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sábado, 25 de octubre de 2008

SCIFI -- 2ªparte- FUNDACION Y TIERRA -- ISAAC ASIMOV / SAGA "LA FUNDACION" 5

SCIFI
-- 2ªparte- FUNDACION Y TIERRA --
ISAAC ASIMOV
SAGA "LA FUNDACION" 5
***


V. LUCHA POR LA NAVE
La primera impresión de Trevize fue que se hallaba en el escenario de un hiperdrama,
concretamente, el de un romance histórico de los tiempos imperiales. Era un escenario
muy particular, con pocas variaciones (tal vez sólo existiese uno y era usado por todos los
productores de hiperdramas), que representaban la gran ciudad-planeta de Trantor en su
apogeo.
Vio los grandes espacios, las carreras de los atareados peatones, los pequeños vehículos
rodando a gran velocidad por los carriles que les estaban reservados.
Trevize miró hacia arriba, casi esperando ver aerotaxis elevándose e introduciéndose en
oscuros refugios abovedados, pero éstos, al menos, brillaban por su ausencia. En realidad,
al cesar su asombro inicial, observó con claridad que se trataba de un edificio mucho más
pequeño de lo que hubiese cabido esperar en Trantor. Sólo era un edificio y no parte de
un complejo que se extendiese sin interrupción miles de kilómetros en todas direcciones.
También los colores eran diferentes. En los hiperdramas, a Trantor la presentaban
siempre con colores de un chillón espantoso, y con un vestuario literalmente incómodo y
nada práctico. Sin embargo, todos aquellos colorines y ringorrangos tenían un fin
simbólico: indicaban la decadencia del Imperio (concepto obligatorio en aquellos días) y
de Trantor en particular.
Pero, si esto era así, Comporellon parecía todo lo contrario de decadente, pues la
combinación de colores que había observado Pelorat en el puerto espacial prevalecía
también allí.
Las paredes estaban pintadas en tonos grises; los techos eran blancos, y las vestiduras
de la población, negras, grises y blancas. De vez en cuando, se veía un traje negro por
completo o, todavía más ocasionalmente, completamente gris, pero nunca todo blanco,
como Trevize pudo comprobar. En cambio, los modelos eran diferentes siempre, como si
las personas, al no poder usar los colores, buscasen y lograsen encontrar maneras de
afirmar su individualidad.
Las caras tendían a ser inexpresivas o, si no eso, hoscas. Las mujeres llevaban los
cabellos cortos; los hombres, más largos, recogidos hacia atrás en cortas coletas. Nadie
miraba a los demás al cruzarse con ellos. Todos parecían llevar algo entre ceja y ceja,
como si una sola idea ocupase la mente de cada cual y no dejase sitio para nada más.
Hombres y mujeres vestían de manera parecida, y sólo la longitud de los cabellos, el
ligero abultamiento de los senos y la anchura de las caderas marcaban la diferencia.
Los tres fueron conducidos hasta un ascensor que descendió cinco plantas. Cuando
salieron de él, les acompañaron a una puerta en la que, en pequeñas y sencillas letras
blancas sobre fondo gris, se leía: «Mitza Lizalor, MinTrans.»
El comporelliano que iba en cabeza tocó el rótulo, el cual se iluminó al cabo de un
momento. La puerta se abrió y todos entraron.
Se encontraron en una grande y bastante vacía habitación y su desnudez servía, quizá,
para indicar, con aquel derroche de espacio, el poder de su ocupante.
Dos guardias se hallaban de pie junto a la pared del fondo, inexpresivos los rostros y las
miradas fijas en los que entraban. Una gran mesa ocupaba el centro de la estancia o,
quizás, un poco más atrás del centro. Detrás de la mesa, hallábase la persona que debía
ser Mitza Lizalor, robusta, de cara suave y ojos negros. Dos manos vigorosas y eficientes,
de largos dedos de punta roma, se apoyaban sobre la mesa.
La «MinTrans» (Trevize presumió que significaba ministro de Transportes) vestía un
traje gris oscuro con solapas de un blanco deslumbrante. Un doble galón blanco bajaba en
diagonal desde debajo de las Solapas, cruzándose sobre el centro del pecho. Trevize pudo
ver que, si bien el traje estaba cortado de manera que simulaba el abultamiento de los
senos femeninos, la X blanca del galón hacía que éstos atrajesen la atención.
El ministro era indudablemente una mujer. Aunque se prescindiese de los senos, los
cabellos cortos lo demostraban, y, a pesar de no ir maquillada, sus facciones lo indicaban
así. Su voz también era inconfundiblemente femenina; uva voz de contralto.
- Buenas tardes – dijo -. No es frecuente que hombres de Terminus nos honren con su
visita. Y tampoco una mujer desconocida. - Sus ojos pasaron de uno a otro y se fijaron
después en Trevize, que permanecía rígidamente en pie y con el ceño fruncido -. Además,
uno de los hombres es miembro del Consejo.
- Consejero de la Fundación - dijo Trevize dando a su voz un tono vibrante -. Consejero
Golan Trevize, en una misión de la Fundación.
- ¿Una misión? - preguntó la ministra, arqueando las cejas.
- Una misión - repitió Trevize -. Entonces, ¿por qué se nos trata como a delincuentes?
¿Por qué hemos sido custodiados por guardias armados y traídos aquí como prisioneros?
Espero que comprenda que el Consejo de la Fundación no se mostrará muy satisfecho
cuando se entere de esto.
- Y en todo caso - dijo Bliss, con una voz que parecía un poco estridente en
comparación con la de la otra mujer -, ¿vamos a permanecer en pie indefinidamente?
La ministra miró a Bliss con frialdad durante un largo momento; después, levantó un
brazo.
- ¡Tres sillas! ¡Ahora! - ordenó.
Una puerta se abrió y tres hombres, vistiendo los oscuros trajes comporellianos de
rigor, llegaron, casi corriendo, con tres sillas. Las tres personas que se encontraban de pie
delante de la mesa se sentaron.
- Bueno - dijo la ministra, con una sonrisa glacial -, ¿están cómodos?
Trevize pensó que no era así. Las sillas no tenían cojines, resultaban frías al tacto, de
asiento y respaldo planos, completamente inadaptadas a la forma del cuerpo.
- ¿Por qué estamos aquí? - preguntó.
La ministra consultó unos papeles que tenía sobre la mesa - se lo explicaré en cuanto
esté segura de los hechos. Su nave es la Far Star, de Terminus. ¿Es cierto, consejero?
- Sí.
La ministra lo miró.
- Yo le he dado su tratamiento, consejero. ¿Quiere usted, por cortesía, darme el mío?
- ¿Será suficiente con señora ministra? ¿O tiene usted algún título honorífico?
- Ningún título honorífico, señor, y no necesita emplear dos palabras. «Ministra» es
suficiente, o «señora», si la repetición le cansa.
- Entonces, mi respuesta a su pregunta es: Sí, ministra.
- El capitán de la nave es Golan Trevize, ciudadano de la Fundación y miembro del
Consejo de Terminus, consejero de reciente nombramiento, dicho sea de pasada. Y usted
es Trevize. ¿Estoy en lo cierto, consejero?
- Así es, ministra. Y ya que soy ciudadano de la Fundación...
- Todavía no he terminado, consejero. Guarde sus objeciones para más tarde. Su
acompañante es Janov Pelorat, erudito, historiador y ciudadano de la Fundación. Usted es
el doctor Pelorat, ¿verdad?
Pelorat no pudo reprimir un ligero sobresalto al volver la Ministra su aguda mirada
hacia él.
- Sí, mi... - Se interrumpió y empezó de nuevo -: Sí, ministra.
Ésta cruzó las manos con fuerza.
- En el informe que me ha sido enviado, no se menciona a ninguna mujer. ¿Es ésta
miembro de la dotación de la nave?
- Sí, ministra - respondió Trevize.
- Entonces, me dirigiré a la mujer. ¿ Su nombre?
- Me llaman Bliss - dijo ésta, irguiéndose en su asiento y hablando con tranquila
claridad -, aunque mi nombre es más largo, señora. ¿Desea que se lo diga entero?
- De momento, me contentaré con Bliss. ¿ Es usted ciudadana de la Fundación, Bliss?
- No, señora.
- ¿De qué mundo es usted ciudadana, Bliss?
- No tengo documentos que acrediten mi ciudadanía de cualquier mundo, señora.
- ¿No tiene documentos, Bliss? - preguntó mientras hacía una pequeña señal en los
papeles que tenía delante -. Tomo nota de ello. ¿Qué trabajo desarrollaba usted a bordo
de la nave?
- Soy una pasajera, señora.
- ¿Le pidieron sus documentos el consejero Trevize o el doctor Pelorat antes de que
subiese usted a bordo, Bliss?
- No, señora.
- ¿Les informó usted de que no tenía documentos, Bliss?
- No, señora.
- ¿Cuál es su función a bordo de la nave, Bliss? ¿Responde su nombre a su función?
Bliss dijo con orgullo:
- Repito que soy pasajera de la nave y no tengo otra función - respondió Bliss con
orgullo.
- ¿Por qué acosa usted a esta mujer, ministra? - terció Trevize -. ¿Qué ley ha
quebrantado?
La ministra Lizalor fijó su mirada en Trevize.
- Usted no es de nuestro mundo, consejero – dijo -, y no conoce nuestras leyes. Sin
embargo, se halla sujeto a ellas si desea Visitarnos.
No trae sus previas leyes consigo; ésta es una norma general del Derecho galáctico,
según tengo entendido.
- Estoy de acuerdo, ministra, pero con ello no me dice qué leyes de ustedes ha
quebrantado Bliss.
- Es norma general en la Galaxia, consejero, que un visitante de un mundo que se halle
fuera de los dominios del que usted está visitando traiga consigo sus documentos de
identidad. Muchos mundos transigen a este respecto, por mor del turismo o por
indiferencia. Pero Comporellon no hace lo mismo. Nuestro mundo es amante de la ley y
la aplica con severidad. Ella, por el hecho de ser indocumentada, vulnera nuestra ley.
- No podía hacer otra cosa - dijo Trevize -. Yo pilotaba la nave y descendí en
Comporellon. Ella tenía que acompañarnos, ministra, ¿o cree usted que podía pedirnos
que la arrojásemos al espacio?
- Eso significa que también usted ha quebrantado nuestra ley, consejero.
- No, usted está equivocada, ministra. Yo no soy un forastero. Soy ciudadano de la
Fundación; y Comporellon, junto con los mundos que le están sometidos, es una Potencia
Asociada de la Fundación. Como ciudadano de la Fundación, puedo viajar a este mundo
con plena libertad.
- Cierto, consejero, si posee documentos que demuestren que es ciudadano de la
Fundación.
- Los tengo, ministra.
- Sin embargo, el que usted sea ciudadano de la Fundación no le da derecho a
quebrantar nuestra ley haciéndose acompañar de una persona indocumentada.
Trevize vaciló. Estaba claro que el guardia fronterizo, Kendray, no había cumplido su
palabra: por consiguiente, él no estaba obligado a protegerle.
- No nos detuvieron en la estación de inmigración, ministra, y consideré que eso llevaba
implícito el permiso de traer a esta mujer conmigo.
- Es cierto que no les detuvieron, consejero, y que la mujer no fue denunciada por las
autoridades de inmigración, las cuales le dejaron pasar. Presumo, sin embargo, que los
funcionarios de la estación de entrada decidieron, con razón, que era más importante el
hecho de que su nave aterrizase en la superficie del planeta que impedir el paso a una
persona indocumentada. Con ello, estrictamente hablando, infringieron las normas, y el
asunto deberá ser juzgado, pero puedo asegurar que el fallo declarará que la infracción
estuvo justificada. Somos un mundo rígido en la aplicación de la ley, consejero, pero no
tanto como para desatender los dictados de la razón.
- Entonces - dijo Trevize rápidamente -, apelo a la razón para mitigar su rigor ahora,
ministra. Si la estación de inmigración no la había informado de que una persona
indocumentada estaba a bordo de la nave cuando aterrizamos, usted no sabía que
habíamos vulnerado alguna ley.
Sin embargo, salta a la vista que estaba resuelta a detenemos en el momento en que
aterrizásemos, y eso fue lo que hizo. ¿Por qué, si no tenía motivos para pensar que se
violaba la ley?
La ministra sonrió.
- Comprendo su extrañeza, consejero - repuso la ministra sonriendo -. Por favor,
permítame asegurarle que el hecho de que supiésemos o ignorásemos la condición de su
pasajera no tuvo nada que ver con su detención. Estamos actuando en nombre de la
Fundación, de la cual, como usted mismo ha observado, somos una Potencia Asociada.
Trevize la miró fijamente.
- Pero eso es imposible, ministra. Peor aún: resulta ridículo.
Ella emitió una risita que quería ser melosa.
- Resulta curiosa su consideración de que lo ridículo le parezca peor que lo imposible,
consejero. Y en eso estoy de acuerdo. Sin embargo, por desgracia para usted, no se trata
de ninguna de ambas cosas. ¿Por qué habría de serlo?
- Porque yo soy un alto funcionario del Gobierno de la Fundación y desempeño una
misión por encargo de éste, y es absolutamente inconcebible que quiera detenerme, o
incluso que tenga poder para hacerlo, ya que gozo de inmunidad legislativa.
- Veo que ha omitido mi tratamiento, pero está profundamente conmovido y se le puede
perdonar. Sin embargo, no me han pedido directamente que lo detenga. Sólo lo he hecho
para poder realizar lo que me han pedido que haga, consejero.
- ¿Y es, ministra? - preguntó Trevize, tratando de dominar su emoción delante de
aquella mujer formidable.
- Que, como piloto de la nave, consejero, la devuelva a la Fundación.
- ¿Qué?
- De nuevo ha omitido el tratamiento, consejero, lo cual es un grave descuido por su
parte, y no le ayuda en nada. Supongo que la nave no es suya. ¿Fue diseñada por usted, o
construida por usted, o pagada por usted?
- Claro que no, ministra. Me fue confiada por el Gobierno de la Fundación.
- Entonces, presumiblemente, el Gobierno de la Fundación, tiene derecho a revocar su
propia decisión, consejero. Me imagino que es una nave muy valiosa.
Trevize no respondió.
- Se trata de una nave gravítica, consejero - prosiguió la ministra -. No puede haber
muchas como esa, e incluso la Fundación debe disponer de muy pocas. Y ahora parecen
lamentar el haberle confiado una de ellas. Tal vez usted pueda persuadirles de que le
confíen otra que sea menos valiosa, pero que le baste para llevar á cabo su misión. En
todo caso, nosotros debemos hacemos cargo de la nave en que llegó.
- No, ministra, no puedo entregarle la nave. Ni puedo creer que la Fundación le pida
eso.
- No sólo a mí, consejero - sonrió ella -. Ni a Comporellon concretamente. Tenemos
buenas razones para creer que la orden fue enviada a todos y cada uno de los mundos y
regiones que se hallan bajo la jurisdicción de la Fundación o asociados con ella. De todo
ello deduzco que la Fundación desconoce su itinerario y le está buscando con irritado
empeño. Y de ello deduzco, además, que usted no tiene ninguna misión que realizar en
Comporellon en nombre de la Fundación, ya que, en ese caso, ellos sabrían dónde se
encuentra usted y sólo se habrían dirigido a nosotros. Dicho en pocas palabras, consejero,
usted me ha mentido.
- Me gustaría ver una copia de la orden del Gobierno de la Fundación que han recibido
ustedes, ministra - pidió Trevize con cierta dificultad -. Creo que tengo derecho a ello.
- Por supuesto, si todo esto termina en una acción legal. Aquí, nos tomamos muy en
serio los formulismos legales, consejero, y sus derechos estarán totalmente protegidos,
puedo asegurárselo. Sin embargo, todo resultada más fácil si llegásemos a un acuerdo sin
la publicidad y las demoras que los procesos legales suponen. Preferiríamos algo así y,
estoy segura, la Fundación lo preferida también, ya que no deseará que toda la Galaxia se
entere de la fuga de un legislador. Eso cubriría de ridículo a la Fundación y, según su
propio criterio y el mío, sería peor que lo imposible.
Trevize guardó silencio de nuevo. La ministra esperó un momento y después prosiguió,
imperturbable como siempre.
- Bueno, consejero, en ambos casos, por acuerdo privado o por acción legal, estamos
resueltos a tener la nave. La pena por traer un pasajero indocumentado dependerá del
camino que sigamos. Exija el procedimiento judicial y ella representará un punto más en
contra de usted; además, todos ustedes habrán de cumplir la pena por ese delito, pena que
puedo asegurarle no será leve. Lleguemos a un acuerdo, y su pasajera será enviada en un
vuelo comercial al destino que ella elija y, ya que hablamos de esto, ustedes dos podrán
acompañarla si lo desean.
O bien, si la Fundación está dispuesta a ello, podemos ofrecerle a usted una de nuestras
naves, perfectamente equipada; siempre, como es natural, que la Fundación la sustituya
con una nave equivalente de las suyas. Y, si por alguna razón usted no desea volver a
territorio controlado por la Fundación, estaríamos dispuestos a ofrecerle refugio aquí y,
tal vez, la ciudadanía comporelliana. Como puede ver, tiene mucho que ganar en caso de
que lleguemos a un acuerdo amistoso, y nada en absoluto si insiste en sus derechos
legales.
- Ministra, se precipita usted - dijo Trevize -. Promete lo que no puede cumplir. No
puede ofrecerme refugio en el momento que la Fundación le ha ordenado que me
entregue a ella.
- Consejero - respondió la ministra -, yo nunca prometo lo que no puedo cumplir. La
orden de la Fundación se refiere sólo a la nave. No me han ordeñado nada con referencia
a usted como individuo, ni con respecto a sus acompañantes. Repito que la orden se
refiere únicamente a la nave.
Trevize miró a Bliss rápidamente.
- ¿Me da usted su permiso, ministra - preguntó él -, para consultar un momento con el
doctor Pelorat y Miss Bliss?
- Desde luego, consejero. Le concedo quince minutos.
- En Privado, ministra.
- Les conducirán a una habitación y, quince minutos después, serán traídos aquí de
nuevo, consejero. No les molestarán mientras se encuentren allí, ni trataremos de
escuchar su conversación. Le doy mi palabra de ello. Y siempre cumplo lo que prometo.
Sin embargo, les custodiarán adecuadamente para que no cometan la locura de intentar
escapar.
- Lo comprendemos, ministra.
- Y cuando regresen, confío en que usted se avendrá a entregar la nave. De no ser así, la
justicia continuará su curso, y será mucho peor para todos ustedes, consejero.
¿Comprendido?
- Comprendido, ministra - respondió Trevize, ahogando su furor a duras penas porque
la manifestación de éste no iba a hacerle ningún bien.
Entraron en una habitación pequeña, pero bien iluminada. En ella había un sofá y dos
sillones, y se oía el suave zumbido de un ventilador. En conjunto era mucho más cómoda
que el grande y aséptico despacho de la ministra.
Un guardia grave y alto les había conducido hasta allí, sin apartar la mano de la culata
de su arma. Al entrar ellos se quedó fuera.
- Tiene quince minutos - avisó con voz dura.
No bien hubo dicho esas palabras, la puerta se cerró suavemente, con un chasquido.
- Espero que no puedan escucharnos - dijo Trevize.
- Nos ha dado su palabra, Golan - le recordó Pelorat.
- Juzgas a los demás por ti mismo, Janov. Lo que ella llama su palabra no me basta. La
romperá sin vacilar un momento si así conviene.
- No podría - dijo Bliss -. Puedo escudar este lugar.
- ¿Tienes un aparato protector? - preguntó Pelorat.
Bliss sonrió, mostrando súbitamente sus blancos dientes.
- La mente de Gaia es un escudo protector, Pel. Es una mente enorme.
- Estamos aquí - dijo Trevize con ira - gracias a las limitaciones de esa enorme mente.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó Bliss.
- Cuando la triple confrontación se rompió, tú me apartaste de las mentes de la
alcaldesa y del segundo fundador, Gendibal. Ninguno de los dos volvió a pensar en mí,
salvo con distanciamiento e indiferencia. Tenía que quedarme solo.
- Tuvimos que hacerlo - dijo Bliss -. Tú eres nuestro recurso más importante.
- Sí. Golan Trevize, el que nunca se equivoca. Pero no retiraste mi nave de sus mentes,
¿verdad? La alcaldesa Branno no me pidió a mí; yo no le interesaba, pero pidió la nave.
No había olvidado la nave.
Bliss frunció el entrecejo.
- Piénsalo - continuó Trevize -. Gaia pensó que yo incluía mi nave en mí, que
formábamos una unidad. Sí Branno no pensaba en mí, no pensaría en la nave. Lo malo es
que Gaia no comprende la individualidad. Creyó que la nave y yo éramos un solo
organismo, y en esto se equivocó.
- Es posible - repuso Bliss con suavidad.
- Entonces - dijo Trevize llanamente -, tú tienes que rectificar ese error. Debo tener mi
nave gravítica y mí ordenador. Todo lo demás carece de importancia. Por consiguiente,
Bliss, haz que conserve la nave. Tú puedes controlar las mentes.
- Sí, Trevize, pero yo no ejerzo ese control a la ligera. Lo hicimos en relación con la
triple confrontación, pero, ¿sabes cuánto tiempo se tardó en preparar, en calcular, en
sopesar aquella confrontación? Se necesitaron, literalmente, muchos años. Yo no puedo
acercarme a una mujer por las buenas y ajustar su mente de la manera que más convenga
a alguien.
- Pero esta vez...
- Si iniciase ese curso de acción - prosiguió Bliss con gran energía -, ¿adónde iríamos a
parar? Habría podido influir en la mente del agente de la estación de entrada y no
hubiésemos tenido problemas para pasar inmediatamente. Habría podido influir en la
mente del conductor del vehículo, y nos habría soltado.
- Bueno, ya que tú lo dices, ¿por qué no lo hiciste?
- Porque no sabemos adónde nos habría conducido esto. No conocemos los efectos
secundarios, que podrían empeorar la situación. Si ahora arreglase la mente de la ministra
a mi manera, esto afectaría a sus tratos con las personas con quienes se pusiese en
contacto y, como ella desempeña un alto cargo en su Gobierno, podría afectar a las
relaciones interestelares. Hasta que el asunto esté completamente aclarado, no me atrevo
a tocar su mente.
- Entonces, ¿por qué estás con nosotros?
- Porque puede llegar un momento en que tu vida corra peligro, y yo debo protegerla a
toda costa, incluso a costa de la de Pel o de la mía. Tu vida no estuvo en peligro en la
estación de entrada. Tampoco ahora. Tú debes resolver esta situación, al menos hasta que
Gaia calcule las consecuencias de alguna clase de acción y decida tomarla.
- Si es así - dijo Trevize después de un momento de reflexión -, tendré que intentar
algo. Y puede que no funcione.
La puerta se abrió tan silenciosamente como se había cerrado.
- Salgan - dijo el guardia.
- ¿Qué vas a hacer, Golan? - murmuró Pelorat mientras salían.
Trevize sacudió la cabeza.
- No lo sé. Tendré que improvisar.
La ministra Lizalor seguía ante su mesa cuando ellos volvieron al despacho. Al verles
entrar, una fría sonrisa se pintó en su semblante.
- Espero, consejero Trevize, que haya vuelto para comunicarme que entregará esa nave
de la Fundación.
- He vuelto, ministra - respondió Trevize serenamente - para discutir las condiciones.
- No hay condiciones a discutir, consejero. Si usted insiste en un juicio, éste puede
prepararse rápidamente y celebrarse con más rapidez aún. Aunque se trate de un juicio
justo, puedo asegurarle que serán condenados, ya que el delito de introducir aquí una
persona indocumentada es evidente e indiscutible. Después, tendremos perfecto derecho a
secuestrar la nave y ustedes tres deberán cumplir graves penas. No nos obligue a
infligírselas, sólo por demorar nuestra acción un día.
- Sin embargo, hay términos que discutir, porque, por muy rápido que se nos juzgue y
condene, ministra, ustedes no podrán apoderarse de la nave sin mi consentimiento.
Cualquier intento que hagan para entrar en ella por la fuerza, significará su destrucción,
así como la del puerto espacial y la de todas las personas que se encuentren en él. Lo cual
enfurecería a la Fundación, por lo que usted no se atreverá a hacerlo. Amenazarnos o
maltratarnos para obligarme a abrir la nave es, sin duda alguna, contrario a su ley, y si
quebrantan ésta y nos someten a torturas, o incluso a un período de cruel y
desacostumbrado encarcelamiento, la Fundación se enterará de ello y se enfurecerá
todavía más, Por mucho que ellos quieran tener la nave, no tolerarán que se siente un
precedente que permitiría maltratar a cualquier ciudadano de la Fundación. ¿Hablamos de
condiciones?
- Todo eso son tonterías - repuso, burlona, la ministra -. Si es necesario, llamaremos a
la Fundación. Ellos sabrán cómo se abre su propia nave o le obligarán a usted a abrirla.
- No me ha dado mi tratamiento, ministra - dijo Trevize -, pero sufre un trastorno
emocional y puedo perdonárselo. Sabe que lo último que usted haría sería llamar a la
Fundación, ya que no tiene intención de entregarles la nave.
La sonrisa se desvaneció del semblante de la ministra.
- ¿Qué insensatez está diciendo, consejero?
- Una insensatez, ministra, que tal vez sería mejor que otros no oyesen. Deje que mi
amigo y la joven vayan a una cómoda habitación de hotel y tengan el descanso que tanto
necesitan, y diga también a sus guardias que salgan. Pueden esperar detrás de la puerta y
dejarle una de sus armas. Usted es toda una mujer y, con un arma en la mano, nada tiene
que temer de mí. Yo no llevo ninguna.
La ministra se inclinó sobre la mesa.
- Nada tengo que temer de usted, en ningún caso.
Sin mirar atrás, hizo una seña a uno de los guardias, el cual se acercó al momento y se
detuvo a su lado, haciendo entrechocar los tacones.
- Guardia, lleve a ese y a esa a la Suite 5. Tienen que permanecer allí, cómodamente y
bien vigilados. Le hago responsable de cualquier mal trato que reciban, así como de
cualquier fallo en las medidas de seguridad.
Se puso en pie y, a pesar de su determinación de no dejarse intimidar, Trevize vaciló un
poco. Era alta, al menos tan alta como él mismo, con un metro ochenta y cinco, y quizás
uno o dos centímetros más. Tenía estrecha la cintura, y los galones blancos que cruzaban
su pecho continuaban alrededor del talle, haciendo que éste pareciese más estrecho aún.
Había una gracia imponente en toda ella, y Trevize pensó con tristeza que su declaración
de que nada tenía que temer de él era muy correcta. En un combate de lucha libre, pensó,
le costaría poco ponerle de espaldas sobre la lona.
- Venga conmigo, consejero - pidió ella -. Si va a decir tonterías, cuantos menos las
oigan, será mejor para su seguridad.
Echó a andar a paso vivo y Trevize la siguió, sintiéndose como sumido en su gran
sombra, sensación que nunca había experimentado con ninguna otra mujer.
Entraron en un ascensor y mientras la puerta se cerraba tras ellos, la ministra dijo:
- Ahora estamos solos, consejero, y si se ha hecho la ilusión de que puede obligarme
por la fuerza a realizar algo que lleva entre ceja y ceja, por favor, olvídelo. - El sonsonete
de su voz se hizo más pronunciado al añadir, en tono claramente divertido -: Parece usted
un ejemplar bastante vigoroso, pero le aseguro que nada me costaría romperle un brazo...,
o la espalda, si fuese preciso. Llevo un arma, pero no tendría necesidad de utilizarla.
Trevize se rascó una mejilla y resiguió con la mirada el cuerpo de la mujer, de abajo a
arriba.
- Ministra, puedo luchar con cualquier hombre de mi peso, pero ya he decidido eludir
todo combate contra usted. Cuando alguien me supera, sé reconocerlo.
- Bien - dijo ella, y pareció complacida.
- ¿Adónde vamos, ministra? - preguntó Trevize.
- ¡Abajo! Muy abajo. Pero no se alarme. Supongo que en los hiperdramas esto sería un
acto preliminar de su encierro en una mazmorra; pero en Comporellon no tenemos
mazmorras, sólo prisiones normales. Vamos a mi apartamento particular; no es tan
romántico como una mazmorra de los malos y viejos tiempos del Imperio, pero sí mucho
más cómodo.
Cuando el ascensor se detuvo y salieron de él, Trevize calculó que debían encontrarse a
cincuenta metros al menos por debajo de la superficie del planeta.
Trevize contempló el apartamento con visible sorpresa.
- ¿Le desagrada mi vivienda, consejero? - preguntó la ministra fríamente.
- No, no hay motivo para ello, ministra. Sólo estoy sorprendido. Resulta algo
inesperado para mí. La impresión que tenía de su mundo, por lo poco que había visto
desde mi llegada, era de severidad, evitando todo lujo superfluo.
- Y está en lo cierto, consejero. Nuestros recursos son limitados y nuestra vida tiene que
ser tan dura como nuestro clima.
- Pero esto, ministra - y Trevize extendió ambas manos como para abarcar la habitación
donde, por primera vez en aquel mundo, veía color; los divanes tenían almohadones; la
luz de las paredes iluminadas era suave, y el suelo aparecía alfombrado de manera que no
se oían las pisadas -, esto es, sin duda alguna, lujoso.
- Como usted ha dicho, consejero, nosotros rechazamos el lujo inútil, ostentoso,
excesivamente costoso. Éste, sin embargo, es un lujo peculiar, que resulta útil. Yo trabajo
de firme y tengo muchas responsabilidades. Necesito un lugar donde pueda olvidar, de
manera temporal, las dificultades de mi cargo.
- ¿Y todos los comporellianos viven así cuando los otros no los ven, ministra?
- Depende del grado de trabajo y de responsabilidad. Son pocos los que pueden
permitírselo, o se lo merecen, o lo desean, al aplicarse nuestro código moral.
- Usted, ministra, puede permitírselo..., se lo merece..., y..., ¿lo desea?
- El rango comporta privilegios, además de deberes - dijo la ministra -. Y ahora,
siéntese, consejero, y hábleme de sus locuras.
Se arrellanó en el diván, que cedió bajo su peso, e indicó a Trevize un sillón,
igualmente blando, delante de ella y a poca distancia.
Trevize se sentó.
- ¿Locuras, ministra?
Ella se relajó visiblemente, apoyando el codo derecho sobre un cojín.
- En una conversación privada no hace falta observar las normas estrictas de la cortesía.
Puede usted llamarme Lizalor. Yo le llamaré Trevize. Dígame lo que piensa, Trevize, y lo
estudiaremos.
Él cruzó las piernas y se retrepó en su sillón.
- Usted, Lizalor, me dio a elegir entre entregarle voluntariamente la nave o someterme a
un juicio formal. En ambos casos, usted terminaría haciéndose con la nave. Sin embargo,
se ha desviado de su camino para persuadirme de que elija la primera alternativa. Está
dispuesta a proporcionarme otra nave en sustitución de la mía, para que mis amigos y yo
podamos ir adonde queramos. Incluso podríamos quedarnos en Comporellon y solicitar la
ciudadanía, si lo prefiriésemos. Además, y aunque esto es de menor importancia, me
concedió quince minutos para consultar con mis amigos, y me ha traído a su apartamento
privado, mientras ellos disfrutan, según presumo, de cómodas habitaciones. En una
palabra, usted está intentando sobornarme, Lizalor, para que le entregue la nave sin
necesidad de celebrar un juicio.
- Vamos, Trevize, ¿me cree incapaz de tener impulsos humanos?
- Si.
- ¿O de pensar que una entrega voluntaria sería más rápida y conveniente que un juicio?
- ¡Si! Supongo que se trata de otra cosa.
- ¿Y es?
- El juicio tiene un grave inconveniente: es público. Usted se ha referido varias veces al
riguroso sistema legal de este planeta, y sospecho que seria difícil celebrar un inicio sin la
debida constancia. Si es así, la Fundación se enteraría de ello y usted tendría que entregar
la nave en cuanto terminasen de juzgarnos.
- Desde luego - admitió Lizalor, con semblante inexpresivo -, la Fundación es dueña de
la nave.
- En cambio - dijo Trevize -, un acuerdo privado conmigo no necesitaría constar de
manera oficial. Usted tendría la nave y, dado que la Fundación no se enteraría, pues ni
siquiera sabe que nosotros nos encontramos aquí, Comporellon podría quedársela. Estoy
seguro de que eso es lo que usted pretende.
- ¿Por qué habríamos de hacerlo? - preguntó mientras su rostro permanecía inexpresivo
-. ¿Acaso no formamos parte de la Confederación de la Fundación?
- No del todo. Su condición es la de Potencia Asociada. En todos los mapas galácticos
en que los mundos que son miembros de la Federación aparecen en rojo, Comporellon y
sus mundos dependientes están representados en rosa pálido.
- Aun así, como Potencia Asociada, es indudable que cooperaríamos con la Fundación.
- ¿Lo harían? ¿No estará soñando Comporellon en la independencia total o incluso en el
liderazgo? Ustedes son un mundo viejo. Casi todos los mundos pretenden tener más años
de los verdaderos, pero Comporellon los tiene realmente.
La ministra Lizalor se permitió ahora esbozar una fría sonrisa.
- Es el más viejo de todos, si hemos de creer a algunos de nuestros entusiastas.
- ¿No pudo haber un tiempo en que Comporellon fue ciertamente el líder de un pequeño
grupo de mundos? ¿Y no podría ocurrir que soñase con recuperar la perdida posición de
poder?
- ¿Cree usted que nuestros sueños los llena un objetivo tan imposible? Antes de conocer
sus pensamientos, dije que eran una locura, y, ahora que los conozco, veo que no me
equivocaba.
- Puede haber sueños imposibles y, sin embargo, seguir soñando con ellos. Terminus,
que está situado en el borde de la Galaxia y cuya Historia de cinco siglos es más corta
que la de cualquier otro mundo, gobierna virtualmente toda la Galaxia. ¿Por qué no
habría de hacerlo Comporellon? - dijo Trevize, sonriendo.
Lizalor permaneció grave.
- Según tenemos entendido, Terminus alcanzó aquella posición gracias al «Plan» de
Hari Seldon.
- Esa es la palanca psicológica de su superioridad, y tal vez se mantenga sólo mientras
la gente lo crea. Es posible que el Gobierno comporelliano no sea lo mismo. Aun así,
Terminus goza también de una fuerza tecnológica. La hegemonía de Terminus sobre la
Galaxia se apoya en su avanzada tecnología, de la cual es ejemplo la nave gravítica que
ustedes están tan ansiosos de poseer. Ningún mundo, salvo Terminus, dispone de naves
gravíticas. Si Comporellon pudiese tener una y aprender su funcionamiento con detalle,
daría un gigantesco paso tecnológico hacia delante. Yo no creo que eso bastase para
quitarle el liderazgo a Terminus; pero es posible Que su gobierno si lo crea.
- ¿No puede usted hablar en serio? - preguntó Lizalor -. Cualquier gobierno que
retuviese la nave contra la voluntad de la Fundación se expondría sin duda, a las iras de
ésta, y la Historia demuestra que la cólera de la Fundación puede ser terrible.
- Pero la Fundación - dijo Trevize - sólo se encolerizaría si hubiese algo capaz de
despertar su ira.
- En ese caso, Trevize, suponiendo que su análisis de la situación no fuese una locura,
¿no le convendría entregarnos la nave y hacer un buen negocio? Le pagaríamos bien si
pudiésemos conseguirla reservadamente, siempre que su argumentación se ajustase a la
verdad.
- ¿Confiarían ustedes en que no informaría a la Fundación?
- Desde luego. Ya que debería informar de su participación en el negocio también.
- Podría alegar que había actuado bajo coacción.
- Sí. A menos que su sentido común le dijese que su alcaldesa nunca lo creería. Vamos,
hagamos un trato.
Trevize sacudió la cabeza.
- No lo haré, Mrs. Lizalor. La nave es mía y debe seguir siéndolo. Como ya le he dicho,
estallará con extraordinaria potencia si intentan forzar la entrada. Le aseguro que le digo
la verdad. No piense que se trata de un farol.
- Usted podría abrirla y dar nuevas instrucciones al ordenador.
- Sin duda alguna, pero no lo haré.
Lizalor lanzó un profundo suspiro.
- Sabe que podríamos obligarle a cambiar de idea, no por lo que le hiciésemos a usted,
sino a su amigo, el doctor Pelorat o a aquella joven.
- ¿Torturas, ministra? ¿Es ésta su ley?
- No, consejero. No tendríamos que recurrir a semejante brutalidad. Siempre existe la
Sonda Psíquica.
Por primera vez desde que había entrado en el apartamento de la ministra, Trevize
sintió un escalofrío.
- Tampoco pueden hacer eso. El empleo de la Sonda Psíquica está prohibido, salvo para
fines médicos, en toda la Galaxia.
- Pero es un caso desesperado...
- Estoy dispuesto a arriesgarme a ello - respondió serenamente Trevize -, porque no les
serviría de nada. Mi resolución de retener mi nave es tan profunda que la Sonda Psíquica
destruiría mi mente antes de que yo se la entregase.
«Esto sí que es un farol», pensó, y el escalofrío se hizo más fuerte.
- Y aunque fuesen capaces de persuadirme sin destruir mi mente y yo abriese la nave, la
desarmase y se la entregara, tampoco les serviría de nada. El ordenador que lleva es más
avanzado aún que la propia nave y no sé cómo está concebido que sólo funciona bien
conmigo. Es lo que podríamos llamar un ordenador para una sola persona.
- Entonces, supongamos que usted conservase su nave y siguiese pilotándola. ¿Querría
hacerlo para nosotros, como digno ciudadano comporealliano? El salario sería muy
elevado. Podría vivir lujosamente. Y también sus amigos.
- No.
- ¿Y qué sugiere? ¿Que dejemos, por las buenas, que usted y sus amigos embarquen en
su nave y se adentren con ella en la Galaxia?
Le advierto que antes de permitirle hacer eso, informaríamos a la Fundación de que
usted se encuentra aquí con su nave, y dejaríamos el asunto en sus manos. .
- ¿Y perderían la nave?
- Si ha de ocurrir así, quizá prefiriésemos entregarla a la Fundación antes que a un
descarado forastero.
- Entonces, permita que le proponga un acuerdo.
- ¿Un acuerdo? Bueno, le escucho. Prosiga.
- Estoy desempeñando una misión importante - dijo Trevize, midiendo sus palabras -.
Ésta empezó con el apoyo de la Fundación. Al parecer, ese apoyo ha sido suspendido,
pero la misión sigue teniendo gran importancia. Que sea Comporellon quien me apoye
ahora y, si termino la misión con éxito, Comporellon saldrá beneficiada.
Lizalor lo miró, con expresión de duda.
- ¿Y no devolverá la nave a la Fundación?
- Nunca planeé hacerlo. La Fundación no buscaría la nave tan desesperadamente si
creyese que yo tenía intención de devolvérsela.
- Eso no significa que nos la entregará a nosotros.
- En cuanto yo haya terminado la misión, la nave puede dejar de serme útil. En ese
caso, no tendría inconveniente en que pasase a poder de Comporellon.
Los dos se miraron en silencio durante unos momentos.
- Emplea usted el condicional - dijo Lizalor -. La nave «puede dejar...». Eso carece de
valor para nosotros.
- Podría hacer promesas formidables, pero, ¿qué valor tendrían para ustedes? El hecho
de que mis promesas sean prudentes y limitadas debería demostrarle que al menos son
sinceras.
- Inteligente - dijo Lizalor, asintiendo con la cabeza -. Me gusta. Bueno, ¿cuál es su
misión y cómo puede beneficiar a Comporellon?
- No, no - dijo Trevize -, ahora le toca a usted responder. ¿Me apoyará si le demuestro
que la misión es importante para Comporellon?
La ministra Lizalor se levantó del sofá, alta e imponente.
- Tengo hambre, consejero Trevize, y no hablaré más con el estómago vacío. Le
ofreceré algo de comer y de beber..., con moderación. Después, terminaremos la
conversación.
Y a Trevize le dio la sensación de que la expresión de la mujer en aquel momento era
bastante parecida a la de un animal carnívoro, lo cual le hizo apretar los labios con cierta
inquietud.
Quizá la comida fuese nutritiva, pero no resultaba muy agradable al paladar. El plato
fuerte consistía en carne de buey servida en una salsa de mostaza, con una guarnición de
una verdura que Trevize no reconoció, ni le gustó, pues tenía un desagradable sabor
amargo y salado. Más tarde se enteró de que era una clase de alga.
Después, comieron un pedazo de fruta que sabía a manzana aunque también un poco a
melocotón (en realidad, no era mala) y tomaron un brebaje caliente y oscuro, lo bastante
amargo para que Trevize dejase la mitad y se preguntara si podía beber un poco de agua
fresca. Las raciones eran muy pequeñas, pero, dadas las circunstancias, a Trevize no le
importó.
La comida se desarrolló en privado, sin ningún criado a la vista. La ministra,
personalmente, calentó y sirvió los alimentos y, después, se llevó los platos y los
cubiertos.
- Espero que le haya gustado la comida - dijo ella, mientras salían del comedor.
- Mucho - respondió Trevize, sin entusiasmo.
- Volvamos - dijo Lizalor, sentándose de nuevo en el sofá - a lo que estábamos
discutiendo. Dijo usted que Comporellon podía estar resentido por el liderazgo
tecnológico de la Fundación y su dominio sobre la Galaxia. En cierto modo, no está
equivocado, pero ese aspecto de la situación sólo interesaría a los que se encuentran
metidos en política interestelar, que son relativamente pocos. Mucho más importante
resulta el hecho de que el comporelliano medio está horrorizado ante la inmoralidad que
impera en la Fundación. Esta inmoralidad reina en la mayoría de los mundos, pero parece
más exagerada en Terminus. Yo diría que el sentimiento que existe en este mundo contra
Terminus se debe más a ese asunto que a cuestiones abstractas.
- ¿Inmoralidad? - preguntó Trevize, confuso -. Sean cuales fueren los defectos de la
Fundación, tiene usted que reconocer que gobierna esta parte de la galaxia con eficacia y
honradez fiscal. Los derechos civiles son respetados y...
- Consejero Trevize, me refiero a la moralidad sexual.
- En tal caso, de verdad que no la comprendo. Somos una sociedad moral por completo,
sexualmente hablando. Las mujeres se hallan bien representadas en cada faceta de la vida
social. Nuestro alcalde es una mujer y casi la mitad del Consejo está compuesta por...
La ministra se permitió una expresión de impaciencia.
- ¿Se burla usted de mí, consejero? Sin duda conoce el significado de moralidad sexual.
¿Es o no es el matrimonio un sacramento en Terminus?
- ¿Qué quiere decir con lo de sacramento?
- ¿Hay alguna ceremonia formal para unir a una pareja en matrimonio?
- Sí, para los que lo desean. Esa ceremonia simplifica los problemas fiscales y de
herencia.
- Pero se pueden celebrar divorcios.
- Desde luego. Sería sexualmente inmoral mantener unidas a dos personas así. . .
- ¿No existen las restricciones religiosas? .
- ¿Religiosas? Hay personas que hacen filosofía partiendo de antiguos cultos; pero,
¿qué tiene esto que ver con el matrimonio?
- En Comporellon, consejero, cada aspecto del sexo está muy controlado. El acto sexual
no se realiza fuera del matrimonio. E incluso dentro de éste, hay limitaciones. Nos
producen una triste impresión esos mundos, y Terminus en particular, donde el sexo
parece considerarse un mero placer social, sin que importe gran cosa el cómo, cuándo y
con quién ni los valores de la religión.
Trevize se encogió de hombros.
- Lo siento, pero yo no puedo encargarme de reformar la Galaxia ni siquiera
Terminus..., ¿y qué tiene eso que ver con el asunto de mi nave?
- Estoy hablando de la opinión pública en el asunto de su nave y de cómo limita aquélla
mi capacidad de llegar a un compromiso. El pueblo de Comporellon se horrorizaría si
descubriese que ha llevado una mujer joven y atractiva a bordo, para satisfacer su lúdico
afán y el de su compañero. Si le aconsejé que aceptase una rendición pacífica en vez de
un juicio público, fue en consideración a la seguridad de ustedes tres.
- Veo - dijo Trevize - que ha aprovechado usted la comida para pensar un nuevo tipo de
persuasión por la amenaza. ¿Debo temer ahora un linchamiento?
- Sólo le advierto del peligro. ¿Puede usted negar que la mujer que iba con ustedes a
bordo de la nave es algo más que una conveniencia sexual?
- Claro que puedo negarlo. Bliss es la compañera de mi amigo el doctor Pelorat, la
única que tiene. Tal vez usted no defina su relación como matrimonial, pero creo que en
la mente de Pelorat, y también en la de la mujer, existe un matrimonio entre ellos.
- ¿Me está diciendo que usted no se encuentra involucrado a nivel personal?
- Claro que no - respondió Trevize -. ¿Por quién me ha tomado?
- No puedo decirlo. Desconozco su concepto de la moralidad.
- Entonces, permítame que le explique que ese concepto me impide jugar con los
bienes..., o las compañías, de mi amigo.
- ¿No se siente siquiera tentado?
- No puedo controlar el hecho de la tentación, pero nunca caeré en ella.
- ¿Nunca? Tal vez las mujeres no le interesan.
- No piense tal cosa. Me interesan.
- ¿Cuánto tiempo hace que no ha tenido relación sexual con una mujer?
- Meses. Ninguna en absoluto desde que salí de Terminus.
- No debe resultarle agradable.
- Cierto que no - dijo Trevize, con sinceridad -, pero la situación es tal que no tengo
elección.
- Supongo que su amigo, Pelorat, al advertir su sufrimiento, estaría dispuesto a
compartir su mujer con usted.
- Yo no doy señales de sufrir, pero aun en el caso de que la diese, él no estaría dispuesto
a compartir Bliss. Y creo que tampoco ella lo consentiría. No se siente atraída por mí.
- ¿Lo dice porque ya ha tanteado el terreno?
- Nada de eso. He sacado esta conclusión, sin pensar que fuese necesario comprobarla.
En todo caso, no le tengo mucha simpatía.
- ¡Asombroso! Cualquier hombre la consideraría atractiva.
- Físicamente, es atractiva. Sin embargo, a mí no me interesa. Entre otras cosas, porque
es demasiado joven, demasiado infantil en algunos aspectos.
- Entonces, ¿prefiere usted las mujeres maduras?
Trevize no contestó enseguida. ¿Sería una trampa?
- Soy lo bastante viejo para que me gusten algunas mujeres maduras - dijo después,
precavidamente -. Pero, ¿qué tiene que ver esto con mi nave?
- De momento, olvídese de ella - contestó Lizalor -. Yo tengo cuarenta y seis años y soy
soltera. He estado demasiado ocupada con mi trabajo para casarme.
- En tal caso, según las normas de su sociedad, usted tiene que haber observado
continencia durante toda su vida. ¿Ha sido por eso que me ha preguntado cuánto tiempo
hace que no he tenido relaciones sexuales? ¿Acaso pide mi consejo sobre esta cuestión?
Le diré que esto no es como la comida y la bebida. La continencia resulta incómoda, pero
no imposible.
La ministra sonrió y aquella expresión carnívora apareció de nuevo en sus ojos.
- No me interprete mal, Trevize. El rango tiene sus privilegios y permite la discreción.
Mi continencia no es total. Sin embargo, encuentro a los hombres de Comporellon poco
satisfactorios. Yo reconozco que la moralidad es un bien absoluto, pero tiende a infundir
un sentimiento de culpabilidad a los varones de este mundo, de manera que se vuelven
recatados, tímidos, lentos en empezar, rápidos en terminar y, en general, torpes.
- Tampoco puedo hacer nada a este respecto - adujo Trevize con prudencia.
- ¿Quiere usted decir que la culpa puede ser mía? ¿Que no soy incitante?
Trevize levantó una mano.
- No he dicho eso, en absoluto.
- En tal caso, ¿cómo reaccionaría usted, si se presentase la ocasión? Usted, un hombre
de un mundo inmoral, que debe de haber tenido muchas y variadas experiencias sexuales,
que se halla bajo la presión de varios meses de abstinencia forzosa y con la presencia
constante de una mujer joven y atractiva. ¿Cómo reaccionaría usted en presencia de
alguien como yo, del tipo maduro que declara que le gusta?
- Me comportaría con el respeto y la corrección debidos a su rango y a su importancia.
- ¡No sea tonto! - dijo la ministra.
Se llevó la mano al lado derecho de su cintura. La tira blanca que la ceñía se aflojó,
soltándose del pecho y del cuello. El cuerpo del vestido negro quedó más holgado a
simple vista.
Trevize permaneció como petrificado. ¿Era eso lo que había pretendido ella desde...,
desde cuándo? ¿O se trataba de un soborno para conseguir lo que no había logrado con
sus amenazas?
El cuerpo del vestido se deslizó hacia abajo y, con él, lo que sujetaba firmemente los
senos. Ella siguió sentada allí, con una expresión de orgulloso desdén en su semblante,
desnuda de cintura para arriba. Sus pechos eran una versión reducida de su femineidad:
macizos, firmes, imponentes.
- ¿Y bien? - dijo.
- ¡Magnífico! - exclamó Trevize con sinceridad.
- ¿Y qué piensa usted hacer?
- ¿Qué ordena la moral en Comporellon, señora Lizalor?
- ¿Qué le importa eso a un hombre de Terminus? ¿Qué ordena su moral? Vamos,
empiece. Mi pecho está frío y necesita calor.
Trevize se levantó y empezó a desnudarse.
***
VI. LA NATURALEZA DE LA TIERRA
Trevize se sentía casi como drogado, y se preguntaba cuánto tiempo había transcurrido.
Junto a él, Mitza Lizalor, ministra de Transportes, yacía tumbada de bruces, vuelta la
cabeza a un lado, abierta la boca y roncando a pierna suelta. Trevize se alegró de ello.
Confió en que, cuando se despertase, observara que había estado durmiendo.
Él se moría de ganas de descansar, pero sabía que era importante no hacerlo. Ella no
debía despertarse y verle dormido. Tenía que darse cuenta de que, mientras había estado
sumida en la inconsciencia, él había aguantado. Ella esperaría esa resistencia de un
hombre inmoral, criado en la Fundación y, en aquel momento, era mejor no defraudarla.
En cierto modo, se encontraba satisfecho de su actuación. Había previsto,
correctamente, que Lizalor, dados su vigor y su corpulencia, su poder político, su desdén
por los comporellianos con quienes se había acostado, su mezcla de horror y fascinación
por las historias (¿qué historias habría oído?, se preguntó Trevize) sobré las hazañas
sexuales de los decadentes de Terminus, querría que alguien la dominase. Y tal vez había
esperado incluso que él lo hiciera, sin ser capaz de expresar su deseos y sin esperanzas.
Él había actuado en esta creencia y, por fortuna, no se había equivocado. Trevize, el
hombre que estaba siempre en lo cierto, rió para sus adentros) Había complacido a la
mujer, y dirigiendo, al mismo tiempo las acciones de manera que tendiesen a agotarla a
ella, dejándole a él relativamente descansado.
No había sido fácil. Mitza tenía un cuerpo maravilloso (cuarenta y seis años según ella,
pero una atleta de veinticinco no se habría avergonzado de tener un cuerpo como el suyo)
y una energía enorme, superada solo por el imprudente brío con que la había derrochado.
Ciertamente, si fuese capaz de amansarla y enseñarle moderación; si la práctica
(¿sobreviviría él mismo a esa práctica?) mejorase el sentido de la mujer de sus propias
capacidades y, sobre todo, de las de él, podría ser agradable que...
Los ronquidos cesaron de pronto y ella se movió. Trevize apoyó una mano sobre el
hombro femenino que tenía más cerca y le dio unas ligeras palmaditas. Ella abrió los
ojos. Trevize estaba apoyado sobre un codo y se esforzó en parecer descansado y lleno de
vida.
- Me alegro de que hayas descansado – dijo -. Lo necesitabas.
Ella sonrió, todavía soñolienta, y Trevize temió por un momento que sugiriese una
repetición de sus actividades; pero sólo se dio la vuelta para ponerse boca arriba.
- Te juzgué correctamente desde el principio - murmuró, con voz satisfecha -.
Sexualmente, eres un rey.
- Hubiese tenido que ser más moderado - repuso Trevize, y trató de parecer modesto.
- Tonterías. Lo hiciste muy bien. Temía que hubieses agotado tus fuerzas con esa joven,
aunque me aseguraste que nada habías tenido nada que ver con ella. Es verdad, ¿eh?
- ¡A ti qué te parece? ¿He actuado como un varón saciado, siquiera a medias?
- No, claro que no. - Y rió estrepitosamente.
- ¿Piensas todavía en las Sondas Psíquicas?
- ¿Estás loco? - rió ella de nuevo -. ¿Cómo querría perderte ahora?
- Sin embargo, sería mejor que me perdieses por un tiempo...
- ¿Qué? - dijo ella, frunciendo el ceño.
- Si me quedase aquí de un modo permanente, mi. .., querida mía cuánto tiempo
tardaría la gente en empezar a observamos y a murmurar? En cambio, si siguiese adelante
con mi misión, tendría que regresar periódicamente para informarte, y, entonces, sería
natural que permaneciésemos juntos durante un tiempo... Y mi misión es importante.
Ella reflexionó rascándose distraídamente la cadera derecha.
- Creo que tienes razón - dijo después -. Me fastidia esta idea..., Creo que estás en lo
cierto.
- Y no debes pensar que no volveré - añadió Trevize -. No soy tan insensato como para
olvidar lo que estará esperándome aquí.
Ella sonrió, le acarició la mejilla y dijo, mirándole a los ojos:
- ¿Te ha resultado agradable, amor mío?
- Mucho más que agradable, querida.
- Sin embargo, tú eres de la Fundación. Un hombre de Terminus en la flor de la
juventud. Debes estar acostumbrado a toda clase de mujeres, llenas de habilidad...
- Nunca conocí a ninguna, a ninguna, que pudiese compararse contigo ni remotamente -
dijo Trevize, con una energía que nada le costó, pues, a fin de cuentas, decía la verdad.
- Bueno, si tú lo dices... - murmuró amablemente Lizalor -. Sin
embargo, genio y figura hasta la sepultura, ¿sabes?, y no puedo confiar
en la palabra de un hombre sin que me dé alguna garantía. Tú y tu amigo Pelorat
podréis salir para desempeñar vuestra misión, en cuanto me digas cuál es y yo la haya
aprobado, pero la joven se quedará aquí.
Será bien tratada, no temas, pero supongo que el doctor Pelorat estaría ansioso de verla
y cuidará de que regreséis a menudo a Comporellon, suponiendo que tu entusiasmo por
esta misión te tiente a prolongar demasiado tus ausencias.
- Pero eso es imposible, Lizalor.
- ¿De veras? - dijo mientras el recelo se pintaba al punto en sus ojos -. ¿Por qué es
imposible? ¿Para qué necesitas a esa mujer?
- No para acostarme con ella. Te lo he dicho, y es la pura verdad. Pertenece a Pelorat y
no me interesa sexualmente. Además, estoy seguro de que se le partiría el espinazo si
intentase lo que tú has realizado con tanta facilidad.
Lizalor iba a sonreír, pero se contuvo y dijo severamente:
- Entonces, ¿por qué te importa si se queda o no en Comporellon?
- Porque es esencial para nuestra misión. Debe venir con nosotros.
- Bueno, ¿y de qué misión se trata? Ya va siendo hora de que me lo digas.
Trevize vaciló sólo un instante. Tendría que decirle la verdad. No se le ocurría ninguna
mentira que pudiese resultar convincente.
- Escucha – dijo -. Comporellon puede ser un mundo viejo, incluso estar incluido entre
los más viejos, pero no es el más viejo. La vida humana no tuvo su origen aquí. Los
primeros seres humanos vinieron desde otro mundo, y tal vez la vida humana tampoco
nació en aquél, sino que llegó de otro distinto, y de otro. Dicho en pocas palabras, estos
sondeos en los tiempos pasados tienen que acabar: debemos encontrar el primer mundo,
el mundo de origen de la especie humana. Estoy buscando la Tierra.
Se sobresaltó al ver el súbito cambio que se produjo en Mitza Lizalor.
Ésta abrió mucho los ojos, su respiración se volvió agitada y todos los músculos de su
cuerpo parecieron ponerse rígidos sobre la cama.
Levantó los brazos con rigidez, los dedos índice y medio de cada mano, clavados.
- Lo has nombrado - susurró ella, con voz ronca.
No dijo nada más; ni lo miró. Bajó los brazos lentamente, sacó las piernas de la cama y
se sentó, dándole la espalda. Trevize permaneció inmóvil donde se encontraba.
Recordó las palabras de Munn Li Compor, cuando estaban los dos en el desierto centro
turístico de Sayshell. Le parecía estar oyendo lo que dijo de su propio planeta ancestral,
el mismo en el que Trevize se encontraba ahora: «Son muy supersticiosos acerca de esto.
Cada vez que mencionan la palabra, levantan las dos manos y cruzan los dedos para
evitar el maleficio.
- Pero era inútil recordarlo a posteriori.
- ¿Cómo hubiese debido decirlo, Mitza? - murmuró.
Ella sacudió la cabeza ligeramente. Después se levantó y se dirigió a una puerta. La
cerró a su espalda y, al cabo de un momento, se oyó ruido de agua.
Trevize no tuvo más remedio que esperar, preguntándose si debería unirse con ella en la
ducha, pero decidiendo que no sería conveniente hacerlo. Y, en cierto modo, merced a la
impresión de que la ducha le era negada, al instante, experimentó la necesidad de tomar
una. Ella salió al fin, en silencio, y empezó a coger su ropa.
- ¿Te importaría si...? - comenzó Trevize.
Ella no le respondió y él interpretó su silencio como señal de aquiescencia. Al dirigirse
al cuarto de baño, procuró adoptar un aire desenvuelto y varonil, aun cuando se sentía
extraño, como en los días en que su madre, ofendida por alguna travesura de él, lo
castigaba con su silencio, haciendo que se estremeciese debido a la inquietud.
Ya en el pequeño recinto de lisas paredes, miró a su alrededor. Allí no había nada.
Abrió la puerta de nuevo y sacó la cabeza.
- Escucha – dijo -, ¿qué debo hacer para abrir la ducha?
Ella dejó el desodorante (al menos Trevize pensó que ésa era su función), se dirigió al
cuarto de la ducha y señaló hacia la pared. Trevize siguió la dirección del dedo y observó
una mancha redonda y débilmente rosada, como si el diseñador no hubiese querido
estropear la lisa blancura sólo por darle un toque funcional.
Trevize se encogió de hombros, se acercó a la pared y tocó la mancha.
Sin duda eso era lo que se debía hacer, pues, al cabo de un momento, sintió una rociada
de agua procedente de todas las direcciones. Con la respiración entrecortada, tocó de
nuevo aquel punto y la ducha cesó.
Abrió la puerta, sabiendo que su prestigio había descendido varios grados, porque
temblaba tan fuerte que le costaba articular las palabras.
- ¿Qué hay que hacer para que salga agua caliente? - gimió.
Ahora ella lo miró y, por lo visto, su aspecto pudo más que su irritación (o su miedo, o
cualquier otra emoción penosa), pues rió entre dientes y después soltó una carcajada.
- ¿Qué agua caliente? – preguntó -. ¿Crees que vamos a malgastar la energía para
calentar el agua con que nos lavamos? Esa agua está templada, ha perdido su frialdad.
¿Qué más quieres? ¡Qué blanduchos sois los terminianos! ¡Vuelve ahí dentro y dúchate!
Trevize vaciló, pero no por mucho tiempo, ya que estaba claro que no tenía alternativa.
De muy mala gana tocó de nuevo aquel punto rosado y esta vez tensó su cuerpo para
recibir la helada rociada. ¿Agua tibia? Vio que se formaba espuma sobre su cuerpo y lo
frotó con rapidez, pensando que era el ciclo de lavado y presumiendo que no duraría
mucho.
Entonces empezó el ciclo de aclarado. ¡Oh, el agua estaba templada!
Bueno, tal vez no templada, pero menos fría, dándole esa impresión a su cuerpo
completamente helado. Entonces, cuando se disponía a tocar la mancha rosada para cerrar
la ducha y se preguntaba cómo había podido secarse Lizalor si allí no había ninguna
toalla o cosa que se le pareciese, el agua dejó de manar. Fue seguida de una corriente de
aire tan fuerte que sin duda le habría derribado de no haberlo recibido de varias
direcciones al mismo tiempo.
El aire era caliente, casi demasiado. Trevize sabía que para calentar el aire se requería
menos energía que para hacerlo con el agua. El aire caliente hizo que su piel quedase seca
y, a los pocos minutos, Trevize salió de la ducha como si nunca se hubiese mojado en su
vida.
Lizalor parecía haberse recobrado completamente.
- ;Te sientes bien? - preguntó.
- Muy bien - respondió Trevize. En realidad, se encontraba asombrosamente relajado -.
Lo único que tenía que hacer era prepararme para esa temperatura. Tú no me advertiste...
- Gallina - dijo Lizalor, con ligero desdén.
Trevize empleó el desodorante y después empezó a vestirse, advirtiendo que ella se
había cambiado de ropa interior, cosa que él no podía hacer.
- ;Cómo hubiese debido llamar a..., a aquel mundo? - preguntó.
- Nosotros le llamamos el Más Viejo.
- ¿Cómo iba yo a saber que el nombre que le di estaba prohibido? ¿Acaso me lo habías
dicho?
- ¿Me lo habías preguntado?
- ¿Cómo iba yo a saberlo?
- Bien, ahora ya lo sabes.
- Puedo olvidarlo.
- Será mejor que eso no ocurra.
- ¿Qué importancia tiene? - preguntó Trevize, sintiendo que empezaba a irritarse -. No
es más que una palabra, un sonido.
- Hay palabras que no deben pronunciarse - dijo Lizalor severamente -. ¿Empleas tú
todas las que conoces en cualquier circunstancia?
- Algunas palabras son vulgares; otras, inadecuadas; y algunas pueden resultar
ofensivas en determinados casos. ¿A qué grupo pertenece la palabra que empleé?
- Es una palabra triste - dijo Lizalor -, solemne. Representa un mundo que fue
antepasado de todos nosotros y que ya no existe. Esto es trágico, y lo sentimos porque
aquel mundo se hallaba cerca de nosotros. Preferimos no hablar de él o, si debemos
hacerlo, no pronunciar su nombre.
- ¿Y por qué cruzaste los dedos? ¿Cómo mitiga eso la ofensa o la tristeza?
Lizalor se ruborizó.
- Fue una reacción automática, y no te doy las gracias por haberla provocado. Hay
personas que creen que esa palabra, e incluso su idea, trae mala suerte..., y así tratan de
protegerse de ella.
- ¿Crees tú también que ese gesto evita la mala suerte?
- No... Bueno, sí, en cierto modo. Si no lo hago, me siento inquieta.
- No lo miró. Después, como ansiosa de cambiar de tema, dijo rápidamente -: ¿Y qué
tiene que ver esa mujer de negros cabellos con tu misión de alcanzar... el mundo que
mencionaste?
- Di el Mas Viejo. ¿O prefieres no decir siquiera esto?
- Prefiero no hablar de él en absoluto. Pero te he hecho una pregunta.
- Creo que su pueblo llegó a su mundo actual como emigrante del Más Viejo.
- Lo mismo que nosotros - dijo Lizalor, con orgullo.
- Además, su pueblo tiene ciertas tradiciones que, según ella, son la clave para
comprender el Más Viejo, pero sólo si llegamos a él y podemos estudiar sus anales.
- Mientes.
- Tal vez, mas debemos comprobarlo.
- Si tienes a esa mujer, con su conocimiento problemático, y quieres llegar al Mas Viejo
con ella, ¿por qué has venido a Comporellon?
- Para descubrir la situación de ese mundo. Una vez tuve un amigo que, como yo
mismo, era de la Fundación. Sin embargo, sus antepasados eran comporellianos y me
aseguró que una parte importante de la Historia del Más Viejo se conservaba en
Comporellon.
- ¿Ah, sí? ¿Y te contó algo de esa Historia?
- Sí - dijo Trevize, apelando de nuevo a la verdad -. Dijo que el Más Viejo era un
mundo muerto, completamente radiactivo. No sabía por qué, pero pensaba que podía ser
como resultado de varias explosiones nucleares. Tal vez en una guerra.
- ¡No! - exclamó Lizalor con energía.
- ¿Quieres decir que no hubo guerra, o que el Más Viejo no es radiactivo? .
- Lo es, pero no hubo guerra.
- Entonces, ¿cómo se volvió radiactivo? Al principio no era posible, ya que la vida
humana empezó allí. De haberlo sido, no habría habido nunca vida en él.
Lizalor pareció vacilar. Estaba rígida y respiraba profundamente, casi jadeando.
- Fue un castigo – dijo -. Era un mundo que usaba robots. ¿Sabes lo que son robots?
- Sí.
- Tenían robots y fueron castigados por eso. Todos los mundos que los han empleado
han sido castigados y han dejado de existir.
- ¿Quién los castigó, Lizalor?
- El Que Castiga... Las fuerzas de la Historia... No lo sé. - Desvió la mirada, intranquila,
y después dijo en voz más baja -: Pregúntalo a otros.
- Me gustaría hacerlo, pero, ¿a quién voy a preguntar? ¿Hay personas en Comporellon
que hayan estudiado Historia primitiva?
- Por supuesto. No son muy populares entre nosotros, los comporellianos corrientes,
pero la Fundación, tu Fundación, insiste en la libertad intelectual, según la llaman.
- Una insistencia justa, en mi opinión - dijo Trevize.
- Todo lo que se impone desde fuera es malo - repuso Lizalor.
Trevize se encogió de hombros. De nada serviría discutir la cuestión.
- Mi amigo, el doctor Pelorat – dijo -, es historiador y estudia los tiempos primitivos.
Estoy seguro de que le gustaría conocer a sus colegas de Comporellon. ¿Podrías tú
facilitarle los nombres, Lizalor?
Ella asintió con la cabeza.
- Hay un historiador llamado Vasil Deniador, que reside en la Universidad de la ciudad.
No da clases, pero puede deciros lo que vosotros queréis saber.
- ¿Por qué no da clases?
- No lo tiene prohibido; sólo ocurre que los estudiantes no eligen su curso.
- Supongo - dijo Trevize, tratando de evitar un tono sarcástico - que se recomienda a los
estudiantes que no lo elijan.
- ¿Por qué tendrían que hacerlo? Ese hombre es un escéptico. También aquí los
tenemos, ¿sabes? Son individuos que oponen sus mentes a los sistemas generales del
conocimiento y que son lo bastante engreídos para pensar que sólo a ellos les asiste la
razón y que la mayoría está equivocada.
- ¿Y no podría ser así en algunos casos?
- ¡Nunca! - gritó Lizalor, con una firmeza que dejó bien claro que toda ulterior
discusión en aquel sentido sería inútil -. Y a pesar de todo su escepticismo, se verá
obligado a deciros exactamente lo mismo que cualquier comporelliano os diría.
- ¿Y es?
- Que si buscáis el Más Vieja no lo encontraréis.
En las habitaciones privadas que les habían sido asignadas, Pelorat escuchó a Trevize
con atención, inexpresivo el largo y solemne semblante.
- ¿Vasil Deniador? - dijo después -. No recuerdo haber oído hablar de él, pero es
posible que encuentre escritos suyos en mi biblioteca de la nave.
- ¿Estás seguro de que su nombre te resulta desconocido? ¡Piensa! - pidió Trevize.
- De momento no lo recuerdo - dijo Pelorat prudentemente -, pero, a fin de cuentas, mi
querido amigo, puede haber cientos de estimables eruditos a los que yo no conozca..., o
no recuerde.
- En todo caso, no puede ser muy eminente, o habrías oído hablar de él.
- El estudio de la Tierra...
- Acostúmbrate a decir el Más Viejo, Janov. De otra manera, complicarías las cosas. .
- El estudio del Más Viejo - repitió Pelorat - no es una especialidad remuneradora en el
mundo del conocimiento; por consiguiente, los eruditos de primera, incluso en el campo
de la Historia primitiva, no tienden a dedicarse a ella. O, dicho de otra manera, los que lo
han hecho no adquieren la suficiente celebridad, en un mundo falto de interés, para que
les consideren eminentes, aunque lo sean. Yo estoy seguro de no serlo en la estimación
de nadie.
- En la mía, Pel - dijo Bliss, con gran afecto.
- Sí, en la tuya sí, querida - repuso Pelorat, sonriendo ligeramente - pero no estás
juzgando mi capacidad de erudito.
Era casi de noche, según el reloj, y Trevize se sintió un poco impaciente, como siempre
que Bliss y Pelorat intercambiaban palabras de afecto.
- Trataré de concertar una entrevista con Deniador para mañana - dijo -, pero si sabe tan
poco del asunto como la ministra, no ganaremos gran cosa.
- Puede que nos conduzca a alguien que nos sea más útil – adujo Pelorat.
- Lo dudo. La actitud de este mundo en lo tocante a la Tierra..., pero será mejor que
también yo practique el eufemismo. La actitud de este mundo en lo tocante al Más Viejo
es tonta y supersticiosa...
Bien, el día ha sido muy duro y deberíamos pensar en cenar, si es que podemos resistir
su sosa cocina, y después en dormir un poco. ¿Habéis aprendido el funcionamiento de la
ducha?
- Mi querido compañero - dijo Pelorat -, hemos sido tratados con suma amabilidad. Nos
han dado toda clase de instrucciones, aunque la mayoría de ellas no las necesitábamos.
- Escucha, Trevize - dijo Bliss -, ¿qué hay de la nave?
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Va a confiscarla el Gobierno comporelliano?
- No. Creo que no.
- ¡Oh! Muy satisfactorio. ¿Por qué?
- Porque he persuadido a la ministra de que no lo hiciese y ha cambiado de idea.
- ¡Asombroso! - exclamó Pelorat -. No parece una mujer fácil de persuadir.
- No sé - dijo Bliss -. Dada su mentalidad, estaba claro que se sentía atraída por
Trevize.
Este miró a Bliss con súbita irritación.
- ¿Hiciste eso, Bliss?
- ¿A qué te refieres, Trevize?
- Quiero decir forzar su...
- En absoluto. Sin embargo, cuando advertí que se sentía atraída por ti, no pude resistir
la tentación de provocar un par de inhibiciones en ella. No tuvo importancia, podrían
haberse producido de todas maneras, y me pareció interesante asegurarme de su buena
voluntad para contigo.
- ¿Buena voluntad? ¡Fue más que eso! Se ablandó, sí, pero después del coito.
- No querrás decir, viejo... - dijo Pelorat.
- ¿Por qué no? - le interrumpió Trevize, malhumorado -. Puede haber dejado atrás su
primera juventud, pero conocía bien el arte. No es una principiante, te lo aseguro. Ni voy
a dármelas de caballero y mentir a ese respecto. La idea fue suya, gracias al juego de
Bliss con sus inhibiciones, y yo no me hallaba en condiciones de rehusar, aunque ésa
hubiese sido mi intención, que no lo era. Vamos, Janov, no me vengas con puritanismos.
Hacía meses que yo no había tenido uva oportunidad. En cambio, tú... - E hizo un vago
ademán en dirección a Bliss.
- Créeme, Golan - dijo Pelorat, confuso -. Si has interpretado mi expresión como
puritana, te equivocas. No he puesto ninguna objeción.
- Pero ella sí es una puritana - dijo Bliss -. Yo quería predisponerla a tu favor, pero no
conté con un paroxismo sexual.
- Pues eso fue exactamente lo que provocaste, pequeña y entrometida Bliss. Puede que
la ministra considere necesario representar el papel de puritana en público, pero, si es así,
parece que le sirve para atizar sus ardores.
- Y así, en el caso de que tú los mitigues, traicionará a la Fundación...
- Lo habría hecho de todos modos - dijo Trevize -. Quería la nave...
- Se interrumpió y preguntó en voz baja -: ¿Nos estarán escuchando?
- No - dijo Bliss.
- ¿Estás segura?
- Por completo. Es imposible penetrar en la mente de Gaia sin su autorización, sin que
Gaia se de cuenta.
- En tal caso, Comporellon quiere la nave para él, como elemento valioso de su flota.
- La Fundación no lo permitiría.
- Comporellon no pretende que la Fundación se entere.
- ¡Así sois los Aislados! La ministra trata de traicionar a la Fundación en favor de
Comporellon y, en pago de una satisfacción sexual, muy pronto traicionará a
Comporellon también. Y en cuanto a Trevize, venderá los servicios de su cuerpo
alegremente, como manera de inducir a la traición. ¡Qué anarquía la de vuestra Galaxia!
¡Qué caos!
- Te equivocas, jovencita... - dijo fríamente Trevize.
- Respecto de lo que acabo de decir, no hablaba como jovencita, sino como Gaia. Soy
toda Gaia.
- Entonces, te equivocas, Gaia. Yo no he vendido los servicios de mi cuerpo. Los he
prestado de buen grado. Me ha gustado y no le he hecho daño a nadie. En cuanto a las
consecuencias, creo que han sido buenas, desde mi punto de vista, y las acepto. Y si
Comporellon quiere la nave para sus propios fines, ¿quién puede decir que no le asiste la
razón? Es una nave de la Fundación, pero me fue entregada para buscar la Tierra. Es mía
hasta que la búsqueda termine, y creo que la Fundación no tiene derecho a revocar su
acuerdo. En cuanto a Comporellon, no le gusta el dominio de la Fundación y por eso
sueña con la independencia. Según su manera de ver las cosas, encuentra correcto
engañar a la Fundación, pues, para ellos, no es un acto de traición, sino de patriotismo.
¿Quién sabe?
- Exacto. ¿Quién sabe? Es una Galaxia anárquica, ¿cómo es posible distinguir las
acciones razonables de las que no lo son? ¿Cómo decidir entre lo justo y lo injusto, el
bien y el mal, la justicia y el delito, lo útil y lo inútil? ¿Y cómo explicas tú la traición de
la ministra a su propio Gobierno, al dejar que conserves la nave? ¿Ansía su
independencia personal en un mundo opresor? ¿Es una traidora o una patriota
unipersonal?
- Si he de ser sincero - dijo Trevize -, no sé si se mostró dispuesta a dejarme conservar
la nave sólo por agradecimiento al placer que yo le había dado. Creo más bien que tomó
esa decisión cuando le dije que estaba buscando al Más Viejo. Para ella, es un mundo
lleno de malos augurios, y nosotros, junto con la nave que empleamos en nuestra
búsqueda, también lo somos. Me parece que siente que ha atraído la mala suerte sobre
ella y sobre su mundo al intentar apoderarse de una nave que ahora mira con horror. Tal
vez crea que, al dejarnos marchar a continuar nuestra empresa en nuestra nave, evita una
desgracia a Comporellon y, de esta manera, realiza un acto patriótico.
- Si estuvieses en lo cierto, algo que dudo, Trevize, la superstición sería el resorte de la
acción. ¿Admiras eso?
- No lo admiro, pero tampoco lo condeno. La superstición dirige la acción a falta de
conocimiento. La Fundación cree en el «Plan Seldon», aunque, en nuestro reino, nadie
puede comprenderlo, interpretar sus detalles o valerse de él para predecir el futuro. Lo
seguimos a ciegas, por fe y por ignorancia, ¿no es eso superstición?
- Sí, tal vez.
- Y lo propio ocurre en Gaia. Vosotros creéis que yo he tomado la decisión correcta al
considerar que Gaia debería absorber la Galaxia en un gran organismo, pero no sabéis por
qué he de tener razón, ni si podéis acatar esa decisión sin correr peligro. Estáis dispuestos
a seguir adelante, basándonos, únicamente, en vuestra ignorancia y vuestra fe, e incluso
os molesta que yo trate de encontrar pruebas que eliminen esa ignorancia y hagan
innecesaria la fe. ¿No es eso superstición?
- Me parece que te ha pescado, Bliss - intervino Pelorat.
- No lo creas - repuso ella -. O no encontrará nada en su búsqueda, o encontrará algo
que confirma su decisión.
- Y para apoyar esta creencia - dijo Trevize -, sólo tienes ignorancia y fe. En otras
palabras, ¡superstición!
Vasil Deniador era un hombre bajo, de facciones pequeñas, que miraba hacia arriba
levantando los ojos sin mover la cabeza. Esto, combinado con las breves sonrisas que
iluminaban su semblante periódicamente, le daba el aspecto de una persona que se
burlaba en silencio del mundo.
Su despacho era largo y Estrecho y aparecía lleno de cintas magnetofónicas,
terriblemente desordenadas al parecer, no porque hubiese alguna prueba concreta de ello,
sino por el hecho de que no estaban colocadas al mismo nivel en sus compartimentos, de
manera que los estantes tenían la apariencia de bocas con dientes desiguales. Los tres
sillones que ofreció a sus visitantes, de modelos diferentes, no daban muestra de haber
sido limpiados recientemente.
- Janov Pelorat, Golan Trevize y Bliss – dijo -. No tengo su apellido, señora.
- Generalmente, sólo me llaman Bliss - repuso ella, sentándose a continuación.
- A fin de cuentas, eso es suficiente - dijo Deniador, haciéndole un guiño -, Es usted lo
bastante atractiva para que se le perdone carecer de apellido.
Una vez todos se hubieron sentado, Deniador dijo:
- He oído hablar de usted, doctor Pelorat, aunque no hayamos mantenido
correspondencia. Usted es de la Fundación, ¿verdad? ¿De Terminus?
- Sí, doctor Deniador.
- Y usted, consejero Trevize, creo que fue expulsado del Consejo y desterrado
recientemente. Nunca he comprendido la razón.
- No he sido expulsado, señor. Sigo formando parte del Consejo aunque no sé cuándo
volveré a desempeñar mis funciones. Tampoco me han desterrado en realidad. Tengo
asignada una misión, sobre la cual deseamos consultarle.
- Con mucho gusto trataré de ayudarles - repuso Deniador -. Y la encantadora dama, ¿es
también de Terminus?
- Ella es de otra parte, doctor - dijo Trevize rápidamente.
- ¡Ah! otra Parte..., un mundo muy curioso. Hay una gran cantidad de seres humanos
oriunda de él. Pero, si ustedes dos son de la capital de la Fundación y el tercer miembro
de su grupo es una joven atractiva, y teniendo en cuenta que Mitza Lazilor no se
distingue por su simpatía hacia ninguna de ambas categorías, ¿a qué se debe que me los
haya recomendado con tanto interés?
- Creo - contestó Trevize - que lo ha hecho para librarse de nosotros. Cuanto antes nos
ayude usted, antes abandonaremos Comporellon.
Deniador miró a Trevize con interés (de nuevo aquella burlona Sonrisa) y dijo:
- Desde luego, un joven vigoroso como usted tenía que atraerla. Venga de donde
viniere. Representa bien el papel de fría vestal, pero no a la perfección.
- No sé de qué me está hablando - repuso secamente Trevize.
- Y es mejor que no lo sepa. Al menos, en público. Pero yo soy un escéptico y, en mi
condición de tal, no debo creer en las apariencias. Conque veamos, consejero, ¿cuál es su
misión? Cuando me lo diga, sabré si puedo ayudarle.
- En eso - respondió Trevize -, el doctor Pelorat es nuestro portavoz. No tengo nada que
oponer - dijo Deniador -. ¿Doctor Pelorat?
- Por emplear los términos más simples, mi querido doctor – dijo Pelorat -, he dedicado
toda mi vida madura a tratar de conocer lo fundamental del mundo en que la especie
humana tuvo su origen, y fui enviado con mi buen amigo Golan Trevize, aunque éste lo
ignoraba entonces, a descubrir, si podíamos, el..., bueno, el Más Viejo, creo que lo llaman
ustedes.
- ¿El Más Viejo? - preguntó Deniador -. Supongo que se está refiriendo a la Tierra.
Pelorat se quedó boquiabierto. Después, dijo, balbuceando ligeramente -: Tenía la
impresión..., es decir, me habían dado a entender..., pensé que no se debía... - Miró a
Trevize, bastante desconcertado.
- La ministra Lizalor me dijo que esta palabra no se usaba en Comporellon - aclaró
Trevize.
- ¿Quiere usted decir que hizo algo como esto?
Deniador torció la boca hacia abajo, frunció la nariz hacia arriba, extendió los brazos
hacia delante y cruzó los dedos índice y medio de cada mano.
- Sí - dijo Trevize -, esto fue, exactamente.
Deniador se tranquilizó y se echó a reír.
- Tonterías, caballeros. Lo hacemos por costumbre, aunque es muy posible que en las
regiones atrasadas lo hagan en serio; pero, en todo caso, carece de importancia. No
conozco a ningún comporelliano que no diga «Tierra» cuando está enfadado o
sorprendido. Es el vulgarismo más corriente que usamos al hablar.
- ¿Vulgarismo? - exclamó débilmente Pelorat.
- O palabrota, si lo prefiere.
- Sin embargo - dijo Trevize -, la ministra pareció muy indignada cuando pronuncié
esta palabra.
- Bueno, ella es una mujer de la montaña.
- ¿Qué significa eso señor?
- Lo que dice. Mitzá Lizalor es de la Cordillera Central. Allí educan a los niños según la
que llaman buena y antigua crianza, lo cual quiere decir que, por mucha instrucción que
adquieran después, nunca se les podrá quitar la costumbre de cruzar los dedos.
- Entonces, la palabra «Tierra» no le inquieta a usted en absoluto, verdad doctor? - dijo
Bliss.
- En absoluto, querida señora. Yo soy un Escéptico.
- Sé lo que significa la palabra «escéptico» en galáctico - dijo Trevize -, pero, ¿en qué
sentido la emplea usted?
- En el mismo que usted, consejero. Sólo acepto aquello que las pruebas lógicas me
obligan a aceitar y aún mantengo en suspenso dicha aceptación hasta que otras pruebas
me lo confirmen. Lo cual hace que no seamos muy populares.
- ¿ Por qué ? - preguntó Trevize.
- No lo seríamos en ningún caso. ¿Cuál es el mundo cuyos moradores no prefieren una
cómoda, agradable y antigua creencia, por ilógica que parezca, al viento helado de la
incertidumbre? Piense en cómo creen ustedes en el «Plan Seldon», sin ninguna prueba.
- Sí - admitió Trevize, mirándose las puntas de los dedos -. Precisamente puse ese
ejemplo la noche pasada.
- ¿Puedo volver a nuestro tima, querido amigo? - dijo Pelorat -. ¿Qué se sabe de la
Tierra que sea aceptable para un Escéptico?
- Muy poco - respondió Deniador -. Podemos presumir que la especie humana
evolucionó en un solo planeta, ya que es de todo punto improbable que las mismas
especies, idénticas hasta el punto de poder fructificar las unas con las otras se
desarrollasen en numerosos mundos, o incluso en sólo dos de ellos, independientemente.
Podemos elegir llamar Tierra a este mundo de origen, Aquí existe la creencia general de
que la Tierra se encuentra situada en este rincón de la Galaxia, pues aquí los mundos son
muy viejos y es probable que los primeros en ser colonizados estuviesen cerca, y no lejos,
de la Tierra.
- ¿Y tiene la Tierra alguna característica única, además de ser el planeta de origen? -
preguntó ansiosamente Pelorat.
- ¿En qué está pensando? - dijo Deniador, con una de sus fáciles sonrisas.
- En su satélite, al que algunos llaman Luna. Sería extraordinario, ¿verdad?
- Ésta es una cuestión importante, doctor Pelorat. Puede .darme mucho que pensar.
- No he dicho en qué sería extraordinaria la Luna.
- En su tamaño, por supuesto, ¿He acertado? Si, ya veo que si.
Todas las leyendas sobre la Tierra hablan de su gran variedad de especies vivas y de su
enorme satélite, con tres mil o tres mil quinientos kilómetros de diámetro. La variedad de
seres vivos se puede aceptar con facilidad, ya que se habría producido a través de la
evolución biológica, si es exacto lo que sabemos de ese proceso. Pero un satélite gigante
resulta más difícil de aceptar. Ningún otro mundo habitado de la Galaxia tiene uno
semejante. Los grandes satélites aparecen asociados invariablemente con los gigantes
gaseosos deshabitados e inhabitados.
Por consiguiente, como Escéptico que soy, prefiero no aceptar la existencia de la Luna.
- Si la Tierra es única en la posesión de millones de especies – dijo Pelorat -, ¿no podría
serlo también en lo que respecta a un satélite gigante? Lo primero podría implicar lo
segundo.
Deniador sonrió.
- No veo por qué la existencia de millones de especies en la Tierra tendría que crear un
satélite gigante de la nada.
- Bien, mirémoslo al revés. Tal vez un satélite gigante podría haber contribuido a crear
esos millones de especies.
- Tampoco lo veo claro.
- ¿Y qué opina usted de la radiactividad de la Tierra? – preguntó Trevize.
- Eso se comenta en todas partes; todo el mundo lo cree.
- Pero - dijo Trevize - la Tierra no pudo ser tan radiactiva que impidiese la vida en ella
durante los miles de millones de años en que hubo seres vivos allí. ¿Cómo adquirió la
radiactividad? ¿Una guerra nuclear?
- Ésta es la opinión más corriente, consejero Trevize.
- Por su manera de decirlo, sospecho que usted no lo cree.
- No hay pruebas de que tal guerra se produjese. La creencia común, aunque sea
universal, no representa una prueba por sí sola.
- ¿Qué más pudo ocurrir?
- No existen pruebas de que ocurriese nada. La radiactividad podría ser una leyenda
inventada, como la del gran satélite.
- ¿Cuál es la versión más aceptada de la Historia de la Tierra? - dijo Pelorat -. Durante
mi carrera profesional, he recogido numerosas leyendas antiguas, muchas de las cuales se
refieren a un mundo llamado Tierra o algo parecido. No tengo ninguna de Comporellon,
salvo la vaga mención de un tal Benbally que vino de ninguna parte, según las leyendas
comporellianas.
- No debe extrañarse por ellas. Nosotros no solemos exportar nuestras leyendas, y me
extraña que haya encontrado referencias a Benbally. Otra superstición.
- Pero usted no es supersticioso y no vacilaría en hablar sobre ello, ¿verdad?
- Verdad - reconoció el pequeño historiador, mirando a Pelorat -. Cierto que esto
contribuiría mucho, quizá peligrosamente, a mi impopularidad, pero ustedes tres se
marcharán pronto de Comporellon y supongo que no me citarán como fuente de
información.
- Tiene usted nuestra palabra de honor - dijo Pelorat.
- Entonces, oigan un resumen de lo que se supone que ocurrió, despojado de elementos
sobrenaturales o moralistas. La Tierra existió como único mundo de seres humanos
durante un período de tiempo inconmensurable, y, entonces, hace unos veinte o
veinticinco mil años, la especie humana inició los viajes interestelares por medio del
Salto hiperespacial y colonizó un grupo de planetas.
Los colonizadores de esos planetas se valieron de robots, que habían sido inventados en
la Tierra antes de los tiempos del viaje hiperespacial y... A propósito, ¿saben ustedes lo
que son los robots?
- Sí - dijo Trevize -. Nos lo han preguntado más de una vez. sabemos lo que son.
- Los colonizadores con una sociedad robotizada por completo, desarrollaron una alta
tecnología y alcanzaron una longevidad extraordinaria. Y despreciaron su mando
ancestral. Según las versiones más dramáticas de la historia, dominaron y oprimieron a
ese mundo.
Más tarde, la Tierra envió un nuevo grupo de colonizadores, en el que los robots
estaban prohibidos. De los nuevos mundos, Comporellon fue uno de los Primeros.
Nuestros patriotas insisten en que fue el primero. Pero no existen pruebas que un
Escéptico pueda aceptar. El primer grupo de colonizadores se extinguió y...
- ¿Por qué se extinguió ese primer grupo, doctor Deniador? – le interrumpió Trevize.
- ¿Por qué? Nuestros románticos en general se imaginan que fueron castigados a causa
de sus crímenes por «El Que Castiga», aunque nadie se toma el trabajo de decir por qué
esperó tanto tiempo. Pero no hay que recurrir a cuentos de hadas. Es fácil deducir que una
sociedad que depende por completo de los robots se vuelve muelle y decadente,
debilitándose Y muriendo de puro aburrimiento o, más sutilmente, por perder la voluntad
de vivir
La Segunda ola de colonizadores, sin robots, vivió y se adueñó de toda la galaxia. Pero
la Tierra se volvió radiactiva y se fue perdiendo de vista poco a poco. Generalmente, esto
es atribuido a que también había robots en la Tierra, ya que los primeros colonizadores
eran partidarios de ellos.
Bliss, que había escuchado el relato con visible impaciencia, dijo:
- Bueno, doctor Deniador, con radiactividad o sin ella, y cualesquiera que fuesen las
olas de colonizadores, la cuestión crucial es bien sencilla. ¿Dónde se encuentra la Tierra
exactamente? ¿Cuáles son sus coordenadas?
- La respuesta a esta pregunta es: No lo sé - dijo Deniador -. Pero se ha hecho la hora de
almorzar. Puedo pedir que nos traigan el almuerzo. Y así continuar discutiendo sobre la
Tierra todo el tiempo que ustedes quieran.
- ¿No lo Sabe? - preguntó Trevize, alzando el tono y la intensidad de su voz.
- En realidad, que yo sepa, nadie les dará la respuesta, pues se desconoce.
- Pero eso es imposible.
- Consejero - dijo Deniador, suspirando con suavidad -, si usted quiere decir que la
verdad es imposible está en su derecho; pero no le llevará a ninguna parte.
VII. SALIDA DE COMPORELLON
El almuerzo consistió en un montón de bolas blandas, crujientes por fuera, de colores
diferentes y rellenos variados.
Deniador tomó un pequeño objeto que se desplegó en un par de finos y transparentes
guantes, y se los puso. Sus invitados lo imitaron.
- ¿Qué hay dentro de esas cosas? - preguntó Bliss.
- Las de color de rosa - dijo Deniador - están rellenas de pescado picado y con especias,
y son un plato comporelliano muy delicado. Las amarillas contienen un queso muy suave.
Las verdes, una mezcla de verduras. Cómanlas mientras están calientes. Después
tendremos pastel de almendras caliente, acompañado de las bebidas acostumbradas. Les
recomiendo la sidra muy caliente. Como el clima es frío, solemos calentar nuestra
comida, incluido el postre.
- Se cuida usted bien - dijo Pelorat.
- No tanto - repuso Deniador -. Trato de ser un buen anfitrión para mis invitados. En
cuanto a mí, como muy poco. No tengo que alimentar un cuerpo voluminoso, algo que,
sin duda, ustedes han advertido.
Trevize mordió una de las bolas de color de rosa y descubrió que tenia una capa de
especias que la hacía muy agradable al paladar además de un fuerte sabor a pescado; pero
pensó que ambos sabores permanecerían en su boca durante el resto del día, y tal vez
parte de la noche.
Cuando apartó aquella bola de su boca después de morderla, vio que la corteza se había
cerrado de nuevo sobre el contenido. No apareció grieta alguna en ella, ni la menor
filtración, por lo que se preguntó, de momento, para que servirían los guantes. Daba la
sensación de que, decidió que sería por una cuestión de higiene. Los guantes sustituían al
lavado de manos si esto resultaba incomodo, y probablemente la costumbre habría hecho
que se utilizasen aunque aquellas se hubiesen lavado. (Lizador no había utilizado guantes
cuando Trevize había comido con ella el día anterior. Tal vez era debido a que provenía
de las montañas.)
- ¿Sería impertinente hablar de negocios mientras almorzamos? - pregunto.
- Según las normas de Comporellon, sí, consejero, pero ustedes son mis invitados y nos
regiremos por las suyas. Si desean hablar de cosas serias y no creen, o no les importa que
ese detalle pueda hacer que disfruten menos de la comida, háganlo que yo los imitare.
- Gracias – dijo Trevize -. La ministra Lizalor dio a entender..., no, en realidad lo dijo
con toda claridad, que los escépticos eran impopulares en este planeta. ¿Eso se ajusta a la
verdad?
El buen humor de Deniador pareció ir en aumento.
- Por supuesto que sí. Y nos sabría muy mal que fuese de otra forma. Miren ustedes,
Comporellon es un mundo frustrado, sin el menor conocimiento de los detalles, existe la
creencia mítica general de que hubo un tiempo, muchos milenios atrás, cuando la galaxia
habitada no se había extendido, en que Comporellon era un mundo dominante. Nunca
olvidamos esto, y el hecho de que no hallamos mantenido el liderazgo en la historia
conocida nos fastidia, nos produce, a la población en general, quiero decir, un
sentimiento de injusticia.
Sin embargo, ¿qué podemos hacer? Antaño el gobierno se vio obligado a rendir fiel
vasallaje al emperador y ahora es leal asociado de la fundación. Y cuanto mas vemos
nuestra posición subordinada, mas fuerte es la creencia en lo grandes y misteriosos días
del pasado.
Entonces, ¿qué postura adopta Comporellon? No pudo desafiar al imperio en los viejos
tiempos y no puede desafiar abiertamente a la fundación ahora. Por consiguiente, la gente
se desahoga atacándonos y odiándonos, porque no creemos en las leyendas y nos reímos
de las supersticiones.
Sin embargo, estamos a salvo de los peores efectos de la persecución. Controlamos la
tecnología y ocupamos las cátedras en las Universidades. Algunos de nosotros,
particularmente descarados, tenemos dificultades para dar nuestras clases con libertad.
Yo, por ejemplo, tropiezo con ese problema, aunque tengo mi grupo de alumnos, con los
que celebro discretas reuniones fuera del campus. Pero si fuésemos realmente expulsados
de la vida pública, la tecnología fracasaría y las Universidades perderían su prestigio
dentro de la galaxia. Cabe presumir, dada la estupidez de los seres humanos, que la
perspectiva de un suicidio intelectual no les privaría de manifestar su odio, pero la
Fundación nos apoya. Por consiguiente, constantemente somos objeto de censuras, mofa
y denuncias..., pero nunca nos tocan.
- ¿Es la oposición popular la que le impide decirnos dónde está la
Tierra? - preguntó Trevize -. ¿Teme que, a pesar de todo, el sentimiento antiescéptico
pueda volverse peligroso si va usted demasiado lejos?
Deniador sacudió la cabeza.
- No. La situación de la Tierra es desconocida. No les oculto nada por miedo, ni por
ninguna otra razón.
- Pero - dijo Trevize en tono apremiante -, en este sector de la galaxia, hay un número
limitado de planetas que poseen las características físicas necesarias para la habitabilidad;
aunque la mayor parte son inhabitables y están deshabitados, y, sin embargo, ustedes los
conocen. ¿Resultaría tan difícil explorar el sector en busca de un planeta que sería
habitable si no fuese radiactivo? Además, dicho planeta se hallaría circundado por un
gran satélite. Con su radiactividad y un gran satélite, la Tierra sería inconfundible y no
podría pasar inadvertida a quien la buscase. La cosa podría requerir algún tiempo, pero
esto representaría la única dificultad.
- La opinión de los Escépticos es - dijo Deniador -, naturalmente, que la radiactividad
de la Tierra y su gran satélite no constituyen más que dos simples leyendas. Creemos que
buscar la Tierra es pedir peras al olmo.
- Tal vez, pero eso no debería impedir a Comporellon intentar la búsqueda, al menos. Si
encontrasen un mundo radiactivo del tamaño adecuado para la habitabilidad, y con un
gran satélite, esto prestarla una enorme credibilidad a las leyendas comporellianas en
general.
Deniador se echó a reír. , ,
- Es posible que Comporellon no lo busque por esa misma razón. Si fracasase,
encontrándose una Tierra visiblemente distinta de la que la leyenda cuenta, ocurriría todo
lo contrario: las leyendas comporellianas, en general, quedarían desacreditadas y serían
objeto de las burlas de todos. Comporellon no puede arriesgarse a esto.
Trevize no respondió enseguida, pero después insistió.
- Además, aunque prescindamos de estas dos peculiaridades, si, es que existe esta
palabra en galáctico, la radiactividad y un gran Satélite, hay una tercera que debe existir,
con independencia de las leyendas. En la Tierra tiene que haber una vida floreciente de
diversidad increíble, o los restos de ésta, o, al menos, testimonios fósiles de que alguna ha
existido allí.
- Consejero - dijo Deniador -, aunque Comporellon no haya realizado ninguna
expedición organizada en busca de la Tierra, no tenemos ocasión de viajar por el espacio
y, ocasionalmente, recibimos noticias de naves que, por alguna razón, se han desviado de
la ruta prevista. Como ustedes sabrán, los Saltos no siempre son perfectos. Sin embargo,
nunca se nos ha informado de la existencia de algún planeta de propiedades parecidas a
las de la legendaria Tierra, o que esté rebosante de vida. Tampoco es probable que alguna
nave aterrice en lo que parece un planeta deshabitado, para que su tripulación pueda ir en
busca de fósiles. Por consiguiente, si en miles de años no se ha recibido información de
nada parecido, debo entender que la localización de la Tierra es imposible, ya que no
existe tal Tierra a localizar.
- Pero la Tierra tiene que estar en alguna parte - repuso Trevize contrariado -. En algún
lugar debe haber un planeta en el que la humanidad y todas las formas conocidas de vida
asociadas a ella evolucionaron. Si la Tierra no se encuentra en este sector de la galaxia,
tiene que estar en otro lugar.
- Tal vez sí - dijo Deniador fríamente -, pero, en todo ese tiempo no ha aparecido en
parte alguna.
- En realidad, nadie la ha buscado.
- Bueno, ustedes lo están haciendo, por lo visto. Les deseo suerte, pero no apostaría por
su éxito.
- ¿Se ha realizado algún intento de determinar la posible posición de la Tierra por
medios indirectos, por algún otro que no fuese el de la búsqueda directa?
- Sí - respondieron dos voces al mismo tiempo.
Deniador, que era uno de los que había contestado, preguntó a Pelorat:
- ¿Está usted pensando en el proyecto de Yariff?
- En efecto - dijo Pelorat.
- Entonces, ¿quiere explicárselo al consejero? Creo que estará mas predispuesto a
creerle a usted que a mí.
- Mira, Golan - comenzó Pelorat -, en los últimos días del Imperio hubo un tiempo en
que la «Busca de los Orígenes», como lo llamaban entonces, era un pasatiempo popular,
tal vez para eludir las calamidades de la realidad del momento. Como sabes, el Imperio
estaba en vías de desintegración.
»Un historiador de Livia - continuó Pelorat -, Humbal Yariff, pensó que cualquiera que
sea el planeta de origen, los mundos mas cercanos habrían sido colonizados antes que los
planetas mas lejanos. En general, cuanto mas alejado se encontrase un mundo del punto
de origen, mas tarde habría sido colonizado.
Supongamos, pues, que se registrase la fecha de colonización de cada uno de los
planetas habitables de la galaxia, y se uniesen con líneas todos aquellos que tuviesen,
aproximadamente, los mismos milenios de antigüedad. Entonces, se tendría una red que
enlazaría todos los planetas de diez milenios de antigüedad; otra para los de doce mil
años, y otra para los de quince mil. En teoría, cada red sería más o menos esférica, y
todas ellas más o menos concéntricas. Las redes más antiguas formarían esferas de un
radio menor que el de las más jóvenes, y si se determinaban todos los centros, éstos
quedarían dentro de un volumen de espacio relativamente pequeño en el que se hallaría el
planeta de origen: la Tierra.
Pelorat dijo esto con gran seriedad, mientras trazaba superficies esféricas con las manos
dobladas.
- ¿Entiendes lo que quiero decir, Golan?
Trevize asintió con la cabeza.
- Sí. Pero entiendo que no dio resultado.
- Teóricamente, hubiese debido darlo, viejo amigo. Lo malo fue que los tiempos de
origen eran totalmente inexactos. Cada mundo exageró su propia antigüedad, y no resultó
fácil determinarlo con independencia de la leyenda.
- Se pudo emplear el carbono 14 en la madera antigua – indicó Bliss.
- Cierto, querida - dijo Pelorat -, pero se habría necesitado la cooperación de todos los
mundos en cuestión, y éstos jamás la prestaron. Ningún mundo quería ver desmentida su
exagerada antigüedad, y el Imperio no estaba entonces en condiciones de rechazar las
objeciones locales en un asunto de tan poca importancia. Tenía otras cosas en las que
pensar.
»Lo único que Yariff podía hacer era basarse en mundos que sólo tenían dos mil años
de antigüedad como máximo y cuya Fundación había sido meticulosamente registrada en
circunstancias dignas de confianza. Éstos eran pocos, y aunque se encontraban
distribuidos en una simetría casi esférica, el centro estaba relativamente cerca de Trantor,
la capital imperial, porque de allí habían partido las expediciones colonizadoras de
aquellos pocos mundos.
»Naturalmente, eso constituía otro problema. La Tierra no era el único punto de origen
de la colonización de otros mundos. Con el paso del tiempo, los planetas más viejos
enviaron sus propias expediciones colonizadoras, y en la época de auge del Imperio,
Trantor se convirtió en una fuente bastante copiosa de las mismas. De manera injusta,
Yariff fue escarnecido y ridiculizado, y su reputación profesional quedó destruida.
- Comprendo, Janov - dijo Trevize -. Entonces, doctor Deniador, ¿no puede usted
decirme algo que represente la posibilidad de una débil esperanza? ¿No hay algún otro
mundo donde sea concebible que puedan tener alguna información concerniente a la
Tierra?
Deniador, con expresión de duda, pensó durante un rato.
- Bue-e-eno - dijo al fin, arrastrando vacilante la palabra -, como Escéptico que soy,
debo decirle que no estoy seguro de que la Tierra exista o haya existido jamás. Sin
embargo... - guardó silencio de nuevo.
- Creo que ha pensado usted en algo que podría ser importante, doctor - intervino Bliss.
- ¿Importante? Lo dudo - dijo Deniador con acento poco seguro -. ¿Divertido? La
Tierra no es el único planeta cuya situación resulte un misterio. Están los mundos del
primer grupo de colonizadores, los Espaciales, como se les llama en nuestras leyendas.
Algunos hablan de «Mundos Espaciales» cuando se refieren a los planetas que aquéllos
habitaron; otros les llaman «Mundos Prohibidos». Este último nombre es el que suele
usarse ahora.
»Según la leyenda, los Espaciales tenían una longevidad que, alcanzaba varios siglos y,
llevados de su soberbia, negaron el derecho a aterrizar en sus mundos a nuestros
antepasados de vida efímera. Cuando nosotros les derrotamos, la situación se invirtió.
Nos negamos a tener tratos con ellos y dejamos que se apañasen solos, prohibiendo a
nuestras naves y a nuestros comerciantes sostener con ellos el menor contacto. De ahí que
aquellos planetas se convirtiesen en los Mundos Prohibidos. Estábamos convencidos,
siempre según la leyenda, de que «El Que castiga» los destruiría sin nuestra intervención,
y parece ser que Él lo hizo así. Al menos que nosotros sepamos, ningún Espacial ha
aparecido en la Galaxia en muchos milenios.
- ¿Cree usted que los Espaciales sabrían algo acerca de la Tierra? - dijo Trevize.
- Puede ser; al fin y al cabo, sus mundos tenían muchos más años que cualquiera de los
nuestros. Es decir, si existen Espaciales, algo improbable en extremo.
- Aun en el caso de que ya no existan, sus mundos sí, y pueden contener datos:
- Si puede usted encontrar los mundos.
Trevize pareció desesperado.
- ¿Quiere usted decir que la clave de la Tierra, cuya situación es desconocida, puede ser
encontrada en mundos Espaciales, el emplazamiento de los cuales es desconocido
también?
- No hemos tenido tratos con ellos en veinte mil años - dijo Deniador encogiéndose de
hombros, ni siquiera hemos pensado en ello. También los Espaciales, como la Tierra, se
han desvanecido entre la niebla.
- ¿En cuántos mundos vivieron los Espaciales?
- Las leyendas hablan de cincuenta, un número sospechosamente redondo. Quizá fueron
menos.
- ¿Y no sabe usted la situación de uno solo de ellos?
- Bueno, me pregunto...
- ¿Qué se pregunta?
- Como la Historia primitiva es mi especialidad, al igual que la del doctor Pelorat - dijo
Deniador -, he estudiado ocasionalmente antiguos documentos en busca de algo que
pudiera referirse a los primeros tiempos, algún dato que fuese más que leyenda. El año
pasado, en documentos casi indescifrables, encontré referencias a una antigua nave.
Se remontaban a los viejos tiempos en que nuestro mundo no era conocido como
Comporellon todavía. Se le daba el nombre de «Baleyworld», que, según parece, puede
ser una forma todavía más primitiva del «Mundo de Benbally» de nuestras leyendas.
- ¿Lo ha publicado usted? - preguntó Pelorat, muy excitado.
- No - respondió Deniador -. No quiero lanzarme a la piscina hasta que esté seguro de
que hay agua en ella, según dice un viejo adagio. Allí se cuenta que el capitán de la nave
había visitado un mundo Espacial y se había llevado una mujer de él.
- Pero usted acaba de decimos que los Espaciales no permitían que aterrizasen
visitantes.
- Exacto, y ésta es la razón de que no me decidiese a publicar el material. Parece
increíble. Hay vagos relatos que se podría pensar se refieren a los Espaciales y a su
conflicto con los Colonizadores, nuestros antepasados. Tales historias se cuentan no sólo
en Comporellon, sino también en muchos mundos y con diversas variaciones, pero todas
están absolutamente de acuerdo en una cosa: los dos grupos, Espaciales y Colonizadores,
no se mezclaron. No hubo contacto social, por lo que menos debió haberlo sexual; sin
embargo, un capitán colonizador y una mujer espacial estuvieron unidos por lazos
amorosos. Esto resulta tan increíble que no veo la menor posibilidad de que el relato sea
aceptado, salvo, en el mejor de los casos, como una narración romántica de ficción
histórica.
- ¿Es eso todo? - preguntó Trevize, que pareció desilusionado.
- No, consejero, hay otra cuestión. Encontré unas cifras en lo que quedaba del diario de
vuelo de la nave que podían, o no podían, representar coordenadas espaciales. Si lo
fuesen (y repito, pues mi honor de escéptico me obliga a ello, que pueden no serlo),
entonces, los indicios me llevarían a la conclusión de que eran las coordenadas espaciales
de tres de los mundos Espaciales. Uno de ellos pudo ser aquel en que aterrizó el capitán y
del que se llevó a su amada.
- ¿No podría ocurrir que, aun siendo ficticio el relato, las coordenadas fuesen reales?
- ¿Por qué no? - dijo Deniador -. Le daré los números, y puede usted utilizarlos, pero es
posible que no le lleven a ninguna parte. Sin embargo, tengo una idea curiosa - añadió, y
de nuevo apareció aquella fugaz sonrisa en su rostro.
- ¿Cuál es? - preguntó Trevize.
- ¿Y si una de aquellas series de coordenadas representase la Tierra?
El sol de Comporellon, de color fuertemente anaranjado, era aparentemente mayor que
el de Terminus, pero se hallaba bajo en el cielo y daba poco calor. El viento,
afortunadamente flojo, tocó la mejilla de Trevize con dedos helados.
Él se estremeció dentro del abrigo electrificado que Mitza Lizalor le había dado. Ella
estaba de pie, a su lado.
- Tiene que calentar alguna vez, Mitza - dijo él.
Ella miró el sol unos instantes y permaneció plantada en el puerto espacial vacío, sin
dar muestras de incomodidad: alta, robusta, envuelta en un abrigo más ligero que el que
Trevize llevaba y, si no insensible al frío, desdeñándolo al menos.
- Tenemos un verano magnífico – dijo -. No dura mucho, pero nuestras cosechas están
adaptadas a él. Las especies son elegidas con gran cuidado, de manera que crecen
rápidamente bajo el sol y no se hielan con facilidad. Nuestros animales domésticos tienen
mucho pelo y la lana de Comporellon es la mejor de la Galaxia, según la opinión general.
Además, hay explotaciones agrícolas nuestras en órbita que cultivan frutas tropicales. En
realidad, exportamos piña en conserva de la mejor calidad. Muchos de los que nos
consideran como un mundo frío ignoran esta circunstancia.
- Te doy las gracias por venir a despedirnos, Mitza - dijo Trevize - y por estar dispuesta
a colaborar con nosotros en nuestra misión. Sin embargo, para mi tranquilidad, quiero
preguntarte si no te verás en serias dificultades a causa de esto.
- ¡No! - Sacudió orgullosamente la cabeza -. Ninguna dificultad. En primer lugar, nadie
me interrogará. Yo controlo los transportes, lo cual significa que dicto las normas por las
que deben regirse todos los puertos espaciales, las estaciones de entrada y las naves que
llegan y se van.
El propio Primer Ministro depende de mí en estas cuestiones y está encantado de no
tener que preocuparse él de los detalles. E incluso en el caso de que me preguntasen, sólo
tendría que decir la verdad. El Gobierno me aplaudiría por no haber entregado la nave a
la Fundación. Y lo propio haría el pueblo si se enterase. En cuanto a la Fundación, no
sabrá nada de esto.
- Es posible que el Gobierno se alegre de que no entregues la nave a la Fundación - dijo
Trevize -, pero, ¿aprobará que permitas que nos la llevemos nosotros?
Lizalor sonrió.
- Eres un ser humano muy honrado, Trevize. Has luchado tenazmente por conservar tu
nave y, ahora que la tienes, te preocupas de mi seguridad.
Alargó una mano como para hacerle una caricia de afecto y, entonces, recuperándose
con un visible esfuerzo, dominó su impulso.
- Incluso si discutiesen mi decisión - prosiguió, con renovada brusquedad -, sólo tendría
que contarles que has estado, y todavía estás, buscando el Más Viejo, y dirían que hice
bien en librarme de ti, de la nave y de todo los demás, lo antes posible. Y celebrarían ritos
de expiación por haberte dejado aterrizar aquí, aunque nadie podía adivinar lo que estabas
haciendo.
- ¿Temes realmente que mi presencia puede traeros mala suerte, a ti y a tu mundo?
- Sí - respondió Lizalor con dureza. Y después, con más suavidad -: A mí me la ha
traído ya, porque ahora que te he conocido, los hombres de Comporellon me parecerán
más insulsos todavía. Me quedaré con mi afán insaciable. «El Que Castiga» me ha
infligido ya mi penitencia.
Trevize vaciló y después dijo:
- No quiero hacerte cambiar de opinión sobre esta cuestión, pero tampoco me agrada
que sufras aprensiones innecesarias. Debes saber que esta idea que yo te traigo mala
suerte no es más que una superstición.
- Supongo que eso te lo diría el Escéptico.
- Lo sé sin necesidad de que él me lo diga.
Lizalor se enjugó la cara, pues una fina escarcha empezaba a cuajarse sobre sus
salientes cejas.
- Sé que algunos creen que es superstición – dijo -. Sin embargo, el Más Viejo trae mala
suerte. Se ha demostrado en muchas ocasiones y todos los ingeniosos argumentos de los
Escépticos nada pueden contra la verdad.
Súbitamente, tendió una mano.
- Adiós, Golan. Sube a la nave y reúnete con tus compañeros antes de que nuestro frío
pero amable viento congele tu blando cuerpo terminiano.
- Adiós, Mitza, y espero verte a mi regreso.
- Sí, me has prometido que volverás y he tratado de convencerme que lo harás. Incluso
me he dicho que saldría a recibirte en el espacio, para que el maleficio caiga sólo sobre
mí y no sobre mi mundo. : Pero no volverás.
- ¡Sí! ¡Volveré! Después de haber gozado tanto contigo, no renuncio a ti con tanta
facilidad.
Y en aquel momento, Trevize estaba firmemente convencido de que era sincero.
- No pongo en duda tus románticos impulsos, mi dulce Fundador, pero los que se
aventuren en el espacio en busca del Más Viejo jamás volverán... Me lo dice el corazón.
Trevize se esforzó en reprimir el castañeteo de sus dientes. Lo causaba el frío, pero no
quería que ella pensase que era el miedo.
- También esto forma parte de la superstición - dijo.
- Sin embargo, también es verdad - repuso ella.
Resultaba estupendo hallarse de nuevo en la cabina-piloto de la Far Star. Podía ser
angosta, casi como una burbuja hermética en medio del espacio infinito. Pero era
familiar, amistosa, y estaba caliente en ella.
- Me alegro de que por fin hayas subido a bordo - dijo Bliss -. Me preguntaba cuánto
tiempo permanecerías ahí fuera con la ministra.
- Ha sido poco - repuso Trevize -. Hacia frío.
- Me pareció - dijo Bliss - que estabas considerando la posibilidad de quedarte con ella
y demorar tu búsqueda de la Tierra. No me gusta sondear tu menté, ni siquiera por
encima, pero me sentía preocupada por ti y por tu lucha contra la tentación.
- Tienes razón - admitió Trevize -. Al menos momentáneamente, me sentí tentado. La
ministra es una mujer extraordinaria y nunca había conocido a nadie así. ¿Fortaleciste tú
mi resistencia, Bliss?
- Ya te he dicho muchas veces que no forzaré tu mente en modo alguno, Trevize -
repuso ella -. Supongo que venciste la tentación gracias a tu firme sentido del deber.
- No, creo que no - dijo él con una irónica sonrisa -. No ocurrió nada tan dramático y
tan noble. Mi resistencia fue fortalecida, en primer lugar, por el hecho de que hacía fijo,
y, además, por la espantosa idea de que unas pocas sesiones con ella bastarían para
matarme. No hubiese podido aguantar su ritmo.
- Bueno - dijo Pelorat -, lo importante es que estás a salvo a bordo. ¿Qué vamos a hacer
ahora?
- En un futuro inmediato, viajaremos rápidamente a través del sistema planetario hacia
el exterior, hasta que estemos lo bastante lejos del sol de Comporellon para dar el salto.
- ¿Crees que nos detendrán o nos seguirán?
- No; con sinceridad, pienso que la ministra está ansiosa de que nos alejemos lo más
rápidamente posible y no volvamos, a fin de que la venganza de «El Que Castiga» no la
reciba su planeta. En realidad...
- ¿Qué?
- Ella cree que la venganza caerá sobre nosotros. Está firmemente convencida de que
nunca volveremos. Esto, me apresuro a añadir, no responde a un cálculo suyo de mi
probable grado de infidelidad. Ella quiso significar que la Tierra es una portadora de
desdichas tan terrible que cualquiera que la busque tiene que morir en la empresa.
- ¿Cuántos salieron de Comporellon en busca de la Tierra, para que pueda hacer esa
afirmación? - preguntó Bliss.
- Dudo de que algún comporelliano haya intentado jamás esta búsqueda. Yo le dije que
sus temores eran pura superstición.
- ¿Seguro que tu lo crees? ¿No te has dejado sugestionar por ella?
- Sé que sus temores son mera superstición, en la forma como ella los expresa; pero,
por otra parte, pueden tener un cierto fundamento.
- ¿Quieres decir que la radiactividad nos matará, si tratamos de aterrizar en la Tierra?
- No creo que el planeta sea radiactivo. Más bien imagino que se protege. Recordad que
toda referencia a ella fue eliminada de la Biblioteca de Trantor; y que la maravillosa
memoria de Gaia, en la que participa todo el planeta, incluidos los estratos rocosos de la
superficie y el núcleo de metal fundido, no ha podido remontarse lo bastante en el pasado
para decimos algo con referencia a la Tierra.
»Está claro que, si es lo bastante poderosa para hacer todo esto, también puede ser
capaz de influir en las mentes para que creamos en su radiactividad, evitando de este
modo que la busquemos. Y tal vez porque Comporellon se encuentra tan cerca que
representa un peligro particular para la Tierra, se ha intensificado en él la forzada
ignorancia. Deniador, que es un escéptico y un científico, está completamente convencido
de que es inútil buscar la Tierra. Dice que no puede ser encontrarla. Y es en este sentido
que puede estar bien fundada la superstición de la ministra. Si la Tierra está tan resuelta a
ocultarse, ¿no podría matarnos o desviarnos, antes que permitirnos encontrarla?
Bliss frunció el entrecejo y dijo:
- Gaia.
- No digas que Gaia nos protegerá - la interrumpió Trevize -. Si la Tierra fue capaz de
conseguir borrar los antiguos recuerdos de Gaia, está claro que también conseguiría
vencer en un conflicto entre ambas.
- ¿Cómo sabes que los recuerdos fueron borrados? - preguntó Bliss fríamente -. Es
posible que Gaia necesitase tiempo para desarrollar una memoria planetaria y que ahora
sólo pueda recordar hasta la época en que aquel desarrollo terminó. Y si el recuerdo fue
borrado, ¿cómo puedes estar seguro de que lo hiciese la propia Tierra?
- No lo sé - dijo Trevize -. Sólo expongo mis especulaciones.
Pelorat terció, con cierta timidez:
- Si la Tierra es tan poderosa y está tan resuelta a preservar, por decirlo así, su
intimidad, ¿de qué servirá nuestra búsqueda? Pareces pensar que la Tierra no permitirá
que triunfemos y nos matará, si es necesario, para impedir nuestro triunfo. En este caso,
¿no sería mejor que abandonásemos la empresa?
- Confieso que puede parecer así, pero tengo la firme convicción de que la Tierra existe
y quiero y debo encontrarla. Además, Gaia me dice que cuando tengo convicciones
firmes, como esta nunca me equivoco.
- Bien, ¿cómo podremos sobrevivir al descubrimiento, viejo?
- Es posible - dijo Trevize esforsándose por dar un tono ligero a sus palabras – que la
Tierra también reconozca mi extraordinario acierto y me deje campar por mis respectos.
Pero, y a esto es a lo que yo iba, no puedo estar seguro de que ustedes dos sobreviváis, y
me preocupa mucho. Siempre ha sido así, pero ahora mas que nunca, y me parece que
debería llevarlos a los dos de vuelta a Gaia y continuar después yo solo. Fue de mi, no de
vosotros de quien partió la idea de buscar la Tierra. Soy yo, no vosotros, quien ve valor
en ello, soy yo, no vosotros quien esta empeñado en esto, por consiguiente, dejad que sea
yo, y no vosotros quien corra el riesgo. Dejadme que vaya solo ¿Janov?
La cara larga de Pelorat pareció alargarse mas al apoyar la barbilla en el pecho.
- No te negare que me siento nervioso Golan, pero me avergonzar
a si te abandonase, renegaría de mi mismo si lo hiciese.
- ¿Bliss?
- Gaia no te abandonara, Trevize hagas lo que hagas, si la Tierra resulta peligrosa Gaia
te protegerá en la medida de sus fuerzas. Y en todo caso en mi papel de Bliss, no
abandonare a Pel, y si él se aferra a ti, yo me aferrare a él.
- Esta bien – dijo Trevize gravemente – Os he dado una oportunidad, seguiremos
juntos.
- Juntos – dijo Bliss.
Pelorat sonrió levemente y apoyo una mano en el hombro de Trevize.
- Juntos siempre.
- Mira aquello – dijo Bliss.
Había estado usando el telescopio de la nave, casi como distracción, para cambiar de
ocupación, después de haber estar enfrascada en los libros de Pelorat sobre las leyendas
de la Tierra.
Pelorat se acerco, le rodeo los hombros con un brazo y miro la pantalla. Veíase en ella
uno de los gigantes gaseosos del sistema planetario comporelliano, ampliado hasta dar
una impresión real de su tamaño.
Era de color anaranjado claro, con franjas mas pálidas todavía. Visto desde el plano
planetario, y hallándose mas alejado del sol que la propia nave, aparecía como un círculo
de luz casi perfecto.
- Hermoso - dijo Pelorat.
- La franja central se extiende más allá del planeta, Pel.
- Creo que tienes razón, Bliss - dijo Pelorat, frunciendo el ceño.
- ¿Piensas que puede ser una ilusión óptica? - preguntó ella.
- No estoy seguro, Bliss. Soy tan novato como tú en esto del espacio. ¡Golan!
Trevize respondió a la llamada con un «¿Qué?» bastante débil y entró en la cabinapiloto.
Llevaba el traje muy arrugado, como si hubiese estado dormitando vestido sobre
la cama, que era exactamente lo que había hecho.
- ¡Por favor! - pidió en tono malhumorado -. No toquéis los instrumentos.
- Sólo es el telescopio - dijo Pelorat -. Mira eso.
Trevize miró.
- Es un gigante gaseoso, al que llaman Gallia, según las informaciones que me dieron.
- ¿Cómo puedes saber que es éste, con sólo mirarlo?
- En primer lugar - respondió Trevize -, porque a la distancia que nos hallamos del sol,
y debido a las dimensiones planetarias y a las posiciones orbitales que estuve estudiando
al fijar nuestra ruta, es el único que podremos ampliar hasta tal punto en este momento.
En segundo lugar, ahí está el anillo.
- ¿El anillo? - dijo Bliss, sin comprender.
- Lo único que podéis ver es una fina línea pálida, porque lo observamos casi desde un
plano horizontal. Podemos elevarnos y lo veréis mejor. ¿Os gustaría?
- No quiero que tengas que volver a calcular las posiciones y la ruta - dijo Pelorat.
- Bueno, el ordenador se encargará de eso con poco trabajo por mi parte.
Se sentó ante el ordenador mientras hablaba y colocó las manos sobre las marcas del
tablero. El ordenador, perfectamente adaptado a su mente, hizo lo demás.
La Far Star, libre de problemas de carburante y de los efectos de la inercia, aceleró
rápidamente, y, una vez más, Trevize sintió amor por el ordenador y la nave que
respondían de tal manera a sus mandatos. Era como si su pensamiento les diese fuerza y
los dirigiese, como si ambos fuesen una poderosa y obediente prolongación de su
voluntad.
No resultaba extraño que la Fundación quisiera recuperar aquella nave; ni que
Comporellon hubiese intentado adueñarse de ella. Lo único sorprendente era que la
fuerza de la superstición fuese tan grande como para obligar a Comporellon a renunciar a
ella.
Debidamente armada, podría dejar atrás o fuera de combate a cualquier nave o flota de
la Galaxia, con tal de que no tropezase con otra de iguales características que ella.
Desde luego, no iba debidamente armada. La alcaldesa Branno, al confiarle la nave,
había tenido la precaución de entregársela desarmada.
Pelorat y Bliss observaron con atención cómo el planeta Gallia se acercaba lentamente,
muy lentamente, a ellos. El polo superior (fuese cual fuere) Se hizo visible con una
turbulencia en una gran región circular a su alrededor, mientras que el polo inferior quedó
oculto tras el bulto de la esfera.
En la Parte de arriba, el lado oscuro del planeta invadió la esfera de luz anaranjada> Y
el bello círculo apareció cada vez más inclinado. Lo más interesante fue que la pálida
franja central ya no se veía Recta, sino curva, lo mismo que las otras franjas al Norte y al
Sur, pero de un modo más visible.
Ahora, la franja central se iba extendiendo claramente más allá de los bordes del
Planeta. Y lo hacía describiendo una estrecha curva a cada lado. Ya no podía hablarse de
ilusión; su naturaleza resultaba evidente. Era un anillo de materia que circundaba el
planeta y estaba oculto en el otro lado.
- Creo que esto es bastante para daros una idea - dijo Trevize -. Si pasásemos por
encima del planeta, veríais el anillo en su forma circular, rodeando el planeta y sin tocarlo
en parte alguna. Probablemente observaríais que no se trata de un anillo, sino de varios
anillos concéntricos.
- Nunca lo hubiese creído posible - dijo Pelorat asombrado -. ¿Qué lo mantiene en el
espacio?
- Lo mismo que sostiene a un satélite - respondió Trevize -. Los anillos se componen de
pequeñas partículas, cada una de las cuales gira en órbita alrededor del planeta. Los
anillos están tan cerca del planeta que el influjo de éste evita que se fundan en un solo
cuerpo.
- Me espanto cuando pienso en esto, viejo - dijo Pelorat moviendo la cabeza -. ¿Cómo
es posible que me haya pasado la vida estudiando y desconozca casi todo lo referente a la
astronomía?
- Y yo no sé nada sobre los mitos de la Humanidad. Nadie puede abarcar todos los
conocimientos. Lo cierto es que esos anillos planetarios no son raros. Casi todos los
gigantes gaseosos los poseen, aunque, a veces, no son más que una fina circunferencia de
polvo. Pero el sol de Terminus no tiene ningún verdadero gigante gaseoso en su familia
planetaria, y así no resulta extraño que un terminiano no sepa nada de los anillos
planetarios, a menos que haya viajado por el espacio o seguido cursos universitarios de
Astronomía. Lo raro es que un anillo tenga la suficiente anchura para brillar y ser visible
con facilidad, como ése. Es muy hermoso. Debe tener doscientos kilómetros de anchura
por lo menos.
En ese momento, Pelorat chascó los dedos.
- Esto es lo que queda decir.
- ¿A qué te refieres, Pel? - preguntó Bliss intrigada.
- Una vez - dijo Pelorat -, leí unos versos muy antiguos, en una versión de galáctico
arcaica difícil de descifrar pero que demostraba su enorme antigüedad. Aunque yo no
debería quejarme de ello. Mi trabajo ha hecho que sea experto en diversas formas de
galáctico antiguo, lo cual resulta muy satisfactorio en lo personal aunque me sirva de
poco fuera de mi especialidad. Pero..., ¿de qué estaba hablando?
- De unos viejos versos, querido Pel - dijo Bliss.
- Gracias, Bliss. - Y dirigiéndose a Trevize -: Ella sigue siempre lo que digo para
encarrilarme de nuevo cuando pierdo el hilo del discurso, que es lo que me ocurre casi
siempre.
- Eso forma parte de tu encanto, Pel - dijo Bliss sonriendo.
- Bueno, aquel trozo de poema pretendía describir el sistema planetario del que la
Tierra formaba parte. No sé por qué fue hecho, pues no se conservó en su totalidad; al
menos, yo fui incapaz de encontrarlo. Sólo sobrevivió aquel fragmento, tal vez debido a
su contenido astronómico. En todo caso, hablaba del triple anillo brillante del sexto
planeta, tan amplio y grande que el mundo parecía pequeño en comparación con él.
Como veis, aún lo recuerdo. Entonces, no comprendí lo que podía ser el anillo de un
planeta. Recuerdo que pensé en tres círculos en hilera a uno de los lados del planeta. Me
pareció tan absurdo que no quise incluirlo en mi biblioteca. Ahora, lamento no haberme
informado mejor. - Sacudió la cabeza -. La mitología en la Galaxia de hoy en día es una
labor tan exclusiva que uno se olvida de preguntar.
- Probablemente hiciste bien en no preocuparte por ello, Janov - dijo Trevize, para
consolarle -. Es un error tomar el lenguaje poético al pie de la letra.
- Pero esto es lo que significaba - exclamó Pelorat, señalando la pantalla -. El poema
hablaba de esto. Tres anillos anchos y concéntricos, más anchos que el propio planeta.
- Nunca había oído hablar de una cosa así - dijo Trevize -. No creo que los anillos
puedan ser tan anchos. Comparados con el planeta que circundan, son muy estrechos.
- Tampoco habíamos oído hablar de un planeta habitable con un satélite gigante. O de
uno que tuviese la corteza radiactiva. Ésta es la singularidad número tres. Si encontramos
un planeta radiactivo que de no ocurrirle eso seria habitable, que además tenga un satélite
gigante, y en cuyo sistema hay otro planeta con un gran anillo, podremos estar seguros de
que hemos encontrado la Tierra.
Trevize sonrió.
- Estoy de acuerdo contigo, Janov. Si encontramos las tres cosas juntas, tendremos, sin
duda, la Tierra delante.
- ¡Sí...! - dijo Bliss, lanzando un suspiro.
Se encontraban más allá de los mundos principales del sistema planetario, dirigiéndose
hacia fuera, entre las posiciones de los dos planetas exteriores, de manera que no había
ninguna masa significativa a menos de mil quinientos millones de kilómetros. Adelante
de ellos, sólo estaba la vasta nube de cometas que, desde el punto de vista de la gravedad,
era insignificante.
La Far Star había acelerado hasta una velocidad de 0,1 c, un décimo de la velocidad de
la luz. Trevize sabía muy bien que, en teoría, la nave podía acelerar hasta casi la
velocidad de la luz, pero que, en la práctica, 0,1 c era el limite razonable.
A esa velocidad, podía evitarse cualquier objeto de masa apreciable, pero no había
manera de esquivar las innumerables partículas de polvo del espacio y, en cantidad
todavía mayor, los átomos y moléculas individuales. A grandes velocidades, incluso unos
objetos tan pequeños podían causar daños, frotando y arañando el casco de la nave. A una
velocidad próxima a la de la luz, cada átomo que chocase contra el casco tendría las
propiedades de una partícula de rayo cósmico. Y bajo esa radiación cósmica penetrante,
nadie que viajase a bordo de la nave sobreviviría mucho tiempo.
Las estrellas lejanas no mostraban movimiento perceptible en la pantalla, y aunque la
nave se movía a treinta mil kilómetros por segundo, daba la impresión de que permanecía
inmóvil.
El ordenador registraba el espacio alcanzando grandes distancias, por si algún objeto de
pequeño pero significativo tamaño se acercaba, y la nave se desviaba ligeramente para
evitar la colisión, en el caso improbable de que ésta se pudiese producir. Dados el
pequeño tamaño del posible objeto que se acercaba, la velocidad a la que la nave se
cruzaba con él y la ausencia de efectos de inercia como resultado del cambio de rumbo,
no había manera de saber si se producía algo que pudiese llamarse una «aproximación».
Por consiguiente, Trevize no se preocupaba por esas cosas, y ni siquiera pensaba en
ellas. Toda su atención permanecía alerta a las tres series de coordenadas que Deniador le
había dado y, en particular, a la que indicaba el objeto más cercano a ellos.
- ¿Hay algún error en las cifras? - preguntó, ansioso, Pelorat.
- Todavía no lo sé - respondió Trevize -. Las coordenadas no son útiles por sí solas, a
menos que conozcas el punto cero y las convenciones empleadas para establecerlas
como, por ejemplo, la dirección en que hay que marcar la distancia, por decirlo así; cuál
es el equivalente de un primer meridiano, y otros datos por el estilo.
- ¿Cómo averiguarás todo esto? - preguntó Pelorat palideciendo.
- En relación con Comporellon, he obtenido las coordenadas de Terminus y otros
puntos conocidos. Si las pongo en el ordenador, éste calculará cuáles deben ser las
convenciones para tales coordenadas si Terminus y los otros puntos tienen que estar
situados correctamente.
Sólo estoy tratando de organizar las cosas en mi mente para poder programar
debidamente el ordenador a ese respecto, En cuanto hayamos terminado las
convenciones, las cifras de que disponemos para los Mundos Prohibidos adquirirán,
posiblemente, un significado.
- ¿Sólo posiblemente? - preguntó Bliss.
- Temo que sí - dijo Trevize -. A fin de cuentas, esas cifras son viejas..., opino que
comporellianas, pero no estoy muy seguro. ¿Y si se basasen en otras convenciones?
- ¿Qué pasaría?
- Que sólo tendríamos unas cifras sin significado alguno. Pero..., eso es lo que debemos
descubrir.
Sus dedos danzaron sobre las teclas suavemente iluminadas del ordenador para darle la
información necesaria. Después, colocó las manos sobre las huellas del tablero. Esperó
mientras el ordenador trabajaba según las convenciones de las coordenadas conocidas, se
detenía un momento y después interpretaba las coordenadas del Mundo Prohibido más
próximo según las mismas convenciones, y, por último, localizaba esas coordenadas en el
mapa galáctico que tenía grabado en su memoria.
Un campo de estrellas apareció en la pantalla y se movió rápidamente mientras se
ajustaba. Cuando la imagen quedó congelada, se expandió y empezaron a desprenderse
estrellas de los bordes en todas direcciones, hasta que hubieron desaparecido casi todas.
Los ojos no podían seguir aquel rápido cambio; todo era como una mancha moteada.
Hasta que, al fin, quedó un espacio de un décimo de pársec en cada lado (según las cifras
indicadoras al pie de la pantalla). No hubo más cambios y sólo media docena de puntos
débilmente brillantes salpicaron la negra pantalla.
- ¿Cuál es el Mundo Prohibido? - preguntó Pelorat a media voz.
- Ninguna de ellas - dijo Trevize -. Cuatro son enanas rojas; una, enana casi roja; la
última, una enana blanca. Ninguna de ellas puede tener un mundo habitable en órbita a su
alrededor.
- ¿Cómo sabes que son enanas rojas con sólo mirarlas?
- No estamos viendo estrellas reales, sino un sector del mapa galáctico almacenado en
la memoria del ordenador. Cada una de ellas está rotulada. Vosotros no podéis verlo y a
mí me ocurriría igual de ordinario; pero mientras mis manos mantengan contacto con el
ordenador, como ahora, percibiré una considerable cantidad de datos de cualquier estrella
en la que concentre la mirada.
- Entonces, las coordenadas son inútiles - dijo Pelorat, en tono de desconsuelo.
Trevize le miró.
- No Janov, no he terminado. Está la cuestión del tiempo. Las coordenadas del Mundo
Prohibido son las de hace veinte mil años. Por aquel entonces, tanto él como
Comporellon giraban alrededor del Centro Galáctico. Y es posible que ahora se trasladen
a velocidades diferentes y en órbitas de distintas inclinaciones y excentricidades. Con el
paso del tiempo los mundos pueden acercarse o separarse, y, en veinte mil años, el
Mundo Prohibido puede haberse apartado de medio a cinco pársec de la posición
marcada aquí. En tal caso, no estaría incluido en este cuadrado de una décima de pársec.
- Entonces, ¿qué haremos?
- Bueno..., pues que el ordenador haga retroceder veinte mil años la Galaxia en tiempo
relativo a Comporellon.
- ¿Puede conseguir eso? - preguntó Bliss, bastante pasmada.
- Bien..., no puede hacer retroceder la Galaxia en el tiempo pero sí el mapa en su banco
de memoria.
- ¿Veremos algo? - dijo Bliss
- Observad.
Muy lentamente, las seis estrellas se movieron en la pantalla. Y una
nueva estrella, ausente hasta entonces, entró en aquélla desde el borde
izquierdo. Y Pelorat la señaló, excitado.
- ¡Allí! ¡Allí!
- Lo siento - dilo Trevize -. Es otra enana roja. Son muy comunes.
Al menos tres cuartas partes de todas las estrellas de la Galaxia son de esa clase.
La imagen se inmovilizó en la pantalla.
- ¿Y bien? - Preguntó Bliss.
- Ya está - dijo Trevize -. Es la representación de aquella parte de la Galaxia tal como
debió de ser hace veinte mil años. El Mundo Prohibido tendría que hallarse en el centro
de la pantalla si se hubiese movido a la velocidad normal.
- Tendría que estar, pero no es así - dijo Bliss vivamente.
- Es cierto - convino Trevize, con bastante indiferencia.
Pelorat suspiró profundamente.
- Es una mala cosa, Golan.
- No te desesperes - dijo Trevize -. Yo no esperaba ver ahí la estrella.
- ¿No lo esperabas? - preguntó, asombrado, Pelorat.
- No. Ya os dije que esto no es la Galaxia, Sino el mapa que el ordenador tiene de ella.
Si una estrella real no ha sido incluida en el mapa, no la veremos. Y si el planeta lleva el
nombre de «Prohibido» y ha sido llamado así durante veinte mil años lo más probable es
que no lo incluyesen. Y no lo hicieron para que no lo viésemos.
- Quizá no podamos verlo porque no existe - dijo Bíiss -. Las leyendas de Comporellon
pueden ser falsas, o tal vez las coordenadas estén equivocadas.
- Eso es verdad. Pero el ordenador puede hacer un cálculo de cuáles serían las
coordenadas en aquella época, ahora que ha situado el lugar donde el planeta debía estar
hace veinte mil años. Empleando las coordenadas corregidas por el tiempo, corrección
que yo sólo podía hacer empleando el mapa estelar, podemos pasar al campo estelar real
de la propia Galaxia.
- Pero tú has atribuido una velocidad normal al Mundo Prohibido - dijo Bliss -. ¿Y si su
velocidad no hubiese sido la normal? Ahora no tendrías las coordenadas válidas.
- Cierto, pero una corrección a base de la velocidad normal es casi seguro que nos
acercará más a la posición real que si no hubiésemos hecho corrección alguna.
- ¡Lo esperas! - exclamó Bliss, poco convencida.
- Eso es exactamente lo que hago - dijo Trevize -. Espero. Y ahora, veamos la Galaxia
real.
Los dos mirones observaron atentamente, mientras Trevize (tal vez para mitigar su
propia tensión y retrasar el momento cero) hablaba pausadamente, como si estuviese
dando una conferencia.
- Observar la galaxia real resulta más difícil – dijo -. El mapa del ordenador es una
construcción artificial, con irrelevancias susceptibles de ser eliminadas. Si una nebulosa
oscurece la visión, puede borrarla. Si el ángulo visual es inadecuado para lo que pretendo,
me permite cambiarlo y cosas como éstas. En cambio, debo aceptar la galaxia real tal
como la encuentro, y si quiero un cambio, tengo que moverme físicamente a través del
espacio, para lo cual necesitada mucho más tiempo que para ajustar un mapa.
Y mientras Trevize hablaba, la pantalla mostró una nube de astros tan rica en estrellas
individuales que parecía una ráfaga de polvo irregular.
- Ésa - dijo Trevize - es una vista de una parte de la Vía Láctea tomada desde un ángulo
muy amplio y, naturalmente, yo quiero un primer plano. Si amplío el primer plano, el
fondo tenderá a desvanecerse en comparación con aquél. El lugar coordenado está lo
bastante cerca de Comporellon como para que yo pueda ampliarlo aproximadamente a la
situación que tenía en la vista del mapa. Daré las instrucciones necesarias, si es que no
me vuelvo loco antes. Ahora.
El campo de estrellas se amplió a tal velocidad que miles de ellas avanzaron desde
todos los lados, dando a quienes las observaban la impresión de que se movían hacia la
pantalla, de modo que los tres se echaron hacia atrás automáticamente, como
respondiendo a un alud.
Y volvió la antigua imagen, no tan oscura como había estado en el mapa, pero con las
seis estrellas en la misma posición que en la vista original. Y allí, cerca del centro, vieron
otra estrella, que brillaba más que las otras.
- Ahí está - indicó Pelorat, en un murmullo de asombro.
- Es posible. Haré que el ordenador tome su espectro y lo analice.
- Hubo una pausa moderadamente larga, y Trevize añadió -: Clase espectral, G-4, lo
cual hace que sea un poco más opaca y más pequeña que el sol de Terminus, pero
bastante más brillante que el de Comporellon. Y ninguna estrella de la clase G hubiese
debido omitirse en el mapa galáctico del ordenador. Como ésta sí lo fue, tenemos un
sólido indicio de que puede tratarse del sol alrededor del cual gira el Mundo Prohibido.
- ¿Hay alguna posibilidad de que exista un mundo habitable girando alrededor de esa
estrella? - preguntó Bliss.
- Espero que sí. Y en ese caso, trataremos de encontrar los otros dos Mundos
Prohibidos.
- ¿Y si los otros dos fuesen falsas alarmas? - insistió Bliss.
- Entonces, probaríamos en otra dirección.
- ¿Cuál?
- ¡Ojalá lo supiese! - exclamó Trevize, frunciendo el ceño.
***
Aurora
VIII. EL MUNDO PROHIBIDO

- Golan - dijo Pelorat -. ¿Te importa que mire?
- En absoluto, Janov - respondió Trevize.
- ¿Y que te haga preguntas?
- Adelante.
- ¿Qué estás haciendo?
Trevize apartó su mirada de la pantalla.
- Tengo que medir la distancia de cada astro que parece estar cerca del Mundo
Prohibido en la pantalla, a fin de poder determinar lo cerca que se halla en realidad.
Debemos conocer sus campos de gravitación, y para esto necesito saber masa y distancia.
Sin este conocimiento, no se puede estar seguro de un Salto limpio.
- ¿Cómo lo haces?
- Cada astro que veo tiene sus coordenadas en los bancos de datos del ordenador, y
éstas pueden ser reconvertidas en coordenadas en el sistema comporelliano. Esto puede
ser ligeramente corregido, a su vez, por la actual situación de la Far Star en el espacio en
relación con el Sol de Comporellon y así me da la distancia de cada cual. Todas aquellas
enanas rojas parecen encontrarse muy cerca del Mundo Prohibido en la pantalla, pero
algunas pueden estar mucho más cerca y otras mucho más lejos. Necesitamos su posición
tridimensional, ¿comprendes?
Pelorat asintió con la cabeza.
- ¿Y ya tienes las coordenadas del Mundo Prohibido? - preguntó.
- Sí, pero con esto no basta. Necesito saber las distancias de los otros astros con el
menor margen de error posible. La intensidad gravitativa en las cercanías del Mundo
Prohibido es tan pequeña que un ligero error no tiene consecuencias perceptibles. El sol
alrededor del cual gira, o puede girar, el Mundo Prohibido posee un campo de gravitación
enormemente intenso en las proximidades del planeta y debo conocer su distancia con
una exactitud tal vez mil veces mayor que en las otras estrellas. Para conseguirla, las
coordenadas no bastan.
- ¿Y qué haces entonces?
- Mido la separación aparente del Mundo Prohibido, o mejor dicho de su estrella, de
tres estrellas próximas tan opacas que se requiere una ampliación considerable para que
puedan distinguirse. Presumiblemente, estas tres están muy lejos. Entonces, mantenemos
una de esas tres estrellas centrada en la pantalla y saltamos una décima de parsec en una
dirección que forme ángulo recto con la línea de visión del Mundo Prohibido. Podemos
hacerlo con bastante seguridad aunque desconozcamos las distancias de estrellas
relativamente lejanas.
La estrella de referencia, que está centrada, seguirá estándolo después del Salto. Las
otras dos estrellas oscuras no cambian sensiblemente sus posiciones, si las tres son
realmente muy lejanas. En cambio, el Mundo Prohibido se halla lo bastante cerca como
para cambiar su posición aparente en una desviación paraláctica. Partiendo de la
importancia de esta desviación, podemos determinar su distancia. Si quiero estar más
seguro, elijo otras tres estrellas y pruebo otra vez.
- ¿Cuánto tiempo se necesita para todo esto? - preguntó Pelorat.
- No mucho. El ordenador realiza el trabajo difícil. Yo sólo le digo lo que debe hacer.
Lo que sí requiere tiempo es que tengo que estudiar los resultados para asegurarme de
que parecen ser los correctos y de que en mis instrucciones no ha habido ningún fallo. Si
yo fuese uno de esos hombres temerarios que confían plenamente en ellos mismos y en el
ordenador, todo podría llevarse a cabo en pocos minutos.
- Es realmente asombroso - dijo Pelorat -. ¡Pensar en lo mucho que el ordenador hace
por nosotros!
- Yo lo pienso continuamente.
- ¿Qué podrías hacer sin él?
- ¿Y qué podría hacer sin una nave gravítica? ¿ Qué podría hacer sin mi adiestramiento
astronáutico? ¿Qué podría hacer sin veinte mil años de tecnología hiperespacial detrás de
mí ? El hecho es que yo soy yo, aquí, ahora. Imaginemos que podremos proyectamos
otros veinte mil años en el futuro. ¿Qué maravillas tecnológicas nos esperaran? ¿O no
podría ser que, dentro de veinte mil años, la Humanidad no existiera ya?
- No lo creo - dijo Pelorat -. No creo que hubiese dejado de existir.
Aunque no nos convirtiésemos en parte de Galaxia, tendríamos la psicohistoria para
guiamos.
Trevize se volvió en su sillón, retirando las manos del tablero.
- Calculemos las distancias – dijo - y comprobemos los resultados varias veces. No
tenemos prisa. - Después, miró a Pelorat con curiosidad y dijo -: ¡La psicohistoria! Mira,
Janov, este tema salió a relucir dos veces en Comporellon, y, en ambos, fue calificado de
superstición.
Yo lo dije la primera vez, y, después, Deniador lo repitió también. A fin de cuentas,
¿cómo puedes definir la psicohistoria sino como una superstición de la Fundación? ¿No
es una creencia sin pruebas o evidencia? ¿Qué opinas tú, Janov? Esto corresponde más a
tu campo que al mío.
- ¿Por qué dices que no hay pruebas, Golan? - preguntó Pelorat -. El simulacro de Hari
Seldon ha aparecido muchas veces en la Bóveda del Tiempo y presentó hechos que se
cumplieron después. Él no podía saber, en su tiempo, que esos acontecimientos iban a
transcurrir si no hubiese podido predecirlo por medio de la psicohistoria.
Trevize asintió con la cabeza.
- Eso suena imponente. Se equivocó en lo del Mulo, pero aun así, resulta imponente.
Sin embargo, huele desagradablemente a magia. Cualquier prestidigitador puede hacer
trucos.
- Ningún prestidigitador es capaz de predecir cosas que sucederán al cabo de varios
siglos, en el futuro.
- Ningún prestidigitador podría realizar, de verdad, lo que simula.
- Vamos, Golan. Soy incapaz de imaginar algún truco que me permita predecir lo que
sucederá dentro de cinco siglos.
- Ni se te ocurre ninguno que le sirva a un prestidigitador para leer el contenido de un
mensaje oculto en un satélite no tripulado en órbita. Y, sin embargo, yo he visto hacerlo a
un prestidigitador. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que la Cápsula del Tiempo, junto
con el simulacro de Hari Seldon, puede haber sido montada por el Gobierno?
Pelorat pareció indignarse ante tal idea.
- Nunca harían una cosa así.
Trevize lanzó un gruñido burlón.
- Y serían descubiertos si lo intentasen - dijo Pelorat.
- No estoy tan seguro de esto. Pero la cuestión es que no sabemos en absoluto cómo
funciona la psicohistoria.
- Yo desconozco cómo funciona este ordenador, pero sí sé que funciona.
- Porque otros saben cómo funciona. ¿Qué pasaría si nadie lo supiese? Pues que si, por
algún motivo, dejase de funcionar, nada podríamos hacer para repararlo. Y si a la
psicohistoria le ocurriese eso...
- Los de la Segunda Fundación conocen el funcionamiento de la psicohistoria.
- ¿Cómo lo sabes, Janov?
- Es lo que se dice.
- Se puede decir cualquier cosa... ¡Ah! Ya tenemos la distancia de la estrella del Mundo
Prohibido y, espero, con mucha exactitud. Estudiemos las cifras.
Las contempló fijamente durante un buen rato, moviendo los labios de vez en cuando,
como si estuviese haciendo algún cálculo mental.
- ¿Qué está haciendo Bliss? - preguntó por último sin levantar la vista.
- Está durmiendo, viejo amigo - respondió Pelorat. Y después, como defendiéndola -:
Necesita dormir, Golan. Para mantenerse como parte de Gaia en el hiperespacio tiene que
consumir energía.
- Supongo que sí - dijo Trevize, y volvió a su ordenador. Colocó las manos sobre el
tablero -. Daremos varios Saltos y comprobaremos las cifras cada vez. - Entonces,
murmuró, retiró las manos de nuevo -: Hablo en serio, Janov. ¿Qué sabes tú acerca de la
psicohistoria?
Pelorat pareció sorprendido.
- Nada. Ser historiador, como yo lo soy, en cierta manera, es muy diferente de ser
psicohistoriador. Desde luego, conozco las dos premisas fundamentales de la
psicohistoria, pero eso lo sabe todo el mundo.
- Incluso yo. La primera es que el número de seres humanos involucrados debe ser lo
bastante grande para dar validez al tratamiento estadístico. Pero, ¿qué es «lo bastante
grande»?
- El último cálculo de la población galáctica - dijo Pelorat – está cifrada en diez mil
billones aproximadamente, y es probable que peque por defecto. Desde luego, se trata de
una cifra bastante grande.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque la psicohistoria funciona, Golan. Por mucho que apeles a la lógica, funciona.
- Y la segunda - continuó enumerando Trevize - es que los seres humanos ignoren la
psicohistoria, para que el conocimiento de la misma no altere sus reacciones. Pero ellos
están enterados de la psicohistoria.
- De su mera existencia nada más, viejo. Y eso no es lo que cuenta. La segunda premisa
indica que los seres humanos no deben conocer las predicciones de la psicohistoria, y así
es..., salvo que los de la Segunda Fundación las conociesen; pero éstos son casos
especiales.
- ¿Y se ha desarrollado la ciencia de la psicohistoria sólo a base de estas dos
exigencias? Resulta difícil de creer.
- No sólo a base de ellas - dijo Pelorat -. Hay que contar también con las matemáticas
avanzadas y los métodos estadísticos perfeccionados. Se dice, sí quieres conocer la
tradición, que Hari Seldon inventó la psicohistoria tomando como modelo la teoría
cinética de los gases.
Cada átomo o molécula de un gas se mueve al azar, de manera que no podemos saber la
posición ni la velocidad de ninguno de ellos. Sin embargo, empleando la estadística,
podemos deducir, con gran precisión, las reglas que rigen su comportamiento conjunto.
De la misma manera, Seldon pretendió deducir el comportamiento conjunto de las
sociedades humanas, aunque sus deducciones no podrían aplicarse al comportamiento de
los seres humanos individuales.
- Quizá, pero los seres humanos no son átomos.
- Cierto - dijo Pelorat -. El ser humano tiene conciencia y su comportamiento es lo
bastante complicado como para hacer que parezca dotado de libre albedrío. En cuanto a
la forma en que Seldon desarrolló todo esto, no tengo la menor idea, y estoy seguro de
que no lo comprendería si alguien que lo supiese tratase de explicármelo... Pero lo hizo.
- Así, todo depende de tratar con personas que sean tan numerosas como ignorantes -
dijo Trevize -. ¿No te parecen unos cimientos muy poco seguros para edificar una enorme
estructura matemática sobre ellos? Si aquellas exigencias no se cumplen en realidad, todo
se derrumba.
- Pero si el Plan no se ha derrumbado...
- O si las exigencias no son exactamente falsas o inadecuadas, sino simplemente más
flojas de lo que debieran ser, la psicohistoria podría funcionar bien durante siglos, y,
entonces, al producirse alguna crisis particular, se derrumbaría, como le ocurrió
temporalmente en los tiempos del Mulo. ¿Y si hubiese una tercera premisa?
- ¿Cuál? - preguntó Pelorat, frunciendo ligeramente el ceño.
- No lo sé - dijo Trevize -. Un argumento puede parecer completamente lógico y
elegante y contener, sin embargo, suposiciones no expresadas. Tal vez la tercera premisa
es una suposición tan dada por sabida que a nadie se le ha ocurrido mencionarla nunca.
- Una suposición tan dada por sabida resulta, por lo general, bastante válida, o no seria
considerada como tal.
- Si conocieses la Historia científica tan bien como la tradicional, Janov - gruñó Trevize
-, sabrías lo equivocado que estás en esto. Pero veo que ahora nos hallamos en las
cercanías del sol del Mundo Prohibido.
Y era cierto. Centrado en la pantalla, se veía una estrella brillante, tan brillante que su
luz inundó la pantalla de tal forma que todas las demás estrellas desaparecieron.
Los artículos para el aseo y la higiene personales eran sólidos a bordo de la Far Star, y
el empleo del agua se reducía siempre al mínimo razonable para no recargar las
operaciones de reciclaje. Trevize se lo había recordado seriamente a Pelorat y a Bliss.
Aun así, Bliss presentaba un aspecto pulcro en todo instante, con sus negros y largos
cabellos siempre lustrosos, y sus uñas, brillantes.
- ¡conque estáis aquí! - dijo cuando entraba en la cabina-piloto.
Trevize levantó la cabeza.
- No debes sorprenderte – dijo -. Difícilmente habríamos podido abandonar la nave, y
con treinta segundos de búsqueda habrías tenido bastante para descubrirnos dentro,
aunque no pudieses detectar nuestra presencia con tu mente.
- La frase fue una forma de saludo como otra cualquiera – dijo Bliss - que, como sabéis,
no debía tomarse al pie de la letra. ¿Dónde estamos? Y no me digáis «En la cabinapiloto
»,
- Querida Bliss - repuso Pelorat extendiendo un brazo -, nos encontramos en las
regiones exteriores del sistema planetario del más próximo de los tres Mundos
Prohibidos.
103
Ella se colocó a su lado y apoyó ligeramente una mano en su hombro, mientras él le
rodeaba la cintura con un brazo. Bliss dijo:
- No puede ser muy Prohibido. Nada nos ha detenido.
- Sólo es Prohibido porque Comporellon y los otros mundos de la segunda ola de
colonización rompieron, de forma voluntaria, todo lazo con los mundos de la primera ola,
los Espaciales - dijo Trevize -. Si nosotros no nos sentimos ligados por aquel acuerdo
voluntario, ¿qué puede detenernos?
- Los Espaciales, si es que queda alguno, pudieron romper, también voluntariamente,
los lazos que los unían con los mundos de la segunda ola. El hecho de que a nosotros no
nos importe introducirnos entre ellos no significa que a ellos tampoco les importe.
- Cierto - dijo Trevize -, si es que existen. Pero, hasta ahora, no sabemos si hay algún
planeta en el que puedan vivir. Lo único que vemos son los acostumbrados gigantes
gaseosos. Dos de ellos, y no particularmente grandes.
- Esto no quiere decir que no exista el mundo Espacial. Cualquier planeta habitable
estaría mucho más cerca del sol y sería mucho más pequeño y difícil de detectar a esta
distancia entre el resplandor solar. Tendremos que hacer un Microsalto hacia el interior
para detectar ese planeta.
Parecía bastante satisfecho de hablar como un curtido viajero del espacio.
- Si es así - dijo Bliss -, ¿por qué no nos acercamos más?
- Todavía no - repuso Trevize -. Estoy haciendo que el ordenador compruebe a la
mayor distancia posible si hay alguna señal de estructura artificial. Avanzaremos por
etapas, una docena si es necesario, y haremos una comprobación en cada una de ellas. No
quiero ser atrapado esta vez como lo fuimos la primera que nos acercamos a Gaia. ¿Te
acuerdas, Janov?
- No seria malo para nosotros caer en trampas como aquélla todos los días. La de Gaia
me trajo a Bliss - dijo Pelorat, mirándola con cariño.
- ¿Esperas, Janov, que te tratan cada día una nueva Bliss? – rió Trevize.
Pelorat pareció dolido.
- Mi buen amigo, o como quiera que Pel te llame - dijo Bliss, con un deje de irritación -
, podrías avanzar con más rapidez. Mientras yo esté contigo, no te atraparán.
- ¿El poder de Gaia?
- Por supuesto, para detectar la presencia de otras mentes.
- ¿Estás segura de que eres lo bastante fuerte, Bliss? Tengo entendido que debes dormir
bastante para recobrar la energía que gastas manteniendo el contacto con el cuerpo
principal de Gaia. ¿Hasta dónde puedo confiar en tu capacidad acaso limitada, a esta
distancia de la fuente de origen?
Bliss enrojeció.
- La fuerza de la conexión es grande.
- No te ofendas - pidió Trevize -. Sólo te he preguntado. ¿No consideras un
inconveniente el ser Gaia? Yo no soy Gaia. Soy un individuo cabal e independiente. Esto
significa que puedo alejarme cuanto quiera de mi mundo y de mi gente, y seguir siendo
Golan Trevize. Sigo teniendo mis poderes, tal como son, y seguiré con ellos dondequiera
que vaya.
Aunque me encontrase solo tú el espacio, a pársecs de distancia de cualquier ser
humano, y, por no importa qué razón, fuese incapaz de comunicar con alguien de alguna
forma, o incluso de ver el brillo de una sola estrella en el cielo, sería y seguiría siendo
104
Golan Trevize. Tal vez no pudiese sobrevivir, tal vez tuviese que morir, pero moriría
siendo Golan Trevize.
- Solo en el espacio y lejos de todos - dijo Bliss -, no podrías pedir ayuda a tus
compañeros, ni ampararte en su talento y sus diversos conocimientos. Solo, como
individuo aislado, serías mucho más incapaz que formando parte de una sociedad
integrada. Lo sabes muy bien.
- Sin embargo - repuso Trevize -, mi incapacidad sería distinta de la tuya Entre tú y
Gaia existe un lazo mucho más fuerte que el que hay entre mi sociedad y yo, y ese lazo
tuyo se estira a través del hiperespacio y requiere energía para su mantenimiento, de
manera que puedes jadear mentalmente con el esfuerzo y sentir más que yo la
disminución de tu entidad.
El semblante de Bliss se endureció y, por un momento, no pareció joven o, mejor,
pareció no tener edad, ser más Gaia que Bliss, como para refutar el argumento de
Trevize.
- Aunque todo fuese como tú dices, Golan Trevize (que es, fue y será, que tal vez no
puede ser menos, pero que, ciertamente, no puede ser más), aunque todo fuese como tú
dices, repito, ¿crees que no hay que pagar un precio por lo que has ganado? ¿No es mejor
ser una criatura de sangre caliente, como tú, que una criatura de sangre fría, como un pez
o algo por el estilo?
- Las tortugas son de sangre fría - dijo Pelorat -. En Terminus no las hay, pero en otros
mundos, sí. Son unas criaturas acorazadas, de movimientos muy lentos pero de gran
longevidad.
- Entonces, ¿no es mejor ser una persona que una tortuga; moverse más deprisa, sea
cual fuere la temperatura? ¿No es mejor tener actividades altamente energéticas,
músculos rápidamente contráctiles, activas fibras nerviosas, mentalidad intensa y
persistente, que tener que arrastrarse con lentitud, percibir poco a poco y poseer una
conciencia confusa del medio circundante inmediato? ¿No lo es?
- De acuerdo - dijo Trevize -. Lo es. ¿Y qué?
- Bueno, ¿no sabes que hay que pagar por tener sangre caliente?
Para mantener tu temperatura por encima de la del ambiente, tienes que gastar mucha
más energía que una tortuga. Debes comer casi constantemente para que puedas reponer
la energía en tu cuerpo con la misma rapidez con que la gastas. Te morirías de hambre
mucho antes que una tortuga. Entonces, ¿preferirías ser una tortuga y vivir más tiempo y
más despacio? ¿O prefieres pagar el precio y moverte más rápido, sentir más rápido, ser
un organismo pensante?
- ¿Es ésta una verdadera analogía, Bliss?
- No, Trevize, pues la situación es más favorable con Gaia. Nosotros no gastamos
grandes cantidades de energía cuando estamos juntos. Sólo cuando una parte de Gaia se
encuentra a distancias hiperespaciales del resto, el gasto de energía se eleva. Y recuerda
que no has votado simplemente por una Gaia más grande, o por un mundo individual más
grande. Votaste por Galaxia, por un vasto complejo de mundos. En cualquier parte de
ella, serás parte suya y estarás rodeado de cerca por partes de algo que se extiende como
cada átomo interestelar hasta el agujero negro central. Entonces, se requerirán pequeñas
cantidades de energía para permanecer en el conjunto. Ninguna parte se hallará a gran
distancia de las otras. Tú has decidido todo esto, Trevize. ¿Cómo puedes dudar del
acierto de tu elección?
Él había agachado la cabeza, en honda reflexión. Por último, la levantó.
105
- Puede que haya elegido bien – dijo -, pero debo convencerme de ello. La decisión que
he tomado es la más importante de la historia de la Humanidad, y no es suficiente con
que sea buena. Yo debo saber que lo es.
- Después de lo que te he dicho, ¿qué más necesitas?
- No lo sé, pero lo encontraré en la Tierra. - dijo esto con absoluta convicción.
- Golan - dijo Pelorat -, la estrella muestra un disco.
Era verdad. El ordenador, realizando su trabajo, y sin preocuparse en absoluto de lo que
pudiese discutirse a su alrededor, se había ido acercando por etapas a la estrella hasta
alcanzar la distancia que Trevize le había fijado.
Todavía estaba bastante alejada del plano planetario, y el ordenador dividió la pantalla
para mostrar cada uno de los tres pequeños planetas que formaban aquél
El más interior tenía la temperatura adecuada en su superficie para que el agua se
mantuviese en estado líquido, y una atmósfera de oxígeno. Trevize esperó a que su órbita
fuese calculada, y la primera estimación aproximada le pareció razonable. Dejó que el
ordenador prosiguiese su tarea, pues cuanto más tiempo se observase el movimiento
planetario, más exacto sería el cálculo de sus elementos orbitales.
Después dijo pausadamente:
- Tenemos a la vista un planeta habitable. Es probable que sea habitable.
- ¡Oh! - exclamó Pelorat, con todo el entusiasmo que su solemne expresión le permitía.
- Sin embargo - dijo Trevize -, temo que no hay ningún satélite gigante. En realidad, no
ha sido detectado ningún satélite de clase alguna hasta ahora. Por consiguiente, no es la
Tierra. Al menos, si nos fundamos en la tradición.
- No te inquietes por eso, Golan - dijo Pelorat -. Sospeché que no íbamos a encontrar la
Tierra aquí cuando vi que ningún gigante gaseoso tenía un sistema de anillos
desacostumbrado.
- Está bien - dijo Trevize -. El primer paso que hemos de dar es averiguar qué clase de
vida puede haber en él. Dado que tiene una atmósfera de oxígeno, podemos estar
completamente seguros de que hay vida vegetal, pero,..
- Y también animal - le interrumpió Bliss bruscamente -. Y en cantidad.
- ¿Qué? - dijo Trevize, volviéndose a ella.
- Puedo sentirlo. Como algo muy débil debido a esta distancia. Pero resulta indiscutible
el hecho de que ese planeta no sólo es habitable, sino que está habitado.
La Far Star se hallaba en órbita polar alrededor del Mundo Prohibido, a una distancia lo
bastante grande para que el período orbital durase poco más de seis días. Al parecer,
Trevize no tenía prisa en abandonar aquella órbita.
- Ya que en el planeta hay seres vivos – explicó - y ya que, según Deniador, antaño
estuvo habitado por humanos tecnológicamente avanzados y que representan una primera
ola de colonizadores, los llamados Espaciales, pueden seguir siendo tecnológicamente
avanzados y sentir muy poca simpatía por nosotros, los de la segunda ola que les
sustituyó.
Me gustaría que se mostrasen, para saber un poco más de ellos antes de arriesgarnos a
un aterrizaje.
- Puede que no hayan advertido nuestra presencia aquí - dijo Pelorat.
- Nosotros lo sabríamos, si estuviésemos en su lugar. Presumo pues que, si existen, es
probable que traten de establecer contacto con nosotros. Incluso que quieran venir a
apresarnos.
- Pero si nos dan caza y son tecnológicamente avanzados, podemos ser incapaces de...
106
- No lo creo - dijo Trevize -. El progreso tecnológico no lo comprende necesariamente
todo. Puede ser que se encuentren mucho más adelantados que nosotros en algunos
aspectos, pero resulta claro que no llevan a cabo viajes interestelares. Somos nosotros, no
ellos, quienes hemos colonizado la galaxia, y no he visto, en toda la historia del Imperio,
algo que indique que hayan salido de sus mundos manifestándose. Si no han viajado por
el espacio, ¿cómo podemos suponer que han conseguido serios progresos en
astronáutica? Y si no los han hecho, es imposible que tengan algo parecido a una nave
gravítica. Podemos ir prácticamente desarmados, pero aunque nos persiguiesen con un
acorazado, no podrían alcanzarnos. No, no estamos indefensos.
- Pueden haber progresado mentalmente. Podría ser que el Mulo fuese un Espacial...
Trevize se encogió de hombros, con clara irritación.
- El Mulo puede ser cualquier cosa. Los gaianos lo describieron como un gaiano
aberrante. También es considerado como un mutante ocasional.
- También se ha especulado - dijo Pelorat -, aunque desde luego no debe tomarse en
serio, con que era un artefacto mecánico. Dicho en otras palabras, un robot, mas no se
empleaba este término.
- Si hay algo que parezca mentalmente peligroso, tendremos que confiar en que Bliss lo
neutralice. Puede hacerlo... A propósito, ¿está durmiendo?
- Antes, un rato - dijo Pelorat -, pero se estaba levantando cuando vine aquí.
- Levantándose, ¿eh? Bueno, tendrá que estar completamente despierta si empieza a
ocurrir algo. Cuida tú de esto, Janov.
- Sí, Golan - dijo Pelorat sencillamente.
Trevize volvió su atención al ordenador.
- Hay algo que me preocupa mucho: las estaciones de entrada. Generalmente, son señal
segura de que un planeta está habitado por seres humanos poseedores de una elevada
tecnología. Pero éstas...
- ¿Qué tienen de extraño?
- Varias cosas. En primer lugar, son muy antiguas. Pueden tener miles de años. En
segundo lugar, no hay radiaciones, salvo termales.
- ¿Qué son termales?
La radiación termal es emitida por cualquier objeto más caliente que lo que le rodea. Es
una sintonía conocida y consiste en una ancha franja de radiación que sigue una pauta fija
dependiente de la temperatura. Eso es lo que están radiando las estaciones de entrada. Si
hay aparatos fabricados por humanos en funcionamiento a bordo de las estaciones, tiene
que filtrarse alguna radiación no termal, no casual. Como sólo existen radiaciones
termales, podemos presumir que las estaciones están vacías, tal vez desde hace miles de
años, o bien que, si están ocupadas, será por gente con una tecnología tan avanzada en
este sentido que no hay filtraciones de radiación.
- Tal vez - dijo Pelorat - el planeta tenga una civilización muy alta, pero las estaciones
de entrada se hallan vacías porque los colonizadores hemos dejado al planeta en paz
durante tanto tiempo que ya no temen que los visitemos.
- Quizá sí. O tal vez se trate de una trampa.
Bliss entró en ese momento, y Trevize, que la vio por el rabillo del ojo, dijo
bruscamente:
- Sí, aquí estamos.
- Ya lo veo - repuso ella -, y sin cambiar de órbita. Me he dado cuenta.
107
- Golan toma precauciones, querida - se apresuró a explicar Pelorat -. Las estaciones de
entrada parecen abandonadas y no estamos seguros de lo que eso puede significar.
- No tenéis de qué preocuparos - dijo Bliss, con indiferencia -. No hay señales
detectables de vida inteligente en el planeta que estamos sobrevolando.
Trevize le dirigió una mirada de asombro.
- ¿Qué estás diciendo? Antes...
- Antes dije que había vida animal en el planeta, y la hay, pero, ¿en qué lugar de la
galaxia te enseñaron que la vida animal implica necesariamente vida humana?
- ¿Por qué no dijiste eso cuando detectamos vida animal por primera vez?
- Porque a aquella distancia, me resultaba imposible saberlo. Apenas podía detectar el
rumor inconfundible de la actividad animal, pero su intensidad era tan débil que no habría
podido distinguir una mariposa de un ser humano.
- ¿Y ahora?
- Ahora estamos mucho más cerca, y aunque quizás imaginasteis que dormía, no era
así..., o al menos, dormí muy poco. Estuve escuchando, a pesar de que esta palabra no sea
la apropiada, con toda la atención posible, por si podía captar alguna señal de actividad
mental lo bastante compleja para indicar la presencia de seres inteligentes.
- ¿Y no captaste ninguna?
- Supongo - repuso Bliss, con súbita prudencia - que, si no detecto nada a esta distancia,
es imposible que haya más de unos pocos cientos de seres humanos en el planeta. Si nos
acercamos un poco, podré juzgarlo con más exactitud.
- Bueno, esto cambia las cosas - dijo Trevize, un poco confuso.
- Creo que sí - admitió Bliss, que parecía claramente soñolienta y, por ende, irritable -.
Puedes olvidarte de analizar la radiación, y de inferir, y deducir, y de todo lo demás que
has estado haciendo. Mis sentidos gaianos funcionan con mucha más eficacia y
seguridad. Tal vez ahora comprendas lo que quiero decir cuando afirmo que es mejor ser
gaiano que Aislado.
Trevize esperó antes de responder, esforzándose visiblemente en dominar su mal
humor. Cuando habló, lo hizo en un tono cortés y casi formal:
- Te agradezco la información. Sin embargo, debes comprender, para usar una analogía,
que la idea de mejorar mi sentido del olfato sería motivo insuficiente para que me
decidiese a abandonar mi condición humana y convertirme en un sabueso.
Ahora, pudieron ver el Mundo Prohibido, cuando pasaron por debajo de la capa de
nubes y comenzaron a navegar en la atmósfera. Parecía curiosamente apolillado.
Las regiones polares estaban heladas, como cabría esperar, pero no eran extensas. Las
partes montañosas aparecían áridas, con ocasionales glaciares, pero tampoco de gran
extensión. Eran pequeñas zonas desiertas muy desparramadas.
Aparte de eso, el planeta se veía, en potencia, hermoso. Sus zonas continentales eran
muy grandes, pero sinuosas, de manera que había largas playas y ricas llanuras costeras
muy extensas; frondosos bosques tropicales y también los propios de los climas
templados, todos ellos bordeados de prados, y, sin embargo, el aspecto apolillado de su
naturaleza resultaba evidente.
Desperdigados entre los bosques había sectores casi áridos, y partes de los prados eran
poco herbosas.
- ¿Alguna plaga vegetal? - se preguntó, extrañado, Pelorat.
- No - respondió Bliss pausadamente -. Algo peor que eso, y más permanente.
- Yo he visto muchos planetas - comento Trevize -, pero ninguno como éste.
108
- Yo, sin embargo, muy pocos - dijo Bliss -, pero comparto los pensamientos de Gaia y
sé que esto es lo que cabe esperar de un mundo en el que la Humanidad ha desaparecido.
- ¿Por qué? - preguntó Trevize.
- Piénsalo - respondió Bliss con aspereza -. Ningún mundo habitado disfruta un
verdadero equilibrio ecológico. La Tierra tiene que haberlo tenido en su origen, pues si
fue el mundo en que la Humanidad evolucionó, tuvo que haber largos períodos en los que
ésta no existió ni tampoco especie alguna capaz de desarrollar una tecnología avanzada y
de modificar el medio ambiente. En tal caso, debió imperar un equilibrio natural y, desde
luego, cambiante. Sin embargo, en todos los otros mundos habitados, los seres humanos
han transformado cuidadosamente sus nuevos medios y establecido vida vegetal y
animal, pero el sistema ecológico que introducen está expuesto al desequilibrio, ya que
sólo posee un número limitado de especies, únicamente aquellas que los seres humanos
desean, o que no pueden dejar de...
- ¿Sabes lo que me recuerda esto? - dijo Pelorat -. Perdona la interrupción, Bliss, pero
esto viene tan al caso que no puedo resistir la tentación de comentártelo antes de que se
me olvide. Existe un antiguo mito sobre la creación, un mito según el cual la vida fue
creada en un planeta y sólo la tuvieron un número limitado de especies, las útiles o
agradables para la Humanidad. Entonces, los primeros seres humanos hicieron alguna
tontería (no importa lo que fuese, viejo amigo, porque los antiguos mitos suelen ser
simbólicos e inducen a confusión si se interpretan literalmente) y el suelo del planeta fue
maldito. «También te dará cardos y espinas» fue la maldición, aunque el pasaje suena
mejor en el galáctico arcaico en que fue escrito. Pero la cuestión estriba en si se trató
realmente de una maldición. Plantas que no les gustan a los seres humanos y son
rechazadas por éstos, como las espinas y los cardos, pueden convertirse en necesarias
para el equilibrio ecológico.
Bliss sonrió.
- Es sorprendente, Pel, que todo te recuerde alguna leyenda, y lo instructivas que éstas
resultan a veces. Los seres humanos, al reformar un mundo, eliminan las espinas y los
cardos, sean éstos lo que fueren, y entonces tienen que trabajar para que el mundo
funcione. No se trata de un organismo que se mantiene por sí mismo, como Gaia. Más
bien, es una agrupación heterogénea de Aislados, pero no lo bastante heterogénea para
que el equilibrio ecológico se mantenga por tiempo indefinido. Si la Humanidad
desaparece, el sistema ecológico del mundo, al carecer de unas manos que lo guíen,
empieza inevitablemente a desintegrarse de forma inevitable. El planeta se autorreforma.
- Si ocurre algo así, no sucede rápidamente - dijo Trevize, escéptico -. Este planeta
puede haber estado libre de seres humanos desde hace veinte mil años, pero, sin embargo,
la mayor parte de él parece estar todavía en plena actividad.
- Eso depende, en primer lugar, de cómo fue establecido en su día el equilibrio
ecológico - repuso Bliss -. Si empezó bien, puede durar mucho tiempo aunque no haya
seres humanos. A fin de cuentas, veinte mil años, a pesar de ser un período muy largo
desde el punto de vista humano, es breve comparado con el tiempo de vida de un planeta.
- Supongo que, si el planeta ha degenerado, podemos estar seguros de que no hay seres
humanos - dijo Pelorat mientras observaba la vista planetaria con suma atención.
- Sigo sin detectar actividad mental a ese nivel - repuso Bliss -, por lo que también
presumo que no los hay. En cambio, existe el continuo zumbido de grados más bajos de
conciencia, pero lo bastante altos para corresponder a aves y mamíferos. A pesar de todo,
no estoy segura de que estos indicios basten para demostrar que los seres humanos han
109
desaparecido por completo. Un planeta puede deteriorarse, aunque existan seres humanos
en él, si la sociedad es anormal y no comprende la importancia de preservar el medio
ambiente.
- Semejante sociedad sería destruida rápidamente - adujo Pelorat -. Me parece
imposible que los seres humanos no comprendan la importancia de conservar los factores
que los mantienen vivos.
- Yo no tengo tanta fe en la razón humana, Pel - dijo Bliss -. Creo perfectamente
concebible que, cuando una sociedad planetaria está compuesta por Aislados nada más,
las preocupaciones locales, e incluso individuales, pueden prevalecer fácilmente sobre los
intereses planetarios.
- A mí me parece tan inconcebible como a Pelorat - intervino Trevize -. En realidad,
dado que existen millones de planetas habitados por el hombre y ninguno de ellos se ha
deteriorado por completo, el miedo que te produce el aislacionismo puede ser exagerado,
Bliss.
La nave pasó del hemisferio iluminado al oscuro. El efecto fue el correspondiente a un
rápido crepúsculo seguido de una oscuridad total, salvo por la luz de las estrellas cuando
el cielo está despejado. La nave mantuvo su altitud teniendo minuciosamente en cuenta la
presión atmosférica y la intensidad de la gravitación. Aquella altura era demasiado
grande para tropezar con algún macizo montañoso elevado, pues el planeta pasaba por
una fase en que no se habían producido surgimientos de montañas recientemente. Sin
embargo, el ordenador tanteaba la ruta con sus dedos de microondas, por si acaso.
Trevize contempló la aterciopelada noche y dijo reflexivamente:
- Me parece que la prueba más convincente de que el planeta está deshabitado es la
ausencia de toda luz visible en el lado oscuro. Ninguna sociedad tecnológica soportaría
esa oscuridad. En cuanto volvamos al hemisferio iluminado, descenderemos más.
- ¿Qué ganaremos con eso? - preguntó Pelorat -. Ahí abajo no hay nada.
- ¿Quién ha dicho que no hay nada?
- Bliss. Y tú también.
- No, Janov. Yo he dicho que no hay radiación de origen tecnológico y Bliss nos ha
informado de que no hay señales de actividad mental humana; pero eso no significa que
no haya nada. Aunque no haya seres humanos en el planeta, seguro que habrá vestigios
de alguna clase.
Busco información, Janov, y los restos de una tecnología pueden serme útiles.
- ¿Después de veinte mil años? - Pelorat elevó el tono de su voz -. ¿Qué crees que
puede conservarse después de veinte mil años? No habrá películas, ni documentos, ni
papeles impresos; el metal se habrá oxidado, la madera podrido y el plástico granulado.
Incluso las piedras se habrán erosionado y deshecho.
- Tal vez no sean veinte mil años - dijo pacientemente Trevize -. Mencioné ese tiempo
como el periodo más largo en que puede haber estado deshabitado el planeta, pues, según
la leyenda comporelliana, este mundo floreció en aquel tiempo. Pero supongamos que los
últimos seres humanos murieron o desaparecieron o huyeron de aquí hace mil años.
Llegaron al otro extremo del hemisferio oscuro y amaneció y brilló el sol casi de forma
instantánea.
La Far Star descendió y redujo su marcha hasta que los detalles de la superficie del
planeta resultaron claramente visibles. Ahora aparecieron con toda claridad las pequeñas
islas que salpicaban las costas continentales. La mayor parte de ellas estaban cubiertas de
verde vegetación.
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- Me parece que tendríamos que estudiar las zonas deterioradas en particular. Yo diría
que los lugares en que hubo más concentración de seres humanos tuvieron que ser
aquellos de peor equilibrio ecológico. Esas zonas podrían ser el núcleo del creciente
deterioro. ¿Qué dices tú, Bliss?
- Es posible. En todo caso, a falta de un conocimiento definido, podemos muy bien
observar los lugares donde la visibilidad es más fácil. Los herbazales y los bosques
habrán hecho desaparecer casi todos los vestigios de habitación humana; por
consiguiente, buscar en ellos podría convertirse en una pérdida de tiempo.
- Pienso que un mundo podría establecer un equilibrio eventual con lo que tiene - dijo
Pelorat -, haciendo que nuevas especies evolucionaran. Y las zonas malas podrían
colonizarse de nuevo sobre otra base.
- Es posible, Pel - dijo Bliss -. Esto dependería, en primer lugar, de lo desequilibrado
que el mundo estuviese; y para que un planeta cicatrice de sus heridas y consiga un nuevo
equilibrio a través de la evolución, serían necesarios más de veinte mil años. Se
necesitarían millones.
La Far Star no giraba ya alrededor del planeta. Volaba lentamente sobre una franja de
quinientos kilómetros de anchura de brezos y aulagas, con ocasionales arboledas.
- ¿Qué os parece eso? - preguntó Trevize de pronto, señalando con el dedo.
La nave se detuvo y quedó flotando, inmóvil, en el aire. Se oyó un grave pero continuo
zumbido al acelerarse los motores gravíticos para neutralizar el campo de gravitación del
planeta casi por entero.
No había mucho que ver en el lugar que Trevize señalaba. Unos montículos de tierra y
hierba dispersa era cuanto había.
- Yo no veo nada de particular - observó Pelorat.
- Allí hay algo ordenado en líneas rectas. Unas líneas paralelas, y pueden distinguirse
otras más débiles que forman ángulo recto con aquéllas. ¿Lo veis? ¿Lo veis? Eso no
puede darse en ninguna formación natural. Es arquitectura humana, restos de cimientos y
paredes tan claros como si éstas se encontrasen todavía en pie.
- Supongamos que sea así - dijo Pelorat -. No son más que ruinas. Si queremos llevar a
cabo una investigación arqueológica, tendremos que cavar y excavar. Los profesionales
tardarían años en hacerlo como es debido.
- Sí, pero nosotros no tenemos tiempo de hacerlo como es debido. Eso puede ser el
débil perfil de una antigua ciudad, y tal vez quede algo de ella en pie. Sigamos aquellas
líneas y veamos a dónde nos conducen.
Cerca de uno de los bordes de la zona, en un lugar donde los árboles eran un poco más
espesos, vieron unas paredes que aún se sostenían en pie..., al menos en parte.
- No está mal para empezar - dijo Trevize -. Aterrizaremos aquí.
IX. ENFRENTAMIENTO CON LA MANADA
La Far Star aterrizó al pie de una pequeña elevación, una colina en el terreno,
generalmente llano. Casi sin pensarlo, Trevize había dado por supuesto que era mejor que
la nave no resultase visible desde varios kilómetros a la redonda.
- La temperatura exterior es de 24 grados centígrados - dijo -; la velocidad del viento,
de unos once kilómetros por hora, y soplando desde el Oeste; y el cielo está nublado en
111
parte. El ordenador no sabe lo suficiente sobre la circulación del aire para poder predecir
el tiempo. Sin embargo, como la humedad es de un cuarenta por ciento
aproximadamente, parece que no va a llover. En conjunto, creo que hemos elegido una
latitud o una estación del año muy agradable, lo cual es una satisfacción después del frío
que pasamos en Comporellon.
- Supongo - dijo Pelorat -, que a medida que el planeta se vaya reformando, el tiempo
se hará más crudo.
- Estoy segura de ello - ratificó Bliss.
- Podéis estar tan seguros como queráis - exclamó Trevize -. Se necesitarán miles de
años para eso. Ahora todavía es un planeta agradable y seguirá así mientras nosotros
vivamos y mucho tiempo después.
Se estaba ciñendo un ancho cinturón mientras hablaban, y Bliss dijo vivamente:
- ¿Qué es eso, Trevize?
- Algo que me enseñaron en la Rota - dijo Trevize -. No voy a entrar desarmado en un
mundo desconocido.
- ¿De verdad piensas llevar armas?
- Desde luego. A mi derecha - y dio una palmada en una funda que contenía una pesada
arma de grueso cañón - llevo mi blaster, y a mi izquierda, mi látigo neurónico.
Este último era un arma más pequeña, de cañón delgado y sin abertura.
- Dos variedades de asesinato - dijo Bliss con disgusto.
- Sólo una. El blaster mata. El látigo neurónico, no, Sólo estimula los nervios y duele
tanto que, según me han dicho, uno preferiría estar muerto. Por fortuna, nunca he sufrido
sus efectos.
- ¿Por qué los llevas?
- Ya te lo he dicho. Éste es un mundo hostil.
- Es un mundo vacío, Trevize.
- ¿Seguro? Al parecer, no hay sociedad tecnológica, pero, ¿y si hubiese primitivos
postecnológicos? Lo peor que pueden poseer son cachiporras o piedras, pero también
éstas pueden matar.
Bliss estaba furiosa, pero bajó la voz para mostrarse razonable.
- No detecto ninguna actividad neurónica humana, Trevize. Eso elimina a los primitivos
de cualquier tipo, postecnológicos o lo que sean.
- Entonces, no necesitaré hacer uso de mis armas - dijo Trevize -. Sin embargo, ¿qué
hay de malo en llevarlas? Sólo aumentarán mi peso un poco, pero como la fuerza de la
gravedad en la superficie es un noventa y uno por ciento de la de Terminus, no lo notaré.
Escucha, la nave está desarmada como tal, pero tiene una cantidad razonable de armas
cortas. Sugiero que también vosotros dos...
- No - dijo Bliss inmediatamente -. No haré nada que pueda inducir a matar,.., o incluso
a infligir dolor.
- No es cuestión de matar, sino de evitar que nos maten, Si es que entiendes lo que
quiero decir. ..
- Yo puedo protegerme a mi manera.
- ¿Janov? .,
- En Comporellon no llevamos armas - dijo Pelorat.
- Vamos, Janov, aquél era un factor conocido, un mundo asociado a la Fundación.
Además, nos detuvieron nada más llegar. Si hubiésemos llevado armas, nos las habrían
quitado. ¿Quieres un blaster?
112
Pelorat sacudió la cabeza.
- Nunca he estado en la Flota, viejo amigo. No sabría cómo emplear esas armas y, en
caso de emergencia, no reaccionaria a tiempo. Sólo echaría a correr..., y me matarían,
- No te matarán, Pel - dijo Bliss con energía -. Gaia te tiene bajo «mi-nuestra-su»
protección, y también a ese engreído héroe naval.
- Bien - repuso Trevize -. No me opongo a que me protejan, pero no soy engreído. Sólo
estoy tomando precauciones, y si nunca tengo que valerme de estas cosas, te prometo que
me sentiré doblemente satisfecho. Sin embargo, debo llevarlas. - Acarició las dos armas y
añadió -: Ahora, salgamos a ese mundo que tal vez no ha sentido el peso de seres
humanos sobre su superficie desde hace miles de años.
- Tengo la impresión de que debe ser bastante tarde - dijo Pelorat -, pero la altura del
sol indica que falta poco para el mediodía.
- Supongo que tu impresión se debe al color anaranjado del sol, que parece propio del
ocaso - observó Trevize, contemplando el tranquilo panorama -. Si estamos todavía aquí
cuando se ponga, y si las formaciones nubosas son las adecuadas, veremos un rojo más
fuerte de lo acostumbrado. No sé si lo encontraréis hermoso o deprimente. A propósito,
tal vez era aún más fuerte en Comporellon, pero allí casi siempre estuvimos dentro de
casa.
Se volvió despacio, observando los alrededores en todas direcciones.
Además de la rareza casi fantástica de la luz, el olor característico de aquel mundo..., o
de aquella parte de él, flotaba en el aire. Parecía moho, pero no resultaba desagradable en
modo alguno.
Los árboles próximos eran de mediana altura y parecían viejos, de corteza nudosa y con
los troncos un poco oblicuos, aunque él no habría sabido decir si aquello se debía al
viento dominante o a alguna anomalía del suelo. ¿Eran los árboles los que daban un
ambiente amenazador a aquel mundo, o era otra cosa..., algo más inmaterial?
- ¿En qué piensas, Trevize? - preguntó Bliss -. Supongo que no habrás realizado un
viaje tan largo para gozar de esta vista.
- En realidad, tal vez debiera hacer eso ahora - dijo Trevize -. Convendría que Janov
explorase este lugar. He visto unas minas en aquella dirección y él es el único capacitado
para juzgar el valor de los vestigios que pueda haber. Supongo que entenderá los escritos
o los filmes en galáctico antiguo, cosa de la que yo soy incapaz. Y también supongo,
Bliss, que querrás ir con él para protegerle. En cuanto a mí, me quedaré aquí, haciendo
guardia.
- ¿Para defendernos de qué? ¿De indígenas primitivos, armados con piedras y garrotes?
- Tal vez - dijo, y la sonrisa que tenía en los labios se desvaneció -. Aunque parezca
extraño, Bliss me siento un poco intranquilo en este lugar. No sé por qué.
- Vamos, Bliss - llamó Pelorat -. He sido coleccionista de cuentos antiguos durante toda
mi vida, pero nunca he tenido en las manos documentos de esas épocas. Imagínate si
encontrásemos...
Trevize les observó mientras se alejaban e iba disminuyendo el sonido de la voz de
Pelorat al caminar éste en dirección a las ruinas. Bliss se contoneaba a su lado.
Trevize escuchó con aire distraído y después se volvió para continuar su estudio del
lugar. ¿Qué podía haber allí que le hiciese sentir aquella aprensión?
En realidad, nunca había pisado un mundo sin población humana, pero había visto
muchos desde el espacio. Por lo general eran mundos pequeños, demasiado pequeños
para contener agua o aire, pero habían sido útiles para señalar los lugares de reunión
durante las maniobras de las naves espaciales o como ejercicio de reparaciones urgentes
simuladas (no había habido guerra en los años que llevaban vividos ni durante un siglo
antes de su nacimiento, pero seguían realizándose maniobras y simulacros). Entonces,
había naves en órbita alrededor de aquellos planetas, o incluso alguna se había posado en
ellos, pero él nunca tuvo ocasión de desembarcar.
¿Se debía aquella impresión a que ahora se hallaba en un mundo vacío? ¿Habría sentido
lo mismo si hubiese estado en uno de los muchos mundos pequeños y sin aire que había
visto en sus días de estudiante e incluso después?
Sacudió la cabeza. Estaba seguro de que eso no le preocuparía. Habría llevado un traje
espacial, como en las innumerables veces en las que salía de su nave en el espacio. Era
una situación normal para él y el contacto con unas simples piedras no hubiese alterado
aquella normalidad. ¡Seguro!
Desde luego, ahora no llevaba su traje espacial.
Se encontraba allí, de pie, en un mundo habitable, tan cómodo como se habría sentido
en Terminus y mucho más de lo que estaba en Comporellon. Notaba la caricia del viento
en las mejillas, el calor del sol en su espalda, y oía el murmullo de la vegetación. Todo le
resultaba familiar, salvo que ahí no había seres humanos..., o había dejado de haberlos.
¿seria eso? ¿Sería eso lo que hacía que aquel mundo pareciese fantástico? ¿Sería porque
se trataba de un mundo no sólo deshabitado, sino abandonado? Jamás había pisado un
mundo abandonado; ni oído hablar de alguno que hubiese sido abandonado; nunca había
pensado que un mundo pudiera abandonarse. Todos los que él había conocido hasta
entonces, y que habían sido poblados por seres humanos, seguían habitados.
Miró al cielo. Otros seres no habían abandonado aquel mundo. Un pájaro ocasional
volaba cruzando su campo visual, pareciéndole más natural que el cielo de color de
pizarra entre las tranquilas nubes anaranjadas. (Trevize estaba seguro de que, si
permanecía unos pocos días en aquel planeta, se acostumbraría a sus colores y el cielo y
las nubes acabarían por hacérsele familiares.
Oía gorjeos de pájaros en los árboles y el ruido más apagado de los insectos. Bliss había
hablado de mariposas, y allí estaban, en cantidades sorprendentes y de los más variados
colores.
También oía, de vez en cuando, susurros entre las matas de hierba que crecían al pie de
los árboles, pero no podía saber con exactitud qué los causaba.
En todo caso, la evidente presencia de vida a su alrededor no era la causante de sus
temores. Como Bliss había dicho, jamás hubo animales peligrosos en los mundos
primitivos. Los cuentos de hadas de su infancia y las fantasías heroicas de su
adolescencia transcurrían, invariablemente, en un mundo legendario que debía proceder
de los vagos mitos de la Tierra. Los hiperdramas estaban llenos de monstruos: leones,
unicornios, dragones, ballenas, brontosaurios, osos. Aparecían docenas de ellos cuyos
nombres no podía recordar; algunos seguramente míticos, suponiendo que no lo fuesen
todos ellos. Había animales más pequeños que mordían y picaban, e incluso plantas
dolorosas al tacto, pero todo eso era pura ficción. Una vez le contaron que las primitivas
abejas podían picar, pero, en verdad, las abejas que él conocía no eran dañinas en modo
alguno.
Caminó lentamente hacia la derecha, siguiendo el borde de la colina.
La hierba, alta y exuberante, crecía en matorrales aislados. Pasó entre los árboles, que
también crecían en grupitos.
Entonces, bostezó. Desde luego, no ocurría nada interesante, y se preguntó si no sería
mejor que regresara a la nave y echase una siesta.
No, eso era inconcebible. Tenía que permanecer de guardia.
Tal vez debería hacerlo como los centinelas, marcando el paso, dando media vuelta y
realizando complicadas maniobras con una vara eléctrica de desfile: un arma que ningún
guerrero había utilizado desde hacía tres siglos, pero que todavía resultaba imprescindible
en los ejercicios, por razones que nadie podía explicar.
Sonrió al pensar en ello y después se preguntó si no debería reunirse con Pelorat y Bliss
en las minas. ¿Por qué? ¿Qué ganarían con ello? ¿Y si él viese algo que hubiese pasado
inadvertido a Pelorat? Bueno, habría tiempo sobrado para hacerlo después de que aquél
regresase. Si había algo que pudiese encontrarse con facilidad, tenía que dejar que Pelorat
hiciese el descubrimiento.
- ¿Podrían hallarse los dos en dificultades? ¡Tonterías! ¿Qué clase de dificultades
podían encontrar?
Y si las tuviesen, gritarían.
Se detuvo a escuchar. No oyó nada.
Y, entonces, volvió a sentir el irresistible impulso de hacer de centinela y anduvo arriba
y abajo, con fuertes pisadas, imaginándose con la vara eléctrica sobre el hombro, dando
media vuelta y levantando aquélla verticalmente delante de él para pasársela al otro
hombro. Y fue al dar aquella media vuelta cuando se encontró de nuevo de cara a la nave
(ahora bastante alejada).
Y entonces sí que se quedó realmente inmóvil, y no en una imitación de las posturas de
un centinela.
No se hallaba solo.
Hasta entonces, no había visto criatura viviente alguna, aparte de las plantas, los
insectos y algún pájaro ocasional. No había visto ni oído nada que se acercase; pero,
ahora, un animal se interponía entre él y la nave.
La sorpresa producida por aquel inesperado suceso le impidió, de momento, interpretar
lo que veía. Únicamente después de un buen intervalo supo qué era lo que tenía delante.
Un perro.
Trevize no era amante de los perros. Nunca los había tenido, ni tampoco se había
mostrado cariñoso con ellos cuando se encontraba con alguno. Tampoco esa vez sintió
simpatía por aquél. Pensó, con bastante impaciencia, que no existía ningún planeta en el
que esos animales no hubiesen acompañado a los hombres. Había innumerables
variedades y a Trevize siempre le había dado la impresión de que cada mundo poseía, al
menos, una raza característica. Sin embargo, todas las razas de perros tenían una
peculiaridad común: tanto si eran empleados como animales de compañía, en los
espectáculos o en alguna forma de trabajo útil, se les enseñaba a querer y confiar en los
seres humanos.
Un amor y una confianza que Trevize nunca había apreciado. En una época pasada,
vivió con una mujer que tenía un perro. Aquel animal, que Trevize toleraba por mor de la
mujer, concibió por él una profunda adoración, siguiéndole a todas partes, apoyándose
contra él cuando descansaba (pesaba veinte kilos), cubriéndole de saliva y de pelos en los
momentos más inesperados, y sentándose delante de la puerta y aullando siempre que él y
la mujer trataban de hacer el amor.
Trevize había sacado de aquella experiencia la firme convicción de que, por alguna
razón sólo inteligible para la mente canina y su capacidad de analizar los olores, estaba
predestinado para la devoción perruna.
Por consiguiente, una vez superada la sorpresa inicial, observó al perro sin gran
preocupación. Era grande, flaco, ágil, y con las patas muy largas. Lo estaba mirando sin
dar señal alguna de adoración. Tenía la boca entreabierta en lo que se habría podido
interpretar como una sonrisa de bienvenida, pero los dientes que mostraba eran grandes y
amenazadores. Trevize decidió que se hallaría más tranquilo sin la presencia de aquel
perro.
Entonces, pensó que aquel can no había visto nunca un ser humano y que lo mismo les
había ocurrido a las incontables generaciones caninas que lo habían precedido. Quizá la
súbita aparición de un ser humano le hubiese sorprendido y asombrado tanto como su
propia presencia había sorprendido y asombrado a Trevize. Éste había reconocido
rápidamente al perro como el animal que era, pero el can no tenía esta ventaja. Todavía
estaría intrigado y, tal vez, alarmado.
Desde luego, no convenía dejar que un animal tan grande y con aquellos dientes
continuase en estado de alarma. Era necesario establecer de inmediato una relación
amistosa con él.
Se acercó al perro muy despacio (sin movimientos bruscos, desde luego). Alargó una
mano, dispuesto a permitir que el animal la oliese, y le dirigió palabras apaciguadoras,
como «perrito guapo», algo que encontró sumamente fastidioso.
El perro, con la mirada fija en Trevize, retrocedió un par de pasos, como desconfiando,
y después, arrugando el labio superior, lanzó un áspero gruñido. Aunque Trevize nunca
había visto a un perro comportarse de ese modo, sólo pudo interpretar la acción como
amenazadora.
Por consiguiente, se detuvo y permaneció inmóvil. Por el rabillo del ojo advirtió
movimiento en uno de los lados, y volvió la cabeza lentamente. Otros dos perros
avanzaban hacia él desde aquella dirección. Parecían tan mortalmente amenazadores
como el primero.
¿Mortalmente? Ese adverbio se le acababa de ocurrir, y era indiscutible que resultaba el
acertado.
De pronto, su corazón latió con más fuerza. Tenía cerrado el camino hasta la nave. No
podía comenzar a correr sin rumbo fijo, pues los perros, con sus largas patas, lo
alcanzarían a los pocos metros. Si permanecía donde estaba y usaba su blaster, mataría a
uno de los animales, pero los otros dos se lanzarían sobre él. A lo lejos, en la distancia,
pudo ver que se aproximaban más. ¿Se comunicarían entre ellos de algún modo?
¿Cazarían en manadas?
Poco a poco, se fue desviando hacia la izquierda, en la dirección en que no había
animales..., aún. Poco a poco. Muy poco a poco.
Los perros lo siguieron. Tuvo la seguridad de que lo único que le salvaba de un ataque
instantáneo era el hecho de que los perros nunca habían visto ni olido algo como él. No
tenían establecida una pauta de comportamiento que pudiesen seguir en esa ocasión.
Desde luego, si echaba a correr, esa acción representaría algo familiar para los perros.
Sabrían lo que tenían que hacer si un ser del tamaño de Trevize mostraba miedo y corría.
Ellos lo imitarían. Y a más velocidad.
Trevize se fue acercando a un árbol. Sentía el curioso deseo de trepar a un lugar donde
los perros no pudiesen seguirle. Éstos gruñían sordamente y cada vez se le acercaban

más. Los tres tenían la mirada clavada en él, sin siquiera pestañear. Dos más se unieron a
ellos y Trevize pudo ver que a lo lejos, otros se acercaban. En algún momento, cuando
estuviese bastante cerca del árbol, tendría que decidirse. No debía esperar demasiado, ni
echar a correr antes de tiempo. Ambas cosas podrían resultarle fatales.
¡Ahora!
Probablemente estableció una plusmarca de aceleración personal, aunque la meta se
hallase muy cerca. Sintió el chasquido de unas mandíbulas al cerrarse sobre uno de sus
talones y, por un instante, aquellas le sujetaron con fuerza antes de que los dientes
resbalasen sobre el duro ceramoide.
No era ducho en trepar a árboles. No lo había hecho desde que tenía diez años y
recordó que, entonces, ya le costaba un gran esfuerzo. Pero, en este caso, el tronco no era
vertical por completo y la corteza, nudosa, ofrecía asideros. Más aún, la necesidad lo
impulsaba, y es notable lo que uno puede hacer cuando la necesidad es tan grande.
Trevize se encontró sentado en una horqueta, a unos diez metros del suelo. De
momento, no era ajeno por completo al hecho de que se había arañado una mano y que
manaba sangre de ella. Cinco perros se sentaron al pie del árbol, mirando hacia arriba,
con la lengua colgando, todos ellos esperando con paciencia.
Y ahora, ¿qué?
Trevize no estaba en condiciones de pensar sobre la situación con lógica. Más bien
experimentaba destellos de ideas en extraña y desordenada secuencia, las cuales, si las
hubiese ordenado, habría podido expresar de esta manera:
Bliss había sostenido que cuando un planeta era colonizado, los seres humanos
establecían una economía desequilibrada, que sólo con un continuo esfuerzo podían
impedir que se desintegrase. Por ejemplo, ningún colonizador había llevado consigo
grandes predadores, pero sí algunos pequeños: insectos, parásitos, incluso pequeños
halcones, musarañas, y otros por el estilo.
¿Y qué decir de los temibles animales legendarios y de los mencionados vagamente en
relatos literarios: tigres, osos pardos, orcas, cocodrilos? ¿Quién los trasladaría de un
mundo a otro, si eso tuviese alguna utilidad? ¿Y en qué podía residir tal utilidad?
Lo cual significaba que los seres humanos eran los únicos grandes predadores y a ellos
correspondía expurgar aquellas plantas y animales que, por sí solos, proliferarían
excesivamente.
Y si los seres humanos desaparecían de algún modo, otros predadores debían ocupar su
sitio. Pero, ¿cuáles? Los de mayor tamaño que los humanos toleraban eran los perros y
los gatos, domesticados y viviendo de la largueza humana.
¿Y si no quedaban seres humanos para darles de comer? Tenían que buscar su alimento
para sobrevivir y, en verdad, para la supervivencia de las especies por ellos atacadas,
cuyo número había que regular para que la superpoblación no causase daños cien veces
superiores a los ocasionados por los predadores.
Así se multiplicarían los perros, en todas sus variedades, con los más fuertes atacando a
los grandes herbívoros indefensos y los pequeños a los pájaros y a los roedores. Los gatos
cazarían de noche, mientras los perros lo harían de día; los primeros en solitario y los
segundos en manadas.
Y tal vez la evolución produjese más variedades, a fin de rellenar los huecos
adicionales del medio ambiente. ¿Acabarían algunos perros por adquirir características
natatorias que les permitiesen alimentarse de peces, y algunos gatos, la capacidad de
volar para poder cazar los pájaros más torpes lo mismo en el aire que en el suelo?
o eso acudió a ráfagas a la mente de Trevize, mientras hacía un esfuerzo más
sistemático para pensar lo que debía hacer.
El número de perros iba en constante aumento. Contó veintitrés alrededor del árbol, y
había más acercándose. ¿Cuántos serían en total?
Pero, ¿qué importaba eso? La manada era bastante numerosa ya. Sacó su blaster de la
funda, pero el roce de la culata en la palma de su mano no le dio la sensación de
seguridad que hubiese deseado. ¿Cuándo había insertado una unidad de energía en él por
última vez? ¿Cuántas cargas podía disparar? Seguramente, menos de veintitrés.
- ¿Y qué sería de Pelorat y Bliss? Si aparecían, ¿se volverían los perros contra ellos? ¿
Estaban a salvo si no acudían? Si los perros olían la presencia de dos seres humanos en
las minas, ¿qué les impediría atacarles allí? Seguro que no había puertas ni barreras que
los detuviera.
¿Podría hacerlo Bliss, o incluso ponerlos en fuga? ¿Tendría fuerza suficiente para
concentrar sus poderes a través del hiperespacio hasta conseguir el grado necesario de
intensidad? ¿Por cuánto tiempo sería capaz de mantenerlos a raya?
- ¿Debía él gritar para pedir ayuda? ¿Acudirían ellos corriendo si le oían gritar, y
huirían los perros bajo la mirada de Bliss? (¿Sería una mirada o bastaría una acción
mental invisible para los que no tuviesen la misma facultad?) O bien, si ellos aparecían,
¿serían despedazados ante los ojos de Trevize, que no tendría más remedio que
observarlo, impotente, desde la relativa seguridad de su refugio en el árbol?
No, tenía que emplear su blaster. si podía matar un perro y asustar a los demás
momentáneamente, bajaría del árbol, gritaría llamando a Pelorat y a Bliss, mataría un
segundo perro si éstos daban señales de volver a la carga, y los tres podrían meterse a
toda prisa en la nave. Fijó la intensidad del rayo de microonda en la marca de tres
cuartos.
Eso debería bastar para matar un perro y producir un fuerte estampido.
El ruido serviría para espantar a los perros, y, de esa forma, él ahorraría un poco de
energía.
Con sumo cuidado, apunté a un perro que había en medio de la manada, un perro que
(al menos en su imaginación) parecía más maligno que los otros, tal vez porque
permanecía quieto y, por tanto, daba la sensación de estar dispuesto a lanzarse fríamente
sobre su presa. Ahora, el perro miraba el arma con fijeza, como si se burlara de lo que
Trevize podía hacer.
Éste pensó que nunca había disparado un blaster contra un ser humano, ni había visto
hacerlo a nadie. Sólo lo había hecho durante la instrucción, contra muñecos de cuero y
plástico llenos de agua, la cual se calentaba casi de inmediato hasta llegar al grado de
ebullición y rasgando la cubierta al estallar.
Pero, ¿quién, fuera del caso de una guerra, dispararía contra un ser humano? ¿Y qué ser
humano sería capaz de disparar un blaster? Sólo allí, en un mundo convertido en
patológico por la desaparición de los seres humanos.
Con esa rara capacidad del cerebro de advertir situaciones que no vienen al caso,
Trevize se dio cuenta de que el sol se había ocultado detrás de una nube..., y entonces
disparó.
Hubo un tenue resplandor en la atmósfera, a lo largo de una línea recta que iba desde el
cañón del blaster hasta el perro; un vago destello que habría pasado inadvertido si el sol
hubiese seguido brillando.
El perro debió sentir la primera oleada de calor, pues hizo un ligero movimiento como
si fuese a saltar. Y, entonces, estalló cuando una parte de su sangre y del contenido
celular se evaporaron.
La explosión hizo un ruido decepcionante por lo débil, pues la piel del perro no era tan
resistente como la de los muñecos con los que él había practicado. Carne, piel, sangre y
pedazos de hueso salieron despedidos en todas direcciones, y Trevize sintió que el
estómago se le revolvía.
Los perros se echaron atrás, bombardeados algunos de ellos con desagradables
fragmentos cálidos. Pero aquella vacilación fue momentánea. De repente, se apretujaron
de nuevo, para devorar lo que les era dado de balde. Trevize sintió que sus náuseas
aumentaban. No los había espantado; los estaba alimentando. En todo caso, jamás se irían
de allí.
Antes al contrario, el olor a sangre y a carne caliente atraería a más perros, y, tal vez,
también a otros predadores más pequeños.
- Trevize, ¿qué...? - gritó una voz.
Él volvió la cabeza. Bliss y Pelorat habían salido de las minas. Ella se había detenido en
seco, «tendiendo un brazo para que Pelorat no continuase andando. Miró a los perros con
fijeza. La situación resultaba evidente. No hacía falta preguntar.
- Traté de alejarlos de aquí - grito Trevize -, sin comprometeros a Janov y a ti. ¿Puedes
detenerlos?
- A duras penas - dijo Bliss, sin gritar, de modo que a Trevize le costó trabajo oírle
aunque los gruñidos de los perros habían cesado, como sí alguien hubiese echado sobre
ellos una manta que absorbiese el sonido. Después, prosiguió -: Son demasiados, y no
estoy familiarizada con su actividad neurótica. En Gaia no tenemos esas bestias salvajes.
- En Terminus tampoco. Ni en ningún planeta civilizado - gritó Trevize -. Mataré a
todos los que pueda y tú intenta contener a los demás.
Si elimino a algunos, tendrás menos trabajo.
- No, Trevize. Mantándoles, atraerías a otros. Quédate detrás de mí, Pel. No puedes
protegerme. Tu otra arma, Trevize.
- ¿El látigo neurónico?
- Sí. Eso produce dolor. Baja su potencia. ¡Baja su potencia!
- ¿Tienes miedo de hacerles daño? - gritó Trevize, con irritación -. ¿Es momento de
considerar el derecho sagrado a la vida?
- Es por Pel. Y por mí. Haz lo que te digo. Poca potencia, y dispara contra uno de ellos.
No puedo seguir conteniéndolos mucho más tiempo.
Los perros se habían alejado del árbol, rodeando a Bliss y a Pelorat, que se hallaban de
espaldas contra una pared en ruinas. Los animales que se encontraban más cerca hacían
vacilantes intentos para acercarse, aullando un poco, como si quisiesen resolver el enigma
de estar sujetos cuando no había nada que los retuviese. Algunos trataron inútilmente de
encaramarse a la pared para atacarles por detrás.
La mano de Trevize temblaba al ajustar el látigo neurótico a baja potencia. Este gastaba
mucha menos energía que el blaster y un solo cartucho podía producir centenares de
latigazos, pero ni siquiera recordaba cuándo había cargado el arma por última vez.
Apuntar con ella era lo de menos. Como disponía de energía suficiente, podía barrer la
masa de perros con el látigo. Era el método tradicional que solía emplearse para contener
a las turbas que daban signos de volverse peligrosas.
Sin embargo, siguió la indicación de Bliss. Apuntó a uno de los perros y disparó. El
perro cayó, agitando las patas, y lanzó fuertes y estridentes gemidos.
Los otros se apartaron de él, con las orejas gachas. Después, gimiendo a su vez, dieron
media vuelta y comenzaron a alejarse; primero, despacio; - después, más rápidamente; y,
por último, a toda velocidad. El perro que había sido alcanzado de lleno se levantó
trabajosamente y se alejó cojeando y gimiendo, a gran distancia de los demás.
Los aullidos se extinguieron a lo lejos.
- Será mejor que subamos a la nave - dijo Bliss -. Volverán. Y si no, vendrán otros.
Trevize pensó que nunca había abierto tan deprisa la puerta de entrada de la nave. Y era
posible que nunca volviese a hacerlo.
La noche había caído antes de que Trevize sintiese algo que se pareciera a la
normalidad. El pequeño parche de piel sintética aplicado sobre el arañazo de su mano
había mitigado el dolor físico, pero tenía un arañazo en su psique que no resultaba tan
fácil de curar.
No era la simple exposición al peligro. Podía reaccionar a éste tan bien como cualquier
persona valerosa. Era la dirección totalmente imprevista de la que le había llegado el
peligro; de su sentimiento del ridículo. ¿Cómo quedaría él si la gente se enteraba de que
había sido obligado a refugiarse en un árbol por unos perros gruñidores? Casi sonaría
como si hubiese sido puesto en fuga por el aleteo de unos canarios irritados.
Permaneció escuchando durante horas, esperando un nuevo ataque
de los perros, sus aullidos, sus patas arañando el casco de la nave.
En comparación con él, Pelorat aparecía muy tranquilo.
- Yo no dudé un instante, viejo amigo, de que Bliss resolvería la situación, pero debo
decir que disparaste el arma muy bien.
Trevize se encogió de hombros. No estaba de humor para discutir sobre ese asunto.
Pelorat llevaba en la mano su biblioteca (el disco macizo donde había almacenado todo
lo que había aprendido durante su vida sobre mitos y leyendas), y con ella se retiró a su
dormitorio, donde disponía de un pequeño aparato lector.
Parecía satisfecho de sí mismo. Trevize lo advirtió, pero no quiso preguntarle nada. Ya
habría tiempo para ello, cuando su mente no estuviese tan absorta en los perros.
- Supongo que te pillaron por sorpresa - dijo Bliss con cierta indecisión cuando
estuvieron solos.
- Completamente - repuso Trevize, malhumorado -. ¿Quién me iba a decir a mí que al
ver un perro, un perro, correría para salvar la vida?
- Después de veinte mil años sin contacto con el hombre, los perros han dejado de serlo.
Esos animales deben ser los grandes predadores dominantes.
Trevize asintió con la cabeza.
- Así lo pensé cuando me encontraba sentado en la rama de aquel árbol como presunta
presa. En verdad, tenías razón cuando hablaste de una ecología desequilibrada.
- Desequilibrada, sí, desde el punto de vista humano. pero, considerando la eficacia con
que los perros parecen llevar tus asuntos, me pregunto si Pel estaría en lo cierto al decir
que la ecología podía equilibrarse por sí sola, al ser llenados diversos huecos del medio
ambiente por variaciones en evolución de las relativamente pocas especies que fueron
transportadas antaño a un mundo determinado.
- Es extraño - dijo Trevize -, pero a mí se me ocurrió la misma idea.
- Siempre, por supuesto, que el desequilibrio no sea tan grande que el proceso de
solución requiera demasiado tiempo, En tal caso, el planeta podría hacerse imposible
antes de que consiguiese aquello.
Trevize gruñó, y Bliss lo miró, reflexiva.
- ¿Cómo se te ocurrió armarte?
- De poco me sirvió - dijo Trevize -. Fueron tus facultades las que...
- No del todo. Necesitaba tu arma. En tan poco tiempo, con sólo un contacto
hiperespacial con el resto de Gaia, con tantas mentes individuales de naturaleza
desconocida, nada habría podido hacer sin tu látigo neurónico.
- El blaster resultó inútil. Lo probé.
- Con un blaster, sólo desaparece un perro. Los otros pueden sorprenderse, pero no
espantarse.
- Peor aún - dijo Trevize -. Se comieron los restos. Fue como un cebo para inducirles a
quedarse.
- Sí, ya veo que éste pudo ser el efecto. El látigo neurótico es diferente. Inflige dolor, y
el perro alcanzado se lamenta, de manera que los otros lo entienden, y entonces, por
reflejo condicionado, si no por otras razones, se espantan a su vez. Como los perros
estaban predispuestos a la huida, sólo tuve que influir un poco en sus mentes para que se
marchasen.
- Sí, pero tú comprendiste que el látigo era el arma más eficaz en este caso, algo en lo
que yo no pensé.
- Yo estoy acostumbrada a explorar las mentes, y tú no. Por eso insistí en la baja
potencia y en que apuntases a un solo perro. No quería un dolor tan agudo que matase al
perro y le hiciese callar. Ni quería que el dolor se dispersase tanto que produjese unos
simples gemidos. Quería un dolor fuerte, concentrado en un solo punto.
- Y lo conseguiste, Bliss - reconoció Trevize -. La cosa funcionó a la perfección. Te
estoy muy agradecido.
- Sientes amargura porque te parece que representaste un papel ridículo. Sin embargo,
repito, nada habría podido hacer yo sin tu arma.
Lo que me intriga es el hecho de que pensaras en armarte cuando yo te había asegurado
la no presencia de seres humanos en este planeta, algo de lo que sigo estando convencida.
¿Previste los perros?
- No, En absoluto - reconoció Trevize -. Al menos, no de un modo consciente. Y no
suelo ir armado. Ni siquiera se me ocurrió llevar un arma en Comporellon. Pero tampoco
quiero caer en la trampa de imaginarme que fue por arte de magia. Supongo que, cuando
empezamos a hablar antes de ecologías desequilibradas, tuve la impresión inconsciente
de animales que se habían vuelto peligrosos debido a la ausencia de seres humanos. Esto
parece claro, visto retrospectivamente, pero es posible que tuviese una ligera inspiración.
Sólo eso.
- No lo tomes a broma - pidió Bliss -. Yo participé en la misma conversación sobre
ecologías desequilibradas y no tuve esa previsión tuya. Y es esta previsión especial que tú
posees lo que se valora en Gaia. Pero también comprendo que debe resultar irritante para
ti tener unas dotes de previsión cuya naturaleza desconoces; actuar con decisión, pero sin
un motivo aparente.
- En Terminus suelen llamarlo «corazonada».
- En Gaia decimos «saber sin pensar». Y a ti no te gusta saber sin pensar, ¿verdad?
- Me preocupa, sí. No me agrada dejarme llevar por las corazonadas.
Presumo que detrás de éstas hay una razón, pero el hecho de no saber qué es me
produce la sensación de que no controlo mi mente: una especie de locura leve.
- Y cuando te decidiste en favor de Gaia y Galaxia, también fue debido a una
corazonada, y ahora buscas la razón.
- He dicho eso doce veces al menos.
- Yo me he negado a aceptar tu declaración como verdad absoluta.
Te pido disculpas. No volveré a contradecirte en esto. Espero, sin embargo, que podré
seguir alegando cosas en favor de Gaia.
- Siempre que reconozcas, a tu vez, que yo puedo no aceptarlas – dijo Trevize.
- Entonces, ¿has pensado que este Mundo Desconocido está volviendo a una especie de
estado salvaje, y tal vez a una desolación e inhabitabilidad definitivas, debido a la
desaparición de la única especie capaz de actuar como inteligencia directora? Si este
mundo fuese Gaia o, mejor aún, parte de Galaxia, esto no habría ocurrido. La inteligencia
directora seguiría existiendo en forma de Galaxia como conjunto, y la ecología, por
desequilibrada que estuviese debido no importa a qué causa, tendería a equilibrarse de
nuevo.
- ¿Quieres decir que los perros dejarían de comer?
- Claro que comerían, igual que lo hacen los seres humanos. Sin embargo, lo harían con
un propósito, en orden a equilibrar la ecología bajo una dirección deliberada, y no como
resultado de circunstancias casuales.
- La pérdida de la libertad individual puede carecer de importancia para los perros - dijo
Trevize -, pero no para los seres humanos. ¿Y qué pasaría si todos los seres humanos
dejasen de existir en todas partes y no solamente en uno o varios planetas? ¿Qué ocurriría
si Galaxia se quedase sin un solo ser humano? ¿Seguiría siendo una inteligencia
directora? ¿Serían capaces todas las otras formas de vida y la materia inanimada de forjar
una inteligencia común adecuada?
- Semejante situación - dijo Bliss tras una leve vacilación - no se ha dado nunca. Y no
parece probable que vaya a ocurrir en el futuro.
- ¿Pero no te resulta evidente que la mente humana es cualitativamente diferente de
todo lo demás, y que, si desapareciese, la suma de todas las otras conciencias nunca
podría sustituirla? Luego, ¿no es cierto que los seres humanos son un caso especial y
como tal deben ser tratados? No pueden confundirse entre ellos y, mucho menos, con
objetos no humanos.
- Sin embargo, tú decidiste en favor de Galaxia.
- Por una razón esencial que no soy capaz de descubrir.
- ¿No podría ser esta razón esencial un atisbo de los efectos de las ecologías
desequilibradas? ¿Que pensaras que todos los mundos de la galaxia se hallan sobre el filo
de una navaja, con inestabilidad en ambos lados, y que sólo Galaxia puede evitar
desastres como los que se producen en este planeta, por no hablar de los continuos
desastres interhumanos de la guerra y los fracasos administrativos?
- No. Yo pensaba en las ecologías desequilibradas cuando tomé mi decisión.
- ¿Cómo puedes estar seguro?
- Puedo no saber qué es lo que preveo, pero si después me es sugerido algo, reconoceré
si es o no es en realidad lo que había previsto.
Según parece, pude prever animales peligrosos en este mundo.
- Bueno - dijo llanamente Bliss -, esos peligrosos animales habrían podido matarnos de
no haber sido por una combinación de nuestras facultades: tu previsión y mi fuerza
mental. Seamos, pues, amigos.
Trevize asintió con la cabeza.
- Como quieras.
Había en su voz una frialdad que hizo que Bliss arquease las cejas, pero Pelorat entró
en aquel momento, moviendo la cabeza como si fuese a arrancársela de cuajo.
- Creo que lo hemos conseguido - dijo.
En general, Trevize no confiaba en las victorias fáciles; sin embargo era humano creer
contra el propio criterio. Sintió que los músculos del pecho y de la garganta se le
agarrotaban, pero consiguió hablar.
- ¿La ubicación de la Tierra? – preguntó -. ¿La has descubierto Janov?
Pelorat miró a Trevize con atención durante un momento.
- Bueno, no - respondió con visible confusión -. No es exactamente esto. En realidad,
Golan, no lo es en absoluto. Me había olvidado de ello. Ha sido otra cosa lo que he
descubierto en las ruinas. Aunque, tal vez no sea realmente importante.
Trevize lanzó un profundo suspiro.
- No importa, Janov – dijo -. Todo hallazgo es importante. ¿Qué es lo que ibas a
decirnos?
- Bien - se animó Pelorat -, la cuestión es que casi nada sobrevivió, ¿comprendes?
Veinte mil años de tormentas y de vientos no pueden dejar gran cosa. Por si esto fuera
poco, la vida vegetal es gradualmente destructora, y la vida animal... Pero dejemos esto.
El caso es que «casi nada» no significa lo mismo que «nada».
»Parte de esas minas debe corresponder a un edificio público, pues había algunas
piedras, o bloques de hormigón, que tenían letras esculpidas. Eran casi invisibles,
¿sabes?, pero tomé varias fotografías con una de las cámaras que tenemos a bordo de la
nave, una de esas que permiten hacer ampliaciones por medio del ordenador... No te pedí
permiso para tomarla, Golan, pero me pareció importante y...
Trevize agitó una mano con impaciencia.
- ¡Continúa!
- Pude descifrar parte de la inscripción, que era muy arcaica. Incluso con la ampliación
y con mi habilidad para leer la lengua arcaica, sólo he podido entender una breve frase.
Esas letras eran más grandes y algo más claras que las demás. Debieron de esculpirlas
más profundamente porque identificaban este mundo. Decían así: Planeta Aurora, por lo
que supongo que el mundo en el que nos hallamos se llama, o se llamaba, Aurora.
- De alguna forma tenía que llamarse - dijo Trevize.
- Sí, pero raras veces se eligen los nombres al azar. Acabo de buscar minuciosamente
en mi biblioteca y he encontrado dos antiguas leyendas, procedentes de dos planetas muy
separados entre sí, de modo que hay que suponer, lógicamente, que tienen un origen
independiente. Pero eso no importa. En ambas leyendas, Aurora es un nombre con el que
se designa el amanecer. Podemos suponer que Aurora pudo haber significado realmente
el amanecer en algún lenguaje pregaláctico.
»Se da el caso de que las palabras que designan el amanecer o despertar del día son
empleadas a menudo como nombre de estaciones espaciales o de otras estructuras que
resultan ser las primeras en su clase.
Si este mundo es llamado Amanecer en cualquier lenguaje, también puede ser el
primero de su clase.
- ¿Estás sugiriendo que este planeta es la Tierra y que Aurora es un nombre alternativo
para él porque representa el amanecer de la vida y del hombre? - preguntó Trevize.
- No puedo ir tan lejos, Golan - reconoció Pelorat.
- A fin de cuentas - dijo Trevize, con un poco de amargura -, aquí no hay superficie
radiactiva, ni satélite gigante, ni gigante gaseoso con grandes anillos.
- Exacto, Pero Deniador, el de Comporellon, parecía pensar que éste era uno de los
mundos que antaño fue habitado por la primera ola de colonizadores, los Espaciales. Si
fuese así, el nombre de Aurora podría indicar que había sido el primero de los mundos
colonizados por ellos. Y quizás ahora nos encontrásemos en el mundo humano más
antiguo de la Galaxia, después de la propia Tierra. ¿No te parece emocionante?
- Al menos es interesante, Janov; pero, ¿no crees que esto es deducir muchas cosas de
un simple nombre, Aurora?
- Hay más - dijo Pelorat con entusiasmo -. Por lo que he podido ver en mi archivo, no
hay, en la actualidad, un mundo en la Galaxia que se llame «Aurora», y estoy convencido
de que tu ordenador lo confirmará.
Como he dicho, hay muchos planetas y otros objetos denominados «Amanecer» en
diversos lugares, pero ninguno lleva el nombre de «Aurora».
- ¿Por qué habrían de llevarlo? Es una palabra pregaláctica; difícilmente podría ser
popular.
- Pero los nombres permanecen, aunque pierdan su sentido. Si éste fue el primer mundo
colonizado, debió de ser famoso, e, incluso, durante un tiempo, el planeta dominante de
la Galaxia. Entonces, habría tenido que haber otros mundos que se hiciesen llamar
«Nueva Aurora», o «Aurora Menor», o algo parecido. Y otros...
- Quizá no fue el primer mundo colonizado - le interrumpió Trevize -. Tal vez nunca
tuvo importancia.
- En mi opinión, hay otra razón mejor, querido amigo.
- ¿Cuál es, Janov?
- Si la primera ola de colonizadores fue alcanzada por una segunda ola a la que ahora
pertenecen todos los mundos de la Galaxia, como Deniador dijo, es muy posible que
hubiese un período de hostilidades entre ambas. La segunda ola, al constituirse los
mundos que ahora existen, no emplearía los nombres dados a ninguno de ellos por la
primera ola. Del hecho de que el nombre de «Aurora» no haya sido nunca repetido
podemos deducir que hubo dos olas de colonizadores, y que éste es un mundo de la
primera ola.
Trevize sonrió.
- Me estoy haciendo una idea de cómo trabajáis los mitólogos, Janov.
Construís una bella superestructura, que puede ser como un castillo en el aire. Las
leyendas nos dicen que los colonizadores de la primera ola iban acompañados de
numerosos robots, y que se suponían que éstos habían de ser su perdición. Por
consiguiente, si encontrásemos un robot en este mundo, estaría dispuesto a aceptar toda
esta teoría de la primera ola; pero no podemos esperar que después de veinte mil...
Pelorat, que había estado como boqueando, consiguió recobrar la voz.
- Pero, Golan, ¿no te he dicho...? No, claro que no; no..., no te lo he dicho. Estoy tan
excitado que no puedo ordenar mis ideas como es debido. Había un robot.
Trevize se frotó la frente, casi como si le doliese la cabeza.
- ¿Un robot? – preguntó -. ¿Había un robot?
- Sí - dijo Pelorat, asintiendo enérgicamente con la cabeza.
- ¿Cómo lo sabes?
- Bueno..., era un robot. ¿Cómo podía dejar de reconocerlo con sólo verlo?
- ¿Habías visto alguno antes de ahora?
- No, pero es un objeto metálico que parece un ser humano. Tiene cabeza, brazos,
piernas, tronco. Desde luego, casi todo el metal está oxidado y, cuando avancé en su
dirección, supongo que las vibraciones producidas por mis pasos lo estropearon todavía
más, de modo que cuando alargué un brazo para tocarlo...
- ¿ Por qué tenías que tocarlo?
- Bueno, supongo que por el hecho de no poder dar crédito a mis ojos. Fue una reacción
automática. En cuanto lo toqué, se derrumbó. Pero...
- ¿Qué?
- Antes de acabar de caer del todo, sus ojos parecieron brillar muy débilmente, e hizo
un ruido como si tratase de decir algo.
- ¿Quieres decir que todavía funcionaba?
- Apenas podría llamarlo así, Golan. Entonces, se desplomó.
Trevize se volvió a Bliss.
- ¿Confirmas todo esto, Bliss?
- Era un robot, y lo vimos - afirmó ella.
- ¿Y todavía funcionaba?
- Mientras se derrumbaba, capté una débil actividad neurónica – dijo Bliss con voz
apagada.
- ¿Cómo pudo haber una actividad neurótica? Un robot no posee un cerebro orgánico
compuesto de células.
- Me imagino que tiene su equivalente mecánico - dijo Bliss - y eso fue lo que debí
detectar.
- ¿Detectaste una mentalidad robótica y no humana?
Bliss frunció los labios.
- Era demasiado débil para saber nada de ella con exactitud, salvo que estaba allí.
Trevize miró a Bliss y después a Pelorat.
- Esto lo cambia todo - dijo con acento exasperado.
***
Cuarta parte
Solaria
X. ROBOTS

Trevize parecía perdido en sus pensamientos durante la cena, y Bliss, concentrada en el
alimento.
Pelorat, que era el único que daba muestras de tener ganas de hablar, observó que, si el
mundo en que se hallaban era «Aurora» y éste era el primer planeta que había sido
colonizado, tenía que hallarse bastante cerca de la Tierra.
- Tal vez sería conveniente registrar el vecindario estelar inmediato - dijo -. Sólo
supondría pasar entre unos pocos cientos de estrellas como máximo.
Trevize murmuró que semejante búsqueda al azar debía ser el último recurso y que
quería tener la mayor información posible acerca de la Tierra antes de intentar acercarse a
ella aunque la encontrase. No dijo más, y Pelorat, claramente desilusionado, se sumió
también en el silencio.
Después de la cena, y como Trevize continuase sin decir nada, Pelorat insinuó:
- ¿Vamos a quedarnos aquí, Golan?
- Al menos esta noche - respondió Trevize -. Necesito pensar un poco más.
- ¿Nos hallamos a salvo?
- A menos que haya algo peor que aquellos perros en el lugar – dijo Trevize -,
estaremos completamente seguros en la nave.
- ¿Cuánto tardaríamos en elevarnos, si hubiese algo peor que los perros? - preguntó
Pelorat.
- El ordenador está en alerta de lanzamiento. Creo que podríamos levantar el vuelo en
dos o tres minutos. Y si ocurriese algo inesperado, nos avisaría con toda seguridad. Por
consiguiente, sugiero que durmamos un poco. Mañana por la mañana tomaré una
decisión sobre nuestra próxima maniobra.
Esto era fácil de decir, pensó Trevize, contemplando la oscuridad.
Estaba acurrucado, a medio vestir, en el suelo del cuarto del ordenador.
Era incómodo, pero sabía que tampoco podría conciliar el sueño en su cama, y en aquel
lugar podría actuar inmediatamente si el ordenador daba la señal de alarma. Entonces oyó
pasos y se incorporó automáticamente, dando de cabeza contra el borde de la mesa; no lo
bastante fuerte para lesionarse, pero sí para tener que frotarse el cuero cabelludo y hacer
una mueca.
- ¿Janov? - preguntó, con voz apagada.
- No. Soy Bliss.
Trevize alargó una mano sobre el borde de la mesa para establecer un contacto relativo
con el ordenador, y una luz suave mostró a Bliss envuelta en una ligera bata de color de
rosa.
- ¿Qué pasa? - preguntó Trevize.
- Miré en tu habitación y no estabas allí. Tu actividad neurónica era, empero,
inconfundible, y la seguí. Como estabas despierto, he entrado.
- Sí, pero, ¿ qué quieres?
Ella se sentó, apoyándose contra la pared, y dobló las rodillas para apoyar la barbilla en
ellas.
- No tengas miedo - dijo ella -. No pienso atentar contra lo que queda de tu virginidad.
- Lo suponía - repuso Trevize sarcástico -. ¿Por qué no estás durmiendo? Lo necesitas
más que nosotros.
- El episodio con los perros ha sido agotador, puedes creerlo – dijo ella, con voz baja y
sincera.
- Lo creo.
- Pero tenía que hablar contigo a solas.
- ¿Acerca de qué?
- Cuando Pel te habló del robot, dijiste que eso lo cambiaba todo. ¿Qué significa eso?
- ¿No lo ves? - replicó Trevize -. Tenemos tres series de coordenadas; tres Mundos
Prohibidos. Quiero visitar los tres para así entender lo máximo posible acerca de la Tierra
antes de tratar de llegar a ella.
Se acercó un poco más a Bliss para poder hablar en voz más baja, pero después se
apartó vivamente.
- Mira, no quiero que Janov venga y nos encuentre aquí. No sé lo que podría pensar -
dijo.
- No es probable. Está durmiendo y he fomentado un poco su sueño.
Si se despierta, lo sabré. Prosigue. Has dicho que querías visitar los tres mundos. ¿Qué
ha cambiado?
- No pensaba gastar tiempo innecesariamente en cualquier mundo.
Si éste, Aurora, no ha sido habitado por seres humanos en veinte mil años, es muy
dudoso que se haya conservado alguna información valiosa. No quiero perder, semanas, o
meses, escarbando inútilmente la superficie del planeta, luchando contra perros y gatos y
toros y otros animales que se hayan vuelto salvajes y peligrosos, con la única esperanza
de encontrar alguna pequeña referencia entre el polvo, la herrumbre y las minas. Podría
ser que en uno o en los otros dos Mundos Prohibidos hubiese seres humanos y bibliotecas
intactas. Por eso, mi intención era salir de este mundo enseguida. Ahora estaríamos en el
espacio, durmiendo y a salvo.
- ¿Pero...?
- Pero si en este planeta hay robots que todavía funcionan, pueden tener información
importante que podamos utilizar. Serían más fáciles de manejar que los hombres, ya que,
según he oído decir, tienen que acatar las órdenes que se les dan y no pueden dañar a los
seres humanos.
- Por consiguiente, has cambiado de idea y ahora emplearás algún tiempo en este
mundo buscando robots.
- No deseo hacerlo, Bliss. Me parece que los robots no pueden durar veinte mil años sin
mantenimiento. Sin embargo, como vosotros visteis uno que conservaba un ápice de
actividad, está claro que no puedo confiar en mis sensatas previsiones sobre los robots.
No debo dejarme llevar por mi ignorancia. Los robots pueden ser más resistentes de lo
que me imagino, o poseer cierta capacidad de autoconservación.
- Escúchame, Trevize, y considera, por favor, que esto es confidencial.
- ¿Confidencial? - preguntó él, levantando sorprendido la voz -. ¿A quién hemos de
ocultarlo?
- A Pel, por supuesto. Mira, no tienes que cambiar tus planes. Tenías razón. En este
mundo no hay robots que funcionen aún. No detecto nada.
- Detectaste aquél, y uno vale por...
- No lo detecté. Estaba estropeado; no funcionaba desde hacía mucho tiempo.
- Pero tú dijiste...
- Sé lo que dije. Pel se imaginó que veía un movimiento y oía un sonido. Es un
romántico. Se ha pasado toda su vida recogiendo datos, pero ésa es una manera muy
difícil de destacar en el mundo de los eruditos. Le encantaría hacer un descubrimiento
importante. El haber encontrado la palabra «Aurora» le produjo más satisfacción de lo
que puedes imaginar. Quería encontrar algo más.
- ¿Me estás diciendo que su afán de hacer un descubrimiento era tan fuerte que llegó a
autoconvencerse de que había encontrado un robot que funcionaba, cuando no era así?
- Lo que encontró fue un montón de chatarra tan inconsciente como la piedra en que se
apoyaba.
- Pero tú confirmaste su relato.
- No podía desilusionarle. Significa demasiado para mí.
Trevize la miró fijamente durante un minuto.
- ¿Te importaría explicarme por qué significa tanto para ti? Quiero saberlo. De verdad,
quiero saberlo. A ti debe parecerte un hombre viejo, sin nada romántico en su persona. Es
un Aislado, y tú los desprecias. Eres joven y hermosa, y tiene que haber otras partes de
Gaia que posean cuerpos de jóvenes vigorosos y bellos. Podrías mantener relaciones
físicas con ellos que resonarían en toda Gaia y producirían arrebatos de éxtasis. ¿Qué ves
en Janov?
Ella lo miró con aire solemne.
- ¿Acaso tú no lo quieres?
Trevize se encogió de hombros.
- Le tengo aprecio. Supongo que podría decir que lo quiero, en un sentido no sexual,
por supuesto.
- No hace mucho tiempo que lo conoces, Trevize. ¿Por qué sientes cariño por él, en ese
sentido no sexual que dices?
Trevize sonrió sin darse cuenta.
- ¡Es un tipo tan extraño! Creo, sinceramente, que no ha pensado en sí mismo en toda
su vida. Le ordenaron que me acompañase, y lo hizo sin protestar. Quería que yo fuese a
Trantor, pero cuando dije que quería ir a Gaia, no se opuso. Y ahora ha venido conmigo
en esta búsqueda de la Tierra, aunque debe saber que es peligroso. Estoy absolutamente
convencido de que, si tuviese que sacrificar su vida por mí...., o por cualquiera, lo haría
de buen grado.
- ¿Darías tú la vida por él, Trevize?
- Tal vez lo hiciese, si no tuviese tiempo de pensarlo. De lo contrario, vacilaría y quizá
me rajaría. No soy tan bueno como él. Y precisamente por eso, tengo este terrible afán de
protegerle y de cuidar que siga siendo bueno. No quiero que Galaxia le enseña a no ser
bueno. ¿Lo comprendes? Y tengo que protegerle de ti en especial. No puedo soportar la
idea de que le des de lado cuando las tonterías que ahora pueden servirle de diversión
dejen de interesarte.
- Sí, ya me imaginaba que pensabas algo así. ¿No crees que puedo ver en Pel lo mismo
que tú ves en él, e incluso más, ya que puedo establecer contacto directo con su mente?
¿Acaso actúo como si quisiera perjudicarle? ¿Habría confirmado su fantasía de ver un
robot en funcionamiento si no pudiera soportar hacerle daño? Trevize estoy
acostumbrada a lo que tu llamarías bondad, porque cualquier parte de Gaia esta dispuesta
a sacrificarse por el todo. Nosotros no conocemos ni comprendemos otra forma de actuar.
Pero no damos nada al hacerlo así, porque
cada parte es el todo, aunque no espero que lo
comprendas. Pel es algo diferente.
Bliss ya no miraba a Trevize era como si estuviese hablando consigo misma.
- El es un Aislado. No es desinteresado por formar parte de un conjunto mas grande,
sino porque él es así ¿Me comprendes? Tiene todo que perder y nada que ganar, y, Sin
embargo, es como es. Hace que me avergüence de mi forma de ser porque no tengo nada
que perder mientras que él es como es, sin tener nada que ganar.
Se volvió a mirar a Trevize, solemnemente.
- Sabes que le comprendo mucho más de lo que tú podrías comprenderle. ¿Y crees que
moriría hacerle el menor daño?
- Bliss, hoy me has dicho: «Seamos amigos», y yo te he dicho: «Como quieras.» Fue
una descortesía de mi parte, pues estaba pensando en lo que podrías hacerle a Janov.
Ahora, soy yo quien te dice: seamos amigos, Bliss. Podrás seguir pregonando las
excelencias de Galaxia y yo podré seguir negándome a aceptar tus argumentos. Pero, aun
así, y a pesar de todo, seamos amigos.
Y le tendió la mano. .
- Desde luego, Trevize - dijo ella, y sellaron su acuerdo con un fuerte apretón de manos.
Trevize sonrió para sus adentros. Para sus adentros, pues sus labios permanecieron
inmóviles.
Cuando había trabajado con el ordenador para encontrar el astro (Si existía) de la
Primera serie de coordenadas, tanto Pelorat como Bliss habían observado con atención y
le habían hecho preguntas. Ahora, permanecían en su habitación, durmiendo, o al menos
descansando, y dejando todo el trabajo en manos de Trevize.
En cierto modo, resultaba halagador para él, pues parecía que habían aceptado el hecho
de que Trevize sabía lo que estaba haciendo y no necesitaba que nadie supervisase o lo
animase en su labor. Lo cierto era que Trevize había adquirido, con el primer episodio,
experiencia suficiente para confiar más en el ordenador y pensar que éste no necesitaba
supervisión alguna o, al menos, que le supervisasen tanto.
Entonces, apareció otra estrella luminosa y que no figuraba en el mapa galáctico. Esta
segunda estrella era más brillante que aquélla alrededor de la cual giraba «Aurora», y lo
más significativo era que aparecía registrada en el ordenador.
Trevize se asombró de las peculiaridades de la antigua tradición.
Siglos enteros podían ser expulsados o borrados por completo del pensamiento
consciente; civilizaciones enteras ser relegadas al olvido. Sin embargo, de aquellos siglos,
de todas aquellas civilizaciones podían quedar uno o dos hechos reales y que no habían
sido deformados..., como esas coordenadas.
Había observado esto a Pelorat hacía algún tiempo, y éste le había dicho que eso era,
precisamente, lo que hacía tan remunerador el estudio de los mitos y de las leyendas. «La
cuestión está - había dicho Pelorat - en deducir o decidir qué elementos particulares de
una leyenda representan una verdad plena subyacente. Esto no resulta fácil, y es probable
que diferentes mitólogos escojan elementos diferentes, según, por lo general, lo que
convenga a sus interpretaciones particulares.»
En todo caso, la estrella estaba donde las coordenadas de Deniador habían indicado. En
ese momento, Trevize se habría jugado una considerable suma de dinero a que la tercera
estrella se encontraría también en su sitio. Y de ser así, se hallaba dispuesto a presumir
que la leyenda no se equivocaba cuando decía que había cincuenta Mundos Prohibidos (a
pesar de que el número redondo resultara sospechoso) y se preguntaba dónde estarían los
otros cuarenta y siete.
Un planeta habitable, un Mundo Prohibido, giraba alrededor de la estrella, y, esa vez, su
presencia no sorprendió a Trevize en absoluto. Había estado completamente seguro de
que se encontraría allí. Puso la Far Star en órbita lenta a su alrededor.
La capa de nubes era tan poco densa que permitía una vista bastante buena de la
superficie desde el espacio. Era un planeta en el que el agua abundaba, como en casi
todos los mundos habitables. Había un océano continuo tropical, y dos océanos polares.
En la latitud media de un hemisferio, podía verse un continente más o menos sinuoso que
circundaba el mundo, con bahías en ambos lados que producían ocasionales istmos
estrechos. En el otro hemisferio, la superficie sólida estaba dividida en tres grandes
partes, todas ellas más anchas de Norte a Sur que el otro continente.
Trevize hubiese querido saber algo más de climatología para poder predecir, por lo que
veía, cuáles serían las temperaturas y las estaciones allí. Por un momento, acarició la idea
de plantear el problema al ordenador. Pero no era el clima lo que interesaba ahora.
Importaba mucho más que el ordenador no detectara radiaciones
que pudiesen ser de origen tecnológico. Su telescopio le decía que el planeta no estaba
en decadencia y no vio señales de desiertos en él. El suelo mostraba diversos tonos de
verde, pero no había indicios de zonas urbanas a la luz del día, ni luces en la mitad
oscura.
¿Estaría ese planeta lleno de vida, pero no de vida humana?
Llamó a la puerta del otro dormitorio.
- ¿Bliss? - dijo a media voz, y llamó de nuevo.
Oyó un ruido y la voz de Bliss que decía:
- ¿Qué?
- ¿Puedes venir? Necesito tu ayuda.
- Espera un momento; tengo que ponerme un poco presentable.
Cuando al fin apareció, se mostró tan presentable como Trevize la había visto en otras
ocasiones. Sin embargo, él estaba un poco molesto por la espera, ya que su apariencia le
importaba poco. Pero ahora eran amigos, y disimuló su irritación.
- ¿En qué puedo servirte, Trevize? - preguntó ella, sonriendo, con expresión amable.
Trevize señaló la pantalla.
- Como puedes ver, estamos volando sobre la superficie de lo que parece un mundo
perfectamente saludable, con una sólida capa de vegetación en las zonas terrestres. Pero
no hay luces por la noche, ni radiación tecnológica. Por favor, escucha y dime si existe
vida animal. Hubo un momento en que creí ver manadas de animales pastando, pero no
estoy seguro. Tal vez sólo vi lo que tanto ansiaba ver.
Bliss «escuchó». Al cabo de un rato, su semblante se iluminó.
- ¡Oh, sí! – exclamó -. Una rica vida animal.
- ¿Mamíferos?
- Tienen que serlo.
- ¿Humanos?
Ella pareció concentrarse más. Transcurrió un minuto; después, otro, y por fin se relajó.
- No puedo decirlo con certeza. De vez en cuando, me ha parecido detectar un soplo de
inteligencia lo bastante intenso para ser considerado humano. Pero era tan débil y tan
ocasional que tal vez también yo percibía únicamente lo que ansiaba percibir. Mira...
Se interrumpió, reflexionando, y Trevize la apremió: - ¿Qué?
- El caso es que me parece detectar algo más - dijo ella -. No es algo con lo que esté
familiarizada, pero creo que sólo pueden ser...
Su semblante se puso tenso al empezar ella a «escuchar» de nuevo, todavía con mayor
intensidad.
- ¿Qué? - insistió Trevize.
Bliss se relajó.
- Creo que sólo pueden ser robots.
- ¡Robots!
- Sí, y si los detecto, tendría que detectar también seres humanos. Pero no es así.
- ¡Robots! - repitió Trevize, frunciendo el ceño.
- Sí - dijo Bliss -, y yo diría que son muy numerosos.
Pelorat dijo también «¡Robots!», casi en el mismo tono que Trevize, cuando se lo
comunicaron. Después, sonrió ligeramente.
- Tenías razón, Golan, e hice mal en dudar de ti.
- No recuerdo que hayas dudado de mí, Janov.
-.Bueno, viejo amigo, pensé que no tenía que expresarlo. Pero, en el fondo de mi
corazón, creí que era un error abandonar «Aurora» mientras hubiese una posibilidad de
interrogar a un robot superviviente. Pero está claro que tú sabías que aquí habría una
reserva más rica de Robots.
- .No lo creas, Janov. Yo no lo sabía. Ha sido una casualidad. Bliss me dice que los
campos mentales de los robots parecen implicar que están en pleno funcionamiento, y a
mí me parece que eso no podría ocurrir sin seres humanos que cuidasen de su
mantenimiento. Sin embargo, ella no detecta ningún ser humano; por eso seguimos
observando. Pelorat estudió, pensativo, la pantalla.
- Parece que todo son bosques, ¿verdad?
- Casi todo. Pero hay manchas más claras que bien podrían ser prados. La cuestión es
que no veo ciudades, ni luces por la noche, ni se percibe ninguna radiación que no sea
térmica.
- Por consiguiente, no hay seres humanos, ¿eh?
- Es lo que yo me pregunto. Bliss está en la cocina, tratando de concentrarse. Yo he
montado un primer meridiano arbitrario para el planeta, lo cual significa que ahora está
dividido en longitud y latitud en el ordenador. Bliss tiene un pequeño aparato en el que
pulsa un botón cuando descubre lo que parece una concentración desacostumbrada de
actividad mental robótica (supongo que no se puede decir «actividad neurónica» en
relación con los robots) o cualquier vibración de pensamiento humano. El aparato está
conectado con el ordenador, y éste registra entonces todas las latitudes y longitudes, y
nosotros dejaremos que elija entre ellas y nos señale un buen lugar para aterrizar.
Pélorat pareció inquieto.
- ¿ Es prudente dejar la elección al ordenador?
- ¿Por qué no, Janov? Es un ordenador muy competente. Además, cuando no se tiene
ninguna base para considerar la propia elección, ¿qué hay de malo en que la haga el
ordenador?
El semblante de Pelorat se iluminó.
- Hay algo especial en lo que acabas de decir, Golan. Algunas de las leyendas más
antiguas hablan de gente que para hacer una elección echaba unos pequeños cubos al
suelo.
- ¿Sí? ¿Y cómo lo hacían?
- Cada cara del cubo tenía escrita una palabra: sí, no, tal vez, espera, etcétera. La cara
que quedaba arriba al ser arrojado el cubo daba el consejo que se debía seguir. Otras
veces, hacían rodar una bola alrededor de un disco dividido en compartimentos en los que
constaba las diferentes opciones. Había que tomar la decisión escrita en el compartimento
donde la bola caía. Algunos mitólogos creen que estas actividades representaban juegos
de azar más que loterías, pero, en mi opinión, ambas cosas son casi iguales.
- En cierto modo - dijo Trevize -, nosotros estamos jugando a un juego de azar para
elegir nuestro lugar de aterrizaje.
Bliss salió de la cocina a tiempo para oír el último comentario.
- No se trata de ningún juego de azar. Yo he presionado varios «tal vez» y después un
«sí» seguro, y aterrizaremos en el «sí».
- ¿Qué te hizo decir «sí»? - preguntó Trevize.
- Capté una ráfaga de pensamiento humano. Definitivo. Inconfundible.
Había estado lloviendo, pues la hierba aparecía mojada. En el cielo, las nubes se
desplazaban y daban muestras de abrir claros.
La Far Star había aterrizado con suavidad cerca de una pequeña arboleda (para el caso
de que hubiese perros salvajes, pensó Trevize, medio en serio). Todos los alrededores
parecían tierras de pastos, y cuando habían descendido a un nivel donde la panorámica
era mejor, Trevize pudo observar lo que parecían huertos y campos de cereales y, esta
vez, un inconfundible rebaño de animales, que pastaban.
En cambio, no había edificios. Nada artificial, salvo que la regularidad de los árboles
del huerto y los rectos linderos que separaban los campos eran por sí solos tan artificiales
como lo habría sido una estación receptora de microondas.
Pero, ¿podían todas estas cosas artificiales haber sido producidas por robots, sin ayuda
de seres humanos? .
Trevize se estaba sujetando las fundas de sus armas. En esta ocasión sabía que ambas
funcionaban y que estaban cargadas. Por un momento, captó la mirada de Bliss y se
detuvo.
- Adelante - dijo ella -. No creo que necesites usarlas, pero lo mismo pensé la otra vez,
¿verdad?
- ¿No preferirías ir armado, Janov? - preguntó Trevize.
Pelorat se estremeció.
- No, gracias. Con tus defensas físicas y las defensas psíquicas de Bliss, me siento
completamente a salvo. Supongo que es cobardía por mi parte esconderme en vuestras
sombras protectoras, pero no puedo sentirme realmente avergonzado cuando mi
sentimiento dominante es el de gratitud por no hallarme en una situación que pueda
obligarme a emplear la fuerza.
- Lo comprendo - dijo Trevize -. Pero no te alejes de nosotros. Si Bliss y yo nos
separamos, quédate con uno de los dos y no te separes espoleado por tu curiosidad.
- No te preocupes, Trevize - indicó Bliss -. Yo cuidaré de esto.
Trevize fue el primero en salir de la nave. El viento era fuerte y un poco frío después de
la lluvia, pero se alegró de ello. Probablemente había sido incómodamente cálido y
húmedo antes de llover.
Aspiró el aire, sorprendido. El olor del planeta era delicioso. Sabía que cada mundo
tenía su olor característico, un olor siempre extraño y, por lo general, desagradable, tal
vez debido a que era extraño. ¿Podía lo extraño resultar agradable también? ¿O sólo se
debía a la casualidad de haber llegado al planeta precisamente después de la lluvia y en
una estación particular del año? De cualquier forma...
- Vamos – gritó -. Esto es muy agradable.
Pelorat salió.
- Agradable es realmente la palabra adecuada. ¿Crees que siempre olerá así?
- Eso no importa. Dentro de una hora, nos habremos acostumbrado al aroma, y nuestros
receptores nasales estarán ya tan saturados que no oleremos nada.
- ¡Una lástima! - exclamó Pelorat.
- La hierba está mojada - dijo Bliss, en tono de ligera desaprobación.
- ¿Por qué no? A fin de cuentas, ¡también llueve en Gaia! – dijo Trevize.
Y mientras hablaba un rayo de sol amarillo cayó momentáneamente sobre ellos a través
de una pequeña abertura de las nubes. Pronto recibirían más.
- Si - reconoció Bliss -, pero nosotros sabemos cuándo va a llover y nos preparamos
para ello.
- Una lástima - dijo Trevize -, pues así os perdéis la emoción de lo inesperado.
- Tienes razón, Trataré de no comportarme como una provinciana.
Pelorat miró a su alrededor.
- Parece que aquí no hay nada - murmuró, contrariado.
- Sólo lo parece - dijo Bliss -. Se están acercando desde detrás de aquella elevación. -
Miró a Trevize -. ¿Crees que deberíamos salir a su encuentro? .
Él hizo un gesto negativo con la cabeza.
- No. Hemos recorrido muchos pársecs para encontramos con ellos.
Deja que hagan el resto del camino. Los esperaremos aquí.
Sólo Bliss pudo percibir aquel acercamiento hasta que una figura apareció en lo alto del
montículo. Después, una segunda y una tercera hicieron su aparición.
- Creo que esto es todo, de momento - dijo Bliss.
Trevize observó con curiosidad. Aunque nunca había visto robots, no dudó un instante
de que lo eran. Tenían la forma esquemática e impresionista de seres humanos, pero no
un aspecto metálico visible. La superficie robótica era opaca y daba la impresión de
blandura, como si estuviese cubierta de felpa.
Pero, ¿cómo podía saber si aquella suavidad era ilusoria? Trevize sintió el súbito deseo
de tocar aquellas figuras que se acercaban, impasibles. Si ése era realmente un Mundo
Prohibido y las naves espaciales nunca se acercaban a él (lo cual debía, ser el caso, ya
que su sol no figuraba en el mapa galáctico), entonces, la Far Star y sus tripulantes debían
representar algo que los robots no habían experimentado jamás.
Sin embargo, reaccionaban con firme decisión, como si realizasen un ejercicio
rutinario.
- Aquí podemos obtener una información que no conseguiríamos en ningún otro lugar
de la Galaxia - dijo Trevize en voz baja -. Les preguntaremos sobre la situación de la
Tierra en relación con este planeta y, si la conocen, nos lo dirán. ¡Quién sabe cuánto
tiempo llevan funcionando esos ingenios mecánicos! Es posible que nos contesten a base
de sus recuerdos personales.
- También es posible que su fabricación sea reciente y no sepan nada - indicó Bliss.
- O bien que lo sepan, pero no quieran comunicárnosla - dijo Pelorat.
- Supongo que no pueden negarse, a menos que hayan recibido órdenes de que no nos
lo digan - observó Trevize -, ¿y por qué habían de darles esta orden, si nadie de este
planeta podía esperar nuestra llegada? Los robots se detuvieron a una distancia de unos tres metros. No dijeron nada y
permanecieron inmóviles.
Trevize, con la mano en su blaster, dijo a Bliss, sin apartar los ojos de los robots:
- ¿Puedes saber si son hostiles?
- Tienes que darte cuenta, Trevize, que no tengo la menor experiencia de sus procesos
mentales; pero no detecto nada que parezca reflejar hostilidad.
Trevize soltó la culata de su arma, pero mantuvo la mano cerca de ella. Después,
levantó la otra mano, con la palma vuelta hacia los robots, en lo que esperaba que fuese
reconocido como un ademán de paz.
- Os saludo - dijo, hablando muy despacio -. Venimos a este mundo como amigos.
El robot del centro inclinó la cabeza en una especie de saludo incompleto que también
podía ser tomado como signo de paz por un optimista, y replicó.
Trevize se quedó boquiabierto por el asombro. En un mundo de comunicación
galáctica, no se pensaba que algo pudiese fallar en una necesidad tan fundamental. Pero
se daba el caso de que el robot no hablaba el idioma galáctico ni nada que se le pareciese.
De hecho, Trevize no comprendió una sola palabra.
La sorpresa de Pelorat fue tan grande como la de Trevize, pero en ella había un
evidente matiz de satisfacción.
- ¿No es extraño? - preguntó.
Trevize se volvió hacia él.
- No es extraño, es un galimatías - replicó con cierta aspereza.
- No se trata de ningún galimatías - dijo Pelorat -. Está hablando en galáctico, pero muy
antiguo. He captado unas pocas palabras. Probablemente lo comprendería con más
facilidad si lo viese escrito. Es la pronunciación la que lo enreda todo.
- Bueno, ¿qué ha dicho?
- Me parece que ha dicho que no te había comprendido.
- Yo no sé lo que ha dicho - dijo Bliss -, pero percibo una perplejidad en él que
concuerda con lo que dice Pel. Eso, si puedo confiar en mi análisis de la emoción
robótica, si es que ésta existe.
Hablando muy despacio y con dificultad, Pelorat dijo algo, y los tres robots agacharon
la cabeza al unísono.
- ¿Qué significa esto? - dijo Trevize.
- Les he dicho que no sabía hablar bien, pero que lo intentaría - respondió Pelorat -. Les
he pedido un poco de tiempo. Viejo amigo, esto es terriblemente interesante.
- Terriblemente fastidioso - murmuró Trevize.
- Mira - dijo Pelorat -, todos los planetas habitables de la Galaxia elaboran su propia
variedad de galáctico, de manera que hay millones de dialectos que a veces resultan casi
incomprensibles, pero todos consiguen entenderse gracias al conocimiento del galáctico
común. Presumiendo que este mundo ha estado aislado durante veinte mil años, es
natural que la lengua se haya ido diferenciando de las del resto de la Galaxia hasta llegar
a convertirse en un idioma completamente distinto.
Esto puede ser debido a que el planeta tiene un sistema social que depende de robots
que sólo pueden comprender el lenguaje para el que fueron programados. En vez de
reprogramarse, el lenguaje ha permanecido inmutable, y ahora nos encontramos con lo
que no es más que una forma arcaica de galáctico.
- Ésta es una muestra de cómo una sociedad robotizada puede permanecer estática e ir
degenerando después - dijo Trevize.
- Pero, mi querido amigo - protestó Pelorat -, el hecho de conservar un lenguaje casi sin
cambios no implica degeneración. Tiene sus ventajas. Documentos conservados durante
siglos y milenios retienen su significado y dan mayor longevidad y autoridad a los datos
históricos. En el resto de la galaxia, el lenguaje empleado en los edictos imperiales del
tiempo de Hari Seldon empieza a parecer extraño.
- ¿Y conoces tú este galáctico arcaico?
- No digas si lo conozco, Golan. El caso es que, al estudiar los mitos y leyendas
antiguos, he comprendido el truco. El vocabulario no es del todo diferente, pero se
declina y conjuga de un modo distinto, y hay expresiones idiomáticas que nosotros no
usamos ya. Además, como ya he dicho, la pronunciación ha cambiado totalmente. Puedo
actuar como intérprete, aunque no como intérprete excelente.
Trevize lanzó un trémulo suspiro.
- Un poco de suerte es mejor que ninguna. Adelante, Janov Pelorat se volvió a los
robots, esperó un momento y después miró de nuevo a Trevize.
- ¿Qué quieres que les diga?
- Vayamos al grano. Pregúntales dónde está la Tierra.
Pelorat pronunció las palabras muy despacio, acompañadas de exagerados ademanes.
Los robots se miraron y emitieron algunos sonidos. Después, el de en medio habló a
Pelorat, el cual replicó y separó las manos como si estuviese estirando una cinta de goma.
El robot respondió separando sus palabras con el mismo cuidado con que Pelorat lo había
hecho.
- Me parece que no consigo hacerles comprender lo que quiero decir con la palabra
«Tierra». Sospecho que piensan que me refiero a alguna región de su planeta y dicen que
no saben que tal región exista.
- ¿Han dicho el nombre de este planeta, Janov?
- Por lo que he creído entender, el nombre que le dan es «Solaría».
- ¿Lo habías encontrado alguna vez en tus leyendas?
- No; como tampoco el de «Aurora».
- Bueno, pregúntales si hay algún lugar llamado Tierra en el cielo, entre las estrellas.
Señala hacia arriba.
Hubo otro intercambio de palabras y, por último, Pelorat se volvió y dijo:
- Lo único que puedo sacarles, Golan, es que no hay lugares en el cielo.
- Pregunta a esos robots la edad que tienen; o mejor, cuánto tiempo llevan funcionando
- dijo Bliss.
- No sé cómo decir «funcionando» - se apenó Pelorat, meneando la cabeza -. En
realidad, no sé si sabré decir «qué edad». No soy un buen intérprete.
- Haz todo lo que puedas, querido Pel - dijo Bliss.
- Llevan veintiséis años funcionando - dijo Pelorat, después de intercambiar algunas
frases.
- Veintiséis años - murmuró Trevize, contrariado -. Apenas son más viejos que tú,
Bliss.
Bliss replicó, con súbito orgullo:
- Se da el caso de que... ,
- Ya lo sé. Tú eres Gaia, que tiene miles de años. Sea como fuere, estos robots no
pueden hablar de la Tierra por experiencia personal, y es natural que en sus bancos de
memoria no haya nada que no necesiten para su funcionamiento. Por consiguiente, no
saben nada de astronomía. - Tal vez puede haber robots más antiguos en otros lugares del planeta - dijo Pelorat.
- Lo dudo - repuso Trevize -, pero pregúntaselo, si es que puedes encontrar palabras
para ello, Janov.
Esta vez, la conversación fue más extensa, y Pelorat la interrumpió al fin, con el rostro
enrojecido y un claro aire de frustración.
- Golan – dijo -, no comprendo parte de lo que tratan de comunicarme, pero deduzco
que los robots más viejos son empleados en labores manuales y tampoco saben nada. Si
este robot fuese humano, diría que ha hablado de los más viejos con desprecio. Estos tres,
según dicen, pertenecen al grupo de robots domésticos, y no se les permite envejecer
antes de ser sustituidos. Son los únicos que realmente saben cosas... Esto lo dicen ellos,
no yo.
- No sabe mucho - gruñó Trevize -. Al menos de las cosas que nos interesan.
- Ahora lamento que nos marchásemos tan deprisa de «Aurora» - dijo Pelorat -. Si
hubiésemos encontrado allí un robot superviviente, lo cual es casi seguro, pues el primero
que hallé tenía una chispa de vida todavía, habría sabido de la Tierra por recuerdo
personal.
- Siempre que su memoria estuviese intacta, Janov - dijo Trevize -. Pero podemos
volver allí cuando queramos y, si hemos de hacerlo, lo haremos, con perros o sin ellos.
Ahora bien, si estos robots tienen veinte y pico de años nada más, deben existir quienes
los fabrican, y supongo que éstos tienen que ser humanos. - se volvió a Bliss -. ¿Estás
Segura de haber percibido...?
Pero ella levantó una mano para interrumpirle, y una expresión tensa y concentrada se
pintó en su semblante.
- Ahora viene - dijo, en voz baja.
Trevize volvió la cabeza hacia el montículo y vio, saliendo de detrás de él y avanzando
después en dirección a ellos, la inconfundible figura de un ser humano. Su tez era pálida,
y los cabellos rubios y largos estaban ligeramente erizados en los lados de la cabeza. Su
rostro, aunque grave, parecía pertenecer a alguien muy joven en apariencia. Los brazos y
las piernas desnudos no se veían particularmente musculosos.
Los robots se apartaron para permitirle el paso y él avanzó hasta colocarse en medio de
ellos.
Después, habló con voz clara y agradable, y sus palabras, aunque pronunciadas en tono
arcaico, correspondían al galáctico común y fueron de fácil comprensión.
- Os saludo, viajeros del espacio – dijo -, ¿qué queréis de mis robots?
Trevize no se cubrió de gloria.
- ¿Hablas galáctico? - preguntó tontamente.
- ¿ Por qué no había de hacerlo, si no soy mudo? - dijo el solariano, con una agria
sonrisa.
- Pero ésos... - Y Trevize señaló a los robots.
- Éstos son robots. Hablan nuestra lengua, lo mismo que yo. Pero yo soy de «Solaria» y
oigo las comunicaciones hiperespaciales de los mundos lejanos; por eso he aprendido
vuestra manera de hablar, como la aprendieron mis antepasados. Ellos dejaron
descripciones del lenguaje, pero yo escucho constantemente palabras nuevas y
expresiones que cambian con los años, como si vosotros, los colonizadores, pudieseis
estabilizar los mundos pero no las palabras. ¿Por qué te ha sorprendido que comprendiese
tu lenguaje?
- No hubiese debido ocurrir así - repuso Trevize -. Te pido disculpas. Pero, después de
hablar con los robots, no pensé que oiría galáctico en este planeta.
Estudió al solariano. Vestía una fina bata blanca recogida holgadamente sobre el
hombro, con grandes aberturas para los brazos. Iba abierta por delante, dejando al
descubierto el pecho desnudo y un taparrabos. Salvo por un par de ligeras sandalias, no
llevaba nada más.
Trevize pensó que no podía estar seguro de si el solariano era varón o hembra. El pecho
parecía varonil pero carecía en absoluto de vello, y el fino taparrabo no mostraba ninguna
protuberancia.
- Podría ser otro robot, pero muy parecido a un ser humano... – dijo en voz baja,
volviéndose a Bliss.
- Su mente es la de un ser humano, no la de un robot – respondió Bliss, sin mover
apenas los labios.
- Todavía no has respondido a mi pregunta - dijo el solariano -. Disculpo tu
impertinencia y la atribuyo a tu sorpresa. Ahora, te preguntaré de nuevo, y procura no
fallar por segunda vez. ¿Qué queréis de mis robots?
- Somos viajeros y buscamos información para llegar a nuestro destino - explicó
Trevize -. Pedimos información que nos fuese de utilidad a tus robots, pero ellos no
sabían nada.
- ¿Cuál es la información que buscáis? Tal vez yo pueda ayudaros.
- Queremos saber la situación de la Tierra. ¿Podrías decirnos cuál es? El solariano
arqueó las cejas.
- Yo había pensado que el primer objeto de vuestra curiosidad habría sido yo mismo.
Os informaré de esto aunque no me lo hayáis pedido. Soy Sarton Bander, y os halláis en
la finca de Bander que se extiende en todas direcciones hasta donde podéis alcanzar con
la mirada y mucho más allá. No puedo decir que seáis bien venidos aquí, pues, al entrar,
habéis cometido un abuso de confianza. Sois los primeros colonizadores que aterrizan en
«Solaria» en muchos miles de años, y ahora resulta que sólo lo habéis hecho para
preguntar cuál es el mejor camino para llegar a otro planeta. En los viejos tiempos,
vosotros y vuestra nave habríais sido destruidos sin previo aviso.
- Seria un tratamiento bárbaro hacia una gente que no trae malas intenciones y no
ofrece el menor peligro - dijo prudentemente Trevize.
- De acuerdo, pero cuando unos miembros de una sociedad en expansión llegan a otra
que es inofensiva y estática, el mero contacto supone un peligro en potencia. Mientras
temíamos que nos causasen daño, estábamos dispuesto a destruir inmediatamente a los
que llegasen. Como ya no tenemos motivos para temer a nadie, nos hallamos, como
podéis ver, dispuestos a hablar.
- Agradezco la información que nos has ofrecido con tanta liberalidad; sin embargo, no
has contestado la pregunta que te hice. La repetiré. ¿Puedes decirnos la situación del
planeta Tierra?
- Supongo que con la palabra Tierra quieres designar el mundo en que tuvieron su
origen la especie humana y las diferentes especies de plantas y animales. - E hizo un
gracioso ademán, como abarcando todo lo que les rodeaba.
- Sí, así es, señor.
Una rara expresión de contrariedad apareció en el semblante del solariano.
- Por favor, llámame Bander si quieres usar una forma de tratamiento. No me designes
con ninguna palabra que tenga un sentido de género. Yo no soy varón ni hembra. Soy un
todo.
Trevize asintió con la cabeza (él había acertado).
- Como quieras, Bander. Entonces, ¿cuál es la situación de la Tierra, del planeta de
origen de todos nosotros?
- No lo sé - dijo Bander -. Ni me interesa tampoco. Si lo supiese, o si pudiese
averiguarlo, no os serviría de nada, pues la Tierra ya no existe como mundo. ¡Ah...! -
prosiguió, estirando los brazos -. Se está bien al sol. Subo muy pocas veces a la
superficie, y nunca cuando el sol no brilla. Envié a mis robots a recibiros cuando el sol se
ocultaba todavía detrás de las nubes. Sólo los seguí cuando el cielo se despejó.
- ¿Por qué dejó la Tierra de existir como mundo? - insistió Trevize, apercibiéndose para
escuchar una vez más el cuento de la radiactividad.
Sin embargo, Bander hizo caso omiso de la pregunta o, más bien, la desdeñó
tranquilamente.
- La historia es demasiado larga – dijo -. Me habéis dicho que no veníais con malas
intenciones.
- Es cierto.
- Entonces, ¿por qué llevas armas?
- Por simple precaución. No sabía lo que podríamos encontrar aquí.
- No importa. Tus pequeñas armas no representan ningún peligro para mí. Sin embargo,
siento curiosidad. Desde luego, he oído hablar mucho de vuestras armas, y vuestra
Historia bárbara parece haber dependido de ellas por entero. Aun así, nunca he visto
ninguna. ¿Puedo ver las tuyas?
Trevize dio un paso atrás.
- Siento decirte que no, Bander.
Bander pareció divertido.
- Sólo te lo he preguntado por cortesía. No tenía necesidad de hacerlo.
Alargó una mano y el blaster emergió de la funda derecha, mientras el látigo neurónico
lo hacía de la izquierda. Trevize fue a agarrar sus armas, pero sintió que sus brazos eran
retenidos hacia atrás como por fuertes lazos elásticos. Tanto Pelorat como Bliss se
dispusieron a avanzar, pero fueron retenidos de manera parecida.
- No tratéis de intervenir - dijo Bander -. No podéis hacerlo. – Las armas volaron hacia
sus manos y él las observó con atención -. Ésta - dijo, refiriéndose al blaster - parece ser
una emisora de rayos de microondas que producen calor, haciendo estallar cualquier
cuerpo que contenga fluidos. La otra es más sutil, y debo confesar que, a primera vista,
no veo para qué puede servir. Sin embargo, como no traéis malas intenciones, no
necesitáis las armas. Puedo descargar, y es lo que haré, el contenido energético de las
unidades de ambas armas. Así, se volverán inofensivas, a menos que se usen como
cachiporras, y servirían de poco usadas con ese fin.
El solariano soltó las armas que, volando de nuevo por el aire, volvieron hacia Trevize
y se introdujeron en sus respectivas fundas.
Trevize, dueño ya de sus movimientos, sacó el blaster, pero vio que sería inútil
emplearlo. El contacto se había aflojado y estaba claro que la unidad energética había
sido descargada. Lo propio podía decirse del látigo neurónico.
Miró a Bander, el cual dijo, sonriendo:
- Nada puedes hacer, forastero. Si quisiera, podría destruir vuestra nave y, desde luego,
a vosotros.
***
XI. BAJO TIERRA
Trevize quedó como petrificado. Tratando de respirar con normalidad, se volvió para
mirar a Bliss.
Ésta rodeaba la cintura de Pelorat con un brazo protector y, a juzgar por su aspecto,
estaba completamente tranquila. Sonrió un poco y asintió con la cabeza.
Trevize se volvió a Bander de nuevo. Habiendo interpretado las acciones de Bliss como
muestras de confianza, y esperando ansiosamente no equivocarse, dijo:
- ¿Cómo has hecho eso, Bander?
Éste sonrió, con visible buen humor.
- Decidme, forasteritos, ¿creéis en la brujería? ¿En la magia?
- No, no creemos en ella, solarianito - saltó Trevize.
Bliss le tiró de la manga y murmuró:
- No le irrites. Es peligroso.
- Ya lo veo - dijo Trevize, haciendo un gran esfuerzo para no levantar la voz -. Haz
algo.
- Todavía no - respondió Bliss, con voz casi inaudible -. Si se siente seguro, será menos
peligroso.
Bander no prestó atención a los breves murmullos entre los dos forasteros. Se apartó
descuidadamente de ellos y los dos robots le abrieron paso. Después, miró hacia atrás y
dobló un dedo lánguidamente.
- Venid, seguidme. Los tres. os contaré una historia que tal vez no os interese, pero que
me interesa a mi.
Y siguió andando con toda tranquilidad.
Trevize permaneció un momento en el mismo sitio, sin saber qué hacer. Pero Bliss echó
a andar y la presión de su brazo obligó a Pelorat a seguirle. En definitiva, Trevize hizo lo
propio; la única alternativa habría sido quedarse a solas con los robots.
- Si Bander es tan amable de contarnos la historia que tal vez no nos interese... -
comento Bliss ligeramente.
Bander se volvió y la miró con fijeza, como si reparase en ella por primera vez.
- Tú eres la mitad humana femenina, ¿no? – dijo -. La mitad inferior.
- La mitad más pequeña, Bander. Si.
- Entonces, esos dos son mitades masculinas, ¿eh?
- En efecto.
- ¿Has tenido ya tu hijo, hembra? .
- Me llamo Bliss, Bander. Todavía no he tenido un hijo. Éste se llama Trevize. Y éste,
Pel.
- ¿Y cuál de los dos masculinos te ayudará cuando llegue tu hora? ¿Lo harán los dos?
¿O ninguno de ellos?
- Pel me ayudará, Bander.
Bander miró a Pelorat.
- Veo que tienes los cabellos blancos.
- Si - dijo Pelorat.
- ¿Los has tenido siempre de este color?
- No, Bander; se volvieron así con la edad.
- ¿Y cuál es la tuya?
- Cincuenta y dos años, Bander - respondió Pelorat, y añadió rápidamente -: Quiero
decir años según el patrón galáctico.
Bander siguió andando (en dirección a una mansión lejana, pensó Trevize, pero más
despacio.
- No sé cuál es la duración del año según el patrón galáctico, pero puede ser muy
diferente de la del nuestro. ¿Y cuántos tendrás cuando mueras, Pel?
- No lo sé. Puedo vivir treinta más.
de ochenta y dos. Una vida corta, y dividida en mitades. Increíble. Sin embargo, mis
remotos antepasados eran como vosotros y vivieron en la Tierra. Pero algunos de ellos la
abandonaron para fundar nuevos mundos alrededor de otras estrellas, mundos
maravillosos, muchos y bien organizados.
- No muchos. Cincuenta - dijo Trevize en voz alta.
Bander lo miró con altivez. Su buen humor parecía haber menguado.
- Trevize. Ése es tu nombre, ¿no?
- Golan Trevize es mi nombre completo. Digo que eran cincuenta mundos Espaciales.
Los nuestros se cuentan por millones.
- Entonces, ¿conoces la historia que quiero contaros? - dijo Bander con suavidad.
- Si ibas a decimos que antaño hubo cincuenta mundos Espaciales, ya lo sabemos.
- Pero nosotros no contamos sólo en números, pequeño medio-humano - dijo Bander -.
También contamos la calidad. Fueron cincuenta, pero todos vuestros millones no valdrían
lo que uno sólo de ellos. Y Solaria fue el quincuagésimo y, por tanto, el mejor. Solaria
estuvo muy por encima de los otros mundos Espaciales, como estaban todos éstos por
encima de la Tierra.
»Sólo los de Solaria aprendimos cómo había que vivir la vida. No lo hicimos en
manadas. o rebollos, como en la Tierra y en otros planetas, incluso en los mundos
Espaciales. Vivimos cada uno a solas, con robots para ayudarnos, viéndonos
electrónicamente siempre que lo deseábamos, pero sólo raras veces de un modo natural.
Hace muchos años que no he mirado a seres humanos como os estoy mirando ahora,
aunque sois sólo medio humanos y, por consiguiente, vuestra presencia no limita mi
libertad más de lo que la limitarían una vaca o un robot.
»Sin embargo, hubo un tiempo en que también nosotros fuimos medio-humanos. No
importa cómo perfeccionamos nuestra libertad, ni cómo nos convertimos en amos
solitarios de innumerables robots, la libertad nunca fue absoluta. Para producir pequeños,
se necesitaba la colaboración de dos individuos. Desde luego, se podían aportar
espermatozoides y óvulos, emplear procedimientos de fertilización y provocar
artificialmente el crecimiento embriónico de manera automática. Era posible que un niño
viviese de forma adecuada bajo el cuidado de los robots. Podía hacerse todo eso, pero los
medio-humanos no querían renunciar al placer inherente a la fecundación biológica.
Como consecuencia de ello, se establecerían lazos emocionales perversos y se perdería la
libertad. ¿Comprendéis ahora que todo esto debía cambiar?
- No, Bander - dijo Trevize -, ya que nosotros no medimos la libertad por vuestro
patrón.
- Porque no sabéis lo que es la libertad. Siempre habéis vivido en enjambres y no
conocéis otro estilo de vida que el de sentiros obligados constantemente, incluso en las
cosas más pequeñas, a doblegar vuestra voluntad a la de otros, lo que es igualmente vil, a
pasaros la vida luchando por doblegar la voluntad de los otros a la vuestra. ¿Es eso
libertad? ¡La libertad deja de serlo si uno no puede vivir como quiera ¡Exactamente como
quiera!
»Entonces, llegó el tiempo en que los terrícolas empezaron a emigrar una vez más, y
sus pegajosas multitudes se lanzaron de nuevo a través del espacio. Los otros Espaciales,
que no eran tan gregarios como los terrícolas, sino en un grado menor, trataron de
competir.
»Nosotros, los solarianos, no lo hicimos. Previmos el inevitable fracaso de aquel
hervidero. Nos metimos bajo tierra y rompimos todo contacto con el resto de la galaxia.
Estábamos resueltos a seguir siendo lo que éramos, a toda costa. Inventamos robots
eficientes y armas para proteger nuestra superficie, aparentemente vacía, y actuaron de un
modo admirable. Vinieron naves, fueron destruidas y dejaron de venir. El planeta fue
considerado desierto y todos lo olvidaron, tal como nosotros queríamos.
»Y, mientras tanto, bajo tierra, trabajamos para resolver nuestros problemas.
Reformamos cuidadosa y delicadamente nuestros genes. Sufrimos fracasos, pero también
conseguimos algunos éxitos, y sacamos provecho de éstos. Tardamos muchos siglos, pero
al fin nos convertimos en seres humanos totales, aunando en un cuerpo los principios
masculino y femenino, obteniendo así un placer completo a voluntad y produciendo,
cuando lo deseamos, óvulos fecundados para su desarrollo bajo un cuidado robótico
especializado.
- ¿Hermafroditas? - preguntó Pelorat.
- ¿Es así como se llama en vuestro lenguaje? - preguntó Bander, con indiferencia -.
Nunca había oído esa palabra.
- El hermafroditismo detiene la evolución en seco - dijo Trevize -. Cada hijo es la copia
genética de su padre hermafrodita.
- Vamos - dijo Bander -, vosotros consideráis la evolución como un juego de azar.
Nosotros podemos proyectar nuestros hijos, cuando queramos, y cambiar y ajustar los
genes, algo que a veces lo hacemos. Pero casi hemos llegado a mi morada. Entremos. Se
está haciendo tarde.
El sol empieza a dar poco calor y dentro estaremos más cómodos. Cruzaron una puerta
que no tenía ninguna cerradura, pero que se abrió al acercarse ellos y volvió a cerrarse
cuando hubieron pasado. No había ventanas, pero, al penetrar ellos en la cavernosa
estancia, las paredes se iluminaron y brillaron. El suelo parecía desnudo, pero era blando
y elástico al tacto. Había un robot inmóvil en cada uno de los cuatro rincones de la
habitación.
- Esa pared - dijo Bander, señalando la que estaba frente a la puerta (una pared que no
parecía en modo alguno diferente de las otras tres) - es mi pantalla visual. El mundo se
despliega ante mí a través de esa pantalla, pero en modo alguno coarta mi libertad, puesto
que no puedo ser obligado a usarla.
- Ni puedes obligar a que la use, si quieres verle a través de esa pantalla y él no lo desea
- dijo Trevize.
- ¿Obligar? - preguntó Bander con altivez -. Que lo otro haga lo que quiera, si acepta
que yo haga lo que me plazca. Por favor, observa que empleamos el género neutro
cuando nos referimos los unos a los otros.
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Había un sillón en la estancia, delante de la pantalla, y Bander se sentó en él.
Trevize miró a su alrededor, como si esperase que otros sillones brotasen del suelo.
- ¿Podemos sentarnos? - preguntó.
- Como queráis - respondió Bander.
Bliss se sentó en el suelo, sonriendo, y Pelorat lo hizo a su lado.
Trevize continuó en pie con expresión terca.
- Dime, Bander - preguntó Bliss -, ¿cuántos seres humanos viven en este planeta?
- No lo sé de fijo. No nos contamos. Tal vez mil doscientos.
- ¿Sólo mil doscientos en todo el planeta?
- Más o menos. Pero vosotros contáis por números, mientras que nosotros lo hacemos
por calidad. Tampoco entendéis la libertad. Si existe otro solariano que pueda disputarme
mi absoluto dominio sobre cualquier trozo de mi tierra, sobre cualquier robot o cosa
viviente u objeto, mi libertad queda limitada. Y como existen otros solarianos, la
limitación de la libertad debe ser eliminada todo lo posible separándoles hasta el punto de
que el contacto sea virtualmente inexistente. Solaría puede tener mil doscientos
solarianos en condiciones próximas al ideal. Añadió más, y la libertad quedará
palpablemente limitada y el resultado será insoportable.
- Eso significa que los nacimientos deben equilibrar las defunciones - dijo Pelorat de
pronto.
- Cierto. Debe ser así en cualquier mundo con una población estable..., tal vez incluso
en el vuestro.
- Y como es probable que haya pocas defunciones, tiene que haber pocos niños.
- Así es.
Pelorat asintió con la cabeza y, guardó silencio.
- Lo que yo quisiera saber es cómo hiciste volar mis armas por el aire - dijo Trevize -.
No lo has explicado.
- Os propuse la brujería o la magia como explicación. ¿Te niegas a aceptarlas?
- Claro que me niego. ¿Por quién me has tomado?
- Entonces, ¿crees en la conservación de la energía y en el necesario aumento de la
entropía?
- Sí. Lo que no puedo creer es que, incluso en veinte mil años, hayáis cambiado estas
leyes o las hayáis modificado un milímetro.
- Y no lo hemos hecho, media-persona. Pero, ahora, considera esto. Fuera, hay luz del
sol - dijo, haciendo un extraño y gracioso ademán, como señalando aquella luz a su
alrededor -. Y aquí hay sombra. Hace más calor bajo la luz del sol que a la sombra, y el
calor fluye espontáneamente de la zona soleada a la que está en sombras.
- Eso ya lo sabía - dijo Trevize.
- Pero tal vez lo sabes tan bien que no piensas en ello. Por la noche, la superficie de
Solaria está más caliente que los objetos situados más allá de su atmósfera, de manera
que el calor fluye espontáneamente de la superficie del planeta al espacio exterior.
- Esto también lo sé.
- Y, sea de día o de noche, el exterior del planeta está más caliente que su superficie.
Por consiguiente, el calor fluye espontáneamente del interior a la superficie. Supongo que
también sabes esto.
- ¿Adónde quieres ir a parar, Bander?
- El flujo de calor de lo más caliente a lo más frío, que debe cumplirse por la segunda
ley de la termodinámica, puede utilizarse para hacer un trabajo.
143
- En teoría, sí, pero la luz del sol es diluida, el calor de la superficie del planeta lo es
todavía más, y el grado en que el calor escapa del interior hace que éste sea el más
diluido de todos. La cantidad de calor aprovechable no bastaría, probablemente, ni para
levantar un guijarro.
- Depende del aparato que emplees para ese fin - dijo Bander -. El instrumento usado
por nosotros fue desarrollado en un período de miles de años, y es nada menos que una
parte de nuestro cerebro.
Bander levantó los cabellos de ambos lados de su cabeza, descubriendo la porción de
cráneo de detrás de las orejas. Volvió la cabeza a un lado y a otro, y detrás de cada oreja
se podía percibir un bulto del tamaño y la forma del extremo más ancho de un huevo de
gallina.
- Esta porción de mi cerebro y tu carencia de ella es lo que marca la diferencia entre un
solariano y tú.
Trevize miraba de vez en cuando la cara de Bliss, cuya atención parecía concentrada
por entero en Bander. Trevize estaba seguro ahora de saber a qué venía todo aquello. .
Bander, a pesar de su canto a la libertad, encontraba irresistible esa oportunidad única.
No podía conversar con los robots sobre una base de igualdad intelectual, y, por supuesto,
tampoco con los animales. Hablar a sus compañeros solarianos le resultaría desagradable,
y cualquier comunicación que estableciese con ellos sería forzada y nunca espontánea.
En cuanto a Trevize, Bliss y Pelorat, podían ser medio humanos, para Bander y tan
inofensivos para su libertad como un robot o una cabra; pero, intelectualmente, eran sus
iguales (o casi iguales), y la oportunidad de hablarles era un lujo único del que nunca
había disfrutado hasta ahora.
No era de extrañar, pensó Trevize, que se divirtiese de aquella manera. Y Bliss (Trevize
estaba doblemente seguro de ello) le animaba, incitando a la mente de Bander con
delicadeza para que hiciese precisamente lo que tanto deseaba.
Tal vez, Bliss partía de la suposición de que, si Bander seguía hablando, podía decirles
algo de utilidad concerniente a la Tierra. Era tan lógico para Trevize que, aunque no
hubiese sentido tanta curiosidad por el tema en discusión, se habría esforzado en
continuar la conversación.
- ¿Qué hacen esos lóbulos cerebrales? - preguntó.
- Son transductores - explicó Bander -. Se activan merced al flujo de calor y convierten
éste en energía mecánica.
- No puedo creerlo. El flujo de calor es insuficiente.
- Tú no piensas, pequeño medio-humano. Si hubiese aquí muchos solarianos juntos,
cada uno de ellos tratando de utilizar el flujo de calor, entonces, sí, la cantidad de éste
resultaría insuficiente. Sin embargo, yo tengo más de cuarenta mil kilómetros cuadrados
que son míos, sólo míos. Puedo recoger el flujo del calor de cualquier número de esos
kilómetros cuadrados, sin que nadie me lo dispute, y, gracias a ello, la cantidad es
suficiente. ¿Comprendes?
- ¿Tan sencillo es recoger el flujo de calor de una zona extensa? El mero acto de la
concentración requiere muchísima energía.
- Tal vez sí, pero yo no me doy cuenta. Mis lóbulos transductores están concentrando
calor constantemente, de modo que éste actúa en el momento en que debe hacerlo.
Cuando te arrebaté las armas, un volumen particular de la atmósfera iluminada por el sol
perdió parte de su exceso de calor en favor de un volumen de la zona en sombra, de
manera que utilicé energía solar para aquel fin. Sin embargo, en vez de utilizar ingenios
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mecánicos o electrónicos para llevarlo a cabo, empleé un aparato neurónico. - Tocó
suavemente uno de los lóbulos transductores -. Actúa con rapidez, eficacia,
constantemente..., y sin esfuerzo.
- Increíble - murmuró Pelorat.
- En absoluto - dijo Bander -. Considera la complejidad del ojo y del oído, y cómo
pueden convertir pequeñas cantidades de fotones y de vibraciones del aire en
información. Esto parecería increíble a quien lo experimentase por primera vez. Los
lóbulos transductores no son más increíbles y no os lo parecerían si fuesen familiares para
vosotros.
- ¿Y qué hacéis con esos lóbulos transductores operando constantemente? - preguntó
Trevize.
- Regimos nuestro mundo - respondió Bander -. Cada robot de esta vasta finca obtiene
su energía de mí, o, mejor dicho, del flujo de calor natural. Cuando un robot establece un
contacto, o tala un árbol, la energía es derivada de la transducción mental, de mi
transducción mental.
- ¿Y si estás dormido?
- El proceso de transducción persiste tanto si estás despierto como durmiendo, pequeño
medio-humano - dijo Bander -. ¿Acaso dejas tú de respirar cuando duermes? ¿Deja de
latir tu corazón? Por la noche, mis robots siguen trabajando a costa de enfriar un poco el
interior de Solaria. El cambio es incalculablemente pequeño a escala global y nosotros
sólo somos mil doscientos, de manera que toda la energía que empleamos no abrevia
sensiblemente la vida de nuestro sol ni agota el calor interno de nuestro mundo.
- ¿Se te ha ocurrido pensar que podrías utilizarlo como arma?
Bander miró a Trevize con fijeza, como si éste fuese algo singularmente
incomprensible.
- ¿Quieres decir con esto que Solaría podría enfrentarse con otros mundos con armas
energéticas fundadas en la transducción? ¿Por qué tendríamos que hacerlo? Aunque
consiguiésemos triunfar de sus armas energéticas basadas en otros principios, lo cual es
casi seguro, ¿qué ganaríamos con ello? ¿El control de otros planetas? ¿Y qué nos
importan los demás, si tenemos el nuestro que es ideal? ¿Por qué habríamos de querer
establecer nuestro dominio sobre los medio-humanos y emplearlos en trabajos forzados,
si poseemos nuestros robots que son mucho mejores que vosotros para este fin? Lo
tenemos todo. No queremos nada, salvo que nos dejen en paz. Mira, te contaré otra
historia.
- Adelante - dijo Trevize.
- Hace veinte mil años, cuando las medio-criaturas de la Tierra empezaron a invadir el
espacio y nosotros nos retiramos bajo tierra, los otros mundos Espaciales resolvieron
oponerse a los nuevos colonizadores terrícolas. Para ello, atacaron la Tierra.
- ¡La Tierra! - exclamó Trevize, tratando de disimular su satisfacción por el hecho de
que por fin se hubiese suscitado el tema.
- Si, el centro. Una maniobra lógica, en cierto modo. Si se desea matar a una persona,
no se la hiere en un dedo o en un talón, sino en el corazón. Y nuestros compañeros
Espaciales, no muy diferentes de los propios seres humanos en pasiones, consiguieron
inflamar de radiactividad la superficie de la Tierra, de modo que gran parte de aquel
mundo se volvió inhabitable.
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- ¡Conque eso fue lo que ocurrió! - dijo Pelorat, cerrando un puño y moviéndolo
rápidamente, como para fijar una tesis -. Sabía que no podía tratarse de un fenómeno
natural. ¿Cómo lo consiguieron?
- No lo sé - respondió, indiferente, Bander -; además, en todo caso, les sirvió de poco a
los Espaciales. Ésta es la moraleja de la historia. Los colonizadores continuaron
proliferando y los Espaciales... murieron. Habían tratado de competir y desaparecieron.
Nosotros, los solarianos, nos retiramos, renunciando a competir, y aquí estamos todavía.
- También están los Colonizadores - dijo Trevize, frunciendo el ceño.
- Si, pero no para siempre. Los invasores tienen que luchar, que competir y, en
definitiva, que morir. Esto quizá tarde decenas de millares de años en ocurrir, pero
nosotros podemos esperar. Y cuando suceda, los solarianos, enteros, solitarios, liberados,
poseeremos la galaxia. Entonces, podremos utilizar, o no, cualquier mundo fue deseemos
además del nuestro.
- Pero hablando de la Tierra - insistió Pelorat, chascando los dedos con impaciencia -,
¿es leyenda o historia lo que nos has contado?
- ¿Y cómo saber la diferencia que hay, medio-Pelorat - dijo Bander -. Toda la Historia
es leyenda, más o menos.
- Pero, ¿qué indican vuestros documentos? ¿Podría ver los que tratan de este tema,
Bander? Debes comprender que los mitos, la leyendas y la Historia primitiva son mi
especialidad. Soy un erudito que estudia estas materias, y en particular las que se refieren
a la Tierra
- Yo sólo repito lo que he oído contar - replicó Bander -. No hay documentos sobre el
tema. Los que tenemos tratan únicamente de los asuntos de Solaría, y sólo mencionan
otros mundos cuando ésos chocan con nosotros.
- Desde luego, pero la Tierra os amenazó - dijo Pelorat.
- Es posible, pero, en tal caso, ocurrió hace mucho, muchísimo tiempo, y la Tierra es,
entre todos los mundos, el que más nos repugna. Si alguna vez tuvimos documentos sobre
ella, estoy seguro de que fueron destruidos por pura repulsión.
Trevize apretó los dientes, desolado.
- ¿Los destruisteis vosotros mismos? - preguntó.
Bander volvió su atención hacia él.
- No había nadie más que pudiese hacerlo.
Pelorat no estaba dispuesto a abandonar el asunto.
- ¿Qué, más oíste decir referente a la Tierra?
Bander pensó un rato y dijo:
- Cuando era joven, un robot me contó la historia de un terrícola que visitó Solaria, en
una ocasión, y conoció a una mujer solariana que se fugó con él, convirtiéndose en un
personaje importante de la Galaxia. Sin embargo, en mi opinión, es un cuento inventado.
Pelorat se mordió el labio.
- ¿Estás seguro?
- ¿Cómo se puede estar seguro de algo en estas cuestiones? – dijo Bander -. Sin
embargo, parece inverosímil que un terrícola se atreviese a venir a Solaria, o que Solaria
le permitiese la entrada. Y todavía es más improbable que una mujer solariana (aunque
entonces éramos todavía medio-humanos) abandonase voluntariamente este mundo. Pero
venid, os mostraré mi casa.
- ¿Tu casa? - preguntó Bliss, mirando a su alrededor -. ¿No estamos en ella?
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- No - dijo Bander -. Esto es una antesala. Una especie de Salón de proyección. En él
veo a mis compañeros solarianos cuando surge necesidad de ello. Sus imágenes aparecen
en aquella pared o, tridimensionalmente, en el espacio de delante de la pared. Por
consiguiente, esta habitación es, en cierto modo, lugar de reunión y no parte de mi hogar.
Venid conmigo.
Echó a andar sin volverse para ver si le seguíamos. Los cuatro robots salieron de sus
rincones y Trevize comprendió que, si él y sus compañeros no seguían a Bander de
manera espontánea, los robots les obligarían amablemente a hacerlo.
Los otros dos se pusieron en pie y Trevize murmuró al oído de Bliss:
- ¿Has sido tú quien ha conseguido que no parase de hablar?
Bliss le apretó la mano y asintió con la cabeza.
- De todos modos, quisiera saber cuáles son sus intenciones – dijo ella, con un tono de
inquietud en - su voz.
Siguieron a Bander. Los robots se mantuvieron a cortés distancia, pero su presencia era
sentida como una constante amenaza mientras andaban por un pasillo.
Trevize murmuró con desaliento:
- En este planeta no hallaremos nada útil sobre la Tierra. Estoy seguro de ello. Sólo otra
variación sobre el tema de la radiactividad - murmuró Trevize con desaliento y
encogiéndose después de hombros -. Tendremos que pasar a la tercera serie de
coordenadas.
Una puerta se abrió ante ellos, revelando una pequeña habitación.
- Venid, medio-humanos - dijo Bander -, quiero mostraros cómo vivirnos.
- Disfruta como un niño con esta exhibición - comento Trevize en voz baja -. Me
gustarla hundirlo.
- No quieras competir en infantilismo con él - dijo Bliss.
Bander les hizo pasar a los tres a la habitación. Uno de los robots los siguió también.
Bander contuvo a los otros con un ademán y entró a su vez. La puerta se cerró a su
espalda.
- Es un ascensor - exclamó Pelorat, satisfecho de su descubrimiento.
- Cierto - dijo Bander -. Desde que nos sumergimos bajo tierra, nunca volvimos a
emerger en realidad. Ni tuvimos deseos de hacerlo, aunque a mí me agrada sentir, en
ocasiones, la luz del sol. En cambio, aborrezco las nubes o la noche al aire libre. Todo
esto da la sensación de encontrarse bajo tierra sin estarlo en realidad, si entendéis lo que
quiero decir. Es, en cierto modo, una disonancia cognoscitiva, y la encuentro muy
desagradable.
- La Tierra construyó en sus entrañas - dijo Pelorat -. Llamaban Cavernas de Acero a
sus ciudades. Y Trantor lo hizo también en el subsuelo e incluso más extensamente en los
viejos tiempos imperiales.
Y Comporellon construye en la actualidad bajo tierra. Pensándolo bien, es una
tendencia común.
- Los medio-humanos proliferando bajo tierra y nosotros viviendo de igual manera,
pero en aislado esplendor, son dos cosas muy diferentes - dijo Bander.
- En Terminus, las viviendas están en la superficie - indicó Trevize.
- Expuestas a las inclemencias del tiempo - se horrorizó Bander -. Muy primitivos.
El ascensor, después de la impresión inicial de una menor gravedad advertida por
Pelorat, pareció no moverse en absoluto. Trevize se estaba preguntando a qué

profundidad irían a bajar cuando hubo una breve sensación de aumento de gravedad y la
puerta se abrió.
Ante ojos apareció una habitación grande y amueblada con sumo cuidado. Estaba muy
poco iluminada, aunque no se veía de dónde procedía la luz. Daba la sensación de que el
aire era ligeramente luminoso.
Bander señaló con un dedo y la luz se hizo un poco más intensa en el Sitio que había
indicado. Señaló a otra parte y ocurrió lo mismo. Después, puso la mano izquierda sobre
una vara nudosa que había junto a la puerta :mientras hacía un amplio ademán circular
con la derecha, y toda la estancia se iluminó como si fuese luz solar la que les alumbraba,
aunque Sin sensación de calor.
- Ese hombre es un charlatán - dijo Trevize a media voz.
- No «Ese hombre», sino «ese solariano» - le corrigió Bander airado -. No estoy seguro
de lo que significa la palabra «charlatán», pero, si el tono de la voz no me ha engañado,
encierra una ofensa.
- Se le aplica a una persona que no es sincera - explicó Trevize -, que dispone los
efectos de lo que hace de manera que parezca más imponente de lo que es en realidad.
- Confieso que me gusta lo espectacular, pero lo que acabo de mostraros no es un
efecto. Se trata de algo real.
Dio una palmadita a la vara sobre la que apoyaba la mano izquierda.
- Esta vara conductora de calor se extiende varios kilómetros hacia abajo, Y hay otras
similares a ella en muchos lugares estratégicos de mi finca. Sé que también las tienen en
otras propiedades, ya que aumentan la intensidad del calor que sube a la superficie de las
regiones inferiores de Solaria y facilita su conversión en trabajo. Yo no necesito hacer
ademanes con la mano para producir la luz, pero hace que la acción tenga un aire más
espectacular, o tal vez, como tú observaste, un ligero toque de Artificio; pero yo disfruto
con ello.
- Dispones de muchas ocasiones para experimentar el placer de estos toques de
espectacularidad? - preguntó Bliss.
- No - reconoció Bander, moviendo la cabeza -. Estas cosas no impresionarían a mis
robots, ni a mis compañeros solarianos. La oportunidad, desacostumbrada, de conocer a
medio-humanos y actuar para ellos es sumamente... divertida.
- La luz de esta habitación era débil cuando entramos - dijo Pelorat -. ¿Está siempre tan
baja?
- Sí, un pequeño gasto de energía..., como el de mantener los robots en funcionamiento.
Toda mi finca la produce, y aquellas partes en que no se realiza un trabajo activo es
desperdiciada.
- ¿Y suministras tú la energía constantemente a toda esta vasta hacienda?
- El sol y el núcleo del planeta suministran la energía. Yo sólo hago de conductor. Y no
toda la finca es productiva. Conservo la mayor parte de ella en estado salvaje, albergando
una gran variedad de animales; en primer lugar, porque protegen mis linderos, y, en
segundo, porque encuentro en ellos un valor estético. En realidad, mis campos y mis
fábricas son pequeños. Sólo tienen que cubrir mis propias necesidades, aparte de producir
algunas especialidades para trocarlas por las de otros. Por ejemplo, yo tengo robots que
pueden fabricar e instalar las varas conductoras de calor a quienes las necesiten. Muchos
solarianos dependen de mí a este respecto.
- ¿Y tu casa? - preguntó Trevize -. ¿Cuáles son sus dimensiones?
Tuvo que ser la pregunta más adecuada, pues Bander resplandeció de orgullo.
- Es muy grande. Creo que una de las más grandes del planeta. Se extiende durante
kilómetros en todas direcciones. Tengo tantos robots cuidando de mi casa subterránea
como trabajando en los miles de kilómetros cuadrados de la superficie.
- Seguro que lo empleas toda para vivir - dijo Pelorat.
- Es posible que haya cámaras en las que no he entrado nunca, pero, ¿qué importa eso?
- dijo Bander -. Los robots mantienen todas las habitaciones limpias, bien aireadas y en
orden. Pero venid, salgamos por aquí.
Atravesaron una puerta, distinta de aquella por la que habían entrado y se encontraron
en otro pasillo. Ante ellos, había un pequeño vehículo descubierto que se desplazaba
sobre carriles.
Bander les indicó que subiesen a él, y lo hicieron de uno en uno.
No había bastante espacio para ellos cuatro y el robot, pero Pelorat y Bliss se
apretujaron a fin de que Trevize pudiese subir. Bander se sentó delante, con un aire de
cómoda naturalidad y el robot lo hizo a su lado.
El vehículo arrancó sin dar más señales de manipulación de controles que unos suaves
movimientos de la mano de Bander.
- En realidad, es un robot en forma de vehículo - dijo Bander, con negligente
indiferencia.
Avanzaron a marcha regular, cruzando puertas que se abrían al acercarse ellos y se
cerraban a su espalda. Los adornos de cada una de ellas eran exclusivos, diferentes de los
de las demás, como si se hubiese ordenado a los robots inventa. combinaciones al azar.
Tanto delante como detrás de ellos, el pasillo permanecía a oscuras.
Sin embargo, dondequiera que se encontrasen, les iluminaba algo parecido a una fría
luz solar, también en las habitaciones se hacía la claridad al abrirse las puerta.. Y cada
vez, Bander movía las manos, lenta y delicadamente.
Aquel viaje parecía no tener fin. De vez en cuando, describían curvas que ponían de
manifiesto que la mansión subterránea se extendía en dos dimensiones. «No, en tres»,
pensó Trevize, al llegar a un punto en que descendieron por un suave declive.
En todas partes había robots, a docenas, a veintenas, a cientos, realizando un lento
trabajo cuya naturaleza Trevize no podía adivinar.
Cruzaron la pueda abierta de una gran estancia donde hileras de robots se encontraban
inclinados en silencio sobre sendos pupitres.
- ¿Qué están haciendo! - preguntó Pelorat.
- Teneduría de libros - repuso Bander -. Estadísticas, cuentas financieras y otras mil
cosas que, celebro poder decirlo, no me preocupan en absoluto. Ésta no es una finca
improductiva. Casi una cuarta parte de su zona de cultivo está dedicada a huertos. Una
décima parte corresponde a campos de cereales, pero los huertos son mi mayor orgullo.
Producimos las mejores frutas del planeta, en el mayor número de variedades. Un
«melocotón Bander» es el melocotón de Solaría. Casi nadie se preocupa de plantar
melocotoneros. También cultivamos veintisiete variedades de manzanas. Los robots
pueden daros plena información de todo esto.
- ¿Y qué haces con la fruta? - preguntó Trevize -. No puedes comerla toda tú solo.
- Ni soñarlo. Además, la fruta no me gusta mucho. Hacemos trueques con otras firmas.
- ¿A cambio de qué?
- De minerales sobre todo. En mis tierras no tengo minas dignas de mención. Además,
cambio la fruta por otras cosas que necesito para mantener un buen equilibrio ecológico.
Tengo una gran variedad de plantas y animales en mi hacienda.
- Supongo que los robots cuidan de todo ello - dijo Trevize.
- Lo hacen, y muy bien por cierto.
- Todo para un solariano.
- Todo para la finca y sus niveles ecológicos. Resulta que soy el único solariano que
visita las diversas partes de su hacienda..., cuando me viene en gana... Pero esto es parte
de mi absoluta libertad.
- Supongo que los otros..., los otros solarianos... - dijo Pelorat -, también mantienen un
equilibrio ecológico local y tal vez posean marismas o zonas montañosas o fincas en la
orilla del mar.
- Supongo que si - repuso Bander -. Tratamos de estas cosas en las conferencias que los
asuntos de nuestro mundo nos exigen a veces.
- ¿Con qué frecuencia os reunís? - preguntó Trevize.
Ahora, rodaban por un pasadizo bastante estrecho, muy largo, sin habitaciones en
ninguno de los lados. Trevize presumió que podía haber sido construido a través de un
sector que no permitía una mayor anchura, y que debía servir de enlace entre dos alas
capaces de extenderse mucho más.
- Demasiado a menudo - respondió Bander -. Es raro el mes que no me libro de pasar
algún tiempo reunido en conferencia con uno de los comités de que soy miembro.
Volviendo a lo que os decía, aunque puede no haber montañas ni marismas en mi finca,
mis huertos, mis estanques con peces y mis jardines botánicos son los mejores del
mundo.
- Pero, mi querido amigo... - dijo Pelorat -, quiero decir, Bander..., yo suponía que
nunca salías de tu finca para visitar las de los demás...
- Claro que no - respondió Bander, con aire ofendido.
- He dicho que lo suponía - le corrigió Pelorat suavemente -. Pero, en este caso, ¿cómo
puedes estar seguro de que la tuya es la mejor, si nunca has visitado, ni siquiera visto, las
otras?
- Lo sé por la demanda de mis productos en el comercio entre las fincas - aseguró
Bander.
- ¿Y qué me dices de la manufacturación? - preguntó Trevize.
- Hay propiedades donde fabrican herramientas y maquinaria. Como ya he dicho, en la
mía hacemos varas conductoras de calor, pero éstas son bastante sencillas.
- ¿Y robots?
- Ellos son fabricados en muchos lugares. A lo largo de toda la Historia, Solaria ha ido
a la cabeza de toda la Galaxia en el diseño más sutil e inteligente de los robots.
- Supongo que también hoy - dijo Trevize, cuidando muy bien de conseguir el tono de
una afirmación y no el de una pregunta en su observación.
- ¿Hoy? - preguntó Bander -. ¿Con quién podríamos competir? Solaria es la única que
construye robots en la actualidad. Vuestros mundos no los construyen, si interpreto
correctamente lo que oigo por la hiperonda.
- ¿Y los otros mundos Espaciales?
- Ya te lo he dicho. Dejaron de existir.
- ¿Por completo?
- No creo que exista un Espacial viviente, si no es en Solaria.
- Entonces, ¿no hay nadie que sepa la situación de la Tierra?
- ¿Por qué habría alguien que quisiera hacerlo?
- Yo quiero saberlo - terció Pelorat -. Es mi campo de estudio.
- Entonces - dijo Bander -, tendrás que estudiar otra cosa. Yo no sé nada sobre la
situación de la Tierra, ni he oído de nadie que la conozca, ni me importa una viruta de
robot.
El Vehículo se detuvo y, por un instante, Trevize pensó que el solariano se había
ofendido. Pero el frenazo fue suave, y Bander, al apearse, pareció tan divertido como de
costumbre al indicar a los otros que se apeasen también.
La iluminación de la habitación en la que entraron era muy tenue, a pesar de que
Bander la había aumentado con un ademán. Daba a un corredor lateral, en ambos lados
del cual había otras habitaciones más pequeñas. En cada una de ellas aparecía una vasija
adornada, a veces flanqueada de unos objetos que podían haber sido proyectores de
película.
- ¿Qué es esto, Bander? - preguntó Trevize.
- Cámaras funerarias de los antepasados, Trevize - dijo Bander.
Pelorat miró a su alrededor con interés.
- Supongo que tienes las cenizas de tus antepasados enterradas aquí, ¿verdad?
- Sí por «enterradas; quieres decir sepultadas en el suelo, no estás enteramente en lo
cierto - dijo Bander -. Podemos estar bajo tierra, Pero esto es mi mansión. Y las cenizas
están en ella, como nosotros estamos ahora. En nuestro idioma decimos que las cenizas
están «guardadas en casa». - Vaciló un momento y añadió -: «Casa» es una palabra
arcaica que quiere decir «mansión».
Trevize lanzó una ligera mirada a su alrededor
- ¿Y son éstos todos sus antepasados? ¿Cuántos?
- Casi cien - respondió, sin disimular el tono orgulloso de su voz -. Noventa y cuatro,
para ser exacto. Desde luego, los primeros no son verdaderos solarianos..., en el sentido
actual de la palabra, Fueron medias-personas, varones y hembras. A estos medioantepasados,
sus descendientes inmediatos los colocaron en urnas contiguas. Yo no entro
en esas habitaciones, desde luego. Es bastante «vergoncifero». Al menos, éste es el
vocablo que se emplea en Solaria; pero no conozco su equivalente galáctico. Tal vez no
lo tengáis.
- ¿Y las películas? - preguntó Bliss -. Yo diría que ésos son proyectores.
- Diarios - dijo Bander -, la historia de sus vidas. Escenas de ellos mismos en sus
lugares predilectos de la finca. Quiere decir que no mueren en todos los sentidos. Parte de
ellos permanece, y mi libertad me permite acompañarles cuando quiera; puedo ver
cualquier trozo de película cuando me plazca.
- Pero no los «vergonciferos».
Bander desvió la mirada.
- No – contestó -, aunque todos tenemos que considerarlos como parte de nuestro linaje.
Es una desgracia común.
- ¿Común? ¿También tienen los otros solaríamos estas cámaras de la muerte? -
preguntó Trevize.
- Oh, sí; todos las tenemos, pero las mías son las mejores, las más adornadas, las mejor
conservadas.
- ¿Tienes preparada tu cámara mortuoria ya? - dijo Trevize.
- Por supuesto. Está totalmente construida y dispuesta. Fue lo primero que hice al
heredar la propiedad. Y cuando sea reducido a cenizas, para emplear un lenguaje poético,
mi sucesor construirá la suya como su primer deber.
- ¿Tienes un sucesor? - Lo tendré cuando llegue el momento. Todavía me queda mucho tiempo de vida.
Cuando tenga que irme, habrá un sucesor adulto, lo bastante maduro para gozar de la
finca y bien preparado para la transducción energética.
- Supongo que será hijo tuyo.
- ¡Oh, sí!
- Pero, ¿y si ocurre alguna adversidad? - dijo Trevize -. Supongo que, incluso en
Solaria, se producen accidentes y desgracias. ¿Qué pasa sí un solaríano es reducido
prematuramente a cenizas y no tiene un sucesor que ocupe su lugar, o que no esté lo
bastante maduro para disfrutar de la propiedad?
- Eso no suele ocurrir. Entre mis antepasados, sólo sucedió una vez, pero si se da el
caso, uno tiene que recordar que hay otros sucesores esperando para ser dueños de otras
fincas. Algunos de ellos son lo bastante mayores para heredar y tienen padres, jóvenes
todavía, que pueden producir un segundo descendiente y vivir hasta que éste sea lo
bastante maduro para la sucesión. A uno de estos sucesores viejos-jóvenes, como son
llamados, lo designarían como heredero de la hacienda.
- ¿Quién hace la designación? .
- Tenemos una junta de gobierno entre cuyas pocas funciones está la de designar el
sucesor en caso de fallecimiento prematuro. Desde luego, todo se hace por holovisión.
- Pero, si los solarianos nunca se ven los unos a los otros – dijo Pelorat -, ¿cómo pueden
saber que un solariano ha sido reducido a cenizas inesperadamente..., o aunque se
esperase?
- Cuando uno de nosotros es reducido a cenizas - dijo Bander -, toda energía cesa en su
finca. Si ningún sucesor se hace cargo de ésta enseguida, la situación anormal es
advertida de inmediato y se toman las medidas pertinentes. Os aseguro que nuestro
sistema social funciona a la perfección.
- ¿Podríamos ver alguna de las películas que tienes aquí? - preguntó Trevize.
Bander frunció el ceño.
- Sólo tu ignorancia te disculpa – dijo -. Lo que has preguntado es crudo, obsceno.
- Te pido perdón por ello. No quisiera mostrarme impertinente, peroya te hemos dicho
que estamos muy interesados en obtener información sobre la Tierra. Y he pensado que
las películas más antiguas que tienes deben remontarse a un tiempo en que ese planeta no
era radiactivo todavía. Por consiguiente, podría ser mencionado. O quizás hubiese
detalles sobre él. No queremos violar tu intimidad pero, ¿no sería posible que tú mismo
examinases esas películas, o las hicieses examinar por un robot, y después nos dieses la
información que pudiese interesarnos? Desde luego, si aprecias nuestros motivos y
comprendes que haremos a nuestra vez todo lo que esté en nuestra mano para respetar tus
sentimientos, quizá permitas que nosotros mismos veamos las películas.
- Supongo que no puedes darte cuenta de que cada vez eres más ofensivo - repuso
Bander con frialdad -. Sin embargo, es inútil que insistas en ese tema: ninguna película
acompaña a mis antepasados medio-humanos.
- ¿Ninguna? - preguntó Trevize, con sincero desaliento.
- Hubo un tiempo en que existieron. Pero incluso vosotros podéis imaginar lo que
contenían. Dos medio-humanos mostrando recíproco interés, o incluso... - Bander
carraspeó y terminó la frase haciendo un esfuerzo, interactuando. Naturalmente, todas las
películas de los medio-humanos fueron destruidas hace muchas generaciones.
- ¿Y qué me dices de las películas de otros solarianos?
- Todas fueron destruidas.
- ¿Estás seguro?
- Habría sido una locura no hacerlo.
- Podría ocurrir que algunos solarianos estuviesen locos o fuesen sentimentales y
olvidadizos. Esperamos que no te opongas a que investiguemos en las haciendas vecinas.
Bander miró a Trevize, sorprendido.
- ¿Presumes que otros serán tolerantes con vosotros como lo he sido yo?
- ¿Por qué no, Bander?
- Vosotros mismos lo veréis.
- Es un riesgo que no tenemos más remedio que correr.
- No, Trevize. No debéis hacerlo. Escuchadme.
Había robots en segundo término, y Bander tenía el entrecejo fruncido.
- ¿ De qué se trata? - preguntó Trevize, súbitamente inquieto.
- Me ha gustado mucho hablar con todos vosotros y observaros en toda vuestra...,
digamos, rareza. Ha sido una experiencia única que me ha encantado, pero que no puedo
registrar en mi Diario ni grabar en una película.
-¿Por qué?
- Hablaros, escucharos, traeros a mi mansión, mostraros las cámaras de la muerte
ancestrales, han sido otros tantos actos «vergoncíferos».
- Nosotros no somos solarianos. Te importarnos menos que esos robots, ¿no es cierto?
- Esa es la excusa que trato de darme a mí mismo. Pero puede que los otros no la
aceptasen como tal.
- ¿Y qué te importa? Tienes absoluta libertad para hacer lo que te plazca, ¿no?
- Incluso siendo como somos, la libertad no es realmente absoluta. Si yo fuese el único
solariano en el mundo, podría hacer incluso cosas vergonzosas con absoluta libertad. Pero
hay otros solarianos en el planeta y, debido a ello, la libertad ideal no se ha alcanzado del
todo, aunque nos hemos acercado bastante. Hay mil doscientos solarianos en el planeta
que me despreciarían si supiesen lo que he hecho.
- No tienen por qué saberlo.
- Eso es cierto. He estado pensándolo desde que llegasteis. Me he dado cuenta de algo
durante todo el tiempo que me divertía con vosotros: los otros no deben saberlo.
- Si esto significa que temes complicaciones como resultado de nuestras visitas a otras
haciendas en busca de información sobre la Tierra - dijo Pelorat -, naturalmente, no
diremos que te hemos visitado a ti primero. La cosa está clara.
Bander sacudió la cabeza.
- Ya me he arriesgado bastante. Y, como es lógico, no hablaré de ello. Mis robots
tampoco lo harán, e incluso se les ordenará olvidarlo. Vuestra nave será traída bajo tierra
y explorada para sacar de ella toda la información posible...
- Espera - dijo Trevize -, ¿cuánto tiempo crees que podemos esperar aquí mientras
inspeccionas nuestra nave? Eso no es posible.
- Claro que sí, porque nada podréis hacer para evitarlo. Lo siento. Me gustaría seguir
hablando con vosotros y discutir sobre otras muchas cosas, pero ya veis que la situación
se hace cada vez más peligrosa.
- No, no es así - dijo Trevize enfáticamente.
- Sí, pequeño medio-humano. Lamento que haya llegado el momento en que tengo que
cumplir lo que mis antepasados habrían hecho enseguida. Debo mataros a los tres.
***
XII. A LA SUPERFICIE
Trevize volvió la cabeza al punto para mirar a Bliss. Su semblante permanecía
inexpresivo pero tenso, y miraba a Bander con tal intensidad que hacía que pareciese
estar ajena a todo lo demás.
Pelorat tenía los ojos muy abiertos, con expresión de incredulidad. Trevize, no sabiendo
lo que Bliss querría (o podría) hacer, se esforzó en dominar su abrumadora impresión de
fracaso (no tanto por la idea de la muerte, como por la de morir sin saber dónde estaba la
Tierra, sin saber por qué había elegido Gaia como futuro de la Humanidad). Tenía que
ganar tiempo.
Esforzándose en conservar firme la voz y pronunciar las palabras con claridad, dijo:
- Has demostrado ser un solariano amable y cortés, Bander, sin enojarte por nuestra
intrusión en vuestro mundo. Has tenido la amabilidad de mostrarnos tu finca y tu
mansión mientras contestabas nuestras preguntas. Sería más propio de tu carácter que
ahora nos dejases marchar. Nadie sabría que hemos estado en este planeta y nosotros no
tendríamos motivos para volver. Llegamos con las mejores intenciones, buscando
información solamente.
- Lo creo - repuso Bander -, y hasta ahora he respetado vuestras vidas, que estuvieron
condenadas desde el instante mismo en que entrasteis en nuestra atmósfera. Lo que yo
podía y debía hacer, al establecer contacto con vosotros, era mataros en el acto. Entonces,
habría ordenado al robot adecuado que disecase vuestros cuerpos en busca de la
información que pudieran darme los forasteros.
»No lo hice. Satisfice mi curiosidad y cedí a mi propio carácter tolerante, pero eso se
acabó. No puedo continuar haciéndolo. En realidad, ya he comprometido la seguridad de
Solaria, pues si, por debilidad, me dejase convencer y permitiese que abandonaseis este
planeta, otros de vuestra clase vendrían más adelante, aunque me prometieseis que no
sería así.
»Sin embargo, puedo aseguraros una cosa al menos: vuestra muerte será indolora. Sólo
calentaré vuestros cerebros suavemente y los desactivaré. No experimentaréis dolor.
Sencillamente, dejaréis de vivir. Por último, terminados la disección y el estudio, os
convertiré en cenizas con un fuerte chorro de calor y todo habrá acabado.
- Si debemos morir así - dijo Trevize -, nada puedo oponer a una muerte rápida e
indolora; pero, ¿por qué tenemos que morir, si no hemos cometido ningún delito?
- Vuestra llegada lo fue.
- No lógicamente, puesto que no podíamos saber que nuestra acción era delictiva.
- La sociedad define lo que constituye delito. Para vosotros, esto puede parecer
irracional y arbitrario, pero no lo es para nosotros, y éste es nuestro mundo, en el que
tenemos pleno derecho a decir que lo que habéis hecho está mal y merece la muerte.
Bander sonrió, como si aquello fuese una agradable conversación, y prosiguió:
- Y vosotros no tenéis derecho a quejaros, en nombre de vuestra superior virtud. Tú
mismo llevas un blaster que emplea un rayo de microondas para producir un intenso calor
letal. Hace lo mismo que yo pretendo hacer, pero estoy seguro que de un modo mucho
más brutal y doloroso. Tú no vacilarías en emplearlo contra mí en este instante si yo no
hubiese descargado su energía y si fuese lo bastante estúpido para permitirte libertad de
movimientos, serías capaz de sacar el arma de su funda.
Trevize dijo desesperadamente, temeroso de mirar de nuevo a Bliss y de que la atención
de Bander se volviese a ella:
- Te pido, como un acto de misericordia, que no hagas esto.
- Ante todo - dijo Bander, súbitamente hosco -, debo ser misericordioso conmigo y con
mi mundo, y, por consiguiente, tenéis que morir.
Levantó la mano y la oscuridad descendió al instante sobre Trevize.
Por un momento, Trevize sintió que la oscuridad le ahogaba, y pensó furiosamente: ¿Es
esto la muerte?
Y como si sus pensamientos hubiesen provocado un eco, oyó un murmullo que decía:
- ¿Es esto la muerte?
Era la voz de Pelorat. Trevize trató de murmurar y vio que podía hacerlo,
- ¿Por qué lo preguntas? - dijo, sintiendo un enorme alivio -. El mero hecho de que
puedas hacerlo demuestra que no estás muerto.
- Hay antiguas leyendas según las cuales hay vida después de la muerte.
- Tonterías - murmuró Trevize -. ¿Bliss? ¿Estás aquí, Bliss?
No hubo respuesta.
- Bliss. Bliss - repitió de nuevo Pelorat -. ¿Qué ha sucedido, Golan?
- Bander debe de estar muerto - dijo Trevize -. Por eso no ha podido seguir
suministrando energía y las luces se han apagado.
- Pero, ¿cómo...? ¿Quieres decir que lo ha hecho Bliss?
- Supongo que sí, Espero que no le haya ocurrido nada malo durante su acción.
Se arrastró a gatas en la oscuridad total del subterráneo, a excepción del destello
ocasional y casi invisible de un átomo radiactivo desintegrándose al chocar contra la
pared.
Entonces, su mano tocó algo cálido y suave. Siguió palpando y, al reconocer una
pierna, la agarró. Desde luego, era demasiado pequeña para pertenecer a Bander.
- ¿Bliss?
La pierna dio una sacudida, obligando a Trevize a soltarla.
- ¿Bliss? ¡Di algo!
- Estoy viva - repuso la voz de Bliss, curiosamente alterada.
- Pero, ¿estás bien? - dijo Trevize.
- No.
Y entonces volvió a hacerse la luz, aunque muy tenue. Las paredes brillaron
débilmente, aumentando y disminuyendo, a desordenados intervalos, la intensidad de la
luz.
Bander yacía acurrucado en un bulto oscuro. Bliss estaba a su lado, sosteniéndole la
cabeza.
La joven miró a Trevize y a Pelorat.
- El solariano ha muerto - dijo, y la débil luz permitió ver un brillo de lágrimas en sus
mejillas.
Trevize se quedó estupefacto.
- ¿Por qué estás llorando?
- ¿Cómo no voy a hacerlo después de haber matado a un ser vivo e inteligente? Ésa no
era mi intención.
Trevize se inclinó para ayudarla a ponerse en pie, pero ella lo apartó de un empellón.
Pelorat se arrodilló a su vez.
- Por favor, Bliss - dijo con suavidad -, ni siquiera tú puedes devolverle la vida. Dinos
lo que ha ocurrido.
Ella dejó que Pelorat la pusiese en pie, y dijo lentamente:
- Gaia puede hacer lo que Bander podía hacer. Gaia puede utilizar la energía
desigualmente distribuida del universo y transferirla a una acción determinada sólo por la
fuerza mental...
- Eso ya lo sabia - la interrumpió Trevize, pretendiendo mostrarse apaciguador pero sin
saber muy bien cómo hacerlo -. Recuerdo muy bien nuestro encuentro en él espacio,
cuando tú, o mejor dicho, Gaia, retuvo cautiva nuestra nave espacial. Pensé en ello
mientras Bander me mantenía sujeto después de apoderarse de mis armas. También te
sujetó a ti, pero yo confiaba en que podías liberarte si querías.
- No. Si lo hubiese intentado, habría fracasado. Cuando tu nave fue apresada por «mínosotros-
Gaia» - dijo con tristeza -, Gaia y yo éramos realmente una. Ahora hay una
separación hiperespacial que limita «mi-nuestra-de Gaia» eficacia. Además, lo que Gaia
hace es por el mero poder de la masa de cerebros. Pero, aun así, todos aquellos cerebros
juntos carecen de los lóbulos transductores que poseía este solariano individual. Nosotros
no podemos emplear la energía tan delicada, eficiente e incansablemente como él hacía.
Como puedes ver, me resulta imposible hacer que esas luces brillen más, y no sé cuánto
tiempo podré conseguir que sigan brillando antes de cansarme. Él era capaz de
suministrar energía a toda su vasta finca, incluso cuando estaba durmiendo.
- Pero tú la interrumpiste - dijo Trevize.
- Porque él no sospechaba mis poderes - dijo Bliss - y porque no hice nada que pudiese
revelárselos. Por consiguiente, no sospechó de mí y no me prestó atención. La centró
enteramente en ti, Trevize, tú eras quien tenía las armas (también hiciste bien esta vez en
ir armado), y yo tenía que esperar la ocasión de frenar a Bander con un rápido e
inesperado golpe. Cuando Bander estaba a punto de matarnos, cuando toda su mente la
tenía concentrada en su propósito y en ti, pude descargar mi golpe.
- Y con magníficos resultados.
- ¿Cómo puedes decir una cosa tan cruel, Trevize? Yo sólo tenía la intención de
frenarlo. Deseaba impedir que usase su transductor. En un momento de sorpresa, cuando
tratase de fulminarnos y viese que no podía hacerlo, sino que la iluminación menguaba
hasta convertirse en oscuridad total, yo apretaría mi presa y lo sumiría en un sueño
normal y soltaría el transductor. Entonces, la energía permanecería podríamos salir de
esta mansión, ir a nuestra nave y abandonar el planeta. También esperaba arreglar las
cosas de manera que, cuando Bander despertase al fin, hubiese olvidado todo lo ocurrido
desde el instante en que nos había visto. Gaia no quiere matar para realizar lo que pudiera
hacerse sin causar la muerte a nadie.
- ¿Qué fue lo que falló, Bliss? - preguntó Pelorat con cariño.
- Nunca me había encontrado con algo parecido a esos lóbulos transductores y no tenía
tiempo le estudiarlo. Me limité a realizar la maniobra de bloqueo, y por lo visto la cosa
no funcionó como debía. No bloquee la entrada de energía en sus lóbulos, sino la salida.
La energía pasa siempre a raudales en sus lóbulos, pero, por lo general, el cerebro se
protege expulsando esa energía con la misma rapidez. En cambio, cuando yo hube
bloqueado la salida, la energía se acumuló enseguida dentro de los lóbulos y, en una
pequeña fracción de segundo, la temperatura se elevo hasta el punto en que las proteínas
del cerebro se desactivaron fatalmente y murió. Las luces se apagaron y yo anule mi
bloque inmediatamente, pero, desde luego, ya era demasiado tarde.
- No veo que hubieses podido hacer nada diferente de lo que hiciste, querida - dijo
Pelorat.
- Eso no me sirve de consuelo, considerando que he matado.
- Bander estaba a punto de matarnos a nosotros - dijo Trevize.
- Ese era un motivo para impedírselo, no para matarlo.
Trevize vacilo. No quería mostrar la impaciencia que sentía, pues, no deseaba ofender
ni trastornar mas a Bliss, la cual, a final de cuentas, era la única defensa de que disponía
contra un mundo terriblemente hostil.
- Bliss – dijo - es hora de que pensemos en cosas distintas de la Bander, como ha
muerto, toda la energía de la finca se habrá Extinguido. Esto será advertido, más pronto o
más tarde, probablemente pronto por otros solarianos, los cuales se verán obligados a
investigar. No creo que tu fuesen capaz de rechazar el ataque combinado de varios de
ellos. Y, como tu misma has confesado, no podrías emplear la limitada energía de que
dispones ahora por mucho tiempo. Por consiguiente, es necesario que volvamos a la
superficie, y a nuestra nave lo antes posible.
- Pero Golan - dijo Pelorat -, ¿cómo lo haremos? Hemos recorrido muchos kilómetros
por un camino ondulado. Me imagino que debe ser un laberinto, y, por lo que a mi atañe,
no tengo la menor idea de por donde debemos ir para alcanzar la superficie. Mi sentido
de la orientación ha sido malo siempre.
Trevize miró a su alrededor y, vio que Pelorat tenía razón.
- Supongo – dijo - que hay muchas salidas a la superficie y no hace falta que
encontremos la misma por la que entramos.
- Pero no sabemos dónde se encuentra ninguna de ellas. ¿Cómo vamos a encontrarlas?
Trevize se volvió hacia Bliss de nuevo.
- ¿Puedes detectar mentalmente algo que nos ayude a salir?
- Todos los robots de esta finca están inactivos - dijo Bliss -. Detecto un débil murmullo
de vida subinteligente por encima de nosotros, pero lo único que esto me dice es que la
superficie se encuentra allá arriba, algo que ya sabemos.
- Entonces - dijo Trevize -, sólo nos queda buscar alguna abertura.
- ¡Un juego del escondite! - exclamó, horrorizado, Pelorat -. Jamás lo conseguiremos.
- Tal vez sí, Janov - le tranquilizó Trevize -. Si buscamos, tendremos una posibilidad,
por pequeña que sea. La única alternativa que nos queda es permanecer aquí, y si lo
hacemos, nunca lograremos nuestro objetivo. Vamos, una mínima posibilidad es mejor
que ninguna.
- Esperad - dijo Bliss -. Percibo algo.
- ¿Qué? - dijo Trevize.
- Una mente.
- ¿Una inteligencia?
- Sí, pero limitada, según creo. Sin embargo, lo que percibo con más claridad es otra
cosa.
- ¿Qué? - preguntó Trevize, luchando con su impaciencia una vez más.
- ¡Miedo! ¡Un miedo terrible! - dijo Bliss, en voz baja.
Trevize miró a su alrededor con tristeza. Sabía por dónde habían entrado, pero no se
hacía ilusiones sobre su capacidad de regresar por el mismo camino. A fin de cuentas,
había prestado poca atención a sus vueltas y revueltas. ¿Quién hubiese pensado que se
verían obligados a volver solos, sin ninguna ayuda, y con sólo una débil y vacilante luz
para guiarles?
- ¿Podrás activar el vehículo, Bliss? - preguntó.
- Estoy segura de que sí, Trevize - respondió Bliss -, lo cual no significa que sepa
conducirlo.
- Creo que Bander lo hacía mentalmente - dijo Pelorat -. No vi que tocase nada cuando
estaba en marcha.
- Así era, Pel - asintió Bliss -, pero, ¿cómo? Podrías decir que lo hizo usando los
controles. Cierto, pero, si yo no conozco los detalles del manejo de los controles, eso no
nos sirve de gran cosa, ¿verdad?
- Podrías intentarlo - dijo Trevize.
- Lo haré. Tendré que concentrar toda mi mente en ello aunque, si lo hago, dudo de que
pueda mantener las luces encendidas. El vehículo nos servirá de poco en la oscuridad, a
pesar de que consiga conducirlo.
- Entonces, supongo que tendremos que ir a pie.
- Temo que sí.
Trevize atisbó la espesa y amenazadora oscuridad que se extendía más allá del lugar
débilmente iluminado en que se hallaban.
- Bliss, ¿sientes todavía esa mente asustada? - preguntó.
- Sí.
- ¿Sabes dónde se halla? ¿Puedes guiarnos hasta ella?
- El sentido mental forma una línea recta. No es refractado por la materia ordinaria; por
consiguiente, puedo decir que viene de aquella dirección - dijo, señalando un punto en la
pared oscura -. Pero no podemos atravesar la pared para llegar hasta ella. Lo que haremos
será seguir los pasillos y tratar de orientamos en la dirección en que la sensación se haga
más fuerte. En una palabra, tendremos que jugar a frío y caliente.
- Entonces, empecemos enseguida.
Pelorat se echó atrás.
- Espera, Golan. ¿Seguro que deseamos encontrar esa cosa, sea lo que fuere? Si está
asustada, puede que nosotros tengamos motivos para asustarnos también.
Trevize sacudió la cabeza con impaciencia.
- No hay otra alternativa, Janov. Es una mente, asustada o no, y puede que esté
dispuesta, o que la obliguemos a estarlo, a guiarnos a la superficie.
- ¿Y dejaremos a Bander tirado aquí? - preguntó Pelorat, con inquietud.
Trevize le agarró de un codo.
- Vamos, Janov. Tampoco en esto podemos elegir. Seguro que algún solariano
reactivará el lugar y que un robot encontrará a Bander. Espero que eso no ocurra antes de
que estemos a salvo lejos de aquí.
Dejó que Bliss marchase en cabeza. La luz era siempre más fuerte cerca de ella, y Bliss
se detenía ante cada puerta y en cada encrucijada, tratando de captar la dirección de la
que procedía aquel miedo. A veces, cruzaba una puerta o doblaba un recodo, y volvía
atrás para seguir otro pasillo, mientras Trevize la observaba desesperadamente.
Cada vez que Bliss tomaba una decisión y avanzaba con resolución en una dirección
determinada, se encendía la luz delante de ella. Trevize advirtió que ésta era un poco más
brillante ahora, fuese porque sus ojos se iban adaptando a la oscuridad o porque Bliss
aprendía a manejar la transducción con más eficacia. En una ocasión, al pasar cerca de
una de las varas metálicas insertas en el suelo, Bliss apoyó una mano en ella y la luz
aumentó de forma considerable, y ella asintió con la cabeza, como satisfecha de sí
misma.
Nada les resultaba conocido; parecía seguro que andaban por lugares de la mansión
subterránea por los que no habían pasado al entrar.
Trevize observaba sin descanso los pasillos que ascendían bruscamente y estudiaba los
techos por si, en ellos, había señal de alguna trampilla. Pero no encontraba nada de eso, y
aquella mente asustada seguía siendo su única oportunidad de salir de aquel lugar.
Siguieron avanzando en silencio, turbado, únicamente, por sus propios pasos; en medio
de una oscuridad que sólo interrumpía aquella luz débil a su alrededor; a través de un
mundo muerto, salvo por sus propias vidas. De vez en cuando, distinguían el bulto oscuro
de un robot, sentado o de pie, en la penumbra, inmóvil por completo. En una ocasión,
vieron a uno de ellos tumbado de costado, con las piernas y los brazos en extraña
posición, como petrificado. Trevize pensó que la interrupción de la energía le habría
pillado desequilibrado, y se había caído. Bander, vivo o muerto, no podía contrarrestar la
fuerza de la gravedad.
Tal vez en toda su vasta hacienda, había robots en pie o yaciendo inactivos, y esa
situación sería advertida rápidamente en los linderos.
O tal vez no, pensó de pronto. Los solarianos debían saber cuándo uno de ellos se
estaba muriendo de viejo o de decadencia física. Y todo el mundo estaría alerta para
cuando el óbito se produjese. Pero Bander había muerto de repente, en la flor de su
existencia, sin que nadie hubiese podido preverlo. ¿Quién iba a saberlo? ¿Quién esperaría
algo así? ¿Quién estaría observando, por si la desactivación se producía?
Pero no (y Trevize rechazó su optimismo como un señuelo peligroso que podía
conducirles a un exceso de confianza), los solarianos observarían el cese de toda
actividad en la finca de Bander y actuarían de inmediato. Todos tenían demasiado interés
en las herencias para olvidarse de la muerte.
- La ventilación ha dejado de funcionar - murmuró Pelorat desalentado -. Un lugar
como éste, bajo tierra, tiene que estar ventilado, y Bander suministraba la energía. Ahora
no hay ventilación.
- No importa, Janov - dijo Trevize -. Tenemos suficiente aire en este lugar subterráneo
vacío para que podamos respirar durante años.
- Es igual. Su efecto psicológico es muy malo.
- Por favor, Janov, domina tu claustrofobia. ¿Nos hemos acercado, Bliss?
- Mucho, Trevize - respondió ella -. La sensación ha aumentado y ahora percibo su
dirección con más claridad.
Andaba segura, vacilando menos cuando tenía que elegir un camino.
- ¡Allí! ¡Allí! – exclamó -. Puedo percibirlo intensamente.
- Ahora, incluso yo puedo oírlo - dijo Trevize secamente.
Los tres se pararon y contuvieron el aliento. Percibieron un débil gimoteo, entrecortado
de sollozos.
Entraron en una amplia habitación y, al encenderse las luces, vieron que, a diferencia de
las que había visto hasta entonces, estaba rica y alegremente amueblada.
En el centro de la estancia se hallaba un robot, algo inclinado, con los brazos
extendidos en una actitud casi afectuosa, y desde luego, completamente inmóvil.
Unas ropas se agitaron detrás del robot. Un ojo redondo y asustado asomó junto a un
lado de aquél, y siguieron oyéndose aquellos sollozos de desconsuelo.
Trevize pasó al lado del robot y, entonces, una pequeña criatura salió corriendo y
chillando. Tropezó, cayó al suelo y se quedó tumbada allí, tapándose los ojos, pataleando
en todas direcciones, como defendiéndose sin saber de dónde vendría la amenaza, y
chillando sin parar...
- ¡Es un niño! - exclamó Bliss innecesariamente.
Trevize dio un paso atrás, asombrado. ¿Qué hacia un niño allí? Bander se había jactado
de su absoluta soledad, insistiendo en ello incluso.
Pelorat, menos apto para seguir un razonamiento sólido ante un suceso oscuro, encontró
al punto la solución.
- Supongo que estamos ante el sucesor - dijo.
- El retoño de Bander - convino Bliss -, pero creo que es demasiado pequeño para
sucederlo. Los solarianos tendrán que buscarlo en otra parte.
Estaba contemplando al niño, no con la mirada fija, sino de una manera suave e
hipnotizadora, y, poco a poco, el ruido que aquél estaba haciendo menguó. Después, el
pequeño abrió los ojos y miró a Bliss a su vez. El llanto se redujo a algún gemido
ocasional.
También Bliss emitió algunos sonidos, apaciguadores, palabras inconexas que no
significaban gran cosa, pero que tenían por objeto aumentar el efecto calmante de sus
pensamientos. Era como si tratase de escudriñar la mente desconocida del niño y de
tranquilizar sus excitadas emociones.
Muy despacio, sin apartar nunca la mirada de Bliss, el chiquillo se puso en pie, se
tambaleó un momento y corrió hacia el silencioso e inmóvil robot, abrazándose a la
gruesa pierna robótica, como buscando ávidamente la seguridad de su contacto.
- Supongo - dijo Trevize - que este robot es su ama..., o su niñera. Creo que un
solariano no puede cuidar de otro solariano, ni tratándose de padre e hijo.
- Y yo supongo que el niño es hermafrodita - dijo Pelorat.
- Tendría que serlo - convino Trevize.
Bliss, todavía preocupada por aquella criatura, se acercó a ella lentamente, levantando
un poco las manos pero con las palmas vueltas tracia dentro, como para demostrarle que
no tenía intención de sujetarle. Ahora, el chiquillo se había callado, viéndole acercarse y
agarrándose al robot con más fuerza.
- Aquí, pequeño... - dijo Bliss -, calor, pequeño..., blando, caliente, cómodo, seguro,
pequeño..., seguro, seguro. - Se interrumpió y, sin volver la cabeza, dijo en voz baja -:
Háblale en su lenguaje, Pel. Dile que somos robots que hemos venido para cuidar de él,
ya que ha fallado la energía.
- ¡Robots! - exclamó, escandalizado, Pelorat.
- Debemos presentarnos a él como robots. No les tiene miedo. Y nunca ha visto un ser
humano; tal vez no puede siquiera imaginárselos.
- No sé si podré dar con la expresión adecuada - dijo Pelorat -. No conozco ninguna
palabra arcaica que designe un robot.
- Di «robot», Pel. Si no lo entiende, di «cosa de hierro». Di lo que te parezca mejor.
Poco a poco, deletreando las palabras, Pelorat habló en lengua arcaica. El chiquillo le
miró, frunciendo intensamente el ceño, como tratando de comprender.
- Sería mejor que le preguntases cómo salir de aquí, ya que estás en ello - le aconsejó
Trevize.
- No - dijo Bliss -. Todavía no. Primero, la confianza. Después, la información.
La criatura, mirando ahora a Pelorat, soltó despacio al robot y habló, con voz aguda y
musical.
- Habla demasiado aprisa para mí - dijo ansiosamente Pelorat.
- Pídele que lo repita más despacio. Yo hago todo lo posible por calmarlo y quitarle el
miedo.
Pelorat escuchó al niño de nuevo.
- Creo que pregunta por qué se ha parado Jemby. Jemby debe de ser el robot.
- Asegúrate de ello, Pel.
Pelorat habló, escuchó y dijo:
- Sí, Jemby es el robot. El niño se llama Fallom.
- ¡Bravo! - exclamó Bliss. Después, miró al pequeño y, con una sonrisa feliz y
luminosa, lo señaló con un dedo -. Fallom. Fallom bueno.
Fallom valiente. - Luego se puso una mano sobre el pecho y añadió -: Bliss.
El chiquillo sonrió. Parecía muy atractivo al sonreír.
- Bliss - murmuró, pronunciando mal la «ese».
- Bliss - dijo Trevize -, si puedes activar el robot Jemby, quizás éste nos indicase lo que
queremos saber. Pelorat podría hablarle tan fácilmente como al niño.
- No - replicó Bliss -. Eso constituiría un error. El primer deber del robot es proteger al
niño. Si lo activamos, y se da cuenta de nuestra presencia, de la presencia de seres
humanos extraños, puede atacarnos al instante. Si entonces me veo obligada a
desactivarlo, no podrá darnos información, y el chiquillo, al hallarse con una segunda
desactivación del único padre que conoce... Bueno, no quiero hacerlo.
- Pero nos dijeron que los robots no pueden dañar a los seres humanos - intervino
Pelorat con voz suave.
- Es verdad - admitió Bliss -, pero no nos dijeron qué clase de robots han inventado los
solarianos. Y aunque éste hubiese sido instruido para no hacer daño, tendría que elegir
entre el pequeño, que es casi como un hijo para él, y tres intrusos a los que tal vez no
reconocería siquiera como seres humanos. Como es natural, elegiría al niño y nos
atacaría. - Se volvió de nuevo al chiquillo -. Fallom - dijo Bliss., señalando luego a los
otros -. Pel, Trev.
- Pel. Trev - dijo, obediente, el niño.
Ella se le acercó más y alargó despacio las manos. Él la observó y dio un paso atrás.
- Calma, Fallom - susurró Bliss -. Fallom bueno. Toca, Fallom. Sé bueno, Fallom.
Éste dio un paso en su dirección y Bliss suspiró.
- Fallom bueno. .
Tocó el brazo desnudo de Fallom, que, lo mismo que su padre, sólo llevaba una bata
larga, abierta por delante y con un taparrabo - debajo.
El contacto fue muy suave. Después, ella retiró el brazo, esperó e hizo un nuevo
contacto, acariciando suavemente al pequeño.
Él entornó los párpados bajo el fuerte efecto calmante de la mente de Bliss.
Ésta movió las manos hacia arriba muy despacio, con suavidad, sin tocar apenas los
hombros, el cuello y las orejas del niño, y después las deslizó debajo de los cabellos
castaños hasta un punto situado exactamente encima y detrás de las orejas.
Por fin las apartó y dijo:
- Los lóbulos transductores son pequeños todavía. El hueso craneano no se ha
desarrollado aún. Allí no hay más que una gruesa capa de piel, que con el tiempo crecerá
hacia fuera y será cercada con hueso cuando los lóbulos se hayan desarrollado. Esto
quiere decir que, de momento, no puede controlar la finca, ni siquiera activar su propio
robot personal.
Pregúntale cuántos años tiene, Pel.
- Tiene catorce años, si no he entendido mal - dijo Pelorat después de una breve
conversación.
- Más bien parece que tenga once - opinó Trevize.
- La duración de los años en este mundo puede no corresponder exactamente a la de los
años galácticos - les recordó Bliss -. Además, se supone que los Espaciales tienen la vida
muy larga y, si los solarianos se parecen a los otros Espaciales en esto, pueden tener
también períodos de desarrollo más dilatados. No debemos guiarnos por los años.
Trevíze chascó la lengua con impaciencia.
- Basta de antropología – dijo -. Tenemos que salir a la superficie y, como estamos
tratando con un niño, es posible que perdamos el tiempo inútilmente. Tal vez no sepa el
camino. Quizá no ha estado nunca arriba.
- ¡Pel! - dijo Bliss.
Pelorat comprendió lo que ella le pedía y entabló ahora una larga conversación con
Fallom.
- El niño sabe lo que es el sol - explicó después -. Dice que lo ha visto. Yo creo que ha
visto árboles. He fingido no estar seguro de lo que aquel nombre quería decir, o al menos
de lo que la palabra que empleé significaba.
- Sí, Janov - le interrumpió Trevize -, pero vayamos al grano.
- He dicho a Fallom que, si podía llevarnos a la superficie, nosotros quizás activásemos
su robot. En realidad, le he prometido que lo activaríamos. ¿Creéis que podríamos
hacerlo?
- Más tarde nos ocuparemos de ello - dijo Trevize -. ¿Ha dicho que nos guiaría?
- Sí. Pensé que lo haría de más buena gana si yo le prometía eso.
Aunque supongo que corremos el riesgo de defraudarle...
- Vamos - ordenó Trevize -, pongámonos en marcha. Todo esto será una discusión
académica si nos pillan bajo tierra.
Pelorat dijo algo al niño, el cual echó a andar, se detuvo y se volvió a mirar a Bliss.
Ésta alargó un brazo, y los dos caminaron asidos de la mano.
- Soy el nuevo robot - dijo ella, sonriendo ligeramente.
- Y parece que le gustas - repuso Trevize.
Fallom siguió andando y Trevize se preguntó si estaría contento solamente porque Bliss
había conseguido causarle esa impresión, o si, además, se debía a la excitación de visitar
la superficie, tener tres nuevos robots y la idea de que recuperaría a Jemby, su padre
adoptivo. Aunque aquello importaba poco, con tal de que el niño les guiase.
Éste parecía avanzar sin la menor vacilación. Ni siquiera se detenía cuando tenía que
elegir entre dos caminos. ¿Sabía realmente adónde iba o sólo era cuestión de indiferencia
infantil? ¿Jugaba simplemente a un juego, sin saber el resultado con claridad?
Pero Trevize se daba cuenta, por la ligera dificultad de su marcha, de que estaban
caminando cuesta arriba, y el niño, que seguía avanzando con aires de importancia,
señalaba hacia delante y no paraba de charlar.
Trevize miró a Pelorat, el cual carraspeó y tradujo.
- Creo que está hablando de una «puerta».
- Ojalá sea verdad - dijo Trevize.
El niño se desprendió de Bliss y corrió. Señaló una parte del suelo que parecía más
oscura que lo que la rodeaba. El pequeño se puso sobre ella, saltó varias veces y, después,
se volvió con clara expresión de desaliento y habló con estridente locuacidad.
- Tendré que suministrar la energía - dijo Bliss, con una mueca -. Esto me está
agotando.
Su cara enrojeció un poco y las luces palidecieron, pero se abrió una puerta
exactamente delante de Fallom, el cual se echó a reír, regocijado.
El niño salió corriendo por el hueco y los dos hombres le siguieron.
Bliss fue la última en hacerlo y miró atrás al apagarse las luces del interior y cerrarse la
puerta. Entonces, se detuvo para recobrar aliento, pareciendo bastante fatigada.
- Bueno - dijo Pelorat -, ya hemos salido. ¿Dónde está la nave?
Se detuvieron todos bajo la luz del crepúsculo.
- Me parece que debe encontrarse en aquella dirección – murmuró Trevize.
- También a mí me da esa sensación - dijo Bliss -. Vayamos allá.
- Y tendió la mano a Fallom.
No se oía ningún ruido, salvo el producido por el viento y por los movimientos y
llamadas de algunos animales. Pasaron por delante de un robot que permanecía inmóvil,
en pie, cerca del tronco de un árbol, sosteniendo algún objeto de uso incierto.
Pelorat dio un paso en su dirección, llevado por su curiosidad, pero Trevize lo atajó.
- Eso no nos importa, Janov. Sigue andando.
Después, vieron otro robot que había caído al suelo.
- Supongo que esto está lleno de robots en muchos kilómetros a la redonda - dijo
Trevize. Y después, con voz triunfal -: ¡Allí está la nave!
Aceleraron el paso, pero se detuvieron de pronto. Fallom alzó la voz y chilló muy
excitado.
En el suelo, cerca de la nave, estaba lo que parecía ser un buque aéreo de modelo
primitivo, con un rotor que parecía requerir mucha energía y ser frágil además. Cerca del
mismo, y entre el grupito de forasteros y su nave hallábanse plantadas cuatro figuras
humanas.
- Demasiado tarde - dijo Trevize -. Hemos perdido mucho tiempo. ¿Qué hacemos
ahora? .
- ¿Cuatro solarianos? - preguntó Pelorat con incertidumbre -. No puede ser. No pueden
haberse puesto en contacto físico de esta manera. ¿pensáis que son holoimágenes?
- Son materiales - dijo Bliss -. Estoy segura de ello. Tampoco son solarianos. Las
mentes de éstos resultan inconfundibles. Son robots.
- Bueno - dijo Trevize con aire de cansancio -, ¡adelante!
Reanudó su marcha hacia la nave con paso tranquilo, y los otros le siguieron.
- ¿Qué pretendes saber? - preguntó Pelorat, jadeando un poco.
- Si son robots, tienen que obedecer las órdenes.
Los robots les estaban esperando, y Trevize los observó fijamente al acercarse a ellos.
Sí, tenían que ser robots. Sus caras, que parecían hechas de piel sobre carne, no
reflejaban expresión alguna, y, además, llevaban unos uniformes que no dejaban al
descubierto ni un centímetro cuadrado de piel, aparte de la de la cara. Incluso las manos
iban cubiertas con finos guantes opacos.
Trevize hizo un ademán que equivalía inconfundiblemente a una severa orden de que se
apartasen a un lado.
Los robots no se movieron. .
Trevize dijo en voz baja a Pelorat:
- Díselo con palabras, Janov. Muéstrate enérgico.
Pelorat carraspeó y, adoptando un desacostumbrado tono de barítono, habló lentamente
y reprodujo el ademán de Trevize. Entonces, uno de los robots, que tal vez era un poco
más alto que los demás, dijo algo con voz fría y cortante.
Pelorat se volvió a Trevize.
- Creo que ha dicho que somos forasteros.
- Comunícale que somos seres humanos y que deben obedecernos.
Entonces, el robot habló en un galáctico peculiar, pero comprensible.
- Te he entendido, forastero. Yo hablo galáctico. Nosotros somos robots guardianes.
- Entonces, sabes que he dicho que somos seres humanos y que tenéis que obedecernos.
- Nosotros estamos programados para obedecer únicamente a los gobernantes,
forasteros. Vosotros no sois gobernantes ni solarianos. El jefe Bander no ha respondido
en el momento del contacto normal y por eso hemos venido a investigar. Es nuestro deber
hacerlo. Y nos encontramos aquí con una nave espacial no fabricada en Solaria, varios
forasteros presentes y todos los robots desactivados. ¿Dónde está el jefe Bander?
Trevize sacudió la cabeza y dijo, pausada y claramente:
- No sabemos de qué estás hablando. El ordenador de nuestra nave no funciona bien.
Nos encontrábamos cerca de este planeta extraño contra nuestra voluntad. Aterrizamos
para averiguar nuestra situación.
Vimos que todos los robots estaban desactivados. Ni sabemos qué puede haber pasado.
- Tu relato es inverosímil. Si todos los robots de la finca están desactivados y toda la
energía se ha cortado, el jefe Bander tiene que estar muerto. No es lógico suponer que
muriese por pura coincidencia, en el momento de aterrizar vosotros. Tiene que haber
alguna relación causal.
Entonces, Trevize habló, sin más objetivo que el de embrollar el problema aún más e
indicar su ignorancia de extranjero, y, por tanto su inocencia.
- Pero la energía no ha sido cortada. Tú y lo otros permanecéis activos.
- Somos robots guardianes - repitió el robot -. No dependemos de ningún gobernante.
Pertenecemos a todo el planeta. No somos controlados por ningún gobernante, sino que
nuestra energía es nuclear. Pregunto de nuevo: ¿Dónde está el jefe Bander?
Trevize miró a su alrededor. Pelorat parecía ansioso, Bliss callaba, pero permanecía
tranquila. Fallom temblaba, mas a mano de, Bliss, le tocó el hombro y el niño se irguió
un poco y perdió su expresión facial. (¿Lo estaba calmando Bliss?)
- Repito, por última vez: ¿Dónde está el jefe Bander? – dijo el robot.
- No lo sé - respondió Trevize con acritud.
El robot movió la cabeza y dos de sus compañeros se alejaron rápidamente.
- Mis compañeros guardianes registrarán la mansión. Mientras tanto, quedaréis
detenidos para ser interrogados. Dame esos objetos que llevas en tu costado.
Trevize dio un paso atrás.
- Son inofensivos.
- No vuelvas a moverte. Yo no pregunto su naturaleza, si son peligrosos o inofensivos.
Digo que me los entregues.
- No.
El robot dio un rápido paso al frente y su brazo se alargo con demasiada rapidez para
que Trevize se diese cuenta de lo que sucedía. Sintió la mano del robot sobre su hombro y
como apretaba fuerte y hacia abajo. Trevize cayó de rodillas.
- Esos objetos - ordenó el robot, y alargó la otra mano.
- No – jadeó Trevize.
Bliss se acercó de un salto, sacó el blaster de su funda antes de que Trevize, sujeto por
el robot, pudiese impedírselo, y la tendió al robot.
- Toma, guardián – dijo -, y si me das un poco de tiempo, ...aquí esta la otra. Ahora,
suelta a mi compañero.
El robot, sosteniendo las dos armas, retrocedió, y Trevize se levantó lentamente,
frotándose el hombro izquierdo con fuerza y haciendo muecas de dolor.
Fallom lloriqueó en voz baja y Pelorat lo levantó para distraerle y le sostuvo contra él.
- ¿Por qué quieres luchar contra él? - dijo Bliss a Trevize, murmurando furiosa -. Podría
matarte con dos dedos.
- ¿Por qué no lo controlas tú? - preguntó Trevize entre dientes.
- Estoy tratando de hacerlo, pero necesito tiempo. Su mente está cerrada, intensamente
programada, y no hay por donde entrar. Tengo que estudiarle. Procura ganar tiempo.
- No estudies su mente. Destrúyela - gruñó Trevize, con voz casi inaudible.
Bliss miró hacia el robot rápidamente. Estaba estudiando las armas, mientras los otros
dos vigilaban a los forasteros. Ninguno de ellos parecía interesado en la conversación en
voz baja entre Trevize y Bliss.
- No. Nada de destrucción - dijo ella -. Matamos un perro e hicimos daño a otro en el
primer mundo. Sabes lo que ha ocurrido en éste.
- Otra rápida mirada a los robots guardianes -. Gaia no quita la vida o la inteligencia de
forma innecesaria. Necesito tiempo para resolver el problema de un modo pacifico.
Se echó atrás y miró fijamente al robot.
- Esto son armas - dijo el androide.
- No - negó Trevize. energía
- Sí - dijo Bliss -, pero no sirven. Están descargadas de energía.
- ¿De veras? ¿Por qué llevaríais armas descargadas? Tal vez no lo están. - El robot
empuñó una de las armas y apoyó el dedo pulgar en el lugar preciso -. ¿Es así como se
activa?
- Sí - respondió Bliss -; si haces presión, se activa, siempre que contenga energía. Pero
ésa no la contiene.
- ¿Seguro? - dijo el robot apuntando a Trevize con el arma -. ¿Sigues diciendo que, si la
activase ahora, no funcionaria?
- No funcionaría - aseguró Bliss.
Trevize estaba como petrificado e incapaz de articular una palabra.
Había probado el blaster después de descargarlo Bander y era totalmente inoperante;
pero el robot empuñaba el látigo neurónico, y Trevize no lo había comprobado.
Si el látigo contenía un pequeño residuo de energía, sería suficiente para la
estimulación de los nervios, y lo que Trevize sentiría haría que la presa de la mano del
robot pareciese una caricia.
Cuando estuvo en la Academia Naval, había tenido que recibir, como todos los cadetes,
un ligero latigazo neurónico, para conocer sus efectos.
Ahora, pensaba que no necesitaba perfeccionar su conocimiento.
El robot activó el arma y, por un instante, Trevize se puso dolorosamente rígido;
después, se relajó poco a poco. También el látigo estaba descargado.
El robot miró a Trevize fijamente y, después, arrojó ambas armas a un lado.
- ¿Cómo han sido descargadas de energía? – preguntó -. Si son inútiles, ¿por qué las
llevan?
- Estoy acostumbrado a su peso y nunca me las quito aunque estén descargadas -
explicó Trevize.
- Eso es absurdo - dijo el robot -. Todos estáis bajo custodia. Seguiréis detenidos para
un interrogatorio ulterior y, si los gobernantes lo deciden, os desactivaremos. ¿Cómo se
abre esta nave? Tenemos que registrarla.
- No os serviría de nada - dijo Trevize -. No la comprenderíais.
- Si no nosotros, los gobernantes la comprenderán.
- Tampoco ellos.
- Entonces, tú se lo explicarás para que lo entiendan.
- No lo haré.
- Serás desactivado.
- Mi desactivación no os dará ninguna explicación, y creo que seré desactivado aunque
me explique.
- Continúa - murmuró Bliss -. Estoy empezando a descubrir el funcionamiento de su
cerebro.
El robot hacía caso omiso de Bliss. ¿Sería obra de ella?, Pensó Trevize y esperó
furiosamente que fuese así.
Fijando siempre su atención en Trevize, el, robot continuó:
- Si creas dificultades, te desactivaremos en parte. Te haremos daño y, entonces, nos
dirás lo que deseemos saber.
- ¡Espera, no puedes hacer eso! - gritó Pelorat de pronto con voz entrecortada -. ¡No
puedes hacer eso, guardián!
- Sigo instrucciones detalladas - replicó pausadamente el robot
Puedo hacerlo. Desde luego, procuraré dañaros lo menos posible para obtener la
información.
_ Pero no puedes. En absoluto. Yo soy un forastero, y también lo son mis dos
compañeros. Pero este niño – y Pelorat miró a Fallom, al cual todavía tenía en brazos – es
un solariano. El os dirá lo que tenéis que hacer, y debéis obedecerle.
Fallom miró a Pelorat con unos ojos que estaban abiertos pero parecían vacíos.
Bliss sacudió vivamente la cabeza, pero Pelorat la miró sin dar señales de
comprenderla.
El robot miró a Fallom unos instantes.
- El niño no tiene importancia. No posee lóbulos transductores.
- Todavía no los ha desarrollado del todo – dijo Pelorat jadeando - pero los tendrá con
el tiempo. Es un solariano.
- Un niño, pero si no tiene desarrollados los lóbulos transductores del todo, no es
solariano. No estoy obligado a cumplir sus ordenes, ni a librarle de todo mal.
- Pero se trata del hijo del jefe Bander.
- ¿Cómo lo sabes?
Pelorat tartamudeó, como hacía a veces cuando estaba sobreexcitado:
- ¿Qué... qué otra cosa po... podría ser en esta propiedad?
- ¿Cómo sabes que no hay una docena?
- ¿Has visto tú otros?
- Yo hago las preguntas.
En aquel momento, el robot desvió su atención al tocarle el brazo uno de sus
acompañantes. Los dos que había enviado a la mansión regresaban corriendo, pero con
zancadas un poco irregulares.
Hubo un silencio hasta que ambos llegaron y uno de ellos habló en lengua solariana.
Los otros cuatro parecieron perder su elasticidad y, por un momento, dio la impresión de
que se debilitaban, casi como si se estuviesen deshinchando.
- Han encontrado a Bander - dijo Pelorat antes de que Trevize pudiese imponerles
silencio.
El robot se volvió lentamente.
- El jefe Bander ha muerto. - La voz del robot sonó estropajosa -. Por la observación
que acabáis de hacer, habéis demostrado que conocíais el suceso. ¿Cómo lo supisteis?
- ¿Cómo podíamos saberlo? - pregunto Trevize, desafiante.
- Sabíais que estaba muerto. Sabíais que lo encontraríamos. ¿Cómo ibais a saberlo, a
menos que hubieseis estado allí; a menos que fueseis vosotros los que pusisteis fin a su
vida?
La pronunciación del robot estaba mejorando. Había soportado y estaba dominando la
impresión.
Entonces dijo Trevize:
- ¿Cómo hubiésemos podido matar a Bander? Con sus lóbulos transductores podría
habernos destruido en un instante.
- ¿Cómo es posible que sepáis lo que pueden o no pueden hacer los lóbulos
transductores?
- Tú los has mencionado hace un momento.
- Sólo los mencioné; no describí sus propiedades ni sus poderes.
- Tuvimos ese conocimiento en sueños.
- No es una respuesta plausible.
- Tampoco lo es el que nosotros causásemos la muerte de Bander.
- Y en todo caso - añadió Pelorat -, si el jefe Bander ha muerto, el jefe Fallom gobierna
en su finca ahora. Éste es el jefe, y tenéis que obedecerle.
- Ya he dicho que un niño con los lóbulos transductores subdesarrollados no es un
solariano - replicó el robot -. Por consiguiente, no puede ser sucesor. Otro sucesor, de la
edad adecuada, será enviado tan pronto como informemos de la triste noticia.
- ¿Qué será del jefe Fallom?
- No hay ningún jefe Fallom. Éste no es más que un niño, y tenemos exceso de niños.
Será destruido.
- ¡No os atreveréis! - dijo Bliss enérgicamente -. ¡Es un niño!
- No soy yo - repuso el robot - quien lo hará necesariamente, y tampoco tomaré esa
decisión. Esto corresponde al consenso de los gobernantes. Sin embargo, como la época
tiene exceso de niños, sé muy bien qué decisión tomarán.
- No. No puede ser.
- La muerte será indolora. Pero otra nave está llegando. Es importante que entremos en
la que fue mansión de Bander y montemos un consejo holovisado que designará un
sucesor y decidirá lo que hay que hacer con vosotros. Dadme el niño.
Bliss arrancó el semicomatoso cuerpo de Fallom de los brazos de Pelorat. Sujetándolo
con fuerza y tratando de equilibrar su peso sobre el hombro, dijo:
- No toquéis a este niño.
Una vez más, el robot extendió rápidamente un brazo y avanzó para agarrar a Fallom.
Bliss se apartó a un lado, iniciando su movimiento mucho antes de que el robot empezase
el suyo. Sin embargo, el robot continuó andando, como si Bliss estuviese todavía delante
de él. Después, doblándose con rigidez hacia delante sobre las puntas de los pies, cayó de
bruces. Los otros tres permanecieron inmóviles, con la mirada desenfocada.
Bliss estaba sollozando, en parte de rabia.
- Casi había alcanzado el método adecuado de control, pero él no me dio tiempo. No
tuve más remedio que atacar, y ahora los cuatro están desactivados. Subamos a la nave
antes de que la otra aterrice. Me encuentro demasiado débil para enfrentarme a otros
robots en estos momentos.
***
Quinta parte
Melpomenia
XIII. ALEJÁNDOSE DE SOLARÍA

Partieron de estampía. Trevize había recogido sus inservibles armas y abierto la puerta
neumática, y todos se habían precipitado en el interior do la nave. Hasta que se hubieron
elevado, Trevize no se dio cuenta de que también se habían llevado a Fallom.
Quizá no hubiesen podido escapar a tiempo si los solarianos no hubieran tenido unas
aeronaves tan relativamente primitivas. La que se acercaba había empleado un tiempo
excesivo en descender y aterrizar.
En cambio, el ordenador de la Far Star no tardó casi nada en hacer despegar
verticalmente la nave gravítica.
Y aunque la eliminación de la interacción gravitatoria y, por ende, de la inercia, anuló
los que en otro caso habrían sido insoportables efectos de la aceleración inherente a un
despegue tan veloz, no anuló los de la resistencia del aire. La temperatura del casco se
elevó con mucha más rapidez de lo que las normas de navegación habrían considerado
aconsejable (y en realidad las condiciones de la nave).
Al elevarse, pudieron ver que la segunda nave solariana aterrizaba y que otras se
estaban acercando. Trevize se preguntó cuántos robots habría sido Bliss capaz de
dominar y decidió que nada hubiesen podido hacer de haberse quedado quince minutos
más en la superficie.
Una vez en el espacio (o casi en el espacio, pues todavía les rodeaban débiles volutas de
atmósfera planetaria), Trevize dirigió su nave al lado oscuro del planeta. No estaba lejos,
pues habían abandonado la superficie cuando el crepúsculo se acercaba. En la oscuridad,
la Far Star se enfriaría con más rapidez y continuaría elevándose en una lenta espiral.
Pelorat salió de la habitación que compartía con Bliss.
- El niño está ahora durmiendo normalmente. Le hemos enseñado a usar el retrete y lo
ha entendido en seguida.
- No es extraño. Debía tener instalaciones parecidas en la mansión.
- Yo no vi ninguna, y la estuve buscando - dijo Pelorat -. Después, deseaba llegar a la
nave cuanto antes.
- Como todos nosotros. Pero, ¿por qué trajimos al niño a bordo?
Pelorat se encogió de hombros, como disculpándose.
- Bliss no quiso dejarlo allí. Era como salvar una vida a cambio de la que había quitado.
No puede soportar...
- Lo sé.
- La constitución de ese niño es muy rara - comentó Pelorat.
- Al ser hermafrodita, es, lógico - dijo Trevize.
- Tiene testículos, ¿sabes?
- Poco podría hacer sin ellos.
- Y algo que sólo puedo describir como una vagina muy pequeña.
Trevize hizo una mueca.
- ¡Qué asco!
- No, Golan - protestó Pelorat -. Está adaptado a sus necesidades.
Sólo produce un óvulo fecundado, o un pequeñísimo embrión, desarrollado después en
laboratorio y cuidado, diría yo, por robots.
- ¿Y qué ocurre si falla el sistema robótico? En tal caso, dejarían de producirse jóvenes
viables.
- Cualquier mundo se hallaría en graves dificultades si su estructura social se rompiese.
- Tratándose de los solarianos, no me causaría un gran pesar.
- Bueno - dijo Pelorat -, confieso que no parece un mundo muy atractivo, al menos para
nosotros. Pero sólo por su gente y su estructura social, tan diferentes de las nuestras, mi
buen amigo. Pero quítale su gente y sus robots, y tendrás un mundo que...
- Que se desintegraría como está empezando a desintegrarse Aurora. ¿Cómo está Bliss?
- Temo que agotada. Ahora duerme. Lo ha pasado muy mal, Golan.
- Tampoco yo me he divertido mucho.
Trevize cerró los ojos y decidió que no le vendría mal dormir también un poco y que lo
haría en cuanto estuviese seguro de que los solarianos no tenían capacidad espacial, Hasta
ese momento, el ordenador no había informado de objeto artificial alguno en el espacio.
Pensó con amargura en los dos planetas Espaciales que habían visitado, con perros
hostiles en uno de ellos, hermafroditas solitarios y hostiles en el otro, y sin que en
ninguno de los dos hubieran podido hallar el menor indicio sobre la situación de la Tierra.
Fallom era lo único que habían sacado de la doble visita.
Abrió los ojos. Pelorat seguía sentado al otro lado del ordenador y le observaba
solamente.
- Hubiésemos tenido que dejar allí a ese niño solariano - dijo Trevize con súbita
convicción.
- ¡Pobrecillo! - exclamo Pelorat -. Lo habrían matado.
- Aun así - dijo Trevize -, pertenecía a aquel planeta. Forma parte de aquella sociedad.
Si lo hubiesen ejecutado porque sobraba, es que había nacido para eso.
- Una opinión muy despiadada, querido amigo.
- Sólo racional. Nosotros no sabemos cómo hay que cuidarlo, y es posible que sufra
más y muera de todos modos. ¿Qué come?
- Supongo que lo mismo que nosotros, viejo. En realidad, el problema es qué
comeremos nosotros. ¿Cómo andamos de provisiones?
- Muy bien. Incluso teniendo en cuenta nuestro nuevo pasajero.
Pelorat no pareció muy entusiasmado.
- Es una dieta muy monótona – dijo -. Hubiésemos tenido que embarcar algunos
artículos en Comporellon..., a pesar de que su cocina distaba mucho de ser excelente.
- No podíamos hacerlo. Recuerda que salimos de allí a toda prisa, lo mismo que de
Aurora y, en particular, de Solaría. Pero, ¿qué importa un poco de monotonía? Estropea
el placer, pero conserva la vida.
- ¿Podríamos conseguir provisiones frescas, si fuese necesario?
- Desde luego, Janov. Con una nave gravítica y motores hiperespaciales, la galaxia es
un lugar pequeño. En pocos días, vamos a cualquier parte. Pero la mitad de los mundos
de la Galaxia han sido alertados para que traten de descubrir nuestra nave; por eso,
prefiero mantenerme alejado de ellos durante un tiempo.
- Supongo que tienes razón. Sin embargo, Bander no parecía interesado en la nave.
- Probablemente, no tuvo conciencia de ella siquiera. Supongo que hace mucho tiempo
que los solarianos renunciaron a los vuelos espaciales. Su mayor deseo es que les dejen
solos, y difícilmente podrían disfrutar de la seguridad del aislamiento si viajasen por el
espacio y anunciasen su presencia.
- ¿Qué vamos a hacer ahora, Golan?
- Hemos de visitar un tercer mundo - dijo Trevize.
Pelorat sacudió la cabeza.
- A juzgar por los dos primeros, no espero gran cosa de éste.
- Tampoco yo, de momento; pero, en cuanto haya dormido un poco haré que el
ordenador fije nuestra ruta hacia el tercer mundo.
Trevize durmió mucho más de lo que se habría propuesto, pero esto importaba poco. A
bordo de la nave, jamás era de día ni de noche, en el sentido natural de estas palabras, y el
ritmo circadiano nunca funcionaba a la perfección. Medían las horas a la manera
convencional, y no era raro que Trevize y Pelorat (y Bliss en particular) estuviesen un
poco descentrados en lo tocante a la regularidad natural de la comida y del sueño.
Trevize pensó incluso, mientras rascaba los platos (la necesidad de conservar el agua
hacía aconsejable rascar los platos en vez de lavarlos), en dormir un par de horas más;
pero cuando se volvió, vio a Fallom, desnudo como él.
No pudo evitar echarse hacia atrás, lo cual, en la zona angosta de Personal, significaba
que parte de su cuerpo tendría que chocar con algo duro. Lanzó un gruñido.
Fallom le estaba mirando con curiosidad y señalando el pene de Trevize con el dedo.
Dijo algo incomprensible, pero la actitud del niño revelaba un sentimiento de
incredulidad. Para su propia tranquilidad, Trevize no tuvo más remedio que taparse el
pene con las manos.
- Saludos - dijo Fallom entonces, con su voz aguda.
Trevize se sorprendió ligeramente al oír que el niño hablaba en galáctico, pero las
palabras habían sonado como aprendidas de memoria.
Fallom siguió diciendo, trabajosamente y separando las palabras:
- Bliss. . . dice. . . tú... lavar. .. mi.
- ¿Sí? - dijo Trevize, y apoyó las manos en los hombros de Fallom -. Tú. . . quedar...
aquí.
Señaló el suelo y Fallom miró de inmediato el lugar al que el dedo apuntaba. No dio
muestras de haber comprendido la frase.
- No te muevas - dijo Trevize, agarrando los brazos del niño con fuerza y apretándolos
contra el cuerpo para indicar que debía permanecer inmóvil. Se secó de prisa y se puso
los calzoncillos y los pantalones.
- ¡Bliss! - gritó mientras salía.
Era difícil que cualquiera pudiese estar a más de cuatro metros de otro en la nave, y
Bliss apareció de pronto en la puerta de su habitación.
- ¿Me llamabas, Trevize - dijo, sonriendo -, o fue el rumor de la suave brisa entre las
hierbas oscilantes?
- No te hagas la graciosa, Bliss. ¿Qué es eso? - Y señaló por encima del hombro con el
pulgar.
Bliss miró y dijo:
- Bueno, parece el joven solariano que ayer trajimos a bordo.
- Tu lo trajiste a bordo. ¿Por qué quieres que lo lave?
- Pensé que te gustaría hacerlo. Es una criatura muy inteligente.
Está aprendiendo rápidamente el vocabulario galáctico. Cuando le explico algo, no lo
olvida. Desde luego, yo le ayudo a conseguirlo.
- Por supuesto.
- Sí. Le mantengo tranquilo. Hice que estuviese como aturdido durante casi todos los
sucesos desagradables acaecidos en su planeta. Procuré que durmiese en la nave y estoy
tratando de distraerle para que no se acuerde de su robot perdido, Jemby, al que por lo
visto quería mucho.
- Y para que se encuentre a gusto aquí, supongo.
- Así lo espero. Se adapta muy bien porque es joven, y yo le ayudo influyendo en su
mente con prudencia. Le enseñaré a hablar galáctico.
- Entonces, lo lavarás tu. ¿De acuerdo?
Bliss se encogió de hombros.
- Lo haré, si insistes, pero quisiera que se sintiese a gusto con cada uno de nosotros.
Convendría que cada cual realizase funciones paternas.
Supongo que querrás colaborar en esto.
- No hasta ese punto. Y cuando acabes de lavarlo, procura librarte de ello. Tengo que
hablar contigo.
- ¿Qué quieres decir con eso de librarme de ello? - preguntó Bliss con súbita hostilidad.
- No quiero decir que lo arrojes por la borda, sino que lo metas en tu habitación y hagas
que se quede sentado en ella. Tenemos que hablar.
- A tus órdenes - dijo fríamente Bliss.
Trevize la vio alejarse encolerizado de momento. Después, entró en la cabina-piloto y
activó la pantalla.
Solaria era un círculo oscuro, con el borde izquierdo iluminado como una media luna.
Trevize puso las manos sobre el tablero para establecer contacto con el ordenador y sintió
que su enojo se desvanecía en el acto. Había que estar tranquilo para conectar
eficazmente el ordenador con la mente y, en definitiva, un reflejo condicionado producía
serenidad al establecer contacto con las manos.
No había objetos fabricados alrededor de la nave en ninguna dirección, aparte de los
que pudiese haber en el lejano planeta. Los solarianos (o más probablemente sus robots)
no podían, o no querían, seguirles.
Era una buena señal. Ahora, le sería fácil salir de la sombra nocturna y si continuaba
alejándose, la nave se perdería de vista al hacerse el disco de Solaria más pequeño que el
del más distante pero más grande sol alrededor del cual giraba.
Hizo que el ordenador sacase la nave del plano planetario, ya que eso le permitiría
acelerar con más seguridad. Entonces, alcanzarían más rápidamente una región en que la
curvatura del espacio sería lo bastante baja para garantizar el Salto.
Y, como casi siempre en tales ocasiones, empezó a estudiar las estrellas. Había algo
casi hipnótico en su tranquila inmutabilidad. Toda su turbulencia y su inestabilidad eran
borradas por la distancia que las reducía a simples puntos de luz. Uno de aquellos puntos
podía ser muy bien el sol alrededor del cual giraba la Tierra; el sol original bajo cuya
radiación empezó la vida y bajo cuyos beneficiosos efectos evolucionó la Humanidad.
Si los mundos Espaciales circundaban estrellas que eran brillantes y prominentes
miembros de la familia estelar y que, sin embargo, no figuraban en el mapa galáctico del
ordenador, esto podía ocurrir también con el sol.
¿O era solamente los soles de los mundos Espaciales los que se habían omitido, debido
a algún primitivo acuerdo que los hizo independientes? ¿Estaría el sol de la Tierra
incluido en el mapa galáctico, pero sin distinguirlo de los millones de estrellas que
parecían soles pero no tenían ningún planeta habitable en órbita a su alrededor?
A fin de cuentas, había unos treinta mil millones de soles en la Galaxia, y uno solo de
cada mil tenía planetas habitables en órbita. Podía haber un millar de estos planetas
habitables dentro de unos pocos cientos de pársecs de la posición actual de la nave.
¿Tenía que examinar una a una aquellas estrellas como soles, buscando los planetas?
¿O no se encontraba siquiera el sol original en esa región de la Galaxia? ¿Cuántas otras
regiones estaban convencidas de que el sol era uno de sus vecinos, de que ellas eran los
Colonizadores primigenios...?
Necesitaba información sobre la situación de la Tierra y, hasta ahora, no tenía ninguna.
Dudaba mucho de que un examen más atento de las ruinas milenarias de Aurora le
diese información sobre ella. Y todavía dudaba más de que pudiese obligar a los
solarianos a dársela.
Además, si toda información referente a la Tierra había desaparecido de la gran
Biblioteca de Trantor, si ninguna información sobre la Tierra se conservaba en la gran
Memoria Colectiva de Gaia, parecía muy improbable que se hubiese pasado por alto
cualquier información que hubiese podido existir sobre los mundos perdidos Espaciales.
Y si encontrase el sol de la Tierra y después la misma Tierra, por pura casualidad,
¿habría algo que le obligase a no darse cuenta de ello? ¿Era absoluta la defensa de la
Tierra? ¿Sería inquebrantable su resolución de permanecer oculta?
De todos modos, ¿qué estaba él buscando?
¿La Tierra? ¿o un fallo en el «Plan Seldon» que creía (por ninguna razón clara) que
podría encontrar en la Tierra?
El «Plan Seldon» llevaba cinco siglos funcionando y, al fin, llevaría a la especie
humana (según se decía) a puerto seguro en el seno de un Segundo Imperio Galáctico,
más grande que el Primero, más noble y más libre... Y sin embargo él, Trevize, había
votado en su contra y a favor de Galaxia.
Galaxia se convertiría en un gran organismo, mientras que el Segundo Imperio
Galáctico, por grande que fuese en dimensiones y en variedad, no pasaría de ser una
simple unión de organismos individuales, microscópicos en relación con su propio
tamaño. El Segundo Imperio Galáctico sería otro ejemplo de la clase de unión de
individuos que había montado la Humanidad desde que se había convertido en tal. El
Segundo Imperio Galáctico sería el más grande y el mejor de la especie, pero nunca sería
más que un miembro de aquella especie.
Para que Galaxia, miembro de una clase de organización completamente distinta, fuese
mejor que el Segundo Imperio Galáctico, tenía que haber un fallo en el «Plan», algo que
hubiese pasado inadvertido al propio Hari Seldon.
Pero, si algo había pasado inadvertido a Seldon, ¿cómo podía Trevize reparar en ello?
Él no era matemático; no sabía nada, absolutamente nada, acerca de los detalles del
«Plan», y, además, no comprendería nada aunque se lo explicasen.
Lo único que tenía eran presunciones de que un gran número de seres humanos estaban
involucrados y de que desconocían las conclusiones alcanzadas. La primera presunción
resultaba, evidentemente, cierta, considerando la enorme población de la galaxia, y la
segunda tenía que serlo, ya que sólo los Segundos Fundadores conocían los detalles del
Plan y los mantenían en secreto.
De todo eso se desprendía otra presunción no reconocida, una presunción que se daba
por sabida hasta el punto de que nunca se mencionaba ni se pensaba en ella..., y que, sin
embargo, podía ser falsa. Una presunción que, si fuese falsa, alteraría la gran conclusión
del Plan y haría que Galaxia fuese preferible al Imperio.
Pero, si la presunción resultaba tan evidente y se daba hasta tal punto por sabida que
nunca era expresada, ¿cómo podía ser falsa? Y si nadie la mencionaba nunca, ni pensaba
en ella, ¿cómo podía Trevize saber que estaba allí o tener la menor idea de su naturaleza,
aunque adivinase su existencia?
¿Era él, en realidad, el Trevize de intuición infalible que decía Gaia? ¿Sabía que era
acertado lo que estaba haciendo, cuando ni siquiera conocía él por qué lo hacía?
Ahora estaba visitando todos los mundos Espaciales de los que tenía noticia. ¿Era lo
que debía hacer? ¿Tenían los mundos Espaciales la respuesta? ¿O al menos el principio
de una respuesta? ¿Qué había en Aurora, salvo ruinas y perros salvajes? (Y
presumiblemente otras criaturas feroces. ¿Toros furiosos? ¿Ratas gigantescas? ¿Felinos
de ojos verdes?) Solaria estaba viva, pero, ¿qué había en ella, salvo robots y unos seres
humanos transductores de energía? ¿Qué tenían que ver aquellos mundos con el «Plan
Seldon», a menos que poseyesen el secreto de la situación de la Tierra?
Y si lo poseían, ¿qué tenía que ver la Tierra con el «Plan Seldon»?
¿Era todo una locura? ¿Había escuchado durante demasiado tiempo y con excesiva
seriedad la fantasía de su propia infalibilidad?
Un abrumador sentimiento de vergüenza lo invadió, algo que pareció aplastarle hasta el
punto de dejarle casi sin respiración. Miró las estrellas, remotas, indiferentes, y pensó:
«Debo ser el loco más grande de la galaxia.»
La voz de Bliss interrumpió sus pensamientos.
- Bueno, Trevize, ¿qué es lo que quieres? ¿Pasa algo malo? - preguntó ella, con súbita
preocupación.
Trevize levantó la cabeza y, por un instante, le resultó difícil dominar su mal humor.
Después, la miró fijamente.
- No, no; no pasa nada. Sólo estaba..., estaba sumido en mis pensamientos. A fin de
cuentas, también suelo pensar de vez en cuando. Advertía con inquietud que Bliss podía
leer sus emociones. Sólo tenía su palabra de que se abstendría voluntariamente de
escudriñar su mente.
Sin embargo, ella pareció aceptar su explicación.
- Pelorat está con Fallom, enseñándole frases galácticas. El niño come lo mismo que
nosotros, sin poner reparos. Pero, ¿de qué querías hablarme?
- Bueno, no aquí - dijo Trevize -. El ordenador no me necesita de momento. Si quieres
venir a mi habitación, la cama está hecha y podrás sentarte en ella, y yo lo haré en la silla.
O viceversa, si lo prefieres.
- Lo mismo da. .
Recorrieron la breve distancia que les separaba de la habitación de Trevize. Ella lo miró
fijamente.
- Ya no pareces estar furioso - dijo.
- ¿Estás registrando mi mente?
- En absoluto. Sólo observo tu cara.
- Nunca estoy furioso. Puedo tener un poco de mal genio de vez en cuando, pero eso no
es lo mismo que estar furioso. Y ahora, si no te importa, debo hacerte algunas preguntas.
Bliss se sentó en la cama de Trevize, manteniéndose erguida y con una expresión
solemne en sus redondas mejillas y en sus oscuros ojos castaños. Los negros cabellos,
que le llegaban hasta los hombros, habían sido peinados con gran cuidado, y tenía las
delicadas manos cruzadas sobre la falda. Un ligero olor a perfume la envolvía. Trevize
sonrió.
- Te has acicalado bien – dijo -. Supongo que piensas que no le gritaré tan fuerte a una
muchacha joven y bonita.
- Puedes gritar y chillar todo lo que desees, si eso te hace sentir mejor. Pero, por favor,
no le grites ni chilles a Fallom.
- No pienso hacerlo. En realidad, tampoco quiero gritarte ni chillarte a ti. ¿ No
acordamos que seríamos amigos?
- Gaia sólo ha sentido amistad por ti, Trevize.
- No estoy hablando de Gaia. Sé que tú eres parte de Gaia y que eres Gaia. Sin
embargo, una parte de ti es individual, al menos en cierto sentido. Ahora estoy hablando
al individuo. Estoy hablando a una mujer llamada Bliss, sin que me importe, o
importándome lo menos posible, Gaia. ¿No resolvimos ser amigos, Bliss?
- Sí, Trevize.
- Entonces, ¿cómo es que demoraste tu acción contra los robots de Solaria, cuando
salimos de la mansión y llegamos a la nave? Fui humillado y maltratado físicamente y,
sin embargo, no hiciste nada. Aunque en cualquier momento podían llegar más robots y
superarnos por su fuerza numérica, no hiciste nada.
Bliss lo miró con seriedad y habló como si pretendiese explicar sus acciones más que
defenderlas.
- No es cierto que no hiciese nada, Trevize. Estaba estudiando las mentes de los robots
guardianes y tratando de averiguar cómo tenía que manipularlas.
- Sé lo que estabas haciendo. Al menos lo que tú dijiste entonces que hacías. Pero no
veo la razón. ¿ Por qué manejar unas mentes cuando eres perfectamente capaz de
destruirlas..., como hiciste al fin?
- ¿Crees que es fácil destruir un ser inteligente?
Trevize frunció los labios con expresión de disgusto.
- Vamos, Bliss. ¿Un ser inteligente? Sólo se trataba de un robot.
- ¿Nada más que un robot? - Su voz sonó un poco apasionada -. El argumento de
siempre. Nada más. ¡Nada más! ¿ Por qué tenía que vacilar en matarnos el solariano
Bander? No éramos más que unos seres humanos sin transductores. ¿Y por qué teníamos
nosotros que vacilar en abandonar a Fallom a su destino? No era más que un solariano, e
inmaduro por añadidura. Si empiezas a desdeñar a todos o a todo, porque no son más que
esto o aquello, puedes destruir cualquier ser que se te antoje. Siempre encontrarás
categorías para ellos.
- No lleves una observación perfectamente ,justa a extremos que la hagan parecer
ridícula. El robot no era más que un robot. Debes admitirlo, No era un ser humano; ni
siquiera inteligente, en el sentido que damos a esta palabra. Sólo se trataba de una
máquina que aparentaba tener inteligencia.
- ¡Con qué facilidad hablas de cosas de las que no sabes nada! – dijo Bliss -. Sí, yo soy
Bliss, pero también soy Gaia, un mundo que considera precioso y significativo cada uno
de sus átomos, y todavía más preciosa y significativa toda organización de ellos. «Yonosotros-
Gaia» no romperíamos a la ligera una organización, aunque la convertiríamos de
buen grado en algo más complejo, siempre que no fuese perjudicial para el conjunto.
»La forma más alta de organización que conocemos produce inteligencia, y sólo una
necesidad extrema puede justificar que esa inteligencia sea destruida. Importa poco que
tenga origen mecánico o bioquímico. En realidad, el robot guardián representaba una
clase de inteligencia que «yo-nosotros-Gaia» no habíamos encontrado nunca. Era
maravilloso estudiarla; destruirla, inconcebible..., salvo en un momento de suprema
necesidad.
- Había tres inteligencias más grandes en juego - adujo Trevize con sequedad -: la tuya,
la de Pelorat, el ser humano a quien amas y, si no te importa que la mencione, la mía.
- ¡Cuatro! Sigues olvidándote de Fallom. Pero todavía no corrían peligro. Al menos, así
lo pensé. Imagínate que te hallases delante de un cuadro, una excelsa obra maestra cuya
existencia supusiera la muerte para ti. Te bastaría con coger brocha, embadurnar la tela al
azar, y la pintura quedaría destruida para siempre y tú estarías a salvo. Pero piensa que,
en vez de eso, pudieses añadir una pincelada aquí, hacer un retoque allí, rascar una
pequeña porción en otra parte..., cambiando el cuadro lo bastante para evitar la muerte y
conservando, empero, la obra de arte. Por supuesto que la modificación tendría que
hacerse con el máximo cuidado. Requeriría tiempo, pero, si lo tuvieses, tratarías de salvar
el cuadro además de tu vida.
- Tal vez sí - dijo Trevize -. Pero al fin destruiste el cuadro de un modo irreparable.
Diste el brochazo definitivo y borraste todos los maravillosos toques de color y las
sutilezas de la forma. Y lo hiciste en el instante en que estuvo en peligro la vida del
pequeño hermafrodita, cuando nuestro peligro y el tuyo propio no te habían conmovido.
- Nosotros, los forasteros, no corríamos un peligro inmediato, mientras que Fallom me
pareció que sí. Tenía que elegir entre los robots guardianes y Fallom, y como no había
tiempo que perder, elegí a ello.
- ¿Fue eso en realidad, Bliss? ¿Un rápido cálculo comparando las mentes? ¿Un juicio
precipitado entre la mayor complejidad y el mayor valor?
- Sí.
- Supón que te digo que no era más que un niño lo que tenías delante, un niño
amenazado de muerte. El instinto maternal hizo que lo salvases enseguida, mientras que
tenías que calcularlo bien cuando eran las vidas de tres adultos las que estaban en juego.
Bliss se sonrojó ligeramente.
- Puede que hubiese algo de eso, pero no justificaba el tono irónico de tus palabras. En
el fondo, existía una idea racional.
- No lo sé. Si te hubieses dejado guiar por la razón, habrías considerado que el niño
corría a un destino fatal, inevitable en su propia sociedad. ¡Quién sabe cuántos miles de
niños habrán sido eliminados para mantener el bajo número de población que los
solarianos consideran el más adecuado en su mundo!
- Había algo más, Trevize. El niño hubiese muerto porque era demasiado joven para ser
un sucesor, y esto se debía a que su padre había muerto prematuramente, porque yo lo
había matado.
- En unos momentos en que tenías que elegir entre matar o que te matasen.
- Eso no importa. Yo maté al padre. No podía dejar que matasen al niño a causa de mi
acción. Además, así tendré ocasión de estudiar una clase de cerebro que jamás ha sido
estudiado por Gaia.
- Un cerebro infantil.
- No lo será siempre, sino que, más adelante, se desarrollarán los dos lóbulos
transductores a ambos lados del cráneo. Esos lóbulos dan facultades al solariano que toda
Gaia no puede igualar. Yo me quedé agotada por el esfuerzo de mantener encendidas
unas pocas luces y de activar un mecanismo para abrir una puerta. En cambio, Bander era
capaz de transmitir toda la energía que necesitaba una hacienda de mayor complejidad y
extensión que aquella ciudad que vimos en Comporellon..., y de hacerlo mientras dormía.
- Entonces - dijo Trevize -, ves, en ello, un objeto importante para la investigación del
cerebro.
- En cierto modo, sí.
- No es ésta mi impresión. Yo creo que hemos traído el peligro a bordo. Un gran
peligro.
- ¿De qué clase? Ello se adaptará a la perfección..., con mi ayuda. Es sumamente
inteligente y da señales de sentir afecto por nosotros. Comerá lo que nosotros comamos,
irá donde vayamos, y «yo-nosotros-Gaia» obtendremos inestimables conocimientos en lo
tocante a su cerebro.
- ¿Qué pasará si tiene hijos? No necesita una pareja. Ello lo es de sí mismo.
- No estará en edad de tener hijos hasta dentro de muchos años.
Los Espaciales vivieron siglos y los solarianos no tenían el menor deseo de aumentar su
número. Quizá, la reproducción tardía le haya sido inculcada a la población. Fallom no
tendrá descendencia en mucho tiempo.
- ¿Cómo lo sabes? - preguntó Trevize.
- No lo sé. Es una simple deducción lógica.
- Te digo que Fallom resultará peligroso.
- Esto no lo sabes, y la tuya tampoco se trata de una deducción lógica.
- Es algo que presiento, Bliss, sin tener razones para ello..., de momento. Y eres tú, no
yo, quien insiste sobre mi infalible intuición.
Bliss frunció el entrecejo y pareció inquieta.
Pelorat se detuvo en la puerta de la cabina-piloto y miró al interior con aire bastante
indeciso. Daba la sensación de que intentaba saber si Trevize estaba o no trabajando de
firme.
Trevize tenía las manos sobre el tablero, como siempre que conectaba con el ordenador,
y los ojos fijos en la pantalla. Por consiguiente, Pelorat juzgó que estaba ocupado y
esperó con paciencia, tratando de no moverse o, en cualquier caso, de no distraer a su
compañero. Al cabo de un rato, Trevize miró hacia Pelorat, aunque hubiérase dicho que
no tenía plena conciencia e ello. Sus ojos parecían un poco empañados y desenfocados
siempre que estaba en comunión con el ordenador, como si mirase, pensase y viese de
manera diferente a como cualquier persona solía hacer.
Pero saludó lentamente a Pelorat con la cabeza, dando la impresión de que la visión,
penetrando con dificultad, llegaba a impresionar, al fin, los lóbulos ópticos. Al cabo de un
rato, levantó las manos del tablero, sonrió y volvió a ser el de siempre.
- Temo haberte interrumpido, Golan - dijo Pelorat, disculpándose.
- No importa, Janov. Sólo comprobaba si estábamos listos para el Salto. Creo que sí,
pero prefiero esperar unas pocas horas más, por mor de la suerte.
- ¿Tiene la suerte, o los factores aleatorios, algo que ver con esto?
- Ha sido una expresión como otra cualquiera - dijo Trevize, sonriendo -, pero los
factores aleatorios sí que tienen que ver algo con ella, en teoría. ¿Qué tienes metido entre
ceja y ceja? .
- ¿Puedo sentarme?
- Claro, pero vayamos a mi habitación. ¿Cómo está Bliss?
- Muy bien - respondió Pelorat con un carraspeo -. Ahora, duerme. Tiene que dormir,
¿comprendes?
- Perfectamente. Es la separación hiperespacial.
- Exacto, viejo amigo. .
- ¿Y Fallom?
Trevize se reclinó en la cama, dejando la silla para Pelorat.
- ¿Recuerdas aquellos libros de mi biblioteca que hiciste que tu ordenador imprimiese
para mí? ¿Los cuentos populares? Los está leyendo.
Desde luego, comprende muy poco el galáctico, pero parece disfrutar repitiendo las
palabras. Él... Siempre tiendo a emplear el pronombre masculino en vez del neutro. ¿Por
qué supones que será?
Trevize se encogió de hombros.
- Tal vez porque tú eres masculino.
- Tal vez sí. Es terriblemente inteligente, ¿sabes?
- Estoy seguro.
Pelorat vaciló y dijo:
- Me parece que no aprecias mucho a Fallom.
- No tengo nada personal contra ello, Janov. Nunca he tenido hijos ni he apreciado a los
niños en general. Creo recordar que tú sí que has tenido.
- Un hijo. Recuerdo la satisfacción que me producía mi hijo cuando era pequeño. Tal
vez por eso me gusta emplear el pronombre masculino al referirme a Fallom. Es como si
volviese un cuarto de siglo atrás.
- No te censuro que tú lo aprecies, Janov.
- También a ti te gustaría, si te lo propusieses.
- Seguro que sí, Janov, y tal vez algún día me lo proponga.
Pelorat vaciló de nuevo.
- También sé que debes estar cansado de discutir con Bliss.
- En realidad, no creo que discutamos mucho, Janov. Ella y yo nos llevamos muy bien
ahora. El otro día, incluso tuvimos una discusión razonable, sin gritos ni recriminaciones,
sobre su retraso en desactivar los robots guardianes. A fin de cuentas, Bliss sigue
salvando nuestras vidas, de modo que lo menos que puedo hacer es ofrecerle mi amistad,
¿no crees?
- Sí, lo creo, pero no me refiero a discutir en el sentido de pelearos. Quiero decir esta
constante discusión sobre Galaxia como opuesta a individualidad.
- ¡Oh, eso? Supongo que continuará..., aunque con toda cortesía.
- ¿Te importaría, Golan, que me pusiese de parte de Bliss en la discusión?
- Tienes perfecto derecho a hacerlo. ¿Aceptas la idea de Galaxia por tu propia cuenta, o
es que te sientes más dichoso cuando estás de acuerdo con Bliss?
- Sinceramente, lo hago por mi cuenta. Creo que el futuro está en Galaxia. Tú mismo
elegiste ese curso de acción y cada vez estoy más convencido de que es el correcto.
- ¿Porque lo elegí yo? Éste no es un argumento. Diga Gaia lo que diga, puedo estar
equivocado, ¿sabes? Por consiguiente, no te dejes persuadir por Bliss en lo de Galaxia
partiendo de aquella base.
- No creo que estés equivocado. Solaria me lo demostró, no Bliss.
- ¿Cómo?
- Bueno, en primer lugar, tú y yo somos Aislados.
- Ese término es de ella, Janov. Yo prefiero pensar en nosotros como individuos.
- Todo es cuestión de semántica, viejo amigo. Llámalo como quieras, pero estamos
encerrados en nuestras pieles particulares que envuelven nuestras ideas particulares, y
pensamos primero y por encima de todo en nosotros mismos. La autodefensa es nuestra
primera ley natural, aunque signifique perjudicar a todos los demás seres existentes.
- Ha habido gente que ha dado su vida por los demás.
- Un fenómeno raro. Son muchos más los que han sacrificado las necesidades más
importantes de otros por satisfacer algún tonto capricho suyo propio.
- ¿Y qué tiene esto que ver con Solaria?
- Bueno, en Solaria vimos en qué pueden convertirse los Aislados... o los individuos, si
lo prefieres. Los solarianos, a duras penas, pueden soportar la división de todo un mundo
entre ellos. Consideran que la libertad perfecta consiste en vivir en completo aislamiento.
Ni siquiera aprecian a sus propios hijos, ya que los matan si son demasiados. Se rodean
de esclavos robots a los que suministran energía, de manera que, cuando ellos mueren,
todas sus enormes posesiones mueren también de manera simbólica. ¿Te parece esto
admirable. Golan? ¿Es posible compararlo con Gaia, en honradez, amabilidad y
preocupación de los unos por los otros? Bliss no ha comenta o nada de esto conmigo, en
absoluto. Lo digo porque lo siento así.
- Y es un sentimiento muy propio de ti, Janov. Yo lo comparto. Creo que la sociedad
solariana es horrible, pero no siempre ha ocurrido eso, son descendientes de los hombres
de la Tierra y, más inmediatamente, de unos Espaciales que vivieron una vida mucho más
normal. Los solarianos eligieron, por la razón que fuese, un camino que los condujo a un
extremo, pero no podemos juzgar un asunto basándonos en los casos extremos. En toda la
Galaxia, con sus millones de planetas habitados, ¿conoces alguno que ahora, o en el
pasado, haya tenido una sociedad como la de Solaria, o incluso que se parezca
remotamente a ella? E incluso salaria, ¿tendría una sociedad semejante si no estuviese
plagada de robots? ¿Es concebible que una sociedad compuesta de individuos hubiese
podido evolucionar de un modo tan horrible como en Solaria, sin los robots?
A Pelorat se le nubló un poco el semblante.
- Tú encuentras defectos en todo, Golan..., o al menos quiero decir que no parece que te
importe defender el tipo de Galaxia contra el que votaste.
- Yo no voy a combatirlo todo. Hay una razón para Galaxia, y cuando la encuentre, la
conoceré y me daré por vencido. O, quizás habría podido decir más exactamente, si la
encuentro.
- ¿Crees que podrías no encontrarla?
Trevize se encogió de hombros.
- ¿Cómo puedo saberlo? ¿Sabes por qué estoy esperando unas pocas horas para dar el
Salto, y por qué estoy corriendo el peligro de tomarme unos pocos días de espera?
- Dijiste que sería más seguro si lo hacíamos así.
- Sí, eso fue lo que dije, pero ahora estaríamos bastante seguros. Lo que temo, en
realidad, es que esos mundos Espaciales, de cuyas coordenadas disponemos, nos
defrauden por completo. Sólo tenemos tres y ya hemos examinado dos, librándonos
ambas veces de la muerte por los pelos. Con todo esto, todavía no hemos conseguido el
menor indicio sobre la situación de la Tierra, ni siquiera, si hemos de ser sinceros, sobre
su existencia. Ahora me enfrento con la tercera y última oportunidad, ¿y qué pasará, si
también ésta fracasa?
Pelorat suspiró.
- Sabes que hay antiguos cuentos populares (por cierto, que uno de ellos se lo he dejado
a Fallom para hacer prácticas) en los que se permite a alguien formular tres deseos, pero
sólo tres. El tres parece ser un número significativo, tal vez porque es el primer número
impar, de modo qué es el número decisivo más pequeño. Ya sabes, dos ganan a uno. La
moraleja de estos cuentos es que los deseos resultan inútiles. Nadie desea nunca
correctamente, lo cual, según he supuesto siempre, es la antigua manera sabia de decir
que la satisfacción de los propios deseos tiene que ganarse a pulso y no... - Calló de
pronto, como avergonzado -. Lo siento, viejo, pero te estoy haciendo perder el tiempo.
Hablo demasiado cuando comento algo referido a mi hobby.
- Lo que dices me parece interesante siempre, Janov. Comprendo la analogía. Hemos
formulado tres deseos, se han cumplido y no han dado resultado. Ahora sólo queda uno.
Sin saber por qué, estoy seguro de fracasar de nuevo, y por eso quiero demorarlo. Por eso
estoy aplazando el Salto el mayor tiempo posible.
- ¿Qué harás si fracasas de nuevo? ¿Volver a Gaia? ¿A Terminus?
- ¡Oh, no! - dijo Trevize en voz baja y negando con la cabeza -. La búsqueda tiene que
continuar..., aunque yo no sepa cómo.

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