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sábado, 14 de enero de 2012

LOS OTROS DIOSES





H. P. Lovecraft
LOS OTROS DIOSES



Los dioses de la tierra habitan la cumbre más alta del mundo y no consienten que
ningún hombre presuma de haberles puesto los ojos encima. Antaño moraban en cimas
menores; pero una y otra vez los hombres de las llanuras escalaban las laderas de roca y
nieve, empujando a los dioses hacia montañas cada vez más altas, hasta que ahora sólo les
queda la última. Al abandonar sus viejos picos se llevaron consigo sus propios signos;
excepto una vez que, según se dice, dejaron una imagen tallada en la ladera de una montaña
llamada Ngranek.
Pero ahora se han recogido a la desconocida Kadath, en la helada inmensidad que
ningún hombre ha hollado, y se han vuelto adustos, careciendo de otro pico más alto al que
retirarse ante el avance de los hombres. Se han vuelto severos, y donde antes soportaban que
los hombres los desplazasen, ahora prohíben su llegada, o, en caso de llegar, les impiden
marcharse. Es mejor que los hombres nada sepan de Kadath en la helada inmensidad, ya que
querrían escalarla insensatamente.
A veces, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan en la noche calma los
picos que una vez habitaron, y lloran mansamente mientras intentan jugar tal como solían en
las añoradas laderas. Los hombres han notado las lágrimas de los dioses en el nevado Thurai,
aunque lo consideraron lluvia, y oído los suspiros de los dioses en los lastimeros vientos
matutinos de Lerion. Los dioses gustan de viajar en naves de nubes, y los sabios labriegos
conservan leyendas que los hacen rehuir algunos picos altos las noches que está nublado, ya
que los dioses no son ya tan benévolos como antaño.
En Ulthar, más allá del río Skai, vivió una vez un anciano deseoso de contemplar a los
dioses de la tierra; un personaje versado en los siete libros crípticos de Hsan, familiarizado
con los manuscritos Pnakóticos de la lejana y helada Lomar. Su nombre era Barzai el Sabio,
y los lugareños cuentan como ascendió la montaña la noche del extraño eclipse.
Barzai conocía tan bien a los dioses que podía contar de sus idas y venidas, y suponía
tanto de sus secretos que se consideraba a sí mismo como un semidiós. Fue él quien aconsejó
con sabiduría a los habitante de Ulthar cuando aprobaron su famosa ley contra el matar gatos,
y quien primero contó al joven sacerdote Atal adónde habían ido los gatos negros la
medianoche de la víspera de San Juan. Barzai era ducho en la sabiduría de los dioses de la
tierra y estaba poseído por el deseo de contemplar sus rostros. Suponía que su gran saber
oculto de los dioses lo protegería de sus iras, por lo que decidió acudir a la cima de la alta y
pétrea Hatheg-Kla la noche en que sabía que encontraría allí a los dioses.
Hatheg-Kla se encuentra lejos, en los desiertos pedregosos que hay más allá de
Hatheg, que le da nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo de silencio.
Alrededor del pico las brumas se agitan siempre tristes, ya que éstas son el recuerdo de los
dioses, y los dioses amaban Hatheg-Kla cuando habitaban su cima en los viejos días. A
menudo los dioses de la tierra visitan Hatheg-Kla en sus naves de nubes, lanzando pálidos
vapores sobre las laderas mientras bailan con añoranza sobre la cima, a la luz de la luna clara.
Los aldeanos de Hatheg dicen que no es bueno subir a Hatheg-Kla en ningún momento, y
mortal hacerlo las noches en que los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; pero Barzai no
les prestó atención al llegar de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal
era sólo el hijo de un ventero y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai fue un noble
señor que viviera en un viejo castillo, así que no albergaba plebeyas supersticiones en su
sangre, y se limitó a burlarse de los temerosos paletos.
Barzai y Atal salieron de Hatheg al pedregoso desierto a pesar de las súplicas de los
campesinos y, en torno a sus fuegos de campamento hablaban sobre los dioses de la tierra.
Viajaron muchos días y divisaban a lo lejos el orgulloso Hatheg-Kla con su aureola de
brumas tétricas. Al decimotercer día llegaron a la base de la solitaria montaña y Atal reveló
sus temores. Pero Barzai era viejo y sabio y no tenía miedo, así que abrió audazmente la
marcha por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, tal como
está temerosamente escrito en los mohosos manuscritos Pnakóticos.
El camino era pedregoso, peligroso por los barrancos, los riscos y los
desprendimientos de rocas. Más tarde se convirtió en frío y nevado, y Barzai y Ata¡ solían
resbalar y caer mientras excavaban y avanzaban hacia delante mediante piquetas y hachas.
Por último, el aire se volvió tenue, el cielo cambió de color y a los escaladores se les hizo
difícil el respirar; pero todavía se afanaban, siempre hacia delante, maravillándose ante lo
extraño de la escena, estremeciéndose ante el pensamiento de lo que podía ocurrir en la cima
cuando la luna se esfumase y los pálidos vapores se extendieran alrededor. Ascendieron hacia
lo alto durante tres días, más arriba y más arriba hacia el techo del mundo, y luego acamparon
para esperar que la luna se nublase.
No hubo nubes durante cuatro noches, y la luna brillaba helada a través de las brumas
delgadas y tristonas que rodeaban la cima silenciosa. Pero a la quinta noche, que era noche de
luna llena, Barzai vio espesas nubes a lo lejos, hacia el norte, y se puso a observar con Atal
cómo se acercaban. Bogaban pesadas y majestuosas, avanzando lenta y deliberadamente,
circundando el pico por encima de los observadores, ocultando a la vista la luna y la cumbre.
Durante una hora larga observaron cómo los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes
iba espesándose y agitándose. Barzai era ducho en la sabiduría de los dioses de la tierra y
aguzaba con avidez el oído, esperando ciertos sonidos, pero Atal sentía el frío de los vapores
y el temor de la noche, y tenía mucho miedo. Y cuando Barzai comenzó a escalar más arriba
y le hizo señas impacientes, pasó cierto tiempo antes de que Atal lo siguiera.
Tan espesos eran los vapores que el camino se hizo arduo, y aunque al final Atal se
puso en marcha, apenas podía distinguir la silueta gris de Barzai en la neblinosa ladera contra
la velada luz lunar. Barzai iba muy adelantado y, a pesar de su edad, parecía escalar con
mayor facilidad que Atal, no temiendo la pendiente, que empezaba a ser demasiado escarpada
para cualquiera que no fuera un hombre fuerte y valeroso, sin detenerse ante los grandes
abismos negros que Atal apenas podía saltar. Y así subieron con esfuerzo, sobre rocas y
abismos, resbalando y dando traspiés, temiendo a veces la inmensidad y el horrible silencio
de los desolados pináculos de hielo y las calladas laderas de granito.
Bruscamente, Barzai salió de la vista de Atal, escalando un risco espantoso que
parecía ladearse hacia fuera, bloqueando el camino a cualquier escalador que no estuviera
inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué hacer al llegar allí,
cuando advirtió perplejo que la luz había aumentado de forma considerable, como si el pico
sin nubes, el lugar donde los dioses se reunían a la luz de la luna, estuviera muy cerca. Y
mientras remontaba hacia el risco combado y el cielo luminoso sintió temores más
estremecedores que los que antes conociera. Entonces, entre las grandes brumas, escuchó al
invisible Barzai vociferando en salvaje exultación:
—¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantando sus celebraciones
en Hatheg-Kla! ¡Ahora, Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! ¡Las
brumas son tenues y la luna brillante, y yo veré a los dioses bailando de forma extraña en la
Hatheg-Kla que amaron en su juventud! ¡La sabiduría de Barzai lo hace más grande que los
dioses de la tierra, y contra su voluntad nada pueden sus hechizos y sus trabazones; Barzai
contemplará a los dioses, los orgullosos dioses, los dioses secretos, los dioses de la tierra que
desdeñan las miradas de los hombres!
Atal no podía oír las voces que escuchaba Barzai, pero ahora se hallaba cerca del risco
colgante y lo estudiaba buscando un paso. Entonces escuchó la voz de Barzai tornarse más
aguda y estridente:
—La bruma es muy tenue y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los
dioses de la tierra son altas y extrañas, y sienten temor ante la llegada de Barzai el Sabio, que
es más grande que ellos... la luz de la luna tiembla mientras los dioses de la tierra danzan a su
compás; puedo ver las formas danzantes de los dioses que saltan y aúllan a la luz de la luna...
la luz es más débil y los dioses tienen miedo...
Mientras Barzai vociferaba tales asertos, Atal sintió un espectral cambio en el aire,
como si las leyes de la tierra fuera anuladas por leyes aún más grandes, ya que aunque el
camino resultaba más empinado que nunca, el ascenso se le hacía ahora espantosamente fácil,
y el risco bulboso apenas fue obstáculo cuando llegó a él y se deslizó arriesgadamente por su
cara convexa. La luz de la luna había desaparecido de forma extraña, y mientras Atal se
afanaba en avanzar por la brumas, escuchó a Barzai el Sabio que gritaba entre las sombras:
—La luna se ha escondido, y los dioses danzan en la noche; hay terror en los cielos,
ya que la luna se ha sumido en un eclipse ignorado por los libros de los hombres y los de los
dioses de la tierra... hay magia desconocida en Hatheg-Kla, ya que los gritos de los
atemorizados dioses se han tornado en risas y las laderas de hielo ascienden sin fin hacia los
cielos negros en los que me voy adentrando... ¡Ah! ¡Ah! ¡Por fin! ¡En la luz mortecina veo a
los dioses de la tierra!
Y entonces Atal, resbalando aturdido hacia arriba por pendientes inconcebibles, oyó
en la oscuridad una risa estremecedora mezclada con un grito que hombre alguno, excepto en
el Flegetón de pesadillas indecibles, ha oído jamás; un grito que reverberaba con todo el
horror y la angustia de una vida de búsqueda condensada en un atroz instante.
—¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! Los dioses de los infiernos exteriores que
guardan a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la vista! ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡La
venganza del abismo infinito... Ese maldito, ese pozo terrible... dioses misericordiosos de la
tierra, me caigo al cielo!
Y mientras Atal cerraba los ojos y se tapaba los oídos e intentaba retroceder contra el
espantoso tirón de ignotas alturas, resonó sobre el Hatheg-Kla el terrible estruendo del trueno
que despertó a los pacíficos granjeros de las llanuras y a los honrados burgueses de Hatheg y
Nir y Ulthar, y le llevó a mirar a través de las nubes aquel extraño eclipse de luna no
pronosticado en libro alguno. Y cuando al fin volvió la luna, Atal se encontraba a salvo en las
nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra, o de la de los otros
dioses.
Ahora se dice en los mohosos manuscritos Pnakóticos que Sansu no halló sino hielo y
mudas piedras al ascender el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Pero cuando los hombres
de Ulthar y Nir y Hatheg vencieron sus miedos y escalaron a la luz del día esas hechizadas
laderas en busca de Barzai el Sabio, encontraron un símbolo curioso y ciclópeo de cinco
codos de ancho grabado en la piedra desnuda, como si la roca hubiera sido hendida por algún
cincel titánico. Y el símbolo era igual al que algunos eruditos han visto en esas espantosas
secciones de los manuscritos Pnakóticos que resultan demasiado antiguas para ser legibles.
Eso fue lo que encontraron.
Nunca dieron con Barzai el Sabio, ni pudieron convencer al santo sacerdote Atal para
que rezase por el reposo de su alma. Además, hoy en día la gente de Ulthar y Nir y Hatheg
teme los eclipses y reza las noches en que los pálidos vapores ocultan la cima de la montaña y
la luna. Y entre las brumas de Hatheg-Kla danzan a veces los dioses de la tierra, presas de la
añoranza, porque se saben a salvo, y gustan de volver desde la desconocida Kadath en busca
de las nieves a jugar a la antigua usanza, tal como hacían cuando la tierra era joven y los
hombres poco propensos a. escalar lugares inaccesibles.

LO INNOMBRABLE





H. P. LOVECRAFT
LO INNOMBRABLE



Estábamos sentados en una ruinosa tumba del siglo XVI, a avanzada hora de la
tarde de un día de otoño, en el viejo cementerio de Arkham, y divagábamos
sobre lo innombrable. Mirando hacia el sauce gigantesco del cementerio, cuyo
tronco casi había hundido la antigua y casi ilegible losa, y había hecho un
comentario fantástico sobre el alimento espectral e incalificable que sus
colosales raíces succionaban sin duda de aquella tierra vetusta y macabra; mi
amigo me amonestó por decir esas tonterías, y añadió que puesto que no se
habían efectuado enterramientos desde hacía más de un siglo, probablemente el
árbol no recibía otro alimento que el ordinario. Añadió además que mi
constante alusión a lo «innombrable» y lo «incalificable» eran un recurso pueril,
muy en consonancia con mi escasa categoría como escritor. Yo era muy
aficionado a terminar mis relatos con suspiros o ruidos que paralizaban las
facultades de mis héroes y les dejaban sin valor, sin palabras y sin recuerdos
para decir qué habían experimentado. Conocemos las cosas, decía él, sólo a
través de nuestros cinco sentidos o nuestras intuiciones religiosas; por tanto, es
completamente imposible hacer referencia a ningún objeto o visión que no
pueda describirse claramente mediante las sólidas definiciones empíricas o las
correctas doctrinas teológicas, preferentemente congregacionalistas, con las
modificaciones que la tradición o sir Arthur Conan Doyle puedan aportar.
Con este amigo, Joel Manton, discutía a menudo lánguidamente. Era director de
la East High School, nacido y criado en Boston, y participaba de esa sordera
autocomplaciente de Nueva Inglaterra para las delicadas insinuaciones de la
vida. Su opinión era que sólo nuestras experiencias normales y objetivas poseen
importancia estética, y que lo que incumbe al artista es no tanto suscitar una
fuerte emoción mediante la acción, el éxtasis y el asombro, como mantener un
plácido interés y apreciación con detalladas y precisas transcripciones de lo
cotidiano. En particular, era contrario a mi preocupación por lo místico y lo
inexplicable; porque aunque creía en lo sobrenatural mucho más que yo, no
admitía que fuera tema suficientemente común para abordarlo en literatura.
Para un intelecto claro, práctico y lógico, era increíble que una mente pudiese
encontrar su mayor placer en la evasión respecto de la rutina diaria, y en las
combinaciones originales y dramáticas de imágenes normalmente reservadas
por el hábito y el cansancio a las trilladas formas de la existencia real. Según él,
todas las cosas y sentimientos tenían dimensiones, propiedades, causas y
efectos fijos; y aunque sabía vagamente que el entendimiento tiene a veces
visiones y sensaciones de naturaleza bastante menos geométrica, clasificable y
manejable, se creía justificado para trazar una línea arbitraria, y desestimar todo
aquello que no puede ser experimentado y comprendido por el ciudadano
ordinario. Además, estaba casi seguro de que no puede existir nada que sea
«innombrable». No era razonable, según él.
Aunque me daba cuenta de que era inútil aducir argumentos imaginativos y
metafísicos frente a la autosatisfacción de un ortodoxo de la vida diurna, había
algo en el escenario de este coloquio vespertino que me incitaba a discutir más
que de costumbre. Las gastadas losas de pizarra, los árboles patriarcales, los
centenarios tejados holandeses de la vieja ciudad embrujada que se extendía
alrededor; todo contribuía a enardecerme el espíritu en defensa de mi obra; y no
tardé en llevar mis ataques al terreno mismo de mi enemigo. En efecto, no me
fue difícil iniciar el contraataque, ya que sabía que Joel Manton seguía medio
aferrado a muchas de las supersticiones de que las gentes cultivadas habían
abandonado ya; creencias en apariciones de personas a punto de morir en
lugares distantes, o impresiones dejadas por antiguos rostros en las ventanas, a
las que se habían asomado en vida. Dar crédito a estas consejas de vieja
campesina, insistía yo, presuponía una fe en la existencia de sustancias
espectrales en la tierra, separadas de sus duplicados materiales y consiguientes
a ellos. Implicaba, además, una capacidad para creer en fenómenos que estaban
más allá de todas las nociones normales; pues si un muerto puede transmitir su
imagen visible o tangible a la distancia de medio mundo o desplazarse a lo
largo de siglos, ¿por qué iba a ser absurdo suponer que las casas deshabitadas
están llenas de extrañas entidades sensibles, o que los viejos cementerios
rebosan de terribles e incorpóreas generaciones de inteligencias? Y dado que el
espíritu, para efectuar las manifestaciones que se le atribuyen, no puede sufrir
limitación alguna de las leyes de la materia, ¿por qué es una extravagancia
imaginar que los seres muertos perviven psíquicamente -en formas —o
ausencias de formas— que para el observador humano resultan absoluta y
espantosamente «innombrables»? El «sentido común», al reflexionar sobre estos
temas, le aseguré a mi amigo con calor, no es sino uña estúpida falta de
imaginación y de flexibilidad mental.
Había empezado a oscurecer, pero a ninguno de los dos nos apetecía dejar la
conversación. Manton no parecía impresionado por mis argumentos, y estaba
deseoso de refutarlos Con esa confianza en sus propias opiniones que tanto
éxito le daba como profesor, mientras que yo me sentía demasiado seguro en mi
terreno para temer una derrota. Cayó la noche, y las luces brillaron débilmente
en algunas de las ventanas distantes; pero no nos movimos. Nuestro asiento —
un sepulcro— era bastante cómodo, y yo sabía que a mi prosaico amigo no le
inquietaba la cavernosa grieta que se abría en la antigua obra de ladrillos,
maltratada por las raíces, justo detrás de nosotros, ni la total negrura del lugar
que proyectaba la ruinosa y deshabitada casa del siglo XVII que se interponía
entre nosotros y la calle iluminada. Allí, sentados en la oscuridad, junto a la
hendida tumba próxima a la casa deshabitada, conversábamos sobre lo
«innombrable»; y cuando mi amigo dejó de burlarse, le hablé de la espantosa
prueba que había detrás del relato mío del que más se había burlado él.
El relato se titulaba La ventana del dtico y había aparecido en el número de
Whispers correspondiente a enero de 1922. En muchos lugares, especialmente en
el sur y en la costa del Pacífico, retiraron la revista de los kioscos a causa de las
quejas de los estúpidos pusilánimes; pero en Nueva Inglaterra no causó
ninguna emoción, y las gentes se encogieron de hombros ante mis
extravagancias. Era impensable, dijeron, que nadie se sobresaltase con aquel ser
biológicamente imposible; no era sino una conseja más, una habladuría que
Cotton Mather había hecho lo bastante creíble como para incluirla en su caótica
Magnalia Christi Americana, y se hallaba tan pobremente autentificada que ni
siquiera se había atrevido a citar el nombre de la localidad donde había tenido
lugar el horror. Y en cuanto a la ampliación que yo hacía de la breve nota del
viejo místico... ¡era completamente imposible, y típica de un plumífero frívolo y
fantasioso! Mather había dicho efectivamente que había nacido semejante ser;
pero nadie, salvo un sensacionalista barato, podría pensar que se hubiese
desarrollado, se fuese asomando a las ventanas de las gentes por las noches, y
se ocultara en el ático de una casa, en cuerpo y alma, hasta que alguien lo
descubrió siglos después en la ventana, aunque no pudo describir qué fue lo
que le volvió grises los cabellos. Todo esto no era más que descarada
mediocridad, cosa en la que no paraba de insistir mi amigo Manton. Entonces le
hablé de lo que había descubierto en un viejo diario redactado entre 1706 y
1723, desenterrado de entre los papeles de la familia, a menos de una milla de
donde estábamos sentados; de eso, y de la verdad irrefutable de las cicatrices
que mi antepasado tenía en el pecho y la espalda, que el diario describía. Le
hablé también de los temores que abrigaban otras gentes de esa región, y de lo
que se murmuró durante generaciones, y de cómo se demostró que no era
fingida la locura que le sobrevino al niño que entró en 1793 en una casa
abandonada para examinar determinadas huellas que se decía que había.
Fue sin duda un ser horrible... rio es de extrañar que los estudiosos se
estremezcan al abordar la época puritana de Massachussetts. Se conoce muy
poca cosa de lo que ocurrió bajo la superficie, aunque a veces supura
horriblemente con un burbujeo putrescente. El terror a la brujería es un destello
de luz de lo que bullía en los estrujados cerebros de los hombres; pero incluso
eso es una pequeñez. No había belleza, no había libertad... como puede
comprobarse en los restos arquitectónicos y domésticos, y los sermones
envenenados de los rigurosos teólogos. Y dentro de esa herrumbrosa camisa de
fuerza, se ocultaban farfullantes la atrocidad, la perversión y el satanismo. Esta
era, verdaderamente, la apoteosis de lo innombrable.
Cotton Mather, en ese demoníaco sexto libro que nadie debe leer de noche, no
se anda con rodeos al lanzar sus anatemas. Severo como un profeta judío, y
lacónicamente imperturbable como nadie hasta entonces, habla de la bestia que
dio a luz un ser superior a las bestias, aunque inferior al hombre, el ser del ojo
manchado, y del desdichado y vociferante borracho al que ahorcaron por tener
un ojo así. De todo esto se atreve a hablar, aunque no cuenta lo que ocurrió
después. Quizá no llegó a saberlo; o quizá sí, y no se decidió a contarlo. Hay
quien sí que se enteró, aunque no llegó a decir nada... Tampoco se dio
explicación pública de por qué se hablaba con temor de la cerradura de la
puerta que había al pie de la escalera de cierto ático donde vivía un viejo
solitario, amargado y decrépito, el cual se había atrevido a levantar la losa de
determinada sepultura anónima, sobre la cual, sin embargo, existen numerosas
leyendas capaces de helarle la sangre a cualquiera.
Todo está en ese diario ancestral que encontré: las secretas alusiones e historias
susurradas sobre seres con un ojo manchado que andaban asomándose a las
ventanas por la noche o eran vistos por los prados desiertos, cerca de los
bosques. Mi antepasado vio a un ser así en una carretera sombría que corría por
un valle, el cual le dejó señales de cuernos en el pecho y de garras en la espalda;
y cuando buscaron sus pisadas en el polvo, encontraron huellas mezcladas de
pezuñas hendidas y zarpas vagamente antropoides. En una ocasión, un jinete
del servicio de correo contó que había visto a la luz de la luna, unas horas antes
del amanecer, a un viejo corriendo y llamando a una criatura espantosa que
andaba a zancadas por Meadow Hill, y muchos le creyeron. Desde luego, corrió
una extraña historia una noche de 1710, cuando el viejo solitario y decrépito fue
enterrado en una cripta que había detrás de su propia casa, cerca de la losa de
pizarra sin inscripción. Nadie abrió la puerta que daba acceso a la escalera del
ático, sino que dejaron la casa como estaba, pavorosa y desierta. Cuando se oían
ruidos en ella, la gente murmuraba y se estremecía, confiando en que fuese
bastante sólido el cerrojo de la puerta del ático. Más tarde, esta confianza se vio
frustrada cuando el horror se presentó en la casa parroquial y no dejó una sola
alma viva o entera. Con el paso de los años, las leyendas adoptan un carácter
espectral... pero supongo que aquel ser debió de morir, si era una criatura viva.
Su recuerdo sigue siendo espantoso... tanto más espantoso cuanto que ha sido
secreto.
Durante esta narración, mi amigo Manton se había ido quedando en silencio, y
observé que mis palabras le habían impresionado. No se rió al callarme yo, sino
que me preguntó muy serio sobre el niño que enloqueció en 1793, y qué parecía
ser el héroe de mi historia. Le dije que el chico había ido a aquella casa
encantada y desierta, seguramente movido por la curiosidad, ya que creía que
las ventanas conservan latente la imagen de quienes habían estado sentados
junto a ellas. El chico fue a examinar las ventanas de aquel horrible ático a causa
de las historias sobre los seres que se habían visto detrás de ellas, y regresó
gritando frenéticamente.
Cuando acabé de hablar, Manton se quedó pensativo; pero poco a poco volvió a
su actitud analítica. Concedió que quizá había existido realmente un monstruo
espantoso; pero me recordó que ni siquiera la más morbosa aberración de la
naturaleza tiene por qué ser innombrable ni científicamente indescriptible.
Admiré su claridad y persistencia; pero añadí nuevas revelaciones que había
recogido entre la gente de edad. Leyendas espectrales, aclaré, relacionadas con
apariciones monstruosas más horribles que cuantas entidades orgánicas podían
existir; apariciones de formas bestiales y -gigantescas, visibles a veces, y a veces
- sólo tangibles, que flotaban en las noches sin luna y rondaban por la vieja casa;
la cripta que había detrás, y el sepulcro junto a cuya losa ilegible había brotado
un árbol. Tanto si tales apariciones habían matado o no personas a cornadas o
sofocándolas, como se decía en algunas tradiciones no comprobadas, habían
causado una tremenda impresión; y aún eran secretamente temidas por los más
viejos de la región, aunque las nuevas generaciones casi las habían olvidado...
Quizá desaparecieran, si se dejaba de pensar en ellas. Es más, en lo que se
refería a la estética, si las emanaciones psíquicas de las criaturas humanas
consistían en distorsiones grotescas, ¿qué representación coherente podría
expresar o reflejar una nebulosidad gibosa e infame como aquel espectro de
maligna y caótica perversión, aquella blasfemia morbosa de la naturaleza?
Modelado por el cerebro de una pesadilla híbrida, ¿no constituirá semejante
horror vaporoso, con todo su nauseabunda verdad, lo intensa,
escalofriantemente innombrable?
Sin duda se había hecho muy tarde. Un murciélago singularmente silencioso
me tocó al pasar, y creo que a Manton también, porque aunque no podía verle,
noté que levantaba el brazo. Luego dijo:
—Pero, ¿sigue en pie y deshabitada esa casa de la ventana del ático?
—Si —contesté---. Yo la he visto.
—¿Y encontraste algo... en el ático o en algún otro lugar?
—Unos cuantos huesos bajo el alero. Quizá fue eso lo que vio el niño; si era
muy sensible, no necesitó ver nada en el cristal de la ventana para perder la
razón. Si pertenecían al mismo ser, debió de tratarse de una monstruosidad
histérica y delirante. Habría sido blasfemo dejar tales huesos en el mundo; así
que los metí en un saco y los llevé a la tumba que hay detrás de la casa. Había
una abertura por donde los pude arrojar al interior. No pienses que fue una
tontería por mi parte... Quisiera que hubieses visto el cráneo. Tenía unos
cuernos de unas cuatro pulgadas; en cambio, la cara y la mandíbula eran igual
que la tuya o la mía.
Al fin pude notar que Manton, ahora muy cerca de mí, experimentaba un
auténtico escalofrío. Pero su curiosidad no se dejó intimidar.
—-¿Y los cristales de las ventanas?
—-Habían desaparecido todos. Una de las ventanas había perdido
completamente el marcó; en las demás, no había rastro de cristales en las
pequeñas aberturas romboidales. Eran de esa clase de ventanas de celosía que
cayeron en desuso antes de 1700. Supongo que
llevaban un siglo o más sin cristales... quizá los rompiera el niño, si es que llegó
hasta allí; la leyenda no lo dice.
Manton se quedó pensativo otra vez.
—Me gustaría ver la casa, Carter. ¿Dónde está? Tanto si tiene cristales como si
no, quisiera echarle una ojeada. Y también a la tumba donde pusiste aquellos
huesos, y la otra sepultura sin inscripción... todo eso debe de ser un poco
terrible.
—La has estado viendo... hasta que se ha hecho de noche.
Mi amigo se puso más nervioso de lo que yo me esperaba; porque ante este
golpe de inocente teatralidad, se apartó de mí neuróticamente y dejó escapar un
grito, con una especie de atragantamiento que liberó su tensión contenida. Fue
un grito singular, y tanto mas terrible cuanto que fue contestado. Pues aún
resonaba, cuando oí un crujido en la tenebrosa negrura, y comprendí que se
abría una ventana de celosía en aquella casa vieja y maldita que teníamos allí
cerca. Y dado que todos los demás marcos de ventana hacía tiempo que habían
desaparecido, comprendí que se trataba del marco espantoso de aquella
ventana demoníaca del ático.
Luego nos llegó una ráfaga de aire fétido y glacial procedente de la misma
espantosa dirección, seguida de un alarido penetrante que brotó junto a mí, de
aquella tumba agrietada de hombre y monstruo. Un instante después, fui
derribado del horrible banco donde estaba sentado por el impulso infernal de
una entidad invisible de tamaño gigantesco, aunque de naturaleza
indeterminada. Caí cuan largo era en el moho trenzado de raíces de ese
horrendo cementerio, mientras de la tumba salía un rugido jadeante y un aleteo,
y mi fantasía se valía de ellos para poblar la oscuridad con legiones de seres
semejantes a los deformes condenados de Milton. Se formó un vórtice de viento
helado y devastador, y luego hubo un tableteo de ladrillos y cascotes sueltos;
pero, misericordiosamente, me desvanecí-antes de comprender lo que ocurría.
Manton, aunque más bajo que yo, es más resistente; porque abrimos los ojos
casi al mismo tiempo, a pesar de que sus heridas eran más graves. Nuestras
camas estaban juntas, y en pocos segundos nos enteramos de que estábamos en
el hospital de St. Mary. Las enfermeras se habían congregado a nuestro
alrededor, en tensa curiosidad, ansiosas por ayudar a nuestra memoria,
contándonos cómo habíamos llegado allí; y no tardamos en saber que un
granjero nos había encontrado a mediodía en un campo solitario al otro lado de
Meadow Hill, a una milla del viejo cementerio, en un lugar donde se dice que
hubo en otro tiempo un matadero. Manton tenía dos serias heridas en el pecho,
así como algunos cortes o arañazos menos graves en la espalda. Yo no estaba
malherido; pero tenía el cuerpo cubierto de morados y contusiones de lo más
desconcertantes, y hasta una huella de pezuña hendida. Era evidente que
Manton sabía más que yo, pero no dijo nada a los perplejos e interesados
médicos, hasta que le explicaron cual era la naturaleza de nuestras heridas.
Entonces dijo que habíamos sido victimas de un toro resabiado... aunque
resultó difícil explicar e identificar al animal.
Cuando las enfermeras y los médicos nos dejaron, le susurré una pregunta
sobrecogida:
—¡Dios mío, Manton, ¿qué ha pasado? Esas señales... ¿ha sido eso?
Pero yo estaba demasiado perplejo para alegrarme, cuando me contestó en voz
baja algo que yo medio me esperaba:
—No... no ha sido eso ni mucho menos. Estaba en todas partes... era una gelatina...
un limo.., sin embargo, tenía formas, mil formas espantosas imposibles de
recordar. Tenía ojos... uno de ellos manchado. Era el abismo, el maelstrom, la
abominación final. Carter, ¡era lo innombrable!

LA VENTANA EN LA BUHARDILLA





H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH
LA VENTANA EN LA BUHARDILLA



I
Me trasladé a casa de mi primo Wilbur cuando aún no había pasado un mes
desde su inesperada muerte. Lo hice no sin cierto recelo, pues no me agradaba
demasiado la soledad del valle entre montañas del Aylesbury Pike. Pero me
parecía bastante lógico que esa propiedad de mi primo favorito hubiese recaído
sobre mí. Cuando aún no era propiedad de los Wharton, la casa había estado
sin habitar durante mucho tiempo. No había sido utilizada desde que el nieto
del campesino que la había construido se marchó a la ciudad de Kingston, en la
costa, y mi primo la compró a aquel heredero disgustado con el tipo de vida
que llevaba en esa triste y agotada tierra. Fue algo imprevisto, como solían
hacer las cosas los Akeley: impulsivamente.
Wilbur había sido estudiante de arqueología y antropología durante muchos
años. Se había licenciado en la Universidad de Miskatonic, en Arkham, e
inmediatamente después pasó tres años en Mongolia, Tíbet, Sinkiang, y otros
tres en América del Sur, América Central y la parte suroeste de Estados Unidos.
Había venido personalmente a dar la respuesta a una proposición que le
hicieron para formar parte del profesorado de la Universidad de Miskatonic,
pero en lugar de eso, se compró la vieja finca de los Wharton y se dedicó a
repararla: tiró todas las alas con excepción de una, y dio a la estructura central
una forma todavía más extraña que la que había adquirido a lo largo de las
veinte décadas de su existencia. Pero ni siquiera yo tuve plena conciencia del
alcance de estas reformas hasta que tomé posesión de la casa.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Wilbur sólo había dejado sin alterar
uno de los laterales de la casa, había reconstruido por completo la fachada y la
parte posterior, y había acondicionado una habitación en el desván del ala sur
de la planta baja. La casa había sido en principio de una planta, con un enorme
desván, que sirvió en su época para llenarse de todo tipo de bártulos de la vida
rural de Nueva Inglaterra. En parte había sido construida con troncos; y ese tipo
de construcción lo había dejado Wilbur tal cual, lo que demostraba el respeto de
mi primo por la artesanía de nuestros antepasados de estas tierras: la familia
Akeley llevaba en América cerca de doscientos años cuando Wilbur decidió
dejar sus viajes y asentarse en su lugar de origen. El año, si mal no recuerdo, era
1921: no vivió allí más que tres años, de modo que fue en 1924 -el 16 de abrilcuando
me trasladé a la casa para hacerme cargo de ella según disponía el
testamento.
La casa estaba más o menos como la había dejado. No concordaba con el paisaje
de Nueva Inglaterra, ya que a pesar de las huellas del pasado en sus cimientos
de piedra y en los troncos, lo mismo que en la chimenea, había sido tan
renovada que parecía fruto de varias generaciones. La mayor parte de estas
reformas las había hecho Wilbur para su mayor comodidad, pero había un
cambio que me causó extrañeza, y del que Wilbur nunca había dado ninguna
explicación: era la instalación en la zona sur de la buhardilla, de una gran
ventana redonda, con un curioso cristal opaco, del que simplemente había
dicho que era una antigüedad muy valiosa, descubierta y adquirida durante su
estancia en Asia. Se refirió a ella en una ocasión como «el cristal de Leng» y en
otra habló de que «su origen posiblemente se deba a las Híadas». Ninguna de
las dos referencias me aclaraba nada, pero, si he de ser sincero, tampoco estos
caprichos de mi primo me interesaban lo suficiente como para averiguar más.
Pronto deseé, sin embargo, haberlo hecho. En seguida descubrí, una vez
instalado en la casa, que toda la vida de mi primo parecía desenvolverse, no en
las habitaciones centrales del piso de abajo, como sería de esperar, puesto que
eran las más acondicionadas en cuanto a comodidades, sino en torno al cuarto
abuhardillado. Aquí era donde tenía sus pipas, sus libros favoritos, sus discos, y
los muebles más cómodos. Era también aquí donde trabajaba, donde estudiaba
los manuscritos relacionados con su profesión y donde le sorprendió -mientras
consultaba unos volúmenes de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic- la
enfermedad coronaria que acabó con su vida.
O adaptaba mi forma de vida a sus cosas, o adaptaba sus cosas a mi forma de
vida. Decidí esto último. Como primera medida, tenía que restablecer la
disposición adecuada de la casa y vivir de nuevo en las estancias de la planta
baja, ya que, a decir verdad, sentí desde el principio que la buhardilla me
repelía. En parte, cierto, porque me recordaba la presencia de mi primo muerto,
quien nunca mas ocuparía su lugar favorito de la casa, pero también porque la
habitación me resultaba totalmente extraña y fría. Me sentía rechazado como
por una fuerza física que no podía comprender, aunque posiblemente aquel
rechazo se correspondía con mi actitud hacia la habitación a la que no
comprendía, como nunca pude comprender a mi primo Wilbur.
Las reformas que deseaba hacer no eran del todo fáciles. Pronto me di cuenta de
que la vieja ‘guarida’ de mi primo imprimía carácter a toda la casa. Hay quien
piensa que las casas asumen algo del carácter de sus dueños; si la vieja casa
había adquirido algo del carácter de los Wharton, que habían vivido en ella
durante tanto tiempo, sin duda mi primo lo había borrado con sus reformas,
pues ahora parecía hablar fielmente de la presencia de Wilbur Akeley. No era
tanto una sensación opresiva como la molesta convicción de no estar solo, de
ser observado minuciosamente por algo que me era desconocido.
Quizá la responsable de estas fantasías era la propia soledad de la casa, pero me
daba la impresión de que la habitación favorita de mi primo era algo vivo, que
esperaba su regreso, como un animal que no se ha dado cuenta de que la
muerte ha hecho acto de presencia y el dueño a quien espera no volverá jamás.
Quizá debido a esta obsesión presté a aquel cuarto más atención que la que de
hecho merecía. Había retirado de allí algunas cosas, como, por ejemplo, una
cómoda silla; pero algo me impulsó a devolverla a su lugar, como una
obligación emanada de convicciones diversas, y a menudo conflictivas: que esta
silla, por ejemplo, pudiera estar hecha para alguien con diferente constitución a
la mía, y por ello resultaba incómoda a mi persona, o que la luz no fuera tan
buena abajo como arriba, por lo que también devolví a la buhardilla los libros
que había retirado de sus estantes.
Sin lugar a dudas, las características de la habitación eran totalmente diferentes
a las del resto de la casa. La casa de mi primo era en general bastante vulgar, si
se exceptúa esa habitación. La planta baja estaba llena de comodidades, pero
parecía haber sido poco utilizada, con excepción de la cocina. La habitación, en
cambio, estaba bien amueblada, pero de un modo diferente, difícil de explicar.
Era como si la habitación, sin duda un estudio construido por un hombre para
su propio uso, hubiese sido utilizada por innumerables personas, cada una de
las cuales hubiese dejado algo de sí misma dentro de esas paredes, pero sin
ninguna huella identificadora. Sin embargo, yo sabía que mi primo había
llevado una vida de ermitaño, con la excepción de sus salidas a la Universidad
de Miskatonic de Arkham y a la Biblioteca Widener de Boston. No había
viajado, ni recibía visitas. En las pocas ocasiones en que paré en su casa -por
razones de trabajo muchas veces me encontraba en los alrededores-, aunque
siempre se portó cortésmente, parecía estar deseando que me marchase. Y eso
que nunca permanecí allí más de quince minutos.
A decir verdad, el ambiente que flotaba en la buhardilla me hizo olvidar el
deseo de cambiarla. El piso de abajo era suficiente para mí; me proporcionaba
un hogar agradable, y no me fue difícil prescindir de la buhardilla y de las
reformas que pensaba hacer allí, hasta casi olvidarme de ello y considerarlo sin
importancia. Además, con frecuencia pasaba fuera varios días y varias noches, y
no tenía prisa alguna por reformar la casa. El testamento de mi primo había
sido refrendado oficialmente, y la casa registrada a mi nombre, de modo que
nada amenazaba mi propiedad.
Iodo habría ido bien, puesto que ya me había olvidado de los incumplidos
planes para la buhardilla, de no haber sido por los pequeños incidentes que
empezaron a turbarme. Al principio, sin ninguna consecuencia; eran cosas sin
importancia que casi pasaron inadvertidas. Creo recordar que la primera de
ellas sucedió al mes escaso de estar allí, y fue tan insignificante que, hasta
pasadas varias semanas, no se me ocurrió relacionarla con acontecimientos
posteriores. Escuché el ruido una noche, mientras leía cerca de la chimenea en
la planta baja, y no era probablemente nada más que un gato o algún animal
similar arañando la puerta para que le dejase entrar. Pero se oía con tanta
claridad que me levanté a mirar en la puerta principal y en la puerta posterior,
sin encontrar rastro de ningún gato. El animal había desaparecido en la noche.
Le llamé varias veces, pero no obtuve respuesta ni escuché el menor ruido. No
me había dado tiempo a sentarme, cuando empezó de nuevo a arañar la puerta.
Lo intenté por lo menos media docena de veces, pero no logré ver al gato, hasta
que me molestó tanto aquello que, de haberlo visto, probablemente lo habría
matado.
Por sí solo, este incidente era trivial, y nadie pensaría dos veces en él. ¿Sería un
gato que conocía a mi primo, y que al no conocerme a mí se había asustado?
Pudiera ser. No pensé más en ello. Sin embargo, no había pasado una semana
cuando ocurrió un incidente similar, pero con una acusada diferencia respecto
al primero. Esta vez, en lugar de arañazos de gato, el sonido era algo que se
deslizaba a tientas, y que me provocó un escalofrío, como si una serpiente
gigante o la trompa de un elefante rozase en las ventanas y en las puertas. Tras
el sonido, mi reacción fue idéntica a la vez anterior. Oí, pero no vi nada;
escuchaba y no descubría nada, sólo los sonidos inaprensibles. ¿Un gato? ¿Una
serpiente? ¿O qué?
Aparte del gato y de la serpiente, que no tardaron en volver, sucedieron otros
nuevos incidentes. En ocasiones escuchaba lo que parecía el sonido de las
pezuñas de una bestia, o las pisadas de un gigantesco animal, o los picotazos de
pájaros en las ventanas, o el deslizamiento de un gran cuerpo, o el sonido
aspirante de unos labios. ¿Qué podía deducir de todo esto? Consideré que eran
alucinaciones mías y descarté que existiera una explicación, puesto que los
sonidos aparecían en cualquier momento, a todas horas de la noche y del día.
De haber habido algún animal de cualquier tamaño en la puerta o en la
ventana, tendría que haberlo visto antes de que desapareciese en el bosque de
las colinas que rodeaban la casa (lo que había sido campo se hallaba ahora
cubierto de álamos, abedules y fresnos).
Este ciclo misterioso quizá no bahía sido interrumpido, de no ser porque una
noche abrí la puerta de las escaleras que conducían a la buhardilla de mi primo,
debido al calor que hacía en la planta baja; fue entonces cuando los arañazos del
gato empezaron otra vez, y me di cuenta de que el ruido no venía de las
puertas, sino de la misma ventana de la buhardilla. Subí escaleras arriba, sin
dudarlo, sin pararme a pensar que tendría que tratarse de un gato muy especial
para poder trepar hasta el segundo piso de la casa y llamar para que le dejasen
entrar por la ventana redonda, única abertura al exterior de la habitación. Y
puesto que la ventana no se abría, ni siquiera parcialmente, y como se trataba
de un cristal opaco, no pude ver nada. Pero sí me quedé allí escuchando el
ruido producido por los arañazos de un gato, tan cerca como si viniese del otro
lado del cristal.
Bajé corriendo, cogí una potente linterna y salí a la calurosa noche de verano
para iluminar la pared en que estaba la ventana. Pero ya había cesado todo
ruido, y ya no había nada que ver excepto la pared de la casa y la ventana, tan
negra por fuera como blanca y opaca por dentro. Pude haber seguido
desconcertado durante el resto de mi vida y muchas veces pienso que
indudablemente eso habría sido lo mejor, pero no fue así.
Por esta época recibí de una vieja tía un gato, llamado «Little Sam», que se
había llevado un premio y que había sido mascota mía hacía cosa de dos años,
cuando aún era pequeño. Mi tía había acogido con cierta alarma mis intenciones
de vivir solo, y finalmente me había mandado uno de sus gatos para que me
hiciese compañía. «Little Sam», ahora, desafiaba su nombre: tendría que
haberse llamado «Big Sam». Había engordado mucho desde la última vez que
lo vi, y se había convertido en un felino fiero y negro, todo un ejemplar de su
especie. «Little Sam» me demostraba con arrumacos su afecto, pero mostraba
una gran desconfianza hacia la casa. A veces dormía cómodamente a los pies de
la chimenea; en otros momentos parecía un gato poseído: aullaba para que le
dejara salir afuera. Y cuando sonaban aquellos extraños sonidos que parecían
de animales que pretendían entrar en la casa, «Little Sam» se volvía loco de
miedo y de furia, y tenía que dejarle salir de inmediato para que pudiera
refugiarse en una vieja dependencia que no había sido afectada por las reformas
de mi primo. Allí dentro se pasaba la noche -allí o en el bosque- y no volvía
hasta el amanecer, cuando le entraba hambre. A lo que se negaba siempre
rotundamente era a entrar en la buhardilla.
II
Fue el gato, en realidad, el que me impulsó a profundizar en los trabajos de mi
primo. Las reacciones de «Little Sam» eran tan anómalas que no me quedó otro
remedio que rebuscar entre los revueltos papeles que había dejado mi primo, a
ver si encontraba alguna explicación al fenómeno ya habitual de la casa. Casi en
seguida me tropecé con una carta sin terminar, en el cajón del escritorio de una
habitación de la planta baja; estaba dirigida a mí, y parecía evidente que Wilbur
era consciente de su enfermedad, puesto que la carta parecía contener
instrucciones en caso de muerte. Pero lo más probable también era que Wilbur
ignorase la inminencia de su muerte, pues la carta había sido empezada tan sólo
un mes antes de que le sobreviniese aquélla y aguardaba a medio acabar en un
cajón, como si mi primo hubiera pensado que le quedaba tiempo de sobra para
terminarla.
«Querido Fred -había escrito-, los mejores médicos me dicen que me queda
poco tiempo de vida, y como ya he dicho en mi testamento que serás mi
heredero, quiero añadir a ese documento unas cuantas disposiciones últimas
que te ruego recuerdes y lleves a cabo fielmente. Hay en especial tres cosas que
debes hacer sin falta, y del modo que te indico:
l. Todos los papeles que están en los cajones A, B y C de mi
armario deben ser destruidos.
2. Todos los libros de los estantes H, I, J y K han de ser devueltos a
la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic de Arkham.
3. La ventana redonda que está en el cuarto abuhardillado de
arriba tiene que ser rota. No se trata de quitarla simplemente,
debe ser hecha añicos.
Has de aceptar mi decisión sobre estos tres puntos y si no lo haces puedes ser
responsable de enviar un terrible azote sobre el mundo. No quiero hablar más
de esto. Hay otras cosas de las que quiero hablar mientras puedo hacerlo. Una
de éstas es la cuestión... »
Aquí se interrumpió y dejó su carta.
¿Qué hacer con tan extrañas instrucciones? Comprendía que esos libros se
devolviesen a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic. Yo no tenía ningún
interés especial en ellos. Pero ¿por qué destruir los papeles? ¿Por qué no
llevarlos también allí? Y respecto al cristal... Destruirlo era sin duda una
tontería; tendría que comprar una ventana nueva, y esto representaría un gasto
superfluo. Esta parte de la carta produjo el desgraciado efecto de despertar más
y más mi curiosidad, y me propuse mirar entre sus cosas con mayor atención.
Esa misma noche fui a la habitación abuhardillada del piso de arriba y empecé
con los libros de las estanterías indicadas. El interés de mi primo por los temas
de arqueología y antropología se reflejaba claramente en la selección de sus
libros: textos referentes a las civilizaciones polinesias, mongólicas y de varias
tribus primitivas, y obras acerca de las migraciones de pueblos, el culto y los
mitos de las religiones primitivas. Estos, sin embargo, sólo podían considerarse
los primeros de los libros destinados a ser entregados a la Biblioteca de la
Universidad de Miskatonic. Muchos de ellos parecían ser muy viejos, tan viejos
que ni siquiera se indicaba fecha alguna, y a juzgar por su apariencia y su letra
deduje que provenían de la Edad Media. Los más recientes -ninguno era
posterior a 1850- habían sido recibidos de diversos lugares: algunos habían
pertenecido al padre de mi primo, Henry Akeley, de Vermont, que se los había
dejado a Wilbur ; otros llevaban el sello de la Biblioteca Nacional de París, lo
que inducía a sospechar que Wilbur se los había llevado de allí.
Estos libros en varios idiomas llevaban títulos como: los Manuscritos Pnakóticos,
el Texto de R’lyeh, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, el Libro de Eibon, los
Cánticos de Dhol, los Siete Libros Crípticos de Hsan, De Vermis Mysteriis de Ludvig
Prinn, los Fragmentos de Celaeno, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, el Libro
de Dzyan, una copia fotostática del Necronomicon, de un árabe llamado Abdul
Alhazred, y muchos otros, algunos aparentemente en forma de manuscritos.
Confieso que estos libros me sorprendieron, puesto que estaban llenos -aquellos
que leí- de ciencias ocultas, de mitos y de leyendas relativos a las creencias
antiguas y primitivas de las religiones de nuestra raza... Y si no había leído mal,
también de razas desconocidas. Por supuesto, no podía enjuiciar debidamente
los textos en latín, francés y alemán; ya era bastante difícil descifrar el inglés
antiguo de algunos de sus manuscritos y libros. De cualquier forma, pronto se
acabó la paciencia: los libros mantenían unos postulados tan extraños que sólo
un antropólogo con gran vocación podía coleccionar tal cantidad de literatura
de ese tipo.
Aquellas obras no carecían de interés, pero todas trataban más o menos del
mismo tema. Era el viejo credo del poder de la luz contra el poder de las
tinieblas, o por lo menos así lo interpreté yo. No importaba que se denominasen
Dios y Demonio, o los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, el Bien y el Mal o
nombres como los Nodens, el Señor de los Abismos, el único nombrado, el Dios
Arquetípico, o éstos de los Primigenios: el dios idiota, Azathoth, amorfa plaga
de la confusión de los mundos abismales que blasfema y parlotea en el centro
del infinito; Yog-Sothoth, el todo en uno, el uno en todo, no sujeto ni a las leyes
del tiempo ni del espacio, coexistente con el tiempo y co-aniquilante con el
espacio; Nyarlathotep, el mensajero de los Primordiales: el Gran Cthulhu que,
mantenido en un estado letárgico mágico, espera surgir otra vez de la cósmica
R’lyeh, sumergida en las profundidades del océano; Hastur, señor del espacio
interestelar; Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques y sus mil crías. Y
así como las razas de los hombres que adoraban varios dioses conocidos
llevaban nombres de sectas, así también ocurría con los adeptos de los
Primordiales, que incluían a los Abominables Hombres de las Nieves del
Himalaya y de otras regiones montañosas de Asia; los Profundos, que
merodeaban en las profundidades del océano, bajo las órdenes de Dagon, para
servir al Gran Cthulhu; los Shantaks; el Pueblo Tcho-Tcho; y otros muchos.
Según constaba, algunos de ellos habían surgido de aquellos lugares a los
cuales los Primordiales fueron desterrados -como Lucifer, que fue desterrado
del Paraíso- después de su rebelión contra los Dioses Arquetípicos; eran lugares
tales como las distantes estrellas de las Híadas, Kadath la Desconocida, la
Meseta de Leng, o incluso la ciudad hundida de R’lyeh.
A través de esos textos, dos elementos preocupantes sugerían que mi primo se
había tomado todo esto de las mitologías más en serio de lo que yo pensaba.
Las repetidas referencias a las Híadas, por ejemplo, me recordaban que Wilbur
me había hablado del cristal de la ventana y de que «su origen posiblemente se
deba a las Híadas». Y más específicamente como «el cristal de Leng». Es cierto
que estas referencias podían ser meras coincidencias, y me tranquilicé por un
momento diciéndome a mí mismo que «Leng» podía ser algún comerciante
chino en antigüedades, y la palabra «Híadas» podía provenir de una errónea
interpretación. Pero esto era un mero pretexto por mi parte, pues todo indicaba
que para Wilbur estas mitologías desconocidas habían significado algo más que
un entretenimiento temporal. De no haber sido suficiente su colección de libros,
sus anotaciones no habrían dejado lugar a dudas.
Las anotaciones contenían algo más que misteriosas referencias. Había dibujos
toscos pero significativos que me causaron una extraña y desagradable
impresión: alucinantes escenas y criaturas extrañas, seres que no hubiese
podido imaginar en mis peores sueños. En su mayor parte estas criaturas eran
imposibles de describir; eran aladas, semejantes a murciélagos del tamaño de
un hombre; vastos y amorfos cuerpos, llenos de tentáculos, que parecían a
primera vista pulpos, pero definitivamente más inteligentes que un pulpo; seres
con garras, mitad hombres, mitad pájaros; cosas horribles, con cara de batracio,
que caminaban erectas, con brazos escamosos y de un color verde claro, como el
agua del mar. Había seres humanos más reconocibles, aunque distorsionados;
hombres con rasgos orientales, atrofiados y enanos, que vivían en lugares fríos
a juzgar por sus ropas, y había una raza nacida de repetidos cruces, con ciertos
caracteres de batracios, aunque indiscutiblemente humanos. Nunca pensé que
mi primo tuviese tanta imaginación; sabía que tío Henry admitía como ciertas
las que no eran sino fantasías de su mente, pero nunca, que yo supiese, había
demostrado Wilbur esta misma tendencia; veía ahora que había escamoteado lo
esencial de su verdadera naturaleza, y este hallazgo me dejaba atónito.
Ciertamente, ningún ser vivo podía haber servido de modelo para estos dibujos,
y no había tales ilustraciones en los manuscritos y libros que había dejado.
Movido por la curiosidad, busqué más a fondo en sus anotaciones. Finalmente,
separé aquellas de sus referencias crípticas que parecían, aunque muy
remotamente, encerrar lo que buscaba, y las ordené cronológicamente, cosa
fácil, pues estaban fechadas.
«15 de octubre,’21. Paisaje más claro. ¿Leng? Parece el suroeste de América.
Cuevas llenas de bandadas de murciélagos -como una densa nube- que
empiezan a salir justo antes del ocaso, y tapan el sol. Arbustos y árboles
torcidos. Un lugar venteado. A lo lejos, hacia la derecha, montañas con nieve en
las cimas, a la orilla de la región desértica.»
«21 de octubre,’21. Cuatro Shantaks en medio del paisaje. Estatura media mayor
que la de un hombre. Peludos. Cuerpo similar al de los murciélagos, con alas
que se extienden tres pies sobre la cabeza. Cara picuda, como de buitres. Por lo
demás se parecen a un murciélago. Cruzaron el escenario en vuelo. Se pararon a
descansar en un risco a mitad de camino. No enterados. ¿Iba alguien montado
encima de uno de ellos? No puedo estar seguro.»
«7 de noviembre,’21. Noche. Océano. Una isla parecida a un arrecife, en primer
plano. Profundos junto con humanos de origen parcialmente similar. blancos
híbridos. Los Profundos, escamosos, caminan con movimiento semejante al de
las ranas, un andar intermedio entre el salto y el paso, algo encogidos, también
como casi todos los batracios. Otros parecían estar nadando hacia el arrecife.
¿Innsmouth? No se veía la costa, ni luces de un pueblo. Tampoco barcos. Salen
del fondo, al lado del arrecife. ¿El Arrecife del Diablo? Incluso los híbridos no
pueden nadar muy lejos sin pararse a descansar. Posiblemente la costa no se
veía.»
«17 de noviembre,’21. Paisaje totalmente desconocido. No de la tierra, por lo
que vi. Cielos negros, algunas estrellas, peñascos de pórfido o sustancia similar.
En primer plano un profundo lago. ¿Hali? A los cinco minutos el agua empezó
a burbujear en el lugar de donde algo acababa de surgir. Mirando hacia
adentro. Un ser acuático gigantesco, con tentáculos. Pulpo, pero mucho más
grande, diez, veinte veces más grande que el gigante Octopus apollyon de la
costa oeste. El cuello medía fácilmente unas quince varas de diámetro. No podía
arriesgarme a ver su cara y destruí la estrella.»
«4 de enero,’22. Un intervalo de nada. ¿El espacio? Acercamiento planetario,
como si estuviese mirando a través de los ojos de algún ser acercándose a un
objeto en el espacio. Cielo negro, pocas estrellas, pero la superficie del planeta
cada vez más cercana. Al aproximarme vi parajes arrasados. Sin vegetación,
como en la estrella negra. Un círculo de fieles alrededor de una torre de piedra.
Sus gritos: ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!
«16 de enero,’22. Región bajo el mar. ¿Atlantis? Lo dudo. Un edificio grande y
cavernoso semejante a un templo, destruido por cargas de profundidad. Piedras
monumentales, similares a las de las pirámides. Escalones que descendían al
negro fondo, Profundos al fondo de la escena. Movimiento en la oscuridad de
las escaleras. Un enorme tentáculo empezó a subir. A gran distancia de éste, dos
ojos líquidos, separado el uno del otro por muchas varas. ¿R’lyeh? Temeroso del
acercamiento de la cosa de abajo. destruí la estrella.»
«24 de febrero,’22. Paisaje familiar. ¿La región de Wilbraham? Casas de campo
destrozadas, familia encerrada en sí misma. En primer plano, un viejo
escuchando. Hora: la noche. Chotacabras llamando muy alto. Una mujer se
acerca con una réplica de la estrella de piedra. El viejo huye. Curioso. Debo
buscar referencias.
«21 de marzo,’22. Experiencia enervante la de hoy. Debo tener más cuidado.
Construí la estrella y pronuncié las palabras: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh
wgah’nagl fhtagn. Se abrió inmediatamente con un enorme shantak en primer
plano. Shantak enterado y en seguida se movió hacia adelante. Llegué incluso a
oír sus garras. Pude romper la estrella a tiempo.
«7 de abril,’22. Ahora sé que lo atravesarán si no tengo cuidado. Hoy el paisaje
tibetano, y los Abominables Hombres de las Nieves. Otro intento. ¿Pero y sus
amos? Si los sirvientes intentan trascender el tiempo y el espacio ¿qué será del
Gran Cthulhu, Hastur, Shub-Niggurath? Pretendo abstenerme por algún
tiempo. Profundo shock.»
No volvió a abordar su extraño intento hasta primeros del otro año. O por lo
menos eso indicaban sus notas. Una abstinencia en su obsesiva preocupación,
seguida una vez más por un período de breve indulgencia. Su primera
anotación era casi de un año después.
«7 de febrero,’23. No hay duda, están enterados ya de la existencia de la puerta.
Muy arriesgado mirar dentro. Excepto cuando el paisaje está despejado. Y como
uno nunca sabe sobre qué escena se posará la vista, el riesgo es aún más grave.
Sin embargo, me resisto a cerrar la entrada. Construí la estrella, como de
costumbre, dije las palabras, y esperé. Durante un rato sólo vi el paisaje familiar
del suroeste americano al anochecer: murciélagos, búhos, ratas y gatos salvajes.
Entonces salió de una cueva un Habitante de la Arena, de piel áspera, ojos
grandes, orejas grandes; su rostro guardaba un horrible y distorsionado
parecido con el oso koala, y el cuerpo tenía un aspecto consumido. Se arrastró
hacia adelante, con evidente intención. ¿Es posible que la puerta abierta les
permita ver este lado del mismo modo que me deja ver a mí el suyo? Cuando vi
que se dirigía directamente a mí, destruí la estrella. Todo desapareció, como de
costumbre. Pero después, la casa se lleno de murciélagos. ¡Veintisiete en total! ¡Y
yo no creo en la mera coincidencia!»
Vino después otro paréntesis, durante el cual mi primo escribió notas crípticas
sin referencia a sus visiones o a la misteriosa «estrella» de la que tanto había
hablado. No me cabía duda de que fue víctima de alucinaciones, producto
probablemente del intenso estudio del material de aquellos libros procedentes
de todos los rincones del mundo. Estos párrafos eran como una especie de
justificación de racionalizar lo que había «visto».
Todas aquellas notas estaban mezcladas con recortes de periódicos, que mi
primo sin duda intentaba relacionar con las mitologías a las que era tan
aficionado: relatos de extraños acontecimientos, objetos desconocidos en el
cielo, desapariciones misteriosas en el espacio, revelaciones curiosas referentes
a cultos desconocidos, y otras noticias por el estilo. Era dolorosamente patente
que Wilbur había llegado a creer con intensidad en ciertas facetas de credos
primitivos: en especial que había supervivientes contemporáneos de los
endemoniados Primordiales y de sus adoradores y adeptos, y era esto, más que
nada, lo que trataba de probar. Era como si hubiese tomado los escritos
impresos en los viejos libros que poseía y, tras aceptarlos como verdades
literales, intentase añadir a la evidencia del pasado el peso de la evidencia de su
época. Cierto, había un elemento de similitud, que resultaba inquietante, entre
aquellos relatos antiguos y muchos de los que mi primo había recortado, pero
sin duda podía explicarse como simple coincidencia. Aun siendo convincentes,
los envié a la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic para la Colección
Akeley, sin copiar ninguno. Pero los recuerdo vívidamente, tanto más por el
desenlace inolvidable que siguió a mis investigaciones, un poco inciertas,
respecto a lo que había obsesionado a mi primo.
III
Nunca habría sabido de la «estrella» de no haberme encontrado
accidentalmente con ella. Mi primo había escrito repetidamente acerca de
«hacer», «romper», «construir» y «destruir» la estrella, como algo necesario
para sus visiones, pero esta referencia carecía de sentido para mí, y
posiblemente continuaría sin sentido de no haber tenido oportunidad de fijarme
en el suelo, a la tenue luz de la buhardilla de la ventana redonda: las marcas en
el suelo formaban una estrella de cinco puntas. Esto no había sido visible
previamente, ya que una gran alfombra cubría el suelo; pero la alfombra se
había desplazado durante el traslado de libros y papeles a la Biblioteca de la
Universidad de Miskatonic, y por pura casualidad quedó el suelo al
descubierto.
Incluso en aquel momento no caí en que aquellas marcas pudiesen representar
una estrella. Hasta que acabé mi trabajo con los libros y papeles y moví del todo
la alfombra, quedando al descubierto el centro de la habitación, no se me
apareció el diseño entero. Vi entonces que era una estrella de cinco puntas,
decorada con dibujos ornamentales, de un tamaño que permitía dibujarla desde
el interior de la buhardilla. Me di cuenta en seguida de que ésta era la razón por
la que había en el cuarto de mi primo una caja de tizas cuya utilidad no había
comprendido antes. Empujé libros, papeles y todo lo demás a un lado. Fui a
buscar una tiza y me puse a dibujar el contorno de la estrella y todas las
ornamentaciones del interior. Se trataba sin duda de un diseño cabalístico, y no
cabía otra opción, para quien lo dibujaba, que sentarse en su interior.
De modo que tras completar el dibujo, de acuerdo con las marcas dejadas por
frecuentes reconstrucciones, me senté dentro. Muy posiblemente esperaba que
algo ocurriese, aunque estaba confundido con las anotaciones de mi primo
referentes a la destrucción del diseño cada vez que se veía amenazado.
Recordaba que en los rituales cabalísticos era la destrucción de esos diseños la
que traía el peligro de invasión física. Sin embargo, no ocurrió nada. Sólo
pasados unos minutos recordé «las palabras». Las había copiado, y me levanté a
buscarlas. Regresé y las pronuncié;
«Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn.»
De repente se produjo un extraordinario fenómeno. Con la mirada fija en la
ventana redonda de la pared sur, pude ver todo lo que pasó. El cristal opaco de
la ventana se volvió transparente y me encontré, sorprendido, contemplando un
paisaje bañado por el sol, aunque era de noche, algunos minutos después de las
nueve de una noche de finales de verano en el Estado de Massachusetts. Pero el
paisaje que apareció en el cristal no podía encontrarse en ningún sitio de Nueva
Inglaterra: una tierra árida de piedras arenosas, de vegetación desértica, de
cavernas y, en el fondo, montañas con nieve en las cimas. Ese mismo paisaje
había sido descrito más de una vez en las notas crípticas de mi primo.
Dirigí mi vista fascinada hacia este paisaje, con la mente confusa. Parecía haber
vida en el paisaje que yo miraba, y aprehendí uno a uno sus aspectos: la
serpiente de cascabel que trepaba sinuosamente y el halcón de ojos rasgados
que comenzaba a elevarse. Esto me permitió observar que no era mucho antes
de la puesta del sol, ya que el reflejo de la luz en el pecho del halcón así lo
indicaba. Todos los caracteres prosaicos -el monstruo del Gila, el correcaminosdel
suroeste americano componían lo que estaba presenciando. ¿Dónde se
desarrollaba, entonces, la escena? ¿En Arizona? ¿En Nuevo Méjico?
Pero continuaron produciéndose acontecimientos, sin ningún punto de
referencia, en la desconocida tierra. La serpiente y el monstruo del Gila
desaparecieron, el halcón cayó como un plomo y volvió a subir con una
serpiente entre sus garras, el correcaminos se unió a otro. La luz del sol se iba, y
la escena toda se convertía en un paisaje de gran belleza. Entonces, de la boca
de una de las mayores cavernas emergieron los murciélagos, Venían volando
desde la oscura cueva miles de murciélagos, en bandada, y me parecía oírles.
No sé cuánto tiempo les llevó volar y volar hacia el crepúsculo. Acababan de
desaparecer cuando surgió algo, una especie de ser humano, de ser humano de
piel áspera, como si la arena del desierto se le hubiese incrustado en la
superficie de su cuerpo, con los ojos y orejas anormalmente grandes. Tenía un
aspecto escuálido, con las costillas marcadas a través de la piel, pero lo más
repelente era su rostro, parecido al del osito australiano llamado koala. Y al
verlo recordé que mi primo había llamado a esta gente -pues aparecieron otros
detrás del primero, algunos de ellos hembras- los Habitantes de la Arena.
Procedían de la caverna. Guiñaban sus grandes ojos. Pronto aparecieron en
mayor número, y se repartieron por todas partes detrás de los arbustos.
Entonces, parsimoniosamente, un monstruo increíble hizo su aparición:
primero un tentáculo, o algo así, luego otro, y ahora media docena de ellos que
exploraban cautelosamente el exterior de la cueva. Y luego, desde la oscuridad
del pozo de la caverna, emergió a medias una terrible cabeza. De pronto, al
impulsarse hacia delante, casi grité de horror. La cara era una desfiguración
monstruosa del mundo conocido: se elevaba de un cuerpo sin cuello que era
una masa de carne gelatinosa -a la vista parecía goma-, y los tentáculos que la
adornaban salían de una parte del cuerpo que podía ser la mandíbula inferior o
un aparente cuello.
Además, aquella cosa tenía una percepción inteligente, pues desde el principio
parecía haberse percatado de mi presencia. Arrastrándose desde la caverna, fijó
sus ojos en mí, y empezó a moverse con increíble rapidez en dirección a la
ventana sobre el cada vez más oscurecido paisaje. Supongo que no me estaba
dando cuenta del verdadero peligro que corría, puesto que observaba absorto, y
sólo cuando la cosa empezó a cubrir todo el paisaje, cuando uno de sus
tentáculos alcanzaba la ventana -¡y la atravesaba!-, sólo entonces experimenté la
parálisis del miedo.
¡La atravesaba! ¿Era ésta, entonces, la alucinación culminante?
Recuerdo haber roto la gelidez del miedo durante el tiempo suficiente para
quitarme un zapato y lanzarlo con todas mis fuerzas hacia el cristal de la
ventana. Al mismo tiempo, recordaba las frecuentes citas de mi primo relativas
a la destrucción de la estrella. Me incliné hacia adelante y borré parte del
diseño. Y mientras oía el ruido de los vidrios al romperse, me sumergí en una
bendita oscuridad.
Sabía ahora lo que sabía mi primo.
Si no hubiera esperado tanto, podía haberme evitado el conocimiento de todo
aquello, podía haber seguido pensando en ilusiones o alucinaciones. Pero ahora
sé que la ventana redonda era una potente puerta hacia otras dimensiones, a un
espacio y un tiempo desconocidos, una entrada a algún paisaje que Wilbur
Akeley deseaba encontrar, la llave de esos lugares secretos de la tierra y del
espacio, de las estrellas en que los súbditos de los Primordiales -¡y los propios
Primigenios!- se esconden para siempre, esperando resurgir otra vez. El cristal
de Leng -que quizá provenía de las Híadas, pues nunca supe de dónde lo había
sacado mi primo- podía girar dentro de su marco; no estaba sujeto a las leyes
físicas excepto en el hecho de que su dirección variaba al compás del
movimiento de la tierra sobre su eje. Y de no haberlo roto, habría dejado caer
sobre la tierra el azote de esas otras dimensiones, a causa de mi ignorancia y mi
curiosidad.
Y ahora sé que los modelos de los dibujos hechos por mi primo, entre sus
anotaciones, por muy toscos que fueran, representaban a seres que existían y no
eran producto de su imaginación. La culminante prueba final lo demuestra. Los
murciélagos que encontré en la casa cuando recuperé el conocimiento pudieron
haber entrado por la ventana rota. Que el cristal opaco se hubiese vuelto
translúcido podía explicarse como una ilusión óptica. Pero yo sabía algo más.
Sé, sin lugar a dudas, que lo que vi allí no era producto de una fantasía, porque
nada podría destruir esa prueba terrible que encontré cerca de los cristales rotos
en el suelo de la buhardilla: un trozo de tentáculo, de diez pies de largo, que se había
quedado atrapado entre las dimensiones cuando la puerta se cerró contra el monstruoso
cuerpo al que pertenecía. ¡El tentáculo que ningún científico hubiese podido identificar
como perteneciente a criatura conocida alguna, viva o muerta, en la superficie o en las
profundidades subterráneas de la tierra!

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