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sábado, 25 de octubre de 2008

SCIFI -- 1ªparte- FUNDACION Y TIERRA -- ISAAC ASIMOV / SAGA "LA FUNDACION" 5

SCIFI

-- 1ªparte- FUNDACION Y TIERRA --

ISAAC ASIMOV / SAGA "LA FUNDACION" 5



*****

Fundación y Tierra
Isaac Asimov


*****
Primera parte
GAIA
I. EMPIEZA LA BÚSQUEDA
- ¿Por qué lo hice? - preguntó Golan Trevize.
La pregunta no era nueva. Desde que había llegado a Gaia, se la había hecho a menudo.
Cuando despertaba de un sueño profundo, en la agradable frescura de la noche, advertía
que aquella pregunta resonaba sordamente en su cerebro, como un débil redoble de
tambor: ¿Por qué lo hice? ¿Por qué lo hice?
Pero ahora, por primera vez, había decidido formulársela a Dom, el anciano de Gaia.
Éste conocía la tensión de Trevize a la perfección, pues podía percibir el tejido de la
mente del consejero. Pero no respondió. Gaia jamas debía tocar, en modo alguno, la
mente de Trevize, y la mejor manera de inmunizarse contra la tentación era esforzándose
en ignorar lo que percibía.
- ¿A qué te refieres, Trev? - preguntó a su vez. Le resultaba difícil emplear más de una
sílaba al dirigirse a una persona, mas eso carecía de importancia. De algún modo, Trevize
se había acostumbrado a ello.
- A la decisión que tomé - respondió Trevize -. Elegir Gaia como el futuro.
- Hiciste bien - asintió Dom, sentado, mirando gravemente con sus viejos y profundos
ojos al hombre de la Fundación, que estaba en pie.
- Tú dices que hago bien - repuso Trevize, con impaciencia.
- «Yo-nosotros-Gaia» sabemos que sí. Por eso te apreciamos. Tienes capacidad para
tomar la decisión adecuada partiendo de datos incompletos, y la tomaste. ¡Elegiste Gaia!
Rechazaste la anarquía de un Imperio Galáctico construido sobre la tecnología de la
Primera Fundación, así como la anarquía de un Imperio Galáctico construido sobre la
mentalidad de la Segunda Fundación. Decidiste que ninguno de los dos podía ser estable
durante mucho tiempo. Por consiguiente, escogiste Gaia.
- ¡Sí! - exclamó Trevize -. ¡Exacto! Escogí Gaia, un superorganismo; todo un planeta
con una mente y una personalidad comunes, de manera que hay que decir «yo-nosotros-
Gaia» como un pronombre inventado para expresar lo inexpresable. - Empezó a pasear
con nerviosismo de un lado a otro -. Y, en definitiva, se convertirá en Galaxia, un supersuperorganismo
que abarcará todo el enjambre de la Vía Láctea.
Se interrumpió y se volvió hacia Dom casi con furia.
- Siento que hago bien – continuó -, como lo sientes tú, pero tú quieres el advenimiento
de Galaxia, por eso te satisface mi decisión. Sin embargo, hay algo dentro de mí que no
lo desea, y por esa razón no acepto con tanta facilidad que voy por buen camino. Quiero
saber por qué tomé la decisión, sopesar y juzgar su acierto y sentirme satisfecho. El mero
sentimiento de tener razón no es suficiente. ¿Cómo puedo saber que estoy en lo cierto?
¿Qué es lo que hace que yo tenga razón?
- «Yo-nosotros-Gaia» no sabemos cómo has llegado a la decisión adecuada. ¿Es
importante saberlo, siendo así que aquélla ha sido tomada Ya?
- Hablas por todo el planeta, ¿verdad? Por la conciencia común de cada gota de rocío,
de cada grano de arena, incluso del núcleo liquido central del planeta, ¿no?
- Sí, y lo propio puede hacer cada porción del planeta donde la intensidad de la
conciencia común sea lo bastante grande.
- ¿Y se contenta toda esa conciencia común con emplearme como una caja negra?
Mientras la caja negra funcione, ¿no importa lo que haya dentro de ella? Eso no me
convence. No quiero ser una caja negra. Deseo saber qué hay dentro. Necesito saber
cómo y por qué escogí Gaia y Galaxia como el futuro, para que pueda descansar y estar
tranquilo.
- Pero, ¿por qué no te gusta o desconfías de tu decisión? Trevize respiró hondo y dijo
lentamente, en voz grave y forzada:
- Porque no quiero formar parte de un superorganismo. No deseo ser una parte
prescindible que pueda ser arrojada por la borda cuando el superorganismo considere que
eso puede redundar en beneficio del todo.
Dom miró a Trevize reflexivamente.
- Entonces, ¿quieres cambiar tu decisión, Trev? Sabes que puedes hacerlo.
- Me gustaría cambiarla, pero no puedo hacer eso por el mero hecho de que no me
guste. Para hacer algo ahora, tengo que saber si la decisión es equivocada o correcta. No
basta con sentir que es correcta.
- Si sientes que tienes razón, es que la tienes.
Aquella voz lenta y amable hacía que Trevize se excitara más, por el contraste con su
propio torbellino interior.
Entonces, Trevize dijo, en voz baja y rompiendo la insoluble oscilación entre el
sentimiento y el conocimiento:
- Debo encontrar la Tierra.
- ¿Porque tiene algo que ver con tu apasionada necesidad de saber?
- Porque hay otro problema que me inquieta de un modo insoportable y siento que hay
una relación entre los dos. ¿No soy una caja negra? Siento que hay una relación. ¿No
basta esto para ser aceptado como un hecho?
- Tal vez - dijo Dom, con ecuanimidad.
- Dando por sentado que ahora hace miles de años, tal vez veinte mil, que la gente de la
Galaxia dejó de preocuparse de la Tierra, ¿cómo es posible que todos hayamos olvidado
nuestro planeta de origen?
- Veinte mil años supone mucho más tiempo del que te imaginas.
Hay muchos aspectos del Imperio primitivo de los que sabemos muy poco; muchas
leyendas que son falsas casi con seguridad, pero que seguimos repitiendo, e incluso
creyendo, por falta de algo que las sustituya. Y la Tierra es más vieja que el Imperio.
- Pero seguramente tiene que haber algunos documentos. Mi buen amigo Pelorat recoge
mitos y leyendas de la primitiva Tierra; todo lo que puede extraer de cualquier fuente. Es
su profesión y, más importante aún, su hobby. Conoce todos los mitos y leyendas. Pero
no tiene testimonios escritos, documentos.
- ¿Documentos de veinte mil años atrás? Estas cosas se estropean, perecen, son
destruidas por la falta de cuidado o por la guerra.
- Pero tendría que haber alguna referencia al respecto; copias, copias de copias, copias
de copias de copias; materiales útiles que tengan mucha menos de veinte mil años. Sin
embargo, han desaparecido. «La Biblioteca Galáctica» de Trantor tuvo que poseer
documentos concernientes a la Tierra. Se hace referencia a ellos en relatos históricos bien
conocidos, pero los documentos ya no están allí. Las referencias sobre ellos existen, mas
no hay ninguna cita tomada de aquéllos.
- Debes recordar que Trantor fue saqueada hace unos cuantos siglos.
- Pero la Biblioteca se conservó intacta. El personal de la Segunda Fundación la
protegió. Y fue aquel mismo personal el que descubrió recientemente que el material
relativo a la Tierra no existía. Había sido sacado de allí deliberadamente en tiempos
recientes. ¿Por qué? - Trevize dejó de pasear y miró fijamente a Dom -. Si encuentro la
Tierra, descubriré lo que se esta ocultando...
- ¿Ocultando?
- Ocultando o siendo ocultado. En cuanto descubra eso, tengo la impresión de que sabré
por qué he preferido Gaia y la Galaxia a nuestra individualidad. Entonces, supongo,
sabré, no sentiré, que tengo razón - añadió, encogiéndose de hombros -, no habrá más que
hablar.
- Si eso es lo que sientes - dijo Dom -, si sientes que debes buscar la Tierra, desde luego
te ayudaremos en todo lo que podamos. Sin embargo, esa ayuda será limitada. Por
ejemplo, «yo-nosotros-Gaia» no sabemos dónde puede ser localizada la Tierra entre el
inmenso enjambre de mundos que constituyen la Galaxia.
- Aun así - dijo Trevize -, debo buscarla. «Aunque el número infinito de estrellas de la
galaxia haga que la empresa parezca desesperada, y deba realizarla yo solo.»
Trevize se hallaba rodeado por el tranquilo ambiente de Gaia. La temperatura, como
siempre, era suave y el aire soplaba agradablemente, fresco pero no frío. Algunas nubes
surcaban el cielo, interrumpiendo los rayos del sol de vez en cuando, y era seguro que, si
el grado de humedad descendía por debajo de lo normal en algún lugar, habría lluvia
suficiente para restablecer el nivel normal.
Los árboles crecían regularmente espaciados, como en un huerto, y lo propio debían
hacer en todas partes. La tierra y el mar estaban poblados de animales y plantas vivos en
número adecuado y de las variedades más convenientes para producir un correcto
equilibrio ecológico, y todos ellos aumentaban o decrecían numéricamente, en una lenta
oscilación alrededor del nivel óptimo. Lo mismo ocurría con el número de seres
humanos.
De todos los objetos que Trevize podía abarcar con la mirada, lo único chocante era su
nave, la Far Star.
Algunos de los habitantes humanos de Gaia habían limpiado y restaurado la nave con
eficacia; abasteciéndola de comida y bebida; renovando o sustituyendo sus accesorios, y
comprobando sus aparatos mecánicos debidamente. El propio Trevize había examinado
el ordenador de la nave con sumo cuidado.
Ésta no necesitaba repostar por ser una de las pocas naves graviticas de la Fundación
funcionando con la energía del campo gravitatorío general de la galaxia, el cual era
suficiente para abastecer todas las flotas posibles de la humanidad durante todas las eras
de su probable existencia, sin perder sensiblemente intensidad.
Tres meses atrás, Trevize había sido nombrado consejero de Terminus. En otras
palabras, era miembro de la Legislatura de la Fundación y, de derecho, uno de los
hombres importantes de la galaxia. ¿Hacía sólo tres meses? Tenía la sensación de que
había pasado en ese puesto la mitad de los treinta y dos años de su vida, y su única
preocupación había sido saber si el gran «Plan Seldon» había sido válido o no; si el auge
de la Fundación, que de aldea planetaria había pasado a la grandeza galáctica, había sido
o no debidamente proyectado de antemano.
Sin embargo, en ciertos sentidos, no había existido ningún cambio. Él continuaba
siendo consejero. Su posición y sus privilegios seguían inalterados, aunque no esperaba
volver a Terminus para reclamarlos. No se adaptaría al enorme caos de la Fundación, más
de lo que se adaptaba al orden tranquilo de Gaia. Se hallaba incómodo en todas partes,
como un huérfano en cualquier lugar.
Apretó las mandíbulas y pasó los dedos con irritación por sus negros cabellos. Antes de
perder el tiempo lamentando su destino, debía encontrar la Tierra. Si sobrevivía a la
búsqueda, tendría tiempo más que suficiente para sentarse y llorar. Tal vez encontrase
entonces mejores razones para hacerlo.
Con resuelta impasibilidad, recordó...
Hacía tres meses que él y Janov Pelorat, el capacitado e ingenuo erudito, habían
abandonado Terminus. Pelorat se había sentido impulsado por su entusiasmo por lo
antiguo a descubrir la situación de la Tierra perdida, y Trevize le había seguido,
empleando la meta de Pelorat como pretexto para lo que él creía que era su verdadero y
propio objetivo. No encontraron la Tierra, pero sí Gaia, y entonces Trevize se había visto
obligado a tomar su decisión crucial.
Ahora, era él, Trevize, quien había dado media vuelta y estaba buscando la Tierra.
En cuanto a Pelorat, él, también, había encontrado algo que no esperaba: a la joven
Bliss, de ojos y cabellos negros, que era Gaia, lo mismo que lo era Dom y que lo eran
todos los granos de arena o briznas de hierba. Pelorat, con ese ardor peculiar de la edad
madura, se había enamorado de una mujer a la que sobrepasaba el doble de años, y el
joven, aunque resultase extraño, parecía corresponderle.
Era extraño..., pero Pelorat se sentía feliz sin duda, y Trevize pensó con resignación que
cada persona debía encontrar la felicidad a su manera. Ésa era la característica de la
individualidad, una individualidad que Trevize, por su propia elección, aboliría (si tenía
tiempo) en toda la galaxia.
El dolor retornó. La decisión que había tomado, que había tenido que tomar, seguía
lastimándole en todo momento, y estaba...
- ¡Golan!
La voz interrumpió los pensamientos de Trevize, el cual miró de cara al sol y pestañeó.
- Ah, Janov - dijo afectuosamente, tanto más cuanto que no quería que Pelorat
adivinase la amargura de sus pensamientos. Incluso consiguió mostrarse jovial -. Veo que
has conseguido despegarte de Bliss.
Pelorat movió la cabeza. La suave brisa agitó sus sedosos cabellos blancos, y la cara
larga y solemne conservó toda su solemnidad.
- En realidad, viejo amigo, fue ella quien sugirió que te buscase, para hablarte sobre...,
sobre algo que quiero discutir. Desde luego, la idea no fue mía, pero ella parece pensar
con más rapidez que yo.
Trevize sonrió.
- Está bien, Janov. Supongo que has venido o despedirte.
- Bueno, no exactamente. En realidad, más bien es lo contrario. Golan, cuando tú y yo
salimos de Terminus, yo estaba empeñado en encontrar la Tierra. He pasado casi toda mi
vida adulta dedicado a esa tarea.
- Y yo la continuaré, Janov. Ahora, la tarea es mía.
- Si, pero mía también; todavía lo es.
- Entonces... - Trevize levantó un brazo en un vago ademán que parecía abarcar el
mundo que los rodeaba.
- Quiero ir contigo - dijo Pelorat, en un súbito tono de apremio. Trevize se quedó
estupefacto.
- No puedes hablar en serio, Janov. Ahora tienes a Gaia.
- Volveré a Gaia algún día, pero no puedo dejar que vayas solo.
- Claro que puedes. Sé cuidar de mi mismo.
- No lo tomes como una ofensa, Golan, pero no sabes lo bastante, soy yo quien conoce
los mitos y las leyendas. Puedo guiarte.
- ¿Y dejarás a Bliss? ¡Vamos, hombre!
Pelorat se sonrojó ligeramente.
- No quiero hacer exactamente eso, viejo amigo; pero ella dijo. :
Trevize frunció el ceño.
- Entonces, ¿es ella la que trata de librarse de ti, Janov? Me prometió... .
- No, no lo comprendes. Escúchame, Golan, por favor. Siempre tienes la costumbre de
sacar conclusiones antes de oír de qué se trata. Es tu especialidad, ya lo sé, y creo que a
mí me resulta difícil expresarme con concisión, pero...
- Bueno - dijo Trevize en tono amable -, dime exactamente qué es lo que Bliss tiene
entré ceja y ceja, explícamelo de la forma que te parezca mejor, y te prometo que tendré
paciencia.
- Gracias, y ya que me has prometido tener paciencia, creo que puedo decírtelo sin
andarme con rodeos. Bliss desea venir también.
- ¿Que Bliss desea venir? - preguntó Trevize -. Creo que voy a estallar de nuevo. Pero
no, no estallaré. ¿Por qué querría Bliss venir con nosotros? Dímelo, Janov. Te lo pregunto
con toda calma.
- No me lo ha dicho. Quiere hablar contigo.
- Entonces, ¿por qué no ha venido ella?
- Creo..., digo creo... - tartamudeó Pelorat -, que tiene la impresión de que tú no la
aprecias, Golan, y no se atreve a dirigirse a ti directamente. Yo he hecho todo lo posible
para convencerla de que no tienes nada en contra suya. Creo que nadie puede pensar mal
de ella. Sin embargo, quiso que yo te plantease el tema, por decirlo así. ¿Puedo
contestarle que estás dispuesto a verla, Golan?
- Por supuesto. La veré ahora mismo.
- ¿Y serás razonable? Mira, viejo, está muy interesada en ello. Me dijo que era una
cuestión vital y que ella debía ir contigo.
- ¿No te explicó la razón?
- No, pero si cree que debe ir, Gaia debe ir.
- Lo cual significa que no puedo negarme. ¿No es así, Janov?
- Sí, creo que no puedes, Golan.
Por primera vez durante su breve estancia en Gaia, Trevize entró en la casa de Bliss,
que ahora daba cobijo a Pelorat también.
Miró a su alrededor brevemente. En Gaia, las casas tendían a ser sencillas. Con la casi
total ausencia de tiempo tempestuoso, con la temperatura siempre suave en esa latitud
particular, incluso con las placas tectónicas deslizándose suavemente cuando debían
hacerlo, no hacía falta construir casas extremadamente sólidas para la protección de sus
moradores, ni para mantener un ambiente confortable dentro de otro incómodo. Todo el
planeta era una casa, por así decirlo, diseñada para albergar a sus habitantes.
La casa de Bliss, dentro de aquel hogar planetario, era pequeña; las ventanas tenían
cortinas en vez de cristales, y los muebles escasos y bellamente utilitarios. Había
imágenes ológrafas en las paredes; una de ellas de Pelorat, con un aire bastante
asombrado y cohibido. Trevize frunció los labios, pero trató de disimular sus ganas de
reír, ajustándose el cinto con meticulosidad.
Bliss lo observaba. No sonreía a su manera acostumbrada. Más bien parecía seria, muy
abiertos los bellos ojos negros y caídos los cabellos en suaves ondas negras sobre los
hombros. Sólo sus gordezuelos labios, pintados de rojo, daban un poco de color a su
semblante.
- Gracias por venir a verme, Trev.
- Janov me lo ha pedido con singular empeño, Bliisenobiarella.
Bliss sonrió brevemente.
- Bien contestado. Si quieres llamarme Bliss, que es un discreto monosílabo, yo trataré
de llamarte por tu nombre completo, Trevize - dijo, tropezando, de forma inapreciable, en
la segunda sílaba. Trevize levantó la mano derecha.
- Sería un buen arreglo. Conozco la costumbre gaiana de emplear partes monosílabas
del nombre en el común intercambio de ideas; por consiguiente, si me llamas Trev, de
vez en cuando, no me ofenderé. Sin embargo, sería preferible que tratases de llamarme
Trevize siempre que pudieses, y yo te llamaría Bliss.
Trevize la observó, como hacía siempre que se encontraba con ella. Como individuo,
era una joven de poco más de veinte años. En cambio, como parte de Gaia, tenía un
milenio. Eso no influía en su aspecto, pero si en la manera como hablaba a veces y en la
atmósfera que la rodeaba inevitablemente. ¿Deseaba él que fuese así en todos los seres
existentes?
¡No! Claro que no, y sin embargo...
- Iré al grano - dijo Bliss -. Tú manifestaste tu deseo de encontrar la Tierra.. .
- Hablé de ello a Dom - repuso Trevize, resuelto a no confiar a Gaia sus puntos de vista
sin una insistencia tenaz.
- Si, pero al hablar a Dom, hablaste a Gaia y a todo lo que forma parte de ella; a mí, por
ejemplo.
- ¿Oíste lo que decía?
- No, pues no estaba escuchando; pero si prestase atención en lo sucesivo, podría
recordar lo que dijeses. Por favor, acepta esto y sigamos adelante. Recalcaste tu deseo de
encontrar la Tierra e insististe en su importancia. Yo no la veo, pero tú tienes el aplomo
de los que están en lo cierto, y, por esto, «yo-nosotros-Gaia» debemos aceptar lo que
dices. Si la misión es crucial para ti en lo concerniente a Gaia, es de crucial importancia
para Gaia; por consiguiente, Gaia debe ir contigo, aunque sólo sea para tratar de
protegerte.
- Cuando dices que Gaia debe venir conmigo, quieres decir que tú debes venir conmigo.
¿No es así? .
- Yo soy Gaia - repuso Bliss simplemente.
- Pero también lo es todo lo demás de este planeta. ¿Por qué tienes que ser tú? ¿Por qué
no cualquier otra porción de Gaia?
- Porque Pel desea acompañarte, y si él va contigo, no se sentiría dichoso con cualquier
porción de Gaia que no fuese yo misma.
Pelorat, que estaba sentado en una silla discretamente en otro rincón (vuelto de espalda,
observó Trevize, a su propia imagen), dijo suavemente:
- Es verdad, Golan. Bliss es mi porción de Gaia.
Bliss sonrió de pronto.
- Parece bastante emocionante que la consideren a una de esta manera. Bastante
exótico, desde luego.
- Bueno, veamos - dijo Trevize, cruzando las manos detrás de la cabeza y echándose
atrás en su silla. Las dos finas patas crujieron, por lo que decidió que la silla no era lo
bastante sólida para aquel juego y dejó que volviese a descansar en su posición normal -.
¿Seguirías siendo parte de Gaia si saliese de aquí?
- No necesariamente. Por ejemplo, podría aislarme si creyese estar en peligro de recibir
algún daño grave, para que éste no alcanzase a Gaia, o si tuviese alguna otra razón
importante para ello. Pero eso es válido sólo para casos de emergencia. En general,
seguiré siendo parte de Gaia.
- ¿Incluso si saltamos a través del hiperespacio?
- Incluso entonces, aunque eso complicaría un poco las cosas.
- No me parece muy tranquilizador.
- ¿Por qué?
Trevize frunció la nariz, como la usual respuesta a un mal olor.
- Significa que todo lo que se dijese e hiciese en mi nave, y que tú oyeses y vieses, sería
oído y visto en toda Gaia.
- Yo soy Gaia, de modo que lo que vea, oiga y sienta, será visto, oído y sentido en Gaia.
- Exacto. Incluso esa pared lo oirá y verá y sentirá.
Bliss miró la pared que él señalaba y se encogió de hombros.
- Sí, también esa pared. Sólo tiene una conciencia infinitesimal, de modo que sólo
siente y comprende de un modo infinitesimal, pero presumo que se producen algunos
cambios subatómicos en respuesta, por ejemplo, a lo que estamos diciendo ahora mismo,
que permiten que Gaia lo aproveche deliberadamente para el bien de la totalidad.
- Pero, ¿y si yo quiero que no se divulgue? Puedo querer que la pared no se entere de lo
que digo o hago.
Bliss pareció desalentada.
- Mira, Golan - terció Pelorat de pronto -, no quisiera entrometerme, pues no es mucho
lo que sé acerca de Gaia. Pero he estado con Bliss y, de algún modo, he captado algo de
lo que sucede. Si caminas sobre una multitud en Terminus, ves y oyes muchas cosas, y
puedes recordar algunas de ellas. Incluso puedes ser capaz de recordarlas todas bajo un
adecuado estímulo cerebral, pero la mayoría de ellas no te importan. Las dejas correr.
Aunque observes alguna escena emocional entre desconocidos y pienses que es
interesante, si no te interesa demasiado, la dejas correr, la olvidas. Eso puede pasar
también aquí. Aunque toda Gaia conozca lo que te propones a la perfección, ello no
significa que le intereses necesariamente. ¿No es así, querida Bliss?
- Nunca me había parado a pensarlo, Pel, pero hay algo de verdad en lo que dices. En
todo caso, esa reserva de la que Trev habla, quiero decir Trevize, no tiene el menor valor
para nosotros. En realidad, «yo-nosotros-Gaia» lo encontramos incomprensible. Querer
no formar parte, que tu voz no se oiga, que tus acciones no tengan testigos, que tus
pensamientos no sean sentidos... - Bliss movió la cabeza con energía -. He dicho que
podemos bloquearnos en casos de emergencia, pero, ¿quién querría vivir de esa manera,
siquiera por una hora?
- Yo - dijo Trevize -. Por eso debo encontrar la Tierra, descubrir la razón suprema, si es
que existe, que me llevó a elegir este espantoso destino para la humanidad.
- No es un destino espantoso, pero no discutamos esta cuestión. Yo iré contigo, no
como espía, sino como amiga y ayudante. Gaia estará contigo, no como espía, sino como
amiga y ayudante.
- Gaia me ayudaría más si me guiase hacia la Tierra - dijo Trevize tristemente.
Bliss sacudió la cabeza despacio.
- Gaia no sabe dónde está la Tierra. Dom te lo ha dicho ya.
- No acabo de creerlo. A fin de cuentas, debéis tener documentos.
¿Por qué no he podido verlos nunca durante mi estancia aquí? Aunque Gaia no sepa
dónde puede estar situada la Tierra en realidad, los documentos podrían darme alguna
información. Conozco la Galaxia detalladamente, sin duda mucho más de lo que Gaia la
conoce. Podría descubrir y seguir pistas en vuestros documentos que tal vez Gaia no
acabe de captar.
- Pero, ¿a qué documentos te refieres, Trevize?
- A cualesquiera. Libros, películas, grabaciones, manuscritos, artefactos, cualquier cosa
que tengáis. En todo el tiempo que llevo aquí no he visto nada que pueda considerar
como un documento. ¿Lo has visto tú, Janov? .
- No - dijo Pelorat, en tono vacilante -, pero, en realidad, no lo he buscado.
- Pues yo si, a mi manera, sin atajar ruido - dijo Trevize -, y no he visto nada. ¡Nada!
Sólo puedo presumir que me han sido ocultados. Y me pregunto por qué. ¿Podrías
decírmelo?
Bliss frunció la tersa y joven frente, en un gesto de perplejidad.
- ¿ Por qué no lo preguntaste antes? «Yo-nosotros-Gaia» no ocultamos nada, ni
mentimos. El ser aislado, el individuo aislado, puede mentir. Es limitado, y tiene miedo
porque es limitado. En cambio, Gaia es un organismo planetario de gran capacidad
mental y no tiene miedo. Para Gaia, mentir o inventar descripciones que no estén de
acuerdo con la realidad, resulta totalmente innecesario.
- Entonces - gruñó Trevize -, ¿por qué se me ha impedido ver algún documento? Dame
una razón que tenga sentido.
- Desde luego - repuso Bliss alzando ambas manos, con las palmas vueltas hacia arriba
-. Porque no tenemos ningún documento.
Pelorat fue el primero en recobrarse, pareciendo el menos asombrado de los dos.
- Querida - dijo con amabilidad -, eso es de todo punto imposible. No podéis tener una
civilización razonable sin algún tipo de documento de la clase que sea.
Bliss arqueó las cejas.
- Lo comprendo. Sólo quise decir que no tenemos documentos de la clase a que Trev...,
Trevize se refiere. «Yo-nosotros-Gaia» no poseemos manuscritos, ni obras impresas, ni
películas, ni bancos de datos de computadoras. Ni inscripciones sobre piedras, dicho sea
de pasada. Eso es todo. Naturalmente, como no tenemos nada, Trevize no ha podido
encontrarlo.
- Entonces - dijo Trevize -, si no existe nada que merezca el nombre de documento,
¿qué hay?
- «Yo-nosotros-Gaia» - respondió Bliss, articulando las palabras con sumo cuidado,
como si hablase con un niño - tenemos memoria. Lo recuerdo.
- ¿Qué recuerdas? - preguntó Trevize.
- Todo.
- ¿Recuerdas todas las fuentes de información?
- Desde luego.
- ¿De cuánto tiempo? ¿Desde cuántos años atrás?
- Un período de tiempo indefinido.
- ¿Podrías darme datos históricos, biográficos, geográficos, científicos? ¿Referirme
incluso chismes locales?
- Sí. .
- ¿Y todo está en esa cabecita? - preguntó Trevize con ironía, señalando la sien derecha
de Bliss,
- No - dijo ella -. Los recuerdos de Gaia no se limitan al contenido de mi cráneo en
particular. Mira - y de momento se puso seria e incluso un poco severa, al dejar de ser
únicamente Bliss y asumir una amalgama de otras unidades -, tuvo que haber un tiempo,
al principio de la Historia, en que los seres humanos eran tan primitivos que, si bien
podían recordar los sucesos, no sabían hablar. Después, se inventó el lenguaje y sirvió
para expresar recuerdos y transmitirlos de unas personas a otras. Por fin, vino la escritura,
inventada en orden de registrar los recuerdos y transferirlos de generación en generación
a lo largo del tiempo. Desde entonces, todos los avances tecnológicos han servido para
ampliar la transferencia y el almacenamiento de recuerdos y facilitar el conocimiento de
los datos deseados. Pero cuando los individuos se unieron para formar Gaia, todo eso
quedó obsoleto. Podemos volver a la memoria, al sistema básico de conservación del
recuerdo sobre el que ha sido construido todo lo demás. ¿Lo comprendes?
- ¿Me estás diciendo que la suma total de todos los cerebros de Gaia pueden recordar
muchos más datos que un cerebro solo? – preguntó Trevize.
- Desde luego.
- Pero si Gaia tiene todos los recuerdos grabados en la memoria planetaria, ¿de qué te
sirve a ti como porción individual de Gaia?
- De muchísimo. Lo que yo pueda querer saber está en alguna mente individual, tal vez
en muchas de ellas. Si es algo fundamental, como el significado de la palabra «silla», se
encuentra en todas las mentes. Pero incluso si se trata de algo esotérico que solamente se
halle en una pequeña porción de la mente de Gaia, puedo recurrir a ésta si lo necesito,
aunque eso requiera más tiempo que si el recuerdo estuviese más extendido. Escucha,
Trevize, si tú quieres saber algo que no se encuentra en tu mente, miras en el microfilme
correspondiente o acudes a un banco de datos. Yo busco en la mente total de Gaia.
- ¿Y cómo impides que toda esa información entre en tu mente y te haga estallar el
cráneo?
- ¿Quieres dártelas de sarcástico, Trevize?
- Vamos, Golan - dijo Pelorat -, no seas antipático.
Trevize les miró a los dos y, con un visible esfuerzo, hizo que la tensión de su
semblante se aflojase.
- Perdonad. Me siento abrumado por el peso de una responsabilidad que no quisiera
tener y de la que no sé cómo librarme. Eso puede hacer que me muestre desagradable
cuando no quisiera serlo. Bliss, dime una cosa, ¿cómo puedes extraer la información de
las mentes de otros sin irla almacenando en tu propio cerebro y sobrecargar rápidamente
su capacidad?
- Desconozco la respuesta, Trevize - dijo Bliss -, como tampoco tú sabes el
funcionamiento detallado de tu cerebro único. Supongo que en tu mente está el recuerdo
de la distancia que hay desde tu sol hasta una estrella vecina, pero no siempre tienes
conciencia de ello. Lo almacenas en alguna parte y puedes recordar la cifra si te lo
preguntan. Caso de que no te lo pregunten, quizá la olvides con el tiempo, pero siempre
podrás obtenerla en un banco de datos. Si consideras el cerebro de Gaia como un enorme
banco de datos, comprenderás que puedo acudir a él, pero no hace falta que recuerde
conscientemente un dato particular que haya utilizado alguna vez. Cuando me he servido
de él, o de un recuerdo, dejo que salga de mi memoria. Es más, puedo enviarlo
deliberadamente, por así decirlo, al lugar donde lo obtuve.
- ¿Cuántas personas hay en Gaia, Bliss? ¿Cuántos seres humanos? - Mil millones
aproximadamente. ¿Quieres saber la cifra exacta? Trevize sonrió, como disculpándose.
- Sé que podrías dármela si te la pidiese, pero me conformaré con la aproximación.
- En realidad - dijo Bliss -, la población es estable y oscila alrededor de un número
ligeramente superior a los mil millones. Puedo decir en exceso o en defecto esa
oscilación, extendiendo mi conciencia y..., bueno, palpando los límites. No sé explicarlo
mejor a alguien que nunca ha compartido la experiencia.
- Sin embargo, yo diría que mil millones de mentes humanas, muchas de las cuales
deben ser de niños, no son suficientes para guardar en la memoria todos los datos que una
sociedad compleja necesita.
- Pero los seres humanos no son los únicos que viven en Gaia, Trev.
- ¿Quieres decir que también recuerdan los animales?
- Los seres no humanos son incapaces de almacenar recuerdos con la misma intensidad
que los humanos, y una gran parte de cada uno de los cerebros, humanos y no humanos,
está dedicada a recuerdos personales que raras veces resultan inútiles, salvo para el
elemento particular de la conciencia planetaria que los alberga. Sin embargo, cantidades
importantes de datos avanzados pueden estar, y de hecho lo están, almacenadas en
cerebros animales, y en el tejido vegetal, y en la estructura mineral del planeta.
- ¿En la estructura mineral? ¿Quieres decir en las rocas y en las montañas? .
- Y, para cierta clase de datos, en el mar y en la atmósfera. Todo esto es Gaia también.
- Pero, ¿qué pueden retener unos sistemas sin vida?
- Una información inmensa. La intensidad es baja, pero el volumen es tan vasto que la
mayor parte de la memoria total de Gaia está en sus piedras. Se necesita un poco más de
tiempo para captar y restituir los recuerdos de las piedras, y por eso son las preferidas
para almacenar datos muertos particulares, por decirlo así, que, normalmente, raras veces
serán necesitados.
- ¿Y qué ocurre cuando muere alguien cuyo cerebro contiene datos de valor
considerable?
- No se pierden. Salen poco a poco al descomponerse el cerebro después de la muerte,
pero hay tiempo sobrado para distribuir los recuerdos entre otras partes de Gaia. Y al
aparecer nuevos cerebros con los recién nacidos y organizarse más con el crecimiento, no
sólo almacenan los recuerdos y las ideas personales, sino que también adquieren
conocimientos convenientes de otras fuentes. Lo que vosotros llamáis educación es
enteramente automático en «mi-nosotros-Gaia».
- Francamente, Golan - dijo Pelorat -, me parece que pueden decirme muchas cosas a
favor de esta noción de un mundo viviente.
Trevize dirigió una breve mirada de soslayo a su compañero de la Fundación. .
- No me cabe duda de ello, Janov, pero no estoy impresionado. El planeta, por muy
grande y diverso que sea, representa un cerebro. ¡Uno! Cada nuevo cerebro que nace se
confunde en el todo. ¿Dónde está la oportunidad para la oposición, para la discrepancia?
Si consideras la Historia humana, verás que hay seres humanos ocasionales cuyas
opiniones pueden ser condenadas por la sociedad, pero que triunfan al final y cambian el
mundo. ¿Qué posibilidad tienen en Gaia los grandes rebeldes de la Historia?
- Existe un conflicto interno - dijo Bliss -. No todos los aspectos de Gaia aceptan la
opinión común necesariamente.
- Tiene que ser limitado - rebatió Trevize -. No puede haber demasiada agitación dentro
de un organismo único, o éste no funcionaría como es debido. Si el progreso y el
desarrollo no son interrumpidos del todo, deben ser frenados. ¿Podemos arriesgarnos a
infligir esto a toda la Galaxia? ¿A toda la humanidad?
- ¿Vas a discutir ahora tu propia decisión? - dijo Bliss sin emoción manifiesta -. ¿Vas a
cambiar de idea y decir ahora que Gaia es un futuro indeseable para la humanidad?
Trev apretó los labios y vaciló.
- Me gustaría hacerlo, pero..., todavía no. Tomé mi decisión basándome en algo
inconsciente, y hasta que descubra cuál era esa base, no puedo decidir realmente si voy a
mantener mi decisión o a cambiarla.
Por consiguiente, volvemos al asunto de la Tierra.
- Donde tienes la impresión de que averiguarás la naturaleza de la base en que apoyaste
tu decisión. ¿No es así, Trevize?
- Ésa es la impresión que tengo. Pero Dom dice que Gaia ignora el lugar donde la
Tierra se encuentra. Y supongo que tú estás de acuerdo con él.
- Desde luego. Yo no soy menos Gaia que él.
- ¿Y me ocultáis lo que sabéis? Quiero decir conscientemente.
- Claro que no. Aunque fuese posible que Gaia mintiese, no te mentiría a ti. Por encima
de todo, dependemos de tus conclusiones, necesitamos que sean exactas, y eso requiere
que estén basadas en la realidad.
- En ese caso - dijo Trevize -, hagamos uso de vuestra memoria mundial. Sondea el
pasado y dime cuál es el tiempo más remoto que puedes recordar.
Hubo una pequeña vacilación. Bliss dirigió una inexpresiva mirada a Trevize, como si
hubiese entrado en trance.
- Quince mil años - dijo.
- ¿Por qué has vacilado?
- Necesitaba tiempo. Los antiguos recuerdos, los realmente antiguos,
se hallan casi todos en el corazón de la montaña, y se requiere tiempo
para extraerlos de allí.
- Has dicho quince mil años. ¿Fue entonces cuando Gaia fue colonizado?
- No, nosotros presumimos que eso ocurrió unos tres mil años antes.
- ¿Por qué no estás segura? ¿Es que tú, o Gaia, no lo recordáis?
- Ocurrió antes de que Gaia evolucionase hasta el punto en que la memoria se convirtió
en un fenómeno global.
- Sin embargo, antes de que pudieseis confiar en vuestra memoria colectiva, Gaia tuvo
que conservar documentos, Bliss. Documentos en el sentido corriente de la palabra:
grabados, escritos, películas, o algo similar.
- Supongo que sí, pero difícilmente hubiesen podido conservarse durante tanto tiempo.
- Quizá se copiaron o, mejor aún, se transmitieron a la memoria global, una vez
desarrollada ésta.
Bliss frunció el entrecejo. Hubo otra vacilación, ahora más prolongada.
- No encuentro señales de esos antiguos documentos de que hablas.
- ¿Cómo puede ser?
- No lo sé, Trevize. Presumo que no tendrían gran importancia. Me imagino que,
cuando se comprendió que los primitivos documentos no memorizados se estaban
estropeando, se decidió que habían pasado de actualidad y no eran necesarios.
- Pero no lo sabes; presumes y te imaginas, pero no lo sabes. Gaia no lo sabe.
Bliss bajó los ojos.
- Debe ser así.
- ¿Debe ser? Yo no soy parte de Gaia y, por consiguiente, no necesito presumir lo que
presume Gaia, lo cual te da un ejemplo de la importancia del aislamiento. Yo, como un
Aislado, presumo algo más.
- ;Qué?
- En primer lugar, hay algo de lo que estoy seguro. Una civilización viva no es probable
que destruya sus documentos antiguos. Lejos de .juzgarlos arcaicos e innecesarios, es
lógico que los trate con exagerada reverencia y se esfuerce en conservarlos. Si los
documentos preglobales de Gaia fueron destruidos, Bliss, esta destrucción es muy
improbable que fuese voluntaria.
- Entonces, ¿cómo lo explicarías tú?
- Todas las referencias a la Tierra que existían en la Biblioteca de Trantor fueron
sacadas de allí por alguien o por alguna fuerza distintos de los Propios Segundos
Fundadores Trantorianos; No es posible que, también en Gaia, fuesen hechas desaparecer
todas las referencias a la Tierra por algo distinto de la propia Gaia?
- ¿Cómo sabes que los documentos antiguos se referían a la Tierra?
- Según acabas de decir, Gaia fue fundada hace al menos dieciocho mil años. Eso nos
lleva a un período anterior al establecimiento del Imperio Galáctico, al período en que la
Galaxia fue colonizada, y la primera fuente de colonos provino de la Tierra. Pelorat te lo
confirmará.
Pelorat, pillado un poco por sorpresa, carraspeó antes de responder.
- Así lo cuentan las leyendas, querida. Yo me las tomo muy en serio y creo, lo mismo
que Golan Trevize, que la especie humana estuvo, al principio, confinada en un solo
planeta y que dicho planeta era la Tierra. Los primeros colonizadores vinieron de allí.
- Entonces - dijo Trevize -, si Gaia fue fundada en los primeros tiempos de los viajes
hiperespaciales, es muy probable que la colonización la llevasen a cabo hombres de la
Tierra o, quizá, nativos de un mundo no muy viejo y que había sido colonizado
recientemente por hombres de la Tierra. Por esa razón, los documentos sobre la
fundación de Gaia y los primeros milenios siguientes debieron referirse a la Tierra y a su
gente, y han desaparecido. Parece que algo procura que la Tierra no aparezca mencionada
en los archivos de la Galaxia. Y si es así, tiene que haber alguna razón para ello.
- Esto es pura conjetura, Trevize - repuso Bliss con indignación - No tienes pruebas de
ello.
- Pero es Gaia quien insiste en que tengo un don especial para sacar conclusiones
correctas basándome en pruebas insuficientes. Por tanto, si llego a una conclusión firme,
no me digas que carezco de pruebas.
Bliss guardó silencio.
- Tanta mayor razón para encontrar la Tierra - prosiguió Trevize -.
Pienso partir en cuanto la Far Star esté preparada. ¿Todavía queréis venir los dos?
- Sí - respondió Bliss al instante.
- Sí - dijo Pelorat.
***

II. HACIA COMPORELLON
Llovía ligeramente. Trevize contempló el cielo, liso y de un color blanco grisáceo.
Llevaba un sombrero impermeable que repelía las gotas de lluvia y las enviaba lejos de
su cuerpo en todas direcciones. Pelorat, plantado fuera del alcance de las gotas rebotadas,
no tenía aquella protección.
- No comprendo por qué te empeñas en mojarte, Janov.
- La humedad no me preocupa, amigo – dijo Pelorat, con su aire solemne de siempre -.
La lluvia es ligera y tibia. Prácticamente, no hay viento. Y además, por citar un viejo
dicho, «En Anacreon, haz como los anacreonitas». - Señaló a unos pocos gaianos que se
encontraban cerca de la Far Star, observando en silencio. Estaban desparramados, como
los árboles de un bosquecillo gaiano, y ninguno de ellos llevaba sombrero contra la
lluvia.
- Supongo - dijo Trevize - que no les importa empaparse, porque todo el resto de Gaia
se está mojando. Los árboles, la hierba, el suelo, todo está mojado, y todo forma parte de
Gaia, lo mismo que los gaianos.
- Creo que es lógico - dijo Pelorat -. El sol no tardará en salir y todo se secará
rápidamente. La ropa no se arrugará ni encogerá, la sensación de frío no existe y, al no
haber microorganismos patógenos nocivos, nadie pillará un catarro, o una gripe, o una
pulmonía. Entonces, ¿por qué preocuparse por un poco de humedad?
Trevize comprendió la lógica del razonamiento con facilidad, pero continuó sintiéndose
agraviado.
- En todo caso – dijo -, no hace falta que llueva cuando vamos a marcharnos. A fin de
cuentas, la lluvia es voluntaria. Si Gaia no lo quisiera, no llovería. Casi se diría que desea
mostrarnos su desprecio.
- Tal vez - repuso Pelorat, frunciendo los labios un poco -. Gaia está llorando nuestra
partida.
- Es posible - dijo Trevize -, pero a mi no me ocurre lo mismo.
- En realidad - prosiguió Pelorat -, presumo que el suelo de esta región necesita
humedad, y que esta necesidad es más importante que tu deseo de ver brillar el sol.
Trevize sonrió.
- Sospecho que este mundo te gusta realmente, ¿verdad? Quiero decir, aun
prescindiendo de Bliss.
- Sí, me gusta - dijo Pelorat en tono defensivo -. Siempre he llevado una vida tranquila
y ordenada, y creo que me sentiría bien aquí, con todo un mundo trabajando para
mantenerse tranquilo y ordenado. Después de todo, Golan, cuando construimos una casa,
o esa nave, tratamos de crear un refugio perfecto. Lo equipamos con todo lo que
necesitamos; disponemos las cosas de manera que la temperatura, la calidad del aire, la
iluminación y todo lo importante, sea controlado y manipulado por nosotros a fin de que
el conjunto resulte lo más cómodo posible. Gaia no es más que la realización del deseo de
comodidad y seguridad extendido a todo un planeta. ¿Qué hay de malo en ello?
- Lo que hay de malo - respondió Trevize - es que mi casa, o mi nave, ha sido
concebida para satisfacerme a mí. Yo no he sido concebido para satisfacerla a ella. Si yo
formase parte de Gaia, por muy bien que el planeta hubiese sido ideado para adaptarse a
mí, me sentiría sumamente molesto por el hecho de que yo hubiese sido ideado también
para adaptarme a él.
Pelorat frunció los labios otra vez.
- Se podría argüir que toda sociedad moldea su población para que se adapte a ella. Se
desarrollan costumbres que convienen a la sociedad, y eso encadena firmemente a los
individuos a las necesidades de aquélla.
- En las sociedades que conozco, uno puede rebelarse. Hay excéntricos, incluso
delincuentes.
- ¿Quieres excéntricos y delincuentes?
- ¿por qué no? Tú y yo somos excéntricos. En verdad, no somos ejemplares típicos de
los habitantes de Terminus. En cuanto a los delincuentes, se trata de una cuestión de
terminología. Y si los delincuentes son el precio que debemos pagar por los rebeldes, los
herejes y los genios, estoy dispuesto a pagarlo. Exijo que se pague.
- ¿Son los delincuentes el único precio posible? ¿No se pueden tener genios sin
delincuentes?
- No se pueden tener genios y santos sin que haya personas que se alejen mucho de la
línea establecida, y no creo que ese alejamiento se pueda producir sólo en un sentido de
dicha línea. Debe existir cierta simetría. En todo caso, para mi decisión de hacer de Gaia
el modelo para el futuro de la humanidad, deseo contar con una razón mejor que ésta de
que se trate de una versión planetaria de una casa confortable.
- ¡Oh, mi querido amigo! Yo no trataba de empezar una discusión contigo sobre tu
decisión. Sólo estaba haciendo una observa...
Se interrumpió. Bliss caminaba en dirección a ellos, mojados los negros cabellos y
pegada su ropa al cuerpo, de manera que hacía resaltar sus anchas caderas. Ella movió la
cabeza arriba y abajo al acercarse.
- Siento haberme retrasado - se disculpó, jadeando un poco -. Mi entrevista con Dom ha
sido más larga de lo que yo había previsto.
- Supongo - dijo Trevize - que ya te has enterado de todo lo que él sabe.
- A veces se producen diferencias de interpretación. A fin de cuentas, no somos
idénticos y por eso discutimos. Mira - dijo con un cierto tono de aspereza -, tú tienes dos
manos. Ambas son parte de ti y parecen idénticas, salvo que cada una es como la imagen
reflejada en un espejo de la otra. Sin embargo, no las empleas de la misma manera,
¿verdad? Hay algunas cosas que haces con la derecha la mayor parte de las veces, y otras
que las realizas con la izquierda. Diferencias de interpretación, por decirlo así.
- Te ha pillado - exclamó Pelorat, con visible satisfacción.
Trevize asintió con la cabeza.
- Es una analogía seductora si fuese pertinente, y no estoy muy seguro de que lo sea. En
todo caso, ¿significa que podemos embarcar ahora? Está lloviendo.
- Sí, sí. Nuestra gente ha salido de la nave, y ésta se encuentra dispuesta. - Después,
miró a Trevize con curiosidad -. Estás seco. Las gotas de lluvia no te alcanzan.
- Es cierto - dijo Trevize -. Quiero evitar la humedad.
- ¿ No te gusta mojarte de vez en cuando?
- En efecto; pero cuando yo lo deseo, no cuando la lluvia quiere.
Bliss se encogió de hombros.
- Bueno, haz lo que te parezca. Todo nuestro equipaje ha sido cargado ya; podemos
subir a bordo.
Los tres se dirigieron a la Far Star. La lluvia se había vuelto más fina todavía, pero la
hierba seguía completamente mojada, Trevize caminaba de puntillas, a diferencia de
Bliss que se había quitado las zapatillas, llevándolas en la mano, y andaba descalza sobre
la hierba.
- Es una sensación deliciosa - dijo, en respuesta a la mirada de Trevize a sus pies.
- Bueno - repuso él con aire distraído. Y después, algo irritado, añadió -: Pero, ¿por qué
están esos otros gaianos plantados ahí?
- Están registrando este acontecimiento - respondió Bliss -, que Gaia considera
trascendental. Tú eres importante para nosotros, Trevize. Piensa que si cambiases de idea
como resultado de este viaje y decidieses contra nosotros, nunca nos integraríamos en la
Galaxia, ni siquiera perduraríamos como Gaia.
- Entonces, yo represento la vida o la muerte para Gaia; para todo el mundo.
- Nosotros lo creemos así.
Trevize se detuvo de pronto y se quitó el sombrero que le protegía de la lluvia. Estaban
apareciendo manchas azules en el cielo.
- Pero ahora tenéis mi voto a favor vuestro – dijo -. Si me mataseis, nunca podría
cambiarlo.
- Golan - murmuró, impresionado, Pelorat -, es terrible que digas eso.
- Es típico de un Aislado - repuso Bliss tranquilamente -. Debes comprender, Trevize,
que no nos interesas como persona, ni siquiera tu voto nos interesa, sólo la verdad cuenta,
los hechos reales. Tú nos importas porque eres la persona que nos guía hacia la verdad, y
tu voto es una indicación de esa verdad. Esto es lo que queremos de ti, y si te matásemos
para impedir que cambiases tu voto, lo único que haríamos sería ocultamos la verdad a
nosotros mismos.
- Si os dijese que la verdad es no-Gaia, ¿aceptaríais todos la muerte alegremente?
- Tal vez no con alegría, pero ése sería, en definitiva, el resultado.
Trevize sacudió la cabeza.
- Si algo pudiese convencerme de que Gaia es un horror y debería morir, sería la
declaración que acabas de hacer - dijo. Después, volvió la mirada hacia los gaianos que
observaban (y presumiblemente escuchaban) pacientemente -. ¿Por qué se han
desplegado de ese modo? ¿Y para qué necesitabais tantos? Si uno de ellos observa este
acontecimiento y lo almacena en su memoria, ¿no estará al alcance de todo el resto del
planeta? ¿No podrá ser almacenado en un millón de sitios diferentes, si así lo deseáis?
- Cada cual lo está observando desde diferente ángulo – explicó Bliss - y lo almacena
en un cerebro ligeramente distinto. Cuando todas las observaciones sean estudiadas, se
comprobará que lo sucedido ahora será comprendido mucho mejor si se parte de todas las
observaciones juntas que de cualquiera de ellas en particular.
- En otras palabras, el total es mayor que la suma de las partes.
- Exactamente. Has captado la justificación fundamental de la existencia de Gaia. Tú,
como ser humano individual, estás compuesto de quizá cincuenta billones de células,
pero, como individuo multicelular, eres mucho más importante que esos cincuenta
billones como la suma de su importancia individual. Supongo que estarás de acuerdo con
esto.
- Sí - admitió Trevize -. Lo estoy.
Subió a la nave y se volvió un momento para echar otro vistazo a Gaia. La breve lluvia
había dado una nueva frescura a la atmósfera. Vio un mundo verde, exuberante,
tranquilo, pacífico; un jardín de serenidad plantado en medio de la turbulencia de la
cansada galaxia.
Y Trevize esperó ardientemente no volver a verlo jamás.
Cuando la puerta neumática se cerró tras ellos, Trevize tuvo la impresión de haber
salido, no exactamente de una pesadilla, sino de algo anormal tan grave que le había
estado impidiendo respirar con libertad. Era consciente de que un elemento de aquella
anormalidad permanecía todavía con él en la persona de Bliss. Mientras ella estuviese
ahí, Gaia seguiría ahí, y, sin embargo, también estaba convencido de que la presencia de
la joven era esencial. La caja negra trabajaba de .nuevo, y anheló no tener que empezar a
creer demasiado en ella.
Miró a su alrededor y la nave le pareció hermosa. Había sido suya desde que la
alcaldesa Harla Branno de la Fundación le había obligado a entrar en ella, o enviándolo
entre las estrellas, como un pararrayos viviente destinado a atraer el fuego de los que ella
consideraba enemigos de la Fundación. La misión había sido cumplida, pero la nave
seguía perteneciéndole, y no pensaba devolverla.
Había sido suya sólo unos pocos meses, pero le parecía como su casa y sólo conservaba
una vaga idea del que había sido su hogar en Terminus.
¡Terminus! El eje descentrado de la Fundación, destinado por el «Plan de Seldon» a
formar un segundo y más grande Imperio en el decurso de los siguientes cinco siglos.
Aunque ahora él, Trevize, le había dado un nuevo rumbo. Por decisión propia, estaba
convirtiendo la Fundación en nada, y haciendo posible, en su lugar, una nueva sociedad,
un nuevo esquema de vida, una revolución espantosa que sería la más grande desde la
aparición de la vida multicelular.
Emprendía un viaje encaminado a demostrarse (o a rechazar) que lo que había hecho
era lo justo.
Se encontró perdido en sus pensamientos e inmóvil, y se sacudió con irritación. Se
dirigió apresuradamente a la cabina-piloto y vio que su ordenador permanecía todavía
allí.
Resplandecía; todo resplandecía. La limpieza no había podido ser más minuciosa. Los
contactos, cerrados por él casi al azar, funcionaban a la perfección y, al parecer, con más
facilidad que nunca. El sistema de ventilación era tan silencioso que tuvo que poner la
mano sobre las rejillas para asegurarse de que el aire circulaba.
El círculo de luz sobre el ordenador brillaba agradablemente. Trevize lo tocó y la luz se
derramó por toda la mesa, en la que apareció el perfil de una mano derecha y una mano
izquierda. Inhaló a fondo y se dio cuenta que había estado sin respirar durante un rato.
Los gaianos desconocían la tecnología de la Fundación y hubiesen podido averiar el
ordenador con facilidad sin la menor malicia. Hasta ahora, no había sido así: las manos
permanecían en su sitio.
La prueba definitiva la tendría al poner sus propias manos sobre aquéllas, y, por un
momento, vaciló. Casi de inmediato sabría si algo andaba mal, y, de ser así, ¿qué podría
hacer? Para repararlo, tendría que regresar a Terminus, y, si volvía, estaba seguro de que
la alcaldesa Branno no dejaría que se marchase de nuevo. Y en tal caso...
Sintió que su corazón palpitaba con fuerza; era inútil prolongar aquella incertidumbre
deliberadamente.
Extendió ambas manos, la derecha, la izquierda, y las apoyó sobre las siluetas; en ese
instante, tuvo la sensación de que otro par de manos asían las suyas. Sus sentidos se
expandieron, y pudo ver Gaia en todas las direcciones, verde y húmeda, y los gaianos que
seguían allí. Cuando quiso mirar hacia arriba, vio un cielo nublado en su mayor parte.
Después, también por su voluntad, las nubes se desvanecieron y contempló un cielo azul
inmaculado que filtraba la luz del sol de Gaia.
De nuevo puso su voluntad a prueba, y el azul desapareció ocupando su lugar las
estrellas. .
Las borró y quiso contemplar la galaxia, y lo consiguió, viéndola como una rueda de
fuegos artificiales a tamaño reducido. Examinó la imagen del ordenador, ajustando su
orientación, alterando la marcha aparente del tiempo, haciéndola girar primero en una
dirección y después en otra. Localizó el sol de Savshell, la estrella importante más
próxima a Gaia; después, el sol de Terminus; luego, el de Trantor; uno tras otro. Viajó de
una estrella a otra en el mapa galáctico contenido en las entrañas del ordenador.
Entonces, retiró las manos y dejó que de nuevo el mundo real lo rodease, y se dio
cuenta de que había permanecido todo el tiempo en pie, inclinado a medias sobre el
ordenador para establecer el contacto manual. Sintió que estaba entumecido y tuvo que
estirar los músculos de su espalda antes de sentarse.
Miró el ordenador con fijeza, agradecido y aliviado. Su funcionamiento había resultado
perfecto. Le había respondido mejor que nunca, y sintió por él lo que sólo podía
describirse como amor. A fin de cuentas, mientras apoyaba sus manos en él (se negaba
resueltamente a confesarse que pensaba que eran las manos de ella), formaban parte el
uno del otro, y su voluntad dirigía, controlaba, experimentaba y pertenecía a un yo
superior. El y aquello debían sentir, de una manera reducida, pensó de pronto, con
inquietud, lo mismo que Gaia sentía en un campo muchísimo más amplio.
Sacudió la cabeza. ¡No, en el caso de él y el ordenador! Era él, Trevize, quien poseía el
control absoluto. El ordenador se hallaba totalmente sometido a su mandato.
Se levantó y pasó a la bien abastecida cocina y al comedor. Había abundancia de
comida de todas clases y aparatos adecuados de refrigeración y de calor. Ya había
observado que las películas que guardaba en su habitación estaban en regla, y tenía el
convencimiento..., no, la absoluta seguridad, de que Pelorat había comprobado que su
filmoteca personal lo estaba también. De no haber sido así, seguro que ya se lo habría
comunicado.
¡Pelorat! Eso le recordó una cosa. Entró en la habitación de Pelorat.
- ¿ Hay sitio aquí para Bliss, Janov?
- ¡Oh, sí! De. sobra.
- Podría convertir la sala común en su dormitorio.
Bliss lo miró, abriendo mucho los ojos.
- No deseo tener una habitación individual. Me encuentro muy bien aquí con Pel.
Aunque supongo que podré usar las otras habitaciones cuando las necesite. Por ejemplo,
el gimnasio.
- Por supuesto. Todas, excepto la mía.
- Muy bien. Eso es lo que yo habría sugerido, si hubiese tenido ocasión de hacerlo. Por
lógica, tú tampoco entrarás en la nuestra.
- Desde luego - dijo Trevize, que miró hacia abajo y se dio cuenta de que sus zapatos
pisaban el umbral. Dio un paso atrás -. Pero esto no es una suite nupcial, Bliss.
- Así parece, en vista de su estrechez, y tampoco lo sería si Gaia la ampliase la mitad de
lo que es.
Trevize reprimió una sonrisa.
- Tendréis que comportaros como buenos amigos.
- Lo somos - dijo Pelorat, claramente molesto por el rumbo que había tomado la
conversación -, pero creo, viejo amigo, que debes dejar que nos arreglemos nosotros
solos.
- En realidad, no puedo - repuso Trevize pausadamente -. Quiero que quede bien claro
que éste no es lugar adecuado para una luna de miel, No me opondré a nada de lo que
hagáis por mutuo consentimiento, pero debéis daros cuenta de que aquí no gozaréis de
intimidad.
Espero que lo comprendas, Bliss.
- Hay una puerta - dijo Bliss -, y me imagino que no nos molestarás cuando esté
cerrada..., es decir, salvo en caso de verdadera emergencia.
- Claro que no. Sin embargo, las paredes no están insonorizadas.
- ¿Estás tratando de decir, Trevize - dijo Bliss -, que oirás con claridad cualquier
conversación que sostengamos y el ruido que podamos hacer cuando mantengamos
relaciones sexuales?
- Sí, eso es lo que quería decir. Y teniéndolo en cuenta, espero que comprendáis que
deberéis limitar vuestras actividades aquí. Eso puede incomodaros, y lo siento, pero la
situación está así.
- La verdad es, Golan - dijo Pelorat amablemente después de un carraspeo -, que ya he
tenido que enfrentarme con el mismo problema.
Como sabes muy bien, cualquier sensación que Bliss experimenta mientras está
conmigo es experimentada por toda Gaia.
- Ya he pensado en esto, Janov - dijo Trevize, y pareció que reprimía una mueca -. No
quería mencionarlo; sólo lo he hecho por si no habías pensado en ello.
- Por desgracia, lo pensé - dijo Pelorat.
- No des demasiada importancia a esto, Trevize - intervino Bliss -.
En un momento dado, puede haber miles de seres humanos en Gaia que estén haciendo
el amor; millones que estén comiendo, bebiendo, o entregados a otras actividades
placenteras. Esto origina un ambiente general de felicidad que Gaia siente, y cada una de
sus partes. Los animales inferiores, las plantas y los minerales gozan de placeres
progresivamente reducidos, pero que también contribuyen a una alegría generalizada y
consciente que Gaia experimenta en todas sus partes siempre, y que no se siente en
ninguno de los otros mundos.
- Nosotros tenemos nuestros propios goces particulares - dijo Trevize - que podemos
compartir con otros, si lo deseamos, o disfrutarlos en privado, si queremos.
- Si pudieses sentir los nuestros, sabrías lo atrasados que vosotros, los aislados, estáis a
este respecto.
- ¿Cómo puedes saber lo que nosotros sentimos?
- Aunque no lo sepamos, es lógico suponer que un mundo de placeres comunes tiene
que ser más intenso que un solo individuo aislado.
- Es posible, pero aunque mis placeres sean mínimos, guardaré para mi mis alegrías y
mis penas y me contentaré con ellas, por pequeñas que parezcan, y seré yo y no un
hermano carnal de la roca más cercana.
- No te burles - pidió Bliss -. Tú valoras todos los cristales minerales de tus huesos y tus
dientes, y quisieras que no se estropease ninguno, aunque no tengan más conciencia que
un cristal corriente de roca, del mismo tamaño.
- Eso es bastante cierto - aceptó Trevize, de mala gana -, pero nos hemos apartado del
tema. A mí no me importa que toda Gaia comparta tu alegría, Bliss, pero yo no quiero
compartirla. Aquí vivimos muy estrechos y no deseo verme obligado a participar en
vuestras actividades, aunque sea indirectamente.
- Esta discusión no tiene objeto, mi querido amigo - dijo Pelorat.
Mientras la nave se hallaba dentro de la atmósfera, no se necesitaba, por supuesto,
acelerar, de modo que el zumbido y la vibración del aire al pasar rápidamente no se
percibían. Y cuando la atmósfera quedaba atrás y la aceleración se producía, a grandes
velocidades, no afectaba a los pasajeros.
Era lo más moderno en comodidad, y Trevize no creía que pudiese mejorarse hasta que
llegase el día en que los seres humanos descubriesen la manera de volar a través del
hiperespacio sin necesidad de naves y sin preocuparse de que los campos de gravitación
cercanos pudiesen ser demasiado intensos. Precisamente ahora, la Far Star tendría que
alejarse a toda velocidad del sol de Gaia durante varios días hasta que la intensidad de la
gravedad fuese lo bastante débil para intentar el Salto.
- Golan, querido amigo, ¿puedo hablar un momento contigo? ¿No estás demasiado
ocupado?
- En absoluto. El ordenador se encarga de todo en cuanto le he dado las instrucciones
pertinentes. Y a veces parece que adivina cuáles serán éstas y las cumple casi antes de
que yo haya acabado de formularlas - dijo Trevize, acariciando el tablero.
- Tú y yo nos hemos hecho muy amigos, Golan - comenzó Pelorat -, en el poco tiempo
que llevamos conociéndonos, a pesar de que debo admitir que me parece mucho más
largo. ¡Han ocurrido tantas cosas...! Cuando me detengo a pensar en mi relativamente
larga vida, me parece curioso que la mitad de los sucesos que he experimentado se hayan
concentrado en estos pocos últimos meses. O así parece. Casi podría suponer...
Trevize levantó una mano.
- Janov, te estás saliendo de la cuestión, estoy seguro. Has empezado diciendo que nos
hemos hecho muy amigos en poco tiempo. Si, es cierto, y seguimos siéndolo. A
propósito, todavía hace menos tiempo que conoces a Bliss y te has hecho aún más amigo
de ella.
- Desde luego, eso es diferente - repuso Pelorat carraspeando, un poco confuso.
- Claro - dijo Trevize -, pero, ¿por qué me hablas de nuestra breve pero duradera
amistad?
- Mi querido compañero, si seguimos siendo amigos, como acabas de admitir, quiero
que también lo seas de Bliss que, como también acabas de decir, me es particularmente
querida.
- Lo comprendo. ¿Y bien?
- Sé, Golan, que Bliss no te gusta, pero quisiera que por mi...
Trevize levantó una mano.
- Un momento, Janov. No es que Bliss me entusiasme, pero tampoco le tengo antipatía.
En realidad, no siento ninguna animosidad contra ella. Es una joven atractiva y, aunque
no lo fuese, estaría dispuesto por ti, a considerarla como tal. Es Gaia lo que no me gusta.
- Pero Bliss es Gaia.
- Lo sé, Janov. Y eso complica las cosas. Mientras pienso en Bliss como persona, no
hay problema. Pero si pienso en ella como Gaia, la cosa cambia.
- Pero no le has dado ninguna oportunidad, Golan. Mira, viejo amigo, déjame
confesarte algo. Cuando Bliss y yo estamos en la intimidad, hay veces en que me deja
compartir su mente durante un minuto, más o menos. No más tiempo, porque dice que
soy demasiado viejo para adaptarme a ello... ¡Oh, no sonrías, Golan! También tú serías
demasiado viejo para hacerlo. Si un ser aislado, como tú o como yo, fuese parte de Gaia
durante más de un minuto o dos, podría sufrir alguna lesión cerebral, y si el tiempo fuese
de cinco o diez minutos, esa lesión sería irreversible. Si pudieses experimentarlo, Golan...
- ¿Qué? ¿Una lesión cerebral irreversible? No, gracias.
- Me malinterpretas deliberadamente, Golan. Me refiero sólo al momento de la unión.
No sabes lo que te pierdes. Me resulta imposible describirlo. Bliss dice que se trata de
una sensación de alegría. Es como decir que se siente alegría cuando se bebe un poco de
agua después de haber estado a punto de morir de sed. Soy incapaz de poder darte una
ligera idea de lo que es. Compartes todo el placer que mil millones de personas
experimentan por separado. No es un goce continuo; si lo fuese, pronto dejarías de
sentirlo. Vibra..., centellea..., tiene un extraño ritmo pulsátil que se apodera de ti. Es más
alegre..., no, no es más alegre, sino una alegría mejor que la que nunca podrías
experimentar separadamente. Cuando ella me cierra la puerta, me echaría a llorar.
Trevize sacudió la cabeza.
- Tu elocuencia es sorprendente, buen amigo, pero parece que estás describiendo la
adicción a la seudendorfina o a alguna otra droga de esas que te hacen gozar a corto
plazo, al precio de dejarte sumido para siempre en el horror. ¡No me interesa! Me niego a
vender mi individualidad por un breve sentimiento de euforia.
- Yo no he perdido mi individualidad, Golan.
- Pero, ¿cuánto tiempo la conservarás si sigues con eso, Janov? Suplicarás más y más
de tu droga hasta que, en definitiva, tu cerebro quede lesionado. Janov, no debes permitir
que Bliss haga eso contigo. Quizá fuese mejor que yo hablase con ella.
- ¡No! ¡No lo hagas! Tú no te distingues por tu tacto, ¿sabes?, y no quiero ofenderla. Te
aseguro que ella cuida mejor de mí, a este respecto que todo lo que puedas imaginarte. La
posibilidad de una lesión cerebral le preocupa más que a mi. Puedes estar seguro de ello.
- Entonces, hablaré contigo, Janov, no vuelvas a hacerlo nunca más. Has vivido
cincuenta y dos años disfrutando de tus propios placeres y alegrías, y tu cerebro está
adaptado a esto. No te dejes llevar por un nuevo y desacostumbrado vicio. Eso acaba
pagándose; si no inmediatamente, sí en definitiva.
- Sí, Golan - admitió Pelorat en voz baja, mirando las puntas de sus zapatos -. Pero
míralo de esta manera. ¿Qué pasaría si tú fueses una criatura unicelular...?
- Sé lo que vas a decir, Janov. Olvídalo. Bliss y yo hemos comentado ya esa analogía.
- Si, pero piensa un momento. Imaginemos unos organismos unicelulares con un nivel
de conciencia humano y con la facultad de pensar, y consideremos que se encuentran ante
la posibilidad de convertirse en un organismo multicelular. ¿No llorarían los organismos
unicelulares la pérdida de su individualidad y no lamentaran amargamente su forzada
integración en la personalidad de un organismo total? ¿Y no estarían equivocados?
¿Podría una célula individual imaginar siquiera el poder del cerebro humano?
Trevize sacudió la cabeza con un gesto enérgico.
- No, Janov; ésa es una analogía falsa. Los organismos unicelulares no tienen
conciencia ni facultad de pensar, o, si la tienen, es tan infinitesimal que podemos
considerarla cero. Para esos objetos, combinarse y perder su individualidad equivale a
perder algo que nunca tuvieron en realidad. Sin embargo, el ser humano es consciente y
tiene la facultad de pensar. Posee una conciencia y una inteligencia independiente reales
que puede perder; por esto, la analogía falla aquí.
Entre los dos se produjo un momentáneo silencio, casi opresivo, y por último, Pelorat,
tratando de dar un nuevo rumbo a la conversación, dijo:
- ¿Por qué contemplas la pantalla con tanta atención?
- Por costumbre - respondió Trevize, sonriendo irónicamente -. El ordenador me dice
que no hay ninguna nave gaiana que me siga y que ninguna flota saysheliana viene a mi
encuentro. Pero sigo mirando con atención, tranquilizado al no ver aquellas naves,
cuando los sensores del ordenador son cientos de veces más agudos que mis ojos. Más
aún, el ordenador es capaz de percibir, con gran detalle, algunas propiedades del espacio
que mis sentidos no pueden captar bajo ninguna condición. Y sabiendo esto, todavía sigo
mirando.
- Golan - dijo Pelorat -, si somos realmente amigos...
- Te prometo que no haré nada que pueda ofender a Bliss; al menos, nada que yo pueda
evitar.
- Pero hay otra cuestión. Sigues ocultándome nuestro destino, como si no confiases en
mí. ¿Adónde vamos? ¿Crees saber dónde está la Tierra?
Trevize levantó la mirada.
- Perdona. He estado guardando celosamente mi secreto, ¿verdad?
- Sí, pero, ¿por qué?
- ¿Por qué? - repitió Trevize -. Me pregunto, amigo mío, si no tiene - algo que ver con
Bliss.
- ¿Con Bliss? ¿Es que no quieres que ella lo sepa? Te aseguro, viejo, que es digna de
toda confianza.
- No es eso. ¿De qué me serviría no confiar en ella? Sospecho que puede arrancar
cualquier secreto de mi mente, si desea hacerlo. Creo que tengo una razón más infantil.
Me da la sensación de que sólo le prestas atención a ella y que yo he dejado de existir
realmente para ti.
Pelorat pareció horrorizado.
- Te equivocas, Golan.
- Lo sé, pero estoy tratando de analizar mis propios sentimientos.
Tú acabas de darme a entender que temes por nuestra amistad, y, pensándolo bien, creo
que yo he sufrido idénticos temores. No me lo he confesado abiertamente, pero pienso
que hemos sido separados por Bliss. Tal vez estoy tratando de «desquitarme» ocultándote
cosas. Una niñería, supongo.
- ¡Golan! .
- He dicho que era algo infantil, ¿no? Pero, ¿hay alguien que no lo sea de vez en
cuando? Sin embargo, nuestra amistad perdura. Sentado este punto, no volveré a jugar
contigo. Vamos a Comporellon.
- ¿Comporellon? - preguntó Pelorat, sin recordar de momento.
- Seguramente recordarás a mi amigo, el traidor Munn Li Compor.
Los tres nos encontramos en Sayshell.
El rostro de Pelorat reflejó una visible expresión de comprensión.
- Claro que lo recuerdo. Comporellon era el mundo de sus antepasados.
- Si lo era: No me creo todo lo que Compor dijo. Pero Comporellon es un mundo
conocido, y Compor me contó que sus habitantes sabían algo de la Tierra. Por
consiguiente, iremos allí y lo averiguaremos. Puede que no conduzca a nada, pero es el
único punto de partida de que disponemos.
Pelorat carraspeó y pareció dudar.
- Oh, mi querido amigo, ¿estás seguro?
- No hay nada que podamos afirmar. Pero ese punto de partida existe, y, por muy débil
que pueda ser, no tenemos más remedio que seguirlo.
- Si, pero si lo hacemos en base a lo que Compor nos dijo, tal vez deberíamos
considerar todo lo que nos comentó. Creo recordar que declaro, con gran énfasis, que la
Tierra no existe como planeta vivo, pues su superficie es radiactiva y que no hay ni rastro
de vida en ella. Si eso resulta ser cierto, de nada servirá que vayamos a Comporellon.
Los tres estaban almorzando en el comedor, llenándolo virtualmente al hacerlo.
- Está muy bueno - dijo Pelorat, con visible satisfacción -. ¿Es parte de las provisiones
que embarcamos en Terminus?
- No, en absoluto - respondió Trevize -. Aquéllas se acabaron hace tiempo. Esto
corresponde a las que compramos en Sayshell antes de dirigirnos a Gaia. Muy
desacostumbradas, ¿no? Una especie de mariscos, pero bastante crujientes. En cuanto a lo
que comemos ahora, me dio la impresión de que eran coles cuando lo compré, pero tiene
un sabor muy diferente.
Bliss escuchaba mas no decía nada. Picaba la comida de su plato con delicadeza.
- Tienes que comer, querida - aconsejó Pelorat amable.
- Lo sé, Pel, y así lo hago.
- Tenemos comida gaiana, Bliss - dijo Trevize, con un deje de impaciencia que no pudo
reprimir.
- Sí - repuso Bliss -, pero creo que debemos conservarla. No sabemos cuánto tiempo
permaneceremos en el espacio y, en todo caso, debo aprender a comer los alimentos de
los aislados.
- ¿Tan malos son? ¿O debe Gaia comer sólo Gaia?
Bliss suspiró.
- Nosotros tenemos una máxima que dice: «Cuando Gaia come Gaia, nada se pierde ni
se gana.» No es más que una transferencia de conciencia arriba y abajo de la escala. Todo
lo que yo como de Gaia es Gaia, y cuando se metaboliza y se integra en mi, sigue siendo
Gaia. En realidad, por el hecho de comer yo, algo de lo que tomo tiene una posibilidad de
participar en un nivel de intensidad más alto de conciencia, mientras que, por supuesto,
otras porciones de ello se convierten en desperdicios de alguna clase y descienden por
ello en la escala de conciencia.
Tomó un buen bocado de su comida, masticó durante un momento con energía y lo
tragó.
- Representa una vasta circulación – continuó -. Las plantas crecen y son comidas por
los animales. Éstos comen y son comidos. Todo organismo que muere es incorporado a
las células de hongos, de bacterias de putrefacción..., y sigue siendo Gaia. Incluso la
materia inorgánica participa en esa vasta circulación de conciencia, y todo lo que circula
tiene posibilidad de participar periódicamente en una intensidad más elevada de
conciencia.
- Todo esto - dijo Trevize - puede aplicarse a cualquier mundo.
Cada átomo que hay en mí tiene una larga historia durante la cual puede haber formado
parte de muchos seres vivos, incluidos los humanos, y también puede haber pasado largos
períodos formando parte del mar o de un pedazo de carbón o de una roca o del viento que
sopla sobre nosotros.
- Pero en Gaia - dijo Bliss -, todos los átomos forman parte siempre de una conciencia
planetaria superior de la que vosotros nada sabéis.
- Entonces - dijo Trevize -, ¿qué les ocurre a las verduras de Sayshell que comes en este
momento? ¿Se convierten en parte de Gaia?
- Sí, aunque con bastante lentitud. La misma lentitud con que mis excrementos dejan de
ser parte de Gaia. A fin de cuentas, lo que sale de mi pierde todo contacto con Gaia.
Incluso carece del contacto hiperespacial indirecto que yo puedo mantener gracias a mi
alto nivel de intensidad de conciencia. Este contacto hiperespacial es el que hace que la
comida no gaiana se convierta, poco a poco, en parte de Gaia cuando yo la consumo.
- ¿Y qué me dices de la comida gaiana que tenemos almacenada? ¿También se
convertirá lentamente en no galana? Si eso ocurre, será mejor que la comas mientras
puedas.
- No debemos preocuparnos - dijo Bliss -. Nuestras provisiones gaianas han sido
tratadas de manera que seguirán siendo parte de Gaia durante un largo período.
- Pero, ¿qué sucederá cuando nosotros comamos los alimentos galanos? - preguntó
Pelorat de pronto -. Y a propósito de este tema, ¿qué nos pasó a nosotros cuando
comimos alimentos gaianos en la propia Gaia? ¿ Nos estamos convirtiendo en Gaia poco
a poco?
Bliss sacudió la cabeza y una expresión de peculiar turbación se reflejo en su
semblante.
- No, lo que vosotros comisteis se perdió para nosotros. O al menos las porciones que
fueron metabolizadas en vuestros tejidos. Lo que excretasteis siguió siendo Gaia o se
convirtió lentamente en Gaia, de manera que, en definitiva, el equilibrio se mantuvo; pero
numerosos átomos de Gaia se convirtieron en no-Gaia como resultado de vuestra visita.
- ¿ Por qué? - preguntó Trevize con curiosidad.
- Porque vosotros no habríais podido soportar la conversión, aunque ésta hubiese sido
parcial. Erais nuestros invitados, traídos a nuestro mundo por la fuerza, por decirlo de
alguna manera, y teníamos que protegeros del peligro, aun a costa de perder algunos
diminutos fragmentos de Gaia. Fue un precio que hubimos de pagar, aunque no de buen
grado.
- Lo lamentamos - dijo Trevize -, pero, ¿estás segura de que la comida no gaiana, o
alguna clase de ella, no puede, a su vez perjudicarte a ti?
- No - respondió Bliss -. Lo que es comestible para vosotros también lo es para mí. Sólo
tengo el problema adicional de metabolizar esa comida en Gaia además de en mis propios
tejidos. Representa una barrera psicológica que hace que pueda disfrutar menos de los
alimentos y que tenga que masticarlos despacio; pero lo superaré con el tiempo.
- ¿Y las infecciones? - preguntó Pelorat, muy alarmado -: No comprendo cómo no
pensé antes en ello. Bliss, lo más probable es que cualquier mundo en el que aterricemos
tenga microorganismos contra los que careces de defensas, y la más leve dolencia
infecciosa resultaría mortal para ti. Trevize, debemos volver atrás.
- No te espantes, querido Pel - dijo Bliss sonriendo -. También los microorganismos son
asimilados en Gaia cuando están en mi comida o cuando entran en mi cuerpo por
cualquier otro medio. Si parecen capaces de causar daño, serán asimilados con mayor
rapidez, y en cuanto sean Gaia, no podrán hacerme ningún mal.
El almuerzo tocaba a su fin y Pelorat sorbió su sazonada mezcla de zumos de fruta
caliente.
- ¡Caramba! - dijo, lamiéndose los labios -. Creo que es hora de que volvamos a
cambiar de tema. Se diría que mi única ocupación a bordo de esta nave es cambiar de
temas. ¿Por qué será?
- Porque Bliss y yo nos aferramos hasta el máximo a todos los temas que discutimos -
repuso Trevize con aire solemne -. Dependemos de ti, Janov, para conservar nuestra
cordura. ¿De qué quieres hablar ahora, viejo amigo?
- He repasado mi material de información sobre Comporellon, y todo el sector del que
forma parte es rico en antiguas leyendas. Su colonización se remonta muy atrás en el
tiempo, al primer milenio de los viajes hiperespaciales. Incluso se habla de un fundador
legendario llamado Benbally, aunque no explican de dónde llegó. Dicen que el nombre
primitivo de su planeta fue Mundo de Benbally.
- Y en tu opinión, Janov, ¿qué hay de verdad en ello?
- Algo, tal vez, pero, ¿quién puede adivinar lo que es ese algo?
- Yo nunca he oído mencionar a Benbally en la historia real. ¿Y tú?
- Tampoco, mas ya sabes que en la última era Imperial hubo una deliberada supresión
de la Historia preimperial. Los emperadores, en los postreros y turbulentos siglos del
Imperio, se mostraron ansiosos por reducir el patriotismo local, puesto que consideraron,
no sin motivo, que era una influencia desintegradora. Por consiguiente, en casi todos los
sectores de la galaxia, la verdadera Historia, con relatos completos y esmerada
cronología, comienza en los días en que la influencia de Trantor se dejó sentir y el sector
en cuestión se hubo aliado al Imperio o fue anexionado por él.
- Yo nunca había pensado que la Historia pudiese ser borrada con tanta facilidad -
exclamó Trevize.
- Y en cierto modo, no se puede - dijo Pelorat -; aunque un gobierno resuelto y
poderoso es capaz de conseguir debilitarla en gran manera. Si se debilita lo bastante, la
Historia primitiva llega a depender de material esparcido y tiende a degenerar en cuentos
populares. Estos caen, de manera invariable, en exageraciones que quieren mostrar al
sector como más antiguo y más poderoso de lo que probablemente fue en realidad. Y por
muy tonta que sea una leyenda particular, o por muy imposible que pueda resultar, se
convierte en un tema patriótico que ha de ser creído por la gente del sector. Puedo citarte
cuentos de todos los rincones de la galaxia, según los cuales los primitivos colonizadores
vinieron de la Tierra, aunque no siempre llaman así al planeta padre.
- ¿Qué otro nombre le dan?
- Muchísimos. A veces, el único, otras, el Más Viejo, o le llaman el Mundo de la Luna,
que, según algunas autoridades, es una referencia a su gigantesco satélite. Otros sostienen
que significa «Mundo Perdido» y que «Mooned» (de la Luna) es una versión de
«Marooned», palabra pregaláctica que significa «perdido» o «abandonado».
- ¡Basta, Janov! - dijo Trevize con acento amable -. No acabarías nunca con tus citas y
contracitas. Pero dices que esas leyendas están en todas partes, ¿no?
- Oh, sí, mi querido amigo. En todas partes. Sólo tienes que repasarlas para hacerte
cargo de la costumbre humana de empezar con una semilla de verdad y recubrirla con
capas sucesivas de bellas falsedades, de la misma manera que las ostras de Rhampora
fabrican perlas partiendo de un grano de arena. Se me ocurrió esta metáfora una vez,
cuando...
- ¡Janov! ¡Basta otra vez! Dime, ¿hay algo en las leyendas de Comporellon que las
diferencie de las otras?
- ¡Oh! - Pelorat miró un momento a Trevize, fijamente -. ¿Alguna diferencia? Bueno,
dicen que la Tierra está relativamente cerca, y esto resulta poco corriente. En la mayoría
de los mundos que hablan de la Tierra, sea cual fuere el nombre que le den, existe la
tendencia de referirse vagamente a su localización, situándola en una lejanía indefinida o
en algún lugar al que nunca se puede llegar.
- Sí - dijo Trevize -, de la misma manera que nos dijeron en Sayshell que Gaia estaba
situada en el hiperespacio.
Bliss se echó a reír.
Trevize le dirigió una rápida mirada.
- Es verdad. Eso fue lo que nos dijeron.
- No lo niego. Pero resulta divertido. Desde luego, es lo que nosotros deseamos que
crean. Lo único que pedimos es que nos dejen en paz, ¿y dónde podemos hallarnos más
tranquilos y más seguros que en el hiperespacio? Si no nos encontramos allí, es como si
lo estuviésemos, mientras la gente lo crea.
- Sí - repuso secamente Trevize -, y de la misma manera, existe algo que obliga a la
gente a creer que la Tierra no existe, o que está muy lejos, o que tiene una corteza
radiactiva.
- Salvo que los comporellianos creen que se encuentra relativamente cerca de ellos -
añadió Pelorat.
- Pero, en todo caso, le dan una corteza radiactiva. Por una u otra razón, todos los
pueblos que tienen una leyenda sobre la Tierra consideran que no se puede llegar a ella.
- Así es, más o menos - dijo Pelorat.
- En Sayshell - prosiguió Trevize -, muchos creían que Gaia estaba cerca; incluso
algunos identificaban su estrella correctamente, y, sin embargo, la consideraban
inaccesible. Quizás haya comporellianos que insistan en que la Tierra es radiactiva y está
muerta, pero que puedan identificar su estrella. En tal caso, nosotros nos dirigiremos
hacia ella, por muy inaccesible que la consideren. Esto fue exactamente lo que hicimos en
el caso de Gaia.
- Gaia estaba dispuesta a recibiros, Trevize - dijo Bliss -. Estabais impotentes en
nuestras manos, mas nosotros no quisimos haceros daño. Y si también la Tierra es
poderosa, pero no benévola como nosotros, ¿qué pasará entonces?
- En todo caso, debo intentar llegar a ella y aceptar las consecuencias. Pero ésta es mi
tarea. En cuanto localice la Tierra y me dirija hacia ella, será el momento en que vosotros
podréis marcharos. Os dejaré en el mundo más próximo de la Fundación u os llevaré a
Gaia de nuevo, si insistís en ello, y continuaré mi viaje solo.
- Mi querido amigo - dijo Pelorat, con evidente disgusto -. ¿Cómo puedes decir eso? Yo
no soñaría siquiera en abandonarte.
- Ni yo en abandonar a Pel - añadió Bliss, alargando una mano para rozar la mejilla de
Pelorat.
- Está bien, entonces. No tardaremos mucho en estar en condiciones de dar el Salto a
Comporellon y después esperemos que el siguiente sea... a la Tierra.
Segunda parte
Comporellon
III. EN LA ESTACIÓN DE ENTRADA
Bliss penetró en su cámara.
- ¿Te ha dicho Trevize que vamos a dar el Salto hacia el hiperespacio en cualquier
momento? - preguntó.
Pelorat, que estaba inclinado sobre su disco visual, levantó la cabeza.
- En realidad – respondió -, sólo se asomó y me dijo:. «dentro de media hora».
- No me gusta pensar en ello, Pel. Nunca me ha gustado el Salto.
Me causa una sensación extraña que me revuelve por dentro.
Pelorat pareció un poco sorprendido.
- No había pensado en ti como viajera espacial, Bliss, querida.
- Y no lo soy, y con ello no quiero significar que esto sólo me afecte como componente.
La propia Gaia no tiene ocasión de realizar viajes espaciales regulares. Por «mi-nuestrade
Gaia» naturaleza, «yo-nosotros-Gaia» no exploramos, ni comerciamos, ni hacemos
excursiones en el espacio. Sin embargo, es necesario enviar a alguien a las estaciones de
entrada...
- Como cuando tuvimos la suerte de conocerte.
- Sí, Pel - le dijo con una afectuosa sonrisa -. O incluso tenemos que visitar Sayshell y
otras regiones estelares por diversas razones..., clandestinas por lo general. Pero,
clandestinamente o no, siempre significa el Salto y, desde luego, cuando cualquier parte
de Gaia salta, toda Gaia lo siente.
- Mal asunto - dijo Pel.
- Podría ser peor. La gran masa de Gaia no efectúa el Salto, por lo que su efecto resulta
sumamente diluido. Pero yo parezco sentirlo con mucha más intensidad que la mayoría
de Gaia. Como muchas veces he dicho a Trevize, aunque todo lo de Gaia es Gaia, los
componentes individuales no son idénticos. Tenemos nuestras diferencias, y mi
constitución es, por alguna razón, particularmente sensible al Salto.
- ¡Espera! - dijo Pelorat, recordando de pronto -. Trevize me lo explicó una vez. Es en
las naves corrientes donde se sufre la peor sensación. En esas naves, uno abandona el
campo de gravitación galáctico al entrar en el hiperespacio, y vuelve a él al regresar al
espacio ordinario. La salida y el regreso son los que producen la sensación. Pero la Far
Star pertenece a una serie de naves gravíticas. Es independiente del campo de gravitación
y no se mueve realmente de él. Por esa razón, no sentimos nada. Puedo asegurártelo,
querida, por experiencia personal.
- Eso es estupendo. Ojalá hubiese pensado en hablar contigo de este asunto. Me habría
ahorrado muchos temores.
- También tiene otra ventaja - añadió Pelorat, satisfecho de su desacostumbrado papel
como comentarista de materias astronáuticas -. Las naves ordinarias tienen que apartarse
a gran distancia de las grandes masas, como las estrellas, para dar el Salto. La razón es,
en parte, que cuanto más cerca se hallen de una estrella, el campo de gravitación será más
intenso, y más pronunciada la sensación del Salto. Además, cuanto más intenso sea el
campo gravitatorio, tanto más complicadas resultarán las ecuaciones que deberán resolver
para realizar el Salto con seguridad y terminar en el punto del espacio ordinario al que se
quiere llegar.
»En cambio, en una nave gravítica, no hay sensación de Salto digna de mención.
Además, el ordenador de esta nave es mucho más avanzado que los ordinarios y puede
resolver cualquier ecuación, por muy complicada que sea, con habilidad y rapidez
inusitadas. Como resultado de todo ello, en vez de tener que alejarse de una gran masa
durante un par de semanas a fin de alcanzar una distancia segura y cómoda para el Salto,
la Far Star sólo necesita viajar dos o tres días. Esto ocurre, sobre todo, porque no estamos
sujetos a un campo gravitatorio y, por consiguiente, a los efectos de la inercia y podemos
acelerar con mucha más rapidez que lo haríamos en una nave ordinaria. Confieso que no
lo entiendo, pero es lo que Trevize me dice.
- Es algo magnifico - se entusiasmó Bliss - y hay que reconocer que Trev tiene mucho
mérito por saber manejar una nave tan extraordinaria como ésta.
Pelorat frunció ligeramente el ceño.
- Por favor, Bliss, di «Trevize».
- Ya lo hago, ya lo hago. Aunque, en su ausencia, me relajo un poco.
- No lo hagas. No debes ceder a tu costumbre en absoluto, querida. Él es muy
susceptible a este respecto.
- No sobre eso, lo es en lo que respecta a mí. No le gusto.
- Eso no es cierto - dijo Pelorat ansioso -. Le he hablado sobre ello. No, no me frunzas
el ceño. Mostré un tacto extraordinario, niña querida. Y él me aseguró que no le
disgustas. Recela de Gaia, y lamenta el hecho de tener que hacerlo por el futuro de la
Humanidad. En eso no podemos hacer concesiones. Pero lo superará poco a poco cuando
vaya comprendiendo las ventajas de Gaia.
- Espero que sea así, pero no sólo se trata de Gaia. A pesar de cuanto él te diga, Pel, y
recuerda que te quiere mucho y no desea herir tus sentimientos, mi persona le disgusta.
- No, Bliss. Él no es así.
- No todo el mundo está obligado a quererme porque tú me ames, Pel. Deja que me
explique. Trev..., está bien, Trevize..., piensa que soy un robot.
Una expresión de estupefacción se pintó en el semblante ordinariamente impávido de
Pelorat.
- Es imposible – dijo -. Él no puede pensar que eres un ser humano artificial.
- ¿Por qué te resulta tan sorprendente? Gaia fue colonizada con la ayuda de robots. Es
un hecho sabido.
- Los robots pueden ayudar, como las máquinas pueden hacerlo, pero fueron personas
quienes colonizaron Gaia, personas de la Tierra.
Esto es lo que Trevize piensa. Sé que lo piensa.
- No hay nada acerca de la Tierra en la memoria de Gaia, como os dije a Trevize y a ti.
En cambio, en nuestras más viejas memorias, incluso después de tres mil años,
permanecen algunos robots dedicados a terminar la tarea de convenir a Gaia en un mundo
habitable. En aquella época, también estábamos formando a Gaia como una conciencia
planetaria; eso costó mucho tiempo, mi querido Pel, y ésta es otra de las razones de que
nuestros más antiguos recuerdos aparezcan confusos, y quizá no fueron borrados por
causa de la Tierra, como Trevize piensa...
- Sí, Bliss - dijo ansiosamente Pelorat -, pero, ¿qué me dices de los robots?
- Bueno, cuando Gaia fue formada, los robots se marcharon. No queríamos una Gaia en
la que hubiese robots, porque estábamos, y estamos, convencidos de que un componente
robótico resulta, a la larga, perjudicial para una sociedad humana, tanto si ésta es de
naturaleza aislada como si es planetaria. No sé cómo llegamos a una conclusión así, pero
puede que estuviese basada en sucesos que se remontan a una época particularmente
primitiva de la Historia de la Galaxia, de modo que la memoria de Gaia no puede
recordarlos.
- Si los robots se marcharon...
- Sí, pero, ¿y si quedó alguno? ¿Y si yo fuese uno de ellos, tal vez de quince mil años
de edad? Trevize sospecha esto.
Pelorat sacudió la cabeza lentamente.
- Pero no lo eres - dijo.
- ¿Estás seguro de ello?
- Por supuesto que sí. Tú no eres un robot.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé, Bliss. No existe nada artificial en ti. Lo sé mejor de lo que nadie puede saberlo.
- ¿No es posible que sea tan perfectamente artificial, en todos los aspectos, que nada
pueda distinguirme de un ser natural? Si fuese así, ¿cómo podrías saber lo que me
diferencia de un ser humano verdadero?
- No creo posible que sea tan perfectamente artificial - dijo Pelorat.
- ¿Y si fuese posible, a pesar de lo que piensas?
- Sencillamente, no lo creo.
- Entonces, considerémoslo como un caso hipotético. Si yo fuese un robot
indistinguible, ¿qué impresión te produciría? .
- Bueno, yo. .. yo. ..
- Concretemos. ¿Qué sentirías al hacer el amor a un robot?
Pelorat chascó de pronto los dedos medio y pulgar de la mano derecha.
- Mira, hay leyendas de mujeres que se enamoraron de hombres artificiales, y
viceversa. Siempre pensé que había una significación alegórica en ello y nunca me
imaginé que los cuentos pudiesen representar la verdad. Desde luego, Golan y yo nunca
habíamos oído la palabra «robot» hasta que aterrizamos en Sayshell, pero, ahora que
pienso en ello, aquellos hombres y mujeres artificiales tuvieron que ser robots. Por lo
visto, tales robots existieron en los primitivos tiempos históricos. Y eso significa que las
leyendas deberían ser reconsideradas.
Se sumió en un silencio reflexivo. Bliss, después de esperar un momento, dio unas
súbitas y fuertes palmadas. Pelorat se sobresaltó.
- Querido Pel - dijo Bliss -, te estás valiendo de la mitografía para soslayar el tema. La
cuestión es: ¿Qué sentirías al hacer el amor a un robot?
Él la miró, inquieto.
- ¿Un robot realmente indistinguible? ¿Un robot que no se pudiese diferenciar de un ser
humano?
- Sí.
- Me parece que un robot, indistinguible de un ser humano, es un ser humano. Si tú
fueses un robot de esa clase, sólo serías un ser humano para mí.
- Es lo que deseaba oírte decir, Pel.
Pelorat esperó y después dijo:
- Entonces, ya que lo he dicho, querida, ¿no vas tú a decirme que eres un ser humano
natural y que no necesito considerar situaciones hipotéticas?
- No haré tal cosa. Tú has definido el ser humano como un objeto que tiene todas las
propiedades de un ser humano. Si estás convencido de que yo tengo todas esas
propiedades, entonces, la discusión acabó. Tenemos la definición operacional y huelga
todo lo demás. A fin de cuentas, ¿cómo puedo yo saber que tú no eres más que un robot
indistinguible de un ser humano?
- Porque yo te digo que no lo soy.
- ¡Ah! Pero si fueses un robot indistinguible de un ser humano, podrías haber sido
diseñado para decirme que eres un ser humano, o incluso haber sido programado para que
tú mismo lo creyeses. La definición operacional es lo único que tenemos, y todo lo que
podemos tener.
Rodeó el cuello de Pelorat con los brazos y lo besó. La caricia se hizo más apasionada y
se prolongó hasta que Pelorat consiguió decir, con voz un poco ahogada:
- Le prometimos a Trevize que no íbamos a molestarle convirtiendo esta nave en
refugio para nuestra luna de miel.
- Dejémonos llevar y no perdamos el tiempo pensando en promesas - repuso Bliss,
zalamera.
- Pero yo no puedo hacer esto, querida - dijo Pelorat, bastante confuso -. Sé que te
molestará, Bliss, pero, por naturaleza, soy contrario a dejarme llevar por la emoción. Es
un hábito de toda la vida, quizá muy fastidioso para los demás. Nunca viví con una mujer
que no lo desaprobase, más pronto o más tarde. Mi primera esposa... Pero supongo que
sería inadecuado comentar estas cosas...
- Bastante inadecuado, sí, pero no fatalmente inapropiado. Tú tampoco eres mi primer
amante.
- ¡Oh! - dijo Pelorat, un poco desconcertado; pero al ver la sonrisa de Bliss, prosiguió -:
Quiero significar que es natural. Yo no puedo decir que haya sido... Bueno, el caso es que
a mi mujer no le gustaba eso.
- Pues a mí sí. Encuentro que tu reflexión constante resulta muy atractiva.
- No puedo creer eso, pero ahora pienso otra cosa. Robot o ser humano, importa poco.
Hemos convenido en ello. Sin embargo, yo soy un Aislado, y tú lo sabes. No formo parte
de Gaia y, cuando intimamos, tú estás compartiendo emociones fuera de Gaia, incluso
cuando me dejas participar en Gaia por un breve período, y, entonces, la emoción no
puede ser tan intensa como la que experimentarías si fuese Gaia amando a Gaia.
- Amarte, Pel - dijo Bliss -, tiene su propio encanto. No aspiro a nada más.
- Pero no sólo se trata de que tú me ames. Tú no eres únicamente tú. ¿Y si Gaia lo
considera una perversión?
- Si lo considerase así, yo lo sabría, pues yo soy Gaia. Y cuando gozo contigo, Gaia
también. Al hacer el amor, toda Gaia comparte la sensación en diferentes grados. Si digo
que te amo, significa que Gaia te ama, aunque sólo la parte que yo soy representa el papel
inmediato. Pareces confuso.
- Como soy un Aislado, Bliss, no acabo de captar esto.
- Siempre se puede formar una analogía con el cuerpo de un Aislado. Cuando tú silbas
una tonada, todo tu cuerpo, el organismo que eres tú, desea silbarla, pero la inmediata
tarea de hacerlo está encomendada a tus labios, a tu lengua y a tus pulmones. El dedo
gordo de tu pie derecho no hace nada.
- Puede marcar el compás.
- Pero es un acto innecesario al silbar. Golpear el suelo con el dedo gordo del pie no es
la acción en sí, sino una respuesta a tal acción, y, sin duda, todas las partes de Gaia
responderán a mi emoción, de alguna manera, tal y como yo respondo a las suyas.
- Supongo que no debo sentirme aturrullado por esto - dijo Pelorat.
- En absoluto.
- Pero me da una extraña sensación de responsabilidad. Cuando trato de hacerte feliz,
resulta que estoy tratando de hacer feliz hasta el último organismo de Gaia.
- Hasta el último átomo; pero lo haces. Añades algo al sentimiento de gozo comunal
que yo te dejo compartir brevemente. Supongo que tu contribución es demasiado pequeña
para que pueda ser medida con facilidad, mas está allí, y el hecho de saberlo debería
aumentar tu alegría.
- Ojalá pudiese estar seguro - dijo Pelorat - de que Golan se encuentra lo bastante
atareado con sus maniobras a través del hiperespacio para permanecer en la cabina-piloto
durante un buen rato.
- Deseas una luna de miel, ¿verdad?
- Sí.
- Entonces, coge una hoja de papel, escribe «Refugio de Luna de Miel», fíjalo en la
parte exterior de la puerta y si él desea entrar, el problema será suyo.
Pelorat hizo lo que ella le decía, y fue en el transcurso de las agradables operaciones
que siguieron cuando la Far Star dio el Salto. Ni Pelorat ni Bliss detectaron la acción. No
la habrían notado aunque hubiesen prestado atención.
Sólo habían pasado unos pocos meses desde que Pelorat había conocido a Trevize y
salido de Terminus por primera vez. Hasta entonces, durante el más de medio siglo de su
vida (en términos galácticos), había permanecido completamente atado al planeta.
Pero en aquellos meses se había convertido, según él creía, en un viejo lobo del
espacio. Había visto tres planetas: el propio Terminus, Sayshell y Gaia. Y en la pantalla
tenía el cuarto, aunque a través de un aparato telescópico controlado por el ordenador,
Comporellon.
Y una vez más, la cuarta, se sintió vagamente desilusionado. De alguna manera, seguía
teniendo la impresión de que, al mirar un mundo habitable desde el espacio, tendría que
ver el perfil de sus continentes dentro del mar circundante; o, si era un mundo seco, el
perfil de sus lagos dentro de la circundante masa de tierra.
Nunca ocurría así.
Si un mundo era habitable, tenía una atmósfera además de una hidrosfera. Y si había
aire y agua, también nubes; y con éstas, la vista quedaba oscurecida. Una vez más, se
encontró mirando unos torbellinos blancos, con ocasionales atisbos de un azul pálido o de
un pardo herrumbroso.
Se preguntó con tristeza si alguien sería capaz de identificar un mundo a partir de la
imagen proyectada sobre una pantalla, desde una distancia de trescientos mil kilómetros.
¿Cómo distinguir un remolino de nubes de otro?
Bliss miró a Pelorat con cierta preocupación.
- ¿Qué te pasa, Pel? Pareces triste.
- Encuentro que todos los planetas parecen iguales vistos desde el espacio.
- ¿Y qué, Janov? - dijo Trevize -. También lo parecen todas las costas de Terminus,
cuando están en el horizonte, a menos que - sepas lo que estás buscando: un picacho en
particular, o un islote con una forma característica.. .
- Supongo que sí - admitió Pelorat, visiblemente contrariado -; pero, ¿qué se puede
buscar en una masa móvil de nubes? Y aunque lo intentase, quizá pasara al lado oscuro
antes de que pudiera decidirlo.
- Observa con un poco más de atención, Janov. Si te fijas en la forma de las nubes,
verás que tienden a seguir un rumbo que circunda el planeta y que giran alrededor de un
centro. Ese centro se halla, más o menos, en uno de los polos.
- ¿Cuál? - preguntó Bliss interesada.
- Ya que, en relación con nosotros, el planeta está girando en la dirección de las agujas
del reloj, nos encontramos mirando, por definición, hacia el polo sur. Y como el centro
parece estar a unos quince grados del terminador, la línea de sombra del planeta, y el eje
planetario se halla inclinado veintiún grados en relación a la perpendicular de su plano de
rotación, estamos a mediados de la primavera o a mediados del verano, dependiendo de
que el polo se aleje o se acerque al terminador. El ordenador puede calcular su órbita y
comunicármela a no tardar si se lo pregunto. La capital se halla en el lado norte del
ecuador, por lo que allí deben estar a mediados de otoño o a mediados de invierno.
Pelorat frunció el ceño.
- ¿Puedes saber todo esto? - Miró la capa de nubes, como si ésta pudiese y debiese
hablarle; pero, por supuesto, no lo hizo.
- No sólo esto - respondió Trevize -. Si miras hacia las regiones polares, no observarás
desgarrones en la capa de nubes como puedes verlos en las zonas apartadas de los polos.
En realidad, sí que los hay, pero ves hielo a través de ellos, de modo que todo aparece
blanco.
- Ya - dijo Pelorat -. Supongo que esto es normal en los polos.
- En los de los planetas habitables, sí. Los planetas sin vida pueden carecer de aire o de
agua, o pueden tener ciertas señales demostrativas de que las nubes no son de agua o que
el hielo no es de agua. Como este planeta carece de tales señales, podemos saber que nos
encontramos ante nubes de agua y hielo de agua.
»Lo siguiente que advertimos es el tamaño de la zona blanca compacta del lado
iluminado del terminador, y el ojo experimentado observa en seguida que resulta más
grande de lo normal. Además, se puede detectar cierto resplandor anaranjado, aunque
muy débil, en la luz reflejada, y eso significa que el sol de Comporellon es bastante más
frío que el de Terminus. Aunque Comporellon se halla más próximo de su sol que
Terminus del suyo, no lo está lo bastante cerca para compensar la baja temperatura del
planeta. Por consiguiente, Comporellon es un mundo frío en relación con los otros
mundos habitables.
- Lo lees como en un libro abierto, viejo - exclamó Pelorat con admiración.
- No te impresiones demasiado - dijo Trevize, sonriendo afectuosamente -. El
ordenador me ha dado las estadísticas útiles del planeta, incluida su temperatura,
ligeramente inferior a la normal. Resulta fácil deducir de ello algo que ya sabemos. En
realidad, Comporellon se encuentra casi entrando en una edad del hielo, y ya estaría en
ella si la configuración de sus continentes fuese más adecuada para tal condición.
Bliss se mordió el labio inferior.
- No me gusta un mundo frío.
- Tenemos ropas de abrigo - dijo Trevize.
- Da lo mismo. Los seres humanos no estamos adaptados al tiempo frío. No tenemos
espesas capas de pelos o de plumas, ni una gruesa capa subcutánea de grasa. El hecho de
que un mundo tenga el clima frío parece indicar cierta indiferencia por el bienestar de sus
componentes.
- ¿ Es Gaia un mundo uniformemente templado? - preguntó Trevize.
- En su mayor parte, sí. Hay algunas zonas frías para plantas y animales adaptados a ese
medio, y algunas zonas cálidas para las plantas y los animales adaptados al calor, pero
casi todas sus partes son siempre templadas, nunca demasiado calientes o frías para los
seres intermedios, entre los que, naturalmente, se encuentran los humanos.
- Los seres humanos, desde luego. Todas las partes de Gaia viven y son iguales a este
respecto, pero algunos, como los seres humanos, son, eso resulta evidente, más iguales
que otros.
- No seas tan fatuamente sarcástico - dijo Bliss, con una pizca de irritación -. El nivel y
la intensidad de la conciencia son importantes. El ser humano es una porción de Gaia más
útil que una roca del mismo peso, y las propiedades y funciones de Gaia, como conjunto,
tienden, necesariamente, a favorecer al ser humano, aunque no tanto como en vuestros
mundos aislados. Más aún, hay veces en que favorece a otros sectores, cuando resulta
necesario para Gaia en su totalidad. Incluso puede, a largos intervalos, favorecer al
interior rocoso. También esto requiere atención, para que todas las partes de Gaia no
sufran. No deseamos erupciones volcánicas innecesarias, ¿verdad?
- No - dijo Trevize -. No, si son innecesarias.
- No te sientes impresionado, ¿verdad?
- Mira - dijo Trevize -. Nosotros tenemos mundos que son más fríos de lo normal y
otros más cálidos: mundos que son bosques tropicales en gran parte, y mundos cubiertos
por vastas sabanas. No hay dos mundos iguales, y cada uno de ellos es bueno para los que
están habituados a él. Yo estoy acostumbrado a la relativa suavidad del clima de
Terminus el cual hemos moderado hasta hacerlo parecido al de Gaia, pero me siento
contento de poder salir de allí, al menos de forma temporal, para ver algo diferente.
Tenemos algo que Gaia no tiene, y es la variedad. Si Gaia se expande por la Galaxia,
¿supondrá eso que todos los mundos que la configuran tendrán que convertirse en
templados? La igualdad resultará insoportable.
- Si es así - dijo Bliss -, y si la variedad parece deseable, ésta será mantenida.
- Digamos como una merced del comité central, ¿no? – preguntó Trevize con sequedad
-. Y sólo en la medida en que éste pueda soportarlo. Yo preferiría dejárselo a la
Naturaleza.
- Pero vosotros no lo habéis dejado a la Naturaleza. Todos los mundos habitables de la
galaxia han sido modificados. Cada uno de ellos fue considerado incómodo para la
Humanidad en su estado natural, y fue modificado hasta que su clima se suavizó todo lo
posible. Si ese mundo al que nos dirigimos es frío, estoy seguro de que ello se debe
a que sus moradores no han podido calentarlo más sin incurrir en inaceptables
dispendios. Y aun así, los lugares que habitan actualmente podemos estar seguros de que
son calentados de manera artificial. Por consiguiente, no te jactes tanto de dejarlo todo en
manos de la Naturaleza.
- Supongo que lo dices por Gaia - dijo Trevize.
- Yo hablo siempre por Gaia. Yo soy Gaia.
- Entonces, si Gaia está tan segura de su propia superioridad, ¿qué falta os hacía contar
con mi decisión? ¿ Por qué no habéis seguido adelante sin mi?
Bliss guardó silencio, como para ordenar sus pensamientos.
- Porque no es prudente confiar demasiado en uno mismo – dijo después -. Como es
lógico, vemos nuestras virtudes con más claridad que nuestros defectos. Estamos
ansiosos por hacer lo que es bueno; no necesariamente lo que nos lo parece, sino lo que
objetivamente lo es, si es que la bondad objetiva existe. Tú pareces estar más cerca de
ella que nosotros, y por eso nos dejamos guiar por ti.
- Tan objetiva es - replicó Trevize con tristeza - que ni siquiera soy capaz de
comprender mi propia decisión y tengo que buscar su justificación.
- La encontrarás - dijo Bliss.
- Así lo espero.
- En realidad, viejo amigo - intervino Pelorat -, me parece que Bliss ha triunfado con
bastante facilidad en esta discusión. ¿Por qué no reconoces el hecho de que sus
argumentos justifican tu decisión de que Gaia es la ola del futuro para la Humanidad?
- Porque yo desconocía estos argumentos cuando tomé mi decisión - respondió Trevize
-. Ignoraba todos esos detalles acerca de Gaia. Además, otra cosa influyó en mi, al menos
de forma inconsciente; algo que no depende de los detalles de Gaia, sino que tiene que
ser más fundamental. Es lo que debo descubrir.
Pelorat levantó una mano apaciguadora.
- No te enfades, Golan.
- No me enfado. Sólo me encuentro bajo una tensión bastante insoportable. No quiero
ser el foco de la galaxia.
- No te censuro por ello, Trevize - dijo Bliss -, y lamento de veras que tu propio
carácter te haya obligado a esto en cierto modo. ¿Cuándo aterrizaremos en Comporellon?
- Dentro de tres días - respondió Trevize - y sólo después de detenernos en una de las
estaciones de entrada situadas en órbita a su alrededor.
- No debería haber ningún problema ahí, ¿verdad? - dijo Pelorat.
Trevize se encogió de hombros.
- Esto dependerá de la cantidad de naves que se acerquen al planeta, del número de
estaciones de entrada que existan y, sobre todo, de las normas particulares que permitan o
rechacen la admisión. Estas normas cambian de vez en cuando.
- ¿Qué significa eso de rechazar la admisión? - preguntó Pelorat indignado -. ¿Cómo
pueden negarse a recibir a unos ciudadanos de la Fundación? ¿No forma parte
Comporellon de los dominios de la Fundación?
- Pues sí..., y no. Existe una delicada cuestión legal a ese respecto, y no estoy seguro de
cómo la interpreta Comporellon. Supongo que existe la posibilidad de que nos nieguen la
entrada, pero creo que esta posibilidad es bastante remota.
- ¿Qué haremos si nos rechazan?
- No lo sé - dijo Trevize -. Esperemos a ver lo que ocurre antes de hacer planes para tal
contingencia.
Ya se encontraban lo bastante cerca de Comporellon para que éste apareciese ante ellos
como un globo de gran tamaño sin necesidad de ampliación telescópica. Cuando la
ampliación fue hecha, pudieron ver las estaciones de entrada. Estaban mucho más lejos
del planeta que la mayoría de las otras estructuras que había en órbita a su alrededor, y se
hallaban bien iluminadas.
Como la Far Star llegaba de la dirección del polo sur del planeta, la mitad de la esfera
de éste aparecía constantemente iluminada por el sol. Las estaciones de entrada en la
mitad donde era de noche se veían con más claridad, como chispas de luz. Aparecían
espaciadas con regularidad formando un arco alrededor del planeta. Seis de ellas eran
visibles (debía haber otras seis en el lado iluminado) y todas giraban alrededor del planeta
a idéntica velocidad regular.
- Hay otras luces más cercanas al planeta. ¿Qué son? - dijo Pelorat, un poco asombrado
ante aquella visión.
- No lo conozco con detalle - respondió Trevize - y por eso no puedo aclarártelo.
Podrían ser fábricas o laboratorios u observatorios puestos en órbita, o incluso ciudadesnaves
pobladas. En algunos planetas, prefieren mantener oscurecidos todos los objetos en
órbita, a excepción de las estaciones de entrada. Tal es el caso, por ejemplo, de Terminus.
Por lo visto, Comporellon se rige por un principio más liberal.
- ¿A qué estación de entrada nos dirigiremos, Golan?
- Eso dependerá de ellos. Yo he enviado la solicitud de aterrizaje en Comporellon, y
tienen que contestarnos diciéndonos a qué estación de entrada debemos ir, y cuándo.
Supongo que estará en función de la cantidad de naves que estén tratando de entrar en
este momento. Si hay una docena de ellas haciendo cola en cada estación, no tendremos
más remedio que armarnos de paciencia.
- Sólo he estado dos veces a distancias hiperespaciales de Gaia antes de ahora, y ambas
fueron cuando me encontraba en Sayshell, o cerca de allí. Nunca había estado a esta
distancia - dijo Bliss.
Trevize la miró vivamente.
- ¿Qué importa eso? Sigues siendo Gaia, ¿no?
Ella pareció irritarse durante un momento, pero su enojo se disolvió en una risita casi
avergonzada.
- Debo confesar que esta vez me has pillado, Trevize. La palabra «Gaia» tiene un doble
significado. Puede emplearse para designar el planeta físico como un sólido objeto
esférico en el espacio. Y también para designar el objeto vivo que incluye aquella esfera.
Si tuviésemos que hablar con propiedad, tendríamos que emplear dos palabras diferentes
para ambos conceptos desiguales, pero los gaianos sabemos siempre por el contexto el
significado que hay que darle. Reconozco que un Aislado puede ser inducido a veces a
error.
- Entonces - dijo Trevize -, sabiendo que estás a muchos miles de pársecs de Gaia como
globo, ¿todavía eres parte de Gaia como organismo?
- En lo que respecta al organismo, lo sigo siendo.
- ¿Sin atenuación?
- No en esencia. Creo que ya te he dicho que es un poco más complejo continuar siendo
Gaia a través del hiperespacio, pero lo soy.
- ¿Se te ha ocurrido pensar - dijo Trevize - que Gaia puede ser considerada como un
kraken (Fabuloso monstruo marino escandinavo. [N. del T.] ) galáctico, el monstruo de
las leyendas cuyos tentáculos llegan a todas partes? Sólo tenéis que poner unos pocos
gaianos en cada uno de los mundos habitados y tendréis virtualmente la Galaxia allí. En
realidad, es quizá lo que habéis hecho exactamente. ¿Dónde están localizados vuestros
gaianos? Supongo que uno o más estarán en Terminus y otros tantos en Trantor. ¿Hasta
dónde se extiende esto?
Bliss pareció claramente incómoda.
- Dije que no te mentiría, Trevize, pero eso no significa que me crea obligada a contarte
toda la verdad. Hay algunas cosas que no necesitas conocer, y la situación y la identidad
de fragmentos individuales de Gaia son algunas de ellas.
- ¿y no puedo saber la razón de la existencia de estos tentáculos, Bliss, aunque no sepa
dónde están?
- En opinión de Gaia, no.
- Pero supongo que puedo tratar de adivinarlo. Os creéis los guardianes de la galaxia.
- Deseamos tener una galaxia estable y segura; que sea pacifica y próspera. El «Plan
Seldon», al menos tal como fue concebido por Hari Seldon en principio, está encaminado
a desarrollar un Segundo Imperio galáctico que sea más estable y más viable que el
Primero. El «Plan», que ha sido continuamente modificado y mejorado por la Segunda
Fundación, ha funcionado bien hasta ahora.
- Pero Gaia no quiere un Segundo Imperio galáctico en el sentido clásico, ¿verdad?
Queréis Galaxia, una Galaxia viva.
- Ya que tú lo permites, esperamos, con el tiempo, tener Galaxia.
Si no lo hubieses permitido, habríamos trabajado para el Segundo Imperio de Seldon,
haciéndolo lo más seguro posible.
- Pero, ¿qué hay de malo en...? Su oído captó la suave y zumbadora señal -. El
ordenador me llama. Supongo que está recibiendo instrucciones concernientes a la
estación de entrada. Volveré enseguida.
Pasó a la cabina-piloto y colocó las manos sobre las marcadas en el tablero, y supo que
había instrucciones sobre la estación de entrada específica a la que debía dirigirse: sus
coordenadas con referencia a la línea desde el centro de Comporellon hasta su polo norte;
también le daban la ruta que la nave tendría que seguir para acercarse a ella.
Trevize hizo constar su aceptación y se retrepó un momento en su silla.
¡El «Plan Seldon»! Hacia mucho tiempo que no pensaba en él. El Primer Imperio
Galáctico se había derrumbado y, durante quinientos años, la Fundación había crecido,
primero en competencia con ese Imperio, y después sobre sus ruinas..., todo ello de
acuerdo con el «Plan». Había habido la interrupción del Mulo, que durante un tiempo
estuvo amenazando con destrozar el «Plan», pero la Fundación había seguido adelante,
quizá con la ayuda de la siempre oculta Segunda Fundación y posiblemente con la de la
todavía más oculta Gaia.
Ahora el «Plan» estaba amenazado por algo más grave que el Mulo. Iba a ser desviado
de una renovación del Imperio hacia algo completamente distinto de todo lo registrado en
la Historia: Galaxia. Y él había convenido en esto.
Pero, ¿por qué? ¿Tenía el «Plan» algún defecto? ¿Un defecto básico?
Por un fugaz instante, Trevize tuvo la impresión de que tal defecto existía en realidad y
de que él sabia de qué se trataba, lo había sabido cuando tomó su decisión; pero el
conocimiento..., si es que era tal..., se desvaneció tan rápido como había llegado, y le dejó
sin nada.
Tal vez se tratase de una ilusión, tanto cuando había tomado su decisión, como ahora. A
fin de cuentas, nada sabía acerca del «Plan», más allá de las presunciones básicas
justificadas por la psicohistoria.
Aparte de eso, no conocía ningún detalle, ni, ciertamente, nada de sus matemáticas.
Cerró los ojos y pensó...
No había nada.
Tal vez el poder añadido que le dona el ordenador... Colocó las manos sobre el tablero
y sintió el calor de las del ordenador en las suyas. Cerró los ojos de nuevo y pensó una
vez más...
Todavía no había nada.
El comporelliano que abordó la nave llevaba una tarjeta hológrafa de identidad. Ésta
reproducía su mofletuda y ligeramente barbuda cara con notable fidelidad, y al pie
figuraba su nombre: A. Kendray.
Era bastante bajo y tenía el cuerpo casi tan redondo como la cara. De aspecto y modales
campechanos, contempló la nave con visible asombro.
- ¿Cómo han podido bajar tan deprisa? – preguntó -. No les esperábamos hasta dentro
de dos horas.
- Es un nuevo modelo de nave - dijo Trevize, con reservada cortesía.
Pero Kendray no era el joven ignorante que parecía. Entró en la cabina-piloto y dijo
inmediatamente:
- ¿Gravitica?
- Sí - repuso Trevize, que no vio ninguna razón para negar algo tan evidente.
- Muy interesante. Había oído hablar de ellas, pero nunca había visto ninguna. ¿Lleva
los motores en el casco?
- Así es.
Kendray miró el ordenador.
- ¿Tiene también circuitos de ordenador?
- Sí. Al menos, así me lo dijeron. Nunca lo he comprobado.
- Está bien. Lo único que necesito es la documentación de la nave: número de motor,
lugar de fabricación, clave de identificación, etcétera. Estoy seguro de que el ordenador
tiene toda la información y que podrá decirme lo que necesito en medio segundo.
Tardó muy poco más. Kendray volvió a mirar a su alrededor.
- ¿Sólo van tres a bordo?
- Sí - dijo Trevize.
- ¿Algún animal vivo? ¿Plantas? ¿Estado de salud?
- No, No. y la salud es buena - repuso Trevize con sequedad.
- ¡Hum! - dijo Kendray, tomando notas -. ¿Quiere usted meter la mano aquí? Simple
rutina. La mano derecha, por favor.
Trevize miró el aparato sin ningún entusiasmo. Su uso era más común cada día, y el
aparato se hacia cada vez más complicado. Casi se podía juzgar lo atrasado de un mundo
por la antigüedad de su microdetector. Existían pocos mundos, por muy atrasados que
estuviesen, que careciesen de él. Su invención había acompañado al definitivo
desmembramiento del Imperio, cuando cada fragmento del total sintió crecer su afán de
protegerse de las enfermedades y de los microorganismos de todos los demás.
- ¿Qué es eso? - preguntó Bliss, en voz baja e interesada, estirando el cuello para
mirarlo primero por un lado y después por el otro.
- Creo que lo llaman microdetector - dijo Pelorat.
- No es nada misterioso - añadió Trevize -. Se trata de un aparato que comprueba, de
forma automática, una parte de tu cuerpo, por dentro y por fuera, por si hubiese algún
microorganismo capaz de transmitir una enfermedad.
- También identificaría los microorganismos - explicó Kendray, con marcado orgullo -.
Ha sido fabricado aquí, en Comporellon. Y si no le importa, señor, debo insistir en que
introduzca su mano derecha en él.
Trevize lo hizo así y esperó, mientras una serie de pequeñas señales rojas bailaban a lo
largo de unas líneas horizontales. Kendray pulsó un botón e inmediatamente apareció una
copia en color.
- ¿Quiere usted firmar aquí, señor? - dijo.
Trevize obedeció.
- ¿Cómo estoy? – preguntó -. No corro ningún peligro grave, ¿verdad?
- Yo no soy médico - repuso Kendray -; por consiguiente, no puedo darle detalles, pero
aquí no aparece ninguna de las señales que nos obligaría a impedirle la entrada o a
ponerle en cuarentena. Esto es lo único que me interesa.
- Una suerte para mí - dijo secamente Trevize, sacudiendo la mano para librarse del
ligero cosquilleo que sentía.
- Ahora usted, señor - indicó Kendray.
Pelorat introdujo la mano con cierta vacilación y, después, tiró la copia.
- ¿Y usted, señora? .
Unos momentos más tarde, Kendray miró fijamente el resultado.
- Nunca había visto algo parecido - dijo observando a Bliss, con expresión de asombro -
. Es usted negativa. Por completo.
- Estupendo - repuso ella sonriendo con simpatía.
- Sí, señora. La envidio. - Volvió a mirar la primera copia -. Su identificación, Mr.
Trevize.
Trevize la exhibió. Kendray la miró y de nuevo levantó la cabeza sorprendido.
- ¿Consejero de la Legislatura de Terminus?
- Así es.
- ¿Alto funcionario de la Fundación?
- Exacto - dijo fríamente Trevize -. Por consiguiente, podemos abreviar los trámites,
¿no?
- ¿Es usted capitán de la nave?
- Si, lo soy.
- ¿Objeto de su visita?
- Seguridad de la Fundación, y esto es todo cuanto voy a darle como respuesta. ¿Lo
comprende?
- Sí, señor. ¿Cuánto tiempo piensa permanecer aquí?
- No lo sé. Una semana tal vez.
- Muy bien, señor. ¿Y este otro caballero?
- Es el doctor Janov Pelorat - dijo Trevize -. Tiene usted su firma y yo respondo de él.
Es profesor de Terminus y ayudante mío para el objeto de mi visita.
- Lo comprendo, señor, pero debo ver su documento de identidad. ordenes son órdenes.
Estoy desolado. Espero que usted lo comprenda, señor.
Pelorat mostró sus papeles.
Kendray asintió con la cabeza.
- ¿Y usted, señorita?
- No hace falta que moleste a la dama - dijo pausadamente Trevize -. También respondo
de ella.
- Si, señor. Pero necesito su identificación.
- Lo siento, pero no tengo mis documentos aquí, señor.
- ¿Cómo dice? - preguntó Kendray, frunciendo el entrecejo.
- La joven no trae ningún documento. Un olvido. Pero eso no importa. Yo asumo toda
la responsabilidad.
- Ojalá pudiese aceptarlo, señor - dijo Kendray -, pero es imposible. El responsable soy
yo. Dadas las circunstancias, la cosa no es importante. No será difícil conseguir
duplicados. Supongo que la joven es de Terminus.
- No.
- Entonces, de algún otro lugar del territorio de la Fundación.
- En realidad, no lo es.
Kendray miró fijamente a Bliss y, después, a Trevize.
- Esto complica el asunto, consejero. Obtener un duplicado de los documentos de una
persona extraña a la Fundación requerirá más tiempo. Como usted no es ciudadana de la
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Fundación, Miss Bliss, debe darme los nombres de sus mundos de nacimiento y de
residencia. Y deberá esperar a que los duplicados lleguen.
- Mire usted, Mr. Kendray - dijo Trevize -, no hay ningún motivo para que tengamos
que perder el tiempo. Yo soy un alto funcionario del Gobierno de la Fundación y estoy
aquí para una misión de gran importancia. No puedo entretenerme por una cuestión de
simple papeleo.
- Yo no puedo decidir, señor consejero. Si dependiese de mi, ahora mismo les dejaba
bajar a Comporellon, pero hay unas órdenes estrictas a las que debo someter todas mis
acciones. Tengo que atenerme al reglamento o cargar con las consecuencias. Desde
luego, supongo que habrá algún personaje del Gobierno comporelliano que le esté
esperando a usted. Si me dice de quién se trata, me pondré en contacto con él y, si me
ordena que les deje pasar, todo estará solucionado.
Trevize vaciló un momento.
- Esto no sería prudente, Mr. Kendray. ¿Podría yo hablar con su superior inmediato?
- Claro que sí, pero no puede verle de improviso.
- Estoy seguro de que vendrá, enseguida, en cuanto sepa que está hablando con un alto
funcionario de la Fundación.
- La verdad es - dijo Kendray - que esto empeoraría las cosas, dicho sea entre nosotros.
Ya sabe usted que no formamos parte del territorio metropolitano de la Fundación.
Tenemos la condición de Potencia Asociada, y nos lo tomamos muy en serio. El pueblo
no quiere aparecer como marionetas de la Fundación, por emplear la expresión popular,
compréndalo, y aprovecha cualquier oportunidad para demostrar su independencia. Mi
superior esperaría conseguir unos puntos extra por resistirse a hacer un favor especial a
un funcionario de la Fundación.
La expresión de Trevize se volvió más hosca.
- ¿También usted?
Kendray sacudió la cabeza.
- Yo me encuentro por debajo de la política, señor. Nadie me recompensará por lo que
haga. Me considero afortunado si me pagan mi salario. Y aunque no pueda esperar
recompensas, sí que estoy expuesto a ser degradado, y con mucha facilidad. Ojalá no
ocurriese así.
- Considerando mi posición, yo cuidaría de usted, ¿no?
- No, señor. Lamento que esto le parezca una impertinencia, pero no creo que pudiese
hacerlo. Y por favor, señor, no lo tome como una ofensa, le ruego que no me haga ningún
ofrecimiento valioso. Castigan a los funcionarios que los aceptan, y hoy en día les resulta
muy fácil averiguarlo.
- No pretendía sobornarle. Sólo pensaba en lo que el alcalde de Terminus puede hacerle
si usted entorpece mi misión.
- Nada me ocurrirá, consejero, mientras pueda ampararme en el Reglamento. Si los
miembros del Presidium comporelliano reciben alguna clase de sanción por parte de la
Fundación, eso será problema de ellos, no mío. Aunque, si le interesa, señor, puedo
autorizar que usted y el doctor Pelorat pasen con su nave, y dejen a Miss Bliss en la
estación de entrada. A ella la retendremos durante un cierto tiempo y la enviaremos a la
superficie en cuanto nos envíen los duplicados de sus documentos. Y si éstos no llegan,
por la razón que sea, la embarcaremos con destino a su mundo de origen en una nave
comercial. Aunque me temo que, en ese caso, alguien tendrá que pagar su pasaje.
- Kendray - dijo Trevize al captar la expresión de Pelorat -, ¿podría hablar con usted en
privado, en la cabina-piloto?
- Está bien, pero me es imposible permanecer mucho más tiempo a bordo, o me
interrogarían al respecto.
- Seremos breves.
En la cabina-piloto, Trevize cerró la puerta herméticamente.
- He estado en muchos lugares, Mr. Kendray - explicó en voz baja -, pero en ninguno
de ellos he visto que las normas de inmigración fuesen aplicadas con tanto rigor, en
particular tratándose de personas y de funcionarios de la Fundación.
- Pero la joven no es de la Fundación.
- Aun así.
- Estas situaciones se presentan a veces. Hemos tenido algunos escándalos y ahora,
precisamente, somos mucho más rigurosos. Si hubiesen venido ustedes el año próximo,
no habrían tenido ninguna dificultad para entrar; sin embargo, en este momento, nada
puedo hacer.
- Escuche, Mr. Kendray - dijo Trevize, suavizando el tono de su voz -. Voy a ponerme
en sus manos y a serle franco, hablándole de hombre a hombre. Pelorat y yo estamos
juntos en esta misión desde hace tiempo. Él y yo. Sólo él y yo. Somos muy buenos
amigos, pero nos sentimos solos, usted ya me entiende. Hace poco tiempo, Pelorat
conoció a esa damita. No tengo que decirle lo que ocurrió, pero decidimos traerla con
nosotros. Hacer uso de ella de vez en cuando es bueno para nuestra salud.
»Pero el caso es que Pelorat está comprometido en Terminus. Yo no tengo problemas,
compréndalo, pero él es un hombre mayor y ha llegado a esa edad en que... uno empieza
a desesperarse. Necesita recobrar la juventud..., o algo que se le parezca. Se siente
incapaz de abandonar a esa joven. Pero si esto llegase a saberse de manera oficial, el
viejo Pelorat se vería en un mar de tribulaciones cuando volviese a Terminus.
»No hay nada malo en esto, compréndalo. Miss Bliss, como se hace llamar (y es un
buen nombre habida cuenta de su profesión) (Bliss = deleite, felicidad. [N, del T. ]), no
goza de gran inteligencia, ésa es la verdad, y nosotros no la queremos para eso
precisamente. ¿Por qué hay que mencionarla? ¿No puede usted consignar mi nombre y el
de Pelorat como únicos viajeros en la nave? Cuando salimos de Terminus, sólo figuramos
los dos en la lista. No hace falta que aparezca oficialmente el de la mujer. A fin de
cuentas, está muy sana. Usted mismo acaba de comprobarlo.
Kendray hizo una mueca.
- De verdad que quisiera complacerle, señor. Me hago cargo de su situación y simpatizo
con ustedes. Escuche, si se imagina que hacer un turno de varios meses seguidos en esta
estación es divertido, desengáñese. Ni siquiera resulta instructivo; no en Comporellon. -
Sacudió la cabeza -. También yo tengo una esposa, y por eso comprendo su caso. Pero,
mire usted, aunque yo les dejase pasar, en cuanto se descubriese que la..., esa señora no
tiene documentación, la encerrarían en la cárcel usted y Mr. Pelorat se verían
comprometidos en un escándalo que acabaría sabiéndose en Terminus, y yo perdería mi
empleo, con toda seguridad.
- Mr. Kendray - dijo Trevize -, puede confiar en mi. En cuanto esté en Comporellon,
me hallaré completamente a salvo. Hablaré de mi misión a las personas adecuadas y los
problemas se habrán acabado. Asumiré toda la responsabilidad de lo sucedido aquí, si es
que llega a saberse..., lo cual me parece muy improbable. Más aún, le recomendaré a
usted para un ascenso, y lo obtendrá, porque yo cuidaré de que Terminus influya sobre
aquellos que vacilen. Y podremos dar una oportunidad a Pelorat.
- Está bien - repuso Kendray tras algo de vacilación -. Les dejaré pasar, pero le advierto
una cosa. Desde este momento buscaré la manera de salvarme de la quema si el asunto es
descubierto. No haré nada para salvarles a ustedes. Yo sé cómo funciona todo en
Comporellon, y ustedes lo desconocen, y Comporellon no es un mundo fácil para
aquellos que se pasan de la raya.
- Gracias, Mr. Kendray - dijo Trevize -. No habrá ningún contratiempo. Se lo aseguro.

***
IV. EN COMPORELLON
Habían pasado. La estación de entrada se había reducido a una estrella que menguaba
rápidamente detrás, y al cabo de un par de horas se encontrarían cruzando la capa de
nubes.
Una nave gravítica no tenía que frenar para descender en espiral, pero tampoco podía
hacerlo con demasiada rapidez. El hecho de no hallarse sujeta a la gravedad no la libraba
de la resistencia del aire.
Podía realizar el descenso en línea recta, aunque con precaución; no debía bajar
demasiado aprisa.
- ¿Adónde vamos? - preguntó Pelorat, con aire confuso -. No puedo distinguir nada
entre esas nubes, viejo amigo.
- Tampoco yo - dijo Trevize -, pero tenemos un mapa hológrafo oficial de
Comporellon, que reproduce la forma de las masas de tierra y un relieve exagerado, tanto
para las alturas como para las profundidades oceánicas..., y también las subdivisiones
políticas. El mapa está en el ordenador y éste hará el trabajo. Igualará el dibujo tierra-mar
con el mapa y, de ese modo, orientará la nave como es debido, y ésta nos llevará a la
capital por una ruta cicloidal.
- Si vamos a la capital - dijo Pelorat -, nos sumiremos inmediatamente en el vórtice
político. Y si ese mundo es contrario a la Fundación, como ese tipo de la estación de
entrada dio a entender, nos veremos en apuros.
- Pero, por otra parte, tiene que ser el centro intelectual del planeta, y es precisamente
allí donde encontraremos la información que buscamos. En cuanto a ser contrarios a la
Fundación, dudo que puedan manifestarlo abiertamente. Quizá la alcaldesa no simpatice
conmigo, pero tampoco puede permitir que se maltrate a un consejero. No querrá
establecer tal precedente.
Bliss había salido del lavabo, las manos húmedas todavía después de haberse lavado la
ropa, y ajustándose las prendas interiores sin el menor signo de preocupación.
- A propósito, supongo que los excrementos serán debidamente reciclados.
- A la fuerza - dijo Trevize -. ¿Cuánto tiempo piensas que duraría nuestra provisión de
agua si no se reciclasen los excrementos? ¿Con qué crees que se elaboran esos sabrosos
pastelitos esponjosos que comemos para alegrar nuestros alimentos congelados? Espero
que esto no te quite el apetito, mi eficiente Bliss.
- ¿Por qué habría de hacerlo? ¿De dónde crees que proceden la comida y el agua en
Gaia, o en este planeta, o en Terminus?
- En Gaia - dijo Trevize -, los excrementos son, por supuesto, tan vivos como tú.
- Vivos, no. Conscientes. Ahí estriba la diferencia. Desde luego, su nivel de conciencia
es muy bajo.
Trevize resopló con aire desdeñoso, pero se abstuvo de replicar.
- Iré a la cabina-piloto – dijo - para hacerle compañía al ordenador. Y no es que me
necesite.
- ¿Podemos entrar y ayudarte a hacerle compañía? - pidió Pelorat -. No puedo
acostumbrarme al hecho de que pueda bajarnos por sí solo; o de que perciba otras naves,
o tormentas o... lo que sea.
Trevize sonrió ampliamente.
- Pues vete acostumbrando, por favor. La nave está mucho más segura bajo el control
del ordenador que lo estaría bajo el mío. Pero entrad. Os gustará ver lo que ocurre.
Ahora se encontraban sobre la mitad soleada del planeta, pues, según Trevize explicó,
el mapa del ordenador podía adaptarse mejor a la realidad con luz de sol que en la
oscuridad.
- Esto resulta evidente - dijo Pelorat.
- Pues no lo es tanto. El ordenador puede juzgar con la misma rapidez con la luz
infrarroja que irradia la superficie incluso en la oscuridad. Sin embargo, las ondas
infrarrojas, que son más largas, no permiten que el ordenador actúe con la misma
resolución que lo haría con la luz visible. Dicho de otra manera, el ordenador no ve con
tanta claridad y exactitud con los rayos infrarrojos, y yo, siempre que la necesidad no me
lo impide, prefiero facilitarle las cosas al máximo.
- ¿Y si la capital se encuentra en el lado oscuro?
- Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que sea así – dijo Trevize -, pero si
está en ese lado, una vez haya sido comprobado el mapa a la luz del día, podremos bajar a
la capital con la misma seguridad, aunque allí sea de noche. Y mucho antes de que nos
acerquemos a ella, interceptaremos rayos de microondas y recibiremos mensajes que nos
dirigirán al puerto espacial más conveniente. No existe ningún motivo de preocupación.
- ¿Estás seguro? - preguntó Bliss -. Me estás llevando allá abajo indocumentada, sin
que nadie de aquí conozca mi mundo natal, y, en cualquier caso, no puedo ni quiero
mencionarles Gaia. ¿Qué haremos, si me piden la documentación cuando estemos en la
superficie?
- No es probable que esto ocurra - dijo Trevize -. Todos presumirán que se han cuidado
de eso en la estación de entrada.
- Pero, ¿y si me la piden?
- Entonces, cuando llegue el momento, trataremos de solventar el problema. Mientras
tanto, no creemos problemas en el aire.
- Pero si surge alguno, quizá sea demasiado tarde para resolverlo.
- Confiaré en mi ingenio para hacer que eso no ocurra.
- A propósito de ingenio, ¿cómo te las arreglaste para que nos dejasen pasar en la
estación de entrada?
Trevize miró a Bliss y sus labios se dilataron en una sonrisa que le dio todo el aspecto
de un pícaro adolescente.
- Sólo ejercitando el cerebro un poco.
- ¿Qué hiciste, viejo? - se interesó Pelorat.
- Apelar a él de la manera más correcta - dijo Trevize -. Había probado la amenaza y el
soborno sutil. Había apelado a su lógica y a su fidelidad a la Fundación. Nada de esto me
dio resultado, y eché mano del último recurso. Le dije que estabas engañando a tu esposa,
Pelorat.
- ¿A mi esposa? Pero, querido amigo, yo no tengo esposa en este momento.
- Eso lo sé yo, pero él no.
- Supongo - dijo Bliss - que por «esposa» entendéis una mujer que es compañera
regular de un hombre en particular.
- Un poco más que esto, Bliss - dijo Trevize -. Nos referimos a una compañera legal,
que tiene ciertos derechos como consecuencia de esa relación.
- Bliss, yo no tengo esposa - intervino Pelorat nervioso -. Tuve una, en el pasado, pero
hace mucho tiempo que no tengo ninguna. Si quieres someterte al ritual legal.
- ¡oh, Pel! - dijo Bliss, haciendo un ademán de rechazo con la mano derecha -, ¿qué me
importa eso a mí? Tengo numerosos compañeros cuya relación conmigo es comparable a
la de uno de tus brazos con el otro. Sólo los Aislados se sienten tan alienados que deben
valerse de convencionalismos artificiales para conseguir algo que logre sustituir, en parte,
al verdadero compañerismo.
- Es que yo soy un Aislado, querida Bliss.
- Lo serás menos con el tiempo, Pel. Tal vez nunca seas Gaia realmente, pero sí menos
aislado y tendrás muchas compañeras.
- Sólo te quiero a ti - dijo Pel.
- Porque no sabes nada de este asunto. Ya aprenderás.
Mientras duraba la conversación, Trevize observaba atentamente la pantalla y una
expresión de forzada tolerancia aparecía en su semblante. La capa de nubes se había
acercado y, durante un momento, todo fue una niebla gris.
«Necesito la visión de microondas», pensó. El ordenador pasó, de pronto, a la detección
de ecos de radar. las nubes desaparecieron y apareció la superficie de Comporellon en
colores falsos, un poco borrosos y oscilantes los limites entre sectores de diferente
composición.
- ¿Parecerá siempre así de ahora en adelante? - preguntó Bliss, un poco asombrada.
- Sólo hasta que pasemos debajo de las nubes. Entonces, volveremos a ver la luz del
sol.
Casi no había acabado de decirlo, cuando la visibilidad volvió a la normalidad.
- Comprendo - dijo Bliss. Después, volviéndose hacia él, prosiguió -: Lo que no
entiendo es por qué le importaba tanto al oficial de la estación de entrada que Pel
engañase o dejase de engañar a su esposa.
- Le dije que si te retenía, la noticia podía llegar a Terminus y, por consiguiente, a oídos
de la esposa de Pelorat, y que entonces, éste se hallaría en dificultades. No concreté qué
clase de dificultades, pero procuré dar la impresión de que serían graves. Entre los
varones existe una especie de masonería - aclaró Trevize, sonriendo -, y un hombre no
traiciona nunca a otro; incluso le ayuda en caso necesario. Supongo que todo obedece a
que los papeles pueden invertirse en otra ocasión. Presumo - añadió, más seriamente -
que existe una masonería parecida entre las mujeres, aunque, como no soy mujer, nunca
he tenido ocasión de observarlo de cerca.
- ¿Hablas en broma? - preguntó Bliss, nublándose de - pronto su semblante.
- No, lo digo en serio - respondió Trevize -. Con ello no quiero decir que el tal Kendray
nos haya dejado pasar sólo para ayudar a Janov a no indisponernos con su esposa. Puede
que la masonería masculina haya servido para reforzar mis otros argumentos.
- Pero eso es horrible. Son las normas las que mantienen unida una sociedad en un todo.
¿Se pueden violar sin más, por razones triviales?
- Bueno - dijo Trevize, pasando a la defensiva -, algunas normas son triviales en sí
mismas. Pocos mundos se muestran muy rigurosos en lo tocante a los viajeros que entran
y salen de su espacio en tiempo de paz y de prosperidad comercial, como el que tenemos
ahora gracias a la Fundación. Pero, por alguna razón, no ocurre así en Comporellon; tal
vez debido a alguna cuestión oscura de política interior. ¿Por qué tendríamos que sufrir
nosotros las consecuencias?
- Eso no viene al caso. Si sólo cumplimos las reglas que suponemos justas y razonables,
ninguna de ellas podrá sostenerse, pues siempre habrá alguien que la considerará injusta e
ilógica. Y si queremos favorecer nuestros intereses individuales, tal como los vemos,
encontraremos alguna razón para creer que la norma que nos molesta no es justa ni
razonable. Así, lo que empieza como una jugarreta astuta conduce a la anarquía y al caos,
incluso para el autor de aquélla, ya que tampoco él podrá sobrevivir al derrumbamiento
de la sociedad.
- Eso no ocurrirá tan fácilmente - dijo Trevize -. Tú hablas como Gaia, y Gaia no puede
comprender la asociación de individuos libres. Las normas, establecidas con razón y con
justicia, pueden dejar de ser útiles al cambiar las circunstancias, pero al permitir que
continúen vigentes por la fuerza de la inercia, entonces, no sólo es justo, sino también
útil, quebrantar aquellas que nos anuncian el hecho de que son inútiles, o incluso
realmente perjudiciales.
- En ese caso, cualquier ladrón o asesino podría afirmar que está sirviendo a la
Humanidad.
- Exageras. En el superorganismo de Gaia, existe un consenso automático sobre las
normas de la sociedad, y a nadie se le ocurre quebrantarlas. En este sentido, podríamos
decir que Gaia vegeta y se fosiliza.
En una asociación libre, sabido es que siempre hay un elemento de desorden, pero ése
es el precio que se debe pagar por la capacidad de fomentar la novedad y el cambio. En
general, es un precio razonable.
- Te equivocas de medio a medio si piensas que Gaia vegeta y se fosiliza - dijo Bliss,
elevando el tono de la voz -. Nuestras acciones, nuestras costumbres, nuestras opiniones,
son revisadas constantemente.
No persisten por inercia, de un modo irracional. Gaia aprende de la experiencia y la
reflexión, y, por consiguiente, cambia cuando lo considera necesario.
- Aunque sea verdad lo que dices, la reflexión y el aprendizaje tienen que ser lentos,
pues sólo Gaia existe en Gaia. En los mundos libres, incluso cuando casi todos están de
acuerdo, hay unos pocos que discrepan y, en algunos casos, esos pocos pueden tener
razón, y si son lo bastante inteligentes, entusiastas y justos, acabarán triunfando y pasarán
a ser considerados héroes en las edades futuras, como ocurrió con Hari Seldon, que
perfeccionó la psicohistoria, defendió sus propias ideas contra todo el Imperio Galáctico,
y triunfó.
- Triunfó hasta ahora, Trevize. Pero el Segundo Imperio que proyectó tendrá que ceder
el sitio a Galaxia.
- ¿Ocurrirá así? - preguntó Trevize, frunciendo el ceño.
- La decisión fue tuya, y por mucho que discutas en pro de los Aislados y de su libertad
para ser insensatos o criminales, hay algo en el fondo oculto de tu mente que te obligó a
estar de acuerdo «conmigo-nosotros-Gaia» cuando hiciste tu elección.
- Precisamente estoy buscando lo que hay en el fondo oculto de mi mente - dijo
Trevize, frunciendo más el entrecejo -, y empezaré a buscarlo allí. - Señaló el lugar de la
pantalla donde aparecía una gran ciudad en el horizonte, un racimo de estructuras bajas
que trepaban a ocasionales alturas, rodeadas de campos pardos bajo una ligera capa de
escarcha.
Pelorat sacudió la cabeza.
- ¡Lástima! Quería observar el acercamiento, pero me distraje escuchando vuestra
discusión.
- No te preocupes, Janov - dijo Trevize -. Podrás hacerlo cuando salgamos de aquí. Te
prometo que entonces mantendré la boca cerrada, si puedes persuadir a Bliss de que
controle la suya.
La Far Star descendió siguiendo un rayo de microondas hasta una pista de aterrizaje del
puerto espacial.
Kendray tenía una expresión grave cuando volvió a la estación de entrada y observó el
paso de la Far Star. Y todavía seguía claramente deprimido al terminar su turno.
Estaba sentado a la mesa para la última comida del día, cuando uno de sus compañeros,
un hombre larguirucho, de ojos separados, finos cabellos y unas cejas tan rubias que casi
resultaban invisibles, se acomodó a su lado.
- ¿Algo va mal, Ken? - preguntó el otro.
Kendray torció los labios.
- Se trata de esa nave gravítica que acaba de entrar, Gatis.
- ¿ La de extraño aspecto y radiactividad cero?
- Por eso no era radiactiva. No utiliza carburante. Es gravítica.
- Es la que nos dijeron que vigilásemos, ¿verdad? - preguntó Gatis, asintiendo con la
cabeza.
- Sí.
- Y te tocó a ti. Siempre tienes suerte.
- No lo creas. Una mujer, sin documentos de identidad, va en ella; Y no la he
denunciado.
- ¿Qué? No me lo digas. No quiero saber nada al respecto. Ni una palabra más. Puedes
ser mi amigo, pero no voy a convertirme en cómplice de ese hecho.
- Esto no me preocupa. No demasiado. Yo tenía que enviar la nave.
Ellos quieren apoderarse de esa gravitica, o de otra cualquiera de su clase. Lo sabes
muy bien.
- Seguro, pero hubieses tenido que denunciar a la mujer al menos.
- No me agradaba hacerlo. No está casada. Sólo fue recogida para..., para ser utilizada.
- ¿Cuántos hombres van a bordo?
- Dos.
- ¿Y la recogieron sólo para... para eso? Deben venir de Terminus.
- Así es.
- Los de Terminus son muy despreocupados.
- Cierto.
- Un asco. Y se salen con la suya.
- Uno de ellos está casado, y no quería que su esposa se enterase.
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Si yo hubiese denunciado a la joven, aquélla se enteraría.
- ¿No está en Terminus?
- Desde luego, pero lo sabría de todos modos.
- A ese tipo le estaría bien empleado que su mujer se enterase.
- De acuerdo, pero yo no puedo hacerme responsable de ello.
- Te machacarán por no haberle denunciado. Querer salvar a un hombre de un apuro no
es excusa.
- ¿Lo habrías denunciado tú?
- Supongo que no hubiese tenido más remedio que hacerlo.
- No, no lo habrías hecho. El Gobierno quiere esa nave. Si yo hubiera insistido en
denunciar a la mujer, los hombres de la nave hubiesen cambiado de idea con respecto a
aterrizar aquí y se hubieran marchado a otro planeta. Eso no le habría gustado al
Gobierno.
- Pero, ¿te creerán?
- Creo que sí. Es una mujer muy linda. Imagínate a una joven como esa dispuesta a
embarcarse con dos hombres, dos hombres casados y dispuestos a todo... Es tentador, ¿no
crees?
- Supongo que no querrás que tu mujer se entere de lo que acabas de decir..., o de que
lo has pensado siquiera.
- ¿Quién va a decírselo? ¿Tú? - dijo Kendray, con aire desafiante.
- Vamos, me conoces mejor que todo eso - repuso Gatis, mientras su mirada de
indignación se extinguía con rapidez -. No les hará ningún bien a esos hombres que les
hayas dejado pasar.
- Lo sé.
- La gente de allá abajo lo descubrirán muy pronto, y aunque tú salgas bien de ésta,
ellos no podrán librarse.
- También lo sé - dijo Kendray -, y lo siento por esos hombres. Los apuros en que la
mujer pueda ponerles no serán nada en comparación con los que la nave les ocasionará.
El capitán hizo unas cuantas observaciones... - Kendray se interrumpió.
- ¿Cuáles? - preguntó Gatis, vivamente interesado.
- Olvídalo - dijo Kendray -. Si la cosa se descubre, será mi fin.
- No voy a repetírselo a nadie.
- Yo tampoco. Esos dos hombres de Terminus me dan lástima.
Para cualquiera que haya estado en el espacio y experimentado su uniformidad, la
verdadera emoción del vuelo espacial se produce cuando llega el momento de tomar
tierra en un nuevo planeta. El suelo se desliza con rapidez debajo de ti, mientras tú captas
imágenes de tierra y de agua, de zonas geométricas y líneas que deben ser campos y
carreteras. Adviertes el verdor vegetal, el gris del hormigón, el pardo del suelo árido, el
blanco de la nieve. Pero lo más emocionante son los conglomerados habitados; ciudades
que, en cada mundo, tienen su geometría característica y sus peculiaridades
arquitectónicas.
En una nave ordinaria, los tripulantes habrían sentido la excitación de tocar el suelo y
deslizarse por la pista. La Far Star era distinta, la cosa cambiaba mucho. Flotó a través
del aire, frenó equilibrando hábilmente la resistencia del aire y la gravedad, para acabar
inmovilizándose sobre la pista del puerto espacial. El viento soplaba a ráfagas y eso
significaba otra complicación. La Far Star, al ajustarse para responder a la atracción de la
gravedad, no sólo era anormalmente ligera de peso, sino también de masa. Si ésta se
acercaba demasiado a cero, el viento arrastraría a la nave de allí. De ahí que fuese preciso
elevar la reacción a la gravedad y emplear los reactores con sumo cuidado, no sólo contra
la atracción del planeta, sino también contra la fuerza del viento, de manera que se
adaptasen exactamente a los cambios de intensidad de aquél. Sin un ordenador adecuado,
la operación no habría podido llevarse a cabo.
La nave siguió bajando, con pequeños e inevitables cambios en su dirección, hasta que
al fin descendió para posarse en la zona marcada a ese fin en el puerto.
El cielo estaba de un pálido azul, mezclado con blanco, cuando la Far Star aterrizó. El
viento seguía soplando a nivel del suelo y, aunque ya no resultaba peligroso para la
navegación, producía un frío que hizo estremecerse a Trevize. En ese momento se dio
cuenta de que la ropa que llevaban era totalmente inadecuada para el clima de
Comporellon.
En cambio, Pelorat miró satisfecho a su alrededor y respiró a pleno pulmón por la nariz,
disfrutando, al menos de momento, con aquella sensación de frío. Incluso se desabrochó
el abrigo para sentir el viento contra su pecho. Sabía que dentro de poco tendría que
abrochárselo de nuevo y ponerse su bufanda, pero ahora quería sentir la existencia de una
atmósfera, cosa que nunca ocurría a bordo.
Bliss se arrebujó en su abrigo y, con las manos enguantadas, se bajó el gorro hasta
cubrirse las orejas. Tenía afligido el semblante y parecía a punto de llorar.
- Este mundo es malo – murmuró -. Nos odia y nos maltrata.
- En absoluto, querida Bliss - dijo Pelorat muy serio -. Estoy seguro de que este mundo
gusta a sus moradores y de que..., bueno..., ellos le gustan a él, si quieres decirlo así.
Pronto estaremos a cubierto, y allí hará más calor.
Casi como reparando un olvido, envolvió a Bliss en su propio abrigo, mientras ella se
acurrucaba contra la pechera de su camisa.
Trevize se esforzó en no hacer caso de la temperatura. Recibió una tarjeta magnetizada
de una de las autoridades del puerto, comprobándola con su ordenador de bolsillo para
asegurarse de que contenía los detalles necesarios: su zona y número de aparcamiento, el
nombre y número de motor de su nave, y otros datos más. Hizo una nueva comprobación
para asegurarse de que la nave estaba firmemente sujeta y después suscribió una póliza de
seguros por el máximo valor permitido, contra el riesgo de daños en la Far Star, aunque
era una precaución inútil en realidad, ya que su nave sería invulnerable al probable nivel
de la tecnología comporelliana, y si no lo era, resultaría totalmente irremplazable a
cualquier precio.
Trevize encontró la parada de taxis en el lugar donde debía estar. (Muchos servicios de
los puertos espaciales eran iguales en todas partes, tanto en situación como aspecto y
modo de empleo. Tenían que serlo, dada la naturaleza multimundial de la clientela.)
Llamó a un taxi, indicando el punto de destino como «Ciudad» simplemente.
El vehículo se deslizó hacia ellos sobre unos esquíes diamagnéticos, desviándose
ligeramente bajo el impulso del viento y temblando por la vibración de un motor no del
todo silencioso. Era de color gris oscuro y lucía la insignia blanca de taxi en las
portezuelas de atrás. El conductor llevaba un abrigo oscuro y un gorro de piel blanco.
- La decoración del planeta parece ser en blanco y negro - dijo en voz baja Pelorat
advirtiendo esos detalles.
- Tal vez todo sea más alegre en la ciudad propiamente dicha – dijo Trevize.
- ¿Van a la ciudad, amigos? - El conductor había hablado por un pequeño micrófono,
tal vez para no tener que abrir la ventanilla.
El dialecto galáctico tenía un cierto sonsonete que le hacía bastante atractivo, además
de que no resultaba difícil de comprender, lo cual siempre significa un alivio en un
mundo desconocido.
- Sí - dijo Trevize.
Y la portezuela de atrás se abrió. Bliss subió, seguida de Pelorat y de Trevize, La
portezuela se cerró, y enseguida notaron el aire caliente, Bliss se frotó las manos y lanzó
un largo suspiro de alivio.
El taxi arrancó lentamente.
- La nave en que han venido ustedes es gravítica, ¿verdad? - preguntó el conductor.
- Considerando la manera en que bajó, ¿podría usted dudarlo? - repuso Trevize con
seguridad.
- Entonces, ¿es de Terminus? - se interesó el taxista.
- ¿Conoce usted algún otro mundo capaz de construirla? - dijo Trevize.
El conductor pareció considerar la semirrespuesta mientras el taxi adquiría velocidad.
- ¿Siempre contesta usted las preguntas con otra pregunta? - dijo.
- ¿Por qué no? - no pudo resistirse Trevize a replicar.
- En ese caso, ¿cómo me respondería a la pregunta de si es usted Golan Trevize?
- Le respondería: ¿Por qué me lo pregunta?
El taxi se detuvo en las afueras del puerto espacial.
- ¡Por curiosidad! Repito: ¿Es usted Golan Trevize? - dijo el conductor.
La voz de Trevize adquirió un tono rígido y hostil.
- ¿Qué le importa a usted?
- Amigo mío - dijo el conductor -, no nos moveremos de aquí hasta que usted haya
contestado a mi pregunta. Y si no lo hace con claridad en uno u otro sentido en un par de
segundos, cerraré la calefacción del compartimento de pasajeros y seguiremos esperando.
¿Es usted Golan Trevize, consejero de Terminus? Si su respuesta es negativa, tendrá que
mostrarme sus documentos de identidad.
- Sí, soy Golan Trevize y, como consejero de la Fundación, espero ser tratado con toda
la cortesía debida a mi rango. Si usted no lo hace así, le pondré en un aprieto, amigo. Y
ahora, ¿qué?
- Ahora podemos continuar con más tranquilidad - repuso haciendo arrancar el coche de
nuevo -. Yo elijo cuidadosamente mis pasajeros, y esperaba recoger a dos hombres. La
mujer ha sido una sorpresa para mí, y ya que se trata de usted, puedo dejar que explique
lo de la mujer cuando llegue a su destino.
- Usted desconoce mi destino.
- En realidad, lo sé. Va usted al Departamento de Transportes.
- No es allí donde yo quiero ir.
- Eso carece de importancia, consejero. Si yo fuese conductor de taxi, lo llevaría donde
usted quisiera ir. Como no lo soy, le conduciré al lugar donde yo quiero que vaya.
- Perdón - dijo Pelorat, inclinándose hacia delante -, pero usted parece un taxista. Está
conduciendo un coche de alquiler.
- Cualquiera puede conducir un taxi. No sólo quienes tienen licencia para ello. Y no
todos los coches que parecen taxis lo son.
- Dejémonos de juegos - dijo Trevize -. ¿Quién es usted y qué pretende? Recuerde que
tendrá que responder de esto ante la Fundación.
- Yo no - repuso el conductor -. Mis superiores, tal vez. Yo soy un agente de la Fuerza
de Seguridad de Comporellon. Se me ha ordenado que le trate con todo el respeto debido
a su rango, pero usted debe ir adonde yo lo lleve. Y tenga mucho cuidado con lo que
hace, pues este vehículo está armado, y mis órdenes son de defenderme si soy atacado.
El vehículo, habiendo alcanzado su velocidad normal, se deslizaba suavemente, en
completo silencio.
Trevize permanecía sentado en él como si estuviese petrificado. Se daba cuenta, sin
necesidad de verlo, de que Pelorat lo miraba de vez en cuando como diciéndole: «¿Qué
vamos a hacer ahora? Dímelo, por favor.
Una rápida mirada le informó de que Bliss iba tranquila, mostrando una visible
despreocupación. Desde luego, ella sola era todo un mundo. Toda Gaia, aunque estuviese
a una distancia galáctica, se hallaba envuelta en su piel. Tenía recursos a los que se podría
apelar en caso de verdadera emergencia.
Pero, ¿ qué había ocurrido?
Estaba claro que el funcionario de la estación de entrada, siguiendo la rutina, había
enviado su informe (omitiendo a Bliss) despertando el interés de los cuerpos de
Seguridad y, de todos ellos, nada menos que del Departamento de Transportes. ¿Por qué?
Gozaban de un tiempo de paz y no sabía que existiese ninguna tensión concreta entre
Comporellon y la Fundación. Él era un funcionario importante de la Fundación...
¡Alto! Le había dicho al hombre de la estación de entrada, Kendray, que debía tratar de
un asunto importante con el Gobierno comporelliano. Había hecho hincapié en ello para
que les dejase pasar. Kendray debió de consignarlo en su informe, y quizá fuese eso lo
que había despertado tanto interés.
No lo había previsto, y hubiese debido tenerlo en cuenta. Entonces, ¿dónde quedaban
sus presuntos dotes de hacer siempre lo debido? ¿Estaba empezando a creer que era la
caja negra que suponía Gaia... o que Gaia decía que suponía? ¿Estaba siendo conducido a
un tremedal por culpa de un exceso de confianza fundado en la superstición?
¿Cómo podía haberse dejado atrapar ni por un momento en aquella locura? ¿Acaso no
se había equivocado nunca en su vida? ¿Podía saber el tiempo que haría al día siguiente?
¿Había ganado grandes cantidades en juegos de azar? Las respuestas eran no, no y no.
Entonces, ¿sólo acertaba en las cosas rudimentarias? ¿Cómo podía saberlo?
¡Olvídate de esto! A fin de cuentas, el que hubiese declarado que tenía importantes
asuntos de Estado... No, se había referido a la «seguridad de la Fundación»...
Bueno, el mero hecho de que estuviese allí por un asunto que afectaba a la seguridad de
la Fundación, y de que hubiese llegado en secreto y sin previo aviso, tenía que haber
llamado la atención... Sí, pero hasta que supiese de qué se trataba, actuarían,
seguramente, con la máxima circunspección. Se mostrarían ceremoniosos y lo tratarían
como a un alto dignatario. No se atreverían a secuestrarle ni a amenazarle.
Sin embargo, exactamente eso era lo que habían hecho. ¿Por qué? ¿Qué hacia que se
sintiesen lo bastante fuertes y poderosos para tratar de aquella manera a un consejero de
Terminus?
¿Podía ser la Tierra? ¿Se trataría de la misma fuerza que ocultaba el mundo de origen
con tanta eficacia, incluso contra las grandes mentalidades de la Segunda Fundación, y
que ahora trataba de hacer fracasar su búsqueda de la Tierra en la primera fase de su
pesquisa? ¿Era la Tierra omnisciente? ¿Omnipotente?
Trevize movió la cabeza. Ese camino le llevaba a la paranoia. ¿Iba a culpar a la Tierra
de todo? Cualquier comportamiento extraño, toda torcedura en el camino, todo cambio en
las circunstancias, ¿eran resultado de las secretas maquinaciones de la Tierra? Si
empezaba a pensar así, estaba perdido.
En ese momento, Sintió que el vehículo reducía la velocidad, y volvió a la realidad de
golpe.
Se dio cuenta de que, ni siquiera por un instante, se había fijado en la ciudad que
estaba» cruzando. Y ahora miró a su alrededor, un poco desconcertado. Los edificios eran
bajos, pero se hallaba en un planeta frío donde la mayoría de las estructuras serían,
probablemente, subterráneas.
No vio muestra alguna de color, y eso le pareció contrario a la naturaleza humana.
Sólo de forma esporádica vio pasar a alguien, siempre bien abrigado. Pero quizá la
mayoría de las personas, al igual que los edificios, se encontrasen bajo tierra.
El taxi se detuvo delante de un edificio bajo y ancho, emplazado en una depresión cuyo
fondo él no alcanzaba a ver. Transcurrieron unos minutos y el vehículo continuó parado
allí, con su conductor también inmóvil. El gorro alto y blanco casi tocaba el techo del
coche.
Trevize se preguntó vagamente cómo se las apañaba el conductor para entrar y salir del
vehículo sin que se le cayese el gorro, y después dijo, con la controlada irritación que
cabría esperar de un altivo y maltratado funcionario:
- Bueno, conductor, ¿qué pasa ahora?
La versión comporelliana del cristal de separación entre conductor y pasajeros no era,
en modo alguno, primitiva. Las ondas sonoras podían pasar a través de él, aunque Trevize
no estaba seguro de que no pudiesen hacerlo objetos materiales impulsados por una
determinada fuerza.
- Alguien vendrá a recogerles - contestó el taxista -. Continúen sentados y no se
preocupen.
Mientras decía esto, aparecieron tres cabezas, subiendo lentamente de la depresión en la
que el edificio se asentaba. Después, el resto de los cuerpos apareció. Estaba claro que los
recién llegados ascendían en el equivalente de una escalera mecánica, pero Trevize no
pudo ver, desde su asiento, los detalles de aquel aparato.
Al acercarse los tres, la portezuela del taxi se abrió y una ráfaga de aire frío entró en el
vehículo.
Trevize se apeó, abrochándose el abrigo hasta el cuello. Los otros dos le siguieron;
Bliss, de mala gana.
Los tres comporellianos parecían amorfos, envueltos en prendas hinchadas y
probablemente calentadas eléctricamente. Trevize los despreció por ello. Aquellas ropas
no resultaban útiles en Terminus, y la única vez que había pedido prestado un abrigo
calorífico durante el invierno, en el cercano planeta Anacreon, había descubierto que
tendía a calentarse poco a poco, de manera que cuando quería darse cuenta de que el
calor era excesivo, ya estaba sudando incómodamente.
Al acercarse los comporellianos, Trevize advirtió, con profunda indignación, que iban
armados. Y no trataban de disimularlo, sino todo lo contrario. Cada uno de ellos tenía un
arma en su funda, colgando de la prenda de vestir exterior.
Uno de los comporellianos se adelantó para colocarse frente a Trevize.
- Disculpe, consejero - dijo con voz ronca.
Y le abrió el gabán con un rudo movimiento. Con extrema rapidez pasó las manos
sobre los costados, la espalda, el pecho y los muslos de Trevize. Sacudió y palpó el
abrigo. Trevize se hallaba tan abrumado, confuso y asombrado que sólo cuando el
hombre hubo terminado se dio cuenta de que había sido rápida y eficazmente cacheado.
Pelorat, con la cabeza baja y la boca retorcida en una mueca, sufría una ofensa similar
de manos del segundo comporelliano.
El tercero se acercó a Bliss, pero ésta no esperó a que la rozase. Al menos ella sabía, de
algún modo, lo que debía esperar de él, pues, se despojó del abrigo y se quedó plantada
allí un momento, con sólo su ligero vestido, expuesta al viento sibilante.
- Puede usted ver que no llevo armas - dijo con una frialdad acorde con la temperatura.
Y ciertamente, cualquiera podía darse cuenta. El comporelliano sopesó el abrigo, como
si así pudiese saber si contenía alguna arma (y tal vez sí que podía), y se retiró.
Bliss se puso la prenda de nuevo, arrebujándose en ella y, durante un instante, Trevize
admiró su actitud. Sabía lo mucho que la joven sentía el frío, pero no había permitido que
el menor temblor lo revelase, a pesar de llevar el pantalón y una blusa fina como único
abrigo.
Entonces, Trevize se preguntó si, en casos de urgencia, no extraería calor del resto de
Gaia.
Uno de los comporellianos hizo un gesto y los tres forasteros lo siguieron. Los otros
dos comporellianos cerraron la marcha. Dos o tres transeúntes que pasaban por la calle no
se detuvieron a observar lo que sucedía. O estaban demasiado acostumbrados a escenas
semejantes o, y era lo más probable, sólo pensaban en llegar a su abrigado destino lo
antes posible.
Trevize pudo ver que los comporellianos habían subido por una rampa móvil. Ahora,
bajaron los seis por ella y cruzaron una puerta casi tan complicada como la de una nave
espacial, sin duda destinada a conservar el calor interior, más que a renovar el aire.
Y, de pronto, se hallaron dentro de un gran edificio.

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