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domingo, 5 de octubre de 2008

SCIFI -- POUL ANDERSON -- BRUMA ESTELAR

SCIFI -- POUL ANDERSON -- BRUMA ESTELAR




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Bruma estelar

Poul Anderson


«Desde otro universo, a doscientos años luz, donde el espacio semeja una nube brillante, enturbiado por las rojas estrellas que se cuentan por millares, donde los soles más resplandecientes, perturbados, lanzan grandes llamaradas. Vuestros espacios son oscuros y solitarios.»
Daven Laure interrumpió la grabación y solicitó una traducción oficial. Una parte de la computadora de la Jaccavrie rastreó las moléculas de un cilindro de memoria empotrado, identificó el párrafo y proyectó el texto en serievano sobre una pantalla de lectura, mientras otra continuaba las múltiples tareas del acercamiento planetario. Otras secciones aguardaban las órdenes del hombre, quisiera lo que quisiese después de aquello. Los batidores de la Comunalidad viajaban en naves muy especiales.
Aun así, todos los años desaparecían algunas, que jamás regresaban de sus misiones.
Laure asintió para sus adentros. Sí, había comprendido bien la voz femenina. O al menos había interpretado sus oraciones casi de la misma forma que el especialista en semántica que entrevistó a la mujer y a sus compañeros. Aquel párrafo específico era tan difícil y ambiguo como cualquiera de sus declaraciones. En consecuencia: a) la computadora lingüística de Serieve descifró sin duda su lenguaje básico; b) después, codificó acertadamente sus descubrimientos—vocabulario, gramática, reconstrucción experimental de la visión subyacente del mundo— en los cilindros que un correo diplomático que transportó a los cuarteles generales del Sector; c) la recodificación en sus propias neuronas —a la que Laure se sometió durante el viaje— dio resultado. Poseía ya un conocimiento funcional de la lengua que —Centre cuántas otras?— se hablaba en Kirkasant. —Esté donde esté —murmuró.
La nave sopesó sus palabras durante uno o dos nanosegundos, decidió que no necesitaban respuesta y permaneció en silencio.
Inquieto, Laure se puso de pie, salió de la cabina de estudio y bajó por un pasillo hasta el puente de mando, así llamado sobre todo por razones de cortesía con el humano. La Jaccavrie navegaba, pilotaba, aterrizaba, se elevaba, se mantenía y, en caso de necesidad, se reparaba y luchaba por su cuenta. Ahora bien, los proyectores del puente ofrecían un amplio panorama exterior. En ese momento, los mamparos aparecían bien cerrados y vacíos. Laure ordenó la activación del simulacro.
El puente desapareció de la vista. De no ser por el campo de gravedad bajo sus pies, habría imaginado que flotaba en el espacio. Le rodeó una noche de cristal, estrellas no titilantes dispersas como joyas, y el frío resplandor de la Vía Láctea. Grande y cercano, ardía el amarillo sol de Serieve, con fulgor disminuido para no herir su retina. El planeta formaba un creciente, azul con rayas blancas, bordeado por un cielo violeta. Enfrente, se alzaba su luna, como una moneda dorada.
La mirada de Laure fue más allá, hacia las profundidades. Luego, como si buscara consuelo, dirigió la vista al otro lado, allá donde se situaba la vieja Tierra. Sin embargo, no encontró consuelo. Aún la llamaban «El Hogar», pero estaba en el brazo espiral que se extendía detrás del suyo, y Laure nunca la había visto. No conocía a nadie que la hubiese visitado. Tampoco ninguno de sus antepasados, desde hacía más tiempo del que registraban las crónicas familiares. El Hogar significaba un mito a medias recordado. La realidad consistía en estas estrellas, aquí, en las márgenes de esta civilización.
Serieve lindaba ya con lo desconocido. Kirkasant le esperaba en algún sitio, más allá.
—Pero dentro del espacio-tiempo —dijo Laure.
—Si empiezas a pensar en voz alta, se supone que te gustaría discutirlo —respondió la Jaccavrie,
Laure había seguido la costumbre de pedirle a la nave que adoptara una voz femenina y, en los-casos convenientes, un lenguaje coloquial. La computadora captó con rapidez la pauta que a él le convenía, aunque no coincidía por completo con lo que hubiera deseado, aunque tal vez acabase por resultarle perturbadora en un crucero prolongado. Daven se dio cuenta de que, en su interior, se sentía más atraído por la voz de contralto ronca y de enérgico ritmo, que había brotado de la grabadora que por la de mezzosoprano que ahora llegaba a sus oídos.
—Quizá... Sin embargo, ya sabes todo lo referente al material que llevamos a bordo.
—Necesitas ordenar tus pensamientos. Has pasado la mayor parte de nuestro tiempo de tránsito aprendiendo el idioma.
—Entonces vayamos al grano.
Laure dio una vuelta por la invisible cubierta. Sintió su dureza, su vibración, a través de las sandalias, percibió el latido casi subliminal de las energías impulsoras, recibió una vaharada de aire cuando los ventiladores pasaron a otro punto de su ciclo olor-temperatura-ionización. Las estrellas seguían brillando, y su silencio parecía penetrarle en los huesos. Brusca, duramente, exclamó:
—¡Apaga ese panorama!
La nave obedeció.
—¿Quieres una escena planetaria? —propuso a continuación—. Aún no viste las cintas con los castillos encantados que compraste en Jair...
—Ahora no.
Laure se dejó caer en un asiento de red y contempló el prosaico metal, los instrumentos, los controles manuales que le rodeaban.
—Lo prefiero así.
—¿Te sientes mal? ¿Por qué no te metes en el diagnosticador y dejas que te examine? Disponemos de tiempo antes de la llegada.
La voz tenía un tono de ansiedad. Laure no creía que la emoción fuese fingida. Aunque se abstenía de antropomorfizar a su computadora, como hacía con los no humanos a los que conocía, no estaba de acuerdo con la escuela de pensamiento según la cual los términos de la sensibilidad humana carecían en absoluto de significado en semejantes ocasiones. Un cerebro alienígena —o un cerebro cibernético, como el de la Jaccavrie— pensaba, poseía una conciencia y una voluntad. Por consiguiente, presentaba analogías con el suyo.
No pocos batidores pertenecían al tipo eremítico, cuerdos, en general, aunque básicamente esquizoides. Para soportar, para resistir, pensaban en sus naves como complejos instrumentos. Daven Laure, joven y extravertido, consideraba la suya como una amiga.
—No, me siento muy bien —dijo—. Un poco nervioso, nada más. Ésta podría ser la cosa más grande con la que yo..., con la que tú y yo nos hayamos encarado hasta el momento. Tal vez una de las más grandes que cualquiera haya emprendido, al menos en esta frontera. Me habría gustado tener conmigo a uno o dos hombres mayores, pero no había ninguno disponible. —Se encogió de hombros—. Nuestro servicio debería incrementar su personal, aunque eso significase aumentar los gastos. Somos muy pocos y estamos muy dispersos en... ¿Cuántas estrellas?
—Según el último informe de mis archivos, diez millones de planetas en los que vive un número significativo de miembros de la Comunalidad. En lo que se refiere a aquellos con los que se mantiene un contacto razonablemente regular...
—¡No me lo digas!
Laure rió y se preguntó si la nave habría planificado las cosas para tranquilizarle. Fuese como fuera, ahora ya podía referirse a ello como un problema y no como un misterio.
—Déjame recapitular —pidió—. Interrúmpeme sólo si ves que tergiverso las cosas. Una nave llega a Serieve, supuestamente desde muy lejos. Nadie ha visto nunca nada semejante, salvo en obras históricas. En Serieve no existen referencias para verificarlo, de modo que se piden algunas al cuartel general. Hiperimpulso, control de gravedad, electrónica, sí, pero todo burdo, arcaico... En resumen, huesos pelados. Fisión en lugar de energía de fusión, por ejemplo... ¡Y con piloto humano! Es decir, la tripulación parece humana. Carecemos de datos sobre su tipo antropométrico, pero no resultan tan extraños como los residentes en algunos planetas después de varias generaciones. Además, la computadora lingüística, tan pronto como los recién llegados tuvieron la vaga noción de que ésta se encontraba allí para descifrar su idioma y se decidieron a cooperar con ella, descubrió que su habla presenta remotas afinidades con algunas conocidas, por ejemplo el antiguo ánglico. Los análisis semánticos preliminares sugieren que la construcción y las abstracciones no son exactas a las nuestras, pero caen dentro del orden psíquico humano. Sumando todo esto, cabe suponer que se trata de exploradores de algún paraje distante.
—Hay que tener en cuenta lo primitivo de la nave —intervino la Jaccavrie—. Nadie esperaría semejante atraso tecnológico en un grupo que ha mantenido algún contacto, por poco frecuente que fuese, con la masa general de las diferentes civilizaciones humanas. Además, ningún vehículo tan lento y subequipado las atravesaría sin necesidad de escala y sin recorrer primero la región fronteriza.
—De acuerdo. En ese caso, siempre que no sea una patraña, e! equipo confirma una parte de su historia. Kirkasant, dicen, es una colonia sumamente vieja, situada... allá lejos —Laure señaló las invisibles estrellas—. Bien adentrada en el sector de Cabeza de Dragón, donde apenas hemos empezado a explorar. Por motivos que ignoramos, en los primeros tiempos de los viajes interestelares, algunos hombres llegaron hasta allí. Se establecieron en el planeta y perdieron la técnica de construir naves espaciales. Sólo en los últimos tiempos la recuperaron.
—Y ahora vienen a buscar la compañía de los de su propia especie.
Laure tuvo la fugaz e irracional impresión de que la Jaccavrie movía afirmativamente la cabeza. Su tono era serio. Se la imaginó como una mujer robusta, serena, de pelo oscuro, de edad mediana y bien parecida, aunque ya un poquito rolliza...
—Lo que dijeron los miembros de la tripulación, al establecer la comunicación corrobora esta idea —continuó la nave—. Subyacente a muchísimos y confusos motivos mitológicos, me dio la sensación de que se trataba de un viaje épico, realizado por un pueblo derrotado que corre a la mayor velocidad posible.
—¡Pero Kirkasant! —protestó Laure—. La situación que describen resulta imposible.
—¿No será que ese Vandange se equivoca? Quiero decir que sabemos tan poco... Los kirkasantes hablan de un entorno extraño, El nuestro parece haberles sorprendido y desconcertado. Se limitaron a viajar a tientas a través del espacio, hasta que dieron con Serieve. ¿Por qué entonces su propia teoría de que pasaron por accidente de un continuum a otro no ha de ser correcta?
—¡Hum! Me imagino que no viste la carta de Vandange. No, no pudiste verla, pues de lo contrario se habría insertado en tu memoria. Vandange afirma que sus asistentes registraron hasta el último tornillo de la nave. No descubrieron nada, ningún mecanismo, ninguna peculiaridad cuyo comportamiento y función no fuesen obvios. Se mostró de veras indignado. Dice que la noción de transferencia en el espacio-tiempo es matemáticamente absurda. No comparto su fe en las matemáticas, pero he de reconocer que habla con sentido común. Una nave capaz de traspasar de un salto la barrera entre un cosmos y otro... En cinco mil años de viajes interestelares, no hay antecedentes de nada semejante.
—A lo mejor las naves que lo consiguieron no regresaron nunca.
—A lo mejor. O tal vez toda la discusión se basa en un malentendido. Nuestra comprensión de la lengua kirkasante no brilla por su perfección. O quizá nos tiendan una trampa, como opina Vandange. Él afirma que no existe la región de donde ellos dicen provenir. En ningún sitio. Tampoco los astrónomos ni los exploradores han señalado nada semejante... un espacio como una bruma fulgurante salpicada por una miríada de estrellas... —¿Y por qué razón nos contarían esos viajeros una falsedad?
La Jaccavrie parecía sinceramente sorprendida.
—Lo ignoro. Nadie lo sabe. Por eso el gobierno serievano decidió recurrir a un batidor.
Laure se levantó de un salto y reanudó sus paseos. Era un joven alto, con el rostro lampiño, el pelo y la tez claros, y los ojos azules ligeramente almendrados característicos de los montañeros de Nueva Vixen. No obstante, puesto que se había educado en Starborough, que se encuentra en Aladir, no lejos de Irontower City, vestía una casaca gris de sencilla elegancia, sobre unas calzas azules. El lado izquierdo de su pecho lucía un cometa plateado, símbolo de su profesión.
—No sé —repitió. Le invadió la conciencia de la inmensidad agazapada más allá del casco—. Tal vez digan la verdad lisa y llana. Pero no podemos correr el riesgo de no comprobarlo.
Cuando algunas veintenas de millones de personas disponen de la totalidad de un mundo habitable para ellas solas, no suelen levantar edificios altos. Eso llega más adelante, junto con la preocupación por la falta de espacio, el control de la fecundidad y el apoyo a la emigración. Las ciudades pioneras tienden a ser bajas y laberínticas, (Así ocurre por lo menos en la civilización donde opera la Comunalidad. Sabemos que otras ramificaciones de la humanidad tienen sus costumbres distintivas y hemos oído rumores sobre algunas más extrañas aún. Pero la galaxia tan vasta es —nuestra raza sólo ha ocupado hasta ahora, sin gran densidad, parte de dos o tres brazos espirales—, tan vasta es que no alcanzamos a seguir siquiera las huellas de nuestra propia cultura, por no hablar de las demás.) No obstante, Pelogard se levantaba en una isla, a la altura de la masa continental de Branzan, por encima del círculo ártico de Serieve, o sea, casi a 56°. Más aún, se trataba de un centro industrial. De ahí que la mayoría de sus edificios fuesen altos y estuviesen pegados unos a otros. Laure, de pie junto a la pared exterior del despacho de Ozer Vandange, observando la pequeña ciudad, preguntó por qué se había escogido aquel emplazamiento.
—¿No lo sabe? —respondió el físico, con una inflexión de exagerada incredulidad en su voz.
—Pues no, lo lamento, no lo sé —confesó Laure—. Piense en cuántos sistemas cubre mi servicio, y cuántos lugares he de visitar dentro de cada sistema. Si tratáramos de recordarlos todos, nunca iríamos a ningún sitio. Nos pasaríamos la vida bajo los neuroinductores.
Vandange, menudo, calvo y presumido detrás de su enorme mesa escritorio, frunció los labios.
—Ya. No obstante, jamás habría pensado que un batidor experimentado acudiría a toda prisa a un planeta sin enterarse al menos de algunos datos básicos acerca del mismo.
Laure se ruborizó. Un batidor experimentado habría puesto en su lugar a aquel engreído cerebro lleno de telarañas. La conciencia de su propia juventud e inexperiencia le forzó a contenerse. Se limitó, pues, a contestar en tono sereno:
—Señor, mi nave cuenta con la información completa. Sólo necesitó rastrearla e informarme de que aquí no se precisaba tomar precauciones. Tienen ustedes un hermoso globo y comprendo que se sientan orgullosos de él. Pero le ruego que comprenda que para mí significa una estación de paso. Debo ocuparme de esa gente de Kirkasant y estoy ansioso por conocerla.
—La conocerá, la conocerá —le aseguró Vandange, un poco ablandado—. No obstante, me pareció aconsejable que antes charláramos un poco. En cuanto a su pregunta, le revelaré que necesitamos una ciudad aquí sobre todo porque las corrientes oceánicas ascendentes enriquecen las aguas árticas en minerales. Las plantas extractoras dan más beneficios de los que obtendríamos hacia el sur.
A pesar de sí mismo, Laure se sintió interesado.
—¿Ya extraen sus minerales del mar? ¿En una etapa tan temprana de su asentamiento?
—Este sol y sus planetas son pobres en metales pesados, como la mayoría de los sistemas locales. No tiene nada de sorprendente, puesto que nos hallamos cerca del límite norte del brazo espiral. Más allá, se extiende ya el nimbo: gases ligeros, escaso polvo estelar, antiguos racimos globulares ampliamente extendidos. El medio interestelar del que se forman las estrellas no fue muy enriquecido por las primeras generaciones.
Laure se tragó su indignación ante la lección que pretendía darle el otro, como a un niño. Tal vez fuese un hábito en Vandange. Volvió a dirigir la mirada a la pared. El despacho ocupaba el último piso del edificio. Laure vio encumbrados bloques de metal, hormigón, vidrio y plástico, eslabonados con vías de tráfico y cables de carga hasta el puerto. Destacaban las plantas extractoras, las fábricas y los muelles espaciales, de los cuales entraban y salían una diversidad de vehículos de carga. Había pocos de pasajeros. Pelogard debía estar totalmente automatizada.
Corrían los últimos días de la primavera. El sol brillaba sobre un océano gris, que el viento ondulaba. Nutridas bandadas de aves marinas subían y bajaban revoloteando. ¿O eran pájaros? De cualquier manera, tenían alas, de un color azul acerado en contraste con el cielo pálido. Quizá chillaran o cantaran al son del viento y del oleaje, pero Laure no las oía desde aquel recinto cerrado.
—Ahí tiene una de las razones por las que me niego a aceptar los embustes que nos contaron —terminó Vandange.
—¿Cómo?
Laure emergió sobresaltado de su ensueño. Vandange apretó un botón. La pared se tornó opaca. —Siéntese. Iremos al grano.
Laure ocupó un cómodo asiento, al otro lado de la mesa.
—¿Por qué he de hablar con usted? —contraatacó—. Quien trabajó con los kirkasantes fue un especialista en semántica, Paeri Ferand, que consultó a los especialistas en antropología, historia y otros temas de su Universidad. Incluso afirmaría que usted, como físico, intervino de una manera muy marginal y, sin embargó, me está haciendo perder el tiempo. ¿Por qué?
—¡Bah! Vea, si gusta, a Ferand y a los demás —replicó Vandange—. Sólo conseguirá de ellos la repetición de lo que dijeron los kirkasantes. Nada más, ya que nada más saben. Un mundo con tan baja densidad de población como el nuestro no mantiene plantillas de expertos capaces de descubrir el significado de cada dato, de cada consistencia, de cada flagrante mentira. Cuando nuestro gobierno notificó este asunto a los cuarteles generales de su Sector, albergó la esperanza de que enviaran un verdadero equipo de batidores, en lugar de... —Se contuvo—. Claro que tienen que atender muchas peticiones y no debieron de comprender la importancia de esto.
—Si se sentía usted tan suspicaz y creía que los extranjeros
necesitaban ser investigados más a fondo —dijo Laure, molesto—, ¿por qué apeló a mi departamento, un pequeño puesto de avanzada recargado de trabajo? ¿Por qué no los envió a un mundo central, Sarnac por ejemplo, donde disponen de instalaciones y personal? —Debido a la urgencia de la cuestión —explicó Vandange—. Yo, y otros que piensan como yo, luchamos denodadamente contra la propuesta. Por último, como un compromiso, el gobierno dejó el problema en manos de los batidores. Y sólo apareció usted. Ahora debo persuadirle para que actúe con extrema prudencia. Comprenda que si esos..., esos seres ocultan una intención hostil, nuestro peor movimiento sería permitirles espiar nuestra civilización, incluso proceder a un sabotaje nuclear en un centro vital, para luego
volver a esfumarse en el espacio. —Su voz se tornaba cada vez más estridente—. Por eso les hemos retenido tanto tiempo en nuestro planeta natal, con diversos pretextos. ¡Nos sentimos responsables del resto de la humanidad!
—¡Pero, señor! —Laure meneó la cabeza. Le asaltó una sensación de irrealidad—. La Liga, las revueltas, el Imperio, su caída, la Larga Noche... Todas esas cosas han quedado atrás. En el espacio y en el tiempo. En la Comunalidad no se dan ya las guerras.
—¿Está seguro?
—¿Lo está usted al ver una amenaza en..., en una anticuada nave, tripulada por una veintena de hombres y mujeres? Esas personas se presentaron aquí abierta y pacíficamente. Según todos los informes, se esforzaron por salvar las barreras idiomáticas y culturales para comunicarse con ustedes en detalle... ¿Por qué le preocupan tanto?
—Por el hecho de que mienten.
Vandange permaneció un rato en silencio, mordiéndose el pulgar. Después, abrió una caja, sacó un cigarro de su interior y lo encendió. No ofreció uno a Laure, sin duda por temor a envenenar a su visitante con la mala hierba local que fumaba. Dispersas durante muchas generaciones por distintos planetas, las poblaciones locales desarrollaban defensas antialérgicas e inmunizadoras. No obstante, Laure sospechó que su interlocutor no invitaba por pura grosería.
—Creí que lo había dejado claro en mi carta —declaró al fin Vandange—. Insisten en que proceden de otro continuum. Un continuum de propiedades imposibles, incluyendo la visibilidad desde el nuestro. Y de manera casual, pero muy oportuna, situado en el extremo opuesto de Cabeza de Dragón, de tal modo que no le vemos. Sí, ya conozco todos los argumentos —se apresuró a añadir—. Por ejemplo, que todo se debe a un malentendido porque no dominamos su idioma. Que en realidad intentan decirnos que vienen de... La racionalización más común se refiere a un denso racimo estelar. Pero eso no vale. Le digo que no vale.
—¿Por qué no? —quiso saber Laure.
—Vamos, vamos... Tiene que haber aprendido algo de astronomía como parte de su educación. Debería saber que hay cosas que no ocurren en la galaxia, simplemente.
—Bueno...
—Nos mostraron lo que, según pretenden, son fotografías tomadas en su universo natal. —Vandange se deleitaba en su propio sarcasmo—. Vio usted las copias, ¿verdad? Dígame en qué punto del universo real existe ese tipo de nebulosidad..., tan densa y tan extendida para que una nave se desoriente, deambule perdida, agotando su película entre otras cosas, para emerger por casualidad en el espacio abierto. Y suponiendo que existiera semejante zona, ¿cómo podría alguien capaz de construir una nave dotada de hlper-impulso ser luego tan estúpido para sobrepasar el alcance de sus faros estelares?
—Bueno, yo pensaba en un racimo muy apretado, parecido a los apiñamientos recientes, del tipo de las Pléyades.
—Lo mismo pensaron muchos serie vanos —gruñó Vandange—. Use la cabeza, por favor. Ni siquiera los racimos pleyádicos contienen tanto gas y polvo. Además, la descripción verbal de los kirkasantes da la impresión de un racimo globular..., en el caso de que dé alguna impresión. Cierto que por allí se apiñan los antiguos soles rojos. Sólo que ellos hablan de otros, mucho más jóvenes. También mencionaron metales mucho más pesados en su suelo, como los incluidos en la estructura de su nave. Emplean una proporción escasísima de aleaciones a base de aluminio y berilio. Por otro lado, los conductores eléctricos son de oro y plata, el grupo electrógeno no va protegido con plomo, sino con osmio recubierto de materia inerte, y la nave quema plutonio, extraído de sus minas, según los kirkasantes. Se asombraron al ver que Serieve está formado por metales ligeros. O dijeron que se asombraban, vaya usted a saber la verdad. En cambio, si sé que en toda esta zona dominan los elementos ligeros, con espacios interestelares relativamente libres de polvo y gas y que Cabeza de Dragón constituye la única excepción y sólo se encuentra en tránsito a través de nuestros cielos. Y todo esto se aplica mejor todavía a los racimos globulares, que se formaron en un medio ultratenue, sobre todo antes de que la galaxia lo condensara en su estado actual.., cosa que no sucede en el cuerpo principal de la galaxia, sino en el nimbo circundante.
Vandange se interrumpió para respirar.
—Bien. —Laure se movió incómodo en su asiento, lamentando que la Jaccavrie se encontrara a diez mil kilómetros de distancia, en el único puerto espacial—. No deja de tener razón. Hay ciertas contradicciones. Recordaré todo cuanto me ha dicho cuando me entreviste con los extranjeros.
—Confío en que se ocupará de ellos.
—Desde luego, he de confesar que hay algo extraño en todo esto.
En su aspecto exterior, los kirkasantes no presentaban ninguna característica insólita. No se parecían a ninguna de las razas humanas desarrolladas localmente, pero diferían menos de la norma que algunas otras. Los quince hombres y las cinco mujeres eran altos, robustos, de pecho y hombros anchos y delgada cintura, con la piel de un oscuro color rojo cobrizo, el pelo negro azulado y ondulado. Los hombres llevaban barba y bigotes muy bien recortados. Tenían el cráneo dolicocéfalo, el rostro demasiado ancho, la nariz recta y delgada, los labios llenos. En general, causaban un efecto agradable. Su rasgo más llamativo consistía en los ojos grandes, de luminosos matices verdes, grises o amarillos, con largas pestañas.
Dado que se habían negado —con una inexorable amabilidad que sabían muy" bien cómo adoptar— a permitir que les sacaran muestras celulares para el análisis cromosómico, Vandange le había insinuado a Laure que se trataba de seres no humanos, con un disfraz quirúrgico. El batidor consideró aquello como la fantasía de un provinciano que nunca había visto a un alienígena vivo. Imposible falsificar tantos detalles y mantener un organismo viable. Salvo, por supuesto, que el azar hubiese reproducido la mayoría de esos detalles en el curso de la evolución...
«Ridículo —pensó Laure—. El azar no puede ser tan eficaz.»
Salió a pie de Pelogard en compañía de Demring Lodden, capitán de la Makt, y la hija de éste, la navegante piloto Graydal. La ciudad pronto quedó atrás. Tomaron por un sendero que serpenteaba colina arriba, entre nudosos árboles bajos que habían comenzado a echar fuertes hojas, del color de la plata dorada. Caía el sol, y el aire estaba lleno de olores salinos. A ninguno de los dos kirkasantes parecía importarle el frío.
—Conocéis muy bien este camino —dijo Laure con torpeza.
—Eso se debe a que nos han retenido en la isla—replicó Demring—, sin nada que hacer, salvo recorrerla cuando nos acomete la reyad.
—¿La reyad? —inquirió Laure.
—La necesidad de... buscar—aclaró Graydal—. De seguir rastros de animales, o descubrir algo nuevo, o estar solos en un lugar agreste. Hasta no hace mucho tiempo, los nuestros fueron cazadores. Lo llevamos en la sangre.
Demring no quería olvidar sus protestas.
—¿Por qué nos han confinado? —refunfuñó—. Cada vez que pedimos una respuesta, tropezamos con una evasiva. El miedo a las enfermedades, la necesidad de que sepamos lo que nos espera... Me siento casi decidido a empuñar mi pistola, abrirme paso hasta nuestra nave y partir en ella.
Erguido, canoso, de semblante muy serio y mirada poco afable, al igual que todos sus hombres, calzaba botas blandas y se cubría con una túnica de piel finamente escamada que le llegaba hasta las rodillas y una capa con capucha. Llevaba un puñal y una pistola de energía en el cinto. En su frente destellaba un diamante, distintivo de su autoridad.
—Maestro —le reconvino Graydal—, ahora no tratamos con un aldeano cazador de brujas. Daven Laure es un caballero con autoridad para tomar decisiones, además de poseer los conocimientos y el valor precisos para actuar de manera correcta. ¿Acaso no ha salido solo con nosotros porque tú dijiste que te ahogabas en la ciudad y te sentías espiado? Hablemos con sinceridad.
La sonrisa, las palabras pronunciadas con la voz ronca que Laure recordaba de las grabaciones, eran amables. No obstante, el batidor tuvo la casi certeza de que en ella había tanto acero como en su padre, incluso más afilado. Casi tal alta como él, caminaba como una tigresa, armada también y adornada con una diadema. A diferencia del corte casi al rape de Laure o de la breve melena a lo paje de Demring, el pelo de Graydal, tras pasar a través de un aro de platino, caía en una larga cascada. Llevaba poco más que el calzado, unos pantaloncitos ribeteados y una blusa de fina tela. Aunque atractiva, su figura no sugirió al batidor una femineidad seductora..., quizá porque no parecía sentir el frío que le sobrecogía a él a pesar de sus vestiduras. Además, se había enterado de que la Makt estaba tripulada por personas de ambos sexos, por la simple razón de que, en algunas tareas, las mujeres resultaban más eficaces que los hombres. Todas las mujeres iban acompañadas de un pariente de más edad perteneciente al sexo masculino. Los kirkasantes se mostraban alegres en general, pero algunos de sus ideales rayaban con la severidad.
De cualquier forma, Graydal poseía unas facciones encantadoramente firmes y sus ojos tenían destellos de ámbar.
—Tal vez el gobierno local actúe con excesiva cautela —explicó Laure—, pero no olvidéis que nos hallamos en un asentamiento fronterizo. A pocos años luz de aquí, en la parte del cielo de donde venís, comienza lo desconocido. En estas zonas, hay una densidad de estrellas comparativamente escasa, pues la distancia media entre ellas asciende a unos cuatro parsecs... Aun así, son demasiado numerosas para hacer algo más que abrirnos camino entre ellas poco a poco. Sobre todo teniendo en cuenta que, dada su naturaleza, los planetas como Serieve han de dedicar ta mayor parte de sus esfuerzos a desarrollarse. En la ignorancia, se ha de preferir la prudencia.
Se felicitó a sí mismo por lo bien compuesto de su discurso conciliador. No había sido tan retórico ni tan largo como cualquiera de los kirkasantes, pero la capacidad pulmonar de éstos estaba adaptada a una atmósfera más tenue que aquélla. Laure sintió una gran decepción cuando Demring exclamó con desdén:
—Nuestros antepasados no fueron tan tímidos.
—Tal vez haya que achacar el mérito a sus perseguidores —rió Graydal.
El capitán pareció ofenderse. Laure se apresuró a preguntar:
—¿No sabéis qué ocurrió?
—No —respondió la muchacha, ahora preocupada—. De verdad que no. Los documentos descubiertos en diversos puntos de Kirkasant hablan de una batalla y de una nave llena de gente que huyó hasta encontrar refugio. Sólo quedan algunos apuntes fragmentarios, muy vagos, salvo el Códice Baorn. Incluso éste incluye poco más que un compendio de información técnica, conservado por los sabios de Skribent. —Volvió a sonreír—. No comprendimos el significado de la mayoría de sus pasajes hasta que nuestros científicos modernos inventaron por su cuenta todo lo que allí se describía.
—¿Conoces tú los historiales que se conservan en Suelo Natal? —preguntó Demring esperanzado.
Laure suspiró y meneó la cabeza.
—No. Quizá no quede ninguno. Sin duda alguna, en su momento partirá de aquí una expedición hacia la Tierra. Pero después de cinco mil años plagados de problemas... Además, cabe en lo posible que vuestros antepasados no partieran de allí. Tal vez pertenecían a una de las primeras colonias.
Aunque de manera confusa, Laure logró reconstruir la historia. Hubo una lucha. Las razones del origen de ésta —personales, familiares, nacionales, ideológicas, económicas o lo que fuera— se habían perdido en el fondo de los milenios transcurridos desde entonces (hecho muy indicativo de la escasa importancia de cualquiera de esas razones). Pero alguien había deseado tan encarnizadamente la destrucción de otro alguien que una nave, o una flota, persiguió a otra durante una cuarta parte de la trayectoria circular de la galaxia.
O tal vez no, en un sentido literal. Demasiadas dificultades. Dada su tosquedad, aquellos primeros vehículos sólo hubieran logrado realizar ese viaje contando con frecuentes estaciones para reaprovisionamiento y recambio de los conversores nucleares.

Ahora bien, hasta el momento, una nave dotada de hiperimpulso sólo se detectaba dentro de un radio aproximado de un año luz, gracias a la «estela» espontánea de los pulsos espaciales. Si permanecía oculta algún tiempo, por lo general se volvía inencontrable en la inmensidad de tan gran volumen. Parecía concebible, pero poco probable, que en el curso de muchos meses la nave cazadora terminase por alcanzar a su presa o, al menos, no perdiese su rastro.
Pero acaso la persecución no se desarrolló a lo largo de toda esa distancia. Tal vez los refugiados consiguieron escapar poco después, pero —cegados por el pánico o por la ira contra el enemigo, o bien acuciados por el deseo de establecer en paz algún tipo de utopía, o por cualquier otro motivo— se habían alejado lo más posible, ocultándose tanto como les permitió la naturaleza.
En cualquier caso, habían ido a parar a una extraña parcela de la creación. Tan extraña que muchos hombres de Serie ve no admitían siquiera su existencia. Para entonces, su nave debía de andar muy necesitada de una reparación a fondo, prácticamente de una reconstrucción. Se establecieron para levantar la imprescindible base industrial. (Piénsese, por ejemplo, cuántas plantas se precisan antes de fabricar el primer transistor.) No contaban con la experiencia acumulada de las últimas generaciones para saber que eso era imposible.
Fracasaron, claro. Entre unos pocos —algunos cientos como máximo, si la nave llevaba un equipo de animación suspendida— no podían preservar una civilización mientras se enfrentaban a un planeta entero no destinado a que lo habitara el hombre. Y no tenían más remedio que contentarse con él. Una vez ingresados en aquel universo, aunque su vehículo estuviese en condiciones de traquetear un poco más, no había manera de moverse con libertad ni de elegir.
Kirkasant representaba la mejor oportunidad entre una serie de malos planetas. Laure pensó que el hombre había sobrevivido allí casi por milagro. Una fuente genética tan pequeña, un ambiente tan hostil... Pero quizá esto último salvó al hombre de los efectos de la condición anterior. La selección natural debió de haber sido dura. En apariencia, el fondo de radiación era elevado, lo que condujo a un ritmo correspondiente de mutación. Las mujeres parían desde la pubertad hasta la menopausia y enterraban a casi todos sus hijos en la infancia. Los hombres luchaban por mantenerlos vivos. La muerte segaba también con frecuencia a los adultos, familias enteras. No obstante, los mejor dotados tendían a sobrevivir. Además, el planeta contaba con un puesto desocupado en la escala ecológica, el reservado a los .seres inteligentes. La evolución galopó. Se multiplicó la población. En uno o dos milenios, el hombre se sintió como en su propia casa. En cinco, llenó Kirkasant a rebosar y salió en busca de nuevos planetas.
Porque la cultura no había muerto del todo. La primera generación pudo no ser capaz de construir máquinas-herramienta, pero sí de extraer minerales y forjar los metales. La siguiente debió estar demasiado ocupada para abrir escuelas. Sin embargo, conservaba el suficiente respeto por el saber para sustentar una clase culta. Las generaciones sucesivas, extendiéndose por nuevas tierras y fundando nuevas naciones y nuevas ciudades, quizá lucharon entre sí, pero todas procedían de una tradición común y se fijaban el mismo objetivo: regresar a las estrellas.
En cuanto se estableció de nuevo el método científico, pensaba Laure, el progreso debió de ser más rápido que en la Tierra, pues los filósofos naturales conocían la posibilidad de ciertas cosas, aunque desconocieran los medios y esto significa tener ganada la mitad de la batalla. Debieron encontrar indicios, aunque sólo fuesen de carácter profetice, en los restos de los antiguos textos. De hecho, contaban asimismo con el corroído casco de la nave ancestral para su estudio. Dado todo esto, no había nada sorprendente en que, en una sola generación, saltaran de los primeros cohetes lunares a la primera nave con hiperimpulso... Ahora bien, basándose en una teoría física muy distorsionada, se embarcaron con toda ingenuidad, sin preocuparse del camino de retorno.
Todo muy lógico. Inaudito, sumamente improbable, si se quiere, pero, en una galaxia tan descomunal, de vez en cuando acontecen las cosas más extrañas. El relato de los kirkasantes podía ser sincero.
¿O no?
—Lo pasado, pasado está—dijo Graydal impaciente—. Mañana saldremos a investigar.
—Sí —aceptó Laure—. Sin embargo, necesito saber cómo nos descubristeis. Quiero decir que cruzasteis una inmensidad de mil años luz o más. ¿Cómo disteis con una pequeña partícula como Serie ve?
—Ya nos preguntaron eso antes —intervino Demring—. No nos explicamos bien, debido a las pocas palabras que tenemos en común. Tú muestras un buen dominio de la lengua hobrokana y, por nuestra parte, aunque ninguno de esos aldeanos quiso asumir la responsabilidad de poner a uno de nosotros bajo vuestra máquina educadora, hablando con los técnicos hemos asimilado unos cuantos de vuestros términos. Demring guardó silencio un momento, a fin de ordenar sus frases. Los tres siguieron avanzando. La senda era lo bastante ancha para permitirles caminar juntos, aunque embarrada por la lluvia y la nieve derretida. El sol había descendido tanto que la arboleda lo tapaba. Les circundaba el crepúsculo, si bien el cielo no se había oscurecido todavía. El viento amainaba, al tiempo que aumentaba el frío. En algún punto, detrás de aquellos troncos pardos de cenicientas hojas metálicas, sonó el canto de un pájaro y comenzó a hacerse audible el murmullo de las aguas de un río.
Demring prosiguió con voz pausada:
—Cuando comprobamos que éramos incapaces de fijar el camino de regreso al sol de Kirkasant y vimos aparecer un cosmos por entero distinto, pensamos si nuestros antepasados no procederían de él. Algunas canciones tradicionales lo sugerían, pues hablaban de espacios oscuros, y ahora nos rodea la oscuridad, una inmensa vastedad entre las estrellas. ¿Pero en qué dirección se hallaba Suelo Natal? Oteando el horizonte con telescopios, vislumbramos a lo lejos una nube negra y se nos ocurrió que, si nuestros antepasados habían huido de sus enemigos, muy bien pudieron haberla atravesado con la esperanza de borrar sus huellas.
—La nebulosa de Cabeza de Dragón —apuntó Laure.
Graydal encogió sus anchos hombros.
—AI menos nos sirvió de guía —dijo.
Laure la observó de soslayo y se detuvo un instante a admirar su perfil.
—Sois valientes —comentó por fin—. Al margen de todo lo demás, ¿cómo sabíais que esta civilización no os seguía siendo hostil?
—¿Y cómo asegurar que alguna vez lo había sido? —Graydal rió entre dientes—. Yo misma, si bien creo que los mitos contienen algo de verdad, sospecho que nuestros antepasados fueron ladrones, bandidos o...
—¡Hija! —la reconvino Demring escandalizado—. Cuando llegamos aquí, descubrimos que la oscuridad estaba constituida por polvo y gas, como el que impregna nuestro universo. Sólo faltaban las estrellas para hacerlo brillar. Al emerger en el extremo más alejado, sintonizamos nuestros detectores de neutrino. Nuestro razonamiento consistía en que una civilización tan desarrollada precisaría muchas centrales nucleares. En este cosmos comparativamente vacío, su flujo de neutrino resultaría detectable por encima del nivel de ruido natural, a través de varias veintenas o más de años luz. Gracias a eso, lograríamos localizarlo.
«Primero hablan como bárbaros —pensó Laure—, y luego como especialistas de alta escuela. Nada extraño que un dogmático como Vandange se resista a creerles. ¿Les creo yo?»
—Pronto empezamos a desesperar—intervino Graydal—. Estábamos casi al límite de...
—Eso no importa—la interrumpió Demring.
Graydal miró con fijeza primero al uno y luego al otro. Por último, dijo al primero:
—Me atrevo a confiar en Daven Laure. —Y continuó, dirigiéndose al batidor—: De todos modos no supone ningún secreto. Los hombres de Serieve debieron de examinar nuestra nave con ojos de lince. Estábamos casi al límite de nuestro trayecto posible sin repostar ni renovar. Nos decidimos a buscar un planeta no muy distinto a Kirkasant, donde... Pero entonces, como transportadas en las alas de Valfar, aparecieron las huellas que buscábamos. Las seguimos hasta aquí.
—¡ Y aquí había seres humanos!
—Hace muy poco se esfumó nuestra alegría, cuando empezamos a ver que intentaban ganar tiempo y nos retenían semiprisioneros. O prisioneros del todo, si pretendíamos partir. ¿Por qué no confían en nosotros?
—Ya traté de explicároslo ayer —respondió Laure—. Algunos hombres importantes entienden que no decís la verdad.
En un gesto impulsivo, Graydal cogió la mano de Laure con la suya, cálida, delgada y firme.
—¿Pero tú piensas otra cosa?
—Sí. —Daven se sintió impotente y solitario—. Ellos... Bien, me llamaron. Dejaron todo el problema en manos de mi organización, y mis compañeros tienen tanto que hacer que me dieron plenos poderes.
Demring le observó con expresión perspicaz.
—Eres joven —le dijo—. No permitas que tu responsabilidad te paralice.
—No. Haré cuanto pueda por vosotros. Aunque tal vez sea muy poco.
Después de rodear una espesura, surgió ante sus ojos un puente rústico sobre el río, que corría en dirección al mar como un torrente de estruendosa espuma. Interrumpieron sus pasos en mitad del puente, se inclinaron sobre la barandilla y miraron hacia abajo. El agua estaba espesamente sombreada entre las márgenes, y la arboleda se convertía en una sólida masa negra bajo el cielo del atardecer. El aire olía a humedad.
—Como comprenderéis, no será fácil rastrear vuestra ruta —puntualizó Laure—. Habéis improvisado vuestras coordenadas de navegación, susceptibles de transformarse en nuestras, supongo, a este lado de Cabeza de Dragón. Pero tan pronto como traspasemos la nebulosa, tampoco yo dispondré de cartas de navegación, excepto una breve lista de objetos visibles desde ambos lados. Ninguno de nosotros se ha aventurado hasta allí, puesto que hay millones de soles más cercanos a nuestros asentamientos. Y vuestros cálculos estelares no deben de ser muy exactos.
—Eso quiere decir que no nos llevarás a Suelo Natal —afirmó Demring en tono inexpresivo.
—¿No lo comprendes? ¡Suelo Natal, la Tierra, está tan lejos que ni yo mismo la he visto nunca!
—Pero sin duda tendréis una capital cercana, un mundo más desarrollado que éste. ¿Por qué no nos guías hasta allí, a fin de que hablemos con gente más sensata que estos malditos serievanos?
—Pues... Verás, por muchas razones. Te seré sincero. En primer término, por prudencia. Además, la Comunalidad no tiene nada semejante a una capital, ni... De todos modos, sí os guiaré hasta el corazón de la civilización. Cualquiera de las numerosas civilizaciones de este brazo galáctico. —Laure respiró hondo y siguió hablando con un esfuerzo—. No obstante, dadas las circunstancias, he decidido que antes he de ver vuestro mundo, Kirkasant. Después... Si no surge ningún problema, estableceremos contactos regulares e invitaremos a vuestro pueblo a visitar el nuestro y... ¿No os gusta el plan? ¿No queréis volver a vuestro punto de origen?
—No creo que lo logremos —murmuró Graydal.
Laure le dedicó una mirada de sorpresa. Ella clavó la vista en el río. Un pez —u otro tipo de criatura acuática— dio un salto. Sus escamas reflejaron la escasa luz restante en un destello leve pero coloreado, en medio de las aguas turbias. Graydal no pareció notarlo, aunque, con un movimiento instintivo, inclinó la cabeza en dirección al chapoteo que siguió.
—¿No nos has oído? ¿No nos escuchaste? Te explicamos durante cuánto tiempo erramos entre la bruma, a través de esa selva de soles, hasta que dejamos nuestro pequeño universo brillante y llegamos a éste, tan grande y tan oscuro. Por tres veces volvimos a zambullirnos en nuestro espacio, anduvimos a tientas, y avanzamos sin encontrar huellas de ninguna estrella conocida... —Graydal elevó un poco la voz. —Te digo que estamos perdidos, eternamente perdidos. Llévanos a tu mundo. Daven Laure, para que lo adoptemos como nuestro.
El batidor sintió el profundo deseo de acariciarle las manos, aferradas a la barandilla del puente. Sin embargo, se limitó a decir:
—Nuestra ciencia y nuestros recursos son superiores a los vuestros. Tal vez descubramos un camino que a vosotros se os pasó por alto. De todas formas, estoy obligado a investigar todo ío posible antes de presentar un informe y las correspondientes recomendaciones a mis superiores.
—Creo que no te muestras muy amable al obligar a mí tripulación a volver a buscar lo que ha perdido —le reconvino Demring con severidad—. Pero no me dejas otra opción. Acepto. —Se enderezó—. Será mejor que volvamos a Pelogard. Pronto caerá la noche.
—No hay prisa. —Laure estaba ansioso por cambiar de tema—. En esta época del año y en la zona ártica, no habrá problemas.
—Quizá no los haya para ti —le corrigió Graydal—. Pero el ocaso de Kirkasant se diferencia mucho de éste.
Mientras volvían, el atardecer se convirtió en noche, una leve noche donde sólo lucían algunas estrellas. Laure caminaba con facilidad bajo el claro crepúsculo. Graydal y Demring, en cambio, tuvieron que usar sus pistolas de energía en la intensidad mínima a modo de linternas. Aun así, tropezaban a menudo.
La Makt triplicaba en tamaño a la Jaccavrie. Se trataba de un resplandeciente torpedo, con su curva quebrada por el compartimento de las lanchas y las torretas armadas. La nave batidora parecía una canoa a su lado. En realidad, la Jaccavrie superaría, dominaría o vencería a la nave kirkasante con toda facilidad. Laure se ocupó de no resaltar este hecho. Sus acompañantes ya se habían mostrado bastante susceptibles. Les había sugerido alquilarles un transportador moderno, tropezando con una negativa glacial. Aquella nave se honraba en pertenecer a los clanes confederados que la habían construido. No la abandonarían.
Modernizarla habría llevado más tiempo del que ahorraría la velocidad incrementada. Además, aunque Laure estaba personalmente convencido de las buenas intenciones de la gente de Demring, no tenía derecho a darles a conocer la tecnología actual hasta obtener las pruebas de que no harían mal uso de ella.
No sería exacto decir que se resignó a acompañarles en su propia nave al laborioso paso de la Makt, porque las semanas de viaje le ofrecieron la oportunidad de conocer mejor a aquella gente y su cultura. No sólo las vivió como un deber, sino también como un placer. En especial, descubrió más tarde, cuando gozaban de la presencia de Graydal.
Transcurrió algún tiempo antes de invitarla a cenar á deux. A su entender, había arreglado las cosas con gran habilidad. Dos personas a solas, en una conversación de tipo social, podían intercambiar una clase sutil de información a la que no solían resultar propicias las reuniones de varios. Así, propuso una serie de encuentros privados con los oficiales de la Makt. Empezó por el capitán, claro está, pero poco después le llegó el turno a la navegante piloto.
La Jaccavrie se emparejó con la otra nave y comunicó su cámara de aire con la de ella en un movimiento tan delicado que pareció casi imperceptible. Graydal subió a bordo, y las naves volvieron a separarse. Laure la saludó según la costumbre de Kirkasant, con un apretón de manos. El contacto se prolongó más de lo requerido.
—Bienvenida.
—Haya paz entre nosotros.
La sonrisa de Graydal desmentía su formalismo. Iba vestida de uniforme (otro aspecto anticuado de su sociedad), por fortuna dorado y ceñido al cuerpo.
—;¿No quieres pasar al salón y beber algo antes de comer?
—No debo. No hay que beber en el espacio.
—No hay peligro —se entrometió la computadora con un matiz de diversión en su voz—. Yo lo controlo todo.
Graydal se puso tensa y se llevó la mano a la pistola al oírla. No obstante se relajó enseguida. Trató de reír.
—Lo siento. No estoy acostumbrada a... vosotros.
Casi rebotó mientras descendía por el pasillo en compañía de Laure. Éste había instalado el peso interior a una gravedad corriente. Los kirkasantes mantenían el suyo un catorce por ciento más elevado, con objeto de equipararlo a la fuerza de atracción de su mundo.
Aunque había recorrido la nave varias veces, Graydal miró con ojos sorprendidos a su alrededor. El salón era pequeño, pero instalado con un lujo sibarítico.
—Te das buena vida —comentó ante tantas colgaduras, música, perfumes y animaciones.
Él la guió hasta el diván.
—No pareces aprobarlo.
—Bien...
—Sufrir penurias no es ninguna virtud.
—Pero sí la capacidad de soportarlas.
Se sentó en el asiento de células que se adaptaba al cuerpo, demasiado erguida para sentirse cómoda.
—¿Crees que carezco de ella?
Turbada, Graydal apartó la vista de él y la dirigió a la pantalla visora, donde fluía una composición de colores. Frunció los labios.
—¿Por qué apagaste la escena exterior?
—Me pareció notar que no te gustaba. —Se sentó a su lado—. ¿Qué quieres tomar? Estamos muy bien surtidos.
—Enciéndela.
-¿Qué?
—La visión exterior. No me abrumará.
Laure extendió las manos. La nave vio su gesto y obedeció. En la pantalla, apareció el espacio tachonado de estrellas, a excepción del punto donde se alzaba la masa de tormentosas nubes que formaban la oscura nebulosa. Oyó que Graydal contenía el aliento y se apresuró a llamar su atención:
—Puesto que no conoces nuestras bebidas, me permito sugerirte un daiquiri. Es agridulce...
Ella asintió con un gesto mecánico. Sus ojos no se apartaban de la pantalla. Él se inclinó y aspiró a fondo su cálido aroma, no del todo idéntico al de otras mujeres que había conocido. Una diferencia sutil.
—¿Por qué te perturba esa escena?
—Por su rareza. Por su singularidad. ¡Es tan distinto a nuestro cielo...! Me siento desamparada y... —Llenó de aire sus pulmones, se forzó a desligarse de sus propias sensaciones y prosiguió en tono analítico—: Es posible que nos inquiete un cielo negro porque carecemos prácticamente de lo que vosotros llamáis visión nocturna. —Volvió a embargarla la preocupación—. ¿Qué más habremos perdido?
—Me has dicho que no se necesita visión nocturna en Kirkasant —la consoló Laure—, y la evolución operó a toda velocidad. Pero sin duda se os aguzaron algunos sentidos, al tiempo que se os atrofiaban otros. Sé, por ejemplo, que gozáis de más fuerza física que la que pudieron tener vuestros antepasados. —En un costado apareció una bandeja con dos vasos—. ¡ Ah! Aquí están las bebidas.
Graydal olió la suya.
—Huele bien —comentó—. ¿Estás seguro de que no contiene nada capaz de producirme una reacción alérgica?
—Lo dudo. No reaccionaste a nada de lo que probaste en Serieve.
—No, aunque todo me pareció demasiado soso.
—No te preocupes —sonrió—. Antes de partir, tu padre me regaló uno de vuestros saleros. Lo encontrarás en la mesa de la cena.
La Jaccavrie había analizado el contenido. Además de cloruro sódico y potásico —mucho menos abundantes en Kirkasant que en la mayoría de los planetas, pero no lo bastante escasos para causar problemas—, la mezcla incluía una serie de otras sales. Sorprendía la proporción de metales alcalinos raros, en especial de arsénico. Un ser humano corriente que ingiriese este último elemento en semejante proporción perdería unos cuantos años de vida. Casi seguro que a las primeras generaciones de refugiados les había ocurrido lo mismo, cuando no los mataba antes otra cosa. Sus descendientes, por el contrario, asimilaban tan bien esos elementos que no le hallaban gusto a la comida sin un poco de trióxido de arsénico.
—No se precisarían tantas precauciones si supiéramos de antemano qué podéis y qué no podéis ingerir..., si nos permitieseis someteros a un análisis cromosómico —insinuó Laure—. El laboratorio que hay a bordo de la nave está capacitado para eso.
Las mejillas de Graydal se volvieron más cobrizas que nunca. Frunció el entrecejo.
—Ya nos negamos con anterioridad —dijo.
—¿Pero por qué?
—Porque..., porque viola la integridad. Los seres humanos no
deben ser sondeados.
Daven había tropezado antes con actitudes semejantes, encubiertas bajo diversos disfraces. Para los kirkasantes —al menos para el clan de Hobrok, pues en el planeta existían otras culturas—, el cuerpo constituía una ciudadela del yo, por derecho inviolable. Ese sentimiento, tan fundamental que muy pocos tenían conciencia de poseerlo, había conducido a la formación de personalidades reservadas y a menudo frías, con la consecuencia de retrasar, si no interrumpir, el progreso de la medicina. En el sentido positivo, había contribuido a la dignidad y a la confianza de cada uno en sí mismo, además de ahorrarle los cotillees profesionales, la literatura confesional y el psicoanálisis.
—No estoy de acuerdo —disintió Laure—. Se trata de una simple información científica. ¿Qué tiene de personal un gráfico referente al ADN?
—Bueno..., no sé. Lo pensaré. —Graydal hizo un evidente esfuerzo por cambiar de tema. Dios unos sorbos a su bebida, y sonrió, opinando—: ¡Mmmm! De verdad que tiene un noble sabor.
—Esperaba que te gustase. A mí me encanta. En la Comunalidad tenemos esta costumbre...
Entrechocó su copa con la de ella.
—Precioso. Nosotros, entre buenos amigos, bebemos la mitad del contenido de la copa y la cambiamos con el otro.
—¿Quieres cambiarla conmigo?
Ella volvió a ruborizarse, esta vez de placer.
—Por supuesto, con eso me honras.
—No, no, el honor es mío. —Laure continuó, con toda sinceridad—: Vuestra odisea es extraordinaria. Significaréis un verdadero valor adicional para nuestra raza.
Graydal esbozó una mueca de pesar.
—Si alguna vez nos reunimos con mi pueblo.
—Te aseguro...
—¿Crees que no lo intentamos? —Graydal tomó otro trago de daiquiri, que, evidentemente, se le subía con rapidez a la cabeza, poco acostumbrada al alcohol—. No viajamos a ciegas. Recuerda que la Makt no es la primera nave que parte del sol de Kirkasant. Sin embargo, las anteriores fueron a estrellas cercanas, visibles desde nuestros suelos. Son muchas. No nos habíamos dado cuenta de que había tantas en el Universo Nube, invisibles a los ojos y a los instrumentos, unos pocos años luz más allá. Con nuestra nave, nos proponíamos dar un paso adelante. Sólo un paso. Apenas más allá de esa capa de soles que divisábamos desde el sistema kirkasante. Encontraríamos el camino de regreso sin ningún problema. ¡Claro que lo encontraríamos! Nos bastaría guiarnos por los soles ya inscritos en nuestros mapas, en el límite de la percepción instrumental. En cuanto llegáramos a sus proximidades, sería visible nuestra parcela conocida del espacio. —Le miró a los ojos, le apretó el brazo hasta causarle dolor y prosiguió desesperada—: Lo que ignorábamos, lo que nadie sabía, era la imprecisión de esos gráficos. Las magnitudes absolutas, y en consecuencia las distancias y las posiciones relativas de esas estrellas visibles en el borde, no estaban tan bien determinadas como creían los astrónomos. Demasiada neblina, demasiado resplandor, demasiada variabilidad, ¿comprendes? De repente, todas nuestras tablas se revelaron como inútiles. Nos creíamos capaces de identificar algunos soles. Nos equivocamos. Al volar hacia ellos, debimos de pasar por alto el volumen de espacio que buscábamos... Y seguimos, seguimos, cada día más desesperanzados y perdidos, cada infinito día... ¿Por qué te consideras capaz de localizar nuestro asentamiento?
Laure, que ya conocía todos esos detalles, había ocupado el tiempo en admirarla y sopesar su respuesta. Bebió y dejó que la acidez del daiquiri se asentara en su paladar, y el alcohol le causara un leve ardor en la boca, antes de decir: —Al menos, probaré. Dispongo de instrumentos que vosotros todavía no habéis inventado. .Dispositivos de inercia, por ejemplo, que funcionan con hiperimpulso o con velocidad uniforme. No pierdas la esperanza. —Hizo una pausa—. No obstante, te advierto que no hay que descartar la posibilidad de un fracaso. ¿Qué haréis entonces?
La pregunta directa, que habría provocado el llanto en muchas mujeres, logró que Graydal se recuperara. Levantó la cabeza y respondió con cierta arrogancia:
—Haremos lo que sea mejor. Y no creo que lo hagamos mal.
«Bien —pensó Laure—, al fin y al cabo, desciende de supervivientes. Su naturaleza la lleva a enfrentarse a los problemas y resistir.»
—Estoy seguro de que prosperaréis —declaró en voz alta—. Necesitaréis tiempo para adaptaros a nuestras costumbres, y hasta cabe en lo posible que nunca os sintáis del todo cómodos, pero...
—¿Cómo son vuestros matrimonios? —quiso saber Graydal.
—¿Qué?
A Laure estuvo a punto de desencajársele la mandíbula. Comprendió, no obstante, que la joven no estaba borracha. Un poco de bebida sumada al ambiente, las rítmicas melodías, los aromas esparcidos en el aire, habían disminuido sus inhibiciones. La cazadora que subyacía en ella se liberó y, de inmediato, atacó aquello que la perturbaba de manera más profunda, aunque persistía la reticencia básica. Le miró a los ojos, pero su expresión era muy digna cuando dijo:
—Tendríamos que haber embarcado en la Makt un número igual de hombres y mujeres. De saber lo que ocurriría habríamos tomado esa precaución. Ahora, diez de nuestros hombres se verán obligados a buscar una esposa extranjera. ¿Crees que tropezarán con muchas dificultades?
—¡Hum! Supongo que no. Yo diría que no. —En realidad, Laure no sabía qué decir—. Evidentemente, pertenece a un tipo superior y, dado su exotismo y... su atractivo...
—No me refería al placer amatorio, sino... Una o dos veces en Serieve oí decir... ¿O entendí mal? ¿Es verdad que entre vosotros hay mujeres que no tienen hijos?
—Pues sí, en los planetas más viejos. El control de la natalidad...
—Entonces no nos queda otro recurso que permanecer en Serieve o en mundos similares —suspiró—. Yo albergaba la esperanza de dirigirnos al eje de vuestra civilización, donde realizáis los trabajos de verdadera importancia y donde crecerían nuestros hijos.
Laure la observó con atención. Al cabo de un rato, comprendió. La adaptación a las innumerables singularidades de Kirkasant había supuesto un proceso largo y cruel. Todas las familias supervivientes se habían visto obligadas a compensar sus propias pérdidas. La necesidad de reproducirse significaba una exigencia y había terminado por convertirse en un instinto.
Recordó la escasa fertilidad de Kirkasant y, aunque ahora su población exigía un abuso de los recursos, a nadie se le había ocurrido pensar en reducir la natalidad. Cuando alguien en Serieve les preguntó por qué, la gente de Demring reaccionó con viveza. La idea les parecía indecente. No les atraía la noción de modificación genética, ni la de evolución exogenética. No obstante, se mostraban muy razonables y con gran amplitud de miras en casi todos los demás aspectos de su cultura.
«Cultura —pensó Laure—. Sí, eso es modificable. En cambio, no se cambian los instintos, pues están insertos en los cromosomas. Ese pueblo ha de tener hijos.
—También existen mujeres que quieren una familia numerosa en los planetas centrales —explicó a la muchacha—. Se sentirán contentas de casarse con tus amigos. Como comprenderás, les cuesta trabajo encontrar hombres con los mismos sentimientos.
Graydal le sonrió y extendió su copa.
—¿Intercambiamos? —propuso.
—Espera, tú has tomado más que yo. —Bebió hasta que el líquido de su copa quedó al mismo nivel que el de la otra—. Ahora.
Se miraron a los ojos durante la pequeña ceremonia. Laure reunió todo su valor para preguntar:
—En cuanto a las mujeres, ¿debéis necesariamente casaros con otros tripulantes de la nave?
—No —respondió Graydal—. Depende de..., de si alguno de vosotros se interesa por una de nosotras.
—¡Eso te lo garantizo!
—A mí me gustaría un hombre que viajara —murmuró ella—, siempre que a nuestros hijos y a mí se nos permitiera acompañarle.
—No creo que eso planteara ningún problema —le aseguró Laure.
Graydal se apresuró a agregar:
—Estamos presuponiendo el fracaso, ¿no? Me dijiste que había posibilidades de llegar a nuestro planeta.
—Sí. Oye, en caso de lograrlo, espero que nos seguiremos viendo.
—Por supuesto.
Terminaron los daiquiris y fueron a cenar. La Jaccavrie era una excelente cocinera, y su facultad para elegir los vinos, excelente. Todo cuanto se dijo y se rió en la mesa carece de importancia, salvo para Laure y Graydal.
Excepto que, a los postres, con inmensa y tierna seriedad, ella dijo:
—Si quieres una muestra de mis células, para su análisis... puedes tomarla.
El se estiró y se apoderó de su mano.
—No quiero que hagas nada de lo que tal vez te arrepientas más tarde.
Graydal meneó la cabeza. Sus ojos leonados no se apartaban de él ni un instante. Habló arrastrando un tanto las palabras, pero con plena conciencia de su significado.
—He llegado a conocerte. Viniendo de ti, no supondrá una violación.
Entusiasmado, Laure le explicó:
—El proceso es sencillo e indoloro. Vamos ahora mismo al laboratorio, ¿quieres? La computadora se encarga de todo. Te aplicará una espuma anestésica y extraerá una pequeña muestra de tu carne, tan ínfima que mañana ni siquiera sabrás de dónde la sacó. El análisis le costará un poco más de tiempo, claro. No llevamos a bordo todo el equipo necesario. Además, la computadora tiene que dedicar la mayor parte de su atención a pilotar y otras tareas indispensables. Sin embargo, al final del proceso estaremos en condiciones de decirte...
—¡Chisss! —le interrumpió ella con una soñolienta sonrisa—. No importa. Si tú lo deseas, a mí me basta. Sólo te pido una cosa.
—¿Qué?
—No permitas que la máquina use en mí el bisturí, la aguja o lo que sea. Quiero que lo hagas tú personalmente.
—... Sí. Más allá está nuestro cielo natal.
El físico Hirn Oran, hijo, hablaba en voz baja y pausada. La interferencia cósmica distorsionaba su voz en la radio, introduciéndola casi en los auriculares de Laure y de Graydal.
—No —dijo el batidor—. No más allá, sino aquí. Ya hemos entrado en él.
-¿Qué?
Plateadas contra la roca, las dos figuras con corazas espaciales se
volvieron para mirarle. Laure no veía sus expresiones detrás de las máscaras faciales, pero imaginó que el asombro superaba al respeto.
Laure interrumpió la marcha, sin palabras para expresar lo que sentía. En su receptor, el ruido estelar parecía formado de espuma y de fuego. El paisaje le sobrecogió.
No se trataba de un simple planeta sin aire. En realidad, ningún planeta es simple, y aquél tenía una historia más extraña que la mayoría. Según todas las apariencias, muchos eones atrás había sido subjoviano, con una atmósfera nebulosa de hídrohelio y metano, y una inmensa capa de hielo y gases alrededor del núcleo, pues orbitaba a una distancia de casi mil millones y medio de kilómetros de su sol. A pesar del intenso calor de éste en su origen, a esa distancia no representaba mucho más que una chispa.
Hasta que la evolución estelar—en opinión de Laure, acelerada por una caída anormal de material cósmico— alejó a la estrella de la secuencia principal. Entonces, la estrella se dilató, su superficie se enfrió hasta llegar al rojo, a la vez qué el rendimiento energético total se intensificaba hasta un grado tan monstruoso que los planetas interiores se consumieron. En los más distanciados, como aquél, la atmósfera huyó al espacio. Se derritieron los hielos e hirvieron los océanos. Cada vez que las pulsaciones del sol llegaban al máximo, escapaba más vapor. Sólo quedaba ya una bola de metal y roca, apenas mayor que un globo de tipo terráqueo. Debieron de liberarse tremendas fuerzas tectónicas, a medida que cedía la presión de las capas superiores. Se formaron montañas —las más recientes con riscos como dientes afilados; las más viejas, desgastadas por los meteoritos y la erosión térmica— sobre una planicie de oscura piedra. Ahora en su mínima, aunque inconmensurable expresión, el sol ardía en lo alto con un fuego latente, presentando una inclinación de siete grados: un núcleo azul, empañado por la aureola de una tenue atmósfera rojiza.
La luz de su inmenso brasero no era la única iluminación. Otra estrella pasaba lo bastante cerca para que se vislumbrara su disco, perceptible, en una pantalla visora atenuada, pues el ojo humano no soportaba directamente a su cerúlea intensidad eléctrica, una B8, recién nacida del polvo y el gas, que resplandecía con una brillantez intrínseca de cien soles.
No obstante, nada de eso contribuía a iluminar las sombras arrojadas por la puntiaguda elevación que el grupo de Laure investigaba. Hubo que recurrir a las linternas.
Una vez que treparon a la oscura mole divisaron un panorama mucho más amplio. Miríadas de estrellas salpicaban el firmamento, brillantes por la proximidad. Y sólo se trataba de los bordes del racimo. Éste se elevaba a medida que giraba e! planeta, en parte precediendo y en parte siguiendo al sol. Laure nunca había visto nada comparable. En su mayoría, las estrellas que logró aislar en la enorme esfera luminosa eran rojas, unas minúsculas y de larga vida, otras gigantescas y agonizantes como la que se cernía sobre él. Otras muchas despedían exuberantes destellos dorados, salpicados de esmeraldas y zafiros. Algunos no tenían más edad que la azul fugaz, la cual sumaba su propio matiz al espectáculo. Todas ellas tachonaban el cielo con una suave incandescencia, que impregnaba todo el racimo, una luminosidad nacarina en la que se desvanecían y desaparecían, la bruma en la que sus compañeros habían perdido el camino. Un lugar portentoso.
—Vivís en un mundo de maravilla —murmuró Laure.
Graydal se acercó a él. No existía ninguna razón lógica para que hubiese abandonado la órbita de la Makt acompañando a Laure y a Hirn. Se proponían tan sólo realizar determinados estudios sobre el terreno con la ayuda de algunos instrumentos que llevaba la Jaccavrie. Cualquiera serviría para ayudarles. Pero Graydal se había ofrecido voluntaria, y ninguno de sus compañeros de tripulación se opuso a su deseo. Sabían que a ella y a Laure les gustaba estar juntos.
—Espera a llegar a nuestro mundo —dijo la muchacha en voz baja—. Aquí el espacio parece fantasmagórico y peligroso. En cambio, una vez en Kirkasant... Contemplaremos la puesta del sol en el desierto de los Arco Iris. De pronto, en aquel aire tenue, cae la noche, nuestra reluciente noche sembrada de estrellas, y las auroras boreales danzan y susurran por encima de las ceñudas montañas. Veremos elevarse numerosas bandadas entre las neblinas del alba, por encima de las marismas, oiremos sus trinos y el batir de sus alas. Nos apostaremos en las almenas de Ey, bajo los estandartes de los caballeros que, largo tiempo atrás, libraron a nuestra tierra de las fosforescencias incendiarias y presenciaremos la danza tradicional de la bienvenida al nuevo año...
—Si a nuestra navegante piloto no le parece mal —intervino Hirn, con la voz quebrada por un desaliento no reconocido—, dejaremos nuestro sueño para otro momento. Más vale que nos ocupemos de la forma de llevarlo a cabo. Se supone que debemos elegir un punto al nivel apropiado para los aparatos de observación... Oye, batidor Laure, ¿me permites preguntarte qué quisiste decir al afirmar que ya estábamos en el Universo Nube?
El hecho de que Hirn hubiese interrumpido a Graydal no fastidió tanto a Laure como le habría molestado de ordinario. Ella hablaba de Kirkasant con tanta frecuencia que le daba la sensación de algo ya sabido. Sin duda tenía su esplendor, pero, a su juicio, se trataba de un planeta feo, seco y tormentoso, donde no le gustaría permanecer demasiado. Naturalmente, para Graydal significaba su amado hogar, y a él no le molestaría visitarlo de cuando en cuando... ¡Basta ya, manos a la obra!
Una parte de su tarea consistía en dar explicaciones:
—En vuestro sentido del término, físico Hirn, el Universo Nube no existe.
La respuesta sonó seca a través de la estática.
—Ya discutí esta cuestión en Serieve, con Vandange y otros. Me ofendieron sus insinuaciones de que los tripulantes de Makt éramos unos mentirosos o, de lo contrario, observadores incompetentes.
—Yo opino que no sois ninguna de las dos cosas —se apresuró a afirmar Laure—. En Serieve, la comunicación entre vosotros tropezaba con una doble barrera. En primer lugar, un dominio imperfecto de vuestro idioma. Sólo durante este viaje, pasando la mayor parte del tiempo en contacto con vuestra tripulación, he llegado a adquirir un buen manejo del hobrokano. En cierto sentido, la segunda barrera revestía aun mayor gravedad: los tercos prejuicios de Vandange..., además de los vuestros.
—Yo estaba dispuesto a dejarme convencer.
—Pero nunca escuchaste un argumento convincente. Vandange se sentía tan dogmáticamente seguro de la imposibilidad de lo que afirmabais, que no procedió a un análisis de vuestro informe, en busca de una explicación coherente. Os enfurecisteis, claro está, y pusisteis fin a las discusiones. Por vuestra parte, os basabais en lo que siempre os habían enseñado como una teoría correcta, que vuestras experiencias habían confirmado. No ibais a cambiar todo vuestro concepto de la física sólo porque el antipático Ozer Vandange se mofaba de ella.
—Nos equivocábamos —reconoció Graydal—. Tú lo diste a entender así, Daven, aunque nunca lo aclaraste.
—Quería ver el fenómeno con mis propios ojos —explicó Laure—. Hay un proverbio entre nosotros, tan viejo que, según dicen, se originó en la Tierra: «El sabio no afirma nada que no pueda probar». No obstante, me permití hacer algunas conjeturas, y lo que veo demuestra lo bien fundado de mis especulaciones.
—¿Sí? —le desafió Hirn.
—Empecemos por analizar la situación desde vuestro punto de vista —sugirió Laure—. Vuestro pueblo vivió durante milenios en Kirkasant. Con excepción de algunas tradiciones ambiguas, perdisteis todo indicio de que tal vez las cosas fueran distintas en otros lugares. Os parecía natural que eí cielo nocturno semejase una suave bruma brillante, alrededor de la cual se apiñaban las estrellas. Cuando volvisteis a desarrollar el método científico, no hace muchas generaciones, os limitasteis a estudiar el universo que conocíais. La física y la química corrientes, incluso la ciencia atómica y la teoría cuántica, no representaron ningún problema para vosotros. Pero medíais las distancias de las estrellas visibles en meses luz, como máximo en unos cuantos años luz, después de lo cual se desvanecían en el brumoso telón de fondo. Calculasteis la concentración de esa bruma, de ese polvo, de ese gas fluorescente. No había ninguna razón para suponer que el medio interestelar no era igualmente denso en todas partes. Tampoco teníais la menor noción sobre el retroceso de las galaxias. De modo que, según vuestra versión de la relatividad, el espacio se curvaba fuertemente a causa de la apretada masa que lo atravesaba. El confín del universo distaba como máximo trescientos años luz. Las estrellas se condensaban y evolucionaban, puesto que presenciabais todas las etapas, pero de manera caótica, sin una estructura global específica. Me maravilla que hayáis llegado a las fuerzas de gravedad y el hiperimpulso. Me gustaría poseer la suficiente capacidad científica para apreciar cuan diferentes deben de ser algunas de las leyes y constantes de vuestra física. Seguisteis adelante. Supongo que el hecho de saber que estas cosas eran posibles favoreció vuestro desarrollo. Vuestros científicos siguieron tanteando y trampeando, en contra de todos los criterios científicos, hasta que consiguieron algo que funcionaba.
—Bueno... He de confesar que sí —admitió Hirn, avergonzado. Graydal rió con disimulo.
—Luego, la Makt perdió el rumbo y emergió en el universo exterior, desconocido por completo para vosotros —prosiguió Laure—. De algún modo teníais que explicar lo que veíais. Como hubiera hecho cualquier científico, mientras os fue posible, os aferrasteis a las ideas aceptadas..., un principio correcto. Imagino que la noción de espacio-tiempo contiguos con propiedades variantes parece muy lógica cuando se está acostumbrado a pensar en un universo con un radio extremadamente pequeño. Tal vez os desconcertó el hecho de salir de una «burbuja» y entrar en la siguiente. Sin embargo, me atrevería a decir que disteis con una explicación provisional.
—En efecto —asintió Hirn—. Supongamos un espacio multidimensional...
—Más vale que deseches esa hipótesis—le interrumpió Laure—. Nosotros disponemos de una explicación mucho más sencilla.
—¿Cómo? He reflexionado sobre la cuestión. Me creo capaz de asimilar la idea de un universo de millones de años luz de extensión, en el que las estrellas forman galaxias. Pero nuestro espacio natal...
—Forma un denso racimo estelar. Como tal, carece de límites definidos. A eso me refería al afirmar que ya estábamos en él. En el borde, al menos. —Laure señaló la difusa y enjoyada magnificencia que se elevaba en lo alto de aquellas vastedades, en la estela de los soles rojos y azules—. Más allá se extiende el cuerpo principal, con Kirkasant en su seno, en un punto por nosotros desconocido. Ahora bien, este sistema se relaciona con él. He examinado sus movimientos y lo aseguro.
—Habría aceptado una explicación semejante en Serieve —observó Hirn—. Pero Vandange insistió tanto en que no existía un racimo estelar semejante...
Laure apreció la burlona expresión tras la máscara facial de Hirn.
—Pensé que él, como miembro de la civilización rectora, sabía de qué hablaba —concluyó éste.
—Y lo sabe, pero carece de imaginación —intercaló Laure—. Como ves, ante nosotros se extiende un racimo globular, o sea, un grupo compuesto por estrellas apiñadas en un volumen espacial poco más o menos esférico. Yo diría que hay un cuarto de millón, agrupadas en un diámetro de un par de cientos de años luz. No conocíamos racimos globulares como éste. Los descubiertos hasta ahora se encuentran en su mayoría más allá del plano galáctico, con un espacio interior mucho más claro que en ¡os brazos espirales, casi un vacío perfecto. Los miembros aislados son rojos. Toda estrella normal de una masa superior a la mínima se ha alejado hace tiempo de la secuencia principal. Las restantes son pobres en metales, otro indicio de una edad extrema. Como sabes, en los núcleos estelares se forman elementos pesados, que vuelven a ser arrojados al espacio. Así, sólo los soles más jóvenes, incorporados al medio estelar enriquecido, contienen mucho metal. En conjunto, todo indica que los racimos globulares constituyen reliquias de un estado embrionario de la galaxia. El vuestro, sin embargo... Hay en él una densidad tal de polvo y de gas que ni siquiera se alcanza a ver una estrella gigante a través de algunos parsecs. Muchas de las estrellas de la secuencia principal, incluyendo las azules, de pocos millones de años, se funden con demasiada rapidez. El espectro, por no mencionar los planetas que ya visitaron vuestros exploradores, muestra masas atómicas muy desviadas hacia el extremo más elevado de la tabla periódica. Una radiación de fondo demasiado potente para que un hombre como yo se atreva a residir de manera permanente entre vosotros. En teoría, semejante racimo no puede existir.
—Pero existe —afirmó Graydal.
Laure se atrevió a apretarle la mano, aunque muy poca energía pasó a través de los guantes.
—Y me alegro de que exista —respondió.
—¿Cómo explicas el fenómeno? —inquinó Hirn.
—Resulta obvio, sobre todo ahora que he visto las cosas y reunido alguna información sobre el terreno. Una situación poco probable, quizá singular, pero no imposible. El racimo sigue una órbita sumamente excéntrica alrededor del centro galáctico de masa. Una o dos veces cada giga-año, atraviesa las vastas y espesas nubes que rodean la zona. Por gravitación, barre inmensas cantidades de materia. La perturbación, supongo, origina el arrastre de algunos de los miembros de mayor edad. Es decir, como si se rejuveneciese de manera periódica. En este momento, atraviesa otra vez el camino de salida. Aún no ha abandonado nuestro brazo principal. Hablando desde el punto de vista cósmico, pasó cerca del centro galáctico hace muy poco tiempo, yo diría que menos de cincuenta millones de años. La cola se mantiene en turbulencia y aún se condensa en nuevas estrellas, como aquella azul y gigantesca que brilla sobre nosotros. Vuestro sol y sus planetas deben de ser producto de una barredura anterior. Sin duda, hubo veinte o treinta de estas últimas desde que se formó la galaxia, y cada una de ellas fue responsable de varias generaciones de estrellas gigantes. De modo que Kirkasant tiene muchos más elementos pesados que un planeta normal, pese a no ser mucho más reciente que la Tierra. ¿Me sigues?
—Quizá. Tendré que pensarlo.
Hirn inició la marcha a través del gran bloque inclinado hasta llegar al borde, donde se detuvo y bajó la vista para contemplar las sombras, profundas y afiladas como un cuchillo. La luz de los soles rojos y azules, de las estrellas y de la bruma estelar dibujaban fantasmagóricas figuras sobre la tierra pétrea. Por encima del zumbido en los oídos, Laure sintió todo el peso de la singularidad y el silencio que le rodeaban.
Graydal debió de sentir lo mismo, porque se aproximó hasta que entrechocaron sus trajes espaciales. A Laure le hubiera gustado ver su rostro.
—¿De verdad crees que vamos a entrar en ese reino y conquistarlo? —quiso saber ella.
—No lo sé —replicó Laure con entera franqueza—. Tantas estrellas pueden derrotarnos.
—Una flota lo suficiente grande las registraría una a una.
—Siempre que le fuese posible navegar entre ellas, cosa que no sabernos todavía.
—Supongamos que sí. ¿Imaginas un cuarto de millón de soles en el racimo? No todos como el nuestro. Ni siquiera una mayoría. Y en la otra cara, con una visibilidad tan baja, el espacio tendría que ser registrado de un extremo a otro, año luz tras año luz. Los de la Makt moriríamos de viejos antes de que un solo vehículo lograra dar con Kirkasant.
—Me temo que así sea.
—En cambio, un número adecuado de naves que se repartieran la tarea darían con nuestro planeta en uno o dos años.
—A un precio inaccesible, Graydal.
A Laure fe pareció que se ponía rígida.
—Ya he tropezado antes con ese obstáculo —dijo la muchacha con frialdad, apartándose de su lado—. En vuestra Comunalidad, cuentan primero los costos y los beneficios. El honor, la aventura, la simple caridad ocupan un humilde segundo lugar.
—Sé razonable —le rogó Daven—. Los costos representan trabajo, capacidad y recursos. La flota gigantesca que se precisa para buscar Kirkasant habría de abandonar otras tareas. Como resultado, otras personas se verían en la penuria. Algunas, incluso, llegarían a padecer muchísimo.
—¿Pretendes que una civilización tan grande y productiva como la vuestra no podría prescindir por algún tiempo de tanto esfuerzo sin correr el riesgo de un desastre?.
«Es lista —pensó Laure—. Basándose en la maquinaria producida por la tecnología de su mundo empobrecido, sabe calcular la capacidad de aprovechamiento de millones de planetas. ¿Cómo hacerle comprender que las cosas no son tan sencillas?»
—Por favor, Graydal —insistió—. ¿No quieres creer que trato de ayudarte? He llegado hasta aquí y seguiré hasta donde sea preciso, si algo no nos mata antes.
La oyó tragar saliva antes de responder: —Sí, disculpa. Tú eres diferente.
—No, en realidad. Soy un miembro típico de la Comunalidad. Más adelante, tal vez te muestre cómo funciona nuestra civilización y a qué grave problema de economía política nos enfrentaríamos en caso de redescubrir Kirkasam. Y en primer lugar, hemos de dejar establecida la posibilidad de localizarlo. A partir de aquí, procederemos a observaciones de largo alcance, luego nos internaremos en la bruma y... ¡Un solo problema a la vez, te lo ruego!
Graydal rió suavemente.
—Sí, amigo mío. Descubrirás el camino, ¿verdad?
La alegría, que en ningún momento había sido muy profunda, se esfumó. El reflejo de las neblinosas estrellas destelló como lágrimas sobre el cristal de su máscara.
La oscuridad no significaba tinieblas. Brillaba.
De pie en el puente, en medio del panorama espacial, Laure divisó nimbos y cúmulos. Éstos, apilados en riscos, se arremolinaban y ondeaban en un resplandor de todos los colores superpuestos al nacarado blanco. Aquí y allá, se oscurecían en sombras y grutas; aquí y allá, reflejaban el rojo opaco de un sol cercano. Las dispersas estrellas, por miríadas, ostentaban en su mayoría los tonos del rubí y el ámbar, algunas amarillas, otras de un rojo blanco, verdes o azules. Las más próximas se dibujaban con nitidez al ojo humano. Unas pocas parecían minúsculos discos, pero la mayor parte se reducían a borrosos reflejos, ni siquiera puntos luminosos. Esos reflejos se debilitaban con la distancia, hasta que la bruma los deglutía por completo y no quedaba nada, salvo la propia bruma.
Un crepitar semejante al de las llamas martilló a la turbia informidad. Palpitaron energías en su meollo. Laure recordó el antiquísimo mito de la Gran Hendedura, de donde manaba fuego y hielo, con los que se formaron los Nueve Mundos, condenados a su vez a volverse hielo y fuego. Se estremeció.
—Una ilusión.
La voz de la Jaccavrie surgió desde la inmensidad. Laure se sobresaltó como si le hubiese dirigido la palabra una diosa madre.
—¿Cómo dices?
La Jaccavrie rió ahogadamente. Deidad o máquina, contaba con la gran fortaleza de su normalidad.
—Resultas transparente para cualquier observador que te conozca bien —dijo—. Leo en tu mente con toda facilidad.
Laure tragó saliva.
—El panorama... Algo grande, maravilloso y peligroso, acaso único en la galaxia. Sí, reconozco que me siento impresionado.
—Aquí tenemos mucho que aprender.
—¿Y te dedicaste a hacerlo?
—A un ritmo cercano al máximo de mi capacidad, desde que entramos en la parte más densa del racimo. —Y la Jaccavrie continuó con gazmoñería—: De estar menos inmerso en tus conversaciones con la muchacha kirkasante, te hubiese comunicado todas mis informaciones.
—¡Destrucción! —maldijo Laure—. Me dedicaba a estudiar las notas de ella sobre su viaje, tratando de determinar qué configuración debo buscar en cuanto calculemos las tolerancias de nuestro material a la luz de las estrellas... No te preocupes, hablaremos ahora mismo, tal como sugieres. ¿Qué quieres decir con eso de «una ilusión»?
—Me refería a la visión exterior—replicó la computadora—. La concentración de masa no alcanza tantos átomos por centímetro cúbico como en una atmósfera planetaria en estado de vapor. A través de los años luz, sus efectos de absorción y reflejo se acumulan. El gas y el polvo giran, sin duda, pero ni remotamente a la velocidad que creemos percibir. Esto se debe a que nos movemos bajo hiperimpulso. Incluso a la más baja pseudovelocidad, atravesamos con gran rapidez diversas densidades. No es el espacio mismo el que brilla, sino la fluorescencia de los átomos estimulados. El espacio tampoco ruge. Sólo se oye el sonido de los contadores de radiación y otros instrumentos que he activado. No hay verdaderas corrientes tangibles que operen sobre nuestro casco y lo hagan temblar. Ahora bien, cuando efectuamos microsaltos cuánticos a través de fuertes campos magnéticos interestelares, y debo decirte que esos campos varían según un modelo en extremo complejo, estamos condenados a interactuar con ellos. Las estrellas, ya se sabe, son mucho más tupidas de lo que parece. Mis instrumentos no captan ninguna a más de unos cuantos parsecs de distancia. Sin embargo, los datos que he reunido en los últimos días me inducen a sospechar que el cálculo de un cuarto de millón resulta muy comedido. Desde luego, en su mayoría son diminutas...
—¡Basta ya! —aulló Laure furioso—. No necesito que me expliques lo que comprendí en cuanto vi este lugar.
—Había que apartarte de tus fantasías —reconvino la Jaccavrie—. Aunque reconozcas tus ensueños como tales, no puedes permitirte ese lujo. Al menos por ahora.
Laure se atiesó. Sintió el deseo de ordenarle que apagara la panorámica, pero se dominó, preguntándose si la máquina no percibiría también sus impulsos. Dijo con voz ronca:
—Cuando te vuelves tan académica conmigo, significa que estás postergando novedades que no deseas transmitirme. ¿Problemas?
—Pronto los tendremos —reconoció la Jaccavrie—. Aconsejo que regresemos de inmediato.
—¿Así que no podremos continuar? —dedujo Laure anonadado, pese a no tratarse de un acontecimiento que no se esperara.
—Acertaste. Es decir, ya me surgieron algunas dificultades y nos esperan condiciones mucho peores.
—¿Qué ocurre?
—En primer lugar, los métodos ópticos, que son inadecuados. Eso lo sabíamos ya por la experiencia de los kirkasantes. Pero lo demás tampoco marcha. Como recordarás, discutimos la posibilidad de identificar estrellas supergigantes a través de las nubes y utilizarlas a modo de faros. Aunque su luz fuese difusa y amortiguada, producirían otros efectos que detectaríamos, por ejemplo en el caso de que emitiesen gran cantidad de neutrinos...
—¿Y no ocurre así?
—Sí que ocurre. Pero los efectos se amortiguan muy pronto. Y quedan muchas cosas más. Para nombrar una sola, hay demasiados neutrinos, de fuentes muy diferentes. Y un sinfín de efectos magnéticos. Las estrellas están muy apiñadas. Además, muchas de ellas son dobles triples o cuádruples, por lo que giran a gran velocidad, desviando las líneas de fuerza, aparte de que la irradiación mantiene una buena fracción del medio interestelar en estado de plasma. Por lo tanto, hemos de enfrentarnos a acciones electromagnéticas de todo tipo, a la radiación sincrotrónica y a la radiación betatrónica, sin contar con las colisiones nucleares y...
—Ahórrame la lista completa —le interrumpió Laure—. Limítate a confesar que el nivel sonoro es demasiado elevado para tus instrumentos.
—Y para cualquier otro instrumento que pudiera extrapolar—respondió la Jaccavrie—. La precisión que requerirían sus filtros supera a la que permiten las leyes de la atomística.
—¿Y qué me dices de tu sistema de inercia? ¿También está encallado?
—Comienza a estarlo. Por eso te pedí que vinieras a echar un buen vistazo a lo que nos rodea y al lugar adonde nos dirigimos, mientras escuchas mi informe.
La computadora no se hallaba programada para sentir temor, pero Laure se preguntó si en ese momento no buscaría amparo en la pedantería.
—La navegación por inercia operaría aquí a velocidades cinéticas —continuó la máquina—. Sin embargo, para traspasar los parsecs, necesitamos hiperimpulso. Siendo idénticas la masa de la inercia y la gravitacional, un cambio demasiado rápido en el potencial de gravitación tendería a provocar precesiones y nutaciones incontrolables. En zonas normales del espacio lo compensaríamos, pero no aquí. Con un número excesivo de estrellas demasiado juntas, que se mueven las unas entre las otras siguiendo trayectorias demasiado complejas para mis posibilidades de cálculo, la tasa de variación se eleva a números astronómicos.
—En síntesis —apuntó Laure lentamente—, si nos sumergimos más a fondo en esta materia, volaremos a ciegas.
—Sí, como le sucedió a la Makt,
—Siempre nos quedará el recurso de salir al espacio abierto en cualquier momento, ¿no? Lo solucionarás siguiendo una línea más o menos recta, hasta emerger.
—De acuerdo, pero no me gusta correr riesgos. El trasfondo de rayos cósmicos aumenta de manera muy considerable.
—Dispones de pantallas de protección.
—Estoy sopesando las implicaciones. Esas partículas se originan en algún sitio. La aceleración magnética sólo explica una fracción de su intensidad. Por lo tanto el ritmo de producción de novas y supernovas de este racimo en el pasado reciente tuvo que ser grandioso, lo que indica, a su vez, un vasto número de cuerpos menores: estrellas neutrónicas, planetas fugaces, grandes meteoritos, espesos bancos de polvo, cosas en general indetectables hasta que se choca con ellas.
Laure sonrió a su invisible exploradora.
—Si algo falla, reaccionarás con toda rapidez —dijo—. Nunca te descuidas.
—Te garantizo que no tropezaremos con problemas que no sea capaz de afrontar.
—Calcula mis posibilidades, ¿quieres?
La Jaccavrie cayó en un largo silencio. El aire chisporroteaba y silbaba. Laure se descubrió a sí mismo con los ojos clavados en la bruma estelar. Transcurrió un minuto antes de caer en la cuenta de que la nave no le había respondido.
—¿Y bien? —le preguntó al fin.
—Los parámetros son inciertos. —Ya no había hostilidad en su voz—. Sólo te diré que hay grandes probabilidades de un desastre en comparación con los viajes a través de regiones normales de la galaxia.
—¡En nombre del Caos! —La risa de Laure sonó desasosegada—. Me hablas de una cifra casi insignificante. Antes de penetrar en esta nebulosa, sabíamos ya que corríamos un riesgo. ¿Y qué pasa con la radiación coherente a partir de fuentes naturales?
—Opino que existe excesiva desproporción entre el riesgo y el posible beneficio —sentenció la Jaccavrie—. En el mejor de los casos, considero este lugar como apto para un estudio científico. A ti te corresponde otra clase de trabajo. Tu principal fantasía, por cierto muy peligrosa, consiste en creerte en condiciones de satisfacer los anhelos emocionales de un puñado de semibárbaros.
Laure sintió que la ira brotaba en su interior, una ira que se disolvió en frialdad:
—Te di la orden de que me informaras sobre la radiación coherente.
Jamás antes había impuesto Laure su categoría de humano. La Jaccavrie respondió con voz tan gélida como el metal:
—He detectado algo en los infrarrojos visibles y cortos, en los puntos donde ciertos tipos de estrellas provocan procesos pseudo-quasares en el gas circundante. Se disipa a la misma velocidad que cualquier otra luz.
—¿Las bandas radiales son claras?
—Sí las de ese tipo de onda, aunque...
—Suficiente. Seguiremos adelante, hacia el centro del racimo. Corta este panorama y conéctame con la Makt.
Los soles brumosos se esfumaron. Laure estaba solo en un compartimento de metal. Se sentó, frunció la frente y clavó la vista en la pantalla externocomunicadora que se alzaba ante sus ojos. ¿Qué le pasaba a la Jaccavrie? Su desaprobación de la búsqueda se tornaba cada vez más evidente, sobre todo durante los últimos días. Quería que emprendiera el retorno, que se presentara ante los cuarteles generales y dejara allí a los kirkasantes. Que se las arreglaran a su modo para pasar el resto de sus vidas en el exilio. Bien... El hecho de ser una nave batidora, construida para la exploración, condicionaba siempre sus criterios. No obstante, ¿cómo no comprendía que él tenía el deber —y también el deseo— de ayudar al pueblo de Graydal?
La pantalla parpadeó. El diseño de las dos naves difería hasta tal punto que les resultaba difícil permanecer en fase durante un tiempo considerable. Asimismo, se recibía mal la modulación impuesta sobre los impulsos espaciales. Poco después, la imagen se estabilizó, dejando ver un rostro.
—Le pondré en comunicación con el capitán Demring —se limitó a decir el oficial de comunicaciones.
En un kirkasante, semejante falta de ceremonia revelaba tan a las claras la tensión que reinaba a bordo como las ojeras de toda !a tripulación.
La imagen volvió a ondular y apareció en la pantalla la cara del viejo. Se hallaba en su cabina, que contaba con conexiones audiovisuales directas. La extravagancia del decorado impresionó una vez más a Laure. ¿Qué historia había dado lugar a las convenciones artísticas de aquellos tapizados con figuras angulares de brillantes colores? ¿Qué canciones reproducía el aparato musical, en qué lengua y en qué escala? ¿Qué simbolismo ocultaba la máscara de plata que adornaba la puerta?
Fatigado pero indómito, Demring levantó la vista y dijo:
—Haya paz entre nosotros. ¿A qué se debe esta llamada?
—Quiero comunicarte lo que acabo de saber —le informó Laure—. ¿No podría intervenir tu piloto en esta conversación?
—¿Para qué? —inquirió Demring en tono cortante.
—Bueno..., sus obligaciones...
—Ella colabora en la toma de decisiones, pero no decide. Como máximo, se le permite un consejo. —Hizo una pausa antes de agregar con energía—: Ya has hablado demasiado con mi hija, batidor Laure.
—No.,. Quiero decir sí, pero...
El joven se recuperó. Le habían preparado psíquicamente para dominarse, aunque el uso de esta facultad adquirida aún no se había convertido en refleja.
—Capitán, Graydal me ha ayudado mucho a entender vuestro carácter. Cada una de nuestras culturas ha de intuir la esencia de la otra, si deseamos cooperar. Y ese proceso comienza aquí, entre estas naves. Graydal aclara mis dudas y creo que comprende mejor mis propósitos que cualquier otro miembro de tu tripulación.
—¿Y a qué achacas tú ese fenómeno? —quiso saber Demring.
Laure no quiso mostrarse ofendido por la arrogancia del capitán —era el padre de ella—. Intentó esbozar una sonrisa.
—Bueno, hasta cierto punto, ella y yo hemos llegado a conocernos. Entre nosotros, dejamos de lado las formalidades y nos tratamos como amigos.
—Lo cual no me parece necesariamente deseable —señaló Demring.
Laure recordó que los hábitos sexuales de la especie humana varían mucho e incluyen una gran carga emocional. Se compenetró de los prejuicios de Demring y dijo en un tono que consideró moderada y justamente indignado:
—Te aseguro que no me he permitido nada incorrecto.
—No, por supuesto. —El kirkasante rechazó la idea con un gesto cortante—. Confío en ella. Y en ti, sin duda alguna. De todas formas, te advierto que las relaciones íntimas entre miembros de sociedades tan distintas como las nuestras suelen terminar de manera desastrosa para todos los implicados.
Laure se compadeció de él. «Tiene miedo de dejar caer la máscara... ¿Será ésa la causa de que en el arte de su pueblo se repita tanto ese motivo? En el fondo, no es más que un padre preocupado por su hija.»
Se sentía acosado... ¡Primero la computadora y ahora esto!
—No creo que exista tanta divergencia entre nuestras culturas —replicó fríamente—. Ambas son tecnológico-racionales, lo que, en principio, denota una gran similitud. ¿Pero no nos estamos desviando del tema? Quería ponerte al corriente de los descubrimientos que ha hecho mi nave.
Demring se relajó. El universo mecánico no le asustaba.
—Adelante, batidor.
Sin embargo, después de oír a Laure, frunció el entrecejo, se mesó la barba y, sin tratar de ocultar su angustia, dijo:
—¿O sea que no tenemos posibilidades de encontrar Kirkasant por nuestra cuenta?
—No —respondió Laure—. Yo había esperado que uno de mis modernos sistemas localizadores serviría para operar en esta racimo. En tal caso, hubiésemos zigzagueado a gran velocidad entre las estrellas, situándolas en el mapa, con bastantes probabilidades de localizar en unos meses el grupo de! que partisteis. Tal como se han puesto las cosas, no hay modo de establecer una red lo bastante precisa, ni contamos con nada a qué referir esa red. Una vez que una estrella desapareciese en la bruma, jamás volveríamos a encontrarla. Ni siquiera mediante una línea recta de retroceso, puesto que carecemos de un feedback de navegación para asegurarnos de que nos mantenemos en una línea recta.
—¡Perdidos otra vez!
Demring se miró las manos, que había cruzado sobre la mesa. Cuando volvió a levantar la vista, su rostro broncíneo aparecía rígido de dolor.
—Me lo temía. Por eso me sentía reacio a regresar. Temía el efecto de la decepción sobre mi gente. Ahora ya conoces otro aspecto en el que diferimos. Para nosotros, el hogar, los lazos de parentesco, las tumbas ancestrales, no suponen un mero placer. Significan una parte muy importante de nuestra identidad. Estamos dispuestos a explorar y colonizar, pero no a quedar amputados por completo de los nuestros. —Se enderezó en el asiento y convirtió la
confesión en un movimiento estratégico, al concluir su discurso con voz seca—: En consecuencia, cuanto antes dejemos atrás las cercanías de nuestro mundo y aceptemos la verdad, renunciando a nuestra patria física, cuanto antes salgamos de este racimo..., mejor para todos.
—No —se opuso Laure—. He reflexionado mucho sobre vuestra situación. Existen formas de navegar por aquí.
Demring no evidenció ninguna sorpresa. También él debió de pensar en las contingencias y en las posibilidades. No obstante, Laure las esbozó:
—Por ejemplo, a partir del exterior del racimo, instalar una red de faros artificiales. Yo diría que bastarían cincuenta mil en órbita alrededor de estrellas seleccionadas. Si dotamos a cada uno de una señal identificadora, permitirían a las naves fijar sus coordenadas y trazar un rumbo. Se me ocurren varios métodos. Sólo se precisa que emitan un ruido que no ahoguen los sonidos naturales. Los moscardones a hiperimpulso, que avanzan y retroceden de manera automática, serían detectables en un radio de un año luz. Y una serie de radiodifusiones coherentes en las bandas correctas se captarían a la misma distancia o más. Puesto que las estrellas de los alrededores sólo están separadas por semanas o meses luz, a una red electromagnética no le llevaría mucho tiempo completar el circuito. Sin duda un verdadero ingeniero, especializado en el problema, descubriría mejores respuestas aún.
—Lo sé —coincidió Demring—. En la Makt hemos discutido la cuestión y llegamos a conclusiones similares. El obstáculo básico se centra en el trabajo que significaría, en primer lugar fabricar ese número de faros y, luego, más difícil todavía, instalarlos. Habría que emplear muchas horas de trabajo y muchas naves para alcanzar resultados satisfactorios en un plazo de tiempo razonable.
—De acuerdo.
—Quiero pensar que los clanes de Hobrok no discutirían a quién le corresponde pagar los costos, pero he hablado con algunos nombres de Serieve. También tomé en cuenta lo que Graydal transmite y lo que no transmite de sus conversaciones contigo. La vuestra es una civilización mercantil.
—No exactamente —le corrigió Laure—. Ya traté de explicar...
—No te preocupes. Nos queda el resto de nuestra vida para enterarnos de sus características. ¿Viramos ahora y damos por concluida esta expedición?
Laure parpadeó ante el manifiesto desdén de Demring, pero meneó la cabeza: —No, será mejor que continuemos. Nos aguardan descubrimientos extraordinarios, que atraerán a los científicos. Y cuando haya muchas naves zumbando en los alrededores...
—Disculpa, batidor. —La sonrisa de Demring no traslucía el menor sentido del humor—. Jamás nos visitarán tantos científicos, Y nunca se instalarán los faros a lo largo del racimo. ¿Para qué? La posibilidad de que uno de sus vehículos tropiece con Kirkasant es despreciable. Perseguirán estrellas y planetas poco comunes, información sobre los campos magnéticos y los plasmas o cualquier otra cosa de fácil acceso para su estudio. Ni siquiera los antropólogos sentirán el menor interés en investigar nuestro mundo. Preferirán dedicarse a otras tareas, también singulares para ellos, pero mucho más accesibles.
—Yo tengo mis propias obligaciones —respondió Laure—. El viaje hasta aquí fue muy largo. Una vez cumplido, debo recuperar parte de los costos para mi organización, reuniendo todos los datos posibles antes de regresar.
—¿Y no cuenta el costo que supone para mi gente? —se lamentó Demring—. ¿No importa que vean su propio cielo a su alrededor durante semanas enteras..., y sintiéndose exiliados?
Laure perdió la paciencia,
—Abandona si quieres, capitán —le espetó—. No tengo autoridad para impedírtelo. Yo seguiré adelante, hasta el mismo centro del racimo.
—¿Esperas encontrar algo que te haga rico o, por lo menos, famoso? —contestó Demring, impulsado por una fría llamarada de ira, que refrenó de inmediato—. Este lugar no me parece apto para los actos impulsivos. Indudablemente, tu vehículo supera en mucho al mío. Y dudo que el equipo de navegación de la Makt consiga arribar nunca a esa base avanzada en la que debemos reaprovisionarla. Si continúas, estoy condenado a acompañarte como una simple medida de prudencia, a menos que los riesgos que corras alcancen un grado intolerable. Pero te invito a una nueva conversación.
—Cuando gustes, capitán.
Y Laure desconectó el circuito.
Permaneció un rato inmóvil, echando pestes. La barrera cultural no podía ser tan inexpugnable, ¿O sí? Los kirkasantes no parecían tan estúpidos ni tan perversos como para no darse cuenta de que trataba de favorecerles. Tal vez se equivocó al concentrarse más en aprender cosas sobre ellos que en enseñarles algo acerca de sí mismo. No obstante, Graydal debía de conocerle bien.
La nave recibió una llamada y volvió a conectar la pantalla. Laure sintió que le inundaba la alegría, hasta que vio el rostro de Graydal.
Con una expresión glacial en sus ojos dorados, sin saludarle, la navegante dijo:
—Los oficiales acabamos de escuchar una grabación de tu conversación con mi padre. ¿Qué...
La conexión falló de pronto, volviendo turbulenta la imagen y mezclando la voz de Graydal con desagradables sonidos, similares a los de la estática.
—... intentas?
La pantalla se oscureció.
—Mantén el contacto —ordenó Laure a la Jaccavrie.
—No es tan fácil en estos campos gravitacionales —replicó la nave.
Laure se puso de pie de un salto, se golpeó la palma de una mano con el puño de la otra y gritó:
—¿Vas a dejar de crearme problemas? ¡Si no restableces la comunicación, te armaré una bronca fenomenal!
Reapareció la imagen, aunque borrosa y ondulada. La voz sonaba cargada de zumbidos y chirridos, como si llegara a través de tenebrosas brumas estelares, tras recorrer años luz de distancia.
—Estamos desconcertados. —Graydal hablaba ahora con mayor amabilidad—. Me delegaron para que averiguase algo más, ya que yo te..., te conozco mejor. Si nuestras naves no pueden alcanzar Kirkasant, ¿por qué seguimos adelante?
Después de las horas que habían pasado charlando, comiendo, bebiendo, escuchando música y riendo juntos, Laure la entendía tan bien que supo enseguida cuan desdichada se sentía detrás de su máscara. A su gente —a ella misma—, aquel viaje entre la bruma les causaba un dolor que él no habría experimentado aun en el caso de haber nacido allí. Él pertenecía a una civilización de viajeros. Jamás consideraría su planeta como el paraíso perdido. Para ellos, en cambio, siempre se alzaría un escollo púrpura contra el ocaso, siempre verían las marismas al amanecer, las gélidas nubes montadas sobre los riscos desérticos carcomidos por e! viento, los antiguos castillos, siempre oirían el batir de alas en el cielo... Y siempre, siempre, recordarían las amadas noches blancas de las que ningún otro universo humano disfrutaba.
Formaban un pueblo de luchadores. No se sentarían a esperar que se compadeciesen de ellos. Forjarían algo grande en el exilio. Y él no les ayudaba-a olvidar su desarraigo. En consecuencia, estuvo a punto de confesarle a Graydal la verdadera razón que le impulsaba. Se mordió la lengua a tiempo y le explicó con más detalles lo mismo que había comunicado al capitán Demring. Su nave representaba una considerable inversión que debía amortizarse a lo largo de su vida de servicio. Lo mismo ocurría con su propia capacitación profesional. El tiempo que había empleado en llegar hasta allí equivalía, por lo tanto, a una importante cantidad de dinero. Por el momento, no contaba con nada que justificara esos gastos, excepto la confirmación de una conjetura razonable sobre la naturaleza de las proximidades de Kirkasant.
Disfrutaba de plenos poderes..., mientras permaneciera de servicio. Sin embargo, siempre corría el riesgo de un despido. De hecho, le despedirían si su carrera, tomada en conjunto, no daba beneficios. En aquel caso específico, el beneficio consistiría en una detallada información referente a un entorno singular, prorrateada en los términos siguientes: conocimiento científico, con su potencial de progreso tecnológico; experiencia en viajes espaciales; relaciones públicas...
Graydal le miró horrorizada.
—No vas a decirme que sólo seguimos adelante para..., para favorecer tus fines personales —susurró.
La interferencia se burló de ambos.
—¡No! —protestó Laure—. Escúchame, sólo quiero ayudaros. Pero vosotros debéis justificarme desde el punto de vista económico. En primer lugar, sois la única razón por la que vine hasta aquí. Si vais a colaborar con la Comunalidad, lo que os valdría su apoyo para empezar de nuevo, tenéis que demostrar que el tiempo empleado en vosotros merecía la pena. Al seguir adelante, empezamos a demostrarlo. Y remataremos la demostración entregándoles un bagaje de conocimientos que hasta ahora no poseían.
Graydal se serenó, aun manteniéndose distante:
—¿Y tú crees que eso está bien?
—De todos modos, así son las cosas—repuso él en tono firme—. A veces pienso que mis intentos por revelarte la manera de ser de mi gente no dieron ningún resultado.
—Dejaste bien claro que sólo piensan en su propio interés.
—A juzgar por tus palabras, no he dejado nada en claro.
Laure se hundió en su silla de red. «Hay días en que un hombre recibe golpe tras golpe», pensó. Se obligó a sí mismo a erguirse y empezó de nuevo:
—Nuestro ideal difiere del vuestro... No, no me expreso bien. En realidad, tenemos los mismos ideales, aunque pongamos el acento en diferentes aspectos. Vosotros creéis que el individuo debe ser libre y ayudar a su prójimo, y nosotros pensamos lo mismo. Sólo que vosotros consideráis básico el servicio, le dais prioridad, y nosotros nos inclinamos a todo lo contrario. El hombre y la mujer tienen ciertos deberes respecto a su cían y su país desde que nacen, claro. Sin embargo, se protege su individualidad, desaprobando la esclavitud y despreciando a todo aquel que no dota su vida de un aspecto estrictamente personal. Concedemos libertad a la persona, dentro de un marco flexible de prohibiciones racionales. Protegemos el aspecto social, rechazando la avaricia, el egoísmo, la crueldad.
—Lo sé. Tú...
—Quizá no te has parado a pensar hasta qué punto nos vemos obligados a hacerlo así —la interrumpió—. Nuestra civilización se ha extendido demasiado para soportar nada que no sea la libertad. La Comunalidad no constituye un gobierno. ¿Cómo gobernar diez millones de planetas? Se trata de una sociedad privada, voluntaria y de beneficio mutuo, abierta a cualquiera que responda a ciertos niveles, proceda de donde proceda. Presta determinados servicios a sus miembros, por ejemplo mi propio trabajo de salvamento en el espacio. Esos servicios son lo bastante amplios y eficientes para que a los gobiernos planetarios locales les atraiga contratarlos. No obstante, no hablo en nombre de mi civilización. Nadie lo hace. Tú me convertiste en un amigo. Pero, dime, ¿cómo conquistarías la amistad de diez billones de individuos?
—Ya me dijiste eso antes.
«Y no lo registraste. No lo asimilaste de verdad. Supongo que la idea es demasiado nueva para ti», pensó Laure. Ignoró la observación de Graydal y continuó:
—Por la misma razón, no existe una economía interestelar planificada. Ya en un solo continente, cualquier planificación se quiebra a causa de la magnitud de los detalles. La historia está llena de casos semejantes. De modo que confiamos en el mercado, que opera de modo tan automático como la gravitación. También con la misma eficacia, la misma despersonalización y, en ocasiones, la misma implacabilidad... Muy bien, nosotros no construimos este universo, sólo lo habitamos.
Daven tendió las manos, como si quisiera tocarla a través de la distancia y la distorsión.
—¿No comprendes? —dijo después de una pausa—. No puedo ayudaros en vuestra situación. Nadie puede hacerlo. Ningún cuatrillonario individual, ninguna fundación, ningún gobierno, ningún consorcio alcanzaría a pagar el costo de la operación. No nos acuses de falta de caridad. Acusa a la falta de recursos para un esfuerzo de semejante magnitud. Los recursos se dividen entre demasiadas personas, cada una de las cuales ha de cumplir primero con sus propias obligaciones. Si cada una contribuyera con algo, reuniríais lo suficiente para comprar vuestra flota. Pero no existe un mecanismo impositivo para recaudar ese algo ni medio alguno de crearlo. En cuanto a las donaciones voluntarias... ¿Cómo haríamos para transmitir nuestro mensaje a toda una civilización, tan vasta, tan diversa, tan ocupada en sus propios asuntos..., asuntos que incluyen necesidades mucho más urgentes que las vuestras? Graydal, de veras, no somos avaros. Somos impotentes.
Ella estudió la cuestión largo rato. Como no la veía bien a través de las ondas de la pantalla, Laure trató de imaginar qué emociones expresaría su rostro. Por último, la muchacha habló, no exenta de afabilidad, pero sí protegida en la reserva de los de su especio. Él no oyó nada a causa de los zumbidos, a excepción de lo siguiente:
—... adelante, puesto que no hay otro remedio. De todos modos, por muy poco tiempo. Buena ronda, batidor.
La pantalla se apagó. Esta vez, Laure no logró que la Jaccavrie restableciera la conexión.
En el corazón del gran racimo, donde la nebulosa era tan espesa que semejaba un destello casi informe, de matiz perlado y cruzado por arcos iris, las estrellas distaban tan poco entre sí que se contaban por miríadas. Las naves espaciales se arrastraban como fragatas en los mares ignotos de la antigua Tierra. Allí había algo más que niebla. Resaltaban las hondonadas, los escollos, las entrelazadas mareas. Las energías se afanaban por atravesar el plasma. Acumulaciones de polvo, planetas fugaces, soles abrasados se alzaban amenazadores detrás de las nubes más densas. En dos ocasiones, la Makt rozó la catástrofe. Por fortuna, la Jaccavrie detectó el peligro con sus instrumentos más precisos, advirtiéndolo para que se alejara.
Cuando los posteriores ruegos de Demring fracasaron, Graydal acudió personalmente a bordo para rogarle a Laure que emprendiera el regreso. El hecho de que doblegara su orgullo hasta ese extremo revelaba el agotamiento de todos sus compañeros.
—¿Qué ganamos corriendo semejante riesgo? —preguntó estremecida.
—Demostrar que aquí se alberga el tesoro de un fenómeno singular—respondió Laure.
El también se sentía deprimido, en parte por el largo viaje y la tensión casi constante, en parte por la distancia que ahora les separaba. Trató de infundir algún entusiasmo en su voz:
—En cuanto informemos sobre esto, se organizarán expediciones. Te apuesto lo que quieras a que de aquí saldrán los cimientos de dos o tres ciencias hasta ahora desconocidas.
—Lo sé. Todo es astronómico, abundante, cercano e interactuante. —Graydal se encogió de hombros—. Olvidas que no nos corresponde a nosotros la investigación. Podemos retornar ahora mismo, podríamos haberlo hecho antes, provistos de detalles suficientes para un informe. ¿Por qué te niegas?
—Aún debo investigar sobre el terreno varios planetas de diferentes sistemas —fue la respuesta—. Entonces nos daremos por satisfechos.
—¿Qué significan esos planetas para ti?
—Los espectros locales estelares son muy extravagantes. Quiero saber si la abundancia de elementos en los cuerpos sólidos se halla a tono con eso.
—No te comprendo —le miró con fijeza—. Creía que sí, pero me equivocaba. No hay en ti ninguna compasión. Nos condujiste, nos atrajiste tan lejos que no lograríamos salir de aquí si tu nave no nos guía. No te preocupa nuestra fatiga ni nuestro tormento. No entiendes, o no quieres entender, nuestras ansias de vivir.
—A mí me ocurre lo mismo —trató de sonreír—. Disfruto con todo este proceso.
Graydal movió de un lado a otro su oscura cabeza.
—Sabía que no comprenderías. No le tememos a la muerte por nosotros mismos, pero la mayoría aún no hemos tenido hijos. Sentimos miedo por nuestra estirpe. Necesitamos encontrar un hogar, olvidar Kirkasant y formar familias. Y tú nos obligas a seguir en esta estéril búsqueda... ¿Por qué? ¿Por tu propia gloria?
Tendría que habérselo explicado en ese momento, pero la tensión y el abatimiento le indujeron a responder:
—Aceptasteis mi jefatura. Eso me convierte en responsable de vosotros. ¿Cómo voy a asumir esa responsabilidad si no ejerzo el mando? Soportaréis muy bien otro par de semanas. No precisaré más tiempo.
A su vez, ella tendría que responderle que no ignoraba la nobleza de sus motivos y que sólo deseaba oírlo de sus labios. Descendiente de cazadores y soldados, se cuadró y dijo:
—Muy bien, batidor. Transmitiré tus palabras a mi capitán.
Se marchó y no volvió a poner los pies en la Jaccavrie. Más tarde, después de una «noche» de insomnio, Laure decidió:
—Comunícame con la navegante piloto de la Makt.
—No te lo aconsejo —respondió la voz femenina de la nave.
—¿Por qué
—Presumo que quieres rectificar. ¿Sabes acaso cómo reaccionará Graydal, o su padre, o sus jóvenes colegas masculinos, que sin duda se sienten muy atraídos por ella? Son unos extraños para ti, y se encuentran sometidos a una fuerte tensión nerviosa.
—¡Son seres humanos!
Palpitaron los motores. Los ventiladores susurraron.
—¿Y bien... ? —insistió Laure.
—No estoy programada para computar emociones, salvo a nivel elemental —recitó la Jaccavrie—. Pero te ruego que recuerdes la diversidad de la raza humana. En Reith, por ejemplo, hombres normalmente pacíficos sufren de vez en cuando ataques de furia asesina. Sucede con tanta frecuencia que, en esas circunstancias, la violencia no constituye un delito según sus leyes. Un talato se muestra paciente y alegre en la adversidad... hasta cierto punto. Después, deja de esforzarse, se dedica a la contemplación de su Dios y aguarda la llegada de la muerte. Piensa en tantas culturas distintas, todas incluidas en el ámbito de la Comunalidad. ¿Por qué no han de ser diferentes los kirkasantes?
—¡Hum!
—Te sugiero que te entrometas lo menos posible. Así, se reducirán las probabilidades de provocar algún estallido imprevisible. Una vez cumplida nuestra tarea, ya de regreso, cederán las tensiones y podrás comportarte con ellos como quieras.
—Quizá tengas razón... —Laure se quedó mirando un mamparo con mirada sombría—. No sé. De verdad que no lo sé.
Poco después, estaba demasiado ocupado para preocuparse. La Jaccavrie avanzaba según sus instrucciones, conduciéndole a sistemas planetarios que pertenecían a diversos tipos estelares. En cada uno de ellos, Laure aterrizó sobre un astro sin aire, procedió a lecturas analíticas, tomó muestras de minerales y, sin acercarse, efectuó una inspección superficial de los mundos más grandes.
Ni un solo indicio de vida. En ningún sitio. Lo esperaba. De hecho, aquello confirmaba sus suposiciones acerca de la parte interior del racimo.
La gravitación había concentrado tanto polvo y tanto gas que el ritmo de producción estelar resultaba increíble. Cada vez que el racimo atravesó las nubes alrededor de un centro galáctico y recibió una nueva carga de material, se produjo un torrente de supernovas, varias por siglo, durante un millón de años o más. No logró dilucidad qué furia se había desatado, y apenas se atrevió a transferir sus cálculos a números. Probablemente, la radiación había esterilizado todo aliento de vida en cincuenta años luz a la redonda. (Por lo tanto, Kirkasant debía de hallarse más allá, lo que coincidía con los datos proporcionados por sus habitantes, en el sentido de que el medio interestelar era mucho más denso en esa región central que en las vecindades del mundo que habían perdido.
Núcleos enteros se habían consumido en interiores estelares y, no las dos, tres o cuatro generaciones de estrellas que habían precedido a la mayor parte de la galaxia normal... Aquí, un átomo típico tal vez había atravesado por una docena de explosiones supernóvicas sucesivas. Una transformación se sumaba a otra. El hidrógeno y el helio seguían siendo los elementos más comunes, gracias tan sólo a la abrumadora abundancia inicial. Por otro lado, la mayoría de las sustancias más ligeras se habían vuelto raras. Aquellos planetas eran absolutamente imprevisibles. Algunos de los gigantes no presentaban gruesas capas de agua congelada, ni los más pequeños extensas costras de silicatos. El carbono, el oxígeno, el nitrógeno, el sodio, el aluminio, el calcio se perdían casi entre... el hierro, el oro, el mercurio, el tungsteno, el bismuto, el uranio y el transuranio... Laure no se atrevió a aterrizar en algunas esferas muy pequeñas, a causa de su feroz radiación. Algún día, un robot blindado pondría el pie en ellas. Jamás un organismo viviente.
La tripulación de la Makt no se ofreció a ayudarle. Irracionalmente ultrajado, tampoco Laure les pidió colaboración. La Jaccavrie se ocuparía de cualquier comunicación esencial con el capitán y la navegante piloto. Trabajaba hasta caer dormido, despertaba, aprovisionaba su cuerpo y volvía a trabajar. Entre una estrella y otra, se entregaba a detallados análisis de las muestras, trabajo lo bastante complicado para mantener su mente apartada de Graydal. Minerales como aquéllos sólo podían haberse formado en tan fascinante reino.
Por último, las naves orbitaron alrededor de un planeta provisto de atmósfera.
—¿De verdad deseas penetrar en ella? —inquirió la computadora—. No te lo recomiendo.
—Tú nunca recomiendas nada de lo que me propongo —gruñó Laure—. Sé que el aire supone un factor extra, con el que hay que contar. Pero necesito hacerme una idea de la distribución de los elementos en la superficie de astros como ése. —Se froto los ojos inyectados en sangre—. Será el último. Después, iniciaremos la operación de retorno.
—Como tú digas. —¿Suspiró de veras la voz artificial?— Después de tanto tiempo en el espacio, tendrás que prepararlo todo para un aterrizaje aerodinámico.
—De ningún modo. Me llevaré el deslizador, como de costumbre. Tú te quedarás quieta.
—No cometas imprudencias. No se trata de un globo sin aire, que me ofrecería la posibilidad de orbitar por encima de las cumbres montañosas y vigilarte. Si mis cálculos no fallan, la ionosfera está tan cargada que la radio del deslizador no llegará hasta mí.
—No habrá ningún problema —afirmó Laure—. De todos modos, si lo hubiese, es imprescindible tu presencia aquí. Los kirkasantes te necesitan para que les guíes hacia la salida.
—Yo...
—Ya oíste la orden.
Laure se dedicó después a tomar ciertas precauciones esenciales, aunque no las creía necesarias. Su objetivo parecía inofensivo: seco, estéril, una piedra que giraba alrededor de una estrella.
Sin embargo, tras apartarse de la escotilla principal y acelerar su deslizador de gravedad, el panorama que se extendía ante sus ojos le cortó la respiración.
Le rodeaba una rutilante bruma, con su interior plagado de estrellas, que iluminaban cavernas y zarcillos, aureolados de infinitas fluorescencias multicolores. Incluso mientras observaba uno de esos puntos de un color azul acerado, se incrementó su fulgor hasta que la intensidad le hacía arder los ojos. Otra nova. Cada etapa de la evolución estelar aparecía tan ricamente representada que daba la impresión de que el tiempo mismo se hubiese comprimido. ¡El cosmos! ¡Qué maravilloso laboratorio astrofísico!
(Por regla general, reservado a los instrumentos no tripulados. La carne humana no duraría muchos meses en una extensión de radiación cósmica que caía como cellisca a través de esos espacios. Los sincrotrones, los betatrones y las unidades cuánticas de Cerenkov hervían desde las partículas lanzadas en el gas a través del entrelazado magnetismo de átomos y soles. Laure estudió el contador de exposición acumulativa sujeto a su muñeca izquierda.)
El disco solar era grande y de un cárdeno color naranja. A pesar de la termostatización del deslizador, Laure sintió que el calor le abofeteaba a través de la burbuja y de su propia combinación. Un visor manual puso de relieve inmensas prominencias, que lamían el cielo como lenguas de fuego, y una corona de una hermosura tal como para causar un paro cardíaco. Un sol de tipo K nunca sería tan espectacular, pero no había estrellas normales a la vista..., no con semejante distribución y caída de elementos.
En otros tiempos, el planeta al que se dirigía estuvo más alejado, pero la fricción con la nebulosa, a través de muchos giga-años, le forzó a una espiral interior. La temperatura de superficie no sobrepasaba aún los límites de lo tolerable —rondaba los 50° centígrados—, aunque la atmósfera era delgada, formada sobre todo por gases nobles. En todo aquel mundo, no había agua suficiente para llenar un lago de un tamaño aceptable. Rodaba ante sus ojos envuelto en unas tinieblas apenas mitigadas por las manchas rojizas de gigantescas tormentas de polvo. La luz refractada transformaba su aire en un aro ardiente.
El deslizador ingresó en esa atmósfera. Durante algún tiempo, Laure se ocupó, entre truenos y vibraciones, de ayudar al piloto automático en el descenso de la pequeña nave. Quedó suspendido por encima de una confusa planicie. En el horizonte cercano se erguían montañas peladas. La roca, negra y parda, brillaba con un fulgor oscuro. El sol se destacaba en lo alto de un cielo teñido de un profundo color púrpura. Llevó a cabo un registro con una sonda de inducción, confirmó la solidez del suelo —de hecho, increíblemente duro— y aterrizó.
Sintió el impacto del enorme peso al apoyar los pies. El planeta tenía un diámetro menor que el más minúsculo de los habitados por el hombre, pero con tanta densidad que su fuerza de gravedad ascendía a 1,22 g normales. Un viento inesperadamente recio le empujó. Aunque sutil, el aire se movía a gran velocidad. Lo oyó gemir a través de su casco. Sonó un estruendo distante, y un temblor le atravesó las botas y los huesos. ¿Un corrimiento de tierras? ¿Un seísmo? ¿Un volcán invisible? Ignoraba lo que allí era posible. Sospechaba que tampoco lo sabrían los más expertos planetólogos. Hasta el momento, los mundos como aquél no habían sido hollados.
La radiación del suelo le pareció demasiado elevada para su gusto. Le convenía cumplir su cometido a toda prisa. Arrastró algunos aparatos, entre ellos una taladradora de fuerza para recoger muestras. La instaló y la dejó trabajando, mientras adhería un piroanalizador a una roca que se alzaba del caótico terreno. Desmenuzado entre las fauces del aparato y convertido en vapor mediante destellos de calor, el mineral reveló su composición fundamental al espectrógrafo óptico y al de masas. Laure estudió los resultados y asintió satisfecho. La presencia de la atmósfera no había modificado nada. Aquel lugar rebosaba de metales pesados y elementos radiactivos. Aunque no tenía razones para dudarlo, un cuadro de las estructuras molecular y cristalina le daría la certeza de su fácil extracción, como en el resto-de los planetas.
«Bien —pensó, consciente del hambre que le asaltaba y del dolor de sus pies—, descansemos un rato en la cabina, comamos algo y echemos un sueñecito. Después, registraré otros puntos, sólo para cerciorarme de sus promesas. Y luego...»
El cielo explotó de repente.
Se tiró de bruces, con la máscara facial enterrada entre los brazos para protegerse del destello, antes de que su conciencia se enterase de lo ocurrido. Los batidores saben mucho sobre armas nucleares. Laure dejó pasar un minuto y, al ver que ninguna onda de choque le golpeaba y no oír otro sonido que el del viento creciente, se atrevió a sentarse y mirar.
El cielo se había vuelto blanco. El sol, antes un fanal anaranjado, se había transformado en bronce fundido. Ni siquiera se permitió dirigir una mirada de soslayo a las cercanías del astro, ya que el resplandor lo rodeaba por completo. El calor seguía aumentando incluso mientras se ponía de pie. «Una nova», pensó estremecido. Y evocó la imagen de Graydal, esperando el momento de desvanecerse en un soplo de gas.
No obstante, siguió vivo y solo en la llanura, ahora refulgente de luz y espejismos. El viento rugía con mayor potencia aún. Sintió que le azotaba, que la masa del planeta le arrastraba, que tenía la boca seca y los músculos tirantes, dispuestos a saltar. La brillantez hacía arder sus ojos, pero no le causaba una molestia insoportable detrás de la máscara facial autoadaptable. El resplandor no daba la sensación de aumentar. Los infrarrojos le obligaban a sudar, pero no llegaban a asarle.
Por fin, la estabilidad. Algo enormemente extraño sucedía. Pero aún no le había matado. A modo de prueba y sin esperanzas de establecer contacto, sintonizó la radio. La estática bramó en los auriculares.
Le palpitaba el corazón con un ruido sordo, no sabía si de miedo o de optimismo. Al fin y a! cabo, era muy joven. Recuperó toda la sangre fría adquirida durante su entrenamiento. No dejó de advertir que, bajo el impuesto dominio de sí mismo, bullía el pánico. Empezó a reunir su equipo con metódica calma y a razonar entretanto.
«No fue la explosión de una nova. Las estrellas de la secuencia principal no se transforman en novas. Tampoco varían en segundos... Claro que ninguna estrella de los alrededores sigue las pautas normales. Quizá, de haber comprobado el espectro de ésta, habría descubierto datos indicativos de que estaba a punto de pasar a otra fase de su ciclo. O tal vez no habría sabido interpretar los datos. ¿Quién ha estudiado astrofísica en semejantes circunstancias?»
El fenómeno se asemejaba a lo ocurrido en Lobo-Rayet. Las estrellas circundantes no evolucionaban según líneas ordinarias. En primer lugar, presentaban una composición anómala. Luego, seguía cayendo materia sobre ellas, lo que cambiaba dicha composición e incrementaba sus masas. Eso forzosamente producía inestabilidad. Cada uno de los espectros que había analizado el corazón del racimo evidenciaba una enorme turbulencia en las capas superficiales, lo mismo que las manchas, las llamaradas, las protuberancias, las coronas que había visto. Con toda claridad la turbulencia se intensificaba más allá de las fotosferas. Podían verse afectados los centros estelares y sus focos nucleares. Sin duda, cada sol local constituía una violenta variable.
Incluso en las regiones menos densas, las estrellas debían de tener historias muy peculiares. En apariencia, el sol de Kirkasant había permanecido estable durante cinco mil años... Varios millones, en realidad, dado que el planeta contaba con una vida nativa bien desarrollada. ¿Pero quién juraría que iba a continuar así? ¡Destrucción! Había que encontrar Kirkasant cuanto antes, a fin de evacuar a sus habitantes en caso de necesidad. No iban a permitir que los niños perecieran...
Consultó su contador de radiaciones. La aguja se elevaba amenazadora. Más allá, el sol escupía rayos X en dosis apreciables, y el planeta carecía de una capa de ozono para bloquearlos. Moriría si no buscaba refugio —de preferencia tras las pantallas de fuerza de su nave— antes de la arribada de los iones. A pesar de su densidad, el globo tampoco tenía campo magnético para desviarlos. Probablemente el núcleo se hallaba formado de materias como el osmio y el uranio. Una mezcla tan extraña muy bien podía permanecer en estado sólido y no fundirse. «Lo ignoro por completo. Lo que sí sé es que me conviene mover el trasero y salir de aquí cuanto antes.»
El viento aulló. Una lluvia de polvo ferroso empezaba a cubrirle. Vio caer las partículas en misteriosos remolinos y las oyó chocar contra su casco. Apelando a toda su tenacidad, terminó de cargar el equipo. Cuando por fin se metió en la cabina del deslizador y cerró la cámara de aire, el vehículo se estremeció bajo la ráfaga ventosa. El sol aparecía rojo y enturbiado por la neblina.
Laure puso en marcha el motor y se elevó. No tenía sentido oponer resistencia al viento, que le haría feliz sólo con arrastrarle hacia el hemisferio nocturno. Entretanto, ganaría en altitud. Luego, se alzaría por encima de la tormenta, cobraría velocidad orbital y...
Nunca supo qué sucedió. Se suponía que el deslizador resistiría a cualquier golpe, al peor que un mundo pudiera propinarle. ¿Pero quién iba a prever de lo que era capaz aquel mundo? La atmósfera, de escaso espesor, desarrollaba altas velocidades. Tal vez la repentina e incrementada irradiación había desencadenado el paroxismo de una célula ciclónica. Quizás el polvo, al ser conductor, había transmitido energía al vórtice, a un ritmo superior a todo lo imaginable, ¿Qué más daba? A Laure no le interesaban las teorías meteorológicas.
Se preocupaba sólo por la forma de seguir vivo, cuando le acometió una ceguera momentánea, provocada por un golpe que estuvo a punto de arrancarle la parte superior del cráneo. El deslizador giró como una hoja y fue arrojado contra la ladera de una montaña.
Todo ocurrió con excesiva rapidez para que Laure pensara en algo más que en reaccionar. Por encima de todo, su piloto automático y él tenían que recuperar el control. El choque estropeó el deslizador, le arrancó la parte media de la estructura y desparramó su carga, aunque no destrozó la cabina. El cinturón antichoque evitó que el hombre se hiriera gravemente. Perdió de momento el conocimiento, pero, al recobrarlo, descubrió que los daños se limitaban a un magullamiento general y un poco de sangre en la boca.
El viento ululaba... El polvo siseaba y barría la superficie. El sol se veía ahora como un turbio disco rojo, si bien de vez en cuando, un rayo de fuego puro atravesaba la tormenta y destellaba sobre los metálicos acantilados.
Laure luchó a tientas con el cinturón y salió tambaleándose. Apenas puso los pies en la cuesta, el suelo se adhirió a ellos con aspereza. Le urgía buscar refugio. Las partículas beta llegarían en cualquier momento, los protones en pocas horas. Entonces, moriría.
Se sintió consternado al descubrir que el equipo había desaparecido. No se atrevió a investigar. Decidió abrirse camino hacia las tinieblas.
No encontró ninguna cueva —cosa natural en aquellas tierras sin agua—, pero, oteando y calculando (asombra la serenidad que uno adquiere cuando su vida depende del buen funcionamiento de su cerebro), buscó qué dirección le ofrecía mejores posibilidades. Al fin, se vio recompensado. Un antiguo corrimiento de tierras había apilado grandes bloques de roca. Entre ellos, divisó un pasaje, hasta el cual consiguió arrastrarse.
Después, nada. Permanecer en aquel estrecho espacio y armarse de paciencia.
Por un recodo, se filtraba un poco de luz y el sonido de la tormenta. A partir de eso, podía juzgar cómo iban las cosas afuera. A intervalos regulares, reptaba hasta la entrada de su dolmen y analizaba el nivel de radiación. Poco más tarde, había alcanzado un grado tal que, a pesar de su combinación espacial, una experta terapia y todo lo demás, una exposición de una hora acabaría con él.
Debía esperar.
La Jaccavrie sabía en qué área aproximada tenía la intención de aterrizar. Vendría a buscarle lo antes posible. Si bajaba lo suficiente y usaba sus detectores, pronto localizaría el deslizador naufragado. Sin ayuda, a eso se reducían sus posibilidades. Bien, él se asomaría y la llamaría. Y se vieran o no en aquel terreno montañoso, siempre le quedaba el recurso de emitir una señal por radio. Ella entonces rastrearía la zona, le envolvería en un rayo de fuerza y le rescataría.
Pero... Pero todo dependía de que el tiempo amainase. La Jaccavrie superaba cualquier viento. No obstante, el polvo la dejaría tan ciega como a él, al tiempo que les ensordecía y enmudecía a ambos. Era conductor y ningún mensaje de radio lograría atravesarlo. Para su propia satisfacción, Laure lo comprobó haciendo experimentos con el minirradar incluido en su equipo.
De modo que todo dependía, al parecer, de lo que se acabase primero, la tempestad o las reservas energéticas de Laure. De estas últimas se ocupaba el renovador de aire. Le quedaban unas treinta horas de carga antes de ahogarse en su propio aliento. ¡Si hubiese recogido uno o dos acumuladores de recambio o, mejor aún, un recargador de manivela! No debían de haber rodado a más de diez metros de distancia. En aquel momento, había decidido no registrar la zona y ahora no podía volver. Imposible, en medio de la radiación.
Suspiró, bebió un sorbo de agua de su cantimplora provista de tetina, comió un poco a través del tubo alimenticio, lamentó la falta de un vaso de cerveza y una cama cómoda, y se durmió. Cuando despertó, el viento había amainado, pasando de tempestad a un simple vendaval. Sin embargo, el polvo seguía siendo tan denso que ocultaba la gloriosa noche de la bruma estelar, que ya había caído. También tamizaba parte de la radiación, aunque no lo suficiente para permitirle salir. Le extrañó que el cuerpo del planeta no se resistiese más. Por último, dedujo que los iones, al chocar contra el aire de la capa superior contigua al terminal, producía secundarios y cascadas que descendían por todas partes.
¡En el hemisferio expuesto al sol el bombardeo debía de ser realmente atroz!
Le quedaban veinticuatro horas. Abrió la caja de sustentación, tras descolgársela del soporte de la hombrera, sacó la unidad sanitaria y se la adhirió. Los hombres no mueren románticamente, como personajes en un escenario. Sus cuerpos se aferran a la vida.
Lo mismo que sus mentes. Debería ordenar sus pensamientos, pero le alteraba el recuerdo de sus padres, de Graydal, de una animada y pequeña taberna que había visitado una sola vez, de una travesura que creía olvidada, de algún dinero que le debían, de Graydal otra vez... Volvió a comer y a adormilarse. El viento llenaba de polvo el aire exterior, y el tiempo se cerraba como un puño.
Diez horas. ¿Nada más?
Cinco. ¿Ya?
¡Qué forma tan estúpida de terminar! El temor revoloteó en las lindes de su percepción. Lo rechazó. Rugía el viento. ¿Cuánto tiempo dura una tormenta de polvo? ¿De dónde viene? Otra vez la luz del día fuera del refugio, con el color de la carne y el bronce. Las partículas cargadas y los rayos X eran tan espesos que algunos, al difundirse, llegaban hasta él. Cambió de posición para aliviar los calambres de sus músculos, lamió el sudor de su piel sucia y lamentó todo cuanto había deseado sin alcanzarlo.
Se proyectó una sombra en el rincón de la roca. Llegó a sus oídos un crujido, un deslizamiento. Una forma, voluminosa y extraña como la suya propia, reptó en torno al recodo del túnel. Entumecido, agotado, conectó la radio. El aire se había aclarado lo bastante y oyó su voz a través de la estática:
—Estás vivo... ¡Estás vivo! ¡Oh, benditas sean las alas de Valfar! ¡Estás vivo!
Rodeó con sus brazos el cuerpo de ella, sacudido por los sollozos. También él lloraba.
—No debiste... —tartamudeó—. No quería que tú te arriesgaras.
—No nos atrevimos a esperar más —dijo ella cuando se serenaron—. Desde el espacio, vimos la intensidad de la tormenta, que duraría días enteros. Ignorábamos cuánto tiempo sobrevivirías. Sólo sabíamos que estabas en dificultades, pues de lo contrario habrías vuelto con nosotros. Bajamos. Casi me peleé con mi padre para que me lo permitiera, pero gané y vine. No corría tanto peligro como tú. De veras, créeme. Ella me protegió hasta que descubrimos tu deslizador. Luego, tuve que seguir a pie con un detector de metales para encontrarte, porque, evidentemente, aguardabas oculto en algún sitio, y ella no disponía de bastante alcance. Pero el peligro no era tan grande, Daven. Soy capaz de soportar mucha más radiación que tú. Sigo aún dentro del campo de tolerancia y no necesito ninguna droga por el momento. Voy a lanzar este cohete de señales. Lo verá y se acercará lo bastante para que nos reunamos con ella... Estás bien, ¿verdad? ¿Me lo juras?
—Sí, claro —asintió él lentamente—. Me siento muy bien. Mejor que nunca.
Era absurdo, pero necesitaba una respuesta, por triviales que fuesen todas las preguntas en comparación con el hecho de que Graydal había ido a buscarle y estaba con él, ambos vivos.
—¿Ella? ¿Quién te ha acompañado?
Graydal rió e hizo entrechocar su máscara facial contra la de él.
—La Jaccavrie, claro. ¿Quién si no? ¿No pensarías que tus mujeres iban a abandonarte?
Las naves iniciaron el viaje de retorno. Viajaban sin prisa. Nada mejor que la prudencia hasta emerger de la nebulosa, hasta situarse, antes de dirigirse a Cabeza de Dragón.
—Mi gente y yo nos alegramos de verte sano y salvo —dijo la imagen de Demring en la pantalla del externocomunicador. Aunque obligado a mostrarse cortés, no resistió a la tentación de agregar—: También aprobamos tu decisión de no investigar más ese planeta.
—Te agradezco lo primero—respondió Laure—. En cuanto a lo segundo... —Se encogió de hombros—. Insistir sería superfluo. Sentía curiosidad por los efectos que originaba la existencia de una atmósfera. Mi computadora acaba de efectuar un análisis probable de los datos que recogí. Con eso basta para la satisfacción de mis fines.
—¿Y puedo preguntarte cuáles son esos fines?
—Prefiero discutirlo primero con tu navegante piloto... En privado. Demring estudió a Laure con sus ojos verdes, antes de responder con gran seriedad:
—Tu puesto de comandante te otorga ese derecho. Además, de acuerdo con nuestras costumbres, puesto que ella ha servido de instrumento para salvar tu vida, consideramos que existe una relación especial entre vosotros... Aun así, te aconsejo una vez más la reflexión.
Laure no prestó la menor atención a la última frase. Su pulso saltaba enloquecido. Cortó la comunicación lo antes posible y pidió la mejor cena que la nave fuese capaz de servir.
—¿Estás seguro de que quieres anunciarlo a través de ella? —le preguntó la voz—. ¿Y revelárselo de esta manera?
—Sí. Creo que me he ganado ese placer. Ahora iré a ponerme presentable para la ocasión. Empieza tu tarea.
Y Laure recorrió todo el pasillo silbando.
Cuando Graydal subió a bordo, le tomó ambas manos entre las suyas. Se miraron largo rato a los ojos, en silencio. Ella había salpicado de joyas su larga cabellera, convirtiéndola en una noche estrellada. No llevaba uniforme. Iba vestida de un color azul profundo, que realzaba la tez cobriza, los ojos ambarinos, y la flexibilidad de su cuerpo, ¿No exhalaba también cierta fragancia selvática?
—Bienvenida —fue todo lo que Daven acertó a decir.
—Soy muy feliz—respondió ella.
Se dirigieron al salón y se sentaron juntos en el diván. Les esperaban los daiquiris. Entrechocaron las copas.
—Buen viaje —brindó él a la antigua usanza—. Y feliz aterrizaje.
—Para mí, sí. —La sonrisa de Graydal se esfumó—. Y espero que para todos. Lo espero con todo mi corazón.
—¿Temes que no les vaya bien en los mundos exteriores?
—No se trata de eso. —Las increíbles pestañas aletearon—. Sólo que nunca serán tan afortunados como..., como creo que voy a serlo yo.
—¡Ah! ¿Tú cuentas con buenas perspectivas?
La sangre latía atropellada en las sienes de Laure.
—No estoy segura—respondió ella tímidamente.
Él había planeado reservar la sorpresa para el último momento, pero no soportó verla preocupada. Carraspeó y dijo:
—Tengo novedades.
Graydal inclinó la cabeza y aguardó con esa atención relajada que a él tanto le atraía. Por un instante, Daven se preguntó si su sonrisa no le daría la apariencia de un tonto. Intentó recuperar la dignidad, para lo cual se embarcó en una introducción llena de circunloquios.
—Te preguntabas por qué insistía yo en explorar el centro del racimo y, además, tan a fondo. Tal vez debí explicároslo desde el principio, pero temí despertar en vosotros falsas esperanzas. No existía ninguna garantía de que las cosas resultaran tal como me imaginaba. Pensé que el fracaso os abrumaría más aún sabiendo lo que significaba el éxito. Lo hice todo por vosotros, sólo por vosotros. Como sabes, mi civilización se basa en el individualismo y considera fundamentales los derechos de propiedad. En especial, los descubridores de lugares inhabitados pueden reclamar su propiedad dentro de límites sumamente amplios. Bien, nosotros..., vosotros... No, nuestra expedición ha cumplido los requisitos del descubrimiento en lo que a esos planetas se refiere. Los hemos visitado, comprobado sus características, trazado sus coordenadas con la mayor precisión posible en ausencia de faros...
Laure percibió que ella se esforzaba por reprimir su optimismo.
—No se trata de una auténtica localización —dudó Graydal—. Jamás conseguiríamos guiar a nadie con precisión hasta una estrella determinada.
—Tampoco yo, pero eso no importa, puesto que tomamos una muestra adecuada. Ahora sabemos con certeza que prácticamente todas las estrellas situadas en el corazón del racimo tienen planetas compuestos por elementos pesados. O sea que, para su explotación, no es necesario llegar a ningún sistema específico. Por otra parte, conocemos los riesgos que implica y contamos con información esencial para otros. Por lo tanto... —Rió calladamente—. Supongo que no podremos reclamar la totalidad del Universo Nube. Pero cualquier tribunal os..., nos adjudicará una buena parte. No planetas específicos, dado que no hay medio de señalarlos de inmediato, sino una parte del todo. Vuestra tripulación tendrá derecho sobre las minas más ricas de la galaxia. Sobre millones de minas.
Ella respondió con más seriedad que entusiasmo:
—¿Sí? En la Makt nos preguntábamos si no andarías buscando metales. Sin embargo, nos parecía imposible. Calculamos que nadie emprendería un viaje tan largo con ese objeto. ¿No hay suficientes en vuestro universo?
Daven contestó, levemente confundido:
—No. La mayoría de los mundos a este lado de la frontera son pobres en metales. Hay algunas minas, por supuesto Además, los colonos extraen lo que desean de los océanos, como hacen en Serieve. Sin embargo, a ese tipo de procesos se opone un límite natural. Con el tiempo, si prosiguen al ritmo necesario al crecer su población... terminan por liberar tanto calor que la temperatura planetaria se ve afectada.
—Eso me parece un poco traído por los pelos.
—Ni mucho menos. Un sencillo cálculo lo demuestra. Según los archivos históricos, la misma Tierra se vio enfrentada al problema no demasiado tiempo después de iniciarse la era industrial. No obstante, al margen de las perspectivas remotas, la gente deseará en el acto explotar las minas de estos mundos arracimados. Cierto que la trayectoria es larga y que las operaciones habrán de ser totalmente automatizadas. Pero aquí abundan los elementos pesados, raros en otros lugares, lo que compensará con mucho los gastos extraordinarios. —Sonrió—. Me temo que no escaparéis a vuestro destino. Seréis, .. No digamos ricos. Llamaros «ricos» sería lo mismo que llamar luminosa a una supernova. Poseeréis más recursos de los que han poseído nunca en su conjunto muchas civilizaciones.
La mirada de Graydal seguía siendo seria.
—¿Lo hiciste por nosotros? No debías. ¿De qué nos servirían las riquezas si te hubiésemos perdido?
Era de esperar que ella no se alegrara con exceso ante tanta riqueza, recordó Daven. En su cultura, no se acogía mal el dinero, pero tampoco suponía un objetivo importante. De modo que las palabras de Graydal significaban mucho menos que si las hubiera pronunciado una chica de la Comunalidad. No obstante, se sintió lleno de júbilo. Ella lo percibió, apoyó una mano en la de él y murmuró:
—Reconozco la nobleza de tu intención.
El no pudo seguir conteniéndose. Soltó una estentórea carcajada.
—¿Nobleza? —Siguió riendo—. Yo diría que fui inteligente. Diabólicamente inteligente. ¿No te das cuenta? ¡Os he devuelto Kirkasant!
Graydal sofocó un grito.
Daven se levantó de un salto y comenzó a pasearse entusiasmado ante ella.
—Os bastarán unos años. Vuestras reservas económicas ascenderán de manera vertiginosa, mucho más que suficiente para comprar la flota, destinada a investigar el racimo... Ni siquiera la necesitaréis. Cuando esto se divulgue, los explotadores de minas acudirán como moscas a la miel. Ellos se encargarán de instalar los faros. En un año, funcionará toda la red. Y en cuanto estéis en condiciones de navegar y vayáis marcando los puntos de referencia, acabaréis por llegar a vuestra patria... ¡En cuestión de semanas!
Graydal se arrojó en sus brazos, riendo y llorando. Él sabía que, bajo la capa de reserva adquirida, se ocultaban en ella profundas emociones. Pero nunca antes íe había dado tan calurosas muestras.
Mucho, mucho después, las cámaras de aire de ambas naves se unieron y Graydal le dio las buenas noches.
—Hasta mañana —dijo.
—Espero que habrá muchos mañanas.
—Yo también lo espero.
Él la siguió con la mirada hasta que las cámaras volvieron a cerrarse y las naves se separaron. Algo embriagado, aunque no de alcohol, volvió al salón a tomar la última copa.
—Apaga esa cosa de colores —dijo—. Ponme un panorama exterior.
La nave obedeció. En la pantalla, aparecieron las estrellas y la nube donde nacían las estrellas. Laure se dejó caer en el diván y admiró el espectáculo.
—Su cielo —murmuró—. Será mejor que empiece a acostumbrarme a él. Como mínimo, me esperan muchas vacaciones en Kirkasant.
—Daven... —le llamó la Jaccavrie.
La nave no tenía la costumbre de dirigirse a él por su nombre de pila y con tanta amabilidad. Laure se sobresaltó:
—¿Qué?
—He estado...
Reinó el silencio durante un breve instante.
—He estado pensando cómo decírtelo. Cualquier expresión, cualquier inflexión de la voz te sonaría como algo calculado para causarte un efecto. Al fin y al cabo, sólo soy una máquina.
Aunque un tanto inquieto, se inclinó hacia delante para dar un golpecito en un mamparo, que tembló un poco, sin duda debido a la energía del motor.
—Yo también, muchacha. O tú también eres un organismo, como prefieras. Ambos somos personas.
—Gracias —replicó la nave, en voz casi demasiado baja para que se oyera.
Laure se dispuso a escucharla: —¿Qué querías decirme?
La Jaccavrie olvidó humanizar su voz y pronunció las palabras siguientes con un sonido mecánico: —Hace algún tiempo que concluí el análisis cromosómico. A partir de entonces, traté de desalentar ciertas tendencias que observaba en ti. Pero ya no me queda más remedio que transmitirte la verdad lisa y llana: los habitantes de ese planeta no son humanos,
—¿Qué dices? —chilló Laure.
La copa se le cayó de la mano, y el vino se desparramó por la cubierta.
—¿Te has vuelto loca? Los antecedentes, las tradiciones, el equipo, el aspecto, el comportamiento...
La voz de la nave le martilló los oídos:
—Sí, descienden de seres humanos. Sin embargo, sus antepasados se vieron obligados a numerosas adaptaciones. Por ejemplo, la pérdida de la visión nocturna. O el hecho de que ingieran sin peligro metales pesados, como el arsénico. Podría interpretarse como una simple inmunidad, pero, como recordarás, les parece sosa la comida sin él. ¿Nunca pensaste que han desarrollado una necesidad metabólica de ese elemento? También tendrías que haber sacado conclusiones de su elevada tolerancia a la radiación ionizada. No creerás que se debe a la mayor potencia de sus proteínas, ¿verdad? No, han llegado a una capacidad de reparación rapidísima y libre de errores de las lesiones químicas causadas por esa fuente. Lo cual, a su vez, te proporciona otra pauta sobre las grandes diferencias entre su sistema enzimático y el vuestro. Naturalmente, las enzimas están gobernadas por el ADN de las células, la molécula de la herencia...
—¡Basta! —la detuvo Laure con voz tan inexpresiva como la de ella—. Ya veo adonde vas. Estás a punto de informarme que según demuestra tu estudio cromosómico, nuestras especies no pueden reproducirse entre sí.
—Así es —reconoció la Jaccavrie.
Laure se estremeció como si sintiese frío. Continuó con la vista fija en la brillante bruma.
—No me parece motivo para clasificarlos como no humanos.
—Pura cuestión de semántica... En realidad, carece de importancia. Salvo por el hecho de que, evidentemente, los kirkasantes padecen la compulsión instintiva de tener descendencia.
—Lo sé —afirmó Laure. Tras una pausa, agregó—: A decir verdad, eso es bueno. Forman una raza de primera clase. Nos serán de gran utilidad sus descendientes.
—Tus propios genes se hallan por encima del término medio —le recordó la Jaccavrie.
—Tal vez. ¿Y qué?
La voz de la computadora recuperó la humanidad.
—Me gustaría tener nietos —comentó en tono melancólico.
—Me parece muy bien. Algún día los tendrás. Y la carcajada de Daven Laure sonó como un canto de victoria.

FIN

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