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domingo, 8 de junio de 2008

CASI EXTINGUIDOS -- ALAN BARCLAY


CASI EXTINGUIDOS -- ALAN BARCLAY
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Desde lo alto de una escarpada colina, Harrison, sentado sobre una roca, podía
ver, a intervalos, por entre los árboles, a la persona que se acercaba corriendo. No
se veía ni se oía aún a los perseguidores. Las empinadas laderas del macizo
central surgían abruptamente de la planicie solamente a seis kilómetros de
distancia. Harinosa adivinaba el pensamiento del desconocido: la esperanza de
que, una vez entre las pendientes laderas y barrancos, de exuberante vegetación,
que llegaban hasta la meseta, sería posible escapar de los perseguidores.
Si hubiera sido un hombre aficionado a las apuestas o si hubiera tenido allí a
alguien con quien apostar hubiera apostado contra el corredor. Muy pocas veces
escapaba nadie de los perseguidores, excepto, naturalmente, los que, como él,
tenían facultades especiales. Harrison no estaba particularmente interesado en el
resultado de esta persecución. Sentía, quizá, un poco de simpatía por el
perseguido, pero en realidad sería mejor que este individuo fuera alcanzado y
capturado. Si escapaba, organizarían la búsqueda Y volverían por aquellos
parajes.
El corredor pasó justamente por debajo de donde estaba Harrison v saltó un
arroyuelo, y entonces Harrison vio con sorpresa que era una mujer; una mujer
fuerte, joven, con largas piernas, y de aspecto vigoroso.
Cuando descubrió esto dejó de ser mero espectador y le embargó una gran
emoción. Se poso de pie lentamente, con la cabeza erguida, como un animal
grande. Harrison era realmente un animal, un animal inteligente y peligroso.
Miró al antiguo camino con los ojos muy abiertos y el oído alerta, por si se
acercaban los perseguidores.
La joven, que había corrido velozmente, sin descanso, jadeaba y sudaba. Durante
la última media hora había trepado por la ladera hasta llegar a la tierra
resquebrajada al pie de la meseta. De cuando en cuando, oía tras ella a sus
enemigos: una piedra que rodaba, una rama que se tronchaba, las voces agudas
de los perseguidores llamándose unos a otros. No estaban muy lejos. Una parte
de ella, la parte inteligente y civilizada, sabía que su fin era seguro. A pesar de
esto, no tenía la menor intención de ceder, ni de estarse quieta esperando que la
cogieran. Estaba viva en este momento, solamente porque ella, y sus padres
antes que ella, habían sido buenos luchadores. En la raza humana, únicamente
habían sobrevivido los que tenían una furiosa y salvaje ansia de luchar y de
Correr’, que eran los invencibles. Continuaría corriendo, revolviéndose, mordiendo
y pataleando hasta su último aliento.
Se adentró en un barranco estrecho y pasó entre dos rocas salientes. Harrison
estaba allí sentado en un tronco y ella se sobresaltó al verle, y Se paró en seco.
En su mano apareció un cuchillo de hoja larga y afilada.
Harrison era alto, de ancho pecho y musculoso.
Llevaba una chaqueta de cuero sin mangas, talones cortos de cuero y un par de
mocasines bien hechos. Tenía el cabello y la barba su aspecto general era limpio
y cuidado. Un pesado cuchillo de monte con una hoja muy afilada, casi una
espada corta, colgaba de su cinto su mano sujetaba un arco. El arco era una
verdadera arma moderna, magistralmente hecha de acero y madera.
Harrison la miró serio. Ella devolvió la desconfiada, con el cuchillo preparado.
Ve por este lado - indicó el hombre -. Por ese barranco de la izquierda y por aquel
pico y valle abajo. Después sigue el arroyo hasta unas casas viejas. ¿Me
entiendes?
Sí – contestó, respirando con fuerza ¿ y después qué?
Estarás libre. Iré a buscarte allí.
Ella le miró un momento desconfiando, y, a continuación, sin preguntar nada más,
sin darle las gracias y sin saber cómo se las iba a arreglar, salió corriendo por cl
barranco en la dirección que él le había indicado.
* * *
Harrison marchó barranco abajo y siguió el camino real por el valle, andando sin
prisa, parándose a escuchar de cuando en cuando. Oyó a los perros y rebuscar
por la maleza tras él cogió el machete y se preparó. No le preocuparon los perros.
Eran dos mastines de ganado de pelo negro. Esperó tras un árbol a que se
aproximaran, y entonces saltó y acuchilló al primero que murió sin un gemido. El
otro no era un animal muy agresivo y al ver al hombre y la suerte que había
corrido su compañero, debió de asustarse bastante.
¡Fuera, Fido, vete! Le gritó Harrison y el perro metió el rabo entre las patas de un
modo muy cómico y salió corriendo.
Un minuto después apareció el primero de los perseguidores. Llevaba el fusil al
hombro e iba escudriñando por delante buscando los perros. Vio a Harrison. Por
un momento los dos hombres se miraron uno al otro. El rostro del recién llegado
no reflejó el sobresalto y la sorpresa que debió de sentir al encontrarse cara a cara
con Harrison, considerado como más peligroso que un animal salvaje. En cuanto
Harrison le vio se lanzó sobre él, atravesándole el cuello con su cuchillo. El otro
dio un grito y se derrumbó sin vida.
El otro perseguidor oyó él gritó. Entre los árboles Se oía trastear en la maleza.
Estos perseguidores estaban muy bien preparados para andar por el bosque.
Durante varias generaciones habían organizado estas batidas para exterminar a
los escasos supervivientes de raza humana.
Harrison sabía que le era imposible subir por la montaña, pues habría hombres
emboscados para no dejarle llegar a ninguna cima. Tratarían de rodearle para
cortarle la retirada.
Preparó su arco y cambió de sitio; pero, aunque tiró muy rápidamente a un bulto
negro que vio moverse entre la maleza, erró el blanco.
Media hora después comprendió que estaba rodeado y que iban estrechando el
cerco. Levantó la cabeza y miró hacia cl pico más alto, por el cual debía de estar
subiendo ahora la joven. Una vez allí estaría a salvo; pero él deseaba con toda su
alma matar a otro de los perseguidores.
Las ramas de un arbusto se movieron de pronto. Harrison apuntó. Una figura
agachada sé mostró un instante y él disparó. La flecha surcó veloz el aire y se oyó
un agudo grito.
Al mismo tiempo oyó silbar las balas a su alrededor. Tenían un sentido de oído
muy desarrollado y debían haberle localizado. Las balas venían ahora de todos los
lados.
Levantó los ojos hacia el pico de la montaña y miró hacia allí con un deseo fiero.
* * *
La mujer, escondida tras un muro medio derrumbado, que había sido parte de una
casa, salió de su escondite cuando vio a Harrison por lo que antes había sido la
calle principal del pueblo.
Andaba tranquilamente con el arco al hombro mirando a los lados, fatigado, pero
no exhausto. La miró con admiración. Comparándola con el tipo corriente de la
mujer antigua no era muy atractiva. Era tosca> con largas piernas y tan salvaje
como un gato montés.
Ven conmigo.
No lo dijo en son de pregunta ni tampoco de orden. Lo dijo como quien habla de
un hecho ya sabido. Eran dos animales, macho y hembra. Eso era todo. A ella ni
quisiera se le ocurrió rehusar. Puede ser que si hubiese rechazado la proposición
la hubiera dejado marcharse. También era posible que si hubiese rehusado le
habría pegado hasta que se sometiese.
¿Muy lejos? - preguntó ella.
• Seis kilómetros - respondió Harrison -. Más allá de aquel barranco.
El hombre echó a andar delante, abandonando el camino real, y caminando por un
sendero un poco por encima del pueblecillo.
¡Entres horas, andando y subiendo las laderas sin cesar, llegaron a un estrecho
valle.
Harrison no hablaba mucho. Probablemente no estaba acostumbrado a hablar con
desconocidos. La mujer no supo que ya estaban llegando a su destino hasta que
se encontraron con otro ser humano que venía por el sendero en dirección
contraria.
Estaba anocheciendo y la mujer distinguía con dificultad la figura del que se
acercaba, que salió 1inesperadamente de detrás de la sombra de un 1arbusto.
Harrison, de todos modos, no dio señal alguna de sorpresa, como si esperase
encontrar a alguien allí. Llamó a la figura con el nombre de Jim y ella vio que Jím
era un muchacho de unos doce años.
Vienes con retraso, Pop - indicó el muchacho -. Estábamos ya
preocupados.
Tuve que venir por el peor camino - gruñó Harrison -. Traje esta mujer. Los
«Ranas» la perseguían.
El muchacho la miró con interés.
Bueno, Pop, tienes las manos llenas ahora, conforme; pero no sé que
pasará cuando Ma la vea. ¿Cómo te llamas? - preguntó a la joven.
Magdalena - contestó ella.
¿De dónde eres?
De allí abajo, del Sur, donde está el mar.
¿Tienes familia?
Ahora no, la perdí hace dos inviernos.
Entremos - ordenó Harrison -. Tengo tanta hambre que podría comerme un
«Rana». ¿Tenéis algo que darnos, Jim?
Seguramente. Cogí una liebre muy grande esta mañana.
* * *
Echaron a andar, rodeando una roca, sé metieron por una abertura natural del
terreno y sé encontraron en una gran cueva. Estaba alumbrada con una luz tenue
y vacilante por varias lámparas colocadas en una especie de nichos en la roca.
Había tres hogueras encendidas y un gran número de figuras, humanas al
parecer, se movían sin cesar de un lado a otro, mientras sus sombras se
proyectaban en las paredes y en el techo.
Después de un momento de confusión, Magdalena pudo ver que en realidad no
había tanta gente.
Vio dos mujeres, una de unos treinta y cinco años v la otra de unos veinte. Esta
última estaba encinta. También había un hombre que parecía viejo, con el cabello
blanco y un brazo deforme. Y varios niños; calculó que debían de ser más de diez.
A pesar de la cantidad de gente que habitaba la cueva, olía a limpio, más que la
vieja bodega que ocuparon sus padres. Un olor a carne guisada le hizo la boca
agua.
Harrison se acercó al fuego donde estaba la mayor de las dos mujeres
inclinándose sobre una olla.
Esta es Magdalena - explicó bruscamente -; los «Ranas» la estaban persiguiendo
y yo la salvé.
Salvarla era tu deber - respondió la mujer -, pero traerla aquí no veo el porqué, Joe
Harrison. Por lo visto esperas que cargue también con esta.
Bueno, yo no veo el modo. Mañana por la mañana a primera hora, se marcha.
Cállate y danos algo que comer - gruñó Harrison.
Por una vez parecía no encontrarse a gusto, e incluso un poco azarado.
La mujer, de un modo poco afable, les puso dos platos de madera, echando un
trozo de carne en cada uno.
Magdalena, que no había comido mucho los dos últimos días, cogió la carne y
empezó a partiría con los dientes. La otra mujer le dio un fuerte pescozón.
Deja de hacer eso – ordenó -. Escúchame.. Muchas cosas han cambiado
desde los antiguos tiempos y supongo que tengo que ayudar a Harrison en lo que
tenga pensado para ti, lo mismo que hice con la joven Lucy que está ahí, pero
todavía hay una o dos cosas que no han cambiado. Esta es mi casa. Puede ser
que vivas en ella y que tengas hijos en ella, pero siempre continuará siendo mi
casa. Y mientras siga siendo mía tiene que estar limpia y decente. Nada de
porquería. Nada de escupir en el suelo. Nada de tirar huesos, ni carne
estropeada por los rincones. Nos hemos hundido muy bajo, pero no hemos
llegado todavía al nivel de los animales. Ahora cómete tu comida limpia y
decentemente no como una bestia salvaje.
- Eso está bien dicho - añadió Harrison -. Esta es Liz, mi mujer. Ella es la que
manda en esta casa.
* * *
Cuando acabaron de comer, Harrison se puso de pie.
Enséñale dónde tiene que dormir, Ma ~ ordenó.
Dio la vuelta sobre sus talones y se acercó al otro fuego donde estaba sentado el
viejo.
Liz condujo a Magdalena a un rincón oscuro donde encontró un catre de lona y
algunas mantas.
Esta noche puedes dormir aquí - le dijo -. Y sacude bien la alfombra y
arregla todo por la mañana. Ahí fuera hay un tanque de agua y puedes lavarte si
quieres y el aseo también está fuera, no quiero porquerías aquí dentro. Y
escúchame bien, joven; sé muy bien lo que piensa Harrison respecto a ti y
supongo que tú lo sabes tan bien como yo. Si no te agrada, lo mejor es que te
marches mañana por la mañana. Si té quedas me figuro que tendré que
apechugar con ello, pero no quiero enterarme de nada. Pase lo que pase entre tú
y Joe tiene que ser fuera de aquí. Tenemos muchos niños, míos y de Lucy, y yo
quiero las cosas decentes y respetables.
Los «Ranas» casi me atraparon, no tengo familia ni dónde ir.
Ya lo sé - respondió Liz -. Quédate si quieres. Este sitio es mejor que
muchos otros, a pesar de que hoy aquí ocurren muchas cosas raras, cosas
difíciles de creer, pero el resultado es que vivimos mejor que muchos. Siempre
tenemos comida abundante.
* * *
Ocurrían allí cosas difíciles de creer. Magda no notó nada extraordinario el primer
día. Por la mañana le despertó el ruido que hacían los niños riéndose y charlando
y se levantó enseguida. Liz estaba quitando las cenizas del fuego. A Harrison v a
los muchachos no se los veía por parte alguna.
Vete abajo al río Y lávate bien - ordenó Liz -. Después te daré el desayuno.
Camina por encima de las rocas todo el tiempo.
Cuando salió, Magda se quedó un momento deslumbrada por la brillante mañana
de sol. El río, que no había visto en la semioscuridad la tarde anterior, estaba
justamente debajo. Los niños estaban salpicándose en la orilla, alborotando y
echándose agua unos a otros. Empezó a bajar a la playa de cascajo.
Anda por las rocas - aconsejó una voz cerca de ella.
Era Jim.
Ten cuidado de andar solo sobre las rocas, no queremos dejar huellas que
los «Ranas» puedan ver desde el aire.
Se volvió para hablarle, pero el sol todavía la deslumbraba y no pudo verle. Un
momento después, sin embargo. Le vio en el río con los otros niños. Fue por la
orilla, lejos del remanse donde estaban los niños v se metió en el río; pero salió
pronto, porque el agua, como venia de la montaña, estaba muy fría. Cuando volvía
se fijó en que todos los niños se habían ido, excepto dos, de unos tres años que
trepaban por las rocas hacia la cueva. Tuvo una vaga impresión de que los niños
habían abandonado el baño de repente.
Lis y la joven Lucy estaban sentadas fuera de la cueva con una fuente de madera
llena de bollos recién sacados del horno.
Magda empezaba a tener la impresión de que había algo anormal en aquel lugar y
en aquella gente. EJ anciano, no tenía más que sesenta años, pero era muy viejo
para un ser humano, ahora que los que quedaban de la raza se veían obligados a
correr y a esconderse para conservar la vida. Salió de la cueva y los niños le
rodearon charlando.
Cogió la bandeja de los bollos. Se puso muy erguido y de repente desapareció.
A nadie pareció sorprenderle. Nadie se inmutó. Los niños se volvieron y miraron
hacia arriba. Magda también miró. Allí estaba Dad de pie en lo alto de un picacho,
a unos cuarenta metros de distancia. Estaba colocando la bandeja de los bollos a
sus pies y de repente apareció de nuevo junto a las mujeres.
Ve a tomar tu desayuno, Johnnie - ordenó Liz.
Johnnie, que tenía unos siete años, miró hacia el picacho. Un momento después
estaba en lo alto, y enseguida bajó con un par de bollos, uno en cada mano.
* * *
Los otros niños: un muchacho y dos chicas fueron a buscar su desayuno del
mismo modo milagroso. A nadie le extrañó este procedimiento.
El viejo trasladó la bandeja a un sitio más cercano y más bajo y los chicos de tres
y cuatro años fueron cogiendo su desayuno igual que otros. Las mujeres se
sirvieron del mismo modo. Liz invitó a Magda a que se uniera a ellas.
Son bollos de avena - le explicó -. En ese bote hay mantequilla, y, en aquel otro,
miel.
Magda se sentó junto a ellas y empezó a comer.
¿Te sorprenden estas costumbres, muchacha? - preguntó Liz.
Hasta ahora no había visto nada igual - afirmó la joven -. Mi padre me contaba
cosas maravillosas sucedidas en tiempos antiguos, pero en aquellos tiempos todo
eran máquinas y aquí no veo ninguna máquina.
Esto no son máquinas - aseguró Liz -. Esto es todo nuevo. Está hecho por la
evolución moderna.
No lo entiendo bien - respondió Magda.
Tampoco yo - afirmó Liz -. Es como lo llama Dad. Es cosa de él, de Joe y de los
niños. Había como sabe millones de los nuestros.
Claro que lo sé. Ciudades llenas de gente, automóviles, aviones. Antes que
vinieran los «Ranas».
Está bien. Nunca comprendí por qué nos odian tanto los «Ranas». Ellos
destruyeron todas las ciudades, persiguen a los que hemos sobrevivido.
Mi padre dice que ya queda poca gente. Dice que dentro de cincuenta años
estaremos totalmente extinguidos. Tiene razón. Antes vivían aquí varias familias,
ahora ya no quedamos más que nosotros.
Pero ¿por qué es esto un adelanto?
Es algo que no acabo de entender. Dad sí. Sabía muchas cosas de la gente
cuando era más joven; les hablaba y se iba educando con lo que oía. El y mi Joe
no olvidan fácilmente las cosas. Son hombres de lucha. Cuando miro a Joe no
puedo imaginármele a él y a sus semejantes extinguidos. Me parece que no
podrían serlo de ningún modo. Dad dice que la humanidad forma parte de todo el
Universo. Que todos descienden de los monos. Que hay millones de los nuestros
viviendo aquí en la Tierra y en Marte. Hemos hecho toda clase de cosas, escrito
toda clase de libros, construido toda clase de máquinas maravillosas, y cuando los
que quedamos pensamos que vamos a ser totalmente extinguidos, algo muy
dentro de nosotros nos dice que esta idea es intolerable y nos defendemos con un
nuevo invento. Este invento es el de saltarnos el espacio.
Muchos otros animales han sido extinguidos - objetó Magda -. Me figuro que ellos
no se lo figuraban, pero el caso es que fueron extinguidos.
No eran animales racionales, como nosotros. Dudo que ellos fueran lo bastante
inteligentes para saber que iban a ser extinguidos. Pero Joe Harrison no es la
clase de persona que acepta tranquilamente esa idea. Me imagino que solo ese
pensamiento le revuelve el estómago.
Así pues, ¿es usted capaz de hacer ese salto en el espacio?
Yo no, querida - contestó Liz, sonriendo -. Joe si, y el padre de Joe y la mayor
parte de los niños. Y también podrán los tuyos cuando los tengas, no lo dudes.
¿Qué pasará si los «Ranas» nos encuentran?
Dad, Joe y todos los niños pueden escapar aseguró Liz.
Pero ¿nosotras...?
Nosotras no, muchacha - repuso Liz sonriendo.
* * *
Liz era un alma amiga. Una hora después pidió a Magda que fuera con ella a lo
alto de la montaña.
Los muchachos han ido a cazar - explicó -. Esto les sienta bien, pero son jóvenes.
Siempre es conveniente andar cerca de ellos. Si tú te vas a quedar con nosotros lo
mejor será que te ocupes de esto. Eres más joven y más ligera que yo. Ahora,
ven.
Liz miró dentro de la cueva.
¡Jim! - gritó -, ven, vamos a subir al monte.
Yo os encontraré allí - replicó la voz de Jim-. Os encontraré cerca de los pinos.
Magda y Liz treparon por las rocas hasta lo alto del monte con mucho trabajo. Liz
no cesaba de hablar. En la cumbre, donde hacía más calor v había arbustos y
maleza, había un grupo de cinco árboles. Cuando se acercaron salió Jim de detrás
de ellos.
¿Dónde están los otros, Jim? - preguntó Liz ansiosamente.
Más allá. Está bien, Ma - la tranquilizó cl muchacho.
Los tres empezaron a subir la pendiente de la montaña. Otros dos o tres niños
aparecieron por allí, pero Jim era el que parecía conocer mejor el camino.
Después de andar una milla, saltó una liebre delante de Magda y desapareció a
gran velocidad. Ella pensó que podía haber hecho algo y continuó mirando la
liebre que pasó al lado de un arbusto y apareció Jim justamente delante de ella. La
liebre reaccionó violentamente, pero el muchacho cayó sobre ella. Magda vio
como le puso la mano en el cuello con un movimiento rapidísimo.
Nos vendrá muy bien para comer - dijo Magda en tono maternal -. Espero que Joe
traiga esta noche un gamo.
* * *
Harrison y Magda salieron juntos por la noche.
No era la primera vez que salían juntos. Cuando salían ni Liz ni nadie hacían
preguntas ni comentarios. Harrison no le había instado para que sea quedara.
Magda pensaba que él toleraría que se fuese, aunque no lo deseaba. Pero
¿adónde iba a ir? El no era un hombre particularmente amable ni simpático.
Hablaba muy poco. Era evidente que no quería tener otra mujer, pero sí más
niños. Niños que pudiesen dar el salto en el espacio como él decía. Pero ella
nunca había conocido lo que era afecto ni amistad y con él sentía una sensación
de seguridad como nunca en su vida había sentido.
Anduvieron juntos barranco abajo sin cogerse de la mano. Esto no entraba en el
carácter de Harrison, caminaban tranquilamente, uno al lado del otro.
Allá abajo, en otro valle, Magda vio un resplandor rojo. Cogió a Harrison por las
muñecas v señaló:
Es una expedición de caza de los «Ranas». Puede ser que desde que tú me
libraste de ellos sepan que hay algunos de los nuestros viviendo en estas
montañas.
El se quedó mirando el resplandor rojo. A la luz de la luna se veía su expresión
feroz.
Voy a ir allí abajo - le dijo a ella -. Tú vete a casa y díselo a Dad. Yo tengo que
irme escondiendo en sitios donde pueda verlos sin ser visto; por tanto no
esperarme hasta mañana. Ve v dile a mi familia que tenga los niños preparados
para trasladarlos si llega el caso...
Sacó su machete de la vaina y como una sombra desapareció de su lado.
Las partidas de caza de los «Ranas» no estaban acostumbradas a luchar con los
humanos que se esconden en sitios más difíciles; cuando se ven perseguidos
huyen y se esconden y no presentan batalla más que cuando se ven acorralados.
No tenían noción de ningún ataque reciente, no provocado, por parte de los
humanos. De todos modos el ser humano era un animal astuto y peligroso y «los
Ranas» tomaron precauciones Mientras cuatro de ellos dormían, el quinto se
quedó de guardia.
Harrison bajó corriendo por el barranco desde lo alto del monte hacia donde se
veía el resplandor de la hoguera y aterrizó muy cerca de ellos, silenciosamente
como una hoja, y se quedó completamente inmóvil. Escuchando atentamente
podía oír los pequeños movimientos que hacía el que estaba de guardia y
consiguió distinguirlo bien para tenerle a tiro. Escogió su posición con cuidado y se
fue acercando hasta que estuvo a un metro de distancia del «Rana» y
describiendo un círculo con la pesada hoja de su cuchillo, le degolló. No se oyó
más que un pequeño zumbido cuando cayo el cuerpo.
Los otros cuatro estaban tendidos alrededor del fuego envueltos en gruesos
capotes. Harrison se acercó con mucho cuidado para cerciorarse de que estaban
dormidos. De repente saltó sobre el más próximo y le cortó la cabeza. El segundo
se movió y empezó a despertarse mientras Harrison sé abalanzaba sobre él y él
«Rana» no exhaló más que un leve gemido antes de morir. Mientras caía sobre su
tercera víctima se dio cuenta de que el último miembro de la banda se incorporaba
y buscaba sus armas. Rápidamente dio una cuchillada al
«Rana» que tenía más cerca y en seguida enfocó con la vista un árbol a medio
kilómetro de distancia y se plantó en su copa en el tiempo de un suspiró.
Permaneció allí hasta el amanecer. El único superviviente de la partida de caza se
quedó alerta mirando a las sombras. Varias veces hizo fuego en cuanto veía
moverse los arbustos. Cuando amaneció examinó los cadáveres de sus
compañeros. El último «Rana» que acuchilló Harrison, vivía aún y su compañero
le disparó en la cabeza para rematarle. Había muy poca compasión y muy poco
compañerismo entre los «Ranas».
Harrison no dejó de observar al «Rana» cuando este se dirigía por la senda abajo
hacia el campo abierto; si hubiese tenido allí su arco probablemente hubiera
acabado con él.
En tres saltos volvió a la cueva y cogió el arco.
Uno de ellos se ha escapado explicó -; tengo que alcanzarle antes que propague
la noticia.
Pero nunca pudo dar con él. Quizá encontró otra banda de «Ranas» que tenía
vehículo. Quizá logró pedir ayuda. Los humanos sabían muy poco sobre la técnica
de los «Ranas» y sobre los medios que poseían para comunicarse.
Bien; ellos saben ya que existen humanos en estos parajes y saben también que
somos luchadores y no siempre huimos y nos escondemos - decía Harrison a su
padre.
¿Crees que debemos mudarnos?
Oh - dijo Harrison moviendo la cabeza con obstinación -; entre otras cosas hay
quien no puede moverse con tanta facilidad como los demás
y miró a Lucy -. Además estas montañas son tan buenas como cualquier otro sitio.
Son salvajes. Hay comida, caza y buenos escondites. Necesitaremos un sitio
donde procrear.
Su padre insistió:
Cuando se den cuenta de que vivimos aquí unos cuantos humanos con mujeres
criando niños, caerán sobre nosotros en expediciones bien organizadas.
Puede ser. Pero creo que los «Ranas» actualmente son muy distintos de como
eran cuando vinieron. Ahora ya son colonos y no conquistadores.
Además deben de estar muy seguros de que nos tienen va dominados. Creo que
si nos limitamos a no atacarlos si no suben ellos a las montañas, quizá se
convenzan que estas montañas son peligrosas para ellos y se abstengan de
intentarlo.
* * *
Era muy fácil para Harrison, su padre y Jim, vigilar los alrededores. Podían saltar
de lo alto de una colina a otra y tener bajo su vigilancia los valles.
Otra expedición de caza, mayor que la anterior, apareció dos semanas después.
Harrison soltó a perros para que le siguieran el rastro y entre su padre y él,
turnándose a razón de cinco kilómetros por día, fueron trazando una senda hasta
la salida del distrito.
Tienen que reconocer que somos más modernos y más fuertes para la caza, Dad -
afirmó Harrison -. Corremos delante de ellos sin parar, día y noche, dando vueltas
y revueltas, y de repente desaparecemos del todo.
Dad esperaba que los iban a dejar ya tranquilos.
Podría ser que los «Ranas» estuvieran preocupados. Lo más probable sería que
tuvieran curiosidad por descubrir cómo se las arreglaban los humanos para
escapar.
De todos modos, mandaron una nave aérea. Harrison y su gente la vieron
acercarse por el Este y se dieron prisa en meter a los niños en la cueva.
Era un aparato grande que flotaba lenta y 51-lenciosamente sobre las montañas.
Les quedaban muy pocos de los conocimientos técnicos que tenían antes los de
su raza v no sabían cuál era la fuerza motriz. Tan solo sabían que era mortal para
ellos. Luego, volvió a pasar más bajo, casi rozando las copas de los árboles. La
cabina era transparente y pudieron ver en su interior una docena de personas
negras.
Harrison, que los estaba observando detrás de un arbusto> rechinó los dientes.
¿Crees que de un salto podríamos meternos allí, entre ellos?- preguntó al viejo.
No veo por qué no - respondió el viejo.
La nave giró bruscamente cuando estaba sobre ellos.
Algo han visto - gruñó Harrison -. Me parece imposible tener a todos estos niños
corriendo por aquí fuera y por el río, expuestos a que los vean y les disparen.
* * *
El artefacto evolucionó durante un par de minutos y luego se dirigió rápidamente
hacia el Sur. Ellos le miraban cómo iba disminuyendo con la distancia, hasta
desaparecer.
Lo mejor es que los niños salgan ahora a dar unas carreras, antes que vuelvan - le
sugirió Harrison.
Fue a buscarlos a la cueva y en un momento estuvieron todos abajo en el río,
chapoteando y salpicándose los unos a los otros como siempre.
No hacía más que cinco minutos que estaban allí, cuando el joven Jim lanzó un
fuerte silbido.
¡Dad! Exclamó señalando.
La nave aérea venía muy baja, a lo largo del río y luego dio media vuelta alrededor
del monte.
Recoge a los niños, Jim - gritó Harrison.
Jim estaba abajo, en el río, entre ellos.
El aeroplano volaba cada vez más bajo. Jim consiguió que los niños
desaparecieran del río. Desaparecieron como hacen las figuras de una pantalla de
cine, quedando inmóviles de pronto. Harrison estaba de pie mirando la nave.
Deben de haber visto algo. Se conoce que nos han visto fuera. Ahora ya saben
que vivimos aquí una familia y verán que somos diferentes del resto de los
humanos.
Enseñó los dientes con un gesto de rabia.
Joe dijo el padre -, vamos allí arriba a arreglarlos.
Harrison miró a su padre y luego al buque, dudando.
¿Crees que podemos?
Sacó su machete de la vaina.
Conforme – repuso -. Diré la palabra mágica. Volvió su fiera y cruel cara hacia
arriba, mirando al aeroplano.
- Ahora - gritó.
Estaban en la nave.
* * *
Había allí ocho «Ranas». Ocho criaturas tan negras que daba pánico mirarlas y
que no comprendían lo que había pasado. Harrison y el viejo empezaron a cortar
piernas, brazos y cabezas. La nave era un vehículo largo y cómo do, con laterales
transparentes, amplias literas y mullidos tapices. En pocos minutos, los humanos
lo dejaron reducido a una cámara sepulcral llena de sangre, de miembros
destrozados y de cadáveres yacentes.
Harrison dejó de acuchillarlos y de dar golpes con el machete.
¿Estás bien, Pa?
Muy bien. Una de estas bestias me ha atravesado una pierna con su cuchillo, pero
estoy sin novedad.
En el extremo delantero estaba el piloto que conducía el aparato, separado del
salón general por un tabique transparente. El conductor estaba inclinado sobre el
cuadro de mandos moviendo febrilmente las palancas. Veían cómo el aparato
subía y bajaba.
Harrison se lanzó sobre el tabique, que crujió, pero no se rompió.
Cuidado, Joe - advirtió el padre.
Tenemos que cogerle. Si vuelve a su base les dirá que tenemos niños y vendrá
por nosotros con más gente.
Vamos a dar un 5a1to dentro de la cabina.
Conforme - gruñó Harrison -. Los dos al mismo tiempo...
Pero su padre saltó primero y cayó sobre el conductor. -
A pesar de la sorpresa que le produjo el milagro de ver a dos hombres atravesar el
tabique, él «Rana» pudo sacar su pistola y montar el gatillo y se oyó una
detonación. Un instante después. Harrison le cogió por detrás y le atravesó el
cuello.
Este es el último.
Miró hacia el salón. El trabajo allí había sido hecho a conciencia. Luego, miró a su
alrededor.
La nave que, evidentemente había sido puesta por el piloto en una ruta fija, se
dirigió hacia el Sur deprisa e iba subiendo.
Tenemos que salir de aquí enseguida - apremió Harrison -. Si perdemos la
orientación y los sitios que conocemos, vamos a vernos muy mal para encontrar
nuestro camino a casa. Ven, Dad, allí tenemos el monte. Vamos a saltar a él.
Su padre estaba recostado contra la pared y se apretaba un costado.
Me siento muy mal - gimió.
Tienes que salir de aquí. Pon los ojos en el monte y salta. Ya te curaremos en
cuanto estemos en casa.
El viejo levantó los ojos y le miró lloroso.
Me parece que no puedo... No tengo fuerza suficiente.
No tienes más remedio, Dad, no tienes más remedio. Tienes que salir de aquí.
Salir de esta nave o te vas al infierno.
Conforme, hijo, haré la prueba.
Mira bien a la colina, a la izquierda - insistió Harrison.
El viejo enfocó bien los ojos, hizo un esfuerzo visible para concentrarse, y
desapareció.
Harrison miró hacia afuera, hacia el monte, \ vio el cadáver de su padre en mitad
del espacio, a unos cien metros de la nave, que caía dando vueltas sobre las
rocas, trescientos metros más abajo.
Harrison saltó un momento después.
La nave con su carga macabra flotó suavemente, y se supone que sería recogida
más tarde, tal vez a miles de kilómetros de allí.
Harrison estaba tumbado sobre la roca ante la cueva mirando a lo lejos, más allá
del valle.
Los matamos a todos. Estamos libres por el momento.
¿Estás apenado por tu Dad?- preguntó Liz.
Supongo que sí - contestó él -. Tú sabes que yo no tengo muchos sentimientos.
No tengo más que la voluntad de vivir, de no ser extinguido
Miró a las estrellas.
Si pudiéramos descubrir de cuál de esas estrellas vienen los «ranas»- musitó -,
podríamos aprender a dar un gran salto de aquí a su planeta. Así podríamos
acabar con ellos.
Dios proteja a los «Ranas» el día en que Joe Harrison y su prole lleguen hasta
ellos - comentó Liz.
Sí, eso es cierto - convino Harrison, enseñando los dientes.

sábado, 7 de junio de 2008

EL HOMBRE DEL AGUJERO -- LARRY NIVEN

EL HOMBRE DEL AGUJERO


LARRY NIVEN



* * *


Larry Niven es un escritor que siempre aporta nueva y consistente vida a los temas habituales de la ciencia ficción. En este relato –titulado The Hole Man –, por ejemplo, se incluye la aventura de un equipo explorador de Marte que descubre la estructura de algo extrahumano abandonado mucho tiempo atrás. Nada sorprendente hay en eso, dirán ustedes. He aquí lo que el capitán Childrey tiene que decir al respecto.

* * *


Un día Marte volará.

Andrew Lear dice que todo comenzará con violentos terremotos para terminar horas o días después. De todos modos, el fin será súbito. Él sabrá. Y suya ha de ser la culpa.

Lear dice también que lo que suceda puede ser cuestión de años o de centurias. De modo que en eso estamos, Lear y el resto de nosotros. Estudiamos la base de operaciones extrahumana para ver qué puede decirnos, mientras el centro del mundo en que nos hallamos desaparece gradualmente. La cosa es suficiente para provocarnos pesadillas.


Fue Lear quien halló la base no humana.

Llegamos a Marte. Éramos catorce en el apiñado recinto acondicionado para respirar y vivir de la nave Percival Lowell. Dábamos vueltas en círculo, siguiendo una órbita y, sin prisas, corregíamos nuestros mapas mientras buscábamos algo que treinta años de exploraciones con los Mariner hubiesen podido pasar por alto.

Entre otras cosas, señalábamos los mascones. Esas concentraciones de masa bajo el lunarmaria habían sido casi seguramente causadas por asteroides de gran tamaño; por montañas de roca que cayeron silenciosamente del cielo hasta llegar al suelo con la energía de miles de bombas nucleares. Marte ha venido cruzando hasta ahora un cinturón de asteroides. Y eso, desde los últimos cuatro billones de años. Acaso su superficie muestre mayores y mejores mascones. Podrían afectar nuestras órbitas.

Andrew Lear trabajaba sin descanso y estudiaba continuamente la aguja que iba haciendo sus marcas sobre el papel diseñado a propósito, mientras circundábamos Marte. Un pequeño aparato a un costado del Percival Lowell daba vueltas. Dentro de su delgada caparazón había un sistema de pesas con doble palanca engañosamente simple. Se trataba de un detector de masas situadas ante la nave. La aguja registraba sus oscilaciones.

Cuando pasábamos por encima de Sirbonis Palus, la aguja comenzó a señalar extrañas curvas.

Otro hombre hubiese soltado una maldición y tratado de arreglar el aparato. Andrew Lear reflexionó y por fin movió el mando que interrumpía la rotación del aparato exterior.

Tenía que dar vueltas para señalar una masa estática.

Pero lo que ahora enviaba eran simples ondas sinoidales.

Lear salió disparado hacia el lugar en que se hallaba el capitán Childrey

Bueno, «disparado» es un modo de decir. Su carrera se parecía más bien a una exhibición de atletismo en trapecio. Se agarraba a las manecillas que sobresalían de las paredes de la nave espacial, ayudándose con violentos movimientos de las manos y los pies. Moverse con rapidez es difícil cuando no hay gravedad y Lear era un astrofísico de cuarenta años, no un atleta. Al llegar a la cabina de control respiraba con dificultad.

Childrey, que si era un atleta, esperó a que Lear recobrase el aliento, mientras le contemplaba con sonrisa paciente y un poco desdeñosa.

Hacía tiempo que tenía a Lear por algo chiflado y las palabras de éste sirvieron para remachar su idea.

–¿Qué, hay señales dadas por la gravedad? Doctor Lear, ¿me hará usted el favor de no molestarme con sus ridículas ideas? Estoy ocupado.

Sus palabras no eran enteramente descorteses: algunos de los entusiasmos de Lear eran peculiares. Hablaba de generadores de gravedad y de agujeros negros; pensaba que era preciso buscar las esferas Dyson, que eran estrellas completamente encerradas en un caparazón artificial; sostenía que masa e inercia eran dos cosas diferentes; que era posible extraer la inercia de una nave espacial y así acentuar la velocidad de vuelo, etcétera. Era un soñador de ojos abiertos y cuando se excitaba tenía tendencia a vagar en torno a los puntos concretos.

–Usted no entiende –le explicó a Childrey –, la radiación de la gravedad es más difícil de eliminar que las ondas electromagnéticas. El modelo de las ondas de gravedad sería fácil de detectar. Las civilizaciones más avanzadas de la galaxia se están acaso comunicando mediante la gravedad. Algunas de ellas incluso modulan tal vez pulsars o estrellas de neutrón rotativo. Es en ese sentido que el Proyecto Ozma estaba equivocado: de acuerdo con el proyecto sólo se han venido buscando señales en el espectro electromagnético.

–Childrey soltó la carcajada.

–Por cierto. Sus amiguitos están empleando estrellas de neutrón para enviarle a usted mensajes. Pero ¿qué tiene que ver eso con nosotros?

–Pues bien, mire –Lear puso ante los ojos del capitán un trozo de papel pautado que había arrancado de la máquina –. He obtenido este registro mientras pasábamos sobre Sirbonis Palus. Mi opinión es que debiéramos tomar tierra ahí.

–La tomaremos en Mare Címmerium, como lo sabe usted perfectamente. La unidad de descenso ya está preparada y lista para que la ocupen mis hombres. Hemos pasado cuatro días escrutando y tomando registros sobre esa zona, doctor Lear. Es plana y de color marrón verdoso. Al llegar la primavera, el mes que viene, descubriremos si hay alguna forma de vida allí. Y todo el mundo lo quiere así, con excepción de usted.

–Lear mantenía aún en la mano su papel pautado y lo apretaba contra sí como si fuese un escudo.

–Se lo pido como un favor especial: haga otro círculo sobre Sirbonis Palus.

Childrey terminó por acceder y ordenó dar otra vuelta en la misma órbita. Tal vez las ondas sinoidales le convencieron. Tal vez no. Acaso quisiera demostrarnos a todos lo rematadamente loco que estaba Lear.

Pero al pasar de nuevo sobre Sírbonis Palus apareció en el papel una pequeña marca circular. Y el indicador de masa de Lear marcaba de nuevo ondas sinoidales.


Los extraterrestres se habían marchado. Durante los primeros cinco meses siempre esperábamos que estuviesen de vuelta en cualquier momento. Todo el equipo de la base funcionaba sin pausa y a la perfección, como si sus dueños acabasen de salir de allí.

La base tenía la forma de un plato hondo invertido. Constaba de dos pisos y carecía de ventanas. El aire de dentro era respirable, como el de la tierra a tres millas de altura, aunque más rico en oxígeno. El aire de Marte es mucho más inconsistente y, además, venenoso. De modo que era evidente que aquellos seres no eran marcianos.

Los muros eran gruesos y se encontraban profundamente erosionados – Se inclinaban hacia adentro, contra la presión interna. El techo era algo más delgado pesaba tan sólo lo suficiente para que la presión lo soportara. Tanto los muros como el techo estaban hechos de polvo de Marte derretido a altas temperaturas.

El sistema de calefacción aún estaba en funcionamiento, como también el de luz, que consistía en unos puntos que daban un resplandor color rojo ladrillo. La calefacción era excesiva: algo más de diez grados por encima de lo normal. Durante casi una semana buscamos infructuosamente los mandos para reducir aquel calor, pero al fin pudimos encontrarlos. Estaban detrás de unos paneles cerrados herméticamente. El sistema de aire dejó entrar verdaderos vendavales hasta que logramos controlarlo.

Pudimos extraer una serie de conclusiones sobre ellos, partiendo de los indicios que al marcharse habían dejado. De seguro provenían de un mundo más pequeño que la tierra, el cual rotaba en torno a una estrella insignificante y muy roja, dentro de una órbita cercana. Estaban cerca del calor porque el planeta se hallaba inmovilizado por corrientes, lo cual le permitía presentar siempre una cara a la estrella. Los extraterrestres debían haber desarrollado una civilización bajo una luz invariable; un día no interrumpido, alumbrado de luz roja. Los vientos soplarían constantemente desde las fronteras que daban a la oscuridad.

Carecían de todo sentido de intimidad. Los únicos corredores que tenían puertas eran conductos de aire. La segunda planta tenía forma hexagonal y su piso era una estructura metálica. No aislaba a quienes estuviesen en ella de aquellos que se encontraran en la planta inferior. El sótano era un inmenso recipiente, lleno de mercurio que lo cubría de pared a pared. Las habitaciones resultaban extraordinariamente pequeñas y abigarradas. Como los muebles y los aparatos estaban junto a las puertas, al principio no hacíamos sino golpearnos codos y rodillas contra ellos. Los techos estaban a menos de seis pies de altura en ambos pisos, de modo que la mayoría de nosotros teníamos que movernos por allí agachados, actitud que se contagió a quienes eran lo bastante bajos como para permitirse circular derechos. Cuestión de habituarse. Pero Lear era alto y, cuando decidía ponerse rápidamente de pie, se golpeaba a menudo la cabeza, se hallase donde se hallase.

Pensamos que debían ser de talla más baja que los humanos, pero que en otros aspectos debían parecerse a nosotros, porque sus asientos acolchados parecían destinados a los habitantes de la tierra por su tamaño y proporciones. Acaso fuesen sus mentes las que eran distintas.

–Ya habíamos tenido bastante con la permanencia en la nave espacial. Y ahora había que quedarse metido en aquellos recintos estrechos y bajos. A todos se nos agriaba el carácter y nos tornábamos susceptibles.

Dos de nosotros no podíamos soportar aquello.


Lear y Childrey no parecían del mismo planeta.

Para Childrey, el orden era algo fundamental. Como la limpieza. Y hacía en esos sentidos todo lo imaginable; tanto que lo realizado por él solo bastaría para todos. Durante los largos meses pasados a bordo de la Percival Lowell nos obligaba a practicar ejercicios gimnásticos. Terminantemente rehusaba aceptar que alguien omitiese sus instrucciones en la materia y renunciase a la calistenia diaria. Al fin optamos por no discutir más con él sobre ello.

De acuerdo. La gimnasia nos mantuvo en buena forma. Pero, ahora no podíamos llevar a cabo el saludable ejercicio diario dando vueltas por la sala agachados.

Pasado un mes desde el momento en que llegáramos a Marte, Childrey era el único hombre totalmente vestido que se encontraba en la base; el único que seguía desafiando aquel calor. Verle sonaba a reproche y acaso eso era lo que Childrey quería al sacrificarse de aquel modo. Lear había sido el primero en quitarse la camisa.

En la tierra, las costumbres de Lear no eran más que rasgos un poco caprichosos del carácter. A veces, llevado por la prisa, se detenía a observar si sus calcetines eran iguales. No era raro tampoco que olvidara meter sus platos en el lavavajillas durante dos o tres días. De hecho, era lo que casi siempre le sucedía cuando estaba interesado en algún caso intrincado. Dios ayude a la mujer que trate de poner orden y limpieza en su estudio. Si todo estaba en desorden, se disculpaba diciendo a eventuales visitas que le gustaba vivir en una casa «donde se vivía».

Andrew Lear era un hombre brillante, pero de los que carecen de ductilidad y miran al mundo a través de un solo ángulo. Fuera de los problemas espaciales, nada le atraía en especial. Una expedición a Marte, por ejemplo, suponía algo que él no podía de ninguna manera pasar por alto. Un problema, porque su desorden era un inconveniente. En estos viajes, la limpieza y el cuidado son vitales.

Por ejemplo, no se ha de dejar la «mosca» abierta en el traje espacial.

Sin embargo, un mes después del aterrizaje, Childrey cogió a Lear con la «mosca» abierta.

La «mosca» en el traje que mantiene al cuerpo a la presión adecuada es un caño blando de caucho que se coloca mediante un dispositivo especial sobre los genitales. Lleva una vejiga y tiene una llave de interrupción. Se ha de abrir la llave para orinar; y al término de la micción, debe cerrarse. Luego se afloja una válvula y se evacua el contenido de la vejiga artificial en el espacio.

Se fabrican aparatos similares para las mujeres. Son un poco más complicados, pues están provistos de una sonda, que es extraordinariamente incómoda de llevar. Supongo que quienes diseñan esos aparatos mejorarán tarde o temprano sus modelos, porque parece injusto que se pongan obstáculos a la mitad de la raza humana que pretende alcanzar su destino final, es decir, el que nos espera a todos nosotros.

A Lear le agradaban los largos paseos. Le gustaba enormemente el paisaje desértico de Marte, con su cielo violeta oscuro y la suave pantalla de polvillo anaranjado que baila ante la luz. Le gustaba la línea del horizonte, nítida y cercana. Se sentía atraído por el infinito paisaje muerto. Pero no podía dedicar mucho tiempo a su afición, porque necesitaba llevar a cabo mucho trabajo de laboratorio dentro de la base. Siempre que podía, permanecía ante su comunicador, destinado a entrar en contacto con seres extraterrestres. Allí se pasaba las horas, bajo un techo muy bajo, cercano a su cabeza inclinada sobre los aparatos, y todo lo demás llenando incómodamente la habitación de tal manera que siempre se estaba golpeando los codos y las rodillas.

Cuando volvía cierta vez de dar un paseo se encontró con Childrey que precisamente salía a dar el suyo. Childrey advirtió que la válvula del traje de Lear estaba abierta y que el resorte que la cerraba se encontraba roto. Lear había permanecido varias horas fuera de la base y con ello corrido el riesgo de desangrarse hasta morir, pues el vacío podría haberle desgarrado la carne.

Nunca supimos con exactitud lo que Childrey le dijo a Lear aquel día; pero éste penetró en la base murmurando entre dientes y con las orejas enrojecidas. No quiso hablar con nadie del episodio.

Los psicólogos de la NASA tendrían que haber evitado que ambos hombres se embarcasen en la misma nave y conviviesen en el mismo planeta. Sí. Ya se sabe. Hablar es fácil. Pero Lear y Childrey eran dos hombres insustituibles. Los mejores en sus respectivas especialidades. Y gozaban, además, de la salud óptima para emprender este tipo de viajes y sobrevivir. No faltaban, por cierto, astrofísicos tan competentes y célebres como Lear; pero eran muchos años mayores que él. En cuanto a Childrey, tenía en su haber mil horas de vuelo espacial. Se había encontrado entre los últimos hombres que dejaron la luna.

En realidad, cada uno en su campo, todos nosotros éramos los hombres más competentes.


Los extraterrestres habían dejado el comunicador en funcionamiento, así como el resto del instrumental de la base.

Debía ser algo extraordinariamente pesado, a juzgar por los pilares que había sido preciso colocarle debajo y el gran bulto que, con el fin de darle cabida, se notaba bajo el techo.

Ni el propio Lear podía explicar por qué el comunicador estaba en el segundo piso; pero, tras estudiar durante unos días el aparato, fue capaz de saber cómo funcionaba. En seguida envió un jubiloso mensaje desde Marte hasta el detector de masas que se hallaba en el Lowell.

Lear instaló poco después un detector de masas junto al comunicador, haciéndolo colocar sobre una plataforma extremadamente complicada, para prevenirlo contra toda vibración. El detector producía ondas de puntas tan agudas que algunos de nosotros pensábamos ser capaces de sentir la radiación gravitacional que llegaba del comunicador.

Lear estaba enamorado del cacharro.

Olvidaba comer hasta que sentía tal apetito que se lanzaba sobre la comida, devorándola con las ansias de un lobo hambriento.

–Hay una masa muy pesada ahí –nos dijo un día, hablando con la boca llena.

Hacía dos meses que vivíamos en la base.

–La máquina usa campos electromagnéticos y vibra a altas velocidades. Mirad. –Tomó un tubo de dentífrico y, colocándolo ante él, lo sacudió rápidamente con un movimiento vibratorio. Todos los ojos de los presentes se volvieron hacia él a través de la mesa en zigzag dejada por los extraterrestres, la cual estaba extraordinariamente desordenada –. ¿Veis? Ahora estoy haciendo ondas gravitacionales; pero son demasiado groseras porque este tubo de pasta de dientes es muy gordo. De modo que la amplitud es prácticamente cero. Esa máquina es muy amplia y pesada. Requiere una cantidad muy grande de fuerza proveniente de algún campo para permanecer donde está.

–¿De qué fuente saldrá esa fuerza? –preguntó alguien –. ¿Del neutronio, como en el núcleo de una estrella de neutrones?

Lear movió la cabeza mientras engullía otra cucharada de alimento.

–A esa escala el neutronio no daría seguridades de estabilidad. Personalmente pienso que se trata de un agujero negro de quantum. Sin embargo, aún no sé cómo arreglármelas para calcular su masa.

–¿Un agujero negro de quantum? –dije yo.

Lear asintió con alegría.

–Tuve suerte. Tú sabes que yo era contrario al proyecto de viaje a Marte. Desde un punto de vista económico, pensaba que hubiésemos logrado mucho más dedicándonos a explorar los asteroides. Entre otras cosas, era probable que averiguásemos de ese modo si realmente había por ahí agujeros negros de quantum. ¡Y resulta que hemos conseguido dar con uno!

–Se puso de pie, cuidando de no golpearse la cabeza–. ¡Como lo oís!

De inmediato se volvió a trabajar. Recuerdo que nos quedamos mirándonos interrogativamente a través de la mesa en zigzag. Luego tiramos a suertes... y perdí.

El día en que Lear olvidó cerrar su válvula, Childrey impartió una orden: Lear no podría dejar la base sin ser escoltado.

Malo para Lear, que apreciaba muchísimo el paseo en solitario. Pero no paraba ahí la cosa. Childrey le había dado una nomina de posibles integrantes de la escolta, que constaba de hombres en quienes él depositaba toda su confianza, seguro de que se cuidarían escrupulosamente de que Lear no hiciese algo que resultara peligroso para él o para los demás integrantes de la expedición. Como es natural, se trataba en todos los casos de hombres especialmente adiestrados en las rutinas de supervivencia espacial. Pero todos ellos se sentían más cercanos a la prolijidad de Childrey que a las extravagantes maneras de Lear, lo cual no podía dejar de molestar a éste. Era como si el propio Childrey se hubiese autodesignado para acompañarle.

–Vistas las circunstancias, casi no asomó más las narices fuera de la base. Ahora siempre era posible saber dónde se hallaba.

Me dirigí al comunicador, quedándome debajo de él y mirándole a través de la reja que formaba el piso de la segunda planta, donde él se hallaba ante el aparato.

Había terminado casi de desmantelar los paneles protectores situados en torno al comunicador de ondas gravitacionales. Lo que podía verse dentro era una especie de computadora, con bobinas electromagnéticas en la mayor parte de los casos y una mesa cuadrada con una serie de botones, que, –diría, era la idea que los extraterrestres tenían de una máquina de escribir. Lear estaba tratando de manipular un inductor sensorial magnético con el fin de averiguar si podía hallar unos cables sin tener que arrancar la aislación.

–¿Qué ha podido sacar en limpio? –le pregunté.

–Poco que valga la pena. La aislación parece absolutamente perfecta y tengo miedo de abrirla. Vete a saber la fuerza que hay ahí dentro, si necesita semejante protección. –Sonrió mirándome –. Te mostraré algo.

–¿Qué?

Puso una palanca en forma de codo sobre una bandeja circular de color gris.

–Esto es un micrófono. Me llevó bastante tiempo advertirlo Aquí está Andrew Lear hablando a cualquiera que pueda oírle. –Cerró la palanca y arrancó una tira de papel pautado del indicador de masa. En él podían verse unas líneas anguladas que interrumpían las suaves ondas sinoidales –. Ya ves: el sonido de mi voz enviado a través de una radiación gravitacional. Y no desaparecerá hasta que alcance los límites del universo.

–Lear, usted mencionó unos agujeros negros de quantum hace un rato. ¿Qué es eso?

–Hum... Ya sabes lo que es un agujero negro.

–Así lo creo.

Lear nos había dado extensas clases sobre este punto durante los meses que durara el viaje del Lowell. Cuando un astro no demasiado pesado ha agotado su combustible nuclear se transforma en una masa blanca pequeña. Un astro más pesado –digamos ciento cuarenta y cuatro veces más pesado que el sol y también más grande que éste –puede agotar su combustible, también. En tal caso, lo que sucede es que se transforma en una masa de diez kilómetros de diámetro, compuesta tan sólo de neutrones aglutinados. Tal es la materia más densa en este universo.

Pero un gran astro va más allá de eso. Cuando un astro muy macizo ha llegado al final de su carrera... cuando el gas y la presión radiactiva de dentro ya no tienen fuerzas suficientes para preservar a las paredes exteriores contra la propia y feroz gravedad del astro... puede destrozarse por completo hasta que la gravedad resulta más fuerte que cualquier otra cosa y la masa queda comprimida más allá del radio Swarzschild. Así queda excluido del universo. Lo que entonces sucede es un enigma. El radio Swarzschild marca las fronteras más allá de las cuales nada es capaz de contrarrestar el pozo gravitacional. Ni siquiera puede hacerlo la luz. Todo queda engullido.

De modo que el astro se ha marchado, pero la masa permanece y se transforma en agujero sin luz perdido en el espacio, o tal vez en otro universo.

–Un astro que se apaga puede dejar un agujero negro –dijo Lear –. Acaso haya muchos agujeros negros y algunos muy grandes. Es posible incluso que formen verdaderas galaxias. De todos modos, lo que importa es que tal es la única forma en que pueden formarse agujeros negros hoy.

–¿Hoy?

–Hubo un tiempo en que podían formarse agujeros negros de todos tamaños. Era durante la época anterior al Gran Estallido, es decir, la explosión que iniciara la expansión del universo. La fuerza emanada del Gran Estallido podría haber comprimido pequeños vórtices locales de materia más allá del radio Swarzschild. Lo que quedó, que fue de todas maneras pequeño en tamaño, es lo que ahora llamamos agujeros negros de quantum.

Escuché detrás de mí una risa y al volverme advertí que capitán Childrey había penetrado en el recinto. El comunicador había impedido a Lear verlo y yo no le había oído entrar.

–¿De qué temas trascendentales estáis hablando? –preguntó.

–De un agujero negro de cuyo diámetro la masa del globo terráqueo sólo será la centésima parte. Estoy hablando de cosas que pesan 10e-5 gramos por lo menos, una de las cuales podría hallarse en el centro del sol.

–¡Eh!

–Sí –Lear estaba probando al capitán. No le agradaba que rieran de él –. Digamos 10e17 gramos de masa y 10e-11 centímetros de diámetro. Podría comerse unos cuantos átomos

–Bueno, al menos sabe usted dónde buscarlo –repuso Childrey –. Ahora, todo cuanto ha de hacer es hallarlo.

Lear asintió con seriedad.

–Podría haber agujeros negros de quantum en los asteroides. Un pequeño asteroide podría capturar un agujero negro de quantum con bastante facilidad. En especial si está cargado. Un agujero negro podría contener una carga que...

–B... b... bien.

–Todo cuanto debiéramos hacer es localizar a un pequeño asteroide mediante el detector de masas. Si la masa es mayor lo normal, podemos hacerla a un lado y ver si deja un agujero negro.

–Precisará usted ojos muy aguzados para ver algo tan pequeñito. Pero si lo consigue, ¿qué hará con él?

–Se ha de poner una carga en él, si es que no la tiene ya, luego manipularlo con ayuda de campos magnéticos. Se hacer vibrar a éstos con el fin de producir radiación gravitacional. Creo poder conseguirlo con esto –dijo Lear dando palmadas al comunicador extraterrestre.

–B. –. b. .. bien –contestó Childrey. Cuando se marchó seguía sonriendo.


Una semana después de aquel episodio, todos en la base se referían a Lear llamándole «El hombre del agujero». Se le consideraba un hombre que tenía un agujero negro entre ambos oídos.

Yo no había encontrado nada que fuese precisamente cómico en lo que él me narrara sobre aquel asunto. La rica variedad del universo... Sin embargo, cuando Childrey hablaba del agujero negro en la caja de no sé qué estudiada por Lear, hacía realmente reír a cualquiera.

Será preciso tener en cuenta algo importante: Childrey no había echado en saco roto lo que dijera Lear. No tenía nada de tonto. Simplemente creía que Lear estaba chalado y le gustaba reír a su costa.

Entretanto, nuestro trabajo seguía adelante.

Sobre la superficie de Marte habían hondonadas cubiertas de polvo finísimo. Un material fascinador que, de tan tenue, se movía como un aceite viscoso. Llegaba hasta las rodillas, en general. Atravesar esas zonas no era peligroso; pero, como resultaba fatigante, lo evitábamos. Cierta vez Brace se metió en la hondonada más cercana a la base y comenzó a introducir la mano bajo el polvillo. Decía tener una corazonada. Al volver a la base llevaba consigo unos recipientes erosionados que parecían hechos de algún material plástico. Los extraterrestres, por lo que se veía, usaron aquello para tirar su basura mientras permanecieron en la base.

Al analizar los hallazgos químicamente tuvimos poca fortuna. El material de que estaban hechos era prácticamente indestructible. Supimos algo más sobre la química de uso entre aquellos seres, aunque no mucho.

En cuanto al resto, pudimos localizar algo en las huellas que dejaran sobre los bancos y también en el gran lecho común. Dichas huellas contenían la mayor parte de los componentes del protoplasma; pero Arsvey no pudo encontrar señales de DNA, lo cual, según él, no era de extrañar. Tendrían que haber otras moléculas orgánicas que explicaran su código genético.

Los extraterrestres habían dejado tras de sí varios volúmenes con notas, escritas con caracteres que, naturalmente, eran indescifrables; pero, al estudiar las fotografías y los diagramas, nos llevamos la gran sorpresa. Muchas de aquellas notas se referían a temas antropológicos.

Aquellos seres habían llevado a cabo un estudio detallado de la tierra durante la primera era glacial.

Ninguno de nosotros era antropólogo, lo cual era una verdadera desventaja. Por ejemplo, no pudimos averiguar si habían encontrado algo insólito. Lo único que pudimos hacer fue fotografiar todo el material encontrado y radiarlo al Lowell. Algo era seguro: los extraterrestres se habían marchado de aquel lugar hacía muchísimos años, dejando en funcionamiento sus sistemas de luz y de aireación y el comunicador en condiciones de enviar ondas.

Pero, ¿para quiénes? ¿Para nosotros? ¿Para otros?

Había otra posibilidad. Acaso la base hubiese permanecido sin funcionar durante unos seiscientos mil años, para ponerse nuevamente en marcha cuando, mediante algún detector, advertía que algo se aproximaba a Marte. Pero Lear no creía en esa posibilidad.

–Si la energía hubiese sido interrumpida en el comunicador –sostuvo – la masa ya no se encontraría aquí. Los campos energéticos han de funcionar de manera continua si se desea que la base permanezca donde está. Haciendo un símil con nuestro sistema de proporciones, esto es más pequeño que un átomo.

De modo que el sistema energético de la base había estado en funcionamiento durante seiscientos mil años. ¿Qué diablo podría ser aquello? ¿De dónde provenía el sistema energético? Hallamos algunos cables y, siguiéndolos, pudimos comprobar que venían de debajo de la base. Se hundían en el polvo marciano transformado en lava. Ni siquiera intentamos excavar. La fuente era probablemente de raíz geofísica. El hoyo y los canales de conducción sugerían que la energía era tomada al núcleo del planeta. Acaso los extraterrestres habían querido excavar un gran túnel para tomar elementos en el núcleo que les sirviesen para la experimentación. Luego habían colocado un generador que se servía de la diferencia de temperaturas existente entre el núcleo y la superficie.

A todo esto, Lear continuaba buscando las fuentes de energía en el comunicador. Encontró el medio de interrumpir las ondas. La masa –si es que la había – descansaba: era curioso constatar que el detector de masas marcaba ahora una línea recta y no las ondas muy quebradas de antes.

Carecíamos del equipo necesario para sacar partido de aquellas riquezas científicas. El que llevábamos era el normalmente necesario para efectuar una exploración por Marte; de ninguna manera el requerido para estudiar pruebas de una civilización procedente de otros astros. La única excepción estaba dada por Lear. A él se le veía a sus anchas. Casi nada conseguiría arruinar su felicidad.


No sé cómo se las arregló para proseguir con su trabajo, porque se me destinó a otra tarea.

El aterrizador que tocó tierra en Marte aún tenía combustible. La NASA nos había provisto de mucho porque el proyecto incluía un estudio de las superficies, destinado a localizar con exactitud un lugar propio para el aterrizaje de grandes naves. Tras largas discusiones que llegaron a ser airadas, decidimos coger el vehículo, elevarnos en él y planear por el lugar. Así llegamos a una hondonada cubierta de finísimo polvo y dejamos que el aterrizador descendiese.

Los resultados fueron sorprendentes. El polvillo se elevó como si fuese una nube inmensa y tenue y se alejó en el horizonte. En ese momento, la hondonada nos reveló su fondo. Que estaba literalmente cubierto de objetos y materiales de otro mundo. Arsvey comenzó a gritar, llamando a Brace. Afortunadamente éste no perdió la cabeza. Inclinó un poco la pequeña nave y describió una vuelta suave, de modo que el movimiento brusco de ésta no dañara de algún modo el hallazgo.

Trabajamos horas y horas en el lugar, aunque no muy delicadamente, puesto que también en este caso nos encontrábamos con que ninguno de nosotros poseía los conocimientos y el instrumental necesarios para sacar pleno partido del descubrimiento. Sin embargo algo sabíamos de lo cuidadosos que han de ser los arqueólogos e hicimos cuanto pudimos. Vestigios de agua habían tenido tiempo para transformar en cemento parte del polvo, de modo que la estructura de algo que debió ser de mucha importancia estaba sujeta al suelo en gran parte. Sin embargo, cogimos lo que no lo estaba, lo colocamos en unas parihuelas y lo transportamos a la base.

Los extraterrestres no tenían por costumbre tomar baños, de modo que tuvimos que instalar una ducha en un recinto de altos muros que ellos reservaban para llevar a cabo tareas que no comprendíamos bien. Acaso rituales. Cuando acababa de quitarme el traje espacial y me dirigía al baño sintiéndome muy cansado, ansiaba hallarlo desocupado.

Oí sus voces antes de verlos.

Lear hablaba a gritos.

Childrey no le imitaba del todo; pero su voz era airada a veces y otras, burlona. Estaba de pie entre dos pilares, con las manos en la cintura. Sus blancos dientes despedían destellos blancos y su cabeza estaba vuelta hacia arriba para poder mirar de frente a su interlocutor.

Terminó de hablar y por un momento reinó el silencio. Entonces Lear dejó escapar un sonido de fastidio y se volvió para tocar uno de los botones del cuadro que parecía una máquina de escribir.

Childrey mostró una expresión de asombro. Se llevó rápidamente la mano a un muslo, para retirarla enseguida ensangrentada. Miró su pierna y elevó la mirada donde se encontraba Lear. Se dispuso a hacer una pregunta.

Pero antes de hablar se desplomó lentamente por causa de la escasa gravedad. Gracias a eso pude llegar antes de que su cabeza tocase el suelo. Dando un tirón desgarré su ropa y me las arreglé para atarle un pañuelo por encima de la herida, destinado a evitar la hemorragia. La herida parecía causada un punzón y no era grande. Estaba como fruncida en la parte superior. Se hallaba a la altura de la ingle.

Childrey quiso hablar, pero sus ojos estaban semicerrados se le veía malo. Tosió y pude ver sangre en su boca.

Una sensación de frío me recorrió el cuerpo. ¿Cómo acertaría a hacer algo si no sabía siquiera lo que había sucedido?

Vi una mancha de sangre en su hombro derecho y, al desgarrar la camisa del capitán, me encontré con otra herida, muy similar a la que tenía en el muslo.

El medico acudió.

Childrey tardó una hora en morir, aunque el facultativo había abandonado toda esperanza mucho antes. Aparte de las dos heridas que yo llegara a ver, el examen mostró que su carne estaba abierta por una línea fina que le corría por un pulmón y seguía hasta el vientre interesándole parte de los intestinos.

La autopsia reveló; además, un pequeño orificio muy preciso que le atravesaba los huesos de la cadera.

Escudriñando el piso a la altura del lugar donde Childrey se encontraba una hora antes, encontramos una perforación debajo mismo del comunicador. Presentaba el tamaño de una mina de lápiz y aparecía cubierto de polvo.

–Cometí un error –dijo Lear al resto de nosotros durante la audiencia que se llevó a cabo –. Nunca debí tocar aquel botón. Acaso interrumpí la energía que mantiene a la masa en su lugar. Cayó y el capitán Childrey, que se hallaba en el lugar exacto, fue alcanzado.

–Los efectos seguramente le atravesaron, arrebatándole la masa.


–No, no es eso –rectificó Lear ante aquella teoría –. Yo pensaba que tenía un efecto de 10e14 gramos; pero la suma real a de ser de 10e-6. El daño le fue causado a Childrey por una corriente que le atravesó. Podrán ver cómo ha quedado pulverizado el material que forma el piso.

No podía sorprender a nadie que surgieran especulaciones sobre un posible asesinato.

Lear se encogió de hombros.

–¿Asesinato mediante el uso de qué arma? Childrey no creía en absoluto que hubiese allí un agujero negro. Y tampoco lo creíais así la mayor parte de vosotros. –Esbozó una amplia sonrisa –. ¿Os imagináis un proceso criminal por un caso como éste? Pensad en el fiscal tratando de explicar al jurado lo que él pensaría que sucedió. Tendría que comenzar por explicar lo que es un agujero negro y luego lo que es un agujero negro de quantum. Debería seguir exponiendo por qué no existe el arma homicida o, lo que es lo mismo, explicar que ésta se halla en Marte. ¡Si llega hasta ahí sin recibir como respuesta la hilaridad general, tendría que proseguir, desarrollando la tesis de que algo más pequeño que un átomo es capaz de matar a alguien!

Pero, ¿no sabia el doctor Lear que aquel aparato era peligroso? ¿No había sido capaz de calcular su enorme masa por las apariencias que mostraba?

Lear extendió ambas manos.

–Caballeros, no sólo estamos tratando con masas, sino también con otros parámetros. La fuerza del suelo, por ejemplo. Podría haber calculado la masa partiendo de la cantidad de fuerza que mantiene al aparato en su lugar; pero, ¿hubiese alguno de vosotros pensado ingenuamente que los extraterrestres acaso usaran el sistema métrico decimal para hacer marcas en sus medidores? Aún no he podido descifrar lo que indican éstos.

Lo conveniente hubiese sido establecer seguridades que los circuitos de energía no pudiesen cerrarse por accidente. Lear podría haberlas omitido premeditadamente.

–Sí; probablemente no lo tuve en cuenta. Estaba demasiado ocupado en la tarea de hallar el modo gracias al cual eso podía funcionar.

Y así quedaron las cosas. Resultaba obvio que ningún proceso criminal tendría lugar. Ni el juez ni el jurado estarían en condiciones de comprender de qué estaba hablando el fiscal, en el supuesto caso de que éste llegase a explicar algo adecuadamente.

Pero un par de cosillas nunca llegaron a ser mencionadas.

Por ejemplo, las últimas palabras del capitán Childrey. Tal vez yo las repitiese si me interrogaran sobre el punto. Aunque quizá no lo hiciera. Fueron éstas: «Muy bien. ¡Muéstreme eso! Muéstremelo o admita que ahí no hay nada!»


Mientras la audiencia se dispersaba dije a Lear en voz baja:

–Ese ha sido sin duda el asesinato más extraño que jamás aya ocurrido.

–Si sostienes eso públicamente te demandaré por difamación –me susurró.

–¿Lo dice en serio? ¿Irá usted a explicar al jurado por qué lo que sostengo no es cierto?

–No. Me bastaría callarme.

–De todos modos, si usted ha hecho algo no saldrá impune tampoco: no se a qué se va a dedicar ahora. ¿Qué estudiará? Se le ha escapado de entre los dedos el único agujero negro que se conoce en el universo.

Lear frunció el ceño.

Tienes razón. En parte, al menos. El agujero negro ya no esta donde estaba. Pero puedo calcular su masa partiendo de la masa del comunicador.

–Oh...

–Y también puedo ahora abrir el comunicador y ver qué hay dentro de él. Averiguar cómo lo controlaban. Demonios, quisiera tener seis años.

–¿Qué? ¿Para qué?

Bueno.. – Aun no he conseguido medir los tiempos. Sólo puedo hacer cálculos un poco a la ligera. Por lo tanto ignoro si dentro de unos años o dentro de unas centurias aparecerá un agujero negro entre la Tierra y Júpiter... Y tendría que ser lo suficientemente grande como para dejarse estudiar. Creo que la aparición podría tener lugar, más o menos, dentro de cuarenta años.

De pronto comprendí de qué estaba hablando y no supe si echarme a reír o ponerme a gritar.

.Lear, ¡usted no puede estar pensando que algo tan pequeño como eso podría tragarse a Marte!

–Oh, recuerda que es capaz de engullir cuanto se le pone a tiro. Un núcleo por aquí, un electrón por allá... Por otra parte no necesita esperar que los átomos se le acerquen. Su gravedad es colosal y se dedica a bombear el centro del planeta con cuya sustancia se alimenta. Cuanto más come, más fuerte se siente. Y más grande. Si. Creo que terminará absorbiendo a Marte.

–¿Podría suceder eso en los próximos trece meses?

–¿Antes de que abandonemos Marte, dices? Hum... –Los ojos de Lear asumieron una expresión ausente –. No lo creo, pero tendré que hacer más cálculos. Sólo puedo hacer pronósticos a la ligera...


FIN




Terry Carr, 1975

De Viajeros del Tiempo

Ciencia-ficción 3

* * *

Esta edición esta dedicada a mi ciberamigo el "Gran Igor" Cantero... etcétera, etcétera, etcétera.

Buen degustador de este autor y de las pilas alcalinas... pues.



* * *

viernes, 23 de mayo de 2008

¡BIENVENIDO, FORASTERO! -- ROBERT BLACH

¡BIENVENIDO, FORASTERO!

Welcome, stranger

Robert Bloch

__
Poco después de la salida del sol, Rel abandonó el módulo de mando Situado sobre una órbita circular de veinte kilómetros se encontraba justo fuera de la vista de la superficie del planeta, y allí continuaría hasta el crepúsculo.
A bordo de la navecilla, después del aturdimiento de los primeros instantes, Rel aspiraba a pleno pulmón el oxígeno de la atmósfera rarificada. Al descender hacia la superficie verde, respiró con mayor facilidad.
Todo marcharía muy bien, se repetía. No había nada que temer. En fin de cuentas era una misión corriente y maloliente, sin nada muy especial. Por otra parte, si se tratase de una misión importante, no le habrían elegido a él para llevarla a cabo. El programa era muy sencillo.
El planeta al que se acercaba había sido objeto durante años de una minuciosa observación. En el pasado, otros, más inteligentes y expertos que Rel, se habían posado ya aquí. Y volvieron con montones de datos, montones de libros y de cintas grabadas. Tales productos eran de factura bastante grosera, como podía esperarse procediendo de una civilización primitiva; pero con ello bastaba.
Estudiando dichos materiales, los colegas de Rel habían podido enterarse de lo que deseaban saber. Al parecer, en ese planeta no existía una cultura uniforme, y durante mucho tiempo Rel y sus superiores se preguntaron qué grupo predominaba, qué idioma había que estudiar y qué comportamiento convenía asimilar. Una investigación intensificada y unas exploraciones complementarias les proporcionaron a no tardar las respuestas apetecidas. Unos módulos dé reconocimiento que habían sobrevolado en diversas ocasiones la superficie del planeta vinieron a corroborar sus conclusiones.
Los mamíferos del grupo más evolucionado —que se daban a sí mismos el nombre de hombres— habitaban una larga faja de tierra limitada en los dos costados por extensiones inmensas de agua. La faja en cuestión era conocida por el nombre de Estados Unidos de América del Norte. Su centro, el Midwest, estaba lleno de ciudades, era una zona de gran densidad de población.
En una de aquellas ciudades había de aterrizar Rel. Bah, una misión sin problemas... su Krala le ha descrito la situación con mucha lógica:
—Has recibido la formación adecuada. Conoces la lengua, el inglés. Has leído los libros. Has escuchado las grabaciones. Tu preparación ha sido completa. Por consiguiente, no has de encontrar ninguna dificultad en hacerte pasar por un hombre, durante una breve estancia.
»No hay el menor problema en lo tocante al aspecto exterior: te decoloraremos la piel, te pondremos una peluca hecha con cabellos para colocártela sobre el cráneo y nos hemos procurado las prendas típicas que conviene llevar, comprendidos los pies... eso se llama zapatos, y te permitirá disimular las membranas. Parecerás un hombre, hablarás como un hombre, actuarás como un hombre.
»Lo demás no es sino simple cuestión de saber observar.
Lo cierto es que el Krala tenía razón. Cuando Rel se vio dentro del disfraz, no daba crédito a sus ojos.
—No hay nada sorprendente en todo esto —explicó el Krala—. Bien mirado, existen muchas similitudes entre nosotros y los habitantes de ese planeta... al igual que el planeta mismo, por su parte, se parece mucho al nuestro. Desde el punto de vista atmosférico y orgánico, la analogía es notable. La gravedad, prácticamente idéntica. Evidentemente, éstos son los motivos por los cuales nos ha interesado ese planeta. Aunque es pobre y no muy atractivo, quizá con el tiempo establezcamos ahí una colonia.
—De acuerdo, pasaré allá un día de observación. Pero ¿no deseas ningún dato en concreto? Podría evaluar la capacidad física y psíquica de aquellos mamíferos, probar de descubrir la naturaleza de las armas que posean...
El Krala se puso color naranja de regocijo.
—No vale la pena, no es ninguna misión de espionaje. Estamos perfectamente al corriente de su tecnología (muy rudimentaria por el momento). Hablan siempre de la energía en términos de implosión y explosión. En la esfera de las facultades mentales, también están muy retrasados.
»No, tranquilízate, la conquista del planeta por la fuerza no ofrecería la menor dificultad. Tu misión consiste simplemente en determinar si vale la pena conquistarlo o no.
—Pero tú has dicho que se ha comprobado que las condiciones eran ideales. Gravedad, temperatura y contenido de oxígeno son satisfactorios. No está mal de recursos naturales, alimento, agua, todo lo que nuestra raza necesita para conservar la vida. ¿Y no basta con ello?
El Krala se puso rosado de perplejidad.
—Bien —dijo—. Ahora voy a expresarme en términos cinéticos. Tú conoces nuestra política en materia de colonización: una conquista por la fuerza representa un gasto considerable de tiempo y de energía, y lo que se derrocha para someter y gobernar a los autóctonos suele resultar desproporcionado. Por esto hemos observado siempre los planetas examinando nuestras posibilidades de infiltrarnos en ellos. Si hemos comprobado que el modo de vida nos conviene, enviamos progresivamente nuestra gente allá. Los nuestros se mezclan insensiblemente con la población que haya, y al cabo de una generación gozamos de un dominio numérico completo. Hasta dicho momento no nos manifestamos. Nuestra gente suele estar, entonces, en los puestos clave, tan bien situada que es posible efectuar la conquista desde el interior. Cuantos menos esfuerzos nos cuesta la conquista, mayor es la energía vital preservada. Un detalle fundamental.
Rel escuchaba, amarilleando de comprensión a pesar del maquillaje.
—Entonces ¿debo observar, nada más, si el modo de vida de aquellos indígenas puede convenirnos?
—Exacto. Pasarás el día como un ser humano medio... o de un americano, cualquiera que sea su esfera. Claro, debes tener cuidado en no hacerte notar, antes al contrario, debes mezclarte con ellos. Come y bebe. Estudia atentamente todas y cada una de tus reacciones. Trata de determinar en la medida de lo posible cómo sería la vida de nuestros colonos ahí durante el tiempo que tendrían que pasar disfrazados. La decisión dependerá de ti exclusivamente.
Rel notó que se teñía de rojo; pero las últimas palabras del Krala le ensombrecieron inmediatamente.
—No hay por qué enrojecer —advirtió el Krala en tono seco—. Como te dije, esta decisión no tiene, en realidad, una gran importancia. Hay millares de mundos similares. Si tuviera una importancia vital, no te habríamos elegido a ti para esta misión. Tenemos montones de observadores más experimentados.
»Pero no podemos perder tiempo ni energías. Te hemos elegido a ti, precisamente, perfecta muestra media, porque tus reacciones corresponden a las del colono medio que nos proponemos enviar a ese planeta. Estamos dispuestos a guiarnos por tu opinión. Y ahora ve a ver tu Bezzter para los últimos preparativos.
Rel fue a casa de su Bezzter y quedaron resueltos los últimos detalles. El día elegido era uno durante el cual los mamíferos no trabajaban, sino que se reunían en zonas arboladas para solazarse. Así Rel podría circular con toda libertad sin haber de salir de los bosques, y al mismo tiempo tendría ocasiones bastantes para mezclarse con aquellos mamíferos sin correr demasiados riesgos.
—¿Y la navecilla? —protestó Rel—. Se fijarán en ella, como se fijaron en las anteriores. Algunos libros mencionan tales observaciones... ovnis, o ufos, ¿no es así como los llaman?
Le tranquilizaron al momento sobre este particular, En un día de fiesta, un domingo (según lo llamaban ellos) y a una hora tan temprana, el módulo de reconocimiento pasaría inadvertido. Nadie iba tan temprano a las zonas boscosas. En el curso de las misiones precedentes habían descubierto un lugar en el que Rel podría esconder la astronave por el tiempo que pasaría en los bosques.
Y así fue como Rel plantó el pie, a eso de las ocho la mañana, en el parque zoológico de Milwaukee (Wisconsin).
Se había fijado con grandísima atención en el emplazamiento del escondite y dirigido la astronave sobre el gran cercado. Eligiendo una zona central, había descendido muy suavemente sobre unas rocas, a mitad decamino entre la anfractuosidad y la barrera metálica.
El parque estaba desierto. Ni la menor silueta humana en ninguna dirección. Rel se dedicó unos elogios y empujó prestamente el pequeño transportador hacia la abertura de la cueva.
¡Oh, qué calma y qué sosiego reinaban aquí! Rel había de contenerse para no ponerse color naranja, bajo la decoloración, al pensar en los honores que le habrían dispensado si hubiesen esperado verle llegar. En lugar de pasar inadvertido, habría encontrado un comité de recepción y...


El comité de recepción le esperaba en la boca de la cueva. Era grande y blanco, tenía cuatro patas terminadas en unos garfios acerados, y unas fauces rojas, rodeadas de trituradores amarillos. Aquel ser se levantaba sobre las patas traseras y rugía.
Rel se puso negro de miedo. Instintivamente se parapetó detrás de la navecilla, cuidando de mantenerla entre él y la bestia. El monstruo blanco empezaba a dar zarpazos contra el módulo transportador..., pero esto no inquietaba ni poco ni mucho a Rel, porque el vehículo era indestructible. Así pues, lo hizo resbalar hacia el interior de la caverna, mientras la bestia se batía en retirada ante él. Pero ya dentro de la cueva, el módulo de reconocimiento no resultaba obstáculo suficiente. Al monstruo blanco le bastaba con rodearlo para saltar. Cosa que hizo lanzando rugidos.
Rel volvió la espalda y echó a correr. La enorme bestia le seguía con paso pesado. Rel corrió hacia los barrotes metálicos con el propósito de pasar al otro lado y escapar hacia la zona boscosa de más allá. La bestia le pisaba los talones. Rel sabía que ya levantaba las patas, dispuesta a clavar las uñas y desgarrar. Saltó hacia los barrotes... y el suelo se hundió bajo sus pies.
Rel no se había fijado en el foso. Cayó abajo con ruido sordo. Allá arriba, el monstruo blanco gruñía, pero no hacía ademán de seguirle. Lenta, penosamente, el, astronauta se levantó y empezó a trepar por la reja.
Ahora los gruñidos venían de todas las anfractuosidades. Las entradas de cada una de ellas se poblaron súbitamente de otros monstruos: negros, grises, pardos (los mayores) levantados sobre dos patas y lanzando unos aullidos formidables. Rel llegó por fin a la punta de los barrotes y las lanzas metálicas le pincharon el pecho.
Estuvo a punto de volver a caer, pero consiguió pasar las piernas al otro lado. La parte baja de sus vestidos se desgarró en las puntas aceradas. Rel cayó sobre la hierba y se derrumbó, falto de respiración.
Por fin se alejó vacilando, hasta que los rugidos no fueron más que un murmullo lejano. Cruzaba el parque, y sus cuatro pulmones iban recobrando la actividad normal. Ahora se acercaba a una estrecha faja negra que corría entre dos zonas de césped. Quiso franquearla..
Con enorme ruido metálico, un ingenio mecánico enorme que corría sobre unas ruedas se precipitó sobre él. Faltó el grueso de un papel de fumar, nada más, para que el hocico brillante de la máquina le hundiera el pecho.
—¡Eh, tú! —gritó una voz grosera desde el interior—. ¿Tanto cuesta .mirar donde andas? ¿Estás ciego o qué?
Rel halló la seguridad en el césped del otro lado, y echó a correr de nuevo. Llegó a una zona libre, poblada de hierba corta y se paró en la orilla. Imposible determinar con qué propósito habían dispuesto aquel espacio. Lo mejor era probar de atravesarlo. Por otra parte, en pocos momentos le habían sucedido demasiadas cosas. Rel decidió tenderse un momento.
Cuánto rato había pasado estirado allí, no habría podido decirlo. El sol estaba ya alto cuando abrió los ojos de nuevo, despertado por unos gritos estridentes.
En esos instantes, un grupo bastante nutrido de mamíferos ocupaba el espacio libre que tenía delante. El caso es que parecían mucho menores de lo que había creído. Luego comprendió la causa: eran retoños, embriones que no habían llegado al estado adulto. Más de una docena de ellos corrían dando vueltas al terreno... unos cuantos se habían agrupado en un extremo, detrás de otro que manejaba un garrote, y otros aún se escalonaban de forma aparentemente arbitraria a mayor distancia todavía.
En el centro del terreno, uno de aquellos mamíferos jóvenes lanzaba violentamente un arma redonda en dirección al que empuñaba el garrote. Éste no se apartaba, no; al contrario, probaba de golpear el arma con el palo que tenía en las manos.
Los otros gritaban.
Rel concluyó que aquello había de ser una especie de juego.
Alguna que otra vez, el tipo del garrote conseguía golpear el proyectil y se ponía a correr furiosamente de un mamífero a otro dentro del terreno. Y entonces todos los demás aullaban de lo lindo.
Rel se acercó para observar mejor. Era en verdad una especie de juego, una actividad lúdica primitiva desprovista de significado, pero sin peligro. Exigía cierta medida de coordinación y destreza en lanzar el arma redonda, golpearla y correr. Los otros, en el terreno, se limitaban a coger el arma y tirarla a derecha e izquierda.
—¡Eh, señor..., apártese de ahí!
Uno de aquellos engendros estaba gritando, al parecer dirigiéndose a él. Rel sonrió para corresponder al cumplido, guiñó los ojos.., y recibió el proyectil en plena cara.
Sin duda había quedado aturdido horas enteras. Ahora el parque estaba lleno de criaturas dichosas y despreocupadas en un mundo de pesadilla. Porque aquello era una pesadilla... al menos para Rel.
Los mamíferos se hallaban por todas partes. Se lanzaban a la carrera por las estrechas fajas negras, junto a sus gruesas máquinas: los automóviles. Ahora lo recordaba. Le habían hablado de aquello. Aunque no le habían dicho nada de los vehículos de dos ruedas, más pequeños, pero más ruidosos y peligrosos, que se metían por entre los grandes, soltando unos rugidos semejantes a los de los animales de las cuevas.
Tampoco le habían hablado de aquellos otros vehículos de dos ruedas que circulaban sin ruido por los céspedes, propulsados por mamíferos jóvenes. Varias veces faltó poquísimo para que le derribaran.
En contraste, los vehículos de cuatro ruedas y propulsión femenina eran poco peligrosos. Se desplazaban a una velocidad extraordinariamente reducida. Sin embargo, llevaban dentro una cosa que metía mucho ruido, Rel consiguió echar un vistazo al origen de aquellos sones: provenían de una especie de modelos reducidos de los indígenas, dotados de una faz singularmente congestionada. Aquellos modelos armaban un jaleo espantoso y, por lo general, despedían un olor acre, fétido. Rel no llegaba a comprender por qué los mamíferos adultos los miraban con tanto orgullo. Tampoco comprendía el motivo de que aquellos ejemplares, tanto machos como hembras, se contemplasen unos a otros con una expresión de ternura arrobada. Su aspecto no llegaba a ser repulsivo, es verdad, pero distaba mucho de poder aplaudirse. Como en los libros, vio que algunos machos aspiraban el hedor nauseabundo que exhalaban unos tubitos que tenían entre los labios. Aquello lo llamaban fumar.
La mayor parte de los machos y buen número de mujeres llevaban una especie de pantallitas delante de los ojos... para darse gusto. (Sobre este punto también estaba informado ya) Al parecer, aquellas paredes transparentes aumentaban su débil potencia visual.
Aquellos machos con tubos y aquellas hembras con pantallas ofendían profundamente el sentido estético de Rel, y cuando éste divisó al otro lado de un arbusto a un macho que dejaba el tubo para abrazar a una mujer con pantallas, le invadió una oleada de asco irresistible. ¡Por lo visto y por increíble que pueda parecer, aquellos dos se estaban ayuntando!
Rel se alejó. La tarde iba transcurriendo; le dolían las piernas y los palmeados pies sufrían bastante dentro de su estrecho alojamiento. El calor era insoportable y, además, Rel tenía los estómagos vacíos.
Buscaba un sitio libre. Allá al fondo, bajo los árboles, había mesas y bancos. Varios grupos de indígenas de ambos sexos se habían congregado allí, armando gran alboroto. Pero quedaba un asiento libre.
Rel se detuvo para observar la mesa de la izquierda donde unos mamíferos viejos y un grupo de otros más jóvenes estaban, clarísimamente, procediendo a alimentarse.
El macho más viejo levantó la cabeza y se fijó en él.
—¿Tiene hambre, acaso?
Rel identificó la palabra. Se relacionaba con la alimentación. Se sentía tentado... Ademas, después de todo, tenía el deber de mezclarse con ellos, ¿no? Y asintió.
—Entonces, venga acá con nosotros... Nos queda mucho. Mamuchka, dale un plato al señor.
Rel aceptó un plato de cartón que la hembra más anciana llenó de comida.
—¡Animo, coma! —le estimuló el macho viejo—. Choucroute y salchicha polaca. Dale también Bratwurst. ¿Le gusta el Bratwurst?
Rel cogió los utensilios que le ofrecían. Cuchillo y tenedor. Conocía su funcionamiento, lo había estudiado. El alimento quemaba.
—¿Usted se llama, señor...?
Rel entornó los ojos y deglutió antes de contestar. Había escogido un nombre... bueno, había sido el Krala quien se lo había elegido.
—John Smith —respondió.
—Schmidt, ¿eh? Yo soy Rudy Krauss.
Una manaza fuerte aprisionó la de Rel, la retuvo y se la estrujó dolorosamente.
—En la esquina de la Tercera y de Burleigh tenemos el domicilio. ¿Sabe dónde dan la vuelta los autobuses?
Rudy Krauss le devoraba con los ojos.
—¡Y ahora, una cerveza! —Estalló en una sonora carcajada—. Me siento en forma. Después de este día, bien merecemos un vaso. Ánimo, usted también.
Rel tenía sed. Bebió, tosió y volvió a beber. Rudy Krauss le llenaba otra vez el vaso. No paraba de hablar, y todo lo que Rel tenía que hacer, por lo visto, era opinar; opinar y beber. Opinar y beber.
El mundo empezaba a nublarse. Era casi de noche, pero aquella niebla venía de otra cosa. A los mamíferos jóvenes los llamaban niños, aprendió Rel, entre otras cosas. Butch y Jeanie insistían en que los acompañara a la llanura de los juegos (¿qué podía ser eso?) para que les empujara en los columpios.
—Claro que os empujará, ¿eh? —exclamó Krauss—. ¡Vamos, antes de partir, vacíe! La cerveza se está acabando.
Rel bebió. Luego los niños le llevaron cerca de un bosque metálico; ellos se sentaron en unas barquillas suspendidas por cadenas y él empujó. Iban y venían. Butch rebotó contra los estómagos de Rel, y éste tuvo que sentarse. Al cabo de un rato, estaba sentado a su vez en una de aquellas barquillas, y los niños le empujaban. Cada vez más alto. Todo se nubló y se puso a girar.
Rel pensó que perdería la vida antes que terminase aquello.


Ahora la oscuridad era completa y la gente se marchaba. Rel se dirigió hacia las cuevas. Trepar por los barrotes fue un verdadero calvario. Se olvidó de la existencia del foso. Nueva caída. El monstruo blanco volvía a estar allí, esperándolo. Pero Rel consiguió esquivarle al fin, llegó a la navecilla y salió sin excesivas dificultades.
Y luego, como por milagro, estaba de regreso en el módulo de mando, bajo la mirada verdosa del Krala.
—¡Mírate! —le dijo éste con voz apagada—. ¡Arañazos, chichones y vestidos destrozados! ¿Qué ha pasado? ¿Has trabado una lucha física?
—No —contestó penosamente Rel—. Me he divertido de la misma manera que los hombres. Estábamos completamente equivocados respecto a ellos. Son unos monstruos. Se divierten criando animales espantosos. Dejan que sus hijos se tiren armas a la cara. Su comportamiento social y sexual es intolerable. Jamás lograremos aprender correctamente su lenguaje... Los ejemplares que me han dirigido la palabra se expresaban de una manera, completamente distinta a la que poseemos en las grabaciones.
El Krala meditó unos instantes.
—Estas dificultades se pueden superar mediante una formación adecuada. Lo que me interesa son las bases de supervivencia. ¿Qué encontraremos como alimento y como bebida?
—Su bebida se llama cerveza. Es una cosa que hincha la cabeza y los estómagos y deforma la visión. El alimento se llama escabeche, Bratwurst, salchicha polaca, salami, Knackwurst, choucroute y...
Rel, de súbito, se había puesto transparente, y luego enfermo..., muy enfermo.
El Krala bajó la cabeza.
—Muy bien —murmuró—. Acabas de darme la respuesta. Es evidente que no podríamos adaptarnos.


A millares de afios luz de allí, en la esquina Tercera Avenida-Burleigh, Rudy Krauss meditaba en la cama. «Había sido una merienda muy agradable —pensó—. Y aquel tipo joven, aquel Schmidt, tampoco estaba mal. Tenía cara de apreciar la cocina de Mamuchka y la buena cerveza.»
Y una vez formados estos pensamientos, el salvador del planeta se tumbó de costado, eructó satisfecho y se durmió.

¡Bien venido, forastero! Robert Bloch
Welcome, stranger.
Háblame de horror... no me digas más cosas tiernas

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