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lunes, 6 de agosto de 2012

LA SEGUNDA LEY Barry Longyear


LA SEGUNDA LEY

LA SEGUNDA LEY
Barry Longyear

Cuando subía por los graderíos del sector de espectadores del Gran Circo, lord Ashly
Allenby se detuvo a escuchar cómo un poeta menor de Porse ensayaba su
argumentación. El individuo, regordete y ataviado con una túnica a rayas azules y
grises, se aclaró la gargarita, se irguió, se inclinó saludando y recitó.
Estamos aquí para votar la Segunda Ley,
aunque ignoro bien por qué.
Los horrores del debate, al parecer,
no vale este esfuerzo.
Lord Allenby nos ha convocado aquí,
para rogarle al Noveno que pierda su miedo.
El malvado Décimo no tardará en llegar,
cosa terrible, Si es cierta.
En el momento en que Allenby fruncía el ceño y avanzaba hacía el poeta, sintió que
Disus, su jefe de personal, le tocaba en el brazo. Se volvió y vio cómo el payaso
sacudía la cabeza.
Pero, descendientes de la nove cirense
Ciudad de Baraboo,
he de formuIaros una pregunta:
Hemos vivido aquí libres y con una sola Ley
durante cien años, sin un fallo.
¿Necesitamos otra? ¡Yo digo que no! Y ahora, adiós.
Mientras los escasos oyentes aplaudían. Disus se llevó a Allenby hacia sus asientos. El
embajador tomó asiento de golpe y movió la cabeza.
- ¡Junio, plenilunio, infortunio! - exclamó - Espero que los ejércitos del Décimo
Cuadrante se diviertan con el bufón.
Echó hacia atrás la caperuza de listas negras y escarlatas de su túnica de mago, y se
recodó en el peldaño de piedra del anfiteatro, con los codos apoyados en la grada
superior. Disus se alisó su túnica anaranjada y adoptó una postura similar. Cuando el
embajador del Noveno Cuadrante se hubo calmado un poco, Disus sacó su bolsa.
- Un móvil por tus pensamientos.
Allenby extendió la mano y el payaso dejó caer una moneda de cobre en ella.
- Hallan mi misión excesivamente cómica, y tal vez... - sonrió - ...demasiada seriedad en
mí.
- Tienes que estar orgulloso de muchas cosas, Allenby. Míralos - Disus señaló a las
gradas llenas de masas, jinetes, payasos, representantes, mimos, juglares, monstruos,
acróbatas, mercaderes y artesanos -.Todos son maestros... ¡Mira! Allí está el Gran
Vyson de los representantes de Dofstaffl... ¡Y mira! ¡El Gran Kamera!
Allenby sonrió, sabiendo que Disus, el también un maestro de Payasos, miraba con
adoración al Gran Kamera, maestro de payasos y jefe de la delegación para el Circo de
Tarzak. Sintió saltar su propio corazón cuando reconoció al Gran Fyx, el anciano
maestro de magos, en la delegación. Se inclinó hacia delante, y él y Disus saludaron
cuando la delegación llegó a los asientos de los espectadores.
Kamera saludó a Disus, pero Fyx se apartó de los delegados y le hizo un signo a
Allenby para que se le acercase. Con el corazón palpitante, Allenby pasó por entre las
gradas de espectadores y se detuvo ante el Gran Fyx.
- Allenby, debería haber venido antes, pero los años pesan más que mi magia. ¿Que
me cobras por el viaje?
- Nada, Gran Fyx. Es un honor para mí.
Fyx sonrió con su boca desdentada.
- Baja a la arena. Deseo hablarte en privado.
Allenby saltó el parapeto de piedra y quedó de pie junto al gran mago.
- ¿Qué deseas?
Fyx se le acercó, se llevó su huesuda mano a los labios y susurró:
- Tu truco de las siete cartas. Quiero adquirirlo.
- Me siento muy honrado
- ¿Cuánto?
- Perdona, Gran Fyx - respondió Allenby - pero creo que he perdido el sentido ¿Tú
quieres comprarme un truco? ¡Estoy asombrado!
- Un buen truco es un buen truco, venga de dónde venga. Te vi ejecutarlo en el camino
de Miira.
- Imposible - frunció Allenby el ceño -. Perdona, Gran Fyx, pero te habría reconocido.
No has podido ver ese truco en el camino de Miira.
- Eres un gran mago, AIlenby - carraspeó Fyx, golpeando la arena con el pie -, pero
eres novato. Escucha - Fyx compuso sus facciones, cerró los ojos un segundo y se
cubrió el rostro con la túnica. Cuando la apartó de nuevo, la cara de una joven le
sonreía sensualmente a Allenby - Iría contigo detrás de las dunas Lord Allenby, Ashly...
pero debo preservarme para mi amado...
- ¡Dorna! - exclamó Allenby. Después, sonrió al ver como el Gran Fyx recuperaba su
propio rostro, con sus arrugas que se retorcían cuando reía - ¡Excelente, Fyx! Y es
cierto que he pensado mucho en esa doncella.
- Fuste muy convincente, Allenby, pero me alegro de no haber cedido a tu encanto. ¡Yo
no soy ese estupendo ilusionista!
Los dos magos rieron hasta saltárseles las lagrimas.
- Sí, Gran Fyx, éste es mi precio por el truco de las siete cartas: la verdad acerca de
Dorna. Y tal vez ahora podré soñar en otras cosas.
Allenby sacó una cartera de entre los pliegues de su túnica. Rebuscó entre varios
papeles, escogió uno y se lo entregó al mago. Fyx se lo metió en su propia cartera,
extrajo otro y se lo tendió a Allenby.
- Tu magia es buena, Allenby, pero como comerciante eres muy débil. Toma esto: es
sólo una ilusión menor a cambio del truco.
Allenby aceptó el papel con manos temblorosas.
- Me siento muy honrado. Muchas gracias.
Fyx miró hacia el centro del Circo donde un individuo, ataviado con prendas de color
rojo brillante, daba instrucciones a otros vestidos de blanco.
- El amo del Circo da instrucciones a los cajeros, y debo reunirme con mi delegación.
Allenby se inclinó, el viejo mago saludó y se dirigió cojeando hacia la parte de graderías
que pertenecía a la ciudad de Tarzak.
Allenby examinó el papel que le acababa de dar Fyx. Era la ilusión de éste para una
persona desplazada; una ilusión menor para Fyx, pero que constituiría la pieza maestra
para un mago de menor categoría. Metió el papel en su cartera y trepó por las gradas
hasta donde se hallaba Disus. Al sentarse, sus ojos captaron el vislumbre del verde y
amarillo de una especie de monstruo.
- ¿Es aquél Yehudin, Disus? - inquirió.
Disus volvió la cabeza, protegiéndose los ojos del sol con la mano.
- Sí, es él. Y corre... ¿Habrá aterrizado ya la misión?
Allenby frunció el ceño y los dos se pusieron de pie para recibir a Yehudin. Éste, casi
falto de aliento, se detuvo ante ellos y extendió la mano. Allenby le puso una moneda
en la palma. La piel de la mano de Yehudin, así como del resto de su cuerpo, era
gruesa, estaba segmentada y mostraba un color marrón.
- ¿Qué pasa? - preguntó Allenby.
- Allenby, ha llegado Humphries. Y desea verte al instante.
- ¿Que hace aquí? - Allenby se volvió hacia Disus y dejó caer unas monedas en la
mano del payaso -. Vigila por ahí y ven a mí si me necesitan.
Allenby y Yehudin descendieron por las gradas y dieron la vuelta al Circo hasta llegar a
la entrada de los espectadores. Tras internarse por el túnel tallado en la roca, Allenby
apretó el hombro espinoso de Yehudin.
- ¿Dijo Humphries qué quería?
- No le entendí, Allenby. Pero parecía muy trastornado. - Salieron del helado túnel a una
calle polvorienta, flanqueada por casas y tiendas de una sola planta -. Se mostró muy
desdeñoso hasta que le enseñé las oficinas de la embajada. ¡Entonces empezó a
insultarme!
- Me disculpo en su nombre, Yehudin.
- No eres tú el que debe disculparse.
Allenby asintió y ambos se dirigieron hasta un edificio de dos plantas, construido de
adobe. Encima del portal se leían las palabras: «Embajada del Noveno Cuadrante de la
Federación de Planetas Habitables». De pie en la entrada, Allenby divisó a Bertrum
Humphries, su más próximo subordinado, gordinflón, y resplandeciente con su uniforme
de vice-embajador.
- Soy Allenby.
Humphries miró a Allenby desde su caperuza negra y escarlata a sus sandalias y sus
pies sucios.
- Allenby - rió Humphries, señalando el edificio -, ¿qué significa esto? ¿Espera que me
comporte como un auténtico representante del cuadrante en una..., cuadra? ¿Y por qué
lleva usted un traje tan carnavalesco?
- Primero, Humphries, llámeme lord Allenby o señor embajador - le recriminó Allenby.
Humphries frunció el ceño, luego bajó el brazo y entrecerró los ojos -. Segundo, creo
que usted le debe disculpas a mi secretario.
- ¿Esto... - Humphries blandió un dedo hacia Yehudin - esto es su secretario?
- ¡Esto tiene un nombre, Humphries! Se llama Yehudin, el cocodrilo de los Monstruos de
Tarzak. Su familia es una de las más distinguidas de Momus, y es mi secretario, señor
vice-embajador.
Humphries esbozó una mueca, después se volvió hacia Yehudin y ladeó ligeramente la
cabeza.
- Le ofrezco mis excusas por mis observaciones, señor...
- Yehudin - El hombre cocodrilo sonrió, dejando al descubierto dos hileras de dientes
afiladísimos, y luego extendió la mano con la palma hacia arriba.
Humphries miró a Allenby y luego a la mano extendida.
- Humphries, usted le debe una disculpa. Creo que veinte móviles serán suficientes.
Yehudin asintió.
- ¿Espera seriamente que yo pague a esto..., a esto...?
- Sí, a mi secretario..., y lo espero.
Humphries metió una mano en su bolsillo del pecho y exhibió la cartera. La abrió y sacó
varios billetes.
- ¿A cómo está el cambio?
- Todos los cajeros de Tarzak están en el Circo - repuso Yehudin.
Allenby le cogió algunos billetes a Humphries y le entregó veinte monedas de cobre.
- Éste es el cambio, Humphries.
Humphries cogió las monedas, con una expresión de extrañeza en su rostro, y se las
dio a Yehudin. Éste se las embolsó, sonrió otra vez y, pasando por detrás de
Humphries, abrió la cortina que cerraba la puerta de la embajada.
- ¿Caballeros...?
Ya dentro de la embajada, sentado en uno de los varios almohadones de color bronce
colocados en torno a una mesita baja, Allenby fue dándose cuenta de cómo Humphries
se iba sintiendo más incómodo minuto a minuto. Era obvio que la blusa de cuello alto de
su uniforme le estaba asfixiando. Allenby no tuvo el valor para comunicarle al viceembajador
que cuando se había recostado en la pared de adobe encalado se había
manchado la espalda de su uniforme color medianoche con blanco de cal.
- Oh, Humphries - dijo en cambio -, lamento mucho haber empezado tan mal. Es
importante que nuestras relaciones sean de mutuo respeto y buena colaboración.
- Supongo que habrá actuado al saber la noticia, Lord Allenby.
- ¿Qué noticia?
- ¿Cómo qué noticia? ¡Que Momus todavía no ha autorizado las relaciones con la
Federación del Cuadrante!
- Estas cosas necesitan tiempo, Bertrum..., ¿puedo llamarle Bertrum?
- Ben.
- Muy bien, Ben.
- Lleva usted en este planeta más de dos años, Lord Allenby, y creo que ya ha habido
tiempo suficiente.
Allenby se encogió de hombros y elevó los brazos.
- Primero tuvo que esparcirse la noticia, después vinieron las solicitudes de las
poblaciones, las asambleas, la formación de las delegaciones y el traslado a Tarzak.
Las delegaciones ciudadanas se están reuniendo ahora en el Gran Circo para votar la
Segunda Ley...
- ¿La Segunda ley? - frunció el ceño Humphries -. ¿Ha dicho la Segunda Ley?
Allenby dejó caer los brazos y asintió.
- Sí, Ben. Momus sólo tiene una Ley. La Primera Ley se votó hace más de un siglo, sin
que realmente nadie recuerde por qué se votó.
- ¿Y cuál es la Primera ley?
- Es la ley que permite hacer leyes. Si, es una lástima que desde entonces no hayan
dictado ninguna más. Porque, para dictar otra, primero tiene que reunirse la gente de
una población y solicitar una asamblea general a fin de elegir una delegación...
- Por favor - le interrumpió Humphries levantando una mano. Luego sacudió la cabeza -
¿Es decir que no existe ningún cuerpo político con el que tratar?
- Ha acertado - sonrió Allenby.
- ¡Imposible! Esto va en contra de todas las cláusulas de la aceptada teoría política para
una población de esta densidad... Quiero decir, ¿qué hacen con los impuestos, el
crimen y, por ejemplo, la representación de este planeta en la Federación del Noveno
Cuadrante?
Allenby tabaleó sobre la mesa y estudió al vice-embajador.
- Respecto a los impuestos, Ben - repuso con un suspiro -, todo el mundo paga por lo
que usa según el grado en que lo usa.
- Y por lo visto no existe la criminalidad - rezongó Humphries.
- Poca, aunque existe. Si uno roba o estafa, hay que indemnizar a la víctima o sufrir el
exilio. En caso de homicidio, sólo hay el exilio.
- ¿Exilio de dónde o de qué?
- Exilio de la compañía de las personas honradas. Los exiliados son marcados y
enviados al desierto. Nadie les da nada ni les vende charla, descanso, comida o
consuelos.
- ¿Y quiénes juzgan?
- El pueblo..., Ben, ¿no ha estado jamás en un circo?
- ¿Un circo? - Humphries se quedó boquiabierto.
- Sí
- Bueno, de niño, por televisión...
- Es una sociedad muy unida, Ben, apegada a sus costumbres y tradiciones. Y la
naturaleza de estas costumbres y tradiciones es la causa de que Momus sólo posea
una Ley, y que probablemente hubiese podido sobrevivir sin ella.
- Excepto por una cosa, lord Allenby: el Décimo Cuadrante.
- Cierto - asintió Allenby.
- Lo cual nos lleva de nuevo a la pregunta de lo que ha hecho usted durante estos dos
años.
- Ben, tuve que apoderarme de una nave transbordadora para llegar hasta aquí y
cuando aterricé sólo llevaba una capa. Primero tuve que llamar la atención de la gente y
después conseguir su respeto.
- ¿Respeto? ¡Usted es un embajador de primer rango!
- La política y la diplomacia - se encogió de hombros Allenby -, no se reconocen aquí
como ocupaciones legítimas...
- ¿Legítimas? Supongo que consiguió el respeto vistiendo esas ropas ridículas...
- Me gané los colores de Mago, Ben, y a decir verdad, son unas ropas mas confortables
que la chaqueta que lleva usted.
- ¡Dios mío, vaya pantalones! ¿Lleva algo más debajo?
- No, Ben, en absoluto. Aparte de lo indispensable - Sonrió Allenby.
- Lord Allenby, esta broma es de un gusto pésimo - gruñó Humphries.
- Pues Disus afirma que es un chiste bueno, y me costó diez monedas de cobre.
- ¿Disus?
- Mi jefe de personal.
- Supongo que es un comediante.
- No, un payaso.
- ¿Y así se la ganado usted el respeto de este pueblo?
- Puedo demostrarlo - Allenby rebuscó en sus bolsillos y exhibió su cartera. Extrajo de
ella un papel que dejó sobre la mesa, delante de Humphries -. El Gran Fyx, el más
honorable de los magos de Momus, me dio esto a cambio de mi truco de las siete
cartas. Esta ilusión de la persona desplazada.
- ¿Puedo hablar con franqueza. lord Allenby? - preguntó Humphries, con el ceño
fruncido.
- Adelante.
Allenby volvió a meter el papel en su cartera y ésta en su túnica.
- Antes de abandonar el sistema solar, Bensonhurst, el secretario de Estado del
Cuadrante...
- Le conozco.
- Por lo visto, también él le conoce a usted.
- Vamos, desembuche.
- El secretario me manifestó que a usted lo eligieron embajador en Momus a causa de
sus tácticas diplomáticas poco ortodoxas... - Humphries hizo un gesto como abarcando
todo el planeta -. Y ya tengo algunos indicios del por qué. Pero esto... - bajó las manos
hasta sus rodillas -, esto es lastimoso.
- Algo parecido me dijo el Gran Fyx, más él puede decirlo como superior mío que es.
Como superior de usted, será mejor que me de una explicación.
- ¿Una explicación? La misión diplomática lleva diez días en órbita alrededor de
Momus, y la misión militar llegará dentro de otras tres semanas. Y aquí está usted, con
un albornoz, viviendo en una cabaña de barro, y glorificándose por un nuevo truco...
- Una ilusión.
- Bien, ilusión. ¡De todos modos, está usted jugando a magias con un monstruo y un
payaso, mientras aún no ha quedado satisfecha la legalidad de las misiones diplomática
y militar.
- Creo que ya está bien de franqueza por hoy, Humphries
- Pues aún tiene que enterarse de otra cosa.
- ¿De qué se trata?
- He de informar directamente al secretario.
Allenby asintió. No había esperado otra cosa.
- ¿Qué sabe usted de Momus?
- Me dieron unas lecciones, claro.
- No le pregunto esto.
- Está bien. Hace ciento setenta unidades anuales terrestres, el circo espacial City of
Baraboo, en ruta al primer sistema de su circuito por los planetas del Décimo
Cuadrante, estableció una órbita en torno a Momus debido a dificultades de los
motores. Su órbita, debido a las mismas dificultades, era irregular, y sólo permitió a los
titiriteros y parle del ganado...
- Animales.
- Perdón. Parte de los animales a huir en naves salvavidas antes de que la nave y la
tripulación ardieran en la atmósfera.
- ¿Y...?
- Creo que esto es todo, salvo los datos astrofísicos. Las coordinadas del Cuadrante y
otros factores
- O sea que usted apenas sabe nada de Momus.
- Por lo que veo, Lord Allenby, Momus está a dos pasos de sociedad muy primitiva.
Mi..., nuestro primordial interés es contrarrestar las ambiciones territoriales del Décimo
Cuadrante. Estoy seguro de que nosotros y el general Kahn podemos llevar a cabo esta
misión sin tener que mezclarnos para nada con una pandilla de titiriteros pintarrajeados.
- ¡Titiriteros! - exclamó Allenby sin cambiar de expresión. Luego, se ajustó la túnica y se
inclinó hacia el vice-embajador -. Humphries, viejo amigo...
- ¿Sí?
- ¿Ve esta marca negra entre los ojos?
El vice-embajador se inclinó a su vez y casi bizqueó sus ojos.
- Hummm..., sí. ¿A qué se debe?
- Siga mirándola. Ahora, coloque las palmas de sus manos sobre la mesa.
Humphries colocó las manos planas sobre la mesa, con gesto lento, Allenby sonrió a
medida que las manos de Humphries se iban calentando cada vez más.
- ¿Qué diablos pasa aquí?
- Bien, Humphries, baje la vista. Mire la mesa.
Humphries obedeció, atemorizado. Al instante siguiente, soltó un chillido y trató de
liberar sus manos. Allenby sabía que el otro se veía a sí mismo gritando en un pozo
insondable de llamas y azufre, con la piel chamuscada, asándose hasta los huesos.
También él había sufrido el mismo efecto, y por esto le había pagado a Norman dos mil
móviles por la ilusión. Sintióse casi feliz por la llegada de Humphries. Nunca había
odiado tanto a un ser humano. Allenby dio dos palmadas y Humphries cayó de bruces
sobre la mesa.
- ¡Dios mío! ¡Dios...!
- Humphries, viejo amigo..
- Allenby..., ¿qué ha pasado?
- Es un truco menor, una ilusión llamada «visiones del infierno». ¿Le ha gustado?
- ¡Dios mío, Allenby!
El vice-embajador se incorporó, se desabrochó el cuello de su chaqueta de uniforme y
se secó el sudor del rostro.
- Momus no es una colonia de titiriteros, Bert. Y le haría mucho bien a usted, por otra
parte, conocer algunos trucos. Como dije, ésta es sólo una ilusión menor - Allenby
volvióse hacia la puerta -. ¡Yehudin!
El hombre cocodrilo entró y se cuadró junto a la mesa.
- ¿Por fin has probado la ilusión infernal?
- Sí, Yehudin. Por favor, ayuda al vice-embajador a llegar a su trasbordador.
Yehudin ayudó a Humphries a levantarse y se embolsó las monedas que Allenby arrojó
sobre la mesa.
- Humphries...
- ¿Sí?
- No volverá al planeta sin mi permiso. Y esto se aplica también a todo el personal de la
misión ¿Está claro?
- Sí.
Allenby hizo un gesto con la mano y el hombre cocodrilo condujo al tembloroso
diplomático hacia fuera. Durante largo tiempo, Allenby permaneció sentado, tabaleando
sobre la mesa. Comprendía la actitud de Humphries. Aunque considerándolo un poco
falto de ortodoxia por parte del cuerpo diplomático del Cuadrante, Allenby había servido
en él la mayor parte de su vida y conocía y respetaba las costumbres y tradiciones del
mismo, fundadas sobre siglos de experiencia diplomática. Sonrió al recordar su primer
encuentro con un habitante de Momus, y luego frunció el entrecejo al evocar la
detestable declaración de Humphries respecto a Bensonhurst. Desde el primer
momento, el secretario había dado a entender que echar del cuerpo diplomático a
Allenby era uno de los grandes objetivos de su existencia. De pronto, Allenby sacó de
entre los pliegues de su túnica el comunicador de bolsillo que le había entregado la
partida de aterrizaje, al iniciar su misión. Sabía que aquel aparato de radio era el único
que parecía amenazador en todo el planeta, aunque ignoraba cómo y porqué. Pulsó el
botón de llamada.
- Nave EIite del Cuadrante. Comunicaciones. - carraspeó la cajita del tamaño de la
palma de la mano, con la magia de otros tiempos.
- Aquí Allenby.
- Si, señor embajador. ¿Qué se le ofrece?
- Deseo hablar con el comandante de la misión militar.
- ¿El general Kahn? Un momento, por favor, señor embajador - la cajita calló unos
instantes y luego volvió a la vida con otra voz mas poderosa -. Lord Allenby, soy el
general Kahn.
- General, necesito cierta información.
- De acuerdo, Lord Allenby.
- ¿Está completo el plan de defensa y ocupación de Momus, general?
- Si.
- Deseo verlo..., aquí.
- ¿Ya sabe, lord Allenby, que todo está en fichas de memoria?
- ¿Representa esto un problema?
- Todos nuestros lectores, es decir, los aparatos de lectura están con el contingente
militar. Lo único que tenemos en la Elite son las computadoras de la nave y una unidad
de mando de campaña. Los transbordadores de la Elite no están equipados para los
aparatos de lectura. No se trata del peso, sino del tamaño.
- General, no me importa que tenga que abrir un transbordador nuevo en torno al lector.
- De acuerdo, señor. ¿Para cuándo lo quiere?
- ¿Cuándo puede llegar aquí sin demora alguna?
- ¿Sin demora alguna?
- Sin demora. Cierro.
Allenby se alisó la túnica, se puso de pie y se acercó a la ventana abierta para
contemplar la polvorienta callejuela.
- ¡Eh, pregonero! - gritó, al divisar la figura con la túnica a rayas rojas y purpúreas de un
pregonero.
El aludido cruzó la calle y se detuvo bajo la ventana, con la mano extendida. Allenby
dejó caer una moneda en ella.
- ¿Qué se te ofrece, mago?
- ¿Puedes ir en busca de Tayla, la adivinadora?
- Cobrará caro.
- Pagaré lo que pida, y doscientos cobres para tí si la traes antes de una hora.
El pregonero desapareció calle abajo, antes de que el polvo de su primer paso se
hubiera asentado otra vez.
Aquella tarde, en el desierto al oeste de Tarzak, Allenby estuvo dentro del
transbordador y se preguntó qué magia habría usado Khan para meter el enorme lector
holográfico por la diminuta portilla del aparato. La esfera, que representaba a Momus
bajo un ataque de las fuerzas del Décimo Cuadrante, apenas dejaba espacio libre en el
techo. Tayla tomó asiento ante la esfera, en tanto sus negros ojos absorbían cada
detalle de la imaginaria batalla. El general Kahn, todavía dudoso de las dotes
adivinatorias de Tayla, se colocó entre ella y el operador del aparato lector.
La adivinadora se pasó sus arrugadas manos por los ojos y después sobre la esfera, y
finalmente se echó hacia atrás su capuchón celeste y miró al general.
- Kahn, ordene que el planeta se vea más grande.
Kahn le hizo una seña al operador, el cual pulsó un botón. La esfera quedó llena con el
planeta, con sus desiertos, sus selvas, sus océanos y sus ciudades, todo ello lleno de
vida.
- Muéstreme las instalaciones, Kahn, y esta vez explíqueme cómo funcionan.
Khan señaló una pantalla situada sobre la consola, bajo la esfera.
- Ahí aparecerá todo lo que usted desee saber sobre las bases.
Tayla miró a Allenby con vacilación.
- Tayla es una adivinadora, general, y no sabe leer. Hágalo usted por ella.
Kahn volvió a hacerle una seña al operador y la esfera se oscureció, salvo unos puntitos
que conservaron un color terroso, amarillo-rojizo, verde-castaño.
- Dame la base de Tarzak.
Desaparecieron todos los puntitos excepto uno que se amplió hasta ocupar toda una
cara de las esfera de Tayla. El general se aclaró la garganta.
- Ésta es la base de Tarzak, la primera y la mayor. Servirá primordialmente como
cuartel general de la misión militar y para alojar al personal que no esté en órbita y a
sus familias.
- ¿Cuántos? - preguntó Tayla, levantando una mano.
- ¿Cuántos..., qué?
- Soldados y demás.
Kahn alargó una mano y pidió la respuesta a la consola.
- El total del personal civil y militar será de doscientos veinte mil.
Tayla asintió.
- Otra base, general.
El general y la adivinadora repasaron todas las instalaciones militares del Cuadrante,
desde la base de entrenamiento de combate localizada en el Gran Desierto hasta los
sistemas de Satélites defensivos en órbita. La vieja adivinadora examinó de este modo
las bases de lucha orbitales y planetarias, los almacenes de víveres, los comisariados y
las instalaciones del correo, los materiales en crudo y las dependencias pedagógicas,
sanitarias y recreativas. Cuando terminó toda la serie, Tayla cerró los ojos e inclinó la
cabeza.
- Apague esto, Kahn.
El general miró al operador, y la esfera se tornó transparente y sin vida. Allenby se
acercó a Tayla y le oprimió un brazo.
- ¿Te encuentras bien, Gran Tayla?
Ella levantó la cabeza, mostrando sus fatigados ojos.
- He visto tales cosas en la bola de cristal, Allenby..., tales cosas... - sacudió la cabeza -
Tardaré algún tiempo, pues debo consultar a mi pobre bola - miró hacia el aparato lector
-. Ah, daría una fortuna por poseer esta bola, aunque - sacudió de nuevo la cabeza -
forme parte del problema.
Extrajo una pequeña bola de cristal de entre los pliegues de su ropón y la sostuvo de
manera que captase el rayo de una luz de Servicio de la consola del lector. Al cabo de
unos segundos, la adivinadora empezó a respirar pausadamente, mientras contemplaba
la esfera fijamente.
El general Kahn golpeó el hombro del operador del lector y lo condujo hacia la carlinga
del transbordador. Quedamente, el soldado abandonó el compartimiento. Kahn se
apartó del aparato lector, cogió a Allenby por el codo y lo llevó al fondo de la zona de
pasaje.
- Lord Allenby, para obedecer sus órdenes me he saltado alegremente medio volumen
de los reglamentos del Cuadrante, pero esto de la bola de cristal es demasiado. ¿Qué
puede ver esa mujer en su bola que no haya visto en el lector?
- En su bola no ve nada, Kahn - replicó Allenby -. Emplea la luz de la bola para
concentrar sus ideas. Ahora, su mente trabaja a toda marcha, organizando asociando y
abstactando todo lo que ella sabe, incluyendo la información obtenida por el lector.
Toma esta información, la sospesa y saca sus propias conclusiones.
- Pero se trata de una adivinadora... - Kahn frunció el ceño.
- Tiene otro nombre: previsora por estadísticas...
- Pero a bordo de la nave tenemos el equipo necesario para efectuar proyecciones
sociológicas, y hay científicos altamente adiestrados que pueden interpretar y
comprobar las informaciones. Y lo único que tenemos aquí es la palabra de una anciana.
- No, Kahn. Tenemos la palabra de la Gran Tayla, la mejor adivinadora de Momus. Más
aún, porque ella posee unas cualidades de las que carece su equipo, general.
- ¿Como cuales?
- Sentido común, sentimientos, y un corazón sintonizado con los intereses de Momus y
su población.
Tayla levantó la cabeza, se puso de pie y dejó que la bola se rompiese sobre la mesa.
- ¡Allenby!
Éste se apresuró a su lado y la cogió del brazo al ver que empezaba a tambalearse.
- ¿Qué sucede, Tayla?
- Nos destruirán. Hay que mantenerles alejados. Los soldados no deben venir a nuestro
planeta.
Aquella noche, con la calle que se veía desde la ventana de la habitación de Allenby,
helada y tranquila. Allenby y Kahn estuvieron sentados en la oscuridad, bebiendo vino.
Yehudin había acompañado a Tayla hasta su hogar, había vuelto y les había deseado
una buena noche. AIlenby, con su bolsa bastante aligerada a causa de los sucesos del
día, dejó su copa y miró a Kahn. En la oscuridad, el general se parecía a un oso
inclinado sobre la mesa y sorbiendo su la copa.
- ¿Y bien, general?
La oscura figura asintió con lentitud.
- Lo que dice esa anciana adivinadora es cierto, Allenby. Ya lo vi antes, en el Markab
VIII.
- Entonces, ¿qué le trastorna?
- Lo vi antes, mas jamás pensé en ello. Siempre ha sido un mal necesario de la
Ocupación militar - Kahn vació su copa y volvió a llenarla -. Llegan las tropas, los
créditos empiezan a circular profusamente, la economía sufre un súbito aumento en
sueldos y ventas, y casi al momento las bases están repletas de prostitutas, tabernas y
garitos. Después, ya es sólo cuestión de tiempo que la criminalidad llegue al punto en
que la única respuesta sea un hombre a caballo - Kahn vació nuevamente su copa -.
Entonces, entran en acción los mandos militares y establecen un gobierno. Sí, la
importancia de la misión militar que debe ocupar Momus atraerá el comercio del resto
del Cuadrante.
- Lo que significa más gente, más basura, más crímenes...
- Y más gobierno - Kahn sacudió la cabeza -. Bien, no debe preocuparme tanto. Ya lo
he visto antes. Pero esa anciana..., lo que ha descrito es la muerte de toda una
población. Ha descrito su propia muerte.
- ¿Qué sería peor, Kahn: esto o que el Décimo Cuadrante ocupara Momus?
- No hay elección. Depende de que uno desee morir lentamente o deprisa - Kahn llenó
su copa con exceso y derramó unas gotas de vino sobre la mesa -. Lo siento.
- No importa.
El general bebió apresuradamente y dejó la copa en la mesa.
- Bien, no es misión nuestra freír este pescado, ¿verdad?
- ¿Cómo?
- Como ya habrá indicado el vice-embajador Humphries, todos nosotros trabajamos
para el Cuadrante. No se trata sólo de impedir que el Décimo Cuadrante ocupe Momus.
Hay mucho más en juego. El Décimo Cuadrante ha puesto en pie una armada que
supera a todas las de la Galaxia, y están dispuestos a usarla. Si pueden conquistar
planetas sin luchar, estupendo. Pero tampoco les asusta el combate. En realidad, ya
hemos tenido algunas escaramuzas con ellos.
- No sabía nada de esto.
- Ni nuestro Cuadrante ni el Décimo lo admiten, pues una sola mención oficial
significaría la guerra. Se limitan a ir lo más lejos posible sin perder naves y vidas. Lo
que desean es este Cuadrante, y si nosotros preferimos defender los intereses de
Momus contra los de todo el Cuadrante...
- Entonces, sacrificamos al peón.
- Ahora ha hablado como un verdadero diplomático - Kahn arrojó su copa al suelo -.
¡Diablo, estoy borracho!
- ¿Y qué hay de la solución de Tayla?
- ¿La adivinadora? - Kahn movió la cabeza de lado a lado - Imposible. La única forma
de mantenerlos apartados del planeta sería poner en órbita a toda la misión militar. Y
aun así, necesitaríamos poseer la fuerza y el material.
- La fuerza y el material podrían conseguirse con un mínimo de contacto, ¿no?
- Supongo que sí. Pero aquí está la cosa. El gasto de mantener a la misión en órbita...
El secretario jamás lo avalaría. Es prohibitivo.
- ¿Éste es todo el dilema? ¿El gasto?
- Técnicamente podría hacerse.
- Bien, Kahn - rió Allenby -. Momus pagará su propia defensa.
- ¿Qué?
- Si no la pagan, la población de Momus pensará que su defensa no vale nada. Habrá
un intenso regateo, pero Momus pagará por mantener la misión en órbita. ¿Cuánto
tiempo tardará usted en trazar un plan?
- ¿Sin que importe el coste? - Allenby rió y asintió. Kahn meditó unos instantes -.
Cuando me haya serenado, unas tres o cuatro horas Todo está en la computadora. Lo
único que hemos de hacer es alterar los datos.
- ¿Mañana al mediodía?
- No. Tardaré una hora en llegar a la nave, y algo mas en izar hasta ella el lector. ¿Y si
lo hiciésemos aquí, en el planeta? Puedo utilizar el transbordador y meter el lector en
las computadoras de la nave. Estaría antes de mediodía.
- De acuerdo. Que sea de este modo.
- Bien, ¿dónde duermo?
- Junte unos almohadones en el suelo y tiéndase encima.
Kahn dio unas vueltas por la habitación, y luego se dejó caer sobre los almohadones.
Unos segundos más tarde, respiraba ya pausadamente, prometiendo roncar. Disus se
levantó de su oscuro rincón y dejó unas monedas sobre la mesa.
- Un viaje a través de una mente ajena..., excelente, Allenby. La ilusión de la persona
desplazada vale diez veces su precio.
- Me sorprende haber movido bien mis piezas al primer intento. Fyx jamás se ganará la
vida como escriba.
- Cuando sentí la aproximación del aura, intuí que él no habría observado que no había
consumido mucha parte de tu savia.
- Conseguiré la adecuada combinación con la práctica - afirmó Allenby - ¿Y respecto a
lo que te pregunté?
- Kahn es un hombre honrado, Allenby. Intentará cuanto pueda.
Allenby colocó sus almohadones y se tumbó encima
- Disus, he de descansar. Quiero estar temprano en el Circo.
Disus asintió y dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
- Mañana te necesitaremos. Hablará el Gran Kamera y se opondrá a la Segunda ley.
A la mañana siguiente, muy temprano, calentando el sol sólo el borde superior del muro
occidental del anfiteatro, Allenby contemplaba ya cómo los representantes de Boosthit
de Farransetti y su aprendiz relataban una vez más las noticias que Allenby había
llevado a Momus. El aprendiz interpretaba el papel de Allenby, y por haber presenciado
ya antes la misma representación, se perdía el factor sorpresa. Pero la representación
era buena y conseguía muchas monedas. Cuando los dos representantes se inclinaron
delante de Allenby, sentado en el sector de los espectadores, los cajeros de túnica
blanca cogieron las bandejas del dinero y se estacionaron entre los delegados. El amo
del Circo tocó el silbato y la cháchara de los delegados bajó de tono. Un cajero salió de
entre la delegación de Tarzak, anduvo hasta el centro del Circo y le entregó al amo un
papelito. Después de tocar de nuevo el silbato, el amo del truco se dirigió a las
graderías.
- ¡Damas y caballeros! ¡El Gran Fyx de la delegación de Tarzak hablará para el Gran
Circo!
Los cajeros se movían entre los delegados, cobrando de aquellos que escucharían a
Fyx, y haciendo salir a los que no deseaban oír el discurso. Cuando terminaron, los
cajeros se agruparon al borde del Circo y presentaron sus cobros al cajero mayor,
quien. a su vez, se los ofreció a Fyx. El anciano mago aceptó sus móviles, se puso de
pie y pasó el centro del Circo. Levantando las manos, hizo aparecer una bola de llamas
anaranjadas por encima de su cabeza, que después se convirtió en un humo negro que
lentamente se disolvió en el aire.
- Un grano de arena - empezó Fyx. señalando el humo - es a una montaña como estas
volutas de humo son a la guerra.
Los delegados aplaudieron esta primera frase del mago, y Allenby, por su parte,
aplaudió más que nadie. Era un truco viejo, pero captaba la atención. La multitud volvió
a aquietarse, y Fyx bajó las manos y miró a los delegados de las gradas.
- Ya hemos oído a los representantes de Boosthit de Farransetti contar las noticias que
Allenby trajo a Momus. Y hemos oído los malvados planes de la Federación del Décimo
Cuadrante. Controlarían nuestro planeta con o sin nuestro consentimiento. Con nuestro
consentimiento seríamos esclavos; sin nuestro consentimiento... - Fyx indicó la
nubecilla de humo - nos atacarían con terribles armas y se apoderarían de cuanto
quisieran - volvió a bajar la mano -. Al protegernos, el Noveno Cuadrante nos ahorraría
tal elección, más no podemos conseguir su protección sin dar nuestro consentimiento.
El anciano mago señaló a la delegación de Tarzak y un aprendiz salió de las graderías
llevando un cayado de puño curvo. Se lo entregó a Fyx y regresó a su sitio. El mago se
apoyó en el cayado con ambas manos. Inclinó su cabeza por un instante y prosiguió su
perorata.
- La Segunda ley debe, en primer lugar, pedirle a la Federación del Noveno Cuadrante
que actúe en defensa nuestra. Segundo, debe crear el medio de representar a Momus
como un planeta completo que planee y forme la naturaleza de tal defensa,
conjuntamente con los oficiales del Noveno Cuadrante - levantó más la cabeza y el
cayado por encima de aquélla -. Henos de hacer esto. ¡Y recordad lo que nos aguarda
en caso contrario!
En aquel momento, la parte del circo donde estaba Fyx se llenó de un humo blanco,
muy denso. Cuando se despejó, el viejo mago estaba sentado otra vez con la
delegación de Tarzak.
Mientras todos aplaudían, Allenby divisó a Disus trepando por las gradas en su
dirección.
- ¿Me he perdido la actuación del Gran Kamera, Allenby?
- No. Fyx estuvo bastante bien, pero no veo a Kamera con su delegación.
Disus se sentó y se frotó las manos.
- Es el mejor payaso de Momus, Allenby. Por tanto, tiene que hacer su entrada.
- ¿Y qué hay de Kahn? - Disus pareció confuso un instante y después asintió con el
gesto.
- Asegura que tendrá trazado el plan cuando el sol caliente el Circo.
Extendió la mano y aceptó las monedas. Tras embolsarlas, dirigió su atención hacia la
entrada norte del Circo. Un cajero entró por allí y corrió hacia el amo del Circo, a quien
entregó un papel.
- ¡Damas y caballeros, el Gran Kamera hablará al Gran Circo de Tarzak!
Los cajeros se apresuraron a efectuar los cobros, y el cajero mayor hizo que un
aprendiz le ayudase a llevar el dinero al Gran Kamera, pues muchos habían pagado por
verle actuar. El cajero mayor y el aprendiz se perdieron en la oscuridad de la entrada
norte y luego volvieron al Circo tratando de ahogar sus risas al ocupar de nuevo sus
sitios respectivos.
Allenby tendió la mirada por las gradas y la detuvo en Disus. Todo el gentío, excepto él,
miraba hacia la entrada norte, disponiéndose a reír como tontos. Al volver la vista a
dicha entrada, Allenby trató de ahuyentar su aprensión. Pero volvió a experimentarla
cuando un lastimoso sonido de «¡skiugi, skiugi!» resonó en la entrada, provocando un
alud de carcajadas. Cuando éstas empezaron a calmarse, una máscara de papel liso
surgió a la luz, miró a derecha e izquierda, y después al frente, de manera que todo el
mundo, menos los que estaban detrás de la entrada, pudieran verla. Allenby se
estremeció al oír las carcajadas causadas por la máscara, y también ante ésta. Con
unos ojos azules, anormalmente grandes y anchos, unas mejillas sonrosadas y una
boca en forma de O, era la cara de un chiquillo asombrado, y al mismo tiempo una
grotesca imitación del rostro de Allenby.
Con el sonido de «¡skiugi, skiugi!» la figura penetró en el Circo.
El sonido, causado por unos enormes pies postizos, pronto quedó ahogado por las risas
y los aplausos de la multitud. El payaso, sosteniendo la máscara ante su rostro, llevaba
una túnica de mago en su lado derecho y una túnica de representante en el izquierdo.
Los extremos sueltos estaban anudados en torno a su cuerpo, sujetos por un cinturón
del que colgaba una gran variedad de objetos. Cuando llegó casi al centro del Circo,
Kamera se detuvo y levantó la mano libre pidiendo silencio, con la manga floja sobre su
mano. Inmediatamente, el extremo de la manga empezó a echar humo, y los intentos
de Kamera para apagar el fuego con sus enormes pies no tardaron en provocar la risa
en Allenby.
Una vez aparentemente apagado el fuego, Kamera volvió a levantar su brazo libre,
siempre con la mano sobre su mano. El Payaso volvió la máscara y el rostro hacia el
brazo levantado, y la muchedumbre calló cuando el brazo cubierto con la manga
empezó a temblar. Al cabo de un momento, el brazo se alargó más que la manga,
dejando al descubierto el puño. El brazo dejó de temblar y el payaso pareció
acobardarse al contemplar cómo se le abría el puño. Ya con los dedos bien extendidos,
Kamera se volvió y mostró su mano abierta a todos los espectadores de las gradas.
- ¡Damas y caballeros, os doy la ilusión de la Mano Renacida! ¡Ta, ta, taaa!
Allenby frunció el ceño y se volvió hacia Disus.
- ¡Está yendo demasiado lejos! ¡Me gustaría enseñarle la ilusión del payaso frito!
Ya muerto de risa, cuando oyó a Allenby, Disus se dobló sobre sí y cayó rodando por
las gradas. Allenby, sin prestarle mucha atención, miró a Kamera, que de nuevo
intentaba aquietar su mano.
- Os hablo, damas y caballeros, como Allenby, el mago... - Kamera miró la manga negra
que era la derecha de su vestidura -. No, ésta es una manga de representante.
Entonces, os hablo como Allenby, el representante... - de pronto, el payaso miró su otra
manga, a rayas negras y rojas - ¡Ah, ahora soy un mago! ¿Cómo podría deslumbraros
con mi magia? - Hizo una pausa -. Pero, si no soy un representante de noticias, ¿cómo
podré daros las noticias del ofrecimiento del Noveno Cuadrante?
Volvió a mirar su manga izquierda. Se sobresaltó a su vista, se llevó una mano al
cinturón y cogió una cinta. Usándola para asegurar la máscara al rostro, extendió
ambos brazos al frente. Primero se miró una manga y luego la otra. Dejó caer los
brazos al costado y sacudió tristemente la cabeza.
- Dejémoslo por el momento - extendió ambos brazos -. De todos modos os hablaré
como el Allenby de la ciudad de..., de la ciudad de... Vaya, tampoco me acuerdo de esto
- se volvió hacia la delegación de Tarzak -. Yo vivo en Tarzak, pero ¿he sido aceptado
alguna vez por la población?
- ¡No! - grito un sacerdote ataviado de negro y diamante blanco levantándose entre los
delegados.
Kamera se volvió de espaldas a la delegación de Tarzak y meneo la cabeza. Entonces,
empezó a pasearse trazando un pequeño círculo, mientras con los pies hacía «¡skiugi!
¡skiugi!». Tendió las manos adelante y dio la vuelta al Circo.
- ¿Soy acaso de Kuumic?
- ¡No! - repitió el sacerdote de la delegación de Kuumic.
(«Skiugi; skiugi.»)
- ¿Soy de la ciudad de Miira?
- ¡No!
El payaso fue de delegación en delegación, meneando la cabeza, rascándosela,
frotándose la barbilla y tirándose de la nariz sin cesar. Al fin, se detuvo cerca del centro
del Circo y se encogió de hombros.
- No importa, ya me acordaré - levantó la mano derecha y señaló a la multitud -. Al
menos, os hablo como Allenby. ¡De esto si estoy seguro! - Dejó caer la mano y volvió a
rascarse la cabeza. Completamente seguro.
Allenby señaló a Kamera y se volvió hacía Disus.
- ¿Acaso no acabará nunca? ¡Me está matando aquí mismo!
Disus, con sus mejillas bañadas por las lágrimas, sólo logró asentir y absorber una
bocanada de aire. Allenby miró a la delegación de Tarzak, y a Fyx que estudiaba
atentamente a Kamera.
El payaso levantó de nuevo las manos.
- Ya me acuerdo. Yo soy Allenby - cuando los gritos de la multitud se acallaron, Kamera
bajó las manos y dio una palmada -. Soy un embajador, esto también lo recuerdo. Soy
de la Federación del Noveno Cuadrante de los Planetas Habitables, y tengo un plan. Mi
plan es lograr que vosotros representáis a Momus ante el Noveno Cuadrante, eligiendo
a un payaso para este servicio.
- ¡No! - gritaron los delegados, la mayoría de los cuales no eran payasos.
Kamera se rascó la cabeza.
- Al menos, creí que éste era el plan..., ¿tal vez un mago?
- ¡No!
El payaso sacudió la cabeza.
- Ya veo que no era éste el plan - Tal vez una ciudad. Una ciudad posee todos los
comercios, y Tarzak es la ciudad más poblada. ¿Representará Tarzak a todas las
ciudades? ¿Era éste mi plan?
- ¡No! - gritaron los delegados, la mayor parte de los cuales no eran de Tarzak.
- Ya veo que no es éste mi plan - asintió Kamera -. Y estaba seguro de tener uno... - El
payaso se enderezó muy erguido y adoptó la postura de Eureka, con un dedo al aire -.
¡Ya me acuerdo! Este Gran Circo representa a todas las ciudades y a todos los
comercios de Momus. Mi plan es reteneros aquí por el resto de vuestra vida, aquí, en el
Gran Circo, para que representáis a Momus ante el Noveno Cuadrante.
- ¡No!
Kamera abatió sus hombros y meneé la cabeza.
- No, de acuerdo - se enderezó ligeramente, y empezó a dirigirse a la entrada norte
(«¡skiugi, skiugi!») -. Por un momento me pareció claro que... que tal vez tuviera otro
plan en mi cesto («¡skiugi, skiugi!»).
Se detuvo en la salida, se quitó la máscara y saludó.
A Allenby le pareció oír cómo se estremecían las piedras del Oran Circo bajo los
aplausos.
Cuando éstos cesaron, Allenby se volvió hacia Disus. El payaso se estaba secando las
lágrimas con la manga de su túnica color naranja.
- ¿Bien, Disus?
Disus miró a Allenby y estalló en una carcajada. Otros miraron en su dirección, y pronto
todo el sector de espectadores estuvo riendo alocadamente.
- Perdona, Allenby..., - el payaso dejó caer unas monedas en la mano del embajador -.
¿Cuál era tu pregunta?
- Los aplausos... ¿han sido por la representación o por la posición adoptada?
- Por ambas cosas - repuso Disus, dejando de reír -. Él no se opone a que el Noveno
Cuadrante defienda a Momus, por lo cual somos muy afortunados. Mas, en tu calidad
de embajador del Noveno, Allenby, ¿con quién has de tratar? Esto es a lo que has de
responder.
Allenby volvióse hacia el frente y murmuró:
- Yo no he de responder a esa pregunta, Disus.
- Cierto. Momus debe escoger su propio camino - Disus señaló al Circo -. Mas creo que
tu pregunta se aproxima ya.
Un cajero salió de entre la delegación de Tarzak y le entregó otro papel al amo del
Circo. Allenby miró a aquella delegación y vio a una figura ataviada como adivinadora
que se disponía a levantarse.
- ¡Tayla!
- Sí - asintió Disus -. Ignoraba que fuese delegada.
Allenby golpeó su puño derecho contra su mano izquierda.
- No lo era. Debe de haber ingresado esta mañana.
- ¡Damas y caballeros! - se hizo un silencio total -. Gran Tayla de la delegación de
Tarzak hablará para el Gran Circo.
Los cajeros pasaron entre los delegados y el cajero mayor se acercó a Tayla. Allenby
vio cómo la mujer rebuscaba en su túnica y le entregaba una bolsa al cajero mayor.
- Tayla es respetada..., ¿por qué ha de abonar el saldo?
- Es difícil actuar después de Kamera - sonrió Disus.
Allenby asintió. Tayla abrió los brazos.
- Yo, Tayla, hablo como persona que ha visto lo que debía ver. - La voz de la anciana
era débil y la multitud calló como si encima le hubiera caído una casa -. Vi muchas
cosas en la gran bola de cristal de la nave de la Federación del Noveno Cuadrante...,
muchas cosas. He visto un gran ejército descendiendo sobre Momus para destruirnos.
Convirtiendo nuestros móviles en papel y nuestras acciones en vergüenza. Tienta a
nuestros hijos con su brillo y los aparta del camino de sus padres; alejándolos de
Momus..., para cobijarse en los pozos inmundos de miles de planetas.. - Este ejército se
aproxima desde la Federación del Noveno Cuadrante...
El gentío estalló en miles de conversaciones y parloteos, mientras el amo del Circo
tocaba el silbato pidiendo silencio. El alboroto se transformó en un murmullo y al final
cesó. Allenby pidió un cajero. Un espectador del borde del Circo silbó a uno y señaló a
Allenby. Mientras Tayla continuaba, el cajero subió la gradería y se inclinó ante Allenby.
- El saldo de la oradora es de mil doscientos móviles - susurró el cajero.
Allenby exhibió dos bolsas y las dejó sobre la bandeja del cajero.
- No hay preguntas. Hablaré. Soy Allenby, el mago.
- ¿Tu ciudad? - inquirió el cajero levantando la vista de su libreta.
- No tengo ciudad.
El cajero frunció el ceño, y al fin enarcó las cejas en señal de reconocimiento.
Descendió de las gradas, corrió por la arena y el aserrín de la pista, y le entregó el
papel al amo del Circo. Éste lo leyó y aguardó a que Tayla terminase sus conclusiones.
Allenby observó cómo un pregonero le señalaba a él desde la entrada de los
espectadores, y después divisó a Humphries al lado del pregonero.
Tayla concluyó su oratoria y fue a sentarse, al tiempo que Humphries subía las gradas.
- ¡Damas y caballeros, Allenby el mago hablará para el Gran Circo!
Mientras los cajeros estaban atentos a su negocio, Humphries llegó al lado de Allenby.
- Allenby, ¿qué está haciendo?
- Intento salvar la Segunda Ley, pero creo haber dado la orden de que usted se
quedase en la nave.
Humphries tomó asiento junto á Disus.
- Estoy aquí por orden directa del secretario -. Allenby hizo callar a su interlocutor
cuando el cajero mayor subió para ofrecerle a Allenby cuatro bolsas llenas de móviles.
Allenby le dio las bolsas a Disus, se levantó y abrió los brazos.
- Yo, Allenby, hablo como embajador en Momus de la Federación del Noveno
Cuadrante de los Planetas Habitables.
La multitud se alborotó. y al fin se restableció el silencio.
- Gran Tayla ha dicho la verdad - el silencio se hizo más pesado -. La verdad que ha
dicho es que sí la misión militar del Cuadrante se establece en el planeta, todo iría mal.
Este era nuestro plan. Pero ahora se ha cambiado - Allenby observó cómo el sol
iluminaba el reborde del Circo - En este momento el general Kahn de la misión militar
del Cuadrante está completando un plan que mantendrá a la misión en órbita, fuera del
planeta... lejos de la población de Momus.
Allenby sintió un tirón en la manga y vio que era Humphries el autor del tirón.
- ¡Calle Allenby! ¡No puede decir al cosa!. Tengo órdenes del secretario...
- ¿Me han dimitido como embajador?
- No, pero...
- Entonces, calle usted. Mis órdenes aún se obedecen aquí.
- Pero el secretario...
- ¡Silencio! - Allenby volvióse hacia la asamblea, respiró profundamente y continuó -:
Por quinientos móviles haría que Tayla os contase lo que vio si las fuerzas quedasen
separadas del pueblo, y lo que vio si Momus estuviera indefenso contra la Décima
Federación.
Allenby se sentó y Disus despidió al cajero, dándole el saldo, mientras Tayla se
levantaba y aceptaba el pago de manos del cajero
- Ahora - le pidió Allenby a Humphries mientras tanto -, explíquese.
- Por orden del secretario he enviado a Kahn a la nave. Y yo he venido para acelerar las
cosas...
- Déjeme ver esta orden - Humphries le entrego a Allenby una hoja de papel doblada.
Allenby la desdobló, la leyó y abrió los ojos aterrado - ¿Usted hizo todo esto?
- Sí...
- ¿Usted se apoderó de la embajada y apostó guardias armados?
- Oh, mis órdenes...
Antes de que Humphries terminase la frase, Allenby corrió frenéticamente arriba del
graderío, hasta el muro. Tendió la vista hacia el sur, donde se hallaba la embajada, y
distinguió una débil nube de humo y el rayo de una pistola energética a través de la
bruma del mediodía. Al instante siguiente, Humphries estaba a su lado.
- ¿Qué ocurre? - preguntó con voz alterada.
- ¡Idiota! - le apostrofó Allenby -. ¡Maldito, maldito idiota!
En la embajada, sentado a su mesa, Allenby miró a Humphries, deseando que la ira
lograra apartar de su mente la escena de carnicería que había presenciado. Dos
tiendas situadas al otro lado de la calle aún estaban en llamas, mientras cuatro
soldados del Cuadrante y diecisiete ciudadanos de Tarzak yacían muertos en el polvo,
entre ellos Yehudin, el hombre cocodrilo. Humphries estaba sentado, de codos sobre la
mesa, con los puños apretados, contemplando al joven representante de noticias,
sentado frente a él. El representante tenía la cabeza inclinada, como sumido en honda
meditación, mientras Disus le estaba vendando un brazo.
- ¡Ya estoy harto! - rugió Humphries, dirigiéndose al representante -. ¡Habla! ¿Qué ha
sucedido?
Allenby asió a Humphries por el cuello de su uniforme y lo contuvo.
- ¡Cállese asno! ¿Aún no ha hecho bastante daño?
Humphries se liberó y se frotó la garganta.
- Esto es imperdonable, Allenby. Y se enterará el secretario, se lo aseguro.
- Dije que se callase; Humphries. El representante tiene que preparar su material.
- Ya está, Allenby - dijo de pronto Disus, soltando el brazo vendado del herido.
- Gracias - expresó Allenby -. Ahora, ocúpate de Yehudin.
Disus asintió y salió del cuarto. Por un momento reinó el silencio, luego el representante
se echó atrás su capuchón negro. En su cabeza se veían unas magulladuras de mal
aspecto.
- Allenby - empezó a decir -, tú te ganaste tu túnica negra con Boosthit en el canino de
Tarzak a Kuumic. Y sabes por qué he de llevar mis noticias al camino.
- Lo comprendo. Zath - afirmó Allenby -, y juro que nadie de aquí las repetirá. Dinos qué
viste y obtendrás nuestro silencio y mil móviles.
- Interpretaré la Gran Plaza.
- La conozco
- Muy bien - murmuró el representante, encogiéndose de hombros. Cerró un instante los
ojos, los abrió y puso las palmas de sus manos delante de los dos diplomáticos -. Esta
noticia es la gloriosa Batalla de la calle de la embajada entre soldados de la Federación
del Noveno Cuadrante y los viajeros y los residentes de la calle.
- Buen principio, Zath - alabó Allenby -. Continúa.
- Gorgo, el hombre forzudo de los Monstruos de Tarzak se hallaba delante de la
embajada, pasando el tiempo con Yehudin, el hombre cocodrilo, cuando Elena, la
ayudante del mago, pasó por allí y les dio los buenos días.
Allenby levantó una mano.
- Yo usaría más diálogo, Zath...
- ¿Quiere dejar de interrumpir? - gruñó Humphries, aporreando la mesa.
- Solo deseo que mejore su interpretación.
Humphries arrugó la frente y movió la cabeza.
- Un soldado que se hallaba delante de la puerta de la embajada - prosiguió Zath - le
silbó a Elena y le dedicó un piropo obsceno. Gorgo fue hacia el soldado y le rogó que se
excusase. El soldado se echó a reír. Entonces, lo levantó en vilo y volvió a pedirle que
se disculpara.
«Otro soldado que salía de la embajada se dio cuenta de lo que ocurría, sacó su arma y
disparó contra Gorgo, matándole. Entonces... un fuego pareció iluminar los ojos de
Zath. entonces, Yehudin lanzó el antiguo grito de combate. Gritó: «¡Eh, Ruben!», la
llamada a la guerra.
«Yehudin hundió sus afilados dientes en el cuello del segundo soldado, matándole,
mientras otros dos soldados salían corriendo de la embajada, llameantes sus armas.
Yehudin cayó partido en dos por aquellas terribles pistolas.»
«Por aquel entonces, la gente de la calle, los monstruos, los pregoneros y hasta los
mercaderes estaban corriendo y atacando a los soldados con palos, piedras, dientes y
uñas. Las terribles pistolas abatieron a diecisiete e hirieron a muchos más antes de que
todos los soldados cayeran muertos.»
- Excelente, Zath. Necesita un poco más de pulimento, pero está bien hecho.
Allenby empujó dos bolsas hacia el representante, el cual se las metió entre la túnica,
se puso de pie y se marchó. Humphries estaba que echaba humo.
- ¡Por el Dios vivo, castigaré a todo el mundo como responsables y los llevaré ante un
pelotón de ejecución!
- ¿Piensa suicidarse?
- ¿Qué dice?
- El hombre responsable está ahora sentado sobre su almohadón, Humphries.
- ¡Tonterías!
- ¿No es verdad?
- Yo no he cometido ningún crimen, Allenby. Sólo he seguido las órdenes del
secretario...
- Y ha desobedecido las mías.
- Seguí las directrices del secretario de Estado del Cuadrante, y cuatro de mis hombres
han sido brutalmente asesinados. ¡En la Elite tenemos bastantes oficiales para formar
un tribunal! ¡Formaremos uno y juzgaremos a esos culpables!!
Allenby tamborileó sobre la mesa y luego se sirvió una copa de vino.
- No habrá ningún tribunal, Humphries - apuró la copa y la dejó sobre la mesa -. Hasta
que se apruebe la Segunda Ley, el Cuadrante no sentenciará la extradición de Momus -
Claro que usted tiene razón en una cosa.
- ¿Sí?
- Se ha cometido un crimen. Usted lo posibilitó, aunque no lo cometió.
- ¿Y las partes culpables?
- Ya han sido juzgadas, sentenciadas y juzgadas.
Humphries se puso de pie.
- ¿No piensa hacer nada?
- Como dije, los tribunales de Momus ya han sentenciado. Esto cae fuera de la
jurisdicción del Cuadrante.
- ¡Por Dios, Allenby! ¿Se olvida de su juramento? ¿Es usted miembro del cuerpo
diplomático o es uno de esos monstruos? ¿De que lado está usted?
Allenby contempló la mesa y no contestó.
- Márchese, Humphries. Vuelva a la nave.
- ¿Cree que el Secretario no se enterará de esto?
- ¡He dicho que largo!
Humphries salió del cuarto como alma que lleva el diablo. Tras llenar otra vez su copa,
Allenby sentóse a beber. En tanto la luz de la calle iba disminuyendo hasta oscurecer
por completo, Allenby seguía sin encontrar respuesta a la pregunta de Humphries. De
pronto, lloró al recordar a su amigo Yehudin. El joven representante no había realizado
una buena interpretación, pues debía haber aprendido los nombres de los muertos y los
heridos. Allenby era agradecido. Sólo podía Imaginarse qué otros amigos habría
perdido o habrían quedado mutilados en la batalla. Llegó Disus, pero estaba demasiado
oscuro para ver a través de sus ojos arrasados en llanto.
- ¿Te has ocupado de Yehudin?
- Sí, todo está listo.
- ¿Quiénes..., quiénes otros murieron?
- Mañana.
Disus encendió un quinqué y lo sostuvo bajo su barbilla. Su cara, pintada de blanco,
con unos labios muy rojos, aparecía triste bajo su peluca rizada de color púrpura. Cruzó
la estancia, cambió su túnica por unos pantalones abombados sujetos por unos tirantes
amarillos y encendió otro quinqué e imitó a una carretilla, aterrizando sobre el suelo
panza arriba.
- Basta, Disus. Me harás reír.
- Para esto estamos los payasos, Allenby. Ríe, que el mañana llegará demasiado pronto.
Mientras Disus divertía a Allenby, Fyx y Kamera se hallaban juntos en el Gran Circo.
Vacío y en tinieblas, el anfiteatro parecía tragarse sus voces. Ataviado con la túnica
anaranjada de los payasos, Kamera sacudió la cabeza.
- Un asunto espantoso.
Fyx se indiné hacía atrás y apoyó los codos en la grada que tenia a su espalda.
- Por ahora sólo chismorreos, Kamera. Todavía no hemos oído a ningún representante.
- ¿No crees en las habladurías? Tayla parece tener razón - asintió Fyx -. Aunque el
Noveno nos defienda, debemos mantenerles alejados.
Kamera imitó a Fyx y señaló el cielo negro con una mano.
- ¿Cómo podremos mantenerles alejados, Fyx, sin que algo o alguien vele por nuestros
intereses?
- Estuviste muy bien esta mañana - Fyx volvió a inclinarse hacia delante y se volvió cara
al payaso - Pero, ¿no son estas cosas excesivamente pesadas y morbosas para los
oídos de un payaso?
- Lo cierto es que tengo muy pocas cosas de qué reírme - respondió el payaso.
- ¿No querría el mejor payaso de Momus adquirir un chiste a un pobre mago?
- ¿Comedia de un mago? - inquirió Kamera, enarcando una ceja y sonriendo.
- Hoy he visto a un payaso hacer magia - replicó Fyx, encogiéndose de hombros.
- ¿Qué escondes en tu manga, viejo tramposo? - preguntó Kamera, incorporándose.
- Te diré una cosa: es algo más sustancioso que la famosa ilusión de la Mano Renacida.
- ¿Cuánto pides por este esfuerzo de aficionado?
- ¿Cuánto pagarías por el mejor de todos tus chistes? - quiso saber Fyx, sonriendo.
- Vaya - rió Kamera -, la edad no te hace más modesto.
- Kamera, es un chiste que hará palidecer a todas tus interpretaciones anteriores, un
chiste del que se enterará todo el Cuadrante..., tal vez toda la Galaxia.
- Fyx, tienes alma de pregonero - el payaso se restregó la barbilla y asintió -. Muy bien,
te escucho.
A la mañana siguiente en el Gran Circo, con el anfiteatro atestado por completo y en
absoluto silencio, el amo del Circo abrió el papel que acababa de entregarle el cajero de
los espectadores. Lo leyó, miró a los delegados y se aclaré la garganta.
- ¡Damas y caballeros! ¡Allenby, el mago, hablará para el Gran Circo!.
Los cajeros pasaron silenciosamente por entre los delegados. El cajero mayor subió
hasta donde se hallaba Allenby y se inclinó.
- Allenby, si quieres hablar, nos debes ochocientos treinta móviles.
Allenby se volvió hacia Disus y asintió.
El payaso contó las monedas y se las dio al cajero mayor.
Allenby se puso de pie y paseó la mirada por todo el anfiteatro.
- Yo, Allenby, os hablo..., sólo como Allenby. Esta mañana, hace apenas unos minutos,
el secretario de Estado del Noveno Cuadrante de la Federación de Planetas Habitables
me ha cesado en el cargo de embajador de Momus.
La multitud murmuró y algunos gritaron. Cuando se restableció el silencio, Allenby bajó
la mirada.
- Desde el Décimo Cuadrante estáis en trance de una aniquilación rápida y total a
menos que os defendáis. Mas, desde el Noveno Cuadrante, si no tan deprisa, vuestra
aniquilación no será por ello menos completa. Ya oísteis a la Gran Tayla - Allenby
paseó de nuevo la mirada por las gradas y se detuvo en Kamera - También oísteis al
Gran Kamera y sabéis por qué Momus no puede decidirse por un representante que
entre en tratos con el Noveno Cuadrante. Pero os diré una cosa: si la Segunda Ley no
nombra a nadie que mire por los intereses de Momus, nadie lo hará.
«Esta tarde, el embajador Humphries hablará ante el Gran Circo y tratará de que votéis
que sea su departamento el que se ocupe de vuestra defensa. El secretario de Estado
ha dictaminado que esto satisfaría a las leyes del Cuadrante. Si os conformáis con esto
la Gran Tayla habrá tenido razón... - tartamudeó y volvió a bajar la vista. Disus se
levantó, quedándose a su lado -. Yo..., yo terno ser el culpable de haberes colocado en
esta situación. Las minas de Momus no tienen cobre bastante para mis disculpas.»
Allenby inclinó la cabeza y se sentó. Disus miró en tomo al Circo, y también se sentó al
lado del ex-embajador.
Por la entrada norte, un cajero se acercó al amo del Circo y le entregó un papel.
- ¡Damas y Caballeros, el Gran Kamera hablará para el Gran Circo!
Mientras los cajeros se movían entre los delegados, Disus le preguntó a Allenby:
- ¿Deseas marcharte?
- Igual que los niños - repuso Allenby en un murmullo -, siguen jugando mientras arden
sus casas, ellos tienen derecho a divertirse. Me quedo.
Cuando el cajero mayor y su aprendiz regresaron de tas tinieblas de la entrada norte,
Allenby observó que Humphries y dos ayudantes habían entrado por el sector de los
espectadores, tomando asiento en la primera grada. El silencio fue roto por el familiar
«¡skiugi, skiugi!», y las carcajadas. Pero éstas sonaban diferentes, casi amargas.
La máscara que surgió a la luz era la de un chico, pero también era la máscara de la
tristeza. Los grandes ojos azules soltaban lágrimas de gelatina y las comisuras de la
boca caían hacia abajo. Ante los aplausos, Kamera dio la vuelta al Circo con su atavío
medio de mago, medio de representante, y sus torpes pies postizos. Levantó los brazos
pidiendo silencio.
- Os hablo como Allenby, el alma pérdida. Ah, no sería perdida si una ciudad me
aceptase - extendió los brazos al frente y dio media vuelta («¡skiugi, skiugi!») -.
¿Ninguna ciudad me aceptará?
En medio de las carcajadas, se oyó distintamente varios «¡No!». Kamera bajó los
brazos, abatió los hombros e inclinó la cabeza.
- Entonces, ninguna ciudad me debe lealtad, por lo que yo no puedo dar mi lealtad a
ninguna ciudad. - Dos lagrimones saltaron de los ojos de la máscara. Kamera levantó
una mano y se irguió en toda su estatura -. ¡Esperad! ¡Al menos, soy un mago...!
- ¡No! - Todos vieron a Fyx de pie entre los delegados de Tarzak -. Tú no eres un mago,
Allenby. Jamás hiciste el aprendizaje y vistes el negro de los representantes. ¡los
magos no te deben nada!
Fyx sentóse entre fuertes aplausos.
Kamera corrió hacia la delegación Sina («¡skiugi, skiugi!»).
- Booshit, yo hice el aprendizaje gracias a ti. ¿Soy acaso un representante de noticias?
- No, Allenby - negó Boosthit, poniéndose de pie -. Abandonaste tu ropaje de
representante para disfrazarte de mago. Los representantes no te debemos nada.
Con pánico fingido, Kamera corrió («¡skiugi, skiugi!») y se detuvo delante de Humphries.
- ¿Soy al menos un embajador?
Humphries se levantó y miró nerviosamente al imitador de Allenby que suplicaba ante él.
- Yo creía... - señaló al verdadero Allenby y luego volvió a mirar a Kamera -. Ashly
Allenby ha sido cesado como embajador para Momus. Además, usted..., hum...,
también ha cesado como miembro del cuerpo diplomático. Ya no posee la menor
autoridad.
Otras lágrimas manaron de los ojos de la máscara de Kamera, mojando el uniforme de
Humphries. Después, se volvió hacia los delegados («¡skiugi, skiugi!»).
- Bien, ya no me queda nada... ¡Nada! - aumentó el volumen de las lágrimas, y de
pronto cesaron -. Nada, excepto ser el representante de Momus ante el Noveno
Cuadrante... - todo el graderío guardó silencio -. Y lo pongo a votación. ¿Debo
convenirme en el Gran Allenby, Estadista de Momus, para tratar con el Noveno
Cuadrante en favor del planeta Momus?
Allenby empezó a sonreír al ver la confusión que sé pintaba en el rostro de Humphries.
Entonces, soltó la carcajada que fue coreada por todos los espectadores del Circo,
incluyendo a los delegados.
- ¡SÍ! ¡SÍ!
Kamera se quitó la máscara y saludó a Allenby, mas su gesto se perdió en el aire.
Allenby, Gran Estadista de Momus, se había caído rodando de su grada.
FIN

viernes, 4 de mayo de 2012

NOTICIA CURIOSA DE OTRA ESTRELLA


NOTICIA CURIOSA DE OTRA ESTRELLA


  
En una de las provincias meridionales de nuestra hermosa estrella había ocurrido una desgracia espantosa. Un terremoto acompañado por tremendas tormentas e inundaciones había dañado tres grandes pueblos y todos sus jardines, campos, bosques y plantaciones. Muchísimas personas y numerosos animales habían perecido, y, lo más penoso de todo, faltaban las flores necesarias para revestir a los muertos y adornar en debida forma sus sepulcros.

Todo lo demás ya había sido atendido. Apenas pasadas las peores horas, mensajeros con el gran llamado de amor recorrían aprisa las comarcas vecinas. Y desde las torres de la provincia entera se escuchaba cantar a los chantres aquel versículo emotivo y conmovedor, que es conocido desde la antigüedad como el Saludo a la Diosa de la piedad, y cuyos acentos nadie es capaz de resistir. Desde todas las ciudades y comunidades acudían caravanas de gente altruista y compasiva; los infelices que habían perdido su techo fueron abrumados con invitaciones y ruegos amistosos, fuera por parientes, amigos y extraños, para residir en sus casas. Alimento y vestidos, coches y caballos, herramientas, piedras, madera y muchas otras cosas fueron traídos en calidad de ayuda. Y mientras los ancianos, mujeres y niños eran recogidos todavía por manos caritativas y hospitalarias, mientras se lavaba y vendaba cuidadosamente a los heridos y se buscaba a los muertos entre los escombros, otras personas ya se ocupaban en despejar los lugares donde los tejados se habían caído, en apuntalar con vigas las paredes tambaleantes, y en disponer todo lo necesario para una rápida reconstrucción. Y a pesar de que aún flotaba en el aire un hálito de espanto ante la desgracia ocurrida, y de todos los muertos emanaba un requerimiento al luto y al silencio respetuoso, no obstante podía notarse en todos los rostros y voces una disposición alegre y una cierta festividad tierna. Pues la comunidad, en su obrar laborioso y su certeza dinámica de estar haciendo algo tan excepcionalmente necesario, tan hermoso y digno de agradecimiento, se derramaba en todos los corazones. En un comienzo todo había ocurrido con timidez y silencio, pero pronto fue posible escuchar aquí y allá una voz alegre, una canción cantada suavemente en homenaje a una labor común, y, como puede imaginarse, entre lo cantado figuraban en primer término estos dos viejos versos proverbiales: «Bienaventurado el que lleva ayuda a quien ha sido recién atacado por la desgracia; ¿no bebe su corazón el beneficio como un jardín reseco la primera lluvia, y da una respuesta con flores y agradecimiento?»; y aquel otro: «La alegría de Dios fluye a partir del quehacer común.»

Pero justamente entonces surgió aquella lamentable escasez de flores. Por cierto que los muertos encontrados en primer término habían sido adornados con las flores y ramos que pudieron juntarse de los jardines destruidos. Luego se habían empezado a traer de los lugares vecinos todas las flores asequibles. Pero la desgracia singular consistía en que precisamente las tres comunidades arrasadas eran las poseedoras de las mayores y más bellas flores de la temporada. Allí concurría la gente año tras año para ver los narcisos y los azafranes, pues en ninguna parte había una cantidad tan inmensa ni especies tan cultivadas y de tan maravillosos colores. Y todo eso estaba ahora destruido y perdido. De modo que la gente, muy desconcertada, no sabía cómo cumplir con el ritual impuesto por la costumbre a la memoria de esos muertos, el que exige que cada persona fallecida y cada animal muerto sea adornado solemnemente con las flores de la estación, y que su entierro sea tanto más rico y luminoso cuanto más repentina y tristemente haya uno fallecido.

El hombre más viejo de la provincia, uno de los primeros que había llegado en su coche para proporcionar ayuda, se encontró pronto asediado por tantas preguntas, ruegos y lamentos, que le costó bastante conservar la calma y la serenidad. Pero mantuvo el corazón en su sitio, sus ojos permanecieron límpidos y amistosos, su voz clara y cortés, y sus labios entre la barba blanca no olvidaron un instante la sonrisa tranquila y benévola que convenía a su condición de sabio y consejero.

«Amigos míos», dijo, «ha caído sobre nosotros una desgracia con la que los dioses han querido probarnos. Todo cuanto aquí ha sido aniquilado podemos reconstruirlo y devolverlo pronto a nuestros hermanos. Y yo agradezco a los dioses que mi avanzada edad me haya permitido ver de qué modo habéis venido y habéis abandonado lo vuestro para acudir en ayuda de nuestros hermanos. Pero, ¿de dónde tomaremos las flores, a fin de adornar decorosa y hermosamente a todos estos difuntos para la fiesta de su transmutación? Porque, en tanto nosotros estemos aquí con vida, ninguno de estos fatigados peregrinos debe ser sepultado sin su correspondiente ofrenda floral. Esta es seguramente también vuestra opinión.»

«Sí», exclamaron todos, «esta es también nuestra opinión». «Lo sé», dijo el anciano con voz patriarcal. «Les diré, amigos, qué es lo que debemos hacer. Todos aquellos caídos, a los que hoy no podemos enterrar, tendrán que ser llevados al Gran Templo del verano que está en lo alto de la montaña, donde aún hay nieve. Allí estarán seguros y no sufrirán alteración mientras no les sean llevadas las flores. Pero sólo una persona nos puede procurar tantas flores en esta estación del año. Eso lo puede hacer únicamente el rey. De modo que debemos enviar a uno de los nuestros al rey para pedirle ayuda.»

Y de nuevo asintieron todos, y exclamaron: «¡Sí, sí, al rey!» «Así es», prosiguió el anciano, y bajo la blanca barba cada uno vio qué alegremente brillaba su hermosa sonrisa. «¿A quién, sin embargo, debemos enviar a ver al rey? Tendrá que ser joven y robusto, pues el camino es largo, y debemos facilitarle el mejor caballo. Ha de tener también un porte gentil, buen ánimo y brillo en la mirada, para que el corazón del rey no pueda menos que conmoverse. No es necesario que diga muchas palabras, pero sus ojos deben saber hablar. Lo mejor sería enviar un niño, el niño más hermoso del pueblo, pero, ¿cómo podría resistir tal viaje? Debéis ayudarme, amigos míos; si entre vosotros hay alguno que quiera tomar sobre sí esta embajada, o si sabe de alguien, le ruego que lo diga.»

El anciano guardó silencio y miró en torno con sus ojos claros, pero nadie se adelantó y ninguna voz se dejó oír.

Tras haber formulado su pregunta por tercera vez, salió de la multitud un adolescente de dieciséis años, casi un niño todavía. Bajó la mirada y enrojeció al ir a saludar al anciano.

Éste lo miró y de inmediato se dio cuenta de que se trataba del mensajero adecuado. Pero sonrió y dijo: «Está bien que quieras ser nuestro enviado. Pero, ¿cómo es posible que entre tanta gente seas el único que se ha ofrecido?»

El joven levantó la vista hacia el anciano y dijo: «Si no hay otro que quiera ir, entonces dejad que vaya yo.»

Y uno entre la multitud gritó: «Envíalo, anciano, todos lo conocemos. Es oriundo de esta aldea y el terremoto ha devastado su jardín que era el más bello de este lugar. »

El viejo miró al joven amistosamente a  los ojos y preguntó: «¿Tanto te apena lo ocurrido a tus flores?»

El joven respondió en voz baja: «Es cierto que me apena, pero no es por eso que me he presentado. Tenía un amigo muy querido y también un potrillo predilecto. Ambos perecieron en el terremoto y yacen en el pórtico de nuestra casa; debe haber flores para que puedan ser sepultados.»

El anciano lo bendijo con las manos extendidas, y de inmediato se requirió el mejor caballo para el joven, quien montó al instante, palmoteó el cuello del animal y se despidió con un gesto, para emprender luego el galope a través de la aldea sobre los campos húmedos y devastados.

El joven cabalgó el día entero. Para llegar más pronto a la lejana, capital y presentarse al rey, cortó camino por la montaña. Hacia la noche, cuando comenzaba a oscurecer, condujo a su cabalgadura por las riendas a través de una senda empinada a través del bosque y de las rocas.

Un gran pájaro oscuro, como nunca viera antes, lo precedía con su vuelo. Él lo seguía, hasta que el pájaro se posó en el tejado de un templete abierto. El joven dejó el caballo suelto en medio de la hierba y pasó entre las columnas de madera al interior del sencillo santuario. A modo de altar de sacrificio halló solamente un bloque de una piedra negra que no existía en esa región, y encima la extraña imagen de una deidad que el mensajero no conocía: un corazón devorado por un pájaro salvaje.

Tributó a la deidad sus respetos y trajo como ofrenda una campanilla azul que había recogido al pie de la montaña y luego prendido en su vestidura. Enseguida se acostó en un rincón, pues estaba muy cansado y quería dormir.

Pero no podía conciliar el sueño, a pesar de que éste solía Regar a su lecho cada noche sin ser llamado. La campanilla sobre la roca, la misma piedra negra, o tal vez alguna otra cosa, exhalaba un aroma peculiar, intenso y doloroso; la imagen inquietante de la divinidad brillaba como un espectro en la oscura galería; y sobre el tejado estaba posado el extraño pájaro que de tiempo en tiempo batía con fuerza sus enormes alas, que sonaban como un huracán entre los árboles.

Así ocurrió que en mitad de la noche el joven se levantó, salió del templo y levantó su vista hacia donde el pájaro se hallaba. Éste aleteó y lo miró.

«¿Por qué no duermes?», preguntó el pájaro.

«No lo sé», dijo el joven. «Quizá porque he sufrido un dolor.»

«¿Y cuál es ese dolor?»

«Mi amigo y mi caballo favorito, ambos han muerto. »

«¿Es la muerte algo tan malo?», preguntó burlonamente el pájaro.

«Oh, no, gran pájaro, no es algo tan malo, la muerte es sólo una despedida. Pero no es por eso que estoy triste. Lo malo es que no podemos enterrar a mi amigo y a mi hermoso caballo, porque ya no tenemos flores para ello. »

«Hay cosas peores», dijo el pájaro, y agitó malhumorado sus estrepitosas alas.

«No, querido pájaro, algo peor seguramente no existe. Al muerto que es sepultado sin una ofrenda de flores, le está vedado renacer según los deseos de su corazón. Y quien entierra a sus muertos y no celebra a continuación la fiesta de las flores, ve luego las sombras de los fallecidos en sus sueños. Comprendes entonces que no pueda seguir durmiendo mientras mis muertos carezcan de flores.»

El corvo pico del pájaro dejó escapar un graznido chillón.

«Muchacho, nada sabes del dolor si no has sufrido más que éste. ¿Acaso nunca has oído nada acerca de los grandes males? ¿Del odio, del asesinato, de los celos.»

El joven, al escuchar estas palabras, creyó que soñaba. Luego reflexionó y dijo con prudencia: «Por cierto, pájaro, lo recuerdo: sobre esas cosas hay algo escrito en las historias, y en los cuentos de hadas. Pero eso está ciertamente fuera de la realidad, o quizás ocurrió así en el mundo hace mucho tiempo, cuando no existían las flores ni los dioses buenos. ¡Quién se acuerda de ello ahora!»

El pájaro rió silenciosamente con su agudo timbre. Luego se irguió más alto y dijo al jovencito: «¿Así que ,quieres ir a ver al rey y que yo te indique el camino?»

«Oh, lo sabes ya», exclamó jubilosamente el joven. «Sí, te ruego que me guíes, si así lo quieres.»

Entonces el pájaro se posó sin ruido en el suelo, abrió también sin ruido sus alas y ordenó al joven dejar allí su caballo para poder viajar con él a fin de ver al rey.

El mensajero se sentó a horcajadas sobre el pájaro. «¡Cierra los ojos!» mandó el pájaro, y así fue hecho. Y volaron en silencio a través de la oscuridad del cielo, blandamente, como hacen las lechuzas. Sólo el aire frío zumbaba en las orejas del mensajero. Y volaron durante toda la noche.

A la mañana temprano tocaron tierra, y el pájaro gritó: «¡Abre los ojos!» Y el joven abrió sus ojos. Entonces vio que se encontraba en el lindero de un bosque, y con la primera claridad de la mañana una llanura resplandeciente lo cegaba con su luz.

«Aquí en el bosque me volverás a encontrar», dijo el pájaro. Se lanzó hacia las alturas como una flecha y de inmediato desapareció en el azul.

El joven, mientras marchaba desde el bosque y se internaba en la vasta llanura, sintió que todo le era extraño. Alrededor de él se hallaban las cosas tan cambiadas y trastocadas, que no sabía si estaba despierto o soñando. Los prados y las flores eran semejantes a los de su lugar natal, y el sol brillaba, y el viento jugaba entre la hierba florida; pero no se divisaban seres humanos ni animales, parecía como si allí un terremoto hubiera causado estragos lo mismo que en su patria. Pues en el suelo yacían esparcidos ruinas de edificios, ramas rotas y árboles arrancados, cercos destruidos y útiles de labor abandonados. De improviso advirtió en medio del campo un cadáver que no había sido sepultado y que se hallaba en horroroso estado de descomposición. Ante el espectáculo, el joven sintió que lo invadían un profundo espanto y un acceso de repugnancia, pues nunca había visto nada similar. El muerto no tenía ni siquiera cubierto el rostro, ya medio echado a perder a causa de los pájaros y de la podredumbre. Desviando la mirada, buscó algunas hojas verdes y flores, y cubrió con ellas el semblante del difunto.

Un olor indefinible, repulsivo y agobiador se extendía, tibia y tenazmente, a trávés de la llanura. Otro cadáver yacía entre la hierba rodeado por una bandada de cuervos, y un caballo decapitado y huesos de hombres y bestias; todos estaban abandonados al sol, como si nadie hubiera pensado en funerales floridos y en tumbas. El joven temía que una hecatombe inimaginable hubiera acabado con todos los habitantes de ese país; y había tantos muertos que tuvo que cesar de cortar flores para ellos y de cubrirles el rostro con las mismas. Angustiado y con los ojos a medio cerrar, prosiguió su camino; de todas partes emanaba el olor a carroña y a sangre, mientras desde miles de lugares ruinosos y de los cadáveres partía una oleada cada vez más poderosa de dolor y desolación. El mensajero creyó que había caído en una pesadilla maligna y vio en ello una advertencia celestial, porque sus propios muertos carecían aún de su fiesta de las flores y de sepultura. Entonces volvió a recordar lo que la noche anterior le había dicho desde el tejado el pájaro oscuro, y le pareció oír otra vez su aguda voz que profería: «Hay cosas peores.»

Comprendió entonces que el pájaro lo había transportado a otra estrella, y que todo lo que sus ojos veían era real y verdadero. Recordó la impresión con que había oído algunas veces, siendo niño, narraciones terroríficas acerca de las épocas primitivas. Ahora volvía a experimentar una sensación similar; primero un escalofrío de pavor, y luego un silencioso y plácido alivio en el corazón, pues todo aquello era algo infinitamente distante y había ocurrido en tiempos muy remotos. Aquí todo acontecla como en los cuentos de terror. Todo ese mundo extraño de atrocidades, cadáveres y aves que se alimentaban de carroña, parecía obedecer sin sentido ni medida a reglas incomprensibles, de locura, según las cuales siempre acaecía lo malo, lo desatinado y lo deforme en lugar de lo hermoso y lo bueno.

De pronto observó a un ser viviente que andaba entre los campos; un aldeano o un criado. Corrió hacia él y lo llamó. Cuando lo vio de cerca, el joven se aterrorizó y su corazón fue invadido por la piedad, pues el aldeano era tremendamente feo y apenas un ser humano. Parecía un sujeto acostumbrado a pensar nada más que en sí mismo, a presenciar siempre lo negativo, un hombre que viviera permanentemente entre sueños angustiosos. En sus ojos, en su semblante y en toda su naturaleza no había nada de alegría ni de bondad, nada de gratitud o confianza. La virtud más sencilla y sobreentendida parecía faltarle a ese infortunado.

Pero el joven se dominó, se aproximó al hombre con gran amabilidad, como si se tratase de un ser marcado por la desgracia, lo saludó fraternalmente y lo encaró con una sonrisa. El hombre feo parecía pasmado y miró con asombro desde sus ojos grandes y tristes. Su voz era ruda y disonante, como el gruñido de seres inferiores. Sin embargo, no le fue posible resistirse a la serenidad, a la humilde confianza de la mirada del joven. Y después de haber observado fijamente durante un rato al forastero, surgió de su rostro tosco y agrietado una especie de sonrisa más o menos sardónica, bastante desagradable, pero suave y asombrada, tal como la primera pequeña sonrisa de un alma que acaba de renacer y que en ese momento llegara desde la región más interior de la tierra.

«¿Qué quieres de mí?», preguntó aquel hombre al joven forastero.

De acuerdo con los hábitos de su patria, el muchacho respondió: «Te agradezco, amigo, y te ruego me digas si puedo hacerte algún servicio.»

Y como el campesino callara sonriendo entre perplejo y desconcertado, el mensajero le preguntó: «Dime amigo, ¿qué significa este espectáculo espantoso?», y seña16 en torno con la mano.

El campesino se esforzó en comprenderlo, y al repetir el mensajero su pregunta, dijo: «¿Nunca viste esto? Es la guerra. Éste es un campo de batalla». Y señalando un negro montón de ruinas, exclamó: «Aquélla era mi casa». Y cuando el extranjero, lleno de una piedad que le nacía del corazón, mirara en sus ojos enturbiados, el campesino bajó la vista y la clavó en el suelo.

«-No tenéis un rey?», preguntó ahora el joven, y al asentir el campesino, interrogó: «¿Dónde está, pues?» El hombre indicó a lo lejos una tienda de campaña que podía divisarse muy remota y pequeña. Entonces el mensajero se despidió posando su mano en la frente de aquél, y continuó su camino. El campesino se palpó la frente con ambas manos, sacudió preocupado la pesada cabeza y se quedó largo rato parado en tanto que seguía mirando con fijeza al extranjero.

Este último corrió y corrió entre escombros y horrores, hasta llegar a la tienda de campaña. Por todas partes corrían hombres armados, pero nadie reparaba en él, y así pasó entre las tiendas y la gente, hasta encontrar la tienda más grande y hermosa del campamento, que era la del rey. Entonces se dispuso a entrar.

En la tienda estaba el rey sentado en una cama baja y sencilla. Su manto se extendía a un lado, y al fondo se acurrucaba dormitando un criado. El rey se hallaba sumido en profundos pensamientos. Su rostro era bello y triste, un mechón de cabellos grises caía sobre su frente tostada; la espada estaba tendida en el suelo delante de él.

El joven saludó sin decir palabra, con respeto, tal como hubiera saludado a su propio rey, y permaneció aguardando de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, hasta que el monarca lo miró.

«¿Quién eres?», preguntó severamente, y contrajo las oscuras cejas, pero su mirada quedó suspendida ante los rasgos puros y alegres del extranjero; y el joven lo miró tan lleno de confianza y gentileza, que la voz del rey se hizo más suave.

«Yo te he visto alguna vez», dijo, como si recordase, «o te pareces a alguien que conocí en mi infancia.»

«Soy extranjero», dijo el emisario.

«Habrá sido un sueño», dijo quedamente el rey. «Me recuerdas a mi madre. Habla. Cuéntame.»

El joven comenzó: «Me trajo un pájaro. En mi país hubo un terremoto, quisimos enterrar a nuestros muertos, pero no había flores.»

«¿No había flores?», dijo el rey.

«No, no quedaba ninguna. Y nada peor para nosotros que sepultar a un muerto sin ofrecerle nuestra fiesta de las flores, pues el primer paso de su transformación debe ser dado en medio del esplendor y la alegría. »

De pronto el mensajero recordó cuántos muertos insepultos había yaciendo afuera sobre ese campo de horror, y se contuvo. El rey lo miró, meneó la cabeza y suspiró profundamente.

«Yo quería llegar hasta nuestro rey y pedirle muchas flores», prosiguió el mensajero, «pero cuando estaba en el templo de la montaña, vino ese pájaro enorme y me dijo que me llevaría ante el rey y me trajo por los aires hacia ti. ¡Oh, amado rey, aquel templo era de una deidad desconocida para mí, en su tejado se había posado el pájaro, y este dios tenía una imagen sumamente curiosa sobre su piedra sagrada: un corazón, en el que se alimentaba un pájaro salvaje! Con aquel inmenso pájaro tuve una conversación durante la noche. Y sólo ahora puedo comprender sus palabras, pues me dijo que había mucho más dolor y maldad en el mundo de lo que yo podía imaginar. Y tenía razón, para llegar a este sitio he tenido que atravesar ese campo vastísimo, y durante esas horas he visto sufrimientos y calamidades infinitas, mucho mayores de lo que refieren nuestras leyendas más terroríficas. Entonces llegué hasta ti, ¡oh rey', para preguntarte si puedo hacer algo en tu servicio.»

El rey, que había escuchado atentamente, trató de sonreír, pero había tanta gravedad y amargura en su hermoso semblante, que no pudo hacerlo.

«Te agradezco», dijo, «no puedes prestarme ningún servicio. Pero me has hecho recordar a mi madre, y te doy las gracias. »

El joven se sintió afligido porque el rey no podía sonreír. «Estás tan triste», le dijo, «¿es a causa de la guerra?»

«Sí», dijo el rey.

Frente a este hombre profundamente abatido y tan noble, sin embargo, el joven no pudo dejar de violar una regla de la cortesía. Y preguntó: «Pero dime, te suplico, ¿por qué os hacéis estas guerras en vuestra estrella? ¿Quién tiene la culpa? ¿Acaso la tienes tú?»

El rey miró fija y largamente al mensajero, parecía enfadado ante la impertinencia de la pregunta. Pero no pudo reflejar por mucho tiempo su mirada sombría en los ojos claros y desprevenidos del extranjero.

«Eres un niño», dijo el rey, «ay éstas son cosas que no podrías entender. La guerra no es culpa de nadie, llega por sí misma, como la tormenta y el rayo, y todos nosotros, los que debemos combatir, no somos sus iniciadores, sino sus víctimas.»

«¿Entonces entre vosotros el morir es cosa leve?», preguntó el joven. «En nuestro país la muerte no es, por cierto, algo muy temido, y la mayoría se entrega dócilmente a ella. E inclusive muchos se encaminan alegremente a su metamorfosis. Sin embargo, nadie se atrevería a dar muerte a su prójimo. En vuestra estrella esto debe ser diferente.»

El rey sacudió la cabeza. «Entre nosotros no se mata a menudo», dijo, «y esta acción es el delito más grave que puede cometerse. Sólo en la guerra se permite hacerlo, porque allí nadie mata por odio o envidia, o en su propio beneficio, sino que todos hacen lo que la comunidad exige de ellos. Pero estás equivocado si crees que nosotros morimos con agrado. Si observas los rostros de nuestros muertos, verás que ellos mueren penosamente, muy penosamente, y contra su deseo.»

El joven escuchó todo esto y se sorprendió por la tristeza y pesadumbre de la vida que los seres de esa estrella parecían soportar. Hubiera querido formular muchas otras preguntas, pero sentía claramente que nunca llegaría a comprender toda la relación de esas cosas oscuras y espantosas. Y ni siquiera tenía el deseo de comprenderlas. Y pensó que esos seres lamentables pertenecían a un orden inferior y no conocían aún a los dioses celestiales o estaban gobernados por demonios, o bien, que en esa estrella imperaba un infortunio, algún pecado o error. Y le pareció demasiado penoso y cruel seguir interrogando más a ese monarca y obligarlo a respuestas y confesiones, cada una de las cuales podía ser muy amarga y humillante para aquél. Esos hombres, que vivían con un oscuro temor ante la muerte, y a pesar de ello se aniquilaban en masa, esos hombres cuyas caras mostraban una rudeza tan indigna como la del campesino y una aflicción tan profunda y terrible como la del rey, le daban lástima y con todo le parecían curiosos y casi ridículos, ridículos y necios a través de su apariencia lamentable y vergonzosa.

Pero hubo una pregunta que no podía reprimir. Si esos pobres seres se habían quedado allí en esa estrella, a modo de criaturas retardadas, hijos de un astro tardío y sin paz, si la vida de esos hombres corría como una convulsión estremecida y terminaba en una desesperada matanza, si dejaban a sus muertos tirados en los campos de batalla y acaso hasta se los comían -porque también de eso se hablaba en aquellos horrorosos cuentos de hadas del remoto pasado-, así y todo tenía que existir en su interior un presentimiento del futuro, una imagen sonada de los dioses, algo como un germen del alma. be otra manera, todo aquel mundo despojado de belleza hubiera sido sólo un error sin sentido.

«Perdóname, oh rey», dijo el joven con voz lisonjera, «perdona si me atrevo a hacerte una pregunta más, antes de abandonar este singular país tuyo.»

«¡Pregunta, pues!», accedió el rey, que sentía algo muy particular frente a este extranjero, pues en muchos aspectos se le revelaba como un espíritu sutil, maduro e incalculable, y en otros, sin embargo, parecía como un niño pequeño al que hay que tratar con cuidado y sin tomarlo demasiado en serio.

«Extraño rey», fueron las palabras del mensajero, «me has causado una gran tristeza. Mira, yo vengo de otras tierras, y veo que el gran pájaro del tejado del templo tenía razón; aquí entre vosotros hay un dolor infinitamente mayor del que yo me hubiera podido imaginar. Vuestra vida parece ser un sueño de angustia, y no sé si se encuentra gobernada por dioses o demonios. Sabe, oh rey, que entre nosotros hay una leyenda que yo tenía antes por una mescolanza de cuentos de hadas y humo vacío. La misma refiere que en otros tiempos fueron también conocidos entre nosotros cosas tales como la guerra, el asesinato y la desesperación. Estas palabras espantosas, que nuestro idioma ignora desde hace mucho tiempo, las leemos en los viejos libros de cuentos; y nos suenan como algo terrible, y también un poco ridículas. Pero hoy aprendí que todo eso es real; y te veo a ti y a los tuyos hacer y padecer aquello que conocíamos por medio de esas terribles leyendas de nuestra época pretérita. Ahora dime: ¿no tenéis en vuestra alma el presentimiento de que no hacéis lo debido? ¿No tenéis el anhelo de dioses luminosos, risueños, de guías y gobernantes más compresivos y felices? ¿No soñáis nunca con una existencia distinta y más hermosa, donde nadie quiera lo que los otros tampoco desean, donde reinen la razón y el orden, donde los hombres se reúnan entre sí con alegría y consideración recíproca? ¿No habéis tenido jamás el pensamiento de que el universo es un todo, y que reverenciándolo, amándolo, ese todo os curaría y os haría felices? ¿No sabéis nada de lo que nosotros en mi país llamamos música, ni del servicio de Dios, ni de la salvación?»

El rey, al escuchar estas palabras, había inclinado la cabeza. Pero, al levantarla, su semblante se había transformado, y resplandecía con el brillo de una sonrisa, pese a que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

«Gentil muchacho», dijo el rey, «no sé bien si eres un niño, un sabio o quizás una divinidad. Pero puedo responderte que conocemos todo aquello de lo que tú hablabas, y lo llevamos en el alma. Anhelamos la dicha, anhelamos la libertad, anhelamos a los dioses. Tenemos una leyenda según la cual un sabio de la antigüedad percibió la unidad del universo como una música armoniosa de los espacios celestes. ¿Te basta con eso? Quizás eres un bienaventurado del Más allá, pero aunque fueses el mismo Dios, no existe en tu corazón ninguna felicidad, poder o voluntad, de los cuales no aliente en nuestros corazones un presentimiento, un reflejo, una sombra por lejana que sea.»

Y de improviso se irguió cuan alto era, y el joven quedó maravillado, porque en un instante el rostro del rey se había bañado en una sonrisa luminosa, sin sombras, como el resplandor de la mañana.

«¡Vete, pues!», dijo al mensajero. «¡Vete y deja que hagamos la guerra y nos asesinemos! Me ablandaste el corazón, me recordaste a mi madre. ¡Basta, basta de ello, mi bello muchacho! Vete ahora, huye, antes de que comience la nueva batalla. Yo pensaré en ti cuando la sangre corra y las ciudades ardan; pensaré que el mundo es un Todo, del que ni siquiera nuestra necedad, nuestra cólera y nuestro salvajismo pueden separarnos. ¡Adiós! Saluda de mi parte a tu estrella, y a esa deidad, cuya imagen es un corazón devorado por un pájaro. Conozco bien ese corazón y a ese pájaro. Y advierte, mi lindo amigo de la lejanía: cuando pienses en tu amigo, en este pobre rey de la guerra, no lo recuerdes tal como lo viste cuando estaba sentado en el lecho, hundido en la aflicción, piénsalo sonriendo con lágrimas en los ojos y sangre en las manos.»

El rey alzó la lona de la tienda con su propia mano, sin despertar al criado, y dejó que el extranjero saliera. Con nuevos pensamientos volvió el joven sobre sus pasos a través de la llanura, y vio con las luces del anochecer en el horizonte una gran ciudad envuelta en llamas: se alejó, y subiendo entre cadáveres humanos y descompuestos despojos de caballos, alcanzó el linde del bosque de la montaña cuando ya había oscurecido.

Entonces descendió desde las nubes el gran pájaro, lo recibió sobre sus alas, y volaron durante la noche en silencio y blandamente, igual que las lechuzas.

Cuando el joven despertó tras un sueño intranquilo, estaba en el pequeño templo de la montaña; allí delante lo aguardaba, entre la hierba húmeda, su caballo, cuyo relincho saludaba al nuevo día. Pero del pájaro enorme, de su viaje a una estrella lejana, del rey y del campo de batalla, nada recordaba. Sólo una sombra había quedado en su alma, un leve dolor escondido como el que causa una espina menuda, así como duele una compasión desvalida y un vago deseo insatisfecho es capaz de atormentarnos en sueños; hasta que al cabo desentrañamos sus ansias secretas, que consisten en demostrar al ser amado cuánto deseamos participar de sus alegrías y contemplar su sonrisa.

El mensajero montó a caballo, y después de cabalgar todo el día llegó hasta la capital para ver a su rey. Y se demostró que había sido el mensajero adecuado. Porque el rey lo recibió con el saludo del mejor augurio, en tanto que le tocaba la frente y exclamaba: «Tus ojos han hablado a mi corazón, y mi corazón ha dicho que sí. Tu ruego se ha cumplido aun antes de haberlo yo escuchado.»

De inmediato, el mensajero obtuvo una carta del rey, por la cual debían serle facilitadas todas las flores del re¡no que necesitara. Y una escolta, acompañantes y sirvientes fueron con él, y se le agregaron coches y caballos. Y cuando, tras atravesar la montaña en el menor tiempo posible, regresó después de pocos días a la carretera llana de su provincia y entró en su pueblo, traía consigo coches, carros, canastos y acémilas, todos cargados con las flores más hermosas de los jardines y los invernáculos, de los que hay muchos en el norte. Había cantidades suficientes, no sólo para coronar los cuerpos de los difuntos y adornar sus tumbas profusamente, sino también para plantar en memoria de cada muerto una flor, una planta o un pequeño árbol frutal, según lo exige la costumbre. Así, el dolor por su amigo y por su caballo predilecto desapareció y pudo entregarse a una recordación serena y tranquila, después de haberlos adornado y dado sepultura, tras lo cual plantó sobre sus tumbas sendas flores, arbustos y árboles frutales.

Luego de haber satisfecho su corazón de esta manera y de haber cumplido con su deber, el recuerdo del viaje por aquella tiniebla empezó a removerse dentro de su alma. De modo que pidió a sus allegados que lo dejaran estar un día solo. Durante veinticuatro horas estuvo sentado bajo el árbol del pensamiento, y en su memoria se desplegó, limpia y llanamente, la representación de lo que había visto en la estrella ajena. Luego de lo cual fue un día a ver al patriarca y le contó todo.

El anciano lo escuchó, quedó sumido en sus pensamientos y preguntó luego: «¿Todo esto, amigo mío, lo viste con tus propios ojos o ha sido un sueño?»

«No lo sé», dijo el joven. «Pienso que puede haber sido un sueño. De todos modos, y lo digo con- respeto, no me parece que la diferencia tenga alguna importan-, cia, dado que el asunto está instalado en mi mente con toda realidad. Una sombra de pesadumbre ha quedado en mí, y en medio de la dicha de vivir, un viento frío que viene desde aquella estrella sopla en mi interior. Por eso, ¡oh venerable!, te pregunto qué debo hacer.»

«Ve mañana», habló el anciano, «otra vez a la montaña hasta aquel sitio donde hallaste el templo. Me parece extraña la imagen de aquel dios, del que nunca oí hablar, y es posible que se trate de una deidad de otro astro. Puede ser también que aquel templo y su dios sean tan viejos que provengan de nuestros antepasados más remotos y de los tiempos pretéritos en los que pudieron haber reinado las armas, el miedo y la angustia ante la muerte. Ve a aquel templo, querido, y haz una ofrenda de flores, miel y canciones.»

El joven agradeció y obedeció el consejo del anciano. Tomó una jícara llena de miel refinada, como la que se acostumbra ofrecer en los comienzos del estío a los huéspedes distinguidos en ocasión de la primera fiesta de las abejas, y consigo llevó también el laúd. En la montaña volvió a dar de nuevo con el sitio donde antes había arrancado una campanilla azul, y encontró el empinado sendero rocoso que llevaba, monte arriba, al bosque, y por donde, hacía poco tiempo, había andado a pie delante de su cabalgadura. Pero no pudo volver a hallar, tampoco al día siguiente, ni el emplazamiento del templo ni el templo mismo, la negra piedra de sacrificio, las columnas de madera, o el techo con el gran pájaro-posado encima. Y nadie supo decirle nada de un templo semejante al que él describía.

De esta manera regresó a su tierra, y al pasar junto al santuario del Recuerdo Amoroso entró en él ofrendó la miel, cantó una canción con su laúd y recomendó a la deidad del Recuerdo Amoroso su sueño, el templo y el pájaro, el pobre campesino y los muertos en el campo de batalla, y en especial, al rey en su tienda de guerra. Entonces volvió con el corazón aliviado a su morada, colgó en la pared de su alcoba la imagen de la unidad del mundo, descansó con sueño profundo de los sucesos de aquellos días y a la mañana siguiente comenzó a ayudar a sus vecinos, que, en campos y jardines, se afanaban, entre cánticos, por borrar los últimos rastros del terremoto.


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