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martes, 19 de octubre de 2010

El Jardín del Miedo -- Robert E. Howard






El Jardín del Miedo
Robert E. Howard

Antaño yo fui Hunwulf, el Errante. Soy incapaz de comprender si mi conocimiento de ese hecho se debe a algún medio oculto o esotérico, y no intentaré explicarlo. Un hombre recuerda su vida pasada; yo recuerdo mis vidas pasadas. Lo mismo que un individuo normal recuerda aquellas formas que fueron las suyas durante su infancia, su juventud y adolescencia, yo recuerdo las formas que fueron James Allison en las edades olvidadas. El por qué de esta memoria no sabría decirlo, lo mismo que tampoco puedo justificar la miríada de otros fenómenos de la naturaleza a los que diariamente nos vemos confrontados, yo y cualquier otro mortal. Pero ahora, tendido aquí, esperando la muerte que me liberará de la larga enfermedad que padezco, contemplo con la mirada clara y limpia el inmenso panorama de las vidas que se han sucedido para llegar hasta mí. Veo los hombres que fueron yo, y veo las bestias que vivieron en mí.
Mi memoria, remontándose al filo de los siglos, no se detiene con la aparición del Hombre. ¿Cómo podría ser así si el animal se confunde tanto con el hombre que no existe una línea de división claramente trazada, algo que marque los límites de la bestialidad? En este preciso instante diviso un paisaje crepuscular, oscuro, entre los árboles gigantescos de un bosque primitivo en el que el hombre nunca ha pisado con sus pies recubiertos de cuero. Veo una masa enorme, erizada de pelo, de andar pesado y renqueante... avanza cansina y torpemente, aunque con rapidez, a veces erguida, a veces a cuatro patas. El ser busca gusanos e insectos, rascando bajo los troncos podridos; sus pequeñas orejas se agitan continuamente. Levanta la cabeza y revela unos colmillos amarillentos. Es primitivo, bestial, antropoide. Y, sin embargo, reconozco su parentesco con la entidad que ahora se llama James Allison. ¿Parentesco? Digamos más bien unidad. Yo soy él, él es yo. Mi carne es sensible, blanca, desprovista de pelo; la suya oscura, dura, hirsuta. Y, pese a todo, hemos sido uno, y su cerebro embrionario, poblado por las sombras, comienza a agitarse y a verse dominado por pensamientos de hombre, groseros, caóticos, fugitivos. Y, no obstante, ellos son el fundamento de todas las grandes y orgullosas visiones que los hombres han tenido en todas las épocas que se han sucedido desde entonces.
Mi conocimiento no se detiene ahí. Se remonta todavía más lejos, muy lejos, ofreciéndome perspectivas olvidadas hacia las que no me atrevo a volverme, abismos demasiado sombríos y demasiado terribles como para que el espíritu humano pueda sondearlos. Sin embargo, incluso allí, tengo conciencia de mi identidad, de mi individualidad. Les aseguro que el individuo nunca se pierde, ni en el pozo negro del que un día salimos arrastrándonos, berreando, ciegos y repudiados, ni en el eventual Nirvana al que algún día accederemos... y que he podido ver, a lo lejos, centelleando como un lago azulado en el crepúsculo, entre las montañas estelares.
Pero ya basta. Les hablaré de Hunwulf. ¡Oh, pasó hace tanto tiempo, tantísimo tiempo! Hace cuánto exactamente, no me atrevo a decirlo. ¿Debería buscar pobres comparaciones humanas para describir las descripciones indescriptibles e incomprensiblemente lejanas? Desde aquella era, la Tierra ha cambiado de aspecto no una vez, sino una docena de veces. Ciclos completos de la especie humana han cumplido sus destinos.
He sido Hunwulf, uno de los hijos de los Aesir de rubios cabellos quienes, desde las heladas llanuras de la helada Asgard, enviaron a sus tribus de ojos azules por el mundo, en migraciones seculares, para dejar la marca de su paso en muchos extraños lugares. Nací durante una de las migraciones hacia el sur. Nunca contemplé la tierra de mis ancestros, allí donde la mayoría de los pueblos nórdicos vive todavía en tiendas de piel de caballo, entre las nieves.
Crecí hasta la edad adulta durante aquella larga carrera vagabunda, en una edad cruel, vigorosa e indómita en que los Aesir no reconocían a dios alguno salvo a Ymir, el gigante de la barba helada por la escarcha, y cuyas hachas estaban tachonadas por la sangre de numerosas naciones. Mis músculos parecían cuerdas de acero trenzado. Mis cabellos rubios caían sobre mis poderosos hombros como la melena de un león. Me ceñía los riñones con una piel de leopardo. Podía manejar la pesada hacha de punta de sílex con cualquiera de mis manos.
Año tras año mi tribu se encaminaba hacia el sur, describiendo a veces inmensos arcos hacia el este o el oeste, afincándose a veces durante meses o años en valles o fértiles llanuras, en lugares donde pululaban animales comedores de hierba. Pero siempre descendía hacia el sur, lenta e inexorablemente. A veces, nuestra ruta nos conducía a través de vastas soledades inanimadas en las que nunca había retumbado un grito humano. A veces, extraños pueblos primitivos se oponían a nuestro avance. Nuestro rastro pasaba entonces por encima de las cenizas anegadas en sangre de las aldeas destruidas. Durante aquel viaje errático, durante aquellas cacerías y matanzas, llegué a la edad adulta y amé a Gudrún.
¿Qué puedo decir de Gudrún? ¿Cómo describir los colores a un ciego? Sólo puedo decir que su piel era más blanca que la leche, que sus cabellos eran de oro fundido cuando el brillo del sol jugueteaba entre sus bucles, que la ligera belleza de su cuerpo habría hecho avergonzarse el sueño que modeló a las diosas griegas. Pero soy incapaz de hacerles comprender el fuego y la maravilla que albergaba Gudrún. No se pueden establecer comparaciones; sus cánones de la mujer reflejan solamente a las mujeres de una época. Pero, junto a ella, serían como simples lámparas intentando rivalizar con el resplandor de la luna llena. No, en milenios, ninguna mujer se ha asemejado a Gudrún. Cleopatra, Tais, Helena de Troya, todas fueron pálidos reflejos de su belleza, pobres imitaciones de la rosa que floreció en todo su esplendor solamente en el origen del tiempo.
Por Gudrún abandoné mi pueblo y mi tribu. Partí hacia las tierras desoladas, exilado y fuera de la ley, con sangre manchándome las manos. Ella era de mi raza, pero no de mi tribu: una niña perdida a la que habíamos encontrado, errando solitaria por un bosque sombrío, extraviada por algún pueblo errante de nuestra propia sangre. Creció en el seno de la tribu. Cuando alcanzó la madurez de su gloriosa y joven femineidad fue entregada a Heimdull, el Poderoso, el más grande de todos los cazadores de la tribu.
Pero el sueño de Gudrún era una locura que me devoraba el alma, un fuego que ardía en mi interior eternamente. Por ella maté a Heimdull, aplastando su cráneo con mi hacha de sílex antes que pudiera llevarla a su choza de piel de caballo. Y luego comenzó nuestra larga huida para escapar de la venganza de mi tribu. Gudrún me siguió con alegría, pues me amaba con ese amor de las mujeres Aesir que es como una llama devoradora que destruye la debilidad. Oh, era un tiempo salvaje, la vida era cruel y sanguinaria, y los débiles morían rápidamente. No había en nosotros nada suave o dulce. Nuestras pasiones eran las de la tempestad, el asalto y el choque de la batalla, la del desafío del león. Nuestros amores eran tan terribles como nuestros odios.
Y de aquel modo me llevé a Gudrún lejos de la tribu y los asesinos nos siguieron la pista muy de cerca. Durante una noche y un día nos siguieron los pasos hasta que, a nado, atravesamos un río desbordado, un torrente bramador y espumante que incluso los hombres de Asgard no se atrevieron a franquear. Pero en la locura de nuestro amor y nuestro descuido, nos lanzamos al agua y nadamos, golpeados y zarandeados por el furor de las olas. Y llegamos a la otra orilla sanos y salvos.
Después de aquello, durante numerosos días, atravesamos los bosques de las regiones del altiplano, guaridas de tigres y leopardos, y llegamos, por fin, a una gran cadena montañosa. Los azules contrafuertes se recortaban contra el cielo de un modo terrible y las pendientes se sucedían a las pendientes.
En aquellas montañas fuimos atormentados por los vientos helados y por el hambre, atacados por cóndores que se abatían sobre nosotros entre el fragor de sus alas gigantescas. En el transcurso de siniestras batallas en los desfiladeros, agoté todas las flechas y quebré la lanza de punta de sílex. Pero franqueamos finalmente el lúgubre espinazo de la cordillera y, descendiendo por las laderas septentrionales, llegamos a la vista de una aldea hecha de cabañas de tierra entre los acantilados. Aquella aldea estaba habitada por gentes pacíficas de piel morena que hablaban una lengua desconocida y practicaban extrañas costumbres. Pero nos recibieron con el signo de la paz y nos llevaron a su poblado. Colocaron ante nosotros carne, pan de cebada y leche fermentada, se acuclillaron formando un círculo a nuestro alrededor al tiempo que comíamos, mientras una mujer golpeaba levemente sobre un tambor con forma de cuenco para honrarnos.
Habíamos llegado a la aldea en el crepúsculo. La noche cayó durante los festejos. Por todas partes se alzaban acantilados y picos, como masas imponentes recortándose contra las estrellas. El pequeño grupo de chozas terrosas y las minúsculas hogueras se perdían en la inmensidad de la noche. Gudrún sintió la soledad y la desolación agobiante de las tinieblas. Se apretó contra mí, apoyándome el hombro en el pecho. Pero mi hacha estaba al alcance de la mano, y yo mismo no había sentido ningún atisbo de miedo.
El pequeño pueblo de piel ocre se acurrucaba ante nosotros. Hombres y mujeres intentaban hablarnos, haciendo gestos con sus manos menudas. Por haber habitado siempre en el mismo lugar, dentro de una seguridad relativa, estaban desprovistos de la intransigente ferocidad de los nómades Aesir. Sus manos revoloteaban con gestos amistosos a la luz del fuego.
Les hice comprender que habíamos llegado del norte, que habíamos atravesado el espinazo de la gran cadena montañosa y que, al día siguiente por la mañana, teníamos la intención de descender hacia las verdes llanuras que habíamos visto más al sur desde las cimas. Cuando comprendieron mi intención empezaron a gritar mientras sacudían la cabeza violentamente y golpeaban como locos en el tambor. Estaban tan ansiosos por comunicarme algo que me confundían en vez de iluminarme. Finalmente, consiguieron hacerme comprender que no querían que abandonase las montañas. Al sur de la aldea había un peligro que acechaba. Pero no pude saber si se trataba de un hombre o de un animal.
Cuando todos ellos gesticulaban y mi atención estaba puesta en su mímica, el golpe cayó. Advertí en primer lugar un súbito trueno de alas batiendo en mis oídos. Luego, una forma sombría surgió de la noche y algo me golpeó en la cabeza al tiempo que me daba la vuelta. Caí, medio inconsciente. ¡En aquel instante escuché a Gudrún lanzando un aullido mientras era arrebatada de mi lado! Levantándome de un salto, temblando por el furioso deseo de desgarrar y masacrar, vi una forma oscura que desaparecía nuevamente en las tinieblas, con una forma blanca que gritaba y se debatía prisionera entre sus garras.
Aullando de dolor y rabia empuñé el hacha y cargué contra las tinieblas... Me detuve bruscamente, huraño y desesperado, sin saber en qué dirección ir.
El pueblo moreno se había esparcido por doquier, gritando y proyectando chispas en todas direcciones al atropellar las hogueras en su ansia por volver a sus cabañas. Pero de nuevo volvían a salir, arrastrándose temerosos y gimoteantes como perros heridos. Se reunieron a mi alrededor y me agarraron con manos tímidas, parloteando en su idioma. Maldije mi impotencia, enfermo de rabia, sabiendo que querían decirme algo que yo no conseguía comprender.
Por fin, les dejé que me condujeran hasta la hoguera. El más anciano de la tribu trajo una cinta de cuero ahumado, un pote de arcilla con materiales colorantes y un bastón. Sobre el cuero, pintó la silueta de una criatura alada llevándose a una mujer blanca. Oh, era muy grosero, pero comprendí el significado. Acto seguido, todos me señalaron hacia el sur y comenzaron a gritar ruidosamente en su propia lengua. Comprendí que la amenaza contra la que me habían prevenido era la del ser que se había llevado a Gudrún. Hasta aquel momento yo había creído que había sido arrebatada por los aires por uno de los cóndores de las montañas. Pero el dibujo ejecutado por el anciano con la negra pintura era, más que nada, el de un hombre alado.
Lenta y laboriosamente comenzó a trazar algo que por fin reconocí. Era un mapa... sí, incluso en aquella época oscura teníamos mapas, primitivos, cierto, pero que un hombre moderno hubiera sido incapaz de interpretarlos, a causa de la diferencia de nuestro simbolismo.
Aquello nos llevó mucho tiempo, y se hizo la medianoche antes que el viejo hubiera terminado y yo comprendido sus dibujos. Pero finalmente, todo quedó completamente claro. Si seguía el camino trazado en el mapa, descendiendo el largo y estrecho valle en que se alzaba la aldea, atravesando una llanura y siguiendo después una sucesión de desgarradas pendientes, llegaría al lugar en donde moraba el ser que había robado a mi compañera. En aquel lugar, el viejo dibujó lo que parecía ser una cabina deforme, con numerosos signos extraños a su alrededor, trazados con la ayuda de pigmentos rojos. Los dibujaba con el dedo, y luego me señalaba a mí, sacudía la cabeza y lanzaba gritos sonoros que parecían indicar un gran peligro para aquellos seres.
Más tarde intentaron persuadirme para que no fuera, pero, en mi ardor, tomé la cinta de cuero y el saco de comida que me habían puesto a la fuerza entre las manos (¡realmente era un pueblo muy extraño para aquella época!), recogí el hacha y me dirigí hacia las tinieblas sin luna. Mis ojos eran más penetrantes de lo que puede concebir una mentalidad moderna, y mi sentido de la orientación era el de un lobo. Una vez grabado el mapa en mi cerebro, habría podido tirarlo y dirigirme infaliblemente hacia el lugar que buscaba. Sin embargo, lo plegué y me lo guardé en el cinturón.
Caminé tan rápido como pude bajo la claridad de las estrellas, sin preocuparme de las bestias feroces que, quizá, buscaban una presa... osos de las cavernas o tigres de dientes de sable. A veces, escuchaba cómo la arenilla se deslizaba bajo patas furtivas. Por un instante, entreveía unos ojos feroces y amarillos ardiendo en las tinieblas y percibía formas que, en medio de la oscuridad, huían cuando me acercaba. Pero proseguí intrépidamente mi carrera, con un humor tan desesperado que no era capaz de cederle el paso a ningún animal, ¡por terrible que fuera!
Atravesé el valle, escalé una cresta montañosa y llegué a una amplia meseta, cuajada de zanjas y alfombrada de rocas. La franqueé y, en las tinieblas que preceden el alba, comencé a descender por las laderas llenas de asechanzas. Parecían no terminar nunca, y desaparecían a mis pies como una larga línea escarpada e inclinada que se perdía en la oscuridad. Pero continué con mi temerario descenso, sin detenerme ni para desatar la cuerda de cuero que llevaba enrollada alrededor de los hombros. Confiaba en mi suerte y mi destreza para llegar a la base de la montaña sin romperme el cuello.
Y, justo cuando la aurora lamía con su blanca luz las cimas, llegué a un amplio valle rodeado de acantilados prodigiosos. En aquel lugar en que me hallaba, el valle se extendía al este y al oeste. Los acantilados convergían en su extremo inferior, dándole el aspecto de un gran abanico que se estrechaba rápidamente hacia el sur.
El suelo era uniforme, atravesado por un curso de agua sinuoso. Algunos árboles se elevaban en él, aislados. No había rastrojos, pero sí un tapiz de altas hierbas que, en aquella época del año, estaban particularmente secas. A lo largo del curso de agua crecía una vegetación exuberante y, por aquí o por allá, deambulaban unos mamuts, verdaderas montañas de carne y músculos llenas de pelo.
Me quedé a buena distancia, pues aquellos gigantes eran demasiado poderosos para que me enfrentase a ellos. Confiaban en su poder, y sólo temían una cosa en el mundo. Orientaban hacia mí sus grandes orejas y levantaban las trompas con aire amenazador si me acercaba a ellos más de lo imprescindible, pero no me atacaron. Corrí rápidamente entre los árboles. Cuando llegué al lugar donde convergían los acantilados, el sol aún no se había levantado por encima de las murallas del este, cuyas crestas destacaban con una llamarada dorada. El descenso por las montañosas laderas, pese a que me había llevado toda la noche, no había afectado mis músculos de acero. No sentía ninguna fatiga; el furor me devoraba aún con el mismo ardor. No podía saber lo que se hallaba más allá de los acantilados; no hice hipótesis. Mi cerebro sólo dejaba penetrar la negra cólera y el ansia por masacrar.
Los desfiladeros no formaban un muro compacto. Aquello quería decir que los extremos de las paredes rocosas no se unían completamente, dejando una ranura o una brecha de unos cien pies de ancho. La corriente de agua la atravesaba y los árboles crecían robustos junto a ella. Crucé la brecha, tan ancha como larga, y desemboqué en un segundo valle o, más bien, en la continuación del primero que se ampliaba nuevamente más allá del pasaje.
Las paredes rocosas se alejaban en una curva pronunciada hacia el este y el oeste, para formar una muralla gigantesca que rodeaba completamente el valle, describiendo un vasto óvalo. Formaban un reborde azulado alrededor del valle, sin brecha alguna, con la excepción de un pedazo de cielo claro que parecía indicar otra abertura en el extremo septentrional. El valle interior tenía la forma de una botella con dos bocas.
El gollete por el que había penetrado estaba lleno de árboles que crecían numerosos en varios cientos de metros. Luego daban paso bruscamente a un campo de flores carmesíes. A varios cientos de metros más allá del lindero de los árboles, pude ver un extraño edificio.
Debo hablar de lo que veía no sólo como Hunwulf, sino también como James Allison. Hunwulf no comprendía nada más que muy vagamente las cosas que veía y, como Hunwulf, no sería capaz de describirlas. Yo, en mi vida como Hunwulf, lo ignoraba todo sobre la arquitectura. Las únicas moradas construidas por la mano del hombre que yo hubiera visto eran las tiendas de cuero de caballo de mi Pueblo y las chozas de tierra con techumbre de paja del pueblo devorador de cebada... y otros pueblos igual de primitivos.
Así que, como Hunwulf, sólo podría decir que contemplaba una gran choza, cuya construcción sobrepasaba mi entendimiento. Pero yo, James Allison, sé que era una torre, de unos sesenta pies de altura, construida con una curiosa piedra verde, extremadamente pulida, y revestida de una sustancia que daba la impresión de diáfana transparencia. Era cilíndrica y, por lo que podía ver, desprovista de puertas y ventanas. El cuerpo principal de la construcción puede que tuviese setenta pies de altura. En su centro se elevaba una torre más pequeña que remataba el conjunto. Aquella torre, con una circunferencia apenas más pequeña que el cuerpo principal del edificio, estaba rodeada por una especie de galería con un parapeto almenado. Tenía dos puertas curiosamente abovedadas y ventanas enrejadas con sólidos barrotes, como pude darme cuenta incluso desde el lugar donde me encontraba.
Aquello era todo. No había ningún signo de presencia humana. Ningún signo de vida en el valle. Pero resultaba evidente que aquel castillo era lo que el viejo de la montaña se había esforzado en dibujar. Y estaba seguro de poder encontrar a Gudrún en su interior... si es que aún vivía.
Más allá de la torre pude contemplar la débil claridad de un lago azulado en el que se precipitaba la corriente de agua, siguiendo la curvatura de los muros occidentales. Disimulado entre los árboles, examiné la torre y las flores que la rodeaban por todas partes. Crecían con exuberancia a lo largo de los muros y se extendían a lo largo de cientos de metros en todas direcciones. Volvían a verse árboles al otro extremo del valle, cerca del lago, pero ninguno crecía entre las flores.
Aquellas flores no se parecían a ninguna planta que hubiera visto hasta entonces. Crecían muy cerca unas de otras. Tenían unos cuatro pies de altura, con una sola flor en cada tallo... una flor más grande que la cabeza de un hombre, con largos pétalos pulposos, muy cerca unas de otras. Aquellos pétalos, de un color rojo carmesí, parecían heridas abiertas. Los tallos eran tan gruesos como el puño de un hombre, incoloros, casi transparentes. Las hojas de un verde venenoso tenían la forma de puntas de lanza, marchitándose en largas colas serpentinas. Su aspecto era repugnante, y me pregunté lo que camuflaría su densidad.
Todos mis instintos, desarrollados por una vida salvaje, estaban fuertemente excitados. Sentía un peligro oculto, exactamente igual al que habría sentido ante un león emboscado, incluso antes que mis sentidos lo percibieran. Estudié de cerca las compactas hojas, preguntándome si ocultarían alguna serpiente inmensa. Mis narices se dilataron al buscar un olor, pero el viento no soplaba en mi dirección. Sin embargo, había algo anormal en aquel inmenso jardín. Aunque el viento del norte lo atravesaba, ninguna flor se movía, ninguna hoja se agitaba. Permanecían inmóviles y sombrías, como aves de presa de lánguidas cabezas. Tuve la extraña sensación que ellas me observaban como criaturas vivientes.
Hubiera podido decirse que era el paisaje visto en un sueño. A ambos lados, los acantilados azules se elevaban hacia un cielo desprovisto de nubes. A lo lejos, el lago se sumía en una tranquilidad dormida y la torre, de un verde fantástico, se alzaba en medio de aquel campo de un color rojo lívido.
Y había otra cosa... Aunque el viento soplase en dirección contraria, sentía manar de las flores un olor, una exhalación de cubil... de muerte, podredumbre y corrupción.
Me agazapé bruscamente, permaneciendo a cubierto. Había vida en el castillo. Una silueta emergió de la torre. Se acercó al parapeto, se inclinó por encima y miró hacia el valle. Era un hombre, pero un hombre como nunca había soñado, ¡ni siquiera en una pesadilla!
Era alto y robusto. Su piel era negra, con la tintura del ébano pulido. Pero los rasgos que hacían de él una pesadilla humana eran las alas de murciélago que sobresalían por encima de sus hombros aun estando plegadas. Sabía que sus alas eran auténticas: aquel hecho resultaba evidente e indiscutible.
Yo, James Allison, he meditado largamente sobre aquel fenómeno del que fui testigo con los ojos de Hunwulf. Aquel hombre alado, ¿era solamente un monstruo, un ejemplo de una aberración de la naturaleza viviendo en una soledad y desolación inmemoriales? ¿O bien era el superviviente de una raza olvidada que había aparecido, reinado y extinguido antes de la llegada del hombre tal y como nosotros lo conocemos? Quizá el pueblo moreno de las colinas habría podido responder a aquellas preguntas, pero carecíamos de un lenguaje común. Sin embargo, me inclino por esta última hipótesis. Los hombres alados se encuentran muy frecuentemente en la mitología; se les encuentra en las leyendas populares de numerosas naciones y numerosas razas. Tan lejos como el hombre puede remontarse en el pasado gracias a los mitos, crónicas y leyendas, encuentra siempre historias de arpías y dioses alados, de ángeles y demonios. Las leyendas son los reflejos deformados de realidades preexistentes. Estoy convencido que, en otros tiempos, hubo una raza de hombres alados de piel oscura que reinó en el mundo preadánico y que yo, Hunwulf, encontré al último superviviente de aquella raza en el valle de las flores rojas.
Estos pensamientos los formulo como James Allison, con mi saber moderno que es tan imponderable como mi ignorancia moderna.
Yo, Hunwulf, no me daba a tales especulaciones. El escepticismo moderno no formaba parte de mi naturaleza, y no pretendía racionalizar lo que parecía no coincidir con un universo natural. No reconocía ningún dios, excepto Ymir y sus hijas, pero no ponía en duda la existencia ¾como demonios¾ de otras deidades, veneradas por otras razas. Seres sobrenaturales de toda especie estaban en pleno acuerdo con mi concepto de la vida y del universo. Creía tanto en la existencia de dragones, espíritus y diablos como en la de leones, búfalos y elefantes. Aceptaba aquella aberración de la naturaleza como un demonio sobrenatural, y no me preocupaba en lo más mínimo ni por sus orígenes ni por su procedencia. Tampoco me sentía dominado por un pánico provocado por un terror supersticioso. Yo era un hijo de Asgard que no temía ni a hombres ni a demonios, y confiaba más en la fuerza demoledora de mi hacha de sílex que en las plegarias de los sacerdotes y los encantamientos de los brujos.
Pero no me lancé inmediatamente a la descubierta para ir al asalto de la torre. La prudencia instintiva de la vida salvaje era mía, y no veía ningún medio de escalar los muros del castillo. El hombre alado no necesitaba puertas, pues entraba, por todas las evidencias, por arriba, y la superficie lisa de los muros parecía desafiar al escalador más avezado. Pero pronto se me presentó un medio para acceder a lo alto de la torre. Dudaba, esperando a ver si otros seres alados se presentaban ante mí, aunque tuviese el sentimiento inexplicable que aquel era el único de su especie en todo el valle... quizá en todo el mundo. Mientras me mantenía al acecho, oculto entre los árboles, observando, le vi apartar los codos del parapeto y estirarse con la ligereza de un enorme felino. Luego atravesó la galería circular y penetró en la torre. Un grito sordo retumbó en el aire y me tensé, aunque descubrí que no era el grito de una mujer, No tardó en aparecer el sombrío dueño del castillo, arrastrando tras él una silueta más pequeña... una forma que se retorcía, se debatía y lanzaba lastimeros gritos. Vi que se trataba de un hombrecillo moreno, muy parecido a los habitantes de la aldea de la montaña, capturado, no tenía dudas, del mismo modo que lo había sido Gudrún.
Mantenido entre los brazos de su gigantesco adversario, parecía un niño. El hombre negro desplegó las inmensas alas y echó a volar desde el parapeto, llevado a su cautivo como un cóndor que llevase un corderillo. Planeó por encima del campo de flores y yo me agazapé en un refugio de hojarasca, mirando estupefacto el extraño espectáculo.
El hombre alado, planeando en lo alto del cielo, lanzó un grito raro y fantástico. Fue respondido de un modo terrible. El estremecimiento de una vida horrible recorrió el campo encarnado que se extendía bajo él. Las grandes flores rojas temblaron, se abrieron, desplegaron los pétalos carnosos, parecidos a bocas de serpientes. Los tallos parecieron distenderse y alzarse hacia el cielo con impaciencia. Las largas hojas se levantaron y estremecieron, produciendo un sonido curiosamente funesto, como un serpentín de campanas. Un ligero silbido capaz de poner la carne de gallina retumbó por todo el valle. Las flores suspiraban, tendiéndose hacia lo alto. Con una risa diabólica, el hombre alado dejó caer a su cautivo, que seguía debatiéndose vanamente.
Con el aullido de un alma condenada, el hombre moreno cayó rápidamente, aplastándose entre las flores. Las plantas se lanzaron sobre él con un estremecido silbido. Sus tallos espesos y flexibles se curvaron, como cuellos de serpientes, y sus pétalos se cerraron sobre la carne. Un centenar de flores se asieron a él como los tentáculos de algún gigantesco pulpo, sofocándole y machacándole. Sus gritos agónicos llegaron hasta mí, ensordecidos; estaba completamente cubierto por las flores que se abatían silbando sobre él. Las que se encontraban lejos de su alcance se agitaban y retorcían furiosamente como si quisieran arrancar sus propias raíces en su deseo por reunirse con sus congéneres. En toda la pradera las grandes flores rojas se inclinaban y retorcían hacia el lugar donde la siniestra batalla se desarrollaba. Los gritos disminuyeron y fueron siendo cada vez más débiles hasta desaparecer. Un terrible silencio reinó en todo el valle. El hombre negro volvió a la torre con un vuelo apacible y desapareció en su interior.
Poco después, las flores se fueron apartando una tras otra de su víctima que quedó tendida, blanca e inmóvil. Sí, su palidez era peor que la de la muerte. Se habría dicho que era una estatua de cera, una efigie de mirada quieta, a la que toda gota de sangre le hubiera sido absorbida. Y una sorprendente transformación era visible en las flores que había en las proximidades del cuerpo. Los tallos ya no eran incoloros; estaban hinchados y teñidos de un rojo sombrío, como bambúes transparentes, estallando de sangre fresca.
Impulsado por una curiosidad insaciable, abandoné furtivamente mi refugio entre los árboles y me deslicé hasta las mismas lindes del campo encarnado. Las flores silbaron y se inclinaron hacia mí, dilatando los pétalos como el capuchón de una cobra excitada. Elegí una flor alejada de las demás, corté el tallo de un hachazo y la criatura se derrumbó por el suelo, retorciéndose como una decapitada serpiente.
Cuando sus movimientos cesaron, me incliné sorprendido sobre ella. El tallo no era hueco como había supuesto... es decir, hueco como un bambú seco. Estaba atravesado por una red de venas, parecidas a filamentos; algunos estaban vacíos, otros exudaban una savia incolora. Las colas que unían las hojas al tallo eran notablemente tenaces y ligeras. Las propias hojas estaban bordeadas de espinas curvadas, como si fueran acerados colmillos.
Cuando aquellas espinas se hundían en la carne, la víctima se veía forzada a arrancar la planta entera, a partir de las raíces, si quería escapar.
El pétalo era tan ancho como mi mano y tan grueso como una porra armada con clavos. En el borde interno, cada uno de ellos estaba recubierto de innumerables y minúsculas bocas, no más grandes que la cabeza de un alfiler. En el centro, en el lugar que debía haber ocupado el pistilo, había una punta arpada, cuya textura recordaba la de una espina, con estrechos canales que unían los cuatro bordes dentados.
Una vez terminadas mis investigaciones de aquella horrible parodia de vegetación, levanté súbitamente los ojos, justo a tiempo de ver reaparecer sobre el parapeto al hombre alado. No pareció sorprendido al verme. Gritó algo en una lengua desconocida e hizo un gesto burlón mientras yo me quedaba inmóvil como una estatua, asiendo fuertemente el hacha. No tardó en dar media vuelta y penetrar en el interior de la torre, como lo había hecho antes. Y, al igual que antes, volvió llevando a una cautiva. Mi furor y mi odio casi se sumergieron en el torrente de alegría que se desbordó en mí al ver que Gudrún estaba viva.
Pese a su fuerza ligera, que era la de las panteras, el hombre negro mantenía a Gudrún con la misma facilidad con que había sujetado al hombrecillo moreno. Levantando su cuerpo blanco, que no dejaba de debatirse en el aire por encima de la cabeza del ser alado, me la mostró mientras lanzaba gritos sarcásticos. Los rubios cabellos de Gudrún caían sobre los blancos hombros, se agitaba vanamente y me gritaba, dominada por un terror y un horror extremos. Raramente una mujer Aesir conoce un terror tan abyecto como el que se había apoderado de Gudrún. Medí el abismo de la diabólica conducta de su raptor por sus gritos desenfrenados.
Pero me quedé inmóvil. Si hubiera valido que, para ayudarla, hubiese tenido que hundirme en el interior de aquel pantano rojo como el infierno, aceptando ser apresado, traspasado y chupada toda mi sangre por aquellas flores diabólicas, lo hubiese hecho. Pero aquello no habría ayudado en nada. Mi muerte, solamente, la habría privado de su único defensor. Así que me quedé inmóvil mientras Gudrún se retorcía y sollozaba, mientras las risotadas del hombre negro hacían desbocarse en mi cerebro las rojas oleadas de la demencia. En un momento, hizo un gesto como de arrojarla entre las flores. Mi control de acero estuvo a punto de ceder y de impulsarme en aquel mar rojizo e infernal. Pero sólo era un simulacro. No tardó en arrastrarla de nuevo a la torre y lanzarla a su interior. Luego volvió al parapeto, apoyando en él los codos y quedándose en aquella postura para observarme. Aparentemente, jugaba conmigo como un gato hace con un ratón antes de matarlo.
Sin embargo, con el hombre negro todavía acechándome, volví la espalda y me hundí en el interior del bosque. Yo, Hunwulf, no era un pensador, al menos no en el sentido que lo entienden los hombres modernos. Vivía en una época en la que las emociones se traducían por el golpe del hacha de sílex más que por los elaborados productos del intelecto. Y, pese a todo, yo no era el animal desprovisto de inteligencia que el hombre supone que debía ser. Poseía un cerebro humano, estimulado por la eterna lucha de la existencia y la supremacía.
Sabía que no podía franquear vivo la banda rojiza que rodeaba el castillo. Antes que pudiera dar una docena de pasos, una multitud de puntas dentadas se habrían hundido en mi carne y sus bocas ávidas chuparían la sangre de mis venas para alimentar su apetito demoníaco. Incluso mi energía de tigre me sería inútil para intentar abrirme camino entre ellas.
El hombre alado no me siguió. Mirando por encima del hombro, le vi acodado solemnemente en la misma posición. Cuando sueño, como James Allison, los sueños de Hunwulf, esta imagen se encuentra como grabada en mi mente. Veo la silueta de gárgola, con los codos plantados en el parapeto, como un meditabundo diablo medieval, agazapado sobre las almenadas murallas del Infierno.
Franqueé las gargantas del valle y penetré en el que había más allá, en el que los árboles se diseminaban y los mamuts seguían las corrientes de agua con su pesado deambular. Me detuve tras sobrepasar a la manada y, sacando dos piedras de sílex de la mochila, me agaché e hice saltar una chispa hacia la seca hierba. Yendo rápidamente de un sitio para otro, eligiéndolos cuidadosamente, encendí una docena de hogueras, dispuestas en un amplio semicírculo. El viento del norte las atizó, las hizo propagarse y las empujó ante él. En pocos instantes, una muralla de llamas avanzó con rapidez hacia el fondo del valle.
Los mamuts dejaron de comer, levantaron las grandes orejas y lanzaron barrites de alarma. No temían más que una cosa en el mundo: ¡el fuego! Empezaron a batirse en retirada hacia el sur, las hembras empujando a las crías ante ellas; los machos barritando tan fuerte como harán las trompetas en el Juicio Final. Con un gruñido de tormenta, el fuego extendiéndose acelerado, los mamuts huían ante la conflagración precipitadamente, en desorden. Era un terrible huracán de carne, un terrible temblor de tierra, huesos y músculos devastando y aplastándolo todo a su paso. Los árboles estallaban y caían ante ellos, el suelo temblaba bajo sus patas violentas. Tras ellos llegaba el rápido fuego. Y, justo detrás, iba yo, siguiendo las llamas tan de cerca que la tierra humeante me quemaba las sandalias de piel ciervo.
Atravesaron el estrecho gollete con un gruñido retumbante, nivelando los espesos bosquecillos como una guadaña gigantesca. Los árboles eran arrancados y desarraigados; era como si un tornado se hubiera abismado por el pasadizo.
Con el trueno ensordecedor de sus patas machacando la tierra entre barrites, se desbocaron hacia el mar de flores rojas, como una devastadora tempestad. Las plantas demoníacas habrían hecho caer a un solo mamut aislado, pero, bajo el impacto de la manada entera, parecían flores ordinarias. Los mastodontes, enloquecidos por la furia, las aplastaron por completo, las patearon, las machacaron, las abatieron, las hicieron jirones, hundiéndolas en la tierra, que absorbió sus humores.
Temblé por un instante, temiendo que aquellos brutos continuaran su loca carrera hacia el castillo y que éste fuera incapaz de soportar su asalto fatal. Evidentemente, el hombre alado compartía mis temores, pues se lanzó enérgicamente desde lo alto de la torre y voló rápido hacia el cielo, dirigiéndose hacia el lago. Pero uno de los machos se dio de cabeza contra la muralla, rebotó sobre la superficie uniforme, lisa y sin curvas, y embistió contra el que le seguía inmediatamente y el rebaño se dividió en dos. Sobrepasaron mugiendo la torre, rodeándola por los lados. Los mastodontes pasaron tan cerca de ella que sus flancos velludos se rasparon contra las murallas. Bajaron a lo largo del campo encarnado y se dirigieron en medio del estruendo de los truenos hacia el lejano lago.
El fuego alcanzó el lindero de los árboles y se apagó por sí solo. Los restos aplastados y atestados de savia de las plantas rojas no ardían. Los árboles, sin raíces o aún en pie, humeaban y crepitaban, devorados por las llamas. Ramas ardientes llovían a mi alrededor mientras me abalanzaba a través de los árboles. Luego corrí hacia el gigantesco guadañazo que la carga de la manada había producido en el lívido campo.
Mientras corría le grité a Gudrún, quien me respondió.
Su voz sonaba ensordecida y acompañada por un martilleo. El hombre alado la había encerrado en la torre.
Cuando llegué a la base de las murallas del castillo, pisoteando lo que quedaba de las flores rojas y los tallos serpentinos, desenrollé la cuerda de cuero en bruto, la hice girar y envié la lazada hacia arriba, apuntando a uno de los morlones del parapeto almenado. No tardé en trepar a pulso por ella, agarrándola entre los dedos de los pies, hiriéndome codos y dedos contra el liso muro mientras permanecía suspendido en el aire.
Estaba a menos de cinco pies del parapeto cuando fui galvanizado por un batir de alas cerca de mi cabeza. El hombre negro se abatió desde lo alto del cielo y se posó en la galería. Tuve una buena vista suya cuando se inclinó por encima del parapeto. Sus rasgos eran rectos y regulares; no había en él ninguna sugerencia de rasgos negroides. Sus ojos eran aberturas oblicuas y los dientes le brillaban con un salvaje rictus de odio triunfal. Durante mucho, muchísimo tiempo, había reinado en el valle de las flores rojas, cobrando un tributo de vidas humanas a los desgraciados pobladores de las colinas, llevándose por los aires a víctimas inocentes para que sirvieran de alimento a sus flores carnívoras, aquellos medio animales que eran sus súbditos y sus protegidos. En aquellos momentos, yo estaba en su poder; mi encarnizamiento y audacia no habían servido de nada. Un único golpe de la curva daga que empuñaba me enviaría al pie de la muralla, cayendo hacia la muerte. En alguna parte, Gudrún, viendo en qué peligro me encontraba, lanzaba gritos de bestia salvaje. Luego, una puerta se rompió con un estrépito de paneles en explosión.
El hombre negro, dedicado a su demoníaco plan, apoyó el borde acerado de la hoja contra la cuerda de cuero... luego, por su espalda, un brazo blanco y vigoroso se cerró sobre su cuello y fue violentamente echado hacia atrás. Por encima de sus hombros pude ver la cara magnífica de Gudrún, sus hirsutos cabellos, sus ojos dilatados por el horror y la rabia. El hombre negro se volvió con un rugido, luchando contra su presa. La arrancó de su cuello y la tiró contra la torre con tal violencia que Gudrún quedó inmóvil, medio aturdida. Luego, se volvió hacia mí. Pero, en el mismo instante, yo terminaba de trepar ya hasta el parapeto y saltaba hacia la galería empuñando el hacha.
Dudó por unos instantes; medio desplegó las alas. Aún asía la daga, preguntándose si debía batirse o huir por el aire. Por la talla, era un gigante, y sus músculos destacaban como surcos ribeteados por todo su cuerpo. Pero dudaba, tan inseguro como un hombre enfrentado a una bestia.
Yo no dudé. Con un rugido que me nació en el fondo de la garganta, salté hacia adelante y eché hacia atrás el hacha con toda mi fuerza de coloso. Con un grito estrangulado levantó los brazos. Pero el filo del hacha se hundió entre ellos silbando y le aplastó el cráneo, reduciéndolo a sangrientos fragmentos.
Me volví hacia Gudrún. Se arrodilló titubeante y, luego, me echó los brazos al cuello en un frenético abrazo de amor y miedo, abriendo los ojos de forma desorbitada y mirando el lugar en que yacía el alado señor del valle. La pulpa enrojecida que había sido su cabeza se bañaba en un océano de sangre y cerebro.
A menudo he deseado que fuera posible reunir las diversas vidas que han sido la mía en el interior de un único cuerpo, aliando las experiencias de Hunwulf con el saber de James Allison. Si hubiera podido ser así, Hunwulf habría franqueado la puerta de ébano que Gudrún había hecho saltar en pedazos con un sobresalto de desesperada energía. Habría penetrado en aquel salón fantástico que se atisbaba entre los dislocados paneles. Aquella habitación estaba atestada de muebles extraños y de anaqueles cubiertos de rollos de pergamino. Habría desplegado aquellos rollos y se habría inclinado sobre los caracteres hasta haberlos descifrado y, quizá, leído las crónicas de aquella raza extraña de la que acababa de matar a su último superviviente. Seguramente su historia era más rara que los sueños engendrados por el opio y tan maravillosa como la narración de aquella Atlántida que se tragaron los mares en tiempos remotos.
Pero Hunwulf no poseía tal curiosidad. Para él, la torre, la habitación de los muebles de ébano y los rollos de pergamino eran emanaciones de la brujería, cosas carentes de sentido e inexplicables, cuyo significado residía en su propio carácter diabólico. Aunque la solución del misterio se hallase al alcance de su mano, estaba tan inmensamente alejado de ella como de James Allison, que no debía nacer más que al filo de los milenios.
Para mí, como Hunwulf que era, el castillo no resultaba ser más que una trampa monstruosa. Sólo sentía por él una sola emoción y un solo deseo: abandonarlo lo antes posible.
Con Gudrún agarrándose a mí, me deslicé hasta el suelo, luego solté la cuerda con un hábil movimiento de torsión y la volví a enrollar. Nos alejamos, tomados de la mano, y seguimos el camino abierto por los mamuts que se perdían en la distancia. Nos dirigimos hacia el lago azulado en el extremo sur del valle y hacia la embocadura de los acantilados que se alzaban más allá.

F I N

EL DEMONIO DE HIELO -- CLARK ASHTON SMITH





EL DEMONIO DE HIELO
CLARK ASHTON SMITH


Quanga el cazador, junto con Hoom Feethos y Eibur Tsanth, dos de los más emprendedores joyeros de Iqqua, cruzaron la frontera de una región a la cual casi nunca iban los hombres, y de la cual regresaban menos aún. Dirigiéndose hacia el norte de Iqqua, llegaron a las desoladas tierras de Mhu Thulan, donde el gran glaciar de Polarión había inundado como un mar helado ciudades ricas y de gran fama, cubriendo el gran istmo de orilla a orilla, bajo capas de hielos perpetuos.
De acuerdo con la leyenda, las cúpulas en forma de concha de la ciudad de Cerngoth podían verse aún a través del hielo, así como las altas y delgadas agujas de Oggon—Zhai, junto con las palmeras y mamuts y los templos cuadrados y negros del dios Tsathoggua, allí incrustados. Todo esto había ocurrido hacía muchos siglos, y el hielo, como un muro poderoso y deslizante, continuaba moviéndose hacia el sur por tierras desiertas.
Ahora Quanga conducía a sus compañeros por el camino del endurecido glaciar hacia una meta atrevida. Su objeto no era ni más ni menos que la recuperación de los rubíes del rey Haalor, quien, con el mago Ommum—Vog y un nutrido grupo de aguerridos soldados había partido hacía cinco décadas para guerrear en el hielo polar. Ni Haalor ni Ommum—Vog hablan regresado de su fantástica expedición, y los restos de su tropa, derrotados y harapientos, volvieron al cabo de dos lunas para narrar una increíble historia.
Contaron cómo el ejército había acampado sobre una especie de montículo, cuidadosamente escogido por Ommum—Vog, desde donde se obtenía una visión completa del territorio helado. Entonces el poderoso mago, de pie junto a Haalor y en medio de un círculo de braseros de los que humeaba un constante humo dorado, y recitando conjuros que eran más antiguos que el propio mundo, había conjurado a un astro candente, mayor y más rojo que el sol meridional que brillaba en el cielo. Y el astro, con rayos ardientes que chispeaban desde el cenit, tórrido y refulgente, hizo que el sol brillase con la misma intensidad que una luna en pleno día, mientras los soldados casi se derriten a causa del gran calor, dentro de sus pesadas armaduras. Pero bajo sus rayos se deshelaron los glaciares convirtiéndose en arroyos y riachuelos de corriente rápida, hasta el punto que por un momento Haalor alimentó la esperanza de poder reconquistar el reino de Mhu Thulan, donde sus antepasados habían reinado durante tiempos pretéritos.
Los cauces de las aguas se hicieron más profundos, discurriendo más allá del montículo donde aguardaba el ejército. Entonces, como por arte de una magia hostil, los ríos comenzaron a producir una niebla pálida y abrumadora, que cegó y conjuró al sol de Ommum—Vog, hasta que sus rayos deslumbrantes palidecieron y se enfriaron, cesando su poder sobre el hielo.
En vano intentó el mago nuevos conjuros que disipasen la niebla densa y gélida. Pero el vapor descendió, maligno y pegajoso, enrollándose y retorciéndose como nudos de serpientes fantasmas, y penetrando en la médula de los hombres como el frío de la muerte. Cubrió todo el campamento como algo tangible, cada vez más frío y grueso, entumeciendo los miembros de los que manoteaban a ciegas y no podían ver los rostros de sus compañeros a un metro de distancia. Sin embargo, algunos de los soldados de tropa consiguieron salirse y escapar sigilosamente hacia el desvanecido sol, y observaron que ya no podía distinguirse en los cielos el globo mágico que conjurara Ommum—Vog. Cuando huían poseídos de un extraño terror, miraron hacia atrás y vieron que en vez de la niebla baja y densa ahora había una nueva capa de hielo reciente que cubría el montículo donde el rey y el mago habían establecido el campamento. El hielo se elevaba sobre el terreno a una mayor altura que por encima de la cabeza de un hombre alto: y débilmente, a una profundidad brillante, los soldados que huían pudieron ver las formas aprisionadas de sus jefes y compañeros.
Sospechando que dicho fenómeno no era un acontecimiento natural, sino un embrujamiento provocado por el gran glaciar, y que el propio glaciar era un ser vivo, de carácter maligno y con poderes de límite desconocido, se apresuraron en su huida. El hielo les dejó marchar en paz, como si advirtiese de la suerte que correrían a quienes se atreviesen a conquistarlo.
Unos creyeron el relato y otros dudaron de su veracidad; pero el rey que gobernaba en Iqqua después de Haalor no prosiguió la guerra con el hielo, y ningún mago se dedicó a batallar con soles conjurados. Muchos hombres huyeron ante las constantes avanzadillas de los glaciares, relatándose numerosas leyendas acerca de gentes atrapadas o aisladas en valles solitarios por cambios repentinos y diabólicos del hielo, como si este último alargase una mano viva. También había leyendas de terribles socavones que se abrían y cerraban abruptamente como fauces monstruosas que atacaban a quienes se atrevían a invadir el desierto helado; se hablaba de vientos que parecían ser el aliento de demonios boreales, y de cuerpos humanos reventados, que en un minuto se convertían en estatuas duras como el granito. Durante mucho tiempo, y a lo largo de mucha millas antes de llegar al glaciar, toda la región estaba deshabitada, y sólo los cazadores más audaces se atrevían a perseguir a su presa por esas tierras de inviernos perpetuos.
Pero ocurrió que el temerario cazador Iluac, hermano mayor de Quanga, se internó en Mhu Thulan tras un enorme zorro negro que le había conducido a través de las enormes planicies cubiertas de hielo. Iluac siguió su rastro a lo largo de muchas leguas, sin lograr ponerse a tiro de flecha de la bestia; por último, llegó a un enorme montículo que sobresalía de la llanura, señalando al parecer una colina enterrada. Iluac tensó la flecha en el arco y penetró a su vez tras la bestia, pensando sin duda que el zorro se había introducido en una cueva del montículo.
Pronto se encontró en un lugar que parecía ser la cámara de reyes o dioses boreales. Todo cuanto le rodeaba, inmerso en una tenue luz verde, era enorme: altísimos pilares brillantes, gigantes estalactitas colgando de la bóveda. El suelo era una pendiente hacia abajo, e Iluac llegó al final de la cueva sin encontrar rastro alguno del zorro Pero en las transparentes profundidades de la pared del fondo distinguió las formas erectas de numerosos hombres, totalmente congelados y encerrados como en una tumba, cuyos cuerpos estaban incorruptos, mientras que sus rasgos faciales aún presentaban tersura y belleza. Los hombres estaban armados con largas lanzas, y la mayoría portaba la coraza de soldado. Pero en medio había una figura altiva ataviada con los mantos azul marino propios de un rey; a su lado se encontraba un anciano encorvado vestido con el clásico ropón negro de los hechiceros. Los mantos de la real figura estaban completamente bordados con piedras preciosas que ardían como estrellas de colores a través del hielo. Enormes rubíes, rojos como gotas de sangre recién coagulada, formaban un triángulo sobre el pecho, reproduciendo el emblema real de los reyes de Iqqua. Por ello, Iluac pudo determinar que había encontrado la tumba de Haalor y Ommum—Vog. así como de los soldados que partieran con ellos en días pretéritos.
Asustado ante todas las extrañas circunstancias, y recordando las viejas leyendas, Iluac perdió su bravura por vez primera en su vida y abandonó la cámara a toda prisa. No pudo dar con el zorro negro, y cesando su búsqueda regresó hacia el sur, alcanzando las tierras más allá del glaciar sin tropiezo alguno. Pero más tarde juró que el hielo había cambiado extrañamente mientras perseguía al zorro, de manera que cuando salió de la cueva tardó un rato en orientarse. Donde antes no existieran se encontró con profundos riscos y barrancos, dificultando así su viaje de regreso; además, al parecer, el proceso de glaciación se había extendido por numerosas millas superando el límite anterior. Precisamente a causa de estos hechos, que no podía ni explicar ni comprender, nació en el corazón de Iluac un miedo curioso y siniestro.
Nunca más regresó al glaciar, si bien relató a su hermano Quanga lo que había encontrado, describiéndole la localización de la cueva—cámara donde estaban enterrados el rey Haalor y Ommum—Vog junto con sus guerreros. Poco después del suceso, Iluac murió en las garras de un oso blanco, no sin antes haberle asaeteado en vano con todas sus flechas.
Quanga era tan valiente como Iluac, y no tenía miedo al glaciar, por haber ido allí en numerosas ocasiones, pero nunca apreció nada llamativo. Poseía un corazón avaro, y a menudo pensaba en los rubíes de Haalor, encerrados con el rey en el hielo eterno; y no tardó en pensar que un hombre arriesgado podía recuperar los rubíes.
Por ello, un verano, después de comerciar en Iqqua con sus pieles, se dirigió a los joyeros Eibur Tsanth y Hoom Feethos, llevando consigo algunos granates que había encontrado en un valle del norte. Mientras los joyeros tasaban los granates, comentó casualmente acerca de los rubíes de Haalor, inquiriendo astutamente sobre su valor. Entonces, al enterarse del enorme valor de las gemas, y advirtiendo el interés avaricioso demostrado por Hoom Feethos y Eibur Tsanth, les habló del relato que oyera de labios de su hermano Iluac, ofreciendo guiarles hasta la cueva oculta, a cambio de que le prometieran la mitad del valor de los rubíes.
Los joyeros aceptaron la proposición, a pesar de las dificultades del viaje, así como de la posterior venta de las gemas pertenecientes a la familia real de Iqqua, y que sin duda serían reclamadas por el presente rey, Ralour, si se enteraba de su descubrimiento. Pero el valor fabuloso de las piedras incrementó su avaricia. Por su parte, Quanga deseaba la complicidad y conspiración de los comerciantes, consciente de que no le sería posible vender las joyas sin su ayuda. No se fiaba de Hoom Feethos y Eibur Tsanth, y por esta razón les exigió que fuesen con él a la cueva donde le entregarían la suma de dinero acordada tan pronto se encontrasen en posesión del tesoro.
El extraño trío inició su viaje a mediados del verano. Ahora, después de dos semanas de caminar a través de una región salvaje y subártica, se estaban acercando a los confines del hielo perpetuo. Viajaban a pie, transportando sus provisiones a lomos de tres caballitos no mayores que bueyes enanos. Experto cazador, Quanga se encargaba diariamente de su sustento a base de liebres y faisanes propios del país.
Tras ellos, en un cielo límpido de color turquesa, ardía el sol poniente que según las leyendas describiera antaño un eclipse. En las sombras de las colinas se amontonaba la nieve perpetua, mientras que en los valles se extendían los glaciares de capas heladas. Comenzaron a escasear los árboles y matorrales, en una tierra donde en tiempos pretéritos florecieran frondosos bosques, bajo un clima más benigno. Pero las amapolas llameaban aún en los campos y a lo largo de las laderas, extendiendo su frágil belleza como una alfombra de color escarlata a los pies de un invierno eterno, y las tranquilas lagunas y corrientes estancadas estaban cercadas de blancos lirios acuáticos.
Volviéndose un poco hacia el este, contemplaron el humear de los picos volcánicos que se seguían resistiendo a la invasión de los glaciares. Hacia el oeste se erguían las altas montañas sombrías cuyas cumbres y picos estaban coronados de nieve, mientras sus laderas se sumergían bajo el mar de hielo. Ante ellos se extendía la muralla poderosa del reino glaciar, abarcando llanuras y riscos. El verano había retrasado el avance de los hielos, y al avanzar, Quanga y los joyeros llegaron hasta unos profundos surcos excavados por el deshielo temporal, que surgían de debajo de los deslizantes paredones verdiazules.
Dejaron sus caballerías en un valle de abundante hierba, amarrados a deformes y diminutos sauces con largas cuerdas de piel de ciervo. Entonces, transportando las suficientes provisiones y material para dos días de viaje, comenzaron a ascender la ladera helada desde un punto escogido por Quanga, por considerarlo como más accesible, dirigiéndose hacia la cueva descubierta por Iluac. Quanga se orientó tomando como puntos de mira las montañas volcánicas y dos picachos aislados que se elevaban sobre la llanura helada hacia el norte, como si fueran los pechos de una giganta bajo su brillante armadura.
Los tres estaban bien equipados para poder hacer frente a las exigencias de su búsqueda. Quanga iba provisto de una curiosa hacha—pico de bronce bien templado, para desenterrar el cuerpo del rey Haalor; como armas llevaba una espada corta en forma de hoja, además de su arco y carcaj de flechas. La piel de un oso gigante, de color marrón—negruzco, le servía de vestimenta.
Le seguían Hoom Feethos y Eibur Tsanth con pesados ropajes para combatir el frío, quejándose por las incomodidades del viaje pero ebrios de avaricia. No habían disfrutado de las largas caminatas a través de una tierra estéril y desértica, ni de las inclemencias de los elementos septentrionales. Es más, les desagradaba Quanga sobremanera, por considerarle grosero y aprovechado. Sus males se vieron agravados por el hecho de que ahora se veían obligados a transportar la mayor parte de las provisiones, además de las dos pesadas bolsas de oro, que más tarde habrían de entregar a cambio de las piedras. Por nada que no fuese tan valioso como los rubíes de Haalor se hubiesen atrevido a llegar tan lejos, y por supuesto a poner siquiera los pies en los formidables desiertos helados.
Ante ellos se extendía un paisaje que bien parecía un mundo externo helado, perteneciente a otras dimensiones, y totalmente íntegro, liso, excepto algunos montículos dispersos y apriscos diseminados, extendiéndose la llanura hasta el blanco horizonte de picos encrespados. El sol se hacía cada vez más pálido y frío, disminuyendo tras los viajeros, sobre quienes soplaba un viento helado procedente de las frías cumbres como si fuera la respiración de los abismos existentes más allá del polo. No obstante, aparte de la desolación y melancolía boreales no había nada que hiciese desfallecer a Quanga o a sus compañeros. Ninguno de ellos era supersticioso, y consideraban que las viejas historias no eran más que mitos insulsos, imaginaciones producto del miedo. Quanga se sonrió con displicencia al pensar en su hermano Iluac, quien se había aterrado tan extrañamente, imaginándose cosas tan extraordinarias después de encontrar a Haalor. Sin duda se trataba de una debilidad muy singular por parte de Iluac, por tratarse de un cazador audaz e incluso temerario que nunca había temido a ningún animal ni a ninguna bestia. En cuanto al infortunio de Haalor y Ommum—Vog con su ejército, al quedar atrapados en el glaciar, estaba claro que habían dejado atraparse por las tormentas de invierno; y los escasos supervivientes, debilitados mentalmente tras los numerosos esfuerzos, se dedicaron a relatar historias extraordinarias. Aunque hubiese conquistado medio continente, el hielo no era más que hielo, y en consecuencia cualquier alteración quedaba sometida a ciertas leyes naturales. Iluac había dicho del hielo que éste era un demonio poderoso, cruel, avaricioso y reticente a la hora de ceder lo que había conquistado. Pero dichas creencias no eran más que supersticiones absurdas y primitivas, que en ningún momento merecían consideración alguna por parte de las ilustradas mentes del Pleistoceno.
A primera hora de la mañana escalaron el baluarte de hielo, y Quanga prometió a los joyeros que llegarían a la cueva a la altura del mediodía, como muy tarde, contando incluso con posibles dificultades en localizarla, y el consecuente retraso.
La llanura que se extendía ante ellos presentaba una asombrosa lisura, con lo cual no había nada que les impidiese avanzar. Orientándose con las montañas en forma de pechos como puntos de mira, llegaron después de tres horas de caminata a una pequeña elevación parecida a una colina, que correspondía con la descrita en el relato de Iluac. No sin dificultad, dieron por fin con la entrada de la profunda cámara.
Al parecer, el extraño lugar no había cambiado apenas, o en absoluto, desde la visita de Iluac, ya que el interior, con sus columnas y estalagmitas, se ajustaba a su descripción. La entrada tenía la forma de unas fauces. Dentro, el suelo descendía formando un ángulo resbaladizo durante una distancia de más de cien pies. La cámara rezumaba una luminosidad húmeda y glauca que se filtraba a través del techo abovedado. Al fondo, sobre la pared estriada, Quanga y los joyeros advirtieron las formas empotradas de un grupo de hombres, entre los que se podía distinguir fácilmente el cuerpo alto y vestido de azul del rey Haalor, junto a la oscura y encorvada momia de Ommum—Vog. Detrás, descendiendo por el pasadizo en prietas filas, podían apreciarse las formas de los soldados con las lanzas levantadas para la eternidad.
Haalor permanecía con apostura regia y erecta, manteniendo los ojos bien abiertos, cuya penetrante mirada proyectaba sensación de vida. Sobre su pecho resplandecía incandescente en la sombra glacial el triángulo de rubíes, rojos y calientes como la misma sangre, y los fríos ojos de los topacios, aguamarinas, diamantes y crisolitas irradiaban destellos desde el azul de los ropajes. A primera vista, las fabulosas piedras sólo se encontraban a una distancia de uno o dos pies de hielo desde los avariciosos dedos del cazador y sus compañeros.
Sin pronunciar una sola palabra, contemplaron absortos el preciado tesoro. Aparte de los grandes rubíes, los joyeros calcularon igualmente el valor de las demás piedras de Haalor. Con gran alegría por su parte, comprendieron que sólo el valor de estas últimas compensaba sobradamente las fatigas del viaje y la insolencia de Quanga.
Por su parte, el cazador se arrepentía del bajo precio exigido a los joyeros. Sin embargo, las dos bolsas de oro le convertirían en un hombre rico. Podría beber hasta saciarse los costosos vinos, más rojos que los propios rubíes, procedentes de la lejana Uzuldaroum en el sur. Las delgadas jóvenes de ojos alargados de Iqqua correrían a cumplir sus deseos, y, por último, podría apostar grandes sumas en sus juegos.
Los tres estaban completamente inconscientes de su extraña situación, completamente solos en la soledad boreal y acompañados de los muertos congelados, olvidando igualmente la macabra naturaleza del robo que estaban a punto de cometer. Sin aguardar a que sus compañeros le instasen, Quanga levantó el bien templado y afilado pico de bronce y comenzó a golpear la pared transparente con poderosos golpes.
El hielo caía ruidosamente bajo la piqueta, deshaciéndose en astillas acristaladas y gotas como diamantes. En escasos minutos consiguió perforar una gran cavidad, y sólo una capa delgada, resquebrajada y ruinosa le separaba del cuerpo de Haalor. Entonces, Quanga se dedicó a retirar la capa con exquisito cuidado, hasta que muy pronto el triángulo de enormes rubíes, más o menos cubiertos aún con partículas de hielo, cayó en sus manos. Mientras que los orgullosos ojos sin vida de Haalor contemplaban inmutables su tarea detrás de su máscara acristalada, el cazador dejó caer el pico, y sacando su espada en forma de hoja de la vaina, comenzó a cortar los delgados hilos de plata que cosían los rubíes al manto del rey. En su prisa desgarró trozos de la tela azulada, dejando al descubierto la carne helada y la blancura mortal. Retiró las piedras una a una, entregándoselas a Hoom Feethos, quien se hallaba inmediatamente detrás de él; y el comerciante, cuyos ojos brillaban con avaricia, y atontado ante el éxtasis, las iba guardando cuidadosamente en una enorme bolsa de lagarto moteado que había llevado para dicho fin.
Cuando hubo rescatado el último rubí, Quanga desvió su atención a las joyas menores que adornaban los ropajes reales formando curiosos patrones de signo astrológico o significado hierático. Entonces, cuando se encontraban embebidos por su preocupación, Quanga y Hoom Feethos se sobresaltaron al oír un gran estruendo que culminó con el suave tintineo de cristales rotos. Al volverse, vieron que una enorme estalagmita se había desprendido de la bóveda, y que con su punta, con una puntería asombrosa, había atravesado el cráneo de Eibur Tsanth, quien ahora yacía en medio de los hielos desprendidos, y de cuyo encéfalo reventado sobresalía un fragmento afilado y puntiagudo. Había muerto instantáneamente, ignorante de su propia suerte.
Aparentemente, el accidente se debía a causas naturales, como los que suelen ocurrir en el verano durante el deshielo de un gran muro de hielo; pero, en su consternación, Quanga y Hoom Feethos se vieron obligados a tomar nota de ciertas circunstancias que distaban mucho de ser normales y por supuesto explicables.
Mientras retiraban los rubíes, operación sobre la que centraron toda su atención, la cámara se había reducido a la mitad, tanto en altura como en dimensión, hasta el punto de que las estalagmitas quedaban justo por encima de sus cabezas, como si fueran los colmillos atenazantes de una enorme boca. Había aumentado la oscuridad, y la luz era como la que ilumina los mares árticos bajo grandes masas de hielo. La inclinación de la cueva era más marcada, descendiendo hacia profundidades insondables. Arriba, muy arriba, los hombres pudieron contemplar la diminuta entrada que ahora no era mayor que la boca de una zorrera.
Por un instante quedaron estupefactos. Los cambios ocurridos en la cueva no admitían explicaciones naturales; de pronto, los hyperbóreos sintieron la aprensión angustiosa de todos los horrores supersticiosos que poco antes despreciaran. Ya no podían negar la existencia consciente de una maldad animada, los enormes poderes diabólicos que las viejas leyendas atribuían al hielo.
Dándose cuenta del peligro que corrían, y espoleados por un pánico frenético, comenzaron a ascender el declive. Hoom Feethos conservó la abultada bolsa de rubíes así como el pesado saco de oro que colgaba de su cinturón, mientras que Quanga tuvo la suficiente presencia de ánimo como para llevar consigo la espada y el pico. Sin embargo, en su huida, acelerada por el miedo, ambos olvidaron la segunda bolsa de oro, que yacía al lado de Eibur Tsanth, bajo los restos de la estalagmita desprendida.
El estrechamiento sobrenatural de la cueva y el descenso terrible y siniestro del techo parecían haber cesado por el momento. De todas formas, los hyperbóreos no pudieron detectar una continuación visible del proceso a medida que ascendían frenética y peligrosamente hacia la entrada. En numerosas ocasiones se vieron obligados a encorvarse con el fin de evitar las poderosas fauces que amenazaban descender sobre ellos; e incluso calzados con sus fuertes borceguíes de piel de tigre tenían que hacer un verdadero esfuerzo para mantenerse en pie sobre la terrible pendiente. A veces conseguían levantarse agarrándose a los salientes resbaladizos en forma de columna, y con harta frecuencia hubo Quanga, que iba el primero, de excavar improvisados escalones en la cuesta, ayudado de su pico.
Hoom Feethos tenía tanto miedo que no podía ni hacer la más mínima reflexión. Pero mientras escalaba, Quanga sí consideraba detenidamente las alteraciones monstruosas de la cueva, alteraciones incomparables a todas las conocidas a lo largo de su amplia y variada experiencia de los fenómenos de la naturaleza. Intentó autoconvencerse de que había cometido un error de cálculo en cuanto a las dimensiones de la cámara y la inclinación de su suelo. Esfuerzo en vano, ya que todavía se veía enfrentado a un hecho que desafiaba su raciocinio, un hecho que deformaba el conocido rostro del mundo con una locura supraterrenal, odiosa, mezclando un caos maligno con sus ordenadas realizaciones.
Después de un ascenso terriblemente prolongado, parecido al esfuerzo por escapar de un destino de pesadilla, tedioso y delirante, consiguieron aproximarse a la boca de la cueva. Casi no quedaba sitio para que un hombre se arrastrase sobre el estómago bajo los afilados y poderosos dientes de hielo. Presintiendo que las fauces podían cerrarse sobre él como las de un gran monstruo, Quanga se lanzó hacia delante y comenzó a retorcerse a través del hueco, con una rapidez que distaba mucho de ser heroica. Pero algo le retenía, y por un momento pensó preso de terror que su peor aprensión se había hecho realidad. Pronto se dio cuenta que su arco y carcaj de flechas, que aún colgaban de su espalda, se habían enganchado en el hielo. Mientras Hoom Feethos temblaba de miedo e impaciencia, Quanga retrocedió y se libró de las armas engorrosas, que lanzó delante con el pico en su segundo y más positivo intento de atravesar la estrecha entrada.
Al ponerse en pie sobre el glaciar, oyó un grito salvaje emitido por Hoom Feethos, quien, al intentar seguir a Quanga, se había enganchado en la entrada con una de sus fajas. Su mano derecha, aferrada al saco de rubíes, sobresalía del umbral de la cueva. El joyero no cesaba de dar alaridos, protestando incoherentemente que los crueles colmillos de hielo le estaban desgarrando hasta la muerte.
A pesar de los sórdidos terrores por que había pasado, aún le sobraba al cazador la suficiente valentía como para retroceder y ayudar a Hoom Feethos. Estaba a punto de derribar los enormes pinchos de hielo con su pico, cuando oyó el grito agonizante del joyero, seguido de un rechinar áspero e indescriptible No se había producido ningún movimiento visible de las fauces, y sin embargo, Quanga vio que llegaban al suelo. El cuerpo de Hoom Feethos, atravesado de parte a parte por uno de los hielos picudos, y clavado al suelo por el resto de los colmillos, chorreaba sangre sobre el glaciar, como el mosto rojo que rezuma de la prensa de vino.
Quanga comenzó a dudar del testimonio de sus sentidos. El hecho ante el que se enfrentaba era imposible de todo punto, dado que no había ninguna señal de hendiduras en el montículo, sobre la boca de la cueva, que explicase el cierre de las horribles fauces. Pero tan impensable enormidad había ocurrido ante sus propios ojos si bien demasiado de prisa para poder reconocer el proceso.
Hoom Feethos quedaba lejos de cualquier ayuda humana, y Quanga, ahora esclavo único de un pánico odioso, tampoco hubiera permanecido más tiempo para asistirle. Mas al ver el saco que había caído de los dedos del joyero muerto, el cazador lo arrebató movido por un impulso mitad miedo mitad avaricia; y entonces, sin volver la vista atrás, huyó por el glaciar hacia el sol poniente.
Mientras corría, y durante algunos momentos, Quanga no se dio cuenta de las alteraciones tan siniestras como fatídicas, comparables a las de la cueva, que en cierto modo habían tenido igualmente lugar en la propia llanura. Petrificado por el miedo, presa de un verdadero vértigo, observó que estaba escalando una ladera larguísima y escalonada sobre la cual se retraía un sol lejano, pequeño y frío, como si perteneciese a otro planeta. Incluso el cielo tenía otro aspecto: aunque permanecía límpido de nubes, había adquirido una palidez mortal. Una sensación densa de deseo maligno, poderoso y helador, parecía invadir el aire y asentarse sobre Quanga como un hongo. Pero lo más terrible de todo, precisamente por constituir una prueba del desarreglo consciente y maligno de la ley natural, era la inclinación vertiginosa hacia el polo adoptada por la meseta.
Quanga tuvo la sensación de que la propia creación se había vuelto loca, dejándole a merced de fuerzas demoniacas procedentes de cosmos exteriores desdivinizados. Manteniéndose milagrosamente en pie, tropezando y sorteando en su camino hacia arriba, temió por un momento resbalar, caer, y deslizarse hacia abajo para siempre, cayendo en las insondables profundidades árticas. Sin embargo, cuando se atrevió a pararse por fin y volverse temblando para mirar hacia abajo, vio detrás de él una ladera escarpada idéntica a la que estaba escalando: se trataba de un muro de hielo desquiciado y oblicuo, que se elevaba interminablemente hacia un segundo sol igualmente remoto.
En la confusión de ese extraño bouleversement, creyó perder lo que le quedaba de equilibrio, y el glaciar subía y bajaba a su alrededor como un mundo invertido mientras él intentaba recuperar el sentido de la orientación, que por primera vez en su vida había perdido. Al parecer, surgían pequeños y fugaces parapetos que se reían de él desde los interminables escarpados glaciales. Reanudó su ascenso desesperado a través de un perturbado mundo de ilusión, sin que pudiera determinar si se dirigía hacia el norte, el sur, el este o el oeste.
Un repentino viento sopló hacia abajo por el glaciar; aullaba en los oídos de Quanga como las voces lejanas de diablillos socarrones; gemía, y reía, y ululaba con notas estridentes que recordaban el chirriar del hielo resquebrajado. Azotaba a Quanga con dedos maliciosos, succionando el aire por el que luchaba agonizante. A pesar de sus pesados ropajes y de la rapidez de su difícil escalada, sentía el mordisco de sus colmillos, buscando la carne e hincándose incluso en la médula.
Mientras continuaba escalando observó confusamente que el hielo ya no era liso, que de su superficie sobresalían pilares y pirámides a su alrededor, adquiriendo formas cada cual más salvaje. Perfiles inmensos y malvados le contemplaban desde cristales verdiazules; las cabezas deformes de los diablos bestiales fruncían el ceño, mientras dragones desconfiados se retorcían a lo largo del escarpado muro, o se hundían en las profundidades heladas de los precipicios.
Además de estas formas imaginarias adoptadas por el propio hielo, Quanga vio, o creyó ver, cuerpos y rostros humanos incrustados en el glaciar. Manos pálidas parecían alzarse hacia él desde las profundidades con gesto implorante; sintió sobre su persona la mirada de los ojos helados de hombres que en eras anteriores quedasen atrapados, y pudo contemplar sus miembros hundidos, rígidos y con extrañas actitudes de verdadera tortura.
Quanga ya no era capaz de pensar. Terrores primitivos, sordos y ciegos, más viejos que la razón, llenaban su mente con su oscuridad abismal. Le empujaban implacablemente, como quien conduce una bestia, sin dejarle parar en la burlona ladera digna de pesadilla. Una mínima reflexión le habría hecho ver que un último escape sería igualmente imposible; que el hielo, un ser vivo, consciente y malévolo, se estaba divirtiendo con un juego cruel y fantástico, inventado de algún modo en su increíble animismo. Por ello, casi era mejor que hubiera perdido el poder de la reflexión.
Desesperado y sin previo aviso, llegó al final de la glaciación. Fue como un repentino cambio de sueño que pilla al soñador desprevenido: Quanga contemplaba, sin comprender al principio, los familiares valles hyperbóreos que se extendían a los pies del parapeto hacia el sur, y los volcanes que humeaban oscuros más allá de las colinas sudorientales.
Su huida de la cueva había consumido prácticamente todo el largo atardecer subpolar, y ahora el sol se balanceaba cerca de la línea del horizonte. Habían desaparecido los obstáculos, y como por una magia prodigiosa, la capa de hielo recobraba su horizontalidad normal. Si hubiera podido comparar sus impresiones, Quanga se habría dado cuenta de que en ningún momento pudo comprender al glaciar durante la realización de sus asombrosos cambios sobrenaturales.
Dudando aún, como si se tratase de una ilusión que pudiera desvanecerse en cualquier momento, contempló el paisaje que se extendía bajo las murallas. Aparentemente, había regresado al mismo lugar del cual comenzara junto con los joyeros su desastroso viaje por el hielo. Ante él descendía un declive suave hacia las fértiles praderas. Temeroso de que se tratase de algo irreal y engañoso —una trampa atractiva y hermosa, una nueva traición por parte del elemento a quien ahora consideraba como un demonio cruel y todopoderoso—, Quanga descendió por la ladera con paso veloz y ligero. Cuando sus pies se hundían ya en los matorrales, y estaba rodeado de frondosos sauces y jugosas hierbas, no daba aún crédito a la veracidad de su huida.
Todavía se sentía impulsado por una rapidez inconsciente, fruto de un miedo que rayaba en el pánico; y un instinto primario, igualmente inconsciente, le arrastraba hacia las cumbres volcánicas. El instinto le decía que encontraría un refugio entre sus cavidades, contra el intenso frío boreal, y que una vez allí se encontraría a salvo de las maquinaciones diabólicas del glaciar. Fuentes hirvientes corrían, según las leyendas, perpetuamente desde las altas laderas de estas montañas; inmensos géiseres, rugiendo y silbando cual calderas infernales, llenaban las oquedades superiores con cataratas ardientes. Las prolongadas nieves que azotaban Hyperbórea se convertían en lluvias inofensivas al aproximarse a los volcanes, donde florecía durante las cuatro estaciones una flora rica y multicolor, que en épocas anteriores consistiera en la propia de toda la región.
Quanga no pudo encontrar los caballitos enanos que dejaran atados a los sauces en la pradera del valle. Pero quizá, después de todo, no se trataba del mismo valle. Sin embargo. no detuvo su huida para buscarlos. Después de una aterrada mirada atrás, a la amenazadora masa de la glaciación, reanudó sin detenerse su camino en línea recta hacia las montañas coronadas de humo.
El sol se hundió más, rozando indefinidamente el horizonte sudoccidental, e iluminando la muralla de hielo y el suave paisaje con una luz de pálidas tonalidades amatistas. Quanga apresuró su paso, no repuesto aún del miedo, hasta que por fin alcanzó un crepúsculo prolongado y etéreo, propio de los veranos septentrionales.
Sin saber cómo, conservó a lo largo de todas las etapas de su huida su hacha—pico, su arco y sus flechas. Horas atrás, como un autómata, había introducido el pesado saco de rubíes en el interior de sus ropajes, para no perderlo. Se había olvidado por completo de los mismos, y ni siquiera se dio cuenta del cosquilleo del agua al deshelarse el hielo incrustado en las joyas, y que ahora le empapaba la carne a través de la bolsa de lagarto.
Después de cruzar uno de los innumerables valles, chocó contra una raíz de sauce que sobresalía, cayéndose el pico de la mano al tiempo que tropezaba. Poniéndose en pie, corrió despavorido sin recogerlo.
Ya se distinguía un rojizo resplandor procedente de los volcanes, iluminando el oscuro cielo, a medida que Quanga avanzaba al deseado e inviolable santuario. Desmoralizado y sacudido aún por los recientes esfuerzos sobrehumanos, comenzó a pensar que después de todo podría escapar del demonio del hielo.
De pronto se dio cuenta de que le consumía la sed, hecho al que no había prestado atención hasta ahora. Haciendo un alto en uno de los sombríos valles, bebió de un arroyo bordeado de flores. Entonces, cediendo al inmenso cansancio acumulado, se dejó caer para descansar un momento entre la amapolas rojas como la sangre, teñidas de violeta a la luz del crepúsculo.
El sueño descendió sobre sus párpados como una nieve suave y abrumadora, pero pronto se interrumpió con sueños malvados donde todavía huía del glaciar burlador e inexorable. Se despertó en medio de un terror frío, sudando y temblando, para encontrarse contemplando el cielo septentrional, donde lentamente moría un delicado fulgor. Creyó que una gran sombra, maligna, masiva y en cierto modo sólida, se deslizaba sobre el horizonte y las colinas bajas hacia el valle donde se encontraba. Llegó con una rapidez inexplicable, y parecía que la última luz caía de los cielos, fría como si fuera un reflejo atrapado en el hielo.
Se puso en pie con la rigidez de un cuerpo exhausto por el cansancio, mientras se despertaba de nuevo el miedo y la estupefacción a causa de la pesadilla. Como señal de un reto momentáneo, descolgó su arco y disparó una flecha tras otra, hasta vaciar el carcaj, con el fin de herir a la sombra enorme, pálida y deforme que parecía interponerse entre el cielo y él. Cuando concluyó, reanudó su interrumpida huida.
Mientras corría seguía temblando, sin poder evitarlo, a causa del frío intenso y repentino que había descendido sobre el valle. Torpemente, presa de un acceso de miedo, presintió que había algo irreal y antinatural en el frío, algo que no pertenecía ni al lugar ni a la estación del año. Los volcanes relucientes estaban cada vez más cerca, y pronto llegaría a las primeras colinas. Por ello, el aire debería ser templado, por no decir caliente.
De pronto el cielo se oscureció dejando entrever un destello verdiazul que surgía desde lo profundo. Por un momento pudo ver la sombra sin rostro que se erguía como un gigante en su camino, oscureciendo las estrellas y el resplandor de los volcanes. Entonces, como si fuera el vapor de un remolino tormentoso, se cerró sobre él, frío e inquieto. Parecía un fantasma de hielo, algo que cegaba sus ojos y entorpecía su respiración, como si se encontrase enterrado en una tumba glacial. Era algo frío, con el rigor transártico, algo desconocido para él hasta entonces y que producía un dolor insoportable para su carne, dejándole idiotizado.
Oyó débilmente un sonido parecido al del hielo al chocar, el rechinar de icebergs frotándose, todo ello envuelto en un pálido resplandor verdiazul que se estrechaba y espesaba a su alrededor. Era como si el alma del glaciar, perversa e implacable, le hubiera atrapado en su huida. A veces luchaba torpemente, idiotizado por el miedo. Respondiendo a un impulso desconocido, como si desease propiciar a una deidad vengativa, sacó la bolsa de rubíes de su pecho y con un esfuerzo prolongado y doloroso trató de lanzarla lejos. Las cuerdas que ataban la bolsa se soltaron al caer, y Quanga oyó débilmente, en la lejanía, el tintineo de los rubíes al rodar y desparramarse por una superficie dura. Le asaltó el olvido, y cayó hacia delante rígido, ignorante de su propia caída.
Al amanecer yacía al lado de un pequeño arroyo, totalmente helado, boca abajo en medio de un círculo de amapolas que se habían ennegrecido como si las hubiera pisado un demonio gigante de hielo. Un charco próximo, formado por un arroyuelo estancado, estaba cubierto por una capa delgada de hielo, y sobre el hielo, como gotas de sangre congelada, se hallaban esparcidos los rubíes de Haalor. A su debido tiempo, al desplazarse lenta pero irresistiblemente hacia el sur, el gran glaciar las reclamaría.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

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