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sábado, 25 de octubre de 2008

SCIFI -- 3ªparte- LOS LIMITES DE LA FUNDACION -- ISAAC ASIMOV / SAGA "LA FUNDACION" 4

SCIFI
-- 3ªparte- LOS LIMITES DE LA FUNDACION -- ISAAC ASIMOV / SAGA "LA FUNDACION" 4
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15 GAIA-S
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Sura Novi entró en la sala de mando de la pequeña y anticuada nave donde Stor Gendibal y
ella misma viajaban en pausados saltos a través del espacio.
Era evidente que había estado en el cuarto de aseo compacto, donde aceites, aire tibio, y un
mínimo de agua habían refrescado su cuerpo. Iba envuelta en una toalla y se la sujetaba
fuertemente con ambas manos en un paroxismo de recato. Tenía el pelo seco pero
enredado.
- ¿Maestro? - dijo en voz baja.
Gendibal levantó la mirada de los mapas y la computadora.
- ¿Sí, Novi?
- Yo estar llena de sentir... - Hizo una pausa y después empezó de nuevo -: Siento mucho
molestarte, maestro - entonces volvió a equivocarse -, pero yo estar perdida con mi ropa.
- ¿Tu ropa? - Gendibal la miró con desconcierto durante un momento y luego se puso en
pie con un acceso de contrición -. Novi, se me ha olvidado. Había que lavarla y está en el
cesto de detergente. Está limpia, seca, doblada y a punto. Debería haberla sacado para
colocarla a la vista. Lo olvidé.
- No me gustaría... - se miró de arriba abajo - ofender.
- Tú no ofendes - contestó Gendibal con jovialidad -. Escucha, te prometo que cuando esto
haya terminado me ocuparé de que tengas mucha ropa, nueva y de última moda. Nos
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marchamos muy precipitadamente y no se me ocurrió traer una muda, pero en realidad,
Novi, sólo estaremos nosotros dos y pasaremos algún tiempo juntos, en un espacio muy
reducido y no hay necesidad de.... de... preocuparse tanto... por... - Hizo un ademán
impreciso, vio la horrorizada expresión de sus ojos, y pensó: «Bueno, al fin y al cabo, sólo
es una campesina y tiene sus normas; seguramente no se opondría a incorrecciones de todas
clases... pero con la ropa puesta.»
Entonces se avergonzó de sí mismo y se alegró de que ella no fuese una «sabia», capaz de
leer sus pensamientos.
- ¿Quieres que vaya a buscarte la ropa? - dijo.
- Oh, no, maestro. No ser tú.... Yo sé dónde está.
Cuando volvió a verla, iba debidamente vestida y peinada. Su actitud era muy tímida.
- Estoy avergonzada, maestro, de haberme portado tan inadecuada... mente. Debería haber
encontrado la ropa por mí misma.
- No importa - contestó Gendibal -. Estás haciendo muchos progresos en galáctico, Novi.
Captas muy rápidamente el lenguaje de los sabios.
Novi sonrió de pronto. Sus dientes eran algo desiguales, pero eso no hizo desmerecer el
modo en que su cara se iluminó y se tornó casi dulce al oír el elogio, pensó Gendibal. Se
dijo a sí mismo que por esta razón le gustaba elogiarla.
- Los hamenianos no me mirarán bien cuando vuelva a casa - dijo ella -. Dirán que yo ser...
soy un tajador de palabras. Así es cómo llaman a alguien que habla de un modo... extraño.
A ellos no les gusta eso.
- Dudo que vuelvas a vivir entre los hamenianos, Novi - repuso Gendibal -. Estoy seguro de
que continuará habiendo un lugar para ti en el complejo... con los sabios, es decir... cuando
esto haya terminado.
- Me gustada, maestro.
- Supongo que no te importaría llamarme «orador Gendibal» o sólo... No, ya veo que no lo
harías – dijo él, observando su expresión de escandalizado reparo -. Oh, está bien.
- No sería correcto, maestro. Pero, ¿puedo preguntarte cuándo terminará esto?
Gendibal meneó la cabeza.
- No lo sé con certeza. Ahora mismo, sólo tengo que llegar a un sitio determinado lo más
rápidamente que pueda. Esta nave, que es una nave muy buena para su clase, es lenta y «lo
más rápidamente que pueda» no es muy rápidamente. Como ves – señaló la computadora y
los mapas -, tengo que trazar la ruta para atravesar grandes extensiones de espacio, pero la
capacidad de la computadora es limitada y yo no soy muy hábil.
- ¿Tienes que estar rápidamente allí porque hay peligro, maestro?
- ¿Qué te hace pensar que hay peligro, Novi?
- Porque a veces te observo cuando creo que no me ves y tu cara parece... no sé la palabra.
No sustada... quiero decir, asustada... y tampoco malexpectante.
- Aprensiva - murmuró Gendibal.
- Pareces... preocupado. ¿Es ésta la palabra?
- Depende. ¿Qué quieres decir con «preocupado», Novi?
- Quiero decir que parece como si estuvieras diciéndote a ti mismo: «¿Qué voy a hacer
ahora en este gran problema?»
Gendibal se quedó atónito.
- Eso es «preocupado» pero, ¿es eso lo que ves en mi cara, Novi? En el Lugar de los
Sabios, tengo mucho cuidado de que nadie vea nada en mi cara, pero pensaba que, solo en
el espacio, a excepción de ti, podía relajarme y dejar que mi cara se quedara en ropa
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interior, por así decirlo... Oh, lo siento. Esto te ha avergonzado. Lo que intento explicarte es
que si eres tan perceptiva, tendré que ser más cuidadoso.
De tiempo en tiempo he de volver a aprender la lección de que incluso los no mentálicos
pueden hacer suposiciones astutas.
Novi lo miró con desconcierto.
- No entiendo, maestro.
- Estoy hablando conmigo mismo, Novi. No te preocupes. Ahí tienes la palabra otra vez.
- Pero, ¿hay peligro?
- Hay un problema, Novi. No sé qué encontraré cuando llegue a Sayshell, que es el lugar
adonde vamos. Quizá me encuentre en una situación muy difícil.
- ¿ Eso no significa peligro?
- No, porque podré controlarlo.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque soy un... sabio. Y el mejor de todos ellos. No hay nada en la Galaxia que yo no
pueda controlar.
- Maestro - y algo parecido a la angustia desfiguró el rostro de Novi -. No deseo
ofensionarte... quiero decir, ofenderte.., y hacerte enfadar. Yo te he visto con ese: bruto de
Rufirant y entonces estabas en peligro, y él sólo era un campesino hameniano. Ahora no sé
qué te espera, y tú tampoco.
Gendibal se sintió mortificado.
- ¿Tienes miedo, Novi?
- No por mí, maestro. Temo... tengo miedo... por ti.
- Puedes decir «temo» - murmuró Gendibal -. También es correcto.
Por un momento permaneció sumido en sus pensamientos. Luego alzó la mirada, tomó las
ásperas manos de Sura Novi entre las suyas, y dijo:
- Novi, no quiero que temas nada. Déjame explicártelo. ¿Sabes cómo has visto qué había, o
podía haber, peligro por la expresión de mi cara... casi como si pudieras leer mis
pensamientos?
- ¿Si?
- Yo puedo leer los pensamientos mejor que tú.
Esto es lo que los sabios aprenden a hacer, y yo soy un sabio muy bueno.
Novi abrió mucho los ojos y rescató su mano. Parecía estar conteniendo la respiración.
- ¿Tú puedes leer mis pensamientos?
Gendibal se apresuró a levantar un dedo.
- No lo hago, Novi. No leo tus pensamientos, excepto cuando no tengo más remedio. No
leo tus pensamientos.
(Sabía que, en un sentido práctico, estaba mintiendo. Era imposible hallarse con Sura Novi
y no captar la índole general de algunos de sus pensamientos. No había que ser miembro de
la Segunda Fundación para hacerlo. Gendibal comprendió que estaba a punto de sonrojarse.
Pero incluso tratándose de una hameniana, dicha actitud resultaba halagadora. Y sin
embargo, tenía que tranquilizarla, aunque sólo fuese por humanidad...)
- También puedo cambiar el modo de pensar de la gente. Puedo producirles dolor. Puedo...
Pero Novi estaba meneando la cabeza.
- ¿Cómo puedes hacer todo esto, maestro? Rufirant...
- Olvídate de Rufirant - replicó Gendibal con irritación -. Habría podido atajarlo en un
momento. Habría podido hacerle caer al suelo. Habría podido hacer que todos los
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hamenianos... - Se calló de repente, avergonzado de alardear, de intentar impresionar a
aquella mujer ignorante. Y ella seguía meneando la cabeza.
- Maestro – dijo -, tú intentas quitarme el miedo, pero yo sólo tengo miedo por ti, de modo
que no hay necesidad. Sé que eres un gran sabio y puedes hacer que esta nave vuele por el
espacio cuando a mi me parece que ninguna persona lograría otro que... quiero decir, otra
cosa... que perderse. Y usas máquinas que yo no puedo entender, y que ninguna persona
hameniana podría entender. Pero no necesitas hablarme de estos poderes mentales, que sin
duda no son así, ya que todo lo que dices que habrías podido hacer a Rufirant, no lo hiciste,
aunque estabas en peligro.
Gendibal apretó los labios. «Más vale dejarlo así - pensó -. Si ella insiste en que no teme
por sí misma, más vale dejarlo así,» Sin embargo, no quería que le considerase un apocado
y un fanfarrón. Simplemente, no quería.
- Si no le hice nada a Rufirant, fue porque no lo deseaba. Los sabios no debemos hacer nada
a los hamenianos. Somos huéspedes en vuestro mundo. ¿Lo entiendes?
- Vosotros sois nuestros amos. Es lo que nosotros siempre decimos.
Por un momento Gendibal se distrajo.
- ¿Cómo es, entonces, que Rufirant me atacó?
- No lo sé - repuso ella con sencillez -. No creo que él lo supiera. Debía estar con su yo
fuera... uh, fuera de sí. .
Gendibal gruñó.
- En todo caso, nosotros no lastimamos a los hamenianos. Si no me hubiera quedado más
remedio que detenerle lastimándole, los demás sabios habrían tenido una pobre opinión de
mí y quizás habría perdido mi cargo. Pero para evitar que él me lastimara a mí, tendría que
haberle manipulado un poco... lo menos posible.
Novi se mostró súbitamente abatida.
- Entonces, no era necesario que yo interviniera a toda prisa, como una tonta.
- Hiciste bien - le aseguró Gendibal -. Acabo de decirte que yo habría actuado mal
lastimándole -. Tú hiciste que eso fuera innecesario. Tú le detuviste y eso estuvo bien. Te lo
agradezco.
Ella volvió a sonreír, con arrobamiento.
- Ahora comprendo por qué has sido tan amable conmigo.
- Estaba agradecido, naturalmente - dijo Gendibal, algo turbado -, pero lo importante es que
comprendas que no hay peligro. Puedo controlar a un ejército de personas normales.
Cualquier sabio puede hacerlo, en especial los importantes, y ya te he dicho que soy el
mejor de todos. No hay nadie en la Galaxia que pueda resistírseme.
- Si tú lo dices, maestro, estoy segura de ello.
- Lo digo. Y ahora, ¿tienes miedo por mí?
- No, maestro, pero... Maestro, ¿sólo nuestros sabios pueden leer la mente y,..? ¿Hay otros
sabios, en otros lugares, que puedan oponerse a ti?
Por un momento Gendibal se quedó perplejo. Aquella mujer tenía una perspicacia
asombrosa.
Era necesario mentir.
- No los hay - contestó.
- Pero hay tantas estrellas en el cielo... Una vez intenté contarlas y no pude. Si hay tantos
mundos de personas como estrellas, ¿no serán sabios algunas de ellas? Aparte de los sabios
de nuestro mundo, quiero decir.
- No.
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- ¿Y si los hay?
- No serán tan fuertes como yo.
- ¿Y si saltan de repente sobre ti antes de que te des cuenta?
- No pueden hacerlo. Si algún sabio desconocido se acercara, yo lo sabría en seguida. Lo
sabría mucho antes de que pudiera lastimarme.
- ¿Podrías huir?
- No tendría que huir. Pero (anticipándose a sus objeciones) si tuviera que hacerlo, podría
refugiarme en otra nave, una nave mejor que cualquiera de la Galaxia. No me alcanzarían.
- ¿No podrían cambiar tus pensamientos y obligarte a quedarte?
- No.
- Ellos podrían ser muchos. Tú sólo eres uno.
- En cuanto se acercaran, mucho, antes de que ellos lo creyeran posible, yo sabría que
estaban ahí y me marcharía. Entonces, todo nuestro mundo de sabios se volvería contra
ellos y no podrían resistirse.
Y ellos lo sabrían, de modo que no se atreverían a hacerme nada. De hecho, no querrían que
yo supiera nada de ellos... y, sin embargo, sería así.
- ¿Porque eres mucho mejor que ellos? - preguntó Novi, con el rostro iluminado por un
incierto orgullo.
Gendibal no pudo impedirlo. La innata inteligencia y la rápida comprensión de la muchacha
eran tales que resultaba un placer estar con ella. Aquel monstruo de voz suave, la oradora
Delora Delarmi, le había hecho un favor enorme al imponerle la compañía de esta
campesina hameniana.
- No, Novi, no porque yo sea mejor que ellos, aunque lo soy. Es porque tú estás conmigo.
- ¿Yo?
- Exactamente, Novi. ¿Lo habías adivinado?
- No, maestro - contestó ella, extrañada -. ¿Qué podría hacer yo?
- Es tu mente. - Levantó la mano enseguida -, No leo tus pensamientos. Sólo veo el
contorno de tu mente y es un contorno uniforme, un contorno extraordinariamente
uniforme.
La muchacha se llevó una mano a la frente.
- ¿Porque soy una ignorante, maestro? ¿Por qué soy tan tonta?
- No, querida. - No reparó en el modo de dirigirse a ella -. Es porque eres sincera y sin
dobleces; porque eres honrada y hablas sin ambages; porque eres bondadosa y... y otras
cosas. Si otros sabios intentaran tocar nuestras mentes, la tuya y la mía, el toque sería
instantáneamente visible sobre la uniformidad de tu mente. Yo me daría cuenta de ello
incluso antes de advertir un toque sobre mi propia mente, y entonces tendría tiempo para
contraatacar; es decir, para rechazarlo.
Un largo silencio sucedió a estas palabras. Gendibal observó que no sólo había felicidad en
los ojos de Novi, sino también alborozo y orgullo.
- ¿Y me llevaste contigo por esta razón? – dijo con dulzura.
Gendibal asintió.
- Esta fue una razón importante. Si.
La voz de la hameniana se convirtió en un susurro.
- ¿Cómo puedo ayudarte lo más posible, maestro?
El contestó:
- Permanece tranquila. No tengas miedo. Y... y sigue siendo como eres.
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- Seguiré siendo como soy. Y me interpondré entre ti y el peligro, como hice en el caso de
Rufirant - repuso ella.
Salió de la habitación y Gendibal la siguió con la mirada.
Era extraño lo mucho que se escondía en su interior. ¿Cómo podía una criatura tan simple
albergar tal complejidad? Bajo la uniformidad de su estructura mental había una
inteligencia, una comprensión y un valor enormes. ¿Qué más podía pedir él de nadie?
De algún modo, percibió una imagen de Sura Novi que no era una oradora, ni siquiera un
miembro de la Segunda Fundación, ni siquiera una mujer instruida junto a sí mismo,
desempeñando un papel secundario vital en el drama que se avecinaba.
Sin embargo, no pudo ver los detalles con claridad. Aún no pudo ver exactamente qué era
lo que les esperaba.
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- Un solo salto - murmuró Trevize - y habremos llegado.
- ¿A Gaia? - preguntó Pelorat, mirando la pantalla por encima del hombro de Trevize.
- Al sol de Gaia - respondió Trevize -. Llámelo Gaia-S, si quiere, para evitar confusiones.
Los galactógrafos suelen hacerlo.
- Entonces, ¿dónde está Gaia? ¿O debo llamarlo Gaia-P, para designar al planeta?
- Gaia será suficiente para el planeta. Sin embargo, aún no podemos ver Gaia. Los planetas
no son tan fáciles de ver como las estrellas, y todavía estamos a cien microparsecs de Gaia-
S. Observará que sólo es una estrella, aunque muy brillante. No nos encontramos
suficientemente cerca para que se vea como un disco. Y no lo mire directamente, Janov. A
pesar de todo, es suficientemente brillante para lesionar la retina. Colocaré un filtro, una
vez haya terminado mis observaciones. Entonces podrá mirarlo.
- ¿Cuánto son cien microparsecs en unidades que un mitologista pueda entender, Golan?
- Tres mil millones de kilómetros; unas veinte veces la distancia que separa Términus de
nuestro propio sol. ¿Le sirve eso de ayuda?
- Enormemente. Pero, ¿no nos acercamos más?
- ¡No! - Trevize levantó los ojos con sorpresa -. Por ahora, no. Después de lo que sabemos
sobre Gaia, ¿para qué precipitamos? Una cosa es tener agallas, y otra estar loco. Primero
echaremos una ojeada.
- ¿A qué, Golan? ¿No ha dicho que aún no podemos ver Gaia?
- A simple vista, no. Pero tenemos visores telescópicos y una excelente computadora para
análisis rápidos. En primer lugar, podemos estudiar Gaia-S y tal vez realizar alguna otra
observación. Relájese, Janov. - Alargó una mano y dio una palmada en el hombro de su
compañero.
Tras una pausa, Trevize dijo:
- Gaia-S es una estrella aislada o, si tiene un acompañante, ese acompañante está mucho
más lejos de él que nosotros en este momento y, en el mejor de los casos, es una estrella
enana de color rojo, así que no debemos preocuparnos. Gaia-S es una estrella G4, lo cual
significa que es perfectamente capaz de tener un planeta habitable, y eso es bueno. Si fuese
una A o una M, tendríamos que dar media vuelta y marcharnos ahora mismo.
- Es posible que yo sólo sea un mitologista pero, ¿no podríamos haber determinado la clase
espectral de Gaia-S desde Sayshell? - dijo Pelorat.
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- Podíamos y lo hicimos, Janov, pero nunca está de más verificarlo sobre el terreno. Gaia-S
tiene un sistema planetario, lo cual no es ninguna sorpresa. Hay dos gigantes gaseosos a la
vista y uno de ellos es muy grande, si la computadora no se ha equivocado al calcular la
distancia. Podría fácilmente haber otro en el lado opuesto de la estrella y, por lo tanto, no
seria fácilmente detectable, ya que da la casualidad de que estamos cerca del plano
planetario. No puedo vislumbrar nada en las regiones interiores, lo cual tampoco constituye
una sorpresa.
- ¿Es eso malo?
- En realidad, no. Era de esperar. Los planetas habitables serían de roca y metal, mucho más
pequeños que los gigantes gaseosos, y estarían mucho más cerca de la estrella, si es que son
suficientemente cálidos..., y en ambos casos resultarían mucho más difíciles de ver desde
aquí fuera. Eso significa que tendremos que acercamos mucho más para inspeccionar la
zona comprendida dentro del límite de los cuatro microparsecs de Gaia-S.
- Estoy preparado.
- Yo no. Haremos el salto mañana.
- ¿Por qué mañana?
- ¿Por qué no? Démosles un día para salir y alcanzarnos..., y para huir nosotros, tal vez, si
los vemos venir y no nos gusta lo que vemos.
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Fue un proceso lento y delicado. Durante todo aquel día, Trevize dirigió el cálculo de varias
aproximaciones distintas e intentó escoger una de ellas.
Como carecía de datos seguros, sólo podía depender de la intuición, que desgraciadamente
no le dijo nada. Carecía de aquella «seguridad» que a veces experimentaba.
Al fin marcó las indicaciones para un salto que les trasladara a gran distancia del plano
planetario.
- Así tendremos una mejor perspectiva de la región en conjunto – explicó -, ya que veremos
los planetas en todas las partes de su órbita a una distancia aparente máxima del sol. Y
ellos, sean quienes sean, quizá no vigilen demasiado las regiones que están fuera del plano.
Eso espero.
Se encontraban a la misma distancia de Gaia-S que el gigante gaseoso más cercano y
grande y estaban a quinientos millones de kilómetros de él. Trevize lo centró sobre la
pantalla en la ampliación máxima para que Pelorat lo viese. Era un panorama
impresionante, a pesar de que los tres dispersos y estrechos anillos de deyecciones
quedaban fuera del encuadre.
- Tiene la habitual comitiva de satélites.- dijo Trevize -, pero a esta distancia de Gaia-S,
sabemos que ninguno de ellos es habitable. Tampoco están colonizados por seres humanos
que sobrevivan, por ejemplo, bajo una cúpula de cristal o en otras condiciones
estrictamente artificiales.
- ¿Cómo lo sabe?
- No hay ningún ruido radiofónico de características que indiquen un origen inteligente. Por
supuesto - añadió, suavizando enseguida su afirmación -, una avanzada científica podría
estar haciendo lo inimaginable para acallar sus señales radiofónicas y el gigante gaseoso
produce un ruido radiofónico que podría camuflar lo que yo busco. Sin embargo, nuestra
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recepción es excelente y nuestra computadora es muy buena. Yo diría que la posibilidad de
ocupación humana de esos satélites es sumamente pequeña.
- ¿Significa eso que Gaia no existe?
- No. Pero sí significa que si Gaia existe, no se ha molestado en colonizar esos satélites.
Quizá carezca de capacidad para hacerlo, o bien del interés necesario.
- Bueno, ¿existe o no?
- Paciencia, Janov. Paciencia.
Trevize miró el cielo con una paciencia aparentemente infinita. Se detuvo en un punto para
decir:
- Francamente, el hecho de que no hayan salido para abalanzarse sobre nosotros es, en
cierto modo, descorazonador. No cabe duda de que si tuvieran la capacidad que les
atribuyen, ya habrían reaccionado.
- Es concebible, supongo - reconoció Pelorat con displicencia -, que todo el asunto sea una
fantasía.
- Llámelo un mito, Janov - dijo Trevize con una sonrisa irónica -, y entrará en su
especialidad. Sin embargo, hay un planeta en la ecosfera, lo cual significa que puede ser
habitable. Me gustaría observarlo al menos durante un día.
- ¿Para qué?
- En primer lugar, para asegurarme de que es habitable.
- Acaba de decir que está en la ecosfera, Golan.
- Sí, en este momento lo está. Pero su órbita podría ser muy excéntrica, y tal vez lo acerca a
un microparsec de la estrella, o lo aleja hasta quince microparsecs, o ambas cosas.
Tendremos que determinar y comparar la distancia que hay desde el planeta hasta Gaia-S
con su velocidad orbital; quizás eso nos ayude a averiguar la dirección de su movimiento.
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Otro día.
- La órbita. es casi circular - anunció finalmente Trevize -, lo que significa que la
habitabilidad constituye una apuesta mucho más segura. Sin embargo, todavía no ha salido
nadie a recibirnos. Tendremos que echar una ojeada desde más cerca.
- ¿Por qué tarda tanto en dar un salto? Hasta ahora han sido muy pequeños - dijo Pelorat.
- ¡Qué sabrá usted! Los saltos pequeños son más difíciles de controlar que los grandes. ¿Es
más fácil coger una piedra o un fino grano de arena? Además, Gaia-S está cerca y el
espacio es muy curvo. Eso complica los cálculos incluso para la computadora. Incluso un
mitologista debería comprenderlo.
Pelorat gruñó.
- Ahora puede distinguir el planeta a simple vista. Allí. ¿Lo ve? El período de rotación es
de unas veintidós horas galácticas y la inclinación axial es de doce grados. Constituye
prácticamente un ejemplo de libro de texto sobre un planeta habitable, y tiene vida - afirmó
Trevize.
- ¿Cómo lo sabe?
- Hay una cantidad sustancial dé oxígeno libre en la atmósfera. Eso no es posible sin una
vegetación bien arraigada.
- ¿Será la vida inteligente?
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- Eso depende del análisis de la radiación de ondas hertzianas. Naturalmente, supongo que
podría haber una vida inteligente que haya abandonado la tecnología, pero eso parece muy
improbable.
- Ha habido casos así - dijo Pelorat.
- Me fiaré de su palabra. Esta es su especialidad. Sin embargo, no es probable que sólo haya
bucólicos supervivientes en un planeta que amedrentó al Mulo.
- ¿Tiene satélite? - preguntó Pelorat.
- Sí, lo tiene - contestó Trevize con indiferencia.
- ¿De qué tamaño? - inquirió Pelorat con voz súbitamente ahogada.
- No lo sé exactamente. Quizá mida unos cien kilómetros de diámetro.
- ¡Válgame el cielo! - exclamó Pelorat con desconsuelo -. Ojalá tuviera un repertorio de
imprecaciones más amplio, mi querido amigo, pero había una pequeña posibilidad.
- ¿Quiere decir que, si tuviese un satélite gigantesco, podría ser la misma Tierra?
- Sí, pero está claro que no lo es.
- Bueno, si Compor no se equivoca, la Tierra no se encuentra en esta región galáctica, de
todos modos. Se encontraría cerca de Sirio. De verdad, Janov, lo siento.
- Qué le vamos a hacer.
- Escuche, esperaremos, y nos arriesgaremos a dar otro pequeño salto. Si no hallamos
señales de vida inteligente, no habrá peligro en aterrizar... sólo que entonces no tendremos
motivo para aterrizar, ¿verdad?
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Después del salto siguiente, Trevize dijo can voz atónita:
- Ya está, Janov. Es Gaia, sin duda. Por lo menos, posee una civilización tecnológica.
- ¿Lo sabe por las ondas hertzianas?
- Por algo mucho más determinante. Hay una estación espacial girando alrededor del
planeta. ¿La ve?
Había un objeto reflejado sobre la pantalla. Para el inexperto Pelorat, no parecía muy
notable, pero Trevize dijo:
- Artificial, metálico y fuente de ondas radioeléctricas.
- ¿Qué hacemos ahora?
- Nada, de momento. Con este grado de tecnología, no pueden dejar de detectarnos. Si
después de un rato, no hacen nada, les enviaré un mensaje. Si continúan sin hacer nada, me
acercaré cautelosamente.
- ¿Y si hacen algo?
- Dependerá del «algo». Si no me gusta, confiaré en la probabilidad de que no tengan nada
que supere la efectividad de esta nave para dar un salto.
- ¿Quiere decir que nos marcharemos?
- Como un misil hiperespacial.
- Pero nos iremos sabiendo lo mismo que cuando vinimos.
- De ningún modo. Como mínimo, sabremos que Gaia existe, que tiene una tecnología en
funcionamiento, y que ha hecho algo para asustamos.
- Pero, Golan, no nos dejemos asustar demasiado fácilmente.
- Vamos a ver, Janov, sé que no desea nada más en la Galaxia que descubrir la Tierra a toda
costa, pero haga el favor de recordar que yo no comparto su monomanía. Estamos en una
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nave desarmada y esa gente de ahí abajo se encuentra aislada desde hace siglos. Suponga
que nunca hayan oído hablar de la Fundación y no sepan lo suficiente para respetarla. O
suponga que ésta sea la Segunda Fundación y, una vez estemos en sus garras, si se sienten
molestos con nosotros, tal vez nunca volvamos a ser los mismos. ¿Quiere que le dejen la
mente en blanco y encontrarse con que ya no es un mitologista y no sabe nada de ninguna
leyenda?
Pelorat torció el gesto.
- Si lo plantea de este modo... Pero ¿qué haremos cuando nos vayamos?
- Muy sencillo. Volver a Términus con la noticia. O a la distancia de Términus que la vieja
nos permita. Después podríamos regresar otra vez a Gaia, más rápidamente y sin tantas
precauciones, con una nave armada o una flota armada. Entonces las cosas pueden ser muy
diferentes.
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Esperaron. Ya se había convenido en una rutina.
Habían pasado más tiempo esperando en las aproximaciones a Gaia que el invertido en el
vuelo de Términus a Sayshell.
Trevize ajustó la alarma automática de la computadora e incluso se sintió suficientemente
tranquilo para dormitar en su butaca acolchonada.
Esto hizo que se despertara con un sobresalto cuando sonó la alarma. Pelorat entró en la
habitación de Trevize, igualmente agitado. En aquellos momentos estaba afeitándose.
- ¿Hemos recibido algún mensaje? - preguntó Pelorat.
- No - respondió Trevize con energía -. Estamos avanzando.
- ¿Avanzando? ¿Hacia dónde?
- Hacia la estación espacial.
- ¿Por qué motivo?
- No lo sé. Los motores están en marcha y la computadora no me responde, pero estamos
avanzando. Janov, nos han apresado. Nos hemos acercado demasiado a Gaia.
16 CONVERGENCIA
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Cuando Stor Gendibal divisó la nave de Compor en la pantalla, le pareció que era el final
de un viaje increíblemente largo. Pero, por supuesto, no era el final, sino sólo el principio.
El trayecto de Trántor a Sayshell no había sido nada más que el prólogo.
Novi se mostró impresionada.
- ¿Es ésta otra nave del espacio, maestro?
- Nave espacial, Novi. Lo es. Es la que queríamos alcanzar. Es una nave más grande que
ésta, y mejor. Puede viajar tan rápidamente por el espacio que, si huyera de nosotros, esta
nave no podría atraparla.., ni siquiera seguirla.
- ¿Más rápida Que una nave de los maestros?
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- Sura Novi pareció consternada.
Gendibal se encogió de hombros.
- Como tú dices, es posible que yo sea un maestro, pero no lo soy en todo. Los sabios no
tenemos naves como éstas, ni tenemos muchos de los dispositivos materiales que poseen
los dueños de esas naves.
- Pero ¿cómo pueden los sabios carecer de tales cosas, maestro?
- Porque somos maestros en lo que es importante.
Los progresos materiales que tienen estos otros son bagatelas.
Las cejas de Novi se juntaron.
- A mí me parece que ir tan rápidamente que un maestro no pueda seguirte no es una
bagatela. ¿Quiénes son esas personas que son tenedoras de maravillas... que tienen tales
cosas?
Gendibal sonrió con diversión.
- Se llaman a sí mismos la Fundación. ¿Has oído hablar alguna vez de la Fundación?
( Se sorprendió preguntándose qué sabrían o no sabrían los hamenianos de la Galaxia y por
qué a los oradores nunca se les ocurría preguntarse estas cosas. ¿O era sólo él quien nunca
se las había preguntado, y sólo él quien suponía que los hamenianos no se interesaban más
que por trabajar la tierra?)
Novi meneó la cabeza con aire pensativo.
- Nunca he oído hablar de ella, maestro. Cuando el maestro de escuela me enseñó la ciencia
de letras... a leer, quiero decir, me explicó que había muchos otros mundos y me dijo los
nombres de algunos. Me explicó que nuestro mundo hameniano tenía el nombre propio de
Trántor y que en otros tiempos había gobernado todos los mundos. Dijo que Trántor estaba
cubierto de brillante hierro y tenía un emperador que era un maestro de todo.
Alzó los ojos hacia Gendibal con tímido regocijo.
- Sin embargo, descreo casi todo. Hay muchas historias que nos cuentan los hiladores de
palabras en las salas de reunión en la época de noches más largas. Cuando era pequeña, las
creía todas, pero al ir creciendo, fui descubriendo que muchas de ellas no eran verdad.
Ahora creo muy pocas; quizá ninguna. Incluso los maestros de escuela cuentan historias
increíbles.
- No obstante, Novi, esa historia en particular del maestro de escuela es cierta..., pero
ocurrió hace mucho tiempo. Trántor estaba realmente cubierto de metal y tenía realmente
un emperador que gobernaba toda la Galaxia. Ahora, sin embargo, es el pueblo de la
Fundación quien gobernará todos los mundos algún día. Cada vez son más fuertes.
- ¿Todos los mundos, maestro?
- No inmediatamente. Dentro de quinientos años.
- ¿Y dominarán también a los maestros?
- No, no. Gobernarán los mundos. Nosotros les gobernaremos a ellos, por su seguridad y la
seguridad de todos los mundos.
Novi volvió a fruncir el ceño y preguntó:
- Maestro, ¿tiene el pueblo de la Fundación muchas naves tan admirables como ésta?
- Me imagino que si, Novi.
- ¿Y otras cosas muy.., sorprendentes?
- Tienen poderosas armas de todas clases.
- Entonces, maestro, ¿no pueden conquistar todos los mundos ahora?
- No, no pueden. Aún no es tiempo.
- Pero, ¿por qué no pueden? ¿Les detendrían los maestros?
194
- No sería necesario, Novi. Aunque no hiciéramos nada, no podrían conquistar todos los
mundos.
- Pero ¿qué les detendría?
- Verás - empezó Gendibal -, hay un plan que trazó una vez un hombre muy sabio...
Se interrumpió, sonriendo ligeramente, y meneó la cabeza.
- Es difícil de explicar, Novi. En otro momento, quizá. De hecho, cuando veas lo que
sucederá antes de que regresemos a Trántor, es posible que lo comprendas sin que yo te lo
explique.
- ¿Qué sucederá, maestro?
- No estoy seguro, Novi. Pero todo irá bien.
Se volvió y se preparó para establecer contacto con Compor. Y, mientras lo hacía, no pudo
evitar que un recóndito pensamiento le dijera: «Por lo menos, así lo espero.»
Se enojó instantáneamente consigo mismo, pues sabía cuál era la fuente del absurdo y
enervante pensamiento. Era la imagen del enorme poderío de la Fundación bajo la forma de
la nave de Compor y su pesar por la manifiesta admiración de Novi.
¡Qué estupidez! ¿Cómo podía comparar la posesión de la mera fuerza y el poder con la
posesión de la facultad para guiar los acontecimientos? Era lo que muchas generaciones de
oradores habían llamado «la falacia de la mano en la garganta».
¡Pensar que aún no era inmune a sus tentaciones!
65
Munn Li Compor no estaba nada seguro respecto a cómo debería comportarse. Durante la
mayor parte de su vida, había tenido la visión de unos oradores todopoderosos que existían
más allá de su círculo de experiencia; oradores con los que estaba en contacto de vez en
cuando y que tenían a toda la humanidad en su misterioso poder.
De todos ellos, se había vuelto hacia Stor Gendibal, en tiempos recientes, para buscar
ayuda. No era siquiera una voz lo que había encontrado la mayor parte de las veces, sino
una mera presencia en su mente; hiperlenguaje sin hiperrelé.
En este aspecto, la Segunda Fundación había llegado mucho más lejos que la Fundación.
Sin dispositivo material, sólo mediante el educado y desarrollado poder de la mente, podían
comunicarse a través de los pársecs de un modo que nadie era capaz de transgredir. Era un
sistema invisible e indetectable que mantenía el control sobre todos los mundos por medio
de unos pocos individuos.
Compor había experimentado, más de una vez, una especie de exaltación al pensar en su
papel. Qué reducido era el grupo del que formaba parte; qué enorme influencia ejercían. Y
qué secreto era todo. Ni siquiera su esposa sabía nada de su vida oculta.
Y eran los oradores quienes movían los hilos; y este orador en particular, este Gendibal,
podía ser (pensaba Compor) el siguiente primer orador, el más que un emperador del más
que un Imperio.
Ahora Gendibal estaba aquí, en una nave de Trántor, y Compor intentaba borrar su
decepción por el hecho de que el encuentro no tuviese lugar en el mismo Trántor.
¿Podía ser aquello una nave de Trántor? Cualquiera de los primeros comerciantes que
habían llevado los productos de la Fundación a través de una Galaxia hostil habrían tenido
una nave mejor que aquélla. No era extraño que el orador hubiese tardado tanto en cubrir la
distancia de Trántor a Sayshell.
195
Ni siquiera estaba equipada con el mecanismo de acoplamiento que habría unido las dos
naves para el transbordo. Incluso la desdeñable flota sayshelliana lo poseía. En cambio, el
orador tuvo que igualar las velocidades y después lanzar una correa sobre el abismo y
deslizarse por ella, como en tiempos imperiales.
Exactamente igual, pensó Compor con abatimiento, incapaz de refrenar la sensación. La
nave no era más que una anticuada embarcación imperial y, por si esto fuera poco, pequeña.
Dos figuras avanzaban a lo largo de la correa, una de ellas tan torpemente que debía de ser
la primera vez que se aventuraba a salir al espacio.
Al fin llegaron a bordo y se quitaron los trajes espaciales. El orador Stor Gendibal era un
hombre de estatura media y aspecto normal; no era grande ni vigoroso, ni exudaba un aire
de saber. Sus ojos oscuros y hundidos constituían la única indicación de su sabiduría. Pero
entonces el orador miró en torno suyo con una clara indicación de estar impresionado.
El otro era una mujer tan alta como Gendibal, de aspecto vulgar. Abrió la boca con
estupefacción mientras miraba a su alrededor.
66
Deslizarse por la correa no había sido una experiencia totalmente desagradable para
Gendibal. No era astronauta, ningún miembro de la Segunda Fundación lo era, pero
tampoco era un completo gusano de superficie, pues a ningún miembro de la Segunda
Fundación se le permitía serlo. Al fin y al cabo, la posible necesidad de emprender un vuelo
espacial era una amenaza constante para todos ellos, aunque hasta el último miembro de la
Segunda Fundación esperaba que esa necesidad no surgiera con frecuencia.
(Preem Palver, cuya experiencia en viajes espaciales era legendaria, - había dicho una vez,
sin poder ocultar su tristeza, que la medida del éxito de un orador era la escasez de veces
que tuviera que salir al espacio para asegurar el éxito del Plan.)
Gendibal había tenido que utilizar una correa en tres ocasiones. Esta era la cuarta y, aunque
le hubiese causado ansiedad, habría desaparecido ante su inquietud por Sura Novi. No
necesitó la mentálica para ver que su próxima salida al vacío la había trastornado
completamente.
- Yo ser temerosa, maestro - dijo, cuando él le explicó lo que debería hacer -. Ser la
vaciedad y yo no puedo poner el pie en nada. - Si no otra cosa, su repentina adopción del
dialecto hameniano habría revelado el alcance de su preocupación.
Gendibal arguyó con amabilidad:
- No puedo dejarte a bordo de esta nave, Novi, porque yo iré a la otra y debo tenerte
conmigo. No hay peligro, pues tu traje espacial te protegerá de todo mal y no hay lugar
donde puedas caerte. Aunque llegues a soltarte de la correa, permanecerás casi en el mismo
sitio y yo estaré cerca para cogerte. Vamos, Novi, demuéstrame que eres valiente, y
suficiente mente inteligente para convertirte en sabia.
No hizo más objeciones y Gendibal, aunque reacio a alterar la uniformidad de su mente, se
decidió a inyectar un toque tranquilizador en la superficie de la misma.
- Puedes seguir hablándome - dijo, una vez se hubieron puesto los trajes espaciales -. Te
oiré si piensas intensamente. Piensa las palabras con intensidad y claridad, una por una. Me
oyes ahora, ¿verdad?
- Sí, maestro - contestó ella.
Gendibal vio moverse sus labios a través, de la placa transparente y dijo:
196
- Habla sin mover los labios, Novi. No hay radio en los trajes de los sabios. Todo se hace
con la mente.
Los labios de Novi no se movieron y su expresión se hizo más ansiosa: «¿Me oyes,
maestro?»
«Perfectamente bien - pensó Gendibal, sin mover tampoco los labios -. ¿Me oyes tú?»
- «Sí, maestro.» .
- «Entonces, ven conmigo y haz lo que yo haga.»
Salieron de la nave. Gendibal sabía la teoría, aunque sólo dominara la práctica
moderadamente bien.
- El truco era mantener las piernas juntas y extendidas, y balancearlas sólo desde las
caderas. Esto hacía que el centro de gravedad se desplazara en línea recta mientras los
brazos se balanceaban hacia delante en una alternancia continua. Se lo había explicado a
Sura Novi y, sin volverse a mirarla, examinó la actitud de su cuerpo por la configuración de
las zonas motoras de su cerebro.
Para ser una novata, lo hizo muy bien, casi tanto como Gendibal. Reprimió sus propias
tensiones y siguió todas las indicaciones. Gendibal se sintió, una vez más, muy satisfecho
de ella.
Sin embargo, no pudo ocultar su alegría al hallarse de nuevo en una nave, y Gendibal
tampoco. Miró a su alrededor mientras se quitaba el traje espacial y se quedó atónito al ver
el lujo y la calidad del equipo. No reconoció casi nada, y se le cayó el alma a los pies al
pensar que tal vez dispusiera de muy poco tiempo para aprender a manejarlo todo. Tal vez
tendría que absorber los conocimientos del hombre que ya estaba a bordo, lo cual nunca era
tan satisfactorio como el verdadero saber.
Luego se concentró en Compor. Compor era alto y delgado, unos cinco años mayor que él,
bastante apuesto en un estilo ligeramente frágil, y con un ensortijado cabello de un
sorprendente amarillo mantecoso.
Gendibal vio claramente que se sentía decepcionado, hasta el desdén, por el orador con
quien ahora se encontraba por primera vez. Lo que es más, ni siquiera lograba ocultarlo.
En general, a Gendibal no le importaban esas cosas. Compor no era trantoriano, ni tan sólo
un miembro verdadero de la Segunda Fundación, y evidentemente tenía sus ilusiones.
Incluso el más superficial examen de su mente lo revelaba. Entre ellas estaba la ilusión de
que el poder real se relacionaba necesariamente con la apariencia de poder. Sin duda, podía
conservar sus ilusiones siempre que no fuesen obstáculo para lo que Gendibal necesitaba,
pero en aquel momento, esa ilusión determinada constituía un obstáculo.
Lo que Gendibal hizo fue el equivalente mentálico de un chasquido de los dedos. Compor
se sobresaltó ligeramente bajo la impresión de un dolor agudo pero fugaz. Fue una
impresión de concentración impuesta que arrugó la corteza de su pensamiento y le hizo
consciente de un poder enorme que podría ser utilizado si el orador lo deseaba.
Compor sintió instantáneamente un gran respeto por Gendibal.
Gendibal dijo con amabilidad:
- Sólo quiero atraer su atención, Compor, amigo mío. Haga el favor de comunicarme el
paradero de su amigo Golan Trevize, y el amigo de éste, Janov Pelorat.
Compor respondió con indecisión:
- ¿Puedo hablar en presencia de la mujer, orador?
- La mujer, Compor, es una prolongación de mí mismo. Así pues, no hay ningún motivo
por el que no pueda hablar sin reservas.
197
- Como usted diga, orador. Trevize y Pelorat están aproximándose a un planeta conocido
como Gaia.
- Eso me decía en su último comunicado. Seguramente ya han aterrizado en Gaia y tal vez
hayan vuelto a marcharse. No se quedaron demasiado tiempo en el planeta Sayshell.
- Aún no habían aterrizado mientras yo los seguía, orador. Se acercaban al planeta con
grandes precauciones, deteniéndose durante períodos sustanciales entre uno y otro
microsalto. Está claro que no tienen información sobre el planeta y, por lo tanto, vacilan.
- ¿Tiene usted información, Compor?
- Ninguna, orador - dijo Compor -, o por lo menos, la computadora de mi nave no la tiene.
- ¿Esta computadora? - Los ojos de Gendibal se posaron sobre el panel de mandos y
preguntó con súbita esperanza -: ¿Es capaz de ayudar a pilotar la nave?
- Es capaz de pilotar la nave por si sola, orador.
Sólo es necesario pensar en lo que se quiere que haga.
Gendibal se sintió repentinamente inquieto.
- ¿Es que la Fundación ha llegado tan lejos?
- Sí, pero de un modo muy torpe. La computadora no funciona bien. Tengo que repetir mis
pensamientos varias veces e incluso así sólo obtengo una información mínima.
- Quizá yo pueda conseguir algo más - dijo Gendibal.
- Estoy seguro de ello, orador - contestó Compor respetuosamente.
- Pero dejemos eso por el momento. ¿Por qué no tiene información sobre Gaia?
- No lo sé, orador. Alega tener información, si es que se puede decir que una computadora
es capaz de alegar, sobre todos los planetas de la Galaxia habitados por seres humanos.
- No puede tener más información de la que le han proporcionado, y si los que la
procesaron creían tener datos sobre todos esos planetas cuando, en realidad, no los tenían,
la computadora funcionaría bajo ese mismo malentendido. ¿Correcto?
- Desde luego, orador.
- ¿Hizo usted averiguaciones en Sayshell?
- Orador - repuso Compor con desasosiego -, en Sayshell hay personas que hablan sobre
Gaia, pero lo que dicen es absurdo. Una mera superstición. Sostienen que Gaia es un
mundo poderoso que incluso mantuvo alejado al Mulo.
- ¿Eso dicen? - preguntó Gendibal, reprimiendo la excitación -. ¿Estaba tan seguro de que
era una superstición que no pidió detalles?
- No, orador. Seguí preguntando, pero lo que acabo de contarle es lo único que saben.
Pueden hablar del tema durante largo rato, pero cuando han terminado, todo se reduce a lo
que acabo de contarle.
- Al parecer - dijo Gendibal -, eso es también lo que Trevize ha averiguado, y va a Gaia por
alguna razón relacionada con ello..., para comprobar si es cierto, quizá. Y lo hace con
cautela, porque quizá también teme ese gran poder.
- Es muy posible, orador.
- Y, sin embargo, ¿no lo siguió?
- Claro que lo seguí, orador, lo suficiente para asegurarme de que se dirigía hacia Gaia.
Después regresé a las afueras del sistema gaiano.
- ¿Por qué?
- Por tres razones, orador. Primera, usted estaba a punto de llegar y yo quería ir a su
encuentro y traerle a bordo cuanto antes, tal como usted me indicó. Ya que mi nave tiene un
hiperrelé a bordo, no podía alejarme demasiado de Trevize y Pelorat sin despertar
sospechas en Términus, pero consideré que podía arriesgarme a venir hasta aquí. Segunda,
198
cuando vi que Trevize se acercaba muy lentamente al planeta Gaia, consideré que yo
tendría tiempo suficiente para venir a recibirle y apresurar nuestro encuentro sin ser
sorprendido por los acontecimientos, en especial porque usted sería más competente que yo
para seguirlo hasta el mismo planeta y para resolver cualquier problema que pudiera surgir.
- Muy cierto. ¿Y la tercera razón?
- Desde nuestra última comunicación, orador, ha sucedido algo que yo no esperaba y que
no comprendo. Pensé que, también por esta razón, debía apresurar nuestro encuentro todo
lo posible.
- ¿Y este acontecimiento que no esperaba y no comprende?
- Unas naves de la flota de la Fundación están aproximándose a la frontera sayshelliana. Mi
computadora ha obtenido la información por los noticiarios radiofónicos sayshellianos. Un
mínimo de cinco sofisticadas naves componen la flotilla y tienen poder suficiente para
arrollar Sayshell.
Gendibal no contestó en seguida, pues no era conveniente demostrar que él tampoco
esperaba ese hecho... o que no lo comprendía, Así pues, al cabo de un momento, dijo con
indiferencia:
- ¿Supone que esto tiene algo que ver con el avance de Trevize hacia Gaia?
- Sin duda se produjo inmediatamente después, y si B sigue a A, hay una posibilidad de que
A causara B - respondió Compor.
- Bueno, parece ser que todos convergemos sobre Gaia; Trevize y yo, y la Primera
Fundación. Ha actuado bien, Compor - dijo Gendibal -, y esto es lo que haremos ahora, En
primer lugar, me enseñará cómo funciona esta computadora y, al mismo tiempo, cómo se
maneja la nave. Estoy seguro de que no tardaremos demasiado tiempo.
»Después de eso, usted irá a mi nave, ya que entonces habré impresionado sobre su mente
cómo se maneja. No tendrá ningún problema, aunque debo decirle, como sin duda habrá
adivinado por su aspecto, que la encontrará muy primitiva. Una vez esté al mando de la
nave, la mantendrá aquí y me esperará.
- ¿Cuánto tiempo, orador?
- Hasta que regrese. No creo que tarde tanto como para que usted se quede sin provisiones,
pero si algo me retrasa, puede ir a algún planeta habitado de la Unión de Sayshell y esperar
allí. Dondequiera que esté, le encontraré.
- Como usted diga, orador.
- Y no se alarme. Puedo controlar este misterioso Gaia y, si es necesario, las cinco naves de
la Fundación.
67
Littoral Thoobing había sido embajador de la Fundación en Sayshell durante siete años. Le
gustaba el cargo.
Alto y bastante robusto, llevaba un tupido bigote castaño en una época en que la moda
preponderante, tanto en la Fundación como en Sayshell, era ir afeitado. Aunque sólo
contaba cincuenta y cuatro años, tenía el rostro surcado de arrugas, y era muy dado a una
disciplinada indiferencia. Su actitud hacia el trabajo que llevaba a cabo no era manifiesta.
Sin embargo, le gustaba el cargo. Le mantenía alejado de la tumultuosa política de
Términus, lo cual consideraba valioso, y le daba la oportunidad de vivir como un sibarita
199
sayshelliano y mantener a su esposa e hija en el nivel al que se habían acostumbrado. No
quería que su vida cambiara.
Por otra parte, tenía una cierta aversión a Liono Kodell, quizá porque Kodell también lucía
bigote, aunque más pequeño, más corto y blanquecino. En los viejos tiempos, habían sido
las dos únicas personalidades de la vida pública que siguieron esa moda, y había habido una
especie de rivalidad entre ellos por esta causa. Ahora (pensaba Thoobing) ya no había
ninguna; el de Kodell era despreciable.
Kodell había sido director de Seguridad mientras Thoobing aún estaba en Términus,
soñando con enfrentarse a Harla Branno en la carrera por la alcaldía, hasta que lo
compraron con la embajada. Naturalmente, Branno lo había hecho por su propio bien, pero
él había terminado agradeciéndoselo.
Sin embargo, no sentía lo mismo hacia Kodell.
Quizá fuese por la resuelta alegría de Kodell, el modo en que siempre era una persona
amigable, incluso después de decidir la manera exacta en que te cortaría la garganta.
Ahora lo tenía frente a sí, en imagen hiperespacial, tan alegre como siempre y rebosando
cordialidad. Naturalmente, su cuerpo real estaba en Términus, lo cual le ahorró a Thoobing
la necesidad de ofrecerle alguna muestra física de hospitalidad.
- Kodell – dijo -, quiero que esas naves sean retiradas.
Kodell sonrió con afabilidad.
- Caramba, yo también, pero la vieja se ha empeñado.
- Usted sabe persuadirla de lo que sea.
- En alguna ocasión... quizá lo haya hecho. Cuando ella quería dejarse persuadir. Esta vez
no quiere.
- Thoobing, haga su trabajo. Mantenga Sayshell en calma.
- No estoy pensando en Sayshell, Kodell. Estoy pensando en la Fundación .
- Como todos.
- Kodell, no se escabulla. Quiero que me escuche.
- Encantado, pero éstos son días de mucha agitación en Términus y no le escucharé
eternamente.
- Seré tan breve como pueda... al comentar la posibilidad de que la Fundación sea destruida.
Si esta línea hiperespacial no está intervenida, hablaré sin reservas.
- No está intervenida.
- Entonces, ahí va. Hace unos días recibí un mensaje de un tal Golan Trevize. Recuerdo a
un Trevize de mis propios tiempos de político, un comisionado de transportes.
- El tío de ese joven - aclaró Kodell.
- Ah, así pues, conoce al Trevize que me envió el mensaje. Según los datos que he reunido
desde entonces, se trataba de un consejero que, tras la satisfactoria resolución de la última
crisis Seldon, fue arrestado y enviado al exilio.
- Exactamente.
- No lo creo.
- ¿Qué es lo que no cree?
- Que fuese enviado al exilio.
- ¿Por qué no?
- ¿Cuándo se ha enviado al exilio a un ciudadano de la Fundación? - inquirió Thoobing -.
Se le arresta o no se le arresta. Si se le arresta, se le juzga o no se le juzga. Si se le juzga, se
le condena o no se le condena. Si se le condena, se le multa, degrada, desacredita, encarcela
o ejecuta. Nunca se le envía al exilio.
200
- Siempre hay una primera vez.
- Tonterías. ¿En una sofisticada embarcación naval? ¿Qué tonto puede dejar de ver que la
vieja le ha asignado una misión especial? ¿A quién quiere engañar?
- ¿Cuál seria la misión?
- Se supone que encontrar el planeta Gaia.
La cordialidad se borró del rostro de Kodell. Sus ojos reflejaron una desacostumbrada
dureza y dijo:
- Sé que no se siente demasiado inclinado a creerme, señor embajador, pero le ruego que
haga una excepción en este caso. Ni la alcaldesa ni yo habíamos oído hablar de Gaia
cuándo Trevize fue enviado al exilio. Hasta el otro día no sabíamos siquiera que existiese.
Si lo cree, podemos seguir hablando.
- Reprimiré mi tendencia al escepticismo el tiempo suficiente para crearlo, director, aunque
me resulte difícil hacerlo.
- Es la pura verdad, señor embajador, y si de repente me he puesto serio es porque cuando
esto termine, se encontrará con que tiene que contestar muchas preguntas y no le parecerá
nada divertido. Habla como si Gaia fuese un mundo conocido para usted. ¿Cómo es que
sabe algo que nosotros ignoramos? ¿No tiene el deber de comunicarnos todo lo que sepa
sobre la unidad política donde está destinado?
Thoobing respondió con suavidad:
- Gaia no forma parte de la Unión de Sayshell. De hecho, probablemente no existe. ¿Debo
transmitir a Términus todas las patrañas que las supersticiosas clases inferiores de Sayshell
cuentan sobre Gaia? Algunos afirman que Gaia se halla en el hiperespacio.
Según otros, es un mundo que protege a Sayshell de un modo sobrenatural. Y según otros,
envió al Mulo a conquistar la Galaxia. Si piensa decir al gobierno sayshelliano que Trevize
ha sido enviado en busca de Gaia y que cinco sofisticadas naves de la Armada de la
Fundación han sido enviadas para ayudarle en su búsqueda, nunca le creerán. Quizá el
pueblo crea las patrañas sobre Gaia, pero el gobierno no, y no se dejarán convencer de que
la Fundación lo hace. Supondrán que intentan anexionar Sayshell a la Confederación de la
Fundación.
- ¿Y si es eso lo que planeamos?
- Sería fatal. Vamos, Kodell, en los cinco siglos de historia de la Fundación, ¿cuándo
hemos librado una guerra de conquista? Hemos librado guerras para impedir nuestra propia
conquista, y fracasamos una vez, pero ninguna guerra ha terminado con una ampliación de
nuestro territorio. Los ingresos en la Confederación se han realizado por medio de pacíficos
tratados. Sólo se nos han unido los que consideraban beneficiosa la adhesión.
- ¿No es posible que Sayshell considere beneficiosa la adhesión?
- Nunca harán tal cosa mientras nuestras naves permanezcan en sus fronteras. Retírelas.
- No puedo.
- Kodell, Sayshell es una propaganda maravillosa de la benevolencia de la Confederación.
Está casi cercado por nuestro territorio, ocupa una posición sumamente vulnerable, y no
obstante se ha mantenido incólume, ha seguido su propio camino, e incluso ha podido
adoptar una política exterior contraria a la Fundación. ¿Hay un modo mejor de demostrar a
la Galaxia que no forzamos a nadie, que nuestras intenciones son buenas? Si conquistamos
Sayshell, conquistamos lo que, en esencia, ya tenemos. Al fin y al cabo, lo dominamos
económicamente, aunque sea con discreción. Pero si lo conquistamos por la fuerza de las
armas, advertimos a toda la Galaxia de que nos hemos vuelto expansionistas.
- ¿Y si le dijera que, en realidad, sólo estamos interesados en Gaia?
201
- No lo creería y la Unión de Sayshell, tampoco.
Ese hombre, Trevize, me envía el mensaje de que se
dirige hacia Gaia y me pide que lo transmita a Términus. En contra de mi voluntad, lo hago
porque es mi obligación y, casi antes de que la línea hiperespacial se haya enfriado, la
Armada de la Fundación se pone en movimiento. ¿Cómo piensan llegar a Gaia, sin violar el
espacio sayshelliano?
- Mi querido Thoobing, sin duda no se escucha a sí mismo. ¿No acaba de decirme que Gaia,
en el caso de que exista, no forma parte de la Unión de Sayshell? Y ¿supongo que sabe que
el hiperespacio es libre para todos y no forma parte del territorio de ningún mundo?
Entonces, ¿cómo puede Sayshell quejarse si pasamos de territorio de la Fundación (donde
están nuestras naves ahora mismo) a territorio gaiano, a través del hiperespacio, sin ocupar
un solo centímetro cúbico de territorio sayshelliano en el proceso?
- Sayshell no interpretará los acontecimientos de ese modo, Kodell. Gaia, si es que existe,
está totalmente rodeado por la Unión de Sayshell, aun cuando políticamente no forma parte
de ella, y hay precedentes que hacen de esos enclaves una parte virtual del territorio
circundante, en lo que a naves de guerra enemigas se refiere.
- Las nuestras no son naves de guerra enemigas.
Estamos en paz con Sayshell.
- Le digo que Sayshell puede declarar la guerra. No esperarán ganarla por medio de la
superioridad militar, pero el hecho es que la guerra provocará una oleada de actividad
antifundación en toda la Galaxia.
La nueva política expansionista de la Fundación alentará la firma de alianzas contra
nosotros. Algunos miembros de la Confederación empezarán a replantearse sus vínculos
con nosotros. Es muy posible que perdamos la guerra a causa de los desórdenes internos y
no cabe duda de que entonces invertiríamos el proceso de crecimiento que tan provechoso
ha sido para la Fundación durante quinientos años.
- Vamos, vamos, Thoobing - dijo Kodell con indiferencia -. Habla como si quinientos años
no fuesen nada, como si aún estuviéramos en tiempos de Salvor Hardin, luchando contra el
pequeño reino de Anacreonte. Ahora somos mucho más fuertes que el mismo Imperio
Galáctico en su apogeo. Un escuadrón de nuestras naves podría derrotar a toda la Armada
Galáctica, ocupar cualquier sector galáctico, y no saber siquiera que había librado una
batalla.
- No estamos combatiendo al Imperio Galáctico.
Combatimos a planetas y sectores de nuestro propio tiempo.
- Que no han avanzado como nosotros. Podríamos conquistar toda la Galaxia ahora mismo.
- Según el Plan Seldon, no podemos hacerlo hasta dentro de otros quinientos años.
- El Plan Seldon subestima la velocidad del avance tecnológico. ¡Podemos hacerlo ahora!
Entiéndame no digo que vayamos a hacerlo ahora ni siquiera que deberíamos hacerlo ahora.
Sólo digo que podríamos hacerlo ahora.
- Kodell, usted ha vivido siempre en Términus. No conoce la Galaxia. Nuestra armada y
nuestra tecnología pueden derrotar a las fuerzas armadas de otros mundos, pero aún no
podemos controlar a toda una Galaxia rebelde y dominada por el odio, y así será si la
tomamos por la fuerza. ¡Retire las naves!
- No puedo, Thoobing. Considere... ¿Y si Gaia no es un mito?
Thoobing hizo una pausa, escudriñando la cara del otro como si ansiara leer sus
pensamientos.
- ¿Un mundo en el hiperespacio no es un mito?
202
- Un mundo en el hiperespacio es una superstición, pero incluso las supersticiones pueden
tener algo de verdad. Ese hombre que fue exiliado, Trevize, habla de él como si fuese un
mundo real en el espacio real. ¿Y si tiene razón?
- Tonterías. Yo no lo creo.
- ¿No? Créalo por un momento. ¡Un mundo real que haya protegido a Sayshell del Mulo y
de la Fundación!
- Usted mismo se contradice. ¿Cómo está protegiendo Gaia a los sayshellianos de la
Fundación? ¿No estamos enviando naves contra ellos?
- Contra ellos, no; contra Gaia, que es tan misteriosamente desconocido y se empeña hasta
tal punto en pasar inadvertido que, aun estando en el espacio real, convence de algún modo
a sus mundos vecinos de que está en el hiperespacio, y que incluso se las arregla para no
figurar entre los datos computadorizados de los mejores y más completos mapas galácticos.
- Entonces, debe de ser un mundo de lo más insólito, pues debe de ser capaz de manipular
las mentes.
- Y, ¿no acaba usted de decirme que, según una leyenda sayshelliana, Gaia envió al Mulo a
conquistar la Galaxia? Y, ¿no podía el Mulo manipular las mentes?
- ¿Y, por lo tanto, Gaia es un mundo de Mulos?
- ¿Está seguro de que no podría serlo?
- ¿Por qué no un mundo de una renacida Segunda Fundación, en ese caso?
- En efecto, ¿por qué no? ¿No habría que investigarlo?
Thoobing recobró la seriedad. No había dejado de sonreír despectivamente durante la
última parte de la conversación, pero ahora bajó la cabeza y alzó la mirada por debajo de
sus cejas.
- Si habla en serio, ¿no es peligroso hacer tal investigación?
- ¿Lo es?
- Responde a mis preguntas con otras preguntas porque no tiene respuestas razonables. ¿De
qué servirán las naves contra Mulos o miembros de la Segunda Fundación? De hecho, ¿no
es probable que, si existen, nos estén tendiendo una trampa para destruirnos? Escuche,
usted me dice que la Fundación puede establecer su imperio ahora, a pesar de que el Plan
Seldon sólo haya alcanzado su punto intermedio, y yo le he advertido que se estaba
precipitando demasiado y que los intrincados detalles del Plan le detendrían forzosamente
de algún modo. Quizá, si Gaia existe y es lo que usted afirma, todo esto sea un ardid para
provocar esa detención. Haga voluntariamente lo que quizá pronto le obliguen a hacer.
Haga ahora pacíficamente y sin derramamiento de sangre lo que quizá un deplorable
desastre le obligue hacer. Retire las naves.
- No puedo. De hecho, Thoobing, la misma alcaldesa Branno se propone incorporarse a las
naves, y ya hay naves de reconocimiento volando por el hiperespacio hacia lo que
presuntamente es territorio gaiano.
Thoobing abrió mucho los ojos.
- Habrá guerra, ya lo verá.
- Usted es nuestro embajador. Evítelo. Dé a los sayshellianos todas las garantías que
necesiten. Niegue toda mala voluntad por nuestra parte. Si hay que hacerlo, dígales que les
conviene estar quietos en espera de que Gaia nos destruya. Diga lo que quiera, pero
manténgalos quietos.
Hizo una pausa, escudriñando la atónita expresión de Thoobing, y añadió:
- En realidad, eso es todo. Que yo sepa, ninguna nave de la Fundación aterrizará en ningún
mundo de la Unión de Sayshell o entrará en ningún punto del espacio real que pertenezca a
203
esa Unión. Sin embargo, cualquier nave sayshelliana que intente desafiarnos fuera del
territorio de la Unión y, por lo tanto, dentro de territorio de la Fundación, será
inmediatamente reducida a cenizas. Procure que esto también quede claro y mantenga
quietos a los sayshellianos. Si fracasa, lo lamentará. Su trabajo ha sido muy fácil hasta
ahora, Thoobing, pero ha llegado el momento de la verdad y las próximas semanas lo
decidirán todo. Fállenos y no estará a salvo en ningún lugar de la Galaxia.
No había alegría ni cordialidad en el rostro de Kodell cuando se cortó la comunicación y su
imagen desapareció.
Thoobing permaneció boquiabierto en el mismo lugar donde estaba.
68
Golan Trevize se agarró el cabello como si intentara juzgar el estado de su mente por medio
del tacto y preguntó bruscamente a Pelorat:
- ¿Cuál es su estado de ánimo?
- ¿Mi estado de ánimo? - repitió Pelorat con desconcierto.
- Sí. Aquí estamos, atrapados, con nuestra nave bajo un control ajeno y siendo arrastrados
inexorablemente hacia un mundo del que no sabemos nada. ¿Siente pánico?
La alargada cara de Pelorat reflejaba una cierta melancolía.
- No – contestó -. No estoy contento. Tengo un poco de aprensión, pero no siento pánico.
- Yo tampoco. ¿No es extraño? ¿Por qué no estamos más preocupados?
- Ya lo esperábamos, Golan. Algo así.
Trevize se volvió hacia la pantalla. Continuaba firmemente enfocada en la estación
espacial. Ahora era más grande, lo que significaba que estaba más cerca. No tenía aspecto
de ser una estación espacial impresionante. No había indicios de superciencia. De hecho,
parecía un poco primitiva. Sin embargo, tenía la nave en su poder.
- Estoy siendo muy analítico, Janov. ¡Muy audaz! Me gusta pensar que no soy cobarde y
que respondo bien en situaciones extremas, pero tiendo a halagarme a mí mismo. Todo el
mundo lo hace. En este momento debería estar muy nervioso y un poco sudoroso. Quizá
esperásemos algo, pero eso no cambia el hecho de que estamos indefensos y tal vez nos
maten.
Pelorat contestó:
- No lo creo, Golan. Si los gaianos pueden controlar la nave a distancia, ¿no podrían
matarnos a distancia? Si aún estamos vivos...
- Pero no del todo intactos. Se lo digo, Janov, tanta serenidad no es normal. Creo que nos
han tranquilizado.
- ¿ Por qué?
- Para mantenernos en buena forma mental, supongo. Es posible que deseen interrogarnos.
Después, quizá nos maten.
- Si son suficientemente racionales para querer interrogarnos, tal vez sean suficientemente
racionales para no matarnos sin una buena razón.
Trevize se recostó en la butaca (ésta se inclinó hacia atrás; al menos no la habían privado de
su funcionamiento) y colocó los pies encima de la mesa, donde normalmente apoyaba las
manos para establecer contacto con la computadora.
204
- Quizá sean suficientemente ingeniosos para encontrar lo que ellos consideren una buena
razón. No obstante, si han alterado nuestras mentes, no ha sido demasiado. Si se hubiera
tratado del Mulo, por ejemplo, nos sentiríamos ansiosos de ir, exaltados, exultantes, y hasta
la última fibra de nuestro ser clamaría por llegar allí. - Señaló la estación espacial -. ¿Se
siente así, Janov?
- Por supuesto que no.
- Como verá, aún soy capaz de razonar con lógica y objetividad. ¡Muy extraño! O, ¿quién
sabe? ¿Estoy asustado, atontado, loco y meramente bajo la ilusión de que soy capaz de
razonar con lógica y objetividad?
Pelorat se encogió de hombros.
- A mí me parece cuerdo. Quizá yo esté tan loco como usted y bajo la misma ilusión, pero
esta clase de argumentos no nos lleva a ninguna parte. Toda la humanidad podría compartir
una locura común y hallarse inmersa en una ilusión común mientras vive en un caos
común. Eso no puede refutarse, pero no tenemos más remedio que fiamos de nuestros
sentidos.
- Y luego, de repente, añadió -: De hecho, yo mismo he estado razonando un poco.
- ¿Sí?
- Bueno, hablamos de Gaia como un posible mundo de Mulos, o como la Segunda
Fundación renacida. ¿Y si le dijera que hay una tercera alternativa y que es más razonable
que las dos primeras?
- ¿Qué tercera alternativa?
Los ojos de Pelorat parecieron concentrarse en sí mismo. No miró a Trevize y su voz fue
baja y pensativa.
- Tenemos un mundo, Gaia, que ha hecho todo lo posible, durante un período de tiempo
indefinido, para conservar un aislamiento completo. Nunca ha intentado establecer contacto
con ningún otro mundo, ni siquiera con los cercanos mundos de la Unión de Sayshell.
Tienen una ciencia avanzada, en algunos aspectos, si la historia de su destrucción de flotas
es cierta, y sin duda su capacidad para controlarnos ahora mismo lo demuestra, y a pesar de
ello no han intentado extender su poder. Sólo desean estar tranquilos.
Trevize entornó los ojos.
- ¿Y qué?
- Todo es muy inhumano. Los más de veinte mil años de historia humana en el espacio han
sido una sucesión de conquistas y tentativas de conquista. Prácticamente todos los mundos
que pueden ser habitados están habitados. Casi todos los mundos se han peleado durante
este tiempo y casi todos los mundos han empujado a sus vecinos en un momento u otro.
Si Gaia es tan inhumano para ser distinto en este aspecto, puede ser porque realmente sea...
inhumano.
Trevize meneó la cabeza.
- Imposible.
- ¿Por qué imposible? - inquirió Pelorat con vehemencia -. Ya le he comentado lo
sorprendente que resulta que la raza humana sea la única inteligencia evolucionada de la
Galaxia. ¿Y si no lo es? ¿No podría haber otra, en otro planeta, que careciese del impulso
expansionista humano? De hecho - Pelorat se excitó -, ¿no es posible que haya un millón de
inteligencias en la Galaxia, pero sólo una, nosotros, sea expansionista? Todas las demás se
quedarían en casa discretas, ocultas...
- ¡Ridículo! - exclamó Trevize -. Nos tropezaríamos con ellos. Aterrizaríamos en sus
mundos. Tendrían distintos tipos y grados de tecnología y la mayoría no podría detenernos.
205
Pero nunca nos hemos tropezado con ninguno. ¡Espacio! Ni siquiera hemos encontrado las
ruinas o reliquias de una civilización no humana, ¿verdad? Usted es el historiador, de modo
que dígamelo, ¿Las hemos encontrado?
Pelorat meneó la cabeza.
- No, nunca. Pero, Golan, podría haber una ¡Esta!
- No lo creo. Usted dice que su nombre es Gaia, que es una antigua versión dialéctica del
nombre «Tierra». ¿Cómo podría no ser humana?
- Fueron seres humanos los que bautizaron el planeta con el nombre de «Gaia» y, ¿quién
sabe por qué? Su semejanza con una palabra antigua podría ser fortuita. Pensándolo bien, el
mismo hecho de que nos hayan atraído hacia Gaia, como usted ha explicado antes, y ahora
nos conduzcan hacia allí, en contra de nuestra voluntad, es un argumento a favor del
carácter no humano de los gaianos.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene eso que ver?
- Sienten curiosidad por nosotros, por los humanos.
- Usted está loco, Janov. Han vivido en una Galaxia poblada por humanos durante miles de
años. ¿ Por qué iban a sentir curiosidad ahora? ¿Por qué no mucho antes? Y en todo caso,
¿por qué nosotros? Si quieren estudiar a los seres humanos y la cultura humana, ¿por qué
no los mundos de Sayshell? ¿Por qué se iban a molestar en atraemos desde un mundo tan
lejano como Términus?
- Quizás estén interesados en la Fundación.
- Tonterías - dijo Trevize con violencia -. Janov, usted quiere una inteligencia no humana y
la tendrá. Ahora mismo, creo que si usted pensara que iba a encontrarse con seres no
humanos, no le preocuparía haber sido capturado, estar indefenso, ni siquiera que pudiesen
matarle..., si ellos le dieran un poco de tiempo para satisfacer su curiosidad.
Pelorat pareció a punto de replicar con indignación, pero se contuvo, aspiró profundamente,
y dijo:
- Bueno, quizá tenga razón, Golan, pero aun así me aferraré a mi teoría durante un rato más.
No creo que tengamos que esperar mucho para ver quién tiene razón. ¡Mire!
Señaló hacia la pantalla. Trevize, que, en su excitación, había dejado de observar, volvió
los ojos hacía ella.
- ¿Qué pasa? - preguntó.
- ¿No es una nave despegando de la estación?
- Es algo - admitió Trevize de mala gana -. Aún no aprecio los detalles y no puedo
aumentar más la imagen. Está ampliada al máximo. - Al cabo de unos momentos dijo -:
Parece acercarse y supongo que es una nave. ¿Hacemos una apuesta?
- ¿Qué clase de apuesta?
Trevize repuso con sarcasmo:
- Si algún día volvemos a Términus, organizaremos una gran cena para nosotros y todos los
amigos a los que queremos invitar, hasta, digamos, cuatro, y seré yo quien pague si esa
nave transporta a seres no humanos y usted, si son humanos.
- De acuerdo - aceptó Pelorat.
- Así pues, hecho. - Y Trevize escudriñó la pantalla, intentando ver algún detalle y
preguntándose si algún detalle sería suficiente para denunciar, sin ningún género de duda,
el carácter no humano (o humano) de los seres que iban a bordo.
206
69
El cabello gris oscuro de Branno estaba impecablemente peinado y bien habría podido
hallarse en el ayuntamiento, considerando su ecuanimidad. No daba muestras de
encontrarse en el espacio sólo por segunda vez en su vida. (Y la primera vez, cuando
acompañó a sus padres en un viaje turístico a Kalgan, apenas podía contarse. En aquella
ocasión sólo tenía tres años.)
Se volvió hacia Kodell y le dijo con cansancio:
- Al fin y al cabo, es deber de Thoobing exponer su opinión y advertirme. Muy bien, me ha
advertido. No le culpo.
Kodell, que había abordado la nave de la alcaldesa para hablar con ella sin la dificultad
psicológica de la imagen, repuso:
- Hace demasiado tiempo que ocupa el mismo cargo. Empieza a pensar como un
sayshelliano.
- Es el peligro que una embajada lleva consigo, Liono. Esperemos hasta que esto haya
terminado, le concederemos unas largas vacaciones y después le destinaremos a cualquier
otra parte. Es un hombre capaz. Al fin y al cabo, tuvo el acierto de transmitirnos el mensaje
de Trevize sin perder un momento.
Kodell esbozó una sonrisa.
- Sí, me dijo que lo había hecho en contra de su voluntad. «Lo hago porque es mi
obligación», dijo. Verá, señora alcaldesa, tenía que hacerlo, aun en contra de su voluntad,
porque en cuanto Trevize entró en el espacio de la Unión de Sayshell, ordené al embajador
Thoobing que nos comunicara, inmediatamente, cualquier información relacionada con él.
- ¿Ah, sí? - La alcaldesa Branno se volvió en su butaca para ver mejor el rostro de Kodell -.
¿Qué le impulsó a hacerlo?
- Consideraciones elementales, en realidad. Trevize utilizaba una nave último modelo de la
Fundación y sin duda los sayshellianos se darían cuenta. Es un joven muy poco diplomático
y sin duda también se darían cuenta. Por lo tanto, podía meterse en líos y, si hay algo que
un miembro de la Fundación sabe, es que si se mete en líos en cualquier lugar de la
Galaxia, puede recurrir al representante más cercano de la Fundación. Personalmente no me
habría importado ver a Trevize en un lío, ya que eso podría ayudarle a crecer y hacerle un
gran bien, pero usted le había enviado al espacio como su pararrayos y yo quería que usted
pudiese juzgar la naturaleza de los rayos que atrajera, de modo que me aseguré de que el
representante más cercano de la Fundación lo vigilara, nada más.
- ¡Ya veo! Bueno, ahora comprendo por qué Thoobing reaccionó tan enérgicamente. Yo le
había enviado una advertencia similar. Ya que cada uno de nosotros se comunicó con él por
separado, es lógico que atribuyera a la cuestión más importancia de la que en realidad tiene.
¿Cómo es, Liono, que no me consultó antes de enviar el aviso?
Kodell contestó fríamente:
- Si le consultara todo lo que hago, no tendría tiempo para ser alcaldesa. ¿Cómo es que
usted no me comunicó sus intenciones?
Branno respondió con acritud:
- Si le informara de todas mis intenciones, Líono, sabría demasiado. Pero es un asunto
trivial, y también lo es la alarma de Thoobing y, en este caso, también lo es cualquier
pataleta que puedan tener los sayshellianos. Estoy más interesada en Trevize.
207
- Nuestras naves de reconocimiento han localizado a Compor. Está siguiendo a Trevize y
ambos se dirigen muy cautelosamente hacia Gaia.
- He recibido todos los informes, Liono. Al parecer, tanto Trevize como Compor se toman
Gaia muy en serio.
- Todo el mundo se burla de las supersticiones relativas a Gaia, señora alcaldesa, pero todo
el mundo piensa: «¿Y si, a pesar de todo...?» Incluso el embajador Thoobing está
intranquilo. Podría ser una política muy astuta por parte de los sayshellianos.
Una especie de coloración protectora. Si uno difunde historias de un mundo misterioso e
invencible, la gente se apartará no sólo del mundo, sino de cualquier otro mundo cercano,
como los de la Unión de Sayshell.
- ¿Cree que por eso el Mulo no atacó Sayshell?
- Posiblemente.
- ¿Sin duda no pensará que la Fundación ha respetado Sayshell a causa de Gaia, cuando
nada indica que conociéramos la existencia de ese mundo?
- Admito que no hay ninguna mención de Gaia en nuestros archivos, pero tampoco hay otra
explicación razonable para nuestra moderación respecto a la Unión de Sayshell.
- Confiemos, entonces, en que el gobierno sayshelliano, pese a la opinión contraria de
Thoobing, se haya convencido a sí mismo, aunque sólo sea un poco, del poder de Gaia y su
naturaleza mortífera.
- ¿Por qué?
- Porque, entonces, la Unión de Sayshell no se opondrá a que nos dirijamos hacia Gaia.
Cuanto más agraviados se sientan por ello, más seguros estarán de que deben permitírnoslo
para que Gaia nos engulla. Pensarán que será una lección muy provechosa y que los futuros
invasores no la echarán en saco roto.
- ¿Y si, a pesar de todo, están en lo cierto, alcaldesa? ¿Y si Gaia es mortífero?
Branno sonrió.
- Ahora es usted quien alega el «¿Y si, a pesar de todo...?», ¿verdad, Liono?
- Tengo que prever todas las posibilidades, alcaldesa. Es mi trabajo.
- Si Gaia es mortífero, apresarán a Trevize. Ese es su trabajo puesto que es mi pararrayos. Y
también a Compor, espero.
- ¿Lo espera? ¿Por qué?
- Porque eso les hará ser demasiado confiados, lo que nos resultaría muy útil. Subestimarán
nuestro poder y serán más fáciles de manejar.
- Pero ¿y si los demasiado confiados somos nosotros?
- No lo somos - dijo Branno categóricamente.
- Esos gaianos, sean lo que sean, pueden ser algo sobre lo que no tengamos ni idea y cuya
peligrosidad no podamos juzgar correctamente. Me limito a sugerirlo, alcaldesa, porque
incluso habría que sopesar esa posibilidad.
- ¿En serio? ¿Por qué se le ha ocurrido tal cosa, Liono?
- Porque creo que usted piensa que, en el peor de los casos, Gaia es la Segunda Fundación.
Sospecho que piensa que es la Segunda Fundación, sin embargo, Sayshell tiene una historia
interesante, incluso durante el Imperio. Sólo Sayshell tuvo un sistema de autogobierno.
Sólo Sayshell se libró de los peores impuestos bajo los llamados «emperadores malos». En
resumen, Sayshell parece haber tenido la protección de Gaia, incluso en tiempos imperiales.
- ¿Y qué?
208
- Pero la Segunda Fundación fue establecida por Hari Seldon al mismo tiempo que nuestra
Fundación. - La Segunda Fundación no existía en tiempos imperiales, y Gaia, sí. Por lo
tanto, Gaia no es la Segunda Fundación. Es alguna otra cosa y, tal vez, incluso peor.
- No pienso dejarme aterrorizar por lo desconocido, Liono. Sólo hay dos posibles fuentes de
peligro, armas físicas y armas mentales, y estamos preparados para ambas. Usted regrese a
su nave y mantenga a las unidades en las afueras de Sayshell. Esta nave irá sola hacia Gaia,
pero estaré en comunicación constante con usted y espero que, en caso necesario, acuda en
un solo salto. Márchese, Liono, y borre esa expresión trastornada de su rostro.
- ¿Una última pregunta? ¿Está segura de que sabe lo que hace?
- Lo estoy - repuso ella con severidad -. Yo también he estudiado la historia de Sayshell y
he visto que Gaia no puede ser la Segunda Fundación, pero, como le he dicho, he recibido
todos los informes de las naves de reconocimiento y gracias a ellos...
- ¿Si?
- Bueno, sé dónde está la Segunda Fundación y nos encargaremos de ambas cosas, Lióno.
Primero nos ocuparemos de Gaia y luego de Trántor.
17 GAIA
70
Pasaron horas antes de que la nave procedente de la estación espacial llegara a las cercanías
del Estrella Lejana, horas que a Trevize le parecieron muy largas.
En una situación normal, Trevize habría enviado una señal y luego habría esperado
respuesta: Si no hubiera habido respuesta, habría emprendido una acción evasiva.
Como estaba desarmado y no había habido respuesta, sólo podía esperar. La computadora
no respondía a ninguna de sus indicaciones que implicara algo fuera de la nave.
En el interior, al menos, todo funcionaba bien.
Los sistemas de apoyo vital se hallaban en perfecto estado, de modo que él y Pelorat
estaban físicamente cómodos. Por alguna razón, esto no le producía ningún alivio. Los
minutos pasaban con extraordinaria lentitud y la incertidumbre de lo que iba a suceder le
resultaba insoportable. Observó con irritación que Pelorat parecía tranquilo. Como para
empeorar las cosas, mientras Trevize no tenía nada de apetito, Pelorat abrió un pequeño
recipiente de pollo troceado, que al ser abierto se calentó rápida y automáticamente. Ahora
estaba comiéndoselo metódicamente.
Trevize exclamó con irritación:
- ¡Por el espacio, Janov! ¡Eso apesta!
Pelorat pareció sorprendido y olió el recipiente.
- A mí me da la impresión de que huele bien, Golan.
Trevize meneó la cabeza.
- No me haga caso. Estoy preocupado. Pero utilice un tenedor. Los dedos le olerán a pollo
durante todo el día.
Pelorat se miró los dedos con asombro.
- ¡Lo siento! No me había fijado. Estaba pensando en otra cosa.
Trevize preguntó con sarcasmo:
209
- ¿Acaso quiere adivinar a qué tipo de seres no humanos pertenecen las criaturas de esa
nave? – Se avergonzaba de estar menos tranquilo que Pelorat.
El era un veterano de la Armada (aunque, naturalmente, nunca hubiese visto una batalla) y
Pelorat era un historiador. Sin embargo, su compañero se mostraba más calmado.
Pelorat contestó:
- Sería imposible imaginar qué dirección tomaría la evolución en circunstancias distintas de
las imperantes en la Tierra. Quizá las posibilidades no sean infinitas, pero si tan extensas
que es lo mismo. Sin embargo, puedo predecir que no son insensatamente violentos y que
nos tratarán de un modo civilizado. Si eso no fuera verdad, ahora ya estaríamos muertos.
- Al menos usted aún es capaz de razonar, amigo mío; aún es capaz de estar tranquilo. Mis
nervios parecen ser más fuertes que el calmante a que nos han sometido. Siento un
extraordinario deseo de levantarme y pasear. ¿Por qué no llegará esa maldita nave?
- Soy un hombre acostumbrado a la pasividad, Golan. Me he pasado toda la vida encorvado
sobre algún documento mientras esperaba la llegada, de otros. No haga más que esperar.
Usted es un hombre de acción y se angustia cuando no puede actuar.
Trevize notó que parte de su tensión le abandonaba.
- Subestimo su buen juicio, Janov - murmuró.
- No, en absoluto - contestó Pelorat plácidamente -, pero incluso un ingenuo académico,
puede encontrar sentido a la vida algunas veces.
- E incluso el más astuto de los políticos puede no hacerlo algunas veces.
- Yo no he dicho eso, Golan.
- No, pero yo sí. En fin, pasemos a la acción. Todavía puedo observar. La nave está
suficientemente cerca para parecer claramente primitiva.
- ¿Sólo parecer?
- Si es el producto de mentes y manos no humanas, lo que puede parecer primitivo, de
hecho, puede ser simplemente no humano.
- ¿Cree que podría ser un artefacto no humano? - preguntó Pelorat, mientras su cara
enrojecía ligeramente.
- No lo sé. Sospecho que los artefactos, por mucho que varíen de una cultura a otra, nunca
son tan plásticos como podrían ser los productos de diferencias genéticas.
- Eso sólo es una suposición por su parte. Lo único que conocemos son distintas culturas.
No conocemos distintas especies inteligentes y, por lo tanto, no podemos juzgar lo distintos
que podrían ser los artefactos.
- Los peces, delfines, pingüinos, calamares, e incluso los ambiflexos, que no son de origen
terrícola, suponiendo que los otros lo sean, resuelven el problema del movimiento a través
de un medio viscoso con un perfil aerodinámico, de modo que su aspecto no es tan
diferente como su constitución genética podría inducimos a creer. Podría ocurrir lo mismo
con los artefactos.
- Los tentáculos del calamar y los vibradores helicoidales del ambiflexo - replicó Pelorat -
son enormemente distintos el uno del otro, así como de las aletas y las extremidades de los
vertebrados. Podría ocurrir lo mismo con los artefactos.
- En todo caso - declaró Trevize -, me siento mejor. Hablar de tonterías con usted, Janov,
me calma los nervios. Además, sospecho que pronto sabremos en lo que nos hemos metido.
La nave no podrá acoplarse a la nuestra y lo que esté en ella se deslizará por una anticuada
correa, o nos obligarán de algún modo a hacerlo nosotros mismos, ya que una sola
antecámara no sirve de nada. Al menos que algún no humano emplee otro sistema
totalmente distinto.
210
- ¿De qué tamaño es la nave?
- Sin poder usar la computadora para calcular la distancia de la nave por radar, no podemos
saber el tamaño.
Una correa serpenteó hacia el Estrella Lejana.
Trevize dijo:
- O hay un humano a bordo o los no humanos utilizan el mismo sistema. Quizá la correa
sea lo único efectivo.
- Podrían utilizar un tubo - sugirió Pelorat -, o una escalera horizontal.
- Son cosas inflexibles. Sería demasiado complicado intentar establecer contacto con ellas.
Se necesita algo que combine la resistencia y la flexibilidad.
La correa produjo un débil sonido metálico sobre el Estrella Lejana cuando el sólido casco
(y en consecuencia el aire del interior) se puso a vibrar. Tuvo lugar el deslizamiento
habitual mientras la otra nave realizaba los debidos ajustes de velocidad requeridos para
igualar el avance de las dos embarcaciones. La correa estaba inmóvil en relación a ambas.
Un punto negro apareció sobre el casco de la otra nave y se dilató como la pupila de un ojo.
Trevize gruñó:
- Un diafragma dilatable, en vez de un panel deslizante.
- ¿No humano?
- No necesariamente, supongo. Pero interesante.
Una figura salió al exterior.
Pelorat apretó los labios durante un momento y luego dijo con evidente decepción:
- Lástima. Un humano.
- No necesariamente - replicó Trevize con calma -. Lo único que vemos son cinco
proyecciones.
Podrían ser una cabeza, dos brazos y dos piernas, pero también podrían no serlo... ¡Espere!
- ¿Qué?
- Se mueve con más rapidez y suavidad de la que esperaba. ¡Ah!
- ¿Qué?
- Hay algún tipo de propulsión. Por lo que puedo ver, no es a base de cohetes, pero tampoco
avanza pasando una mano sobre la otra. No es necesariamente humano.
Les pareció una espera muy larga a pesar del rápido avance de la figura a lo largo de la
correa, pero finalmente se oyó el ruido del contacto.
Trevize dijo:
- Sea lo que sea, está a punto de entrar. Mi intención es golpearle en cuanto aparezca, -
Cerró el puño.
- Creo que deberíamos tranquilizarnos – sugirió Pelorat -. Quizá sea más fuerte que
nosotros. Controla nuestras mentes. Sin duda hay otros en la nave. Esperemos hasta saber
algo más.
- Se muestra cada vez más sensato, Janov - comentó Trevize -, y yo cada vez menos.
Oyeron que la antecámara de compresión se abría y finalmente la figura apareció en el
interior de la nave.
- Aproximadamente del tamaño normal - murmuró Pelorat -. El traje espacial podría servir
para un ser humano.
- Nunca había visto u oído hablar de un diseño así, pero no está fuera de los límites de la
manufactura humana, creo yo. No dice nada.
211
La figura revestida con el traje espacial se hallaba ante ellos y uno de los miembros
delanteros ascendió hacia el casco redondeado que, si era de vidrio, sólo tenía transparencia
por un lado. Lo que había en su interior no se veía.
El miembro delantero tocó algo con un rápido movimiento que Trevize no percibió
claramente y el casco se desprendió del resto del traje, Se levantó.
Lo que quedó al descubierto fue la cara de una mujer joven e indiscutiblemente bonita.
71
El inexpresivo rostro de Pelorat hizo lo que pudo para mostrarse estupefacto.
- ¿Es usted humana? - dijo vacilante.
La mujer enarcó las cejas y frunció los labios. Era imposible saber si el idioma le resultaba
desconocido y no comprendía o si comprendía y le extrañaba la pregunta.
Se llevó rápidamente una mano hacia el lado izquierdo del traje, que se abrió en una sola
pieza como si estuviera provisto de bisagras. Dio un paso adelante y el traje se mantuvo
derecho sin contenido durante unos momentos. Luego, con un leve suspiro que pareció casi
humano, cayó al suelo.
La mujer parecía incluso más joven, ahora que se había despojado del traje. Su ropa era
suelta y translúcida, con las reducidas prendas interiores visibles como sombras. La túnica
exterior le llegaba a las rodillas.
Tenía el busto pequeño y la cintura estrecha, caderas redondeadas y anchas. Sus muslos,
que se veían en una nebulosa, eran generosos, pero sus piernas se estrechaban hasta los
bonitos tobillos. Tenía el cabello oscuro y largo hasta los hombros, los ojos marrones y
grandes, los labios gruesos y ligeramente asimétricos.
Se miró de arriba abajo y luego resolvió el problema de su comprensión del idioma
diciendo:
- ¿No parezco humana?
Habló en galáctico con cierta indecisión, como si estuviera esforzándose para lograr una
buena pronunciación.
Pelorat asintió y declaró con una leve sonrisa:
- No puedo negarlo. Muy humana. Deliciosamente humana.
La joven abrió los brazos como invitándoles a examinarla mejor.
- Así lo espero, caballero. Muchos hombres han muerto por este cuerpo.
- Yo preferida vivir por él - dijo Pelorat con una vena de galantería que le sorprendió
ligeramente.
- Una buena elección - manifestó la joven con solemnidad -. Una vez se ha conseguido este
cuerpo, todos los suspiros se convierten en suspiros de éxtasis.
Se echó a reír y Pelorat se rió con ella.
Trevize, cuya frente se había arrugado en un ceño a lo largo de la conversación, le espetó:
- ¿Qué edad tiene?
La mujer pareció encogerse un poco.
- Veintitrés... caballero.
- ¿Por qué ha venido? ¿Qué se propone?
- He venido para escoltarles hasta Gaia. - Su dominio del galáctico no era total y tendía a
redondear las vocales en diptongos. Pronunció «venido» como «venidao» y «Gaia» como
«Gayao».
212
- Una muchacha para escoltarnos.
La mujer se irguió y de repente adoptó la actitud del que tiene el mando.
- Yo – dijo - soy Gaia, tanto como otra persona. Era mi turno de trabajo en la estación.
- ¿Su turno? ¿No había nadie más a bordo?
Con orgullo:
- No se necesitaba nadie más. . .
- ¿Y ahora está vacía?
- Yo ya no estoy en ella, caballeros, pero no está vacía. Ella está allí.
- ¿Ella? ¿A quién se refiere?
- A la estación. Es Gaia. No me necesita. Retiene esta nave.
- Entonces, ¿qué hace usted en la estación?
- Es mi turno de trabajo.
Pelorat había cogido a Trevize por la manga y había sido repelido. Volvió a intentarlo.
- Golan - dijo, en un susurro apremiante -. No le grite. Sólo es una niña. Permítame
encargarme de esto.
Trevize meneó la cabeza airadamente, pero Pelorat preguntó:
- Jovencita, ¿cómo se llama?
La mujer sonrió con repentina alegría, como en respuesta al tono más suave, y dijo:
- Bliss.
- ¿Bliss? - repitió Pelorat -. Un nombre muy bonito. Sin duda eso no es todo.
- Claro que no. No se puede tener un nombre de una sílaba, e duplicaría en todas las
secciones y no distinguiríamos a uno de otro, de modo que los hombres se morirían por el
cuerpo equivocado. Blissenobiarella es mi nombre completo.
- Eso es demasiado largo.
- ¿Qué? ¿Siete sílabas? No es mucho. Tengo amigos con nombres de quince sílabas y nunca
logran encontrar la combinación perfecta para el diminutivo. Yo me decidí por Bliss al
cumplir quince años.
Mi madre se llamaba «Nobby», ¿se lo imagina?
- En galáctico, «bliss» significa «éxtasis» o «extrema felicidad» - dijo Pelorat.
- En gaiano, también. No es muy diferente del galáctico, y «éxtasis» es la impresión que yo
pretendo comunicar.
- Yo me llamo Janov Pelorat.
- Lo sé. Y este otro caballero, el que grita, es Golan Trevize. Recibimos un mensaje desde
Syshell.
Trevize se apresuró a preguntar, con los ojos entornados:
- ¿Cómo recibió usted el mensaje?
Bliss se volvió a mirarlo y respondió con calma:
- No fui yo. Fue Gaia.
Pelorat dijo:
- Señorita Bliss, ¿podemos mi compañero y yo hablar en privado unos momentos?
- Sí, por supuesto, pero tenemos que darnos prisa, compréndalo.
- No tardaremos. - Tiró con fuerza del codo de Trevize y éste le siguió de mala gana hasta
la otra habitación.
Trevize dijo en un susurro:
- ¿Qué es todo eso? Estoy seguro de que nos está oyendo. Lo más probable es que lea
nuestras mentes, maldita criatura.
213
- Tanto si lo hace como si no, necesitamos un poco de aislamiento psicológico. Escuche,
viejo amigo, déjela en paz. No podemos hacer nada, y es absurdo ensañarse con ella.
Probablemente ella tampoco puede hacer nada. Sólo es una mensajera. En realidad,
mientras permanezca a bordo, probablemente estemos a salvo; no la habrían enviado aquí si
pensaran destruir la nave. Siga atacándola y quizá la destruyan, así como a nosotros, en
cuanto la saquen de aquí.
- No me gusta sentirme indefenso - gruñó Trevize.
- Ni a usted ni a nadie. Pero actuar como un pendenciero no le hace menos indefenso. Sólo
le hace un pendenciero indefenso. Oh, mi querido amigo, no pretendo atacarle y debe
perdonarme si soy excesivamente crítico con usted, pero la muchacha no tiene la culpa de
nada.
- Janov, es suficientemente joven para ser su hija menor.
Pelorat se irguió.
- Más motivo para tratarla amablemente. No sé qué quiere insinuar con estas palabras.
Trevize reflexionó unos momentos, y luego su rostro se iluminó.
- Muy bien. Tiene razón y yo estoy equivocado. Sin embargo, es irritante que hayan
enviado a una muchacha. Habrían podido enviar a un militar, por ejemplo, dándonos la
sensación de tener algún valor, por así decirlo. ¿Una simple muchacha? ¿Y se empeña en
hacer recaer la responsabilidad sobre Gaia?
- Seguramente se refiere a un gobernante que toma el nombre del planeta como título
honorífico, o bien se refiere al consejo planetario. Lo averiguaremos, pero no con preguntas
directas.
- ¡Muchos hombres han muerto por su cuerpo! - dijo Trevize -. ¡Huh! ¡Tiene demasiado
trasero!
Nadie le pide que muera por él, Golan - replicó Pelorat con amabilidad -. ¡Vamos!
Reconozca qué sabe reírse de sí misma. Considero que es muy divertido y una muestra de
buen carácter.
Encontraron a Bliss inclinada sobre la computadora, observando sus componentes con las
manos a la espalda, como si temiera tocarla.
Alzó la mirada cuando entraron, agachando la cabeza bajo el dintel.
- Es una nave asombrosa – comentó -. No entiendo la mitad de lo que veo, pero si van a
hacerme un regalo de bienvenida, que sea éste. Es preciosa. En comparación, mi nave
parece horrorosa.
Su rostro adquirió una expresión de ardiente curiosidad.
- ¿Son ustedes realmente de la Fundación?
- ¿Cómo es que conoce la existencia de la Fundación? - preguntó Pelorat.
- Lo estudiamos en la escuela. Principalmente a causa del Mulo.
- ¿Por qué a causa del Mulo, Bliss?
- Es uno de nosotros, caba... ¿Qué sílaba de su nombre prefiere que use, caballero?
Pelorat contestó:
- Jan o Pel. ¿Cuál prefiere usted?
- Es uno de nosotros, Pel - dijo Bliss con una sonrisa de camaradería -. Nació en Gaia, pero
nadie parece saber exactamente dónde.
Trevize intervino:
- Me imagino que es un héroe gaiano, ¿verdad, Bliss? - Se mostró decididamente, casi
agresivamente, amistoso y lanzó una ojeada conciliadora en dirección a Pelorat -. Llámeme
Trev - añadió.
214
- Oh, no - contestó ella de inmediato -. Es un malhechor. Abandonó Gaia sin permiso, y
nadie debe hacer tal cosa. Nadie sabe cómo lo hizo. Pero se marchó, y supongo que por eso
terminó tan mal. La Fundación le venció.
- ¿La Segunda Fundación? - inquirió Trevize.
- ¿Acaso hay más de una? Me imagino que si pensara en ello lo sabría, pero la historia no
me interesa demasiado. Me interesa lo que Gaia crea mejor. Si la historia no me llama la
atención, es porque ya hay suficientes historiadores o porque yo no estoy bien dotada para
ella. Probablemente estén adiestrándome para técnico espacial. Siempre me asignan
trabajos como éste y parece que me gusta, y es lógico suponer que no me gustaría si...
Hablaba rápidamente, casi sin aliento, y Trevize tuvo que hacer un esfuerzo para intercalar
una frase.
- ¿Quién es Gaia?
Bliss pareció desconcertada.
- Sólo Gaia... Por favor, Pel y Trev, no perdamos más tiempo. Tenemos que llegar a la
superficie.
- Vamos hacia allí, ¿verdad?
- Sí, pero lentamente. Gaia cree que ustedes pueden avanzar con mucha más rapidez si
utilizan el potencial de su nave. ¿Quieren hacerlo, por favor?
- Podríamos - dijo Trevize sombríamente -. Pero si recupero el control de la nave, ¿no sería
más probable que saliéramos zumbando en dirección opuesta?
Bliss se echó a reír.
- ¡Qué gracioso! Naturalmente, no puede ir en una dirección que Gaia no quiera que vaya.
Pero puede ir más de prisa en la dirección que Gaia quiere que vaya. ¿Lo entiende?
- Lo entiendo - repuso Trevize -, e intentaré dominar mi sentido del humor. ¿Dónde
aterrizo, cuando llegue a la superficie?
- No importa. Usted ponga rumbo hacia abajo y aterrizará en el lugar correcto. Gaia se
encargará de ello.
- ¿Se quedará usted con nosotros, Bliss, y se ocupará de que nos traten bien? - preguntó
Pelorat.
- Supongo que puedo hacerlo. Los honorarios habituales por mis servicios, y me refiero a
esa clase de servicios, pueden incluirse en mi tarjeta de control.
- ¿Y la otra clase de servicios?
Bliss emitió una risita entrecortada.
- Es usted un anciano muy simpático.
Pelorat dio un respingo.
72
Bliss reaccionó con ingenua excitación ante el rápido descenso hacia Gaia.
- No hay sensación de aceleración - dijo.
- Es una propulsión gravítica - explicó Pelorat -. Todo acelera al mismo tiempo, incluidos
nosotros, de modo que no notamos nada.
- Pero ¿cómo funciona, Pel?
Pelorat se encogió de hombros.
- Creo que Trev lo sabe - dijo -, pero no creo que esté de humor para explicárselo.
215
Trevize había descendido casi temerariamente por el pozo de gravedad de Gaia. La nave
respondía a sus instrucciones, como Bliss le había advertido, de un modo parcial. Un
intento de cruzar oblicuamente las líneas de fuerza gravítica fue aceptado, aunque con
cierta vacilación. Un intento de elevarse fue terminantemente denegado.
La nave seguía sin ser suya.
Pelorat - preguntó con mansedumbre:
- ¿No está descendiendo con demasiada rapidez, Golan?
Trevize, en un tono de voz inexpresivo y procurando controlar su ira (más por Pelorat que
otra cosa), respondió:
- La señorita dice que Gaia cuidará de nosotros.
- Desde luego, Pel. Gaia no permitiría que esta nave hiciese algo que no fuera seguro. ¿Hay
algo de comer a bordo? - dijo Bliss.
- Sí, claro - contestó Pelorat -. ¿Qué le apetecería?
- Nada de carne, Pel - dijo Bliss rápidamente -, pero tomaré pescado o huevos, así como
cualquier tipo de verdura que tengan.
- Parte de la comida que tenemos es sayshelliana, Bliss - dijo Pelorat -. No estoy seguro de
lo que hay en ella, pero quizá le guste.
- Bueno, la probaré - aceptó Bliss con tono dubitativo.
- ¿Son vegetarianos los habitantes de Gaia? - inquirió Pelorat.
- Muchos de ellos lo son - Bliss asintió enérgicamente con la cabeza -. Depende de las
sustancias nutritivas que el cuerpo necesite en casos particulares. Ultimamente no me ha
apetecido la carne, por lo que supongo que no la necesito. Y no he tenido ansias de nada
dulce. El queso me sabe bien, y las gambas. Probablemente necesite perder peso. – Se dio
una resonante palmada en la nalga derecha -. Tengo que perder uno o dos kilos aquí.
- No veo por qué - dijo Pelorat -. Le proporciona algo cómodo sobre lo que sentarse.
Bliss se volvió para mirarse el trasero lo mejor que pudo.
- Oh, bueno, no importa. El peso aumenta o disminuye como debe. No tendría que
preocuparme.
Trevize guardaba silencio porque estaba forcejeando con el Estrella Lejana. Había
titubeado demasiado para entrar en órbita y la nave empezaba a traspasar los límites de la
exosfera planetaria con un estridente chirrido. Poco a poco, la nave iba escapando a su
control. Era como si alguna otra cosa hubiese aprendido a manejar los motores gravíticos.
El Estrella Lejana, actuando aparentemente por sí solo, describió una curva ascendente
hacia aire más tenue y aminoró la velocidad. Tomó una trayectoria por su propia cuenta e
inició una suave curva descendente.
Bliss no había hecho caso del agudo sonido de resistencia aérea y olió el vapor que salía del
recipiente.
- Debe de ser bueno, Pel, porque si no lo fuera, no olería bien y yo no querría comerlo. -
Metió uno de sus delgados dedos y luego lo lamió -. Ha acertado, Pel. Son gambas o algo
por el estilo. ¡Estupendo!
Con una mueca de descontento, Trevize abandonó la computadora.
- Joven - llamó, como si la viese por primera vez.
- Me llamo Bliss - replicó Bliss con firmeza.
- ¡Bliss, entonces! Usted sabía nuestros nombres.
- Sí, Trev.
- ¿Cómo lo sabía?
- Era importante que lo supiese, a fin de hacer mi trabajo. Así pues, lo supe.
216
- ¿Sabe quién es Munn Li Compor?
- Lo sabría... si para mí fuera importante saberlo. Como no lo sé, el señor Compor no
vendrá aquí.
En realidad - hizo una pausa -, no vendrá nadie más que ustedes dos.
- Ya lo veremos.
Estaba mirando hacia abajo. Era un planeta nublado. No había una sólida capa de nubes,
sino una capa fina que se extendía de un modo asombrosamente uniforme y no ofrecía una
vista clara de ninguna parte de la superficie planetaria.
Cambió a microondas y el radariscopio centelleó.
La superficie casi era una imagen del cielo. Parecía un mundo de islas; como Términus,
pero más. No había ninguna isla grande y ninguna estaba muy aislada. Podía tratarse de un
archipiélago planetario.
La órbita de la nave se inclinaba hacia el plano ecuatorial, pero no vio rastro de casquetes
polares.
Tampoco se veían las inequívocas muestras de distribución irregular de la población, como
sería de esperar, por ejemplo, en la iluminación del lado nocturno.
- ¿Descenderé cerca de la ciudad capital, Bliss? - preguntó Trevize.
Bliss contestó con indiferencia:
- Gaia le escogerá algún lugar conveniente.
- Yo preferiría una gran ciudad.
- ¿Se refiere a una agrupación de gente?
- Sí.
- Eso lo decidirá Gaia.
La nave continuó el descenso y Trevize se distrajo adivinando en qué isla aterrizaría.
Cualquiera que fuese, parecía que lo harían en el transcurso de aquella hora.
73
La nave aterrizó de un modo suave, como si se tratara de una pluma, sin una sola sacudida,
sin un solo efecto gravitatorio. Desembarcaron, uno por uno: primero Bliss, luego Pelorat, y
finalmente Trevize.
El clima era comparable con el inicio del verano en la ciudad de Términus. Había una
ligera brisa, y lo que parecía un sol matinal brillaba en un cielo moteado. El terreno era
verde bajo sus pies y a un lado se veían las apretadas hileras de árboles que indicaban un
huerto, mientras que al otro se divisaba la lejana línea de la costa.
Se oía el leve zumbido de lo que podrían ser insectos, el aleteo de un pájaro o alguna
pequeña criatura voladora, encima de ellos y hacia un lado, y el clac-clac de lo que podría
ser algún instrumento agrícola.
Pelorat fue el primero en hablar, y no mencionó nada de lo que veía y oía. En cambio,
aspiró profundamente y exclamó:
- Ah, huele bien, como una compota de manzana recién hecha.
- Probablemente lo que estemos mirando sea un manzanar y, al parecer, están haciendo
compota de manzana - dijo Trevize.
- Su nave, por el contrario - comentó Bliss -, olía como... Bueno, olía muy mal.
- No se ha quejado mientras se hallaba a bordo - gruñó Trevize.
- Tenía que ser cortés. Era una huésped.
217
- ¿Qué hay de malo en seguir siéndolo?
- Ahora estoy en mi propio mundo. Ustedes son los huéspedes. Sean ustedes corteses.
- Seguramente tiene razón acerca del olor, Golan. ¿Hay algún modo de airear la nave? - dijo
Pelorat.
- Sí - repuso Trevize con irritación -. Puede hacerse, si esta criaturita nos asegura que nadie
se acercará a ella. Ya nos ha demostrado que puede ejercer un poder extraordinario.
Bliss se irguió al máximo.
- No soy una criaturita y si dejar su nave en paz es lo que se necesita para limpiarla, le
aseguro que dejarla en paz será un placer.
- Y después, ¿puede llevarnos ante esa persona a la que usted llama Gaia? - preguntó
Trevize.
Bliss pareció divertida.
- No sé si podrá creerlo, Trev. Yo soy Gaia.
Trevize la miró con asombro. A menudo había oído la frase «ordenar los pensamientos» en
un sentido metafórico. Por primera vez en su vida se sintió literalmente ocupado en hacerlo.
Al. fin preguntó:
- ¿Usted?
- Sí. Y el terreno. Y aquellos árboles. Y ese conejo que va por allí. Y el hombre al que ven
a través de los árboles. Todo el planeta y todo lo que hay en él es Gaia. Todos somos
individuos, organismos separados, pero compartimos una conciencia general.
El planeta inanimado es el que menos lo hace, las diversas formas de vida hasta cierto
grado, y los seres humanos los que más, pero todos la compartimos.
- Creo, Trevize, que eso significa que Gaia es una especie de conciencia colectiva - dijo
Pelorat.
Trevize asintió.
- Ya lo había deducido... En ese caso, Bliss, ¿quién gobierna este mundo?
- Se gobierna a sí mismo. Esos árboles crecen espontáneamente. Sólo se multiplican hasta
el punto necesario para sustituir a aquellos que han muerto.
Los seres humanos recogen las manzanas que se necesitan; otros animales, incluidos los
insectos, comen su parte... y sólo su parte.
- Los insectos saben cuál es su parte, ¿verdad? - inquirió Trevize.
- Sí, así es... en cierto modo. Llueve cuando es necesario y a veces llueve copiosamente
cuando es necesario, y a veces hay un largo período de sequía, cuando es necesario.
- Y la lluvia sabe qué hacer, ¿verdad?
- Sí, así es - dijo Bliss con seriedad -. En su propio cuerpo, ¿no saben las distintas células lo
que deben hacer? ¿Cuándo crecer y cuándo dejar de crecer? ¿Cuándo formar ciertas
sustancias y cuán do no; y cuando las forman, qué cantidad formar, ni más ni menos? Hasta
cierto punto, cada célula es una fábrica de productos químicos independiente, pero todas se
abastecen de un fondo común de materias primas distribuidas por un sistema de transporte
común, todas vierten los desperdicios en canales comunes, y todas contribuyen a una
conciencia colectiva.
Pelorat exclamó con entusiasmo:
- ¡Pero esto es fantástico! Está diciendo que el planeta es un superorganismo y que usted es
una célula de ese superorganismo.
- Estoy haciendo una analogía, no una identidad.
Somos el análogo de las células, pero no idénticas a ellas, ¿lo entienden?
- ¿En qué aspecto - preguntó Trevize - no son células?
218
- Nosotros mismos estamos compuestos de células y tenemos una conciencia colectiva en
relación a las células. Esta conciencia colectiva, esta conciencia de un organismo
individual..., en mi caso, un ser humano...
- Con un cuerpo por el que se mueren los hombres.
- Exactamente. Mi conciencia está mucho más desarrollada que la de cualquier célula
individual, muchísimo más desarrollada. El hecho de que nosotros, a nuestra vez, formemos
parte de una conciencia colectiva aún más amplia en un nivel más elevado no nos reduce al
nivel de células. Continúo siendo un ser humano, pero por encima de nosotros hay una
conciencia colectiva tan fuera de mi alcance como mi conciencia lo está del de una de las
células musculares de mi bíceps.
- Sin duda alguien ordenó que nuestra nave fuese apresada - dijo Trevize.
- ¡No, alguien no! Gaia lo ordenó. Todos nosotros lo ordenamos.
- ¿Los árboles y el suelo, también, Bliss?
- Contribuyeron muy poco, pero contribuyeron.
Escuche, si un músico escribe una sinfonía, ¿pregunta usted qué célula determinada de su
cuerpo ordenó la composición de la sinfonía y supervisó su elaboración?
Pelorat dijo:
- Y supongo que la mente colectiva, por así decirlo, de la conciencia colectiva es mucho
más fuerte que una mente individual, del mismo modo que un músculo es mucho más
fuerte que una célula muscular individual. En consecuencia Gaia puede capturar nuestra
nave a distancia controlando nuestra computadora, a pesar de que ninguna mente individual
del planeta habría podido hacerlo.
- Lo ha entendido perfectamente, Pel - dijo Bliss.
- Y yo también lo he entendido - declaró Trevize -. No es tan difícil. Pero ¿qué quieren de
nosotros? No hemos venido a atacarles. Hemos venido en busca de información. ¿Por qué
nos han apresado?
- Para hablar con ustedes.
- Podría haber hablado con nosotros en la nave.
Bliss meneó la cabeza con gravedad.
- Yo no soy quien debe hacerlo.
- ¿No forma parte de la mente colectiva?
- Sí, pero no puedo volar como un pájaro, zumbar como un insecto o crecer tanto como un
árbol.
Hago lo que es mejor para mí y lo mejor no es que les dé la información..., aunque habrían
podido asignarme fácilmente esa tarea.
- ¿Quién decidió no asignársela?
- Todos lo hicimos.
- ¿Quién nos dará la información?
- Dom.
- Y ¿quién es Dom?
- Pues bien - contestó Bliss -, su nombre completo es. findomandiovizamarondeyaso.., y
algo más.
Distintas personas le llaman por distintas sílabas en distintas ocasiones, pero yo le conozco
como Dom y creo que ustedes dos también deben usar esa sílaba. Probablemente es el que
tiene una parte más grande de Gaia de todos los habitantes del planeta y vive en esta isla.
Pidió verles y se le concedió.
219
- ¿Quién se lo concedió? - preguntó Trevize, y se respondió en seguida a sí mismo -: Sí, lo
sé; todos ustedes.
Bliss asintió.
- ¿Cuándo veremos a Dom, Bliss? - dijo Pelorat.
- Ahora mismo. Si quiere seguirme, le conduciré hasta él, Pel. Y, naturalmente, a usted
también, Trev.
- Y entonces, ¿nos dejará? - preguntó Pelorat.
- ¿No quiere que lo haga, Pel?
- La verdad es que no.
- Ahí tienen - dijo Bliss, mientras la seguían por un camino pavimentado que bordeaba el
huerto -. Los hombres en seguida se apasionan por mí. Incluso los mesurados ancianos se
sienten llenos de ardor juvenil.
Pelorat se echó a reír.
- Yo no contaría con mucho ardor juvenil, Bliss, pero si lo tuviera no podría emplearlo
mejor que con usted.
- Oh, no menosprecie su ardor juvenil. Puedo hacer maravillas - dijo Bliss.
Trevize preguntó con impaciencia:
- Una vez lleguemos adonde vamos, ¿cuánto rato tendremos que esperar a ese Dom?
- El estará esperándoles a ustedes. Al fin y al cabo, Dom mediante Gaia ha trabajado varios
años para traerles aquí.
Trevize se detuvo en seco y dirigió una rápida mirada a Pelorat, que dijo en silencio con los
labios: «Usted tenía razón.»
Bliss, que miraba fijamente hacia delante, dijo con calma:
- Sé, Trev, que usted ha sospechado que yo/nosotros/Gaia estaba interesada en usted.
- ¿Yo/nosotros/Gaia? - inquirió suavemente Pelorat.
Ella se volvió para sonreírle.
- Tenemos todo un conjunto de pronombres distintos para expresar los matices de
individualidad que existen en Gaia. Podría explicárselo, pero hasta entonces
«yo/nosotros/Gaia» les indicará de un modo simplificado lo que quiero decir. Por favor
Trev, siga andando. Dom les espera y no quiero obligarle a mover las piernas en contra de
su voluntad. Es una sensación muy desagradable cuando no se está acostumbrado.
Trevize siguió andando. La ojeada que lanzó a Bliss revelaba su profunda desconfianza.
74
Dom era un anciano. Recitó las doscientas cincuenta y tres sílabas de su nombre con una
fluidez musical de tono y énfasis.
- En cierto sentido – dijo -, es una breve biografía de mí mismo. Explica al oyente, o al
lector, o al sensor, quién soy yo, qué papel he desempeñado en el conjunto y qué he
realizado. Sin embargo, durante más de cincuenta años me he conformado con que me
llamaran Dom. Cuando hay otros Dom presentes, pueden llamarme Domandio, y en mis
diversas relaciones profesionales se utilizan otras variantes. Una vez cada año gaiano, el día
de mi cumpleaños, se recita mentalmente mi nombre completo, tal como yo se lo he
recitado de viva voz. Es muy efectivo, pero resulta personalmente desconcertante.
Era alto y delgado, casi escuálido. Sus hundidos ojos brillaban con una anómala expresión
juvenil, a pesar de que se movía muy lentamente. Su afilada nariz era estrecha y larga y se
220
ensanchaba en la parte inferior. Sus manos, aunque surcadas por hinchadas venas, no
mostraban indicios de artritis. Llevaba una larga túnica tan gris como su cabello. Descendía
hasta sus tobillos y sus sandalias dejaban los dedos de los pies al descubierto.
Trevize preguntó:
- ¿Qué edad tiene, señor?
- Haga el favor de llamarme Dom, Trev. El empleo de otros títulos induce a la formalidad e
inhibe el libre intercambio de ideas entre usted y yo. En años galácticos ya he sobrepasado
los noventa y tres, pero la verdadera celebración será dentro de pocos meses, cuando llegue
al nonagésimo aniversario de mi nacimiento en años gaianos.
- No le habría echado más de setenta y cinco, se... Dom - dijo Trevize.
- Según los criterios gaianos no soy nada extraordinario, ni en los años que tengo ni en los
que aparento, Trev... Pero, vamos a ver, ¿hemos comido?
Pelorat bajó la mirada hacia su plato, donde quedaban los restos de una comida preparada
del modo más insulso, y dijo con timidez:
- Dom, ¿me permite hacerle una pregunta embarazosa? Naturalmente, si es ofensiva, haga
el favor de decírmelo, y la retiraré.
- Adelante - contestó Dom, sonriendo -. Estoy dispuesto a explicarles cualquier cosa de
Gaia que despierte su curiosidad.
- ¿Por qué? - inquirió Trevize de inmediato.
- Porque son huéspedes de honor... ¿Puedo oír la pregunta de Pel?
- Ya que todas las cosas de Gaia participan de la conciencia colectiva, ¿cómo es que usted,
un elemento de la colectividad, puede comer esto, que sin duda era otro elemento?
- ¡Cierto! Pero todas las cosas recirculan. Debemos comer y todo lo que se come, plantas y
animales, así como los aderezos inanimados, son parte de Gaia. Pero es que, verá, nada se
mata por placer o deporte, nada se mata con sufrimientos innecesarios.
Y me temo que no intentamos exaltar nuestras preparaciones alimenticias, pues ningún
gaiano comería más de lo necesario. ¿No ha disfrutado de esta comida, Pel? ¿Trev? Bueno,
las comidas no son para disfrutar.
»Además, lo que se come, al fin y al cabo, sigue formando parte de la conciencia planetaria.
En cuanto a las porciones que se incorporan a mi cuerpo, participarán en mayor grado de la
conciencia total.
Cuando yo muera, también me comerán, aunque sólo sean las bacterias de la putrefacción,
y entonces participaré en un grado mucho menor del total.
Pero algún día, algunas partes de mí serán partes de otros seres humanos, partes de muchos.
- Una especie de transmigración de almas – dijo Pelorat.
- ¿De qué, Pel?
- Hablo de un antiguo mito que es corriente en algunas mundos.
- Ah, no lo conozco. Tendrá que explicármelo en alguna ocasión.
- Pero su conciencia individual, lo que hay en usted que es Dom, nunca volverá a reunirse
totalmente - dijo Trevize.
- No, claro que no. Pero ¿acaso importa? Seguirá formando parte de Gaia y eso es lo que
cuenta. Entre nosotros hay místicos que se preguntan si deberíamos tomar medidas para
desarrollar recuerdos colectivos de existencias pasadas, pero el sentir de Gaia es que eso no
puede hacerse de un modo práctico y no serviría de nada. Unicamente empañaría la
conciencia actual, Como es lógico, cuando cambien las circunstancias, el sentir de Gaia
también puede cambiar, pero no creo que eso ocurra en el futuro previsible.
221
- ¿Por qué debe morir, Dom? - preguntó Trevize -. Mírese a los noventa años. ¿No podría la
conciencia colectiva...?
Por primera vez, Dom frunció el ceño.
- Nunca – dijo -. Yo no puedo contribuir en nada más. Cada nuevo individuo es una
reorganización de moléculas y genes en algo nuevo. Nuevos talentos, nuevos dones, nuevas
contribuciones a Gaia. Debemos tenerlos, y el único modo de lograrlo es hacer sitio. Yo he
hecho más que la mayoría, pero incluso yo tengo límite y está acercándose. No hay más
deseo de vivir más allá del propio límite que de morir antes de él.
Y entonces, como si se percatara de que había dado un sesgo demasiado sombrío a la
conversación, se levantó y alargó los brazos hacia los dos.
- Vengan, Trev... Pel... acompáñenme a mi estudio y les enseñaré algunos de mis objetos
artísticos personales. Espero que no culpen a un viejo por estas pequeñas vanidades.
Abrió la marcha hacia otra habitación donde, sobre una mesita circular, había un grupo de
lentes ahumadas unidas en parejas.
- Estas - dijo Dom - son participaciones diseñadas por mí. No soy uno de los maestros, pero
me especializo en inanimados, algo que los maestros no suelen hacer.
Pelorat preguntó:
- ¿Puedo coger una? ¿Son frágiles?
- No, no. Tírelas al suelo si quiere. O quizá sea mejor que no lo haga. El golpe podría
menguar la agudeza visual.
- ¿Cómo se usan, Dom?
- Póngaselas sobre los ojos. Se le adherirán. No transmiten luz. Todo lo contrario.
Oscurecen la luz que de otro modo podría distraerle, aunque la percepción llega a su
cerebro por medio del nervio óptico. Esencialmente su conciencia se agudiza y puede
participar en otras facetas de Gaia. En otras palabras, si mira aquella pared, experimentará
lo mismo que experimenta la pared.
- Fascinante - murmuró Pelorat -. ¿Puedo intentarlo?
- Desde luego, Pel. Escoja una al azar. Cada una es distinta y muestra la pared, o cualquier
otro objeto inanimado que mire, en un aspecto distinto de la conciencia del objeto.
Pelorat se colocó un par sobre los ojos y se adhirieron en seguida. Se sobresaltó con el
contacto y luego permaneció inmóvil durante largo rato.
Dom dijo:
- Cuando termine, ponga las manos a ambos lados de la participación y apriételas una hacia
la otra.
Se desprenderá.
Pelorat lo hizo así, parpadeó con rapidez, y se frotó los ojos.
- ¿Qué ha experimentado? - preguntó Dom.
Pelorat contestó:
- Es difícil describirlo. La pared parecía relucir y titilar y, a veces, parecía volverse fluida.
Parecía tener aristas y simetrías cambiantes. Lo... lo siento, Dom, pero no lo he encontrado
agradable.
Dom suspiró.
- Usted no participa en Gaia, de modo que no ve lo que yo veo. Me lo temía. ¡Lástima! Le
aseguro que, aunque estas participaciones son apreciadas fundamentalmente por su valor
estético, también tienen sus usos prácticos. Una pared feliz es una pared de larga vida, una
pared práctica, una pared útil.
- ¿Una pared feliz? - dijo Trevize, con una leve sonrisa.
222
Dom explicó:
- Una pared puede experimentar una débil sensación que es análoga a lo que «feliz»
significa para nosotros. Una pared es feliz cuando está bien diseñada, cuando descansa
firmemente sobre sus cimientos, cuando su simetría equilibra sus partes y no produce
tensiones desagradables. Es posible hacer un buen diseño basándose en los principios
matemáticos de la mecánica, pero el empleo de una participación adecuada puede ajustarlo
a dimensiones virtualmente atómicas. En Gaia no hay ningún escultor que pueda realizar
una obra de arte de primera clase sin una participación bien hecha y las que yo hago se
consideran excelentes... si no está mal que lo diga yo mismo.
»Las participaciones animadas, que no son mi especialidad - continuó Dom con el tipo de
excitación que puede esperarse de alguien que habla sobre su pasatiempo favorito -, nos
proporcionan, por analogía, una experiencia directa del equilibrio ecológico.
El equilibrio ecológico de Gaia es muy sencillo, igual que en todos los mundos, pero aquí,
al menos, tenemos la esperanza de hacerlo más complejo y así enriquecer enormemente la
conciencia total.
Trevize alzó una mano para anticiparse a Pelorat y le indicó que guardara silencio.
- ¿Cómo sabe que un planeta puede tener un equilibrio ecológico más complejo si todos lo
tienen sencillo? - dijo.
- Ah - repuso Dom, con expresión astuta -, quiere ponerme a prueba. Usted sabe tan bien
como yo que el hogar original de la humanidad, la Tierra, tenía un equilibrio ecológico
enormemente complejo. Sólo los mundos secundarios, los mundos derivados, son sencillos.
Pelorat no pudo seguir callado.
- Este es el problema al que he dedicado mi vida. ¿Por qué sólo la Tierra tuvo una ecología
compleja? ¿Qué la distinguía de otros mundos? ¿Por qué los millones y millones de
mundos de la Galaxia, mundos que eran capaces de albergar vida, sólo desarrollaron una
vegetación insignificante, junto con pequeñas formas de vida animal sin inteligencia?
- Tenemos una teoría al respecto; una fábula, quizá. No puedo garantizar su autenticidad.
De hecho, a primera vista, parece ficción - repuso Dom.
En este punto Bliss, que no había participado en la comida, entró en la habitación,
sonriendo a Pelorat. Llevaba una blusa plateada, muy transparente.
Pelorat se levantó de inmediato.
- Creía que nos había abandonado.
- De ningún modo. Tenía informes que redactar, trabajo que hacer. ¿Puedo unirme a
ustedes, Dom?
Dom también se había levantado (aunque Trevize permanecía sentado).
- Eres bien recibida y cautivas estos ojos envejecidos.
- Para cautivarle a usted me he puesto esta blusa. Pel está por encima de esas cosas y a Trev
le desagradan.
Pelorat protestó:
- Si cree que estoy por encima de esas cosas, Bliss, quizá algún día le dé una sorpresa.
- Sería una sorpresa deliciosa - repuso Bliss, y se sentó. Los dos hombres la imitaron -. No
dejen que yo les interrumpa, por favor.
- Estaba punto de contar a nuestros huéspedes la historia de la Eternidad - dijo Dom -. Para
comprenderla, antes deben comprender que pueden existir muchos universos distintos, un
número virtualmente infinito. Cada acontecimiento que tiene lugar puede tener lugar o no
tener lugar, o puede tener lugar de este modo o de aquel otro, y cada una de las
223
numerosísimas alternativas resultará en un futuro curso de acontecimientos que son
distintos, al menos, hasta cierto grado.
»Bliss podría no haber entrado precisamente ahora; o podría haber estado con nosotros un
poco antes; o mucho antes; o habiendo entrado ahora, podría llevar una blusa distinta; o
incluso con esta blusa, podría no haber sonreído a los viejos con picardía como es su
bondadosa costumbre. En cada una de estas alternativas, o en cada una de las incontables
alternativas de este mismo acontecimiento, el Universo habría tomado un camino distinto,
así como en lo referente a todas las otras variaciones de todos los otros acontecimientos,
aunque sean insignificantes.
Trevize se movió con desasosiego.
- Creo que es una especulación común de mecánica cuántica... y muy antigua, además.
- Ah, la conoce. Pero prosigamos. Imagínense que los seres humanos pueden inmovilizar el
número infinito de universos, pasar de uno a otro según su voluntad, y escoger cuál debe
ser el «real», cualquiera que sea el significado de esa palabra en este caso.
- Oigo sus palabras e incluso me imagino el concepto que describe, pero no puedo creer que
nada de todo esto pueda llegar a ocurrir - objetó Trevize.
- En general, yo tampoco - dijo Dom -, por lo cual he aclarado que parecería una fábula. Sin
embargo, la fábula asegura que hubo quienes salieron del tiempo y examinaron los
innumerables ramales de la realidad potencial. Estas personas se llamaron «eternos» y
cuando salieron del tiempo se encontraron en la llamada «Eternidad».
»Ellos se encargaron de escoger la realidad más adecuada para la humanidad. Modificaron
muchísimas cosas, y la historia cuenta muchos detalles, pues debo decirles que ha sido
escrita en forma de una epopeya sumamente larga. Al fin encontraron (así lo afirman) un
universo en el que la Tierra era el único planeta de toda la Galaxia donde había un sistema
ecológico complejo, así como el desarrollo de una especie inteligente capaz de elaborar una
avanzada tecnología.
»Decidieron que ésta era la situación en la que la humanidad estaría más segura.
Inmovilizaron ese ramal de acontecimientos como realidad y luego suspendieron las
operaciones. Ahora vivimos en una Galaxia poblada sólo por seres humanos y, en alto
grado, por las plantas, animales y vida microscópica que los seres humanos llevan consigo,
voluntariamente o no, de un planeta a otro, y que suelen hacer desaparecer la vida indígena.
»En algún lugar recóndito de la probabilidad hay otras realidades en las que la Galaxia es
sede de muchas inteligencias, pero son inalcanzables. Nosotros estamos solos en nuestra
realidad. A partir de cada acción y cada suceso de nuestra realidad, parten nuevos ramales,
de los que sólo uno en cada caso es una continuación de la realidad, de modo que hay un
gran número de universos potenciales, quizás un número infinito, que se derivan del
nuestro, pero todos ellos son presuntamente parecidos por albergar la Galaxia de una sola
inteligencia donde vivimos... O quizá debería decir que todos menos un pequeñísimo
porcentaje son parecidos en este aspecto, ya que es peligroso excluir algo cuando las
posibilidades son casi infinitas.
Se detuvo, se encogió de hombros, y añadió:
- Al menos, ésta es la historia. Se remonta a antes de la fundación de Gaia. No garantizo su
autenticidad.
Los otros tres habían escuchado atentamente.
Bliss asintió con la cabeza, como si fuese algo que ya hubiera oído con anterioridad y se
limitara a verificar la exactitud del relato de Dom.
224
Pelorat reaccionó con una solemnidad silenciosa durante casi un minuto y luego cerró el
puño y lo descargó sobre el brazo de su silla.
- No - dijo, con voz ahogada -, eso no influye en nada. No hay modo de demostrar la
autenticidad de la historia por la observación o la razón, así que nunca será nada más que
una especulación, pero aparte de esto... ¡Supongamos que es cierto!
El universo donde vivimos sigue siendo un universo en el que sólo la Tierra ha desarrollado
una vida rica y una especie inteligente, de manera que en este universo, tanto si es el único
como sólo uno entre un número infinito de posibilidades, tiene que haber algo único en la
naturaleza del planeta Tierra. Aún deberíamos querer saber cuál es esa singularidad.
En el silencio que siguió, fue Trevize quien finalmente se agitó y meneó la cabeza.
- No, Janov - dijo -, las cosas no son así. Digamos que las posibilidades son de una en mil
millones de trillones, una en 1021, de que entre los mil millones de planetas habituales de la
Galaxia sólo la Tierra, por una extraña casualidad, desarrollara una ecología rica y,
posteriormente, inteligencia. Si es así, uno en 1021 de los diversos ramales de las realidades
potenciales representaría esa Galaxia y los «eternos» lo escogieron. Por lo tanto, vivimos en
un universo donde la Tierra es el único planeta capaz de desarrollar una ecología compleja,
una especie inteligente, y una avanzada tecnología, no porque la Tierra tenga algo especial,
sino porque dio la casualidad de que se desarrollara en la Tierra y en ningún otro sitio.
»De hecho - continuó Trevize con aire pensativo -, supongo que hay ramales de realidad en
los que sólo Gaia ha desarrollado una especie inteligente, o sólo Sayshell, o sólo Términus,
o sólo algún planeta que en esta realidad no tiene vida de ninguna clase. Y todos esos casos
muy especiales son un pequeñísimo porcentaje del número total de realidades en las que
hay más de una especie inteligente en la Galaxia. Supongo que si los "eternos" hubiesen
buscado más, habrían encontrado un ramal potencial de realidad en la que cada planeta
habitable habría desarrollado una especie inteligente.
- ¿No podría argumentar también que se había encontrado una realidad en la que la Tierra
no era como en otros ramales, pero tenía las condiciones necesarias para el desarrollo de la
inteligencia? De hecho, puede ir más lejos y decir que se había encontrado una realidad en
la que toda la Galaxia no era como en otros ramales, pero tenía un estado de desarrollo tal
que sólo la Tierra podía generar inteligencia - dijo Pelorat.
Trevize repuso:
- Podríamos afirmarlo así, pero creo que mi versión es más lógica.
- Naturalmente, esto no es más que una conclusión subjetiva... - empezó Pelorat con cierta
vehemencia, pero Dom le interrumpió, diciendo:
- Bueno, bueno, eso es pararse en quisquillas. No malogremos lo que está resultando, al
menos para mí, una velada agradable e interesante.
Pelorat hizo un esfuerzo para tranquilizarse y recobrar la ecuanimidad. Al fin sonrió y
manifestó:
- Como usted diga, Dom.
Trevize, que había lanzado varias ojeadas a Bliss, sentada recatadamente con las manos en
la falda, ahora preguntó:
- Y ¿cómo llegó este mundo a ser lo que es, Dom? ¿Gaia, con su conciencia colectiva?
Dom echó la cabeza hacia atrás y se rió con estridencia. Su cara se llenó de arrugas al decir:
- ¡Más fábulas! Pienso en ello a veces, cuando leo los informes que tenemos sobre la
historia humana. Por muy bien guardados y archivados y computadorizados que estén, se
vuelven borrosos con el tiempo. Las historias se multiplican. Las leyendas se acumulan...
225
como el polvo. Cuanto mayor es el lapso de tiempo, más polvorienta es la historia, hasta
que degenera en fábulas.
- Los historiadores estamos familiarizados con el proceso, Dom - dijo Pelorat -. Hay una
cierta preferencia por las fábulas. «El falso dramatismo desplaza a la insulsa verdad», dijo
Liebel Gennerat hace unos quince siglos. Ahora se le llama Ley de Gennerat.
- ¿En serio? - se extrañó Dom -. Y yo creía que esa teoría era una invención mía. Bueno, la
Ley de Gennerat llena nuestra historia pasada de encanto e incertidumbre. ¿Saben lo que es
un robot?
- Lo averiguamos en Sayshell - contestó Trevize con sequedad.
- ¿Vieron alguno?
- No. Nos hicieron la pregunta, y cuando respondimos negativamente, nos lo explicaron.
- Comprendo. Así pues, ya saben que la humanidad vivió con robots, pero no salió bien.
- Eso nos contaron.
- Los robots fueron adoctrinados con las llamadas Tres Leyes de la Robótica, que se
remontan a la prehistoria. Hay varias versiones sobre lo que pudieron ser esas Tres Leyes.
El parecer ortodoxo afirma lo siguiente: 1) Un robot no debe dañar a un ser humano o, por
medio de la inacción, permitir que un ser humano sea dañado; 2) Un robot debe obedecer
las órdenes de los seres humanos, excepto cuando esas órdenes contravengan la Primera
Ley; 3) Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no
contravenga la Primera o Segunda Ley.
»A medida que los robots fueron adquiriendo más inteligencia y versatilidad, interpretaron
esas leyes, en especial la primera, con creciente generosidad y asumieron, cada vez más, el
papel de protectores de la humanidad. La protección ahogó a las personas y se hizo
insoportable.
»Los robots eran esencialmente bondadosos. Sus esfuerzos eran claramente humanos y
tenían por objeto el bien de todos, lo que en cierto modo les hizo aun más insoportables.
»Cada mejora de los robots empeoraba la situación. Los robots tenían facultades
telepáticas, pero eso significaba que incluso podían leer el pensamiento humano, de modo
que la conducta humana se hizo aún más dependiente de la fiscalización de los robots.
»Los robots fueron pareciéndose cada vez más a los seres humanos, pero siguieron siendo
robots en su conducta, y el ser humanoides les hacía aun más repulsivos. Así pues,
naturalmente, eso debía terminar.
- ¿Por qué «naturalmente»? - preguntó Pelorat, que había escuchado con gran atención.
- Es cuestión de seguir la lógica hasta sus últimas consecuencias - dijo Dom -. Con el
tiempo, los robots progresaron hasta llegar a ser suficientemente humanos para comprender
por qué los seres humanos no querían que se les privara de todo lo humano con la excusa de
su propio bien. A la larga, los robots se vieron obligados a admitir que quizá la humanidad
se sentiría más a gusto cuidando de sí misma, aunque lo hiciera con negligencia e
ineficacia.
»Por lo tanto, se dice que fueron los robots quienes establecieron de algún modo la
Eternidad y se convirtieron en "eternos". Localizaron una realidad en la que consideraron
que los seres humanos podían estar seguros, en la medida de lo posible, solos en la Galaxia.
Después, habiendo hecho lo que podían para protegerlos y con objeto de cumplir la primera
ley en su más estricto sentido, los robots dejaron de funcionar por su propia voluntad, y
desde entonces hemos sido seres humanos... avanzando, como podemos, sin ayuda de
nadie.
Dom hijo una pausa. Miró a Trevize y Pelorat, y luego preguntó:
226
- Bueno, ¿creen todo eso?
Trevize meneó lentamente la cabeza.
- No. No hay nada parecido a esto en ninguna crónica histórica de la que yo haya oído
hablar. ¿Y usted, Janov?
- Hay algunos mitos que son semejantes en ciertos aspectos - dijo Pelorat.
- Vamos, Janov, hay mitos que se ajustarían a cualquier cosa que pudiéramos inventar, si
les diéramos una interpretación suficientemente ingeniosa. Estoy hablando de historia,
datos fidedignos.
- Oh, bueno. Que yo sepa, de eso no hay nada.
- No me sorprende - dijo Dom -. Antes de que los robots se retiraran, muchos grupos de
seres humanos se internaron en el espacio para colonizar mundos sin robots, con objeto de
tomar sus propias medidas para alcanzar la libertad. Procedían especialmente de la
superpoblada Tierra, con su larga historia de resistencia a los robots. Los nuevos mundos
fueron fundados con otros criterios y los fundadores no quisieron ni recordar su amarga
humillación de niños sometidos a niñeras-robots. No llevaron ningún registro y olvidaron.
- Eso es inverosímil - objetó Trevize.
Pelorat se volvió hacia él.
- No, Golan. No es inverosímil. Las sociedades crean su propia historia y tienden a borrar
los comienzos difíciles, olvidándolos o inventando heroicos rescates totalmente ficticios. El
gobierno imperial trató de ocultar el pasado preimperial para reforzar la mística atmósfera
de régimen eterno. Por otra parte, casi no hay datos sobre la época anterior a los viajes
hiperespaciales, y usted sabe que la misma existencia de la Tierra es hoy desconocida para
la mayoría de la gente.
- No puede usar ambas alternativas, Janov. Si la Galaxia ha olvidado los robots, ¿cómo es
que Gaia los recuerda? - dijo Trevize.
Bliss intervino con una súbita carcajada de soprano.
- Nosotros somos diferentes.
- ¿Sí? - dijo Trevize -. ¿En qué sentido?
Dom terció:
- Vamos, Bliss, déjame esto a mí. Nosotros somos diferentes, hombres de Términus. Entre
todos los grupos de refugiados que huyeron de la dominación de los robots, los que
finalmente llegamos a Gaia (siguiendo las huellas de los que llegaron a Sayshell) éramos
los únicos que habíamos aprendido el arte de la telepatía de los robots.
»Es un arte, se lo aseguro. Es inherente a la mente humana, pero debe desarrollarse de un
modo muy sutil y difícil. Se necesitan muchas generaciones para alcanzar todo su potencial,
pero una vez bien iniciado, progresa por sí solo. Nosotros lo iniciamos hace veinte mil años
y el sentir de Gaia es que ahora todavía no hemos alcanzado todo su potencial. Hace mucho
tiempo nuestro desarrollo de la telepatía nos hizo percatar de la conciencia colectiva;
primero sólo de los seres humanos, después de los animales, después de las plantas, y
finalmente, no hace muchos siglos, de la estructura inanimada del mismo planeta.
»Como nos remontamos hasta los robots, no los olvidamos. No los consideramos nuestras
niñeras sino nuestros profesores. Comprendimos que nos habían abierto la mente a algo que
ni por un momento desearíamos ignorar. Los recordamos con gratitud.
- Pero tal como en otros tiempos fueron niños para los robots, ahora son niños para la
conciencia colectiva. ¿No han perdido humanidad ahora, tal como la perdieron entonces? -
dijo Trevize.
227
- Es distinto, Trev. Lo que hacemos ahora es por propia elección... nuestra propia elección.
Esto es lo que cuenta. No nos ha sido impuesto desde fuera, sino que se ha desarrollado
desde dentro. No lo olvidamos nunca. Y también somos diferentes en otro aspecto. Somos
únicos en la Galaxia. No hay ningún mundo como Gaia.
- ¿Cómo están tan seguros?
- Lo sabríamos, Trev. Detectaríamos una conciencia mundial como la nuestra incluso en el
otro extremo de la Galaxia. Podemos detectar los comienzos de tal conciencia en su
Segunda Fundación, por ejemplo, aunque sólo desde hace dos siglos.
- ¿En tiempos del Mulo?
- Sí. Uno de los nuestros. - Dom torció el gesto -.
Era un anormal y nos dejó. Nosotros fuimos suficientemente ingenuos para no creerlo
posible, de modo que no actuamos a tiempo para detenerlo. Luego, cuando volvimos
nuestra atención hacia los mundos exteriores, adquirimos conciencia de lo que ustedes
llaman la Segunda Fundación y la abandonamos a su suerte.
Trevize no reaccionó durante unos momentos, y después murmuró:
- ¡Ahí van nuestros libros de historial - Meneó la cabeza y dijo en voz más alta -: Eso fue
una cobardía por parte de Gaia, ¿no cree? El era responsabilidad de ustedes.
- Tiene razón. Pero cuando al fin volvimos los ojos hacia la Galaxia, nos percatamos de
algo que hasta entonces habíamos ignorado, de modo que la tragedia del Mulo nos salvó la
vida. Fue entonces cuándo nos dimos cuenta de que una peligrosa crisis terminaría
abatiéndose sobre nosotros. Y así ha sido..., pero no antes de que pudiéramos tomar
medidas, gracias al incidente del Mulo.
- ¿Qué clase de crisis?
- Una crisis que nos amenaza con la destrucción.
- No lo creo. Ustedes contuvieron al Imperio, al Mulo y a Sayshell. Tienen una conciencia
colectiva capaz de atraer a una nave en el espacio a una distancia de millones de
kilómetros. ¿Qué pueden temer? Mire a Bliss. Ella no parece estar alterada. Ella no cree
que haya una crisis.
Bliss había colocado una torneada pierna sobre el brazo de la butaca y agitó los dedos de
los pies en dirección a él.
- Claro que no estoy preocupada, Trev. Usted lo arreglará.
Trevize exclamó:
- ¿Yo?
- Gaia le ha traído aquí por medio de numerosas manipulaciones. Es usted quien debe
enfrentarse a nuestra crisis - dijo Dom.
Trev se lo quedó mirando y, poco a poco, su estupefacción se transformó en rabia.
- ¿Yo? ¿Por qué, en todo el espacio, yo? No tengo nada que ver con esto.
- No obstante, Trev - dijo Dom, con una calma casi hipnótica -, es usted. Sólo usted. En
todo el espacio, sólo usted.
18 COLISION
228
75
Stor Gendibal iba acercándose a Gaia casi tan prudentemente como lo había hecho Trevize,
y ahora que su estrella era un disco perceptible y sólo podía ser observado a través de
potentes filtros, se detuvo a reflexionar.
Sura Novi estaba sentada a un lado, y lo miraba de vez en cuando con timidez.
- ¿Maestro? - dijo suavemente.
- ¿Qué hay, Novi? - preguntó él, distraído.
- ¿Eres desgraciado?
La miró rápidamente.
- No. Estoy preocupado. ¿Recuerdas esa palabra? Estoy tratando de decidir si debo seguir
adelante o esperar un poco más. ¿Te parece que debo ser valiente, Novi?
- Creo que tú siempre eres valiente, maestro.
- A veces ser valiente es ser tonto.
Novi sonrió.
- ¿Cómo puede un maestro sabio ser tonto? Eso es un sol, ¿verdad, maestro? - Señaló hacia
la pantalla.
Gendibal asintió.
Tras una breve vacilación, Novi dijo:
- ¿Es el sol que brilla sobre Trántor? ¿Es el sol hameniano?
Gendibal contestó:
- No, Novi. Es otro sol completamente distinto. Hay muchos soles, millones de soles.
- ¡Ah! Lo sabía con la cabeza. Sin embargo, no podía decidirme a creerlo. ¿Cómo es,
maestro, que uno puede saber algo con la cabeza y, aun así, no creerlo?
Gendibal esbozó una sonrisa.
- En tu cabeza, Novi... - empezó y, automáticamente, al decir esto, se encontró él mismo en
la cabeza de la muchacha. La frotó suavemente, como hacía siempre, cuando se encontraba
allí, un simple toque calmante de los zarcillos mentales para mantener a la hameniana en
paz y tranquilidad, y después habría vuelto a salir, como hacía siempre, si algo no le
hubiese retenido.
Lo que percibió no era descriptible más que en términos mentálicos pero, metafóricamente,
el cerebro de Novi resplandecía. Era el resplandor más débil posible.
No estaría allí a no ser por la existencia de un campo mentálico impuesto desde fuera, un
campo mentálico de una intensidad tan débil que el excelente funcionamiento receptor de la
entrenada mente del propio Gendibal apenas pudo detectar, incluso en la absoluta
uniformidad de la estructura mentálica de Novi.
- Novi, ¿cómo te encuentras? - dijo con viveza.
La muchacha le miró con asombro.
- Me encuentro bien, maestro.
- ¿Te sientes aturdida, confusa? Cierra los ojos y no te muevas hasta que yo diga «ahora».
Novi cerró obedientemente los ojos. Gendibal ahuyentó con cuidado todas las sensaciones
ajenas a su mente, calmó sus pensamientos, suavizó sus emociones, frotó.., frotó... No dejó
nada más que el resplandor y era tan débil que casi habría podido persuadirse de que no
estaba allí.
- Ahora - dijo, y Novi abrió los ojos.
- ¿Cómo te encuentras, Novi?
229
- Muy tranquila, maestro. Descansada.
Sin duda era demasiado débil para tener algún efecto perceptible sobre ella.
Se volvió hacia la computadora y forcejeó con ella.
Tuvo que admitir que él y la computadora no encajaban muy bien. Quizás era porque estaba
demasiado acostumbrado a utilizar directamente la mente para poder trabajar a través de un
intermediario. Pero buscaba una nave, no una mente, y la búsqueda inicial podía hacerse
más eficientemente con la ayuda de la computadora.
Y encontró el tipo de nave que sospechaba podía estar presente. Se hallaba a medio millón
de kilómetros de distancia y era muy parecida a la suya en diseño, pero mucho más grande
y elaborada.
Una vez la hubo localizado con la ayuda de la computadora, Gendibal dejó que su mente
actuara directamente. La envió hacia fuera y percibió lo el equivalente mentálico de
«percibir»a la nave, por dentro y por fuera.
Luego envió su mente hacia el planeta Gaia, acercándose a él varios millones de kilómetros
más, y se retiró. Ningún proceso bastó para revelarle, inequívocamente, cuál era la fuente
del campo.
- Novi, querría que te sentaras a mi lado mientras ocurre lo que vaya a ocurrir - dijo.
- Maestro, ¿hay peligro?
- No debes preocuparte por nada, Novi. Me encargaré de que estés sana y salva.
- Maestro, no estoy preocupada por mí, Si hay peligro, quiero poder ayudarte.
Gendibal se ablandó y dijo:
- Novi, ya me has ayudado. Gracias a ti, me he percatado de un detalle muy importante. Sin
ti, quizá me habría metido en una ciénaga y sólo habría podido salir con grandes
dificultades.
- ¿He hecho esto con mi mente, maestro, como me explicaste una vez? - preguntó Novi,
atónita.
- Así es, Novi. Ningún instrumento habría sido más sensitivo. Mi propia mente no lo es;
está demasiado llena de complejidad.
La cara de Novi reflejó una gran satisfacción.
- Estoy muy contenta de poder ayudar.
Gendibal sonrió y asintió con la cabeza; luego pensó sombríamente que necesitaría otro
tipo de ayuda. Algo protestó en su interior. El trabajo era suyo, sólo suyo.
Sin embargo, no podía ser sólo suyo. Las probabilidades se reducían...
76
En Trántor, Quindor Shandess notaba que la responsabilidad del cargo de primer orador
descansaba sobre él con un peso sofocante. Desde que la nave de Gendibal se desvaneciera
en la oscuridad más allá de la atmósfera, no había convocado ninguna reunión de la Mesa.
Había estado inmerso en sus propios pensamientos.
¿Había sido prudente dejar que Gendibal se marchara solo? Gendibal era inteligente, pero
no lo suficiente para no ceder a la tentación de confiarse demasiado. El mayor defecto de
Gendibal era la arrogancia, como el mayor defecto del propio Shandess (pensó con
amargura) era el cansancio de la edad.
230
Una y otra vez, se le ocurrió pensar que el precedente de Preem Palver, que viajó por toda
la Galaxia para arreglar las cosas, era peligroso. ¿Podía algún otro ser un Preem Palver?
¿Siquiera Gendibal? Y Palver se había llevado a su esposa.
Por supuesto, Gendibal se había llevado a aquella hameniana, pero eso no le ayudaría en
nada. La esposa de Palver había sido oradora por derecho propio.
Shandess se sentía envejecer día a día mientras esperaba noticias de Gendibal, y a medida
que pasaban los días sin que éstas llegaran, sentía una tensión creciente.
Debería haber sido una flota de naves, una flotilla.
No. La Mesa no lo habría permitido.
Y sin embargo...
Cuando finalmente recibió la llamada, estaba durmiendo. Su sueño era agitado y no le
aportaba ningún alivio. La noche había sido ventosa y le había costado dormirse. Como un
niño, había creído oír voces en el viento.
Su último pensamiento antes de conciliar el sueño había sido dimitir, un deseo que no podía
realizar, pues en este momento Delarmi le sucedería.
Y entonces recibió la llamada y se incorporó en la cama, totalmente despierto.
- ¿Está usted bien? - preguntó.
- Muy bien, primer orador - contestó Gendibal -. ¿Qué le parece si establecemos contacto
visual para una comunicación más condensada?
- Más tarde, quizá - repuso Shandess -. En primer lugar, ¿cuál es la situación?
Gendibal habló con lentitud, pues percibió el reciente despertar del otro y notó un profundo
cansancio.
- Estoy cerca de un planeta habitado llamado Gaia, cuya existencia no consta en ningún
archivo galáctico, que yo sepa - dijo.
- ¿El mundo de esos que han estado trabajando para perfeccionar el Plan? ¿Los Anti-
Mulos?
- Posiblemente, primer orador. Hay varias razones para creerlo así. Primera, la nave de
Trevize y Pelorat se ha acercado mucho a Gaia y lo más probable es que haya aterrizado
allí. Segunda, a medio millón de kilómetros de mí, hay una nave de guerra de la Primera
Fundación.
- No puede haber tanto interés sin motivo.
- Primer orador, puede que no sea un interés independiente. Yo estoy aquí porque sigo a
Trevize, y la nave de guerra puede estar aquí por la misma razón. Sólo queda preguntarse
por qué está Trevize aquí.
- ¿Se propone seguirle hasta el planeta, orador?
- Había considerado esa posibilidad, pero ha ocurrido algo. Ahora estoy a cien millones de
kilómetros de Gaia y percibo un campo mentálico en el espacio que me rodea, un campo
homogéneo que es excesivamente débil. No habría podido percatarme de él a no ser por la
mente de la hameniana. Es una mente extraordinaria; consentí en llevarla conmigo por esta
razón.
- Así pues, tuvo razón al suponer que sena tan... ¿Cree que la oradora Delarmi lo sabía?
- ¿Cuando me instó a que me la llevara? No lo creo, pero me ha prestado un gran servicio,
primer orador.
- Me alegro. ¿Opina usted, orador Gendibal, que el planeta es el foco del campo?
- Para estar seguro, tendría que tomar medidas desde puntos muy distanciados con objeto
de comprobar si el campo tiene una simetría esférica general. Mi sonda mental
231
unidireccional indica que es probable, pero no seguro. Sin embargo, no sería prudente
seguir investigando en presencia de la nave de guerra de la Fundación.
- Sin duda no es ningún peligro.
- Puede serlo. Aún no estoy seguro de que no sea ella misma el foco del campo, primer
orador.
- Pero ellos...
- Primer orador, con todo respeto, permítame interrumpirle. Nosotros no sabemos qué
avances tecnológicos ha hecho la Primera Fundación. Actúan con una extraña confianza en
sí mismos y quizá nos tengan reservada alguna sorpresa desagradable. Hay que averiguar si
han aprendido a dominar la mentálica por medio de alguno de sus aparatos. En resumen,
primer orador, me enfrento a una nave de mentálicos o a un planeta.
»Si es la nave, la mentálica puede ser demasiado débil para inmovilizarme, pero podría ser
suficiente para retrasarme, y las armas puramente físicas de la nave podrían bastar entonces
para destruirme. Por otra parte, si el foco es el planeta, el hecho de detectar el campo a tal
distancia podría significar una intensidad enorme en la superficie, más de lo que incluso yo
puedo controlar.
»En ambos casos, será necesario establecer una red, una red total, en la que todos los
recursos de Trántor puedan ponerse a mi disposición.
El primer orador titubeó.
- Una red total. Eso no se ha utilizado nunca, ni siquiera se ha sugerido... excepto en
tiempos del Mulo.
- Es muy posible que esta crisis sea incluso más grave que la del Mulo, primer orador.
- No sé si la Mesa consentirá.
- No creo que deba pedirles su consentimiento, primer orador. Debe proclamar el estado de
emergencia.
- ¿Qué excusa puedo dar?
- Cuénteles lo que yo le he contado, primer orador.
- La oradora Delarmi dirá que es usted un cobarde incompetente, llevado a la locura por sus
propios temores.
Gendibal hizo una pausa antes de contestar. Luego manifestó:
- Me imagino que dirá algo así, primer orador, pero déjela decir todo lo que quiera porque
yo sobreviviré. Lo que ahora está en juego no es mi orgullo o mi egoísmo, sino la misma
existencia de la Segunda Fundación.
77
Harla Branno sonrió sombríamente y las arrugas de su cara se hicieron más profundas.
- Creo que podemos seguir adelante. Estoy preparada - dijo.
Kodell preguntó:
- ¿Todavía está segura de que sabe lo que hace?
- Si estuviese tan loca como usted finge creer, Liono, ¿habría insistido en quedarse en esta
nave conmigo?
Kodell se encogió de hombros y respondió:
- Probablemente. Entonces estaría aquí, señora alcaldesa, para intentar detenerla, distraerla,
al menos hacerle perder tiempo, antes de que llegara demasiado lejos. Y, por supuesto, si
no está loca...
232
- ¿Sí?
- Pues entonces no querría que las historias del futuro la mencionaran a usted sola. Dejemos
que declaren que yo estaba aquí con usted y que se pregunten, tal vez, a quién corresponde
el mérito en realidad, ¿ eh, alcaldesa?
- Muy astuto, Liono, muy astuto..., pero totalmente inútil. Yo he sido el poder oculto a lo
largo de demasiados mandatos para que ahora crean que permitiría ese fenómeno en mi
propia administración.
- Ya lo veremos.
- No, no lo veremos, pues esos dictámenes histéricos se producirán cuando ya estemos
muertos. Sin embargo, no temo nada. Ni mi lugar en la historia, ni eso - y señaló la
pantalla.
- La nave de Compor - dijo Kodell.
- La nave de Compor, sí - dijo Branno -, pero sin Compor a bordo. Una de nuestras naves
de reconocimiento observó el cambio. La nave de Compor fue detenida por otra. Dos
personas de la otra nave abordaron ésa y más tarde Compor salió y se trasladó a la otra.
Branno se frotó las manos.
- Trevize ha desempeñado su papel a la perfección. Le eché al espacio para que sirviera de
pararrayos y así lo ha hecho. Ha atraído el rayo. La nave que detuvo a Compor pertenecía a
la Segunda Fundación.
- ¿Cómo puede estar segura de eso? – inquirió Kodell, sacando su pipa y empezando a
llenarla lentamente de tabaco.
- Porque siempre me he preguntado si Compor no podía estar controlado por la Segunda
Fundación. Su vida era demasiado halagüeña. Todo le salía bien, y era un gran experto en
rastreo hiperespacial. Su traición a Trevize podía ser la política de un hombre ambicioso,
pero lo hizo con demasiada minuciosidad, como si se jugara algo más que sus ambiciones
políticas.
- ¡Meras conjeturas, alcaldesa!
- Las conjeturas cesaron cuando siguió a Trevize a través de múltiples saltos tan fácilmente
como si sólo hubiera sido uno.
- Tenía la computadora para ayudarle, alcaldesa.
Pero Branno echó la cabeza hacia atrás y se rió.
- Mi querido Liono, está tan ocupado tramando complicadas conjuras que olvida la eficacia
de los procedimientos sencillos. Envié a Compor en pos de Trevize, no porque necesitara
seguir a Trevize. ¿Qué necesidad había? Trevize, por mucho que quisiera ocultar sus
movimientos, no podía dejar de llamar la atención en cualquier mundo que visitara. Su
avanzada nave de la Fundación, su marcado acento de Términus, sus créditos de la
Fundación, le rodearían automáticamente con un brillo de notoriedad. Y en caso de alguna
emergencia, recurrida automáticamente a los representantes de la Fundación, como hizo en
Sayshell, donde supimos todo lo que hizo en cuanto lo hizo... e independientemente de
Compor.
»No - prosiguió con aire reflexivo -, Compor fue enviado al espacio para poner a prueba a
Compor.
Y ha dado resultado porque le asignamos deliberadamente una computadora defectuosa; no
suficientemente defectuosa para impedir la maniobrabilidad de la nave, pero sí para
ayudarle a seguir un salto múltiple. A pesar de ello, Compor consiguió hacerlo sin
dificultades.
- Veo que no me cuenta muchas cosas, alcaldesa, hasta que decide que debe hacerlo.
233
- Sólo le oculto aquellos asuntos, Liono, que no le perjudicará no saber. Le admiro y le
utilizo, pero mi confianza tiene un límite, como la de usted por mí..., y, por favor, no se
moleste en negarlo.
- No lo haré - repuso Kodell secamente -, y algún día, alcaldesa, me tomaré la libertad de
recordárselo. Mientras tanto, ¿debería saber algo más? ¿Cuál es la naturaleza de la nave que
le detuvo? Sin duda, si Compor es miembro de la Segunda Fundación, esa nave también lo
era.
- Siempre es un placer hablar con usted, Liono. Ve las cosas con mucha rapidez. La
Segunda Fundación no se molesta en borrar sus huellas. Tiene defensas en las que confía
para hacer esas huellas invisibles, aun cuando no lo son. A un miembro de la Segunda
Fundación jamás se le ocurriría emplear una nave de fabricación extranjera, aunque supiera
cuán fácilmente podemos identificar el origen de una nave por el dibujo de su utilización
energética. Siempre pueden borrar ese conocimiento de la mente que lo haya adquirido, de
modo que, ¿por qué molestarse en ocultarse? Pues bien, nuestra nave de reconocimiento
pudo determinar el origen de la nave que se acercó a Compor a los pocos minutos de
avistarla.
- Y supongo que ahora la Segunda Fundación borrará ese conocimiento de nuestras mentes.
- Si pueden - dijo Branno -, pero quizá descubran que las cosas han cambiado.
- Antes ha dicho que sabía dónde estaba la Segunda Fundación. Que primero se encargaría
de Gaia, y después de Trántor. Por ello deduzco que esa otra nave era de origen trantoriano
- manifestó Kodell.
- Supone bien. ¿Está sorprendido?
Kodell meneó lentamente la cabeza.
- Pensándolo bien, no. Ebling Mis, Toran Darelly Bayta Darell estuvieron en Trántor
durante la época en que el Mulo fue detenido. Arkady Darell, la nieta de Bayta, nació en
Trántor y volvía a estar en Trántor cuando se cree que la misma Segunda Fundación fue
detenida. En su relato de los acontecimientos, hay un tal Preem Palver que desempeñó un
papel clave, apareciendo en los momentos convenientes, y era un comerciante trantoriano.
Es obvio que la Segunda Fundación estaba en Trántor, donde, incidentalmente, vivía el
mismo Hari Seldon cuando instituyó ambas Fundaciones.
- Muy obvio, pero nadie sugirió nunca esa posibilidad. La Segunda Fundación se encargó
de que así fuera. A eso me refería al declarar que no tenían que borrar sus huellas, cuando
podían lograr fácilmente que nadie mirase hacia esas huellas, o borrar el recuerdo de esas
huellas después de que hubieran sido vistas.
Kodell dijo:
- En ese caso, no miremos demasiado rápidamente hacia donde ellos pueden querer que
miremos. ¿Cómo supone que Trevize dedujo que la Segunda Fundación existía? ¿Por qué
no lo detuvo la Segunda Fundación?
Branno levantó los dedos y los contó.
- Primero, Trevize es un hombre poco corriente que, por su turbulenta incapacidad para la
cautela, tiene algo que no he sido capaz de comprender. Quizá sea un caso especial.
Segundo, la Segunda Fundación no lo ignoraba. Compor empezó a espiar a Trevize y le
denunció. Confiaron en mí para detener a Trevize sin que la Segunda Fundación tuviera
que arriesgarse a tomar parte. Tercero, cuando no reaccioné como esperaban, ni ejecución,
ni encarcelamiento, ni borradura de memoria, ni sondeo psíquico de su cerebro, cuando me
limité a enviarle al espacio, la Segunda Fundación fue más lejos. Enviaron una de sus
propias naves tras él.
234
Y añadió con reservada satisfacción:
- Si, un pararrayos excelente.
- ¿Y nuestro próximo paso? - preguntó Kodell.
- Desafiaremos a ese miembro de la Segunda Fundación que ahora está ante nosotros. De
hecho, ya nos dirigimos lentamente hacia él.
78
Gendibal y Novi estaban sentados, uno junto al otro, observando la pantalla.
Novi se sentía atemorizada. Para Gendibal, eso era evidente, así como el hecho de que
intentaba combatir ese temor por todos los medios. Gendibal no podía hacer nada para
ayudarla en su lucha, pues no consideraba prudente tocar su cerebro en este momento, ya
que quizás oscureciese la respuesta que ella exhibía ante el débil campo mentálico que los
rodeaba.
La nave de guerra de la Fundación iba acercándose con lentitud, pero inexorablemente, Era
una nave grande, con una tripulación que tal vez ascendiera a seis personas, a juzgar por la
experiencia referente a naves de la Fundación. Gendibal estaba seguro de que sus armas
bastarían para contener y, en caso necesario, aniquilar a toda la flota de la Segunda
Fundación, si esa flota tenía que confiar únicamente en la fuerza física.
Comoquiera que fuese, el avance de la nave, incluso contra una sola nave tripulada por un
miembro de la Segunda Fundación, permitía sacar ciertas conclusiones. Aunque la nave
tuviese poder mentálico, no sería lógico que se enfrentara a la Segunda Fundación de este
modo. Lo más probable era que avanzase por ignorancia, y ésta podía darse en distintos
grados.
Podía significar que el capitán de la nave ignoraba que Compor había sido sustituido o, si lo
sabía, ignoraba que el sustituto era un miembro de la Segunda Fundación, o tal vez incluso
ignoraba qué era la Segunda Fundación.
¿Y si la nave tenía poder mentálico (Gendibal se proponía considerarlo todo) y, no
obstante, avanzaba de este modo tan confiado? Eso sólo podía significar que estaba
controlada por un megalómano o que tenía un poder mayor del que Gendibal consideraba
posible.
Pero lo que él consideraba posible no era un factor terminante...
Tocó con cuidado la mente de Novi. Novi no podía percibir conscientemente los campos
mentálicos, mientras que Gendibal, desde luego, podía hacerlo, pero la mente de Gendibal
no podía lograrlo con tanta delicadeza o detectar un campo mental tan débil como la de
Novi. Era una paradoja que debería estudiarse en el futuro y quizá diera frutos que a la
larga resultaran mucho más importantes que el problema inmediato de una astronave cada
vez más próxima.
Gendibal se había asido a esta posibilidad, intuitivamente, cuando observó por vez primera
la extraordinaria uniformidad y simetría de la mente de Novi, y se enorgulleció de su
intuición. Los oradores siempre se habían sentido orgullosos de sus poderes intuitivos,
pero, ¿hasta qué punto eran producto de su incapacidad para medir campos por métodos
físicos y, por lo tanto, de su ineptitud para comprender qué era lo que hacían en realidad?
Resultaba fácil encubrir la ignorancia con la mística palabra «intuición». Y, ¿hasta qué
punto se debía esta ignorancia a la subestimación de la física frente a la mentálica?
Y, ¿hasta qué punto era eso un orgullo ciego?
235
Cuando fuese primer orador, pensó Gendibal, esto cambiaría. Tenía que haber una
reducción del abismo físico entre las Fundaciones. La Segunda Fundación no podía afrontar
eternamente la posibilidad de destrucción cada vez que el monopolio mentálico les fallara
un poco.
En realidad, quizás el monopolio estuviera fallándoles ahora mismo. Quizá la Primera
Fundación había progresado o existía una alianza entre la Primera Fundación y los Anti-
Mulos. (Era la primera vez que se le ocurría esta idea y se estremeció.)
Sus pensamientos al respecto pasaron por su mente con la rapidez propia de todo orador, y
mientras pensaba, también siguió vigilando el resplandor de la mente de Novi, la respuesta
al campo mentálico escasamente penetrante que los rodeaba. Este no se intensificaba a
medida que la nave de la Fundación se acercaba.
Eso no significaba, por sí solo, que la nave no fuese mentálica. Era bien sabido que el
campo mentálico no se ajustaba a las leyes ordinarias de la distancia. No se intensificaba
sustancialmente a medida que la distancia entre el emisor y el receptor disminuía. En este
sentido difería de los campos electromagnético y gravitatorio. Sin embargo, aunque los
campos mentálicos variaban menos con la distancia que los diversos campos físicos,
tampoco eran del todo insensibles a la distancia. La respuesta de la mente de Novi debería
revelar un aumento detectable a medida que la nave se acercaba, algún momento.
(¿Cómo era posible que en cinco siglos, desde Hari Seldon, ningún miembro de la Segunda
Fundación hubiese pensado nunca en elaborar una relación matemática entre la intensidad
mentálica y la distancia? Esta indiferencia por la física debía cesar y cesaría, juró
silenciosamente Gendibal.)
Si la nave era mentálica y si sabía con certeza que estaba acercándose a un miembro de la
Segunda Fundación, ¿no aumentaría al máximo la intensidad de su campo antes de
avanzar? Y en ese caso, ¿no registraría la mente de Novi una respuesta mayor de algún
tipo?
¡Sin embargo, no era así!
Gendibal eliminó confiadamente la posibilidad de que la nave fuese mentálica. Avanzaba
por simple ignorancia y, como amenaza, apenas contaba.
Claro que el campo mentálico seguía existiendo, pero tenía que originarse en Gaia. Esto
resultaba bastante inquietante, pero el problema inmediato lo constituía la nave. Primero
había que eliminarlo y después podría volver su atención hacia el mundo de los Anti-
Mulos.
Esperó. La nave haría algún movimiento o se acercaría lo suficiente para que él pudiese
emprender un ataque efectivo.
La nave seguía acercándose, ahora bastante de prisa, y seguía sin hacer nada. Al fin
Gendibal calculó que la fuerza de su acometida sería suficiente. No produciría dolor,
apenas ninguna molestia; todos los que estuvieran a bordo se limitarían a descubrir que los
músculos de su espalda y extremidades sólo respondían perezosamente a sus deseos.
Gendibal redujo el campo mentálico controlado por su mente. Este se intensificó y saltó
sobre el abismo que separaba las dos naves a la velocidad de la luz. (Las dos naves se
hallaban suficientemente cerca para que el contacto hiperespacial, con su inevitable pérdida
de precisión, fuese innecesario.)
Y entonces Gendibal retrocedió con asombro.
La nave de la Fundación poseía un eficiente escudo mentálico que ganaba densidad en la
misma proporción que su propio campo ganaba intensidad. Después de todo, la nave no se
acercaba por ignorancia... y contaba con una inesperada arma pasiva.
236
79
- ¡Ah! - dijo Branno -. Ha intentado un ataque, Liono. ¡Mire!
La aguja del psicómetro se movió y tembló en su ascenso irregular.
El desarrollo del escudo mentálico había ocupado a los científicos de la Fundación durante
ciento veinte años en el más secreto de todos los proyectos científicos, excepto quizás el
solitario desarrollo del análisis psicohistórico de Hari Seldon. Cinco generaciones de seres
humanos habían trabajado en el perfeccionamiento gradual de un dispositivo que no estaba
respaldado por ninguna teoría satisfactoria.
Pero no habría sido posible ningún avance sin la invención del psicómetro que actuaba de
guía, indicando la dirección y cantidad de avance en todas las etapas. Nadie podía explicar
cómo funcionaba, pero todo indicaba que medía lo inmensurable y daba números a lo
indescriptible. Branno tenía la sensación (compartida por algunos de los propios científicos)
de que si algún día la Fundación podía explicar el funcionamiento del psicómetro,
igualarían a la Segunda Fundación en control mental.
Pero eso se refería al futuro. En el presente, el escudo tendría que bastar, respaldado como
estaba por una abrumadora preponderancia en armas físicas.
Branno envió el mensaje, pronunciado en una voz masculina de la que se habían erradicado
todas las alusiones emocionales, hasta hacerla neutra y terminante:
«Llamando a la nave Estrella Brillante y sus ocupantes. Han tomado violentamente una
nave de la Armada de la Confederación de la Fundación en un acto de piratería. Se les
ordena entregar la nave y rendirse inmediatamente o hacer frente al ataque.»
La contestación llegó en voz natural:
- Alcaldesa Branno de Términus, sé que está en la nave. El Estrella Brillante no fue tomado
en una acción pirática. Fui invitado a subir a bordo por su capitán legal, Munn Li Compor
de Términus. Solícito una tregua para debatir cuestiones muy importantes para ambos.
Kodell susurró a Branno:
- Déjeme hablar a mí, alcaldesa.
Ella levantó el brazo con ademán despectivo.
- La responsabilidad es mía, Liono.
Tras ajustar el transmisor, habló en un tono casi tan forzado y exento de emociones como la
voz artificial que había hablado antes:
- Hombre de la Segunda Fundación, comprenda su posición. Si no se rinde inmediatamente,
podemos mandar su nave fuera del espacio en el tiempo que necesita la luz para ir de
nuestra nave a la de usted, y estamos dispuestos a hacerlo. No perderemos nada haciéndolo,
pues usted no sabe nada por lo que debamos mantenerle con vida. Sabemos que es de
Trántor y, una vez nos hayamos ocupado de usted, nos ocuparemos de Trántor. Le
concederemos unos minutos para que diga lo que tenga que decir, pero ya que no puede
revelamos nada útil, no le escucharemos demasiado rato.
- En ese caso - repuso Gendibal -, hablaré rápidamente y sin rodeos. Su escudo no es
perfecto y no puede serlo. Lo han sobrestimado a él y me han subestimado a mí. Puedo
manejar su mente y controlarla. No con tanta facilidad, quizá, como si no hubiese ningún
escudo, pero con suficiente facilidad.
En el mismo momento que intenten emplear algún arma, la atacaré..., y debe comprender lo
siguiente: sin escudo, puedo manejar su mente con suavidad y sin lastimarla; sin embargo,
237
con el escudo, tengo que traspasarlo, lo cual soy capaz de hacer, y entonces no podré
manejarla con suavidad o destreza. Su mente quedará destrozada como el escudo y el efecto
será irreversible. En otras palabras, usted no puede detenerme y yo, por el contrario, puedo
detenerla a usted viéndome obligado a hacer algo peor que matarla. Le dejaré un caparazón
sin mente. ¿Quiere correr el riesgo?
Branno contestó:
- Usted sabe que no puede hacer lo que dice.
- ¿Quiere, entonces, arriesgarse a sufrir las consecuencias que he descrito? - inquirió
Gendibal con un aire de fría indiferencia.
Kodell se inclinó hacia delante y susurró:
- Por el amor de Seldon, alcaldesa...
Gendibal dijo (no enseguida, pues la luz, y todo lo que iba a la velocidad de la luz, requería
un poco más de un segundo para ir de una nave a la otra):
- Sigo sus pensamientos, Kodell. No necesita susurrar. También sigo los pensamientos de la
alcaldesa. Está indecisa, de modo que aún no debe alarmarse. Y el simple hecho de que yo
sepa todo esto es una prueba concluyente de que su escudo no es perfecto.
- Puede reforzarse - contestó la alcaldesa en tono desafiante.
- Mi fuerza mentálica, también - dijo Gendibal.
- Pero yo estoy cómodamente sentada, sin consumir más energía física que para mantener
el escudo, y tengo la suficiente para mantenerlo durante largos períodos de tiempo. Usted
debe usar energía mentálica para traspasar el escudo y se cansará.
- No estoy cansado - replicó Gendibal -. En este momento, ninguno de ustedes es capaz de
dar una orden a algún miembro de la tripulación de su nave o a algún tripulante de alguna
otra nave. Puedo lograrlo sin causarle ningún daño, pero no haga ningún esfuerzo
extraordinario para librarse de este control, porque. si yo lo igualo aumentando mi propia
fuerza, como tendré que hacer, le sucederá lo que he dicho.
- Esperaré - decidió Branno, colocando las manos en el regazo con aire de infinita paciencia
-. Usted se cansará y cuando lo haga, no ordenaré destruirle, pues entonces será inofensivo.
Mis órdenes serán enviar la flota principal de la Fundación contra Trántor. Si desea salvar
su mundo, ríndase. Una segunda orgía de destrucción no dejará incólume su organización,
como hizo la primera en tiempo del Gran Saqueo.
- ¿No ve que si empiezo a sentirme cansado, alcaldesa, lo que no ocurrirá, puedo salvar mi
mundo destruyéndola a usted antes de que mi fuerza se agote?
- No lo hará. Su misión principal es mantener el Plan Seldon. Destruir a la alcaldesa de
Términus sería asestar un golpe al prestigio y la confianza de la Primera Fundación,
provocar un retroceso de su poder y alentar a todos sus enemigos, lo cual causaría una
interrupción del Plan que sería casi tan mala para usted como la destrucción de Trántor. Es
mejor que se rinda.
- ¿Está dispuesta a confiar en mi renuncia a destruirla?
El pecho de Branno ascendió mientras tomaba aire y lo sacaba lentamente. Después
contestó con firmeza:
- ¡ Si!
Kodell, sentado a su lado, palideció.
80
238
Gendibal contempló la figura de Branno, superpuesta en el volumen de habitación que
quedaba enfrente de la pared. Resultaba un poco vacilante y confusa debido a la
interferencia del escudo. La cara del hombre sentado junto a ella era casi invisible, pues
Gendibal no disponía de energía que desperdiciar en él. Debía concentrarse en la alcaldesa.
Sin duda, ella no tenía ninguna imagen de él. No podía saber que también estaba
acompañado, por ejemplo. No podía emitir ningún juicio basándose en sus expresiones o su
lenguaje corporal. En este aspecto, se hallaba en desventaja.
Todo lo que le había dicho era verdad. Podía destrozarla a costa de un enorme consumo de
fuerza mentálica y, al hacerlo, difícilmente podría evitar que su mente quedara afectada de
un modo irreparable.
Sin embargo, lo que ella había dicho también era verdad. Destruirla dañaría el Plan tanto
como el mismo Mulo lo había dañado. En realidad, ahora el daño sería más grave, pues
habría menos tiempo para volver a encauzarlo.
Por si esto fuera poco, estaba Gaia, que aún era un factor desconocido, y cuyo campo
mentálico seguía detectándose con la misma debilidad.
Tocó con cuidado la mente de Novi para asegurarse de que el resplandor aún estaba allí.
Estaba, y no había cambiado.
La muchacha no pudo sentir ese toque de ningún modo, pero se volvió hacia él y le susurró
con temor:
- Maestro, allí hay una ligera bruma. ¿Es eso con lo que hablas?
Debía de haber percibido la bruma a través de la pequeña conexión establecida entre sus
mentes. Gendibal se llevó un dedo a los labios.
- No tengas miedo, Novi. Cierra los ojos y descansa.
Alzó la voz:
- Alcaldesa Branno, sus suposiciones son acertadas en este aspecto. No deseo destruirla
enseguida, pues creo que si le explico una cosa, prestará oídos a la razón y no habrá
necesidad de que nos destruyamos mutuamente.
»Supongamos, alcaldesa, que usted gana y yo me rindo. ¿Qué pasará a continuación? En un
alarde de confianza en sí mismos y excesiva seguridad en su escudo mentálico, usted y sus
sucesores intentarán extender su poder por toda la Galaxia con excesivo apresuramiento. Al
hacerlo así, sólo pospondrán el establecimiento del Segundo Imperio, porque también
destruirán el Plan Seldon.
Branno replicó:
- No me sorprende que no desee destruirme enseguida y creo que, mientras espera, se verá
obligado a admitir que no se atreve a hacerlo en absoluto.
- No se engañe a sí misma con falsas esperanzas - añadió Gendibal -. Escúcheme. La mayor
parte de la Galaxia aún no pertenece a la Fundación y, en gran medida, es contraria a la
Fundación. Incluso hay porciones de la misma Confederación de la Fundación que no han
olvidado sus días de independencia. Si la Fundación actúa con demasiada rapidez después
de mi rendición, privará al resto de la Galaxia de su mayor debilidad, su desunión e
indecisión. Les obligará a unirse por temor y fomentará la tendencia a la rebelión interna.
- Me está amenazando con porras de paja – dijo Branno -. Tenemos poder para derrotar
fácilmente a todos los enemigos, aunque todos los mundos de la Galaxia no adheridos a la
Fundación se aliaran contra nosotros, y aunque fueran ayudados por una rebelión de la
mitad de los mundos de la misma Confederación. No habría problema.
239
- Problema inmediato, alcaldesa. No cometa el error de limitarse a ver los resultados que
aparecen enseguida. Pueden establecer un Segundo Imperio sólo con proclamarlo, pero no
podrán mantenerlo.
Tendrán que reconquistarlo cada diez años.
- Pues lo haremos hasta que los mundos se cansen, como usted se está cansando.
- No se cansarán, igual que yo no me canso. Además, el proceso no durará mucho, pues hay
un segundo y más temible peligro para el seudoimperio que ustedes proclamarían, ya que
sólo podrá mantenerse temporalmente por medio de una fuerza militar cada vez más
poderosa que se ejercitará siempre; los generales de la Fundación serán, por primera vez,
más importantes e influyentes que las autoridades civiles.
El seudoimperio se desmembrará en regiones militares donde cada comandante será el jefe
supremo.
Reinará la anarquía, y se producirá una vuelta a una barbarie que quizá dure más de los
treinta mil años previstos por Seldon antes de poner en práctica el Plan Seldon.
- Amenazas infantiles. Aunque los cálculos matemáticos del Plan Seldon predijeran todo
esto, sólo predicen probabilidades, no inevitabilidades.
- Alcaldesa Branno - dijo Gendibal con seriedad -. Olvídese del Plan Seldon. Usted no
comprende sus cálculos matemáticos y no puede imaginarse su configuración. Pero quizá
no tenga que hacerlo. Usted es un político probado; y de éxito, a juzgar por el cargo que
ocupa; aún más, valiente, a juzgar por el riesgo que ahora corre. Por lo tanto, utilice su
perspicacia política. Considere la historia política y militar de la humanidad y considérela a
la luz de lo que sabe sobre la naturaleza humana, sobre el modo en que las personas, los
políticos y los militares actúan, reaccionan y se influyen mutuamente, y vea si no tengo
razón.
- Aunque la tenga - dijo Branno -, miembro de la Segunda Fundación, es un riesgo que
debemos correr. Con un liderazgo adecuado y un progreso tecnológico continuado, tanto en
mentálica como en física, podemos vencer. Hari Seldon no calculó correctamente ese
progreso. No podía hacerlo. ¿En qué parte del Plan da cabida al desarrollo de un campo
mentálico por la Primera Fundación? ¿Para qué necesitamos el Plan, en todo caso?
Podemos arriesgarnos a fundar un nuevo Imperio sin él. Al fin y al cabo, un fracaso sin él
sería mejor que un éxito con él. No queremos un Imperio en el que seamos marionetas de
los ocultos manipuladores de la Segunda Fundación.
- Dice eso porque no comprende lo que significaría un fracaso para los habitantes de la
Galaxia.
- ¡Quizá! - replicó Branno sin compasión -. ¿Está empezando a cansarse, miembro de la
Segunda Fundación?
- En absoluto. Déjeme proponer una acción alternativa que usted no ha considerado, una
acción por la que yo no tendré que rendirme a usted, ni usted a mí. Estamos en las
proximidades de un planeta llamado Gaia.
- Lo sé muy bien.
- ¿Sabe que probablemente fue el lugar de nacimiento del Mulo?
- Necesito alguna prueba aparte de su aseveración al respecto.
- El planeta está rodeado por un campo mentálico. Es la sede de muchos Mulos. Si usted
lleva a cabo su sueño de destruir la Segunda Fundación, nos convertiremos en esclavos de
este planeta de Mulos. ¿Qué daño les han hecho nunca los miembros de la Segunda
Fundación? Me refiero a un daño específico, no imaginado o teórico. Ahora pregúntese a sí
misma qué daño les ha hecho un solo Mulo.
240
- Sigo sin tener nada más que sus aseveraciones.
- Mientras permanezcamos aquí no puedo darle nada más. Por lo tanto, le propongo una
tregua. Mantenga su escudo levantado, si no confía en mí, pero esté preparada para
colaborar conmigo. Acerquémonos juntos a este planeta, y cuando se haya convencido de
que no es peligroso, yo anularé su campo mentálico y usted ordenará a sus naves que tomen
posesión de él.
- ¿Y después?
- Y después, al menos, será la Primera Fundación contra la Segunda Fundación, sin tener
que considerar fuerzas ajenas. Entonces la lucha quedará declarada mientras que ahora no
nos atrevemos a luchar, pues ambas Fundaciones están acorraladas.
- ¿Por qué no lo ha dicho antes?
- Pensaba que podría convencerla de que no éramos enemigos, con objeto de que
llegáramos a colaborar. Como al parecer he fracasado en esto, sugiero que colaboremos de
todos modos.
Branno hizo una pausa con la cabeza inclinada en actitud reflexiva. Luego dijo:
- Está intentando dormirme con una canción de cuna. ¿Cómo podrá, usted solo, anular el
campo mentálico de todo un planeta de Mulos? La idea es tan infantil que no puedo confiar
en la sinceridad de su propuesta.
- No estoy solo - declaró Gendibal -. Detrás de mí está toda la fuerza de la Segunda
Fundación y esta fuerza, canalizada a través de mi, se ocupará de Gaia.
Lo que es más, puede apartar su escudo, en cualquier momento, como si fuera una leve
neblina.
- En este caso, ¿por qué necesita mi ayuda?
- En primer lugar, porque anular el campo no es suficiente. La Segunda Fundación no
puede consagrarse, ahora y siempre, a la incesante labor de anular, del mismo modo que yo
no puedo pasar el resto de mi vida bailando este minué dialéctico con usted.
Necesitamos la acción física que sus naves pueden proporcionar. Y además, si no logro
convencerla por la lógica de que las dos Fundaciones deben considerarse aliadas, quizás
una empresa conjunta de la mayor importancia resulte convincente. A veces los hechos
logran lo que las palabras no pueden.
Un segundo silencio y después Branno dijo:
- Estoy dispuesta a acercarme un poco más a Gaia, si podemos hacerlo al mismo tiempo.
No le prometo nada más.
- Eso me basta - repuso Gendibal, inclinándose sobre la computadora.
- No, maestro - dijo Novi -, hasta ahora no importaba, pero te ruego que no des un paso
más. Tenemos que esperar al consejero Trevize de Términus.
19 DECISION
81
Janov Pelorat dijo, con una sombra de petulancia en la voz:
- La verdad, Golan, nadie parece tener en cuenta el hecho de que ésta sea la primera vez en
una vida moderadamente larga, no demasiado larga, se lo aseguro, Bliss, que viajo por la
241
Galaxia. Cada vez que llego a un mundo, vuelvo a encontrarme en el espacio antes de tener
la oportunidad de estudiarlo. Ya me ha sucedido dos veces.
- Sí - reconoció Bliss -, pero si no hubiera abandonado el otro tan rápidamente, no me
habría conocido hasta quién sabe cuándo. Sin duda esto justifica la primera vez.
- En efecto. Sinceramente.., querida, así es.
- Y esta vez, Pel, aunque vuelva a encontrarse en el espacio, yo estoy con usted; y yo soy
Gaia, tanto como cualquier partícula del planeta, tanto como la totalidad del planeta.
- Lo es, y no quiero ninguna otra partícula de él.
Trevize, que había escuchado esta conversación con el ceño fruncido, dijo:
- Esto es muy desagradable. ¿Por qué no ha venido Dom con nosotros? Espacio, nunca me
acostumbraré a esta monosilabización. Un nombre de doscientas cincuenta sílabas y sólo
empleamos una. ¿Por qué no ha venido, junto con las doscientas cincuenta sílabas? Si todo
esto es tan importante, si la misma existencia de Gaia depende de ello, ¿por qué no ha
venido él con nosotros para dirigirnos?
- Yo estoy aquí, Trev - contestó Bliss -, y soy tan Gaia como él. - Luego, con una rápida
mirada de Soslayo -: ¿Le molesta, entonces, que le llame «Trev»?
- Sí, así es. Tengo tanto derecho como ustedes a respetar mis costumbres. Mi nombre es
Trevize. Dos sílabas. Tre-vize.
- Con mucho gusto. No deseo hacerle enfadar, Trevize.
- No estoy enfadado. Estoy molesto. - De pronto se levantó, anduvo de un extremo a otro de
la habitación, pasando sobre las piernas estiradas de Pelorat (que se apresuró a encogerlas),
y después regresó sobre sus pasos. Se detuvo, se volvió, y miró a Bliss. La apuntó con un
dedo.
- ¡Escuche! ¡Yo no soy mi propio dueño! Me han atraído desde Términus hasta Gaia, e
incluso cuando empecé a sospecharlo, no pude hacer nada para liberarme. Y después,
cuando llego a Gaia, me dicen que el único fin de mi llegada es salvar a Gaia. ¿Por qué?
¿Cómo? ¿Qué significa Gaia para mí, o yo para Gaia, que tengo que salvarlo? ¿No hay
nadie más entre el millón de billones de seres humanos de la Galaxia que pueda hacerlo?
- Por favor, Trevize - dijo Bliss, dando muestras de un repentino desaliento y abandonando
toda afectación de inconsciencia -. No se enfade. Como ve, utilizo su nombre completo y
me portaré con mucha seriedad. Dom le pidió que fuera paciente.
- Por todos los planetas de la Galaxia, habitables o no, no quiero ser paciente. Si soy tan
importante, ¿no merezco una explicación? En primer lugar, vuelvo a preguntarle por qué no
ha venido Dom con nosotros. ¿No es suficientemente importante para él estar en el Estrella
Lejana con nosotros?
- Está aquí, Trevize - dijo Bliss -. Mientras yo esté aquí, él estará aquí, así como todos los
habitantes de Gaia, y todas las cosas vivientes, y todas las partículas del planeta.
- Usted está convencida de que es así, pero yo no comparto sus ideas. No soy gaiano. No
podemos meter todo el planeta en mi nave; sólo podemos meter a una persona. La tenemos
a usted, y Dom es parte de usted. Muy bien. ¿Por qué no podíamos traer a Dom, y dejar que
usted fuese parte de él?
- En primer lugar - contestó Bliss -, Pel... quiero decir, Pelorat, me pidió que estuviera en la
nave con ustedes. A mí, no a Dom.
- Quiso mostrarse galante. ¿Quién tomaría eso en serio?
- Oh, vamos, mi querido amigo - protestó Pelorat, levantándose y ruborizándose. - Hablaba
muy en serio. No quiero que nadie interprete mal mis intenciones. Acepto el hecho de que
no importa qué componente del todo gaiano esté a bordo, y para mí es más agradable tener
242
aquí a Bliss que a Dom, y para usted también debería serlo. Vamos, Golan, se está portando
como un niño.
- ¿En serio? ¿En serio? - dijo Trevize, frunciendo el ceño -. Muy bien, así es. De todos
modos - volvió a señalar a Bliss -, sea lo que sea lo que esperen de mí, le aseguro que no lo
haré si no me tratan como a un ser humano. Dos preguntas para empezar... ¿Qué se supone
que debo hacer? Y, ¿por qué yo?
Bliss parecía atónita y retrocedió unos cuantos pasos.
- Por favor – dijo -, ahora no puedo contestarle.
Ni todo Gaia puede contestarle. Tiene que llegar al lugar sin saber nada de antemano. Tiene
que enterarse de todo allí. Entonces tiene que hacer lo que tenga que hacer, pero tiene que
hacerlo con tranquilidad y sin dejarse llevar por las emociones. Si continúa de este modo,
todo será inútil y, de una manera u otra, Gaia será destruido. Debe cambiar su estado de
ánimo y yo no sé cómo hacerlo.
- ¿Lo sabría Dom si estuviera aquí? – preguntó Trevize despiadadamente.
- Dom está aquí - dijo Bliss -. El/yo/nosotros no sabemos cambiarle o tranquilizarle. No
comprendemos a un ser humano que no pueda percibir su lugar en el esquema de las cosas,
que no se sienta parte de un todo mayor.
Trevize replicó:
- No es así. Fueron capaces de capturar mi nave a una distancia de un millón de kilómetros
o más, y mantenernos tranquilos mientras estábamos indefensos. Pues bien, tranquilícenme
ahora. No finja que no son capaces de hacerlo.
- Pero no debemos. Ahora, no. Si le cambiáramos o ajustáramos de algún modo, usted no
sería más valioso para nosotros que cualquier otra persona de la Galaxia y no podríamos
utilizarle. Sólo podemos utilizarle porque es usted, y tiene que seguir siéndolo. Si le
tocamos de alguna manera en este momento, estamos perdidos. Por favor. Tiene que
calmarse espontáneamente.
- Imposible, señorita, a no ser que me explique algo de lo que quiero saber.
- Bliss, déjeme intentarlo - intervino Pelorat -. Haga el favor de ir a la otra habitación.
Bliss salió, retrocediendo con lentitud. Pelorat cerró la puerta tras ella.
- Lo oye, lo ve... y lo percibe todo. ¿Qué diferencia supone esto? - dijo Trevize.
Pelorat contestó:
- Para mí supone una diferencia. Quiero estar solo con usted, aunque el aislamiento sea una
ilusión. Golan, usted tiene miedo.
- No diga tonterías.
- Claro que lo tiene. No sabe hacia dónde va, qué encontrará o qué se espera que haga. Es
lógico que tenga miedo.
- Pero no lo tengo.
- Sí, lo tiene. Quizá no tema al peligro físico como yo. Yo temía salir al espacio, temo cada
mundo nuevo que veo, y temo cada cosa nueva que encuentro. Al fin y al cabo, he vivido
medio siglo encerrado, replegado y aislado, mientras que usted ha estado en la Armada y en
el mundo de la política, en plena agitación tanto en casa como en el espacio. Sin embargo,
yo he intentado no tener miedo y usted me ha ayudado.
Durante este tiempo que hemos estado juntos, ha sido paciente conmigo, ha sido amable y
comprensivo y, gracias a usted, he logrado dominar mis temores y portarme bien. Así pues,
permítame devolverle el favor y ayudarle.
- Le digo que no tengo miedo.
243
- Claro que sí. Si no de otra cosa, tiene miedo de la responsabilidad a la que deberá hacer
frente. Al parecer todo un mundo depende de usted y, por lo tanto, tendrá que vivir con la
destrucción de un mundo en la conciencia en caso de que falle. ¿Por qué afrontar esa
posibilidad por un mundo que no significa nada para usted? ¿Qué derecho tienen a echar
esa carga sobre sus hombros? No sólo teme al fracaso, como haría cualquier persona en su
lugar, sino que está furioso por verse arrastrado a una situación en la que debe tener miedo.
- Se equivoca completamente.
- No lo creo. En consecuencia, déjeme ocupar su lugar. Yo lo haré. Sea lo que sea lo que
esperen de usted, me ofrezco como sustituto. Deduzco que no es algo que requiera una gran
fuerza física o una gran vitalidad, pues un simple aparato mecánico le superaría en este
aspecto. Deduzco que no es algo que requiera poder mentálico, pues ellos mismos tienen
suficiente. Es algo que... bueno, no lo sé, pero si no requiere músculos ni cerebro, yo tengo
todo lo demás igual que usted... y estoy dispuesto a asumir la responsabilidad.
Trevize preguntó vivamente:
- ¿Por qué está tan deseoso de llevar la carga?
Pelorat miró al suelo, como si temiera encontrarse con los ojos del otro, y dijo:
- He estado casado, Golan. He conocido a muchas mujeres. Sin embargo, nunca han sido
importantes para mí. Interesantes. Agradables. Nunca muy importantes. Sin embargo, ésta...
- ¿Quién? ¿Bliss?
- Por alguna razón, es diferente... para mí.
- Por Términus, Janov, ella sabe absolutamente todo lo que usted está diciendo.
- Eso no me importa. De todos modos, lo sabe. Quiero complacerla. Me encargaré de esta
misión, sea cual sea correré cualquier riesgo, asumiré cualquier responsabilidad, haré
cualquier cosa que la impulse a... tener una buena opinión de mí.
- Janov, es una niña.
- No es una niña... y lo que usted piense de ella no me importa.
- ¿No comprende lo que usted debe parecerle?
- ¿Un viejo? ¿Qué más da? Ella forma parte de un todo mayor y yo no, y eso ya levanta una
barrera insuperable entre nosotros. ¿Cree que no lo sé? Pero no le pido nada más que...
- ¿Que tenga una buena opinión de usted?
- Sí. O cualquier otra cosa que pueda llegar a sentir por mí.
- ¿Y por eso hará mi trabajo? Pero, Janov, ¿no ha estado escuchando? No le quieren a
usted; me quieren a mí por alguna maldita razón que no alcanzo a comprender.
- Si no pueden tenerle a usted y han de tener a alguien, sin duda yo seré mejor que nada.
Trevize meneó la cabeza.
- Me parece imposible lo que está sucediendo. Se encuentra al borde de la vejez y ha
descubierto la juventud. Janov, usted intenta ser un héroe a fin de poder morir por ese
cuerpo.
- No diga eso, Golan. No es tema para bromas.
Trevize intentó echarse a reír, pero sus ojos tropezaron con el rostro grave de Pelorat y, en
vez de hacerlo, se aclaró la garganta.
- Tiene razón – repuso -. Le pido disculpas. Llámela, Janov. Llámela.
Bliss entró, un poco encogida, y declaró con voz ahogada:
- Lo siento, Pel. No puede sustituir a Trevize. Tiene que ser él o nadie.
Trevize dijo:
- Muy bien. Me calmaré. Sea lo que sea, intentaré hacerlo. Cualquier cosa con tal de evitar
que Janov desempeñe el papel de héroe romántico a su edad.
244
- Sé cuál es mi edad - murmuró Pelorat.
Bliss se acercó lentamente a él, y colocó una mano sobre su hombro.
- Pel, yo... yo tengo una buena opinión de usted.
Pelorat desvió la mirada.
- Está bien, Bliss. No necesita ser amable.
- No quiero ser amable, Pel. Tengo... muy buena opinión de usted.
82
De un modo confuso al principio, y luego con más claridad, Sura Novi supo que era
Suranoviremblastiran, y que, de niña, sus padres la conocían como Su y sus amigos como
Vi.
Por supuesto, nunca lo había olvidado realmente, pero los hechos se sumergían, de vez en
cuando, en las profundidades de su mente. Nunca se habían sumergido a tanta profundidad
o durante tanto tiempo como en este último mes, pero tampoco ella había permanecido
nunca tan cerca de una mente tan poderosa durante tanto tiempo.
Pero ahora había llegado el momento. No lo determinó ella misma. No tuvo necesidad. Los
numerosos residuos de su personalidad estaban abriéndose paso hacia la superficie, por el
bien de la necesidad global.
También sintió una cierta molestia, una especie de picazón, que desapareció rápidamente
ante el bienestar de la individualidad desenmascarada. Hacía años que no estaba tan cerca
del globo de Gaia.
Recordó una de las formas de vida que más le gustaban siendo niña en Gaia. Habiendo
considerado entonces sus sensaciones como una pequeña parte de las de ella misma, ahora
reconoció las más agudas de las experimentadas por ella. Era una mariposa saliendo de un
capullo.
83
Stor Gendibal miró a Novi con agudeza y perspicacia, y con tal asombro que estuvo a punto
de perder su dominio sobre la alcaldesa Branno. Si no lo hizo fue, tal vez, porque recibió
una súbita ayuda del exterior que, de momento, él pasó por alto.
- ¿Qué sabes del consejero Trevize, Novi? - preguntó. Y luego, alarmado por la repentina y
creciente complejidad de la mente de la muchacha, exclamó -: ¿Quién eres?
Intentó apoderarse de su mente y la encontró impenetrable. En ese momento, se dio cuenta
de que su dominio sobre Branno estaba respaldado por una fuerza mayor que la suya.
- ¿Quién eres? - repitió.
Había una sombra de dramatismo en la cara de Novi.
- Maestro - dijo -, orador Gendibal. Mi verdadero nombre es Suranoviremblastiran y soy
Gaia.
Eso fue todo lo que dijo en palabras, pero Gendibal, súbitamente furioso, había
intensificado su propia emanación mental y con gran habilidad, ahora que estaba excitado,
evadió la barrera que se estaba reforzando y retuvo a Branno por sí solo y más fuertemente
que antes, mientras agarraba la mente de Novi en una lucha difícil y silenciosa.
245
Ella le contuvo con igual habilidad, pero no pudo mantener la mente cerrada frente a él, o
quizá no deseó hacerlo.
Gendibal le habló como si fuese otro orador.
- Has desempeñado un papel, me has engañado, me has atraído hasta aquí, y perteneces a la
especie de la que surgió el Mulo.
- El Mulo fue una aberración, orador. Yo/nosotros no somos Mulos. Yo/nosotros somos
Gaia. La esencia completa de Gaia fue descrita en lo que ella comunicó con toda
minuciosidad, con mucha más que si lo hubiese hecho con palabras.
- Todo un planeta vivo - dijo Gendibal.
- Y con un campo mentálico mayor, puesto que es un todo, que el tuyo que eres un
individuo. Por favor, no resistas con tanta fuerza. Temo el. peligro de lastimarte, cosa que
no deseo hacer.
- Incluso como planeta vivo, no sois más fuertes que la suma de mis colegas de Trántor. En
cierto modo, nosotros también somos un planeta vivo.
- Sólo unos miles de personas en cooperación mentálica, orador, y no puedes recurrir a su
ayuda, porque yo la he bloqueado. Compruébalo y verás.
- ¿Qué te propones, Gaia?
- Me gustaría, orador, que me llamaras Novi. Lo que hago ahora lo hago como Gaia, pero
también soy Novi, y para ti, sólo soy Novi.
- ¿Qué te propones, Gaia?
Se produjo el temblor mentálico equivalente a un suspiro y Novi dijo:
- Permaneceremos en triple estancamiento. Tú retendrás a la alcaldesa Branno a través de
su escudo, y yo te ayudaré a hacerlo, y no nos cansaremos. Supongo que tú mantendrás tu
control sobre mí, y yo mantendré el mío sobre ti, y tampoco nos cansaremos haciéndolo. Y
así seguiremos.
- ¿Hasta cuándo?
- Como ya te he dicho... Estamos esperando al consejero Trevize de Términus, Es él quien
romperá el estancamiento. como le parezca.
84
La computadora del Estrella Lejana localizó las dos naves y Golan Trevize las proyectó
juntas en la pantalla.
Ambas pertenecían a la Fundación. Una de ellas se parecía extraordinariamente al Estrella
Lejana y sin duda era la nave de Compor. La otra era más grande y mucho más potente.
Se volvió hacia Bliss y preguntó:
- Bueno, ¿sabe lo que está sucediendo? ¿Puede explicarme algo ahora?
- ¡Sí! ¡No se alarme! No le causarán ningún daño.
- ¿Por qué cree todo el mundo que estoy paralizado por el pánico? - inquirió Trevize con
petulancia.
Pelorat se apresuró a decir:
- Déjela hablar, Golan. No la trate de este modo.
Trevize levantó los brazos en un gesto de impaciente rendición.
- No la trataré de este modo. Hable, señorita.
Bliss explicó:
- En la nave más grande está la gobernadora de su Fundación. Con ella...
246
Trevize preguntó con asombro:
- ¿La gobernadora? ¿Se refiere a la vieja Branno?
- Sin duda ése no es su título - dijo Bliss, frunciendo ligeramente los labios con diversión -.
Pero es una mujer. - Hizo una pequeña pausa, como si escuchara atentamente al resto del
organismo general del que formaba parte -. Su nombre es Harlabranno.
Parece extraño que sólo tenga cuatro sílabas si es tan importante en su mundo, pero
supongo que los no gaianos tienen sus propias costumbres.
- Supongo - respondió Trevize con sequedad -. Ustedes la llamarían Brann, con toda
probabilidad. Pero, ¿qué hace aquí? ¿ Por qué no está en...? Ya comprendo. Gaia también la
ha atraído hasta aquí. ¿Por qué?
Bliss no contestó a esta pregunta, pero dijo:
- Con ella está Lionokodell, cinco sílabas, a pesar de ser su subordinado. Parece una falta
de respeto. Es un funcionario importante de su mundo. Con ellos están otras cuatro
personas que controlan las armas de la nave. ¿Quiere saber sus nombres?
- No. Supongo que en la otra nave hay un solo hombre, Munn Li Compor, y que representa
a la Segunda Fundación. Es evidente que ustedes han reunido a ambas Fundaciones. ¿Por
qué?
- No exactamente, Trev quiero decir, Trevize.
- Oh, adelante, siga llamándome Trev. No me importa en absoluto.
- No exactamente, Trev. Compor ha abandonado esa nave y ha sido reemplazado por dos
personas.
Una es Storgendibal, un funcionario importante de la Segunda Fundación. Se le llama
orador.
Un funcionario importante? Me imagino que tiene poder mentálico.
- Oh, Mucho.
- ¿Podrán controlarlo?
- Desde luego. La segunda persona, que está en la nave con él, es Gaia.
- ¿Es uno de ustedes? .
- Si. Su nombre es Suranoviremblastiran. Debería ser mucho más largo, pero ha estado
mucho tiempo lejos de mí/nosotros/resto.
- ¿Es capaz de dominar a un alto funcionario de la Segunda Fundación?
- No es ella, sino Gaia quien le domina. Ella/yo/nosotros/todos somos capaces de
machacarlo.
- ¿Es eso lo que va a hacer? ¿Vas a machacarlo a él y a Branno? ¿Qué significa esto? ¿Es
que Gaia va a destruir las Fundaciones y a establecer un Imperio Galáctico por su cuenta?
¿El Mulo otra vez? Un Mulo más poderoso...
- No, no, Trev. No se agite. No debe hacerlo. Los tres están en un estancamiento. Están
esperando.
- ¿Qué esperan?
- Su decisión.
- Ya estamos en las mismas. ¿Qué decisión? ¿Por qué yo?
- Por favor, Trev - dijo Bliss -. Pronto lo sabrá. Yo/nosotros/ella hemos dicho todo lo que
yo/nosotros/ella podemos por ahora.
85
247
Branno declaró con cansancio:
- Es evidente que he cometido un error, Liono, que puede ser fatal.
- ¿Cree que debe admitirlo? - murmuró Kodell a través de sus labios inmóviles.
- Ellos saben lo que pienso. No perderemos nada diciéndolo. También saben lo que usted
piensa aunque no mueva los labios. Tendría que haber esperado hasta que el escudo
estuviera más perfeccionado.
Kodell repuso:
- ¿Cómo iba a saberlo, alcaldesa? Si hubiéramos esperado hasta que la seguridad fuese
doble y triple y cuádruple e infinitamente grande, habríamos esperado siempre. Sin duda,
lamento que hayamos venido nosotros en persona. Habría sido mejor experimentarlo con
otro; con su pararrayos, Trevize, por ejemplo.
Branno suspiró.
- No quería ponerlos sobre aviso, Liono. Sin embargo, usted ha puesto el dedo en la llaga.
Debería haber esperado hasta que el escudo fuese razonablemente impenetrable. No
absolutamente impenetrable, pero sí razonablemente. Sabía que ahora tenía una filtración
perceptible, pero no podía seguir esperando. Solucionar la filtración habría significado
esperar hasta el término de mis funciones y quería hacerlo durante mi mandato... y quería
estar presente. Así que, como una tonta, me convencí a mí misma de que el escudo era
adecuado. No quise escuchar ninguna advertencia, ni siquiera sus dudas, Liono.
- Aún es posible que venzamos, si somos pacientes.
- ¿Puede dar la orden de abrir fuego contra la otra nave?
- No, no puedo, alcaldesa. Por alguna razón, el pensamiento es algo que no puedo dominar.
- Yo tampoco. Y si usted o yo lográsemos dar la orden, estoy segura de que los tripulantes
no la obedecerían, porque no serían capaces de hacerlo.
- En las circunstancias actuales no, alcaldesa, pero las circunstancias podrían cambiar De
hecho, un nuevo actor está apareciendo en escena.
Señaló la pantalla. La computadora de la nave había dividido automáticamente la pantalla
cuando una nueva nave entró en su campo de acción. La segunda nave apareció en el lado
derecho.
- ¿Puede ampliar la imagen, Liono?
- Sin ninguna dificultad. El miembro de la Segunda Fundación es hábil. Somos libres de
hacer cualquier cosa que no le cree problemas.
- Bueno - dijo Branno, escudriñando la pantalla -, ése es el Estrella Lejana, estoy segura. Y
me imagino que Trevize y Pelorat se encuentran a bordo.
- Luego, con amargura -: A no ser que también hayan sido reemplazados por miembros de
la Segunda Fundación. Mi pararrayos ha sido realmente muy eficaz. Si mi escudo hubiera
sido más fuerte...
- ¡Paciencia! - rogó Kodell.
Una voz resonó en los confines de la sala de mando de la nave y Branno supo de algún
modo que no se componía de ondas sonoras. La oyó en su propia mente y una ojeada a
Kodell le bastó para saber que él también la había oído.
La voz dijo:
- ¿Me oye, alcaldesa Branno? Si es así, no se moleste en decir nada. Será suficiente con que
lo piense.
Branno preguntó con calma:
- ¿Quién es usted?
- Yo soy Gaia.
248
86
Cada una de las tres naves se hallaba esencialmente inmóvil con respecto a las otras dos.
Las tres giraban con gran lentitud alrededor del planeta Gaia, como un lejano satélite
tripartito del planeta. Las tres acompañaban a Gaia en su interminable viaje en torno a su
sol.
Trevize seguía observando la pantalla, cansado de hacer conjeturas sobre cuál sería su
papel, la razón por la que le habían obligado a recorrer un millar de pársecs. El sonido que
percibió en la mente no le sobresaltó. Fue como si hubiera estado esperándola.
El sonido dijo:
- ¿Me oye, Golan Trevize? Si es así, no se moleste en decir nada. Será suficiente con que lo
piense.
Trevize miró a su alrededor. Pelorat, claramente sobresaltado, miraba en todas direcciones,
como intentando hallar la fuente de la voz. Bliss estaba tranquilamente sentada, con las
manos en el regazo. Trevize no dudó ni por un momento de que era consciente del sonido.
Pasó por alto la orden de utilizar los pensamientos y habló articulando las palabras con
deliberada claridad.
- Si no averiguo de qué se trata todo esto, no haré nada de lo que me pidan.
Y la voz dijo:
- Está a punto de averiguarlo.
87
Novi dijo:
- Todos ustedes me oirán en su mente. Todos ustedes son libres de responder con el
pensamiento. Me encargaré de que todos ustedes se oigan unos a otros.
Y, como todos ustedes saben, estamos bastante cerca, de modo que, a la velocidad de la luz
del campo mentálico espacial, no habrá retrasos inconvenientes.
Para empezar, todos estamos aquí porque así se ha dispuesto.
- ¿De qué manera? - preguntó la voz de Branno.
- Sin manipulación mental - dijo Novi -. Gala no ha intervenido en ninguna mente. No es
nuestro estilo. Nos limitamos a valernos de la ambición. La alcaldesa Branno quería
establecer un Segundo Imperio inmediatamente; el orador Gendibal quería ser primer
orador. Bastó con alentar estos deseos y seguir la corriente, de un modo selectivo y con
criterio.
- Yo sé cómo me atrajeron aquí - declaró Gendibal con rigidez. Y era cierto. Sabía por qué
se había sentido tan ansioso de salir al espacio, tan ansioso de perseguir a Trevize, tan
seguro de poder controlarlo todo. Fue por causa de Novi. ¡Oh, Novi!
- El caso del orador Gendibal era muy especial.
Tenía una gran ambición, pero también una debilidad que nos facilitó las cosas. El sería
bondadoso con una persona a la que hubieran enseñado a considerarse inferior en todos los
aspectos. Yo me aproveché de esto y lo volví contra él. Yo/nosotros estoy/estamos
avergonzada/avergonzados. La excusa es que el futuro de la Galaxia está en peligro.
249
Novi hizo una pausa y su voz (aunque no hablara por medio de las cuerdas vocales) se
tornó más sombría, y su cara, más seria.
- El momento había llegado. Gaia no podía seguir esperando. Durante más de un siglo, el
pueblo de Términus había estado desarrollando un escuda mentálico. Si dejábamos pasar
otra generación, sería impenetrable incluso para Gaia, y ellos podrían utilizar sus armas
físicas a voluntad. La Galaxia no sería capaz de hacerles frente y un Segundo Imperio, a la
manera de Términus, sería establecido de inmediato, a pesar del Plan Seldon, a pesar de la
gente de Trántor, a pesar de Gaia. La alcaldesa Branno tenía que ser inducida de algún
modo a dar el paso mientras el escudo seguía siendo imperfecto.
»Después está Trántor. El Plan Seldon funcionaba perfectamente, pues el mismo Gaia
velaba para mantenerlo encauzado con toda precisión. Y durante más de un siglo había
habido primeros oradores quietistas, de modo que Trántor vegetaba. Sin embargo, ahora
Stor Gendibal medraba rápidamente. Sin duda se convertiría en primer orador y, bajo su
mando, Trántor asumiría un papel activista. Sin duda se concentraría en el poder físico y
reconocería el peligro de Términus y tomaría medidas contra él. Si podía actuar contra
Términus antes de que su escudo estuviera perfeccionado, el Plan Seldon vería cumplido su
objetivo con un Segundo Imperio Galáctico, a la manera de Trántor, a pesar del pueblo de
Términus y a pesar de Gaia. En consecuencia, Gendibal tenía que ser inducido de algún
modo a dar el paso antes de convertirse en primer orador.
»Afortunadamente, gracias a que Gaia ha trabajado mucho durante décadas, hemos traído a
ambas Fundaciones al lugar adecuado en el momento adecuado. Repito todo esto
principalmente para que el consejero Golan Trevize de Términus lo entienda.
Trevize intervino de inmediato y volvió a pasar por alto el esfuerzo de conversar por medio
del pensamiento. Habló con firmeza:
- No lo entiendo. ¿Qué hay de malo en ambas versiones del Segundo Imperio Galáctico?
Novi contestó:
- El Segundo Imperio Galáctico, desarrollado a la manera de Términus, será un Imperio
militar, establecido por la fuerza, mantenido por la fuerza y, con el tiempo, destruido por la
fuerza. No será más que el Primer Imperio Galáctico renacido. Este es el parecer de Gaia.
»El Segundo Imperio Galáctico, desarrollado a la manera de Trántor, será un Imperio
paternalista, establecido por el cálculo, mantenido por el cálculo, y en perpetua muerte en
vida por el cálculo. Será un callejón sin salida. Este es el parecer de Gaia.
- ¿Y qué ofrece Gaia como alternativa? - preguntó Trevize.
- ¡Un Gaia más grande! ¡Una Galaxia más grande! Todos los planetas habitados tan vivos
como Gaia. Todos los planetas vivientes combinados en una vida hiperespacial aún más
grande. La participación de todos los planetas deshabitados. De todas las estrellas. De todas
las partículas de gas interestelar. Quizás incluso del gran agujero negro central. Una galaxia
viviente que pueda hacerse favorable a toda clase de vida por medios que aún no podemos
prever. Un sistema de vida fundamentalmente distinto de todos los que han imperado hasta
ahora y sin repetir ninguno de los viejos errores.
- Originando otros nuevos - murmuró Gendibal con sarcasmo.
- Hemos tenido miles de años de Gaia para corregirlos.
- Pero no a escala galáctica.
Trevize, pasando por alto el corto intercambio de pensamientos y yendo a lo que le
interesaba, preguntó:
- ¿Y cuál es mi papel en todo esto?
La voz de Gaia, canalizada a través de la mente de Novi, tronó:
250
- ¡Escoger! ¿Qué alternativa debe prevalecer?
Un profundo silencio sucedió a esta revelación y después, en ese silencio, la voz de
Trevize, al fin mental, pues estaba demasiado atónito para hablar, sonó ahogada y todavía
desafiante:
- ¿Por qué yo?
Novi dijo:
- Aunque reconocimos que había llegado el momento en que Términus o Trántor serían
demasiado poderosos para ser atajados o, lo que es peor, en que ambos podrían ser tan
poderosos que devastaran la Galaxia con su equilibrio de fuerzas, seguimos sin poder hacer
nada. Para nuestros propósitos, necesitábamos a alguien, una persona determinada, con
talento para la corrección. Encontramos al consejero.
No, el mérito no es nuestro. La gente de Trántor lo encontró por medio del hombre llamado
Compor, aunque ni siquiera ellos sabían lo que tenían. El acto de encontrar al consejero
atrajo nuestra atención hacia él. Golan Trevize tiene el don de saber qué hay que hacer.
- Lo niego - dijo Trevize.
- De vez en cuando, está seguro. Y nosotros queremos que esta vez esté seguro por el bien
de la Galaxia. Quizás él no desee la responsabilidad. Puede que haga lo posible para no
tener que escoger. No obstante, se dará cuenta de que hay que hacerlo. ¡Estará seguro! Y
entonces escogerá. En cuanto lo encontramos, supimos que la búsqueda había terminado, y
hemos trabajado durante años para alentar una línea de acción que, sin interferencias
mentálicas directas, afectara a los acontecimientos de tal modo que los tres, la alcaldesa
Branno, el orador Gendibal y el consejero Trevize, estuvieran en las cercanías de Gaia al
mismo tiempo. Lo hemos conseguido.
- En este lugar del espacio, en las presentes circunstancias, ¿no es verdad, Gaia, si es así
como quiere que la llame, que puede vencer tanto a la alcaldesa cómo al orador? ¿No es
verdad que puede establecer esa Galaxia viviente de la que habla sin que yo haga nada?
¿por qué, entonces, no lo hace? – preguntó Trevize.
Novi contestó:
- No sé si podré explicárselo a su entera satisfacción. Gaia fue formado hace miles de años
con la ayuda de robots que, durante un corto período de tiempo, sirvieron a la especie
humana y ahora ya no la sirven. Nos hicieron comprender claramente que sólo podríamos
sobrevivir con la aplicación estricta de las Tres Leyes de la Robótica a la vida en general.
La Primera Ley, en esos términos, es: «Gaia no debe dañar la vida o, por medio de la
inacción, permitir que la vida llegue a ser dañada.» Hemos observado esta norma a lo largo
de toda nuestra historia y no podemos hacer otra cosa.
»El resultado es que ahora estamos indefensos. No podemos imponer nuestra visión de la
Galaxia viviente a un millón de billones de seres humanos y otras incontables formas de
vida y perjudicar tal vez a muchos. Tampoco podemos quedarnos sin hacer nada mientras
la mitad de la Galaxia se destruye a sí misma en una lucha que habríamos podido evitar. No
sabemos si la acción o la inacción costará menos a la Galaxia; y si escogemos la acción,
tampoco sabemos si respaldar a Términus o a Trántor costará menos a la Galaxia. Así pues,
dejemos que el consejero Trevize decida y, cualquiera que sea su decisión, Gaia la acatará.
Trevize inquirió:
- ¿Cómo esperan que tome una decisión? ¿Qué hago?
Novi contestó:
- Tiene su computadora. La gente de Términus no sabia que, cuando la hizo, la hizo mejor
de lo que sabía. La computadora que hay en su nave incorpora parte de Gaia. Coloque las
251
manos sobre las terminales y piense. Puede pensar que el escudo de la alcaldesa Branno es
impenetrable, por ejemplo. Si lo hace, es posible que ella utilice inmediatamente sus armas
para inmovilizar o destruir las otras dos naves, establecer la autoridad física sobre Gaia y,
más tarde, sobre Trántor.
- ¿Y no harán nada para impedirlo? – preguntó Trevize con estupefacción.
- Absolutamente nada. Sí usted está seguro de que la dominación de Términus hará menos
daño a la Galaxia que cualquier otra alternativa, contribuiremos gustosamente al
establecimiento de dicha dominación, incluso a costa de nuestra propia destrucción.
»Por otra parte, quizás encuentre el campo mentálico del orador Gendibal y quizás entonces
una sus esfuerzos multiplicados por la computadora a los de él. En este caso, él se librará de
mí y me rechazará.
Quizás entonces ajuste la mente de la alcaldesa y, en combinación con sus naves, establezca
la dominación física sobre Gaia y asegure la supremacía continuada del Plan Seldon. Gaia
no hará nada para impedirlo.
»O puede que encuentre mi campo mentálico y se una a él, en cuyo caso la Galaxia viviente
se pondrá en marcha hasta llegar a su realización, no en esta generación o la próxima, sino
tras siglos de trabajo durante los que el Plan Seldon continuará. La elección es suya.
La alcaldesa Branno dijo:
- ¡Espere! No tome la decisión todavía. ¿Puedo hablar?
Novi contestó:
- Puede hablar sin reservas. Igual que el orador Gendibal.
- Consejero Trevize - dijo Branno -. La última vez que nos vimos en Términus, usted
declaró: «Quizá llegue el día, señora alcaldesa, en que usted me pida un esfuerzo. Entonces
haré lo que me parezca mejor, pero recordaré estos dos últimos días.» - No sé si previó todo
esto, o intuyó que sucedería, o simplemente tenía lo que esta mujer que habla de una
Galaxia viviente llama talento para la corrección. En cualquier caso, usted estaba en lo
cierto. Le pido que haga un esfuerzo por el bien de la Confederación.
»Tal vez sienta la tentación de vengarse de mí por haberle arrestado y exiliado. Le pido que
recuerde que lo hice por lo que consideraba el bien de la Confederación de la Fundación.
Incluso si me equivoqué o incluso si actué por un despiadado egoísmo, recuerde que fui yo
quien lo hice, y no la Confederación. No destruya ahora toda la Confederación por un deseo
de desquitarse por lo que yo sola le he hecho. Recuerde que es un miembro de la Fundación
y un ser humano, que no quiere ser una cifra en los planes de los insensibles matemáticos
de Trántor o menos que una cifra en un revoltijo galáctico de vida y no vida. Usted quiere
que usted mismo, sus descendientes, sus compatriotas, sean organismos independientes,
con libre albedrío. Sólo esto importa.
»Estos otros pueden decirle que nuestro Imperio llevará al derramamiento de sangre y a la
miseria, pero no es necesario. Podemos elegir libremente si debe ser así o no. Podemos
escoger que no sea así.
Y, en todo caso, es mejor ir a la derrota con libre albedrío que vivir en una seguridad sin
sentido como piezas de una máquina. Observe que ahora le están pidiendo que tome una
decisión como un ser humano con voluntad propia. Esas cosas de Gaia son incapaces de
decidir nada porque su maquinaria no se lo permite, de modo que dependen de usted. Y se
destruirán a sí mismos si usted se lo ordena. ¿Es eso lo que desea para toda la Galaxia?
Trevize respondió:
- No sé si tengo libre albedrío, alcaldesa. Mi mente puede haber sido manipulada
sutilmente, con objeto de que dé la contestación deseada.
252
- Su mente está intacta - dijo Novi -. Si pudiéramos ajustarla para favorecer nuestros
propósitos, esta reunión sería innecesaria. Si fuéramos tan amorales, habríamos hecho lo
que hubiésemos considerado más agradable para nosotros sin preocuparnos de las
necesidades y del bien de la humanidad en conjunto.
- Creo que ahora me toca a mí hablar - dijo Gendibal -. Consejero Trevize, no se deje guiar
por la estrechez de miras. El hecho de que haya nacido en Términus no debe impulsarle a
creer que Términus debe anteponerse a la Galaxia. Ya hace cinco siglos que la Galaxia
actúa en conformidad con el Plan Seldon, dentro y fuera de la Confederación de la
Fundación.
»Usted forma, y ha formado, parte del Plan Seldon por encima y más allá de su papel
secundario de miembro de la Fundación. No haga nada para alterar el Plan, ni por un
limitado concepto de patriotismo ni por un romántico anhelo de cosas nuevas y
experimentales. Los miembros de la Segunda Fundación no pondrán trabas de ninguna
clase al libre albedrío de la humanidad. Somos guías, no déspotas.
»Y ofrecemos un Segundo Imperio Galáctico fundamentalmente distinto al Primero. A lo
largo de la historia humana, ninguna década de las decenas de miles de años transcurridas
desde el inicio de los viajes hiperespaciales se ha librado de derramamientos de sangre y
muertes violentas en toda la Galaxia, incluso en aquellas épocas en que la misma
Fundación estaba en paz. Escoja a la alcaldesa Branno y eso continuará indefinidamente.
Será una lamentable rutina. El Plan Seldon al fin nos ofrece una liberación, y no a costa de
convertirnos en un átomo más de una Galaxia de átomos, siendo reducidos a la igualdad
con la hierba, las bacterias y el polvo.
Novi dijo:
- Estoy de acuerdo con lo que el orador Gendibal ha declarado sobre el Segundo Imperio de
la Primera Fundación. Sin embargo, no lo estoy con lo que ha declarado sobre el de ellos.
Al fin y al cabo, los oradores de Trántor son seres humanos libres e independientes y
siempre lo han sido. ¿Están libres de rivalidades destructivas, de luchas políticas, de querer
progresar a cualquier precio? ¿No hay disputas e incluso odios en la Mesa de Oradores, y
serán siempre unos guías a los que ustedes se atrevan a seguir? Haga jurar al orador
Gendibal por su honor y pregúnteselo.
- No es necesario hacerme jurar por mi honor - replicó Gendibal -. Admito libremente que
en la Mesa tenemos nuestros odios, rivalidades y traiciones. Pero una vez se toma una
decisión, todos la acatan. Jamás ha habido una excepción.
- ¿Y si no hago ninguna elección? - dijo Trevize.
- Tiene que hacerla - contestó Novi -. Sabrá que es lo correcto y, por lo tanto, hará una
elección.
- ¿Y si intento elegir y no puedo?
- Tiene que hacerlo.
- ¿De cuánto tiempo dispongo? - preguntó Trevize.
- Hasta que esté seguro, tarde lo que tarde - repuso Novi.
Trevize guardó silencio.
Aunque los otros también se mantenían en silencio, a Trevize le pareció oír los latidos de su
corriente sanguínea.
Oyó la voz de la alcaldesa decir firmemente:
- ¡Libre albedrío!
La voz del orador Gendibal dijo perentoriamente:
- ¡Guía y paz!
253
La voz de Novi dijo con anhelo:
- Vida.
Trevize se volvió y encontró a Pelorat mirándole fijamente.
- Janov, ¿ha oído todo esto? - le preguntó.
- Sí, lo he oído, Golan.
- ¿Qué opina?
- La decisión no es mía.
- Lo sé. Pero dígame qué opina.
- No lo sé. Las tres alternativas me asustan. Y, sin embargo, me viene a la memoria un
pensamiento un tanto extraño. ..
- ¿Sí?
- La primera vez que salimos al espacio, usted me enseñó la Galaxia. ¿Lo recuerda?
- Desde luego.
- Usted aceleró el tiempo y la Galaxia giró visiblemente. Y yo dije, como anticipándome a
este mismo momento: «La Galaxia parece una cosa viviente, arrastrándose por el espacio.»
¿Cree que, en cierto sentido, ya está viva?
Y Trevize, al recordar aquel momento, se sintió repentinamente seguro. De pronto recordó
su corazonada de que Pelorat también desempeñaría un papel esencial. Se volvió de prisa,
ansioso de no tener tiempo para pensar, para dudar, para mostrarse indeciso.
Colocó las manos sobre las terminales y pensó con una intensidad desconocida hasta
entonces.
Había tomado la decisión, la decisión de la que dependía el destino de la Galaxia.
Conclusión
88
La alcaldesa Harla Branno tenía motivo para estar satisfecha. La visita de Estado no había
durado mucho, pero había sido enormemente productiva.
Como en un deliberado intento de evitar la arrogancia, dijo:
- Por supuesto, no podemos confiar totalmente en ellos.
Se hallaba observando la pantalla. Las naves de la flota estaban, una por una, en el
hiperespacio y regresaban a sus bases normales.
No cabría ninguna duda de que su presencia había impresionado a Sayshell, pero no podían
haber dejado de advertir dos cosas: una, que las naves habían permanecido en espacio de la
Fundación en todo momento; dos, que una vez Branno había indicado que se marcharan,
realmente se marchaban con celeridad.
Por otra parte, Sayshell tampoco olvidaría que esas naves podían ser llamadas nuevamente
a la frontera con un día de antelación, o menos. Era una maniobra que había combinado una
demostración de poder y una demostración de buena voluntad.
- Cierto - repuso Kodell -, no podemos confiar totalmente en ellos, pero tampoco podemos
confiar totalmente en nadie de la Galaxia, y Sayshell observará los términos del acuerdo
por su propio interés. Hemos sido generosos.
254
- Lo más importante es elaborar los detalles y pronostico que eso requerirá meses. Las
pinceladas generales pueden aceptarse en un momento, pero luego vienen los matices:
cómo disponemos la cuarentena de importaciones y exportaciones, cómo pesamos el valor
de su grano y ganado comparados con los nuestros, y así sucesivamente - dijo Branno.
- Lo sé, pero con el tiempo se hará y el mérito será suyo, alcaldesa. Era una jugada audaz y
admito que yo dudaba de su cordura.
- Vamos, Liono. Sólo era cuestión de que la Fundación reconociese el orgullo sayshelliano.
Han conservado una cierta independencia desde los primeros tiempos. En realidad, es
admirable.
- Sí, ahora que ya no nos estorbará más.
- Exactamente, de modo que sólo era necesario doblegar nuestro propio orgullo como un
gesto hacia ellos. Admito que me costó un esfuerzo decidir que yo, en calidad de alcaldesa
de una Confederación poderosísima, debía condescender a visitar un grupo estelar
provincial, pero una vez tomé la decisión no me dolió demasiado. Y les agradó. Tuvimos
que confiar en que aprobarían la visita cuando trasladamos nuestras naves a la frontera,
pero significó ser humilde y sonreír mucho.
Kodell asintió.
- Abandonamos la apariencia del poder para preservar su esencia.
- Exactamente. . . ¿Quién dijo eso?
- Creo que se dice en una obra de Eriden, pero no estoy seguro. Podemos preguntárselo a
alguno de nuestros literatos cuando lleguemos a casa.
- Si me acuerdo. Tenemos que apresurar la devolución de la visita por parte de los
sayshellianos a Términus y encargarnos de que reciban el trato adecuado como iguales. Y
me temo, Liono, que deberá tomar medidas extremas de seguridad. Es posible que nuestros
exaltados se indignen y no sería prudente someterlos a la menor humillación o
manifestación de protesta.
- Desde luego - contestó Kodell -. Por cierto, fue una jugada muy hábil enviar a Trevize.
- ¿Mi pararrayos? Funcionó mejor de lo que yo misma pensaba, la verdad. Se presentó en
Sayshell y atrajo el rayo en forma de protestas con una velocidad que me pareció increíble.
¡Espacio! Fue una excusa perfecta para mi visita; preocupación de que un ciudadano de la
Fundación hubiese podido molestarles y gratitud por su indulgencia.
- ¡Muy astuto! Sin embargo- ¿no cree que habría sido mejor traer a Trevize con nosotros?
- No. Pensándolo bien, prefiero tenerle en cualquier lugar menos en Términus. Allí sería un
factor perturbador. Sus tonterías sobre la Segunda Fundación sirvieron de excusa para
enviarle fuera y, naturalmente, contábamos con Pelorat para llevarle a Sayshell, pero no
quiero que regrese y continúe difundiendo esas tonterías. Nunca se sabe adónde nos llevaría
eso.
Kodell se rió entre dientes.
- Dudo que jamás volvamos a encontrar a alguien más crédulo que un académico
intelectual. Me pregunto cuánto habría tragado Pelorat si le hubiésemos alentado.
- Creer en la existencia literal del mítico Gaia sayshelliano fue más que suficiente..., pero
olvidémoslo. Tendremos que enfrentarnos con el Consejo en cuanto regresemos, y
necesitaremos sus votos para el tratado sayshelliano. Por fortuna poseemos la declaración
de Trevize en el sentido de que abandonó Términus voluntariamente. Daré una disculpa
oficial por el breve arresto de Trevize y eso satisfará al Consejo.
- Puedo confiar en usted para dar jabón, alcaldesa - dijo Kodell con sequedad -. ¿Ha
considerado, no obstante, que Trevize puede seguir buscando la Segunda Fundación?
255
- Déjelo - repuso Branno, encogiéndose de hombros -, mientras no lo haga en Términus. Lo
mantendrá ocupado y no lo llevará a ningún sitio. La existencia continuada de la Segunda
Fundación es nuestro mito del siglo, tal como Gaia es el mito de Sayshell.
Se recostó en la butaca y dio muestras de una gran jovialidad.
- Y ahora tenemos Sayshell en nuestro poder... y cuando ellos se den cuenta, será
demasiado tarde para librarse. Así que el desarrollo de la Fundación continúa y continuará,
ininterrumpida y regularmente.
- Y el mérito será sólo suyo, alcaldesa.
- Tampoco eso me había pasado inadvertido - dijo Branno, y su nave se introdujo en el
hiperespacio y reapareció en el espacio cercano a Términus.
89
El orador Stor Gendibal, de nuevo en su propia nave, tenía motivo para estar satisfecho. El
encuentro con la Primera Fundación no había durado mucho, pero había sido enormemente
productivo.
Había enviado un mensaje sin mencionar su triunfo. Por el momento, sólo era necesario
informar al primer orador de que todo había ido bien (como él mismo habría adivinado por
el hecho de no haber tenido que utilizar la fuerza general de la Segunda Fundación). Los
detalles vendrían luego.
Describiría cómo un delicado y pequeñísimo ajuste en la mente de la alcaldesa Branno
había desviado sus pensamientos de la grandiosidad imperialista a la utilidad práctica de un
tratado comercial; cómo un delicado ajuste en la mente del caudillo de la Unión de Sayshell
había impulsado una invitación a la alcaldesa para parlamentar, y cómo, de allí en adelante,
se había llegado a un acercamiento sin ningún otro ajuste y con Compor de regreso hacia
Términus en su propia nave para velar por el cumplimiento del acuerdo. Casi había sido,
pensó Gendibal con complacencia, un ejemplo de libro de texto sobre los buenos resultados
logrados por una mentálica bien aplicada.
Estaba seguro de que eso aplastaría a la oradora Delarmi, y causaría su propia exaltación a
primer orador poco después de la presentación de los detalles en una reunión formal de la
Mesa.
Y no se negaba a sí mismo la importancia de la presencia de Sura Novi, aunque eso no
había por qué recalcarlo ante los oradores en general. No sólo había sido esencial para su
victoria, sino que le daba la excusa que ahora necesitaba para dar rienda suelta a un impulso
infantil (y muy humano, pues incluso los oradores son humanos) de mostrar su alborozo
ante lo que sin duda era una admiración garantizada.
Gendibal sabía que la muchacha no había comprendido nada de lo sucedido, pero era
consciente de que él había solucionado el asunto a su conveniencia y rebosaba orgullo.
Acarició la uniformidad de su mente y sintió el calor de ese orgullo.
- No habría podido hacerlo sin ti, Novi - dijo -. Gracias a ti supe que la Primera
Fundación... los pasajeros de la nave grande.
- Sí, maestro, sé a quiénes te refieres.
- Gracias a ti, supe que tenían un escudo, junto con débiles poderes mentales. Por el efecto
sobre tu mente, pude conocer las características de ambas cosas con gran exactitud. Supe el
modo de traspasar una y desviar la otra con la máxima eficiencia:
Novi declaró con cierta vacilación:
256
- No entiendo bien lo que dices, maestro, pero habría hecho mucho más para ayudar, si
hubiese podido.
- Lo sé, Novi. Pero lo que hiciste fue suficiente. Es asombroso lo peligrosos que podrían
haber sido. Pero cogidos ahora, antes de que su escudo o su campo estuvieran más
perfeccionados, podían ser atajados. La alcaldesa regresa ahora a Términus, olvidados el
escudo y el campo, satisfecha de haber obtenido un tratado comercial con Sayshell que lo
convertirá en una parte de la Confederación. No niego que queda mucho por hacer para
desmantelar el trabajo que han realizado respecto al escudo y al campo, algo en relación a
lo cual hemos sido muy negligentes, pero se hará.
Meditó unos momentos y prosiguió en voz más baja:
- Dimos por hechas demasiadas cosas acerca de la Primera Fundación. Tenemos que
someterles a una estrecha vigilancia. Tenemos que unir a la Galaxia de algún modo.
Tenemos que utilizar la mentálica para fomentar una mayor colaboración de conciencia.
Eso encajaría en el Plan. Estoy convencido de ello y me encargaré de hacerlo.
Novi dijo con ansiedad:
- ¿Maestro?
Gendibal sonrió de pronto.
- Lo siento. Estoy hablando conmigo mismo.
Novi, ¿te acuerdas de Rufirant?
- ¿Ese campesino de cabeza hueca que te atacó?
Yo diría que sí.
- Estoy convencido de que los agentes de la Primera Fundación, armados con escudos
personales, lo dispusieron así, junto con todas las demás anomalías que nos han
sobrevenido. ¡Y pensar que no me di cuenta de una cosa como ésta! Pero, bueno, supongo
que ese mito de un mundo misterioso, esa superstición sayshelliana relativa a Gaia, me hizo
pasar por alto la Primera Fundación. También en esto tu mente me resultó muy útil. Me
ayudó a determinar que la fuente del campo mentálico era la nave de guerra y nada más.
Se frotó las manos.
- ¿Maestro? - dijo Novi tímidamente.
- ¿Sí, Novi?
- ¿ No te recompensarán por lo que has hecho?
- Por supuesto. Shandess se retirará y yo seré primer orador. Entonces tendré la oportunidad
de hacer que seamos un factor activo en la revolución de la Galaxia.
- ¿Primer orador?
- Sí, Novi. Seré el sabio más importante y poderoso de todos.
- ¿El más importante? - Parecía desconsolada.
- ¿Por qué pones esta cara, Novi? ¿No quieres que me recompensen?
- Sí, maestro, claro que quiero. Pero si tú eres el sabio más importante de todos, no querrás
u una hameniana cerca de ti. No sería correcto.
- ¿Eso crees? ¿Quién va a impedírmelo? – Sintió una oleada de afecto por ella -. Novi, tú
permanecerás conmigo dondequiera que esté y sea lo que sea. ¿Crees que me arriesgaría a
tratar con los lobos que tenemos de vez en cuando en la Mesa sin que tu mente me dijera,
incluso antes de saberlo ellos mismos, cuáles podrían ser sus emociones? Tienes una mente
tan inocente, tan uniforme... Además... - pareció sobresaltarse ante una súbita revelación -.
Además de esto, me... me gusta tenerte conmigo y me propongo conservarte a mi lado. Es
decir, si tú quieres.
257
- Oh, maestro - susurró Novi, y cuando él le pasó un brazo alrededor de la cintura, apoyó la
cabeza en su hombro.
En lo más profundo, donde la mente superficial de Novi apenas podía reparar en ella, la
esencia de Gaia perduraba y guiaba los acontecimientos, pero era esa máscara impenetrable
lo que hacía posible la continuación de aquella gran labor.
Y esa máscara, la que pertenecía a la hameniana, era completamente feliz. Era tan feliz que
Novi casi no lamentaba la distancia que le separaba de ella misma/ellos/todos, y se sintió
satisfecha de ser, a partir de aquel momento, lo que aparentaba ser.
90
Pelorat se frotó las manos y, con un entusiasmo cuidadosamente reprimido, comentó:
- ¡Cuánto me alegro de estar otra vez en Gaia! - Umm - dijo Trevize, abstraído.
- ¿Sabe qué me ha contado Bliss? La alcaldesa regresa a Términus con un tratado comercial
con Sayshell. El orador de la Segunda Fundación regresa a Trántor convencido de que lo ha
arreglado todo, y esa mujer, Novi, va con él para asegurarse de que inicie los cambios que
originarán «Galaxia». Y ninguna de las dos Fundaciones sospecha siquiera que Gaia existe.
Es realmente asombroso.
- Lo sé - contestó Trevize -. También a mi me lo han comunicado. Pero nosotros sabemos
que Gaia existe y podemos hablar.
- Bliss no lo cree así. Dice que nadie nos creería, y que nosotros lo sabemos. Además, yo,
por mi parte, no tengo intención de abandonar Gaia jamás.
Trevize salió de su abstracción. Levantó los ojos y preguntó:
- ¿Qué?
- Voy a quedarme aquí. Verá, es increíble. Hace sólo unas semanas llevaba una vida
solitaria en Términus, la misma vida que había llevado durante décadas, inmerso en mis
archivos y mis pensamientos y sin otro sueño que ir hacia la muerte, cuando quiera que se
produjera, todavía inmerso en mis archivos y pensamientos y llevando mi vida solitaria...
vegetando gustosamente. Luego, de un modo repentino e inesperado, me convierto en
viajero galáctico, me veo envuelto en una crisis galáctica, y... no se ría, Golan..., he
encontrado a Bliss.
- No me río, Janov - dijo Trevize -, pero, ¿está seguro de que sabe lo que hace?
- Oh, sí. Este asunto de la Tierra ya no me parece importante. El hecho de que fuese el
único mundo con una ecología variada y con vida inteligente ya ha sido explicado. Los
«eternos», ya sabe.
- Sí, lo sé. ¿Y va a quedarse en Gaia?
- Sin ninguna duda. La Tierra es el pasado y estoy cansado del pasado. Gaia es el futuro.
- Usted no forma parte de Gaia, Janov. ¿O acaso cree que puede convertirse en parte de él?
- Bliss dice que puedo convertirme en una pequeña parte de él; intelectualmente, si no
biológicamente. Ella me ayudará, por supuesto.
- Pero ya que ella es parte de él, ¿cómo encontrarán ustedes dos una vida común, un punto
de vista común, un interés común...?
Estaban en el exterior y Trevize contempló seriamente la tranquila y fructífera isla, y en la
lejanía el mar, y en el horizonte, purpurada por la distancia, otra isla; todo ello pacífico,
civilizado, y una unidad.
258
- Janov, ella es un mundo; usted es un insignificante individuo. ¿Y si se cansa de usted? Es
joven...
- Golan, ya he pensado en eso. No he pensado en nada más durante días y días. Cuento con
que se canse de mí; no soy un idiota romántico. Pero lo que me dé hasta entonces será
suficiente. Ya me ha dado bastante. He recibido más de ella de lo que soñaba que existía en
la vida. Aunque no volviese a verla a partir de este momento, me sentiría satisfecho.
- No lo creo - dijo Trevize con suavidad -. Me parece que es un idiota romántico y, cuidado,
no querría que fuese de otra manera. Janov, no hace mucho que nos conocemos, pero
hemos estado juntos cada minuto de varias semanas y... lo siento si le parece una tontería,
pero le he tomado mucho afecto.
- Y yo a usted, Golan - dijo Pelorat.
- Y no quiero que nadie le hiera. Debo hablar con Bliss.
- No, Po. Le ruego que no lo haga. La reprenderá. - No la reprenderé. No es una cuestión
totalmente relacionada con usted, y quiero hablar a solas con ella. Por favor, Janov, no
quiero hacerlo a espaldas suyas, de modo que déme su consentimiento para que hable con
ella y aclare unas cuantas cosas. Si me siento satisfecho, le daré mis sinceras felicitaciones
y buenos deseos..., y pase lo que pase, siempre guardaré silencio.
Pelorat meneó la cabeza.
- Lo estropeará todo.
- Le prometo que no. Le ruego...
- Bueno... Pero tendrá cuidado, mi querido amigo, ¿verdad?
- Le doy mi palabra de honor.
91
Bliss manifestó:
- Pel dice que quiere verme.
Trevize contestó:
- Si.
Estaban bajo techo, en el pequeño apartamento que le habían asignado.
Bliss se sentó con gracia, cruzó las piernas, y lo miró sagazmente, luminosos sus hermosos
ojos marrones y brillante su largo cabello oscuro.
- Usted tiene mala opinión de mí, ¿verdad? La ha tenido desde el principio - dijo.
Trevize permaneció en pie y contestó:
- Usted ve las mentes y su contenido. Sabe lo que pienso de usted y por qué.
Bliss meneó la cabeza con lentitud.
- Su mente es intocable para Gaia. Usted lo sabe. Necesitábamos su decisión y tenía que ser
la decisión de una mente clara e intacta. Cuando apresamos su nave, les coloqué dentro de
un campo tranquilizante, pero eso era esencial. El pánico o la ira le habrían dañado, y quizá
le habrían vuelto inútil para un momento crucial. Y eso fue todo. Jamás podría ir más allá y
no lo he hecho, de modo que no sé lo que está pensando.
Trevize objetó:
- Ya he tomado la decisión que debía tomar. Decidí a favor de Gaia y «Galaxia». Así, pues,
¿a qué viene hablar de una mente clara e intacta? Ya tiene lo que quería y ahora puede
hacer conmigo todo lo que desee.
259
- De ningún modo, Trev. Quizá necesitemos otras decisiones en el futuro. Sigue siendo lo
que es y, mientras viva, será un extraordinario recurso de la Galaxia. Sin duda hay otros
como usted en la Galaxia, y otros como usted aparecerán en el futuro, pero por ahora
sabemos de usted.., y sólo de usted. Aún no podemos tocarle.
Trevize reflexionó.
- Usted es Gaia y no quiero hablar con Gaia.
Quiero hablar con usted como individuo, si es que eso significa algo.
- Significa algo. Estamos muy lejos de constituir una fusión común. Puedo desligarme de
Gaia durante un rato.
- Si - dijo Trevize -. Creo que puede. ¿Lo ha hecho ahora?
- Lo he hecho.
- Pues, en primer lugar, permítame decirle que ha sido muy hábil. Tal vez no entró en mi
mente para influir en mi decisión, pero sin duda entró en la de Janov con este objetivo, ¿no
es cierto?
- ¿Cree que lo hice?
- Creo que lo hizo. En el momento crucial, Pelorat me recordó su propia visión de la
Galaxia como un ser vivo y eso me indujo a tomar la decisión en aquel momento. El
pensamiento pudo ser de él, pero la mente que lo provocó fue la de usted, ¿verdad?
- El pensamiento estaba en su mente, pero había muchos otros. Yo allané el camino ante su
reminiscencia de la Galaxia viviente, y no ante sus demás pensamientos. Por lo tanto, ese
pensamiento determinado salió con facilidad de su conciencia y le tradujo en palabras.
Cuidado, yo no creé el pensamiento. Estaba allí - repuso Bliss.
- Sin embargo, eso supuso una transgresión indirecta de la total independencia de mi
decisión, ¿verdad?
- Gaia lo consideró necesario.
- ¿Ah, si? Bueno, quizá se sienta mejor, o más noble, si sabe que aunque el comentario de
Janov me impulsó a tomar la decisión en aquel momento, creo que habría sido la misma
aun cuando él no me hubiera dicho nada o hubiera intentado convencerme de que tomara
una decisión distinta. Quiero que lo sepa.
- Me siento aliviada - dijo Bliss con indiferencia -. ¿Es ésta la razón por la que deseaba
verme?
- No.
- ¿Cuál es?
Ahora Trevize se sentó en una silla que había colocado frente a ella, de modo que sus
rodillas casi se tocaban. Se inclinó hacia ella.
- Cuando nos aproximamos a Gaia, fue usted quien estaba en la estación espacial. Fue usted
quien nos atrapó; fue usted quien vino a buscarnos; es usted quien ha permanecido con
nosotros desde entonces... menos durante la comida con Dom, que no compartió con
nosotros. En particular, fue usted quien estuvo con nosotros en el Estrella Lejana, cuando
tomé la decisión. Siempre usted.
- Yo soy Gaia.
- Eso no lo explica. Un conejo es Gaia. Un guijarro es Gaia. Todo lo que hay en el planeta
es Gaia, pero no todo es Gaia en el mismo grado. Algunos son más que otros. ¿Por qué
usted?
- ¿Por qué cree?
Trevize dio el salto y dijo:
- Porque no creo que usted sea Gaia. Creo que es más que Gaia.
260
Bliss hizo un sonido burlón con los labios.
Trevize se mantuvo firme.
- Cuando estaba tomando la decisión, la mujer que acompañaba al orador...
- El la llamó Novi.
- Pues bien, esa Novi dijo que Gaia fue encauzado por unos robots que ya no existen y que
Gaia fue aleccionado para observar una versión de las Tres Leyes de la Robótica.
- Es totalmente cierto.
- ¿Y los robots ya no existen?
- Es lo que Novi dijo.
- No es lo que Novi dijo. Recuerdo sus palabras exactas. Dijo: «Gaia fue formado hace
miles de años con la ayuda de robots que, durante un corto período de tiempo, sirvieron a la
especie humana y ahora ya no la sirven.»
- Y bien, Trev, ¿significa eso que ya no existen?
- No, significa que ya no sirven. ¿No es posible que, en cambio, gobiernen?
- ¡Ridículo!,
- ¿O supervisen? ¿Por qué estaba usted allí en el momento de la decisión? usted no parecía
ser esencial. Era Novi quien llevaba el asunto y ella es Gaia. ¿Qué necesidad teníamos de
usted? A menos que...
- ¿Bueno? A menos que ¿qué?
- A menos que usted sea la supervisora cuyo papel consista en asegurarse de que Gaia no
olvide las Tres Leyes. A menos que sea un robot, tan bien hecho que no puede distinguirse
de un ser humano.
- Si no se me puede distinguir de un ser humano, ¿cómo es que usted cree poder hacerlo? –
inquirió Bliss con una sombra de sarcasmo.
Trevize se echó hacia atrás.
- ¿No me aseguran todos ustedes que tengo la facultad de estar seguro; de tomar decisiones,
ver soluciones, llegar a las conclusiones correctas? No soy yo quien lo afirmo; es lo que
ustedes dicen de mí.
Pues bien, desde el momento en que la vi me sentí inquieto. Usted tenía algo raro. Sin duda
soy tan susceptible al encanto femenino como el mismo Pelorat, o incluso más, y usted
tiene el aspecto de una mujer atractiva. Sin embargo, ni por un momento sentí la más ligera
atracción.
- No sabe cuánto me apena oír eso.
Trevize pasó por alto el comentario y dijo:
- Cuando entró en nuestra nave, Janov y yo habíamos estado debatiendo la posibilidad de
una civilización no humana en Gaia, y cuando Janov la vio, preguntó, en su inocencia: «¿
Es usted humana?» Quizás un robot deba contestar la verdad, pero supongo que puede ser
evasivo. Usted se limitó a decir: «¿No parezco humana?» Sí, parece humana, Bliss, pero
permítame volver a preguntárselo. ¿ Es usted humana?
Bliss no contestó y Trevize continuó:
- Creo que incluso en aquel primer momento, intuí que no era una mujer. Es un robot y yo
lo supe de algún modo. Y a causa de mi intuición, todos los acontecimientos que siguieron
tuvieron sentido para mí, en particular su ausencia de la comida.
- ¿Cree que no puedo comer, Trev? ¿Ha olvidado que tomé un plato de gambas en su nave?
Le aseguro que soy capaz de comer y de realizar cualquier otra función biológica. Incluido,
antes de que me lo pregunte, el sexo. Y, sin embargo, admito que eso sólo no demuestra
que no sea un robot. Los robots habían alcanzado un grado de perfección, incluso miles de
261
años atrás, en que únicamente se diferenciaban de los seres humanos por el cerebro, y
únicamente podían ser identificados por quienes sabían manejar campos mentálicos. El
orador Gendibal habría podido averiguar si yo era un robot o un ser humano, si se hubiera
molestado en mirarme una sola vez.
Naturalmente, no lo hizo.
- Sin embargo, aunque yo carezco de mentálica, estoy convencido de que es un robot.
- ¿Y qué, si lo soy? No admito nada, pero tengo curiosidad. ¿Y qué, si lo soy?
- No es necesario que admita nada. Sé que es un robot. Si necesitaba una última prueba,
ésta era su tranquila seguridad de que podía desligarse de Gaia y hablarme como un
individuo. No creo que pudiese hacerlo si fuera parte de Gaia, pero no lo es. Es un robot
supervisor y, por lo tanto, ajeno a Gaia. Ahora que lo pienso, me pregunto cuántos robots
supervisores requiere y posee Gaia.
- Lo repito: no admito nada, pero tengo curiosidad. ¿Y qué, si soy un robot?
- En ese caso, lo que quiero saber es esto: ¿Qué quiere usted de Janov Pelorat? Es amigo
mío y, en ciertos aspectos, es un niño. Cree amarla; cree que sólo quiere lo que usted esté
dispuesta a darle y que ya le ha dado suficiente. No conoce, y no puede concebir, el dolor
de la pérdida del amor o, lo que es lo mismo, el singular dolor de saber que usted no es
humana...
- ¿Conoce usted el dolor del amor perdido?
- He tenido mis experiencias. No he llevado la vida recluida de Janov. Mi vida no ha estado
consumida y anestesiada por una profesión intelectual que devoró todo lo demás, incluso
esposa e hijo. La de él, sí. Y de repente, lo abandona todo por usted.
No quiero que sufra. No dejaré que sufra. Si he servido a Gaia, merezco una recompensa, y
mi recompensa es su promesa de que el bienestar de Janov Pelorat será preservado.
- ¿Simulo que soy un robot y le contesto?
Trevize respondió:
- Sí. Ahora mismo.
- Muy bien. Supongamos que sea un robot, Trev, y supongamos que ocupe un cargo de
supervisión. Supongamos que haya unos pocos, muy pocos, que tengan un papel similar al
mío y supongamos que raramente nos encontremos. Supongamos que nuestra fuerza
propulsora sea la necesidad de velar por los seres humanos y supongamos que no haya
seres humanos en Gaia, porque todo forma parte de un ser planetario general.
»Supongamos que nos guste cuidar de Gaia, pero no del todo. Supongamos que en nosotros
haya algo primitivo que desee ansiosamente un ser humano tal como existían cuando los
robots fueron fabricados e ideados. No me interprete mal; no soy tan vieja (suponiendo que
sea un robot). Tengo la edad que le dije o, al menos (suponiendo que sea un robot) ésa ha
sido la duración de mi existencia. De todos modos (suponiendo que sea un robot), mi
propósito fundamental sería el que siempre ha sido y desearía cuidar de un verdadero ser
humano.
»Pel es un ser humano. No forma parte de Gaia. Es demasiado viejo para llegar a
convertirse en una verdadera parte de Gaia. Quiere quedarse en Gaia conmigo, pues no
abriga los mismos sentimientos que usted en relación a mi. El no cree que yo sea un robot.
Pues bien, yo también le necesito. Si usted me considera un robot, verá que es cierto. Soy
capaz de todas las reacciones humanas y le amaría. Si siguiera insistiendo en que soy un
robot, podría no creerme capaz de amar en un místico sentido humano, pero no podría
distinguir mis reacciones de las que usted llamaría amor, de modo que, ¿cuál sería la
diferencia?
262
Se calló y lo miró, con intransigente orgullo.
- ¿Me está diciendo que no le abandonaría? - preguntó Trevize.
- Si usted cree que soy un robot, verá por sí mismo que la Primera Ley me impediría
abandonarle, a menos que él me ordenara hacerlo y, además, yo estuviese convencida de
que lo deseaba realmente y que le haría más daño quedándome que marchándome.
- ¿Acaso un hombre más joven no...?
- ¿Qué hombre más joven? Usted es más joven, pero no le imagino necesitándome en el
mismo sentido que Pelorat y, de hecho, usted no me necesita, de modo que la Primera Ley
me impediría tratar de asirme a usted.
- No estoy hablando de mí, sino de algún otro hombre más joven...
- No hay ningún otro. ¿Quién hay en Gaia aparte de Pel y de usted mismo que pudiera
calificarse de ser humano en el sentido no gaiano?
Trevize dijo, más suavemente:
- ¿Y si no es usted un robot?
- Decídase - repuso Bliss.
- Digo, ¿y si no es un robot?
- Entonces yo digo que, en ese caso, usted no tiene ningún derecho a inmiscuirse. Sólo a mí
y a Pel nos corresponde decidir.
- Entonces, vuelvo al punto de partida. Quiero mi recompensa, y esa recompensa es que
usted lo trate bien. No insistiré en el detalle de su identidad. Unicamente asegúreme, como
una inteligencia a otra, que lo tratará bien.
Y Bliss contestó con suavidad:
- Lo trataré bien... no para recompensarle a usted, sino porque así lo deseo. Es mi más
ferviente deseo. Lo trataré bien. - Llamó: «¡.Pel!» Y otra vez:
«¡Pel!»
Pelorat entró desde el exterior.
- Sí, Bliss.
Bliss extendió una mano hacia él.
- Creo que Trev quiere decirnos algo.
Pelorat le cogió la mano y entonces Trevize cogió las dos manos unidas entre las suyas.
- Janov - dijo -, me alegro por ambos.
- ¡Oh, mi querido amigo! - exclamó Pelorat.
Trevize añadió:
- Probablemente me marche de Gaia. Ahora voy a hablar de ello con Dom. No sé cuándo o
si volveremos a vernos, Janov, pero, en todo caso, nos ha ido bien juntos.
- Sí, nos ha ido bien - afirmó Pelorat, sonriendo.
- Adiós, Bliss, y, por adelantado, gracias.
- Adiós, Trev.
Y Trevize, agitando la mano, salió de la casa.
92
Dom dijo:
- Hizo bien, Trev. Bueno, hizo lo que yo pensaba que haría.
También ahora estaban comiendo, algo tan poco satisfactorio como la primera vez, pero a
Trevize no le importaba. Quizá nunca más volviese a comer en Gaia.
263
- Hice lo que pensaba que haría usted, pero no, quizá, por la razón que usted pensaba -
repuso.
- Sin duda estaba seguro de que su decisión era acertada.
- Sí, lo estaba, pero no por esa mística capacidad de certeza que parezco tener. Si escogí
«Galaxia», fue por un razonamiento ordinario, el tipo de razonamiento que cualquier otro
habría utilizado para llegar a una decisión. ¿Quiere que se lo explique?
- Desde luego que sí, Trev.
- Habría podido hacer tres cosas. Habría podido unirme a la Primera Fundación, o a la
Segunda Fundación, o a Gaia.
»Si me hubiese unido a la Primera Fundación, la alcaldesa Branno habría tomado medidas
inmediatas para establecer su dominio sobre la Segunda Fundación y sobre Gaia. Si me
hubiese unido a la Segunda Fundación, el orador Gendibal habría tomado medidas
inmediatas para establecer su dominio sobre la Primera Fundación y sobre Gaia. En ambos
casos, lo que hubiera tenido lugar habría sido irreversible, y si ambas posibilidades
constituían la solución equivocada, habría sido una catástrofe irreversible.
»No obstante, si me unía a Gaia, la Primera Fundación y la Segunda Fundación tendrían la
convicción de haber obtenido una victoria relativamente pequeña. Entonces todo
continuaría como antes, ya que la formación de «Galaxia», según me habían dicho,
requeriría generaciones, e incluso siglos.
»Así pues, unirme a Gaia fue mi modo de contemporizar y asegurarme de que quedaría
tiempo para modificar las cosas, o incluso invertirlas, si mi decisión resultaba equivocada.
Dom enarcó las cejas. Aparte de esto, su rostro viejo y casi cadavérico se mantuvo
inalterable.
- ¿Opina usted que su decisión puede resultar equivocada? - preguntó con su voz aguda.
Trevize se encogió de hombros.
- No lo creo, pero debo hacer una cosa para saberlo con certeza. Tengo la intención de
visitar la Tierra, si es que logro encontrar ese mundo.
- Por supuesto no le detendremos si desea abandonamos, Trev. ..
- Yo no encajo en su mundo.
- Igual que Pel; sin embargo, si desea quedarse, le acogeremos con tanto agrado como a él.
Pero no le retendremos. Dígame, ¿a qué se debe su interés por la Tierra?
- Pensaba que lo sabía - contestó Trevize.
- No lo sé.
- Hay un dato que me ocultó, Dom. Quizá tuviese sus razones, pero preferiría que no lo
hubiera hecho.
- No sé a qué se refiere.
- Escuche, Dom, con objeto de tomar la decisión, utilicé la computadora y durante un fugaz
momento me encontré en contacto con las mentes de quienes me rodeaban: la alcaldesa
Branno, el orador Gendibal y Novi. Tuve una breve visión de varias cosas que, por sí solas,
apenas significaron nada para mí, como, por ejemplo, los diversos efectos que Gaia, según
el parecer de Novi, había producido sobre Trántor, efectos que tenían como objetivo inducir
al orador a ir a Gaia.
- ;Sí?
- Y una de esas cosas era el expolio de todas las referencias a la Tierra existentes en la
biblioteca de Trántor.
-¿El expolio de las referencias a la Tierra?
264
- Exactamente. Esto significa que la Tierra es muy importante, y no sólo indica que la
Segunda Fundación no debe saber nada acerca de ella, sino que yo tampoco. Si voy a
hacerme responsable de la dirección del desarrollo galáctico, no acepto voluntariamente la
ignorancia. ¿Querrá decirme por qué es tan importante mantener en secreto todo lo
relacionado con la Tierra?
Dom contestó con solemnidad:
- Trev, Gaia no sabe nada de ese expolio. ¡Nada!
- ¿Pretende decirme que Gaia no es responsable?
- No lo es.
Trevize reflexionó durante unos momentos, pasando lentamente la lengua sobre sus labios.
- Entonces, ¿quién fue el responsable?
- No lo sé. No veo ninguna utilidad en ello.
Los dos hombres se miraron con asombro y, luego, Dom dijo:
- Tiene usted razón. Creíamos haber llegado a una conclusión de lo más satisfactoria, pero
mientras este punto continúe sin aclararse, no podremos descansar. Quédese un tiempo con
nosotros y pensaremos en lo que debemos hacer. Después podrá marcharse, con toda
nuestra ayuda.
- Gracias - dijo Trevize.
FIN
(por ahora)

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