijo Enoch.
Aquella madera que entonces tenía en las manos tam­bién era otra prueba de amistad... la amistad que demostraban los seres de las estrellas hacia un humilde guarda de una estación remota y provinciana, perdida en uno de los brazos espirales, muy lejos del centro de la Galaxia.
Se había corrido la voz, al parecer, en el transcurso de los años y a través del espacio, de que el guarda de aquella estación coleccionaba maderas exóticas... y las maderas empezaron a afluir. No sólo se las traían los miembros de aquellas especies que él consideraba sus amigos, sino completos desconocidos, como la burbuja gelatinosa que entonces descansaba en el tanque.
Dejó la madera encima de la mesa y se acercó al fri­gorífico, para sacar un trozo de queso reseco que Winslowe le trajo hacía unos días, y un paquete de fruta que un viajero de Sirra X le regaló la víspera.
- Las he analizado - le explicó el viajero - y puede usted comerlas sin temor. No producirán ningún trastorno en su metabolismo. ¿Aún no ha probado estas frutas? Es una lástima que no las conociese, porque son deliciosas. La próxima vez, si quiere, le traeré más.
De la alacena contigua al frigorífico sacó un panecillo redondo, que formaba parte de la ración que le enviaba regularmente la Central Galáctica. Hecho con un cereal distinto a cuanto se conocía en la Tierra, tenía un marca­do sabor a nueces con un ligero deje de especias no terre­nales.
Puso la comida sobre lo que él llamaba la mesa de la cocina, aunque no había cocina. Después puso la cafetera sobre la estufa y volvió a su escritorio.
La carta aún estaba allí, abierta, y él la plegó para guardarla en el cajón.
Rasgó las fajas marrones de los periódicos y formó un montón con ellas. Escogió del montón el Times neoyorqui­no y se instaló en su sillón favorito para leerlo.
SE CONVOCA UNA NUEVA CONFERENCIA DE PAZ, rezaban los titulares del articulé de fondo.
La crisis se había estado gestando desde hacia más de un mes; era la última de una larga serie de crisis que mantenían al mundo en vilo desde hacía años. Y lo peor de todo, se dijo Enoch, era que en su mayoría se trataba de crisis creadas artificialmente por un bando u otro, a fin de conseguir ventajas en la implacable partida de aje­drez de la política, entablada desde que se terminó la segunda guerra mundial.
Las crónicas que publicaba el Turres sobre la conferen­cia tenían una nota bastante desesperada, casi fatalista, como si los cronistas, y acaso los diplomáticos y los polí­ticos aludidos en ellas, ya supiesen de antemano que la conferencia no resolvería nada... si en realidad no servía para agravar aún más la crisis.
Los observadores de esta capital (escribía el corres­ponsal de Washington del Tímes) no se hallan muy con­vencidos de la utilidad que pueda tener la conferencia en este caso, a diferencia de otras conferencias celebradas anteriormente, para aplazar un estallido bélico o mejorar las perspectivas de arreglo. En muchos círculos apenas se oculta la preocupación y se afirma que esta conferencia únicamente servirá para atizar el fuego de la controversia sin abrir en cambio el camino hacia un posible compromiso. En la mente del público, una conferencia sirve para proporcionar un lugar y un tiempo destinado a estudiar reposadamente los hechos y los puntos de litigio, pero son muy pocos los que ven en la convocatoria de esta conferencia un indicio de que vaya a ser también así, en esta ocasión.
La cafetera se habla puesto a hervir y Enoch tiró el periódico para correr a la estufa y retirarla. Luego sacó una taza de la alacena y se dirigió a la mesa.
Pero antes de empezar a comer, volvió al escritorio, y, abriendo un cajón, sacó su gráfica y la extendió sobre la mesa, preguntándose por enésima vez el valor que pudiese tener, aunque a veces parecía tener cierto sentido, en al­gunas partes de ella.
La había basado en la teoría de la estadística de Mizar y se vio obligado, a causa de la naturaleza del tema, a extrapolar algunos factores y sustituir ciertos valores.
Volvió a preguntarse la validez que su trabajo podía tener y si había cometido algún error en alguna parte. ¿Habría destruido la validez del sistema con sus extrapolaciones y cambios? Y, de ser así, ¿cómo podría corregir los errores para restablecer la validez?
En este caso, se dijo, los factores eran cl índice de nata­lidad y la población total de la Tierra, el índice de mortalidad, la cotización monetaria, el coste de la vida y su nivel, la asistencia a los lugares del culto, los progresos médicos, el avance tecnológico, los índices industriales, la mano de obra disponible, las tendencias que se regis­traban en el comercio mundial, y otros muchos, entre los que se incluían algunos que a primera vista no parecían tener importancia: los precios alcanzados en las subastas por los objetos de arte, las preferencias demostradas por el público en sus vacaciones, movimientos migratorios, la velocidad de los transportes y la frecuencia de los trastor­nos mentales.
El método estadístico creado por los matemáticos de Mizar era de aplicación universal, empleado correctamente. Pero él se vio obligado a deformarlo al aplicarlo a la situación que reinaba en un planeta distinto, si quería que se adaptase a la situación existente en la Tierra... Y, después de aquella deformación, ¿podía dársele aún por válido?
Se estremeció al contemplar la gráfica. Si no había cometido ninguna equivocación, si había manejado correc­tamente todos los factores, si la aplicación del sistema no había ido contra sus mismos principios, entonces la Tierra iba en derechura hacia otra guerra mundial, hacia un holocausto en el ara de la destrucción nuclear.
Soltó los bordes de la gráfica y ésta se enrolló por sí sola hasta formar de nuevo un cilindro.
Tendió la mano hacia uno de los frutos que le había traído el sirrano y le hincó el diente. Luego lo saboreó, notando su delicadeza. Desde luego, pensó, era tan bueno como le había asegurado aquel extraño ser con apariencia de pájaro.
Se acordaba de que hubo un tiempo en que abrigó la es­peranza de que la gráfica basada en la teoría de Mizar le indicase, si no un medio para acabar las guerras, al menos un medio de mantener la paz. Pero la gráfica nunca le fa­cilitó el menor indicio del camino que llevaba a la paz. De una manera inexorable, implacable, señalaba hacia la guerra.
¿Cuántas guerras podría soportar aún la población de la Tierra?, se preguntó.
Era imposible saberlo, desde luego, pero la próxima podía muy bien ser la última, pues las armas que se utiliza­rían en el nuevo conflicto eran de efectos incalculables y nadie podía afirmar aún qué resultados tendrían aque­llas armas.
La guerra ya era bastante mala cuando los hombres se enfrentaban con las armas en la mano, pero en la guerra actual la destrucción cruzaría rauda los cielos para aba­tirse sobre ciudades enteras... y su objetivo no serian las concentraciones militares, sino la población total del pla­neta.
Tendió la mano de nuevo hacia la gráfica y luego la retiró. No había necesidad de seguirla mirando. Se la sabía de memoria. No encerraba esperanza alguna. Podía estu­diarla y darle vueltas hasta el día del juicio final, y no cam­biaría nada. No habla la menor esperanza. El mundo había tomado de nuevo el camino de la guerra, en medio de una roja niebla de furia e impotencia que lo cegaba, y avan­zaba por él rugiendo.
Siguió comiendo la fruta que aún le supo mejor que cuando la probó por primera vez. "La próxima vez le trae­ré más", le dijo aquel ser. Pero tal vez transcurriese mu­cho tiempo antes de que volviese, si es que volvía. Muchos de ellos sólo pasaban una vez por la estación, aunque algunos aparecían por allí casi todas las semanas... eran viejos viajeros regulares con los que estableció una íntima amistad.
Y luego hubo aquel pequeño grupo de hazers que, bastan­tes años antes, efectuaron largas paradas en la estación, para sentarse en torno a aquella misma mesa y matar el tiempo charlando. Llegaban cargados con cestas y canastas llenas de comida y bebida, como si fuesen a merendar al campo.
Mas por último dejaron de venir y hacía años que no aparecían por allí. Y lo lamentaba, porque eran unos com­pañeros muy agradables.
Tomó una taza más de café, sentado ocioso en el sillón, pensando en los buenos días de antaño, en que recibía la visita de los hazers.
Oyó un débil susurro de seda, levantó rápidamente la mirada y la vio sentada en el sofá, vestida con el recatado miriñaque de mediados del siglo XIX.
-¡Mary! - exclamó, sorprendido, poniéndose en pie.
Ella le sonreía de aquella manera tan especial, que era más bonita, pensó, que la de ninguna otra mujer.
-¡Cuánto me alegro de que hayas venido, Mary!
Y luego vio, apoyado en la repisa de la chimenea, vis­tiendo el uniforme azul de la Unión, con el sable al cinto y su marcial bigote negro, a otro de sus amigos.
- Hola, Enoch - le dijo David Ransome -. Supongo que no te molestamos.
- En absoluto - contestó Enoch -. ¿ Cómo pueden molestarme los amigos?
Se quedó de pie junto a la mesa y el pasado acudió de nuevo a él, el pasado bueno y tranquilo, el pasado per­fumado por las rosas y libre de obsesiones, - que nunca le había abandonado.
Desde muy lejos le llegó el sonido de pífanos y tam­bores y el tintineo de las armas, cuando los mozos se iban a la guerra, con el coronel muy erguido y bizarro en su uniforme y montado en su gran caballo negro, y las ban­deras del regimiento ondeando bajo la brisa de junio.
Cruzó la habitación y se acercó al sofá. Luego hizo una ligera inclinación ante Mary.
- Con su permiso, señora - dijo.
- No faltaba más - contestó ella -. Pero si estás ocu­pado...
- En absoluto. Deseaba mucho que vinieses.
Se sentó en el sofá, no muy cerca de ella, y vio que tenía las manos cruzadas en el regazo, muy compuesta y atil­dada. Hubiera querido tomarle las manos entre las suyas y sujetarlas por un momento, pero sabía que no podía.
Porque ella no era real.
- Hacía casi una semana que no nos veíamos - observó Mary -. ¿Cómo va tu trabajo, Enoch?
Él meneó dubitativamente la cabeza.
- Continúo con todos mis problemas. Los que me vigi­lan aún no se han marchado. Y la gráfica anuncia guerra.
David se apartó de la chimenea, cruzó la habitación y se sentó en una silla, arreglando cuidadosamente el sable.
- La guerra, tal como ahora la hacen – manifestó -, es algo muy lamentable. La nuestra era distinta, Enoch.
- En efecto - asintió éste -. Y si una guerra ya es una cosa intrínsecamente mala, ahora aún sería peor. Si en la Tierra hay otra guerra, a nuestros semejantes les será vedado el acceso a la comunidad del espacio, si no para siempre, al menos durante muchos siglos.
- Quizás esto no sea tan malo como parezca - obser­vó David -. Acaso aún no estemos preparados para convivir con los pueblos del espacio.
- Tal vez no - admitió Enoch -. Dudo mucho que lo estemos. Pero tarde o temprano lo estaremos. Y ese día aún se aplazará más, si tenemos otra guerra. Los pueblos del espacio únicamente aceptarán con ellos a una especie ver­daderamente civilizada.
- Acaso no sepan lo de la guerra - observó Mary -. ¿Có­mo pueden saberlo, si no salen de ésta estación?
Enoch movió la cabeza negativamente.
- Lo saben. Estoy seguro de que nos observan. Y, ade­más, leen los periódicos.
-¿Los periódicos a los que tú estás suscrito?
- Sí, los guardo para Ulises. Esa pila del rincón. El se los lleva a la Central Galáctica cada vez que viene. Sien­te mucho interés por la Tierra, por los años que ha pasado aquí. Y de la Central Galáctica, cuando él ya los ha leído, tengo la impresión de que van hasta el último confín de la  Galaxia.
-¿Te imaginas - dijo David - lo que diría el adminis­trador de uno cualquiera de esos periódicos, si supiese has­ta dónde llega su circulación?
Enoch no pudo contener una sonrisa al pensarlo.
- Ahí tienes, por ejemplo, ese diario de Georgia – siguió diciendo David -, que cubre el Estado, como el rocío. - Ten­drá que pensar en una metáfora adecuada para la Galaxia.
     - Un guante - terció Mary -. Puede decir que cubre la Galaxia como un guante. ¿Qué os parece?
- Excelente - dijo David.
- Pobre Enoch - observó Mary, contrita -. Nosotros aquí de chiste y él a vueltas con sus problemas.
- No soy yo quién los resolverá, desde luego - le asegu­ró Enoch -. Pero no pueden dejar de preocuparme. Con quedarme aquí dentro de la estación, para mí ya no hay problemas. Me basta con cerrar la puerta para dejar todos los problemas del mundo en el exterior.
- Pero no puedes hacer eso.
- No, no puedo - convino Enoch.
- Acaso tengas razón - dijo David- al pensar que esas otras especies pueden estar observándonos. Tal vez con la intención de invitar algún día a la raza humana a unirse a ellas. De lo contrario, ¿por qué hubieran querido esta­blecer una estación aquí en la Tierra?
- Están ampliando la red continuamente - contestó Enoch -. Necesitaban una estación en este sistema solar, para proseguir su expansión por nuestro brazo espiral.
- Sí, eso es verdad - asintió David -, pero..., ¿qué nece­sidad había de que fuese la Tierra? Hubieran podido cons­truir una estación en Marte, poner a un extraterrestre de guardián y les hubiera servido lo mismo.
- Yo también lo he pensado a veces - dijo Mary -. Pero ellos querían una estación en la Tierra y a un terrestre de guardián. Debían de tener algún motivo para ello.
- Yo también confiaba que así fuese - repuso Enoch -, pero temo que hayan venido demasiado pronto. Aún es de­masiado temprano para la especie humana. Todavía no es­tamos maduros. Somos unos simples adolescentes.
- Es una pena - observó Mary -. Con lo mucho que po­dríamos aprender... Ellos saben mucho más que nosotros. Su concepto de la religión, por ejemplo...
- No sé si en realidad se trata de una religión - dijo Enoch -. No tiene todos esos ringorrangos que suelen acompañar a nuestras religiones. Y no se basa en la fe. ¿Por qué tenía que basarse? Se basa en el conocimiento. Los extraterrestres saben, y esto es todo.
-¿Quieres decir la fuerza espiritual?
- Existe - prosiguió Enoch - con tanta seguridad cómo las demás fuerzas que componen el Universo. Existe una fuerza espiritual, del mismo modo como existen el tiempo, el espacio, la gravitación y todos los demás factores que forman el Universo no material. Existe y los extraterrestres pueden establecer contacto con él...
- Pero, ¿tú no crees - le preguntó David- que la especie humana también puede intuir la existencia de esta fuerza?
- No la conoce, pero la siente. Y tiende las manos hacia ella. Como no posee el conocimiento, tiene que pasar como pue­de con la fe. Y la fe es antiquísima. Tal vez se remonta a los primeros días de la prehistoria. Entonces era una fe tosca, pero una especie de fe, un avanzar a tientas en busca de una fe más profunda.
- Es posible - dijo Enoch -. Pero en realidad, yo no pen­saba en la fuerza espiritual, si no en todas las demás cosas, las cosas materiales, los métodos, las filosofías que podrían ser útiles para la humanidad. Nómbrame la rama que quieras de la ciencia, que habrá algo nuevo para nosotros, algo más de lo que tenemos.
Pero su mente volvió a aquella extraña cuestión de la fuerza espiritual y de la máquina aún más extraña que fue construida hacía eones, mediante la cual los galácticos podían establecer contacto con la fuerza. Aquella máquina tenía un nombre, pero no existía palabra alguna en el idioma inglés que se le acercase ni remotamente. "Talis­mán” era acaso la versión más próxima, pero talismán era un término demasiado tosco. Aunque ésa fue la palabra que empleó Ulises cuando hablaron de ella unos cuantos años           después.
Había tantas cosas, tantos conceptos en la Galaxia, pen­só, que no podían expresarse adecuadamente en ningún idioma de la Tierra... El Talismán era mucho más que un simple talismán y la máquina que recibió este nombre, algo más que una simple máquina. En ella, además de cier­tos conceptos mecánicos, se hallaba involucrado un con­cepto psíquico, acaso una especie de energía psíquica des­conocida en la Tierra. Pero esto no era todo, sino que había mucho más. Si había leído parte de la literatura pu­blicada sobre la fuerza espiritual y el Talismán y se acor­daba de que al leerla se percató de cuán pequeña era su estatura, cuánto escapaba aquello a la comprensión de la especie humana.
El Talismán sólo podía funcionar en manos de determi­nados seres dotados de unas mentes especiales y de algo más (¿unas almas especiales, acaso?). "Sensitivos" era el termino que empleó al traducir mentalmente la expresión que denominaba a esa clase de seres, pero en este caso, tampoco estaba seguro de que el vocablo fuese el adecuado. El Talismán estaba puesto bajo la custodia de los sensiti­vos galácticos más capacitados, o más eficientes, o más devotos (¿cuál sería el adjetivo exacto?), que lo llevaban de estrella a estrella en una especie de progresión eterna. Y en cada planeta, los seres que lo poblaban establecían una comunión personal e individual con la fuerza espiri­tual por intermedio y con la ayuda del Talismán y su cus­todio.
Descubrió que esta idea le producía un escalofrío... el puro éxtasis que debía de producir tender la mano hacia la fuerza espiritual que llenaba la Galaxia e, indudablemente, todo el Universo, para tocarla. ¡Qué seguridad de­bía de proporcionar! La seguridad de que la vida ocupaba un lugar especial en el gran orden de la existencia, y que los seres, por pequeños, por débiles y por insigni­ficantes que fuesen, ocupaban un lugar en la inmensa ex­tensión del espacio y el tiempo.
-¿Qué te pasa, Enoch? - le preguntó Mary.
- Nada - contestó él -. Sólo estaba pensando. Discúl­pame. Procuraré estar más atento.
- Hablábamos - dijo David- de lo que podría darnos la Galaxia. Recuerdo, por ejemplo, esas matemáticas espe­ciales de que tú nos hablaste una vez, diciendo que eran algo...
- Sí, las matemáticas de Arturo - dijo Enoch -. Sé muy poco más sobre ellas que cuando os las mencioné. Son de­masiado complicadas. Se basan en un simbolismo de la conducta.
Era dudoso, pensaba, que incluso se las pudiera llamar matemáticas, aunque, en ultima instancia, esto es probablemente lo que eran. Eran algo que los cientí­ficos de la Tierra podrían utilizar indudablemente en el desarrollo de las ciencias sociales, convirtiéndose en una ciencia exacta, pues en ellas resultarían tan lógicas y eficientes como las matemáticas corrientes, empleadas en ingeniería, por ejemplo.
- Y la biología de esa especie de Andrómeda - observó Mary -. La especie que colonizó todos aquellos locos planetas.
- Sí ya sé. Pero la Tierra tendría que madurar un poco aspecto intelectual y emocional antes de que pudiésemos atrevemos a utilizarla como hacen los de Andrómeda. Sin embargo, supongo que tendría sus aplicaciones.
Se estremeció interiormente al pensar en la forma en que la utilizaban los de Andrómeda. Comprendió que esto demostraba que él seguía siendo un hombre de la Tierra, sujeto a todos los prejuicios, las manías y los tabúes del espíritu humano. Pues lo que habían hecho los de Andrómeda era sólo de sentido común. Si no se puede colonizar un planeta con la forma que se tiene, pues a cambiar de forma se ha dicho. Uno se convierte en un ser que puede vivir en el planeta y así se procede a su colonización. Si es necesario convertirse en gusanos pues uno se convierte en gusano... o insecto, o en molusco, o en lo que sea. Y no sólo se cambia de cuerpo, sino de mente, adquiriendo la mente necesaria para vivir en el planeta en cuestión.
- Las drogas y los medicamentos,  por ejemplo – dijo Mary -. Los conocimientos médicos con que la Tierra podría enriquecerse. ¿Te acuerdas de ese paquetito de drogas             que te envió la Central Galáctica?
- Unas drogas - dijo Enoch- que pueden curar casi todas las enfermedades de la Tierra. Tal vez esto sea lo que más me duele. Saber que las tengo aquí, en esa alacena, en este mismo planeta, donde hay tanta gente que las necesita.
- Podrías enviar muestras por correo - apuntó David -, a las asociaciones médicas o a las fábricas de productos químicos.
Enoch denegó con la cabeza.
- Ya pensé en eso, desde luego. Pero tengo que pensar también en la Galaxia. Estoy ligado por ciertas obligaciones a la Central Galáctica. Han adoptado grandes precau­ciones para no delatar la presencia de la estación. Luego están Ulises y todos mis amigos galácticos. No puedo estropear sus planes. Me siento incapaz de representar el papel de traidor. Porque, pensándolo bien, la Central Galáctica y la labor que realiza es más importante que la Tierra.
- Una lealtad dividida - comentó David, con un ligero deje burlón.
- Sí, eso es, exactamente. Hubo un momento, hace mu­chos años, en que pensé en escribir artículos para enviarlos a alguna revista científica. Una revista de medicina, natu­ralmente, porque no sé nada de medicina. Las drogas están ahí, desde luego, en el estante, con instrucciones para su uso, pero no son más que píldoras, polvos o ungüentos, o lo que sea. Pero yo sabía de otras cosas, me hallaba en­terado de otras cosas que me habían enseñado. No las conocía mucho, naturalmente, pero al menos eran atisbos en otras direcciones. Eran suficientes para que alguien se fi­jase en ellos y les sirviesen de punto de partida. Alguien más preparado que yo, y que supiese sacarles partido.
- Pero esto no hubiera dado resultado - objetó Da­vid -. Tú no tienes conocimientos técnicos, no eres un in­vestigador ni posees estudios superiores. No fuiste a nin­guna escuela especializada ni a la universidad. Las revistas no publicarían tus artículos si no pudieses exhibir cier­tos títulos.
- Eso ya lo comprendo. Y precisamente por eso no es­cribí esos artículos. Sabía que hubiera sido perder el tiem­po. No hay que culpar de ello a las revistas. Éstas deben tener un sentido de la responsabilidad. No pueden ofrecer sus páginas al primero que se presente. Y, aun en el caso de que los artículos les hubiesen parecido dignos de publicarse, hubieran tenido que averiguar quién era su autor. Y esto les hubiera conducido en derechura a la estación.
- Pero aunque hubieses conseguido publicarlos - señaló David -, el problema aún no estaría resuelto. Dijiste hace un momento que tú tenias que ser fiel a la Central Galác­tica.
- Suponiendo - dijo Enoch- que en este caso concreto hubiese conseguido lo que me proponía, tal vez nada hu­biera ocurrido. Por el simple hecho de difundir algunas ideas entre los hombres de ciencia de la Tierra para que éstos las desarrollasen, no hubiera perjudicado a la Central Galáctica. El problema principal, por supuesto, hubiera consistido en no revelar la fuente.
- Y aun así - dijo David -, hubieras podido decirles muy poco. Lo que yo quiero decir es que, en términos ge­nerales, lo que tienes es muy poco. Gran parte de estos conocimientos galácticos se hallan fuera de nuestro alcance.
- Efectivamente, así es - asintió Enoch -. Por ejem­plo, allí tienes la ingeniería mental de Mankalinen III. Si la Tierra pudiese conocerla, indudablemente dispondríamos de un medio para combatir con éxito las neurosis y los trastornos mentales. Las instituciones donde se acoge a esa clase de enfermos quedarían vacías y podríamos derri­barlas o emplearlas para otra cosa, pues no las necesitaría­mos. Pero los únicos que podrían explicarnos esa terapéu­tica serían los habitantes de Mankalinen III. Lo único que yo sé es que su ingeniería mental es famosa, pero esto es todo. No tengo la menor idea de lo que se trata. Es algo que sólo esa gente podría proporcionarnos.
- De lo que en realidad hablamos - intervino Mary - es de todas las ciencias innominadas... las ciencias en las que no ha pensado ningún ser humano.
- Como nosotros, tal vez - dijo David.
-¡David! - le reprendió Mary.
- Es absurdo - dijo David, colérico - pretender que somos seres humanos.
- Pues lo sois - dijo Enoch con firmeza -. Para mí, sois seres humanos. Sois los únicos que tengo conmigo. ¿Qué te ocurre, David?
- Creo que ya es hora de que digamos lo que somos en realidad - repuso David -. De que digamos que somos una mera ilusión. Que nos han creado y luego nos han con­jurado. Que existimos únicamente para una cosa: para venir a hablar contigo, para sustituir a las personas de verdad que no pueden hacerte compañía.
- ¡Mary  - exclamó Enoch -, supongo que tú no pensa­rás eso! ¡No puede ser que pienses lo mismo!
Tendió las manos hacia ella y después las dejó caer, aterrorizado al darse cuenta de lo que había estado a punto de hacer. Era la primera vez que había intentado tocarla. La primera vez, en el transcurso de tantos años, que lo había olvidado.
- Perdóname, Mary. He hecho una cosa que no debía. Ella tenía los ojos arrasados en llanto.
- David - dijo él, sin volver la cabeza.
- David se ha ido - dijo Mary.
- No volverá - observó Enoch.
Mary movió negativamente la cabeza.
-¿Qué pasa  Mary? ¿Puede saberse qué ocurre? ¿Qué he hecho?
- Nada - contestó Mary -, salvó que tú nos hiciste de­masiado semejantes a seres vivientes. Así, fuimos cada vez más humanos, hasta serlo por completo. Dejamos de ser unos títeres, unos muñecos fascinadores, para convertirnos en seres reales. Creo que David está resentido por eso... no por ser una persona, sino porque es una persona pero Continúa siendo una sombra al mismo tiempo. No nos im­portaba ser títeres o muñecos, porque entonces no éramos humanos. No teníamos sentimientos humanos.
- Mary, te lo suplico - imploró él -. Mary, por favor, perdóname.
Ella se inclinó hacia él, con el rostro iluminado por una profunda ternura.
- No tengo nada que perdonarte - le dijo -. Por el con­trario, creo que deberla darte las gracias. Tú nos creaste por amor a nosotros, porque nos necesitabas, y es mara­villoso sentirse amada y saber que hacemos falta a alguien.
- Pero yo no os he vuelto a crear - arguyó Enoch - hubo un tiempo, hace muchos años en que tuve necesidad de crearos. Pero ahora ya no. Ahora venís a visitarme por vuestra propia voluntad.
¿Cuántos años hacía?, se preguntó. Por lo menos cin­cuenta. Mary fue la primera, y David el segundo. De todos sus seres queridos, aquéllos eran los que ocupaban el pri­mer lugar en su corazón.
Pero antes de que aquello ocurriese, antes de que lo in­tentase siquiera, pasó muchos años estudiando aquella ciencia innominada creada por los taumaturgos de Al­phard XXII.
Hubo un día y un estado de espíritu en que aquello hu­biera sido llamado magia negra, pero no lo era. En reali­dad, consistía en la manipulación ordenada de ciertos as­pectos naturales del universo que la especie humana aún no sospechaba que existiesen. Tal vez aspectos que el hombre nunca descubriría. Pues no existía, al menos en el momen­to presente, la orientación necesaria del espíritu científico para iniciar los estudios e investigaciones que precederían al descubrimiento.
- David opina - dijo Mary - que no podíamos seguir jugando indefinidamente a este tranquilo juego de las visi­tas. Tenía que llegar un momento en que afrontásemos la realidad de lo que somos.
-¿Y los demás?
- Lo siento Enoch, pero los demás también.
- Pero, ¿y tú? ¿Y tú qué, Mary?
- No sé - repuso ella -. Mi caso es distinto. Yo te quie­ro mucho.
- Yo...
- No, no es eso lo que quiero decir. ¡No me entiendes! Me he enamorado de ti.
El se quedó anonadado, mirándola fijamente y escuchó un gran bramido, como si él permaneciese quieto mien­tras el mundo y el tiempo pasaban impetuosamente a su alrededor.
- Si esto hubiese podido haber continuado corno al prin­cipio.. - murmuró Mary -. Entonces nos alegrábamos de existir, nuestras emociones eran puramente superficiales y todos estábamos tan dichosos y contentos. Éramos como niños felices, correteando al sol. Pero luego nos fuimos ha­ciendo mayores. Creo que yo fui la que más creció.
Le sonrió a través de las lágrimas.
- No te lo tomes tan a pecho, Enoch. Aún podremos...
- Querida - le dijo Enoch -, he estado enamorado de ti desde el primer día en que te vi. Creo que incluso desde antes.
Tendió la mano hacia ella y luego la retiró, al acordarse de que no podía tocarla.
- No lo sabía - dijo ella -. No debía de habértelo dicho. Hubieras podido soportarlo si yo no te hubiese dicho que también te amaba.
Él asintió en silencio.
Ella agachó la cabeza.
- Dios mío, ¿qué habremos hecho para merecer esto?
Alzó la cabeza y lo miró,
- Si pudiera tocarte...
- Podemos continuar como hasta ahora - dijo Enoch -. puedes venir a venir siempre que quieras. Podríamos...
Ella meneó negativamente la cabeza.
- Sería inútil – dijo -. Ni tú ni yo podríamos soportarlo. Comprendió que tenía razón. Comprendía que todo ha­bía terminado. Durante cincuenta años, ella y los demás acudieron a visitarle. Y ya no vendrían más. El país de las hadas estaba destrozado y se había roto aquel mágico he­chizo. Se quedaría solo... más solo que nunca, más solo que antes de conocerla.
Ella no volvería y él no se resolverla a invocarla de nuevo, aunque pudiese, y su mundo de sombras con su amor que también era una sombra, el único amor que ha­bla tenido en su vida, desaparecerían para siempre.
- Adiós, amor mío - musitó.
Pero ya era demasiado tarde. Ella se había esfumado.
Y como si fuera desde muy lejos, oyó un quejumbroso silbido que indicaba la recepción de un mensaje.

XIII

Ella había dicho que debían afrontar la realidad de lo que eran.
¿Y qué eran? No lo que pensaba él que fuesen, si no lo que eran en realidad. ¿Qué ideas tenían de sí mismos? Acaso ellos conociesen su verdadera identidad mucho mejor que él.
¿Adónde se había ido Mary? ¿En qué limbo desaparecía cuando abandonaba aquella la habitación? ¿Continuaba exis­tiendo? Y de ser así, ¿qué clase de existencia era la suya? ¿La guardarían en alguna parte como las niñas guardan a sus muñecas en una caja, para meterlas en un armario con los demás juguetes?
Trató de imaginarse el limbo pero no pudo; para él el limbo era algo inexistente, algo irreal; un ser metido en el limbo seria una existencia dentro de una inexistencia, un absurdo. No habría nada... ni espacio ni tiempo, ni luz ni aire, ni color ni visión, sólo una negación interminable de la existencia, que necesariamente debía de hallarse en un punto situado fuera del universo.
¡Mary!, Exclamó para sus adentros. ¿Qué te he hecho, Mary?
La respuesta a esta pregunta estaba allí, escueta y te­rrible.
Se había metido en algo que no entendía. Y, además, había cometido el gran pecado de figurarse que lo entendía, aunque la verdad era que apenas sabía lo bastante para sacar partido del concepto, pero no lo bastante para calcu­lar las consecuencias.
La creación traía aparejada una responsabilidad y él no se hallaba preparado para asumir más que la responsabili­dad moral por el mal que había hecho, pero la responsa­bilidad moral, si no podía ir de consuno con la facultad de mitigar en parte el mal causado, era algo completamente inútil.
Ellos lo odiaban y estaban resentidos con él, y no podía censurárselo, porque él los había guiado para mostrarles la tierra de promisión de la condición humana, para vedarles después el paso a ella. Les dio todos los atributos de un ser humano con una sola excepción: la facultad de existir en el mundo de los hombres. Y esto era lo más importante.
Todos lo odiaban excepto Mary, mas para Mary esto era peor que el odio, pues estaba condenada, en virtud de la humanidad que él le había conferido, a amar al mons­truo que la había creado.
Ódiame, Mary, suplicó. ¡Ódiame como los demás!
Para él no eran más que el pueblo de las sombras, pero no fue más que un nombre creado por él mismo y para su propia conveniencia, una cómoda etiqueta que les había puesto, para tener algún modo de identificarlos al pensar en ellos.
Pero la etiqueta estaba equivocada, porque ellos no eran sombras ni fantasmas. Ante la vista eran sólidos y sustan­ciales, tan reales como los demás seres humanos. Su irrea­lidad sólo se ponía de manifiesto cuando intentaba to­carlos... porque entonces, la mano nada encontraba.
Engendros de su mente, pensó al principio, pero ahora ya no estaba tan seguro. Al principio sólo aparecían cuan­do él los conjuraba, utilizando los conocimientos y las técnicas adquiridos mediante el estudio de la obra reali­zada por los taumaturgos de Alphard XXII. Pero en los últimos años ya no los invocaba, por la sencilla razón de que no tenía que hacerlo. Ellos se le anticipaban y se pre­sentaban sin que los llamase. Se daban cuenta de que él los necesitaba antes de que él mismo lo supiese. Y allí los tenía, esperándolo, para pasar una hora o una velada con él.
Desde luego, eran engendros de su imaginación hasta cierto punto, porque fue él quien les dio forma, tal vez de manera inconsciente, sin saber por qué lo hacía, pero en los últimos años lo había sabido, aunque hubiese intentado ignorarlo y hubiese estado más tranquilo de no saberlo. Pues se trataba de un conocimiento que se negaba a admitir y rechazaba al fondo de su mente. Pero enton­ces, cuando ya todo había pasado y no importaba ya, por último tuvo que admitirlo.
David Ransome era él mismo, tal como había soñado, como hubiera deseado ser... sin llegar a serlo nunca, desde luego. Era él - bizarro oficial de la Unión, no un oficial de alta graduación, envarado y pesadote, sino un ofi­cial muy por encima de un hombre ordinario. Era atildado, elegante y se veía un hombre valiente y temerario, al que las mujeres amaban y los hombres admiraban. Era un jefe nato y al mismo tiempo un buen compañero, que se encontraba tan a sus anchas en el campo de batalla como en el salón.
¿Y Mary? Era curioso, pensó, que siempre la hubiese llamado únicamente Mary. Nunca le puso ningún apodo. Ella fue sencillamente Mary.
Sin embargo, estaba formada por dos mujeres, por lo menos. Era Sally Brown, que vivía un poco más abajo... ¿Cuánto tiempo hacía, se dijo, que no pensaba en Sally Brown? Sabía que era extraño que no hubiese pensado en ella, que ahora le sorprendiese el recuerdo de una antigua vecinita llamada Sally Brown, pues ambos estuvieron ena­morados, o tal vez se figuraron que lo estaban. Porque incluso en los últimos años, al evocar su recuerdo, nunca estuvo muy seguro, ni siquiera a través de la niebla romántica del tiempo, de sí aquello fue amor o nada más el romanticismo de un soldado que se iba a la guerra. Fue un amor tímido y vacilante, desmañado, el amor entre la hija de un labriego y el mozo de la casa vecina. Decidieron que se casarían cuando él volviese de la guerra, pero pocos días después de Gettysburg recibió una carta, escrita hacía más de tres semanas, en la que le participaban que Sally Brown había muerto de difteria. La noticia le produjo pena, recordaba, pero no sabía si fue muy profunda, aun­que probablemente lo fue, porque en aquellos días estaban de moda las penas largas y profundas.
Así es que Mary, sin duda, era parcialmente Sally Brown, pero no del todo. Era también aquella alta y airosa hija del Sur, que vislumbró por unos momentos cuando su columna avanzaba por una polvorienta carretera, bajo el sol abrasador de Virginia. Bastante apartada de la carrete­ra se alzaba una mansión, una de esas grandes haciendas de los plantadores, y ella estaba de pie en el pórtico, junto a una de las grandes columnas blancas, viendo pasar al enemigo. Tenía el cabello negro como ala de cuervo y su tez era más blanca que la misma columna; se erguía tan altanera y firme, tan retadora e imperiosa, que su recuerdo se grabó profundamente en su memoria y soñó con fre­cuencia en ella - aunque no sabía su nombre - durante todos los días de la guerra, llenos de sangre, sudor y polvo. Mientras pensaba en ella y ella lo visitaba en sus sueños, se preguntaba si no sería infiel a su Sally al tenerla tan presente en su pensamiento. Sentado en torno al fuego del campamento, cuando la conversación se calmaba, y luego, envuelto en sus mantas y mirando a las estrellas, elaboró una fantasía en que se veía volviendo a Virginia, termina­da la guerra, para buscarla. Acaso no la encontrase ya en la mansión, pero entonces él recorrería todo el Sur hasta encontrarla. Pero aquello no pasó de ser un sueño; nunca pensó en serio en ir a buscarla. Fue una simple divagación concebida al amor de la lumbre.
Así, Mary fue una síntesis de aquellas dos mujeres... fue Sally Brown y la desconocida belleza de Virginia que estaba de pie junto a la columna, viendo desfilar las tropas. Era la sombra de ambas y tal vez de muchas otras que él mismo ignoraba, una composición de todo cuanto había visto o admirado en las mujeres. Era un ideal de perfección. Se convirtió en la mujer perfecta, concebida por su mente. Y ahora, como Sally Brown, que descansaba en su tumba; como la belleza de Virginia, perdida en las tinieblas del tiempo, como todas las demás que acaso con­tribuyeron a forjarla, se había ido y lo había dejado.
Y él la amó, ciertamente, porque ella era una suma, un compendio de sus amores... la síntesis, en realidad, de todas las mujeres que habla amado - si es que en realidad había amado a alguna - o de aquellas que creía haber amado, incluso de forma abstracta.
Pero el hecho de que ella lo amase también era algo que nunca había cruzado por su mente. Y mientras no supo el amor que ella le tenía, le resultó muy posible alimentar su amor en lo más recóndito de su corazón, sabiendo que era un amor sin esperanzas e imposible, pero el mejor que podía encontrar.
Se preguntó dónde podía estar ella ahora, a qué lugar se habría retirado... al limbo que había tratado de imaginar o a una extraña no-existencia, esperando sin saberlo el momento de volver a su lado.
Hundió la cabeza entre sus manos y se sentó lleno de profunda aflicción y duelo, tapándose la cara con las palmas.
Se sentía culpable. Ella nunca volvería. Ojalá no vol­viese nunca. Sería mejor para ambos que no volviese.
¡Si pudiese estar seguro de dónde se encontraba en­tonces! ¡Si pudiese tener la certeza de que estuviese en una especie de muerte donde sus pensamientos no la tortu­rasen! Le era insoportable pensar que pudiese tener vida sensible.
Oyó un silbido que le anunciaba la llegada de un men­saje y aparté las manos de su cara. Pero no se levantó del sofá.
Tendió desmañadamente la mano hacia la mesita del café, que estaba al lado, cubierta de las baratijas y chu­cherías más vistosas que le habían regalado los viajeros.
Recogió un cubo de algo que parecía un extraño tipo de cristal o una piedra translúcida - nunca supo a ciencia cierta lo que era, si es que no era ambas cosas a la vez - y lo tomó cuidadosamente en sus manos. Lo miró con atención y vio en su interior una diminuta imagen, tridi­mensional y detallada, de un mundo fantástico. Era un mundo más bien grotesco encajado en el interior de lo que pudiera haber sido una vereda selvática rodeada de algo que parecían hongos floridos, y, flotando suavemente por el aire, como si fuese parte integrante de la atmósfera, vino lo que parecía una lluvia de nieve multicolor, que centelleaba y brillaba a la luz violeta de un gran sol azul.
Unos seres bailaban en la vereda, y parecían más flores que animales, pero se movían con una gracia y una poesía que encandilaban el ánimo. De pronto aquel lugar fantás­tico desapareció y fue reemplazado por otro... un lugar bravío y tétrico, de ceñudos acantilados que se alzaban a gran altura sobre un cielo rojizo y amenazador, mientras grandes seres voladores que parecían harapos aleteantes subían y bajaban ante la faz del acantilado, mientras otros se arrullaban de manera obscena sobre las raquíticas proyecciones que sin duda eran arbolillos deformes que sur­gían de la pared de roca. Y mucho más abajo, desde una distancia que apenas se podía conjeturar, llegaba el apagado trueno de un río tumultuoso.
Volvió a dejar el cubo encima de la mesa, preguntándose qué era lo que el observador veía en sus profundidades. Era como si pasara las páginas de un libro y viera en cada una la imagen de un lugar distinto, pero sin indica­ción alguna sobre la situación de aquel lugar. Cuando se lo dieron, pasó al principio muchas horas, fascinado, viendo cómo las imágenes cambiaban mientras tenía el cubo en las manos. Nunca vio que se pareciese ni remotamente a otra, y el desfile de imágenes era interminable. El obser­vador tenía la sensación de que en realidad no eran imá­genes, sino de que contemplaba una escena real y que en el momento más impensado podía perder el equilibrio y caer de cabeza en la escena contemplada.
Pero finalmente fue perdiendo interés por el juguete, porque comprendió que era absurdo contemplar aquella interminable serie de lugares desprovistos de identidad. Absurdo para él, desde luego, se dijo, pero no para aquel habitante de Enif V que se lo regaló. Por lo que él sabía, se dijo Enoch, aquello podía tener una gran importancia y ser un tesoro muy valioso.
Lo mismo sucedía con muchas de las cosas que atesoraba. Incluso aquellas que le proporcionaron goce sabía que podían emplearse equivocadamente, o, al menos, de una manera distinta a la intención de sus creadores.
Pero había algunas - Sólo unas cuantas - que poseían un valor que él podía entender y apreciar, aunque en muchos casos sus funciones apenas tuviesen utilidad para él. Había el diminuto reloj que daba la hora local de todos los sectores de la Galaxia, que si bien podía ser in­trigante, y hasta esencial en ciertas circunstancias, para él tenía muy poco valor. Y luego había el mezclador de perfumes, que era la manera más afortunada que él tenía de calificarlo, y que permitía crear el perfume deseado. Bastaba con obtener la mezcla y abrir la espita, para que la habitación se impregnase de aquel perfume, que desaparecía instantáneamente al cerrar la espita. Pasó momentos muy divertidos con el mezclador, por ejemplo, aquel crudo día de invierno, en que, después de muchos tanteos, con­siguió el perfume de las flores del manzano, y pasó el día respirando un aire primaveral, mientras afuera aullaba la ventisca.
Tendió la mano para asir otro objeto... una cosa muy hermosa que siempre le había intrigado, pero para la que no encontraba aplicación, si es que de veras la tuviese. Llegó a pensar que acaso no fuese más que una obra de arte, una cosa bella destinada únicamente al placer de la vista. Pero algo le decía que acaso tuviese una finalidad específica.
Era una pirámide de esferas, esferas más pequeñas puestas sobre otras mayores. Medía unos treinta y cinco centímetros de altura y era un objeto muy gracioso; cada esfera tenía un color distinto, pero no un color pintado, sino un color tan profundo y auténtico que instintivamente se comprendía que cada esfera poseía su color intrínseco y que toda ella, del centro a la superficie, era de aquel color particular.
Nada indicaba que se hubiese empleado una cola o un pegamento cualquiera para montar las esferas unas sobre otras y mantenerlas en su sitio. Todo hacía creer que alguien se había dedicado a amontonar las esferas hasta formar una pirámide con ellas, y que así se habían que­dado.
Sosteniendo la pirámide en sus manos, trató de recor­dar quién se la había dado, pero no lo consiguió.
El silbido de la máquina receptora de mensajes aún no había cesado y recordó que tenía mucho que hacer. No podía estarse sentado allí, pensando en las musarañas. Volvió a dejar la pirámide de esferas encima de la mesa y se levantó para cruzar la estancia.
El mensaje rezaba:

N.0      406302 A ESTACIÓN 1S327. NATURAL DE VEGA
XXI  LLEGA A LAS 16532'82. PARTIDA INDETERMINADA.
SIN EQUIPAJE. SÓLO GABINETE CONDICIONES LOCA­LES. CONFIRME.

Enoch se sintió contento al leer el mensaje. ¡Qué bueno sería volver a recibir la visita de un hazer! Hacía tal vez más de un mes que el último pasó por la estación.
Recordaba muy bien el primer día que vio a un hazer... fue aquel día en que llegaron cinco de ellos. Debió de ser en 1914 ó 1915. En plena guerra, la primera guerra mun­dial, que entonces llamaban la Gran Guerra.
El hazer llegaría aproximadamente a la misma hora que Ulises, y los tres pasarían una velada muy agradable.
No sucedía con frecuencia que le visitasen dos buenos amigos a la vez.
Dio un respingo al pensar que calificaba de amigo al hazer pues era más que probable que nunca hubiese visto a su visitante. Aunque esto poco importaba, porque un ha­zer, el que fuese, siempre acababa siendo su amigo.
Colocó el gabinete bajo un materializador, lo comprobó todo y volvió a comprobarlo para cerciorarse de que todo estaba perfectamente en orden, volvió junto a la máquina transmisora y envió la confirmación.
Y, entre tanto, no cesaba de preguntarse: ¿Fue en 1914, o acaso un poco después?
Abrió un cajón del catálogos buscó Vega XXI y la pri­mera fecha que figuraba en la lista era 12 de julio de 1915. Luego sacó el libro registro del estante y lo puso sobre el escritorio. Lo hojeó rápidamente, hasta encontrar la fecha.

XIV

12 de julio de 1915. - Esta tarde, a las 3,20, han llegado cinco seres de Vega XXI, los primeros de su especie que pasan por la estación. Son bípedos y humanoides, y dan la impresión de no estar hechos de carne - la carne sería una materia demasiado grosera para la clase de seres que son -, aunque, desde luego, están constituidos de materia orgánica, como todos los seres vivientes. Aunque resplandecen, no con una luz visible, pero les rodea un aura que los acompaña a todas partes.
Según creí entender, los cinco formaban una unidad sexual, aunque no estoy muy seguro de que así fuese, por­que todo resulta muy confuso. Estaban muy contentos y cordiales, mostrando un aire ligeramente divertido, como si algo les hiciese gracia, nada en particular, en realidad, sino todo el universo; dijérase que se reían de un chiste cósmico y particular, que sólo ellos conocían. Estaban de vacaciones y se dirigían a un festival (aunque acaso no sea ésta la palabra exacta) que se celebraba en otro planeta, donde se reunían otros seres para pasar una se­mana de carnaval. No pude saber cómo o por qué los habían invitado. Seguramente representaba para ellos un gran honor asistir al festival, pero por lo que pude ver ellos no parecían considerarlo así, sino que consideraban que era su derecho. Estaban contentos y despreocupados, extremadamente tranquilos y llenos de aplomo, pero ahora, al pensarlo, supongo que siempre deben de estar así. Me sentí un poco envidioso por no poder ser tan despreocu­pado y alegre como ellos. Traté de imaginar lo bella y agradable que debía de parecerles la vida y el universo y sentí un ligero resentimiento ante su dicha y su des­preocupación irreflexiva.
Según las instrucciones recibidas, colgué unas hamacas para que pudieran descansar, pero ellos no las emplearon. Trajeron consigo tinas canastas llenas de comida y bebida, se sentaron a mi mesa y empezaron a hablar y a banque­tearse. Me invitaron a sentarme con ellos y escogieron dos platos y una botella, que me aseguraron que no me per­judicarían; en cuanto al resto de sus vituallas, no podían asegurar el efecto que producirían sobre mi metabolismo. La comida era deliciosa y de una clase que nunca había probado... un plato recordaba a los tipos más raros y deli­cados de quesos viejos, y el otro era de un sabor dulce verdaderamente celestial. La bebida recordaba a las mejores marcas de coñac terrestre, era de color amarillo y clara como el agua.
     Me hicieron preguntas sobre mí mismo y mi planeta, se mostraron muy corteses y verdaderamente interesados; comprendían inmediatamente todo lo que yo les decía. Me contaron que se dirigían a un planeta cuyo nombre nunca había oído pronunciar, y conversaron entre ellos, alegres y felices, pero procurando que yo no me sintiese excluido de la conversación. Por ella colegí que en el festival del planeta de marras se presentaba alguna forma de arte. Ésta no consistía únicamente en música o pintura, sino que estaba compuesta de sonido y color, sin olvidar la emoción, la forma y otras cualidades que no parecen tener palabras para expresarlas en ningún idioma de la Tierra, y que no puedo identificar por completo. Tuve la impresión de que se trataba de una sinfonía tridimensional, aunque ésta no sea la expresión exacta, y que había sido com­puesta no por un individuo solo, sino por un equipo. Ha­blaban con entusiasmo de esta forma de arte, y, según me pareció entender, no duraba varias horas sino varios días, y era más una experiencia que algo que se escuchaba o se vela, pues los espectadores o el público no se limitaban a sentarse para escuchar, sino que participaban en ella, si así lo deseaban. Pero no conseguí entender de qué ma­nera participaban y no me atreví a preguntárselo. Hablaban de la gente que verían, de los últimos conocidos que habían visitado y se contaban muchos chismes sobre ellos, aunque sin malicia, dando la impresión de que ellos y muchos otros iban de planeta en planeta con una gozosa finalidad. Pero no conseguí determinar si sus viajes tenían alguna otra finalidad, además del esparcimiento. Colegí que acaso la tuviesen.
Hablaban de otros festivales, no todos relacionados con aquella forma artística, sino con otros aspectos más es­pecializados de las artes, de los que no conseguí formarme una idea cabal. Parecían hallar un goce indescriptible en estos festivales y me pareció que algunos aspectos de los mismos ajenos al arte contribuían a aumentar su felicidad. No intervine en esta parte de la conversación porque, francamente, no se me presentó ocasión para hacerlo. Me hubiera gustado hacerles algunas preguntas, pero no me dieron pie para ello. Supongo que de haber tenido ocasión, mis preguntas les hubieran parecido estúpidas, pero esto no me hubiera importado mucho. Y con todo, a pesar de esto, consiguieron hacer que me sintiese incluido en la conversación. No hicieron nada concreto en este sentido, y, a pesar de ello, yo me sentí identificado con ellos y no solamente un guardián de la estación en cuya compañía pasaría un breve período. A veces hablaban brevemente en el idioma de su planeta, que es uno de los más hermosos que he oído, pero casi siempre conversaban en el lenguaje que utilizan numerosas especies humanoides y que viene a ser una lengua franca del espacio creada con fines utilitarios, y sospecho que lo hicieron por cortesía hacia mí, y, desde luego, fue una gran muestra de defe­rencia por su parte. Creo que se cuentan entre los seres más verdaderamente civilizados que me ha sido dado a conocer.
He dicho que resplandecían y con esto quiero decir que irradiaban una luz espiritual. Daba la impresión de que a veces les acompañaba una neblina dorada y centelleante que alegraba todo cuanto tocaba... casi como si se moviesen en un mundo especial que nadie habla conseguido descu­brir. Sentado a la mesa con ellos, yo parecía hallarme incluido en aquella neblina áurea y sentía correr por mis venas extrañas y profundas corrientes de felicidad tranquila. Me pregunté por qué caminos ellos y su mundo habían llegado a aquel áureo estado y si mi mundo podría alcanzarlo, en un tiempo muy remoto.
Pero en el fondo de aquella felicidad había una vitalidad tremenda, un espíritu burbujeante y efervescente con un núcleo de fortaleza y un amor por la vida que parecía surgir por todos sus poros y en todos los momentos de su existencia.
Sólo disponían de dos horas y éstas pasaron tan rápi­damente, que por último me vi precisado a advertirles que ya tenían que marcharse. Antes de irse, dejaron dos en­voltorios sobre la mesa, dijeron que eran para mí y me dieron las gracias por mi mesa (curiosa manera de decir­lo). Después se despidieron, entraron en el gabinete (el de tamaño extra) y yo accioné el dispositivo que les hacía continuar su viaje. Incluso después de su partida, el res­plandor dorado pareció flotar en la habitación durante horas, antes de extinguirse. Deseé haberles podido acom­pañar al planeta donde se celebraba aquel mágico festival.
Uno de los envoltorios que me dejaron contenía una docena de botellas del licor semejante al coñac. Las bote­llas eran verdaderas obras de arte. No hasta dos de ellas iguales. Estaban formadas por lo que yo estoy convencido que era diamante, aunque no sé si fabricado o tallado de piedras gigantescas. De todos modos, calculo que estas botellas poseen un valor incalculable. Muestran gran va­riedad de símbolos en su conformación, cada uno de los cuales, empero, posee una belleza peculiar. Y en el otro envoltorio habla... bien, supongo que, a falta de nombre más adecuado, tendré que llamarla una cajita de música. La cajita es de marfil, de un viejo marfil amarillento tan suave como el raso, y cubierta de unos enmarañados relie­ves que deben de tener un significado oculto. En la parte superior hay un círculo montado dentro de una escala graduada. Cuando coloqué el círculo en la primera gradua­ción, oí música y la habitación se llenó de un juego de luces multicolores, como si toda la habitación estuviese llena de una orgía de color. Entre aquellas coloraciones había como un lejano recuerdo de la bruma dorada. De la caja también surgieron perfumes que se esparcieron por la estancia, junto con sentimientos y emociones - si hay que llamarlos así -, y algo que se apoderaba de uno, infun­diendo alegría o tristeza. De la caja surgió un mundo en el que podía vivirse la composición o lo que aquello fuese, con todo el ser, todas las emociones, fe y entusiasmo de que uno era capaz. Estoy seguro de que era una especie de grabación de aquella forma artística de la que ellos hablaban. Pero no era sólo una composición, sino exacta­mente 206, porque, este es el número de las señales que tiene la escala graduada, y a cada señal corresponde una composición distinta. En los días venideros las interpretaré todas, tomaré unas sobre ellas. Las pondré nombres, acaso guiándome por sus características. Tal vez saque de ellas no sólo esparcimiento, sino útiles enseñanzas.

XV

Las doce botellas diamantinas, vacías desde hacía mu­cho tiempo, estaban en una centelleante hilera sobre la repisa de la chimenea. La cajita de música, que era una de sus más preciadas posesiones, estaba guardada en uno de los armarios, en un lugar seguro y protegido. Y Enoch pensó tristemente que, a pesar de haberlas utilizado con regularidad durante todos aquellos años, aún no había agotado la lista de las composiciones. Había tantas de las primeras que había interpretado una y otra vez, que ape­nas había recorrido más de la mitad de la escala normal.
Los cinco hazers regresaron de vez en cuando, porque al parecer encontraban en aquella estación, e incluso en el hombre que estaba a su cuidado, unas cualidades que eran de su agrado. Le enseñaron el idioma de Vega, le trajeron rollos de literatura vegana junto con muchas otras cosas y fueron para,  sin ningún género de dudas, los mejores amigos que tuvo entre los extraterrestres, con la sola excepción de Ulises. Hasta que un día dejaron de volver y él se preguntó a qué se debía su ausencia, pre­guntando también por ellos a los hazers que a veces pasaban por la estación. Pero nadie supo darle razón de ellos.
Ahora ya sabía muchas más cosas sobre los hazers y sus formas artísticas, sus tradiciones, sus costumbres y su historia, que lo que sabía el primer día que hizo aquella anotación, en el año 1915. Pero aún distaba mucho de com­prender un buen número de los conceptos que ellos em­pleaban corrientemente.
Vio a muchos de ellos desde aquel día de 1915 pero había uno que recordaba particularmente: el viejo sabio, el filósofo, que murió en el suelo, junto al sofá.
Ambos estaban sentados en el sofá, hablando, e Incluso podía recordar cuál era el tema de su conversación. El viejo le estaba explicando el perverso código moral, irra­cional y cómico a la vez, creado por aquella curiosa raza de vegetales sociables que descubrió en una de sus visitas a un apartado planeta, situado en el borde opuesto de la Galaxia. El viejo hazer había bebido un par de copas y se hallaba en espléndida forma, relatando incidente tras in­cidente con entusiasmo.
De pronto, se interrumpió a la mitad de una frase, y se inclinó suavemente hacia delante. Enoch, sorprendido, trató de sostenerlo, pero antes de que pudiera ponerle la mano encima, el anciano visitante se escurrió con lentitud al suelo.
El aura dorada que rodeaba su cuerpo se apagó lenta­mente y el extraterrestre permaneció tendido en el suelo, angular, huesudo y repugnante, como algo terriblemente extraño, lamentable y monstruoso a la vez. Más mons­truoso, le pareció, que cualquier otra forma viviente no terrestre que hasta entonces había visto.
Si en vida era una criatura maravillosa, entonces, muer­to, aquel ser era un viejo saco de huesos deformes, recu­biertos de una piel escamosa y apergaminada. Era el aura dorada, se dijo Enoch, tragando saliva, dominado por un sentimiento muy próximo al horror, lo que había hecho que el hazer pareciese tan maravilloso y bello, tan lleno de vitalidad, dignidad y alegría. El aura dorada era la vida de aquellos seres, y, cuando desaparecía, se convertían en algo horrible y repulsivo, cuya contemplación producía náuseas.
¿Acaso seria posible, se preguntó, que la bruma dorada fuese la fuerza vital de los hazers y que éstos la llevasen como un manto, como una especie de disfraz completo? ¿Y si tuviesen la energía vital en el exterior, a diferencia de los demás seres, que la tenían en el interior de su organismo?
El viento gemía en los altos aleros de la casa y por las ventanas vio legiones de nubes deshilachadas que huían velozmente sobre la faz de la luna, que había ascendido hasta la mitad del firmamento oriental.
En la estación reinaban un frío y una soledad que llegaban muy lejos, mucho más allá de una simple soledad terrenal.
Enoch abandonó el cadáver y cruzó rápidamente la habitación, para dirigirse al aparato transmisor. Puso una llamada pidiendo conexión directa con la Central Galáctica y luego esperó, asiendo fuertemente los lados de la má­quina con ambas manos.
COMUNIQUE, dijo la Central Galáctica.
De la manera más breve y objetiva que le fue posible, Enoch comunicó lo sucedido.
Le contestaron sin la menor vacilación y sin hacerle preguntas, únicamente le enviaron las instrucciones necesarias para el caso, como si aquella situación fuese algo corriente. El vegano debía quedarse en el planeta donde había ocurrido su fallecimiento, procediéndose con su ca­dáver de acuerdo con las normas y costumbres locales de aquel planeta. Así lo estipulaba la ley vegana, y, además, era cuestión de honor. Un vegano, cuando caía, debía per­manecer donde había caído, y aquel lugar se convertía para siempre en territorio de Vega XXI. La Central Ga­láctica le dijo que había muchos lugares así en toda la Galaxia.

NUESTRA COSTUMBRE (mecanografió Enoch) ES EN­TERRAR A LOS MUERTOS.
ENTONCES ENTIERRE AL VEGANO.
LUEGO LEEMOS UNOS VERSÍCULOS DE NUESTRO LIBRO SAGRADO.
PUES LÉALOS PARA EL VEGANO. ¿PUEDE HACERLO?
SÍ. PERO SUELE HACERLO UN SACERDOTE.  SIN EMBARGO, EN LAS PRESENTES CIRCUNSTANCIAS, ESTO ACASO NO SEA PRUDENTE.
DE ACUERDO (dijo Central Galáctica) ¿PUEDE USTED
SUPLIR AL SACERDOTE?
SÍ.
ASÍ, MÁS VALDRÁ QUE LO HAGA.
¿LLEGARAN PARIENTES O AMIGOS PARA ASISTIR A LA CEREMONIA?
NO.
¿LES PARTICIPARÁN EL FALLECIMIENTO?
OFICIALMENTE, DESDE LUEGO, PERO YA ESTÁN ENTERADOS.
¿CÓMO ES POSIBLE?
FALLECIÓ HACE UN MOMENTO.
SIN EMBARGO, YA LO SABEN.
¿NO HAY QUE EXTENDER UN CERTIFICADO DE DEFUNCIÓN?
NO HACE FALTA. YA SABEN QUE MURIÓ.
¿QUE HAY QUE HACER CON SU EQUIPAJE? TRAÍA UN BAÚL.
QUÉDESELO. SUYO ES.
CONSIDÉRELO COMO UN
OBSEQUIO POR LOS SERVICIOS QUE USTED RINDE AL HONORABLE MUERTO. TAMBIEN LO DICE LA LEY.
 PERO PUEDE CONTENER COSAS IMPORTANTES.
QUÉDESE EL BAÚL. RECHAZARLO SERIA INSULTAR LA MEMORIA DEL MUERTO.
¿ALGO MÁS? (preguntó Enoch) ¿ESTO ES TODO?
ESTO ES TODO. PROCEDA COMO SI EL VEGANO FUESE UN SEMEJANTE SUYO.

Enoch borró el mensaje de la máquina y cruzó de nue­vo la habitación. Luego se acercó al hazer, haciendo de tripas corazón para inclinarse, recoger el cuerpo y ponerlo en el sofá. Le produjo una gran repugnancia tocarlo, acer­car sus manos a aquel cuerpo impuro y terrible, trágica parodia de la resplandeciente criatura que se habla sentado allí, a hablar con él.
Desde que conoció a los hazers los quiso y admiró, esperando ansiosamente sus visitas. Pero entonces estaba allí, temblando como un azogado y sin atreverse a tocar a un muerto.
No era solamente por el horror que éste le inspiraba, pues durante sus muchos años de guardián de la estación, habla visto toda clase de horrores visuales encarnados en cuerpos extraños, pero había aprendido a dominar aquella sensación de horror, a prescindir de las apariencias consi­derando a todos los seres vivientes como hermanos y a todas las criaturas como personas.
Era alguna otra cosa comprendió, algún factor desco­nocido que no tenía nada que ver con el horror. Pero aquel ser, se dijo, había sido un amigo suyo y, en su cali­dad de tal, él tenía la obligación de hacerle los últimos honores con amor y cariño.
Cerrando los ojos, se inclinó y levantó el cadáver. Casi no pesaba nada, como si al morir hubiese perdido una dimensión, como si se hubiese hecho más pequeño e insig­nificante. ¿Sería posible que el aura dorada hubiese tenido peso?
Tendió el cadáver en el sofá, colocándolo lo mejor que supo. Luego salió al exterior, encendió la linterna del anexo y bajó al antiguo granero.
Hacía años que no había estado en él, pero apenas nada había cambiado. Protegido por una recia techumbre de las inclemencias atmosféricas, permaneció seco y abri­gado. De las vigas colgaban telarañas y todo estaba cu­bierto de polvo. De lo alto del granero pendían briznas de paja resecas, que asomaban entre las rendijas de las tablas. El lugar poseía un perfume seco, dulce y polvorien­to, pues los olores causados por los animales y el estiércol se hablan esfumado hacia tiempo.
Enoch colgó la linterna en una clavija del establo y trepó por la escala del granero. Avanzando a tientas, porque no se atrevía a introducir la linterna entre aquel montón de paja reseca, dio con un rimero de tablas de encina que estaban en el fondo, debajo del alero.
Se acordó de que allí, donde el alero se juntaba con el piso, se imaginó de niño que existía una cueva en la que pasó muchas tardes de lluvia, feliz y contento, cuando no podía salir a jugar ahora. Fue allí Robinson Crusoe en su cueva de la isla desierta, o un proscrito cuyo nombre habla olvidado, huyendo de la Ley, o un fugitivo de los indios, que querían arrancarle el cuero cabelludo. Tenía una escopeta de madera que se fabricó aserrando un ma­dero, que luego talló con un cortaplumas y frotó con papel de lija para hacerlo suave. Fue su juguete predilecto du­rante los días de su infancia... hasta aquel día, al cumplir los doce años, en que su padre al volver a casa, le regaló un rifle que le había comprado en el pueblo.
Tanteó el montón de tablas y decidió con el tacto las que podía utilizar. Tiró de ellas y luego las bajó cuidado­samente por la escalera.
Después fue en busca de las herramientas, que guarda­ba en un rincón del granero. Levantó la tapa del gran arcón de herramientas y vio que estaba lleno de nidos de musara­ñas, abandonados desde hacía mucho tiempo. Apartó los puñados de paja, heno y hierba que los pequeños roedores empleaban para tapizar sus nidos y descubrió las herra­mientas. Su brillo se había empañado y tenían una ligera capa de orín a causa de su largo abandono, pero no esta­ban oxidadas y aún conservaban su filo.
Tomó las herramientas que necesitaba, bajó a la planta baja del granero y se puso a trabajar. Pensó que hacía un siglo hizo lo mismo que entonces, trabajando a la luz de la linterna para hacer un ataúd. Pero entonces, hacia cien años, era su padre quien yacía muerto en la casa.
Las tablas de madera de encina estaban resecas  duras, pero las herramientas aún eran buenas para desbastarlas. Las aserró, les pasó el cepillo y las unió mediante clavos, mientras por el granero se esparcía el olor de las virutas y el serrín. El granero estaba silencioso y acogedor, pues los montones de paja que cubrían el altillo apagaban los gemi­dos del viento.
Acabó de construir el ataúd y vio que era más pesado de lo que había supuesto. Fue entonces en busca de la vie­ja carretilla, apoyada en la pared del fondo del establo que antes había albergado a los caballos, y cargó el ataúd en ella. Laboriosamente, deteniéndose con frecuencia a des­cansar, lo llevó cuesta abajo hasta el pequeño cemente­rio rodeado de manzanos silvestres.
Y allí, junto a la tumba de su padre, cavó otra tumba, pues se había traído una p ala y un pico consigo. No la cavó tan profunda como hubiera querido, no los seis pies que la costumbre decretaba, porque sabia que si la cavaba tan profunda, no  podría introducir en ella el ataúd. Así que no la cavó muy profunda, trabajando a la luz de la linterna, puesta sobre el montón de tierra, desde donde esparcía su mortecino resplandor. Salió volando un búho del bosque y permaneció invisible entre la espesura del bosquecillo, murmurando y graznando. La luna se hundió por poniente y las nubes deshilachadas se aclararon, para dejar brillar las estrellas.
Finalmente terminó de cavar la tumba, descendió a ella el féretro a la luz vacilante de la linterna, cuyo petróleo estaba casi consumido.
De regreso a la estación, Enoch buscó una sábana para amortajar al muerto. Se metió una Biblia en el bolsillo, cargó con el cuerpo amortajado del vegano, y, a la luz in­cierta que precede al alba, bajó por la cuesta hacia el bos­quecillo de manzanos. Puso al vegano en el ataúd, clavó la tapa y luego salió de la tumba.
De pie al borde de ella, sacó la Biblia del bolsillo y bus­có el pasaje que deseaba. Lo leyó en voz alta, sin que apenas tuviese que esforzar la vista a la tenue luz para seguir el texto, pues eran unos versículos que había leído muchas veces:
En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fue­ra así os ¡O diría...
Mientras leía este pasaje pensó en cuán apropiado era; cuán cierto era que existían muchas mansiones para al­bergar todas las almas de la Galaxia... y de todas las de­más galaxias que se extendían por el espacio, quizás hasta el infinito. Aunque para quien entendiere, con una bastaba.
Cuando hubo terminado de leer recitó de memoria el oficio de difuntos, lo mejor que supo, pues no estaba seguro de recordar absolutamente todas las palabras. Pero recordaba lo bastante, se dijo, para que la oración tuviese sentido. Luego cubrió el ataúd de tierra.
Las estrellas y la luna se hablan apagado y el viento se había calmado. En la quietud de la mañana, el cielo mostra­ba un resplandor nacarado por oriente.
Enoch permanecía de pie junto a la tumba, apoyado en la pala.
- Descansa en paz, amigo mío - dijo.
Luego dio media vuelta y, a las primeras claridades de la mañana, volvió a la estación.
        
XVI

Enoch se levantó de su escritorio y volvió con el libro registro al instante, para colocarlo en su sitio.
Luego dio media vuelta y se detuvo, indeciso.
Tenía que hacer varias cosas. Tenía que leer los perió­dicos. Tenía que escribir su diario. Había un par de artícu­los- en los últimos números de la Revista de Estudios Geofísicos que deseaba consultar.
Pero no tenía ganas de hacerlo. Tenía demasiadas cosas en que pensar y de que preocuparse, demasiadas cosas que llorar.
Sus misteriosos vigilantes continuaban espiándole. Ha­bía perdido a sus amigos de las sombras. El mundo cami­naba hacia el precipicio de la guerra.
Aunque acaso no debiese preocuparle la suerte del mundo. Podía renunciar al mundo y abandonar a la especie hu­mana en el momento en que lo desease. Si nunca saliese al exterior, si jamás abriese la puerta, nada podría impor­tarle lo que el mundo hiciese o lo que a él pudiese ocurrirle. Él tenía su mundo propio, mayor que el que se extendía fuera de la estación, más inmenso que todo cuanto sus semejantes habían podido sonar. La Tierra no le hacía ninguna falta.
E incluso mientras lo pensaba, comprendió que aquello no era verdad. Por extraño que fuese, la Tierra le hacía falta.
Se acercó a la puerta, pronunció la palabra mágica y la puerta se abrió. Pasó al anexo y la puerta se cerró a sus espaldas.
Dio la vuelta a la esquina de la casa y se sentó en la escalera del porche.
Allí fue, pensó, donde todo empezó. Allí estaba sentado aquel día estival de hacia tantos años, cuando las estrellas lo señalaron, a través de las inmensas extensiones del espa­cio.
El sol estaba muy bajo por el oeste y pronto anoche­cería. El calor diurno ya empezaba a disiparse y una brisa débil y fresca subía del río. Al otro lado del campo, en el lindero del bosque, los cuervos trazaban círculos en el cielo emitiendo ásperos graznidos.
Seña algo muy duro tener que cerrar la puerta para no abrirla más, muy duro no volver a sentir la caricia del sol y del viento, no aspirar el perfume de las cambiantes esta­ciones que cruzaban la faz de la Tierra. El hombre, se dijo, aún no estaba preparado para eso. Todavía no se había convertido en un ser artificial, hijo del ambiente que él mismo había creado, capaz de establecer un com­pleto divorcio entre su persona y las características físicas de su planeta natal. Necesitaba sol, tierra y viento para seguir siendo un ser humano.
Tenía que salir con más frecuencia al porche, pensó Enoch, para sentarse allí sin hacer nada, contemplando únicamente los árboles y el río por el oeste, las azuladas montañas de Iowa al otro lado del Mississipi, viendo como los cuervos giraban en el cielo y las palomas se arrullaban en lo alto del tejado del granero.
Valdría la pena que lo hiciese todos los días. ¿Qué era una hora más de envejecimiento? No tenía necesidad de escatimar las horas... Llegaría un tiempo en que éstas le serían preciosas, pero cuando este tiempo llegase, tendría que atesorar, las horas, los minutos y hasta los segundos, como un avaro que contase su dinero.
Oyó un rumor de rápidas pisadas en el extremo opuesto de la casa, alguien, dando traspiés y exhausto, dio la vuelta a la esquina de construcción, corriendo como si viniese desde muy lejos.
Se levantó de un salto y salió al corral para ver quién era. La persona que corría avanzó tambaleándose hacia él, con los brazos tendidos. Él la asió fuertemente y la sujetó contra su cuerpo para evitar que se cayese.
-¡Lucy! – exclamó -. ¡Lucy! ¿Qué te pasa, criatura?
La mano que le habla puesto en la espalda notó algo caliente y pegajoso y la apartó para ver si era sangre, como temía. La espalda del vestido de la muchacha estaba empapada de sangre.
La agarró por los hombros y la apartó para verle la cara. Estaba bañada en llanto y en ella se pintaba el terror... mezclado con una expresión suplicante.
Entonces le dio la vuelta para mirarle de nuevo la es­palda. La muchacha se llevó las manos a los hombros para bajarse el vestido hasta la cintura. Enoch vio que tenía los hombros y la espalda cruzados por largas heridas que aún sangraban.
Lucy se arregló el vestido y se volvió para mirarlo. Con gesto suplicante, señaló hacia abajo, en dirección al campo que descendía hasta el bosque.
Allí se movía algo... alguien cruzaba el bosque y llegaba casi al lindero del viejo campo abandonado.
Ella también lo vio, sin duda, porque se arrimó a él, temblorosa, buscando protección.
Inclinándose, él la tomó en brazos y se dirigió con paso vivo al anexo. Pronunció la palabra mágica, la puerta se abrió y penetró en la estación, oyendo como la puerta se cerraba a su espalda.
Una vez dentro se detuvo, con Lucy Fisher acurrucada en sus brazos, y comprendió que había cometido una gran equivocación... que aquello era algo que, en un momento en que hubiese estado más sereno, jamás hubiera hecho.
Pero se habla dejado llevar por un impulso momentáneo y obró sin pensar. La muchacha acudió a él en busca de protección y allí la tenía, allí nada del mundo podía llegar hasta ella. Pero Lucy era un ser humano y ningún ser humano, excepto él, debía haber cruzado aquel umbral.
Pero ya estaba hecho y la cosa no tenía remedio. Una vez cruzado el umbral, ya no podía hacer nada por cam­biarlo.
La llevó al otro lado de la habitación, la depositó en el sofá y dio un paso atrás. Ella se quedó sentada, mirándolo con una leve sonrisa, como si no supiese si podía sonreír en un lugar como aquél. Se llevó una mano a la cara, para enjugarse las lágrimas.
Luego paseó rápidamente la vista a su alrededor y abrió la boca, admirada.
Él se agachó, dio unas palmadas sobre el sofá y luego la señaló, para indicarle que debía quedarse allí y no moverse. Abarcó con el brazo el resto de la estación y movió la cabeza en un enérgico gesto negativo.
Tomó una de las manos de la joven entre las suyas y se la acarició cariñosamente, tratando de tranquilizarla y de hacerle entender que todo iría bien si ella obedecía exac­tamente sus instrucciones.
Lucy le sonreía, sin comprender, por lo visto que lo que había ocurrido era algo que debía de haberle quitado las ganas de sonreír.
Con la mano libre, la muchacha hizo un ligero ademán en dirección a la mesita del café, abarrotada de objetos extraterrestres.
Él asintió y ella tomó uno de los objetos, dándole vuel­tas entre las manos con gesto de admiración.
Enoch se levantó y se acercó a la pared para descolgar el rifle.
Luego salió al exterior, para enfrentarse con los perse­guidores de Lucy.

XVII
Los hombres subían por el campo en dirección a la casa. Enoch vio que uno de ellos era Hank Fisher, el padre de Lucy. Conoció a aquel hombre hacía varios años, durante uno de sus paseos, y sostuvo una breve conversación con él. Hank le explicó bastante cohibido y a pesar de que no era necesario que le ofreciese explicaciones, que andaba buscando una vaca perdida. Pero a juzgar por sus modales furtivos, Enoch dedujo que lo que le traía por allí no era buscar una vaca, sino algo inconfesable, aunque no podía imaginarse qué pudiese ser.
El otro individuo era más joven. No aparentaba más de dieciséis o diecisiete años. Era muy probable, pensó Enoch, que fuese uno de los hermanos de Lucy.
Enoch se detuvo a esperarlos frente al porche.
Vio que Hank llevaba un látigo arrollado en la mano. Al verlo, Enoch comprendió la causa de las heridas que cruzaban los hombros y la espalda de Lucy. Sintió un súbito acceso de ira, pero trató de dominarse. Se enten­dería mejor con Hank Fisher si no perdía los estribos.
Los dos hombres se detuvieron a tres pasos de distancia.
- Buenas tardes - les dijo Enoch.
-¿Has visto a mi chica? - le preguntó Hank.
-¿Y qué si la he visto? - preguntó Enoch a su vez.
- Le arrancaré la piel a tiras - gritó Hank blandiendo el látigo.
- En tal caso - dijo Enoch -, no creo que te diga nada.
- La has escondido - dijo Hank acusador.
- Búscala, si quieres - repuso Enoch.
Hank dio un paso hacia él, pero lo pensó mejor y se detuvo.
- Le he dado su merecido – vociferó -. Y aún no he acabado con ella. No hay nadie en el mundo, ni aunque sea de mi propia sangre, que pueda burlarse de mí.
Enoch dio la callada por respuesta. Hank parecía inde­ciso.
- Es una entrometida – dijo -. Se metió donde no la llamaban.
El muchacho intervino para decir:
- Yo sólo estaba tratando de domesticar a Butcher. Butcher - explicó a Enoch - es un cachorro de perdiguero.
- Exactamente - asintió Hank -. No hacía nada malo. Mis chicos capturaron a una liebre joven la otra noche. Les costó mucho apresaría. Roy, aquí presente, la ató a un árbol. Y trajo a Butcher sujeto con una correa, para dejar que se lanzase sobre la liebre, pero no le hacía daño, pues él tiraba de Butcher antes de que el perro pudiera mordería. Entonces dejaba que los dos descansasen un poco y luego azuzaba de nuevo a Butcher sobre la liebre.
- Es la mejor manera de adiestrar a un perro de caza - observó Roy.
- Sí, señor - asintió Hank -. Por esto mis hijos apre­saron a la liebre.
- La necesitábamos para enseñar al cachorro - obser­vó Roy.
- Todo esto me parece muy bien y me alegro de saberlo - dijo Enoch -. Pero, ¿qué tiene que ver Lucy con todo ello?
- Se interpuso y trató de evitar que adiestrásemos al perro - dijo Hank -. Intentó quitarle Butcher a Roy.
- Esa muda tiene demasiadas ínfulas - dijo Roy.
- Tú cállate la boca - le reprendió su padre con aspe­reza, volviéndose furioso hacia él.
Roy murmuró algo entre dientes y dio un paso atrás. Hank se volvió de nuevo hacia Enoch.
- Roy le pegó y la tiró al suelo – dijo -. No debiera haberlo hecho. Debiera haber tenido más cuidado.
- No quería hacerlo - se disculpó Roy -. La derribé al levantar el brazo para evitar que se acercase a Butcher.
- Así fue - dijo Hank -. La derribó sin querer. Pero ella no tenía que haber hecho lo que hizo. Dejó a Butcher tieso y agarrotado, para que no pudiese lanzarse sobre la liebre. Sin tocarle siquiera un pelo, fíjate bien, lo dejó agarrotado. No podía mover ni una pata. Esto puso furioso a Roy.
Y dijo con tono anhelante a Enoch:
-¿Y tú, no te hubieras puesto furioso ante una cosa así?
- No, creo que no - contestó Enoch -. Aunque claro, yo no me dedico a cazar liebres con perros adiestrados.
Hank parecía pasmado ante tamaña falta de comprensión.
Pero continuó su relato.
- Roy se enfureció mucho con ella. Ten en cuenta que había criado a Butcher. Quiere mucho a ese perro y no estaba dispuesto a que nadie, ni siquiera su propia her­mana, lo dejase agarrotado, como ella le hizo a Butcher Nunca había visto una cosa así en mi vida. Pero esto no fue todo. Entonces Roy se quedó rígido y cayó al suelo con las piernas encogidas y sujetándose el cuerpo con los brazos. Allí se quedó tendido, hecho una bola. Quedó paralizado como Butcher. Pero ella no le hizo nada a la liebre, no la dejó agarrotada. Únicamente le hizo eso a los de su casa.
- Pero no dolía - observó Roy -. No dolía en absoluto.
- Yo estaba allí sentado - prosiguió Hank -, trenzando este látigo para el ganado. Tenía la punta gastada y le puse una nueva. Vi lo que pasaba pero no intervine hasta que vi a Roy tendido y quieto en el suelo. Entonces le dije: esto ya no lo aguanto. Soy un hombre muy tolerante; no me importa que mi hija haga desaparecer las verrugas con ensalmos y otras cosas parecidas. Ha habido mucha gente capaz de hacer eso. No es nada deshonroso. Pero esto de dejar a los perros y a las personas agarrotados...
- Y entonces fue cuando le diste de garrotazos, ¿no es eso? - dijo Enoch.
- Cumplí con mi deber - manifestó Hank solemnemen­te -. No estoy dispuesto a tolerar la presencia de brujas en mi familia Le di un par de latigazos y ella me pidió por gestos que dejase de pegarla. Pero yo tenía que cumplir mi deber y continué arreándole latigazos. Si hubiese continuado, creo que le hubiera quitado para siempre las ganas de hacer esas bromas. Pero fue entonces cuando ejerció sus poderes conmigo. Lo mismo que había hecho con Roy y Butcher, pero de manera distinta. Me dejó ciego... ¡cegó a su propio padre! No podía ver nada. Avancé a tientas por el patio, gritando y dando manotadas. De pronto volví a ver, pero ella había desaparecido. La vi correr por el bosque, monte arriba. Y entonces fue cuando Roy y yo nos fuimos tras ella.
- ¿Y crees que la tengo aquí?
- Sé que está aquí - contestó Hank.
- Muy bien - dijo Enoch -. Pues búscala.
- Claro que la buscaré - repuso Hank, ceñudo -. Roy, tú registra el granero. Puede estar escondida allí.
Roy se dirigió al granero. Hank entró en el anexo y salió casi inmediatamente al decrépito gallinero.
Enoch esperaba, con el rifle bajo el brazo.
Se le habla presentado una complicación... una com­plicación mayor que todas cuantas habían surgido hasta entonces. Los hombres como Hank Fisher no se avenían a razones. Sería inútil tratar de discutir con él, en aquellos momentos. Lo único que podía hacer era esperar que Hank se calmase. Sólo entonces quizá sería posible ha­cerle entrar en razón.
Ambos no tardaron en volver.
- No está por aquí - dijo Hank -. Por lo tanto, está en la casa
Enoch meneó negativamente la cabeza.
- Nadie puede entrar en esa casa.
- Roy - ordenó Hank -, sube esos peldaños y abre esa puerta.
Roy dirigió una mirada medrosa a Enoch.
- Vamos, obedece - dijo Enoch.
Roy se dirigió a la escalera y subió muy despacio por ella. Atravesó el porche, puso la mano en el picaporte y trató de hacerlo girar. Lo intentó de nuevo. Después se volvió.
- Padre, no puedo – dijo -. No puedo abrir esta puerta.
- Eres un inútil - dijo Hank, disgustado -. No sabes hacer nada.
Hank subió los peldaños de dos en dos y cruzó el porche hecho una furia. Asió el picaporte con la mano y trató de hacerlo girar con gesto airado. Lo probó una y otra vez, sin conseguirlo. Luego se volvió hacia Enoch, hecho un ba­silisco.
-¿Puede saberse qué pasa aquí? - gritó.
- Ya te dije que no se puede entrar - contestó Enoch.
-¡Eso ya lo veremos! - rugió Hank.
Tiró el látigo a Roy y bajó del porche para plantarse en dos zancadas ante el montón de leña que se alzaba jun­to al anexo. Con un brusco ademán, arrancó la pesada ha­cha doble del tajo.
- Ten cuidado con el hacha - le advirtió Enoch -. La tengo desde hace mucho tiempo y la aprecio mucho.
Hank no contestó. Volvió a subir al porche y se detu­vo con los pies muy separados ante la puerta.
- Apártate - ordenó a Roy -. Déjame sitio.
Roy se hizo a un lado.
- Eh, un momento - dijo Enoch -. ¿Te propones derri­bar esa puerta?
- Eso es exactamente lo que pienso hacer.
Enoch hizo un grave gesto de asentimiento.
- Bien, ¿y qué? - dijo Hank.
- Por mí, ya puedes probar.
Hank asentó sólidamente los pies en el suelo y empuñó el mango del hacha con ambas manos. El acero relampa­gueó sobre su cabeza y luego se abatió en un golpe tre­mendo.
El filo del hacha chocó con la superficie de la puerta y se inclinó, desviado por ella, cambió de curso y rebotó de la puerta.
La hoja descendió rápidamente, rozó la pierna de Hank y éste casi perdió el equilibrio, arrastrado por su propio impulso.
Luego se quedó allí de pie, con expresión estúpida. Los brazos colgando y las manos empuñando aún el mango del hacha. Su mirada se clavó en Enoch.
- Pruébalo otra vez - le dijo Enoch, invitador.
Hank sufrió un arrebato de cólera. Su rostro estaba congestionado por la ira.
-¡Vaya si lo probaré! - gritó como un poseído.
Volvió a plantar sólidamente los pies en el suelo y ésta vez blandió el hacha no contra la puerta, sino contra la ventana contigua a ésta.
Cuando la hoja chocó contra la ventana, se oyó un agu­do ruido metálico y fragmentos de acero saltaron por los aires, brillando al sol.
Hank agachó la cabeza y tiró el hacha, que rebotó en el suelo del porche. Tenía una hoja rota y mellada. La venta­na estaba intacta. No mostraba ni un rasguño.
Hank se quedó allí un momento, contemplando el ha­cha rota, como si no diese crédito a sus ojos.
Tendió la mano en silencio y Roy le puso el látigo en ella.
Entonces ambos bajaron la escalera.
Se detuvieron al pie de ella y miraron a Enoch. La mano de Hank temblaba en el mango del látigo.
- En tu lugar, yo no lo intentarla, Hank - le dijo Enoch -. Soy muy rápido disparando.
Dio unas palmadas a la culata del rifle.
- Te agujerearía la mano antes de que pudieras levantar el látigo.
Hank jadeaba pesadamente.
- Tienes el diablo en el cuerpo, Wallace – dijo -. Y ella también. Los dos estáis de acuerdo. Estoy seguro de que os encontráis a escondidas en los bosques.
Enoch lo miraba, expectante.
-¡Que Dios me asista! - gritó Hank -. ¡Mi hija es una bruja!
- Lo mejor que podéis hacer - le dijo Enoch - es volveros a casa. Si encuentro a Lucy, yo mismo os la traeré.
Ninguno de los dos se movió.
-¡Esto no termina así! - vociferó Hank -. Tienes a mi hija escondida en alguna parte pero yo la sacaré de tus garras. Te aseguró que me las pagarás.
- Cuando quieras - dijo Enoch -, pero ahora, no.
Y movió el cañón del rifle con ademán imperioso.
- Vamos, andando – dijo -. Y no volváis. No quiero volver a veros por aquí a ninguno de los dos.
Ambos vacilaron por un momento, mirándolo, tratan­do de sondearlo y de adivinar cuáles eran sus intenciones.
Luego dieron lentamente la vuelta y ambos se alejaron monte abajo.

XVIII

"Hubiera debido matarlos a los dos", pensó. No eran dig­nos de vivir.
Bajó la vista para mirar el rifle y vio que lo empuña­ba con tal fuerza, que tenía los dedos blancos y rígidos sobre la madera marrón y satinada.
Jadeaba un poco, por el esfuerzo que hacía por conte­ner la cólera que hervía en su interior, pugnando por e~ tallar. Si hubiesen permanecido allí un poco más, si no los hubiese expulsado, supo que hubiera terminado por ceder a la ira que lo embargaba.
Pero era mejor, mucho mejor, que hubiese sucedido tal como había sucedido. Se preguntó vagamente cómo era posible que hubiese logrado contenerse.
Pero se alegraba. Porque, a pesar de sus defensas, aque­llo le hubiera sido muy perjudicial.
Ellos hubieran dicho que estaba loco, que los había echado por la fuerza. Incluso podían acusarle de haber se­cuestrado a Lucy y de retenerla contra su voluntad. No se detendrían ante nada para crearle las mayores dificultades.
No se hacía ilusiones acerca de su reacción, porque conocía a los seres de su calaña, vengativos en su pequeñez, pequeños y malévolos insectos de la especie humana.
De pie ante el porche, vio cómo bajaban por la cresta preguntándose cómo era posible que una joven tan mara­villosa como Lucy tuviese aquella familia tan degenerada. Tal vez su defecto físico sirvió de muralla para aislarla de aquella gentuza y evitó que se convirtiese en uno de ellos. Si hubiese podido hablar u oír, quizá con el tiempo se hu­biera convertido en un ser tan retrógrado y con tan malos instintos como ellos.
Cometió un gran error al meterse en aquel asunto. Un hombre en su condición no debía mezclarse en aquella clase de cuestiones. Tenía demasiado que perder; hubiera debido guardar neutralidad.
¿Y qué podía haber hecho, sin embargo? ¿Podía haber­se negado a prestar su protección a Lucy, bañada en la sangre que surgía de sus latigazos? ¿Tenía que haber de­soído la frenética expresión de súplica que se pintaba en su carita desvalida?
Pudiera haber obrado de manera distinta. Tal vez hu­biera podido encontrar medios más diplomáticos y hábiles de resolver el asunto. Pero no tuvo tiempo de pensar en otra solución. Sólo tuvo tiempo de poner a la muchacha a salvo y luego salir para enfrentarse con sus persegui­dores.
Pero entonces, al pensarlo, comprendió que acaso lo mejor hubiera sido no salir. Si se hubiese quedado dentro de la estación nada hubiera ocurrido.
Se dejó llevar de un impulso, cuando salió a afrontarlos. Acaso fue una reacción humana, pero no fue prudente. Mas la cosa ya no tenía remedio. A lo hecho, pecho. Si tuviese que hacerlo de nuevo, obraría de un modo distinto, pero la ocasión ya había pasado
Dio media vuelta y regresó con paso cansino al interior de la estación.
Lucy continuaba sentada en el sofá, sosteniendo un ob­jeto centelleante en la mano. Lo contemplaba arrobada y en su cara se pintó de nuevo aquella misma expresión vi­brante y alerta que le había visto aquella mañana, cuando sostenía a la mariposa.
Dejó el rifle sobre la mesa y se detuvo en silencio, pero ella debió de notar su movimiento, porque levantó rápida­mente la vista hacia él. Luego sus ojos volvieron a posarse en el objeto rutilante que tenía en las manos.
Él vio que era la pirámide de esferas y que todas las esferas giraban lentamente, unas a derecha y otras a izquierda y que, al girar, brillaban y relumbraban, cada una con su particular coloración, como si en el interior de cada una hubiese una fuente de luz suave y cálida.
Enoch contuvo el aliento ante la belleza y la maravilla de aquel espectáculo... preguntándose, pasmado, qué anti­guo artilugio podía ser aquel objeto y cuál podía ser su fi­nalidad. Lo había examinado cientos de veces, devanán­dose los sesos para comprender su significado, sin conse­guir descifrar el enigma. Por lo que podía ver, era sólo un objeto destinado a la contemplación, aunque lo había em­bargado con insistencia la sensación de que tenía una fi­nalidad determinada y acaso un modo de funcionamiento.
Y entonces estaba funcionando. EI había tratado de ha­cerlo funcionar docenas de veces, pero Lucy lo consiguió a la primera.
Observó la expresión arrobada con que lo contemplaba. ¿Era posible, se preguntó, que supiese cuál era la finali­dad del objeto?
Cruzó la habitación para tocarle el brazo y ella levantó la cara para mirarlo. Enoch vio en sus ojos un brillo de dicha y excitación.
Indicó la pirámide con un gesto de interrogación, tra­tando de preguntar a la joven si sabía lo que era. Pero ella no le entendió. O tal vez lo supiese, pero supiese tam­bién lo difícil que era explicar su finalidad. Hizo de nuevo aquel gesto alegre y aleteante con la mano, indicando la mesa cargada de chucherías, y pareció que iba a reírse... al menos, tenía una expresión risueña en el rostro.
No es más que una niña, dijo Enoch para sus adentros, con una caja llena de nuevos y maravillosos juguetes. ¿Era solamente esto? ¿Se hallaba únicamente contenta y excitada porque de pronto se había percatado de las cosas que se apilaban encima de la mesa?
Dio media vuelta con gesto cansado y volvió junto a la mesa. Tomó el rifle y lo colgó en la pared.
Ella no debía estar en la estación. Allí no podía haber ningún ser humano, fuera de él. Al traerla allí, había fal­tado al acuerdo tácito establecido con los extraterrestres, que le nombraron custodio de la estación. Aunque de todos los humanos que hubiera podido traer, Lucy acaso fuese la única sobre la que no pesase aquella prohibición tácita, porque la muchacha nunca podría explicar a nadie lo que allí dentro había visto.
Pero comprendió que no podía quedarse. Tenía que de­volverla a su casa. Si no lo hacía, se organizaría una gi­gantesca operación de búsqueda de la linda sordomuda desaparecida.
La noticia de su desaparición atraería a los periodistas antes de un par de días. Se publicaría en todos los diarios de la nación, lo darían por la radio y la televisión y los bosques se llenarían con centenares de hombres dedicados a buscarla.
Hank Fisher contaría a los periodistas cómo trató de penetrar en la casa sin conseguirlo, entonces lo intentarían otros y se armaría un escándalo mayúsculo.
Enoch sintió un sudor frío al pensarlo.
Tantos años de vivir apartado, tantos años de existencia discreta y callada, no habrían servido para nada. Aquella extraña mansión en lo alto de un cerro solitario se con­vertiría en un misterio para el mundo, en un reto y en un objetivo para todos los chiflados del planeta.
Se dirigió al botiquín en busca de la pomada curativa incluida en el paquete de medicamentos que le envió la Central Galáctica.
Lo sacó y abrió la cajita. Quedaba aún más de la mitad. La había utilizado en el transcurso de los años, pero con parsimonia. En realidad, no era necesario aplicarla en grandes cantidades.
Cruzó la habitación hasta el sofá donde estaba senta­da Lucy y se colocó detrás de ella. Le mostró lo que traía y le indicó por gestos el modo de emplearlo. Ella se bajó el vestido de los hombros y él se inclinó para examinarle las heridas.
Estas ya no sangraban pero la carne estaba roja e in­flamada.
Enoch le aplicó pomada a los verdugones causados por el látigo, extendiéndola con delicadeza.
Lucy había curado a la mariposa, pensó, pero no podía curarse a sí misma.
La pirámide de esferas que tenía encima de la mesa se guía centelleando y relumbrando, esparciendo bailoteantes manchas de color por toda la habitación.
Funcionaba, pero no comprendía con que objeto.
Por último se había puesto en funcionamiento, pero no sucedía nada como resultado de ello.

XIX

Ulises llegó cuando el crepúsculo se convertía en noche.
Enoch y Lucy acababan de cenar y estaban sentados a la mesa cuando Enoch oyó sus pisadas.
El extraterrestre permanecía en la penumbra y se ase­mejaba más que nunca a un payaso cruel, pensó Enoch. Su cuerpo esbelto y grácil parecía de cuero ahumado y curti­do. Su tez abigarrada parecía brillar con una débil lumi­niscencia y su cara dura y angulosa, su calva lisa y relu­ciente y las orejas aplastadas y puntiagudas pegadas al cráneo, le conferían un aspecto malévolo y horrendo.
Si Enoch no conociese su talante benévolo y risueño, su feroz catadura era para petrificar de espanto al más pintado.
- Te estábamos esperando - dijo Enoch -. La cafetera está hirviendo.
Ulises dio un paso adelante, muy despacio, y se detuvo.
- Tienes a otra persona contigo. Yo diría que es un ser humano como tú.
- No temas, no hay peligro - le dijo Enoch.
- De otro sexo. Una hembra, ¿verdad? ¿Has encontrado a una compañera?
- No - repuso Enoch -. Ella no es mi compañera.
- Has obrado siempre con gran prudencia - le dijo Ulises. En la situación en que te encuentras, una compa­ñera no sería aconsejable.
- No tienes por qué preocuparte. Esta muchacha posee un defecto físico. No puede comunicarse con sus semejan­tes. No oye ni habla.
-¿Un defecto, dices?
- Sí, un defecto de nacimiento. Nunca ha oído ni ha­blado. No puede contar a nadie lo que aquí ha visto.
-¿Y no puede hacerlo por signos?
 - No conoce ningún lenguaje mímico. No quiso apren­derlo.
-¿Es amiga tuya?
- Desde hace algunos años - contestó Enoch -. Vino buscando mi protección. Su padre le dio de latigazos.
-¿Sabe su padre que está aquí?
- Cree que está, pero no lo sabe con seguridad.
Ulises salió lentamente de la penumbra para colocarse bajo la luz.
Lucy lo contemplaba, pero su expresión no demostraba el menor temor. Su mirada era firme y serena y no retrocedió.
- No le doy miedo - dijo Ulises -. Veo que no grita ni echa a correr.
- No podría gritar aunque quisiese - observó Enoch.
- Pero sé que cualquier habitante de la Tierra me en­contraría repugnante - dijo Ulises.
- Es que ella no ve sólo lo de fuera. Ve también tu interior.
-¿Se asustaría si me inclinase ante ella, como hacen los seres humanos?
- Creo que nada podría complacerla más - dijo Enoch.
Ulises se inclinó con una exagerada cortesía, poniéndose una mano en su vientre correoso y doblándose por la cin­tura.
Lucy sonrió y palmoteó.
- Ya lo ves - exclamó Ulises, encantado -. Hasta creo que llegaré a gustarle.
-¿Por qué no te sientas, pues - le invitó Enoch -, y tomamos café juntos?
- Me había olvidado del café. La vista de este otro ser humano apartó el café de mi mente.
Se sentó ante la tercera taza preparada para él. Enoch se dispuso a ir en busca del café, pero Lucy se le adelantó.
-¿Ha entendido lo que decíamos? - preguntó Ulises, extrañado.
Enoch meneó negativamente la cabeza.
- Vio que te sentabas ante la taza y que la taza estaba vacía.
Ella sirvió el café y después volvió a sentarse en el sofá.
-¿No se queda con nosotros? - preguntó Ulises.
- Está muy intrigada por esas chucherías de la mesita. Ha conseguido poner a una de ellas en marcha.
-¿Piensas hacer que se quede aquí?
- No puedo quedármela - repuso Enoch -. La buscarán. Tendré que devolverla a su casa.
- Esto no me gusta - dijo Ulises.
- Ni a mí tampoco. Debemos reconocer que no debiera haberla traído aquí. Pero entonces me pareció la única solución posible. No tuve tiempo de pensar en otra cosa.
- No has hecho nada malo - musitó Ulises.
- Ella no puede perjudicarnos - dijo Enoch -. Al no poder hablar...
- Es que no es eso - le atajó Ulises -. Esta muchacha es una complicación y no me gusta que te busques más complicaciones. Esta noche venia para decirte, Enoch, que nos hallamos metidos en dificultades, precisamente.
- ¿Dificultades? ¿Qué dificultades?
Ulises levantó la taza de café y bebió un largo sorbo. Qué bueno es el café – comentó -. Me llevé la semi­lla y la planté en mi planeta. Pero allí no tiene el mismo sabor. Este es más bueno.
-¿De qué dificultad hablabas?
-¿Te acuerdas del vegano que murió aquí hace varios de tus años?
Enoch asintió.
- Sí, el "Brumoso"...
- Ese ser tenía nombre...
Enoch soltó la carcajada.
- Veo que no te gustan nuestros apodos.
- No es costumbre entre nosotros - repuso Ulises.
- El nombre que le puse - observó Enoch - es una muestra del afecto que me inspiraba.
- Y tú enterraste a ese vegano.
- En el cementerio de mi familia - dijo Enoch -. Como si fuese uno de los míos. Leí el oficio de difuntos sobre su tumba.
- Esto es santo y bueno - dijo Ulises -, y tal como debiera ser. Hiciste muy bien. Pero el cadáver ha desapare­cido.
-¡Cómo! ¡No puede ser! - exclamó Enoch.
- Han profanado la sepultura y se lo han llevado.
- Pero eso tú no puedes saberlo - protestó Enoch -. ¿Cómo lo sabes?
- No soy yo quien lo ha averiguado, sino los de Vega. Los veganos lo saben.
- Pero están a años-luz de distancia...
Pero luego le asaltó la duda, al recordar que la noche en que falleció el anciano sabio, cuando comunicó su muerte a la Central Galáctica, le contestaron que los ve­ganos ya se hallaban enterados de ello, y que no necesita­ban certificado de defunción, porque ya sabían de qué ha­bía muerto.
Parecía algo imposible, desde luego, pero había dema­siadas imposibilidades en la Galaxia que al fin y a la pos­tre resultaban totalmente posibles; por último, uno ya no sabia verdaderamente a qué atenerse.
¿Seria posible, se preguntó, que todos los veganos estu­viesen unidos entre sí por una especie de contacto mental? ¿O que una oficina central del Censo (para dar un nombre humano a algo que escapaba a toda comprensión) poseyese una especie de enlace oficial con todos los veganos vivien­tes, y supiese dónde estaban, cómo estaban y qué hacían en cualquier momento determinado?
Algo de este género podía ser muy posible, tuvo que admitir Enoch. No estaba fuera de las pasmosas faculta­des que poseían los habitantes de la Galaxia. Pero mante­ner un contacto similar con el vegano muerto era algo que costaba más de comprender.
- El cadáver ha desaparecido - repitió Ulises -. Eso puedo asegurártelo porque sé que es verdad. Y tú eres el responsable.
-¿Quién dice eso, los veganos?
- Sí, los veganos. Y toda la Galaxia.
- Yo hice lo que pude - dijo Enoch, acaloradamente -. Hice lo que me pidieron. Cumplí al pie de la letra lo que estipula la ley vegana. Rendí honras fúnebres al muerto, según la usanza de mi planeta. No es justo que se me haga cargar siempre con esa responsabilidad. No puedo creer que ese cuerpo haya desaparecido. Nadie sabia dónde es­taba. ¿Además, a quién podía interesar?
- Si nos atenemos a la lógica humana - observó Uli­ses -, tienes razón, desde luego. Pero no según la lógica vegana. Y en este caso, la Central Galáctica se pondría de parte de los veganos.
- Tienes que saber que los veganos son amigos míos - dijo Enoch, sin dar su brazo a torcer -. Nunca he conocido a ninguno que no simpatizase conmigo o con el que no me entendiese. Deja que me entienda directamente con ellos.
- Si sólo se tratase de los veganos - dijo Ulises -, estoy seguro de que el asunto se resolvería satisfactoriamente. Pero la situación está más complicada de lo que parece. Aparentemente es un suceso bastante sencillo, pero en él intervienen muchos factores. Los veganos, por ejemplo, saben desde hace algún tiempo que el cadáver ha desapa­recido y esto les causó gran consternación, naturalmente, pero por ciertas consideraciones, guardaron silencio.
- No tenían que haberlo hecho. Hubieran podido acudir a mí. No sé qué se hubiera podido hacer, pero...
- No guardaron silencio por ti, sino por otra cosa.
Ulises acabó de tomarse el café y se llenó de nuevo la taza. Después terminó de llenar la taza medio llena de Enoch y dejó la cafetera encima de la mesa.
Enoch esperó a que prosiguiese.
- Es posible que tú lo ignores - dijo Ulises -, y no se­pas que cuando se fundó esta estación, encontró una oposición considerable entre numerosas razas de la Galaxia. Se esgrimieron muchas razones, como suele suceder en tales casos, pero en el fondo la razón primordial, básica, estriba lisa y llanamente en la pugna constante por la preponderancia racial o regional. Una situación semejan­te, supongo, a las continuas pendencias y maniobras que se producen en la Tierra para obtener una supremacía económica de un grupo sobre otro, o de una nación u otra. En la Galaxia, desde luego, las consideraciones económicas son sólo ocasionalmente los factores fundamentales. Existen muchos otros que ellos.
Enoch asintió y dijo:
- Ya lo sospeché. No recientemente. Pero no presté mucha atención a ello.
- Es en gran medida cuestión de dirección - dijo Uli­ses -. Cuando la Central Galáctica comenzó su expansión a su brazo espiral, ello significaba que no había tiempo 1o esfuerzo alguno disponibles para expansiones en otras direcciones. Hay un gran numero de razas que ha acariciado durante siglos el sueño de expanderse a alguno de los gru­pos globulares próximos. Desde luego, ello tiene cierto sen­tido. Con las técnicas que poseemos, resulta del todo posi­ble el mayor salto a través del espacio a uno de los grupos más cercanos. Además, esos grupos parecen hallarse extraordinariamente exentos de polvo y gas, por lo que una vez llegados a ellos, podríamos expandirnos más rápidamente a su través, de lo que podemos hacerlo en muchas partes de la Galaxia. Pero, en el mejor de los casos, es asunto puramente especulativo, pues no sabemos lo que encontraremos allí. Después de haber realizado todo el esfuerzo y gastado todo el tiempo, podemos encontrar poco o nada, excepto posiblemente un afincamiento real. Pero de ellos dispone­mos en gran cantidad en la Galaxia. Sin embargo, los gru­pos tienen una amplia atracción para cierta clase de mentes.
Enoch asintió nuevamente, añadiendo:
- Lo comprendo. Sería la primera aventura fuera de la propia Galaxia. Y podría ser el primer paso en la ruta que nos condujera a las otras galaxias.
Ulises le dirigió una penetrante mirada.
-¡Tú también! – dijo - ¡Debiera haberlo sabido!
Enoch repuso con cierto remilgo:
- Pues si... opino de esa manera.
- Bien, en todo caso, había ese bando de agrupación globular - supongo que puede llamársele así- que se re­sistía enconadamente cuando comenzamos nuestro movi­miento en esa dirección. Ya comprendes, de seguro que sí, que apenas hemos comenzado la expansión a esa vecindad. Tenemos menos de doce estaciones y necesitaremos un cen­tenar. Llevará siglos antes de que la red esté completa.
- Así que ese bando se halla oponiéndose aún - dijo Enoch -. Todavía es tiempo de detener ese proyecto de brazo espiral.
- Así es. Y eso es lo que me preocupa. Pues el bando ese pone por bandera el incidente del cadáver desapareci­do como argumento emocional contra la extensión de esa red. Y se le han unido otros a los que atañen ciertos inte­reses especiales. Los cuales ven una mejor probabilidad de obtener lo que desean si pueden arruinar ese proyecto.
-¿Arruinarlo?
- Sí, dar al traste con él. Tan pronto como el incidente del cadáver se haga del dominio público, comenzarán a chillar que un planeta tan salvaje como la Tierra no es un emplazamiento en absoluto propio para una estación. E insistirán en que esta estación debe ser abandonada.
-¡Pero no pueden hacer eso!
- Lo pueden - dijo Ulises -. Dirán que es degradante y peligroso el mantener una estación tan bárbara que hasta las tumbas son profanadas, en un planeta en el que los venerados muertos no pueden descansar en paz. Es la clase de superior argumento emotivo que obtendrá amplia acep­tación y apoyo en algunos sectores de la Galaxia. Los ve­ganos hicieron lo posible. Intentaron mantenerlo secreto, a causa del proyecto. Jamás hicieron algo así. Son gente orgullosa, y tienen un puntillo de honor - acaso lo sienten más profundamente que muchas otras razas pero sin embargo, y para un bien mayor, estuvieron dispuestos a aceptar la deshonra. Y lo habrían conseguido, de haber quedado todo oculto. Pero la historia salió a flote como fuese... sin duda por un buen espionaje. Y no pueden s~ portar el humillante descrédito por la sabida deshonra. El vegano que va a llegar aquí esta tarde es un representante oficial encargado de transmitir una protesta oficial asi­mismo.
-¿A mí?
- A ti y, a través de ti, a la Tierra.
- Pero la Tierra no está implicada en la cuestión. La Tierra ni siquiera lo sabe.
- Desde luego que no. En cuanto a la Central Galáctica concierne, tú eres la Tierra. Tú representas a la Tierra.
Enoch meneó la cabeza. Era una manera desatinada de pensar. Pero - se dijo a sí mismo - no debía sorprenderse. Era la forma de pensar que debía haber esperado. Sí era demasiado timorato, estimó, demasiado estrecho de pen­samiento. Había sido acostumbrado a pensar a la manera terrestre, y después de todos aquellos años, persistía tal forma Y persistía a tal punto, que cualquier otra manera de pensar que chocara con ella, debía parecer automática­mente errónea.
Lo de abandonar la estación de la Tierra era erróneo también. No tenía ningún sentido. Pues el abandono de la estación no haría zozobrar el proyecto. Aunque, más que probablemente, arruinaría toda esperanza que tuviera él en la raza humana.
- Pero aunque tengáis que abandonar la Tierra – dijo - podéis ir a Marte. Podéis construir una estación allí. Si es necesario tener una estación en este sistema solar, hay otros planetas...
- No comprendes - replicó Ulises -. Esta estación es justamente un punto de ataque. No es más que un estribo, sólo un comienzo pura y simplemente. El objetivo es des­truir el proyecto, disponer para algún otro el tiempo y el esfuerzo que aquí se emplean. Si ellos pueden obligarnos a abandonar una estación, entonces quedamos desacredi­tados. En ese caso, todos nuestros motivos, criterios y juicios son sometidos a revisión.
- Pero aun cuando el proyecto fuese desbaratado - ma­nifestó Enoch - no hay seguridad alguna de que ningún bando se llevase la palma. Unicamente pondría sobre el tapete en debate abierto, la cuestión de dónde habían de ser empleados el tiempo y la energía. Dijiste que hay varias facciones especialmente interesadas, en coyunda para llevar la lucha contra nosotros. Suponiendo que ga­nasen, entonces se volverían para combatir contra ellas mismas.
- Desde luego, ése es el caso - admitió Ulises -, pero entonces, cada uno de los bandos tiene una oportunidad de obtener lo que desea, o cuando menos cree que tiene la probabilidad de lograrlo. La cosa es si no tienen nin­guna. Antes que la tengan, este proyecto debe pasar por el colador. Hay una agrupación en el lado extremo de la Ga­laxia, que desea moverse a los sectores escasamente poblados de una zona particular del borde. Creen aún en una antigua leyenda que dice que su raza procede de inmigran­tes de otra Galaxia, quienes aterrizaron en el borde y se abrieron paso al interior en el transcurso de muchos años galácticos. Piensan que si pueden salir al borde, transfor­marán esa leyenda en historia, para su mayor gloria. Otro grupo quiere entrar en un pequeño brazo espiral, de­bido a un oscuro informe sobre que, hace muchos eones, sus antepasados captaron ciertos mensajes virtualmente indescifrables, que creyeron provienen de esa dirección. A través de los años, la fábula ha aumentado al extremo de que hoy están convencidos de hallar una raza de gigantes intelectuales en el brazo espiral. Y siempre existe, natural­mente, el apremio de investigar más a fondo en el meollo galáctico. Debes tener en cuenta que nosotros sólo hemos empezado, que la Galaxia se encuentra aún ampliamente inexplorada, y que todavía sólo son pioneras las miles de razas que forman la Central Galáctica. Y ésta, como resul­tado de ello, se halla sujeta continuamente a toda clase de presiones.
- Parece - dijo Enoch- como si tuvieses pocas esperan­zas de mantener esta estación, aquí en la Tierra.
- Casi más bien ninguna esperanza en absoluto - res­pondió Ulises -. Pero en cuanto a ti respecta, habrá una opción. Puedes permanecer aquí y vivir la vida corriente de la Tierra, o bien ser destinado a otra estación. La Central Galáctica espera que elijas el continuar con nosotros.
- Eso suena muy terminante.
- Temo que sí - dijo Ulises -. Lamento, Enoch, ser portador de malas nuevas.
Enoch se sentó entumecido y agobiado. ¡Malas nuevas! Era algo peor que eso. Era el fin de todo.
Sintió el desmoronamiento no sólo de su propio mundo personal, sino de todas las esperanzas de la Tierra. Con la ausencia de la estación, la Tierra volvería a quedar una vez más en los remansos de la Galaxia, sin esperanza alguna de ayuda, ninguna probabilidad de reconocimiento, ni de com­prensión de lo que estaba esperando en la Galaxia. Perma­neciendo sola y desnuda, la raza humana seguiría su antigua vieja senda, tanteando su incierto camino hacia un futuro ciego y descarriado.

XX

El hazer era anciano. El áureo halo que lo envolvía había perdido el destello de su juventud. Era un fulgor suave, profundo y rico... no el cegador de un ser joven. Lo portaba con firme dignidad, y el resplandeciente copete de su cabeza, que no era ni cabello ni plumas, era blanco, de una especie de albura de santidad. Su rostro era de expresión afable y tierna, afabilidad y ternura que en un hombre podría haberse expresado en suaves arrugas.
- Siento - dijo a Enoch - que nuestra entrevista haya de ser así. Sin embargo, bajo cualesquiera circunstancias, estoy contento de verte. He oído de ti. No es frecuente que un ser de un planeta exterior sea el custodio de una esta­ción. Debido a ello, joven, me he sentido intrigado por tu persona. Me he preguntado qué especie de criatura serías.
- No has de sentir aprensión por él - dijo Ulises, un tanto desabridamente -. Yo salgo garante por su persona. Hemos sido amigos durante años.
- Sí, lo olvidaba - dijo el hazer -. Tú eres su descu­bridor.
Escudriñó en torno a la habitación, y añadió:
- Otro. No sabía que había dos. Creí que era sólo uno.
- Es un amigo de Enoch - dijo Ulises.
- Así pues, ha habido contacto. Contacto con el planeta.
- No, no ha habido ningún contacto.
- Acaso una indiscreción.
- Acaso - manifestó Ulises -. Pero bajo provocación que dudo que ni tú ni yo habríamos soportado.
Lucy se había puesto en pie y atravesaba la habitación con movimiento reposado y lento, como si flotara.
El hazer le habló en lenguaje corriente.
- Me alegra conoceros. Encantado.
- Ella no puede hablar - dijo Ulises -. Ni oír. No tiene comunicación alguna.
- Compensación - dijo el hazer.
-¿Lo crees así?
- Estoy seguro de ello.
Se adelantó despacio y Lucy esperó.
- Esto... bueno, ella, la forma femenina corno dijiste, no tiene miedo.
Ulises río entre dientes y dijo:
- Ni siquiera a mí.
El hazer tendió su mano hacia Lucy, quien permaneció quieta durante un instante, alzando luego a su vez una de las suyas y asiendo como con tentáculos la tendida.
A Enoch le pareció, por un instante, que la capa de áureo halo se desplegaba para envolver en su fulgor a la muchacha. Enoch parpadeó y la ilusión, si tal había sido, se desvaneció, quedando sólo el hazer con su áurea capa.
¿Y cómo era - se preguntaba Enoch - que no sintiera la muchacha el menor miedo de Ulises o del hazer? ¿Se debía, en verdad, como él había dicho, a que ella podía ver allende la apariencia exterior, sentir en cierto modo la humanidad básica, intrínseca (¡Dios me valga, no puedo pensar ni aun ahora sino en términos humanos!) que había en aquellas criaturas? Y si ello era así, ¿era debido a que ella misma no era enteramente humana? Humana, ciertamente, en forma y origen, pero no constituida y mol­deada en la cultura humana, siendo acaso lo que sería un ser humano forjado casi concertadamente, ceñido de tal modo a las reglas de la conducta y la perspectiva que a tra­vés de los años habían establecido la ley para comprender una corriente actitud humana.
Lucy soltó la mano del hazer y volvió al sofá.
El hazer dijo:
- Enoch Wallace.
-¿Sí?
-¿Es ella de tu raza?
- Desde luego, sí lo es.
- Pues no se te parece... Casi como si se tratase de dos razas.
- Pues no hay dos razas, sino únicamente una.
-¿Y hay muchas otras como ella?
- No sabría decirlo - respondió Enoch.
- Café - dijo Ulises al hazer -. ¿Tomarías un poco de café?
-¿Café?
- Un brebaje de lo más delicioso. Una de las grandes realizaciones de Tierra.
- No lo conozco - dijo el hazer -. No creo que lo quiera.
Se volvió gravemente a Enoch.
-¿Sabes por qué estoy aquí - preguntó.
- Creo que sí.
- Es asunto que lo siento - dijo el hazer -, pero debo...
- Si lo prefieres - intervino Enoch - podemos considerar que ha sido hecha la protesta. Yo lo estipularía así. No -¿Por qué no? - apoyó Ulises -. A mí me parece que no hay necesidad de que nosotros tres tengamos una escena un tanto penosa.
El hazer vaciló.
- Si sientes que debes... - dijo Enoch.
- No - manifestó el hazer -. Me satisface con que una protesta no formulada sea generosamente aceptada.
- Aceptada con una condición única - repuso Enoch. Que yo también quede satisfecho de que la acusación no es infundada. Saldré a verlo.
-¿Es que no me crees?
- No es cuestión de creencia. Es algo que debe ser comprobado. No puedo aceptar nada para mí o para mi planeta hasta que haya hecho eso.
- Enoch - dijo Ulises -, el vegano ha sido benévolo. No sólo ahora, sino antes de que eso ocurriera. Su raza se muestra muy renuente a expresar la acusación. Sufrieron mucho para proteger a la Tierra y a ti.
- Y el sentimiento es que yo sería grosero y descortés si no aceptase la protesta y la acusación de la nota vegana.
- Lo siento, Enoch - dijo Ulises -. Eso es lo que quiero decir.
Enoch meneó la cabeza, diciendo luego:
- Durante años he intentado comprender y conformarme a las ideas y ética de todo quien ha pasado por esta esta­ción. He dejado a un lado mis propios instintos y adiestramiento humanos. He tratado de comprender otros puntos de vista y evaluar otros modos de pensar, muchos de los cuales me violentaban. Estoy contento por ello, pues me ha dado la oportunidad de ir más allá de la estrechez de la Tierra. Creo que he obtenido, que he ganado algo de todo ello. Pero nada de eso concernía a la Tierra; únicamen­te era yo el implicado. Y este asunto importa a la Tierra, y debo abordarlo desde un punto de vista de hombre terres­tre. En esa ocasión particular, yo no soy simplemente el custodio de una estación galáctica.
Nadie dijo una palabra. Enoch permaneció a la espera, mas siguió sin decirse nada, hasta que, finalmente, se vol­vió y se dirigió a la puerta.
- Volveré - dijo.
Y, en diciendo, abrió la puerta para deslizarse al exterior.
- Si no te importa - dijo el hazer sosegadamente -, me gustaría ir contigo.
- Magnífico - dijo Enoch -. Ven.
Estaba oscuro afuera, y Enoch encendió la linterna. El hazer le examinaba atentamente.
- Combustible fósil - le dijo Enoch -. Arde al extremo de una mecha empapada.
El hazer dijo, consternado:
- ¡Pero seguramente tendréis algo mejor...!
- Mucho mejor ahora - respondió Enoch -. Pero yo estoy chapado a la antigua.
Abrió camino al exterior, arrojando la linterna un pe­queño haz luminoso, y siguiéndole el hazer.
- Es un planeta salvaje - dijo el hazer
- Salvaje aquí. Hay partes de él domadas.
- Mi planeta está controlado - dijo el hazer -. Cada pie de él se halla trazado.
- Lo sé. He hablado con muchos veganos. Ellos me des­cribieron el planeta.
Se encaminaron al granero.
-¿Quieres volver? - preguntó Enoch.
- No - respondió el hazer -. Lo encuentro estimulante. ¿Son plantas silvestres esas de ahí?
- Las llamamos árboles - dijo Enoch.
- ¿sopla el viento a su antojo?
- Así es - dijo Enoch -. Hasta ahora no sabemos cómo controlar el tiempo.
La azada se hallaba justamente en el interior del granero junto a la puerta, y Enoch la tomó, dirigiéndose seguidamente hacia el huerto.
- Ya sabes, desde luego, que el cadáver ha desaparecido - dijo el hazer.
- Estoy dispuesto a ver que ha desaparecido.
- Entonces, ¿por qué...? - preguntó el hazer.
- Porque debo cerciorarme. Supongo que podrás com­prenderlo, ¿no es así?
- Dijiste allá en la estación - dijo el hazer- que inten­tabas comprender al resto de nosotros. Quizá, en cambio, por lo menos uno de nosotros debería tratar de compren­derte a ti.
Enoch llevó la delantera por el sendero a través del huerto, y ambos llegaron a la rústica valía que cercaba el cementerio. La combada puerta estaba abierta, y Enoch la atravesó, siguiéndole el hazer.
-¿Es aquí donde lo enterraste?
- Es terreno de mi familia. Mi madre y mi padre descansan en él, y lo puse con ellos.
Tendió la linterna al vegano y, provisto de la azada, fue a la tumba, y hundió su instrumento en tierra.
-¿Quieres acercar un poco más la linterna, por favor?
El hazer dio un paso o dos.
Enoch metióse en el suelo hasta las rodillas y apartó las hojas que habían caído. Bajo ellas estaba la blanda y fresca tierra que había sido removida recientemente. Había una depresión y un pequeño agujero en el fondo de la misma. Mientras operaba, podía oír los terrones de barro desplazado cayendo a través del agujero y chocando con algo que no era el terreno.
El hazer había movido de nuevo la linterna y no pudo ver. Pero no necesitaba ver. Sabia que no servía de nada el excavar; sabía lo que hallaría. Debiera haber mantenido vigilancia. No debía haber puesto la piedra para llamar la atención... pero la Central Galáctica había dicho: "Como si fuese de tu propiedad.” Y por ello lo había hecho así.
Se enderezó, pero permaneció sobre sus rodillas, sin­tiendo como la humedad de la tierra empapaba la tela de sus pantalones.
- Nadie me lo dijo - manifestó el hazer, hablando que­damente.
-¿Decirte qué?
- Sobre la lápida conmemorativa. Y lo que está escrito en ella. No sabia que supieras nuestro idioma.
- Lo aprendí hace mucho. Habla pergaminos que desea­ba leer. Pero me temo que lo escrito por mí no sea demasiado bueno.
- Dos palabras mal deletreadas - dijo el hazer -, y cierta desmaña. Pero ésas son cosas que no importan. Lo que importa, y mucho, es que cuando escribiste, pensaste como uno de nosotros.
Enoch se puso en pie y tendió la mano a la linterna.
- Volvamos - dijo con alguna acritud, casi con impa­ciencia -. Ya sé quién hizo esto. Tengo que dar con él.

XXI

Las altas copas de los árboles gemían al viento que se alzaba. Delante el boscaje de abedules asomaba pálido al difuso resplandor de la linterna. Enoch sabía que aquel grupo de abedules crecía en el borde de una pequeña escarpa que se sumía a siete o más metros, y allí giró a la derecha para contornearía y continuar ladera abajo del cerro.
Le miró por encima del hombro. Lucy le seguía muy cerca. Sonrió ella, manifestándole con un gesto que todo iba bien. Sí hizo un ademán para indicar que ahora debían torcer a la derecha, y que ella debía seguirle muy unida. Aunque - se dijo a sí mismo - probablemente no era necesario indicarle nada, pues ella conocía seguramente la ladera tan bien, o tal vez mejor que él mismo.
Giró pues a la derecha y siguió a lo largo de la rocosa escarpa, llegó a la hendedura y gateó abajo, para alcanzar el declive inferior. Procedente de la izquierda, ola el mur­mullo del rápido riachuelo que se precipitaba por el rocoso barranco desde el manantial.
La ladera se sumía más escarpada aún, y trazó un camino que esquinaba el áspero declive.
Era curioso, pensó, que hasta en la oscuridad pudiese él reconocer ciertos rasgos naturales... el encorvado y re­torcido roble blanco, colgando en insensato ángulo sobre el declive del cerro; el bosquecillo de robles rojos que sobresalía de una cúpula de roca desplomada, situados de tal modo que ningún leñador habla intentado talarlos; la pequeña ciénaga repleta de espadañas, que se encajaba cómodamente en una terracita tallada en la ladera.
Lejos, abajo, percibió el resplandor de la luz de una ventana, y descendió hacia ella. Volvió a mirar por encima del hombro y vio que Lucy iba siguiéndole muy cerca.
Ambos llegaron a una tosca valía de estacas y gatearon para atravesarla; el terreno era ahora más llano.
En alguna parte abajo, ladró un perro en la oscuridad y otro se le unió en sus ladridos. Más aún se les unieron, y la jauría subió corriendo el declive. Llegaron precipita­dos, giraron en torno a Enoch y la linterna y se abalanzaron a Lucy... transformándose súbitamente, a su vista, en una comisión de bienvenida más bien que en una compa­ñía de guardianes. Brincaron en mescolanza, y las manos de ella palmotearon y acariciaron sus cabezas. Y, como a una señal, los canes retozaron alegremente en círculo, para volverse de nuevo.
A poca distancia más allá de la cerca de estacas, había un huerto, y Enoch lo atravesó, siguiendo cuidadosamen­te un senderillo entre los sembrados. Se encontraron luego en el patio, y ante ellos la casa destartalada, con sus perfiles engullidos por la oscuridad, y las ventanas de la cocina iluminadas por la tenue y cálida luz de una lámpara.
Enoch atravesó el patio hasta la puerta de la cocina y llamó con los nudillos, oyendo seguidamente ruido de pasos en el interior.
Abrióse la puerta y apareció enmarcada por la luz Ma Fisher, mujer corpulenta, de elevada estatura y huesuda, embutida en algo que era más un saco que un vestido.
Se quedó mirando fijamente a Enoch, medio asustada y medio belicosa, mas al ver tras él a la muchacha, exclamó:
-¡Lucy!
La muchacha se abalanzó a ella, y su madre la tomó en sus brazos.
Enoch dejó su linterna en el suelo, puso su carabina bajo el brazo, y atravesó el umbral.
La familia había estado cenando, sentada en torno a una gran mesa dispuesta en el centro de la cocina. En el centro de la mesa había una ornada lámpara de petróleo. Hank se había puesto en pie, pero sus tres hijos y el forastero permanecían aún sentados.
- Así que la volviste a traer - dijo Hank.
- La encontré - dijo Enoch.
- La estuvimos buscando hasta hace un rato - manifes­tó Hank -. Ibamos a volver a salir a hacerlo otra vez.
-¿Recuerdas lo que me dijiste esta tarde? - preguntó Enoch.
- Te dije varias cosas.
- Me dijiste que yo tenía el diablo en mí. Vuelve a levantar la mano contra esa muchacha, y te prometo que te enseñaré hasta dónde tengo de diablo.
 -Esas baladronadas no sirven conmigo - braveó Hank. Pero se veía que estaba atemorizado. Lo mostraba en la blandura del rostro y la rigidez del cuerpo.
- Pues si quieres verlo, no tienes más que echarme de aquí.
Les dos hombres permanecieron encarados durante unos instantes, y luego Hank se sentó.
-¿Quieres tomar algo con nosotros? - dijo. Enoch denegó con la cabeza, y volviéndose al forastero, preguntó:
-¿Eres tú cl hombre del ginseng? El aludido asintió, y respondió:
- Así es como me llaman.
- Quiero hablar contigo. Afuera. Claude Lewis se puso en pie.
- No tienes a qué ir - intervino Hank -. Sí no puede obligarte. Lo mismo puede hablarte aquí.
- No me importa - dijo Lewis -. En realidad, deseo hablar con él. Tú eres Enoch Wallace, ¿no es así?
- Eso es quien es - confirmó Hank - Debiera haber muerto de viejo hace cincuenta años. Pero míralo. Tiene el diablo con él. Te lo aseguro, él y el diablo tienen un pacto.
-¡Cállate, Hank! - dijo Lewis, quien dando la vuelta a la mesa, fue a la puerta.
- Buenas noches - dijo Enoch a los demás.
- Mr. Wallace - dijo Ma Fisher -, gracias por haber traído de nuevo a mi hija. Hank no la pegará otra vez. Puedo prometérselo. Yo estaré al tanto.
Enoch salió y cerró la puerta. Tomó la linterna del suelo. Lewis se hallaba ya en el corral, y fue a él, diciéndole:
- Alejémonos un poco.
Se detuvieron en la esquina del jardín y se encararon.
- Tú has estado vigilándome - Dijo Enoch. Lewis asintió.
-¿De manera oficial? ¿O sólo por curiosidad?
- Lamento que de manera oficial. Mi nombre es Claude Lewis. No hay razón para que no te dijese... que soy C.I.A.
- No soy ningún traidor ni espía - repuso Enoch.
- No, en efecto. Sólo te estábamos vigilando.
-¿Sabes lo del cementerio?
Lewis asintió.
- Tú sacaste algo de una tumba.
- Sí - dijo Lewis -. De la extraña lápida.
-¿Y dónde está lo que sacaste?
- Quieres decir el cadáver. En Washington.
- No debieras haberlo sacado - dijo ceñudamente Enoch -. Has causado gran trastorno con ello. Debes devolverlo. Y tan pronto como puedas.
- Eso llevará algún tiempo - respondió Lewis -. Ten­drán que expedirlo en vuelo. Veinticuatro horas acaso.
-¿Es lo más rápido?
- Podría hacerlo algo mejor.
- Pues haz lo más que puedas. Es importante que el cadáver vuelva.
- Lo haré, Wallace. Yo no sabía...
- Y, Lewis...
-¿Qué?
- No pretendas dártelas de listo. No te andes por las ramas. Haz sólo lo que te digo. Estoy tratando de ser razo­nable, porque es lo único que cabe. Pero si intentas alguna argucia...
Tendió una mano y asió la parte delantera de la camisa de Lewis, retorciéndosela.
-¿Me comprendes, Lewis? - añadió.
Lewis quedóse inmóvil, sin intentar desasirse.
- Sí – dijo -. Comprendo.
-¿Por qué diablos hiciste eso?
- Tenía un trabajo...
- Sí, un trabajo. El de vigilarme. No el de pillar tumbas.
Le soltó la camisa.
- Dime - dijo Lewis -, Eso de la tumba. , ¿qué era?
- Nada que maldito te importe - le respondió Enoch desabridamente -. Lo que sí te importa es devolver el cadáver. ¿Estás seguro de que puedes hacerlo? ¿No hay nada que se te interponga?
Lewis denegó con la cabeza, y añadió:
- Nada en absoluto. Telefonearé en cuanto tenga a mano un teléfono. Les diré que es cosa imperiosa.
- Y lo es - afirmó Enoch -. El volver ese cadáver a su sitio es la cosa más importante que jamás habrás hecho. No lo olvides ni por un momento. Afecta a todos en Tierra. A ti, a mí, y a cualquiera de los demás. Y si fracasas, me responderás de ello.
-¿Con esa arma?
- Acaso - respondió Enoch -. No se te ocurra bromear. No te imagines que vacilaré en matarte. En esta situación, mataría a cualquiera... a cualquiera en absoluto.
- Wallace, ¿hay algo en ello que puedas decirme?
- Nada de nada - respondió Enoch, volviendo a tomar la linterna.
-¿Vuelves a casa?
Enoch asintió.
- No parece importarte que te vigilemos.
- No. En todo caso, no vuestra vigilancia. Sólo vuestra interferencia. Vuelve a traer ese cadáver y sigue vigilando si lo deseas. Pero que nadie me importune ni me provoque. Las manos fuera. Que no se toque nada.
- Pero, ¡santo Dios!,  Hay algo en marcha... tú puedes decirme algo.
Enoch vaciló.
- Alguna idea de lo que pasa - insistió Lewis - No los detalles, sino sólo...
- Vuelve a traer el cadáver - respondió lentamente Enoch -, y acaso entonces hablemos de nuevo.
- Se le volverá - afirmó Lewis.
- Y de lo contrario, puedes ya considerarte muerto desde de ahora - dijo tajante Enoch, quien, volviéndose, atravesó el huerto y comenzó a subir el cerro.
Lewis permaneció largo rato en el patio, contemplando cómo el resplandor de la linterna se iba perdiendo de vista.

        
XXII

Ulises se hallaba solo en la estación cuando volvió Enoch. Habla despachado al thubano y enviado de nuevo a Vega al hazer.
Hervía un cazo de café, y Ulises estaba tendido en el sofá, sin hacer nada.
Enoch colgó su fusil y apagó la linterna. Quitóse la ca­zadora y la arrojó sobre el escritorio, tras lo cual se sentó en una butaca que estaba al lado del sofá.
- El cadáver volverá mañana para esta hora - dijo.
- Sinceramente espero que ello hará algún bien - dijo Ulises -. Pero me siento inclinado a dudarlo.
- Acaso no debiera haberme molestado - dijo Enoch acremente.
- Será muestra de buena fe - opinó Ulises -. Podría tener cierto efecto mitigador en la consideración final.
- El hazer podría haberme dicho dónde estaba el cadá­ver - dijo Enoch -. Si sabía él que fue sacado de la tumba, debió también saber dónde podía ser encontrado.
- Sospecho que sí - manifestó Ulises -, pero, ya ves, no pudo decírtelo. Todo cuanto podía hacer era presentar su protesta. Lo demás, te tocaba a ti. SI no podía descartar su dignidad sugiriendo lo que debías hacer tú. Para el protocolo, debe seguir siendo la parte agraviada.
-A veces, este asunto basta para volverle a uno loco - dijo Enoch -. A pesar de las instrucciones de la Central Galáctica, hay siempre algunas sorpresas, reiteradamente trampas abiertas para tragarle a uno.
- Puede llegar un día en que no será así - dijo Ulises -. Puedo ver el futuro, con la unión de la Galaxia en una gran cultura, una inmensa área de comprensión. Desde luego, existirán aún las variedades locales y raciales, y es como debe ser, pero el dominarlas a todas será una tolerancia que constituirá lo que estaría uno tentado de llamar una hermandad.
- Hablas casi como un humano - dijo Enoch -. Ésa es la especie de esperanza que han sustentado muchos de nuestros pensadores.
- Tal vez - convino Ulises -. Ya sabes que mucho de la Tierra parece haberse frotado en mí. No se puede pasar tanto tiempo como yo lo hice en vuestro planeta, sin por lo menos pegársele algo de él. Y dicho sea de paso, cau­saste una buena impresión en el vegano.
- No me di cuenta de ello - dijo Enoch -. Él fue ama­ble y correcto, desde luego, pero apenas más.
- Esa inscripción en la lápida... Estaba impresionado por ella.
- No la puse para impresionar a nadie. La grabé porque era así como sentía yo. Y porque quiero a los hazers. Fue sólo un intento de ser justo con ellos.
- A no ser por la presión de las facciones galácticas, - dijo Ulises - estoy convencido de que los veganos estarían - dispuestos a olvidar el incidente, y ésta es una mayor concesión de la que puedes suponen Puede llegar hasta que se alineen con vosotros cuando haya que poner las cartas boca arriba.
-¿Quieres decir que podrían salvar la estación?
Ulises meneó la cabeza.
- Dudo que nadie pueda hacerlo. Pero la cues­tión seria más fácil para todos nosotros en la Central Galáctica, si pusieran su peso de nuestra parte.
El cazo de café borboteó, y Enoch fue a retirarlo. Ulises apartó a un lado algunos de los cachivaches que había sobre la mesa, para dejar espacio a dos tazas. Enoch las llenó y puso la cafetera sobre el suelo.
Ulises tomó su taza, la tuvo un momento en sus manos, y la volvió a depositar sobre la mesa.
- Estamos en baja forma – dijo -. No como en tiempos pasados. Ello ha preocupado a la Central Galáctica. Todo ese disputar y altercar entre las razas, todo ese entrome­timiento y agresión...  - miró a Enoch -. Tú pensabas que todo era cómodo y agradable.
- No - respondió Enoch -, eso no. Sabía que existían puntos de vista dispares, opiniones antagónicas, y también que había cierto trastorno. Pero temo haber pensado en ello como estando en un plano enormemente elevado... ca­balleresco y de buenos modales.
- Así fue en un tiempo. Siempre ha habido opiniones divergentes, pero se hallaban basadas en principios y criticas, y no en intereses especiales. Tú ya sabes de la fuerza espiritual, desde luego... de la fuerza espiritual universal.
Enoch asintió.
- He leído algo de la literatura. No la he entendido cabalmente, pero estoy dispuesto a aceptarla. Sé que hay un medio de entrar en contacto con la fuerza.
- El Talismán - dijo Ulises.
- Eso es. El Talismán. Una máquina de clasificación.
- Supongo que puede llamársele así - convino Ulises -. Aunque la palabra "máquina” es un tanto torpe. En su ela­boración entró algo más que la mecánica. Es precisamente el único. Sólo uno fue hecho jamás, por un místico que vi­vió hace 10.000 años de los vuestros. Desearía poder decirte lo que es o cómo está construida, pero temo que no hay nadie que pueda decírtelo. Ha habido otros que han inten­tado duplicar el Talismán, pero ninguno lo ha logrado. El místico que lo hizo no dejó fotocalcos, ni plano alguno, ni ninguna especificación, ni siquiera una simple nota. No hay nadie que sepa nada al respecto.
- Supongo que ésa no es una razón para que no pudiera ser hecho otro. Quiero decir que no existen tabús sagrados. El construir otro no sería sacrílego.
- En absoluto - dijo Ulises -. De hecho, necesitamos otro con urgencia. Pues ahora no tenemos Talismán. Ha desaparecido.
Enoch dio un bote en su silla.
-¿Desaparecido? - preguntó.
- Perdido - dijo Ulises -. Extraviado. Robado. Nadie lo sabe.
- Pero yo no había...
Ulises sonrió pálidamente.
- No lo habías oído. Lo sé. No es algo de que hablamos. No nos atrevemos. El pueblo no debe saberlo. Cuando menos, no por un tiempo.
»No es demasiado difícil hacerlo. Ya sabes cómo ope­raba, cómo el custodio lo llevaba de planeta en planeta y se celebraban reuniones de grandes masas, donde era exhi­bido el Talismán y establecido mediante él contacto con la fuerza espiritual. Nunca ha habido un plan de apariencias; el custodio se trasladaba simplemente. Podía producirse un interregno de cien anos de los vuestros o más, en las visitas del custodio a un planeta particular. El pueblo no se mantenía en expectación de una visita. Sabía sencillamente que alguna vez se produciría una, y que en ese día cualquiera aparecería el custodio con el Talismán.
- De esa manera podéis cubrir años.
- Sí - dijo Ulises -. Sin ningún trastorno.
- Los dirigentes lo sabrán, desde luego. El pueblo admi­nistrativo.
Ulises meneó la cabeza.
- Lo hemos dicho a muy pocos. A los pocos en quienes podemos confiar. La Central Galáctica lo sabe, desde luego, pero somos un grupo que mantiene bien cerrada la boca.
- Entonces, ¿por qué?...
-¿Por qué te lo dije a ti? Lo sé; no debí. No sé por qué lo he hecho. Aunque sí, supongo que sí. ¿Qué debe sentirse, amigo mío, al ser un compasivo confesor?
- Estás preocupado - dijo Enoch -. Jamás pensé que te vería preocupado.
- Es un asunto extraño - dijo Ulises -. El Talismán ha estado faltando hace cosa de varios años. Y nadie sabe nada de ello, excepto la Central Galáctica, y, ¿cómo se diría?... la jerarquía supongo, la organización de místicos que cuidan de la estructura espiritual. Y sin embargo, sin que nadie lo sepa, la Galaxia comienza a mostrar desgaste. Se resquebraja. En un futuro puede caer en pedazos. Como si el Talismán representase una fuerza que de manera ignota mantuviese juntas a las razas de la Galaxia, ejer­ciendo su influencia aunque permaneciese invisible.
- Pero aun cuando se haya perdido, debe encontrarse en alguna parte - manifestó Enoch -. Y se hallaría todavía ejerciendo su influencia. No puede haber sido destruido.
- Olvidas - le recordó Ulises - que sin su propio custo­dio, sin su sensitivo, es inoperante. Pues no es el propio ins­trumento el que opera el truco. El artefacto actúa simple­mente como intermediario entre el sensitivo y la fuerza espiritual. Es una extensión del sensitivo. Agranda su ca­pacidad y actúa como un eslabón de alguna especie. Facul­ta al sensitivo el cumplimiento de su función.
-¿Opinas que la pérdida del Talismán tiene algo que ver con la situación aquí?
- La estación Tierra. Bueno, no directamente, pero es característico. Lo que sucede con respecto a la estación es sintomático. Implica la especia de mezquinas querellas y sórdidas pendencias que han surgido en muchas secciones de la Galaxia. En otros tiempos ello se habría manifesta­do... como dijiste, caballerescamente y en un plano de principios y éticas.
Quedaron en silencio durante un momento, escuchando el suave sonido del viento al soplar a través del aguilón del tejado.
- No te preocupes por ello - dijo Ulises -. No es a ti a quien toca hacerlo. No debí habértelo dicho. Fue una indiscreción el que lo hiciera.
- Quieres decir que no debiera formar juicio. Puedes estar seguro que no lo haré.
- Ya sé que no - dijo Ulises -. Nunca pensé que lo harías.
-¿Crees realmente que se están estropeando las rela­ciones en la Galaxia?
- Antes - dijo Ulises -, las razas estaban unidas. Habla diferencias, naturalmente, pero esas diferencias se salva­ban, a veces más bien artificialmente y no demasiado sa­tisfactoriamente, aunque esforzándose ambas partes en mantener el puente artificial tendido, y lográndolo general­mente. Porque tal era su deseo. Pues había un propósito común, el designio de forjar una gran confraternidad de todas las inteligencias. Nos percatamos que entre nosotros, entre todas las razas, teníamos un enorme fondo de conocimiento y de técnicas... que actuando juntos, reuniendo todo ese conocimiento y capacidad, podíamos llegar a algo que sería mucho más grande y más importante de lo que cualquier raza sola podría realizar. Teníamos nuestros trastornos, ciertamente, y como ya he dicho, nuestras discrepancias, pero estábamos progresando. Barríamos bajo la alfombra las pequeñas animosidades y las mezquinas diferencias, y actuábamos sólo sobre las mayores. Sentía­mos que si zanjábamos éstas, las pequeñas se harían tan minúsculas que desaparecerían Pero ahora la cosa se ha tornado diferente. Hay una tendencia a sacar las menu­dencias de bajo la alfombra y aumentarlas de tamaño, apartando a un lado las decisiones mayores y más impor­tantes.
- Eso suena a la Tierra - dijo Enoch.
- En muchos aspectos - dijo Ulises -. En principio, aunque las circunstancias divergen inmensamente.
-¿Has estado leyendo los periódicos que he guardado para ti?
Ulises asintió, y dijo:
- No trascienden a ventura...
- Trascienden a guerra - dijo Enoch bruscamente.
Ulises se agitó inquieto.
- No habéis tenido guerras - dijo Enoch.
-¿La galaxia, quieres decir? No, desde que nos insta­lamos en ella, no las tuvimos.
-¿Demasiado civilizados?
- No seas mordaz - respondió Ulises -. Hubo un momento o dos en que estuvimos a punto de tenerlas, pero no en años recientes. Hay muchas razas ahora en la confraternidad, que en sus años formativos tuvieron una his­toria de guerra.
- Entonces, hay una esperanza para nosotros. Es algo que podéis extender.
- Con el tiempo, acaso.
-¿Pero no con seguridad? No lo afirmaría.
- He estado trabajando en una carta - dijo Enoch -. Basada en el sistema Mizar de estadísticas. Y la carta dice que va a haber guerra.
- No necesitas una carta para saberlo - dijo Ulises.
- Pero había algo más. No era sólo el conocer si iba a haber guerra. Esperaba que la carta podía mostrar cómo mantener la paz. Debe existir un medio. Una fórmula, quizá. Si únicamente pudiésemos pensar en él, o saber dónde buscarlo, o a quién demandarlo, o..
- Hay un medio para impedir una guerra - dijo Ulises.
- Quieres decir que conoces...
Es una medida drástica. Sólo puede ser empleada como postrer recurso.
-¿Y no hemos llegado a ese postrer...?
- Creo que acaso vosotros sí. La clase de guerra qué llevaría a cabo la Tierra podría marcar un final a miles de años de adelanto, podría borrar toda cultura, todo excepto - los débiles restos de civilizaciones. Podría, muy posiblemente, eliminar la mayor parte de la vida sobre el pla­neta.
- ¿Y ha sido empleado ese método vuestro?
- Unas pocas veces.
-¿Y fue operante?
- Oh, desde luego. No lo habríamos siquiera tomado en consideración de no haberlo sido.
-¿Y podría ser empleado en la Tierra?
- Podrías solicitar su aplicación.
-¿Yo?
- Como representante de la Tierra. Podrías aparecer ante la Central Galáctica y demandarnos que lo usáramos. Como miembro de tu raza, podrías prestar testimonio y se te concedería audiencia. Si tu alegato pareciera meritorio, la Central podría nombrar una comisión investigado­ra, y luego, se tomaría una decisión a tenor del resultado de su informe.
- Tú dijiste yo. ¿No podría cualquiera en la Tierra?
- Cualquiera que pudiese obtener una audiencia. Para obtenerla, se debe conocer la Central Galáctica, y tú eres el único hombre de la Tierra que está en ese caso. Además, formas parte del personal de la Central Galáctica. Has ser­vido como guardián durante largo tiempo. Tu historial es bueno. Estaríamos dispuestos a escucharte.
-¡Pero un hombre solo! Un hombre no puede hablar por toda una raza entera...
- Tú eres el único de tu raza calificado para hacerlo.
-¡Si pudiese consultar a otros de mi raza...!
- No lo puedes. Y aunque lo pudieras, ¿quién te creería?
- Verdad es - dijo Enoch.
Desde luego que lo era. Para él, hacía tiempo que no ha­bía nada raro en la idea de una confraternidad galáctica, de una red de transporte que se expandiría entre las estrellas... una sensación de asombro a veces, pero la extrañeza hacía tiempo que se había desvanecido. Sin embargo, re­cordaba, había tardado años en hacerlo. Año aun con la evidencia física ante sus ojos, antes de que hubiese podido decidirse a aceptarlo por entero. Pero si lo participase a otro terrestre, de seguro que le sonaría a locura.
-¿Y ese método? - preguntó, casi con miedo de pregun­tarlo, pugnando por afrontar el choque de lo que pudiera ser.
- Estupidez - dijo Ulises.
-¿Estupidez?... No lo comprendo. En muchos aspectos ya somos también ahora bastante estúpidos.
- Tú estás pensando en la estupidez intelectual, y hay mucho de ella, no sólo en Tierra, sino a través de la Galaxia. De lo que yo hablo es de una incapacidad mental. Una ineptitud para comprender la ciencia y la técnica que hace posible la especie de guerra que Tierra haría. Una inhabilidad para operar las máquinas que son necesarias para librar esa clase de guerra. Volver al pueblo a una situación men­tal en la que no serian capaces de comprender los adelan­tos mecánicos, tecnológicos y científicos que habían efec­tuado. Quienes lo saben, lo olvidarían. Y quienes no lo saben, no lo aprenderían nunca. Vuelta a la simplicidad de la rueda y la palanca. Ello tornaría imposible vuestra clase de guerra.
Enoch, tieso y erecto, incapaz de hablar, estaba apresa­do por un helado terror, mientras un millón de pensamien­tos inconexos giraban en círculo en su cerebro.
- Ya te dije que era una medida drástica - manifestó Ulises -. Había de serlo. La guerra es algo que cuesta mucho detener. El precio es elevado.
-¡Yo no podría! - dijo Enoch -. ¡Nadie podría!
- Quizá no lo puedas. Pero considera esto: Si hay una guerra...
- Lo sé. Si hay una guerra, podría ser peor. Pero eso no detendría la guerra. No es la clase de cosa que yo tenía en mente. La gente podría aún luchar, matarse todavía.
- Con mazas - dijo Ulises -. Acaso con arcos y flechas. Con fusiles, en tanto que los hay, y hasta que se acabasen las municiones. Entonces, no sabrían cómo fabricar más pólvora o como extraer o elaborar el metal para hacer balas, y hasta tampoco cómo hacer éstas. Podían comba­tir, pero no habría un holocausto. Las ciudades no serian barridas por bombas nucleares, pues nadie podría disparar un cohete o armar la bomba... quizá ni sabrían siquiera lo que eran tales artefactos. Las comunicaciones conocidas ahora habrían desaparecido quedando únicamente el más simple medio de transporte. La guerra se habría tornado imposible, excepto en una limitada escala local.
- Seria terrible - dijo Enoch.
- La guerra lo es también - dijo Ulises -. A ti toca la elección.
- Pero, ¿cuánto tiempo... cuánto tiempo duraría? - pre­guntó Enoch -. ¿No quedaríamos sumidos por siempre en la estupidez?
- Durante varias generaciones - dijo Ulises -. Para en­tonces comenzaría a desaparecer gradualmente el efecto de... ¿cómo lo llamaré? ¿el tratamiento? La gente saldría lentamente de su marasmo intelectual y comenzaría a des­pejarse y verificar de nuevo su maduración mental. Se les daría, en efecto, una segunda oportunidad.
- Y podrían, en pocas generaciones más, llegar exacta­mente a la misma situación en que nos encontramos hoy - dijo Enoch.
- Posiblemente. Pero no lo espero. Es muy improbable que el desarrollo cultural fuese enteramente paralelo. Hay una probabilidad de que tengáis mejor civilización y un pueblo más pacificó.
- Es demasiado para un solo hombre.
- Resulta algo esperanzador que puedas considerarlo - dijo Ulises -. El método se ofrece únicamente a aquellas razas que nos parece merecen la pena de ser salvadas.
- Tienes que concederme tiempo - dijo Enoch. Pero sabía que ya no lo había.



XXIII

Un hombre podía tener un trabajo, y ser de pronto in­capaz de realizarlo... Y lo mismo les sucedería a quienes con él trabajaban. Pues no tendrían el conocimiento o la formación para desempeñar las tareas que habían estado ejecutando. Podían intentarlo, desde luego... seguir intentándolo durante algún tiempo, pero no demasiado. Y debi­do a que las tareas no podían ser ejecutadas, el negocio, o el gremio, o la sociedad, o la fábrica, o cualquier empresa que fuese, cesaría de funcionar. Sin embargo, la cesación de la empresa no sería por una cuestión formal o legal. Cesaría, pararía simplemente. Y no del todo porque no podían ser ejecutados los trabajos, porque nadie podía seguir haciéndola funcionar, sino también debido a que asimismo se habían parado los transportes y comunicaciones que la hacían posible.
No podían ser hechos funcionar ni locomotoras, ni bu­ques ni aviones, pues nadie recordaba cómo hacerlo. Hom­bres que habían poseído todas las habilidades necesarias para su funcionamiento, las habían perdido. Podía haber algunos que lo intentaran, pero con trágicas consecuencias. Y hasta podían haber unos cuantos que vagamente recor­dasen cómo hacer funcionar el coche, o el camión, o el autobús, pues son cosas sencillas y el conducirlos resulta casi una segunda naturaleza en el hombre. Pero una vez averiados estos artefactos, nadie tendría los conocimientos de mecánica para repararlos y hacerlos viables de nuevo.
En el lapso de pocas horas, la raza humana habría en­callado en un mundo cuya distancia se había transformado de nuevo en un factor, El mundo se habría extendido, los océanos convirtiéndose otra vez en barreras, y nuevamente una milla sería más larga. Y, en pocos días, se produciría un pánico y un tropel y una confusión, y una escapatoria, y una desesperación frente a una situación que nadie acertaba a comprenden
¿Cuánto tiempo - se preguntaba Enoch - tardaría una ciudad en consumir el resto de los alimentos almacenados, comenzando luego a sumirse en la inanición? ¿Qué sucede­ría cuando la electricidad dejase de seguir fluyendo a través de los cables? ¿ Por cuánto tiempo, en tal estado de cosas, conservaría su valor un neciamente simbólico trozo de papel-moneda, o una pieza de metal?
La distribución se derrumbaría, el comercio y la in­dustria morirían; el gobierno se convertiría en una som­bra, sin medios ni inteligencia para seguir funcionando; cesarían las comunicaciones; se desintegrarían la ley y el orden; el mundo se sumiría en una nueva armazón bárba­ra, y comenzaría un lento reajuste. El cual proseguiría durante años, y en su proceso habría muerte y pestilencia, e indecible miseria y desesperación, Con el tiempo, se verificaría el reajuste, y el mundo se encajarla en su nuevo sistema de vida, pero en el proceso de acoplamiento mu­chos morirían y habría muchos otros que perderían todo lo que había constituido el encanto de su vida y su propósito.
Pero, por malo que ello pudiera ser, ¿ sería peor que la guerra?
Muchos morirían de frío y hambre y enfermedades (pues la medicina habría seguido el camino de todo lo demás), pero serían millones los que no resultarían ani­quilados por el ígneo soplo asolador de la reacción nuclear. No habría polvo de Ponzoñosa radiactividad lloviendo de cielo, y las aguas seguirían siendo tan puras y frescas como siempre, y tan fértil el terreno. Quedaría aún una oportunidad, en cuanto pasaran las fases iniciales del cambio, para que la raza humana siguiese existiendo y reconstruyese la sociedad.
         De ser seguro - se dijo Enoch - que habría una guerra, de que ésta era ineludible, en tal caso no resultaba difícil hacer la elección. Pero siempre existía la posibilidad de que el mundo podía evitar la guerra, de que podía ser conservada una paz un tanto frágil y tenue, por lo que en tal caso sería innecesaria la desesperada exigencia de la cura galáctica. Antes de poder decidir - se dijo - uno debía estar seguro; mas, ¿cómo se podía estarlo? La carta que se hallaba en el cajón del escritorio decía que habría una guerra; muchos diplomáticos y observadores estima­ban que la próxima conferencia de paz no servía a otro propósito sino a armar el gatillo bélico. Sin embargo, tampoco en ello había seguridad alguna.
Y aun cuando la hubiese - se decía Enoch -, ¿cómo podría un hombre, un hombre solo, asumir el papel de Dios para toda la raza? ¿Con qué derecho podía tomar un hombre una decisión que afectaba a todos los demás, a billones de otros? Y si lo hiciera, ¿podría en los años venideros, ser capaz de justificar su elección?
¿Cómo podía un hombre decidir lo dañina que podía ser la guerra, y, en comparación, cuán funesta la estupidez? La respuesta parecía ser que él no lo podía. No había me­dio alguno para medir el posible desastre en cualquier cir­cunstancia.
Al cabo de un tiempo, quizá, podría ser racionalizada una elección entre una de las medidas. Con tiempo, podría desarrollarse una convicción que capacitara a un hombre a llegar a alguna especie de decisión, la cual, si acaso no fuese cabalmente justa, pudiera no obstante hallarse de acuerdo con su conciencia.
Enoch se puso en pie y se dirigió a la ventana. El sonido de sus pasos producía un sordo eco en la estación. Miró su reloj y vio que era poco más de medianoche.
Había razas en la Galaxia – pensó -, que podían adoptar una decisión rápida y justa sobre casi cualquier cuestión, zanjando en derechura a través de todas las enmarañadas líneas del pensamiento, guiadas por reglas de lógica que eran más específicas que cualesquiera de las que pudiera tener la raza humana. Eso sería bueno, desde luego, en el sentido de que hacía posible la decisión, pero en llegando a ésta, ¿no tendería ello a minimizar, a ignorar quizás por entero, algunas de las verdaderas facetas de la situación que pudieran significar más para la raza humana que la propia decisión en sí?
Enoch permaneció ante la ventana con la mirada posa­da a través de los campos iluminados por la luna, que discurrían hasta la oscura línea de los bosques. Las nubes se habían despejado y la noche era apacible. Aquel paraje particular – pensó - siempre sería apacible, pues estaba apartado de la pista batida, distante de cualquier posible blanco en una guerra atómica. Excepto por la remota posibilidad de algún conflicto menor en los días prehistóri­cos, no inscrito y tiempo ha olvidado, ninguna batalla había sido librada allí, ni sería librada. Sin embargo, no podría sustraerse al sino común del suelo y el agua emponzoñados, caso de que el mundo, en un funesto arrebato de furia, desatara el poder de sus espantosas armas. Entonces, los cielos se cubrirían de ceniza atómica, que se derramaría abajo como por un tamiz, y poco importaría dónde pudiera hallarse un hombre. Más pronto o más tarde, la guerra lo alcanzaría, si no con el fulgurante centelleo de monstruosa energía, con la nieve de la muerte cayendo del firmamento.
Volvió de la ventana al escritorio y amontonó los pe­riódicos que habían llegado en el correo de la mañana, percatándose al hacerlo de que Ulises había olvidado los que había separado para él. Ulises estaba desazonado, trastor­nado - se dijo -, pues de lo contrario no los habría echado en olvido. ¡Dios nos guarde a los dos – pensó -, pues am­bos tenemos nuestras penas y sinsabores!
Había sido un día muy activo. Se dio cuenta de que no había leído más que dos o tres referencias del Times sobre la convocatoria de la conferencia. El día había estado demasiado colmado, demasiado repleto de cosas terribles.
Durante cien años – pensó -, las cosas habían marchado bien. Había habido buenos momentos y malos, pero en conjunto su vida había transcurrido serenamente y sin incidentes alarmantes. Luego, hoy había amanecido, y todos los años serenos se habían desplomado en torno a sus oídos.
De pronto había una esperanza de que la Tierra podía ser aceptada como miembro de la familia galáctica, y que él podía servir de emisario para obtener ese reconocimien­to. Mas ya tal esperanza se hallaba destrozada, no sólo por el hecho de que la estación pudiera ser cerrada, sino que su cierre se basaría en la barbarie dé la raza humana. Tierra estaba siendo empleada como un chiquillo azotado en la política galáctica, desde luego, pero una vez colgado el sambenito, no podría serle quitado tan pronto. Y en cual­quier caso, aun cuando pudiera serlo, el planeta se había revelado como uno contra el que la Central Galáctica, en la espera de conservarlo, estaba dispuesta a aplicarle una acción drástica y degradante.
Había algo que podía salvarse de todo ello, lo sabía. Podía permanecer él como terrestre y transmitir al pueblo de la Tierra la información que había reunido en años y lo escrito al par, con meticuloso detalle, con muchos su­cesos e impresiones personales y demás, en las largas hi­leras de registros que se hallaban alineadas en las estan­terías contra la pared. Esto y la literatura ajena que había obtenido y leído y acumulado. Y los artilugios y artefactos que procedían de otros mundos. De todo ello, el pueblo de la Tierra podía obtener algo que le pudiera valer a lo largo del camino que eventualmente llevaría a sus componentes a las estrellas y a aquel ulterior conoci­miento y aquella mayor comprensión que sería su herencia - quizá la herencia y el privilegio de toda inteligencia -. Pero la espera para aquel día sería larga; y más larga ahora de lo que jamás lo había sido, debido a lo que había sucedido en este día. Y la información que poseía él, recogida penosamente en el transcurso de casi un siglo, era tan insuficiente comparada a aquel más completo co­nocimiento que podía haber reunido en otro siglo (o en mil años) que parecía una cosa lastimosa para ofrecerla a su pueblo.
¡Si únicamente pudiera haber más tiempo!, pensó. Pero, naturalmente, no lo habla. No lo había ya ahora y no lo habría nunca. Por muchos siglos que pudiera disponer, siempre existiría mucho más conocimiento que el que ten­dría recogido en el momento, pareciendo siempre el reuni­do una mezquina pitanza.
Sentóse pesadamente en la butaca ante el escritorio, y por primera vez ahora se preguntó cómo podría hacer­lo... como podría abandonar la Central Galáctica, cómo podría trocar la Galaxia por un simple planeta, aun cuando este planeta siguiera siendo el suyo propio.
Se retorció su confusa y extraviada mente para hallar la respuesta, mas la mente no pudo hallar respuesta alguna.
Un hombre solo, pensó.
Un hombre solo no podía resistir contra la Tierra y Galaxia a la par.

XXIV

El sol derramándose a través de la ventana le despertó y quedóse donde estaba, sin moverse, empapándose de su calor. Se sentía una agradable e intensa sensación a la luz del sol, un beso tranquilizador, y por un momento ahuyentó la preocupación y el interrogante. Pero notaba su proximi­dad y volvió a cerrar los ojos. Quizá si pudiese dormir algo más, podría despejarse del todo y perderse en alguna parte, y no hallarse presente cuando volviera a despertarse.
Pero había algo que no iba bien, algo al par de la preocupación y del interrogante.
Le dolían cuello y hombros, tenía una extraña rigidez en el cuerpo, y la almohada era demasiado dura.
Abrió los ojos de nuevo y ayudóse con las manos para incorporarse, notando que no estaba en la cama. Estaba sentado en una butaca, y su cabeza, en vez de reposar sobre una almohada, había estado apoyada sobre el escritorio. Abrió y cerró la boca, notando un gusto tan malo como suponía.
Se puso lentamente en pie, enderezándose y estirándose, intentando relajar el agarrotamiento de sus articulaciones y músculos. Y mientras tanto iba notando cómo volvían escurridizas a él, de donde habían estado escondidas, la preocupación y la desazón y la espantosa necesidad de res puestas. Pero las apartó a un lado, no de manera decisiva, pero silo bastante para retirarías un poco y dejarlas como agazapadas en espera de un nuevo asalto.
Fue al hornillo y buscó la cafetera, recordando entonces que la pasada noche la había puesto en el suelo junto a la mesa. Fue a recogerla. Las dos tazas de café se hallaban aún sobre la mesa, con su negro poso en el fondo. Y en la masa de cachivaches que Ulises había apartado a un lado para hacer sitio a las tazas, la pirámide de esferas yacía volcada de lado, pero brillando y destellando aún, girando cada esfera en dirección opuesta a las demás.
- Enoch tendió la mano y la cogió. Sus dedos exploraron cuidadosamente la base sobre la que estaban encajadas las esferas, buscando algo - alguna palanca, algún engrana­je, algún mecanismo, algún botón que hiciera mover o parar a las esferas. Debía haber sabido - se dijo a si mis­mo - que no encontraría nada. Pues ya había mirado antes. Y sin embargo, Lucy había hecho algo el día anterior que lo había puesto en funcionamiento y que seguía funcionando aún. Estaba así desde hacía más de doce horas, sin que fueran obtenidos resultados. Anotar esto... – pensó - ningún resultado que pudiera reconocerse.
Volvió a colocar sobre su base el artefacto en la mesa y - puso las tazas una dentro de otra, llevándolas. Se detuvo para alzar la cafetera del suelo. Pero sus ojos no se apar­taron de la pirámide de esferas.
Era enloquecedor - se dijo para sí -. No había medio de ponerlas en movimiento, y sin embargo Lucy lo había hecho Y ahora no había medio de detenerlas... aunque probablemente no importaba si estaban paradas o en marcha.
Fue al fregadero con las tazas y la cafetera.
La estación estaba tranquila... en una calma pesada y opresiva; aunque probablemente la impresión de opresión – pensó -, no estaba más que en su imaginación.
Atravesó la habitación hasta el aparato de mensajes, viendo que la placa estaba en blanco. No había habido mensajes durante la noche. Era tonto por su parte - pen­só -, esperar que los hubiera habido, ya que en este caso, habría funcionado la señal de audición, y habría continuado haciéndolo hasta que él empujase la manecilla.
¿Sería posible que la estación hubiese sido ya abandonada, que hubiese sido desviado en derredor todo tráfico? Ello, sin embargo, resultaba difícilmente posible, pues el abandono de la estación Tierra significaría también el de las situadas más allá. No había atajos en la red extendién­dose al brazo espiral, para hacer posible el reencamina­miento. No era insólito que pasaran horas, y hasta un día, sin tráfico alguno. Éste era irregular. Se daban ocasiones en que las llegadas dispuestas habían de ser suspendidas hasta que se pudiera disponer de facilidades para encar­garse de ellas, y otras en que el equipo estaba ocioso, como ahora, porque no se producía ninguna.
Alborotado; me estoy volviendo alborotado – pensó.
Antes de que cerrasen la estación, se lo comunicarían. La cortesía, si no otra cosa, lo exigía que lo hicieran.
Volvió al hornillo y puso en él la cafetera. En la refri­geradora halló un paquete de gachas hechas de un cereal que crecía en uno de los mundos de la jungla draconiana. Lo tomó, volvió a dejarlo en su sitio, y cogió los dos últi­mos huevos de la docena que Wins, el cartero, había traído de la ciudad hacía cosa de una semana.
Miró su reloj y vio que había dormido hasta más tarde de lo que pensaba. Era ya casi la hora de su paseo coti­diano.
Puso la sartén en el hornillo, un trozo de mantequilla en ella, esperó a que se derritiese y luego cascó los huevos, friéndolos.
Acaso, pensó, no iría de paseo hoy. Sería la primera vez que no lo diera, excepto por una o dos veces de furiosa ventisca. Pero el que siempre lo hubiese dado, se dijo por­fiado, no era razón para que lo diera. Omitiría el paseo y luego bajaría a buscar el correo. Podía emplear el tiempo en hacer las cosas pendientes del día anterior. Los periódicos se hallaban aún amontonados en el escritorio, esperando su lectura. No había escrito en su diario, y había mucho que escribir, pues debía registrar con detalle exac­tamente lo que había ocurrido, y había habido buena canti­dad de sucesos.
Había sido una regla que se había impuesto desde el primer día que había comenzado a funcionar la estación, la de no escatimar nunca el diario. Podía retrasarse a veces un poco en hacerlo, pero el hecho de que se retrasara o estuviese apremiado por el tiempo, nunca fue obstáculo que inscribiera en él una palabra menos de las que taba debía poner para decir todo lo que habla de el.

Miró a través de la habitación a las largas hileras de registros que estaban apilados en las estanterías y pensó, orgullo y satisfacción, en lo completo de aquel archivo, una centuria de escritura se hallaba entre las cubier­tas de aquellos libros, y ni un solo día había sido pasado por alto.
Allí estaba su legado – pensó -. Allí su donación al mun­do; aquélla sería su entrada sin trabas de nuevo en la raza humana; allí estaba cuanto había visto y oído y pensado durante casi cien años de asociación con aquellos pueblos extranjeros de la Galaxia.
Mirando a las hileras de libros, volvieron a asaltarle en tropel los interrogantes que había apartado a un lado, no cabiendo esta vez resistirlos. Durante breve espacio de tiempo los había mantenido a raya, el poco tiempo que necesitó para despejar su cerebro y desentumecer su cuerpo, vivificándolo de nuevo. Ahora no luchó contra ellos. Los aceptó, pues no los escabullía.
Puso los huevos de la sartén en el plato, tomó la cafetera y sentóse a desayunar.
Miró de nuevo su reloj.
Tenía tiempo aún para dar su paseo cotidiano.

XXV

El hombre del ginseng estaba esperando en el manantial.
Enoch lo vio desde alguna distancia del sendero, y se preguntó, con rápido relampagueo de enojo, si podía estar esperándole allí para decirle que no podía devolver el ca­dáver del hazer, que algo había sucedido, que se habla topado con inesperadas dificultades.
Y pensándolo, Enoch recordó cómo la noche anterior habla amenazado con matar a cualquiera que impidiese el retorno del cadáver. Acaso no había sido acertado decir eso - se dijo -. Se preguntó si podía decidirse a matar a un hombre; no sería el primero a quien hubiese matado nunca... pero eso había ocurrido hace mucho tiempo, y había sido cuestión de matar o ser matado.
Cerró los ojos un segundo y pudo ver de nuevo el declive bajo él, con las largas filas de hombres avanzando a través del remolineante humo, sabiendo que aquellos hombres escalaban la loma sólo con el propósito de ma­tarle, y con él a los demás que estaban en la cima.
Y no había sido la primera vez ni la última, pero todos los años de matanza se fundían en ese simple momento... no el tiempo que después vino, sino en aquel largo y terri­ble instante en que había contemplado a las filas de hom­bres escalando el declive con la precisa intención de ma­tarle.
Fue en aquel momento que se percató de la insania de la guerra, el gesto fútil que con el tiempo se convertía en insensatez, la rabia irrazonable que debe ser alimentada más allá del recuerdo del incidente que la motivó, la con­sumada falta de lógica de que un hombre pueda probar, la muerte o la miseria, un derecho o sostener un principio.
En alguna parte de la larga senda recorrida por la historia, la raza humana había aceptado una insania por principio y había persistido en ella hasta hoy, en que aquel principio demencial se hallaba presto a exterminar, si no a la misma raza, cuando menos a todas aquellas cosas, tanto materiales como inmateriales, que habían sido moldeadas como símbolos de humanidad a través de muchas trilladas centurias.
Lewis había estado sentado sobre un tronco caído, y al aproximarse Enoch se levantó.
- Te esperaba aquí – dijo -. Espero que no te importe. Enoch atravesó el manantial.
- El cadáver estará aquí a primeras horas del anochecer - dijo Lewis -. Washington lo expedirá en vuelo a Madison, y será transportado en camión desde allí.
- Me alegra oír eso - dijo Enoch, con movimiento afir­mativo de la cabeza.
- Insistieron - dijo Lewis - en que te preguntase de nuevo qué es ese cadáver.
- Te dije la pasada noche - manifestó Enoch - que no podía comunicarte nada. Desearía poder hacerlo. Durante años me he imaginado cómo poder hacerlo, pero no hay manera.
- El cadáver es de alguien que no pertenece a esta Tierra - dijo Lewis -. Estamos seguros de ello.
- Así lo pensáis - dijo Enoch, no transformando en pregunta sus palabras.
- Y la casa - dijo Lewis- es forastera también.
- La casa fue construida por mi padre - dijo Enoch brevemente.
- Pero algo la cambió - arguyó Lewis -. No está como fue construida.
- El tiempo cambia las cosas - dijo Enoch.
- A todo menos a ti.
Enoch sonrió burlón.
- Así que eso te molesta –dijo -. Tu figuración es in­decente.
Lewis meneó la cabeza.
- No, indecente no. Realmente nada. Tras vigilarte du­rante años, he llegado a tu aceptación y a todo sobre ti. No a- una comprensión, naturalmente, pero a una completa aceptación. A veces me digo a mí mismo que estoy loco, pero es sólo momentáneamente. He intentado no incomodarte. He obrado para mantenerlo todo exactamente como estaba. Y ahora que te he conocido, me alegra que así fuera. Pero estamos incurriendo en error. Estamos actuan­do como si fuésemos enemigos, como dos perros extraños... y ése no es el camino. Yo pienso que ambos tenemos mu­cho en común. Hay algo que bulle, que va en camino, y no deseo hacer nada que pueda interferir con ello.
- Pero lo hiciste - dijo Enoch -. Hiciste lo peor que pudiste hacer cuando cogiste el cadáver. De haber planeado cómo perjudicarme más, no podías haber hecho una cosa peor. Y no sólo a mí. No realmente a mí, en absoluto. Era a la raza humana a la que dañabas.
- No lo comprendo - dijo Lewis -. Lo siento, pero no lo comprendo. Había la inscripción en la piedra...
- Ése fue mi error - dijo Enoch -. Jamás debí haber puesto esa lápida. Pero entonces pareció que debía hacerse. No pensé que alguien pudiera ir a husmear por allá y...
-¿Era un amigo tuyo?
-¿Un amigo mío? Oh te refieres al cadáver... Pues en realidad no. No esa persona particular.
- Ahora que está hecho, lo lamento - dijo Lewis.
- El lamentarlo no sirve de ayuda.
- Pero, ¿no hay algo, alguna cosa que pueda hacerse por ello? ¿Algo más que devolver el cadáver?
- Sí - dijo Enoch -. Podría haber algo. Yo podía - necesitar alguna ayuda.
- Dímelo - manifestó presto Lewis -. Si es cosa que puede hacerse...
- Yo podría necesitar un camión - dijo Enoch -. Para sacar fuera algunos cachivaches. Registros y cosas por el estilo. Y podría necesitarlo rápidamente.
- Puedo obtenerlo - dijo Lewis -. Y tenerlo esperando. Con hombres para ayudarte a cargarlo.
- Podría también querer hablar con alguien de autori­dad. De elevada autoridad. El presidente. El secretario de Estado. Acaso el U.N. No lo sé; tengo que pensarlo. Y no solamente necesitaría un medio de hablarles, sino cierta medida de seguridad de que escucharan lo que tengo que decir.
- Lo dispondré, por medio del equipo de onda corta. Lo tendré preparado.
-¿Y alguien que quiera escuchar?
- También. Cualquiera que tú digas. Otra cosa más aún.
- Lo que sea - dijo Lewis.
- Olvido - dijo Enoch -. Acaso no necesite ninguna de esas cosas. Ni el camión ni el resto. Quizá tenga que dejar que las cosas vayan como van ahora. Y si así fuera, ¿olvidarías tú y cualquier otro interesado, lo que pedí?
- Creo que podríamos - dijo Lewis -. Pero seguiría vi­gilándote.
- Así lo espero y deseo - manifestó Enoch -. Pues más tarde podría necesitar alguna ayuda. Pero no quiero ningu­na interferencia.
-¿Estás seguro de que no hay nada más? - preguntó Lewis.
Enoch denegó con la cabeza.
- Nada más – dijo -. El resto debo hacerlo - yo mismo. - Quizá – pensó - había hablado ya demasiado. Pues, ¿Como podía estar seguro de que podía confiar en aquel hom­bre? ¿Y cómo de que pudiese confiar en cualquiera?
- Sin embargo, si decidía abandonar la Central Galácti­ca y correr su suerte con Tierra, podría necesitar alguna ayuda. Podría presentarse alguna objeción por parte de los extranjeros a que se llevase los registros y los arte­factos. Si quería salir con ellos, podía tener que apresu­rarse.
Pero,  ¿quería abandonar la Central Galáctica ¿Podría renunciar a la Galaxia? ¿Podía desechar la oferta de ser el guardián de otra estación en algún otro planeta? Llegado el momento, ¿podría cortar el lazo que le unía con todas las otras razas y todos los misterios de las otras estrellas?
Había dado ya los pasos para hacer esas cosas. Aquí, en los últimos momentos, sin pensar demasiado en ello, casi como si estuviese ya decidido, había dispuesto lo necesario para volverle a Tierra.
Quedóse pensativo, perplejo ante los pasos que había dado.
- Habrá alguien en ese manantial - dijo Lewis - No yo, sino alguien que pueda entrar en contacto conmigo.
Enoch asintió, con la mente ausente.
- Alguien te verá cada mañana cuando das el paseo - dijo Lewis -. O bien puedes venir donde nosotros aquí, cuando lo desees.
Lo mismo que una conspiración - pensó Enoch - Es ya casi la hora para el correo. Wins se estará preguntando qué me habrá sucedido.
Y comenzó a subir la colina.
- Hasta la vista - dijo Lewis.
- Sí. Hasta la vista - respondió Enoch.
Estaba sorprendido al sentir expanderse en él un vivo calor... como si algo hubiese ido mal y ahora estuviese enmendado, como si algo hubiese estado perdido y hubiera sido ya recuperado.

XXVI

Enoch encontró al cartero a mitad del camino que con­ducía a la estación. El viejo automóvil andaba rápido, traqueteando sobre los baches herbosos, asestando un zu­rriagazo a los matorros que crecían a lo largo de la pista.
Wins frenó y se detuvo al divisar a Enoch, y quedóse sentado en su espera.
- Has dado un rodeo - dijo Enoch, llegando a él - ¿O es que has cambiado de trayecto?
- No estabas esperando en la estafeta - dijo Wins -, y tenía que verte.
-¿Algún correo importante?
- No, no es correo. Es el viejo Hank Fisher. Está allá en Millville, empinando en la taberna de Eddy y echando ascuas.
- No es costumbre de Hank el beber.
- Está diciendo a todo el mundo que tú trataste de raptar a Lucy.
- Yo no la rapté - respondió Enoch -. Hank la pegó y yo la tuve conmigo hasta que él se enfriase.
- No debiste haber hecho eso, Enoch.
Quizá. Pero Hank se había puesto a golpearla. Ya le había dado una o dos palizas.
- Hank está fuera para armarte escándalo.
- Ya me dijo que lo haría.
- Dice que tú la raptaste, que luego te espantaste por lo hecho y que la devolviste. Dice que la ocultaste en la casa, y que cuando él intentó entrar en ella para sacar a la muchacha, no pudo. Dice que tienes una casa muy rara. Que rompió la hoja de un hacha en una ventana.
- No hay nada de raro en ello - dijo Enoch -. Hank sólo se imagina cosas.
- Hasta ahora, todo va bien - dijo el cartero -. Ninguno de ellos, a la luz del día y con sus sentidos cabales, el hará el menor caso. Pero con la llegada de la noche esta­rán con dos copas de más y ¡adiós juicio! Algunos de ellos podrían subir a verte.
- Supongo que él les estará diciendo que tengo el dia­blo en mí.
- Eso y más - dijo Wins -. Escuché un rato antes de marcharme.
Hurgó en la cartera de correspondencia, halló el atado de periódicos y se lo tendió a Enoch, diciendo luego:
- Mira, Enoch. Hay algo que tienes que saber. Algo de que puedes no haberte dado cuenta. Sería fácil incitar a la gente contra ti... por la manera como vives y todo eso. Eres raro. No, no quiero decir que haya nada malo en ti... te conozco y sé que no lo hay... pero sería fácil inculcar malas ideas a la gente que no te conoce. Te han dejado solo hasta ahora, debido a que no había razón alguna para hacerte nada. Pero si se excitan con todo lo que Hank está diciendo...
No terminó, dejando el resto de la frase suspenso en el aire.
- Hablas de una algarada - dijo Enoch.
Wins asintió en silencio.
- Gracias - dijo Enoch -. Te agradezco que me hayas prevenido.
-¿Es verdad que nadie puede penetrar en tu casa? - preguntó el cartero.
- Así lo creo. Pienso que no pueden irrumpir en ella ni incendiarla. No pueden hacer nada de eso.
- En ese caso, de ser yo tú, me encerraría esta noche, no me aventuraría a salir.
- Quizá lo haga. Me parece una buena idea.
- Bien - dijo Wins -. Me parece que la cosa está bas­tante clara. Pensé que debías saberlo. Creo que he de dar marcha atrás. No se puede dar la vuelta.
- Sube hasta la casa. Hay sitio allí.
- No está muy lejos la carretera - dijo Wins -. Puedo hacerlo fácilmente.
El coche comenzó a retroceder lentamente.
Enoch se quedó contemplándolo.
Alzó una mano en solemne saludo cuando el coche comenzó a meterse en un recodo por el que desaparecería de la vista. Wins agitó también la mano, y seguidamente el coche fue engullido por los matorros que crecían a ambos lados del camino.
Lentamente, Enoch giró sobre sus talones y se encaminó de nuevo hacia la estación.
Un motín – penso -. ¡Santo Dios, un motín!
Una turba aullando en torno a la estación, aporreando puertas y ventanas, acribillándolas a balazos, barrería la última probabilidad - si aún quedaba alguna- de atajar el movimiento de la Central Galáctica para cerrar la esta­ción. Tal airada manifestación añadiría otro poderoso argumento más a la demanda de que se abandonara la expansión al brazo espiral.
¿Por qué todo había de acontecer de repente?, se pre­guntó. Durante años nada había sucedido, y ahora estaba ocurriendo en el lapso de breves horas. Todo, según pa­recía, estaba actuando contra él.
Si la amotinada turba se presentaba, ello no significa­rla tan sólo que estaba sellado el destino de la estación, sino también, que no le quedaría otra elección más que la de aceptar la oferta de ser el guardián de otra estación. No había otra alternativa. Ello le tornaría imposible el per­manecer en la Tierra, aunque quisiera. Y se dio cuenta, con un sobresalto, que ello podría precisamente suponer asimismo que le fuese retirada la oferta de otra estación. Pues con la aparición de una turba ululante y afanosa de su sangre, él mismo sería implicado en la acusación de barbarie elevada ya contra la raza humana en general.
Quizá - se dijo -, debería bajar de nuevo al manantial y ver otra vez a Lewis. Acaso podían ser tomadas algunas medidas para mantener a raya a la chusma. Pero de hacerlo, sabía que tenía que dar una explicación, y podría tener que decir demasiado. Y acaso no se produciría la algarada. Nadie prestaría mucho crédito a lo que decía Hank Fisher, y todo el asunto podría quedar en agua de borrajas antes de emprenderse acción alguna.
Se instalaría en el interior de la estación, en espera de lo mejor. Tal vez no habría ningún viajero en la estación en el momento en que la turba llegase - si llegaba -, y el incidente pasaría sin que se diese cuenta la Galaxia. De tener suerte, podía obrar de ese modo. Y según el cálculo de probabilidades, debía tener alguna suerte. Sobre todo no habiéndola tenido ciertamente en absoluto en los pocos días pasados.
Llegó a la puerta rota que daba paso al patio, y se detuvo a mirar la casa, intentando, por alguna razón que no podía comprender, ver si era la misma que conociera de muchacho.
La casa se erguía lo mismo que siempre, inalterada, ex­cepto en que en los antiguos tiempos tenía cortinas frunci­das en sus ventanas. El patio en torno de ella sí que había cambiado con el lento desarrollo de la vegetación en el transcurso de los años, con el boscaje de lilas, más fron­doso y enmarañado a cada nueva primavera, con los olmos que su padre había plantado, convertidos de retoños en robustos árboles, con la mata de rosas amarillas ante la rinconada de la cocina, ya desaparecida, víctima de un inclemente invierno tiempo ha olvidado, con los arria­tes floridos, desvanecidos también, y el césped junto a la puerta invadido por los hierbajos.
La vieja valía de piedra que había estado a ambos lados de la puerta, era ya no más que una corcovada protube­rancia. La acción de cientos de heladas, la trepa de zarzas y cizañas, y los largos años de descuido, habían efectuado su corrosiva labor, y en otros cien años – pensó -, se ha­llaría al ras del suelo, sin dejar huella alguna. Abajo en el campo, a lo largo del declive donde habla actuado la erosión, habla trozos extensos enteramente desaparecidos.
Todo esto habla sucedido, y hasta este momento él no se había percatado. Pero ahora sí, y se preguntaba el por qué. ¿Era debido a que ahora podría estar de vuelta de nuevo a la Tierra... él que no había abandonado nunca su suelo, su sol y su aire, que no la había dejado jamás físi­camente, pero que por mucho más tiempo del que les era concedido a la mayoría de los hombres, había ido, no a uno, sino a muchos planetas, lejos entre las estrellas?
En pie allí, a los rayos ponientes de postrimerías del estío, estremecióse a un aire frío que pareció estar soplando de alguna ignota dimensión de irrealidad, pregun­tándose por vez primera (por primera vez se había, visto obligado a preguntárselo) qué clase de hombre era él. ¿Un hombre encantado que debía pasar la vida ni comple­tamente extranjero ni completamente humano, que di­vidía las lealtades, con viejos fantasmas para recorrer los años y millas con él, cualquiera que fuese la vida que escogiera, la de la Tierra o la de las estrellas? ¿Un mestizo cultural, no comprendiendo ni a la Tierra ni a las estrellas, teniendo una deuda con ambas, pero no pagando ninguna? ¿Un sin hogar, una criatura errante que no podía reconocer la verdad de la mentira, habiendo visto tan diferentes (y lógicas) versiones de ambas?
Había subido la loma sobre el manantial, sintiendo el optimista calor interno de una humanidad recuperada, miembro de la raza humana otra vez, unido en una cons­piración pueril con un equipo humano. Pero, ¿podía cali­ficarse como humano...? Y si lo hacía, o trataba de hacerlo, ¿qué era entonces de los cien años de fidelidad a la Cen­tral Galáctica? ¿Podía, aunque quisiera, calificarse como humano?
Atravesó lentamente la desportillada entrada, con los interrogantes aporreándole aún el cerebro, aquel gran e incesante flujo de preguntas, para las cuales no había respuesta. Mas eso era falso – pensó -. No es que no hubiera respuesta alguna, sino que las había demasiadas.
Quizá Mary y David y el resto de ellos vendrían de visita aquella noche, y podrían hablar sobre el particular... recordó de pronto.
Mas no, no vendrían, ni Mary, ni David, ni ninguno de los otros. Habían venido durante años a verle, pero no vendrían más, pues la magia se había deslustrado y la ilusión desvanecido, y él estaba solo.
Y siempre lo había estado, se dijo con amargo regusto en su cerebro. Todo había sido ilusión; nunca había sido ello real. Durante años se había embaucado a sí mismo de lo más ávida y voluntariamente, poblando con esas cria­turas de su imaginación el pequeño rincón junto a la chi­menea. Ayudado por una técnica extranjera, conducido por su soledad a la vista y sonido de la humanidad, los había convertido en un ser que desafiaba cualquier sentido ex­cepto el sólido del tacto.
Y desafiaba asimismo cualquier sentido de decoro.
Semicriaturas, pensó. Pobres desgraciadas semicriaturas, ni sombra ni mundo.
Demasiado humanas para sombras, demasiado vagas para la Tierra.
Mary, si tan sólo lo hubiera sabido... si yo lo hubiese sabido nunca habría comenzado. Me hubiese quedado con el aislamiento.
Y ahora no podía enmendarlo. No había nada que sirviese.
¿Qué es lo que me pasa? - se preguntó.
¿Qué me ha sucedido?
¿Qué está ocurriendo?
Ni siquiera podía pensar ya más con rectitud. Se dijo que había de permanecer en el interior de la estación, a fin de escapar a la turba que podía estar asomando... y no podía quedarse dentro, pues Lewis volvería a traer el ca­dáver del hazer poco después del oscurecer.
Y si la turba se mostraba al mismo tiempo que apare­ciese Lewis trayendo de nuevo el cadáver, el infierno se desencadenaría.
Agobiado por el pensamiento, permaneció indeciso.
Si alertaba a Lewis del peligro, en tal caso podría no traer el cadáver. Y tenía que traerlo. Antes de que la noche pasara, el hazer debería estar seguro en la tumba.
Decidió que debía correr el albur.
La turba podía no aparecer. Y aunque lo hiciera, debía existir un medio para manejarla.
Tenía que pensar en algo, se dijo.
Sí, tenía que pensar algo.

XXVII

La estación estaba tan silenciosa como lo estuvo cuando la dejó. No había habido mensaje alguno y el aparato estaba quedo, ni siquiera murmurándose a sí mismo, como lo hacía a veces.
Enoch dejó el fusil a través del escritorio, y puso el fajo de periódicos junto a él. Se quitó la cazadora y la colgó en el respaldo de la butaca.
Había aún los periódicos por leer, no sólo los de hoy, sino también los del día anterior, y el diario a proseguir le llevaría bastante tiempo. Aun cuando escribiese apreta­damente, requeriría varias páginas, y debía exponerlo lógica y cronológicamente, para que pareciese que los suce­sos de ayer habían ocurrido ayer mismo, y no un día entero después. Debía incluir cada evento y cada faceta de cada acontecer, y sus propias reacciones ante ello, así como sus pensamientos al respecto. Pues así era como siempre lo hizo, y como también debía hacerlo ahora. Siempre había sido capaz de hacerlo de este modo, debido a que se había creado para sí un pequeño nicho especial, no de la Tierra, ni de la Galaxia, sino en esa vaga condición que se podría denominar existencia, y había laborado en el interior del encuadre de tal nicho especial, como un monje medieval en su celda. Había sido únicamente un observa­dor que no se había contentado sólo con la observación, sino que había hecho un esfuerzo para ahondar en lo que había observado; pero no obstante aún básica y esencial­mente un observador que no estaba implicado ni vital ni personalmente en lo que había acontecido en su derredor. La Tierra y la Galaxia se habían injerido ambas en él, y su nicho especial se habla ido, y él estaba personalmente im­plicado. Habla perdido su punto de vista objetivo y ya no podría más imponer aquel abordaje correcto y fríamente positivo que le había dado una sólida base sobre la cual establecer sus escritos.
Fue a la estantería y tomó el volumen en curso, hojeán­dolo para ver donde se había detenido. Estaba próximo al fin, quedando sólo pocas páginas en blanco, acaso no las bastantes para contener los sucesos que había de trasladar a ellas. Más que probablemente, pensó, llegaría al final del volumen antes de haber terminado, y tendría que empezar uno nuevo.
Quedóse con el diario en mano y mirando fijamente a la página donde acababa lo escrito anteayer. Sólo anteayer, y ya era antiguo lo escrito... hasta tenía un aspecto marchito. Lo mismo podía haber sido escrito aquello en cualquier otra época, pensó. Había sido lo ultimo que es­tampó antes de que su mundo se desmoronara en torno suyo.
¿Y para qué escribir más?, se preguntó. Ya estaba escrito cuanto importaba. La estación se cerraría y su propio planeta se perdería... Permaneciera aquí o no, o se fuera a otra estación, era igual; la Tierra se perdería ya.
Enojado cerró de golpe el libro y lo volvió a colocar en su sitio en el estante, yendo de nuevo al escritorio.
La Tierra estaba perdida, pensó, y él también, perdido y colérico y confuso. Colérico por el destino (si aquello fuese un destino) y por la estupidez. No sólo por la estu­pidez intelectual de la Tierra, sino por la estupidez intelec­tual de la Galaxia también, por las mezquinas querellas que podían detener la marcha de la hermandad de los pue­blos que finalmente se habían difundido en este sector galáctico. En cuanto a la Tierra, y así en la Galaxia, el número y la complejidad de los artilugios, el pensamiento noble, la sapiencia y la erudición, podrían constituir una cultura, pero no una civilización. Para ser verdaderamente civilizado, debía haber algo mucho más sutil que el arti­lugio o el pensamiento.
Sintió en sí la tensión de estar haciendo algo... de merodear en torno a la estación como una bestia confinada, de correr afuera y gritar incoherentemente hasta que sus pulmones estuvieran vacíos, de romper y destrozar, dar sa­lida como fuese a su rabia y desilusión.
Alargó una mano y asió el fusil que estaba sobre la mesa. Abrió un cajón donde guardaba las municiones, y tomó una caja, vaciando en su bolsillo los cartuchos que contenía, y tirándola luego.
Quedóse durante un momento con el fusil en mano, y lo yermo y frío de la silenciosa habitación, fueron para él como un mazazo, y volvió a poner el fusil sobre el es­critorio.
¡Qué puerilidad – pensó -, el extraer el resentimiento y la cólera de una irrealidad! Sobre todo cuando no había un motivo real para el resentimiento o la cólera. Pues el molde y compás de los acontecimientos era tal que podía ser reconocido, y por ende aceptado. Era de una especie a la cual un ser humano debería hace tiempo hallarse acos­tumbrado.
Miró en torno a la estación; la quietud y el silencio expectante se hallaban flotando, como si la propia estruc­tura estuviera marcando el momento para un acontecer a llegar en el fluir natural del tiempo.
Rió quedamente y volvió a empuñar el fusil.
Irrealidad o no, sería algo que ocuparía su mente, que le despejaría de momento aquel océano de problemas que remolineaban en su derredor.
Y necesitaba practicar al blanco. Hacía diez días o más que no había estado en el campo de tiro.

XXVIII

El sótano era inmenso. Se extendía más allá de las luces que había encendido, en un difuso fulgor, una serie de pasillos y habitaciones, profundamente talladas en la roca que servia de base a la loma.
Allí estaban los macizos tanques llenos de las varias soluciones para los viajeros; allí las bombas y los generadores, que operaban con un principio distinto al humano de producción de energía eléctrica, y muy abajo del propio piso del sótano, aquellos grandes depósitos que contenían los ácidos y la materia gelatinosa que antes formara los cuerpos de aquellas criaturas que venían viajando a la estación, dejando tras sí, cuando se iban a otro lugar, los cuerpos ya inútiles de que debían estar dotadas.
Enoch pasó ante tanques y generadores, hasta llegar a una galería que se prolongaba en la oscuridad. Halló el conmutador, encendió las luces, y siguió por ella. Al otro lado habían estanterías metálicas, instaladas para acomo­dar en ellas la superabundancia de cachivaches, de arte­factos, de toda clase de regalos que le habían traído los viajeros. Desde el suelo al techo se hallaban atestados los      estantes con chatarra procedente de todos los rincones de la Galaxia. Sin embargo, pensó Enoch, no era realmente chatarra, pues muy poco de ello había que lo fuera. Todo era servible y tenía algún propósito, bien fuese práctico o estético, aunque tal propósito debía ser aprendido. Y a pesar quizá de que no en todos los casos fuese aplicable a los humanos.
Las estanterías tenían al extremo una sección en la que los artículos estaban ordenados más sistemáticamente y con mayor cuidado, cada cual etiquetado y numerado, correspondiendo a un catálogo y ciertos datos. De estos artícu­los sí que sabía para que servían, y, en ciertos casos, algo de los principios implicados. Había algunos bastante inocuos, otros de gran valor potencial, y otros además que, por el momento, no tenían conexión alguna con el sistema humano de vida... y finalmente, aquellos etiquetados de que hacían estremecer con sólo pensar en ellos.
Descendió la galería, resonando sus pasos al hollar aquel lugar de extraños fantasmas.
Finalmente, la galería se ensanchaba en una estancia ovalada, cuyas paredes estaban forradas de una sustancia gris que engancharía a una bala e impediría su rebote.
Enoch fue a un panel encajado en el interior de un profundo hueco en la pared, y conectando con el pulgar un interruptor, volvió rápidamente al centro de la estan­cia.
Lentamente, ésta comenzó a oscurecerse, luego pareció resplandecer súbitamente, y ya no se encontró en ella, sino en otro sitio, un lugar que no había visto nunca.
Se hallaba en una pequeña colina, y frente a él el terreno descendía a un tardo río bordeado por una franja pantanosa. Entre el comienzo del pantano y el pie de la colina se extendía un mar de hierba basta y alta. No hacía nada de viento, pero la hierba ondulaba, por lo que supo que aquel movimiento de la hierba estaba causado por cuerpos moviéndose entre ella, forrajeándola. Le provino de allí un salvaje gruñido, como si mil cerdos ham­brientos estuvieran luchando por trozos escogidos en cien artesas de bazofia. Y de alguna parte más lejana, quizá del río, llegó un profundo y monótono bramido, que sonaba ronco y cansado.
Enoch sintió erizársele el pelo, y aprestó el fusil. Era desconcertante. Sentía y conocía el peligro, y sin embargo hasta ahora no lo había. No obstante, el propio aire del paraje en que se encontraba - fuera el que fuese -, parecía hormiguear con él.
Giró en redondo y vio que cerca de él, bosques espesos y oscuros descendían la hilera de cerros ribereños, deteniéndose en el mar de hierba que rodeaba la colina en que él se encontraba. Más allá de las otras, atalayaba el pardo púrpura de una ringlera de elevadas montañas que pare­cían desvanecerse en el firmamento, pero sin muestra alguna de nieve en sus cimas.
Dos figuras salieron trotando del cercano bosque, deteniéndose en su linde. Se agazaparon y le hicieron visajes, con sus colas enroscadas en sus patas. Podían haber sido lobos o perros, pero no eran ni unos ni otros. No eran de ninguna especie que antes viera u oyera. Sus pieles relu­cían al débil rayo del sol, como si estuviesen engrasadas, pero se remataban en sus cuellos, estando cabezas y. caras desprovistas de ella. Como viejos depravados, en una mas­carada, con sus cuerpos recubiertos en envolturas de lobos. Pero el disfraz estaba frustrado por las colgantes lenguas que rebosaban de sus bocas, brillante escarlata contra el blanco de hueso de sus caras.
El bosque estaba en calma. Sólo había las sombrías bestias, apoyadas en sus ancas, y gesticulándole con extra­ños visajes desdentados.
El bosque era oscuro y enmarañado, y el follaje, de un verde tan intenso que casi parecía negro. Todas las hojas tenían un resplandor, como si hubiesen estado pulidas con un lustre especial.
Enoch volvió a girar en redondo, para mirar de nuevo al río, y vio agazapados al borde de la hierba una hilera de monstruos semejantes a sapos, de unos dos metros de longitud y de uno de altura, con cuerpos de color de la tripa de un pescado muerto, y provistos de un ojo, o lo que parecía ser un ojo, que cubría una gran parte de la superficie sobre el hocico. Los ojos eran estriados y des­tellaban a la tenue luz del sol, como los de un gato al acecho heridos por un haz luminoso.
El ronco bramido seguía proviniendo del río, y en su intermedio habla un débil y tenue zumbido, un colérico y malicioso zumbido, como el de un mosquito aprestándose al ataque, aunque era de tono más agudo.
Enoch alzó la cabeza para mirar al cielo, y lejos en sus profundidades avistó una hilera de puntos o motas, pero a tanta altura, que no supo determinar qué clase de objetos eran.
Bajó de nuevo la cabeza para mirar a la serie de mons­truos semejantes a sapos, pero con el rabillo del ojo per­cibió un movimiento, y dirigió otra vez la vista al bosque.
Aquellos seres o bestias de cuerpos lobunos y cabezas de calavera, estaban subiendo la colina con silenciosa ra­pidez. No parecían correr. No había movimiento en su ca­rrera. Se movían más bien como si hubiesen sido expelidos por un tubo.
Enoch se echó el fusil al hombro, apostándolo como si formase parte de sí mismo. Afinó la mira, precisando la cabeza de calavera de la bestia que iba delante. Disparóse el arma tras el apretar del gatillo, y sin esperar a ver si el disparo había abatido a la bestia, el cañón se dirigió hacia la segunda. Sonó un nuevo disparo y la segunda bestia lobuna dio una voltereta, deslizándose hacia adelante por un momento, y luego comenzó a rodar dando tumbos colina abajo.
Enoch hizo funcionar el cerrojo de su arma de nuevo, y la cápsula de la bala destelló al sol, al volverse él rápi­damente para encararse con el otro declive.
Los objetos semejantes a sapos estaban ahora más cerca. Habíanse aproximado arrastrándose, pero, al volverse él, se detuvieron y se agazaparon, quedándosele miran­do con fijeza.
Metió la mano en el bolsillo y sacó dos balas, metién­dolas en la recámara de su arma, para reemplazar las que había disparado.
El bramido abajo junto al río había cesado, pero ahora se oía un graznido que no podía localizar. Trató de ha­cerlo, volviéndose cautelosamente, mas nada se veía. Aquel graznar parecía provenir del bosque, pero nada se movía.
En medio de este sonido, oía aún el zumbido, el cual parecía más intenso ahora. Lanzó una ojeada arriba y vio que las motas eran más grandes, no formadas ya en hilera, sino en círculo que parecía trazar una espiral descen­dente; pero se hallaban todavía a tan gran altura, que no pudo precisar qué clase de objetos eran.
Volvió a dirigir una ojeada hacia los monstruos semejantes a sapos, los cuales estaban cada vez más cerca.
Enoch alzó el fusil, pero apretó el gatillo antes de llevarlo al hombro, disparando desde la cadera. El ojo de uno de los más próximos monstruos explotó, al igual que el reventón en el agua de una piedra arrojada con fuerza. La bestia no dio ningún brinco ni sacudida. Quedóse simplemente inerte, aplanada sobre la tierra, como aplastada por un poderoso pie. Así yacía, con un gran boquete redondo en el lugar donde había estado el ojo, agu­jero que se estaba llenando de un líquido amarillo espeso y viscoso, que podía ser su sangre.
Sus congéneres se retiraron con alerta lentitud, deteniéndose sólo al alcanzar el borde de la hierba.
El graznido estaba más próximo, y el zumbido era más intenso: no cabía duda de que aquella especie de graznido, semejante también a un bocinazo, provenía de los cerros.
Enoch escudriñó en derredor y arriba, y lo vio descendiendo de la altura, bajando a la colina, pasando a tra­vés de los árboles y graznando lúgubremente. Era un globo negro y redondo que se hinchaba y desinflaba con su graznido vocinglero, y se sacudía y bamboleaba en su marcha, colgado del centro de cuatro patas rígidas y adosadas, que se arqueaban arriba, en la unión que conectaba la parte superior del dispositivo de la pata con la inferior que se alzaba muy arriba del bosque. Caminaba a sacudidas, levantando mucho sus patas, para franquear las frondosas copas de los árboles antes de volver a posarías de nuevo. Cada vez que planteaba en el suelo una de aque­llas patas, Enoch oía el crujido de las ramas desgajadas y apartadas a un lado.
Enoch sintió como si la piel de su espalda se desenrollara al igual que una persiana, a lo largo de su espina dorsal, y el erizamiento de su cabello, como obedeciendo a un primordial instinto.
Pero aun cuando estaba casi helado de espanto, cierta parte de su cerebro le recordó que habla hecho un dispa­ro, y sus dedos hurgaron su bolsillo buscando otra bala.
El zumbido era mucho más sonoro, y su diapasón ha­bla cambiado. Estaba aproximándose a tremenda velocidad.
Enoch volvió a alzar la cabeza. Las motas no estaban ahora moviéndose en círculo en el firmamento, sino que se zambullían hacia él, una tras otra.
Echó una ojeada al globo, graznando y sacudiéndose sobre sus zancudas patas. Seguía aproximándose, pero las motas que se abalanzaban de lo alto, eran más rápi­das y alcanzarían primero la colina.
Levantó el fusil, dispuesto a apoyar su culata al hom­bro, mientras contemplaba a las motas que caían, las cuales no eran ya motas, sino espantosos cuerpos aerodinámicos, portando cada cual un estoque que se proyectaba de su cabeza. ¡Vaya especie de picos - pensó Enoch -, pues esos objetos podrían ser aves, pero más largas, delgadas, grandes y mortales que cualquier otra terrestre!
El zumbido se trocó en un chillido, subiendo su diapa­són hasta dar dentera, y, a través de él, como un metrónomo marcando el compás, provino el ululante graznido del negro globo que cruzaba a grandes trancos los cerros.
Sin saber qué había movido sus brazos, Enoch tenía el fusil contra el hombro, esperando el instante en que al primero de los monstruos que se zambullían, estuviese lo bastante próximo para dispararle.
Se precipitaron como piedras arrojadas del cielo, apa­reciendo más grandes de lo que pensara... de mayor ta­maño y viniendo como otras tantas flechas arrojadas di­rectamente a él.
El fusil le dio el consabido culatazo, y el primer pá­jaro o artefacto, se chafó, se plegó y cayó no lejos de su trayectoria. Manipulo el cerrojo de su arma, disparó otra vez, y el segundo de la fila perdió su equilibrio y comenzó a dar bandazos. Nuevamente fue accionado el cerrojo y oprimido el gatillo. El tercero dio un patinazo en el aire y fue renqueante y espasmódico por él, cayendo hacia el río.
Los restantes cortaron su picado, y con leve giro vol­vieron a remontarse, semejantes más bien a aspas de m~ lino que a alas batiendo desesperadamente.
Se tendió una sombra a través de la loma y de alguna parte de arriba cayó un gran pilar que fue a chocar con una ladera. Tembló el suelo, y la capa de agua que esta­ba oculta por la hierba, brotó como un surtidor.
El graznido era un sonido persistente que lo borraba todo, y el gran globo subía bamboleante sobre sus zan­cudas patas.
Enoch vio su cara, si algo tan grotesco, tan obsceno puede llamarse cara. Tenía un hocico o pico, y bajo él una boca mamona, y una docena de otros órganos, que podían ser los ojos.
Las patas eran como V invertidas, con remo interior un tanto más corto que el exterior y, en el centro de las articulaciones interiores pendía el gran globo que era el cuerpo de la criatura, con su cara en la parte baja, de modo que pudiera ver todo el terreno de batida que pu­diera estar abajo. Otras articulaciones de la parte exterior de las patas se combaban para permitir al cuerpo de la criatura que se agachara para asir su presa.
Enoch no tuvo conciencia de aprestar el fusil o mani­pularlo, pero lo tenía apoyado contra el hombro y le parecía como si una segunda parte de su propia persona se hallara ausente, aparte, y contemplaba el disparo... como si quien tuviese el arma y la disparase, fuese otro hombre.
Gruesos cuajarones de carne fluyeron del negro globo, y súbitamente le rasgaron melladas hendiduras, de las cuales brotó una nube líquida que se trocó en una como niebla, que desprendía negras gotas.
La aguja de percusión pistoneó en una recámara vacía pero ya no había necesidad de otro disparo. Las grandes patas estaban plegándose, y temblando mientras se ple­gaban, y el encogido cuerpo se estremecía convulsivamen­te en la densa niebla que de él brotaba. La gritería había cesado, y Enoch pudo oír el acompasado ruido de las negras gotas cayendo de aquella niebla, al chocar en la raía hier­ba de la colina.
Había un olor mareante, un nauseabundo hedor; las gotas eran viscosas, como petróleo crudo, y la gran es­tructura zancuda iba desplomándose.
De pronto, el mundo se desvaneció rápidamente, y Enoch no se encontró más allí.
Estaba de nuevo en la estancia ovalada, al tenue res­plandor de las bombillas. Notaba el acre olor de la pól­vora, y en torno a sus pies, brillando a la luz, se hallaban los casquillos de las balas que disparara.
Se encontraba de nuevo en el sótano. El tiro al blanco se había consumado.
Enoch bajó el fusil y respiró lenta y profundamente. Siempre había sido igual, pensó. Como si tuviese necesi­dad de relajarse gradualmente, de nuevo en su mundo propio, tras sus momentos de irrealidad.
Ya sabía uno que sería ilusión cuando manipulara el conmutador que ponía en movimiento todo lo que iba a suceder, y sabía que había sido ilusión cuando todo ha­bía terminado, pero mientras estaba sucediendo, no era ilusión. Era tan real y consistente como si todo fuese verdad.
Recordó que al construirse la estación le habían pre­guntado si tenía una afición como pasatiempo en sus ocios si podía instalársele en la estación algo para su recreo. Y él había dicho que le gustaría un campo de tiro... espe­rando no más que alguna galería con patos moviéndose sobre una cadena rodante o pipas de arcilla girando en una rueda. Pero eso, habría sido naturalmente demasiado simple para los extravagantes arquitectos que habían diseñado la estación, y para los habilidosos operarios que la habían construido.
Al principio no habían estado seguros de lo que quería decir por campo de tiro, y hubo de explicarles lo que era un fusil, cómo funcionaba, y para qué podía ser empleado. Las dijo de la caza de ardillas en las soleadas mañanas de otoño, y de estremecidos conejos sacados de las ma­lezas con la primera llegada de la nieve (aunque no se empleaba el fusil, sino una escopeta, con los conejos), de la caza de mapaches en la noche otoñal, y del acecho al ciervo a lo largo de la pista que seguía para ir a abre­var al río. Pero ocultó el decirles en qué otra cosa había empleado el fusil durante cuatro largos años.
Las dijo (puesto que eran gentes propicias a la charla) de su sueño de juventud de ir algún día a una cacería en Africa, aun cuando al decírselo se percataba bien de lo inasequible qué ello era. Pero desde aquel día había cazado (y sido también perseguido) por bestias mucho más raras que cualquiera de las que pudiera jactarse poseer el Africa.
No tenía la menor idea de dónde podían haber sido formadas aquellas bestias, si realmente provenían de alguna otra parte que de la imaginación de aquellos extran­jeros que habían colocado los dispositivos que generaban la escena para el tiro. En los miles de veces que se había dedicado a ello, no había habido una duplicación de la escena ni de las bestias que merodeaban por ella. Aunque acaso, pensó, se produciría alguna vez un final, y se repetiría luego la secuencia. Pero ahora ello suponía poca di­ferencia, pues si volviesen a repetirse las cintas mágicas, habría poca probabilidad de que recordarse con conside­rable detalle aquellas aventuras que había vivido durante tantos años.
No comprendía las técnicas ni el principio que hacía posible aquel fantástico campo de tiro. Como muchas otras cosas, lo aceptaba sin necesidad de comprenderlo.
     Sin embargo, pensaba que algún día daría con el indicio que trocaría la ciega aceptación en entendimiento... no sólo del campo de tiro, sino de muchas otras cosas.
A menudo se había preguntado lo que los extranjeros podían pensar sobre su fascinación por el campo de tiro, por aquella fuerza primaria que inducía a un hombre a matar, no tanto por el goce de matar como por afrontar y desdeñar un peligro, para oponer a una fuerza otra mayor y más hábil, a la astucia, una astucia más grande. ¿Habría causado preocupación a sus amigos extranjeros sobre el carácter humano, con su cariño por el fusil? Para la comprensión de un ajeno, ¿cómo podría trazarse una línea entre la muerte de otras formas de vida y la muerte de una propia? ¿Había realmente una diferencia que pudiera resistir al examen lógico, entre el deporte de la caza y el deporte de la guerra? Para un extraño, quizá tal di­ferenciación sería más bien difícil, pues en muchos casos, el animal cazado se hallaría más próximo en su forma y características al cazador humano, que 10 estuvieran mu­chos de los extranjeros.
¿Era la guerra una cosa instintiva, de la que era tan responsable un hombre corriente, como lo eran los polí­ticos y los llamados estadistas? Parecía imposible, y sin embargo, en cada hombre se hallaba profundamente arrai­gado el instinto combativo, el apremio agresivo, el extraño sentido de rivalidad... todo lo cual producía conflictos de un género u otro, si era llevado tal instinto a su con­clusión.
Puso el fusil bajo el brazo y fue al panel. Encajada en una ranura del fondo había un trozo de cinta.
Tiró de ella y descifró los signos. No eran satisfac­torios. No lo habla hecho tan bien.
Había fallado aquel primer disparo a la acometedora bestia lobuna con cara de hombre viejo, y allá en alguna parte, en aquella dimensión de irrealidad, él y su compa­ñero se encontrarían gruñendo sobre la masa revuelta y desgarrada de carne y huesos rotos que había sido Enoch Wallace.

XXX

Volvió a atravesar la galería, con sus regalos almacenados como en los corrientes establecimientos humanos podrían estar otros en secos y polvorientos camarotes.
La cinta registradora le encocoraba, aquel pequeño trozo de cinta que le decía que si bien había acertado en todos los demás disparos, había fallado aquel primero. No sucedía a menudo que fallara. Y su entrenamiento había sido para aquel preciso tipo de disparo... el nunca-se-sabe-lo-que-luego-sucederá, el totalmente inesperado, la especie de disparo de matar-ser-matado, que miles de expediciones en la zona del campo de tiro le habían enseñado. Se consoló diciéndose que quizá no había sido tan asiduo en la práctica últimamente como lo debiera. Aunque, en realidad no había razón alguna para la asiduidad, pues se trataba únicamente de un pasatiempo, un recreo, y el que llevase el fusil consigo en sus paseos cotidianos era sólo por fuerza de la costumbre y no por cualquier otro moti­vo. Portaba el fusil como otro podía haber llevado un bas­tón. La primera vez que lo hizo, desde luego había sido una especie diferente de fusil y un día distinto. Entonces no era insólito el que un hombre llevase consigo un fusil al ir de paseo. Pero hoy sí era diferente y con mueca in­terior de desdén se preguntaba cuánto motivo de con­versación podía haber proporcionado a la gente el que portase un fusil.
Cerca del final de la galería vio el negro bulto de un baúl proyectándose del estante inferior, tan grande como para meterse confortablemente en él pegado contra la pa­red pero sobresaliendo aún cuarenta o cincuenta centímetros del estante.
Pasó ante él volviéndose en redondo de pronto. Aquel baúl, penso... era el que había pertenecido al hazer que murió arriba. Era su herencia de aquel ser cuyo cuerpo robado iba a ser vuelto a su tumba aquella tarde.
Fue a la estantería y apoyó su fusil contra la pared. Encorvóse y tiró del baúl.
Ya antes de bajarlo aquí y depositario había revisado su contenido, pero recordó que en aquella ocasión no había estado muy interesado. Ahora> de pronto, sentía un interés absorbente en ello.
Alzó la tapa cuidadosamente y la apoyó contra los es­tantes.
Inclinado sobre el abierto baúl, y sin tocar nada aún, intentó catalogar la capa superior de su contenido.
Había una reluciente capa, muy bien plegada> tal vez una especie de capa de ceremonial, aunque no podría preci­sarlo. Y sobre ella, un frasquito que era un destello de luz reflejada, como si alguien lo hubiese hecho con un dia­mante vaciado. Junto a la capa había un grupo de bolas, de color violeta y opaco, sin ningún brillo, con el aspecto de un manojo de pelotas de tenis de mesa que alguien hubiera pegado juntas para hacer una bola. Mas no era así, recordó Enoch, pues en aquella otra ocasión le habían llamado la atención y las había cogido, hallando que no estaban pegadas, sino que se movían libremente, aunque nunca más allá del contenido de su molde. Una de aque­llas pelotas no podía ser desprendida de la masa, por mucho esfuerzo que se empleara, pero sí moverse en tor­no, como si flotase en un liquido, entre las demás. Podía uno mover una pelota, o todas, pero la masa seguía sien­do la misma. Debía tratarse de un calculador de alguna especie, se dijo Enoch, aunque ello apenas parecía posi­ble, pues una pelota era enteramente igual a otra, no ha­biendo manera de poder identificarlas. O cuando menos> no de identificarlas por el ojo humano. ¿Sería posible que lo fuera para el ojo de un hazer? Y si se trataba de un calculador, ¿de qué género de calculador? ¿Matemático?
¿O ético? ¿O filosófico? Sin embargo, esto era algo sandio, pues, ¿quién había oído hablar nunca de un calculador para la ¿tica o la filosofía? O, mejor dicho, ¿qué ser humano ha­bla oído jamás de ello? Más que probablemente, no se trataba de un calculador, sino de algo enteramente distin­to. ¿Tal vez una especie de juego... un juego de solitario?
Con tiempo, se podría finalmente descifrarlo. Pero no había tiempo ni incentivo por el momento para gastar el primero en un objeto, habiendo tantos otros igualmente fantásticos e incomprensibles. Pues mientras uno se en­contrara perplejo ante un solo objeto, en su mente se pre­sentaría siempre la pregunta de si no estará ocupándose, dilapidando tiempo en el más insignificante de todos.
Era una víctima de la fatiga museística, se dijo Enoch, abrumado por las muchas piezas desconocidas desperdi­gadas en todo su derredor.
Tendió una mano, no a la bola de pelotas, sino al des­telleante frasquito que se hallaba sobre la capa. Y al cogerlo y acercarlo, vio que había una línea escrita, grabada en el vidrio (¿o diamante?) del frasco. Lentamente dele­treó lo escrito. Había habido un tiempo, hace mucho, en que pudo leer el idioma hazer, si no corrientemente, cuan­do menos tan bien como para salir del paso. Pero no lo había leído hacía años, perdiendo mucho de él, por lo que se trabucaba en los símbolos. Mas, traducida muy li­bremente, la inscripción decía: Para tomarlo cuando ocu­rran los primeros síntomas.
¡Un frasco de medicina! ¡Para tomarla cuando apare­ciesen los primeros síntomas! Los síntomas, acaso, de lo que se había presentado tan rápidamente y desarrollán­dose asimismo con tanta celeridad, que el propietario del frasco no pudo alcanzarlo, y murió cayendo del sofá.
Casi reverentemente, volvió a poner el frasco en su sitio, sobre la capa, en la misma huella que había mar­cado.
¡Tan diferentes de nosotros en tantas cosas - pensó Enoch - y en otras pocas tan parecidos... es espantoso!
Pues aquel frasco y su inscripción, eran un paralelo exacto de cualquier receta compuesta por el farmacéutico de la esquina.
Al lado de la bola de pelotas había una caja, y la cogió, levantándola. Era de madera y sólo tenía una simple presilla para cerrarla. La abrió y vio en su interior el metá­lico resplandor del material que empleaban los hazers como papel.
Cuidadosamente levantó la primera hoja, y vio que no era tal, sino una larga tira plegada a la manera de un acordeón. Bajo ella habían más tiras, al parecer del mismo material.
Había algo escrito en ella, y Enoch la acercó más para leer.
La escritura estaba desvaída y borrosa. A mí... amigo decía (aunque acaso no era amigo). "Hermano de sangre", quizá, o "colega". (Y los adjetivos que precedían eran tales como para que se le escapara por entero su sentido).
Era difícil lo escrito. Tenía cierta semejanza a la ver­sión formalizada del idioma, pero al parecer llevaba la impronta de la personalidad del escritor, expresada en en­sortijamientos y floreos que oscurecían la forma. Enoch siguió con su intento de traducción, no acertando con mucho, pero captando el sentido de bastante de lo que estaba escrito.
El autor había estado de visita en otro planeta, o posiblemente sólo en otro paraje. El nombre de éste, o del planeta, era una cosa que no podía reconocer Enoch. Y mientras había estado allí quien trazó lo escrito, había realizado alguna especie de función (aunque no aparecía enteramente claro, de qué desempeño se trataba) que te­nía que ver con su próxima muerte.
Enoch, sobrecogido, volvió a releer la frase. Y aunque mucho de lo demás escrito no estaba claro, esta parte sí lo estaba. Mi cercana muerte, así estaba escrito, sin que cupiera un error en la traducción. Estas tres palabras estaban muy claras.
Instaba a su buen (¿amigo?) que hiciera lo propio. Decía que era un consuelo y que despejaba el camino.
No había más explicación, ni ulterior referencia. Sólo la serena declaración de que había hecho algo que sentía debía ser arreglado antes de su muerte. Y sabía que esta muerte estaba próxima, y no estaba tan sólo sin temor por su llegada, sino hasta indiferente.
El siguiente pasaje (pues no había párrafos) hablaba de alguien a quien había conocido y cómo trataron de cierta cuestión que no tenía sentido alguno para Enoch, quien se encontraba perdido en una terminología irreco­nocible para él.
Y luego: Estoy sumamente preocupado por La medio­cridad (¿incompetencia? ¿incapacidad? ¿debilidad?) del reciente custodio del (y luego aquel símbolo críptico que podía traducirse generalmente como el Talismán). Pues (una palabra que por el contexto parecía significar un gran lapso de tiempo), siempre desde la muerte del últi­mo custodio ha sido pobremente servido el Talismán. Ha sido, en toda realidad, (otra expresión de mucho tiempo) desde que un auténtico (¿sensitivo?) fuera hallado para llevar a cabo su propósito. Muchos han sido probados y ninguno calificado, y por la falta de un tal idóneo, la Gala­xia ha perdido su  cabal identificación con el principio rector de nuestra vida. Nosotros aquí en el (¿santua­rio?) nos hallamos muy in quietos, por que sin un debido enlace entre el pueblo y (varias palabras indescifrables), la Galaxia se sumirá en el caos (y en otra línea que no podía traducirse).
La siguiente sentencia presentaba un nuevo tema... Los planes que se hallaban en marcha para algún festival cultural que encerraba un concepto, que a lo más, resul­taba vago y brumoso para Enoch.
Plegó lentamente la misiva, y la volvió a colocar en la caja. Sintió un ligero desasosiego por la lectura, como si hubiese fisgado en algo que no tenía derecho a conocer, en­trometiéndose en una amistad. Aquí en el templo nos hallamos, decía la misiva. Quizá quien lo escribió había sido uno de los místicos hazer, dirigiéndose a su viejo amigo, el filósofo. Y las otras cartas, muy posiblemente, eran de ese mismo místico... cartas que el viejo hazer muerto había valorado tanto, que las llevaba consigo cuando iba de viaje.
Una leve brisa pareció estar soplando sobre los hom­bros de Enoch; no era realmente una brisa, sino un extra­ño movimiento y una frialdad en el aire.
Lanzó una ojeada a la galería; nada se agitaba, ni nada se divisaba.
El viento cesó su soplo, si es que en efecto había soplado. En un momento allí, y luego ido. Como un fan­tasma al paso, pensó Enoch.
¿Tenía el hazer un fantasma?
La gente de Vega XXI había sabido el momento y to­das las circunstancias de su muerte. Habían sabido tam­bién la desaparición del cadáver. Y la misiva habla sido expresada con mucha mayor serenidad que la de muchos humanos, ante la próxima llegada de la muerte.
¿Sería posible que los hazers supieran más de la vida y la muerte de lo que jamás manifestaran? ¿O había sido encerrado ello a cal y canto en algún depósito o depósitos de la Galaxia?
¿Estaba la respuesta ahí? - se preguntó.
Acurrucado allí, pensó que acaso pudiera ser que al­guien conociese ya para qué servía la vida y cuál era su destino. Había un consuelo en el pensamiento, una sin­gular especie de personal consuelo en ser capaz de creer en que alguna inteligencia pudiera haber dado con la solución del Universo. Y de cómo, quizá, aquella misteriosa ecuación pudiera enlazarse con la fuerza espiritual que era el nexo ideal de tiempo y espacio, y de todos los factores elementales que mantenían de consuno en armóni­ca unión el universo.
Intentó imaginarse lo que podría uno sentir de estar en contacto con la fuerza y no pudo. Se preguntó si aun aquellos que hablan estado en contacto con ella podrían hallar las palabras debidas para expresarla. Pensó que podría ser imposible. Pues, ¿cómo podía uno haber estado en íntimo contacto toda su vida con el espacio y el tiem­po, y decir lo que significaban cada uno de ellos, o cómo se experimentaban?
Pensó que Ulises no le había dicho toda la verdad sobre el Talismán. Sí que había desaparecido y que la Gala­xia estaba desprovista de él, mas no que durante muchos años se había empañado su poder y gloria por el fracaso de su custodio en procurar un debido enlace entre el pueblo y la fuerza. Y todo aquel tiempo, la corrosión ocasionada por ese fracaso, había roído los vínculos de la confraternidad galáctica. Cualquier cosa que pudiera estar sucediendo ahora, no había ocurrido en los últimos años pasados; había estado gestando durante mucho más tiem­po que los extranjeros querían admitirlo. Aunque, pensán­dolo bien, la mayoría de los extranjeros no lo sabían.
Enoch cerró la presilla de la caja, y volvió a colocar ésta en el baúl. Algún día, pensó, cuando estuviera él en su cabal juicio, cuando la presión de los acontecimientos no le tornara tan emotivo, cuando pudiera atenuar la cul­pabilidad del fisgoneo, efectuaría una concienzuda y eru­dita traducción de aquellas cartas, pues en ellas, lo es­timaba seguro, podría hallar una ulterior comprensión de aquella intrigadora raza. Pensó que entonces podría hallarse en mejor estado de calibrar su humanidad. No humani­dad en el sentido común y aceptado de ser un componen­te de la raza de la Tierra, sino en el sentido de que cier­tas reglas de conducta debían fundamentar todos los con­ceptos raciales, del mismo modo que la llamada humani­dad, fundamenta en su sentido más apretado, al concepto humano.
Tendió la mano para cerrar la tapa del baúl y vaciló.
Algún  día, había dicho. Y pudiera ser que no hubiese algún día. Era un estado mental el pensar siempre en al­gún día, una forma de enjuiciamiento posibilitada por las condiciones en el interior de esta estación. Pues allí habían días interminables por venir, días venideros siempre y por siempre. Un concepto humano del tiempo estaba allí fuera de molde y razón, y él podía mirar complaciente mente a lo largo de una extensa y casi interminable ave­nida del tiempo. Pero ello podía cesar ahora. El tiempo podía retrotraerse súbitamente a su corriente enfoque. Caso de que tuviera que abandonar esta estación, la larga procesión de los días llegaría a un término.
Volvió a echar hacia atrás la tapa, dejándola nueva­mente apoyada en los estantes, y seguidamente tomó la caja y la puso en el suelo> a su lado. Debería llevarla arri­ba - se dijo - e incluirla con los demás objetos que le acompañarían si tuviese que abandonar la estación.
¿Sí?, se preguntó. ¿Es que cabía ya duda? ¿No había tomado acaso, como fuera, aquella dura decisión? ¿No había serpeado a él sin que se percatara, de manera que ahora se hallaba encomendado a ella?
Y si había llegado realmente a tal decisión, en tal caso debía haber llegado también a la otra. Si abandonaba la estación, entonces no se hallaría en estado de aparecer ante la Central Galáctica, para abogar porque le fuese remediada la guerra a la Tierra.
- Tú eres el representante de la Tierra - le había dicho Ulises -. Tú eres el único que puede representar a la Tierra.
Más ¿podía él representarla en realidad? ¿Seguía siendo un auténtico representante de la raza humana? Él era un hombre del siglo IX y siéndolo, ¿cómo podía represen­tar al siglo XX? ¿hasta qué punto habría cambiado el ca­rácter humano con cada generación? Y no pertenecía él - tan sólo al siglo XIX - sino que había vivido también du­rante casi cien años sometido a una circunstancia especial y separada.
Se arrodilló, contemplándose con espanto, y un poca de compasión también, preguntándose lo que era él, si en efecto humano, o si, sin saberlo, había absorbido tanto del mezclado punto de vista extranjero, al cual había estado sujeto, que se habla convertido en una rara especie de silbido, en una extravagante clase de mestizo galáctico.
Lentamente bajó la tapa del baúl, y la apretó con fuer­za, volviéndolo luego a colocar bajo las estanterías.
Seguidamente tomó la caja, poniéndola bajo el brazo, se puso en pie, y asiendo su fusil, se encaminó a la esca­lera.

XXXI

En la cocina encontró algunas cajas de cartón vacías, cajas que Winslowe había empleado para traer provisiones de la ciudad, y comenzó el empaquetado.
Los diarios, en ordenada pila, llenaban una gran caja y parte de otra. Tomó un fajo de periódicos viejos y envolvió cuidadosamente los doce frascos romboidales que estaban sobre la repisa de la chimenea, almohadillándolos profu­samente en otra caja para evitar que se rompiesen. Sacó de la vitrina la caja de música del vegano y la envolvió asimismo tan esmeradamente. De otro estante sacó la literatura extranjera que tenía, y la apiló en la cuarta caja. Fue a su escritorio, pero no había mucha cosa en él, sino menudencias acá y allá en los cajones. Halló su carta y, arrugándola, la arrojó al cesto de los papeles que habla al lado.
Llevó a través de la habitación las cajas ya llenas y las depositó al lado de la puerta, para que estuvieran más al alcance. Lewis tendría un camión, pero aunque sabía que lo necesitaría, podría tardar algún tiempo en llegar. Pero si tenía ya empacado lo más importante, podría salir y estar a la espera.
Permaneció indeciso mirando en torno a la estancia. Allá estaban todos los objetos sobre la mesa, y éstos de­bían ser llevados también, incluyendo la pequeña pirá­mide fulgurante de bolas, que Lucy había puesto en fun­cionamiento.
Vio que el Favorito se había arrastrado de nuevo en la mesa, y caído al suelo. Se detuvo y lo cogió, teniéndolo en las manos. Había desarrollado un botón o dos extras des­de la última vez que lo habla mirado, y era de tenue y delicado rosa, mientras que la última vez había sido azul cobalto.
Probablemente estaba equivocado en llamarle el Favorito. Podía no estar vivo. Pero si lo estaba, era una espe­cie de vida que ni siquiera podía imaginarse. No era de metal ni de piedra, pero algo muy parecido a ambos. Una lima no causaba ninguna impresión en él, y una o dos veces había estado tentado de asestarle un martillazo, para ver qué efecto le produciría, aunque estaba dispuesto a apostar que no le habría causado ninguno en absoluto. Crecía lentamente y se movía, mas no había medio de saber cómo se movía. Pero dejándolo, al volver se habría movido... un poco, no demasiado. Cuando sabía que esta­ba siendo contemplado, no quería moverse. Tanto como podía apreciar, no se alimentaba, y parecía no tener des­gaste. Cambiaba de colores, pero sin época determinada, y sin visible razón para el cambio.
Había una caja o dos fuera, en el soportal, y tenía que cogerlas y acabar el empaquetado de lo que iba a llevarse. Luego bajaría al sótano y sacaría los objetos que había etiquetado. Lanzó una ojeada hacia la ventana y se perca­tó, con cierta sorpresa, de que tenía que darse prisa, pues el sol estaba poniéndose. Pronto oscurecería.
Recordó que había olvidado la comida, pero no tenía tiempo de ello. Tomaría algo, más tarde.
Se volvió para poner al Favorito sobre la mesa, y al hacerlo, percibió un débil sonido, y quedóse helado donde estaba.
Era la tenue especie de risita ahogada de un materia­lizador funcionando. No podía equivocarse sobre el par­ticular. Había oído demasiado a menudo aquel sonido, como para confundirse.
Y debía ser, lo sabía, el materializador oficial, pues nadie podía haber viajado sin haber enviado un mensaje.
Ulises, pensó. Ulises volviendo otra vez. O acaso algún otro miembro de la Central Galáctica. Pues de haber sido Ulises, habría enviado un mensaje.
Dio unos rápidos pasos adelante al rincón donde se hallaba el materializador, viendo que una oscura y menuda figura surgía del circulo del objetivo.
-¡Ulises! - exclamó Enoch, dándose cuenta al mismo tiempo de que no era Ulises.
Durante un instante tuvo la impresión de un sombrero de copa, de una corbata blanca y faldones de frac, de una donosa gallardía, y luego vio que la criatura, algo se­mejante a una rata que caminara erguida, con una piel lisa y parda cubriéndole el cuerpo, una cara afilada de roedor. Durante un instante, al volver su cabeza a ella> captó el rojo destello de sus ojos. Luego se volvió de nuevo hacia el rincón y vio que la mano de aquel ser es­taba alzada y de una pistolera que llevaba a la cintura algo que brillaba con fulgor metálico aún en la sombra.
Algo raro sucedía con aquel ser. Debía haberle salu­dado a él, e ir a su encuentro. Pero en vez de ello le había lanzado aquella ojeada de sus rojos ojos, y vuelto al rincón.
El objeto metálico salió de la pistolera; sólo podía ser un arma, o cuando menos algo que pudiera considerarse como tal.
¿Y así era cómo querían cerrar la estación?, pensó Enoch. Un rápido disparo, sin una palabra, y el guardián de la estación muerto sobre el suelo. Por alguien que no fuese Ulises, pues no podía confiarse en éste para matar a un amigo de mucho tiempo.
El fusil yacía sobre el escritorio, y no había tiempo para cogerlo.
Pero la criatura ratuna se hallaba ahora volviéndose hacia la habitación. Su cara se dirigía aún hacia la esquina, y su mano se alzaba, con el arma brillando en ella.
Una alarma vibró en el cerebro de Enoch y agitó su bra­zo y lanzó el Favorito a la criatura del rincón, saliendo su alarido involuntariamente del fondo de sus pulmones.
Pues se dio cuenta de que la criatura aquella no inten­taba matar al guardián sino destruir la estación. La única cosa que sabía ser objeto de una mirada en el rincón, era - el complejo de control, el centro nervioso de la estación. Y de ser deshecho aquello, la estación habría fenecido. Para hacerla funcionar de nuevo, sería preciso el envío de un equipo de técnicos en una astronave, desde la esta­ción más próxima... viaje que requeriría un transcurso de muchos años.
Ante el alarido de Enoch, la extraña criatura dio una especie de sacudida, para agazaparse, y el Favorito lanzado, fue a dar contra su barriga, tirando al ratuno ser contra la pared.
Enoch se abalanzó, con los brazos extendidos para asir­le. El arma voló de la mano de su antagonista y trazó un molinete sobre el suelo. Luego, Enoch se encontró sobre el extranjero, y su olfato fue asaltado por el hedor de su cuerpo... una mareante oleada nauseabunda.
Rodeó con sus brazos a su adversario y lo levantó, no hallándolo tan pesado como pensó podía haber sido. Su poderoso agarrón lo arrancó de la esquina y lo echó rodando por el suelo.
Fue a chocar contra una silla, y luego, al igual de un cable de acero, o como un resorte más bien, saltó hacia el arma.
Enoch dio dos grandes zancadas y lo agarró por el cuello, levantándole y zarandeándole tan salvajemente, que la recuperada arma voló de su mano y la bolsa que traía en una correa a través del hombro, repercutió en sus velludos ijares como un martillo pilón.
El hedor era denso, tan denso que hasta parecía casi vérsele, y Enoch se sintió sofocado por el al zarandear a aquella criatura. Y de pronto fue peor, mucho peor, como un fuego en la garganta y un martillo asestado en la cabeza. Era como un golpe físico asestado en el vientre y expandido al pecho. Enoch soltó su presa y se tambaleó hacia atrás> encorvado y basqueando. Alzó sus manos a la cara e intentó ahuyentar el apestor, despejar sus fosas nasales y boca, borrarlo de sus ojos.
A través de una especie de bruma vio levantarse a la horrorosa criatura> la cual, apoderándose de su arma, co­rrió rápida a la puerta. Enoch no oyó la frase que dijo, pero la puerta se abrió, y el ratuno ser salió de un brinco. Y la puerta volvió a cerrarse de golpe.

XXXII

Enoch atravesó tambaleante la habitación y se apoyó en el escritorio. El hedor iba disminuyendo y su cabeza se despejaba. Apenas podía creer lo que había sucedido, pues en efecto resultaba increíble que una cosa así pu­diese haber ocurrido. Aquella criatura había viajado sobre el materializador oficial, y nadie, salvó un miembro de la Central Galáctica, podía hacerlo por aquella ruta. Y tam­poco miembro ninguno de la Central Galáctica, estaba con­vencido, habría actuado como lo había hecho aquel ser ratuno. Además, éste había sabido la frase que hacía fun­cionar la puerta. Y nadie, sino él mismo y la Central Ga­láctica debía conocerla.
Tendió la mano, cogió el fusil y lo empuñó firmemente. Todo estaba bien, pensó. Nada había sido dañado. Pero había un extraño sobre Tierra, y eso era algo que no podía ser permitido. La Tierra estaba impedida a los extran­jeros. Como planeta que no había sido reconocido por la confraternidad galáctica, era territorio fuera de sus lí­mites.
Permaneció con el fusil en mano, sabiendo lo que había de hacer... echar atrás a aquel extranjero, expulsarlo de la Tierra.
Lo manifestó en voz - alta y se abalanzó a la puerta, sa­liendo fuera y dando la vuelta a la esquina de la casa.
El extranjero corría a través del campo y casi había alcanzado el linde del bosque.
Enoch corrió en su persecución, pero a medio camino el ser ratuno se sumió en el bosque y desapareció.
El bosque estaba comenzando a ser invadido por la oscuridad. Los oblicuos rayos del sol poniente iluminaban el dosel superior del follaje, mas en su suelo hablan em­pezado a condensarse las sombras.
Al meterse en la linde del bosque, tuvo un vislumbre de la criatura, que bajando una pequeña barranca, se metía en el declive opuesto, corriendo a través de los helechos que le llegaban casi a la mitad del cuerpo.
Si se mantenía en aquella dirección, se dijo Enoch, se saldría con la suya, pues el declive opuesto de la barranca acababa en un grupo de rocas que estaba sobre un punto saliente rematado por un farallón, con cada lado entran­te, de manera que la punta y su masa de cantos rodados se encontraba aislada, colgada sobre d espacio. Sería harto arduo el sacar al extranjero de las rocas si se refugiaba allí, pero cuando menos podría ser sitiado y no lograría salir. Sin embargo, pensó Enoch. Él no podía perder tiem­po alguno, pues el sol se estaba poniendo y pronto esta­ría oscuro.
Enoch anguló ligeramente hacia el oeste, para contor­near la cabeza del pequeño barranco, no perdiendo de vis­ta al extranjero en huida, el cual seguía sobre el declive, y Enoch, observando esto, aumentó su velocidad. Por el momento, tenía atrapado al extranjero. En su huida, habla pasado el punto sin retorno. Ya no podía dar una vuelta y retirarse de allí. Pronto alcanzaría el borde del farallón, y allí no podría hacer otra cosa sino cobijarse en el grupo de cantos rodados.
Corriendo con todas sus fuerzas, Enoch atravesé la zona cubierta de helechos y salió al declive más pronunciado, a cosa de unos treinta metros debajo del grupo de cantos rodados. Allí no era tan espesa la cobertura. Habla escasa maleza y árboles desperdigados. La blanda arcilla del piso del bosque daba paso a piedra triturada, que en el curso de los años habla sido arrancada de los cantos rodados por el cierzo invernal, cayendo declive abajo. Allá estaban ahora las piedras cubiertas de espeso musgo, haciendo traicionero el andar.
Mientras corría, Enoch escudriñé con una ojeada los cantos rodados, pero no había en ellos muestra alguna del extranjero. De pronto, y por el rabillo del ojo vio movimiento, y se abalanzó tras unas matas de avellanos, vien­do a través de ellas al extranjero recortado contra el fir­mamento, con su cabeza moviéndose atrás y adelante para pasar rápidamente por el declive inferior, y el arma semi­alzada y dispuesta para ser usada al instante.
Enoch quedóse helado, con su mano tendida asiendo el rifle. Sintió un trallazo de dolor en los nudillos, viendo que los había desollado en la roca al dar una zambullida para ocultarse.
El extranjero desapareció de la vista tras los cantos rodados y Enoch puso lentamente el fusil en donde pudiera manipularlo, caso de que se le presentara ocasión de dis­parar.
¿Se atrevería sin embargo a disparar?, se preguntó. ¿Se atrevería a matar a un extranjero?
Este podía haberle matado a él, allá en la estación, cuando había quedado mareado por el espantoso hedor. Pero no lo había hecho; en vez de ello, había huido. ¿Fue debido acaso, volvió a preguntarse, a que la criatura aque­lla se había atemorizado tanto, que todo cuanto se le ocu­rrió pensar fue huir? ¿O tal vez, había sido tan renuente en matar a un guardián de la estación, como él lo era en matar a un extranjero?
Escudriñé las rocas sobre él; no había ningún movi­miento, ni nada se veía. Debía subir aquel declive, y pres­tamente, se dijo, pues el tiempo obraría en favor del ex­tranjero. La oscuridad no debía tardar ya más de treinta minutos, y antes de que se tendiese, había de zanjar la cuestión. Si el extranjero escapaba, había poca probabili­dad de encontrarlo.
¿Y por qué -  preguntóse otra vez, apartándose a un lado - preocuparse con complicaciones ajenas? ¿Pues no estaba dispuesto a informar a la Tierra que habla pueblos extranjeros en la galaxia, y entregar, sin autorización, tan­to del saber y la ciencia de aquellos extranjeros, como estuviera en su poder? ¿Por qué haber detenido a aquel ex­tranjero el destrozo de la estación, asegurando su aisla­miento por muchos años... pues eso habría sucedido, si con ello hubiera quedado él libre para hacer cuanto qui­siera con todo cuanto había dentro de la estación? Habría sido en su beneficio el permitir que los sucesos siguieran su curso.
- Mas no lo podía - clamó Enoch en su interior, como respondiendo a alguien, o a si mismo -. ¿Es que no ves que no lo podía? ¿Es que no lo comprendes?
Un crujido en las matas a su izquierda, le hizo volverse, con el fusil presto.
Y de pronto apareció Lucy Fisher, a no más de seis metros.
-¡Vete de ahí! - gritó a la muchacha, olvidando que ella no podía oírle.
En efecto, ella no pareció entender. Se movió a la iz­quierda, y con rápido ademán de la mano, apuntó hacia los cantos rodados.
-¡Vete! - gritó él de nuevo, con toda la fuerza de sus pulmones -. ¡Vete de ahí! - haciendo al mismo tiempo ex­presivos movimientos con sus manos, para indicarle que debía marcharse, que aquél no era un lugar para ella.
La muchacha meneó su cabeza y se aparté corriendo agachada, moviéndose más a la izquierda y declive arriba.
Enoch se puso en pie, abalanzándose tras ella, y al ha­cerlo, el aire tras él produjo un sonido como de frito, y hubo como la aguda mordedura del ozono.
Instintivamente, golpeó el suelo, y allá abajo del declive vio medio metro cuadrado de terreno que hervía y humeaba, con su capa barrida por un tremendo calor, y tornados el propio suelo y la roca en masa borbo­teante.
Un láser, pensó Enoch. El arma del extranjero era un láser, conteniendo un terrorífico golpe en un exiguo haz luminoso.
Se contrajo y dio una breve carrera ladera arriba, arrojándose postrado tras un grupo de ensortijados abedules. El aire volvía a hacer el sonido de fritura, y nueva­mente hubo ráfagas de calor y el ozono. Sobre el declive opuesto, echaba vapor un trozo de terreno. Flotaba ceniza, que cayó en los brazos de Enoch. Lanzó una rápida ojea­da arriba, y vio que las copas de los abedules habían de­saparecido, reducidas a ceniza por el láser. Tenues volutas de humo se elevaban perezosamente de los cercenados troncos.
Hiciérase lo que se pudiera, o dejara de hacerse, allá en la estación, el extranjero suponía faena. Sabía que es­taba acorralado y empleaba artimañas.
Enoch se pegó contra el suelo y se inquieté por Lucy. Esperaba que estuviese a salvo. La muy boba debiera ha­berse quedado al margen. Este no era un lugar para ella. Ni lo había sido nunca en el bosque a aquella hora del día. Tendría de nuevo al viejo Hank buscándola, pensan­do que la habían raptado. Se preguntó qué diablos se le había metido en el cuerpo.
La oscuridad iba aumentando. Sólo las distantes copas de los árboles recogían los últimos rayos del sol. Rampan­do por el barranco provenía una frialdad del valle de aba­jo, y del suelo brotaba un olor húmedo y fresco. De al­gún escondido agujero clamaba tristemente algún chota­cabras.
Enoch salió de tras el grupo de abedules, precipitándose declive arriba. Llegó al tronco caído que había elegido como barricada, y se aposté tras él. No había señal al­guna del extranjero, ni ningún otro disparo del láser.
Enoch estudió el terreno ante él. Dos carreras más, una a aquella pequeña pila de roca, y la siguiente al borde de la propia zona de los cantos rodados, y se hallarla sobre el extranjero escondido. Mas, ¿qué haría una vez que estuviese allí?, se preguntó.
Pues sacar al extranjero de su madriguera, arrancarlo de su escondite y derrotarlo, desde luego.
No había planes que pudieran hacerse, ni tácticas que pudieran establecerse de antemano. Una vez que llegase al borde de los cantos rodados, debía hacerlo todo sobre la marcha, de oído, valiéndose de cualquier hueco que se presentara. Iba en su desventaja el que no debía matar al extranjero, sino capturarlo y llevarlo a rastras si fuese preciso, forcejeando y chillando, al resguardo de la esta­ción.
Tal vez aquí, al aire libre, no podría emplear su he­dionda defensa, como lo había hecho en el confinamiento de la estación, por lo que la cosa podría ser más fácil. Exa­minó el grupo de cantos rodados de un extremo al otro, no observando nada que pudiese ayudar a localizar al ex­tranjero.
Comenzó lentamente a serpear en derredor, dispuesto a la próxima carrera declive arriba, moviéndose cuidadosamente, de manera que ningún ruido pudiera traicionarle.
Por el rabillo del ojo percibió una sombra moviéndose por el declive. Apresté al punto el rifle. Pero antes de que pudiera encañonarlo, la sombra estaba sobre él, ponién­dole de espaldas en el suelo, mientras una manaza le ta­paba la boca.
-¡Ulises! - farfulló Enoch, pero la temible figura le siseó previniéndole.
Lentamente se desprendió el peso que le oprimía, y la mano se apartó de su boca.
Ulises hizo un gesto en dirección a la masa de cantos rodados, y Enoch asintió.
Ulises se aproximé más e inclinó su cabeza a la de Enoch, cuchicheándole al oído:
-¡El Talismán! ¡Sí tiene el Talismán!
-¡El Talismán! - repitió Enoch en voz alta, intentando ahogar su grito cuando ya lo había proferido, al recordar que no debía hacer ruido alguno para no ser descubiertos por quien estaba vigilándoles.
Del espolón superior se desprendió una roca, que rodó dando tumbos por el declive. Enoch se pegó más al suelo, tras el tronco derribado.
-¡Abajo! - gritó a Ulises -. ¡Abajo! ¡Tiene un arma!
Pero la mano de Ulises le asió por el hombro.
-¡Enoch! – gritó -. ¡Mira, Enoch!
Enoch se irguió, viendo sobre el grupo de rocas, recor­tándose en el firmamento, dos figuras asiéndose.
-¡Lucy! - vociferó.
Pues una era Lucy', la otra el extranjero.
Ella había subido a hurtadillas hasta donde él estaba. ¡Maldita pequeña estúpida, había llegado solapadamente hasta arriba! Y mientras el extranjero había estado dis­traído vigilando el declive, se le había acercado y luego asido. Ella tenía un garrote o algo parecido en su mano, alguna vieja rama acaso, y la alzaba sobre su cabeza, presta a asestar un golpe, pero no podía hacerlo, pues el extranjero le tenía asido el brazo.
-¡Dispara! - dijo Ulises, con voz apagada y sin tono.
Enoch alzó el rifle, teniendo dificultad con la mira, debido a la oscuridad creciente. ¡Y estaban tan juntos! ¡Demasiado juntos!
-¡Dispara! - aulló ahora Ulises.
--No puedo - suspiró Enoch -. Está demasiado oscuro para hacerlo.
-¡Tienes que disparar! – conminó Ulises con voz tensa y dura -. ¡Tienes que correr el albur!
Enoch volvió a levantar el fusil, pareciéndole que la mira estaba más clara, percatándose que su indecisión no estaba tanto en la oscuridad, como en aquel disparo que había fallado en el mundo aquel de los bocinazos graznantes y del estrafalario ser zancudo que en él había irrumpido. Si entonces había fallado, también podía ma­rrar ahora.
- La mira precisó la cabeza de la criatura ratuna, pero de pronto el blanco que presentaba comenzó a moverse.
-¡Dispara! - volvió a aullar Ulises.
Enoch apreté el gatillo, soné un estampido, y arriba sobre las rocas, la extraña criatura quedóse durante un segundo con sólo media cabeza y con jirones de carne semejantes a oscuros insectos retorciéndose contra el crepúsculo del firmamento de poniente.
Enoch solté el arma y se tendió sobre el suelo, clavando sus dedos en la musgosa feble tierra, mareado por el pensamiento de lo que podía haber ocurrido, desmadejado de agradecimiento por lo que no ocurrió, porque los años de aquel fantástico campo de tiro en que se había ejerci­tado en su pasatiempo, hubieran por fin dado un eficaz resultado.
¡Cuán singular es – pensó - cómo tantas cosas sin sen­tido forman nuestro destino! Pues el campo de tiro había sido una cosa sin sentido, tanto como una mesa de billar o un juego de naipes... destinado tan sélo a entretener al guardián de la estación. Y, sin embargo, los días que allí había pasado, se habían configurado hacia esta hora fi­nal, hasta plasmar en este simple instante en este confi­nado declive.
Su mareo se diluyó en el suelo bajo él, y le sucedió una paz... la paz del terreno de árboles y bosques, y de la pri­mera calma y quietud de la caída de la noche. Como si el firmamento y las estrellas y el mismo espacio se hubiesen inclinado junto a él y le estuvieran cuchicheando su esen­cial y única singularidad. Y por un instante le pareció que había asido el borde de alguna gran verdad, y que con esta verdad había llegado a un consuelo y a una grandeza que jamás antes conociera.
- Enoch - murmuró Ulises -. Enoch, hermano mío.
Había algo como un sollozo oculto en la voz del extran­jero, y nunca, hasta este momento, había llamado hermano al terrestre.
Enoch se puso de rodillas, y arriba sobre la pila de volcados cantos rodados apareció una maravillosa luz, una suave y dulce luminosidad, como si un gigantesco gusano de luz hubiese encendido su lámpara.
El fulgor se estaba moviendo hacia ellos bajando a través de las rocas, y pudo ver a Lucy moviéndose con él, como si llevara una linterna en la mano.
La mano de Ulises se tendió en la oscuridad y asió con fuerza el brazo de Enoch.
-¿Ves? - dijo.
- Sí, lo veo. ¿Qué es...?
- Es el Talismán - respondió Ulises, anonadado, ahogándosele la respiración en la garganta -. Y ella es nuestro nuevo custodio. El único que hemos buscado a través de los años.

XXXIII

Fue llenada y cubierta la tumba, y los cinco circuns­tantes permanecieron ante ella unos momentos más, escuchando al inquieto viento que se agitaba en el manza­nal bañado por la luna, mientras que a lo lejos, en las oquedades sobre el valle ribereño, los chotacabras seguían su chachareo a través de la argentada noche.
Enoch intentó leer, a la luz de la luna, las líneas gra­badas sobre la tosca lápida, pero no había bastante luminosidad. Sin embargo, no había necesidad de leerlo, pues lo tenía bien presente en su mente:
Aquí yace uno de una distante estrella, pero este suelo no le es ajeno, pues en la muerte pertenece al Universo.
Cuando escribiste eso, le había dicho la noche pasada el diplomático hazer, lo hiciste corno uno de nosotros. Y él no lo había dicho así, pero el vegano había estado equi­vocado. Pues ello no era un sentimiento vegano sólo, sino que era humano también.
Las palabras estaban grabadas desmañadamente y había un error o dos en su ortografía, pues el idioma hazer no era fácil de dominar. La piedra era más blanda que el mármol o el granito empleados generalmente en las lápidas funerarias, y la inscripción no subsistiría. En pocos años, la acción del sol, la lluvia y las heladas, empañaría los caracteres, y pocos años después de que se hubiesen borrado enteramente, no quedaba más que la aspereza de la piedra para mostrar que habían estado escritas algu­nas palabras en ella. Pero no importaba, pensó Enoch, pues las palabras estaban grabadas en algo más que en la misma piedra.
Miró a través de la tumba a Lucy. El Talismán estaba de nuevo en su bolso, y su resplandor era más suave. Lo mantenía aún fuertemente sujeto contra ella, y su rostro estaba todavía exaltado y ausente... como si no viviera ya en el mundo presente, sino entrado en otro lugar, en otra dimensión lejana, donde moraba sola y olvidada de todo el pasado.
-¿Crees tú - preguntó Ulises - que ella querrá ir con nosotros? ¿Crees que podremos convencerla? ¿Querrá la Tierra...?
- La Tierra - respondió Enoch - no tiene nada que decir. Nosotros los terrestres somos agentes libres. Es a ella a quien toca decidir.
-¿Crees que querrá ir? - volvió a preguntar Ulises.
- Me parece así - respondió Enoch -. Pienso que acaso éste ha sido el momento que ha buscado en toda su vida. Me pregunto si no lo habrá sentido, aún sin el Talismán.
Pues ella había estado siempre en contacto con algo fuera del alcance humano. Tenía algo en ella, que no poseía ningún otro ser humano. Uno lo percibía, más no podía expresarlo, pues no había nombre alguno para ello. Y ella había andado a tientas, intentando emplearlo, no sabiendo cómo hacerlo, extirpando con ensalmos las ve­rrugas y curando pobres mariposas heridas, y realizando Dios sabe qué otros actos que permanecían ocultos.
-¿Y su padre? - dijo Ulises -. ¿Aquel individuo ulu­lante que corrió escapando de nosotros?
- Yo trataré con él - dijo Lewis -. Tendré una conver­sación. Lo conozco muy bien.
-¿Quieres llevarla contigo a la Central Galáctica? - preguntó Enoch.
- Si ella lo desea - respondió Ulises - debe comuni­carse en seguida a la Central.
-¿Y desde aquí por toda la Galaxia?
- Sí - respondió Ulises -. La necesitamos con urgencia.
- Me pregunto si la podríamos prestar por uno o dos días.
-¿Prestarla?
- Sí - dijo Enoch -. Pues también nosotros la necesitamos. Con el mayor apremio que cabe.
- Desde luego - dijo Ulises -. Pero yo no...
- Lewis - dijo Enoch -, ¿crees tú que nuestro Gobier­no - el secretario de Estado quizá - podría ser persuadi­do a la designación de una Lucy Fisher como miembro de nuestra delegación de conferencia de paz?
Lewis tartamudeó algo, se detuvo, y luego comenzó de nuevo:
- Creo que posiblemente podría ser arreglado eso.
-¿Puedes imaginarte - preguntó Enoch - el impacto de esta muchacha y el Talismán en la mesa de conferencias?
- Creo que sí - dijo Lewis -. Pero indudablemente, el secretario desearía hablar contigo antes de adoptar su decisión.
Enoch se volvió a medias hacia Ulises, pero no necesitó expresar su pregunta.
- Házmelo saber de todos modos - dijo Ulises a Lewis - y tomaré parte en la entrevista. Y puedes decir también al buen secretario, que no sería una mala idea comenzar la formación de una comisión mundial.
-¿Una comisión mundial?
- Para disponer uno de nosotros para conveniencia de la Tierra. No podemos aceptar un custodio de otro planeta exterior, ¿no es así? - dijo Ulises.

XXXIV

A la luz de la luna brillaba pálidamente el bloque de cantos rodados, como el esqueleto de alguna bestia pre­histórica. Pues allí, cerca del borde de la escarpa que ata­layaba el río, clareaban los corpulentos árboles y la punta rocosa se abría al firmamento.
Enoch, junto a uno de los macizos cantos rodados, lanzó una ojeada abajo, a la acurrucada figura que yacía entre las rocas. ¡Pobre y andrajoso perillán – pensó -, muerto tan lejos de su hogar, y en cuanto a él mismo concernía, para el logro de tan pequeño fin!
Aunque acaso ni pobre ni andrajoso, pues en aquel ce­rebro, ahora destrozado hasta resultar irreconocible, debió haber habido a buen seguro un plan de grandeza... la clase de plan que los cerebros de un terrestre Alejandro, o Jer­jes, o Napoleón, debieron haber albergado, un sueño de algún gran poder, cínicamente concebido, para ser obtenido y mantenido a cualquier precio, siendo tan grandiosas sus dimensiones, que apartaban a un lado y desdeñaban todas las consideraciones morales.
Intentó momentáneamente imaginarse cuál pudiera ser el plan, pero sabía, al poner a prueba su imaginación, cuán necio sería el intentarlo, pues existirían factores, estaba seguro, que no sabría reconocer, y consideraciones que pudieran hallarse más allá de su entendimiento.
Pero fuese como fuese, algo había fallado, pues en el propio plan, la Tierra no había tenido otro papel que el de un escondite que podía utilizarse en caso de trastorno. Aquella criatura que allí yacía, pues, era una parte de la desesperación, un último cartucho fallado.
Y, pensó Enoch, era irónico que la clave del fracaso estuviera en el hecho de que la criatura, en su huida, hu­biese llevado el Talismán al patio de una sensitiva, y en un planeta también, en el que nadie habría pensado en buscar una sensitiva. Pues, volviendo a pensar en ello, cabía poca duda de que Lucy había sentido el Talismán y había sido atraída a él lo mismo que un imán atraería a un trozo de acero. Ella no había sabido nada más, acaso, sino que el Talismán había estado allí, y que era algo que debía poseer, que era algo que ella había esperado en toda su soledad, sin saber lo que era, ni mantener una esperanza de encontrarlo. Como un chiquillo que ve, de repente, una reluciente fruslería en un árbol navideño, y le parece la cosa más grande de la Tierra, y que debe ser suya.
Aquella criatura allí tendida, pensó Enoch, debió ha­ber sido capaz y llena de recursos. Pues ambas condiciones debieron haberse requerido para robar el Talismán y huir con él, para mantenerlo oculto durante años, para haber penetrado en los secretos y archivos de la Central Galác­tica. ¿Habría sido ello posible, se preguntó, de haber esta­do el Talismán en funcionamiento efectivo? ¿Habrían sido posibles con un Talismán energético la laxitud moral y el impulso cupido suficientes para motivar la hazaña?
Mas ya todo había acabado. El Talismán había sido re­cuperado, y hallándose un nuevo custodio... tina muchacha sordomuda de la Tierra, el más humilde de los seres hu­manos. Y así habría paz en la Tierra, y con el tiempo, la Tierra se uniría a la confraternidad de la Galaxia.
No había problemas ya, pensó. No habían de tomarse decisiones de ninguna clase. Lucy las había tomado todas de las manos de todos.
La estación subsistiría, y por su parte podía desempa­car las cajas, y volver a poner los diarios en sus estantes.
Y podía volver de nuevo a la estación, e instalarse en ella, y proseguir su trabajo.
- Lo siento - dijo a la forma acurrucada que yacía entre los cantos rodados -. Lamento que haya sido mía la mano que tuvo que hacerte eso.
 Dio la vuelta y se encaminó a donde el risco descendía a pico al río que fluía a sus pies. Alzó el fusil y lo mantuvo inmóvil por un momento; de pronto, lo arrojó, y contempló su caída, girando como una peonza, rielando           la luna en su cañón; y vio su chapoteo al chocar con el agua. Y oyó de más lejos el presumido y satisfecho gor­goteo del agua al paso ante el risco, dirigiéndose a los más distantes extremos de la Tierra.
Habría paz en la Tierra, pensó; no habría guerra. Con Lucy en la mesa de conferencias, no podía haber pensamiento alguno de guerra. Aunque alguien corriese aullando de miedo de sí mismo, un miedo de culpabilidad tan grande que superase la gloria y el consuelo del Talismán, aun en ese caso no habría guerra.
Pero había aún mucho camino por recorrer, era una senda muy larga y solitaria, antes de que el fulgor de la paz auténtica se implantase viviente en los corazones hu­manos.
Mientras nadie corriese aullando, apresado de salvaje miedo (o de cualquier clase de miedo), habría paz real. Hasta que el último de los hombres no arrojase su arma  (cualquier clase de arma), la tribu humana no podría estar en paz. Y un fusil, se dijo Enoch, era la menor de las armas de la Tierra, lo más insignificante de la inhumanidad del hombre para el hombre, no más que un símbolo de todas las otras armas más mortíferas.
Permaneció al borde del risco, mirando a través del río y del umbroso valle. Sentía las manos singularmente vacías sin el rifle, mas le parecía que en alguna parte de camino había pasado a otro campo, a otro terreno del tiempo, como si una época o día hubiesen desaparecido y hubiese él llegado a un paraje reluciente e impoluto, no maculado por pasados errores.
El río rodaba ondulante a sus pies, indiferente a todo.
Nada le importaba. Acogía al colmillo del mastodonte, al cráneo del maquerodo, al esqueleto de un hombre, al ár­bol muerto, a la roca y al fusil, y todo lo engullía y lo cubría de limo o arena y seguía su curso gorgoteante sobre todo ello, ocultándolos a la vista.
Hace un millón de años, no había habido un río allí, y en otro millón de años podría no haberlo tampoco... pero dentro de ese millón de años habría, si no el Hombre, cuando menos algo de interés. Y ése era el secreto del Universo, se dijo Enoch, algo que proseguía fluyendo.
Se volvió lentamente del borde del risco y gateó a tra­vés de los cantos rodados, para subir luego la loma. Oyó el tenue remolineo de la vida pequeña en las hojas caídas, y en una ocasión el soñoliento fisgar de un pájaro desperta­do. Y en todo el bosque se hallaba tendida la paz y el consuelo de aquella refulgente luz... no tan intensa, no tan profunda y brillante y tan maravillosa como cuando estu­viera realmente presente allí, pero aún quedaba un soplo, un hálito de ella.
Llegó al linde del bosque, subió la ladera, y tuvo enfrente suyo a la cuadrada estación sobre la cima. Y le pareció que ya no era tan sólo una estación, sino tam­bién su hogar. Hacía muchos años, había sido su hogar y nada más, convirtiéndose luego en una estación de trán­sito a la Galaxia. Pero ahora, aun cuando seguía siendo estación, volvía a ser bogar de nuevo.
Entró en la estación; el interior estaba tranquilo y un tanto fantasmal en su quietud. Una lámpara ardía sobre su escritorio, y sobre la mesa flameaba la pequeña pirá­mide de esferas, despidiendo sus abigarradas luces, al igual que las bolas de cristal que se empleaban en los es­trepitosos años veinte, para convertir una sala de baile en un lugar mágico. Los titilantes colores revoloteaban por toda la habitación, como el baile cabrilleante de una có­mica banda de luciérnagas en tecnicolor.
Por un momento permaneció indeciso, no sabiendo qué hacer. Habla algo que faltaba, y de pronto se dio cuenta de lo que era. Durante todos aquellos años habla habido un fusil en su colgadero o sobre la mesa. Y ahora, no lo había. Tendría que asentarse - se dijo - y volver al trabajo.
Había de desempacar las cajas. Poner en su sitio los dia­rios, y seguir con su redacción. Habla, en fin, muchas co­sas que hacer.
Ulises y Lucy se habían marchado hacia una hora o dos, con destino a la Central Galáctica, pero aún parecía pal­parse en la habitación la sensación del Talismán. Aunque, acaso -pensó- no era en absoluto en la habitación, sino en su mismo interior. Quizá era una impresión que le acompañaría a cualquier parte que fuese.
Atravesó lentamente la estancia y se sentó en el sofá.
Frente a él, la pirámide de esferas estaba derramando su lluvia de colores. Tendió una mano para cogerla, pero la retiró seguidamente. ¿A qué examinarla de nuevo?, se preguntó. Si no había descubierto su secreto las muchas veces anteriores, ¿por qué cabía esperar el descubrirlo ahora?
Un lindo objeto, pensó, pero inútil.
Se preguntó cómo le iría a Lucy, y se dijo que todo marchaba bien. Lo sabia. Ella saldría adelante en cualquier parte adonde fuese.
En vez de quedarse sentado, él debería volver al tra­bajo. Había en efecto mucho que hacer. Y en adelante no dispondría de sí mismo, pues la Tierra estaría llamando a la puerta. Habrían conferencias y reuniones> y una serie de otras cosas, y en pocos días más, llegarían de nuevo los periódicos. Pero antes de que sucediera, Ulises volvería para ayudarle, y quizá habría otros también.
En un momento podría tomar algún bocado y poner­se luego a la tarea. Si trabajaba hasta muy entrada la noche, podría dejar mucho hecho.
Las noches solitarias - se dijo - eran buenas para el trabajo. Y aquélla era solitaria, no debiendo serlo. Pues él ya no estaba solo, como lo había pensado aún pocas horas antes. Ahora tenía a la Tierra y a la Galaxia, a Lucy y a Ulises, a Winslowe y a Lewis, y al viejo filósofo afuera en el manzanal.
Se levantó y cogió la estatuilla cine Winslowe habla tallado representándole. La sostuvo bajo la lámpara del escritorio, dándole vueltas lentamente en sus manos. Ahora veía que había una soledad en aquella figura... el esen­cial aislamiento de un hombre que caminaba solo.
Pero él había tenido que caminar solo. No había habi­do otro medio. Ninguna otra elección. Había sido la tarea de un hombre solo. Y ahora la tarea estaba..., no hecha, pues aún quedaba mucho por hacer, pero la primera fase de ello estaba va realizada, y comenzando la segunda.
Volvió a dejar la estatuilla sobre la mesa y recordó que no había dado a Winslowe la pieza de madera que el viajero thubano había traído consigo. Ahora podía decir a \\~inslowe de dónde había provenido toda la madera. Po­dían revisar los diarios y hallar las fechas y el origen de cada trozo. Eso agradaría al viejo Winslowe.
Percibió un crujido de seda y giró rápido en redondo.
- ¡Mary! - exclamó.
Ella estaba justamente en el borde de la sombra, y los cabrilleantes colores de la destellante pirámide le hacían parecer como alguien que hubiese surgido del país de las hadas. Y era verdad, e1 estaba pensando extraviadamente, pues su perdido país de las hadas había vuelto.
- Tuve que venir - dijo ella -. Estabas muy solitario, Enoch, y no podía permanecer ausente.
Ella no podía permanecer ausente, y eso pudiera ser verdad, pensó ~i. Pues bajo la condición que él había im­puesto, podía haber habido el insoslavable impulso de ir adonde era necesaria.
Era una artimaña, pensó, una trampa a la que no podía escapar. Allí no había ninguna libre voluntad, sino la mor­tal precisión del ciego mecanismo que él mismo habla modelado.
Ella no debía venir a verle, y quizá lo sabía tan bien como él, pero no pudo impedir cl hacerlo. ¿Seguiría siendo así por siempre?, se preguntó él.
Permaneció helado, lacerado por la necesidad de ella y por el vacío de su irrealidad, al ver que ella estaba moviéndose hacia él.
Estaba ya próxima, y en un instante se detendría, pues - conocía las reglas tan bien como él; ella, no más que él, podía admitir la ilusión.
Mas no se detuvo. Se le aproximó tanto, que él pudo aspirar su fragancia de flor de manzano. Extendió ella una mano y la posó sobre la suya.
No era un toque de sombra, ni la sombra de una mano. Pues sintió la presión de sus dedos y su frescura.
Permaneció rígido, con la mano de ella posada sobre su brazo.
¡La luz destellante! - penso -. La pirámide de esferas!
Pues ahora recordaba quien se la había dado... un ser de una de aquellas razas errantes del sistema Alfa. Y había sido por la literatura de aquel sistema que había aprendido el arte del país de las hadas. Habían intentado ayudarle dándole la pirámide, y él no había comprendido. Había habido un tallo de comunicación... pero era - cosa fácil de suceder. En la Babel de la Galaxia, era fácil entender mal, o simplemente el no saber.
Pues la pirámide de esteras era un mecanismo maravi­lloso, y sin embargo simple. Era el agente fijador que proscribía toda ilusión, que hacía un país de hadas de lo real. Uno hacía algo como lo deseaba y luego giraba la pirámide, y se obtenía lo hecho, tan real como si no hu­biese sido nunca ilusión.
     Excepto – pensó -, en algunas cosas en las que uno no podía engañarse. Se sabia que eran ilusión, aun cuando se           tornasen reales.
Tendió en un tanteo su mano hacia ella, pero la mano de ella se apartó de su brazo al dar Mary un paso hacia atrás.
En el silencio de la habitación el terrible, solitario - quedaron como ratoncillos juguetones mientras la pirámide de esferas hacía girar su incesante arco iris.
- Lo siento - dijo Mary - pero eso no sirve de nada. No podemos engañarnos a nosotros mismos.
EI se quedó mudo y avergonzado.
- Estaba en espera de ello - dijo Mary -. Pensé y soñé en ello.
- Y yo también - manifestó Enoch -. Jamás pensé que pudiera suceder.
Y así era, desde luego. Mientras no pudo haber sucedi­do, era una cosa para soñarla. Era romántica y distante e imposible. Y acaso había sido una cosa tan romántica, porque se había hallado tan distante e imposible.
- Como si una muñeca cobrase vida - dijo ella -. O un osito de trapo. Lo siento Enoch, pero no se puede querer a una muñeca o a un osito de trapo que cobrasen vida. Siempre se les recordaría como fueron antes. La muñeca, con su sonrisa bobalicona y pintada; y el osito de trapo, saliéndole el relleno.
-¡No! - clamó Enoch -. ¡No!
- Pobre Enoch - dijo ella -. Será muy triste para ti. Quisiera poder ayudar, remediarlo. ¡Habrás de vivir tanto tiempo con ello!...
- Pero, ¿y tú? - repuso él -. ¿Y tú? ¿Qué es lo que puedes hacer ahora?
Había sido ella -pensó- quien había tenido el valor. El valor de tomar las cosas tal como eran.
¿Cómo puede haberlo sentido? - se preguntó -. ¿Cómo podía haberlo sabido?
- Debo marcharme - dijo ella -. No volveré. Aun cuan­do me necesitaras, no volveré. No hay otra alternativa.
-¡Pero no puedes marcharte! - dijo él -. Estás atra­pada lo mismo que yo.
- No es raro  - dijo ella - cómo nos sucedió. Ambos fuimos víctimas de la ilusión.
- Pero tú... tú no - dijo él.
Ella asintió gravemente.
- Yo, lo mismo que tú. Tú no puedes amar a la muñeca que hiciste, o yo al constructor del juguete. Pero cada uno de nosotros pensó que sí; cada uno de nosotros pensó que debíamos, y somos culpables y desdichados cuando hallamos que no lo podemos.
- Podemos probar - dijo Enoch -. ¡Si quisieras tan sólo quedarte!
-¿Y acabar odiándote? Y aún peor, odiándome tú a mí. Quedémonos con la culpa y la desdicha. Es mejor que el odio.
Se movió rápidamente tomó en su mano la pirámide de esferas, y la alzó.
-¡No, eso no! - gritó el - ¡No, Mary...!
Flameó la pirámide, girando en el aire, y se aplastó con­tra la chimenea. Las destellantes luces se apagaron. Algo... ¿cristal, metal, piedra?, tintineó en el suelo.
-¡Mary! - clamó Enoch, abalanzándose hacia delante en la oscuridad.
Mas nadie estaba allí.
-¡Mary! - gritó, con grito que era un sollozo. Ella se había ido, y no volvería.
Aun cuando él la necesitara, ella ya no volvería.
Permaneció inmóvil en la oscuridad y el silencio, y le pareció como si la voz de un siglo le hablara un quedo lenguaje.
Todas las cosas son arduas - le decía -. Nada es fácil. Había habido la muchacha de la granja que vivía abajo en el camino, y la belleza del sur que le había observado atravesando su puerta, y ahora era Mary, ida para siem­pre de su lado.
Se volvió pesadamente, a tientas en busca de la mesa. La halló y encendió la luz.
Permaneció al lado de la mesa y miró en torno a la habitación. En aquel rincón en que se encontraba, hubo una vez una cocina, y allá donde se encontraba la chime­nea, un cuarto de estar, y todo había cambiado... hacía tiempo que había sido cambiado. Pero él podía verlo como si se tratase sólo de ayer.
Y los días se habían ido, y las personas envueltas en ellos.
Sólo él había quedado.
Él había perdido su mundo. Había abandonado su mundo tras sí.
Y, del mismo modo, en este día, todos los demás... todos los humanos que estaban con vida en este momento.
Podían no saberlo aún, pero ellos también habían deja­do su mundo tras Sí. Nunca Volvería a ser el mismo.
Se da el adiós a tantas cosas, a tantos amores, a tantos sueños...
- Adiós, Mary – dijo -. Perdóname, y que Dios te guarde.
Sentóse ante la mesa y tomó el diario que estaba fren­te a él, abriéndolo en busca de las páginas que debía llenar.
Había trabajo que hacer.
Ahora estaba dispuesto a ello.
Había dado su último adiós.

FIN


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